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miércoles, 29 de abril de 2026

“La República Tecnológica” de Palantir; cómo el lobby de la empresa inventó la “necesidad” de comprar sus softwares de vigilancia

 

 Por Bruno Sgarzini   
   Periodista especializado en asuntos internacionales.

     La “República Tecnológica” que propone Palantir, en un manifiesto, está basada en una masiva compra de voluntades para que sus softwares sean comprados por las agencias federales de Estados Unidos, entre ellas el ICE, el Pentágono y el Departamento de Agricultura. “La capacidad de las sociedades libres y democráticas para imponerse exige algo más que un llamado moral. Exige hard power, y el hard power de este siglo se basará en el software. La cuestión no es si se fabricarán armas basadas en la IA, sino quién las fabricará y con qué fin. Nuestros adversarios no se detendrán a enzarzarse en debates teatrales sobre las ventajas del desarrollo de tecnologías con aplicaciones críticas para la seguridad nacional y militar. Seguirán adelante”, asegura el manifiesto de la empresa.


El director ejecutivo de Palantir, Alexander Karp, ha donado millones a causas políticas vinculadas al presidente Trump.

Pero esta conclusión se sustenta en un hecho fáctico; construir la necesidad imperiosa en políticos, y gobiernos, de que sus productos son claves para enfrentar las “amenazas del futuro” y estar un paso adelante de China y otras amenazas a la “seguridad nacional”. Según su manifiesto; “si un marine estadounidense pide un mejor rifle, deberíamos fabricarlo; y lo mismo ocurre con el software. Deberíamos ser capaces, como país, de seguir debatiendo la pertinencia de una acción militar en el extranjero sin dejar de ser inflexibles en nuestro compromiso con aquellos a quienes hemos pedido que se pongan en peligro.La era atómica llega a su fin. Una era de disuasión, la era atómica, llega a su fin, y una nueva era de disuasión, basada en la IA, está a punto de comenzar”.

Los nuevos documentos se han convertido en uno de los mayores tsunamis políticos de todo el caso Epstein. En ellos, de forma descarnada, sobresale un modus operandi que mezcla los casos conocidos de abusos y trata de mujeres con arreglos sucios y maquinaciones extrañas el propio Epstein.


Una protesta contra la empresa Palantir en Denver, Colorado.

Pero la maduración de este proyecto tiene un punto de inicio cuando Peter Thiel, uno de los fundadores de Palantir, fue uno de los primeros que apostó por Donald Trump. En 2016 donó un millón de dólares a su campaña a través del Make America Number One y, después, se convirtió en parte de su equipo de transición antes de su asunción presidencial. Ocho años después, la apuesta fue un poco más sofisticada; en vez de Thiel, varias personas de su circulo íntimo pusieron otro millón para los super comité de acción política (superPac) Make American Great Again y Maga para asegurar el regreso de Trump en las presidenciales de 2024. Alexander Karp, director ejecutivo de la corporación, aportó otro millón adicional para su comité de investidura.


Peter Thiel ha declarado que intentará ayudar al presidente Donald Trump en todo lo que pueda.

Mientras que Palantir figuró entre las casi 40 empresas privadas identificadas como donantes del proyecto del salón de baile de la Casa Blanca y sus representantes estuvieron entre los aproximadamente 130 invitados a una cena en la Casa Blanca para los patrocinadores del proyecto. La promiscuidad de este vínculo con funcionarios de la Casa Blanca llegó al punto que subjefe de gabinete, Stephen Miller, el principal responsable de otorgar contratos a Palantir, a través del El Servicio de Inmigración y Control de Aduanas de Estados Unidos (ICE), declaró en marzo de 2025, la tenencia de entre 100.001 y 250.000 dólares en acciones de Palantir. Meses después, al menos, tuvo la delicadeza de venderlas para cumplir las “normas éticas federales”.


El arquitecto de las deportaciones de Trump, Stephen Miller, tiene acciones en la empresa que las ejecuta.

Para Matthew Guariglia, analista político sénior de la Electronic Frontier Foundation; “presenciamos un círculo vicioso en el que los contratos gubernamentales generan enormes cantidades de dinero para las empresas, y luego esas empresas y sus directores ejecutivos invierten recursos en un tipo de política que requeriría que se destinara aún más dinero a su empresa”. La conclusión de Guariglia se apoya en el hecho de que el gasto de Palantir en lobby aumentó de 2,4 millones de dólares en 2020 a casi 6,1 millones de dólares en 2025. Palantir presionó, por ejemplo, al Congreso en temas de seguridad fronteriza, adquisición de software y sistemas de datos gubernamentales —áreas que coinciden directamente con las tecnologías que vende al ICE. Según declaraciones federales, la empresa contrató a la firma de cabildeo Invariant LLC por 360.000 dólares en el primer semestre de 2024, con el mandato de influir sobre “cómo la tecnología comercial puede mejorar la seguridad fronteriza”. En el cuarto trimestre de 2025 sumó otros 50.000 dólares pagados a Cornerstone Government Affairs LLC, esta vez para cabildear en torno a “la introducción y la formación sobre el trabajo en curso relacionado con la seguridad nacional”.


Gasto en lobby de Palantir en los últimos cinco años, según los datos oficiales de lobby publicados por Open Secrets.

Palantir también contrató a Ballard Partners, con pagos por 660.000 dólares en 2025, la firma propiedad Brian Ballard, uno de los primeros recaudadores de las campañas presidenciales de Trump, que tuvo entre sus lobbistas a la actual jefa de gabinete de la Casa Blanca, Susan Wiles, y la exsecretaría de Justicia, Pam Bondi. La tecnológica también transfirió 690 mil dólares a Miller Strategies, empresa dirigida por Jeff Miller, quien presidió el comité de finanzas del segundo comité inaugural de Trump. Por supuesto esta montaña de dinero rindió sus frutos con jugosos nuevos contratos con la Administración Trump.

En este nuevo informe de la Geopolítica de la Astrología de los hombres habló de la plataforma distópica de vigilancia que la empresa Parlantir está creando para perseguir a los migrantes en Estados Unidos. ¿Cómo fue fundada la empresa? ¿Quién es Peter Thiel, su creador, y cuál es su ideología? ¿Cuáles son sus conexiones con la CIA, el Pentágono e Israel? ¿Colaboró con los bombardeos en Gaza a través del uso de inteligencia artificial?

En abril de 2025, el ICE incorporó casi 30 millones de dólares adicionales a un contrato plurianual con Palantir, que elevó el total de obligaciones a 145 millones de dólares. La empresa opera el sistema de gestión de casos de investigación del ICE; la plataforma con la que los agentes rastrean, almacena y administran expedientes de control migratoria. La ampliación de su contrato más reciente le encargó un proyecto nuevo: ImmigrationOS, un sistema de inteligencia artificial destinado a monitorear autodeportaciones y establecer prioridades de deportación. También la compañía está involucrada en el desarrollo de Elite, un sistema que establece objetivos de deportación en barrios y comunidades estadounidenses como si fuera un Google Maps.

Para César Cuauhtémoc García Hernández, profesor de derecho especializado en aplicación de leyes migratorias, estas herramientas no solo acumulan datos: también determinan cómo se usa esa información en tiempo real. Al concentrar grandes volúmenes de datos en un sistema único y accesible, la tecnología convierte la información en decisiones sobre el terreno. “Palantir recopila grandes cantidades de información y la presenta de forma accesible y móvil para que los agentes de campo tengan acceso a ella. Son ellos quienes deben decidir a quién perseguir, a quién interrogar y a quién detener, y deben tomar esas decisiones con mucha rapidez”, declaró a Open Secrets, una organización no gubernamental a cargo de investigar el dinero oscuro en la política estadounidense.

En el terreno militar, la compañía también ha obtenido jugosos negocios producto de su lobby. Desde finales de 2023 Palantir control todo el componente de inteligencia artificial del proyecto Maven del Pentágono. Este programa, denominado oficialmente “Equipo multifuncional de guerra algorítmica”, integra aplicaciones militares bajo una interfaz sencilla. Los operadores militares interactúan con el sistema mediante un canal de chat similar a otras IA generativas. En 2024, este contrato pasó de tener un techo de gasto de 480 millones a 1.300 millones por la implementación del Maver Smart System, una versión mejorada de la ya existente. Poco después llegó otro acuerdo de mayor escala: en agosto de 2025, el Ejército firmó con Palantir un contrato marco por hasta 10.000 millones de dólares a diez años, que consolida 75 contratos anteriores en un único acuerdo empresarial. El Departamento de Defensa (DOD) representa aproximadamente el 87% de todas las obligaciones de Palantir registradas en USAspending.gov, la plataforma de gastos del gobierno federal estadounidense.


Trayectoria de ingresos por contratos gubernamentales de Palantir con las distintas agencias de EEUU, según Fed Spend

Esto se suma a otros arreglos comerciales que la compañía ya tiene con el Servicio de Impuestos Internos (IRS), la Oficina Federal de Investigaciones (FBI) de Estados Unidos, la Agencia Central de Inteligencia (CIA). Uno de los últimos acuerdos fue firmado con el Departamento de Agricultura para que Palantir genere una base de datos por 300 millones de dólares que ayude a “mejorar la entrega de servicios a los agricultores, asegurar tierras agrícolas, fortalecer la resiliencia de la cadena de suministro y proteger los programas agrícolas contra el fraude, el abuso y la “influencia de adversarios extranjeros”. Todos estos acuerdos utilizan sofwares propiedad de la empresa como Foundry, TITAN, Vantage y Ghotam.

Está bastante claro que este proyecto de “República Tecnológica” se sostiene en base a la inyección de dinero en los circulos trumpistas. Para Fed Spend, un blog que monitorea los gastos del gobierno estadounidense; “Palantir Technologies nació de una inversión de la CIA. En 2004, In-Q-Tel, la rama de capital riesgo de la agencia, financió una pequeña empresa emergente de Silicon Valley fundada por Peter Thiel, Alex Karp y un equipo de ex empleados de PayPal. Su propuesta: crear un software capaz de conectar datos de bases de datos de inteligencia masivas y fragmentadas para prevenir un atentado como el del 11-S. Veintidós años después, el software de Palantir se utiliza en la CIA, el Pentágono, el ICE, el IRS, el Ejército y docenas de otras agencias. Sus ingresos del año fiscal 2025 alcanzaron los 4480 millones de dólares, un aumento del 56 % en un solo año. Los contratos plurianuales adjudicados solo en 2025 suman más de 13 700 millones de dólares. Tras desacelerarse hasta el 17 % en 2023, el crecimiento se aceleró de nuevo drásticamente en 2024-2025, coincidiendo con la adjudicación de numerosos contratos federales. Los ingresos se han multiplicado por 6,5 en seis años”.

La cercanía con la Casa Blanca quedó retratada hace pocos días cuando el propio Trump salió en su defensa después de que sus acciones cayeran un 14%. “Palantir Technologies (PLTR) ha demostrado tener excelentes capacidades y equipos bélicos. ¡Pregúntenles a nuestros enemigos!”, escribió Trump en una publicación de Truth Social con la inclusión del símbolo bursátil de la empresa. Lo que representa la primera vez que un presidente estadounidense intenta influir en la valoración accionaria de una empresa a través de una declaración pública. Una de las grandes dudas que surge en el “mercado” es si la valoración accionaria de la compañía podrá mantenerse si la Administración Trump deja de contratar, de forma masiva, sus softwares de vigilancia. Para el periodista Daniel Arjona, especializado en cultura y tecnología, “Palantir arrastra un problema de reputación que la empresa lleva años intentando gestionar. El propio Karp, CEO de la empresa, en la conferencia de resultados del segundo trimestre de 2025, se vio obligado a defenderse de un rumor recurrente en el sector de las bases de datos: que sus Foundry y Gotham son plataformas de integración caras y difíciles de abandonar. Negó textualmente que Palantir venda “un producto inútil que se vuelve parasitario, del que no puedes deshacerte tras tener a mil personas en cenas de Estado intentando convencerte de comprar algo que no puedes abandonar”.

Para el investigador El investigador turco Ali Rıza Taşkal, autor del articulo Es Palantir una «superarma» o una lección magistral de marketing?; “el libro de la Revolución Tecnológica de Karp (en el que basa el manifiesto de Palantir) funciona como un manifiesto ideológico diseñado para relegitimar la vinculación de Silicon Valley con el aparato de seguridad nacional estadounidense, presentando esta alianza como una necesidad patriótica en una lucha contra China . Este imaginario de control total e iliberal no es una realidad empírica, sino una fantasía sociotécnica cuidadosamente elaborada, cultivada para alinearse con el deseo de las agencias de seguridad de tener un control total de la situación. Demuestro cómo Palantir se posiciona no solo como proveedor de software, sino como un actor político estratégico involucrado en una lucha intraoligárquica contra las empresas tecnológicas de consumo «globalistas», promoviendo una visión tecnocrática y antidemocrática de la soberanía que reemplaza la supervisión democrática con una gobernanza algorítmica propietaria”.

Esta ilusión de control, que los gobiernos alquilan a Palantir según Riza Taskal, sin duda se basa, en el desmedido, y descontrolado, lobby que hace para que todas sus ocurrencias sean compradas por una Administración Trump conocida por ser un conglomerado de negocios disfrazado de presidencia.


Fuente: Bruno Sgarzini

martes, 2 de diciembre de 2025

Stephen Miller y el proceso de creación del sujeto fascista

 

 Por Henry A. Giroux     
      Profesor de Estudios Culturales de la Universidad McMaster de Ontario, Canadá.



Cada acto de violencia estatal se ha convertido en una forma de teatro político, diseñado para transformar el miedo en consentimiento y el sufrimiento en una prueba de poder



     Stephen Miller, el subdirector de gabinete de la Casa Blanca de Trump, es un nacionalista blanco, como está bien documentado, y uno de los arquitectos más influyentes de las políticas racistas de Trump. Miller se alinea desde hace tiempo con los medios de comunicación de la extrema derecha y otras figuras extremistas. Su abierta oposición a la DACA [Acción Diferida para los Llegados en la Infancia, NdT] y sus llamadas a poner fin a la protección temporal de las poblaciones predominantemente no-blancas revelan su racismo profundamente arraigado.


Stephen Miller, asesor de seguridad nacional de la Casa Blanca.

Sus ataques a los estudiantes internacionales, la educación superior, los inmigrantes y a cualquiera que se niegue a aceptar su noción de nacionalismo blanco y ciudadanía racializada manifiestan una política de venganza en la que toda la fuerza del gobierno federal deviene un arma arrojadiza contra la diferencia. Su intolerancia es tan notoria que incluso varios miembros de su propia familia lo han denunciado.

Actor clave en este régimen de terrorismo estatal, racismo sistémico, detenciones en masa, deportaciones y la criminalización del disenso, Miller ha sido la fuerza motriz detrás de las políticas más represivas de Trump. Durante el primer mandato de Trump fue él quien ideó la prohibición de entrada a los musulmanes, la política de separación de familias inmigrantes y los ataques contra la ciudadanía por nacimiento en territorio estadounidense. Todo ello tiene su origen en su manera de ver el mundo desacomplejadamente supremacista y eugenicista.

En el segundo mandato de Trump ha emergido como el arquitecto de medidas todavía más draconianas, abogando por deportaciones en masa, la abolición de la ciudadanía por nacimiento en territorio estadounidense y la revocación de la ciudadanía naturalizada a quienes escapen a su visión cristiana blanca de quién merece ser llamado americano.


Manifestantes antiTrump en Portland disfrazados de ranas.

Jonathan Blitzer, escribiendo para The New Yorker, subestima la profundidad de la ideología supremacista blanca de Miller y su virulento odio hacia los inmigrantes cuando observa que “la obsesión de Miller con restringir la inmigración y castigar a los inmigrantes se ha convertido en la característica definitoria de la Casa Blanca de Trump". Aunque el comentario de Blitzer se hizo durante la primera presidencia de Trump, ahora es claro que Miller ya era el principal arquitecto de un emergente estado policial, un proyecto que desde entonces ha pasado a estar a la vista de todos.

Bajo su influencia la maquinaria del ICE se ha convertido en un instrumento de miedo y terror racial. Los agentes de inmigración, envalentonados por su retórica, han intimidado, detenido y secuestrado a inmigrantes, a quienes están marcados por sus cuerpos negros o marrones, cuya presencia misma es tratada como si fuese un crimen en sí mismo. La política ha mutado en actuación, y el discurso se ha transformado en un ritual.

Las llamadas “operaciones de intervención” del ICE han escalado con escalofriante precisión, con redadas en restaurantes, granjas y puestos de trabajo por todo el país, con arrestos que en ocasiones han excedido los dos mil diarios. Lo que comenzó como una intervención administrativa ha metastatizado en una política de intimidación y espectáculo, una calculada exhibición de poder diseñada para criminalizar la vulnerabilidad y hacer que la compasión sea sospechosa.

Esta brutalidad orquestada se refleja no únicamente en la ideología de Miller, sino también en su personalidad. Incluso sus antiguos colegas lo describen como alguien insufrible, “descortés, arrogante y consumido por un sentimiento de superioridad propia”, como ha informado Yahoo News. En el distrito gubernamental era despreciado por muchos, cualquier interacción con él, marcada por la condescendencia y el rencor. El desdén que mostraba hacia los demás en una conversación espejaba el desdén que ha codificado en ley. El carácter de Miller se ha convertido en una política: la arrogancia se ha traducido en autoritarismo, el desprecio, en crueldad, y su apetito por la dominación, en el andamiaje de un estado policial.

El ser mismo de Miller evoca la fría mecanización de la máquina, un organismo que se ha vuelto contra sí mismo, que se mueve sin ritmo, empatía o cortesía. Su presencia se siente como si hubiese sido el resultado de la ingeniería: fría, cicatrizada y vacía, el cuerpo convertido en un instrumento de mando. Es como si hubiese perdido desde hace tiempo una guerra consigo mismo, una guerra contra la vulnerabilidad, la imaginación y la capacidad de sentir, y que todo lo que quedase es un hombre acorazado contra la vida misma.

El psicólogo Wilhelm Reich habría reconocido en Miller los síntomas clásicos de lo que denominó una “armadura del carácter”, el caparazón psicológico formado por la represión y que se manifiesta en el cuerpo como rigidez, tensión y la muerte de toda espontaneidad. Sus movimientos son escasos, su voz, metálica, su comportamiento ha sido drenado de calidez o ritmo. Éstos no son meros manierismos: son las cicatrices visibles de una conciencia que se ha cerrado herméticamente a toda empatía y petrificado por la ideología.




El autoritarismo de Miller no es sólo intelectual o político, es somático, grabado en su postura misma, un cuerpo que se ha convertido en su propia prisión, la expresión externa de una desolación interna. Para Reich, el origen del problema “no descansaba principalmente en los individuos, sino que era una condición elaborada inflingida en la gente a través de las instituciones del capitalismo.” Lo que Reich vio como un producto social de la represión se convierte, en Miller, en una actuación del mismo. Su rigidez ya no se oculta, se expone, se dramatiza y se convierte en arma. Esta fusión de carácter y poder revela el núcleo teatral de las políticas de Miller, y un temperamento autoritario que prospera en la actuación, en convertir la brutalidad en un espectáculo y el gobierno en un escenario para la dominación.

Esta política de la performance no era abstracta, era pedagógica, enseñaba a la nación a equiparar la crueldad con la fuerza a través del espectáculo de las redadas y las expulsiones. Y, con todo, estas redadas eran algo más que ejercicios burocráticos de control, eran coreografías de terror y dominación, escenificadas para instruir al público en la pedagogía de la crueldad, el racismo y el odio a la democracia. Cada acto de violencia estatal se ha convertido en una forma de teatro político, diseñado para transformar el miedo en consentimiento y el sufrimiento en una prueba de poder. La perversa idea de Miller se basa en reconocer que el fascismo no aplica meramente la obediencia: la escenifica.

Habiendo perfeccionado el teatro de la violencia estatal, Miller pronto extendió su alcance a otro campo: el reino del lenguaje mismo. La política se convirtió en performance y el discurso se convirtió en arma. A través de mentiras, metáforas deshumanizantes y una retórica apocalíptica ha convertido la esfera pública en un escenario para una política de venganza, un espectáculo de violencia lingüística que normaliza el odio, nutre el supremacismo blanco y hace que la crueldad no sea ya sólo permisible, sino celebrada.

Miller es también un anticomunista fanático, que emplea el término “comunista” como un insulto contra cualquier crítico, político o institución que desafíe las políticas autoritarias de Trump. Todo ello quedó a la vista de cualquiera cuando se puso a despotricar en la Union Station de Washington DC el pasado 20 de agosto de 2025. Deteniéndose en una hamburguesería con el vicepresidente J.D. Vance y el secretario de Defensa Pete Hegseth durante una visita a las tropas de la Guardia Nacional, Miller cargó con dureza contra los manifestantes que protestaban contra este trío al declarar lo siguiente:

“Son ellos los que han estado trabajando para el uno por ciento. Son criminales, asesinos, violadores y narcotraficantes. Y estoy contento de estar aquí porque yo, Pete y el vicepresidente vamos a abandonar este lugar y, inspirados por ellos, vamos a sumar miles de recursos más a esta ciudad para cazar a los criminales y expulsar a los miembros de bandas. Vamos a desactivar estas redes, y vamos a demostrar que la ciudad puede servir a los ciudadanos que respetan la ley. No vamos a permitir a los comunistas destruir una gran ciudad americana, no digamos ya la capital de la nación… Así que vamos a ignorar a estos estúpidos hippies blancos, que necesitan volver a casa y echarse una siesta porque tienen más de noventa años, y volver para proteger al pueblo americano y a los ciudadanos de Washington D.C.”

Aquí el insulto “comunistas” no nombra una ideología, opera como un epíteto, una letra escarlata de traición diseñada para criminalizar la protesta y borrar el disenso mismo. La resurrección de la retórica maccartista por parte de Miller también permea buena parte de los ataques de Trump contra sus supuestos “enemigos internos”. Estas diatribas iluminan cómo la retórica de Miller fusiona el pánico moral con la estrategia política, convirtiendo la propaganda en la cara pública de la represión.

Infame por sus ataques rabiosos a los inmigrantes y, más recientemente, las personas trans, Miller es, desde hace tiempo, el arquitecto ideológico del fascismo de Trump. No sólo es un extremista anti-inmigración, también es un nacionalista blanco. Poco sorprendentemente, apoya como el que más el acaparamiento de poder dictatorial de Trump y ha afirmado públicamente que “sólo a un único partido debería estarle permitido ejercer el poder en EEUU.” Añade que “el Partido Demócrata no es un partido político, es una organización terrorista doméstica.”

Miller también ha institucionalizado su visión reaccionaria a través de la fundación America First Legal, una organización de extrema derecha creada por él para convertir en arma arrojadiza contra las políticas progresistas a los tribunales. Mediante un bombardeo de demandas ha buscado desmantelar las protecciones de los derechos civiles, atacar los programas de diversidad e inclusivos y hacer retroceder los derechos duramente ganados por las mujeres, las comunidades LGBTQ+ y las personas racializadas. De este modo, durante la presidencia de Biden, Miller extendió su autoritarismo más allá de la retórica y la política y le dio un músculo legal, transformando la intolerancia en lawfare e incorporando la ideología nacionalista blanca en la maquinaria del Estado mismo.

El racismo y nativismo de Miller animan los tres pilares entrelazados de su proyecto. En primer lugar, insiste en que todos los inmigrantes son criminales, aptos sólo para ser expulsados o encarcelados. En segundo lugar, presenta el asalto a la inmigración como los cimientos para la construcción de un Estado policial, uno que erosiona la justicia, la verdad, la moral y la libertad mismas. En tercer lugar, se ha convertido en una fuerza motriz en la guerra contra la educación pública y superior, tachándolas de “cancerígena cultura woke, comunista” que “está destruyendo al país.” Este tipo de lenguaje, que se hace eco del léxico trumpiano, es un código para el desmantelamiento de las posibilidades críticas, inclusivas y democráticas de la educación, la oportunidad de que diferentes estudiantes puedan aprender, cuestionar y actuar como agentes informados de una sociedad democrática.

Esta misma lógica de purificación se extiende más allá de las fronteras y del lenguaje; ha invadido los temarios de las aulas y los claustros. Para Miller, las escuelas no han de cultivar la conciencia crítica, sino instruir a los niños en el patriotismo, la reverencia acrítica hacia América y la hostilidad hacia la “ideología comunista”. Los detalles de este asalto pedagógico son escalofriantemente familiares: la prohibición de libros, el blanqueamiento de la historia para convertirla en una mitología racista, la abolición de la pedagogía crítica, y el vaciamiento de la capacidad para el pensamiento informado y ético. Lo que surge de ello es una pedagogía de la represión que tiene sus raíces en la crueldad, una pedagogía que busca borrar la memoria histórica, extinguir los valores democráticos y transformar la educación en una fábrica de adoctrinamiento.

El discurso agresivo de Miller sobre cómo “los niños serán enseñados a amar a América” podría haberse tomado por completo de la cultura fascista de los años treinta. Bulle de fanatismo ideológico, rabia deshumanizadora, ignorancia extasiante y rigidez paranoica, aliñado el conjunto por un torrente de mentiras. El espíritu enfebrecido de odio, mito y corrupción moral que encarna no es meramente reminiscente del fascismo: es su reencarnación. De lo que estamos siendo testimonios no es de una retórica política, sino del lenguaje de purificación, secuestro, desaparición y menosprecio que desbrozó antes el camino al Estado nazi.

Lo que hace que la diatriba de Miller sea tan terrorífica no es solamente su celebración de la pureza racial en esteroides, sino su violento odio hacia la educación misma, el pensamiento, la reflexión y la agencia moral. Miller desprecia cualquier institución o idea capaz de producir conciencia crítica, coraje cívico o empatía fundamentada en la responsabilidad por los demás. Sus palabras apestan a miedo: miedo al conocimiento, miedo a la imaginación, miedo a la justicia, miedo a la democracia. Encarna una fusión impía de la furia racial de George Wallace y el celo propagandístico de Joseph Goebbels, una figura cuyo fanatismo y odio convergen, resucitando el fantasma del supremacismo blanco en su forma más pura y vengativa.

El nacionalismo tóxico de Miller —que tiene sus orígenes en el supremacismo blanco y el furioso desprecio hacia cualquier cosa que desafíe su visión de una “América sólo para los americanos (blancos)”— se ha convertido en un modelo y una nota de permiso para la próxima generación de extremistas de ultraderecha. Su retórica proporciona una cobertura moral y una legitimidad ideológica al creciente ejército de jóvenes MAGA que traducen su dogma en fascismo abierto.

Recientemente Politico publicó la filtración de un grupo de conversación entre dirigentes de organizaciones juveniles Republicanas que se leían como el lado oscuro del espejo del mundo tal y como lo ve Miller: diatribas racistas completadas con chistes sobre cámaras de gas, esclavitud y violaciones, declaraciones como “amo a Hitler” e insultos describiendo a la población afroamericana como monos o “gente que come melones”. En palabras de Jason Beeferman y Emily Ngo en Politico, “hablaban de violar a sus enemigos y empujarlos al suicidio y elogiaban a los Republicanos que creían que apoyaban la esclavitud”.

Esto es la barbarie hecha carne, una representación grotesca de la crueldad camuflada de convicción, la ignorancia convertida en ideología. Y lo que más debería alarmarnos es cómo esta retórica fascista, otrora inimaginable, ahora circula abiertamente, validada, amplificada y repetida en los más altos niveles del poder. En esta atmósfera envenenada, el silencio ya no es neutral: se convierte en complicidad. La corrosión de la cultura democrática avanza no con el espectáculo de golpes o decretos, sino a través de algo más lento y más insidioso: la normalización constante de la crueldad, la evisceración de la verdad y la muerte de la conciencia disfrazada de patriotismo. El terror que representa Miller no está limitado a un hombre o una ideología. Ha devenido la gramática de un movimiento político, el lenguaje compartido del autoritarismo en su nueva forma estadounidense.

Las implicaciones de la retórica de Miller van más allá de su propia crueldad y revelan la maquinaria cultural que permite que este barbarismo parezca algo cotidiano. Es crucial comprender que el lenguaje y la política reaccionarias de Stephen Miller no pueden ser despachadas como una cuestión de patología o temperamento personal. Mientras su fanatismo, racismo y nacionalismo son inconfundibles, lo que exige nuestra atención son las condiciones históricas y políticas que han permitido a una persona así obtener poder, que han dado a su vitriolo un atractivo de masas, y que han normalizado su presencia, no simplemente como un operador político, sino como un síntoma y un símbolo de la enfermedad más profunda que afecta al organismo político estadounidense. Miller no es un celote individual sin más: es un espejo sostenido frente a una nación que ha cultivado desde hace tiempo el suelo en el que el autoritarismo echa sus raíces.

Centrarse en Miller, pues, es examinar una historia que revela una narrativa mucho mayor, la muerte lenta de la idea –si no de la práctica– de la democracia estadounidense. Miller es algo más que un agente solitario en la contrarrevolución actual, es algo más que otro extremista que trafica en lo que podría llamarse el delirio apocalíptico. Miller representa la encarnación del siglo XXI del sujeto fascista que ha perseguido a la historia de EEUU desde sus comienzos, una figura nacida del miedo, del resentimiento y de la transformación de la ignorancia en arma arrojadiza.

No es simplemente un fanático MAGA que marca el comienzo de la fantasía de Trump de un “Reich unificado”: él mismo es la encarnación de lo que la nación está en riesgo de convertirse. Miller aparece como síntoma y señal a un mismo tiempo, un espejo sostenido frente a la decadencia moral y política que anida en el corazón de la vida estadounidense. El fascismo no llega como una tormenta, desde fuera, sino que germina en las sombras de las historias olvidadas, en crueldades que no han sido reconocidas, en un silencio que confunde equivocadamente la complicidad con la paz.

La ideología de Miller no se lleva como un uniforme, está inscrita en su cuerpo mismo, lo que Adorno llamó una segunda naturaleza o una historia sedimentada, es la manera en que la dominación se infiltra bajo la piel, convirtiendo la ideología en hábito, y el hábito, en necesidad. Estas necesidades, lejos de ser naturales, son el resultado de años de condicionamiento pedagógico y cultural, de prácticas sociales que enseñan a la gente a desear su propia servidumbre. Confrontarlas exige más que el despertar de la conciencia crítica, demanda una pedagogía capaz de extraer los sedimentos psicológicos y orgánicos a través de los cuales el poder se reproduce. La liberación, si quiere ser duradera, debe alcanzar no sólo la mente, sino el tuétano, debe educar el deseo mismo.

La presencia y la voz de Miller revelan mucho más que la muerte de la conciencia: exponen la estafa de un futuro que está ya naciendo, un futuro que debe nombrarse, comprenderse y resistirse antes de que se convierta en nuestro destino colectivo. Los Estados Unidos de Miller no son un destino, son una advertencia. Si esta advertencia se convierte en una profecía autocumplida o en una memoria resistida depende de si la conciencia puede encontrar aún su voz y si un movimiento de masas de resistencia puede restaurar el poder del coraje cívico en una nación que ha olvidado ambas.


Fuente: El Salto