Por Pedro Costa Morata Ingeniero, periodista y politólogo.
y
María Cano Verdejo Técnico en eficiencia energética y gestión del agua.
Un
nuevo fantasma recorre la izquierda española instalando en ella, o
al menos en sus dirigentes, un miedo cerval, muy agitado, porque en
su perspectiva asustadiza la derecha y la derechona ultra van a ganar
las próximas elecciones generales, y el mundo se nos vendrá encima:
hay, pues, que evitarlo como sea, en
primer lugar, consiguiendo la unidad de la izquierda, ahora troceada,
enfrentada y condolida.
Mientras,
las circunstancias históricas nos aportan un gang de
criminales internacionales que andan sueltos machacando y
atemorizando al planeta con total impunidad, con la simpatía de los
ultras de todo el mundo. Ahí, en la parte canalla de la política
internacional, forman la derecha y la derechona ultra españolas,
ante las que esta izquierda nuestra interpone poco más que discursos
de denuncia y condena, pero no una resistencia activa generalizada
que señale acusadora y desabridamente a los personajes felones de
nuestra actualidad entreguista y también de nuestro vergonzante
pasado político: concretamente a aquellos que nos vincularon a la
OTAN supremacista y que reconocieron al terrorista Estado de Israel.
Y,
como telón de fondo aún más persistente, las circunstancias
ecológicas locales y planetarias nos plantan ante una degradación
generalizada de cuanto entendemos por medio ambiente: aire, suelo y
aguas escarnecidos, recursos y paisajes agotados o deformados, salud
física y mental en pérdidas galopantes, alimentación tóxica por
su origen industrial, sistema productivo entrópico, ciego y necio,
consumismo insaciable…
Una
izquierda en peligro: crisis de
identidad y de sentido
La
izquierda (los partidos),
institucionalizada y europeísta, está absolutamente integrada en el
sistema y ha renunciado a la pedagogía política, lo que es
catastrófico. Una izquierda que se declare europeísta, y así se lo
crea, nunca podrá ser verdadera izquierda: de Europa no queda ningún
secreto pendiente que mueva a esperanza o asimilación a justicia o
equidad. Y nunca está de más advertir sobre esa pasión por el
pesebre nutricio del Parlamento Europeo,
del que poco más que un pasto adormecedor cabe esperar: tan clara es
la perspectiva, fundacional y funcional, de que nunca una izquierda
militante podrá gobernar a la Unión Europea, ya que su férrea, y a
la vez tramposa, definición de democracia así lo prevé.
Entre
los fallos sistémicos de la izquierda figura su repelús a criticar
la democracia en la que se nos instaló a la muerte de Franco y con
la Transición. Podemos ha querido hacerlo, pero sus dirigentes se
sabían la teoría, no la práctica, y además tenían demasiada
prisa, así que cayeron en el precipicio insondable de la inepcia.
Esta izquierda no quiere reconocer que en el sistema capitalista la
democracia siempre está falseada, mediatizada y envilecida, y solo
excepcionalmente merece una defensa a ultranza. Acompañando a esa
“liviandad” crítica con la democracia, se impone la llamada del
confort (y algo más), a figurar en las instituciones disfrutando de
estatus, sueldo y relaciones, todo lo cual actúa como un auténtico
veneno que inocula a los más débiles de mente, flojos en ideología
y reacios al esfuerzo.
En
cualquier caso, hay que frenar esa -al parecer, irresistible- social
democratización de la izquierda, que es el proceso en el que está
incursa desde hace tiempo y que ahora, con ese presuroso malestar, ha
de revisar a fondo, revirtiéndolo decididamente. Porque hacer
política implica luchar por unos ideales y mantenerlos, y si estos
se convierten en inalcanzables, o se abandona la tarea (¡hay tantas
cosas interesantes por las que trabajar y tantas necesidades sociales
que cubrir desde la lucha ciudadana!) o se revisan y cambian el rumbo
y la marcha, pero no los ideales.
Para
ser, como debe, universalista esta izquierda tiene que dejar de ser
“estructural y militantemente” occidentalista, y abrirse mucho
más programática y activamente a lo que no es ni significa
Occidente: lección pendiente, urgente de acometer. Y para despegarse
mínimamente de ese occidentalismo rancio e inane (cuando no asesino:
miremos al panorama internacional), esta izquierda en revisión
debiera ir retirando el término “progresismo” de su discurso
esperanzador, ya que ni en lo humano ni en lo social cabe tal lema, y
ello lo certifican el pensamiento filosófico y sociológico, así
como el político; la idea de progreso solo es ya “funcional”
para las políticas económicas más falsas y cerriles. El escenario
en que se mueve la izquierda es el de un mundo de progreso que es
herencia tanto liberal como marxista, por lo que se hace necesario
revisar de una vez ese concepto, carente de sentido y contenido.
Que
no se tenga miedo ni rubor a reconocer que para construir un futuro
posible es necesario mirar al pasado extrayendo lecciones,
recuperando pérdidas, haciendo justicia a culturas, movimientos y
líderes que generaron esperanza a partir de valores auténticos que
la estupidez ambiente ha ido negando o reduciéndolos al ridículo o
la obsolescencia; y sin miedo a convertir la nostalgia en arma
imbatible de combate. Que sea izquierda, izquierdas e
izquierdismo la terminología que se use y maneje, ya que por
tradición y necesidad ha de enfrentarse a la derecha, las derechas
(que incluyen a la socialdemocracia), la derechona (con sus
integristas, cristiano-hipócritas y conservadores de toda laya) y la
ultraderecha (esa peste parda que ni escarmienta ni cede en su
arrogancia montaraz).
En
este contexto, la izquierda debiera centrar todo su esfuerzo en lo
esencial: construir una sociedad consciente, con cultura política y
combativa, capaz de, llegado el momento, forzar los cambios
estructurales necesarios. Históricamente, los momentos de cambio más
profundos han venido precedidos por largos procesos de politización
social, tejido asociativo y disposición a asumir costes y renuncias.
Procesos acumulativos donde la gente no solo “reciba mensajes”,
sino que piense, discuta, se organice y actúe y esto no es
compatible con dinámicas aceleradas, mensajes simplificados o
estrategias puramente comunicativas.
El
poso de las cosas y de las ideas se asienta con tiempo y paciencia;
no hay otra fórmula. Pretender ensanchar el espacio electoral
utilizando herramientas-trampa, como las redes sociales, sin
cuestionar la lógica que imponen, empuja hacia consignas en lugar de
argumentos, reacción en lugar de reflexión e identidad en lugar de
análisis. Es como tratar de hacer pedagogía en un entorno diseñado
para impedirla. Construir una sociedad más consciente implica
renunciar a ciertos privilegios, exige trabajo sostenido y requiere
otros ritmos y espacios que no se rigen por la lógica inmediata del
impacto ni por los ciclos electorales. Sin embargo, la política
institucional -también para la izquierda- es un filón inagotable
que, con frecuencia, domestica y distrae de ese horizonte de
transformación. Tras
dos legislaturas seguidas en el Gobierno,
la distancia entre la cabeza -los
liderazgos- y el músculo de la izquierda, es decir, la militancia
activa en los movimientos sociales (cada vez más escasa, por
cierto), se ha ampliado notablemente. Pensando en Izquierda Unida, no
resulta fácil diferenciar sus posicionamientos de los del propio
Gobierno. Se ha renunciado a la crítica y a la confrontación
ideológica en favor de intereses partidistas y electorales,
empobreciendo así el debate público. Apenas se explican
alternativas sistémicas ni se defienden las ideas con argumentos: se
asume la alternativa “menos mala”, apelando a que “hay que
saber leer el momento político”, a que “la correlación de
fuerzas es la que es” o a que “la alternativa -derecha o
ultraderecha- sería mucho peor”. En
ese desplazamiento, la política partidista se repliega en lo
defensivo: el cambio solo se simboliza, pero no se ejecuta. No hay
horizonte.
Participar
en un gobierno de coalición, y esto es de sobra conocido, supone un
peaje y una servidumbre. Los ministros de izquierda harán que la
izquierda, seguramente, pague caro el haber formado parte de un
Gobierno socialista, un lastre innecesario, perdiendo lo
esencial por el camino y solidarizándose, lo quieran o no, con todas
las políticas decididas en el Consejo de Ministros. Por
ejemplo, apoyando el envío de armas a lo que es una guerra de
procuración de Occidente contra Rusia en Ucrania: sorprende
la incapacidad de afrontar sucesos internacionales como este acoso de
la OTAN a Rusia y la respuesta de ésta, que solo puede suscitar
condena si el análisis no se funda en la historia y en la
geopolítica; o el silencio con Cuba, al que
llevan una (cínica) escrupulosidad democrática y una (cobarde)
contemporización con el Imperio hegemonista. Por no aludir al
comportamiento ante el problema del Sáhara, por el que sigue
hirviendo la opinión pública española: ese alineamiento con la
“autonomía” que propone Marruecos, florón de la hipocresía de
nuestra política exterior, no conmovió gran cosa a nuestros
izquierdistas coaligados. Nada de eso es estar contra la guerra o por
la moral internacional. Esta orientación
política sostenida en el tiempo, se diga lo que se diga, es
alineamiento.

Guerra de Ucrania.
Falta
coraje, sobra cálculo y, por si fuera poco, no tenemos referentes de
calidad ni mucho menos ejemplarizantes. Y asombra
contemplar la deriva de Maíllo, máximo representante de IU, plegado
a los posicionamientos del Gobierno: se asemeja más a un ministro o
portavoz del Ejecutivo que al líder de
la organización política de izquierdas más consolidada y con más
patrimonio político y ético del país. (Por cierto, que IU
debiera proceder a un congreso extraordinario y ajustarse los machos:
de esta bulla entorpecedora es ella la formación más sólida,
experimentada y con mayor implantación municipal; y se seleccione a
los mejores, no necesariamente a oportunistas o aparatchiks
del partido, conformes con ocupar ese reducido espacio político en
que ha quedado su trasiego histórico, ahora casi una ruina
testimonial. Despéjese de complejos y prudencias, háblele fuerte a
Podemos y Sumar y exprésese con la fuerza de su herencia y su ética
resistente.)
Antonio Maíllo.
Rufián
y la cuadratura del círculo: la izquierda no puede ser nacionalista
Los
movimientos de actualidad obligan a afrontar esa postulación por
unir y liderar a la izquierda que ha encabezado Gabriel Rufián, de
Esquerra Republicana de Cataluña, acompañado de algunos políticos
que, más bien desconocidos, recuerdan inevitablemente a los momentos
-arrebatadores pero oportunistas- del 15 M. Pero dejando aparte tanto
lo que de ventajista pueda tener esa iniciativa, como también la
peripecia personal del personaje, resulta sorprendente tener que
encajar que el hijo de emigrantes jienenses en Cataluña resultara un
día nacionalista. Esto, que no es un caso raro ni aislado,
introduce, sin embargo, un elemento de
escasa seriedad en la consideración del itinerario ideológico del
líder futurible, y habría que ver quiénes fueron sus mentores, si
los hubo, o si su vocación esencialista vino de una iluminación
bajo los olivos de su tierra, un día que regresó.
Hay
que advertir, por si acaso, que la izquierda nunca puede ser
nacionalista, aunque hay nacionalistas que se consideran de
izquierdas: pues bueno, y qué. Tampoco el ecologismo puede ser
nacionalista, pese a que haya muchos nacionalistas que se declaran -y
actúan como tal- ecologistas. Pero en política el lenguaje es
importantísimo, y no se deben confundir ni intercambiar sustantivos
con adjetivos.
Ese
Rufián desenvuelto y resultón es mimado desde YouTube, y eso es
hacer trampa porque despista mucho y no es sano del todo. Esos videos
tan masivamente difundidos nos proporcionan un Pepito Grillo cuyas
reprimendas, diatribas y filípicas resultan de lo más divertido
para la afición, pero es de observar que su agencia publicitaria no
añade las contestaciones de la oposición, PP y Vox, que parecen
pasar de él ampliamente. Hay que reconocer que Rufián
se ha convertido en un producto mediático que se exhibe y tontea con
los cabecillas de Podemos, de Más Madrid, etc., un elenco que,
visiblemente, lucha por sobrevivir en los cargos
institucionales. En Podemos, la retórica sobre circularidad para
diferenciarse de la casta política -IU incluida- quedó reducida a
historia.
Gabriel Rufián.
Además,
a Rufián más pronto que tarde Esquerra le recortará las alas para
reconducirlo por la vereda nacionalista (salvo que -no lo
descartemos- el andaluz étnico se deje de zarandajas identitarias,
recupere su ser proletario y campesino y se entere de una vez de lo
que es verdaderamente ser de izquierda); y haya de volver a su
ideología postiza, y si se pasa de frenada, que no extrañe que los
suyos le den pasaporte. Inevitablemente, vuelve a evocar la figura de
Mesías salvador que en su día encarnara Pablo Iglesias con
resultados bien a la vista. En su agresividad (con cierto gracejo, no
en vano es de estirpe andaluza) no se percibe demasiado fondo
ni en su estilo ni en sus ataques. En cualquier caso, pensar que la
batalla a la que debe acudir la izquierda ha de ser electoral es
persistir en el fracaso: esta democracia a la que tan ingenuamente se
sigue encadenados no tiene previsto consentir que nunca mande una
verdadera izquierda, y por eso mismo es hora de que esta aparezca
digna y eficazmente configurada, libre de espejismos electoralistas.
Nuestro
gran teatro político sigue produciendo fantasmagóricos parlantes en
instituciones cada vez más desprestigiadas y aborrecidas por su
pasmosa conversión en burocracias de intereses y en pantallas para
ensimismados, inútiles para una mayoría desganada y, en
consecuencia, influenciable por populistas, cínicos y oportunistas.
Hay que diferenciarse de ellos clara y radicalmente, pero no
necesariamente en ese mismo terreno descolorido y estéril, sino en
campos distintos, donde la desigualdad de fuerzas se reduzca y el
enemigo haya de enfrentarse a praxis y estilos que no domina.
El
caso es que parece que este Rufián se lo ha creído, y ha decidido
(¿solo, es decir, llevado por su éxito mediático? ¿insufladas sus
habilidades por sus agazapados jefes de Esquerra? ¿jaleado por
marginados contestatarios, más bien discretos que aguardan su
oportunidad?) tomar la iniciativa como avispado político que sabe lo
que hay y que salirse del marco marcado carece de interés. Pues no.
Se
trata de ecopolítica: la gente, el medio ambiente…
Recordemos
que la izquierda de siempre actúa en la calle y desde la
calle, con la gente de a pie, que siempre es la más necesitada (y
numerosa). La izquierda en movimiento, ahora apremiada
pero olvidadiza, debe retomar la calle y la sociedad con sus
(micro y macro) batallas. Y ha de ser capaz de ecologizarse real y
lealmente, de criticar a fondo la tecnología imperante y
determinista como enemiga artera y quizás definitiva de cualquier
programa de liberación humana, transmitiendo, por cierto, este
rechazo a los sindicatos; y de poner en la cúspide de su programa
los derechos de la naturaleza, considerando a estos emparejados con
los derechos humanos y sociales. Si todavía no ve que la fuerza del
capitalismo reside tanto en la esclavización humana como en la
depredación de la naturaleza, apaga y vámonos.
Por
ejemplo, es oportuno reproducir, en nuevos episodios de ira popular
generalizada, la gran batalla contra el programa nuclear en 1973-75
con iniciativas como la lucha contra la plaga de plantas generadoras
de biogás… en lugar de asomar para la foto y solidarizarse con los
“grupos especializados”, ecologistas o vecinales, cuyo esfuerzo
se espera rentabilizar. O presentar una crítica profunda y global
hacia la política ferroviaria, sin temer que corrigiendo al AVE y
sus tecnócratas vaya a redundar en pérdida de votos. Porque es
mejor situarse fuera del sistema dependiente de los votos, apelando
cruda y sistemáticamente a la (verdadera) democracia directa, que en
estos casos más vale llamarla “indirecta”, aunque mucho más
sana y convincente.
Protesta contra una macroplanta de biogás.
Nada
de esto pertenece al oportunismo o a la estrategia electoral, sino a
la “estructura del tiempo”, como principal magisterio, que es de
recomposición, de renovación y de fijación de urgencias y
compromisos: justamente, sí, la naturaleza, el medio ambiente, la
guerra contra el capitalismo depredador, la estupidez generalizada de
los políticos convencionales, las insidias de la tecnología, los
abusos del comercio internacional, la ocultación de la historia
propia y ajena, tan llena de crímenes…
Parecerá
duro de aceptar (y entender), pero se trataría de dejar en un
segundo plano las contiendas electorales, fatídicamente estériles,
y primar la agitación social: todo un proceso de sanación política,
social, ideológica y… democrática.
Pero
no nos corresponde aquí dar soluciones ni siquiera apuntar
propuestas, por más esquemáticas que puedan resultar. Todo lo más
a lo que nos atrevemos es a señalar la imperiosa necesidad de que la
izquierda que se remueve en su desasosiego ha
de anclarse en la acción y dar prioridad a las luchas contra el
sistema corrompido, las leyes de papel, los jueces injustos, el
militarismo procaz, la Iglesia montaraz y, sobre todo, los políticos
“institucionales”, que a izquierda y derecha se adhieren a un
sentido patrimonialista del poder electoral. Todo lo cual llevaría a
un empoderamiento (como ahora se dice) de los poderes locales, no
estrictamente los que forman corporaciones municipales, sino sobre
todo los de puertas afuera: la sociedad de base, activa, pedagógica
y enfurecida.
Entre
otros motivos porque son los pueblos los que generan savia y
ascendiente, donde reside la fuerza originaria y los derechos más
legítimos (esencialmente municipales, en la historia de España).
Una izquierda responsable, experimentada y con
sentido de la Historia y del Planeta debiera adoptar como objetivo
esencial el gestionar la escasez,
lo que suponiendo una auténtica revolución en el pensamiento
político de la izquierda (tan pegada a la idea y la promesa de
progreso como las fuerzas alineadas con el capitalismo), significa
que se ha asumido, sin reservas ni remilgos, la dura realidad a que
se enfrenta la humanidad, y por supuesto nuestro país, en lo
ambiental y en lo político. Porque proponer y reivindicar la
vida austera, una auténtica
bestia negra para el capitalismo, pero asumida como filosofía
política básica y no solo para que el
reparto/redistribución sea practicable y real, debiera de constituir
la esencia y la estructura de su programa y, más todavía, de su
acción social.