miércoles, 25 de marzo de 2026

Dead man walking

 

 Por Antonio Turiel    
       Físico, matemático y experto en energía. Trabaja en el Instituto de Ciencias del Mar del CSIC.



     La guerra de Irán entra en su cuarta semana. Una vez más, para evitar un pánico y hundimiento generalizado de las bolsas al abrir la sesión del lunes, se ha tenido que inventar una noticia para apaciguar al mercado. En este caso, Donald Trump ha decretado una tregua de 5 días (solo de la parte americana, Israel va a la suya), según él, gracias a fructíferas conversaciones con Irán durante este fin de semana (conversaciones ya desmentidas por las autoridades iraníes).

Estamos en tiempo de descuento. En las próximas semanas llegarán los últimos buques que salieron de Ormuz antes del cierre, y cuando esto suceda, la escasez de manifestará con toda su crudeza e intensidad. De hecho, las cosas ya están yendo horriblemente mal. La lista de países que están sufriendo problemas de suministro de combustible o incluso han impuesto medidas de racionamiento (JapónAustraliaNueva ZelandaIndiaTailandia...) va creciendo a medida que pasan los días. China ha restringido la exportación de fertilizantes, y en los EE.UU. se estima que en esta campaña faltarán entre el 25 y el 35% de los fertilizantes que habitualmente se usan. 


Un trabajador se encuentra junto a sacos de fertilizantes descargados de un buque de carga en un puerto de Lianyungang, provincia de Jiangsu, China.


Una imagen tomada con un dron muestra un tractor y una sembradora de soja estacionados en una granja de soja en Somonauk, Illinois, EE. UU.


La escasez de helio va a causar una fuerte caída de la producción de chips en unas semanas, y por no hablar de la desastrosa situación del aluminio o del cobre, por citar un par de materias primas.


La guerra entre Irán y Qatar interrumpió el suministro de helio.


Pero en realidad todo está afectado. De manera para nada sorprendente para los lectores tradicionales de este blog, en este momento una de las cosas que más escasea es el diésel, y eso afecta a absolutamente todo, a la cadena de suministros de todo tipo de materias primas.

No parece haber una solución sencilla. Irán no va a cejar si no hay un compromiso de no agresión creíble por parte de EE.UU. y de Israel, garantizado por grandes potencias como Rusia y China, y una reparación de guerra a la altura del daño que se ha causado. No puede hacerlo por menos, pues sabe que si cede ahora, dentro de unos meses volverán a atacarle, tras rearmarse. Pero esas condiciones son completamente inaceptables para EE.UU. e Israel. Realmente, no hay ningún tipo de salida sencilla para este atolladero. Todo apunta a que se va causar un daño estructural inmenso en el edificio de la economía mundial.

Poniéndome ahora en el contexto de España y de Europa, siendo honestos, salvo que suceda algo ahora mismo inimaginable (literalmente un milagro) nos vamos a estrellar. No es imaginable ningún otro desenlace. Vamos a sufrir una pérdida muy duradera, quizá incluso permanente, de un 25% o más de nuestro consumo energético, y va a suceder durante los próximos meses. Vamos a ver como una buena parte de nuestras industrias se hunden para nunca jamás recuperarse. Vamos a ver como el paro de dispara. Y en fases avanzadas de esta debacle, vamos a ver escasez de combustibles y hasta de alimentos.

Quizá los amos del mundo tienen resortes que no somos capaces de imaginar, quizá tienen manera de detener en seco en este guerra y con ella este desastre. No lo sé. Yo ni sé ni puedo saber estas cosas. Sí que sé que, sin un cambio radical de rumbo, nos vamos a hundir, y muy hondo. E incluso si se produjera ese milagro, solamente por el destrozo que ya se ha causado, las consecuencias ya serían bastante duras en los próximos años. Aunque, claro, nada por comparación con el hundimiento actual.

Ahora mismo estamos perdiendo alrededor de 20 millones de barriles diarios de petróleo y productos petrolíferos, que es como el 20% del consumo mundial y, lo que más nos importa a nosotros, eso representa un 40% del petróleo disponible para la exportación. Falta también como el 20% del gas natural licuado, el 30% de los fertilizantes nitrogenados, el 30% del helio, el 30% del aluminio, el 30% del azufre (se necesita para hacer ácido sulfúrico para procesos industriales, incluyendo la obtención de cobre)... Hay un atasco de contenedores increíble en la zona. La falta de petróleo crudo medio de la zona del Golfo Pérsico afecta especialmente a la producción de diésel. Y también a la de queroseno. De hecho, algunas compañías aéreas comienzan a cancelar vuelos.


Algunas compañías aéreas comienzan a cancelar vuelos.

Lo que le pase después al turismo, Dios dirá.

Esto no va a ser una crisis más. Esto va a ser una catástrofe económica. Combinada con el estallido de las burbujas financieras desmesuradas que se han inflado durante los últimos años, resulta difícil alcanzar a comprender la magnitud de lo que va a pasar.

Esto es pura aritmética. No hay ninguna buena salida si Ormuz sigue cerrado. Que el mundo no se precipite en un abismo depende solamente de que se reabra esa vía crítica.

Ciertamente, el cierre de Ormuz deletrea todas las letras del fin del capitalismo necroterminal, sistema destructivo y voraz al que no echaremos de menos. El problema no es tanto el fin del capitalismo, sino el cómo se va a producir este fin. Porque en vez de pasar a un sistema de redes de resiliencia preparadas para acoger a la Humanidad, en la mayor parte de este planeta caeremos literalmente sin red.

Probablemente esto es lo mejor que podía pasar. Con un Cambio Climático desbocado y multitud de otros problemas ambientales, no podíamos hacernos ilusiones de que se produjera un descenso ordenado y controlado. Probablemente tenía que pasar algo así, drástico, una detención violenta, si tenía que haber algún margen de poder construir algo en el futuro. Aún así, la mayor preocupación es cómo garantizar que el hundimiento del capitalismo no se convierta en una hecatombe con millones de muertos.

Dadas las circunstancias, las medidas que se tendrían que estar promulgando a diestro y siniestro tendrían que ir de soberanía alimentaria, de garantizar mínimos vitales, de definir sectores estratégicos, de supeditar todos los bienes al objetivo común de garantizar la supervivencia de todo el mundo, de adaptarnos lo más rápido posible a estos tiempos de tribulación y zozobra que se nos van a echar encima.

Pero no. Nada eso está en la hoja de ruta. 

Ayer pasé una parte de la tarde revisando las líneas principales del decreto de medidas urgentes que el gobierno de España ha propuesto para hacerle frente a esta nueva crisis trumpiana. Lo cierto es que no me esperaba encontrarme ninguna sorpresa, y así la mayoría de las medidas iban por los derroteros esperables. Por un lado, rebaja a la fiscalidad de la energía, una medida poco útil y de efecto limitado en el tiempo, ya que al bajar el precio aumenta la demanda y el precio vuelve a subir hasta ajustarse a la oferta posible, con lo que se vuelve al mismo precio de partida al cabo de un par de semanas, con la diferencia de que las empresas se quedan con un margen mayor y el Estado con uno menor. Por el otro, medidas para acelerar la transición energética, siempre dentro del modelo de la Renovable Eléctrica Industrial (REI), aunque ya hay alguna mención a los gases renovables. De burbuja en burbuja.


De burbuja en burbuja.


Algunas sorpresas agradables es que se recupera la distancia de 5 km para definir las comunidades energéticas, que se había intentando introducir en el decreto antiapagón del año pasado; y otras que no lo son tanto, como es la creación de Zonas de Aceleración Renovable, donde se pretende aplicar el rodillo para que de desplieguen rápidamente las macroplantas eólicas y fotovoltaicas.

Leía las medidas y pensaba: ¿y para qué? ¿y qué más da? Estos días, mientras me entrevistaban para diversos medios, volvía a salir el tema de la transición energética y cómo la mayor penetración renovable de España le ha garantizado de momento menores precios de la electricidad que Europa. Menores precios ahora que aún no ha empezado la escasez: ya veremos qué pasa cuando los socios europeos se empiecen a dar bofetadas por el gas. En la mayoría de las entrevistas, se daba por hecho de que el cierre del Estrecho de Ormuz va a favorecer la transición energética, sin entender que todo el sistema depende de una megamáquina industrial que produce todo lo que se necesita para el REI, desde el cemento hasta el metacrilato, los marcos de aluminio o la fibra de vidrio de las aspas, usando cantidades ingentes de combustibles fósiles. Y es esa misma megamáquina industrial la que se va a detener ahora, y no vamos a tener opción ni de fabricar un tornillo.

En medio de la situación que tenemos, plantearse que la respuesta es la transición renovable es como si se declarase un incendio en casa y piensas que es un buen momento para llamar a un albañil para que te instale puertas cortafuegos. Eso podría haber sido útil en otro momento, pero ahora ya no. Ya no hay tiempo para eso. Ahora tenemos que prepararnos de verdad para el impacto. El sistema aún está en pié y sigue dando pasos, pero está muerto, y en cualquier momento va a desplomarse. Deberíamos estar preparándonos para eso.

Y si Vd. está pensando que ojalá se produzca el milagro y se reactive el flujo energético y material a través de Ormuz, piense que eso garantizaría un caída peor más tarde. En realidad, lo que ya no puede esperar es organizar el futuro más allá del capitalismo extractivista.



Fuente: The Oil Crush

lunes, 23 de marzo de 2026

“Hitler con demencia” o “presidente sobrehumano”: el debate sobre la salud mental de Trump

 

 Por Iker Seisdedos   
      Corresponsal jefe de EL PAÍS en EE. UU.


Frente a quienes alertan de que el mandatario sufre “trastornos” agravados por una supuesta demencia, los médicos de la Casa Blanca subrayan su buen estado de salud y su entorno achaca sus salidas de tono a una personalidad iconoclasta


     Fue uno de tantos momentos de Donald Trump para frotarse los ojos. Un reportero japonés le preguntó el jueves en el Despacho Oval, durante la recepción a su primera ministra, Sanae Takaichi, por qué Washington no avisó a sus aliados del ataque a Irán. “¿Quién sabe más de sorpresas que Japón?”, bromeó Trump, “¿por qué no me contasteis lo de Pearl Harbor?”. El comentario pareció incomodar a su interlocutora, rompió las reglas del decoro diplomático y pulverizó décadas de evitar, en nombre de la armonía bilateral, el asunto del bombardeo sobre Hawái que en 1941 mató a más de 2.400 personas y provocó la entrada de Estados Unidos en la II Guerra Mundial. También dejó una paradoja espacio temporal: nadie pudo haber avisado a Trump porque entonces aún faltaban cinco años para su nacimiento.


La broma de Pearl Harbor de Trump.

El lunes el presidente se contradijo hasta en cinco ocasiones sobre sus planes en Irán, tras semanas de insistir al mismo tiempo en que Estados Unidos ha ganado la guerra y en que aún queda mucho por hacer. Horas después, publicó en su cuenta de Truth varios mensajes incomprensibles que rebotaban noticias halagadoras sobre él publicadas hace meses. Y antes de eso, sin irse demasiado lejos, estuvieron la carta al rey de Noruega afeándole que no le hubiera dado el premio Nobel, aunque no estaba en su mano hacerlo, el discurso lleno de insultos a sus aliados en Davos o aquella conferencia de prensa en la que se largó un monólogo sobre un manicomio en Queens y la confianza de su madre en que algún día sería una estrella de béisbol.


El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, observa una maqueta de un bombardero B-2 en el Despacho Oval de la Casa Blanca, el 16 de marzo.

Para sus simpatizantes y para los miembros de su Administración todo eso solo prueba la personalidad heterodoxa del presidente, así como el estilo impredecible y cercano de alguien que no repara en las convenciones de la política tradicional y que por eso ha aglutinado en torno a su figura un movimiento, casi un culto, sin precedentes en la historia reciente de Estados Unidos.

Para el psicólogo de la universidad Johns Hopkins John Gartner, engordan la lista de los ejemplos que prueban que el presidente de Estados Unidos no está bien.

Gartner lleva una década alertando sobre los “trastornos mentales” de Trump, sobre los que no alberga ninguna duda. “Es un narcisista maligno”, explicó el psicólogo en una videoconferencia con EL PAÍS. Se trata, aclaró, de una enfermedad descrita por el superviviente del Holocausto Erich Fromm para diagnosticar a Hitler y que, según el médico, tiene a su vez estos componentes: “Narcisismo, por supuesto –muchos políticos lo tienen–, sociopatía –mienten, engañan, hacen daño a los demás, violan las normas, no existe el remordimiento–, paranoia –se sienten constantemente atacados y, por lo tanto, buscan venganza–, grandiosidad –su afán es dominar y quedar por encima del resto; ‘soy el mejor presidente de la historia’, ‘nadie sabe más que yo sobre aranceles’, etc.– y sadismo: disfrutan el caos, la destrucción y la humillación”.

Gartner completa el cuadro diciendo que Trump es hipomaníaco. “Como Bill Clinton”, agrega, presidente demócrata sobre el que el psicólogo escribió un libro centrado en ese rasgo de su personalidad. “La hipomanía de Trump explica esa energía tremenda, que no necesite dormir mucho, su arrogancia e impulsividad y sus errores de juicio, porque cree que siempre tiene razón”. A todo lo anterior, Gartner —que domina el arte de las frases redondas como esta: “Lo único más peligroso que un Hitler americano es un Hitler americano con demencia”— añade que el cerebro de Trump “se está deteriorando”. “El nivel de deterioro es impactante, si comparas su discurso actual con el de los años 80; solía ser un tipo articulado. Es muy bueno disimulando, riéndose, actuando con confianza cuando se traba”, considera.

El psicólogo fundó al principio de la primera presidencia de Trump una organización de profesionales llamada Duty to warn (deber de alertar). Se sumaron hasta 7.500 médicos, 27 de los cuales escribieron un best-seller. Abrieron una cuenta en Twitter que llegó a tener un millón de seguidores, y él fue la estrella del documental ¿Está loco Donald Trump? (2020). En otras palabras, generaron un ruido considerable, antes de replegarse tras el triunfo de Joe Biden.


Trump está obsesionado con los zapatos de una firma que lo ha denunciado por los aranceles.

También se enfrentaron a las críticas por diagnosticar a un paciente sin haberlo examinado personalmente, por lo que los acusaron de infringir la Regla Goldwater, así bautizada por Barry Goldwater, candidato republicano a la presidencia en 1964 al que la revista Fact dedicó una portada con el titular “¡1.189 psiquiatras dicen que Goldwater está psicológicamente incapacitado para ser presidente!“. En el interior vertían peregrinas acusaciones contra el aspirante, que se querelló con la publicación, de no aceptar su homosexualidad o de no perdonar a su padre su condición de judío.

Aquel escándalo, en plena fiebre por el psicoanálisis freudiano en Estados Unidos, derivó en 1973 en el establecimiento por parte de la Asociación Psiquiátrica Estadounidense de un principio ético que prohíbe ofrecer opiniones profesionales sobre la salud mental de figuras públicas sin haberlas examinado personalmente y contar con su consentimiento.

Gartner se defiende diciendo que “los estudios demuestran que la entrevista clínica es la forma menos fiable de diagnosticar a un paciente, especialmente si este es el mayor mentiroso documentado de la historia”. “La regla Goldwater no dice que no se pueda diagnosticar a alguien sin tratarlo personalmente, sino que no es ético hacerlo con alguien famoso”, añade. Gartner prefirió otro principio: ese deber de alertar se acogió a otro principio: ese deber de alertar que le sirvió para bautizar su asociación. Tiene su origen en una sentencia del Supremo de California en el caso de un psiquiatra que supo de la intención de uno de sus pacientes de matar a su novia, promesa que cumplió. El fallo concluyó que la obligación de avisar prevalece en un caso así sobre el mandato de confidencialidad que rige en la intimidad del diván. “Consideramos que Trump, aunque no vaya a matar a nadie, es un peligro para cientos de millones de personas, así que nos decidimos a alzar la voz”, recuerda Gartner. El objetivo era lograr la activación de la vigesimoquinta enmienda, que contempla la incapacitación del presidente y su sucesión, si así lo decide el Congreso.

Ese “peligro” se ha agravado, según Frank George, psicólogo, neurocientífico y autor del popular substack Gaslight Report, en el que escribe sobre la salud mental de Trump. En una entrevista por videoconferencia, explicó que el narcisismo es un trastorno que acompaña a las personas desde el nacimiento, y que en él “influyen las circunstancias, el entorno o la educación” del paciente. “Es como una enfermedad cardíaca; comer hamburguesas cada día no ayuda. Si cuidas tu narcisismo, tal vez no acabes siendo la persona más generosa y empática, pero al menos, lo controlarás. No es el caso de Trump: sus padres no ayudaron, tampoco su paso por la escuela militar, en la que aprendió que ser un abusón le funcionaba. Convertirse en la persona más poderosa del mundo hizo el resto para pasar de ser un narcisista patológico a un narcisista maligno”, explica George.

El psicólogo observa dos diferencias fundamentales en su segunda presidencia. “Por un lado, se ha rodeado de gente que no quiere que le dé consejos, sino la razón. Actúa sin las barreras de la primera vez”, dice George. La segunda es que está mostrando “síntomas cada vez más preocupantes de sufrir demencia frontotemporal (DFT)”.

Cuando la gente escucha la palabra demencia, suele pensar en Alzhéimer, pero no es eso lo que le pasa”, explica. “La DFT afecta a los lóbulos frontales y a los temporales. En los primeros reside lo que nos hace más humanos, gracias a esa parte del cerebro podemos planificar, tomar decisiones racionales y pensarnos dos veces las cosas. Con esa demencia es como si desaparecieran las barandillas neurológicas”.

Entre los síntomas de la DFT figura la confabulación, que va más allá de inventar historias. No es mentir, es creer lo que uno dice por poco creíble que resulte. Otro síntoma, aclara George, es la parafasia: “equivocarse con las palabras, pronunciarlas incorrectamente o no saber terminarlas”. “Un tercer síntoma es la insistencia: ¿cuántas veces ha podido decir las guerras que ha resuelto?”, se pregunta George, que añade que la DFT “hace que su narcisismo se manifieste con más crudeza”.

La Casa Blanca responde a los comportamientos que ponen en alerta a estos especialistas con emoticonos de risas incontenibles en las redes sociales, y reacciona a sus diagnósticos remitiéndose a los resultados de las pruebas médicas a las que Trump se somete, como parte de las obligaciones de su cargo. En el de abril de 2025, la conclusión fue que un examen neurológico “exhaustivo no reveló anomalías en su estado mental, nervios craneales, función motora y sensorial, reflejos, marcha ni equilibrio”. “La función cognitiva, evaluada mediante la Evaluación Cognitiva de Montreal (MoCA), resultó normal, con una puntuación de 30 sobre 30”, añadía el informe, firmado por el médico presidencial, Sean Barbarella, que también destacó que el paciente obtuvo “resultados dentro del rango normal para el cribado de depresión y ansiedad”.


Trump defiende su capacidad mental calificándose a sí mismo como 'un genio'.

La revista New York publicó hace un par de números un artículo que presentaron como “un intento de buena fe para averiguar la verdad sobre la salud de Trump” y titularon “El presidente sobrehumano”. La frase es de uno de los aliados más cercanos del republicano, Stephen Miller, que recomendó al reportero que la usara con ese fin. La publicación aceptó hacerlo, quién sabe si porque en la entrevista que el presidente concedió para la historia este amenaza con una demanda si la cobertura era negativa. En el texto, en el que el protagonista admite que su padre tuvo una enfermedad cuyo nombre no recuerda (Alzhéimer), pero que él no padece, uno de los médicos del presidente, James Jones, declara que Trump está mejor a sus casi 80 años que Barack Obama, al que también atendió cuando estaba en la Casa Blanca, hasta que el demócrata la dejó a los 55. El autor concluye, tras admitir que él no es médico, que Trump “podría estar bastante saludable”.

El reportaje era una reacción a la noticia de que este volvió en octubre al hospital de los presidentes, el Walter Reed, en Maryland. El motivo aducido por el Gobierno para repetir, seis meses después del último, un chequeo que se hace anualmente, fueron, tras un diagnóstico previo de insuficiencia venosa crónica, una hinchazón en los tobillos y un hematoma o una herida en una mano primero, y en la otra después, que ha desatado conspiranoias insatisfechas con explicaciones oficiales. Estas dicen que esas lesiones las causaron prolongadas sesiones de apretones de manos, los anillos de las mujeres que lo saludan o el golpe contra la esquina de una mesa. En la revista New York, Trump apunta otra causa: la ingesta diaria de 325 miligramos de aspirina, cantidad recetada por él mismo.

En el inesperado chequeo de octubre, Trump se sometió de nuevo al MoCA, un test que evalúa los signos de demencia. Días después, presumió de haber sacado una puntuación extraordinaria en un “test de inteligencia”, en lo que pareció una confusión por su parte: el MoCA no entra en ese tipo de evaluación. Para Gartner, cuya insistencia empujó a Trump por primera vez a hacerse esa prueba en 2019, sus médicos “no están contándolo todo”, y, al mismo tiempo, “desvelan más de lo que parece sin querer”. “Ningún facultativo repite un examen de demencia a un paciente con seis meses de diferencia si no tiene sospechas de algo, o porque está monitoreando algún tipo de deterioro”, dice el experto.

Semanas después, Trump reveló, aparentemente sin querer, que también le habían hecho una resonancia magnética, pero que no tenía “ni idea” de qué “parte del cuerpo” le habían escaneado. “No fue el cerebro, porque me sometí a una prueba cognitiva y la superé con una nota excelente”, dijo, antes de añadir que haría públicos los resultados.

Al día siguiente, la portavoz de la Casa Blanca, Karoline Leavitt, los leyó durante una conferencia de prensa, como una prueba de la “transparencia de la Administración”.

Transparencia” es una de las palabras favoritas de los defensores del presidente, que arguyen que todo tiene una sola explicación –que Trump es Trump– y alaban, por ejemplo, que acepte constantemente las preguntas de la prensa o que en las últimas semanas esté cogiendo sin parar el teléfono a los periodistas de Washington para justificar su guerra en Irán.

En el primer año de su segunda presidencia ha batido récords de hablar, al pronunciar, según un cálculo de The New York Times, 1,97 millones de palabras, un 245% más que las dichas al principio de su primer mandato. Esa logorrea sirve para probar varias cosas a la vez: que no tiene miedo al escrutinio de sus facultades, que juega a la confusión empleando algo que podríamos llamar la “táctica de la tinta de calamar” y, como ya se ha apuntado, que en su entorno nadie parece capaz de contenerlo.

Esa constante presencia ante los focos contrasta con la ausencia de su predecesor, Joe Biden, cuyo estrepitoso declive, encubierto por su entorno y pasado por alto por una prensa tradicional que no investigó lo suficiente, empezó más o menos a la edad que tiene ahora Trump. Para los tres psiquiatras consultados en este reportaje, el “deterioro” de ambos no es comparable. El argumento se reduce básicamente a este: Biden estaba envejeciendo; Trump, desarrollando una demencia.


Fuente: El País

¿Quién controla las guerras de Estados Unidos?

 

             Economista y  director ejecutivo del blog El Tábano Economista.  


Cualquiera puede ir a Bagdad. Los hombres de verdad van a Teherán.

     La frase, atribuida indistintamente a Rambo o a Boogie el aceitoso, según el gusto del lector, resume una tentación que lleva décadas rondando los pasillos del poder en Washington. Pero la cuestión real no es si Estados Unidos debe o no bombardear Irán. La pregunta es quién decide que esa sea siquiera una opción sobre la mesa cuando la mayoría de los ciudadanos se opone, cuando los militares advierten de las consecuencias y cuando la propia estrategia de defensa nacional dice que el verdadero enemigo está a miles de kilómetros, en China.


'Los jugadores de Skat', de Otto Dix.

La respuesta es incómoda, pero está documentada: la política exterior estadounidense es el producto de una estrategia nacional coherente como ya lo expusimos en el artículo Trump no improvisa, pero el resultado es de una lucha feroz entre élites con visiones del mundo radicalmente distintas y, sobre todo, con intereses económicos muy concretos. No se trata de una conspiración con un único cerebro, sino de un ecosistema opaco de intelectuales neoconservadores, contratistas de defensa, lobbies extranjeros y facciones internas de la Casa Blanca que compiten por controlar la narrativa y, de paso, los presupuestos.


Elbridge Colby, Subsecretario de Defensa de EEUU.

Lo que hace que el análisis sea particularmente confuso es que un conjunto paralelo de debates económicos y de negocios se desarrolla casi independientemente de las consideraciones estratégicas. Para entenderlo, hay que observar tres corrientes de pensamiento que hoy se disputan el alma de la política exterior estadounidense. Por un lado, están los asociados al movimiento MAGA, que desean unos Estados Unidos más conservador y una política exterior que sea extensión de las guerras culturales domésticas. El vicepresidente JD Vance lo ha resumido con claridad: Estados Unidos no debería «desperdiciar vidas siendo el policía del mundo». Pero también existe un profundo escepticismo hacia las élites washingtonianas, a las que consideran belicistas empedernidas.

Una segunda perspectiva, la de los autodenominados «realistas», considera que la prioridad absoluta es el Indo-Pacífico. China, no Irán, es el verdadero desafío existencial. Una guerra en Oriente Medio sería un problema sin fin que desviaría recursos cruciales de la contención de Pekín. Abogan por la contención de Irán, no por su destrucción, y creen posible algún tipo de modus vivendi que permita a Estados Unidos salir de la región. Su mentor intelectual es Elbridge Colby, y sus propuestas suenan a música celestial para oídos cansados de guerras interminables.

Finalmente, persiste el enfoque más tradicional de la seguridad nacional estadounidense, los neoconservadores o, ahora, Sion Con, el que percibe amenazas interrelacionadas con China, Rusia, Irán y Corea del Norte. Esta visión del mundo, que los críticos tachan de «neoconservadora», aboga por un alto nivel de preparación militar y cooperación con aliados en tres frentes simultáneos: el Indo-Pacífico, Europa y Oriente Medio. Para ellos, China es ciertamente el principal adversario, como reconocía Marco Rubio cuando aún era senador, pero eso no implica descuidar los demás frentes.

El problema es que este debate estratégico, ya de por sí complejo, se desarrolla en paralelo a otro mucho más mundano: el de los negocios. Y ahí las cosas cambian drásticamente.

El enfrentamiento entre estas élites no es puramente intelectual. La «lógica fragmentada» que produce decisiones erráticas y aparentemente contradictorias se debe en gran medida a los potentísimos intereses económicos que financian a los centros de pensamiento (think tanks), que generan la cobertura intelectual para las guerras, que a su vez benefician a las corporaciones que financiaron los think tanks. Es un ciclo perfecto, autorreforzado y opaco.

El bloque halcón, heredero del pensamiento neoconservador, parte de una premisa simple: Estados Unidos debe mantener su primacía global mediante una posición de fuerza militar indiscutible. Su objetivo no es contener a Irán, sino buscar activamente el cambio de régimen o, al menos, una degradación tal que le impida proyectar poder en la región. Creen que Irán solo entiende por la fuerza, que cualquier negociación es una concesión al mal y que la eliminación de la amenaza iraní es innegociable, especialmente por la supervivencia de Israel.

Este bando está liderado por figuras con larga trayectoria intervencionista: Marco Rubio como secretario de Estado, Mike Pompeo, John Bolton, Mike Waltz, este último embajador ante la ONU y John Ratcliffe al frente de la CIA. En el Congreso cuentan con senadores como Lindsey Graham y Tom Cotton. Y su brazo intelectual son think tanks perfectamente identificados: la Foundation for Defense of Democracies (FDD), el American Enterprise Institute (AEI), el Jewish Institute for National Security of America (JINSA), el Hudson Institute y el Washington Institute for Near East Policy.

Son instituciones respetables, con expertos brillantes y publicaciones influyentes. Pero también son instituciones financiadas de manera muy particular. Y ahí es donde conviene detenerse, porque el corazón del control reside en el dinero.

Según una investigación reciente del Quincy Institute publicada por Responsible Statecraft, los think tanks más belicistas reciben millones directamente de quienes fabrican las municiones que se están usando ahora mismo en Irán. El Hudson Institute ha cobrado más de cuatro millones de dólares desde 2019 de Lockheed Martin, Northrop Grumman, General Atomics y RTX. Northrop fabrica los bombarderos furtivos B-2, valorados en 2.000 millones de dólares cada uno, que están atacando Irán. Lockheed fabrica los aviones de combate y el sistema de radar THAAD, valorado en 300 millones, que Irán destruyó recientemente. General Atomics produce los drones MQ-9 Reaper. RTX fabrica el misil Tomahawk que, según los informes, mató a 168 niñas en una escuela primaria de Minab.

El Atlantic Council, que acepta más financiación de la industria armamentística que ningún otro think tank, publicó el año pasado un informe recomendando que Estados Unidos adquiriera más misiles THAAD y SM-3 para hacer frente a amenazas como Irán. Los fabricantes de esos misiles, RTX y Lockheed Martin, habían donado al Atlantic Council 850.000 y 700.000 dólares, respectivamente, desde 2019. Ambos sistemas se están utilizando intensamente en la campaña actual.

El Instituto para el Estudio de la Guerra (ISW), cuyo presidente, el general retirado Jack Keane, ha pedido abiertamente «borrar a Irán del mapa» en Fox News, aparece financiado por General Dynamics y CACI International Inc, aunque recientemente eliminó los nombres de ambos donantes de su sitio web. Cuando se les preguntó, respondieron que no comparten información sobre sus donantes más allá de lo exigido por ley.

Pero quizás lo más revelador es el fenómeno de los «dark money think tanks». Alrededor del 40% de los principales centros de análisis estadounidenses no revelan la identidad de sus donantes. La Fundación para la Defensa de las Democracias (FDD), fundada originalmente para «mejorar la imagen de Israel en Norteamérica», fue crucial para presionar a Trump a retirarse del acuerdo nuclear con Irán en 2018. Históricamente, FDD recibió millones de Bernard Marcus, Paul Singer y Miriam Adelson, megadonantes pro-Israel que, en el caso de Adelson, llegó a donar 100 millones a la campaña de Trump.

El Instituto Judío para la Seguridad Nacional de Estados Unidos (JINSA) es otro de estos grupos de dinero opaco. Entre sus miembros se cuentan el exasesor de Seguridad Nacional de Benjamin Netanyahu, el excomandante de la Fuerza Aérea israelí y Elliott Abrams, exasesor de Trump para Irán, además de más de una docena de generales y almirantes estadounidenses retirados. Cuando comenzó la operación militar, JINSA publicó una carta abierta firmada por 75 generales retirados apoyando la guerra.

Y luego están los gobiernos extranjeros. El Atlantic Council ha recibido 20,8 millones de dólares desde 2019, principalmente de Emiratos Árabes Unidos, Qatar y Arabia Saudita. El Washington Institute for Near East Policy, fundado como una escisión del lobby pro-israelí AIPAC, obtiene alrededor del 95% de su financiación de contribuciones privadas, dinero oscuro y donantes pro-seguridad de Israel.

Para quien quiera profundizar, existe una herramienta pionera: el Rastreador de Financiación de Think Tanks del Quincy Institute, que rastrea la financiación recibida de gobiernos extranjeros, el gobierno estadounidense y contratistas del Pentágono para los 50 think tanks más importantes del país durante los últimos cinco años. Los datos son abrumadores.

Frente a esta maquinaria, el bloque realista parece casi amateur. El Quincy Institute, Defense Priorities, el Cato Institute, y en menor medida Brookings y CNAS, abogan por una política exterior más sobria, centrada en China y escéptica de las aventuras militares en Oriente Medio. Pero su financiación es ínfima comparada con la de los halcones. No fabrican misiles, no tienen gobiernos extranjeros que quieran influir en la narrativa, no cuentan con multimillonarios dispuestos a gastar fortunas en promover el cambio de régimen en Teherán.

La consecuencia de todo esto es una política exterior esquizofrénica. La Estrategia de Defensa Nacional publicada en enero afirma que la prioridad es China. Pero la administración se encuentra inmersa en una guerra de desgaste en Oriente Medio. El enviado especial Steve Witkoff, que representa el ala pragmática, ha hecho declaraciones sorprendentemente belicosas en los últimos días. «Tienen uranio enriquecido al 60%, suficiente para once bombas», dijo a los periodistas.

Mientras tanto, en el Congreso, se suceden las votaciones sobre resoluciones de poderes de guerra que intentan, sin éxito, recuperar la autoridad constitucional para declarar la guerra que el legislativo lleva décadas cediendo al ejecutivo. Esta misma semana, el Senado derrotó una medida para detener la acción militar por 47 votos a favor y 53 en contra, en una votación eminentemente partidista. La Cámara se prepara para votar otra similar, pero incluso si prosperara, enfrentaría un veto presidencial casi seguro.

El resultado es un presidente que actúa como comandante en jefe con una libertad que los fundadores de esta nación jamás imaginaron. Y unos think tanks que, financiados por quienes se benefician de las guerras, proporcionan la cobertura intelectual para que eso sea posible.

Cuando comenzó la operación militar, las acciones de RTX, Northrop Grumman y Lockheed Martin se dispararon. La guerra, para ellos, había comenzado excelentemente bien.

Cuando termine esta guerra, si es que termina, y comiencen las retrospectivas, los historiadores se preguntarán cómo una nación que afirmaba tener como prioridad estratégica contener a China terminó enfrascada en una guerra de desgaste en Oriente Medio. La respuesta estará en los archivos: en los memorandos de los think tanks financiados por Lockheed Martin, en los correos electrónicos entre asesores y lobistas, en las actas de las reuniones donde se decidió que la voz del pueblo, mayoritariamente opuesta a la guerra, importaba menos que los intereses de una minoría poderosa y bien organizada.

No es una conspiración. Es un mecanismo económico perfectamente documentado. Y mientras no se aborde el problema estructural del dinero en la configuración de la política de seguridad nacional, ningún presidente —sea Trump, Biden o cualquier otro— podrá escapar de sus garras.

La democracia estadounidense en materia de política exterior ha sido secuestrada. Y los secuestradores, como suele ocurrir, piden rescate en forma de misiles, bombarderos y contratos millonarios. El rescate se paga con vidas ajenas, en países lejanos, y con la seguridad futura de una nación que olvidó cómo decidir la paz.


Fuente: Rebelión