Fue
corresponsal de La Vanguardia en Moscú, Pekín y Berlín.
Autor de varios libros; sobre el fin de la URSS, sobre la Rusia de
Putin, sobre China, y un ensayo colectivo sobre la Alemania de
la eurocrisis.
Irán
no es Irak pero no está claro que los enloquecidos criminales de
Washington e Israel comprendan con quién se las tienen
Curiosa
guerra la de los doce días contra Irán, en la que las tres partes
implicadas, Israel, Estados Unidos e Irán, se declaran vencedoras.
Falta un informe de daños fiable, pero es evidente que Irán ha
sufrido: han devastado su sistema de defensa antiaéreo y sus
infraestructuras, lo que agrava su frágil situación económica, y
también han dañado sus instalaciones nucleares (no sabemos cuánto).
El gobierno iraní admite todo eso. Pero aunque su economía esté
muy tocada, en la población hay más apoyo al régimen que antes de
esos doce días.
Aniversario de la Revolución Islámica celebrado en Teherán, Irán, en febrero de 2015.
Respecto
a Israel, nunca había sufrido un ataque de tal envergadura. Se ha
acabado el mito de su invulnerabilidad militar. Toda la ayuda
antiaérea y de intercepción de Estados Unidos y las potencias
europeas, con cazas, barcos e interceptores que se sumaron a su
propio sistema, no ha impedido que su territorio fuera un coladero
para los misiles del adversario. The
Telegraph informaba
el 5 de julio de que los misiles iraníes impactaron directamente en
cinco instalaciones militares. Además, el combate parece haber
revelado la fragilidad industrial del bloque occidental, como
informó The
Guardian el
8 de julio: el conflicto ha consumido el grueso de los misiles
interceptores Patriot de Estados Unidos. El agotamiento de
los stocks israelíes
y americanos habría determinado el alto el fuego. En Israel,
estricta censura de los daños encajados, revelador alcance de lo que
el exanalista de la CIA Larry C. Johnson describe como “el síndrome
Samsonite” (por el elevado número de ciudadanos israelís que
hicieron las maletas hacia Chipre y otros lugares), y el habitual
parte de victoria, pese a que el objetivo de la guerra ha
fracasado:1) un cambio de régimen en Teheran, a la siria, 2)
debilitar a los Brics, Rusia y China, y 3) difuminar el genocidio.

Objetivos alcanzados por los misiles iranís en Israel durante la guerra de los doce días.
Respecto
a Estados Unidos, no hay información de satélites que confirme la
afirmación de Trump, y de los propios israelíes, de que el programa
nuclear de Irán haya sido “devastado”. En lo que sí hay
coincidencia es en el pronóstico de que esta guerra tiene futuro
asegurado. “Ha sido la primera guerra directa entre Irán e Israel
y probablemente no será la última”, dice Amos Yadlin, presidente
del think
tank israelí
Mind Israel. “El alto el fuego es frágil y la guerra puede
reanudarse en cualquier momento”, opina el politólogo
irano-estadounidense Kaveh Afrasiabi. “La
sensación en Teherán es que Israel volverá a atacar porque
la primera agresión no ha acabado muy bien para ellos.
Esta foto, tomada el 29 de junio de 2025, muestra la destrucción en la prisión de Evin tras el ataque aéreo israelí en Teherán, Irán.
Irán
se prepara para responder con fuerza ante tal eventualidad”, dice
Seyed M. Marandi, profesor de la universidad de Teherán.
Más
allá de estos pronósticos, la continuación de la guerra contra los
persas se desprende del hecho de su contexto.
Esta guerra forma parte de un movimiento general que define las
actuales tensiones del mundo: el intento occidental de preservar
militarmente su menguante hegemonismo y conjurar el ascenso de las
nuevas potencias independientes que lo disputan, en primer lugar
China, Rusia e Irán.
Rueda de prensa de Von der Leyen y Netanyahu tras su encuentro del 13 de octubre de 2023.
En
Washington, los generales han puesto fecha al futuro enfrentamiento
militar con China y hasta en Berlín algunos generales desvergonzados
e históricamente amnésicos anuncian una guerra con Rusia en los
próximos años. En Moscú nadie cree en la mediación de Trump en la
guerra de la OTAN contra Rusia en Ucrania. ¿Qué mediación puede
haber en un conflicto del que se es parte? Lo de Trump no es más que
un torpe ejercicio de economía de recursos. Estados Unidos no tiene
fuelle para lidiar militarmente con los tres grandes países
adversarios, así que transfiere, por lo menos parcialmente, a Europa
el frente ruso, mientras Israel “hace el trabajo sucio por todos
nosotros”, en palabras, que quedarán para la historia de la
infamia, del canciller alemán Friedrich Merz, y los americanos se
concentran en su batalla perdida contra China en Asia Oriental. El
vector de presionar a Rusia en su entorno continúa a toda máquina,
como puede apreciarse en Moldavia, Armenia y Azerbaiyán. En Teherán
se cree que muchos de los drones que atacaron las provincias del
norte y este del país el 13 de julio fueron lanzados desde
Azerbaiyán… Así que todo eso tiene su propia geografía, pero
forma parte del mismo conflicto fundamental que está subiendo en
intensidad.
Si
la unidad de acción de Occidente (Estados Unidos, Unión Europea,
Australia…) está clara, la de sus tres adversarios lo está menos.
La relación ruso-iraní es ambigua como lo demuestra el hecho de que
en los últimos años Moscú no haya suministrado sus cazas Su-35 ni
sus sistemas de defensa antiaérea S-400 a Irán, cosa que sí ha
hecho con India y Turquía, miembro de la OTAN. Tras la guerra de los
doce días, los rusos han respondido con cierto rubor diciendo que
los iraníes no solicitaron tal cooperación militar, algo que no
parece muy creíble, y que el acuerdo bilateral en la materia con
Teherán dice que “si una de las partes es atacada, la otra se
compromete... a no ayudar al agresor”. Dicen que tal curioso
articulado fue iniciativa de los iraníes para no irritar a los
americanos, pero es un hecho que tampoco los rusos quieren irritar a
los israelíes con quienes mantienen una relación importante y
sutil, no solo por los casi dos millones de rusoparlantes,
exciudadanos de la URSS, que viven en el Estado genocida. Rusia es
aliado virtual de Irán en muchos aspectos pero también objeto de
recelo histórico por su tradición imperial en el XVIII y XIX
(conquista del Cáucaso y Transcaucasia de influencia y presencia
persa), y sus diversas ocupaciones militares del país en el siglo
XX, la última de ellas después de la Segunda Guerra Mundial.
Respecto a China, su principal cliente petrolero, la relación es más
fluida. Seguramente Pekín ya está haciendo lo que Moscú no ha
hecho: suministrar sofisticados sistemas de defensa antiaérea. Con
China hay más fluidez seguramente también porque tanto China como
Irán pertenecen al pequeño grupo de las entidades políticas más
ancianas de este mundo. Tradiciones políticas y culturales de
civilización de más de tres mil años determinan cierta sintonía.
En
ese mismo contexto civilizatorio, los delirios supremacistas bíblicos
de Israel no deben impresionar demasiado a Irán. Después de todo,
un emperador persa, Ciro el Grande, fundador de la dinastía
aqueménida, es mencionado en la Biblia como liberador de los judíos
de su cautiverio babilónico en el siglo VI antes de Cristo. Como
sucede con los chinos, el milenarismo judío tampoco impresiona a los
persas. El Zoroastrismo, o mazdeísmo, nacido seguramente entre 1400
y 1000 años antes de Cristo fue una de las primeras, si no la
primera religión monoteísta. Su cosmología, cielo, infierno,
purgatorio, paraíso (en antiguo persa “pardis”
significa jardín), la idea de un profeta salvador y de un mesías
nacido de una virgen, inspiró, o fue adoptada por el judaísmo y su
posterior desviación sectaria, el cristianismo. Autores como R.C.
Zaehner defienden que los mitos mazdeístas de la creación, el fin
del mundo y el juicio final, en el que las acciones de cada uno son
enjuiciadas después de la muerte, son anteriores a los judíos y que
éstos las adoptaron tras su contacto con la cultura persa
(Katouzian, 2009).
Habiendo
sufrido a lo largo de su larga historia las invasiones y dominios de
árabes, turcos, mongoles y, más recientemente, de rusos, británicos
y americanos, Irán siempre recuperó su autonomía política y
preservó su cultura. A diferencia de los egipcios que perdieron su
antigua identidad preislámica y se convirtieron en árabes, los
persas continuaron siendo persas en el Islam. Persia fue dominada por
grandes potencias, pero nunca colonizada. A diferencia también de
muchos de sus vecinos de la región, su territorio no es producto del
trazado occidental de las fronteras. Su sistema político fue casi
siempre despótico, pero al mismo tiempo estuvo atravesado por todas
las corrientes de pensamiento y fue muy permeable a ellas. Su fuerte
identidad persa ha convivido con turcos azeríes (la mitad de los
habitantes de Teherán lo son), turkmenos, kurdos, árabes, luros,
baluchis y otros. Su confesionalidad chiíta no impide la existencia
de comunidades sunitas (15% de la población), cristianas y
judías. Irán
tiene la mayor comunidad judía de Oriente Medio con entre 9.000 y
15.000 miembros, un diputado y decenas de sinagogas.

La delegación de CODEPINK en el Sucot de la Sinagoga Yusef Abad.
El
Irán reciente
La
identidad nacional de los persas no es sólo resultado de su
patrimonio chiíta o preislámico, sino también de las experiencias
del siglo XX, su revolución constitucional de principios de siglo,
la amenaza imperial británica, rusa y americana, el movimiento
nacional de Mossadeq, los traumas del golpe de 1953 y las dramáticas
experiencias de la revolución de 1979 y de la guerra contra Irak,
apoyado por Occidente.
Reza
Shah (1878-1944): un mozo de cuadra que había alcanzado el
generalato llegó al poder mediante un golpe de Estado en 1921 e
instauró una monarquía militar que puso los cimientos de la primera
estructura de gobierno centralizada en 2000 años de historia,
extendiendo el uso de la lengua persa en un país de gran diversidad
etnolingüística, junto con las carreteras y el ferrocarril. Su
modernización autoritaria se impuso sobre un entramado despótico en
el que los ministros del Shah, frecuentemente formados en Europa, se
postraban ante él como “esclavos de su majestad” y cuya
atmósfera era descrita por un funcionario británico diciendo que,
“el gobierno tiene miedo del parlamento (majlis), el majlis tiene
miedo del ejército y todos temen al Shah”. Los más estrechos
colaboradores de aquel “rey de reyes” acababan frecuentemente en
la cárcel o asesinados, como Abdul Hassan Diba, tío de la que más
tarde sería emperatriz y esposa del último Shah, hijo de Reza,
Mohammad Reza Pahlavi (1919-1980) derrocado por la revolución de
1979.
Como
Ataturk algo después o el zar Pedro el Grande mucho antes, Reza Shah
impuso códigos de vestimenta (pantalones y chaqueta) fomentando el
afeitado de barbas y la moderación en la longitud del bigote.
Concluida en 1930, la prisión de Qasr llegó a ser símbolo de su
régimen. La llamaban faramushjaneh,
la “casa del olvido” porque quienes ingresaban en ellas debían
ser olvidados por la sociedad y borrar de su memoria el mundo
exterior. El Shah modernizó Teherán, destruyendo la ciudad antigua,
creando tiendas, cafés y cinco cines, cuyas primeras películas
fueron Tarzán, la
Fiebre del oro de
Chaplin y Alí
Babá y los cuarenta ladrones.
En el resto del país, por primera vez el poder militar central se
impuso sobre la tradicional fuerza militar tribal que reinaba en
regiones sin control, se sometió al clero “supersticioso”, se
abrieron escuelas, mejoró el estatuto de las mujeres, se eliminaron
estructuras “feudales”, se crearon las primeras fábricas y,
sobre todo, se unificó el país lingüística y culturalmente,
fomentando la unidad y una identidad nacional.
La
occidentalización era el envoltorio del despotismo con prioridad de
lo militar sobre lo civil, completa ignorancia de la ley y la
Constitución, asesinato de líderes de la oposición y
generalización de la corrupción.
Admirador
de la Alemania nazi que, en vísperas de la II Guerra Mundial, era su
primer socio comercial, Reza adoptó, en 1934, el nombre de Irán
como el país origen de los arios. Con la invasión alemana de la
URSS, soviéticos y británicos se hicieron con el control militar
del país para disponer de un corredor terrestre de suministro
alternativo a la peligrosa ruta marítima del norte del puerto de
Arkhangelsk. Echaron al Shah pero conservaron su monarquía, que pasó
a manos de su hijo Mohammad Reza, en 1941.
Mohammad
Reza se estrenó como monarca constitucional poniendo fin al
absolutismo de su padre –que murió en el exilio en Sudáfrica–,
hasta que en 1953, instado por Inglaterra y Estados Unidos, dio un
golpe de Estado contra su primer ministro Mohammad Mosaddeq, porque
éste había nacionalizado la industria del petróleo en 1951 y era
una figura demasiado independiente e incorruptible. El derrocamiento
de Mosaddeq fue el primer golpe de Estado de la CIA y con él, el
Shah restableció el régimen despótico de su padre y la autoridad
indiscutible de la monarquía. El golpe asoció al Shah con los
intereses petroleros ingleses y el imperialismo, y a su ejército con
los servicios secretos británicos y la CIA. De paso, destruyó la
oposición de izquierdas, lo que ayudó a reemplazar el nacionalismo,
el socialismo y el liberalismo por el fundamentalismo islámico.
Puede decirse por eso que las raíces de la revolución de 1979 se
remontan a 1953 ( Abrahamian, 2008).
Con
su último Shah y lo que se denominó “revolución blanca”, Irán
se convirtió en el cuarto productor mundial de petróleo, el segundo
exportador, y principal gendarme regional subordinado a Israel y
Estados Unidos. Su presupuesto militar se multiplicó por doce y su
policía de Estado, la Savak, creada por el Mossad y el FBI, devino
en un temible instrumento de represión y control, cuya acción
alcanzaba hasta el pueblo más remoto, con entre 25.000 y 100.000
presos políticos en 1975. Formalmente existían dos partidos, (Irán
Novin y Mardom), popularmente conocidos como el “partido del sí”,
y el “partido del sí señor”. Paralelamente hubo grandes avances
en sanidad y educación, el analfabetismo se redujo de casi el 80% al
60% y se multiplicó el número de estudiantes, 80.000 de ellos en el
extranjero. En vísperas de la revolución, casi la mitad de la
población tenía menos de 16 años y las desigualdades sociales se
habían exacerbado. Los sectores intelectuales y obreros que
concentraban el mayor descontento multiplicaron por cuatro su número.
Pensada para prevenir una revolución roja, la “revolución blanca”
del Shah creó las condiciones para una inusitada y desconcertante
“revolución islámica”.
La
revolución de 1979 combinó nacionalismo, populismo y radicalismo
religioso. El sociólogo Alí Shariati, uno de los autores que mejor
expresó el nuevo espíritu, tradujo a Sartre, Che Guevara y a Franz
Fanon, recibió la influencia de la teología de la liberación y de
los movimientos de liberación nacional. Shariati definió la esencia
del chiísmo como la lucha contra la opresión, el feudalismo, el
capitalismo y el imperialismo. Educado en Francia, y tras haber sido
encarcelado dos veces, tuvo que marchar al exilio para establecerse
en Inglaterra, donde murió tres semanas después de su llegada y dos
años antes de la revolución, en lo que los iranís interpretaron
como un asesinato de la Savak. Si el público de Shariati era
la intelligentsia y
la juventud estudiantil, el de Jomeini, confinado o exiliado desde
1963 por acusar al Shah de someterse al dictado de los americanos,
acabó siendo el conjunto de la población que coreaba en las
manifestaciones sus postulados: El
islam pertenece a los oprimidos, no a los opresores / El Islam
representa a los habitantes de las barriadas no a los de los
palacios/ El Islam no es el opio de las masas / Los pobres mueren por
la revolución, los ricos conspiran contra ella / Oprimidos del
mundo, ¡uníos! / Oprimidos del mundo, cread un partido de los
oprimidos / Ni Este ni Oeste, sino Islam / El Islam eliminará las
diferencias de clase / El islam se origina entre las masas, no entre
los ricos / En el Islam no habrá campesinos sin tierra...
Como
toda revolución, la iraní conoció enseguida la división y los
enfrentamientos entre sus miembros, devoró a sus hijos e hizo suyos
los métodos de tortura, ejecución y encarcelamiento de opositores
que habían caracterizado al régimen anterior. La facción armada
apoyada por el presidente Bani Sadr intentó tomar el poder en junio
de 1981, asesinando a numerosas personalidades como el presidente de
la Asamblea de expertos, el jefe del Tribunal Supremo, el jefe de la
Policía, el de los tribunales revolucionarios, cuatro ministros,
diez viceministros, un editor de periódico, veintiocho diputados,
dos imanes y al presidente Mohamad Rajai, hiriendo, además, a dos
importantes colaboradores de Jomeini, incluido su futuro sucesor como
líder supremo, Rafsanjani. En el año y medio anterior, los
tribunales ejecutaron a 497 opositores y en los cuatro años
posteriores a aquel junio se ejecutó a 8.000 opositores, la mayoría
de ellos antiguos revolucionarios. Occidente respondió a la
revolución animando a Sadam Husein a iniciar su guerra contra Irán,
de ocho años de duración (1980-1988), que produjo unos 200.000
muertos en Irán (la cifra de un millón de muertos habitualmente
barajada no es correcta) y unió al país, aunque algunos grupos se
aliaron con el enemigo. Concluida la guerra, una nueva ola de terror
ahorcó en apenas cuatro semanas a 2.800 presos, lo que ocasionó la
dimisión en protesta y el retiro del ayatollah Husein Montazeri que,
desde 1979, estaba llamado a ser el sucesor de Jomeini.
La
revolución de 1979 dio lugar a un sistema sin precedentes que
combinó el gobierno de los clérigos con la democracia, con tres
poderes separados, incluido un presidente electo y un parlamento, así
como un sistema de tutela clerical de rango superior sobre todo ello.
En la práctica, este sistema ha producido un juego institucional y
una alternancia entre conservadores y reformadores mayor y
seguramente más vivo que el de los actuales Estados Unidos con el
eterno gobierno del Estado profundo y la alternancia entre las dos
facciones de lo que es en esencia un partido único absolutamente
controlado por la minoría más rica. En Irán, el aperturista Hasán
Rohaní (presidente de 2013 a 2021) sucedió al conservador Majmud
Ajmadineyad (2005-2013), con cambios de fondo, bandazos y retrocesos
más significativos que los Clinton y Obama respecto a los Bush o
Trump. Bernard Hourcade, uno de los más conocidos especialistas
franceses en Irán, define al régimen iraní como “una república
vigilada que se demuestra capaz de cambios y evolución bajo la
presión cada vez mayor de su población” (Hourcade, 2016). La
siempre denostada, y con razón, situación de la mujer en Irán es
manifiestamente más desahogada que en los países musulmanes de la
región. El 60% de los estudiantes universitarios y el 40% de los
médicos son mujeres en Irán y en general, la sociedad parece mucho
más viva y rebelde en la reclamación de sus derechos. En 2003 The
Economist observaba
que “pese a ser un Estado islámico imbuido de religión y de
simbolismo religioso, Irán es un país cada vez más anticlerical.
En eso se parece a ciertos países católicos en los que la religión
se da como cosa hecha, sin particular exhibición y con sentimientos
ambiguos hacia el clero. Los iraníes tienden a burlarse de sus
mullahs, con chistes sobre ellos y desde luego los quieren fuera de
sus dormitorios. Su disgusto es particularmente vivo hacia el clero
político”.
A
principios del actual siglo el 70% de la población no observaba sus
oraciones diarias y menos de un 2% acudía a las mezquitas los
viernes. (Abrahamian, 2008). Reducir la crónica de ese país a las
protestas populares contra el velo, la represión o el elevado número
de ejecuciones (frecuente segundo puesto mundial después de China),
es la receta segura para no entender nada sobre Irán. En lo que a mí
respecta, eso es algo que percibí con bastante claridad en mi único
contacto directo con políticos iraníes. Fue, durante varios años,
en la Conferencia de Seguridad de Múnich, un cónclave atlantista
organizado por las empresas armamentísticas alemanas al que se
invitaba a algunos iraníes para mostrar un aparente pluralismo,
absolutamente ausente del certamen. En medio de tanta estupidez
imperial, las intervenciones de los iraníes solían ser las más
interesantes y sofisticadas, y siempre eran ignoradas por el rebaño
mediático allí congregado.
Que
un país de 92 millones de habitantes, más grande que la suma de
España, Francia, Gran Bretaña y Alemania, con tal longeva tradición
civilizatoria, que tiene frontera, terrestre o marítima, con quince
países sin haber protagonizado ni una sola agresión ni invasión en
los últimos doscientos años, y que propone desde hace décadas el
establecimiento de una zona libre de armas nucleares en Oriente
Medio, pase en Occidente por ser amenaza internacional, objeto de
sanciones y bloqueos, y ahora de guerra, es mérito de nuestros
medios de comunicación.
Cuando
se dice que Irán no es Irak, se entiende que el imperio, cuya
capacidad de desastre nadie discute, tiene en los persas un
adversario de otra entidad y calidad. Es dudoso que los enloquecidos
criminales de Washington y Tel Aviv comprendan la diferencia.
Del
blog personal de
Rafael
Poch-de-Feliu