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viernes, 23 de enero de 2026

Un AVE antisocial, excesivo e inquietante

 

 Por Pedro Costa Morata   
      Ingeniero, Periodista y Politólogo. Ha sido profesor en la Universidad Politécnica de Madrid. Premio Nacional de Medio Ambiente.


Un AVE antisocial, excesivo e inquietante

El accidente ferroviario de Adamuz, segundo sucedido en trenes de gran velocidad en pocos años, obliga a reflexionar más sobre cuestiones de principio o subyacentes de nuestra arrogante red del AVE que sobre ciertos rasgos y características de esos trenes y la infraestructura que exigen. Y en primer lugar es necesario destacar que nunca hubo demanda social hacia un tren que circulase a 300 km/h. Siempre la hubo hacia un tren más puntual y más cómodo, pero con que compitiese en velocidad con la carretera su papel práctico se daba por exitoso; y esto, con que circulara a 140 km/h ya quedaba cubierto. Cuando se decidió por el primer AVE buena parte de nuestros trenes, y en gran parte del territorio, ya circulaban a 160 km/h, y podían, en avances sucesivos, superar esa velocidad, siempre dentro de lo que es normal en la tecnología ferroviaria y se espera de ella. Pero no hubo demanda social de un súper tren escasamente parecido a un tren de los habituales y conocidos, configurándose en realidad como prurito político-tecnológico, es decir, que fue cosa de frívolos e irresponsables.


Accidente de AVE y ALVIA en Adamuz (Córdoba).

La debida -justa, política, ética- demanda de mejora en nuestro sistema ferroviario, fue usurpada por una oferta surgida del Gobierno socialista del momento (1986), que adujo los oropeles de la anunciada Expo de Sevilla y que por ser sevillanos los dos primeros mandamases -Felipe González y Alfonso Guerra- se nos “vendió” dentro del comprensible, incluso chusco, orden de las cosas. Menos gracia tenía un trasfondo que actuaba en la decisión y la elección de la tecnología -que si alemana, que si francesa-, ya que las crónicas desveladas años después señalaban a un número dramático representado entre bambalinas políticas, descarnado, opaco y escasamente brillante: las presiones de los amigos socialistas franceses, en el poder desde 1981, para imponer la licencia y el producto Alsthom, que negociaron a cambio de la entrega de cierto número de presos de ETA confinados en Francia. Esta compulsión no sería la causa decisiva, ni siquiera la única de iniciar a RENFE en el mundo de la alta velocidad, ya que Sevilla y sus fastos ejercían de atracción casi obsesiva; pero haberla, húbola.

Acudiendo a consideraciones de principio, y a los “fundamentos sociales” del AVE, hay que recordar que la prisa, es decir, la “carrera por ir más deprisa y llegar antes” tiene un alto coste social y ambiental, resultando en realidad un cáncer social al que no se le concede el tratamiento adecuado y que introduce el sistema económico productivista allá donde puede; lo que incluye sectores que, como el transporte de viajeros, no son estrictamente productivos, aunque sí “excitan” la producción de maquinaria e infraestructura. Se nos obliga a ir más deprisa porque el sistema productivo la tiene y así lo ha decidido, arrastrando a políticos decisores que carecen de criterio e ideas propias.

¿Cuál es, por otra parte, el objetivo de introducir la competencia económica en una red ferroviaria única y común? ¿Reducir el precio para los viajeros? ¿Y puede aceptarse, o tolerarse socialmente, que esos precios puedan ser inferiores a los costes reales? Esto último solo puede aceptarse siempre que la red ferroviaria sea pública totalmente, por motivos de interés social. Pero las intrusiones privadas en la circulación y también en el mantenimiento sólo pueden obtener resultados netos a cambio de alguna compensación, sea externa por las subvenciones, sea propia por reducción de costes, por ejemplo, en personal o seguridad; y esto es muy seriamente desleal.

Es evidente que la tecnología osada nunca es totalmente de fiar, y esto se agrava en el caso de hacer circular los trenes a más de 200 km/h. Las personas siguen siendo igual de frágiles, aunque la tecnología incremente sus desafíos y, en consecuencia, sus riesgos. Tecnologías como ésta, de “manejo” de personas, implican necesariamente la banalización de la vida humana al modo, solo aparentemente, pacífico. No es aceptable incluir estas víctimas entre las “necesarias” o “inevitables” del progreso, ya que el AVE no implica progreso humano o social si atendemos al empeño debido -que incumple- en la resolución de las necesidades colectivas, y en cuanto a lo científico-tecnológico no debe calificarse sin más como progreso, debiendo limitarse al apartado de “avances”, con toda la ambigüedad que esto entraña.

En principio, el exhibicionismo tecnológico es estúpido e insensato. La tecnología falla siempre, y la tecnología compleja y exigente, como es la del AVE, deja inevitablemente una nítida, ineludible, posibilidad para la incidencia y el accidente. No actuó debidamente la tecnología cuando “consintió” que aquel AVE en la curva de Angrois excediera su velocidad marcada, y murieron 79 personas; y tampoco ha actuado controlando debidamente la soldadura o el estado de los raíles en la sierra cordobesa. Tecnología y tecnólogos, como sucede en el AVE, por ejemplo, están sobrevalorados socialmente, por incitación, propaganda o engaño. La complejidad tecnológica introduce fragilidad y vulnerabilidad y se suele manejar la probabilidad de accidente grave con tendencia manipuladora a subvalorarla.


Accidente de un ALVIA en Santiago de Compostela (2013).

Anotemos, por cierto, que la “expansión diferencial” del AVE, en precios y territorios, es discriminatoria y antisocial: la contrapartida a su implantación a la que se entregan los responsables de nuestros ferrocarriles es la eliminación de líneas tradicionales, de estaciones y, en consecuencia, paradas y servicios. Incrementa así la circulación por carretera, sepultando la principal y más actual ventaja del tren, que es la de prevenir la acumulación de viajeros y mercancías en la carretera, con sus enormes costes sociales y ambientales. Sin embargo, la realidad es que se enfrenta al “éxito negativo” de la incesante acumulación de tráfico de pasajeros y mercancías en las carreteras, lo que pone en evidencia que el súper tren incumple su principal función social y ambiental. Un objetivo primerísimo del tren en España y en todo el mundo es frenar la expansión de la carretera, y a esto debiera estar dirigida la política ferroviaria, como principal ámbito (que no debieran ser las autopistas) de una estrategia del transporte a medio y largo plazo.


Las carreteras acogen ahora camiones de doble remolque.

Las “alegrías” de ministros y otros exponentes del progreso y el desarrollo acerca del AVE y del incremento constante de viajeros no tienen nada que ver ni con una política integral del transporte ni, menos aún, con la sensibilidad social que se les debiera exigir. Tener que oír, como sucede en estos días que “tenemos un sistema ferroviario de alta velocidad extraordinario” es propio de ingenieros y políticos carentes de visión global, sea social, sea ambiental, sea incluso financiera. Todo lo contrario, el despliegue de una red de alta velocidad, ajena a los parámetros habituales de las tecnologías ferroviarias, aparece paralela en numerosos tramos con el sistema ferroviario tradicional, duplicando las infraestructuras en la “España dinámica” y, al mismo tiempo, eliminándolas en la “España relegada”.

Recordemos, ya que el momento parece muy oportuno, que el AVE no tiene nada que ver con una tecnología “a la medida del hombre”, y por eso nos maltrata de numerosas y diversas formas, directas e indirectas, ofreciéndonos a cambio el espejismo de “llegar antes” aunque ni lo deseemos ni lo necesitemos. En una sociedad que se mueve entre tragedias y amenazas de catástrofe conviene recordar, y reivindicar, que “lo pequeño es hermoso”, aunque este eslogan solo puedan enarbolarlo, hoy, los profetas históricos del Desastre, los debeladores de la Gran Máquina, los denunciantes de la Distopía… Y, desde luego, sin el menor eco -como no sea una media sonrisa conmiserativa y arrogante- de los que obran cada día por la inseguridad y la falacia. Por no hablar de la “suntuosa deshumanización” del trato a los viajeros que ha entrañado esta celebrada tecnología, que tiende a exportar al sistema entero: la prohibición del acceso a los andenes, para despedir y recibir a los seres queridos es una muestra de frialdad y menosprecio hacia las personas, y una broma sin gracia cuando se alegan “motivos de seguridad”. La indiferencia con que se despoja al tren de su potente carga poética y sentimental es imperdonable, y lo es sobre todo porque es innecesaria: mera concesión a la intimidación social.

La Gran Tecnología, como lo es la alta velocidad, obra por la banalidad creciente de la vida humana, que es liquidada con mayor frialdad y horror: no es lo mismo morir de un impacto, sea donde sea, que acabar como restos irreconocibles y difícilmente identificables. Por supuesto que los accidentes mortales son inevitables, desde los domésticos hasta los laborales o los del tráfico de cualquier tipo, especialmente en sistemas tecnológicamente complejos como son los ferroviarios; pero la realidad y la tendencia muestran que la muerte por accidente -la “muerte tecnológica”- reviste cada día más horror debido, precisamente, a la tecnología compleja, en la que el incremento de velocidad es un elemento esencial. El sistema ferroviario español, y es de suponer que en general en todos los países, ha caído en manos de una burocracia productivista de incompetentes sociales y ambientales. Que además son ajenos totalmente al “espíritu ferroviario”, conciencia y sentimiento que ni conocen ni quieren recuperar, pero que ha caracterizado a una profesión que siempre se supo, generalmente con orgullo, trabajando por cubrir las necesidades básicas de los ciudadanos.

domingo, 14 de septiembre de 2025

Crónicas de la caída: Septiembre de 2025

 

 Por Antonio Turiel     
      Físico, matemático y experto en Energía del CSIC.


     Mientras escribo estas líneas, hay todavía manifestantes en diversos puntos de Madrid, sobre todo en las inmediaciones de la Plaza de Cibeles. Estas manifestaciones en la capital de España son el colofón de tres semanas en las que las protestas contra la Vuelta Ciclista a España por la participación de un equipo israelí se han ido progresivamente recrudeciendo, desde el puñado de personas que protestó cerca de la ciudad que me ha acogido, Figueres, hasta los centenares que se congregaron en el País Vasco, Asturias y Galicia, para finalmente llegar a los probablemente decenas de miles que hoy han colapsado las calles de Madrid y han impedido la finalización de la etapa y la entrega de premios.




A otras personas les corresponderá  analizar el hartazgo de la población española (y también europea) con la horrible masacre que de forma indiscriminada está aplicando el ejército de Israel a la población de Palestina (muy visiblemente en Gaza y de manera más discreta en Cisjordania), y cómo este explosión de rabia y protesta es en buena medida un rechazo contra nuestras propias élites (que se afanan en disimular la gravedad del genocidio, e incluso cuando lo reconocen lo hacen con la boca pequeña y sin acabar de tomar medidas decisivas, en lugar de como mínimo no plegarse a la voluntad de los genocidas, por más poder económico que controlen directa o indirectamente).

Pero yo aquí querría destacar otra cuestión, a saber: que la circulación de la información es cada vez más lenta y azarosa, siendo el caso de las protestas en la Vuelta una de los pocos casos en los que la población ha podido identificarse y movilizarse, en forma creciente, al darse cuenta de que los sentimientos de rechazo eran compartidos y para nada minoritarios. No es una casualidad que a medida que iban pasando los días se hayan ido sumando más y más personas a las protestas, hasta culminar con la demostración de hoy en Madrid.

Estos mismos días ha habido protestas generalizadas y masivas, en ocasiones con cierta violencia, en nuestro país vecino, Francia. El lunes cayó el primer ministro, François Bayrou, después de someterse a una moción de confianza que encontró necesaria para poder acometer medidas de ajuste económico bastante drásticas.

Emmanuel Macron, no osando convocar unas nuevas elecciones legislativas de desenlace incierto, nombró en seguida un nuevo primer ministro, Sébastien Lecornu, hombre de su confianza. El miércoles, respondiendo a una convocatoria para bloquear todo el país, se dieron todo tipo de incidentes, protestas y altercados. Se prevén nuevas jornadas de protesta a finales de mes, y el ambiente está cada vez más caldeado. Pero de esto apenas se habla, muy poco, en España e imagino que en otros países vecinos de Francia.

Mientras tanto, Alemania no levanta cabeza. El último trimestre volvió a registrar un descenso del PIB que pone en peligro la incipiente recuperación económica a la que apuntaban los dos primeros trimestres de 2025. Las encuestas muestran el irresistible ascenso del ultraderechista Alternativa por Alemania, que es la respuesta que le está dando el electorado alemán a sus inoperantes élites, que no son capaces de sacarlos de una recesión instalada desde que dejó de tener acceso a la energía barata que venía de Rusia. Una buena parte de la energía todavía llega de Rusia, en realidad, pero pasando por intermediarios para camuflar su origen y por eso ya no es tan barata.

Otra parte viene de los EE.UU., particularmente el gas del fracking, que nunca fue ni será barato. Y sin los insumos a bajo precio, un país como Alemania, donde los sueldos no son bajos, no puede competir en el mercado global.

La transición energética se hunde lentamente en Europa. Nadie lo va a reconocer, pero poco a poco las metas de la transición están pasando a un segundo plano. Particularmente preocupa la pérdida de competitividad francesa y alemana y la destrucción de empleo, y aún más el hundimiento constante de la industria de la automoción, una de las industrias más importantes de Europa.

No pasa semana sin noticias negativas en este sector, sin que se vea una salida razonable, mientras las ventas en Europa continúan su curva descendente y las exteriores se volatilizan. Pero todas estas cuestiones se sustituyen por el rearmamento, por alimentar la amenaza fantasma de la guerra con Rusia.




Y como quiera que últimamente la población está perdiendo el entusiasmo por la causa bélica, las últimas semanas han estado jalonadas por noticias, éstas sí bien iluminadas y puestas en el foco mediático, dirigidas a alimentar la psicosis: la pérdida del GPS del avión de Úrsula von der Leyen, la intrusión de drones rusos en el espacio aéreo de Polonia y Rumanía... De nuevo, los flujos de información son azarosos. Aunque no arbitrarios. 

De vuelta a España, esta semana ha sido "noticia" algo que en realidad era una nota de prensa auspiciada por las grandes compañías eléctricas, de acuerdo con la cual el 83% de los nodos de la red eléctrica española están saturados y no pueden dar cabida a toda la nueva generación renovable que supuestamente tiene que entrar.

Se ha llegado a decir que esta saturación ha llevado a perder 60.000 millones de euros en "inversiones potenciales", en referencia a un informe de Spain DC que citaba esa cifra, y como ejemplo se mencionan todas las industrias que no están "pudiendo despegar" por estas deficiencias de la red, desde los centros de datos hasta "otras industrias electrointensivas" curiosamente no especificadas.

Pero como respuesta a estos "apremiantes" hechos, el Ministerio de Transición Ecológica español ha anunciado esta misma semana un incremento de la partida presupuestaria a destinar para el refuerzo de la red eléctrica, que llegaría así a los 13.590 millones de euros que se van a invertir desde ahora hasta 2030. Nadie va a explicar que todo esto es mentira. Nadie va a explicar que la demanda eléctrica en España está cayendo desde 2008, 17 años ya, y que este año seguramente cerrará con una nueva caída.




No hay demanda para esa generación eléctrica que se pretende incorporar: en la actualidad, se están produciendo curtailments o pérdida de energía que se podría producir pero no se aprovecha, de más del 20% en algunos momentos. Los grandes fondos de inversión se retiran desde hace meses en lo que saben que es un negocio no rentable, cuando no ruinoso. Y eso sin contar con los problemas de intentar incorporar tanta electricidad renovable sin estabilización.

Da exactamente igual: el plan es seguir adelante con el REI aunque sea un fracaso, y no hay plan alternativo. Se da por sentado que se necesita nueva generación eléctrica y que ésta debe ser renovable, cuando ambas afirmaciones son mentira.

Mientras tanto, bajando al terreno de lo real, de la gente que está sufriendo el inevitable descenso energético en el que estamos embarcados, vemos que los problemas crecen en Bolivia, en México y Nigeria, convertidos en tres de los puntos calientes de la caída de la disponibilidad de combustibles derivados del petróleo tras el pico de producción de petróleo crudo y condensado que se produjo en noviembre de 2018.


Así están las filas en Ascensión de Guarayos - Bolivia.


Algunas bombas en gasolineras no cuentan con servicio en México.


Fotografía de Tonye Cole y una bomba de combustible en Nigeria.



El precio del barril de petróleo se mantiene moderado desde hace meses, y eso hace pensar a muchos en los países occidentales que la crisis energética es algo del pasado. En realidad, lo que sucede es que la crisis no se está distribuyendo de manera equitativa, y simplemente algunos países están empezando a quedar marginados del reparto. Justamente como estrategia para que aquí no haya escasez.

Esto, por supuesto, no puede mantenerse indefinidamente, pero nadie va a hacer un análisis en profundidad sobre el tema. Nadie hablará del desastre en ciernes hasta que ya lo tengamos encima y sea inevitable.

Porque, además, en este momento en el que se necesitaría tener una información precisa sobre la situación energética global, nos encontramos con que vamos a tener mucha menos. De entrada, este año la Energy Information Administration de los EE.UU. no sacará su informe anual, debido a los recortes de Trump.

Y en cuanto al informe anual de la Agencia Internacional de la Energía, al cual dedicamos un post cada año en este blog, aún no tiene fecha de publicación. Otros años ha salido en octubre y a estas alturas tendríamos más que clara la fecha de publicación, pero este año parece que se va a retrasar. ¿La razón? Seguramente porque, como comenta Javier Blas, en el borrador al que ha tenido acceso se ve que se recupera un escenario que desapareció hace unos años, el de Políticas Actuales, probablemente por la presión de la actual administración estadounidense.

Un escenario en el que ya no se prevé una caída del consumo de carbón, petróleo y gas, simplemente porque ya no hay voluntad en los EE.UU. (y, aunque no se quiera reconocer, tampoco en Europa) de seguir luchando para abatir el Cambio Climático. Pero, claro, hacer ese encaje de bolillos va a ser complicado. Hasta ahora se había usado la narrativa del pico de demanda, es decir, que se iba a consumir menos petróleo porque queríamos consumir menos, no porque no hubiera.

Sin embargo, tanto en EE.UU. como en Europa hay ahora urgencia por un volantazo a la situación económica, y para eso necesitan combustibles fósiles, toda vez que la transición energética ha fracasado. Así que ya no queremos consumir menos petróleo. Pero, después de años de insistir en que lo que estábamos viendo era un pico de demanda, ¿quién sale ahora en la AIE a explicar que, en realidad, estamos ya en un pico de oferta, y que no va a producirse más petróleo, sino cada vez menos? Por eso la necesidad de tiempo extra, para hacer cuadrar lo incuadrable. El análisis del WEO de este año promete ser una experiencia muy emocionante...


Demanda mundial de minerales para las energías 'renovables'.

Crisis social, crisis energética... y, recordémoslo, estamos a las puertas de un nuevo desastre climático. Este otoño es un momento de máximo riesgo. Pero tampoco se habla de ello. No sucede. Hasta que suceda. 

Por tanto, si algo caracteriza este momento es el bloqueo de la información. Algo siempre presente, pero que ahora es creciente. Azaroso, pero no arbitrario.

Así que, para despedir este post, quiero mencionar una noticia de las que se habla tan poco como se puede: la Global Sumud Flotilla, un conjunto de embarcaciones que están en este momento navegando hacia Gaza con alimentos y medicamentos. Un grupo de personas que, desarmadas, pretenden hacer llegar una ayuda de primera necesidad a quienes están siendo exterminados, y a los que el gobierno de Israel ya ha amenazado diciendo que tratará como terroristas.

Entre las noticias que no habrán leído estos días está la de que, mientras estaban atracados en el puerto de Túnez, sufrieron dos ataques con drones provenientes de mar abierto y que transportaban pequeños dispositivos incendiarios, un ataque de baja intensidad pero que es una advertencia. Simplemente otra noticia sobre la que no leerán hoy pero que quizá merezca la pena que sepan.


Fuente: The Oil Crush

miércoles, 10 de septiembre de 2025

Aquella brisa de los veranos de antes (7 de 20)

 

 Por Pedro Costa Morata
      Ingeniero, Periodista y Politólogo. Ha sido profesor en la Universidad Politécnica de Madrid. Premio Nacional de Medio Ambiente.



Visigótica


De placer viajero pero sedentario, y de recorrido artístico pero alborotado, yo mismo quiero calificar la redacción durante julio de mi “Visigótica”, uno de los reportajes que formarán parte de mi próxima Geographica nostra, tercer volumen de la serie “El destino de Odiseo”, con el que quiero ir engrosando mi particular “empeño del viajero”, celoso de sí mismo y de sus recuerdos visuales y sociales, dispuesto a retener, para siempre, lo que quiere que otros retengan, vicioso del espacio variable y del tiempo inacabable: un exceso muy propio, digo yo, de geógrafos impenitentes y correcaminos incesantes.

En esta ocasión, la futura Geographica nostra contendrá una docena de reportajes viajeros, o sea, ni los cien, tan breves, de mis Cien Españas, por ejemplo (2022), ni los cuatro de mis Finisterres de Iberia (2023): una cosa intermedia, pero igualmente caprichosos. Del capricho, pero bien incrustado en los años y siempre pendiente, ha dependido mi paseo por las seis iglesias visigóticas de España, que son las que están (más o menos) enteras, y que forman un grupo de aparente discreción, pero que a este andarín siempre le ha resultado subyugante. Y por eso empiezo la descripción resumida de esos templos de tipología tan homogénea, reproduciendo lo anotado en la iglesia de Santa Comba de Bande (Ourense):


Sentí en Santa Comba las “vibraciones visigóticas” con más intensidad que en cualquier otra de las iglesias del grupo. Puede que la humedad, exterior e interior, tan gallega, contribuyera a un cierto encogimiento del espíritu, o la psicológica estrechez de la nave central y su remate en la capilla absidal tras el arco triunfal y su decoración pictórica: ese escenario me puede y eleva, y señalo al arco de herradura como principal agente -me atreveré a decirlo- de intimidación espiritual, algo que me acontece en todos estos templos, y a lo que contribuye, presionando mi emoción, su bellísima austeridad.


Y con esto queda dicho lo que me corresponde de Santa Comba (columba, paloma), que es la iglesita más excéntrica del mundo visigodo, tanto que hay quien la data de cuando apenas había desaparecido el reino suevo (Galicia actual, oeste de Asturias y León y norte de Portugal). Y ahí queda, con la tristeza de escuchar a los guardas-guías, María Isabel y Antonio, quejarse de que su iglesia no recibe ayuda ni de la Xunta ni del concello, y que ya estaría arruinada si no fuera porque sigue rigiendo como parroquia.


Capila, ara y altar mayor de Santa Comba de Bande (Ourense).

En mi instintivo apego a esta arquitectura histórico-religiosa -procedente íntegramente del siglo VII d. C.- fueron, precisamente, las tenidas por más valiosas las tres primeras que visité, en años en que me desviaba de mi ruta profesional cuando, como ingeniero, acudía a resolver problemas en el País Vasco o Galicia, o cuando mis correrías antinucleares me permitían cambiar de asunto y sumergirme en este arte. Y así, resultó que la primera de estas iglesias, que es la que desde nuestra infancia veíamos en todos los libros, fueran de Religión, fueran de Historia, es la de San Juan de Baños, en la provincia de Palencia, la más arquetípica y mejor estudiada, aunque solo sea porque su promotor, el rey Recesvinto, dejó inscrita la fecha, año 661, como detalle muy de agradecer. A su lado aparece la fuente, de gusto igualmente visigótico, en el que curara sus dolencias aquel rey legislador (así como el abandonado edificio de “Gaseosas Adelina”, que durante decenios aprovechó esas aguas, y un mesón capaz y oportuno, aunque adusto como la tierra que lo rodea…).


San Juan de Baños (Palencia).

La segunda es San Pedro de la Nave, en tierras de Zamora, de la que me entusiasmó el hecho de que fuera trasladada, piedra a piedra, en 1930-1932 (fechas que en ocasiones nos parecen más remotas que las de la Reconquista), debido al embalse de Ricobayo, en el Esla, una anécdota heroica en la que no falta el recuerdo de que aquel Estado, donde marcaba la pauta artístico-arqueológica don Manuel García Moreno, hubo de obligar, decreto de por medio, a Saltos del Duero (hoy Iberdrola) a consentir y colaborar en la epopeya. De esta iglesia siempre se destaca la decoración, en capiteles que aquí son tronco-piramidales, de las figuraciones “Daniel en el foso de los leones” y “El sacrificio de Isaac”.

La tercera es la ermita de Quintanilla de las Viñas, en el viejo y noble alfoz de Lara (Burgos), que los siglos nos han transmitido incompleta (¡pero tan hermosa!) y de la que queda el crucero/transepto y el ábside, con el maravilloso detalle de los frisos (dos/tres) en todo su exterior, esculpidos con figuras vegetales y animales. Como viajero perseguidor de geografías desoladas, esta iglesita quedó en mi memoria con el complemento, empeño mío pese a resultar ajeno a lo visigótico, del cercano castillo de Lara (recuérdese la leyenda, y el romance, de los Siete infantes de Lara), del que queda para mayor aprecio un romántico muro enhiesto rodeado de ruinas; todo ello -ermita y castillo- a la sombra de una alargada y severa cresta caliza, tan castellana. Más el alegre detalle de encontrarme, en mi última visita, a la iglesia, 40 años posterior a la primera, que Javier, el guía diplomado de guardia, es el hijo de Javier el guía autodidacta que me abrió su puerta en 1973…

Las otras dos han sido “descubiertas” por mí mucho más recientemente. Una es la de Santa María de Melque, en las cercanías de Toledo, la capital visigoda, que fue complejo monástico agropecuario y que los musulmanes respetaron tras su invasión (que las crónicas subrayan que fue respetuosa), dando lugar a una comunidad religiosa transformada en mozárabe, y que acabó siendo fortaleza musulmana, dejándonos de recuerdo una soberana torre que culmina el cimborrio y caracteriza la imagen exterior de esta iglesia. Quedan -en paisaje quebrado, granítico, de encinar disperso y retamar pobre- los restos de las presas que se practicaron en los arroyos que rodean este emplazamiento para suministrar el agua necesaria; y el mito y el misterio de la Mesa de Salomón (mesa o cofre a modo de tesoro, o grial, de valor sagrado) que los historiadores más voluntariosos aseguran que, procedente de la Jerusalén arruinada en las guerras judías de los años 70-71, pasó a Roma y, saqueada esta por el godo Ataúlfo, habría acabado en Toledo y luego custodiada aquí por la comunidad monástica primeriza, tras peregrinar por las anteriores capitales visigodas: Tolosa y Barcelona.


 Santa Lucía del Trampal (Cáceres).

De la última del grupo, Santa Lucía del Trampal, en la provincia de Cáceres, puedo justificar mi tardío descubrimiento porque ella misma fue identificada en 1980, por el historiador Juan Rosco y su esposa, María Luisa Téllez, y rescatada de la escombrera y su uso como corral. La reconstrucción pudo ser suficientemente fiel, quedando sus tres ábsides cuadrados como elementos arquitectónicos más peculiares (así como la duda, tan estimulante para los estudiosos, de si debe ser considerada como auténticamente visigótica o, dejando aparte finuras innecesarias, como meramente, “prerrománica”. Pues bueno). Me dio muy poco gusto que Miguel Valle, el guarda y guía, tuviera a bien reconocerme que no había leído un libro en su vida, y que todo lo había aprendido “oyendo a los que sabían”, pero se lo perdoné por lo cordial de la conversación. De esa incursión por tierra extremeña dejaré anotado que, aparte del alegre naranjal anexo, al que se atribuye origen musulmán, fueron las saludables chumberas del lugar con las que me tropecé lo que completó la satisfacción de mi visita, aunque no pudiera borrar de mi cabeza la masacre sufrida por las chumberas mediterráneas.


domingo, 31 de agosto de 2025

Aquella brisa de los veranos de antes (2 de 20).

 

 Por Pedro Costa Morata
Politólogo. Ha sido profesor en la Universidad Politécnica de Madrid. Premio Nacional de Medio Ambiente.


El Monte, como el Agua y las Costas, debe ser competencia del Estado



Poco, y breve, es lo que este cronista puede aportar a la marabunta de comentarios, análisis, denuncias, improperios y desvergüenzas que, envolviendo a las llamas implacables, nos escandalizan en este agosto espantoso, en el que las Comunidades autónomas más afectadas -Galicia, Castilla y León, Extremadura- han demostrado su impotencia, incompetencia y mala uva, dedicando sus líderes más, mucha más energía a imprecar al Gobierno central que a organizarse frente a los incendios. Han tenido que recurrir al disimulo de sus inclementes ataques para tratar de ocultar su nefasta política ambiental general y de Montes en particular, reduciendo durante años efectivos, presupuestos y voluntad, pidiendo ahora árnica al Estado (como si ellos fueran administraciones lunares) y exigiendo la puntual y eficiente ayuda de la Unidad Militar de Emergencias (UME), de directo control de Madrid. A destacar, de entre los vociferantes mandos del PP, a ese mamarracho de Bendodo, convencido de que tenía que sustituir con nota al gran Tellado, ausente, que debe estar acumulando bilis para el nuevo curso.


Elías Bendodo, portavoz del PP, calificando de "pirómana" a la directora general de Protección Civil.

Empezaré por el final, no vaya a ser que se me olvide lo principal, que es que entre las medidas consecuentes que haya de adoptar el Gobierno central ante la penosa actuación de las satrapías más arriba citadas, y teniendo en cuenta lo que nos espera por la crisis ecológica general, que ni aflojará ni dará tregua, debiera de figurar una UME reformada para que las catástrofes naturales hayan de ser atendidas (prevenidas, analizadas, atacadas) desde una dirección única, estatal, bien provista y a salvo de los necios deslenguados que produce esta manada del PP. Una UME ampliada, reorganizada y de recursos globales multiplicados, a la orden del Ministerio del Interior o del que sea competente en Medio Ambiente. Y que no tenga nada de militar: ¿a cuento de qué ha de ser militar un cuerpo anti incendios, anti riadas, anti nevadas…? Supongo que cuando Zapatero se planteó este uso del Ejército en tareas tan estrictamente civiles como las señaladas, pensaría al menos dos cosas: que (1) la disciplina militar contribuiría a la eficacia en las misiones que se le encomendara y (2) que siendo militar ese órgano se excluía a la competencia/incompetencia de las Comunidades autónomas, que generalmente no son de fiar en asuntos serios y graves (pero que esto, ni se debe reconocer ni se les debe imputar, por políticamente incorrecto y peligroso).


Incendio en Galicia (iSTOCK).

Pero la cosa nunca había adquirido tanta gravedad como en este verano, y todo indica y anuncia que se repetirá si no se adoptan medidas drásticas, valientes y capaces, lo que debe de ser asumido por el Estado en su Administración central. Soy de los que nunca creyeron positivo, cuando tomaba cuerpo el Estado autonómico, que las competencias ambientales cayeran en manos de la jurisdicción autonómica, y que no solo las Costas, las Aguas y algo más, serían ámbitos que debía retener el Estado “por razones obvias”, principalmente por su amplitud y la imposibilidad de atribuir su presencia e influencia a regiones y límites administrativos, sino y sobre todo porque la importancia y la seriedad de los asuntos ambientales, estructurales en el país y por lo tanto en el Estado, debían a quedar a salvo del esperable (sí, no nos equivocábamos) mal hacer autonómico, con su perspectiva localista y su mínima sensibilidad ambiental.

Así lo percibíamos quienes nos enfrentábamos a la contaminación variopinta, las agresiones ubicuas y el corrosivo veneno del industrialismo, fuera franquista, fuera paleo-democrático. Un combate erosivo y desesperante con los alcaldes, y que también empezaba a revelarse, según avanzaba el tiempo, con las entidades autonómicas. Aquello de que “desde cerca” se podían resolver mejor los problemas ambientales, y que los directamente afectados actuarían con mayor interés y eficacia no era creíble, por falaz e indemostrable. Y sí quedaba mucho más claro que los intereses locales, las redes clientelares, el caciquismo, la ignorancia y la corrupción eran notas locales bien enquistadas que herían e indignaban, sometiendo a los primeros grupos ecologistas a una lucha sin descanso y a enfrentamientos desoladores.

     Por supuesto que esta consideración peyorativa hacia los niveles locales y autonómicos competenciales no implicaba que las instituciones del Estado iban a ser mucho más sensibles, sinceras y eficaces, pero al menos el enemigo quedaba -allá en Madrid y los órganos ministeriales- mucho más localizado y, se suponía, más tratable al disponer de una visión global respecto del problema y más separada respecto de los intereses y maldades territoriales. A este respecto, no hay más que ver ese timo del MITECO, sin idea en sus mandamases sobre cualquier tipo de transición ecológica y de bien probada acción nula en lo del reto demográfico.

Y una vez aprobada la Constitución, solo los ingenuos creyeron que el artículo 45 y su mirífico enunciado (“Todos tienen el derecho a disfrutar de un medio ambiente adecuado… así como el deber de conservarlo… Los poderes públicos velarán por la utilización racional de todos los recursos naturales…. Para quienes violen lo dispuesto… así como la obligación de reparar el daño causado”), serviría como marco estricto y apremiante para que las cosas se hicieran bien. Menos mal que los artículos 148 y 149, los concretamente competenciales, aunque atribuían a las Comunidades autónomas expresamente “Los montes y aprovechamientos forestales” (148.8), y “La gestión en materia de medio ambiente” (148.9), guardaban para el Estado “La legislación básica sobre protección del medio ambiente, sin perjuicio de las facultades de las Comunidades Autónomas de establecer normas adicionales de protección. La legislación básica sobre montes, aprovechamientos forestales y vías pecuarias” (149.23). Lo que, mira por dónde, nos viene al pelo para que el Estado se ponga las pilas y trabaje con diligencia a asumir estos contenidos constitucionales con el apremio de la crisis climática, cosa de la que no se hablaba, en aquellos años fundacionales, en los ambientes políticos y raramente en los ecologistas.

Quiero recordar que aun antes de brotar el ecologismo político los ecologistas conservacionistas tenían que mantener un desigual combate con la “filosofía forestal”: las repoblaciones masivas, el tirón de las papeleras y fábricas de celulosa y, en definitiva, los ingenieros de Montes, enemigos protagonistas que, tristemente, mandaban con exclusividad en aquella ICONA que reflejaba la escasa preocupación ambiental-global de nuestro Estado, ya que apenas sobrepasaba a los montes, y aun esto con un enfoque forestal y evidente confusión entre bosque y plantación, ecosistema y objeto, naturaleza y economía…. (Con la pelea, las urgencias, la confusión y el “expertismo” haciendo eclosión ahora se ha colado con fuerza eso del “paradigma forestal”, es decir, el trato forestal, o sea, productivo, a las masas arboladas desdeñando la realidad y el concepto de bosque como ecosistema y albergue de vida, en el que ese sotobosque al que ahora se ataca sin misericordia es tan importante como los árboles de porte, y donde la ganadería extensiva, que ahora se reivindica como máquina “natural” y barata de limpieza, debe ser excluida.)

Con la consolidación del Estado liberal, socialista o popular, y sobre el principio inamovible y necesario de que el liberalismo como doctrina o política es perfecta y radicalmente incompatible con la conservación de la naturaleza, sus recursos y el medio ambiente en general, que por su propia esencia son bienes públicos y que por ello debieran ser inalienables, al ecologismo le ha correspondido alinearse con las políticas públicas ambientales, la propiedad pública de espacios y bienes de índole natural y la directa intervención pública en su gestión, en las duras y en las maduras. De ahí que haya de ser el Estado el que incremente su papel ambiental global, no que lo reduzca, fortaleciendo su papel según la Constitución y actuando con la legalidad legislativa y normativa que le asiste para actualizarse y asumir la crisis ecológica general, que se agrava por momentos, más allá y con perspectiva más realista (descartando toda histeria y la cínica teatralidad al uso) del problema del clima y sus efectos inmediatos y visibles. O sea, que el Gobierno de Pedro Sánchez no pierda el tiempo viendo cómo esa oposición montaraz le rechaza cualquier pacto ambiental civilizado, sea climático, sea de otro tipo.


martes, 26 de agosto de 2025

La oleada de incendios propaga el ecofascismo

 

 Por Alberto Mesas   
      Periodista por la Universidad Complutense de Madrid especializado en temas sobre migraciones, derechos humanos y Balcanes occidentales.



Cómo las ultraderechas europeas, Vox y un sector del PP han evolucionado del negacionismo climático a un falso ecologismo nacionalista que justifica la xenofobia



     España se quema. Está siendo el peor verano de incendios en nuestro país en los últimos 30 años. Las decenas de fuegos propagados durante el último mes y medio ya han calcinado más de 300.000 hectáreas, dejando al menos cuatro muertos, más de 30.000 personas evacuadas y multitud de casas y bosques carbonizados.

Esta tragedia también se está utilizando como arma política entre el Gobierno central y los ejecutivos autonómicos de las comunidades autónomas más afectadas (Galicia, Castilla y León y Extremadura), donde gobierna el PP, en algunos casos con el apoyo de Vox.


Miembros de la UME trabajan para frenar un fuego en Caminomorisco -Cáceres-, el pasado 1 de agosto.

Sin embargo, la disputa verbal sobre la logística y los efectivos desplegados, las carencias de medios técnicos para extinguir el fuego o la precariedad del personal de emergencias se ha extendido al terreno de la narrativa sobre el cambio climático. Vox no ha dudado en culpar de los incendios al “fanatismo climático” y a la Agenda 2030, y el PP también ha contribuido a construir el discurso antiecologismo difundiendo bulos y desinformación.

Ambos partidos, a través de figuras como Javier Ortega Smith o Isabel Díaz Ayuso, han asegurado que “las agendas ideológicas” prohíben limpiar montes, márgenes de ríos o desbrozar, algo que queda desmentido por el Artículo 48 de la Ley de montes. En 2019 Vox se negó a firmar una declaración institucional que relacionaba los incendios con el cambio climático tras alegar que tenía un “enfoque ideológico”.

Del negacionismo al ecofascismo

El cambio climático, como el feminismo, la violencia machista o la inmigración, es uno de los ejes del discurso reaccionario de la extrema derecha en todo el mundo. Ante la evidencia científica, los partidos ultra han dejado atrás el negacionismo simplista para reorientar la narrativa climática hacia el nacionalismo excluyente.

En este nuevo marco se sustituye la negación por la apropiación de discursos aparentemente verdes que legitiman políticas de jerarquización de la ciudadanía (los españoles primero) y de cierre de fronteras, desplazando el debate ecológico hacia el terreno de la identidad nacional. Así, las aduanas y la cultura se presentan como barricadas protectoras del medioambiente frente a la “saturación” que provocaría lo extranjero.

Otra de las estrategias de la extrema derecha para desplazar el foco de la amenaza climática es culpar al ecologismo por las consecuencias de diversos problemas sociales, como los incendios en España. Hace unos años, el líder del Partido Nacional Británico llegó a responsabilizar a los parques eólicos de la muerte por hipotermia de las personas mayores, y en Alemania el partido neonazi AfD acusó a las políticas verdes de aumentar el desempleo en sectores tradicionales.

El ecofascismo enfatiza la protección del “ecosistema nacional” frente a supuestas amenazas externas. Este discurso ha permitido a partidos de ultraderecha presentarse como defensores del medioambiente y del campo, pero circunscribiendo su visión al nacionalismo, no al ecologismo y la protección del entorno. El origen del término se remonta a los años cuarenta, cuando la propaganda nazi adoptó el concepto Blut und Boden (sangre y tierra) para justificar el vínculo entre pureza racial y tierra que romantizaba la vida agraria y la protección ambiental como parte integral de la nación.


Integrantes de Núcleo Nacional haciendo el saludo nazi.

Vox: localismo y xenofobia

En España, el giro del discurso negacionista clásico hacia el nacionalismo ecológico ha sido impulsado por Vox, aunque en los últimos años lo han incorporado diversos sectores del PP. La formación de Santiago Abascal ha adoptado una visión instrumental de la ecología, vinculándola con la defensa del agricultor local y la soberanía hídrica, a la vez que apuesta por una narrativa abiertamente xenófoba.

En el programa de Vox no hay ninguna medida que contemple crear más zonas verdes o reducir la contaminación; únicamente hablan de agricultores españoles, soberanía de los acuíferos y la deportación masiva de migrantes, muchos de los cuales son jornaleros del campo y trabajan en explotaciones agrarias. Hace tan solo unas semanas, Vox propuso la “remigración masiva” de “millones de inmigrantes y sus hijos”, e intentó justificar la medida no solo con argumentos de seguridad, sino también con la defensa de la identidad y la cultura españolas.

Poco a poco el PP ha ido incorporando parte del discurso y las propuestas de Vox a su propio programa, especialmente en materia de migración. El resultado es un discurso híbrido que tiene un gran calado en zonas rurales. Seduce a votantes que están preocupados por la crisis climática, pero les da el marco discursivo de la inmigración como amenaza para los recursos y la cultura locales.

Ecologismo identitario en Europa

En Europa, el discurso ecofascista ha adquirido formas distintas según el contexto nacional, aunque todos comparten la instrumentalización de la crisis climática y ambiental como argumento para justificar políticas antiinmigración.

En Francia, la Agrupación Nacional de Marine Le Pen también ha mutado del negacionismo a una visión de la ecología como proyecto nacionalista. Le Pen apela a la protección de la producción local frente a la globalización y considera la inmigración como una amenaza tanto identitaria como medioambiental. Miembros del partido, como el eurodiputado Hervé Juvin, han propuesto defender el ecosistema nacional, y presentan la frontera francesa como un elemento “protector” frente al “nomadismo”.

Bajo esta “ecología patriótica” vinculada al localismo y la autosuficiencia, Le Pen ha vertebrado un discurso que impulsa la xenofobia, con la idea central de que sólo la población nacional cuida realmente de la tierra.

Aunque Marine Le Pen no niega abiertamente el cambio climático, varios dirigentes de su partido cuestionan su gravedad o que esté causado por la acción humana. Además, son habituales los ataques a instituciones científicas como el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (GIEC), a las que acusan de alarmismo. También ignoran políticas de adaptación a un escenario de digitalización y evitan comprometerse a aplicar medidas para reducir emisiones de carbono.

Alternativa por Alemania, tradicionalmente negacionista del cambio climático, también ha evolucionado hacia posiciones proteccionistas basadas en el nacionalismo identitario. Si bien mantienen corrientes reticentes a asumir la crisis climática, varios sectores del partido han empezado a articular la defensa de “los recursos alemanes”. Esto se plasma en su rechazo a políticas migratorias de integración como al Pacto Verde Europeo. Se centran en remarcar que ellos priorizan al ciudadano alemán.

Caso similar es el de Italia, donde la Lega y Fratelli d’Italia han incorporado en su discurso ambiental la protección del agricultor local y la defensa del Made in Italy. El argumento identitario se mezcla con propuestas de soberanía alimentaria, la oposición al Mercado Común Europeo y el rechazo a las migraciones, de nuevo deslizando la idea de que los productos nacionales y las comunidades locales son más sostenibles y respetuosas con el entorno. El ecologismo, por tanto, se utiliza para reforzar la batalla cultural por la identidad italiana y justificar medidas proteccionistas y restrictivas.

En Europa central y oriental, Hungría y Polonia son los mayores referentes de cómo los partidos de extrema derecha asumen el discurso ambiental como parte de su estrategia para legitimar políticas excluyentes. En estos contextos, la protección del medio ambiente se convierte en excusa para exaltar la cultura nacional y culpar a migrantes o países vecinos de la degradación ecológica.

En todos los casos se observa una tendencia a enfocar la sostenibilidad desde la óptica de la “resistencia nacional”, donde la transición verde se convierte en un instrumento para proteger las capacidades nacionales y justificar una política migratoria restrictiva, que impide la entrada bajo supuestos como la “saturación ecológica” o el “agotamiento de recursos”.

Este enfoque contrasta con las políticas climáticas solidarias y redistributivas que apuestan por la justicia global, la cooperación y la equidad socioambiental. Mientras las primeras consolidan barreras y jerarquías de ciudadanía bajo la bandera de la ecología, las segundas defienden que la verdadera sostenibilidad implica un reparto justo de recursos y responsabilidades más allá de las fronteras.

En nombre de la seguridad y el control

El concepto ecobordering sintetiza esta tendencia. Los partidos de extrema derecha presentan el cierre de fronteras y el endurecimiento de las políticas migratorias como medidas de protección, también ambiental, justificando barreras físicas y tecnológicas bajo el pretexto de preservar lo nacional. Organizaciones como Adelphi han documentado los efectos de esta retórica en el entorno europeo actual, subrayando el peligro de que la respuesta climática derive en políticas abiertamente excluyentes bajo una falsa apariencia de sostenibilidad.

En 2021, los expertos británicos Joe Turner y Dan Bailey publicaron un estudio donde constatan esta estrategia de la extrema derecha de vincular las políticas fronterizas rígidas con la protección del medioambiente. Esta idea queda perfectamente resumida en las palabras que Marine Le Pen pronunció en 2019: “El ambientalismo es el hijo natural del patriotismo, que es el hijo natural del arraigo”, y “La mejor preservación del medioambiente es la defensa de las fronteras”.

Un informe de la Agencia Europea del Medio Ambiente sobre adaptación al clima advierte de que los colectivos más vulnerables (personas mayores, con bajos ingresos o enfermedades) están soportando el mayor peso de los impactos climáticos, desde las olas de calor hasta las inundaciones o los incendios.

Precisamente quienes menos contribuyen a la crisis climática son los más afectados por sus consecuencias. Según un informe de Oxfam y el Stockholm Environment Institute, el 1% más rico produjo más emisiones que el 50% más pobre entre 1990 y 2020. Por lo tanto, es evidente que el proceso no afecta por igual a todos los sectores y clases sociales.

Es lo mismo que concluyen varios estudios del Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico, o el informe sobre transición ecológica publicado por el Observatorio Transición Justa, que evidencian cómo en todos los ámbitos vinculados al cambio climático se producen importantes desigualdades de género, renta y edad, que se trasladan también al proceso de digitalización. Por ejemplo, sólo una de cada siete personas ocupadas en empleos verdes en España es mujer, mientras que los mayores y quienes viven en situaciones de pobreza sufren con mayor intensidad el impacto de los desastres naturales.


Fuente: Ctxt