jueves, 12 de febrero de 2026

El trumpismo murciano se exhibe en la Universidad

 

Para un invierno átono y viscoso, sin frío ni calor (7 de 10)


Por Pedro Costa Morata
        Ingeniero, periodista y politólogo. Ha sido profesor en la Universidad Politécnica de Madrid. Premio Nacional de Medio Ambiente.


La Universidad de Murcia (UMU) ha decidido nombrar Doctor Honoris Causa este próximo 18 de febrero a Darío Gil Alburquerque, ingeniero y empresario nacido en El Palmar (Murcia), que ya ha sido nombrado el 11 de enero como miembro de honor de la Academia de Ciencias de la Región de Murcia. Darío está asentado desde hace mucho en Estados Unidos, pero ha de suponérsele un gran amor a la tierra que lo vio nacer y un deseo intenso de volcar en la misma sus amplias posibilidades de poderoso empresario de una súper multinacional, nada menos que IBM (una entrega al terruño de la que no consta, hasta ahora, dato alguno). Y también ha sido designado como subsecretario para Ciencia e Innovación en el Departamento de Ciencia del Gobierno norteamericano, y dicen que el mismísimo Trump ha marcado, con su visión fina y preclara, este nombramiento.


Darío Gil, nombrado miembro de la Academia de Ciencias de Murcia (La Verdad).

Hace muy pocos años la Universidad Católica de Murcia (UCAM) nos sorprendía con el anuncio hecho por su rector y dueño, José Luis Mendoza, de distinguir como Doctor Honoris Causa a Benjamín Netanyahu, primer ministro de Israel y destacado criminal internacional. Pienso que, debido a circunstancias del momento, desde el Vaticano le pararon los pies al piadoso Mendoza, y tamaña fechoría quedó en potencia, más no en acto. En el texto que sigue expongo las características que más me chocan de este otro acontecimiento inminente en la UMU, sin la menor intención de establecer comparación alguna con la ocurrencia aquella de la UCAM, que aquí evoco como incalificable infamia universitaria.

Lo de menos es -como me dicen- que las autoridades académicas hayan decidido saltarse la cola de futuros homenajeados con el mismo título, y hayan perdido el trasero tras el eminente Gil, que no tiene culpa de esto aunque, listo como sin duda es, debiera de trocar el comprensible regusto del privilegio por una cierta sospecha de que sus admiradores académicos no cumplen con mínimos de cortesía general. Lo peor es que, vistas las agudezas en que gustan incurrir nuestras universidades, no tengamos más remedio que afilar el análisis y señalar con precisión los rasgos inocultables de la iniciativa de la UMU. Examinemos, pues, los tres aspectos que en mi modesto entender han de ponerse a disposición de la opinión pública para que los someta a su discreto y ponderado escrutinio: lo científico, lo empresarial y lo político.


José Luján, rector de la UMU.

En primer lugar, pues, está el carácter científico del homenaje, ya que surge de la institución científica por excelencia de nuestra región, la ya centenaria UMU. Esto plantea, inmediatamente, la duda principal sobre lo acertado del caso, puesto que no queda claro si este laurel ha de considerarse un verdadero homenaje a la ciencia, como pretende ser, o si es que resulta una gracia de pueblerinos desocupados y desnortados (o algo peor).

Veo en los figurantes de este programa de galardones de que se hace objeto a Darío Gil, a personajes de las ciencias naturales y de las pseudociencias informáticas, un área esta del conocimiento que como sociotecnólogo así las califico, por considerar que la digitalización desde el punto de vista de la naturaleza se parece mucho a una agresión, y desde lo social una estafa imperdonable. En cualquier caso, ni la ciencia o la tecnología son capaces de resolver ningún problema importante de la humanidad, aunque sí someten a ésta a toda clase de humillaciones y amenazas. Es visible, en el grupo que se exhibe pavoneándose alrededor del de El Palmar, la ausencia de filósofos, sociólogos, humanistas, historiadores o literatos, que me inspiran mucha mayor confianza que ingenieros, informáticos, físico-químicos e incluso biólogos, al tener que manejar decisiones o políticas universitarias que inevitablemente han de ceñirse a una ética rigurosa; y me deja perplejo y encrespado, ya que esta -digamos- especialización parece relacionarse, imprudentemente, con la característica básica del homenajeado, que es la ingenieril; pero refleja la compartimentación disciplinar en la universidad española y la formación especializada, ergo inculta, con que se dota a las carreras ingenieriles y de ciencias naturales.

O sea, que no veo yo que la efemérides prevista vaya a corresponder, ni directa ni evidentemente, con un acontecimiento cabalmente científico sino como, más bien, una fantasmada al hilo de los tiempos de confusión y fraude que nos envuelven y asaltan, en los que a los ciudadanos de a pie se nos suministra, cada día y en cada trance, gato por liebre.

Aun así todavía me parece más relevante el aspecto empresarial de la entrada en tromba de Gil Alburquerque en el walhalla de la ciencia murciana, ya que el personaje es un empresario de tomo y lomo: vicepresidente senior de IBM y director de IBM Research (hasta ahora, ya que sus nuevas obligaciones en el estado mayor científico trumpista lo obligará a suspender por un tiempo sus labores típicamente empresariales, a las que regresará cuando pierda los favores del impredecible Trump). Porque si la Academia decide premiar a un empresario es necesario contemplar a su empresa bajo la lupa de los méritos universitarios, que siempre habrán de someterse a una (muy) alta exigencia ética. Hay entonces que aportar algunas pinceladas de la historia y el papel de IBM en la guerra y, concreta y exclusivamente por mor de brevedad, en el genocidio palestino a manos del Estado de Israel, para que quienes admiran a IBM y a sus directivos en todo el mundo afinen su idea de la excelencia o del poder empresariales reparando en su intervención en guerras de agresión, expansión o aniquilación.

A este respecto, no hace mucho que la relatora de la ONU para los Territorios Palestinos Ocupados, Francesca Albanese, en su demoledor informe (considerado “histórico”) De la economía de la ocupación a la economía del genocidio (30 de junio de 2025), dirigido al Consejo de Derechos Humanos de la organización internacional, ha señalado a varias decenas de empresas tecnológicas por su implicación directa en ese genocidio, citando entre ellas en primer lugar a IBM, Caterpillar y Airbnb, y concretando la participación de este grupo en la prestación de “servicios en la nube e inteligencia artificial al ejército israelí para operar sistemas de armas y seleccionar objetivos de bombardeo. Esto incluye ataques contra miembros de bajo nivel de Hamás y contra sus esposas, hijos y vecinos, personas que viven en el mismo edificio”. Albanese ha instado a la Corte Penal Internacional a que inicie acciones contra estas empresas por su relación con el genocidio (Revista Raya/Derechos Humanos, 25 de julio de 2025), concitando las iras y el boicot miserable del presidente Trump y del secretario de Estado, Marcos Rubio.


Son numerosas las multinacionales tecnológicas implicadas en la guerra de Gaza (Amnistía Internacional España).

Por su parte, la organización BDS/Freedom-Justice-Equality, en su informe Ninguna tecnología para la Opresión, el Apartheid o el Genocidio alude a que gigantes del sector tecnológico como Google, Amazon, Microsoft, IBM y Palantir han creado sistemas avanzados de armas de inteligencia artificial denominados “fábricas de asesinatos”, añadiendo que estas empresas “equipan al ejército israelí con sistemas informáticos y tecnologías de vigilancia y comunicación para acelerar el genocidio en Gaza y automatizar el apartheid en Cisjordania”. 

Y, last but not least, en su edición de 2 de julio de 2025 elDiario.es informaba de que la empresa IBM está presente en Israel desde 1972 y que desde 2019 ha operado y actualizado la base de datos central de la Autoridad de Población, Inmigración y Fronteras israelí, “lo que permite la recopilación, el almacenamiento y el uso gubernamental de datos biométricos sobre palestinos y apoya el régimen discriminatorio de permisos de Israel”. Este régimen de permisos es el que impide el acceso y la entrada de la población palestina a determinadas zonas controladas por Israel. La organización Periodismo de Izquierda precisaba (28 de julio de 2025) que “la tecnológica estadounidense IBM capacita al personal militar y de inteligencia” (de Israel, aclaro).

Por supuesto que quienes avalan a Gil dirán que la ciencia es per se inocua y autónoma, que no tiene que ver, en sí misma, con el uso que se haga de ella, y mucho menos con el martirio de millones de seres humanos en Gaza, Cisjordania y un poco por todo el mundo. O incluso que las empresas son cáscaras ingeniosas e inocentes, sin que importe el llenado que de ellas se haga con objetivos, directivos o clientes; u otras patochadas de semejante jaez. Así se expresan los falsos científicos, carentes de la ética y del discernimiento a que obligan no ya la propia ciencia -que ha de buscar el conocimiento justo para los seres humanos, los objetivos generales y benéficos, la sabiduría de la experiencia universal e histórica- sino también la naturaleza humana, sensible y compasiva, en todo tiempo y lugar. Tómese nota del íntimo, aunque intenso, desprecio de quien esto escribe hacia los que así piensan o se expresan.

Y así, hemos de enfrentarnos con la tercera faceta de la aparentemente jubilosa movida que en unos días nos han preparado tan distinguidos figurones de toga y birrete: el trumpismo que subyace en esa decisión y que resulta imposible obviar, ya que el núcleo del asunto reside en honrar a un ingeniero y empresario que ha sido seleccionado para la institución científico-gubernamental del Gran Mamarracho de la Casa Blanca. Y esto sucede a manos de un grupo de profesores universitarios del que tengo que excluir cualquier ignorancia, sea esta científica, política o humana, y que -a falta seguramente de historiadores o periodistas en su seno- parecen ignorar que el Gran Dictador de Washington está dando muy parecidos pasos, con meras adaptaciones a los tiempos, que Hitler y su camarilla de alucinados y canallas, entre los que numerosos científicos cubrieron de oprobio a la Humanidad y a la Historia; y que llevó al mundo al desastre sin que en ese itinerario ominoso faltaran los adictos y entregados, así como los entusiasmos y los parabienes.

Me asalta la duda de si el exaltar a Gil se debe más a haber accedido al coro trumpista que a sus méritos ingenieriles o empresariales, ya que poco o nada sabíamos de nuestro hombre hasta ser tocado por la varita del Gran Ignorante norteamericano; ni a los capitostes de la UMU se les había ocurrido ensalzarlo hasta alcanzar esa singular posición en un Gobierno que atemoriza y amenaza al mundo. ¿Se trata, entonces, de una decisión basada en un ataque premeditado a la ciencia y la ética o es, sin más, una exhibición de conservadurismo reaccionario, de ese que embota y bloquea el sentido común del ciudadano medio y hasta esa moral académica que, sin embargo, está obligada explícitamente a la ejemplaridad?

Pasmémonos los ciudadanos murcianos, con tantos millones de todo el mundo suficientemente amedrentados por Trump y su agresividad típicamente fascista, este día 18 de febrero por el delicado gesto de irresponsabilidad y papanatismo con que nos va a obsequiar la universidad murciana. Y horroricémonos, porque no nos queda otra, de esta exhibición, auténtico ejemplo de libro, de ciencia sin conciencia. Ese grupo que he visto en la prensa, auto investido de comité de propaganda del trumpismo, variación científica, sin duda se ha saltado el comité de ética universitario. Y si tal comité no existe debiera de haberse creado con urgencia antes de incurrir en tan sublime desfachatez, dando una oportunidad a que se expresara el espíritu universitario, que siempre hay que considerarlo ético y social, es decir, enemigo de cualquier pueblerinismo y siempre alineado, entre otras cosas, con la paz y la decencia internacionales (que es justamente lo que vulnera, en grado excepcional, el trumpismo y su cohorte de trumpistas). Salvo que nuestros próceres universitarios se hayan propuesto perpetrar toda una -redonda, meditada, cualificada- provocación.

No podemos saber hasta qué punto el murciano excepcional al que venimos aludiendo, asume el trumpismo, siquiera en su versión “científica”, ya que esto corresponde a su fuero interno y en ningún momento se ha expresado en relación con tan espinosa cuestión, pero me cabe la convicción de que -disimulos científicos aparte- en la escenificación que viene o se premia a un trumpista o al menos a un servidor del trumpismo, sea por vínculo personal sea por adhesión al sistema. Que -prensa al canto- ha sido el mismísimo Trump quien ha nombrado a nuestro agraciado empollón director de Misión Génesis, que “combinará ciencia y seguridad”, que es el binomio que más asusta, y con razón, a la humanidad atrapada en el paradigma securitario y la procacidad científica. La descripción que Darío Gil da de su especialidad y su misión en la élite científica yanki a mí, como escamado estudioso de las inhumanidades de la informática avanzada, me pone los pelos de punta.

No se pierdan mis lectores, en este reino panocho de pelotilleros sumisos y cortesanos ausentes de decoro, la joya periodística que, sin mediar prudencia ni pundonor algunos, el periodista de corte y encargo, J. A. Ruiz Vivo, despliega en el artículo (apologético, no, lo siguiente) “Los Gil Alburquerque” (La Verdad, 22 de enero de 2026) que, referido a nuestro sabio, y de paso, a su familia, respalda el sentir universal con un “Y Trump, Donald, que de tonto no tiene ni el flequillo, lo fichó de inmediato para su consejo presidencial de asesores de ciencia y tecnología en la Casa Blanca”, rematando el elogio con la frase (lapidaria, como suelen ser todas en pluma tan agraciada): “’Es un empresario y científico brillante’, que proclamó Trump en su red social”. Este conocido periodista del staff conservador de toda la vida dice otras necedades y babosadas en tamaño e infumable pasquín, pero su perspicacia queda establecida con este botón de muestra.

Buena ocasión es esta para ponernos en guardia, sin ceder un ápice al conformismo, ante ese veneno ultra que infecta a la Región en casi todos los niveles y sectores, y que se refleja necesariamente en sus instituciones alcanzando, como tragedia moral de primer orden, a nuestra Universidad. (Por lo demás, solo nos falta saber qué planeará la Universidad Politécnica de Cartagena, que no querrá quedarse atrás en la selección de algún objetivo de prestigio al que coronar con su honoris causa, y menos cuando puede que no haya encajado del todo bien que la UMU le haya “robado” un singular trofeo, llamado lógicamente a ser suyo por su naturaleza eminentemente tecnológica y empresarial. Miedo me da.)


miércoles, 11 de febrero de 2026

Contra el odio, políticas del encuentro

 

 Por Paco Cano   
      Integrante del Consejo asesor de  CTX y del Consejo asesor de  ACO (Acción contra el odio).


La convivencia no es un concepto abstracto. Se construye en las plazas, en el metro, en los espacios que habitamos juntos


Asamblea ciudadana convocada por el Sindicat de Llogateres de Barcelona, noviembre de 2025.

     El odio ya no es una anomalía ni un ruido de fondo. No vive en los márgenes ni se esconde en los extremos. El odio se ha instalado en el centro de nuestras vidas. Esa es la constatación incómoda que nos conduce a las I Jornadas Internacionales Ideas para combatir el odio. Hoy el odio es tendencia, agenda y atmósfera. Es el paisaje emocional que necesita el ultracapitalismo extractivo para seguir funcionando, mientras convierte en negocio el malestar que él mismo produce.

El odio contemporáneo no es espontáneo ni caótico. Tiene financiación, estrategia y manual de estilo.


Se puede fabricar y organizar el odio desde un despacho.

Cuenta con community managers, algoritmos complacientes, youtubers de guardia, fundaciones, asociaciones, ultras con camiseta deportiva, ultras con crucifijos, magnates con nombre propio y gobiernos que ya no disimulan. Circula con tanta eficacia por televisiones, redes y columnas de opinión que se ha disfrazado de sentido común.

La fórmula es conocida. Los poderes financieros generan desigualdad, cronifican la precariedad y, cuando la vida se vuelve incierta, alguien ofrece una explicación simplista. No es el sistema, es el otro, dicen. No es el de arriba, es el que viene de abajo. Así, el odio deja de ser un exabrupto y se convierte en pedagogía cotidiana.

Empieza como chiste, sigue como estereotipo, se fija como prejuicio y, cuando menos se espera, desemboca en exclusión, violencia y hasta genocidio. Frente a esa internacional bien organizada, seguimos reaccionando tarde y de manera aislada.

La justicia, por ejemplo, cumple una función imprescindible: proteger a quienes no pueden hacerlo solos. Sin tribunales que actúen, sin leyes que pongan límites claros al abuso y a la violencia, la democracia se quedaría sin suelo. Pero la ley llega cuando el daño ya está hecho, cuando la palabra se ha convertido en amenaza y la amenaza en señalamiento. El Código Penal actúa cuando el incendio ya ha prendido. Persigue el delito cuando ya se ha cometido, pero no impide que el odio circule ni que se reproduzca allí donde se fabrican los falsos culpables.

El periodismo digno también cumple una función clave. Contrasta, contextualiza, desmonta bulos, desactiva marcos tóxicos y explica lo que el odio simplifica hasta hacerlo irreconocible. Sin ese periodismo, el debate público se degrada y la mentira avanza sin resistencia. Por eso molesta; por eso se ha convertido en diana prioritaria. Las campañas de acoso no son una casualidad, son una estrategia. Si no puedes imponer tu relato, intenta silenciar al mediador.

Sería un error pensar que la lucha contra el odio se agota en la reacción. Combatirlo exige disputar la economía que lo produce, frenar el extractivismo que devora territorios y cuerpos, proteger la tierra y los bienes comunes, garantizar trabajo digno, vivienda y cuidados; derechos humanos fundamentales. Porque el odio se gesta en la precariedad normalizada, la inseguridad habitacional, la desafección democrática y la sensación de desprotección. De ahí la urgencia de un humanismo extendido, que no seleccione quién merece dignidad, y de un humanismo ecológico que entienda que no hay justicia social sin justicia ambiental. Defender la vida, toda la vida, es hoy el gesto político más radical.


Discursos de odio y cómo podemos combatirlos.

Pero una vez germinado, ese odio se reproduce y expande en relatos, en miedos, en relaciones que no se construyen, en decidir a quién incluimos en esos derechos, a quién excluimos del común y de lo público y a quién dejamos fuera del “nosotros”. Es decir, en lo cultural; en el mundo que creamos entre todas.

Por eso, urge combinar luchas materiales con luchas simbólicas, porque ninguna batalla cultural se sostiene si ignora las condiciones materiales de la vida y viceversa. No hay convivencia posible sobre la precariedad crónica, ni democracia que resista cuando la existencia se vuelve un ejercicio de supervivencia. Y ahí la educación es central. Una educación que no puede limitarse a transmitir contenidos; tiene que formar criterio. Alfabetización mediática, educación digital, capacidad para leer críticamente los discursos y para detectar la manipulación emocional. La UNESCO lo advierte desde hace años con claridad. Frente al odio no basta con prohibir palabras. Hay que construir valores, generar sentido y sostener el pensamiento autónomo en el tiempo. Es una inversión democrática lenta, sí, pero decisiva.

Junto a una revolución educativa, hacen falta políticas del encuentro. Espacios donde las personas puedan mirarse, escucharse y reconocerse más allá de las etiquetas. Barrios vivos, proyectos comunitarios, cultura compartida, experiencias donde el otro deje de ser una abstracción y recupere un rostro, una voz, una historia. La convivencia no es un concepto abstracto. Se construye en las plazas, en el metro, en los espacios que habitamos juntos. El odio, en cambio, necesita distancia, virtualidad y aislamiento. Funciona mejor cuando el otro es una categoría difusa, un perfil sin cuerpo. Por eso las políticas del vínculo, del encuentro y de la cooperación son también políticas contra el odio.

La cultura es, igualmente, decisiva. Esa manera en la que creamos y recreamos el mundo debe ser una fábrica de relatos capaces de ensanchar la mirada. En la literatura, la música, el cine, las artes escénicas, las fiestas populares y la cultura comunitaria se ensayan formas de estar juntos que desactivan la lógica del enfrentamiento. No porque la cultura deba ser moralizante o didáctica, sino porque introduce complejidad donde el odio exige consignas simples. Abrir preguntas incómodas, sembrar dudas, romper certezas. Gestos aparentemente frágiles que son, en realidad, profundamente transformadores.

Las batallas culturales no son guerras de consignas ni propaganda disfrazada, sino un trabajo paciente y colectivo para disputar el sentido común. Buscan construir narrativas distintas, formas de vivir juntos donde la democracia no sea solo norma escrita, sino experiencia cotidiana. No se trata de ganar tertulias u ocupar el ruido mediático. Es disputar el espacio donde se fabrican certezas básicas, porque las ultraderechas avanzan no solo gritando más, sino logrando que otros dejen de creer que existen alternativas reales. There is no alternative, proclamaba Thatcher. Cuando el “no hay alternativa” se instala como sentido común, el autoritarismo ya ha ganado media partida. Frente a eso, educación, convivencia, cultura y conciencia ciudadana aparecen como infraestructuras democráticas imprescindibles, herramientas con las que volver a abrir el horizonte y recordar que siempre hay alternativas. Otro mundo es posible.

Sin embargo, nada de esto funcionará peleando en solitario. El odio se alimenta de la fragmentación y la soledad, por eso la respuesta solo puede ser colectiva. El odio opera en red y solo puede combatirse en red.

Frente a la “internacional del odio”, como la nombra Juan José Tamayo, urge levantar una internacional alternativa. Una red amplia, diversa, transnacional y transversal, capaz no solo de resistir, sino de proponer. No solo de reaccionar, sino de anticipar. Una alianza que siembre comunidad, que teja vínculos duraderos y que se atreva a sostener un humanismo radical que no se conforme con proclamar derechos, sino que baje a la raíz de las condiciones materiales, culturales y simbólicas que hacen posible una vida digna.


La España del odio - Malagón.

La guerra cultural es el plano cero, el terreno donde se juega cualquier proceso emancipador. La democracia se defiende, sobre todo, en las aulas, en los barrios, en los mercados, en los bares, en los autobuses y en los relatos que atraviesan nuestra vida cotidiana.

Ahí se decide si la convivencia se fortalece o si el miedo avanza. Combatir el odio no es únicamente señalar culpables, es recuperar la pregunta esencial de quiénes somos y cómo queremos vivir juntos. Porque frente al odio organizado, la única respuesta a la altura de nuestro tiempo es reconstruir vínculos, recuperar lo común y volver a creer que otra forma de vivir es posible.



Fuente: Ctxt



La desesperación de Irán es culpa de la política estadounidense

 

 Por Trita Parsi   
      Experto en las relaciones entre Estados Unidos e Irán, la política exterior iraní y la geopolítica de Oriente Medio.

Las sanciones occidentales contribuyeron a acabar con las esperanzas iniciales de los iraníes de que su país se transformara desde dentro

     Algo inesperado ha comenzado a surgir en el ritmo familiar de las protestas iraníes: junto a los cánticos por la libertad y el fin del régimen clerical, ahora hay un creciente llamamiento a la intervención militar de Estados Unidos. Lo que hace solo un año muchos habrían considerado traición, ahora se puede escuchar abiertamente no solo entre las figuras de la oposición en el exilio, sino también dentro del propio país. Es difícil determinar si este sentimiento representa a una minoría desesperada, a una pluralidad creciente o simplemente al eco más fuerte de la desesperación. Pero su mera aparición marca un cambio profundo, que sugiere que, para algunos iraníes, la desesperación es ahora tan profunda que el miedo a las bombas extranjeras se ve eclipsado por la desesperanza de la vida en la República Islámica.


Protestas en Irán.

Quizás, a primera vista, esto no sea sorprendente. Cuando miles de personas mueren en tres días, mientras el Estado desconecta Internet y aísla al país de la mirada del mundo, los llamamientos a una intervención militar exterior pueden ser la respuesta natural a un sistema que se ha vuelto cada vez más despiadado y es la raíz de la miseria del pueblo iraní. Pero si la desesperación es la respuesta obvia, solo agudiza la pregunta más difícil: ¿cómo y quién empujó a los iraníes a un punto en el que comenzaron a mirar con envidia el destino de Afganistán, Irak y Libia, los principales ejemplos del desastroso historial de las intervenciones militares estadounidenses?


Manifestantes queman imágenes del ayatolá Alí Jamenei durante una manifestación en solidaridad con el levantamiento iraní, organizada por el Consejo Nacional de la Resistencia de Irán, en Whitehall, en el centro de Londres.

Claramente, la teocracia iraní es la principal responsable de la desesperación. Incluso las demandas limitadas de reforma han sido tratadas como amenazas existenciales. El régimen ha reducido sistemáticamente el espacio para el cambio gradual, ha criminalizado la disidencia y ha vaciado la economía mediante la corrupción, el clientelismo y la mala gestión crónica. Sin embargo, aunque el gobierno clerical es el principal culpable, esta profunda desesperación no ha sido provocada solo por él. Los grupos de oposición en el exilio y los gobiernos occidentales también han aplicado estrategias con la intención explícita de cerrar las vías alternativas al cambio y empujar las condiciones políticas y económicas internas de Irán hacia el colapso. Su campaña de presión contribuyó a empobrecer el motor tradicional del cambio pacífico del país: la clase media, en particular las mujeres de clase media. Al hacerlo, han contribuido, de la mano de los elementos más represivos de la teocracia, a transformar la presión en parálisis, saboteando las posibilidades de un cambio pacífico y apostando en cambio por la ruptura.


Autoridades iraníes visitan una exposición de misiles y drones en Teherán el 12 de noviembre de 2025.

Durante más de dos décadas, los iraníes han intentado, repetidamente y con un riesgo personal significativo, transformar el sistema desde dentro. Acudieron en masa a las urnas, se organizaron pacíficamente, elevaron a candidatos reformistas y se movilizaron en las calles cuando esos esfuerzos se vieron frustrados. Sin embargo, este proyecto de reforma no ha logrado avances significativos para la mayoría de los iraníes, especialmente para la generación más joven. La economía es más débil, el espacio político se ha reducido y el ambiente actual es más restrictivo que bajo la presidencia de Mohammad Khatami. En casi todos los aspectos que importan en la vida cotidiana, Irán ha retrocedido en lugar de avanzar. Por lo tanto, cuando estallaron las protestas por Mahsa Amini en 2022, no se habló de reformas. La demanda era un cambio de régimen, y el camino imaginado para lograrlo era la revolución. El movimiento Mujer, Vida, Libertad logró un profundo cambio cultural, obligando efectivamente al Estado a reducir la aplicación del hiyab obligatorio. Sin embargo, no logró el cambio de régimen, lo que dejó desilusionados a muchos de sus partidarios.

En 2026, aunque las protestas se centraron inicialmente en las reivindicaciones económicas, una parte de la población exigió inmediatamente un cambio de régimen, no a través de una revolución, sino mediante la intervención militar extranjera. El argumento era que la República Islámica está demasiado arraigada como para que el pueblo iraní pueda derrocarla por sí solo, ya sea mediante reformas o una revolución. Solo puede ser derrocada mediante la intervención de Estados Unidos o Israel. En consecuencia, una opción que habría sido impensable solo unos meses antes es ahora presentada por sus defensores como la única vía restante para el cambio. Un asesor del hijo del antiguo sha —el príncipe en el exilio que ahora pide abiertamente la intervención militar de Estados Unidos, a pesar de años de oposición declarada a la guerra con Irán— ha escrito con confianza y aprobación que la acción militar bajo Donald Trump es ahora «inevitable».

No se ha llegado a este punto por casualidad.

Aunque los partidarios de la línea dura siempre tuvieron la intención de obstaculizar la reforma, la cuestión nunca fue si la permitirían, sino si la sociedad se fortalecería tanto que los partidarios de la línea dura no tendrían más remedio que aceptarla, al igual que aceptaron el acuerdo nuclear, también conocido como Plan de Acción Integral Conjunto (JCPOA). En este caso, las sanciones de Estados Unidos desempeñaron un papel clave a la hora de ayudar a los partidarios de la línea dura.

Mientras que la mala gestión y la incompetencia de Teherán crearon un sistema económico corrupto e intrínsecamente insalubre, las sanciones estadounidenses se diseñaron deliberadamente para aplastar esa economía y empujar a la población a un estado de desesperación absoluta. Cuando Trump impuso sanciones radicales en el marco de su campaña de «máxima presión», el entonces secretario de Estado Mike Pompeo declaró a la BBC Persa que si los iraníes «querían que su pueblo comiera», tendrían que atender a las demandas de Estados Unidos. El actual secretario del Tesoro de Trump, Scott Bessent, atribuyó públicamente los movimientos de protesta en Irán a los efectos de las sanciones estadounidenses, citando el colapso económico, las quiebras bancarias, la escasez de divisas y las interrupciones en las importaciones como prueba de que la presión estaba «funcionando», y describiendo los disturbios resultantes como un acontecimiento «muy positivo».

Durante años, ha persistido un falso debate sobre si las sanciones o la mala gestión interna son las principales responsables de la crisis económica de Irán. Las últimas investigaciones atribuyen la responsabilidad directamente a las sanciones, mostrando que, sin su impacto, la clase media iraní se habría expandido en un 17 % aproximadamente. Pero el debate pasa por alto un aspecto más profundo. El objetivo de las sanciones era hundir la economía, diezmar a la clase media iraní (entre 2011 y 2019, 9 millones de iraníes de clase media se vieron empujados a la pobreza) y generar el tipo de desesperación masiva que hace que la ruptura —en lugar de la reforma, las elecciones o el cambio gradual— parezca la única opción que queda.

Los reformistas iraníes comprendieron hace tiempo que, sin el levantamiento de las sanciones, era imposible llevar a cabo una reforma significativa y la economía era insalvable. Y sin un acuerdo con Washington sobre la cuestión nuclear, el levantamiento de las sanciones era inalcanzable. Este reconocimiento impulsó la fuerte inversión política del presidente Hassan Rouhani en el JCPOA. Contra todo pronóstico, se llegó a un acuerdo y, durante los dos años que estuvo en vigor, la economía iraní creció entre un 6% y un 7 % anual. Esa apertura fue efímera. Cuando Trump se retiró del acuerdo en 2018 y volvió a imponer sanciones, eliminó la única condición esencial para que la reforma se afianzara: un crecimiento económico sostenido y una clase media fortalecida capaz de ejercer presión sobre el Estado. A los ojos de muchos iraníes, todo el proyecto de reforma quedó deslegitimado por esta inversión fallida en un acuerdo con Estados Unidos y por la débil respuesta del Gobierno de Rouhani cuando el Estado desató nuevas oleadas de represión contra la población.

Si Estados Unidos hubiera permanecido en el JCPOA, es probable que la economía de Irán hubiera seguido creciendo, ampliando la clase media que históricamente ha servido de motor del cambio político. Una clase media más numerosa y segura de sí misma habría fortalecido la sociedad civil y permitido ejercer una presión sostenida sobre el Estado desde una posición de ventaja, en lugar de exigir una revolución o una intervención militar nacida de la desesperación.

Los iraníes se han visto atrapados entre una teocracia represiva y actores externos cuyas políticas se diseñaron deliberadamente para crear desánimo. La ironía es evidente: las mismas voces que ayudaron a cerrar las vías para el desmantelamiento pacífico de la teocracia se presentan ahora como salvadores, ofreciendo la intervención militar extranjera como el único camino hacia la liberación, una oferta que no habría encontrado compradores si la población no se hubiera visto abocada a la desesperación en primer lugar.



Del blog personal de

Rafael Poch-de-Feliu

martes, 10 de febrero de 2026

La organización anti-ICE en Estados Unidos y las contra-instituciones basadas en el cuidado

 

      Escritora, educadora cultural y directora ejecutiva del Proyecto de Desarrollo del Poder Musulmán.


Las redes de respuesta rápida y la ayuda mutua no son caridad; son infraestructura compartida para el cuidado colectivo y la supervivencia

     El panorama político de Estados Unidos —y nuestras vidas cotidianas— están cada vez más moldeados por la represión y la violencia, amplificadas por un ciclo mediático diseñado para mantenernos con miedo en el presente, inciertos sobre el futuro y agotados. El cansancio no es un efecto secundario de este sistema: es una de sus herramientas fundamentales.




En la era del agotamiento, resistencias compartidas

El año pasado, escribí que los ataques de Donald Trump estaban diseñados para agotarnos. Durante el último año, he visto a las comunidades construir movimientos y adaptar su organización bajo esta realidad. La administración Trump y las instituciones alineadas con ella —incluyendo el Proyecto 2025— han llevado esta estrategia a sus límites. El caos destinado a quebrantarnos, sin embargo, ha revelado lo que realmente cuesta —mental y físicamente— vivir dentro de un sistema construido sobre la crisis y el desgaste.




Las comunidades no han respondido con una mejora de las estrategias individuales, sino que  han cambiado la forma en la que se lleva a cabo la resistencia: se han alejado del mito del activista-héroe solitario y se ha evolucionado hacia una resistencia compartida. Como nos enseñó Grace Lee Boggs, “los movimientos nacen de conexiones críticas, más que de masa crítica”.


Un manifestante grita durante una Marcha de Veteranos en el National Mall el 14 de marzo de 2025, en Washington, DC.

El agotamiento político ha adquirido un nuevo significado, y ya no se trata de una lucha personal, sino de una lucha en un terreno compartido —producido por sistemas opresivos y que requiere respuesta colectiva. La pregunta ha pasado de: ‘¿Cuánto más podemos cargar?’ a ‘¿Qué hay que cambiar para que menos personas tengan que cargar tanto?’.

Como nos recuerda adrienne maree brown: “Lo que practicamos a pequeña escala establece el patrón para todo el sistema”. Organizadores y vecinos han expandido estrategias de cuidado, educación política y acción colectiva, arraigadas en la experiencia vivida y reconstruidas repetidamente en respuesta a la escalada de violencia estatal y los cambios abruptos de políticas.

Las respuestas conjuntas a la violencia estatal

Los círculos de aprendizaje surgieron no como grupos de estudio abstractos, sino como espacios de preparación colectiva. A través de comunidades, campus y movimientos —desde Intro to Worldbuilding, un espacio de aprendizaje reflexivo contínuo ofrecido por Resonance Network; hasta las enseñanzas organizadas por estudiantes a través de Students for Justice in Palestine; hasta la educación política moldeada por Critical Resistance e Interrupting Criminalization— espacios descentralizados que se han convertido en sitios de análisis político local y global.


Kashish Ali compra alimentos antes de llenar un refrigerador comunitario One Love, el 15 de noviembre de 2025, en Brooklyn, Nueva York.

Los participantes han examinado la complicidad de Estados Unidos  en la violencia internacional, han rastreado la represión de la disidencia estudiantil y los movimientos de protesta, y han situado las luchas presentes dentro de historias más largas y transnacionales de resistencia.

Más que compartir información, se ayuda a las personas a pensar juntas y determinar qué se exigirá en los próximos años. En momentos diseñados para confundir y abrumar, el análisis compartido se ha convertido en una forma de poder que permite moldear respuestas a la violencia estatal. En ciudades que enfrentan intensas redadas contra los y las migrantes, las comunidades y sus aliados han conseguido construir redes de respuesta rápida para proteger a los y las vecinas señalados por el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE). Voluntarios y voluntarias se han organizado para acompañar a los vecinos a los tribunales y les han ayudado con el apoyo legal; en las redes de ayuda mutua se han hecho circular materiales informativos sobre derechos y se ha proporcionado comida, ropa y otros artículos esenciales.

Todo esto no ha sido fruto de la caridad. Han sido las contra-instituciones, aquellas infraestructuras diseñada para mantener a las personas conectadas, informadas, cuidadas y protegidas en un sistema construido para fragmentarlas y aislarlas.

Esto  también se ha extendido al cuidado de la salud. El ICE ha cercado clínicas y hospitales —lo que ha llevado a muchas personas a tener que posponer cirugías, evitar la atención urgente o a renunciar al apoyo prenatal—. Frente a esto, miembros de la comunidad y trabajadores de la salud han intervenido y han coordinado sistemas de escolta hacia las clínicas, han organizado transportes y han conectado a pacientes con entornos de atención seguros, llenando los vacíos dejados por el miedo, la criminalización y el abandono estatal. Esto es lo que exige el marco de la desigualdad: colectividad, coordinación y compromiso para mantenernos seguros unos a otros.


Agentes federales detienen a una mujer embarazada de nueve meses tras salir de una audiencia judicial en el tribunal de inmigración del Edificio Federal Jacob K. Javitz de la ciudad de Nueva York.

Resistir a lo que viene

Sigo volviendo a imágenes de campus universitarios repartidos por todo el país, en el contexto de la liberación palestina. Los estudiantes comenzaron a integrar el cuidado y el descanso en la arquitectura de sus movimientos —no como algo secundario, sino como estrategia—. Había equipos médicos haciendo guardias; y los voluntarios y voluntarias de bienestar y cuidado infantil hicieron posible una participación más amplia. Los y las organizadoras trataron el sueño, la comida y la regulación emocional no como lujos,sino como condiciones para proteger la plenitud de nuestra humanidad y nuestra capacidad de permanecer en la lucha. La tarea ahora no es brillar más o más rápido, sino construir la capacidad colectiva para resistir a lo que viene.

Esa misma lógica es visible más allá de las puertas del campus. En Minnesota, en medio de la intensificación de los ataques federales contra la población migrante, Stand With Minnesota se ha convertido en un centro dirigido por voluntarios que organiza ayuda mutua, recursos legales y respuesta colectiva, al tiempo que ofrece un punto de acceso para quienes enfrentan la aplicación de la ley y para quienes buscan apoyarlos.

En Chicago, The Love Fridge, fundado durante la pandemia de COVID-19, continúa abordando el acceso a alimentos y la inequidad a través de una red de refrigeradores comunitarios gratuitos, redirigiendo alimentos comestibles lejos de los vertederos y hacia vecindarios que sufren el apartheid alimentario. Lo que comenzó como respuesta de emergencia ha perdurado como infraestructura cotidiana, vinculando supervivencia, daño ambiental y responsabilidad colectiva. A través de estos contextos, el cuidado no se enmarca como caridad o bienestar personal, sino como una estrategia diseñada para reducir daños, sostener la participación y hacer posible la resistencia. 

Nuestra resistencia debe moldearse para lo que viene: un sistema que se desliza hacia el autoritarismo abierto, la normalización de la violencia masiva y una represión que ya no es episódica, sino continua. Este último año ha dejado algo innegablemente claro: este sistema está diseñado para agotarnos —a nosotros y a los  movimientos. Lo más subversivo que podemos hacer es negarnos a desaparecer. Negarnos a que nuestra capacidad de imaginar la liberación desaparezca. La pregunta ahora no es cuánto más podemos exigirnos, o cuánto tiempo podemos sobrevivir en aislamiento, sino si podemos construir la capacidad de aguantar —de cuidarnos y protegernos los unos a los otros— porque todo lo que viene depende de ello.


Fuente: El Salto