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miércoles, 11 de febrero de 2026

Contra el odio, políticas del encuentro

 

 Por Paco Cano   
      Integrante del Consejo asesor de  CTX y del Consejo asesor de  ACO (Acción contra el odio).


La convivencia no es un concepto abstracto. Se construye en las plazas, en el metro, en los espacios que habitamos juntos


Asamblea ciudadana convocada por el Sindicat de Llogateres de Barcelona, noviembre de 2025.

     El odio ya no es una anomalía ni un ruido de fondo. No vive en los márgenes ni se esconde en los extremos. El odio se ha instalado en el centro de nuestras vidas. Esa es la constatación incómoda que nos conduce a las I Jornadas Internacionales Ideas para combatir el odio. Hoy el odio es tendencia, agenda y atmósfera. Es el paisaje emocional que necesita el ultracapitalismo extractivo para seguir funcionando, mientras convierte en negocio el malestar que él mismo produce.

El odio contemporáneo no es espontáneo ni caótico. Tiene financiación, estrategia y manual de estilo.


Se puede fabricar y organizar el odio desde un despacho.

Cuenta con community managers, algoritmos complacientes, youtubers de guardia, fundaciones, asociaciones, ultras con camiseta deportiva, ultras con crucifijos, magnates con nombre propio y gobiernos que ya no disimulan. Circula con tanta eficacia por televisiones, redes y columnas de opinión que se ha disfrazado de sentido común.

La fórmula es conocida. Los poderes financieros generan desigualdad, cronifican la precariedad y, cuando la vida se vuelve incierta, alguien ofrece una explicación simplista. No es el sistema, es el otro, dicen. No es el de arriba, es el que viene de abajo. Así, el odio deja de ser un exabrupto y se convierte en pedagogía cotidiana.

Empieza como chiste, sigue como estereotipo, se fija como prejuicio y, cuando menos se espera, desemboca en exclusión, violencia y hasta genocidio. Frente a esa internacional bien organizada, seguimos reaccionando tarde y de manera aislada.

La justicia, por ejemplo, cumple una función imprescindible: proteger a quienes no pueden hacerlo solos. Sin tribunales que actúen, sin leyes que pongan límites claros al abuso y a la violencia, la democracia se quedaría sin suelo. Pero la ley llega cuando el daño ya está hecho, cuando la palabra se ha convertido en amenaza y la amenaza en señalamiento. El Código Penal actúa cuando el incendio ya ha prendido. Persigue el delito cuando ya se ha cometido, pero no impide que el odio circule ni que se reproduzca allí donde se fabrican los falsos culpables.

El periodismo digno también cumple una función clave. Contrasta, contextualiza, desmonta bulos, desactiva marcos tóxicos y explica lo que el odio simplifica hasta hacerlo irreconocible. Sin ese periodismo, el debate público se degrada y la mentira avanza sin resistencia. Por eso molesta; por eso se ha convertido en diana prioritaria. Las campañas de acoso no son una casualidad, son una estrategia. Si no puedes imponer tu relato, intenta silenciar al mediador.

Sería un error pensar que la lucha contra el odio se agota en la reacción. Combatirlo exige disputar la economía que lo produce, frenar el extractivismo que devora territorios y cuerpos, proteger la tierra y los bienes comunes, garantizar trabajo digno, vivienda y cuidados; derechos humanos fundamentales. Porque el odio se gesta en la precariedad normalizada, la inseguridad habitacional, la desafección democrática y la sensación de desprotección. De ahí la urgencia de un humanismo extendido, que no seleccione quién merece dignidad, y de un humanismo ecológico que entienda que no hay justicia social sin justicia ambiental. Defender la vida, toda la vida, es hoy el gesto político más radical.


Discursos de odio y cómo podemos combatirlos.

Pero una vez germinado, ese odio se reproduce y expande en relatos, en miedos, en relaciones que no se construyen, en decidir a quién incluimos en esos derechos, a quién excluimos del común y de lo público y a quién dejamos fuera del “nosotros”. Es decir, en lo cultural; en el mundo que creamos entre todas.

Por eso, urge combinar luchas materiales con luchas simbólicas, porque ninguna batalla cultural se sostiene si ignora las condiciones materiales de la vida y viceversa. No hay convivencia posible sobre la precariedad crónica, ni democracia que resista cuando la existencia se vuelve un ejercicio de supervivencia. Y ahí la educación es central. Una educación que no puede limitarse a transmitir contenidos; tiene que formar criterio. Alfabetización mediática, educación digital, capacidad para leer críticamente los discursos y para detectar la manipulación emocional. La UNESCO lo advierte desde hace años con claridad. Frente al odio no basta con prohibir palabras. Hay que construir valores, generar sentido y sostener el pensamiento autónomo en el tiempo. Es una inversión democrática lenta, sí, pero decisiva.

Junto a una revolución educativa, hacen falta políticas del encuentro. Espacios donde las personas puedan mirarse, escucharse y reconocerse más allá de las etiquetas. Barrios vivos, proyectos comunitarios, cultura compartida, experiencias donde el otro deje de ser una abstracción y recupere un rostro, una voz, una historia. La convivencia no es un concepto abstracto. Se construye en las plazas, en el metro, en los espacios que habitamos juntos. El odio, en cambio, necesita distancia, virtualidad y aislamiento. Funciona mejor cuando el otro es una categoría difusa, un perfil sin cuerpo. Por eso las políticas del vínculo, del encuentro y de la cooperación son también políticas contra el odio.

La cultura es, igualmente, decisiva. Esa manera en la que creamos y recreamos el mundo debe ser una fábrica de relatos capaces de ensanchar la mirada. En la literatura, la música, el cine, las artes escénicas, las fiestas populares y la cultura comunitaria se ensayan formas de estar juntos que desactivan la lógica del enfrentamiento. No porque la cultura deba ser moralizante o didáctica, sino porque introduce complejidad donde el odio exige consignas simples. Abrir preguntas incómodas, sembrar dudas, romper certezas. Gestos aparentemente frágiles que son, en realidad, profundamente transformadores.

Las batallas culturales no son guerras de consignas ni propaganda disfrazada, sino un trabajo paciente y colectivo para disputar el sentido común. Buscan construir narrativas distintas, formas de vivir juntos donde la democracia no sea solo norma escrita, sino experiencia cotidiana. No se trata de ganar tertulias u ocupar el ruido mediático. Es disputar el espacio donde se fabrican certezas básicas, porque las ultraderechas avanzan no solo gritando más, sino logrando que otros dejen de creer que existen alternativas reales. There is no alternative, proclamaba Thatcher. Cuando el “no hay alternativa” se instala como sentido común, el autoritarismo ya ha ganado media partida. Frente a eso, educación, convivencia, cultura y conciencia ciudadana aparecen como infraestructuras democráticas imprescindibles, herramientas con las que volver a abrir el horizonte y recordar que siempre hay alternativas. Otro mundo es posible.

Sin embargo, nada de esto funcionará peleando en solitario. El odio se alimenta de la fragmentación y la soledad, por eso la respuesta solo puede ser colectiva. El odio opera en red y solo puede combatirse en red.

Frente a la “internacional del odio”, como la nombra Juan José Tamayo, urge levantar una internacional alternativa. Una red amplia, diversa, transnacional y transversal, capaz no solo de resistir, sino de proponer. No solo de reaccionar, sino de anticipar. Una alianza que siembre comunidad, que teja vínculos duraderos y que se atreva a sostener un humanismo radical que no se conforme con proclamar derechos, sino que baje a la raíz de las condiciones materiales, culturales y simbólicas que hacen posible una vida digna.


La España del odio - Malagón.

La guerra cultural es el plano cero, el terreno donde se juega cualquier proceso emancipador. La democracia se defiende, sobre todo, en las aulas, en los barrios, en los mercados, en los bares, en los autobuses y en los relatos que atraviesan nuestra vida cotidiana.

Ahí se decide si la convivencia se fortalece o si el miedo avanza. Combatir el odio no es únicamente señalar culpables, es recuperar la pregunta esencial de quiénes somos y cómo queremos vivir juntos. Porque frente al odio organizado, la única respuesta a la altura de nuestro tiempo es reconstruir vínculos, recuperar lo común y volver a creer que otra forma de vivir es posible.



Fuente: Ctxt



martes, 10 de febrero de 2026

La organización anti-ICE en Estados Unidos y las contra-instituciones basadas en el cuidado

 

      Escritora, educadora cultural y directora ejecutiva del Proyecto de Desarrollo del Poder Musulmán.


Las redes de respuesta rápida y la ayuda mutua no son caridad; son infraestructura compartida para el cuidado colectivo y la supervivencia

     El panorama político de Estados Unidos —y nuestras vidas cotidianas— están cada vez más moldeados por la represión y la violencia, amplificadas por un ciclo mediático diseñado para mantenernos con miedo en el presente, inciertos sobre el futuro y agotados. El cansancio no es un efecto secundario de este sistema: es una de sus herramientas fundamentales.




En la era del agotamiento, resistencias compartidas

El año pasado, escribí que los ataques de Donald Trump estaban diseñados para agotarnos. Durante el último año, he visto a las comunidades construir movimientos y adaptar su organización bajo esta realidad. La administración Trump y las instituciones alineadas con ella —incluyendo el Proyecto 2025— han llevado esta estrategia a sus límites. El caos destinado a quebrantarnos, sin embargo, ha revelado lo que realmente cuesta —mental y físicamente— vivir dentro de un sistema construido sobre la crisis y el desgaste.




Las comunidades no han respondido con una mejora de las estrategias individuales, sino que  han cambiado la forma en la que se lleva a cabo la resistencia: se han alejado del mito del activista-héroe solitario y se ha evolucionado hacia una resistencia compartida. Como nos enseñó Grace Lee Boggs, “los movimientos nacen de conexiones críticas, más que de masa crítica”.


Un manifestante grita durante una Marcha de Veteranos en el National Mall el 14 de marzo de 2025, en Washington, DC.

El agotamiento político ha adquirido un nuevo significado, y ya no se trata de una lucha personal, sino de una lucha en un terreno compartido —producido por sistemas opresivos y que requiere respuesta colectiva. La pregunta ha pasado de: ‘¿Cuánto más podemos cargar?’ a ‘¿Qué hay que cambiar para que menos personas tengan que cargar tanto?’.

Como nos recuerda adrienne maree brown: “Lo que practicamos a pequeña escala establece el patrón para todo el sistema”. Organizadores y vecinos han expandido estrategias de cuidado, educación política y acción colectiva, arraigadas en la experiencia vivida y reconstruidas repetidamente en respuesta a la escalada de violencia estatal y los cambios abruptos de políticas.

Las respuestas conjuntas a la violencia estatal

Los círculos de aprendizaje surgieron no como grupos de estudio abstractos, sino como espacios de preparación colectiva. A través de comunidades, campus y movimientos —desde Intro to Worldbuilding, un espacio de aprendizaje reflexivo contínuo ofrecido por Resonance Network; hasta las enseñanzas organizadas por estudiantes a través de Students for Justice in Palestine; hasta la educación política moldeada por Critical Resistance e Interrupting Criminalization— espacios descentralizados que se han convertido en sitios de análisis político local y global.


Kashish Ali compra alimentos antes de llenar un refrigerador comunitario One Love, el 15 de noviembre de 2025, en Brooklyn, Nueva York.

Los participantes han examinado la complicidad de Estados Unidos  en la violencia internacional, han rastreado la represión de la disidencia estudiantil y los movimientos de protesta, y han situado las luchas presentes dentro de historias más largas y transnacionales de resistencia.

Más que compartir información, se ayuda a las personas a pensar juntas y determinar qué se exigirá en los próximos años. En momentos diseñados para confundir y abrumar, el análisis compartido se ha convertido en una forma de poder que permite moldear respuestas a la violencia estatal. En ciudades que enfrentan intensas redadas contra los y las migrantes, las comunidades y sus aliados han conseguido construir redes de respuesta rápida para proteger a los y las vecinas señalados por el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE). Voluntarios y voluntarias se han organizado para acompañar a los vecinos a los tribunales y les han ayudado con el apoyo legal; en las redes de ayuda mutua se han hecho circular materiales informativos sobre derechos y se ha proporcionado comida, ropa y otros artículos esenciales.

Todo esto no ha sido fruto de la caridad. Han sido las contra-instituciones, aquellas infraestructuras diseñada para mantener a las personas conectadas, informadas, cuidadas y protegidas en un sistema construido para fragmentarlas y aislarlas.

Esto  también se ha extendido al cuidado de la salud. El ICE ha cercado clínicas y hospitales —lo que ha llevado a muchas personas a tener que posponer cirugías, evitar la atención urgente o a renunciar al apoyo prenatal—. Frente a esto, miembros de la comunidad y trabajadores de la salud han intervenido y han coordinado sistemas de escolta hacia las clínicas, han organizado transportes y han conectado a pacientes con entornos de atención seguros, llenando los vacíos dejados por el miedo, la criminalización y el abandono estatal. Esto es lo que exige el marco de la desigualdad: colectividad, coordinación y compromiso para mantenernos seguros unos a otros.


Agentes federales detienen a una mujer embarazada de nueve meses tras salir de una audiencia judicial en el tribunal de inmigración del Edificio Federal Jacob K. Javitz de la ciudad de Nueva York.

Resistir a lo que viene

Sigo volviendo a imágenes de campus universitarios repartidos por todo el país, en el contexto de la liberación palestina. Los estudiantes comenzaron a integrar el cuidado y el descanso en la arquitectura de sus movimientos —no como algo secundario, sino como estrategia—. Había equipos médicos haciendo guardias; y los voluntarios y voluntarias de bienestar y cuidado infantil hicieron posible una participación más amplia. Los y las organizadoras trataron el sueño, la comida y la regulación emocional no como lujos,sino como condiciones para proteger la plenitud de nuestra humanidad y nuestra capacidad de permanecer en la lucha. La tarea ahora no es brillar más o más rápido, sino construir la capacidad colectiva para resistir a lo que viene.

Esa misma lógica es visible más allá de las puertas del campus. En Minnesota, en medio de la intensificación de los ataques federales contra la población migrante, Stand With Minnesota se ha convertido en un centro dirigido por voluntarios que organiza ayuda mutua, recursos legales y respuesta colectiva, al tiempo que ofrece un punto de acceso para quienes enfrentan la aplicación de la ley y para quienes buscan apoyarlos.

En Chicago, The Love Fridge, fundado durante la pandemia de COVID-19, continúa abordando el acceso a alimentos y la inequidad a través de una red de refrigeradores comunitarios gratuitos, redirigiendo alimentos comestibles lejos de los vertederos y hacia vecindarios que sufren el apartheid alimentario. Lo que comenzó como respuesta de emergencia ha perdurado como infraestructura cotidiana, vinculando supervivencia, daño ambiental y responsabilidad colectiva. A través de estos contextos, el cuidado no se enmarca como caridad o bienestar personal, sino como una estrategia diseñada para reducir daños, sostener la participación y hacer posible la resistencia. 

Nuestra resistencia debe moldearse para lo que viene: un sistema que se desliza hacia el autoritarismo abierto, la normalización de la violencia masiva y una represión que ya no es episódica, sino continua. Este último año ha dejado algo innegablemente claro: este sistema está diseñado para agotarnos —a nosotros y a los  movimientos. Lo más subversivo que podemos hacer es negarnos a desaparecer. Negarnos a que nuestra capacidad de imaginar la liberación desaparezca. La pregunta ahora no es cuánto más podemos exigirnos, o cuánto tiempo podemos sobrevivir en aislamiento, sino si podemos construir la capacidad de aguantar —de cuidarnos y protegernos los unos a los otros— porque todo lo que viene depende de ello.


Fuente: El Salto