Las
transformaciones en las relaciones de género desde los años setenta
fueron uno de los elementos centrales del cambio en valores que
consiguieron transformar algunas sociedades de manera radical. El
movimiento de mujeres y las guerras culturales que desencadenaron
estuvieron inextricablemente unidas. Las cuestiones relacionadas con
el aborto, pero también con las disidencias sexuales —la
homosexualidad, el SIDA y la reacción conservadora a los derechos de
los homosexuales—, formaron parte de aquellas confrontaciones que
se han prolongado hasta nuestros días[1].
Hoy
hablamos de guerras de género como una especificidad de las guerras
culturales que hace referencia a los conflictos políticos y
culturales centrados en cuestiones de género y sexualidad, donde
diferentes grupos e ideologías compiten por influir en las normas,
las políticas y las percepciones públicas relacionadas con la
identidad de género, la expresión de género, y los derechos
sexuales. Estas contiendas se producen alrededor de temas como los
derechos de las mujeres y las disidencias sexuales, la igualdad de
género, el aborto, la educación sexual, y la representación de
género en los medios y la cultura popular, e incluso podríamos
hablar aquí de los debates sobre la violencia de género.
Manifestación del 8M de 2018 en Granada.
Estos
conflictos giran alrededor de las luchas por el poder, la igualdad y
el reconocimiento en un mundo que sigue redefiniendo lo que significa
el género en el siglo XXI. Las guerras de género pueden ser
funcionales a la lucha por el poder político de partidos y otros
actores de la democracia representativa, pero pueden participar en
ellas una miríada de actores diversos, algunos institucionales y
otros movimentistas.
Las
guerras de género son impulsadas muchas veces como reacción a
cambios sociales y culturales que desafían las concepciones
tradicionales de género y sexualidad. Pero no hay que olvidar que
estos conflictos a menudo se convierten en campos de batalla que
implican luchas más amplias por el poder, la autoridad moral y el
control social, que reflejan posiciones políticas centrales para
determinados actores[2].
Por tanto, en ellas no solo está en juego la lucha por determinados
derechos y o medidas de reconocimiento simbólico, sino una lucha por
el poder determinados proyectos políticos.
No
deberíamos analizar estas cuestiones, pues, como si únicamente
constituyesen una herramienta de agitación —aunque sin duda este
aspecto es muy relevante— sino que se deben contemplar como parte
central del proyecto político de muchos de estos actores antigénero:
defender el orden de género tradicional sirve para apuntalar el
actual régimen de desigualdad. Podemos hablar aquí entonces de cómo
el género y la sexualidad tienen esta doble cualidad: pueden ser
centrales para el proyecto de las derechas radicales pero también
son usados profusamente de manera táctica[3].
Esto último, además, constituye un hecho definitorio de la propia
evolución de estas derechas, en lo que reside buena parte de su
«radicalización».
El líder de Vox, Santiago Abascal, en una concentración en Madrid en marzo de 2022.
Las
guerras de género se convierten así en herramientas altamente
funcionales para lograr o sostener gobiernos, generar coaliciones
—entre religión y política o entre distintas religiones— o
articular movimientos sociales de carácter reaccionario. Las
cuestiones de género son óptimas a la hora de movilizar y agitar
socialmente en momentos de desafección política. La sexualidad
sirve porque permite construir fantasmas, crear apasionadas
contiendas que desvían la atención de este mundo que se desmorona,
generar identidad, condensar miedos y construir sobre las
inseguridades vitales una dirección para vidas sin demasiado
sentido, sobre todo colectivo.
De
hecho, las cuestiones de género crean comunidades afectivas sobre
las que sostenerse, y esto no se refiere únicamente a las
comunidades formadas por disidencias sexuales o feministas sino
también a las contrarias, a las que se construyen por oposición que
también delimitan un nosotros.
Este tipo de materias permiten construir un propósito social, un
orden, una guía moral. El «odio» puede ser una cuestión
identitaria. Pero ¿qué elementos están en juego en esta temática
que concita una reacción tan visceral por parte de los actores
ultras y, en general, de todo el espectro político?
Pánico
moral
Las
guerras de género no son nuevas. Gayle Rubin ya las describía en
los años setenta como confrontaciones públicas donde las
definiciones y valoraciones sobre las conductas sexuales eran objeto
de luchas encarnizadas entre «los principales productores de
ideología sexual —las iglesias, la familia, los medios de
comunicación pública y los psiquiatras—» y los grupos contra los
que se dirigen estas confrontaciones[4]
(fundamentalmente los activistas). Para Rubin, estos eran los
«momentos políticos» del sexo, en los que las pasiones desatadas
relativas a cuestiones morales eran canalizadas hacia la acción
política y de allí al cambio social.
Ejemplos
históricos de estos «pánicos morales» se reconocen en la historia
desde el origen de la Modernidad. Así, la histeria ante la
esclavitud sexual blanca —la «trata de blancas»— de la década
de 1880, las campañas anti-homosexuales de los años cincuenta o el
pánico a la pornografía infantil de finales de la década de 1970,
que ya intentaban vincular a los homosexuales con la pederastia[5].
El
concepto de «pánico moral» fue utilizado por primera vez en
relación con la cuestión homosexual[6]
y es probablemente el ámbito en el que se han producido más
campañas de este tipo. Pánicos morales son también los que se
desataron contra la pornografía o la prostitución en los años
ochenta del siglo XX por parte de la Nueva derecha, con ayuda de un
sector del feminismo y que se denominaron «sex
wars».
En cualquier caso, como explica Jeffrey Weeks:
El
pánico moral cristaliza temores y ansiedades muy extendidos y, a
menudo, se enfrenta a ellos, no buscando las causas reales de los
problemas y las características que muestran, sino desplazándolos a
los «tipos diabólicos» de algún grupo social concreto —a menudo
los «inmorales» o los «degenerados»—. La sexualidad ha jugado
un papel particularmente importante en esos pánicos, y los
«desviados» sexuales han sido los chivos expiatorios
omnipresentes.[7]
Las
actividades sexuales tienen la capacidad de condensar significantes
relacionados con temores personales y sociales con los que no tienen
por qué guardar relación intrínseca. Durante el estallido del
pánico moral esos temores pueden relacionarse con alguna actividad o
población sexual excluida o «marginal», consecuencia del sistema
de estratificación sexual que organiza nuestro orden de género y
proporciona blancos fáciles sobre colectivos sociales que, por lo
general, carecen de herramientas para poder defenderse. El estigma
contra los disidentes sexuales o las prostitutas los convierten en
chivos expiatorios predilectos y moralmente indefendibles.
Este
mecanismo opera normalmente de acuerdo con la siguiente secuencia:
los medios de comunicación se indignan, la gente se comporta como
una turba enfurecida, se activa a la policía y el Estado promulga
leyes nuevas[8].
El pánico moral tiene consecuencias a dos niveles: la población
objeto del mismo es la que más sufre, pero los cambios sociales y
legales afectan al conjunto de la población[9].
En
algunos ejemplos recientes se observa como la cuestión de la
homosexualidad o la identidad de género son elementos centrales de
esta tecnología del miedo. Así, hay municipios que se declaran
«Zonas libres de personas LGTB» en Polonia, se despliega la campaña
«contra el borrado de las mujeres» —lanzada en España desde un
sector del feminismo transexcluyente para tratar de frenar la ley de
autodeterminación de género— o se promulgan distintas leyes que
prohíben hablar de homosexualidad a los niños en Hungría, Rusia y
en algunos estados de EE. UU., como Florida.
Para
activar estas campañas es necesario fabricar víctimas, al menos en
el plano discursivo, lo que permite justificar las reacciones, ya sea
en forma de nuevas leyes punitivas, de restricción de derechos o
tratando de impedir avances legislativos. Como señala Rubin, por
medio de la construcción de la víctima,
cuestiones
como la expresión de las disidencias sexuales, la prostitución, el
porno o la educación sexual en las escuelas acaban por mostrarse
como amenazas a la salud, la seguridad, las mujeres, los niños, la
seguridad nacional, la familia o la civilización misma[10].
Las
extremas derechas actuales son expertas en este tipo de
instrumentación: emplean el escándalo, se mueven en los
entretelones de los medios y de las presuntos «afectados»,
construyen a las víctimas —a menudo muy alejadas de las personas
que realmente están en posiciones de mayor vulnerabilidad social—
y se victimizan a sí mismos. De este modo, logran uno de los
principales efectos buscados en las guerras culturales y logran
invertir los términos del debate: las disidencias sexuales, que
precisamente en un primer momento se unen para contrarrestar su
posición de rechazo social, se convierten en poderosos lobbies
que
cancelan o censuran la libertad de expresión.
Las
víctimas privilegiadas de la derecha son siempre los niños; y en
relación con la infancia, la propia institución de la familia,
siempre vinculada al «orden natural o divino inscrito en los sexos»;
también, últimamente, las mujeres y su seguridad. Un buen ejemplo
de esto son las «guerras de los baños» lanzadas contra las
personas trans para que no puedan usar los lavabos que corresponden
con su género[11].
En países de medio mundo, este tipo de narrativas se vinculan a la
homosexualidad y a la pederastia. Este argumento recurrente muta
hasta encontrarse con las virulentas guerras contra la adopción de
parejas homosexuales o la educación sexual e igualitaria, esa que
«sexualiza a nuestros pequeños» o «los deja a merced de los
pederastas»,[12]
al tiempo que la familia se disuelve junto con la autoridad paterna,
mientras todo es crimen y caos a nuestro alrededor.
En
este marco encajan también la mayoría de los ataques que se lanzan
contra la «ideología de género» o los discursos con los que se
defienden las prohibiciones del aborto en muchos países,
especialmente en aquellos lugares donde este derecho está
conquistando algo de terreno, como América Latina. De hecho, el
antiabortismo es uno de los aglutinantes de la derecha radical a
nivel internacional y el punto de apoyo de una lucha ideológica
mucho más amplia y absolutamente decisiva: el grado de autonomía y
de libertad sobre la capacidad reproductiva de las mujeres, que no
sean obligadas a parir o ser madres, afecta al estatus social de
todas las mujeres, aborten o no[13].
Sexualidad
y estructura social
Sin
embargo, hablar de género hoy implica ampliar algo la perspectiva.
Los pánicos morales no se lanzan solo contra los homosexuales y la
«degeneración sexual», sino contra todas las personas que
promueven la desestabilización del orden de jerarquías entre
hombres y mujeres. Si bien el enemigo se amplía, el mecanismo es
parecido. La política atraviesa aquí las cuestiones del sexo y del
cuerpo de una manera radical. Pero es importante detectar también
las tendencias subyacentes.
Bajo
la pantalla de los escándalos y los pánicos morales no podemos
pasar por alto que, en la mayoría de casos, estas campañas son en
reacción a avances concretos, legislativos y políticos, pero
también a cambios culturales que difícilmente se pueden detener. El
binario de género lleva décadas en proceso de desestabilización,
al igual que avanza la secularización de la sociedad, y esto sucede
en todo el mundo, no solo en Occidente. Esta es la razón por la que
la Iglesia católica se ha activado de manera tan militante desde los
años noventa es por y en contra de este mismo proceso. Al tiempo que
la sociedad se seculariza, lo religioso tiende a radicalizarse y a
convertirse en movimiento militante.
Por
eso resulta inevitable preguntarse acerca de la potencia de estas
guerras de género hoy y de su capacidad de detener o bloquear
derechos sobre la base de construir un poder político. Justo ahora
asistimos a un evidente momento de involución, tal y como se ha
visto con la aprobación de legislaciones sobre el aborto en EE. UU.
En 2022, cuarenta años después de la histórica sentencia Roe
versus
Wade
de 1973, que legalizó de facto el aborto en ese país, el Tribunal
Supremo de Estados Unidos la anuló. No obstante, la inmensa mayoría
de los estadounidenses, un 70%, está en contra de su
derogación[14].
Esto
da cuenta del increíble poder del lobby
antiabortista
y el persistente peso de la derecha religiosa en ese país, hasta el
extremo de que el estado de Lousiana, por ejemplo, ha intentado
equiparar a efectos penales el aborto con un asesinato. Vemos aquí
un ejemplo donde minorías influyentes —con dinero, bien situadas
políticamente y muy movilizadas— han conseguido retrocesos
importantes, mientras mayorías progresistas pero lábiles —no
activistas— han sido incapaces de preservar derechos conquistados
previamente. A pesar de todo, la inercia cultural del secularismo y
de la aceptación social de estos derechos no ha retrocedido. Han
ganado la batalla política pero no han cambiado la sociedad.
Existen
otros ejemplos en los que la expresión de estos pánicos tiene
terribles consecuencias. Es el caso, por ejemplo, del provocado por
la llamada «crisis de refugiados», instrumentalizada para
desencadenar el terror a la «invasión» de los migrantes, cuyo
resultado se ha cifrado en un aumento de apoyo a las opciones de
extrema derecha y el crecimiento de las actitudes y las políticas
racistas. Las nuevas extremas derechas son realmente eficaces
desencadenando y fabricando crisis y alimentándose de las
consecuencias de las mismas. Ejemplo paradigmático de ello son los
asaltos sexuales en Colonia a principios de 2017, de los cuales se
culpó a los refugiados. El caso fue luego instrumentalizado, entre
otros, por Marine Le Pen que pidió un referéndum para cerrar las
fronteras: «Temo que la crisis migratoria señale el comienzo del
fin de los derechos de las mujeres»[15].
La
cuestión sexual tiene la capacidad de galvanizar elementos
inaprensibles desde un punto de vista racional. Lo sexual es
construido como un espacio donde se cruzan el orden reproductivo y el
mandato del placer a toda costa del capitalismo tardío, tabús y
sacralizaciones diversas, así como miedos de contaminación de la
inocencia primigenia representada en la infancia. La cuestión sexual
está aferrada de manera inseparable a los elementos culturales que
han construido el sexo bien como algo sagrado, bien como un impulso
irrefrenable —en el caso de los hombres—, bien como una amenaza
encarnada en todos aquellos que desafían el orden reproductivo con
sus «desviaciones» consideradas como aberraciones contra lo
«natural».
Estas
ideas sobre la sexualidad responden a un diseño de siglos dirigido a
mantener en la subordinación a las mujeres, a garantizar las líneas
sucesorias y las herencias, imprescindibles para la reproducción de
las clases y del propio capitalismo. También conectan con el
nacionalismo que se articula a partir de cuestiones demográficas y
reproductivas: quién tiene derecho a reproducirse y quién no, es
decir quién puede pertenecer de pleno derecho a la nación.
Las
guerras de género tienen esta doble dimensión: por un lado,
impactan en uno de los pilares del orden de género, es decir, de la
estructura social y, por el otro, operan como activadores políticos
capaces de generar un polo de energía militante en tiempos de cris
is
y desafección que las han convertido en extremadamente útiles para
la política contemporánea.
Notas:
[1]
Rodgers, Daniel, Age
of Fracture,
Harvard University Press, 2012, p. 146.
[2]
Las políticas antigénero como estrategia de poder han sido
desarrolladas por Sonia Correa y el Observatorio de Sexualidad y
Política en trabajos como Serrano-Amaya, F., Políticas
antigénero en América Latina, Género
y Política en América Latina, Brasil.
[3]
Esta idea está desarrollada por Spierings, N. (2020). Why
gender and sexuality are both trivial and pivotal in populist radical
right politics. Right-wing populism and gender,
45-64.
[4]
Rubin (1986), op. cit., p. 95-145.
[5]
Ibídem.
[6]
Ver Stan Cohen, Folk
Devils and Moral Panics,
Londres, MacGibbon & Kee, 1972, p. 9.
[7]
Weeks, Jeffrey. Sex,
Politics and Society: The Regulation of Sexuality Since 1800,
New York. Longman, 1981, p. 19-20.
[8]
Rubin (1986), op. cit., p. 95-145.
[9]
Véase Spooner, Lysander, Vices
Are Not Crimes: A Vindication of Moral Liberty,
Cupertino, CA, Tanstaafl Press, 1977, p. 25-29
[10]
Quizás se podría hablar aquí de cómo esto se entrecruza con una
característica de la política actual –también la de izquierdas–
muy centrada en la construcción de la figura de la víctima como
principal vía de búsqueda de reconocimiento antes que la generación
de conflicto, verdadero motor del cambio social.
[11]
En 2016 Carolina del Norte promulgó una ley que impide que las
personas trans usen aseos diferentes al sexo que figura en sus
certificados de nacimiento y otros quince estados de EE. UU..
discutieron durante esos años proyectos parecidos mientras en
institutos e universidades se daban agrias discusiones sobre el uso
de esos espacios que trascendieron a los medios de comunicación y
ocuparon la conversación política durante meses y que vuelven
recurrentemente.
[12]
Ver por ejemplo el trabajo de Patrick Wielowiejski, « Identitarian
Gais and Threatening Queers, Or: How the Far Right Constructs New
Chains of Equivalence», en Dietze, Gabriele & Roth, Julia,
Right-Wing
Populism and Gender: European Perspectives and Beyond,
Alemania, Transcript, 2020, p. 135-147.
[13]
Barrientos Violeta y Gimeno Beatriz, «Nuevas
perspectivas en el debate sobre el aborto: el aborto libre como
derecho», Revista
Trasversales,
nº 15, septiembre 2009.
[14]
Al derogar la ley de 1973 pueden entrar en vigor las restrictivas
leyes promulgadas por 26 estados que ya han sido aprobadas pero que
permanecían sin efecto y otros estados también podrán aprobar
nuevas prohibiciones.
[15]
Le Pen, Marine, «Un
référendum pour sortir de la crise migratoire», L’Opinion,
13 enero 2016.
Fuente:
JACOBIN