Que tampoco el otoño es ya lo que era (8 de 21)
Ingeniero, periodista y politólogo. Ha sido profesor en la Universidad Politécnica de Madrid. Premio Nacional de Medio Ambiente.
Alemania no nos sirve de referencia política positiva: no hay más que ver su historia desde la unificación de 1870. Desde entonces todo ha sido enhebrar una agresión con otra y un exhibicionismo dañino y arrogante que fue haciéndose consustancial a partir del control político por Bismarck (1852), con la ambición expansionista territorial como rasgo esencial de su política exterior. Esa imagen de tenacidad comunitaria y espíritu individual del trabajo que los españoles hemos admirado tanto, sobre todo en los años de masiva emigración, cuando descubríamos un país obsesivamente dedicado a (se decía) superar la gran tragedia de la Segunda Guerra Mundial, lleva en sus profundidades un supremacismo impenitente, y nunca debemos llamarnos a engaño ni suponer que las desgracias sufridas por ese racismo inveterado, explosivo y criminal, le hayan hecho aprender las claras lecciones que de ello debieran deducirse.
No ha tardado mucho la Alemania que logró la reunificación en 1990, en los momentos de desintegración de la Unión Soviética y a cambio de promesas rápidamente violadas, en volver a las andadas, es decir, a olvidar el pacifismo impuesto en su constitución de 1949, a pretender el control de la Europa comunitaria, a codiciar, al menos económicamente, espacios sometidos a su férula o rapiña temporales (Europa del Este, con Polonia y Ucrania como principales y “tradicionales” objetivos ambicionados) y, como trámite necesario, hostilizar a la Rusia de siempre, interpuesta en su camino, en sus ambiciones y en sus planes de avasallamiento.
Este “resurgimiento” de los demonios de la peor Alemania viene a ser el núcleo caracterizado de las tensiones político-militares en la Europa actual, en la que la OTAN cubre y “completa” las insuficiencias geopolíticas del actual Estado alemán que, sin embargo, parece decidirse por una escalada en la tensión con Rusia sin, aparentemente, calcular sus consecuencias. Hétenos aquí de nuevo ante el militarismo alemán de siempre, exacerbado a partir de la eliminación del socialdemócrata Schröder, que amenazaba con quebrar la línea histórica de agresividad alemana hacia Rusia, con el burócrata de partido Scholz, también socialdemócrata, que inició el rearme y la agresividad hacia Rusia bloqueando las obras del gasoducto Nord Stream 2 (sin aportar luz alguna sobre el sabotaje en 2022 de los dos gasoductos de propiedad ruso-alemana, bajo el Báltico). Pero que alcanza su punto más álgido (por el momento) con el canciller Friedrich Merz, que no se ha privado de proclamar que hará de Alemania “la principal potencia militar de Europa”, siendo el principal suministrador militar y financiero de Ucrania en su guerra con Rusia.
Siempre es necesario recordar las apetencias históricas de Alemania hacia Ucrania, con el resultado de dos repúblicas vasallas, en 1918 y en 1941-43, con ocasión de ambas guerras mundiales, a costa y en detrimento en ambos casos de la URSS debilitada: experiencias expansionistas fracasadas, igualmente, a manos de la URSS recuperada.
Parece obvio que el significativo interés actual del Gobierno alemán (cuyo canciller proviene de BlackRock, el principal fondo de inversiones del mundo) por esta tercera República ucraniana sigue la misma línea histórica reconocible e igualmente incurre en el olvido de las anteriores derrotas frente a la misma potencia hostilizada, que ahora se llama Federación de Rusia, pero que no vive frente a Alemania la situación militar de las anteriores experiencias habidas durante el siglo XX, sino que posee una fuerza militar muy superior en la actualidad, y en un futuro, cuando menos, a medio plazo. Las “agresiones” rusas a Alemania, lo de los drones inocuos sobre su territorio, no son sino la constatación de que la Rusia de Putin observa con todo detalle tanto la asistencia militar alemana a Ucrania como, sobre todo, los inquietantes planes de rearme y las ambiciones supremacistas, apenas veladas, que la Rusia de Putin no va a consentir. Moscú, con razón, acusa a sus rivales en la OTAN del doble lenguaje empleado cuando vociferan al recibir esos drones en su territorio, sin relacionar estas “advertencias” con la ayuda militar prestada a Ucrania; y tampoco parecen percibir en su adecuada dimensión, el desafío que esos drones suponen frente a la cacareada cláusula 5 de la Carta Atlántica, esa de la asistencia mutua en caso de agresión exterior…
Y hay un casus belli, que no simple “línea roja”, en el que no deberá incurrir esta Alemania desquiciada, ni siquiera por el intermedio de sus vasallas/jaleadas Polonia y Lituania, y se trata del enclave ruso de Kaliningrad (antigua Königsberg). Si los otanistas más agresivos, esos tres Estados a los que aludo, se empeñan en tocar ese territorio de soberanía rusa internacionalmente reconocida la respuesta militar rusa será segura y ha de pensarse que certera. Esa región se la anexionó la URSS después de ganarla a la Alemania hitleriana en la Segunda Guerra Mundial y como botín de guerra (que tampoco alcanzaba a pagar por los 25 millones de muertos que Alemania y sus aliados produjeron a la Unión Soviética). Las crónicas relatan cómo siendo Königsberg la capital de Prusia Oriental y seguramente la ciudad mejor amurallada y protegida del Reich nazi, fue asaltada y conquistada en cuatro días de abril de 1945 por las tropas del general soviético Vasilievsky, dejando asombrado a aquel mundo en guerra. La rebautizada Kaliningrad es parte de esa Prusia que en su día -en la primera mitad del siglo XIII- los Caballeros Teutones arrebataron a los habitantes locales, báltico-eslavos.
Dejando aparte al belicoso y necio Merz y a ese establishment alemán, siempre interesado en el negocio de la guerra y en las ambiciones territoriales, hay que prestar atención, y mucha, al auge electoral de la ultraderecha alemana, concretamente el partido Alternative für Deutschland (AfD) que, curiosamente, en su ideario programático figuran, junto a objetivos típicamente fascistas, la recuperación de las buenas relaciones con Rusia y la “corrección” del enfoque oficial hacia el holocausto judío… El primer punto parecería que quiebra la idea tradicional de la potencia alemana hacia Rusia, muy especialmente desde que se considera amparada bajo el paraguas de la OTAN, pero apunta a la recuperación de la situación de los años de gobierno de Merkel y Schröder y, sobre todo, aporta un correctivo significativo al militarismo del Gobierno federal. Y el segundo se enfrenta al tabú de los tabúes de la Alemania de posguerra: su sentido de culpabilidad por el holocausto judío con la consecuencia de su supeditación al Estado de Israel y al sionismo como ideología. Acerca de este asunto, parece evidente que AfD ha captado el sentido y las repercusiones que tiene lo que el historiador Norman Finkelstein llama La industria del holocausto (2014), explicando con todo detalle cómo los lobbies sionistas norteamericanos continúan todavía hoy extrayendo el pringue financiero a Alemania, Austria, Suiza… a cuenta de las exacciones cometidas contra los judíos en su día, convirtiendo este acoso en operaciones que enriquecen a esas organizaciones (ya que no hay actualmente supervivientes de aquellos hechos).
No obstante, y aun teniendo en cuenta las peculiaridades de la pujante ultraderecha alemana actual, sigue resultando procedente, ante el oscurecimiento de la situación política en este país, la “vuelta” una y otra vez a las comparaciones entre lo sucedido durante la República de Weimar (1919-1933), con la liquidación de la democracia por el ascenso al poder del nazismo, y la situación actual; y más todavía por las perspectivas ya perfiladas, ya que esa AfD domina desde setiembre uno de los länder federales, Sajonia-Anhalt, evocando el comienzo del fin durante la etapa Weimar, cuando los nazis del NSPD consiguieron entrar, en enero de1930, en el gobierno regional de Turingia (donde, en setiembre de 2024, por cierto, lograron la mayoría relativa con casi el 33 por 100 de los votos, aunque el “cordón sanitario” que se les opuso les impidió su acceso al gobierno del land).
Ya que mantengo mi interés acerca de aquella República de Weimar por lo que muestra, o amenaza, en relación con la República Federal actual, leo en el último libro que sobre aquellos años ha caído en mis manos, El fracaso de la República de Weimar. Las horas fatídicas de una democracia (2025), del periodista e historiador Volker Ullrich, cómo actuaron los nazis en cuanto se instalaron en un gobierno federado, concretamente en Turingia, en 1930, y me zumban los oídos al leer que la decisión adoptada en un congreso del partido en esas mismas fechas fue “fortalecer la voluntad militar alemana” (p. 241), que ahora imita el acomplejado, torvo y (pretendidamente) democrático Merz. Ulrich se niega a admitir que el ascenso al poder de los nazis con Hitler de Canciller, en enero de 1933, fuera inevitable, y cita ocho “posibilidades” que hubo de evitarlo, a modo de “alternativas” al impetuoso y agresivo avance nazi, citando en primer lugar la falta de reacción adecuada a dos acontecimientos que excitaron la adhesión a la República: el golpe de Estado de Kapp en 1920 y el asesinato del prestigioso ministro de Exteriores, Rathenau, en 1922.
Fueron muy timoratas las autoridades del momento, de las que destacaba el presidente de la República, el socialdemócrata Ebert, que disponía de poderes constitucionales excepcionales y podía haber frenado en seco a los responsables.
Ha de añadirse, a la muerte prematura de Ebert, la elección en 1925 del mariscal Hindenburg como presidente, enemigo declarado de la República y de la democracia, que a su vez representaba a lo más rancio de la aristocracia alemana (aquellos grandes propietarios agrarios “al Este del Elba”); “una elección que podría haberse evitado -dice este autor- si los comunistas hubieran superado sus diferencias”.
También se habría podido evitar la ruptura de la gran coalición en 1930, que daba estabilidad al sistema, achacable a la falta de visión y de generosidad de los partidos decisorios, lo que condujo al fin de la democracia parlamentaria. La inclusión de nazis, como ya he señalado, en el gobierno regional de Turingia ese mismo año pudo haberse evitado si los partidos democráticos se hubieran puesto de acuerdo. Al viejo presidente se le ocurrió despedir al canciller Brüning en mayo de 1932, haciendo posible el golpe de Estado de Von Papen (malvado, pero ingenuo compinche de Hitler) en Prusia y la caída de uno de los baluartes de la República, la siempre socialista Prusia. Y, finalmente, el mismo nombramiento de Hitler como canciller el 30 de enero de 1933 por Hindenburg, no era inevitable y se debió a “un oscuro juego de intrigas cuando su movimiento estaba en declive y muchas personas inteligentes ya lo daban por muerto”.
También he leído, del historiador francés Johann Chapoutot, Irresponsables. ¿Quién llevó Hitler al poder? (2026), con un resumen de lo más claro (y alentador), en el que se opone a tantos lugares comunes como “los nazis llegaron al poder democráticamente” (falso), “a Hitler lo eligieron los alemanes” (nunca), “la crisis llevó a los nazis al poder” (falso), “los extremos/populismos acabaron con la democracia de Weimar” (falso), e incluso, para los más zoquetes, “la izquierda es la responsable de la llegada de los nazis al poder" (falso).
Que los caminos de la Historia ni son inescrutables ni están determinados por causas o agentes concretos: no hay univocidad que valga, y se construyen día a día a partir de la actuación -sensata o irresponsable- de sus protagonistas, individuales o colectivos.

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