sábado, 27 de junio de 2026

De Correa y Evo Morales a Milei y Fujimori: el giro de América Latina hacia la extrema derecha

 

      Periodista. Master en Estudios Avanzados en Comunicación política.


En la última década, en la región han proliferado gobiernos conservadores de sesgo ultraliberal y estética MAGA aupados por el malestar económico, la polarización política y el desgaste de los partidos de izquierdas


Cuernos vikingos, gorras MAGA, conejos QAnon, ranas de ultraderecha y banderas confederadas_ los símbolos de la estética ultra en Estados Unidos.



     Primero fue Nayib Bukele y su autocracia carcelaria del terror en El Salvador.


Megacárcel de Bukele en El Salvador.

Luego Javier Milei y su motosierra para cercenar derechos y amputar servicios públicos en Argentina.


Javier Milei, una motosierra contra la educación y la cultura.

Unas semanas más tarde, Daniel Noboa llegó al poder en Ecuador con la idea de militarizar el país bajo el pretexto de combatir el crimen.


El presidente de Ecuador, Daniel Noboa, durante su informe presidencial en la Asamblea Nacional el pasado 24 de mayo.

Rodrigo Paz ha hecho de los recortes y las bajadas de impuestos a los ricos y las empresas su seña de identidad en Bolivia.


Huelga de hambre de mujeres contra el decreto 5503 en Bolivia.

En Chile, José Antonio Kast presume de ser el hijo de un oficial nazi que ocultó su identidad para escapar de la justicia, y como pinochetista, pretende consumar la transformación ultraliberal de la economía del país.


José Antonio Kast, líder del Partido Republicano en Chile.


Y Nasry Asfura, además de presidente de Honduras, es uno de los nombres de los Pandora Papers, y acumula acusaciones de corrupción y desvío de fondos públicos.


Nasry Asfura.


Pandora Papers.


Desde 2019, América Latina ha ido girando progresivamente hacia opciones políticas de extrema derecha, aupando a gobiernos de corte conservador y modificando el equilibrio político de la región, donde en la anterior década habían predominado los dirigentes de izquierdas.


Una persona introduce su voto en la urna durante las elecciones presidenciales de Haití, en Puerto Príncipe.

Los últimos casos que confirman esta tendencia son los de Perú y Colombia, donde Keiko Fujimori acaba de proclamarse vencedora de los comicios peruanos por apenas 43.000 votos, y Abelardo de la Espriella es el flamante ganador de la segunda vuelta de las presidenciales colombianas.


En el barrio de Miraflores, en Lima, una voluntaria de la campaña electoral de la candidata al Senado Sitza Romero, de Fuerza Popular.

Seguidora del Pacto Histórico el día de la segunda vuelta de las elecciones en Colombia.

Crisis económica, populismo y desgaste de la izquierda

A pesar de que cada país cuenta con sus propias lógicas y circunstancias internas que explican el cambio de tendencia, existen factores comunes a todos los casos, que tienen que ver con el malestar social por la situación económica, la desafección política, el desgaste de los ejecutivos de izquierdas que habían gobernado antes en varios de esos países, el giro del discurso político hacia temas como la seguridad, el crimen organizado o la inflación, y la aparición de líderes populistas que prometen soluciones rápidas a todos estos problemas.

Otro elemento común es la inspiración en el ideario y la puesta en escena del MAGA de Donald Trump en Estados Unidos, con promesas centradas en las bajadas de impuestos y la recuperación del orden.


Trump y su gorra MAGA.

Hace unos años, la revista Electoral Studies publicó un estudio donde se establece una clara relación entre tasas de criminalidad y comportamiento electoral en países latinoamericanos como El Salvador u Honduras, demostrando cómo los líderes de extrema derecha explotan la baza de la inseguridad ciudadana para atraer votos. Por su parte, el último informe sobre la región publicado en mayo por el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) sostiene que América Latina y el Caribe se han convertido en la zona más polarizada del mundo, con una dinámica en la que la política deja de ser una disputa de ideas para convertirse en un choque entre bloques irreconciliables. El organismo advierte además de que esa tensión tiene lugar en un clima donde ha aumentado la violencia política y la desconfianza institucional, y ha crecido la insatisfacción ciudadana con la democracia como modelo de convivencia.

Sin embargo, en su análisis sobre las elecciones en América Latina durante este 2026, los investigadores del Real Instituto Elcano Carlos Malamud y Rogelio Núñez aseguran que no basta con hablar de una sola “ola derechista” porque el fenómeno mezcla factores regionales y dinámicas nacionales distintas. Además, señalan que el voto de castigo y la búsqueda de alternativas de orden y estabilidad están favoreciendo a los partidos de derecha en varios países, sin que eso signifique un patrón único ni una misma fórmula política en toda la región.

El politólogo argentino Andrés Malamud lleva años defendiendo que el rasgo dominante en América Latina ya no es tanto la polarización ideológica como la crisis de representación. Malamud cree que este fenómeno responde a la descomposición de los sistemas de partidos tradicionales y al voto contra los gobiernos en ejercicio más que a una consolidación de izquierdas o derechas: “En ocho de cada diez elecciones recientes triunfaron fuerzas que ni siquiera existían una década antes”, expone, y añade que “más de la mitad de los partidos en Latinoamérica creados en el siglo XXI que llegaron a la presidencia ya han desaparecido”.

Malamud también habla de que “América Latina está viviendo la trampa de las democracias mediocres” e insiste en que la democracia está funcionando únicamente como reemplazo de élites y no como un sistema que mejores la gobernabilidad, algo que contribuye a esa crisis de representación y que los ciclos de desgaste de los gobiernos electos se aceleren. “Somos gobernados por personas que no fueron preparadas para eso”, remarca, y asegura que “lo que nos está pasando en América Latina también está pasando en Occidente. No nos pasa solamente a nosotros”.

El Salvador: el modelo absolutista que sus vecinos intentan replicar

El Salvador es el caso más extremo de concentración de poder dentro de este giro a la derecha en la región. Nayib Bukele llegó al Gobierno en 2019 y, desde entonces, ha ido acumulando poder político e institucional en torno a su figura, hasta el punto de conseguir eliminar la limitación de mandatos. Su medida estrella es la guerra sin cuartel contra las bandas criminales, incluso violando derechos humanos y libertades fundamentales.


Familires de detenidos por participar en protestas en El Salvador.

Desde 2022, el gobierno salvadoreño ha mantenido un régimen de excepción que suspende determinadas garantías constitucionales en el marco de la lucha contra las pandillas, una medida que el parlamento ha prorrogado en múltiples ocasiones.


Muñecos de Nayib Bukele en El Salvador.

Estas políticas han reducido significativamente la tasa de homicidios en el país, pero varias organizaciones internacionales y de defensa de los derechos humanos como Human Rights Watch o la propia ONU han denunciado detenciones masivas, falta de garantías procesales y la inmensa concentración de poder en el Ejecutivo.

Aun así, el modelo salvadoreño se ha convertido en un ejemplo para varios líderes latinoamericanos que enarbolan el mismo discurso de fortalecer la seguridad y el orden en contextos de crisis, y otros gobiernos de la región, como el ecuatoriano, han intentado dar pasos en la misma línea.


El rey Felipe VI junto al presidente de la República de El Salvador, Nayib Bukele, tras su investidura el 1 de junio de 2024.

Argentina: el punto de inflexión

Javier Milei llegó a la Presidencia de Argentina a finales de 2023, en un contexto de profunda crisis económica marcada por la elevada inflación. En su campaña electoral, Milei articuló un discurso duro de fuerte crítica al intervencionismo del Estado, y lanzó propuestas basadas en la reducción del gasto público, la “dolarización” de la economía y el despliegue de una amplia batería de privatizaciones de empresas y servicios públicos.


Javier Milei le regala una motosierra a Elon Musk, que la muestra orgullosamente.

Al mismo tiempo, Milei cargaba contra las élites y el establishment argentino. Tres años después, el paro en Argentina ha pasado del 5,7% al casi el 8%, y la inflación que prometió reducir no baja del 3%.

En la victoria de Milei también pesó el desgaste del peronismo encarnado en la figura del anterior presidente, Alberto Fernández, y la fragmentación interna de las coaliciones tradicionales del centroizquierda. Desde entonces, en la región se han producido vuelcos de poder similares, donde las fuerzas de la derecha han ampliado considerablemente sus bases electorales.

Ecuador: continuidad de mano dura

En Ecuador, la continuidad de Daniel Noboa confirma el giro conservador en América Latina. Noboa fue reelegido en 2025, en un contexto marcado por episodios de violencia asociados al crimen organizado y el narcotráfico. Como en el caso de El Salvador, este factor ha sido clave. Durante la campaña electoral, Noboa prometió mano dura y estabilidad, y una vez llegó al gobierno consiguió centrar el debate público en torno a la seguridad y el control del territorio.

Junto a esto, los ciclos electorales ecuatorianos más recientes también se han desarrollado en un escenario de gran polarización política, y una clara fragmentación del sistema de partidos que ha contribuido a la inestabilidad institucional del país. Del socialista Correa y su “Revolución Ciudadana” se pasó primero a Lenín Moreno, con una agenda claramente neoliberal, y después el banquero Guillermo Lasso continuó la tendencia hasta la llegada al poder de Noboa.

Bolivia: inestabilidad tras 20 años de Evo Morales

Bolivia constituye uno de los casos más complejos dentro de este cambio de tendencia en América Latina. En las elecciones generales de agosto de 2025, el país abrió un nuevo ciclo político tras casi dos décadas de hegemonía del Movimiento al Socialismo (MAS) de Evo Morales y Jorge Quiroga. En 2019 se produjo un golpe de Estado contra Morales, al que acusaron de fraude electoral, y durante un año el Gobierno estuvo en manos de la liberal conservadora Jeanine Áñez.


Un militar coloca la banda presidencial a la flamante presidenta de Bolivia, Jeanine Áñez, designada sin la participación de la Asamblea Legislativa, en donde el MAS tiene mayoría absoluta.

Un año después, en 2020, las elecciones le dieron la victoria a Luis Arce (MAS), pero aunque su partido había mantenido el control del Ejecutivo y una parte importante del aparato legislativo, las tensiones internas entre Arce y Evo Morales acabaron dividiendo poco a poco al bloque oficialista. En los últimos comicios de 2025, en la campaña estuvieron presentes el deterioro económico del país por la escasez de divisas y las protestas de una parte importante de la población indígena contra la inhabilitación de Evo Morales por parte del Tribunal Constitucional boliviano.

Perú y Colombia: Victorias por menos del 1% de los votos

El resultado de las elecciones presidenciales de Perú y Colombia celebradas a lo largo de estas últimas semanas han continuado en la línea del giro conservador producido en otros países de la zona. Sin embargo, en ambos países los márgenes de victoria no llegan al 1%.

En Perú, la candidata de derechas Keiko Fujimori —que se presentaba por cuarta vez consecutiva a unas elecciones generales—, ha obtenido el 50,11% de los votos en la segunda vuelta frente al 49,88% de su rival, el izquierdista Roberto Sánchez.


Keiko Fujimori en un acto de la campaña presidencial del Perú en las elecciones de 2026.

Hace unos días Sánchez pidió sin éxito anular la votación de los peruanos en el exterior al entender que existe fraude porque los consulados no tienen la obligación de remitir digitalmente los resultados de la votación en el extranjero y enviar las actas físicas a Lima para que sean escrutadas. En cualquier caso, el líder del partido Juntos por el Perú, ya ha anunciado que no reconocerá al gobierno de Fujimori.

En el caso colombiano, la segunda vuelta de los comicios dio la victoria a Abelardo de la Espriella, con el 49,6% de los votos frente al 48,7% de Iván Cepeda. Como en el caso ecuatoriano y de El Salvador, la campaña electoral de De la Espriella se centró en propuestas dirigidas a endurecer las políticas contra el crimen organizado y el narcotráfico, y promesas económicas sobre la reducción del tamaño del Estado y el recorte del gasto público.


Abelardo de la Espriella, líder del movimiento colombiano Defensores de la Patria.

Tras hacerse públicos los resultados, miles de personas organizaron manifestaciones en ciudades como Bogotá y Cali contra la victoria de De la Espriella. Por su parte, el expresidente Gustavo Petro pidió calma, aunque evitó reconocer de inmediato los resultados.


Fuente: El Salto

jueves, 25 de junio de 2026

EEUU y el proyecto sionista tras la guerra contra Irán: su nuevo Oriente Medio (el de siempre) o el caos

 

      Arabista en la Universidad Autónoma de Madrid.


A pesar de los reveses, los mandamases israelíes no han renunciado a su gran proyecto de Oriente Medio, con su ruta comercial entre la India y Europa dirigida desde Tel Aviv y los estados árabes y musulmanes paciendo dócilmente de los llamados acuerdos de Abraham


Trump participa en una conferencia de prensa bilateral con Benjamin Netanyahu, el lunes 29 de diciembre de 2025.


     Durante el nuevo capítulo de este esperpento llamado proceso de negociación entre Irán y Estados Unidos —ahora en Suiza desde la tercera semana de junio— estamos asistiendo a una escenografía habitual. La conocemos desde que el ejército de Washington y su aliado el régimen de Tel Aviv dijeron detener los ataques contra objetivos iraníes el pasado mayo: la confusión. Los negociadores de Teherán ya ni se inmutan cuando escuchan las declaraciones de los representantes de la Administración estadounidense, o sus medios de comunicación, o las sandeces incontenidas del fantoche de presidente que tienen, hablando de que los iraníes han aceptado esto o aquello; o que les van a fulminar como no hagan así o asá; o que la guerra la han ganado ellos y tienen derecho a imponer sus condiciones.

Un día te sacan un memorando de 14 puntos, con unas cláusulas aparentemente claras, y al día siguiente te salen con interpretaciones y lecturas sorprendentes de lo que días atrás habían dado por evidente.


Trump firma el memorándum de entendimiento con Irán delante del presidente francés, Emmanuel Macron.

Aquel memorando había servido, dijeron la semana pasada, para poner fin a la contienda; hoy, sus negociadores lo están utilizando para retorcer el sentido de las palabras, volver a discusiones que se creían superadas y, en definitiva, alimentar este magma de caos e incertidumbre en que la política de EEUU ha convertido Oriente Medio.

Puede debatirse por extenso si Washington, y el repelente niño Vicente de Oriente, el régimen de Tel Aviv, han perdido o no la guerra que iniciaron contra Irán el 28 de febrero pasado.


Ataque aéreo israelí contra Teherán (24-06-2025).

Lo que está fuera de toda duda es que no la han ganado. Lo que se presentaba como un paseo imperial de F-15, 16, 32 y compañía, de drones de ultimísima gama y hasta comandos de robocops y másteres del universo haciendo picnics y fotos chic en los “secretísimos” almacenes nucleares subterráneos de los iraníes devino en colosal chasco. Uno escucha la farfolla petulante de su turbio e insufrible presidente, propagada por las redes y sus apariciones en la Casa Blanca cual diarrea colérica estival, e imagina que obtuvieron un éxito total, habiendo destruido todo el ejército, toda la armada y toda la reserva balística de los iraníes.

Pero la realidad, maquillada por los medios de comunicación occidentales, en su gran mayoría sometidos a los dictados ideológicos de sus patrones prosionistas y “neoliberales” (suponiendo que alguien sepa lo que significa eso), cuenta otra cosa. Teherán no solo fue capaz de contener la embestida sino que neutralizó las bases estadounidenses en los países del Golfo, restringió la libertad de movimientos de los aviones de última generación de Washington y obligó a sus gigantescos portaaviones a buscar resguardo lejos del Estrecho de Hormuz.

EE UU no sólo ha sufrido un menoscabo evidente de su imagen de gran potencia militar y económica; su capacidad para seguir liberando eso que llaman el “mundo libre” (que tampoco sabemos lo que es) ha quedado reducida, disputada en Europa incluso por quienes se pensaba eran sus principales aliados. Las petromonarquías árabes, cuyas dinastías reinantes han fiado durante décadas su estabilidad al apoyo militar y diplomático de Washington, se preguntan hoy de qué sirve invertir miles de millones en compras jugosas de armamento e inversiones millonarias en suelo estadounidense si ni las bases ni los contingentes armados de aquella son capaces de librarles de los bombardeos de un hatajo de ayatolás locos, primitivos y rencorosos.

Grandes naciones de esas que llaman “emergentes” como la India sienten que las consecuencias de esta guerra que casi nadie ha comprendido las han terminado pagando ellos. Los indios, al igual que los japoneses, los coreanos, los filipinos y el resto de naciones extremo asiáticas, perciben que ellos, junto con los emiratos, reinos y sultanatos de la Península arábiga, son los grandes paganos de la astracanada iraní. El cierre de Hormuz y el corte de las rutas marítimas hacia el Índico, no sólo para los flujos de petróleo y gas, ha derivado en cortes de suministro a la población, el repunte de los precios y deterioro de la actividad industrial. Los segundos, con Emiratos Árabes Unidos a la cabeza, han tenido que cerrar empresas y renunciar temporalmente a su sueño de convertir la región del Golfo en un santuario turístico. Sus depósitos y petroleros siguen languideciendo, cargados de toneladas de crudo. Unos y otros se preguntan si con protectores como EE UU, a la postre tan poco fiables, no valdrá más entenderse con Irán; o con China, el exitoso convidado de piedra de esta nueva bufonada imperial.

Pero los reveses militares no constituyen, aún, impedimento para que los dirigentes estadounidenses intenten lograr los mismos objetivos por otros medios. Para eso están las negociaciones y procesos de paz, para embarrarlos, llenarlos de trampas, marcar las cartas para que la última palabra esté siempre de nuestro lado. El citado memorándum de los 14 puntos incluía en el primer párrafo, y repetido, que las hostilidades cesarían en todos los frentes, incluido el libanés.


Una madre y su hijo observan el bombardeo de su barrio, en el centro de Beirut, el 12 de marzo.

El régimen de Tel Aviv ha seguido extendiendo sus posiciones en el sur de Líbano, sin dejar de bombardear localidades del centro del país.


Un residente de Nabi Chit pasea por el centro de la localidad, convertido ahora en un escenario de ruinas y soledad.

Ahora los negociadores estadounidenses sostienen que mientras Hezbolá “siga por allí” los israelíes tienen derecho a llevar a cabo tales acciones. Pero el caso es que el memorando en cuestión no dice eso, sino que insiste en el cese de hostilidades, sin más.

La lectura creativa de los acuerdos y supuestos entendimientos se ha convertido en arte para los mediadores estadounidenses y sus protegidos en Tel Aviv. Si un papel dice que se levantarán las sanciones a Irán, inmediatamente después de declararse el alto el fuego, un negociador te dice después que sí pero que hay que negociarlo antes. Y esto aplica al resto de supuestos puntos acordados. El caos, el ruido, la confusión, la defenestración de las instituciones y organismos internacionales que ellos mismos habían creado para asegurar la hegemonía occidental… todo eso constituye hoy la principal baza de capitalismo sionistoide actual para continuar manipulando la región más sensible del planeta.

Casi nadie  se acuerda de Gaza pero allí, tras otra campaña militar que no resultó tan exitosa como esperaban, el régimen de Tel Aviv está asfixiando poco a poco a la población, obligándola a morir de hambre y asco o a marcharse. Nadie estamos haciendo nada para evitarlo; y la tragedia la escribieron quienes impusieron el pretendido acuerdo de paz que detuvo, dicen, el “genocidio” perpetrado por el régimen de Tel Aviv.

Las hordas israelíes siguen haciendo sitio para, quién sabe, posibles asentamientos en el sur de Líbano, también con entendimientos y negociaciones con el gobierno de Beirut. Las incursiones de esas mismas tropas en territorio sirio están dando lugar a “nuevas realidades sobre el terreno”, como dicen los prebostes del sionismo colonialista actual —eufemismo para adquisiciones territoriales—; a pesar de los reveses, los mandamases israelíes no han renunciado a su gran proyecto de Oriente Medio, con su ruta comercial entre la India y Europa dirigida desde Tel Aviv y los estados árabes y musulmanes paciendo dócilmente de los llamados acuerdos de Abraham o “normalización” diplomática.

Sin embargo, las estrategias del caos, la confusión y el cisco tienen sus riesgos. Como nadie imagina qué ocurrencia vas a tener dentro de cinco minutos ni con quién estás negociando ni sobre qué, ni tampoco si lo que afirmas es verdad, los aliados del presidente estadounidense se impacientan. Los rifirrafes con el primer ministro israelí o destacados representantes del régimen israelí son, evidentemente, parte de la escenografía de una confusión teledirigida; pero revelan, asimismo, carencia de fe en este maquiavélico juego. Trump no se aleja mucho de la verdad cuando dice que su segunda elección como presidente pulverizó registros de popularidad, votos y dominio en el poder legislativo y ejecutivo pocas veces vistos en EE UU; pero calla, porque desea hacer encallar a los suyos en una realidad paralela virtual, que en sólo un año y medio de mandato ha acelerado el declive de su programa hegemónico.

El mundo no ha hecho nada para evitar los crímenes del evangelismo sionista en Palestina, cierto, pero cada vez hay más voces que hablan abiertamente del carácter colonialista racista de la ocupación del territorio palestino. Parece poco pero hace veinte o incluso diez años la narrativa pro sionista gozaba de una supremacía en los grandes medios y ámbitos sociales occidentales que ya se está viendo contestada.

El farandulismo del presidente estadounidense, sus mentiras, su zafiedad, su ineptitud, está avivando el “peligro” del socialismo estadounidense (otra cosa ignota), en forma de candidatos políticos que, en sitios tan revolucionarios como Nueva York, hablan de colectivizar la riqueza y enfrentarse al sionismo depredador. La perla de este trumpismo desbocado —o el estado profundo estadounidense se quita de en medio a este pelele con ínfulas o el imperio no les dura una década— es la emergencia de una potencia regional inusitadamente altanera como es Irán, que se permite cosas nunca vistas como retirarse de las negociaciones o cerrar y reabrir según le convenga la ruta marítima más importante del planeta. El nuevo oriente soñado, rendido a las transacciones del gran capital y la ideología de un sionismo-neo cristiano, ha sufrido un duro golpe. Nos queda, empero, el festival de la farfolla y la confusión.


Fuente: El Salto