martes, 3 de marzo de 2026

Netanyahu marca el paso a Trump en una guerra contra Irán sin garantías de que acabe con la caída del régimen

 

      Periodista y analista para Público en temas internacionales. Especialista universitario en Servicios de Inteligencia e Historia Militar.


La muerte de Jameneí no implica el fin del régimen islámico, pero obliga a Irán a llenar rápido ese vacío y refuerza el peso de Israel en Oriente Medio y su influjo sobre EEUU


     Estados Unidos e Israel han jurado cambiar el régimen islámico que gobierna Irán desde 1979, pero, aunque han asesinado a su líder supremo, el ayatolá Alí Jameneí, aún están muy lejos de sacar a los clérigos chiíes del poderLa muerte de Jameneí ha sido la guinda de un pastel que israelíes y estadounidenses venían cocinando desde fines de 2025. Ahora quien se frota las manos por lo ocurrido es el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, que, con la iniciativa en el ataque a Irán, ha arrastrado al presidente Donald Trump a una guerra que puede empantanar la política exterior de Estados Unidos y convertir Oriente Medio en un avispero para los próximos años.


Una mujer con una foto de Jameneí en Teherán este domingo.

En la agenda de Trump siempre ha sido prioritario conseguir la supremacía económica de EEUU en el mundo. Al igual que hizo con el derrocamiento del presidente Nicolás Maduro y la toma del control de la producción de petróleo de Venezuela, la posibilidad de hacer lo mismo con Irán, uno de los grandes exportadores del Golfo Pérsico, impulsa esa estrategia en Oriente Medio.


Donald Trump en discurso del anuncio del ataque sobre Irán el pasado sábado.

Pero los casos venezolano e iraní son muy diferentes y ni siquiera el seísmo interno provocado con la muerte de Jameneí asegura la salida de Teherán del tablero de juego energético mundial y menos aún el control del flujo petrolero iraní por EEUU.


Estrecho de Ormuz.

Salvo que la actual guerra aérea lanzada a iniciativa israelí derive en una conquista total de Irán, que ni Washington ni Tel Aviv pueden acometer en estos momentos, menos aún si no ponen tropas sobre el terreno y se arriesgan a tener miles de muertos en sus filas.

Quizá por eso, Trump parece ahora dispuesto a hablar con los iraníes, una vez que su ego quedó satisfecho tras abatir a la pieza mayor de este gran juego, el ayatolá Jameneí.

Siguen los ataques, pero ahora liderados por Israel      

De momento, la estrategia de los dos países agresores sigue basada en los ataques aéreos, especialmente dirigidos contra militares, clérigos prominentes y miembros de las fuerzas de seguridad iraníes, aunque de paso arrasen escuelas y maten a decenas de niñas, como ocurrió en el sur de Irán el sábado. Este domingo continuaron los bombardeos, liderados esta vez por aviones de combate israelíes que sobrevolaron Teherán y atacaron sus objetivos en la propia capital iraní y las principales ciudades del país. 

Netanyahu avisó este domingo de que los ataques de las fuerzas armadas israelíes se intensificarán. Según el ejército israelí, sus bombardeos han destruido ya la mitad de las lanzaderas de misiles balísticos iraníes, cerca de dos centenares, y las fábricas donde se manufacturan 1.500 de esos misiles o partes y componentes de los mismos.

Irán responde y los saudíes arremeten contra su "agresión"

Y, sin embargo, por primera vez, las acciones israelíes están siendo respondidas con contundencia por el ejército iraní, a pesar de que su arsenal y capacidad bélica sean inferiores. Las lanzaderas aún en funcionamiento siguieron disparando sus proyectiles contra Israel, cuyos supuestamente infranqueables sistemas antiaéreos fueron sobrepasados, con el trágico resultado de una decena de muertos en las cercanías de Jerusalén. También contra las bases estadounidenses en Oriente Medio, que algunos de los países árabes que las albergan interpretaron como una agresión iraní contra su territorio.


Explosión en Tel Aviv por un presunto ataque iraní en la madrugada del domingo.

Estos ataques podrían aislar si cabe más al régimen islámico de sus vecinos del Golfo Pérsico, para regocijo de Israel y de Arabia Saudí, rival de Irán en Oriente Medio y cuyo pacto de amistad logrado con Teherán en marzo de 2023 por mediación china se ha venido también abajo. En esta guerra, Riad condenó “la brutal agresión” iraní contra las bases estadounidenses en los países vecinos, pero no tuvo una sola palabra de crítica para EEUU o Israel.

La apuesta belicista de Trump, quien a su llegada al poder dijo que acabaría con todas las guerras, revoca en concreto las promesas que hizo en el viaje que hizo en mayo a Oriente Medio, de que no trataría de cambiar los gobiernos de la región y abriría una nueva era de concordia en la zona. En realidad se refería al fortalecimiento del papel de Israel, al que ha bendecido en su ocupación de Gaza y sus ataques al Líbano y Siria, y de Arabia Saudí, el otro gran aliado de EEUU en Oriente Medio, beneficiado por el desgaste iraní.

Ya en aquella visita de Trump de mayo, estadounidenses y saudíes firmaron una alianza en materia de defensa valorada en 142.000 millones de dólares que ahora, con los ataques a Irán, adquieren un especial significado. Si en algún momento hubiera una ofensiva terrestre contra Irán, los aliados saudíes de Washington tendrían un rol fundamental.

Supeditación de EEUU a Israel      

Nueve meses después de esa gira, la aportación que ha hecho Trump en esta sensible zona del planeta se puede resumir en pocas palabras: guerra y apoyo sin fisuras a Israel, la potencia regional empeñada en desestabilizar a quienes considera sus enemigos o rivales, es decir, a todo el mundo. Por eso no es extraño que el artífice de esta última ofensiva contra Irán sea Netanyahu. El “carnicero de Gaza” aparece detrás del golpe de timón propinado por Trump a su política exterior, que cada día se asemeja más a la uno de sus antecesores en la Casa Blanca, George W. Bush, el desencadenante de la invasión de Irak.


Manifestantes en contra de la guerra de Irak, a 18 de enero de 2003, en Washington.

E igual que entonces se mintió desde la Casa Blanca sobre las supuestas armas de destrucción masiva acumuladas por el régimen de Sadam Huseín, ahora se ha utilizado el pretexto del programa nuclear iraní, a pesar de que ni Washington ni Tel Aviv tienen prueba alguna de que Teherán esté cerca de desarrollar armas atómicas.

Y como en las últimas conversaciones mantenidas en Ginebra esta semana entre iraníes y estadounidenses aquellos se mostraron predispuestos a dar más seguridades sobre el carácter pacífico de ese programa nuclear, inmediatamente Netanyahu convenció a Trump de otro supuesto peligro, el de los misiles balísticos de Irán, a fin de justificar un ataque a gran escala.

Tal y como señaló en declaraciones a la cadena Al Jazeera el investigador Negar Mortazavi, del Centro de Política Internacional de Washington, “esta es otra guerra israelí que Estados Unidos está lanzando. Israel ha presionado durante dos décadas a EEUU para que ataque a Irán y finalmente lo ha logrado”.


Un mural contra EEUU en un edificio en Teherán, Irán.

La guerra de los “doce días” de junio de 2025 también fue comenzada por Israel sin provocación alguna por parte de Irán y justo en medio de conversaciones entre Teherán y Washington. El día 22 de ese mes, Trump cumplió con Israel y bombardeó también Irán.

El boicot a las negociaciones es una reiterada habilidad de Netanyahu, como hizo una y otra vez con Hamás para impedir una tregua en Gaza. “La agenda de Netanyahu siempre ha sido evitar una solución diplomática, temiendo que Trump realmente se tomara en serio la idea de llegar a un acuerdo”, explicó también a Al Jazeera el presidente del Consejo Nacional Iraní-Americano, Jamal Abdi.

Según este experto, “el inicio de la actual guerra en medio de las negociaciones [dos días antes se habían reunido estadounidenses e iraníes en Ginebra sobre el programa nuclear y parecían a punto de lograr un acuerdo] es un éxito para él [para Netanyahu], al igual que lo fue en junio pasado”.


El Super Hornet de la Fuerza Aérea de EE. UU. despega de un portaaviones como parte de la misión contra Irán.

Lo que quiere Israel es la obliteración del régimen teocrático que gobierna Irán desde la revolución islámica de 1979, una apuesta que finalmente ha hecho suya también Trump, de ahí que el objetivo prioritario de la operación lanzada el sábado por ambos países fuera la decapitación de la cúpula de poder iraní, con el asesinato de su líder supremo y de las principales figuras de su círculo de poder, parientes incluidos.

El ejército israelí se ha atribuido el magnicidio de Jameneí y la muerte de otros cuarenta altos dirigentes iraníes, entre ellos el ministro de Defensa, el comandante en jefe de la Guardia Revolucionaria (el núcleo duro del ejército de Irán) y el secretario del Consejo de Defensa. Según dijo Trump este domingo en declaraciones a Fox News, hasta ahora han muerto 48 altos cargos iraníes.

Fallos de la inteligencia iraní  

Los datos suministrados por la Agencia Central de Inteligencia de EEUU (la CIA) al Pentágono y a la cúpula de mando israelí fueron fundamentales para localizar a Jameneí y sus pretorianos, y asestar así el golpe mortal a plena luz del día.  La infiltración de los servicios de seguridad iraníes por agentes de inteligencia israelíes y estadounidenses no es nueva y posiblemente en los próximos días se produzca otro terremoto en el ejército y esos servicios secretos.

Los graves fallos en la seguridad iraní han sido aprovechados una y otra vez por el espionaje israelí y eso le ha permitido asesinar a algunos de los principales líderes de las milicias proiraníes, como las de Hezbolá, en el Líbano, o de Hamás, en Gaza, perpetrados en Damasco, Beirut o cualquier otra capital de la región. La caída del régimen islámico en Teherán o cuanto menos su pérdida de credibilidad e influencia en Oriente Medio son claves para Israel, que de esta forma puede acometer sin riesgo alguno su objetivo prioritario, esto es, eliminar la presencia palestina del territorio que quiere anexionarse, más tarde o más temprano, en Gaza y Cisjordania.

La caída del régimen iraní, no tan cerca      

EEUU e Israel han tenido éxito en este plan para acabar con el líder supremo de Irán, pero de ahí a constatar que tal magnicidio es el principio del fin del régimen iraní hay mucho trecho, a pesar de la inestabilidad creciente en la población. Una situación insostenible, agravada la persecución de la disidencia, con represiones cada vez más sangrientas, como la ocurrida en enero que dejó miles de muertos, y con una economía colapsada y amplios sectores de la sociedad iraní empujados a la pobreza.


Comerciantes iraníes protestan contra la situación económica en Teherán, Irán.

La oposición interna en Irán está desorganizada y no tiene apenas apoyo del exterior, como se demostró en las manifestaciones de enero. Y eso lo saben bien los responsables del régimen islámico. Pero también saben que, bajo un ataque que puede prolongarse durante semanas o incluso devenir en algo peor, no puede haber un vacío de poder y juega a su favor cierta cohesión de la población ante el enemigo exterior.

Por eso, inmediatamente, tras la muerte de Alí Jameneí, se conformó un Consejo de dirección del país integrado por el presidente iraní, Masud Pezeshkian, junto con el jefe del poder judicial, Golam Hosein Mohseni Ejei, así como un jurista representante del poder religioso más duro, el ayatolá Alireza Arafi.

Entretanto, y mientras está en vigor este periodo de transición, la llamada Asamblea de Expertos, formada por 88 clérigos chiíes, designará al nuevo líder supremo, elegido entre los ayatolás más leales al régimen. Entre los posibles candidatos figura el hijo del fenecido líder supremo, Mojtaba Jameneí, un clérigo de 56 años que cuenta con el respaldo de la Guardia Revolucionaria de Irán, ese cuerpo todopoderoso paralelo al ejército que ganó tanta fuerza con el líder supremo asesinado.

Precisamente, son los guardianes de la Revolución, los famosos pasdarán, y su influencia militar, política y económica por todo el país los que hacen muy complicada la aparición de una resistencia civil capaz de dar una esperanza de cambio real en estos momentos tan complicados para Irán.

Además, y como señaló el presidente del Parlamento, Mohammad Bagher Ghalibaf, todos los escenarios estaban previstos. También la muerte de Jameneí. Se producirá su relevo y se hará frente a la agresión de EEUU e Israel. No hay, pues, mucho sitio para la disidencia. De momento, el nuevo Irán deberá esperar salvo una imprevista hecatombe.


Fuente: Público

lunes, 2 de marzo de 2026

Doblegar a Irán porque así lo quiere Israel

 

Para un invierno átono y viscoso, sin frío ni calor (8 de 10)


 Por Pedro Costa Morata   
    Ingeniero, periodista y politólogo. Ha sido profesor en la Universidad Politécnica de Madrid. Premio Nacional de Medio Ambiente.

Doblegar a Irán porque así lo quiere Israel


Contemplaba yo cómo se perfilaba la nueva agresión combinada yanki-sionista contra Irán que, según el “modo de empleo” sigue ineluctablemente a la acumulación de fuerzas aeronavales norteamericanas en las cercanías del objetivo a golpear, tratando de establecer un hilo conductor para redactar algo coherente y, si fuera posible, constructivo, en relación con la historia de ese país durante el último siglo. Y eché mano de mi primer análisis sobre Irán, publicado en el semanario Triunfo (“Irán: un gendarme para Oriente Medio”, 21 de diciembre de 1974), cuando el régimen del sah Pahlavi, atraía la atención mundial por sus fantasías imperiales y su intervencionismo en la región apoyando a los regímenes más reaccionarios en su lucha contra movimientos guerrilleros (Dofar en Omán, Kurdistán en Iraq) o independentistas (en Eritrea frente a Etiopía, en Beluchistán frente a Afganistán y el propio Irán…).


Artículo de Pedro Costa Morata publicado en el semanario ‘Triunfo’. (“Irán: un gendarme para Oriente Medio”, 21 de diciembre de 1974).

Mapa elaborado por Pedro Costa Morata publicado en el semanario ‘Triunfo’. (“Irán: un gendarme para Oriente Medio”, 21 de diciembre de 1974).


Aquel Irán, al que el Occidente llegó a atribuirle el papel de potencia subsidiaria anticomunista (como lo eran la Sudáfrica racista, la Indonesia de Suharto y el Brasil de los generales, entre otros casos), muy de confianza en una región donde aleteaban fuertes impulsos árabes revolucionarios e Israel carecía casi totalmente de apoyos, fue cercenado drásticamente por la revolución jomeinista en 1979. La revolución islamista de Irán nos ha confirmado que todos los integrismos religiosos son indeseables (incluyendo los que no quieren decir su nombre, como sucede con el cristianismo), pero tanto su implantación como su consolidación tienen sus causas y su explicación. Y en el caso de Irán, todo eso está muy claro: primero fue el hartazgo y el escándalo del intervencionismo occidental reincidente, luego, la ambición petrolera de las potencias, especialmente la británica, y finalmente la alianza de los Pahlavi con Israel, que no por silenciosa era menos activa.

Desde entonces nada pudo ser igual, desatándose esa persistente inquina con que Occidente ha tratado desde el primer día al régimen de los ayatolás, de muy acusada independencia frente a Occidente, que es lo que -en mi leal entender- resulta imperdonable para el hegemonismo norteamericano, mucho más cuando se cuentan con los dedos de la mano los regímenes o Estados en el planeta que se pueden permitir, aun con dificultades, sanciones y amenazas, conducir sus asuntos por sí mismos y según sus propios intereses.


Imagen de Seyed Javad Miri, en su Instagram.

Porque no, no es la represión del régimen hacia los manifestantes lo que mueve los ataques repetitivos y devastadores contra Irán (como Trump alega y la UE retoma para aceptar los bombardeos y atreverse a la indecencia de pedir a Irán que no responda…); esa represión a Occidente solo le importa como estética hipócrita. Tampoco, en el fondo, es que su petróleo abundante excite especialmente las apetencias de Estados Unidos y Estados compinches, ya que no falta petróleo en otras áreas dóciles del mundo (y el reciente control sobre el de Venezuela así lo confirma). Y me atrevo a decir que ni siquiera es a la sospecha de un programa nuclear militar a lo que hay que atribuir los bombardeos devastadores: desde 1980, es decir, al día siguiente del triunfo de la revolución islámica, Estados Unidos e Israel vienen anunciando -pero mintiendo- la inminencia de un arma atómica iraní, lo que no alarmaba cuando era el sah el que la perseguía, una acusación siempre falsa y por tanto indemostrable; además, en 2015 Estados Unidos e Irán firmaron un acuerdo que zanjaba este asunto, pero que Trump ha roto unilateralmente para argüir como pretexto de agresión el asunto nuclear. Añadamos que para Irán sería legítimo conseguir el arma atómica, ya que Israel, su enemigo más cercano y peligroso, ha acumulado cientos de bombas atómicas desde que iniciara su programa nuclear a finales de la década de 1960;

Nada de eso justifica en realidad el acoso a Irán: se trata, por una parte, de que este es un Estado que no pasa por el aro del supremacismo de Occidente, y de que, por otra, ha ido quedando como única potencia que desafía a Israel, que es la potencia hegemonista del Oriente Próximo, que no consiente rivales. Como respuesta, Irán denuncia una voluntad, ahora exacerbada, de dominio norteamericano sobre el mundo, así como el plan de exterminio de la población directamente colonizada y sometida, la palestina, a manos de Israel. Irán desafía ambas estrategias del crimen, negándose a aceptarlas y a someterse a sus planes y mecanismos (Esto es lo que vive Cuba desde hace sesenta años, es lo que llevó a machacar a Serbia en 1999 y a humillar a Venezuela hace nada; y lo que espera a otros objetivos menores que irán siendo fijados por el Gran Matón, para abatirlos).

El Irán islamista, además, evoca otro episodio de opción por la autonomía política y energética, cuando las elecciones libres dieron el poder en 1951 a Mosaddeq quien, como objetivo esencial para luchar contra la pobreza y la desigualdad en el país nacionalizó la omnipotente Anglo-Iranian Oil Company (luego BP), que permanecía en manos británicas desde que, prácticamente, surgiera el primer petróleo de Oriente Próximo en Masjed-i-Suleiman (región del Juzestán), en 1908. Esta medida de soberanía política suscitó la inmediata respuesta del MI6 británico, que preparó el golpe de Estado con la colaboración de la CIA norteamericana (recientemente creada, pero que ya al año siguiente derrocaría, ella solita, al régimen democrático y nacionalista de Arbenz, en Guatemala). Los disturbios organizados en 1953 en Teherán por mafiosos, espías y traidores, todos ellos contratados por el Reino Unido y Estados Unidos, dejaron en las calles 300 muertos y llevaron a Mosaddeq a la ruina personal y política (con tres años de prisión y confinamiento domiciliario hasta su muerte en 1967).

A partir de ahí el Irán de la dinastía Pahlavi fue endureciéndose y aumentando su dependencia de los intereses petroleros y estratégicos de las potencias occidentales, en el marco de la Guerra Fría. En 1955 se firmó el llamado Pacto de Bagdad (en realidad, Central Treaty Organisation, CENTO), a iniciativa de Turquía e Iraq, a los que se unieron Pakistán, Irán y el Reino Unido (que lo había inspirado). Iraq se retiró en 1959, al poco de iniciarse su ciclo revolucionario. También se creó la SAVAK, la temible policía secreta del régimen, que procedió a la eliminación de los críticos -principalmente provenientes del Tudeh, el Partido Comunista iraní que había apoyado a Mosaddeq, sin inspirarlo- y dio lugar al protagonismo de Jomeini, respetado líder religioso que se erigió como principal oponente, y en su momento enterrador, de la opresión del sah, por lo que sufrió persecución, prisión y finalmente exilio.

Esta revisión histórica – especialmente recomendada para quienes consideran que el regreso de la monarquía de los Pahlevi, y del hijo del sah odiado, puede ser la “solución” a un Irán rebelde- debe refrescar la memoria de quienes lo necesitan: la agitación que ha llenado las calles de Teherán recientemente, dando lugar a una represión feroz, ha sido provocada por, primero, las duras sanciones y las privaciones con que Occidente castiga a Irán desde la caída del sah en 1979, y, segundo, por la sistemática acción del Mossad en concurso con la CIA, fijando objetivos humanos y militares (lo que no ocultan estas mismas agencias clandestinas).

Insistiré, teniendo como referencias las movilizaciones multitudinarias de 1979 que hicieron que el sah abandonase el país falto de apoyos, en que fue el occidentalismo del régimen lo que actuó como revulsivo para una visible mayoría de la población, y fue el islamismo integrista la punta de lanza de la revolución (social) necesaria. El Islam no es un producto occidental, sino que, por el contrario, ha ido acumulando daños y agravios perpetrados por Occidente, y responde con su arma religiosa (como han hecho siempre que han podido las otras dos religiones monoteístas, que reconocen, con el Islam, su vínculo triple a partir del Génesis). El Islam rechaza la democracia occidental por falsaria y ajena a su tradición religiosa, cultural y política. Y no tiene por qué someterse a ella, descartando que se trate de un valor universal. Ese cuestionamiento de fondo y forma que la revolución islámica iraní hace de Occidente desde su implantación en 1979, es lo que la ha enfrentado a una hostilidad feroz y jurada, que pretende -so capa de cultura y civilización laicas, pero superior y supremacista- imponerse a todo el mundo: pueblos, religiones, culturas y modelos políticos.

En el actual enfrentamiento de Occidente con Irán subyace todo eso, con la agravación que supone la íntima coalición de dos Estados criminales, Estados Unidos e Israel (actuando el primero de lacayo del segundo), más los fieles Estados vasallos de ese dúo de destrucción masiva de Alemania, Reino Unido y Francia. El planteamiento es el que ha impuesto el presidente norteamericano Trump en su política de usura e intimidación: “vamos a negociar en los términos y con los objetivos que os impongo porque sí, y si no los aceptáis os machaco”. Con estos presupuestos, el “estilo Trump” ya no es el de sus predecesores, de derribar regímenes y sustituirlos por otros, “democráticos” (de fracasos tan notorios como los de Iraq y Afganistán), sino de eliminar a líderes o cabecillas obligando a segundones y traidores a doblegarse, aunque el régimen golpeado siga considerándose a sí mismo “salvado” o continuista (como ha sido el caso de la Venezuela bolivariana y se pretende que lo sea el Irán islamista).

El protagonismo en todo cuanto tiene que ver con las guerras y los abusos en Oriente Próximo está -sobre todo en los últimos años- concentrado en el presidente norteamericano y en el primer ministro israelí, Netanyahu, perfectamente compinchados y que se sienten con las manos libres para llevar a cabo sus políticas criminales. Y a los que nada decisivo pueden oponer, por su incapacidad práctica, Rusia o China, ni mucho menos los Estados infames y atemorizados de la Unión Europea. (También es el momento, sí, de confirmar la tragedia planetaria que supuso la liquidación de la URSS que la historia debe atribuir más a la persistente acción corrosiva de Occidente que a la propia degradación del régimen soviético, pero que impedía, con el equilibrio y el miedo mutuos, las devastaciones actuales y los crímenes contra la humanidad de un Occidente desatado).

El Israel actual, de poder desmedido desde que dispone de los Estados Unidos de Trump como mamporrero servil, representa la imagen más certera de aquello que diseñaban los famosos Protocolos de Sión que, apócrifos o no, están siendo superados por el diabolismo de Israel y sus aliados sionistas esparcidos por el mundo, especialmente por Estados Unidos. Aquel texto, que acusaba al judaísmo internacional de querer imponerse al mundo, y que ha venido siendo tachado de falso y antisemita por la siempre bien intencionada opinión de Occidente respecto del poder judío, se viene quedando corto desde que la colusión Estados Unidos-Israel actúa con entera libertad para golpear y someter a cualquier objetivo que se proponga; y pone así en evidencia un empeño acelerado por concluir esa preeminencia otorgada por un dios insoportable a un pueblo de alucinados por su exclusividad, del que surgió la doctrina sionista como punta de lanza en su estrategia de dominación.

El “caso Epstein”, que nos convence del singular protagonismo de un Trump íntimo del pederasta Jeffrey, a su vez distinguido miembro de la a sí mismo considerada “comunidad judía norteamericana”, ha resultado ser -aunque la muy judaizada gran prensa internacional, se resiste a reconocerlo- una operación estratégica del Mossad para controlar a personalidades significativas en todo el mundo, llamadas a prestar su apoyo o simpatía hacia el Estado sionista. Lo mismo da que al principio fuera un planteamiento de acción internacional de los agentes israelíes utilizando las “cualidades” de ese degenerado, o que fueran las condiciones del afortunado millonario, llamativas y productivas, las que llamaran la atención de un Mossad siempre atento y capilar. El caso es que para el sionismo criminal este episodio tan singularmente escandaloso ha rendido, con seguridad, inmensos y muy aprovechables triunfos.

Ese caso, el de Epstein y el más amplio y sistémico de la confabulación indestructible Estados Unidos-Israel, nos pone a los occidentales frente al espejo y nos obliga a sentirnos parte de una trama de criminales, necios y peleles supremacistas por la fuerza y las malas artes en un mundo inerme y atemorizado, lo que nos empuja, a más de someternos de pensamiento, palabra y obra al gang dominante, a convencernos de que estamos del lado bueno de la Historia.



La clave de la réplica militar iraní: las ciudades de misiles ocultas en montañas

 

      Periodista de Internacional. Se ocupa de Irán, Afganistán y el Golfo Pérsico.


Teherán dispone de un importante arsenal de esas armas, cuyos sitios de lanzamiento quieren inutilizar Israel y Estados Unidos


     Irán posee uno de los mayores arsenales de misiles de Oriente Próximo, con más de 3.000 de tipo balístico, según un cálculo divulgado en 2022 por el Mando Central del ejército de Estados Unidos. En la última década, el país ha mejorado además una de las principales carencias de estos proyectiles iraníes: su precisión. Occidente y, sobre todo, la némesis regional de Teherán, Israel, el país que este domingo siguió atacando objetivos militares y del régimen religioso iraní, junto con Estados Unidos. Este armamento de la República Islámica es convencional. Teherán no tiene aún armas nucleares ni tampoco dispone —ni está tan cerca de ello como ha afirmado el presidente de Estados Unidos, Donald Trump— de un misil intercontinental capaz de alcanzar territorio estadounidense.


Imagen satélite donde se aprecian túneles colapsados en la base de misiles Tabriz North, en Irán, este domingo.

Con sus cielos indefensos ante su carencia de aviones de combate modernos —solo dispone de obsoletos Mig-29 y Gunman Tomcut F-14, los icónicos cazabombarderos de la película Top Gun (1986)— y con sus defensas aéreas diezmadas por los 12 días de bombardeos de junio, ese arsenal es la clave de la respuesta convencional de Teherán a los ataques israelíes y estadounidenses. Consciente de ello, en los bombardeos del verano, Israel destruyó muchos de los equipos que permiten disparar esos misiles: lanzaderas móviles, normalmente instaladas en camiones, y también rampas de lanzamiento fijas.


Lanzaderas móviles, normalmente instaladas en camiones, y rampas de lanzamiento fijas.

Precisamente para evitar ese tipo de ataques, Irán ha construido en los últimos años las llamadas rocket-cities o “ciudades de misiles”, bases subterráneas “excavadas en las montañas de Irán” a gran profundidad, incluso a 500 metros bajo el subsuelo, recalca el analista militar y experto en ese tipo de armamento Guillermo Pulido.


Imagen satelital de lanzaderas fijas ocultas en las montañas.

Esas instalaciones, repartidas por todo el país, pueden albergar misiles de largo alcance como el Shahab-3, o los modelos Sejil y Khorramshahr, con alcances de hasta 2.000 km. La Fuerza Aérea de la Guardia Revolucionaria iraní, que controla el arsenal de esos proyectiles en Irán, ha divulgado en el pasado videos grabados en los túneles de esas bases como parte de su estrategia de disuasión.

De esos alrededor de 3.000 misiles, indica el analista militar y experto en este tipo de armas Guillermo Pulido, “unos 2.000 pueden alcanzar otros países de Oriente Próximo”. Además, Teherán dispone de “una gran cantidad de drones kamikaze y de misiles de crucero”. Misiles iraníes han impactado desde este sábado contra Israel, Baréin, Qatar, Emiratos Árabes Unidos, Kuwait, Jordania, Arabia Saudí, países aliados de Washington que albergan bases militares estadounidenses. Según publicó este domingo en su cuenta en X la agencia Tasnim, vinculada a la Guardia Revolucionaria, Irán había atacado ya 27 bases de Estados Unidos. También añadió a la lista de Estados atacados a Omán, el país que ejerció de mediador en la fallida negociación de un acuerdo nuclear con Washington.

Incluso si Teherán utilizó ya varios centenares de misiles para responder a los bombardeos israelíes y estadounidenses de junio —desde entonces se cree que ha fabricado más—, Irán dispone aún “a priori de una gran cantidad de municiones” con las que podría seguir atacando esos países, las bases estadounidenses y a buques militares o petroleros en el estrecho de Ormuz, una arteria vital por la que pasa una cuarta parte del petróleo mundial y donde este domingo se ha registrado también el primer ataque directo sobre un barco petrolero que navegaba por el estrecho de Ormuz. Uno de sus tripulantes murió, según la naviera del buque. El sábado, la Guardia Revolucionaria iraní anunció que consideraba “peligroso” el tráfico por esa vía, pero sin decretar oficialmente su cierre.

Sin embargo, recalca Pulido, autor de la obra Guerra multidominio y mosaico (Catarata), la eficacia de la respuesta iraní dependerá de si estos primeros dos días de ataques israelíes y estadounidenses están logrando destruir o dañar gravemente “las bases desde donde salen los misiles”.

Si Israel y Estados Unidos logran dañar “las entradas y salidas de esas ciudades subterráneas”, fácilmente identificables, o “las aberturas” por las que se lanzan los proyectiles, esas “ciudades misiles” se convertirían en “tumbas”, explica Pulido. Los misiles no podrían despegar entonces ni salir los camiones “en los que están instaladas las lanzaderas móviles”. El ejército israelí anunció el sábado que uno de los objetivos atacados en la zona de Tabriz era una base de “unidad de misiles balísticos de Irán”, desde la que “se planeaba lanzar docenas de misiles hacia Israel”. Imágenes por satélite mostraron después algunos de los túneles de la instalación que había colapsado.

Los ataques de Israel y Estados Unidos a Irán, y la posterior réplica iraní, que este domingo, tras la confirmación del asesinato del líder supremo iraní, Ali Jameneí, se han redoblado, son, de hecho, para Guillermo Pulido un “ejemplo perfecto” de un nuevo tipo de conflicto bélico: la “guerra de salvas” que tiene como elemento clave el intercambio de misiles.

Ese concepto acuñado por este analista militar describe un conflicto que “no se decide por conquistar territorios enemigos, sino por anular las grandes cantidades de proyectiles del adversario que pueden destruir tu Estado. Son guerras ”que se libran por “ejércitos basados en cohetes, en lugar de en tanques, fragatas y aviones, en un cambio de paradigma bastante radical”.

De momento, esta “guerra de salvas” prosigue, lo que demuestra que Teherán conserva al menos parte de su capacidad de lanzar misiles. Con algunos blancos exitosos a ojos de Irán, cuyo objetivo es aumentar el coste de sus bombardeos para Estados Unidos e Israel, especialmente en vidas.

El domingo, Washington anunció la muerte de tres de sus soldados en un ataque, en el que también quedaron heridos graves cinco militares. Un misil iraní que cayó en un refugio de la localidad de Beit Shemesh, en el centro de Israel, mató al menos a nueve personas y dejó heridas a más de una veintena.

Información de inteligencia

Dentro de esas ciudades de misiles objetivo prioritario de Israel y Estados Unidos, la más grande es la de Khorramabad en la provincia de Lorestan, en el oeste de Irán. Se utiliza como lugar de almacenamiento y lanzamiento de misiles tierra-tierra y de crucero, incluido el Shahab-3. Esa base ya fue atacada por Israel en los bombardeos de junio. En la provincia de Azerbaiyán Oriental, se encuentran las instalaciones de Tabriz, el segundo complejo de silos de misiles más grande de Irán, probablemente la misma base que aseguró haber bombardeado este sábado el ejército israelí. Los proyectiles que se custodian en ella tienen un alcance más amplio. Algunos son, teóricamente, capaces de alcanzar los países más orientales de Europa.

La región de Teherán también acoge numerosos sitios de lanzamiento de misiles y de centros de mando. Otras de esas instalaciones se sitúan en Kermanshah, a 525 kilómetros de la capital. Allí se encuentra la base del cañon Kenesht y la de Bakhtaran, ambas cerca de la frontera oeste del país y estratégicamente situadas para alcanzar objetivos en Israel y el Golfo.

La provincia central de Isfahán alberga, por su parte, el sitio de ensamblaje y producción de misiles más grande del país, según la ONG NTI (siglas en inglés de Iniciativa contra la Amenaza Nuclear), que no precisa su ubicación exacta. Construido con ayuda de Corea del Norte y China a finales de la década de los ochenta, en sus instalaciones se producen componentes, propulsores sólidos y líquidos, y se ensamblan modelos como el misil de medio alcance Shabab, con capacidad para alcanzar territorio israelí, a menos de 2.000 kilómetros de distancia. Isfahán alberga además dos sitios de despliegue de misiles, según un informe del Instituto Internacional de Estudios Estratégicos de Londres

Atacar esas bases no es muy complicado”, recalca Guillermo Pulido, pero, mientras los ataques israelíes y estadounidenses no logren “destruir los vectores de lanzamiento”, Irán retendrá la capacidad “de hacer daño”. La clave en esta guerra, apunta el también analista militar Jesús Pérez Triana, radicará especialmente “en la información de inteligencia” para poder situar y destruir esas “ciudades de misiles”.


Fuente: El País