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viernes, 16 de octubre de 2026

Alemania reincide y no escarmienta

 

Que tampoco el otoño es ya lo que era (8 de 21)


 Por Pedro Costa Morata   

    Ingeniero, periodista y politólogo. Ha sido profesor en la Universidad Politécnica de Madrid. Premio Nacional de Medio Ambiente.


Alemania no nos sirve de referencia política positiva: no hay más que ver su historia desde la unificación de 1870. Desde entonces todo ha sido enhebrar una agresión con otra y un exhibicionismo dañino y arrogante que fue haciéndose consustancial a partir del control político por Bismarck (1852), con la ambición expansionista territorial como rasgo esencial de su política exterior. Esa imagen de tenacidad comunitaria y espíritu individual del trabajo que los españoles hemos admirado tanto, sobre todo en los años de masiva emigración, cuando descubríamos un país obsesivamente dedicado a (se decía) superar la gran tragedia de la Segunda Guerra Mundial, lleva en sus profundidades un supremacismo impenitente, y nunca debemos llamarnos a engaño ni suponer que las desgracias sufridas por ese racismo inveterado, explosivo y criminal, le hayan hecho aprender las claras lecciones que de ello debieran deducirse.

    No ha tardado mucho la Alemania que logró la reunificación en 1990, en los momentos de desintegración de la Unión Soviética y a cambio de promesas rápidamente violadas, en volver a las andadas, es decir, a olvidar el pacifismo impuesto en su constitución de 1949, a pretender el control de la Europa comunitaria, a codiciar, al menos económicamente, espacios sometidos a su férula o rapiña temporales (Europa del Este, con Polonia y Ucrania como principales y “tradicionales” objetivos ambicionados) y, como trámite necesario, hostilizar a la Rusia de siempre, interpuesta en su camino, en sus ambiciones y en sus planes de avasallamiento.

    Este “resurgimiento” de los demonios de la peor Alemania viene a ser el núcleo caracterizado de las tensiones político-militares en la Europa actual, en la que la OTAN cubre y “completa” las insuficiencias geopolíticas del actual Estado alemán que, sin embargo, parece decidirse por una escalada en la tensión con Rusia sin, aparentemente, calcular sus consecuencias. Hétenos aquí de nuevo ante el militarismo alemán de siempre, exacerbado a partir de la eliminación del socialdemócrata Schröder, que amenazaba con quebrar la línea histórica de agresividad alemana hacia Rusia, con el burócrata de partido Scholz, también socialdemócrata, que inició el rearme y la agresividad hacia Rusia bloqueando las obras del gasoducto Nord Stream 2 (sin aportar luz alguna sobre el sabotaje en 2022 de los dos gasoductos de propiedad ruso-alemana, bajo el Báltico). Pero que alcanza su punto más álgido (por el momento) con el canciller Friedrich Merz, que no se ha privado de proclamar que hará de Alemania “la principal potencia militar de Europa”, siendo el principal suministrador militar y financiero de Ucrania en su guerra con Rusia.


El canciller Merz y el presidente ucraniano Zelensky (Gettyimages).

    Siempre es necesario recordar las apetencias históricas de Alemania hacia Ucrania, con el resultado de dos repúblicas vasallas, en 1918 y en 1941-43, con ocasión de ambas guerras mundiales, a costa y en detrimento en ambos casos de la URSS debilitada: experiencias expansionistas fracasadas, igualmente, a manos de la URSS recuperada.

    Parece obvio que el significativo interés actual del Gobierno alemán (cuyo canciller proviene de BlackRock, el principal fondo de inversiones del mundo) por esta tercera República ucraniana sigue la misma línea histórica reconocible e igualmente incurre en el olvido de las anteriores derrotas frente a la misma potencia hostilizada, que ahora se llama Federación de Rusia, pero que no vive frente a Alemania la situación militar de las anteriores experiencias habidas durante el siglo XX, sino que posee una fuerza militar muy superior en la actualidad, y en un futuro, cuando menos, a medio plazo. Las “agresiones” rusas a Alemania, lo de los drones inocuos sobre su territorio, no son sino la constatación de que la Rusia de Putin observa con todo detalle tanto la asistencia militar alemana a Ucrania como, sobre todo, los inquietantes planes de rearme y las ambiciones supremacistas, apenas veladas, que la Rusia de Putin no va a consentir. Moscú, con razón, acusa a sus rivales en la OTAN del doble lenguaje empleado cuando vociferan al recibir esos drones en su territorio, sin relacionar estas “advertencias” con la ayuda militar prestada a Ucrania; y tampoco parecen percibir en su adecuada dimensión, el desafío que esos drones suponen frente a la cacareada cláusula 5 de la Carta Atlántica, esa de la asistencia mutua en caso de agresión exterior…

    Y hay un casus belli, que no simple “línea roja”, en el que no deberá incurrir esta Alemania desquiciada, ni siquiera por el intermedio de sus vasallas/jaleadas Polonia y Lituania, y se trata del enclave ruso de Kaliningrad (antigua Königsberg). Si los otanistas más agresivos, esos tres Estados a los que aludo, se empeñan en tocar ese territorio de soberanía rusa internacionalmente reconocida la respuesta militar rusa será segura y ha de pensarse que certera. Esa región se la anexionó la URSS después de ganarla a la Alemania hitleriana en la Segunda Guerra Mundial y como botín de guerra (que tampoco alcanzaba a pagar por los 25 millones de muertos que Alemania y sus aliados produjeron a la Unión Soviética). Las crónicas relatan cómo siendo Königsberg la capital de Prusia Oriental y seguramente la ciudad mejor amurallada y protegida del Reich nazi, fue asaltada y conquistada en cuatro días de abril de 1945 por las tropas del general soviético Vasilievsky, dejando asombrado a aquel mundo en guerra. La rebautizada Kaliningrad es parte de esa Prusia que en su día -en la primera mitad del siglo XIII- los Caballeros Teutones arrebataron a los habitantes locales, báltico-eslavos.

    Dejando aparte al belicoso y necio Merz y a ese establishment alemán, siempre interesado en el negocio de la guerra y en las ambiciones territoriales, hay que prestar atención, y mucha, al auge electoral de la ultraderecha alemana, concretamente el partido Alternative für Deutschland (AfD) que, curiosamente, en su ideario programático figuran, junto a objetivos típicamente fascistas, la recuperación de las buenas relaciones con Rusia y la “corrección” del enfoque oficial hacia el holocausto judío… El primer punto parecería que quiebra la idea tradicional de la potencia alemana hacia Rusia, muy especialmente desde que se considera amparada bajo el paraguas de la OTAN, pero apunta a la recuperación de la situación de los años de gobierno de Merkel y Schröder y, sobre todo, aporta un correctivo significativo al militarismo del Gobierno federal. Y el segundo se enfrenta al tabú de los tabúes de la Alemania de posguerra: su sentido de culpabilidad por el holocausto judío con la consecuencia de su supeditación al Estado de Israel y al sionismo como ideología. Acerca de este asunto, parece evidente que AfD ha captado el sentido y las repercusiones que tiene lo que el historiador Norman Finkelstein llama La industria del holocausto (2014), explicando con todo detalle cómo los lobbies sionistas norteamericanos continúan todavía hoy extrayendo el pringue financiero a Alemania, Austria, Suiza… a cuenta de las exacciones cometidas contra los judíos en su día, convirtiendo este acoso en operaciones que enriquecen a esas organizaciones (ya que no hay actualmente supervivientes de aquellos hechos).

    No obstante, y aun teniendo en cuenta las peculiaridades de la pujante ultraderecha alemana actual, sigue resultando procedente, ante el oscurecimiento de la situación política en este país, la “vuelta” una y otra vez a las comparaciones entre lo sucedido durante la República de Weimar (1919-1933), con la liquidación de la democracia por el ascenso al poder del nazismo, y la situación actual; y más todavía por las perspectivas ya perfiladas, ya que esa AfD domina desde setiembre uno de los länder federales, Sajonia-Anhalt, evocando el comienzo del fin durante la etapa Weimar, cuando los nazis del NSPD consiguieron entrar, en enero de1930, en el gobierno regional de Turingia (donde, en setiembre de 2024, por cierto, lograron la mayoría relativa con casi el 33 por 100 de los votos, aunque el “cordón sanitario” que se les opuso les impidió su acceso al gobierno del land).

    Ya que mantengo mi interés acerca de aquella República de Weimar por lo que muestra, o amenaza, en relación con la República Federal actual, leo en el último libro que sobre aquellos años ha caído en mis manos, El fracaso de la República de Weimar. Las horas fatídicas de una democracia (2025), del periodista e historiador Volker Ullrich, cómo actuaron los nazis en cuanto se instalaron en un gobierno federado, concretamente en Turingia, en 1930, y me zumban los oídos al leer que la decisión adoptada en un congreso del partido en esas mismas fechas fue “fortalecer la voluntad militar alemana” (p. 241), que ahora imita el acomplejado, torvo y (pretendidamente) democrático Merz. Ulrich se niega a admitir que el ascenso al poder de los nazis con Hitler de Canciller, en enero de 1933, fuera inevitable, y cita ocho “posibilidades” que hubo de evitarlo, a modo de “alternativas” al impetuoso y agresivo avance nazi, citando en primer lugar la falta de reacción adecuada a dos acontecimientos que excitaron la adhesión a la República: el golpe de Estado de Kapp en 1920 y el asesinato del prestigioso ministro de Exteriores, Rathenau, en 1922.


Tropas en la calle durante el golpe de Kapp (Anne Frank House).

    Fueron muy timoratas las autoridades del momento, de las que destacaba el presidente de la República, el socialdemócrata Ebert, que disponía de poderes constitucionales excepcionales y podía haber frenado en seco a los responsables.

    Ha de añadirse, a la muerte prematura de Ebert, la elección en 1925 del mariscal Hindenburg como presidente, enemigo declarado de la República y de la democracia, que a su vez representaba a lo más rancio de la aristocracia alemana (aquellos grandes propietarios agrarios “al Este del Elba”); “una elección que podría haberse evitado -dice este autor- si los comunistas hubieran superado sus diferencias”.


El mariscal Hindenburg, segundo presidente de la República de Weimar (Wikipedia).

    También se habría podido evitar la ruptura de la gran coalición en 1930, que daba estabilidad al sistema, achacable a la falta de visión y de generosidad de los partidos decisorios, lo que condujo al fin de la democracia parlamentaria. La inclusión de nazis, como ya he señalado, en el gobierno regional de Turingia ese mismo año pudo haberse evitado si los partidos democráticos se hubieran puesto de acuerdo. Al viejo presidente se le ocurrió despedir al canciller Brüning en mayo de 1932, haciendo posible el golpe de Estado de Von Papen (malvado, pero ingenuo compinche de Hitler) en Prusia y la caída de uno de los baluartes de la República, la siempre socialista Prusia. Y, finalmente, el mismo nombramiento de Hitler como canciller el 30 de enero de 1933 por Hindenburg, no era inevitable y se debió a “un oscuro juego de intrigas cuando su movimiento estaba en declive y muchas personas inteligentes ya lo daban por muerto”.

    También he leído, del historiador francés Johann Chapoutot, Irresponsables. ¿Quién llevó Hitler al poder? (2026), con un resumen de lo más claro (y alentador), en el que se opone a tantos lugares comunes como “los nazis llegaron al poder democráticamente” (falso), “a Hitler lo eligieron los alemanes” (nunca), “la crisis llevó a los nazis al poder” (falso), “los extremos/populismos acabaron con la democracia de Weimar” (falso), e incluso, para los más zoquetes, “la izquierda es la responsable de la llegada de los nazis al poder" (falso).

    Que los caminos de la Historia ni son inescrutables ni están determinados por causas o agentes concretos: no hay univocidad que valga, y se construyen día a día a partir de la actuación -sensata o irresponsable- de sus protagonistas, individuales o colectivos.

martes, 25 de agosto de 2026

Alemania avanza en la investigación por el sabotaje del Nord Stream

 

      Historiador. Japón, Alemania, prensa y propaganda. En Descifrando la Guerra.


     A pesar de que el gobierno de Friedrich Merz continúa apoyando el esfuerzo de guerra ucraniano, la policía y la justicia alemanas mantienen el curso de la investigación por el sabotaje contra los gasoductos Nord Stream. De hecho, ya hay fecha para el inicio del primer proceso judicial por este caso.


La Fiscalía alemana califica el sabotaje del Nord Stream como un crimen de guerra y prepara el primer juicio por el caso.

La investigación del Nord Stream

Desde que llegó al poder, Friedrich Merz ha mantenido un apoyo inquebrantable a Ucrania en la guerra contra Rusia.


Friedrich Merz, líder de de la Unión Demócrata Cristiana de Alemania (CDU) y primera fuerza en las elecciones alemanas de febrero de 2025.

Y, de momento, no tiene visos de que esta política vaya a cambiar. No obstante, pese al respaldo de Berlín, la policía y la justicia alemanas han mantenido la investigación contra los responsables del sabotaje de los gasoductos Nord Stream en 2022.

Recientemente se ha sabido que el fiscal general federal, Jens Rommel, ha presentado formalmente cargos contra el único sospechoso que ahora mismo se encuentra bajo custodia alemana: Serhiy Kuznetsov. Este movimiento guarda un detalle relevante desde el punto de vista jurídico, pues entraña un cambio de postura oficial.

La fiscalía ya no acusa a Serhiy Kuznetsov del cargo de "sabotaje anticonstitucional", sino de crímenes de guerra.


El sospechoso ucraniano Serhij K. y agentes de policía alemana frente al Tribunal Federal de Justicia de Karlsruhe.

En opinión de la fiscalía, el sabotaje contra las instalaciones del Nord Stream constituye un ataque contra un objetivo civil protegido por el derecho internacional humanitario. Esto supone un salto cualitativo respecto a la línea que hasta ahora habían seguido las autoridades.

Asimismo, el cambio se produce a pocos días de que dé comienzo el juicio contra Serhiy Kuznetsov, que desde 2025 se encuentra en una prisión de Alemania tras ser extraditado por Italia.

La tesis de la fiscalía es que el sabotaje fue llevado a cabo por un equipo de buzos y militares que operaban con el conocimiento y aprobación de la cúpula militar ucraniana. El entonces comandante en jefe de las Fuerzas Armadas era el general Valerii Zaluzhnyi.

Serhiy Kuznetsov afronta un escenario poco halagüeño. En caso de ser encontrado culpable y condenado, podría tener que cumplir una condena de muchos años de prisión. Pero, aún más importante, la sentencia sentaría un precedente judicial dentro del proceso que las autoridades germanas siguen contra los implicados en el sabotaje al Nord Stream.

El hecho de que la policía y la justicia mantengan la persecución de los sospechosos ha sido censurado recientemente por el primer ministro polaco, Donald Tusk, quien además señaló que “quienes construyeron este oleoducto deberían avergonzarse, no quienes lo inutilizaron”.

Una segunda detención

Las autoridades croatas han arrestado a otro de los presuntos implicados en la operación, Volodymyr Zhuravlev, ciudadano ucraniano que ya había sido detenido en Polonia. Este hecho se produjo en 2025, pero fue puesto en libertad después de que la justicia denegase su extradición a Alemania.

Se da la circunstancia de que Zhuravlev, buzo de profesión, se encontraba en Croacia como consultor en el rodaje de una película que precisamente versa sobre el sabotaje a los gasoductos Nord Stream y que, entre otras cosas, relata las acciones de Zhuravlev. El sospechoso, no obstante, se encontraba de incógnito en el país. La policía croata habría recibido un chivatazo sobre su presencia.

Las fuerzas de seguridad alemanas poseen evidencias de que Volodymyr Zhuravlev estuvo en la isla Rügen en las fechas en que se produjo el ataque. El sospechoso habría dejado su rastro por la zona tras activar un radar por exceso de velocidad.

Asimismo, fotografías de vacaciones tomadas por turistas en Rügen por esas mismas fechas y entregadas a la policía alemana habrían resultado comprometedoras para el buzo ucraniano.

Está previsto que en los próximos días Berlín solicite a Zagreb la extradición de Zhuravlev. Si esta vez la petición fuera autorizada, podría convertirse en el segundo integrante del comando de sabotaje del Nord Stream en quedar bajo custodia alemana.



Fuente: Descifrando la Guerra

martes, 23 de junio de 2026

Ucrania, Europa y la seguridad mundial

 

      Fue corresponsal de La Vanguardia en Moscú, Pekín y Berlín. Autor de varios libros; sobre el fin de la URSS, sobre la Rusia de Putin, sobre China, y un ensayo colectivo sobre la Alemania  de la eurocrisis.


El artículo del ministro de exteriores ruso que no se publicó en Bruselas


     El 19 de junio, el ministro de exteriores ruso escribió un artículo para la revista Politico-Europe, con sede en Bruselas, pero, tras una decisión de última hora del equipo editorial su publicación se canceló.


El artículo de S.V. Lavrov estaba previsto inicialmente para su publicación en la revista europea Politico Europe, pero en el último momento, por decisión de los editores, se canceló la publicación.

En el, Sergei Lavrov respondía a las resoluciones de la cumbre de las tres principales potencias europeas, Alemania, Inglaterra y Francia sobre el conflicto de Ucrania, resoluciones que describe como un ultimátum.


La guerra, que Rusia ni quiere ni ha buscado, no debe ser el futuro de Europa.


Lavrov dice que “Rusia no se opone a mantener contactos con ninguna de las partes, sin embargo consideramos que Europa es una parte empeñada en la derrota de Rusia, por lo que el diálogo con Europa no puede llevarse a cabo como si se tratara de un observador imparcial”. “El verdadero objetivo de los líderes europeos no es negociar con Rusia sino fortalecer el régimen de Zelensky y preservarlo como plataforma de lanzamiento para una confrontación continuada contra Rusia. Con esto en mente, los líderes europeos se apresuran a conseguir un alto el fuego lo antes posible y por una única razón: evitar el colapso de las Fuerzas Armadas de Ucrania en el campo de batalla”.

Si los periodistas de los medios europeos hicieran su trabajo, la posición rusa en el conflicto con la OTAN en Ucrania se conocería, pero no es el caso. La mayoría de ellos se ha puesto el uniforme de camuflaje dispuestos a servir en la cruzada bélica que se prepara. Defienden la ficción de que Ucrania está dando un vuelco a la guerra, silencian las muertes de civiles en la retaguardia rusa ocasionadas por armas fabricadas, donadas o financiadas por los países europeos que abren diariamente los informativos en Rusia y se suman a la cruzada informativa.

Los tres líderes de las principales potencias europeas, unidos por un desprestigio interno superior al 70% sin precedentes, están conduciendo a sus países a un conflicto directo con Rusia sin pensar por un momento en sus consecuencias. El rearme y la guerra son hoy el extremo recurso de cohesión de una Unión Europea ciega, dividida y en profunda crisis interna.

Autor: Sergei Lavrov

En una reunión celebrada en Londres el 7 de junio de 2026, los líderes de Gran Bretaña, Francia y Alemania, así como Vladimir Zelensky, establecieron cinco condiciones previas para que Rusia garantice una «paz justa y duradera» en Ucrania. La Europa unida presenta ahora esta lista de exigencias como base para el diálogo con Moscú.

Antecedentes

Más de dos décadas de negociaciones con Europa, como parte del Occidente colectivo, solo permiten llegar a una conclusión: entablar un diálogo con Rusia ha servido de cortina de humo diplomática para la expansión geopolítica de las instituciones occidentales —sobre todo la OTAN y la Unión Europea— hacia el este, hasta las mismas fronteras de Rusia.

La complicidad de Europa en el agravamiento de la crisis ucraniana es innegable. Junto con Estados Unidos, los países europeos orquestaron la Revolución Naranja en Kiev en 2004. Para crear una cabeza de puente antirrusa en Ucrania, pasaron años sobornando a políticos y a partidos enteros, reescribiendo la historia y los planes de estudios, cultivando y alimentando el nacionalismo ucraniano, y no escatimaron esfuerzos para alejar a Ucrania de Rusia.

En 2013, la Unión Europea rechazó de plano nuestra propuesta de compromiso sobre el acuerdo de asociación —un acuerdo que Bruselas llevaba mucho tiempo presionando a Víktor Yanukóvich para que firmara—. Vale la pena recordar que a Ucrania se le ofreció una apertura unilateral del mercado, sin compromisos recíprocos, unas condiciones que habrían resultado incompatibles con la permanencia de Kiev en la zona de libre comercio de la CEI. Cuando Víktor Yanukóvich solicitó un aplazamiento, los europeos incitaron a disturbios callejeros que se convirtieron rápidamente en un golpe de Estado en Kiev en febrero de 2014.

Alemania, Francia y Polonia demostraron entonces ser igualmente traicioneras. Tras haber garantizado que se respetaría el acuerdo alcanzado entre la oposición y Víktor Yanukóvich, se lavaron las manos en el instante en que esa misma oposición, fruto de su propia obra, tomó el poder. «La democracia», dijeron encogiéndose de hombros, «da giros inesperados».

A partir de entonces, Europa prestó su apoyo a las nuevas autoridades. En Odesa, el 2 de mayo de 2014, el hecho de que decenas de inocentes partidarios de estrechar los lazos con Rusia fueran quemados vivos no suscitó ni una sola palabra de condena por parte de las capitales europeas.

Como cogarantes de los Acuerdos de Minsk de 2015, Francia y Alemania animaron de hecho al régimen ucraniano a sabotear sus propios compromisos. Tal y como admitieron posteriormente Angela Merkel y François Hollande —una vez que la operación militar especial ya había comenzado—, la aplicación por parte de Kiev de los Acuerdos de Minsk, aprobados por unanimidad por el Consejo de Seguridad de la ONU, nunca fue una intención genuina. El objetivo, admitieron, era simplemente ganar tiempo: reforzar las Fuerzas Armadas de Ucrania e inundarlas de armamento occidental.

Rusia, por su parte, exploró todas las vías diplomáticas para calmar la crisis de seguridad en Europa. Sin embargo, en enero de 2022, Estados Unidos y la OTAN rechazaron la propuesta rusa de garantías de seguridad mutuas jurídicamente vinculantes. Los miembros europeos de la OTAN respaldaron activamente ese rechazo.

Tras el inicio de la operación militar especial, la Europa unida respaldó los esfuerzos del primer ministro británico por sabotear las negociaciones de Estambul entre Rusia y Ucrania. El llamamiento de Boris Johnson a Kiev —«no firméis nada, simplemente luchad»— cerró de golpe la puerta a una diplomacia auténtica en un futuro previsible.

Situación actual

Entonces, ¿qué ha llevado a los líderes europeos a cambiar repentinamente su retórica y empezar a hablar de negociaciones, y qué pretenden conseguir con estas declaraciones? Por ejemplo, la jefa de la diplomacia de la UE, Kaja Kallas, ha declarado que el objetivo de cualquier diálogo con Rusia es imponer las condiciones de Europa. Entre ellas se incluyen: el pago de «reparaciones» a Ucrania; la retirada de tropas de Transnistria y del Cáucaso Meridional; la derogación de la ley de «agentes extranjeros»; y la aceptación de límites estrictos al tamaño de las Fuerzas Armadas de la Federación Rusa. Según su planteamiento, «no puede haber una paz justa y duradera sin que Rusia rinda cuentas».

Durante la sesión del Consejo de Seguridad de la ONU del 19 de mayo de 2026, un representante de la UE lo dejó claro de forma inequívoca: «apoyar militarmente a Ucrania no contradice la búsqueda de la paz, sino que constituye un requisito previo fundamental para cualquier negociación creíble y de buena fe».

El plan de Europa consiste en dialogar con Rusia y, al mismo tiempo, seguir adelante con una campaña de guerra jurídica orquestada a través del Consejo de Europa. Dentro de esta organización, que en su día fue respetable, se está creando toda una infraestructura con el propósito expreso de «hacer que Rusia rinda cuentas»: un Registro de Daños, una Comisión de Reclamaciones y un Tribunal Especial.

La Unión Europea también ha dado luz verde a la detención de buques mercantes en alta mar. Ya se han producido varios incidentes en el Báltico y en el Atlántico. Al mismo tiempo, Occidente desvía cuidadosamente la mirada de los actos terroristas de sabotaje perpetrados por las Fuerzas Armadas de Ucrania en el mar Negro y el mar Mediterráneo.

El verdadero objetivo de los líderes europeos, por tanto, no es negociar con Rusia. Es fortalecer el régimen de Zelensky y preservarlo como plataforma de lanzamiento para una confrontación continuada contra Rusia. Con esto en mente, los líderes europeos se apresuran a conseguir un alto el fuego lo antes posible y por una única razón: evitar el colapso de las Fuerzas Armadas de Ucrania en el campo de batalla. El plan consiste en «congelar» el conflicto sin abordar sus causas fundamentales y, a continuación, desplegar rápidamente contingentes militares de la «coalición de voluntarios» anglo-francesa en territorio ucraniano.

Es de sobra conocido que las élites europeas han invertido su «capital político» en el enfrentamiento con Rusia, destinando cientos de miles de millones de dólares a apuntalar el régimen de Kiev y a aumentar los presupuestos militares de los Estados miembros de la UE y de la OTAN. Europa se ha fijado ahora como objetivo alcanzar la «preparación defensiva» frente a Rusia para 2030. Hasta entonces, pretenden ganar tiempo por todos los medios a su alcance. En unas declaraciones sorprendentemente sinceras realizadas este mes de abril, el jefe del Estado Mayor belga lo expresó sin rodeos: «Todavía nos quedan unos años. Gracias al valor y a la sangre de los ucranianos, que nos están ganando ese tiempo».

La Europa unida sigue soñando con la expansión. Pretende absorber a Ucrania y Moldavia, al tiempo que atrae a Armenia a su esfera de influencia. La OTAN ya se ha expandido hacia el este, incorporando a Finlandia y Suecia. En cuanto a Ucrania, se la considera cada vez más como el «puño de ataque» de una futura fuerza militar europea, independiente de Estados Unidos y de la OTAN.

Riesgos para la seguridad mundial

Esta situación plantea graves amenazas para la seguridad mundial. Un enfrentamiento directo entre la OTAN y Rusia podría derivar rápidamente en un intercambio de ataques nucleares, con consecuencias catastróficas.

Bajo la bandera de la «autonomía estratégica», Europa está siendo testigo de un importante refuerzo de sus capacidades militares, incluso en el ámbito nuclear. La intención de París de extender su «paraguas nuclear» a varios Estados miembros de la UE y de la OTAN es motivo de profunda preocupación. Esto no contribuirá en absoluto a reforzar la seguridad de la propia Francia ni la de los destinatarios de su supuesta protección.

A pesar de todo ello, la clase política y militar europea sigue atribuyendo a Rusia planes agresivos —planes que, según afirman, van mucho más allá de Ucrania—. El presidente ruso ha declarado en numerosas ocasiones que todo esto son tonterías, provocaciones y desinformación, todo ello con el único objetivo de obtener fondos presupuestarios para la lucha contra Rusia. Ese no es precisamente el clima adecuado para un diálogo sustantivo.

La posición de Rusia

En cuanto a las negociaciones, Vladímir Putin reiteró en el Foro Económico Internacional de San Petersburgo que Rusia no se opone a mantener contactos con ninguna de las partes. Sin embargo, consideramos que Europa es una parte empeñada en la derrota de Rusia —una postura que los propios europeos reconocen abiertamente—. Por lo tanto, el diálogo con Europa no puede llevarse a cabo como si se tratara de un observador imparcial.

Rusia preferiría alcanzar los objetivos de la operación militar especial por la vía diplomática. Para ello es necesario garantizar de forma fiable la seguridad a lo largo de las fronteras occidentales de Rusia y asegurar el respeto y la dignidad de nuestros ciudadanos y compatriotas, incluido el derecho a hablar su lengua materna, el ruso, y a practicar la fe cristiana ortodoxa. Una mayor expansión militar, política y económica por parte de Occidente es inaceptable: va en contra de los imperativos de un mundo multipolar.

Los líderes europeos deberían reconocer que el modelo de seguridad regional construido en Europa a lo largo de décadas, desde la adopción del Acta Final de Helsinki en 1975, ha sido destruido por sus propias manos. Y nunca se restablecerá. Ahora debemos avanzar hacia la creación de una arquitectura de seguridad a escala continental, abierta a todos los países euroasiáticos y que refleje la realidad multipolar actual.

El principio de seguridad igualitaria e indivisible, pisoteado por los euroatlantistas, puede plasmarse en una nueva arquitectura euroasiática. Cuando llegue el momento oportuno, también Europa podrá sumarse a este gran esfuerzo.

La clave es que un diálogo significativo requiere restablecer la confianza, que quedó destrozada por las acciones antirrusas de Occidente —y de Europa como parte de él— en la era posterior a la Guerra Fría. La confianza solo puede recuperarse mediante medidas concretas que demuestren un compromiso sincero de dejar de utilizar la diplomacia como tapadera para ambiciones expansionistas. La confianza no puede restablecerse, ni puede reanudarse el diálogo, mediante ultimátums como el que se lanzó a Rusia en Londres el 7 de junio de 2026.


P. D.: Cabe destacar que el ultimátum de Londres fue reafirmado de manera inequívoca por los embajadores de Gran Bretaña, Francia y Alemania en la reunión celebrada en el Ministerio de Asuntos Exteriores ruso el 11 de junio de 2026, una reunión que ellos mismos habían solicitado con tanta insistencia. Ese fue el único propósito de su visita al Ministerio.



Del blog personal de

Rafael Poch-de-Feliu

viernes, 5 de junio de 2026

Ojo al espacio Báltico, la mecha del polvorín se acorta

 

 Por Alexander Neu   
     Político y politólogo alemán.


     Entre los expertos en seguridad, la región del Báltico se considera actualmente la zona de conflicto con mayor potencial de explosión entre la OTAN y la Federación Rusa. En esta zona se concentran numerosos focos de conflicto.


La región del Mar Báltico: un polvorín subestimado.

Ya en octubre de 2025 publiqué en NachDenkSeiten un artículo sobre el foco de peligro que supone la región del Báltico Der Ostseeraum – das verkannte Pulverfass . Desde entonces, la situación en esta zona se ha agravado aún más. Hace unos días visité la región fronteriza entre Polonia y Rusia. Un silencio fantasmal, escaso tráfico transfronterizo y largos tiempos de espera. La famosa frase «la calma antes de la tormenta» me vino inmediatamente a la mente. A continuación se esbozan algunos de estos focos de conflicto.

El término «región del Mar Báltico» no debe entenderse como un espacio limitado exclusivamente al Mar Báltico, sino que debe abarcar también las zonas rurales situadas mucho más allá de la línea costera de los Estados ribereños, ya que solo así es posible abarcar todos los posibles focos de conflicto.

Datos geopolíticos

El mar Báltico se denomina Ostsee en alemán. Se trata de una masa de agua casi cerrada, con una superficie de aproximadamente 413 000 kilómetros cuadrados y una baja salinidad. La longitud de la costa es de unos 8000 kilómetros. Actualmente, con la excepción de la Federación Rusa, todos los países ribereños del Mar Báltico pertenecen a la OTAN: Dinamarca, Noruega, Suecia, Finlandia, Estonia, Letonia, Lituania, Polonia y Alemania. La propia Rusia solo dispone de dos pequeños accesos al mar, a través del enclave de Kaliningrado y de San Petersburgo. Así, unos 7.340 kilómetros de costa corresponden a los países de la OTAN y unos 660 kilómetros a Rusia.

En consecuencia, la OTAN controla alrededor del 92 % del litoral y Rusia, apenas el 8 %. El único acceso al Atlántico lo constituyen los estrechos de Dinamarca y los que separan Dinamarca de Suecia (el Gran y el Pequeño Belt y el Öresund). Dinamarca y Suecia, y por ende la OTAN, controlan también estos cuellos de botella. De hecho, en el contexto de la ampliación de la OTAN hacia el este, el mar Báltico se ha convertido en un «mar de la OTAN». El grado en que las esferas de influencia han cambiado con la ampliación de la OTAN queda patente si se tiene en cuenta que, durante la confrontación Este-Oeste, la región del mar Báltico fue, en la práctica, una zona marítima del Pacto de Varsovia liderado por la Unión Soviética. Los Estados ribereños del bloque de poder soviético eran: la RDA, Polonia y la Unión Soviética; los tres Estados bálticos —Lituania, Letonia y Estonia— formaban parte de la Unión Soviética. Así, la zona sur y este del mar Báltico estaba bajo control soviético. El norte era neutral, dada la neutralidad oficial de Finlandia y Suecia. Solo en el extremo occidental del mar Báltico, la RFA y Dinamarca limitaban con este.

El acceso estratégico a ambas costas rusas no resulta especialmente ventajoso, dada la situación actual tras el fin de la Guerra Fría y la amplia ampliación de la OTAN hacia el este.

San Petersburgo

Si bien la ubicación geográfica de San Petersburgo supuso en el pasado una ventaja estratégica, la ciudad ha caído en una trampa estratégica, como muy tarde con la ampliación de la OTAN hacia el este, que incluyó a los países bálticos y a Finlandia:

San Petersburgo se encuentra en el extremo oriental del golfo de Finlandia, que se extiende a lo largo de unos 400 kilómetros. El acceso está controlado al norte por Finlandia y al sur por Estonia, es decir, por la OTAN. La distancia entre las dos costas opuestas varía entre 40 y 120 kilómetros. Allí donde las costas opuestas del golfo de Finlandia se convierten en territorio ruso, el golfo se estrecha hasta convertirse en un canal en el que se encuentra San Petersburgo.

De este modo, el golfo de Finlandia, con las costas de la OTAN al otro lado, está sujeto en parte a los derechos de soberanía exclusivos de Finlandia y Estonia. Esto significa que hay que atravesar por mar partes del «territorio de la OTAN». En caso de guerra, es probable que se pudiera impedir por medios militares la salida de la Armada rusa del golfo de Finlandia.

La Flota del Báltico de la Federación Rusa, estacionada en gran parte en Kaliningrado, no podría, en caso de conflicto, salir del mar Báltico con una probabilidad casi segura, dados los estrechos daneses, sin que la OTAN la hundiera. En general, la situación estratégica de Kaliningrado no es más ventajosa.

La OTAN y el «reto» de Kaliningrado

El enclave de Kaliningrado es el puesto avanzado más occidental de la Federación Rusa. Se trata de un espacio de dimensiones manejables (unos 15 000 kilómetros cuadrados), separado del territorio continental ruso por Lituania. Las líneas de suministro por ferrocarril y carretera pueden ser interrumpidas por Lituania y Polonia, y las líneas de suministro por barco o avión a través de San Petersburgo también pueden ser cortadas por la OTAN. Este mero hecho hacía que la región de Kaliningrado dependiera de la buena voluntad de los países de tránsito. Sin embargo, cuando Lituania se adhirió a la OTAN y a la UE, la situación geográfica de Kaliningrado se convirtió en un «reto» para la OTAN.

«En medio» del territorio de la OTAN se encuentra un enclave ruso y, por tanto, hostil: un portaaviones insumergible. Allí también tiene su base la Flota del Báltico de la Federación Rusa. La existencia del enclave ruso supone ahora un problema para la OTAN. Solo para aclarar la cronología y, con ello, el razonamiento al que cuesta acostumbrarse: el enclave ruso de Kaliningrado existe desde 1991. Antes, toda la región era soviética. La ampliación de la OTAN a los países bálticos y, por tanto, a Lituania tuvo lugar en 2004. Y ahora la OTAN, que ha avanzado hacia el este, declara que la existencia del enclave es un problema de seguridad —una interpretación ya de por sí muy peculiar y presuntuosa: allí donde está la OTAN, los demás actores son un problema de seguridad, según esta peculiar lógica. En el contexto de la agravada situación, el comandante en jefe de EE.UU. para Europa y África, el general Christopher T. Donahue, declaró en julio de 2025 que la OTAN estaba en condiciones de destruir Kaliningrado «desde tierra en un plazo sin precedentes y más rápido de lo que jamás habíamos podido». «Ya lo hemos planificado y ya lo hemos desarrollado» (por «desarrollado» se referirá probablemente a la planificación, A. Neu) Dokumentation: US-Kommandeur zur Bedeutung von Landstreitkräften, Interoperabilität – und zu Kaliningrad – Augen geradeaus!


Comandante estadounidense diserta sobre la importancia de las fuerzas terrestres, la interoperabilidad y Kaliningrado.

Ver también: La ampliación de la guerra de Ucrania está servida y bien anunciada – Rafael Poch de Feliu

El ministro de Asuntos Exteriores lituano, Budrys, exigió recientemente en una entrevista con el NZZ, posiblemente inspirado por las declaraciones del comandante en jefe estadounidense Donahue, incluso abiertamente la necesidad de un ataque de la OTAN contra Kaliningrado:

«Tenemos que demostrar a los rusos que podemos penetrar en la pequeña fortaleza que han construido en Kaliningrado. La OTAN dispone de los medios para destruir allí las bases de defensa aérea y los sistemas de misiles rusos, si es necesario». Litauens Aussenminister Kestutis Budrys über Europa, Russland und die Nato.

Relaciones difíciles: los países bálticos y Rusia

Es sorprendente, o mejor dicho, aterrador, con qué facilidad se está provocando una guerra con Rusia. Precisamente los Estados bálticos se están distinguiendo por una actitud llamativamente belicista, como si estuvieran protegidos en todo caso por la OTAN. Los sobrevuelos de drones ucranianos por el territorio báltico en dirección a San Petersburgo y la región de Leningrado elevan las tensiones a un nuevo nivel. Desconozco si se trata «solo» de un uso tolerado o, aunque no aceptado, apenas criticado del espacio aéreo báltico por parte de los drones ucranianos, o si estos incluso despegan desde territorio báltico. Sin embargo, cabe destacar que ya sería un logro técnico asombroso desarrollar drones de largo alcance que despegaran desde Ucrania, sobrevolaran el espacio aéreo polaco y báltico y atacaran luego objetivos de infraestructura energética en el norte de Rusia. Sea como fuere, en Moscú aumenta la presión sobre el presidente Putin para que exija responsabilidades a los países bálticos por lo que, desde el punto de vista de Moscú, es un uso ucraniano de su espacio aéreo.

Desde el punto de vista del derecho internacional, cabe señalar que el estatus de neutralidad de un Estado se ve afectado por su disposición, o incluso por el mero hecho de tolerar, que su territorio —incluido el espacio aéreo— sea utilizado por fuerzas militares extranjeras, facilitando así la proyección de poder de estas o, en primer lugar, haciéndola posible. El «país anfitrión» ya no puede invocar su condición de neutralidad, ya que, de hecho, es parte beligerante, siempre que no impida el uso militar y operativo de su territorio por parte de fuerzas armadas extranjeras o no se esfuerce de manera creíble por impedirlo. Y eso parece que también se ha entendido así en la sede de la OTAN en Bruselas. De hecho, recientemente un avión de la OTAN derribó un dron ucraniano en el espacio aéreo estoniano, ya que la OTAN es plenamente consciente del inmenso riesgo de escalada.

El reconocido politólogo estadounidense y experto en Europa del Este del Quincy Institute for Responsible Statecraft, Anatol Lieven, ha publicado recientemente una llamada de alerta titulada: «Washington debe actuar para desactivar el polvorín báltico».
Washington must act to defuse the Baltic powder keg | Responsible Statecraft.


Washington debe actuar para desactivar el polvorín del Báltico.

Y también el famoso economista estadounidense Jeffrey Sachs escribió hace unos días una carta abierta al canciller federal Friedrich Merz como un llamamiento urgente a actuar para evitar una guerra europea. Esta carta se publicó en el Berliner Zeitung y merece mucho la pena leerla. La responsabilidad de Alemania – Rafael Poch de Feliu Al mismo tiempo, el 29 de mayo, el vicepresidente del Consejo de Seguridad ruso y expresidente de la Federación Rusa, Dmitri Medvedev, agravó la situación con la siguiente declaración, según la cual Europa se encuentra ahora en guerra con Rusia y las sociedades europeas no deberían sorprenderse de los golpes:«Ciudadanos de los países de la UE: debéis tener claro que vuestros gobiernos han iniciado unilateralmente una guerra con Rusia. Por lo tanto, estad alerta y no dejéis que nada os pille por sorpresa. Se acabó el sueño tranquilo. ¡Pero ya sabéis a quién debéis preguntar por qué!»

Los Estados bálticos, como países de primera línea, asumen con el rumbo actual un riesgo enorme para sí mismos y para toda Europa: son ellos quienes, en caso de guerra, probablemente serían los primeros en ser destruidos. Una mirada sobria —libre de cualquier estrechez ideológica— a un mapa de Europa del Este puede resultar útil para evaluar adecuadamente la propia situación.

A pesar de toda la comprensión por las experiencias históricas negativas de los bálticos con Moscú, hay que señalar tres hechos que los Estados bálticos también deberían tener en cuenta y asimilar para calmar los ánimos:

En primer lugar: como vecinos extremadamente pequeños y débiles, Tallin, Riga y Vilnius deberían esforzarse por lograr, como mínimo, una relación de coexistencia pacífica con Moscú, en lugar de provocar a los rusos a la menor ocasión y arrastrar así a la OTAN y, en particular, a los europeos a una guerra contra Rusia. A esto hay que añadir que, como mínimo, es dudoso que Estados Unidos entrara realmente en una guerra mundial por los países bálticos. Y es más incierto que seguro que los países europeos de la OTAN —con la excepción de Alemania, Polonia y, posiblemente, el Reino Unido y Francia— se atreverían, al menos de forma unánime, a dar ese paso desastroso. Los paralelismos históricos son evidentes: Polonia también había confiado en 1939 en el apoyo de París y Londres, y luego fue abandonada. Aparte de las declaraciones formales de guerra de Francia y Gran Bretaña el 3 de septiembre contra la Alemania fascista, se hizo muy poco en lo que respecta a la guerra material: Polonia se quedó, literalmente, sola en casa.

En segundo lugar: también los tres Estados bálticos tienen una historia de colaboración poco gloriosa con la Alemania hitleriana durante la Segunda Guerra Mundial. Hasta hoy se rinde homenaje y se honra a los veteranos bálticos del nazismo. Esto debería suscitar preguntas también en Europa Occidental, en lugar de cerrar los ojos ante la nostalgia nazi. ¿Qué visión de la historia se difunde así también en la UE? A esto se suma que la legislación sobre ciudadanía y lenguas en Letonia y Estonia margina a las minorías rusas que viven allí en lugar de integrarlas. Una política de integración hábil dejaría sin fundamento, al menos en el Báltico, el argumento de Moscú de querer proteger a los rusos en el extranjero, en caso de duda, incluso por la fuerza.

En tercer lugar: a pesar de todos los temores —ya sean fundados o simulados— de una nueva invasión rusa, no hay que olvidar que la Unión Soviética retiró sus fuerzas de seguridad en 1990/91 de los países bálticos, hasta entonces bajo dominio soviético, y también, en los años siguientes, de todos los antiguos «países hermanos» de Europa del Este. Esta medida podría haber sido acogida de forma constructiva por parte de los bálticos, es decir, tendiendo la mano a Moscú para la reconciliación; al menos, habría merecido la pena intentarlo.

Corredor de Suwalki

El corredor de Suwalki describe el espacio geográfico entre Bielorrusia y el enclave de Kaliningrado y se extiende a lo largo de unos 100 kilómetros. Los dos Estados miembros de la OTAN, Polonia y Lituania, limitan entre sí en esta zona. El término «corredor de Suwalki» deriva de la ciudad polaca de Suwalki, situada en esa zona. Los expertos en seguridad parten de la base de que, en caso de conflicto, Rusia intentaría cerrar la brecha de Suwalki, es decir, establecer la conexión terrestre entre el enclave de Kaliningrado y la aliada Bielorrusia, con el fin de asegurar así la conexión logística con Kaliningrado. Si Rusia cerrara ese corredor, ello supondría, lógicamente, la creación de un nuevo «corredor de Suwalki», es decir, la separación geográfica entre Lituania y Polonia. De este modo, quedaría cortada la conexión terrestre entre los Estados bálticos de la OTAN y el resto de los Estados europeos de la OTAN. Para ambas partes, la brecha de Suwalki, en cualquiera de sus dos versiones, es una opción poco aceptable desde el punto de vista estratégico.

En vista de ello, solo una desmilitarización verbal y material de la región, así como una conexión de transporte sin obstáculos por ferrocarril y carretera entre Bielorrusia/Rusia y el enclave de Kaliningrado, pueden crear una cierta estabilidad mínima, tal vez incluso una normalidad de buena vecindad.

La «flota fantasma rusa» en el mar Báltico

La UE o la OTAN, o bien determinados Estados miembros de la UE o de la OTAN, se esfuerzan por detener (capturar) la denominada «flota fantasma» rusa o incluso por bloquear el acceso de estos buques al mar Báltico (bloqueo marítimo). (Sobre la cuestión jurídica de la «flota fantasma», véase aquí: Der Ostseeraum – das verkannte Pulverfass ).Con ello, ya no se estaría actuando en una zona gris del Derecho internacional, sino de forma claramente ilegal. De hecho, supondría una violación flagrante del Derecho internacional. La libertad de navegación (artículos 17, 58, 87 y 90 de la Convención sobre el Derecho del Mar), un valor fundamental en el Derecho internacional, quedaría suspendida. Es más: supondría una violación del principio de no uso de la fuerza de la Carta de las Naciones Unidas (artículo 2, apartado 4), ya que los buques que navegan bajo pabellón ruso tienen nacionalidad rusa (art. 91 de la Convención sobre el Derecho del Mar). La parte rusa estaría entonces facultada para reaccionar en consecuencia y ya ha amenazado con tomar medidas preventivas Russland Sagt, Dass Jeder Dänische Schritt Zur Einschränkung Der Navigationsfreiheit… | MarketScreener Deutschland . De hecho, en los últimos tiempos se han capturado repetidamente buques mercantes que navegan bajo pabellón ruso, incluso en el mar Báltico. Mientras tanto, Rusia refuerza la protección de su flota mercante, entre otras cosas, con buques de escolta de la Flota del Báltico y demostraciones de fuerza de la Fuerza Aérea Rusa. El potencial de escalada es enorme.

Un bloqueo marítimo del mar Báltico en el estrecho danés para los buques rusos o un bloqueo marítimo frente a Kaliningrado o San Petersburgo sería el casus belli definitivo. Una ausencia de reacción militar solo sería concebible si Rusia renunciara a su soberanía. La doctrina nuclear actualizada de la Federación Rusa ha formulado respuestas al respecto.

Conclusión

El riesgo de que estalle este polvorín debe considerarse igualmente elevado en todos los casos mencionados. Independientemente de cuál sea el punto caliente que estalle primero, todos los demás le seguirían inmediatamente, ya que todos ellos no son más que piezas de un rompecabezas que forma parte de un panorama general: la guerra por el reordenamiento mundial de principios del siglo XXI.

Las élites decisorias europeas deben despertar a su responsabilidad para con sus pueblos y redescubrir la diplomacia, en lugar de caminar sonámbulas hacia la guerra guiadas por una ética de convicciones. Este camino carece de legitimidad democrática.



Del blog personal de

Rafael Poch-de-Feliu