¿Qué
lugar tiene la juventud en un planeta que se está por acabar todos
los días? ¿Con qué sueña la generación futura cuando nadie
espera el porvenir?
«La
plata no sale de la nada; si vos tenés plata es porque se la sacás
a otro», dice un famoso youtuber
argentino que aún va a la escuela
secundaria. Lanza la frase y sigue el video explicando cómo hacerte
millonario invirtiendo desde tu casa, aunque no podría explicar
exactamente qué es la bolsa de valores ni sabe cuánto pagan de luz
sus padres para que él pueda stremear
en su canal desde su habitación.
Tratando
de evitar los clichés de la indignación y toda una tradición
occidental de culpar a las nuevas generaciones por la degradación de
la cultura y las buenas costumbres, vuelvo a leer esa frase y me
pregunto cómo es que los adolescentes entendieron tan bien el
funcionamiento del capitalismo y su acumulación originaria.
Puede
ser que ni este influencer ni sus miles de seguidores hayan
escuchado jamás la categoría de plusvalía, pero saben que el
dinero no se hace trabajando. Desde que nacieron, al menos desde que
conservan recuerdos, sus familias son cada día más pobres, aunque
pasan cada vez más horas tratando de llegar a fin de mes. Y, aunque
los gobiernos cambiaron varias veces de signo político, ninguno
transformó esa tendencia ni su fatal destino de ser
considerablemente más pobres que sus padres en la adultez.

Tampoco
hubo ningún partido que convocara a los más chicos al protagonismo
político, porque en las sociedades occidentales los jóvenes son el
futuro —es decir, no son el presente—, lo que les ha otorgado una
ciudadanía de segunda, que encima deben agradecer porque nacieron en
un sistema con derechos y videojuegos. Más allá de las realidades
particulares de cada grupo etario, lo cierto es que en esta era de
realismo capitalista, como describe Fisher en su libro homónimo,
nadie puede sentirse muy protagonista porque el único relato
disponible es el del fin de la historia repetido a sí mismo y
aumentado hasta el fin del mundo, del que nadie espera salvarse
realmente.
¿Qué
lugar tienen los adolescentes en un planeta que se está por acabar
todos los días? ¿Con qué sueña la generación futura cuando nadie
espera el porvenir? La sensación de derrota es total, el ciberpunk
tenía razón, el mal ya ganó, la crisis es cotidiana, económica y
climática, y no hay nada que hacer contra las empresas que incumplen
la ley, ni contra la deuda ilegítima del FMI ni contra las apps
que nos roban los datos, ni contra la guerra, ni contra el
autoritarísimo poder judicial.
Por
qué convoca
Por
supuesto que hay muchos adolescentes que no encajan en esta
afectividad apocalíptica y salen a la calle, se organizan y se
transforman en protagonistas de su tiempo. Desde América Latina
tenemos mucho para decir sobre esto y desde los feminismos otro
tanto, pero no hemos cuestionado del todo las estructuras
adultocéntricas y los gestos paternalistas que reproducimos en
nuestras búsquedas de revolución. Además, en toda la región los
partidos vienen acumulando bochornos y fracasos mientras el resto
acumulamos cansancio y la tristeza de ver nuestras banderas
transformadas en estampas, memes o celebrities.
En
este contexto particular, las derechas radicales emergieron como
nuevas interlocutoras de muchos adolescentes que no están dispuestos
a abrazar la pasividad que les ofrece la narrativa del fin de la
historia y del mundo a la vez, sino que, por el contrario, prometen
salidas rápidas de la pobreza y del sufrimiento.
Por
un lado, salidas a la depresión política: porque si las dictaduras
no asesinaron civiles, si el cambio climático no existe y el
patriarcado tampoco, entonces no hay nada por lo que pedir perdón ni
estar preocupado. Tal como analiza Hochschild en su libro Stolen
pride [orgullo robado], las derechas radicales convocan a
diversos grupos que han sido avergonzados en la arena pública por
los discursos del progresismo liberal, que en nuestra región serían
los sectores ultra-católicos, filo-castrenses, neoliberales
pro-yankis, conservadores de todos los colores, etc. Analizado desde
un clivaje etario, esta restitución del orgullo —a partir de la
negación de la historia y de una devolución de protagonismo—,
permite a los adolescentes no tener que hacerse cargo de un mundo que
ellos no rompieron ni abonar a un sistema político que igual los
considera aún-no-aptos para participar.
Por
otro lado, estas derechas garantizan salidas económicas individuales
que fomentan la competencia y ponen en jaque la meritocracia sobre la
que se fundan las democracias liberales, porque son tan evidentemente
volátiles que trabajan más sobre el golpe de suerte que sobre el
esfuerzo. Un azar que le permite soñar a cada uno que es quien va a
pegarla, a tener su golpe de suerte hoy y burlar su destino de
pobre o de mediocre. Mediatizadas por las tecnologías cibernéticas,
estas fórmulas mágicas tienen de protagonistas ideales a los más
jóvenes que, sin otro conocimiento que el de internet, podrían
sacar a sus familias de la pobreza o comprarse el Lamborghini
deseado, y así convertirse en lo único que esta sociedad realmente
valora: alguien con mucha plata.
Estos
adolescentes entendieron bien el mensaje que nunca les dijimos
—porque nos avergüenza—, pero que llevamos a cabo diariamente.
Ellos leyeron en nuestros actos lo que callamos en el discurso, y es
que para ser feliz en este mundo hay que tener dinero, que lo demás
no importa nada.
Así
que quieren plata, y como no la van a hacer trabajando, van probando
estrategias para sacársela a alguien más. Si antes el sueño era
convertirse en jugador de futbol famoso, ahora es hacerse millonario
ganando una apuesta deportiva que otros deben perder para que el
dinero circule. O haciendo una venta en dólares de perfiles de LOL o
una compra maestra de bitcoins, donde también ellos ganan porque
otros pierden. O abriendo un casino on-line para que otros
apuesten, o vendiendo cursos en un esquema Ponzi. Pero esta parte no
la entendieron tan bien y se la pasan gastando lo que no tienen,
pidiendo plata que no podrán devolver porque ellos son los que
resultan perdedores de cada jugada, cada vez más obsesionados con el
dinero y más frustrados por no tenerlo.
De
qué está hecho
Esta
maquinaria tiene la intención de producir una generación de jóvenes
pobres, endeudados y enojados. Incluso si hablamos de quienes
pertenecen a la clase alta, la propuesta política es quebrarlos; si
no es económicamente, que todo lo demás a su alrededor se rompa.
Pero para funcionar necesita un par de elementos que podemos
identificar y, con un poco de creatividad, hacer fuerza para el otro
lado.
La
propuesta etaria más fuerte del posfascismo es la reprivatización
de la infancia y la adolescencia, es decir, el refuerzo del sentido
de propiedad privada sobre los hijos como elemento clave para la
reproducción de un capitalismo profundamente conservador. Poniendo
sobre la mesa su convicción antidemocrática, los líderes de estas
derechas les dicen a los padres que pueden hacer con sus hijos lo que
quieran: mandarlos a trabajar, ponerlos a trabajar como productos en
sus redes sociales (bordeando lo que se conoce como sharenting),
llamarlos con pronombres que no los identifican o denegarles el
acceso a anticonceptivos.
Las
redes desbordan de contenido que insiste en que lo que mejor que le
puede pasar a un hijo es estar más horas con su madre o padre,
abonando a modelos de crianza que no solo son heteroclasistas sino
hiper-endogámicos. Las tendencias globales muestran que los
progenitores pasan cada vez más tiempo con sus hijos —aunque cada
vez lo sienten más insuficiente— y los adolescentes tienen cada
vez menos referentes adultos alternativos en quienes apoyarse,
mientras los discursos públicos refuerzan la desconfianza que deben
sentir ante cualquier otro que les hable mirándolos a los ojos y no
a través de una pantalla. Por supuesto, la pandemia y sus gestiones
colaboraron con esta tendencia.
La
embestida contra la educación también viene por este lado: las
derechas autoritarias necesitan una institución débil para que no
funcione de refugio intergeneracional y para que no pueda accionar
frente a las denuncias de violencia que recibe constantemente. En
Argentina, por caso, ya habíamos tenido que lidiar con la
organización Con mis hijos no te metas, pero estas nuevas
manifestaciones cuestionan directamente la obligatoriedad de la
educación y fomentan el home schooling (educación en casa).
Estos movimientos tienen como objetivo que los adolescentes solo
conozcan el punto de vista de sus familias y que jamás entiendan
hacia dónde se drena todo ese dinero que se esfuma de sus billeteras
(virtuales) cada vez que pierden una apuesta o hacen una mala
inversión.
Esto
viene acompañado de una retórica antiamistades que se esparce por
internet y vuelve sobre la idea de que lo único importante es hacer
plata, por lo que juntarte a jugar o conversar con tus pares es una
pérdida de tiempo. Y ni hablar de juntarte en la vereda o la calle,
espacios que se han vuelto peligrosos y frente al cual las pantallas
se erigen como fabulosas alternativas que ofrecen entretenimiento
constante sin abrir la puerta de tu habitación. No vimos venir a los
adolescentes ludópatas cuando Macri les habilitó el camino a las
casas de apuestas on-line en Argentina, pero ahora nos es
posible trazar la relación. Menos espacio público y más propaganda
en los celulares resulta en un negocio millonario, pero no para
los más chicos sino a costa de ellos.
Otro
elemento fundamental de estos proyectos es su odio a las mujeres. La
supuesta crítica antifeminista esconde con palabras rimbombantes el
único argumento de que este género debería volver a trabajar
gratis para los varones. Porque, al final, todo se trata de plata,
como lo repite hasta el hartazgo el famosísimo influencer Andrew
Tate, que se hizo rico haciendo trabajar a chicas por webcam y
hoy está acusado de tráfico de mujeres. Especialmente a los más
jóvenes, los coach les recomiendan no tener novia y que no se
distraigan con asuntos vinculados a la sexualidad ni al placer, que
desconcentran de la única meta importante que es la aclamada
libertad financiera.
Así,
crecen las figuras de los INCEL, los redpillers y lo
que se ha dado a llamar la manosfera, una enorme cantidad de
imágenes, foros y páginas que promueven una masculinidad violenta y
odiante que debe lastimar a otros para probarse a sí misma. A la
vez, para las jóvenes, se viralizan las tradwives en todas
las redes sociales como modelos a seguir de amas de casa encerradas
en el espacio privado y devotas de sus maridos que deben hacerse las
rutinas de skincare desde los doce años para mantenerse
bellas. Frases como «monogamia o bala» se vuelven memes graciosos
mientras los Estados abandonan las políticas de salud reproductiva y
dejan de hacer campañas para que las adolescentes se coloquen los
parches anticonceptivos y, entonces, vuelvan a ser jóvenes madres
dependientes de sus hombres.
También
se desfinancian las políticas de salud mental, justo cuando los
padecimientos aumentan y se disparan los números de suicido
adolescente, trastornos alimenticios, ataques de pánico y ansiedad
social. Si bien todos hemos desarrollado subjetividades adictivas en
esta era del capital que nos empuja al consumo incesante, las
generaciones jóvenes son un cuerpo particular de intervención y
experimento, dado que es una edad en la que muchas de estas crisis se
concentran. Y, de vuelta, la derecha política ofrece soluciones
individualizantes y rápidas, que profundizan el malestar sobre el
que estas organizaciones crecen.
Por
un lado, esparcen discursos que niegan la existencia de estos
padecimientos, tal como analiza Fernández-Savater en Capitalismo
libidinal y como confirman todos los adolescentes gurú del
desarrollo personal. «La depresión no existe», dice uno de ellos
en un tik-tok viral mientras vende un curso para aprender a
controlar las emociones y los gobiernos avanzan con programas de
educación emocional.
Por
otro lado, responden al sufrimiento joven con una sobremedicalización
y recetas para pastillas de fácil acceso, lo que de paso les hace un
guiño a las farmacéuticas y todos ganan… menos los adolescentes,
que deben gastar lo que no tienen en tratamientos de salud porque
esta también es un área que se privatiza. Con una sensación de
abstinencia permanente y unas dosis de drogas que los mantienen
productivos, los jóvenes resultan el sujeto ideal del capitalismo
tardío y las derechas fascistas a la vez.
Cómo
salimos de esta
Por
el momento, no hay plan. Lo que sabemos es que esto es un proyecto
político, una narrativa posible para una experiencia generacional y
no una descripción de cómo lxs adolescentes son hoy en día.
Aunque, de hecho, algunos estén apegados a ciertas prácticas y
ciertos afectos que circulan en esta dirección, también les están
pasando muchas otras cosas que abren caminos alternativos.
El
talón de Aquiles más evidente de los neofascismos es su fracaso en
hacer ricos a los jóvenes o en resolver cualquiera de sus problemas
económicos. Más allá de eslóganes grandilocuentes como Make
America Great Again o la reversión argentina de Javier Milei
«seremos como Alemania en treinta años» (¿o como Alemania en los
años treinta?), los posfascismos se caracterizan por no tener una
propuesta de mejora real ni un proyecto de futuro al que invitar a
las nuevas generaciones.
Sin
embargo, nuestra mejor chance no es descansar en sus fallas sino
elaborar un plan propio. En su
último libro, Doppelganger,
Naomi Klein dice que mucho del avance de esta derecha funciona en
espejo del retroceso de la izquierda como fuerza radical, y creo que
esto es especialmente claro para el caso de los más jóvenes.
Mientras los progresismos de la región refuerzan los discursos de la
protección y de la conservación de lo que otros supieron conseguir,
estos partidos convocan a niñxs y adolescentes a la transformación.
Mientras el progresismo promete redistribuciones tibias dentro de
marcos legales injustos, estos movimientos convocan a los más
jóvenes a romper
todo y
hacerse ricos en un año, tal como lo demuestra la nueva disposición
de la Comisión Nacional de Valores de la Argentina que habilita a
los niños desde los 13 años a invertir en la Bolsa.
Si
queremos que la cosa vaya para otro lado necesitamos hacernos de una
fantasía política de porvenir que nos aproxime a las formas en las
que queremos vivir. Pensando en los adolescentes, aporto tres apuntes
y dejo que ustedes completen el resto. Primero, necesitamos engrosar
este imaginario de futuro con modelos de masculinidad alternativos,
insistir en que es posible ser varón y disfrutarlo sin que ello
signifique lastimar a las mujeres ni a todos los otros géneros.
Segundo,
debemos alimentar esas figuraciones con todo aquello que se corra de
la lógica de la escasez y la deuda apuntando a todo aquello que no
se agota cuando se usa, sino que se multiplica cuando se comparte y,
a partir de allí, brindar modelos donde la cooperación reemplace a
la competitividad. Tercero, y en relación con lo anterior, nos toca
volver a inventar lo común en un diálogo entre generaciones y no
culpando a unas por los problemas de las otras, que esa también es
una fractura social sobre la que crece el posfascismo.
Fuente:
JACOBIN