viernes, 21 de agosto de 2026

El inmigrante de los informativos

 

 Por Marco Alagna Morales   
      Colaborador de CTXT.


En 1993, con un 1 % de población migrante, casi la mitad de los encuestados ya los consideraba demasiado numerosos. Treinta años después, el mapa del empleo extranjero y el del voto a Vox no coinciden. Salvo cuando se baja al municipio


Recorte de la portada del Diario de Cádiz del 2 de noviembre de 1988. La fotografía es de Ildefonso Sena.


     Aigues-Mortes, Francia, 1893. Las salinas de Peccais emplean cada verano a varios cientos de hombres para recoger sal bajo un calor que hace casi imposible el esfuerzo. Se paga a destajo. Quienes acuden allí no son trabajadores especializados. Son temporeros del Macizo Central, a los que la región llama trimards, y piamonteses a los que la miseria agraria ha arrojado a los caminos del sur. Estos últimos trabajan en cuadrillas organizadas y consiguen una mayor producción de sal.

El 16 de agosto de 1893, se produce un altercado junto a uno de los depósitos de agua dulce. No es más que una riña entre hombres exhaustos. La noticia circula sin embargo por el pueblo durante la noche y, al día siguiente, se forma una turba. Cientos de franceses, a los que se suman habitantes de Aigues-Mortes que no trabajan en las salinas, persiguen a los italianos por el campo. Ese día, trabajadores franceses matan a golpes y pedradas a trabajadores italianos. El balance oficial asciende a ocho muertos, aunque nunca podrá establecerse con exactitud, ya que algunos cuerpos desaparecieron en las lagunas. En diciembre de ese mismo año se celebra un juicio en Angulema que termina con absoluciones.

Los italianos de Peccais llevaban años trabajando en el lugar. Su número no había aumentado bruscamente durante el verano de 1893 y sus salarios tampoco habían caído de repente. Lo que había cambiado era la rivalidad habitual entre dos grupos de jornaleros, que había adquirido otra naturaleza. Una simple disputa laboral se volvió de repente una oposición entre franceses e italianos. Los socialistas usaron los hechos de Aigues-Mortes para defender una de las medidas que pedían. Querían un salario mínimo para todos los trabajadores, sin importar su nacionalidad. Así buscaban evitar que los extranjeros compitieran de manera injusta con los trabajadores franceses. Édouard Drumont, periodista y escritor de extrema derecha, acusaba a los italianos de aceptar salarios de miseria y pensaba que la solución era expulsar a los extranjeros. Lo decía en La Libre Parole, su periódico antisemita y nacionalista. 

En el Midi, los trabajadores franceses también se enfrentaban a la competencia de trabajadores extranjeros. En Marsella, desde 1888, obreros franceses iban a los barcos donde trabajaban italianos y pedían que los despidieran; en algunos casos lo lograron. En 1893, los trabajadores de la Joliette exigieron que las empresas que trabajaban para el Estado, la provincia o el municipio tuvieran que limitar al 10 % el empleo de extranjeros. El lenguaje era claramente económico. Se acusaba a los extranjeros de quitarles el trabajo a los franceses y de aceptar sueldos más bajos. Un boletín obrero marsellés de 1891 resumía este rechazo hablando de “ese obrero italiano o español” que venía a ocupar un puesto en el taller junto al trabajador francés. 

Posteriormente se registraron incidentes entre trabajadores franceses y españoles en Limoux, en 1894; Perpiñán, en 1897; y Narbona, en 1900. Los expedientes de los Archivos Nacionales franceses recogen así los “incidentes entre obreros franceses y españoles” de Limoux (ref: BB18 1972) y los “desórdenes entre obreros franceses y españoles” de Narbona (ref: BB18 2170). Lo que se repite de un conflicto a otro es menos una hostilidad vinculada a una nacionalidad concreta que un mismo lenguaje de la competencia: el extranjero es presentado como aquel que ocupa el lugar del francés y amenaza su salario.

La historiografía francesa ha documentado con minuciosidad estos episodios poco gloriosos de la historia social del país. Pero este mecanismo no se limita a la Francia de finales del siglo XIX ni a los enfrentamientos entre trabajadores de distintas nacionalidades. Aparece, bajo formas y en contextos muy diferentes, cada vez que una competencia real o supuesta con los extranjeros se transforma en una percepción más general de amenaza económica. La España de comienzos de los años noventa ofrece, a este respecto, un caso paradigmático de percepción ampliamente imaginaria de la competencia extranjera.

El 1 de enero de 1993, España contaba con 393.100 inmigrantes, aproximadamente el 1 % de su población.

Ese mismo año, un estudio del CIS concluía que el 45 % de quienes respondieron a la pregunta, una vez excluidas las respuestas sin opinión (n=2080), consideraba excesivo el numero de inmigrantes (CIS nº 2051).

La proporción era idéntica dos años antes. A la vista de los datos, no puede atribuirse estos resultados a ninguna experiencia de saturación ni a ningún pueblo desbordado por la inmigración, puesto que aquello que los encuestados consideraban excesivo no formaba parte de su experiencia cotidiana. Las demás respuestas del mismo barómetro apuntan en la misma dirección. En 1993, también según el CIS, el 74 % de los encuestados estaba de acuerdo con la idea de que los inmigrantes quitaban trabajo a los españoles, y el 67 % con que hacían bajar los salarios. El estereotipo de la competencia laboral estaba, por tanto, ampliamente extendido en nuestro país a comienzos de los años noventa, aunque esa competencia no se producía materialmente.

Hay que distinguir, por tanto, entre la presión migratoria real y la presión transmitida. Esta última parece estar estrechamente relacionada con el tratamiento mediático, cuyos efectos pueden observarse en los propios sondeos: aquellos en los que la inmigración ocupa el tercer lugar entre los problemas del país coinciden con anuncios de regularización, con su aplicación o con su restricción. Es decir, con los momentos en que la inmigración se convierte en noticia, no con aquellos en los que aumenta. En 1993, además, una mayoría de los encuestados identificaba al inmigrante con el marroquí, aunque los marroquíes ni siquiera constituían el grupo mayoritario entre los extranjeros residentes.

La iconografía que sustenta el estereotipo del inmigrante en nuestro país es, además, anterior a las propias encuestas. En noviembre de 1988, una embarcación naufraga en la playa de Los Lances, en Tarifa; mueren ahogadas once personas y la fotografía tomada por Ildefonso Sena deja una profunda huella en la opinión pública española. La palabra patera empieza a difundirse a partir de 1992, cuando las restricciones derivadas de Schengen modifican las condiciones de entrada, y durante la década se convierte en el símbolo por excelencia de la inmigración, hasta llegar a designar cualquier tipo de embarcación. La opinión pública de 1991 disponía ya, por tanto, de una representación del inmigrante, fijada, casi encuadrada, cuando su presencia real apenas había alcanzado el umbral de visibilidad.

Es lo que el sociólogo Jean Baudrillard denominaba la “desrealización del mundo”. A fuerza de circular, la imagen de lo real termina imponiéndose sobre aquello que pretendía representar. Deja de ser una representación de la realidad para convertirse en la realidad misma, hasta el punto de que la representación de la cosa representada se vuelve más real que la propia cosa. El marroquí o el subsahariano de los informativos españoles, la patera interceptada, la cifra anual de entradas, ya no son, a comienzos de los años noventa, una representación de la inmigración: son la inmigración misma.

España cuenta hoy con unos siete millones y medio de residentes extranjeros (14,9 %), según el censo del INE a 1 de julio de 2026, muchos de ellos empleados en la agricultura intensiva, la hostelería, la construcción y los cuidados a domicilio. La sensación de competencia laboral que los encuestados de comienzos de los años noventa describían sin haberla experimentado tiene ahora sectores, áreas de empleo y salarios concretos. El gráfico que sigue cruza dos variables para diecinueve territorios: en el eje horizontal, la proporción de extranjeros entre los afiliados a la Seguridad Social en cada CCAA; en el eje vertical, el porcentaje obtenido por Vox en las elecciones generales de 2023 en cada CCAA. Si la presencia extranjera alimentara el voto de rechazo, los puntos deberían disponerse siguiendo una pendiente clara. La medida utilizada se limita por comodidad metodológica a los afiliados a la Seguridad Social y deja fuera a desempleados, jubilados, menores y a toda la inmigración irregular. 

El coeficiente de correlación es de r= 0,15 (Bravais-Pearson), con p = 0,53: un resultado sin significación estadística. Conviene precisar su alcance. Con diecinueve territorios, la prueba solo detectaría un vínculo fuerte, y el intervalo de confianza deja abierto un abanico que va de una ligera relación inversa hasta una correlación moderada. Estos datos no permiten, por tanto, descartar cualquier relación entre ambas variables; indican únicamente que no bastan para establecerla. Lo que el gráfico muestra sin necesidad de inferencia es otra cosa: la nube de puntos no dibuja pendiente alguna y los casos extremos se reparten en todas las direcciones.


Porcentaje de extranjeros sobre el total de afiliados a la Seguridad Social, en el eje horizontal, y voto a Vox en las elecciones generales de 2023, en el vertical, para 19 territorios.

Ceuta registra el porcentaje más alto de voto a Vox del país, un 23,3 %, con una presencia extranjera entre los afiliados del 11,4 %, similar a la de Andalucía –aunque su condición de enclave fronterizo con un desempleo masivo la convierte en un caso aparte–. Baleares presenta la proporción más elevada del conjunto, un 26,3 %, y se queda en un 15,2 % para Vox, apenas por encima de la media. En Cataluña casi uno de cada cinco afiliados es extranjero y Vox obtiene un 7,8 %; en Canarias, con un 15,5 % de afiliados extranjeros, se queda en un 7,6 %. Extremadura invierte la lógica: la menor presencia extranjera del conjunto, un 5,7 %, y un 13,6 % de voto a Vox. Murcia y la Comunidad Valenciana, donde ambos valores son altos, no son casos ejemplares sino uno más entre los diecinueve. 

Así pues, el mapa del empleo extranjero y el del voto a Vox no se superponen. Lo que separa a Cataluña de Murcia o al País Vasco de Ceuta escapa a la demografía laboral. La explicación más plausible remite a la historia política de cada territorio y, en varios de ellos, al peso de un nacionalismo periférico que ocupa ya el terreno identitario y deja poco espacio a una formación centralista.

La relación aparece, en cambio, con mayor nitidez cuando descendemos a la escala municipal. Un estudio dedicado a los municipios de la región de Murcia, publicado en 2019 por elDiario.es, encuentra una correlación positiva de r= 0,54 entre la proporción de población extranjera y el voto a Vox, que alcanza 0,58 cuando se considera específicamente la población inmigrante extracomunitaria. El modelo presentado por los autores atribuye a esta variable, tomada de forma aislada, cerca de un tercio de la varianza del voto a Vox.

Este resultado no contradice el observado a escala de las comunidades autónomas. Sugiere más bien que la relación entre presencia extranjera y voto de rechazo puede manifestarse a una escala territorial reducida muy concreta y desaparecer cuando los datos se agregan a otra escala más amplia. La Región de Murcia constituye, a este respecto, un caso especialmente interesante: varios municipios combinan una presencia inmigrante superior a la media regional y un elevado voto a Vox. 

Los casos concretos de dos municipios que se han distinguido por los conflictos locales que han experimentado, como Torre Pacheco en Murcia y El Ejido en Andalucía, ilustran así la verdadera dimensión del fenómeno: los enfrentamientos entre españoles y extranjeros toman forma en espacios geográficos reducidos, a escala del municipio, allí donde la convivencia, la competencia por el empleo y los recursos y las tensiones sociales se vuelven concretamente perceptibles. Es a esta escala donde las relaciones entre poblaciones pueden transformarse en relaciones de competencia, conflicto o rechazo, mucho más que a la escala, necesariamente más abstracta, de las comunidades autónomas.

Este descenso a la escala municipal tampoco invalida lo que mostraba ya la España de los años noventa. Permite, al contrario, precisar su alcance. Si en determinados municipios una fuerte presencia extranjera puede coincidir efectivamente con un mayor voto de rechazo, también ocurre lo contrario: en territorios donde los extranjeros son poco numerosos, la sensación de una presencia masiva puede llegar a imponerse. Extremadura, Asturias o Cantabria ofrecen ejemplos de ello. 

De todo lo que hemos visto hasta aquí se desprende que la percepción de la inmigración no se mide únicamente por su presencia. Cuando la realidad local ofrece pocos contactos con una población extranjera que, sin embargo, es presentada como omnipresente, una parte de esa percepción procede necesariamente de algo distinto de la experiencia cotidiana.

A diferencia del siglo XIX, cuando la percepción del extranjero descansaba más en la experiencia directa y en una circulación de la información mucho más limitada, hoy la presencia extranjera y su percepción son dos realidades distintas. La imagen del extranjero no se construye únicamente a partir de la experiencia directa: también se forma mediante las categorías, los relatos y las imágenes que dan un rostro a esa presencia.

Esta representación puede recuperar, en un contexto contemporáneo, el lenguaje de la competencia económica que ya era visible en los conflictos del siglo XIX. En España, la investigadora López Talavera observa que, a partir de 2010, en el contexto de la crisis económica, los medios conceden mayor espacio al temor a la competencia de los inmigrantes por el acceso al mercado laboral y a las prestaciones sociales. Algunas informaciones presentan al colectivo inmigrante como parte implicada o incluso como responsable del conflicto económico, mientras que uno de los estereotipos señalados en la literatura sobre el tratamiento mediático consiste en asociar la inmigración al desempleo de la población activa española. El extranjero no aparece así únicamente como un otro demográfico o cultural: también puede ser construido como aquel que ocupa el lugar del nacional, compite por su empleo o pesa sobre los recursos colectivos.

De todo ello se desprenden dos exigencias políticas. La primera concierne a los medios de comunicación. La construcción reiterada del inmigrante como amenaza, delincuente o competidor económico no carece de consecuencias sobre la percepción colectiva. Los trabajos dedicados al tratamiento periodístico de la inmigración llevan tiempo reclamando un refuerzo de las normas deontológicas y una mayor contextualización de las informaciones.

La segunda concierne a las políticas públicas. Es urgente replantear las políticas de vivienda, urbanismo y ordenación del territorio para evitar fenómenos de hiperconcentración territorial que pueden transformar una presencia demográfica en una experiencia cotidiana de competencia o de separación. No se trata de negar las realidades de la inmigración ni de imponer una dispersión administrativa de las poblaciones, sino de evitar que determinados territorios acumulen de forma duradera concentración migratoria, precariedad, dificultades de acceso a los servicios y escasa mezcla social. De lo contrario, dejamos en manos de los conflictos locales, de los discursos políticos y de las representaciones mediáticas la tarea de dar sentido a una realidad territorial que los poderes públicos deberían haber anticipado mejor.



Fuente: CTXT

Análisis privados detectan niveles muy altos de plomo y metales pesados en vecinos de Los Mateos, en Cartagena

 

 Por Macu Alemán   
      Periodista. Desde 1992 en Onda Regional de Murcia.


La Plataforma de Suelos Contaminados alerta de la exposición a metales y amianto y reclama medidas de protección, especialmente para los niños


Niveles muy altos de plomo y otros metales pesados en Los Mateos, Cartagena.



     Análisis de laboratorios privados confirman niveles muy altos de plomo y metales pesados en vecinos y casas del barrio cartagenero de Los Mateos junto a la parcela donde el ayuntamiento quiere construir vivienda pública. La Plataforma de Suelos Contaminados denuncia la exposición a metales y amianto y reclama protección, especialmente para los niños.

Uno de los vecinos que vive frente a esta parcela contaminada ha interpuesto una denuncia en el juzgado. Antonio Fernández tiene 63 años, está recibiendo quimioterapia por un cáncer y vive en este barrio situado junto a desaparecida fábrica de Potasas y Derivados. Análisis en las casas y en las personas revelan niveles muy altos de plomo y metales pesados. Lo más preocupante son los niños: su nieto tiene 12 microgramos por decilitro en sangre. Más de 10 microgramos se considera peligroso para adultos pero en el caso de los menores la cifra es cero.

Hoy han vuelto a denunciar irregularidades en la manipulación y depósito de los residuos que llevan desde enero acumulados en montones o sacas en la parcela solo cubiertos por plásticos. Se sienten abandonados por las administraciones que deben velar por su seguridad.

La previsión vecinal ha conseguido que la dirección general de Salud Pública se haya comprometido al menos a realizar estos controles de sangre, según la plataforma de Suelos Contaminados. Son ya más de cuarenta las denuncias que se han interpuesto por estas y otras irregularidades que el ayuntamiento de Cartagena niega. Fulgencio Sánchez, es miembro de este colectivo.



Fuente: Onda Regional de Murcia

martes, 18 de agosto de 2026

Los mitos sobre la violencia sexual en el ocio nocturno

 

      Periodista y activista que escribe sobre justicia social.


El pánico a sufrir violaciones al salir de fiesta ha adquirido un efecto disciplinante sobre las mujeres, pero el 68,5% de las agresiones fuera de la pareja se producen en el espacio doméstico y casi todas las víctimas conocían a su atacante


Chicas bailando en un local de ocio.


     Si echamos la vista atrás y recordamos algunos de los casos más mediáticos sobre agresiones sexuales en España en los últimos años, enseguida observamos que la mayoría habían transcurrido en entornos de ocio nocturno: desde la violación grupal de ‘La Manada’, que se produjo en un portal durante las fiestas de San Fermín en Pamplona, hasta la agresión sexual del futbolista Dani Alves a una joven en el baño de una discoteca en Catalunya, pasando por el caso de Diana Quer en A Coruña, abusada y asesinada a manos de José Enrique Abuín Gey, alias El Chicle, cuando volvía de las fiestas populares de A Pobra do Caramiñal en el verano de 2016.


Concentración en Madrid en defensa de la víctima de la violación múltiple en San Fermín.



Dani Alves, durante la lectura de la sentencia del 22 de febrero.


Inauguración de la plaza Diana Quer en Pozuelo de Alarcón.


Quizá la primera vez que comenzó a tratarse en los medios de nuestro país la violencia sexual fue tras el suceso de las niñas de Alcàsser, tres menores valencianas de 13 y 14 años que fueron secuestradas, violadas, torturadas y finalmente asesinadas en noviembre de 1992 cuando se dirigían a una discoteca de tarde.

Sin duda, la narrativa mayoritaria que rodea a estas violencias ha tendido a vincular peligrosamente ocio nocturno, verano y riesgo. La hipermediatización de estos casos brutales ha sido clave para visibilizar el carácter estructural y patriarcal de las violencias, para señalar que el género es un factor de vulnerabilidad. Pero también ha opacado un hecho muy relevante: la mayor parte de las agresiones sexuales poco o nada tienen que ver con lo que vemos en las portadas de los medios generalistas.


Prisioneros palestinos detenidos en la prisión israelí de Ofer, cerca de Jerusalén, en la Cisjordania ocupada, el 28 de agosto de 2024.

Estas, por el contrario, suceden en el espacio privado, por parte de personas cercanas a la víctima, y casi nunca llegan hasta los tribunales. Se trata de violencias silenciosas, cotidianas y por ello socialmente soterradas en la impunidad. Muchas voces expertas en género alertan de que ligar las agresiones a la fiesta y al verano no sólo tapa muchos otros casos a menudo más representativos: también contribuye a mermar significativamente la libertad sexual de las mujeres a la hora de ocupar el espacio público.

Para conceptualizar lo que ocurre con los mitos popularizados en torno a la violencia sexual, el Observatorio Noctámbul@s –cuya labor se centra en analizar estas violencias acaecidas en entornos de ocio nocturno– habla de una “lógica de la excepcionalidad”: los relatos hegemónicos sobre agresiones, basados en casos excepcionales y/o extremos como el de ‘La Manada’, acaban operando en última instancia en los cuerpos feminizados como si se tratasen de la regla general. A través de mecanismos implícitos de responsabilización y culpa, que han acompañado históricamente a las mujeres, “se establece un sistema de control y de intimidación colectiva que deriva en autorrepresión y control de su sexualidad”, indican en un informe.


Violencia sexual en el deporte: Relatos mediáticos.

La culpa, señalan, es una sensación recurrente en estos casos donde parece que si la víctima sufrió una agresión fue porque hizo un uso libre de su cuerpo o incluso consumió sustancias en determinados espacios lúdico-festivos.

Mientras el pánico a vivir abusos al salir de fiesta ha terminado por disciplinar los cuerpos de muchas jóvenes impactando de forma directa sobre su libertad de movimiento, los datos de la Macroencuesta de Violencia de Género afirman lo siguiente: el 68,5 % de las mujeres que han sufrido una violación fuera de la pareja alguna vez sostiene que la agresión sucedió en una casa, el 16,3 % que ocurrió en zonas abiertas como calles o parques y el 11 % que la violación tuvo lugar en entornos festivos (7,3 % en discotecas, bares, etc., y 5,9 % en entornos festivos al aire libre). Es decir, las agresiones acaecidas en espacios de ocio nocturno son una minoría frente a las que suceden en el entorno privado. Otro estudio reciente, realizado a menor escala por el Ayuntamiento de Madrid, revela que en el 65 % de los casos de agresión sexual en la capital los victimarios fueron hombres conocidos por la víctima. Solo el 28 % de las mujeres que han sufrido una violación fuera del ámbito de la pareja cita a un hombre desconocido como agresor.

Todos estos casos, que rara vez consiguen documentarse, presentan un número preocupante de infradenuncia por la complejidad que entraña reconocer la violencia y hablar públicamente de ella. Romper el silencio se convierte en un ejercicio casi imposible. “Es muy difícil muchas veces denunciar a tu tío, tu padre, tu hermano, tu primo o tu abuelo.


Concentración en Madrid, tras conocerse la sentencia de la manada.

La mayoría de los delitos se cometen en el propio domicilio, según el Ministerio del Interior. Esto significa que tienes que tener algún tipo de relación con esa persona que te ha agredido sexualmente, por lo que hay que desmitificar este imaginario colectivo de que nos van a violar al volver de fiesta”, advierte Beatriz Martos, responsable de campañas de derechos humanos de las mujeres en Amnistía Internacional España. Martos, en este sentido, considera que los mitos sobre el terror sexual producen “que nos recluyamos más en el espacio doméstico para evitar la calle”. En esta infradenuncia de la violencia sexual doméstica también entran factores como el miedo a no ser creída, al ostracismo, a tener que seguir conviviendo con el agresor o el vínculo familiar con el mismo.

Disciplinamiento de la sexualidad

Pese a las citadas cifras, que permiten visualizar un mapa menos alarmista respecto a los posibles peligros de la noche en relación a la violencia machista, la asociación feminista Clara Campoamor incide, en la misma línea que Martos, en que el miedo a sufrir agresiones en bares o discotecas a menudo tiene efectos simbólicos muy relevantes a largo plazo. “Muchas evitamos salir solas de noche, aceptamos modificar nuestra forma de vestir, hemos normalizado compartir nuestra ubicación con familiares o amigas o procuramos volver acompañadas. Esto supone la restricción última de nuestra autonomía y del derecho a disfrutar libremente del espacio público y de la vida social y sexual”, explica a CTXT Izaskun Gutiérrez, educadora social en esta asociación referente en la denuncia de violencias machistas.

Además de esta hipervigilancia aprendida por mujeres jóvenes, también se generan por inercia mecanismos de silencio e impunidad hacia muchos agresores, que suelen pasar inadvertidos en los medios y rara vez ocupan titulares.


El 29% de los jóvenes han sufrido violencia sexual durante su infancia o adolescencia.

“Es mucho más difícil identificar como potenciales agresores a las personas que forman parte de nuestra cotidianidad y con las que nos relacionamos y es mucho más fácil visualizar a una persona desconocida, sin rostro, que un día en el rincón de una discoteca nos agrede”, cuenta María Giaever, doctorada en Sociología y técnica del Observatorio Noctámbul@s.

A su juicio, ha habido en los últimos años un boom de focalización de los medios en un tipo muy concreto de violencia que desvía la mirada de lo estructural, lo cotidiano. La construcción patriarcal de la sexualidad ha originado históricamente que esta termine domesticándose y disciplinándose “en pos de la seguridad de las mujeres”. Esta percepción de la seguridad, que muchas veces se utiliza de forma torticera para coartar la libertad de las mujeres, parte también de una experiencia encarnada desde la niñez que no debe obviarse.

Un efecto simbólico en la libertad sexual

Al ignorarse casi siempre la prevalencia de esta realidad cotidiana, mitificándose las agresiones en espacios como fiestas, muchas mujeres deciden inconscientemente evitar espacios que se podrían identificar como más masculinizados. Por ejemplo, otro reporte de Noctámbul@s refleja que casi el 80 % de las mujeres no escogería las raves como espacio de ocio y el 60 % de estas tampoco frecuentaría las llamadas parking parties. En cambio, los espacios más participados por ellas son las fiestas en casa o bien eventos organizados por empresas privadas, ayuntamientos y entidades sociales.

Aquí entra en juego no solo la idea de autorrepresión de la libertad de movimiento sino también del consumo de sustancias ante el pánico sexual colectivo. Sabemos que el alcohol y las drogas han actuado tradicionalmente como legitimadores de la violencia en los hombres y a la vez como dispositivos de culpabilización hacia las víctimas en base a diversos estereotipos de género ligados a la feminidad. Es decir, no sólo se restringe, por miedo a sufrir determinadas agresiones, la presencia en el espacio público en horario nocturno sino también los consumos. En este sentido, por norma general, la consecuencia de esta narrativa produce que las mujeres consuman preferiblemente drogas legales, menos estigmatizadas y relacionadas socialmente con una menor pérdida de control en el comportamiento.

Pero además se han creado toda una serie de estrategias defensivas –tanto de cuidados colectivos entre mujeres como a nivel individual– para evitar la ingesta involuntaria de sustancias (cuando las agresiones por sumisión química no llegan al 1 % del total en las mujeres mayores de 16 años).


‘Girls just want to have fundamental rights’. Pancarta en una manifestación feminista en EE. UU.

Como explica Burgos, los pintauñas, tiras reactivas y otros kits llevan desarrollándose desde hace más de una década para, en principio, prevenir las agresiones sexuales bajo sumisión química.

Hablar abiertamente de estas formas de desactivar la voluntad de las mujeres a través de psicotrópicos es fundamental, pero hacerlo partiendo de una sobrerrepresentación de estos casos dibujando un clima de alarma social puede resultar contraproducente, señalan las expertas. “La consecuencia más inmediata de esto es la dificultad de identificar violencias y agresores en contextos que no tienen representación mediática y, por lo tanto, quedan fuera del imaginario de la violencia sexual”, apunta Noctámbul@s.

A raíz de casos tan mediáticos, como los pinchazos en el verano de 2022, hay una percepción cerrada sobre el fenómeno de la sumisión química y sobre generar las violencias con presencia de drogas. Las pocas agresiones producidas en entornos de ocio nocturno donde hay alcohol o sustancias se dan por consumo voluntario”, destaca Giaver. De nuevo, que la culpa y el autocontrol interiorizado se centren en las drogas se vuelve algo muy fructífero para desviar el foco de la estructuralidad de la desigualdad de género. Las expertas recuerdan que la violencia sexual se inscribe tanto en el modelo de dominación como en la dimensión moral y subjetiva de la credibilidad.

La construcción social del monstruo que violenta por las noches

Desde el Col.lectiu Punt 6, organización que aborda la igualdad de género a través del urbanismo feminista, expresan que “a las mujeres se nos ha socializado para tener miedo al espacio público, a la noche y a lo desconocido. Además, la violencia se convierte en algo habitual desde pequeñas, nos marca que nos toquen en el metro o vivir comentarios de acoso, que trastocan nuestra noción de seguridad”. Poco a poco aprendemos a sortear esa violencia haciéndonos en cierta medida responsables de prevenirla con todos los medios posibles a nuestro alcance, a no merecerla por nuestros comportamientos.

La politóloga e investigadora feminista Nerea Barjola aborda esta cuestión en su libro Microfísica sexista del poder.


Microfísica sexista del poder. El caso Alcàsser y la construcción del terror sexual.


El caso Alcàsser y la construcción del terror sexual, donde afirma que rápidamente las chicas jóvenes aprenden a “cuidarse” por lo que pueda ocurrir. Una autogestión del riesgo que se ha promovido de manera más o menos consciente desde los medios de comunicación de masas.

En este escenario distorsionado que sobredimensiona ciertos casos extremos de violencia hasta hacerlos parecer la norma (muy funcional a la hora de asegurar el control sobre la feminidad), prevalece la figura estereotípica del agresor-monstruo. Ese paradigma de hombre agresivo, socialmente inadaptado y con patologías mentales que ataca a las mujeres en la noche. Algo parecido al “violador del ascensor”, quien copó durante años las cabeceras de los medios por sus incontables delitos sexuales y cuyo modus operandi consistía en abordar de noche a chicas jóvenes a punta de pistola para secuestrarlas y violarlas.

Vemos a menudo cómo la ultraderecha se ha apropiado de estas figuras “monstruizadas”, tan presentes en el imaginario social colectivo, para vincularlas a los hombres migrantes y / o racializados, que consideran agresores sexuales violentos casi por naturaleza. “La mayoría de las noticias se ilustran con imágenes de los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad alimentando la sensación de peligro inevitable por la monstruosidad de los agresores que solamente puede combatirse a través de la coerción y, por el otro, la narrativa del agresor sin rostro, pese a que alrededor del 45 % de los casos que se atienden en las urgencias hospitalarias son agresiones cometidas por un conocido”, sostienen desde Noctámbul@s.

La construcción social del monstruo a combatir, subraya en un artículo la periodista y antropóloga Ana Burgos, impide abordar la naturaleza sistémica del problema de la violencia (la desigualdad de género y la cultura patriarcal de la violación) que atraviesa a todos los procesos de socialización y las normas culturales. “Cuando se piensa en un agresor desconocido, malvado, cruel, representado en muchos casos desde sesgos clasistas, racistas o capacitistas (pobre, racializado o loco), que te droga para violarte (la punta del iceberg de las violencias sexuales), se aleja la mirada del ‘hijo sano del patriarcado’, el agresor conocido, el primo, vecino, pareja o jefe”, expresa en el texto.


Fuente: Ctxt