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Un nuevo fantasma recorre la izquierda española instalando en ella, o al menos en sus dirigentes, un miedo cerval, muy agitado, porque en su perspectiva asustadiza la derecha y la derechona ultra van a ganar las próximas elecciones generales, y el mundo se nos vendrá encima: hay, pues, que evitarlo como sea, en primer lugar, consiguiendo la unidad de la izquierda, ahora troceada, enfrentada y condolida.
Mientras, las circunstancias históricas nos aportan un gang de criminales internacionales que andan sueltos machacando y atemorizando al planeta con total impunidad, con la simpatía de los ultras de todo el mundo. Ahí, en la parte canalla de la política internacional, forman la derecha y la derechona ultra españolas, ante las que esta izquierda nuestra interpone poco más que discursos de denuncia y condena, pero no una resistencia activa generalizada que señale acusadora y desabridamente a los personajes felones de nuestra actualidad entreguista y también de nuestro vergonzante pasado político: concretamente a aquellos que nos vincularon a la OTAN supremacista y que reconocieron al terrorista Estado de Israel.
Y, como telón de fondo aún más persistente, las circunstancias ecológicas locales y planetarias nos plantan ante una degradación generalizada de cuanto entendemos por medio ambiente: aire, suelo y aguas escarnecidos, recursos y paisajes agotados o deformados, salud física y mental en pérdidas galopantes, alimentación tóxica por su origen industrial, sistema productivo entrópico, ciego y necio, consumismo insaciable…
Una izquierda en peligro: crisis de identidad y de sentido
La izquierda (los partidos), institucionalizada y europeísta, está absolutamente integrada en el sistema y ha renunciado a la pedagogía política, lo que es catastrófico. Una izquierda que se declare europeísta, y así se lo crea, nunca podrá ser verdadera izquierda: de Europa no queda ningún secreto pendiente que mueva a esperanza o asimilación a justicia o equidad. Y nunca está de más advertir sobre esa pasión por el pesebre nutricio del Parlamento Europeo, del que poco más que un pasto adormecedor cabe esperar: tan clara es la perspectiva, fundacional y funcional, de que nunca una izquierda militante podrá gobernar a la Unión Europea, ya que su férrea, y a la vez tramposa, definición de democracia así lo prevé.
Entre los fallos sistémicos de la izquierda figura su repelús a criticar la democracia en la que se nos instaló a la muerte de Franco y con la Transición. Podemos ha querido hacerlo, pero sus dirigentes se sabían la teoría, no la práctica, y además tenían demasiada prisa, así que cayeron en el precipicio insondable de la inepcia. Esta izquierda no quiere reconocer que en el sistema capitalista la democracia siempre está falseada, mediatizada y envilecida, y solo excepcionalmente merece una defensa a ultranza. Acompañando a esa “liviandad” crítica con la democracia, se impone la llamada del confort (y algo más), a figurar en las instituciones disfrutando de estatus, sueldo y relaciones, todo lo cual actúa como un auténtico veneno que inocula a los más débiles de mente, flojos en ideología y reacios al esfuerzo.
En cualquier caso, hay que frenar esa -al parecer, irresistible- social democratización de la izquierda, que es el proceso en el que está incursa desde hace tiempo y que ahora, con ese presuroso malestar, ha de revisar a fondo, revirtiéndolo decididamente. Porque hacer política implica luchar por unos ideales y mantenerlos, y si estos se convierten en inalcanzables, o se abandona la tarea (¡hay tantas cosas interesantes por las que trabajar y tantas necesidades sociales que cubrir desde la lucha ciudadana!) o se revisan y cambian el rumbo y la marcha, pero no los ideales.
Para ser, como debe, universalista esta izquierda tiene que dejar de ser “estructural y militantemente” occidentalista, y abrirse mucho más programática y activamente a lo que no es ni significa Occidente: lección pendiente, urgente de acometer. Y para despegarse mínimamente de ese occidentalismo rancio e inane (cuando no asesino: miremos al panorama internacional), esta izquierda en revisión debiera ir retirando el término “progresismo” de su discurso esperanzador, ya que ni en lo humano ni en lo social cabe tal lema, y ello lo certifican el pensamiento filosófico y sociológico, así como el político; la idea de progreso solo es ya “funcional” para las políticas económicas más falsas y cerriles. El escenario en que se mueve la izquierda es el de un mundo de progreso que es herencia tanto liberal como marxista, por lo que se hace necesario revisar de una vez ese concepto, carente de sentido y contenido.
Que no se tenga miedo ni rubor a reconocer que para construir un futuro posible es necesario mirar al pasado extrayendo lecciones, recuperando pérdidas, haciendo justicia a culturas, movimientos y líderes que generaron esperanza a partir de valores auténticos que la estupidez ambiente ha ido negando o reduciéndolos al ridículo o la obsolescencia; y sin miedo a convertir la nostalgia en arma imbatible de combate. Que sea izquierda, izquierdas e izquierdismo la terminología que se use y maneje, ya que por tradición y necesidad ha de enfrentarse a la derecha, las derechas (que incluyen a la socialdemocracia), la derechona (con sus integristas, cristiano-hipócritas y conservadores de toda laya) y la ultraderecha (esa peste parda que ni escarmienta ni cede en su arrogancia montaraz).
En este contexto, la izquierda debiera centrar todo su esfuerzo en lo esencial: construir una sociedad consciente, con cultura política y combativa, capaz de, llegado el momento, forzar los cambios estructurales necesarios. Históricamente, los momentos de cambio más profundos han venido precedidos por largos procesos de politización social, tejido asociativo y disposición a asumir costes y renuncias. Procesos acumulativos donde la gente no solo “reciba mensajes”, sino que piense, discuta, se organice y actúe y esto no es compatible con dinámicas aceleradas, mensajes simplificados o estrategias puramente comunicativas.
El poso de las cosas y de las ideas se asienta con tiempo y paciencia; no hay otra fórmula. Pretender ensanchar el espacio electoral utilizando herramientas-trampa, como las redes sociales, sin cuestionar la lógica que imponen, empuja hacia consignas en lugar de argumentos, reacción en lugar de reflexión e identidad en lugar de análisis. Es como tratar de hacer pedagogía en un entorno diseñado para impedirla. Construir una sociedad más consciente implica renunciar a ciertos privilegios, exige trabajo sostenido y requiere otros ritmos y espacios que no se rigen por la lógica inmediata del impacto ni por los ciclos electorales. Sin embargo, la política institucional -también para la izquierda- es un filón inagotable que, con frecuencia, domestica y distrae de ese horizonte de transformación. Tras dos legislaturas seguidas en el Gobierno, la distancia entre la cabeza -los liderazgos- y el músculo de la izquierda, es decir, la militancia activa en los movimientos sociales (cada vez más escasa, por cierto), se ha ampliado notablemente. Pensando en Izquierda Unida, no resulta fácil diferenciar sus posicionamientos de los del propio Gobierno. Se ha renunciado a la crítica y a la confrontación ideológica en favor de intereses partidistas y electorales, empobreciendo así el debate público. Apenas se explican alternativas sistémicas ni se defienden las ideas con argumentos: se asume la alternativa “menos mala”, apelando a que “hay que saber leer el momento político”, a que “la correlación de fuerzas es la que es” o a que “la alternativa -derecha o ultraderecha- sería mucho peor”. En ese desplazamiento, la política partidista se repliega en lo defensivo: el cambio solo se simboliza, pero no se ejecuta. No hay horizonte.
Participar en un gobierno de coalición, y esto es de sobra conocido, supone un peaje y una servidumbre. Los ministros de izquierda harán que la izquierda, seguramente, pague caro el haber formado parte de un Gobierno socialista, un lastre innecesario, perdiendo lo esencial por el camino y solidarizándose, lo quieran o no, con todas las políticas decididas en el Consejo de Ministros. Por ejemplo, apoyando el envío de armas a lo que es una guerra de procuración de Occidente contra Rusia en Ucrania: sorprende la incapacidad de afrontar sucesos internacionales como este acoso de la OTAN a Rusia y la respuesta de ésta, que solo puede suscitar condena si el análisis no se funda en la historia y en la geopolítica; o el silencio con Cuba, al que llevan una (cínica) escrupulosidad democrática y una (cobarde) contemporización con el Imperio hegemonista. Por no aludir al comportamiento ante el problema del Sáhara, por el que sigue hirviendo la opinión pública española: ese alineamiento con la “autonomía” que propone Marruecos, florón de la hipocresía de nuestra política exterior, no conmovió gran cosa a nuestros izquierdistas coaligados. Nada de eso es estar contra la guerra o por la moral internacional. Esta orientación política sostenida en el tiempo, se diga lo que se diga, es alineamiento.
Falta coraje, sobra cálculo y, por si fuera poco, no tenemos referentes de calidad ni mucho menos ejemplarizantes. Y asombra contemplar la deriva de Maíllo, máximo representante de IU, plegado a los posicionamientos del Gobierno: se asemeja más a un ministro o portavoz del Ejecutivo que al líder de la organización política de izquierdas más consolidada y con más patrimonio político y ético del país. (Por cierto, que IU debiera proceder a un congreso extraordinario y ajustarse los machos: de esta bulla entorpecedora es ella la formación más sólida, experimentada y con mayor implantación municipal; y se seleccione a los mejores, no necesariamente a oportunistas o aparatchiks del partido, conformes con ocupar ese reducido espacio político en que ha quedado su trasiego histórico, ahora casi una ruina testimonial. Despéjese de complejos y prudencias, háblele fuerte a Podemos y Sumar y exprésese con la fuerza de su herencia y su ética resistente.)
Rufián y la cuadratura del círculo: la izquierda no puede ser nacionalista
Los movimientos de actualidad obligan a afrontar esa postulación por unir y liderar a la izquierda que ha encabezado Gabriel Rufián, de Esquerra Republicana de Cataluña, acompañado de algunos políticos que, más bien desconocidos, recuerdan inevitablemente a los momentos -arrebatadores pero oportunistas- del 15 M. Pero dejando aparte tanto lo que de ventajista pueda tener esa iniciativa, como también la peripecia personal del personaje, resulta sorprendente tener que encajar que el hijo de emigrantes jienenses en Cataluña resultara un día nacionalista. Esto, que no es un caso raro ni aislado, introduce, sin embargo, un elemento de escasa seriedad en la consideración del itinerario ideológico del líder futurible, y habría que ver quiénes fueron sus mentores, si los hubo, o si su vocación esencialista vino de una iluminación bajo los olivos de su tierra, un día que regresó.
Hay que advertir, por si acaso, que la izquierda nunca puede ser nacionalista, aunque hay nacionalistas que se consideran de izquierdas: pues bueno, y qué. Tampoco el ecologismo puede ser nacionalista, pese a que haya muchos nacionalistas que se declaran -y actúan como tal- ecologistas. Pero en política el lenguaje es importantísimo, y no se deben confundir ni intercambiar sustantivos con adjetivos.
Ese Rufián desenvuelto y resultón es mimado desde YouTube, y eso es hacer trampa porque despista mucho y no es sano del todo. Esos videos tan masivamente difundidos nos proporcionan un Pepito Grillo cuyas reprimendas, diatribas y filípicas resultan de lo más divertido para la afición, pero es de observar que su agencia publicitaria no añade las contestaciones de la oposición, PP y Vox, que parecen pasar de él ampliamente. Hay que reconocer que Rufián se ha convertido en un producto mediático que se exhibe y tontea con los cabecillas de Podemos, de Más Madrid, etc., un elenco que, visiblemente, lucha por sobrevivir en los cargos institucionales. En Podemos, la retórica sobre circularidad para diferenciarse de la casta política -IU incluida- quedó reducida a historia.
Además, a Rufián más pronto que tarde Esquerra le recortará las alas para reconducirlo por la vereda nacionalista (salvo que -no lo descartemos- el andaluz étnico se deje de zarandajas identitarias, recupere su ser proletario y campesino y se entere de una vez de lo que es verdaderamente ser de izquierda); y haya de volver a su ideología postiza, y si se pasa de frenada, que no extrañe que los suyos le den pasaporte. Inevitablemente, vuelve a evocar la figura de Mesías salvador que en su día encarnara Pablo Iglesias con resultados bien a la vista. En su agresividad (con cierto gracejo, no en vano es de estirpe andaluza) no se percibe demasiado fondo ni en su estilo ni en sus ataques. En cualquier caso, pensar que la batalla a la que debe acudir la izquierda ha de ser electoral es persistir en el fracaso: esta democracia a la que tan ingenuamente se sigue encadenados no tiene previsto consentir que nunca mande una verdadera izquierda, y por eso mismo es hora de que esta aparezca digna y eficazmente configurada, libre de espejismos electoralistas.
Nuestro gran teatro político sigue produciendo fantasmagóricos parlantes en instituciones cada vez más desprestigiadas y aborrecidas por su pasmosa conversión en burocracias de intereses y en pantallas para ensimismados, inútiles para una mayoría desganada y, en consecuencia, influenciable por populistas, cínicos y oportunistas. Hay que diferenciarse de ellos clara y radicalmente, pero no necesariamente en ese mismo terreno descolorido y estéril, sino en campos distintos, donde la desigualdad de fuerzas se reduzca y el enemigo haya de enfrentarse a praxis y estilos que no domina.
El caso es que parece que este Rufián se lo ha creído, y ha decidido (¿solo, es decir, llevado por su éxito mediático? ¿insufladas sus habilidades por sus agazapados jefes de Esquerra? ¿jaleado por marginados contestatarios, más bien discretos que aguardan su oportunidad?) tomar la iniciativa como avispado político que sabe lo que hay y que salirse del marco marcado carece de interés. Pues no.
Se trata de ecopolítica: la gente, el medio ambiente…
Recordemos que la izquierda de siempre actúa en la calle y desde la calle, con la gente de a pie, que siempre es la más necesitada (y numerosa). La izquierda en movimiento, ahora apremiada pero olvidadiza, debe retomar la calle y la sociedad con sus (micro y macro) batallas. Y ha de ser capaz de ecologizarse real y lealmente, de criticar a fondo la tecnología imperante y determinista como enemiga artera y quizás definitiva de cualquier programa de liberación humana, transmitiendo, por cierto, este rechazo a los sindicatos; y de poner en la cúspide de su programa los derechos de la naturaleza, considerando a estos emparejados con los derechos humanos y sociales. Si todavía no ve que la fuerza del capitalismo reside tanto en la esclavización humana como en la depredación de la naturaleza, apaga y vámonos.
Por ejemplo, es oportuno reproducir, en nuevos episodios de ira popular generalizada, la gran batalla contra el programa nuclear en 1973-75 con iniciativas como la lucha contra la plaga de plantas generadoras de biogás… en lugar de asomar para la foto y solidarizarse con los “grupos especializados”, ecologistas o vecinales, cuyo esfuerzo se espera rentabilizar. O presentar una crítica profunda y global hacia la política ferroviaria, sin temer que corrigiendo al AVE y sus tecnócratas vaya a redundar en pérdida de votos. Porque es mejor situarse fuera del sistema dependiente de los votos, apelando cruda y sistemáticamente a la (verdadera) democracia directa, que en estos casos más vale llamarla “indirecta”, aunque mucho más sana y convincente.
Nada de esto pertenece al oportunismo o a la estrategia electoral, sino a la “estructura del tiempo”, como principal magisterio, que es de recomposición, de renovación y de fijación de urgencias y compromisos: justamente, sí, la naturaleza, el medio ambiente, la guerra contra el capitalismo depredador, la estupidez generalizada de los políticos convencionales, las insidias de la tecnología, los abusos del comercio internacional, la ocultación de la historia propia y ajena, tan llena de crímenes…
Parecerá duro de aceptar (y entender), pero se trataría de dejar en un segundo plano las contiendas electorales, fatídicamente estériles, y primar la agitación social: todo un proceso de sanación política, social, ideológica y… democrática.
Pero no nos corresponde aquí dar soluciones ni siquiera apuntar propuestas, por más esquemáticas que puedan resultar. Todo lo más a lo que nos atrevemos es a señalar la imperiosa necesidad de que la izquierda que se remueve en su desasosiego ha de anclarse en la acción y dar prioridad a las luchas contra el sistema corrompido, las leyes de papel, los jueces injustos, el militarismo procaz, la Iglesia montaraz y, sobre todo, los políticos “institucionales”, que a izquierda y derecha se adhieren a un sentido patrimonialista del poder electoral. Todo lo cual llevaría a un empoderamiento (como ahora se dice) de los poderes locales, no estrictamente los que forman corporaciones municipales, sino sobre todo los de puertas afuera: la sociedad de base, activa, pedagógica y enfurecida.
Entre otros motivos porque son los pueblos los que generan savia y ascendiente, donde reside la fuerza originaria y los derechos más legítimos (esencialmente municipales, en la historia de España). Una izquierda responsable, experimentada y con sentido de la Historia y del Planeta debiera adoptar como objetivo esencial el gestionar la escasez, lo que suponiendo una auténtica revolución en el pensamiento político de la izquierda (tan pegada a la idea y la promesa de progreso como las fuerzas alineadas con el capitalismo), significa que se ha asumido, sin reservas ni remilgos, la dura realidad a que se enfrenta la humanidad, y por supuesto nuestro país, en lo ambiental y en lo político. Porque proponer y reivindicar la vida austera, una auténtica bestia negra para el capitalismo, pero asumida como filosofía política básica y no solo para que el reparto/redistribución sea practicable y real, debiera de constituir la esencia y la estructura de su programa y, más todavía, de su acción social.











