Por Alberto
MesasPeriodista. Master en Estudios Avanzados en Comunicación política.
En la última década, en la región han proliferado gobiernos conservadores de sesgo ultraliberal y estética MAGA aupados por el malestar económico, la polarización política y el desgaste de los partidos de izquierdas
Primero fue Nayib Bukele y su autocracia carcelaria del terror en El Salvador.
Luego Javier Milei y su motosierra para cercenar derechos y amputar servicios públicos en Argentina.
Unas semanas más tarde, Daniel Noboa llegó al poder en Ecuador con la idea de militarizar el país bajo el pretexto de combatir el crimen.
Rodrigo Paz ha hecho de los recortes y las bajadas de impuestos a los ricos y las empresas su seña de identidad en Bolivia.
En Chile, José Antonio Kast presume de ser el hijo de un oficial nazi que ocultó su identidad para escapar de la justicia, y como pinochetista, pretende consumar la transformación ultraliberal de la economía del país.
Y Nasry Asfura, además de presidente de Honduras, es uno de los nombres de los Pandora Papers, y acumula acusaciones de corrupción y desvío de fondos públicos.
Desde 2019, América Latina ha ido girando progresivamente hacia opciones políticas de extrema derecha, aupando a gobiernos de corte conservador y modificando el equilibrio político de la región, donde en la anterior década habían predominado los dirigentes de izquierdas.
Los últimos casos que confirman esta tendencia son los de Perú y Colombia, donde Keiko Fujimori acaba de proclamarse vencedora de los comicios peruanos por apenas 43.000 votos, y Abelardo de la Espriella es el flamante ganador de la segunda vuelta de las presidenciales colombianas.
Crisis económica, populismo y desgaste de la izquierda
A pesar de que cada país cuenta con sus propias lógicas y circunstancias internas que explican el cambio de tendencia, existen factores comunes a todos los casos, que tienen que ver con el malestar social por la situación económica, la desafección política, el desgaste de los ejecutivos de izquierdas que habían gobernado antes en varios de esos países, el giro del discurso político hacia temas como la seguridad, el crimen organizado o la inflación, y la aparición de líderes populistas que prometen soluciones rápidas a todos estos problemas.
Otro elemento común es la inspiración en el ideario y la puesta en escena del MAGA de Donald Trump en Estados Unidos, con promesas centradas en las bajadas de impuestos y la recuperación del orden.
Hace unos años, la revista Electoral Studies publicó un estudio donde se establece una clara relación entre tasas de criminalidad y comportamiento electoral en países latinoamericanos como El Salvador u Honduras, demostrando cómo los líderes de extrema derecha explotan la baza de la inseguridad ciudadana para atraer votos. Por su parte, el último informe sobre la región publicado en mayo por el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) sostiene que América Latina y el Caribe se han convertido en la zona más polarizada del mundo, con una dinámica en la que la política deja de ser una disputa de ideas para convertirse en un choque entre bloques irreconciliables. El organismo advierte además de que esa tensión tiene lugar en un clima donde ha aumentado la violencia política y la desconfianza institucional, y ha crecido la insatisfacción ciudadana con la democracia como modelo de convivencia.
Sin embargo, en su análisis sobre las elecciones en América Latina durante este 2026, los investigadores del Real Instituto Elcano Carlos Malamud y Rogelio Núñez aseguran que no basta con hablar de una sola “ola derechista” porque el fenómeno mezcla factores regionales y dinámicas nacionales distintas. Además, señalan que el voto de castigo y la búsqueda de alternativas de orden y estabilidad están favoreciendo a los partidos de derecha en varios países, sin que eso signifique un patrón único ni una misma fórmula política en toda la región.
El politólogo argentino Andrés Malamud lleva años defendiendo que el rasgo dominante en América Latina ya no es tanto la polarización ideológica como la crisis de representación. Malamud cree que este fenómeno responde a la descomposición de los sistemas de partidos tradicionales y al voto contra los gobiernos en ejercicio más que a una consolidación de izquierdas o derechas: “En ocho de cada diez elecciones recientes triunfaron fuerzas que ni siquiera existían una década antes”, expone, y añade que “más de la mitad de los partidos en Latinoamérica creados en el siglo XXI que llegaron a la presidencia ya han desaparecido”.
Malamud también habla de que “América Latina está viviendo la trampa de las democracias mediocres” e insiste en que la democracia está funcionando únicamente como reemplazo de élites y no como un sistema que mejores la gobernabilidad, algo que contribuye a esa crisis de representación y que los ciclos de desgaste de los gobiernos electos se aceleren. “Somos gobernados por personas que no fueron preparadas para eso”, remarca, y asegura que “lo que nos está pasando en América Latina también está pasando en Occidente. No nos pasa solamente a nosotros”.
El Salvador: el modelo absolutista que sus vecinos intentan replicar
El Salvador es el caso más extremo de concentración de poder dentro de este giro a la derecha en la región. Nayib Bukele llegó al Gobierno en 2019 y, desde entonces, ha ido acumulando poder político e institucional en torno a su figura, hasta el punto de conseguir eliminar la limitación de mandatos. Su medida estrella es la guerra sin cuartel contra las bandas criminales, incluso violando derechos humanos y libertades fundamentales.
Desde 2022, el gobierno salvadoreño ha mantenido un régimen de excepción que suspende determinadas garantías constitucionales en el marco de la lucha contra las pandillas, una medida que el parlamento ha prorrogado en múltiples ocasiones.
Estas políticas han reducido significativamente la tasa de homicidios en el país, pero varias organizaciones internacionales y de defensa de los derechos humanos como Human Rights Watch o la propia ONU han denunciado detenciones masivas, falta de garantías procesales y la inmensa concentración de poder en el Ejecutivo.
Aun así, el modelo salvadoreño se ha convertido en un ejemplo para varios líderes latinoamericanos que enarbolan el mismo discurso de fortalecer la seguridad y el orden en contextos de crisis, y otros gobiernos de la región, como el ecuatoriano, han intentado dar pasos en la misma línea.
Argentina: el punto de inflexión
Javier Milei llegó a la Presidencia de Argentina a finales de 2023, en un contexto de profunda crisis económica marcada por la elevada inflación. En su campaña electoral, Milei articuló un discurso duro de fuerte crítica al intervencionismo del Estado, y lanzó propuestas basadas en la reducción del gasto público, la “dolarización” de la economía y el despliegue de una amplia batería de privatizaciones de empresas y servicios públicos.
Al mismo tiempo, Milei cargaba contra las élites y el establishment argentino. Tres años después, el paro en Argentina ha pasado del 5,7% al casi el 8%, y la inflación que prometió reducir no baja del 3%.
En la victoria de Milei también pesó el desgaste del peronismo encarnado en la figura del anterior presidente, Alberto Fernández, y la fragmentación interna de las coaliciones tradicionales del centroizquierda. Desde entonces, en la región se han producido vuelcos de poder similares, donde las fuerzas de la derecha han ampliado considerablemente sus bases electorales.
Ecuador: continuidad de mano dura
En Ecuador, la continuidad de Daniel Noboa confirma el giro conservador en América Latina. Noboa fue reelegido en 2025, en un contexto marcado por episodios de violencia asociados al crimen organizado y el narcotráfico. Como en el caso de El Salvador, este factor ha sido clave. Durante la campaña electoral, Noboa prometió mano dura y estabilidad, y una vez llegó al gobierno consiguió centrar el debate público en torno a la seguridad y el control del territorio.
Junto a esto, los ciclos electorales ecuatorianos más recientes también se han desarrollado en un escenario de gran polarización política, y una clara fragmentación del sistema de partidos que ha contribuido a la inestabilidad institucional del país. Del socialista Correa y su “Revolución Ciudadana” se pasó primero a Lenín Moreno, con una agenda claramente neoliberal, y después el banquero Guillermo Lasso continuó la tendencia hasta la llegada al poder de Noboa.
Bolivia: inestabilidad tras 20 años de Evo Morales
Bolivia constituye uno de los casos más complejos dentro de este cambio de tendencia en América Latina. En las elecciones generales de agosto de 2025, el país abrió un nuevo ciclo político tras casi dos décadas de hegemonía del Movimiento al Socialismo (MAS) de Evo Morales y Jorge Quiroga. En 2019 se produjo un golpe de Estado contra Morales, al que acusaron de fraude electoral, y durante un año el Gobierno estuvo en manos de la liberal conservadora Jeanine Áñez.
Un año después, en 2020, las elecciones le dieron la victoria a Luis Arce (MAS), pero aunque su partido había mantenido el control del Ejecutivo y una parte importante del aparato legislativo, las tensiones internas entre Arce y Evo Morales acabaron dividiendo poco a poco al bloque oficialista. En los últimos comicios de 2025, en la campaña estuvieron presentes el deterioro económico del país por la escasez de divisas y las protestas de una parte importante de la población indígena contra la inhabilitación de Evo Morales por parte del Tribunal Constitucional boliviano.
Perú y Colombia: Victorias por menos del 1% de los votos
El resultado de las elecciones presidenciales de Perú y Colombia celebradas a lo largo de estas últimas semanas han continuado en la línea del giro conservador producido en otros países de la zona. Sin embargo, en ambos países los márgenes de victoria no llegan al 1%.
En Perú, la candidata de derechas Keiko Fujimori —que se presentaba por cuarta vez consecutiva a unas elecciones generales—, ha obtenido el 50,11% de los votos en la segunda vuelta frente al 49,88% de su rival, el izquierdista Roberto Sánchez.
Hace unos días Sánchez pidió sin éxito anular la votación de los peruanos en el exterior al entender que existe fraude porque los consulados no tienen la obligación de remitir digitalmente los resultados de la votación en el extranjero y enviar las actas físicas a Lima para que sean escrutadas. En cualquier caso, el líder del partido Juntos por el Perú, ya ha anunciado que no reconocerá al gobierno de Fujimori.
En el caso colombiano, la segunda vuelta de los comicios dio la victoria a Abelardo de la Espriella, con el 49,6% de los votos frente al 48,7% de Iván Cepeda. Como en el caso ecuatoriano y de El Salvador, la campaña electoral de De la Espriella se centró en propuestas dirigidas a endurecer las políticas contra el crimen organizado y el narcotráfico, y promesas económicas sobre la reducción del tamaño del Estado y el recorte del gasto público.
Tras hacerse públicos los resultados, miles de personas organizaron manifestaciones en ciudades como Bogotá y Cali contra la victoria de De la Espriella. Por su parte, el expresidente Gustavo Petro pidió calma, aunque evitó reconocer de inmediato los resultados.
Fuente:
El
Salto





















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