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sábado, 30 de noviembre de 2024

Posfascismo para adolescentes

 

Doctora en Antropología por la Universidad de Buenos Aires y docente allí de Psicología Genética y Psicología Educacional.


¿Qué lugar tiene la juventud en un planeta que se está por acabar todos los días? ¿Con qué sueña la generación futura cuando nadie espera el porvenir?



     «La plata no sale de la nada; si vos tenés plata es porque se la sacás a otro», dice un famoso youtuber argentino que aún va a la escuela secundaria. Lanza la frase y sigue el video explicando cómo hacerte millonario invirtiendo desde tu casa, aunque no podría explicar exactamente qué es la bolsa de valores ni sabe cuánto pagan de luz sus padres para que él pueda stremear en su canal desde su habitación.

Tratando de evitar los clichés de la indignación y toda una tradición occidental de culpar a las nuevas generaciones por la degradación de la cultura y las buenas costumbres, vuelvo a leer esa frase y me pregunto cómo es que los adolescentes entendieron tan bien el funcionamiento del capitalismo y su acumulación originaria.

Puede ser que ni este influencer ni sus miles de seguidores hayan escuchado jamás la categoría de plusvalía, pero saben que el dinero no se hace trabajando. Desde que nacieron, al menos desde que conservan recuerdos, sus familias son cada día más pobres, aunque pasan cada vez más horas tratando de llegar a fin de mes. Y, aunque los gobiernos cambiaron varias veces de signo político, ninguno transformó esa tendencia ni su fatal destino de ser considerablemente más pobres que sus padres en la adultez.




Tampoco hubo ningún partido que convocara a los más chicos al protagonismo político, porque en las sociedades occidentales los jóvenes son el futuro —es decir, no son el presente—, lo que les ha otorgado una ciudadanía de segunda, que encima deben agradecer porque nacieron en un sistema con derechos y videojuegos. Más allá de las realidades particulares de cada grupo etario, lo cierto es que en esta era de realismo capitalista, como describe Fisher en su libro homónimo, nadie puede sentirse muy protagonista porque el único relato disponible es el del fin de la historia repetido a sí mismo y aumentado hasta el fin del mundo, del que nadie espera salvarse realmente.

¿Qué lugar tienen los adolescentes en un planeta que se está por acabar todos los días? ¿Con qué sueña la generación futura cuando nadie espera el porvenir? La sensación de derrota es total, el ciberpunk tenía razón, el mal ya ganó, la crisis es cotidiana, económica y climática, y no hay nada que hacer contra las empresas que incumplen la ley, ni contra la deuda ilegítima del FMI ni contra las apps que nos roban los datos, ni contra la guerra, ni contra el autoritarísimo poder judicial.

Por qué convoca

Por supuesto que hay muchos adolescentes que no encajan en esta afectividad apocalíptica y salen a la calle, se organizan y se transforman en protagonistas de su tiempo. Desde América Latina tenemos mucho para decir sobre esto y desde los feminismos otro tanto, pero no hemos cuestionado del todo las estructuras adultocéntricas y los gestos paternalistas que reproducimos en nuestras búsquedas de revolución. Además, en toda la región los partidos vienen acumulando bochornos y fracasos mientras el resto acumulamos cansancio y la tristeza de ver nuestras banderas transformadas en estampas, memes o celebrities.




En este contexto particular, las derechas radicales emergieron como nuevas interlocutoras de muchos adolescentes que no están dispuestos a abrazar la pasividad que les ofrece la narrativa del fin de la historia y del mundo a la vez, sino que, por el contrario, prometen salidas rápidas de la pobreza y del sufrimiento.

Por un lado, salidas a la depresión política: porque si las dictaduras no asesinaron civiles, si el cambio climático no existe y el patriarcado tampoco, entonces no hay nada por lo que pedir perdón ni estar preocupado. Tal como analiza Hochschild en su libro Stolen pride [orgullo robado], las derechas radicales convocan a diversos grupos que han sido avergonzados en la arena pública por los discursos del progresismo liberal, que en nuestra región serían los sectores ultra-católicos, filo-castrenses, neoliberales pro-yankis, conservadores de todos los colores, etc. Analizado desde un clivaje etario, esta restitución del orgullo —a partir de la negación de la historia y de una devolución de protagonismo—, permite a los adolescentes no tener que hacerse cargo de un mundo que ellos no rompieron ni abonar a un sistema político que igual los considera aún-no-aptos para participar.

Por otro lado, estas derechas garantizan salidas económicas individuales que fomentan la competencia y ponen en jaque la meritocracia sobre la que se fundan las democracias liberales, porque son tan evidentemente volátiles que trabajan más sobre el golpe de suerte que sobre el esfuerzo. Un azar que le permite soñar a cada uno que es quien va a pegarla, a tener su golpe de suerte hoy y burlar su destino de pobre o de mediocre. Mediatizadas por las tecnologías cibernéticas, estas fórmulas mágicas tienen de protagonistas ideales a los más jóvenes que, sin otro conocimiento que el de internet, podrían sacar a sus familias de la pobreza o comprarse el Lamborghini deseado, y así convertirse en lo único que esta sociedad realmente valora: alguien con mucha plata.

Estos adolescentes entendieron bien el mensaje que nunca les dijimos —porque nos avergüenza—, pero que llevamos a cabo diariamente. Ellos leyeron en nuestros actos lo que callamos en el discurso, y es que para ser feliz en este mundo hay que tener dinero, que lo demás no importa nada.

Así que quieren plata, y como no la van a hacer trabajando, van probando estrategias para sacársela a alguien más. Si antes el sueño era convertirse en jugador de futbol famoso, ahora es hacerse millonario ganando una apuesta deportiva que otros deben perder para que el dinero circule. O haciendo una venta en dólares de perfiles de LOL o una compra maestra de bitcoins, donde también ellos ganan porque otros pierden. O abriendo un casino on-line para que otros apuesten, o vendiendo cursos en un esquema Ponzi. Pero esta parte no la entendieron tan bien y se la pasan gastando lo que no tienen, pidiendo plata que no podrán devolver porque ellos son los que resultan perdedores de cada jugada, cada vez más obsesionados con el dinero y más frustrados por no tenerlo.

De qué está hecho

Esta maquinaria tiene la intención de producir una generación de jóvenes pobres, endeudados y enojados. Incluso si hablamos de quienes pertenecen a la clase alta, la propuesta política es quebrarlos; si no es económicamente, que todo lo demás a su alrededor se rompa. Pero para funcionar necesita un par de elementos que podemos identificar y, con un poco de creatividad, hacer fuerza para el otro lado.

La propuesta etaria más fuerte del posfascismo es la reprivatización de la infancia y la adolescencia, es decir, el refuerzo del sentido de propiedad privada sobre los hijos como elemento clave para la reproducción de un capitalismo profundamente conservador. Poniendo sobre la mesa su convicción antidemocrática, los líderes de estas derechas les dicen a los padres que pueden hacer con sus hijos lo que quieran: mandarlos a trabajar, ponerlos a trabajar como productos en sus redes sociales (bordeando lo que se conoce como sharenting), llamarlos con pronombres que no los identifican o denegarles el acceso a anticonceptivos.

Las redes desbordan de contenido que insiste en que lo que mejor que le puede pasar a un hijo es estar más horas con su madre o padre, abonando a modelos de crianza que no solo son heteroclasistas sino hiper-endogámicos. Las tendencias globales muestran que los progenitores pasan cada vez más tiempo con sus hijos —aunque cada vez lo sienten más insuficiente— y los adolescentes tienen cada vez menos referentes adultos alternativos en quienes apoyarse, mientras los discursos públicos refuerzan la desconfianza que deben sentir ante cualquier otro que les hable mirándolos a los ojos y no a través de una pantalla. Por supuesto, la pandemia y sus gestiones colaboraron con esta tendencia.

La embestida contra la educación también viene por este lado: las derechas autoritarias necesitan una institución débil para que no funcione de refugio intergeneracional y para que no pueda accionar frente a las denuncias de violencia que recibe constantemente. En Argentina, por caso, ya habíamos tenido que lidiar con la organización Con mis hijos no te metas, pero estas nuevas manifestaciones cuestionan directamente la obligatoriedad de la educación y fomentan el home schooling (educación en casa). Estos movimientos tienen como objetivo que los adolescentes solo conozcan el punto de vista de sus familias y que jamás entiendan hacia dónde se drena todo ese dinero que se esfuma de sus billeteras (virtuales) cada vez que pierden una apuesta o hacen una mala inversión.

Esto viene acompañado de una retórica antiamistades que se esparce por internet y vuelve sobre la idea de que lo único importante es hacer plata, por lo que juntarte a jugar o conversar con tus pares es una pérdida de tiempo. Y ni hablar de juntarte en la vereda o la calle, espacios que se han vuelto peligrosos y frente al cual las pantallas se erigen como fabulosas alternativas que ofrecen entretenimiento constante sin abrir la puerta de tu habitación. No vimos venir a los adolescentes ludópatas cuando Macri les habilitó el camino a las casas de apuestas on-line en Argentina, pero ahora nos es posible trazar la relación. Menos espacio público y más propaganda en los celulares resulta en un negocio millonario, pero no para los más chicos sino a costa de ellos.

Otro elemento fundamental de estos proyectos es su odio a las mujeres. La supuesta crítica antifeminista esconde con palabras rimbombantes el único argumento de que este género debería volver a trabajar gratis para los varones. Porque, al final, todo se trata de plata, como lo repite hasta el hartazgo el famosísimo influencer Andrew Tate, que se hizo rico haciendo trabajar a chicas por webcam y hoy está acusado de tráfico de mujeres. Especialmente a los más jóvenes, los coach les recomiendan no tener novia y que no se distraigan con asuntos vinculados a la sexualidad ni al placer, que desconcentran de la única meta importante que es la aclamada libertad financiera.

Así, crecen las figuras de los INCEL, los redpillers y lo que se ha dado a llamar la manosfera, una enorme cantidad de imágenes, foros y páginas que promueven una masculinidad violenta y odiante que debe lastimar a otros para probarse a sí misma. A la vez, para las jóvenes, se viralizan las tradwives en todas las redes sociales como modelos a seguir de amas de casa encerradas en el espacio privado y devotas de sus maridos que deben hacerse las rutinas de skincare desde los doce años para mantenerse bellas. Frases como «monogamia o bala» se vuelven memes graciosos mientras los Estados abandonan las políticas de salud reproductiva y dejan de hacer campañas para que las adolescentes se coloquen los parches anticonceptivos y, entonces, vuelvan a ser jóvenes madres dependientes de sus hombres.

También se desfinancian las políticas de salud mental, justo cuando los padecimientos aumentan y se disparan los números de suicido adolescente, trastornos alimenticios, ataques de pánico y ansiedad social. Si bien todos hemos desarrollado subjetividades adictivas en esta era del capital que nos empuja al consumo incesante, las generaciones jóvenes son un cuerpo particular de intervención y experimento, dado que es una edad en la que muchas de estas crisis se concentran. Y, de vuelta, la derecha política ofrece soluciones individualizantes y rápidas, que profundizan el malestar sobre el que estas organizaciones crecen.

Por un lado, esparcen discursos que niegan la existencia de estos padecimientos, tal como analiza Fernández-Savater en Capitalismo libidinal y como confirman todos los adolescentes gurú del desarrollo personal. «La depresión no existe», dice uno de ellos en un tik-tok viral mientras vende un curso para aprender a controlar las emociones y los gobiernos avanzan con programas de educación emocional.

Por otro lado, responden al sufrimiento joven con una sobremedicalización y recetas para pastillas de fácil acceso, lo que de paso les hace un guiño a las farmacéuticas y todos ganan… menos los adolescentes, que deben gastar lo que no tienen en tratamientos de salud porque esta también es un área que se privatiza. Con una sensación de abstinencia permanente y unas dosis de drogas que los mantienen productivos, los jóvenes resultan el sujeto ideal del capitalismo tardío y las derechas fascistas a la vez.

Cómo salimos de esta

Por el momento, no hay plan. Lo que sabemos es que esto es un proyecto político, una narrativa posible para una experiencia generacional y no una descripción de cómo lxs adolescentes son hoy en día. Aunque, de hecho, algunos estén apegados a ciertas prácticas y ciertos afectos que circulan en esta dirección, también les están pasando muchas otras cosas que abren caminos alternativos.

El talón de Aquiles más evidente de los neofascismos es su fracaso en hacer ricos a los jóvenes o en resolver cualquiera de sus problemas económicos. Más allá de eslóganes grandilocuentes como Make America Great Again o la reversión argentina de Javier Milei «seremos como Alemania en treinta años» (¿o como Alemania en los años treinta?), los posfascismos se caracterizan por no tener una propuesta de mejora real ni un proyecto de futuro al que invitar a las nuevas generaciones.

Sin embargo, nuestra mejor chance no es descansar en sus fallas sino elaborar un plan propio. En su último libro, Doppelganger, Naomi Klein dice que mucho del avance de esta derecha funciona en espejo del retroceso de la izquierda como fuerza radical, y creo que esto es especialmente claro para el caso de los más jóvenes. Mientras los progresismos de la región refuerzan los discursos de la protección y de la conservación de lo que otros supieron conseguir, estos partidos convocan a niñxs y adolescentes a la transformación. Mientras el progresismo promete redistribuciones tibias dentro de marcos legales injustos, estos movimientos convocan a los más jóvenes a romper todo y hacerse ricos en un año, tal como lo demuestra la nueva disposición de la Comisión Nacional de Valores de la Argentina que habilita a los niños desde los 13 años a invertir en la Bolsa.

Si queremos que la cosa vaya para otro lado necesitamos hacernos de una fantasía política de porvenir que nos aproxime a las formas en las que queremos vivir. Pensando en los adolescentes, aporto tres apuntes y dejo que ustedes completen el resto. Primero, necesitamos engrosar este imaginario de futuro con modelos de masculinidad alternativos, insistir en que es posible ser varón y disfrutarlo sin que ello signifique lastimar a las mujeres ni a todos los otros géneros.

Segundo, debemos alimentar esas figuraciones con todo aquello que se corra de la lógica de la escasez y la deuda apuntando a todo aquello que no se agota cuando se usa, sino que se multiplica cuando se comparte y, a partir de allí, brindar modelos donde la cooperación reemplace a la competitividad. Tercero, y en relación con lo anterior, nos toca volver a inventar lo común en un diálogo entre generaciones y no culpando a unas por los problemas de las otras, que esa también es una fractura social sobre la que crece el posfascismo.


Fuente: JACOBIN

viernes, 22 de noviembre de 2024

De la cantidad a la calidad. Entrevista a Yanis Varoufakis

 



NEW LEFT REViEW - Usted es uno de los varios teóricos, junto con Cédric Durand, Jodi Dean, Mariana Mazzucato y otros, que ha especulado sobre la posibilidad de que la hegemonía de las grandes tecnológicas (que utilizan algoritmos para construir imperios de datos que funcionan como una fuente aparentemente ilimitada de valor) esté traspasando las fronteras del capitalismo. En su libro de 2023 Technofeudalism (Tecnofeudalismo), afirma que, así como en el período moderno temprano la tierra fue suplantada por el capital productivo como fuerza dominante en la producción, a principios del siglo XXI el capital productivo fue reemplazado por el "capital de la nube", lo que indica un cambio hacia un nuevo régimen de acumulación. ¿Por qué, en su opinión, el capital de la nube es cualitativamente distinto de otras formas de capital? ¿Cuál fue su evolución histórica?



 

Yanis Varoufakis - En primer lugar, permítanme un breve prefacio. El tecnofeudalismo no es un análisis posmarxista de un sistema poscapitalista, sino un análisis plenamente marxista del funcionamiento del capital contemporáneo, que intenta explicar por qué, por primera vez, ha sufrido una mutación fundamental. Por supuesto, en los últimos siglos el capital ha evolucionado desde las cañas de pescar y las herramientas sencillas hasta la maquinaria industrial, pero todas ellas compartían una característica básica: eran medios de producción producidos. Ahora tenemos bienes de capital que no se crearon para producir, sino para manipular el comportamiento. Esto ocurre a través de un proceso dialéctico en el que las grandes empresas tecnológicas incitan a miles de millones de personas a realizar un trabajo no remunerado, a menudo sin que siquiera lo sepan, para reponer el stock de capital en la nube. Se trata de un tipo de relación social esencialmente diferente.




¿Cómo se produjo? Como siempre, a través de cambios graduales, cuantitativos y constantes en la tecnología, que en un momento dado produjeron un cambio cualitativo mayor. Las condiciones previas fueron dos. Una fue la privatización de Internet, el "bien común de Internet" original. Llegó un momento en que, para realizar transacciones en línea, uno tenía que conseguir que su banco o una plataforma como Google o Facebook verificara quién era. Esa fue una forma de cercamiento enormemente significativa, que mercantilizó la ciberesfera y creó identidades digitales recién privatizadas. Otro factor fue la crisis financiera de 2008. Para lidiar con sus consecuencias, los estados capitalistas imprimieron 35 billones de dólares entre 2009 y 2023, lo que dio lugar a una dinámica de expansión monetaria en la que los bancos centrales, en lugar del sector privado, fueron la fuerza impulsora. Los estados también impusieron una austeridad universal en todo Occidente, que deprimió no solo el consumo sino también la inversión productiva. 




Los inversores respondieron comprando activos inmobiliarios e invirtiendo dinero en las grandes empresas tecnológicas. Naturalmente, este último sector se convirtió en el único capaz de convertir ese torrente de efectivo del banco central en bienes de capital. Su stock se volvió tan sustancial y dio a sus propietarios tanto poder para influir en el comportamiento y extraer rentas que rompió el funcionamiento tradicional del sistema capitalista. Y esto ocurrió de manera totalmente accidental: un caso clásico de consecuencias no deseadas, sin la intención ni siquiera de las propias empresas tecnológicas.


NLR - Por supuesto, el hecho de que estemos o no entrando en una era poscapitalista depende de nuestra concepción del capitalismo. Se ha sostenido que la definición de Brenner, que considera al capitalismo como un sistema en el que la coerción está totalmente mediada por el mercado, nos lleva a algo parecido a la tesis del tecnofeudalismo, dada la prominencia de la coerción «extraeconómica» –ya sea un poder político contundente o formas de control algorítmico– dentro del actual modelo de acumulación. Pero muchos rechazarían esta teoría brenneriana por considerarla demasiado estrecha, ya que el capitalismo siempre ha implicado una interacción compleja entre los ámbitos económico y extraeconómico. ¿Qué respondería a esto?

Y. V - No soy un brennerista. Mi comprensión del capitalismo viene directamente de Marx, quien lo ve basado en dos grandes transformaciones: la transferencia de poder de los propietarios de la tierra a los propietarios de las máquinas después de los cercamientos, y el paso de la acumulación de riqueza en forma de renta a la acumulación de ganancias. La primera desencadena un proceso aparentemente interminable de mercantilización, una expansión perpetua del mercado en todas las áreas de la vida. La segunda consagra el plusvalor –la suma que el capitalista puede extraer del trabajo después de haber pagado la renta, los intereses, etc.– como el objetivo principal de la inversión. Mi convicción de que hemos superado el capitalismo surgió de una observación muy simple: si miras a Amazon.com, te darás cuenta de que no es un mercado. Es un feudo digital o en la nube. Comparte ciertas características con los feudos de antaño: hay fortificaciones a su alrededor, hay un “Señor” que lo posee, etcétera. Pero a diferencia de estas estructuras premodernas que involucran tierra y vallas simples, los feudos en las nubes se construyen sobre capital en las nubes y son operados por un sofisticado sistema de planificación económica, un algoritmo que habría sido el sueño húmedo de Gosplan, el ministerio de planificación soviético.

Recordemos que la cibernética se desarrolló en la Unión Soviética, donde se utilizaba el término "algoritmo" para referirse a un mecanismo cibernético que reemplazaría a los mercados por un método diferente de emparejar necesidades y medios. Si Gosplan hubiera tenido la sofisticación tecnológica de, por ejemplo, el algoritmo de Amazon, entonces la URSS bien podría haber sido una historia de éxito a largo plazo. Sin embargo, hoy los algoritmos no se utilizan para planificar en nombre de la sociedad en general, sino para maximizar las rentas de la nube de sus propietarios. La reproducción del capital de la nube y los feudos en la nube que erige destruyen no sólo la competencia de mercado, sino también mercados enteros. Entonces, el plusvalor residual producido en el sector capitalista convencional (fábricas y similares) es apropiado como renta de la nube por los propietarios del capital de la nube. De este modo, la ganancia queda marginada y la acumulación de riqueza depende cada vez más de la extracción de rentas de la nube.





NLR - Usted escribe que, mientras el capitalismo mercantilizó el trabajo, el tecnofeudalismo lo está desmercantilizando. Es decir, las grandes empresas tecnológicas dependen de la explotación que se produce fuera del mercado laboral, sustituyendo el trabajo asalariado por la recolección de datos. Pero, ¿no dirían los teóricos de la reproducción social que el capitalismo siempre ha hecho algo similar, al extraer valor de formas de trabajo no monetizadas?

Y. V Es cierto que el trabajo de cuidados no remunerado ha sido esencial para el capitalismo durante mucho tiempo, pero cuando digo que el capital de la nube desmercantiliza el trabajo que antes era asalariado, me refiero a algo fundamentalmente diferente. En este caso, el trabajo no remunerado y no asalariado está produciendo capital directamente de una manera sin precedentes. El cuidador que no recibe su salario debido al patriarcado está suavizando la distribución del plusvalor en la economía capitalista, pero no está produciendo capital directamente. En el capitalismo, el capital se produce únicamente mediante el trabajo asalariado. Si un industrial textil quisiera una máquina de vapor, tendría que ir a James Watt y pedirla, y Watt tendría que pagar a los trabajadores que la produjeron una cantidad suficiente para proporcionar su trabajo. En una empresa como Meta, gran parte de su capital social no lo producen sus empleados, sino sus usuarios en la sociedad en general: personas no remuneradas que, como los "siervos de la nube" de la actualidad, entran en contacto con sus algoritmos y trabajan gratis para imbuirlos de una mayor capacidad para atraer a otros siervos de la nube. Por eso sostengo que el capital de las nubes marca la mutación del capital en una nueva forma que, por primera vez en la historia, ya no es un medio de producción producido, sino un medio producido de modificación de la conducta: un medio que se fabrica en gran medida, si no en su totalidad, mediante trabajo no remunerado.




NLR - La hipótesis del tecnofeudalismo tiende a considerar que las rentas y las ganancias son estructuralmente opuestas, y que las primeras suprimen a las segundas, reemplazando el dinamismo y la innovación capitalistas por el estancamiento y la oligarquización. Pero Marx muestra que la búsqueda de rentas no siempre tiene por qué neutralizar las ganancias de productividad; de hecho, en el período capitalista temprano, hizo algo parecido a lo contrario, impulsando a los capitalistas a desarrollar las fuerzas productivas para cubrir los costos impuestos por los terratenientes. ¿Es posible que, de manera similar, las rentas de la nube pudieran restaurar la rentabilidad capitalista en lugar de sofocarla? ¿Y si la relación entre ambas es menos antagónica de lo que suponemos?

Y. V Marx reconoció que la búsqueda de rentas puede impulsar el desarrollo, pero también estuvo de acuerdo con Ricardo en que si, como proporción del ingreso total, supera cierto umbral, se convierte en un lastre para el crecimiento capitalista. Hoy, las rentas de la nube son tan exorbitantes que claramente están teniendo este efecto. De hecho, me aventuraría a decir que, si se sacaran de la Bolsa de Nueva York las empresas que cotizan en bolsa y prosperan gracias a las rentas de la nube, esta última colapsaría. A un nivel más microeconómico, considere que Amazon se apropia de hasta el 40% del precio de un producto vendido en su plataforma. Eso deja casi nada de excedente para que el vendedor lo reinvierta. Y cuando se extraen tantas rentas de la economía, del flujo circular de ingresos, entonces el sector capitalista se muere de hambre y se subordina cada vez más al sector de las rentas de la nube. No es que el sector capitalista haya dejado de existir; fundamentalmente, sigue siendo responsable de todo el plusvalor que se produce en la economía, según la teoría del valor-trabajo. Pero es relativamente pequeño comparado con esta proliferación parasitaria, que se ha vuelto tan colosal que, como dije, la cantidad se ha convertido en calidad y todo el sistema se ha transformado.


NLR - La mayoría de los principales monopolistas intelectuales –que poseen la infraestructura digital de la que depende la economía mundial– tienen su base en Estados Unidos. Esto podría interpretarse como una señal de que, a pesar de que se habla de un orden multipolar emergente, el imperio estadounidense goza de buena salud. Pero usted escribe que China ha logrado algo que Silicon Valley no ha logrado: llevar a cabo una fusión exitosa del capital de la nube y otras fracciones de las grandes finanzas. ¿Cuáles son las implicaciones para la nueva guerra fría entre las dos potencias?

Y. V En mi opinión, lo que tenemos ahora es un orden bipolar. No es eso lo que China quiere. Lo sorprendente del Partido Comunista Chino es que en realidad no quiere gobernar el mundo, ni siquiera ser un segundo polo hegemónico que contrarreste al primero. Lo que quieren es gobernar China –además de todos los lugares que sienten que han perdido, como el Tíbet, Hong Kong, Taiwán– y comerciar libremente con otros países. Les gustaría sinceramente un mundo multipolar, en el que compartirían el poder con sus socios comerciales, pero el problema es que sólo tienen una manera de lograrlo, que es utilizar su sector tecnológico, en concierto con las grandes finanzas, para crear algo parecido al sistema de Bretton Woods dentro de los BRIC. Esto implicaría tipos de cambio fijos, esencialmente una moneda común respaldada por el yuan. Sería un proyecto de gran envergadura, equivalente a la planificación del orden mundial por parte de los partidarios del New Deal en 1944 en la Conferencia de Bretton Woods. El resto de los BRIC no están preparados para ello, como podemos ver en las enormes tensiones entre India y China. Gran parte del tampoco está preparada para este tipo de multipolaridad, y los propios dirigentes chinos se muestran muy reticentes a hacerlo. Pero si no empiezan a impulsar esa dirección, se quedarán atrapados en un mundo bipolar entre Estados Unidos y China, con todos los riesgos que ello conlleva.





NLR - Pero ¿no es el modelo chino, de un sistema de mercado en el que el Estado desempeña un papel activo en la dirección y asignación de la inversión, un factor que podría socavar la suposición de que las grandes empresas tecnológicas son ahora la fuerza hegemónica en la planificación de la economía? Parece posible, al menos en teoría, que a medida que los países occidentales se enfrenten a los efectos del estancamiento económico y la crisis climática, busquen cada vez más soluciones neoestatistas. ¿Qué significaría esto para el rentismo en la nube?

Y. V Creo firmemente que en los países occidentales subestimamos el papel del Estado, y en China lo sobreestimamos. Mi reciente viaje a China me abrió los ojos al hecho de que gran parte de las ideas audaces sobre la proyección de los valores y la influencia chinos provienen del sector privado, mientras que el propio Estado es mucho más vacilante. (El sector privado es también donde se encuentran la mayoría de los marxistas, aunque no hay tantos). Mientras tanto, en los Estados Unidos, gente como Eric Schmidt y Peter Thiel están totalmente entrelazados con el Estado: el Pentágono, el complejo industrial farmacéutico. Julian Assange publicó un pequeño libro titulado When Google Met Wikileaks cuando todavía estaba en la Embajada de Ecuador, que recomiendo encarecidamente a todo el mundo. Es un diálogo entre él y Schmidt, y lo sorprendente es que, cuando Schmidt habla, es imposible saber si es un agente de Google o un agente del Estado estadounidense. Por eso creo que la idea de que el Estado ha estado separado del mercado en Occidente y que tal vez ahora sea el momento de que desempeñe un papel más importante es en sí misma una ficción libertaria. Siempre ha sido imposible separarlos. Y si se observan de cerca las formas de convergencia entre ambos, tanto en Oriente como en Occidente, se tiende a ver un notable grado de similitud.


NLR - Cuando Elon Musk compró Twitter, usted escribió que se trataba de un intento de ascender al círculo dorado de los rentistas de la nube. ¿Pasa lo mismo con su entrada en la política? ¿Implica, como han especulado algunos críticos , que se está volviendo necesario que la clase dirigente estadounidense compre el acceso a las palancas del poder político para garantizar sus ganancias?

Y. V No creo que sea estrictamente necesario para ellos. Jeff Bezos no lo hace. Utiliza otros canales de influencia como el Washington Post. Aunque los líderes de Google tienen mucho que perder con cualquier intento de la FTC de regularlos, no los vemos haciendo un gran esfuerzo por meterse en la política. Musk es diferente por dos razones. En primer lugar, porque es un megalómano extravagante cuyas decisiones no se basan necesariamente en ningún interés material particular. Y en segundo lugar, porque tiene un control relativamente débil sobre el capital de la nube. Sus empresas –Tesla, Neuralink, The Boring Company– eran todas empresas capitalistas a la antigua usanza. Incluso SpaceX se construyó, irónicamente, sobre capital terrestre. Su objetivo era convertirlas en empresas de la nube. Por eso compró Twitter: no como una inversión tradicional de la que esperaba obtener ganancias, sino como una interfaz contigo, conmigo, con todos nosotros; el tipo de interfaz que otros tenían y él no. Se apoderó de ella de una forma bastante brutal y la empresa perdió la mitad de su valor de mercado de inmediato. Pero eso es típico de Musk: hay momentos en los que la capitalización de sus negocios se dispara y otros en los que parece que podrían perderlo todo.




Su relación con la administración Trump –que, por cierto, estoy seguro de que no va a acabar bien– se debe en parte a que quiere ciertos favores. La perspectiva de relajar las regulaciones sobre los coches autónomos le ha proporcionado, en un solo día, una capitalización adicional que equivale a la capitalización total de General Motors, Volkswagen, Stellantis y Mercedes-Benz. Así que es un buen rédito para él, pero ciertamente no es la única razón por la que lo está haciendo. También lo mueve la ideología: a diferencia de Bezos o Gates, él realmente cree que es una fuerza para el bien. Eso sí que es un nivel de engaño único.


Fuente: SIDECAR

martes, 27 de agosto de 2024

La sociedad de la exhibición

 

De la intimidad hacia la extimidad


    Articulista en Jardín Mental


     Jamás la palabra “compartir” había sonado tan mal.

Si has paseado por el mundo digital habrás visto que en las redes sociales se habla de “compartir”. Supuestamente compartimos algo, compartimos nuestro espacio íntimo de formas que hace unas décadas nos habrían parecido impensables.

Es el paso de hacer público lo íntimo.


La extimidad


Jacques Lacan hablaba hace ya 50 años de la "extimidad" para describir cómo lo íntimo se estaba comenzando a volver público, hace 50 años ya veía esa tendencia.

Observa tú el presente.

Hace años nos aterraría que alguien nos robase nuestras fotos que con tanto cuidado atesoramos, ahora las compartimos a propósito ante todo el mundo. El motivo es simple, obtener gratificación a través de la validación social, que además es cuantificable, lo que potencia más el deseo de compartir, ya que puedes comparar “cuánto vales” a través de “me gusta”, “comentarios”, etc.

Nos hemos convertido en publicistas de nosotros mismos.


Foto de Dmitriy Tyukov en Unsplash

La mentira de compartir


Compartir tenía 2 acepciones en el diccionario:

  1. Hacer a otra persona partícipe de algo que es tuyo. Compartimos la merienda.

  2. Tener con otra persona algo en común. Compartimos casa.

Las redes sociales empezaron a emplear esta palabra aunque no compartamos nada.

No compartimos nuestra comida con alguien y no compartimos la vivencia de estar en un concierto. Subimos una foto de lo que hemos comido en el restaurante y del concierto al que hemos ido. No estamos compartiendo, nos estamos exhibiendo.

La diferencia no es pequeña y la elección de la palabra no fue casual.

Compartir tienen una connotación moralmente positiva, no sonaría igual si dijese “exhíbelo ante tus seguidores”, aunque es lo que hacemos. Al usar la palabra “compartir”, la red social te hace sentir que realmente haces a los demás partícipes de tu momento, pero esto no es verdad. La RAE ha tenido que incluir una nueva acepción para “compartir”: “poner a disposición de otros usuarios un archivo”.

¿Con quién estás compartiendo la cena si no hay nadie contigo en la mesa?


Foto de Eaters Collective en Unsplash


La pantalla no es ni el 1%


El sociólogo Erving Goffman hablaba del “yo público” y el “yo privado”.

El yo público es lo que exhibimos, mientras que el yo privado es la realidad que nos guardamos. Tendemos a pensar que la gente es como se muestra en redes, sin embargo, cada publicación es una selección cuidadosa de quienes parecemos ser.

No de quiénes somos.

En la pantalla exhibimos solo el 1% y la mayoría de lo que se publica son resultados y buenos momentos, no duros procesos y momentos difíciles. Esto genera en los demás una percepción distorsionada. Nuestro punto de referencia es comparar nuestra parte buena y mala solo con la parte buena de los demás.




A todo el mundo le va bien, excepto a mi”. Esa es la sensación que genera.

Esa, lamentablemente, es la consecuencia del “yo público” y el “yo privado”.


La deshumanización de la interacción


El mundo real es tridimensional e interactuamos en directo el 99% del tiempo.

El mundo digital es plano e interactuamos en directo el 1% del tiempo.

Hemos evolucionado para captar muchos matices en la conversación en directo y cara a cara, sin embargo, lo digital nos empobrece porque no usamos todos los sentidos. No podemos oler, ni tocar, ni ver a la persona tal y como es. Nos convertimos en un montón de píxeles y eso empeora la calidad de nuestras interacciones sociales y nuestro bienestar (Kross et al., 2013; Nie y Hillygus, 2002).

Somos avatares que se envían mensajes la mayor parte del tiempo en diferido, sin embargo, la vida real es en directo. La interacción pierde la parte humana.

Creo que esto también explica parte de la hostilidad que hay en sitios como Twitter.

¿No es más satisfactorio el mundo real y tangible?

Me lo pregunto cada vez que quedo con alguien y no para de mirar el teléfono…


¿Compartes o exhibes?


No hay nada de malo en exhibir un momento, pero quería hacer ver la diferencia.

Dejé de usar redes como Instagram porque sentía que me estaba convirtiendo en publicista de mi propia vida íntima, mi vida parecía una newsletter y eso no iba conmigo.

Esa es la radical diferencia entre compartir para aportar y compartir para exhibirse.

Pregúntate cuál es la intención en tu acto de compartir y encontrarás claridad para ver la diferencia.


Fuente: Substack