jueves, 25 de junio de 2026

EEUU y el proyecto sionista tras la guerra contra Irán: su nuevo Oriente Medio (el de siempre) o el caos

 

      Arabista en la Universidad Autónoma de Madrid.


A pesar de los reveses, los mandamases israelíes no han renunciado a su gran proyecto de Oriente Medio, con su ruta comercial entre la India y Europa dirigida desde Tel Aviv y los estados árabes y musulmanes paciendo dócilmente de los llamados acuerdos de Abraham


Trump participa en una conferencia de prensa bilateral con Benjamin Netanyahu, el lunes 29 de diciembre de 2025.


     Durante el nuevo capítulo de este esperpento llamado proceso de negociación entre Irán y Estados Unidos —ahora en Suiza desde la tercera semana de junio— estamos asistiendo a una escenografía habitual. La conocemos desde que el ejército de Washington y su aliado el régimen de Tel Aviv dijeron detener los ataques contra objetivos iraníes el pasado mayo: la confusión. Los negociadores de Teherán ya ni se inmutan cuando escuchan las declaraciones de los representantes de la Administración estadounidense, o sus medios de comunicación, o las sandeces incontenidas del fantoche de presidente que tienen, hablando de que los iraníes han aceptado esto o aquello; o que les van a fulminar como no hagan así o asá; o que la guerra la han ganado ellos y tienen derecho a imponer sus condiciones.

Un día te sacan un memorando de 14 puntos, con unas cláusulas aparentemente claras, y al día siguiente te salen con interpretaciones y lecturas sorprendentes de lo que días atrás habían dado por evidente.


Trump firma el memorándum de entendimiento con Irán delante del presidente francés, Emmanuel Macron.

Aquel memorando había servido, dijeron la semana pasada, para poner fin a la contienda; hoy, sus negociadores lo están utilizando para retorcer el sentido de las palabras, volver a discusiones que se creían superadas y, en definitiva, alimentar este magma de caos e incertidumbre en que la política de EEUU ha convertido Oriente Medio.

Puede debatirse por extenso si Washington, y el repelente niño Vicente de Oriente, el régimen de Tel Aviv, han perdido o no la guerra que iniciaron contra Irán el 28 de febrero pasado.


Ataque aéreo israelí contra Teherán (24-06-2025).

Lo que está fuera de toda duda es que no la han ganado. Lo que se presentaba como un paseo imperial de F-15, 16, 32 y compañía, de drones de ultimísima gama y hasta comandos de robocops y másteres del universo haciendo picnics y fotos chic en los “secretísimos” almacenes nucleares subterráneos de los iraníes devino en colosal chasco. Uno escucha la farfolla petulante de su turbio e insufrible presidente, propagada por las redes y sus apariciones en la Casa Blanca cual diarrea colérica estival, e imagina que obtuvieron un éxito total, habiendo destruido todo el ejército, toda la armada y toda la reserva balística de los iraníes.

Pero la realidad, maquillada por los medios de comunicación occidentales, en su gran mayoría sometidos a los dictados ideológicos de sus patrones prosionistas y “neoliberales” (suponiendo que alguien sepa lo que significa eso), cuenta otra cosa. Teherán no solo fue capaz de contener la embestida sino que neutralizó las bases estadounidenses en los países del Golfo, restringió la libertad de movimientos de los aviones de última generación de Washington y obligó a sus gigantescos portaaviones a buscar resguardo lejos del Estrecho de Hormuz.

EE UU no sólo ha sufrido un menoscabo evidente de su imagen de gran potencia militar y económica; su capacidad para seguir liberando eso que llaman el “mundo libre” (que tampoco sabemos lo que es) ha quedado reducida, disputada en Europa incluso por quienes se pensaba eran sus principales aliados. Las petromonarquías árabes, cuyas dinastías reinantes han fiado durante décadas su estabilidad al apoyo militar y diplomático de Washington, se preguntan hoy de qué sirve invertir miles de millones en compras jugosas de armamento e inversiones millonarias en suelo estadounidense si ni las bases ni los contingentes armados de aquella son capaces de librarles de los bombardeos de un hatajo de ayatolás locos, primitivos y rencorosos.

Grandes naciones de esas que llaman “emergentes” como la India sienten que las consecuencias de esta guerra que casi nadie ha comprendido las han terminado pagando ellos. Los indios, al igual que los japoneses, los coreanos, los filipinos y el resto de naciones extremo asiáticas, perciben que ellos, junto con los emiratos, reinos y sultanatos de la Península arábiga, son los grandes paganos de la astracanada iraní. El cierre de Hormuz y el corte de las rutas marítimas hacia el Índico, no sólo para los flujos de petróleo y gas, ha derivado en cortes de suministro a la población, el repunte de los precios y deterioro de la actividad industrial. Los segundos, con Emiratos Árabes Unidos a la cabeza, han tenido que cerrar empresas y renunciar temporalmente a su sueño de convertir la región del Golfo en un santuario turístico. Sus depósitos y petroleros siguen languideciendo, cargados de toneladas de crudo. Unos y otros se preguntan si con protectores como EE UU, a la postre tan poco fiables, no valdrá más entenderse con Irán; o con China, el exitoso convidado de piedra de esta nueva bufonada imperial.

Pero los reveses militares no constituyen, aún, impedimento para que los dirigentes estadounidenses intenten lograr los mismos objetivos por otros medios. Para eso están las negociaciones y procesos de paz, para embarrarlos, llenarlos de trampas, marcar las cartas para que la última palabra esté siempre de nuestro lado. El citado memorándum de los 14 puntos incluía en el primer párrafo, y repetido, que las hostilidades cesarían en todos los frentes, incluido el libanés.


Una madre y su hijo observan el bombardeo de su barrio, en el centro de Beirut, el 12 de marzo.

El régimen de Tel Aviv ha seguido extendiendo sus posiciones en el sur de Líbano, sin dejar de bombardear localidades del centro del país.


Un residente de Nabi Chit pasea por el centro de la localidad, convertido ahora en un escenario de ruinas y soledad.

Ahora los negociadores estadounidenses sostienen que mientras Hezbolá “siga por allí” los israelíes tienen derecho a llevar a cabo tales acciones. Pero el caso es que el memorando en cuestión no dice eso, sino que insiste en el cese de hostilidades, sin más.

La lectura creativa de los acuerdos y supuestos entendimientos se ha convertido en arte para los mediadores estadounidenses y sus protegidos en Tel Aviv. Si un papel dice que se levantarán las sanciones a Irán, inmediatamente después de declararse el alto el fuego, un negociador te dice después que sí pero que hay que negociarlo antes. Y esto aplica al resto de supuestos puntos acordados. El caos, el ruido, la confusión, la defenestración de las instituciones y organismos internacionales que ellos mismos habían creado para asegurar la hegemonía occidental… todo eso constituye hoy la principal baza de capitalismo sionistoide actual para continuar manipulando la región más sensible del planeta.

Casi nadie  se acuerda de Gaza pero allí, tras otra campaña militar que no resultó tan exitosa como esperaban, el régimen de Tel Aviv está asfixiando poco a poco a la población, obligándola a morir de hambre y asco o a marcharse. Nadie estamos haciendo nada para evitarlo; y la tragedia la escribieron quienes impusieron el pretendido acuerdo de paz que detuvo, dicen, el “genocidio” perpetrado por el régimen de Tel Aviv.

Las hordas israelíes siguen haciendo sitio para, quién sabe, posibles asentamientos en el sur de Líbano, también con entendimientos y negociaciones con el gobierno de Beirut. Las incursiones de esas mismas tropas en territorio sirio están dando lugar a “nuevas realidades sobre el terreno”, como dicen los prebostes del sionismo colonialista actual —eufemismo para adquisiciones territoriales—; a pesar de los reveses, los mandamases israelíes no han renunciado a su gran proyecto de Oriente Medio, con su ruta comercial entre la India y Europa dirigida desde Tel Aviv y los estados árabes y musulmanes paciendo dócilmente de los llamados acuerdos de Abraham o “normalización” diplomática.

Sin embargo, las estrategias del caos, la confusión y el cisco tienen sus riesgos. Como nadie imagina qué ocurrencia vas a tener dentro de cinco minutos ni con quién estás negociando ni sobre qué, ni tampoco si lo que afirmas es verdad, los aliados del presidente estadounidense se impacientan. Los rifirrafes con el primer ministro israelí o destacados representantes del régimen israelí son, evidentemente, parte de la escenografía de una confusión teledirigida; pero revelan, asimismo, carencia de fe en este maquiavélico juego. Trump no se aleja mucho de la verdad cuando dice que su segunda elección como presidente pulverizó registros de popularidad, votos y dominio en el poder legislativo y ejecutivo pocas veces vistos en EE UU; pero calla, porque desea hacer encallar a los suyos en una realidad paralela virtual, que en sólo un año y medio de mandato ha acelerado el declive de su programa hegemónico.

El mundo no ha hecho nada para evitar los crímenes del evangelismo sionista en Palestina, cierto, pero cada vez hay más voces que hablan abiertamente del carácter colonialista racista de la ocupación del territorio palestino. Parece poco pero hace veinte o incluso diez años la narrativa pro sionista gozaba de una supremacía en los grandes medios y ámbitos sociales occidentales que ya se está viendo contestada.

El farandulismo del presidente estadounidense, sus mentiras, su zafiedad, su ineptitud, está avivando el “peligro” del socialismo estadounidense (otra cosa ignota), en forma de candidatos políticos que, en sitios tan revolucionarios como Nueva York, hablan de colectivizar la riqueza y enfrentarse al sionismo depredador. La perla de este trumpismo desbocado —o el estado profundo estadounidense se quita de en medio a este pelele con ínfulas o el imperio no les dura una década— es la emergencia de una potencia regional inusitadamente altanera como es Irán, que se permite cosas nunca vistas como retirarse de las negociaciones o cerrar y reabrir según le convenga la ruta marítima más importante del planeta. El nuevo oriente soñado, rendido a las transacciones del gran capital y la ideología de un sionismo-neo cristiano, ha sufrido un duro golpe. Nos queda, empero, el festival de la farfolla y la confusión.


Fuente: El Salto

miércoles, 24 de junio de 2026

Perú: ¿cómo robar una elección?

 

 De La Línea   
      Comunicacion popular e independiente en Perú.


A la fecha, el poder electoral ha anunciado que los resultados finales estarán listos para la quincena de julio, pocos días antes de juramentar el nuevo presidente, el cual por mandato constitucional debe ser el 28 de julio


Keiko Fujimori y Roberto Sánchez disputaron la segunda vuelta de la elección presidencial de Perú el pasado 7 de junio, aún no se dan los resultados finales.


     Domingo 7 de junio de 2026: 9:00 pm. Un grito de alegría sacudió el local del partido Juntos por el Perú, ubicado en el centro de Lima. Los resultados de los conteos rápidos de las encuestadoras Ipsos y Datum confirmaban de forma unánime la victoria de Roberto Sánchez, con una ajustada ventaja del 0,6%. Para miles de ciudadanos, el revés electoral de Keiko Fujimori —su cuarta derrota— significaba el cierre de un ciclo político de alta tensión y represión, agudizado tras el golpe contra el expresidente Pedro Castillo.

Estas elecciones generales en Perú no se desarrollaban en condiciones de saludable democracia. Por el contrario, el escenario electoral fue previamente amañado por la coalición golpista y mafiosa que, desde el 7 de diciembre del 2022, capturó los poderes del Estado. Meses antes de la elección, candidatos ajenos al sistema político fueron inhabilitados como fue el caso de los expresidentes Martín Vizcarra y Pedro Castillo.

Asimismo, aprovechando el viraje parlamentarista del sistema político, partidos con preponderancia en el Congreso como los derechistas Fuerza Popular y Alianza Para el Progreso, avanzaron capturar las instituciones electorales. Siempre con la venia de presidentes títeres como Dina Bolaurte, José Jerí y José María Balcazar.

Como parte de esta estrategia de control institucional, la coalición golpista consolidó su influencia sobre la Junta Nacional de Justicia (JNJ), entidad encargada de designar a los miembros del Jurado Nacional de Elecciones (JNE). En una rápida resolución, la JNJ nombró a José Burneo como presidente del JNE, designación severamente cuestionada por sus presuntos vínculos con las mayorías derechistas del Parlamento.

La tensión institucional escaló en abril de 2026, durante el escrutinio de la primera vuelta, cuando el jefe de la Oficina Nacional de Procesos Electorales (ONPE), Piero Corvetto, presentó su renuncia tras las reiteradas acusaciones de fraude formuladas por el candidato ultraderechista Rafael López Aliaga.

A pesar de dicho escenario viciado, las fuerzas del campo popular lograron cohesionarse en torno a la candidatura de Roberto Sánchez. Con todo el poder del establishment en contra, Sánchez tenía reales opciones de ganar. Al anunciarse las cifras del conteo rápido, el comando de campaña estalló entre abrazos, felicitaciones y consignas de victoria. En un ambiente de alivio, todos se fueron a dormir sin saber que los resultados iban a ser revertidos las próximas horas.

Saturar la opinión pública; maquinaria mediática y ejercito de trolls

Sin duda, un factor clave para reducir el margen de victoria de Sánchez fue la saturación de la opinión pública. Durante el proceso electoral y en especial durante la segunda vuelta, el sesgo informativo contrario a Roberto Sánchez fue descarado.





El mensaje central de grupos empresariales de televisión y prensa era presentar al candidato de Pedro Castillo como la amenaza comunista que alteraría la estabilidad del país, vinculando al partido con el terrorismo de los grupos armados de los 90 (Sendero luminoso, MRTA) o el radicalismo de Antauro Humala. En contraste, Keiko Fujimori era presentada como la candidata del orden, que seguiría la ruta del crecimiento económico y la mano dura frente a problemas como la delincuencia.




El bombardeo informativo fue tal que la Misión de Observación Electoral de la Unión Europea (MOE-UE) concluyó que la mayoría de los medios privados nacionales mostraron un marcado sesgo y una cobertura desigual. Su monitoreo determinó que este comportamiento afectó el derecho al voto informado, evidenciando un trato favorable hacia Keiko Fujimori y un tratamiento sistemáticamente negativo hacia Roberto Sánchez.

En concreto señalan un desequilibrio en cobertura pues el 70% del contenido emitido en medios privados tuvo un tono negativo hacia Roberto Sánchez, mientras que la cobertura sobre Keiko Fujimori fue en un 96% neutral o positiva.

Otra frente de saturación informativa fueron las redes sociales en especial el ejercito internacional de trolls implementado por el fujimorismo.




Como informa el portal El Foco durante la segunda vuelta operó desde Estados Unidos, Ecuador, México y Venezuela una telaraña de cuentas anónimas que hicieron campaña a favor de Keiko Fujimori y atacaron a Roberto Sánchez


Empresas, webs, cuentas y responsables documentados.
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Al menos cinco empresas internacionales, estuvieron involucradas para favorecer a Keiko Fujimori y sabotear a Roberto Sánchez, invirtiendo US$200,000 en redes sociales, ayudando decisivamente a que la candidata de Fuerza Popular gane la elección presidencial.


Las empresas, las personas y sus vínculos.



De dónde vienen los administradores de las páginas.

Las encuestadoras jugaron su propio partido en la batalla (des) informativa. El domingo 7 de junio, IPSOS y Datum emitieron los resultados de su conteo rápido dando como ganador a Roberto Sanchez. En el caso de IPSOS, su conteo rápido se realizó en conjunto con la ONG Transparencia Internacional y el National Democratic Institute, vinculado a la National Endowment for Democracy (NED) y no ha fallado desde el 2001.

Extrañamente, el 8 de junio temprano el mismo director de IPSOS Alfredo Torres, violó la norma contractual de confidencialidad con sus financistas y apareció en televisión afirmando que su conteo se equivocaba y que en nuevos escenarios estadísticos que ponderaban mejor el voto de peruanos en el exterior, Keiko tenía más probabilidad de ganar. Apenas dos días después de la elección, los medios de comunicación y las redes posicionaron la matriz de opinión que Fujimori ganaría gracias a los votos del exterior. Y así siguió el plan.

Fraude en la votación de los peruanos en el exterior

Las irregularidades en la elección peruana que configuran un fraude, tienen que ver prioritariamente con los votos de los peruanos en el exterior.

La votación de los peruanos en el exterior está a cargo de la Cancillería y no de los organismos electorales, por lo que el rol del Canciller y los cónsules resulta clave. En tal sentido, llama la atención que el 24 de abril de 2026 el presidente encargado José Balcazar, presionado por el Fujimorismo y las fuerzas de derecha, designó a Carlos Pareja como Canciller. Este diplomático, conocido por su afinidad ideológica con Fuerza Popular y la ultraderecha latinoamericana, sería la pieza clave en la manipulación del voto de los peruanos en el exterior.

Justamente, una semana antes de la segunda vuelta, a solicitud del nuevo canciller, la ONPE emitió una directiva cambiando las reglas para el voto fuera del país. Entre los cambios más controversiales de la nueva norma, se ordenaba que las actas no sean digitalizadas y enviadas de inmediato al organismo electoral en Lima, sino que debían ser trasladadas en físico para luego ser procesadas en territorio nacional.

El día de la elección se reportaron múltiples denuncias en los centros de votación del exterior: fusión de mesas, proselitismo a favor de Keiko Fujimori, parcialización de los consulados y suplantación de votos. En países con alta población electoral como Argentina, la cancillería retrasó escandalosamente el traslado de las actas para que llegaran al límite o fuera del tiempo legal permitido para observar o impugnar el material.

Los centros de votación en muchos países resultaron ser un territorio controlado por la maquinaria fujimorista. Si Roberto Sánchez ganó en el territorio nacional, fue también gracias a los personeros acreditados por el partido que participaron en la defensa del voto. Sin embargo, en el exterior, Juntos por el Perú (JP) carecía de un despliegue similar.

Estas jugadas en pared entre los poderes del Estado y el partido Fuerza Popular han logrado revertir el resultado y apagar los primeros gritos de victoria de Juntos por el Perú. A partir de este momento, el resultado final dejó de ser producto de la votación de los ciudadanos para convertirse en una batalla jurídica. Y en este terreno, JP libra la batalla con desventaja.

Por una parte, los poderes electoral, judicial y constitucional han sido nombrados o cooptados por el fujimorismo. Por otra parte, impugnar cuesta dinero y JP no cuenta con suficientes recursos propios.

Para recaudar fondos, Roberto Sánchez hizo un llamado a la solidaridad nacional y logró reunir una parte de la suma necesaria para impugnar mesas en Lima y Estados Unidos donde se denunciaron irregularidades. Sin embargo, luego de cobrar los 210 mil dólares correspondientes a la impugnación de estas mesas, el JNE desestimó en tiempo récord el pedido de Juntos por el Perú.

A la fecha, el poder electoral ha anunciado que los resultados finales estarán listos para la quincena de julio, pocos días antes de juramentar el nuevo presidente, el cual por mandato constitucional debe ser el 28 de julio.

Juntos por el Perú ha convocado marchas para la defensa del voto y condicionado el reconocimiento del resultado al esclarecimiento de las denuncias sore la transparencia de los votos en el exterior. Hasta la fecha, ni Cancillería, ni el poder electoral han aportado una repuesta contundente que podria disipar las dudas y asegurar la legitimidad del proximo presidente del Perú.


Fuente: Diario Red

martes, 23 de junio de 2026

Ucrania, Europa y la seguridad mundial

 

      Fue corresponsal de La Vanguardia en Moscú, Pekín y Berlín. Autor de varios libros; sobre el fin de la URSS, sobre la Rusia de Putin, sobre China, y un ensayo colectivo sobre la Alemania  de la eurocrisis.


El artículo del ministro de exteriores ruso que no se publicó en Bruselas


     El 19 de junio, el ministro de exteriores ruso escribió un artículo para la revista Politico-Europe, con sede en Bruselas, pero, tras una decisión de última hora del equipo editorial su publicación se canceló.


El artículo de S.V. Lavrov estaba previsto inicialmente para su publicación en la revista europea Politico Europe, pero en el último momento, por decisión de los editores, se canceló la publicación.

En el, Sergei Lavrov respondía a las resoluciones de la cumbre de las tres principales potencias europeas, Alemania, Inglaterra y Francia sobre el conflicto de Ucrania, resoluciones que describe como un ultimátum.


La guerra, que Rusia ni quiere ni ha buscado, no debe ser el futuro de Europa.


Lavrov dice que “Rusia no se opone a mantener contactos con ninguna de las partes, sin embargo consideramos que Europa es una parte empeñada en la derrota de Rusia, por lo que el diálogo con Europa no puede llevarse a cabo como si se tratara de un observador imparcial”. “El verdadero objetivo de los líderes europeos no es negociar con Rusia sino fortalecer el régimen de Zelensky y preservarlo como plataforma de lanzamiento para una confrontación continuada contra Rusia. Con esto en mente, los líderes europeos se apresuran a conseguir un alto el fuego lo antes posible y por una única razón: evitar el colapso de las Fuerzas Armadas de Ucrania en el campo de batalla”.

Si los periodistas de los medios europeos hicieran su trabajo, la posición rusa en el conflicto con la OTAN en Ucrania se conocería, pero no es el caso. La mayoría de ellos se ha puesto el uniforme de camuflaje dispuestos a servir en la cruzada bélica que se prepara. Defienden la ficción de que Ucrania está dando un vuelco a la guerra, silencian las muertes de civiles en la retaguardia rusa ocasionadas por armas fabricadas, donadas o financiadas por los países europeos que abren diariamente los informativos en Rusia y se suman a la cruzada informativa.

Los tres líderes de las principales potencias europeas, unidos por un desprestigio interno superior al 70% sin precedentes, están conduciendo a sus países a un conflicto directo con Rusia sin pensar por un momento en sus consecuencias. El rearme y la guerra son hoy el extremo recurso de cohesión de una Unión Europea ciega, dividida y en profunda crisis interna.

Autor: Sergei Lavrov

En una reunión celebrada en Londres el 7 de junio de 2026, los líderes de Gran Bretaña, Francia y Alemania, así como Vladimir Zelensky, establecieron cinco condiciones previas para que Rusia garantice una «paz justa y duradera» en Ucrania. La Europa unida presenta ahora esta lista de exigencias como base para el diálogo con Moscú.

Antecedentes

Más de dos décadas de negociaciones con Europa, como parte del Occidente colectivo, solo permiten llegar a una conclusión: entablar un diálogo con Rusia ha servido de cortina de humo diplomática para la expansión geopolítica de las instituciones occidentales —sobre todo la OTAN y la Unión Europea— hacia el este, hasta las mismas fronteras de Rusia.

La complicidad de Europa en el agravamiento de la crisis ucraniana es innegable. Junto con Estados Unidos, los países europeos orquestaron la Revolución Naranja en Kiev en 2004. Para crear una cabeza de puente antirrusa en Ucrania, pasaron años sobornando a políticos y a partidos enteros, reescribiendo la historia y los planes de estudios, cultivando y alimentando el nacionalismo ucraniano, y no escatimaron esfuerzos para alejar a Ucrania de Rusia.

En 2013, la Unión Europea rechazó de plano nuestra propuesta de compromiso sobre el acuerdo de asociación —un acuerdo que Bruselas llevaba mucho tiempo presionando a Víktor Yanukóvich para que firmara—. Vale la pena recordar que a Ucrania se le ofreció una apertura unilateral del mercado, sin compromisos recíprocos, unas condiciones que habrían resultado incompatibles con la permanencia de Kiev en la zona de libre comercio de la CEI. Cuando Víktor Yanukóvich solicitó un aplazamiento, los europeos incitaron a disturbios callejeros que se convirtieron rápidamente en un golpe de Estado en Kiev en febrero de 2014.

Alemania, Francia y Polonia demostraron entonces ser igualmente traicioneras. Tras haber garantizado que se respetaría el acuerdo alcanzado entre la oposición y Víktor Yanukóvich, se lavaron las manos en el instante en que esa misma oposición, fruto de su propia obra, tomó el poder. «La democracia», dijeron encogiéndose de hombros, «da giros inesperados».

A partir de entonces, Europa prestó su apoyo a las nuevas autoridades. En Odesa, el 2 de mayo de 2014, el hecho de que decenas de inocentes partidarios de estrechar los lazos con Rusia fueran quemados vivos no suscitó ni una sola palabra de condena por parte de las capitales europeas.

Como cogarantes de los Acuerdos de Minsk de 2015, Francia y Alemania animaron de hecho al régimen ucraniano a sabotear sus propios compromisos. Tal y como admitieron posteriormente Angela Merkel y François Hollande —una vez que la operación militar especial ya había comenzado—, la aplicación por parte de Kiev de los Acuerdos de Minsk, aprobados por unanimidad por el Consejo de Seguridad de la ONU, nunca fue una intención genuina. El objetivo, admitieron, era simplemente ganar tiempo: reforzar las Fuerzas Armadas de Ucrania e inundarlas de armamento occidental.

Rusia, por su parte, exploró todas las vías diplomáticas para calmar la crisis de seguridad en Europa. Sin embargo, en enero de 2022, Estados Unidos y la OTAN rechazaron la propuesta rusa de garantías de seguridad mutuas jurídicamente vinculantes. Los miembros europeos de la OTAN respaldaron activamente ese rechazo.

Tras el inicio de la operación militar especial, la Europa unida respaldó los esfuerzos del primer ministro británico por sabotear las negociaciones de Estambul entre Rusia y Ucrania. El llamamiento de Boris Johnson a Kiev —«no firméis nada, simplemente luchad»— cerró de golpe la puerta a una diplomacia auténtica en un futuro previsible.

Situación actual

Entonces, ¿qué ha llevado a los líderes europeos a cambiar repentinamente su retórica y empezar a hablar de negociaciones, y qué pretenden conseguir con estas declaraciones? Por ejemplo, la jefa de la diplomacia de la UE, Kaja Kallas, ha declarado que el objetivo de cualquier diálogo con Rusia es imponer las condiciones de Europa. Entre ellas se incluyen: el pago de «reparaciones» a Ucrania; la retirada de tropas de Transnistria y del Cáucaso Meridional; la derogación de la ley de «agentes extranjeros»; y la aceptación de límites estrictos al tamaño de las Fuerzas Armadas de la Federación Rusa. Según su planteamiento, «no puede haber una paz justa y duradera sin que Rusia rinda cuentas».

Durante la sesión del Consejo de Seguridad de la ONU del 19 de mayo de 2026, un representante de la UE lo dejó claro de forma inequívoca: «apoyar militarmente a Ucrania no contradice la búsqueda de la paz, sino que constituye un requisito previo fundamental para cualquier negociación creíble y de buena fe».

El plan de Europa consiste en dialogar con Rusia y, al mismo tiempo, seguir adelante con una campaña de guerra jurídica orquestada a través del Consejo de Europa. Dentro de esta organización, que en su día fue respetable, se está creando toda una infraestructura con el propósito expreso de «hacer que Rusia rinda cuentas»: un Registro de Daños, una Comisión de Reclamaciones y un Tribunal Especial.

La Unión Europea también ha dado luz verde a la detención de buques mercantes en alta mar. Ya se han producido varios incidentes en el Báltico y en el Atlántico. Al mismo tiempo, Occidente desvía cuidadosamente la mirada de los actos terroristas de sabotaje perpetrados por las Fuerzas Armadas de Ucrania en el mar Negro y el mar Mediterráneo.

El verdadero objetivo de los líderes europeos, por tanto, no es negociar con Rusia. Es fortalecer el régimen de Zelensky y preservarlo como plataforma de lanzamiento para una confrontación continuada contra Rusia. Con esto en mente, los líderes europeos se apresuran a conseguir un alto el fuego lo antes posible y por una única razón: evitar el colapso de las Fuerzas Armadas de Ucrania en el campo de batalla. El plan consiste en «congelar» el conflicto sin abordar sus causas fundamentales y, a continuación, desplegar rápidamente contingentes militares de la «coalición de voluntarios» anglo-francesa en territorio ucraniano.

Es de sobra conocido que las élites europeas han invertido su «capital político» en el enfrentamiento con Rusia, destinando cientos de miles de millones de dólares a apuntalar el régimen de Kiev y a aumentar los presupuestos militares de los Estados miembros de la UE y de la OTAN. Europa se ha fijado ahora como objetivo alcanzar la «preparación defensiva» frente a Rusia para 2030. Hasta entonces, pretenden ganar tiempo por todos los medios a su alcance. En unas declaraciones sorprendentemente sinceras realizadas este mes de abril, el jefe del Estado Mayor belga lo expresó sin rodeos: «Todavía nos quedan unos años. Gracias al valor y a la sangre de los ucranianos, que nos están ganando ese tiempo».

La Europa unida sigue soñando con la expansión. Pretende absorber a Ucrania y Moldavia, al tiempo que atrae a Armenia a su esfera de influencia. La OTAN ya se ha expandido hacia el este, incorporando a Finlandia y Suecia. En cuanto a Ucrania, se la considera cada vez más como el «puño de ataque» de una futura fuerza militar europea, independiente de Estados Unidos y de la OTAN.

Riesgos para la seguridad mundial

Esta situación plantea graves amenazas para la seguridad mundial. Un enfrentamiento directo entre la OTAN y Rusia podría derivar rápidamente en un intercambio de ataques nucleares, con consecuencias catastróficas.

Bajo la bandera de la «autonomía estratégica», Europa está siendo testigo de un importante refuerzo de sus capacidades militares, incluso en el ámbito nuclear. La intención de París de extender su «paraguas nuclear» a varios Estados miembros de la UE y de la OTAN es motivo de profunda preocupación. Esto no contribuirá en absoluto a reforzar la seguridad de la propia Francia ni la de los destinatarios de su supuesta protección.

A pesar de todo ello, la clase política y militar europea sigue atribuyendo a Rusia planes agresivos —planes que, según afirman, van mucho más allá de Ucrania—. El presidente ruso ha declarado en numerosas ocasiones que todo esto son tonterías, provocaciones y desinformación, todo ello con el único objetivo de obtener fondos presupuestarios para la lucha contra Rusia. Ese no es precisamente el clima adecuado para un diálogo sustantivo.

La posición de Rusia

En cuanto a las negociaciones, Vladímir Putin reiteró en el Foro Económico Internacional de San Petersburgo que Rusia no se opone a mantener contactos con ninguna de las partes. Sin embargo, consideramos que Europa es una parte empeñada en la derrota de Rusia —una postura que los propios europeos reconocen abiertamente—. Por lo tanto, el diálogo con Europa no puede llevarse a cabo como si se tratara de un observador imparcial.

Rusia preferiría alcanzar los objetivos de la operación militar especial por la vía diplomática. Para ello es necesario garantizar de forma fiable la seguridad a lo largo de las fronteras occidentales de Rusia y asegurar el respeto y la dignidad de nuestros ciudadanos y compatriotas, incluido el derecho a hablar su lengua materna, el ruso, y a practicar la fe cristiana ortodoxa. Una mayor expansión militar, política y económica por parte de Occidente es inaceptable: va en contra de los imperativos de un mundo multipolar.

Los líderes europeos deberían reconocer que el modelo de seguridad regional construido en Europa a lo largo de décadas, desde la adopción del Acta Final de Helsinki en 1975, ha sido destruido por sus propias manos. Y nunca se restablecerá. Ahora debemos avanzar hacia la creación de una arquitectura de seguridad a escala continental, abierta a todos los países euroasiáticos y que refleje la realidad multipolar actual.

El principio de seguridad igualitaria e indivisible, pisoteado por los euroatlantistas, puede plasmarse en una nueva arquitectura euroasiática. Cuando llegue el momento oportuno, también Europa podrá sumarse a este gran esfuerzo.

La clave es que un diálogo significativo requiere restablecer la confianza, que quedó destrozada por las acciones antirrusas de Occidente —y de Europa como parte de él— en la era posterior a la Guerra Fría. La confianza solo puede recuperarse mediante medidas concretas que demuestren un compromiso sincero de dejar de utilizar la diplomacia como tapadera para ambiciones expansionistas. La confianza no puede restablecerse, ni puede reanudarse el diálogo, mediante ultimátums como el que se lanzó a Rusia en Londres el 7 de junio de 2026.


P. D.: Cabe destacar que el ultimátum de Londres fue reafirmado de manera inequívoca por los embajadores de Gran Bretaña, Francia y Alemania en la reunión celebrada en el Ministerio de Asuntos Exteriores ruso el 11 de junio de 2026, una reunión que ellos mismos habían solicitado con tanta insistencia. Ese fue el único propósito de su visita al Ministerio.



Del blog personal de

Rafael Poch-de-Feliu

domingo, 21 de junio de 2026

La rendición

 

 Por Antonio Turiel   
      Físico, matemático y experto en energía. Trabaja en el Instituto de Ciencias del Mar del CSIC.



     Aprovechando la invitación del presidente Emmanuel Macron de visitar el palacio de Versalles después de la cumbre del G7 en Évian, Donald Trump firmó físicamente el Acuerdo de Entendimiento (Memorandum of Understanding) con Irán para poner fin a las hostilidades bélicas que comenzaron hace más de tres meses.


Trump y Pezeshkian firman el acuerdo entre EE.UU. e Irán.

El anuncio la semana pasada de que se había llegado a este Acuerdo disparó las bolsas e hizo bajar el precio del petróleo. El Brent se mantiene desde entonces en la raya de los 80$. Los analistas se felicitan por el acuerdo y se preparan para una inundación de petróleo que hará bajar el precio hasta valores no vistos en años y a un boom económico que dejará detrás todos los malos augurios. Las preocupaciones se despejan y los noticiarios se centran en las cuestiones más locales (sin necesidad de seguir forzando el foco de atención lejos del conflicto central ahora mismo), como los continuos casos de corrupción o, en clave más ligera, los mejores destinos para pasar las vacaciones.

Hay, sin embargo, un problema con esta narrativa: es total y radicalmente mentira. En realidad, nada ha cambiado. La situación sigue siendo terrible y seguimos yendo rumbo a estrellarnos con graves problemas de abastecimiento en las próximas semanas y meses. Incluso en el mejor de los escenarios posibles, se necesitan muchos meses para poder volver a algo que se parezca a la situación anterior, y no tenemos tanto tiempo. Pero es que tampoco estamos en el mejor escenario posible.

Empecemos por lo más básico: no se ha firmado un Acuerdo de Paz. Lo que se ha firmado es un Acuerdo de Entendimiento. Es decir, un compromiso de negociar un Acuerdo de Paz durante los próximos 60 días, que son prorrogables si las dos partes así lo deciden. Durante estos 60 días, ambas partes deben mostrar actos de buena voluntad que certifiquen que realmente quieren llegar un acuerdo.

Pero hay muchos elementos que hacen del Acuerdo algo muy frágil. Para empezar algo muy básico: Israel, con quien EE.UU. empezó esta guerra, no participa de él. Y para el actual gobierno de Israel las condiciones del Acuerdo son completamente inaceptables, porque impone no solo la imposibilidad de atacar a Irán, sino también a otros países como Líbano. Para el alucinado gobierno de Benjamín Netanyahu, la única salida aceptable de esta guerra es con el hundimiento del régimen de los ayatolás, y por eso este Acuerdo es una claudicación en una condición no negociable (y si la guerra acabase en falso, Netanyahu tendría que hacer frente a múltiples frentes domésticos que podrían acabar haciendo caer su gobierno). De hecho, los bombardeos de primera hora de hoy en Líbano causaron que Irán volviera a cerrar el estrecho de Ormuz por unas horas.

Tampoco el acuerdo es aceptable para los sectores más duros de los EE.UU. Las condiciones del Acuerdo de Entendimiento que se ha difundido se parecen más a una rendición incondicional de los EE.UU. que a otra cosa. De entrada, los EE.UU. retiran su bloqueo naval a Irán y levantarán todas las sanciones contra ese país y desbloquearán todos los activos congelados que tiene en el extranjero. Además, EE.UU. se compromete a no interferir ni políticamente ni militarmente en Irán. Por último, los EE.UU. organizarán un fondo de 300.000 millones de dólares de lo que solo puede calificarse como de reparaciones de guerra. Por la parte de Irán, tan solo se compromete a no desarrollar una bomba atómica (cosa que Irán siempre ha dicho que no quiere hacer, sus líderes religiosos han prohibido en más de una ocasión que Irán intente tener tal arma demoníaca), a entablar conversaciones más adelante sobre el uranio enriquecido y a permitir el libre paso por Ormuz durante 60 días (pero después de esos 60 días establecerá un sistema de peaje, con lo que se encarecerá para siempre el transporte por esa zona e Irán tendrá ingresos extra permanentemente).

Fíjense que con este acuerdo, EE.UU. básicamente no solo fracasa en los objetivos que se fijó cuando inició la operación militar, sino que marcan un retroceso, una nueva situación peor que la de partida que explicita un debilitamiento estructural de la hegemonía de los EE.UU. en la zona y por extensión en el mundo. La mayoría de las bases militares de los EE.UU. en los países vecinos a Irán han sido destruidas o están gravemente dañadas, y de hecho la mayoría no volverán a abrir - vista su nula eficacia militar y el riesgo de mantener objetivos tan vulnerables y económicamente costosos. Los países aliados de los EE.UU. en la región han confirmado que no solo EE.UU. es impotente militarmente frente a Irán, sino que a la hora de la verdad no les da suficiente protección (todos han sufrido graves daños en infraestructuras clave) y encima a la primera de cambio les deja en la estacada, huyendo de la escena. Seguramente todos ellos estarán tomando nota y en el futuro reconfigurarán sus alianzas siguiendo nuevos ejes (por ejemplo, el BRICS+). Por último, el fondo de reparación de nada más y nada menos de 300.000 millones de dólares supone reconocer lo injusto de la agresión inicial y la obligación moral de la reparación del daño, y muy probablemente va a ser sufragada por los aliados de EE.UU.

Como todo lo que rodea a Donald Trump tiene ese tono zafio y grotesco que le es tan característico, es difícil de saber si la elección de Versalles para firmar el Acuerdo de Entendimiento se hecho por torpeza extrema o con una astucia realmente diabólica. Versalles fue la cuna del infame Tratado de Versalles de 1919, por el cual las potencias aliadas, y particularmente Francia, impusieron a Alemania unas condiciones de resarcimiento por la Primera Guerra Mundial absolutamente ignominiosas y abusivas, y que en mucho favorecieron no solo un sentimiento de humillación y de deseo de venganza en el pueblo alemán, sino también el hundimiento económico de la República de Weimar tras el crack del 29, el ascenso de Adolf Hitler y la Segunda Guerra Mundial. La manera ramplona, bobalicona incluso, ajena a todo sentido de la diplomacia, prudencia o decoro con la que Trump reconoció que no le quedaba más remedio que firmar este acuerdo porque a EE.UU. solo le quedaban 4 semanas de petróleo y se generaría el caos, puede hacer pensar que, efectivamente, el tipo es un auténtico botarate. Pero vayamos más allá y pensemos quién realmente pierde aquí.

Objetivamente, EE.UU. no depende tanto del petróleo del Golfo Pérsico. Es cierto, en 2025 EE.UU. consumió 20,6 millones de barriles diarios (Mb/d), de los cuales solo produjo autóctonamente unos 13,6 Mb/d, y por tanto tuvo que importar alrededor de 7 Mb/d para cubrir su consumo (en realidad, importaron 8 Mb/d, como ahora explicaremos). Pero en realidad parte del consumo de petróleo en los EE.UU. se dirige a su industria de exportación de productos refinados, que totaliza unos 7 Mb/d, aparte de la exportación directa de crudo de baja calidad que producen con el fracking, por un total de unos 10 Mb/d (a comparar con los 8 Mb/d importados).


Comercio total de energía primaria por fuente (2000-2025).

Así que su balance neto es de algo más de 2 Mb/d exportados. Por supuesto, todo es más complejo. Estas estadísticas mezclan volúmenes de sustancias diferentes, que ya no es solo que tengan contenidos energéticos diferentes, sino que tienen usos y demandas diferentes. Por ejemplo, EE.UU. puede producir mucho petróleo ligero, pero le falta petróleo medio para producir diésel que tiene que importar; y una vez refinado, produce más gasolina de la que necesita (eso es inevitable, ya que sale un porcentaje determinado de cada producto en una refinería dada). Por tanto, para mantener sus ritmos de consumo domésticos necesita importar petróleo adecuado para refinar lo que necesita y que otros países puedan absorber sus excedentes de algunos productos. Al mismo tiempo, la industria del petróleo es una industria importante para la economía de los EE.UU., así que la cosa no se circunscribe solamente a los productos petrolíferos realmente consumidos en el suelo de los EE.UU. Sin embargo, estos números evidencian que EE.UU. tiene más versatilidad de lo que parece para jugar con una situación de cierre más o menos definitivo del estrecho de Ormuz. Y máxime después de la jugada estratégica de apropiarse de los activos petroleros de Venezuela.


Instalaciones para la extracción de petróleo en Venezuela.

Los EE.UU. pueden mirar (y de hecho hace tiempo que miran) hacia América Latina. EE.UU. puede conseguir garantizar tener suficiente petróleo para mantenerse (seguramente con una industria reconvertida, pero mantenerse) con el petróleo que pueda conseguir en Brasil (principal exportador de América Latina, con más de 2 Mb/d en 2025) y posiblemente de otros países. Claro que eso implicaría que estos países rompan sus contratos con China y con Europa. Pero, recordemos que la doctrina Monroe ha vuelto con fuerza...


Caricatura titulada «Vete, pequeñín, y no me molestes» aparecida en el New York World, en 1903, haciendo alusión a las negociaciones entre Estados Unidos y Colombia por los derechos del istmo de Panamá, donde Roosevelt es mostrado apuntando un cañón

EE.UU. puede haber perdido la guerra en Irán, cierto. Pero EE.UU. no va cejar en su belicosidad. Simplemente, la va a redirigir hacia territorios más cercanos. La producción de petróleo de los EE.UU. va a seguir estancada o en ligera tendencia a la baja en lo que queda de año, y aunque el Departamento de Energía de los EE.UU. ahora anticipa una remontada el año que viene, lo cierto es que el fracking estadounidense está llegando a su fase final.


Imagen de Peak Oil Barrel.

Por tanto, lo que cabe esperar en los próximos meses es que EE.UU. comience una escalada de agresividad en algunos rincones de aquella parte del mundo, hasta garantizar que redirige los flujos de petróleo hacia sí misma. 

En este contexto, el Acuerdo de Entendimiento puede también entenderse en el marco de un cambio de estrategia de los EE.UU. Irán habrá sido el último intento de ejercer un control sobre el mercado mundial del petróleo; pero si eso no es posible, los EE.UU. se centrarán en el control del petróleo de todo el continente americano. Así pues, el Acuerdo solo es una estrategia para ganar tiempo mientras todo se resitúa.

¿Quién pierde realmente entonces con este frágil de Acuerdo de Entendimiento? Se podría pensar que China, y ciertamente Asia en su conjunto es la principal damnificada, pero después viene Europa.

No hay Acuerdo de Paz. Tanto los EE.UU. como Israel pueden forzar tantas veces como quieran cierres parciales o totales del estrecho de Ormuz por períodos variable de tiempo, si así les interesa; Israel, por sus objetivos geoestratégicos; EE.UU., por consolidar su control de los recursos del continente americano y su posición hegemónica en aquella parte del mundo.

Los petroleros no van a volver en masa al Golfo Pérsico. Un superpetrolero con capacidad para cargar 2 Mb puede valer 250 millones de dólares: ningún armador va a arriesgar alegremente a perder tal cantidad de dinero, y eso sin contar con que el tiempo de construcción de uno nuevo es de más de dos años - y nadie puede tener una pérdida de capacidad tan grande durante tanto tiempo. Los barcos van a ir pasando, tanteando tímidamente el terreno, pero con mucha prudencia, y al primer indicio de cierre todo el movimiento de operaciones hacia la zona se va a detener. Los armadores van a apostar por rutas donde sus activos principales no corran tanto riesgo, al margen de si eso supone que no llegará (tanto) petróleo a algunas regiones del mundo. 

Además, después de todos los daños causados en estos meses en terminales de carga y refinerías, habrá que hacer muchas largas y costosas reparaciones durante meses antes de recuperar toda la capacidad. Y, de nuevo, se irá con pies de plomo, porque si hay un recrudecimiento de las hostilidades podrían volver a ser atacadas, haciendo inútil el esfuerzo y el gasto.

Por otro lado, la detención tan prolongada de la extracción de petróleo de los campos del Golfo Pérsico ya habrá pasado su peaje en términos de recimentación de la roca reservorio y de sellado por acumulación de alquitranes. Aún no sabemos cuánta producción se ha perdido para siempre, pero probablemente está en el rango de los 1-2 Mb/d.

EE.UU. está empujando la pelota del control de recursos en otra dirección. No es casualidad el giro actual de Ucrania de atacar refinerías rusas, comprometiendo la capacidad exportadora del único país que podría poner en peligro la nueva situación. Y para terminar de complicar la situación para Europa, si el precio de la gasolina en los EE.UU. sigue subiendo (y previsiblemente seguirá subiendo, dado lo volátil de la situación), en cualquier momento la administración Trump puede decidir un embargo de las exportaciones de petróleo, lo cual sería una catástrofe para Europa y para España, que importan (ambas) alrededor del 15% del petróleo que consumen desde allí.

Aquí, mientras tanto, seguimos consumiendo nuestras reservas comerciales sin restricciones, esperando un rápido reestablecimiento del flujo de petróleo que no va a suceder, y sin incorporar el riesgo de la redefinición estratégica de los EE.UU., como si todavía fuera nuestro aliado, como si sus intereses no fueran cada vez más los exactamente contrarios a los nuestros. Quizá, con su firma en Versalles, Trump representaba lo que fue Francia en 1919 y nosotros, sin siquiera firmar aquel papel, hemos adoptado el rol de Alemania en aquel entonces.

Eso no ha acabado. Esto ha acabado de empezar.


Buque cisterna diseñado para transportar líquidos a granel, con una característica cubierta roja llena de tuberías. Este tipo de embarcación se utiliza comúnmente para el transporte de hidrocarburos en aguas internacionales.

Por cierto, cabe decir The Honest Sorcerer ha escrito un artículo que va en la misma línea de lo que aquí he escrito (y que sin duda me ha servido de referencia).



Fuente: The Oil Crash