martes, 16 de junio de 2026

La OTAN marca en rojo 2030 como el año de un posible ataque ruso

 Por Àngel Ferrero   
      Periodista. En Moscú después de tres años informando desde Berlín para varios medios.


La tensión en el Báltico ha seguido creciendo en las últimas semanas. Figuras destacadas del ejército ruso abogan abiertamente por el conflicto contra los países que han apoyado a Ucrania, incluso, llegado el caso con el uso de bombas nucleares


Funeral de un soldado ucraniano fallecido en Jarkov.


     Hasta el año pasado 2030 era el año que asociábamos al plan de acción aprobado en 2015 por la Asamblea General de la ONU para alcanzar 17 objetivos de desarrollo sostenible (ODS), desde el fin de la pobreza hasta la paz pasando por la educación de calidad, la igualdad de género, la energía asequible y no contaminante o las ciudades y comunidades sostenibles. Hoy 2030 es en cambio una fecha de asociaciones funestas. De acuerdo con varios servicios de inteligencia de estados miembros de la OTAN, ése es el año en el que Rusia podría atacar a la Unión Europea.

Por este motivo el plan de rearme del bloque para mobilizar 800.000 millones de euros cambió en marzo de 2025 su nombre de ‘ReArm Europe’ a ‘Readiness 2030’. El año está marcado ya a fuego en el calendario. Como parte de este plan, el Bundeswehr aspira a ser en cuatro años el ejército convencional más grande de toda la Unión Europea con 260.000 soldados en activo, 460.000 si se suman los reservistas.

London Bridge is Falling Down’

A mediados de mayo el Ministerio de Defensa de Reino Unido realizó unos ejercicios militares que han pasado relativamente inadvertidos en unas instalaciones en desuso de la estación de Charing Cross de Londres, que, con el nombre de ‘Arrcade Strike’ –el aparente error tipográfico se debe a que la fuerza de reacción rápida que los protagonizaba se llama Allied Rapid Reaction Corps (ARRC)–, simulaban un puesto de control subterráneo en Estonia en el escenario de un conflicto entre la OTAN y Rusia en el año —una vez de más— 2030.


Estación de Charing Cross en Londres, cuyo andén en desuso fue transformado esta semana para crear un puesto de mando subterráneo en Estonia, que alberga una formación ofensiva de la OTAN liderada por el Reino Unido. | John Keeble.

De acuerdo con el comunicado oficial, en este ejercicio de defensa participaron 100.000 miembros de los ejércitos de Reino Unido, Francia, Italia y EEUU, y estas maniobras se distinguieron por el uso de drones, sistemas electrónicos para su intercepción y sistemas de Inteligencia Artificial (IA) como Asgard, desarrollado en colaboración con Palantir –la mitología nórdica, una vez más, como ‘silbato para perros’ (dog whistle)–, el gigante del nuevo complejo militar-industrial que ya emplea Ucrania como laboratorio de sus tecnologías.


Vigilancia sobre hotel bombardeado donde residian civiles. Primeras lineas del frente cerca de la río Dnieper. Julio Zamarrón.

Según las informaciones publicadas en los medios, con estos ejercicios la OTAN quería poner a prueba dichos sistemas para asignar objetivos automáticamente así como contrarestar la aplicación de IA por parte de Rusia, por una parte, y demostrar la capacidad de destruir objetivos en territorio ruso –se mencionaba explícitamente la región de San Petersburgo–, por la otra.

Con todo, como recordaba días atrás el periodista Peter Korotaev, un intercambio de este tipo entraña un serio riesgo de escalada nuclear. “Pero el ejército británico insiste en tratar a sus lectores como imbéciles, a la manera típica anglosajona, y afirma que estaban entrenando el uso de drones y misiles equipados con IA, tratándolos como si transportasen cargas convencionales (la naturaleza de los explosivos no se explicita)”, escribe Korotaev, quien señala que “un ataque nuclear ejecutado por Londres implicaría probablemente submarinos nucleares, que no se mencionan en la descripción de Arrcade Strike”.

En ese caso, continúa este periodista, “esto no ‘detendría la guerra’ exactamente: desencadenaría un auténtico Apocalipsis” e incluso “si la cúpula militar y política rusa fuese aniquilada –a pesar de la obviedad de que se encontrarían en búnqueres soviéticos mucho más profundos y resistentes a un ataque nuclear que el destartalado metro de Londres– habría sin duda una respuesta rusa del Sistema Perímetro”, un dispositivo creado por la Unión Soviética capaz de lanzar automáticamente los misiles balísticos intercontinentales con carga nuclear sin necesidad o con una mínima autorización humana si se registra un ataque contra su territorio.

Nada de lo anterior impide que la violencia retórica de algunos políticos europeos vaya en aumento. El 19 de mayo el ministro de Asuntos Exteriores de Lituania, Kęstutis Budrys, llegó a declarar en una entrevista al diario suizo Neue Zürcher Zeitung(NZZ) que la OTAN debería “demostrar a los rusos que somos capaces de abrirnos paso a través de las pequeñas fortalezas que han construido en Kaliningrado” y que, “de ser necesario, la OTAN tiene los medios para destruir las bases de defensa aérea y misiles rusas localizadas allí.”

Drones en el Báltico

Justamente en el Báltico, de todos los escenarios de conflagración que se manejan desde los medios de comunicación y los think tanks, es donde se concentra actualmente uno de los focos de tensión de esta suerte de nueva guerra fría. Por utilizar una expresión de un analista alemán, Alexander Neu, en el Báltico “la mecha del polvorín se acorta”.


Entre los expertos en seguridad, la región del Báltico se considera actualmente la zona de conflicto con mayor potencial de explosión entre la OTAN y la Federación Rusa.

Otro analista, el estadounidense Anatol Lieven, ha pedido “desactivar el polvorín báltico”.


Washington debe actuar para desactivar el polvorín del Báltico.


En esta región la tensión ha ido acumulándose luego que drones ucranianos hayan cruzado el espacio aéreo de las tres repúblicas bálticas para atacar objetivos en Rusia occidental, volando en paralelo a la frontera antes de entrar en el espacio aéreo ruso con el fin de evadir sus defensas antiaéreas. Moscú ha acusado por su parte a las repúblicas bálticas de proporcionar “corredores aéreos” para los drones ucranianos e incluso de emplear su territorio para lanzar directamente los ataques o, en el caso de Letonia, de alojar a los operadores de drones ucranianos en el país.

El problema añadido es que muchos de estos drones pueden desviarse de su trayectoria y acabar impactando en territorio comunitario, como ha terminado ocurriendo. El pasado 19 de mayo un F-16 de la patrulla aérea de la OTAN en el Báltico derribó un dron ucraniano sobre el espacio aéreo estonio.


Aviones de la OTAN derribaron un presunto dron ucraniano sobre Estonia.

Al día siguiente Vilna envió una alerta a sus residentes para que buscasen refugio debido a la violación de su espacio aéreo.


Tras la alerta por teléfono móvil, la gente se agolpó en un refugio del parlamento lituano.

El presidente, Gitanas Nausėda, y la primera ministra, Inga Ruginienė, fueron desplazados por los servicios de seguridad hasta un búnquer. 

El 8 de junio dos cazas ‘Rafale’ franceses derribaron un dron que había entrado en el espacio aéreo de Letonia.


Un dron impactaba en un un objetivo en un campo de entrenamiento militar de Letonia, en una jornada de demostración de Innovation Range, el pasado mes de mayo.

La razón detrás de estos incidentes es motivo de disputa. La versión favorecida por los medios occidentales es que los sistemas de intercepción electrónica rusos son capaces de desviarlos de su trayectoria y redirigirlos, como provocación, hacia las repúblicas bálticas.

El analista de defensa de Meduza, Dmitri Kuznets, ha rechazado no obstante tanto esta versión como la oficial rusa que asegura que el territorio de las tres repúblicas bálticas se utiliza, como quedó dicho antes, como lanzadera de ataques. Según Kuznets, los sistemas rusos envían señales de satélite falsas en el espacio aéreo de sus zonas fronterizas para corromper los sistemas de navegación GPS, de manera que los drones ucranianos –que son lanzados desde la región de Chernihiv– atraviesan un espacio aéreo, el ruso, en el que su sistema de navegación se ve alterado antes de entrar en el espacio aéreo de la OTAN, haciendo que sus sistemas de guía se desvien de los objetivos originales. Algo parecido ocurre en Moldavia, cuya presidenta, Maia Sandu, ha solicitado a los aliados occidentales sistemas de intercepción más sofisticados. La explicación técnica de Kuznets, en cualquiera de los casos, no por precisa es demasiado tranquilizadora, porque un error de atribución podría tener consecuencias fatales si la respuesta se precipita.

El catálogo de respuestas rusas

Las consecuencias fatales pueden venir de un lado o del otro. Como recordábamos en un artículo meses atrás, el presidente ruso, Vladímir Putin, aprobó en noviembre de 2024 enmiendas a la doctrina nuclear con el fin de rebajar el umbral para el uso de armas nucleares, incluso ante un ataque convencional si éste entraña una amenaza “a la soberanía o integridad territorial” de Rusia o Bielorrusia, con la que forma una unión de estados. Las implicaciones potenciales de este cambio se agravan cuando se recuerda que Rusia incorporó a su territorio el 30 de septiembre de 2022 las regiones ucranianas de Donetsk, Jersón, Luhansk y Zaporiyia aún sin controlarlas por completo y que ha albergado en el pasado movimientos secesionistas –en particular, aunque no solamente, en el Cáucaso norte–, en no pocas ocasiones con el apoyo, explícito o encubierto, de potencias extranjeras.

En vez de estar pendiente de los desvaríos pseudofilosóficos de Aleksandr Dugin –que en el mes de mayo incluyó entre sus variadas diatribas una contra la serie de televisión Euphoria– harían mejor los periodistas en leer a analistas que realmente tienen influencia sobre los dirigentes rusos, como Fiódor Lukiánov o Serguéi Karagánov, ambos miembros del Consejo de Política Exterior y de Defensa. Como ha recordado recientemente el periodista Rafael Poch-de-Feliu en una entrevista, Karagánov “desde hace tiempo exige que se restablezca la credibilidad de la disuasión nuclear y propone atacar, en un primer momento, instalaciones europeas, en particular alemanas, que participen en el apoyo a la guerra contra Rusia, inicialmente con armas convencionales.” Si eso no surtiera efecto, Karagánov sugiere que “Rusia debería considerar el uso de armas nucleares tácticas”.


«La pregunta es si el liderazgo ruso aceptaría una derrota convencional sin recurrir antes al uso de armas nucleares».

Karagánov no está solo en esta propuesta. El antiguo jefe del Estado Mayor de las fuerzas armadas de Rusia Yury Baluevsky reclamó semanas atrás en un acto en la Cámara Cívica de la Federación Rusa –un órgano consultivo compuesto por 168 miembros para analizar propuestas legislativas a varios niveles– que se librase una “guerra de veras” contra los patrocinadores de Ucrania. “¿Cuándo empezaremos a luchar de verdad?”, se preguntó retóricamente Baluevsky, que se interrogó, de nuevo retóricamente, qué haría el Kremlin si se producía una escalada de las hostilidades: “¿Qué vamos a hacer en esta situación? ¿Librar una operación militar espacial [nombre con el que se conoce oficialmente la guerra de Ucrania en Rusia] unos cuantos años más, hasta desgastarlos?”.

De acuerdo con otros medios, el general retirado ofreció un catálogo de represalias convencionales, esto es, no-nucleares, que Rusia podría emplear contra la Unión Europea, como detener mediante acciones militares la producción de gas y petróleo en el mar del Norte, destruir las refinerías de petróleo en territorio europeo, cortar los cables submarinos que conectan a Europa con otras partes del mundo, destruir las instalaciones del sistema de combate Aegis en Rumanía y Polonia o que la Flota del Báltico bloquease los estrechos daneses e interrumpiese así el tráfico marítimo en el mar Báltico. Como parte de este programa, Baluevsky propuso también presionar a Finlandia y las repúblicas bálticas para que abandonen la OTAN o realizar pruebas nucleares en el mar del Norte en vez del sitio donde la URSS las realizaba tradicionalmente, el archipiélago de Novaya Zemlya.

Incluso en el escenario más “benigno”, como especulan algunos comentaristas rusos, una decapitación con éxito de la cúpula política y militar rusa no conduciría a una mejora de la situación, sino con toda probabilidad a su reemplazo por figuras más jóvenes y agresivas, como ha sucedido en Irán con el ascenso de la Guardia Revolucionaria Islámica y otras figuras del ala dura del régimen. La diferencia estriba, claro está, en las capacidades militares y nucleares de uno y del otro.


Fuente: El Salto

lunes, 15 de junio de 2026

Amazon es un banco de pruebas para el futuro del trabajo

 

       Organizador sindical, miembro del Sindicato Nacional de Escritores y repartidor a tiempo parcial de Amazon.


Empleadores de todo el mundo buscan imitar el modelo de explotación, inestabilidad y uso disciplinario de IA de la megacorporación de Bezos. El reto de los sindicatos es organizar a la clase trabajadora contra esta distopía


Los trabajadores del centro de carga aérea de Amazon en el norte de Kentucky se declararon en huelga en julio de 2024.


     Entre el 7 y el 10 de junio, la convención cuatrienal de la AFL-CIO se ha reunido en Minneapolis con el objetivo declarado de organizarse “con unidad y claridad de propósito para empoderar a los trabajadores”. 

Esa claridad de propósito debería incluir un compromiso real para afrontar el mayor y más importante reto de organización al que se enfrentan los sindicatos en esta era: Amazon.


Trabajadores de carga aérea de Amazon en Kentucky y simpatizantes de la comunidad protestan por sus derechos laborales, 2023



Hasta ahora, a pesar de algunos inspiradores focos de lucha aislados, el movimiento sindical estadounidense no ha conseguido llevar a Amazon a la mesa de negociación.

A nivel nacional, y continuando con un declive histórico, la afiliación sindical el año pasado fue de un mísero 10 % en EEUU, y eso sin contar siquiera los afiliados perdidos cuando Trump rompió los convenios colectivos que cubrían a casi un millón de trabajadores federales.


Afiliación sindical en Estados Unidos.

Esto ha dejado a decenas de millones de trabajadores por organizar, pero los más importantes son los 1,5 millones de trabajadores y contratistas de Amazon.

Hace noventa años General Motors era el pionero del capitalismo, imitado por otros industriales que buscaban perfeccionar la eficiencia productiva, la explotación de los trabajadores y la extracción de beneficios. Los trabajadores de GM, organizados bajo la bandera del CIO y respaldados por sindicatos que no esperaban ganar nuevos afiliados con el proyecto –como el Sindicato de Mineros Unidos–, se opusieron a esa explotación, se declararon en huelga y consiguieron nuevas condiciones. Anunciaron un periodo de organización masiva, el apogeo moderno del poder sindical.

Amazon es el General Motors de hoy. Lo que le suceda a los trabajadores de Amazon –para bien o para mal– le sucederá a los trabajadores de todo el mundo.

Amazon es un banco de pruebas para el futuro del trabajo de todos nosotros. Los empleadores de todo el mundo buscan imitar el modelo laboral de este gigante, caracterizado por la explotación, la inestabilidad laboral y –lo que es aterrador– el uso de tecnologías de IA para disciplinar y restar poder a los trabajadores.

Amazon está perfeccionando la subcontratación, la mano de obra “justo a tiempo” y el aumento del ritmo de trabajo. Sus más de 250.000 repartidores en EEUU están todos subcontratados, ya sea a través de una multitud de pequeñas empresas llamadas socios de servicios de reparto (DSP) o contratados como autónomos. De esa forma, Amazon puede eludir la responsabilidad cuando los repartidores sufren lesiones, piden un aumento de sueldo o intentan sindicarse. Los almacenes funcionan con un modelo de mano de obra reducida. Los horarios normales a tiempo completo en los almacenes son cuatro turnos consecutivos de diez horas, pero Amazon suele recortar las horas de los trabajadores cada vez que la producción se ralentiza, incluso en medio de un turno, lo que causa estragos en unos presupuestos familiares ya de por sí ajustados. Luego, entre Acción de Gracias y Navidad Amazon impone horas extra obligatorias –una hora extra al día, más un día laborable adicional obligatorio cada semana–, lo que eleva la semana laboral a unas brutales 55 horas y hace caso omiso de los efectos en la vida personal y familiar de los trabajadores.

A través de su agresiva introducción de robots –ahora más de un millón–, Amazon está sustituyendo a los trabajadores y obligando a los que quedan a trabajar más rápido. No es de extrañar que los empleados sufran accidentes laborales con tanta frecuencia, y que la grave tasa de lesiones de la empresa sea casi el doble que la de sus homólogos del sector de los almacenes.


Amazon ha introducido ahora más de un millón de robots.

Luego está la IA. Sé algo de esto de primera mano, ya que he trabajado durante el último año y medio como repartidor a tiempo parcial de Amazon. La empresa de reparto para la que trabajo es un empleador justo, pero el problema no es ella; es Amazon, porque, aunque técnicamente los repartidores no somos empleados de la empresa, todos estamos sujetos a su seguimiento y supervisión.

Cuando estoy en el camión de Amazon, cada movimiento que hago es rastreado con tecnología y evaluado por programas de IA: dónde estoy, qué paquetes he entregado y si voy al ritmo que el algoritmo de Amazon ha determinado que debo cumplir. Los informes al final de cada turno muestran cómo se comparan mis entregas con los tiempos prescritos por el estándar algorítmico de Amazon. Cada semana se nos evalúa para determinar si tomamos fotos precisas en el momento de la entrega, si entregamos los paquetes exactamente donde el cliente lo solicitó y si recibimos comentarios positivos o negativos de los clientes. A través de este sistema, los conductores que no “alcanzan el ritmo” o que no cumplen con los estándares prescritos por Amazon pierden su empleo.

¿Qué permite este nivel de supervisión? El Gran Hermano: el “NetradyneDriver” , tu compañero de viaje en la furgoneta. Las lentes de la cámara apuntan en todas direcciones, midiendo continuamente tu velocidad y distancia. Netradyne también controla si te detienes completamente en cada señal de stop, si utilizas el intermitente, si evitas desviarte del carril, si frenas, aceleras o tomas las curvas demasiado rápido. Observa la orientación y el movimiento de tus ojos. Si bostezas. Si apartas la vista de la carretera durante demasiado tiempo. Todos estos datos se introducen en un sistema de IA donde la tecnología, y no una persona, evalúa tu comportamiento cada segundo. Netradyne se jacta de esto y lo denomina “IA física implementada a gran escala”.

En los grupos de chat de Reddit, los repartidores de Amazon de todo el país informan ahora de que no les despide un humano, sino la IA. En el caso de los trabajadores de almacén, Amazon ha aprovechado la misma tecnología de vigilancia para asegurarse de que las tasas de recogida, embalaje y clasificación de los trabajadores cumplan con sus estándares determinados algorítmicamente, que sus escaneos sean perfectos y que minimicen el “tiempo fuera de la tarea” –como ir al baño–. Todo se mide y se supervisa. Y si no “alcanzas la tasa”, primero te aconsejan, luego te sancionan y, finalmente, te despiden.

En muchos almacenes, Amazon recurre a agentes de seguridad y a la policía local para imponer “una cultura organizativa de obediencia casi carcelaria –lo que equivale a una “militarización” de las funciones de recursos humanos”, según un informe académico reciente. “Parece que estamos entrando en una prisión y que intentan asegurarse de que no nos escapemos”, cita el informe a un trabajador.

Esta distopía laboral se está perfeccionando en Amazon y luego se exporta a otros empleadores: en fábricas, tiendas de alimentación, hospitales, restaurantes, hoteles, obras de construcción, laboratorios y oficinas. Este es el sombrío futuro que estamos legando a nuestros hijos, a menos que organicemos a los trabajadores de Amazon a gran escala y luchemos.

Amazon no es solo un problema para quienes trabajamos en el sector logístico. De ser una humilde tienda de libros en línea, se ha transformado en una referencia que puede revolucionar otros sectores. Su avaricia no hace más que crecer. Amazon gestiona hoy 532 tiendas de alimentación Whole Foods y está ampliando rápidamente su red de reparto de comestibles. Este es el siguiente gran sector que pretende revolucionar.

A través de Amazon Web Services, la empresa es ahora un proveedor global dominante de potencia informática, almacenamiento, redes, análisis y seguridad. Amazon fabrica sus propios chips de IA Trainium, compitiendo directamente con Nvidia. Amazon produce y distribuye películas y series de televisión a través de sus Amazon MGM Studios. El fundador de Amazon, Jeff Bezos, es propietario del Washington Post. Amazon One Medical es un servicio de atención primaria que ofrece asistencia en línea y en clínicas, y está entrando con fuerza en el mercado de los medicamentos con receta a través de Amazon Pharmacy. A través de su filial Ring, Amazon domina hoy en día el mercado de la seguridad doméstica y ofrece otros productos electrónicos de consumo líderes, como Alexa y Kindle.

¿Se puede derrotar a una empresa tan grande y expansiva, un gigante con casi tres billones de dólares de valoración bursátil? Sí, se puede. Pero, como destaca un informe publicado el 4 de junio, se necesitará un esfuerzo titánico y sin reservas por parte de todo el movimiento sindical estadounidense para hacer que retroceda –no solo los valientes pero fragmentados esfuerzos que hemos visto hasta ahora–.

El informe, Renewing Labor and Winning at Amazon, del que soy coautor junto con Michael McQuarrie y Benjamin Y. Fong, y que fue publicado por el Center for Work and Democracy de la Universidad Estatal de Arizona, documenta cómo, a diferencia de la década de 1930, cuando los organizadores del CIO pudieron frenar la producción mediante huelgas en unos pocos centros de producción clave, el proyecto de organización de Amazon debe apuntar más allá. Con una red de cientos de almacenes, centros de clasificación e instalaciones de carga aérea, “la empresa tiene la agilidad necesaria para redirigir el flujo de paquetes a otras instalaciones, manteniendo intacta la cadena de suministro” y haciendo que las huelgas en un solo centro resulten en gran medida irrelevantes, señala el informe, concluyendo que “los estrategas sindicales de hoy en día deben reconocer que, para tener éxito, la organización debe interrumpir el flujo de la cadena de suministro de Amazon”.

Eso significa organizarse en regiones enteras o en secciones completas de la cadena de suministro de la empresa. El informe destaca dos regiones estratégicas en particular. La primera se centra en el área de Los Ángeles y el Inland Empire, justo al este de los puertos de Los Ángeles y Long Beach, por donde pasa la mayor parte de la mercancía importada de Amazon antes de distribuirse a los almacenes de todo el país. La segunda comprende la región del noreste, donde se concentra una gran cantidad de clientes de Amazon. El sindicato Teamsters ya está organizándose en ambas regiones, donde los trabajadores se han enfrentado tenazmente a la empresa. Pero la escala de la organización hasta la fecha no está a la altura del desafío. En el enorme almacén JFK8 en Staten Island, el Amazon Labor Union, ahora parte de los Teamsters, ganó una histórica votación de representación sindical en 2022. Cuatro años después, a pesar de la persistente organización de los trabajadores, Amazon aún no ha accedido a reconocer al sindicato ni a negociar.

Cientos de organizadores internos –activistas políticos que han aceptado puestos de trabajo en Amazon para “infiltrarse” u organizar desde dentro– han desarrollado una gran sofisticación en la organización en Amazon en los últimos años, y deben desempeñar un papel importante en cualquier campaña nacional. Lo mismo ocurre con los miembros sindicales existentes en los sectores de la logística, la alimentación, la sanidad y otros. “Los miembros de Teamsters de UPS y DHL han sido organizadores especialmente eficaces, ya que comparten con los trabajadores de Amazon un lenguaje común y preocupaciones comunes sobre el proceso de trabajo de la cadena de suministro, el aumento del ritmo de trabajo, la tecnología y los problemas que plantea la dirección”, señala el informe Renewing Labor and Winning at Amazon. “Ellos, junto con los miembros sindicales de otros sectores, pueden señalar fácilmente los logros que han conseguido mediante la negociación colectiva y la huelga, que diferencian drásticamente sus condiciones de trabajo de las de los trabajadores de Amazon”.

Si bien la organización debe centrarse en los almacenes y orientarse hacia la construcción de acciones de huelga masivas, el movimiento sindical debe concebir –y financiar– una campaña global que atraiga al público, a otras empresas, a los gobiernos y a los reguladores. Esto se debe a que el impacto de Amazon va mucho más allá del lugar de trabajo, y se necesitará presión tanto dentro de la cadena de suministro como en toda la sociedad para obligar a la empresa a negociar con los sindicatos.

Decenas de miles de camiones de Amazon contaminan el aire, perjudican la salud pública y deterioran las vías públicas, y las exenciones fiscales que Amazon exige habitualmente privan a los gobiernos locales de los recursos necesarios para prestar servicios públicos.

Las comunidades en zonas con alta concentración de almacenes, como el Inland Empire de California, son lugares idóneos para unir a los trabajadores y a los miembros de la comunidad en campañas comunes contra la explotación en los almacenes y contra las cargas externalizadas que Amazon impone a la comunidad en general”, señala el informe.

Dado que la Junta Nacional de Relaciones Laborales no es una vía eficaz para obligar a Amazon a negociar, los sindicatos deben impulsar iniciativas electorales a nivel estatal y local para promover las demandas clave de los trabajadores y la comunidad. Este no es un concepto nuevo. Hace quince años, la campaña “Fight for $15” (Lucha por los 15 dólares) se valió del poder de las iniciativas electorales para conseguir aumentos salariales para millones de trabajadores. Algunos llegaron a crear sindicatos en sus lugares de trabajo. Hoy en día, el lema podría ser “Fight for $30” (Lucha por los 30 dólares), una cifra que los trabajadores de Amazon citan con frecuencia como el mínimo indispensable para sobrevivir.

Las iniciativas también podrían establecer normas de seguridad para los trabajadores, prohibir la subcontratación de los repartidores de Amazon y restringir la ubicación de los centros de datos.

Otra idea de iniciativa consiste en gravar a los robots. Esto repondría los ingresos que los gobiernos pierden cuando Amazon sustituye a los humanos –que pagan impuestos sobre la nómina y que también contribuyen a los ingresos por impuestos sobre las ventas cuando gastan dinero en la comunidad– por robots, que no hacen ninguna de esas cosas. Las iniciativas también podrían exigir a Amazon que contribuya a un fondo de vivienda asequible controlado públicamente para compensar la destrucción de viviendas que provoca la expansión de los almacenes. O podrían exigir a Amazon que financie clínicas de salud y la limpieza del aire, para compensar la contaminación causada por el movimiento diario de sus camiones y vagones.

Estas y otras ideas de iniciativas alteran el modelo de negocio de explotación de Amazon y pueden ser mecanismos poderosos para unir a los trabajadores y a los miembros de la comunidad en una causa común y en la demanda definitiva de reconocimiento sindical y convenios colectivos. En algunos casos, las iniciativas que desafían el modelo de negocio de Amazon pueden llevarse a cabo como campañas legislativas. En la ciudad de Nueva York, una coalición de sindicalistas y activistas comunitarios está presionando al Ayuntamiento para que apruebe la Ley de Protección de la Distribución, que obligaría a Amazon a contratar a los repartidores directamente y a mejorar las normas de seguridad. Es un buen comienzo. Ahora imagina si se lanzaran campañas a favor de la Ley de Protección de la Distribución simultáneamente en 20 ciudades.

Los sindicatos también deberían aprovechar la frustración que los proveedores y vendedores externos sienten por la presencia de Amazon. Las personas y las pequeñas empresas que intentan vender sus productos en la plataforma de Amazon ven cómo el gigante les reduce los márgenes.

Algunas empresas le han acusado de robarles sus ideas y luego lanzar productos competidores. Los proveedores como los DSP [un programa que “permite a emprendedores crear su propia empresa de reparto” dentro de Amazon] viven continuamente en vilo, ya que sus contratos con Amazon pueden ser rescindidos casi sin previo aviso. Una campaña creativa puede encontrar una causa común con estas fuerzas dispares lanzando luchas locales y estatales para frenar el poder de la compañía frente a los vendedores individuales y las pequeñas empresas.


Amazon invirtió en empresas emergentes y obtuvo información confidencial antes de lanzar a sus competidores.

Amazon “tiene un dinamismo corporativo y una flexibilidad infraestructural sin parangón en ninguna otra empresa contemporánea”, señala el informe. “Pero su enorme tamaño y riqueza no la hacen invencible. De hecho, la velocidad y la complejidad de la cadena de suministro de Amazon la convierten en un objetivo de organización vulnerable, además de desafiante. Una campaña multidimensional y bien dotada de recursos puede garantizar el reconocimiento sindical y la firma de convenios en Amazon”.

¿En qué consiste una campaña “bien dotada de recursos”? Actualmente, los sindicatos gastan en total unos diez millones de dólares al año en la organización referente a Amazon, y la mayor parte de esa cantidad procede de los Teamsters. Eso simplemente no es suficiente para vencer a una empresa con 1.500 centros de trabajo en EEUU y más de 120.000 millones de dólares en efectivo disponible. Para sindicalizar a 80.000 trabajadores en Los Ángeles, o a 100.000 en la costa este, o a 50.000 en Florida, o a las decenas de miles en otras regiones creo que necesitaremos al menos 100 millones de dólares anuales durante al menos una década para financiar a miles de organizadores, tanto dentro como fuera de las instalaciones de Amazon, junto con una sólida infraestructura de campaña para construir un nuevo movimiento de organización industrial al estilo del CIO.

Puede parecer mucho dinero, pero hay que tener en cuenta que los activos del movimiento sindical estadounidense rondan hoy los 35.000 millones de dólares, lo que supone un aumento del 225 % en los últimos 15 años, y que los líderes sindicales estadounidenses gastaron más de 400 millones de dólares en la fallida candidatura de Biden-Harris.

En conjunto, dentro del movimiento sindical, los recursos están ahí para montar una campaña seria contra Amazon. Emprender o no la lucha es una elección política.

Esta no puede ser una batalla que asuman solo unos pocos sindicatos. Debe ser un esfuerzo conjunto. Hace unos 90 años, los líderes del Sindicato de Mineros Unidos y otros sindicatos hicieron un pacto para organizar a los trabajadores de las industrias del automóvil, el acero, la electricidad y el caucho, porque sabían que sin una organización masiva, toda la clase trabajadora estaba en peligro. Este fin de semana, mientras los líderes de la AFL-CIO se reúnen en Minneapolis, los sindicatos se encuentran en la misma encrucijada peligrosa. Esperemos que tomen la decisión correcta, como hicieron sus predecesores hace 90 años.

Fuente: Ctxt


domingo, 14 de junio de 2026

El rearme en Alemania ya era un hecho mucho antes de la guerra de Ucrania

 

 Entrevista de Florian Warweg   
      Corresponsal parlamentario del Ostdeutsche Allgemeine Zeitung (OAZ).



El politólogo alemán Ingar Solty durante una conferencia en 2018.


     Apenas tres días después del inicio de la guerra de Ucrania, Olaf Scholz proclamaba el “cambio de era” –y con ello una de las decisiones políticas de mayor alcance de la República Federal–. 100.000 millones de euros en un fondo especial, luego 500.000 millones para el rearme, una Constitución modificada, una nueva relación con lo militar que llega hasta las guarderías y las aulas.


Apenas tres días después del inicio de la guerra de Ucrania, Olaf Scholz proclamaba el «cambio de era».

El politólogo Ingar Solty (Meinerzhagen, Alemania, 1979), experto en política de paz y seguridad de la Fundación Rosa Luxemburg, ha presentado un libro al respecto: Innere Zeitenwende (El cambio de era interno). En esta entrevista, disecciona los mitos económicos que se esconden tras la narrativa del “cambio de era”, la dimensión social del rearme y el papel especial de Alemania oriental.



El cambio de era interno.

En su libro critica que ni el fondo especial de 100.000 millones de 2022 ni los 500.000 millones de 2025 para el rearme fueron acompañados de un amplio debate social. Incluso Habeck [Robert Habeck fue vicecanciller hasta mayo de 2025] reconoció más tarde que, como vicecanciller, le sorprendió la magnitud. ¿Cómo se pudo imponer una decisión de tal alcance sin contar con el parlamento y la opinión pública?

Se pudo imponer con el trasfondo de la conmoción por el estallido de la guerra en Ucrania, algo con lo que muy pocos contaban. En este contexto, el rearme se presentó como una reacción a esta guerra. Pero, de hecho, las decisiones fundamentales ya estaban tomadas o en proceso desde hacía tiempo. En el acuerdo de coalición del 24 de noviembre de 2021 se menciona una ofensiva en materia de política de desarme. Pero en la letra pequeña se ve que, en realidad, solo se iban a reducir las armas que Alemania ni siquiera tiene, es decir, las armas nucleares. Todas las demás se iban a adquirir: drones capaces de ser armados, aviones de combate F-35, helicópteros de transporte. Todo esto ocurrió antes de que se produjeran las primeras advertencias sobre una posible invasión.

¿Habría llegado el cambio de era incluso sin la guerra de Ucrania?

Sí. A nadie le gusta rearmarse de forma proactiva. Siempre es mejor aprovechar una situación de amenaza para rearmarse de forma defensiva. Toni Hofreiter [Los Verdes] diría ahora: el cambio de era no fue más que la consecuencia de la invasión total. Pero, de hecho, Alemania se lleva rearmando desde 2013; el verdadero punto de inflexión fue 2014. Las medidas de rearme ya figuraban en el acuerdo de coalición de 2013. En mi libro expongo la historia del origen de este rearme, que hoy se denomina “cambio de era”.

El axioma del debate es: Rusia representa una amenaza existencial para Europa occidental. Sin embargo, incluso el secretario general de la OTAN, Mark Rutte, afirma que la OTAN es superior a Rusia tanto militar como económicamente. ¿Cómo se explica que, a pesar de ello, la narrativa de la amenaza cale de forma tan indiscutible?

En Alemania occidental existe una continuidad ininterrumpida de hostilidad hacia Rusia. Desde los prolegómenos de la Primera Guerra Mundial, Rusia siempre ha sido el enemigo. La Alemania nazi libró una cruzada contra el comunismo. Este anticomunismo antirruso perduró durante la Guerra Fría. Por supuesto, la Rusia actual no tiene nada que ver con la Unión Soviética, es un Estado de derechas y autocrático. Pero la postura hostil hacia “los rusos” se ha mantenido.

A esto se suman razones que tienen más que ver con el presente. Se trata de una gran guerra en el continente europeo que se percibe como una amenaza. No descartaría siquiera que pueda estallar una guerra con Rusia, pero solo como resultado de una escalada mutua, sobre todo en el Báltico.

Usted señala que cada euro invertido en armamento genera como máximo 50 céntimos de rendimiento económico, mientras que las inversiones en educación y sanidad, por ejemplo, tienen un efecto multiplicador mucho mayor. A pesar de ello, Merz vende el rearme como un programa económico duradero. ¿Por qué cuela eso?

Desde el punto de vista del gobierno, la alternativa es o ningún programa de estímulo económico, o bien uno dedicado exclusivamente al rearme. Cuando el Estado inyecta dinero, siempre tiene un efecto. La industria armamentística impulsa la producción de acero. Salzgitter AG, por ejemplo, acaba de obtener la homologación para el acero de blindaje. Pero eso no podrá mitigar lo que se está perdiendo en la industria automovilística, ni en términos de crecimiento ni de empleo. Al contrario: al final, acelera la desindustrialización.

El rearme solo tendría efectos positivos para la economía en su conjunto si se estuviera en guerra permanente –es decir, si se generara una demanda duradera de armas– o si se conquistara algo en esas guerras. El modelo estadounidense. O, como en el modelo de la Alemania nazi, si se contraen deudas con Estados a los que luego se invade. O, en tercer lugar: si uno es el propio Estado al que otros compran armamento.

Este objetivo existe sin duda en las empresas de armamento y en algunos sectores del gobierno federal. Pero si el objetivo de Alemania es enviar material de armamento a todo el mundo, provocando allí guerras, muerte y movimientos migratorios de millones de personas, es algo que debe ponerse en cuestión.

Según sus cifras, el 75 % de los alemanes del Este se opone a que Alemania se convierta en el ejército convencional más poderoso de Europa. ¿Cómo explica esta posición?

Es interesante que veamos fuertes tendencias antirrusas en muchos antiguos países del bloque del Este. Una Kaja Kallas, procedente de un estado minúsculo, lleva la política exterior europea a un punto en el que la jefa de la diplomacia afirma que Rusia debe ser destruida como potencia nuclear. Ante esta lógica, cabría suponer que precisamente los alemanes del Este deberían ser especialmente antirrusos, ya que vivieron bajo el “yugo ruso”.

Pero, al parecer, en Alemania del Este ha habido otras experiencias con los rusos. Hubo vínculos económicos más fuertes, conocimientos de ruso por parte de la generación mayor y, sobre todo, no existió esa continuidad del anticomunismo de la Guerra Fría. A esto se suma la constatación de que este rearme es una redistribución de abajo hacia arriba. Y Alemania oriental se encuentra, sencillamente, más “abajo” que Alemania occidental. Allí hay menos accionistas que se benefician de las empresas de armamento. Y los alemanes orientales financian con sus impuestos la producción de armamento en Alemania occidental.

Usted vincula el servicio militar obligatorio con la cuestión de clase: el 49 % de los soldados desplegados en Afganistán procedían de Alemania oriental; el diario de Springer, Die Welt, habló de un “ejército de las clases populares”. Con este trasfondo, ¿cómo valora la irónica propuesta de [el periodista satírico y político] Sonneborn de un “servicio militar obligatorio para los hijos de los ricachones”?

Este discurso no ha recibido millones de visitas por casualidad: pone de relieve las contradicciones. Por un lado, se presenta al ejército alemán como un empleador totalmente normal; por otro, se dice: ya no estamos en tiempos de paz, el último verano de 2025 fue quizás el último verano en paz. Sonneborn ha abordado con mucha fuerza estas contradicciones y el carácter de clase.

En ningún partido es tan grande la disposición al rearme y al suministro de armas como en los Verdes. Y entre los simpatizantes de ningún partido es tan escasa la disposición personal a luchar con las armas en la mano. Queda muy claro quién está destinado a mandar y quién a recibir órdenes.

¿Cuáles son, en su opinión, las principales consecuencias sociales de este cambio de era interno?

La socialdemocracia esperaba poder mantener el rearme y el Estado del bienestar con la flexibilización del freno al endeudamiento.

Es significativo que el freno al endeudamiento se flexibilizara exclusivamente para el armamento, no para escuelas con goteras o puentes que se derrumban. Pero sí para las armas. Eso fue un autoengaño. La deuda conlleva intereses e intereses acumulados. El economista jefe de [el sindicato] Verdi, Dirk Hirschel, ha calculado que solo la carga de los intereses aumentará de 30.000 a 60.000 millones de euros hasta 2028. A esto hay que añadir los fondos para la COVID por valor de 385.000 millones, que vencerán en 2028; el fondo especial del Bundeswehr, en 2031; y los fondos de infraestructura para la “capacidad bélica”, previsiblemente en 2037. El rearme ahogará todo lo demás.

Algunos señalan que la RFA destinó en 1963 hasta un 4,88 % del PIB para rearme. Pero eso fue en una época de economía en crecimiento con una sólida base industrial. La historia nos enseña que, cuando un país se especializa en la industria militar en lugar de en la civil, se produce una rápida desindustrialización. Por eso Estados Unidos, Gran Bretaña y Francia están tan desindustrializados. La República Federal, Japón e Italia han conservado su base industrial porque no se han centrado en la producción militar.

Usted escribe que sigue siendo posible y necesario un cambio de era tras el cambio de era. La actual distribución de fuerzas políticas parece contradecir más bien esta valoración. ¿Dónde ve indicios concretos que respalden su tesis?

Por supuesto que hay un bloque poderoso que respalda el proyecto: las empresas de armamento, estrechamente ensambladas a los think tanks de política de seguridad. Al igual que en EEUU, aquí está surgiendo un complejo militar-industrial con el principio de la puerta giratoria: un exministro de Defensa acaba en el consejo de administración de Rheinmetall, un ex inspector general [el rango más alto en el ejército alemán por debajo solamente del ministro de defensa NdT] pasa primero a Rheinmetall, luego el Consejo Alemán de Política Exterior (DGAP) y, como tal, vuelve a asesorar al gobierno federal.

Ciertos sectores privilegiados de trabajadores respaldan este proyecto: ingenieros que antes querían dedicarse a la industria automovilística, luego a la transición energética y ahora al armamento. Los municipios se convierten en cómplices, porque solo consiguen que se rehabiliten las carreteras o las vías férreas si ello está destinado a la guerra contra Rusia.

Pero la disyuntiva “rearme o Estado del bienestar” se agudiza dramáticamente. Ya lo estamos viviendo: recortes en el pago continuado del salario en caso de enfermedad, en la asistencia a personas dependientes, en las oportunidades de integración para los beneficiarios del ingreso básico.


El politólogo Ingar Solty: 'O un estado armamentista o un estado de bienestar'.

A medida que el rearme se vaya imponiendo, la cuestión se politizará: ¿queremos ser un Estado militar o un Estado social, que es, al fin y al cabo, un requisito previo de la democracia? El desmantelamiento del Estado social tiene un efecto debilitador para la democracia y fomenta el autoritarismo.

Estas contradicciones son nuestra esperanza. Al final, en cualquier conflicto social, el rearme será el elefante en la habitación. Cuando la gente se queje de un tren que no funciona, de guarderías con falta de personal o de escuelas que se caen, quedará claro: para eso se adquirieron corbetas y fragatas que, en alianza con EEUU, navegan por el estrecho de Taiwán. Para eso se compraron tanques totalmente sobrevalorados que simplemente no tienen sentido.



Fuente: Ctxt