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sábado, 20 de diciembre de 2025

Pier Paolo Pasolini en la tierra de los proxenetas

 

      Escritor y filósofo italiano. Activista de la izquierda.

No me gusta Pasolini; es un escritor antifeminista y reaccionario. Sin embargo, en sus películas vio el futuro de un país de aduladores, que es lo que conocemos desde Berlusconi

     La derecha italiana, que lidera el gobierno, se está apoderando de las instituciones culturales, de los medios de comunicación y del sistema educativo y, en su plan pseudogramsciano de hegemonía (¿quizás inventarán algo, en lugar de robar también ideas y palabras?), no ha desaprovechado la oportunidad que le ofrece el cincuentenario de la muerte de Pasolini.

Periodistas y políticos del partido de Meloni han afirmado que, de una manera u otra, Pier Paolo Pasolini pertenecía al campo conservador.

En el Festival de Atreju, un evento cultural navideño para los descendientes del Partido Nacional Fascista, un tal Mollicone llegó a comparar a Pasolini con Charles Kirk, e incluso se aventuró a decir que Pasolini se sentiría honrado por la comparación con el racista estadounidense.

No creo que valga la pena discutir este tipo de tonterías.

Dejémoslo así y preguntémonos quién fue Pasolini y cuánto de su legado contradictorio sigue siendo relevante hoy en día.

No me interesa debatir si Pasolini era de izquierdas o de derechas: la afiliación política no es un criterio útil para entender la evolución cultural y estética, sino que sólo sirve para degradar cuestiones muy complejas al viejo juego del scopone donde los fascistas ganaban con el as de tréboles.

No entendió nada de 1968

En 1971, vivía en una casa en el centro de Roma, no lejos de Via di Panico, donde vivía Laura Betti. Una noche, Laura me invitó a cenar a su casa, y cuando llegué, había un caballero de aspecto severo al que reconocí como Pasolini, un gran amigo de Laura.

Se quedó en un rincón, en silencio, y me intimidó un poco. Yo también guardé silencio esa noche; por suerte, Laura seguía tan habladora como siempre.

Ese señor no me agradaba por muchas razones.

Lo conocía desde la secundaria, aunque no personalmente.

A mediados de los sesenta, vi El Evangelio según San Mateo con Corrado Festi, un profesor ciego de edad avanzada que enseñaba filosofía en el instituto Minghetti donde yo estudiaba. Comunista y libertario, el profesor fue al cine con un par de alumnos porque necesitaba que alguien le explicara lo que había en la pantalla para que él también pudiera verlo.

Volví a encontrarme con Pasolini en 1968, pero esta vez sólo virtualmente.

Tras los enfrentamientos en Valle Giulia, donde por primera vez los estudiantes no huyeron de la policía, sino que se rebelaron contra la violencia, Pasolini escribió un poema. Un poema malo, en mi opinión: resentido, arrogante y amargado, carente de luz, de ironía.

Aunque interesante.

En el poema (titulado originalmente «Il PCI ai giovani», pero que se conoció como «Vi odio, cari studenti», porque la revista L'Espresso publicó el texto con ese título), Pasolini acusó a los estudiantes de ser hijos de papá y de luchar contra sus padres solo para apoderarse de su poder. Al mismo tiempo, declaró su amor por los policías, que son los jóvenes hijos de campesinos y obreros. Vieja retórica populista, casi basura, diría yo.

Hombre de extraordinaria capacidad visionaria, aunque poeta mediocre y con poco conocimiento del pensamiento de Marx, creo que Pasolini no supo comprender el significado del movimiento estudiantil de 1968.

Muchos de los estudiantes que salieron a las calles ese año en Italia, Francia y otros lugares podrían haber sido hijos de padres de clase media. Muchos eran hijos de empleados de clase media-baja; una gran proporción provenía de familias de clase trabajadora, aunque el acceso a la universidad para los trabajadores aún era limitado. Pero esa consideración sociológica realmente no entendía el punto clave. La importancia del movimiento que sacudió al mundo en 1968 solo puede comprenderse observando el proceso a largo plazo de transformación postindustrial del trabajo.

Ese movimiento era cosmopolita porque era contemporáneo al surgimiento de la cultura juvenil global, y también era internacionalista porque era una expresión de rebelión contra el imperialismo occidental.

Ese movimiento fue el primer acto masivo de surgimiento del trabajo cognitivo, que en las décadas siguientes se convirtió en la fuerza motriz de la producción.

La alianza entre estudiantes y trabajadores industriales no fue una declaración retórica de compasión ética, sino un signo de la interdependencia entre el trabajo intelectual y el rechazo de la alienación industrial.

La negativa de los jóvenes trabajadores a trabajar y el uso de la energía cognitiva convergieron en el proceso común de revuelta social contra la dominación capitalista.

Pasolini se equivocó completamente en su evaluación del movimiento estudiantil porque pasó por alto el punto crucial, que no eran los orígenes sociológicos de los estudiantes, sino el nuevo papel que el trabajo cognitivo estaba empezando a desempeñar en la producción y la composición política de la clase trabajadora.

Después de 1968, la aproximación de Pasolini al movimiento cambió: empujado por la fuerza misma de los acontecimientos a reconocer su naturaleza proletaria, se acercó a Lotta Continua, una organización que fusionaba el marxismo, el maoísmo y el anarquismo con una generosa inspiración del radicalismo cristiano.

Junto con Lotta Continua rodó el documental 12 Dicembre.

No es difícil comprender la afinidad de Pasolini con Lotta Continua. «La prioridad de estos jóvenes militantes», dijo, «es la pasión y la emoción»... y cierta imprecisión teórica, si se me permite decirlo.

Lotta Continua no era una organización política, como argumentaban muchos en los círculos de izquierda de la época, sino una mentalidad que a veces rozaba el populismo. El amor por el pueblo, por los pobres y marginados, era el punto en común entre Lotta Continua y Pasolini.

En Cartas a Gennariello (una colección de artículos publicada por el Corriere della Sera en 1974), este vago sentimiento de amor hacia los pobres se entrelaza con la autenticidad mitológica de la juventud napolitana premoderna, a la que el escritor quería proteger de la contaminación del consumismo y de la fealdad de lo moderno.

Gennariello y los obreros rebeldes

Después de ver sus buenas películas y leer su mala poesía, finalmente, como dije, lo conocí, en casa de Laura Betti, aquella noche de 1971.

Yo era solo un niño y me quedé en un rincón observando a ese hombre severo sin mucha compasión. En aquellos años, apenas comenzaba a publicar sus Cartas a Gennariello en las páginas del Corriere della Sera, y el retrato del joven proletario napolitano que pintaba en sus páginas me pareció completamente falso.

Había interactuado con jóvenes proletarios de Nápoles y otras ciudades del sur de Italia, porque los había conocido en las fábricas del norte donde distribuía folletos de Potere Operaioy me parecían muy diferentes de cómo los retrataba el escritor.

Menos arcaicos e instintivos que Gennariello, los trabajadores migrantes que se congregaron en las fábricas de Milán y Turín fueron los protagonistas de la nueva ola de luchas autónomas contra la explotación y el trabajo industrial. Los que yo conocía se parecían mucho más al joven trabajador de Fiat descrito por Balestrini en su libro " Queremos todo" .

Gennariello surgió de una vieja mitología populista que ya no tenía mucha base en la realidad.

En el poema de Gramsci Le ceneri podemos leer estos versos:



Y, desvanecidos,

solo te llegan algunos golpes de yunque

desde los talleres de Testaccio, dormidos



en vísperas: entre cobertizos miserables,

montones desnudos de hojalata, chatarra, donde

ya cierra un niño vicioso, cantando



su día, mientras llueve alrededor”.



¿Pero de qué habla Pasolini? ¿De un peón que termina su jornada? Parece que nos hemos topado con un poema del Risorgimento de Aleardo Aleardi, o de ese Mameli que canta la victoria de que Dios esclavizara a Roma.

Seamos serios.

Los obreros de Pasolini no tienen nada que ver con la clase obrera que conocí a finales de los años 60: golpean el martillo contra el yunque porque sólo son una reminiscencia populista del herrero del siglo XIX.

La clase obrera de los años 1960 y 1970 era rebelde, autónoma, leía los libros de Marx y los poemas de Mayakovski, era capaz de organizarse y estaba decidida a apoderarse de la riqueza, mientras que los trabajadores de Pasolini son silenciosos y tímidos, pobres y necesitan orientación política o religiosa.

Por eso no me gustó el poeta Pasolini, mientras que sí me gustó el director de Accattone y de El Evangelio según Mateo, pero esa es otra historia.


Istubalz, 2024.

Un reaccionario antifeminista

Hace unos años, un intelectual de derecha llamado Marcello Veneziani escribió:

Pasolini estaba en contra de la modernidad, del 68, de la burguesía radical chic, de la sociedad permisiva e irreligiosa, del aborto y la manipulación genética, de los niños ricos que atacan a la policía pero perdonan a los magistrados, de la pornografía y de las drogas.

Pasolini se negó a unirse al movimiento homosexual, Fuori, y hoy estaría en contra de la farsa del orgullo gay y del matrimonio gay porque, como homosexual, tenía una idea trágica e íntimamente católica de la homosexualidad, que vivía como escándalo y transgresión y no esperaba el certificado del alcalde ni los elogios de los medios de comunicación.

Pasolini criticaba al fascismo no porque fuera el brazo armado de la reacción, sino porque había ayudado a destruir los valores tradicionales, y amaba al comunismo porque, decía, era una forma de resistencia a la irreligión y a la modernidad neocapitalista.

¿Queréis recordar que ella prefería el mundo campesino y la castidad femenina, los valores religiosos y las luciérnagas a la industria, el feminismo, el laicismo?

(Marcello Veneziani: Pasolini no tiene herederos: va contra la voluntad de todos, en: Libero – 11/06/2005)

En cuanto a las posiciones de Marcello Veneziani, reconozco que lo que aquí dice me parece comprensible y bastante veraz, a diferencia de las tonterías del señor Mollicone.

Por las razones que enumera Veneziani, es difícil negar que Pasolini era reaccionario. Digo reaccionario, no conservador: Pasolini veía la libertad alcanzada por las mujeres como un signo de decadencia y corrupción. Le disgustaba la alegría rebelde de los jóvenes trabajadores que se oponían al trabajo. Se distanciaba de la cultura cosmopolita que rechaza el provincialismo de la nación, el lugar y el localismo. Era homosexual, pero jamás se habría reconocido en la alegre afirmación de la diversidad cultural que defendían Mario Mieli o Corrado Levi.

El mundo ideológico de Pasolini era un espacio dominado por los hombres, donde las mujeres solo pertenecían como madres. En un artículo publicado en 1972 con el vergonzoso título « Demasiada libertad sexual y llegamos al terrorismo », Pasolini describió la transición del antiguo paisaje agrario de autenticidad popular al paisaje consumista de la modernidad corrupta en estos términos:

En Italia, las relaciones sexuales entre hombres y mujeres cambiaron radicalmente en tan solo unos años… Especialmente en las ciudades, en cada calle, esquina o edificio, una o dos menores de edad están ahora disponibles para todos… De hecho, ya no se ven grupos de jóvenes cerca de prostitutas: casi las ignoran… Increíblemente, la prostitución está desapareciendo, al menos en sus formas tradicionales, ruidosas y casi festivas. La repentina permisividad sexual, si bien trae algunas consecuencias positivas, tiene efectos negativos inesperados. Por ejemplo, conduce al conformismo sexual”. (Artículo publicado en el periódico Il Tempo el 16 de julio de 1972).

A Pasolini le perturba la libertad sexual, especialmente la de las mujeres. Las mujeres corrompen y seducen a los jóvenes, rompiendo la complicidad y la solidaridad masculinas. Siente nostalgia de un pasado en el que la prostitución y las insinuaciones homosexuales no se veían amenazadas por la libertad femenina.

En uno de sus malos poemas, El hombre de Bandung de 1962, escribe:



Piensas en el destino de tus hijos.

Mi maldición como católico, como puritano traicionado

Es: (y no se cumple) tener hijos fascistas

Deja que te destruyan con ideas

Nacido de tus ideas

Con odio

Nacido de tu odio.

(Pier Paolo Pasolini: El hombre de Bandung, 1962)



Franco Fortini, uno de los críticos más agudos de Pasolini, escribió sobre él: “Habla de su madre como una virgen, de los adolescentes como inocentes sensuales, de Jesús como un joven contaminado y del comunismo como el Superyó paternal”.

No lo podría decir mejor.


Istubalz, 2024.

La mutación ambigua

Me sentí distante de aquel hombre taciturno y tímido, juez severo de una realidad que a mí en cambio me parecía llena de posibilidades.

Sus escritos contenían la crudeza de quien se siente traicionado por el avance caótico de fenómenos innovadores en las costumbres, la tecnología y la imaginación. Y había nostalgia de una época mitológica, de un pasado de integridad imaginada. La modernidad lo irritaba. Y sobre todo (esto era lo que más profundamente le reprochaba), no veía cómo una mutación heterogénea y diferenciada operaba en el comportamiento juvenil, abierta a múltiples e impredecibles resultados.

La nostalgia de Pasolini compartía muchos elementos con el estilo de pensamiento de la Escuela de Frankfurt (especialmente con Herbert Marcuse, un pensador muy leído en aquellos años). Pero Pasolini sustituyó la crítica social por la condena moralista. La perspectiva de la Escuela de Frankfurt representaba una sociedad integrada, dominada por modelos de consumo estandarizados, incapaz de reaccionar política y culturalmente.

Pasolini se quejó del abandono de la moral campesina y del apego a las culturas locales.

Es este mundo campesino prenacional y preindustrial ilimitado, que sobrevivió hasta hace unos años, lo que extraño… Desde el punto de vista del lenguaje verbal, los dialectos (los idiomas maternos) están distantes en el tiempo y el espacio: los niños se ven obligados a dejar de hablarlos porque viven en Turín, Milán o Alemania.” (Pasolini: La limitación de la historia y la inmensidad del mundo campesino , en Paese será , 8 de julio de 1974).

En los años 70, mi generación vivía una experiencia muy distinta de la que Pasolini describe con nostalgia aquí: la experiencia de la ruptura del conformismo consumista, el desmoronamiento de la subordinación social, el surgimiento de luchas independientes entre los jóvenes trabajadores, la creación de espacios de cultura cosmopolita pero no homogeneizada.

Donde la Escuela de Frankfurt vio el surgimiento de un consumismo homogeneizador, Tronti vio la formación de "una raza pagana ruda, sin fe, sin ideales, sin ilusiones" que lideraría el ataque contra la explotación y, de esta manera, revelaría la naturaleza inhumana de la mercantilización.

Tronti versus Marcuse: éstas eran las coordenadas de mi orientación en el pensamiento político de la época.

Encontré una alternativa similar en el debate literario italiano de aquellos años, que enfrentó a Pasolini con los escritores de la neovanguardia experimental. Balestrini, Eco, Pagliarani y Sanguineti buscaron captar un potencial, una posible bifurcación, en la innovación social y estética del neocapitalismo.

En algunos aspectos, se reanudó el debate que había enfrentado a W. Benjamin y T. W. Adorno unas décadas antes: el primero buscaba en las nuevas tecnologías de la comunicación potencialidades y recursos que el segundo consideraba borrados por la producción en masa.

Así, a principios de los años setenta, vi en Pasolini un nostálgico de una época pasada, un reaccionario valiente, estimulante y fascinante.

Seamos claros: no me arrepiento de aquella lectura juvenil. Pero ahora puedo decir que, si bien entendí algo, me perdí algo esencial. Solo después del 77, tras la explosión y derrota del movimiento que entonces llamábamos juventud proletaria, llegué a comprender otro aspecto de la crítica de Pasolini.

El movimiento del 77, en cierto sentido, intentó desvirtuar su visión. Empezamos precisamente con aquellas formas de vida que Pasolini consideraba «fascistas», conformistas; empezamos con formas de vida que otros condenaban como bárbaras, porque en esa barbarie buscábamos introducir ironía, autonomía y crítica práctica. Queríamos conectar la energía bárbara del llamado subproletariado con las luchas autónomas de los trabajadores. Y queríamos hacer de la literatura un juego salvaje de creatividad liberadora.

Habíamos respondido al consumismo con la idea de una reapropiación alegre e irónica de los bienes, en lugar de condenarlo en nombre de una integridad pasada. En este sentido, coincidíamos con Pasolini, pero no le dijimos a su Gennariello: «Mantente antiguo si quieres ser humano».

Más bien, decíamos: desafiar la modernidad para hacer surgir nuevos horizontes de humanidad.

Luego las cosas sucedieron como sucedieron. No exactamente como las habíamos imaginado. Y después del 77, la perspectiva cambió gradualmente. Entonces comencé a comprender algo que antes se me había escapado, pero que era fundamental: la mirada de Pasolini no era la de un crítico político, sino la mirada a largo plazo de un antropólogo. Lo que vislumbró fue una transformación más larga y profunda que la que nosotros, los autonomistas creativos, habíamos apostado.

No pretendo decir que él tuviera razón y nosotros no; habíamos visto diferentes facetas del mismo proceso. Pasolini comprendió desde el principio que el poder del cambio tecnológico estaba destinado a prevalecer sobre las culturas libertarias e igualitarias que constituían la culminación de toda la tradición humanista.

De esta manera, Pasolini se había desfasado de su tiempo, pero su naturaleza desfasada también significaba que se había adelantado a su tiempo. Comprendió que, ante el avance de la mediatización, algo está ocurriendo que afecta al sensorio humano, a la relación entre lo imaginario y la imaginación, y que la política tiene poco que ver con esta transformación, y que la acción voluntaria podría no ser efectiva: había previsto la marginación a la que el intelectual estaba destinado a ser víctima.

De esta manera tenía una buena idea de la época actual.


Istubalz, 2022.

No un ideólogo sino un visionario profético

Cuando miramos la obra de Pasolini, cuando leemos sus novelas y sus poemas, en mi opinión debemos utilizar una lente diferente a la que utilizamos cuando miramos sus películas y sus documentales.

Siempre leyéndolo o viéndolo nos sentimos perdidos en un laberinto de paradojas, y debemos tratar de dar sentido a la naturaleza paradójica de sus juicios y opiniones, de sus idiosincrasias, pasiones y aversiones.

Pero la perspectiva cambia si Pasolini se pasea entre palabras y conceptos o se mueve entre imágenes y visiones.

Cuando escribe, cuando habla, cuando actúa como ideólogo, Pasolini es esencialmente un reaccionario y un conformista disfrazado de provocador. Pero cuando vemos sus películas, Pasolini aparece como un visionario, casi un profeta, capaz de gran visión de futuro.

Sí, creo que era un mal poeta y un reaccionario ideológico. Pero también creo que Pasolini fue uno de los más grandes directores del cine italiano. No era bueno para hablar, pero sí para ver, y vio el futuro lejano, porque era un visionario, en el sentido de un profeta.

En sus películas, Pasolini supo percibir las futuras formas del fascismo (si podemos usar ese término tan manido). Fue capaz de ver formas emergentes de conformismo cultural y brutalidad, asociando el fascismo con la humillación sexual, el consumismo, la ignorancia, la agresión y la fealdad, como lo hace en «Saló o los ciento veinte días de Sodoma».

La humillación sexual, el consumismo como sustituto de una vida miserable, la agresión y la ignorancia se han extendido a lo largo de los años de hegemonía neoliberal. Y la fealdad está en todas partes: en ciudades devastadas por la especulación, en cuerpos devastados por la explotación y la soledad, en la omnipresente publicidad en las pantallas y en la contaminación urbana por petróleo.

En Accattone, película de 1961, un hombre explota la prostitución de su esposa en uno de los sórdidos barrios marginales de la Roma de posguerra. Cuando arrestan a su esposa, busca a otra mujer para obligarla a salir a la calle: es un proxeneta, sórdido, miserable y perturbador.

Pero Accattone no es solo una película sobre la Italia de posguerra, pintada en blanco y negro por directores neorrealistas. Es una fábula sobre el rostro triste, incluso cruel, del movimiento nacionalista, una fábula sobre un pueblo sin conciencia de clase, sobre una pobreza sin solidaridad y sin lucha.

En Mamma Roma, de 1962, Pasolini retrata a las clases bajas de las periferias urbanas como un mundo en el que la crudeza de la era premoderna se encuentra con los productos horneados de la civilización neocapitalista tardía.

En el sentido de Lévy Strauss, crudo y cocido significan lo precivilizado y lo hipercivilizado.

La película narra la historia de una mujer (interpretada por Anna Magnani) obligada a prostituirse por un hombre de clase trabajadora en las afueras de Roma.
En la primera escena, Anna Magnani entra en la rústica trattoria donde se celebra una boda (la boda de su proxeneta), trayendo consigo una piara de lechones. Los invitados se asean y visten con la ropa que se usa en la ciudad modernizada, pero todo en ellos delata una brutalidad que parece fascinar al director.

Tanto Accattone como Mamma Roma capturan algo de la naturaleza profunda de la identidad italiana, que desde su decadencia post-renacentista fue conquistada y saqueada por las potencias ocupantes de la época, y terminó hundiéndose en el servilismo y la miseria, tanto que algunos contemporáneos pensaban en el pueblo en términos de una frase bien conocida: Francia o España, mientras comamos .

Casi parece que se podría insinuar, como en la inquietante novela de Curzio Malaparte, La piel, que Italia podría describirse como un país de aduladores. Hay algo de cierto en esta descripción. La era Berlusconi, la proliferación de la vulgaridad en la televisión, ha acentuado este lado un tanto sórdido del movimiento nacional-popular.

Pero lo que nunca está claro es si esta mezcla de brutalidad, servilismo y miseria fascina a Pasolini o le provoca repugnancia.

Sin embargo, podemos sacar una conclusión: ya sabemos que en los tiempos modernos Italia ha anticipado a menudo los horrores que vendrían.

Benito Mussolini se anticipó a Adolf Hitler en una década y a Francisco Franco en dos décadas.

Del mismo modo, Silvio Berlusconi anticipó la llegada de Donald Trump.

Lo que Pasolini supo prever en Saló o los ciento veinte días de Sodoma fue una cierta tendencia de los poderosos a construir una amplia red de proxenetismo.

Mucho antes de la isla de Saint James, donde Epstein y Maxwell ponían cuerpos jóvenes a disposición de los privilegiados de la política y las finanzas, en Arcore una densa red de proxenetas proporcionaba compañía al Padrino Priápico Senescente (PPS).

Cuando vi Saló por primera vez, pensé que era una brillante obra surrealista, completamente desprovista de cualquier conexión con la realidad. Aun así, me equivoqué: Saló prefiguró la mutación coprófila, coprófaga y coprolálica de un sistema perverso que reemplaza el consenso y la cultura por la violencia y el engaño.

En algún momento me disgustó cierta falta de ironía y cierto moralismo en la obra de Pier Paolo Pasolini.

Pero ahora me veo obligado, aunque a regañadientes, a reconocer que la ironía desencantada y el realismo de la tendencia que caracterizó a nuestro marxismo obrerista carecieron de la capacidad de prever el vértigo mefistofélico en el que el capitalismo ha hundido al mundo.



Fuente: ILDISERTORI

viernes, 13 de junio de 2025

Las guerras de género: una estrategia de poder

 

 Por Nuria Alabao   
      Periodista y doctora en Antropología Social. Investigadora de la Universitat de Barcelona especialista en el tratamiento de las cuestiones de género en las nuevas extremas derechas.

Las guerras de género constituyen herramientas altamente funcionales para lograr o sostener gobiernos, generar coaliciones o articular movimientos sociales de carácter reaccionario



El artículo que sigue es un fragmento adaptado de Las guerras de género. La política sexual de las derechas radicales, de Nuria Alabao.





     Las transformaciones en las relaciones de género desde los años setenta fueron uno de los elementos centrales del cambio en valores que consiguieron transformar algunas sociedades de manera radical. El movimiento de mujeres y las guerras culturales que desencadenaron estuvieron inextricablemente unidas. Las cuestiones relacionadas con el aborto, pero también con las disidencias sexuales —la homosexualidad, el SIDA y la reacción conservadora a los derechos de los homosexuales—, formaron parte de aquellas confrontaciones que se han prolongado hasta nuestros días[1].

Hoy hablamos de guerras de género como una especificidad de las guerras culturales que hace referencia a los conflictos políticos y culturales centrados en cuestiones de género y sexualidad, donde diferentes grupos e ideologías compiten por influir en las normas, las políticas y las percepciones públicas relacionadas con la identidad de género, la expresión de género, y los derechos sexuales. Estas contiendas se producen alrededor de temas como los derechos de las mujeres y las disidencias sexuales, la igualdad de género, el aborto, la educación sexual, y la representación de género en los medios y la cultura popular, e incluso podríamos hablar aquí de los debates sobre la violencia de género.


Manifestación del 8M de 2018 en Granada.

Estos conflictos giran alrededor de las luchas por el poder, la igualdad y el reconocimiento en un mundo que sigue redefiniendo lo que significa el género en el siglo XXI. Las guerras de género pueden ser funcionales a la lucha por el poder político de partidos y otros actores de la democracia representativa, pero pueden participar en ellas una miríada de actores diversos, algunos institucionales y otros movimentistas.

Las guerras de género son impulsadas muchas veces como reacción a cambios sociales y culturales que desafían las concepciones tradicionales de género y sexualidad. Pero no hay que olvidar que estos conflictos a menudo se convierten en campos de batalla que implican luchas más amplias por el poder, la autoridad moral y el control social, que reflejan posiciones políticas centrales para determinados actores[2]. Por tanto, en ellas no solo está en juego la lucha por determinados derechos y o medidas de reconocimiento simbólico, sino una lucha por el poder determinados proyectos políticos.

No deberíamos analizar estas cuestiones, pues, como si únicamente constituyesen una herramienta de agitación —aunque sin duda este aspecto es muy relevante— sino que se deben contemplar como parte central del proyecto político de muchos de estos actores antigénero: defender el orden de género tradicional sirve para apuntalar el actual régimen de desigualdad. Podemos hablar aquí entonces de cómo el género y la sexualidad tienen esta doble cualidad: pueden ser centrales para el proyecto de las derechas radicales pero también son usados profusamente de manera táctica[3]. Esto último, además, constituye un hecho definitorio de la propia evolución de estas derechas, en lo que reside buena parte de su «radicalización».


El líder de Vox, Santiago Abascal, en una concentración en Madrid en marzo de 2022.

Las guerras de género se convierten así en herramientas altamente funcionales para lograr o sostener gobiernos, generar coaliciones —entre religión y política o entre distintas religiones— o articular movimientos sociales de carácter reaccionario. Las cuestiones de género son óptimas a la hora de movilizar y agitar socialmente en momentos de desafección política. La sexualidad sirve porque permite construir fantasmas, crear apasionadas contiendas que desvían la atención de este mundo que se desmorona, generar identidad, condensar miedos y construir sobre las inseguridades vitales una dirección para vidas sin demasiado sentido, sobre todo colectivo.

De hecho, las cuestiones de género crean comunidades afectivas sobre las que sostenerse, y esto no se refiere únicamente a las comunidades formadas por disidencias sexuales o feministas sino también a las contrarias, a las que se construyen por oposición que también delimitan un nosotros. Este tipo de materias permiten construir un propósito social, un orden, una guía moral. El «odio» puede ser una cuestión identitaria. Pero ¿qué elementos están en juego en esta temática que concita una reacción tan visceral por parte de los actores ultras y, en general, de todo el espectro político?


Pánico moral


Las guerras de género no son nuevas. Gayle Rubin ya las describía en los años setenta como confrontaciones públicas donde las definiciones y valoraciones sobre las conductas sexuales eran objeto de luchas encarnizadas entre «los principales productores de ideología sexual —las iglesias, la familia, los medios de comunicación pública y los psiquiatras—» y los grupos contra los que se dirigen estas confrontaciones[4] (fundamentalmente los activistas). Para Rubin, estos eran los «momentos políticos» del sexo, en los que las pasiones desatadas relativas a cuestiones morales eran canalizadas hacia la acción política y de allí al cambio social.

Ejemplos históricos de estos «pánicos morales» se reconocen en la historia desde el origen de la Modernidad. Así, la histeria ante la esclavitud sexual blanca —la «trata de blancas»— de la década de 1880, las campañas anti-homosexuales de los años cincuenta o el pánico a la pornografía infantil de finales de la década de 1970, que ya intentaban vincular a los homosexuales con la pederastia[5].

El concepto de «pánico moral» fue utilizado por primera vez en relación con la cuestión homosexual[6] y es probablemente el ámbito en el que se han producido más campañas de este tipo. Pánicos morales son también los que se desataron contra la pornografía o la prostitución en los años ochenta del siglo XX por parte de la Nueva derecha, con ayuda de un sector del feminismo y que se denominaron «sex wars». En cualquier caso, como explica Jeffrey Weeks:


El pánico moral cristaliza temores y ansiedades muy extendidos y, a menudo, se enfrenta a ellos, no buscando las causas reales de los problemas y las características que muestran, sino desplazándolos a los «tipos diabólicos» de algún grupo social concreto —a menudo los «inmorales» o los «degenerados»—. La sexualidad ha jugado un papel particularmente importante en esos pánicos, y los «desviados» sexuales han sido los chivos expiatorios omnipresentes.[7]

Las actividades sexuales tienen la capacidad de condensar significantes relacionados con temores personales y sociales con los que no tienen por qué guardar relación intrínseca. Durante el estallido del pánico moral esos temores pueden relacionarse con alguna actividad o población sexual excluida o «marginal», consecuencia del sistema de estratificación sexual que organiza nuestro orden de género y proporciona blancos fáciles sobre colectivos sociales que, por lo general, carecen de herramientas para poder defenderse. El estigma contra los disidentes sexuales o las prostitutas los convierten en chivos expiatorios predilectos y moralmente indefendibles.

Este mecanismo opera normalmente de acuerdo con la siguiente secuencia: los medios de comunicación se indignan, la gente se comporta como una turba enfurecida, se activa a la policía y el Estado promulga leyes nuevas[8]. El pánico moral tiene consecuencias a dos niveles: la población objeto del mismo es la que más sufre, pero los cambios sociales y legales afectan al conjunto de la población[9].

En algunos ejemplos recientes se observa como la cuestión de la homosexualidad o la identidad de género son elementos centrales de esta tecnología del miedo. Así, hay municipios que se declaran «Zonas libres de personas LGTB» en Polonia, se despliega la campaña «contra el borrado de las mujeres» —lanzada en España desde un sector del feminismo transexcluyente para tratar de frenar la ley de autodeterminación de género— o se promulgan distintas leyes que prohíben hablar de homosexualidad a los niños en Hungría, Rusia y en algunos estados de EE. UU., como Florida.

Para activar estas campañas es necesario fabricar víctimas, al menos en el plano discursivo, lo que permite justificar las reacciones, ya sea en forma de nuevas leyes punitivas, de restricción de derechos o tratando de impedir avances legislativos. Como señala Rubin, por medio de la construcción de la víctima, cuestiones como la expresión de las disidencias sexuales, la prostitución, el porno o la educación sexual en las escuelas acaban por mostrarse como amenazas a la salud, la seguridad, las mujeres, los niños, la seguridad nacional, la familia o la civilización misma[10].

Las extremas derechas actuales son expertas en este tipo de instrumentación: emplean el escándalo, se mueven en los entretelones de los medios y de las presuntos «afectados», construyen a las víctimas —a menudo muy alejadas de las personas que realmente están en posiciones de mayor vulnerabilidad social— y se victimizan a sí mismos. De este modo, logran uno de los principales efectos buscados en las guerras culturales y logran invertir los términos del debate: las disidencias sexuales, que precisamente en un primer momento se unen para contrarrestar su posición de rechazo social, se convierten en poderosos lobbies que cancelan o censuran la libertad de expresión.

Las víctimas privilegiadas de la derecha son siempre los niños; y en relación con la infancia, la propia institución de la familia, siempre vinculada al «orden natural o divino inscrito en los sexos»; también, últimamente, las mujeres y su seguridad. Un buen ejemplo de esto son las «guerras de los baños» lanzadas contra las personas trans para que no puedan usar los lavabos que corresponden con su género[11]. En países de medio mundo, este tipo de narrativas se vinculan a la homosexualidad y a la pederastia. Este argumento recurrente muta hasta encontrarse con las virulentas guerras contra la adopción de parejas homosexuales o la educación sexual e igualitaria, esa que «sexualiza a nuestros pequeños» o «los deja a merced de los pederastas»,[12] al tiempo que la familia se disuelve junto con la autoridad paterna, mientras todo es crimen y caos a nuestro alrededor.

En este marco encajan también la mayoría de los ataques que se lanzan contra la «ideología de género» o los discursos con los que se defienden las prohibiciones del aborto en muchos países, especialmente en aquellos lugares donde este derecho está conquistando algo de terreno, como América Latina. De hecho, el antiabortismo es uno de los aglutinantes de la derecha radical a nivel internacional y el punto de apoyo de una lucha ideológica mucho más amplia y absolutamente decisiva: el grado de autonomía y de libertad sobre la capacidad reproductiva de las mujeres, que no sean obligadas a parir o ser madres, afecta al estatus social de todas las mujeres, aborten o no[13].


Sexualidad y estructura social


Sin embargo, hablar de género hoy implica ampliar algo la perspectiva. Los pánicos morales no se lanzan solo contra los homosexuales y la «degeneración sexual», sino contra todas las personas que promueven la desestabilización del orden de jerarquías entre hombres y mujeres. Si bien el enemigo se amplía, el mecanismo es parecido. La política atraviesa aquí las cuestiones del sexo y del cuerpo de una manera radical. Pero es importante detectar también las tendencias subyacentes.

Bajo la pantalla de los escándalos y los pánicos morales no podemos pasar por alto que, en la mayoría de casos, estas campañas son en reacción a avances concretos, legislativos y políticos, pero también a cambios culturales que difícilmente se pueden detener. El binario de género lleva décadas en proceso de desestabilización, al igual que avanza la secularización de la sociedad, y esto sucede en todo el mundo, no solo en Occidente. Esta es la razón por la que la Iglesia católica se ha activado de manera tan militante desde los años noventa es por y en contra de este mismo proceso. Al tiempo que la sociedad se seculariza, lo religioso tiende a radicalizarse y a convertirse en movimiento militante.

Por eso resulta inevitable preguntarse acerca de la potencia de estas guerras de género hoy y de su capacidad de detener o bloquear derechos sobre la base de construir un poder político. Justo ahora asistimos a un evidente momento de involución, tal y como se ha visto con la aprobación de legislaciones sobre el aborto en EE. UU. En 2022, cuarenta años después de la histórica sentencia Roe versus Wade de 1973, que legalizó de facto el aborto en ese país, el Tribunal Supremo de Estados Unidos la anuló. No obstante, la inmensa mayoría de los estadounidenses, un 70%, está en contra de su derogación[14].

Esto da cuenta del increíble poder del lobby antiabortista y el persistente peso de la derecha religiosa en ese país, hasta el extremo de que el estado de Lousiana, por ejemplo, ha intentado equiparar a efectos penales el aborto con un asesinato. Vemos aquí un ejemplo donde minorías influyentes —con dinero, bien situadas políticamente y muy movilizadas— han conseguido retrocesos importantes, mientras mayorías progresistas pero lábiles —no activistas— han sido incapaces de preservar derechos conquistados previamente. A pesar de todo, la inercia cultural del secularismo y de la aceptación social de estos derechos no ha retrocedido. Han ganado la batalla política pero no han cambiado la sociedad.

Existen otros ejemplos en los que la expresión de estos pánicos tiene terribles consecuencias. Es el caso, por ejemplo, del provocado por la llamada «crisis de refugiados», instrumentalizada para desencadenar el terror a la «invasión» de los migrantes, cuyo resultado se ha cifrado en un aumento de apoyo a las opciones de extrema derecha y el crecimiento de las actitudes y las políticas racistas. Las nuevas extremas derechas son realmente eficaces desencadenando y fabricando crisis y alimentándose de las consecuencias de las mismas. Ejemplo paradigmático de ello son los asaltos sexuales en Colonia a principios de 2017, de los cuales se culpó a los refugiados. El caso fue luego instrumentalizado, entre otros, por Marine Le Pen que pidió un referéndum para cerrar las fronteras: «Temo que la crisis migratoria señale el comienzo del fin de los derechos de las mujeres»[15].

La cuestión sexual tiene la capacidad de galvanizar elementos inaprensibles desde un punto de vista racional. Lo sexual es construido como un espacio donde se cruzan el orden reproductivo y el mandato del placer a toda costa del capitalismo tardío, tabús y sacralizaciones diversas, así como miedos de contaminación de la inocencia primigenia representada en la infancia. La cuestión sexual está aferrada de manera inseparable a los elementos culturales que han construido el sexo bien como algo sagrado, bien como un impulso irrefrenable —en el caso de los hombres—, bien como una amenaza encarnada en todos aquellos que desafían el orden reproductivo con sus «desviaciones» consideradas como aberraciones contra lo «natural».

Estas ideas sobre la sexualidad responden a un diseño de siglos dirigido a mantener en la subordinación a las mujeres, a garantizar las líneas sucesorias y las herencias, imprescindibles para la reproducción de las clases y del propio capitalismo. También conectan con el nacionalismo que se articula a partir de cuestiones demográficas y reproductivas: quién tiene derecho a reproducirse y quién no, es decir quién puede pertenecer de pleno derecho a la nación.

Las guerras de género tienen esta doble dimensión: por un lado, impactan en uno de los pilares del orden de género, es decir, de la estructura social y, por el otro, operan como activadores políticos capaces de generar un polo de energía militante en tiempos de cris

is y desafección que las han convertido en extremadamente útiles para la política contemporánea.

Notas:

[1] Rodgers, Daniel, Age of Fracture, Harvard University Press, 2012, p. 146.

[2] Las políticas antigénero como estrategia de poder han sido desarrolladas por Sonia Correa y el Observatorio de Sexualidad y Política en trabajos como Serrano-Amaya, F., Políticas antigénero en América Latina, Género y Política en América Latina, Brasil.

[3] Esta idea está desarrollada por Spierings, N. (2020). Why gender and sexuality are both trivial and pivotal in populist radical right politics. Right-wing populism and gender, 45-64.

[4] Rubin (1986), op. cit., p. 95-145.

[5] Ibídem.

[6] Ver Stan Cohen, Folk Devils and Moral Panics, Londres, MacGibbon & Kee, 1972, p. 9.

[7] Weeks, Jeffrey. Sex, Politics and Society: The Regulation of Sexuality Since 1800, New York. Longman, 1981, p. 19-20.

[8] Rubin (1986), op. cit., p. 95-145.

[9] Véase Spooner, Lysander, Vices Are Not Crimes: A Vindication of Moral Liberty, Cupertino, CA, Tanstaafl Press, 1977, p. 25-29

[10] Quizás se podría hablar aquí de cómo esto se entrecruza con una característica de la política actual –también la de izquierdas– muy centrada en la construcción de la figura de la víctima como principal vía de búsqueda de reconocimiento antes que la generación de conflicto, verdadero motor del cambio social.

[11] En 2016 Carolina del Norte promulgó una ley que impide que las personas trans usen aseos diferentes al sexo que figura en sus certificados de nacimiento y otros quince estados de EE. UU.. discutieron durante esos años proyectos parecidos mientras en institutos e universidades se daban agrias discusiones sobre el uso de esos espacios que trascendieron a los medios de comunicación y ocuparon la conversación política durante meses y que vuelven recurrentemente.

[12] Ver por ejemplo el trabajo de Patrick Wielowiejski, « Identitarian Gais and Threatening Queers, Or: How the Far Right Constructs New Chains of Equivalence», en Dietze, Gabriele & Roth, Julia, Right-Wing Populism and Gender: European Perspectives and Beyond, Alemania, Transcript, 2020, p. 135-147.

[13] Barrientos Violeta y Gimeno Beatriz, «Nuevas perspectivas en el debate sobre el aborto: el aborto libre como derecho», Revista Trasversales, nº 15, septiembre 2009.

[14] Al derogar la ley de 1973 pueden entrar en vigor las restrictivas leyes promulgadas por 26 estados que ya han sido aprobadas pero que permanecían sin efecto y otros estados también podrán aprobar nuevas prohibiciones.

[15] Le Pen, Marine, «Un référendum pour sortir de la crise migratoire», L’Opinion, 13 enero 2016.


Fuente: JACOBIN