domingo, 30 de agosto de 2026

“El truco desesperado del ‘lobby’ israelí en EEUU es afirmar que lucha por la civilización judeocristiana”

 

 Por Sebastiaan Faber   
       Profesor de Estudios Hispánicos en Oberlin College, Ohio.   


La civilización judeocristiana.


     El poderoso lobby israelí en Estados Unidos –financiado por un puñado de multimillonarios reaccionarios, prepotentes y aficionados al chantaje– ha tenido una influencia sumamente tóxica no solo en la política y vida civil norteamericanas, sino también en el ecosistema político de Israel y en el mismo orden mundial. En las últimas décadas, son tres los factores que han intensificado esta toxicidad: el final de la Guerra Fría; la radicalización de la vida política israelí; y la decisión de la Corte Suprema en el caso Citizens United de abrir la vida política estadounidense a cantidades ilimitadas de dinero, justo cuando una porción cada vez mayor del poder económico nacional quedaba concentrada en manos de una nueva clase de hiperricos. Desde 2010, Citizens United ha multiplicado la influencia política de donantes multimillonarios (e hiperconservadores) como los hermanos Koch y el matrimonio Adelson. Dado, además, que las políticas y actuaciones del país liderado por Benjamin Netanyahu –el genocidio perpetrado en Gaza; el muro de Cisjordania; las violaciones constantes de derechos humanos en los territorios ocupados y otras políticas inspiradas por la idea ultraderechista del Gran Israel– son cada vez más difíciles de justificar, el lobby ha renunciado a su afán inicial de convencer a la opinión pública. En su lugar, recurre directamente –con la connivencia de republicanos tanto como demócratas– a formas de coacción y de censura que socavan las libertades civiles de las y los norteamericanos.

Pero, aunque el daño que inflige afecta al mundo entero, en última instancia el lobby es su peor enemigo. Por más que se presente como defensor de Israel y protector de los judíos en Estados Unidos, la irónica verdad es que su labor, a lo largo de los años, ha terminado por debilitar la posición de Israel, por fracturar a la comunidad judía norteamericana y por crear las condiciones para que florezca el antisemitismo –el de verdad, no el creado por definiciones oportunistas que pretenden incluir en la categoría a toda expresión crítica del gobierno israelí o del sionismo–.

Estas son algunas de las principales conclusiones de Israel’s Lobby: America in the Grip of a Foreign Power (El lobby de Israel: Estados Unidos en las garras de un poder extranjero), el nuevo libro coescrito por Ian Lustick, un veterano politólogo, y Eli Clifton, periodista de investigación.


Israel’s Lobby America in the Grip of a Foreign Power.


El politólogo Ian Lustick.


Rigurosamente documentado, el análisis de Lustick y Clifton continúa la línea marcada hace dos décadas por John Mearsheimer y Stephen Walt en The Israel Lobby and U.S. Foreign Policy (El lobby israelí y la política exterior de EE.UU.) al hacer sonar la alarma sobre la amenaza que representan organizaciones como el Comité Estadounidense–Israelí de Asuntos Públicos (AIPAC) y la Liga Antidifamación (ADL) para la salud de la democracia estadounidense.

Es un peligro, apuntan, contra el cual ya advertía el mismo George Washington cuando, al despedirse de la presidencia en 1796, avisaba a sus compatriotas del riesgo que suponían para los intereses de Estados Unidos las “adhesiones apasionadas” y las “antipatías inveteradas” de ciudadanos norteamericanos para con otros países. El éxito del lobby a la hora de afianzar la relación especial entre Israel y Estados Unidos, escriben Clifton y Lustick, le ha permitido a Israel “extraer, de forma incondicional, ayudas, coordinación y apoyo en una escala y por una duración que exceden lo que ninguno de los grandes poderes ha hecho para ningún país extranjero”.

Ian Lustick (Syracuse, Nueva York, 1949) es catedrático emérito de la Universidad de Pensilvania. Autor de numerosos libros, entre ellos Trapped in the War on Terror (Atrapados en la guerra contra el terrorismo, 2006) y Paradigm Lost: From Two-State Solution to One-State Reality (Paradigma perdido. De la solución de dos Estados a la realidad uniestatal, 2019), trabajó como analista en el Departamento de Estado durante la Administración de Jimmy Carter a finales de los años 70 y, en los 80, fundó y presidió la Asociación para el Estudio de Israel. Hablamos a finales de agosto.

Cuando entrevisté a Stephen Walt, me contó que él y John Mearsheimer pagaron un precio muy alto por haberse atrevido a romper el tabú de describir y denunciar los daños hechos por el lobby israelí.


Stephen M. Walt.

Sí que pagaron un precio. Su libro no fue el primero en demostrar de forma documentada que los intereses de Estados Unidos en política internacional quedaron gravemente comprometidos por el lobby israelí. Pero sí fue el más importante. Aunque ellos no eran expertos en el tema –y yo, ciertamente, no estuve de acuerdo con todo lo que decían–, me sigue pareciendo un libro fantástico.

A estas alturas, supongo que usted y su coautor son conscientes de lo que arriesgan.

Eli y yo estamos dispuestos a pasar por lo que pasaron John y Steve, sí. Bueno, a mí me tildan de nazi desde hace medio siglo –concretamente desde que, en los años 70, organicé una campaña de protesta contra los asentamientos judíos en los territorios ocupados–. Y, sin embargo, nuestra situación es diferente. Y no solo porque tanto Eli como yo somos judíos. También es verdad que las cosas han cambiado. Cuando salió el libro de Walt y Mearsheimer, los críticos los podían denunciar como antisemitas sin más e ignorar las pruebas que presentaban. Hoy, eso ya no es posible. El lobby ya no puede contar con ello. ¿Cómo responderá entonces? Hasta ahora, solo ha habido silencio. Nos han ninguneado. Pero si al final deciden atacarnos, no pasa nada. Llevo muchos años en este combate y estoy muy preparado para continuarlo. Tuvimos a dos fact checkers revisando el manuscrito y tengo un buen seguro contra los juicios por difamación. Y, como digo, llevo 55 años en esto. De mis cien artículos y veinte libros publicados, nadie nunca me ha disputado una afirmación factual.

Ustedes explican en detalle cómo el lobby se ha radicalizado en los últimos años. A la vista de que las políticas de Israel ya son indefendibles, ha pasado a tácticas de silenciamiento, censura e intimidación. Al mismo tiempo, también parece haber crecido el cinismo. Quiero decir que los financiadores y administradores del lobby ya no parecen esforzarse en ocultar sus motivos. Así como Trump, dicen en voz alta lo que deberían callar.

Es que han renunciado a la idea de convencer a nadie. En su lugar, se deleitan en confirmar sus propias ideas para sí y sus allegados. Todas las personas que se refugian en su propia burbuja acaban por comunicar en voz alta lo que piensan, aunque después acabe haciéndose público. Por otra parte, sabemos que estas cosas se llevan diciendo de forma privada desde hace muchos años.

Tal y como lo describen ustedes, el discurso del lobby israelí se ha hecho prácticamente indistinguible del de la ultraderecha global. La lucha, se supone, ya no es solo por Israel o los judíos, sino por la civilización occidental. Y ya no es solo contra los antisemitas y palestinos, sino contra los marxistas culturales y otros comunistas, la izquierda woke y la ideología de género.

Exacto: se trata de salvar la civilización judeocristiana contra la alianza verdirroja que pretende destruirla. Esta es una idea que domina en el ala derecha del lobby, que incluye a su cúpula. Como decía antes, reconocen que no hay forma de ganar el debate en la opinión pública. Pero también saben que, a la larga, tampoco serán capaces de suprimir todo debate sobre Israel. Por tanto, inflan el problema hasta dimensiones epocales, convirtiéndolo en una lucha por la misma civilización humana. No deja de ser un truco desesperado.

En ese relato, Israel se convierte para Estados Unidos en un ejemplo a seguir.

En efecto. Israel no solo se presenta como el único aliado fiable de Estados Unidos en esta lucha civilizacional, sino que, como un robusto Estado etnonacionalista, se erige como modelo para lo que Estados Unidos debería ser si quiere seguir fiel a su esencia. Al mismo tiempo, argumentan que los judíos norteamericanos deberían construir para sí una especie de gueto.

¿En qué sentido?

Afirman, por ejemplo, que deberían invertir mucho más dinero en instituciones judías, sacar a sus hijos de las escuelas públicas y enviarlos a escuelas de orientación parroquial que les adoctrinen con ideas sionistas. Y después no enviarles a que estudien en Harvard o Penn, sino a universidades judías, o directamente a Israel.

Lo curioso es que el lobby, al enrocarse y derechizarse de esta manera, excluye a la mayoría de la población judía del país. Como ustedes explican en el libro, más de un 60 por ciento de los votantes judíos se identifica con el Partido Demócrata, una cifra muy estable a lo largo de los años.

Es más: muchos judíos estadounidenses se sienten muy distantes de Israel o se oponen directamente a sus políticas. ¿Recuerdas cómo el entonces primer ministro del país, Ehud Barak, describió a Israel como una villa en la jungla? Pues de la misma manera, el lobby anima a que los judíos que se identifican con Israel se sientan como en una jungla, rodeados de antisemitas. Por tanto, necesitan construir fortificaciones, levantar un muro alrededor de ellos mismos. Vamos, como el muro del apartheid israelí, la barrera de Cisjordania.

Cuando entrevisté a Arielle Angel, la entonces directora de la revista progresista Jewish Currents (Corrientes Judías), me explicó que muchos judíos norteamericanos dejaron de sentirse bienvenidos en sus sinagogas y centros sociales después del 7 de octubre, y que la revista acabó funcionando como una especie de hogar alternativo.


Arielle Angel, escritora y directora de la revista Jewish Currents.

Sí, en efecto. Otro buen ejemplo de esta sed de relatos alternativos es la popularidad del libro de Molly Crabapple sobre el Jewish Bund [un partido político socialista, secular para obreros judíos, fundado a finales del siglo XIX].


La historia del Bund judío.

Pero si me permites un matiz importante, el cambio a que te refieres no se produjo a raíz del 7 de octubre. Fue a raíz del 8 de octubre: la reacción de Israel a la masacre del día anterior. El lobby, sin embargo, nos quiere hacer creer que hubo un auge de antisemitismo como resultado del día 7. Al fundir un evento con otro, están manipulando la memoria histórica del 7 para distraer de lo que ocurrió el día después. Sin contar que, como explicamos en el libro, la Liga Antidifamación (ADL) manipuló las estadísticas de forma realmente escandalosa, al ampliar de un día para otro la definición de lo que contaba como incidente de antisemitismo.

La radicalización del lobby, así como su atrincheramiento y su cinismo, han debilitado su poder, que durante muchos años consistió en limitar lo que se podía decir en público sobre Israel. Hoy hay más espacio que nunca para discursos más críticos. Y, sin embargo, hay medios mainstream, como el New York Times, el New Yorker y el Atlantic, que siguen respetando en gran medida los antiguos tabúes.

Exacto. Esto lo detalla muy bien Adam Johnson en su maravilloso libro How to Sell a Genocide: The Media's Complicity in the Destruction of Gaza (Cómo vender un genocidio. La complicidad de los medios en la destrucción de Gaza). También lo hemos notado nosotros. Desde que salió nuestro libro, el 11 de agosto, nos han inundado con peticiones de entrevistas. Apenas damos abasto. Pero fíjate de dónde nos llegan. No desde los medios mainstream, establecidos, sino desde otros canales más autónomos, sea de la derecha libertaria o la izquierda progresista.

Al explicar la toxicidad del lobby, ustedes mencionan los efectos nefastos que ha tenido su actuación sobre la política nacional estadounidense –incluida, hace poco, la derrota de Kamala Harris– y su política internacional. Pero también señalan el daño incalculable que ha hecho el apoyo incondicional de Estados Unidos al país en la política nacional israelí.

Este es un argumento que desarrollo con más detalle en mi libro Paradigm Lost. La crisálida con la que Estados Unidos envolvió a Israel acabó por distorsionar de forma terrible el campo político del país, destruyendo las carreras de los políticos que habrían hecho la paz con los palestinos. En este sentido, el propio Israel es la mayor víctima del aplastante éxito de su lobby.

Explican también que ese apoyo incondicional ha limitado la capacidad de la comunidad internacional de presionar a Israel en cuestiones de derechos humanos y el derecho internacional. En este sentido, ¿cabe decir que el lobby israelí en Estados Unidos contribuyó a debilitar de forma fatal el orden internacional de la posguerra?

Es un planteamiento interesante: ¿hasta qué punto el orden mundial fue socavado por el tratamiento especial, hipócrita, que Estados Unidos dio a Israel a pesar de sus constantes violaciones de derechos humanos y del derecho y la cortesía internacionales? No cabe duda de que fue una debilidad en la agenda de derechos humanos de un presidente como Jimmy Carter, en cuya administración trabajé. Por otra parte, Israel no es el único caso. Hay otro parecido.

¿Supongo que se refiere a Cuba? En el libro, escriben que, aunque los casos de Cuba e Israel “no tienen virtualmente nada en común”, comparten algo crucial: para cada uno, existe en Washington “un lobby monotemático, estratégicamente posicionado y extremadamente influyente”, que ha forzado a presidentes demócratas y republicanos a adoptar políticas hacia ambos países que se desmarcan de forma significativa de la norma internacional.

Exacto. Lo que quisimos subrayar es que el problema real reside en la estructura de la política norteamericana. Es el peligro contra el cual ya advirtió George Washington: que un apasionado lobby extranjero distorsione el enorme poder que tiene este país en el mundo.

Otro punto que subrayó Arielle Angel fue que la supuesta lucha contra el antisemitismo de la ultraderecha norteamericana –por no hablar de lo que ocurre en Alemania o Reino Unido– acabará con los judíos en la diana, como siempre. Ustedes, en su libro, llaman la atención sobre el hecho de que tanto el lobby israelí como el gobierno de Trump se obsesionan con el supuesto antisemitismo de la izquierda, pero ignoran el de la derecha, que, lejos de amainar, está en auge.

Así es. Hablamos de una caza de brujas. Pero ocurre que, a diferencia de las cazas de brujas históricas del siglo XVII, en este caso realmente hay brujas. Quiero decir que los antisemitas existen. Y el lobby israelí les está dando material. No solo por la imagen de nueve milmillonarios judíos que contribuyen con 1.700 millones de dólares a defender las políticas de Israel, sino porque el lobby insiste en identificar el Estado de Israel con toda la colectividad judía. Pero si te empeñas en la idea de que Israel actúa en nombre de todo el pueblo judío –y que toda crítica a Israel es un ataque a todos los judíos–, entonces expones a todos los judíos a acusaciones injustas. Es una táctica autodestructiva.



Fuente: Ctxt

viernes, 28 de agosto de 2026

Autopsia de un ensañamiento mediático: cómo la “ciencia racial” acabó con el profesor negro más joven de Cambridge

 

 Por Mael Guéguen   
      Colaboradora habitual en medios como El Salto y Resumen Latinoamericano.


La muerte del profesor Jason Arday, víctima de un acoso mediático racista, saca a la luz la batalla ideológica que se libra en las universidades británicas


     Tras semanas de polémica, el profesor de la Universidad de Cambridge Jason Arday fue encontrado muerto el viernes 14 de agosto en su apartamento de Londres. Aunque la policía no ha descartado otras causas, no excluye la hipótesis del suicidio, dado que su fallecimiento se produjo nueve días después de su dimisión de la Universidad de Cambridge.


La muerte de Jason Arday reaviva el debate sobre la diversidad en las universidades británicas.

Acusado de plagio, se había encontrado en el centro de una campaña de acoso mediático inaudita. El hombre de 41 años era, sin embargo, por su trayectoria fuera de lo común, un símbolo de éxito. Diagnosticado con autismo en su infancia, afirmaba haber sido no verbal hasta los 11 años y analfabeto hasta los 18, antes de convertirse en profesor de Sociología de la Educación. En 2023, se convirtió en el profesor negro más joven en ser nombrado en la Universidad de Cambridge, a la edad de 37 años.


Retrato de prensa oficial distribuido por la Universidad de Cambridge, hecho a principios de 2023, coincidiendo con el anuncio público de su nombramiento como el profesor catedrático negro.

A pesar de la exculpación de Arday por parte de la Universidad John Moores de Liverpool, tras las acusación de plagio, la presión mediática no cedió. A principios de agosto, Cambridge inició una investigación sobre su propio profesor, quien dimite de inmediato de su puesto declarando que “las acusaciones incesantes, las especulaciones y los comentarios públicos se han cobrado un profundo peaje en mí y en mis seres queridos“, precisando al mismo tiempo que su decisión no debía ser “confundida con una aceptación de los relatos que [lo] han rodeado”.

Respecto a las acusaciones de plagio, al término de una investigación sobre las acusaciones relativas a su tesis, la Universidad John Moores de Liverpool, que había otorgado su doctorado a Arday en 2015, concluyó finalmente que no había cometido plagio. En una entrevista para el Times, Jason Arday reconoció errores en su trayectoria, algunos de los cuales atribuyó a su autismo, que intentaba compensar mediante métodos de aprendizaje por mimetismo, pero refutó cualquier voluntad deliberada de engañar. “Estamos hablando del mundo académico aquí. No he matado a nadie”, declaraba el profesor. 

Nathan Cofnas y el “realismo racial”

En el origen de esta tormenta mediática se encuentra el controvertido filósofo de la biología y la ética Nathan Cofnas. A finales de julio, el investigador, que se describe a sí mismo como un “realista racial”, había acusado públicamente a Arday de haber plagiado una parte de la tesis que este último había defendido en la Universidad John Moores de Liverpool y de haber mentido sobre su difícil trayectoria y sus logros personales, tales como su hazaña de haber corrido 30 maratones en 35 días para una asociación benéfica.

Controvertido por sus investigaciones sobre el hereditarismo, una corriente pseudocientífica que vincula las capacidades intelectuales al determinismo biológico, Cofnas afirma que existen diferencias genéticas significativas de inteligencia entre los grupos de población según su raza. Defiende, en particular, la superioridad intelectual de los blancos sobre los negros.

En este contexto, se muestra muy crítico con los programas de inclusión universitaria y declaraba que, en un sistema meritocrático, los negros “desaparecerían de la casi totalidad de los puestos de alta responsabilidad fuera del deporte y el entretenimiento” y que “el profesorado de Harvard sería reclutado entre los mejores de los mejores estudiantes, lo que significa que el número de profesores negros tendería hacia el cero por ciento”. Estas posiciones ultras le valdrían ser apartado en 2024 del Emmanuel College, uno de los colegios constitutivos de Cambridge, aunque la propia universidad estimó posteriormente que sus declaraciones se enmarcaban dentro de la libertad académica.  La semana pasada, también fue suspendido de la Universidad de Gante, en Bélgica, donde trabajaba, a la espera de una investigación tras los hechos relacionados con Arday.

La caja de resonancia mediática: el acoso racista

Fue sobre la base de estas acusaciones de plagio que la maquinaria mediática se desató contra Arday. Según Byline Times, entre el 24 de julio y su muerte, fue objeto de al menos 40 artículos en cada una de las siguientes cabeceras: The Times, The Sunday Times, The Telegraph y el Daily Mail, y de una veintena en cada uno de The Independent, The Spectator y The Guardian. Otras cabeceras también amplificaron ampliamente esta caja de resonancia mediática al hacerse eco de estas acusaciones, elevando el total a unos 250 artículos en 22 días.


Byline Times.

Más allá de simples artículos de investigación periodística de los medios, la periodista Carole Cadwalladr revela “una propaganda racista con fines de lucro”. Subraya la presencia de anuncios pagados en el Times promocionando su cobertura del caso Jason Arday, y en particular de un anuncio que habría alcanzado a cerca de 200.000 personas y que seguía difundiéndose el 16 de agosto, dos días después de la muerte del profesor.


Carole Cadwalladr.

La periodista denuncia la instrumentalización del caso con fines de estrategia comercial, y destaca aquellos artículos que provocan una indignación de carácter racial que genera audiencia y, por tanto, ingresos. “El problema es que si el racismo es rentable, es porque lo aceptamos. Existe una lógica comercial en el racismo porque, como sociedad, somos racistas”, concluye Cadwalladr.

Detrás de esta campaña de acoso mediático masiva y coordinada contra Jason Arday, se encuentran redes de extrema derecha bien consolidadas.


Emil Kirkegaard.

Byline Times revela en una investigación que un movimiento científico racista explícitamente antinegro, financiado entre otros por Peter Thiel, el multimillonario tecnofascista pro-Trump, se ha implantado a lo largo de los años en el seno de la Universidad de Cambridge.


En enero de 2026, Peter Thiel impartió cuatro conferencias privadas sobre el Anticristo en la Universidad de Cambridge, organizadas por James Orr.

A través de publicaciones como la revista Aporia, escaparate público de la Human Diversity Foundation (ahora rebautizada como Polygenic Scores), esta red de partidarios de la “ciencia racial” busca rehabilitar y normalizar sus doctrinas eugenésicas.


Evento de Aporia, organizado por Frost en 2024.

Esta fundación es, en realidad, una versión modernizada y relanzada del Pioneer Fund, una organización eugenésica nazi fundada en 1937. A imagen de la cacería dirigida contra Arday, es esta red la que orquesta campañas selectivas y agresivas contra las minorías dentro del mundo académico. 

Lo que este ensañamiento mediático revela es una guerra cultural más amplia en marcha en las universidades inglesas. Frente a esta acusación, los conservadores despliegan una retórica de declive de los estándares frente a las políticas de Igualdad, Diversidad e Inclusión (EDI), que buscan favorecer el acceso y la representación de las minorías en la educación superior. Académicos como el politólogo Michael Bankole consideran que el caso Arday ha sido precisamente instrumentalizado como la prueba paradigmática de que la EDI rebaja los criterios de excelencia en beneficio de criterios ideológicos o raciales. Interrogado por la AFP, el profesor del King’s College de Londres afirma que el trato dado a Arday fue utilizado deliberadamente por la derecha “para atacar las políticas de diversidad” y para destilar la idea de que los investigadores negros no merecen su puesto cuando acceden a funciones de élite. Desde esta perspectiva, se acusa a la universidad de reclutar “iconos de la diversidad” sobre la base de su identidad en lugar de su valor científico real.

Por el contrario, otros académicos, como la investigadora Christina Horvath de la Universidad de Bath, denuncian un doble rasero y subrayan que los presuntos errores de Arday han sido utilizados para descalificar al conjunto de los académicos negros, reactivando prejuicios sobre su legitimidad colectiva. Así lo ha señalado: “Las prácticas dudosas de ciertos académicos blancos a menudo han sido toleradas sin suscitar una indignación pública comparable; las personas implicadas apenas han ocupado las portadas de los periódicos y, en algunos casos, incluso han conservado su puesto”. En paralelo, subraya el doble estándar cuando un profesor negro está en el punto de mira: “Las faltas de Arday, repetidamente cuestionadas pero nunca demostradas formalmente, han servido por el contrario para arrojar descrédito sobre la legitimidad de los académicos negros en general”.

Además, lejos de alinearse con las críticas de la extrema derecha contra la inclusividad, especialistas en educación como la profesora Kalwant Bhopal denuncian una suerte de política antirracista de fachada, que ella califica de “diversidad simbólica”. Explica que las universidades mercantilizadas prefieren las acciones de comunicación de marketing y la promoción de un “icono de la diversidad” en lugar de emprender la reestructuración lenta, costosa y, sin embargo, indispensable de la universidad con el fin de atajar las verdaderas desigualdades salariales y la precariedad de los contratos de investigación que golpean de manera desproporcionada a los investigadores no blancos. Los datos de Higher Education Statistics Agency recuerdan, por otra parte, la persistencia de estas barreras: a finales de 2024, el Reino Unido solo contaba con unos 270 profesores universitarios negros, es decir, apenas un 1% del conjunto del profesorado titular del país. 

La red tentacular de la “ciencia racial” a la que pertenecería Cofnas no se detiene en las universidades. Según Byline Times, dispondría de enlaces hasta la cúspide de la vida política británica. El profesor asociado de Cambridge James Orr, a través del cual, siempre según la misma fuente, Peter Thiel habría financiado discretamente la red, serviría de enlace operativo entre la “ciencia racial” y la vida política. Como responsable de políticas del partido de extrema derecha Reform UK de Nigel Farage, Orr habría abierto las puertas de las concentraciones políticas conservadoras a los miembros de Aporia. Esta red eugenésica habría logrado así tender un puente con la política nacional dominante, sirviéndose de los escándalos universitarios para desplazar la ventana de Overton y rehabilitar sus teorías raciales en el debate público. Esta red se extendería, según el medio, por los diferentes partidos de extrema derecha Reform UK, Restore Britain y por la extrema derecha paneuropea.

Tras anunciarse la muerte de Arday, las movilizaciones se multiplicaron en el país. Durante una marcha organizada en homenaje al profesor fallecido, la diputada laborista Dawn Butler retomó las palabras de Malcolm X: “Si no tienen cuidado, los periódicos les llevarán a odiar a las personas oprimidas y a amar a quienes las oprimen. Su lucha no ha cambiado, son simplemente el método y el sistema los que son diferentes”. La organización Stand Up to Racism, que organizó una conmemoración en Londres en memoria de Arday, denunció[10] [11] [12] una “caza de brujas racista” iniciada por Cofnas y retomada por los principales medios de comunicación.


El 17 de agosto de 2026 se celebró una vigilia en Trafalgar Square en memoria de Jason Arday.

La asociación Good Law Project, que ya se había hecho eco de las advertencias de expertos como Simon Baron-Cohen sobre la fragilidad de la salud mental de Arday, ha difundido una petición que ya ha recogido más de 145.000 firmas, en la que se pide al primer ministro Andy Burnham que ordene una investigación pública inmediata sobre la responsabilidad de la prensa en la trágica muerte del profesor Arday.


Fuente: El Salto