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jueves, 4 de junio de 2026

Réquiem por la década populista

 

 Por Lily Lynch   
      Periodista californiana especializada en información internacional.


La década populista se acerca a su fin diez años después de la primera victoria de Trump y el Brexit. Pese al actual auge de esas ideas la autora detecta una creciente fatiga hacia el populismo de derechas


Un joven pastor fotografiado por Herbert List en el Bosque Sagrado, abandonado hace mucho tiempo (también conocido como el Parque de los Monstruos), Italia, 1952.

     Semanas atrás escribí un artículo sobre la derrota de Orbán en las elecciones húngaras del 12 de abril. En aquel texto planteaba que la derrota de Orbán, junto con los pésimos porcentajes de popularidad de Trump, apuntaban a una creciente fatiga hacia el populismo de derechas.


Péter Magyar, a la derecha, detrás de Orbán, elegido cómo nuevo presidente húngaro por el partido Tisza.

Algunas personas malinterpretaron lo que escribí y pensaron que hablaba del fin de la política de derechas. Nada más lejos de la verdad: creo que la política de derechas estará con nosotros por un buen tiempo. Ahora bien, creo que cierto populismo de derechas, del estilo del movimiento Maga, puede estar acercándose al fin de su ciclo vital.

Este año será el del décimo anivesrario de la victoria electoral de Trump contra Hillary Clinton y el del referéndum del Brexit, dos shocks gemelos que anunciaron la irrupción del populismo de derechas en la política establecida a escala global. En los diez años que han pasado desde entonces hemos oído hablar quizá demasiado sobre los populistas de derechas, un verdadero circo que ha ido desde Bolsonaro en Brasil a Geert Wilders en Holanda. Con todo, no está de más un breve recordatorio.

Hay politólogos que han dedicado sus vidas al estudio del populismo, pero voy a simplificar brutalmente las cosas afirmando que el populismo es una manera de abordar la política, hay quien la describe, incluso, como una “táctica”. En cualquiera de los casos, su característica esencial es que posiciona a “la gente” contra “la élite”. Trump y quienes respaldaron el Brexit se aprovecharon de la insatisfacción de “los perdedores de la globalización” y el resentimiento popular por la crisis financiera de 2007-2008 y los alistaron a un proyecto populista de derechas.

Hace una década era una fórmula de gran éxito. Hoy no estoy tan segura de que lo fuese. Las cifras de desaprobación de Trump no parecen tocar fondo: un 62% en la encuesta más reciente, un mínimo histórico. 

También hay un arrepentimiento con el Brexit. De acuerdo con una encuesta publicada a comienzos de año, un 58% de los británicos cree que fue erróneo dejar la Unión Europea y sólo un 30% cree que fue lo correcto.


Nigel Farage en la Conferencia de Acción Política Conservadora celebrada en Maryland.

La década populista ha ido perdiendo fuelle y hay varias causas que explican su fin. La primera es que ha muerto lentamente a través de la cooptación y la neutralización. Los populistas de derechas que ganaron con un mensaje anti-establishment e incluso antisistema han tendido a hacer suyas políticas conciliadoras con el establishment una vez en el poder. Trump ha ido destruyendo sistemáticamente cada una de las promesas que hizo durante su campaña “populista”, ninguna de manera más clara que su compromiso de “no iniciar nuevas guerras”. No es el único. Los partidos populistas de derechas de toda Europa también han sido “domesticados” cuando han llegado al poder: los chovinistas sociales se han convertido en neoliberales thatcherianos “business-friendly” (como los Demócratas Suecos) y los euroescépticos se han convertido en atlantistas proeuropeos (como Giorgia Meloni en Italia).

Incluso el viejo Nigel Farage se encuentra en proceso de transición. En 2017 condenó el bombardeo de Siria por Trump. Nueve años después lo encontramos explicando a The New Statesman que Irán supone potencialmente “un mayor riesgo a Reino Unido que Rusia” (o, al menos, lo era durante las primeras semanas de la guerra.) Estos líderes y partidos pueden retener elementos de una retórica populista de derechas, pero sus políticas son con frecuencia más próximas a la derecha convencional.

Otro factor que contribuye al fin de la década populista es que estos partidos, personalidades y políticas han estado el tiempo suficiente en el poder como para comenzar a convertirse ellos mismos en la élite o, al menos, en una élite. El populismo es una estrategia efectiva para desalojar al poder establecido, pero una vez está en el poder tiende a convertirse en todo lo que odia. Es un problema similar al que se enfrentan los revolucionarios cuando, después de llegar al poder, han de reafirmarse en él para conservarlo: la energía que impulsa la insurgencia se agota y, con el tiempo, se convierte en otro régimen esclerótico.

Trump y sus homólogos al otro lado del Atlántico continúan invocando al hombre del saco de la “élite globalista”, pero probablemente los réditos que obtienen de ello sean cada vez menores. Pueden lamentar que la izquierda se haya hecho con muchas instituciones elitarias como la cultura, los medios de comunicación y la academia, pero ellos han cultivado algo así como su propia contra-élite de derechas a través de think tanks, publicaciones y poderosas redes en Silicon Valley. Eventualmente, “la gente” comenzará a darse cuenta de que los populistas de derechas también envían a sus hijos a escuelas de postín y conducen flamantes deportivos.

Un tercer apunte, y el final, es sobre el sionismo y la derecha populista después del 7 de octubre. Antes de esta fecha los populistas de derecha todavía podían afirmar que buscaban poner a “la gente” por delante de los intereses de la élite. Pero con la movilización a gran escala del aparato de seguridad, el militar, de los servicios de inteligencia y los medios de comunicación para proteger a Israel y a sus partidarios de la realidad ya no pueden pretender que se preocupan por las masas o incluso por el ‘America first’.

Privilegiar a Israel por encima de todo lo demás ha significado que la derecha populista ahora esté preocupada por intereses minoritarios más que de la mayoría. Es más, la veneración de la derecha por Israel normalmente se defiende por ser éste un país de “élites con un alto cociente intelectual” que necesita defenderse contra “la biomasa tercermundista marrón”, por usar el crudo lenguaje de las redes sociales. El apoyo a Israel es cada vez más impopular entre “la gente”, lo que significa que se ha convertido en un proyecto elitista dirigido desde arriba. No hay nada de “populista” en una política que hace que la gasolina y el precio de los alimentos se dispare con tal de que Israel pueda conseguir la hegemonía regional.

No obstante, como he apuntado antes, el populismo no es el único vehículo de una política de derechas. Sospecho que después de años de incompetencia bufonesca a cargo de Trump, puede haber apetito para un gobierno serio, efectivo y tecnócrata. Al mismo tiempo, tengo la impresión de que también existe el deseo de dejar a los proles en la estacada y lanzarse de lleno al elitismo derechista de Silicon Valley, que podría ser todavía peor que los populistas payasescos de la última década.


Fuente: El Salto


martes, 12 de agosto de 2025

Construyendo el partido de la izquierda en el Reino Unido

 

 Por James Schneider   
      Organizador político y escritor inglés.



     En los últimos meses, varios grupos de la izquierda organizada británica han debatido la formación de un nuevo vehículo nacional: un partido político o una alianza electoral. La necesidad de una institución de este tipo es evidente. El actual gobierno laborista se caracteriza por la deferencia a los intereses corporativos, la complicidad en genocidios y la represión de la disidencia. Mientras la oposición conservadora sigue obsesionada con las guerras culturales y manchada por su largo historial de desgobierno, el partido ultraderechista Reform UK parece encaminarse a obtener una mayoría relativa del voto popular, presentando su visión powelliana como la única alternativa viable. 

Las encuestas sugieren que un partido de izquierda podría obtener tantos votos como el gobernante, con ambos alcanzando el 15%. Esta cifra podría aumentar aún más si se consolidara en distritos electorales clave y lanzara un ataque contundente contra el consenso de Westminster: un evento que marcaría un gran avance para un bloque socialista históricamente limitado por las limitaciones del laborismo. Si bien los políticos y operadores clave de esta nueva organización aún no han desarrollado un esquema claro, la destacada diputada socialista Zarah Sultana y el exlíder laborista Jeremy Corbyn han anunciado una conferencia inaugural, que se celebrará este otoño, en la que se podrán decidir democráticamente las políticas y los modelos de liderazgo. Unas sorprendentes 200.000 personas se han inscrito en menos de 24 horas.


El exlíder del Partido Laborista, Jeremy Corbyn (izquierda), y Zarah Sultana, diputada por Coventry South, frente a la estación de tren Euston de Londres.

Uno de los organizadores que ha trabajado en este proyecto es James Schneider. Nacido en 1987, Schneider se radicalizó tras la guerra de Irak y la crisis financiera mundial. Cofundó el grupo de campaña Momentum para generar apoyo popular al liderazgo de Corbyn en 2015, y un año después fue nombrado Director de Comunicaciones Estratégicas del partido: un puesto en el que abogó por un populismo de izquierdas sin complejos, intentando, en vano, resistir la presión para ceder ante la derecha laborista en cuestiones clave como el Brexit. Desde entonces, ha publicado Our Bloc (2022), su proyecto para el futuro de la izquierda británica, y ahora trabaja como Director de Comunicaciones de la Internacional Progresista.




Schneider conversó con Oliver Eagleton sobre algunas consideraciones cruciales en el proceso de construcción de un partido: cómo puede mediar entre el poder popular y el electoral, las estructuras organizativas que debe establecer, los factores que previamente impidieron su lanzamiento y los ejemplos internacionales de los que puede aprender. Esta es la primera de una serie de reflexiones sobre el panorama de la izquierda post-corbynista que aparecerán en Sidecar.





Oliver Eagleton: Comencemos con su relato general de lo que un hipotético partido de izquierda debería esperar lograr en el panorama político de la década de 2020, especialmente en países como Gran Bretaña, donde enfrentaría una serie de obstáculos importantes, desde el control de los medios de comunicación del establishment hasta el sistema antidemocrático de Westminster y la división de las fuerzas a la izquierda del Partido Laborista.

James Schneider: La tarea de este partido debería ser emprender diferentes formas de "construcción política". En primer lugar, está la construcción de la unidad popular: tomar los distritos electorales que actualmente forman una mayoría sociológica y convertirlos en una mayoría política. En Gran Bretaña, estos son la clase trabajadora con escasos recursos, los graduados con movilidad social descendente y las comunidades racializadas. La mayoría de la gente piensa en los distritos electorales en términos puramente electorales: "¿Cómo podemos ganar algunos escaños más?", etc. Pero en esencia, no importa si se tienen cincuenta, cien o doscientos diputados a menos que la estrategia electoral esté vinculada a este proyecto social más amplio. 

Luego está la construcción del poder popular: construir organizaciones estructuradas que las personas puedan usar para controlar democráticamente diferentes aspectos de sus vidas, ya sea obteniendo concesiones del capital y el Estado, o trascendiéndolos parcialmente, desmercantilizando ciertos recursos o creando espacios de autonomía. Esto permite a las personas legislar colectivamente desde abajo, a la vez que crea las condiciones para que su partido legisle desde arriba. El movimiento obrero y las cooperativas británicas han cumplido tradicionalmente este propósito. Otros países tienen tradiciones más variadas de creación de poder popular, a través de grupos de arrendatarios, colectivos agrícolas, sindicatos de deudores y ocupaciones de tierras, por nombrar solo algunos.   

Esto nos lleva a la forma final de construcción política: la de una alternativa popular. La unidad y el poder popular demuestran que existen alternativas para organizar la sociedad en su conjunto, a la vez que se construye un programa de gobierno mayoritario capaz de satisfacer las necesidades de la gente a corto y mediano plazo. Si seguimos esta estrategia tripartita, comenzaremos a ver el surgimiento de nuevas formas de protagonismo popular que difunden la lucha y el control en toda la sociedad.  

Permítanme darles dos ejemplos de Colombia. Históricamente, este país fue uno de los principales bastiones del imperialismo en el continente, dominado por una élite compradora conservadora. Sin embargo, durante más de setenta años, el petróleo del país ha sido de propiedad pública, debido a que los trabajadores petroleros iniciaron una huelga indefinida en 1948 que obligó al Estado a establecer una empresa nacionalizada. La persistente presión popular ha impedido que ningún gobierno haya podido revertir la decisión. Más recientemente, en 2010, se formó una institución llamada Congreso de los Pueblos para agrupar diversos movimientos sociales y luchas territoriales: urbanas, campesinas e indígenas. Una de sus iniciativas fue establecer territorios de producción de alimentos controlados por los campesinos que vinculaban a los pequeños agricultores con los pobres urbanos, y finalmente obligaron al gobierno a reconocer y apoyar estos territorios en expansión, que el movimiento concibe como "trincheras del poder popular". Esta estrategia de legislar desde abajo alimentó la elección del primer gobierno de izquierda de Colombia en 2022, liderado por Gustavo Petro. 

En resumen, nuestro partido debe ser un vehículo para establecer la unidad, un catalizador para la organización popular y una palanca para la movilización popular hacia una alternativa social. Nuestro objetivo a largo plazo, mucho más allá de lo que se pueda lograr en la década de 2020, debería ser establecer una sociedad que reconozca la dignidad esencial de cada persona. Si bien este principio es evidente para muchos, las macroestructuras de nuestro sistema global se oponen firmemente a él. El orden actual se basa en la tríada del capital, la nación y el Estado. Nuestro objetivo debería ser reemplazarlo por uno diferente: el social, el internacional y el democrático: tres lógicas entrelazadas que abren espacio a nuevas formas de vida más allá de la explotación, el imperio y el control vertical. Esto significa socializar la economía, transformar nuestra posición en la cadena de relaciones imperialistas y la división global del trabajo, y democratizar el Estado. No hay camino hacia un futuro ecológico sostenible sin estas transformaciones. En este país, nunca hemos tenido un vehículo que haya intentado lograr este tipo de cambio a través de la política de masas. Ninguno de los pequeños grupos de izquierda lo ha hecho. Incluso bajo el liderazgo de Corbyn en el Partido Laborista, no concebimos nuestro objetivo en estos términos. Lo que se requiere es un partido popular y un conjunto de organizaciones que lo rodeen, capaces de alcanzar el poder en todos los sentidos: social, cultural, político e industrial. 

OE: ¿Puede decirnos más sobre cómo esta estrategia se adaptaría a las realidades prácticas de la política británica actual?

JS: Los sectores sociales que describí anteriormente —trabajadores con escasos recursos, graduados con movilidad social descendente y personas racializadas— serían los más beneficiados por un movimiento para abolir la situación actual. Por supuesto, un partido de izquierda también debería buscar apoyo más allá de estos grupos: existen elementos progresistas tanto fuera como dentro, por lo que no puede ser un proceso rígido ni mecánico. Pero estos son los tres actores principales a través de los cuales se puede forjar la unidad popular. Algunas de las razones por las que constituyen una mayoría numérica están relacionadas con la posición global de Gran Bretaña como economía avanzada en el núcleo capitalista, pero otras son más específicas: por ejemplo, las políticas impulsadas por el Nuevo Laborismo en educación superior, vivienda e industria, que crearon la categoría del graduado con movilidad social descendente (irónicamente, ya que el Nuevo Laborismo fue en parte el proyecto de una clase de graduados con movilidad social ascendente). Cada vez más, las acciones del establishment —especialmente del actual gobierno laborista— están consolidando un interés común entre estos sectores. Los partidos de Westminster han empobrecido a los pobres en activos junto con los graduados más jóvenes, y han tratado de culpar a las personas racializadas, incluidas aquellas que no encajan en estas otras dos categorías sociales, lo que les da una base compartida para revertir el status quo. 

Así que el potencial está ahí. Lo que falta es la capacidad. En lo que respecta al poder popular, partimos de un nivel muy bajo. La vida cívica en Gran Bretaña, como en gran parte del Norte Global, ha quedado reducida a cenizas. La vida asociativa de la clase trabajadora ha sido destruida; no solo los sindicatos y las cooperativas, sino también las bibliotecas, los bares, los clubes, las bandas, los equipos deportivos. Cada vez menos gente recuerda esta cultura política anterior. Nuestra mayor manifestación de poder popular es el movimiento obrero, y lo principal que ha experimentado en los últimos cincuenta años es la derrota, lo que naturalmente crea una postura defensiva. ¿Cómo la superamos? Bueno, el poder popular siempre se basa en la densidad. Hay una razón por la que la fábrica crea oportunidades políticas para la izquierda; y lo mismo ocurre con el barrio obrero, como lugar donde la gente se reúne de forma natural. En Gran Bretaña, esto tiene claras implicaciones para la estrategia electoral debido al sistema de mayoría simple. No soy defensor de ese sistema, pero existe y debemos trabajar con él por el momento. Una cosa que nos obliga a hacer es seguir una estrategia de densidad: enraizar nuestro proyecto en áreas específicas en las que esos tres grupos sociales tienen una supermayoría. 

Analicemos las elecciones del año pasado, donde los cinco independientes que se postularon a la izquierda del Partido Laborista obtuvieron escaños en el parlamento: una victoria relativamente pequeña, pero también histórica, ya que anteriormente solo había habido tres independientes a la izquierda del Partido Laborista desde la Segunda Guerra Mundial. La situación en Islington North, donde Corbyn venció al contrincante laborista por un margen aplastante, fue algo sui generis, ya que se trataba de un candidato con perfil nacional y un reconocimiento absoluto. Sin embargo, tiene implicaciones más amplias, ya que hasta el último elemento restante de poder social se movilizó en apoyo de la campaña, precisamente porque la gente la veía como una expresión de su propia vida cívica. Todos los grupos de jardinería, todas las iglesias, todas las mezquitas, todas las secciones sindicales de la zona: todos reconocieron que Corbyn era su encarnación política, razón por la cual votaron por él, casi independientemente de sus opiniones sobre políticas específicas. 

Los otros cuatro independientes también ganaron en gran medida gracias al verdadero poder social de sus comunidades, que reside principalmente en las mezquitas, aunque, por supuesto, muchos no musulmanes y no practicantes también hicieron campaña y votaron por ellos. La gente va a la mezquita todas las semanas. Es un lugar de sociabilidad, de bienestar, de guía moral. Y así, aunque estos candidatos independientes serían los primeros en admitir su inexperiencia política —que no contaban con campañas ingeniosas, comunicaciones innovadoras ni una plataforma política integral—, alcanzaron la victoria gracias a esta identificación con el centro de poder de la comunidad, lo que ayudó a canalizar su repulsión compartida ante el genocidio de Gaza, junto con una serie de otros problemas. Precisamente por eso el establishment reaccionó con tanto horror. No se trataba solo de islamofobia; también era un reconocimiento aterrado de que el poder popular puede eludir las estructuras que se supone deben neutralizarlo. 

OE: Si su ambición es crear algún tipo de vínculo vinculante entre un partido político y formas más amplias de vida asociativa, entonces quizás deba establecerse una distinción entre movimientos e instituciones. Los primeros pueden ser efímeros y amorfos, incapaces de crear formas duraderas de poder popular, en ausencia de los segundos. Podría decirse que, en lo que respecta a temas como el genocidio de Gaza, es el movimiento el que activa a las personas como sujetos políticos, la institución la que traduce esa politización en poder popular y el partido el que aprovecha ese poder para influir o controlar el Estado. Esto me lleva a preguntarme: si la cultura institucional de la clase trabajadora británica ha sido destruida en gran medida durante el último medio siglo, dejando solo enclaves aislados, ¿no estamos perdiendo un eslabón crucial en esta secuencia? ¿Cómo debería un nuevo partido de izquierda abordar este problema? 

JS: Necesitamos construir más instituciones. Para mí, esta es la tarea estratégica más importante del partido y también la que probablemente se pase por alto. Además de fortalecer las manifestaciones de poder popular que han sobrevivido a las ruinas del neoliberalismo, debemos crear otras nuevas. El número de hogares de alquiler en el Reino Unido es de 8,6 millones. El número de personas en sindicatos de inquilinos es de aproximadamente 20.000. Solo el 38% de los inquilinos votó en las últimas elecciones. Si, con el Partido Laborista de Corbyn, hubiéramos decidido salir a tocar puertas y organizar a los inquilinos, ¿cuántos líderes tendríamos ahora? ¿Cómo podríamos haber cambiado la conciencia de la izquierda laborista, alejándola de la propaganda de un partido parlamentario en Twitter y orientándola hacia la construcción de instituciones sólidas propias? Podrías plantearte las mismas preguntas sobre una variedad de otros temas. Con 600.000 afiliados laboristas, 450.000 de ellos de izquierdas, podríamos haber decidido que organizarnos en torno a la cuestión X o Y era una prioridad política. Si hubiéramos movilizado incluso al 10% de esos afiliados de izquierdas, podríamos haber creado nuevas organizaciones populares: cooperativas de alimentos, sindicatos de contribuyentes, grupos de salud mental. Se podrían haber organizado campañas para una huelga climática o para intentar que los servicios públicos pasaran a ser propiedad pública mediante boicots masivos. Hay muchísimas posibilidades, y no me corresponde ser prescriptivo sobre cuáles debemos priorizar en los próximos años. Estas decisiones deben ser tomadas democráticamente por un partido político nacional.  

Si el nuevo partido dedica todo su tiempo a desarrollar la política de asistencia social perfecta para nuestro imaginario futuro tecnocrático de izquierdas cuando dirijamos el Estado, no llegará a ninguna parte. Si se considera un Partido Laborista 2.0, con mejores políticas que el actual, pero sin canales para una participación popular real, será destruido por poderes opuestos. Durante la era Corbyn, estábamos atrapados en una posición en la que los miembros del Partido Laborista a menudo se veían obligados a esperar a que un puñado de personas en la cúpula tomara decisiones, en lugar de convertirse ellos mismos en agentes y líderes. No podemos repetir ese error. Creo que es importante recordar que fuera de Europa y Norteamérica, las reuniones políticas no son malas. No son aburridas. Son animadas, participativas y arraigadas en la cultura popular: con música, comida e incluso baile. La gente normal asiste porque pertenece. Hay diferentes maneras de participar. Y eso se debe a que su propósito es fortalecer los lazos de solidaridad y unidad para que la gente pueda salir y participar en la construcción del poder popular. 

OE: ¿Cómo debería el nuevo partido que usted imagina crear este tipo de cultura política no tradicionalmente británica? 

JS: En la Gran Bretaña contemporánea, el establishment no tiene nada que contar: dice que todo está básicamente bien y que hay que callarse los problemas. El bloque reaccionario, mientras tanto, dice que todo está mal: no se puede conseguir una cita en el NHS, la vivienda es inasequible, el sueldo ha bajado y la razón de todo esto son los musulmanes, los inmigrantes y las minorías. Cuando estas son las únicas narrativas disponibles, es probable que la segunda gane, porque al menos aborda algunos agravios reales. Pero lo cierto es que atacar a las minorías es en sí mismo una postura minoritaria. Puede que haya cierto tipo de racismo generalizado en Gran Bretaña, pero la mayoría de la gente no se detiene a pensar en cuánto odia a los extranjeros, así que hay una clara oportunidad para una narrativa diferente. Lo que deberíamos ofrecer, en cambio, es una "lucha de clases con una sonrisa". Deberíamos rechazar todas las devociones de la clase política, mediática y estatal, porque son odiadas por el público, y con razón. Deberíamos generar controversias en lugar de retractarnos de ellas. Este estilo comunicativo se suele denominar populismo de izquierda. Implica trazar una línea de antagonismo clara y contundente, donde hay unidad de nuestro lado y división del otro. Esa línea de antagonismo es extremadamente simple: la causa de nuestros problemas son los banqueros y los multimillonarios. Están en guerra con nosotros, así que nosotros vamos a la guerra con ellos. Deberíamos aspirar a desconcertar e indignar a los medios de comunicación con un estilo político combativo pero también alegre. Deberíamos tener reuniones como las que he descrito, con música, comida y grupos de debate, y donde la gente pueda salir con acciones claras que llevar a cabo. Esto, naturalmente, significa que el partido debería tener su sede principalmente fuera de Westminster; no debería asociarse con tipos trajeados que se pasan el tiempo murmurando hipócritas a las cámaras de noticias. 

Mi sueño es una fiesta que impacte con el mismo impacto que "Turn the Page" , el tema de apertura del álbum debut de The Streets, Original Pirate Material . Algo que nunca hayas escuchado antes, pero que sea reconocible al instante; inconfundiblemente británico y arraigado en la vida cotidiana, desde los pubs hasta las aceras. Un sonido, o en nuestro caso, una política, que fusiona sin esfuerzo culturas y tradiciones, anclado en la clase y la comunidad, pero que avanza con confianza y estilo. Necesitamos habitar este tipo de registro nacional-popular. Para decirlo de una manera más teórica, la eficacia de este tipo de política proviene de desbloquear la valencia progresiva potencial de la dimensión "nacional" de la tríada capital-nación-estado. En Sidecar publicaste un artículo breve y reflexivo de Dylan Riley la semana pasada titulado "Lenin in America", que, siguiendo a Gramsci, argumentaba que Lenin hoy buscaría una "relación productiva y creativa con la cultura política revolucionaria nacional-democrática específica en la que uno opera". La izquierda británica debería pensar en estos términos.




OE: Mencionaste a Colombia como modelo, pero pensemos por un momento en las diferencias históricas y contextuales. Allí, existía un Estado dominado por los dos partidos principales, el Liberal y el Conservador, que durante décadas colaboraron con Estados Unidos para mantener al país en una situación de dependencia periférica, excluyendo a los sectores populares del poder. Por lo tanto, muchos de estos sectores estaban en gran medida desintegrados en los procesos de acumulación económica y participación política, lo que contribuyó a forjar ciertas tradiciones de lucha autónomas: movimientos guerrilleros que controlaban amplias zonas rurales, campañas contra el extractivismo, grupos que defendían territorios indígenas. Petro logró unificar muchas de estas fuerzas en su proyecto electoral, incorporando a los forasteros —los "don nadie", como se les llamaba cariñosamente— al corazón del gobierno. En Gran Bretaña, en cambio, el problema de larga data ha sido menos la exclusión popular que la asimilación popular. El Partido Laborista ha sido tradicionalmente una herramienta para subsumir a la clase trabajadora en el Estado y reconciliarla con el imperialismo, con el resultado de que nuestra cultura de lucha popular es menos activa. Nuestras reuniones de izquierda son más aburridas; la base orgánica para este tipo de política de masas es mucho más débil. 
El liderazgo de Corbyn realizó una evaluación sobria de estas condiciones. Su objetivo no era necesariamente empoderar a las bases y esperar que los llevaran a la victoria. Se trataba, más bien, de explotar una situación de crisis política, tomar el poder estatal e implementar un programa de reformas no reformistas que, a su vez, galvanizaría a sectores más amplios de la población, fortaleciendo a trabajadores, inquilinos, migrantes, etc. Este enfoque, en el que la política desde arriba precede a la política desde abajo, no fue simplemente un error estratégico. Fue un reflejo de nuestra particular situación histórica y las posibilidades políticas que generó. Se podría argumentar que esas mismas condiciones también han moldeado la forma en que se ha desarrollado hasta ahora el plan para un nuevo partido de izquierda, con decisiones tomadas por un estrato relativamente pequeño de operadores políticos que esperan, con razón, utilizar las victorias electorales para impulsar luchas más amplias. 

JS: La explicación que ofreces es, en general, correcta y ayuda a explicar por qué la conciencia predominante en la izquierda británica es altamente electoralista. No estoy argumentando en contra de ganar elecciones ni de entrar en el gobierno. Creo que es esencial. Pero hay dos razones por las que puede y debe combinarse con estos otros procesos de construcción política desde el principio. En primer lugar, la asimilación de la clase trabajadora británica —no solo a través del Partido Laborista, sino también de los sindicatos durante el período corporativista— nunca fue total: siempre hubo revueltas populares y focos de resistencia. Por lo tanto, existen tradiciones radicales sobre las que construir. En segundo lugar, nos acercamos al final de una ofensiva capitalista de décadas que pretendía destruir dicha resistencia. Esto se logró en parte mediante la asimilación, pero principalmente mediante la fuerza bruta: la exclusión violenta de las masas tanto en el Norte como en el Sur Global, con mineros británicos decapitados y izquierdistas argentinos arrojados desde helicópteros. Lo que vemos hoy es que esta embestida comienza a estancarse, no por la oposición externa, sino por sus propias limitaciones internas: la incapacidad de Estados Unidos para frenar el desarrollo soberano chino, especialmente después de 2008; y la creciente presión sobre los recursos a medida que la crisis ecológica se intensifica. Esto crea una oportunidad vital para un partido de izquierda. 

Pero no podemos simplemente repetir el corbynismo en este contexto. No estamos al frente de un partido de gobierno y no tenemos ninguna posibilidad de lograrlo pronto. Por lo tanto, esa apuesta electoralista, que fue derrotada en primer lugar, es aún menos viable ahora. El número de personas que eran conscientes de la estrategia 2015-19, tal como la describe, también era extremadamente limitado: solo un puñado entre el gabinete en la sombra y los asesores principales la habrían articulado de esa manera. La lógica del socialismo parlamentario se mantuvo prácticamente intacta. Creo que necesitamos un cambio fundamental en nuestra visión estratégica para crear un consenso en la izquierda que reconozca la importancia del poder popular. 

Si busca un ejemplo negativo, puede considerar al Partido Verde. Su enfoque consiste en elegir a sus candidatos a cargos públicos para que puedan usar su perfil para defender políticas progresistas. En sus propios términos, han tenido cierto éxito, eligiendo a un diputado entre 2019 y 2024 y cuatro desde entonces, además de numerosos concejales locales. Pero ¿qué impacto han tenido en la conciencia pública? Prácticamente ninguno. Rebelión contra la Extinción y Viernes por el Futuro han tenido un efecto mucho más tangible en la política ambiental de masas. El enfoque matemático de los Verdes —cuantos más representantes electos, mejor— tiene doscientos años de antigüedad, y se remonta a la época de las revoluciones liberales, cuando el discurso público se desarrollaba en parlamentos y asambleas recién formados donde los números realmente importaban. Es totalmente inadecuado para la década de 2020. El portavoz más elocuente del partido ni siquiera es diputado. Últimamente hemos estado escuchando cosas como «Junto con los Verdes, un partido de izquierda podría mantener el equilibrio de poder en Westminster». Este es el mismo tipo de disparate autoengañoso que algunos en el Grupo de Campaña Socialista llevan años difundiendo: «Si nos quedamos en el Partido Laborista y mantenemos un perfil bajo, quizá mantengamos el equilibrio de poder». ¿Cómo ha funcionado eso?

OE: Se trata de un modelo liberal de frente popular que implícitamente compromete a la izquierda a apoyar a un gobierno laborista, lo cual sería un suicidio moral y político. Pero, para centrarnos un momento en las lecciones del corbynismo: la mayoría reconoció que una de las principales razones de su derrota fue la falta de una base social sólida, lo que dificultó la lucha contra las campañas de desprestigio y el sabotaje político a los que fue sometido el proyecto. Pero después de 2019, muchas de esas personas se dedicaron a «construir la base» de una manera desvinculada de cualquier infraestructura nacional mayor, dando lugar a un conjunto de iniciativas dispares —un sindicato comunitario por aquí, un grupo de acción directa por allá— que el gobierno de turno ha ignorado o reprimido en su mayoría.
Actualmente, se acepta ampliamente que se necesita una síntesis de organización electoral y popular, como usted menciona, pero aún no hay consenso sobre la forma que debería adoptar. Se ha debatido mucho si esta nueva organización debería ser un partido desde el principio o si debería comenzar como una alianza electoral. Quienes defienden esta última postura argumentan que la situación fragmentada de la izquierda británica, y de la vida cívica británica en su conjunto, implica que necesitamos una estructura de coalición que pueda abarcar las luchas locales y apoyar a los líderes comunitarios que quizá no se identifiquen explícitamente con «la izquierda», aunque compartan ampliamente nuestra política. Sin embargo, al mismo tiempo, una coalición flexible amenaza con institucionalizar la situación fracturada de la izquierda en lugar de repararla. ¿Cuál es su postura sobre estas cuestiones? 

JS: No estoy a favor de ninguna de las dos posturas, al menos no de sus versiones extremas. Por un lado, se corre el riesgo de tener un laborismo recalentado con mejores políticas, pero con una estructura de partido similar, cuya prioridad principal es encontrar candidatos para las elecciones locales. Por otro lado, el peligro es que terminemos con un paraguas flexible de independientes que no ofrece una perspectiva gubernamental para un cambio real. Ninguna de estas dos opciones va a generar un poder genuino en la sociedad. 

En el libro que escribí tras la derrota de 2019, defendí una federación de los movimientos, organizaciones estructuradas y fuerzas de izquierda existentes que pudiera servir de base para un proyecto más ambicioso. Hoy en día, sigue siendo perfectamente plausible que una organización federada pueda desempeñar este papel: sentar las bases para los diferentes tipos de construcción política que mencioné anteriormente. Sin embargo, para empezar, se seguiría necesitando una estructura unificada de toma de decisiones para poder establecer cualquier tipo de estructura mayor, ya sea federal, confederal o central. Optar por una coalición en lugar de un partido no cambiaría el hecho de que la gente primero debe unirse y acordar las líneas básicas, y hasta ahora esto no ha sucedido. Tampoco hay ninguna razón por la que un partido no pueda respetar la diversidad de posiciones, con diferentes tendencias y pluralismo interno. Una marca política local existente debería poder seguir operando con un alto nivel de autonomía, si así se desea. Estas son, francamente, cuestiones secundarias que pueden resolverse cuando se establezcan los canales deliberativos adecuados. 

Mi modelo preferido sería una estructura donde confiáramos la estrategia a la membresía y las tácticas al liderazgo. Las principales cuestiones estratégicas —qué tipo de construcción de poder social priorizar, cómo distribuir recursos a los activistas en todo el país, qué tipo de educación y formación política proporcionar, cuál debería ser el contenido del programa político— se decidirían colectivamente. Las tácticas, es decir, cómo se alcanzan estos objetivos estratégicos, podrían ser determinadas en gran medida por los organizadores o políticos de primera línea. Para que esto funcione, tendría que haber un sistema de liderazgo colectivo. Podría ser algo así: una lista de liderazgo de doce o quince personas se presentaría con una propuesta estratégica y quizás también una propuesta política, que presentaría a los miembros, quienes emitirían votos transferibles para su estrategia preferida y los candidatos asociados. Esto daría lugar a un comité nacional compuesto por líderes de diferentes listas, que sintetizaría las diversas propuestas y las presentaría a la conferencia de miembros, donde podrían ser aprobadas, modificadas o rechazadas. El comité también elegiría a personas para diferentes cargos nacionales: nuestro portavoz principal, nuestro organizador principal, nuestro enlace con los movimientos progresistas, nuestro gestor del partido, etc. De esta manera, seguiríamos teniendo personas en puestos de liderazgo identificables, pero no se trataría solo de un concurso de popularidad. Se crearía un estrato de líderes capaces de tomar decisiones ágiles y tácticas, pero también se fomentaría el protagonismo popular al convertir la estrategia en un esfuerzo colectivo.  

OE: Si un partido de izquierda se hubiera lanzado antes, podría haber aprovechado varias oportunidades políticas. A nivel de élite, podría haber aprovechado la decisión de Starmer del pasado julio de suspender a siete diputados, incluida Sultana, del partido parlamentario, quizás convenciendo a más de abandonar el partido. A nivel de masas, podría haber organizado una respuesta unida de la izquierda a la creciente ola de violencia racista incitada tanto por Starmer como por Farage. ¿Por qué, en su opinión, el proyecto ha tardado tanto en salir a la luz pública?

JS: Llevo trabajando en esto casi un año, y creo que existen factores estructurales que dificultan el lanzamiento de cualquier cosa: no solo el tipo específico de partido de izquierda que he defendido, sino cualquier tipo de partido de izquierda. Como ya he dicho, todo se reduce a la cuestión de la toma de decisiones. ¿Qué decisiones son legítimas? ¿Quién puede tomarlas y quién puede implementarlas? Existe el dilema del huevo y la gallina: no se pueden tomar decisiones hasta tener una estructura, pero para tener una estructura es necesario tomar decisiones. En otras situaciones equivalentes, este problema se soluciona de tres maneras. 

La primera es la intervención de un hiperlíder. Jean-Luc Mélenchon dice: «El Partido de Izquierda no funciona, estoy formando La Francia Insumisa», y eso es lo que ocurre. La gente lo sigue. En Gran Bretaña no tenemos ese tipo de figura. Tenemos una especie de hiperlíder en Jeremy, una persona cuya autoridad moral y política supera a la de cualquier otro; pero él no actúa así. No es su estilo. 

La segunda es una organización estructurada preexistente con capacidad disciplinada para tomar decisiones. Podría ser un sindicato o una campaña política. En Sudáfrica, Abahlali baseMjondolo, un movimiento de personas que viven en chabolas informales, cuenta con 180.000 miembros en 102 asentamientos de viviendas y está llevando a cabo ocupaciones de tierras en cuatro provincias. Asistí a su asamblea general cuando observaba las elecciones en Sudáfrica el año pasado y presencié sus debates sobre la creación de su propio vehículo electoral. Pueden utilizar los mecanismos democráticos existentes que permiten tomar, impugnar y revocar decisiones como parte de un proceso abierto donde todos conocen su postura. Esto también falta en Gran Bretaña. 

La tercera solución es un pequeño grupo de personas políticamente avanzadas y estrechamente alineadas que puedan tomar decisiones colectivamente. A lo largo de la historia, ha habido muchos partidos comunistas formados por unas doce personas sentadas alrededor de una mesa, que rápidamente se convirtieron en vehículos de masas. Pero aquí, las discusiones se dan entre personas con orígenes y prioridades muy diferentes, que carecen de esta perspectiva colectiva. 

Como resultado de estos tres factores estructurales, surge un factor contingente adicional de gran importancia. Es, de hecho, el factor determinante, aunque sea posterior a los demás. Se trata de la cuestión de las personalidades. En momentos de insuficiencia colectiva como este, los problemas individuales cobran protagonismo. Esto se vuelve mucho más decisivo en condiciones de parálisis objetiva. Pero ahora, afortunadamente, parece que se están logrando avances. Un nuevo partido está tomando forma a pesar de estos obstáculos, porque tanto la necesidad política como la presión externa son abrumadoras. No se puede dejar de construir un nuevo partido cuando el partido, aún sin nombre, ya está empatado con el partido gobernante en las encuestas. De alguna manera, va a suceder.

OE: ¿Qué planes hay para el lanzamiento oficial, ahora que Corbyn y Sultana han anunciado esta conferencia? 

Desafortunadamente, el partido ya se ha lanzado, aunque no existe. Nos han privado de un lanzamiento cuidadosamente planificado, pero podemos aceptarlo. Lo que necesitamos ahora es minimizar la importancia del factor humano contingente creando un tipo diferente de autoridad soberana: un organismo con el poder de impulsar el proceso. En la práctica, esto se concreta en una conferencia democrática. Esta podría ser responsable de establecer un comité que tendría entonces verdadera legitimidad en su toma de decisiones. Toda persona que se afilie al partido debería tener pleno derecho a participar. La conferencia debe reunirlos a todos, con instalaciones híbridas y votación totalmente en línea. Podría elegir un equipo de liderazgo colectivo al que se le confiaría el desarrollo de la organización durante el próximo año, aproximadamente, y luego podríamos desarrollar estructuras y culturas que permitan tomar decisiones más significativas. Nada de esto sería perfecto. De hecho, sería muy subóptimo, ya que básicamente significa construir el coche mientras se conduce. Podrían cometerse todo tipo de errores con consecuencias más adelante. Pero al menos aceleraría el proceso. Ofrecería cierta esperanza en un momento político en que escasea desesperadamente. Y eso sería algo muy significativo. 


Fuente: SIDECAR

jueves, 3 de julio de 2025

El capitalismo financiero es más peligroso que nunca

 

      Profesor de la Universidad de Flensburg y director del Centro Norbert Elias para el Diseño y la Investigación de la Transformación.


Se suponía que la crisis de 2008 auguraba el fin del capitalismo financiero ultraespeculativo. Sin embargo, los actores financieros salieron fortalecidos y el capital ficticio supone una amenaza mayor que nunca para la estabilidad económica mundial.


El texto que sigue es un fragmento adaptado de Freedom for Capital, Not People: The Mont Pèlerin Society and the Origins of the Neoliberal Monetary Order, disponible en Verso Books.




     Algunos autores tomaron el período posterior a la crisis del capitalismo financiero de 2008 como el «fin del neoliberalismo» o el advenimiento del «pos-neoliberalismo». Otros lo describieron como una versión «mutante» o «zombi» de un neoliberalismo que, en realidad, está «medio muerto, medio vivo».

En una era de creciente proteccionismo, ideología de derecha y desglobalización, las ideologías neoliberales sin duda sufrieron un revés. Pero también se rearticularon forjando nuevas alianzas y adoptando formas novedosas. Cabe destacar tres dimensiones de la coyuntura actual.

La política del dinero

Hoy, como en la década de 1960, hay un enorme interés por la forma que adopta el dinero como factor central en la política y la vida social. La política monetaria es hoy más que nunca una cuestión política que interpela directamente incluso a quienes no se interesan por sus arcanos. Hay motivos para pensar que el sistema global de dinero y finanzas se está acercando a un umbral disruptivo de importancia histórica, con el potencial de transformar la manera en que las sociedades invierten, se aseguran y comercian.

Por supuesto, la forma del dinero —esencialmente la «promesa de pago» construida social y políticamente— siempre ha fluctuado. Lo que distingue la transformación del dinero en los primeros años del siglo XXI es, en primer lugar, la proliferación de las monedas y los tokens digitales. Al operar en las sombras de los sistemas monetarios hegemónicos, no pueden considerarse simplemente como herramientas de emancipación desde abajo contra los bancos centrales autoritarios y las políticas monetarias de austeridad, como a veces afirman sus defensores.




Más bien, los tokens no fungibles, la Web3, la tecnología blockchain, las criptomonedas y las organizaciones autónomas descentralizadas están a la vanguardia de una revolución financiera impulsada cada vez más por plataformas transnacionales y los propios bancos centrales. En nombre de la flexibilidad y la eficiencia, anticipan el fin del dinero en efectivo, poniendo así en riesgo la privacidad y debilitando aún más la democracia. Estos desarrollos marcan el agotamiento del régimen de flexibilización cuantitativa (QE) vigente desde 2019.

Aunque son demasiado complejos para analizarlos en detalle aquí, representan una perspectiva para el llamado orden pos-neoliberal, cuyas características no pueden entenderse como progresistas, ya que en algunos casos prometen ceder aún más autoridad a los propios señores de las finanzas, potencialmente de forma directa por medios administrativos.

Los términos en que se discute esta nueva arquitectura monetaria recuerdan debates anteriores. En el campo de las monedas digitales, por ejemplo, la lógica fuertemente restrictiva, limitada y orientada a disciplinar el mercado propia de Bitcoin remite a la escasez incorporada del oro —y, si se generalizara su uso, podría reproducir la lógica del patrón oro—, mientras que la proliferación aparentemente interminable de dinero privado con nombres absurdos durante la década de la QE se asemeja a la especulación desenfrenada que habilitaron los tipos de cambio flotantes.

A esta oposición familiar se le puede añadir un tercer polo: la moneda digital del banco central, emitida formalmente por los propios bancos centrales o, lo que es funcionalmente equivalente, por los bancos privados más grandes. Esta nueva forma de dinero se distingue por introducir la posibilidad de imponer directamente condiciones sociopolíticas a las transacciones o penalizar a los ahorristas mediante tipos de interés muy bajos.

Quizás sea por esta razón que los neoliberales más principistas sumaron sus voces de alarma en lo que respecta a algunas de estas innovaciones. Como sugirió el historiador Adam Tooze, parafraseando a Antonio Gramsci, «las criptomonedas son el síntoma mórbido de un interregno, un interregno en el que el patrón oro ha muerto, pero aún no ha nacido un dinero plenamente político que se atreva a decir su nombre».

Privilegio exorbitante

Otra cuestión candente en los debates contemporáneos es el estatus del dólar como moneda de reserva mundial, un «privilegio exorbitante» ratificado por el paso a los tipos de cambio flotantes. Los efectos de esta fatídica decisión, como recoge un libro publicado en su quincuagésimo aniversario, «fueron mucho más allá del sistema monetario internacional y tuvieron repercusiones geopolíticas y políticas, así como económicas y financieras, de gran importancia».

Hoy en día, si bien la hegemonía del dólar sigue intacta, cada vez son más las voces que cuestionan su permanencia y, con ella, la capacidad de Estados Unidos para mantener su posición geopolítica sin rival. En este sentido, el momento actual se asemeja al de la década de 1970, cuando la política monetaria reflejaba las luchas entre las potencias mundiales y la gestión de las relaciones entre aliados. Con la introducción de la canasta de monedas BRICS y la perspectiva de desdolarización que sugiere, tras el Brexit y la crisis de la zona euro, las previsiones de regionalización suelen girar en torno a la política monetaria.

Aun así, en medio de los rumores sobre la desglobalización y las pruebas de una caída de los flujos de capital, la proporción de transacciones realizadas en dólares se mantuvo relativamente estable en las últimas décadas. No obstante, la «creditocracia del dólar» estadounidense se ve amenazada por las contradicciones internas de la expansión cuantitativa, y los déficits por cuenta corriente y presupuestario de Estados Unidos siguen ejerciendo una presión a la baja sobre el dólar, lo que exacerba el resentimiento hacia el unilateralismo estadounidense.

Por último, la liberalización de los movimientos de capital en la década de 1970 debe considerarse como una cara del agotamiento del crecimiento económico en los países industrializados avanzados; ambos son efectos de la sobreacumulación y del descenso del crecimiento de la productividad y adoptaron la forma de un estancamiento secular. El período posterior fue testigo de una enorme explosión del capital ficticio, es decir, de activos financieros que son, en esencia, derechos sobre la producción y los beneficios futuros.

La financiarización de la era postfordista ha producido una economía desequilibrada, en la que este tipo de activos supera ampliamente el tamaño de la economía real subyacente. Su lógica es la de un casino sin crecimiento, basado en la transferencia y apropiación de valor en gran medida desvinculadas de los valores de uso del mundo real. Esta dinámica desproporcionada fue precisamente la que generó el sobreendeudamiento responsable del colapso de 2008.

Capital ficticio

Apesar de las promesas de volver a regular y frenar el poder de las finanzas, la metástasis del capital ficticio continuó a buen ritmo. Si bien el uso de algunos activos —esos instrumentos complejos que se encuentran en el centro de la crisis inmobiliaria y financiera, como los CDO (Obligaciones de Deuda Colateralizada)— disminuyó, la cantidad total de capital ficticio siguió aumentando. Esta dinámica se pone de manifiesto en la enorme importancia del sector financiero, de los seguros y del sector inmobiliario (FIRE, por sus siglas en inglés) y en el aumento de los precios de la vivienda y de los objetos de arte como activos financiarizados.

El comercio en los mercados mundiales de divisas —el mercado que determina el tipo de cambio de las monedas mundiales y que tiene su origen moderno en la abolición del sistema de Bretton Woods— se disparó desde niveles insignificantes en la década de 1970 hasta alcanzar un valor nominal de 620.000 millones de dólares en 1989 y de 4,5 billones de dólares en 2008; para pasar a situarse en 7,5 billones de dólares en 2022. Estos flujos masivos de dinero, que alimentan lo que algunos definiercon como una clase rentista «tecnofeudal», plantean un problema potencialmente sistémico, dada la presión que conllevan para buscar su realización en la economía real.

En la era del exceso climático, el estancamiento secular y la policrisis, estas pretensiones sobre la producción futura —ahora muy superiores al PIB mundial— crean un dilema fundamental. Dadas las crecientes pruebas que ponen en tela de juicio la ambición de ecologizar el crecimiento económico, los esfuerzos por obtener beneficios futuros del capital ficticio conducirán a un crecimiento insostenible que desestabilizará peligrosamente la vida planetaria o a un escenario alternativo de poscrecimiento, en el que las sociedades recuperarán el control democrático y convertirán el capital ficticio en activos varados.


Fuente: JACOBIN