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domingo, 21 de diciembre de 2025

Los tecnoligarcas colonizan Washington

 

 Por Enzo Girardi   
      Doctor en Relaciones Internacionales orientado hacia problemáticas de geopolítica, defensa y seguridad.

      y

      Artista en/de movimiento y Transdisciplinaria.


Los CEOs de las grandes corporaciones tecnológicas –con Palantir, de Peter Thiel, a la cabeza– se han convertido en una nueva élite con influencia directa en las áreas de Defensa, Comunicaciones y Energía


     Las soluciones digitales que ofrece la empresa Palantir Technologies son, de hecho, el sistema operativo del poder militar en Estados Unidos. Esto representa una inédita cesión de soberanía operativa del sector público en favor de agentes privados a través de un modelo de externalización que resignifica infraestructuras y procesos que constituyen los fundamentos mismos del Estado.


Palantir Technologies.

La empresa es la nave nodriza del nuevo complejo militar industrial digital. Pero, además, y principalmente, es un caso paradigmático en el sostenido proceso de colonización de capacidades del Estado que llevan adelante los tecnoempresarios de Silicon Valley, protagonistas de una dinámica, extraordinaria por escala y profundidad, de hibridación de poder.


Palantir, el sistema operativo del poder militar en Estados Unidos.

A través de un contrato con el Pentágono a fines de julio de 2025 y por un monto total de 10.000 millones de dólares –de los más gravosos de la historia en el área de Defensa–, Palantir gestionará decisiones militares fundamentales sobre objetivos, movimientos de soldados e inteligencia. El mantra de la eficiencia, que se articula en función de relatos que consagran los efectos redentores del solucionismo digital y la inteligencia artificial, es el argumento para la operación política de captura de los actores privados de áreas y prácticas que históricamente fueron exclusivas del Estado.


El Ejército de EE. UU. anuncia un contrato récord con Palantir.

El control operativo de Palantir sobre el Pentágono representa un salto cualitativo de reconfiguración política en Washington: legitima y pondera el protagonismo en el gobierno de lo público de una nueva élite, la de los CEOs de Silicon Valley, que gestionan los procesos de innovación a través de la IA, una tecnología que conlleva capacidades performativas de alcance civilizatorio porque, en sus efectos, redefine los patrones políticos, económicos y culturales que significan la vida.

Es una élite que actúa cada vez más como una oligarquía: en su hacer despliega una metapolítica que se asienta sobre postulados anarcolibertarios y una irrefrenable pulsión tecnoutópica al servicio de la progresiva construcción de una hegemonía de clase dominante. “No son solo innovadores, sino los arquitectos del orden posmoderno que está emergiendo a través de la IA, la disrupción digital y el capital tecnológico”, dijo el filósofo Alessandro Aresu.

Agentes de las grandes corporaciones tecnológicas controlan o inciden en sectores relevantes de la administración del presidente Donald Trump: en Defensa, en la gestión de la información, en el régimen monetario (criptomonedas), en Comunicaciones y en Energía. Incluso el Ejército está incorporando formalmente a ejecutivos de Silicon Valley a través de la denominada “Unidad 201”. En junio pasado designó con el grado de tenientes coroneles a Shyman Sankar, director de tecnología de Palantir, a Andrew Bosworth, director de tecnología de Meta, a Kevin Weil, director de productos de OpenAI, y a Robert McGrew, exdirector de investigación de OpenAI. La distinción entre el actor (y el interés) público y el contratista (y el interés) privado se ha vuelto deliberadamente borrosa.


Cómo los multimillonarios tecnológicos construyen unos Estados Unidos postdemocráticos.

Entre estos tecnoligarcas se destaca el presidente de Palantir, el empresario Peter Thiel, quien cree que Estados Unidos vive un proceso de declive que pone en juego su hegemonía y pregona que el Estado debe reconvertirse en una startup para superar el estancamiento. Su empresa es omnipresente en Washington: Michael Kratsios, inversor en Palantir, dirige la Oficina de Política de Ciencia y Tecnología; Stephen Miller, subdirector del Gabinete de Políticas y asesor de Seguridad Nacional, posee unos 250.000 dólares en acciones de Palantir; David Sacks, socio de Thiel, está a cargo del área de criptomonedas e IA del Gobierno.


Peter Thiel.

Palantir ofrece soluciones para realizar una interpretación inteligente de la información, y sus dispositivos se han vuelto primordiales para el Pentágono, pero también para el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE), el Servicio de Impuestos Internos (IRS), la Oficina Federal de Investigación (FBI) y el Departamento de Eficiencia Gubernamental (DOGE).

Arquitectos de un nuevo orden

La exitosa trayectoria de construcción de poder y de adquisición de capacidades soberanas de las grandes compañías tecnológicas enuncia la consumación de un régimen digital que se vuelve hegemónico a medida que redefine los términos en los que se crea y administra el poder. El proceso advierte de una crisis sistémica que implica la pérdida de centralidad estratégica del Estado y la emergencia de un mundo de soberanías porosas e identidades fragmentadas, de un gran escenario político de dominios en construcción. En medio de esta perplejidad, la élite de los tecnoligarcas actúa con fuerza y determinación y está dispuesta a imprimir las señas de un nuevo orden existencial.




El futuro que imaginan asume, visibiliza, sus sesgos ideológicos porque, como advirtió el escritor Alessandro Baricco, la de Silicon Valley es, primero, una revolución de ideas y creencias y, recién después, tecnológica. Su imaginario reseña la consumación de un ethos de extrema individuación que los hace percibirse como profetas de un destino inevitable, el de un orden liberal tecnocrático, jerárquico y elitista. Su proyecto político parte de una premisa: salvar el capitalismo en la nube (el modelo de negocios de las plataformas digitales) y la IA de los riesgos socializantes de la democracia. Hiperliberalismo, pero sin democracia.




Los siguientes párrafos, tomados del libro El individuo soberano (1997), de Lord William Rees-Mogg y James Dale Davidson, uno de los textos de referencia para este universo, permiten entrever el perfil de su ideología: “El nuevo Individuo Soberano operará como los dioses del mito en el mismo ambiente físico que el ciudadano común y corriente, pero en un reino separado políticamente. Comandando vastos recursos y más allá del alcance de muchas formas de compulsión, rediseñará los gobiernos y reconfigurará las economías en el nuevo milenio”. O, con más detalle: “La nueva organización de la sociedad está implícita en el triunfo de la autonomía individual, y en la verdadera igualdad de oportunidades basada en el mérito (…) La tecnología hará que los individuos sean más autónomos que nunca (…) Los centros locales de poder se reafirmarán a medida que el Estado se transforma en unidades fragmentadas y superpuestas”.




También resulta útil repasar algunas de las afirmaciones previstas en el Manifiesto tecnoptimista (2023), de Marc Andreessen, uno de los portavoces más activos del ecosistema Silicon Valley: “Creemos que el libre mercado es la forma más eficaz de organizar una economía tecnológica. (…) Creemos que los mercados son una forma inherentemente individualista de lograr resultados colectivos superiores. (…) Nuestros enemigos son la visión sin restricciones de Thomas Sowell (el hombre es por naturaleza defectuoso, egoísta y limitado y las instituciones le sirven como recurso para confrontar sus defectos y excesos), el Estado universal y homogéneo de Alexander Kojeve (que iguala amos y esclavos) y la utopía de Tomás Moro (abolición de la propiedad privada, educación y salud universal, libertad religiosa, ausencia de clases sociales)”.

Thiel y Andreessen, pero también Alex Karp, Sam Altman, Elon Musk, Jeff Bezos, Mark Zuckerberg, Eric Schmidt, David Sacks, Palmer Luckey, Balaji Srinivasan, Timothy “Tim” Cook, Sundar Pichai, Jensen Huang son los nombres propios que esta nueva clase dirigente, que atesora inmenso poder económico (sus empresas superan en volumen a la mayoría de las economías nacionales), son decididamente influyentes porque construyen y facilitan conectividad (infoesfera) y lideran los desarrollos de IA, según sus patrocinadores, la tecnología definitiva.


Alex Karp, durante la reunión anual del Foro Económico Mundial 2022 en Davos-Klosters, Suiza.

Thiel, el jefe

El presidente de Palantir utiliza la potencia de su patrimonio corporativo para influir sobre el poder político. No crea fundaciones, sino que financia directamente a emprendedores y líderes que expresan sus ideas. Es uno de los principales donantes del partido Republicano con el fin de vigorizar el liderazgo de Donald Trump y apadrinar candidatos que consoliden la prevalencia del ideario MAGA. Su gran apuesta es el actual vicepresidente, JD Vance, a quien empleó en el fondo Mithril Capital y apoya con dinero en sus campañas electorales.

Vance, el hijo de una familia humilde que surgió de Ohio en el Rust Belt (‘Cinturón del Óxido’) en el país profundo, pasó de los campos de batalla en Irak a las aulas de la prestigiosa Universidad de Yale. De allí egresó como abogado y poco después desembarcó en el entorno de Thiel. Ahora ejerce como interfaz entre el mundo de la política y Silicon Valley. Thiel, catalogado como uno de los intelectuales de derecha más influyentes de los últimos 20 años, se define como anarcolibertario. Plasmó los rasgos salientes de su ideología a través de la proclama “La educación de un libertario”, en la que puntualizó: “Sigo comprometido con la fe de mi adolescencia: la auténtica libertad humana como condición previa para el bien supremo. Me opongo a los impuestos confiscatorios, a los colectivos totalitarios y a la ideología de la inevitabilidad de la muerte de cada individuo. Por todas estas razones, sigo llamándome ‘libertario’. Pero debo confesar que en las últimas dos décadas he cambiado radicalmente mi manera de pensar sobre cómo alcanzar esos objetivos. Y lo que es más importante, ya no creo que la libertad y la democracia sean compatibles”.

Thiel, junto con Karp, Luckey y Andreessen, son activistas comprometidos del reaccionario movimiento “tech-right”, la extrema derecha dentro de la tecnoligarquía, que reivindica procedimientos autoritarios para organizar la vida común y promueve un orden social jerárquico, piramidal y elitista, administrado por un poder concentrado.

Élite cognitiva

La tech-right es el soporte de Silicon Valley para el movimiento de extrema derecha que está inundando la política en los países de Occidente y perfilando de manera creciente el sentido común de sus sociedades, que Quinn Slobodian, en el libro Los hijos bastardos de Hayek.


Los hijos bastardos de Hayek: Raza, oro, coeficiente intelectual y el capitalismo de la extrema derecha.

Raza, oro, coeficiente intelectual y el capitalismo de la extrema derecha  (2025), define como “nuevo fusionismo”. El autor lo describe como “un intento de desarmar la obra del humanismo liberal igualitario de los últimos 200 años y restaurar un orden jerárquico, basado en las diferencias naturales entre los seres humanos”, a medida que postula un ordenamiento social cimentado en “cuestiones de raza, inteligencia, territorio y dinero”.




Slobodian indica que el “nuevo fusionismo” comenzó a formarse en la década de 1990, cuando “quienes discutían sobre la necesidad de defender el capitalismo y la libertad económica comenzaron a apelar a categorías científicas: en particular, la biología evolutiva, la psicología cognitiva e incluso las pseudociencias raciales”.




En este proceso se introduce el coeficiente intelectual (CI) como mecanismo para catalogar la vida social, reemplazando los patrones económicos con los que el discurso neoliberal tradicional justificaba sus demandas meritocráticas en contra del humanismo socialmente integrador. La reivindicación del CI avisa en términos operativos, pero también ideológicos, de la emergencia de una “élite cognitiva”, el corpus que expresa al nuevo agente social de ruptura.




El propio Trump supo ejemplificar sin rodeos el sentimiento de superioridad que expresa este grupo cuando en 2013, por ejemplo, escribió: “Lo siento, perdedores y detractores, pero mi coeficiente intelectual es uno de los más altos, ¡y todos lo saben! Por favor, no se sientan tan estúpidos o inseguros, no es su culpa”.

IA + eugenesia

Los cultores de la tech-right se definen como “reaccionarios” porque rechazan los fundamentos de la modernidad liberal y se describen como antiilustrados, eugenistas, antidemocráticos (tecnomonárquicos) y aceleracionistas (abogan por el impacto tecnológico exponencial sobre todas las dimensiones de la vida). Sus ideólogos principales son el historiador y tecnoemprendedor Curtis Yarbin y el filósofo Nick Land.


Curtis Yarvin.

Yarbin vocifera su menosprecio por la democracia, “el fallido experimento democrático de los dos últimos siglos”, dice, porque, entre otras razones, permite que coexistan en los mismos espacios de decisión personas de alto CI con otras de bajo CI, e impulsa como correctivo la instauración de una “tecnomonarquía”. En una entrevista publicada a comienzos de 2025 por The New York Times dijo lo siguiente: “Cuando pido a la gente que reflexione sobre esta cuestión, los animo a que miren a su alrededor e identifiquen que todo lo exitoso que les rodea ha sido creado por una monarquía. Estas entidades que llamamos empresas son esencialmente pequeñas monarquías. Por ejemplo, si miran a su alrededor y ven una computadora portátil, esa computadora ha sido fabricada por Apple, que funciona como una monarquía”.

El culto a la inteligencia, con el CI como parámetro, justifica en el universo ideológico de Yarbin la instrumentación de estrategias de eugenesia que redefinirán el rol de las personas en el mundo reconvertido en una gigantesca startup. En este sentido, por ejemplo, sugiere aislar a personas a las que sus presuntas carencias cognitivas las hacen menos productivas: “Encerrarlos en aislamiento permanente, como una larva de abeja en una celda cerrada, salvo en caso de emergencias. Esto volvería loco a cualquiera, salvo por el hecho de que la celda contendrá una interfaz de realidad virtual inmersiva que le permitirá vivir una vida rica y satisfactoria en un mundo completamente imaginario”.

Land ha sistematizado estas ideas a través de su teoría de la “Ilustración oscura”, en la que argumenta sobre los fundamentos del nuevo orden: monarquismo, autoritarismo tecnofeudal y eugenismo (“abandonar el Homo Sapiens como reliquia o fósil viviente”). Un orden, subraya, en el que la digitalización y la biomecánica desintegrarán las formas de soberanía y deconstruirán el sentido totalizador de lo político.

El filósofo argumenta las condiciones que articulan la transformación en marcha:

1. El cambio evolutivo está asociado al origen de nuevas especies (transhumanismo).

2. Varios modos de evolución pueden operar simultáneamente, pero el más efectivo (digitalización + IA) domina el proceso.

3. Una minoría de individuos (élite tecnocognitiva) gestiona la evolución y la especie en su conjunto representa el laboratorio de ensayo.

Un breviario que, aún cargado de desmesura, reseña sin eufemismos las ensoñaciones mesiánicas de la tecnoligarquía. Sobre las formas y los fines, Evgeny Morozov explica: “No escriben sobre el futuro; lo instalan. (…) Se autoproclaman portavoces oficiales de la humanidad (...) La metamorfosis alcanza su etapa final no en manifiestos ni en hilos de tweets, sino en la colonización de los salones del poder en Washington. (…) ¿Su estrategia? Perturbar primero, eliminar después”.


Fuente: Ctxt

sábado, 15 de noviembre de 2025

Peter Thiel y el Anticristo ecologista

 

 Por Elena de Sus     
      Periodista de Ctxt.


El inversor de capital riesgo que coordina la maquinaria de vigilancia y deportación de Trump aboga por eliminar regulaciones en ciencia y tecnología con un discurso integrista



     Con frecuencia los medios estadounidenses describen a Peter Thiel, cofundador de PayPal y Palantir, primer inversor externo de Facebook y principal donante en Silicon Valley de la primera campaña presidencial de Trump, como un personaje misterioso y contradictorio.

Thiel justifica su interés por las criptomonedas, el seasteading (creación de comunidades flotantes en aguas internacionales) o la colonización del espacio exterior por un deseo de escapar de la opresión del Estado.




Sin embargo, es uno de los fundadores de Palantir, una empresa de software dedicada al análisis masivo de datos, que recibió muy pronto financiación de la CIA, tiene como principal cliente a la Administración estadounidense y obtiene más de la mitad de sus ingresos de contratos estatales. Este año el Pentágono ha adjudicado a Palantir un contrato de 10.000 millones de dólares que convertirá su software en una infraestructura básica del ejército estadounidense.


Yael Grosman, teniente coronel del ejercito de Israel, durante su charla en el DTS.

Por la naturaleza de su negocio, Palantir siempre ha contratado a personal con experiencia en la administración pública, sobre todo en inteligencia y defensa, pero en este segundo mandato de Donald Trump, con el protegido de Thiel, JD Vance, en la vicepresidencia, el tráfico en las puertas giratorias entre Palantir y la Casa Blanca se ha intensificado, tal y como documenta la investigadora Francesca Bria. Gregory Barbaccia, el nuevo director de tecnología del gobierno estadounidense, ha trabajado en Palantir durante diez años. El jefe de tecnología de Palantir, Shyam Sankar, ha sido nombrado teniente coronel.


J.D. Vance, durante su visita al papa en el Vaticano, el 20 de abril.

En 2024, Palantir fue la empresa con mejor rendimiento del índice bursátil SP500, que reúne a las compañías cotizadas más importantes de Estados Unidos, con un crecimiento del 340%. Sus acciones se dispararon con la segunda llegada a la Casa Blanca de Trump, y han seguido aumentando su valor en lo que llevamos de 2025. En los foros de pequeños inversores, su CEO, Alex Karp, es apodado “papi Karp”. Cuando un usuario de Reddit le preguntó a Thiel si Palantir era una tapadera de la CIA, respondió: “La CIA es una tapadera de Palantir”.




Palantir lleva más de una década trabajando con el ICE, el servicio de inmigración y aduanas estadounidense, conocido entre los hablantes hispanos como La Migra. Este año ha obtenido un contrato de 30 millones de dólares para “agilizar” las identificaciones y deportaciones. El Departamento de Eficiencia Gubernamental (DOGE) que dirigió Elon Musk utilizó su software para reunir información de distintas bases de datos en el asalto con motosierras al IRS, la seguridad social estadounidense, en el que estuvieron implicados empleados de la compañía. Palantir también analiza datos para el ejército israelí, el ucraniano, el Ministerio de Defensa español, la sanidad pública británica, los servicios de inteligencia franceses o la policía alemana.

Curiosamente, la peor versión del futuro que imagina Thiel es aquella en la que el miedo a amenazas como el cambio climático incita a la creación de un gobierno mundial todopoderoso que acaba con las libertades individuales. Por eso dice que las ideas de gente como Greta Thunberg son “superopresivas” y afirma que si existiera el Anticristo, sería alguien parecido a ella.

Thiel está casado con el banquero de inversión Matt Danzeisen, con quien tiene dos hijas por gestación subrogada, y declaró en la Convención Nacional Republicana de 2016 que estaba “orgulloso de ser gay, orgulloso de ser republicano”, pero ha catapultado a la vicepresidencia del país a JD Vance, que manifiesta su oposición al matrimonio igualitario.


Peter Thiel

Estudió Derecho y Filosofía en Stanford y últimamente el Anticristo es uno de sus temas de conversación preferidos, pero considera que las humanidades son mucho menos importantes que las ciencias puras. 

Ha pasado los últimos meses dando charlas y explicando en todos los podcasts del espectro de la derecha estadounidense que el progreso en Occidente se ha estancado. Señala problemas como la concentración excesiva de la inversión en vivienda, con el consiguiente aumento de los precios, o el encarecimiento de la educación superior, que obliga a los jóvenes a endeudarse y genera “rendimientos decrecientes”. Según la forma de entender el capitalismo de Thiel, “la competencia es para perdedores” (en su libro De cero a uno recomienda a los emprendedores buscar nichos en los que puedan establecer un monopolio) y los jóvenes de hoy en día “tienen que competir más para lograr menos”.

Estos días se ha difundido un email que envió al equipo de Facebook en 2020 en el que aseguraba comprender las tendencias socialistas de los jóvenes: “Cuando alguien tiene demasiada deuda estudiantil y la vivienda no es asequible, tendrá capital negativo durante mucho tiempo o le resultará muy difícil acumular capital inmobiliario, y si alguien no forma parte del sistema capitalista, puede volverse contra él”. 

Un análisis de izquierdas atribuiría estas situaciones a la financiarización de la economía tras la crisis del petróleo, las políticas neoliberales, el final de la Guerra Fría o la tendencia decreciente de la tasa de ganancia, pero Thiel pone el foco en que “los hippies ganaron” e implantaron una cultura en la que “las instituciones tienen aversión al riesgo” y “la humanidad se ha convertido en una especie más dócil”.

Su propuesta para resolver esta situación es “tomar muchos más riesgos” y eliminar regulación en ciencia y tecnología. 

Thiel, que se ha definido como libertario, expresa nostalgia de las políticas del New Deal: “Serían lo que fueran pero invertían en ciencia”. Admite que se han dado grandes avances en el área de las tecnologías de la información, como internet, pero lo considera insuficiente: “Queríamos coches voladores, tuvimos 140 caracteres”. La IA tampoco le entusiasma porque genera “ideas convencionales”, pero la apoya porque considera que es el único campo en el que se está avanzando. Sueña con las promesas de la ciencia ficción de su infancia: viajes a Marte, aviones supersónicos, energía nuclear, personas inmortales y resurrecciones. 

En coherencia con estas ideas, Thiel también financia un proyecto de su amigo Aron D’Sousa llamado Enhanced Games (Juegos Mejorados), una competición deportiva en la que estará permitida cualquier sustancia dopante.

En realidad, este discurso no es nuevo. Sus ideas centrales ya se perfilan en el artículo que escribió en 2009 para el think tank ultraliberal Cato Institute, “The education of a libertarian” (La educación de un libertario) que incluye una de sus frases más recordadas: “Ya no creo que la democracia y la libertad sean compatibles”.

El enorme aumento del número de beneficiarios de prestaciones sociales y la ampliación del derecho al voto a las mujeres –dos grupos de votantes que son muy difíciles para los libertarios–”, escribió Thiel, “han convertido la noción de ‘democracia capitalista’ en un oxímoron”.

Esta afirmación generó polémica y Thiel publicó una nota aclaratoria en la que, tras lamentar que el debate se hubiera focalizado en una parte tan trivial de su argumentación, declaró: “No pienso que se le deba quitar el derecho al voto a nadie, pero tengo pocas esperanzas de que votar haga mejorar las cosas”. En su reciente aparición en el podcast de Joe Rogan, Thiel menciona la “feminización” de la política entre las causas de la decadencia de Occidente.

Quizás la mayor novedad en el discurso de Thiel sean las referencias cristianas apocalípticas y la vinculación del ecologismo con el Anticristo. La cita bíblica que ha encontrado para apoyar esta argumentación es Tesalonicenses 5:3, que dice así: “Que cuando digan: paz y seguridad, entonces vendrá sobre ellos destrucción repentina, como los dolores a la mujer encinta, y no escaparán”.

Un crítico de la diversidad criado en el apartheid

Thiel nació en 1967 en Frankfurt, en la República Federal Alemana. Cuando tenía apenas un año, la familia emigró por primera vez a Estados Unidos, a Ohio, pero poco después se trasladaron a Swakopmund, en lo que entonces era África del Sudoeste, hoy Namibia. Entre 1884 y 1915, África del Sudoeste había sido una colonia alemana en la que se había llevado a cabo el expolio y el genocidio de los pueblos herero y nama (al menos 75.000 personas asesinadas). Tras la Primera Guerra Mundial quedó bajo control de Sudáfrica, que impuso su régimen de apartheid. Klaus Thiel, el padre de Peter, era ingeniero químico y llegó allí para trabajar en la mina de uranio de Rössing. Las ambiciones frustradas de la energía nuclear son una de las obsesiones de Thiel. Invierte en la compañía Valar Atomics, que ha entrado en un programa piloto del Departamento de Energía de Trump para construir pequeños reactores que puedan alimentar instalaciones como centros de datos.

En 1977, los Thiel se trasladaron de nuevo a Estados Unidos, esta vez a Foster City, en la bahía de San Francisco. Thiel era un niño que destacaba en el ajedrez y las matemáticas, jugaba a juegos de rol y leía libros de fantasía y ciencia ficción. Le gustaba mucho El Señor de los Anillos de J.R.R. Tolkien. Los nombres de muchos de sus proyectos hacen referencia al mundo de fantasía de Tolkien. Por ejemplo Palantir (análisis de datos a gran escala), Anduril (tecnología militar), Valar (un fondo de inversión y también una empresa de energía nuclear) o Mithril y Narya (los fondos en los que trabajó JD Vance). 

Thiel estudió Derecho en la cercana y prestigiosa Universidad de Stanford, donde fundó la revista conservadora The Stanford Review. Sus compañeros lo describen como un joven correcto y reservado. Parece que la experiencia universitaria no le resultó muy satisfactoria. En 1995 publicó, junto a David O. Sacks (sudafricano, hoy en día asesor de Trump para la IA), el panfleto The Diversity Myth. Multiculturalism and Political Intolerance on Campus (‘El mito de la diversidad. Multiculturalismo e intolerancia política en el campus’) en el que consideraba erróneas y opresivas las políticas de inclusión de la universidad, entre ellas la sustitución del curso introductorio sobre Cultura Occidental por uno más plural. También lamentaba que, en esa supuesta ola de persecución e intolerancia en el campus, la definición de violación “se había ampliado” a “seducciones de las que luego se arrepentían [las mujeres]”, aunque en 2016 se disculpó por ello.

El desprecio a la institución universitaria es una de las ideas más constantes en el discurso de Thiel. De hecho, en 2011 creó una beca para emprendedores, la Thiel Fellowship, que tiene como requisito abandonar la universidad. Más recientemente, Palantir ha lanzado su propia beca de cuatro meses para estudiantes de instituto que se anuncia como alternativa a la formación universitaria. En diciembre, Alex Karp, CEO de Palantir, bromeó con que la empresa era “una secta sin sexo y con muy pocas drogas”.

Thiel y Karp se conocieron en Stanford. A diferencia de Thiel, Karp es donante del Partido Demócrata y votó a Kamala Harris en 2024, pero comparte con él su preocupación por la supervivencia de la civilización occidental.

En Stanford, Thiel asistió a una serie de encuentros con el filósofo cristiano francés René Girard. La obra más importante de Girard es la teoría mimética, según la cual los seres humanos tendemos a copiar los deseos de los demás, lo que genera una competencia que desemboca en una pulsión violenta. A menudo las sociedades han resuelto esta pulsión creando un chivo expiatorio sobre el que descargar la violencia (aunque todo esto se volvió más complejo desde que Jesús nos mostró que la víctima es inocente). Hay quien interpreta la obra de Girard como una advertencia. Sin embargo, hay indicios de que Thiel y sus seguidores la ven como una receta

La mafia de PayPal

Tras graduarse en Stanford, Thiel duró poco en el ámbito del Derecho. Con el apoyo de amigos y familiares, reunió un millón de dólares para su primer fondo de inversión. No tuvo mucho éxito hasta que en 1998 conoció al ingeniero Max Levchin y participó en la fundación de Confinity, un sistema de pagos a través de aquellos dispositivos llamados PDA.

Al no triunfar este modelo de negocio, Confinity se convirtió en un programa que facilitaba los pagos por internet en plataformas como eBay, donde los pequeños vendedores no contaban con la infraestructura para el pago con tarjeta. En el año 2000, Confinity se fusionó con su rival X.com, fundado por Elon Musk, otro sudafricano. Sin embargo, la gestión de Musk era un tanto errática y Thiel orquestó una rebelión para sustituirlo como CEO de la empresa, que en 2001 cambió su nombre a PayPal. Hoy en día Thiel y Musk siguen considerándose amigos, aunque Thiel afirma que Musk ha perdido ambición. 

En 2002, eBay compró PayPal por 1.500 millones de dólares. Los fundadores, bautizados como “la mafia de PayPal” destinaron parte del dinero que obtuvieron a la creación de empresas que acabarían teniendo una gran influencia en las siguientes décadas, como Youtube, Linkedin o Yelp.

Thiel, por su parte, detectó una oportunidad en el ambiente de patriotismo, miedo y recortes de libertades de la “guerra contra el terror” posterior al 11-S en Estados Unidos. En 2004, con las guerras de Irak y Afganistán en marcha, fue uno de los fundadores de Palantir, una empresa de análisis de datos orientada a la colaboración con las fuerzas de seguridad y la lucha contra el terrorismo. 

Ese mismo año publicó The Straussian moment, un ensayo de 26 páginas en el que argumentaba que el 11-S debía ser un punto de inflexión para Occidente, que no estaba preparado para la necesaria guerra de civilizaciones contra un enemigo como el islamismo radical: “Hoy, el puro instinto de supervivencia nos obliga a mirar el mundo con nuevos ojos, a pensar extraños nuevos pensamientos y por lo tanto a despertar del tan largo y rentable periodo de amnesia y letargo intelectual que se ha llamado erróneamente la Ilustración”.

Hoy en día, Thiel reconoce que el tema del islam ya no le parece tan importante, en cambio, piensa que la “corrección política” es el arma de una nueva amenaza existencial, China. 

El desengaño con la política y la apuesta por Trump

En 2007, el medio sensacionalista Gawker sacó del armario ante el público a Thiel. La venganza se sirvió fría. Cinco años más tarde, en 2012, Gawker publicó un vídeo sexual de Hulk Hogan, estrella del pro wrestling (lucha libre guionizada). Thiel confesaría más tarde que animó a Hogan a denunciar al medio y le apoyó con unos diez millones de dólares hasta que logró llevar al panfleto a la bancarrota, incapaz de hacer frente a una sentencia que le obligaba a pagar 140 millones de dólares de indemnización a Hogan. 

Ese mismo año, Thiel apoyó la candidatura presidencial del ultraliberal Ron Paul, del Partido Libertario. Era donante del Comité para la Protección de los Periodistas. Cuando le preguntaron cómo encajaba el silenciamiento de un medio de comunicación con esta ideología, respondió: “Me niego a creer que el periodismo implique violaciones masivas de la privacidad”. 

Apoyó a Donald Trump en 2016, según le dijo a Ross Douhat, periodista de The New York Times, por probar, pensando que era “mejor que lo que había” y que “nadie se habría enfadado conmigo si hubiera perdido”. Ese mismo año contrató a JD Vance en su fondo Mithril Capital, aunque sus compañeros no recuerdan verlo mucho por la oficina. Vance se estaba haciendo famoso por su biografía Hillbilly Elegy, la historia de un hombre blanco de origen humilde que, oh, vaya, se siente rechazado en el ambiente de Yale, una universidad de élite. 

En 2020, Thiel no apoyó a ningún candidato a la presidencia. En las elecciones legislativas de 2022 dio 35 millones a las campañas de JD Vance y Blake Masters (que perdió) pero volvió a mantenerse al margen en 2024, al menos económicamente. 

En noviembre de 2022, Jeff Thomas, modelo e influencer amante de Thiel, le contó al reportero Ryan Grim de The Intercept que había intentado convencerlo de que abandonara la “guerra cultural” por “el daño que estaba haciendo al colectivo” gay. Por desgracia, Thomas falleció al caer del balcón de su casa en un rascacielos de Miami el 8 de marzo de 2023. 

Thiel es un admirador de la obra filosófica de Leo Strauss, que defiende que los grandes pensadores se ven obligados a ocultar su verdadero mensaje de forma esotérica bajo una apariencia más convencional, para que pase desapercibido a quienes podrían censurarlo y perseguirlo mientras llega con claridad a los iniciados. El enfoque straussiano nos permite entender las aparentes contradicciones, el presunto misterio del pensamiento de Thiel. No es difícil deducir, por ejemplo, cuando señala como enemigo a “el Estado”, Thiel se refiere a otra cosa. En realidad, nunca ha sido muy sutil.


Fuente: Ctxt