sábado, 7 de noviembre de 2026

De tierras amables y amigos salutíferos

 

Que tampoco el otoño es ya lo que era (18 de 21)


 Por Pedro Costa Morata

      Ingeniero, periodista y politólogo. Ha sido profesor en la Universidad Politécnica de Madrid. Premio Nacional de Medio Ambiente.

Como de excelente puedo calificar la cosecha de afectos recogida en mis andares, saberes y vivires de este año corriente, que se desenvolvió en sus primeros meses de forma intensísima y con aplicación en mi propia tierra, en estimulante conjunción costera y fluvial, mientras redactaba La cuestión del Sáhara Occidental y las relaciones España-Marruecos (contra la Historia y el Derecho), libro que espero para los próximos días. Tuve no obstante que visitar la Universidad de Córdoba a mediados de marzo para debatir con el eminente intelectual Paco Almansa sobre “Economía y Ecología”, lo que resultó de gran satisfacción científica, a la que se me añadió el cordialísimo ambiente creado por el entorno de este filósofo. El día anterior había participado en Jumilla en una sesión sobre las alteraciones climatológicas que, como en tantos otros puntos del Sureste español, vienen indignando a los agricultores, quejosos de que la lucha anti-granizo desde aviones ad hoc altera las precipitaciones porque son manejadas a voluntad y “redistribuidas” según conveniencia de intereses que nunca están ocultos. Y desde ahí hice la travesía gozando transiciones físico-paisajísticas por un territorio casi totalmente ignoto para mí, granadino y jiennense: esas tierras altas donde nacen el Segura y el Guadalquivir, “colándome” entre el poderoso sistema geológico de Cazorla-Segura-Alcaraz, al que se añaden la solemne y rotunda Sagra y esas estribaciones que llegan al noroeste murciano con el macizo de Revolcadores.


La Puerta de Segura, con el río Guadalimar, afluente del Guadalquivir.

El regreso lo hice coincidir con una cita con afectados por la hipersensibilidad a los campos electromagnéticos, principalmente mujeres, con quienes me reuní para aportar la escasa ayuda de la que soy capaz, una vez comprobado que frente a ese enemigo ubicuo y creciente solo cabe la huida, por lo demás, nada fácil. Que es el caso de Carmen, sufriente desde hace años de ese mal invisible y persecutorio, que ha optado por establecerse en absoluta soledad en el valle, más bien barranco, del río Castril, donde ha conseguido toda la paz posible, tanto para su cuerpo como para su alma.


Recóndito valle/barranco del río Castril.

     Luego, llegado el verano y pese a su castigo térmico, monté mi particular expedición por tierras de León con el objetivo principal, aunque no único, de rendir la visita prometida a Benjamín, natural de Rodanillo, en el municipio de Bembibre, comarca del Bierzo. El viaje lo “historié” pasando por la romana, episcopal y gaudiniana Asturica Augusta/Astorga y, abandonando la Maragatería, seguí el Camino de Santiago para ascender al alto de Foncebadón (1.500 m), con parada en su famoso “montón” de piedras peregrinas y su Cruz de Hierro, para descender a continuación a Molinaseca y desembocar finalmente en el hondo (cubeta geológica) Bierzo. Di vista entonces a Bembibre (de bene vivere, nada menos, aunque su ancestro es la romana Interfluvium Flaviae), animadísima villa que fuera durante las décadas del carbón, cuando la conocí y estudié (finales de la década de 1990), pero que hoy palidece e impresiona por su decadencia y su vacío, con poco más de 8.000 habitantes cuando en1991 tenía casi 11.000. Nunca dejo de recorrer, desde el hostal Moderno en el que paraba (ya cerrado) hacia arriba, el núcleo medieval, o Villa Vieja, porque me gusta contemplar el escueto, aunque formidable resto de muralla del castillo, “residencia” de aquel malvado conde de Lemos, personaje de la obra El Señor de Benbibre (1846), prototípica del Romanticismo español, cuyo autor fue el berciano Enrique Gil y Carrasco.


Cruz del alto de Foncebadón, en el Camino de Santiago.

A Benjamín, lo conocí el año pasado cuando, en otra gira por el Viejo Reino, contemplaba admirado la iglesia del pueblo; fue entonces cuando se me apareció, obsequioso, brindándose a enseñarme la iglesia que por él supe que era la joya del lugar por su retablo, sus pinturas murales semiocultas, su pila bautismal... y su campanario o espadaña de acceso exterior, que fue lo que primero atrajo mi atención, con dos imponentes campanas “de repique y volteo”, más esquila para llamar “a misa rezada”.


Iglesia de San Antolín (s. XIII), en Rodanillo.

La continuación fue el oportuno, reparador y generoso cerveceo en su umbroso y alegre domicilio, donde nos hicimos amigos al sabio ritmo del relato, difícil de controlar, de vivencias y batallitas, con fiel promesa de volver al otro año (éste), ya que los meses de verano los pasa en relativa soledad en el pueblo de sus raíces, que tanto ama. Contome Benjamín de un su amigo, el ingeniero David, también lugareño, que funge de activo, entregado e inteligente cronista del pueblo como depositario del patrimonio cultural e histórico locales, y quedamos en vernos los tres en Madrid, donde vivimos, a la llegada del otoño. Y así fue, derivándose de tan fructuoso contacto nada menos que mi adhesión a la Casa de León en Madrid, donde procuro hacer acto de presencia en actos culturales y donde pretendo presentar mis libros de interés regional o general; cosa que ya hice, a principios de este año, con De León a Bilbao por la ruta del viejo Hullero, homenaje al tren de vía estrecha, de robusta personalidad (esencialmente minera) leonesa, conocido también como “el tren de La Robla”, pese a que había sido publicado en... 1993; un tren del que guardo emotivos recuerdos de las excursiones colegiales por la Montaña Leonesa, a la que llevaba (y sigue llevando). Una Casa regional, esta de León, que ya me ha producido encuentros con admirados autores leoneses, como Juan Pedro Aparico y Julio Llamazares, creadores ambos, por cierto, de sendos y muy buenos libros sobre ese heroico Hullero, que algunos llaman también Transcantábrico.


Con mi amigo Benjamín.

     De mi visita a Rodanillo, breve pero bien aprovechada, quiero destacar los paseos de “inventario” de sus casonas blasonadas, miradores reconstruidos, pozos y el recuerdo de la vocación local de constructores de carros, como recuerda uno de aquellos que aparece, respetado, en su tejido urbano. Y la excursión que emprendimos Benjamín y yo al vecino pueblo de Cobranza, por la ladera de la sierra de Moirán, en la que me dejó continuar solo ya que le fallaba una rodilla, no sin antes responder a mi espanto con que sí, que una maldita plaga ha secado y hecho desaparecer casi todos los castaños de la zona, lo que me abrumó sobremanera (porque, dime tú, soto castañero, dominador de lindes, esquinazos, prados risueños y ocultos castros, ¿acaso ves llegado el fin de tus días, tras siglos de admirables servicios desde que -dicen y es para creerlo- los romanos te implantaron para que tu fruto nutriera a esclavos y señores? ¿acaso no podré ya tenerte a mano en futuras escapadas de mis otoños de nostalgia, para regalarme, con uvas y manzanas, en mi siempre apresurado paso al recorrer con avidez ruinas, recuerdos, pueblos y esos paisajes bercianos, que tan vistosamente dominas?)

      Ya en el camino de vuelta pasé por la capital leonesa para el encuentro previsto en la Universidad con José Luis Sánchez, físico de la atmósfera, con el encargo de AVIAL, organización de defensa del clima de Huércal (Almería), de invitarle a participar en setiembre en una jornada de “repaso y protesta” por la persistente acción de la misteriosa “avioneta antigranizo” (sí: esa que no existe, pero que “es militar y hace horas extras”).

     No ha faltado, con peor canícula y separado del viaje al Bierzo, un nuevo deambular por Tierra de Campos, sector palentino esta vez, del que recogeré el episodio del tormentón vivido, tan celtíbero y agosteño por lo demás, pero que en esta tierra de diluido horizonte impresiona. Pero no puedo olvidar, y así la fotografié, cómo se anunciaba veloz y amenazante, con el nubarrón negro que parecía querer arrasar el manto dorado de los trigos ya cosechados, dejando con su explosión y su diluvio el familiar, literario, mágico, denso olor a tierra mojada que desprende ese manto arcilloso, de intenso rojo-pardo y de profundidades insondables (arcillas terciarias de gran potencia, en lenguaje geo-edafológico), al que esta tierra debe su infinita feracidad. Hablo del Campus Gothorum (un respeto), de cuyas huellas patronímicas son buena muestra las maravillosas iglesias visigóticas de San Juan de Baños y San Pedro de la Nave, en las márgenes de esta inmensa comarca, plana como ninguna, entre el Carrión y el Esla, que transpiran dormidos y sugestivos misterios. Mi homenaje a aquellos gotones de rigor que, traspasando mi leve indumentaria, caían como borbotones sobre el asfalto y que rebotaban -sin lograrlas deshacer, por más que pasen los siglos- esas paredes austeras de adobe y tapial.


Esperando la tormenta, en Tierra de Campos.

Tengo que apuntar aquí, encantadísimo, la agradable sorpresa vivida también este verano al encontrarme a un paisano, José, aguileño que investiga sobre pastos (o algo así, que por más que me lo explica no acabo yo de...) en Condemios de Arriba, pueblo vecino a Galve de Sorbe (Guadalajara), donde hace más de 40 años hallo mi contrapunto mesetario en más de un aspecto. Y es de vernos, mediterráneos a tope, sentados ambos en el bar y rodeados de los nuevos amigos (algunos, ya viejos para mí), castellano-profundos auténticos, compartiendo bromas, cuentos y risas. Vivires de los buenos, ya lo creo.


Galve de Sorbe (Guadalajara), contrapunto mesetario para mediterráneos.

¡Ah, y en Albacete, recuerdo dolorido de Pilar, aquella amiga y compañera en mala hora desaparecida cuando la primavera más engañosa era, porque también fui en su día (1981-1982) castellano manchego por razones político-autonómicas, pero que se extendieron, sin apenas transición, a afectos y complicidades! En Almansa quise transmitirle a Damián, su hermano, mi pesar y desolación, encontrándome a un cura párroco de finísima sensibilidad humana e intelectual, a más de un agradable palique que nos llevó, en un momento, por nubes de estoicos y epicúreos, así que fijaos; pero al que ya le viene estrecho el pueblo (así que su obispo lo tendrá que reubicar en más fértil destino).

Luego, sobrevenido el otoño, la “operación Extremadura”, con el libro sobre Almaraz en bandolera y la muy productiva compañía de Chema, verdadero factótum de la publicación, y su esposa Montse, arrancando de Navalmoral de la Mata (Cáceres), donde viven y me acogen cuando emprendo camino hacia esa tierra de conquistadores del XVI y antinucleares del XX. La primera etapa era ineludible: reunirnos con Diego y Aida en Los Santos de Maimona, en la provincia de Badajoz y comarca de Tierra de Barros, pueblo que formó trío con La Fuente del Maestre y, sobre todo, con Villafranca de los Barros cuando una bien organizada Plataforma vecinal en largos y sobre todo duros combates tuvo que hacer frente a un inexplicable proyecto de refinería de petróleos, hasta aniquilarlo. Este es un pueblo con fortísimo acento cooperativo (800 familias viven de las cooperativas del aceite), de tradición sindicalista y campesina, con amigos que se acercan, abrazan, preguntan o recuerdan. Yo sí te conozco, me dirá Frasco, enfermero jubilado, evocando esos años de agitación contra la refinería en los que se me vio por aquí una y otra vez; o Juan Murillo, cronista oficial de la villa, versado en historias, folklores y caldos de la tierra, que ha olido la presencia de nuestro grupo y nos comparte su afabilidad y su elegancia, de cuasi hidalgo.


Iglesia de Nuestra Señora de los Ángeles (s. XVI), en Los Santos de Maimona.

A continuación vino la primera presentación, en Llerena, del libro que motivaba nuestra expedición, Amanecer sin Almaraz, escrito con el minucioso relato de la vida y aconteceres de la central nuclear de Almaraz y sus dos reactores, en el que yo aporto un prólogo contando mis primeros escarceos por esas tierras, en enero de 1975, informándome y buscando opositores para darles marcha. Su edición ha pretendido alertar del serio (y peligroso) error que constituye el prolongar la vida útil de esa central, que ya cumplió los 40 años “reglamentarios” en 2021-2022. La presentación tuvo lugar en la sorprendente biblioteca municipal, que es la antigua iglesia del hospital de San Juan de Dios, construida en el siglo XVIII, en la que, donde hubo retablo y hornacinas laterales de su robusta nave única, ahora posan cientos y miles de libros para quien quiera leerlos...


Biblioteca municipal de Llerena, antigua iglesia de San Juan de Dios (s. XVIII).

Luego vino nuestro paseo nocturno, por calles silenciosas hasta desembocar en la Plaza Mayor, monumental y sorprendente, con iglesia que presenta una galería peculiar, como si palacio y templo se hubieran empeñado en fundirse (lo que fue muy cierto: poder político y dominio eclesiástico fueron de la mano tanto tiempo...). ¡Ah, la Extremadura del siglo XVI, muchos de cuyos hijos aventureros hicieron sus Américas en rotundo sentido literal!

Al día siguiente fue en Montijo y en el Lokalino, nido de joviales tipos, a la par que indomables y al loro de todo lo que se mueva, donde presentamos el libro de Almaraz y Chema aprovechó para recordar a los presentes que hacía 50 años que había aparecido mi Nuclearizar España, en el que ya relataba mis andanzas por los lugares llamados a nuclearizarse de Almaraz y Valdecaballeros.


Presentación del libro de Almaraz en Montijo, con evocación de los 50 años de Nuclearizar España.

Antes de lo cual nos arreglamos para visitar la Colonia Penitenciaria Militarizada nº2 de Montijo, precedente, según quienes la han estudiado, de los kämpe nazis de la muerte. Por aquí pasaron, entre 1939 y 1946 y en régimen de semi esclavitud, 1.470 presos republicanos, trabajando en la construcción del Canal de Montijo, una de las infraestructuras que se integraron después en el llamado Plan Badajoz (aprobado en 1952), de regadíos de las Vegas Bajas del Guadiana.



Croquis de la Colonia penitenciaria de Montijo.

      Quedan suficientes restos como para hacerse una idea de lo que aquello fue, como dos naves-dormitorios y, adosada, la “casa del coronel”, el depósito de agua, dependencias agrarias... A los que se daba por útiles para el trabajo, muy duro y penoso, se les conmutaba tres días de pena por cada uno de trabajo. Pronto se adhirió a la Colonia un poblado de chozos para los familiares que querían estar cerca de sus deudos. Desde las ruinas se nos apareció la señora María, actual propietaria, que nos cuenta todo esto con especial gracejo, una vez perdida la desconfianza inicial... Los investigadores de la Memoria Histórica han encontrado, qué cosas, que en el origen de este campo de prisioneros hubo un jesuita, lo que me recordó al franciscano que regía un campo de prisioneros antifascistas en la Croacia pronazi durante la Segunda Guerra Mundial, en el que fueron aniquilados casi un millón de personas, en su mayoría serbios, pero también gitanos y judíos (de los que miles fueron arrojados a la tristemente famosa “fosa de Jasenovac”).


Restos actuales de la Colonia Penitenciaria de Montijo.

      Mi regreso, disfrutando de nuevo de la hospitalidad de Chema y Montse en Navalmoral, quise hacerlo visitando las ruinas islámicas de Vascos, que tenía en cartera desde los años 1970 (nunca es tarde si...), cuando supe de ellas por primera vez. Para lo cual tuve primero que atravesar la villa de El Puente del Arzobispo, en la orilla (derecha) cacereña del río Tajo, que la separa de la orilla toledana por un monumental puente, ¡qué hermosura!, de once ojos, construido hacia 1380; al que, realmente impresionado, busqué uno y otro enfoque desde ambas orillas para fotografiarlo a mi gusto, con resultados claramente satisfactorios.


Puente medieval en El Puente del Arzobispo.

      Y, sin más, dirigí mis pasos hacia Vascos por Azután, recordando que en mayo de 1975 la entonces Hidroeléctrica Española pensó, sin llegar a solicitarla oficialmente -seguramente por el contundente rechazo con que la comarca de Talavera de la Reina respondió al anuncio- montar ahí una central nuclear cuyos reactores se refrigerarían con el agua del embalse de Azután, en el Tajo, en cuyas márgenes se ubica, precisamente, la ciudad de Vascos, aunque en el municipio de Navalmoralejo. Se llega a este emplazamiento por un camino de varios kilómetros entre encinas que pronto se hace impracticable para automóviles, situándose en una finca privada por lo que las visitas han de realizarse los sábados de 9 a 14, y nada más. Aquel sábado me encontré con cinco o seis personas que iban de vuelta (¡Qué bien me cae esa gente y qué cordial es el saludo al cruce, siempre con algunas palabras de información o de advertencia, que se lanza por caminos que a veces son vereda escueta y discontinua, al encuentro con las piedras antiguas, las claves humanas y los fantasmas de la historia!) El caso es que estuve solemnemente solo (no había guía alguno y los escasos visitantes ya habían desfilado, próxima la hora del cierre), de tal manera que pude corretear entre las ruinas y el extenso despliegue de murallas y ruinas cómo y cuánto quise.


Alcazaba de la ciudad de Vascos.

      Esta ciudad, llamada Vascos por vicisitudes toponímicas, estuvo habitada entre los siglos IX y XII, como enclave fuerte y protegido, de lo que da buena cuenta su recinto amurallado y su alcazaba, siendo importante durante el periodo califal y dominando el paso del Tajo, que es vadeable en sus proximidades, en lo que fue frontera duradera entre los reinos cristianos y el Califato. Y con la disgregación de los reinos taifas acabó por ser abandonada. Se construyó en un lugar extremadamente escabroso, entre los barrancos de los ríos Uso y Mora, ocupando unas 8 hectáreas amuralladas, con dos cementerios extramuros.

     Diré a mis lectores que, para celebrar el final de tan denso y gozoso viaje, busqué dos pedruscos graníticos -cuidando de que no pertenecieran a ninguna de las tumbas islámicas entre las que me aposenté para refocilarme en mi augusta soledad- para incrustarme entre ellos y posar mi espalda y cabeza en un amable tronco de encina poco distinguido por su rugosidad natural. Y allí, sintiendo la brisa que susurraba y el aleteo lejano de buitres y alguna otra rapaz, me recompuse con un regio bocata de buey y pimiento, último obsequio de Chema y Montse, acompañándolo con suaves, moderados y precautorios tragos de aquel vino, Dulve Eva, de tan suave trasiego, procedente de la cooperativa de Los Santos de Maimona, obsequio de Diego y Aida. Y sintiendo que el mundo se allanaba ante mis placeres, quizás por modestos y proporcionados, y tras leves pero solícitos espasmos (léanse, ronquidos), saludé al silencio que me había amparado, me erguí reconfortado y púseme a deshacer el camino andado, muy pagado de mí mismo por el balance obtenido, rico en esos placeres intangibles que, como muchos otros viajeros, también tengo por los mejores.


Cementerio islámico, extramuros de Vascos.

viernes, 6 de noviembre de 2026

Israel: elecciones en el manicomio (con un destello de esperanza)


Que tampoco el otoño es ya lo que era (17 de 21)


 Por Pedro Costa Morata   
      Ingeniero, periodista y politólogo. Ha sido profesor en la Universidad Politécnica de Madrid. Premio Nacional de Medio Ambiente.

Las elecciones legislativas de Israel del pasado 27 de octubre han llevado a lo que estaba previsto: algo muy parecido a un callejón sin aparente salida el que, como tantas otras veces desde la llegada de los ultras del Likud a primer plano en 1977, se le acaba dando salida/solución con cualquier combinación de los partidos en liza; o se recurre a nuevas elecciones para salir del atolladero (o mejor, de un guirigay a otro), lo que esta vez nadie parece desear. En esta ocasión, frente a la posibilidad de que las maniobras diesen a Netanyahu la continuidad como primer ministro, aun no alcanzando la mayoría la coalición que lideraba, esos 53 escaños de un parlamento de 120, ha surgido la novedad, francamente significativa, de que los dos partidos árabes participantes en la contienda hayan conseguido 19 escaños, claramente decisivos para que, mediante acuerdo de algún tipo, se añadan al bloque de la oposición, con 48 escaños, para expulsar del poder a la coalición más ultra y violenta de la historia del ya bastante sanguinario Estado de Israel.

Han competido dos bloques de partidos muy igualados, no ya en número o escaños sino sobre todo en políticas extremadamente parecidas en lo esencial, correspondientes a un Estado y una sociedad esquizofrénicos que, instalados ilegal e ilegítimamente sobre el territorio palestino que pudieron apropiarse en 1948 evolucionan en permanente enfrentamiento con las poblaciones árabes de dentro y fuera del Estado, así como con varios Estados de su entorno. Como visión general, no resulta nada fácil distinguir en esos bloques y esos partidos ideas o programas diferenciados: se trata de formaciones sionistas, luego racistas, coloniales e invasoras, sin vínculo alguno con Judea y los judeos y empeñadas en aniquilar física o territorialmente a los palestinos pobladores legítimos del país por la limpieza étnica o el genocidio.

Recordemos, a estos efectos, que el bloque que hasta ahora gobierna puede considerarse como fascista clásico (racista, ultranacionalista, hegemonista, belicista) con el añadido especial del factor fanático-ortodoxo de los cuatro partidos llamados religiosos que acompañan al Likud sumándole 26 escaños: Poder Judío, Sionismo Religioso, Shas y Judaísmo Unido, estando los dos primeros liderados por dos genocidas compulsivos, Ben Ben Gvir y Bezalel Smotrich, respectivamente. Con cierta diversidad, todos ellos sin embargo basan su acción política en una Biblia llena de disparates, crímenes y abominaciones (con algún arrebato místico y ciertos pasajes poéticos).

En esta campaña, los asuntos que han enfrentado a las coaliciones gobernante y aspirante se han centrado en las responsabilidades de Netanyahu en relación con el ataque mortífero de las organizaciones palestinas en Gaza el 22 de octubre de 2023 (no de la espantosa respuesta del Ejército israelí, calificada de genocida), en las manipulaciones del primer ministro hacia la justicia por salvarse a sí mismo de las acusaciones de corrupción, en la corrupción generalizada en el país, con aumento de las mafias, y otras cuestiones de, digamos, “política interna”. Porque de los palestinos como pueblo, derechos, etc., que son nada menos que cinco o seis millones de subyugados, no se suele hablar en las campañas electorales israelíes, como no sea indirectamente al competir los partidos, mandados en muchos casos por exmilitares, en sus promesas de bombardeos, invasiones y aniquilaciones. Y esto malamente puede pasar por experiencia o acontecimiento democrático.

El bloque opositor está formado por cuatro partidos, siendo el principal el Yashar (Honradez, en hebreo), calificado de centro derecha, cuyo líder es Gadi Eizenkot, antiguo jefe de Estado Mayor con Netanyahu, que deberá ser el próximo primer ministro pese a haber conseguido el no muy brillante resultado de 21 diputados (frente a los 27 de Netanyahu).


Gadi Eizenkot, líder de Yashar (El País-Getty images).

Tres partidos le han acompañado en estas elecciones, siendo el Beyahad (Juntos), el que ha conseguido más escaños, 12, que tiene como líderes a Neftalí Bennett (derecha nacionalista) y Yair Lapid (centrista laico), que ya se turnaron como primeros ministros en el breve intervalo (2021-2022) en que desalojaron a Netanyahu del poder; le sigue el partido de Los Demócratas, de centro-izquierda, con 8 escaños, que abarca a los laboristas y los pacifistas de Meretz, y que tiene como líder a Yair Golán, exmilitar; el cuarto es Israel Beitenu (Israel, nuestra casa), con 7 escaños, cuyo líder, Avigdor Lieberman, fue ministro de Defensa y de Finanzas con Netanyahu antes de enemistarse con él, alcanzando notoriedad por el molde nazi en el que parece haber sido forjado.

Y resulta que para afrontar a la coalición gobernante estos líderes, que durante la campaña negaron tener la menor intención de tratar con los partidos árabes en caso de necesitar sus escaños, no han dudado en hacerlo al verse con esos 48 escaños insuficientes y necesitados de ese importante contingente de 19 puestos en el parlamento (Knesset). Con la feroz oposición de Lieberman, pero que no tendrá más remedio que tragar con esas negociaciones de los líderes de los partidos de su propia coalición (aunque también podría “pasarse” al bloque gobernante, creando una nueva situación de empate y llevando a repetir las elecciones, lo que ni siquiera él mismo desea).

De tal manera que son los dos partidos árabes y sus 19 escaños los que de alguna manera protagonizan la nueva situación, aunque las circunstancias los obliguen a un rol aparentemente pasivo, pero ciertamente vigilante. Representan al 20 por ciento de la ciudadanía israelí de etnia árabe, aquellos y sus descendientes que permanecieron en el país tras la feroz expulsión de la Nakba de 1948-1949, que hasta ahora apenas significaban nada en el espectro político (y electoral), tanto por sus propias divisiones como por ser considerados desde el poder sionista como malditos, civil y políticamente menospreciados; lo que hacía que parte de la población árabe votase a los partidos judíos más moderados como única vía realista de mejorar la suerte de este importante (y en crecimiento) contingente de ciudadanos israelíes, ante la irritación de los sionistas que ven, por el contrario, cómo aumenta la emigración de la población judía, anunciando un “drama” demográfico inevitable. Son el llamado Lista Conjunta, con 11 escaños, que comprende tres grupos (Jadash, Balad y Ta'al), y el Ra’am, con 7 escaños, considerado islamista moderado y cuyo líder, Mansur Abbas, podría ser nombrado ministro en el futuro Gobierno, si bien bajo condiciones muy especiales, que hará falta saber si Abbas las aceptará o no.


Mansur Abbas, líder de Ra’am (wikipedia).

        De momento, el líder de los “vencedores”, Eizenkot, sigue insistiendo en que, para llegar a un acuerdo, los partidos árabes han de reconocer, (1) al Estado judío de Israel, (2) los contenidos de la Declaración de Independencia de 1948, y (3) la denuncia de Hamás como grupo terrorista, así como la eliminación de su poder en Gaza. Peliagudas condiciones todas ellas y de modo especial la primera, en línea con la ominosa “Ley del Estado-nación del pueblo judío”, de julio de 2018, que sigue el modelo nazi de exclusión -primero de la ciudadanía y después de la presencia- de todo aquel no declarado oficialmente como judío, y cuya entrada en vigor fue suspendida por el Tribunal Supremo seguramente tocado por tal suprema indignidad y no menos indescriptible estupidez. Para esos partidos que representan a no judíos, el reconocimiento de un Estado y una Ley que decreta la “desaparición” legal de los árabes del Estado de Israel y por supuesto de ellos mismos, es muy difícil de tragar, como no sea con malabarismos textuales, segundas intenciones o trapacerías políticas.

Esto nos sitúa ante la verdadera trascendencia del repentino poder al que han llegado los partidos árabes con su “irrupción traumática” en la contienda electoral y el inevitable entendimiento con las facciones menos criminales y racistas del elenco sionista israelí, y que apunta a la única posibilidad de supervivencia del Estado de Israel, que es la recreación de un Estado, el de Palestina, con dos naciones/religiones/etnias federadas y pacificadas, desnuclearizado, laico, no violento y, por fin, en paz con sus vecinos y con la Humanidad.

Este es el destello de esperanza que el éxito reciente de los partidos árabes prefigura como única solución justa en perspectiva, si hemos de desear el fin de ese Estado -rapaz, diabólico y enloquecido- de Israel.

jueves, 5 de noviembre de 2026

Para una sociología de la prisa, con referencia a un AVE extemporáneo

 

Que tampoco el otoño es ya lo que era (16 de 21)


 Por Pedro Costa Morata   
      Ingeniero, periodista y politólogo. Ha sido profesor en la Universidad Politécnica de Madrid. Premio Nacional de Medio Ambiente.


Teniendo en cuenta lo que llamaríamos principios ecológico-civilizatorios, resulta que el tren es una creación social y orientada desde su concepción al uso colectivo, a diferencia de otras “soluciones sociotécnicas”, como el automóvil, desde su origen destinado al uso privado y privativo… De ahí procede su prestigio general: de su inmensa utilidad social, a cambio de costes asumibles por lo inevitables, siendo los humanos los más dolorosos, pero siempre confiados a una progresiva garantía de previsión y reducción por la profesionalidad y -a su servicio- la instrumentación tecnológica. El tren, conceptual e históricamente, pertenece a las creaciones científico-tecnológicas de más positivo balance global, tanto en lo social como en lo físico-energético. Es una realidad dinámica que podemos considerar apropiada y alternativa, a más de sostenible en términos modernos (si no fuera por la rápida degradación a que ha llegado este concepto).

       Analizado en su entorno socioecológico el tren es el sistema de transporte más adecuado para grandes ciudades y entornos metropolitanos, y también el medio técnico idóneo para combinar con otros modos de transporte público y personal: autobús de acceso, tranvía, metro, bicicleta y pies. Con todos ellos alcanza los más altos grados de eficiencia técnico-energética. En consecuencia, el tren suscita soluciones negoentrópicas, contrarias a la fatal tendencia a la degradación termodinámica (y social). Invita, por otra parte, a las reconversiones civilizadas y sostenibles: en primer lugar, la del sector del automóvil, que es insostenible socialmente, perjudicial sanitaria y ambientalmente y humillante laboralmente, y en segundo lugar la de una sociedad tecnológica energívora, obsesiva de la velocidad y progresivamente individualista e insolidaria.

    Del AVE puede decirse que “no es un tren” en sentido social e ideológico, y apenas podemos emparejarlo, técnicamente, con el tren ordinario generado por necesidades populares y capaz de aportar soluciones casi ilimitadas y adaptadas a la movilidad personal y a la integración del territorio. Convengamos, pues, en que el supertrén no es un tren en sentido tradicional, histórico o psicológico y la aparición del tren de alta velocidad en nuestro paisaje físico, económico y social no obedece a política de ferrocarriles alguna ni responde a ninguna demanda social: para correr tanto, hace tiempo que están los aviones, y no figura entre los anhelos públicos claramente expresados que el ciudadano normal haya expresado nunca su deseo de disponer de trenes que lo lleven a 300 km/h. Esta constatación posee una potencia demoledora ya que descalifica rotundamente un invento cuya existencia no obedece a necesidades sociales constatables, sino que constituye una exhibición de oferta, basada en decisiones políticas caprichosas.


El AVE, a 300 km/h.

(En los primeros escritos contra el tren de alta velocidad, por ejemplo, “Los mitos del TAV: supertrenes contra trenes”, publicados en la revista Quercus-Documentos, marzo de 1990, este cronista insistía en cuanto aquel TAV/AVE suponía de “alteración” de la idea y experiencia del tren social, por mor de su extravagante velocidad y los requisitos tecnológicos asociados, de muy directo impacto ambiental.)

Es necesario, entonces, recordar siempre este pecado original del AVE: no debe su existencia a ninguna política ferroviaria o del transporte legítima, o sea, ajustada, necesitada, social en suma, que es a lo que se deben los poderes políticos. El tren de alta velocidad, orlado de arrogancia y de un brillo que no corresponde en absoluto a sus méritos ni a sus resultados, se enfrenta a contradicciones y absurdos que pueden desembocar en hechos fatales, además de a una imposibilidad radical de justificarse.

El AVE pretende saltarse la filosofía y las características del tren convencional dando un salto cualitativo que lo “desnaturaliza” y lo transforma en un medio de transporte distinto, peculiar y oportunista en el conjunto socioeconómico de las necesidades. Debido a esa transformación, que lo niega, ya no compite ecológicamente con otros medios de transporte nocivos ambientalmente: no supone un avance neto en cuanto a costes económicos o sociales, no representa alivio energético sensible… Responde además a la dinámica perversa de las tecnologías de prestigio, que no buscan cubrir necesidades colectivas, sino que son fiel expresión del tirón productivista de una tecnología en manos de élites económicas y burócráticas. Y debido a su inconsistencia, lleva a todo lo contrario de lo que siempre se ha considerado objetivo legítimo y urgente del tren, que es el aligerar la carga y los dramas de la carretera: al eliminar estaciones y paradas de forma drástica, dejando sin servicio a poblaciones y comarcas, estimula el aumento del recurso al automóvil y a la demanda de más y más carreteras. Su alineamiento con el lema terrible del “Más grande, más potente, más rápido”, imitación pervertida del eslogan olímpico (“Más fuerte, más alto, más rápido”) resume la ideología del sistema productivo “triunfal” en el que se inscribe, y explica al mismo tiempo las tragedias ecológicas, humanas y sociales con que va sembrando su presencia.

Desde varios puntos de vista, pues, supone una regresión ya que dilapida prácticamente todas las ventajas del tren tradicional, sacrificando en el altar de la velocidad -que es una cualidad espuria- todas sus ventajas comparativas. Porque en el corazón del problema, del falso paradigma del AVE, reside e impera el culto a la velocidad, y por esto es por lo que ha de ser la velocidad el objetivo contra el que deben dirigirse las críticas de fondo, que ya no habrán de ser sólo ambientales o sociales, sino que deben alcanzar lo ético-político. La carrera por la velocidad se enmarca en el exceso y el descontrol, características ambas del sistema socioeconómico imperante que es productivista, crematístico e insaciable. La sociedad liberal triunfante no quiere ni ha querido nunca controles, y aunque “sabe” muy bien que esto lleva periódicamente a sus crisis, cuenta igualmente con que acaba superándolas bien por simplificación de su esquema -falsamente- competitivo, bien por la intervención del Estado, siempre a su medida y disponible cuando lo necesita.

Hay que tomar nota de que esta crítica a la velocidad ya se viene desarrollando con creciente éxito. No me refiero solamente a la expansión, felizmente corrosiva, del “movimiento slow”, que partió de una crítica decidida a la comida basura (rápida, fast) y ya se ha extendido a todos los ámbitos del vivir sensato. Me refiero a la crítica generalizada de la velocidad, concretamente de la velocidad llamada tecnológica, la que nos aportan obsesivamente los medios de transporte y también los de comunicación. Este es el marco global, profundo, en el que debemos inscribir nuestro análisis desmitificador del AVE, ya que esta creación tecnológica aparece inscrita en la tendencia fatal a la aceleración de nuestra sociedad, aceleración que es históricamente subsidiaria del desarrollo del capitalismo, pero no del desarrollo humano.

Los humanos pagamos un alto coste por ser transportados a velocidades excesivas, es decir, inhumanas: por consumir la distancia fríamente, por menospreciar la vivencia geográfica y por empecinarnos en combatir más y más el tiempo y el espacio, todo lo cual tiene un coste que sólo los insensatos (grupo en el que han de incluirse los llamados tecnócratas) se empeñan en ignorar. Fue un directivo de RENFE quien, en los inicios del AVE, me alertó de la irracionalidad que sembraba en las conciencias el culto a la velocidad: “No importa la distancia, sino el tiempo…”. Un insensato, en efecto.


Óscar Puente (agosto de 2024): «El tren vive en España el mejor momento de su historia».

Por eso no nos han faltado pensadores que nos han advertido del falso señuelo de las ganancias de la velocidad. Iván Illich (1926-2002), por ejemplo, quizás el más respetado de los pensadores ecologistas, advertía en Energía y equidad (1974) sobre la existencia de un umbral de velocidad “traspasado el cual se pierde más tiempo del que se cree ganar”, o ahorrar, con lo que aludía al coste económico personal que (dejando aparte la escandalosa subvención que asiste al viajero del AVE) el ciudadano ha de introducir en su economía particular, valorando cuidadosamente el coste de su tiempo. Y también nos aseguraba que la vulneración de ese límite pone en relación inversa, y violenta, el consumo de energía y la equidad: cuanto más corramos menos justa será la sociedad, se atreve a decir. Y añade: porque “ampliando (y añadiríamos, y complicando) el medio se aleja el fin”.


Iván Illich: «Aumentando el medio, se aleja el fin» (wikipedia).

El arquitecto y urbanista Paul Virilio (1932-2018), en numerosas obras escritas a lo largo de su vida, supo constituir el culto a la velocidad en la sociedad tecnológica en una “teoría de la decadencia”. Concretamente, en Ciudad pánico (2007) no duda en observar que “en el siglo XX la velocidad y la moralidad no han dejado de seguir líneas diametralmente opuestas”. Y en Cibermundo (2005) declarará estar más preocupado por la contaminación de las distancias que por la de las sustancias. La velocidad mata el color, dice, pero no sólo el color: la velocidad mecánica, tecnológica, impuesta (la de un tren veloz que te traslada a velocidad muy superior a la necesaria) también mata al paisaje, a la durabilidad de la experiencia, la asimilación de cuanto se percibe, la discontinuidad entre acción y pausa… Virilio acuñó también el concepto de ecología/contaminación gris, que define como la “contaminación global que por su propia esencia es ubicua y expansiva”, y tiende a extenderse por el universo de la tecnosfera. La velocidad excesiva también hace gris al color de nuestra percepción, y engrisece nuestra vida sin quererlo: la monotoniza, la desposee de nuestra propia capacidad de ingenio e iniciativa… El correr sin sentido se acaba pagando muy caro.

Serge Latouche (1940), seguramente el autor más conocido de las teorías del decrecimiento, advierte en La apuesta por el decrecimiento (2009) que “la comercialización del tiempo ha comportado una delirante aceleración que comprime nuestras vidas” y añade que para llevar a una vida sobria no es suficiente con las tres famosas R (reducir, reciclar, reutilizar), sino que es necesario añadir una cuarta: ralentizar.


Serge Latouche: «Para llevar una vida sobria, hay que ralentizarla (wikipedia).

Parecidos sentimientos inspiraban a John Ruskin (1819-1900), agudo crítico e intelectual libérrimo de la era victoriana cuando, observando los tiempos que corrían, no dudó en advertir que “un necio se empeña en acortar el espacio y el tiempo; un sabio siempre quiere alargar ambos”, recordándonos la esencia odiséica del viaje, que consiste en darle mayor densidad e importancia que al llegar. José Saramago (1922-2010), otra referencia ética de nuestro tiempo, gustaba de puntualizar que “no hay que tener prisa, pero no hay que perder el tiempo”, de sugerente aplicación a la brevedad de los viajes en alta velocidad: ni siquiera dan tiempo a leer con placidez textos pendientes, contemplar la sucesión de paisajes enriquecedores, reflexionar desde la pausa creativa...

Las “prisa competitiva” es inherente al sistema, como es evidente. Y la asumen, practican y expanden sus servidores más conspicuos, como es el caso de los ideólogos de la alta velocidad ferroviaria. A estos efectos, evoquemos finalmente, porque siempre es pertinente, a un Sócrates actual y redivivo, cuya sabiduría nos fue transmitida por su discípulo Platón en alguno de sus Diálogos, quizás el “Gorgias”, y que seguiría propugnando el método reflexivo que él llamaba mayéutico (el que extraía la verdad con la interrogación profunda y persistente), imaginándonoslo interpelando, como hacía con algún ateniense, al ciudadano desarrollado actual de parecida forma, al encontrarlo obsesionado por la prisa y sintiéndolo discípulo de alguna de las numerosas escuelas sofistas modernas:


- ¿Por qué vas tan deprisa?

- Porque quiero llegar pronto

- ¿A dónde quieres llegar tan pronto?

- A una reunión muy importante

- ¿Y por qué son tan importantes tu reunión y tu prisa?

- Pues porque me juego un buen negocio

- ¿Qué obtendrás de ese negocio?

- Unos buenos ingresos

- ¿Y por qué persigues esos buenos ingresos?

- Pues porque quiero aumentar las cifras de mi empresa

- ¿Y qué conseguirás con ese aumento de cifras?

- Pues ganar más y ampliar el negocio

- ¿Y después de alcanzar esto?

- Pues seguiré progresando y enriqueciéndome

- ¿Y crees que vivirás mejor?

- Pues claro, tendré más dinero y más bienes

- ¿Pero, vivirás mejor?

- Pues… tendré menos preocupaciones…

- ¿Estás seguro?

- Pues… bueno... en realidad… seguro, seguro… no, maestro Sócrates, creo que sé lo que me quieres dar a entender: soy un necio.


    Que es a lo que debiera llevarnos la reflexión sobre las prisas que nos arrastran, la velocidad a la que nos movemos y los resultados netos, de todo tipo, de tamaña agitación, que el ambiente falseado que respiramos se encarga de acelerar ad infinitum: ejemplo, el dichoso AVE.


    (Extraído de “Elogio y defensa del tren”, ponencia del autor en las X Jornadas Estatales en Defensa del Ferrocarril Público, Lorca, 5 de octubre de 2019)



miércoles, 4 de noviembre de 2026

Batacazo de Trump en las elecciones de medio mandato

 

      Periodista freelance. Licenciada en Traducción e Interpretación por la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona.


Los demócratas recuperan la Cámara de Representantes y el Senado. En declaraciones a la cadena Fox, el presidente reconoce la influencia de la guerra de Irán en los resultados electorales.


     Las previsiones se han hecho realidad y el partido demócrata ha recuperado, en estas cruciales elecciones de medio mandato, la Cámara de Representantes y el Senado. Si bien el recuento aún no ha terminado ya se puede hablar de una gran derrota de Donald Trump y el partido republicano.


El presidente estadounidense Donald Trump ha sufrido, como se preveía, un duro revés en las elecciones de medio mandato.

En estas elecciones de medio mandato se elegía la Cámara de Representantes al completo (435 escaños) y el Senado de manera parcial (35 escaños; es decir, un tercio). Hasta ahora, los republicanos tenían una mayoría de 53 a 47 en el Senado y una pequeña ventaja en la Cámara de Representantes. En el Senado, el partido demócrata demócratas le ha arrebatado hasta siete escaños a los republicanos, más de los cuatro escaños necesarios para tomar el control de la cámara.

El triunfo de los azules en ambas cámaras conlleva el bloqueo de la agenda legislativa de Trump, le quita el poder sobre el poder judicial federal y abre la puerta a que el actual presidente pueda ser investigado. También se abre la posibilidad de poner en marcha un impeachment.

En unas primeras declaraciones a la cadena Fox, el mandatario ha reconocido el papel que ha jugado la guerra de Irán en el devenir electoral, ha reconocido “el buen trabajo” de los demócratas y ha asegurado que no ve la derrota como “algo personal”, desvinculándose así de la derrota. Quien también ha reaccionado ya a la derrota de Trump en estos comicios ha sido el presidente del Parlamento iraní, Mohammed Ghalibaf, que en la red social X ha escrito: “Conciencia o el costo de vida, los estadounidenses dijeron NO A LA GUERRA, y respaldamos este mensaje”.


No a la guerra.

Además de la guerra de Irán, a Trump también le ha pasado factura la mala gestión de la economía y la subida del precio de los carburantes, ligada a la contienda iniciada en febrero de este año contra el régimen iraní.

Los demócratas se hacen con feudos republicanos como Texas o Kansas

Uno de los grandes hitos de la cita electoral se ha dado en Texas, donde el demócrata James Talarico se ha impuesto a su rival republicano Ken Paxton. Hacía desde 1988 que no se escogía un senador demócrata. Precisamente ha sido en Texas donde el magnate Elon Musk ha invertido más dinero en la campaña republicana. De los casi 500 millones de dólares que ha destinado al partido republicano, la mitad los ha asignado a este estado, donde se encuentra la sede de sus tres empresas más importantes. El hombre más rico del mundo salió huyendo de Silicon Valley, en California, por motivos empresariales y políticos.

Otros feudos tradicionalmente republicanos, como Kansas, Iowa, Ohio, Carolina del Norte o Carolina del Sur también han sucumbido a los azules. En dos estados clave, como Minnesota y Michigan aún se está procediendo al recuento. Precisamente en este último estado también se podría dar un triunfo histórico si finalmente el demócrata Abdul-El Sayed sale elegido. Se trataría del primer senador musulmán. La campaña contra él ha tenido la islamofobia como eje y se le ha tratado vincular con el extremismo islámico. Con el 51,3% de los votos, el pastor metodista Adam Hamilton se ha impuesto en Kansas, un estado que no veía un senador demócrata desde 1932.

Fuente: El Salto