jueves, 5 de noviembre de 2026

Para una sociología de la prisa, con referencia a un AVE extemporáneo

 

Que tampoco el otoño es ya lo que era (16 de 21)


 Por Pedro Costa Morata   
      Ingeniero, periodista y politólogo. Ha sido profesor en la Universidad Politécnica de Madrid. Premio Nacional de Medio Ambiente.


Teniendo en cuenta lo que llamaríamos principios ecológico-civilizatorios, resulta que el tren es una creación social y orientada desde su concepción al uso colectivo, a diferencia de otras “soluciones sociotécnicas”, como el automóvil, desde su origen destinado al uso privado y privativo… De ahí procede su prestigio general: de su inmensa utilidad social, a cambio de costes asumibles por lo inevitables, siendo los humanos los más dolorosos, pero siempre confiados a una progresiva garantía de previsión y reducción por la profesionalidad y -a su servicio- la instrumentación tecnológica. El tren, conceptual e históricamente, pertenece a las creaciones científico-tecnológicas de más positivo balance global, tanto en lo social como en lo físico-energético. Es una realidad dinámica que podemos considerar apropiada y alternativa, a más de sostenible en términos modernos (si no fuera por la rápida degradación a que ha llegado este concepto).

       Analizado en su entorno socioecológico el tren es el sistema de transporte más adecuado para grandes ciudades y entornos metropolitanos, y también el medio técnico idóneo para combinar con otros modos de transporte público y personal: autobús de acceso, tranvía, metro, bicicleta y pies. Con todos ellos alcanza los más altos grados de eficiencia técnico-energética. En consecuencia, el tren suscita soluciones negoentrópicas, contrarias a la fatal tendencia a la degradación termodinámica (y social). Invita, por otra parte, a las reconversiones civilizadas y sostenibles: en primer lugar, la del sector del automóvil, que es insostenible socialmente, perjudicial sanitaria y ambientalmente y humillante laboralmente, y en segundo lugar la de una sociedad tecnológica energívora, obsesiva de la velocidad y progresivamente individualista e insolidaria.

    Del AVE puede decirse que “no es un tren” en sentido social e ideológico, y apenas podemos emparejarlo, técnicamente, con el tren ordinario generado por necesidades populares y capaz de aportar soluciones casi ilimitadas y adaptadas a la movilidad personal y a la integración del territorio. Convengamos, pues, en que el supertrén no es un tren en sentido tradicional, histórico o psicológico y la aparición del tren de alta velocidad en nuestro paisaje físico, económico y social no obedece a política de ferrocarriles alguna ni responde a ninguna demanda social: para correr tanto, hace tiempo que están los aviones, y no figura entre los anhelos públicos claramente expresados que el ciudadano normal haya expresado nunca su deseo de disponer de trenes que lo lleven a 300 km/h. Esta constatación posee una potencia demoledora ya que descalifica rotundamente un invento cuya existencia no obedece a necesidades sociales constatables, sino que constituye una exhibición de oferta, basada en decisiones políticas caprichosas.


El AVE, a 300 km/h.

(En los primeros escritos contra el tren de alta velocidad, por ejemplo, “Los mitos del TAV: supertrenes contra trenes”, publicados en la revista Quercus-Documentos, marzo de 1990, este cronista insistía en cuanto aquel TAV/AVE suponía de “alteración” de la idea y experiencia del tren social, por mor de su extravagante velocidad y los requisitos tecnológicos asociados, de muy directo impacto ambiental.)

Es necesario, entonces, recordar siempre este pecado original del AVE: no debe su existencia a ninguna política ferroviaria o del transporte legítima, o sea, ajustada, necesitada, social en suma, que es a lo que se deben los poderes políticos. El tren de alta velocidad, orlado de arrogancia y de un brillo que no corresponde en absoluto a sus méritos ni a sus resultados, se enfrenta a contradicciones y absurdos que pueden desembocar en hechos fatales, además de a una imposibilidad radical de justificarse.

El AVE pretende saltarse la filosofía y las características del tren convencional dando un salto cualitativo que lo “desnaturaliza” y lo transforma en un medio de transporte distinto, peculiar y oportunista en el conjunto socioeconómico de las necesidades. Debido a esa transformación, que lo niega, ya no compite ecológicamente con otros medios de transporte nocivos ambientalmente: no supone un avance neto en cuanto a costes económicos o sociales, no representa alivio energético sensible… Responde además a la dinámica perversa de las tecnologías de prestigio, que no buscan cubrir necesidades colectivas, sino que son fiel expresión del tirón productivista de una tecnología en manos de élites económicas y burócráticas. Y debido a su inconsistencia, lleva a todo lo contrario de lo que siempre se ha considerado objetivo legítimo y urgente del tren, que es el aligerar la carga y los dramas de la carretera: al eliminar estaciones y paradas de forma drástica, dejando sin servicio a poblaciones y comarcas, estimula el aumento del recurso al automóvil y a la demanda de más y más carreteras. Su alineamiento con el lema terrible del “Más grande, más potente, más rápido”, imitación pervertida del eslogan olímpico (“Más fuerte, más alto, más rápido”) resume la ideología del sistema productivo “triunfal” en el que se inscribe, y explica al mismo tiempo las tragedias ecológicas, humanas y sociales con que va sembrando su presencia.

Desde varios puntos de vista, pues, supone una regresión ya que dilapida prácticamente todas las ventajas del tren tradicional, sacrificando en el altar de la velocidad -que es una cualidad espuria- todas sus ventajas comparativas. Porque en el corazón del problema, del falso paradigma del AVE, reside e impera el culto a la velocidad, y por esto es por lo que ha de ser la velocidad el objetivo contra el que deben dirigirse las críticas de fondo, que ya no habrán de ser sólo ambientales o sociales, sino que deben alcanzar lo ético-político. La carrera por la velocidad se enmarca en el exceso y el descontrol, características ambas del sistema socioeconómico imperante que es productivista, crematístico e insaciable. La sociedad liberal triunfante no quiere ni ha querido nunca controles, y aunque “sabe” muy bien que esto lleva periódicamente a sus crisis, cuenta igualmente con que acaba superándolas bien por simplificación de su esquema -falsamente- competitivo, bien por la intervención del Estado, siempre a su medida y disponible cuando lo necesita.

Hay que tomar nota de que esta crítica a la velocidad ya se viene desarrollando con creciente éxito. No me refiero solamente a la expansión, felizmente corrosiva, del “movimiento slow”, que partió de una crítica decidida a la comida basura (rápida, fast) y ya se ha extendido a todos los ámbitos del vivir sensato. Me refiero a la crítica generalizada de la velocidad, concretamente de la velocidad llamada tecnológica, la que nos aportan obsesivamente los medios de transporte y también los de comunicación. Este es el marco global, profundo, en el que debemos inscribir nuestro análisis desmitificador del AVE, ya que esta creación tecnológica aparece inscrita en la tendencia fatal a la aceleración de nuestra sociedad, aceleración que es históricamente subsidiaria del desarrollo del capitalismo, pero no del desarrollo humano.

Los humanos pagamos un alto coste por ser transportados a velocidades excesivas, es decir, inhumanas: por consumir la distancia fríamente, por menospreciar la vivencia geográfica y por empecinarnos en combatir más y más el tiempo y el espacio, todo lo cual tiene un coste que sólo los insensatos (grupo en el que han de incluirse los llamados tecnócratas) se empeñan en ignorar. Fue un directivo de RENFE quien, en los inicios del AVE, me alertó de la irracionalidad que sembraba en las conciencias el culto a la velocidad: “No importa la distancia, sino el tiempo…”. Un insensato, en efecto.


Óscar Puente (agosto de 2024): «El tren vive en España el mejor momento de su historia».

Por eso no nos han faltado pensadores que nos han advertido del falso señuelo de las ganancias de la velocidad. Iván Illich (1926-2002), por ejemplo, quizás el más respetado de los pensadores ecologistas, advertía en Energía y equidad (1974) sobre la existencia de un umbral de velocidad “traspasado el cual se pierde más tiempo del que se cree ganar”, o ahorrar, con lo que aludía al coste económico personal que (dejando aparte la escandalosa subvención que asiste al viajero del AVE) el ciudadano ha de introducir en su economía particular, valorando cuidadosamente el coste de su tiempo. Y también nos aseguraba que la vulneración de ese límite pone en relación inversa, y violenta, el consumo de energía y la equidad: cuanto más corramos menos justa será la sociedad, se atreve a decir. Y añade: porque “ampliando (y añadiríamos, y complicando) el medio se aleja el fin”.


Iván Illich: «Aumentando el medio, se aleja el fin» (wikipedia).

El arquitecto y urbanista Paul Virilio (1932-2018), en numerosas obras escritas a lo largo de su vida, supo constituir el culto a la velocidad en la sociedad tecnológica en una “teoría de la decadencia”. Concretamente, en Ciudad pánico (2007) no duda en observar que “en el siglo XX la velocidad y la moralidad no han dejado de seguir líneas diametralmente opuestas”. Y en Cibermundo (2005) declarará estar más preocupado por la contaminación de las distancias que por la de las sustancias. La velocidad mata el color, dice, pero no sólo el color: la velocidad mecánica, tecnológica, impuesta (la de un tren veloz que te traslada a velocidad muy superior a la necesaria) también mata al paisaje, a la durabilidad de la experiencia, la asimilación de cuanto se percibe, la discontinuidad entre acción y pausa… Virilio acuñó también el concepto de ecología/contaminación gris, que define como la “contaminación global que por su propia esencia es ubicua y expansiva”, y tiende a extenderse por el universo de la tecnosfera. La velocidad excesiva también hace gris al color de nuestra percepción, y engrisece nuestra vida sin quererlo: la monotoniza, la desposee de nuestra propia capacidad de ingenio e iniciativa… El correr sin sentido se acaba pagando muy caro.

Serge Latouche (1940), seguramente el autor más conocido de las teorías del decrecimiento, advierte en La apuesta por el decrecimiento (2009) que “la comercialización del tiempo ha comportado una delirante aceleración que comprime nuestras vidas” y añade que para llevar a una vida sobria no es suficiente con las tres famosas R (reducir, reciclar, reutilizar), sino que es necesario añadir una cuarta: ralentizar.


Serge Latouche: «Para llevar una vida sobria, hay que ralentizarla (wikipedia).

Parecidos sentimientos inspiraban a John Ruskin (1819-1900), agudo crítico e intelectual libérrimo de la era victoriana cuando, observando los tiempos que corrían, no dudó en advertir que “un necio se empeña en acortar el espacio y el tiempo; un sabio siempre quiere alargar ambos”, recordándonos la esencia odiséica del viaje, que consiste en darle mayor densidad e importancia que al llegar. José Saramago (1922-2010), otra referencia ética de nuestro tiempo, gustaba de puntualizar que “no hay que tener prisa, pero no hay que perder el tiempo”, de sugerente aplicación a la brevedad de los viajes en alta velocidad: ni siquiera dan tiempo a leer con placidez textos pendientes, contemplar la sucesión de paisajes enriquecedores, reflexionar desde la pausa creativa...

Las “prisa competitiva” es inherente al sistema, como es evidente. Y la asumen, practican y expanden sus servidores más conspicuos, como es el caso de los ideólogos de la alta velocidad ferroviaria. A estos efectos, evoquemos finalmente, porque siempre es pertinente, a un Sócrates actual y redivivo, cuya sabiduría nos fue transmitida por su discípulo Platón en alguno de sus Diálogos, quizás el “Gorgias”, y que seguiría propugnando el método reflexivo que él llamaba mayéutico (el que extraía la verdad con la interrogación profunda y persistente), imaginándonoslo interpelando, como hacía con algún ateniense, al ciudadano desarrollado actual de parecida forma, al encontrarlo obsesionado por la prisa y sintiéndolo discípulo de alguna de las numerosas escuelas sofistas modernas:


- ¿Por qué vas tan deprisa?

- Porque quiero llegar pronto

- ¿A dónde quieres llegar tan pronto?

- A una reunión muy importante

- ¿Y por qué son tan importantes tu reunión y tu prisa?

- Pues porque me juego un buen negocio

- ¿Qué obtendrás de ese negocio?

- Unos buenos ingresos

- ¿Y por qué persigues esos buenos ingresos?

- Pues porque quiero aumentar las cifras de mi empresa

- ¿Y qué conseguirás con ese aumento de cifras?

- Pues ganar más y ampliar el negocio

- ¿Y después de alcanzar esto?

- Pues seguiré progresando y enriqueciéndome

- ¿Y crees que vivirás mejor?

- Pues claro, tendré más dinero y más bienes

- ¿Pero, vivirás mejor?

- Pues… tendré menos preocupaciones…

- ¿Estás seguro?

- Pues… bueno... en realidad… seguro, seguro… no, maestro Sócrates, creo que sé lo que me quieres dar a entender: soy un necio.


    Que es a lo que debiera llevarnos la reflexión sobre las prisas que nos arrastran, la velocidad a la que nos movemos y los resultados netos, de todo tipo, de tamaña agitación, que el ambiente falseado que respiramos se encarga de acelerar ad infinitum: ejemplo, el dichoso AVE.


    (Extraído de “Elogio y defensa del tren”, ponencia del autor en las X Jornadas Estatales en Defensa del Ferrocarril Público, Lorca, 5 de octubre de 2019)



miércoles, 4 de noviembre de 2026

Batacazo de Trump en las elecciones de medio mandato

 

      Periodista freelance. Licenciada en Traducción e Interpretación por la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona.


Los demócratas recuperan la Cámara de Representantes y el Senado. En declaraciones a la cadena Fox, el presidente reconoce la influencia de la guerra de Irán en los resultados electorales.


     Las previsiones se han hecho realidad y el partido demócrata ha recuperado, en estas cruciales elecciones de medio mandato, la Cámara de Representantes y el Senado. Si bien el recuento aún no ha terminado ya se puede hablar de una gran derrota de Donald Trump y el partido republicano.


El presidente estadounidense Donald Trump ha sufrido, como se preveía, un duro revés en las elecciones de medio mandato.

En estas elecciones de medio mandato se elegía la Cámara de Representantes al completo (435 escaños) y el Senado de manera parcial (35 escaños; es decir, un tercio). Hasta ahora, los republicanos tenían una mayoría de 53 a 47 en el Senado y una pequeña ventaja en la Cámara de Representantes. En el Senado, el partido demócrata demócratas le ha arrebatado hasta siete escaños a los republicanos, más de los cuatro escaños necesarios para tomar el control de la cámara.

El triunfo de los azules en ambas cámaras conlleva el bloqueo de la agenda legislativa de Trump, le quita el poder sobre el poder judicial federal y abre la puerta a que el actual presidente pueda ser investigado. También se abre la posibilidad de poner en marcha un impeachment.

En unas primeras declaraciones a la cadena Fox, el mandatario ha reconocido el papel que ha jugado la guerra de Irán en el devenir electoral, ha reconocido “el buen trabajo” de los demócratas y ha asegurado que no ve la derrota como “algo personal”, desvinculándose así de la derrota. Quien también ha reaccionado ya a la derrota de Trump en estos comicios ha sido el presidente del Parlamento iraní, Mohammed Ghalibaf, que en la red social X ha escrito: “Conciencia o el costo de vida, los estadounidenses dijeron NO A LA GUERRA, y respaldamos este mensaje”.


No a la guerra.

Además de la guerra de Irán, a Trump también le ha pasado factura la mala gestión de la economía y la subida del precio de los carburantes, ligada a la contienda iniciada en febrero de este año contra el régimen iraní.

Los demócratas se hacen con feudos republicanos como Texas o Kansas

Uno de los grandes hitos de la cita electoral se ha dado en Texas, donde el demócrata James Talarico se ha impuesto a su rival republicano Ken Paxton. Hacía desde 1988 que no se escogía un senador demócrata. Precisamente ha sido en Texas donde el magnate Elon Musk ha invertido más dinero en la campaña republicana. De los casi 500 millones de dólares que ha destinado al partido republicano, la mitad los ha asignado a este estado, donde se encuentra la sede de sus tres empresas más importantes. El hombre más rico del mundo salió huyendo de Silicon Valley, en California, por motivos empresariales y políticos.

Otros feudos tradicionalmente republicanos, como Kansas, Iowa, Ohio, Carolina del Norte o Carolina del Sur también han sucumbido a los azules. En dos estados clave, como Minnesota y Michigan aún se está procediendo al recuento. Precisamente en este último estado también se podría dar un triunfo histórico si finalmente el demócrata Abdul-El Sayed sale elegido. Se trataría del primer senador musulmán. La campaña contra él ha tenido la islamofobia como eje y se le ha tratado vincular con el extremismo islámico. Con el 51,3% de los votos, el pastor metodista Adam Hamilton se ha impuesto en Kansas, un estado que no veía un senador demócrata desde 1932.

Fuente: El Salto

martes, 3 de noviembre de 2026

Irán, la inflación y el precio del petróleo podrían hacer caer a Trump en las elecciones de medio mandato

 

      Periodista freelance. Licenciada en Traducción e Interpretación por la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona.


Estados Unidos se prepara para la cuenta atrás para sus elecciones de medio mandato con todas las miradas puestas en Trump, que podría perder tanto el Congreso como el Senado.


El presidente Donald Trump pronuncia un discurso en un evento de Turning Point USA en Phoenix, Arizona, el 17 de abril de 2026.


     Hoy se celebran en Estados Unidos las elecciones de medio mandato, por las cuales se elige la Cámara de Representantes al completo (435 escaños) y el Senado de manera parcial (35 escaños; es decir, un tercio). Hasta ahora, los republicanos tenían una mayoría de 53 a 47 en el Senado —que se renueva cada seis años y lo hace por tercios— y una pequeña ventaja en el Congreso. En estas elecciones también se eligen los 36 gobernadores, algunos alcaldes y jueces y otras categorías de empleados públicos. Si bien este tipo de comicios suelen pasar medio inadvertidos en la esfera internacional —a pesar de la importancia que sí tienen en el seno del país—, en este caso parece ser que la comunidad internacional sí estará atenta a estas elecciones, que tienen aire de plebiscito. Trump se juega los dos últimos años de su legislatura.

Sabiendo que puede caer y lo que eso significa, el presidente Donald Trump ha estado desde hace días agitando el fantasma del fraude electoral y la injerencia externa, algo que también han hecho en las últimas semanas sus colegas Benjamin Netanyahu —a pesar de, numéricamente, haber ganado las elecciones el pasado 27 de octubre, aunque no con el margen que él esperaba— o Flávio Bolsonaro, quien perdió las elecciones frente a Lula el pasado 25 de octubre y ha tenido que huir del país para no ser procesado judicialmente.

A este respecto, Trump y su equipo tienen los ojos puestos en dos estados concretos: Alaska y California. En el primero, —uno de los menos poblados, con 80.000 habitantes— el candidato demócrata y el republicano tienen nombres parecidos. El primero responde al nombre de Daniel J. Sullivan Jr. y el segundo al de Dan S. Sullivan. Lo que se está investigando es si esto es una coincidencia o si se trata de una acción deliberada por parte de los demócratas para confundir a los votantes. Por otro lado, en California —el estado con mayor población del país, con 40 millones de habitantes—, el Departamento de Justicia pidió hace unos días que no se contabilizaran los votos por correo de unos 20.000 ciudadanos, bajo la “sospecha” de que no son ciudadanos estadounidenses. Un juez federal rechazó las acusaciones e insistió en que los mecanismos de control son eficaces en contra del fraude.

El pasado domingo, apenas 48 horas antes de las elecciones, el presidente estadounidense apuraba la campaña electoral con mítines en Iowa y Kansas. Si bien son dos estados tradicionalmente republicanos, las encuestas muestran que la popularidad del magnate incluso ha caído allí, en el llamado “cinturón agrícola”. De los 250 millones de estadounidenses que hoy están llamados a las urnas, 52 millones ya han votado en persona o por correo, una cifra significativamente superior a los 46 que votaron de manera anticipada en las elecciones de medio mandato de 2022, durante el primer mandato de Trump.

Los ojos de esta campaña también han estado puestos, en esta ocasión, en el estado de Michigan, donde el demócrata candidato al Senado Abdul El-Sayed podría derrotar al republicano Mike Rogers y convertirse así en el primer senador musulmán de Estados Unidos. El candidato ha estado en el centro de una feroz campaña islamófoba en la que incluso se le ha intentado vincular con el extremismo islámico. Hijo de padres egipcios y nacido en Estados Unidos, El-Sayed es médico de profesión y ha mostrado su apoyo a Palestina durante la campaña.

Caída de la popularidad, tanto en el ámbito nacional como internacional

Si las predicciones no fallan —en la encuesta final de Atlas Intel, los demócratas ganarían el Congreso con un 55,5% y los republicanos se quedarían con un 41,4%, lo que supondría una ventaja de hasta 14 puntos de los demócratas sobre los republicanos—, el partido republicano perdería el control de ambas cámaras, con todo lo que eso supone: esto permitiría al partido demócrata bloquear las iniciativas de Trump e iniciar investigaciones o incluso propiciar un impeachment.


Si las predicciones no fallan —en la encuesta final de Atlas Intel, los demócratas ganarían el Congreso con un 55,5% y los republicanos se quedarían con un 41,4%.

De hecho, uno de los asuntos que se podría investigar sería el inicio de la guerra de Irán, que se llevó a cabo sin la aprobación del Congreso; también se podría investigar si el magnate que habita la Casa Blanca ha usado su poder como presidente en su propio beneficio o el de su entorno. En el caso del Senado, y según las últimas encuestas, los demócratas se impondrían en los siete estados clave: Michigan, Texas, Maine, Ohio, Kansas, Alaska e Iowa. En Texas, donde durante esta campaña ha cogido protagonismo el candidato demócrata James Talarico frente a su rival republicano Ken Paxton, no ha habido un senador demócrata desde 1988. En Kansas, esto no se produce desde 1932.

Donald Trump lo sabe y por eso lleva meses tramando una hoja de ruta para sortear el Congreso y gobernar a través del poder ejecutivo, según informa Reuters. “Altos funcionarios, entre ellos el subjefe de gabinete Stephen Miller y el director de presupuesto Russell Vought, han estado trabajando con la Oficina del Asesor Jurídico de la Casa Blanca desde abril para identificar acciones ejecutivas sobre inmigración, aranceles, costos de vivienda y gasto federal que Trump podría llevar a cabo sin la aprobación del Congreso”, reporta la agencia.

La debacle de Trump en estos casi dos años desde el inicio de su mandato se puede explicar a través de varios factores, que van desde su vinculación con el caso Epstein, la inflación generalizada que se vive en el país y la mala gestión económica de esta Administración, las redadas antimigratorias del ICE que lo han puesto en el punto de mira —con casi 70.000 personas detenidas en el último año—, las idas y venidas internacionales con los aranceles y la guerra comercial o el inicio de una guerra en febrero de 2026 contra Irán que no ha podido dar por finalizada y que ha hecho subir el precio de los carburantes hasta límites históricos, entre otros. Una guerra que, es importante destacar, ha hecho que el movimiento MAGA (Make America Great Again) se divida —va en contra de lo que Trump prometió de no inmiscuirse en asuntos extranjeros— y que es altamente impopular entre la sociedad estadounidense.

Muchas de estas acciones iniciadas por el presidente Trump se han llevado a cabo a través de decretos —como en el caso de los aranceles— o mediante la declaración del estado de emergencia para así evitar someterlas a votación. Es decir, no ha necesitado ni el Senado ni el Congreso para gobernar, a pesar de tener mayoría en ambas cámaras. Si ahora esto cambia, Trump podría tener las manos mucho más atadas a la hora de tomar decisiones.

Desde que volvió al mando de Estados Unidos, en enero de 2025, la popularidad del magnate ha ido cayendo en picado también en el ámbito internacional. Los aranceles, junto a los recortes que han afectado, sobre todo a las agencias de cooperación internacional, el secuestro del presidente venezolano Nicolás Maduro y a su esposa o los continuos exabruptos con diferentes líderes internacionales, parece que no, pero le han pasado factura. Tampoco ha ayudado a su imagen su apoyo incondicional al primer ministro israelí Benjamin Netanyahu, imputado en tres causas judiciales en su país y con una orden de arresto emitida por la Corte Penal Internacional (CPI) por crímenes de guerra y de lesa humanidad. El hasta ahora primer ministro israelí —está pendiente de revalidar su poder— es el mandatario que más visitas ha hecho a la Casa Blanca desde el inicio de este nuevo mandato.

Su acercamiento a Vladimir Putin, un líder aislado por los poderes occidentales, su apoyo a regímenes como el de Orbán o Milei, sus continuas amenazas a aliados en el marco de la OTAN o su ataque continuo a los medios de comunicación y los periodistas —tanto nacionales como internacionales— lo han convertido en un presidente prácticamente aislado, si no fuera porque ostenta el poder del país más poderoso del mundo.

Justo ayer el periódico New York Times publicaba que el tecno oligarca Elon Musk ha invertido casi 500 millones de dólares —concretamente 474—en la campaña republicana de estas elecciones de medio mandato: “nunca antes una sola persona ultra rica, que no se presentaba a ningún cargo, había gastado tanto dinero durante un mismo ciclo electoral”, se podía leer en la entradilla de la noticia. La mitad de esos millones los ha invertido en Texas, donde tiene la sede tres de sus empresas. Durante la campaña electoral de 2024, que devolvió el poder a Donald Trump, se gastó unos 290 millones de dólares. A pesar de las idas y venidas entre ambos magnates, en periodos en los que se han alejado, Musk sabe perfectamente lo que hay en juego y la conveniencia para él y sus negocios de que el partido republicano se mantenga al mando.


Fuente: El Salto

domingo, 1 de noviembre de 2026

El embrujo del sentido común

 

      Guionista en Producciones del Barrio que colabora con Ctxt.


Quien tenga interés en hacerse una idea de cuál sería el estado actual del progresismo en España si no se hubiera producido el 15-M puede observar el presente alternativo que representa Italia.


15M en la Puerta del Sol, 18 de mayo de 2011.

    En España, numerosos profesionales de la opinión han expedido en varias ocasiones el certificado de defunción del llamado “ciclo político del 15-M”. No puede resultar extraño, por tanto, que la mayoría de esos profesionales reaccionaran como quien ve a un fantasma cuando las tiendas de campaña volvieron a plantarse en la Puerta del Sol el 26-S.


Acampada contra la crisis de la vivienda en la Puerta del Sol, Madrid.

    Pero el supuesto fenómeno paranormal, en realidad, tiene una explicación muy sencilla: estos profesionales que pontifican desde sus columnas y sus micrófonos nunca entendieron que el 15-M no son los partidos que han capitalizado políticamente sus ideas, sino un “consenso” de izquierdas tratando de hacerse hueco entre los escombros que ha dejado la “hegemonía” de la clase dominante durante la fase neoliberal del capitalismo. Es decir, un nuevo “sentido común”.

     La acampada de Sol de 2011 y las que la replicaron en otras plazas de toda la geografía española surgieron como una protesta destituyente de pura antipolítica, con toda la torpeza, ingenuidad y contradicciones que caracterizan a un movimiento espontáneo, heterogéneo y con ambición aglutinadora (los coros de “PSOE, PP: la misma mierda es”, la consigna de que no eran “Ni de izquierdas ni de derechas”, y el folclore de las asambleas, el reiki, y las batucadas). Pero, a medida que pasaron las semanas, lo que ocurrió es que el movimiento se articuló políticamente de manera muy concreta en asambleas que se extendieron por los barrios y los pueblos, lejos de donde se levantaban las tiendas de campaña. La masa social que históricamente había simpatizado con el partido oficial de la socialdemocracia en España se sentía huérfana con un PSOE cuyos dirigentes repetían acríticamente los dogmas culpabilizadores (“Hemos vivido por encima de nuestra posibilidades”) y el pensamiento mágico que asimilaba las causas y las consecuencias de la crisis económica y financiera a un imprevisible desastre meteorológico (“De esta crisis salimos entre todos”), un partido que, desde el Gobierno, se había sometido al correctivo de la austeridad y que había reformado el artículo 135 de la Constitución a exigencia de las instituciones europeas. No fue el 15-M el que entregó el Gobierno de España a Mariano Rajoy, sino el propio PSOE incapaz de reaccionar al cambio del espíritu del tiempo que se estaba fraguando, al retorno a un “sentido común” que nunca debería de haber dejado de estar en la base de su acción política.

    La idea revolucionaria que contribuyó a propagar el 15-M es que la política no se ejercía únicamente en las Cámaras que se formaban a partir del voto en las urnas, sino que podía ejercitarse de manera independiente todos los días estrechando lazos de solidaridad en los vecindarios y en los lugares de trabajo. Es decir: organizándose. Y al organizarse para detener desahucios, parar formar mareas en defensa de los servicios públicos y contra las políticas de austeridad, o para articular un movimiento feminista sin parangón en toda Europa, ocurrió en paralelo otro fenómeno que poco tiene de paranormal: las televisiones vieron un nicho de mercado en una ingente masa de público potencial. Y lo que ocurrió a continuación es que la “hegemonía” del “sentido común” de la clase dominante –“no hay alternativa”– empezó a cuestionarse en horario de máxima audiencia.

    Tres años más tarde, en 2014, ese viejo/nuevo “sentido común” encontró cobijo temporal en el cuerpo de Podemos. Un mes después de su fundación, la primera encuesta del CIS que recogía la incorporación de ese partido pareció presagiar el fin del bipartidismo. Entonces, muchos profesionales de la opinión –con Vicente Vallés a la vanguardia– infirieron, como si fuera una consecuencia lógica e inevitable, el inicio de una nueva era de “italianización” de la vida política española, marcada por la “fragmentación”, la “ingobernabilidad” y la “inestabilidad”, cualidades atribuidas al sistema político italiano desde la instauración de la Primera República en junio de 1946, con legislaturas que llegaban a proclamar entre dos y nueve gobiernos diferentes. Evidentemente, este pronóstico no se sostenía en ningún indicio sólido y contrastable porque comparar dos sistemas políticos tan dispares (aquí Javier Brandoli enumeró unas cuantas diferencias) herederos de dos tradiciones políticas y sociales tan distantes como la española y la italiana es un ejercicio vacuo y estéril. Pero ha seguido funcionando como una admonición: una manera sofisticada de lamentar que el parlamento representara de manera más amplia y fidedigna la complejidad de matices de la sociedad española.

    Lo que sí es sólido y contrastable, bien al contrario, es la fascinación con la que los simpatizantes de la socialdemocracia italiana contemplan a su homóloga española. Es un sentimiento muy similar a la melancolía que sienten los demócratas españoles ante el potencial político y cultural que el fascismo arrebató a sangre y fuego a la Segunda República: una hauntología –el embrujo por los futuros perdidos que el capitalismo ha sido incapaz de proporcionar, en la acepción popularizada por Simon Reynolds y Mark Fisher. Si los militantes y simpatizantes del PSOE que han sufrido fogonazos de estrés postraumático de las elecciones generales de 2011 ante la nueva visión de las tiendas de campaña levantadas en la Puerta del Sol tienen interés en hacerse una idea de cuál sería el estado actual del progresismo en España si no hubiera habido plazas y mareas, basta que miren a ese presente alternativo de una dimensión paralela de la realidad que representa Italia, y más concretamente el Partito Democratico.

    Y sería interesante que se preguntaran cuál sería el estado de la “hegemonía” del “sentido común” progresista si el 15-M se hubiera limitado a replicar el precedente italiano de los Vaffanculo Day que se consolidaron como organización política en 2009: el Movimiento 5 Estrellas, fundado por el cómico Beppe Grillo y el empresario Gianroberto Casaleggio. Un partido antipolítico, populista y sincrético en su manera de abrazar ideologías contradictorias que allá donde alcanzó el poder (en los ayuntamientos de Roma y Turín, en el gobierno nacional en dos ocasiones) se limitó únicamente a promover medidas estéticas encaminadas a luchar contra la fantasmática casta: eliminar los sueldos vitalicios y los privilegios (los coches oficiales, las dietas, el chocolate del loro), y reducir el número de políticos en parlamentos regionales y en las cámaras. Y cuando su líder Giuseppe Conte, durante la pandemia, se creyó el general Della Rovere y asumió que su papel como primer ministro era ser socialdemócrata porque era necesario que los Estados socializaran las pérdidas de la economía y sofocaran los ánimos de la ciudadanía confinada, fue apeado inmediatamente del Gobierno y sustituido por el técnico Draghi.

    Por supuesto, en Italia existen numerosas organizaciones sociales que combaten a diario contra las lógicas perversas de la doctrina neoliberal (los desahucios y la crisis habitacional, el trabajo esclavo de los inmigrantes en el campo o el desmantelamiento de los servicios públicos), pero la diferencia fundamental es que los herederos de movimientos sociales tan potentes como el que surgió del Otoño Caliente del 69 o del movimiento antiglobalización no encuentran espacio cotidiano en los medios de comunicación. 

    Si en España se ha producido la anomalía europea (nuestro experimento mental podría no limitarse solo a Italia, pero tenemos que ir cerrando) de que la socialdemocracia ha resistido con mayor solidez a la ola reaccionaria que está azotando todo el planeta es porque ese “sentido común” se ha desarrollado e implantado y Pedro Sánchez –con su torpeza, su oportunismo, su cálculo electoral, los escándalos de corrupción que han salpicado a personas de confianza de su Gobierno y la resistencia de un sector del aparato que se obstina a creer que el país no ha cambiado en los últimos quince años– ha permitido que se alojase en el cuerpo del partido del que es secretario general.

    La demostración de que los opinadores profesionales no han entendido nada de todo es que han necesitado simplificar y ridiculizar una acampada, abrazarse a la teoría de la conspiración y subirse a la nave del misterio. No es que el Gobierno se haga oposición a sí mismo en las plazas de toda España: es el “sentido común” de la izquierda el que está haciendo oposición a los partidos que consideran que deberían representarles en el Parlamento porque la auténtica oposición, la que gobierna en la mayoría de las comunidades autónomas con competencias para resolver los problemas que acucian a la gente, está muy a gusto con una política que no afecta a los intereses de una minoría para favorecer a una mayoría.


Fuente: Ctxt

sábado, 31 de octubre de 2026

Esa pareja disruptiva (y desleal) Montero-Rufián

 

Que tampoco el otoño es ya lo que era (15 de 21)


 Por Pedro Costa Morata   
      Ingeniero, periodista y politólogo. Ha sido profesor en la Universidad Politécnica de Madrid. Premio Nacional de Medio Ambiente.

Da mucho para analizar, con pocas alegrías, el movimiento de los grupos de izquierda ante las elecciones generales de noviembre. Desorden, dilación y sorpresas negativas, han estado asombrando, por no decir indignando, a una opinión pública de izquierdas que esperaría más lealtad, generosidad y, sobre todo, realismo ante los peligros que acechan de una fascistización anunciada con pretensiones de “liberalización”, que es la máscara actual del autoritarismo pardo, a diferencia de los años 1920-30 y a manos esta vez del PP y Vox.

Me fijaré, porque así me place, en la extraña pareja que centra buena parte de la atención sobre estos movimientos, la formada por Irene Montero y Gabriel Rufián, es decir, la primera figura de Podemos, grupo en avanzado estado de extinción, y el portavoz parlamentario de Esquerra Republicana de Cataluña (ERC), figura caracterizadamente contradictoria y algo patética. Ambos dañan -así lo cree este cronista- a sus respectivas formaciones políticas y ambos, con la maniobra consumada al alimón, pueden contribuir al desastre que tantos anuncian, sin que quepa el optimismo de que con sus mañas mejoren la perspectiva.


Irene Montero y Gabriel Rufián (RTVE).

Irene Montero mantiene el discurso de impecable factura izquierdista, chillón e inapelable, de las asambleas de Facultad (del franquismo). De probada formación teórica, sin embargo, ha sido incapaz de justificar por qué exigía primarias como paso previo a las candidaturas unificadas a escala general y negoció, subrepticia y pecadoramente, con ERC, sin que le importara mucho contradecir un principio político básico, y es que la izquierda no puede ser nunca nacionalista, y no debe pactar con los nacionalistas antes de verse las caras en las elecciones. Y ha basado su exclusivismo/individualismo preelectoral en su negativa “a pactar con el PSOE”, circunstancia que se supone sería posterior a unas elecciones exitosas, dando decepcionantes muestras de falta de realismo. Porque por lo que respecta a la emergencia -real, apremiante- de hacer frente a la peste marrón, las alianzas deben de hacerse sin exigencias fuera del caso y con ánimo a ceder ante pares próximos y coincidentes.

         Irene Montero nos deja una imagen de fin de reino, con agarre desesperado a lo que se pueda y quede: Podemos camina firmemente hacia su desaparición y tanto Montero como Belarra, y poca gente más, se agarran a esas dos o tres posibilidades en perspectiva de escaño salvador (y personal: el sillón se dibuja dramáticamente como teoría y como práctica, desdiciendo éticamente a sus perseguidores/as). De ahí el apaño con ERC para lograr escaño por Barcelona y, algo parecido en Valencia, dándose por seguro el banco por Madrid. Estos de Podemos están en fase de extinción y lo saben. También lo sabían cuando hubo que discutir coaliciones de partidos y puestos en listas, y por eso han jugado a la desesperada, tratando de salvar los dos o tres escaños que pueden conseguir previa negociación. Pero es de esperar que con las próximas elecciones municipales y autonómicas desaparezcan (casi) del todo, ya que nunca han tenido enganche con el pueblo ordinario (pero sabio y, por supuesto, soberano). Y los escasos representantes que han conseguido en regiones y municipios lo han sido por su prestigio personal, y hubieran sido elegidos formando en cualesquiera otras filas. El objetivo electoral de Podemos nunca ha sido el pueblo, en sentido lato e inteligible, sino un votante estudiado, decepcionado y más bien joven, que no es, realmente, el español medio, y esa fragilidad estructural tenía el éxito limitado.

Y ni siquiera un hipotético regreso de Pablo Iglesias los salvaría, ya que el personaje está amortizado y desgastado por imprudente, arrogante y manipulador. La saña con que descabezó su partido liquidando a tantos compañeros/as fundadores/as fue de gran estilo estalinista, y tenía que pagarlo antes o después. Diré de paso que ha sido en el terreno (pedestre pero heroico) de lo municipal donde Podemos se ha permitido menospreciar a una IU que, pese a su mayor presencia y prestigio, consintió en ceder y amilanarse, algo acomplejada por la marea morada. De ahí la satisfacción que este cronista ha sentido cuando IU, partido -como quien dice- con cien años de patrimonio político, ha respondido con un no rotundo a la proposición de los desesperados de Podemos de que rompiera con el Frente Amplio para unirse a sus maniobras, carentes de elegancia política.

Creo que fue Manuela Carmena, tras su periodo de alcaldesa de Madrid, quien aludió a “estos de Podemos” como caprichosos, infantiles o incluso niñatos (no recuerdo bien: si resulto impreciso o errado, que mis lectores me atribuyan a mí esos calificativos, sin problema), y es este buen momento para recordarlo.

(Por lo demás, el rol político de Irene Montero desprende un cierto tufillo dinástico, seguramente pese a ella, y a más de uno/a se le escapará una media sonrisa, sofocada al instante, cuando en sus sentidos y vibrantes mítines aluda a la crisis de la vivienda, pensando en el casoplón de la lideresa.)

De Gabriel Rufián, que tan compungido se muestra por el fracaso en lograr toda la amplitud posible para el Frente Amplio (con él de cabeza, se debe entender), como si su papel en esa operación frustrada hubiera sido meramente pasivo, vuelvo a afirmarme en mi idea de que este muchacho vive un notable cacao mental político e, inevitablemente, personal, aunque dicen muchos de él que “es buena gente” (a lo que me adhiero porque así lo creo yo también), reconociéndole sus cualidades de tribuno capaz y ocurrente. El hijo de emigrantes de Jaén difícilmente puede vivir, si está normalmente dotada su mente, como es evidente que lo está, como nacionalista e independentista catalán, y lo más probable es que se venga desenvolviendo crecientemente -al ritmo de su protagonismo y ambiciones- en una dicotomía desgarradora: si te sientes de izquierdas no puedes ser nacionalista, aunque es verdad que hay nacionalistas que se sienten de izquierdas, pero este no puede/debe ser el caso de Rufián, ya que demuestra una inocultable amplitud política de miras. En su partido sí han tenido más claras las ideas: son nacionalistas, no creo que de izquierdas y bastante le han concedido con su erróneo/lamentable chalaneo con Podemos (Rufián debiera salir del mundo nacionalista y continuar su carrera política con su garbo y contundencia al servicio de una humanidad no particularista).

Porque, con su nacionalismo, Rufián desafía reglas, incluso escritas, que aluden a la imposibilidad de que la izquierda pueda ser nacionalista. Esto solo puede darse en los movimientos históricos de liberación anticolonial, que no es el caso de Cataluña, por más que haya independentistas que así lo quieran. Una vez más hay que distinguir entre el sustantivo y el adjetivo.

         Y una reflexión final: ni siquiera la excusa de la premura por la convocatoria de elecciones generales justifica esa división “interna” de la izquierda, es decir, el “exclusivismo” de Podemos y la confusión (más explicable) del Rufián de ERC. A algo más que a esa precipitación hay que atribuir que la izquierda en su conjunto no haya acordado un frente único para el Congreso de Diputados, ya que lo hace para el Senado, lo que, dejando aparte las diferencias profundas y abundantes existentes, ahora y siempre, evidencian que en esas formaciones de izquierda, pero sobre todo en el PSOE, no existe la conciencia precisa sobre el estirón fascista que supondrá una victoria de derecha y ultraderecha, mucho más proclives, ahora y siempre, a la coincidencia y el entendimiento.

¿Habrá que esperar, en caso de tener que sufrir un cuatrienio negro parecido al bienio negro 1934-36 para que el Frente Amplio de hoy se extienda y transforme en Frente Único (no Popular, cedamos por esta vez ante la superstición...) y revertir en lo posible los desmanes anunciados? Es de lamentar que, hasta ahora y debido a su división pertinaz, la “izquierda izquierdista” no haya logrado la potencia y el prestigio de su formación homóloga, La France Insoumise, del magnífico Mélenchon (Melenchón, con el acento español correspondiente, ya que lleva apellido y sangre murcianos). El día 29 de noviembre sabremos si este Frente Amplio logra la fuerza y el eco suficientes como para ofrecer a la ciudadanía angustiada algo más que esperanza.