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martes, 23 de junio de 2026

Ucrania, Europa y la seguridad mundial

 

      Fue corresponsal de La Vanguardia en Moscú, Pekín y Berlín. Autor de varios libros; sobre el fin de la URSS, sobre la Rusia de Putin, sobre China, y un ensayo colectivo sobre la Alemania  de la eurocrisis.


El artículo del ministro de exteriores ruso que no se publicó en Bruselas


     El 19 de junio, el ministro de exteriores ruso escribió un artículo para la revista Politico-Europe, con sede en Bruselas, pero, tras una decisión de última hora del equipo editorial su publicación se canceló.


El artículo de S.V. Lavrov estaba previsto inicialmente para su publicación en la revista europea Politico Europe, pero en el último momento, por decisión de los editores, se canceló la publicación.

En el, Sergei Lavrov respondía a las resoluciones de la cumbre de las tres principales potencias europeas, Alemania, Inglaterra y Francia sobre el conflicto de Ucrania, resoluciones que describe como un ultimátum.


La guerra, que Rusia ni quiere ni ha buscado, no debe ser el futuro de Europa.


Lavrov dice que “Rusia no se opone a mantener contactos con ninguna de las partes, sin embargo consideramos que Europa es una parte empeñada en la derrota de Rusia, por lo que el diálogo con Europa no puede llevarse a cabo como si se tratara de un observador imparcial”. “El verdadero objetivo de los líderes europeos no es negociar con Rusia sino fortalecer el régimen de Zelensky y preservarlo como plataforma de lanzamiento para una confrontación continuada contra Rusia. Con esto en mente, los líderes europeos se apresuran a conseguir un alto el fuego lo antes posible y por una única razón: evitar el colapso de las Fuerzas Armadas de Ucrania en el campo de batalla”.

Si los periodistas de los medios europeos hicieran su trabajo, la posición rusa en el conflicto con la OTAN en Ucrania se conocería, pero no es el caso. La mayoría de ellos se ha puesto el uniforme de camuflaje dispuestos a servir en la cruzada bélica que se prepara. Defienden la ficción de que Ucrania está dando un vuelco a la guerra, silencian las muertes de civiles en la retaguardia rusa ocasionadas por armas fabricadas, donadas o financiadas por los países europeos que abren diariamente los informativos en Rusia y se suman a la cruzada informativa.

Los tres líderes de las principales potencias europeas, unidos por un desprestigio interno superior al 70% sin precedentes, están conduciendo a sus países a un conflicto directo con Rusia sin pensar por un momento en sus consecuencias. El rearme y la guerra son hoy el extremo recurso de cohesión de una Unión Europea ciega, dividida y en profunda crisis interna.

Autor: Sergei Lavrov

En una reunión celebrada en Londres el 7 de junio de 2026, los líderes de Gran Bretaña, Francia y Alemania, así como Vladimir Zelensky, establecieron cinco condiciones previas para que Rusia garantice una «paz justa y duradera» en Ucrania. La Europa unida presenta ahora esta lista de exigencias como base para el diálogo con Moscú.

Antecedentes

Más de dos décadas de negociaciones con Europa, como parte del Occidente colectivo, solo permiten llegar a una conclusión: entablar un diálogo con Rusia ha servido de cortina de humo diplomática para la expansión geopolítica de las instituciones occidentales —sobre todo la OTAN y la Unión Europea— hacia el este, hasta las mismas fronteras de Rusia.

La complicidad de Europa en el agravamiento de la crisis ucraniana es innegable. Junto con Estados Unidos, los países europeos orquestaron la Revolución Naranja en Kiev en 2004. Para crear una cabeza de puente antirrusa en Ucrania, pasaron años sobornando a políticos y a partidos enteros, reescribiendo la historia y los planes de estudios, cultivando y alimentando el nacionalismo ucraniano, y no escatimaron esfuerzos para alejar a Ucrania de Rusia.

En 2013, la Unión Europea rechazó de plano nuestra propuesta de compromiso sobre el acuerdo de asociación —un acuerdo que Bruselas llevaba mucho tiempo presionando a Víktor Yanukóvich para que firmara—. Vale la pena recordar que a Ucrania se le ofreció una apertura unilateral del mercado, sin compromisos recíprocos, unas condiciones que habrían resultado incompatibles con la permanencia de Kiev en la zona de libre comercio de la CEI. Cuando Víktor Yanukóvich solicitó un aplazamiento, los europeos incitaron a disturbios callejeros que se convirtieron rápidamente en un golpe de Estado en Kiev en febrero de 2014.

Alemania, Francia y Polonia demostraron entonces ser igualmente traicioneras. Tras haber garantizado que se respetaría el acuerdo alcanzado entre la oposición y Víktor Yanukóvich, se lavaron las manos en el instante en que esa misma oposición, fruto de su propia obra, tomó el poder. «La democracia», dijeron encogiéndose de hombros, «da giros inesperados».

A partir de entonces, Europa prestó su apoyo a las nuevas autoridades. En Odesa, el 2 de mayo de 2014, el hecho de que decenas de inocentes partidarios de estrechar los lazos con Rusia fueran quemados vivos no suscitó ni una sola palabra de condena por parte de las capitales europeas.

Como cogarantes de los Acuerdos de Minsk de 2015, Francia y Alemania animaron de hecho al régimen ucraniano a sabotear sus propios compromisos. Tal y como admitieron posteriormente Angela Merkel y François Hollande —una vez que la operación militar especial ya había comenzado—, la aplicación por parte de Kiev de los Acuerdos de Minsk, aprobados por unanimidad por el Consejo de Seguridad de la ONU, nunca fue una intención genuina. El objetivo, admitieron, era simplemente ganar tiempo: reforzar las Fuerzas Armadas de Ucrania e inundarlas de armamento occidental.

Rusia, por su parte, exploró todas las vías diplomáticas para calmar la crisis de seguridad en Europa. Sin embargo, en enero de 2022, Estados Unidos y la OTAN rechazaron la propuesta rusa de garantías de seguridad mutuas jurídicamente vinculantes. Los miembros europeos de la OTAN respaldaron activamente ese rechazo.

Tras el inicio de la operación militar especial, la Europa unida respaldó los esfuerzos del primer ministro británico por sabotear las negociaciones de Estambul entre Rusia y Ucrania. El llamamiento de Boris Johnson a Kiev —«no firméis nada, simplemente luchad»— cerró de golpe la puerta a una diplomacia auténtica en un futuro previsible.

Situación actual

Entonces, ¿qué ha llevado a los líderes europeos a cambiar repentinamente su retórica y empezar a hablar de negociaciones, y qué pretenden conseguir con estas declaraciones? Por ejemplo, la jefa de la diplomacia de la UE, Kaja Kallas, ha declarado que el objetivo de cualquier diálogo con Rusia es imponer las condiciones de Europa. Entre ellas se incluyen: el pago de «reparaciones» a Ucrania; la retirada de tropas de Transnistria y del Cáucaso Meridional; la derogación de la ley de «agentes extranjeros»; y la aceptación de límites estrictos al tamaño de las Fuerzas Armadas de la Federación Rusa. Según su planteamiento, «no puede haber una paz justa y duradera sin que Rusia rinda cuentas».

Durante la sesión del Consejo de Seguridad de la ONU del 19 de mayo de 2026, un representante de la UE lo dejó claro de forma inequívoca: «apoyar militarmente a Ucrania no contradice la búsqueda de la paz, sino que constituye un requisito previo fundamental para cualquier negociación creíble y de buena fe».

El plan de Europa consiste en dialogar con Rusia y, al mismo tiempo, seguir adelante con una campaña de guerra jurídica orquestada a través del Consejo de Europa. Dentro de esta organización, que en su día fue respetable, se está creando toda una infraestructura con el propósito expreso de «hacer que Rusia rinda cuentas»: un Registro de Daños, una Comisión de Reclamaciones y un Tribunal Especial.

La Unión Europea también ha dado luz verde a la detención de buques mercantes en alta mar. Ya se han producido varios incidentes en el Báltico y en el Atlántico. Al mismo tiempo, Occidente desvía cuidadosamente la mirada de los actos terroristas de sabotaje perpetrados por las Fuerzas Armadas de Ucrania en el mar Negro y el mar Mediterráneo.

El verdadero objetivo de los líderes europeos, por tanto, no es negociar con Rusia. Es fortalecer el régimen de Zelensky y preservarlo como plataforma de lanzamiento para una confrontación continuada contra Rusia. Con esto en mente, los líderes europeos se apresuran a conseguir un alto el fuego lo antes posible y por una única razón: evitar el colapso de las Fuerzas Armadas de Ucrania en el campo de batalla. El plan consiste en «congelar» el conflicto sin abordar sus causas fundamentales y, a continuación, desplegar rápidamente contingentes militares de la «coalición de voluntarios» anglo-francesa en territorio ucraniano.

Es de sobra conocido que las élites europeas han invertido su «capital político» en el enfrentamiento con Rusia, destinando cientos de miles de millones de dólares a apuntalar el régimen de Kiev y a aumentar los presupuestos militares de los Estados miembros de la UE y de la OTAN. Europa se ha fijado ahora como objetivo alcanzar la «preparación defensiva» frente a Rusia para 2030. Hasta entonces, pretenden ganar tiempo por todos los medios a su alcance. En unas declaraciones sorprendentemente sinceras realizadas este mes de abril, el jefe del Estado Mayor belga lo expresó sin rodeos: «Todavía nos quedan unos años. Gracias al valor y a la sangre de los ucranianos, que nos están ganando ese tiempo».

La Europa unida sigue soñando con la expansión. Pretende absorber a Ucrania y Moldavia, al tiempo que atrae a Armenia a su esfera de influencia. La OTAN ya se ha expandido hacia el este, incorporando a Finlandia y Suecia. En cuanto a Ucrania, se la considera cada vez más como el «puño de ataque» de una futura fuerza militar europea, independiente de Estados Unidos y de la OTAN.

Riesgos para la seguridad mundial

Esta situación plantea graves amenazas para la seguridad mundial. Un enfrentamiento directo entre la OTAN y Rusia podría derivar rápidamente en un intercambio de ataques nucleares, con consecuencias catastróficas.

Bajo la bandera de la «autonomía estratégica», Europa está siendo testigo de un importante refuerzo de sus capacidades militares, incluso en el ámbito nuclear. La intención de París de extender su «paraguas nuclear» a varios Estados miembros de la UE y de la OTAN es motivo de profunda preocupación. Esto no contribuirá en absoluto a reforzar la seguridad de la propia Francia ni la de los destinatarios de su supuesta protección.

A pesar de todo ello, la clase política y militar europea sigue atribuyendo a Rusia planes agresivos —planes que, según afirman, van mucho más allá de Ucrania—. El presidente ruso ha declarado en numerosas ocasiones que todo esto son tonterías, provocaciones y desinformación, todo ello con el único objetivo de obtener fondos presupuestarios para la lucha contra Rusia. Ese no es precisamente el clima adecuado para un diálogo sustantivo.

La posición de Rusia

En cuanto a las negociaciones, Vladímir Putin reiteró en el Foro Económico Internacional de San Petersburgo que Rusia no se opone a mantener contactos con ninguna de las partes. Sin embargo, consideramos que Europa es una parte empeñada en la derrota de Rusia —una postura que los propios europeos reconocen abiertamente—. Por lo tanto, el diálogo con Europa no puede llevarse a cabo como si se tratara de un observador imparcial.

Rusia preferiría alcanzar los objetivos de la operación militar especial por la vía diplomática. Para ello es necesario garantizar de forma fiable la seguridad a lo largo de las fronteras occidentales de Rusia y asegurar el respeto y la dignidad de nuestros ciudadanos y compatriotas, incluido el derecho a hablar su lengua materna, el ruso, y a practicar la fe cristiana ortodoxa. Una mayor expansión militar, política y económica por parte de Occidente es inaceptable: va en contra de los imperativos de un mundo multipolar.

Los líderes europeos deberían reconocer que el modelo de seguridad regional construido en Europa a lo largo de décadas, desde la adopción del Acta Final de Helsinki en 1975, ha sido destruido por sus propias manos. Y nunca se restablecerá. Ahora debemos avanzar hacia la creación de una arquitectura de seguridad a escala continental, abierta a todos los países euroasiáticos y que refleje la realidad multipolar actual.

El principio de seguridad igualitaria e indivisible, pisoteado por los euroatlantistas, puede plasmarse en una nueva arquitectura euroasiática. Cuando llegue el momento oportuno, también Europa podrá sumarse a este gran esfuerzo.

La clave es que un diálogo significativo requiere restablecer la confianza, que quedó destrozada por las acciones antirrusas de Occidente —y de Europa como parte de él— en la era posterior a la Guerra Fría. La confianza solo puede recuperarse mediante medidas concretas que demuestren un compromiso sincero de dejar de utilizar la diplomacia como tapadera para ambiciones expansionistas. La confianza no puede restablecerse, ni puede reanudarse el diálogo, mediante ultimátums como el que se lanzó a Rusia en Londres el 7 de junio de 2026.


P. D.: Cabe destacar que el ultimátum de Londres fue reafirmado de manera inequívoca por los embajadores de Gran Bretaña, Francia y Alemania en la reunión celebrada en el Ministerio de Asuntos Exteriores ruso el 11 de junio de 2026, una reunión que ellos mismos habían solicitado con tanta insistencia. Ese fue el único propósito de su visita al Ministerio.



Del blog personal de

Rafael Poch-de-Feliu

viernes, 5 de junio de 2026

Ojo al espacio Báltico, la mecha del polvorín se acorta

 

 Por Alexander Neu   
     Político y politólogo alemán.


     Entre los expertos en seguridad, la región del Báltico se considera actualmente la zona de conflicto con mayor potencial de explosión entre la OTAN y la Federación Rusa. En esta zona se concentran numerosos focos de conflicto.


La región del Mar Báltico: un polvorín subestimado.

Ya en octubre de 2025 publiqué en NachDenkSeiten un artículo sobre el foco de peligro que supone la región del Báltico Der Ostseeraum – das verkannte Pulverfass . Desde entonces, la situación en esta zona se ha agravado aún más. Hace unos días visité la región fronteriza entre Polonia y Rusia. Un silencio fantasmal, escaso tráfico transfronterizo y largos tiempos de espera. La famosa frase «la calma antes de la tormenta» me vino inmediatamente a la mente. A continuación se esbozan algunos de estos focos de conflicto.

El término «región del Mar Báltico» no debe entenderse como un espacio limitado exclusivamente al Mar Báltico, sino que debe abarcar también las zonas rurales situadas mucho más allá de la línea costera de los Estados ribereños, ya que solo así es posible abarcar todos los posibles focos de conflicto.

Datos geopolíticos

El mar Báltico se denomina Ostsee en alemán. Se trata de una masa de agua casi cerrada, con una superficie de aproximadamente 413 000 kilómetros cuadrados y una baja salinidad. La longitud de la costa es de unos 8000 kilómetros. Actualmente, con la excepción de la Federación Rusa, todos los países ribereños del Mar Báltico pertenecen a la OTAN: Dinamarca, Noruega, Suecia, Finlandia, Estonia, Letonia, Lituania, Polonia y Alemania. La propia Rusia solo dispone de dos pequeños accesos al mar, a través del enclave de Kaliningrado y de San Petersburgo. Así, unos 7.340 kilómetros de costa corresponden a los países de la OTAN y unos 660 kilómetros a Rusia.

En consecuencia, la OTAN controla alrededor del 92 % del litoral y Rusia, apenas el 8 %. El único acceso al Atlántico lo constituyen los estrechos de Dinamarca y los que separan Dinamarca de Suecia (el Gran y el Pequeño Belt y el Öresund). Dinamarca y Suecia, y por ende la OTAN, controlan también estos cuellos de botella. De hecho, en el contexto de la ampliación de la OTAN hacia el este, el mar Báltico se ha convertido en un «mar de la OTAN». El grado en que las esferas de influencia han cambiado con la ampliación de la OTAN queda patente si se tiene en cuenta que, durante la confrontación Este-Oeste, la región del mar Báltico fue, en la práctica, una zona marítima del Pacto de Varsovia liderado por la Unión Soviética. Los Estados ribereños del bloque de poder soviético eran: la RDA, Polonia y la Unión Soviética; los tres Estados bálticos —Lituania, Letonia y Estonia— formaban parte de la Unión Soviética. Así, la zona sur y este del mar Báltico estaba bajo control soviético. El norte era neutral, dada la neutralidad oficial de Finlandia y Suecia. Solo en el extremo occidental del mar Báltico, la RFA y Dinamarca limitaban con este.

El acceso estratégico a ambas costas rusas no resulta especialmente ventajoso, dada la situación actual tras el fin de la Guerra Fría y la amplia ampliación de la OTAN hacia el este.

San Petersburgo

Si bien la ubicación geográfica de San Petersburgo supuso en el pasado una ventaja estratégica, la ciudad ha caído en una trampa estratégica, como muy tarde con la ampliación de la OTAN hacia el este, que incluyó a los países bálticos y a Finlandia:

San Petersburgo se encuentra en el extremo oriental del golfo de Finlandia, que se extiende a lo largo de unos 400 kilómetros. El acceso está controlado al norte por Finlandia y al sur por Estonia, es decir, por la OTAN. La distancia entre las dos costas opuestas varía entre 40 y 120 kilómetros. Allí donde las costas opuestas del golfo de Finlandia se convierten en territorio ruso, el golfo se estrecha hasta convertirse en un canal en el que se encuentra San Petersburgo.

De este modo, el golfo de Finlandia, con las costas de la OTAN al otro lado, está sujeto en parte a los derechos de soberanía exclusivos de Finlandia y Estonia. Esto significa que hay que atravesar por mar partes del «territorio de la OTAN». En caso de guerra, es probable que se pudiera impedir por medios militares la salida de la Armada rusa del golfo de Finlandia.

La Flota del Báltico de la Federación Rusa, estacionada en gran parte en Kaliningrado, no podría, en caso de conflicto, salir del mar Báltico con una probabilidad casi segura, dados los estrechos daneses, sin que la OTAN la hundiera. En general, la situación estratégica de Kaliningrado no es más ventajosa.

La OTAN y el «reto» de Kaliningrado

El enclave de Kaliningrado es el puesto avanzado más occidental de la Federación Rusa. Se trata de un espacio de dimensiones manejables (unos 15 000 kilómetros cuadrados), separado del territorio continental ruso por Lituania. Las líneas de suministro por ferrocarril y carretera pueden ser interrumpidas por Lituania y Polonia, y las líneas de suministro por barco o avión a través de San Petersburgo también pueden ser cortadas por la OTAN. Este mero hecho hacía que la región de Kaliningrado dependiera de la buena voluntad de los países de tránsito. Sin embargo, cuando Lituania se adhirió a la OTAN y a la UE, la situación geográfica de Kaliningrado se convirtió en un «reto» para la OTAN.

«En medio» del territorio de la OTAN se encuentra un enclave ruso y, por tanto, hostil: un portaaviones insumergible. Allí también tiene su base la Flota del Báltico de la Federación Rusa. La existencia del enclave ruso supone ahora un problema para la OTAN. Solo para aclarar la cronología y, con ello, el razonamiento al que cuesta acostumbrarse: el enclave ruso de Kaliningrado existe desde 1991. Antes, toda la región era soviética. La ampliación de la OTAN a los países bálticos y, por tanto, a Lituania tuvo lugar en 2004. Y ahora la OTAN, que ha avanzado hacia el este, declara que la existencia del enclave es un problema de seguridad —una interpretación ya de por sí muy peculiar y presuntuosa: allí donde está la OTAN, los demás actores son un problema de seguridad, según esta peculiar lógica. En el contexto de la agravada situación, el comandante en jefe de EE.UU. para Europa y África, el general Christopher T. Donahue, declaró en julio de 2025 que la OTAN estaba en condiciones de destruir Kaliningrado «desde tierra en un plazo sin precedentes y más rápido de lo que jamás habíamos podido». «Ya lo hemos planificado y ya lo hemos desarrollado» (por «desarrollado» se referirá probablemente a la planificación, A. Neu) Dokumentation: US-Kommandeur zur Bedeutung von Landstreitkräften, Interoperabilität – und zu Kaliningrad – Augen geradeaus!


Comandante estadounidense diserta sobre la importancia de las fuerzas terrestres, la interoperabilidad y Kaliningrado.

Ver también: La ampliación de la guerra de Ucrania está servida y bien anunciada – Rafael Poch de Feliu

El ministro de Asuntos Exteriores lituano, Budrys, exigió recientemente en una entrevista con el NZZ, posiblemente inspirado por las declaraciones del comandante en jefe estadounidense Donahue, incluso abiertamente la necesidad de un ataque de la OTAN contra Kaliningrado:

«Tenemos que demostrar a los rusos que podemos penetrar en la pequeña fortaleza que han construido en Kaliningrado. La OTAN dispone de los medios para destruir allí las bases de defensa aérea y los sistemas de misiles rusos, si es necesario». Litauens Aussenminister Kestutis Budrys über Europa, Russland und die Nato.

Relaciones difíciles: los países bálticos y Rusia

Es sorprendente, o mejor dicho, aterrador, con qué facilidad se está provocando una guerra con Rusia. Precisamente los Estados bálticos se están distinguiendo por una actitud llamativamente belicista, como si estuvieran protegidos en todo caso por la OTAN. Los sobrevuelos de drones ucranianos por el territorio báltico en dirección a San Petersburgo y la región de Leningrado elevan las tensiones a un nuevo nivel. Desconozco si se trata «solo» de un uso tolerado o, aunque no aceptado, apenas criticado del espacio aéreo báltico por parte de los drones ucranianos, o si estos incluso despegan desde territorio báltico. Sin embargo, cabe destacar que ya sería un logro técnico asombroso desarrollar drones de largo alcance que despegaran desde Ucrania, sobrevolaran el espacio aéreo polaco y báltico y atacaran luego objetivos de infraestructura energética en el norte de Rusia. Sea como fuere, en Moscú aumenta la presión sobre el presidente Putin para que exija responsabilidades a los países bálticos por lo que, desde el punto de vista de Moscú, es un uso ucraniano de su espacio aéreo.

Desde el punto de vista del derecho internacional, cabe señalar que el estatus de neutralidad de un Estado se ve afectado por su disposición, o incluso por el mero hecho de tolerar, que su territorio —incluido el espacio aéreo— sea utilizado por fuerzas militares extranjeras, facilitando así la proyección de poder de estas o, en primer lugar, haciéndola posible. El «país anfitrión» ya no puede invocar su condición de neutralidad, ya que, de hecho, es parte beligerante, siempre que no impida el uso militar y operativo de su territorio por parte de fuerzas armadas extranjeras o no se esfuerce de manera creíble por impedirlo. Y eso parece que también se ha entendido así en la sede de la OTAN en Bruselas. De hecho, recientemente un avión de la OTAN derribó un dron ucraniano en el espacio aéreo estoniano, ya que la OTAN es plenamente consciente del inmenso riesgo de escalada.

El reconocido politólogo estadounidense y experto en Europa del Este del Quincy Institute for Responsible Statecraft, Anatol Lieven, ha publicado recientemente una llamada de alerta titulada: «Washington debe actuar para desactivar el polvorín báltico».
Washington must act to defuse the Baltic powder keg | Responsible Statecraft.


Washington debe actuar para desactivar el polvorín del Báltico.

Y también el famoso economista estadounidense Jeffrey Sachs escribió hace unos días una carta abierta al canciller federal Friedrich Merz como un llamamiento urgente a actuar para evitar una guerra europea. Esta carta se publicó en el Berliner Zeitung y merece mucho la pena leerla. La responsabilidad de Alemania – Rafael Poch de Feliu Al mismo tiempo, el 29 de mayo, el vicepresidente del Consejo de Seguridad ruso y expresidente de la Federación Rusa, Dmitri Medvedev, agravó la situación con la siguiente declaración, según la cual Europa se encuentra ahora en guerra con Rusia y las sociedades europeas no deberían sorprenderse de los golpes:«Ciudadanos de los países de la UE: debéis tener claro que vuestros gobiernos han iniciado unilateralmente una guerra con Rusia. Por lo tanto, estad alerta y no dejéis que nada os pille por sorpresa. Se acabó el sueño tranquilo. ¡Pero ya sabéis a quién debéis preguntar por qué!»

Los Estados bálticos, como países de primera línea, asumen con el rumbo actual un riesgo enorme para sí mismos y para toda Europa: son ellos quienes, en caso de guerra, probablemente serían los primeros en ser destruidos. Una mirada sobria —libre de cualquier estrechez ideológica— a un mapa de Europa del Este puede resultar útil para evaluar adecuadamente la propia situación.

A pesar de toda la comprensión por las experiencias históricas negativas de los bálticos con Moscú, hay que señalar tres hechos que los Estados bálticos también deberían tener en cuenta y asimilar para calmar los ánimos:

En primer lugar: como vecinos extremadamente pequeños y débiles, Tallin, Riga y Vilnius deberían esforzarse por lograr, como mínimo, una relación de coexistencia pacífica con Moscú, en lugar de provocar a los rusos a la menor ocasión y arrastrar así a la OTAN y, en particular, a los europeos a una guerra contra Rusia. A esto hay que añadir que, como mínimo, es dudoso que Estados Unidos entrara realmente en una guerra mundial por los países bálticos. Y es más incierto que seguro que los países europeos de la OTAN —con la excepción de Alemania, Polonia y, posiblemente, el Reino Unido y Francia— se atreverían, al menos de forma unánime, a dar ese paso desastroso. Los paralelismos históricos son evidentes: Polonia también había confiado en 1939 en el apoyo de París y Londres, y luego fue abandonada. Aparte de las declaraciones formales de guerra de Francia y Gran Bretaña el 3 de septiembre contra la Alemania fascista, se hizo muy poco en lo que respecta a la guerra material: Polonia se quedó, literalmente, sola en casa.

En segundo lugar: también los tres Estados bálticos tienen una historia de colaboración poco gloriosa con la Alemania hitleriana durante la Segunda Guerra Mundial. Hasta hoy se rinde homenaje y se honra a los veteranos bálticos del nazismo. Esto debería suscitar preguntas también en Europa Occidental, en lugar de cerrar los ojos ante la nostalgia nazi. ¿Qué visión de la historia se difunde así también en la UE? A esto se suma que la legislación sobre ciudadanía y lenguas en Letonia y Estonia margina a las minorías rusas que viven allí en lugar de integrarlas. Una política de integración hábil dejaría sin fundamento, al menos en el Báltico, el argumento de Moscú de querer proteger a los rusos en el extranjero, en caso de duda, incluso por la fuerza.

En tercer lugar: a pesar de todos los temores —ya sean fundados o simulados— de una nueva invasión rusa, no hay que olvidar que la Unión Soviética retiró sus fuerzas de seguridad en 1990/91 de los países bálticos, hasta entonces bajo dominio soviético, y también, en los años siguientes, de todos los antiguos «países hermanos» de Europa del Este. Esta medida podría haber sido acogida de forma constructiva por parte de los bálticos, es decir, tendiendo la mano a Moscú para la reconciliación; al menos, habría merecido la pena intentarlo.

Corredor de Suwalki

El corredor de Suwalki describe el espacio geográfico entre Bielorrusia y el enclave de Kaliningrado y se extiende a lo largo de unos 100 kilómetros. Los dos Estados miembros de la OTAN, Polonia y Lituania, limitan entre sí en esta zona. El término «corredor de Suwalki» deriva de la ciudad polaca de Suwalki, situada en esa zona. Los expertos en seguridad parten de la base de que, en caso de conflicto, Rusia intentaría cerrar la brecha de Suwalki, es decir, establecer la conexión terrestre entre el enclave de Kaliningrado y la aliada Bielorrusia, con el fin de asegurar así la conexión logística con Kaliningrado. Si Rusia cerrara ese corredor, ello supondría, lógicamente, la creación de un nuevo «corredor de Suwalki», es decir, la separación geográfica entre Lituania y Polonia. De este modo, quedaría cortada la conexión terrestre entre los Estados bálticos de la OTAN y el resto de los Estados europeos de la OTAN. Para ambas partes, la brecha de Suwalki, en cualquiera de sus dos versiones, es una opción poco aceptable desde el punto de vista estratégico.

En vista de ello, solo una desmilitarización verbal y material de la región, así como una conexión de transporte sin obstáculos por ferrocarril y carretera entre Bielorrusia/Rusia y el enclave de Kaliningrado, pueden crear una cierta estabilidad mínima, tal vez incluso una normalidad de buena vecindad.

La «flota fantasma rusa» en el mar Báltico

La UE o la OTAN, o bien determinados Estados miembros de la UE o de la OTAN, se esfuerzan por detener (capturar) la denominada «flota fantasma» rusa o incluso por bloquear el acceso de estos buques al mar Báltico (bloqueo marítimo). (Sobre la cuestión jurídica de la «flota fantasma», véase aquí: Der Ostseeraum – das verkannte Pulverfass ).Con ello, ya no se estaría actuando en una zona gris del Derecho internacional, sino de forma claramente ilegal. De hecho, supondría una violación flagrante del Derecho internacional. La libertad de navegación (artículos 17, 58, 87 y 90 de la Convención sobre el Derecho del Mar), un valor fundamental en el Derecho internacional, quedaría suspendida. Es más: supondría una violación del principio de no uso de la fuerza de la Carta de las Naciones Unidas (artículo 2, apartado 4), ya que los buques que navegan bajo pabellón ruso tienen nacionalidad rusa (art. 91 de la Convención sobre el Derecho del Mar). La parte rusa estaría entonces facultada para reaccionar en consecuencia y ya ha amenazado con tomar medidas preventivas Russland Sagt, Dass Jeder Dänische Schritt Zur Einschränkung Der Navigationsfreiheit… | MarketScreener Deutschland . De hecho, en los últimos tiempos se han capturado repetidamente buques mercantes que navegan bajo pabellón ruso, incluso en el mar Báltico. Mientras tanto, Rusia refuerza la protección de su flota mercante, entre otras cosas, con buques de escolta de la Flota del Báltico y demostraciones de fuerza de la Fuerza Aérea Rusa. El potencial de escalada es enorme.

Un bloqueo marítimo del mar Báltico en el estrecho danés para los buques rusos o un bloqueo marítimo frente a Kaliningrado o San Petersburgo sería el casus belli definitivo. Una ausencia de reacción militar solo sería concebible si Rusia renunciara a su soberanía. La doctrina nuclear actualizada de la Federación Rusa ha formulado respuestas al respecto.

Conclusión

El riesgo de que estalle este polvorín debe considerarse igualmente elevado en todos los casos mencionados. Independientemente de cuál sea el punto caliente que estalle primero, todos los demás le seguirían inmediatamente, ya que todos ellos no son más que piezas de un rompecabezas que forma parte de un panorama general: la guerra por el reordenamiento mundial de principios del siglo XXI.

Las élites decisorias europeas deben despertar a su responsabilidad para con sus pueblos y redescubrir la diplomacia, en lugar de caminar sonámbulas hacia la guerra guiadas por una ética de convicciones. Este camino carece de legitimidad democrática.



Del blog personal de

Rafael Poch-de-Feliu

martes, 19 de mayo de 2026

Este año la guerra podría extenderse en Europa

 

      Fue corresponsal de La Vanguardia en Moscú, Pekín y Berlín. Autor de varios libros; sobre el fin de la URSS, sobre la Rusia de Putin, sobre China, y un ensayo colectivo sobre la Alemania  de la eurocrisis.



Pronto podría haber un ultimátum de Moscú a los europeos, especialmente los alemanes. La situación es mucho más peligrosa que durante las tensiones de la guerra fría, pero en Europa no hay conciencia de ello


Portada de Der Spiegel.


     Hace ocho meses dijimos que Europa no podía seguir ignorando las advertencias rusas.Europa no puede seguir ignorando las advertencias rusas – Rafael Poch de Feliu.


«Todos contra Rusia»

Ahora esas advertencias se están haciendo mucho más agudas. Señalan claramente que la guerra de la OTAN contra Rusia por Ucrania podría extenderse este año e implicar directamente a los europeos, especialmente a los alemanes. Pronto podría haber un ultimátum de Moscú a los europeos. ¿Se confirma entonces la histeria de la “amenaza rusa” que la Unión Europea proclama? Obviamente es así como lo interpretan y lo interpretarán los memos con piñón fijo de Berlín, Bruselas, Londres y París, así como su lamentable ejército de propagandistas que nos están llevando de la oreja a una guerra.

La “amenaza rusa” no es más que un recurso para conjurar la propia desintegración de la Unión Europea y justificar el rearme. Cuando muchas cosas se están resquebrajando, la amenaza exterior de ese maligno enemigo es importante como elemento de cohesión de un club europeo cada vez más desestructurado internamente y mas irrelevante en el mundo. Eso está claro. Pero para lo que aquí nos importa la “amenaza rusa” también es otra cosa: una profecía autocumplida, una creencia falsa en su origen pero que contribuye y alimenta su realización.

Puedes meterle el dedo en el ojo a tu perro o a tu gato y anunciar al mismo tiempo que te va a pegar un mordisco o un zarpazo, con la seguridad de que al final eso es precisamente lo que te ocurrirá.

Es lo que pasó con la desastrosa invasión rusa de Ucrania de febrero de 2022, que el establishment occidental siempre acompaña del adjetivo “unprovoked”, “no provocada” – significativamente ausente, dicho sea de paso, de la guerra contra Irán. Hoy la gente informada y no cegada por la demonización de lo ruso, ya sabe que en 2022 Moscú llevaba mas de treinta años reclamando aquella “arquitectura de seguridad colectiva europea” que se prometió a la URSS de Gorbachov. 

Sabe que todas las “lineas rojas” que Rusia formuló en materia de ampliación de la OTAN fueron ignoradas una tras otra.


El oso ruso se defiende

Quienes vivimos aquello en primera linea – e informamos sobre ello de la forma más clara y directa posible teniendo en cuenta la corrupción estructural de nuestros medios – recordamos la boba sonrisa del Secretario General de la OTAN, Javier Solana, diciendo en Moscú que la oposición rusa a la ampliación carecía de sentido “porque la guerra fría se acabó” y “ya no somos enemigos”. Los generalotes rusos (y no solo ellos, también muchos expertos y estrategas occidentales de primera fila ) se regían por algo mucho más real y concreto. Se trata de aquella máxima del Canciller Bismarck según la cual “lo que importa no son las intenciones, sino las capacidades”. ¿Qué quiere decir esto? Bueno, pues que si tienes a un tipo que te está apuntando con un revolver y que al mismo tiempo te está diciendo que no tiene la menor intención de dispararte, lo que cuenta es el revólver que te apunta y no lo que el tipo dice. Así de elemental.

Primero fue Europa Central, luego Europa Oriental, el Báltico y el Mar Negro. Entretanto hubo una guerra para inducir la disolución de la anomalía yugoslava y comprobar la necesidad de la OTAN con una “guerra humanitaria”. Se llegó a la instalación de baterías antimisiles en Polonia y Rumanía “contra Irán” (que no disponía de tal capacidad), baterías que podían cargarse con misiles nucleares capaces de anular la disuasión nuclear rusa, y así se llegó a la invitación de que Ucrania ingresase en el bloque militar contra Rusia (2008), lo que la mayoría de los ucranianos rechazaban. Siguió el cambio de régimen en Kíev, una mezcla de revuelta etnonacionalista de una parte de los ucranianos y de golpe de estado, ambos inducidos por Occidente. Siguió la respuesta de consolación rusa de la ilegal anexión de Crimea, con el apoyo de la inmensa mayoría de la población afectada. Hubo una revuelta popular contra el nuevo gobierno prooccidental de Kiev en el este y el sur de Ucrania que careció de apoyo significativo de Moscú, por lo menos en los primeros tres o cuatro meses y que fue respondida con la utilización del ejército ucraniano bajo la forma de “operación antiterrorista”. Desde entonces y hasta la “no provocada” invasión rusa hubo incumplimiento de acuerdos, mala fe occidental (reconocida años después por el presidente de Francia y la Canciller de Alemania) y una masiva financiación y preparación militar de la OTAN a Ucrania, con gran papel de la CIA, de su homólogo británico MI-6 que apuntaba claramente a una intervención militar contra el rebelde Donbas, ahora si con presencia militar rusa significativa, y a una reconquista militar de Crimea, documentada en acuerdos bilaterales de Kíev con Estados Unidos. Solo entonces Rusia invadió.

Ahora ocurre exactamente lo mismo.

Todo el mundo reconoce que Rusia no solo lucha en 2026 contra Ucrania, sino también, y sobre todo, contra la OTAN. Aunque ha transferido a los europeos el grueso de la carga y “negocie” con el Kremlin (también “negociaba” con Irán), Estados Unidos sigue siendo un país beligerante y decisivo en esa guerra contra Rusia. El conflicto ha traspasado todas las líneas rojas de lo que durante la guerra fría se habría considerado un peligro extremo. Recordemos como el Presidente Biden decía en marzo de 2022 que no se podía suministrar tanques y aviones a Ucrania “porque eso desencadenaría la Tercera Guerra Mundial”. Bueno, ya se ha hecho mucho más que eso:

-Se han atacado recursos estratégicos de la disuasión nuclear rusa: radares de alerta temprana, bases de bombarderos estratégicos.

-Se ha atacado una residencia del Presidente Putin en Nóvgorod, lo que trae ecos del asesinato de Jamenei en Irán, encubierto por los mismos fulleros, Witkof y Kushner, que negocian con el Kremlin. Desconfiar de tal negociación es puro sentido común.

-Se ha invadido territorio ruso en la región de Kursk.

-Generales de Estados Unidos con mando en la OTAN se han jactado de que disponen de capacidad para tomar el enclave ruso de Kaliningrado desde tierra en un tiempo récord. (General Christopher Donahue, comandante del Ejército de EE.UU. en Europa y África y de las fuerzas terrestres de la OTAN el pasado julio).

-Hay un goteo semanal de víctimas civiles rusas, de las que en Occidente apenas se informa, a diferencia de las ucranianas sin duda mucho más numerosas.

-Hay atentados personales en ciudades rusas contra generales en sus domicilios, con coches bomba (cuatro de ellos muertos), periodistas y diputados (por lo menos cuatro o cinco) e indiscriminados contra objetivos civiles (dos trenes, objetivos en ciudades lejos del frente, etc.)

-En el mar ha habido atentados contra cargueros rusos y se les acosa con frecuencia.

-Y todo esto se hace con armas, información de inteligencia, satélites, etc., de Estados Unidos, Inglaterra, la CIA (algo reconocido por el The New York Times, entre otros), el MI-6, etc.

En 2026 Europa ya está en pie de guerra contra Rusia, con una Alemania demente en primer lugar que está demostrando no haber entendido nada de su propia historia Alemania vuelve a las andadas – Rafael Poch de Feliu.

Oficialmente Berlín quiere transformar el Bundeswehr en «el ejército convencional más fuerte de Europa» para 2035, y en una fuerza «tecnológicamente superior» para 2039. (Atención a esto: a cien años del inicio alemán de la Segunda Guerra Mundial en Europa).

El documento oficial alemán sobre estrategia militar divulgado el 22 de abril declara que Rusia es «la amenaza más grave e inmediata» para la seguridad europea. La semana pasada el ministro alemán de defensa, Pistorius, confirmó en Kíev, seis proyectos conjuntos de armamento que “son solo el principio”. En abril, Zelensky y el canciller Merz firmaron en Berlín la «Declaración sobre asociación estratégica entre Alemania y Ucrania» que contempla la producción conjunta de drones de largo alcance en Alemania. La producción de armas para Ucrania ya es una realidad paneuropea; Alemania, Inglaterra, Dinamarca… Hasta la España de Sánchez ha firmado alguna cosa en esa materia con Ucrania.

En este contexto, la guerra de drones ha supuesto un revés para Rusia. Si hace unos meses parecía que lo que queda del Donbas controlado por Kíev caería en sus manos en unos pocos meses, los drones han detenido el lento avance. No es el primer revés temporal que sufre el ejército ruso en esta guerra, ni tampoco la primera vez que tomando sus deseos por realidad muchos vuelven a dar por hecha la “derrota” de Rusia. Pero lo que aquí importa es otra cosa: que la suma de todo esto está calentando los ánimos en Rusia.

Desde hace varios meses hay una fuerte presión en Moscú para que el Kremlin pase a lo que se llama una “disuasión activa”, es decir para que ataque, especialmente a Alemania, antes de que sea demasiado tarde. Se está diciendo lo mismo que Putin dijo en su discurso de aquel febrero de 2022 al anunciar la invasión de Ucrania a los rusos: “si no los detenemos ahora, la situación será peor dentro de unos años”. Pero ahora se trata de los europeos. Igual que antes de la invasión, también ahora se amenaza con “medidas técnico-militares” (esa fue la fórmula que se empleaba en vísperas de la invasión). “Los que participan en el ataque contra nosotros serán objetivo militar”, se dice. El ministerio de Defensa ruso ha publicado una lista de instalaciones industriales alemanas y europeas que participan en la guerra contra Rusia fabricando recursos de largo alcance. Hay que aclarar que no se trata de “invadir” territorio de la UE, sino de pararle los pies al actual belicismo europeo con una acción militar preventiva. Se puede estar de acuerdo o no, pero lo que no se puede es ignorar la realidad de esa peligrosa advertencia.

Los términos de las advertencias rusas de ahora son inequívocos. Hasta en la televisión rusa se reprocha a Putin falta de decisión, de momento sin nombrarlo (Eso es nuevo). Igual que hace cuatro años, esas advertencias son ignoradas hoy. Veamos algunos ejemplos recientes:

Dmitri Medvedev, vicepresidente del Consejo de Seguridad nacional, el 6 de mayo: “solo un miedo bestial a sufrir daños inaceptables impedirá que Alemania y la Europa Unida lancen otro ataque contra Rusia”. (Naturalmente con lo de “otro ataque” se refiere al de junio de 1941 de la Alemania nazi).

Sergei Lavrov, ministro de asuntos exteriores: «Se nos ha declarado abiertamente la guerra. El régimen de Kiev está siendo utilizado como punta de lanza. Sin embargo, todo el mundo es consciente de que esta punta es inutilizable sin los suministros occidentales de armas, datos de inteligencia, sistemas de satélites, entrenamiento de personal militar y mucho más».

Sergei Karaganov, Presidente honorifico del principal think tank del Kremlin, el 10 de mayo: “Un país que desencadenó dos guerras mundiales y se ha hecho culpable de genocidio no tiene derecho a tener el «ejército más fuerte de Europa» y mucho menos a poseer armas de destrucción masiva. Si aspirara a ello, los ciudadanos alemanes deberían comprender que su patria sería destruida para que nunca más surja una amenaza para la paz desde suelo alemán” (…) “Pronto estaremos en condiciones de lanzarles un ultimátum si siguen comportándose de esta manera”. (Esto hay que cotejarlo con la declaración de Putin ante la prensa rusa del mismo día en la que el Presidente dijo que “la guerra en Ucrania está entrando en su fase final”, lo que junto a los informes sobre una próxima “ofensiva de verano” rusa puede interpretarse de diversas maneras).

Karaganov, que el año pasado ya consiguió endurecer la doctrina nuclear rusa, propone ahora lo siguiente: (Y atención a esto):

Primero atacar con armas convencionales instalaciones clave de países europeos que participan en la guerra contra Rusia. Si no reaccionan, atacar luego con armas nucleares”. Si no funciona, «algún país europeo tendrá que desaparecer».«Cuando hace tres años dije estas cosas, era una minoría”, dice Karaganov, ahora ya es la voz de la mayoría entre los militares y en la sociedad». Sergey Karaganov: How Russia Will Win the New World War

Este intelectual orgánico del Kremlin, que no es su voz pero es influyente, propone enmendar la doctrina nuclear de nuevo, primero contemplando el uso de armas nucleares si un grupo de países más fuertes en lo económico y tecnológico atacan a Rusia con armas convencionales. Y segundo, y lo más sorprendente, que Putin delegue el poder de uso del arma nuclear al general responsable del frente occidental europeo, lo que contiene una velada insinuación de incapacidad o flojera presidencial.

Como dice el analista alemán Alexander Neu ¿Putin bajo presión? – Rafael Poch de Feliu , al principio se trataba de las peticiones de unos pocos expertos. Ahora parece que hay presión por parte de la sociedad rusa y del aparato de seguridad para “que se haga algo contra Europa». En otras palabras: Putin se ve presionado a actuar, y a hacerlo muy pronto. La guerra podría extenderse al resto de Europa ya en 2026. Y Alemania se considera ahora el enemigo número uno de Rusia. Lo que uno se pregunta es ¿por qué los periodistas occidentales en Moscú no informan sobre esto?

A quienes dicen que después de todo también Rusia hace cosas terribles en Ucrania – lo que es completamente cierto – y que Ucrania tiene derecho a defenderse (y por cierto, en el Donbas también hay una Ucrania rusófila con derecho a defenderse) hay que explicarles que en el mundo real de la dialéctica entre potencias lo que importa es que una superpotencia nuclear está siendo desafiada por sus adversarios europeos y americanos a través de Ucrania con la pretensión de inflingirle una “derrota estratégica”. ¿Han perdido la razón? ¿Es que no entienden que cuanto más éxito tengan en ese propósito, más peligrosa se hará la situación?

Lo que hay que preguntarse, como dice Neu, es si los dirigentes de la mayor potencia nuclear del mundo aceptarían una derrota en el terreno militar convencional, con las exigencias de los europeos que se desprenden de ello, es decir si se resignarían a la pérdida de su estatus de gran potencia y a la posible desintegración de la Federación Rusa, sin recurrir a un ataque nuclear para evitarla.

La situación es mucho más peligrosa que durante las tensiones de la guerra fría, pero en Europa no hay conciencia de ello.


Del blog personal de

Rafael Poch-de-Feliu

domingo, 8 de febrero de 2026

Franco Delle Donne: “La epidemia ultra ofrece una sociedad que nunca existió y añora lo que nunca fue”

 

 Por Pablo Elorduy   
      Integrante del colectivo fundador de El Salto.

El investigador Franco Delle Donne ha estudiado las múltiples formas en las que la extrema derecha está imponiendo una visión del mundo. En esta entrevista repasa el auge de estos partidos y de las ideas que los sostienen

     No es un accidente que Franco Delle Donne (Buenos Aires, 1983) haya elegido el concepto de epidemia para desarrollar sus tesis sobre el crecimiento de la extrema derecha. Igual que una enfermedad, las ideas racistas, xenófobas, machistas y lgtbifóbicas no habitan un solo cuerpo sino que tienen la misión de extenderse incluso allí donde parecía que las defensas eran fuertes. Como señala el autor de Epidemia ultra (Península 2025), no se trata solo de que partidos como Vox obtengan buenos resultados, sino de que sus postulados se extiendana derecha e izquierda. En esta entrevista, Delle Donne, plantea estrategias para cauterizar esa epidemia, además de un análisis quirúrgico del estado de desarrollo de la misma.



Franco Delle Donne es autor de 'Epidemia ultra'.

Reseñas una fecha que es la llegada a la segunda vuelta de las presidenciales francesas de Jean-Marie LePen en Francia a principios de siglo. Me parece importante también que en esa misma campaña Chirac ya empieza a hablar de la migración en parecidos términos a los de la extrema derecha. Habla en términos despectivos del olor, de la música, del ruido, de las comunidades africanas, argelinas, etc. de Francia. La pregunta es si ya estaba ese huevo de la serpiente instalado en las democracias liberales.

Está claro que, para algunos políticos, para algunos partidos no necesariamente de ultraderecha, esa narrativa estaba latente. Lo que no sé si la tenían lo suficientemente incorporada y estructurada en su retórica para instrumentalizarla como sí lo ha hecho la ultraderecha. Y en algún punto lo que vemos es que esto que vos marcas de lo que pasó con Chirac empieza a ser una de las estrategias que eligen algunos partidos para intentar neutralizar a este fenómeno.

¿De qué manera?

Si retrocedemos unos años, en los años 80 y 90, surgieron algunos partidos similares a AfD en Alemania –Die Republikaner, por ejemplo– que tenían una retórica muy parecida contra los refugiados o las personas migrantes, gente que llegaba de la antigua Yugoslavia a Alemania. Había mucha violencia y aparecían estos partidos que también marcaban el descontento, especialmente en el Este que era una parte nueva de Alemania en los 90, pero también en Baviera, entre algunos sectores pudientes, porque la variable socioeconómica no necesariamente lo explica todo. En ese momento, el canciller era Helmut Kohl de la Unión Demócrata Cristiana (CDU), y se desarrolló una estrategia de neutralización de estos partidos a partir de la incorporación a la agenda de sus demandas. Entonces, se genera una ley mucho más estricta respecto a la migración, a la cuestión de los refugiados. En esa época Franz-Josef Strauss, que era uno de los jefes más importantes que tuvo la CSU, que es el partido hermano de la Democracia Cristiana, dijo: “No debe haber nunca ningún partido legitimado democráticamente a la derecha de la CSU”. Eso se mantuvo durante mucho tiempo hasta la aparición de AfD. Eso significaba que cualquier partido que surgía con esas ideas sufría los efectos de esta estrategia, que funcionaba entre comillas, porque habrá que ver después qué significa que uno asuma la agenda de los partidos ultras.


Alice Weidel preside hoy la oposición parlamentaria en Alemania.

¿Por qué funcionó entonces y ya no funciona?

Creo que el éxito de esa estrategia tenía que ver con que los filtros de los medios de comunicación impedían que cualquier discurso se volviera muy masivo rápidamente. Se generaba ese límite. Cuando aparecen las redes sociales y se horizontaliza la comunicación, cuando no hace falta el medio de comunicación para generar un discurso más masivo, muchas de estas ultraderechas tienen la oportunidad de ir más allá. No considero condición suficiente las redes sociales, pero son un elemento bastante importante.

¿Hasta qué punto esa pérdida de poder de los de los medios clásicos está influyendo en esta epidemia ultra?

No podemos decir que sin el rol de esos medios esto no hubiese pasado. Eso es un contrafáctico. Pero sí veo que había menos espacio; por una cuestión lógica: de tiempo en la radio, tiempo en la tele o espacio físico en el periódico. Había una selección de información y tal vez una relación mucho más cercana con los partidos establecidos. Influye quizá que había una cultura política en los medios de comunicación no tan cercana a buscar el clic, ese “a ver qué barbaridad van a decir” para recibir más impacto. Alguna vez he entrevistado a una de las jefas de redacción que tuvo Der Spiegel, se llama Melanie Amman. Es una periodista a la que mandaron a cubrir a AfD cuando nació en 2013. De todo lo que vio de 2013 hasta 2021, ella destacó el rol que habían jugado los medios de altavoces de la ultraderecha y el error que habían cometido. Un poco por ser naíf, por negligencia, otro poco también con intencionalidad, sabiendo lo que estaban haciendo en algún punto, pero siempre con esa búsqueda de publicar la siguiente barbaridad que dicen para generar más impacto.

¿Cómo crece ese impacto?

No solamente se trata de la aparición de redes sociales, sino que también aparecen otros medios. Medios militantes, activistas, que muchas veces están financiados por los partidos de ultraderecha, que promueven estas ideas, estas narrativas y disfrazan de noticias, de información, de datos, de estudios, las posturas ideológicas de estos partidos. Para mucha gente es una fuente de información alternativa y ante la desconfianza que pueden llegar a generar los medios de comunicación tradicionales, fogoneado por el discurso de la prensa miente —con todas las críticas que le puede hacer la prensa— aparecen estos medios nuevos, ocupando ese espacio y ofreciendo un menú de narrativas cercanas a la ultraderecha que alimentan a una cierta porción del electorado, ávido de leer más sobre las cosas con las que ya estaban de acuerdo previamente: ese es el sesgo de confirmación.

¿Es posible hoy en día que una derecha no xenófoba tenga un buen resultado electoral en el continente europeo?

En el año 2021, le pregunté a un profesor alemán cómo de posible era que AfD llegara al gobierno. Su respuesta fue “A mí la verdad es que eso ahora es lo que menos me preocupa. Lo que más me preocupa es que las ideas de AfD lleguen al gobierno”. En tanto los partidos mainstream —incluyendo, no solamente el centroderecha sino el centroizquierda— también incorporan en su agenda los mismos postulados y las supuestas políticas públicas de un partido de ultraderecha; por ejemplo, restringir inmigración, lo que vemos es que en la agenda política y en la forma de gobernar está incluida la visión del mundo que tiene esos partidos de ultraderecha. Con lo cual termina siendo una victoria para esos partidos, aunque no estén en el poder.

¿Cómo afecta la epidemia ultra a los partidos en su conjunto?

Hoy en día me cuesta ver partidos, o elementos dentro de todos los partidos, que no propongan que si hay desigualdad, si te va mal en la vida, si no llegas a fin de mes será porque está este otro social, el migrante. Hemos pasado de la época de que ese fuera un discurso marginal, y estaban ahí con su cinco, seis, 7%, a decir bueno, “esto es un proyecto de país, que se podría votar o no”, y ahora ya estamos en la fase en la cual mucha gente lo ha votado, están en el gobierno o condicionan gobiernos. Esa agenda ha penetrado en las agendas de los propios partidos que en teoría luchan contra esa forma de ver el mundo. La socialdemocracia danesa es el ejemplo de la incorporación de ese discurso en otros espectros distintos al centroderecha.

¿Cómo pasó esa infección en la izquierda?

Ellos plantean un “cambio de paradigma”, que llaman así, para alcanzar un pacto multipartito. Casi todos los partidos acordaron que el problema de Dinamarca es la migración y que eso hay que cambiarlo de determinada manera. Esa era básicamente la agenda que proponía la ultraderecha. En Alemania hemos visto el surgimiento de lo que llaman izquierda rojiparda. Partidos o líderes que se desprenden de lo que sería la izquierda comunista y que empezaron a decir que en todos los temas económicos, en la redistribución del ingreso eran de izquierda, pero que en el tema migratorio, tendríamos que pensar una política un poco distinta. También en el tema de discusiones sociales sobre lo woke se ha aceptado esa agenda de la ultraderecha.


Sahra Wagenknecht fundó su propia Alianza Sahra Wagenknecht – por la Razón y la Justicia -(BSW).

En el libro mencionas la idea del etno Estado como el último paraíso soñado de la extrema derecha. Eso ha sido fundamental para las victorias electorales de Donald Trump en Estados Unidos. ¿Cuál es ese poder de seducción que tiene?

Eso es uno de los elementos principales de cómo la ultraderecha construye la idea de identidad, una identidad asociada a “pertenecer a”, a ser alguien. Al mismo tiempo permite legitimar una visión xenófoba: si hay un nosotros, hay un otro, hay un “ellos” que no debería estar aquí, estar contaminando esa identidad, quitándole esa “pureza” que según la visión de la ultraderecha es inmutable, tiene unas características que no van a cambiar y que nunca han cambiado. No cabe duda de que esa idea de pureza es totalmente imposible de sostener bajo ningún punto de vista. Cuando discutes un poco sobre ese tema o escuchas lo que dicen, es fácil encontrar las contradicciones.

¿Como cuáles?

La idea del etnoestado blanco tiene que ver directamente con las ideas del supremacismo y el nacionalismo blanco. Uno de sus líderes fue Richard Spencer, aunque ahora ha perdido un poco de relevancia. Spencer planteaba que los blancos son los verdaderos habitantes originarios de EEUU, los nativos americanos y que deben tener este espacio que no esté contaminado por otros. Cuando se le señalaba que los autóctonos de EEUU son los pueblos indígenas, él decía “me refiero a la herencia europea”. Te das cuenta entonces de lo paradójico de que se acepte ese tipo de movimiento migratorio sin ningún tipo de argumento. Spencer intentaba ponerse a la altura de estos intelectuales tipo Alain de Benoist y plantear por qué es necesario un etno estado blanco e incluso porque es “mejor” para otras razas, como la negra. Pero, como te decía, creo que los elementos claves para entender por qué funciona están en que ofrece una suerte de seguridad para ciertos miedos que existen en sectores de la población.

¿Una seguridad de qué tipo?

Es una seguridad ficticia, una construcción inventada. Es esa famosa Arcadia que también menciono en el libro, donde supuestamente, bajo esas determinadas condiciones, todos estaríamos mucho mejor, viviríamos en armonía y no habría conflictos. Se genera un gran eufemismo: lo que hace X cantidad de tiempo podría ser racismo ahora se transforma en una suerte de autodefensa respecto de lo que ellos consideran que pueden dañar la armonía. Esa es una de las claves también para entender esta epidemia ultra actualmente, y es que han logrado comunicar de manera mucho más efectiva, y transformar, insisto, estos componentes muy negativos como puede ser racismo, xenofobia en, entre comillas, expresiones positivas: “En realidad estoy defendiendo mi identidad, en realidad estoy cuidando a los míos; en realidad yo quiero que vos te quedes en tu lugar, porque así tu identidad también queda inmaculada”. De eso se trata el etnopluralismo.

¿Qué ha seducido de todo esto a Silicon Valley desde el punto de vista ideológico?

Cuando lees a Peter Thiel encuentras una coincidencia de la esencia de cómo ven la democracia unos y otros. En el año 2009, Thiel publica un artículo en Cato Unbound, en el que defiende que la democracia y la libertad no son compatibles. Él cree que, a partir de la universalización del voto, el mundo ha caído en una decadencia interminable. Thiel escribe que, desde que las mujeres pueden votar y los beneficiarios del Estado de bienestar también, el Estado se ocupa de cosas de las que no tendría que ocuparse. De ahí viene el gasto que no sirve, de ahí viene la malversación, de ahí viene la decadencia económica y por consiguiente, según él, la decadencia moral. Ves cómo llega al mismo punto que la alt right desde otros postulados. Hace 20 años escribía: hay que evadir eso, hay que liberarse del Estado, construir donde el Estado no llegue. Incluso llegando al extremo de fundar una ciudad en una isla o un estado en una isla, construyamos otro tipo de sociedad donde la democracia no sea la que la que rija.


La educación de un libertario.

¿Cómo ha evolucionado ese programa?

Thiel planteaba en ese artículo que tal vez la solución a todo esto es la tecnología, que la tecnología puede suplantar a la política. Él defiende que la política no es la solución a ninguno de los problemas. Y no cree que haya que convencer a la gente de eso: lo que hay que hacer es desarrollar tecnologías para que esto cambie y punto. Y con Palantir, muchos años después, pareciera que está llegando a ese objetivo. Y ahí es donde veo que estas ideas de Silicon Valley, que después se traducen en un compendio si quieres teórico —aunque podemos discutir bastante hasta qué punto eso tiene valor intelectual— encajan muy bien con esta visión. El concepto de ilustración oscura lo desarrolla un bloguero Mencius Moldbug [Curtis Yarvin], que es un ingeniero informático en Silicon Valley, es tiene un impacto, lo toma el filósofo inglés Nick Land y le da un poco más de fuerza a esa teoría, y el pensamiento libertario lo incorpora también. Y es esta idea básica de que no nos hacen falta Estados, necesitamos corporaciones, no nos hacen falta presidentes ni políticos, sino gerentes, CEOs y dueños de estados que por ser dueños del Estado tienen mucho más interés en cuidarlo.





¿Cómo imaginan esas construcciones políticas?

En este caso no se trata de Estados, sino de corporaciones, porciones territoriales, o ciudades-Estado. Defienden que funciona mucho mejor que con políticos que a los cuatro años se van, están de inquilinos. Y plantean una idea de “en tanto y en cuanto yo estoy conforme, voy a mantenerme viviendo en esa ciudad, y no hace falta pagar impuestos, sino pagar por los servicios que recibo”. Y como ese CEO va a estar ahí dando todo al máximo, va a funcionar todo tan bien que los individuos van a estar muy contentos. Y en caso de no estar contentos, en lugar de votar a otro gobierno porque ahí no se podría votar según esa visión, lo que haría sería votar con los pies, que básicamente es hacer maletas e irse.

Migrar.

Migrar, sí. Qué eufemismo tan potente. Volviendo a la pregunta inicial, creo que ahí aparece esa  conexión con la ultraderecha. Además hay una visión del mundo ya en un estadio diferente, a través de teorías como el transhumanismo y demás cuestiones.

Hasta qué punto ha sido Trump el rompeolas de todas estas tendencias de las que estábamos hablando?

Trump es un eje, una bisagra fundamental para entender ese último paso de la fase de la normalización hacia la que estamos viviendo ahora de la epidemia ultra. Él termina de mostrar qué pasa cuando este tipo de partidos llegan al poder. Más allá de que ya teníamos a Orbán en Hungría, habíamos tenido a los hermanos Kaczynski con Ley y Justicia en Polonia, teníamos a Meloni ya desde hace tres años, Bukele en El Salvador, Milei, Bolsonaro… Donald Trump te lo muestra al extremo. Primero porque es el presidente del país más poderoso del mundo desde muchos puntos de vista, pero también porque pareciera no tener ningún reparo en llevar eso adelante, incluso hasta contradiciendo a sus propias bases.

¿En qué sentido?

Hay una discusión muy fuerte ahora dentro del movimiento Maga, que es profundamente paleoconservador en el sentido de lo contrario al neoconservador “a lo Reagan”, que apuesta por exportar la democracia por la fuerza si es necesario. Los paleoconservadores defienden la idea de una “América para los americanos”, el aislacionismo. De pronto Trump empieza estas incursiones en diferentes lugares del mundo. Bombardeo de Irán; lo que pasó en enero con Venezuela. Escuchaba hace pocos días que Steve Bannon decía en su podcast que Trump se está equivocando, que ese no es el camino hacia el Make America Great Again. En realidad, si bien nosotros podemos caracterizar esta epidemia ultra y podemos mostrar cómo funciona y estos elementos de ideología, también hay que señalar que existen contradicciones internas y falta de coherencia dentro de ese pensamiento.




Has hablado de la política imperial de Trump, alejada del aislacionismo. ¿Qué papel juega la “Junta de la Paz” presentada en Davos durante el pasado mes de enero?

Con la Junta de la Paz intenta establecerse como gran líder global, discutir la visión liberal que representaría Europa Occidental. Quiere proponerse como el que decide cuáles son las reglas del nuevo consenso que vamos a tener en el mundo. La gran preocupación es que en muchos polos de poder, debido a la inacción o a la falta de reacción, no está asimilado que estamos en una nueva era. Como que en cualquier momento esto volverá a ser como era hace un par de meses. Y me parece que ya no hay vuelta atrás, que lo que se rompió no se va a poder reparar.

Sabemos que el fascismo europeo del siglo XX se nutrió de veteranos y no estamos en ese escenario, por lo menos en el mundo occidental. Las filas de la extrema derecha las forman gente que ha podido perder expectativas vitales, pero no ha perdido un brazo o media cara, como pasó en la después de la Primera Guerra Mundial.

Hay muchas diferencias, efectivamente, entre estas dos épocas. Tal vez lo que habría que entender es el contexto: la República de Weimar era crisis económica, hiperinflación, inestabilidad política máxima —hubo 13 gobiernos en 13 años en Alemania—. Hay que sumar una promesa rota: en esa época se había vivido el impacto de la modernidad, el descubrimiento de que todos los avances técnicos se usaban para matarse los unos a los otros de manera masiva. Con ese cóctel lo que viene es el fascismo. Primero, porque es una ideología revolucionaria que cambia de base todo; es más brutal y ejerce la violencia política de una manera muy clara como herramienta para controlar el poder. Podríamos discutir ahora si estamos en un punto más cercano al fascismo, un post fascismo, pero está claro que estas derechas radicales, al menos las que abordo en el libro, han tenido un crecimiento mucho más progresivo, mucho más lento. No fue una revolución. No llegaron, tomaron el poder y de pronto vivimos en una sociedad fascista. Partiendo de esa base y de esas diferencias, tal vez podemos trazar algunas, algunas coincidencias o algunos paralelismos sin necesidad de decir que revivimos la misma época.

¿Cuáles?

Por ejemplo, las promesas rotas. En el año 89 cae el Muro de Berlín y de pronto el liberalismo como teoría política, no solamente el aspecto económico, gana. No hay más comunismo, el fascismo ha sido derrotado después de la Segunda Guerra Mundial, la monarquía absoluta tampoco existe como en siglos anteriores, con lo cual llega el fin de la historia, como escribió Francis Fukuyama. Aquello se correspondía con la idea de que lo que nos esperaba a partir de entonces es progreso y bienestar para siempre, que era una cuestión de tiempo que fuésemos a ser todos muy felices. Eso fue a principios de los 90 y en el año 2008 llega la crisis financiera internacional. Nos damos cuenta de pronto de que hay marginalidad, hay exclusión, hay mucha gente que trabaja todo el día, como nos explicaban que había que hacer, y no llega a fin de mes, no puede acceder a una vivienda. No, esa situación no era lo que nos habían contado y no había tampoco explicación para eso. No voy a generalizar, pero la mayor parte de las élites políticas con el poder de hacer cambios para revertir eso no lo hacían. Ahí se configura un caldo de cultivo para que otras propuestas no liberales empezasen a tener acceso a vehiculizar ese descontento.


Franco Delle Donne, durante la entrevista con El Salto.

Se rompe el aislamiento de la extrema derecha, que había durado más de medio siglo en Europa.

Si en algo han sido mejores estas nuevas derechas que sus antecesoras, las de los años 70, 60 y para atrás, digamos la de posguerra, es que comunicaron mucho mejor y conectaron mucho mejor sus ideas con ese descontento que empezaba a crecer. Y del abstencionismo y la decepción, de la desafección con la política, aparecen estos partidos para decir “acá puedes gritar”, “yo voy a decir lo que vos pensás”. Aparece esta famosa frase de “dice lo que todos piensan, pero nadie se atreve a decir”, y empieza a resucitar esta conexión con una idea que viene de Alan de Benoist y demás, de dominar, de controlar el sentido común. Y creo que ahí empieza un caldo de cultivo para que al menos ese sector acepte poco a poco —por eso digo, no fue un fascismo que llegue y tomó el poder— este tipo de oferta política como un proyecto de país. Acepta esta visión del último contra el penúltimo, el otro social. Por otro lado, es importante para no estigmatizar, explicar que ese electorado y ese perfil no es el único que apoya este tipo de partidos.

Desarrolla eso.

Este tipo de partidos tiene un electorado bastante heterogéneo. Tienes también a otros sectores pudientes, que llegan tranquilamente a fin de mes, que cobran muy bien y demás, con su casa, sus autos, su perro, su gato, etc., pero que tienen miedo. Miedo a muchas cosas, pero por encima de todas las cosas, a perder ese estatus, ese tren de vida. También el miedo a lo diferente en todo el significado de la palabra: el que llega y tiene otras costumbres y otra religión y se ve diferente y habla otro idioma, y miedo a que me cambien las reglas de juego: que cambie donde “tiene que estar” el hombre, la mujer, la orientación sexual. Y creo que ahí también hay otra oportunidad que estas ultraderechas no dejan pasar y es: "Tomemos este miedo, esta falta de de rumbo que percibe esa gente e incorporémoslo a nuestro pensamiento”.

Idealizando un pasado imaginario.

Ahí es donde se empieza a construir esa idea de Arcadia: “Con nosotros vas a tener un mundo como el que era”. La pregunta es ¿el que era cuándo? Porque hay una mezcla muy rara, un Frankestein: un poco de edad media, pero sin las heces en la calle y sin la gente muriendo a los 20 años por tuberculosis, y al mismo tiempo hacer cherry picking y buscar a ver cuál fue el mejor momento de la historia de España, el mejor momento de la historia de Alemania... “Eso es lo que queremos. Ahí éramos exitosos ya y nos iba bien como país y éramos grandes y nos respetaba el mundo y demás”. De pronto ofrecen esa sociedad que nunca existió y se añora lo que nunca fue. Es algo que funciona muy bien, eso de querer vivir en el mundo de El Señor de los Anillos y pasarla bien porque bueno, estamos derrotando a Mordor, que son esos del otro lado de la colina. Llama mucho la atención, porque si lo piensas fríamente no tiene ningún sentido, pero para personas que, insisto, combinan la frustración con el miedo y posiblemente también con tendencias autoritarias, con odio, con desprecio por el otro y demás, funciona muy bien ese tipo de construcción.

¿Hasta qué punto el incel es el objetivo político prioritario para estas tendencias?

El incel es un perfil que encaja muy bien con el sujeto que puede llegar a apoyar sin ningún tipo de cuestionamiento este tipo de ideología. Pero también le podemos sumar otras partes de la manosfera. Sectores que políticamente son más activos y creo que se relacionan aún más con la ultraderecha desde el punto de vista de la movilización, de la reproducción de esas narrativas, como los llamados hombres que caminan su propio camino (Men going their own way) o también los hombres que dicen que defienden los derechos de los hombres, otra vez entre comillas, que son estos que discuten las medidas de igualdad de género y demás. Hay un informe muy interesante de dos autoras, Silvia Díaz Fernández y Elisa García Mingo, Jóvenes de la Manosfera, un trabajo etnográfico y una radiografía muy buena de todos estos grupos. Una de las cosas que planteaban es la conexión con la ultraderecha y hasta se animaban a decir que no solamente es una puerta de acceso a la ultraderecha, sino que hay una suerte de relación bidireccional entre esos dos mundos. Las personas de ultraderecha ven en la manosfera un lugar donde nutrirse de esa visión misógina y, por otra parte, chicos o personas que se acercan a ese mundo por diferentes razones ven que la ultraderecha puede representarlos. Es una sinergia potente.


Jóvenes de la Manosfera.

¿Con qué resultados?

Cuando analizamos los resultados electorales en muchos países y miramos la franja de los jóvenes vemos que hay mucha diferencia entre hombres y mujeres. En algún lugar, hasta diez, 15 puntos porcentuales, de intención de voto y también de voto efectivo. Ese es un elemento importante para tener en cuenta cómo ese sector, que es muy activo, aunque no creo que sea mayoritario ni mucho menos, y tiene mucho compromiso, especialmente en el ámbito digital, puede servir como un buen instrumento para la ultraderecha, para reproducir esas narrativas.

Desarrollas también otro factor que ya no tiene que ver con la política de partidos, sino con la radicalización que lleva al terrorismo de extrema derecha. ¿Cómo se da ese proceso?

Cynthia Miller-Idriss escribió hace unos dos años Hate in the homeland. Ella trabaja radicalización y ultraderecha, pero en particular, cómo una persona de ultraderecha puede radicalizarse al punto de convertirse en un extremista y en última instancia cometer atentados. Ella cuenta que lo que más le interesa y lo que guía su investigación no es qué es la ultraderecha o qué es ese proceso de radicalización. Tampoco le interesa quién es en concreto y tampoco quiere profundizar en cómo, sino que la pregunta que más le interesa es dónde. Porque si uno encuentra dónde empieza esa radicalización, todas las otras preguntas se resuelven. Es muy interesante porque ella lo que analiza no son solo lugares físicos como gimnasios, clubes de pelea, etc. lugares donde la masculinidad y la violencia es muy evidente, sino también en los espacios digitales: los foros de gamers, otro tipo de foros similares donde esa manosfera se desarrolla de manera muy natural, muy orgánica y se reproducen sin ningún tipo de crítica esos discursos. En esos foros se generan espacios para el reclutamiento. No todo el mundo, pero mucha gente puede tener tendencia a radicalizarse; eso puede dar comienzo a procesos que lleven a un individuo al extremismo. Lo que quiero decir con esto es que el fenómeno de la ultraderecha o de la epidemia ultra en esta fase no es preocupante solo porque lleguen al gobierno. En Alemania, por ejemplo, el riesgo político más importante desde hace más de cinco años son los atentados y la violencia política relacionada con la extrema derecha.

Los partidos, los ideólogos como Peter Thiel, el propio Trump, han navegado la ola de otro de los grandes temas de nuestro tiempo: la conspiranoia. ¿Hasta qué punto se trata de una convicción en estas narrativas sobre los “hechos alternativos” o solo de un aprovechamiento de algo que les conviene?

Hasta cierto punto da igual si lo creen o no. Creo que lo relevante es lo segundo: que lo utilizan o lo instrumentalizan políticamente y les sirve. Me parece que encontraron en la reproducción de esas teorías conspirativas la posibilidad de llevar al máximo punto esta premisa de la postverdad, de que los hechos no importan, lo que importa es la opinión o lo que yo quiero ver sobre determinada cuestión. La teoría conspirativa ofrece una pseudo legitimación porque, tal como dice el nombre teoría, suena a algo que podría explicar una situación determinada. Aunque parta de una premisa falsa o incluso de una contradicción. Lo interesante de esas teorías conspirativas, aparte de ese uso por parte del político, es el impacto que tienen aquellas personas que las asumen, que lo aceptan.

¿De qué forma?

La teoría conspirativa te da muchas cosas. Partiendo de que te miente y que no te soluciona nada en entender algo, te ayuda, por ejemplo, en el sentido de que a una gran pregunta que para la cual no tienes una respuesta, o no te gusta la respuesta que estás viendo, te da una explicación coherente. Lo que sea que signifique coherente. No porque sea verdadera o porque sea buena, sino simplemente porque internamente tiene sentido. Un argumentario te va llevando a otro y va teniendo sentido interno. También, y esto creo que es lo más importante, te ofrece una pertenencia, una ilusión de pertenencia a algo más grande de lo que yo soy: formar parte de los iniciados que sabemos el secreto que está detrás de este gran problema. Hasta cierto punto podríamos considerar que el terraplanismo es algo inocente, pero si lo llevamos a otro tipo de teorías conspirativas, es muy peligroso. La teoría del gran reemplazo está detrás de la justificación de la xenofobia, el racismo, la deportación masiva y todo lo que está pasando ahora con el ICE en EEUU.

¿Cómo le ha servido a Trump?

El discurso antigobierno, antisistema, también se alimenta muchas veces de esas teorías conspirativas. Donald Trump lo hizo con el Deep State, que es un concepto viejo, que viene de Turquía. En algún punto a veces, teorías conspirativas como la del deep state tienen elementos verdaderos, no es todo mentira. Todos sabemos que los Estados pueden tener servicios secretos que vigilan, que controlan. Sí, claro, lo tienen. Ahora, después, ¿qué se hace con eso? Si eso termina en una pizzería en la que se decía que en el sótano había pedófilos y no sé qué más, se llega a lo absurdo.




¿Qué estrategia debe cambiar la izquierda para hacer frente a esta epidemia ultra?

Me parece que es importante no dar por hecho que en cada debate y en cada discusión —y no lo digo solo a nivel político, lo digo incluso a nivel interpersonal— todos queremos llegar a una verdad y ponernos de acuerdo y para eso hay que persuadir y demás. Tal vez no hace falta eso. No hace falta pensar siempre que el otro está dispuesto a escuchar nuestras ideas, a ver si juntos encontramos un punto de acuerdo. En algunos casos, especialmente con alguien que ya está convencido y que está cerca de esa visión del mundo, alcanza y sobra con plantear nuestra visión y no necesariamente establecer ese diálogo. Porque es un diálogo de besugos. Creo que eso es clave para que la izquierda o ciertos sectores de la izquierda dejen de pensar que hay que usar la evidencia para discutir sobre tal o cual cosa. Está bueno tener la evidencia para saber que vas por el camino correcto, que para solucionar equis problema lo que tenés que atacar son las cuestiones estructurales. Pero para avanzar no necesariamente tienes que convencer al del otro partido de que tienes razón.

Y en el ámbito personal, ¿cómo se afronta la convivencia con personas afectadas por esa epidemia?

Me parece importante bajar los niveles de indignación, es decir, te puede molestar y te puede no gustar, pero ya estamos ahí, ya estamos en países donde, como en Argentina, más del 50% de la población vota por ese partido. Eso quiere decir que uno de cada dos vota esas opciones. Estadísticamente es imposible que en tu trabajo, en tu familia, no te encuentres con esos votantes. Entonces, si estás constantemente en la posición de indignación, de escandalizarte, seguramente no puedas establecer ningún tipo de acercamiento con la persona que tal vez no está convencida. Estoy hablando de gente que decide votar a eso como una alternativa, no porque necesariamente sea partidario y militante ultra. Si estableces una barrera con ese familiar, con ese compañero de trabajo, y esa persona la establece con vos, no hay más encuentro posible. Me parece que podemos pensarlo de otra manera; así como la ultraderecha cuando disputa las mentes y disputa conceptos empezó a adueñarse del concepto de libertad, del concepto de identidad, del concepto de igualdad, la pregunta es cómo puede hacer la izquierda para que esos conceptos puedan aparecer de vuelta en el debate público y podamos discutir, insisto con amigos, pero también en general, en términos definidos por la izquierda y no en los términos definidos por la derecha. Porque pareciera que la izquierda está constantemente a la defensiva.

Un ejemplo.

La ultraderecha plantea que los campos semánticos migrante y criminal están unidos. ¿Qué hace la izquierda? En vez de establecer otro tipo de campos semánticos, lo que dice es mira, hay evidencia que dice que no están unidos los campos. Los migrantes no son criminales. Caer en la discusión según los marcos que plantea la ultraderecha es un inmenso error. Eso lo ha hecho la izquierda y creo que en algunos lugares lo sigue haciendo. En términos estratégicos: plantea tus propios marcos y sé fiel a eso. No pienses que tienes que bajar al otro marco y discutir sobre eso para desactivarlo. No, al contrario, tienes que poner el tuyo la misma altura. En todo caso, que el que está escuchando decida cuál es la forma en la cual va a observar esa problemática.

¿Es útil seguir hablando de antifascismo en esta época?

Es un concepto que se ha utilizado para desprestigiar por parte de estas ultraderechas, pero también de parte de ciertos sectores de la derecha democrática. A mí me parece clave desde la base. Claramente no queremos vivir en un mundo o en un país gobernado por fascistas, entonces tenemos que trabajar para que eso no se produzca. Más allá de la conclusión terminológica a la que se puede llegar sobre si Trump es un nuevo fascismo o un fascismo clásico, me parece que lo más importante, no solo para la izquierda, sino para los que no quieren ese modelo, es dejar de pensar que la única forma de luchar contra eso es tratar de convencer a la gente de que el statu quo actual, con esta marginalidad, con esta desigualdad, con esta exclusión, es mejor.

Luchar contra la lógica del mal menor.

El fascismo es peor que el statu quo, pero es muy difícil convencer a alguien que lo está pasando mal, que trabaja 60 horas por semana y no llega a fin de mes, de que se quede con lo que hay ahora porque “si no lo otro es peor”. Así no hay forma de movilizar a una persona. Creo que lo que tienen que hacer los sectores que no están de acuerdo con un mundo como el que se imagina la ultraderecha es imaginar un mundo mejor. Ir más allá del statu quo. Y posiblemente esa sea la clave para tratar de construir una alternativa a esa epidemia ultra. No sé si hoy en día soy lo suficientemente optimista para pensar que vamos por ese camino, pero al menos tener esto puede ser una forma de terminar de darnos cuenta de que hay una vía.


Fuente: El Salto