miércoles, 1 de abril de 2026

Los valores familiares de Epstein

 

 Por Melinda Cooper   
      Profesora de Sociología en la Universidad de Sídney, Australia. Su investigación está centrada en la bioeconomía y en la relación entre el neoliberalismo y el neoconservadurismo norteamericano.


El depredador sexual estaba fascinado por el transhumanismo y soñaba con propagar su ADN entre la raza humana


     Una de las características más extrañas de la extrema derecha estadounidense contemporánea es la emergencia de los “padres primigenios”, patriarcas del Antiguo Testamento que quieren procrear no solo una familia, sino una raza. Elon Musk es el más conocido de estos Abrahams aspiracionales, aunque no es en absoluto el único.


Valores de la familia Epstein

Un extenso informe del Wall Street Journal documentó el deseo de Musk de engendrar lo que él llama una “legión” de hijos que salvarían a la humanidad de la caída demográfica y transmitirían sus genes superiores en un futuro lejano.

Un cohete de Space X está listo para transportar su semilla más allá de la Tierra en un proceso similar a la panspermia inversa, la teoría de que la vida orgánica llegó a nuestro planeta a través del polvo espacial.


Panespermia.

Actualmente se cree que Musk tiene al menos 14 hijos con cuatro mujeres, cuyos asuntos legales y financieros son gestionados en parte por Jared Birchall, director de su oficina familiar. “Vamos a tener que usar gestantes subrogadas”, escribió Musk en un mensaje de texto a una de ellas, para “alcanzar el nivel de legión antes del apocalipsis”. Como preparación para esta ampliación de operaciones, adquirió un complejo multiresidencial en Austin, Texas.



Ashley St. Clair y el hijo que tuvo con Elon Musk.

El pronatalismo de Silicon Valley es generalmente entendido como eugenésico, una lectura que capta el deseo de purificación racial, pero no el proceso distintivo mediante el cual se persigue la pureza. Los eugenistas estadounidenses “clásicos” de la era progresista buscaban erradicar la anomalía genética, a la que consideraban responsables de la degeneración mental y otras enfermedades sociales.

Por el contrario, Musk y los de su calaña están inmersos en la pseudociencia del transhumanismo, menos preocupados por la eliminación del error que por la exaltación de la desviación excepcional. El patriarca ideal es aquel que rompe con la distribución normal de la inteligencia con su súper coeficiente intelectual. No solo busca preservar el patrimonio genético blanco, sino resucitarlo sobre nuevos nacimientos santificados. Los padres primigenios son venerados como los fundadores de una nueva raza, más que como los antepasados ​​de una antigua.


Dios en la máquina: mi extraño viaje al transhumanismo.

El padre primigenio es la materia del mito. En Tótem y tabú , Freud sugirió que el inconsciente primitivo estaba habitado por un patriarca autoritario y una horda de hijos envidiosos. El padre exige derechos de propiedad exclusiva sobre todas las mujeres, independientemente de su edad y parentesco. Su reinado autocrático solo es sustituido cuando los hermanos se rebelan, lo asesinan y establecen un nuevo régimen en el que las mujeres son propiedad comunitaria. Freud reconoció con franqueza que era una prehistoria falsa. No había ningún subtexto evolutivo o antropológico detrás del mito de la horda primitiva, solo los rastros borrados en la mente de sus pacientes.

Sin embargo, esta fantasía a veces es representada en la vida real. Esto es más evidente en el caso de los líderes de sectas, quienes, con una fascinante previsibilidad, terminan instaurando un régimen de sexo comunitario obligatorio sobre el que ostentan derechos de monopolio absolutos. Ellos también prefieren los complejos a las residencias unifamiliares y, cuando se enfrentan al reto de la sucesión, recurren a fantasías de inmortalidad y deificación. Su normalización del apocalipsis inminente puede leerse como la traducción cósmica de este miedo: a los líderes de sectas les resulta más fácil imaginar el fin del mundo que la pérdida de su poder personal.

No hace falta decir que este ethos está claramente en desacuerdo con los valores familiares tradicionales defendidos por la derecha religiosa (una de las razones de la estrepitosa discordia entre las distintas líneas de la coalición MAGA). Los padres primigenios quieren un hogar ampliado, no una familia. Transgreden con gusto los tabúes conservadores contra el adulterio, el incesto y las relaciones sexuales intergeneracionales porque todos los miembros de su hogar tienen el estatuto de sirvientes, cualquiera sea su parentesco sanguíneo.

Las características distintivas de sus economías domésticas se hacen más evidentes cuando consideramos el caso de Jeffrey Epstein. Al igual que Musk, Epstein estaba fascinado por el transhumanismo y soñaba con propagar su ADN entre la raza humana. En 2008, después de ser condenado por solicitar prostitución a menores, fantaseaba con retirarse a su rancho Zorro en Nuevo México para embarazar hasta a 20 mujeres a la vez. En sus memorias publicadas póstumamente, Nobody’s Girl, Virginia Roberts Giuffre, que a los 16 años fue reclutada por Epstein y su entonces novia Ghislaine Maxwell, relata que sus abusadores le propusieron conservarla como madre sustituta de su futuro hijo, sobre el que ella no tendría ningún derecho de custodia. Le pagarían 200.000 dólares al mes por criar al niño y acompañarlo por todo el mundo para encuentros con Epstein. Temiendo que su hijo fuera abusado, Giuffre elaboró un plan de fuga.

El caso de Epstein es más instructivo que el de Musk porque combina las dos economías de propiedad sexual que Freud distinguió en el inconsciente primitivo: la fratriarcal y la patriarcal. Epstein fue capaz de forjar vínculos firmes con sus compañeros depredadores diciéndoles “lo que es mío es tuyo” y conservando la evidencia fotográfica. En este sentido, estableció un sistema fratriarcal en el que las mujeres jóvenes y las niñas se compartían entre hermanos primigenios como una forma de cohesión social. Pero Epstein también quería conservar al menos a algunas de estas mujeres como su propiedad inalienable. Las madres de sus futuros hijos debían estar en una zona prohibida, secuestradas tras los muros de un complejo inaccesible.

La economía doméstica de Epstein asignaba así a las mujeres a uno de los dos regímenes de propiedad sexual, con algunas pasando del fratriarcado al patriarcado a medida que crecían. Todas las mujeres y niñas son propiedad de un solo hombre, o todas las mujeres y niñas son propiedad de todos los hombres.

2.

Freud consideraba que la horda primitiva pertenecía directamente al reino del inconsciente. Solo salía a la superficie en momentos de transgresión organizada, como los carnavales. Pero no hay nada mediado o subliminal en el deseo de la extrema derecha de Silicon Valley de recrear el conflicto entre padres y hermanos primigenios. De hecho, su principal “filósofo”, Peter Thiel, miembro de la «mafia de PayPal» original, descubrió a Freud por primera vez a través de la obra de René Girard, el filósofo cristiano que dictó clases en Stanford en la década de 1990.

Thiel sigue definiéndose girardiano hasta el día de hoy, pero su lectura de Freud es sui generis. En Zero to One, un resumen de su filosofía empresarial con la extensión de un libro, utiliza Tótem y tabú como un prisma a través del cual analiza la economía política de una empresa de Silicon Valley controlada por sus fundadores. Celebra a los fundadores de startups como hermanos iconoclastas, decididos a derrocar el poder paternal de los monopolios de turno como Google, Amazon o Microsoft. La alianza de los tech bros demostró su poder disruptivo, pero Thiel advierte acertadamente que los roles primigenios no son fijos. Tan pronto como su padre es sacrificado, la hermandad desciende a una competencia asesina, en la que cada hijo afirma su derecho individual a crear un monopolio. “Los fundadores extremos no son nuevos en la historia”, escribe Thiel, señalando a Edipo y Rómulo.

Gracias a la más reciente colección de documentos revelados por el Departamento de Justicia de Estados Unidos, ahora sabemos que Epstein era cercano a las figuras más destacadas de la extrema derecha de Silicon Valley. Después del Brexit, intercambió correos electrónicos con Thiel celebrando el “regreso del tribalismo” y antes de su muerte invirtió millones en las empresas tecnológicas de Thiel. Epstein se habría reconocido a sí mismo en el retrato que Thiel hace del trágico fundador: se veía a sí mismo como alguien que operaba “por encima de la ley” y estaba destinado a crear sus propias leyes. Según Giuffre, interrogaba sin cesar a sus víctimas sobre su infancia en busca de signos de vulnerabilidad, pero era reticente ante cualquier indagación sobre su propia crianza. Epstein, al parecer, venía de la nada, un hijo huérfano. En uno de los artefactos de la última colección del Departamento de Justicia, una entrevista en video grabada por Steve Bannon, se presentaba a sí mismo como un outsider –“Jeffrey Epstein, solo un buen chico”– sin el lastre de las largas biografías que arrastran personajes como Bill Clinton o Paul Volcker.

Si la mitología del padre primigenio es la imagen de la forma de negocio preferida por la nueva élite, también se aplica de otra manera a sus organizaciones domésticas. La referencia adecuada aquí no es la familia nuclear sino la economía doméstica, donde la producción es inseparable de la reproducción y la gestión de los activos empresariales es coextensiva con la preservación de las posesiones familiares.

La extrema riqueza generada desde la crisis financiera mundial reavivó una forma de trabajo que, al menos en el mundo anglosajón, se había vuelto cada vez más infrecuente a mediados del siglo XX: el servicio doméstico a gran escala, a largo plazo y dentro del propio hogar. Pensemos en Palm Beach, donde Trump y Epstein hace tiempo se codeaban y que ahora es el hogar de muchos de los multimillonarios de Estados Unidos (así como de los aliados más cercanos del presidente). En la última década, se mudaron allí el fundador de Blackstone y megadonante republicano Steve Schwarzman, así como Ken Griffin de Citadel, y el gerente de fondos de cobertura Paul Tudor Jones. Otros, como la viuda de David Koch, Julia, y el cofundador de KKR, Henry Kravis, son residentes de larga duración. Sus hogares no son solo domicilios, sino importantes fuentes de empleo, cada uno de ellos atrae a muchísimos trabajadores permanentes y temporarios de las zonas más pobres del condado de Palm Beach y de lugares tan lejanos como Nueva York, Irlanda, Sudáfrica y Rumanía.

Esta forma de servicio doméstico está tácitamente regida por algo parecido a las leyes del “amo y sirviente”, una forma de empleo que en su día otorgaba a los amos un dominio virtual sobre su esfera privada de gobierno y castigaba a los trabajadores con sanciones criminales como el arresto domiciliario, el encarcelamiento e incluso el castigo corporal. Dados el origen de las leyes del amo y el sirviente en la Inglaterra medieval, sería fácil identificar este desarrollo como un retorno al feudalismo, una lectura cada vez más popular de la coyuntura actual, como lo ejemplifica la reciente obra de Yanis Varoufakis.


Tecno-feudalismo. El sigiloso sucesos del capitalismo.

El argumento le debe mucho a Marx, quien insinuó que el servicio doméstico personal se volvería obsoleto a medida que las relaciones feudales dieran paso al libre contrato laboral. Pero recordemos que, contrariamente a las predicciones de Marx, el servicio doméstico se expandió a finales del siglo XIX, no a pesar de sino debido a la creciente concentración de la riqueza industrial y financiera. Además, las relaciones entre amos y sirvientes perduraron hasta bien entrado el siglo XX y resurgieron en las recientes décadas, si no en acuerdos legales formales, al menos en acuerdos de facto.

Estas leyes resultaron especialmente difíciles de eliminar en lo que respecta al trato de los sirvientes domésticos, principalmente mujeres negras: cualquier intento de organización laboral se topaba con el argumento de que eran miembros de la familia y, por lo tanto, estaban expuestos a ser tratados con las mismas formas de abuso que los familiares más cercanos. Aquí nos hacemos una idea clara de la “confusión de categorías” que reina en la economía doméstica. Mientras que la familia nuclear postula una separación ideal entre el hogar y el mercado, la vida personal y la laboral, las leyes sobre amos y sirvientes asumen una fusión completa entre ambas esferas.

Epstein era propietario de múltiples propiedades de gran tamaño –en Palm Beach, Nueva York, París y Nuevo México– así como de una isla privada, Little Saint James. Su nómina incluía a docenas, quizá cientos, de empleados internos, desde asesores legales y guardaespaldas hasta choferes, cocineros, personal de limpieza, jardineros, trabajadores de mantenimiento y “masajistas”. Los visitantes describen una jerarquía de asistentes cuya relación precisa con Epstein –íntima o comercial– a veces era difícil de discernir. Los socios de negocios masculinos como el abogado Alan Dershowitz eran amigos y, según los alegatos de algunas víctimas, participantes ocasionales en crímenes sexuales. En Relentless Pursuit, Bradley J. Edwards, un abogado de Florida que representó a unas 20 víctimas de Epstein, sugiere que un grupo de novias oficiales, típicamente más grandes y más ricas, formaban un círculo íntimo privilegiado y a veces eran cómplices de los abusos. Si la relación terminaba en buenos términos, podían ascender y unirse a Maxwell como proxenetas a tiempo completo de chicas jóvenes.

3.

El origen de la fortuna de Epstein permanece elusivo. Sabemos que trabajó como asesor financiero y planificador patrimonial no calificado para multimillonarios como Les Wexner (Victoria’s Secret), Leon Black (Apollo Global Management) y, según las más recientes revelaciones, el magnate inmobiliario Mortimer Zuckerman y la heredera Ariane de Rothschild. Los extraordinarios honorarios que le pagaban estas personas siguen desafiando cualquier explicación. Lo que sí sabemos es cómo utilizaba Epstein ese dinero: como fondos ilegales para su negocio de mecenazgo a tiempo completo. En sus tratos con otros hombres de la élite, les prometía favores financieros y sexuales. Sus beneficiarios podían recibir financiación para una unidad de investigación junto con una visita aparentemente sin riesgos a la residencia de Epstein, repleta de documentación fotográfica. A cambio, se esperaba que le aseguraran el acceso a círculos de influencia cada vez más altos.

Tanto financiera como sexualmente, Epstein vinculó su reputación a la de sus beneficiarios. Cualquier daño a su nombre inevitablemente mancharía el de ellos. Durante muchos años, este acuerdo se tradujo en una inmunidad legal virtual. En 2008, los fiscales federales fracasaron en el intento de presentar cargos completos por tráfico sexual contra él, a pesar del testimonio de 36 mujeres jóvenes.

Epstein se presentaba como un mecenas incluso ante sus jóvenes víctimas. A las estudiantes que recogía en Nueva York les prometía fondos para cubrir los gastos de matrícula en universidades de la Ivy League o una buena recomendación ante el propietario de una famosa galería de arte. Las adolescentes de los parques de casas rodantes de West Palm Beach podían convertirse en masajistas profesionales o, como mínimo, en reclutadoras a tiempo completo de otras chicas. (La fugitiva Giuffre iba a recibir formación profesional como masajista en la escuela más prestigiosa de Tailandia). Muchas víctimas veían su patrocinio como una alternativa económica genuina. Según el abogado Edwards, varias de las víctimas a las que representó fueron abusadas durante su infancia o procedían de hogares violentos. Algunas estaban sinceramente agradecidas de que Epstein las hubiera rescatado del trabajo sexual mal remunerado.

No se trataba solo de los 100 dólares por una primera sesión de “masaje”: Epstein también prometía una especie de trayectoria profesional. Sin embargo, el patrocinio sexual se convirtió rápidamente en servidumbre sexual: aunque era generoso con sus pequeños regalos, nunca cumplió sus grandes promesas. El objetivo era mantener a sus víctimas en un estado de endeudamiento permanente.

Debido a que Epstein involucraba a casi todas las personas con las que se relacionaba en lazos proliferantes de obligaciones y dependencias, la tarea de asignar culpas resulta extrañamente difícil. Es probable que todo su personal doméstico fuera cómplice, en mayor o menor medida, de sus abusos sexuales. Muchos de ellos debían tener conocimiento directo de lo que sucedía: el famoso cocinero que recibía a las jóvenes en la cocina antes de que subieran las escaleras, los chóferes que llevaban a Maxwell por Nueva York mientras buscaba estudiantes, la empleada doméstica que limpiaba las habitaciones y los baños. Incluso las víctimas más modestas de Epstein supuestamente podían escapar de las peores formas de abuso reclutando a otras chicas. Más de una describió la economía doméstica de Epstein como un elaborado esquema piramidal en el que se animaba a las participantes a verse a sí mismas como contratistas independientes, libres de dirigir sus propios “pequeños negocios” en la moda o el arte, siempre y cuando también cumplieran con las necesidades de reclutamiento del amo. ¿En qué momento el interés propio dependiente se convirtió en complicidad?

En sus declaraciones ante la policía y la fiscalía, las víctimas llaman la atención sobre la asombrosa familiaridad que Epstein y Maxwell creaban en medio de los abusos más horribles. Una chica comió pochoclo y vio Sex and the City con ellos antes de ser agredida. Según otro testigo, Maxwell se comportaba como una hermana mayor genial, introduciendo a sus hermanos en un mundo de sofisticación adulta.

Los lazos de parentesco, a diferencia de las relaciones del libre mercado, evocan una forma de obligación no contractual, un vínculo que no se puede disolver fácilmente a cambio de dinero. La economía doméstica extiende estas obligaciones no contractuales tanto a los trabajadores como a los miembros de la familia, borrando la distinción fundamental entre ambos (aunque no las jerarquías internas). Una antigua víctima tuvo problemas para escapar de Epstein porque se sentía en deuda con él como “amigo, figura paterna, empleador y amo”. Giuffre relata que Epstein y Maxwell actuaban como sus padres, proporcionándole atención dental y enseñándole modales en la mesa.

Sin embargo, en otras ocasiones, Virginia era como una madre para él, le ponía las medias a la mañana y lo metía en la cama a la noche. “Epstein y Maxwell consolidaron su poder sobre mí ofreciéndome un nuevo tipo de familia”, escribe. “Epstein era el patriarca, Maxwell la matriarca, y estos roles no eran meramente implícitos. A Maxwell le gustaba llamar a las chicas que atendían regularmente a Epstein sus ‘hijas’”. Los lazos emocionales que la unían a Epstein se sentían reales: “No era exactamente amor, pero creo que la palabra adecuada es lealtad”.

Sin embargo, la deuda no era reversible. Epstein podía romper los lazos con cualquier miembro de su hogar a voluntad, pero nadie podía hacer lo mismo, especialmente sus jóvenes víctimas. Giuffre emigró a Australia para escapar, pero seguía “muerta de miedo” de él. Muchas otras mujeres testificaron que Epstein y Maxwell las amenazaron con matarlas si intentaban escapar o denunciaban los abusos.

4.

Puede que la familia Epstein haya alcanzado extremos de sadismo, pero su economía política se vuelve menos excepcional hoy en día. Cuando un solo individuo dispone de más dinero que una agencia gubernamental que concede subvenciones o una universidad dedicada a la investigación, el impacto en la producción de conocimiento y las relaciones académicas es profundo. El mismo efecto dominó se puede observar en el sector de los servicios y la vivienda, ya que los complejos de los multimillonarios comienzan a moldear el futuro de economías urbanas enteras. Sin duda, la empresa familiar de Epstein era única por su auténtica complejidad organizativa, pero el tipo de obligación personal y de endeudamiento que inspiraba entre sus dependientes es ahora una característica estándar de la economía familiar de los multimillonarios.

Esta reflexión ayuda a aclarar el papel catalizador que admite el movimiento #MeToo en nuestro actual ciclo de reacción conservadora. Es difícil llevar la cuenta de los hombres de todo el espectro político que en los últimos años experimentaron conversiones arrepentidas a la extrema derecha trumpista. Cuando se les pide que expliquen su cambio de opinión, señalan repetidamente anécdotas de agresiones sexuales que parecen demasiado triviales, por no decir ridículas, como para haber provocado una sensación de colapso histórico mundial. La aparente discrepancia tiene más sentido cuando recordamos que el #MeToo se originó en un sector particular de la industria cinematográfica: el mundo altamente personalizado de los estudios privados de cine independiente. Como cofundador de Miramax y The Weinstein Company, Harvey Weinstein era el producto de una peculiar sociedad controlada por sus fundadores estilos en la que los propietarios-gerentes gozan de un poder desenfrenado sobre su personal y sus clientes. El movimiento #MeToo representó un ataque directo a su poder sexual y económico combinado. No es una sorpresa que Epstein y Weinstein fueran amigos. O que hombres de todo el espectro político contactaron a Epstein en busca de consejo cuando lidiaban con acusación de abuso sexual después del #MeToo.

Gracias a nuestra creciente reflexión sobre el mundo de Epstein, obtuvimos una imagen más clara de la lógica psíquica y económica de la extrema derecha contemporánea. Al igual que Epstein quería cerrar todas las vías de escape a sus víctimas femeninas, Trump y sus reaccionarios tecnológicos quieren acabar con todas las alternativas a la economía doméstica y convertir la presidencia en una empresa familiar controlada por su fundador. Los ataques al Estado administrativo, al sector público y a los sindicatos, así como la transformación de los agentes de control fronterizo en una milicia personal, pueden entenderse como parte de un programa más amplio para extender la regla del amo y el sirviente a toda la economía. Quizás si todos nos convertimos en conductores de Uber, vendedores tercerizados de Amazon, contratistas comerciales de magnates inmobiliarios o académicos que le suplican a los multimillonarios, ¿entonces el fundador estará a salvo del sacrificio colectivo?

Las víctimas de Epstein experimentaron la regla del amo y sirviente no solo como violencia económica sino también sexual. Fueron las primeras en nombrar y resistir nuestro orden político emergente.


Fuente: Ctxt

Irán: una guerra anunciada

 

 Por Daniel Luban   
      Profesor de Ciencias Políticas en la Universidad de Columbia.


El hecho de que la guerra en Irán resulte tan chocante para la base electoral de Trump y la plana mayor de los comentaristas refleja hasta qué punto se había distorsionado la imagen del movimiento MAGA


     El comienzo de la guerra de EEUU e Israel contra Irán el 28 de febrero fue sorprendente, menos de cuatro días después del discurso sobre el Estado de la Unión en el que Donald Trump apenas mencionó a Irán.


Trump participa en una conferencia de prensa bilateral con Benjamin Netanyahu, el lunes 29 de diciembre de 2025.

En una perspectiva más larga no debería haber sido una sorpresa. La guerra contra Irán era la predecible culminación de la política exterior de Trump, que se remonta a su decisión en 2018 de poner fin al JCPOA, el acuerdo nuclear de Obama cuyo cumplimiento Teherán había observado. 

Trump a punto estuvo de ir a la guerra contra Irán al final de su primer mandato con la temeraria decisión de asesinar al comandante militar Qasem Soleimani.


                          Cartel en la embajada de EE.UU. en Teherán, rebautizada como el ‘Museo de la Arrogancia’.

Después de que Teherán decidiese encajar el golpe y esperar a que Trump terminase su último año de mandato con una respuesta limitada, los recuerdos de esta guerra que a punto estuvo de producirse se desvanecieron con el comienzo de la covid. Cuando Trump ganó en 2024, uno de mis primeros pensamientos fue que probablemente veríamos una guerra contra Irán en su segundo mandato, aunque no me esperaba que se adentrase en ella con la despreocupación con la que lo ha hecho.

El hecho de que la guerra de Trump se haya demostrado como tan chocante tanto para su base electoral como para la mayor parte de los comentaristas refleja hasta qué punto la imagen popular de Trump y su movimiento se había distorsionado. También refleja las distorsiones más amplias de la narrativa estadounidense sobre sus propios fracasos en política exterior en el último cuarto de siglo. Quienes esperan poner fin a la guerra de agresión contra Irán y evitar futuras repeticiones harían bien en corregir ambos errores.

Empecemos con nuestro estimado líder. Aunque puede que sea el primer ganador del Premio de la Paz de la FIFA y el galardonado de trasmano del Premio Nobel de la Paz adjudicado a María Corina Machado, nunca hubo ninguna prueba de que Trump fuese un anti-intervencionista, y menos todavía “un hombre de paz”. Era de sobras conocido que Trump había apoyado la Guerra de Iraq en los días previos a la invasión de 2003. En un adelanto de la manera de abordar las cosas que tanto le funcionaría en tantos ámbitos, Trump se limitó a repetir la mentira de que había estado en contra de aquella guerra hasta que sus contrincantes, exhaustos, tiraron la toalla a la hora de desmentirla.

El primer mandato de Trump tuvo una política exterior de ‘halcón’ en la mayoría de las medidas adoptadas, un hecho que sus apologistas atribuyeron a sus asesores procedentes del ‘establishment’. Aunque no hay ninguna duda de que figuras como James Mattis, H.R. McMaster y John Kelly eran ‘halcones’, lo cierto es que ayudaron más a limitar las acciones de Trump que a animarlas. Mattis, que cayó en desgracia con la administración de Obama por Irán, era con todo más moderado que Trump en esta cuestión e intentó, sin éxito, que Trump no abandonase el acuerdo nuclear. De manera similar, el asesinato de Soleimani fue una acción de Trump: supuestamente, ésta fue la más agresiva de todas las acciones que los planificadores militares le presentaron creyendo, equivocadamente, que de este modo conducirían al presidente hacia una opción media más equilibrada. En cuanto a Venezuela, Trump sopesaba la idea de emprender acciones militares desde 2017 y fueron los adultos en la sala quienes le hicieron desistir de la idea en su primer mandato.

Los seguidores de Trump que admiten que no es un anti-intervencionista por principios con frecuencia acostumbran a presentarlo como un realista. Aunque existe una cierta ambigüedad sobre qué puede calificarse como realismo, y se dan algunos puntos de convergencia entre los realistas y Trump –como el escepticismo hacia el apoyo a Ucrania– la gran mayoría de los realistas de verdad han sido feroces críticos de Trump durante todos estos años que ha ocupado la presidencia. Lo han sido porque han reconocido, correctamente, que aunque sus administraciones son buenas a la hora de producir peroratas que suenan a realistas y reciben una buena cobertura en los medios de comunicación –piénsese en el discurso en Riad de 2025 o la reciente Estrategia de Seguridad Nacional– estas declaraciones nunca han venido seguidas de una aplicación práctica de las mismas.

En última instancia hay algo vagamente cómico en los varios intentos de amañar una ideología coherente para Trump, que el jefe siempre acaba enviando al traste en cuestión de semanas. ¿Alguien se acuerda cuando, durante los últimos dos meses, la tan cacareada ‘Doctrina Donroe’ significaba que nos alejábamos de Oriente Medio para centrarnos en el hemisferio occidental?

La política exterior de Trump deriva menos de una ideología coherente que de unas cuantas peculiaridades psicológicas. La primera es una aproximación intensamente personalista. Trump, por ejemplo, parece que torpedeó el acuerdo nuclear iraní menos en respuesta a la presión israelí y de los neocon que por pura animadversión personal hacia Obama, quien se había burlado de él en una cena de gala unos años antes.

El segundo es un fetiche por los recursos extractivos como el petróleo, uno que a menudo excede el valor material mismo de esos recursos. Apoderarse del crudo venezolano fue una buena manera de que Trump vendiese la intervención en el país (como quienes, como John Bolton, se dieron cuenta en su primer mandato), pero la industria petrolífera estadounidense era mucho menos entusiasta.

En tercer lugar, y por encima de todo lo demás, está su obsesión con las percepciones de dominio, rudeza y masculinidad. De consuno, estos rasgos lo convierten en fácilmente manipulable. Así, en 2019, después de que Trump retirase a las tropas en Siria encargadas de proteger a los aliados kurdos (lo que sonaba demasiado humanitario) sus adversarios le convencieron para que hiciese marcha atrás cambiando la misión declarada por la de “quedarse con el petróleo” (suena apropiadamente duro y macho).

Las malas lecturas sobre Trump llevaron a las malas lecturas transitivas sobre sus secuaces, y algunos comentaristas asumieron que cualquiera que sea lo suficientemente Maga debe de ser una ‘paloma’ en lo tocante a política exterior. Stephen Miller, por ejemplo, que es sobre todo conocido por su odio a los inmigrantes, ha aprendido a denunciar a los adversarios de Trump por ser “neocons belicistas”, pero él mismo es un ‘halcón’ de toda la vida. Miller comenzó su carrera como joven activista que acusaba a los críticos de las guerras de Iraq y Afganistán de ser unos “traidores” y alinearse con “terroristas”, y supuestamente fue uno de los mayores impulsores de la agresión contra Venezuela junto con Marco Rubio. Resulta que querer infligir violencia en gente racializada en el propio país no es inconsistente con querer hacerlo fuera de él.

De manera similar, los medios han atribuido “puntos de vista aislacionistas” a Pete Hegseth por ser un personaje tan obviamente trumpiano (una personalidad televisiva, acusaciones de agresión sexual, odio a lo woke). La prueba principal es su declaración de que dejó de ser un neocon en torno a 2018 (en el momento preciso en que ser identificado como neocon se había convertido en un lastre importante en la política de derechas). Más allá de si es o no es un neocon, hay pruebas más que suficientes de que nunca fue otra cosa que un ‘halcón’ sediento de sangre. La primera vez que Hegseth atrajo mi atención fue en los últimos años de Bush, cuando era la cara pública de Vets for Freedom [Veteranos por la Libertad], una organización pantalla de la derecha centrada en la propaganda favorable a la Guerra de Iraq en el momento en el que el apoyo público a la guerra se estaba desplomando.

Cuando entró en la televisión en la década de los 2010, transicionó del apoyo a la Guerra de Iraq en particular al apoyo a los crímenes de guerra en general, sumándose a la cruzada para la absolución de gente como Eddie Gallagher, que fue acusado por sus camaradas Navy SEALs por el supuesto asesinato por diversión de civiles iraquíes. En cualquiera de los casos, el verdadero historial de Hegseth no lo previno de convertirse en una causa célebre de la autoproclamada derecha antiguerra. Cuando su nominación se encontraba en la cuerda floja en el Senado, hubo una campaña de presión de Steve Bannon y Charlie Kirk que le dio el empujón definitivo para hacerse con el puesto.

Incluso Tulsi Gabbard, con su largo historial como crítica de las guerras de Iraq y Afganistán, se encuentra lejos de ser una ‘paloma’ en términos generales. Su alarmismo a lo largo de su carrera hacia el “terrorismo islamista radical” –una frase que criticó que Obama no usase– la hizo sospechosa de las “guerras para provocar un cambio de régimen” que tenían como objetivo democratizar países musulmanes, pero la mantuvo firmemente comprometida con los aspectos “kinéticos” de la guerra contra el terrorismo. Su apoyo al uso militar de drones fue férreo tanto con Obama como con Trump, y lo mismo ocurre con su apoyo a la destrucción israelí de Gaza. Una leyenda persistente mantiene que se opuso a la intervención estadounidense en Siria, cuando, en realidad, se opuso únicamente a una intervención estadounidense contra Bashar al-Assad, y criticó duramente a Obama por no intervenir de manera más decidida en su apoyo. Aunque la guerra actual implica algún tipo de disonancia cognitiva en alguien que llegó a vender camisetas con el lema ‘No a la guerra con Irán’ en su página web, la vieja inclinación de Gabbard por resolver las cosas con drones y bombas más que con métodos persuasivos no queda demasiado lejos de la de su jefe actual.

El antibelicismo Maga nunca lo ha tenido muy difícil a la hora de encontrar malvados asesores a los que culpar por el fracaso de Trump de no estar a la altura de la imagen que tenían de él. En el primer mandato fueron gente como Mike Pompeo y John Bolton los que sirvieron de chivos expiatorios, en esta ocasión Marco Rubio parece destinado a ocupar ese lugar. Pero el historial de Trump durante su primer mandato ofrece muy pocos motivos para el optimismo de que un Trump desatado y rodeado de “su gente” sería menos beligerante, y su segundo mandato ha disipado ya cualquier duda.

Pero más allá de los individuos, ¿pueden extraerse conclusiones más generales sobre este penoso estado de la cuestión? ¿Por qué a los comentaristas les costó tanto ver lo que se avecinaba? Buena parte de ello tiene que ver con cómo Estados Unidos ha recordado, o distorsionado el recuerdo, de su política exterior en las décadas recientes, especialmente de la Guerra de Irak.

El hecho de que hombres como Hegseth o Miller estén cómodos hablando con desprecio de los “neocon” es indicativo de una característica de esta memoria cultural: el aislamiento de los neoconservadores como los únicos culpables de los crímenes de la política exterior estadounidense.

Los neocon tienen en verdad un historial pernicioso (sobre el que yo, como muchos otros, he escrito en otro lugar). Eran la vanguardia intelectual que preparó el terreno para la Guerra de IraQ; en los primeros días, cuando el conflicto se trataba como un éxito, estaban contentos de reclamar su responsabilidad en él, y sólo por eso merecen ser culpados por su injusticia y su fracaso. Pero en una guerra que gozó del 90% del apoyo entre Republicanos en su comienzo es erróneo tratar a un grupo de intelectuales y burócratas que cabría en un campo de baloncesto como si fuesen toda el ala derecha del partido de la guerra.

Por importante que fuesen los neocon a la hora de modelar el discurso, quienes tomaron las decisiones con consecuencias de veras no fueron para nada neocons, en particular el triumvirato de George W. Bush, Dick Cheney y Donald Rumsfeld, junto con dirigentes liberales como Hillary Clinton y Joe Biden que eligieron seguirles el juego. El culto Maga actual de odio hacia los neocon tiene menos que ver con un apropiado ajuste de cuentas con la Guerra de Iraq que con otros motivos: la necesidad de desacreditar a un grupo que habría comprendido a un sector importante de críticos de Trump en la derecha y el deseo de pretender que el militarismo estadounidense es un implante del extranjero explotado por un puñado de intelectuales judíos en beneficio propio.

A medida que el movimiento Maga ha centrado la culpa en los neocon también ha tendido a identificar el neoconservadurismo con la promoción de la democracia wilsoniana. El error de los EEUU, de acuerdo con esta interpretación, es el deseo ingenuo y humanitario de llevar la civilización al Oriente Medio. Pero el neoconservadurismo nunca se ha atado de manera exclusiva a los sueños de democracia universal. El documento más importante de la primera generación de principios neoconservadores en la política exterior, ‘Dictatorships and Double Standards’ (Dictaduras y dobles raseros), de Jeane Kirkpatrick, era una llamada a defender los gobiernos “autoritarios” amigos de la derecha contra potenciales movimientos “totalitarios” de la izquierda, ya fuese democrática o no. Bien entrado el siglo XXI, los neocon han permanecido divididos en sobre a partir de qué punto la defensa de la democracia se superpone a otras prioridades, como la defensa de Israel, una división que ayuda a explicar la cesura entre los campos pro-Trump y anti-Trump dentro del movimiento.

Más importante aún, identificando la Guerra de Iraq con la promoción de la democracia llevan a malinterpretar, pura y simplemente, la propia guerra. Quienes somos lo suficientemente viejos como para recordar los días previos al conflicto comprendemos que la benevolencia no era el sentir dominante: la gente estaba enfadada y asustada por el 11-S y quería venganza. “Algo mucho más grande que [Osama] bin Laden necesitaba decapitación”, explicó William F. Buckley, dando una capa de barniz a las opiniones de los llamados “superhalcones” del Instituto Claremont (que andando el tiempo se convertirían en el grupo más prominente de intelectuales Maga).

A medida que la justificación original de la guerra, basada en las armas de destrucción masiva, se venía abajo, la administración Bush echó mano de justificaciones más idealistas. El discurso inaugural del segundo mandato de Bush, en 2005, dos años después del esfuerzo bélico inicial, marcó el punto álgido de esta tendencia. Pero el motivo por el que gente como Trump y Miller apoyaron la guerra es que el ímpetu original fue uno que atrajo a gente como Trump y Miller. Y el sentir dominante en la derecha en 2003 no estaba muy lejos del que hay en 2026.

Este recuerdo distorsionado de la Guerra de Iraq sentó las bases de la política exterior Maga subsiguiente. Si Iraq había sido un desafortunado ejercicio de idealismo democrático, para evitar otros Iraq había que renunciar a ese tipo de idealismo. Como consecuencia, el listón de la crítica se rebajó demasiado, y las únicas intervenciones que se rechazaron fueron las ocupaciones con grandes números de tropas justificadas con una retórica humanitaria. De todo ello quedó ausente el punto de vista elemental del no-intervencionismo de que incluso las acciones limitadas y aparentemente exitosas en el corto plazo pueden tener consecuencias perversas en el largo plazo.

Hasta el pasado mes de febrero Trump ha evitado las guerras a gran escala. Pero en ambos mandatos hemos visto un incremento constante de las acciones agresivas que ha merecido el elogio de los influencers del movimiento Maga por ajustarse al listón de no ser Iraq, que ya era bajo. El hecho de que el movimiento Maga haya llegado a recordar el asesinato de Soleimani como una jugada maestra trumpiana ha ayudado a preparar el terreno para la actual guerra, como lo ha hecho la respuesta mayoritariamente positiva a la campaña de bombardeos del verano pasado (“El presidente Trump ha actuado con prudencia y decisión”, de acuerdo con Charlie Kirk) y el secuestro este invierno de Nicolás Maduro (“una victoria rotunda y una de las operaciones militares más brillantes de la historia estadounidense”, según Matt Walsh). A decir de todos, fue esta sucesión de “victorias” de gratificación inmediata lo que convenció a Trump a apostar por la actual guerra.

Ahora el movimiento Maga está buscando chivos expiatorios. Además de su fijación con los neocon –algo que está bastante fuera de lugar en una administración que no contiene ningún autoproclamado neocon– está su fijación con Israel. El ángulo israelí es importante, aunque no suficiente por sí mismo, para explicar esta guerra. Israel y sus aliados estadounidenses claramente han presionado para arrastrar a Estados Unidos a la guerra contra Irán –mucho más que con Iraq, donde Israel y grupos como AIPAC apoyaron ampliamente la guerra, pero no lideraron los esfuerzos–. Esta influencia ha sido real y dañina, pero el problema es que Israel y sus aliados estadounidenses han estado presionando por conseguir esta guerra con cada presidente desde George W. Bush. La cuestión relevante para el movimiento Maga es por qué esta campaña, después de dos décadas de fracasos, finalmente ha logrado obtener resultados con Trump, y por qué su hombre de la paz fue quien ha iniciado una guerra que incluso Bush fue lo suficientemente inteligente como para evitar.

Aunque no apoyaría el abanico completo de opiniones candentes del periodista Michael Tracey, siempre a la contra, claramente tiene razón cuando habla sobre “el problema con Tucker”. Las teorías de la conspiración melodramáticas de figuras como Tucker Carlson y Steve Bannon sobre Benjamin Netanyahu embrujando fatídicamente a Trump tienen su origen, llanamente, en su fracaso a la hora de aceptar el hecho de que su héroe comenzó esta guerra porque quería comenzar esta guerra. (¿Por qué? Porque le frustraba verse arrinconado domésticamente, porque quería otra muestra de dominio de gratificación rápida, porque le gusta volar cosas por los aires. ¡No será por razones!)

Sería reconfortante compartir la fe de Carlson de que el asesinato de más de un centenar de estudiantes en Minab ha debido ser el resultado de los pérfidos servicios de inteligencia israelíes porque “América no hace ese tipo de cosas”. Tristemente, nuestro país no precisa de lecciones de Netanyahu sobre cómo matar a inocentes. La guerra de Irán pertenece a Mark Levin, a Ben Shapiro y al resto de quienes la apoyan explícitamente. Pero también a Carlson, a Bannon y al resto de sus adversarios dentro del movimiento Maga, que han trabajado para propagar las afirmaciones claramente falsas sobre quién era Trump y qué significaría su retorno al poder.

¿Qué significa esto para la izquierda? La prioridad inmediata es detener la guerra, y a corto plazo no existe ningún motivo para rechazar alianzas que ayuden en este sentido. Pero a largo plazo merece la pena reflexionar sobre nuestras propias estrategias retóricas y analíticas. En un mundo en el que los Demócratas son tan poco inspiradores –o peor aún, si pensamos en Gaza– es tentador exagerar las posibilidades de la teoría de la herradura con elementos de la derecha. Sobre este punto, incluso si estas constelaciones nunca llegan a darse del todo, resulta útil enfatizar la posibilidad de que los progresistas sean superados por el flanco por la derecha en ámbitos como una orientación populista de la economía o una política exterior no-intervencionista, ni que sea para presionar a los progresistas para que mejoren. El riesgo es que tu propio bando puede terminar confuso sobre qué se juega verdaderamente en el conflicto político.

Siempre he sido escéptico hacia la idea de que el movimiento Maga conduciría a algún tipo de medidas económicas genuinamente populistas, y la Big Beautiful Bill del año pasado ha servido como una amplia confirmación de este escepticismo. De manera similar, la guerra de Irán corta de raíz cualquier esperanza de que las repetidas denuncias desde la derecha sobre las “guerras interminables” acaben alejándonos de las guerras interminables. Puede soñarse con un mundo en el que ambos partidos compiten por ver quién hace políticas más favorables a los trabajadores y más contrarias a la guerra. Pero vivimos en un mundo mucho más deprimente. No deberíamos llamarnos a engaño sobre las virtudes del liberalismo realmente existente, pero tampoco sobre las alternativas existentes a él.


Fuente: El Salto