Fundador
y editor de
The
Syllabus.
Estados
Unidos no ejerce su dominio a través de la innovación, sino por
cárteles de chips. Ha abandonado el teatro del libre mercado y
gobierna a través de servidores y nubes
Mohammed bin Salman Al y Donald Trump durante un encuentro al que acudieron directivos de Silicon Valley.
En
la base Starbase de SpaceX, en el sur de Texas, Pete
Hegseth escenificó
un anuncio estratégico bajo la forma de un lanzamiento de producto:
el Pentágono integrará la IA de frontera en sus operaciones
cotidianas y Grok,
la herramienta de inteligencia artificial de Elon Musk,
se acoplará a las redes militares, recopilando y analizando datos
incluso de las actividades clasificadas. El escenario no era casual:
era parte del mensaje. Que un secretario de gabinete haga anuncios
sobre la infraestructura estratégica de Estados Unidos desde las
instalaciones de lanzamiento privadas de un multimillonario no es un
accidente de comunicación: es la forma administrativa que expresa la
fusión entre Estado y capital.
Pete Hegseth durante una sesión informativa para la Cámara de Representantes en el Capitolio de Washington D. C.
Durante
años, la hegemonía tecnológica estadounidense se sostuvo sobre una
ficción delicada: la del mercado. Las empresas privadas
'casualmente' dominaban chips, nubes y plataformas; los aliados
'casualmente' adoptaban como estándar las stacks estadounidenses;
Washington simplemente arbitraba. Esa ficción se está desmoronando
a la vista de todos. Lo que distingue el momento actual no es la
dominación, sino el descaro: la capacidad de computación se maneja
ya sin disimulo como un instrumento de política de Estado, y el
Estado ha abandonado la farsa de presentarse como el espectador que
asiste neutral de los triunfos de Silicon Valley.
La
trayectoria se hizo visible hace un año, aunque en un registro menos
teatral. El 13
de enero de 2025,
el Departamento de Comercio desplegó el marco de
Estados Unidos para la difusión global de la Inteligencia
Artificial: un régimen de tres niveles para racionar los chips
avanzados y los ecosistemas construidos a su alrededor. Los aliados
más cercanos enfrentarían restricciones mínimas al acceso; la
mayoría de los países quedarían limitados por cuotas y forzados a
programas de concesión de licencias y autorización de centros de
datos; los adversarios serían bloqueados por completo. La ambición
estatal era descarnada, se guardaba el derecho a decidir quién
tendría permiso para respirar dentro de la sala de servidores.
Sam Altman, director ejecutivo de OpenAI, respaldado por Microsoft, y creador de ChatGPT, participa en una charla en la Universidad de Tel Aviv, Israel.
Entonces
la narrativa estadounidense se tambaleó. A finales de enero de 2025,
la empresa china DeepSeek trepó hasta lo más alto de las
listas de la App Store de Apple y desató el pánico
en los mercados. Nvidia
se desplomó cerca de un 17 % en una sola sesión, borrando del mapa
aproximadamente 593.000 millones de dólares en capitalización
bursátil —la mayor pérdida jamás registrada en
un día. Ocurrió justo después de que los inversores se enfrentaran
a una posible herejía: las ganancias en eficiencia y los atajos
algorítmicos podían dinamitar el relato estadounidense según el
cual la superioridad tecnológica exige escalar gastando cada vez
más. Hasta Sam Altman tuvo que reconocer que el modelo
R1 de DeepSeek era «impresionante», y se mostró
impresionado con que DeepSeek asegurara haber entrenado su modelo
anterior, el V3, con menos
de 6 millones de dólares de gastos en capacidad de
cómputo.
La
respuesta de Washington no fue ceder el control, sino cambiar de
táctica. En mayo de 2025, el Departamento de Comercio retiró
el marco de difusión de IA. Lo hizo días antes de que
empezaran a aplicarse sus principales exigencias. Ello no supuso dar
un paso atrás en la jerarquía de control sino el reconocimiento de
que regular con normas puede resultar demasiado lento en un
ecosistema que funciona a base de escasez, licencias, negociación y
diplomacia. Cuando las reglas no llegan a tiempo, la lógica de
cártel ocupa su lugar: excepciones, listas negras, pactos y bloqueos
de la cadena de suministro.
Ese
bloque ya tiene nombre. Pax
Silica es
el intento de la administración Trump de convertir las cadenas de
suministro de IA y semiconductores en una arquitectura de alianzas,
acercándose así a los países que controlan los cuellos de botella
críticos. Catar y los Emiratos Árabes Unidos se sumaron en enero de
2026, uniéndose a otros países como Israel, Japón, Corea del Sur,
Singapur, Reino Unido y Australia. En la jerga del Departamento de
Estado, se trata de una declaración de seguridad económica –paz a
través del silicio–, donde “paz” significa la disciplina de
que los chips, minerales, energía, logística e infraestructura de
computación en la nube se encuentren bajo las condiciones que dicte
Washington.

La
diplomacia del cómputo no es nueva; solo lo es el descaro. Estados
Unidos lleva décadas gobernando a través de intermediarios: bancos
y aduanas en la era de la diplomacia del dólar, petroleras y
mercados de bonos de deuda del Tesoro en la era del del petrodólar.
El intermediario de hoy es la stack tecnológica.
Los controles de exportación y la jurisdicción sobre la nube
cumplen la función que antes desempeñaban las lanchas cañoneras y
los prestamistas de deuda, pero sin el escrutinio que supone estar
sometido a los titulares de prensa. A medida que el sistema se
consolida, la capa de intermediarios locales se vuelve prescindible.
Las licencias de uso, la telemetría (la recopilación continua de
datos sobre cómo y dónde se usa el sistema) y el monopolio sobre el
hardware estratégico hacen ese trabajo de manera más eficiente y
barata.
La
fusión entre Estado y capital se ve con más claridad allí donde el
objetivo político de Washington es exportar dependencia, no
productos. En julio
de 2025,
Trump firmó una orden ejecutiva tituladaPromoting
the Export of the American AI Technology Stack,
que encomendaba al Departamento de Comercio la creación de
un Programa
de Exportación de IA Estadounidense estructurado
en torno a paquetes full-stack:
hardware, servicios de nube, flujos de datos, modelos y aplicaciones.
No se trata simplemente de aumentar la cuota de mercado, sino de
loque se conoce como cautividad tecnológica; una forma de convertir
las decisiones de compra en subordinación geopolítica.
A
veces alguien dice en voz alta lo que todos callan. En julio de 2025,
el secretario de Comercio Howard Lutnick explicó en televisión la
lógica de controlar las exportaciones a China: se trata
de vender los
chips suficientes para que los desarrolladores de
otros países se «enganchen al stack tecnológico
estadounidense». Se expresa en un lenguaje tosco, pero la doctrina
de Washington es sofisticada. La dependencia no es un accidente, es
el diseño mismo del sistema.
La
columna vertebral física de este orden se está construyendo a una
escala que convierte en anécdota los viejos debates sobre 'política
de innovación'. Stargate –presentado
como una inversión de 500.000
millones de dólares en infraestructura de IA– ya
se ha expandido y planea inaugurar múltiples sedes en Estados Unidos
junto a socios como Oracle y SoftBank. Se informó de la creación de
nuevos centros de datos bajo el paraguas de Stargate en septiembre de
2025, presentados como una iniciativa privada pero impulsados gracias
l visto bueno presidencial. Según OpenAI, el despliegue supone casi
7 gigavatios de capacidad planificada y más de 400.000 millones de
dólares en inversión en tres años.
Anuncian el proyecto Stargate.
Hasta
los imperios tienen que negociar con la física. En enero de 2026, la
Casa Blanca presionó a PJM —la
mayor operadora de red eléctrica de Estados Unidos– para que
celebrara una subasta de emergencia para aumentar el suministro
eléctrico porque la demanda de los centros de datos estaba apretando
la oferta y avivando el temor a apagones. Las propuestas de la
operador para obligar a las nuevas instalaciones de alto consumo a
conseguir su propia generación eléctrica o aceptar que puedan
existir cortes de suministro se leen como una nota al pie de la
ambición imperial: la diplomacia del cómputo depende de los
electrones, y los electrones no obedecen a las notas de prensa.
El
efecto geopolítico colateral es un nuevo torneo de sumisión en el
que los Estados compiten no por la independencia, sino por la
proximidad al centro. Japón es un buen ejemplo. SoftBank liquidó
toda su participación en Nvidia –5.800 millones de dólares–
para volcarse en IA, apostando por OpenAI y Stargate. Masayoshi Son
también lanzó Project
Crystal Land –un billón de dólares para
montar un “Shenzhen americano” en Arizona. Esto es, capital
japonés financiando las fantasías de reindustrialización
estadounidenses. La lógica sistémica resulta transparente de
observar: en un mundo monopolístico, la diversificación parece un
suicidio, de modo que la jugada racional es convertirse en un agente
autorizado del monopolio.
Europa
juega la misma partida con mejor retórica y peores resultados: poder
regulador que se enarbola y luego se cede discretamente en nombre de
la competitividad. El Golfo también participa en el juego, pero
cuenta con liquidez y energía. Confía en traducir su riqueza
soberana en acceso privilegiado dentro del perímetro de la Pax
Silica. América Latina, en cambio, no se posiciona como
codesarrolladora de la stack,
sino como anfitriona de sus capas más materiales y menos glamurosas:
tierra, electricidad y permisos legales.
Argentina
ofrece un ejemplo nítido de este panorama. En octubre de 2025,
OpenAI y Sur Energy (una empresa argentina de energía renovable)
firmaron una acuerdo de intenciones para explorar la posible creación
de un proyecto de centro de datos de 25.000
millones de dólares. Bautizado como «Stargate
Argentina», tendría una capacidad de hasta 500
megavatios. El relato de la propia OpenAI lo presentaba
como una oportunidad para el desarrollo nacional: Sur Energy
lideraría un consorcio local, habría incentivos a la inversión, y
un socio de nube por definir completaría el esquema. Este es el
pacto desarrollista contemporáneo: te venden modernización, pero tú
construyes la infraestructura física y ellos conservan el control
estratégico –modelos, nubes, jurisdicción, y estándares.
Brasil
participa de la stack en
términos similares, por razones que por supuesto nada tienen que ver
con el «talento» y todo con el poder. Equinix, uno de los mayores
operadores mundiales de centros de datos, presenta Brasil
como mercado
prioritario ante la demanda impulsada por la IA,
citando la existencia de energías renovables abundantes y propuestas
de exenciones fiscales para equipamiento de centros de datos. La
economía política es simple: un centro de datos hiperescalar no es
una fábrica en el sentido desarrollista clásico. Se parece más a
un nodo privado que procesa tanto servicios públicos como privados,
enchufado a ecosistemas de nube extranjeros y tratado cada vez más
como infraestructura estratégica. El problema es que una vez que los
Estados organizan la administración pública y los servicios
privados a través de estos nodos, las posiciones de la negociación
se desplazan. Lo que se vendía inicialmente como una inversión
estratégica puede convertirse silenciosamente en una fuente de
dependencia administrativa.
Sin
necesidad de romantizarlos, pero aquí es donde los movimientos
sociales entran en juego. Los conflictos que importan se librarán en
torno a los precios de la energía, el uso del agua, los derechos
sobre la tierra, las condiciones laborales y el estatuto legal de los
datos alojados en instalaciones nacionales pero gobernados por
proveedores extranjeros. La pregunta no es si la “IA” es buena o
mala, sino si la nueva infraestructura puede ser forzada a rendir
cuentas democráticamente o si funcionará como los ciclos
extractivos anteriores: recursos públicos movilizados para sostener
rentas privada, con la soberanía redefinida como el derecho a alojar
las máquinas de otras potencias.
El
papel de China en esta historia no es el de ser un ejemplo moral,
sino el contraste estratégico que ofrece. El momento DeepSeek
fue importante porque sugirió que los controles de exportación
pueden ralentizar a los rivales al tiempo que estimulan el tipo de
determinación política que hace tolerable la ineficiencia. La
mayoría de los gobiernos tratan la dependencia como algo natural y
se concentran en gestionarla. Pekín la trata como una vulnerabilidad
y, cuando es necesario, actúa en consecuencia. Esa postura es
difícil de replicar en otros lugares, pero clarifica la elección
real que la Pax Silica intenta ocultar: el coste del rechazo es
doloroso; el coste de la obediencia es estructural.
Pax
Silica es, en última instancia, una expresión inusualmente
honesta. Admite que la nueva paz es una paz administrada: paz por
medio del silicio, mantenida por quienes controlan el suministro. Los
imperios anteriores perduraron porque sostuvieron la ficción del
beneficio mutuo. El actual se muestra cada vez más impaciente con la
ficción. Esa impaciencia puede resultar ser su debilidad. Cuando la
dominación deja de disfrazarse de comercio, el consentimiento se
vuelve más difícil de fabricar, y las fricciones de las redes
eléctricas, los presupuestos y la política dejan de parecer ruido
de fondo para convertirse en el terreno donde se disputará la paz
del silicio.
Fuente:
El
Salto