sábado, 4 de abril de 2026

Liderazgos exóticos para una izquierda que se busca y no se encuentra

 

 Por Pedro Costa Morata   
    Ingeniero, periodista y politólogo.

          y

 María Cano Verdejo   
     Técnico en eficiencia energética y gestión del agua.


  Un nuevo fantasma recorre la izquierda española instalando en ella, o al menos en sus dirigentes, un miedo cerval, muy agitado, porque en su perspectiva asustadiza la derecha y la derechona ultra van a ganar las próximas elecciones generales, y el mundo se nos vendrá encima: hay, pues, que evitarlo como sea, en primer lugar, consiguiendo la unidad de la izquierda, ahora troceada, enfrentada y condolida.

    Mientras, las circunstancias históricas nos aportan un gang de criminales internacionales que andan sueltos machacando y atemorizando al planeta con total impunidad, con la simpatía de los ultras de todo el mundo. Ahí, en la parte canalla de la política internacional, forman la derecha y la derechona ultra españolas, ante las que esta izquierda nuestra interpone poco más que discursos de denuncia y condena, pero no una resistencia activa generalizada que señale acusadora y desabridamente a los personajes felones de nuestra actualidad entreguista y también de nuestro vergonzante pasado político: concretamente a aquellos que nos vincularon a la OTAN supremacista y que reconocieron al terrorista Estado de Israel.

Y, como telón de fondo aún más persistente, las circunstancias ecológicas locales y planetarias nos plantan ante una degradación generalizada de cuanto entendemos por medio ambiente: aire, suelo y aguas escarnecidos, recursos y paisajes agotados o deformados, salud física y mental en pérdidas galopantes, alimentación tóxica por su origen industrial, sistema productivo entrópico, ciego y necio, consumismo insaciable…

Una izquierda en peligro: crisis de identidad y de sentido  

     La izquierda (los partidos), institucionalizada y europeísta, está absolutamente integrada en el sistema y ha renunciado a la pedagogía política, lo que es catastrófico. Una izquierda que se declare europeísta, y así se lo crea, nunca podrá ser verdadera izquierda: de Europa no queda ningún secreto pendiente que mueva a esperanza o asimilación a justicia o equidad. Y nunca está de más advertir sobre esa pasión por el pesebre nutricio del Parlamento Europeo, del que poco más que un pasto adormecedor cabe esperar: tan clara es la perspectiva, fundacional y funcional, de que nunca una izquierda militante podrá gobernar a la Unión Europea, ya que su férrea, y a la vez tramposa, definición de democracia así lo prevé.

Entre los fallos sistémicos de la izquierda figura su repelús a criticar la democracia en la que se nos instaló a la muerte de Franco y con la Transición. Podemos ha querido hacerlo, pero sus dirigentes se sabían la teoría, no la práctica, y además tenían demasiada prisa, así que cayeron en el precipicio insondable de la inepcia. Esta izquierda no quiere reconocer que en el sistema capitalista la democracia siempre está falseada, mediatizada y envilecida, y solo excepcionalmente merece una defensa a ultranza. Acompañando a esa “liviandad” crítica con la democracia, se impone la llamada del confort (y algo más), a figurar en las instituciones disfrutando de estatus, sueldo y relaciones, todo lo cual actúa como un auténtico veneno que inocula a los más débiles de mente, flojos en ideología y reacios al esfuerzo.

En cualquier caso, hay que frenar esa -al parecer, irresistible- social democratización de la izquierda, que es el proceso en el que está incursa desde hace tiempo y que ahora, con ese presuroso malestar, ha de revisar a fondo, revirtiéndolo decididamente. Porque hacer política implica luchar por unos ideales y mantenerlos, y si estos se convierten en inalcanzables, o se abandona la tarea (¡hay tantas cosas interesantes por las que trabajar y tantas necesidades sociales que cubrir desde la lucha ciudadana!) o se revisan y cambian el rumbo y la marcha, pero no los ideales.

Para ser, como debe, universalista esta izquierda tiene que dejar de ser “estructural y militantemente” occidentalista, y abrirse mucho más programática y activamente a lo que no es ni significa Occidente: lección pendiente, urgente de acometer. Y para despegarse mínimamente de ese occidentalismo rancio e inane (cuando no asesino: miremos al panorama internacional), esta izquierda en revisión debiera ir retirando el término “progresismo” de su discurso esperanzador, ya que ni en lo humano ni en lo social cabe tal lema, y ello lo certifican el pensamiento filosófico y sociológico, así como el político; la idea de progreso solo es ya “funcional” para las políticas económicas más falsas y cerriles. El escenario en que se mueve la izquierda es el de un mundo de progreso que es herencia tanto liberal como marxista, por lo que se hace necesario revisar de una vez ese concepto, carente de sentido y contenido.

Que no se tenga miedo ni rubor a reconocer que para construir un futuro posible es necesario mirar al pasado extrayendo lecciones, recuperando pérdidas, haciendo justicia a culturas, movimientos y líderes que generaron esperanza a partir de valores auténticos que la estupidez ambiente ha ido negando o reduciéndolos al ridículo o la obsolescencia; y sin miedo a convertir la nostalgia en arma imbatible de combate. Que sea izquierda, izquierdas e izquierdismo la terminología que se use y maneje, ya que por tradición y necesidad ha de enfrentarse a la derecha, las derechas (que incluyen a la socialdemocracia), la derechona (con sus integristas, cristiano-hipócritas y conservadores de toda laya) y la ultraderecha (esa peste parda que ni escarmienta ni cede en su arrogancia montaraz).

En este contexto, la izquierda debiera centrar todo su esfuerzo en lo esencial: construir una sociedad consciente, con cultura política y combativa, capaz de, llegado el momento, forzar los cambios estructurales necesarios. Históricamente, los momentos de cambio más profundos han venido precedidos por largos procesos de politización social, tejido asociativo y disposición a asumir costes y renuncias. Procesos acumulativos donde la gente no solo “reciba mensajes”, sino que piense, discuta, se organice y actúe y esto no es compatible con dinámicas aceleradas, mensajes simplificados o estrategias puramente comunicativas.

El poso de las cosas y de las ideas se asienta con tiempo y paciencia; no hay otra fórmula. Pretender ensanchar el espacio electoral utilizando herramientas-trampa, como las redes sociales, sin cuestionar la lógica que imponen, empuja hacia consignas en lugar de argumentos, reacción en lugar de reflexión e identidad en lugar de análisis. Es como tratar de hacer pedagogía en un entorno diseñado para impedirla. Construir una sociedad más consciente implica renunciar a ciertos privilegios, exige trabajo sostenido y requiere otros ritmos y espacios que no se rigen por la lógica inmediata del impacto ni por los ciclos electorales. Sin embargo, la política institucional -también para la izquierda- es un filón inagotable que, con frecuencia, domestica y distrae de ese horizonte de transformación. Tras dos legislaturas seguidas en el Gobierno, la distancia entre la cabeza -los liderazgos- y el músculo de la izquierda, es decir, la militancia activa en los movimientos sociales (cada vez más escasa, por cierto), se ha ampliado notablemente. Pensando en Izquierda Unida, no resulta fácil diferenciar sus posicionamientos de los del propio Gobierno. Se ha renunciado a la crítica y a la confrontación ideológica en favor de intereses partidistas y electorales, empobreciendo así el debate público. Apenas se explican alternativas sistémicas ni se defienden las ideas con argumentos: se asume la alternativa “menos mala”, apelando a que “hay que saber leer el momento político”, a que “la correlación de fuerzas es la que es” o a que “la alternativa -derecha o ultraderecha- sería mucho peor”. En ese desplazamiento, la política partidista se repliega en lo defensivo: el cambio solo se simboliza, pero no se ejecuta. No hay horizonte.

Participar en un gobierno de coalición, y esto es de sobra conocido, supone un peaje y una servidumbre. Los ministros de izquierda harán que la izquierda, seguramente, pague caro el haber formado parte de un Gobierno socialista, un lastre innecesario, perdiendo lo esencial por el camino y solidarizándose, lo quieran o no, con todas las políticas decididas en el Consejo de Ministros. Por ejemplo, apoyando el envío de armas a lo que es una guerra de procuración de Occidente contra Rusia en Ucrania: sorprende la incapacidad de afrontar sucesos internacionales como este acoso de la OTAN a Rusia y la respuesta de ésta, que solo puede suscitar condena si el análisis no se funda en la historia y en la geopolítica; o el silencio con Cuba, al que llevan una (cínica) escrupulosidad democrática y una (cobarde) contemporización con el Imperio hegemonista. Por no aludir al comportamiento ante el problema del Sáhara, por el que sigue hirviendo la opinión pública española: ese alineamiento con la “autonomía” que propone Marruecos, florón de la hipocresía de nuestra política exterior, no conmovió gran cosa a nuestros izquierdistas coaligados. Nada de eso es estar contra la guerra o por la moral internacional. Esta orientación política sostenida en el tiempo, se diga lo que se diga, es alineamiento.


Guerra de Ucrania.

Falta coraje, sobra cálculo y, por si fuera poco, no tenemos referentes de calidad ni mucho menos ejemplarizantes. Y asombra contemplar la deriva de Maíllo, máximo representante de IU, plegado a los posicionamientos del Gobierno: se asemeja más a un ministro o portavoz del Ejecutivo que al líder de la organización política de izquierdas más consolidada y con más patrimonio político y ético del país. (Por cierto, que IU debiera proceder a un congreso extraordinario y ajustarse los machos: de esta bulla entorpecedora es ella la formación más sólida, experimentada y con mayor implantación municipal; y se seleccione a los mejores, no necesariamente a oportunistas o aparatchiks del partido, conformes con ocupar ese reducido espacio político en que ha quedado su trasiego histórico, ahora casi una ruina testimonial. Despéjese de complejos y prudencias, háblele fuerte a Podemos y Sumar y exprésese con la fuerza de su herencia y su ética resistente.)


Antonio Maíllo.

Rufián y la cuadratura del círculo: la izquierda no puede ser nacionalista

Los movimientos de actualidad obligan a afrontar esa postulación por unir y liderar a la izquierda que ha encabezado Gabriel Rufián, de Esquerra Republicana de Cataluña, acompañado de algunos políticos que, más bien desconocidos, recuerdan inevitablemente a los momentos -arrebatadores pero oportunistas- del 15 M. Pero dejando aparte tanto lo que de ventajista pueda tener esa iniciativa, como también la peripecia personal del personaje, resulta sorprendente tener que encajar que el hijo de emigrantes jienenses en Cataluña resultara un día nacionalista. Esto, que no es un caso raro ni aislado, introduce, sin embargo, un elemento de escasa seriedad en la consideración del itinerario ideológico del líder futurible, y habría que ver quiénes fueron sus mentores, si los hubo, o si su vocación esencialista vino de una iluminación bajo los olivos de su tierra, un día que regresó.

Hay que advertir, por si acaso, que la izquierda nunca puede ser nacionalista, aunque hay nacionalistas que se consideran de izquierdas: pues bueno, y qué. Tampoco el ecologismo puede ser nacionalista, pese a que haya muchos nacionalistas que se declaran -y actúan como tal- ecologistas. Pero en política el lenguaje es importantísimo, y no se deben confundir ni intercambiar sustantivos con adjetivos.

Ese Rufián desenvuelto y resultón es mimado desde YouTube, y eso es hacer trampa porque despista mucho y no es sano del todo. Esos videos tan masivamente difundidos nos proporcionan un Pepito Grillo cuyas reprimendas, diatribas y filípicas resultan de lo más divertido para la afición, pero es de observar que su agencia publicitaria no añade las contestaciones de la oposición, PP y Vox, que parecen pasar de él ampliamente. Hay que reconocer que Rufián se ha convertido en un producto mediático que se exhibe y tontea con los cabecillas de Podemos, de Más Madrid, etc., un elenco que, visiblemente, lucha por sobrevivir en los cargos institucionales. En Podemos, la retórica sobre circularidad para diferenciarse de la casta política -IU incluida- quedó reducida a historia.


Gabriel Rufián.

Además, a Rufián más pronto que tarde Esquerra le recortará las alas para reconducirlo por la vereda nacionalista (salvo que -no lo descartemos- el andaluz étnico se deje de zarandajas identitarias, recupere su ser proletario y campesino y se entere de una vez de lo que es verdaderamente ser de izquierda); y haya de volver a su ideología postiza, y si se pasa de frenada, que no extrañe que los suyos le den pasaporte. Inevitablemente, vuelve a evocar la figura de Mesías salvador que en su día encarnara Pablo Iglesias con resultados bien a la vista. En su agresividad (con cierto gracejo, no en vano es de estirpe andaluza) no se percibe demasiado fondo ni en su estilo ni en sus ataques. En cualquier caso, pensar que la batalla a la que debe acudir la izquierda ha de ser electoral es persistir en el fracaso: esta democracia a la que tan ingenuamente se sigue encadenados no tiene previsto consentir que nunca mande una verdadera izquierda, y por eso mismo es hora de que esta aparezca digna y eficazmente configurada, libre de espejismos electoralistas.

Nuestro gran teatro político sigue produciendo fantasmagóricos parlantes en instituciones cada vez más desprestigiadas y aborrecidas por su pasmosa conversión en burocracias de intereses y en pantallas para ensimismados, inútiles para una mayoría desganada y, en consecuencia, influenciable por populistas, cínicos y oportunistas. Hay que diferenciarse de ellos clara y radicalmente, pero no necesariamente en ese mismo terreno descolorido y estéril, sino en campos distintos, donde la desigualdad de fuerzas se reduzca y el enemigo haya de enfrentarse a praxis y estilos que no domina.

El caso es que parece que este Rufián se lo ha creído, y ha decidido (¿solo, es decir, llevado por su éxito mediático? ¿insufladas sus habilidades por sus agazapados jefes de Esquerra? ¿jaleado por marginados contestatarios, más bien discretos que aguardan su oportunidad?) tomar la iniciativa como avispado político que sabe lo que hay y que salirse del marco marcado carece de interés. Pues no.

Se trata de ecopolítica: la gente, el medio ambiente…

Recordemos que la izquierda de siempre actúa en la calle y desde la calle, con la gente de a pie, que siempre es la más necesitada (y numerosa). La izquierda en movimiento, ahora apremiada pero olvidadiza, debe retomar la calle y la sociedad con sus (micro y macro) batallas. Y ha de ser capaz de ecologizarse real y lealmente, de criticar a fondo la tecnología imperante y determinista como enemiga artera y quizás definitiva de cualquier programa de liberación humana, transmitiendo, por cierto, este rechazo a los sindicatos; y de poner en la cúspide de su programa los derechos de la naturaleza, considerando a estos emparejados con los derechos humanos y sociales. Si todavía no ve que la fuerza del capitalismo reside tanto en la esclavización humana como en la depredación de la naturaleza, apaga y vámonos.

Por ejemplo, es oportuno reproducir, en nuevos episodios de ira popular generalizada, la gran batalla contra el programa nuclear en 1973-75 con iniciativas como la lucha contra la plaga de plantas generadoras de biogás… en lugar de asomar para la foto y solidarizarse con los “grupos especializados”, ecologistas o vecinales, cuyo esfuerzo se espera rentabilizar. O presentar una crítica profunda y global hacia la política ferroviaria, sin temer que corrigiendo al AVE y sus tecnócratas vaya a redundar en pérdida de votos. Porque es mejor situarse fuera del sistema dependiente de los votos, apelando cruda y sistemáticamente a la (verdadera) democracia directa, que en estos casos más vale llamarla “indirecta”, aunque mucho más sana y convincente.


Protesta contra una macroplanta de biogás.

Nada de esto pertenece al oportunismo o a la estrategia electoral, sino a la “estructura del tiempo”, como principal magisterio, que es de recomposición, de renovación y de fijación de urgencias y compromisos: justamente, sí, la naturaleza, el medio ambiente, la guerra contra el capitalismo depredador, la estupidez generalizada de los políticos convencionales, las insidias de la tecnología, los abusos del comercio internacional, la ocultación de la historia propia y ajena, tan llena de crímenes…

Parecerá duro de aceptar (y entender), pero se trataría de dejar en un segundo plano las contiendas electorales, fatídicamente estériles, y primar la agitación social: todo un proceso de sanación política, social, ideológica y… democrática.

Pero no nos corresponde aquí dar soluciones ni siquiera apuntar propuestas, por más esquemáticas que puedan resultar. Todo lo más a lo que nos atrevemos es a señalar la imperiosa necesidad de que la izquierda que se remueve en su desasosiego ha de anclarse en la acción y dar prioridad a las luchas contra el sistema corrompido, las leyes de papel, los jueces injustos, el militarismo procaz, la Iglesia montaraz y, sobre todo, los políticos “institucionales”, que a izquierda y derecha se adhieren a un sentido patrimonialista del poder electoral. Todo lo cual llevaría a un empoderamiento (como ahora se dice) de los poderes locales, no estrictamente los que forman corporaciones municipales, sino sobre todo los de puertas afuera: la sociedad de base, activa, pedagógica y enfurecida.

Entre otros motivos porque son los pueblos los que generan savia y ascendiente, donde reside la fuerza originaria y los derechos más legítimos (esencialmente municipales, en la historia de España). Una izquierda responsable, experimentada y con sentido de la Historia y del Planeta debiera adoptar como objetivo esencial el gestionar la escasez, lo que suponiendo una auténtica revolución en el pensamiento político de la izquierda (tan pegada a la idea y la promesa de progreso como las fuerzas alineadas con el capitalismo), significa que se ha asumido, sin reservas ni remilgos, la dura realidad a que se enfrenta la humanidad, y por supuesto nuestro país, en lo ambiental y en lo político. Porque proponer y reivindicar la vida austera, una auténtica bestia negra para el capitalismo, pero asumida como filosofía política básica y no solo para que el reparto/redistribución sea practicable y real, debiera de constituir la esencia y la estructura de su programa y, más todavía, de su acción social.


miércoles, 1 de abril de 2026

Los valores familiares de Epstein

 

 Por Melinda Cooper   
      Profesora de Sociología en la Universidad de Sídney, Australia. Su investigación está centrada en la bioeconomía y en la relación entre el neoliberalismo y el neoconservadurismo norteamericano.


El depredador sexual estaba fascinado por el transhumanismo y soñaba con propagar su ADN entre la raza humana


     Una de las características más extrañas de la extrema derecha estadounidense contemporánea es la emergencia de los “padres primigenios”, patriarcas del Antiguo Testamento que quieren procrear no solo una familia, sino una raza. Elon Musk es el más conocido de estos Abrahams aspiracionales, aunque no es en absoluto el único.


Valores de la familia Epstein

Un extenso informe del Wall Street Journal documentó el deseo de Musk de engendrar lo que él llama una “legión” de hijos que salvarían a la humanidad de la caída demográfica y transmitirían sus genes superiores en un futuro lejano.

Un cohete de Space X está listo para transportar su semilla más allá de la Tierra en un proceso similar a la panspermia inversa, la teoría de que la vida orgánica llegó a nuestro planeta a través del polvo espacial.


Panespermia.

Actualmente se cree que Musk tiene al menos 14 hijos con cuatro mujeres, cuyos asuntos legales y financieros son gestionados en parte por Jared Birchall, director de su oficina familiar. “Vamos a tener que usar gestantes subrogadas”, escribió Musk en un mensaje de texto a una de ellas, para “alcanzar el nivel de legión antes del apocalipsis”. Como preparación para esta ampliación de operaciones, adquirió un complejo multiresidencial en Austin, Texas.



Ashley St. Clair y el hijo que tuvo con Elon Musk.

El pronatalismo de Silicon Valley es generalmente entendido como eugenésico, una lectura que capta el deseo de purificación racial, pero no el proceso distintivo mediante el cual se persigue la pureza. Los eugenistas estadounidenses “clásicos” de la era progresista buscaban erradicar la anomalía genética, a la que consideraban responsables de la degeneración mental y otras enfermedades sociales.

Por el contrario, Musk y los de su calaña están inmersos en la pseudociencia del transhumanismo, menos preocupados por la eliminación del error que por la exaltación de la desviación excepcional. El patriarca ideal es aquel que rompe con la distribución normal de la inteligencia con su súper coeficiente intelectual. No solo busca preservar el patrimonio genético blanco, sino resucitarlo sobre nuevos nacimientos santificados. Los padres primigenios son venerados como los fundadores de una nueva raza, más que como los antepasados ​​de una antigua.


Dios en la máquina: mi extraño viaje al transhumanismo.

El padre primigenio es la materia del mito. En Tótem y tabú , Freud sugirió que el inconsciente primitivo estaba habitado por un patriarca autoritario y una horda de hijos envidiosos. El padre exige derechos de propiedad exclusiva sobre todas las mujeres, independientemente de su edad y parentesco. Su reinado autocrático solo es sustituido cuando los hermanos se rebelan, lo asesinan y establecen un nuevo régimen en el que las mujeres son propiedad comunitaria. Freud reconoció con franqueza que era una prehistoria falsa. No había ningún subtexto evolutivo o antropológico detrás del mito de la horda primitiva, solo los rastros borrados en la mente de sus pacientes.

Sin embargo, esta fantasía a veces es representada en la vida real. Esto es más evidente en el caso de los líderes de sectas, quienes, con una fascinante previsibilidad, terminan instaurando un régimen de sexo comunitario obligatorio sobre el que ostentan derechos de monopolio absolutos. Ellos también prefieren los complejos a las residencias unifamiliares y, cuando se enfrentan al reto de la sucesión, recurren a fantasías de inmortalidad y deificación. Su normalización del apocalipsis inminente puede leerse como la traducción cósmica de este miedo: a los líderes de sectas les resulta más fácil imaginar el fin del mundo que la pérdida de su poder personal.

No hace falta decir que este ethos está claramente en desacuerdo con los valores familiares tradicionales defendidos por la derecha religiosa (una de las razones de la estrepitosa discordia entre las distintas líneas de la coalición MAGA). Los padres primigenios quieren un hogar ampliado, no una familia. Transgreden con gusto los tabúes conservadores contra el adulterio, el incesto y las relaciones sexuales intergeneracionales porque todos los miembros de su hogar tienen el estatuto de sirvientes, cualquiera sea su parentesco sanguíneo.

Las características distintivas de sus economías domésticas se hacen más evidentes cuando consideramos el caso de Jeffrey Epstein. Al igual que Musk, Epstein estaba fascinado por el transhumanismo y soñaba con propagar su ADN entre la raza humana. En 2008, después de ser condenado por solicitar prostitución a menores, fantaseaba con retirarse a su rancho Zorro en Nuevo México para embarazar hasta a 20 mujeres a la vez. En sus memorias publicadas póstumamente, Nobody’s Girl, Virginia Roberts Giuffre, que a los 16 años fue reclutada por Epstein y su entonces novia Ghislaine Maxwell, relata que sus abusadores le propusieron conservarla como madre sustituta de su futuro hijo, sobre el que ella no tendría ningún derecho de custodia. Le pagarían 200.000 dólares al mes por criar al niño y acompañarlo por todo el mundo para encuentros con Epstein. Temiendo que su hijo fuera abusado, Giuffre elaboró un plan de fuga.

El caso de Epstein es más instructivo que el de Musk porque combina las dos economías de propiedad sexual que Freud distinguió en el inconsciente primitivo: la fratriarcal y la patriarcal. Epstein fue capaz de forjar vínculos firmes con sus compañeros depredadores diciéndoles “lo que es mío es tuyo” y conservando la evidencia fotográfica. En este sentido, estableció un sistema fratriarcal en el que las mujeres jóvenes y las niñas se compartían entre hermanos primigenios como una forma de cohesión social. Pero Epstein también quería conservar al menos a algunas de estas mujeres como su propiedad inalienable. Las madres de sus futuros hijos debían estar en una zona prohibida, secuestradas tras los muros de un complejo inaccesible.

La economía doméstica de Epstein asignaba así a las mujeres a uno de los dos regímenes de propiedad sexual, con algunas pasando del fratriarcado al patriarcado a medida que crecían. Todas las mujeres y niñas son propiedad de un solo hombre, o todas las mujeres y niñas son propiedad de todos los hombres.

2.

Freud consideraba que la horda primitiva pertenecía directamente al reino del inconsciente. Solo salía a la superficie en momentos de transgresión organizada, como los carnavales. Pero no hay nada mediado o subliminal en el deseo de la extrema derecha de Silicon Valley de recrear el conflicto entre padres y hermanos primigenios. De hecho, su principal “filósofo”, Peter Thiel, miembro de la «mafia de PayPal» original, descubrió a Freud por primera vez a través de la obra de René Girard, el filósofo cristiano que dictó clases en Stanford en la década de 1990.

Thiel sigue definiéndose girardiano hasta el día de hoy, pero su lectura de Freud es sui generis. En Zero to One, un resumen de su filosofía empresarial con la extensión de un libro, utiliza Tótem y tabú como un prisma a través del cual analiza la economía política de una empresa de Silicon Valley controlada por sus fundadores. Celebra a los fundadores de startups como hermanos iconoclastas, decididos a derrocar el poder paternal de los monopolios de turno como Google, Amazon o Microsoft. La alianza de los tech bros demostró su poder disruptivo, pero Thiel advierte acertadamente que los roles primigenios no son fijos. Tan pronto como su padre es sacrificado, la hermandad desciende a una competencia asesina, en la que cada hijo afirma su derecho individual a crear un monopolio. “Los fundadores extremos no son nuevos en la historia”, escribe Thiel, señalando a Edipo y Rómulo.

Gracias a la más reciente colección de documentos revelados por el Departamento de Justicia de Estados Unidos, ahora sabemos que Epstein era cercano a las figuras más destacadas de la extrema derecha de Silicon Valley. Después del Brexit, intercambió correos electrónicos con Thiel celebrando el “regreso del tribalismo” y antes de su muerte invirtió millones en las empresas tecnológicas de Thiel. Epstein se habría reconocido a sí mismo en el retrato que Thiel hace del trágico fundador: se veía a sí mismo como alguien que operaba “por encima de la ley” y estaba destinado a crear sus propias leyes. Según Giuffre, interrogaba sin cesar a sus víctimas sobre su infancia en busca de signos de vulnerabilidad, pero era reticente ante cualquier indagación sobre su propia crianza. Epstein, al parecer, venía de la nada, un hijo huérfano. En uno de los artefactos de la última colección del Departamento de Justicia, una entrevista en video grabada por Steve Bannon, se presentaba a sí mismo como un outsider –“Jeffrey Epstein, solo un buen chico”– sin el lastre de las largas biografías que arrastran personajes como Bill Clinton o Paul Volcker.

Si la mitología del padre primigenio es la imagen de la forma de negocio preferida por la nueva élite, también se aplica de otra manera a sus organizaciones domésticas. La referencia adecuada aquí no es la familia nuclear sino la economía doméstica, donde la producción es inseparable de la reproducción y la gestión de los activos empresariales es coextensiva con la preservación de las posesiones familiares.

La extrema riqueza generada desde la crisis financiera mundial reavivó una forma de trabajo que, al menos en el mundo anglosajón, se había vuelto cada vez más infrecuente a mediados del siglo XX: el servicio doméstico a gran escala, a largo plazo y dentro del propio hogar. Pensemos en Palm Beach, donde Trump y Epstein hace tiempo se codeaban y que ahora es el hogar de muchos de los multimillonarios de Estados Unidos (así como de los aliados más cercanos del presidente). En la última década, se mudaron allí el fundador de Blackstone y megadonante republicano Steve Schwarzman, así como Ken Griffin de Citadel, y el gerente de fondos de cobertura Paul Tudor Jones. Otros, como la viuda de David Koch, Julia, y el cofundador de KKR, Henry Kravis, son residentes de larga duración. Sus hogares no son solo domicilios, sino importantes fuentes de empleo, cada uno de ellos atrae a muchísimos trabajadores permanentes y temporarios de las zonas más pobres del condado de Palm Beach y de lugares tan lejanos como Nueva York, Irlanda, Sudáfrica y Rumanía.

Esta forma de servicio doméstico está tácitamente regida por algo parecido a las leyes del “amo y sirviente”, una forma de empleo que en su día otorgaba a los amos un dominio virtual sobre su esfera privada de gobierno y castigaba a los trabajadores con sanciones criminales como el arresto domiciliario, el encarcelamiento e incluso el castigo corporal. Dados el origen de las leyes del amo y el sirviente en la Inglaterra medieval, sería fácil identificar este desarrollo como un retorno al feudalismo, una lectura cada vez más popular de la coyuntura actual, como lo ejemplifica la reciente obra de Yanis Varoufakis.


Tecno-feudalismo. El sigiloso sucesos del capitalismo.

El argumento le debe mucho a Marx, quien insinuó que el servicio doméstico personal se volvería obsoleto a medida que las relaciones feudales dieran paso al libre contrato laboral. Pero recordemos que, contrariamente a las predicciones de Marx, el servicio doméstico se expandió a finales del siglo XIX, no a pesar de sino debido a la creciente concentración de la riqueza industrial y financiera. Además, las relaciones entre amos y sirvientes perduraron hasta bien entrado el siglo XX y resurgieron en las recientes décadas, si no en acuerdos legales formales, al menos en acuerdos de facto.

Estas leyes resultaron especialmente difíciles de eliminar en lo que respecta al trato de los sirvientes domésticos, principalmente mujeres negras: cualquier intento de organización laboral se topaba con el argumento de que eran miembros de la familia y, por lo tanto, estaban expuestos a ser tratados con las mismas formas de abuso que los familiares más cercanos. Aquí nos hacemos una idea clara de la “confusión de categorías” que reina en la economía doméstica. Mientras que la familia nuclear postula una separación ideal entre el hogar y el mercado, la vida personal y la laboral, las leyes sobre amos y sirvientes asumen una fusión completa entre ambas esferas.

Epstein era propietario de múltiples propiedades de gran tamaño –en Palm Beach, Nueva York, París y Nuevo México– así como de una isla privada, Little Saint James. Su nómina incluía a docenas, quizá cientos, de empleados internos, desde asesores legales y guardaespaldas hasta choferes, cocineros, personal de limpieza, jardineros, trabajadores de mantenimiento y “masajistas”. Los visitantes describen una jerarquía de asistentes cuya relación precisa con Epstein –íntima o comercial– a veces era difícil de discernir. Los socios de negocios masculinos como el abogado Alan Dershowitz eran amigos y, según los alegatos de algunas víctimas, participantes ocasionales en crímenes sexuales. En Relentless Pursuit, Bradley J. Edwards, un abogado de Florida que representó a unas 20 víctimas de Epstein, sugiere que un grupo de novias oficiales, típicamente más grandes y más ricas, formaban un círculo íntimo privilegiado y a veces eran cómplices de los abusos. Si la relación terminaba en buenos términos, podían ascender y unirse a Maxwell como proxenetas a tiempo completo de chicas jóvenes.

3.

El origen de la fortuna de Epstein permanece elusivo. Sabemos que trabajó como asesor financiero y planificador patrimonial no calificado para multimillonarios como Les Wexner (Victoria’s Secret), Leon Black (Apollo Global Management) y, según las más recientes revelaciones, el magnate inmobiliario Mortimer Zuckerman y la heredera Ariane de Rothschild. Los extraordinarios honorarios que le pagaban estas personas siguen desafiando cualquier explicación. Lo que sí sabemos es cómo utilizaba Epstein ese dinero: como fondos ilegales para su negocio de mecenazgo a tiempo completo. En sus tratos con otros hombres de la élite, les prometía favores financieros y sexuales. Sus beneficiarios podían recibir financiación para una unidad de investigación junto con una visita aparentemente sin riesgos a la residencia de Epstein, repleta de documentación fotográfica. A cambio, se esperaba que le aseguraran el acceso a círculos de influencia cada vez más altos.

Tanto financiera como sexualmente, Epstein vinculó su reputación a la de sus beneficiarios. Cualquier daño a su nombre inevitablemente mancharía el de ellos. Durante muchos años, este acuerdo se tradujo en una inmunidad legal virtual. En 2008, los fiscales federales fracasaron en el intento de presentar cargos completos por tráfico sexual contra él, a pesar del testimonio de 36 mujeres jóvenes.

Epstein se presentaba como un mecenas incluso ante sus jóvenes víctimas. A las estudiantes que recogía en Nueva York les prometía fondos para cubrir los gastos de matrícula en universidades de la Ivy League o una buena recomendación ante el propietario de una famosa galería de arte. Las adolescentes de los parques de casas rodantes de West Palm Beach podían convertirse en masajistas profesionales o, como mínimo, en reclutadoras a tiempo completo de otras chicas. (La fugitiva Giuffre iba a recibir formación profesional como masajista en la escuela más prestigiosa de Tailandia). Muchas víctimas veían su patrocinio como una alternativa económica genuina. Según el abogado Edwards, varias de las víctimas a las que representó fueron abusadas durante su infancia o procedían de hogares violentos. Algunas estaban sinceramente agradecidas de que Epstein las hubiera rescatado del trabajo sexual mal remunerado.

No se trataba solo de los 100 dólares por una primera sesión de “masaje”: Epstein también prometía una especie de trayectoria profesional. Sin embargo, el patrocinio sexual se convirtió rápidamente en servidumbre sexual: aunque era generoso con sus pequeños regalos, nunca cumplió sus grandes promesas. El objetivo era mantener a sus víctimas en un estado de endeudamiento permanente.

Debido a que Epstein involucraba a casi todas las personas con las que se relacionaba en lazos proliferantes de obligaciones y dependencias, la tarea de asignar culpas resulta extrañamente difícil. Es probable que todo su personal doméstico fuera cómplice, en mayor o menor medida, de sus abusos sexuales. Muchos de ellos debían tener conocimiento directo de lo que sucedía: el famoso cocinero que recibía a las jóvenes en la cocina antes de que subieran las escaleras, los chóferes que llevaban a Maxwell por Nueva York mientras buscaba estudiantes, la empleada doméstica que limpiaba las habitaciones y los baños. Incluso las víctimas más modestas de Epstein supuestamente podían escapar de las peores formas de abuso reclutando a otras chicas. Más de una describió la economía doméstica de Epstein como un elaborado esquema piramidal en el que se animaba a las participantes a verse a sí mismas como contratistas independientes, libres de dirigir sus propios “pequeños negocios” en la moda o el arte, siempre y cuando también cumplieran con las necesidades de reclutamiento del amo. ¿En qué momento el interés propio dependiente se convirtió en complicidad?

En sus declaraciones ante la policía y la fiscalía, las víctimas llaman la atención sobre la asombrosa familiaridad que Epstein y Maxwell creaban en medio de los abusos más horribles. Una chica comió pochoclo y vio Sex and the City con ellos antes de ser agredida. Según otro testigo, Maxwell se comportaba como una hermana mayor genial, introduciendo a sus hermanos en un mundo de sofisticación adulta.

Los lazos de parentesco, a diferencia de las relaciones del libre mercado, evocan una forma de obligación no contractual, un vínculo que no se puede disolver fácilmente a cambio de dinero. La economía doméstica extiende estas obligaciones no contractuales tanto a los trabajadores como a los miembros de la familia, borrando la distinción fundamental entre ambos (aunque no las jerarquías internas). Una antigua víctima tuvo problemas para escapar de Epstein porque se sentía en deuda con él como “amigo, figura paterna, empleador y amo”. Giuffre relata que Epstein y Maxwell actuaban como sus padres, proporcionándole atención dental y enseñándole modales en la mesa.

Sin embargo, en otras ocasiones, Virginia era como una madre para él, le ponía las medias a la mañana y lo metía en la cama a la noche. “Epstein y Maxwell consolidaron su poder sobre mí ofreciéndome un nuevo tipo de familia”, escribe. “Epstein era el patriarca, Maxwell la matriarca, y estos roles no eran meramente implícitos. A Maxwell le gustaba llamar a las chicas que atendían regularmente a Epstein sus ‘hijas’”. Los lazos emocionales que la unían a Epstein se sentían reales: “No era exactamente amor, pero creo que la palabra adecuada es lealtad”.

Sin embargo, la deuda no era reversible. Epstein podía romper los lazos con cualquier miembro de su hogar a voluntad, pero nadie podía hacer lo mismo, especialmente sus jóvenes víctimas. Giuffre emigró a Australia para escapar, pero seguía “muerta de miedo” de él. Muchas otras mujeres testificaron que Epstein y Maxwell las amenazaron con matarlas si intentaban escapar o denunciaban los abusos.

4.

Puede que la familia Epstein haya alcanzado extremos de sadismo, pero su economía política se vuelve menos excepcional hoy en día. Cuando un solo individuo dispone de más dinero que una agencia gubernamental que concede subvenciones o una universidad dedicada a la investigación, el impacto en la producción de conocimiento y las relaciones académicas es profundo. El mismo efecto dominó se puede observar en el sector de los servicios y la vivienda, ya que los complejos de los multimillonarios comienzan a moldear el futuro de economías urbanas enteras. Sin duda, la empresa familiar de Epstein era única por su auténtica complejidad organizativa, pero el tipo de obligación personal y de endeudamiento que inspiraba entre sus dependientes es ahora una característica estándar de la economía familiar de los multimillonarios.

Esta reflexión ayuda a aclarar el papel catalizador que admite el movimiento #MeToo en nuestro actual ciclo de reacción conservadora. Es difícil llevar la cuenta de los hombres de todo el espectro político que en los últimos años experimentaron conversiones arrepentidas a la extrema derecha trumpista. Cuando se les pide que expliquen su cambio de opinión, señalan repetidamente anécdotas de agresiones sexuales que parecen demasiado triviales, por no decir ridículas, como para haber provocado una sensación de colapso histórico mundial. La aparente discrepancia tiene más sentido cuando recordamos que el #MeToo se originó en un sector particular de la industria cinematográfica: el mundo altamente personalizado de los estudios privados de cine independiente. Como cofundador de Miramax y The Weinstein Company, Harvey Weinstein era el producto de una peculiar sociedad controlada por sus fundadores estilos en la que los propietarios-gerentes gozan de un poder desenfrenado sobre su personal y sus clientes. El movimiento #MeToo representó un ataque directo a su poder sexual y económico combinado. No es una sorpresa que Epstein y Weinstein fueran amigos. O que hombres de todo el espectro político contactaron a Epstein en busca de consejo cuando lidiaban con acusación de abuso sexual después del #MeToo.

Gracias a nuestra creciente reflexión sobre el mundo de Epstein, obtuvimos una imagen más clara de la lógica psíquica y económica de la extrema derecha contemporánea. Al igual que Epstein quería cerrar todas las vías de escape a sus víctimas femeninas, Trump y sus reaccionarios tecnológicos quieren acabar con todas las alternativas a la economía doméstica y convertir la presidencia en una empresa familiar controlada por su fundador. Los ataques al Estado administrativo, al sector público y a los sindicatos, así como la transformación de los agentes de control fronterizo en una milicia personal, pueden entenderse como parte de un programa más amplio para extender la regla del amo y el sirviente a toda la economía. Quizás si todos nos convertimos en conductores de Uber, vendedores tercerizados de Amazon, contratistas comerciales de magnates inmobiliarios o académicos que le suplican a los multimillonarios, ¿entonces el fundador estará a salvo del sacrificio colectivo?

Las víctimas de Epstein experimentaron la regla del amo y sirviente no solo como violencia económica sino también sexual. Fueron las primeras en nombrar y resistir nuestro orden político emergente.


Fuente: Ctxt