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jueves, 4 de junio de 2026

Réquiem por la década populista

 

 Por Lily Lynch   
      Periodista californiana especializada en información internacional.


La década populista se acerca a su fin diez años después de la primera victoria de Trump y el Brexit. Pese al actual auge de esas ideas la autora detecta una creciente fatiga hacia el populismo de derechas


Un joven pastor fotografiado por Herbert List en el Bosque Sagrado, abandonado hace mucho tiempo (también conocido como el Parque de los Monstruos), Italia, 1952.

     Semanas atrás escribí un artículo sobre la derrota de Orbán en las elecciones húngaras del 12 de abril. En aquel texto planteaba que la derrota de Orbán, junto con los pésimos porcentajes de popularidad de Trump, apuntaban a una creciente fatiga hacia el populismo de derechas.


Péter Magyar, a la derecha, detrás de Orbán, elegido cómo nuevo presidente húngaro por el partido Tisza.

Algunas personas malinterpretaron lo que escribí y pensaron que hablaba del fin de la política de derechas. Nada más lejos de la verdad: creo que la política de derechas estará con nosotros por un buen tiempo. Ahora bien, creo que cierto populismo de derechas, del estilo del movimiento Maga, puede estar acercándose al fin de su ciclo vital.

Este año será el del décimo anivesrario de la victoria electoral de Trump contra Hillary Clinton y el del referéndum del Brexit, dos shocks gemelos que anunciaron la irrupción del populismo de derechas en la política establecida a escala global. En los diez años que han pasado desde entonces hemos oído hablar quizá demasiado sobre los populistas de derechas, un verdadero circo que ha ido desde Bolsonaro en Brasil a Geert Wilders en Holanda. Con todo, no está de más un breve recordatorio.

Hay politólogos que han dedicado sus vidas al estudio del populismo, pero voy a simplificar brutalmente las cosas afirmando que el populismo es una manera de abordar la política, hay quien la describe, incluso, como una “táctica”. En cualquiera de los casos, su característica esencial es que posiciona a “la gente” contra “la élite”. Trump y quienes respaldaron el Brexit se aprovecharon de la insatisfacción de “los perdedores de la globalización” y el resentimiento popular por la crisis financiera de 2007-2008 y los alistaron a un proyecto populista de derechas.

Hace una década era una fórmula de gran éxito. Hoy no estoy tan segura de que lo fuese. Las cifras de desaprobación de Trump no parecen tocar fondo: un 62% en la encuesta más reciente, un mínimo histórico. 

También hay un arrepentimiento con el Brexit. De acuerdo con una encuesta publicada a comienzos de año, un 58% de los británicos cree que fue erróneo dejar la Unión Europea y sólo un 30% cree que fue lo correcto.


Nigel Farage en la Conferencia de Acción Política Conservadora celebrada en Maryland.

La década populista ha ido perdiendo fuelle y hay varias causas que explican su fin. La primera es que ha muerto lentamente a través de la cooptación y la neutralización. Los populistas de derechas que ganaron con un mensaje anti-establishment e incluso antisistema han tendido a hacer suyas políticas conciliadoras con el establishment una vez en el poder. Trump ha ido destruyendo sistemáticamente cada una de las promesas que hizo durante su campaña “populista”, ninguna de manera más clara que su compromiso de “no iniciar nuevas guerras”. No es el único. Los partidos populistas de derechas de toda Europa también han sido “domesticados” cuando han llegado al poder: los chovinistas sociales se han convertido en neoliberales thatcherianos “business-friendly” (como los Demócratas Suecos) y los euroescépticos se han convertido en atlantistas proeuropeos (como Giorgia Meloni en Italia).

Incluso el viejo Nigel Farage se encuentra en proceso de transición. En 2017 condenó el bombardeo de Siria por Trump. Nueve años después lo encontramos explicando a The New Statesman que Irán supone potencialmente “un mayor riesgo a Reino Unido que Rusia” (o, al menos, lo era durante las primeras semanas de la guerra.) Estos líderes y partidos pueden retener elementos de una retórica populista de derechas, pero sus políticas son con frecuencia más próximas a la derecha convencional.

Otro factor que contribuye al fin de la década populista es que estos partidos, personalidades y políticas han estado el tiempo suficiente en el poder como para comenzar a convertirse ellos mismos en la élite o, al menos, en una élite. El populismo es una estrategia efectiva para desalojar al poder establecido, pero una vez está en el poder tiende a convertirse en todo lo que odia. Es un problema similar al que se enfrentan los revolucionarios cuando, después de llegar al poder, han de reafirmarse en él para conservarlo: la energía que impulsa la insurgencia se agota y, con el tiempo, se convierte en otro régimen esclerótico.

Trump y sus homólogos al otro lado del Atlántico continúan invocando al hombre del saco de la “élite globalista”, pero probablemente los réditos que obtienen de ello sean cada vez menores. Pueden lamentar que la izquierda se haya hecho con muchas instituciones elitarias como la cultura, los medios de comunicación y la academia, pero ellos han cultivado algo así como su propia contra-élite de derechas a través de think tanks, publicaciones y poderosas redes en Silicon Valley. Eventualmente, “la gente” comenzará a darse cuenta de que los populistas de derechas también envían a sus hijos a escuelas de postín y conducen flamantes deportivos.

Un tercer apunte, y el final, es sobre el sionismo y la derecha populista después del 7 de octubre. Antes de esta fecha los populistas de derecha todavía podían afirmar que buscaban poner a “la gente” por delante de los intereses de la élite. Pero con la movilización a gran escala del aparato de seguridad, el militar, de los servicios de inteligencia y los medios de comunicación para proteger a Israel y a sus partidarios de la realidad ya no pueden pretender que se preocupan por las masas o incluso por el ‘America first’.

Privilegiar a Israel por encima de todo lo demás ha significado que la derecha populista ahora esté preocupada por intereses minoritarios más que de la mayoría. Es más, la veneración de la derecha por Israel normalmente se defiende por ser éste un país de “élites con un alto cociente intelectual” que necesita defenderse contra “la biomasa tercermundista marrón”, por usar el crudo lenguaje de las redes sociales. El apoyo a Israel es cada vez más impopular entre “la gente”, lo que significa que se ha convertido en un proyecto elitista dirigido desde arriba. No hay nada de “populista” en una política que hace que la gasolina y el precio de los alimentos se dispare con tal de que Israel pueda conseguir la hegemonía regional.

No obstante, como he apuntado antes, el populismo no es el único vehículo de una política de derechas. Sospecho que después de años de incompetencia bufonesca a cargo de Trump, puede haber apetito para un gobierno serio, efectivo y tecnócrata. Al mismo tiempo, tengo la impresión de que también existe el deseo de dejar a los proles en la estacada y lanzarse de lleno al elitismo derechista de Silicon Valley, que podría ser todavía peor que los populistas payasescos de la última década.


Fuente: El Salto


jueves, 29 de enero de 2026

El imperio virtuoso

 

      Fue corresponsal de La Vanguardia en Moscú, Pekín y Berlín. Autor de varios libros; sobre el fin de la URSS, sobre la Rusia de Putin, sobre China, y un ensayo colectivo sobre la Alemania  de la eurocrisis.

Después de Gaza la pregunta que se hace, desde el vértigo, el sector consciente de la opinión pública europea es la de cómo explicar la complicidad y cooperación de los gobiernos, instituciones y medios de comunicación europeos con el genocidio colonial israelí. La respuesta está en la historia: es la historia colonial europea la que emparenta a los gobiernos occidentales con la masacre israelí

     La industria del entretenimiento es una herramienta fundamental del hegemonismo occidental. En estrecha colaboración con el complejo político, militar, financiero y mediático, su producción penetra diariamente en todos los hogares desempeñando una función ideológica clave, perfectamente identificada y conocida.

Mirada en retrospectiva, la industria de Hollywood logró convertir en proezas, epopeyas y románticos relatos, esa enciclopedia universal de la infamia que contiene la historia del colonialismo europeo y muy particularmente la de los británicos, parientes directos del actual hegemón.

La lista de las películas ensalzadoras de los grandes crímenes coloniales está aún por hacer, pero basta citar clásicos como “Lawerence de Arabia” (1962), “55 días en Pekín” (1963), “Zulú” (1964) o “Khartum” (1966) para recordar cómo toda una generación creció arrullada y entretenida por ese género exaltador cuya leyenda interiorizó.

Resulta ilustrativo cotejar la lectura de cualquier obra seria sobre la acción del imperio británico en India o China con películas como “Victoria y Abdul” (2017), de Stephen Frears, o “Tai Pan” (1986) de Daryl Duke, para mesurar el nivel de vileza de tal bombardeo. Frears presenta la relación de cálida amistad entre la reina Victoria y su criado indio en una época en la que los indios morían de hambre en espantosas crisis directamente relacionadas con la gestión colonial.

La película de Duke se inspira en la figura de William Jardine (1784-1843) para montar una ficción romántica, erótica y heroica alrededor del principal narcotraficante de la historia que condenó a la drogodependencia a 150 millones de chinos y se convirtió en uno de los hombres más poderosos y ricos de su tiempo.

Mantenido durante mas de dos siglos de violencia, racismo y explotación, el imperio británico todavía se presenta de la forma más altiva y arrogante como una empresa civilizadora y modélica, al lado de los imperios francés, español, portugués etc., declarados defectuosos o manifiestamente fallidos.

Para algunas naciones, España por ejemplo, la apertura del mundo fue una invitación a la prosperidad, al boato y la ambición, un antiguo modo de proceder. Para otras, como Holanda e Inglaterra, fue la ocasión de hacer cosas nuevas, de subirse a la ola del progreso tecnológico”, escribe David S. Landes. (En: La riqueza y la pobreza de las naciones. 1998).

Esa coherencia con el más que ambiguo “vector del progreso” que apunta con satisfacción el ilustre historiador de Harvard, quizá explique la actual y renovada nostalgia por el imperio británico, sobre la que advierten dos autores críticos con el fenómeno (Hickel y Sullivan).

Libros de gran repercusión como Empire: How Britain Made the Modern World, de Niall Ferguson y The Last Imperialist, de Bruce Gilley, han afirmado que el colonialismo británico trajo prosperidad y desarrollo a India y otras colonias. Hace dos años una encuesta de YouGov reveló que el 32% de los británicos se sienten orgullosos de la historia colonial del país”, apuntan.

Ese mismo orgullo hacia el pasado colonial está, sin duda, vergonzosamente vigente en muchas otras viejas naciones imperiales, pero en ninguna parte como entre los “ingleses de ambos lados del Atlántico” que Benjamín Franklin definió como “el núcleo más importante del pueblo blanco”, tiene ese sentir más consecuencias para el presente.

El imperio tal y como había sido, llegó a su fin formalmente en la década de 1960, pero su infeliz legado sigue presente en el mundo actual, donde se producen numerosos conflictos en los antiguos territorios coloniales”, observa Richard Gott en su compendio sobre el imperialismo británico (Britain´s Empire, 2012).

Si Gran Bretaña tuvo tanto éxito con sus colonias, ¿por qué muchas de ellas siguen siendo fuentes importantes de violencia y disturbios?”, se pregunta. Los británicos -reducidos ahora a la humilde categoría de ayudantes del Sheriff, en aún mayor medida que el resto de los europeos- “han seguido librando guerras en las tierras de su antiguo imperio en el siglo XXI, y gran parte de la población británica ha regresado sin cuestionamientos a su antigua postura de aceptar sin pensar lo que se hace en su nombre en lugares lejanos del mundo”, dice Gott.

El papel que en el siglo XIX desempeñaron la “civilización”, el “comercio” y el “cristianismo” impuestos a los “salvajes”, lo desempeña ahora la ideología de los derechos humanos la igualdad de géneros y otras nobles causas. Por todo ello, recordar las ejemplares hazañas de tan virtuoso imperio no es un ejercicio histórico sino un imperativo para la comprensión del presente y muy en particular para la comprensión de la complicidad europea (política, financiera, comercial, militar y mediática) con el genocidio palestino.

El Gulag británico

El imperio británico era una dictadura militar en la que los gobernadores coloniales imponían la ley marcial a la menor disensión. Durante más de 200 años fue escenario de constante revuelta y violencia represora. En la propia metrópoli centenares de miles fueron confinados en el Gulag insular de su majestad.

Especialmente después de que la independencia de Estados Unidos cerrara aquel territorio colonial del nuevo mundo –en los treinta años anteriores a 1776 la cuarta parte de los emigrantes llegados a Maryland eran convictos– islas del Caribe como las Bermudas y Roatán, en Honduras, de Asia, como Penang, en Malasia, o del Índico como las Seychelles o Andamán, formaron parte del presidio insular británico, que también envió a muchos reclusos indios y chinos a Singapur.

En el XIX, las Seychelles fueron prisión para líderes de revueltas y notables locales, de Zanzibar, Somalia, Egipto o Ghana, que por una u otra razón no podían ser ejecutados. El arzobispo Makarios, líder del nacionalismo helénico de Chipre, estuvo ahí recluido en fecha tan cercana como 1956. Pero fue Australia, la gran isla-continente que ofrecía espacios ilimitados, el gran destino que el gobierno necesitaba para los detritos sociales de su catastrófica revolución industrial, gran hito de ese “progreso” glosado por Landes.

En 1840 la mitad de la población de Tasmania, unos 30.000, la formaban reclusos. Como mantener a los presos en las cárceles metropolitanas era caro, las sentencias mínimas de deportación a Australia para sacárselos de encima, incluso por pequeños hurtos, eran de siete años. Entre 1788 y 1868, 162.000 condenados fueron enviados a Australia, entre ellos 4000 sindicalistas, cartistas, luditas, las famosas “hijas de Rebeca” de Gales, que rompían peajes y barreras para protestar contra la privatización y los peajes en las carreteras, así como 2000 revolucionarios irlandeses.

La terrible situación de represaliados y condenados de la metrópoli represaliando y masacrando a su vez a la población nativa en las colonias, que tan vivamente se dio en los Estados Unidos con las naciones indias, se repitió en otras colonias europeas y también en Australia. En 1824 el gobernador militar de Nueva Gales del Sur, dio licencia a los colonos, muchos de ellos ex convictos deportados, para matar aborígenes a discreción. El gobernador se llamaba Thomas Brisbane y su apellido da hoy nombre a una de las grandes ciudades australianas.

La hambruna de Irlanda

Algunos consideran la hambruna de China durante el Gran Salto Adelante (1958-1962) como la mayor de la historia. Un siglo antes, la hambruna de Irlanda (“An Gorta Mór”) fue bastante peor que la china si se tiene en cuenta la proporción de población implicada. Con ocho millones de habitantes, el hambre y sus consecuencias se llevaron a entre uno y dos millones de irlandeses. Algunos lugares perdieron la tercera parte de su población, la mitad muerta y la otra mitad por emigración. (Patrick Joyce, 2024 Remembering Peasants. A personal History of a Vanished World).


La hambruna de la patata en Irlanda.

He visitado los desoladores restos de lo que en su momento fueron nobles pieles rojas en sus reservas de norteamérica y he explorado los barrios negros donde están degradados y esclavizados los africanos”, escribía en 1847 James Hack Tuke, un filántropo cuáquero inglés en una carta tras su visita a Connaught, “pero nunca he visto tanta miseria, ni una degradación física tan avanzada, como la de los moradores de los lodazales de Irlanda”.

Otros países como Francia, Bélgica, Holanda, Alemania y Rusia, también sufrieron plagas de la patata en 1846/1847, pero a diferencia de lo que ocurrió en Irlanda bajo el dominio británico, paralizaron las exportaciones de los demás alimentos para compensar la pérdida. La política inglesa destinaba a la exportación los alimentos producidos en Irlanda, una estrategia cuyo mantenimiento se consideraba más importante que la vida de los irlandeses. Uno de los protagonistas de esa política, el subsecretario de Hacienda Charles Trevelyan, estaba mas preocupado por “modernizar” la economía irlandesa que por salvar vidas, así que vio en la hambruna una oportunidad para aplicar reformas radicales de libre mercado.

No nos cabe la menor duda de que, por causa de las inescrutables pero invariables leyes de la naturaleza, el celta es menos activo, menos independiente y menos trabajador que el sajón. Esta es la arcaica condición de su raza”, escribía The Times el diario central del establishment imperial.

The Economist, el mismo semanario que en los años noventa del siglo XX predicaba las virtudes de la terapia de choque rusa, que dejó por el camino una factura demográfica de medio millón -sobre todo hombres en edad laboral – mientras denostaba la mala reforma china, publicaba el 30 de enero de 1847 un editorial dedicado a la crisis irlandesa: “Que los inocentes sufran junto con los culpables es una triste realidad”, decía, “pero es una de las grandes condiciones en las que se basa la existencia de toda sociedad. Cada violación de las leyes de la moral y el orden social conlleva su propio castigo. Esa es la primera ley de la civilización”. (En: The Economist and the Irish Famine — Crooked Timber).

Desde el siglo XVI en Irlanda estaba vigente un diezmo por el cual los irlandeses mayormente católicos debían pagar la décima parte de sus ingresos anuales para financiar la iglesia protestante. Hasta 1829 los católicos que rechazaban el juramento protestante de lealtad a la corona no podían acceder a empleos públicos.

Durante la hambruna los teólogos protestantes ingleses atribuían la plaga de la patata al “papismo”, es decir al catolicismo, que había “provocado la cólera de Dios”. El semanario satírico Punch publicaba constantemente caricaturas que presentaban a los irlandeses como simios brutos, sucios, perezosos, violentos y únicos responsables de su propia desgracia.

En 1847, mientras el Times ignoraba los desastres de la hambruna, en Estados Unidos se puso en marcha una campaña de ayuda que puso en evidencia al gobierno de Londres. Los paquetes en los que ponía “Irlanda” eran transportados gratuitamente en ferrocarril y se fletaron 114 barcos con ayuda.

El holocausto irlandés continuaba para los que lograban emigrar. En el último de los tres siglos de la trata negrera a lo largo de la cual unos diez millones de africanos fueron transferidos al nuevo mundo, con la mitad de ellos muertos en el proceso de captura y transporte, según uno de los grandes historiadores de ese tráfico (Joseph Miller, 1988, en Way of Death), los emigrantes irlandeses conocieron un destino no muy diferente. En los barcos ingleses que transportaban a los emigrantes irlandeses a América, las condiciones eran tan espantosas que uno de cada cuatro moría durante el viaje o en los seis meses posteriores a su llegada al nuevo mundo.

La mortandad registrada en lo que fue descrito como “buques ataúd”, no era inferior a la de los barcos que transportaban esclavos africanos a las colonias. Que esa mortalidad fuera particularmente alta en los barcos ingleses, describe una clara negligencia criminal: por cada muerte de un emigrante a bordo de un barco americano, había cuatro en uno británico y por cada enfermo que llegaba a Estados Unidos en un barco norteamericano, llegaban cinco en un buque británico.


Representación del interior de un 'buque ataúd' transportando migrantes irlandeses a América (Rodney Charman, 1970).

En 1847 de los 98.000 emigrantes que llegaron a Canadá en barcos ingleses, 25.000 murieron en el viaje o a los seis meses de su llegada. Todo esto fue noticia en la prensa de Estados Unidos y de Canadá, pero el Times de Londres lo ignoraba. El gobierno británico solo comenzó a tomar medidas en 1854, siete años después. (Thomas Gallagher. Hambre en Irlanda: la elegía de Pady. 2007).

La industria del entretenimiento ha ignorado por completo la hambruna de Irlanda, pero en 2018 una rara excepción irlandesa producida en Luxemburgo presentó en 2018 “Black 47”, del director y guionista Lance Daly, una película de acción con trepidante ritmo de western construida sobre el entramado de aquella histórica tragedia. 

The Times resaltó esta vez la “machista teatralidad” del film del que apuntó que “todo es profundamente absurdo, pero dentro de un entorno inquietantemente profundo”. The Independent destacó el carácter “excesivamente sombrío” de lo que calificó como “western de patatas” en alusión a los spaghetti western, y The Guardian lamentó que “la caricaturización de los villanos disminuya el impacto” de esa estupenda película que de todas formas fue un éxito de taquillaje…

Irlanda en Occidente y Birmania en Oriente fueron los territorios más potentes y tenaces en su resistencia a los ingleses, por lo que la represión fue allí particularmente cruda, pero también en India las convulsiones, hambrunas y revueltas fueron crónicas.

India

Según una estimación reciente, solo en los cuarenta años que van de 1880 a 1920 la colonización británica causó en la India unos 100 millones de muertes provocadas por el empobrecimiento de la población y la mayor frecuencia y mortandad de las hambrunas. (Jason Hickel, Dylan Sullivan, How British colonialism killed 100 million Indians in 40 years). “Se trata de una de las mayores crisis de mortalidad inducida por políticas de la historia de la humanidad”, señalan los autores.


El hambre en India victoriana.

Es mayor que la suma combinada de muertes que se produjeron durante todas las hambrunas de la Unión Soviética, la China de Mao, Corea del Norte, la Camboya de Pol Pot y la Etiopía de Mengistu”, todas ellas en el siglo XX, dicen. Antes de eso, en 1770, una gran hambruna asoló Bengala matando a unos 10 millones de sus habitantes, la tercera parte de la población.

La situación fue agravada por el monopolio del arroz y otros productos impuesto por la Compañía Británica de las Indias Orientales que gobernaba el territorio. El colapso y los impuestos, combinados con la sequía y el hambre, marcaron el inicio del dominio inglés en India, un cuadro que se mantendría durante 200 años.

Desde su llegada al subcontinente en el siglo XVII, Gran Bretaña destruyó el sector manufacturero de la India, que exportaba tejidos a todo el mundo. El régimen colonial eliminó los aranceles para los productos textiles británicos y creó un sistema de impuestos y de barreras internas que impedían a los indios vender sus productos dentro del país y aun menos exportarlos.

Si la historia del dominio británico de India tuviera que condensarse en un único dato, sería este: entre 1757 y 1947 no hubo incremento del ingreso per cápita y en la segunda mitad del XIX los ingresos se redujeron seguramente en más de un 50 por ciento”, dice Mike Davis (Late victorian Holocausts, 2002). La nueva economía colonial fragilizó a las poblaciones ante las sequías y fenómenos naturales adversos que propiciaban el hambre.

Según el historiador Robert C. Allen (Global Economic History: A Very Short Introduction, 2011) bajo el dominio británico la pobreza extrema pasó del 23% en 1810 a más del 50% a mediados del siglo XX, los salarios reales disminuyeron y las hambrunas se hicieron más frecuentes y más mortales. ¿Pasado remoto?

El político inglés más importante de la Segunda Guerra Mundial, Wiston Churchill, fallecido en 1965, era un racista confeso. En los años cuarenta del siglo XX se refirió a los indios como “un pueblo bestial con una religión bestial” y de la hambruna de 1943 en Bengala, que dejó tres millones de muertos, afirmaba que “fue culpa suya por reproducirse como conejos”. En 1919 Churchill se declaró “totalmente a favor del uso del gas venenoso contra las tribus incivilizadas”.


La represión de la rebelión india por los británicos.

En los años treinta definía a los palestinos como “hordas bárbaras que solo comen estiércol de camello”. Antes de la guerra fue un admirador de Mussolini (“no pude evitar sentirme encantado por su porte gentil y sencillo y su sereno aplomo”) y tenía palabras de elogio para Hitler en 1937, el año de Guernika: “a uno le puede disgustar el sistema de Hitler y, sin embargo, admirar sus logros patrióticos. Si nuestro país fuera derrotado, espero que encontremos un campeón tan admirable que nos devuelva el valor y nos conduzca de nuevo a nuestro lugar entre las naciones”. En la campaña electoral de 1955 Churchill propuso para el partido conservador un lema que muchos europeos suscriben hoy: “mantener a Gran Bretaña blanca”.


Del blog personal de

Rafael Poch-de-Feliu

martes, 29 de abril de 2025

Intermedio ucraniano

 

      Fue corresponsal de La Vanguardia en Moscú, Pekín y Berlín. Autor de varios libros; sobre el fin de la URSS, sobre la Rusia de Putin, sobre China, y un ensayo colectivo sobre la Alemania de la eurocrisis.


Entre el acuerdo ruso-americano y la transformación de la guerra en Europa



     El viernes un atentado con coche bomba mató en la periferia de Moscú a otro general ruso, Yaroslav Moskalik, vicejefe de la dirección principal operativa del Estado Mayor. Los atentados ucranianos contra militares y civiles en Rusia son frecuentes. En diciembre cayó el General Igor Kirilov y antes que él dos periodistas rusos y un diputado ucraniano refugiado en Moscú, entre otros. Según el General Leonid Reshetnikov, un jubilado del servicio de inteligencia exterior, estos atentados se cometen “bajo el directo asesoramiento” de los servicios secretos británicos. Su actual objetivo es torpedear las negociaciones para un acuerdo de paz entre el Kremlin y Washington.


San Zelenski

A las pocas horas del atentado contra Moskalik, aterrizaba en Moscú el avión del enviado especial del Presidente Trump, Steve Witkoff. Era la cuarta visita cordial de Witkoff a Moscú. En esta ocasión Putin accedió a mantener negociaciones directas con Ucrania y al día siguiente anunció que el ejército ruso ha terminado de expulsar a las fuerzas ucranianas de la provincia rusa de Kursk, donde entraron en agosto en una operación con más sentido de imagen que militar y que se ha saldado con un considerable fracaso y gran mortandad en las mejores unidades militares ucranianas.

Estas dos noticias, el aparente avance de la negociación y el descalabro militar en Kursk, arrojan un balance bastante angustioso para el gobierno de Kíev, cuyas divisiones, tensiones y rivalidades internas aumentan manifiestamente, según se desprende del mero seguimiento de la prensa local.

El jefe de la inteligencia militar, Kiril Budanov, un hombre de la CIA, está enfrentado con el jefe de la administración presidencial y mano derecha de Zelenski, Andri Yermak. Hay rumores de destitución de Budanov, que en enero dijo en una reunión parlamentaria a puerta cerrada que si no habían negociaciones de paz pronto el país se iría al garete. El jefe del grupo parlamentario del partido del presidente, David Arajamiya, también está peleado con la administración presidencial que le quiere relevar del cargo. Arajamiya fue quien confirmó que en las negociaciones de marzo/abril de 2022 en Estambul había un acuerdo de paz ya preparado que fue echado para atrás por la presión occidental. El ex jefe del ejército Valeri Zaluzhni, al que Zelenski destituyó y envió de embajador a Londres por ser más popular que él, tiene ambiciones y mantiene contacto con el ex Presidente Petró Poroshenko, otro rival de Zelenski al que éste ha represaliado. La negativa actitud de Trump hacia Zelenski y sus sugerencias directas de que el presidente no es capaz de negociar la paz, no hacen más que reavivar estas tensiones y disputas por el poder en el interior del régimen de Kiev. Aún más cuando la narrativa occidental sobre la guerra como agresión rusa no provocada a cargo de una especie de nuevo Hitler, y en la que la OTAN no tiene nada que ver, se ha hundido manifiestamente.

Por un lado el jefe de la OTAN, es decir el Presidente de Estados Unidos, reconoce gran parte del argumentario ruso, y por otro la prensa americana más beligerante (Véase los últimos informes del New York Times en: 

https://archive.ph/2025.03.30-042044/https://www.nytimes.com/2025/03/30/world/europe/us-ukraine-military-war-takeaways.html 

no cesa de concretar la implicación de la OTAN en Ucrania desde 2014, mucho antes de la invasión, desmintiendo con todo tipo de detalles la afirmación canónica de 2023 y 2024 de que “la Otan no está en guerra con Rusia” (el ex secretario de defensa americano Lloyd Austin, entre muchos otros).


Soldados ucranianos disparando un obús contra vehículos blindados rusos.

Trump ha reconocido que la línea política de Washington de los últimos treinta años ha fracasado y está introduciendo importantes enmiendas en ella. Como dice el politólogo ruso Dmitri Trenin, Estados Unidos ha pasado de resistirse a la aparición de un orden mundial multipolar a intentar dominarlo sobre nuevas bases.

Todo esto ha descolocado por completo a los aliados europeos y al gobierno de Kíev, que ni siquiera están dispuestos a reconocer que la ampliación de la OTAN supone un problema para Rusia. En lugar de reconocer que la única “garantía de seguridad” de Ucrania es restablecer su neutralidad, con la que Rusia convivió desde la disolución de la URSS, la Unión Europea prefiere amenazar con rearmarse y movilizar ejércitos de los que carece contra una fantasmagórica amenaza de invasión rusa de Europa, sobre la que no existe el menor indicio, voluntad ni posibilidad militar en Moscú.


Macron, Starmer, Trump y Zelenski en el Vaticano, en una imagen publicada por el Elíseo.

La elite europea está dividida en el grado de su conformidad con esta leyenda. Los austro-húngaros (Hungría, Eslovaquía y quizás pronto Chequia) rechazan la dialéctica guerrera. La Europa mediterránea no cree en ella pero acepta el rearme, porque dada su impotencia no le queda más remedio que la disciplina. Francia, donde no se sabe si el próximo presidente será una Le Pen o un de Villepin, navega por ahí en medio, y solo los bálticos, polacos y escandinavos parecen decididos a enfrentarse militarmente a Rusia en una “guerra del Norte” que abra un segundo frente contra Moscú, con la primera ministra danesa Mette Frederiksen, directamente amenazada en Groenlandia por Trump, declarando que “la paz en Ucrania es más peligrosa que la actual guerra”…

A Europa le cuesta mucho comprender que ya no es la dueña del mundo y que ha perdido su antigua preponderancia en él. Por razones industriales y políticas, el rearme europeo solo puede ser un bluf. La idea de crear una economía de guerra en Europa, ese “continente de paz” del que surgieron las principales tragedias del mundo de los últimos siglos, desde el holocausto colonial hasta las dos guerras mundiales, es una quimera sin paliativos. El economista Michael Hudson tiene razón cuando dice que habría que sustituir a los economistas y politólogos europeos por sicoterapeutas Peligrosa ineptitud europea – Rafael Poch de Feliu. Y en ningún lugar eso es más cierto que en Alemania.




Por mucha desmemoria que haya generado la irracionalidad europea, la cuestión de cómo se vivirá desde países como Francia, Holanda, Dinamarca o Italia, el hecho de que el Bundeswehr se convierta dentro de algunos años en el primer ejército europeo -acaso con un futuro gobierno de coalición entre la ultraderecha de la Alternative für Deutschland y la CDU – acabará abriéndose paso.

La clase política alemana se ha soltado el pelo y bate todos los récords de irracionalidad. Ya no tiene complejos. La nueva generación ha transferido la culpa histórica a Putin convertido en nuevo Hitler, mientras todo el país gira a la derecha, rehabilita el militarismo y encoge las libertades, criminalizando la solidaridad con Gaza o el pacifismo. Con una economía en recesión, el país se instala en una nueva patología macartista que borra toda confrontación crítica con el pasado nacional (Vergangenheitsbewältigung) y la sustituye por la rusofobia hacia la que dirige su energía agresiva. Esta quinta Alemania La Quinta Alemania – Rafael Poch de Feliu, aborto de su reunificación, camina directa hacia el batacazo.




Las confusas enmiendas de Trump a la globalización con la mira puesta en la contención de China, pasan por cierto acercamiento a Rusia. Desde luego no se va a romper la relación entre Moscú y Pekín (a ese propósito se llega con diez o veinte años de retraso) pero el desequilibrio económico y comercial entre Rusia y China ofrece cierto margen de juego. El mercado chino representa el 36% de la importación rusa y el 30% de su exportación, pero Rusia solo representa el 4% del comercio exterior chino (cifras de 2023). A Rusia le interesa diversificar y Estados Unidos es un gran mercado alternativo, lo que abre algunas posibilidades. Para Washington, Rusia también es importante en Oriente Medio. A Trump le importa más Irán, con quien está empezando a negociar un acuerdo de desnuclearización, que Ucrania.

Cuando las delegaciones rusas y americanas se reúnen, no hablan solo (ni a lo mejor sobre todo) de Ucrania. Moscú no va a tirar por la borda sus acuerdos y alianzas con Irán y China, pero a cambio de que Washington reconozca que Rusia tiene intereses en Europa y que el principal de ellos es que Ucrania no se convierta en una amenaza de seguridad contra ella después de la guerra, puede flexibilizar mucho su actitud en asuntos que interesan a Estados Unidos.

Zelenski lo tiene todo en contra. Cuanto antes lo admita, menor será el daño y la carnicería. Pero el presidente ucraniano lo tiene difícil porque cualquier decisión realista de su parte será considerada “traición” por su potente extrema derecha militar. Si por el contrario, animado por sus ilusos aliados europeos, se mantiene inflexible, se arriesga a que Estados Unidos le abandone militarmente. Y sin la ayuda de satélites, información y comunicaciones que le brindan los americanos, y que los europeos no pueden remplazar, seguramente el frente ucraniano colapsaría pronto.

En marzo, en una reunión a puerta cerrada con la principal organización de empresarios e industriales rusos, Putin dijo que Rusia no tiene intención de hacerse con “Odesa y otros territorios de Ucrania” si en las negociaciones de paz se reconoce que Crimea, las repúblicas de Donetsk y Lugansk y las otras dos regiones (Jersón y Zaporozhe) parcialmente arrebatadas a Ucrania forman parte de Rusia. Before Trump call, Putin told businesses not to expect quick peace deal Por supuesto, en el plazo de uno o dos años el giro político de Trump se puede hundir y crear un gran desbarajuste económico en el interior de Estados Unidos con el lio de los aranceles contra todos, Lo que anuncian los ruidos de Trump – Rafael Poch de Feliu, pero para entonces el ejército ruso podría haber llegado a Odesa, convirtiendo lo que quede de Ucrania en un país irrelevante sin salida al mar.


Suministradores chinos en la cadena de producción de armas de aviación de Estados Unidos en 2023.

La guerra en Ucrania puede terminar si se llega a algún acuerdo, pero también puede transformarse en algo más estrictamente europeo y menos euroatlántico. Vivimos tiempos inciertos para todos, pero algunos lo tienen peor que otros.


Del blog personal de

Rafael Poch-de-Feliu