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domingo, 3 de mayo de 2026

La crisis de deuda agrava la brecha de género en los países del Sur Global

 

      Periodista de EL PAÍS desde 2007, trabaja en la sección de Internacional. Está especializada en desinformación y en mundo árabe y musulmán.


Un estudio de la ONU demuestra que los ajustes fiscales golpean con mayor dureza a las mujeres y pueden llegar a provocar la pérdida de 55 millones de puestos de trabajo para ellas y una caída del 17% en la renta per cápita femenina


Una mujer tailandesa cocina carne en un puesto de comida callejera, en Bangkok, en marzo de 2025.


     El coste del pago la deuda externa no se reparte por igual entre hombres y mujeres. En los países del Sur Global, cuanto más dinero público se destina a devolver préstamos, peores son los efectos para ellas: pierden más empleo, ven caer más sus ingresos y afrontan mayores riesgos en salud, en la medida en que los Estados reducen el margen para invertir en otras políticas públicas. Así lo concluye un nuevo informe del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), hecho público este lunes, que advierte de que la forma en que se paga la deuda agrava la brecha de género y tiene consecuencias muy tangibles: la pérdida de 55 millones de puestos de trabajo para las mujeres y una caída del 17% en la renta per cápita femenina.

El estudio, titulado ¿Quién paga el precio? La desigualdad de género y la deuda soberana, analiza datos de 85 países en desarrollo entre 1990 y 2022 y examina qué ocurre cuando los Estados destinan una parte creciente de sus ingresos a atender la deuda externa. El foco no está solo en el volumen de deuda, sino en el peso que adquieren esos pagos frente a otras políticas. Es ese desplazamiento del gasto —y no solo el nivel de endeudamiento— el que explica buena parte de los efectos que detecta el PNUD.

El informe se publica en un momento especialmente delicado para las economías del Sur Global. Tras la pandemia, el endeudamiento público se disparó y, desde entonces, la subida de los tipos de interés, la fortaleza del dólar y una sucesión de crisis —desde los conflictos armados hasta el encarecimiento de la energía o los impactos climáticos— han agravado la situación. Decenas de países, sobre todo africanos, se encuentran hoy en escenarios de alto riesgo de impago. En un contexto marcado, además, por un drástico recorte en la ayuda al desarrollo, cada vez más países se ven obligados a destinar más recursos a la deuda externa al tiempo que reducen el margen para invertir en políticas sociales.

La dinámica que opera en este tipo de decisiones encaminadas a redirigir recursos hacia el pago de la deuda es, según el organismo, muy elocuente: cuando un Estado endeudado reduce, por ejemplo, el presupuesto en guarderías, transporte público o atención sanitaria para cumplir con los pagos de la deuda externa, el tiempo que las mujeres dedican a tareas domésticas o de cuidados aumenta, mientras que disminuye su participación en el mercado laboral. El informe describe este proceso como una “doble carga”: las mujeres se ven obligadas a combinar empleo precario o informal con responsabilidades domésticas. El efecto es similar cuando los recortes presupuestarios afectan al empleo público, porque ellas ocupan más puestos en sectores como la educación, la sanidad o los servicios sociales.


Una mujer policía se ajusta el casco en Cartagena de Indias, Colombia, el pasado enero.

La deuda soberana no es un problema matemático, sino humano: cuando la carga de la deuda de un país se dispara, los presupuestos se ajustan” y, aunque afecta todo el mundo, “son las mujeres las que suelen pagar el precio más alto”, considera Alexander de Croo, administrador del PNUD. “Sus opciones laborales se reducen. Sus responsabilidades de cuidados no remuneradas se multiplican. Su bienestar se ve afectado”, continúa De Croo, para detallar unos efectos que “pueden perdurar mucho tiempo después de que la crisis haya pasado”.

Uno de los impactos más claros aparece en el empleo. Cuando crece el peso de los pagos de la deuda externa —en relación con lo que un país ingresa por sus exportaciones—, el empleo femenino cae un 6,3% a corto plazo. En términos absolutos, esto equivale a unos 55 millones de puestos de trabajo menos entre los países analizados. A más largo plazo, la caída alcanza el 10,6%, lo que supone unos 92,5 millones de empleos femeninos perdidos. El estudio detecta, además, un aumento del trabajo por cuenta propia y del trabajo familiar no remunerado, lo que reduce a su vez la recaudación de impuestos y refuerza un círculo vicioso: menos tasas implica menos recursos públicos para políticas sociales.

El efecto también alcanza a los hombres, pero es considerablemente menor: el empleo masculino se reduce un 1,3% a corto plazo y un 2,5% a largo. Sin embargo, dado que parten de tasas de empleo más altas, estas caídas equivalen a unos 18,5 millones de empleos perdidos en el corto plazo y 35,5 millones en el largo.

La brecha se ensancha aún más en los ingresos. Cuando la presión de la deuda pasa de niveles medios a altos, el ingreso per cápita de las mujeres cae un 17%, mientras que en el caso de los hombres no se observan cambios estadísticamente significativos.

Deterioro de la salud

La salud es otro de los ámbitos afectados. A largo plazo, los países con mayores cargas de pago de deuda registran un aumento del 32,5% en la mortalidad materna, lo que se traduce en 67 muertes adicionales por cada 100.000 nacimientos. El deterioro de los sistemas sanitarios también se refleja en la esperanza de vida, que disminuye tanto para mujeres (un 5,9%) como para hombres (un 7,7%) en estos contextos, si bien el informe subraya que las mujeres se ven especialmente afectadas por su mayor dependencia de los servicios públicos y por su papel en los cuidados.


Mujeres trabajan en una planta de procesamiento de grano, en Kivu, en el oeste de Ruanda.

Estas dinámicas, advierte el PNUD, no se producen en un vacío: el organismo alerta de que el actual contexto de conflictos, tensiones geopolíticas, volatilidad energética y presiones inflacionistas está estrechando aún más el margen fiscal de muchos países, lo que aumenta el riesgo de que los recortes recaigan de nuevo sobre la inversión social.

El estudio insiste, por ello, en que la gestión de la deuda no puede tratarse como un asunto puramente financiero. Las decisiones sobre cómo se contrae y se paga tienen efectos duraderos sobre el empleo, los servicios públicos y el desarrollo humano, y no son neutras desde el punto de vista del género. “Cuando el gasto público se ve reducido por el servicio de la deuda, las mujeres suelen ser las primeras en salir perdiendo”, subraya Raquel Lagunas, directora mundial de Igualdad de Género del PNUD.

Por ello, el organismo advierte de que sin incorporar de forma sistemática evaluaciones de impacto con perspectiva de género y sin proteger la inversión social y de cuidados, los ajustes asociados a la deuda amenazan con erosionar avances en igualdad que han llevado décadas construir.

Fuente: El País

miércoles, 28 de enero de 2026

El síndrome de la tienda mojada está matando a los bebés de Gaza

 

 Por Michal Feldon   
      Pediatra senior en el Centro Médico Shamir.

Las restricciones impuestas por Israel al alojamiento y a los medicamentos han dejado a las familias desplazadas indefensas mientras los recién nacidos sucumben a la exposición y a enfermedades prevenibles

     La semana pasada, Mohamed Abu Jarad regresó a su tienda de campaña en el barrio de Al-Daraj, en la ciudad de Gaza, y encontró a su hija de tres meses, Shaza, muerta de frío y sin respirar. La familia la llevó rápidamente al hospital, donde los médicos la declararon muerta por hipotermia.

Esta tragedia ocurrió sólo una semana después de que Aisha Ayesh Al-Agha, de un mes de edad, muriera de hipotermia en Khan Younis, y dos semanas después de que otros dos bebés palestinos murieran de frío en el norte y el centro de la Franja con pocas horas de diferencia: Mahmoud Al-Akra, de sólo una semana de edad; y Mohammed Wissam Abu Harbid, de dos meses.


Assad Abdeen lleva el cuerpo de su hijo de un mes, Saeed, quien murió por exposición al frío, en el Hospital Al-Nasser en Khan Younis.

En total, 10 bebés menores de un año han muerto por hipotermia y frío extremo este invierno, lo que eleva el total a unas dos docenas desde el inicio de la ofensiva israelí contra el enclave en octubre de 2023, según las autoridades sanitarias locales y Save The Children. Todos murieron mientras vivían en tiendas de campaña , mientras sus familias no podían mantenerlos calientes en medio de las gélidas temperaturas invernales.

Expertos médicos en Gaza han acuñado un nuevo término para describir estas trágicas pérdidas. En una entrevista a principios de este mes, el Dr. Abdul Raouf Al-Manama, profesor de microbiología en la Universidad Islámica de Gaza, utilizó la frase "síndrome de la tienda mojada" para alertar sobre la creciente crisis sanitaria en Gaza. Explicó que se trata de una afección, más que de una enfermedad específica, causada por las duras condiciones de vida, como el frío extremo, la humedad y la mala ventilación, características de la vida en tiendas de campaña.

Quienes viven en tiendas de campaña están expuestos a múltiples riesgos para la salud. Principalmente, son vulnerables a enfermedades respiratorias, como infecciones recurrentes de las vías respiratorias, bronquitis, neumonía y asma que empeora. La humedad y la falta de condiciones sanitarias en las tiendas, junto con el acceso limitado a duchas, ropa seca y lavado de manos, también suelen provocar enfermedades de la piel, como infecciones fúngicas, impétigo (una infección bacteriana), erupciones cutáneas y picazón.


Niños palestinos caminan cerca de sus tiendas inundadas tras una tormenta, en Khan Younis.

Esta serie de riesgos se ve agravada por la inmunodeficiencia asociada al frío extremo y la desnutrición crónica, que aumenta la susceptibilidad a las infecciones y dificulta la recuperación. Estas afecciones también tienen efectos psicológicos, como la privación del sueño, la ansiedad grave y la depresión. 

Es esta afluencia simultánea de estrés en el cuerpo la que causa el "síndrome de la tienda mojada", que afecta principalmente a niños pequeños, ancianos, mujeres embarazadas, enfermos crónicos y personas con discapacidad. La actual situación humanitaria en Gaza pone en riesgo a cientos de miles de personas.

Casi todos los residentes de la Franja se encuentran actualmente desplazados, con 1,5 millones de personas —tres cuartas partes de la población— viviendo en tiendas de campaña o estructuras temporales. La mayoría de los campamentos de desplazados están expuestos a inundaciones; solo el mes pasado, más de 30.000 tiendas de campaña fueron destruidas o gravemente dañadas debido a las tormentas, dejando a cerca de un cuarto de millón de personas sin refugio. 

A pesar del alto el fuego, Israel impide la entrada a Gaza de caravanas, viviendas temporales y materiales de construcción, clasificándolos como artículos de "doble uso" que, según afirma, podrían ser utilizados con fines militares por Hamás. Y aunque el ejército israelí afirma haber facilitado la entrada de "casi 380.000 tiendas de campaña familiares, lonas impermeables y materiales para refugios" desde la entrada en vigor del alto el fuego, las organizaciones de ayuda humanitaria afirman que se trata principalmente de lonas impermeables, y que solo han entrado poco más de 90.000 tiendas de campaña, una cifra muy inferior a la necesaria para satisfacer las apremiantes necesidades de la población de Gaza tras más de dos años de genocidio.

Lecciones del extranjero

Si bien no se ha mencionado previamente el "síndrome de la tienda mojada" en la literatura médica, las enfermedades asociadas con las personas desplazadas que viven en tiendas de campaña en condiciones insalubres son comunes en zonas de desastre y guerra. En los últimos años, se ha identificado este fenómeno en Afganistán, Yemen y Siria.


Tiendas de campaña de palestinos desplazados en la zona de Al-Maqousi, al norte de la ciudad de Gaza.

La búsqueda de una analogía médica comparable en el mundo occidental me llevó a estudios sobre las poblaciones sin hogar en Estados Unidos y Canadá durante la pandemia de COVID-19. Entre las personas sin hogar, la tasa de infección fue mucho mayor. Los informes de complicaciones e ingresos en unidades de cuidados intensivos también fueron 20 veces superiores a los de la población general, mientras que las tasas de mortalidad fueron cinco veces superiores a las de las personas que vivían en hogares de acogida.

Durante muchos años, el consenso médico ha sido que la humedad favorece la proliferación de moho y bacterias, lo que a su vez aumenta el riesgo de infecciones respiratorias, asma, alergias y, con el tiempo, enfermedades pulmonares crónicas graves. La Organización Mundial de la Salud y los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades de EE. UU. publicaron directrices en 2009 y 2015 que reconocen estos riesgos para evitar condiciones de humedad inadecuadas en lugares de trabajo y residencias.

En 2020, Awaab Ishak, de 2 años, falleció a causa de una enfermedad respiratoria inexplicable en Mánchester, Inglaterra. Dos años después, una autopsia tardía determinó que su muerte se debió a la exposición al moho negro que se había desarrollado debido a la ventilación inadecuada y la humedad excesiva en el apartamento de una habitación de su familia. 

En respuesta, el gobierno británico promulgó en 2023 una enmienda a la ley de vivienda pública, la "Ley Awaab", que establece que los propietarios deben abordar los riesgos de humedad y moho en cualquier propiedad residencial de su propiedad. Además, en agosto de 2024, el Ministerio de Salud del Reino Unido actualizó sus directrices sobre el tema, determinando que, además de enfermedades respiratorias como la de Awaab, las condiciones deficientes de la vivienda también afectan la piel, los ojos y la salud mental de las personas.

Mientras que la muerte de un solo niño pequeño debido a condiciones de vivienda inadecuadas condujo a cambios en las políticas públicas en el Reino Unido, cientos de miles de personas en Gaza viven en tiendas de campaña sin suelo ni techo, camas ni mantas, electricidad ni calefacción, y se está haciendo poco para garantizar que las víctimas de la semana pasada sean las últimas.


Familias palestinas desplazadas intentan protegerse del frío en la calle Rashid, Ciudad de Gaza.

Falta de equipo esencial

La ola de gripe A que azotó Israel en noviembre y diciembre también se ha extendido recientemente a Gaza. Los principales hospitales —Al-Shifa en el norte y Nasser en el sur— han reportado un aumento significativo de la ocupación y la morbilidad como resultado, así como complicaciones de la gripe como bronquitis, ataques de asma y neumonía. 

Como pediatra que trabaja en un gran hospital público en el centro de Israel, no puedo recordar ninguna morbilidad por gripe tan grave como la que he visto en las últimas semanas desde la pandemia de gripe porcina en 2009. Y cada vez que transfería a un niño con una complicación de la gripe (como una neumonía extensa o un ataque de asma grave) de una sala pediátrica a cuidados intensivos, pensaba en lo mortal que sería un brote de gripe similar en Gaza. 

Dentro del Strip, no sólo las pésimas condiciones de vida impiden la recuperación de virus respiratorios, sino que también hay una grave escasez de equipos esenciales, incluidos analgésicos, medicamentos para reducir la fiebre y dispositivos médicos necesarios para tratar el asma.

A principios de mes, el Dr. Ezz Al-Din Shahab, médico de familia del norte de la Franja y que está en contacto con muchos de nosotros en Israel, me informó con alegría que, tras una larga espera, habían llegado a la Franja los espaciadores (pequeños dispositivos de plástico con una máscara que se conectan a un inhalador para administrar la medicación con mayor eficacia). Actualmente, esta es la única forma de tratar a los niños pequeños de Gaza que padecen asma, ya que no hay electricidad para operar los nebulizadores. 

Pero el alivio tras el mensaje de Shahab duró poco. Hace dos semanas, el Dr. Ahmed Al-Farra, jefe del departamento de pediatría y maternidad del Hospital Nasser, me informó que no hay inhaladores de Ventolin en ninguna parte de la Franja; es decir, que, aunque hay espaciadores, no hay nada a dónde conectarlos.


Un bebé con hipotermia recibe tratamiento en el Hospital Al-Nasser de Khan Younis.

No sorprende la falta de atención de la investigación científica a la morbilidad causada por las malas condiciones de vivienda entre los desplazados en zonas de guerra y desastre. Si bien existen muchas razones para ello, la principal es la falta de datos médicos suficientes. 

La magnitud de la destrucción del sistema de salud de Gaza por parte de Israel hizo imposible la documentación informatizada; incluso la documentación en papel y lápiz no siempre fue una posibilidad, lo que llevó a los médicos extranjeros que se ofrecieron como voluntarios en Gaza a llevar consigo papel y lápices. 

La poca información recopilada fuera de la Franja sobre la situación sanitaria en su interior se basa en descripciones de casos o informes verbales de equipos médicos sobre el terreno, pero la ausencia de datos impide que estos relatos puedan compilarse en una investigación formal. Por lo tanto, supongo que nunca podremos demostrar oficialmente la existencia del "síndrome de la tienda mojada" de forma que permita su publicación en revistas científicas y concientice a los profesionales de la salud y al personal humanitario.

Pero no estoy segura de que se requieran pruebas científicas para convencerse de que las condiciones de vida en tiendas de campaña, especialmente durante la lluvia, el frío y las inundaciones que trae el invierno, combinadas con el colapso casi total del sistema de salud de Gaza, hayan creado una catástrofe humanitaria. Y aún así, ya entrado ya su tercer invierno, no hay señales de que termine.

Fuente: +972

domingo, 12 de octubre de 2025

Aquella brisa de los veranos de antes (18 de 20)

 

 Por  Pedro Costa Morata
      Ingeniero, periodista y politólogo. Ha sido profesor en la Universidad Politécnica de Madrid. Premio Nacional de Medio Ambiente.

De la salud de los murcianos: mala para la gente, buena para las empresas


         Pensaba yo ir liquidando esta serie de “brisas” con una amable alusión, de enfoque anecdótico, a las ocurrencias y chascarrillos con que me encuentro cada día en la prensa y el discurrir de esta hermosa tierra murciana, pero no ha habido manera. Porque me he encontrado, en cuestión de días, quizás horas, con informaciones y datos que insisten en que nuestra región está enferma y sin síntomas de mejora alguna, ya que vive una extensión desmesurada de afecciones y sufrimientos. Tres diagnósticos de salud inquietante, dos malas y una “buena”, quiero poner de relieve, empezando por el estado político, siguiendo con el psíquico y acabando en el económico.

La encuesta sobre intención de voto de los murcianicos recientemente dada a conocer es como para sacar de quicio a quienes -minoría decreciente, según debe deducirse de ese mismo sondeo- se empeñan en sacar a la Región del subdesarrollo cultural y político. Porque resulta que según avanza el tiempo la situación es cada vez más regresiva, sufriendo sobre todo de una incultura estructural y persistente que, dejándose sentir especialmente en el terreno político, impide desarrollar en la ciudadanía criterios maduros y profesar una vida pública, con sus eventos electorales, de lustre y esperanza. Y hemos tenido que embucharnos lo de que “Vox sobrepasa al PSOE y se convierte en la segunda fuerza política regional”, ni más ni menos, como si esto ya estuviera inscrito en nuestro destino y hubiera de ser ineluctable el triunfo de la caspa y la caverna. El PP se deja comer por el Vox, que le quita tres escaños, pero los ultras ganan cuatro, por lo que muerden también en el -raro, enrarecido y rarificado- espacio socialista, que pierde uno.


Antelo, líder de Vox, en Torre Pacheco (La Sexta).

Lo de que el primer problema que preocupa a los encuestados son los políticos es culpa de los políticos, sin duda alguna, pero lo de que la inmigración es la segunda preocupación pertenece directamente a la ignorancia rancia de ese alto porcentaje del personal evaluado que se deja llevar por el discurso necio y racista de populares y voxistas; y en ese porcentaje destaca el cerrilismo de buena parte de nuestros jóvenes: los menores de 28 años se decantan por Vox en un 21,7 por 100, así que estamos apañaos.

Mi primer comentario es que esta tierra nuestra, desoladora en numerosos aspectos de casi imposible arreglo, los preocupados debemos transitarla entre una y otra desolación, sin asustarnos demasiado, ni siquiera lamentarnos: solo enfurecernos y afilar el hacha del combate diario. La segunda nota es que, inevitablemente, hay que analizar el hecho y localizar responsabilidades, que eso también sabemos hacerlo los pertenecientes a la tribu desolada. Y no nos cansemos de decir que es la incultura general reinante, que procede tanto de una tradición de conformismo e ignorancia como de una institución educativa que hace agua por cada vez más vías. Hace tiempo que me dio por pensar, afrontando la realidad murciana y en particular el papel de los niveles de la enseñanza superior (a los que se les atribuye ascendiente e impacto en la marcha de los asuntos de la Región), que según hemos ido aumentando en universidades, Murcia ha ido entrando en más y más oscuridades socioelectorales… La UPCT, por ser ingenieril, ergo generadora de indiferencia cultural cuando no de hostilidad, y por estar siempre dominada por algún estamento -las minas, la agricultura- no aporta genio (positivo) cultural o político, y cada día que pasa se compromete más y más, por ejemplo, con las canalladas de la agricultura y la ganadería intensivas. Y la UCAM, un negocio que pretende ser evangélico (no tienen morro ni na) pero que se engancha a fuerzas reaccionarias y tóxicas sin dudarlo en absoluto, lo envilece todo a base principalmente de su avidez en el control político de la Murcia retrógrada, con un PP sometido pero beneficiario (tengo que ver cómo está Vox en esto, que supongo que irá ganando puntos en esa universidad farsante y embaucadora).


Mendoza, presidente de la UCAM, con Netanyahu, líder del Estado genocida de Israel (Europa Press).

Del anecdotario que siempre acompaña a los pronunciamientos de nuestros líderes políticos, debo destacar las reacciones de varios de ellos a la encuesta sobre el ascenso de Vox (La Verdad, 2 de octubre). Así, Joaquín Segado, de los populares esquilados, se salía por la tangente y se jactaba de que “el PP sigue siendo el partido más votado y suma más escaños que toda la izquierda junta” (¡ele!), no sin dejar de cumplir con la consigna: “Pedro Sánchez es el verdadero responsable… etc.”; la socialista Carmina Fernández apelaba a que “el PSRM continuará centrado en construir un proyecto en el que prime el diálogo y la centralidad” (¿no hay demasiado de “centro” en ese discurso?); María Marín de Podemos, disparaba a López Miras, según su propio plan, considerándolo “el primer responsable del crecimiento de Vox por comprar todos sus marcos y sus propuestas”; y Rubén Alpañez, de los ganadores, lanzaba su dardo de asalto, propio de todos los fascismos en auge: “Los políticos no resuelven los problemas de los ciudadanos, por lo que necesitamos un cambio de rumbo” (¡atención!).

El segundo serio problema de salud murciana (sin meterme con la salud pública como sistema decadente) es el de las afecciones psíquicas, que era lo que nos faltaba. Un estudio del Consejo Económico y Social acaba de evaluar en un 23,4 por 100 el porcentaje de jóvenes de entre 18 y 24 años que dicen haber sufrido algún problema de salud mental, proporción que sube al 27,2 para la fracción de entre 24 y 30 años. Y dos días después se daba a conocer que, según un estudio de dos instituciones de estudios socioeconómicos, las incapacidades laborales temporales por factores mentales/emocionales han aumentado en la Región un 79 por 100 entre los años 2018 y 2023, adelantando a las causas traumatológicas en este tipo de bajas profesionales. Pero mientras el sindicato UGT destaca como causa la presión sufrida a nivel laboral, así como las dificultades para la conciliación familiar, los empresarios de la CROEM lamentan la pérdida de productividad que esto conlleva por las horas perdidas y piden a las mutuas que se interesen más por este problema (ya que ellos no tienen nada que ver con esto, deberán pensar). Por cierto, que casi el 44 por 100 de los jóvenes encuestados dicen preferir ser empresarios, mejor que funcionarios o asalariados, lo que da idea de no sé muy bien qué tipo de pájaros, ilusiones o espejismos bullen en esas cabecicas.

       Coincidiendo con estas noticias, la prensa destacaba (La Verdad, 9 de octubre) el anuncio del presidente López Miras de que el hospital de La Arrixaca abrirá una nueva planta para atender los problemas de salud ¡de los menores de 16 años!, y se informaba también de que el hospital Morales Meseguer ampliará las camas y los profesionales destinados a tratar estas enfermedades. Leyendo esto, este cronista no sabe si enfurecerse o echarse a llorar.

          No decae, sin embargo, la salud de nuestros empresarios y empresas, que ya no hacen demasiados esfuerzos por ocultar lo bien que les va con un Gobierno regional siempre a sus órdenes y suministrador permanente y obsequioso de subvenciones, ventajas y garantías.

        En especial, se congratulan de que esa obsequiosidad prolongue y repita la desregulación normativa, que ellos y el Gobierno regional llaman “simplificación administrativa”, y que a punto están de obtener la cuarta ley regional de ese cariz pero que, por ejemplo, en lo que se refiere al medio ambiente, consiste en asalto y ensañamiento ecológicos. Que sepan, pese a su entusiasmo, que no les resultará fácil ni a unos ni a otros.

       Siguen fluyendo desde las arcas públicas a estos trajinantes de la economía regional generosas subvenciones que muestran generalmente un objetivo tan descarado como contradictorio, que es el de -resumiendo- “innovar tecnológicamente y crear empleo”, lo que, siguiendo la obsesión de la productividad supone, ni más ni menos, que echar gente a la calle. Atroz, pero certero, me ha parecido la frase de Manuel Laínez, director de la Fundación Cajamar: “El desafío de la mano de obra para el campo será superado por la tecnología”, en una entrevista generosamente dotada por La Verdad del 30 de septiembre, lo que, a más de mostrar una obsesión (“desafío”, dice el tipo) por eliminar empleo también en el campo (y pese a los salarios de miseria), deja bien claro de qué va toda esa carrera por la innovación y la productividad. Pero no menos reincidente ha sido lo que pudo oírse en una Jornada empresarial Región de Murcia-Comunidad Valenciana, organizada por ese mismo diario, de la que reproduzco las más repetitivas alusiones, siempre en el mismo sentido del ventajeo y el chantaje administrativo: “excesivas normas”, “legislación inabarcable”, “reto regulatorio”, “vertebración de normas ágiles”, eufemismos todos ellos que significan y persiguen lo mismo: desarme normativo de las administraciones y barra libre para el negocio empresarial.

También recientemente ha vuelto a ser noticia el aeropuerto de Corvera, no solo por su enquistada penuria de tráfico y de pasajeros, que era lo que tantos dábamos por seguro, sino por el cabreo que han agarrado políticos y empresarios (más ciertos periodistas, como Buitrago y Ruiz Vivo, copartícipes a título de voceros y propagandistas de San Esteban en este y otros disparates) clamando contra el Ministerio de Fomento por olvidarse del aeroengendro surgido del prolífico megalómano Valcárcel, en un plan de inversiones de los aeropuertos españoles que, lógicamente, deja fuera al de Corvera por ser privado. Continúan, mientras tanto, los contenciosos entre el Gobierno regional y la primera concesionaria del aeropuerto, liderada por SACYR y el intrépido Luis del Rivero, otro ilustre producto, fracción ultra, de la cosecha de grandes benefactores de la tierra murciana, y tan rico en millones como en escándalos empresariales; esa empresa le acaba de sacar 160 millones de euros a la Comunidad Autónoma de resultas de una sentencia judicial sobre inversiones realizadas antes de perder la concesión.


Aeropuerto de Corvera (murciaplaza).

No obstante las deficiencias de esta tierra -que aquí he querido destacar solo en cuanto a salud de tres ámbitos distintos-, cada día aparece algún iluminado, en realidad ignorante, que destaca el “carácter pionero” de cualquier chorrada surgida de su fatua imaginación y que los medios tradicionales, habitualmente crédulos, ventean con jolgorio y atribuyen, automáticamente, a la grandeza y el ingenio atesorados por esta Región pasmosa y privilegiada.


viernes, 27 de junio de 2025

Prohibir los “teléfonos inteligentes” por el bien de la humanidad

 

 Por David Moscrop   
      Periodista y comentarista político. Doctorado en Ciencias Políticas por la Universidad de Columbia Británica (Canadá).


Los smartphones nos están volviendo poco saludables, infelices, antisociales y menos libres. Si todavía no podemos nacionalizar la economía de la atención, tal vez sea hora de abolir su herramienta principal… antes de que termine por abolirnos a nosotros



     Perdón por la digresión personal, pero es relevante para el tema que nos ocupa. Recuerdo cuando compré mi primer smartphone. Era 2010 y acababa de regresar a Canadá desde Corea del Sur, donde no había podido comprar un iPhone. A mi regreso, intenté resistirme al fenómeno creciente de la interconexión infinita. No aguanté mucho. Compré un iPhone y lo configuré. Ese mismo día estaba haciendo cola en una cafetería y, por primera vez en mi vida, me di cuenta de que estaba ignorando al cajero cuando me pidió que pagara. Estaba distraído, mirando mi teléfono.


Nuestros hábitos diarios con los teléfonos inteligentes aportan muchos beneficios a nuestras vidas, pero también tienen algunos inconvenientes en términos de cómo están reconfigurando nuestros cerebros.

En los quince años transcurridos desde que compré ese teléfono (y varios sucesores) los smatphones se han vuelto omnipresentes. Los teléfonos no son solo un dispositivo, sino una extensión de nosotros mismos, de nuestras conexiones sociales, nuestros recuerdos, nuestra cognición e incluso nuestra conciencia. En 2024, el 98% de los estadounidenses tenía un teléfono móvil, de los cuales el 91% eran smartphones. Se trata de un salto considerable desde el 35% que poseía un dispositivo inteligente cuando Pew comenzó a realizar un seguimiento de la propiedad en 2011.




En muchos sentidos, ahora son los teléfonos los que nos controlan. Un estudio realizado en 2025 reveló que, en promedio, los estadounidenses consultan su teléfono más de 200 veces al día, «casi una vez cada cinco minutos mientras estamos despiertos». Dado que las personas pasan horas al día desplazándose por la pantalla o escribiendo, más del 40% afirma sentirse adicta a su teléfono inteligente. Diferentes estudios arrojan resultados dispares, pero la tónica general es similar: la mayoría de nosotros tenemos teléfonos inteligentes y pasamos más tiempo del que nos gustaría con ellos, atados a ellos con un coste personal y social considerable. Hay muchas razones para rechazar esta herramienta.




Creamos máquinas de soledad y las llamamos inteligentes




Prohibir totalmente los teléfonos inteligentes sería, como mínimo, una medida excesiva y probablemente inconstitucional en Estados Unidos y en muchos países del mundo, dependiendo de cómo se promulgara. Pero analicemos la propuesta, partiendo de la premisa de que el uso de los teléfonos inteligentes es un problema colectivo, no personal. Representa un problema del que debemos salir juntos. Después de todo, la capacidad de una persona para desconectarse está determinada por las normas y expectativas sociales. Es casi imposible dejar el smartphone si nadie más lo hace.





Esa dimensión colectiva ya se reconoce en las escuelas, donde cada vez se prohíben más los teléfonos móviles. Las autoridades citan un creciente número de pruebas que demuestran que estos dispositivos son perjudiciales para los niños. Incluso algunos magnates de la tecnología envían a sus hijos a escuelas «antitecnológicas». Pero extender eso al resto de nosotros es una tarea difícil, especialmente cuando se trata de enfrentarse a una industria que mueve cientos de miles de millones de dólares al año y sigue creciendo.


Madres, activistas y profesoras del Colegio Madrid apuestan por una educación analógica.

Los teléfonos inteligentes no solo son malos para los niños. También son malos para los adultos. Nos hacen sentir más solos, deprimidos, estresados, ansiosos y propensos a tener ideas suicidas. Usarlos en la mesa o en cualquier lugar donde nos reunimos nos hace infelices. También pueden tener efectos negativos en el ejercicio físico, la capacidad de atención y la función cognitiva, e incluso en nuestra vida sexual. En resumen, los teléfonos inteligentes son malos para nuestra salud mental y física, nos hacen infelices, estúpidos y antisociales.

El derecho a desconectarse

Los teléfonos inteligentes y las plataformas de redes sociales que soportan no solo son malos para la salud individual, sino que también son corrosivos para la salud del cuerpo político, tanto social como políticamente. Hace tiempo que sabemos que, como conductos de Internet, los teléfonos facilitan la difusión de la desinformación y la información errónea, amplifican la indignación y encierran a los usuarios en silos mediáticos diseñados algorítmicamente. El resultado es un estrechamiento de la perspectiva que nos deja a muchos intelectualmente aislados, reactivos y desconectados de opiniones contrarias.

Se supone que los teléfonos inteligentes «nos conectan con el mundo», pero en realidad a menudo nos impiden comprender —y mucho menos confiar— en quienes están fuera de nuestra burbuja. Con el tiempo, esto profundiza la polarización y erosiona la fe en las instituciones compartidas, lo que dificulta ponerse de acuerdo sobre hechos básicos, y mucho menos actuar colectivamente. La consecuencia no es solo la confusión, sino una crisis de legitimidad que se va gestando lentamente.

Incluso cuando los teléfonos inteligentes ofrecen acceso a información precisa, sus efectos socavan nuestra capacidad para procesarla o actuar en consecuencia. La herramienta que aparentemente estaba destinada a servir de puerta de acceso a fuentes de información ilimitadas para liberarnos de las limitaciones del aprendizaje no ha hecho nada de eso.

Al igual que los teléfonos inteligentes ofrecen la ilusión de la conexión social, ofrecen una falsa sensación de agencia política, como si tomar el teléfono y publicar algo fuera equivalente a organizar, movilizar o construir solidaridad.

Mientras tanto, el impulso ahora habitual de tomar el teléfono para escribir una publicación rápida o responder un mensaje de texto en presencia de otras personas —amigos, familiares, trabajadores del sector servicios— no solo es grosero, sino que corroe la interacción social básica. Los smartphones son amenazas antipolíticas, antintelectuales y antisociales.

Con los teléfonos inteligentes, nosotros —es decir, la industria tecnológica— hemos creado un dispositivo que nos ha superado. Peor aún, estar siempre conectados y siempre localizables es especialmente duro para los trabajadores. Los jefes explotan habitualmente ese acceso para difuminar los límites entre el trabajo y la vida privada. Para los millones de puestos de trabajo que dependen del correo electrónico o las aplicaciones de mensajería, la distinción entre vida laboral y vida privada se ha derrumbado.

Ahora no solo estamos siempre conectados, sino que también estamos siempre conectados al trabajo. Conscientes de ello, países como Francia y Australia han aprobado leyes sobre el «derecho a la desconexión» con el fin de liberar a los trabajadores de estar esclavizados a sus dispositivos fuera del horario laboral.

Trabajadores del mundo, desconectaos


Los teléfonos inteligentes plantean un problema para la sociedad en general, pero en particular para los socialistas que defienden un orden social, económico y político que asume y requiere un nivel básico funcional de socialidad que estos dispositivos socavan. Los teléfonos inteligentes no son prosociales. Es difícil imaginar un orden socialista dirigido por zombis adictos a los dispositivos, cada vez más desconectados y semianalfabetos, que vuelven a algo parecido a la tradición oral, solo mediada por ChatGPT, mensajes de texto escritos a toda prisa y publicaciones nihilistas en Twitter/X, todo ello mientras suben TikToks entre tarea y tarea.


Las redes sociales rara vez conducen a acciones políticas constructivas.

Hoy en día, los teléfonos móviles analógicos o «tontos», con funciones limitadas, están viviendo un pequeño momento de gloria. En 2023 se vendieron casi 100 000 de ellos en Canadá, lo que supone un aumento del 25% con respecto a las ventas de 2022. En Estados Unidos se ha producido un movimiento similar. Pero la mayoría de los usuarios de teléfonos móviles siguen siendo usuarios de teléfonos inteligentes, ya sea por elección propia o por fuerza de la costumbre, la presión social, las exigencias del trabajo o la adicción total. ¿Es esto lo que queremos para nosotros mismos? ¿Para nuestros amigos, familiares y parejas? Seguramente no. Estamos atrapados en una trampa y tenemos que salir de ella.

¿Qué pasaría si prohibiéramos los teléfonos inteligentes y nos obligáramos a ser libres? Puede parecer absurdo. Pero no se trata tanto de una propuesta política literal como de un grito colectivo de ayuda. Muchos de nosotros queremos desconectarnos, pero no podemos hacerlo solos, no sin perder el contacto con el mundo que nos rodea. Hoy en día, la desconexión conlleva costes sociales y económicos reales. Hasta que los teléfonos inteligentes y las redes sociales puedan ser regulados democráticamente o nacionalizados, liberados de la necesidad imperiosa de lucrarse indefinidamente con nuestra atención, una prohibición podría ser la vía más realista para recuperar nuestras vidas. No se trata de un rechazo a la libertad, sino de un llamamiento a una libertad más profunda: un compromiso colectivo previo con un orden social que nos devuelva nuestras vidas.

¿Qué pasaría si nos atáramos al mástil, como Odiseo al navegar cerca de las sirenas, liberándonos de las melodías seductoras pero costosas de nuestros teléfonos inteligentes? ¿Y si en lugar de «conectarnos», nos reconectáramos —entre nosotros, con nosotros mismos, con los libros y las películas, con las noticias, con el aire libre, incluso con nuestro trabajo— libres de las presiones constantes de nuestros dispositivos? Podríamos ser más inteligentes, más felices, más sanos, más amables y estar más presentes. Mejor aún, seríamos libres.


Fuente: JACOBIN