El pánico a sufrir violaciones al salir de fiesta ha adquirido un efecto disciplinante sobre las mujeres, pero el 68,5% de las agresiones fuera de la pareja se producen en el espacio doméstico y casi todas las víctimas conocían a su atacante
Si echamos la vista atrás y recordamos algunos de los casos más mediáticos sobre agresiones sexuales en España en los últimos años, enseguida observamos que la mayoría habían transcurrido en entornos de ocio nocturno: desde la violación grupal de ‘La Manada’, que se produjo en un portal durante las fiestas de San Fermín en Pamplona, hasta la agresión sexual del futbolista Dani Alves a una joven en el baño de una discoteca en Catalunya, pasando por el caso de Diana Quer en A Coruña, abusada y asesinada a manos de José Enrique Abuín Gey, alias El Chicle, cuando volvía de las fiestas populares de A Pobra do Caramiñal en el verano de 2016.
Quizá la primera vez que comenzó a tratarse en los medios de nuestro país la violencia sexual fue tras el suceso de las niñas de Alcàsser, tres menores valencianas de 13 y 14 años que fueron secuestradas, violadas, torturadas y finalmente asesinadas en noviembre de 1992 cuando se dirigían a una discoteca de tarde.
Sin duda, la narrativa mayoritaria que rodea a estas violencias ha tendido a vincular peligrosamente ocio nocturno, verano y riesgo. La hipermediatización de estos casos brutales ha sido clave para visibilizar el carácter estructural y patriarcal de las violencias, para señalar que el género es un factor de vulnerabilidad. Pero también ha opacado un hecho muy relevante: la mayor parte de las agresiones sexuales poco o nada tienen que ver con lo que vemos en las portadas de los medios generalistas.
Estas, por el contrario, suceden en el espacio privado, por parte de personas cercanas a la víctima, y casi nunca llegan hasta los tribunales. Se trata de violencias silenciosas, cotidianas y por ello socialmente soterradas en la impunidad. Muchas voces expertas en género alertan de que ligar las agresiones a la fiesta y al verano no sólo tapa muchos otros casos a menudo más representativos: también contribuye a mermar significativamente la libertad sexual de las mujeres a la hora de ocupar el espacio público.
Para conceptualizar lo que ocurre con los mitos popularizados en torno a la violencia sexual, el Observatorio Noctámbul@s –cuya labor se centra en analizar estas violencias acaecidas en entornos de ocio nocturno– habla de una “lógica de la excepcionalidad”: los relatos hegemónicos sobre agresiones, basados en casos excepcionales y/o extremos como el de ‘La Manada’, acaban operando en última instancia en los cuerpos feminizados como si se tratasen de la regla general. A través de mecanismos implícitos de responsabilización y culpa, que han acompañado históricamente a las mujeres, “se establece un sistema de control y de intimidación colectiva que deriva en autorrepresión y control de su sexualidad”, indican en un informe.
La culpa, señalan, es una sensación recurrente en estos casos donde parece que si la víctima sufrió una agresión fue porque hizo un uso libre de su cuerpo o incluso consumió sustancias en determinados espacios lúdico-festivos.
Mientras el pánico a vivir abusos al salir de fiesta ha terminado por disciplinar los cuerpos de muchas jóvenes impactando de forma directa sobre su libertad de movimiento, los datos de la Macroencuesta de Violencia de Género afirman lo siguiente: el 68,5 % de las mujeres que han sufrido una violación fuera de la pareja alguna vez sostiene que la agresión sucedió en una casa, el 16,3 % que ocurrió en zonas abiertas como calles o parques y el 11 % que la violación tuvo lugar en entornos festivos (7,3 % en discotecas, bares, etc., y 5,9 % en entornos festivos al aire libre). Es decir, las agresiones acaecidas en espacios de ocio nocturno son una minoría frente a las que suceden en el entorno privado. Otro estudio reciente, realizado a menor escala por el Ayuntamiento de Madrid, revela que en el 65 % de los casos de agresión sexual en la capital los victimarios fueron hombres conocidos por la víctima. Solo el 28 % de las mujeres que han sufrido una violación fuera del ámbito de la pareja cita a un hombre desconocido como agresor.
Todos estos casos, que rara vez consiguen documentarse, presentan un número preocupante de infradenuncia por la complejidad que entraña reconocer la violencia y hablar públicamente de ella. Romper el silencio se convierte en un ejercicio casi imposible. “Es muy difícil muchas veces denunciar a tu tío, tu padre, tu hermano, tu primo o tu abuelo.
La mayoría de los delitos se cometen en el propio domicilio, según el Ministerio del Interior. Esto significa que tienes que tener algún tipo de relación con esa persona que te ha agredido sexualmente, por lo que hay que desmitificar este imaginario colectivo de que nos van a violar al volver de fiesta”, advierte Beatriz Martos, responsable de campañas de derechos humanos de las mujeres en Amnistía Internacional España. Martos, en este sentido, considera que los mitos sobre el terror sexual producen “que nos recluyamos más en el espacio doméstico para evitar la calle”. En esta infradenuncia de la violencia sexual doméstica también entran factores como el miedo a no ser creída, al ostracismo, a tener que seguir conviviendo con el agresor o el vínculo familiar con el mismo.
Disciplinamiento de la sexualidad
Pese a las citadas cifras, que permiten visualizar un mapa menos alarmista respecto a los posibles peligros de la noche en relación a la violencia machista, la asociación feminista Clara Campoamor incide, en la misma línea que Martos, en que el miedo a sufrir agresiones en bares o discotecas a menudo tiene efectos simbólicos muy relevantes a largo plazo. “Muchas evitamos salir solas de noche, aceptamos modificar nuestra forma de vestir, hemos normalizado compartir nuestra ubicación con familiares o amigas o procuramos volver acompañadas. Esto supone la restricción última de nuestra autonomía y del derecho a disfrutar libremente del espacio público y de la vida social y sexual”, explica a CTXT Izaskun Gutiérrez, educadora social en esta asociación referente en la denuncia de violencias machistas.
Además de esta hipervigilancia aprendida por mujeres jóvenes, también se generan por inercia mecanismos de silencio e impunidad hacia muchos agresores, que suelen pasar inadvertidos en los medios y rara vez ocupan titulares.
“Es mucho más difícil identificar como potenciales agresores a las personas que forman parte de nuestra cotidianidad y con las que nos relacionamos y es mucho más fácil visualizar a una persona desconocida, sin rostro, que un día en el rincón de una discoteca nos agrede”, cuenta María Giaever, doctorada en Sociología y técnica del Observatorio Noctámbul@s.
A su juicio, ha habido en los últimos años un boom de focalización de los medios en un tipo muy concreto de violencia que desvía la mirada de lo estructural, lo cotidiano. La construcción patriarcal de la sexualidad ha originado históricamente que esta termine domesticándose y disciplinándose “en pos de la seguridad de las mujeres”. Esta percepción de la seguridad, que muchas veces se utiliza de forma torticera para coartar la libertad de las mujeres, parte también de una experiencia encarnada desde la niñez que no debe obviarse.
Un efecto simbólico en la libertad sexual
Al ignorarse casi siempre la prevalencia de esta realidad cotidiana, mitificándose las agresiones en espacios como fiestas, muchas mujeres deciden inconscientemente evitar espacios que se podrían identificar como más masculinizados. Por ejemplo, otro reporte de Noctámbul@s refleja que casi el 80 % de las mujeres no escogería las raves como espacio de ocio y el 60 % de estas tampoco frecuentaría las llamadas parking parties. En cambio, los espacios más participados por ellas son las fiestas en casa o bien eventos organizados por empresas privadas, ayuntamientos y entidades sociales.
Aquí entra en juego no solo la idea de autorrepresión de la libertad de movimiento sino también del consumo de sustancias ante el pánico sexual colectivo. Sabemos que el alcohol y las drogas han actuado tradicionalmente como legitimadores de la violencia en los hombres y a la vez como dispositivos de culpabilización hacia las víctimas en base a diversos estereotipos de género ligados a la feminidad. Es decir, no sólo se restringe, por miedo a sufrir determinadas agresiones, la presencia en el espacio público en horario nocturno sino también los consumos. En este sentido, por norma general, la consecuencia de esta narrativa produce que las mujeres consuman preferiblemente drogas legales, menos estigmatizadas y relacionadas socialmente con una menor pérdida de control en el comportamiento.
Pero además se han creado toda una serie de estrategias defensivas –tanto de cuidados colectivos entre mujeres como a nivel individual– para evitar la ingesta involuntaria de sustancias (cuando las agresiones por sumisión química no llegan al 1 % del total en las mujeres mayores de 16 años).
Como explica Burgos, los pintauñas, tiras reactivas y otros kits llevan desarrollándose desde hace más de una década para, en principio, prevenir las agresiones sexuales bajo sumisión química.
Hablar abiertamente de estas formas de desactivar la voluntad de las mujeres a través de psicotrópicos es fundamental, pero hacerlo partiendo de una sobrerrepresentación de estos casos dibujando un clima de alarma social puede resultar contraproducente, señalan las expertas. “La consecuencia más inmediata de esto es la dificultad de identificar violencias y agresores en contextos que no tienen representación mediática y, por lo tanto, quedan fuera del imaginario de la violencia sexual”, apunta Noctámbul@s.
“A raíz de casos tan mediáticos, como los pinchazos en el verano de 2022, hay una percepción cerrada sobre el fenómeno de la sumisión química y sobre generar las violencias con presencia de drogas. Las pocas agresiones producidas en entornos de ocio nocturno donde hay alcohol o sustancias se dan por consumo voluntario”, destaca Giaver. De nuevo, que la culpa y el autocontrol interiorizado se centren en las drogas se vuelve algo muy fructífero para desviar el foco de la estructuralidad de la desigualdad de género. Las expertas recuerdan que la violencia sexual se inscribe tanto en el modelo de dominación como en la dimensión moral y subjetiva de la credibilidad.
La construcción social del monstruo que violenta por las noches
Desde el Col.lectiu Punt 6, organización que aborda la igualdad de género a través del urbanismo feminista, expresan que “a las mujeres se nos ha socializado para tener miedo al espacio público, a la noche y a lo desconocido. Además, la violencia se convierte en algo habitual desde pequeñas, nos marca que nos toquen en el metro o vivir comentarios de acoso, que trastocan nuestra noción de seguridad”. Poco a poco aprendemos a sortear esa violencia haciéndonos en cierta medida responsables de prevenirla con todos los medios posibles a nuestro alcance, a no merecerla por nuestros comportamientos.
La politóloga e investigadora feminista Nerea Barjola aborda esta cuestión en su libro Microfísica sexista del poder.
El caso Alcàsser y la construcción del terror sexual, donde afirma que rápidamente las chicas jóvenes aprenden a “cuidarse” por lo que pueda ocurrir. Una autogestión del riesgo que se ha promovido de manera más o menos consciente desde los medios de comunicación de masas.
En este escenario distorsionado que sobredimensiona ciertos casos extremos de violencia hasta hacerlos parecer la norma (muy funcional a la hora de asegurar el control sobre la feminidad), prevalece la figura estereotípica del agresor-monstruo. Ese paradigma de hombre agresivo, socialmente inadaptado y con patologías mentales que ataca a las mujeres en la noche. Algo parecido al “violador del ascensor”, quien copó durante años las cabeceras de los medios por sus incontables delitos sexuales y cuyo modus operandi consistía en abordar de noche a chicas jóvenes a punta de pistola para secuestrarlas y violarlas.
Vemos a menudo cómo la ultraderecha se ha apropiado de estas figuras “monstruizadas”, tan presentes en el imaginario social colectivo, para vincularlas a los hombres migrantes y / o racializados, que consideran agresores sexuales violentos casi por naturaleza. “La mayoría de las noticias se ilustran con imágenes de los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad alimentando la sensación de peligro inevitable por la monstruosidad de los agresores que solamente puede combatirse a través de la coerción y, por el otro, la narrativa del agresor sin rostro, pese a que alrededor del 45 % de los casos que se atienden en las urgencias hospitalarias son agresiones cometidas por un conocido”, sostienen desde Noctámbul@s.
La construcción social del monstruo a combatir, subraya en un artículo la periodista y antropóloga Ana Burgos, impide abordar la naturaleza sistémica del problema de la violencia (la desigualdad de género y la cultura patriarcal de la violación) que atraviesa a todos los procesos de socialización y las normas culturales. “Cuando se piensa en un agresor desconocido, malvado, cruel, representado en muchos casos desde sesgos clasistas, racistas o capacitistas (pobre, racializado o loco), que te droga para violarte (la punta del iceberg de las violencias sexuales), se aleja la mirada del ‘hijo sano del patriarcado’, el agresor conocido, el primo, vecino, pareja o jefe”, expresa en el texto.
Fuente: Ctxt


















