domingo, 19 de julio de 2026

El 98 de Donald, o las cuentas del imperio

 

      Profesor de Cine y Estudios Caribeños, Departamento de Lenguas y Literaturas Modernas y Clásicas, Universidad Rice. Houston, Texas.


Detrás del errático comportamiento de Trump asoma una potencia que ya no manda como antes, con la deuda desbocada y el oro que desplaza al bono del Tesoro. Puede que el verdadero 98 de nuestro tiempo sea el de EEUU



Tump y su gabinete reunidos con el secretario general de la OTAN, Mark Rutte, en Ankara, Turquía, el 8 de julio de 2026.


     El pasado 8 de julio, en la cumbre de la OTAN celebrada en Ankara, Donald Trump llamó a España “causa perdida” y “aliado horrible”, dijo que no volvería a hacer negocios con Madrid, reclamó Groenlandia y reprochó a los europeos que no lo hubieran secundado en su guerra contra Irán. Esa misma noche, a bordo del Air Force One, aseguró que España se había “redimido por completo” tras acceder a una importante solicitud de pago. No dijo cuál. La Casa Blanca no lo aclaró, y la Alianza tampoco. La Moncloa negó que existiera compromiso alguno. El ministro de Exteriores, José Manuel Albares, observó que solo Trump podía explicar sus propias palabras y evitó ligarlas a los 6.200 millones de euros que el Gobierno acababa de transferir a Defensa. Mientras tanto, según Reuters, el Tesoro estadounidense preparaba una lista de productos españoles para un eventual embargo.

En doce horas, España pasó de la excomunión a la absolución sin que nadie pueda señalar el hecho que separa una cosa de la otra. Nadie verificó pago alguno; bastó con afirmar que lo había habido. El tributo fue retórico y funcionó. Ahí está la información incómoda del episodio, porque describe con exactitud qué sostiene hoy la alianza atlántica: ya no la disuasión compartida, sino un peaje que ni siquiera necesita cobrarse mientras pueda proclamarse.

Detrás del ruido de los exabruptos, y de la réplica de Sánchez, que despachó el asunto diciendo que con Trump solo había hablado de fútbol y de golf, hay cifras que cuentan una historia más profunda. La deuda federal bruta de Estados Unidos superó los 39 billones de dólares en marzo de 2026, sobre una economía de unos 32 billones. La deuda en manos del público volvió a rebasar el tamaño de toda la economía, algo que no sucedía, salvo el paréntesis de la pandemia, desde los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial. Solo los intereses de esa deuda superaron el billón anual por primera vez en 2025, unos 150.000 millones más de lo que Washington gasta en su ejército. Y en mayo de aquel año Moody's le retiró la última calificación máxima que conservaba de las tres grandes agencias, la que mantenía, según su propio relato, desde 1917. Ninguno de estos datos ocupó una portada, pero ya dictan sentencia.


Moody’s rebaja la calificación crediticia de Estados Unidos, citando el aumento de la deuda pública.

Rota y Morón

Los insultos a España hay que leerlos contra ese fondo. Durante más de un año, Trump ha hecho de Madrid su blanco predilecto dentro de la OTAN. En La Haya, en junio de 2025, España fue el único país que se descolgó del compromiso de elevar el gasto militar al 5% del PIB; en su carta al secretario general, Sánchez calificó ese objetivo de irrazonable y contraproducente. Desde entonces, Trump ha acusado a España de querer “viajar gratis” dentro de la Alianza, ha amenazado con duplicarle los aranceles, ha sugerido desde el Despacho Oval que quizá habría que expulsarla y ha insinuado, con un deje casi mafioso, que su economía podría saltar por los aires si algo malo llegara a ocurrir.

Ese no es el lenguaje de un poder incontestado. Pertenece a una concepción del mundo donde los aliados dejan de ser socios para volverse vasallos, medidos por su grado de obediencia. En esa gramática, el vasallo no discrepa; incumple. La disidencia se traduce sin más a deuda impagada.

La ruptura verdadera no se produjo en La Haya ni en Ankara, sino el 2 de marzo de 2026. Iniciada la ofensiva de Estados Unidos e Israel contra Irán, la ministra de Defensa, Margarita Robles, anunció que las bases de Rota y Morón no prestarían apoyo alguno a la operación, y Albares precisó que España no cedería sus instalaciones para nada que no encajara en el convenio bilateral ni en la Carta de las Naciones Unidas.

Madrid no improvisó. Invocó el Convenio de Cooperación para la Defensa firmado con Estados Unidos el 1 de diciembre de 1988 y prorrogado desde entonces. Su artículo 2.2 concede a Washington el uso del territorio, el mar territorial y el espacio aéreo españoles solo para objetivos comprendidos en el ámbito del propio convenio; cualquier otro uso, dice el texto, exige la autorización previa del gobierno español. Un avión cisterna que despega de Morón para repostar a un bombardero camino de Teherán queda, según esa lectura, fuera del marco de la defensa mutua. Los aviones estadounidenses se replegaron.

Merece la pena reparar en lo que no ocurrió. No hubo sanción, ni fuerza, ni violación del candado. Hubo derecho. La primera potencia militar del planeta leyó un tratado firmado con un país cuatro veces menor y acató su letra pequeña. En 2003 eso no habría ocurrido, entre otras cosas porque a nadie se le habría pasado por la cabeza intentarlo.

Conviene, sin embargo, nombrar lo que el convenio apenas insinúa. La ofensiva contra Irán no fue una empresa estadounidense a la que Israel se sumó, sino al revés: Israel abrió fuego en junio de 2025 y Washington se alineó después, hasta bombardear tres instalaciones nucleares iraníes y exigir la “rendición incondicional” de Teherán.


Los bombardeos de EE.UU. no destruyeron programa nuclear iraní.

Lo que Madrid se negó a franquear en Morón no era, pues, un capítulo cualquiera de la defensa atlántica, sino un eslabón de una guerra israelí a la que Estados Unidos había prestado su escuadra. Y la distinción cuenta, porque la alianza que Trump invoca para reclamar obediencia se parece cada año menos a un pacto de defensa mutua y más a una fusión. En su proyecto de gasto militar para 2027, el Congreso deslizó una “Iniciativa de Cooperación Tecnológica” con Israel que integra las industrias de defensa de ambos países y la sustrae al escrutinio parlamentario, lo que un negociador israelí describió sin rubor como el tránsito de un modelo de ayuda del siglo XX a una fusión estratégica del XXI.


El Congreso de Estados Unidos impulsa una mayor colaboración militar con Israel.

Negarse a repostar un bombardero camino de Teherán es, en esa gramática, algo más que leer la letra pequeña: es rehusar ser conscripto en una guerra ajena.

La ironía es densa. Rota y Morón existen porque en 1953, con los Pactos de Madrid, Franco vendió pedazos de soberanía, y también Zaragoza y Torrejón, a cambio de los dólares y del reconocimiento que la dictadura necesitaba. Aquellas bases fueron el precio de entrada de España en el orden occidental, una dictadura fascista blanqueada por el mismo país que en 1898 se había presentado como libertador de Cuba. En 2003 sirvieron de retaguardia a la invasión de Irak mientras cientos de miles de personas gritaban “no a la guerra” en las calles. Setenta y tres años después de su concesión, son el instrumento jurídico con el que España dice que no.

El otro lado del cerrojo pesa igual. Rota da empleo a más de un millar de trabajadores españoles y sostiene buena parte de la economía de la bahía de Cádiz; Morón, a varios cientos más. Cuando Trump amenaza con retirar las tropas no amenaza a Sánchez, sino a El Puerto de Santa María. La dependencia se ha vuelto una cuestión de nóminas.

Tampoco hay que idealizar el gesto. La posición de Sánchez le rinde una evidente rentabilidad interna. Lo presenta como abanderado del multilateralismo, goza de amplio respaldo en las encuestas y llega en un momento de fragilidad parlamentaria. Se puede defender un principio y hacer caja con él a la vez. Y hay un dato que estorba la lectura heroica: España ha triplicado su gasto militar desde que Sánchez llegó a la Moncloa, de modo que su negativa sobre Irán convive con un sí rotundo al rearme. Es la definición misma de la autonomía subalterna, la que discrepa en el uso y nunca en la estructura.

La motivación importa menos que la estructura que el gesto deja al descubierto. Durante décadas, incluso en sus desencuentros más ásperos, Washington y Madrid se movieron dentro de códigos previsibles entre aliados. Hoy ese marco cruje, y quien lo hace crujir no es el aliado pequeño.

Gaza, o los límites del gesto

Si el episodio de Rota y Morón se lee aislado, se pierde su verdadero contexto. La negativa sobre Irán es el último eslabón de una divergencia más antigua, cuyo eje no es Teherán sino Gaza. El 28 de mayo de 2024, España reconoció el Estado palestino junto a y días después fue el primer país europeo en sumarse a la demanda por genocidio que Sudáfrica había interpuesto contra Israel ante la Corte Internacional de Justicia. En septiembre de 2025, Pedro Sánchez decretó un embargo total de armas “para frenar el genocidio en Gaza”, con la prohibición de comprar y vender material militar a Israel y de que atracaran en puertos españoles los buques que abastecían a su ejército. El lenguaje, en boca de un jefe de gobierno europeo, era inédito: aquello no era defensa propia, dijo, sino el exterminio de un pueblo indefenso. Meses antes, la Corte Penal Internacional había dictado una orden de arresto contra Netanyahu, y en septiembre una comisión de investigación de la ONU concluyó que en Gaza se había cometido genocidio.


Criminal. Por J. R. Mora.

La medida abrió en canal a la Unión Europea. De un lado, España, Irlanda y Eslovenia empujaban sanciones y la suspensión del acuerdo de asociación con Israel; del otro, Alemania y Hungría frenaban. El contraste con Berlín es el más elocuente. Tras una breve congelación de licencias en agosto de 2025, el canciller Friedrich Merz reanudó las exportaciones, viajó a Israel en diciembre y recibió el sistema antimisiles Arrow 3 por unos 4.500 millones de dólares, la mayor venta de armamento de la historia israelí. Francia y el Reino Unido, que en septiembre de 2025 reconocieron a su vez el Estado palestino, oscilaban entre el gesto y la cautela. En esa Europa partida, Madrid ocupaba el extremo más ruidoso.

Con todo, no conviene deslumbrarse. El embargo español es sobre todo un símbolo: las exportaciones que de verdad sostienen a la industria militar israelí no salen de Madrid, y las españolas apenas rozaban una fracción ínfima del total. Cancelar los contratos con Elbit o Rafael, además, dejó a las propias fuerzas españolas sin munición y sin misiles anticarro que esperaban recibir, según admitían los analistas del Real Instituto Elcano. Vuelve a asomar la autonomía subalterna que ya definió la negativa sobre Irán: España nombra el genocidio y reconoce a Palestina, pero no abandona la OTAN, ni el mercado europeo de defensa, ni el paraguas de Washington. El gesto es sincero como indignación y simbólico como política: incomoda a los imperios sin salirse de su orden. Y esa es, quizá, la única forma de desobediencia que hoy se permite un aliado leal frente a las imposiciones de Berlín, de París y de Washington.

El otro 1898

La tentación inmediata es recurrir a 1898. Aquel año selló el hundimiento del imperio español y la consagración de Estados Unidos como potencia mundial, y desde entonces el “Desastre” quedó grabado en la memoria nacional como la fecha de la decadencia, la que empujó a Unamuno, a Machado y a Joaquín Costa a preguntarse en voz alta qué le pasaba a España.

Pero “Desastre” es una palabra metropolitana. Nombra lo que perdió Madrid y silencia el resto. 1898 no fue tanto el año en que España perdió un imperio como aquel en que una guerra anticolonial de tres décadas quedó confiscada. La insurrección cubana había empezado en 1868, en Yara, siguió en la Guerra Chiquita y se reanudó en febrero de 1895. En Filipinas la revolución llevaba dos años en marcha cuando la escuadra de Dewey destruyó a la flota española en la bahía de Manila, y seis semanas después Emilio Aguinaldo proclamó la independencia. Nada de eso cabe en la palabra “Desastre”.

José Martí lo había visto con una lucidez que da escalofríos. Un día antes de morir en Dos Ríos, en mayo de 1895, dejó a medias una carta a su amigo Manuel Mercado donde explicaba que cuanto había hecho, y cuanto haría, era para impedir a tiempo, con la independencia de Cuba, que Estados Unidos se extendiera por las Antillas y cayera luego, con esa fuerza añadida, sobre las tierras de nuestra América. La carta se interrumpe a media frase. La historia la completó.

¿Y cómo defendió España lo suyo? En octubre de 1896, el capitán general Valeriano Weyler ordenó “la reconcentración”, el traslado forzoso de la población rural a los pueblos bajo control militar. Los muertos se estiman, según las fuentes, entre 150.000 y más de 300.000, campesinos, mujeres y niños que murieron de hambre y de enfermedad. Fue uno de los primeros campos de concentración modernos. Poco después los británicos repetirían el método en Sudáfrica, y el ejército estadounidense lo aplicaría en Batangas contra los filipinos que se negaban a cambiar de metrópoli. Los métodos del imperio sobreviven al imperio que los inventa, y esa es la primera lección de 1898, que no está en Unamuno.

El Tratado de París se firmó en diciembre de 1898. En la mesa había españoles y estadounidenses, pero no cubanos, ni puertorriqueños, ni filipinos; al representante de Aguinaldo, Felipe Agoncillo, se le negó la entrada. Filipinas se compró por veinte millones de dólares, y la resistencia que siguió costó más de doscientas mil vidas civiles. Cuba pasó a una independencia tutelada, porque la Enmienda Teller había prometido no anexionarla y la Enmienda Platt de 1901 se reservó el derecho de intervenir en ella y, de paso, el arriendo de Guantánamo, vigente todavía. Puerto Rico quedó donde sigue. En su voto del caso Downes contra Bidwell, el juez Edward Douglass White acuñó la fórmula que aún lo define, la de un territorio que no era extranjero pero sí “extranjero para Estados Unidos en un sentido doméstico”. Ciento quince años más tarde, la ley PROMESA puso su gobierno electo bajo la tutela de una junta federal no elegida.

1898 no cerró un ciclo colonial, lo transfirió. Aníbal Quijano llamó a esa persistencia “colonialidad del poder”, y la fórmula es exacta, porque el colonialismo termina y la colonialidad no. Guantánamo, la base que un imperio le arrancó a otro sobre el cuerpo de una tercera nación, sigue funcionando. Rota y Morón pertenecen a la misma familia, con una diferencia que no es menor: Madrid conserva la llave y San Juan no.

Aquí está la parte de 1898 que Estados Unidos debería temer, y que nada tiene que ver con la deuda. Cuatro días después del protocolo de paz, Francisco Silvela publicó en El Tiempo un artículo que haría época, “Sin pulso”. España, escribía, no reaccionaba ante nada; dondequiera que se pusiera el dedo, no se hallaba el pulso. El diagnóstico prendió. El regeneracionismo lo convirtió en programa, y Joaquín Costa, en su memoria sobre oligarquía y caciquismo leída en el Ateneo en 1901, le dio la fórmula que haría fortuna: aquella política quirúrgica necesitaba un “cirujano de hierro”, alguien capaz de conocer la anatomía del país y de sentir por él una “compasión infinita”.

Costa imaginaba a un reformador, y merece la pena subrayarlo, porque lo que vino después no lo fue. La metáfora médica, el país enfermo y el bisturí redentor no condujeron a ninguna reforma. Miguel Primo de Rivera dio su golpe en 1923 invocando la salud de la patria. Ramiro de Maeztu, que en 1898 pedía regeneración, publicó en 1934 Defensa de la Hispanidad, donde la grandeza perdida se volvía teología. Y Franco salió del sitio exacto adonde España había ido a buscar consuelo tras perder Cuba: Marruecos.

Porque eso hizo España con su 98. No renunció al imperio, lo mudó de continente. El Rif fue la compensación. Allí murieron más de diez mil soldados en el desastre de Annual, en 1921, una humillación que dos años después desembocaría en el golpe de Primo de Rivera. Allí el ejército español se convirtió en uno de los primeros del mundo en emplear armas químicas contra población civil, fosgeno y gas mostaza comprados a la industria alemana, entre 1921 y 1927. Y allí se formó la generación de africanistas que en 1936 se sublevó contra la República. La derrota imperial, lejos de producir modestia, produjo humillación, y de esa humillación salió un cirujano de hierro que ya no se parecía en nada al que Costa había soñado.

¿Make America Great Again será casi una traducción al inglés de una frase regeneracionista española, luego del 98? La nostalgia de la grandeza es el producto político más característico de la decadencia, y también el más peligroso.

Habrá quien lea en todo esto una fábula de emancipación española. No lo es. El imperio español no terminó en 1898: Guinea Ecuatorial fue colonia hasta 1968, Ifni hasta 1969 y el Sáhara Occidental hasta 1975, con una descolonización que sigue sin completarse y un Madrid que en 2022 abandonó la neutralidad para respaldar el plan de autonomía marroquí. Ceuta y Melilla siguen donde están. España vende armas, acoge bases y custodia una frontera europea que mata. Que Madrid le diga que no a un bombardeo no la convierte en potencia descolonizadora, solo en un Estado que ha leído su propio convenio.

El otoño del dólar

Un país que paga más en intereses que en defensa no está en ruinas, pero tampoco es el hegemón incontestable de hace treinta años. Paul Kennedy lo llamó, en Auge y caída de las grandes potencias, “sobre extensión imperial”: el punto en que los compromisos superan a los recursos y el gesto empieza a suplir a la fuerza. Giovanni Arrighi afinó la idea en El largo siglo XX, al describir cómo cada ciclo hegemónico entra en su otoño cuando el capital abandona la producción y se refugia en las finanzas. La financiarización es el último resplandor y, entre la crisis que anuncia el fin de un ciclo y la que lo consuma, pueden mediar décadas de esplendor aparente.

Wall Street lo ilustra bien. Diez empresas concentran ya en torno al 41% del valor del S&P 500, y el índice solo ha estado más caro una vez en ciento cuarenta años, en vísperas del crac de las puntocom. Los gigantes de la inteligencia artificial gastarán este año cerca de 700.000 millones de dólares en centros de datos, la mayor inversión corporativa de la historia fuera de una guerra, mientras apenas una de cada cinco empresas estadounidenses dice usar esa tecnología. No es la fantasía sin caja del año 2000, cuando Cisco cotizaba a doscientas veces beneficios y Pets.com no tenía ninguno; las compañías que hoy sostienen el índice ganan dinero de verdad. Se parece más a lo que describía Arrighi, una economía que gana cada vez más moviendo capital y cada vez menos organizando trabajo. Justo lo que le pasó a la España finisecular, que sostenía con papel el déficit de Ultramar mientras las Antillas ardían.

Ninguna potencia imperial puede desentenderse de la salud de su moneda, y aquí el asunto se presta a la profecía fácil. El dólar representaba en el tercer trimestre de 2025 el 56,9% de las reservas mundiales de divisas, frente a más del 70% a comienzos de siglo, pero el propio Fondo Monetario Internacional ha advertido que buena parte de ese descenso se explica por la apreciación de otras monedas y no por ventas. El dólar no se hunde ni nadie lo vende.

Lo que ha cambiado es dónde busca refugio el dinero público. El 2 de junio de 2026, el Banco Central Europeo constató que el oro había superado a los bonos del Tesoro estadounidense como principal activo de reserva del planeta, un 27% del total frente a un 22%. Los activos en dólares siguen siendo el mayor bloque, así que la hegemonía monetaria permanece intacta; lo que ha cedido es el instrumento. Los bancos centrales acumulan ya más de 36.000 toneladas de oro, cerca de las 38.000 de la era de Bretton Woods, y en 2025 el mayor comprador individual del mundo no fue un Estado, sino Tether, una empresa de criptomonedas.

Detrás de esto hay una fecha. En 2022, la congelación de unos 300.000 millones de dólares en reservas rusas le enseñó a cada banquero central del planeta que un activo en dólares puede dejar de ser suyo por decisión ajena. El oro, a diferencia del bono, no se puede sancionar. Y ya no funciona solo como seguro: a comienzos de 2026, tras el estallido de la guerra de Irán, Turquía vendió o prestó 130 de las 220 toneladas que había acumulado desde 2022. El oro es también un cofre de guerra, y se está usando.

La historia guarda un precedente incómodo. En vísperas de 1914, la libra esterlina era la primera moneda de reserva del mundo, con cerca de la mitad de las tenencias oficiales identificadas, según las estimaciones clásicas de Peter Lindert. Y lo sorprendente es la rapidez de su caída: el dólar la había superado ya a mediados de los años veinte, según han mostrado Barry Eichengreen y Marc Flandreau, cuando Londres seguía creyéndose el centro del mundo. La primacía monetaria se pierde mucho antes de que nadie lo admita.

Hubo un momento, eso sí, en que el declive se hizo visible. Entre noviembre y diciembre de 1956, Washington bloqueó el crédito del Fondo Monetario Internacional a Gran Bretaña y amenazó con vender sus tenencias de deuda británica hasta que Londres retirase sus tropas de Suez. Eisenhower no necesitó disparar, le bastó con dejar caer la moneda de su aliado. Fue entonces cuando Gran Bretaña entendió que ya no era un imperio, y lo entendió porque otro imperio se lo cobró en divisas. Nadie tiene hoy esa palanca sobre Washington, pero 36.000 toneladas de oro son el primer borrador de una.

Detrás de esa erosión asoma China, que teje con paciencia una arquitectura financiera alternativa, con sistemas de pago propios y comercio en yuanes. No es que Pekín vaya a destronar mañana a Washington, pues el yuan apenas roza el 1,9% de las reservas mundiales, pero por primera vez en generaciones empieza a dibujarse un horizonte en el que podría hacerlo. Un horizonte no es una promesa, y quien haya leído a Quijano sabe que la arquitectura financiera china no es un proyecto de emancipación, sino de sustitución. Un cambio de metrópoli no equivale a una descolonización.

El interregno

Frente a ese poder que se sabe menguante, Europa ha elegido, en su mayoría, el apaciguamiento. En La Haya, los aliados se plegaron a la exigencia del 5%, y el propio secretario general de la OTAN, Mark Rutte, llegó a llamar “papá” al presidente estadounidense. Un mes después, la Unión Europea firmaba un acuerdo comercial que muchos describieron como una capitulación, con aranceles del 15% sobre sus exportaciones y el compromiso de comprar cientos de miles de millones en energía y armamento estadounidenses. Viktor Orbán lo resumió con crueldad: Trump se había desayunado a Von der Leyen.

Y sin embargo algo se movió en Ankara. Cuando Trump volvió a reclamar Groenlandia, los aliados cerraron filas con Dinamarca. Cuando llamó a España “causa perdida”, fue el propio Rutte quien le recordó, sentado a su lado, que Madrid había dado un paso al alcanzar el 2%, mientras Friedrich Merz mediaba para rebajar la tensión. Nada heroico, cortesía de pasillo, pero hasta la cortesía informa cuando la ejerce quien un año antes llamaba “papá” a su interlocutor. Lo que Europa ha elegido, en todo caso, es su propio imperio. El continente que no quiere ser vasallo aspira a ser potencia, y eso es una respuesta, no una emancipación.

En ese cuadro de genuflexiones matizadas, la negativa española cobra un relieve inesperado. No porque España sea una potencia rebelde, sino porque su “no”, pequeño, interesado y discutible, revela lo que la coreografía europea disimula: que hasta el aliado más leal dispone hoy de más margen para discrepar del que tenía hace dos décadas, y que la primera potencia del mundo ya no puede dar por descontada la obediencia. En 2003, la respuesta fueron Rota y Morón abiertas de par en par; en 2026, un artículo del convenio y un portazo cortés.

España es aquí un escenario menor de una transformación mayúscula. La disputa sobre el gasto militar no es el problema de fondo. Lo decisivo es que Estados Unidos empieza a topar con los límites de su propio poder y reacciona como han reaccionado siempre los imperios en apuros: endurece el lenguaje, exige disciplina, confunde la autoridad con la capacidad de arrancar obediencia. Cuando la hegemonía flaquea, el liderazgo se degrada en coacción.

Se dirá que la analogía cojea, y en parte cojea. España perdió su imperio en diez semanas y ante un ejército extranjero; Estados Unidos conserva once portaaviones, el mercado de capitales más profundo del mundo y ninguna flota enemiga a la vista. Nadie va a hundir su escuadra en la bahía de Manila. Pero los imperios rara vez mueren de una derrota. Mueren de aritmética. El 98 español fue el certificado tardío de una insolvencia que llevaba décadas anotándose en los libros de Ultramar.

Y hay que desconfiar del consuelo. Un imperio en declive no se vuelve más manso. España tenía el pulso perdido y aun así levantaba campos de reconcentración; Estados Unidos bombardeó Irán el mismo año en que su factura de intereses superó a su presupuesto de defensa. La decadencia no civiliza, amarga. Quien crea que la caída de una hegemonía es, por sí sola, una buena noticia para los pueblos que la padecieron no ha leído bien 1898. El fin del imperio español no le trajo la libertad a Cuba, le trajo la Enmienda Platt; no le trajo la independencia a Filipinas, le trajo una guerra; a Puerto Rico no le trajo nada, y sigue siendo, ciento veinticinco años después, extranjero en un sentido doméstico.

Hay un último síntoma, más turbio, que roza al propio presidente. Trump mantuvo durante décadas una amistad documentada con Jeffrey Epstein –voló varias veces en su avión y llegó a llamarlo “un tipo estupendo”–, y su segundo mandato quedó atrapado en la promesa incumplida de abrir los archivos del financiero. En febrero de 2025 su fiscal general, Pam Bondi, aseguró tener “la lista de clientes” sobre la mesa; en julio, un memorándum del Departamento de Justicia y el FBI dijo que no existía tal lista y que Epstein se había suicidado. La marcha atrás encendió a las propias bases de Trump, que llevaban años reclamando esos papeles; en noviembre la Cámara forzó la publicación de miles de documentos con cientos de menciones al presidente, aunque ninguna imputación contra él.

Que la primera potencia del planeta prometa los archivos de su propio presidente y luego los retire, los exhiba y luego los guarde, es acaso el síntoma más repulsivo de esa decadencia: el de una vacuidad en la que ya nada se sostiene, ni las cuentas ni las alianzas, y en la que la palabra basta y el hecho sobra. Una corte tardía incapaz de ordenar siquiera su propia transparencia, donde la sospecha acaba ocupando el sitio de la prueba.

Gramsci escribió que la crisis consiste en que lo viejo muere y lo nuevo no acaba de nacer, y que en ese interregno surgen los síntomas mórbidos más diversos. Estamos en el interregno. Los síntomas son un presidente que insulta y absuelve el mismo día, una absolución que se paga con un tributo que nadie ha visto, un archivo que no puede abrirse ni cerrarse, un aliado que dice que no y unos bancos centrales que compran oro como quien cava un refugio. Lo que asoma no es el 98 español de vuelta. Es su continuación en otro idioma, el primer capítulo del 98 americano. Y la pregunta que 1898 dejó sin responder no es quién manda después, sino quién paga mientras tanto.



Fuente: Ctxt


sábado, 18 de julio de 2026

La defensa de “Europa” de Slavoj Žižek

 

      Investigador de historia y periodista. Actualmente en el exilio tras escapar de Rusia.


Es difícil no darse cuenta de que Žižek, en sus últimos discursos y textos, expresa una posición agresivamente eurocéntrica que estamos acostumbrados a escuchar de la clase política de la UE


Vista satelital nocturna de Europa, destacando la densidad de población y el desarrollo de infraestructura a través de las luces de las ciudades.


     Es predecible y agotador ver a una celebridad intelectual comenzar un discurso inaugural con la gastada cita de Antonio Gramsci: “El viejo mundo se muere y el nuevo tarda en nacer, y en ese interregno surgen los fenómenos mórbidos más variados.” La ansiedad sobreviene cuando uno se da cuenta de por qué está citándola. Para una superestrella intelectual, los clásicos sirven meramente para decorar el escenario de su actuación, un acto de equilibrismo dialéctico que ha registrado una fuerte demanda por parte del público durante años.

Armado con su acento esloveno y humor excéntrico marca de la casa, Slavoj Žižek encuentra ideología en todas partes: en los grandes taquillazos de Hollywood, en el diseño de los inodoros occidentales. Pero cabe sospechar que en el pintoresco cementerio romano de Testaccio Antonio Gramsci se revolvería en su tumba viendo cómo Žižek gestiona su legado.

Parece que Žižek hace tiempo que dejó de cultivar su reputación de figura marginal, una suerte de Diógenes moderno en el barril. Hoy es un intelectual de éxito, bienvenido en la crema de la crema de las instituciones académicas y grandes auditorios. Vive y trabaja entre Londres, Ljubljana y EEUU, cobrando jugosos cheques por sus conferencias y libros, que produce industrialmente, en ocasiones dos al año. Goza del estatuto de estrella mundial y su vida claramente difiere de la del investigador medio en la academia occidental, con visados precarios, becas magras y contratos por períodos de tiempo limitados.

Cuando Žižek se sitúa a sí mismo entre Marx y Gramsci en una de sus performances pop y comienza a deconstruir sus conceptos clásicos es importante recordar desde qué posición y en interés de quién hablaban esos clásicos. El período mismo de interregno sobre el que escribió Gramsci era una época de hegemonía en desintegración, un tiempo de cambios políticos radicales. Entre crisis terribles y la polarización de los veinte, Gramsci escogió combatir el fascismo de Mussolini. No abandonó Italia por Moscú y, en el período más peligroso, comenzó a organizar la resistencia clandestina en su propio país. Puso su vida en riesgo, como miles de otros comunistas italianos. La frase del fiscal fascista en el juicio a Gramsci de 1928 ha pasado a la historia: “Debemos impedir que este cerebro trabaje durante 20 años.”

En prisión Gramsci enfermó de nuevas dolencias y hubo de pasar los últimos años de su confinamiento en un hospital. Fue liberado formalmente el 21 de abril de 1937, demasiado débil como para abandonar la clínica romana. Seis días después Antonio Gramsci murió de una hemorragia cerebral. Nos legó sus legendarios Cuadernos de la prisión, un intento de comprender la derrota de los movimientos obreros en Europa y encontrar una nueva estrategia para la emancipación a través del análisis de clase. Años después de su muerte, sus ideas entraron en varios campos de la investigación académica institucionalizada y se convirtieron en un juego de instrumentos clave en la caja de herramientas de las fuerzas políticas tanto de izquierda como de derechas.

Un siglo después, en una nueva era de inestabilidad global, la superestrella viviente Slavoj Žižek utiliza citas de Gramsci y Marx para salpimentar de izquierda la retórica militarista de la clase dirigente europea.

El Žižek tardío para tiempos apocalípticos

¿Qué presenta Žižek al público de hoy? Sus artículos y discursos desde 2022 a 2026 se construyen en torno a la idea de defender Europa como principal bastión de la libertad y del legado de la Ilustración. De acuerdo con el filósofo eslóveno, solamente la Europa actual posee el potencial para la verdadera emancipación universal, y este rol viene predestinado por su experiencia histórica única: “Hay una profunda similitud entre los ataques de Trump a la tríada de medio ambiente, corrección política y derechos LGBT+ y el conflicto entre Rusia y Europa. Uno debería hacerse una pregunta muy sencilla: ¿Qué civilización, hoy, encarna plenamente la tríada atacada por Trump? Sólo una: la civilización europea como forma última de la Ilustración”.

De acuerdo conŽižek, el mundo moderno no está progresando, sino moviéndose más bien hacia la amenaza más terrible de todas: el fin del mundo. Y ahora mismo los europeos deben “echar mano del freno de emergencia revolucionario”.

Žižek recurre a esta metáfora introducida por Walter Benjamin, quien vivió en circunstancias extremas y fue obligado a exiliarse huyendo del nazismo. Benjamin revisó el postulado marxista de que las revoluciones son las “locomotoras de la historia”. En su interpretación, el verdadero momento emancipatorio ocurre justamente en el momento en el que los “pasajeros” intentan detener el movimiento hacia la catástrofe. Una catástrofe fue lo que sufrió Benjamin en la frontera de la península ibérica en 1940 cuando, enfrentado a la amenaza de una deportación a la Francia ocupada por los nazis, se suicidó.

En nuestra época las preocupaciones principales son el abismo de la crisis climática, la amenaza de una nueva guerra mundial, nuevos regímenes autoritarios y la Inteligencia Artificial (IA). Sin embargo, Žižek no ofrece ninguna solución de raigambre anticapitalista. Por una parte, declara que, como universalista, no le gusta un mundo en el que existen diferentes “civilizaciones” con sus propios valores y maneras de vivir. Desde más o menos la crisis migratoria de 2015-2016, Žižek ha hablado frecuentemente, con su característico estilo de trilero, sobre los derechos de las mujeres en el islam y en la cultura musulmana en general, afirmaciones que generaron una fuerte crítica en contra.


Slavoj Žižek durante la presentación de su libro «Islam y modernidad. Reflexiones blasfemas».

Žižek ha instrumentalizado el islam para atacar a sus adversarios de la “izquierda liberal”, acusándolos de sacrificar los ideales de la Ilustración en el altar de la tolerancia multicultural. El filósofo esloveno asegura que no le gusta la proposición teórica de las obras de Samuel Huntington, a saber: percibir un mundo de diferentes “civilizaciones” como el orden natural de las cosas que ha de aceptarse.

Por otra parte, Žižek apela explícitamente a que una de estas “civilizaciones” –Europa (representada por la UE)– alcance la soberanía. Según Žižek, únicamente una soberanía europea puede traer la verdadera luz del progreso al mundo, mientras señala la “lucha anticolonial” de otras regiones: “Los nuevos bloques de poder que están emergiendo en el mundo no son más que versiones del nuevo fascismo. Piénsese en el eje de Rusia-Irán-Venezuela. Europa debe ser aquí una excepción: el único lugar fiel a la Ilustración emancipatoria”.

Es difícil no darse cuenta de que Žižek, en sus últimos discursos y textos, expresa una posición agresivamente eurocéntrica que estamos acostumbrados a escuchar de la clase política de la UE. Con frecuencia lo hace exactamente con los mismos términos y con los mismos argumentos. El intelectual del escándalo rechaza la posición del internacionalismo anti-imperialista y desprecia a quienes desde la izquierda se oponen a él llamándolos “pacifistas” (peaceniks), un término peyorativo que adquirió popularidad en EEUU durante las protestas contra la Guerra de Vietnam y que ha sido usado por los halcones belicistas desde entonces.

Žižek hizo su última conferencia en el edificio mismo de Roma en el que, casi 70 años atrás, se creó el precursor de la actual Unión Europea. Todo el pathos del texto, “La Unión Europea, 70 años después”, estaba vinculado precisamente a esta fecha. Parágrafo a parágrafo, el filósofo esloveno pescaba citas de varios contextos, las arrojaba a su cesto y aplicaba su dialéctica pop a ellas para luego alimentar al público con el resultado. Su metáfora favorita de la castración supuestamente ha de explicar la actitud de los populistas de derecha hacia la Europa actual: atemorizan al electorado europeo con la idea de que el Viejo Mundo está perdiendo su fuerza masculina vital frente a los “otros”, los inmigrantes y las minorías. ¿Pero qué nos proporciona este ejercicio de trile en freudianismo? ¿Acaso nos ayuda a entender las grandes crisis, las guerras, la crisis medioambiental o el coste de la vida?

Hace un siglo Gramsci escribió sobre cómo la crisis de la hegemonía burguesa abría una ventana tanto a la revolución proletaria como al fascismo. En sus últimos discursos y textos, Žižek saca la revolución proletaria de esta ecuación, mantiene el fascismo (que interpreta de una manera peculiar) y añade la “amenaza del fundamentalismo religioso.” Esta manipulación permite a Žižek sugerir que Rusia y China están evolucionando hacia el fascismo, o que ya han llegado a él, y que los pueblos de Oriente Medio a duras penas pueden reclamar para sí proyectos revolucionarios, porque están atenazados por sus regímenes religiosos y nacional-conservadores. De los grandes países que combinan una ideología nacional con proyectos de desarrollo económico Žižek dice lo siguiente: “Así pues, las principales opciones son hoy: los restos del sueño de Fukuyama, un fundamentalismo directamente religioso y, especialmente, lo que no puedo sino llamar un fascismo soft moderadamente autoritario: un capitalismo de mercado combinado con una fuerte ideología de movilización estatal para mantener la cohesión social. Piénsese en la India de Modi”.

El autor cree que las potencias emergentes como Irán, China y Rusia se identifican de manera falsa con la lucha anticolonial. Según Žižek, su propuesta alternativa es un universalismo de otro tipo, uno en el que las “maneras de vivir político-teológicas” puede convivir en paz.

De este modo los “fundamentalistas religiosos” se encuentran en el mismo grupo que los “fascistas soft”: los talibanes, Rusia, India, China, Corea del Norte e Irán están unidos por el hecho de que, a través de las declaraciones de sus representantes oficiales, se denominan a sí mismos combatientes contra el colonialismo y el imperialismo estadounidense. En sus artículos más recientes Žižek consistentemente promueve la idea de que los regímenes autoritarios quieren resolver sus problemas internos usando la imagen de un enemigo externo. Por lo que hace a América Latina y África, el filósofo esloveno se niega incluso a considerarlas regiones donde pueda comenzar una genuina lucha por la emancipación universal.

Esta nueva manera de ver el mundo de Slavoj Žižek se enfrenta a una contradicción obvia. El capitalismo ha sido y sigue siendo un sistema de desigualdad global entre países y regiones. ¿Qué ha de hacerse con el hecho de que China fue, literalmente, una colonia británica, y que Irán ha estado luchando durante décadas por el derecho a llevar a cabo políticas independientes y controlar sus propios recursos? ¿Qué piensa Žižek de la economía global, en la que claramente hay países dependientes y claramente hay quienes han explotado esta dependencia durante siglos?

Incluso si, a un nivel retórico, el intelectual esloveno promueve la idea del universalismo, su propuesta política consiste en todo lo contrario: la lógica de exclusión y particularismo. La diferente “civilización” europea puede fracasar repetidamente en su trayectoria histórica: en el colonialismo, en el fascismo, en su falta de habilidad para resolver problemas fundamentales y superar la desigualdad global. A pesar de ello, esta Europa imaginaria recibe una y otra vez otra oportunidad, conservando su viejo papel mesiánico, en virtud de su experiencia histórica “especial” y el legado de la Ilustración.

Žižek y Rusia

El fracaso intelectual de Žižek resulta aún más obvio cuando se examina la realidad material rusa. Recurriendo al concepto demofóbico de homo putinus, Žižek equipara al parecer lo que ocurre en Rusia con lo que dicen Putin y sus funcionarios, espigando aquí y allá citas de los discursos odiosos de Putin, de Kharichev, el ideólogo del Kremlin, o del exgobernador de la región de Kaliningrado, Alikhanov. Desde el punto de vista de Žižek, la trayectoria actual de Rusia está determinada por la ideología del eurasianismo y el tradicionalismo, impuesto al país por funcionarios adeptos a esta ideología. La gente del país debe estar dispuesta a sacrificarse en la masa por el futuro del Estado.


Sociedad rusa en tiempos de guerra.

En contra de lo que afirma Žižek, repitiendo como una cacatúa los clichés de los kremlinólogos occidentales, la clase dirigente rusa es más bien un sistema complejo en el que diferentes grupos de interés chocan entre sí y no se parece para nada a un club de seguidores de Aleksander Dugin. Más importante aún, los rusos, como sociedad, probablemente están más bien poco interesados en el conservadurismo radical.


Sociedad rusa actual en tiempos de guerra.

Tenemos todos los motivos para decir que el bloque ideológico de la administración presidencial y la sociedad rusa real existen en dos planos de la realidad diferentes. El análisis sociológico (tanto cualitiativo como cuantitativo) muestra que Rusia no es un país en el que ha triunfado Dugin. La Rusia moderna es una sociedad de mercado despolitizada. Un país con uno de los mayores niveles de desigualdad económica en el mundo, donde el culto neoliberal al éxito personal es llevado al extremo. Es una sociedad en la que florecen la industria del “infopreneurship” y los coaches personales.

¿Qué idea domina de veras Rusia? Dejar atrás las penalidades económicas y el endeudamiento privado. Éste es precisamente el motivo por el que una elevada cifra de sus ciudadanos están actualmente matando y muriendo en las trincheras de Ucrania. Numerosos testimonios –quejas y protestas, mensajes en vídeo de de las familias del personal militar e incluso el debatido documental de la periodista Anastasia Trofimova– muestran la confusión sobre los objetivos de la guerra por parte de los propios participantes en ella. Después de años de la llamada Operación Militar Especial, no se han formado colas en las oficinas de reclutamiento y los soldados con contrato se mantienen gracias a incrementos salariales sin precedentes.

En vez de analizar la sociedad rusa, Žižek, como cientos de otros comentaristas occidentales, construye su análisis de la ideología rusa en convenientes citas de representantes individuales de la élite rusa.

En su discurso en Roma, Žižek analiza con toda seriedad la “lista de países que imponen actitudes neoliberales destructivas” rusa y la considera una muestra de la proximidad ideológica de Rusia a Corea del Norte y los talibanes: “Los estados en esta lista ahora son oficialmente designados ‘estados enemigos’ porque no comparten ‘los valores morales y espirituales tradicionales rusos’, no se habla para nada de un mundo multipolar, si no compartes sus valores eres un enemigo de Rusia, sin más.”

Pero lo cierto es que esta lista de 49 países duplica casi por completo otra lista, la de “paises inamistosos”, siendo la única diferencia que Eslovaquia y Hungría están ausentes de la segunda lista. Ambas están vinculadas a la política de restricciones económicas y contrasanciones de Rusia: en la actualidad Rusia se encuentra bajo una cifra récord histórica de sanciones, más de 26 mil, con Irán ocupando un segundo lugar a mucha distancia. Las listas son, sobre todo y antes que nada, parte de la política económica de Rusia.

Otro de los lugares comunes favoritos de Žižek es la analogía entre Rusia e Israel. Defiende que ambos estados niegan la existencia de grupos étnicos: en el primer caso, los ucranianos, en el segundo, los palestinos.

Merece la pena objetar aquí que, a pesar de los crímenes de guerra y el torrente de retórica xenofóba dirigida hacia los ucranianos desde la propaganda rusa y el propio Putin, esto no es claramente suficiente para equiparar a Rusia e Israel.

En la Federación Rusa vemos un aparato estatal autoritario que refuerza y reproduce una enorme desigualdad económica entre regiones, asimilando simultáneamente pueblos y culturas locales. Con todo, estamos hablando de una federación multiétnica que incluye 21 repúblicas nacionales, lo que, en sí mismo, tiene un efecto material en Rusia y puede que desempeñe un papel político en el futuro. En el caso de Israel estamos hablando de un estado etnocrático que, en la teoría y en la práctica, ha implementado ya un sistema de apartheid en su propio territorio.

Del eurocentrismo al internacionalismo

En la parte final de su discurso en Roma, el filósofo eslóveno bosqueja, al fin, una imagen del futuro: si hace 150 años el espectro del comunismo perseguía Europa y todas las fuerzas políticas intentaban darle caza, hoy el espectro es la propia Europa. Toda “civilización” encuentra razones para culpar al continente europeo de todos los males de la humanidad, por lo que, en su visión del futuro, Žižek reemplaza el proyecto comunista con la idea de la Unión Europea, que es un material preexistente. Algunos no tendrán sólo que vivir sino también morir por esta Europa, un hecho que Žižek recuerda usando frases estereotipadas que remiten a la retórica de ciertos funcionarios comunitarios. El papel de Ucrania en Europa queda reducido a una función militar y utilitaria: “La posición de la UE debería ser de apoyo incondicional a Ucrania, incluso arriesgándose a una guerra con Rusia; si Ucrania fracasa, Europa quedará mutilada. Ucrania no queda lejos, no puede no ser una preocupación de Europa: es el puesto más avanzado de Europa”.

Aunque Slavoj Žižek mantiene un patetismo izquierdista en su retórica, e incluso propone ruidosamente “separarse del cadáver de la democracia liberal”, no hay ideas alternativas más allá de esta frase, más allá de una llamada psicoterapéutica para que Europa “deje de tener miedo de sí misma.”

Continuando con su metáfora especulativa, podría afirmarse que ahora mismo este “cadáver de la democracia” está evolucionando lentamente hacia un estado zombi. Existen todos los motivos para creer que sin propuestas alternativas la UE se hundirá aún más en un pozo de crisis, combinando una desigualdad social creciente con medidas de austeridad, y ofreciendo a la clase media europea y las capas más pobres la oportunidad de mejorar su situación trabajando para el complejo militar-industrial.

Žižek, a quien tanto le gusta analizar paradojas, parece haber pasado por alto la mayor de todas: su propuesta política pasiva es punzantemente similar a lo que Vladímir Putin está haciendo con Rusia. Resulta que estas trayectorias interseccionan no sólo en el plano socioeconómico, sino también en el ideológico, de acuerdo con el cual hay una civilización excepcional en el mundo que se enfrenta a una misión histórica especial. Putin y Dugin ven a Rusia así, y Žižek ve a Europa así.

Los propios europeos, los países del Sur Global y el mundo entero tienen razones perfectamente justificables para que les desagrade y hasta odien Europa. Ante nosotros se encuentra el mundo que Europa construyó, con su legado de imperios coloniales, guerras mundiales, viejos y nuevos genocidios, extractivismo y una desigualdad estructural colosal en el comercio y la producción globales.

Žižek se queja repetidamente de que la economía de mercado no puede coordinar las crisis globales y pide a la UE que actúe. Pero al mismo no tiempo nada dice de que los verdaderos intentos por coordinar la economía sobre un principio de igualdad a nivel internacional han venido históricamente de los países del Segundo y Tercer Mundo. El último intento serio de una coordinación así fue el proyecto del Nuevo Orden Económico Internacional.

Este proyecto fue activamente promovido por los países del Movimiento de No-Alineados en las agencias de la ONU en los setenta. Con el lema “comercio, no ayuda”, el Sur Global reclamó soberanía incondicional sobre sus propios recursos naturales y mecanismos para controlar a las corporaciones transnacionales, así como garantías para la transferencia tecnológica, con el objetivo de desarrollar sus propias industrias y romper la dependencia sistémica. La base ideológica de esta teoría fueron las ideas de teóricos de la independencia y neomarxistas como Raúl Prebisch y Samir Amin.

El proyecto no fue simplemente un “club de debate”: fue la culminación de una lucha desde los países de la periferia que en los años sesenta se organizaron en el bloque político del “grupo de los 77” y forzaron a los países del centro a participar en un diálogo sistémico. Gracias a la presión de este bloque el papel de la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Comercio y Desarrollo (UNCTAD) se incrementó significativamente. Ésta fue la primera plataforma global que defendió abiertamente los intereses de los países en vías de desarrollo. El mecanismo de intercambio desigual fue descrito con tanta precisión que sigue siendo a día de hoy la base de la crítica económica decolonial. El legado de este proyecto vive en nuestros días en nuevas iniciativas.

La crisis de deuda y la reacción neoliberal de los ochenta enterró este proyecto en su fase activa: en vez de una coordinación igualitaria, los países de la periferia recibieron programas de ajuste estructural vinculados a condiciones draconianas del FMI. Las instituciones financieras internacionales fozaron a los países a eliminar barreras comerciales y a emprender privatizaciones a gran escala. El paradigma neoclásico, con su dogma de “libre mercado” y la teoría ricardiana de ventaja comparativa ayudaron a justificar el abandono de los países de la periferia de su propia industrialización, actitudes que se convirtieron en la corriente central de la economía durante mucho tiempo.

Žižek también se muestra agresivo hacia los BRICS. Sin caer en su idealización o exagerar su importancia, debe admitirse que los países de los BRICS desempeñan hoy un papel mucho mayor en la economía global que la UE. Luchar contra esta realidad es como luchar contra molinos de viento. Pero si los BRICS no son una alternativa, ¿dónde deberíamos mirar hoy, especialmente desde Europa?

El intelectual esloveno elogia al presidente español Pedro Sánchez como un dirigente más responsable cuando rechaza apoyar la invasión militar de Irán por parte de los EEUU e Israel. Sin embargo, la diferencia más clara entre las políticas de Sánchez y las propuestas de Žižek es precisamente que el primero construye puentes entre Europa y el Sur Global e incluso promueve la cooperación entre los propios países del Sur Global.

Durante su reciente visita a China, Sánchez hizo un discurso en el que afirmó que el mundo multipolar no es una amenaza, sino la realidad objetiva en la que vivimos. Al mismo tiempo, la multipolaridad no debe caer por la pendiente al caos del egoísmo soberano y el derecho del más fuerte. Debe apoyarse en el multilateralismo, un sistema de acuerdos multilaterales funcionales. Sánchez insiste en que los centros de poder regionales deben ser parte de las instituciones globales, ante todo la ONU, donde es posible equilibrar los intereses de todos los países bajo el principio de equidad. El verdadero objetivo de la multipolaridad es reimpulsar y democratizar la legislación internacional.

Literalmente días después de regresar de Asia, Sánchez inauguró un congreso multitudinario de fuerzas de la izquierda en Barcelona en el que reunió a dirigentes clave del Sur Global y del centro-izquierda. La agenda del foro se dedicó precisamente a los principales proyectos institucionales. La presidenta de México, Claudia Sheinbaum, presentó un proyecto que permitiría que los presupuestos militares de los estados se recondujesen a la protección medioambiental. Lula da Silva presionó para que se introdujese un impuesto global a la riqueza. El gobierno español está diseñando un plan para el control democrático de los monopolios digitales.

Los actuales intentos por impulsar una política progresista a nivel global se realizan desde países y regiones que, según el análisis del intelectual esloveno, han de categorizarse como sin esperanza o incluso “enemigas”, especialmente si nos fijamos en el descomunal éxito de China en la transición energética. A pesar de todo lo anterior, Slavoj Žižek se niega a considerar una cooperación internacional en un sentido progresista. Aún más revelador es el hecho de que el filósofo evite cualquier crítica de peso hacia la propia Europa. Aunque su posición parezca radical resulta sorprendentemente conciliadora hacia las élites europeas y no nos dice nada sobre las contradicciones sociales más importantes.

Slavoj Žižek tiene un célebre chiste verde y políticamente incorrecto sobre cómo, en el Rus medieval, un guerrero mongol viola una mujer campesina rusa y obliga a su marido a sostenerle los testículos para que se no llenen de polvo. Cuando el guerrero se marcha, la mujer mira con lágrimas mientras su marido parece exultante. ¿Por qué? Porque saboteó la orden y dejó que los testículos del mongol se llenasen de polvo. El campesino contempló esta transgresión menor como una victoria. Žižek ilustraba con esta anécdota el trabajo de los intelectuales críticos contemporáneos, participantes en subversiones simbólicas menores al mismo tiempo que no suponen ninguna amenaza real al sistema, ya que nunca se les ocurre que podrían “cortarle las pelotas” a quienes tienen el poder.

Quizá la superestrella de la filosofía izquierdista y todos sus simpatizantes deberían considerar que el método dialéctico pierde su significado si se elimina de él la crítica al capitalismo y se la reemplaza con una escatología mezclada con narativas chovinistas. Si Slavoj Žižek repite como una cacatúa la retórica de los burócratas de la Unión Europea, ¿entonces qué papel está interpretando él hoy en el chiste verde?


Fuente: El Salto