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domingo, 8 de junio de 2025

Jason W. Moore: “La crisis climática es una lucha de clases”

 

 Por Pablo Elorduy  
      Periodista de El Salto. Autor de 'El Estado Feroz'.



El autor de 'La gran implosión' y 'El Capitalismo en la trama de la vida' critica “el ecologismo de los ricos” y propone una vuelta a la centralidad del trabajo como solución a la actual crisis climática.


     No es el historiador más conocido del mundo, pero Jason W. Moore (Corvallis, Oregon, 1971) es quien ha puesto en circulación y defiende con más tesón investigador el concepto 'Capitaloceno'. Una respuesta con la que Moore discute el uso de 'Antropoceno', nacido, asegura, para repartir las culpas de la crisis climática entre sus verdaderos responsables y quienes padecen ese cambio del clima. Se basa en datos que son conocidos, como que el 1% más rico es responsable del doble de las emisiones que la mitad de la humanidad más pobre. Pero, a pesar de esa evidencia, como señala Moore, el concepto de antropoceno se extiende también entre la izquierda.


Jason W. Moore

En ese hecho Moore justifica la que, sin duda, es la propuesta más arriesgada de su obra: una crítica rigurosa al ecologismo estadounidense y su complicidad con el capitalismo. Partiendo de la base de que —como se señala en el prólogo de su último libro— el ecologismo profesional estadounidense está alejado de la tradición de la ecología política, más vinculada con la lucha sindical y los movimientos sociales, que conocemos mejor en Europa, las advertencias de Moore sobre el “ecologismo de los ricos” y su abordaje de la crisis climática resuenan en discursos sobre el Green New Deal (nuevo pacto verde), que son moneda corriente en la literatura producida por la Comisión Europea y los partidos que, a izquierda y derecha, la sostienen.

Por eso, el autor de La gran implosión y El capitalismo en la trama de la vida (Traficantes de Sueños, años 2020 y 2025) basa su trabajo en la relación entre el trabajo y la crisis climática, en una crítica al capitalismo y a sus maneras de dominación, así como en una explicación con distintos grados de complejidad, pero clara, de los sucios secretos de la acumulación capitalista.




La tesis de los “cuatro baratos” desarrollada por Moore incide en que el capital no habría podido desarrollarse sin una explotación del trabajo, la energía, las materias primas y los alimentos basada en su devaluación. El Capital, de este modo, y a través de mecanismos ideológicos como la separación entre Hombre y Naturaleza (las mayúsculas son importantes) ha tomado históricamente lo que necesitaba a bajos precios, arrasando con lo que precisaba arrasar para su desarrollo. La sorpresa de finales del siglo XX y de principios de este siglo es que ya no lo puede hacer más, porque ha llegado a las fronteras biofísicas del planeta.

Hay una constatación de ello en la manía del apocalipsis que se ha extendido en los últimos años, que comparten desde el desquiciante millonario broligarca Peter Thiel hasta una parte de la izquierda hambrienta de malas noticias. Situado en una posición rara —pero anclado en la tradición marxista—, Moore cree que lo que estamos experimentando es un nuevo episodio en los que el cambio del clima y las transformaciones sociales forman una tormenta.


Peter Thiel

En uno de tus artículos al decir que los estadounidenses están obsesionados con el apocalipsis. ¿De dónde viene esta pulsión?

Desde el principio, los estadounidenses han estado enamorados del apocalipsis, un concepto que significa en su significado clásico, revelar o poner al descubierto la verdad fundamental. Esto, por supuesto, se acerca mucho a la imaginación protestante, que sigue resonando en la cultura estadounidense. Se trata de la fantasía de un día de éxtasis, de la división entre el bien y el mal. En este sentido es una forma de milenarismo, solo que con una diferencia: muchos movimientos, desde los husitas en el siglo XVI hasta el movimiento de Danza fantasma de los pueblos indígenas norteamericanos o la secta Loto Blanco de China de finales del siglo XVIII, tomaban el milenarismo como el clamor de los oprimidos. Veían venir el fin de los tiempos porque sus mundos habían sido destruidos. La versión estadounidense es diferente: es el milenarismo de los ricos, de los poderosos.

Es otro tipo de pensamiento apocalíptico.

Es importante entender eso porque el ecologismo estadounidense, el pensamiento ambiental de los poderosos, ha tenido mucha influencia en el mundo. Y es una forma de milenarismo. Cuando estos ecologistas hablan del clima como una amenaza existencial expresan una idea, una visión del mundo, que ha estado germinando en los Estados Unidos desde principios del siglo XVII y que se repite en la historia estadounidense, por ejemplo, a principios de la década de 1980, cuando Ronald Reagan habló de la Unión Soviética como el imperio del mal. Hay una esencia moralizante y existencial en el imaginario estadounidense que ha infectado el pensamiento de las élites de todo el mundo. No en Oriente, no en China, sino en el Occidente imperial. Y el ecologismo es una parte fundamental de ese milenarismo de los ricos.

La izquierda política también acaricia la idea de que el fin del mundo ya está aquí. ¿Cómo podemos romper esta tendencia sin caer en la autocomplacencia y sin proponer medidas que no aborden el meollo de los problemas?

Creo que debemos empezar por analizar la historia del pensamiento ambiental incluso antes del ecologismo, incluso antes del siglo XIX. Debemos volver a Thomas Malthus y antes de Malthus debemos ir a René Descartes, Thomas Hobbes y Francis Bacon, que no eran simplemente científicos y filósofos, eran ideólogos. Ideólogos del imperio. Para ellos, los habitantes nativos de las tierras coloniales eran salvajes. Eran parte de la Naturaleza. Hay una larga historia que parte de la izquierda se ha negado a reconocer; se ha negado a entender que el pensamiento ambiental, el ecologismo, el pensamiento científico ha sido fundamental para la ideología burguesa. Uno de mis ejemplos favoritos: la palabra ecología proviene de Ernst Haeckel, un científico alemán. Él fue uno de los cofundadores a principios del siglo XX de la Liga Monista Alemana, que desarrolló su concepción del Lebensraum [espacio vital] basándose en el ecologismo de Haeckel. Los elementos de ese pensamiento reaccionario se han mantenido. El pensamiento ambiental es históricamente antidemocrático. Históricamente es la política de la élite profesional alineada con el capital.

¿Qué hacemos para empezar a cambiar el rumbo del debate?

Creo que esa es la pregunta de la izquierda. Debemos insistir en que la cuestión del clima, la cuestión del cambio ambiental, es historia del trabajo. La crisis climática es una lucha de clases. Para Marx es una cuestión dialéctica: es decir, el trabajo es el punto de partida que nos permite empezar a ver todos los problemas del mundo como relacionados. La lucha de clases para Marx y Engels es siempre una lucha de clases en la trama de la vida.


El cambio climático es una de las pruebas más consistentes de que la 'organización humana es parte de la naturaleza', uno de los principios del libro de Moore.

Con respecto a la actual crisis climática, usted fijó la fecha clave del descubrimiento de América en 1492 como punto clave en el desarrollo del capitalismo que nos ha traído hasta aquí. Otros autores prefieren situar el inicio en torno a la revolución industrial. ¿Por qué es importante tomar ese punto de partida mucho antes de que se generalice el uso de combustibles fósiles?

Esta es una cuestión importante y se plantea dentro de un debate que no ha tenido lugar, el debate con el llamado capitalismo fósil. El libro de Andreas Malm, Capital fósil, es, en muchos sentidos, un libro excelente. Sin embargo, la teoría del capital fósil que nos presenta, es una teoría malthusiana, y eso sonará incendiario, pero voy a explicar por qué. Si analizamos la tesis de Capital Fósil, vemos lo que Malm ignora: la cuestión del imperialismo. En el corazón del capitalismo está el imperialismo moderno, que tiene que ver con los mecanismos políticos que producen los “cuatro baratos”: mano de obra, alimentos, energía y materias primas. No se puede tener una fábrica mundial sin la granja mundial o sin una mina mundial, ya que esas son, de hecho, las condiciones previas de la industria a gran escala. Esta es, por supuesto, la posición de Marx de que el capitalismo comienza en el siglo XVI: es absolutamente explícito al respecto. Puede que Marx esté equivocado en otros asuntos, pero en este punto tiene toda la razón. Y la relevancia de ese argumento en comparación con el argumento sobre la llamada Revolución Industrial es que los argumentos del capital fósil ignoran el imperialismo. No se habla de los cercamientos en Irlanda, no se habla del proletariado de las plantaciones, del empleo masivo de la esclavitud en las plantaciones para producir algodón.

¿Por qué es esto importante desde el punto de vista político hoy?

Es importante porque nos ayuda a entender que el desarrollo de la clase obrera mundial es combinado y desigual. También es fundamental para un internacionalismo proletario para todo el planeta, que es esencial que opere en todas las zonas de la ecología mundial capitalista. Parece abstracto discutir sobre si el origen del capitalismo lo situamos a principios del siglo XIX o principios del siglo XVI y XVII, pero está íntimamente ligado a nuestras prioridades políticas. Si creemos que hacer estallar los oleoductos cambiará el mundo, entonces hay que hacer estallar los oleoductos. Pero hemos visto que es una política fallida. En cambio, si trascendemos las relaciones que crearon los oleoductos, que crearon las centrales de carbón, que crearon los campos petrolíferos, si anulamos y trascendemos esas relaciones, entonces podemos tener una política revolucionaria con respecto al cambio climático.

Hombre y Naturaleza, ¿por qué estos conceptos antiguos siguen siendo tan importantes hoy en día?

Desde el principio, este es el código binario del poder capitalista. En el inglés anticuado se dice Hombre, ahora decimos 'humanidad', seguimos diciendo Naturaleza, en ambos casos se trata de inventos de los siglos XVI y XVII. Junto con la civilización forman la trinidad: el hombre, la naturaleza y la civilización, a la que hoy llamamos sociedad. Esencialmente, lo que la burguesía ha construido es una visión del mundo basada en lo que yo llamo el conflicto eterno: el Hombre contra la Naturaleza. ¿Quién media en los conflictos eternos? Los civilizadores, los imperialistas, los ricos y poderosos y la ciencia que compraron, la gente ilustrada. La estructura binaria del mundo moderno en el pensamiento está relacionada con la proposición marxista clásica sobre los orígenes del capitalismo. La separación del Hombre y la Naturaleza es una expresión abstracta de la separación del campesino de la tierra. Y también es un código operativo en términos de gestión.

¿En qué sentido?

Todos hemos tenido trabajos en los que el gerente “lo sabe todo” y el “trabajador no sabe nada”. El gerente le dice al trabajador: “No queremos que pienses, queremos que obedezcas: eres una extensión de nuestra mente”. Esa es una forma de pensar que fue cristalizada por René Descartes en el siglo XVII, en un momento de crisis climática, en un momento de revolución política. Fue una forma de pensar que surgió entonces y que se ha reproducido desde entonces. Es una mentalidad gerencial. Los socialistas que se niegan a ver esto están renunciando a la política y a la lucha contra el gerencialismo.

También ha dicho que la división de género y el racismo nacen en estos períodos. ¿Cómo ocurre? ¿Por qué era tan importante para el capitalismo que así fuera?

El racismo es un mecanismo político para tener mano de obra barata, se desarrolla en esa época. Muchos estudiosos dicen que el racismo estuvo ahí desde el principio, pero está muy claro que no tenemos formas institucionales e ideológicas completamente maduras de racismo hasta algún momento a mediados del siglo XVI. Antes había expresiones de ello, por supuesto. Lo mismo ocurre con el género.

¿Cómo se construyen esas ideas?

Desde el punto de vista de la burguesía, las categorías de raza y género se expresan y conceptualizan a través de la Ley Natural. Quizá sea una nota a pie de página, pero la primera revolución capitalista en torno a esa ley natural provino de Francisco de Vitoria y el intrumentalismo metafísico. El hecho es que la Raza y el Género se inventan en el momento de la gran proletarización, entre los años 1550 y 1750. Esta es, por supuesto, la acumulación primitiva de Marx y no se limita a Inglaterra. En Europa occidental, la proporción de la población que está proletarizada pasa de aproximadamente una cuarta parte a aproximadamente la mitad entre esos años. Ésta es también la era del nacimiento y la génesis del sexismo, que es una estrategia de control laboral y un esfuerzo por colocar a las mujeres en la categoría de “Naturaleza” de modo que no sea necesario pagarlas.

¿Qué implica?

Es una estrategia laboral “barata”. Con el desarrollo de la trata transatlántica de esclavos y de la esclavitud africana, que comienza a producirse masivamente después de 1600, el racismo se desarrolla progresivamente como ideología, pero también, como siempre —no solo la raza sino la etnicidad— es una consecuencia de la organización política de los mercados laborales. Como sabemos hoy, los inmigrantes se mantienen en una parte del mercado laboral, el mercado laboral más barato y explotado. A otros se les ha permitido entrar en las profesiones liberales. Así es cómo funcionan la raza y la etnia, pero en el fondo se trata de estrategias de obtención de trabajo barato, estrategias que buscan, ante todo, dividir y conquistar, el antiguo proverbio romano dīvide et īmpera. Muchos miembros de la izquierda profesional han abrazado el “divide y vencerás”. Han abrazado la política de raza y género como algo esencial, por encima de la lucha de clases, siguiendo el esfuerzo de la burguesía por dividir a la clase obrera dentro de las naciones y entre las naciones.


Fuente: EL SALTO

martes, 30 de julio de 2024

El impacto de la conciencia de clase en las preferencias políticas

 


Algunas encuestas indican que la identificación con la clase obrera se está extendiendo y provoca insatisfacción con los partidos tradicionales 


     La percepción más profunda de Karl Marx fue reconocer cómo el fetichismo de las mercancías –la fijación en las simples mercancías en sí mismas– oscurece las formas en que el trabajo de los obreros da forma a la mayoría de ellas y genera los beneficios, o plusvalía, por los que los capitalistas compiten obsesivamente. Esta competencia es la fuerza motriz esencial del modo de producción capitalista.

En los Estados capitalistas avanzados, la mayoría de los partidos políticos practican una forma de fetichismo político: se presentan a sí mismos como constituidos por y en representación de la ciudadanía en general, con políticas y candidatos que abordan las demandas sociales de la mayoría. Sin embargo, en la actualidad, diversas perspectivas políticas críticas señalan que los principales partidos gobernantes de muchos países continuamente legislan y asignan recursos que sirven en gran medida a los intereses de las élites políticas, prestando mínima atención a las necesidades de la mayoría. Las relaciones políticas estratégicas que configuran muchas iniciativas y asignaciones de recursos quedan en gran medida ocultas a la vista y a la mayoría de los votantes.

La opinión temprana de Marx de que el Estado moderno no era más que el brazo ejecutivo de la burguesía evolucionó más tarde en una comprensión más compleja de las relaciones de clase dentro y contra el Estado. Con la llegada de la producción en serie, la clase obrera industrial alcanzó una masa crítica suficiente para formar sus propias organizaciones, como los cartistas en Inglaterra y el primer partido obrero del mundo, fundado en Estados Unidos en 1828. Estos partidos perseguían directamente los programas de la clase obrera. Desde entonces, muchos izquierdistas han actuado con la esperanza de que la lucha de clases democrática condujera a la transformación política hacia el socialismo.

Cuando los movimientos transformadores han supuesto una amenaza política, han sido socavados por el capitalismo corporativo


Durante casi dos siglos, el Estado capitalista, establecido para proteger los derechos de propiedad privada, ha hecho concesiones a los derechos sociales exigidos por los asalariados, especialmente en lugares con movimientos obreros muy organizados y partidos políticos socialdemócratas fuertes. Sin embargo, se siguen dedicando ingentes recursos a publicitar y promover intereses económicos y políticos capitalistas fetichizados. En los pocos casos en que los movimientos transformadores han supuesto una amenaza política, han sido desviados o socavados por la fuerza ideológica y coercitiva del capitalismo corporativo y sus aliados.


Niveles ocultos de conciencia de clase


Los investigadores y expertos tanto de la izquierda como de la derecha asumen ahora que la conciencia de clase entre los trabajadores está silenciada hasta el punto de ser irrelevante para las cuestiones políticas en el capitalismo avanzado. Las suposiciones predominantes son tautológicas: o bien hay poca conciencia de clase real, por lo que los partidos políticos no tienen electorado para dar forma a plataformas en torno a cuestiones de clase, o bien los partidos políticos establecidos evitan las cuestiones de clase, por lo que la gente no tiene foros populares para desarrollar y expresar esa conciencia. En consecuencia, las investigaciones prestan poca atención a la relación real entre la conciencia de clase y las preferencias por los partidos políticos. Indagaciones recientes han hallado asociaciones mínimas entre las posiciones objetivas o la identidad de clase y las preferencias partidistas, perpetuando aún más la tautología.

Existe un consenso cada vez mayor en torno al carácter tripartito de la estructura de clases del empleo en el capitalismo avanzado, que incluye a propietarios, directivos y empleados no directivos. También se reconoce ampliamente el declive de los trabajadores industriales y el crecimiento de los empleados profesionales (o “trabajadores del conocimiento”). La identidad de clase media se ha extendido mucho más a raíz del consumo masivo de mercancías y de la creciente visibilidad tanto de los ricos acaudalados como de los pobres indigentes. Pero la mayoría de las investigaciones empíricas sobre la conciencia de clase han ignorado en gran medida a los capitalistas corporativos más poderosos y a los altos directivos, han confundido a los directivos con los empleados profesionales y se han centrado principalmente en la identidad culturalmente hegemónica de la clase media. No es de extrañar que las relaciones entre clase y conciencia de clase hayan resultado ser muy modestas.

La reproducción del Estado capitalista depende menos de los defensores con conciencia de clase y más de los trabajadores con conciencia de clase pragmática

Podemos distinguir dos niveles superiores y a menudo ocultos de la conciencia de clase: la conciencia de oposición y las visiones clasistas de la sociedad. La conciencia de oposición implica tener intereses de clase opuestos a los de otra clase: principalmente a favor del capital o a favor de los trabajadores. La conciencia de clase implica tener visiones de la sociedad que se alineen con los intereses de clase, como pueden ser, esencialmente, una visión capitalista hegemónica de una economía continua basada en el beneficio y dirigida por la dirección o una visión obrera revolucionaria de una economía sin ánimo de lucro con autogestión de los trabajadores.

Muchos intelectuales de izquierda creen ahora que los trabajadores tienen en general una conciencia de oposición contradictoria, debilitada por la ideología burguesa dominante y que son incapaces de concebir una alternativa real al capitalismo. Esto dista mucho de ser cierto. Las pocas encuestas nacionales que han abordado estas cuestiones han encontrado que las personas con una conciencia progresista de oposición protrabajo (que apoyan incondicionalmente el derecho de huelga y se oponen a la maximización de beneficios) superan significativamente a las que tienen una conciencia procapital (que se oponen incondicionalmente al derecho de huelga y apoyan la maximización de beneficios), y que el número de partidarios protrabajo parece estar aumentando.


Las proporciones de personas con conciencia de oposición protrabajo son probablemente minoritarias en todos los países capitalistas avanzados en la actualidad, y aquellas con conciencia obrera revolucionaria son probablemente menos del 20% en todas partes. Sin embargo, estas cifras son considerables y parecen estar aumentando en medio al ritmo de las actuales crisis ecológicas, económicas y políticas. Superan significativamente en número a los defensores del capitalismo con conciencia de clase.

La reproducción del Estado capitalista democrático liberal depende menos de los defensores con conciencia de clase y más de los trabajadores con conciencia de clase pragmática: aquellos que pueden aceptar la maximización de beneficios con ciertas condiciones o apoyar el derecho a la huelga en circunstancias específicas, y no perciben ninguna alternativa viable al capitalismo. Sin embargo, pequeños grupos con visiones progresistas coherentes y comprometidos con una acción política no violenta sostenida han tenido mucho éxito a la hora de liderar movimientos políticos a favor del cambio en muchas cuestiones durante el siglo pasado. La cuestión central sigue siendo: ¿cómo se relaciona la conciencia de clase con las opiniones sobre cuestiones políticas y el apoyo a determinados partidos?

Los ricos tienden a ver la pobreza como una responsabilidad individual


Política y conciencia de clase


La cuestión de la reducción de la pobreza ha sido históricamente decisoria en muchos países capitalistas avanzados. Los ricos tienden a ver la pobreza como una responsabilidad individual, mientras que los menos acomodados apuntan a las condiciones económicas generales. En las últimas décadas, con una riqueza cada vez más conspicua y un empobrecimiento cada vez más visible, se ha producido un aumento general del apoyo a la reducción de la pobreza en muchos países. Las relaciones entre formas más amplias de conciencia de clase y esos sentimientos de apoyo a los pobres en Canadá en 1982 y 2016 muestran diferencias pronunciadas y crecientes, como se resume a continuación.

Apoyo a la reducción de la pobreza según la conciencia de clase

en Canadá, 1982 y 2016.


A lo largo del periodo, el acuerdo general sobre la necesidad de medidas de apoyo a la pobreza aumentó de dos tercios a más del 80%. Una pequeña minoría, que comprendía alrededor del 2%, que se veía a sí misma en el nivel superior de la estructura de clases y creía en lo correcto de su carácter lucrativo, se resistía a las medidas que pudieran disminuir la competencia entre la mano de obra potencialmente contratada. En cambio, un grupo mucho mayor, que abarcaba más de un tercio, con diversos grados de conciencia obrera simpatizante, opositora o revolucionaria, apoyaba cada vez más las iniciativas destinadas a mejorar las condiciones de vida de los pobres.

En la década de 1980 se observaron pautas similares en otros países capitalistas avanzados, como indican los datos de algunas encuestas relevantes. Sin embargo, a pesar de estos sentimientos, han prevalecido las medidas de austeridad del Estado, alineadas con las preferencias de la pequeña minoría que mantiene puntos de vista capitalistas hegemónicos y su influencia sobre los políticos elegidos.

El reciente patrón de conciencia de clase sobre la acuciante cuestión del calentamiento global en Canadá refleja esta tendencia. En 2016, una gran mayoría de canadienses estaba de acuerdo en que el calentamiento global supone una amenaza para la vida humana, con un apoyo prácticamente unánime entre aquellos con conciencia protrabajo.

Por el contrario, aquellos con conciencia de clase capitalista hegemónica tendían a negar la relevancia de esta amenaza: una mentalidad elitista vintage.

En resumen, los escasos datos de encuestas directas sobre las relaciones entre las formas más elevadas de conciencia de clase y las cuestiones políticas más debatidas indican que las personas con conciencia protrabajo son las que expresan un mayor apoyo a los programas políticos progresistas. Los que tienen una conciencia favorable al capital muestran la mayor oposición, mientras que los que tienen una conciencia más pragmática tienen opiniones encontradas sobre cuestiones políticas en general. Aunque no se trata de una simple tautología, estos resultados no son del todo sorprendentes. Lo que llama la atención es la significativa disparidad entre las opiniones capitalistas hegemónicas y la opinión popular.

Los procapitalistas tenían el doble de probabilidades de decantarse por el Partido Conservador que los protrabajadores


Pero, ¿qué hay de la asociación entre la conciencia de clase y el apoyo a los partidos políticos realmente existentes, que son las organizaciones elegidas para dar forma a las políticas que responden a todo el electorado? Las pruebas directas sobre esta cuestión son escasas. Algunos datos proceden de la encuesta de Erik Olin Wright realizada en 1980 durante las elecciones presidenciales en las que el republicano Ronald Reagan venció al demócrata Jimmy Carter. Quienes tenían una conciencia favorable al capital tenían cuatro veces más probabilidades de votar a los republicanos que aquellos que tenían una conciencia favorable a los trabajadores, mientras que casi la mitad de este último grupo optó por una afiliación independiente o de otro partido.

La encuesta canadiense de 1982 se realizó tras las elecciones federales de 1980, que devolvieron al Partido Liberal de Pierre Trudeau a la mayoría. Los procapitalistas tenían el doble de probabilidades de decantarse por el Partido Conservador que los protrabajadores. Y estos últimos tenían cuatro veces más probabilidades de decantarse por el socialdemócrata Nuevo Partido Democrático, que recibió alrededor del 20% de los votos.

Un análisis más reciente de la encuesta canadiense de 2004, en la época de las elecciones federales del gobierno liberal en minoría de Paul Martin, muestra resultados significativos. Las personas con conciencia protrabajo solo tenían la mitad de probabilidades de votar a los principales partidos liberales o conservadores que las que tenían conciencia procapital. En cambio, casi dos tercios optaron por apoyar a partidos socialdemócratas u otros, o se negaron a alinearse con ningún partido. Las escasas pruebas muestran diferencias sustanciales en las preferencias partidistas en función de las formas de conciencia de clase. Sugiere que el creciente número de individuos con conciencia protrabajo, junto con otros, son cada vez menos proclives a apoyar a los partidos capitalistas dominantes.


De cara al futuro


Actualmente nos enfrentamos a una combinación de amenazas sin precedentes, como la degradación ecológica sistémica, las desigualdades económicas, un posible invierno nuclear y una falta de confianza generalizada en las instituciones políticas establecidas. La principal consecuencia política hasta ahora ha sido un nivel de protesta social y medioambiental sin precedentes. Votar a los principales partidos capitalistas se entiende ahora como un gesto político limitado, a menudo abordado con cinismo o evitado por completo, con pocas expectativas de que los partidos aborden estas cuestiones acuciantes.

El potencial de alianzas sostenibles entre sindicatos, colectivos sociales, grupos de acción medioambiental y otros grupos de ciudadanos nunca ha sido mayor


En el ciclo electoral que se abre, los demócratas de Joe Biden ofrecen obviamente políticas más progresistas que los republicanos de Donald Trump. La gente debería votar a su candidato progresista preferido, pero no debería hacerse ilusiones. La probabilidad de que cualquiera de los dos partidos aplique políticas que desafíen los programas establecidos de las élites corporativas, que financian a la mayoría de los candidatos electos, sigue siendo escasa. Es necesario que muchos partidos políticos se constituyan o reconstituyan sobre bases sociales más democráticas, con programas de políticas y recursos más democráticos.

El auge de los movimientos de extrema derecha que aprovechan políticamente las ansiedades xenófobas refleja el fracaso de los partidos tradicionales en el poder para abordar las preocupaciones democráticas que impulsan estas protestas sociales y medioambientales generalizadas. La prominencia de los reaccionarios del MAGA [Make America Great Again] en la versión de Trump del Partido Republicano pone de relieve lo lejos que se han quedado los partidos tradicionales de las organizaciones democráticas inclusivas, y lo vulnerables que son a los llamamientos autoritarios populistas y estrechos.

Los militantes progresistas deben comprometerse ahora más que nunca, tanto dentro de los partidos relativamente democráticos como en los crecientes movimientos sociales. El potencial de alianzas sostenibles entre sindicatos, colectivos de igualdad racial y de género, grupos de acción medioambiental y otros grupos de ciudadanos preocupados nunca ha sido mayor. Sean cuales sean los resultados inmediatos de las numerosas elecciones nacionales de 2024, es probable que la conciencia de clase progresista persista y aumente. Los investigadores progresistas deberían realizar esfuerzos sin precedentes para documentar los niveles ocultos de conciencia de clase y revelar sus vínculos con patrones de voto más estrechos. Las recientes encuestas experimentales de Jacobin en Estados Unidos son un comienzo prometedor. Compartir ampliamente esta inteligencia política podría ser una ayuda inestimable para las acciones democráticas dentro y fuera de las organizaciones de los partidos políticos tradicionales.


Fuente: CTXT


lunes, 15 de julio de 2024

Lucha de clases ecológica: la clase trabajadora y la transición justa

 


   Aquellas personas que se encuentran en una situación precaria y de inestabilidad económica son las que pueden inspirar la descarbonización de la industria y la creación de empleos que sean respetuosos con el medioambiente. Contamos con una historia sólida de iniciativas obreras que han superado despidos, así como una serie de colaboraciones recientes entre activistas, sindicatos y trabajadores, que sirven de ejemplos concretos de transición empoderada.


En el año 2023, una ola de calor sin precedentes que recibió el nombre de Cerbero (el sabueso tricéfalo de Hades) arrasó toda Europa, lo que llevó a la clase trabajadora a organizarse para exigir medidas de protección contra el calor extremo. En Atenas, el personal empleado en la Acrópolis y otros enclaves históricos se declaró en huelga durante cuatro horas al día. En Roma, el servicio de recogida de basuras amenazó con ir a la huelga si se les obligaba a trabajar durante las horas de mayor calor. En otros lugares de Italia, los empleados del transporte público exigieron vehículos con aire acondicionado y la plantilla de una fábrica de baterías en los Abruzos amenazó con ir a la huelga en protesta por la obligación de trabajar bajo un “calor asfixiante”.




Casi se podría decir que los antiguos griegos vaticinaron la crisis climática actual cuando denominaron a Hades, el dios de los muertos, con el eufemismo de “Plutón”, el dador de riqueza. Su nombre es una alusión a los materiales (la plata en su época, los combustibles fósiles y los minerales indispensables en la nuestra) que, una vez extraídos del inframundo, acaban llenando los bolsillos de los plutócratas.




La transición sigue dependiendo de instituciones poderosas y acaudaladas que, aun dejando de lado la avaricia o la codicia de estatus, están obligadas por el sistema a anteponer la acumulación de capital a la habitabilidad del planeta

 

La estructura plutocrática de la sociedad moderna explica la pasmosa lentitud de la respuesta al colapso climático. La tan anunciada transición ecológica apenas avanza, al menos en lo que respecta a la concentración atmosférica de gases de efecto invernadero. Estos no sólo siguen aumentando, sino que lo hacen incluso de forma acelerada, y lo mismo ocurre con el ritmo del calentamiento global. La transición sigue dependiendo de instituciones poderosas y acaudaladas que, aun dejando de lado la avaricia o la codicia de estatus, están obligadas por el sistema a anteponer la acumulación de capital a la habitabilidad del planeta.




En este contexto, la política de la transición implica una lucha de clases que va más allá de la lucha de la clase obrera en defensa de sí misma y de sus comunidades frente a las emergencias meteorológicas. Obviamente, eso también forma parte del paisaje, pero la lucha de clases se manifiesta de manera más evidente cuando el poder intenta transferir los costes de la transición a las masas. Así es como surge, inevitablemente, la resistencia. La pregunta es: ¿qué forma adoptará?

En algunos casos esta resistencia adopta la forma de una reacción antiecologista, instigada o dominada por fuerzas conservadoras y de extrema derecha. Aunque se autoproclaman aliados de las “familias trabajadoras”, estas fuerzas denigran la necesidad más básica de todo trabajador: un planeta habitable. En otras ocasiones adopta una forma progresista, como es el caso emblemático de los llamados “chalecos amarillos” en Francia. Cuando el Gobierno de Macron subió los “impuestos ecológicos” sobre los combustibles fósiles como incentivo para que el consumidor comprara coches más eficientes, las clases media-baja y trabajadora de las zonas rurales, incapaces de permitirse ese cambio, se enfundaron unos chalecos amarillos de seguridad y se movilizaron. Aunque el sector radical del movimiento obrero francés se unió a la causa, no consiguió aglutinarse en una fuerza política capaz de ofrecer otras soluciones a la crisis social y medioambiental.


Los peligros climáticos ya se han integrado en las luchas obreras de todo el mundo, sentando así nuevas bases de movilización

 

El análisis de las formas de lucha, los movimientos y las acciones de la clase obrera en relación con el cambio climático nos permite entrever cómo se podría reorientar la transición ecológica siguiendo una línea social liderada por la clase trabajadora. En este contexto, el término “lucha de clases” se emplea en un sentido general para abarcar cuestiones como la ecología, la reproducción social, la sexualidad, la identidad, el racismo, etc., todas ellas relacionadas con la calidad de vida y tan relevantes para la “mano de obra” como el salario y las condiciones laborales.

Mazzocchi, el líder sindical estadounidense que acuñó el término “transición justa”, criticó el contrato social de posguerra por el que los dirigentes sindicales renunciaban a participar en las decisiones sobre el proceso de producción a cambio de mejoras salariales. Su radicalismo "rojiverde" brotó de la convicción de que era necesario transformar la totalidad de la vida laboral y social para lograr la salud y el bienestar de la clase trabajadora.


 Resistencia obrera 


El colapso climático está dejando una huella cada vez más honda en las diferentes formas de lucha de clases. Los peligros climáticos ya se han integrado en las luchas obreras de todo el mundo, sentando así nuevas bases de movilización. Además, la preparación ante situaciones de emergencia ha ido escalando posiciones en cuanto a prioridades en las agendas de los comités de seguridad de los sindicatos.

La investigación de Freya Newman y Elizabeth Humphrys sobre los trabajadores del sector de la construcción en Sidney explora la percepción que tienen los obreros del estrés térmico como una cuestión de clase. “Cuando hace un calor infernal, nuestros jefes no salen nunca de sus oficinas con aire acondicionado”, se quejaba uno de los entrevistados, “y eso que nos hacen trabajar en unos sitios espantosos a unas temperaturas demenciales”. Según los investigadores, en los lugares donde la conciencia de clase es mayor y los sindicatos han conservado cierta importancia (a pesar de la tendencia general a debilitarse durante la era neoliberal), la presión de la clase trabajadora ha logrado las mejoras más notables en materia de salud y seguridad en el marco de la crisis climática.

Las movilizaciones por una mayor protección frente a los riesgos meteorológicos, como las que tuvieron lugar en Atenas, Roma y la región de los Abruzos, evidencian la estrecha relación que existe entre las luchas obreras y la degradación del clima y el colapso ecológico. Otra de las reacciones es la resistencia contra las repercusiones “indirectas”, un concepto muy amplio que incluye las revueltas revolucionarias que se produjeron en los años 2010-12 en Oriente Próximo y el Norte de África, donde la inestabilidad meteorológica provocó un ascenso vertiginoso del precio de los alimentos, y, más recientemente, las protestas de los agricultores en la India.




Los despidos “rojos” se visten de “verde”


Teniendo en cuenta que los vehículos eléctricos, las energías renovables y el transporte público son piezas clave para la transición ecológica, ¿qué ocurre con aquellas personas que trabajan en los sectores más contaminantes?

Algunas de las historias más inspiradoras sobre la transición nos llegan del sector del automóvil y de la industria armamentística. A principios de los años 70, los movimientos obreros y sindicales de todo el mundo se volcaron en la defensa del medio ambiente. Así fue como los “rojos” y los “verdes” adoptaron una lengua común. En Estados Unidos, por ejemplo, el líder del sindicato United Automobile Workers, Walter Reuther declaró que “la crisis medioambiental ha alcanzado unas proporciones tan catastróficas que el movimiento obrero se ve ahora obligado a llevar esta cuestión a la mesa de negociación de cualquier industria que contribuya de forma cuantificable al deterioro del medio ambiente en el que vivimos”.

Pues bien, eso es precisamente lo que hicieron los trabajadores de Lucas Aerospace, un fabricante británico de armas con sede en Gran Bretaña. La dirección de la empresa empezó a despedir a su personal amparándose en la automatización y en la disminución de los pedidos por parte del Gobierno. Ante esta situación, los trabajadores crearon un sindicato no oficial con el nombre de Combine en representación de los empleados que trabajaban en las 17 fábricas de la empresa. Su principal objetivo era frenar la hemorragia de despidos presionando al Gobierno laborista para que invirtiera en maquinaria para la vida y no para la muerte.


Frank Duffy, coordinador sindical de Unite: “Nos dimos cuenta de que, si queríamos lograr un futuro ecológico para la industria automovilística británica y salvar nuestros puestos de trabajo cualificados, no podíamos dejar el asunto en manos de nuestros jefes”

 

En el año 1974 redactaron un documento de 1.200 páginas en el que detallaban diversas propuestas para reorientar sus habilidades y maquinaria hacia una actividad productiva que fuera útil para la sociedad como, por ejemplo, máquinas de hemodiálisis, turbinas eólicas, paneles solares, motores para vehículos híbridos y trenes ligeros, es decir, tecnologías de descarbonización que eran prácticamente desconocidas en aquella época. El plan fue rechazado por el Gobierno laborista de entonces y por la dirección de la empresa, que descalificó a sus creadores como “la brigada del pan integral y las sandalias”. Sin embargo, la historia de Combine sigue vigente.

En el año 2021, Melrose Industries compró GKN, una de las principales empresas de la industria automovilística, y anunció el cierre de sus fábricas de componentes para transmisiones de automóviles ubicadas en las ciudades de Florencia y Birmingham. Por un lado, más de 500 trabajadores de la fábrica británica respondieron con un voto a favor de la huelga, exigiendo que la fábrica se convirtiera en una planta de producción de componentes de vehículos eléctricos. Frank Duffy, el coordinador sindical de Unite, explicó: “Nos dimos cuenta de que, si queríamos lograr un futuro ecológico para la industria automovilística británica y salvar nuestros puestos de trabajo cualificados, no podíamos dejar el asunto en manos de nuestros jefes. Teníamos que tomar cartas en el asunto nosotros mismos”. Además, haciéndose eco del Plan Lucas de forma deliberada, añadió: “Hemos elaborado un plan alternativo de 90 páginas en el que se detalla la manera en que podemos reorganizar la producción” para así asegurar los puestos de trabajo y acelerar la transición al transporte impulsado por motores eléctricos.




En la factoría hermana de Campi Bisenzio, en Italia, la transición desde abajo llegó mucho más lejos. Los trabajadores de la planta ya partían con ventaja tras haberse organizado en un comité industrial democrático (collettivo di fabbrica). Ocuparon las instalaciones y expulsaron a los guardias de seguridad, que habían recibido órdenes de intervenir. De esta forma, y en colaboración con académicos y activistas por la justicia climática, los trabajadores trazaron un plan de reconversión del transporte público sostenible y reivindicaron su implementación.




Decenas de miles de personas tomaron las calles una y otra vez en movilizaciones constantes, respaldadas por sindicatos y comunidades locales, así como por grupos ecologistas como Extinction Rebellion (XR) y FFF. La ocupación de Campi Bisenzio, que ha cumplido ya su tercer año, es la más larga de la historia de Italia. Después de que sus esfuerzos por obligar a Melrose a cancelar el cierre de la planta fracasaran, los trabajadores cambiaron de táctica y formaron una cooperativa que actualmente produce bicicletas de carga. Gracias a este cambio de rumbo, han conseguido mantener un empleo seguro para una parte de la plantilla original, ofreciendo así un ejemplo sobre la manera en que podrían dar comienzo los programas de descarbonización impulsados por los propios trabajadores.


Sin alternativa viable


En estos ejemplos que hemos ofrecido sobre la industria automovilística, el proceso de transición parece sencillo, al menos desde el punto de vista material. Así, una fábrica de componentes para automóviles con motor de combustión interna puede reconvertirse en una fábrica de vehículos eléctricos, transporte público o bicicletas. Pero, ¿qué ocurre con otras industrias para la que no existen unas tecnologías alternativas viables? ¿Cómo han de responder los trabajadores de estas industrias ante esta situación?




Las luchas de clases que se libren a lo largo de este siglo decidirán la habitabilidad de la Tierra durante los próximos milenios

 

Algunas propuestas, modestas pero audaces, surgieron en Gran Bretaña en plena crisis del covid-19. Magowan y el equipo de Green New Deal para Gatwick proyectaron las múltiples formas en que las distintas categorías de competencias de los trabajadores de Gatwick se podían adaptar a otros puestos de trabajo en sectores en vías de descarbonización. Gracias al respaldo del Sindicato de Servicios Públicos y Comerciales (PCS), encontraron apoyo en la plantilla de trabajadores, entre los que se encuentra un piloto que supo sintetizar de maravilla todo lo que está en juego:

Volar ha sido el sueño de mi vida. Nos asusta mucho enfrentarnos a la posibilidad de perder esta parte tan importante de nuestras vidas, ya que perder nuestro trabajo es como perder una parte de nosotros mismos. Ahora bien, como pilotos, nos valemos de nuestras habilidades para identificar esta amenaza existencial para el mundo natural y para nuestras vidas. Si esto fuera una emergencia en pleno vuelo, hace ya tiempo que nos habríamos desviado a un destino seguro. No podemos volar a ciegas rumbo al destino previsto mientras la cabina de vuelo se llena de humo. El impacto de nuestra industria a nivel de emisiones globales es irrefutable. Las supuestas soluciones para “ecologizar” la industria en su escala actual se encuentran a décadas de distancia y no son ni global ni ecológicamente justas. Dado el aumento de la conciencia medioambiental, el sector de la aviación está abocado a contraerse, ya sea por medio de una “transición justa" para los trabajadores, o como consecuencia de una catástrofe. Debemos encontrar la manera de posicionar a los trabajadores a la cabeza de la revolución verde y así garantizar la posibilidad de reencauzarnos hacia los empleos ecológicos del futuro.

La revolución verde de Gatwick no logró despegar en su primer intento. Sin embargo, fue capaz de generar una atmósfera de posibilidad. Durante la fase de “emergencia” de la pandemia, cuando la intervención gubernamental estaba a la orden del día, el GND de Gatwick estableció vínculos con otras iniciativas lideradas por trabajadores para sustituir la aviación de corta distancia por alternativas de transporte terrestre. Esta unión permitió despejar el horizonte para una transición radical impulsada por los trabajadores y recordarnos lo que está en peligro.


El ecologismo de lucha de clases


Las luchas de clases que se libren a lo largo de este siglo decidirán la habitabilidad de la Tierra durante los próximos milenios. Podemos inspirarnos en las reivindicaciones que unen a los activistas por el clima y a los sindicatos. También podemos inspirarnos en las huelgas escolares contra el cambio climático, que han introducido el concepto de la huelga entre las nuevas generaciones.




No obstante, también deberíamos tener en cuenta que los ejemplos más destacados de militancia rojiverde se produjeron hace medio siglo. Y no es casualidad. Los años sesenta y principios de los setenta fueron testigos de una coyuntura revolucionaria mundial, en la que surgieron la militancia obrera y los movimientos sociales que desafiaban la opresión, la injusticia y la guerra. Este fue el terreno fértil en el que pudo germinar la alianza entre el ecologismo y el radicalismo obrero, una unión que quedó plasmada en el plan Lucas y en el activismo ecosocialista de Mazzocchi, así como en otras iniciativas pioneras como las prohibiciones ecológicas, donde se luchaba por los objetivos medioambientales a través de la huelga.

Cabe esperar que la crisis climática y la transición justa cobren protagonismo de varias formas en cualquier nueva oleada de lucha de clases que se produzca. Entre estas formas habrá retrocesos reaccionarios, pero también movimientos progresistas, ya que los grupos de trabajadores dejarán de percibir la política climática como el patio de recreo de las élites distantes para convertirse en un campo en el que su intervención colectiva puede ser decisiva.





(Artículo publicado originalmente en inglés en el Green European Journal y publicado en El Salto de la mano de EcoPolítica).