sábado, 18 de julio de 2026

La defensa de “Europa” de Slavoj Žižek

 

      Investigador de historia y periodista. Actualmente en el exilio tras escapar de Rusia.


Es difícil no darse cuenta de que Žižek, en sus últimos discursos y textos, expresa una posición agresivamente eurocéntrica que estamos acostumbrados a escuchar de la clase política de la UE


Vista satelital nocturna de Europa, destacando la densidad de población y el desarrollo de infraestructura a través de las luces de las ciudades.


     Es predecible y agotador ver a una celebridad intelectual comenzar un discurso inaugural con la gastada cita de Antonio Gramsci: “El viejo mundo se muere y el nuevo tarda en nacer, y en ese interregno surgen los fenómenos mórbidos más variados.” La ansiedad sobreviene cuando uno se da cuenta de por qué está citándola. Para una superestrella intelectual, los clásicos sirven meramente para decorar el escenario de su actuación, un acto de equilibrismo dialéctico que ha registrado una fuerte demanda por parte del público durante años.

Armado con su acento esloveno y humor excéntrico marca de la casa, Slavoj Žižek encuentra ideología en todas partes: en los grandes taquillazos de Hollywood, en el diseño de los inodoros occidentales. Pero cabe sospechar que en el pintoresco cementerio romano de Testaccio Antonio Gramsci se revolvería en su tumba viendo cómo Žižek gestiona su legado.

Parece que Žižek hace tiempo que dejó de cultivar su reputación de figura marginal, una suerte de Diógenes moderno en el barril. Hoy es un intelectual de éxito, bienvenido en la crema de la crema de las instituciones académicas y grandes auditorios. Vive y trabaja entre Londres, Ljubljana y EEUU, cobrando jugosos cheques por sus conferencias y libros, que produce industrialmente, en ocasiones dos al año. Goza del estatuto de estrella mundial y su vida claramente difiere de la del investigador medio en la academia occidental, con visados precarios, becas magras y contratos por períodos de tiempo limitados.

Cuando Žižek se sitúa a sí mismo entre Marx y Gramsci en una de sus performances pop y comienza a deconstruir sus conceptos clásicos es importante recordar desde qué posición y en interés de quién hablaban esos clásicos. El período mismo de interregno sobre el que escribió Gramsci era una época de hegemonía en desintegración, un tiempo de cambios políticos radicales. Entre crisis terribles y la polarización de los veinte, Gramsci escogió combatir el fascismo de Mussolini. No abandonó Italia por Moscú y, en el período más peligroso, comenzó a organizar la resistencia clandestina en su propio país. Puso su vida en riesgo, como miles de otros comunistas italianos. La frase del fiscal fascista en el juicio a Gramsci de 1928 ha pasado a la historia: “Debemos impedir que este cerebro trabaje durante 20 años.”

En prisión Gramsci enfermó de nuevas dolencias y hubo de pasar los últimos años de su confinamiento en un hospital. Fue liberado formalmente el 21 de abril de 1937, demasiado débil como para abandonar la clínica romana. Seis días después Antonio Gramsci murió de una hemorragia cerebral. Nos legó sus legendarios Cuadernos de la prisión, un intento de comprender la derrota de los movimientos obreros en Europa y encontrar una nueva estrategia para la emancipación a través del análisis de clase. Años después de su muerte, sus ideas entraron en varios campos de la investigación académica institucionalizada y se convirtieron en un juego de instrumentos clave en la caja de herramientas de las fuerzas políticas tanto de izquierda como de derechas.

Un siglo después, en una nueva era de inestabilidad global, la superestrella viviente Slavoj Žižek utiliza citas de Gramsci y Marx para salpimentar de izquierda la retórica militarista de la clase dirigente europea.

El Žižek tardío para tiempos apocalípticos

¿Qué presenta Žižek al público de hoy? Sus artículos y discursos desde 2022 a 2026 se construyen en torno a la idea de defender Europa como principal bastión de la libertad y del legado de la Ilustración. De acuerdo con el filósofo eslóveno, solamente la Europa actual posee el potencial para la verdadera emancipación universal, y este rol viene predestinado por su experiencia histórica única: “Hay una profunda similitud entre los ataques de Trump a la tríada de medio ambiente, corrección política y derechos LGBT+ y el conflicto entre Rusia y Europa. Uno debería hacerse una pregunta muy sencilla: ¿Qué civilización, hoy, encarna plenamente la tríada atacada por Trump? Sólo una: la civilización europea como forma última de la Ilustración”.

De acuerdo conŽižek, el mundo moderno no está progresando, sino moviéndose más bien hacia la amenaza más terrible de todas: el fin del mundo. Y ahora mismo los europeos deben “echar mano del freno de emergencia revolucionario”.

Žižek recurre a esta metáfora introducida por Walter Benjamin, quien vivió en circunstancias extremas y fue obligado a exiliarse huyendo del nazismo. Benjamin revisó el postulado marxista de que las revoluciones son las “locomotoras de la historia”. En su interpretación, el verdadero momento emancipatorio ocurre justamente en el momento en el que los “pasajeros” intentan detener el movimiento hacia la catástrofe. Una catástrofe fue lo que sufrió Benjamin en la frontera de la península ibérica en 1940 cuando, enfrentado a la amenaza de una deportación a la Francia ocupada por los nazis, se suicidó.

En nuestra época las preocupaciones principales son el abismo de la crisis climática, la amenaza de una nueva guerra mundial, nuevos regímenes autoritarios y la Inteligencia Artificial (IA). Sin embargo, Žižek no ofrece ninguna solución de raigambre anticapitalista. Por una parte, declara que, como universalista, no le gusta un mundo en el que existen diferentes “civilizaciones” con sus propios valores y maneras de vivir. Desde más o menos la crisis migratoria de 2015-2016, Žižek ha hablado frecuentemente, con su característico estilo de trilero, sobre los derechos de las mujeres en el islam y en la cultura musulmana en general, afirmaciones que generaron una fuerte crítica en contra.


Slavoj Žižek durante la presentación de su libro «Islam y modernidad. Reflexiones blasfemas».

Žižek ha instrumentalizado el islam para atacar a sus adversarios de la “izquierda liberal”, acusándolos de sacrificar los ideales de la Ilustración en el altar de la tolerancia multicultural. El filósofo esloveno asegura que no le gusta la proposición teórica de las obras de Samuel Huntington, a saber: percibir un mundo de diferentes “civilizaciones” como el orden natural de las cosas que ha de aceptarse.

Por otra parte, Žižek apela explícitamente a que una de estas “civilizaciones” –Europa (representada por la UE)– alcance la soberanía. Según Žižek, únicamente una soberanía europea puede traer la verdadera luz del progreso al mundo, mientras señala la “lucha anticolonial” de otras regiones: “Los nuevos bloques de poder que están emergiendo en el mundo no son más que versiones del nuevo fascismo. Piénsese en el eje de Rusia-Irán-Venezuela. Europa debe ser aquí una excepción: el único lugar fiel a la Ilustración emancipatoria”.

Es difícil no darse cuenta de que Žižek, en sus últimos discursos y textos, expresa una posición agresivamente eurocéntrica que estamos acostumbrados a escuchar de la clase política de la UE. Con frecuencia lo hace exactamente con los mismos términos y con los mismos argumentos. El intelectual del escándalo rechaza la posición del internacionalismo anti-imperialista y desprecia a quienes desde la izquierda se oponen a él llamándolos “pacifistas” (peaceniks), un término peyorativo que adquirió popularidad en EEUU durante las protestas contra la Guerra de Vietnam y que ha sido usado por los halcones belicistas desde entonces.

Žižek hizo su última conferencia en el edificio mismo de Roma en el que, casi 70 años atrás, se creó el precursor de la actual Unión Europea. Todo el pathos del texto, “La Unión Europea, 70 años después”, estaba vinculado precisamente a esta fecha. Parágrafo a parágrafo, el filósofo esloveno pescaba citas de varios contextos, las arrojaba a su cesto y aplicaba su dialéctica pop a ellas para luego alimentar al público con el resultado. Su metáfora favorita de la castración supuestamente ha de explicar la actitud de los populistas de derecha hacia la Europa actual: atemorizan al electorado europeo con la idea de que el Viejo Mundo está perdiendo su fuerza masculina vital frente a los “otros”, los inmigrantes y las minorías. ¿Pero qué nos proporciona este ejercicio de trile en freudianismo? ¿Acaso nos ayuda a entender las grandes crisis, las guerras, la crisis medioambiental o el coste de la vida?

Hace un siglo Gramsci escribió sobre cómo la crisis de la hegemonía burguesa abría una ventana tanto a la revolución proletaria como al fascismo. En sus últimos discursos y textos, Žižek saca la revolución proletaria de esta ecuación, mantiene el fascismo (que interpreta de una manera peculiar) y añade la “amenaza del fundamentalismo religioso.” Esta manipulación permite a Žižek sugerir que Rusia y China están evolucionando hacia el fascismo, o que ya han llegado a él, y que los pueblos de Oriente Medio a duras penas pueden reclamar para sí proyectos revolucionarios, porque están atenazados por sus regímenes religiosos y nacional-conservadores. De los grandes países que combinan una ideología nacional con proyectos de desarrollo económico Žižek dice lo siguiente: “Así pues, las principales opciones son hoy: los restos del sueño de Fukuyama, un fundamentalismo directamente religioso y, especialmente, lo que no puedo sino llamar un fascismo soft moderadamente autoritario: un capitalismo de mercado combinado con una fuerte ideología de movilización estatal para mantener la cohesión social. Piénsese en la India de Modi”.

El autor cree que las potencias emergentes como Irán, China y Rusia se identifican de manera falsa con la lucha anticolonial. Según Žižek, su propuesta alternativa es un universalismo de otro tipo, uno en el que las “maneras de vivir político-teológicas” puede convivir en paz.

De este modo los “fundamentalistas religiosos” se encuentran en el mismo grupo que los “fascistas soft”: los talibanes, Rusia, India, China, Corea del Norte e Irán están unidos por el hecho de que, a través de las declaraciones de sus representantes oficiales, se denominan a sí mismos combatientes contra el colonialismo y el imperialismo estadounidense. En sus artículos más recientes Žižek consistentemente promueve la idea de que los regímenes autoritarios quieren resolver sus problemas internos usando la imagen de un enemigo externo. Por lo que hace a América Latina y África, el filósofo esloveno se niega incluso a considerarlas regiones donde pueda comenzar una genuina lucha por la emancipación universal.

Esta nueva manera de ver el mundo de Slavoj Žižek se enfrenta a una contradicción obvia. El capitalismo ha sido y sigue siendo un sistema de desigualdad global entre países y regiones. ¿Qué ha de hacerse con el hecho de que China fue, literalmente, una colonia británica, y que Irán ha estado luchando durante décadas por el derecho a llevar a cabo políticas independientes y controlar sus propios recursos? ¿Qué piensa Žižek de la economía global, en la que claramente hay países dependientes y claramente hay quienes han explotado esta dependencia durante siglos?

Incluso si, a un nivel retórico, el intelectual esloveno promueve la idea del universalismo, su propuesta política consiste en todo lo contrario: la lógica de exclusión y particularismo. La diferente “civilización” europea puede fracasar repetidamente en su trayectoria histórica: en el colonialismo, en el fascismo, en su falta de habilidad para resolver problemas fundamentales y superar la desigualdad global. A pesar de ello, esta Europa imaginaria recibe una y otra vez otra oportunidad, conservando su viejo papel mesiánico, en virtud de su experiencia histórica “especial” y el legado de la Ilustración.

Žižek y Rusia

El fracaso intelectual de Žižek resulta aún más obvio cuando se examina la realidad material rusa. Recurriendo al concepto demofóbico de homo putinus, Žižek equipara al parecer lo que ocurre en Rusia con lo que dicen Putin y sus funcionarios, espigando aquí y allá citas de los discursos odiosos de Putin, de Kharichev, el ideólogo del Kremlin, o del exgobernador de la región de Kaliningrado, Alikhanov. Desde el punto de vista de Žižek, la trayectoria actual de Rusia está determinada por la ideología del eurasianismo y el tradicionalismo, impuesto al país por funcionarios adeptos a esta ideología. La gente del país debe estar dispuesta a sacrificarse en la masa por el futuro del Estado.


Sociedad rusa en tiempos de guerra.

En contra de lo que afirma Žižek, repitiendo como una cacatúa los clichés de los kremlinólogos occidentales, la clase dirigente rusa es más bien un sistema complejo en el que diferentes grupos de interés chocan entre sí y no se parece para nada a un club de seguidores de Aleksander Dugin. Más importante aún, los rusos, como sociedad, probablemente están más bien poco interesados en el conservadurismo radical.


Sociedad rusa actual en tiempos de guerra.

Tenemos todos los motivos para decir que el bloque ideológico de la administración presidencial y la sociedad rusa real existen en dos planos de la realidad diferentes. El análisis sociológico (tanto cualitiativo como cuantitativo) muestra que Rusia no es un país en el que ha triunfado Dugin. La Rusia moderna es una sociedad de mercado despolitizada. Un país con uno de los mayores niveles de desigualdad económica en el mundo, donde el culto neoliberal al éxito personal es llevado al extremo. Es una sociedad en la que florecen la industria del “infopreneurship” y los coaches personales.

¿Qué idea domina de veras Rusia? Dejar atrás las penalidades económicas y el endeudamiento privado. Éste es precisamente el motivo por el que una elevada cifra de sus ciudadanos están actualmente matando y muriendo en las trincheras de Ucrania. Numerosos testimonios –quejas y protestas, mensajes en vídeo de de las familias del personal militar e incluso el debatido documental de la periodista Anastasia Trofimova– muestran la confusión sobre los objetivos de la guerra por parte de los propios participantes en ella. Después de años de la llamada Operación Militar Especial, no se han formado colas en las oficinas de reclutamiento y los soldados con contrato se mantienen gracias a incrementos salariales sin precedentes.

En vez de analizar la sociedad rusa, Žižek, como cientos de otros comentaristas occidentales, construye su análisis de la ideología rusa en convenientes citas de representantes individuales de la élite rusa.

En su discurso en Roma, Žižek analiza con toda seriedad la “lista de países que imponen actitudes neoliberales destructivas” rusa y la considera una muestra de la proximidad ideológica de Rusia a Corea del Norte y los talibanes: “Los estados en esta lista ahora son oficialmente designados ‘estados enemigos’ porque no comparten ‘los valores morales y espirituales tradicionales rusos’, no se habla para nada de un mundo multipolar, si no compartes sus valores eres un enemigo de Rusia, sin más.”

Pero lo cierto es que esta lista de 49 países duplica casi por completo otra lista, la de “paises inamistosos”, siendo la única diferencia que Eslovaquia y Hungría están ausentes de la segunda lista. Ambas están vinculadas a la política de restricciones económicas y contrasanciones de Rusia: en la actualidad Rusia se encuentra bajo una cifra récord histórica de sanciones, más de 26 mil, con Irán ocupando un segundo lugar a mucha distancia. Las listas son, sobre todo y antes que nada, parte de la política económica de Rusia.

Otro de los lugares comunes favoritos de Žižek es la analogía entre Rusia e Israel. Defiende que ambos estados niegan la existencia de grupos étnicos: en el primer caso, los ucranianos, en el segundo, los palestinos.

Merece la pena objetar aquí que, a pesar de los crímenes de guerra y el torrente de retórica xenofóba dirigida hacia los ucranianos desde la propaganda rusa y el propio Putin, esto no es claramente suficiente para equiparar a Rusia e Israel.

En la Federación Rusa vemos un aparato estatal autoritario que refuerza y reproduce una enorme desigualdad económica entre regiones, asimilando simultáneamente pueblos y culturas locales. Con todo, estamos hablando de una federación multiétnica que incluye 21 repúblicas nacionales, lo que, en sí mismo, tiene un efecto material en Rusia y puede que desempeñe un papel político en el futuro. En el caso de Israel estamos hablando de un estado etnocrático que, en la teoría y en la práctica, ha implementado ya un sistema de apartheid en su propio territorio.

Del eurocentrismo al internacionalismo

En la parte final de su discurso en Roma, el filósofo eslóveno bosqueja, al fin, una imagen del futuro: si hace 150 años el espectro del comunismo perseguía Europa y todas las fuerzas políticas intentaban darle caza, hoy el espectro es la propia Europa. Toda “civilización” encuentra razones para culpar al continente europeo de todos los males de la humanidad, por lo que, en su visión del futuro, Žižek reemplaza el proyecto comunista con la idea de la Unión Europea, que es un material preexistente. Algunos no tendrán sólo que vivir sino también morir por esta Europa, un hecho que Žižek recuerda usando frases estereotipadas que remiten a la retórica de ciertos funcionarios comunitarios. El papel de Ucrania en Europa queda reducido a una función militar y utilitaria: “La posición de la UE debería ser de apoyo incondicional a Ucrania, incluso arriesgándose a una guerra con Rusia; si Ucrania fracasa, Europa quedará mutilada. Ucrania no queda lejos, no puede no ser una preocupación de Europa: es el puesto más avanzado de Europa”.

Aunque Slavoj Žižek mantiene un patetismo izquierdista en su retórica, e incluso propone ruidosamente “separarse del cadáver de la democracia liberal”, no hay ideas alternativas más allá de esta frase, más allá de una llamada psicoterapéutica para que Europa “deje de tener miedo de sí misma.”

Continuando con su metáfora especulativa, podría afirmarse que ahora mismo este “cadáver de la democracia” está evolucionando lentamente hacia un estado zombi. Existen todos los motivos para creer que sin propuestas alternativas la UE se hundirá aún más en un pozo de crisis, combinando una desigualdad social creciente con medidas de austeridad, y ofreciendo a la clase media europea y las capas más pobres la oportunidad de mejorar su situación trabajando para el complejo militar-industrial.

Žižek, a quien tanto le gusta analizar paradojas, parece haber pasado por alto la mayor de todas: su propuesta política pasiva es punzantemente similar a lo que Vladímir Putin está haciendo con Rusia. Resulta que estas trayectorias interseccionan no sólo en el plano socioeconómico, sino también en el ideológico, de acuerdo con el cual hay una civilización excepcional en el mundo que se enfrenta a una misión histórica especial. Putin y Dugin ven a Rusia así, y Žižek ve a Europa así.

Los propios europeos, los países del Sur Global y el mundo entero tienen razones perfectamente justificables para que les desagrade y hasta odien Europa. Ante nosotros se encuentra el mundo que Europa construyó, con su legado de imperios coloniales, guerras mundiales, viejos y nuevos genocidios, extractivismo y una desigualdad estructural colosal en el comercio y la producción globales.

Žižek se queja repetidamente de que la economía de mercado no puede coordinar las crisis globales y pide a la UE que actúe. Pero al mismo no tiempo nada dice de que los verdaderos intentos por coordinar la economía sobre un principio de igualdad a nivel internacional han venido históricamente de los países del Segundo y Tercer Mundo. El último intento serio de una coordinación así fue el proyecto del Nuevo Orden Económico Internacional.

Este proyecto fue activamente promovido por los países del Movimiento de No-Alineados en las agencias de la ONU en los setenta. Con el lema “comercio, no ayuda”, el Sur Global reclamó soberanía incondicional sobre sus propios recursos naturales y mecanismos para controlar a las corporaciones transnacionales, así como garantías para la transferencia tecnológica, con el objetivo de desarrollar sus propias industrias y romper la dependencia sistémica. La base ideológica de esta teoría fueron las ideas de teóricos de la independencia y neomarxistas como Raúl Prebisch y Samir Amin.

El proyecto no fue simplemente un “club de debate”: fue la culminación de una lucha desde los países de la periferia que en los años sesenta se organizaron en el bloque político del “grupo de los 77” y forzaron a los países del centro a participar en un diálogo sistémico. Gracias a la presión de este bloque el papel de la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Comercio y Desarrollo (UNCTAD) se incrementó significativamente. Ésta fue la primera plataforma global que defendió abiertamente los intereses de los países en vías de desarrollo. El mecanismo de intercambio desigual fue descrito con tanta precisión que sigue siendo a día de hoy la base de la crítica económica decolonial. El legado de este proyecto vive en nuestros días en nuevas iniciativas.

La crisis de deuda y la reacción neoliberal de los ochenta enterró este proyecto en su fase activa: en vez de una coordinación igualitaria, los países de la periferia recibieron programas de ajuste estructural vinculados a condiciones draconianas del FMI. Las instituciones financieras internacionales fozaron a los países a eliminar barreras comerciales y a emprender privatizaciones a gran escala. El paradigma neoclásico, con su dogma de “libre mercado” y la teoría ricardiana de ventaja comparativa ayudaron a justificar el abandono de los países de la periferia de su propia industrialización, actitudes que se convirtieron en la corriente central de la economía durante mucho tiempo.

Žižek también se muestra agresivo hacia los BRICS. Sin caer en su idealización o exagerar su importancia, debe admitirse que los países de los BRICS desempeñan hoy un papel mucho mayor en la economía global que la UE. Luchar contra esta realidad es como luchar contra molinos de viento. Pero si los BRICS no son una alternativa, ¿dónde deberíamos mirar hoy, especialmente desde Europa?

El intelectual esloveno elogia al presidente español Pedro Sánchez como un dirigente más responsable cuando rechaza apoyar la invasión militar de Irán por parte de los EEUU e Israel. Sin embargo, la diferencia más clara entre las políticas de Sánchez y las propuestas de Žižek es precisamente que el primero construye puentes entre Europa y el Sur Global e incluso promueve la cooperación entre los propios países del Sur Global.

Durante su reciente visita a China, Sánchez hizo un discurso en el que afirmó que el mundo multipolar no es una amenaza, sino la realidad objetiva en la que vivimos. Al mismo tiempo, la multipolaridad no debe caer por la pendiente al caos del egoísmo soberano y el derecho del más fuerte. Debe apoyarse en el multilateralismo, un sistema de acuerdos multilaterales funcionales. Sánchez insiste en que los centros de poder regionales deben ser parte de las instituciones globales, ante todo la ONU, donde es posible equilibrar los intereses de todos los países bajo el principio de equidad. El verdadero objetivo de la multipolaridad es reimpulsar y democratizar la legislación internacional.

Literalmente días después de regresar de Asia, Sánchez inauguró un congreso multitudinario de fuerzas de la izquierda en Barcelona en el que reunió a dirigentes clave del Sur Global y del centro-izquierda. La agenda del foro se dedicó precisamente a los principales proyectos institucionales. La presidenta de México, Claudia Sheinbaum, presentó un proyecto que permitiría que los presupuestos militares de los estados se recondujesen a la protección medioambiental. Lula da Silva presionó para que se introdujese un impuesto global a la riqueza. El gobierno español está diseñando un plan para el control democrático de los monopolios digitales.

Los actuales intentos por impulsar una política progresista a nivel global se realizan desde países y regiones que, según el análisis del intelectual esloveno, han de categorizarse como sin esperanza o incluso “enemigas”, especialmente si nos fijamos en el descomunal éxito de China en la transición energética. A pesar de todo lo anterior, Slavoj Žižek se niega a considerar una cooperación internacional en un sentido progresista. Aún más revelador es el hecho de que el filósofo evite cualquier crítica de peso hacia la propia Europa. Aunque su posición parezca radical resulta sorprendentemente conciliadora hacia las élites europeas y no nos dice nada sobre las contradicciones sociales más importantes.

Slavoj Žižek tiene un célebre chiste verde y políticamente incorrecto sobre cómo, en el Rus medieval, un guerrero mongol viola una mujer campesina rusa y obliga a su marido a sostenerle los testículos para que se no llenen de polvo. Cuando el guerrero se marcha, la mujer mira con lágrimas mientras su marido parece exultante. ¿Por qué? Porque saboteó la orden y dejó que los testículos del mongol se llenasen de polvo. El campesino contempló esta transgresión menor como una victoria. Žižek ilustraba con esta anécdota el trabajo de los intelectuales críticos contemporáneos, participantes en subversiones simbólicas menores al mismo tiempo que no suponen ninguna amenaza real al sistema, ya que nunca se les ocurre que podrían “cortarle las pelotas” a quienes tienen el poder.

Quizá la superestrella de la filosofía izquierdista y todos sus simpatizantes deberían considerar que el método dialéctico pierde su significado si se elimina de él la crítica al capitalismo y se la reemplaza con una escatología mezclada con narativas chovinistas. Si Slavoj Žižek repite como una cacatúa la retórica de los burócratas de la Unión Europea, ¿entonces qué papel está interpretando él hoy en el chiste verde?


Fuente: El Salto

martes, 7 de julio de 2026

Anotaciones, nada marginales, sobre la democracia

 

 Por Pedro Costa Morata   
    Ingeniero, periodista y politólogo. Ha sido profesor en la Universidad Politécnica de Madrid. Premio Nacional de Medio Ambiente.


        Si la democracia es “el menos malo de los sistemas políticos conocidos” no hay que extrañarse de que el fascismo se ofrezca como el mejor de los sistemas desconocidos, sin que los recuerdos del pasado alteren en gran medida su poderoso cinismo oportunista. Y cuando asumimos ese eslogan, entregándonos al confort que transmite y sin preocuparnos mucho por su profunda perversidad, nos convertimos en adocenados peleles ideológicos.

Tratar la corrupción como un mal inevitable, consustancial con la naturaleza humana y por tanto presente en toda la historia y en todo el mundo, y sosteniendo que siempre será menor en los regímenes de libertades por aquello de la mutua vigilancia y el “equilibrio de poderes”, es optar por su aceptación y normalización, bajando la guardia tanto a escala institucional como personal y grupal. Anotemos que en las democracias en las que convivimos, hemos tardado mucho en señalar y criticar a dos poderes inexplicablemente intocables, como el judicial (tercero en la clásica división de poderes) y el mediático (cuarto en esa fanfarria informal del “marco de libertades”): en España solo en los últimos años se ha abierto la veda para esas dos estructuras de poder esenciales en la democracia y, por tanto, receptáculos inevitables de hipocresía, de corrupción y de intimidación.

      La izquierda, con sus miedos prudenciales que llevan en primer lugar a su negativa a criticar la democracia, se adhiere al eslogan de más arriba y compite incluso con la derecha en su defensa, lo que debiera removernos las tripas: ¿será posible que la izquierda (transformadora, reivindicativa, rigurosa) se resista a ejercer el análisis crítico de la democracia capitalista, elevándola por el contrario a valor universal e inmejorable? ¿No percibe que esta actitud equivale a la de un atrincheramiento, cuando no retirada, pero siempre fatalista respecto de sus ideales y convicciones? De la referencia ordinaria a la democracia como concepto convivencial (tan equívoco) y de su prestigio político (tan amañado) se deduce una seria acumulación de impedimentos para su análisis crítico.

Porque, o ajustamos las ideas sobre la democracia o no saldremos nunca de ese limbo tranquilizador en el que nos instala la “fuerza de los hechos”. Y en primer lugar se impone recordar que la democracia es la más prístina creación del capitalismo, es decir, de las exigencias, más que propuestas, de los que disponen de mejor posición económica. De lo que no debiera dudarse si consideramos que la democracia actual, extendida por todo el planeta, es la inglesa del siglo XVII, que en esencia consistió en la exigencia de la burguesía -básicamente comercial y financiera, que estaba apoderándose de medio mundo por la expansión colonial- de arrebatarle poderes al monarca, para atribuírsela a ella misma en los nuevos parlamentos. De ahí que, en aquella democracia, y durante siglos, el grupo del votante y el del votado resultaran minorías exiguas en el total de la población; es decir, que se reducía a los sectores directamente interesados y que consiguió -revoluciones burguesas mediante, de distinto calado pero mismo objetivo- constituirse en poseedora privilegiada del poder político, una vez que se descubrió a sí misma segura dueña del poder económico.

         Con la evolución del sistema y la ampliación paulatina del voto, el capitalismo ha ido modulando ese sistema democrático de tal manera que siguiera siendo su propio modelo, y que, por ejemplo, las elecciones acaben ganándolas quienes más dinero dedican a las campañas electorales, lo que no parece producir ningún escándalo. Siendo lo esencial, sin embargo, que mantiene y protege los intereses del capitalismo, y todas las medidas que adopta en favor de la mayoría conseguida (y utilizada) de votantes no son sino medidas o “soluciones” aparentes, relativas o parciales, que en nada cambian la sustancia del sistema. Todo el mundo sabe, por lo demás, que “los bancos y las grandes empresas son los que mandan”, con independencia de los procesos electorales y sus novedades, y que son instituciones que cuando incurren en exceso, incluso en delito, resultan muy favorablemente considerados por el sistema político y el aparato judicial y que además sobreviven e incluso mejoran tras cualquier proceso electoral que implique cambios o novedades, aunque estos se describan a sí mismos como heraldos de justicia y equidad.

     La democracia consiente el desarrollo de estos grupos que la erosionan y envilecen porque siempre “alega”, como fórmula tramposa, la libertad y el derecho de unos y otros a expresarse y, por supuesto, a medrar. Defiende, en definitiva, a los que, desde un punto de vista teórico (pero que encubre planes de poder real) se comportan de forma radicalmente antidemocrática. Una variación de lo anterior, o un corolario, vaya, de decisiva importancia, es el caso de los partidos liberales más radicales que, expresando claramente su deseo “constitutivo” de reducir y debilitar al Estado democrático, disponen de total libertad de desenvolvimiento político y electoral, lo que el Estado concede con declarada “convicción” permitiendo su propia humillación y la amenaza de destrucción o apropiación por esos grupos anti-Estado. Es el caso de tantos mamarrachos neo y ultra liberales que van a elecciones y, en casos, las ganan con el objetivo expreso de dañar en lo posible al Estado: como el indescriptible Trump o Milei el estrafalario, y tantos tipos y partidos del universo liberal que se declaran enemigos del Estado y se lanzan a él para aniquilarlo. No hay ninguna “grandeza democrática” en un sistema político en el que cunde y prospera esa gentuza.


Si tipos como Trump representan a la democracia, apaga y vámonos.

      Y ahí tenemos, nítidamente contemplados, a la ciencia, la tecnología (C-T) y sus prohombres, surgidos y amamantados por la gran referencia de las democracias planetarias, los Estados Unidos de América, riéndose de la democracia y declarándole al mismo tiempo su hostilidad más sincera, así como sus elegantes planes para eliminarla. Sin embargo, este tecnofascismo (concepto que, por fin, suena y resuena, después de que nuestros utopistas del siglo XX no quisieran ver ni reconocer), no solo no suscita rechazo general, sino que aumenta su poder de atracción, dado el culto que reciben desde la política y los medios de comunicación, y muchos, muchísimos de nuestros jóvenes se dejar atraer por su brillo y sus espejismos, soñando con hacerse ricos con todo ese despliegue de falacias prometedoras.

      Por lo tanto, la crítica de la democracia debe ser sistemática, permanente, implacable. Pero no se trata de incidir, en cualquier caso ni como prioridad, en el desarme semántico-histórico de la democracia, ni mucho menos en su comentario gramatical, sino en su cuestionamiento lógico, histórico, documentado, coloquial, político y socioeconómico, sobre todo cuando de cuestiones esenciales para la convivencia se trata, que es en lo que consiste, en definitiva, la mayor parte del trabajo social y político. Y de atender ante todo al hecho incuestionable de que esta democracia es (necesariamente) generadora de diferencias, desigualdad y de una pobreza que no siempre resulta marginal, pudiendo afectar a grandes sectores de la población (veamos los estragos de la vivienda inasequible para los jóvenes) o a la ciudadanía entera (como la inflación y el coste de la vida, fenómenos claramente políticos y caracterizadamente “democráticos”). Que la desigualdad y el empobrecimiento son condiciones, diríamos, metafísicas del imperio del capitalismo.

        Se comprueba la perfidia profunda de la democracia cuando periódicamente a lo largo de la historia en su seno pone en marcha, o consiente, procesos de endurecimiento social y político orientados a “disciplinar” a ciertos grupos (de izquierda, esencialmente) o a la sociedad entera, Cuando las sociedades democráticas empiezan a segregar movimientos de tipo fascista, que siempre empiezan por la violencia ambiente (broncas callejeras, intimidaciones a las víctimas elegidas, etc.) hasta conseguir la “normalización” de la actividad de grupos de este tipo, el objetivo queda claramente señalado, y es resolver algún proceso socioeconómico que inquieta a ese capital siempre atento y activo, o encaminar al país a conflictos abiertos, de los que el capitalismo siempre espera -por haberlo comprobado tantas veces- salir vencedor o reforzado. En nuestros pagos, cosa es de admirarse (o mejor, de enfurecerse) por el énfasis que los nuevos fascistas ponen en la Democracia, la Libertad y hasta la Constitución, acusando a las izquierdas de ser culpables de su degradación y obligándolas a actuar, y hasta gobernar, a la defensiva y a la desesperada, cuando en los genes de esta turbamulta ultra late y rige la obsesión por acabar con esas tres categóricas referencias. Son gente y formaciones políticas profundamente liberticidas, montaraces y provocadoras, exhibiendo un racismo descarnado, apuntando como dianas a logros seculares en derechos humanos y adhiriéndose, en el caso español, a la dictadura franquista y sus crímenes.

            Como si esta ultraderecha y su escandalera pudieran hacernos ignorar que no es más que esa repetitiva excrecencia del capitalismo desbocado y desesperado que periódicamente busca la forma de liberarse de sus propias normas y limitaciones, dando marcha a la legión -dormida, agazapada, revanchista- de desalmados y descerebrados que escarban en las situaciones de desolación y desesperanza que ese mismo capitalismo crea para proceder a una etapa de ganancias políticas excepcionales, con independencia de los crímenes previstos, y deseados, que han de acompañarla. Y hemos de soportar ese marea ascendente -por mor de la democracia generosa- de indeseables a los que resulta inútil recordar lo que su ideología ha dado de sí en la Historia y los daños que ha causado a la Humanidad.


Si el Estado de Israel es democrático, que venga Yavé y lo vea.

        Otros sistemas existen, desde luego. Pero no dejemos de reseñar -recurriendo al método histórico- la hostilidad furiosa de la democracia occidental cuando han surgido “otras democracias” de algún tipo que amenazara o eliminara el sistema anterior vigente con presupuestos radicalmente opuestos, es decir, atacando o eliminando de la escena política el protagonismo del poder económico; fuera este el rancio e insoportable poder feudal, como fue el caso de la Revolución francesa de 1789, o el mucho más hiriente del capitalismo esclavizante, como fue el caso de la Revolución rusa de 1917, corrección contundente de la francesa y de otras del siglo XIX. En este segundo caso se produjo la alianza -esperada, inevitable- de la reacción del poder zarista abatido con las potencias exteriores, de predominio democrático, que dieron forma con su inquina a la guerra y la invasión militar.

         Nada de lo cual significa que la alternativa política no exista o no pueda existir, sino todo lo contrario. No habría que tener miedo ni reservas mentales insuperables a pensar y exponer los objetivos y contenidos de “otras democracias”, empezando por la llamada “democracia popular”, que erradica al capitalismo y los capitalistas de la dirección política expresa o soterrada, y da al pueblo organizado y capaz la posibilidad de una vida digna. Vienen a cuento esos necios que se apuntan a la rusofobia, se alinean con la Ucrania filonazi y consienten activamente que la OTAN supremacista y expansionista ejerza como brazo armado del capitalismo más descarnado, creyendo con ello vengarse de la URSS “superándola”, reduciendo la experiencia soviética a los crímenes de Stalin y asumiendo por entero la propaganda occidental de decenios de insidias y mentiras; y se “saltan” el principio leal de que la conciencia política auténtica no debe dejarse camelar ni engañar por la leyenda y las pamplinas de los “valores de Occidente”, sino que su misión es “aclararlos” y someterlos a estricto y profundo análisis, ya que esos valores son los que esgrimen, sin gran contestación, potencias genocidas como Estados Unidos, Israel y, cada día un poco más, la Unión Europea. Que considerar como democráticos a Estados criminales constitutiva y funcionalmente es prueba abrumadora de la gran farsa democrática. Como estupidez sublime es creer en democracias satisfactorias que no eliminen al capitalismo como sistema socioeconómico dominante, ya que en él prima lo económico, no lo político, que resulta accesorio (o, mejor, subsidiario...), y que por eso genera falsedad, desigualdad e incapacidad para responder a las inquietudes legítimas y profundas del género humano.

         Manoseada y desenfocada, la democracia falaz genera las derechas ultras y los fascismos, como muestra la historia europea; no obstante, no escarmentamos, y la izquierda y la amplia constelación de (verdaderos, sinceros) creyentes en una democracia equívoca e hipócrita se mecen tan panchos en una idea que creen que, por ser radiante y sonora, les va a guardar de tanto canalla hirviendo.


Si hay que acostumbrarse a la corrupción, esperémonos lo peor.

Es la socialdemocratización generalizada de la izquierda, la de los mencheviques de la Revolución rusa de entonces y de la Internacional Socialista de después, que es la administradora de las traiciones de los partidos socialdemócratas a la clase trabajadora y la mayoría de los pueblos y países (recordemos a Samir Amin y su frase lapidaria: “La socialdemocracia es, pues, por excelencia, la ideología del capitalismo avanzado”, en El capitalismo, una crisis estructural, 1974)

       Pero otra democracia es posible, desde luego, aunque a condición de que cambien supuestos, estructuras y objetivos. Como indicación al caso, se ha de tener muy en cuenta que una democracia contaminada no puede ser verdadera democracia, de donde se nos plantea la oportunidad del ecosocialismo como opción democrática necesariamente distinta y bien diferenciada de la democracia convencional. Reparemos, a estos efectos, en la hostilidad con que la derecha y la ultraderecha -falsificadoras incorregibles de la democracia- miran a cuanto suponga protección o conservación ambientales, optando siempre por el endurecimiento frente a la agitación o la reivindicación de carácter ecologista. Se trata de una enemiga que por no ser clásica y por armarse de argumentos bien a la vista, ni derecha ni ultraderecha saben bien cómo doblegarla y de ahí la extremada inquina conque las tratan. Y como el sistema, dominado por un capitalismo que envenena el planeta por necesidad, asume el peligro de esta sensibilidad organizada, se emplea a fondo -y en buena medida lo consigue- en comprar y someter al movimiento ecologista.

           Así que, resumiendo, parece evidente que los tiempos marcan que cualquier alternativa a esta democracia -que ya más que honrarnos, nos secuestra- debiera optar por un ecosocialismo de fondo y forma, que se diferencie netamente de la democracia de 1978: chantajista en lo político, vana en lo económico y empalagosa en lo moral.

domingo, 5 de julio de 2026

De América Latina a Madrid: el avance del neofundamentalismo evangélico

 

 Por Miguel Urbán   
      Activista y político español.


La miamización de Madrid no debe entenderse solo en clave sociológica o urbanística, sino también como la transformación de la política madrileña, donde las iglesias pentecostales y neopentecostales se han convertido en un actor político y cultural que gana peso


Unas 35.000 personas asistieron al evento The Change Madrid 2026, el mayor encuentro evangélico contemporáneo de Europa.


     La imagen de Donald Trump en el Despacho Oval rodeado de pastores evangélicos dio la vuelta al mundo. “Oramos para que la sabiduría del cielo inunde su corazón y su mente (...) Padre, te rogamos que sigas dándole a nuestro presidente la fuerza que necesita”. Mientras recitaban estas palabras, los pastores evangélicos posaban sus manos sobre el presidente para darle fuerza en su guerra —ilegal— destinada, supuestamente, a liberar al pueblo iraní de la terrible teocracia de los ayatolás. La imagen no podía ser más icónica del momento histórico en el que nos encontramos, donde el resurgir de los neofundamentalismos religiosos se está convirtiendo en un rasgo común de la ola reaccionaria global.


El ‘mesías Trump’: la llamativa imagen del presidente de EEUU rodeado de pastores evangélicos rezando en el Despacho Oval.

Un mes después de esta icónica fotografía de los pastores evangélicos arropando a Trump en el Despacho Oval, unas 35.000 personas abarrotaban el estadio Metropolitano durante el evento The Change Madrid 2026, el mayor encuentro evangélico contemporáneo de Europa. Uno de los momentos más virales fue la aparición del exfutbolista Dani Alves que, tras haber sido condenado por agresión sexual a una mujer en una discoteca y posteriormente absuelto por el Tribunal Superior de Justicia de Cataluña, se ha convertido en un conocido telepredicador evangélico.


Dani Alves durante su participación en el Metropolitano.

Un estadio abarrotado de vibrantes feligreses resumía bien un fenómeno que lleva años creciendo y que ahora empieza a hacerse visible a gran escala: el auge del evangelismo en Madrid.

A lo largo de los últimos años estamos asistiendo a un fenómeno relativamente nuevo en Europa, pero de largo recorrido en el continente americano: el impacto electoral del resurgimiento de un ultraconservadurismo cristiano. Mientras que en el continente americano este movimiento está liderado fundamentalmente por las diferentes familias del evangelismo pentecostal y neopentecostal, en Europa son los ultracatólicos quienes marcan la agenda política. Los principios políticos de esta reacción ultraconservadora son los mismos a ambos lados del Atlántico: autoritarismo patriarcal y homófobo, defensa del statu quo y una fuerte vena antisindical y anticomunista clásica, aunque actualizada en las nuevas iglesias con los lenguajes del show business y la agresividad neoliberal. Aunque en Europa las comunidades evangélicas no gozan todavía del apoyo que tienen en el continente americano, este fenómeno va asentándose poco a poco con fuerza en España.

En Estados Unidos, el fundamentalismo cristiano recuperó, a partir de la década de los años 70, una creciente presencia pública. Proliferaron sus iglesias, colegios, publicaciones, editoriales, emisoras de radio y canales de televisión, con el consiguiente auge de la telepredicación y de los telepredicadores. Surgió así la nueva derecha cristiana, los teocons o, simplemente, los fundamentalistas cristianos, convertidos hoy en el movimiento ideológico más específico, coherente y mejor organizado de la política estadounidense. No toda la pluralidad de iglesias de Estados Unidos participa de este movimiento, siendo las evangélicas las que han mostrado un mayor dinamismo y una adhesión más firme a la agenda neoconservadora de la nueva derecha cristiana.

En las elecciones presidenciales de 2016, los evangélicos representaron una quinta parte de los votantes registrados y un tercio de todos los que se identificaban con el Partido Republicano. Parecía difícil que un candidato como Trump —divorciado dos veces y casado en tres ocasiones, con fama de mujeriego, numerosos escándalos sexuales, ostentoso y arrogante— pudiera presentarse como un hombre que guiaba su vida por valores religiosos. No presentaba el perfil de candidato capaz de atraer al votante conservador de inspiración religiosa. Pese a ello, obtuvo el 81 % del voto de los evangelistas blancos, frente al 16 % de su contendiente demócrata, Hillary Clinton. Desde entonces, una de las claves del éxito electoral de Trump ha sido su capacidad para cautivar al electorado evangélico.

Así, a pesar de los escándalos, la comunidad evangélica más conservadora ha llegado a justificar su apoyo político a Trump comparándolo con el “Ciro moderno” y presentándolo como el “candidato de Dios para el caos”. Para los evangélicos, “Ciro es el modelo del no creyente al que Dios elige para cumplir con los propósitos de los fieles”. Estos grupos ven con buenos ojos que Trump esté dispuesto a romper las normas democráticas para combatir las amenazas que, según ellos, se ciernen sobre sus valores y su modo de vida, con el objetivo de cumplir “la misión de Dios en la Tierra”. Entienden que Trump es el mandatario más cercano a sus postulados, capaz de impulsar una agenda nacionalista cristiana que represente sus intereses políticos y morales.

Las relaciones entre la Administración Trump y las iglesias evangélicas pentecostales y neopentecostales —fervientemente sionistas— también han contribuido a dar forma a las alianzas internacionales y a la política exterior estadounidense. El apoyo incondicional al Gobierno israelí de Benjamín Netanyahu, simbolizado en el traslado de la Embajada de Estados Unidos a Jerusalén durante el 70º aniversario de la creación del Estado de Israel, contraviniendo las resoluciones de la ONU, o la reciente agresión militar contra Irán, haciendo caso omiso de las objeciones de parte de su equipo de política exterior y seguridad nacional, son ejemplos notables de la influencia que ha llegado a alcanzar la nueva derecha cristiana en la Administración Trump.

La expansión pentecostal y neopentecostal en América Latina

Quizá sea en América Latina donde —al igual que ocurrió con el catolicismo en décadas anteriores— el fundamentalismo evangelista ha penetrado con mayor intensidad en las esferas políticas para imponer su agenda ultraconservadora. Las iglesias evangélicas, presentes hoy en prácticamente cualquier barrio del continente, están transformando la política como ninguna otra fuerza desde la expansión de la teología de la liberación en las décadas de los 60 y 70 del siglo pasado. Están proporcionando a las causas conservadoras, y especialmente a los partidos políticos, un nuevo impulso y nuevos votantes. Pero, a diferencia de la narrativa más conservadora de la Iglesia católica, los pastores evangelistas están introduciendo en la política una suerte de populismo religioso, más radical y de mayor alcance. Así lo muestran los éxitos electorales de Bolsonaro, Bukele o, más recientemente, el ascenso político de Abelardo de la Espriella.

La importancia política de los evangelistas no reside únicamente en su crecimiento exponencial o en la tupida red de medios de comunicación que controlan, sino también en su profunda inserción popular, que está permitiendo un impulso renovado y, sobre todo, la captación de nuevos votantes para los partidos conservadores. De este modo, han logrado disputar a los movimientos de izquierda su tradicional espacio de implantación social como ninguna otra organización conservadora había conseguido hasta ahora.

La presencia de las iglesias evangélicas en América Latina no es precisamente nueva, pero sí lo es su crecimiento exponencial, especialmente en su vertiente pentecostal y neopentecostal más conservadora. Según Michael Löwy, los protestantes latinoamericanos están profundamente divididos. En su opinión, esta división coincide, hasta cierto punto (aunque no por completo), con la diferencia entre las antiguas Iglesias protestantes y las nuevas Iglesias pentecostales, que se están propagando rápidamente. “El crecimiento extraordinario de las Iglesias evangélicas pentecostales en Latinoamérica —un acontecimiento que los observadores católicos describen muchas veces como la ‘invasión de las sectas protestantes’— es uno de los fenómenos religiosos más importantes de los últimos años en el continente”.

Según diferentes estudios, existen más de 19.000 iglesias pentecostales en el continente latinoamericano, que agrupan a más de cien millones de creyentes. Las iglesias evangélicas, fundamentalmente las más conservadoras, representan prácticamente a uno de cada cinco latinoamericanos, cerca del 20 % de la población.

La teología de la prosperidad

En las décadas de los 60 y 70, la influencia de la teología de la liberación marcó a buena parte de los movimientos populares latinoamericanos. Hoy es la llamada “teología de la prosperidad” la que está ocupando ese espacio en los barrios populares. Mientras la teología de la liberación politizaba y problematizaba la pobreza y las desigualdades, defendiendo el legítimo derecho de los pobres a gozar de una existencia digna pese a su condición, la teología de la prosperidad no solo deja de cuestionar las desigualdades, sino que, en cierta medida, las legitima al presentar el éxito material como una prueba de la elección divina.

El obispo Edir Macedo, fundador de la brasileña Iglesia Universal del Reino de Dios (IURD) y principal impulsor de la teología de la prosperidad, definió así la esencia de su credo: “Nosotros queremos que ese hombre sea rico, que ascienda en la escala social; no queremos un pobre que acepte su pobreza”. Al concentrarse en la superación personal mediante una nueva conducta moral, en lugar de trabajar por un cambio estructural, estas iglesias evangelistas disuaden de la acción colectiva y promueven estrategias individuales de movilidad social ascendente. El cambio es radical: de la liberación colectiva al triunfo individual. Una transformación profunda en la mentalidad de los barrios populares latinoamericanos.

Así, aunque las iglesias pentecostales y neopentecostales desarrollan una intensa actividad “social” y cuentan con numerosos programas asistenciales, lo hacen desde una lógica antagónica a cualquier forma de protagonismo político de los sectores oprimidos. Podemos hablar de una suerte de “comunitarismo individualista”, que absorbe al individuo en todos los aspectos de su vida y que, a cambio, promete hacerlo “exitoso” en el mercado. En cierto modo, la iglesia sustituye al Estado como espacio de comunidad.

Las sectas evangélicas aparecen así como auténticos apóstoles del neoliberalismo: “Hemos aprendido con Weber que el protestantismo tiene un encaje con el capitalismo; el neopentecostalismo va a tenerlo con el neoliberalismo, porque genera un ‘sujeto hecho a sí mismo’, donde el Estado no interviene”. La teología de la prosperidad se acopla de tal manera a la lógica neoliberal del “emprendedor” que incluso admite el derecho de los fieles a abrir su propia iglesia: “Esto se inscribe en la lógica del capital y el consumo; cada uno puede crear su propio business neopentecostal”.

Con esta doctrina, pastores y telepredicadores exhiben su riqueza sin complejos como una manifestación de su santidad y del mayor grado de bendición divina recibido. Así, las megaiglesias neopentecostales se convierten en auténticos meganegocios dirigidos por pastores que actúan como ejecutivos y se desenvuelven con las habilidades de un showman para entretener a sus fieles. El resultado son verdaderos imperios económicos que buscan ampliar constantemente su poder e influencia en los medios de comunicación y en la política.

Como ya hemos visto, “el evangelismo puede favorecer la adopción de un ethos capitalista de autopromoción individual y, por tanto, alentar el apoyo a las fuerzas políticas comprometidas con ese ethos”. Un buen ejemplo es la IURD, la mayor congregación evangelista de Brasil, que posee un auténtico emporio mediático, entre cuyos activos destaca TV Record, la segunda cadena de televisión del país. Pero también ha dado el salto a la política, consiguiendo la alcaldía de Río de Janeiro en 2016 a través de uno de sus obispos, Marcelo Crivella, conocido entre otras cosas por ser uno de los principales intérpretes del góspel en Brasil, con más de cinco millones de copias vendidas. La victoria en Río de Janeiro fue vista como el precedente de la posterior victoria presidencial de Jair Bolsonaro. El propio obispo Edir Macedo, fundador de la IURD, expresó públicamente su apoyo al candidato ultraderechista después de que este se bautizara en el río Jordán según el rito evangélico, un gesto que le granjeó un respaldo decisivo para alcanzar la presidencia.

Contra la “ideología de género”

El fundamentalismo evangélico se ha convertido en un movimiento emergente no solo por su pujanza económica o su implantación social, sino también porque ha logrado consolidarse como un actor político de primer orden, con una fuerte capacidad de cohesión sobre sus feligreses —y, por extensión, sobre sus votantes—, capaces de desequilibrar elecciones y disputados por prácticamente todas las formaciones políticas. El voto evangélico entre los sectores populares está sirviendo para consolidar relaciones clientelares entre actores políticos y líderes religiosos, así como para incorporar representantes de estas iglesias a las listas electorales en países como Brasil, Perú, El Salvador, Chile, Colombia o Guatemala.

La principal novedad no es únicamente el avance político del evangelismo, sino su capacidad para introducir en el debate público cuestiones que han terminado marcando la agenda del conjunto de la derecha latinoamericana. Se articula así una amplia alianza opositora al matrimonio igualitario, al aborto y a lo que denominan “ideología de género”, sintetizada en una consigna que se ha hecho viral: “Con mis hijos no te metas”. Desde entonces, la llamada “ideología de género” se ha convertido en un cajón de sastre en el que cabe desde el derecho al aborto hasta los supuestos ataques a la familia o al matrimonio entre personas del mismo sexo. En el fondo, se trata de una ofensiva contra el propio derecho de las mujeres a decidir sobre su cuerpo, que sitúa al movimiento feminista como uno de sus principales enemigos.

Las iglesias evangélicas latinoamericanas han dirigido buena parte de sus ataques contra la educación pública, especialmente contra cualquier contenido relacionado con la educación sexual y reproductiva o con la igualdad de género. Pero este proceso también se ha reproducido en países donde el fundamentalismo evangélico continúa siendo minoritario. Es el caso, por ejemplo, de España, donde Vox asumió buena parte de este repertorio ideológico al popularizar el llamado “pin parental”: la obligación de que madres y padres autoricen previamente y de forma expresa la asistencia de sus hijos a cualquier actividad desarrollada en el centro educativo. De este modo, frente a actividades consideradas inadecuadas por estos sectores —como talleres sobre diversidad afectivo-sexual, feminismo, identidad de género o derechos de la comunidad LGTBI—, los progenitores pueden ejercer su supuesta “objeción de conciencia” e impedir que el alumnado participe en ellas.

En Brasil, la ultraderecha y las iglesias evangélicas impulsaron una campaña contra un programa educativo destinado a prevenir la homofobia en las aulas, al que bautizaron despectivamente como el “kit gay”. Con el objetivo de amedrentar al profesorado, Bolsonaro y sus hijos llegaron a animar a los estudiantes a grabar con sus teléfonos móviles a sus docentes durante las clases y difundir posteriormente esas imágenes en las redes sociales. Finalmente, el proyecto nunca llegó a aprobarse como consecuencia de las presiones ejercidas por estos sectores. Sin embargo, el verdadero “pin parental” brasileño es Escuela sin Partido, una iniciativa presentada en el Congreso en 2014 cuyo objetivo era combatir el supuesto adoctrinamiento ideológico de la izquierda en las escuelas e impedir que cuestiones como el género, la orientación sexual o las preferencias políticas pudieran abordarse en las aulas o aparecer en los materiales didácticos.

El fenómeno llega a Madrid

Un año antes del gran encuentro evangélico celebrado en el estadio Metropolitano, unas diez mil personas llenaron la plaza de toros de Vistalegre para escuchar al predicador brasileño Edir Macedo que, como veíamos anteriormente, es uno de los principales apóstoles latinoamericanos de la teología de la prosperidad. Porque el fenómeno evangélico en Madrid ya no ocupa únicamente bajos comerciales o antiguos garajes de los barrios periféricos. Hoy mueve también cifras de estadio.

El crecimiento del evangelismo en Madrid ha sido discreto, pero cada vez resulta más difícil ignorarlo. España cuenta ya con alrededor de un millón y medio de evangélicos y su crecimiento ha sido sostenido durante las últimas décadas. En 1998 apenas el 0,2 % de la población se identificaba con esta confesión. En 2018, la cifra alcanzaba ya el 2 %, según datos del Observatorio del Pluralismo Religioso. Los evangélicos constituyen hoy la confesión minoritaria más numerosa del país, solo por detrás de la musulmana y por delante de los testigos de Jehová.

El mayor crecimiento se está produciendo en Madrid, donde las iglesias evangélicas han aumentado alrededor de un 30 % durante la última década, pasando de 662 a 855 centros religiosos en la región. Especialmente en distritos como Carabanchel, Usera o Tetuán, favorecidos por la elevada presencia de población latinoamericana fruto de la transformación migratoria de la ciudad. Así, antiguas naves industriales, garajes, locales comerciales o bajos se reconvierten en templos pentecostales o neopentecostales que funcionan como espacios de encuentro, redes de apoyo, comedores improvisados, bolsas de empleo, lugares de ocio o refugios emocionales para miles de personas migrantes.

De hecho, uno de los pastores que aparecían rezando junto a Trump en la Casa Blanca, Franklin Graham —conocido como “el pastor de Donald Trump”—, aterrizó en Madrid pocas semanas después del evento The Change Madrid celebrado en el Metropolitano para participar en el Festival de la Esperanza.


Franklin Graham en el Festival de la Esperanza celebrado en el palacio Vistalegre.

Se trata de un encuentro nacido en 1947 en Estados Unidos bajo el nombre de Las Cruzadas de Billy Graham, impulsado por Billy Graham, fundador de la Asociación Evangelística Billy Graham (BGEA), uno de los predicadores evangélicos más influyentes del siglo XX y padre de Franklin Graham. Su hijo rebautizó posteriormente el evento y extendió este tipo de macroencuentros fuera de Estados Unidos, primero hacia América Latina y posteriormente por Europa. La elección de Madrid no es casual. El festival ha contado —según datos de los organizadores— con la participación de más de 850 iglesias de la Comunidad de Madrid, una muestra de músculo que permitió que, durante los dos días del evento, pasaran por él algo más de 20.000 personas.

Un evento que, pese a intentar huir de la etiqueta de ultraderechista o trumpista, estuvo marcado por las arengas ultraconservadoras de sus principales figuras. Entre ellas, el propio Graham, que, ante una Vistalegre abarrotada, afirmó: “Dios creó el sexo. Él quiere que lo uses, pero tiene que ser usado en una relación matrimonial entre un hombre y una mujer”, en un claro mensaje homófobo. Continuó su discurso —Biblia en mano— contra el aborto: “Solo porque algunos políticos digan que el aborto es legal no significa que esté bien delante de Dios”. Macroeventos como el Festival de la Esperanza o The Change Madrid están situando a Madrid como la meca pentecostal y neopentecostal de Europa, una muestra más de la miamización de la capital española.

Al igual que en América Latina o Estados Unidos, las conexiones políticas de los pentecostales y neopentecostales empiezan también a hacerse visibles en Madrid. El auge evangélico no ha pasado inadvertido para el Partido Popular. Ya durante la precampaña de las elecciones municipales y autonómicas de 2023, varios dirigentes del partido desarrollaron una estrategia deliberada de acercamiento a las iglesias evangélicas para intentar canalizar el apoyo de los fieles de origen migrante y de sus redes comunitarias.

Unos años antes, Isabel Díaz Ayuso había creado expresamente la Secretaría de Nuevos Madrileños y había situado al frente al venezolano Gustavo Eustache, muy bien relacionado con los principales pastores evangélicos de la región. Eustache fue, además, uno de los principales artífices de la organización del mitin “Europa es Hispana” en 2023, apenas dos meses antes de las elecciones autonómicas y municipales. En él participaron Alberto Núñez Feijóo, Isabel Díaz Ayuso y José Luis Martínez-Almeida junto a predicadoras evangélicas como Yadira Maestre, definida por el vicesecretario electoral del PP madrileño, Jorge Rodrigo, como “la aglutinadora de las iglesias evangélicas de la Comunidad de Madrid”. Un acto tan novedoso como inusual en la política madrileña, que evocaba los grandes mítines estadounidenses dirigidos a seducir el voto latino. Un elemento más de la miamización de Madrid.


La predicadora de la Iglesia de Cristo Viene, Yadira Maestre, junto a la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, en un acto en Madrid organizado por el Partido Popular en el barrio madrileño de Usera.

De hecho, unos meses antes —en septiembre de 2022— del mitin organizado por el PP madrileño, el número dos de Isabel Díaz Ayuso, Alfonso Serrano, asistió a un macroevento evangélico para más de tres mil personas celebrado en Fuenlabrada bajo el nombre de Invasión Madrid Fest. Allí, la pastora Yadira Maestre entregó un premio a la presidenta madrileña y al alcalde de la capital por su gestión durante la pandemia de la covid19. Una estrategia de acercamiento a las iglesias evangélicas que ha cobrado fuerza desde que Ayuso asumió el liderazgo regional del partido y que tiene como principal objetivo captar el voto de la comunidad latinoamericana. El propio Gustavo Eustache ha pasado de dirigir la Secretaría de Nuevos Madrileños a ocupar un escaño como diputado en la Asamblea de Madrid.

La creciente presencia del evangelismo pentecostal y neopentecostal no se puede desligar de las transformaciones socieconomicas y demográficas de Madrid. Pero la miamización de Madrid no debe entenderse solo en clave sociológica o urbanística, sino también como la transformación de la política madrileña, donde las iglesias pentecostales y neopentecostales se han convertido en un actor político y cultural que gana peso por la disputa de la construcción del sentido común, la concepción de la familia, el cuerpo de las mujeres, la educación, la sexualidad o la propia idea de democracia entre un sector importante de las clases populares madrileñas. Un fenómeno que hasta ahora parecía exclusivamente americano forma ya parte del paisaje político madrileño, una muestra más del nuevo tiempo en el que nos adentramos.

Fuente: El Salto