Águilas,
Región
de Murcia,
1947. Ingeniero, sociólogo y periodista, Premio Nacional de Medio
Ambiente y Hijo Predilecto de mi tierra.
El
espectáculo tecnológico como herramienta de control: distracción
masiva y desmovilización social frente a la impotencia política
A
mí es que esto de la Luna, qué queréis que os diga, por mi parte…,
si es que la cosa es que…, hay gente, oye, que todo lo que se le
meta por la televisión y las redes se lo traga sin más y sin
pensar… Y luego el maldito prestigio de todo lo norteamericano, que
hay que ver qué poco aprendemos y escarmentamos.
Fuente: NASA. Via Getty Images.
Las
aventuras de los países más ricos e injustos se mueven, en esto de
los regresos a la Luna, la llegada a otros planetas y las
intromisiones en el espacio sideral, entre la (muy mediática)
tomadura de pelo y la (inocultable) estupidez, aunque nadie ignora
que se trata de brillantes y opulentas operaciones de prestigio con
objetivos que solo nominal y disimuladamente son científicos, ya que
consisten en avances esencialmente militares destinados a (1)
amenazar con mayor eficacia la vida de los humanos y (2) a depredar
ambientalmente del universo que se ponga a tiro. Que los recursos que
se destinan a jugar con el espacio exterior se hurten a tantas cosas
necesarias y pendientes en nuestro mundo terrestre no me resulta de
fácil justificación, y creo que debe de motivarnos a la serena y
libre reflexión, lo más alejada posible de la farfolla mediática y
política que nos atonta y mamonea.
1. La
que lió aquel Sputnik…
Todo
esto viene, en gran medida, de la Guerra Fría y de la competencia
entre la URSS y Estados Unidos. Y en realidad la rivalidad la desató
el vuelo orbital del Sputnik soviético,
en octubre de 1957, que produjo aquella humillación que los
norteamericanos no pudieron evitar ni con los servicios de aquel Von
Braun, que pasó a trabajar para los Estados Unidos después de haber
sido el más prestigioso científico espacial de la Alemania nazi. Y
cuando en 1961 de nuevo la URSS se lució poniendo un hombre en
órbita, aquel legendario Yuri Gagarin, la gran potencia capitalista
no pudo más y el presidente Kennedy tuvo que anunciar que, en esa
misma década (1960), serían ellos los primeros en poner un hombre
en la Luna.
Cartel soviético alusivo al Sputnik.
Cosa
que hicieron, con el proyecto Apollo y
la efeméride de Armstrong, Collins y Aldrin posándose en la
superficie lunar un día de julio de 1969, para a continuación dejar
que ese proyecto se deshiciera y pasara casi medio siglo para que
surgieran nuevos estímulos hacia nuestro asombrado satélite. Aquel
día, noche para nuestro hemisferio, este cronista purgaba, en su
campamento militar de la cara segoviana del Guadarrama, la segunda o
tercera imaginaria (las dos peores, como saben los que hicieron
alguna de aquellas milis)
y en una de las tiendas de mi unidad de Artillería se instaló una
televisión alquilada para presenciar el acontecimiento, en un
ambiente de gran exaltación…
Luego,
este mismo cronista ha tenido tiempo de reflexionar sobre la tan
manida “conquista espacial”, al tiempo que enumeraba, y vivía,
numerosas derrotas del género humano en nuestra atribulada Tierra, y
pudo asentar en su magín un escepticismo acre que mudó, poco a
poco, en riguroso desprecio a las exhibiciones
científico-tecnológicas a las que mueven la ambición económica o
el fatum militarista.
Y este es el caso de las vueltas y requiebros en torno a la Luna.
Aquello
del Apollo y
de otros proyectos posteriores siguió ciñéndose a la rivalidad, al
orgullo y la estulticia en grado galáctico de las potencias, sin que
se ocultaran nunca los móviles del prestigio y del ansia competitiva
por adelantarse entre ellas. Así sucedió entre los Estados Unidos y
la Unión Soviética, y ahora sucede entre los primeros y la China
emergente, que prioriza visiblemente las aventuras espaciales. En
cualquier caso, todo esto aparece rodeado de toda una ristra de
fábulas que, como tales, son y debieran de ser indigeribles: que si
el noble impulso humano a saber más de las estrellas, que si la
necesidad de expandir la ciencia y la técnica, que si las
consecuencias (todas) beneficiosas de la exploración espacial, que
si… Apenas, claro, se alude a la ambición de la industria privada
aeronáutica, militar y otras, ni a que todo ese esfuerzo de los
poderes públicos será aprovechado -en el caso norteamericano, al
menos- por avispados y muy emprendedores empresarios privados, que
expandirán sus negocios con el incipiente “turismo espacial” y
con otras lucrativas actividades en perspectiva.

Artemis II.
2. Que
no falte el enfoque crítico
Pero
en esto, como en tantas cosas parecidas, carísimas, espectaculares y
de escasa utilidad general, debiera imponerse el análisis frío,
centrándose en dar respuesta tranquila y cuerda a las preguntas de
la lógica, la dialéctica, la ética, la metafísica, etcétera,
etcétera, resumidas en estas cuatro: (1) ¿de qué se
trata, objetivamente esta aventura y sus derivaciones?, (2) ¿por
qué se
acometen estos proyectos, es decir, cuáles son los motivos y las
causas reales?, (3) ¿para
qué se
llevan a cabo, es decir, se dan a conocer los objetivos y las
pretensiones, los declarados y los ocultos, pero sospechosos?, y (4)
¿cómo se
lleva a cabo, se conocen bien las políticas que las encuadran y
desarrollan, las estrategias a medio y largo plazo, los medios y los
costes?.
Con
todo, el más repetido de los objetivos aducidos en la misión lunar
del Artemis
II (que
disfraza la perversa ambición, que es sobre todo militarista, ya
digo) es que se pretende que la Luna se convierta en plataforma o
base para continuar la expansión espacial de otros astros… Porque
no es solo que un satélite a tres días escasos de la Tierra vaya a
suponer trampolín objetivo alguno en un viaje de año y medio a
Marte, cosa que debiera incitar a implacable reconvención a esa
patulea de alucinados con el planeta rojo, sino que la impronta
humana de destrucción de todo lo que toca en la Tierra, cosa tan a
la vista y tan consolidada, vaya a extenderse, más libre e
inclemente aún, a la Luna y luego a Marte, debiera turbar muy
seriamente a cualquier mente mínimamente equilibrada.
Con
el agravante de que estos espectáculos tan equívocos estén
explosionando en plena “era Trump”, de dirigentes analfabetos y
enloquecidos, lo que nada tiene de natural ni de espontáneo, y esto
también debiera de agudizar nuestra inquisitiva mirada hacia estos
proyectos y a sus verdaderos instigadores, que vienen de esa inculta
y peligrosa mafia de Silicon Valley, justo complemento de las
mamarrachadas trumpistas. A diferencia de la cordura del Tratado
Antártico (1959), que dejó fuera de soberanías y dominios
territoriales al continente helado, la Luna podrá caer en manos de
la horda trumpista si, como delatan las prisas que le ha entrado,
ponen pie en la Luna y deciden apropiársela, a despecho de lamentos
onusianos o protestas internacionales de China, Rusia y otras
potencias.
3. Ciencia
y Tecnología en la picota
Una
vez más hay que someter la ciencia y la tecnología (CT) a
escrutinio humano, social y ético, ya que todo lo que tiene que ver
con la exploración de los astros cautiva, aliena y adormece, y
apenas se alzan frente a ella respuestas críticas, profundas y
fundamentadas. Porque si para desarrollar este binomio CT, tan
prestigiado y en este caso tan brillante, no se han de exigir
explicaciones, sobre todo por su finalidad (el para
qué),
estaremos ante un desviacionismo intolerable, incluso socialmente
delictivo, tanto por la desmesura de los medios puestos en ello como
por las perversas intenciones que encierran (y ocultan).
Si
no plantamos límites a la CT nos adentramos en terrenos
desconocidos, y cuando los conocemos, tras el empeño por dominar y
controlar esos mundos mediante un saber hasta entonces ignoto, suele
ser demasiado tarde; de ahí que, desde el punto de vista de la
atención a los humanos, la CT hace tiempo que genera más problemas
que soluciones. Porque no debe caber duda alguna: esa CT se dedica,
no a evitar y prevenir problemas sociales, sino preferentemente a
generarlos y a continuación pretender “darles solución”. Porque
esta fase, la de la expansión de los problemas, es la de mayor
interés crematístico, y en ella se funda una floreciente actividad
industrial y financiera.
Nuestra
“civilización” (por llamarla de alguna manera y dejando de lado
lo impropio del nombre) se adentra desde hace tiempo, siglos en
realidad, en imprudencias y desafíos que generan más problemas para
la vida ordinaria y sus garantías que soluciones a sus angustias y
amenazas.
Emigrantes en el mediterráneo.
Y por un prurito de arrogancia y “deificación” que
confieren esa CT y sus resultados, considera normal no respetar nada,
en un mundo cada vez más lleno de limitaciones y salidas falsas o
bloqueadas. “Todo lo que es posible hacer o desarrollar, hay que
acometerlo”, es el lema imperante y sin discusión, con este
corolario: “Y si no lo hacemos nosotros, otros lo harán, así
que…”, del mismo género extravagante. Frente a estos eslóganes
tan intrínsecamente necios solo se vienen apuntando objeciones desde
el mundo ecologista, a partir de que se alzara contra la energía
nuclear civil y militar, es decir, contra la fisión (y la fusión)
del átomo, ejemplo paradigmático de una CT osada e irresponsable,
que del trabajo (aparentemente) científico y tranquilo pasó
rápidamente al político-militar. La energía nuclear es algo que en
mala hora acometimos, teniendo en cuenta sus consecuencias, que no
solamente ha sido la liberación de radiactividad en aguas y
atmósfera, sino la “construcción” de una pirámide de
despropósitos que van desde su base físico-química hasta su
vértice moral y espiritual, pasando por lo económico, político,
jurídico…, y por la que la clase político-económica dominante
apuesta y se lanza una y otra vez. Y no hay forma de demostrar que
los beneficios de esa energía nuclear sean superiores a sus riesgos
y desastres.
4. ¿Un
progreso y un futuro regalo de las estrellas?
De
la mano de la CT nos llega un repunte bobalicón de esas ideas
estrafalarias que son el progreso (ilocalizable desde el mismísimo
momento, ilustrado, en que se inventó) y el futuro (inexistente, ya
que no es más que una sucesión, incierta, de presentes), ya que
siempre se ha identificado el optimismo científico-tecnológico
futurista con los espejismos espaciales, que, mira por dónde, son el
último refugio de eslóganes y consignas que la cruda realidad niega
con insistencia y rotundidad.
Portada de ‘En ausencia de lo sagrado’.
Se
trata de un empeño de alto contenido ideológico: requiriendo la
atención hacia la Luna o el programa espacial como un todo y una
saga, se contribuye a olvidar o minimizar los problemas en la Tierra
de miles de millones de seres acosados por la precariedad y los
negros horizontes, que son acosados sin piedad -la fuerza y la
habilidad de los medios de comunicación aquí se emplean a fondo-
contribuyendo al engaño prefabricado mediante la exaltación de
mitos y la ostentación de poderío.
En
estos trances la mayor parte de la población terráquea, que
constituye sociedades vulnerables y frágiles mentalmente, es puesta
ante una realidad que es desbordante y que la supera ampliamente,
resultándole muy difícil de procesar y asimilar en su verdadera
dimensión (y en sus falacias). Y dado que en la vida personal y
grupal no hay avances, mejoras o esperanzas estimulantes, se acaba
poniendo el foco en lo más soportable y atractivo, de tal manera que
el espectáculo se convierte en auténtico programa de un masivo
control social que se traduce en adormecimiento de conciencias y
neutralización de energías. Para tantos, el deslumbramiento de una
CT de muy remotos beneficios para la humanidad no es más que la
representación agresiva de una situación de cada vez más
consolidada impotencia y nimiedad en la participación de los asuntos
nacionales y no digamos internacionales. Mirando a la Luna y sus
conquistadores, ofrecidos como reclamo para el conformismo y la
ignorancia, los poderes públicos -y no solo los exhibicionistas de
las grandes potencias- avanzan en su dominio y se benefician de un
plus de paz social.
5.
Por lo más sagrado…
La
aventura espacial, de ambición ilimitada, es decir, desmedida, es un
ejemplo de actividad humana en la que no se respeta nada, ni lo
desconocido ni lo lejano y enigmático, y por supuesto no se toman en
consideración, verdaderamente, las consecuencias de estos
atrevimientos. Se considera inadmisible toda idea del tabú,
es decir, de aquello que, por desconocido, peligroso o complejo -o
sea, por elemental prudencia humana- no se debe ni tocar ni penetrar
ni desarrollar, así que es mejor dejarlo como está, enfundado en el
sereno atractivo de su misterio; al menos mientras no se demuestre
que esas audacias constituyen prioridades humanas y sociales, lo que,
sin ir más lejos en el caso de la conquista del espacio, es muy
difícil de demostrar (imposible, en realidad). Esas actitudes de
sabia contención, que son remanentes en las culturas que sin embargo
llamamos tradicionales, evitando calificarlas de atrasadas (como nos
apetecería), son el resultado del respeto a la naturaleza y sus
secretos inspiradores y estimulantes, de la experiencia desde los
errores y de cohesionadas culturas colectivas que han fundado la
supervivencia en su reverencia hacia lo sagrado.
La
conquista espacial me parece una experiencia grotesca y peligrosa,
anunciadora de daños y desastres, tanto humanos como ambientales,
pero sobre todo es un insulto, o mejor, una burla, al género humano,
a esa mayoría empobrecida y amenazada; y debiera producir el
rechinar de dientes para esos grupos que no se dejan camelar por
globitos de colores, oropeles propagandísticos y cápsulas
ingrávidas.
Todo
esto queda muy lejos de la verdadera sabiduría humana,
necesariamente ceñida a la naturaleza inmediata, de la que nacemos,
que pisamos, que nos alimenta y que nos inspira secularmente, y a la
que se le debe un respeto máximo. Sabiduría que en esta aventura
queda sustituida, más bien sepultada, por saberes inquietantes,
quimeras en multiplicación y arrogancias impunes, olvidándonos y
menospreciando lo que de poesía, culto y contemplación debiera
suscitarnos (me refiero a la Luna, claro).
Fuente:
La
Protesta