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jueves, 30 de julio de 2026

No pasa nada

 

 Por Antonio Turiel   
      Físico, matemático y experto en energía. Trabaja en el Instituto de Ciencias del Mar del CSIC.

     Ahora que por fin tengo un poco menos de carga de trabajo, he estado echándole un vistazo a las estadísticas del la Corporación de Reservas Estratégicas de Productos Petrolíferos (CORES). CORES es una institución española encargada de controlar el estado de petróleo, productos petrolíferos y gas natural en España, con capacidad ejecutiva (es el organismo encargado de gestionar las reservas estratégicas del estado, pero también monitoriza el estado de las reservas comerciales, las que controlan las compañías privadas).

Si acceden a la sección de estadísticas, podrán encontrar datos mensuales de importación, exportación, existencias y consumo. La interpretación de los datos no es tan sencilla como podría parecer, porque las fluctuaciones en las cantidades de un mes a otro son muy importantes por cuestiones logísticas diversas (por ejemplo, un petrolero que se retrasa reduce sensiblemente el balance de un mes e incrementa el del mes siguiente). Por eso la valoración de los datos debe hacerse con cierta precaución y aceptando que el margen de incertidumbre (más que de error) es relativamente elevado, debido a esa gran variabilidad intrínseca. Para hacer comparaciones en importaciones y exportaciones, tomaré como referencia la media de 2025.


Series estadísticas actualizadas.

De todas maneras, y con todas esas salvedades, hay una cosa que es bastante clara: hasta el 31 de mayo (que es donde llega la serie que he analizado, aunque en breve estará hasta el 30 de junio), las reservas de España se mantienen en valores máximos, equivalentes a unos 102 días de consumo nacional aproximadamente - de hecho, se han incrementado las reservas con respecto a los 95 días que había a principios de año. Eso se ha conseguido sin que se observe una disminución en el consumo interior. ¿Cómo se ha obrado este prodigio, en una situación de escasez originada por el cierre del estrecho de Ormuz? Analicémoslo.

Fijémonos primero en las importaciones de petróleo crudo. El promedio de los cinco primeros meses del año registra una ligera caída (1,4%) con respecto al mismo período de 2025. Eso representa una bajada de unas 70.000 toneladas mensuales; dividiendo por 140, eso equivale a 500.000 barriles mensuales o 16.000 barriles diarios. Por comparación, el consumo medio de productos petrolíferos en España es de 1,25 millones de barriles diarios o 37,5 millones de barriles mensuales, así que la caída de las importaciones de crudo vendrían a ser como un 1,3% del consumo español. Mirando el detalle, se ve que las importaciones cayeron drásticamente en febrero y marzo, alrededor de un 10% respecto a los valores de 2025, pero en abril subieron hasta un 10% por encima de la media, y en mayo se quedaron un 2% por encima de la media. Si nos fijamos en las variaciones según los países de los que importamos, han caído fuertemente las importaciones de Oriente Medio (lógicamente) y de los EE.UU., y han aumentado principalmente las de los países africanos y especialmente de Libia y Argelia. 

Pero también son importantes las importaciones de productos petrolíferos: España cubre algo más del 80% del consumo nacional de diésel y queroseno con la producción de sus refinerías, pero el resto se tiene que importar. Si analizamos la situación con la importación de productos petrolíferos, la caída es más considerable, de unas 200.000 toneladas mensuales (un 8% de las importaciones de productos), equivalente a 1,1 millones de barriles mensuales, que igualmente es poco comparado con el consumo nacional (un 3%). El problema, por supuesto, es que tiene una incidencia importante en esos dos combustibles, diésel y queroseno.

En resumen, las importaciones de petróleo crudo y productos petrolíferos han caído en los 5 primeros meses el equivalente al 4,3% del consumo nacional. Entonces, ¿cómo se lo ha hecho España para no solo no reducir sus reservas, sino incluso aumentarlas?

Fácil: reduciendo las exportaciones de productos petrolíferos. Drásticamente: alrededor de 360.000 toneladas mensuales (un 20% de las exportaciones). Caen algo las exportaciones de gasóleos (unas 83.000 toneladas menos, un 14%), suben en realidad las de querosenos (unas 11.000 toneladas, un 23% más), y lo que más cae son las exportaciones de gasolinas (131.000 toneladas, un 29%) y "otros productos" (principalmente, lubricantes, asfaltos y coque; caen 114.000 toneladas, un 24% menos).

De ese modo, España está manteniendo altas sus reservas y evita tener que implementar las medidas de racionamiento que prevé la ley. Sin embargo, los datos que he mostrado arriba permiten intuir algo preocupante. Y es que se estaría almacenando más gasolina y la categoría de "otros productos", y que en realidad estarían cayendo otras categorías en lo almacenado. Por desgracia, CORES no da la clasificación de las existencias por tipo de producto petrolífero. Y tampoco da los datos de producción de las refinerías mes a mes sino por año completo (el último, por tanto, es de 2025), y sin esos datos es complicado saber qué es lo que se está almacenando. Y aunque podría usar datos promedio de las refinerías del año 2025, no está claro que sean comparables con lo que está pasando ahora mismo, ya que si cambias el tipo de petróleo que procesas (obligado, por los cambios de orígenes de la importación), cambia la cantidad de producto (y eso sin contar con la necesidad de contar con otras materias primas, como el molibdeno). 

Pero lo que sí que puedo hacer es comparar los cambios en importaciones y exportaciones de productos petrolíferos (siempre en referencia al promedio de 2025):


Comparacíon de los cambios en importaciones y exportaciones de productos petrolíferos (siempre en referencia al promedio de 2025).

La tabla de arriba nos da una idea de qué es lo que está yendo hacia el almacenamiento. Para hacer las cosas correctamente, tendríamos que poner la salida de las refinerías y por último descontar el consumo nacional. Pero en cuanto al segundo, no ha variado sustancialmente, y en cuanto al primero, sabemos que las importaciones han caído ligeramente, así que probablemente ninguno de los dos tiene un impacto muy grande sobre el balance de la tabla de arriba. 

¿Y qué dice la tabla de arriba? Que, hasta mayo de 2026, en el almacenamiento hemos aumentado ligeramente la cantidad de gasolina, significativamente la de gasóleos y en gran medida la de "otros productos". Y que ha bajado la de GLP y la de fuelóleos - el queroseno prácticamente no varía, sube muy poco.

La buena noticia es que estamos almacenando más gasóleo (categoría que incluye el diésel), que es un combustible fundamental. La mala, que bajamos fuelóleos, que es un combustible importante en los usos industriales (barcos, generación de electricidad, etc). Y la preocupante, que estamos llenando nuestros almacenes de "otros productos", que tampoco está tan claro que necesitemos tanto, pero que sirven para que las reservas se mantengan elevadas -al menos, desde el punto de vista estadístico- y se evite la activación de los mecanismos de racionamiento previstos por la ley. Un pequeño truco contable para redondear la estadística.

Con todo, España está capeando bien esta crisis, y eso es algo que se tiene que reconocer. La presencia de 8 refinerías en su territorio le da un margen de maniobra que otros no tienen. También es cierto que, con el recrudecimiento de las hostilidades entre EE.UU. e Irán, veremos cuánto de esto se puede mantener en los próximos meses. Pero objetivamente en España se han tomado medidas efectivas para mantenerse el mayor tiempo posible.

Veamos cómo está la situación en el resto del mundo.

En un reciente artículo de The Honest Sorcerer, éste mostraba cómo está evolucionando el ritmo de extracción de petróleo desde la reserva estratégica de los EE.UU.


Tasa de extracción promedio diaria de EE. UU.

Esta clara caída en la extracción de petróleo obedece a que los niveles de los almacenes subterráneos de los EE.UU. son críticamente bajos, probablemente más bajos de los niveles para los que fueron diseñados como seguros. Comenta también que en un reciente informe del gobierno estadounidense se describen fallos de maquinaria y vertidos, y que hay el riesgo de que si se reduce demasiado el nivel de la reserva, los reservorios donde están contenidos pueden empezar a infiltrarse de agua y a derrumbarse. Teniendo en cuenta la evolución de la extracción, parece poco probable que EE.UU. vaya a poder seguir exportando petróleo de la reserva como hasta ahora. Pensemos que desde el comienzo de la guerra y hasta abril, EE.UU. incrementó en 2 millones de barriles diarios (Mb/d) sus exportaciones de petróleo.


Fuel.

Por su parte, China redujo sus importaciones de unos 10 Mb/d a unos 5,0 Mb/d, liberando así nada menos que 5 Mb/d para aliviar las carencias del mercado.

Sin embargo, parece que este mes China ha incrementado sus importaciones desde los 4,9 Mb/d de principios de julio a los 7,8 Mb/d. Si este movimiento se confirma, el colchón que ofrecía China se habría reducido de 5 a 2,2 Mb/d.

Pero, ¿cuánto petróleo está faltando desde el principio de la guerra? Según reconocen tanto la Agencia Internacional de la Energía como el Departamento de Energía de los EE.UU., al menos 13 Mb/d.

EE.UU. aportó 2 Mb/d y China redujo sus importaciones 5 Mb/d, pero aún así han estado faltando 6 Mb/d, lo que viene a ser el 6% de la producción mundial o el 12% del petróleo disponible comercialmente. En ese contexto, España lo ha hecho muy bien, pues solo le ha faltado el 4,3%, pero eso está claro que se logra a costa de que otros tengan déficits peores que el 12%.,

¿Quiénes?

Obviamente, los países del Sur global: países de África, América Latina y el sudeste asiático. También se ha visto severamente afectados Australia, Japón o la India. Esto ha llevado a países como China, India, Japón o Corea del Sur a incrementar su consumo de carbón para compensar parte de su faltante energético. Y progresivamente el problema ha ido afectando a los países del norte. En EE.UU. el precio del galón de gasolina ha vuelto a los 4 dólares, un precio alto para ese país. En Francia, más de 2000 estaciones de servicio tienen restricciones de combustible (el enlace se actualiza, y en el momento que Vd. lo consulte puede reflejar un número diferente). También hay problemas de aprovisionamiento en Luxemburgo, y tensiones en Hungría y hasta en Alemania para ciertos combustibles.

Pero lo peor son los problemas estructurales en el precio de los carburantes. Aunque los EE.UU. están haciendo todo lo que tiene en su mano para controlar el precio del barril de Brent y del WTI (al final, son mercados muy pequeños, ya que las cantidades realmente comerciadas de esas referencias son simbólicas), lo que no para de crecer son los márgenes de refino, es decir, la diferencia entre el valor de un barril de petróleo crudo y uno de un producto refinado. Por ejemplo, el diésel ya está casi en los 90$ por barril (piensen que no hace tanto el margen de refino era de unos pocos dólares).

La razón de este incremento de los márgenes es la falta de petróleos adecuados para las refinerías, y es que los crudos del Golfo Pérsico son estratégicos para la producción de destilados medios como son el gasóleo o el queroseno. Es por eso que en toda Europa estamos viendo que el precio de los carburantes se está acercando ya a los 2$ por litro.

Estamos en tiempo de descuento. Cuanto más se alargue esta situación, más problemas se acumularán, más crecerá la crisis económica y más costará recuperarse. Además, la prolongación de las hostilidades entre Irán y EE.UU. está llevando a más destrucción de infraestructuras en el Golfo Pérsico, lo cual, ya lo comentamos, implicará una pérdida permanente de la producción de petróleo y una aceleración del declive final, y eso sin contar con el resto de materias primas afectadas. Confirmando lo que decíamos en el post anterior, la paz entre Irán y EE.UU. era muy precaria y en cualquier momento iba a saltar por los aires. Ahora, tras unos días de hostilidades, se vuelve a escenificar una vuelta a la mesa de negociaciones; y, poco tiempo después, los ataques volverán a comenzar. No hay posibilidad de entendimiento, en realidad. Irán y EE.UU. no se pueden poner de acuerdo porque sus intereses son opuestos: Irán quiere controlar el estrecho de Ormuz para garantizar unos ingresos constantes que le permitan financiar su esfuerzo bélico para resistirse a los norteamericanos, y éstos no pueden consentir que se establezca ese peaje. Esto solo puede acabar si uno de los dos se rinde. 

Pero España está bien aprovisionada y va a aguantar, al menos a nivel de suministro (otra cosa será el precio de los combustibles). No va a ver restricciones generales a corto plazo, aunque sí que puede haber problemas, de algún tipo, con el queroseno y el diésel. Así que, querido lector, váyase tranquilo de vacaciones si no lo ha hecho ya, que no pasa nada. O sí.



Fuente: The Oil Crash

sábado, 7 de marzo de 2026

La bestia morirá matando

       Fue corresponsal de La Vanguardia en Moscú, Pekín y Berlín. Autor de varios libros; sobre el fin de la URSS, sobre la Rusia de Putin, sobre China, y un ensayo colectivo sobre la Alemania  de la eurocrisis.

Cada día que pasa con Irán resistiendo y respondiendo acerca un poco más la derrota imperial

     Asistimos desde hace tiempo al fin del dominio americano-israelí en Oriente Medio y parece que esta guerra va a acelerar el proceso. Cada día que pasa con Irán resistiendo, y respondiendo, a la vil agresión que está recibiendo, acerca un poco más la derrota imperial.

Irán no se va a desmoronar. Irán no es Irak, ni Siria, ni Libia. Incluso si su régimen cayera, como consecuencia acumulada del duro castigo sufrido por su sociedad en las últimas cuatro décadas, coronado por los actuales bombardeos, el país, con su civilización milenaria, permanecerá. En esa hipótesis ni siquiera creo que pudieran instalar un régimen títere.

Estados Unidos no tiene estrategia en esta guerra. Su gran “éxito” de descabezar la dirección iraní matando a su líder lo demuestra. Matar a Jameneí, junto con parte de su familia, ha sido un desastroso éxito táctico. Si se me permite la burda analogía, cargarse al papa de Roma para resolver un problema italiano, sin tener en cuenta la realidad mundial del catolicismo, demuestra una ceguera estratégica total.

El líder era respetado no solo por mucha gente de su país, sino en toda la región, desde Irak a Paquistán, pasando por Bahrein, Arabia Saudí, Líbano, Emiratos y Qatar, donde hay mucha población chiita. Todos esos países están gobernados por endebles regímenes vasallos con poblaciones resentidas por el espectáculo de Gaza. Ahora llueven allí misiles y drones iraníes.


La bestia morirá matando.

¿Qué señal lanza la facilidad con la que alcanzan esos proyectiles su territorio? Demuestran que la protección imperial no solo es ineficaz, sino también secundaria al lado de la prioridad de proteger a Israel, que concentra el grueso de los recursos antimisiles disponibles. El cierre del estrecho de Ormuz y del tráfico aéreo colapsa la también frágil y vulnerable economía local (extractivista más nudos aéreos y de transporte, servicios y logística), característica de esas monarquías de cabreros.


Estrecho de Ormuz.

Israel sí tiene una estrategia: dominar la región para su proyecto colonial “bíblico sin fronteras”, pero es una estrategia loca que conduce al suicidio. Un país de ocho o nueve millones de habitantes, sin recursos, que se ha peleado con todo su enorme entorno desde su fundación, en 1948, no puede imponerse a largo plazo. Se sostiene por el apoyo occidental, lo que está lejos de ser una promesa eterna. Su irregular creación como Estado de colonos europeos fue desde el principio injusta para la población autóctona de Palestina. Para ser sólida, su legitimidad debía condicionarse a un consenso de entendimiento y convivencia con la población árabe. Eso no ocurrió y su reciente definición racista y supremacista como “Estado nacional del pueblo judío” (2018), y el genocidio de Gaza, acaban drásticamente con toda pretensión de legitimidad ante la opinión pública mundial.

Los árabes de la región siempre han estado sometidos, primero bajo los otomanos, luego por británicos y franceses y ahora por americanos e israelíes. Cuando fracasen con Irán, todo el edificio de ese dominio se caerá y con él se acaba el petrodólar, uno de los pilares del dominio mundial de Estados Unidos.

Israel puede usar una bomba nuclear táctica contra Irán para impedirlo. Pero entonces creo que Rusia y China se plantarán definitivamente ante Estados Unidos. Washington deberá abandonar a Israel, con lo cual el Estado colonial sionista está condenado.


Homenaje al ayatolá Ali Jameneí en la Embajada de Irán en Moscú.

No digo que vaya a desaparecer, pero desde luego en su aspecto actual es inviable a largo plazo (Ilan Pappé acaba de publicar un libro sobre eso).

El hundimiento del dominio occidental en Oriente Medio forma parte del proceso más general del declive de la potencia occidental en el mundo. Y esta derrota –o no victoria– acelerará el proceso. Pero lo que estamos presenciando, con los desastres bélicos de las últimas décadas, y muy particularmente con el genocidio de Gaza y las guerras contra Irán, es que la bestia morirá matando.



Del blog personal de

Rafael Poch-de-Feliu

miércoles, 11 de febrero de 2026

La desesperación de Irán es culpa de la política estadounidense

 

 Por Trita Parsi   
      Experto en las relaciones entre Estados Unidos e Irán, la política exterior iraní y la geopolítica de Oriente Medio.

Las sanciones occidentales contribuyeron a acabar con las esperanzas iniciales de los iraníes de que su país se transformara desde dentro

     Algo inesperado ha comenzado a surgir en el ritmo familiar de las protestas iraníes: junto a los cánticos por la libertad y el fin del régimen clerical, ahora hay un creciente llamamiento a la intervención militar de Estados Unidos. Lo que hace solo un año muchos habrían considerado traición, ahora se puede escuchar abiertamente no solo entre las figuras de la oposición en el exilio, sino también dentro del propio país. Es difícil determinar si este sentimiento representa a una minoría desesperada, a una pluralidad creciente o simplemente al eco más fuerte de la desesperación. Pero su mera aparición marca un cambio profundo, que sugiere que, para algunos iraníes, la desesperación es ahora tan profunda que el miedo a las bombas extranjeras se ve eclipsado por la desesperanza de la vida en la República Islámica.


Protestas en Irán.

Quizás, a primera vista, esto no sea sorprendente. Cuando miles de personas mueren en tres días, mientras el Estado desconecta Internet y aísla al país de la mirada del mundo, los llamamientos a una intervención militar exterior pueden ser la respuesta natural a un sistema que se ha vuelto cada vez más despiadado y es la raíz de la miseria del pueblo iraní. Pero si la desesperación es la respuesta obvia, solo agudiza la pregunta más difícil: ¿cómo y quién empujó a los iraníes a un punto en el que comenzaron a mirar con envidia el destino de Afganistán, Irak y Libia, los principales ejemplos del desastroso historial de las intervenciones militares estadounidenses?


Manifestantes queman imágenes del ayatolá Alí Jamenei durante una manifestación en solidaridad con el levantamiento iraní, organizada por el Consejo Nacional de la Resistencia de Irán, en Whitehall, en el centro de Londres.

Claramente, la teocracia iraní es la principal responsable de la desesperación. Incluso las demandas limitadas de reforma han sido tratadas como amenazas existenciales. El régimen ha reducido sistemáticamente el espacio para el cambio gradual, ha criminalizado la disidencia y ha vaciado la economía mediante la corrupción, el clientelismo y la mala gestión crónica. Sin embargo, aunque el gobierno clerical es el principal culpable, esta profunda desesperación no ha sido provocada solo por él. Los grupos de oposición en el exilio y los gobiernos occidentales también han aplicado estrategias con la intención explícita de cerrar las vías alternativas al cambio y empujar las condiciones políticas y económicas internas de Irán hacia el colapso. Su campaña de presión contribuyó a empobrecer el motor tradicional del cambio pacífico del país: la clase media, en particular las mujeres de clase media. Al hacerlo, han contribuido, de la mano de los elementos más represivos de la teocracia, a transformar la presión en parálisis, saboteando las posibilidades de un cambio pacífico y apostando en cambio por la ruptura.


Autoridades iraníes visitan una exposición de misiles y drones en Teherán el 12 de noviembre de 2025.

Durante más de dos décadas, los iraníes han intentado, repetidamente y con un riesgo personal significativo, transformar el sistema desde dentro. Acudieron en masa a las urnas, se organizaron pacíficamente, elevaron a candidatos reformistas y se movilizaron en las calles cuando esos esfuerzos se vieron frustrados. Sin embargo, este proyecto de reforma no ha logrado avances significativos para la mayoría de los iraníes, especialmente para la generación más joven. La economía es más débil, el espacio político se ha reducido y el ambiente actual es más restrictivo que bajo la presidencia de Mohammad Khatami. En casi todos los aspectos que importan en la vida cotidiana, Irán ha retrocedido en lugar de avanzar. Por lo tanto, cuando estallaron las protestas por Mahsa Amini en 2022, no se habló de reformas. La demanda era un cambio de régimen, y el camino imaginado para lograrlo era la revolución. El movimiento Mujer, Vida, Libertad logró un profundo cambio cultural, obligando efectivamente al Estado a reducir la aplicación del hiyab obligatorio. Sin embargo, no logró el cambio de régimen, lo que dejó desilusionados a muchos de sus partidarios.

En 2026, aunque las protestas se centraron inicialmente en las reivindicaciones económicas, una parte de la población exigió inmediatamente un cambio de régimen, no a través de una revolución, sino mediante la intervención militar extranjera. El argumento era que la República Islámica está demasiado arraigada como para que el pueblo iraní pueda derrocarla por sí solo, ya sea mediante reformas o una revolución. Solo puede ser derrocada mediante la intervención de Estados Unidos o Israel. En consecuencia, una opción que habría sido impensable solo unos meses antes es ahora presentada por sus defensores como la única vía restante para el cambio. Un asesor del hijo del antiguo sha —el príncipe en el exilio que ahora pide abiertamente la intervención militar de Estados Unidos, a pesar de años de oposición declarada a la guerra con Irán— ha escrito con confianza y aprobación que la acción militar bajo Donald Trump es ahora «inevitable».

No se ha llegado a este punto por casualidad.

Aunque los partidarios de la línea dura siempre tuvieron la intención de obstaculizar la reforma, la cuestión nunca fue si la permitirían, sino si la sociedad se fortalecería tanto que los partidarios de la línea dura no tendrían más remedio que aceptarla, al igual que aceptaron el acuerdo nuclear, también conocido como Plan de Acción Integral Conjunto (JCPOA). En este caso, las sanciones de Estados Unidos desempeñaron un papel clave a la hora de ayudar a los partidarios de la línea dura.

Mientras que la mala gestión y la incompetencia de Teherán crearon un sistema económico corrupto e intrínsecamente insalubre, las sanciones estadounidenses se diseñaron deliberadamente para aplastar esa economía y empujar a la población a un estado de desesperación absoluta. Cuando Trump impuso sanciones radicales en el marco de su campaña de «máxima presión», el entonces secretario de Estado Mike Pompeo declaró a la BBC Persa que si los iraníes «querían que su pueblo comiera», tendrían que atender a las demandas de Estados Unidos. El actual secretario del Tesoro de Trump, Scott Bessent, atribuyó públicamente los movimientos de protesta en Irán a los efectos de las sanciones estadounidenses, citando el colapso económico, las quiebras bancarias, la escasez de divisas y las interrupciones en las importaciones como prueba de que la presión estaba «funcionando», y describiendo los disturbios resultantes como un acontecimiento «muy positivo».

Durante años, ha persistido un falso debate sobre si las sanciones o la mala gestión interna son las principales responsables de la crisis económica de Irán. Las últimas investigaciones atribuyen la responsabilidad directamente a las sanciones, mostrando que, sin su impacto, la clase media iraní se habría expandido en un 17 % aproximadamente. Pero el debate pasa por alto un aspecto más profundo. El objetivo de las sanciones era hundir la economía, diezmar a la clase media iraní (entre 2011 y 2019, 9 millones de iraníes de clase media se vieron empujados a la pobreza) y generar el tipo de desesperación masiva que hace que la ruptura —en lugar de la reforma, las elecciones o el cambio gradual— parezca la única opción que queda.

Los reformistas iraníes comprendieron hace tiempo que, sin el levantamiento de las sanciones, era imposible llevar a cabo una reforma significativa y la economía era insalvable. Y sin un acuerdo con Washington sobre la cuestión nuclear, el levantamiento de las sanciones era inalcanzable. Este reconocimiento impulsó la fuerte inversión política del presidente Hassan Rouhani en el JCPOA. Contra todo pronóstico, se llegó a un acuerdo y, durante los dos años que estuvo en vigor, la economía iraní creció entre un 6% y un 7 % anual. Esa apertura fue efímera. Cuando Trump se retiró del acuerdo en 2018 y volvió a imponer sanciones, eliminó la única condición esencial para que la reforma se afianzara: un crecimiento económico sostenido y una clase media fortalecida capaz de ejercer presión sobre el Estado. A los ojos de muchos iraníes, todo el proyecto de reforma quedó deslegitimado por esta inversión fallida en un acuerdo con Estados Unidos y por la débil respuesta del Gobierno de Rouhani cuando el Estado desató nuevas oleadas de represión contra la población.

Si Estados Unidos hubiera permanecido en el JCPOA, es probable que la economía de Irán hubiera seguido creciendo, ampliando la clase media que históricamente ha servido de motor del cambio político. Una clase media más numerosa y segura de sí misma habría fortalecido la sociedad civil y permitido ejercer una presión sostenida sobre el Estado desde una posición de ventaja, en lugar de exigir una revolución o una intervención militar nacida de la desesperación.

Los iraníes se han visto atrapados entre una teocracia represiva y actores externos cuyas políticas se diseñaron deliberadamente para crear desánimo. La ironía es evidente: las mismas voces que ayudaron a cerrar las vías para el desmantelamiento pacífico de la teocracia se presentan ahora como salvadores, ofreciendo la intervención militar extranjera como el único camino hacia la liberación, una oferta que no habría encontrado compradores si la población no se hubiera visto abocada a la desesperación en primer lugar.



Del blog personal de

Rafael Poch-de-Feliu

lunes, 12 de enero de 2026

Diez tesis sobre la nueva era

 

 Por Steven Forti   

      Historiador italiano. Doctor en Historia y profesor en la Universidad Autónoma de Barcelona.


 Construida sobre las ruinas del neoliberalismo, se asemeja al imperialismo del siglo XIX. La extrema derecha es el actor principal, los tecnoligarcas se apoderan del Estado y la religión vuelve a ser arma política


     El regreso de Trump a la Casa Blanca en enero de 2025 marcó el comienzo de una nueva era. Nuestro “mundo de ayer”, por decirlo con Stefan Zweig, ha terminado. Kaputt. Conviene darse cuenta lo antes posible. Hemos entrado en una nueva fase histórica, cuyas características son, naturalmente, aún inciertas. Intentaré esbozar sus contornos a partir de diez tesis.


Trump en un discurso en Washington, D. C.

1. El neoimperialismo sustituye al orden liberal global

El orden liberal global creado al final de la Segunda Guerra Mundial –frágil, perfectible, a menudo no respetado– es sustituido por una lógica imperial regida por una mezcla de ley de la selva –el más fuerte se impone– y reparto de zonas de influencia –se ha definido la nueva doctrina trumpista como “geopolítica hemisférica”– y un enfoque transaccional. Ucrania, Venezuela, Taiwán y Gaza lo demuestran. Probablemente sean solo el comienzo. El enfoque diplomático y el multilateralismo son cosa del pasado: a los organismos supranacionales como las Naciones Unidas ya no se les reconoce ninguna autoridad, ni siquiera formal. Ha llegado “la hora de los depredadores”, por citar a Giuliano da Empoli.


Geopolítica hemisférica: comprender la doctrina Trump.

Si queremos hacer un paralelismo histórico, la nueva era se asemeja a la época del imperialismo de finales del siglo XIX: no por casualidad, Make Colonialism Great Again es un eslogan que circula en los círculos MAGA. En el caso de los Estados Unidos, sin embargo, se trataría de un hiperimperialismo, es decir, un nuevo tipo caracterizado por una hegemonía militarizada, coercitiva y tecnológicamente impuesta sobre el Sur Global debido a la fase de declive que atraviesa el Norte Global. Por lo tanto, no se trataría de un retorno a la época imperialista clásica ni al anterior orden westfaliano, sino más bien de la instauración de un sistema internacional “neomonárquico” estructurado por un pequeño grupo de élites hiperprivilegiadas que buscan legitimarse apelando a su excepcionalidad con el objetivo de crear nuevas jerarquías materiales y de estatus

2. El neoliberalismo ha allanado el camino al nuevo autoritarismo

Los cimientos de la nueva era se están construyendo sobre las ruinas del neoliberalismo. Hemos llegado a este punto tras tres décadas de hegemonía neoliberal que, a fuerza de golpes de piqueta y motosierra, ha derribado los muros de carga del edificio que con tanto esfuerzo se construyó después de 1945. En primer lugar, las políticas neoliberales –privatizaciones, precariedad laboral, reducción del gasto social, etc.– han debilitado el modelo de Estado del bienestar, aumentando las desigualdades y rompiendo la cohesión social. Todo ello, en segundo lugar, se ha visto reforzado por el hecho de que, como ideología, por muy “invisible” que sea, el neoliberalismo ha inculcado una serie de valores, como el individualismo exacerbado y la competitividad extrema hasta el punto de sellar una alianza con los sectores etnonacionalistas e identitarios de la derecha. En tercer lugar, el concepto mismo de democracia ha sido vaciado de su componente social: la democracia formal –el respeto de (algunas) normas y procedimientos– ha sustituido a la democracia sustantiva, cuyo objetivo es la igualdad.

En cuarto lugar, en un contexto marcado por la globalización neoliberal, el poder efectivo se ha desplazado hacia las élites económicas, con la consiguiente configuración de un sistema posdemocrático, en el que los cuerpos intermedios –partidos, sindicatos, asociaciones de la sociedad civil– se han ido desmoronando poco a poco, la participación se ha evaporado y la personalización de la política, facilitada también por la transformación de los medios de comunicación, ha favorecido la aparición de fenómenos “populistas”. Por último, las políticas neocons posteriores al 11-S de 2001 –guerra contra el terrorismo, invasiones de Afganistán, Irak, Libia– han erosionado el orden internacional, fracasando estrepitosamente en su intento de exportar la democracia liberal. 

Como alertó Mark Lilla desde una perspectiva puramente estadounidense, al modelo rooseveltiano le sucedió a finales de los años setenta el modelo reaganiano que, aunque entró en declive con la Gran Recesión de 2008, hasta hace poco aún no había encontrado un sustituto. En retrospectiva, el obamismo fue el último intento de mantener en pie un paradigma en declive, renovando solo su fachada, pero sin cambiar su esencia. 

3. Los tecnoligarcas se apoderan del Estado

En la era del neoliberalismo triunfante, la connivencia entre el poder político y el poder económico ha sido evidente. Ha habido resistencias, más o menos fuertes según los países. Se ha mantenido (no siempre, todo sea dicho) una apariencia de respeto por las reglas del juego: las influencias de las élites económicas eran visibles, pero se intentaba (al menos un poco) disimularlas. En la nueva era, en cambio, lo que se quiere hacer, se hace y se dice, sin ocultarlo. Esto se aplica tanto a la geopolítica como a las relaciones con los poderes económicos.

Por un lado, Trump bombardea Caracas y arresta a Maduro para controlar directamente los pozos petrolíferos venezolanos: la palabra “democracia” no aparece en sus discursos y no es ni de lejos uno de sus objetivos, aunque fuese solo de fachada. Por otro lado, los robber barons del tercer milenio han establecido explícitamente una alianza estratégica con los nuevos líderes autoritarios: los tecnoligarcas de Silicon Valley no solo quieren llenarse los bolsillos de dinero, sino que, en primer lugar, defienden abiertamente proyectos autoritarios y antidemocráticos –nuevas monarquías absolutas eficientistas gobernadas por reyes-CEO, siguiendo el modelo de Qatar o Singapur, según las teorías de uno de sus principales intelectuales-cortesanos, Curtis Yarvin– y, en segundo lugar, quieren ser “intelectuales legisladores”, como afirma Evgeny Morozov.


Elon Musk y Javier Milei en la Conferencia de Acción Política Conservadora (CPAC).

En pocas palabras, con Peter Thiel, Elon Musk, Marc Andreessen y Alex Karp, hemos pasado de la unión entre la política y la economía de tipo neoliberal “clásico” a la voluntad explícita de capturar el Estado mediante la creación de un “complejo tecnológico autoritario” que tiene como objetivo controlar las infraestructuras de gobernanza.

4. Las autocracias electorales sustituyen a las democracias

En la nueva era, la democracia, incluso en su versión formal, se considera un mero adorno. De hecho, se ha reducido a una sombra de lo que fue. Ya en la era del neoliberalismo en declive, es decir, desde 2008 en adelante, el porcentaje de la población mundial que vive en democracia ha disminuido continuamente hasta alcanzar un mísero y preocupante 28 % en 2024. La tendencia es evidente. Desde hace unos veinte años estamos viviendo la primera gran ola de autocratización posterior a la Segunda Guerra Mundial, es decir, cada vez más países se convierten en autocracias electorales. Esto es, mantienen una apariencia de respeto por las reglas democráticas –incluso en la Rusia de Putin se celebran elecciones–, pero la democracia es, en el mejor de los casos, una cáscara vacía. Nos guste o no, la era que se ha iniciado quiere ser la era de las autocracias.


La población mundial que vive en democracia ha disminuido continuamente hasta alcanzar un mísero y preocupante 28 % en 2024.

5. La extrema derecha es el actor principal de la nueva era

Junto con los líderes fuertes –léase autoritarios– que están en el poder en medio mundo –Putin, Xi Jinping, Erdogan, Modi, los petromonarcas del Golfo, etc.–, en Occidente es la extrema derecha la que mejor representa esta nueva era. De hecho, avanza electoralmente en todas partes y ha llegado al poder en varios países: desde Estados Unidos hasta Argentina, desde Israel hasta Italia, desde Hungría hasta El Salvador y Chile. En cuanto tiene la posibilidad, instaura sistemas electorales autocráticos: se erosiona la separación de poderes, se ataca el pluralismo informativo, desaparecen los derechos para amplios sectores de la población. El líder fuerte se presenta como representante del pueblo, desprecia los controles democráticos y pone en marcha un proyecto etnonacionalista reaccionario.

Aunque existen divergencias y peculiaridades nacionales –al fin y al cabo, cada partido es fruto de las culturas políticas de su propio país–, la extrema derecha debe entenderse como una gran familia global. Las referencias ideológicas y las estrategias políticas y comunicativas utilizadas son, de hecho, las mismas. Además, participan en las mismas redes transnacionales formadas por fundaciones, institutos y think tanks que en los últimos años han trabajado incansablemente para elaborar una agenda común, exportable y adaptable a los diferentes contextos: véanse la Heritage Foundation o la red National Conservatism. Además, Trump, Milei, Bukele, Orbán, Netanyahu, Meloni, Abascal, Ventura, Weidel, Le Pen, Farage, Wilders, Bolsonaro, Kast y compañía creen que están librando la misma batalla contra enemigos comunes, es decir, la izquierda, el liberalismo, el globalismo, el wokismo y lo políticamente correcto. Sus coaliciones parecen frágiles porque a menudo están formadas por sectores con intereses diferentes –pensemos en el trumpismo–, pero por el momento la esperanza de que se desmoronen no es más que un deseo inalcanzable. 

6. Más que fascismo, se trata de la renovación del pensamiento antiilustrado

A menudo se repite que lo que estamos viviendo es el retorno del fascismo, más o menos bajo otros ropajes. Aunque existen elementos de continuidad entre el fascismo histórico y la extrema derecha del tercer milenio –en algunos países más que en otros–, el concepto de “fascismo eterno” propuesto hace más de treinta años por Umberto Eco nos lleva por mal camino. Como señala Santiago Gerchunoff, el uso compulsivo del término –en sus más diversas variantes: fascismo tardío, fascismo fósil, tecnofascismo, etc.– muestra más bien “el deseo de encontrar una palabra mágica que conjure el peligro de abstracción de nuestro mundo y que, al mismo tiempo, cierre cualquier discusión”. Nos tranquiliza, por así decirlo, llamar fascistas a las nuevas extremas derecha porque, en cierto sentido, nos da la falsa certeza de saber a qué nos enfrentamos.


Estatua en el foro itálico de Roma.

Ahora bien, las características de la nueva era no son las mismas que las del período de entreguerras: ha pasado ya un siglo desde los regímenes de Hitler y Mussolini. El mundo ha cambiado profundamente y nuestras sociedades lo han hecho en consecuencia: la política de masas ya no existe, la atomización es el sello distintivo de la nueva era. Por otra parte, ni siquiera en el pasado, en ese “mundo de ayer” muerto y enterrado, todos los autoritarismos eran fascistas. Digámoslo así: se puede ser reaccionario, nacionalista, autoritario y antidemocrático sin ser necesariamente fascista. Pero esto no hace que la situación sea menos grave. Lo que tenemos ante nuestros ojos es una nueva extrema derecha que defiende un autoritarismo posliberal eficientista y antiigualitario. Sus raíces se hunden en el pensamiento antiilustrado y en el reaccionarismo antiliberal de finales del siglo XVIII. En definitiva, se trata de una cultura política –plural, heterogénea– de larga trayectoria que se ha nutrido de diversas fuentes.

7. El extremismo es el nuevo mainstream

En las últimas décadas, las ideas extremistas se han normalizado. La ventana de Overton se ha desplazado radicalmente hacia la extrema derecha: ideas que se consideraban inaceptables se han convertido en sentido común y, como último paso, se incluyen en el ordenamiento jurídico. En Rusia y Hungría, la homosexualidad se compara legalmente con la pedofilia. En Estados Unidos, declararse antifascista implica ser considerado miembro de un grupo terrorista. Ya casi no escandaliza que importantes influencers MAGA afirmen en público que las mujeres no deberían tener derecho de voto, que el presidente argentino Javier Milei considere la justicia social un cáncer que hay que erradicar o que miembros del Gobierno israelí definan a los palestinos como “animales” y reivindiquen un genocidio en mundovisión. Las fantasías conspirativas se afirman a diestro y siniestro, empezando por la del Gran Reemplazo, según la cual las élites globalistas están llevando a cabo un plan para sustituir a la población europea por inmigrantes musulmanes. El presidente de la primera potencia mundial puede repetir que quiere anexionarse otros territorios, incluso de países aliados, como Groenlandia o Canadá, obviando el derecho internacional. Los referentes intelectuales de la nueva extrema derecha, como Curtis Yarvin, encuentran adeptos al afirmar que las democracias deberían ser sustituidas por nuevas monarquías absolutas y que los pobres deberían ser encerrados en una habitación y conectados día y noche a la realidad virtual.


Curtis Yarvin, el profeta de la nueva reacción.

La nueva era no es solo la época de la posverdad, la desinformación y los bulos, sino también aquella en la que el extremismo se ha convertido en mainstream. Además de las consecuencias de la hegemonía neoliberal, no se puede entender este cambio sin tener en cuenta el impacto de las nuevas tecnologías, que han permitido la viralización de ideas y narrativas extremistas y, por lo tanto, la normalización de la extrema derecha y el autoritarismo. No por casualidad, las dos últimas palabras del año del Oxford Dictionary fueron, en 2024, brain rot, es decir, “podredumbre cerebral” o “cerebro podrido”, en relación con el deterioro mental debido al consumo excesivo de contenidos online de baja calidad, y, en 2025, rage bait, es decir, “cebo de ira”, en referencia a los contenidos online creados para causar indignación y generar reacciones emocionales fuertes, aprovechando la polarización y el funcionamiento de los algoritmos de las plataformas sociales.


Trump en el Despacho Oval frente a Starmer, Meloni, Von Der Leyen, Merz, Macron, Stubb, Zelenski y Rutte.

8. Los partidos y las instituciones democráticas viven una parálisis incapacitante 

A pesar de algunas victorias electorales y algunas decisiones acertadas, la mayoría de los partidos e instituciones democráticas no se han dado cuenta de que todo ha cambiado. Razonan con los viejos paradigmas y proponen recetas de antaño que, además de ser poco realistas en estos años veinte del siglo XXI, ya no tienen ningún atractivo, ni siquiera entre quienes las defienden. 

El establishment liberal ha visto cómo se le desmoronaba el terreno bajo sus pies, pero en lugar de dar un salto –o, al menos, intentarlo, como ha instado en repetidas ocasiones Mario Draghi, uno de los pocos exponentes lúcidos de las viejas élites–, intenta aferrarse al último trozo de roca, lo que, en el mejor de los casos, solo conseguirá prolongar su agonía. El ejemplo más claro es la respuesta de la Comisión Europea a las amenazas de Trump, con Ursula Von der Leyen arrodillándose en un campo de golf escocés ante los dictados del nuevo autoproclamado emperador de Mar-a-Lago, y Kaja Kallas fingiendo que nada ha cambiado en las relaciones entre Bruselas y Washington. 

En el peor de los casos, mostrando una increíble miopía, el establishment liberal intenta copiar a la extrema derecha con el objetivo de evitar ser canibalizado y superar lo que cree que es un huracán pasajero, lo que acaba por allanar el camino al autoritarismo posliberal. Así, vemos a una derecha democrática en claro declive y en profunda crisis de identidad –desde Merz hasta Macron, desde Tusk hasta Von der Leyen– e incluso a una parte de la izquierda socialdemócrata que ha perdido completamente el rumbo –desde Starmer hasta Frederiksen– aprobando políticas conservadoras y reaccionarias en materia de inmigración, defensa, seguridad, derechos o medio ambiente. A pesar de sus errores e incapacidades, son muy pocos –Lula, Sánchez, Sheinbaum, Petro, Mamdami– los que parecen entender el quid de la cuestión: nada volverá a ser como antes. 

9. La religión vuelve a ser un arma política

La nueva era se caracteriza por la renovada centralidad del uso político de la religión en todas las latitudes. Si bien el tema no es nuevo en el mundo musulmán o hindú, sin duda lo es en Occidente, donde, tras décadas de secularización, habíamos dado por amortizada la religión. Aunque aumenta el número de ateos y agnósticos, los nuevos líderes autoritarios utilizan la religión más que nunca, amparándose en la supuesta protección de Dios, como nuevos monarcas absolutos por la gracia divina.


Funeral de Charlie Kirk el 21 de septiembre de 2025 en Arizona.

Encontramos sus variantes más dispares tanto en el mundo católico como en el protestante, evangélico y ortodoxo, pero también en el judaísmo, el hinduismo o el islamismo: la bendición de la invasión de Ucrania por parte del patriarca Kirill; las referencias al Antiguo Testamento de Netanyahu para justificar el genocidio de Gaza o la ocupación de Cisjordania; el uso que Modi hace del hinduismo; Trump, que se considera salvado por Dios por haber escapado al intento de asesinato de Boulder; Milei citando compulsivamente la Torá; Bolsonaro bautizándose en el río Jordán; la defensa de la identidad cristiana de Hungría e Italia por parte de Orbán y Meloni; las referencias a la Reconquista de Abascal y Ventura... Pero, sin salir de Estados Unidos, basta pensar en el funeral del supremacista blanco Charlie Kirk, en los tatuajes del secretario de Guerra, Pete Hegseth –la inscripción “Deus Vult” y la cruz de Jerusalén, símbolo del supremacismo blanco y referencia a las cruzadas medievales– o en las elucubraciones pseudoteológicas de Peter Thiel sobre el apocalipsis y el Anticristo. Un nuevo tipo de nacionalismo cristiano, que va de la mano del sionismo judío, está cada vez más presente con pensadores como Yoram Hazony o Rod Dreher y cada vez más activo también en las bases de la extrema derecha. Es una religión declinada de forma agresiva, excluyente e identitaria.

10. La respuesta al ‘¿Qué hacer? solo puede ser colectiva

La respuesta a la vieja pregunta leninista no caerá del cielo, ni será formulada por ningún intelectual. Solo podrá surgir de la sociedad, es decir, solo podrá ser colectiva. Me temo que llevará tiempo –seguramente años, probablemente una generación–, porque lo que hay que reconstruir, desde el punto de vista material y de valores, aumenta cada día que pasa. Ilusionarse con que una derrota de la extrema derecha en una elección concreta signifique un punto de inflexión es solo una mera ilusión. Mientras tanto, al menos se puede evitar caer en el abismo. 

Los partidos democráticos deberían evitar ceder a los cantos de sirena de la extrema derecha y defender las instituciones y los derechos conquistados. Las instituciones europeas deberían oponerse con fuerza al neoimperialismo autoritario estadounidense, evitando la no solución del apaciguamiento –un suicidio lento– y saliendo del letargo de la “vasallización feliz”: ahora mismo, hay que desengancharse de lo que se ha convertido en el lazo atlántico, construir una verdadera autonomía estratégica –que no puede ser solo militar y, mucho menos, sobre bases nacionales– y defender lo que queda del multilateralismo abriéndose a los actores democráticos del Sur Global. Como mínimo, se debería intentar gobernar la economía –redistribuyendo la riqueza y reduciendo las desigualdades– y situar en el centro de la acción política la cuestión medioambiental –que ahora ha pasado a un tercer plano– y la tecnológica con todo lo que ello conlleva –el fin de la dependencia de las Big Tech estadounidenses, cuyos proyectos autoritarios deben combatirse sin vacilaciones, y la reducción de la brecha con China–. 

Sin embargo, es necesario replantearse completamente los paradigmas existentes: los antiguos ya no funcionan en esta nueva era. Por lo tanto, hay que empezar desde cero: reconstruir la sociedad –ahora licuada, atomizada–, crear un sentido de comunidad –que no sea el identitario y etnonacionalista de la extrema derecha–, volver a librar la batalla de las ideas –la extrema derecha lo lleva haciendo desde hace años y ahora está cosechando los frutos–, tejer alianzas y redes transnacionales –porque la solución no puede ser solo local–. Todos debemos sentirnos involucrados. 

Volviendo a las tres categorías de Hirschman, la “salida” no es una opción porque significaría dejar el campo libre para la imposición definitiva del nuevo orden autoritario, y la “lealtad” tiene poco sentido porque el establishment actual no tiene ideas o sufre una parálisis incapacitante. La única posibilidad es la “voz”, es decir la participación y la protesta. Este debe ser el punto de partida.


Fuente: Ctxt