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sábado, 28 de febrero de 2026

Pasiones tristes al servicio del capital y el fascismo (o el porqué del odio en redes)

 

 Por  Nuria Alabao    
      Periodista y doctora en Antropología Social. Investigadora de la Universitat de Barcelona especialista en el tratamiento de las cuestiones de género en las nuevas extremas derechas.

Sirviéndose de algoritmos opacos, las plataformas reman a favor de las extremas derechas y sus afectos negativos. Nuestra vida psíquica es capturada mediante los dispositivos digitales para transformarse en beneficio


Fotograma de la serie Red Rose (2022).

     Alguien comparte una entrevista con un filósofo (pero puede ser una periodista, un cantante o un bombero). Da igual. Las respuestas no se hacen esperar: al lado de alguna frase amable crecen las llamas de la agresión. Se le llama desubicado, se le llama payaso, o zorra, o loca, ya sea por un desacuerdo importante, ya sea por un detalle. A menudo, de forma evidente, se está respondiendo al titular seleccionado por el medio, no al contenido de la entrevista. No todo es fuego enemigo, muchos de los peores insultos vienen de este lado de la valla, de este lado de los que se supone compartimos “algo”, llámesele “izquierda” –aunque sea insuficiente–, porque no siempre la defensa del pluralismo y el disenso es nuestro rasgo más destacado. (Estoy pensando en el feminismo, por ejemplo).

Decimos querer acabar con el fascismo, pero sus afectos han tomado posesión de nuestros cuerpos desde hace tiempo. ¿Fue culpa de las redes, con sus algoritmos perversos, que difunden los mensajes más extremos y dañinos? ¿Es el anonimato? O quizás estaban ya ahí –sobre todo a partir del aumento del miedo a caer, a la soledad… el miedo en sus múltiples formas que hace que sientas que flotas sin ningún asidero– y faltaba solo el vehículo, el arma cargada que son las redes. Por supuesto no todo es negativo en ellas, claro, hay potencia y alegría también, hay expresión y creatividad y encontrarse con otros locos o desarraigados; cualquiera que sea tu locura, sabes que no estás sola. Pero aun así, hay días que apagas el móvil y su constante parloteo porque se hace duro resistir a otra interpelación airada más, a otro insulto más. ¿Por qué esa constante sensación de pesadez y bruma?

El paisaje actual es el de devastación del lazo social y de las formas de comunidad que dejan cincuenta años de neoliberalismo. Esa devastación adopta la forma de la soledad: bailamos sobre el alambre. Dice el filósofo Franco ‘Bifo’ Berardi que otro reto epocal determinante acompaña esta soledad como rasgo de la vida contemporánea: la de los jóvenes que están siendo criados por las máquinas; de no ser por la escuela, muchos pasarían más tiempo con los dispositivos electrónicos que con otros humanos. Si bien puede parecer alarmista –la máquina permite también interactuar con otras personas–, sabemos ya de algunos efectos que este hecho está teniendo en los adolescentes. Dice Bifo que esta nueva condición antropológica “no es una condición feliz”. ¿Acaso tiene algo de relación con la devastación emocional que está dejando en los jóvenes, aunque no sea este el único factor determinante? “La prueba, dicen los psiquiatras, es que la depresión se ha vuelto un fenómeno masivo y que los fenómenos de sufrimiento se multiplican hasta que se vuelven predominantes en la realidad social”, señala Bifo. Si no la propia depresión como hecho clínico, sí como una emoción que se le parece.


Disonancia cognitiva y horizonte secular: pensar con dos cerebros.

La vida psíquica como materia prima

Lo que descubrimos en la economía de la atención es que la mala salud mental la engrasa. En su teoría de la ecología-mundo, Jason W. Moore, explica que el capitalismo ha dependido históricamente de la apropiación de algunos elementos “baratos” para la acumulación de capital –trabajo, naturaleza, energía, alimentos–. Moore muestra cómo el sistema necesita identificar constantemente nuevas “fronteras” de apropiación cuando las anteriores se agotan o generan resistencias. De la plata americana al caucho amazónico, del campesinado desposeído o el esclavismo a las mujeres empujadas al trabajo de cuidados no remunerado, el capitalismo se expande mediante estas estrategias de abaratamiento.


El capitalismo en la trsma de la vida.

A principios del siglo XXI, el capitalismo enfrenta un cierre histórico de sus fronteras clásicas. Ya no quedan territorios físicos significativos sin explotar, buena parte del trabajo mundial ya está enormemente precarizado o informalizado y la naturaleza se encuentra al límite de sus capacidades regenerativas. Pero el capitalismo digital es capaz de descubrir nuevos territorios vírgenes: nuestra vida mental, nuestro tiempo o nuestra atención. Los afectos y deseos se convierten aquí en materia prima.

La acumulación continúa mediante la invasión de otro mundo por conquistar: nuestro mundo interior. La apropiación aquí es la de la energía psíquica que volcamos en las redes, que podría percibirse como un “barato más”. Los teóricos italianos del postfordismo –Maurizio Lazzarato, Mario Tronti, Paolo Virno, etc.– explicaron de forma temprana este mecanismo. El capital ya no explota solo el tiempo de trabajo fabril, decían, sino que estaba colonizando toda la vida social a medida que iba mercantilizando más áreas de la vida.

La vida puesta a trabajar” significaba que se podía generar valor de los afectos, la capacidad lingüística o relacional, el consumo o la imaginación –ya fuese en la publicidad, en los trabajos creativos o de servicios–. Pero lo que quizás no pudieron prever es hasta qué punto las plataformas cumplirían esta profecía. Más allá de los servicios de pago, cuando scrolleamos en Instagram, nos insultamos en X y volcamos nuestros deseos y frustraciones en Facebook, estamos realizando exactamente lo que Virno llamaba “cooperación productiva”: alimentamos la máquina, generamos datos que entrenan algoritmos, desarrollamos contenido que mantiene enganchados a otros usuarios mediante un trabajo emocional continuo. Y todo se nos devuelve convertido en mercancía. Este trabajo es invisible precisamente porque se disfraza de ocio o de socialización “libre”, cuando en realidad es actividad productiva que enriquece a los dueños de Silicon Valley, hoy muchos arrojados a los brazos del fascismo.

Las plataformas digitales y los algoritmos que constituyen su columna vertebral son la tecnología que hace posible esta apropiación masiva y sistemática. Del mismo modo que el barco negrero permitió capturar trabajo esclavo africano a escala industrial, o la valla de alambre cercó las tierras comunales, el smartphone y el algoritmo están al servicio de la colonización de nuestra vida psíquica. Y lo hacen en buena medida a través del odio, de los afectos negativos.

Pasiones tristes, gasolina premium

El capitalismo de plataforma ha descubierto que las pasiones tristes son más rentables porque son más fáciles de generar, más abundantes como materia prima y generan más engagement y tiempo de permanencia. Hay una inclinación a traducir nuestros problemas vitales, nuestras inseguridades y miedos en insultos y faltas de respeto. Todos comentamos más cuando estamos enfadados o indignados y permanecemos más tiempo cuando estamos ansiosos por no perdernos algo. Pero además, si antes los algoritmos premiaban la interacción, ahora se basan en la atención; es decir, que hemos perdido capacidad de decisión. Lo que vemos ya solo no depende de nuestros likes o lo que compartimos, ahora nos muestran aquello en lo que nos detenemos, lo que miramos, por ejemplo, algo que nos repugne o nos cabree. También unos perritos salvando a bebés o un monito triste jugando con su peluche, lo que sea que miremos. Pero parece que lo que emociona más es lo que conecta con nuestras frustraciones y nuestro dolor.

El miedo, la indignación y el resentimiento son mucho más adictivos que la alegría. También desde la izquierda tendemos a señalar al vecino o compañero moralizando, o vigilando sus expresiones: la policía semiótica que llevamos dentro. El cortisol y la adrenalina de la indignación parecen más potentes que la alegría, al menos la que circula en las redes. Generan, por tanto, mayor beneficio para las plataformas. El resultado es un espacio que debería ser público –o que funciona mediante la ficción de que lo es– pero donde las emociones destructivas están sobrerrepresentadas, las discusiones se simplifican hasta lo absurdo o identitario y donde circulan más las posiciones más extremas.


J. R. Mora.

En esta selva oscura, la extrema derecha es extraordinariamente eficaz porque su discurso está estructurado precisamente sobre estas pasiones tristes o trabaja activamente para provocarlas. La desafección al sistema, pero también el resentimiento (contra las élites, las personas migrantes, las feministas), el miedo al descenso social o a la invasión o al “reemplazo”, a que “nos quiten lo nuestro”; la solidaridad negativa –si estoy jodido no quiero que otros lo tengan más fácil–. Son maestros en transformar la alienación y el malestar en reacción, en apoyo a su proyecto político. Su estética fácilmente memeable, su ironía transgresora, su capacidad de convertir el racismo en shitposting y la misoginia en humor, están perfectamente adaptadas para un medio que castiga la complejidad y recompensa la reacción visceral.

El resultado es un circuito de retroalimentación donde las plataformas no solo difunden estas pasiones tristes, sino que las producen. Por un lado, modelan una determinada imagen del mundo: máxima exposición de nuestra vida, personas-marca, discursos simples, competencia y una comprensión de la política como comunicación, como si fuese suficiente tener los mejores discursos o las mejores ideas para intervenir sobre el mundo. Por otro, acaban generando el tipo de subjetividad que la extrema derecha necesita: fragmentada, resentida, triste y adicta a su propia impotencia. Somos, por tanto, más fáciles de gobernar. Como dice Spinoza en su Ética, las pasiones tristes nos debilitan y nos hacen menos autónomos y más dependientes –y esa dependencia es exactamente lo que necesita el modelo de negocio de la economía de la atención–. Nos roban la capacidad misma de resistir.

Además de extraer valor, destruyen nuestra capacidad de actuar colectivamente. Potencian el daño psicológico y la depresión que regresan convertidos en agresión. Volviendo a Bifo, esta apropiación algorítmica de nuestra psique “somete a la mente colectiva a un estrés que la ha hecho incapaz de razonar, criticar y empatizar”. En su lectura, la depresión que sigue necesariamente parece encontrar una salida en la violencia. “Mejor agresivo que triste”, podría ser su lema. La agresividad como “cura contra la depresión” es el afecto predominante del fascismo, dice Bifo, “una forma anfetamínica de terapia del sufrimiento y de la soledad que produce siempre, sistemáticamente, efectos de multiplicación de la violencia y dinámicas suicidas”. Y las redes difunden este veneno de los afectos fascistas en forma de violencia digital encauzada por oscuros algoritmos.

La apuesta spinozista nos propondría aquí resistir desde el aumento de nuestra potencia, no desde el resentimiento. Por un lado, ya sabemos que el reto es politizar las frustraciones en un sentido emancipador, es decir, redirigir la rabia contra los que provocan nuestras inseguridades vitales. Para ello, nuestra capacidad afectiva debería estar volcada en la producción colectiva de un común. Un buen comienzo sería tratar ser generosos con los nuestros, o quizás definir ese nosotros de una manera más generosa –no hace falta apostillar o comentar en las redes todo lo que no nos gusta de nuestras compañeras, lo que no implica cerrar debates estratégicos importantes sino llevarlos con respeto–.

Las pasiones alegres muchas veces requieren además tiempos lentos –encontrarse para debatir en persona, vincularse, estudiar, pensar con complejidad más allá de la conversión de todo debate en dos polaridades–. Pero la comunidad, el apoyo mutuo, la política cara a cara nos hacen menos manipulables, más autónomos, amplían nuestra capacidad de acción. Aunque eso no implica necesariamente un optimismo naíf, no se trata de “ser positivos”. El optimismo no es imprescindible para luchar. Uno no se implica políticamente porque piensa que va a vencer, ¿qué es vencer en todo caso? Nunca se sabe lo que puede pasar hasta que sucede, no se sabe lo que una apuesta da de sí hasta que se lleva hasta el final. Se puede luchar (o desertar) sin necesidad de pensar que lo que viene será necesariamente mejor. Se puede luchar porque es la mejor manera de vivir.


Fuente: Ctxt

miércoles, 5 de febrero de 2025

La automatización del leguaje y el liberalismo sádico


      Escritor y filósofo italiano. Activista de la izquierda.


Código, cifrado, infrestructura global


     La subjetividad social está inervada por automatismos tecnolingüísticos: ésta es la sustancia del poder contemporáneo, que se basa en el formato del lenguaje.

Desde hace un par de décadas, esta transformación del poder, que casi no tiene nada que ver con el Estado, las leyes y la decisión democrática, ha sido objeto de reflexión o imaginación de teóricos de formación marxista como Keller Easterling o de formación tecnoliberal como Curtis Yarvin.

El sadoliberalismo del criptocódigo

Curtis Yarvin también conocido como Mencius Moldbug es uno de esos intelectuales que desde principios de siglo vienen hablando de la Ilustración Oscura. Sus tesis, ahora traducidas en un programa de gobierno, pueden resumirse así: la democracia es un experimento fallido, el igualitarismo es la represión de la dinámica innovadora de la sociedad. Una forma de monarquía tecnocrática es deseable, y para lograrla es necesario desmontar las estructuras del Estado y sustituirlas por la inserción de mecanismos de poder tecno-financiero.

En 2008, Yarvin publicó un texto en su blog titulado Patchwork, que describe una filosofía explícitamente genocida y ultrarreaccionaria que anticipa las políticas de la actual administración Trump. El lenguaje es provocador, abiertamente racista, el tono sarcástico y despectivo.

Pero no me interesa discutir lo imbécil que es este tipo. Me interesa comprender hasta qué punto sus tesis llegan al corazón del cambio contemporáneo. Me interesa comprender cómo se formaron las premisas conceptuales del tecnonazismo que está tomando el poder en todo Occidente.


Obra de ISTUBALZ, 2022.

Yarvin escribe que el patchwork es “el reemplazo completo del Estado por un sistema operativo…” que opera en un gran número de territorios post-estatales políticamente independientes pero técnicamente regulados por el mismo algoritmo.

Se trata de sustituir la ley por el código y hacer accesible la propiedad cifrando los códigos que los accionistas tienen a su disposición.

El poder del reino está en manos de los accionistas que utilizan un algoritmo criptográfico para mantener el control de sus activos. El principio que rige estas unidades políticas post-estatales que son los “parches” de los que habla Mencio es el de la sociedad anónima. En lugar de ciudadanos de un estado democrático o súbditos de una monarquía, los habitantes de la zona son accionistas cuyo poder es proporcional al número y valor de las acciones que poseen, a las que pueden acceder gracias a claves cifradas.

Para estos accionistas los límites de la ley no se aplican. Yarvin dice:

Hacer cumplir la ley no significa estar limitado por la ley”.

Éste es el sentido de libertad que subyace en el corazón del sadismo liberal del patchwork.

Por supuesto, aquí surge inmediatamente un pequeño problema: no todos los humanos que habitan el planeta poseen acciones de criptomonedas. Nuestro oscuro iluminador se pregunta entonces a quién se le permite vivir y a quién no.


Obra de ISTUBALZ, 2014.

La respuesta es sencilla: todo aquel que no represente un peligro para los demás y pueda permitirse vivir en un determinado territorio tiene derecho a vivir. Muchos, sin embargo, no satisfacen la segunda necesidad, es decir, no tienen medios para sobrevivir en ese territorio. ¿Qué haremos con estos indeseables?

La respuesta es contundente:“Primero vendemos las chabolas en las que viven, ponemos todo a subasta y lo rociamos con veneno para cucarachas, luego nivelamos los escombros con una o dos excavadoras y posiblemente con un poco de bombardeo aéreo. En su lugar se están construyendo barrios residenciales para los oligarcas rusos”.

( https://keithanyan.github.io/Patchwork.epub/Patchwork.pdf )

Por supuesto, el joven añade inmediatamente que sólo está bromeando, algo muy amable de su parte. Pero eso es exactamente lo que están haciendo los oscuros iluminadores israelíes, y lo que Trump ha propuesto como plan para el futuro de Gaza.

Para los individuos sin propiedad ni poder, a quienes podemos considerar como sujetos bajo tutela (Untermenschen), la mejor alternativa al genocidio es la virtualización –según el excelente Yarvin.

Un individuo en confinamiento solitario permanente, encapsulado como una larva de abeja en una celda sellada, se volvería loco, pero la celda contiene una realidad virtual inmersiva que le permite vivir una vida gratificante y rica en un mundo completamente imaginario… Los mundos virtuales de hoy ya son lo suficientemente emocionantes como para distraer a muchas personas de sus vidas reales. Ellos mejorarán. En este escenario no excluimos el empleo productivo por ejemplo estos individuos bajo tutela pueden trabajar en telepresencia. Sin embargo, como miembros de la sociedad, bien podrían no existir. Como sus celdas están selladas y no necesitan guardias, la virtualización será mucho más barata que la detención actual”.

A primera vista, este proyecto podría parecer el producto de un hombre trastornado que sufre de psicosis sádica. Pero si lo pensamos más detenidamente, es la descripción de la sociedad neoliberal perfectamente concentracionista que se está implementando en la fase actual. El trumpismo simplemente levanta el velo sobre esta realidad que se está desarrollando plenamente.

Infraestructuras extraestatales

El principio es el de la competitividad. Quien sea más competitivo, gana, y esto nos lo vienen diciendo desde hace al menos cuarenta años. Ahora los depredadores blancos parecen haberlo ganado todo, pero ésta es una impresión superficial. De hecho, el capitalismo desregulado ha destruido el planeta y el cerebro humano, y ahora el peso de la devastación hace inmanejable el predominio de la civilización blanca, por lo que es necesario recurrir a medidas contundentes.

                                                                          Portada de la edición coreana de "Soul at work".


Una parte del género humano debe tomar decididamente las riendas de la solución final: cierre del mundo blanco sobre sí mismo, inaccesibilidad de la fortaleza de seguridad, genocidio. Conscientes de haberlo destruido todo, los vencedores lanzan el desafío terminal: eliminar la mitad de la raza humana y transformar el Estado y el sistema internacional en un mosaico de empresas privadas.

Mientras el psicópata Yarvin habla de un código encriptado que posibilita el acceso al poder a unos pocos y de células en las que encapsular a la masa de los no propietarios, en Extrastatecraft (2014, ediciones Verso) un académico llamado Keller Easterling habla de infraestructuras globales como plataformas de gobernanza técnica de las que depende la vida social, y que funcionan como dispositivos que moldean formas de interacción según propósitos que ya no son decidibles por la política.

El concepto de zonas de infraestructura permite a Easterling definir subconjuntos tecnológicos que pueden crearse en cualquier zona del mundo y constituyen el software de un sistema operativo que se incorpora a las estructuras urbanas. Las infraestructuras son dispositivos en el sentido de formas que organizan la relación entre elementos concretos:

Más que redes de tuberías y cables, la infraestructura incluye postes de microondas que destellan desde satélites e innumerables dispositivos electrónicos atomizados que sostenemos en nuestras manos y que reciben pulsos de esas microondas”. (Extrastatecraft: Página 11).

El poder que mueve las cosas, estructura las relaciones y gobierna los flujos se encuentra cada vez menos en las instituciones políticas y cada vez más en estos dispositivos de control remoto de la acción colectiva, que no dependen del Estado, sino de grandes corporaciones propietarias del hardware y sobre todo del software capaces de coordinar infraestructuras y de delimitar y guiar la acción humana a través de ellas. Gracias al desarrollo de la Inteligencia Artificial, pues, las infraestructuras tienden a fusionarse en el autómata global.

La democracia no tiene ninguna posibilidad de defenderse contra este sistema todopoderoso y destructivo.

El Estado moderno ejercía el poder en nombre del gran capital nacional, y para hacer frente a la fuerza de los trabajadores organizados tenía que inclinarse ante la democracia, una alianza conflictiva entre la burguesía industrial y la clase obrera. La globalización ha destruido a la burguesía, sustituyéndola por la clase financiera desterritorializada y la red de automatismos tecnolingüísticos.

Automatización del lenguaje

En el caso de Yarvin y Easterling, diría que estamos hablando del hecho de que en las últimas décadas se han creado las condiciones para una automatización cada vez más extendida y generalizada del lenguaje humano.

La gobernanza de las dinámicas caóticas es posible gracias a la automatización tecnolingüística; Los automatismos tecno-financieros y tecno-militares configuran el caos social y geopolítico sin pretender gobernarlo en un sentido político, voluntario y consensual.

Lo que ocurrió en el siglo XX es la automatización del lenguaje humano a través de plataformas codificadas. En las últimas décadas, en Capitale e Linguaggio y Parole con Parole autores como Christian Marazzi y Paolo Virno han hablado del carácter performativo del lenguaje como fuerza productiva, explicando que en la era en que vivimos el ciclo de realización del valor se centra en la enunciación y la comunicación lingüística. Pero ahora el lenguaje, habiéndose convertido en código, actúa directamente sobre la realidad. Al igual que las prescripciones, las profecías y los mandatos, el código también tiene el poder de inscribir en sí mismo estados futuros del ser: el futuro está inscrito en el código en la medida en que prescribe lo que podemos hacer con la máquina y lo que la máquina puede hacer con nosotros.

Lo que ha ocurrido en la sociedad humana desde que se inició el proceso de digitalización es el sometimiento de la actividad lingüística, comunicativa y productiva a unas grandes infraestructuras que formatean y estructuran la acción lingüística en todas sus formas.

Consideremos cómo la comunicación social se ha vuelto dependiente de grandes corporaciones que proporcionan la infraestructura para producir e intercambiar declaraciones, bienes e imágenes. La arquitectura de nuestra posible acción es ahora una emanación de esas infraestructuras y no puede tener lugar excepto dentro de ellas.

Fuente: ILDISERTORI

viernes, 22 de noviembre de 2024

De la cantidad a la calidad. Entrevista a Yanis Varoufakis

 



NEW LEFT REViEW - Usted es uno de los varios teóricos, junto con Cédric Durand, Jodi Dean, Mariana Mazzucato y otros, que ha especulado sobre la posibilidad de que la hegemonía de las grandes tecnológicas (que utilizan algoritmos para construir imperios de datos que funcionan como una fuente aparentemente ilimitada de valor) esté traspasando las fronteras del capitalismo. En su libro de 2023 Technofeudalism (Tecnofeudalismo), afirma que, así como en el período moderno temprano la tierra fue suplantada por el capital productivo como fuerza dominante en la producción, a principios del siglo XXI el capital productivo fue reemplazado por el "capital de la nube", lo que indica un cambio hacia un nuevo régimen de acumulación. ¿Por qué, en su opinión, el capital de la nube es cualitativamente distinto de otras formas de capital? ¿Cuál fue su evolución histórica?



 

Yanis Varoufakis - En primer lugar, permítanme un breve prefacio. El tecnofeudalismo no es un análisis posmarxista de un sistema poscapitalista, sino un análisis plenamente marxista del funcionamiento del capital contemporáneo, que intenta explicar por qué, por primera vez, ha sufrido una mutación fundamental. Por supuesto, en los últimos siglos el capital ha evolucionado desde las cañas de pescar y las herramientas sencillas hasta la maquinaria industrial, pero todas ellas compartían una característica básica: eran medios de producción producidos. Ahora tenemos bienes de capital que no se crearon para producir, sino para manipular el comportamiento. Esto ocurre a través de un proceso dialéctico en el que las grandes empresas tecnológicas incitan a miles de millones de personas a realizar un trabajo no remunerado, a menudo sin que siquiera lo sepan, para reponer el stock de capital en la nube. Se trata de un tipo de relación social esencialmente diferente.




¿Cómo se produjo? Como siempre, a través de cambios graduales, cuantitativos y constantes en la tecnología, que en un momento dado produjeron un cambio cualitativo mayor. Las condiciones previas fueron dos. Una fue la privatización de Internet, el "bien común de Internet" original. Llegó un momento en que, para realizar transacciones en línea, uno tenía que conseguir que su banco o una plataforma como Google o Facebook verificara quién era. Esa fue una forma de cercamiento enormemente significativa, que mercantilizó la ciberesfera y creó identidades digitales recién privatizadas. Otro factor fue la crisis financiera de 2008. Para lidiar con sus consecuencias, los estados capitalistas imprimieron 35 billones de dólares entre 2009 y 2023, lo que dio lugar a una dinámica de expansión monetaria en la que los bancos centrales, en lugar del sector privado, fueron la fuerza impulsora. Los estados también impusieron una austeridad universal en todo Occidente, que deprimió no solo el consumo sino también la inversión productiva. 




Los inversores respondieron comprando activos inmobiliarios e invirtiendo dinero en las grandes empresas tecnológicas. Naturalmente, este último sector se convirtió en el único capaz de convertir ese torrente de efectivo del banco central en bienes de capital. Su stock se volvió tan sustancial y dio a sus propietarios tanto poder para influir en el comportamiento y extraer rentas que rompió el funcionamiento tradicional del sistema capitalista. Y esto ocurrió de manera totalmente accidental: un caso clásico de consecuencias no deseadas, sin la intención ni siquiera de las propias empresas tecnológicas.


NLR - Por supuesto, el hecho de que estemos o no entrando en una era poscapitalista depende de nuestra concepción del capitalismo. Se ha sostenido que la definición de Brenner, que considera al capitalismo como un sistema en el que la coerción está totalmente mediada por el mercado, nos lleva a algo parecido a la tesis del tecnofeudalismo, dada la prominencia de la coerción «extraeconómica» –ya sea un poder político contundente o formas de control algorítmico– dentro del actual modelo de acumulación. Pero muchos rechazarían esta teoría brenneriana por considerarla demasiado estrecha, ya que el capitalismo siempre ha implicado una interacción compleja entre los ámbitos económico y extraeconómico. ¿Qué respondería a esto?

Y. V - No soy un brennerista. Mi comprensión del capitalismo viene directamente de Marx, quien lo ve basado en dos grandes transformaciones: la transferencia de poder de los propietarios de la tierra a los propietarios de las máquinas después de los cercamientos, y el paso de la acumulación de riqueza en forma de renta a la acumulación de ganancias. La primera desencadena un proceso aparentemente interminable de mercantilización, una expansión perpetua del mercado en todas las áreas de la vida. La segunda consagra el plusvalor –la suma que el capitalista puede extraer del trabajo después de haber pagado la renta, los intereses, etc.– como el objetivo principal de la inversión. Mi convicción de que hemos superado el capitalismo surgió de una observación muy simple: si miras a Amazon.com, te darás cuenta de que no es un mercado. Es un feudo digital o en la nube. Comparte ciertas características con los feudos de antaño: hay fortificaciones a su alrededor, hay un “Señor” que lo posee, etcétera. Pero a diferencia de estas estructuras premodernas que involucran tierra y vallas simples, los feudos en las nubes se construyen sobre capital en las nubes y son operados por un sofisticado sistema de planificación económica, un algoritmo que habría sido el sueño húmedo de Gosplan, el ministerio de planificación soviético.

Recordemos que la cibernética se desarrolló en la Unión Soviética, donde se utilizaba el término "algoritmo" para referirse a un mecanismo cibernético que reemplazaría a los mercados por un método diferente de emparejar necesidades y medios. Si Gosplan hubiera tenido la sofisticación tecnológica de, por ejemplo, el algoritmo de Amazon, entonces la URSS bien podría haber sido una historia de éxito a largo plazo. Sin embargo, hoy los algoritmos no se utilizan para planificar en nombre de la sociedad en general, sino para maximizar las rentas de la nube de sus propietarios. La reproducción del capital de la nube y los feudos en la nube que erige destruyen no sólo la competencia de mercado, sino también mercados enteros. Entonces, el plusvalor residual producido en el sector capitalista convencional (fábricas y similares) es apropiado como renta de la nube por los propietarios del capital de la nube. De este modo, la ganancia queda marginada y la acumulación de riqueza depende cada vez más de la extracción de rentas de la nube.





NLR - Usted escribe que, mientras el capitalismo mercantilizó el trabajo, el tecnofeudalismo lo está desmercantilizando. Es decir, las grandes empresas tecnológicas dependen de la explotación que se produce fuera del mercado laboral, sustituyendo el trabajo asalariado por la recolección de datos. Pero, ¿no dirían los teóricos de la reproducción social que el capitalismo siempre ha hecho algo similar, al extraer valor de formas de trabajo no monetizadas?

Y. V Es cierto que el trabajo de cuidados no remunerado ha sido esencial para el capitalismo durante mucho tiempo, pero cuando digo que el capital de la nube desmercantiliza el trabajo que antes era asalariado, me refiero a algo fundamentalmente diferente. En este caso, el trabajo no remunerado y no asalariado está produciendo capital directamente de una manera sin precedentes. El cuidador que no recibe su salario debido al patriarcado está suavizando la distribución del plusvalor en la economía capitalista, pero no está produciendo capital directamente. En el capitalismo, el capital se produce únicamente mediante el trabajo asalariado. Si un industrial textil quisiera una máquina de vapor, tendría que ir a James Watt y pedirla, y Watt tendría que pagar a los trabajadores que la produjeron una cantidad suficiente para proporcionar su trabajo. En una empresa como Meta, gran parte de su capital social no lo producen sus empleados, sino sus usuarios en la sociedad en general: personas no remuneradas que, como los "siervos de la nube" de la actualidad, entran en contacto con sus algoritmos y trabajan gratis para imbuirlos de una mayor capacidad para atraer a otros siervos de la nube. Por eso sostengo que el capital de las nubes marca la mutación del capital en una nueva forma que, por primera vez en la historia, ya no es un medio de producción producido, sino un medio producido de modificación de la conducta: un medio que se fabrica en gran medida, si no en su totalidad, mediante trabajo no remunerado.




NLR - La hipótesis del tecnofeudalismo tiende a considerar que las rentas y las ganancias son estructuralmente opuestas, y que las primeras suprimen a las segundas, reemplazando el dinamismo y la innovación capitalistas por el estancamiento y la oligarquización. Pero Marx muestra que la búsqueda de rentas no siempre tiene por qué neutralizar las ganancias de productividad; de hecho, en el período capitalista temprano, hizo algo parecido a lo contrario, impulsando a los capitalistas a desarrollar las fuerzas productivas para cubrir los costos impuestos por los terratenientes. ¿Es posible que, de manera similar, las rentas de la nube pudieran restaurar la rentabilidad capitalista en lugar de sofocarla? ¿Y si la relación entre ambas es menos antagónica de lo que suponemos?

Y. V Marx reconoció que la búsqueda de rentas puede impulsar el desarrollo, pero también estuvo de acuerdo con Ricardo en que si, como proporción del ingreso total, supera cierto umbral, se convierte en un lastre para el crecimiento capitalista. Hoy, las rentas de la nube son tan exorbitantes que claramente están teniendo este efecto. De hecho, me aventuraría a decir que, si se sacaran de la Bolsa de Nueva York las empresas que cotizan en bolsa y prosperan gracias a las rentas de la nube, esta última colapsaría. A un nivel más microeconómico, considere que Amazon se apropia de hasta el 40% del precio de un producto vendido en su plataforma. Eso deja casi nada de excedente para que el vendedor lo reinvierta. Y cuando se extraen tantas rentas de la economía, del flujo circular de ingresos, entonces el sector capitalista se muere de hambre y se subordina cada vez más al sector de las rentas de la nube. No es que el sector capitalista haya dejado de existir; fundamentalmente, sigue siendo responsable de todo el plusvalor que se produce en la economía, según la teoría del valor-trabajo. Pero es relativamente pequeño comparado con esta proliferación parasitaria, que se ha vuelto tan colosal que, como dije, la cantidad se ha convertido en calidad y todo el sistema se ha transformado.


NLR - La mayoría de los principales monopolistas intelectuales –que poseen la infraestructura digital de la que depende la economía mundial– tienen su base en Estados Unidos. Esto podría interpretarse como una señal de que, a pesar de que se habla de un orden multipolar emergente, el imperio estadounidense goza de buena salud. Pero usted escribe que China ha logrado algo que Silicon Valley no ha logrado: llevar a cabo una fusión exitosa del capital de la nube y otras fracciones de las grandes finanzas. ¿Cuáles son las implicaciones para la nueva guerra fría entre las dos potencias?

Y. V En mi opinión, lo que tenemos ahora es un orden bipolar. No es eso lo que China quiere. Lo sorprendente del Partido Comunista Chino es que en realidad no quiere gobernar el mundo, ni siquiera ser un segundo polo hegemónico que contrarreste al primero. Lo que quieren es gobernar China –además de todos los lugares que sienten que han perdido, como el Tíbet, Hong Kong, Taiwán– y comerciar libremente con otros países. Les gustaría sinceramente un mundo multipolar, en el que compartirían el poder con sus socios comerciales, pero el problema es que sólo tienen una manera de lograrlo, que es utilizar su sector tecnológico, en concierto con las grandes finanzas, para crear algo parecido al sistema de Bretton Woods dentro de los BRIC. Esto implicaría tipos de cambio fijos, esencialmente una moneda común respaldada por el yuan. Sería un proyecto de gran envergadura, equivalente a la planificación del orden mundial por parte de los partidarios del New Deal en 1944 en la Conferencia de Bretton Woods. El resto de los BRIC no están preparados para ello, como podemos ver en las enormes tensiones entre India y China. Gran parte del tampoco está preparada para este tipo de multipolaridad, y los propios dirigentes chinos se muestran muy reticentes a hacerlo. Pero si no empiezan a impulsar esa dirección, se quedarán atrapados en un mundo bipolar entre Estados Unidos y China, con todos los riesgos que ello conlleva.





NLR - Pero ¿no es el modelo chino, de un sistema de mercado en el que el Estado desempeña un papel activo en la dirección y asignación de la inversión, un factor que podría socavar la suposición de que las grandes empresas tecnológicas son ahora la fuerza hegemónica en la planificación de la economía? Parece posible, al menos en teoría, que a medida que los países occidentales se enfrenten a los efectos del estancamiento económico y la crisis climática, busquen cada vez más soluciones neoestatistas. ¿Qué significaría esto para el rentismo en la nube?

Y. V Creo firmemente que en los países occidentales subestimamos el papel del Estado, y en China lo sobreestimamos. Mi reciente viaje a China me abrió los ojos al hecho de que gran parte de las ideas audaces sobre la proyección de los valores y la influencia chinos provienen del sector privado, mientras que el propio Estado es mucho más vacilante. (El sector privado es también donde se encuentran la mayoría de los marxistas, aunque no hay tantos). Mientras tanto, en los Estados Unidos, gente como Eric Schmidt y Peter Thiel están totalmente entrelazados con el Estado: el Pentágono, el complejo industrial farmacéutico. Julian Assange publicó un pequeño libro titulado When Google Met Wikileaks cuando todavía estaba en la Embajada de Ecuador, que recomiendo encarecidamente a todo el mundo. Es un diálogo entre él y Schmidt, y lo sorprendente es que, cuando Schmidt habla, es imposible saber si es un agente de Google o un agente del Estado estadounidense. Por eso creo que la idea de que el Estado ha estado separado del mercado en Occidente y que tal vez ahora sea el momento de que desempeñe un papel más importante es en sí misma una ficción libertaria. Siempre ha sido imposible separarlos. Y si se observan de cerca las formas de convergencia entre ambos, tanto en Oriente como en Occidente, se tiende a ver un notable grado de similitud.


NLR - Cuando Elon Musk compró Twitter, usted escribió que se trataba de un intento de ascender al círculo dorado de los rentistas de la nube. ¿Pasa lo mismo con su entrada en la política? ¿Implica, como han especulado algunos críticos , que se está volviendo necesario que la clase dirigente estadounidense compre el acceso a las palancas del poder político para garantizar sus ganancias?

Y. V No creo que sea estrictamente necesario para ellos. Jeff Bezos no lo hace. Utiliza otros canales de influencia como el Washington Post. Aunque los líderes de Google tienen mucho que perder con cualquier intento de la FTC de regularlos, no los vemos haciendo un gran esfuerzo por meterse en la política. Musk es diferente por dos razones. En primer lugar, porque es un megalómano extravagante cuyas decisiones no se basan necesariamente en ningún interés material particular. Y en segundo lugar, porque tiene un control relativamente débil sobre el capital de la nube. Sus empresas –Tesla, Neuralink, The Boring Company– eran todas empresas capitalistas a la antigua usanza. Incluso SpaceX se construyó, irónicamente, sobre capital terrestre. Su objetivo era convertirlas en empresas de la nube. Por eso compró Twitter: no como una inversión tradicional de la que esperaba obtener ganancias, sino como una interfaz contigo, conmigo, con todos nosotros; el tipo de interfaz que otros tenían y él no. Se apoderó de ella de una forma bastante brutal y la empresa perdió la mitad de su valor de mercado de inmediato. Pero eso es típico de Musk: hay momentos en los que la capitalización de sus negocios se dispara y otros en los que parece que podrían perderlo todo.




Su relación con la administración Trump –que, por cierto, estoy seguro de que no va a acabar bien– se debe en parte a que quiere ciertos favores. La perspectiva de relajar las regulaciones sobre los coches autónomos le ha proporcionado, en un solo día, una capitalización adicional que equivale a la capitalización total de General Motors, Volkswagen, Stellantis y Mercedes-Benz. Así que es un buen rédito para él, pero ciertamente no es la única razón por la que lo está haciendo. También lo mueve la ideología: a diferencia de Bezos o Gates, él realmente cree que es una fuerza para el bien. Eso sí que es un nivel de engaño único.


Fuente: SIDECAR