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miércoles, 22 de julio de 2026

EEUU contra Cuba: el motor de una “izquierda terrorista” mundial

 

 Por Sebastiaan Faber   
      Profesor de Estudios Hispánicos en Oberlin College, Ohio.


El trumpismo resucita un macartismo con ecos del discurso eugenésico nazi con un informe de 100 páginas en el que señala a periodistas, políticos y activistas


     El 20 de julio, el Departamento de Estado de Estados Unidos publicó un informe de 100 páginas sobre Cuba que argumenta que, desde 1959, el régimen castrista ha sido un motor de una “izquierda terrorista” mundial que ha logrado infiltrarse en grandes partes de la sociedad norteamericana, aliándose con organizaciones poderosas y reclutando a políticos, periodistas y activistas prominentes.


Cuba: la capital del comunismo en el Siglo XXI.

No es casual que el informe se publicara días después de una cumbre internacional, con 60 países, sobre “el auge mundial del extremismo de izquierdas y el terrorismo político” en la que Marco Rubio, el secretario de Estado y potencial candidato a la presidencia en 2028, indicó que la mayor amenaza a la seguridad ya no proviene del terrorismo islámico, sino de la izquierda.


Marco Rubio, secretario de Estado de EEUU, durante una rueda de prensa en mayo de 2026.

En comparación con la Estrategia de Seguridad Nacional –el estrafalario documento de noviembre que, entre otras cosas, reafirmaba la hegemonía hemisférica de Estados Unidos–, el informe sobre Cuba no solo es más extenso, sino más coherente y riguroso. También está mejor escrito. Pero lo más llamativo son sus ecos macartistas: no duda en señalar con pelos y señales a una larga lista de individuos y colectivos, incluidos periodistas como Amy Goodman (de Democracy Now!), organizaciones como los Socialistas Demócratas de América (DSA) y el Gremio Nacional de Abogados (National Lawyers Guild); políticos como Zohran Mamdani y Karen Bass (alcaldes de Nueva York y Los Ángeles), congresistas como Alexandria Ocasio-Cortez, Bernie Sanders e Ilhan Omar y activistas como Ben Cohen (empresario cofundador de Ben & Jerry’s) o Alicia Garza (fundadora de Black Lives Matter).

El objetivo del informe parece doble: no solo se trata de reafirmar a Cuba como un poderoso enemigo de la American way of life –justificando de antemano una posible intervención en la isla–, sino, sobre todo, de demonizar a una gran parte la izquierda norteamericana como peligrosa, terrorista, antipatriótica, inmoral y, en última instancia, subhumana. En este sentido, este informe sobre Cuba solo es el capítulo más reciente en una clara estrategia que ya se anunciaba en el Proyecto 2025 y que se aceleró a la zaga del asesinato de Charlie Kirk en septiembre. 

Así, el memorándum presidencial Seguridad Nacional (NSPM-7), publicado ese mismo mes de septiembre, buscaba tildar de “terroristas” una larga serie de ideas progresistas que se resguardaban “bajo el paraguas del autodenominado ‘antifascismo’”. “Los hilos comunes que animan esta conducta violenta”, afirmaba, “incluyen el antiamericanismo, el anticapitalismo y el anticristianismo; el apoyo al derrocamiento del Gobierno de los Estados Unidos; el extremismo en torno a la migración, la raza y el género; y la hostilidad hacia quienes mantienen las visiones tradicionales estadounidenses sobre la familia, la religión y la moralidad”.

El NSPM-7 ya ha servido para que las fuerzas de seguridad y los servicios de inteligencia redoblen su vigilancia y persecución de la izquierda en Estados Unidos. Aunque su éxito en los tribunales ha sido desigual, la invocación de “Antifa” como una red de “terroristas domésticos” dedicada a organizar una conspiración violenta para derrocar el Estado ha permitido detener a 15 ciudadanos de Minneapolis por hacer seguimiento al ICE (la policía migratoria) y condenar a penas inauditas de entre 20 y 100 años a un grupo de activistas en Texas, como reportaba Guillem Martínez a finales de junio.


Agentes del ICE en Minneapolis, después de que uno de ellos asesinara a Renee Nicole Good, mujer blanca de 37 años, el 7 de enero.

Es muy posible que el informe sobre Cuba tenga una secuela judicial similar. 

Alrededor de estos informes se ha construido un discurso cuyo objetivo es la erosión del Estado de Derecho y los derechos constitucionales. “Se pueden llamar a sí mismos anticapitalistas o antiimperialistas, comunistas, anarquistas o marxistas”, declaró Rubio ante The Guardian el 16 de julio. “Siempre es lo mismo. Es un resentimiento tóxico revestido de un discurso sobre la igualdad, la justicia y la liberación –una necesidad abrumadora de tirar abajo, de destruir todo lo que es bello y justo, de parte de una gente que está repleta únicamente de fealdad y practica la violencia y el terror porque no tiene nada más que ofrecer al mundo–”.

Al día siguiente, Stephen Miller, subjefe de gabinete y principal asesor de política y seguridad nacional de Donald Trump, aprovechó una rueda de prensa para subir el tono. “No es una coincidencia”, dijo, “que cuando miras estas manifestaciones violentas de Antifa, cuando ves cualquiera de las fotos de quienes se reúnen en ellas, ninguna persona, para decirlo francamente, parece normal. Ni una parece normal. Todos están, de alguna u otra forma, deformados en su apariencia, su forma de vestir, en su manera de ser. ¿Por qué? Si comparas dos fotos, de una calle normal en Estados Unidos y una manifestación antifa, ¿por qué no hay ninguna persona normal entre la gente que se manifiesta de forma violenta? Porque cada uno, a través de su vida y de sus decisiones, ha dejado cicatrices en su cuerpo y en su aspecto, de muchas formas diferentes, hasta el punto de que su aspecto exterior se convierte en una manifestación de su odio interior”. Son obvios los ecos de la eugenesia nazi. (Y, para un público español, del falangismo. En su novela Madrid de corte a checa, Agustín de Foxá describía a sus personajes republicanos como seres movidos por “la revancha de los débiles contra los fuertes, de los enfermos contra los sanos, de los brutos contra los listos” porque “odiaban toda superioridad”.)

En la carta que envió la historiadora Heather Cox Richardson el 17 de julio a sus más de cinco millones de suscriptores en Substack y en las redes, recordaba que J.D. Vance, el vicepresidente neocatólico, ayudó a promocionar hace dos años el libro:Unhumans: The Secret History of Communist Revolutions (and How to Crush Them)“Los antihumanos. La historia secreta de las revoluciones comunistas –y cómo aplastarlas–”), del influencer ultra Jack Posobiec. “En el pasado”, afirmó Vance, “los comunistas marchaban por las calles con banderas rojas. Hoy, marchan por los departamentos de recursos humanos, los campus universitarios y los tribunales, donde practican lawfare contra gente buena y honesta”.

En el libro, Posobiec tilda a las personas de izquierdas de “antihumanos” porque “se oponen a todo lo que constituye la humanidad. Al oponerse a la humanidad misma, ellos se autoexcluyen por completo de la categoría [de lo humano], ubicándose en una subdivisión completamente nueva, impulsada por la miseria, de lo antihumano”. Posobiec se une al conjunto de pensadores de la extrema derecha norteamericana que reconocen como modelo y héroe anticomunista a Francisco Franco.


La ultraderecha estadounidense encuentra a su salvador en el dictador español Francisco Franco.

“Algunas de las personas más poderosas del actual gobierno son conversos recientes al catolicismo que no han ocultado su admiración por los regímenes integristas, incluido el franquismo”, dijo la historiadora Kirsten Weld en estas páginas el pasado noviembre. “Forman parte de una corriente del pensamiento reaccionario estadounidense que buscó inspiración en España, no solo en los años 30, sino también en los 60 y 70”.


Kirsten Weld.

Para Richardson, los ecos del libro de Posobiec en los discursos de Rubio y Miller son inconfundibles. La historiadora recuerda, además, lo que el prólogo al libro, escrito por Stephen Bannon, pone como epígrafe: “El comunismo ocurre cuando freaks feos y deformados ilegalizan la normalidad y, después, roban y/o matan a todas las personas exitosas, movidos por un resentimiento mezquino y por la crueldad. La ideología no es más que una fachada”.


Fuente: Ctxt

martes, 2 de diciembre de 2025

Stephen Miller y el proceso de creación del sujeto fascista

 

 Por Henry A. Giroux     
      Profesor de Estudios Culturales de la Universidad McMaster de Ontario, Canadá.



Cada acto de violencia estatal se ha convertido en una forma de teatro político, diseñado para transformar el miedo en consentimiento y el sufrimiento en una prueba de poder



     Stephen Miller, el subdirector de gabinete de la Casa Blanca de Trump, es un nacionalista blanco, como está bien documentado, y uno de los arquitectos más influyentes de las políticas racistas de Trump. Miller se alinea desde hace tiempo con los medios de comunicación de la extrema derecha y otras figuras extremistas. Su abierta oposición a la DACA [Acción Diferida para los Llegados en la Infancia, NdT] y sus llamadas a poner fin a la protección temporal de las poblaciones predominantemente no-blancas revelan su racismo profundamente arraigado.


Stephen Miller, asesor de seguridad nacional de la Casa Blanca.

Sus ataques a los estudiantes internacionales, la educación superior, los inmigrantes y a cualquiera que se niegue a aceptar su noción de nacionalismo blanco y ciudadanía racializada manifiestan una política de venganza en la que toda la fuerza del gobierno federal deviene un arma arrojadiza contra la diferencia. Su intolerancia es tan notoria que incluso varios miembros de su propia familia lo han denunciado.

Actor clave en este régimen de terrorismo estatal, racismo sistémico, detenciones en masa, deportaciones y la criminalización del disenso, Miller ha sido la fuerza motriz detrás de las políticas más represivas de Trump. Durante el primer mandato de Trump fue él quien ideó la prohibición de entrada a los musulmanes, la política de separación de familias inmigrantes y los ataques contra la ciudadanía por nacimiento en territorio estadounidense. Todo ello tiene su origen en su manera de ver el mundo desacomplejadamente supremacista y eugenicista.

En el segundo mandato de Trump ha emergido como el arquitecto de medidas todavía más draconianas, abogando por deportaciones en masa, la abolición de la ciudadanía por nacimiento en territorio estadounidense y la revocación de la ciudadanía naturalizada a quienes escapen a su visión cristiana blanca de quién merece ser llamado americano.


Manifestantes antiTrump en Portland disfrazados de ranas.

Jonathan Blitzer, escribiendo para The New Yorker, subestima la profundidad de la ideología supremacista blanca de Miller y su virulento odio hacia los inmigrantes cuando observa que “la obsesión de Miller con restringir la inmigración y castigar a los inmigrantes se ha convertido en la característica definitoria de la Casa Blanca de Trump". Aunque el comentario de Blitzer se hizo durante la primera presidencia de Trump, ahora es claro que Miller ya era el principal arquitecto de un emergente estado policial, un proyecto que desde entonces ha pasado a estar a la vista de todos.

Bajo su influencia la maquinaria del ICE se ha convertido en un instrumento de miedo y terror racial. Los agentes de inmigración, envalentonados por su retórica, han intimidado, detenido y secuestrado a inmigrantes, a quienes están marcados por sus cuerpos negros o marrones, cuya presencia misma es tratada como si fuese un crimen en sí mismo. La política ha mutado en actuación, y el discurso se ha transformado en un ritual.

Las llamadas “operaciones de intervención” del ICE han escalado con escalofriante precisión, con redadas en restaurantes, granjas y puestos de trabajo por todo el país, con arrestos que en ocasiones han excedido los dos mil diarios. Lo que comenzó como una intervención administrativa ha metastatizado en una política de intimidación y espectáculo, una calculada exhibición de poder diseñada para criminalizar la vulnerabilidad y hacer que la compasión sea sospechosa.

Esta brutalidad orquestada se refleja no únicamente en la ideología de Miller, sino también en su personalidad. Incluso sus antiguos colegas lo describen como alguien insufrible, “descortés, arrogante y consumido por un sentimiento de superioridad propia”, como ha informado Yahoo News. En el distrito gubernamental era despreciado por muchos, cualquier interacción con él, marcada por la condescendencia y el rencor. El desdén que mostraba hacia los demás en una conversación espejaba el desdén que ha codificado en ley. El carácter de Miller se ha convertido en una política: la arrogancia se ha traducido en autoritarismo, el desprecio, en crueldad, y su apetito por la dominación, en el andamiaje de un estado policial.

El ser mismo de Miller evoca la fría mecanización de la máquina, un organismo que se ha vuelto contra sí mismo, que se mueve sin ritmo, empatía o cortesía. Su presencia se siente como si hubiese sido el resultado de la ingeniería: fría, cicatrizada y vacía, el cuerpo convertido en un instrumento de mando. Es como si hubiese perdido desde hace tiempo una guerra consigo mismo, una guerra contra la vulnerabilidad, la imaginación y la capacidad de sentir, y que todo lo que quedase es un hombre acorazado contra la vida misma.

El psicólogo Wilhelm Reich habría reconocido en Miller los síntomas clásicos de lo que denominó una “armadura del carácter”, el caparazón psicológico formado por la represión y que se manifiesta en el cuerpo como rigidez, tensión y la muerte de toda espontaneidad. Sus movimientos son escasos, su voz, metálica, su comportamiento ha sido drenado de calidez o ritmo. Éstos no son meros manierismos: son las cicatrices visibles de una conciencia que se ha cerrado herméticamente a toda empatía y petrificado por la ideología.




El autoritarismo de Miller no es sólo intelectual o político, es somático, grabado en su postura misma, un cuerpo que se ha convertido en su propia prisión, la expresión externa de una desolación interna. Para Reich, el origen del problema “no descansaba principalmente en los individuos, sino que era una condición elaborada inflingida en la gente a través de las instituciones del capitalismo.” Lo que Reich vio como un producto social de la represión se convierte, en Miller, en una actuación del mismo. Su rigidez ya no se oculta, se expone, se dramatiza y se convierte en arma. Esta fusión de carácter y poder revela el núcleo teatral de las políticas de Miller, y un temperamento autoritario que prospera en la actuación, en convertir la brutalidad en un espectáculo y el gobierno en un escenario para la dominación.

Esta política de la performance no era abstracta, era pedagógica, enseñaba a la nación a equiparar la crueldad con la fuerza a través del espectáculo de las redadas y las expulsiones. Y, con todo, estas redadas eran algo más que ejercicios burocráticos de control, eran coreografías de terror y dominación, escenificadas para instruir al público en la pedagogía de la crueldad, el racismo y el odio a la democracia. Cada acto de violencia estatal se ha convertido en una forma de teatro político, diseñado para transformar el miedo en consentimiento y el sufrimiento en una prueba de poder. La perversa idea de Miller se basa en reconocer que el fascismo no aplica meramente la obediencia: la escenifica.

Habiendo perfeccionado el teatro de la violencia estatal, Miller pronto extendió su alcance a otro campo: el reino del lenguaje mismo. La política se convirtió en performance y el discurso se convirtió en arma. A través de mentiras, metáforas deshumanizantes y una retórica apocalíptica ha convertido la esfera pública en un escenario para una política de venganza, un espectáculo de violencia lingüística que normaliza el odio, nutre el supremacismo blanco y hace que la crueldad no sea ya sólo permisible, sino celebrada.

Miller es también un anticomunista fanático, que emplea el término “comunista” como un insulto contra cualquier crítico, político o institución que desafíe las políticas autoritarias de Trump. Todo ello quedó a la vista de cualquiera cuando se puso a despotricar en la Union Station de Washington DC el pasado 20 de agosto de 2025. Deteniéndose en una hamburguesería con el vicepresidente J.D. Vance y el secretario de Defensa Pete Hegseth durante una visita a las tropas de la Guardia Nacional, Miller cargó con dureza contra los manifestantes que protestaban contra este trío al declarar lo siguiente:

“Son ellos los que han estado trabajando para el uno por ciento. Son criminales, asesinos, violadores y narcotraficantes. Y estoy contento de estar aquí porque yo, Pete y el vicepresidente vamos a abandonar este lugar y, inspirados por ellos, vamos a sumar miles de recursos más a esta ciudad para cazar a los criminales y expulsar a los miembros de bandas. Vamos a desactivar estas redes, y vamos a demostrar que la ciudad puede servir a los ciudadanos que respetan la ley. No vamos a permitir a los comunistas destruir una gran ciudad americana, no digamos ya la capital de la nación… Así que vamos a ignorar a estos estúpidos hippies blancos, que necesitan volver a casa y echarse una siesta porque tienen más de noventa años, y volver para proteger al pueblo americano y a los ciudadanos de Washington D.C.”

Aquí el insulto “comunistas” no nombra una ideología, opera como un epíteto, una letra escarlata de traición diseñada para criminalizar la protesta y borrar el disenso mismo. La resurrección de la retórica maccartista por parte de Miller también permea buena parte de los ataques de Trump contra sus supuestos “enemigos internos”. Estas diatribas iluminan cómo la retórica de Miller fusiona el pánico moral con la estrategia política, convirtiendo la propaganda en la cara pública de la represión.

Infame por sus ataques rabiosos a los inmigrantes y, más recientemente, las personas trans, Miller es, desde hace tiempo, el arquitecto ideológico del fascismo de Trump. No sólo es un extremista anti-inmigración, también es un nacionalista blanco. Poco sorprendentemente, apoya como el que más el acaparamiento de poder dictatorial de Trump y ha afirmado públicamente que “sólo a un único partido debería estarle permitido ejercer el poder en EEUU.” Añade que “el Partido Demócrata no es un partido político, es una organización terrorista doméstica.”

Miller también ha institucionalizado su visión reaccionaria a través de la fundación America First Legal, una organización de extrema derecha creada por él para convertir en arma arrojadiza contra las políticas progresistas a los tribunales. Mediante un bombardeo de demandas ha buscado desmantelar las protecciones de los derechos civiles, atacar los programas de diversidad e inclusivos y hacer retroceder los derechos duramente ganados por las mujeres, las comunidades LGBTQ+ y las personas racializadas. De este modo, durante la presidencia de Biden, Miller extendió su autoritarismo más allá de la retórica y la política y le dio un músculo legal, transformando la intolerancia en lawfare e incorporando la ideología nacionalista blanca en la maquinaria del Estado mismo.

El racismo y nativismo de Miller animan los tres pilares entrelazados de su proyecto. En primer lugar, insiste en que todos los inmigrantes son criminales, aptos sólo para ser expulsados o encarcelados. En segundo lugar, presenta el asalto a la inmigración como los cimientos para la construcción de un Estado policial, uno que erosiona la justicia, la verdad, la moral y la libertad mismas. En tercer lugar, se ha convertido en una fuerza motriz en la guerra contra la educación pública y superior, tachándolas de “cancerígena cultura woke, comunista” que “está destruyendo al país.” Este tipo de lenguaje, que se hace eco del léxico trumpiano, es un código para el desmantelamiento de las posibilidades críticas, inclusivas y democráticas de la educación, la oportunidad de que diferentes estudiantes puedan aprender, cuestionar y actuar como agentes informados de una sociedad democrática.

Esta misma lógica de purificación se extiende más allá de las fronteras y del lenguaje; ha invadido los temarios de las aulas y los claustros. Para Miller, las escuelas no han de cultivar la conciencia crítica, sino instruir a los niños en el patriotismo, la reverencia acrítica hacia América y la hostilidad hacia la “ideología comunista”. Los detalles de este asalto pedagógico son escalofriantemente familiares: la prohibición de libros, el blanqueamiento de la historia para convertirla en una mitología racista, la abolición de la pedagogía crítica, y el vaciamiento de la capacidad para el pensamiento informado y ético. Lo que surge de ello es una pedagogía de la represión que tiene sus raíces en la crueldad, una pedagogía que busca borrar la memoria histórica, extinguir los valores democráticos y transformar la educación en una fábrica de adoctrinamiento.

El discurso agresivo de Miller sobre cómo “los niños serán enseñados a amar a América” podría haberse tomado por completo de la cultura fascista de los años treinta. Bulle de fanatismo ideológico, rabia deshumanizadora, ignorancia extasiante y rigidez paranoica, aliñado el conjunto por un torrente de mentiras. El espíritu enfebrecido de odio, mito y corrupción moral que encarna no es meramente reminiscente del fascismo: es su reencarnación. De lo que estamos siendo testimonios no es de una retórica política, sino del lenguaje de purificación, secuestro, desaparición y menosprecio que desbrozó antes el camino al Estado nazi.

Lo que hace que la diatriba de Miller sea tan terrorífica no es solamente su celebración de la pureza racial en esteroides, sino su violento odio hacia la educación misma, el pensamiento, la reflexión y la agencia moral. Miller desprecia cualquier institución o idea capaz de producir conciencia crítica, coraje cívico o empatía fundamentada en la responsabilidad por los demás. Sus palabras apestan a miedo: miedo al conocimiento, miedo a la imaginación, miedo a la justicia, miedo a la democracia. Encarna una fusión impía de la furia racial de George Wallace y el celo propagandístico de Joseph Goebbels, una figura cuyo fanatismo y odio convergen, resucitando el fantasma del supremacismo blanco en su forma más pura y vengativa.

El nacionalismo tóxico de Miller —que tiene sus orígenes en el supremacismo blanco y el furioso desprecio hacia cualquier cosa que desafíe su visión de una “América sólo para los americanos (blancos)”— se ha convertido en un modelo y una nota de permiso para la próxima generación de extremistas de ultraderecha. Su retórica proporciona una cobertura moral y una legitimidad ideológica al creciente ejército de jóvenes MAGA que traducen su dogma en fascismo abierto.

Recientemente Politico publicó la filtración de un grupo de conversación entre dirigentes de organizaciones juveniles Republicanas que se leían como el lado oscuro del espejo del mundo tal y como lo ve Miller: diatribas racistas completadas con chistes sobre cámaras de gas, esclavitud y violaciones, declaraciones como “amo a Hitler” e insultos describiendo a la población afroamericana como monos o “gente que come melones”. En palabras de Jason Beeferman y Emily Ngo en Politico, “hablaban de violar a sus enemigos y empujarlos al suicidio y elogiaban a los Republicanos que creían que apoyaban la esclavitud”.

Esto es la barbarie hecha carne, una representación grotesca de la crueldad camuflada de convicción, la ignorancia convertida en ideología. Y lo que más debería alarmarnos es cómo esta retórica fascista, otrora inimaginable, ahora circula abiertamente, validada, amplificada y repetida en los más altos niveles del poder. En esta atmósfera envenenada, el silencio ya no es neutral: se convierte en complicidad. La corrosión de la cultura democrática avanza no con el espectáculo de golpes o decretos, sino a través de algo más lento y más insidioso: la normalización constante de la crueldad, la evisceración de la verdad y la muerte de la conciencia disfrazada de patriotismo. El terror que representa Miller no está limitado a un hombre o una ideología. Ha devenido la gramática de un movimiento político, el lenguaje compartido del autoritarismo en su nueva forma estadounidense.

Las implicaciones de la retórica de Miller van más allá de su propia crueldad y revelan la maquinaria cultural que permite que este barbarismo parezca algo cotidiano. Es crucial comprender que el lenguaje y la política reaccionarias de Stephen Miller no pueden ser despachadas como una cuestión de patología o temperamento personal. Mientras su fanatismo, racismo y nacionalismo son inconfundibles, lo que exige nuestra atención son las condiciones históricas y políticas que han permitido a una persona así obtener poder, que han dado a su vitriolo un atractivo de masas, y que han normalizado su presencia, no simplemente como un operador político, sino como un síntoma y un símbolo de la enfermedad más profunda que afecta al organismo político estadounidense. Miller no es un celote individual sin más: es un espejo sostenido frente a una nación que ha cultivado desde hace tiempo el suelo en el que el autoritarismo echa sus raíces.

Centrarse en Miller, pues, es examinar una historia que revela una narrativa mucho mayor, la muerte lenta de la idea –si no de la práctica– de la democracia estadounidense. Miller es algo más que un agente solitario en la contrarrevolución actual, es algo más que otro extremista que trafica en lo que podría llamarse el delirio apocalíptico. Miller representa la encarnación del siglo XXI del sujeto fascista que ha perseguido a la historia de EEUU desde sus comienzos, una figura nacida del miedo, del resentimiento y de la transformación de la ignorancia en arma arrojadiza.

No es simplemente un fanático MAGA que marca el comienzo de la fantasía de Trump de un “Reich unificado”: él mismo es la encarnación de lo que la nación está en riesgo de convertirse. Miller aparece como síntoma y señal a un mismo tiempo, un espejo sostenido frente a la decadencia moral y política que anida en el corazón de la vida estadounidense. El fascismo no llega como una tormenta, desde fuera, sino que germina en las sombras de las historias olvidadas, en crueldades que no han sido reconocidas, en un silencio que confunde equivocadamente la complicidad con la paz.

La ideología de Miller no se lleva como un uniforme, está inscrita en su cuerpo mismo, lo que Adorno llamó una segunda naturaleza o una historia sedimentada, es la manera en que la dominación se infiltra bajo la piel, convirtiendo la ideología en hábito, y el hábito, en necesidad. Estas necesidades, lejos de ser naturales, son el resultado de años de condicionamiento pedagógico y cultural, de prácticas sociales que enseñan a la gente a desear su propia servidumbre. Confrontarlas exige más que el despertar de la conciencia crítica, demanda una pedagogía capaz de extraer los sedimentos psicológicos y orgánicos a través de los cuales el poder se reproduce. La liberación, si quiere ser duradera, debe alcanzar no sólo la mente, sino el tuétano, debe educar el deseo mismo.

La presencia y la voz de Miller revelan mucho más que la muerte de la conciencia: exponen la estafa de un futuro que está ya naciendo, un futuro que debe nombrarse, comprenderse y resistirse antes de que se convierta en nuestro destino colectivo. Los Estados Unidos de Miller no son un destino, son una advertencia. Si esta advertencia se convierte en una profecía autocumplida o en una memoria resistida depende de si la conciencia puede encontrar aún su voz y si un movimiento de masas de resistencia puede restaurar el poder del coraje cívico en una nación que ha olvidado ambas.


Fuente: El Salto

sábado, 12 de abril de 2025

Los fanzines del fascismo

 

 Por Evan Robins    
      Escritor radicado en Londres y editor de Vashti Media.


La prensa judía de derecha de Estados Unidos está alentando el genocidio en el exterior y la represión en el país.

     A principios de esta semana, el Departamento de Seguridad Nacional de Estados Unidos anunció que comenzará a considerar la actividad antisemita de extranjeros en redes sociales y el acoso físico a personas judías como motivos para denegar solicitudes de beneficios migratorios. (En EE. UU., los beneficios migratorios incluyen la concesión de la ciudadanía, el asentamiento permanente y el derecho al trabajo a los no ciudadanos). Esta guía entra en vigor de inmediato y aplica tanto a quienes solicitan un estatus legal como a quienes actualmente están afiliados a universidades.


Marcha contra las deportaciones, centro de Washington D. C.

Este anuncio es menos una novedad que un esfuerzo tardío por armonizar las directrices oficiales con una realidad ya existente. Durante el último mes, la administración Trump ha hecho todo lo posible por perpetrar el secuestro y la desaparición extrajudicial de al menos nueve estudiantes y profesores universitarios por su presunta "actividad proterrorista, antisemita y antiestadounidense". Ninguno ha sido acusado de ningún delito porque no ha cometido ninguno. Y, que conste, tampoco ha cometido ningún acto antisemita.


Los agentes de inmigración arrestaron a Mahmoud Khalil, un activista pro palestino de la Universidad de Columbia.

Esta represión autoritaria, claramente diseñada para reprimir la disidencia presente y futura, es, en muchos sentidos, un claro ejemplo de cómo el bumerán regresa a casa. Durante más de 100 años, los sionistas cristianos han perseguido atroces objetivos imperialistas en Palestina bajo el pretexto del antisemitismo. Ahora, nuevas generaciones de sionistas cristianos utilizan el mismo pretexto para eliminar cualquier obstáculo en su camino mientras desmantelan la metrópoli y saquean lo que queda.


Paula White-Cain (hombro izquierdo) y otros líderes religiosos oran por el presidente Donald Trump  8 de febrero, junto con el texto: "Como dice la Biblia 'Bienaventurados los pacificadores'. Y, por ello, espero que mi mayor legado, cuando todo esto termine, sea conocido como un pacificador y unificador”. —Presidente Donald J. Trump.

Pero este ataque a las protecciones de la Primera Enmienda, los derechos establecidos de los residentes permanentes y la existencia misma de la libertad académica no es puramente un esfuerzo sionista cristiano. La derecha judía estadounidense está desempeñando su propio papel en la configuración de estos acontecimientos, añadiendo un nuevo y vergonzoso capítulo a la larga tradición de política judía reaccionaria.


La administración Trump ahora se cierne sobre los campus universitarios de Columbia y Harvard.

A diferencia de los movimientos fascistas judíos que han jurado lealtad total al MAGA (Hacer que Estados Unidos Vuelva a Tener Grandeza), me ha impresionado la forma en que la prensa judía de derecha ha trabajado con éxito, tanto a favor como en contra de la administración Trump, para perseguir sus propios objetivos ideológicos en estos tiempos de caos y agitación. Dos publicaciones en particular han destacado por su capacidad para influir en la dirección del declive estadounidense y desafiar explícitamente al régimen.

Jewish Insider (JI) comenzó en 2011 como un boletín diario creado por un asesor que trabajaba en la difusión judía para la campaña presidencial del republicano mormón Jon Huntsman Jr. Hoy, es una fuerza neoconservadora líder que lucha contra la política exterior "aislacionista" dentro del movimiento MAGA.

Desde la reelección de Trump, los informes de JI han dado forma a dos nombramientos de inteligencia y defensa y han movilizado corrientes de disenso republicano (anónimo) contra funcionarios de Trump que, a su juicio, parecen vacilar desde una posición de apoyo incondicional a Israel.

En concreto, la denuncia que JI publicó el 12 de marzo sobre el teniente coronel Daniel Davis, recientemente contratado como subdirector de inteligencia nacional, supuestamente provocó su despido ese mismo día tras generar indignación por sus opiniones sobre Israel. El informe de JI describió a Davis como "miembro destacado del grupo de expertos aislacionista Defense Priorities, con un historial de críticas estridentes a Israel", quien ha "criticado el apoyo estadounidense a la guerra en Gaza como un error moral y estratégico".

El artículo también alertó sobre un fenómeno más amplio: “una creciente serie de nombramientos en puestos clave en varias agencias de seguridad nacional que se alejan de la corriente principal sobre la política de Israel y Oriente Medio, varios de los cuales, entre ellos Michael DiMino, subsecretario adjunto de defensa para Oriente Medio, y Dan Caldwell, asesor principal del Pentágono, también son exalumnos del programa Prioridades de Defensa vinculado a Koch”.

En otros ámbitos, JI ha contribuido a forzar la decisión de un candidato. Desde noviembre, la publicación comenzó a acosar a Elbridge Colby, posible candidato de Trump para el puesto de seguridad nacional, por sus "opiniones moderadas sobre Irán" que, según su conversación con un exfuncionario anónimo de Trump, eran "casi indistinguibles" de las de Barack Obama.

Una vez que Colby se convirtió oficialmente en la elección de Trump para subsecretario de defensa para políticas, JI redobló la apuesta y publicó “La nominación de Elbridge Colby al Pentágono genera preocupación entre republicanos clave del Senado”, “Colby, la asediada elección de Trump para el Pentágono, mantiene estrechos vínculos con los asesores de política exterior de Obama” y “Las consecuencias de atacar a Irán son peores que las de que Irán obtenga armas nucleares, dijo Colby en 2012”, en semanas consecutivas.

JI brindó una cobertura granular del proceso de nominación de Colby, pero dejó de criticar una vez que se retractó de sus anteriores opiniones sobre Irán durante la audiencia de confirmación, una decisión que fue "satisfactoria para abordar las preocupaciones de los republicanos, dijeron varios senadores republicanos a Jewish Insider".

La publicación irrumpió en la conciencia pública general tras el caso Signalgate. El 27 de marzo, JI informó que «los senadores republicanos están expresando en privado su frustración por la sugerencia del vicepresidente J.D. Vance, en un chat grupal filtrado, de que los hutíes representan un problema mayor para Europa que para Estados Unidos, y por sus dudas sobre si a Estados Unidos le convenía atacar al grupo respaldado por Irán en Yemen».

Vance respondió públicamente, publicando en X para sus 4,1 millones de seguidores:




Al parecer, Vance representa un punto de inflexión en la prensa judía de derecha. Días después, su esposa, Usha Vance, concedió su primera entrevista como Segunda Dama a otro referente del reaccionario panorama mediático judío: The Free Press de Bari Weiss .

Mientras que Jewish Insider se ha centrado en mantener al nuevo régimen en una ortodoxia de defensa pro-Israel en medio del genocidio, The Free Press (FP) ha hecho su contribución principal al promover el ataque a los manifestantes y las universidades.

FP ha publicado implacablemente historias sobre presuntos casos de antisemitismo en el campus y ha sido un impulsor clave de historias sobre Columbia en particular, publicando transcripciones filtradas de administradores de la universidad y noticias de última hora con información entregada directamente por funcionarios de Trump, incluido el informe inicial de que Trump estaba cancelando $400 millones en subvenciones a la universidad.


Un pequeño grupo abucheó a los asistentes a una vigilia en el parque Zuccotti por Hind Rajab, una niña palestina de 6 años asesinada por las fuerzas israelíes, en Nueva York el 29 de enero de 2025.

Sin embargo, al igual que Jewish Insider, persisten las divisiones entre la publicación y la administración. A pesar de sus extensos esfuerzos por obtener el consentimiento público para la persecución de activistas solidarios con Palestina, FP publicó un editorial denunciando la suspensión del debido proceso por parte del gobierno tras el secuestro de Rumeysa Ozturk, estudiante de Tufts.

Es importante no confundir este editorial con ningún tipo de objeción sustancial por motivos de libertades civiles: el editorial acepta plenamente la premisa de que los manifestantes pueden ser deportados justificadamente y afirma que “puede resultar que Ozturk y Khalil hayan coordinado su activismo con Hamás, o alentado o participado en disturbios u otras actividades que sean motivos más que suficientes para expulsarlos del país”.

Pero incluso en su débil llamado procesal a una fuerza de deportación más comunicativa, que estaría bien si tan solo, en algún momento, realmente presentara evidencia contra sus secuestrados, FP ofrece un desmantelamiento al estilo Vance de la competencia y omnipotencia de la administración.

[El enfoque del gobierno hacia Khalil] es el tipo de descuido que caracteriza las deportaciones de la administración Trump hasta la fecha… Este enfoque descuidado no solo es una mala política, socavando la confianza en la política migratoria del gobierno. También es una violación de un principio vital. El debido proceso no es un privilegio para los culpables. Es una protección para los inocentes. Es una protección contra la posibilidad de que a veces el estado se equivoque.

De hecho, a veces el Estado se equivoca mucho. Pero al menos cuando lo hace, podemos estar seguros de que los medios de comunicación de la derecha judía estarán ahí para reforzar las posturas progenocidio y represión que mantienen a Estados Unidos grande.


Fuente: Vashti