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martes, 2 de junio de 2026

“¡Evite una guerra abierta con Rusia!”

 

 Por Jeffrey D. Sachs   
      Profesor de la Universidad de Columbia.


El economista y diplomático Jeffrey Sachs insta en una carta al canciller federal Friedrich Merz a iniciar de inmediato conversaciones con el presidente ruso Putin sobre la paz en Europa

Starmer, Zelensky, Macron, Tusk y Merz hablan por teléfono con Trump durante una visita a Ucrania en mayo de 2025.


      Estimado señor canciller Merz:

Cuando le escribí una carta abierta hace seis meses, hice un llamamiento a Alemania para que buscara la vía diplomática con Rusia, en lugar de normalizar la guerra. Seis meses después, la situación en Europa se ha deteriorado dramáticamente. Europa y Rusia se están precipitando hacia una guerra abierta. En esta situación, usted, señor canciller, tiene una responsabilidad única. Ningún otro jefe de Estado o de gobierno europeo –ni en París, ni en Varsovia, ni en Roma– tiene el peso de Alemania ni el poder que usted posee personalmente para evitar esta catástrofe. ¿Abogará usted por la paz?

Usted mismo exigió en enero de 2026, junto con la primera ministra Meloni y el presidente Macron, la reanudación de las relaciones de Europa con Rusia y calificó a Rusia de “país europeo”. Sin embargo, no ha seguido la vía diplomática. Teniendo en cuenta que el futuro de Europa está en juego, esto supone una renuncia sin precedentes a su liderazgo. ¿Ha intentado usted, durante su mandato como canciller federal, mantener siquiera un solo diálogo significativo con el presidente Putin? ¿Ha intentado su ministro de Asuntos Exteriores mantener alguna vez un diálogo significativo con el ministro de Asuntos Exteriores Lavrov? ¿Conversaciones auténticas, como las que pusieron fin a la Guerra Fría? Por lo que atestiguan los registros públicos, la respuesta es: no. Ni una sola vez. Y no porque no se hubiera reconocido la urgencia.

Los últimos días han traído consigo una peligrosa escalada que debería alarmar a todos los europeos. Ambas capitales se encuentran ahora bajo fuego continuo: drones ucranianos de largo alcance han impactado en el corazón de Moscú, incluyendo objetivos civiles. 

Los ataques con misiles y drones rusos contra Kiev se han intensificado enormemente.


Rusia lanzó un ataque masivo con misiles y drones en Kiev durante la noche del 24 de mayo.

Drones ucranianos han penetrado en el espacio aéreo de los Estados bálticos, lo que ha suscitado el peligro inmediato de un incidente que podría arrastrar a Europa directamente a la guerra. Un atroz ataque ucraniano contra una escuela de niños en Lugansk ha socavado aún más los últimos restos de moderación. El 25 de mayo, el ministro de Asuntos Exteriores, Serguéi Lavrov, informó oficialmente al secretario de Estado de EEUU, siguiendo instrucciones del presidente Putin, de que las fuerzas armadas rusas están llevando a cabo ahora “ataques sistemáticos y continuados” contra instalaciones y centros de decisión en Kiev. El Ministerio de Asuntos Exteriores ruso aconsejó a Estados Unidos y a otros países que “garantizaran la evacuación de su personal diplomático y de sus ciudadanos de la capital ucraniana”. Esta noticia es el preludio de una escalada masiva. La diplomacia es más urgente que nunca.

El camino para defender Ucrania no es la continuación de la matanza, sino una paz en condiciones aceptables para todas las partes. En cambio, nos amenaza una escalada con más muertos aún, más destrucción y el peligro real de una guerra que se extienda más allá de Ucrania. Al exigir cada vez más armas, capacidades bélicas cada vez mayores y demostraciones cada vez más sonoras de “determinación”, y al dar a entender que Alemania se está preparando para una guerra en lugar de trabajar para ponerle fin, ha convertido a Berlín en un acelerador, en lugar de un freno, de una guerra a escala europea.

La responsabilidad de Alemania: seis puntos

Alemania tiene una responsabilidad considerable en la situación actual. Antes de que la política alemana pueda orientarse hacia la paz, es necesario abordar con honestidad el pasado de Alemania. A continuación, enumero seis graves omisiones de la política exterior alemana hacia Rusia desde la reunificación alemana de 1990.

En primer lugar: el Tratado 2+4 y la ampliación de la OTAN hacia el Este

El 12 de septiembre de 1990, Alemania firmó en Moscú el Tratado sobre la solución definitiva de los asuntos de Alemania –el “Tratado 2+4”–, que completó la reunificación alemana. Este tratado se materializó porque Mijaíl Gorbachov recibió de Hans-Dietrich Genscher, Helmut Kohl, James Baker y otros jefes de Estado y de Gobierno occidentales la solemne garantía de que la OTAN no se expandiría hacia el este.


George H. W. Bush junto a Gorbachov en la Cumbre de Helsinki, en septiembre de 1990.

Los documentos desclasificados –entre ellos los memorandos del Archivo de Seguridad Nacional de la Universidad George Washington, ahora de acceso público– son inequívocos: esas garantías se dieron y, tal y como se formuló claramente en aquel momento, debían extenderse más allá del territorio de la antigua RDA hasta Europa del Este. Se reafirmaron en 1990 y 1991. El Tratado 2+4 limita el estacionamiento de tropas de la OTAN en la antigua RDA y recuerda los principios del Acta Final de Helsinki, que subraya que la seguridad de ninguna nación debe ir en detrimento de la seguridad de otra. ¿Acaso alguien cree seriamente que la Unión Soviética rechazaba la presencia de tropas occidentales en el territorio de la antigua RDA, pero se mostraba indiferente ante la presencia de ejércitos de la OTAN en Varsovia, Vilna o Kiev? Por supuesto que no. La ampliación de la OTAN se debatió en profundidad, y Alemania dio garantías expresas a los dirigentes soviéticos de que rechazaría la ampliación hacia el este –y más tarde las incumplió–. Alemania fue la que más se benefició de esas garantías, que constituían la contrapartida de la reunificación alemana. Sin embargo, ya en 1993 los políticos alemanes comenzaron a incumplir esas garantías.

En segundo lugar: la propia declaración de la canciller Merkel

En sus memorias, Angela Merkel escribe con notable franqueza que, en el momento de la Cumbre de Bucarest de 2008, comprendió que la invitación a Ucrania y Georgia a la OTAN equivaldría a una declaración de guerra a Rusia. Conocía la línea roja de Rusia. Y, sin embargo, cedió a la presión estadounidense y aceptó la declaración de compromiso según la cual Ucrania y Georgia “podrían llegar a ser” miembros de la OTAN en algún momento. Esa única frase desencadenó las catástrofes de 2014 y 2022. La franqueza posterior de Merkel es un regalo para sus sucesores: les ha dicho clara y rotundamente lo que entonces era evidente. Alemania no debería ahora fingir que no es así.

En tercer lugar: la traición al acuerdo del 21 de febrero de 2014

El 21 de febrero de 2014, el entonces ministro de Asuntos Exteriores alemán, Frank-Walter Steinmeier, medió en Kiev, junto con sus homólogos polaco y francés, en un acuerdo entre el presidente Yanukóvich y la oposición. El acuerdo preveía la reinstauración de la Constitución de 2004, la formación de un gobierno de unidad nacional y la convocatoria de elecciones presidenciales anticipadas. Se consultó al presidente Putin; el acuerdo fue ratificado. Fue un importante éxito diplomático en una situación de fuertes tensiones y violencia abierta. Sin embargo, en menos de 24 horas, Yanukóvich fue derrocado por un golpe de Estado violento. Alemania no insistió en el acuerdo que acababa de garantizar. En cambio, siguiendo el ejemplo de EEUU, Alemania apoyó al nuevo Gobierno como si nunca hubiera existido ningún acuerdo. Esta decisión reforzó en Moscú la idea de que no se podía confiar en las firmas occidentales.

Cuarto: Minsk II

En febrero de 2015, la canciller Merkel negoció personalmente el Acuerdo de Minsk II en el formato de Normandía y garantizó el apoyo político de Alemania en la declaración de apoyo aprobada el 12 de febrero de 2015 en Minsk. Durante siete años, Kiev no aplicó la disposición política central: la autonomía de las regiones del Donbás dentro de una Ucrania soberana. Alemania no ejerció presión sobre Kiev para que aplicara la disposición de autonomía que ella misma había exigido. Merkel reconoció más tarde que el acuerdo se había utilizado como medio de presión para permitir el rearme de Ucrania. El presidente Hollande se expresó en términos similares. La garantía no era, por tanto, en realidad ninguna garantía. Era una estrategia –una vez más, a instancias de Washington–. Una vez más, el mensaje a Moscú fue: no se puede confiar en las firmas occidentales.

Quinto: Nord Stream

El 7 de febrero de 2022, el presidente Biden anunció en el Salón Este de la Casa Blanca –en presencia del entonces canciller federal Olaf Scholz–: “Si Rusia invade [Ucrania], Nord Stream 2 dejará de existir. Pondremos fin a ello”. A la pregunta de cómo, respondió: “Les prometo que seremos capaces de hacerlo”. Siete meses después, los gasoductos fueron destruidos por un acto de sabotaje en el mar Báltico. Las pruebas disponibles –investigaciones periodísticas en EEUU y Alemania, las investigaciones de la Fiscalía Federal alemana y declaraciones públicas de antiguos funcionarios– apuntan de manera abrumadora a una operación conjunta ucraniano-estadounidense. El Gobierno federal alemán lo sabía desde hacía tiempo. Y, sin embargo, Alemania ha permitido que, en contra de las pruebas inequívocas, se culpe a Rusia, mientras que un acto de sabotaje industrial contra la economía alemana ha quedado impune y sin respuesta.

Sexto: el acuerdo de Estambul de abril de 2022, que estaba al alcance de la mano

Apenas unas semanas después de la invasión rusa en febrero de 2022, negociadores rusos y ucranianos se reunieron en Estambul para negociar las condiciones de un acuerdo de paz: la neutralidad de Ucrania fuera de la OTAN, garantías de seguridad multilaterales, límites acordados de tropas y la solución política gradual de la cuestión de Donbás y Crimea. El acuerdo estaba a punto de firmarse. El ex primer ministro israelí Naftali Bennett, uno de los mediadores, confirmó públicamente que el acuerdo estaba a punto de cerrarse y que Occidente –en particular, Estados Unidos y el Reino Unido– había intentado impedirlo. La misión del primer ministro Boris Johnson a Kiev en abril de 2022 para ordenar a Ucrania que no firmara el acuerdo es de dominio público. Cientos de miles de vidas ucranianas y rusas, así como todo el orden europeo, han pagado el precio de esta intervención estadounidense-británica. Alemania ha guardado silencio al respecto, a pesar de que, como ningún otro país europeo, ha tenido que soportar las consecuencias económicas.

La autodestrucción económica de Alemania

Su máxima prioridad debe ser la paz. Las últimas noticias procedentes de Moscú ponen de manifiesto la urgencia de la situación. Pero, paralelamente a la primera catástrofe, se avecina una segunda: la destrucción deliberada de la economía alemana, en la que Berlín es tanto artífice como víctima.

La industria alemana se basaba en el comercio con Rusia. La destrucción del Nord Stream y la consiguiente ruptura de las relaciones comerciales germano-rusas han llevado a que Alemania compre gas natural de EEUU a precios mucho más elevados que los del gas ruso del gasoducto, al que sustituye. Esto es un suicidio industrial. La industria química, siderúrgica y del vidrio de Alemania, así como los fabricantes con alto consumo energético –la base de la clase media– pierden día a día competitividad internacional. Los puestos de trabajo cualificados desaparecen de la economía alemana. Y el contribuyente y el consumidor alemanes transfieren riqueza nacional de Alemania a los productores de gas estadounidenses en una magnitud sin precedentes en la Europa de la posguerra.

Además, el Gobierno federal planea ahora una expansión masiva del gasto en armamento –cientos de miles de millones de euros en la próxima década– para prepararse para una guerra que se podría haber evitado fácilmente mediante la diplomacia. Se trata de una flagrante mala asignación de los recursos nacionales. El reto central para Alemania en esta década es la competitividad en la era digital. Cada euro que se gasta en tanques, misiles y proyectiles de artillería es un euro que falta para las capacidades de IA de Alemania, su desarrollo y fabricación de chips, su infraestructura energética y las redes digitales de alta velocidad que necesita para seguir siendo una potencia económica líder.

La amarga realidad, señor canciller, es que con estas armas no se puede comprar la seguridad que se podría lograr mediante la diplomacia a una fracción del coste. Y sin las inversiones en digitalización y energía, que se ven desplazadas por este rearme, no se puede alcanzar la prosperidad.

Mi llamamiento: señor canciller, más que cualquier otro jefe de Estado o de Gobierno europeo, usted es quien debe actuar cuando se trata de decidir si Europa se desliza hacia una guerra generalizada o vuelve a las negociaciones y a la sensatez económica. Ya es hora de actuar. El actual mensaje oficial de Moscú a Washington lo demuestra claramente. Por favor, entable un diálogo con el presidente Putin. Por favor, envíe a su ministro de Asuntos Exteriores a Moscú o invite al ministro de Asuntos Exteriores ruso a Berlín. Por favor, reabra los canales de la OSCE [la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa] que Alemania ha dejado en desuso. Por favor, exija a Kiev que cese los ataques contra objetivos civiles.

Pero, sobre todo: diga la verdad a la opinión pública alemana. Una paz negociada basada en la neutralidad de Ucrania es la vía realista para salir de la catástrofe, y el restablecimiento de relaciones económicas normales con Rusia es la vía realista para salir del declive industrial de Alemania.

Las condiciones de un acuerdo aceptable que Alemania podría proponer son claras: los combates cesan en una línea de alto el fuego. Todas las partes renuncian a cualquier uso futuro de la fuerza en cuestiones fronterizas. Ucrania restablece su neutralidad y la OTAN renuncia de forma permanente a una nueva expansión hacia el este. Europa y Rusia reanudan sus relaciones económicas y ponen fin al belicismo. La OSCE vuelve a ser el foro central para la seguridad europea, con el principio de que la seguridad europea es indivisible y no se basa en bloques militares que dividen a Europa. En un escenario de paz como este, Alemania puede concentrar sus recursos nacionales en las inversiones en digitalización, IA, semiconductores y energía que requiere el futuro económico de Alemania.

La historia recordará lo que haga y lo que deje de hacer en las próximas semanas. Lo mismo ocurre con la opinión pública alemana, los pueblos de Rusia, Ucrania y toda Europa. Es hora de la diplomacia, señor canciller. Usted tiene la elección.


Atentamente,


Jeffrey D. Sachs



Fuente: Ctxt

miércoles, 25 de junio de 2025

Del Nord Stream a Irán: geopolítica de un imperio en declive

 

 Por Irene Calvé,   
      Gerente de Programa, Alianzas de Acceso a la Energía, Energía Sostenible para Todos (SEforALL).

      Físico, matemático y experto en Energía del CSIC.

Y

      Guionista, periodista y activista en Extinction Rebellion y València en Transició.


El ‘fracking’ estadounidense solo puede sobrevivir si el precio del barril de petróleo sube mucho. Y eso depende, en buena medida, de las decisiones que tome Teherán


     El petróleo se está agotando y, con él, se agota también la ficción de un imperio sostenido a base de rentas energéticas. En concreto, el fracking –la técnica que permitió a Estados Unidos convertirse en exportador neto de hidrocarburos– está comenzando su declive. Washington lo sabe, y está dispuesto a hacer lo que sea para estirar unos años más esa supremacía energética. Por eso, el ataque a Irán no es un desliz, sino un movimiento estratégico: necesitan que el petróleo suba de precio para que el fracking vuelva a ser rentable, aunque eso implique incendiar Oriente Medio. Porque no se trata de ganar, sino de no hundirse todavía.




Desde que en 1972 llegó al máximo de producción convencional, EEUU ha sido un país dependiente de las importaciones de petróleo. Pero todo cambió con el auge del fracking: una tecnología agresiva que permitió explotar yacimientos no convencionales, arañando gotas dispersas en rocas porosas a fuerza de reventarlas a pura presión (de ahí el término “fracking”). Gracias a esta tecnología, EEUU pasó de ser un importador masivo de hidrocarburos a convertirse en el mayor productor mundial de petróleo y gas natural (dejando atrás a Arabia Saudita y a Rusia) y el mayor exportador mundial de gas natural y gasolina. Es cierto que consiguió más que abastecer sus necesidades de gas natural (EEUU continúa siendo un país muy carbonífero, así que no usa tanto gas para la producción de electricidad), pero nunca dejó de comprar petróleo, aunque las importaciones cayeron de más del 60% a menos del 40% actualmente. En todo caso, EEUU se ha vuelto demasiado dependiente del fracking para garantizar la estabilidad de la economía productiva. Sin embargo, los sweet spots del fracking hace tiempo que se agotaron, y todo apunta a que el declive terminal de la producción comenzará en los próximos años.


Extractores de petróleo.

¿Por qué, entonces, montar este caos, si igualmente el fracking tiene los días contados? No estamos hablando de una estrategia sostenible a largo plazo, sino de una huida hacia adelante alimentada por tipos de interés bajos, estímulos financieros y petróleo caro. Una economía entera reconfigurada para vender energía fósil al mundo, especialmente en un contexto de declive del petróleo convencional.

Pero, como hemos dicho, ese milagro está llegando a su fin. El fracking tiene un problema físico: es intensivo en energía y materiales, económicamente costoso y se agota rápidamente (al cabo de cinco años la mayoría de los pozos cierran). Desde hace tiempo se alerta de que los mejores pozos están cerrando, que las proyecciones han sido infladas, y que muchos campos ya han entrado en declive. Desde 2022, el fracking en Estados Unidos ha entrado en una fase crítica. Uno de cada tres pozos ha cerrado, y la actividad perforadora ha caído a mínimos no vistos en años, con apenas 442 equipos operativos en todo el país. Esta crisis está directamente relacionada con la caída del precio del petróleo, que ha tocado fondo recientemente, por debajo del umbral de rentabilidad para el fracking, estimado – con cierta dosis de optimismo – entre 60 y 65 dólares por barril. A diferencia de ciclos anteriores en los que la OPEP –y en particular Arabia Saudí– restringía la producción para estabilizar precios, ahora ha optado por mantener una producción bastante elevada. La estrategia saudí, según algunos analistas, busca expulsar del mercado a competidores con mayores costes de extracción, como el fracking estadounidense, y recuperar cuota de mercado perdida. Esta ofensiva petrolera, combinada con una demanda débil –los aranceles de Trump han hecho mucho daño– no solo ha tumbado el precio del crudo, sino que también ha devuelto a la OPEP a una posición central en el control del mercado, poniendo a EEUU en una encrucijada: o fuerza una subida del precio global –mediante inestabilidad o bloqueo de suministro en otras regiones– o asume su lenta pérdida de hegemonía energética y económica. En este contexto, el fracking estadounidense solo puede sobrevivir si el precio del barril de petróleo sube mucho. Y aquí entra la Tasa de Retorno Energético (TRE).


Plataforma petrolífera en las costas de Groenlandia.

La TRE mide cuánta energía se obtiene por cada unidad de energía invertida en la extracción. El petróleo convencional llegó a tener, a principios del siglo XX, TREs de hasta 100:1, es decir, por cada unidad de energía invertida se obtenían 100, una relación que hacía posible todo el desarrollo industrial del siglo XX. En cambio, el fracking nació ya con rendimientos mucho menores, entre 6:1 y 12:1 en sus inicios, y hoy ha caído hasta el rango de 3:1 o incluso menos a medida que los pozos envejecen y se agotan rápidamente. Es como recoger manzanas: al principio bastaba con alargar el brazo para alcanzar las que cuelgan en las ramas bajas, usando muy poca energía (alta TRE), pero ahora solo quedan las del extremo superior del árbol, que requieren esfuerzo y riesgo, y puedes acabar consumiendo más kilocalorías para cogerlas que las que las propias manzanas te aportan. Aunque el fracking siga siendo rentable si el precio del barril sube, desde el punto de vista físico se aproxima al absurdo: extraer energía gastando casi la misma cantidad, o incluso más. Pero el capitalismo no funciona según criterios científicos. Funciona por el valor de cambio: si el precio del barril sube lo suficiente, cualquier aberración energética se vuelve negocio. De ahí la paradoja: una técnica energéticamente absurda puede sobrevivir si los mercados permiten venderla cara (y hay otras fuentes para apuntalarla, o se extrae energía embebida de otro sitio, por ejemplo, no manteniendo infraestructuras). La economía capitalista degrada sistemáticamente la TRE porque no extrae energía para sostener la vida, sino para alimentar el ciclo de acumulación. Y ese ciclo hoy depende, literalmente, de provocar guerras.

La implicación es brutal. Estados Unidos no puede permitirse volver a ser un importador neto de petróleo. No solo por razones energéticas, sino porque toda su arquitectura económica reciente se ha basado en convertirse en una suerte de “emirato fósil”: exportador de energía, receptor de renta internacional, sostén artificial de su hegemonía militar. El crecimiento económico derivado del fracking ha sostenido regiones enteras, sobre todo en estados como Texas, Dakota del Norte o Nuevo México. Todo ello mientras su industria productiva sigue de capa caída desde la crisis de 2008, que mantiene la manufactura muy por debajo de los niveles de hace 30 años y con una parte de la industria intensiva en energía dependiente de precios bajos del crudo. El turismo internacional –uno de los grandes motores no energéticos– se ha desinflado desde la pandemia y no ha remontado a niveles ni siquiera de prepandemia, con un marcado empeoramiento en 2025 debido a tensiones políticas y medidas migratorias restrictivas. Por último, la agricultura aún sigue siendo competitiva en exportaciones, pero enfrenta problemas estructurales como la concentración, las sequías crecientes y, por supuesto, la dependencia del petróleo. El fracking no era un mero complemento para Estados Unidos; era su apuesta y su tabla de salvación.

Pero ahora que los pozos se están agotando, ¿existe algún tipo de plan? Evidentemente, no; existe únicamente la lógica electoralista cortoplacista propia de las “democracias liberales”: no centrarse en una solución sostenible, sino en retrasar las consecuencias de lo inevitable hasta después de agotar la legislatura. Por eso hicieron saltar por los aires el Nord Stream: para forzar a Europa a depender del gas estadounidense, aunque se vendiese más caro. Por eso también, en las negociaciones comerciales, EEUU condicionó la retirada de aranceles a que la UE consumiera ingentes cantidades de energía fósil made in USA (en concreto 350.000 millones de dólares). Esos movimientos no fueron anecdóticos: forman parte de una guerra comercial y energética planificada para sostener el precio del crudo y estirar el tiempo antes de confrontar la realidad material: Estados Unidos dejará de ser un gran exportador de hidrocarburos (principalmente, gas natural y gasolina).


Fuga de gas de los oleoductos Nord Stream en el Mar Báltico, el 29 de septiembre de 2022.

Y ahora llega Irán. Una pieza clave, porque si Teherán responde al asesinato de sus militares bloqueando el Estrecho de Ormuz –por donde pasa casi el 20% del petróleo mundial, que representa el 40% de las exportaciones mundiales del oro negro–, el precio del crudo se dispararía.


Un petrolero cruza el estrecho de Ormuz.

Justo lo que necesita el fracking estadounidense. ¿Representa una solución a largo plazo? En absoluto. ¿Y una solución para este mandato? Tal vez. Esa es la lógica desesperada: si el fracking vuelve a respirar unos años, se gana tiempo, se salvan elecciones, se sostiene el dólar, se aplaza la caída.

La alternativa –no hacer nada– implicaría mantener precios bajos del petróleo, lo que haría económicamente inviable seguir explotando el fracking en muchos de los campos clave. Eso significaría, en términos prácticos, una aceleración de la desindustrialización, especialmente en los estados del interior y del sur, ya devastados por décadas de deslocalización, abandono y declive de la inversión pública. La pérdida del fracking dejaría a muchos territorios sin su última fuente de empleo directo e indirecto. La tensión social escalaría: una población armada, empobrecida, políticamente polarizada y con una fe menguante en las instituciones podría ser el caldo de cultivo para estallidos violentos, revueltas locales o incluso una guerra civil difusa. Esta no es una hipótesis apocalíptica lanzada al azar: sectores del propio Departamento de Defensa norteamericano y del establishment energético han advertido de que la desestabilización interna por el colapso energético es uno de los principales riesgos estratégicos a medio plazo. El fin del fracking no es simplemente una cuestión económica: es una amenaza existencial para la arquitectura política, territorial y militar de Estados Unidos.

Así que la disyuntiva es clara: si no hacen nada, el colapso llegará desde dentro. Si actúan, pueden desatar una escalada global, pero al menos retrasan su propia caída. Puede que Oriente Medio arda. Puede que la guerra se descontrole. Pero eso es un precio asumible si sirve para sostener artificialmente el valor de cambio de su energía fósil. Mientras tanto, la TRE sigue cayendo. El planeta se calienta. La energía útil se agota. Pero el capital, como un zombi ciego, solo responde a la rentabilidad inmediata, aunque eso implique dinamitar las bases de la vida.

Frente a esa lógica suicida, urge una ruptura: poner la energía al servicio de la vida y no del mercado, entender que la transición energética solo puede basarse en reorganizar radicalmente nuestra relación con la energía, con la producción, con el planeta. Utilizar el valor de uso y no el de cambio.

Y en esa disyuntiva brutal –hundirse solo o incendiar el mundo–, el imperio, una vez más, ha hecho su elección.


Fuente: ctxt

jueves, 27 de febrero de 2025

La racionalidad del imbécil

 

  Economista agrario.

     Es moneda corriente pensar que el cambio de rumbo de la política estadounidense está condicionado por el estado psíquico de su presidente. En este mismo medio hace unos días (15/02/2025) Rafael Poch escribió: “Lo más probable es que la guerra comercial contra todos se vuelva contra la economía de Estados Unidos, acelerando la inflación y la desindustrialización… Queriendo “hacer América grande de nuevo”, este presidente imbécil va a acelerar el declive de Estados Unidos.” (1)




Tanto las propuestas republicanas, que han hecho suyas las orientaciones del actual mandatario, calificado por muchos de tirano, dictador, loco, etc., como las del partido demócrata, representado por el carismático Obama, o el senil Biden no son en ningún caso producto de las ocurrencias o caprichos individuales de los mandatarios, exactamente igual que la guerra de Ucrania no fue resultado del mal humor de un Putin con aspiraciones de engullirse Europa, ni como aspirante a ser sucesor de Pedro El Grande o el mismísimo Stalin.

Todas las políticas de presidentes con características tan distintas son siempre el resultado de una lucha de tendencias de los diferentes intereses existentes en un mismo mundo capitalista que no está controlado, ni dirigido ni dominado por nadie en particular, ya que la acumulación del capital es un hecho objetivo resultado de las aspiraciones de los sujetos económicos, empresarios, políticos, banqueros, militares, cuyo único objetivo es ampliar su influencia sobre los demás para conseguir más dinero, más patrimonio, más poder. En todos los países hegemónicos existe la fantasía de que nunca perderán esa condición. Pero la realidad termina imponiéndose. Porque el cambio es permanente. Y si todos los perdedores en ese juego nunca serán ganadores, todos los ganadores sí serán perdedores. Es más, el factor de éxito de una empresa, corporación, ejército o gobierno, en cuanto alcanza un grado de dominio suficiente como para considerarse el mejor, el mismo factor que le permitió alcanzar esa posición los lleva a perder su condición de privilegiados.

Toda esta digresión es para mostrar que en la sociedad capitalista no hay posibilidad de que un hombre, por más imbécil o genio que parezca cuando actúa como gobernante, pueda ser algo distinto a representante  de las distintas facciones o sectores que están permanentemente en disputa, ya sea como expresión de la lucha de clases o de la competencia entre capitalistas.

Remitiéndonos al caso que nos ocupa, en lugar de centrarnos en aspectos de la personalidad de los políticos debemos preguntarnos ¿cómo pudo haber semejante cambio de estrategia después de las últimas elecciones?,¿por qué EEUU pasa de ser el campeón de la globalización y la desregulación, a hacer el eje de su política la guerra económica, aplicando aranceles a todos los países y en la mayoría de los sectores?. Y aún más, ¿cómo es posible que en el plano internacional pase de una defensa de una política intervencionista, como han hecho todas las administraciones demócratas, (Corea, Vietnam, Irak, Afganistán, Siria) que les llevó a apoyar la guerra contra Rusia, a un reconocimiento de la derrota de Ucrania, sin que Zelensky ni siquiera pueda participar en la mesa de negociaciones?

Para entender la nueva política estadounidense tenemos que partir de que hay dos elementos principales que definen la situación mundial. Por un lado, la crisis ecológica, marcada por el calentamiento global y la aparición clara de signos de limitación de los recursos naturales necesarios para continuar con un capitalismo basado en el crecimiento sin fin de la producción y el consumo que aseguren la generación de beneficios. Por el otro, la pérdida por parte de EEUU de su papel hegemónico que fue casi exclusivo desde el derrumbe de la URSS y los otros países del llamado “socialismo real”

Esta pérdida de hegemonía fue en favor de China, que de un país agrario muy pobre, incapaz de alimentar a sus más de 500 millones de habitantes al terminar la Segunda Guerra Mundial, se convirtió en la primer potencia industrial en la actualidad que asegura un crecimiento del nivel de vida de forma permanente de los casi 1.500 millones actuales, con tasas de crecimiento que la economía occidental no puede ni soñar desde mediados de los setenta del siglo pasado.

China se convirtió, primero, en la “fábrica del mundo” concentrando, con la ayuda de las inversiones extranjeras, la mayor producción de manufacturas. A continuación se convirtió en una potencia tecnológica invadiendo el mercado mundial con teléfonos móviles y coches, como el eléctrico donde ahora no tiene rival. Por último, con el desarrollo de internet y de la informática, sus plataformas comparten con EEUU la propiedad de la nube, que concentra los datos de la población mundial, condicionando y manipulando los deseos de los consumidores. Así, Ali Baba, Temu, Tiktok, Huawei y otros tantos conglomerados se han convertido en parte de la vida cotidiana de los habitantes del mundo “occidental”. Cómo último ejemplo tenemos el triunfo de Deep Seek en el campo de la inteligencia artificial, donde China ha conseguido un mejor producto y a un precio muy inferior,desarmando las fantásticas inversiones que sus competidoras occidentales pensaban realizar.

Un solo dato refleja el extraordinario crecimiento de la economía china. Desde 1978 hasta 2011, el PIB creció a un promedio del diez por ciento anual, multiplicándose el valor nominal por 52. (2) Mientras tanto, como consecuencia de este desplazamiento del sector más dinámico de la economía mundial hacia Oriente EEUU pasó de representar del 50 % del PIB mundial en 1945 a sólo el 25 % en la actualidad contra 18% de China. (3) Esto en cuanto al PIB nominal. Pero si vemos el PPA, producto bruto interno basado en la paridad de poder adquisitivo, en 2024 podemos comprobar que China con el 19% del total ha sobrepasado al de EEUU, que apenas superó el 15%.(4)


PIB Nominal por paises.

En ese marco, Putin decide actuar ante el incumplimiento por parte de EEUU de la promesa de no aumentar la influencia de la OTAN en los países vecinos de la actual Rusia. A pesar de todas las fanfarronadas del gobierno ucraniano, de la administración norteamericana y de sus satélites europeos, sobre que someterían al gobierno ruso con sanciones económicas primero y en el campo de batalla después con ayuda económica, asesoramiento militar, utilización de toda la inteligencia y con una participación gradual con la provisión de armas cada vez más sofisticadas, mientras nos amenazaban con que cada uno de esos pasos iba a generar una conflagración mundial, finalmente el nuevo gobierno de Trump está dispuesto a aceptar las principales demandas de Putin: no ingreso a la OTAN de Ucrania, no presencia de tropas norteamericanas en su frontera y mantenimiento de la principal zona con población rusófona fuera del control de Kiev.

Mientras la administración Biden trató de conseguir sus objetivos mediante la confrontación para lograr el debilitamiento de Rusia, y sobre todo de Europa, obligándola a comprar su gas mucho más caro del que proporcionaba Rusia, la estrategia de Trump busca otros caminos.

Es claro tanto para demócratas como republicanos que el verdadero competidor de EEUU es China. Aunque desafortunada la declaración de Borrell sobre que Rusia es poco más que una gran gasolinera con armas nucleares, a los efectos de este análisis tiene cierta dosis de verdad. Salvo el gas y el petróleo no hay un sólo producto que forme parte de nuestra vida cotidiana. Y Rusia, como país capitalista ha recibido el pleno apoyo de China, a pesar de que cuando formaban parte ambos del “campo socialista” eran enemigos irreconciliables.

Trump, que es plenamente consciente de esta situación, ya está negociando con Putin acuerdos que puedan beneficiar a las dos partes. Por lo tanto, a pesar de las declaraciones furibundas, en ningún caso, “Trump quiere tomar el control estadounidense de la economía mundial dejando claro que todo el beneficio debe ser para Estados Unidos. En cierta forma lo que está afirmando es un regreso a las relaciones comerciales del siglo XIX basadas en la pura confrontación y el “todo `para mi”,” como afirma Poch en el mismo artículo. No hay que confundir sus declaraciones, con sus actuaciones, como demostró en su primer mandato. Con la máscara de las agresiones verbales, Trump trata de esconder su disposición al acuerdo. No hay que dejarse llevar por sus declaraciones altisonantes Siempre hay que analizar qué es lo que está detrás de sus exabruptos.

La herencia de su primer mandato es clara. No solo no abrió nuevos frentes de guerra sino que preparó la salida de las tropas de Afganistán, acción que fue una repetición del abandono de Corea, Vietnam, Laos, Camboya, e Irak. No solo Trump, todo el establecimiento en Washington sabe que no resuelven problemas invadiendo países. Una cosa es que el complejo militar industrial quiera seguir vendiendo armas, y otra que busque el enfrentamiento militar a cualquier precio. Rusia es actualmente la primera potencia nuclear y China está a punto de ocupar el primer lugar en potencia económica. Por lo tanto, suponer que pueden derrotarlos militarmente, no tiene ningún sentido. Lo que es una imbecilidad es pensar que lo pueden lograr cuando no lo han conseguido con pequeños países pobres.

Lo que intentará Trump es no seguir perdiendo espacio a la velocidad actual. Por eso, en primer lugar, pretende no perder su mejor arma con la que todavía posee gran control en el mercado mundial: el papel del dólar como principal moneda de intercambio. Y es en ese área donde más daño ha sufrido el poder estadounidense.


Ranking de los 20 países con la mayor proporción del producto interior bruto (PIB) mundial basado en paridad de poder adquisitivo (PPA) en 2024.

Con el crecimiento de los BRICS, que representan en torno al 37 % del PIB mundial,(5) frente al 26% de EEUU, la tendencia a utilizar otros mecanismos de pago internacionales es cada vez mayor. A pesar de ello Estados Unidos tiene margen para negociar, y seguramente será una de las cuestiones que tratarán Trump y Putin en su acercamiento.


BRICS+ 2025.

Teniendo en cuenta que salvo en el gas y petróleo, y en torno al Ártico. donde tienen intereses contradictorios, en el resto de los sectores no tienen por qué enfrentarse directamente, y hay muchos temas sobre los cuales pueden negociar e “intercambiar favores”.

A Rusia le interesa que se eliminen las sanciones económicas, que aunque le han permitido mantenerse en pie, le obstaculiza su inserción en el mercado mundial para poder seguir penetrando en él. Un papel muy importante cumple, en ese sentido, la devolución de los más de 300 mil millones de dólares que les tienen retenidos. Aunque su mayor parte está en Europa, es un tema a resolver si Trump quiere que Rusia vuelva al G8. A pesar de todas las amenazas de Borrell y cía. (6) en su momento, esos capitales deberán ser devueltos. Los intereses comunes se manifiestan también con China. Siendo EEUU el mayor cliente de los productos chinos, en los cuales participan muchas empresas norteamericanas, y que por lo tanto gran parte de la deuda externa está en manos del gobierno chino, la negociación es necesaria mientras ninguno esté en condiciones de obtener una victoria militar.

Otro tema que está en la mesa de negociaciones es el acceso a los minerales críticos. “Vemos a los minerales como la motivación más importante de nuestra estrategia en el exterior”, afirmó Gracelin Baskaran, directora del Programa de Seguridad de Minerales Críticos del Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales”(7). Trump estima en unos 500 mil millones el valor de las tierras raras de las que quiere apoderarse para compensar la ayuda norteamericana. Pero al estar la mayor parte de las mismas en el territorio controlado ahora por el ejército ruso es fácil comprender que este será uno de los temas centrales de la negociación.

Al haberse comprobado con el conflicto una vez más la escasez en esos recursos que tiene la UE, lo que la ha llevado a disminuir los controles existentes en la actividad extractivista, las autoridades comunitarias no tienen posibilidades de participar en esa negociación, lo que sumado al seguidismo ante la estrategia de Biden, silencio ante la destrucción del Nord Stream incluído, demuestra el papel totalmente secundario que han jugado en el conflicto. Por lo cual no merecen mayor comentario.

La principal amenaza que está utilizando Trump es la aplicación de aranceles. Pero esto confirma que su estrategia no puede ser ofensiva, ya que los aranceles siempre han sido la forma de defenderse de los países con economías no competitivas. Gran parte del electorado que lo llevó a volver a ganar son los perdedores de la etapa declinante de EEUU cuya consecuencia fue el déficit comercial de los últimos decenios del otrora hegemón mundial. Siempre teniendo en cuenta que ese es un problema estructural que ha convertido a muchas regiones y trabajadores en actores secundarios ante la mayor productividad de los países que producen más barato. Aunque es muy difícil que puedan recuperar su antiguo esplendor, la política de Trump tendrá que dedicar parte de su presupuesto a realizar inversiones en este campo, así como en la renovación de las deterioradas infraestructuras públicas.

Además de las exigencias de mantenimiento de gastos militares por parte del complejo militar industrial y la necesidad de modernización de la industria, Trump debe tener en cuenta los planes de las nuevas grandes empresas tecnológicas propietarias de la nube que también necesitan seguir haciendo fuertes inversiones para seguir la lucha contra las potentes empresas chinas.

En ese sentido, a Amazon, Facebook, X, Google y los grandes fondos de inversión lo que menos les interesa son políticas proteccionistas como las de Trump o las de la UE en el campo de las redes sociales o la cobertura satelital. Las contradicciones de Trump en ese plano se expresan al máximo con el nombramiento de Musk como el encargado de aplicar todos los programas de ajuste en el Estado. Como propietario de Tesla, X y Starlink y gran inversor en China, su objetivo fundamental es que los estados tengan el menor poder posible.

Visto de esta forma, la estrategia de Trump parece cualquier cosa menos las acciones de un imbécil. Menos aún si nos atenemos a la RAE, que lo define cómo “Tonto o falto de inteligencia”. Por sus acciones se lo puede definir como golpista, antidemocrático, extremista, de derecha obviamente, delincuente o asesino, con sus posiciones sobre Palestina, pero imbécil no. Ojalá lo fuera. Quizás se asemeje más a esa definición la política militarista a ultranza de los señores de buenos modales como Obama y Biden, o los inoperantes políticos europeos que no han hecho más que seguidismo de una estrategia que era imposible de alcanzar teniendo en cuenta la fortaleza de los dos principales rivales con los que tendrán que convivir en un nuevo mundo multipolar.



  1. https://rafaelpoch.com/2025/02/08/lo-que-anuncian-los-ruidos-de-trump

  2. http://www.clubderoma.net/jornadas/2015

  3. https://es.m.wikipedia.org/wiki/Anexo:Pa%C3%ADses_por_PIB_(nominal)

  4. https://es.statista.com/estadisticas/635353/paises-con-la-mayor-proporcion-del-producto-interior-bruto-pib-global/

  5. https://es.m.wikipedia.org/wiki/BRICS

  6. https://elpais.com/internacional/2022-05-09/la-ue-promueve-la-confiscacion-de-bienes-rusos-para-pagar-la-reconstruccion-de-ucrania.html

  7. https://www.pagina12.com.ar/804241-victoria-rusa-capitulacion-occidental


Fuente: Rebelión