miércoles, 23 de septiembre de 2026

La Policía ejecuta con violencia el desalojo de Maricarmen, la vecina de 87 años del distito de Retiro

 

      Periodista y activista que escribe sobre justicia social.



La Policía ejecuta con violencia el desalojo de Maricarmen, la vecina de 87 años del distito de Retiro. Fotografía de Álvaro Minguito.

Tras una madrugada al raso y luego plantando un muro humano en la puerta del bloque de Maricarmen, esta vez las vecinas no pudieron evitar el desahucio de Maricarmen, una octogenaria que desde hoy se queda en la calle


Violencia policial en el desahucio de Maricarmen. Fotografía de Álvaro Minguito.

     La histórica presión vecinal y sindical de este miércoles a primera hora —más de 400 personas— no ha logrado impedir que el cuarto intento de desalojo de Maricarmen terminase en el desahucio de esta vecina de 87 años del barrio de Retiro que se queda en la calle sin alternativa habitacional.


El pasado jueves, activistas por el derecho a la vivienda colocaron una pancarta en apoyo a Maricarmen, frente al ático que la Comunidad de Madrid compró en el barrio de Chamberí para la presidenta Ayuso. Fotografía de Álvaro Minguito.

A través de un despliegue policial desproporcionado que ha comenzado a las 6h —cerca de 15 furgones policiales y decenas de efectivos de los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado— la octogenaria ha sido expulsada este mediodía del que llevaba siendo su hogar desde los 17 años.


Decenas de policías rodean la casa de Maricarmen para desahuciarla mientras 300 personas resisten en la puerta.


La Policía ejecuta con violencia el desalojo de Maricarmen, la vecina de 87 años del distito de Retiro.


Más de 300 personas llevaban desde la madrugada del 22 de septiembre agolpadas para impedir el desenlace.


Más de 300 personas arropan a Maricarmen la víspera del desalojo.


Más de 300 personas arropan a Maricarmen la víspera del desalojo.


Más de 300 personas arropan a Maricarmen la víspera del desalojo.


La policía carga contra las personas que trataban de evitar el desahucio de Maricarmen,


Urbasesa, el fondo que se hizo con la propiedad de su vivienda, se ha negado en todo momento a aceptar una negociación con el Sindicato de Inquilinas y la abogada de Maricarmen cuando la comisión judicial se ha personado en la vivienda.

La presencia ciudadana en el momento de la ejecución ha sido multitudinaria tras el llamamiento masivo que se realizó la víspera durante los actos musicales reivindicativos de apoyo y solidaridad.

Tanto las activistas que habían acampado en los aledaños de la vivienda como aquellos medios de comunicación que se acercaron al cordón policial han sido golpeadas con fuerza por los miembros del dispositivo policial. En todo momento se ha impedido a prensa acceder a las proximidades de la vivienda.

“Yo he vivido aquí 71 años y yo no me quiero ir. Lo que está claro es que esta gente, por dinero, hace lo que sea. Por favor, luchad. No os quedéis en casa, tenemos derecho a vivir”, defendía en la vigilia del 22 de septiembre Maricarmen. La nueva propiedad de la casa, Urbagestión S.L, le subió la renta hasta 2.650 euros mensuales, cuando ella pagaba 500 euros. Los intentos por negociar, que han pasado también por la oferta de una mujer anónima de pagar 2.100 euros mensuales para completar la cifra requerida por la empresa, han resultado infructuosos.


Fuente: El Salto

De la Marcha Verde a Ceuta: medio siglo de presión sobre España

 

 Por Pedro Garcia   
      Periodista en Descifrando la Guerra.



La nueva crisis de Ceuta se suma a una larga lista de episodios de presión de Marruecos sobre España que comenzó a tomar forma con la Marcha Verde de 1975.

     La nueva crisis migratoria que atraviesa Ceuta vuelve a colocar bajo presión una de las relaciones bilaterales más importantes y difíciles de la política exterior española. Con cerca de 80.000 entradas irregulares registradas según las cifras disponibles, la ciudad autónoma afronta uno de los episodios de mayor tensión desde mayo de 2021, cuando unas 10.000 personas atravesaron la frontera en apenas dos días.

La comparación con aquella crisis es inevitable, pero también plantea una pregunta más incómoda. Desde entonces, España ha modificado su política hacia Marruecos.

En marzo de 2022, el gobierno de Pedro Sánchez abandonó la tradicional neutralidad española respecto al Sáhara Occidental y pasó a considerar el plan de autonomía marroquí como la propuesta "más seria, realista y creíble" para resolver el conflicto.


Carta de Pedro Sánchez a Mohammed VI anunciando el cambio de política de España en el Sáhara.

El objetivo era abrir una nueva etapa de estabilidad con Rabat tras el enfrentamiento diplomático del año anterior. Cuatro años después, sin embargo, Ceuta vuelve a estar sometida a una enorme presión. Más allá de las circunstancias concretas que expliquen la crisis actual, el episodio obliga a preguntarse hasta qué punto el entendimiento alcanzado en 2022 transformó realmente la naturaleza de las relaciones entre España y Marruecos.

La respuesta probablemente sea que mucho menos de lo esperado. España y Marruecos mantienen una relación caracterizada simultáneamente por la cooperación y la competencia. La geografía obliga a ambos países a entenderse en comercio, inmigración, terrorismo, narcotráfico, seguridad marítima y estabilidad regional.

Pero esa misma interdependencia proporciona también instrumentos con los que ejercer presión. Esa paradoja constituye uno de los principales problemas estratégicos de España en su flanco sur.

Ceuta es, además, el lugar donde mejor se concentran todas esas contradicciones. Su posición en la entrada oriental del estrecho de Gibraltar le concede un valor que trasciende ampliamente su tamaño.

Es frontera exterior de la Unión Europea, punto de observación sobre una de las principales rutas marítimas del mundo y símbolo de la presencia española en el norte de África. Al mismo tiempo, su condición de enclave rodeado por territorio marroquí la hace especialmente vulnerable ante cualquier deterioro de las relaciones bilaterales.

Una larga tradición de presión

La utilización de instrumentos situados por debajo del umbral de la guerra no es una característica nueva de la política marroquí. Algunos de sus antecedentes más importantes se remontan incluso a varias décadas antes de que se popularizara el concepto contemporáneo de "zona gris".

Este concepto describe aquellas situaciones en las que un Estado trata de modificar el statu quo mediante instrumentos coercitivos sin llegar a provocar un conflicto armado abierto o directamente una guerra a gran escala.


La crisis de Ceuta ilustra la diferencia entre amenaza híbrida, zona gris y guerra híbrida en las relaciones entre España y Marruecos.

La presión puede ser diplomática, económica, migratoria, informativa o incluso militar de forma limitada y ambigua. Su principal ventaja reside precisamente en dificultar la respuesta del adversario: cada medida aislada parece insuficiente para justificar una escalada, pero la suma de todas ellas puede modificar gradualmente el equilibrio existente.

La Marcha Verde de 1975 constituye el ejemplo histórico más significativo en el caso marroquí. Hasán II movilizó a cientos de miles de civiles hacia el Sáhara Occidental cuando España atravesaba una profunda crisis política debido a la agonía de Francisco Franco.


El conflicto saharaui entre Marruecos y el Frente Polisario es uno de los más persistentes y menos comprendidos del sistema internacional.

La utilización de población civil, acompañada de una amenaza militar implícita y de una intensa movilización nacionalista, permitió modificar el statu quo territorial sin desencadenar una guerra convencional. España terminó abandonando el territorio y Marruecos consiguió establecer un hecho consumado que, medio siglo después, ha resultado extraordinariamente difícil de revertir.

La importancia del precedente no reside únicamente en su resultado. La operación explotó cuidadosamente las vulnerabilidades del adversario, provocando una profunda incertidumbre política interna, escasa voluntad de asumir los costes de una confrontación militar y un contexto internacional poco favorable a una reacción española prolongada.

Esa combinación entre presión civil, amenaza latente y explotación del momento político constituye precisamente uno de los elementos característicos de la lógica contemporánea de zona gris.

La crisis del islote de Perejil de 2002 siguió una lógica distinta pero comparable. Un reducido grupo de fuerzas marroquíes ocupó unilateralmente un territorio deshabitado cuya situación se mantenía deliberadamente congelada.


Militares españoles colocan la bandera española en la isla de Perejil tras la crisis.

España respondió mediante una operación militar limitada y restauró el statu quo. El episodio fue interpretado como una prueba de la determinación española en la que una acción pequeña en términos materiales, pero políticamente cargada, permitía medir hasta dónde estaba dispuesto Madrid a llegar.

El resultado fue muy distinto al de 1975 porque también lo fue la respuesta española. Madrid mostró rápidamente su disposición a impedir la consolidación del hecho consumado y utilizó su superioridad militar para restaurar la situación anterior. Pero Perejil dejó otra enseñanza relevante. Y es que una crisis aparentemente menor puede escalar con rapidez cuando afecta a cuestiones territoriales y de prestigio nacional.

Desde entonces, la presión ha adoptado formas mucho menos espectaculares. Marruecos llamó a consultas a su embajador después de la visita de los Reyes a Ceuta y Melilla en 2007; aparecieron posteriormente pasaportes que atribuían las ciudades a Marruecos; Rabat impidió a sus diplomáticos acceder a ellas y cerró unilateralmente la aduana comercial de Melilla en 2018. También fueron introduciéndose restricciones comerciales sobre Ceuta.

Son medidas diferentes, pero comparten la característica de que elevan gradualmente el coste de mantener el statu quo sin cruzar la frontera que convertiría una disputa diplomática en un conflicto convencional. Esa ambigüedad es precisamente lo que las hace efectivas.

Ceuta 2021 y la presión a España

El mecanismo más sensible es, sin embargo, el migratorio. La crisis de mayo de 2021 mostró de manera extraordinariamente clara la vulnerabilidad española. Más de 10.000 personas entraron en Ceuta después de que los controles marroquíes se relajaran en plena confrontación diplomática entre ambos gobiernos.

El detonante inmediato había sido la hospitalización en España de Brahim Ghali, secretario general del Frente Polisario, organización enfrentada a Marruecos por el Sáhara Occidental. Pero la disputa trascendía ampliamente a Ghali.

Después de que Donald Trump reconociera en diciembre de 2020 la soberanía marroquí sobre el Sáhara Occidental, Rabat incrementó su presión para que otros gobiernos occidentales se aproximasen a esa posición. Alemania y España estaban entre los principales objetivos diplomáticos.

La crisis de Ceuta demostró entonces que Marruecos disponía de una poderosa herramienta, y es su capacidad para modular la cooperación migratoria. España y la Unión Europea necesitan la colaboración de Rabat para contener los movimientos hacia la frontera europea. Precisamente por ello, una reducción deliberada o circunstancial de esa cooperación tiene consecuencias casi inmediatas para España.


Mapa a color sobre la MINURSO y los refugiados saharauis debido a la ocupación de Marruecos.

Ahí reside una característica fundamental de la relación bilateral: un mecanismo creado para favorecer la cooperación puede convertirse también en instrumento de coerción. La asimetría es especialmente significativa porque el coste político de una crisis migratoria no se reparte de forma equivalente entre ambos países.

Una relajación temporal de los controles puede generar rápidamente presión humanitaria, mediática y política en España, mientras que para Marruecos el coste inmediato puede ser comparativamente menor.


La ciudad autónoma de Ceuta es un punto clave en la geopolítica de España en el Mediterráneo Occidental.

Así, la capacidad de transformar un ámbito de cooperación cotidiana en un mecanismo de presión proporciona a Rabat una ventaja considerable en momentos de tensión diplomática.

Esto explica también por qué Ceuta y Melilla ocupan una posición tan singular.


Ubicación geográfica de Ceuta y Melilla.

La lejanía respecto a la Península y su escaso peso demográfico han favorecido históricamente que buena parte del debate público español las contemple principalmente a través de cuestiones migratorias, fronterizas o de seguridad.

Esa percepción puede convertirse a su vez en una vulnerabilidad política: cuanto más se presenten las ciudades como un problema periférico, mayor será el coste interno de cualquier crisis sostenida.

2022: ¿cesión o pragmatismo?

España respondió a la crisis con una profunda reconsideración de su relación con Marruecos. El punto culminante llegó en marzo de 2022, cuando Pedro Sánchez respaldó el plan de autonomía marroquí como la alternativa más seria y creíble para resolver el conflicto saharaui. La decisión admitía dos interpretaciones, no por ello excluyentes.

La primera, especialmente plausible en aquel momento, era que España había efectuado una "rendición preventiva". Después de la crisis migratoria, la ruptura diplomática y otros episodios de presión, Madrid realizaba una importante concesión precisamente sobre el asunto que Marruecos consideraba prioritario.

El peligro era evidente: si Rabat concluía que la presión funcionaba, podía sentirse incentivado a utilizarla en futuros desacuerdos, incluidos aquellos relacionados con Ceuta, Melilla o la delimitación marítima. Además, el giro tuvo costes externos importantes.


Mapa de las reclamaciones marítimas de España, Marruecos, Portugal y Sáhara en Macaronesia.

España abandonaba el delicado equilibrio que había mantenido tradicionalmente entre Marruecos y Argelia precisamente cuando la rivalidad entre ambos atravesaba uno de sus momentos más graves en décadas. Argel había roto relaciones con Rabat en 2021 y posteriormente reaccionó negativamente al cambio español, afectando a una relación estratégica en ámbitos como el energético.

Pero existe una segunda interpretación, más pragmática. El contexto internacional del Sáhara ha evolucionado profundamente desde 2020. El reconocimiento estadounidense fortaleció considerablemente la posición de Marruecos y en los años posteriores varios gobiernos europeos se aproximaron de diferentes maneras al plan de autonomía. El margen de maniobra español sobre el conflicto se redujo considerablemente.

Desde esta perspectiva, el giro de 2022 podía entenderse como la adaptación a una realidad internacional crecientemente favorable a Rabat y como el precio de estabilizar una relación bilateral vital para los intereses españoles.


Fotografía panorámica de El Aaiún, en el territorio del Sáhara Occidental.

La evolución internacional posterior ha reforzado esta segunda interpretación. La posibilidad de una independencia saharaui aparece hoy mucho más lejana que hace una década, mientras que el plan de autonomía ha ido obteniendo un apoyo diplomático creciente.

Para España, mantener indefinidamente una posición formalmente neutral podía proporcionar cada vez menos beneficios reales mientras continuaba deteriorando la relación con un vecino cuya cooperación es esencial.

Ambas interpretaciones pueden contener parte de la verdad. El acercamiento a Marruecos era comprensible desde una perspectiva de interés nacional. España no puede elegir su geografía y necesita una relación funcional con su vecino meridional. Pero la eficacia de aquella decisión dependía también de que la nueva etapa modificase los incentivos de Rabat y redujese el recurso a mecanismos coercitivos.

Es precisamente ahí donde la crisis actual vuelve a plantear dudas. Si después de una de las mayores concesiones realizadas por España en su política hacia el Magreb desde la retirada del Sáhara reaparecen episodios de elevada presión sobre Ceuta, entonces el problema no puede explicarse exclusivamente por el contencioso saharaui. La tensión tiene raíces más profundas relacionadas con la propia estructura de la relación bilateral.


Fuente: Descifrando la Guerra

lunes, 21 de septiembre de 2026

La victoria de Die Linke en Berlín abre la puerta a la expropiación de vivienda de manos de fondos privados

 


Las elecciones regionales de la región costera dejan espacio para que mantenga el gobierno el centroizquierda. Die Linke obtiene un resultado mejor que el esperado en la capital


Elif Eralp, política alemana perteneciente a Die Linke y vicepresidenta del grupo parlamentario. En septiembre de 2025 fue designada candidata principal de Die Linke para las elecciones a la Cámara de Diputados de Berlín de 2026.


     Una de cada cuatro personas  —y, entre las jóvenes, casi una de cada dos— eligió a Die Linke ayer, 20 de septiembre, en las elecciones estatales de Berlín. El resultado sitúa a Elif Eralp, jurista descendiente de refugiados turcos, como única candidata a regierende bürgermeisterin, equivalente a alcaldesa de la región. La Izquierda obtuvo 38 escaños y subió trece puntos con respecto a sus resultados de 2023. 

El estado federado y ciudad capital de Berlín ha funcionado a contracorriente del resto del país, en el que la extrema derecha Alternativa por Alemania sigue cosechando apoyos. Die Linke, que en 2023 obtuvo el 12,20 % de los votos y fue cuarta fuerza política, ha ascendido a primera fuerza. Lo hace a costa del partido conservador CDU, gran perdedor en la noche de ayer.

Elif Eralp podrá gobernar si llega a un acuerdo, en teoría asequible de obtener, con los socialdemócratas del SPD, que dirigieron la capital desde la reunificación hasta la victoria de CDU en 2023, y con Los Verdes/Alianza 90.


Joschka Fischer fue ministro de Exteriores de Alemania entre 1998 y 2005.

De hecho, Die Linke ya participó en tres gobiernos municipales como socio minoritario bajo el liderazgo de alcaldes socialdemócratas.

Con la denominación de La Izquierda, el partido nunca ha pasado del 20% en Berlín, y el resultado del 20 de septiembre era impensable hace solo tres años, cuando la escisión de Sahra Wagenknecht metió en una grave crisis de dirección a la organización heredera del Partido del Socialismo Democrático (PDS) procedente de la RDA y el WASG (Trabajo y Justicia Social-La Alternativa Electoral) de Oskar Lafontaine.

La vivienda ha sido el foco principal de la campaña de Eralp en la capital. Die Linke ha estado presente en asambleas de inquilinos y lleva como punto de su programa la socialización de las asociaciones de vivienda privadas, una fórmula bajo la que se persigue el objetivo refrendado en 2021 por la ciudadanía berlinesa en referéndum.


‘Esta es nuestra casa’ o ‘Fuera especuladores’. Pintadas contra la especulación en la ciudad.

Con el lema de campaña “Expropiar Deutsche Wohnen & Co.”, Eralp y su equipo devolvieron a la actualidad ese 'sí' a la recuperación de vivienda —unas 270.000 unidades— para el parque público de la ciudad de viviendas en las carteras de los fondos privados Vonovia o la citada Deutsche Wohnen. “Si el Partido de Izquierda gobierna, habrá socialización. Lo he dicho y lo mantengo”, ha subrayado la candidata a alcaldesa de Die Linke. Este punto se señala como uno de los que pueden ralentizar el acuerdo de coalición con el SPD y Los Verdes, menos proclives a la traslación del resultado de la consulta de 2021.

En cualquier caso, el desarrollo de esa expropiación —que consta de varias fases— no es la única medida en materia de alquileres. Inicialmente, la promesa es congelar durante un año los alquileres de las viviendas propiedad de las empresas inmobiliarias estatales para, con posterioridad, topar al 1% el posible crecimiento de las rentas. Die Linke también promueve una política llamada “Vida segura. Por ley!" (Sicher-Wohnen-Gesetz) que pretende, entre otras medidas, que al menos 17.000 apartamentos se alquilen a precios asequibles cada año. Otra de las medidas que ha dado alas a la candidatura de La Izquierda ha sido la promesa de revisión de los costos de calefacción.

Pese a las habituales acusaciones de antisemitismo dirigidas a la izquierda alemana —la más timorata en su denuncia del genocidio israelí en Gaza de todo el continente— Elif Eralp logró reflejar en Berlín el “efecto Mamdani” con unas cifras excepcionales entre los votantes jóvenes. Una encuesta de Infratest dimap estima que Die Linke obtuvo el 48% de los votantes en la cohorte de edad de entre 25 a 34 años y un 42% entre los votantes de 16 a 24 años. Otras encuestas postelectorales muestran que el voto a Die Linke es sustancialmente mayor entre las mujeres que entre los hombres.

La subida de AfD

La victoria de la izquierda se produce en un contexto de reordenación del voto de la derecha. CDU, la fuerza conservadora que dirige el canciller alemán Friedrich Merz ha vivido un septiembre desastroso. Hace dos semanas fueron las elecciones de Sajonia-Anhalt, donde el que era partido de Gobierno se desplomó desde el 37% del voto de 2021 al 17,23%. Ayer,  la caída continuó en Berlín, en una pérdida de cuatro escaños y de diez puntos porcentuales con respecto a 2023 y en las elecciones estatales de Mecklemburgo-Pomerania Occidental, donde el partido de Merz perdió la representación.

Situado en la costa del mar Báltico, el land de Mecklemburgo-Pomerania Occidental lleva dos décadas siendo dirigido por la socialdemocracia del SPD. En las últimas elecciones (2021), CDU obtuvo el 13,3% y fue tercera fuerza, por detrás de SPD y AfD. En las elecciones de ayer, la extrema derecha se constituyó como primera fuerza con el 38,2% de los sufragios. Sin embargo, las pérdidas de SPD han sido controladas: ha mantenido un 35,5% de los votos (solo cuatro puntos menos que hace un lustro) y podrá gobernar con los apoyos de Los Verdes y La Izquierda, que completan el Parlamento regional.

Ni en Berlín ni en Mecklemburgo-Pomerania Occidental ha obtenido representación la Alianza Sahra Wagenknecht-Por la Razón y la Justicia, que sí puede ser crucial en las negociaciones para formar gobierno en Sajonia-Anhalt.

La crisis de la CDU ha provocado una comparecencia del canciller Friedrich Merz, en caída libre de popularidad. Merz aseguró que no dimitirá y seguirá siendo canciller y presidente del partido pese al “desastre” electoral y aspira a lanzar un paquete de reformas para frenar la sangría. En un discurso típico de falsa equivalencia, Merz aseguró que la confianza en las instituciones de nuestro país “está siendo socavada activamente por partidos radicales tanto de izquierda como de derecha”.


Fuente: El Salto