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martes, 23 de diciembre de 2025

Obstrucción climática: cuando el sabotaje va mucho más allá de negar la ciencia

 

 Por Andrés Actis   
      Periodista licenciado en Comunicación Social (UNR-Argentina). Colabora en diferentes medios, entre ellos El Salto.


Un centenar de científicos de la Red Global de Ciencias Sociales del Clima de la Universidad de Brown publica un extenso análisis sobre el entorpecimiento organizado a la lucha climática. La conclusión: la obstrucción no es un actor, sino todo un sistema


     ¿Por qué si la quema de combustibles fósiles provoca el cambio climático, un hecho científico evidente desde hace décadas, y un 89% de la población mundial exige mayor acción climática a sus gobernantes, las políticas para mitigar el calentamiento global no avanzan al ritmo necesario para evitar una catástrofe planetaria que ya está en puerta? Con ese interrogante de fondo, más de 100 científicos de la Red Global de Ciencias Sociales del Clima de la Universidad de Brown (Estados Unidos) empezaron a destripar la exasperante inacción climática que parece enquistada en todos los continentes. El resultado de este análisis acaba de publicarse, tal vez, en el libro más comprensivo y sistemático hasta la fecha sobre el entorpecimiento organizado a la lucha climática. La conclusión es que la obstrucción no es un actor, sino un sofisticado ecosistema que tiene como finalidad sabotear un mundo descarbonizado.


En 'Climate Obstruction: A Global Assessment', más de cien científicos sentencian que el mundo fracasa en la acción climátic por la acción deliberada de actores económicos y políticos que obstaculizan las transiciones ecológica y energética.

El libro se llama Climate Obstruction: A Global Assessment y se puede descargar de forma gratuita. A partir de documentos internos, investigaciones académicas y estudios de caso, los autores sentencian que el mundo no fracasa en la acción climática por falta de conocimiento científico, ni por ausencia de apoyo público, sino por la acción deliberada de actores económicos y políticos que obstaculizan las dos transiciones en marcha, la ecológica y la energética.


Sabotaje a la acción climática en todo el mundo. Descarga gratuita.

Si bien combatir el cambio climático “nunca iba a ser fácil, se ha vuelto exponencialmente más difícil debido a diversas formas de obstrucción”, advierten en la introducción de la publicación. ¿Qué es la obstrucción climática? Es más que negar la ciencia, aclaran: son tácticas dilatorias como advertir sobre calamidades económicas, o el lavado de imagen verde que intenta reposicionar a las grandes petroleras como “un actor legítimo en la solución del cambio climático” en lugar de “un enemigo”, o teorías conspirativas descabelladas sobre un nuevo orden mundial o el “comunismo global”.


Almacenamiento energético de Enlight Renewable Energy en Huesca: lavado verde de la imagen de Israel.

Y no se trata solo de las grandes petroleras, sino de un “gran enjambre” de actores: empresas que dependen de la economía fósil, como las compañías de servicios, así como las asociaciones comerciales detrás de las cuales se esconden; los centros de estudios que financian; las empresas de relaciones públicas que las hacen quedar bien; y las grandes empresas tecnológicas que difunden sus falsas afirmaciones. Los gobiernos y políticos cierran el círculo.

La investigación muestra cómo las grandes petroleras, la agroindustria, los servicios, los conglomerados de transporte y sus redes de think tanks, lobistas y agencias de relaciones públicas despliegan un repertorio coordinado para evitar regulaciones que afecten sus modelos de negocios. La idea fuerza es demoledora: la obstrucción no es un actor, sino un sistema”, explica Federico Merke, doctor en Ciencias Sociales y profesor asociado de Relaciones Internacionales en la Universidad de San Andrés (Argentina).


¿Por qué no queremos salvar al mundo?

Merke, quien también estudia el cruce entre la política internacional y el cambio climático, autor del libro ¿Por qué no queremos salvar al mundo?, celebra el esfuerzo de sus colegas por demostrar que no estamos frente a un “negacionismo clásico”, sino frente a una “constelación mucho más sofisticada”: tácticas de demora, falsas soluciones, campañas de miedo económico, captura regulatoria, manipulación mediática, litigios estratégicos, greenwashing e infiltración en procesos multilaterales.


Protesta indígena contra las barcazas de la soja sobre el río Tapajós y el Ferrocarril de Ferrogrão durante la COP30.

En este contexto, la derecha radical, en auge en casi todo el planeta, aparece hoy como “multiplicador del problema”. El libro reconstruye cómo la ultraderecha, desde el movimiento antiambientalista “Wise Use” hasta los think tanks del Atlas Network, erosionan los propios marcos de cooperación internacional, atacando la diplomacia multilateral, las instituciones ambientales y la idea misma de gobernanza global. “En lugar de debates técnicos, predominan conspiraciones sobre la “Gran sustitución” y un uso instrumental del clima para movilizar identidades culturales agraviadas”, señala Merke.


Wise Use en la Casa Blanca.

El libro, coordinado por Timmons Roberts, Carlos Milani, Jennifer Jacquet y Christian Downie, también indaga en el papel de los medios de comunicación y de las plataformas digitales. El ecosistema mediático es un “vector clave” en la amplificación de la desinformación, tanto por “falsos equilibrios” periodísticos —otorgarle el mismo espacio y entidad a un científico que a un lobbista, por ejemplo— como por la arquitectura algorítmica de las grandes tecnológicas —Meta, Google, X y TikTok—. Para Merke, el libro exhibe un “mecanismo inquietante”: muchas de estas plataformas no solo permiten la desinformación, también ganan dinero con ella a través de publicidad dirigida de compañías fósiles.

Lo primero: qué es la obstrucción climática

Los autores la definen como las acciones intencionales y los esfuerzos para frenar o bloquear políticas sobre el cambio climático, medidas respaldadas por el consenso científico respecto a la necesidad de dejar de quemar combustibles fósiles y de destruir los ecosistemas naturales.

Ante cada política climática puesta sobre la mesa, las grandes petroleras, junto con sus aliados de la agricultura, la tecnología, los medios de comunicación y sus facilitadores en el sector de las relaciones públicas, utilizan sus “ganancias y poder” para impedirlas o debilitarlas. “Un ecosistema interconectado de individuos y organizaciones”, resumen este grupo de investigadores.


El presidente de Argentina, Javier Milei, saluda a Abascal en la fiesta ultraderechista de Vox, Viva 24.

En diferentes contextos políticos, la obstrucción adopta formas propias. No hay un método único, se explica. Pero el objetivo sí es común: sabotear acciones significativas para abordar la crisis climática. En el caso de la industria fósil (petróleo y gas), el entorpecimiento pivota todo el tiempo sobre “negar, retrasar y diluir”.

Tras realizar una revisión exhaustiva de la literatura académica y de los documentos internos de la industria, los autores revelan la estrategia de “tres pasos” de la industria de los combustibles fósiles para mantenerse con vida: negar la ciencia que muestra que los combustibles fósiles causan un cambio climático peligroso; retrasar soluciones políticas y regulaciones que podrían reducir la contaminación; y diluir o cooptar esas políticas una vez que se aprueban. El ejemplo más reciente: el adiós el veto a los coches de combustión en 2035.


Campa de coches afectados tras la dana de València en Benaguasil a fecha de enero de 2025.

Si bien la clásica negación climática de la industria de fines del siglo XX aún se arrastra a través de los mitos zombis que ha difundido y el lenguaje tipo 'engaño' sigue siendo relevante —dice el libro—, una forma de obstrucción más frecuente y complicada es el uso de tácticas de miedo económico como parte de los esfuerzos de lobby para retrasar o debilitar la acción política mediante el alarmismo con afirmaciones extravagantes e inexactas de que la política climática arruinará la economía”.

Esta industria, cuando ya no puede evitar el debate político, se vende “como parte de la solución al cambio climático”. Los ejemplos sobran. En España, Repsol se erige como un actor clave de la transición verde, pero solo el 1,28% de toda la energía que produce es renovable. Con esta técnica, señala el libro, “la industria de los combustibles fósiles está cooptando el discurso de las soluciones climáticas para impedir la legislación y mantener el modelo de negocios del petróleo y el gas”.


Un activista de Greenpeace, colgado de una de las astas de la entrada del Ifema de Madrid durante la junta de accionistas de Repsol.

Las técnicas de obstrucción se sustentan, por lo general, en algunas de estas narrativas: historias aterradoras sobre el “colapso industrial” y otras consecuencias negativas (imaginarias) de la política climática; falsas soluciones como la captura de carbono para reducir la necesidad de reducir el uso de combustibles fósiles; o la afirmación de que los combustibles fósiles son la mejor y única manera para que las economías emergentes generen la electricidad necesaria para el desarrollo económico.

La industria de la agricultura animal, señala el libro, es “otro importante contaminante climático”, por su exitoso esfuerzo de mantener alta la demanda pública de carne a pesar de los costes climáticos y de salud que tienen sus productos. Para los autores, esta obstrucción cuenta con el beneplácito de los medios de comunicación, que “constantemente caen en la trampa”: “Con demasiada frecuencia transmiten el encuadre preferido de la industria, haciendo que la responsabilidad del cambio recaiga sobre los consumidores en lugar de las corporaciones, lo que permite a estas últimas evitar la rendición de cuentas”.

Como resultado, se agrega, la cobertura sobre agricultura y cambio climático se suele centrar en el consumo de carne y el veganismo como opciones dietéticas individuales, “mientras que rara vez aborda las contribuciones de las empresas ganaderas al cambio climático y el papel de las políticas gubernamentales —impuestos y subsidios agrícolas— en la promoción o el impedimento de la producción y el consumo sostenibles.

El chivo expiatorio del multiculturalismo

En el capítulo dedicado a la ultraderecha, el libro rastrea una estrategia de obstrucción común en todos los países: la amenaza de una sociedad multicultural y multirracial como chivo expiatorio para conseguir el apoyo de los partidos nacionalistas. Se presentan como las únicas fuerzas políticas que buscan combatir el “Gran Reemplazo” por parte de organizaciones cosmopolitas, como la ONU.


Manifestación del 4 de octubre contra el genocidio palestino en Madrid.

Ante esto, los partidos conservadores tradicionales, siempre dubitativos para adoptar medidas para combatir el cambio climático, empiezan a sumarse al rechazo científico y a todas las nociones de diplomacia multilateral y cooperación internacional que son fundamentales para resolver el desafío climático global.

Que este chivo expiatorio —como tantos otros— cale en los imaginarios colectivos mucho tienen que ver los medios de comunicación, dicen estos expertos. La norma periodística de “los dos lados” —dar voz a todas las partes— “ha sido explotada por la industria de los combustibles fósiles y su maquinaria de obstrucción”.

Si esto se suma a la habitual venta de servicios a la industria de los combustibles fósiles con fines publicitarios, el rol de los medios tradicionales —televisión, periódicos y radio— es de relevancia dentro de esta maquinaria. El contenido comprado por las empresas parece “información objetiva” cuando, en realidad, está plagado de intereses anticlima.

Ni hablar del papel de las grandes empresas tecnológicas, principales contribuyentes a la desinformación climática. Los autores definen al big tech como “actores cómplices” de la obstrucción, ya que “la desinformación es ahora un subproducto garantizado, si no una parte central, de los modelos de negocio de las empresas de redes sociales”. A juicio de los autores del libro, los algoritmos que premian la desinformación climática son un ejemplo de que la obstrucción no se explica solo por un “gasto financiero masivo”, sino también por “la explotación de rasgos psicológicos humanos comunes”.

A las cinco creencias que sustentan la acción climática —el cambio climático es real, es de origen humano, tiene consenso científico, es perjudicial y existe la esperanza de que podamos evitar los peores escenarios—, el “contramovimiento climático” instala “descreencias” que, como poco, contaminan las evidencias: el calentamiento global no es real, no es de origen humano, los impactos climáticos no son malos, las soluciones climáticas no funcionan, y los expertos no son nada fiables. ¿Cómo cultivan estas incredulidades? “Desvirtuando la integridad científica. Es decir, empleando las cinco técnicas de negación científica: falsos expertos, falacias lógicas, expectativas imposibles, selección de datos y teorías conspirativas”.

El Sur global: entre impacto y dependencia

Para Merke, una de las contribuciones más valiosas de todo el libro es el análisis del Sur global. Los autores muestran que, aunque los países en desarrollo sufren más las consecuencias del cambio climático, también reproducen lógicas de obstrucción cuando sus élites políticas y empresariales dependen de sectores fósiles o agroexportadores. La obstrucción, advierten, no es monopolio del norte, aunque el norte tiene una responsabilidad histórica desproporcionada.

Se pone el ejemplo de la expansión del ferrocarril brasileño para conectar puertos costeros, anunciada como una alternativa más limpia por la política y las grandes empresas, que terminó provocando una “deforestación más extensa” y fortaleciendo la lógica extractivista que impulsa el Norte global en esta región.

Los Estados, que están en condiciones de impulsar la acción nacional y subvertir los regímenes hostiles al clima global ejerciendo su propia autoridad, terminan formando parte de este ecosistema tóxico. En Brasil y Argentina, por ejemplo, las administraciones reciben regalías por la extracción petrolera, “lo que los convierte en opositores naturales a las políticas climáticas”. Estos “beneficios económicos” se utilizan para identificar a las políticas de descarbonización como “hostiles a los trabajadores y a las finanzas estatales”.

En general, “la dependencia de la industria de los combustibles fósiles representa un obstáculo para políticas más eficaces y ambiciosas que buscan diversificar las fuentes de energía y crear un modelo de desarrollo económico menos centrado en el petróleo”. Encima, en toda América Latina, el activismo climático se reprime mediante violencia física, lo que “sugiere que los actores subnacionales se sienten cómodos generando miedo cuando ello sirve a sus intereses, incluso si genera indignación pública”.

Las soluciones

El libro no se limita al diagnóstico. Detalla una serie de mecanismos emergentes para contrarrestar la obstrucción, como los litigios climáticos basados en publicidad engañosa y responsabilidad civil; las regulaciones contra el greenwashing; la transparencia obligatoria para el lobby empresarial; las reformas en los procesos del IPCC y la COP que limiten el poder de los obstructores; y las campañas de naming and shaming (nombrar y avergonzar) para revocar licencias sociales.


Un noviembre extremadamente caluroso encamina a 2025 como el segundo año más cálido desde que se realizan mediciones.

Para los autores, estos cinco mecanismos son “cruciales” para frenar la obstrucción climática. No apuntan solo a los daños causados por la contaminación, sino también al “greenwashing y otros discursos y comportamientos corporativos engañosos que se rigen por las leyes de protección al consumidor”.

En los Países Bajos, la Autoridad de Consumidores y Mercados declaró lavado verde al “ecodiseño” de H&M, lo que ha provocado una “atención pública negativa” por las conductas contaminantes de esta marca. Aunque si bien “la humillación pública genera presión social”, los litigios crean un incentivo aún más directo para que las corporaciones dejen de obstruir la acción climática, explica el libro. Los autores han recopilado más de 2.000 juicios en todo el mundo. Se espera que la cifra crezca con fuerza en los próximos años. “Estos casos representan una gran amenaza para la industria, con un rango de responsabilidad potencial que alcanza billones de dólares o más”, explican.

La otra buena noticia es que los grupos de la sociedad civil han comenzado a “contrarrestar la infraestructura que frena la acción climática”. Cada vez hay más organizaciones que están monitoreando la desinformación en las plataformas de redes sociales y realizando campañas de concienciación. “Mediante esfuerzos como estos, los científicos del clima, los defensores y los formuladores de políticas están empezando a desarmar y desmantelar estratégicamente la operación de obstrucción industrial que está saboteando la acción climática”, concluyen los investigadores.

Merke se queda con la contundencia del diagnóstico de esta investigación: la lucha contra la obstrucción es hoy tan importante como la reducción de emisiones. “No basta con diseñar buenas políticas climáticas; es preciso desmantelar la arquitectura que las bloquea”.


Fuente: El Salto

domingo, 26 de octubre de 2025

La insurrección mundial de la Generación Z

 

 Por Marc Vandepitte   
      Economista y filósofo belga. Escribe sobre las relaciones Norte-Sur, América Latina, Cuba y China.



Sopla un nuevo viento de resistencia por el mundo, alimentado por la Generación Z, que se alza contra las élites y la desigualdad. Esta revuelta juvenil digital ya ha hecho caer gobiernos, pero se enfrenta al desafío de convertir protestas fugaces en un poder sostenible y organizado


Protesta de la Generación Z en Indonesia con una pancarta que reza «El gobierno no es nada sin nosotros», febrero de 2025.


     Un fantasma recorre el mundo, un espectro que ya hizo caer a varios gobiernos y que está impulsado por la Generación Z, los jóvenes nacidos entre 1997 y 2012.

La Generación Z pone a prueba a las élites en todo el mundo. En poco tiempo Bangladés, Nepal y Madagascar vieron caer a sus gobiernos, mientras que en Marruecos, Indonesia, Filipinas, Kenia y Perú siguieron creciendo las protestas juveniles masivas. Los detonantes directos difieren: censura, escasez de electricidad y agua, planes fiscales o escándalos de corrupción.

Pero bajo todas esas protestas fluye la misma fuerza: una generación joven y conectada digitalmente que exige igualdad de oportunidades y servicios básicos. Los jóvenes ya no toleran que los recursos públicos se desvíen hacia proyectos de prestigio mientras fallan las prestaciones básicas. Quieren dignidad y una perspectiva de futuro.




Las protestas suelen enfrentarse a una dura represión. Según la ONU, en Madagascar hubo al menos 22 muertos en las primeras semanas de protestas. En Indonesia voluntarios informaron de que la policía disparó en la oscuridad después de que se apagara el alumbrado público. Decenas de jóvenes fueron detenidos sin juicio. Documentos de Amnistía Internacional muestran como la acción pacífica se responde de forma rutinaria con violencia excesiva.

¿Por qué ahora?

En muchos países la edad mediana es extremadamente baja. En Madagascar, por ejemplo, la mitad de la población es menor de 19 años. Y para ese gran grupo de jóvenes, los empleos suelen ser escasos y hay pocas perspectivas de futuro.

Los jóvenes ven que élites se benefician de privilegios y megaproyectos, mientras se resquebrajan hospitales, escuelas e infraestructuras. En Marruecos los jóvenes salieron a la calle contra el deterioro de los servicios públicos mientras se gastan miles de millones en el Mundial de fútbol de 2030.

También en Asia el patrón es reconocible. En Nepal un intento de bloquear las redes sociales desembocó en una revolución de 48 horas y un gobierno interino. En Indonesia la chispa fue la indignación por los privilegios y la violencia policial. En Perú las reformas de pensiones fueron la gota que colmó el vaso en un contexto de trabajo informal y existencia insegura.

Internet como megáfono

Esta generación utiliza plataformas digitales. TikTok, Instagram, Telegram y sobre todo Discord son la columna vertebral logística. Sirven para planificar rutas, indicar la ubicación de equipos médicos, información jurídica, verificación de hechos y retransmisiones en directo desde los barrios. Donde los gobiernos bloquean aplicaciones, los jóvenes recurren a las VPN y canales alternativos.

La organización es deliberadamente descentralizada. No hay líderes clásicos, pero sí miles de nodos. Eso hace que el movimiento sea resiliente: si una cuenta cae, en otro lugar surgen tres nuevas. En Kenia, Nepal y Madagascar ocurrió exactamente así.

Aparece un símbolo en todas partes: la bandera pirata del cómic japonés One Piece — una calavera con sombrero de paja. Es el símbolo de los inadaptados que luchan contra una oligarquía mundial corrupta. En Indonesia, Filipinas, Nepal, Marruecos y Madagascar ondea la misma bandera, a veces en una versión local.


La Bandera Pirata es el símbolo de los inadaptados que luchan contra una oligarquía mundial corrupta.

La bandera baja el umbral de participación, crea un lenguaje compartido y nos recuerda que la cultura es poder.


Protesta en Filipinas, septiembre de 2025.

La fuerza y la trampa del enjambre

La fuerza del movimiento de la Generación Z reside en su organización horizontal. Como no tiene líderes, es difícil de quebrar. Pero precisamente eso es también su debilidad. Sin ninguna forma de representación, estructura o estrategia, el movimiento corre el riesgo de desvanecerse como un “enjambre sin colmena”, como lo llama el sociólogo italiano Paolo Gerbaudo: un colectivo que vaga de protesta en protesta, sin un anclaje duradero.

Los movimientos juveniles también pueden caer en campañas de desinformación y en manos de actores con otras agendas, desde ONG extranjeras hasta bloques de poder internos. Las revueltas estudiantiles son una plataforma ideal para las llamadas revoluciones de colores, que suelen consistir un cambio de régimen apoyado desde el exterior. Y al igual que entre nosotros, también al otro lado del planeta la extrema derecha gusta de adornarse con poses contra el establishment.

El desafío es convertir la indignación justa en poder duradero. Los jóvenes exigen cambio, pero sin organización y una visión clara, otros se pueden apropiar rápidamente de sus victorias. En Madagascar los jóvenes aplaudieron cuando cayó el régimen, pero pronto vieron que el ejército llenaba el vacío. Después de su levantamiento los jóvenes obtuvieron en Nepal menos participación de la que habían esperado.

En Egipto, la Primavera Árabe terminó en un golpe militar y en Siria degeneró en terrorismo yihadista. En Sudán la protesta callejera de un movimiento cívico idealista fue capturada por generales que luego sumieron al país en una guerra civil implacable.

Estas revueltas callejeras se ven acechadas por el peligro de que figuras carismáticas —generales o populistas— llenen el vacío con promesas rápidas y gestos simbólicos. Una cosa ss la caída de un gobierno y otra construir instituciones justas y reducir la desigualdad exige resistencia, recursos, un amplio apoyo y una organización sólida.

Los levantamientos de la Generación Z son una promesa, pero también una advertencia: sin estructuras duraderas y una visión clara, cualquier revuelta puede ser cooptada. Pero si esta joven generación logra convertir su energía en resistencia organizada y sostenible, no solo puede derribar regímenes, sino también construir una sociedad más justa.


Fuente: Rebelión

viernes, 27 de junio de 2025

Prohibir los “teléfonos inteligentes” por el bien de la humanidad

 

 Por David Moscrop   
      Periodista y comentarista político. Doctorado en Ciencias Políticas por la Universidad de Columbia Británica (Canadá).


Los smartphones nos están volviendo poco saludables, infelices, antisociales y menos libres. Si todavía no podemos nacionalizar la economía de la atención, tal vez sea hora de abolir su herramienta principal… antes de que termine por abolirnos a nosotros



     Perdón por la digresión personal, pero es relevante para el tema que nos ocupa. Recuerdo cuando compré mi primer smartphone. Era 2010 y acababa de regresar a Canadá desde Corea del Sur, donde no había podido comprar un iPhone. A mi regreso, intenté resistirme al fenómeno creciente de la interconexión infinita. No aguanté mucho. Compré un iPhone y lo configuré. Ese mismo día estaba haciendo cola en una cafetería y, por primera vez en mi vida, me di cuenta de que estaba ignorando al cajero cuando me pidió que pagara. Estaba distraído, mirando mi teléfono.


Nuestros hábitos diarios con los teléfonos inteligentes aportan muchos beneficios a nuestras vidas, pero también tienen algunos inconvenientes en términos de cómo están reconfigurando nuestros cerebros.

En los quince años transcurridos desde que compré ese teléfono (y varios sucesores) los smatphones se han vuelto omnipresentes. Los teléfonos no son solo un dispositivo, sino una extensión de nosotros mismos, de nuestras conexiones sociales, nuestros recuerdos, nuestra cognición e incluso nuestra conciencia. En 2024, el 98% de los estadounidenses tenía un teléfono móvil, de los cuales el 91% eran smartphones. Se trata de un salto considerable desde el 35% que poseía un dispositivo inteligente cuando Pew comenzó a realizar un seguimiento de la propiedad en 2011.




En muchos sentidos, ahora son los teléfonos los que nos controlan. Un estudio realizado en 2025 reveló que, en promedio, los estadounidenses consultan su teléfono más de 200 veces al día, «casi una vez cada cinco minutos mientras estamos despiertos». Dado que las personas pasan horas al día desplazándose por la pantalla o escribiendo, más del 40% afirma sentirse adicta a su teléfono inteligente. Diferentes estudios arrojan resultados dispares, pero la tónica general es similar: la mayoría de nosotros tenemos teléfonos inteligentes y pasamos más tiempo del que nos gustaría con ellos, atados a ellos con un coste personal y social considerable. Hay muchas razones para rechazar esta herramienta.




Creamos máquinas de soledad y las llamamos inteligentes




Prohibir totalmente los teléfonos inteligentes sería, como mínimo, una medida excesiva y probablemente inconstitucional en Estados Unidos y en muchos países del mundo, dependiendo de cómo se promulgara. Pero analicemos la propuesta, partiendo de la premisa de que el uso de los teléfonos inteligentes es un problema colectivo, no personal. Representa un problema del que debemos salir juntos. Después de todo, la capacidad de una persona para desconectarse está determinada por las normas y expectativas sociales. Es casi imposible dejar el smartphone si nadie más lo hace.





Esa dimensión colectiva ya se reconoce en las escuelas, donde cada vez se prohíben más los teléfonos móviles. Las autoridades citan un creciente número de pruebas que demuestran que estos dispositivos son perjudiciales para los niños. Incluso algunos magnates de la tecnología envían a sus hijos a escuelas «antitecnológicas». Pero extender eso al resto de nosotros es una tarea difícil, especialmente cuando se trata de enfrentarse a una industria que mueve cientos de miles de millones de dólares al año y sigue creciendo.


Madres, activistas y profesoras del Colegio Madrid apuestan por una educación analógica.

Los teléfonos inteligentes no solo son malos para los niños. También son malos para los adultos. Nos hacen sentir más solos, deprimidos, estresados, ansiosos y propensos a tener ideas suicidas. Usarlos en la mesa o en cualquier lugar donde nos reunimos nos hace infelices. También pueden tener efectos negativos en el ejercicio físico, la capacidad de atención y la función cognitiva, e incluso en nuestra vida sexual. En resumen, los teléfonos inteligentes son malos para nuestra salud mental y física, nos hacen infelices, estúpidos y antisociales.

El derecho a desconectarse

Los teléfonos inteligentes y las plataformas de redes sociales que soportan no solo son malos para la salud individual, sino que también son corrosivos para la salud del cuerpo político, tanto social como políticamente. Hace tiempo que sabemos que, como conductos de Internet, los teléfonos facilitan la difusión de la desinformación y la información errónea, amplifican la indignación y encierran a los usuarios en silos mediáticos diseñados algorítmicamente. El resultado es un estrechamiento de la perspectiva que nos deja a muchos intelectualmente aislados, reactivos y desconectados de opiniones contrarias.

Se supone que los teléfonos inteligentes «nos conectan con el mundo», pero en realidad a menudo nos impiden comprender —y mucho menos confiar— en quienes están fuera de nuestra burbuja. Con el tiempo, esto profundiza la polarización y erosiona la fe en las instituciones compartidas, lo que dificulta ponerse de acuerdo sobre hechos básicos, y mucho menos actuar colectivamente. La consecuencia no es solo la confusión, sino una crisis de legitimidad que se va gestando lentamente.

Incluso cuando los teléfonos inteligentes ofrecen acceso a información precisa, sus efectos socavan nuestra capacidad para procesarla o actuar en consecuencia. La herramienta que aparentemente estaba destinada a servir de puerta de acceso a fuentes de información ilimitadas para liberarnos de las limitaciones del aprendizaje no ha hecho nada de eso.

Al igual que los teléfonos inteligentes ofrecen la ilusión de la conexión social, ofrecen una falsa sensación de agencia política, como si tomar el teléfono y publicar algo fuera equivalente a organizar, movilizar o construir solidaridad.

Mientras tanto, el impulso ahora habitual de tomar el teléfono para escribir una publicación rápida o responder un mensaje de texto en presencia de otras personas —amigos, familiares, trabajadores del sector servicios— no solo es grosero, sino que corroe la interacción social básica. Los smartphones son amenazas antipolíticas, antintelectuales y antisociales.

Con los teléfonos inteligentes, nosotros —es decir, la industria tecnológica— hemos creado un dispositivo que nos ha superado. Peor aún, estar siempre conectados y siempre localizables es especialmente duro para los trabajadores. Los jefes explotan habitualmente ese acceso para difuminar los límites entre el trabajo y la vida privada. Para los millones de puestos de trabajo que dependen del correo electrónico o las aplicaciones de mensajería, la distinción entre vida laboral y vida privada se ha derrumbado.

Ahora no solo estamos siempre conectados, sino que también estamos siempre conectados al trabajo. Conscientes de ello, países como Francia y Australia han aprobado leyes sobre el «derecho a la desconexión» con el fin de liberar a los trabajadores de estar esclavizados a sus dispositivos fuera del horario laboral.

Trabajadores del mundo, desconectaos


Los teléfonos inteligentes plantean un problema para la sociedad en general, pero en particular para los socialistas que defienden un orden social, económico y político que asume y requiere un nivel básico funcional de socialidad que estos dispositivos socavan. Los teléfonos inteligentes no son prosociales. Es difícil imaginar un orden socialista dirigido por zombis adictos a los dispositivos, cada vez más desconectados y semianalfabetos, que vuelven a algo parecido a la tradición oral, solo mediada por ChatGPT, mensajes de texto escritos a toda prisa y publicaciones nihilistas en Twitter/X, todo ello mientras suben TikToks entre tarea y tarea.


Las redes sociales rara vez conducen a acciones políticas constructivas.

Hoy en día, los teléfonos móviles analógicos o «tontos», con funciones limitadas, están viviendo un pequeño momento de gloria. En 2023 se vendieron casi 100 000 de ellos en Canadá, lo que supone un aumento del 25% con respecto a las ventas de 2022. En Estados Unidos se ha producido un movimiento similar. Pero la mayoría de los usuarios de teléfonos móviles siguen siendo usuarios de teléfonos inteligentes, ya sea por elección propia o por fuerza de la costumbre, la presión social, las exigencias del trabajo o la adicción total. ¿Es esto lo que queremos para nosotros mismos? ¿Para nuestros amigos, familiares y parejas? Seguramente no. Estamos atrapados en una trampa y tenemos que salir de ella.

¿Qué pasaría si prohibiéramos los teléfonos inteligentes y nos obligáramos a ser libres? Puede parecer absurdo. Pero no se trata tanto de una propuesta política literal como de un grito colectivo de ayuda. Muchos de nosotros queremos desconectarnos, pero no podemos hacerlo solos, no sin perder el contacto con el mundo que nos rodea. Hoy en día, la desconexión conlleva costes sociales y económicos reales. Hasta que los teléfonos inteligentes y las redes sociales puedan ser regulados democráticamente o nacionalizados, liberados de la necesidad imperiosa de lucrarse indefinidamente con nuestra atención, una prohibición podría ser la vía más realista para recuperar nuestras vidas. No se trata de un rechazo a la libertad, sino de un llamamiento a una libertad más profunda: un compromiso colectivo previo con un orden social que nos devuelva nuestras vidas.

¿Qué pasaría si nos atáramos al mástil, como Odiseo al navegar cerca de las sirenas, liberándonos de las melodías seductoras pero costosas de nuestros teléfonos inteligentes? ¿Y si en lugar de «conectarnos», nos reconectáramos —entre nosotros, con nosotros mismos, con los libros y las películas, con las noticias, con el aire libre, incluso con nuestro trabajo— libres de las presiones constantes de nuestros dispositivos? Podríamos ser más inteligentes, más felices, más sanos, más amables y estar más presentes. Mejor aún, seríamos libres.


Fuente: JACOBIN