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martes, 30 de diciembre de 2025

La presidencia como negocio: el imperio económico que los Trump construyeron desde la Casa Blanca

 

 Por Bruno Sgarzini   
    Periodista argentino especializado en asuntos internacionales.



     Memes coin, compras de grandes empresas de negocios y proyectos de hoteles de lujos en el medio de un desierto son algunos de los negocios cerrados por la familia Donald Trump durante su nuevo mandato presidencial. Se estima que desde 2017, los Trump han ganado un total de 3.400 millones de dólares tratos y negocios impulsados, en su mayoría, por su cercanía al poder, según David Kirkpatrick, de The New Yorker.


Desde 2017 los Trump han ganado un total de 3.400 millones de dólares.

Las evidencias sobran; Jared Kushner, su yerno, por ejemplo, consiguió que los reinos de Qatar, Emiratos Árabes Unidos y Arabia Saudí invirtieran más de dos mil millones de dólares en su fondo Affinity Partners, creado después de su paso como asesor para Medio Oriente de la Casa Blanca en la primera administración trumpista. Kushner, ahora, es uno de los personajes claves que promueve la “iniciativa de paz” en Gaza que prevé su reconstrucción con dinero de las monarquías de El Golfo. No es descabellado pensar que Tony Blair, la persona nombrada para la Junta Internacional de Gaza, favorecerá los negocios de Affinity Partners para que se beneficie de los contratos derivados de ese torrente de dinero.


Jared Kushner, su yerno, por ejemplo, consiguió que los reinos de Qatar, Emiratos Árabes Unidos y Arabia Saudí invirtieran más de dos mil millones de dólares en su fondo Affinity Partners.

Con Affinity Partners, Kushner ha comprado, hace pocos días, la compañía de videojuegos Electronic Arts por 55 mil millones de dólares en una oferta realizada en conjunto con el Fondo de Inversión Pública de Arabia Saudita (PIF) y Silver Lake Partners. El acuerdo es un lucrativo negocio para el fondo de inversión de la monarquía saudí ya que es, casi seguro, que pase la aprobación del Comité de Inversión Extranjera en Estados Unidos (CFIUS), compuesto por funcionarios designados de Trump. Afinnity Partners ha convertido al yerno del presidente en billonario con negocios que van desde empresas tecnológicas israelíes, empresas de drones hasta proyectos hoteleros en Los Balcanes.


Con Affinity Partners, Kushner ha comprado, hace pocos días, la compañía de videojuegos Electronic Arts por 55 mil millones de dólares.

La promiscuidad flagrante de los negocios con las monarquías árabes, deseosas de congraciarse con el presidente, no se quedan aquí. Durante su última gira presidencial por Medio Oriente, la Trump Organization anunció la construcción del Trump Plaza Jeddah en Arabia Saudí, un proyecto de mil millones de dólares que incluye residencias, apartamentos con servicios, espacios de oficinas y casas adosadas, desarrollado en asociación con Dar Global, subsidiaria internacional del gigante saudí Dar Al Arkan, quien se ha beneficiado con contratos por la monarquía saudí de los Bin Salman.


En un acuerdo con la Organización Trump, Dar Global lanzará un proyecto de mil millones de dólares en Arabia Saudita.

Dar Global, también durante esta gira, anunció una inversión, apoyada por el fondo de inversión qatarí, para desarrollar el Trump International Golf Club & Villas en Doha, un complejo de lujo de 5,500 millones de dólares.


Asociación global Qatari Diar & Dar - Trump International Golf Club y Villas en Simaisma.

El trato, firmado por Eric Trump, a cargo de los negocios de la Trump Organization, coincidió, además, con la donación por parte de Qatar de un Boeing 747 que servirá de avión presidencial del propio Trump.


Tras donar un 747 a EE.UU., Qatar incorpora un Boeing 777 VIP.

En Emiratos Árabes Unidos, sucedió algo parecido cuando Dar Global, unos días antes de la gira, presentó sus planes para desarrollar la Trump International Hotel & Tower de Dubai, una torre de 80 pisos valorada en mil millones de dólares. En este contexto, el presidente estadounidense acordó con las monarquías de Qatar, Emiratos Árabes Unidos, y Arabia Saudí, una inversión, en los próximos años, de más de dos mil millones en Estados Unidos.


El presidente estadounidense acordó con las monarquías de Qatar, Emiratos Árabes Unidos, y Arabia Saudí, una inversión, en los próximos años, de más de dos mil millones en Estados Unidos.

Los proyectos hoteleros de la Trump Organization, por otro lado, se han convertido en una inmensa fuente de dinero; Mar-a-Lago, la propiedad de Palm Beach donde Trump pasa gran parte de su presidencia, generó 125 millones de dólares en ganancias desde su ascenso político. La cuota para ingresar al resort, que da acceso privilegiado al presidente y sus colaboradores, pasará a un millón de dólares luego de que, en sus inicios en la Casa Blanca, fuera de 100 mil. Para la Citizens for Responsibility and Ethics (CREW) existen 21 proyectos inmobiliarios con marca Trump en desarrollo en 10 países extranjeros con socios que incluyen entidades conectadas con gobiernos en Arabia Saudita, Omán, Serbia, India, Emiratos Árabes Unidos, Qatar, Vietnam y Rumania. Para CREW, es claro que Trump utiliza su presidencia para promocionar sus cadenas hoteleras y todos los negocios relacionados con su marca personal: existen Trump Tower en construcción desde Belgrado hasta Hanoi.


Para la Citizens for Responsibility and Ethics (CREW) existen 21 proyectos inmobiliarios con marca Trump en desarrollo en 10 países.

Esta línea borrosa entre la gestión gubernamental, y los negocios personales de Trump, fue igual de evidente con el dinero embolsado por a la Biblioteca Trump después de sus demandas judiciales por “calumnia o difamación”, entre otras acusaciones. Desde su arribo a la presidencia, por ejemplo, ha obtenido 63 millones de dólares derivados de los tratos acordados en estos casos presentados contra grandes empresas como Youtube, Disney, Paramount, X y Facebook. En algunas de ellas, los pagos fueron previos a que la Comisión Federal de Comunicaciones aprobara acuerdos de venta, o fusión, como la venta de Paramount a Skydancer, propiedad de la familia Ellison, cercana a Trump, o el cierre, o paralización, de procesos por monopolio contra gigantes tecnológicos como Google, propietario de Youtube.


Trump encontró una laguna legal para usar el dinero de las contribuciones a su campaña, a través de los Comités de Acción Política, para pagar sus abogados en todos sus procesos judiciales.


Del blog personal de:

 Bruno Sgarzini

martes, 23 de diciembre de 2025

Obstrucción climática: cuando el sabotaje va mucho más allá de negar la ciencia

 

 Por Andrés Actis   
      Periodista licenciado en Comunicación Social (UNR-Argentina). Colabora en diferentes medios, entre ellos El Salto.


Un centenar de científicos de la Red Global de Ciencias Sociales del Clima de la Universidad de Brown publica un extenso análisis sobre el entorpecimiento organizado a la lucha climática. La conclusión: la obstrucción no es un actor, sino todo un sistema


     ¿Por qué si la quema de combustibles fósiles provoca el cambio climático, un hecho científico evidente desde hace décadas, y un 89% de la población mundial exige mayor acción climática a sus gobernantes, las políticas para mitigar el calentamiento global no avanzan al ritmo necesario para evitar una catástrofe planetaria que ya está en puerta? Con ese interrogante de fondo, más de 100 científicos de la Red Global de Ciencias Sociales del Clima de la Universidad de Brown (Estados Unidos) empezaron a destripar la exasperante inacción climática que parece enquistada en todos los continentes. El resultado de este análisis acaba de publicarse, tal vez, en el libro más comprensivo y sistemático hasta la fecha sobre el entorpecimiento organizado a la lucha climática. La conclusión es que la obstrucción no es un actor, sino un sofisticado ecosistema que tiene como finalidad sabotear un mundo descarbonizado.


En 'Climate Obstruction: A Global Assessment', más de cien científicos sentencian que el mundo fracasa en la acción climátic por la acción deliberada de actores económicos y políticos que obstaculizan las transiciones ecológica y energética.

El libro se llama Climate Obstruction: A Global Assessment y se puede descargar de forma gratuita. A partir de documentos internos, investigaciones académicas y estudios de caso, los autores sentencian que el mundo no fracasa en la acción climática por falta de conocimiento científico, ni por ausencia de apoyo público, sino por la acción deliberada de actores económicos y políticos que obstaculizan las dos transiciones en marcha, la ecológica y la energética.


Sabotaje a la acción climática en todo el mundo. Descarga gratuita.

Si bien combatir el cambio climático “nunca iba a ser fácil, se ha vuelto exponencialmente más difícil debido a diversas formas de obstrucción”, advierten en la introducción de la publicación. ¿Qué es la obstrucción climática? Es más que negar la ciencia, aclaran: son tácticas dilatorias como advertir sobre calamidades económicas, o el lavado de imagen verde que intenta reposicionar a las grandes petroleras como “un actor legítimo en la solución del cambio climático” en lugar de “un enemigo”, o teorías conspirativas descabelladas sobre un nuevo orden mundial o el “comunismo global”.


Almacenamiento energético de Enlight Renewable Energy en Huesca: lavado verde de la imagen de Israel.

Y no se trata solo de las grandes petroleras, sino de un “gran enjambre” de actores: empresas que dependen de la economía fósil, como las compañías de servicios, así como las asociaciones comerciales detrás de las cuales se esconden; los centros de estudios que financian; las empresas de relaciones públicas que las hacen quedar bien; y las grandes empresas tecnológicas que difunden sus falsas afirmaciones. Los gobiernos y políticos cierran el círculo.

La investigación muestra cómo las grandes petroleras, la agroindustria, los servicios, los conglomerados de transporte y sus redes de think tanks, lobistas y agencias de relaciones públicas despliegan un repertorio coordinado para evitar regulaciones que afecten sus modelos de negocios. La idea fuerza es demoledora: la obstrucción no es un actor, sino un sistema”, explica Federico Merke, doctor en Ciencias Sociales y profesor asociado de Relaciones Internacionales en la Universidad de San Andrés (Argentina).


¿Por qué no queremos salvar al mundo?

Merke, quien también estudia el cruce entre la política internacional y el cambio climático, autor del libro ¿Por qué no queremos salvar al mundo?, celebra el esfuerzo de sus colegas por demostrar que no estamos frente a un “negacionismo clásico”, sino frente a una “constelación mucho más sofisticada”: tácticas de demora, falsas soluciones, campañas de miedo económico, captura regulatoria, manipulación mediática, litigios estratégicos, greenwashing e infiltración en procesos multilaterales.


Protesta indígena contra las barcazas de la soja sobre el río Tapajós y el Ferrocarril de Ferrogrão durante la COP30.

En este contexto, la derecha radical, en auge en casi todo el planeta, aparece hoy como “multiplicador del problema”. El libro reconstruye cómo la ultraderecha, desde el movimiento antiambientalista “Wise Use” hasta los think tanks del Atlas Network, erosionan los propios marcos de cooperación internacional, atacando la diplomacia multilateral, las instituciones ambientales y la idea misma de gobernanza global. “En lugar de debates técnicos, predominan conspiraciones sobre la “Gran sustitución” y un uso instrumental del clima para movilizar identidades culturales agraviadas”, señala Merke.


Wise Use en la Casa Blanca.

El libro, coordinado por Timmons Roberts, Carlos Milani, Jennifer Jacquet y Christian Downie, también indaga en el papel de los medios de comunicación y de las plataformas digitales. El ecosistema mediático es un “vector clave” en la amplificación de la desinformación, tanto por “falsos equilibrios” periodísticos —otorgarle el mismo espacio y entidad a un científico que a un lobbista, por ejemplo— como por la arquitectura algorítmica de las grandes tecnológicas —Meta, Google, X y TikTok—. Para Merke, el libro exhibe un “mecanismo inquietante”: muchas de estas plataformas no solo permiten la desinformación, también ganan dinero con ella a través de publicidad dirigida de compañías fósiles.

Lo primero: qué es la obstrucción climática

Los autores la definen como las acciones intencionales y los esfuerzos para frenar o bloquear políticas sobre el cambio climático, medidas respaldadas por el consenso científico respecto a la necesidad de dejar de quemar combustibles fósiles y de destruir los ecosistemas naturales.

Ante cada política climática puesta sobre la mesa, las grandes petroleras, junto con sus aliados de la agricultura, la tecnología, los medios de comunicación y sus facilitadores en el sector de las relaciones públicas, utilizan sus “ganancias y poder” para impedirlas o debilitarlas. “Un ecosistema interconectado de individuos y organizaciones”, resumen este grupo de investigadores.


El presidente de Argentina, Javier Milei, saluda a Abascal en la fiesta ultraderechista de Vox, Viva 24.

En diferentes contextos políticos, la obstrucción adopta formas propias. No hay un método único, se explica. Pero el objetivo sí es común: sabotear acciones significativas para abordar la crisis climática. En el caso de la industria fósil (petróleo y gas), el entorpecimiento pivota todo el tiempo sobre “negar, retrasar y diluir”.

Tras realizar una revisión exhaustiva de la literatura académica y de los documentos internos de la industria, los autores revelan la estrategia de “tres pasos” de la industria de los combustibles fósiles para mantenerse con vida: negar la ciencia que muestra que los combustibles fósiles causan un cambio climático peligroso; retrasar soluciones políticas y regulaciones que podrían reducir la contaminación; y diluir o cooptar esas políticas una vez que se aprueban. El ejemplo más reciente: el adiós el veto a los coches de combustión en 2035.


Campa de coches afectados tras la dana de València en Benaguasil a fecha de enero de 2025.

Si bien la clásica negación climática de la industria de fines del siglo XX aún se arrastra a través de los mitos zombis que ha difundido y el lenguaje tipo 'engaño' sigue siendo relevante —dice el libro—, una forma de obstrucción más frecuente y complicada es el uso de tácticas de miedo económico como parte de los esfuerzos de lobby para retrasar o debilitar la acción política mediante el alarmismo con afirmaciones extravagantes e inexactas de que la política climática arruinará la economía”.

Esta industria, cuando ya no puede evitar el debate político, se vende “como parte de la solución al cambio climático”. Los ejemplos sobran. En España, Repsol se erige como un actor clave de la transición verde, pero solo el 1,28% de toda la energía que produce es renovable. Con esta técnica, señala el libro, “la industria de los combustibles fósiles está cooptando el discurso de las soluciones climáticas para impedir la legislación y mantener el modelo de negocios del petróleo y el gas”.


Un activista de Greenpeace, colgado de una de las astas de la entrada del Ifema de Madrid durante la junta de accionistas de Repsol.

Las técnicas de obstrucción se sustentan, por lo general, en algunas de estas narrativas: historias aterradoras sobre el “colapso industrial” y otras consecuencias negativas (imaginarias) de la política climática; falsas soluciones como la captura de carbono para reducir la necesidad de reducir el uso de combustibles fósiles; o la afirmación de que los combustibles fósiles son la mejor y única manera para que las economías emergentes generen la electricidad necesaria para el desarrollo económico.

La industria de la agricultura animal, señala el libro, es “otro importante contaminante climático”, por su exitoso esfuerzo de mantener alta la demanda pública de carne a pesar de los costes climáticos y de salud que tienen sus productos. Para los autores, esta obstrucción cuenta con el beneplácito de los medios de comunicación, que “constantemente caen en la trampa”: “Con demasiada frecuencia transmiten el encuadre preferido de la industria, haciendo que la responsabilidad del cambio recaiga sobre los consumidores en lugar de las corporaciones, lo que permite a estas últimas evitar la rendición de cuentas”.

Como resultado, se agrega, la cobertura sobre agricultura y cambio climático se suele centrar en el consumo de carne y el veganismo como opciones dietéticas individuales, “mientras que rara vez aborda las contribuciones de las empresas ganaderas al cambio climático y el papel de las políticas gubernamentales —impuestos y subsidios agrícolas— en la promoción o el impedimento de la producción y el consumo sostenibles.

El chivo expiatorio del multiculturalismo

En el capítulo dedicado a la ultraderecha, el libro rastrea una estrategia de obstrucción común en todos los países: la amenaza de una sociedad multicultural y multirracial como chivo expiatorio para conseguir el apoyo de los partidos nacionalistas. Se presentan como las únicas fuerzas políticas que buscan combatir el “Gran Reemplazo” por parte de organizaciones cosmopolitas, como la ONU.


Manifestación del 4 de octubre contra el genocidio palestino en Madrid.

Ante esto, los partidos conservadores tradicionales, siempre dubitativos para adoptar medidas para combatir el cambio climático, empiezan a sumarse al rechazo científico y a todas las nociones de diplomacia multilateral y cooperación internacional que son fundamentales para resolver el desafío climático global.

Que este chivo expiatorio —como tantos otros— cale en los imaginarios colectivos mucho tienen que ver los medios de comunicación, dicen estos expertos. La norma periodística de “los dos lados” —dar voz a todas las partes— “ha sido explotada por la industria de los combustibles fósiles y su maquinaria de obstrucción”.

Si esto se suma a la habitual venta de servicios a la industria de los combustibles fósiles con fines publicitarios, el rol de los medios tradicionales —televisión, periódicos y radio— es de relevancia dentro de esta maquinaria. El contenido comprado por las empresas parece “información objetiva” cuando, en realidad, está plagado de intereses anticlima.

Ni hablar del papel de las grandes empresas tecnológicas, principales contribuyentes a la desinformación climática. Los autores definen al big tech como “actores cómplices” de la obstrucción, ya que “la desinformación es ahora un subproducto garantizado, si no una parte central, de los modelos de negocio de las empresas de redes sociales”. A juicio de los autores del libro, los algoritmos que premian la desinformación climática son un ejemplo de que la obstrucción no se explica solo por un “gasto financiero masivo”, sino también por “la explotación de rasgos psicológicos humanos comunes”.

A las cinco creencias que sustentan la acción climática —el cambio climático es real, es de origen humano, tiene consenso científico, es perjudicial y existe la esperanza de que podamos evitar los peores escenarios—, el “contramovimiento climático” instala “descreencias” que, como poco, contaminan las evidencias: el calentamiento global no es real, no es de origen humano, los impactos climáticos no son malos, las soluciones climáticas no funcionan, y los expertos no son nada fiables. ¿Cómo cultivan estas incredulidades? “Desvirtuando la integridad científica. Es decir, empleando las cinco técnicas de negación científica: falsos expertos, falacias lógicas, expectativas imposibles, selección de datos y teorías conspirativas”.

El Sur global: entre impacto y dependencia

Para Merke, una de las contribuciones más valiosas de todo el libro es el análisis del Sur global. Los autores muestran que, aunque los países en desarrollo sufren más las consecuencias del cambio climático, también reproducen lógicas de obstrucción cuando sus élites políticas y empresariales dependen de sectores fósiles o agroexportadores. La obstrucción, advierten, no es monopolio del norte, aunque el norte tiene una responsabilidad histórica desproporcionada.

Se pone el ejemplo de la expansión del ferrocarril brasileño para conectar puertos costeros, anunciada como una alternativa más limpia por la política y las grandes empresas, que terminó provocando una “deforestación más extensa” y fortaleciendo la lógica extractivista que impulsa el Norte global en esta región.

Los Estados, que están en condiciones de impulsar la acción nacional y subvertir los regímenes hostiles al clima global ejerciendo su propia autoridad, terminan formando parte de este ecosistema tóxico. En Brasil y Argentina, por ejemplo, las administraciones reciben regalías por la extracción petrolera, “lo que los convierte en opositores naturales a las políticas climáticas”. Estos “beneficios económicos” se utilizan para identificar a las políticas de descarbonización como “hostiles a los trabajadores y a las finanzas estatales”.

En general, “la dependencia de la industria de los combustibles fósiles representa un obstáculo para políticas más eficaces y ambiciosas que buscan diversificar las fuentes de energía y crear un modelo de desarrollo económico menos centrado en el petróleo”. Encima, en toda América Latina, el activismo climático se reprime mediante violencia física, lo que “sugiere que los actores subnacionales se sienten cómodos generando miedo cuando ello sirve a sus intereses, incluso si genera indignación pública”.

Las soluciones

El libro no se limita al diagnóstico. Detalla una serie de mecanismos emergentes para contrarrestar la obstrucción, como los litigios climáticos basados en publicidad engañosa y responsabilidad civil; las regulaciones contra el greenwashing; la transparencia obligatoria para el lobby empresarial; las reformas en los procesos del IPCC y la COP que limiten el poder de los obstructores; y las campañas de naming and shaming (nombrar y avergonzar) para revocar licencias sociales.


Un noviembre extremadamente caluroso encamina a 2025 como el segundo año más cálido desde que se realizan mediciones.

Para los autores, estos cinco mecanismos son “cruciales” para frenar la obstrucción climática. No apuntan solo a los daños causados por la contaminación, sino también al “greenwashing y otros discursos y comportamientos corporativos engañosos que se rigen por las leyes de protección al consumidor”.

En los Países Bajos, la Autoridad de Consumidores y Mercados declaró lavado verde al “ecodiseño” de H&M, lo que ha provocado una “atención pública negativa” por las conductas contaminantes de esta marca. Aunque si bien “la humillación pública genera presión social”, los litigios crean un incentivo aún más directo para que las corporaciones dejen de obstruir la acción climática, explica el libro. Los autores han recopilado más de 2.000 juicios en todo el mundo. Se espera que la cifra crezca con fuerza en los próximos años. “Estos casos representan una gran amenaza para la industria, con un rango de responsabilidad potencial que alcanza billones de dólares o más”, explican.

La otra buena noticia es que los grupos de la sociedad civil han comenzado a “contrarrestar la infraestructura que frena la acción climática”. Cada vez hay más organizaciones que están monitoreando la desinformación en las plataformas de redes sociales y realizando campañas de concienciación. “Mediante esfuerzos como estos, los científicos del clima, los defensores y los formuladores de políticas están empezando a desarmar y desmantelar estratégicamente la operación de obstrucción industrial que está saboteando la acción climática”, concluyen los investigadores.

Merke se queda con la contundencia del diagnóstico de esta investigación: la lucha contra la obstrucción es hoy tan importante como la reducción de emisiones. “No basta con diseñar buenas políticas climáticas; es preciso desmantelar la arquitectura que las bloquea”.


Fuente: El Salto

jueves, 29 de mayo de 2025

El sistema cambia, pero no hacia el «neofeudalismo»

 

Por D. Addison y M. Eisenberg





Algunos pensadores de izquierda argumentan que, a medida que los magnates de la tecnología se vuelven locos, el capitalismo está mutando hacia una forma de «neofeudalismo». Pero lo que realmente estamos presenciando es un gran cambio dentro del capitalismo y no una transición desde él.


     Los magnates tecnológicos estratégicamente situados alrededor de Donald Trump en su toma de posesión el 20 de enero de este año representaron una suerte de «quién es quién» de la clase oligárquica. Desde Jeff Bezos hasta Mark Zuckerberg, pasando por todos los demás, los líderes de la industria tecnológica estadounidense acudieron a rendirle homenaje a su nuevo gobernante.




Las intrigas palaciegas eran palpables. Los periodistas especularon sobre la coreografía de la ceremonia, examinando cómo la ubicación de los magnates ofrecía pistas sobre su estatus y su influencia en la conformación del nuevo régimen. La estructura piramidal de la sociedad estadounidense nunca había sido tan evidente. La toma de posesión de Trump fue, sin dudas, la manifestación más vívida de la creciente centralidad política de los multimillonarios líderes tecnológicos.

En los últimos años, distintos comentaristas y pensadores de izquierda recurrieron a ideas como «tecnofeudalismo» o «neofeudalismo» para explicar lo que está sucediendo. Sin embargo, esos conceptos acaban aportando más confusión que claridad al debate sobre hacia dónde se dirige el capitalismo.




Miradas retrospectivas

El libro de Yanis Varoufakis de 2023, Tecnofeudalismo. El sigiloso sucesor del capitalismo, fue quizás la incursió más ampliamente discutida en este campo. Pero este año se le unió Capital’s Grave: Neofeudalism and the New Class Struggle (La tumba del capital: neofeudalismo y la nueva lucha de clases), de Jodi Dean. Ambas obras sugieren que el mundo dejó atrás al capitalismo para entrar en un orden feudal emergente.




Estas teorizaciones sobre supuestos nuevos feudalismos miran al pasado para imaginar el futuro. Sin embargo, lo hacen de manera contradictoria, basándose en pasados medievales divergentes. Para algunos defensores de la idea del «neofeudalismo», como Katherine V. W. Stone y Robert Kuttner, la transformación central es de carácter jurídico. Stone y Kuttner se remontan al momento en que las estructuras de justicia pública del Imperio Romano dieron paso a órdenes jurídicos más fragmentados y privatizados.

En la sociedad contemporánea, sostienen, estamos asistiendo a una corrupción de la justicia pública por los intereses del capital privado, ejemplificada en el arbitraje legal privado forzoso y en la captura corporativa de los organismos reguladores. Según esta perspectiva, deberíamos ver a la privatización actual como la perversión de un modelo legítimo y beneficioso de capitalismo, que debería estar reforzado por una esfera pública fuerte. Su argumento se centra en los cambios en la esfera jurídica y en el control de la justicia.

Por el contrario, la concepción de Dean del «neofeudalismo» es fundamentalmente económica. Defiende un cambio en el modo de producción de la sociedad contemporánea. Al igual que Varoufakis, describe un alejamiento de la competencia y la búsqueda de maximización de los beneficios por parte de líderes empresariales como Zuckerberg y Bezos, y sostiene que ahora están más preocupados por establecer monopolios y extraer rentas.

Esto, según la analogía, refleja el destino de los campesinos rurales medievales, obligados a pagar rentas a los señores monopolistas que los dominaban. Aunque Dean cita con aprobación a Stone y Kuttner, en realidad ambos difieren tanto en su concepción del feudalismo histórico como en su diagnóstico del presente.

Definiciones de feudalismo

Como dejan claro estos ejemplos, el significado y el uso del término «feudalismo» son ambiguos en este tipo de discursos. Hay tres formas principales en que los historiadores definieron al feudalismo, que son incompatibles entre sí a efectos del análisis. Los escritores contemporáneos suelen mezclar estas definiciones.

El primer feudalismo existe especialmente en el imaginario histórico popular. Es el mundo de las jerarquías rígidas encapsulado en la imagen de la «pirámide feudal». Esta idea es un elemento básico en las aulas escolares, en una búsqueda rápida en Google o en la basura que se hace pasar por información a través de la inteligencia artificial.

La visión piramidal del feudalismo describe un sistema social coherente en el que los reyes le concedían tierras a la nobleza a cambio de lealtad y de un servicio militar. Y los campesinos, en la base de la pirámide, cultivaban alimentos y recibían «protección» a cambio. Esta definición tiene una cierta atemporalidad, ya que supuestamente existió durante más de mil años, y una sensación de rigidez, ya que casi nadie podía escapar de este orden piramidal fijo. Es el sistema social que la mayoría de los no medievalistas parecen tener en mente cuando contrastan el presente y el pasado.

Los estudiosos de la Edad Media suelen detestar esta versión del feudalismo. Durante los últimos cincuenta años, los historiadores académicos criticaron esta idea por considerarla demasiado amplia y poco reflexiva en relación con un período dinámico de la historia de la humanidad. Independientemente de lo que puedan sugerir Juego de tronos y su precuela La casa del dragón, la sociedad no permanece inmutable durante siglos y con pocos cambios en la estructura de clases, a menos que contemos a los dragones como una clase.

Además, el término «feudalismo» no se acuñó hasta después del final de la Edad Media. De hecho, desde la década de 1970, los historiadores del mundo anglosajón tendieron a dejar de utilizar esa palabra o a hablar de un «sistema feudal». A veces se refieren a él en broma como «la palabra que empieza por F».

Esto nos lleva al segundo concepto de feudalismo, mucho más específico. Se trata de una idea jurídica que expresa los vínculos mutuos entre un gobernante y sus élites subordinadas (a veces llamadas vasallos). Un gobernante proporcionaba tierras de las que un subordinado podía obtener ingresos y, a cambio, recibía un compromiso legal del subordinado, que debía renovarse con cada nueva generación.

Este compromiso solía implicar el servicio militar, el pago de tributos o diversos derechos para el gobernante. Era el pegamento que mantenía unida a la sociedad elitista. No tenía nada que ver con los campesinos. Esta versión se puede vislumbrar en las imágenes medievales de gobernantes sentados con caballeros arrodillados ante ellos prometiendo tal intercambio.


Ceremonia de homenaje en la Edad Media.

Este feudalismo se limitó a un determinado periodo (aproximadamente entre 1100 y 1400 d.C.), a un lugar concreto (principalmente Francia e Inglaterra) y a unos individuos específicos (sólo las élites). Los historiadores medievales siguen utilizando este concepto jurídico, pero no es el feudalismo que se debate hoy en día. Es demasiado restrictivo, preciso y, bueno, medieval. Aunque su poder simbólico permanece en metáforas como «estados vasallos» o «rendir homenaje», estas expresiones son figurativas, no literales.

El modo de producción feudal

Una tercera interpretación del feudalismo es el modo de producción feudal que, en su formulación marxista clásica, caracteriza el marco económico de una sociedad. Karl Marx estableció varios modos de producción, y otros teóricos contemporáneos ampliaron sus ideas de manera útil.

Los estudiosos marxistas sostenían que el modo feudal de producción se había desarrollado a partir del antiguo modo esclavista. En lugar de requerir mano de obra esclava, una propiedad directamente dominada por un señor, los señores feudales dominaban a una gran masa de campesinos en diversos estados de semilibertad y falta de libertad. Estos campesinos producían alimentos en tierras que le arrendaban a las élites, quienes se apropiaban de una parte del excedente y, en algunos casos, exigían servicios laborales.

Bajo este régimen, el poder de la élite se basaba en la propiedad de la tierra y en el uso de la fuerza coercitiva para confiscar bienes y hacer cumplir las condiciones de tenencia. Las formas concretas de apropiación de los bienes podían variar, derivándose de impuestos o rentas, al igual que las formas legales de confiscación. Para diferenciar el modo de producción feudal de las dos formas no marxistas de feudalismo, historiadores como John Haldon rebautizaron al último tipo como modo de producción tributario.

El problema aquí es evidente: aunque existen similitudes entre las tres variedades de feudalismo, a menos que realicemos una delimitación cuidadosa, es fácil seleccionar una característica de cualquiera de las tres o de todas ellas para formar un feudalismo genérico de un pasado medieval idealizado.

Dean, por ejemplo, cita análisis de los tres grupos para definir su idea: Marc Bloch y Joseph Strayer parecen hablar de una sociedad feudal (forma 1), Susan Reynolds aparece para señalar que los medievalistas debatieron si conviene usar el término (forma 2), mientras que Perry Anderson (entre otros) es citado para hablar del modo de producción feudal (forma 3).

Si combinamos las tres interpretaciones del feudalismo original para crear una imagen del neofeudalismo, la idea se desvincula de tales definiciones conceptuales. Acaba convirtiéndose en una idea transhistórica (y, de hecho, ahistórica), adecuada a un nuevo propósito actual.

El feudalismo en los debates actuales

Este concepto genérico de feudalismo sugiere una falta de progreso y un retorno a una sociedad menos avanzada, con más desigualdad, menos libertades, menos propiedad para las clases no elitistas y menos movilidad hacia la clase elitista. Estas transformaciones aparecen tanto en las ideologías marxistas (como un retroceso del capitalismo al feudalismo) como en las críticas liberales (como el fracaso de una narrativa progresista que se estancó y dió marcha atrás). Nuestro futuro ideal, ya sea el socialismo o una forma más flexible de progreso, se alejó de nuestro horizonte.

Sin embargo, pocos de estos cambios están necesariamente vinculados al feudalismo. Los magnates de la tecnología pueden ofrecerle su lealtad al presidente Trump u otros gobernantes para promover sus objetivos eminentemente capitalistas, que bien pueden incluir la privatización (pero de forma capitalista). Su objetivo es introducirse a sí mismos y a sus empresas en los ámbitos estatales para controlar a las clases más bajas y someterlas a su voluntad.

En ningún caso es esto más evidente que en el de Elon Musk y el Departamento de Eficiencia Gubernamental (DOGE, por sus siglas en inglés), defensores del control estatal a través de una ideología capitalista: la eficiencia, el poder de mercado y la privatización son su mantra, independientemente de los resultados que produzcan. Ni las justificaciones ideológicas de Musk ni sus objetivos materiales se asemejan al feudalismo de la imaginación moderna, con sus rígidas estructuras de clase, sus expresiones ceremoniales del orden y su sentido ambiguo de la propiedad privada.

El propio Trump está evidentemente menos apegado a las fuerzas del mercado, como demuestra su obsesiva búsqueda de aranceles. Sin embargo, en esto difiere notablemente de gran parte de la clase donante cuyos miembros lo llevaron al poder.

Las figuras de la élite, como Musk, llevan mucho tiempo dominando el poder político mediante la creación de sus propias jurisdicciones privadas. Podríamos hablar del conde Robert de Artois, que aterrorizaba a los campesinos con un lobo domesticado a finales del siglo XIII en Francia, de un barón ladrón de la década de 1890 o de la actual Corporación Disney. Sin embargo, el marco jurídico y económico del conde Robert era totalmente diferente al de los otros dos casos.

El funcionamiento de las jurisdicciones privadas en el siglo XXI es específico de nuestro sistema capitalista actual, que optó por anteponer la eficiencia económica y los beneficios al desarrollo humano y al disfrute de la vida. Tales elecciones y estructuras parecerían totalmente fuera de lugar en la mayoría de las regiones de la Europa medieval, incluida la del conde Robert.

Parte del problema radica también en la aplicación de una noción singular del feudalismo histórico, ya sea que lo equiparemos con una justicia privada desordenada o con un mundo en el que el saqueo o el poder monopolístico son la única vía para la extracción de la riqueza. Ni siquiera podemos hablar de un único «feudalismo» en la Edad Media. Aunque el modo de producción capitalista no estructuraba a la Europa medieval y a Oriente Medio antes de la modernidad, el capital, el trabajo asalariado y los mercados podían, no obstante, dominar en lugares y momentos específicos.

Como argumentó recientemente Chris Wickham, las relaciones de producción capitalistas desempeñaron un papel importante en algunas partes del Mediterráneo oriental entre los años 950 y 1150 d.C., incluso cuando el sistema económico general seguía siendo feudal. Las perspectivas orientalistas sobre el mundo islámico llevaron a minimizar sus elementos capitalistas. La Edad Media sirvió como lienzo en blanco para muchas ideas posibles sobre el feudalismo, con aspectos supuestamente «bien conocidos», como la justicia privada y la depredación, combinados según convenga para satisfacer necesidades actuales.

Capitalismo 2020

Para comprender la versión actual del capitalismo no es necesario recurrir a una caricatura del feudalismo medieval, aunque algunos elementos parezcan similares. Sin duda, el poder jurisdiccional privado se disparó en las últimas décadas, a medida que las grandes empresas ampliaron su alcance a nuevas esferas de la vida. Al mismo tiempo, debemos recordar que incluso el Estado más neoliberal sigue siendo mucho más poderoso y tiene una influencia mucho mayor que sus antecesores premodernos.

Los países actuales pueden parecer débiles en comparación con los Estados y los ámbitos públicos más fuertes de mediados del siglo XX. Sin embargo, aquellos casos representaban un punto álgido del poder público, la movilización sindical y las políticas redistributivas, y no la norma con la que debemos medir al capitalismo actual.

Nos enfrentamos a una transformación dentro del capitalismo, más que a una transición desde el capitalismo. A medida que las plataformas tecnológicas fueron creando datos cada vez más precisos, necesitaron de inyecciones de capital cada vez mayores para ser viables y, en última instancia, obtener beneficios. Algunas se convirtieron en rentistas, como Google, mientras que otras compraron grandes extensiones de bienes inmuebles. En lugar de crear nuevos productos, destruyen a sus competidores y a los mercados existentes para obtener rendimientos cada vez mayores, animando a los inversores a apoyar a empresas deficitarias con la promesa de unos ingresos futuros supuestamente seguros. Aunque Dean tiene razón sobre estos cambios en su obra, ninguno de ellos constituye un nuevo modo de producción. Se trata más bien de un cambio en el funcionamiento del capital.

Si hace medio siglo era habitual que la gente acudiera en persona a un centro comunitario donde podían comprar y vender ropa usada una vez al mes, el Marketplace de Facebook cumple una función similar cada día al capturar el mercado de la ropa usada gracias a su eficiencia. Pero Facebook utiliza simultáneamente los datos recopilados para vender nuevos productos, convirtiendo al consumidor y a su atención en un producto secundario que se le vende a los anunciantes y a los productores de contenidos.

Esta práctica le debe mucho a los modelos psicológicos modernos, desarrollados por los anunciantes y las empresas tecnológicas, y no tiene nada que ver con las relaciones feudales. Shoshana Zuboff, en su libro La era del capitalismo de la vigilancia, conceptualizó este modelo de negocio extractivo y basado en los datos como una colonización cada vez mayor del capitalismo sobre el ámbito de la vida privada y el yo privado. Se trata de una idea mucho más estimulante que la del tecnofeudalismo o neofeudalismo.

No necesitamos el concepto de feudalismo, en ninguna de sus variantes o formas, para explicar los problemas actuales de nuestros respectivos Estados y sistemas. El recurso a modelos arcaicos para explicar los cambios contemporáneos es un síntoma morboso de una época en la que las visiones de un futuro mejor fueron sustituidas por temores opresivos de retroceso y regresión. Las cosas empeoran y mejoran, pero le daríamos demasiado crédito al capitalismo, en sus diversas formas, si lo imaginamos como la antítesis del poder monopolístico, la corrupción privada de la justicia y el dominio político de las élites corporativas.

A menudo los capitalistas definieron a la forma ideal del capitalismo en contraposición con la imagen del feudalismo del «viejo mundo», sobre todo en los Estados Unidos posteriores a la independencia. No debemos tomar estas perspectivas profundamente ideológicas al pie de la letra. No estamos retrocediendo hacia el sistema del que surgió el capitalismo: estamos siendo testigos de una nueva y peligrosa transformación interna del propio capitalismo.

Fuente: JACOBIN