viernes, 20 de marzo de 2026

Israel impone su estrategia contra Irán pese al riesgo de guerra regional y deja en evidencia la errática gestión de Trump

 

      Periodista y analista para Público en temas internacionales. Especialista universitario en Servicios de Inteligencia e Historia Militar.


Los intereses de Israel para destruir Irán, aunque la guerra rebase Oriente Medio, se imponen a la estrategia de EEUU y exponen la nefasta gestión de la crisis por Trump


Manifestantes iraquíes queman una fotografía tachada del presidente estadounidense Donald Trump y del primer ministro israelí Benjamín Netanyahu.


     El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ha reconocido por activa y por pasiva que las acciones de su país en la crisis de Oriente Medio están supeditadas a los intereses de Israel. Ha afirmado que el devastador bombardeo israelí del campo de gas iraní de Pars Sur fue realizado a iniciativa del Gobierno de Benjamín Netanyahu, sin consulta alguna al respecto. En realidad, según filtraciones del aparato del presidente, Trump no solo conocía con anticipación la decisión israelí de atacar ese campo gasífero, sino que aceptó su bombardeo por Israel y el comienzo, así, de una nueva fase en la crisis de Oriente Medio con las infraestructuras energéticas de la región como objetivo prioritario de los misiles y drones de los contendientes.

Una fase que tiene para Israel su segundo escenario en el Líbano, donde ya ha comenzado la invasión terrestre de este país para acabar con el grupo proiraní Hizbulá. Una ofensiva a semejanza de la efectuada en Gaza, como reconoció el ministro de Defensa israelí, Israel Katz. En este teatro de operaciones, Israel tiene las manos libres para repetir las matanzas y destrucción que ya acometió en la Franja palestina, sabedor de que todos los países de la región que podrían elevar su voz contra la vejación del Líbano tienen su mirada lejos, centrada en las razias lanzadas por Irán contra sus intereses energéticos como respuesta a los ataques de la aviación judía.

La posición de la Casa Blanca en esta guerra contra Irán es evidente: Washington está a disposición de la agenda militar, geopolítica y supremacista de Israel y del lobby judío estadounidense, como han reconocido miembros de la Administración Trump. Incluso aunque provoque el caos en medio mundo y ello perturbe los cálculos de los oligarcas aliados de Trump. Con estas premisas, la contienda no parará hasta que el principal objetivo de Netanyahu se cumpla, esto es, la aniquilación de Irán, caiga quien caiga, incluido el orden económico global.

En esta trama, las acciones implacables de Israel pretenden atraer a la guerra a un antiguo enemigo, Arabia Saudí, que amenaza con intervenir en la ofensiva contra Irán si este ataca sus instalaciones petrolíferas o gasíferas en respuesta a las acciones israelíes. La jugada de Netanyahu es rotunda y finiquita el acercamiento que Irán y Arabia Saudí firmaron en 2023 con intermediación de China y que tanto nerviosismo causó en Israel.

Tras el ataque israelí a Pars Sur, el mayor campo de gas natural del mundo, en represalia Irán bombardeó la refinería gasífera de Ras Laffan, la más importante de Catar, y algunas instalaciones saudíes. Trump amenazó con respaldar con sus propios ataques la destrucción comenzada por Israel en Pars Sur reflejando así esa comunión de acciones bélicas, eso sí, con Israel al timón. Un Israel empeñado en desmantelar Irán, asesinar al mayor número de sus dirigentes, incluidos aquellos con más experiencia de negociación con Occidente, y remodelar Oriente Medio según la conveniencia también del sionismo arraigado en EEUU y ahora exportado por toda la región en la estela de sus misiles.

Las falacias de Trump al servicio de Netanyahu      

En su red social Truth, el presidente Trump quiso quedar bien ante sus aliados cataríes e insistió en que EEUU "no sabía nada sobre este ataque" contra la mayor central gasífera de Irán perpetrado el miércoles. Sin embargo, horas después, el prestigioso medio digital estadounidense Axios señalaba, citando fuentes de los dos países, que el propio Trump había hablado con Netanyahu sobre los planes israelíes para atacar el campo de gas iraní y escalar así el curso de la guerra. Netanyahu le contó a Trump que así podrían doblegar a Teherán y el mandatario estadounidense se lo creyó.

En declaraciones a la cadena estadounidense CNN, otras dos fuentes israelíes subrayaron incluso que el ataque a las instalaciones de Pars Sur fue coordinado previamente con el Pentágono. Catar, en cambio, no fue avisado de una operación, que previsiblemente, como así ocurrió, desataría una violenta represalia iraní contra objetivos de los países árabes vecinos.


Las instalaciones de producción de gas natural licuado (GNL) de QatarEnergy.

La burda manera en que Trump ha escondido de nuevo la mano tras esa acción israelí refuerza lo que ya miembros de la Casa Blanca vienen reconociendo desde el principio de la contienda, incluido el secretario de Estado, Marco Rubio, quien después se vio obligado a rectificar para no dejar a su jefe en evidencia. Esta es una guerra pagada por EEUU al servicio de Israel y que, pese a la ceguera de Trump, supone un torpedo bajo la línea de flotación de la Casa Blanca.

El peor de los escenarios… también para EEUU      

Según las fuentes de Axios, el ataque israelí pretendía presionar a Irán para que desbloqueara el estrecho de Ormuz, por donde pasa gran parte del tráfico mundial de gas y petróleo. Era esta la primera vez que Israel atacaba las instalaciones gasíferas de Irán desde que comenzó la guerra el pasado 28 de febrero. El gas y el crudo constituyen la base de la economía iraní y su destrucción atenta por una parte contra la resistencia bélica de Irán, pero también contra la supervivencia de su población. Y también, claro está, contra los países que reciben los hidrocarburos de Irán y de los países árabes atacados en respuesta. 

El bombardeo israelí ha tenido lugar cuando cada vez se alzan más voces en EEUU para que se detenga esta contienda desencadenada sin base legal internacional alguna. Una guerra, que está dañando ya la economía estadounidense y de medio planeta, y podría crear un foco de inestabilidad en Oriente Medio durante décadas.

La Organización Mundial del Comercio (OMC) indicó este jueves que si esta guerra se alarga y siguen aumentando los precios del petróleo y el gas, el crecimiento de la economía global se verá reducido en al menos un 0,3%. De esta forma el crecimiento del PIB mundial sería del 2,5%, tres décimas menos que lo pronosticado para 2026. Y estos son los mejores pronósticos.

Además del proceso inflacionario que está provocando el conflicto, de las subidas del precio del crudo, de las caídas de los mercados financieros y del posible repunte del desempleo, en EEUU se teme el efecto que esta guerra vaya a tener en el panorama político a medio plazo y, en este ámbito, Trump podría recibir de plano el impacto del bumerán que soltó el 28 de febrero con su ataque a Irán.

Las elecciones de medio término del 3 noviembre para renovar el Congreso estadounidense tienen mucho peso en este sentido, pues Trump, según las encuestas, lleva las de perder ante el citado deterioro económico interno y la defenestración creciente de la imagen de EEUU en el exterior a las órdenes de los espurios intereses israelíes.


Captura de pantalla de un video del ataque contra el campo de gas de Pars Sur.

Hegseth: "Dinero para matar a los chicos malos" 

Para sostener esta estrategia autodestructiva y la sangría económica que está suponiendo esta crisis, el secretario de Guerra estadounidense, Pete Hegseth, confirmó este jueves que el Pentágono pedirá al Congreso otros 200.000 millones de dólares en fondos adicionales. Una suma que, reconoció, podría variar en los próximos días. Esta multimillonaria demanda de dinero noquea a quienes, en las filas de Trump, sigue afirmando que el líder republicano llegó al poder para poner fin a todas las guerras. Claro, si se escucha a Hegseth se entiende esta paradoja: "es dinero para matar a los chicos malos", dijo al anunciar esa partida presupuestaria.

El conflicto de Irán y la subordinación de EEUU ante Israel están horadando los pasillos de la Casa Blanca. Y la felonía de Trump, con la rendición de la política exterior de su país a Israel, ha corroborado las palabras del ya exdirector de la Agencia Nacional de Contrainteligencia de Estados Unidos, Joseph Kent. Este político ultraconservador era uno de los juramentados del presidente estadounidense, pero llegó un momento en que no pudo con tanta iniquidad. Kent presentó su dimisión esta semana precisamente por esa claudicación de Washington ante Tel Aviv y los círculos de presión sionistas en EEUU, con su dominio de buena parte de la oligarquía empresarial en el país estadounidense.

Dos gestiones de la guerra al servicio de Israel      

Desde el punto de vista operativo en la guerra, las acciones de Trump subrayan una realidad: aunque aparentemente EEUU e Israel se muevan al unísono militar (contando con que sea cierto que Tel Aviv está avisando de sus ataques a Washington), sin embargo, sus objetivos son distintos y tal disparidad, a la larga, solo conduce a una mayor desafección dentro y fuera de EEUU.

Mientras teóricamente EEUU se concentra en objetivos militares de Irán que pueden dañar a sus intereses en la región, Israel incluye el asesinato de los principales líderes iraníes y ahora la destrucción de sus infraestructuras energéticas como primer paso de un objetivo final, el aplastamiento de Irán como Estado y, en última instancia, su supervivencia económica. Entre esos blancos se contaron esta semana Ali Larijaní, secretario del Consejo de Seguridad Nacional y mandatario de facto de Irán tras el asesinato el primer día de la guerra del líder supremo, Alí Jameneí. También en los últimos días fueron asesinados por Israel el jefe de la milicia Basij, Gholamreza Soleimani, y el ministro de Inteligencia, Esmail Jatib.

La directora de Inteligencia Nacional de Estados Unidos, Tulsi Gabbard, reconoció este jueves esa disparidad de objetivos entre ambos gobiernos, el de Washington y el de Tel Aviv, respecto a la guerra en curso. "El Gobierno israelí se ha centrado en neutralizar a la cúpula iraní y eliminar a varios de sus miembros, empezando obviamente por el ayatolá, el líder supremo (Alí Jameneí), y siguen centrados en ese objetivo", explicó Gabbard ante un comité de la Cámara de Representantes.

Sobre las intenciones de Trump, Gabbard apuntó el desmantelamiento de "la capacidad de Irán para lanzar misiles balísticos, su capacidad de producción de misiles, su Armada, la Armada de la Guardia Revolucionaria Islámica y su capacidad para colocar minas".

Esta aparente diferencia de criterios refuerza en realidad la idea de esa subordinación de la estrategia de EEUU a los planes de Israel en esta guerra. El desmantelamiento de las capacidades ofensivas iraníes que según Gabbard está realizando EEUU es solo un paso para facilitar la decapitación del régimen, la obliteración de su sostenimiento económico y, en definitiva, la conversión de Irán en un erial, en un estado fallido cuya desaparición de la geopolítica regional beneficia en primer lugar a un Israel en expansión gracias a sus vecinos libaneses, palestinos y sirios.

En declaraciones este jueves a Radio Nacional de España, el que fuera secretario general de la OTAN y alto representante para la Política Exterior de la Unión Europea, Javier Solana, fue contundente sobre este contubernio israelí-estadounidense: "Estados Unidos se ha sometido a Netanyahu", en una alianza "muy buena para ellos, pero muy mala para el mundo".  Lo más inquietante de todo, agregó el expolítico español, es la falta de coherencia estratégica de Trump, de quien "no se sabe muy bien lo que quiere" ni tampoco "cuál es el objetivo de la guerra" que ha desatado junto a Israel.

Salvo que ese objetivo sea muy simple: hacerle el triple juego a Netanyahu, de cara a las elecciones parlamentarias que en octubre celebra su país, para ayudar a la campaña de perdón del líder israelí, envuelto en varios casos de corrupción y, lo más importante, para impulsar el expansionismo judío en Oriente Medio cuyo objetivo final es la creación de ese Gran Israel que el siionismo reclama desde la constitución del Estado judío en 1948.


Fuente: Público

jueves, 19 de marzo de 2026

Lecciones del Mar Menor

 

      Economistas sin Fronteras.


El Mar Menor simboliza el choque entre desarrollo y sostenibilidad. De su colapso ambiental a su reconocimiento como sujeto de derechos, su historia combina crisis, innovación y esperanza para repensar nuestra relación con la naturaleza


     El Mar Menor es una laguna de 135 km² ubicada en Murcia, equivalente aproximadamente a un tercio de Andorra o a la mitad de Malta. Ha sido ocupado por los humanos desde el Paleolítico y en él se han encontrado restos arqueológicos de civilizaciones íberas. Los romanos lo llamaron Belich Mare Palus, “laguna”; y los árabes, Buhayrat al-Qasr, “la Albufera del Alcázar”. Tras la Reconquista se le denominó simplemente Albufera, hasta que se impuso su nombre actual: Mar Menor. Esta denominación lo diferencia de su hermano mayor, el Mediterráneo, unas 18.500 veces más extenso y del que le separa una manga de 21 kilómetros. Desde el siglo XX fue uno de los paisajes más reconocibles del sureste: un ecosistema singular, con un fuerte vínculo cultural local y un motor económico.

Sin embargo, el modelo de desarrollo nunca tuvo en cuenta el equilibrio con el ecosistema. La agricultura y la ganadería se intensificaron; el sector turístico apostó por el volumen más que por el valor añadido, con una presión creciente sobre el territorio; y los impactos de otras actividades, como la minería en las sierras cercanas, fueron acumulándose.

El resultado fue un colapso multicausal. A partir de la década de 1960, el Mar Menor pasó a verse —en palabras de Teresa Vicente— “como un vertedero y como una fuente de beneficios”.


Colapso multicausal del Mar Menor.

Teresa Vicente, catedrática de Filosofía del Derecho, es precisamente una de las figuras clave en esta historia. Lideró una iniciativa popular sin precedentes, respaldada por 640.000 firmas, para dotar al Mar Menor de personalidad jurídica. La iniciativa dio lugar a una ley pionera en Europa: por primera vez, un ecosistema obtenía derechos propios reconocidos en el ordenamiento jurídico. El cambio era conceptual. El Mar Menor dejaba de ser únicamente un objeto de protección ambiental para convertirse en un sujeto de derechos: derecho a existir, a evolucionar de forma natural, a ser protegido, conservado y restaurado.


El Mar Menor, la laguna española contaminada que se defiende en los tribunales.

Este hecho histórico es un referente por múltiples razones. Fue el primer proceso de este tipo en Europa y, además, nació directamente desde la ciudadanía y no de partidos políticos. La iniciativa ha tenido un fuerte reconocimiento internacional: la ONU lo ha reconocido como uno de los World Restoration Flagships, Teresa Vicente recibió el Premio Goldman, considerado el Nobel ambiental, y el caso ha servido de inspiración para otras iniciativas, como la del río Tins en Galicia o el creciente interés en ecosistemas como el Manzanares, la Albufera de Valencia, el Delta del Ebro o Doñana.

Situación actual: la personalidad jurídica en práctica

Lejos de ser el final del camino, la personalidad jurídica del Mar Menor es el inicio de un intento de curar un ecosistema en estado crítico. La ley fue ratificada por el Tribunal Constitucional frente a la oposición de algunos partidos, y hoy el Mar Menor tiene NIF, cuenta bancaria y una estructura de gobernanza compuesta por tres órganos: un Comité de Representantes, una Comisión de Seguimiento —los “guardianes”— y un Comité Científico. La ley establece que cualquier vulneración de sus derechos puede generar responsabilidad penal, civil, ambiental y administrativa.

Esto ya no es teórico. El Mar Menor, a través de sus representantes, ha comenzado a personarse en procedimientos judiciales, por ejemplo frente a daños derivados de vertidos.

El Mar Menor, la laguna española contaminada que se defiende en los tribunales.


En paralelo, se ha puesto en marcha el Marco de Actuaciones Prioritarias para la Recuperación del Mar Menor, con un presupuesto de 675 millones de euros. Entre sus medidas destacan la creación de un cinturón verde alrededor de la laguna, el cierre de miles de hectáreas de regadío ilegal, la restauración de ecosistemas en la cuenca vertiente o el replanteamiento de ciertas infraestructuras, como puertos.

Sin embargo, las tensiones persistenTeresa Vicente ha dimitido como Tutora del Mar Menor, denunciando obstáculos y fricciones con las administraciones estatal y autonómica, a las que acusa de priorizar sus propios intereses frente a la defensa del ecosistema.

Y, mientras tanto, ¿cómo está la laguna en 2026? El Mar Menor sigue enfermo. No se han repetido episodios como el de 2019, pero, por ejemplo, en octubre de 2025 se produjo un nuevo episodio de anoxia, breve pero intenso, tras la dana Alice. La propia Teresa Vicente lamenta que “en una zona semidesértica donde la lluvia debería ser motivo de celebración, la dana nos hace temblar, porque arrastra (los fertilizantes de) la agricultura intensiva y los purines de la ganadería hacia la laguna, lo que unido a otros factores como el calor provoca de nuevo la anoxia”.


Abrazo al Mar Menor.

El Mar Menor: entre esperanzas y tensiones

El caso del Mar Menor es muchas cosas a la vez. Es, en primer lugar, un precedente ambiental y económico. Durante años, los impactos sobre el ecosistema fueron tratados como externalidades o problemas del futuro. Hasta que dejaron de serlo. Cuando el desequilibrio del ecosistema se materializó, el propio modelo económico que lo causó quedó gravemente afectado: el valor de los activos turísticos ha disminuido significativamente, la actividad pesquera se ha visto mermada y la agricultura intensiva junto a la laguna se ha prohibido. Esto muestra que la necesidad de un equilibrio entre economía y naturaleza ha dejado de ser una cuestión teórica, y puede prepararnos para afrontar otras crisis ambientales.

Es también un precedente de ciudadanía. En un contexto de polarización política, más de 640.000 personas se pusieron de acuerdo para defender un bien común, algo que parece inverosímil hoy en día. Esto muestra que los ciudadanos, más allá de los colores políticos con los que se identifican, pueden encontrar espacios de entendimiento y cooperar.

Es, además, un precedente jurídico y de gobernanza. El Mar Menor ya tiene derechos. Pero esto abre una tensión inevitable: sigue sin tener una voz propia y está representado por un grupo de humanos. Y esos humanos tienen intereses e incentivos distintos. Algunos priorizan la protección del capital natural a toda costa; otros, objetivos económicos o políticos. La gobernanza del medioambiente será un espacio de tensión constante, como refleja la dimisión de la líder de este movimiento por la percepción de intereses en las administraciones que van más allá de la protección de la laguna. Sin embargo, esas mismas administraciones, criticadas por defender “lo suyo”, son también las estructuras democráticas que representan la voz de la ciudadanía en ese proceso.

Para mí, el Mar Menor refleja que nada es simple y me enfrenta a varios sentimientos a la vez. El colapso ambiental fue devastador. La reacción ciudadana fue extraordinaria. La innovación jurídica es histórica. Su implementación es compleja. Y el futuro sigue abierto. Este caso puede extrapolarse a otros de los grandes problemas de nuestro tiempo donde conviven el bien y el mal, y la esperanza y las tensiones.

Cierro este artículo con una reflexión del Tribunal Supremo de 1990 citada en la propia ley de personalidad jurídica del Mar Menor: “La diferenciación entre males que afectan a la salud de las personas y riesgos que dañan otras especies animales o vegetales y el medio ambiente se debe, en gran medida, a que el hombre no se siente parte de la naturaleza sino como una fuerza externa destinada a dominarla o conquistarla para ponerla a su servicio. Conviene recordar que la naturaleza no admite un uso ilimitado y que constituye un capital natural que debe ser protegido”.


Fuente: El Salto

miércoles, 18 de marzo de 2026

Trump se queda cada vez más solo y el petróleo vuelve a escalar hasta los 105 dólares

 

      Periodista económico de EL SALTO.


Los planes de Estados Unidos para desatascar el comercio por el estrecho de Ormuz no están encontrando aliados “entusiastas” y los mercados siguen empujando el precio del crudo

    El gráfico del barril de Brent sigue dando disgustos al presidente de los Estados Unidos. Ni sus promesas de acabar con la guerra en menos de una semana ni las nuevas promesas de la Agencia Internacional de Energía (IAE) de liberar aún más petróleo que los 400 millones de barriles ya prometidos han calmado a los mercados.


Trump no tiene ni idea de cómo terminar la guerra con Irán.

Si al cierre del lunes caían para rozar los 100 dólares por barril, el martes se ha despertado disparándose de nuevo un 4% hasta alcanzar los 104 dólares.


Una estación de sevicio de Repsol en las cercanías de Madrid.

El movimiento corresponde a la desconfianza de los inversores en que Trump sea capaz de restablecer el comercio por el estrecho de Ormuz, por donde pasa una quinta parte del comercio mundial de crudo del mundo y que se encuentra paralizado por el bloqueo de Irán como respuesta a los ataques de Estados Unidos e Israel.


Trump y Netanyahu.

El incremento en los precios vino tras un nuevo batacazo de la Casa Blanca en su búsqueda de aliados contra Irán. En los últimos días, Trump ha exigido a sus países aliados de la OTAN que enviaran de forma conjunta destacamentos de sus ejércitos para resolver la situación en el estrecho y abrir esta arteria del comercio mundial que está estrangulando los precios de los carburantes y el gas en todo el mundo.


Barcos metaneros en la terminal de exportación de gas natural licuado en Beaumont, Texas, operada por Cheniere Energy.

También lo ha intentando con aquellos que no son sus aliados, como China. Washington también ha pedido a Pekín que se una a esta misión bélica para liberar el paso de cientos de cargueros que siguen atascados a la espera de una solución al conflicto. Pero tanto unos como otros se han negado en redondo.

Un número cada vez mayor de jefes de Estado y ministros de Exteriores de los países europeos han seguido los pasos marcados por el ejecutivo español y han declarado que el ataque sobre Irán no es su guerra y que no enviarán efectivos al estrecho. Una respuesta muy similar a la de China, que se niega rotundamente a entrar en las campañas bélicas de Estados Unidos. En medio de esa negativa, la Casa Blanca ha pedido al Partido Comunista Chino retrasar la reunión que tenían programada Trump y Xi Jinping hasta que se calmen las cosas en Oriente Medio, muestra de que el republicano no contaba con que se le fuera a complicar tanto el conflicto en Irán.


Trump dice que pidió a China retrasar la cumbre con Xi debido a la guerra en Irán.

Trump cada vez se ve más solo en su guerra contra Irán y las presiones de sus votantes por el precio de la gasolina, que ha alcanzado los cinco dólares el galón, le empiezan a acorralar. Ante la negativa de los socios de la OTAN, el presidente republicano ha mostrado su enfado, se ha quejado de no ver “entusiasmo” en dichos países con su propuesta de intervenir militarmente el estrecho y ha advertido (o amenazado) que los miembros de la OTAN se enfrentan a “muy mal futuro” si no le ayudan en sus planes en el paso marítimo.

No es solo el petróleo, claro. La cotización del gas también vuelve a escalar en esta mañana de martes, sube cerca de un 3%, tras haber aumentado un 1,5% durante el lunes, y se coloca en los 52,13 euros el MWh mientras se escriben estas líneas. Y tampoco sube solo en los mercados, claro, sino que ya está llegando a los hogares.


El secretario de Energía de EEUU, Chris Wright, habla mientras el presidente Trump escucha en la Sala del Tratado Indio del Edificio de Oficinas Ejecutivas Eisenhower en Washington.


El precio de la bombona de butano sube un 4,9% hasta los 16,35%. Todo ello tardará poco en trasladarse a la inflación general que algunos expertos ya apuntan a que podría superar el 3% en el mes de marzo en España.

Ante esta más que probable escalada de la inflación, es bastante probable que los bancos centrales tengan que actuar. Esta semana viene cargada de reuniones de los organismos monetarios de las principales potencias, incluido el Banco Central Europeo, en la que tendrán que dejar ver las intenciones de sus políticas de tipos de interés frente a este cambio de tendencia que ha provocado la guerra en Oriente Medio. Puede que algunos ya anuncien subidas de tipos de interés para que no se dispare una inflación que si bien ya estaba bajo control, todavía sigue en cotas peligrosas desde la anterior crisis energética e inflacionaria. De hecho, el Banco Central de Australia ya ha incrementado los tipos de interés en un cuarto de punto, hasta el 4,1%.

Como suele ser normal, la simple posibilidad de que los bancos centrales viren el rumbo de bajada de tipos tomada en los últimos meses hacia otra de ascenso ya hace temblar el euribor. El índice de referencia de las hipotecas variables lleva en ascenso desde que empezó la guerra en Irán. Si el lunes 2 de marzo, primera apertura desde el ataque de Trump y Netanyahu sobre Irán, el euribor abría con un ligero ascenso hasta los 2,229%, este lunes 16, dos semanas más tarde, cerraba en 2,54%.


El Euríbor no para y acumula otra subida más.


Los mercados parecen descontar que Christine Lagarde cambiará totalmente el tono en referencia a esa tranquilidad y narrativa de inflación controlada con la que ha enfrentado las últimas reuniones del BCE, anteriores al estallido del nuevo conflicto. Puede que no suba los tipos de interés en la reunión que mantendrán esta semana, pero el simple cambio de tono del BCE encarecerá las hipotecas variables.


Fuente: El Salto

martes, 17 de marzo de 2026

Antes de que lleguen las lluvias

 

 Por Antonio Turiel  

       Físico, matemático y experto en energía. Trabaja en el Instituto de Ciencias del Mar del CSIC.


Y

      Guionista, periodista y activista en Extinction Rebellion y València en Transició.



E

      Gerente de Programa, Alianzas de Acceso a la Energía, Energía Sostenible para Todos (SeforALL).


El 80% de los pozos de petróleo y el 90% de los de gas han superado ya su máximo de extracción. Si no construimos una alternativa, la decadencia del capitalismo puede arrastrarnos a la barbarie más absoluta


Un pozo petrolífero en la puesta de sol.


     Estados Unidos e Israel se han embarcado en una campaña militar en Irán de incierto futuro, que va a arrastrar al resto del mundo con ellos. Puede que el mundo nunca vuelva a ser el que conocíamos.

Enfrentado a un riesgo existencial para el que ya se había preparado durante décadas –casi las mismas que lleva Netanyahu avisando de que a Irán le faltaban “pocas semanas para ser una amenaza para el mundo libre”– el régimen iraní ha reaccionado con contundencia, atacando ahí donde sabe que más le duele al imperialismo occidental y a aquellos que lo apoyan: el petróleo, el gas natural y el comercio mundial, en definitiva, la oligarquía mundial.

Estos días oímos sesudos comentarios de analistas que poco o nada vieron venir, y que nos explican las consecuencias para la economía mundial del cierre del Estrecho de Ormuz o del aumento del precio de un barril de petróleo que probablemente llegará en breve a los cien dólares. Pero a pocos de ellos les interesa el sufrimiento de las personas que están muriendo en estos bombardeos o de aquellas que no llegan a final de mes en Estados Unidos o Israel. O del que se viene para la inmensa mayoría de los españoles y españolas.

Por eso mismo, hemos creído necesario escribir esta reflexión sobre la cruda y simple realidad que vamos a afrontar en los próximos tiempos, y por qué es imprescindible pensar en cómo proteger a la gente corriente del diluvio que viene. De cómo guarecernos ante el desastre en ciernes. Ahora, antes de que lleguen las lluvias.

En septiembre de 2025, la Agencia Internacional de la Energía publicó un informe muy revelador sobre lo que cabe esperar para la extracción de petróleo y gas durante los próximos años.


Informe de la Agencia Internacional de la Energía.

El 80% de los pozos de petróleo y el 90% de los pozos de gas han superado ya su máximo de extracción, su pico productivo. Cada año se descubren en nuevos yacimientos unos 3.000 millones de barriles de petróleo, pero se consumen unos 30.000: no se repone ni el 10% del consumo. Desde hace más de una década, la inversión anual en el sector de los hidrocarburos alcanza la exorbitante cifra de 500.000 millones de dólares, pero el 90% de eso simplemente sirve para evitar la caída de la producción, no para poner más petróleo o gas en el mercado. Los tiempos se acortan. El tiempo se agota.

Hace un par de meses, la Administración de la Información de la Energía, dependiente del Departamento de Energía de Estados Unidos, proyectó que la producción de petróleo de EEUU, que gracias al fracking había crecido espectacularmente desde 2010, iba a empezar a decrecer –la palabra maldita para la religión dominante– en los próximos años. De hecho, octubre de 2025 marcó probablemente la máxima extracción de petróleo estadounidense, y con ella la de todo el planeta. He ahí la razón profunda del actual apresuramiento norteamericano por controlar los recursos de petróleo. Primero en Venezuela, para asegurar reservas estratégicas y rutas seguras de suministro, y así poder luego intentar la enajenada aventura bélica en Irán.


                                                                                                     Imagen extraída de la web Peak Oil Barrel.

Nada de esto es en realidad novedoso para muchos: hace años que sabíamos que llegaríamos a este punto.

El petróleo es la base de casi todo, sobre todo, de lo que comemos. Los combustibles fósiles representan aún el 80% de todo el consumo de energía mundial, y los únicos modelos de transición renovable que se están discutiendo, todos ellos de carácter extractivista y privado, no son capaces de reemplazar esa cantidad de energía.


Planta de biomasa en Puertollano inaugurada en 2020.

Además, ya no hay debate alguno, el cambio climático se está acelerando y va a hacernos mucho más daño justo cuando menos recursos disponibles tengamos. Apunten al otoño de 2026, con la previsible visita de otro El Niño, como un momento en el que se pueden producir nuevos y devastadores eventos extremos como el que sufrimos en Valencia en 2024, o incluso peores. Es, físicamente, solo cuestión de tiempo.

Y por eso necesitamos con urgencia dotarnos de una hoja de ruta común, un manual para pilotar este tiempo convulso. Para empezar, reconociendo la deriva que van a tomar los acontecimientos. Poco importa si estamos hablando de meses o de años.

En Valencia, tras el desastre, casi en cada pueblo afectado surgieron espontáneamente los CLERs Comités Locales de Emergencia y Reconstrucción, asociaciones de vecinas y vecinos afectados que se juntaron para hacer el trance lo más llevadero posible y, a la vez, fiscalizar y presionar a las autoridades sobre los procesos de reconstrucción que les afectaban más directamente. Ese modelo de comunidad que se autoorganiza para cuidarse desde abajo, mientras sigue mirando con lupa y apretando hacia arriba es la mejor receta que tenemos.

En la situación de descenso de la producción de petróleo, primero veremos un shock de precios. Después, a medida que la actividad económica se detenga y quiebren empresas, veremos oscilaciones en el precio, debido a la caída de la demanda primero, y luego nuevas subidas de precio cuando la producción caiga aún más: es la famosa espiral de destrucción de oferta–destrucción de la demanda.



La tónica en esta fase es el encarecimiento de todo tipo de productos y los primeros desabastecimientos de bienes aún no tan esenciales. Las bolsas pueden entrar en pánico y una fuerte recesión económica está bastante asegurada.

Estanflación es una palabra que puede volver a ponerse de moda. Probablemente en los países del norte global la situación empeorará, pero aún se mantendrá el abastecimiento de los bienes fundamentales. En el sur global, con sus diferentes contextos, habrá más situaciones de desabastecimiento, hambrunas y/o revueltas.

A medida que el problema se vaya haciendo más estructural, comenzará a haber dificultades más serias en los países del norte. No es que no vaya a haber nada en absoluto: es que habrá menos de lo que estábamos acostumbrados a consumir. Se tendrán que imponer las primeras medidas de racionamiento, presumiblemente por el sacrosanto mercado, esto es el que no pueda pagar se quedará fuera. Esas medidas pretenderán vestirse de técnicas cuando son fuertemente políticas, como ya discutimos en su día.

Será en estos momentos cuando más fuerte resonará la cacofónica algarabía tecno-optimista que lo impregna todo en nuestra sociedad, la misma que nos ha traído indefectiblemente hasta aquí.

Los grandes expertos –y los grandes poderes económicos– pretenderán tener una solución, entendiendo como “solución” una fórmula mágica para “volver a lo de antes”. En esencia, un milagro tecnológico para que nada cambie, para poder seguir adelante con el capitalismo. El problema es que tal solución no existe, ni existirá. No entraremos ahora a detallar el por qué. Hemos escrito mucho sobre el tema: baste decir aquí y ahora que, con el contexto que tenemos y el que se avecina, si fuera tan fácil, hace tiempo que alguien lo habría puesto en marcha, ¿no creen?

En una situación de creciente descontento e inoperancia del poder público, con protestas y revueltas en las calles pero sin una sociedad organizada y consciente, tendremos el campo abonado para la emergencia del fascismo que estaba latente en nuestro sistema imperial de crecimiento pretendidamente perpetuo.

Decía Naomi Klein que la política odia el vacío, o lo llenas tú o alguien va a llenarlo por ti.

Por eso nos resignamos. Llevamos muchos años alertando para evitar la llegada de este desastre, y ahora que los fieles gestores de este sistema lo están precipitando, proponemos otra manera diferente de gestionar ese desastre. De evitar que la decadencia de la globalización capitalista sea el descenso a la miseria que aparenta y pueda ser quizá un dolor que nos empuje, un parto necesario para dar luz a una sociedad que sí sepa gestionar mejor sus recursos, y sobre todo, sus límites.

En primer lugar, tendríamos que reconocer y aceptar que el modelo capitalista con su expansión infinita ha llegado a su fin, y ninguna quimera de renovables, ya en el modelo de la Renovable Eléctrica Industrial, ni en el del biogás o la biomasa, va a poder mantenerlo. Hay que trabajar activamente en modelos económicos alternativos, basados en la proximidad y en la satisfacción primero de las necesidades reales de la gente: alimentación, agua, vivienda, vestimenta, salud, comunidad, educación, tiempo y cuidados. La sociedad debe organizarse para garantizar que todo el mundo tenga acceso a esas necesidades básicas. Esa es la prioridad.

No tenemos ningún modelo energético que permita mantener la expansión energética que ha definido a las sociedades occidentales durante los últimos 250 años. Tenemos que reconocer que la escasez de energía es estructural, que ha venido para quedarse y que solo puede ir a peor. Cualquier otro marco mental más “optimista” en el fondo está retrasando las medidas necesarias y hasta el cabreo que puede hacerlas posibles. La rabia ha movilizado más que la esperanza a lo largo de la historia para la transformación social y solo hay que hacer un breve repaso a la historia para entenderlo.


Manifestante durante una protesta de Extinction Rebellion en Londres en 2019.

Hay que invertir tiempo y recursos en la reformulación de la producción y la propiedad de esta, el transporte y la urbanización, priorizando la eficiencia y la justicia en el consumo de energía y de recursos. Y todo eso fuera de una óptica del beneficio privado: la prioridad es la vida de las personas y de la sociedad, no el negocio. En particular, no se puede mercantilizar la gestión del acceso a los recursos. Se debe priorizar el bienestar colectivo sobre el beneficio privado. Se debe anteponer el bien común al interés individual legítimo.

Volviendo al futuro: va a faltar combustible para los vehículos y maquinaria agrícola e industrial. Va a haber más apagones. Van a faltar piezas de recambio, a veces máquinas enteras. Si recuerdan la disrupción que se produjo en la cadena de suministros con la pandemia y la guerra en Ucrania, esperen a ver qué tal aguanta ahora.

Se tendría que hacer de urgencia un análisis estratégico de qué cosas necesitamos producir para abastecernos aquí. Y cuáles de ellas podemos implementar rápido. Las chatarrerías son un depósito estratégico de materiales de alta calidad muy aprovechables y eso implicaría, por ejemplo, dejar de exportar nuestra chatarra a China y EEUU como está sucediendo ahora.

Tenemos que renaturalizar tantos espacios como sea posible, para dotarnos de resiliencia hídrica y térmica en una situación de creciente y acelerado caos climático y a la vez quizá porque algún día descubramos que debajo del asfalto no había arena de playa, como pensaban los ingenuos, lo que había era tierra cultivable.

Tenemos que hacer todo esto y muchas cosas más. Y tenemos que hacerlo ya, porque los tiempos se acortan y cuanto más tardemos, peor estaremos. Hay que dejar de perder el tiempo con ensoñaciones tecnólatras, que no son más que onanismo mental –muy cómodo e incluso reconfortante– para negarse a reconocer que el capitalismo, en su fase imperialista, ha entrado en una etapa de descomposición y que, si no construimos una alternativa organizada, su decadencia puede arrastrarnos a la más absoluta de las barbaries.

Quizá, después de todo, lo primero sería abrir un gran debate público en el que se exponga clara y honestamente cuál es nuestra situación, y qué es lo que podríamos hacer. Porque, digan lo que digan, las lluvias van a venir y no estamos preparados para enfrentarlas.


Fuente: Ctxt