Periodista
y activista que escribe sobre justicia social.
El
pánico a sufrir violaciones al salir de fiesta ha adquirido un
efecto disciplinante sobre las mujeres, pero el 68,5% de las
agresiones fuera de la pareja se producen en el espacio doméstico y
casi todas las víctimas conocían a su atacante
Chicas bailando en un local de ocio.
Si
echamos la vista atrás y recordamos algunos de los casos más
mediáticos sobre agresiones sexuales en España en los últimos
años, enseguida observamos que la mayoría habían transcurrido en
entornos de ocio nocturno: desde la violación grupal de ‘La
Manada’,
que se produjo en un portal durante las fiestas de San Fermín en
Pamplona, hasta la agresión sexual del
futbolista Dani Alves a
una joven en el baño de una discoteca en Catalunya, pasando por el
caso de Diana Quer en
A Coruña, abusada y asesinada a manos de José Enrique Abuín Gey,
alias El
Chicle, cuando
volvía de las fiestas populares de A Pobra do Caramiñal en el
verano de 2016.
Concentración en Madrid en defensa de la víctima de la violación múltiple en San Fermín.
Dani Alves, durante la lectura de la sentencia del 22 de febrero.
Inauguración de la plaza Diana Quer en Pozuelo de Alarcón.
Quizá
la primera vez que comenzó a tratarse en los medios de nuestro país
la violencia sexual fue tras el suceso de las niñas de Alcàsser,
tres menores valencianas de 13 y 14 años que fueron secuestradas,
violadas, torturadas y finalmente asesinadas en noviembre de 1992
cuando se dirigían a una discoteca de tarde.
Sin
duda, la narrativa mayoritaria que rodea a estas violencias ha
tendido a vincular peligrosamente ocio nocturno, verano y riesgo. La
hipermediatización de estos casos brutales ha sido clave para
visibilizar el carácter estructural y patriarcal de las violencias,
para señalar que el género es un factor de vulnerabilidad. Pero
también ha opacado un hecho muy relevante: la mayor parte de
las agresiones
sexuales poco
o nada tienen que ver con lo que vemos en las portadas de los medios
generalistas.
Prisioneros palestinos detenidos en la prisión israelí de Ofer, cerca de Jerusalén, en la Cisjordania ocupada, el 28 de agosto de 2024.
Estas, por el contrario, suceden en el espacio privado,
por parte de personas cercanas a la víctima, y casi nunca llegan
hasta los tribunales. Se trata de violencias silenciosas, cotidianas
y por ello socialmente soterradas en la impunidad. Muchas voces
expertas en género alertan de que ligar las agresiones a la fiesta y
al verano no sólo tapa muchos otros casos a menudo más
representativos: también contribuye a mermar significativamente la
libertad sexual de las mujeres a la hora de ocupar el espacio
público.
Para
conceptualizar lo que ocurre con los mitos popularizados en torno a
la violencia sexual, el Observatorio
Noctámbul@s –cuya
labor se centra en analizar estas violencias acaecidas en entornos de
ocio nocturno– habla de una “lógica de la excepcionalidad”:
los relatos hegemónicos sobre agresiones, basados en casos
excepcionales y/o extremos como el de ‘La Manada’, acaban
operando en última instancia en los cuerpos feminizados como si se
tratasen de la regla general. A través de mecanismos implícitos de
responsabilización y culpa, que han acompañado históricamente a
las mujeres, “se establece un sistema de control y de intimidación
colectiva que deriva en autorrepresión y control de su sexualidad”,
indican en un
informe.
Violencia sexual en el deporte: Relatos mediáticos.
La culpa, señalan, es una sensación recurrente en estos casos donde
parece que si la víctima sufrió una agresión fue porque hizo un
uso libre de su cuerpo o incluso consumió sustancias en determinados
espacios lúdico-festivos.
Mientras
el pánico a vivir abusos al salir de fiesta ha terminado por
disciplinar los cuerpos de muchas jóvenes impactando de forma
directa sobre su libertad de movimiento, los datos de
la Macroencuesta
de Violencia de Género afirman
lo siguiente: el 68,5 % de las mujeres que han sufrido una violación
fuera de la pareja alguna vez sostiene que la agresión sucedió en
una casa, el 16,3 % que ocurrió en zonas abiertas como calles o
parques y el 11 % que la violación tuvo lugar en entornos festivos
(7,3 % en discotecas, bares, etc., y 5,9 % en entornos festivos al
aire libre). Es decir, las agresiones acaecidas en espacios de ocio
nocturno son una minoría frente a las que suceden en el entorno
privado. Otro
estudio reciente,
realizado a menor escala por el Ayuntamiento de Madrid, revela que en
el 65 % de los casos de agresión sexual en la capital los
victimarios fueron hombres conocidos por la víctima. Solo el 28 % de
las mujeres que han sufrido una violación fuera del ámbito de la
pareja cita a un hombre desconocido como agresor.
Todos
estos casos, que rara vez consiguen documentarse, presentan un número
preocupante de infradenuncia por la complejidad que entraña reconocer
la violencia y
hablar públicamente de ella. Romper el silencio se convierte en un
ejercicio casi imposible. “Es muy difícil muchas veces denunciar a
tu tío, tu padre, tu hermano, tu primo o tu abuelo.
Concentración en Madrid, tras conocerse la sentencia de la manada.
La mayoría de
los delitos se cometen en el propio domicilio, según el Ministerio
del Interior. Esto significa que tienes que tener algún tipo de
relación con esa persona que te ha agredido sexualmente, por lo que
hay que desmitificar este imaginario colectivo de que nos van a
violar al volver de fiesta”, advierte Beatriz Martos, responsable
de campañas de derechos humanos de las mujeres en Amnistía
Internacional España. Martos, en este sentido, considera que los
mitos sobre el terror sexual producen “que nos recluyamos más en
el espacio doméstico para evitar la calle”. En esta infradenuncia
de la violencia sexual doméstica también entran factores como el
miedo a no ser creída, al ostracismo, a tener que seguir conviviendo
con el agresor o el vínculo familiar con el mismo.
Disciplinamiento
de la sexualidad
Pese
a las citadas cifras, que permiten visualizar un mapa menos alarmista
respecto a los posibles peligros de la noche en relación a la
violencia machista, la asociación
feminista Clara Campoamor incide,
en la misma línea que Martos, en que el miedo a sufrir agresiones en
bares o discotecas a menudo tiene efectos simbólicos muy relevantes
a largo plazo. “Muchas evitamos salir solas de noche, aceptamos
modificar nuestra forma de vestir, hemos normalizado compartir
nuestra ubicación con familiares o amigas o procuramos volver
acompañadas. Esto supone la restricción última de nuestra
autonomía y del derecho a disfrutar libremente del espacio público
y de la vida social y sexual”, explica a CTXT Izaskun Gutiérrez,
educadora social en esta asociación referente en la denuncia de
violencias machistas.
Además
de esta hipervigilancia aprendida por mujeres jóvenes, también se
generan por inercia mecanismos de silencio e impunidad hacia muchos
agresores,
que suelen pasar inadvertidos en los medios y rara vez ocupan
titulares.
El 29% de los jóvenes han sufrido violencia sexual durante su infancia o adolescencia.
“Es mucho más difícil identificar como potenciales
agresores a las personas que forman parte de nuestra cotidianidad y
con las que nos relacionamos y es mucho más fácil visualizar a una
persona desconocida, sin rostro, que un día en el rincón de una
discoteca nos agrede”, cuenta María Giaever, doctorada en
Sociología y técnica del Observatorio Noctámbul@s.
A
su juicio, ha habido en los últimos años un boom de
focalización de los medios en un tipo muy concreto de violencia que
desvía la mirada de lo estructural, lo cotidiano. La construcción
patriarcal de la sexualidad ha originado históricamente que esta
termine domesticándose y disciplinándose “en pos de la seguridad
de las mujeres”. Esta percepción de la seguridad, que muchas veces
se utiliza de forma torticera para coartar la libertad de las
mujeres, parte también de una experiencia encarnada desde la niñez
que no debe obviarse.
Un
efecto simbólico en la libertad sexual
Al
ignorarse casi siempre la prevalencia de esta realidad cotidiana,
mitificándose las agresiones en espacios como fiestas, muchas
mujeres deciden inconscientemente evitar espacios que se podrían
identificar como más masculinizados. Por ejemplo, otro
reporte de
Noctámbul@s refleja que casi el 80 % de las mujeres no escogería
las raves como
espacio de ocio y el 60 % de estas tampoco frecuentaría las
llamadas parking
parties.
En cambio, los espacios más participados por ellas son las fiestas
en casa o bien eventos organizados por empresas privadas,
ayuntamientos y entidades sociales.
Aquí
entra en juego no solo la idea de autorrepresión de la libertad de
movimiento sino también del consumo
de sustancias ante
el pánico sexual colectivo. Sabemos que el alcohol y las drogas han
actuado tradicionalmente como legitimadores de la violencia en los
hombres y a la vez como dispositivos de culpabilización hacia las
víctimas en base a diversos estereotipos de género ligados a la
feminidad. Es decir, no sólo se restringe, por miedo a sufrir
determinadas agresiones, la presencia en el espacio público en
horario nocturno sino también los consumos. En este sentido, por
norma general, la consecuencia de esta narrativa produce que las
mujeres consuman preferiblemente drogas legales, menos estigmatizadas
y relacionadas socialmente con una menor pérdida de control en el
comportamiento.
Pero
además se han creado toda una serie de estrategias defensivas –tanto
de cuidados colectivos entre mujeres como a nivel individual– para
evitar la ingesta involuntaria de sustancias (cuando las agresiones
por sumisión
química no
llegan al 1 % del total en las mujeres mayores de 16 años).
‘Girls just want to have fundamental rights’. Pancarta en una manifestación feminista en EE. UU.
Como
explica Burgos, los pintauñas, tiras reactivas y otros kits llevan
desarrollándose desde hace más de una década para, en principio,
prevenir las agresiones sexuales bajo sumisión química.
Hablar
abiertamente de estas formas de desactivar la voluntad de las mujeres
a través de psicotrópicos es fundamental, pero hacerlo partiendo de
una sobrerrepresentación de estos casos dibujando un clima de alarma
social puede resultar contraproducente, señalan las expertas. “La
consecuencia más inmediata de esto es la dificultad de identificar
violencias y agresores en contextos que no tienen representación
mediática y, por lo tanto, quedan fuera del imaginario de la
violencia sexual”, apunta Noctámbul@s.
“A
raíz de casos tan mediáticos, como los
pinchazos en
el verano de 2022, hay una percepción cerrada sobre el fenómeno de
la sumisión química y sobre generar las violencias con presencia de
drogas. Las pocas agresiones producidas en entornos de ocio nocturno
donde hay alcohol o sustancias se dan por consumo voluntario”,
destaca Giaver. De nuevo, que la culpa y el autocontrol interiorizado
se centren en las drogas se vuelve algo muy fructífero para desviar
el foco de la estructuralidad de la
desigualdad de género.
Las expertas recuerdan que la violencia sexual se inscribe tanto en
el modelo de dominación como en la dimensión moral y subjetiva de
la credibilidad.
La
construcción social del monstruo que violenta por las noches
Desde
el Col.lectiu
Punt 6, organización
que aborda la igualdad de género a través del urbanismo feminista,
expresan que “a las mujeres se nos ha socializado para tener miedo
al espacio público, a la noche y a lo desconocido. Además, la
violencia se convierte en algo habitual desde pequeñas, nos marca
que nos toquen en el metro o vivir comentarios de acoso, que
trastocan nuestra noción de seguridad”. Poco a poco aprendemos a
sortear esa violencia haciéndonos en cierta medida responsables de
prevenirla con todos los medios posibles a nuestro alcance, a no
merecerla por nuestros comportamientos.
La
politóloga e investigadora feminista Nerea Barjola aborda esta
cuestión en
su libro Microfísica
sexista del poder.
Microfísica sexista del poder. El caso Alcàsser y la construcción del terror sexual.
El caso Alcàsser y la construcción del terror
sexual,
donde afirma que rápidamente las chicas jóvenes aprenden a
“cuidarse” por lo que pueda ocurrir. Una autogestión del riesgo
que se ha promovido de manera más o menos consciente desde los
medios de comunicación de masas.
En
este escenario distorsionado que sobredimensiona ciertos casos
extremos de violencia hasta hacerlos parecer la norma (muy funcional
a la hora de asegurar el control sobre la feminidad), prevalece la
figura estereotípica del agresor-monstruo. Ese paradigma de hombre
agresivo, socialmente inadaptado y con patologías mentales que ataca
a las mujeres en la noche. Algo parecido al “violador del
ascensor”, quien copó durante años las cabeceras de los medios
por sus incontables delitos sexuales y cuyo modus
operandi consistía
en abordar de noche a chicas jóvenes a punta de pistola para
secuestrarlas y violarlas.
Vemos
a menudo cómo la
ultraderecha se
ha apropiado de estas figuras “monstruizadas”, tan presentes en
el imaginario social colectivo, para vincularlas a los hombres
migrantes y / o racializados, que consideran agresores sexuales
violentos casi por naturaleza. “La mayoría de las noticias se
ilustran con imágenes de los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad
alimentando la sensación de peligro inevitable por la monstruosidad
de los agresores que solamente puede combatirse a través de la
coerción y, por el otro, la narrativa del agresor sin rostro, pese a
que alrededor del 45 % de los casos que se atienden en las urgencias
hospitalarias son agresiones cometidas por un conocido”, sostienen
desde Noctámbul@s.
La
construcción social del monstruo a combatir, subraya en un artículo
la periodista y antropóloga Ana Burgos, impide abordar la naturaleza
sistémica del problema de la violencia (la desigualdad de género y
la cultura patriarcal de la violación) que atraviesa a todos los
procesos de socialización y las normas culturales. “Cuando se
piensa en un agresor desconocido, malvado, cruel, representado en
muchos casos desde sesgos clasistas, racistas o capacitistas (pobre,
racializado o loco), que te droga para violarte (la punta del iceberg
de las violencias sexuales), se aleja la mirada del ‘hijo sano del
patriarcado’, el agresor conocido, el primo, vecino, pareja o
jefe”, expresa en el texto.
Fuente: Ctxt