jueves, 18 de junio de 2026

La amenaza de la ‘Línea Amarilla’ en la Franja de Gaza

 

 Por Ruwaida Amer   
      Periodista independiente de Jan Yunis (Franja de Gaza).


Israel aspira a controlar el 70% de Gaza con el apoyo de EEUU. A pesar del alto el fuego, cada día traslada la frontera imaginaria y dispara a los palestinos que se ven sorprendidos


El ejército israelí instala bloques de hormigón de la Línea Amarilla, que delimita la zona ocupada de la Franja de Gaza.

     A principios de mayo, Mohammed Suleiman se disponía a visitar a sus padres, como hace cada mes. Este hombre de 42 años vive en el campo de refugiados de Nuseirat, en el centro de Gaza, mientras que sus padres residen al sur, en Jan Yunis. Eligió la ruta más rápida: conducir por la calle Salah Al-Din, la principal arteria de tráfico norte-sur de Gaza. Pero ese día, su viaje se vería interrumpido, casi de forma fatal.

Estaba cerca de Bani Suheila, en la calle Salah Al-Din, cuando de repente me alcanzó en la mano una bala disparada por el ejército israelí”, contó a la revista +972.

Mohammed fue trasladado al Complejo Médico Nasser, donde recibió tratamiento por su herida, que, afortunadamente, fue leve. “Esta vez he sobrevivido, pero no sé qué nos pasará a mí o a cualquiera la próxima vez”, afirmó. “No les basta con que seamos blanco de ataques repetidos [con bombardeos]; ahora también disparan contra los transeúntes”.

El llamado “alto el fuego” acordado el pasado mes de octubre entre Israel y Hamás dio lugar a un fenómeno que no ha dejado de atormentar a los residentes de Gaza: la ‘Línea Amarilla’. Se suponía que debía delimitar los límites de la ocupación israelí del territorio de Gaza, antes de una retirada gradual a medida que avanzara el alto el fuego. Pero, en lugar de retirarse, las fuerzas israelíes están avanzando.

Al principio, Israel mantuvo el control directo de alrededor el 53 % del territorio de Gaza, a cuyos residentes había desplazado por la fuerza al otro lado de la Franja. Durante los últimos seis meses, periodo en el que el ejército israelí ha matado acerca de 1.000 palestinos en Gaza, los soldados han seguido avanzando hacia el oeste, apoderándose de más del 60 % del territorio.


Palestinos desplazados cerca de sus tiendas de campaña.

Hace dos semanas, el primer ministro Benjamin Netanyahu reveló que había ordenado al ejército que aumentara esa cifra al 70 %, un proceso que se está llevando a cabo en plena coordinación con la Casa Blanca.

En los últimos días, los residentes palestinos han sido testigos de una intensificación de la actividad militar israelí en las zonas adyacentes a la ubicación actual de la Línea Amarilla, lo que aviva aún más los temores sobre su destino. Y en ningún lugar se percibe esto con mayor intensidad que a lo largo de la calle Salah Al-Din.


Post de la organización «Proyecto de Datos de Ubicación y Eventos de Conflicto Armado».

Khalil Al-Sayed, un conductor de unos cincuenta años, depende de esa carretera para ganarse la vida. “Soy conductor desde los 18 años, y es el único trabajo que sé hacer”, explicó.

Aunque la calle Salah Al-Din era accesible para conductores como Al-Sayed durante los primeros meses del alto el fuego, la situación ha empezado a cambiar. “Desde hace unos dos meses, sentimos una creciente sensación de peligro en la carretera debido a los bloques amarillos que se acercan”, dijo, refiriéndose al mecanismo del ejército israelí para demarcar la Línea Amarilla. “Los conductores nos ponemos en contacto todas las mañanas para preguntarnos por el estado de la carretera: ¿está despejada? ¿Ha habido disparos? ¿Hay tanques?”

Salimos a trabajar sin saber qué nos va a pasar”, continuó. “Los disparos indiscriminados son aterradores. Muchas veces, los tanques surgen de la zona de Zeitoun, al norte, y nos obligan a desviarnos hacia el mar para escapar de ellos. Es una situación verdaderamente trágica, y no sabemos qué nos depara el futuro”.

"Nada ha cambiado desde el alto el fuego”

En Jan Yunis, la Línea Amarilla se acerca cada vez más al centro. Mientras que las zonas orientales de la ciudad llevan ocupadas por el ejército israelí desde antes del “alto el fuego” y han quedado prácticamente destruidas, el centro ha experimentado en los últimos meses un resurgimiento de la actividad comercial. Ahora, esto también parece estar amenazado.

En los últimos días, los palestinos del barrio de Al-Bayuk, ligeramente al este de la ciudad, han informado de la aparición de nuevos bloques de hormigón amarillos colocados por el ejército israelí. En respuesta, los residentes han comenzado a huir hacia el oeste para escapar de la invasión militar.

Mohammed Al-Bayuk (que comparte apellido con el barrio) busca ahora un lugar donde su familia pueda vivir en la zona de Al-Mawasi, a lo largo de la costa de Gaza. Este padre de tres hijos había regresado a Al-Bayuk tras el “alto el fuego” y se encontró con que su casa había sido destruida, por lo que montó una tienda de campaña sobre los escombros para poder permanecer en su tierra. Ahora, sin embargo, se está preparando para huir una vez más.

Estoy en estado de shock por culpa de estos bloques amarillos”, declaró a +972. “Están convirtiendo mi vida de nuevo en un infierno. Tengo una pequeña familia que mantener –incluidos mi madre, mi hermano y mis hermanas, de quienes me ocupo desde que mi padre falleció un año antes de la guerra–. No sé cómo voy a poder quedarme en la zona con este peligro tan cerca. Estoy intentando encontrar un lugar para nosotros en Al-Mawasi, pero está abarrotado de personas desplazadas”.

A principios de este mes, el ejército israelí bombardeó su barrio, algo que, según Al-Bayuk, tenía como objetivo aterrorizar a los residentes para que huyeran. “Fue aterrador”, relató. “Lo más impactante es que nos están desplazando durante un alto el fuego. No sé qué están haciendo los mediadores ante esta ampliación de la Zona Amarilla”.

Salem Awad, un hombre de 45 años y padre de seis hijos, originario de Rafah y que actualmente vive en una tienda de campaña en Al-Mawasi, describió los movimientos diarios de la Línea Amarilla por parte del ejército israelí como algo parecido a una partida de ajedrez. “Llevo casi tres años sin poder entrar en Rafah, y eso me mata”, declaró a +972. “Monté la tienda lo más cerca posible para respirar un poco de mi ciudad, solo para descubrir que los bloques amarillos se acercaban a nosotros [la semana pasada]. Ahora estamos justo al lado de ellos, lo que significa que estamos en una zona de peligro”.

No puedo quedarme donde estoy e ignorar esos bloques porque el ejército israelí es traicionero y puede atacarnos en cualquier momento, alegando que representamos una amenaza para sus fuerzas”, continuó Awad. “Hice que mis hijos y mi familia se fueran a la tienda de su abuelo hasta que encontrara un lugar donde montar mi propia tienda y alejarme de aquí”.

Vivimos bajo una inmensa injusticia”, continuó. “No ha cambiado absolutamente nada [desde el alto el fuego]. Oímos constantemente el ruido de las explosiones, que son aterradoras. Oímos cómo se mueven los tanques y vemos las luces al este de Rafah y en sus alrededores. Estamos aquí esperando una solución”.

Al este de Deir Al-Balah, los residentes llevan más de un mes enfrentándose a una amenaza similar. “Volvimos a nuestra casa cuando comenzó el alto el fuego porque no se encuentra dentro de la Zona Amarilla”, explicó a +972 Ahmed Al-Saeed, vecino de esta zona. “Empezamos a acostumbrarnos a la presencia de los tanques y del ejército cerca, pero era aterrador. Intenté mantener a los niños y a todos los demás alejados de esos bloques de hormigón”.

Entonces, hace un mes, el ejército nos ordenó evacuar hacia el oeste”, continuó. “Pensé que era una situación provisional, que estaríamos desplazados un día o una noche, y que luego todo acabaría. Pero unos días más tarde, nos sorprendió descubrir que el ejército había empezado a destruir lo que quedaba de nuestras casas para que nunca pudiéramos volver. Ahora la zona se ha convertido en una Zona Amarilla, de acceso prohibido”.

Estos bloques de hormigón se acercan cada día más de este a oeste, y todos estamos confinados a lo largo de la costa occidental”, dijo Al-Saeed. “Queremos saber: ¿se trata de una ocupación de Gaza y de un desplazamiento forzoso, o qué? Tenemos niños sin techo y estamos en un alto el fuego. Nunca antes habíamos vivido nada parecido. La Línea Amarilla es una pesadilla para todos y no sabemos cuándo va a terminar”.

Fuente: Ctxt

miércoles, 17 de junio de 2026

Irán y el desplazamiento de las líneas del orden regional

 

 Por Mostazafin    
      Periodista en Descifrando la Guerra.

     El ataque iraní contra Israel en la noche del domingo 7 de junio representa algo cualitativamente distinto de los episodios anteriores de confrontación entre ambos países. Por primera vez, la República Islámica atacó directamente al Estado hebreo sin que una acción israelí previa contra territorio o activos iraníes lo precediera.


La respuesta de Irán a los ataques israelíes en Líbano revela una nueva doctrina de disuasión con profundas implicaciones para la guerra y el orden regional en su conjunto.

Las líneas de confrontación se han desplazado desde la Guerra de los Cuarenta Días, y quienes sostienen que estamos de nuevo en una situación de impasse estratégico pasan por alto lo más importante: que las reglas que definen ese equilibrio ya no son las mismas.

Irán y el orden regional

Durante años, los analistas han caracterizado la doctrina de disuasión iraní como fundamentalmente reactiva: Teherán absorbía el golpe, calculaba la respuesta y actuaba en el momento y lugar de su elección. Esa caracterización describía un patrón de comportamiento sin atender a las condiciones que lo sostenían ni a las que podrían modificarlo.

Lo que los acontecimientos del domingo 7 de junio ponen de manifiesto es que Irán ha modificado los términos de su propio cálculo estratégico. Ya no se considera obligado a esperar un ataque directo contra su territorio para justificar una respuesta.

Es decir, la República Islámica ha añadido una dimensión que cambia el perímetro de ese cálculo: también reaccionará a los bombardeos israelíes contra Líbano, o al menos a aquellos que considere una línea roja. La pregunta que surge de inmediato es qué condiciones hacen posible esta transformación.

Los Estados modifican las reglas del juego cuando perciben que el equilibrio de poder en su entorno, sus capacidades internas y las condiciones regionales les permiten tomar la iniciativa. Lo que el ataque del 7 de junio señala es un nivel de confianza estratégica que resulta difícil de disociar del resultado de la Guerra de los Cuarenta Días.

Pese a dos campañas militares sucesivas contra Teherán, Irán está lejos de haber sido derrotado.


Desde la guerra contra Irak, Irán ha desarrollado un amplio arsenal de misiles como elemento disuasorio frente a Estados Unidos e Israel.

Las autoridades iraníes proyectan la convicción de que actualmente no existe amenaza creíble, ni de Israel ni de Estados Unidos, capaz de obligarles a un cambio sustancial en su política. La República Islámica se percibe en una posición que le permite establecer nuevas reglas a sus adversarios antes que actuar dentro del marco que otros le imponen.

Esa percepción tiene efectos políticos autónomos que estructuran el comportamiento de todos los actores implicados, con independencia de cualquier evaluación externa sobre sus fundamentos materiales.

Lo que hace particularmente significativo el ataque en cuestión es que no ocurre en el vacío, sino sobre el trasfondo de una metamorfosis regional acumulada. La Guerra de los Cuarenta Días no solo no quebró la capacidad operativa iraní, como ya hemos apuntado, sino que consolidó una lectura del equilibrio regional que Teherán venía construyendo desde hace meses.

En ese marco, los hechos de aquel domingo son la expresión de una evaluación estratégica: que el momento es propicio, que los adversarios no tienen las capacidades necesarias para modificar el actual statu quo y que la iniciativa, tomada ahora, produce efectos que la respuesta reactiva no podría producir. La confianza estratégica que refleja esta decisión está lejos de ser una improvisación.

Además, sus fundamentos son operativos. Irán mantiene el estrecho de Ormuz bajo condiciones de tránsito que dependen de su autorización, ha demostrado que es capaz de resistir el ataque combinado de Estados Unidos e Israel sin ceder y opera en una región que muchos analistas consideran que está siendo reconfigurada de acuerdo a sus objetivos políticos.


Basta con observar un mapa para comprender la importancia del estrecho de Ormuz, que se erige como un cuello de botella en el golfo Pérsico, rodeado de países ricos en hidrocarburos y con Irán en posición de ejercer capacidad de bloqueo.

La humillación y sus dimensiones

Para entender hasta qué punto Estados Unidos salió debilitado de la guerra, basta con observar cómo ha evolucionado su posición. Desde la exigencia de Donald Trump, el 6 de marzo, de una "rendición incondicional" hasta un acuerdo que ni siquiera aborda la cuestión central.

J. D. Vance abandonó Islamabad el 12 de abril tras afirmar que la oferta estadounidense estaba sobre la mesa y que correspondía a Irán aceptarla o afrontar las consecuencias. La República Islámica no aceptó.

Trump respondió imponiendo un bloqueo naval sostenido en dos ilusiones: que la presión económica obligaría a Teherán a ofrecer concesiones sustanciales, y que China, sometida también a presiones económicas, forzaría a su vez a Irán a ceder.


El anuncio de Estados Unidos sobre el bloqueo del estrecho de Ormuz reflejó el fracaso de las conversaciones con Irán en Islamabad.

El presidente estadounidense viajó a Pekín y no obtuvo de Xi Jinping ninguna concesión al respecto. A su regreso, terminó retractándose de su amenaza de reanudar la contienda, como lo haría en ocasiones posteriores.

Irán, por su parte, suspendió las negociaciones directas cuando se impuso el bloqueo y relegó el expediente nuclear a un segundo plano, dejando claro que sólo abordaría ese asunto una vez levantadas las restricciones. Mantuvo esa postura pese a las reiteradas amenazas de nuevos bombardeos.

La humillación estadounidense que emerge de este proceso opera en dos planos inseparables. En el material, Irán resistió la coerción y respondió de formas que alteraron las suposiciones sobre una dominación incuestionable en la región.

Cuarenta días de bombardeos no desembocaron en una capitulación; produjeron un Irán que el domingo 7 de junio por la noche ataca directamente a Israel desde una posición que sus adversarios no anticiparon.

En el plano discursivo, algo más profundo está en juego. La capacidad de Estados Unidos para nombrar, clasificar y definir la realidad política ha sido cuestionada con una eficacia que ninguna administración anterior había tenido que enfrentar con esta claridad. 

Durante décadas, la Casa Blanca construyó un orden de inteligibilidad en el que Irán aparecía como problema a resolver, como actor que debía ser disciplinado hasta aceptar los términos del orden liberal. 

Lo que los recientes acontecimientos demuestran es que ese orden de inteligibilidad no corresponde a la realidad que pretende describir. La República Islámica no fue disciplinada. Y esa resistencia sostenida tiene una elocuencia que el análisis convencional no puede absorber sin revisar sus premisas.

Esta dimensión discursiva es la que los marcos analíticos convencionales tienden a subestimar porque opera por debajo del umbral de lo que se considera análisis riguroso. La política exterior estadounidense hacia Irán ha operado históricamente desde la premisa de que Washington posee el derecho a estructurar el orden regional y que los actores que rechazan esa estructuración constituyen anomalías que deben corregirse.

La Guerra de los Cuarenta Días ha demostrado que esa premisa resulta estratégicamente ineficaz. La coerción produjo una reconfiguración del equilibrio regional que Washington no anticipó y que con el ataque –todavía sin respuesta articulada– no sabe cómo gestionar.

La pregunta que Estados Unidos debería hacerse, y que su propio marco epistémico le impide formular con claridad, es si la política de "máxima presión" no ha producido exactamente lo contrario de lo que prometía: un Irán más confiado, más dispuesto a la iniciativa y menos sujeto a los términos que sus adversarios querían imponerle.

La ecuación libanesa

La decisión de Irán de vincular explícitamente su respuesta a los ataques israelíes contra Líbano desmonta con precisión dos narrativas que han circulado durante años con escaso escrutinio crítico. 

La primera es la etiqueta de proxy aplicada rutinariamente a Hezbolá, que presupone una relación de instrumentalización unilateral en la que Teherán utiliza a la organización como herramienta de su política regional, sin agencia propia y sin intereses que no sean los de su supuesto patrocinador.

La segunda es la narrativa según la cual Hezbolá arrastró a Líbano a una guerra de otros, como si Líbano fuera un espectador pasivo de un conflicto ajeno a sus propios intereses y a su propia historia política.

Ambas narrativas comparten una función precisa, que es deslegitimar la resistencia libanesa reencuadrándola como efecto de una manipulación externa antes que como expresión de una posición política autónoma con raíces históricas propias.

El paraguas de seguridad que Irán ha extendido sobre Líbano revela algo que va más allá de la inseparabilidad de los intereses estratégicos de ambos actores y de la profundidad de sus vínculos ideológicos y religiosos, aunque estos existan y sean políticamente relevantes.


Soldados israelíes toman el fuerte de Beaufort, ubicado en el sur de Líbano, el 31 de mayo de 2026.

Lo que aparece es una concepción de la soberanía como autodeterminación regional, una soberanía que debe ser continuamente ejercida y defendida mediante la resistencia y la solidaridad. Esta visión contrasta con la soberanía formal, conferida externamente, que encarna el gobierno libanés, y que, como ese mismo gobierno ha demostrado, puede ser negada o entregada en la práctica sin que su denominación formal cambie.

Esa distinción determina quién puede actuar en nombre de una comunidad cuando esa comunidad está siendo atacada, y quién sólo puede invocar una autoridad que ya no controla.

En definitiva, Irán actúa desde una lógica en la que el valor político fundamental está constituído por la autonomía política de la comunidad y por la capacidad para establecer sus propios términos de seguridad y resistir la presión externa.

Una lógica que el análisis convencional de las relaciones internacionales ha sido incapaz de capturar porque insiste en tratar a la República Islámica como un actor cuyas decisiones sólo pueden leerse como respuesta a estímulos externos, nunca como expresión de una evaluación estratégica propia. 

Al menos desde la Guerra de los Cuarenta Días, Irán ha demostrado que ese marco es insuficiente, y la noche del domingo 7 de junio lo confirmó de una manera que difícilmente admite interpretación alternativa.

Las categorías con las que el análisis occidental ha operado durante décadas –sus clasificaciones de actores racionales e irracionales, sus distinciones entre Estados y proxies o su vocabulario de presión y capitulación– no están en condiciones de procesar ese cambio sin una revisión que pocas instituciones, de momento, parecen dispuestas a emprender.


Fuente: Descifrando la Guerra

martes, 16 de junio de 2026

La OTAN marca en rojo 2030 como el año de un posible ataque ruso

 Por Àngel Ferrero   
      Periodista. En Moscú después de tres años informando desde Berlín para varios medios.


La tensión en el Báltico ha seguido creciendo en las últimas semanas. Figuras destacadas del ejército ruso abogan abiertamente por el conflicto contra los países que han apoyado a Ucrania, incluso, llegado el caso con el uso de bombas nucleares


Funeral de un soldado ucraniano fallecido en Jarkov.


     Hasta el año pasado 2030 era el año que asociábamos al plan de acción aprobado en 2015 por la Asamblea General de la ONU para alcanzar 17 objetivos de desarrollo sostenible (ODS), desde el fin de la pobreza hasta la paz pasando por la educación de calidad, la igualdad de género, la energía asequible y no contaminante o las ciudades y comunidades sostenibles. Hoy 2030 es en cambio una fecha de asociaciones funestas. De acuerdo con varios servicios de inteligencia de estados miembros de la OTAN, ése es el año en el que Rusia podría atacar a la Unión Europea.

Por este motivo el plan de rearme del bloque para mobilizar 800.000 millones de euros cambió en marzo de 2025 su nombre de ‘ReArm Europe’ a ‘Readiness 2030’. El año está marcado ya a fuego en el calendario. Como parte de este plan, el Bundeswehr aspira a ser en cuatro años el ejército convencional más grande de toda la Unión Europea con 260.000 soldados en activo, 460.000 si se suman los reservistas.

London Bridge is Falling Down’

A mediados de mayo el Ministerio de Defensa de Reino Unido realizó unos ejercicios militares que han pasado relativamente inadvertidos en unas instalaciones en desuso de la estación de Charing Cross de Londres, que, con el nombre de ‘Arrcade Strike’ –el aparente error tipográfico se debe a que la fuerza de reacción rápida que los protagonizaba se llama Allied Rapid Reaction Corps (ARRC)–, simulaban un puesto de control subterráneo en Estonia en el escenario de un conflicto entre la OTAN y Rusia en el año —una vez de más— 2030.


Estación de Charing Cross en Londres, cuyo andén en desuso fue transformado esta semana para crear un puesto de mando subterráneo en Estonia, que alberga una formación ofensiva de la OTAN liderada por el Reino Unido. | John Keeble.

De acuerdo con el comunicado oficial, en este ejercicio de defensa participaron 100.000 miembros de los ejércitos de Reino Unido, Francia, Italia y EEUU, y estas maniobras se distinguieron por el uso de drones, sistemas electrónicos para su intercepción y sistemas de Inteligencia Artificial (IA) como Asgard, desarrollado en colaboración con Palantir –la mitología nórdica, una vez más, como ‘silbato para perros’ (dog whistle)–, el gigante del nuevo complejo militar-industrial que ya emplea Ucrania como laboratorio de sus tecnologías.


Vigilancia sobre hotel bombardeado donde residian civiles. Primeras lineas del frente cerca de la río Dnieper. Julio Zamarrón.

Según las informaciones publicadas en los medios, con estos ejercicios la OTAN quería poner a prueba dichos sistemas para asignar objetivos automáticamente así como contrarestar la aplicación de IA por parte de Rusia, por una parte, y demostrar la capacidad de destruir objetivos en territorio ruso –se mencionaba explícitamente la región de San Petersburgo–, por la otra.

Con todo, como recordaba días atrás el periodista Peter Korotaev, un intercambio de este tipo entraña un serio riesgo de escalada nuclear. “Pero el ejército británico insiste en tratar a sus lectores como imbéciles, a la manera típica anglosajona, y afirma que estaban entrenando el uso de drones y misiles equipados con IA, tratándolos como si transportasen cargas convencionales (la naturaleza de los explosivos no se explicita)”, escribe Korotaev, quien señala que “un ataque nuclear ejecutado por Londres implicaría probablemente submarinos nucleares, que no se mencionan en la descripción de Arrcade Strike”.

En ese caso, continúa este periodista, “esto no ‘detendría la guerra’ exactamente: desencadenaría un auténtico Apocalipsis” e incluso “si la cúpula militar y política rusa fuese aniquilada –a pesar de la obviedad de que se encontrarían en búnqueres soviéticos mucho más profundos y resistentes a un ataque nuclear que el destartalado metro de Londres– habría sin duda una respuesta rusa del Sistema Perímetro”, un dispositivo creado por la Unión Soviética capaz de lanzar automáticamente los misiles balísticos intercontinentales con carga nuclear sin necesidad o con una mínima autorización humana si se registra un ataque contra su territorio.

Nada de lo anterior impide que la violencia retórica de algunos políticos europeos vaya en aumento. El 19 de mayo el ministro de Asuntos Exteriores de Lituania, Kęstutis Budrys, llegó a declarar en una entrevista al diario suizo Neue Zürcher Zeitung(NZZ) que la OTAN debería “demostrar a los rusos que somos capaces de abrirnos paso a través de las pequeñas fortalezas que han construido en Kaliningrado” y que, “de ser necesario, la OTAN tiene los medios para destruir las bases de defensa aérea y misiles rusas localizadas allí.”

Drones en el Báltico

Justamente en el Báltico, de todos los escenarios de conflagración que se manejan desde los medios de comunicación y los think tanks, es donde se concentra actualmente uno de los focos de tensión de esta suerte de nueva guerra fría. Por utilizar una expresión de un analista alemán, Alexander Neu, en el Báltico “la mecha del polvorín se acorta”.


Entre los expertos en seguridad, la región del Báltico se considera actualmente la zona de conflicto con mayor potencial de explosión entre la OTAN y la Federación Rusa.

Otro analista, el estadounidense Anatol Lieven, ha pedido “desactivar el polvorín báltico”.


Washington debe actuar para desactivar el polvorín del Báltico.


En esta región la tensión ha ido acumulándose luego que drones ucranianos hayan cruzado el espacio aéreo de las tres repúblicas bálticas para atacar objetivos en Rusia occidental, volando en paralelo a la frontera antes de entrar en el espacio aéreo ruso con el fin de evadir sus defensas antiaéreas. Moscú ha acusado por su parte a las repúblicas bálticas de proporcionar “corredores aéreos” para los drones ucranianos e incluso de emplear su territorio para lanzar directamente los ataques o, en el caso de Letonia, de alojar a los operadores de drones ucranianos en el país.

El problema añadido es que muchos de estos drones pueden desviarse de su trayectoria y acabar impactando en territorio comunitario, como ha terminado ocurriendo. El pasado 19 de mayo un F-16 de la patrulla aérea de la OTAN en el Báltico derribó un dron ucraniano sobre el espacio aéreo estonio.


Aviones de la OTAN derribaron un presunto dron ucraniano sobre Estonia.

Al día siguiente Vilna envió una alerta a sus residentes para que buscasen refugio debido a la violación de su espacio aéreo.


Tras la alerta por teléfono móvil, la gente se agolpó en un refugio del parlamento lituano.

El presidente, Gitanas Nausėda, y la primera ministra, Inga Ruginienė, fueron desplazados por los servicios de seguridad hasta un búnquer. 

El 8 de junio dos cazas ‘Rafale’ franceses derribaron un dron que había entrado en el espacio aéreo de Letonia.


Un dron impactaba en un un objetivo en un campo de entrenamiento militar de Letonia, en una jornada de demostración de Innovation Range, el pasado mes de mayo.

La razón detrás de estos incidentes es motivo de disputa. La versión favorecida por los medios occidentales es que los sistemas de intercepción electrónica rusos son capaces de desviarlos de su trayectoria y redirigirlos, como provocación, hacia las repúblicas bálticas.

El analista de defensa de Meduza, Dmitri Kuznets, ha rechazado no obstante tanto esta versión como la oficial rusa que asegura que el territorio de las tres repúblicas bálticas se utiliza, como quedó dicho antes, como lanzadera de ataques. Según Kuznets, los sistemas rusos envían señales de satélite falsas en el espacio aéreo de sus zonas fronterizas para corromper los sistemas de navegación GPS, de manera que los drones ucranianos –que son lanzados desde la región de Chernihiv– atraviesan un espacio aéreo, el ruso, en el que su sistema de navegación se ve alterado antes de entrar en el espacio aéreo de la OTAN, haciendo que sus sistemas de guía se desvien de los objetivos originales. Algo parecido ocurre en Moldavia, cuya presidenta, Maia Sandu, ha solicitado a los aliados occidentales sistemas de intercepción más sofisticados. La explicación técnica de Kuznets, en cualquiera de los casos, no por precisa es demasiado tranquilizadora, porque un error de atribución podría tener consecuencias fatales si la respuesta se precipita.

El catálogo de respuestas rusas

Las consecuencias fatales pueden venir de un lado o del otro. Como recordábamos en un artículo meses atrás, el presidente ruso, Vladímir Putin, aprobó en noviembre de 2024 enmiendas a la doctrina nuclear con el fin de rebajar el umbral para el uso de armas nucleares, incluso ante un ataque convencional si éste entraña una amenaza “a la soberanía o integridad territorial” de Rusia o Bielorrusia, con la que forma una unión de estados. Las implicaciones potenciales de este cambio se agravan cuando se recuerda que Rusia incorporó a su territorio el 30 de septiembre de 2022 las regiones ucranianas de Donetsk, Jersón, Luhansk y Zaporiyia aún sin controlarlas por completo y que ha albergado en el pasado movimientos secesionistas –en particular, aunque no solamente, en el Cáucaso norte–, en no pocas ocasiones con el apoyo, explícito o encubierto, de potencias extranjeras.

En vez de estar pendiente de los desvaríos pseudofilosóficos de Aleksandr Dugin –que en el mes de mayo incluyó entre sus variadas diatribas una contra la serie de televisión Euphoria– harían mejor los periodistas en leer a analistas que realmente tienen influencia sobre los dirigentes rusos, como Fiódor Lukiánov o Serguéi Karagánov, ambos miembros del Consejo de Política Exterior y de Defensa. Como ha recordado recientemente el periodista Rafael Poch-de-Feliu en una entrevista, Karagánov “desde hace tiempo exige que se restablezca la credibilidad de la disuasión nuclear y propone atacar, en un primer momento, instalaciones europeas, en particular alemanas, que participen en el apoyo a la guerra contra Rusia, inicialmente con armas convencionales.” Si eso no surtiera efecto, Karagánov sugiere que “Rusia debería considerar el uso de armas nucleares tácticas”.


«La pregunta es si el liderazgo ruso aceptaría una derrota convencional sin recurrir antes al uso de armas nucleares».

Karagánov no está solo en esta propuesta. El antiguo jefe del Estado Mayor de las fuerzas armadas de Rusia Yury Baluevsky reclamó semanas atrás en un acto en la Cámara Cívica de la Federación Rusa –un órgano consultivo compuesto por 168 miembros para analizar propuestas legislativas a varios niveles– que se librase una “guerra de veras” contra los patrocinadores de Ucrania. “¿Cuándo empezaremos a luchar de verdad?”, se preguntó retóricamente Baluevsky, que se interrogó, de nuevo retóricamente, qué haría el Kremlin si se producía una escalada de las hostilidades: “¿Qué vamos a hacer en esta situación? ¿Librar una operación militar espacial [nombre con el que se conoce oficialmente la guerra de Ucrania en Rusia] unos cuantos años más, hasta desgastarlos?”.

De acuerdo con otros medios, el general retirado ofreció un catálogo de represalias convencionales, esto es, no-nucleares, que Rusia podría emplear contra la Unión Europea, como detener mediante acciones militares la producción de gas y petróleo en el mar del Norte, destruir las refinerías de petróleo en territorio europeo, cortar los cables submarinos que conectan a Europa con otras partes del mundo, destruir las instalaciones del sistema de combate Aegis en Rumanía y Polonia o que la Flota del Báltico bloquease los estrechos daneses e interrumpiese así el tráfico marítimo en el mar Báltico. Como parte de este programa, Baluevsky propuso también presionar a Finlandia y las repúblicas bálticas para que abandonen la OTAN o realizar pruebas nucleares en el mar del Norte en vez del sitio donde la URSS las realizaba tradicionalmente, el archipiélago de Novaya Zemlya.

Incluso en el escenario más “benigno”, como especulan algunos comentaristas rusos, una decapitación con éxito de la cúpula política y militar rusa no conduciría a una mejora de la situación, sino con toda probabilidad a su reemplazo por figuras más jóvenes y agresivas, como ha sucedido en Irán con el ascenso de la Guardia Revolucionaria Islámica y otras figuras del ala dura del régimen. La diferencia estriba, claro está, en las capacidades militares y nucleares de uno y del otro.


Fuente: El Salto