Mostrando entradas con la etiqueta Dólar. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Dólar. Mostrar todas las entradas

martes, 11 de agosto de 2026

Trump ataca el dólar (y puede que lo pagues tú con recortes)

 

 Por Iván H. Ayala   
      Economista y doctorando en la UCM, especializado en metodología económica, Unión Europea y financiarización.


Lo que ocurrió el 31 de julio es que el deudor más grande del mundo salió al mercado a defender la moneda de su acreedor y ahí esto deja de ser una historia de mercados, porque lo que se dirime es qué visión de la política económica gobernará la próxima década


Trump y Takaichi en el encuentro que se produjo en el Despacho Oval en marzo de 2026.


     El viernes 31 de julio el Tesoro de Estados Unidos compró yenes. Lo confirmó el secretario del Tesoro Scott Bessent y lo celebró el propio Trump ante la prensa. Es la primera intervención coordinada para comprar yenes desde 1998, con una cifra estimada de 36.000 millones de dólares en una sola jornada. Una amistad que cuesta cara.


‘Es bueno para la economía mundial’; ¿por qué es inusual que Trump haya intervenido junto a Japón para apuntalar el valor del yen?

Pero no se gastan 36.000 millones por fraternidad. Japón es el mayor acreedor exterior de Estados Unidos, con 1,24 billones de dólares en deuda del Tesoro. Lo que ocurrió el 31 de julio es que el deudor más grande del mundo salió al mercado a defender la moneda de su acreedor. Ningún manual de economía internacional describe esa operación. La pregunta es por qué.

La respuesta corta es que el circuito que hacía innecesaria la intervención se ha roto. Durante décadas, los tipos japoneses en cero expulsaban el ahorro hacia los Treasuries (títulos de deuda pública estadounidense), ese ahorro sostenía el dólar y abarataba la deuda americana, y todo se cerraba solo. Hoy el bono japonés a diez años paga cerca del 2,8%, máximo en treinta años, mientras que un Treasury, una vez pagado el seguro de cambio que cuesta el diferencial de tipos a corto, deja unos dos puntos en yenes garantizados.


El rendimiento del bono japonés a diez años sube al 2,81%, máximos de casi 30 años.

Una aseguradora japonesa con pasivos en yenes ya no tiene incentivo a comprar Treasuries, sino a venderlos y volver a casa: en el primer trimestre los inversores japoneses vendieron 29.600 millones en deuda americana, la mayor salida desde 2022. El ahorro japonés vuelve a casa porque por fin le pagan en casa.

Hasta aquí no hay política, hay aritmética. Pero la aritmética no explica por qué un ajuste que el sistema anterior habría digerido en silencio exige ahora un rescate con rueda de prensa. Ahí entra Trump. Su guerra en Ormuz encareció el crudo que alimenta la inflación japonesa y obliga al Banco de Japón a subir tipos, invirtiendo el diferencial que mantenía el ahorro japonés al otro lado del Pacífico.

Su guerra arancelaria y sus amenazas a quien busque alternativas al dólar han erosionado el papel del dólar como moneda de reserva. Y su asalto a la Reserva Federal, con Stephen Miran en el consejo y Kevin Warsh en la presidencia, ha puesto precio al riesgo de que la FED sea otro errático departamento de la Casa Blanca antes que a la estabilidad. El bono a treinta años en el 5,2%, máximo desde la crisis financiera, lo confirma.


El bono estadounidense a 30 años marca máximos no vistos desde 2007.

La ironía es que Trump dice querer sostener el dólar como moneda de reserva. Su doctrina, formulada por Miran, quiere un dólar más barato para recuperar la manufactura y a la vez un dólar que siga siendo la moneda mundial para financiarse barato y conservar la palanca geopolítica. El privilegio sin la carga. Pero la hegemonía nunca fue un decreto. Era un conjunto de condiciones, previsibilidad, un banco central creíble, acceso incondicional al activo seguro, y todo eso es lo que Trump está erosionando.

El detalle que vale más que la intervención está en la fontanería. Los Estados no acumulan reservas en billetes sino invertidas en deuda: para defender el yen a gran escala, Tokio tendría que vender Treasuries, y cada venta encarece la deuda de un Tesoro que ya paga un billón anual en intereses. La defensa del yen la acababa pagando Washington. Por eso Tokio anunció que podrá recurrir a la facilidad FIMA de la Reserva Federal y obtener dólares dejando sus Treasuries en prenda, sin vender un solo bono. La Fed queda instalada como aseguradora de última instancia del sistema entero, acreedor japonés incluido. La hegemonía del dólar, se ve ahora, nunca residió en que el mundo quisiera Treasuries, sino en que Washington controla el acceso a la liquidez de última instancia y decide a quién respalda y contra qué garantía. Administrar el colateral ajeno es lo que hace un hegemón cuando la hegemonía deja de ser gratis.

Y aquí esto deja de ser una historia de mercados, porque lo que se dirime es qué visión de la política económica gobernará la próxima década. Una es la anterior a 2008: banco central independiente controlando la inflación y política fiscal disciplinada a su servicio, la dominancia monetaria. La otra es la que la crisis obligó a improvisar: política fiscal activa y política monetaria sosteniéndola. De cuál se imponga dependerá que la respuesta se llame austeridad o se llame normalidad.

La lectura ortodoxa, la de John Cochrane, dice que el 5,2% es la prima que el mercado cobra elevados niveles de deuda pública y déficit que nadie corrige, y su mandato es la consolidación, recortes mandatados por los mercados. Es exactamente como se leyeron las primas de riesgo de España e Italia entre 2010 y 2012. Se recortó en sanidad, educación e inversión, y las primas siguieron subiendo. Lo que las hundió no fue ningún recorte sino tres palabras que Mario Draghi pronunció en julio de 2012 y de las que se han hecho hasta camisetas: whatever it takes. Bastó la existencia de un comprador de última instancia. Los mercados no cotizaban la deuda de nadie, cotizaban la ausencia de respaldo monetario, como demostró De Grauwe comparando países igual de endeudados con y sin banco central propio. Aquella lectura costó una década perdida, y no era neutral: la austeridad protege el valor de los títulos, disciplina al deudor y blinda al tenedor. Es la visión de los acreedores, y los acreedores tienen siempre incentivos para volver a imponerla.

Las lecturas alternativas pasan el test que la ortodoxia suspende, explicar por qué el deudor defiende la moneda de su acreedor. Para Michael Pettis, lo que vemos es el ahorro japonés dejando de exportarse porque su mercado vuelve a remunerarlo: los rendimientos no juzgan la solvencia de nadie, y recortar mientras se retira el comprador extranjero es sumar dos contracciones. Para Daniela Gabor, el FIMA revela que el balance del banco central ya hace política fiscal cada vez que decide qué colateral acepta y de quién; discutir décimas de déficit mientras esa infraestructura se expande sin escrutinio es mirar el dedo. Ambas comparten el fundamento postkeynesiano: el tipo de interés es una variable de política, no un veredicto sobre la solvencia, y la restricción real de un emisor de su propia moneda no es financiera sino inflacionaria, exactamente la que el crudo de Ormuz aprieta.

Europa es el terreno donde más se juega. El tramo largo americano arrastra al alza los tipos de todo el mundo, así que los presupuestos europeos sentirán la presión sin haber hecho nada, justo cuando las reglas fiscales vuelven a apretar y hay que financiar defensa y transición. Si el marco ortodoxo se impone, el manual de 2010 está listo para reaplicarse. Y lo que Japón acaba de conseguir, defender su moneda sin liquidar sus activos, Europa no puede replicarlo porque sigue sin un activo seguro común: el economista jefe del BCE, Philip Lane, lleva meses pidiéndolo, pero el tabú fiscal manda, y la fragmentación del dólar la está capturando el oro, no el euro. Ningún país se juega más que España, que crece por encima de la media europea apoyada en la demanda interna y la inversión pública. Para España, el regreso del manual de 2010 no es un debate académico: es la amenaza de repetir la década que ya perdió una vez.

Si se impone la premisa de que el sistema se sostiene interviniendo, la era que se abre no es la de la austeridad sino la de la gestión permanente, bancos centrales haciendo política fiscal encubierta y tesoros haciendo política monetaria por delegación. Esa gestión no es buena ni mala: depende de a quién respalde. El balance del banco central usado para sostener el pleno empleo es una conquista democrática por vía técnica; el mismo balance usado solo para asegurar el patrimonio de quien ya lo tiene es un seguro de élites pagado por todos. Julio ha enseñado que el segundo ya existe y funciona, incluso en fin de semana, mientras el primero sigue considerándose imposible, inflacionario o ingenuo. La lectura que se imponga no será técnica sino política. El dólar que se sostenía solo también sostenía esa ficción, y es lo segundo que Trump ha enterrado.


Fuente: El Salto

lunes, 5 de enero de 2026

No es solo el petróleo: la desdolarización y China, tras el golpe de Estado de Trump en Venezuela

 

       Periodista económico de EL SALTO.


Estados Unidos no puede permitir que el comercio mundial de crudo

 deje de hacerse en petrodólares o su hegemonía se pondría en

 peligro, por lo que necesita acabar con la influencia China en países

 con reservas de crudo


     Petróleo, petróleo, petróleo... Hasta 26 veces mencionó el oro negro Donald Trump en la rueda de prensa posterior a la intervención en Venezuela y el secuestro de Nicolás Maduro.


Collage con tres imágenes, una de maduro secuestrado, Caracas bombardeada y Trump en rueda de prensa.

La Casa Blanca no se ha andado con muchos rodeos, excusas y eufemismos a la hora de reconocer que la violación del Derecho Internacional que ha cometido con el golpe de Estado en Caracas ha sido para que las grandes empresas energéticas estadounidenses se hagan con el petróleo venezolano.


EE UU quiere que sus petroleras recuperen la industria del crudo en Venezuela.

Pero observar tan sólo las reservas de petróleo puede dejar el análisis en lo superficial, ya que ese mismo crudo mantiene algo más que las cuentas de resultados de las petroleras o de los países productores, también es un pilar necesario para una de las principales y más poderosas armas de la hegemonía mundial de Estados Unidos: la dolarización de la economía global y, más concreto, la del comercio de crudo. Son muchos los analistas que señalan que el petróleo es lo que se ve, pero que Trump ha dado este golpe en la mesa para evitar que las exportaciones de barriles venezolanos acaben comerciándose en otras monedas.


Uso oficial mundial de moneda extranjera.

El sistema de comercio mundial de petróleo fue la herencia del acuerdo firmado entre Estados Unidos, con Henry Kissinger a la cabeza, y Arabia Saudí, país líder de la OPEP, en 1974. La gran potencia norteamericana garantizó protección militar y la venta de armas al régimen saudí a cambio de que vendiera su petróleo exclusivamente en dólares e invirtiera los excedentes de esa producción en bonos del Tesoro de Estados Unidos. Más tarde, el resto de países de la OPEP siguieron a Arabia Saudí y nació el sistema global dominante del petrodólar.


Petrodólar.

Desde ese momento el mercado de compra y venta de crudo pasó a negociarse en dólares, generando una demanda constante de la divisa. Esa necesidad de obtener dólares a todo aquel que necesite importar petróleo mantiene la demanda de la moneda alta de forma artificial, lo que permite que Estados Unidos se pueda financiar más barato (reduce los tipos de interés) y le permite tener déficits fiscales y comerciales sin que afecte a su economía, como sí le ocurre a cualquier otro Estado. De esta forma, la economía estadounidense puede seguir gastando, aumentando su déficit (mayor del 6% del PIB) y su ratio de deuda respecto al PIB (supera el 122%) sin temor a que su moneda pierda valor y sin que los mercados encarezcan mucho lo que paga por su financiarse.

Aunque lo cierto es que existen motivos más allá de las ratios económicos: el dominio del dólar como moneda global da a Estados Unidos un enorme poder geopolítico y la capacidad de sancionar a aquellos países que la Casa Blanca ponga en su mira. Trump puede congelar activos en dólares a Estados o puede excluirlos del sistema de pagos internacional, lo que puede congelar el comercio de dicho país o imposibilitar sus importaciones de materias primas referenciadas al dólar como el caso del crudo. Esa es una de las bases del poder hegemónico de Estados Unidos.


Estados miembros de la OPEP y OPEP+.

Si el petróleo se empieza a comerciar en otra moneda, el país norteamericano puede perder esa hegemonía. Ahí es donde entra Venezuela y el competidor por dicha hegemonía mundial estadounidense, la China de Xi Jinping.

“El golpe de Estado estadounidense en Venezuela también tiene como objetivo ayudar al sistema del petrodólar”, afirma en redes sociales el alemán Richard Wegner, doctor en Economía por la Universidad de Oxford. “Venezuela, con las mayores reservas de petróleo del mundo, desafió al dólar vendiendo petróleo en yuanes, euros y rublos, eludiendo el dólar y creando canales de pago alternativos con China”, señala el economista como principal motivo para que Caracas haya desatado las iras de Washington.


Richard A. Werner.

No sería la primera vez que ocurre. Wegner señala dos precedentes históricos: el derrocamiento de Sadam Husein en Irak por pretender cambiar dicho comercio al euro o el del líder libio Muamar el Gadafi, que pasó de ser considerado un aliado de Occidente (no olvidemos que Alberto Ruíz-Gallardón le concedió las llaves de oro de Madrid en 2007) a convertirse en el enemigo número uno “por proponer un dinar respaldado en oro” con el que comerciar su petróleo.


Gallardón y el líder libio Gadafi toman un zumo durante la recepción en la concesión de la medalla.

Cada vez que esa hegemonía del petrodólar se encuentra en peligro, Estados Unidos utiliza toda su fuerza militar para mantener las cosas en su sitio.

Si un país como Venezuela, sujeto a innumerables sanciones económicas, no puede utilizar el dólar, debe encontrar formas y aliados a los que vender su enorme producción petrolera. Ahí es donde ha entrado China. Ante las sanciones, el Gobierno de Maduro lleva un año vendiendo el 80% de la producción de crudo al gigante asiático utilizando el renminbi (yuan), la moneda china. 

¿Es ese canal de comercio suficiente para poner en jaque el dominio global del dólar? No, pero ofrece una imagen que la Casa Blanca no quiere permitir: se puede comerciar y subsistir fuera del dólar, lejos del poder estadounidense, comerciando con aquellos países cansados del imperialismo financiero y militar promovido por las distintas administraciones que han pasado por Washington desde hace ya más de 50 años. “La invasión contrarresta la acelerada desdolarización mundial liderada por Rusia, China, Irán y los BRICS, a medida que las naciones pasan a utilizar medios de pago distintos del dólar y alternativas al SWIFT”, apunta Wegner sobre esta nueva deriva multipolar hacia la que avanza el planeta.


¿Qué puede suponer la expansión de los BRICS para la economía y hegemonía global?





En una línea muy similar a la de Wegner se encuentran los argumentos Aníbal Garzón, sociólogo especializado en Estudios Internacionales y autor del libro BRICS: La transición hacia un Orden Mundial Alternativo (Akal, 2024). “Pese a que Venezuela no pertenece a los BRICS, por el veto que puso Brasil en uno de las últimas reuniones, a Rusia y a China siempre le ha interesado que entre”, dice el analista que señala que si bien Rusia puede ser una cuestión más política, las intenciones de China van más enfocadas al tema del petróleo. “China ha hecho inversiones en esta industria en Venezuela y ha aumentado las importaciones desde el país, lo que ha hecho que Venezuela pueda esquivar las sanciones y ha estrechado las relaciones entre los dos países”, explica Garzón.




Aunque el autor del libro sobre los BRICS también señala a otro club de países, el de los productores de crudo, la OPEP: “Este movimiento también lo está haciendo Arabia Saudí, que aunque ha sido siempre socio de Estados Unidos ahora también negocia parte de su petróleo en yuanes con China, y también lo está haciendo Irán”. En esos procesos de desdolarización es el lugar donde se encuentran el club de los BRICS y el de la OPEP, “por eso Venezuela, sin ser de los BRICS, es un socio fundamental tanto para Rusia como para China”, dice Garzón.



Un puzzle mucho más grande

Todavía se puede ampliar mucho más el foco en el análisis, subir una capa más en esa enrevesada guerra hegemónica. “Claro que importan las reservas de petróleo de Venezuela y que las exploten las empresas estadounidenses y claro que importa la desdolarización, pero todo son piezas de un puzzle mucho más grande”, explica a El Salto Juan Vázquez Rojo, doctor en Economía, profesor e investigador en la Universidad Camilo José Cela y experto en la hegemonía del dólar y la internacionalización del yuan o el modelo económico chino.




El economista señala a la nueva estrategia de la Casa Blanca para mantener ese poder hegemónico y que quedó plasmado sin eufemismos en el documento de seguridad nacional publicado en noviembre: “Básicamente dice que tienen mantener su influencia sobre lo que ellos consideran su región, el continente americano, y tener el monopolio de poder. Algo que deciden porque otras potencias han ganado terreno en la región, sobre todo China”, señala el economista en referencia a las inversiones en infraestructuras que está haciendo el gigante asiático por toda latinoamérica o los lazos comerciales exportando manufacturas e importando, sobre todo, materias primas, además de deslocalizar producción a esos países para que las empresas chinas puedan exportar a países de esa región, incluido los Estados Unidos.

Aún así, Vázquez Rojo señala que el poder y la influencia de Estados Unidos sigue siendo muy superior si miramos las cifras de inversión, tecnología y poder de sus empresas en los países latinoamericanos, “pero Trump tiene la sensación de que está perdiendo ese peso y China se ha colado en la región”. La estrategia, según su análisis, es clara: “Intentar reforzar los gobiernos con los que me llevo bien, como hemos visto con el swap de divisas con el que prácticamente ha rescatado al Gobierno de Milei y del que no sabemos qué ha pedido Trump a cambio, y en el caso de gobiernos no afines como el de Venezuela, el documento de seguridad nacional habla claro y dice que ‘si hace falta, utilizaremos todos los medios para volver a controlar la región’. Y eso pasa, lógicamente, por el hecho de que si hay que cargarse a un gobierno pues se lo cargarán… y eso es lo que ha hecho en Venezuela”, apunta el economista.


Trump selló con Milei en la Casa Blanca un rescate de 20.000 millones a dos semanas de las elecciones legislativas en Argentina.

En las próximas semanas, si nadie le para los píes a Trump, se deberá ver qué condiciones se impone al Gobierno venezolano, pero Vázquez Rojo vuelve remitirse a la estrategia de seguridad nacional de la Casa Blanca: “Se va a presentar como una estrategia de win-win, de inversiones de empresas estadounidenses y transferencias tecnológicas que beneficien a Venezuela pero, como dice el documento, esos países tendrán que renunciar a acuerdos con otras potencias”. En resumen, “Estados Unidos querrá limpiar la influencia de China en Venezuela”.

Todavía falta por ver si China y Rusia tomarán algún tipo de medida específica para contestar a esta violación del Derecho Internacional con el golpe de Estado en Venezuela y el secuestro de Maduro, pero no parece que este acto vaya a contrarrestar una corriente que cada vez se extiende con más fuerza: la de los países que están hartos del matonismo económico y bélico de los Estados Unidos. De hecho, el golpe en Venezuela puede que provoque el efecto contrario: “Es una señal de desesperación, que podría acelerar el declive del petrodólar, ya que el Sur Global está resentido por la dependencia de Estados Unidos y su uso de la fuerza militar para mantener el dominio de su moneda”, apunta Richard Werner.

Prueba de ello es que los BRICS tienen una lista de espera de Estados que se quieren adherir a este club que no deja de alargarse, los productores de petróleo miran cada vez más hacia China en sus exportaciones, los gobiernos no alineados con la Casa Blanca han encontrado en este mundo alternativo una forma de evitar las sanciones y el dólar, aunque sigue dominando sin duda, va perdiendo poco a poco posiciones ante la divisa china.


Los BRICS tienen una lista de espera de estados que se quieren adherir a este club.

Habrá que ver qué ocurre en los próximos días y semanas pero lo que queda claro es que, tal y como resumen Aníbal Garzón, lo ocurrido este pasado fin de semana “no ha sido sólo un golpe contra Venezuela y contra Nicolas Maduro, sino que ha sido un golpe contra el mundo bipolar, contra los BRICS, contra China, contra Rusia y contra la desdolarización”.


Fuente: El Salto

martes, 29 de julio de 2025

Indignidad europea ante el engaño trumpista

 

      Economista español. Integrante del Consejo Científico de Attac España y catedrático de Economía Aplicada en la Universidad de Sevilla.


La presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, y el de Estados Unidos, Donald Trump, acaban de escenificar una auténtica y desvergonzada obra de teatro


Fuente: Ganas de escribir


     Como ha hecho con otros países, Donald Trump no ha buscado ahora con la Unión Europea un buen acuerdo comercial para los intereses de la economía estadounidense, como él se empeña en decir. Y en lo que ha cedido von der Leyen no es en materia arancelaria para evitar los males mayores de una escalada de guerra comercial, como afirman los dirigentes europeos. El asunto va por otros derroteros.

Los aranceles del 15 por ciento acordados para gravar casi todas las exportaciones europeas los pagarán los estadounidenses y, en algunos casos, con costes indirectos aún más elevados.

Eso pasará, entre otros productos, con los farmacéuticos que se ven afectados. Puesto que en Estados Unidos no hay producción nacional alternativa y siendo generalmente de compra obligada (los economistas decimos de muy baja elasticidad de la demanda respecto al precio) los consumidores terminarán pagando precios más elevados. Suponiendo que fuese posible o interesara la relocalización de las empresas para irse a producir a Estados Unidos (lo que, desde luego no está nada claro), sería a medio plazo (lo expliqué en un artículo anterior).

Los aranceles a los automóviles europeos serán del 15 por ciento, pero los fabricantes estadounidenses deben pagar otros del 50 por ciento por el acero y el cobre, y del 25 por ciento por los componentes que adquieren de Canadá y México. Sería posible, por tanto, que los coches importados de la Unión Europea sean más baratos que los fabricados en Estados Unidos y que a los fabricantes de este país les resulte mejor producirlos en Europa y llevárselos de vuelta. Además, la mayoría de los automóviles de marcas europeas que se venden en Estados Unidos se fabrican allí, de modo que no les afectarán los aranceles, mientras que en Europa apenas se venden coches estadounidenses, no por razones comerciales sino más bien culturales o de gustos. Otros productos en los que Europa tiene ventajas, como los relativos a la industria aeroespacial y algunos químicos, agrícolas, recursos naturales y materias primas no se verán afectados.

En realidad, en términos de exportación e importación de bienes generales, el «acuerdo» no es favorable a Estados Unidos. Como explicó hace unos días Paul Krugman en un artículo titulado El arte del acuerdo realmente estúpido, el que suscribió con Japón (y se puede decir exactamente lo mismo ahora del europeo y de todos los demás) «deja a muchos fabricantes estadounidenses en peor situación que antes de que Trump iniciara su guerra comercial».




No obstante, todo esto tampoco quiere decir que Europa haya salido beneficiada. Las guerras comerciales no suele ganarlas nadie, y muchas empresas y sectores europeos (los del aceite y el vino español, por ejemplo) se verán afectados negativamente. Pero no perderán porque Trump vaya buscando disminuir el déficit de su comercial exterior, sino como un efecto colateral de otra estrategia aún más peligrosa.

La realidad es que a Estados Unidos no le conviene disminuirlo porque este déficit, por definición, genera superávit y ahorro en otros países que vuelve como inversión financiera a Estados Unidos para alimentar el negocio de la gran banca, de los fondos de inversión y de las grandes multinacionales que no lo dedican a invertir y a localizarse allí, sino a comprar sus propias acciones. El déficit exterior de la economía estadounidense no es una desgracia, sino el resultado deliberadamente provocado para construir sobre él un negocio financiero y especulativo de colosal magnitud.

Lo que verdaderamente busca Estados Unidos con los «acuerdos» comerciales no es eliminar los desequilibrios mediante aranceles. Eso es algo que no se ha conseguido prácticamente nunca en ninguna economía). El objetivo real de Estados Unidos es hacer chantaje para extraer rentas de los demás países, obligándoles a realizar compras a los oligopolios y monopolios que dominan sus sectores energético y militar y, por añadidura, humillarlos y someterlos de cara a que acepten más adelante los cambios en el sistema de pagos internacionales que está preparando ante el declive del dólar como moneda de referencia global.

En el «acuerdo» con la Unión Europea (como en los demás), lo relevante ni siquiera son las cantidades que se han hecho públicas. Los aranceles son una excusa, un señuelo, el arma para cometer el chantaje. Lo que de verdad importa a Trump no es el huevo que se ha repartido, sino el fuero que acaba de establecer. Es decir, la coacción, el sometimiento y el monopolio de voluntad que se establecen, ya formalmente, como nueva norma de gobernanza y dominio de la economía global y que Estados Unidos necesita imponer, ahora por la vía de la fuerza financiera y militar debido a su declive como potencia industrial, comercial y tecnológica.

Siendo Donald Trump un gran negociador, si quisiera lograr auténticas ventajas comerciales para su economía no habría firmado lo que ha «acordado» con Europa (y con los demás países), ni hubiera dejado en el aire y sin concretar sus aspectos más cuantiosos. La cantidad de compras de material militar estadounidense no se ha señalado: «No sabemos cuál es esa cifra», dijo al escenificar el acuerdo con von der Leyen. El compromiso de compra de 750.000 millones de dólares en productos energéticos de Estados Unidos en tres años sólo podría obligar a Europa a desviar una parte de sus compras y tampoco parece que se haya concretado lo suficiente. Y la obligación de inversiones europeas por valor de 600.000 millones de dólares en Estados Unidos es una quimera porque la Unión Europea no dispone de instrumentos (como el fondo soberano de Japón) que le permitan dirigir inversiones a voluntad y de un lado a otro. Además, establecer esta última obligación sería otro disparate si lo que de verdad deseara Trump fuese disminuir su déficit comercial con Europa: si aumenta allí la inversión europea, disminuirán las compras de Europa a Estados Unidos, y lo que se produciría será un mayor déficit y no menor. 

Lo que han hecho von der Leyen y Trump (por cierto, en Escocia y ni siquiera en territorio europeo) ha sido desnudarse en público. Han hecho teatro haciendo creer que negociaban cláusulas comerciales, pero en realidad se han quitado la ropa de la demagogia y los discursos retóricos para mostrar a todo el mundo sus vergüenzas manifestadas en cinco grandes realidades:

1. El final del gobierno de la economía global y el comercio internacional mediante reglas y acuerdos y el comienzo de un nuevo régimen en el que Estados Unidos decidirá ya sin disimulos, a base de chantaje, imposiciones y fuerza militar.

2. A Estados Unidos no le va a importar provocar graves daños y producir inestabilidad y una crisis segura en la economía internacional para poner en marcha ese nuevo régimen. Quizá, incluso lo vaya buscando, lo mismo que buscará conflictos que justifiquen sus intervenciones militares.

3. La Unión Europea se ha sometido, se arrodilla ante el poder estadounidense y renuncia a forjar cualquier tipo de proyecto autónomo. Como he dicho, a Trump no le ha importado el huevo, sino mostrar que Europa ya no toma por sí misma decisiones estratégicas en tres grandes pilares de la economía y la geopolítica: defensa, energía e inversiones (en tecnología, hace tiempo que perdió el rumbo y la posibilidad de ser algo en el concierto mundial). Von der Leyen, con el beneplácito de una Comisión Europea de la que no sólo forman parte las diferentes derechas sino también los socialdemócratas (lo que hay que tener en cuenta para comprender el alcance del «acuerdo» y lo difícil que será salir de él), ha aceptado que la Unión Europea sea, de facto, una colonia de Estados Unidos.

4. Ambas partes han mostrado al mundo que los viejos discursos sobre los mercados, la competencia, la libertad comercial, la democracia, la soberanía o la paz eran lo que ahora vemos que son: humo que se ha llevado el viento, un fraude, una gran mentira.

5. Por último, han mostrado también que el capitalismo se ha convertido en una especie de gran juego del Monopoly regido por grandes corporaciones industriales y financieras que han capturado a los estados para convertirse en extractoras de privilegios, en una especie de gigantescos propietarios que exprimen a sus inquilinos aumentándoles sin cesar la renta mientras les impiden por la fuerza que se vayan y  les hablan de libertad. 

La Unión Europea se ha condenado a sí misma. Ha dicho adiós a la posibilidad de ser un polo y referente mundial de la democracia, la paz y el multilateralismo. Ahora hace falta que la gente se entere de todo esto y lo rechace, lo que no será fácil que suceda, pues a esos monopolios se añade el mediático y porque, como he dicho, esta inmolación de Europa la ha llevado a cabo no sólo la derecha, sino también los socialistas europeos que, una vez más, traicionan sus ideales y se unen a quien engaña sin vergüenza alguna a la ciudadanía que los vota.


Fuente: Rebelión