lunes, 15 de junio de 2026

Amazon es un banco de pruebas para el futuro del trabajo

 

       Organizador sindical, miembro del Sindicato Nacional de Escritores y repartidor a tiempo parcial de Amazon.


Empleadores de todo el mundo buscan imitar el modelo de explotación, inestabilidad y uso disciplinario de IA de la megacorporación de Bezos. El reto de los sindicatos es organizar a la clase trabajadora contra esta distopía


Los trabajadores del centro de carga aérea de Amazon en el norte de Kentucky se declararon en huelga en julio de 2024.


     Entre el 7 y el 10 de junio, la convención cuatrienal de la AFL-CIO se ha reunido en Minneapolis con el objetivo declarado de organizarse “con unidad y claridad de propósito para empoderar a los trabajadores”. 

Esa claridad de propósito debería incluir un compromiso real para afrontar el mayor y más importante reto de organización al que se enfrentan los sindicatos en esta era: Amazon.


Trabajadores de carga aérea de Amazon en Kentucky y simpatizantes de la comunidad protestan por sus derechos laborales, 2023



Hasta ahora, a pesar de algunos inspiradores focos de lucha aislados, el movimiento sindical estadounidense no ha conseguido llevar a Amazon a la mesa de negociación.

A nivel nacional, y continuando con un declive histórico, la afiliación sindical el año pasado fue de un mísero 10 % en EEUU, y eso sin contar siquiera los afiliados perdidos cuando Trump rompió los convenios colectivos que cubrían a casi un millón de trabajadores federales.


Afiliación sindical en Estados Unidos.

Esto ha dejado a decenas de millones de trabajadores por organizar, pero los más importantes son los 1,5 millones de trabajadores y contratistas de Amazon.

Hace noventa años General Motors era el pionero del capitalismo, imitado por otros industriales que buscaban perfeccionar la eficiencia productiva, la explotación de los trabajadores y la extracción de beneficios. Los trabajadores de GM, organizados bajo la bandera del CIO y respaldados por sindicatos que no esperaban ganar nuevos afiliados con el proyecto –como el Sindicato de Mineros Unidos–, se opusieron a esa explotación, se declararon en huelga y consiguieron nuevas condiciones. Anunciaron un periodo de organización masiva, el apogeo moderno del poder sindical.

Amazon es el General Motors de hoy. Lo que le suceda a los trabajadores de Amazon –para bien o para mal– le sucederá a los trabajadores de todo el mundo.

Amazon es un banco de pruebas para el futuro del trabajo de todos nosotros. Los empleadores de todo el mundo buscan imitar el modelo laboral de este gigante, caracterizado por la explotación, la inestabilidad laboral y –lo que es aterrador– el uso de tecnologías de IA para disciplinar y restar poder a los trabajadores.

Amazon está perfeccionando la subcontratación, la mano de obra “justo a tiempo” y el aumento del ritmo de trabajo. Sus más de 250.000 repartidores en EEUU están todos subcontratados, ya sea a través de una multitud de pequeñas empresas llamadas socios de servicios de reparto (DSP) o contratados como autónomos. De esa forma, Amazon puede eludir la responsabilidad cuando los repartidores sufren lesiones, piden un aumento de sueldo o intentan sindicarse. Los almacenes funcionan con un modelo de mano de obra reducida. Los horarios normales a tiempo completo en los almacenes son cuatro turnos consecutivos de diez horas, pero Amazon suele recortar las horas de los trabajadores cada vez que la producción se ralentiza, incluso en medio de un turno, lo que causa estragos en unos presupuestos familiares ya de por sí ajustados. Luego, entre Acción de Gracias y Navidad Amazon impone horas extra obligatorias –una hora extra al día, más un día laborable adicional obligatorio cada semana–, lo que eleva la semana laboral a unas brutales 55 horas y hace caso omiso de los efectos en la vida personal y familiar de los trabajadores.

A través de su agresiva introducción de robots –ahora más de un millón–, Amazon está sustituyendo a los trabajadores y obligando a los que quedan a trabajar más rápido. No es de extrañar que los empleados sufran accidentes laborales con tanta frecuencia, y que la grave tasa de lesiones de la empresa sea casi el doble que la de sus homólogos del sector de los almacenes.


Amazon ha introducido ahora más de un millón de robots.

Luego está la IA. Sé algo de esto de primera mano, ya que he trabajado durante el último año y medio como repartidor a tiempo parcial de Amazon. La empresa de reparto para la que trabajo es un empleador justo, pero el problema no es ella; es Amazon, porque, aunque técnicamente los repartidores no somos empleados de la empresa, todos estamos sujetos a su seguimiento y supervisión.

Cuando estoy en el camión de Amazon, cada movimiento que hago es rastreado con tecnología y evaluado por programas de IA: dónde estoy, qué paquetes he entregado y si voy al ritmo que el algoritmo de Amazon ha determinado que debo cumplir. Los informes al final de cada turno muestran cómo se comparan mis entregas con los tiempos prescritos por el estándar algorítmico de Amazon. Cada semana se nos evalúa para determinar si tomamos fotos precisas en el momento de la entrega, si entregamos los paquetes exactamente donde el cliente lo solicitó y si recibimos comentarios positivos o negativos de los clientes. A través de este sistema, los conductores que no “alcanzan el ritmo” o que no cumplen con los estándares prescritos por Amazon pierden su empleo.

¿Qué permite este nivel de supervisión? El Gran Hermano: el “NetradyneDriver” , tu compañero de viaje en la furgoneta. Las lentes de la cámara apuntan en todas direcciones, midiendo continuamente tu velocidad y distancia. Netradyne también controla si te detienes completamente en cada señal de stop, si utilizas el intermitente, si evitas desviarte del carril, si frenas, aceleras o tomas las curvas demasiado rápido. Observa la orientación y el movimiento de tus ojos. Si bostezas. Si apartas la vista de la carretera durante demasiado tiempo. Todos estos datos se introducen en un sistema de IA donde la tecnología, y no una persona, evalúa tu comportamiento cada segundo. Netradyne se jacta de esto y lo denomina “IA física implementada a gran escala”.

En los grupos de chat de Reddit, los repartidores de Amazon de todo el país informan ahora de que no les despide un humano, sino la IA. En el caso de los trabajadores de almacén, Amazon ha aprovechado la misma tecnología de vigilancia para asegurarse de que las tasas de recogida, embalaje y clasificación de los trabajadores cumplan con sus estándares determinados algorítmicamente, que sus escaneos sean perfectos y que minimicen el “tiempo fuera de la tarea” –como ir al baño–. Todo se mide y se supervisa. Y si no “alcanzas la tasa”, primero te aconsejan, luego te sancionan y, finalmente, te despiden.

En muchos almacenes, Amazon recurre a agentes de seguridad y a la policía local para imponer “una cultura organizativa de obediencia casi carcelaria –lo que equivale a una “militarización” de las funciones de recursos humanos”, según un informe académico reciente. “Parece que estamos entrando en una prisión y que intentan asegurarse de que no nos escapemos”, cita el informe a un trabajador.

Esta distopía laboral se está perfeccionando en Amazon y luego se exporta a otros empleadores: en fábricas, tiendas de alimentación, hospitales, restaurantes, hoteles, obras de construcción, laboratorios y oficinas. Este es el sombrío futuro que estamos legando a nuestros hijos, a menos que organicemos a los trabajadores de Amazon a gran escala y luchemos.

Amazon no es solo un problema para quienes trabajamos en el sector logístico. De ser una humilde tienda de libros en línea, se ha transformado en una referencia que puede revolucionar otros sectores. Su avaricia no hace más que crecer. Amazon gestiona hoy 532 tiendas de alimentación Whole Foods y está ampliando rápidamente su red de reparto de comestibles. Este es el siguiente gran sector que pretende revolucionar.

A través de Amazon Web Services, la empresa es ahora un proveedor global dominante de potencia informática, almacenamiento, redes, análisis y seguridad. Amazon fabrica sus propios chips de IA Trainium, compitiendo directamente con Nvidia. Amazon produce y distribuye películas y series de televisión a través de sus Amazon MGM Studios. El fundador de Amazon, Jeff Bezos, es propietario del Washington Post. Amazon One Medical es un servicio de atención primaria que ofrece asistencia en línea y en clínicas, y está entrando con fuerza en el mercado de los medicamentos con receta a través de Amazon Pharmacy. A través de su filial Ring, Amazon domina hoy en día el mercado de la seguridad doméstica y ofrece otros productos electrónicos de consumo líderes, como Alexa y Kindle.

¿Se puede derrotar a una empresa tan grande y expansiva, un gigante con casi tres billones de dólares de valoración bursátil? Sí, se puede. Pero, como destaca un informe publicado el 4 de junio, se necesitará un esfuerzo titánico y sin reservas por parte de todo el movimiento sindical estadounidense para hacer que retroceda –no solo los valientes pero fragmentados esfuerzos que hemos visto hasta ahora–.

El informe, Renewing Labor and Winning at Amazon, del que soy coautor junto con Michael McQuarrie y Benjamin Y. Fong, y que fue publicado por el Center for Work and Democracy de la Universidad Estatal de Arizona, documenta cómo, a diferencia de la década de 1930, cuando los organizadores del CIO pudieron frenar la producción mediante huelgas en unos pocos centros de producción clave, el proyecto de organización de Amazon debe apuntar más allá. Con una red de cientos de almacenes, centros de clasificación e instalaciones de carga aérea, “la empresa tiene la agilidad necesaria para redirigir el flujo de paquetes a otras instalaciones, manteniendo intacta la cadena de suministro” y haciendo que las huelgas en un solo centro resulten en gran medida irrelevantes, señala el informe, concluyendo que “los estrategas sindicales de hoy en día deben reconocer que, para tener éxito, la organización debe interrumpir el flujo de la cadena de suministro de Amazon”.

Eso significa organizarse en regiones enteras o en secciones completas de la cadena de suministro de la empresa. El informe destaca dos regiones estratégicas en particular. La primera se centra en el área de Los Ángeles y el Inland Empire, justo al este de los puertos de Los Ángeles y Long Beach, por donde pasa la mayor parte de la mercancía importada de Amazon antes de distribuirse a los almacenes de todo el país. La segunda comprende la región del noreste, donde se concentra una gran cantidad de clientes de Amazon. El sindicato Teamsters ya está organizándose en ambas regiones, donde los trabajadores se han enfrentado tenazmente a la empresa. Pero la escala de la organización hasta la fecha no está a la altura del desafío. En el enorme almacén JFK8 en Staten Island, el Amazon Labor Union, ahora parte de los Teamsters, ganó una histórica votación de representación sindical en 2022. Cuatro años después, a pesar de la persistente organización de los trabajadores, Amazon aún no ha accedido a reconocer al sindicato ni a negociar.

Cientos de organizadores internos –activistas políticos que han aceptado puestos de trabajo en Amazon para “infiltrarse” u organizar desde dentro– han desarrollado una gran sofisticación en la organización en Amazon en los últimos años, y deben desempeñar un papel importante en cualquier campaña nacional. Lo mismo ocurre con los miembros sindicales existentes en los sectores de la logística, la alimentación, la sanidad y otros. “Los miembros de Teamsters de UPS y DHL han sido organizadores especialmente eficaces, ya que comparten con los trabajadores de Amazon un lenguaje común y preocupaciones comunes sobre el proceso de trabajo de la cadena de suministro, el aumento del ritmo de trabajo, la tecnología y los problemas que plantea la dirección”, señala el informe Renewing Labor and Winning at Amazon. “Ellos, junto con los miembros sindicales de otros sectores, pueden señalar fácilmente los logros que han conseguido mediante la negociación colectiva y la huelga, que diferencian drásticamente sus condiciones de trabajo de las de los trabajadores de Amazon”.

Si bien la organización debe centrarse en los almacenes y orientarse hacia la construcción de acciones de huelga masivas, el movimiento sindical debe concebir –y financiar– una campaña global que atraiga al público, a otras empresas, a los gobiernos y a los reguladores. Esto se debe a que el impacto de Amazon va mucho más allá del lugar de trabajo, y se necesitará presión tanto dentro de la cadena de suministro como en toda la sociedad para obligar a la empresa a negociar con los sindicatos.

Decenas de miles de camiones de Amazon contaminan el aire, perjudican la salud pública y deterioran las vías públicas, y las exenciones fiscales que Amazon exige habitualmente privan a los gobiernos locales de los recursos necesarios para prestar servicios públicos.

Las comunidades en zonas con alta concentración de almacenes, como el Inland Empire de California, son lugares idóneos para unir a los trabajadores y a los miembros de la comunidad en campañas comunes contra la explotación en los almacenes y contra las cargas externalizadas que Amazon impone a la comunidad en general”, señala el informe.

Dado que la Junta Nacional de Relaciones Laborales no es una vía eficaz para obligar a Amazon a negociar, los sindicatos deben impulsar iniciativas electorales a nivel estatal y local para promover las demandas clave de los trabajadores y la comunidad. Este no es un concepto nuevo. Hace quince años, la campaña “Fight for $15” (Lucha por los 15 dólares) se valió del poder de las iniciativas electorales para conseguir aumentos salariales para millones de trabajadores. Algunos llegaron a crear sindicatos en sus lugares de trabajo. Hoy en día, el lema podría ser “Fight for $30” (Lucha por los 30 dólares), una cifra que los trabajadores de Amazon citan con frecuencia como el mínimo indispensable para sobrevivir.

Las iniciativas también podrían establecer normas de seguridad para los trabajadores, prohibir la subcontratación de los repartidores de Amazon y restringir la ubicación de los centros de datos.

Otra idea de iniciativa consiste en gravar a los robots. Esto repondría los ingresos que los gobiernos pierden cuando Amazon sustituye a los humanos –que pagan impuestos sobre la nómina y que también contribuyen a los ingresos por impuestos sobre las ventas cuando gastan dinero en la comunidad– por robots, que no hacen ninguna de esas cosas. Las iniciativas también podrían exigir a Amazon que contribuya a un fondo de vivienda asequible controlado públicamente para compensar la destrucción de viviendas que provoca la expansión de los almacenes. O podrían exigir a Amazon que financie clínicas de salud y la limpieza del aire, para compensar la contaminación causada por el movimiento diario de sus camiones y vagones.

Estas y otras ideas de iniciativas alteran el modelo de negocio de explotación de Amazon y pueden ser mecanismos poderosos para unir a los trabajadores y a los miembros de la comunidad en una causa común y en la demanda definitiva de reconocimiento sindical y convenios colectivos. En algunos casos, las iniciativas que desafían el modelo de negocio de Amazon pueden llevarse a cabo como campañas legislativas. En la ciudad de Nueva York, una coalición de sindicalistas y activistas comunitarios está presionando al Ayuntamiento para que apruebe la Ley de Protección de la Distribución, que obligaría a Amazon a contratar a los repartidores directamente y a mejorar las normas de seguridad. Es un buen comienzo. Ahora imagina si se lanzaran campañas a favor de la Ley de Protección de la Distribución simultáneamente en 20 ciudades.

Los sindicatos también deberían aprovechar la frustración que los proveedores y vendedores externos sienten por la presencia de Amazon. Las personas y las pequeñas empresas que intentan vender sus productos en la plataforma de Amazon ven cómo el gigante les reduce los márgenes.

Algunas empresas le han acusado de robarles sus ideas y luego lanzar productos competidores. Los proveedores como los DSP [un programa que “permite a emprendedores crear su propia empresa de reparto” dentro de Amazon] viven continuamente en vilo, ya que sus contratos con Amazon pueden ser rescindidos casi sin previo aviso. Una campaña creativa puede encontrar una causa común con estas fuerzas dispares lanzando luchas locales y estatales para frenar el poder de la compañía frente a los vendedores individuales y las pequeñas empresas.


Amazon invirtió en empresas emergentes y obtuvo información confidencial antes de lanzar a sus competidores.

Amazon “tiene un dinamismo corporativo y una flexibilidad infraestructural sin parangón en ninguna otra empresa contemporánea”, señala el informe. “Pero su enorme tamaño y riqueza no la hacen invencible. De hecho, la velocidad y la complejidad de la cadena de suministro de Amazon la convierten en un objetivo de organización vulnerable, además de desafiante. Una campaña multidimensional y bien dotada de recursos puede garantizar el reconocimiento sindical y la firma de convenios en Amazon”.

¿En qué consiste una campaña “bien dotada de recursos”? Actualmente, los sindicatos gastan en total unos diez millones de dólares al año en la organización referente a Amazon, y la mayor parte de esa cantidad procede de los Teamsters. Eso simplemente no es suficiente para vencer a una empresa con 1.500 centros de trabajo en EEUU y más de 120.000 millones de dólares en efectivo disponible. Para sindicalizar a 80.000 trabajadores en Los Ángeles, o a 100.000 en la costa este, o a 50.000 en Florida, o a las decenas de miles en otras regiones creo que necesitaremos al menos 100 millones de dólares anuales durante al menos una década para financiar a miles de organizadores, tanto dentro como fuera de las instalaciones de Amazon, junto con una sólida infraestructura de campaña para construir un nuevo movimiento de organización industrial al estilo del CIO.

Puede parecer mucho dinero, pero hay que tener en cuenta que los activos del movimiento sindical estadounidense rondan hoy los 35.000 millones de dólares, lo que supone un aumento del 225 % en los últimos 15 años, y que los líderes sindicales estadounidenses gastaron más de 400 millones de dólares en la fallida candidatura de Biden-Harris.

En conjunto, dentro del movimiento sindical, los recursos están ahí para montar una campaña seria contra Amazon. Emprender o no la lucha es una elección política.

Esta no puede ser una batalla que asuman solo unos pocos sindicatos. Debe ser un esfuerzo conjunto. Hace unos 90 años, los líderes del Sindicato de Mineros Unidos y otros sindicatos hicieron un pacto para organizar a los trabajadores de las industrias del automóvil, el acero, la electricidad y el caucho, porque sabían que sin una organización masiva, toda la clase trabajadora estaba en peligro. Este fin de semana, mientras los líderes de la AFL-CIO se reúnen en Minneapolis, los sindicatos se encuentran en la misma encrucijada peligrosa. Esperemos que tomen la decisión correcta, como hicieron sus predecesores hace 90 años.

Fuente: Ctxt


domingo, 14 de junio de 2026

El rearme en Alemania ya era un hecho mucho antes de la guerra de Ucrania

 

 Entrevista de Florian Warweg   
      Corresponsal parlamentario del Ostdeutsche Allgemeine Zeitung (OAZ).



El politólogo alemán Ingar Solty durante una conferencia en 2018.


     Apenas tres días después del inicio de la guerra de Ucrania, Olaf Scholz proclamaba el “cambio de era” –y con ello una de las decisiones políticas de mayor alcance de la República Federal–. 100.000 millones de euros en un fondo especial, luego 500.000 millones para el rearme, una Constitución modificada, una nueva relación con lo militar que llega hasta las guarderías y las aulas.


Apenas tres días después del inicio de la guerra de Ucrania, Olaf Scholz proclamaba el «cambio de era».

El politólogo Ingar Solty (Meinerzhagen, Alemania, 1979), experto en política de paz y seguridad de la Fundación Rosa Luxemburg, ha presentado un libro al respecto: Innere Zeitenwende (El cambio de era interno). En esta entrevista, disecciona los mitos económicos que se esconden tras la narrativa del “cambio de era”, la dimensión social del rearme y el papel especial de Alemania oriental.



El cambio de era interno.

En su libro critica que ni el fondo especial de 100.000 millones de 2022 ni los 500.000 millones de 2025 para el rearme fueron acompañados de un amplio debate social. Incluso Habeck [Robert Habeck fue vicecanciller hasta mayo de 2025] reconoció más tarde que, como vicecanciller, le sorprendió la magnitud. ¿Cómo se pudo imponer una decisión de tal alcance sin contar con el parlamento y la opinión pública?

Se pudo imponer con el trasfondo de la conmoción por el estallido de la guerra en Ucrania, algo con lo que muy pocos contaban. En este contexto, el rearme se presentó como una reacción a esta guerra. Pero, de hecho, las decisiones fundamentales ya estaban tomadas o en proceso desde hacía tiempo. En el acuerdo de coalición del 24 de noviembre de 2021 se menciona una ofensiva en materia de política de desarme. Pero en la letra pequeña se ve que, en realidad, solo se iban a reducir las armas que Alemania ni siquiera tiene, es decir, las armas nucleares. Todas las demás se iban a adquirir: drones capaces de ser armados, aviones de combate F-35, helicópteros de transporte. Todo esto ocurrió antes de que se produjeran las primeras advertencias sobre una posible invasión.

¿Habría llegado el cambio de era incluso sin la guerra de Ucrania?

Sí. A nadie le gusta rearmarse de forma proactiva. Siempre es mejor aprovechar una situación de amenaza para rearmarse de forma defensiva. Toni Hofreiter [Los Verdes] diría ahora: el cambio de era no fue más que la consecuencia de la invasión total. Pero, de hecho, Alemania se lleva rearmando desde 2013; el verdadero punto de inflexión fue 2014. Las medidas de rearme ya figuraban en el acuerdo de coalición de 2013. En mi libro expongo la historia del origen de este rearme, que hoy se denomina “cambio de era”.

El axioma del debate es: Rusia representa una amenaza existencial para Europa occidental. Sin embargo, incluso el secretario general de la OTAN, Mark Rutte, afirma que la OTAN es superior a Rusia tanto militar como económicamente. ¿Cómo se explica que, a pesar de ello, la narrativa de la amenaza cale de forma tan indiscutible?

En Alemania occidental existe una continuidad ininterrumpida de hostilidad hacia Rusia. Desde los prolegómenos de la Primera Guerra Mundial, Rusia siempre ha sido el enemigo. La Alemania nazi libró una cruzada contra el comunismo. Este anticomunismo antirruso perduró durante la Guerra Fría. Por supuesto, la Rusia actual no tiene nada que ver con la Unión Soviética, es un Estado de derechas y autocrático. Pero la postura hostil hacia “los rusos” se ha mantenido.

A esto se suman razones que tienen más que ver con el presente. Se trata de una gran guerra en el continente europeo que se percibe como una amenaza. No descartaría siquiera que pueda estallar una guerra con Rusia, pero solo como resultado de una escalada mutua, sobre todo en el Báltico.

Usted señala que cada euro invertido en armamento genera como máximo 50 céntimos de rendimiento económico, mientras que las inversiones en educación y sanidad, por ejemplo, tienen un efecto multiplicador mucho mayor. A pesar de ello, Merz vende el rearme como un programa económico duradero. ¿Por qué cuela eso?

Desde el punto de vista del gobierno, la alternativa es o ningún programa de estímulo económico, o bien uno dedicado exclusivamente al rearme. Cuando el Estado inyecta dinero, siempre tiene un efecto. La industria armamentística impulsa la producción de acero. Salzgitter AG, por ejemplo, acaba de obtener la homologación para el acero de blindaje. Pero eso no podrá mitigar lo que se está perdiendo en la industria automovilística, ni en términos de crecimiento ni de empleo. Al contrario: al final, acelera la desindustrialización.

El rearme solo tendría efectos positivos para la economía en su conjunto si se estuviera en guerra permanente –es decir, si se generara una demanda duradera de armas– o si se conquistara algo en esas guerras. El modelo estadounidense. O, como en el modelo de la Alemania nazi, si se contraen deudas con Estados a los que luego se invade. O, en tercer lugar: si uno es el propio Estado al que otros compran armamento.

Este objetivo existe sin duda en las empresas de armamento y en algunos sectores del gobierno federal. Pero si el objetivo de Alemania es enviar material de armamento a todo el mundo, provocando allí guerras, muerte y movimientos migratorios de millones de personas, es algo que debe ponerse en cuestión.

Según sus cifras, el 75 % de los alemanes del Este se opone a que Alemania se convierta en el ejército convencional más poderoso de Europa. ¿Cómo explica esta posición?

Es interesante que veamos fuertes tendencias antirrusas en muchos antiguos países del bloque del Este. Una Kaja Kallas, procedente de un estado minúsculo, lleva la política exterior europea a un punto en el que la jefa de la diplomacia afirma que Rusia debe ser destruida como potencia nuclear. Ante esta lógica, cabría suponer que precisamente los alemanes del Este deberían ser especialmente antirrusos, ya que vivieron bajo el “yugo ruso”.

Pero, al parecer, en Alemania del Este ha habido otras experiencias con los rusos. Hubo vínculos económicos más fuertes, conocimientos de ruso por parte de la generación mayor y, sobre todo, no existió esa continuidad del anticomunismo de la Guerra Fría. A esto se suma la constatación de que este rearme es una redistribución de abajo hacia arriba. Y Alemania oriental se encuentra, sencillamente, más “abajo” que Alemania occidental. Allí hay menos accionistas que se benefician de las empresas de armamento. Y los alemanes orientales financian con sus impuestos la producción de armamento en Alemania occidental.

Usted vincula el servicio militar obligatorio con la cuestión de clase: el 49 % de los soldados desplegados en Afganistán procedían de Alemania oriental; el diario de Springer, Die Welt, habló de un “ejército de las clases populares”. Con este trasfondo, ¿cómo valora la irónica propuesta de [el periodista satírico y político] Sonneborn de un “servicio militar obligatorio para los hijos de los ricachones”?

Este discurso no ha recibido millones de visitas por casualidad: pone de relieve las contradicciones. Por un lado, se presenta al ejército alemán como un empleador totalmente normal; por otro, se dice: ya no estamos en tiempos de paz, el último verano de 2025 fue quizás el último verano en paz. Sonneborn ha abordado con mucha fuerza estas contradicciones y el carácter de clase.

En ningún partido es tan grande la disposición al rearme y al suministro de armas como en los Verdes. Y entre los simpatizantes de ningún partido es tan escasa la disposición personal a luchar con las armas en la mano. Queda muy claro quién está destinado a mandar y quién a recibir órdenes.

¿Cuáles son, en su opinión, las principales consecuencias sociales de este cambio de era interno?

La socialdemocracia esperaba poder mantener el rearme y el Estado del bienestar con la flexibilización del freno al endeudamiento.

Es significativo que el freno al endeudamiento se flexibilizara exclusivamente para el armamento, no para escuelas con goteras o puentes que se derrumban. Pero sí para las armas. Eso fue un autoengaño. La deuda conlleva intereses e intereses acumulados. El economista jefe de [el sindicato] Verdi, Dirk Hirschel, ha calculado que solo la carga de los intereses aumentará de 30.000 a 60.000 millones de euros hasta 2028. A esto hay que añadir los fondos para la COVID por valor de 385.000 millones, que vencerán en 2028; el fondo especial del Bundeswehr, en 2031; y los fondos de infraestructura para la “capacidad bélica”, previsiblemente en 2037. El rearme ahogará todo lo demás.

Algunos señalan que la RFA destinó en 1963 hasta un 4,88 % del PIB para rearme. Pero eso fue en una época de economía en crecimiento con una sólida base industrial. La historia nos enseña que, cuando un país se especializa en la industria militar en lugar de en la civil, se produce una rápida desindustrialización. Por eso Estados Unidos, Gran Bretaña y Francia están tan desindustrializados. La República Federal, Japón e Italia han conservado su base industrial porque no se han centrado en la producción militar.

Usted escribe que sigue siendo posible y necesario un cambio de era tras el cambio de era. La actual distribución de fuerzas políticas parece contradecir más bien esta valoración. ¿Dónde ve indicios concretos que respalden su tesis?

Por supuesto que hay un bloque poderoso que respalda el proyecto: las empresas de armamento, estrechamente ensambladas a los think tanks de política de seguridad. Al igual que en EEUU, aquí está surgiendo un complejo militar-industrial con el principio de la puerta giratoria: un exministro de Defensa acaba en el consejo de administración de Rheinmetall, un ex inspector general [el rango más alto en el ejército alemán por debajo solamente del ministro de defensa NdT] pasa primero a Rheinmetall, luego el Consejo Alemán de Política Exterior (DGAP) y, como tal, vuelve a asesorar al gobierno federal.

Ciertos sectores privilegiados de trabajadores respaldan este proyecto: ingenieros que antes querían dedicarse a la industria automovilística, luego a la transición energética y ahora al armamento. Los municipios se convierten en cómplices, porque solo consiguen que se rehabiliten las carreteras o las vías férreas si ello está destinado a la guerra contra Rusia.

Pero la disyuntiva “rearme o Estado del bienestar” se agudiza dramáticamente. Ya lo estamos viviendo: recortes en el pago continuado del salario en caso de enfermedad, en la asistencia a personas dependientes, en las oportunidades de integración para los beneficiarios del ingreso básico.


El politólogo Ingar Solty: 'O un estado armamentista o un estado de bienestar'.

A medida que el rearme se vaya imponiendo, la cuestión se politizará: ¿queremos ser un Estado militar o un Estado social, que es, al fin y al cabo, un requisito previo de la democracia? El desmantelamiento del Estado social tiene un efecto debilitador para la democracia y fomenta el autoritarismo.

Estas contradicciones son nuestra esperanza. Al final, en cualquier conflicto social, el rearme será el elefante en la habitación. Cuando la gente se queje de un tren que no funciona, de guarderías con falta de personal o de escuelas que se caen, quedará claro: para eso se adquirieron corbetas y fragatas que, en alianza con EEUU, navegan por el estrecho de Taiwán. Para eso se compraron tanques totalmente sobrevalorados que simplemente no tienen sentido.



Fuente: Ctxt

sábado, 13 de junio de 2026

La carta de Zelensky a Putin

 

      Fue corresponsal de La Vanguardia en Moscú, Pekín y Berlín. Autor de varios libros; sobre el fin de la URSS, sobre la Rusia de Putin, sobre China, y un ensayo colectivo sobre la Alemania  de la eurocrisis.


     El 4 de junio el Presidente Zelensky divulgó una carta abierta al Presidente Putin Open Letter to the President of the Russian Federation from the President of Ukraine — Official website of the President of Ukraine.


San Zelensky.

En Occidente la misiva ha sido presentada como gesto de buena voluntad y propuesta de diálogo de paz. El corresponsal alemán en Bruselas Eric Bonse, dice que en realidad la carta no está dirigida a Putin sino que es un guiño a los partidarios de la linea dura en Kíev.

Últimamente la evolución de la guerra se presenta en Occidente como favorable a Ucrania. El militar suizo Jacques Baud, uno de los analistas censurados e ilegalmente sancionados por Bruselas por delito de opinión (Y sin embargo se mueve – Rafael Poch de Feliu), considera que el proclamado éxito militar ucraniano no es mucho más que una campaña de relaciones públicas. La guerra no se gana con comunicación, dice, y por más que su evolución sea lenta, el dominio militar ruso es tan inequívoco como el creciente daño sufrido por Ucrania, en vidas y destrucción.


La confrontación entre Rusia y la OTAN.

En los debates de la ONU de mayo se mencionaron 238 muertos y más de mil heridos civiles ucranianos para el mes de abril, mientras Rusia decía haber sufrido el mismo mes 100 muertos y 600 heridos. Ucrania es un país destruido, mientras que los efectistas ataques con drones sufridos por Rusia, por dolorosos que sean en vidas, tienen un repercusión militar operativamente “limitada”, dice Baud Jacques Baud – Ukraine – La Nouvelle Stratégie de Zelensky.  A continuación la crónica de Bonse.

Autor: Eric Bonse

Los líderes del E3, Merz, Macron y Starmer, se reúnen en Londres con el jefe de Estado ucraniano, Zelensky, para hablar sobre posibles negociaciones con Rusia. Previamente, Zelensky había enviado una carta abierta al líder del Kremlin, Putin.

Según nuestros medios de comunicación, contenía una invitación cortés a mantener conversaciones directas en un tercer país, como Suiza. Se trataba de un gesto de gran calado, según se dijo en la radio y la televisión.

Sin embargo, ya en la segunda frase se incluye el comentario, a medio camino entre la burla y la amenaza, de que «nuestros drones de largo alcance han visitado su foro en San Petersburgo».

Poco después, Zelensky amenaza con «más consecuencias negativas» de la guerra para Rusia: más drones, más ataques a instalaciones energéticas, más sanciones de la UE.La carta termina con la sombría «profecía» de que Putin, si no cede, deberá temer por «su propia existencia».

Esto no es «una amenaza, sino un hecho de la historia rusa», afirma Zelensky en un giro sumamente cínico. (*)

Al final firma con «Slava Ukraini», el grito de guerra de las fuerzas armadas ucranianas, que también utilizaban los fascistas de Stepan Bandera.

Quien escribe así no espera una respuesta de Putin (quien, por cierto, respondió en San Petersburgo con un «niet»). La «carta abierta» va dirigida más bien al interior del país, a los partidarios de la línea dura en Ucrania.

Esto no ha impedido que el Gobierno federal alemán haya acogido con satisfacción la carta y haya invitado ahora a Zelensky a Londres para mantener conversaciones personales.

Solo cabe esperar que de estas conversaciones surja algo más que gestos amenazantes y la habitual fórmula de la UE de «paz a través de la fuerza»…

(*) Si no llegas personalmente a la conclusión de que es hora de poner fin a esta guerra, Ucrania seguirá luchando por su existencia. Contaremos con quienes nos apoyan. Pero usted también tendrá que luchar mucho más por su propia existencia —no la de Rusia, sino la suya. Y esto no es una amenaza por mi parte ni por parte de Ucrania. Es un hecho de la historia rusa que conoce bien: cuando Rusia se cansa, llega el cambio”.



Del blog personal de

Rafael Poch-de-Feliu

jueves, 11 de junio de 2026

Lo que nos dicen las heridas

 

      Periodista especializada en salud para el periódico De Volkskrant.

Y

      Periodista de investigación en el periódico De Volkskrant.


Los médicos en Gaza observaron un patrón inquietante: niños con una sola herida de bala en la cabeza o el pecho, señal de que habían sido atacados deliberadamente. Esta información surge de una investigación del diario De Volkskrant , que entrevistó a los médicos que se encuentran entre los últimos testigos internacionales


     Hace un calor sofocante cuando el doctor estadounidense Feroze Sidhwa entra en la unidad de cuidados intensivos del Hospital Europeo de Gaza. En los terrenos del hospital, el aire huele a aguas residuales y explosivos. Dentro, huele a putrefacción. Y a cadáveres.

Sidhwa es un cirujano traumatólogo y médico de cuidados intensivos de 43 años, originario de California, que trabaja en un hospital de Stockton. Entre sus colegas, goza de gran prestigio, no solo por su experiencia clínica, sino también por su labor internacional. Nunca se toma más de una semana libre, salvo en misiones humanitarias. Ha trabajado en zonas de crisis como Zimbabue y Haití, y ha formado a cirujanos en Ucrania y Burkina Faso. Su objetivo es ir donde más se le necesite.


El Dr. Feroze Sidhwa, cirujano traumatólogo y médico de cuidados intensivos.

Es marzo de 2024 y este es su primer día. Una enfermera palestina lo guía por el hospital. De repente, su mirada se posa en dos niños pequeños que yacen completamente inmóviles en sus camas. Calcula que no tendrán más de ocho o diez años. Tienen la cabeza vendada. Están conectados a respiradores. El resto de sus cuerpos está intacto.

¿Qué pasó? —pregunta.

La enfermera apenas habla inglés. Pero señala sus cabezas. "Disparo, disparo", dice.

Al principio, Sidhwa supone que está equivocada. ¿ Están disparando a niños? Minutos después, al revisar las imágenes, se da cuenta de que tenía razón.

Al entrar en una segunda habitación, encuentran a otros dos chicos en el mismo estado.

«Pensé: ¿qué demonios?», dice por teléfono a de Volkskrant con voz grave y firme. «¿Cómo es posible que, en este pequeño hospital, cuatro niños estén aquí con heridas de bala en la cabeza, todos ingresados ​​en las últimas 48 horas?».

Los cuatro chicos se están muriendo lentamente. Esa noche, Sidhwa anota algo en el diario de su teléfono. Pero no hay tiempo para reflexionar. Todavía no.

En los trece días siguientes, vio a nueve niños más con heridas de bala en la cabeza o el pecho; niños que probablemente habían sido baleados deliberadamente. «Empecé a preguntarme si mi hospital estaba cerca de algún francotirador loco», dice Sidhwa. «O de un equipo de drones que mataba niños por diversión».

De vuelta en casa, en una conferencia médica, Sidhwa se encuentra con un colega estadounidense que había trabajado en otro hospital de Gaza justo antes que él. Cuando Sidhwa menciona a los niños, el hombre asiente. «Para mi sorpresa, me dijo: "Sí, yo también lo vi, casi todos los días"».

El médico en cuestión, Thaer Ahmad, confirmó esta versión a de Volkskrant .

Ese fue el momento”, dice Sidhwa, “en que decidí: tengo que averiguar qué está pasando realmente aquí”.


Una niña de 6 o 7 años con una herida de bala en la cabeza. Foto: Mimi Syed.

Feroze Sidhwa no es el único médico que, tras regresar de Gaza, se siente obligado a alzar la voz.

Durante casi dos años, médicos como él han presenciado, desde sus quirófanos, la brutalidad del ataque israelí contra Gaza. Han aprendido a sostener a niños pequeños moribundos que se ahogan en su propia sangre, porque no hay respiradores. Han encontrado la fuerza para clavar un bisturí en el pecho de un adolescente sin anestesia, porque no hay tiempo que perder y otro paciente ya está esperando. Se han adaptado para seguir adelante mientras el suelo bajo sus pies se llena de cuerpos de niños.








Fotos: Feroze Sidhwa y Mark Perlmutter.

Algunos médicos se han quedado paralizados. Pero otros han optado por alzar la voz.

Estos médicos se encuentran entre los últimos testigos presenciales internacionales, ya que Israel no permite la entrada de periodistas extranjeros a Gaza.

Pueden hablar por experiencia propia sobre las consecuencias de la violencia genocida, que, con la devastación de la ciudad de Gaza, ha entrado en su siguiente fase más oscura.

Ese papel conlleva un gran dilema. Casi todos desean regresar a Gaza. Pero hacer público lo que han visto aumenta el riesgo de que Israel les niegue la entrada. Según las Naciones Unidas, más de cien trabajadores sanitarios extranjeros han sido rechazados desde marzo de 2025, a menudo sin ninguna explicación oficial.

Muchos médicos han llegado a aceptar esta amenaza. Guardar silencio no es una opción.

En los últimos meses, el periódico De Volkskrant entrevistó a diecisiete médicos y una enfermera de Estados Unidos, Reino Unido, Australia, Canadá y los Países Bajos. Desde octubre de 2023, han trabajado en seis hospitales y cuatro clínicas en Gaza, a menudo regresando una o incluso dos veces. La mayoría cuenta con amplia experiencia trabajando en zonas de crisis como Sudán, Afganistán, Siria, Bosnia y Herzegovina, Ruanda y Ucrania.

A petición del periódico, entregaron cientos de fotos y vídeos de pacientes, radiografías, informes médicos y anotaciones en sus diarios. Hablaron durante horas. Revelaron lo que vieron en sus quirófanos. Y todos se enfrentaron a la misma pregunta: ¿qué nos dicen las heridas sobre la guerra?

El cirujano de trasplantes y profesor británico Nizam Mamode, de 63 años, ya estaba semirretirado cuando, en el verano de 2024, recibió una llamada de la organización humanitaria Medical Aid for Palestinians. Le preguntaron si podía ir a Gaza en agosto. "Tenía tiempo y sabía que tenía las habilidades necesarias", dice Mamode. "Había trabajado en Ruanda, Sudán y Líbano, así que dije que sí. Algunos dicen que fue una decisión valiente, pero no lo fue. Para ser honesto, no tenía ni idea de en qué me estaba metiendo".


Justo antes de la frontera con Gaza. Foto: Feroze Sidhwa.

No fue hasta que viajaba por Gaza en vehículos blindados con más de treinta personas del convoy de la ONU que se dio cuenta de la realidad. "Las puertas estaban cerradas con llave", dice. "Nos dieron instrucciones: al arrancar, no las abriéramos; si el ejército israelí nos disparaba y nos ordenaba salir, no saliéramos del vehículo".

"Intenten no morir", les dijo el líder del convoy.

Dos semanas después, Israel disparó contra los mismos vehículos”, afirma Mamode.

Justo antes, en un puesto de control, hombres con uniformes negros registraron su equipaje. En Gaza, hay escasez de casi todos los suministros médicos. Por eso, los médicos llevan consigo artículos básicos. Pero a menudo, se lo quitan todo, incluso la leche de fórmula para bebés. Esto ha ocurrido en varias misiones, según contaron los médicos al periódico De Volkskrant .

El cirujano plástico británico Sarmad Tamimi, que cruzó a Gaza el 24 de junio de este año, ya había sido advertido por sus colegas sobre las confiscaciones. Pero también era consciente de la hambruna en Gaza y de las devastadoras consecuencias para los bebés. «Saqué los suplementos nutricionales para bebés de sus cajas y solo guardé el papel de aluminio en mi equipaje», cuenta. «A los soldados les dije que me los llevaba para mí».

La médica de urgencias estadounidense Mimi Syed logró introducir de contrabando dos laringoscopios bajo su ropa, herramientas indispensables para intubar pacientes. «Tenía miedo», admite. «Pero como médica, los necesito para salvar vidas. Normalmente, un laringoscopio se desecha después de un solo uso. En Gaza, lo usé en al menos cincuenta pacientes. Tuve que limpiarlo y volver a usarlo en diferentes pacientes».

Este chico recibió un disparo en la cabeza. Intenté salvarlo, pero murió poco después de intubarlo. Murió delante de mí”.


Dra. Mimi Syed, médica de urgencias.

«No entiendo por qué se confisca la comida para bebés a los médicos que cruzan la frontera», dice la cirujana plástica británica Victoria Rose. «No entiendo por qué se les quitan los medicamentos. No entiendo por qué a la mitad de los médicos se les niega la entrada. Hay tantas cosas que no entiendo».

En respuesta, las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI) afirmaron que las acusaciones sobre la confiscación de leche de fórmula infantil son «totalmente incorrectas». El ejército declaró que, de hecho, estaba trabajando para facilitar la entrada de ayuda humanitaria. Según las FDI, desde el 19 de mayo de 2025, «se han transferido a la Franja de Gaza aproximadamente 5000 toneladas de leche de fórmula infantil, además de grandes cantidades de otra ayuda humanitaria».

Los médicos entrevistados por de Volkskrant trabajaron durante toda la guerra en diversos hospitales y clínicas de campaña, entre ellos Nasser, Al-Aqsa, el Hospital Europeo y Al-Shifa. Algunos colaboraron con Médicos Sin Fronteras y con organizaciones que prefirieron permanecer en el anonimato por temor a que su identificación les impidiera continuar con su labor. Entre ellos se encontraban cirujanos generales, cirujanos ortopédicos, intensivistas, cirujanos plásticos, cirujanos traumatólogos y médicos de urgencias. Algunos aún se encontraban en Gaza en el momento de las entrevistas. El periódico también habló con una enfermera traumatóloga con experiencia en la guerra.


Los hospitales donde trabajaban los médicos.

La situación en los hospitales de Gaza, muchos de los cuales han quedado prácticamente destruidos, es mucho peor de lo que los médicos habían previsto. «Tuve que amputarle la pierna a una mujer con tijeras», cuenta el médico de urgencias Syed. «Sin analgésicos. No me quedaba otra opción».

Las salas están impregnadas del olor a miembros quemados. «Oíamos constantemente a la gente gritar», recuerda el doctor Salih el Saddy, de Rotterdam. «En nuestro hospital teníamos anestesia, pero no analgésicos. Los pacientes despertaban tras las amputaciones con un dolor insoportable. No podíamos hacer nada por ellos».

En los quirófanos, el personal se afana en mantener alejadas a las moscas de los pacientes operados. Nizam Mamode observa cómo un colega de la unidad de cuidados intensivos atiende a un niño cuyo respirador no funciona correctamente. Al retirar el tubo de la garganta del niño, ve que está obstruido. «Está lleno de gusanos», dice Mamode, «que salen de la garganta del niño».

Según los médicos, las máquinas de resonancia magnética y de diálisis están inservibles, acribilladas a balazos. Algunos quirófanos han sido incendiados. Los cables de los ecógrafos han sido cortados.

Hay poco tiempo para la reflexión. Sin embargo, a veces, sin previo aviso, surge una sensación de incredulidad. Mamode lo experimentó mientras operaba a una niña de 8 años. «Se estaba desangrando, así que pedí una gasa abdominal para absorber el exceso de sangre y localizar la herida», recuerda.

Le dijeron que no había gasas.

«De repente, me di cuenta de la ironía», dice. «Se supone que la palabra "gasa" proviene de Gaza, porque los gazatíes eran famosos por su lino. Así que allí estábamos, en la cuna de la gasa, y no pude conseguir ninguna. Tuve que sacarle la sangre del cuerpo con las manos».

El médico de urgencias Adil Husain grabó un mensaje en vídeo para su hija pequeña antes de partir, por si acaso no volvían a verlo. Otros redactaron sus testamentos. Todos los médicos entrevistados por de Volkskrant sentían un fuerte impulso intrínseco de partir.

Soy cirujano. Quiero ir donde más se necesita”, dice un médico que pronto regresará a Gaza y prefiere permanecer en el anonimato por temor a represalias de Israel. “Mi trabajo allí es importante. Es una señal para la gente de Gaza: no los hemos olvidado”.

Los médicos internacionales suelen permanecer en Gaza entre dos y seis semanas, tras lo cual se les da la vuelta. Muchos duermen en el hospital y apenas salen durante semanas. En el Hospital Nasser, unos quince cirujanos comparten una habitación en la cuarta planta, cerca de los quirófanos. Por la noche, la temperatura puede alcanzar los 38 grados centígrados.


Foto: Feroze Sidhwa.

El cirujano Nizam Mamode buscó refugio en la escalera de piedra junto a la sala. «Dormía en esa escalera todas las noches, con la esperanza de que estuviera a salvo de los drones», cuenta. El mes pasado, presenció cómo la parte superior de esa misma escalera era destruida por un ataque israelí, un ataque que atrajo la atención internacional porque existían imágenes de vídeo que captaban el momento en que murieron trabajadores humanitarios y periodistas.

La gran mayoría de las lesiones se deben a explosiones de bombas y proyectiles: las personas son alcanzadas por las ondas expansivas, el calor, la metralla y el derrumbe de edificios. Los fragmentos atraviesan las tiendas de campaña y los cuerpos de innumerables niños, que representan más del cuarenta por ciento de la población de Gaza.

«He visto a muchos niños con tejido cerebral expuesto», dice Jack Latour, enfermero de MSF. «Lo siento, sé que nadie quiere oír esto, pero es lo que está pasando aquí».

La primera vez que el cirujano Goher Rahbour se encontró en un suceso con múltiples víctimas, vio a una niña de cinco años sin un pie. «Estaba en el suelo. La niña que estaba a su lado también era muy pequeña. Le faltaba la pierna desde la rodilla. Luego vino otra. Me quedé helado. Pensé: esto es un infierno».

Según las autoridades sanitarias de Gaza, más de 64.000 gazatíes han fallecido hasta la fecha, entre ellos casi 20.000 niños. Israel cuestiona la fiabilidad de estas cifras, argumentando que el ministerio está controlado por Hamás. Un grupo de investigadores internacionales concluyó en la revista médica The Lancet que las cifras de dicho ministerio representan, en realidad, una subestimación.

De entre todos los pacientes, hay un grupo que sorprende especialmente a los médicos: los niños con heridas de bala en la cabeza o el pecho, y cuyos cuerpos no presentan otras lesiones.

Un solo disparo en esas zonas es un claro indicio de que el niño fue atacado deliberadamente. Eso constituye un crimen de guerra. En otras zonas de conflicto, los médicos rara vez se encontraban con casos similares.

El 14 de agosto de 2024, la doctora Mimi Syed escribe en su diario. Las frases son cortas. Entrecortadas.

Syed es una médica de urgencias estadounidense que pasó dos rotaciones de cuatro semanas en Gaza, trabajando en el Hospital Nasser en Khan Younis y en Al Aqsa en Deir al-Balah. «Como la mayoría de la gente, seguía la guerra a través de transmisiones en vivo en mi teléfono», dice. «Pero ya no podía hacerlo. Soy madre. No podía quedarme de brazos cruzados».

Describe a Mira, una niña de 4 años que vio en Nasser. Sus padres la trajeron. «Dijeron que le habían disparado con un cuadricóptero [dron armado] mientras caminaba por la zona humanitaria declarada por Israel. Mis colegas me dijeron que la dejara morir. Lamentablemente, la evaluación fue que no había mucho que pudiéramos hacer. Pero aún se movía un poco. Era muy pequeña. Una niña. No podía dejar de mirarla. Había algo en su rostro que me impactó. Así que me arriesgué».

Syed intuba a la niña con el laringoscopio que ella misma había introducido de contrabando. Instantes después, observa con incredulidad la radiografía de la cabeza de Mira: hay una bala alojada en su interior.

Con la ayuda de sus colegas, Syed logra mantener a Mira con vida. Más tarde, la niña despertará y volverá a hablar: un pequeño milagro. Mucho después, otro médico le extraerá la bala de la cabeza.

Pero Mira no es la única niña con un disparo en la cabeza con la que se encuentra Syed. Decide fotografiarlas. «Pensé: tengo que documentar esto. Me di cuenta de que se trata de crímenes de guerra». En condiciones de extrema tensión, fotografía a dieciocho niños que habían recibido disparos en la cabeza o el pecho. Todos fueron de un solo disparo, afirma.

El periódico De Volkskrant preguntó a los médicos cuántos niños de 15 años o menos habían visto con una sola herida de bala en la cabeza o el pecho. La pregunta se limitó deliberadamente a este grupo de edad, ya que, en la mayoría de los casos, los niños de esa edad son visiblemente niños.

  • Quince de los diecisiete médicos encuestados afirmaron haber atendido a niños de 15 años o menos con heridas de bala de este tipo. En total, reportaron 114 casos, muchos de los cuales no sobrevivieron.

Algunos médicos tomaron fotografías o notas; otros se basaron en su memoria. A petición del periódico, proporcionaron las estimaciones más conservadoras posibles: se excluyeron los casos sobre los que tenían dudas. Los niños que también habían recibido disparos en otras partes del cuerpo tampoco se incluyeron en el recuento, ya que este tipo de lesiones ofrecen menos certeza de que se tratara de un ataque deliberado.

Los médicos sospechan que el número total de niños que recibieron disparos en la cabeza o el pecho es mucho mayor que el que presenciaron personalmente. Afirman que los niños que murieron en el acto a menudo no llegaban a sus departamentos. Además, los médicos no trabajaban en todos los hospitales de Gaza, y solo lo hicieron durante un tiempo limitado.

A petición del periódico, los médicos proporcionaron fotos y vídeos que ellos mismos tomaron como prueba. En total, De Volkskrant examinó imágenes de decenas de niños con heridas de bala en la cabeza o el pecho. La mayoría de estas imágenes no se publicarán por ser demasiado explícitas.

El periódico De Volkskrant presentó decenas de imágenes de niños con heridas de bala y varias radiografías a dos patólogos forenses. Estos confirmaron que las lesiones fueron causadas por balas, no por metralla.

  • «Es muy probable que se trate de disparos a larga distancia dirigidos a la cabeza o al cuello, realizados con munición militar», afirma el patólogo forense Wim Van de Voorde, profesor emérito de la Universidad de Lovaina. Según Van de Voorde, las fotografías no tienen la calidad suficiente para extraer conclusiones legales, «lo cual es comprensible dadas las circunstancias locales extremadamente difíciles».

El patólogo forense Frank van de Goot afirma: “En las radiografías, veo cabezas de niños con balas alojadas en su interior. Las balas debieron perder mucha energía durante el trayecto, ya que los niños tienen cráneos más delgados que los adultos; de lo contrario, las balas los habrían atravesado por completo. Por lo tanto, estos niños recibieron disparos desde una distancia considerable”.

Este hallazgo coincide con los testimonios de testigos presenciales, quienes afirmaron a los médicos que los disparos solían provenir de drones armados o francotiradores del ejército israelí (FDI). Los francotiradores son capaces de alcanzar objetivos específicos desde largas distancias, a veces a más de mil metros. Las FDI se negaron a responder preguntas sobre si los francotiradores dispararon contra niños.

Según Mart de Kruif, excomandante del ejército holandés, la probabilidad de que se trate de disparos accidentales es prácticamente nula, dado que los médicos describen más de cien casos similares. «Piensen en lo pequeña que es la cabeza en comparación con el resto del cuerpo», afirma. «Si se observa un elevado número de heridas de bala en el pecho y la cabeza, no se trata de daños colaterales, sino de ataques deliberados».

El primer ministro israelí Netanyahu y la cúpula militar han negado sistemáticamente que los soldados disparen deliberadamente contra civiles palestinos. Sin embargo, soldados anónimos han admitido repetidamente en el periódico israelí Haaretz que esto sí ocurre. Breaking the Silence, una organización israelí de veteranos militares, también reveló —basándose en cientos de entrevistas con soldados— que se les ordenó disparar a cualquiera que entrara en una zona determinada. «Adulto, varón: matar», dice un capitán en el reportaje de investigación The Perimeter .

El primer ministro israelí Netanyahu y la cúpula militar han negado sistemáticamente que los soldados ataquen deliberadamente a civiles palestinos. Sin embargo, soldados anónimos han admitido repetidamente lo contrario en el periódico israelí Haaretz.

En agosto, la BBC publicó los resultados de una investigación sobre más de 160 niños que recibieron disparos en Gaza. En 95 de esos casos, la bala impactó en la cabeza o el pecho. La BBC entrevistó a testigos presenciales en 59 ocasiones. En 57 de ellas, el disparo se atribuyó al ejército israelí. En solo dos casos, se indicó que la bala provenía de fuego palestino.

La mayoría de los médicos entrevistados por de Volkskrant lamentaron no haber recabado más pruebas posteriormente, pero en el caos de Gaza esto simplemente no fue posible. O no se atrevieron a intentarlo. El cirujano ortopédico Mark Perlmutter (69), que ha participado en cuarenta misiones humanitarias, comentó: «Ojalá hubiera tenido la lucidez de documentar más».

«Este es mi mayor arrepentimiento», añade la anestesióloga e intensivista estadounidense Ahlia Kattan. «Pero estaba atendiendo pacientes. En ese momento, simplemente no era lo que me preocupaba. Ojalá alguien me hubiera dicho de antemano que no solo debía ejercer como médica, sino también como periodista».

De antemano, las ONG nos dijeron: no documenten nada, no tomen notas, no saquen fotos”, dice Feroze Sidhwa. “Temen que Israel les prohíba la entrada a Gaza”.

Pero sus recuerdos de los niños son a veces sorprendentemente detallados.

Durante un incidente con múltiples víctimas, estaba recorriendo la sala de urgencias”, recuerda Perlmutter. “Había niños por todas partes. Los examinaba, intentando ver a quién podía ayudar. Y entonces vi a esos dos niños pequeños. Estaban muertos. Ambos habían recibido disparos en el pecho y la cabeza. Tenían seis o siete años. Los examiné. Le pedí al asistente médico que les tomara fotos”. Este periódico conserva las fotos.

Perlmutter recuerda haber oído gritar al hombre que trajo a uno de los niños. «No podía entender por qué un tirador había herido a ese niño y no a él, el adulto». Momentos después, ve al hombre, probablemente el padre del niño, sollozando. El hombre se sienta en el suelo, en estado de shock, mientras llevan al niño a la morgue. Perlmutter saca su iPhone y toma una foto.

  • La anestesióloga e intensivista Ahlia Kattan cuenta la historia de una niña pequeña que fue llevada al hospital por su madre:

No tenía ni dos años”, dice. “Estaba muy pálida y parecía perfecta, así que supuse que tenía una hemorragia interna”.

Estaba muerta. Pero su madre gritaba, con llantos desgarradores. Había pasado años intentando tener un hijo. Así que le practicamos reanimación cardiopulmonar y la intubé. Quería demostrarle a la madre que había hecho todo lo posible. Solemos hacerlo con niños muy pequeños. Mientras la atendía, alguien me entregó la tomografía. Y entonces lo vi: una bala en la cabeza. Vi la sangre. Un disparo certero en la sien.”

Tomé una foto desde los pies de la cama”, dice Kattan. “Es una de las poquísimas fotos que tomé en Gaza. Pero me sorprendió muchísimo. Pensé: nadie me va a creer de otra manera”.

  • Cuanto más tiempo permanecen los médicos en Gaza, más se dan cuenta de que no se trata de incidentes aislados, sino de un problema sistémico. Estas balas fueron disparadas deliberadamente.

  • Feroze Sidhwa llegó a la misma conclusión en otoño de 2024. Tras asistir a una conferencia en Estados Unidos, donde supo que otro médico había observado lo mismo, inició una investigación en colaboración con The New York Times. Solicitaron a 64 profesionales sanitarios estadounidenses que habían trabajado en Gaza que completaran un cuestionario.

Los hallazgos, publicados el 9 de octubre de 2024, son profundamente preocupantes. En el artículo titulado «65 médicos, enfermeras y paramédicos: lo que vimos en Gaza» , 44 encuestados informaron haber visto a varios niños de 12 años o menos con heridas de bala en la cabeza o el pecho. 25 dijeron haber visto a recién nacidos sanos regresar al hospital, solo para morir de deshidratación, inanición o infección. 52 informaron haber visto a niños pequeños con tendencias suicidas o que expresaron su deseo de haber muerto.

En aquel momento, Joe Biden aún era presidente de Estados Unidos. Los médicos ya le habían expresado su preocupación en una carta abierta, alarmados por la elevada cifra de muertes infantiles. Pero Biden, atrapado entre posturas opuestas dentro de su propio Partido Demócrata, no respondió.

  • Sidhwa esperaba que el artículo del New York Times cambiara eso. «Es extremadamente raro que 65 profesionales de la salud estadounidenses se pronuncien públicamente de forma tan contundente», afirmó. «Su trabajo consiste en salvar vidas». El artículo fue leído millones de veces, según él.

Pero la publicación no desató la ola de indignación que Sidhwa había previsto. Tampoco provocó un cambio de rumbo político. «En efecto, la administración Biden simplemente la ignoró».

  • Por un breve instante, surgió un atisbo de esperanza en Gaza cuando se declaró un alto el fuego de dos meses a principios de 2025. Pero en la madrugada del 18 de marzo, alrededor de las 2:30 a. m., esa esperanza se desvaneció. Con bombardeos aéreos a gran escala, Israel lanzó una fase intensificada de su campaña de destrucción, una fase que continúa hasta el día de hoy, marcada principalmente por el ataque a gran escala contra la ciudad de Gaza.

Los médicos observan cómo la situación en los hospitales empeora día a día. Los atentados con múltiples víctimas son cada vez más frecuentes, a veces varios en un solo día. Muchos de los pacientes que llegan ya presentan cicatrices de atentados anteriores. El hambre está debilitando gravemente tanto a los pacientes como al personal médico.

Los niños heridos que ya no tienen ningún familiar superviviente se clasifican oficialmente como niños heridos sin ningún familiar superviviente, según la clasificación médica WCNSF.

  • Feroze Sidhwa, en medio de su segunda misión, se despierta esa noche al oír la explosión que desata la puerta de los dormitorios. Israel ha roto el alto el fuego con una oleada de ataques aéreos a gran escala. En la oscuridad, los médicos permanecen aturdidos y en silencio, con la mirada perdida en el vacío durante casi un minuto. Escuchan caer las bombas.

Tenemos que bajar —dice uno de ellos.

En cuestión de horas, llegan cientos de pacientes. Sidhwa comienza su turno esa noche en el servicio de urgencias.

Durante los primeros diez minutos, nos limitábamos a declarar muertos a niños pequeños”, dice.

Y lo peor de todo es que no lo estaban. La mayoría aún no habían muerto. Sus corazones seguían latiendo. Pero los cogimos y se los entregamos a un familiar. No hablo árabe, pero aprendí una palabra: khalas , que significa 'basta'. Tuvimos que tomar decisiones para poder atender a otros. Eso significaba que tenían que llevarlos a otra parte del hospital, a morir allí”.

Mark Perlmutter se encuentra en el Hospital Al-Aqsa esa misma noche y ve a un niño pequeño tendido en el suelo, cubierto de pies a cabeza de polvo gris.

«Estaba tendido en un charco de su propia sangre. No tenía una pierna. Intenté pasar a su lado. De repente, extendió la mano y me agarró la pierna. No podía hablar, pero me miró fijamente. Vi cómo el charco a su alrededor se hacía cada vez más grande. Tuve que apartar la pierna para poder ayudar a otro niño».

Al teléfono, rompe a llorar. «Tuve que pasar por encima de él», dice. No ha podido sacarse al niño de la cabeza.

Durante los incidentes con múltiples víctimas, los médicos se ven desbordados por la cantidad de heridos graves, lo que dificulta mantener una visión general de la situación. Sin embargo, en medio del caos, dos patrones siguen llamando la atención de los médicos: patrones que podrían apuntar a crímenes de guerra cometidos por Israel. Encuentran evidencia que sugiere el uso de armas altamente controvertidas e indicios de la mercantilización de la guerra.

Entre las numerosas personas con mutilaciones y quemaduras, los médicos observan pacientes que llegan con heridas pequeñas pero que, sin embargo, se encuentran en muy mal estado.

Resulta que han sido alcanzados por diminutos fragmentos de metal, con forma de cubos o cilindros. Estas piezas son tan pequeñas —de apenas unos milímetros— que a veces los médicos ni siquiera pueden encontrar una herida de entrada o salida. Pero dentro del cuerpo, causan lo que los médicos describen como “daños terribles”: se perforan órganos y se dañan nervios y vasos sanguíneos. Como consecuencia, los pacientes sufren hemorragias internas mortales o se ven obligados a someterse a amputaciones mayores.

Según Thaer Ahmad, médico de urgencias de Chicago, las heridas de entrada son tan sutiles que algunos pacientes fueron dados de alta inicialmente. «Algunos regresaron con el abdomen lleno de sangre. Uno de ellos falleció mientras esperaba la cirugía».

Nueve médicos declararon al diario De Volkskrant haber encontrado estos fragmentos cúbicos o cilíndricos en pacientes. Algunos compartieron con el periódico fotos y vídeos de los pacientes alcanzados por los fragmentos.

Anteriormente, expertos en armamento citados por el periódico británico The Guardian afirmaron que las lesiones son compatibles con las causadas por armas de fragmentación de fabricación israelí : explosivos cargados con grandes cantidades de pequeñas partículas metálicas cúbicas.

Mark Perlmutter, vicepresidente del Colegio Internacional de Cirujanos, afirma haber encontrado estos fragmentos con frecuencia. «Operé al menos a diez personas que los presentaban». Declara que sacó clandestinamente dos fragmentos metálicos de Gaza en su equipaje. «Los entregué a la Corte Penal Internacional».

Según Perlmutter, los fragmentos están hechos de tungsteno.

El tungsteno es un metal extremadamente duro, casi el doble de pesado que el acero. Por ello, puede causar daños considerables al dispersarse tras una explosión. Su uso en zonas densamente pobladas como Gaza es sumamente controvertido, ya que está diseñado para provocar el mayor número de bajas posible y no distingue entre civiles y combatientes. Amnistía Internacional lleva tiempo acusando a Israel de utilizar este tipo de armas en Gaza.

Según las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI), la afirmación de que Israel utiliza armas que causan heridas por fragmentación es una flagrante falsedad. «Las FDI no poseen ni utilizan tales armas. Esta afirmación carece de fundamento y constituye una distorsión deliberada de la realidad».

Desde principios de marzo, Israel ha bloqueado por completo la ayuda a Gaza. Dos meses después, casi todos los suministros en la zona se han agotado y cada vez muere más gente a causa de la hambruna sistemática. Las críticas internacionales contra Israel van en aumento.

En respuesta, a partir de finales de mayo, Israel abrió cuatro controvertidos puntos de distribución de alimentos en Gaza, a los que los palestinos deben acudir para recibir ayuda. Desde el principio, estos lugares resultaron ser mortales. Civiles que esperaban en la fila fueron asesinados a tiros indiscriminadamente.

Los soldados incluso lo admitieron en el periódico israelí Haaretz : siguiendo órdenes de sus comandantes, dispararon contra grupos de civiles que no representaban ninguna amenaza. «Es un campo de batalla», dijo un soldado. «Nuestra forma de comunicación son los disparos». Según él, los civiles «saben» que pueden acercarse al punto de distribución de alimentos una vez que cesen los disparos. Otro soldado comentó que, entre ellos, se refieren a esto como un conocido juego infantil llamado «Pescado Salado» (Luz Roja, Luz Verde), en el que los niños intentan acercarse al jugador que «la liga» sin ser descubiertos.

Cada vez que se abre un punto de distribución de alimentos, los médicos de los hospitales ven llegar a decenas de civiles con heridas de bala. La mayoría son chicos: adolescentes y adultos jóvenes. Los traen en grandes grupos en carros tirados por burros. Algunos todavía llevan bolsas de comida vacías.

Varios médicos observan un patrón en las lesiones. La parte del cuerpo afectada varía cada día, como si se tratara de un trabajo coordinado, sugieren.

El cirujano británico Goher Rahbour afirma haber visto en un solo día a cinco o seis pacientes que habían recibido disparos en ambos brazos y ambas piernas, supuestamente por parte de las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI), según testigos presenciales. "¿Acaso esto era por diversión?", se pregunta Rahbour. "¿Están los soldados jugando?".

El renombrado cirujano británico de esófago y estómago Nick Maynard, de la Universidad de Oxford, también experimentó esto cuando tuvo que operar a cuatro personas en rápida sucesión que habían recibido disparos en el abdomen.

Maynard empezó a preguntar a otros médicos si habían visto lo mismo. «Todos los médicos con los que hablé de esto en el Hospital Nasser lo reconocieron», dice. «Un día, veían principalmente heridas de bala en la cabeza y el cuello. Al día siguiente, en el pecho. Otro día, en las extremidades. Luego, en el abdomen. O incluso en los testículos. Un residente de urología me contó que había atendido a cuatro niños en un solo día que habían recibido disparos en la ingle». Debido a la situación caótica en Gaza, Maynard afirma que era imposible llevar un registro diario de qué partes del cuerpo resultaban heridas y con qué frecuencia.

En el pasado, ha habido indicios de que los francotiradores israelíes experimentaban elementos lúdicos al disparar a ciertas partes del cuerpo. En 2020, francotiradores israelíes declararon anónimamente al periódico Haaretz cómo intentaron batir "récords" acertando en la mayor cantidad de rodillas posible en un solo día . Uno de ellos logró 42.

Las Fuerzas de Defensa de Israel no responden de manera sustancial a las preguntas sobre el patrón observado por los médicos. Según el ejército, es Hamás quien está "creando condiciones peligrosas para los civiles".

Sin embargo, los médicos siguen presentando versiones diferentes.

A principios de agosto, el médico de urgencias estadounidense Adil Husain, recién llegado del Hospital Nasser, se dirigió a una multitud en Texas. Señaló la ausencia de periodistas extranjeros en Gaza. «Así que nos corresponde a nosotros, los trabajadores sanitarios que hemos estado allí», dijo, «dar testimonio». Afirmó que sentía que era su «deber hablar» en nombre del pueblo de Gaza. En dos semanas, contó, presenció cientos de muertes en su sala de urgencias.

Relata el caso de Ahmed, un niño de 10 años que regresó de un punto de distribución de alimentos con las bolsas vacías. «Lo trajeron a mi sala de urgencias con heridas de bala en la cabeza, el cuello y el abdomen», dice Husain. Cuenta a de Volkskrant que le administró ketamina al niño en sus últimos momentos para aliviar su sufrimiento. «Lo abracé con fuerza y ​​le susurré al oído: Lo siento».

Los médicos que abandonan la región se ven abrumados casi universalmente por la culpa, porque ellos pueden irse, mientras que todos los demás se quedan atrás.

«Tras mi primera misión, mantuve el contacto con mis compañeros de Gaza y les pregunté cómo estaban», cuenta Sarmad Tamimi, que regresó a finales de julio de su segundo despliegue. «Pero ya no puedo hacerlo. Me da miedo lo que puedan decir».

Es 28 de mayo de 2025, y en la sede de las Naciones Unidas en Nueva York, Sidhwa se dirige al Consejo de Seguridad. La invitación llegó a última hora, lo que le obligó a cancelar todas las citas con sus pacientes en el hospital de Stockton.

«No estoy aquí como legislador ni como político», dice Feroze Sidhwa, repasando con el dedo índice el texto del papel que tiene delante. «Soy un médico que da testimonio de la destrucción deliberada de un sistema sanitario, del ataque contra mis propios colegas y del aniquilamiento de un pueblo».

Un mes y medio antes, Sidhwa había regresado de su segunda misión a Gaza. Ahora, vestido con un traje gris y corbata verde, está sentado aquí, expresando ideas que desafían toda descripción. Se le ve sereno y concentrado.

«Mis pacientes eran niños de 6 años con metralla en el corazón y balas en el cerebro. Y mujeres embarazadas cuyas pelvis habían sido destrozadas y sus fetos partidos por la mitad, aún en el útero.»

De hecho, según declararía más tarde al periódico De Volkskrant , su discurso original había sido "mucho más duro". Pero siguiendo el consejo de un confidente de confianza, había suavizado sus palabras para no alejarse demasiado de las convenciones diplomáticas.

Casi todos los médicos que hablaron con de Volkskrant describieron sentir la misma vocación que Sidhwa. Van a Gaza para ayudar: para atender a los heridos, para salvar vidas. Pero cuando presencian la magnitud de la devastación, el número de civiles inocentes asesinados y la escasez de vidas que realmente pueden salvar, se dan cuenta de que su tarea no termina cuando regresan a casa.

De ser cuidadores neutrales, se han convertido —a veces a regañadientes— en testigos públicos. Así, pueden contarle a la mayor cantidad de gente posible lo que han visto.

Esto le sucedió a Nizam Mamode cuando, en otoño de 2024, testificó ante una comisión parlamentaria británica. Durante la sesión, que se transmitió en directo, el cirujano de 63 años se derrumbó emocionalmente.

En medio del relato de cómo, tras un bombardeo, los niños quedaron tendidos en el suelo —para luego ser atacados por drones armados—, «esto ocurría día tras día», Mamode guarda silencio. Cierra los ojos. Le tiembla el labio.

Su silencio es interrumpido suavemente por la presidenta del comité. «Siento…», dice ella, «porque no puedes olvidar lo que has visto».

Durante casi treinta años, Mamode fue miembro del Partido Laborista. Incluso hizo campaña por ellos en las últimas elecciones. «Pero ahora he cortado mi carné y he dejado de ser miembro», declara a de Volkskrant, «porque me avergüenzo de nuestro gobierno laborista. Creo que tienen la obligación moral de actuar, y no dan muestras de hacerlo. Creo que algún día serán juzgados con mucha severidad por ello».

Es una carga que casi todos los médicos llevan consigo: provienen de países tradicionalmente aliados de Israel. Países que, incluso después de escuchar sus testimonios, no han actuado con la suficiente contundencia para detener a Israel. Y, en el caso de Estados Unidos, siguen suministrando las mismas armas que hacen posible el derramamiento de sangre.

En los hospitales de Gaza, los médicos intentan no pensar en ello. Pero a veces, no pueden evitarlo.

Cuando Israel rompió el alto el fuego el 18 de marzo con una oleada de bombardeos, los pasillos del Hospital Nasser se llenaron rápidamente de cadáveres y heridos. «Recuerdo a una niña de cinco años», dice Feroze Sidhwa. «Se llamaba Sham. Fue la primera niña a la que pude salvar ese día. Estaba sentada a su lado en el suelo, intentando ayudarla a respirar. Un fragmento de metralla le había atravesado el cerebro y yo solo veía un pequeño hilo de sangre que salía de él».

En medio del caos, con los gritos de los niños resonando a su alrededor, Sidhwa solo podía pensar en una cosa: "¿Pagué yo por ese trozo de metralla? ¿Fue mi vecino? ¿O el vecino de él? ¿A qué estadounidense puedo escribirle para avisarle que han encontrado su granada?".


Fuente: De Volkskrant