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sábado, 16 de mayo de 2026

Miguel de Mata, fiscal de Medio Ambiente, justifica su incompetencia en el “sistema”

 

 Por Pedro Costa Morata   
   Ingeniero, periodista y politólogo. Ha sido profesor en la Universidad Politécnica de Madrid. Premio Nacional de Medio Ambiente.

Ya tenemos aquí otro ejercicio de cortina de humo de nuestros fiscales cuando del Medio Ambiente se trata, me dije según iba leyendo la entrevista que le hacía el diario La Opinión (26 de abril de 2026) a Miguel de Mata, fiscal de Medio Ambiente en la Región de Murcia. Mira qué morro le echa este funcionario, me hice observar a mí mismo, al evocar los datos de que dispongo sobre la acción profesional del susodicho, que no pueden ser más pobres. Vuelve a salir por las mismas que su jefe José Luis Díaz Manzanera, me recordé, cuando hace unos años organizó una campaña de difusión del -esforzado, competente y por supuesto eficaz- trabajo de su Fiscalía en perseguir a los malos en la región, incluyendo a los criminales del medio ambiente (a lo que yo aludía en elDiario.es, 29 de diciembre de 2020).


              Miguel de Mata, fiscal de Medio Ambiente y Urbanismo de la Región de Murcia (La Opinión).


Diré que, como impresión general, esa entrevista a De Mata me pareció digna de un marciano que, al aterrizar en la Huerta de Europa procedente del planeta rojo lo hiciera sin la menor idea de cómo están aquí las cosas, específicamente las medioambientales, ya que así de ajeno y distante se muestra el mismo entrevistado con las cosas por las que tiene que rendir cuentas. Pero -marcianidades aparte- en lo que en realidad iba pensando con su lectura era en la frialdad burocrática de sus respuestas, carentes de apego y pasión por su misión, en el más prístino encaje del trabajo burocrático, ese que se nutre de neutralidad ideológica (casi siempre falaz) y de competencia profesional (casi siempre equívoca y aún peor); porque las burocracias, como todo el mundo sabe, no se someten a escrutinio riguroso o crítica eficaz alguna, siendo sistemas y subsistemas reales que gozan de exención e impunidad, teniendo como misión constituirse como instancias de poder, influencia y control social, lo que en las democracias burguesas es inevitablemente conservador. Y esto es lo que se comprueba cada día en nuestra región con el medio ambiente.

Una entrevista, ya digo, cuyos contenidos aparecen absolutamente alejados de la realidad, dirigidos todos ellos a echar balones fuera: porque si nuestra tierra presenta un estado ambiental deplorable es en buena medida debido a fiscales y jueces que -auto disculpas aparte- permiten que cunda el desastre porque son incapaces de evitarlo, perseguirlo y castigarlo. Por supuesto que los fiscales culpan a los jueces por ser tan difícil conmoverlos y que entiendan el problema y los jueces culpan a las administraciones civiles de ser insensibles (como ellos, vaya) y de no tomar las medidas necesarias; finalmente, los administradores siempre tienen a quien señalar y culpar, tratando de descargar su responsabilidad o en los de arriba o en los de abajo (y así nos luce el pelo).

De burócratas acostumbrados a irse de rositas en su mal hacer es típico -y así nos lo evoca el fiscal De Mata- quejarse del “sistema” que, dice, “no está del todo preparado para grandes catástrofes como la del Mar Menor”, olvidándose de que él es parte significativa de ese “sistema”, no los ciudadanos de a pie, y que -siguiendo con el Mar Menor- pretenderá que ignoremos que fiscales y jueces han dejado pasar décadas sin mover un dedo en favor de la laguna, mirando para otro lado y dejando actuar libre y provechosamente a esa larga patulea de tipos y empresas que lo vienen envenenando sin que el “sistema” judicial se haya estremecido. Ahora, puesto a trabajar en ese asunto por obligación y sin encontrar escapatoria posible, encuentra que el asunto es “complejo”, claro. Y evita la menor alusión a esa novedad de la Ley 19/2022, sobre la personalidad jurídica del Mar Menor, una de cuyas virtualidades -aun estando por demostrar, dada la hostilidad con que gran número de jueces la han tenido que encajar- es saltarse a los fiscales por demostradamente irrelevantes en tan magno y acuciante asunto.


            Atmósfera irrespirable por la industria asociada a las canteras en Abanilla.

Pero yo quiero destacar del fiscal de Medio Ambiente -o por ser menos puntilloso, de las tareas en materia de medio ambiente de la Fiscalía murciana, de la que él es máximo responsable- una cierta afición por archivar muy serias denuncias sobre sangrantes problemas ambientales de la región, como es el caso del agua extraída ilegalmente y envenenada por la agricultura intensiva. Un tratamiento elusivo y frivolizante que -según mi percepción, que creo que los hechos presentes lo pueden confirmar- que afecta a los daños a la salud pública en al menos dos casos de exasperante actualidad: la atmósfera irrespirable por la industria derivada de las canteras en ciertas pedanías de Abanilla y el impacto de los metales tóxicos acumulados en el Hondón de Cartagena y gran parte de su sierra. Me impresionó el expeditivo archivado de nuestras denuncias cuando, desde el Consejo de Defensa del Noroeste, le pedimos cuentas por la situación desmadrada de pozos y acuíferos en la finca de El Chopillo, en Moratalla; y cuando nos quejamos a su jefe Díaz Manzanera y tuvo que reabrir el asunto, volvió a archivarlo quejándose de que insistiéramos buscándole tres pies al gato (o algo así); no sin antes “nuclear” su indagación pidiendo información a la Confederación Hidrográfica del Segura (CHS), que era a la que denunciábamos, y tomarla como buena y definitiva (menudo estilo indagador y social el de este tipo, me dije). Esto de echar la bronca al denunciante me pareció otro gesto típicamente burocrático, que es el de no consentir críticas al propio ejercicio funcionarial y responder “matando al mensajero” o advirtiéndole de forma más o menos expresa que ceje en sus interpelaciones por intempestivas, tratando siempre de quitar importancia a las situaciones de abuso y agresión social, incluso las más graves.


             Suelos tóxicos en el Hondón de Cartagena.

Naturalmente, y visto de qué va este funcionario, en la entrevista que comento aparece como un quejica entregado y sufriente que, ante las deficiencias de la justicia, señala que “el problema es de organización. Hace falta una reforma procesal y, sobre todo, especialización: juzgados y fiscales especializados en medio ambiente”. Como si lo suyo no fuera una tarea especializada y su obligación no fuera demostrar que sabe cumplir, que ya lleva unos cuantos años con lo mismo. También se queja de las macrocausas, como la del Mar Menor, y de las ejecuciones de sentencias que, como sucede con las demoliciones en el ámbito urbanístico, se complican extraordinariamente (hasta hacerlas, añado yo, rarísimas, imponiéndose, con expresa burla de la ley, los hechos consumados).

Carga las tintas nuestro hombre en el urbanismo ilegal, señalando que domina ampliamente, con un 70 por 100 de los casos que caen en sus manos, cuando los delitos contra la gestión del agua debieran de ocupar, más o menos, ese 70 por 100, por ser más decisivos que los urbanísticos (que, a fin de cuentas, debieran de resolverse en el ámbito administrativo municipal-autonómico). Porque lo más curioso de la entrevista es que ni una sola vez alude al agua, a su maltrato y envilecimiento y, sobre todo, a la pésima gestión de la CHS, contra la que creo que ni ha ido nunca ni piensa hacerlo, siendo ese organismo del Estado el principal responsable tanto de la pérdida de salubridad de los acuíferos como de la ruina galopante del ecosistema marmenorense.


              Plástico asfixiante (y asesino) en el río Moratalla, afluente del Segura.

Para comprobar la inopia ambiental de nuestros fiscales -con De Mata en cabeza- y el reconocimiento práctico de la impunidad antiecológica de la CHS, basta con contemplar el modus operandi de la masiva tarea de eliminación de la caña de río en las orillas del Segura y afluentes. Una planta convertida de repente en villana a erradicar, hacia la que se desarrolla una salvajada ambiental que adquiere dos formas igualmente equivalentes a (presunta) malversación de caudales públicos y la (segura) destrucción del ecosistema ribereño: o eliminando a matarrasa toda la vegetación superficial de las riberas, lo que no impide que resurja la caña enhiesta y desafiante, ya que el rizoma persiste, o cubriendo las orillas con un plástico negro duro e impermeable, pertinaz absorbente de la radiación solar que, pretendiendo asfixiar las raíces de la caña, destruye toda la intensa y estratégica vida vegetal y animal acompañante que se asienta en esas riberas. Es el “crimen ripario”, novedad con que ahora mismo nos alegra la vida la CHS con su pasmosa bilis antiecológica.

Y como no podía ser de otra forma, lo que más me ha tocado los sentimientos ha sido que vea en “la concienciación social” las claves del futuro, que es justamente de lo que yo me quejo porque creo que es lo que desprecia practicando tan deportivamente el archivado de las causas ambientales. Atreviéndose además a decir que “hay mayor conciencia ambiental y también más control por parte de los técnicos y funcionarios”, expresión tan alejada de la realidad como lo están esos marcianos que se pasmarían si visitaran nuestra tierra para encontrarse con opiniones del jaez de las que expresa De Mata.

La impresión mía es que en una región ambientalmente en carne viva resulta inevitable la existencia “activa” de funcionarios como él, carentes de genio y verdadera pasión por el oficio propio y el interés general. De Mata, por su parte, no parece conmoverse mucho, ni siquiera como ciudadano, a la hora de la verdad ante la situación general catastrófica, y parece no importarle demasiado escurrirse (digamos, mejor, “adoptar un perfil bajo”) ante los grandes abusos y delitos, como sucede con el manejo del agua en general o con la contaminación por la actividad de las canteras o la presencia enquistada de residuos mineros, asuntos todos ellos de extrema gravedad y a los que ni siquiera alude en esa entrevista.


                   Eliminación de vegetación riparia a matarrasa y resurgimiento posterior de la caña en el Segura, aguas arriba de Cieza.


Podrá parecerle al fiscal de Medio Ambiente algo duro este alegato que le dirijo, pero me siento obligado a exigirle más y mejor trabajo. Y no otra cosa puedo hacer si dejo que desfilen por mi memoria y experiencia las angustias y los cabreos propios, así como la repetitiva impunidad con que se arruinan la estructura física de esta región, las dinámicas ecológicas seculares y el futuro que a todos nos pertenece; es lo que conozco y vivo desde hace más de medio siglo y contra lo que he procurado expresarme siempre, y no pienso contemporizar con ello tampoco ahora. Sí he de admitir una cierta ternura que esta misma entrevista que critico me ha hecho sentir cuando De Mata reconoce en ella que atraviesa lo que él mismo llama “crisis de fe”, a cuento de la complejidad del caso del Mar Menor y de la incapacidad -se supone- judicial de afrontarlo; porque asumir estas cosas indica que quienes ejercen, aunque sea por un momento, la humildad del fracaso merecen al menos conmiseración. Aun así, don Miguel no aclara si su crisis de fe lo es hacia el “sistema” (judicial, a la sazón), como destacados responsables (él y el “sistema”) de la calamidad en la que estamos sumidos, o sus cuitas son más profundas y esencialistas, y atañen a la ineficiencia de la Ley (con mayúscula) para resolver asuntos de tanta enjundia y trascendencia como es el medio ambiente. O si es meramente una crisis de fe en sí mismo, como micro agente, más inútil que efectivo, en el vasto mundo de las injusticias proliferantes y de los canallas repicantes. Si es así, si su sinceridad se está atascando en sí mismo, mi recomendación -que quiere ser leal- es que contenga tan íntimo descreimiento y lo reconduzca cambiando de tema y de “sistema”, abandonando de una vez tanto lo del medio ambiente como lo de fiscal, que hay muy numerosas tareas de utilidad social que con su carrera seguro que puede desempeñar con más brillo y éxito. Láncese, pues, a la (controlada) aventura de explorar nuevas áreas del Derecho creativo y social. Pero no se le ocurra archivar o minimizar las causas que tanto duelen y oprimen a esta tierra nuestra.

       Termino lamentando que en esa entrevista de marras al periodista no se le haya ocurrido poner al fiscal en un brete, dada su bien visible inepcia, con el material sobreabundante que tendría a mano sobre lo que pasa en esta tierra martirizada por hombres y dioses, y donde la injusticia ambiental es prueba irrefutable de su condena. Porque el periodismo blandengue y escapista es parte muy importante, por colaboracionista, del paisaje de depredación ambiental generalizada (y a la murciana).

jueves, 11 de diciembre de 2025

Para un invierno átono y viscoso, sin frío ni calor (1 de 10)


 

Águilas: miedo e intimidación en el paraíso


 Por Pedro Costa Morata   
       Ingeniero, Periodista y Politólogo. Ha sido profesor en la Universidad Politécnica de Madrid. Premio Nacional de Medio Ambiente.

No quiero tocar el asunto del intento de revocación de mi título de Hijo Predilecto de Águilas para no calentarme ni perturbar la serena reflexión de quienes tienen que asumir ese marrón y tratar de salir del atolladero. Así que me voy a centrar en algo que me ha asombrado y cabreado en estos días en que he tenido que frecuentar al Ayuntamiento en sus niveles administrativos, que es cuando he percibido, por transmisión angustiada desde varias personas, un miedo denso y documentado, un cierto terror ante las maniobras que ahí tienen lugar y una silente insurgencia frente a la impunidad con que esto viene desarrollándose.

Tampoco voy a citar nombres -algo relativamente innecesario, dado que vengo señalando a esa Casa Consistorial desde hace algún tiempo, sin que en mis artículos falten nombres y apellidos- sino que voy a transmitir la indignación que me acomete, y que debe de alcanzar a los aguileños de bien (la mayoría, desde luego), el que la Casa de todos, la sede municipal, el centro de la voluntad popular del pueblo, se esté convirtiendo en centro de miedo y desconfianza por las maquinaciones que aumentan, y se espesan, teniendo como origen el aparato administrativo y, por muñidor y consentidor, el poder político.


Fachada neomudéjar del ayuntamiento de Águilas.

Qué poca gracia tiene esto, hay que ver a qué estamos llegando: a sentir miedo en una parte sensible del funcionariado y preocupación entre algunos ciudadanos que son objeto de amenazas e intimidaciones, como yo mismo declaro. Así que se nos llena la boca de ensalzar las excelencias de nuestro pueblo, su espectacular Carnaval, su atrayente verano, sus playas paradisíacas, etc., y resulta que en el núcleo duro de la vida municipal ha germinado el miedo: miedo a que te perjudiquen, a que se promocione y premie a quien no lo merece, a la manipulación de las contrataciones de personal, al espectáculo diario de incumplimientos -simultáneos con el abuso en la gestión- por parte de ciertos personajes clave en la administración municipal y, ¡oído cocina!, al envalentonamiento de la ultraderecha, bien situada en la Casa, ante la que la mayoría socialista no muestra intención de hacer frente. Pues sí que vamos a mejorar la imagen de Águilas, sí, y sus pretensiones de paraíso litoral.

Es de ese envalentonamiento de Vox y sus gentes de lo que quiero advertir, ya que ahí está la causa de mis recientes preocupaciones, y para que el pueblo aguileño tenga un conocimiento claro y específico de los temores que anidan y maltratan al funcionariado municipal. Y es por esto por lo que transito desde la agresión silenciosa (más no por ello menos aguda) a ciertos funcionarios municipales, a la sufrida hace unos días por mí mismo (en modo verbal, pero ciertamente preocupante) por la interpelación burda y chillona de la parte de un ciudadano aguileño hacia el que desde ese momento me he propuesto guardarme y del que no me extrañaría una segunda agresión (tan excitado lo vi).

Fue, en efecto, el martes 25 de noviembre pasado a las 13 horas cuando fui hostigado en plena calle Conde de Aranda de Águilas, a un paso de la entrada lateral del Ayuntamiento, por una persona que no conocía y que se identificó como “padre del secretario accidental del Ayuntamiento de Mazarrón” quien, después de echarme en cara el haber citado a su hijo en un artículo mío de pocos días antes, pasó a insultarme y a retarme a una pelea en descampado, a lo que respondí que, siendo yo periodista e informador sobre numerosos temas desde hace medio siglo en Águilas, Murcia y España, si él tenía alguna queja sobre el artículo que lo hiciera expresamente a la dirección editorial de la publicación, aunque veía más oportuno que fuera su hijo, el aparentemente afectado, quien lo hiciera.

Como no le acepté ni los insultos soeces ni su sugerente propuesta de pelea, me prohibió que volviera a poner a su hijo, el funcionario de Mazarrón, “en relación con el secretario municipal de Águilas”, lo que me dejó atónito (y totalmente perplejo cuando, al poco, supe que el bronquista es amigo íntimo del susodicho secretario de Águilas, con el que se reúne prácticamente cada día en su despacho municipal). Añadió el provocador, a voz en grito que “si lo vuelves a hacer te voy a mandar un amigo”, que repitió incluso cuando le pedí que lo hiciese, para que alguno de los presentes pudiera oírlo.

      Plasmé mi denuncia en el Cuartel de la Guardia Civil de Águilas (y en Fiscalía de Murcia, y en Delegación del Gobierno), por sus amenazas y enfrentamiento provocador, inaceptables en una sociedad pacífica y civilizada, que fácilmente me evocó el estilo mafioso al anunciarme el “envío de un amigo”. Y pedí a los agentes que se tomaran en serio esta amenaza verbal y la investiguen y aclaren trasladándola a los Juzgados, ya que esa conducta, claro objeto de condena, parece aludir a la existencia de sicarios e incluso a una presunta relación del citado agresor con alguien que se dedique a la violencia por encargo.

Aproveché para recordar a la Guardia Civil el incendio de la puerta de mi domicilio de Águilas, de claro tipo terrorista, la noche del 16 al 17 del pasado junio, denunciado también en este Cuartel y del que no he tenido después información policial ni judicial alguna. Este es otro motivo de preocupación -más allá del mío- para la ciudadanía de Águilas, que debe investigarse por lo que pudiera tener de relación con este otro episodio más reciente, y por si hubiera que acumularlo, dado el carácter claramente intimidatorio de ambos sobre mi persona y mi legítima actividad periodística, a las pesquisas e informaciones oportunas sobre actos de esta índole, inadmisibles en un Estado de Derecho.

Y en esas estamos: ¡oído, paraíso!



miércoles, 2 de julio de 2025

Atentado a mi escala y proporción (con su relato)

 

 Por Pedro Costa Morata
      Ingeniero, Periodista y Politólogo. Ha sido profesor en la Universidad Politécnica de Madrid. Premio Nacional de Medio Ambiente.


Una de dos: o el terrorista procede de nuestro agro, donde varias veces -pero en años y años, poca cosa- se me han encarado muy alterados individuos sin pasar a mayores; o se trata de un prosionista enloquecido -o sea, como los de verdad- que se sienta agredido por mis textos contra el Estado de Israel y sus crímenes sin cuento, aunque esto lo sabe ya casi todo el mundo.

El desconocido que prendiera fuego a la puerta de mi casa de Águilas la noche del 16 de junio, utilizó gasolina y lo hizo al poco de dormirme yo, profundamente, al cabo de una jornada especialmente intensa en kilómetros y emociones: hubo, pues, nocturnidad y alevosía. También hubo “avance”, siguiendo la pista agraria, respecto al susto dado al representante de Ecologistas en Acción en Cieza, José Antonio Herrera, hace tres años, cuando encontró el portal de su casa rociado con gasoil y con un mechero de advertencia; el/los terrorista/as han pasado de la potencia y la advertencia al acto y la agresión, de aficionados a profesionales, de canallas a delincuentes, con un salto cualitativo la mar de fácil y en un ambiente, el murciano, de envalentonamiento de todo tipo de ultras y descerebrados.



Portal y fachada de la casa de Pedro Costa en Águilas, tras el incendio provocado.

Y si optamos por la pista sionista, la conjetura lleva, incluso, a sospechar que alguno de los asistentes aquella noche a la presentación (número 44 de la serie) de mi libro Israel: del mito al crimen, en Molina de Segura, aguardara a su final para seguir a un servidor hasta Águilas, apostarse hasta que las luces se apagaran en mi casa y proceder (los hechos dejan una mera hora entre mi apagón y el fuego) como pirómano más o menos aficionado. En cualquier caso, estoy seguro de que Israel y sus compinches han de enfrentarse a enemigos de mucha mayor calidad y poder que este cronista, por lo que no se explicaría muy bien su implicación.

Alguien avisó a la Policía Local, y dos de sus agentes acudieron y sofocaron a tiempo el fuego; luego me despertaron y tras verme que no profería palabra alguna, de puro pasmo, entre la oscuridad y el humo (sí acerté, menos mal, a darles las gracias), se marcharon no sin antes recomendarme que denunciara al día siguiente los hechos en el cuartel de la Guardia Civil. Cosa que hice, encontrándome con la (indignante) respuesta de que para presentar la denuncia debía pedir cita telemática; cosa que hice, a ver, dándome el ordenador la fecha para el 24, ocho días después del atentado. Mi segunda visita al cuartel no excluyó mi vigoroso requerimiento al agente de puertas, que no parecía muy interesado en cumplir con su obligación y atender al administrado, ya mosca por los ocho días y por el escaso ambiente que percibía; así que me atendió un joven agente que, aportando al asunto una redacción correcta que mereció mi agradecida aprobación, me deseó buena suerte. Me volvieron a dar otros seis días para que llamara y me pudiera atender la “persona indicada”, a la que yo quería preguntar si el expediente estaba bien compuesto con las fotos que envié y el informe de la Policía Local; cosa que hice, atendiéndome el mismo agente que me había tomado la declaración y la denuncia, y que igual de atento esta vez me anunció que, como no se conocía al autor de los daños, el asunto se archivaría. Asombrado de la rotundidad de tamaña lógica le recordé al agente que no era cuestión de daños sino de un atentado, lo que pareció sorprenderle un tanto, asegurándome que cuando se sepa algo se añadirá al expediente.

Sin pretender con ello pedir una atención excesiva sobre este problema mío, que es verdad que no es de los más graves a los que se enfrenta la Guardia Civil (pero tampoco el menor, oigan), he considerado oportuno informar de estos hechos tanto a la Fiscalía del TSJ murciano como a la Delegación del Gobierno.

En otro orden de cosas, y sin pretender con ello que la Región entera haya de conocer mis cuitas, me ha resultado algo desolador que solo personas y entidades próximas por amistad o afinidad político-ecológica me hayan enviado su afecto y solidaridad. Así, he tenido que constatar el exquisito silencio con que han “atendido” al incidente los dos periódicos tradicionales de la región (por no decir tradicionalistas), La Verdad y La Opinión, sin duda informados de los hechos, teniendo en cuenta la cantidad de cosillas, tantas veces chuscas, con que llenan sus páginas los corresponsales de los pueblos; el que estos dos medios me hubieran “liquidado” como colaborador, por evidente incompatibilidad, en años pasados no debiera haber sido óbice para reseñar el fuego y el humo ya que, bien mirado, tienen su importancia atendiendo a la materia y al destinatario (digo yo, oigan), en una tierra en la que la violencia -sobre todo la de cuño agrario- no cesa y amenaza con aumentar, dada la elevación del clima ultra imperante y la escasa eficacia policial y judicial en la persecución del crimen de firma agraria.

En mi pueblo, ni la alcaldesa ni el concejal de Seguridad se me han dirigido para, oigan, interesarse o apoyarme, y han aplicado el protocolo correspondiente, de índole miserable, a quien pisa tantos callos de gente que ni entiende el medio ambiente ni la cultura, resultando así este relator un hijo predilecto, desde luego, pero jodón y algo maldito... Y hasta el grupo AMACOPE, de defensa del medio ambiente aguileño, que mi menda contribuyó a crear, ha hecho mutis sobre el asunto y su víctima (anoto que uno de sus miembros principales sí me expresó su respaldo), confirmando que su preocupación por la fauna y la flora (que admiro y estimulo) no incluyen a esa especie bípeda, implume y erecta llamada Homo sapiens: por eso se confirma como grupo conservacionista, no ecologista, siendo así que se sale de mi tradición.

Mentiría si dijera que no me preocupa lo que me ha pasado, por nuevo e incisivo, en mi pequeña historia de agitador de conciencias y defensor de la Madre Tierra (que es lo que yo me creo, sin estar seguro del todo). Aunque también es verdad que no me ha quitado el sueño y creo recordar que -quizás por el impacto mental que sufrí- volví aquella noche a dormirme a pierna suelta tras resolver los atentos agentes locales el fuego traicionero.

Pero sí me tomo muy en serio -como la mayoría de la gente hará- que bandidos y descerebrados campen a sus anchas agrediendo o intimidando, sabiendo como sé que tampoco esto lo van a resolver los agentes del orden, ya que toda violencia en el grado que sea es producto de una sociedad desequilibrada y enferma, que en nuestro caso genera demasiada infamia, y esto las fuerzas positivas, creativas y estimulantes, no logran conjurarlo.