La nueva cepa Bundibugyo, para la que no existe vacuna, avanza en el este del país entre ataques armados, hospitales destruidos y graves recortes en ayuda humanitaria
Hace apenas unos días, la Organización Mundial de la Salud (OMS) alertaba sobre una nueva cepa (Bundibugyo) de ébola para la que no hay vacuna y que ya se ha cobrado la vida de más de 220 personas en la República Democrática del Congo. También se han registrado casos en Uganda y en total se habla de casi un millar de personas que podrían estar contagiadas. Se trata del brote de ébola que ha avanzado más rápido desde que hay registros. Este martes, el director general de la OMS, Tedros Adhanom Ghebreyesus, aseguraba que la situación “empeorará antes de mejorar”. El contagio ya ha sido declarado emergencia de salud pública de importancia internacional (Pheic, por sus siglas en inglés).
La situación, hoy por hoy, es de descontrol, ya que se trata de un brote “extremadamente grave y difícil”, en palabras del director de la OMS. A pesar de los esfuerzos para llevar equipos sanitarios a la región afectada y el refuerzo de las medidas de contención para que la enfermedad no se continúe propagando, lo cierto es que aún no se puede hablar de un control efectivo del brote.
La Unión Africana (UA) ha prometido destinar casi 429 millones de euros para reforzar las medidas de respuesta en la región afectada por este nuevo brote, especialmente al este del país.
Organizaciones como Médicos Sin Fronteras (RSF) aseguran trabajar “a contrarreloj” para contener la epidemia y han desplegado nuevos efectivos tanto médicos como logísticos. “Solo en la provincia de Ituri, epicentro del actual brote, unos 50 trabajadores internacionales llegarán próximamente a las zonas afectadas para trabajar con unos 480 profesionales contratados localmente”, se puede leer en el último comunicado emitido por la ONG.
También se están enviado suministros y equipos médicos fundamentales procedentes de Europa y se está trabajando en las medidas de aislamiento, esenciales para la contención de la enfermedad.
Si bien es demasiado pronto para saber el alcance de la epidemia, la prioridad ahora es aislar a los casos confirmados y así proteger a la población y al personal sanitario. “Hay que reforzar las medidas de higiene, establecer sistemas de triaje y aumentar considerablemente el número de aislamientos”, insisten desde Oxfam. Desde World Vision, David Munkle, director de zona del programa de la Región Este de World Vision en la RDC, asegura que “hay cierta ansiedad e incertidumbre porque no sabemos realmente hasta dónde se ha extendido”. “El hecho de que haya llegado tan lejos [la cepa ha llegado hasta Kampala, en Uganda, y también a Goma y Bukavu, zonas que están a un par de días en coche desde el epicentro] es en sí mismo sorprendente. Se ha propagado, lo que significa que no sabemos cuántas personas más podrían enfermar en los próximos días”, recalca.
En una zona fuertemente golpeada por el conflicto armado y unos servicios de salud mermados por la falta de inversión tanto local como internacional, este nuevo brote convive con enfermedades endémicas como la malaria, el cólera o el sarampión, entre otras.
Los recortes en ayuda humanitaria han pauperizado los sistemas de salud
La aparición y rápida propagación de este nuevo brote, sin embargo, no es algo casual, sino que se han dado una serie de circunstancias que han contribuido a la situación actual. Uno de los factores que ha propiciado la rápida expansión del virus tiene que ver con los recortes de fondos destinados a ayuda humanitaria, que ha provocado el deterioro de unos sistemas de salud ya de por sí muy vulnerables.
El empobrecimiento de la región, con miles de personas desplazadas y zonas de difícil acceso a causa de la violencia armada, sumado a la ausencia de una vacuna efectiva hacen que la situación sea crítica. En ese sentido, los recortes en ayuda humanitaria de los últimos meses han tenido un papel clave en la proliferación de este último brote. “Una de las diferencias entre este brote y el que hubo entre 2014 y 2016, o el de 2020, es la ausencia de recursos. Antes teníamos una buena financiación y donantes importantes como los británicos o los norteamericanos. La respuesta fue rápida y las cadenas de suministro estaban bien organizadas. Actualmente esto no es así. El material necesario para construir lugares de aislamiento temporales, para montar triajes, para suministrar agua limpia para la desinfección… Todo va muy lento, y los recursos son muy limitados”, explica para El Salto Manenji Mangudu, director de Oxfam en la República Democrática de Congo. Mandugu, originario de Zimbabue, estuvo en el último brote de ébola en la RDC y está actualmente trabajando en este nuevo episodio.
Munkle, sin embargo, considera que no hay que ligar necesariamente la aparición de esta cepa del ébola con los recortes en ayuda humanitaria, pero que sí hay que poner el foco en la respuesta de la comunidad internacional durante los próximos días. Insiste en que la OMS, de momento, no ha calificado el brote de “pandemia” y ve cierta esperanza en que esta situación ayude a poner el foco en la región y aumenten los fondos de ayuda para la población.
Tercera vez en la historia que aparece esta cepa
La cepa Bundibugyo es la tercera vez que aparece desde que hay registros; con lo cual, las autoridades sanitarias tanto locales como internacionales no cuentan con ningún tratamiento aprobado ni vacunas. El hecho de que se trate de una cepa prácticamente desconocida ha influido directamente en la rápida propagación. “Fue a finales de abril cuando tuvimos noticia de un paciente potencial, pero debido a que se trata de una cepa no reconocida, se hizo un mal diagnóstico. Esto ha provocado el aumento de las personas infectadas; porque no se consideró como ébola, en un principio”, explica David Munkle.
Una región remota azotada por el conflicto armado
La provincia de Ituri, al este del país y epicentro del brote, es una región remota severamente afectada por el conflicto armado. Allí, hay varios campos de personas desplazadas, algunos de gran tamaño, con importantes problemas de abastecimiento e infraestructuras.
La violencia en la región hace que resulte muy complicado hacer llegar la ayuda necesaria para los y las afectadas y compromete la seguridad de los y las trabajadoras humanitarias en terreno.
En las últimas semanas, la situación en Ituri se ha deteriorado aún más por los enfrentamientos entre grupos armados y el aumento de ataques contra población civil y núcleos desplazados.
Organizaciones humanitarias y agencias de Naciones Unidas llevan meses alertando de asesinatos, saqueos y bloqueos de carreteras que dificultan el acceso a amplias zonas de la provincia y comprometen tanto el suministro de ayuda como la seguridad del personal sobre el terreno. “Pedimos que se garantice el acceso a la ayuda humanitaria, que se respete y que se permita, porque es lo que está establecido en el derecho internacional humanitario”, exige Ricardo Pires, portavoz global de UNICEF. “Si hay un conflicto, los trabajadores humanitarios y los suministros vitales que necesitamos llevar a las comunidades deben llegar a ellas de manera segura, sin impedimentos y de forma continua. Eso es fundamental. Y ahora mismo estamos lejos de un escenario ideal en el que podamos trabajar sin problemas”.
El este de la RDC es una de las regiones más frágiles del mundo, ya al límite, devastado por el conflicto armado, el desplazamiento masivo de personas y los contínuos ataques de las milicias armadas a infraestructuras clave como hospitales o escuelas. Esto complica la gestión de la crisis. “El sistema de vigilancia [epidemiológico] no funcionaba [antes de la irrupción del brote]: la mayoría de los centros de salud de las aldeas han sido quemados. El personal ha huido por el conflicto, porque esta zona es frecuentada por grupos armados”, recuerda Manenji Mangudu, de Oxfam. Otra de las consecuencias de la violencia en la zona tiene que ver con el desplazamiento de sus habitantes: “si la población afectada tiene que irse por la violencia, esto supondrá el aumento de la propagación de la enfermedad. Podría ser devastador y se trata de un escenario muy negativo”, puntualiza Munkley.
Por su parte, Ricardo Pires insiste en la situación que atraviesa ya no solo la región —donde una de cada cuatro personas padece hambre—, sino el resto del mundo actualmente. “El mundo es un lugar mucho más complejo ahora mismo, con todas las crisis abiertas que tenemos, especialmente la de Oriente Medio, que afecta a las cadenas de suministro, la logística y la capacidad de las agencias para llegar rápidamente. La situación es mucho más complicada que en 2014, simplemente por el estado del mundo. Los sistemas de salud se han ido debilitando en las últimas décadas, hay más gente desplazada, más ataques a infraestructuras civiles como hospitales y escuelas, y una inversión crónica insuficiente en los servicios básicos. La RDC necesita mucho más apoyo de la comunidad internacional y de las Naciones Unidas para poder manejar esta crisis”, sentencia.
Munkley va más allá y habla del impacto que este brote puede tener en la economía de la región: “Si hay que confinar, esto tendrá un gran impacto en la población. La gente no puede permitirse quedarse en casa: tiene que salir y ganarse la vida. Esto puede impactar negativamente en miles de niños y familias. Por otro lado, si la gente hace vida normal, el riesgo de propagación aumenta”. Ante lo descrito, el director de zona de World Vision anticipa “más malnutrición” y la consecuente aparición y propagación de enfermedades como “el cólera, el tifus o la malaria”.
Fuente: El Salto
















