martes, 26 de mayo de 2026

El lucrativo negocio de la industria que levanta muros y vigila la circulación de personas

 

      Investigadora del Centre Delàs y de Bretxa Observatori de Fronteres.


Desde 1989 se han construido 74 muros fronterizos en el mundo, un mercado milmillonario al servicio del complejo militar-industrial con un objetivo: las personas migrantes y racializadas


El Muro – Fuente: Hillebrand Steve, U.S. Fish and Wildlife Service.


     Desde la caída del muro de Berlín en 1989 se han construido 74 muros fronterizos en todo el mundo. El último, el que acaba de iniciar Chile en su frontera con Bolivia este mismo año 2026. Esto significa que, en estos 37 años, de media se han construido anualmente dos muros fronterizos, mientras que en las dos décadas anteriores se levantaron seis.

Los muros y vallas no suelen instalarse sin otros elementos, sino que suelen ir acompañados de zanjas, concertinas, torres de vigilancia, cámaras, sensores de calor, de latidos del corazón y movimiento, drones, radares y todo tipo de tecnologías que conforman la infraestructura fronteriza. De este mercado se benefician mayoritariamente corporaciones históricamente vinculadas al Complejo Militar-Industrial, que han encontrado en los espacios fronterizos un nuevo lugar en el que volcar miedos e inseguridades sociales, con el fin de sumar un cuantioso beneficio a la ya lucrativa producción de armamento.

Así lo muestra la expectativa de mercado para la producción, instalación y mantenimiento de este tipo de infraestructuras, que ha aumentado en paralelo a los muros levantados en el mundo. Según señalan algunos estudios de mercado, se estima una tasa de crecimiento del sector de un 6,7% de 2026 a 2033, año en el que se calcula que el sector alcance beneficios de hasta 60.890 millones de dólares. Desde luego, con estas cifras de ganancias podemos hacernos una idea del beneficio económico que se consigue amurallando el mundo.

Las empresas de Estados Unidos concentraron los mayores beneficios en 2024, con unas ganancias aproximadas del 58,5% del total del mercado. No es de extrañar, cuando es el país con mayor gasto militar y con mayor conglomerado empresarial dedicado a la producción de armamento del mundo. Algunas de las empresas estadounidenses que se han sumado a este lucrativo negocio son Lockheed Martin Corporation, Raytheon Technologies Corporation, Northrop Grumman Corporation, General Dynamics Corporation. Algunas de ellas, también están obteniendo beneficios de la construcción del muro fronterizo con México, que Estados Unidos comenzó en los años noventa. La israelí Elbit Systems, como veremos, es también una de las empresas que más lucro obtiene de esta infraestructura fronteriza.

De nuevo, como ocurre con la producción de armamento, a las empresas de Estados Unidos le siguen las europeas en margen de beneficios. Es el caso de BAE Systems (Reino Unido), Airbus (varios países europeos), que produce el UAVs como el Flexrotor, empleado por Agencia Europea de Seguridad Marítima. Estos drones cada vez sustituyen más a las operaciones con agentes en el mar, lo que reduce las posibilidades de rescatar personas que transitan con medios precarios como balsas de goma. Además, Airbus fue una de las principales contratistas para la fabricación del muro levantado por Arabía Saudí en su frontera con Iraq, uno de los más completos y avanzados en cuanto a tecnología fronteriza se refiere, juntamente con empresas saudíes, como las constructoras Al-Rashid Trading & Contracting Company y la El-Seif Contracting Company.

En la UE también encontramos Thales (Francia), Rheinmetall (Alemania) o Saab (Suecia), de la que sabemos que algunos países como Colombia, Brasil, Chile, México y Argentina emplean su tecnología fronteriza. La italiana Leonardo fabrica diferentes sistemas tecnológicos de vigilancia, como sensores para “detectar, observar, supervisar y seguir los itinerarios migratorios en cada etapa”. En España se encuentra Indra Sistemas que provee tecnología para las vallas de Ceuta y Melilla.

Después de Estados Unidos y los países de la Unión Europea destaca el caso de Israel, que cuenta con reconocimiento a nivel mundial. Las empresas dedicadas al desarrollo y producción de tecnologías fronterizas con mayor beneficio son Controp Precision Technologies o Magal Security Systems. Israel Aerospace Industries (IAI) es conocida por ser la primera empresa en haber desarrollado un sistema integrado de control fronterizo que opera con IA. También encontramos a RAFAEL Advanced Defense y la citada Elbit Systems.

Elbites una de las empresas que más destaca en control fronterizo del mundo. Entre otros países, ha asesorado y conseguido contratos para proveer tecnología a Estados Unidos, Marruecos, Chipre y Colombia. También fabrica drones, financiados y producidos para la Agencia Europea de la Guardia de Fronteras y Costas (Frontex), a fin de reforzar la vigilancia fronteriza en aguas del Mediterráneo.

La decisión de levantar estas infraestructuras requiere expropiar tierras y desplazar comunidades. Así ocurre cada día en Cisjordania, cada vez más a menudo en Estados Unidos e incluso en Finlandia, que levanta desde 2022 la valla fronteriza con Rusia. Por tanto, se trata de una transformación radical del entorno, que divide comunidades y relaciones sociales que se establecen más allá del trazado fronterizo. A esto hay que sumarle el impacto medioambiental de las operaciones, con la erosión que produce del terreno, la destrucción de bosques y el impacto para la fauna que necesita moverse entre territorios.

A veces la infraestructura de control fronterizo se traslada al control de los cuerpos que transitan o han transitado. Para esto, se han diseñado tecnologías como la creada por la empresa Palantir Technologies, fundada en 2004, que trabaja con el gobierno de Estados Unidos y la OTAN. La empresa se ha dado a conocer por trasladar el trazado fronterizo al espacio de la vida cotidiana de las personas migrantes y racializadas de Estados Unidos, especialmente en Minnesota, el laboratorio de las políticas antiinmigración de Trump. Con los sistemas Immigration OS o la Aplicación Elite, Palantir ha facilitado a los agentes de la Immigration and Customs Enforcement (ICE, por sus siglas en inglés) su labor para dar caza y aterrorizar a estas personas. La empresa afirma haber crecido un 56% y haber ganado 4.475 millones de dólares en 2025 y, según sus propios datos, esperan llegar a ganar más de 7.000 en 2026.

Queda claro que existe un gran margen de negocio para los sistemas de terror y miedo que cada vez tienen más poder para seleccionar los cuerpos que tienen derecho a transitar, circular o, simplemente, permanecer.


Fuente: El Salto

domingo, 24 de mayo de 2026

La derrota de Trump en Irán

 

      Fue corresponsal de La Vanguardia en Moscú, Pekín y Berlín. Autor de varios libros; sobre el fin de la URSS, sobre la Rusia de Putin, sobre China, y un ensayo colectivo sobre la Alemania  de la eurocrisis.


Estados Unidos ha perdido la partida en Irán. No tiene opción de salida que no parezca una derrota


La derrota de Trump en Irán.


     En Irán estamos presenciando una derrota sin paliativos de Estados Unidos. Eso es algo que los estrategas y propagandistas imperiales comienzan a reconocer. El ideólogo neocón Robert Kagan mencionaba la semana pasada (en The Atlantic) “una derrota que no podrá repararse ni ignorarse. No habrá un regreso a la situación anterior a la guerra, decía.

En los últimos meses, el Presidente Trump ha fijado plazos para que Irán acepte sus condiciones en cinco ocasiones. Ha amenazado a Irán con la “edad de piedra” y con “arrasar una civilización”, pero no le han hecho caso. “No está claro si, detrás de su bravuconería, Trump comprende realmente la limitada naturaleza de sus opciones militares”, dice el columnista del Financial Times, Gideon Rachman (el 21/04/2026).


Un avión de combate de EEUU, en el portaaviones ‘USS Tripoli’, durante la operación militar Epic Fury contra Irán.

Lo de Irak también fue un desastre, pero lo de Irán es mucho peor. En Irak se venció militarmente y se derrocó al régimen, lo que inicialmente parecía una victoria, recuerden el “mission accomplished”(“misión cumplida”) proclamado por el iluso George W. Bush sobre la cubierta de un portaaviones antes de que se le incendiara aquella “victoria”. Pese a todo, las repercusiones internacionales de la catástrofe de Irak fueron limitadas. No hubo una crisis del petróleo, ni escasez de alimentos, ni interrupciones en las cadenas de suministro. Ahora el cierre del estrecho de Ormuz provoca todo eso. Convierte a Irán en un actor mundial clave. Su régimen no ha caído sino que más bien parece que se ha fortalecido.

Irán coloca manifiestamente a Estados Unidos y a Israel en el papel de desestabilizadores mundiales.

Sus aliados en el Golfo han descubierto que las bases y la protección americana les convierte en objetivo militar. Constatan la impotencia de su protector ante la evidencia de que están a merced de la destrucción total de sus economías. Y parece que están reaccionando. Turki al Faisal, un importante miembro de la familia real saudí que fue embajador en Estados Unidos e Inglaterra y dirigió los servicios de inteligencia saudíes, responsabiliza directamente a Israel de la guerra. Según el ex analista de la CIA Larry Johnson, “los chinos y los rusos están trabajando entre bastidores – utilizando a Pakistán como testaferro – para erigir una nueva arquitectura de seguridad en el Golfo Pérsico. El objetivo actual es convencer a Arabia Saudí y a Qatar de que rompan efectivamente sus lazos militares con EE.UU. y firmen un acuerdo estratégico que estará garantizado por Rusia y China. Si Arabia Saudí y Qatar se mantienen firmes en su prohibición de que EE.UU. utilice sus bases y su espacio aéreo para una nueva serie de ataques contra Irán, EE.UU. podría verse obligado a cancelar los ataques previstos”. Habrá que ver.

Los aliados asiáticos de Washington (Japón, Corea del Sur, taiwaneses y filipinos) ven su suministro energético en peligro. Cae necesariamente entre ellos la confianza hacia Estados Unidos. Todo eso sube las acciones de Rusia y China que llevan años proponiendo una nueva “arquitectura de seguridad colectiva” en el Golfo que sustituya al paraguas de defensa estadounidense centrado en el cerco a Irán.

En el fondo es lo mismo que en Europa: un cerco a Rusia en lugar de la arquitectura de seguridad colectiva que se prometió a la URSS de Gorbachov y que Rusia ha venido reclamando treinta años desde entonces.

La guerra de Irán no tiene salida para Trump.

Si ataca con aún mayor fuerza, restando aun más capacidades al frente ucraniano y trasladando al Golfo Pérsico aún más fuerzas militares destacadas en la contención a China en Asia Oriental, lo más probable es que la respuesta de Irán sea aún más dañina para las economías del Golfo y la economía mundial.

Sin electricidad y agua, los países del Golfo son países muertos. En esos países la mitad del año no se puede vivir sin aire acondicionado y si se destruyen las plantas de desalinización no hay recursos hídricos disponibles. Un cable de la CIA fechado en Riad y divulgado en 2008 por Wikileaks estimaba que en caso de destrucción por Irán de la planta desalinizadora que abastece de agua a la capital saudí (7 millones de habitantes, 20% de la población total del reino) la ciudad “debería ser evacuada en una semana”. Irán también es un país muy seco, pero la situación climática e hídrica allí es muy diferente. Todavía ahora, en primavera, las fotos de Teheran permiten ver una cadena montañosa nevada detrás de la ciudad. Cualquier cosa que Estados Unidos haga contra Irán, Teheran la puede devolver con mayor efecto, porque tiene el control de la escalada.

El país ha sufrido mucho. A 8 de abril registraba 3540 muertos, de ellos 1616 civiles y 244 niños, con trescientas instalaciones sanitarias dañadas solo en Teheran, 760 escuelas y 46.000 edificios. Pero, según estimaciones de la CIA, se conserva un gran stock de misiles, así como la capacidad de producirlos y lanzarlos en instalaciones subterráneas (Ver: U.S. Intelligence Shows Iran Retains Substantial Missile Capabilities – The New York Times). Las derrotas de Estados Unidos en Vietnam y Afganistán no tuvieron las consecuencias que tendrá la derrota en Irán. Porque el contexto mundial ha cambiado.

En los últimos 35 años hemos presenciado una sucesión de guerras continuas, todas ellas cosechando desastres con una factura humana monstruosa y bien conocida. (ahí están las cifras del estudio “Cost of Wars” de la Universidad Brown de Estados Unidos, particularmente recomendable.Costs of War | Brown University)

El motivo fundamental de esos desastres fue la creencia de Washington de que, concluida la guerra fría, su mundo bipolar y la autodisolución de la URSS, Estados Unidos era la única superpotencia. Así que podía dictar su voluntad e ignorar los intereses de los demás. Eso les llevó a cometer un error detrás de otro. En los últimos cuatro años esto se ha acelerado y evidenciado con tres errores de cálculo.


Donald Trump, durante la cumbre de la OTAN celebrada en La Haya en junio de 2025.

-El primero fue el de Rusia. Se creía que provocando la invasión de Ucrania, Moscú sufriría una “derrota estratégica” y una debacle económica como resultado de las sanciones y de un aislamiento internacional que se daba como seguro.

-El segundo fue creer que las barreras y sanciones comerciales y tecnológicas contra China doblegarían a Pekín.

-El tercero es lo que estamos viendo ahora con Irán.

Estos tres errores están unidos por la misma voluntad de contener e impedir militarmente la emergencia de un mundo multipolar, es decir basado en la interacción de las potencias y el multilateralismo, que ya es una realidad que no se puede soslayar y que es incompatible con el hegemonismo. Como dice el especialista en Irán Tirsa Parsí, “el peligro para Estados Unidos es continuar manteniendo una estrategia diseñada para un mundo que ya no existe”.

Rusia, China e Irán no son aliados pero están unidos por el vector de la integración euroasiática. Son eslabones de una misma cadena con motor chino que cambia por completo la correlación de fuerzas mundial y que acabará dando lugar a un nuevo sistema de gobernanza internacional. Y eso, en Occidente, se vive como una amenaza cuando lo único que exige es una adaptación que reconozca la nueva realidad de que el hegemonismo ya no funciona. En eso hay cierta analogía con el fin de los imperios coloniales europeos tras la Segunda Guerra Mundial. El mundo había cambiado, el colonialismo ya no funcionaba, pero hasta que las metrópolis coloniales se dieron cuenta y pusieron en marcha una nueva estrategia conjunta de dominio que acabó concretándose en la Unión Europea, se derramó mucha sangre.

Ahora estamos en algo parecido, con la diferencia de que la presión del cambio global del capitalismo antropocéntrico no nos deja mucho tiempo para evitar un desastre planetario y que la situación de la capacidad de destrucción masiva y sus riesgos ha aumentado considerablemente.

Ocho de las nueve potencias nucleares (todas menos China) están hoy directamente implicadas en guerra o son partícipes en tensiones militares. Israel contra Irán, que es un estado cuasi nuclear. Estados Unidos contra Rusia en Ucrania y contra Irán. Rusia con Ucrania y con la OTAN. Corea del Norte, ayudando con tropasa Rusia y combatiendo en la región de Kursk el año pasado. India en tensión con incidentes militares con Paquistán, recientemente. Paquistán, con India y con Afganistán. Francia e Inglaterra, contra Rusia vía el “proxy” ucraniano y con Irán, colaborando en la defensa de Israel y su genocidio.

Comparado con esto la situación de la guerra fría era un juego de niños. Ahora los peligros se han multiplicado. En los ochenta los euromisiles sacaron a los europeos a la calle. Hoy a los alemanes, y a los europeos en general, se les está llevando de la oreja a la guerra Este año la guerra podría extenderse en Europa – Rafael Poch de Feliu y no se mueve nadie… Que Estados Unidos esté perdiendo la partida en Irán no es una mala noticia, pero en absoluto suscita tranquilidad.


Del blog personal de

Rafael Poch-de-Feliu

sábado, 23 de mayo de 2026

¿Por qué Estados Unidos quiere juzgar al expresidente cubano Raúl Castro?

 

 Por Pedro Marin   
      Periodista, fundador y editor jefe de Revista Opera, un medio de comunicación independiente de Brasil.


Al igual que los cargos contra Maduro permitieron a Trump una operación militar sin el Congreso, la acusación de funcionarios cubanos permitiría una acción contra la isla. El objetivo sería crear un vacío en la estructura de Gobierno


Raúl Castro, izquierda, y el Che Guevara, derecha, en la Sierra de Cristal durante la Revolución Cubana, 1958.


     La Administración de Donald Trump acaba de imputar al expresidente cubano Raúl Castro por el derribo de dos aviones en 1996.


Los planes de Estados Unidos para procesar a Raúl Castro aumentan los temores de los cubanos ante la amenza de violencia.

Dadas las similitudes entre las medidas adoptadas contra Cuba en los últimos meses y el modus operandi de los Estados Unidos en su ataque a Venezuela, la acusación contra el líder cubano podría representar un paso más hacia una acción militar contra la isla. Según Bloomberg, además de Castro, Washington también estaría apuntando al actual presidente cubano, Miguel Díaz-Canel, y a familiares de funcionarios del Gobierno cubano.

Al igual que lo que vivió Venezuela en los meses previos a la operación militar del 3 de enero de este año –que terminó con el secuestro del presidente Nicolás Maduro y de la congresista y primera dama Cilia Flores–, Cuba ha estado enfrentando un bloqueo naval y energético, mediante el cual la Administración de Trump ha cortado, en los últimos tres meses, el flujo de petróleo hacia La Habana, que es esencial para el suministro energético de la isla. En efecto, el bloqueo ha dejado a Cuba prácticamente paralizada, interrumpiendo servicios como el transporte, la recolección de basura, la atención médica y la educación.

Y al igual que los cargos de narcotráfico contra Maduro permitieron al Gobierno de EEUU lanzar su operación militar en Caracas sin autorización previa del Congreso, la acusación de funcionarios cubanos también permitiría una acción militar limitada contra la isla sin autorización legislativa.

Lo que diferenciaría ambas acciones es que, en el caso de Cuba, el objetivo de Washington sería crear, en la medida de lo posible, un vacío en la estructura gubernamental de la isla, derrocando tanto a los dirigentes del Estado cubano como a sus posibles sucesores –evitando así el escenario venezolano, en el que la destitución de Maduro no condujo a la remoción del Gobierno ni al desmantelamiento de las fuerzas políticas que lo sostienen–.

Cuba no es tan relevante estratégicamente como Venezuela, por supuesto. Pero una acción militar contra la isla podría ser especialmente importante para Trump en vísperas de las elecciones de mitad de mandato, que tendrán lugar en noviembre: en primer lugar, porque ofrecería un logro simbólico importante tras su enredo en el atolladero iraní. Desde la crisis de los misiles de 1962, cuando Kennedy llegó a un acuerdo con Jruschov para que Estados Unidos no invadiera Cuba, los intentos militares abiertos de Washington contra La Habana han cesado de hecho.


Lee Harvey Oswald tras presuntamente disparar al presidente John F. Kennedy.

Ningún presidente estadounidense ha vuelto a intentar derrocar al Gobierno cubano por la fuerza; el último intento de este tipo fue la invasión de Bahía de Cochinos en 1961. Estados Unidos nunca ha aceptado la humillación simbólica de coexistir con un gobierno rebelde a solo unos cientos de kilómetros de Florida, pero todos sus presidentes han dejado de lado la posibilidad de una solución militar. Romper con esta tradición enviaría un mensaje contundente al mundo y al público estadounidense: a Trump no le disuaden ni el legado diplomático ni la irrelevancia estratégica de ciertas acciones. Cualquiera es un objetivo potencial.

Sin embargo, lo más importante es el hecho de que una acción exitosa contra la isla movilizaría el apoyo, los votos y el dinero de la comunidad cubana en EEUU, estimada en 2,9 millones de personas, de las cuales entre 1,2 y 1,5 millones son votantes. Dado que la mayoría de las encuestas electorales apuntan a una victoria demócrata en las elecciones de mitad de mandato –lo que pondría fin a la mayoría republicana en el Congreso–, se trata de un contingente que el actual inquilino de la Casa Blanca no puede ignorar.

¿Organización humanitaria o grupo terrorista?

Tras meses insistiendo en que Maduro era el líder de una organización ficticia de narcotráfico, Estados Unidos rebajó de hecho el papel atribuido al presidente venezolano para justificar su secuestro. Cabe señalar, sin embargo, que la acusación de que Maduro era el líder de una organización narcoterrorista llamada “Cartel de Los Soles” se utilizó precisamente para imputar penalmente a Maduro, junto con otros 14 miembros del Gobierno venezolano, seis años antes, en marzo de 2020.

En el caso de la acusación contra Raúl Castro, el cargo sería que Castro, entonces ministro de Defensa de Cuba, tuvo responsabilidad directa en el derribo de dos aviones pertenecientes a la organización cubano-estadounidense Hermanos al Rescate el 24 de febrero de 1996, lo que provocó cuatro muertes. El hecho ocurrió efectivamente –los aviones fueron derribados, cuatro personas murieron– y es cierto que Raúl, como ministro de Defensa, tuvo cierto grado de responsabilidad en el disparo de los misiles aire-aire por parte de un MiG-29 que derribó los aviones. Pero, contrariamente a lo que se ha difundido ampliamente en la prensa, este no fue un ataque injustificado contra “voluntarios desarmados de una organización humanitaria”.

Fundada en Miami en mayo de 1991, oficialmente para ayudar a los balseros (cubanos que cruzaban en embarcaciones, a menudo improvisadas, hacia EEUU), Hermanos al Rescate estuvo involucrada en numerosas violaciones del espacio aéreo cubano antes del derribo del 24 de febrero de 1996. Su fundador y líder, José Basulto, había sido, como él mismo reconoció, un agente de la CIA entrenado en EEUU, Panamá y Guatemala, quien participó, en nombre de la agencia, en la invasión de Bahía de Cochinos en 1961 y en un intento de sabotear una base de misiles en la isla. También participó, en nombre de la organización anticastrista Directorio Revolucionario Estudiantil –también apoyada y financiada por la CIA–, en el ataque al hotel Hornedo de Rosita en La Habana en agosto de 1962, durante el cual disparó docenas de ráfagas con un cañón automático de 20 mm contra el hotel desde una lancha rápida. Al comentar el incidente años más tarde, Basulto dijo: “Éramos unos terroristas bastante [pésimos], se lo aseguro. Cualquier otro habría utilizado munición explosiva. Pero nuestra intención no era matar a la gente, sino más bien asustarla de muerte”.

Cuando Basulto decidió fundar su organización en 1991, Cuba se encontraba en el Período Especial, una época en la que la isla atravesaba una grave crisis económica tras el colapso de su entonces mayor socio comercial, la Unión Soviética.

Como describe Fernando Morais en su libro Los últimos soldados de la Guerra Fría, para sus primeras operaciones, la organización de Basulto recibió tres aviones O-2 “retirados tras años de servicio en la Fuerza Aérea de Estados Unidos durante la Guerra de Vietnam (1959-1975) y la Guerra Civil Salvadoreña (1980-1992).


Los últimos soldados de la Guerra Fría.

Basulto había recibido los aviones como regalo por orden del presidente George Bush, a petición de la congresista cubano-estadounidense Ileana Ros-Lehtinen”. El Período Especial brindó a Hermanos muchas oportunidades para lanzar kits de supervivencia y suministros médicos a los balseros en el Estrecho de Florida, una actividad que garantizaba a la organización donaciones anuales por un monto de 1,1 millones de dólares (como en 1993 y 1994). Pero con los cambios en la política migratoria de Estados Unidos hacia los cubanos, a partir de 1995 el número de balseros comenzó a disminuir y las donaciones a Hermanos se agotaron.

A partir de ese momento, la organización intensificó sus sobrevuelos ilegales sobre Cuba, violando el espacio aéreo de la isla para lanzar folletos que incitaban a los cubanos a la rebelión. Fue en una de estas ocasiones, tras docenas de violaciones de su espacio aéreo, cuando la Fuerza Aérea Cubana derribó los dos aviones Cessna pertenecientes a Hermanos.

Unos meses antes del incidente, en octubre de 1995, surgió en Miami un nuevo grupo anticastrista: el Consejo Cubano. El objetivo del grupo no era llevar a cabo ataques terroristas contra la isla ni asesinar a líderes cubanos, como lo hacían una miríada de organizaciones tales como Alfa 66, el Comando de Organizaciones Revolucionarias Unidas (CORU), Omega 7, el Partido de la Unión Nacional Democrática (PUND), los Comandos L, los Comandos F4, la Fundación Nacional Cubano-Americana (CANF) o la red de Luis Posada Carriles –todos ellos responsables de atentados con bombas, secuestros, tiroteos e intentos de asesinato–. Tampoco se trataba de invadir el espacio aéreo y marítimo cubano desde Florida para llevar a cabo actos de propaganda, como hacían Hermanos al Rescate, de Basulto, y el Movimiento por la Democracia, de Ramón Saúl Sánchez.

El Consejo tenía un rostro más liberal; se valía de términos como democracia y derechos humanos, y su estrategia consistía en construir una red de organizaciones y de la “sociedad civil” cubana para hacer frente al Gobierno. Había surgido al solicitar formalmente a Fidel Castro, a través de la delegación cubana ante la ONU, que su primera asamblea se celebrara en La Habana los días 24, 25, 26 y 27 de febrero de 1996, y contaba con el apoyo público de la Casa Blanca. Como relata Fernando Morais: “En una de sus conferencias dirigidas a líderes anticastristas en Florida, el subsecretario de Estado Richard Nuccio dejó clara la postura del presidente Clinton sobre la cuestión cubana. ‘Ustedes le dan demasiada importancia a Fidel, y la solución no está en sus manos, sino en las de las comunidades de derechos humanos dentro de la isla’, dijo el funcionario. ‘Si la comunidad de exiliados cubanos brinda un apoyo masivo a organizaciones como el Consejo, esto podría reportar enormes beneficios a Cuba y otorgar a la comunidad cubana en el extranjero un papel positivo en la resolución de la crisis’”.

De hecho, atendiendo al llamado del subsecretario de Estado, organizaciones como Hermanos y el Movimiento por la Democracia –a pesar de las diferencias tácticas con el Consejo– comenzaron a colaborar con el incipiente movimiento. El anuncio de que las organizaciones llevarían a cabo acciones de propaganda dentro del espacio aéreo cubano y en las proximidades de las aguas territoriales cubanas en apoyo del Consejo motivó un aviso a pilotos y controladores aéreos emitido por la Administración Federal de Aviación (FAA), la agencia federal estadounidense responsable de las leyes de aviación, a petición del Departamento de Estado. En un momento dado, el aviso indicaba: “El Gobierno de Cuba ha reafirmado en varias ocasiones su decisión de tomar medidas contra las aeronaves que violen su espacio aéreo. Estas medidas tienen por objeto defender la soberanía nacional cubana y evitar los sobrevuelos de aeronaves no autorizadas. Cualquier persona que entre en el espacio aéreo cubano sin autorización será objeto de detención y puede exponerse a sí misma y a otros a un grave riesgo personal”.

A pesar de estas preocupaciones, las organizaciones llevaron a cabo las acciones prometidas a finales de octubre de 1995 sin ninguna respuesta por parte del Gobierno cubano. Así, repitieron las acciones el 9 de diciembre, el 13 de enero y el 14 de enero, lo que suscitó nuevas preocupaciones por parte del Departamento de Estado y la FAA. Morais describe otro memorándum de la FAA: “Al comentar sobre otra incursión más de Basulto, [el director de la FAA] afirmó que ‘estos sobrevuelos solo pueden considerarse una burla al gobierno cubano’”. Según él, el Departamento de Estado estaba cada vez más preocupado por las reacciones de Cuba ante “estas violaciones flagrantes”, hasta el punto de que el subsecretario Richard Nuccio había ordenado una investigación sobre el estado de un caso presentado por la FAA contra Basulto por violar las normas de aviación. “El peor de los casos sería que Cuba derribara una de estas aeronaves”.

Esto es exactamente lo que ocurrió el 24 de febrero, fecha de la reunión del Consejo. Cuando se puso en contacto con la torre de control de La Habana para informarles de que la zona de operaciones de los tres aviones de Hermanos al Rescate sería al norte de la ciudad, a José Basulto se le comunicó que la zona estaba “activada” (es decir, bajo la protección de aviones militares) y que cualquier incursión estaría sujeta a riesgos. “Como cubanos libres, tenemos derecho a estar aquí”, fue la respuesta del disidente unos 20 minutos antes de que los dos aviones de la organización que lo acompañaban fueran alcanzados por misiles lanzados desde un MiG-29 cubano.

Aunque existe controversia sobre si los aviones derribados se encontraban en el espacio aéreo cubano en el momento del derribo, no hay duda de que al menos uno de ellos –el de Basulto– cruzó la frontera invisible ese día, por no mencionar las innumerables ocasiones anteriores en las que la organización violó el espacio aéreo cubano. También es bien sabido que esta no fue una tragedia inesperada, tanto porque el Gobierno cubano había protestado en numerosas ocasiones ante el Gobierno de los Estados Unidos por las actividades de Hermanos y otras organizaciones que operaban en Florida, como porque el propio Gobierno de los Estados Unidos, a través del Departamento de Estado y la Administración Federal de Aviación, había emitido advertencias sobre los riesgos que entrañaban los vuelos de la organización.

El derribo de los aviones puso fin a la posibilidad de un acercamiento entre el Gobierno cubano y la Administración Clinton. Además de la suspensión de los vuelos chárter a Cuba, las restricciones a la entrada de funcionarios cubanos en EEUU, la ampliación del alcance de Radio Martí –financiada por el Gobierno estadounidense para difundir propaganda contra Cuba– y la autorización para utilizar activos cubanos congelados en EEUU para indemnizar a las familias de los pilotos fallecidos, el derribo de los aviones también condujo a la firma de la Ley Helms-Burton, que amplió las sanciones impuestas a la isla a prácticamente cualquier empresa extranjera que hiciera negocios con Cuba, cualquier barco que atracara en puertos cubanos y cualquier inversor que realizara inversiones en la isla.

El derribo de los aviones de Hermanos el 24 de febrero de 1996 no fue un delito; fue, tal como había pronosticado la Administración Federal de Aviación, “una medida destinada a defender la soberanía nacional cubana”. Si hubieran sido aviones de organizaciones cubanas que ingresaran al espacio aéreo estadounidense para lanzar folletos sobre Miami, es seguro que habrían sido derribados en el primer intento. Tampoco fue un acto militar contra aeronaves civiles inofensivas y desarmadas: los mismos aviones que lanzaban folletos sobre La Habana podían, después de todo, en cualquier momento, lanzar explosivos, si así lo deseaban.

Así como Basulto parecía pensar que disparar indiscriminadamente contra un hotel con docenas de cartuchos diseñados para penetrar el blindaje de buques de guerra no era “terrorismo”, porque “otro habría utilizado munición explosiva”, probablemente consideraba que la violación constante del espacio aéreo cubano por parte de sus aviones para lanzar folletos exigiendo la caída del Gobierno constituía “misiones humanitarias”. Cada vez que la prensa califica a Hermanos al Rescate de “organización humanitaria”, termina suscribiendo esta curiosa línea de razonamiento. Pero, lo que es más grave aún, contribuye a que las medidas adoptadas por Trump contra Cuba y sus líderes –incluida una posible acción militar en la isla– se presenten al público como justas.


Fuente: Ctxt

viernes, 22 de mayo de 2026

Estados Unidos: el suicidio de una superpotencia

 

 Por Timothy Snyder   
      Historiador estadounidense especializado en la Europa contemporánea.


Los imperios surgen y caen, pero nunca antes se habían inmolado así. Es lo que ocurre con Trump, que lleva a su país hacia la irrelevancia por culpa de una mezcla de codicia e ineptitud


Donald Trump en la Casa Blanca, el pasado 15 de mayo.

     Estados Unidos está gastando miles de millones de dólares en perder una guerra en Irán que enriquece a sus oligarcas, empobrece a sus ciudadanos, sabotea sus alianzas y fortalece a sus enemigos.


Boquilla de una manguera inyectando queroseno en el depósito de un avión comercial, a finales de abril en el aeropuerto de Ginebra.

La guerra pone de manifiesto un principio rector de la política exterior del presidente Donald Trump: el suicidio de una superpotencia. Los imperios surgen y caen, pero, que yo sepa, nunca un Estado destruyó su poder de modo intencional y sistemático (y menos aún con tanta rapidez).

Admitir este suicidio estratégico puede ser difícil; ojalá las desventuras de Trump se basaran en cierta idea del interés nacional estadounidense. Pero no es así.

Una superpotencia debe ser un Estado moderno que incluya (a través del Estado de derecho y otras instituciones) a un conjunto sustancial de ciudadanos comprometidos con un esfuerzo común. Pero la Administración de Trump trata a su propio país no como un Estado moderno, sino como una oportunidad comercial para unos pocos elegidos.


Las reglas mafiosas del nuevo orden internacional.

Una superpotencia también debe tener una idea de interés nacional. Aunque hay divergencias sobre cómo definir ese concepto, lo que nadie esperaba era una situación en la que el presidente fuera indiferente al bien del pueblo o del Estado.

Para seguir siendo superpotencia, un Estado también debe mantenerse en el tiempo. Y esa continuidad depende de un principio de transmisión de la autoridad política. Pero con sus aspiraciones de permanecer en el poder por tiempo indefinido y sus ataques a la credibilidad de las elecciones, Trump está poniendo en tela de juicio el principio de la sucesión política. Por supuesto, hay otros modos de sucesión, por ejemplo, por transmisión dinástica o decisión de un politburó.


Tulsi Gabbarden en Georgia, el 28 de enero.

Pero la adopción de un sistema semejante acabaría con la república estadounidense.

Para que un Estado obtenga y conserve el poder, es fundamental que estén al mando las personas correctas. A lo largo de la historia, los Estados poderosos buscaron formas de identificar personas cualificadas y promoverlas a puestos de autoridad, sin distinción de nacimiento. La antigua China tenía un sistema de exámenes. Napoleón puso como principio el mérito, tanto en la vida civil como en la militar. Estados Unidos, por su parte, tuvo en otros tiempos un funcionariado que era la envidia del mundo, además de fuerzas armadas altamente meritocráticas. 

Pero la Administración de Trump desvirtuó la función pública y purgó los altos mandos militares, y el proceso lo llevaron adelante personas no cualificadas para los cargos que ocupan.


El general Charles Q Brown, en el anuncio de su nombramiento como jefe de la Junta de Estado Mayor en la Casa Blanca, en mayo de 2020.

Que Tulsi Gabbard, Kash Patel y Pete Hegseth sean directora de inteligencia nacional, director del FBI y secretario de Defensa, respectivamente, es claro indicio de una superpotencia que se suicida.

En un nivel más profundo, una superpotencia debe tener un sistema educativo capaz de preparar a su población (y a sus políticos) para enfrentar los desafíos globales. Pero en los Estados Unidos de Trump se priva de recursos a la educación pública, se castiga a las universidades que defienden la libertad académica y se eliminan libros útiles de las bibliotecas de las escuelas.


Un niño lee en una biblioteca en Estados Unidos.

Asimismo, el ascenso de muchas grandes potencias se basó en la ciencia, pero ahora, en los Estados Unidos de Trump, la ciencia está bajo ataque. Igual que los antiguos mesopotámicos, cuyos astrónomos idearon métodos para cartografiar los cielos, y los romanos, que pusieron en práctica la ciencia griega para construir y defender un imperio, Estados Unidos se convirtió en superpotencia gracias a instituciones estatales encargadas de financiar la ciencia y atraer científicos (a menudo inmigrantes). Pero la Administración de Trump ha lanzado una ofensiva asombrosa contra la ciencia. Desfinancia la investigación por motivos ideológicos, desalienta la radicación en Estados Unidos de científicos (noveles y expertos) y pone en duda hallazgos fundamentales como el cambio climático antropogénico.


Un técnico inspecciona la mayor cámara del mundo, en el Observatorio Vera Rubin, financiado por la NSF.

Por eso, el Gobierno de Trump paró en seco la transición energética de Estados Unidos para subsidiar los combustibles fósiles (que ya van quedando obsoletos en términos ecológicos y económicos). Como demuestra un magnífico libro que está por publicar — The Co-Creation, de la bióloga Olivia Judson—, las sociedades que se adelantan a adoptar nuevas formas de energía prosperan, y las demás fracasan. Tal vez sea la verdad más profunda de la historia de la humanidad, y eso convierte la decisión de Trump en un error existencial que acelerará la pérdida de relevancia de Estados Unidos y mejorará la posición de China, superpotencia mundial en energías limpias.

Lo mismo se puede aplicar a la tecnología que sostiene el poder militar. Estados Unidos siempre gastó cifras astronómicas en armamento, pero este Gobierno prioriza equipamientos del pasado. Por ejemplo, unos nuevos buques de guerra que llevarán el nombre de Trump. El plan es pura fantasía. Incluso si se construyen, serán totalmente inadecuados para la guerra moderna (de la que el conflicto ultratecnológico entre Rusia y Ucrania nos da un primer atisbo).

La guerra en Ucrania es un ejemplo claro del desdén de la Administración de Trump hacia el arte de la diplomacia y su preferencia por negociar “acuerdos”. Hay abundantes pruebas de que Trump no sabe negociar, y esto incluye su sumisión al presidente ruso Vladímir Putin. Además, maltrata y margina a aliados de Estados Unidos por motivos puramente personales. Sin una idea de interés nacional, no puede haber comprensión de la utilidad de las alianzas ni apreciación del sistema internacional (las leyes, reglas y normas en las que se basó la primacía global de Estados Unidos). Cuesta expresar hasta qué punto la postura de Trump es primitiva y alegra a los enemigos de Estados Unidos.


EE UU, China y Rusia quieren repartirse el mundo: nuevos imperios para el siglo XXI.

Lo cual nos lleva de vuelta a Irán. En los enfrentamientos internacionales, las superpotencias ganan al menos parte del tiempo. Pero la Administración de Trump pierde una y otra vez. La guerra contra Irán es una clara derrota estratégica; si Estados Unidos tuvo en ella algún objetivo, no lo consiguió. Las políticas de Trump dejaron más uranio enriquecido en manos de un régimen iraní más intransigente y provisto de nuevas fuentes de poder económico (el control del estrecho de Ormuz y la intimidación a los Estados del Golfo); al mismo tiempo, eliminaron casi cualquier posibilidad de que Estados Unidos ejerza influencia en la sociedad iraní.

Finalmente, muchos Estados pierden poder porque ya no pueden mantenerlo. Por primera vez desde 1945, la deuda nacional de Estados Unidos es mayor que su PIB. La comparación es útil: un déficit elevado es normal en el contexto de un desafío como la II Guerra Mundial. Pero el Gobierno de Trump incurre en déficit por una razón totalmente diferente: para no cobrar impuestos a personas y empresas adineradas. La idea del Estado como un servicio para los ultrarricos es incompatible con ganar guerras o con mantener los servicios sociales que permiten el funcionamiento de una sociedad moderna.

Ya no tiene sentido hablar de reformas, porque el suicidio de la superpotencia estadounidense bajo el mando de Trump es un síntoma de desigualdades y distorsiones democráticas que hicieron posible una payasada estratégica como nunca antes se vio en la historia. Lo que hizo de Estados Unidos una superpotencia también habilitó este intento de autodestrucción. En vez de tratar de volver al statu quo anterior, necesitamos un esfuerzo denodado en pos de reestructurar la política estadounidense de modo que otorgue a la ciudadanía más poder para crear un futuro más justo.


Fuente: El País