Periodista
que
colabora en El
Salto
y otros medios.
Emmet
Doyle es carpintero, músico folk y organizador sindical. El Gobierno
de Trump le acusa, junto a otras 14 personas, de ser un terrorista
doméstico que mantiene lazos con Antifa. Doyle, con quien hablamos
desde El Salto, se encuentra a la espera de juicio, acusado de
“conspiración contra el Estado” por haber formado parte de los
grupos de vigilancia vecinal que protegían a los migrantes de la
persecución del ICE en Minnesota
Emmet Doyle es uno de los acusados en el caso de los 15 de Minnesota.
El
pasado mes de enero, las calles de las ciudades gemelas (Minneapolis
y Saint Paul) vivieron semanas
de agitación después
del despliegue de más de 3.000 agentes del Servicio de Inmigración
y Control de Aduanas de Estados Unidos —comúnmente conocido como
ICE—, en la operación Metro Surge, con la que el Gobierno federal
buscaba detener y deportar a cientos de inmigrantes, en la que iba a
ser la “mayor operación de control migratorio jamás realizada”
según sus propias palabras.
Manifestación contra la agencia policial de fronteras ICE en Nueva York.
Las
protestas se intensificaron tras la muerte a tiros de los activistas
Alex Pretti y Renee Good, y desembocaron en una huelga general que
paralizó el estado de Minnesota, algo impensable en la historia
reciente de los EEUU.
Durante
las protestas, la ciudadanía respondió llevando comida y artículos
de primera necesidad a las personas que se escondían de las redadas
y organizó grupos de vigilancia vecinal que, armados de silbatos y
cámaras de móvil, rastreaban los movimientos del ICE y alertaban a
los vecinos de su presencia. El Gobierno respondió por su parte
presentando numerosos cargos federales por conspiración contra
decenas de activistas, sindicalistas y periodistas, e incluso, según
documentos judiciales que se han hecho públicos este verano, llegó
a poner en marcha una operación de vigilancia e infiltración en
organizaciones progresistas, sindicatos y grupos de apoyo.
La
operación de infiltración, denominada Puppet Master, tendría como
objetivo acabar con lo que las autoridades calificaron de “red de
conspiradores que ayudaban a oportunistas violentos y agitadores”.
Es
el contexto en el que se enmarca el caso contra las 15 personas
–conocidas ya como Minnesota 15— acusadas por la fiscalía de
conspirar contra el Gobierno federal mediante diversas acciones, que
abarcan desde lanzar trozos de hielo, establecer barricadas u
obstaculizar o lesionar a funcionarios federales; a pesar de que
hasta ahora no se ha identificado a un solo funcionario federal
herido en las protestas—.
A
juicio de Doyle, los cargos forman parte de “un procesamiento
selectivo como represalia contra actividades protegidas por la
Primera Enmienda [aquella que protege las cinco libertades
fundamentales: de religión, de expresión, a una prensa libre, de
reunión y de petición al gobierno]”. En todo caso, confía en
que, una vez que se presenten las pruebas en el juicio, quedará
demostrada su inocencia, “tanto moral como legalmente”.
Un
grupo heterodoxo
El
grupo es diverso, pero las personas que lo componen no concuerdan
mucho con el perfil de terroristas que la Administración Trump se ha
empeñado en difundir: “Soy carpintero, y entre mis coacusados
hay electricistas, sanitarios, educadores, un artista, un
vendedor y varias personas cuyas vidas profesionales desconozco, pero
que seguramente no son mucho más emocionantes que los oficios que he
mencionado. Todos residimos en las ciudades gemelas; no somos
'agitadores externos' como afirma el gobierno. La mayoría de
nosotros crecimos en Minnesota o llevamos mucho tiempo viviendo
aquí”.
Los
aspectos comunes que sí destaca Doyle serían los de la orientación
sexual o el activismo de todos ellos: “varios de nosotros formamos
parte de la comunidad queer,
lo cual es lógico, ya que nuestra ciudad es un refugio para este
tipo de personas. De hecho, Renee
Good se
había mudado aquí recientemente con su esposa. Y casi todos somos
organizadores laborales y sindicalistas, y muchos participamos
activamente en la organización de la huelga general del invierno
pasado. Somos gente trabajadora y miembros de esta comunidad”.
“No
se nos procesa por lo que hicimos” continúa Doyle, “porque el
gobierno necesita encontrar a alguien a quien presentar como el
'coco' —esa figura aterradora del anarquista y el antifascista— y
fabricar una 'conspiración' que sirva para acabar con toda
disidencia. Se nos procesa porque creemos que, cuando nuestros seres
queridos y vecinos son perseguidos por el gobierno, es nuestro
derecho y nuestra responsabilidad actuar en defensa de nuestra
comunidad. Esa idea resulta profundamente peligrosa para un gobierno
que se basa en el miedo, la división y la desconfianza para
consolidar su poder sobre nosotros.
Una
de las cosas más llamativas del caso es el argumento de los “lazos”
de estas personas con “Antifa” que no es una organización como
tal, pues no cuenta con estructura formal, ni registro de miembros, y
en todo caso se trataría más bien una corriente ideológica. Pese a
ello, en septiembre del año pasado, y después del asesinato del
agitador ultraderechista Charlie Kirk, Trump
aprovechaba el aquelarre macartista para
aventar el espantajo de “una organización militarista y anarquista
que aboga explícitamente por el derrocamiento del Gobierno de los
Estados Unidos, las fuerzas del orden y nuestro sistema legal [y que]
utiliza medios ilegales para organizar y ejecutar una campaña de
violencia y terrorismo a nivel nacional con el fin de lograr estos
objetivos”.
Expertos
en derecho constitucional y libertades civiles recuerdan que en
Estados Unidos no es delito pertenecer a una ideología o movimiento
social y que sólo se podrían perseguir delitos individuales
específicos, no corrientes de pensamiento. Señalan igualmente, que,
aunque Donald Trump hubiera firmado una orden ejecutiva el año
pasado para calificar a “Antifa” como organización terrorista
doméstica, este tipo de decretos carecen de un sustento estatutario
firme.
“No
existe fundamento jurídico para esta acusación, pero la
administración Trump opera en un terreno de ficción jurídica”
opina Doyle. “Hay una tira cómica estadounidense llamada Calvin
& Hobbes,
en la que el niño, Calvin, juega a un juego llamado Calvinball,
en el que las reglas se inventan sobre la marcha. Trump, como
oligarca parásito surgido de los rincones más turbios de Wall
Street, está acostumbrado a salirse con la suya sin consecuencias,
ya sea en sus negocios, en los contratos que ha incumplido, con las
mujeres y los niños a los que ha maltratado, o en su trato hacia
nuestra gente, sus leyes y su Constitución: como si fueran una
víctima más cuyos límites puede transgredir para obtener lo que
quiera”.
El
activista menciona la orden NSPM-7 [Memorando Presidencial de
Seguridad Nacional 7], que ordena a las fuerzas del orden en sus
diferentes niveles a coordinarse para obstaculizar la actividad
política de aquellos considerados antiamericanos;
una categoría que puede incluir a anticapitalistas, antifascistas,
feministas, personas queer y
a quienes en general puedan disentir de las políticas de su
administración: “el objetivo es identificar a presuntos
antifascistas y exhibirlos ante los medios para demonizarlos y
atemorizar al público, y luego utilizar supuestos vínculos
financieros con sindicatos y organizaciones sin fines de lucro para
desmantelar y criminalizar a las instituciones progresistas de
nuestra sociedad civil”.
El
proceso contra los ‘15 de Minnesota’ sería pues, un aviso a
navegantes con el que disuadir a la contestación a pie de calle:
“sí, esa es precisamente la intención, o al menos uno de los
objetivos, intimidar a la gente para que no oponga resistencia. Al
atacar a activistas y sindicalistas, esperan neutralizar cualquier
intento de organizar otra huelga general o más acciones sindicales
en el futuro. También esperan encontrar pruebas —aunque no
existen— que sugieran que los sindicatos brindaron apoyo
organizativo o financiero a la resistencia contra el ICE, como la de
las redes de respuesta rápida. Estas fueron, de hecho, iniciativas
de base autoorganizadas que no contaban con un liderazgo establecido
ni con una fuente de financiación. No logran comprender por qué la
gente se organizaría para defender a sus vecinos de la violencia
estatal. Esto se debe a que las acciones de los cientos de miles de
personas que resisten requieren empatía, valentía y un sentido de
responsabilidad hacia la justicia y los derechos de los demás, algo
que nuestros perseguidores no poseen ni comprenden”.
El
caso de Minnesota representa el último intento del Departamento de
Justicia estadounidense por criminalizar cualquier acción opositora.
Antes, manifestantes de Chicago y Spokane, en el estado de
Washington, se enfrentaron a cargos similares con resultados
dispares; el caso de Chicago fue desestimado por mala conducta de la
fiscalía, mientras que los manifestantes de Spokane, acusados de
formar una barrera humana para bloquear un autobús del ICE, fueron
condenados y se enfrentan una pena de seis años de prisión. Y en
junio, otro grupo de activistas ha sido sentenciado a condenas de
entre 30 y 100 años de cárcel después de participar en una acción
de protesta frente al centro de detención de inmigrantes
de Prairieland,
una cárcel del ICE en Texas, en la cual se lanzaron fuegos
artificiales y en la que un oficial de policía resultó herido de
bala. Entre los condenados está el dibujante “Des”
Sánchez-Estrada, que, pese a no participar en las protestas,
fue acusado
por el hecho de transportar una caja con fanzines y libros de
temática antifascista.

Apoyo a las personas condenadas por cargos de terrorismo en Texas.
.
“Confío
plenamente en nuestras perspectivas legales. Cada vez que recibimos
el material probatorio [las supuestas pruebas de la fiscalía] parece
revelarse muy poca evidencia de que hayamos cometido algún delito.
Como no soy abogado, no hablaré de las estrategias de defensa de
nuestro equipo, pero en lo más profundo de mi ser, creo que seré un
hombre libre. Sin embargo, si no fuera así, eso no supondría
ninguna victoria para mi gobierno. No detendrá las protestas ni la
resistencia contra ellos ni por un instante. Además, ¿realmente
quieren encarcelar a un cantante de música folk y hacer que la gente
quiera escuchar mis canciones aún más? ¿Realmente quieren enviar a
un grupo de organizadores sindicales a ese campo de trabajos forzados
en que se ha convertido el sistema penitenciario estadounidense,
donde los reclusos ya se están organizando y declarando en huelga?
Sería un honor organizar a la gente en las prisiones de Estados
Unidos, si no tuviera tanto que hacer fuera de ellas”.
Desde
el inicio del proceso, la solidaridad de la comunidad progresista de
las ciudades gemelas ha sido abrumadora, como sigue explicándonos
Doyle: “Desde el momento en que salí de la cárcel tras mi lectura
de cargos, he recibido un nivel de apoyo y afecto que supera todo lo
que jamás imaginé. En mi frigorífico siempre hay comida casera que
alguien ha traído. Han surgido músicos dispuestos a ofrecer
conciertos benéficos para nosotros, abogados para representarnos y
terapeutas para ayudarnos a gestionar el miedo y el impacto de
descubrir que estábamos bajo una vigilancia tan intensa; y así
sucesivamente. Lejos de intimidar a la gente, nuestro caso ha
insuflado nuevo oxígeno a las brasas del invierno pasado,
reactivando la movilización. Ha recordado a la población que el ICE
sigue aquí, que sigue llevándose a personas y que nos están
procesando para debilitar la resistencia de cara a la próxima vez
que vuelvan a ocuparnos”.
“Es
evidente que el gobierno esperaba que, al tacharnos de 'oportunistas
violentos' que
secuestraron protestas legítimas, lograría abrir una brecha entre
nosotros y los manifestantes más 'respetables'. Esta es una
estrategia que también los gobiernos municipales liberales,
alineados con el Partido Demócrata, han utilizado una y otra vez
contra sectores antiautoritarios, trabajadores en huelgas combativas,
jóvenes negros del movimiento Black
Lives Matter y
otros manifestantes. El objetivo es dividir el movimiento, privar a
los manifestantes más radicales de la solidaridad y el apoyo de los
demás, mientras se ofrece un asiento en la mesa y algunas
concesiones limitadas y simbólicas a los líderes de la facción
moderada”.
Emmet Doyle, de los 15 de Minnesota.
“Sin
embargo”, continúa el activista, “la administración Trump no
quiere ofrecer un asiento a los moderados ni hacer concesiones,
siquiera de carácter simbólico. Se trata de un régimen basado en
el espectáculo, incapaz de mejorar las condiciones materiales de
vida general del pueblo estadounidense y que, en su lugar, se apoya
en ofrecer a cierta parte de la población (especialmente blancos,
hombres y cristianos) una sensación de orgullo moral y psicológico.
Por eso, para ellos, las concesiones simbólicas resultan aún más
peligrosas que las reales. El régimen de Trump es tan hostil hacia
cualquiera que no pertenezca al bando MAGA —que, por cierto, purga
a sus propios seguidores ante cualquier sospecha de deslealtad— que
no puede cooptar ni comprar a la oposición y tampoco puede dividirla
fácilmente para devorarla pieza a pieza”.
“Más
allá de eso, creo que las experiencias vividas bajo las dos
administraciones de Trump, así como durante la administración de
Biden han demostrado que el retroceso democrático hacia el fascismo
no puede combatirse con cortesía, bipartidismo ni espíritu de
conciliación. A nuestros vecinos y a nuestra comunidad no les
importa si el gobierno nos tilda de antifa,
comunistas o anarquistas. Nos conocen: somos sus vecinos y compañeros
de trabajo. Saben que, si este gobierno nos acusa de resistirnos a él
con uñas y dientes, nos está acusando de algo noble”.
Como
demuestran los casos de Chicago, Spokane, Prairieland,
y ahora el de los Minnesota
15,
corren tiempos oscuros para la izquierda en Estados Unidos,
—especialmente para aquella más combativa—: el Gobierno da pasos
acelerados hacia un autoritarismo cesarista –cuando no puramente
fascista— y no parece que el trumpismo vaya
a acabar con la salida del narcisista que ocupa la Casa Blanca –si
no ocurre nada inesperado, este debería ser su último mandato—.
Pese
a todo, y aunque Doyle es crítico con la situación actual que
atraviesa el país, no pierde el optimismo: “Trump no creó lo que
llamamos trumpismo.
Existe una facción de nuestra clase dominante —representada por
figuras como Elon Musk o Peter Thiel— que busca frenar cualquier
mecanismo de rendición de cuentas democrática, por débil que sea.
Y hay una base social que ve con resentimiento los derechos y la
visibilidad crecientes de las personas queer,
los avances de las mujeres en materia de libertad desde la segunda
ola del feminismo y los derechos civiles conquistados por personas
negras, mestizas e indígenas que han exigido responsabilidades por
el terror infligido a sus comunidades. Estas élites corporativas se
han valido de Trump y del séquito de oportunistas y advenedizos que
lo rodean para consolidar una coalición reaccionaria que les permite
impulsar aspectos clave de su agenda y, al mismo tiempo, facilita que
otros socios de la coalición —como los partidarios de políticas
bélicas imperialistas y los nacionalistas blancos agraviados—
promuevan también sus propias iniciativas.
“Estados
Unidos se debate entre dos legados. Por un lado, ha intentado ser
una ciudad
en la colina,
donde la libertad renace y los oprimidos y desdichados del Viejo
Mundo pueden fundar una tierra
de igualdad y libertad.
Por otro lado, una nación construida sobre las tumbas profanadas y
los restos masacrados de pueblos a los que desposeímos y confinamos
en reservas; una nación cuya inmensa riqueza algodonera jamás pudo
absorber la sangre de los seres humanos esclavizados cuyo trabajo
hizo posible cultivar ese algodón. Una nación edificada por una
clase trabajadora inmigrante cuyos sueños de emancipación laboral
fueron aplastados durante los dos grandes Pánicos
Rojos y
bajo un régimen de terror blanco. Somos una nación de muchas
Harriet Tubman, John Brown, Little Crow, Toro Sentado, Joe Hill,
Martin Luther King, Malcolm X y otros héroes; pero también de
muchos Andrew Jackson, Robert E. Lee, Nathan Bedford Forrest, George
Armstrong Custer, J. Edgar Hoover y Donald Trump”.
“El
fascismo es un culto a la muerte; demasiado violento y opresivo para
estabilizar la sociedad y gobernarla a largo plazo. Siempre fracasa,
ya se le detenga en seco —como ocurrió en Cable
Street—,
que se le derribe tras una larga lucha —como cuando cayó el
Reichstag— o que se le soporte mediante un sacrificio heroico hasta
lograr derrocarlo —como sucedió en España—. En Estados Unidos,
el reloj ha superado con creces el momento de Cable
Street,
pero aún no ha marcado la hora de obligar a toda resistencia a pasar
a la clandestinidad. Las tradiciones de resistencia en esta tierra
son anteriores a la existencia misma del país; un país nacido de la
rebelión y de la apropiación de dicha rebelión por parte de
terratenientes y comerciantes. El legado que nos dejaron los esclavos
rebeldes y los cimarrones, los pueblos indígenas que defendieron sus
tierras frente al colonialismo, los trabajadores en huelga que
mantuvieron barricadas en nuestras ciudades, los manifestantes por
los derechos civiles, el movimiento antibélico, nuestras madres
feministas y nuestros mayores queer:
nada de esto será fácil de desarraigar. Aquí, en el Medio Oeste,
el fuego es parte natural de nuestro paisaje. Arrasa las praderas y
puede devorarlo todo a su paso, dejando tallos ennegrecidos que se
pudren sobre la capa superficial del suelo. Pero la pradera posee
raíces profundas y semillas que se nutren de las cenizas; siempre
vuelve a brotar” concluye Doyle.
Fuente:
El
Salto