martes, 12 de mayo de 2026

Trump sopesa reanudar la guerra contra Irán pero la decisión final dependerá del resultado de su visita a China

 

      Periodista y analista para Público en temas internacionales. Es especialista universitario en Servicios de Inteligencia e Historia Militar.


Harto del rechazo iraní a su confuso plan de paz, Trump calibra el impacto que la reanudación de los ataques a Irán podría tener en su estratégico acercamiento a China


El presidente de EEUU, Donald Trump, y la primera dama, Melania Trump, visitan la Ciudad Prohibida junto al presidente de China, Xi Jinping, en 2017.


     Fuentes del Pentágono han indicado a medios estadounidenses, como el canal CNN o la web de análisis Axios, que el presidente estadounidense, Donald Trump, tiene ya sobre su mesa en el Despacho Oval de la Casa Blanca los planes para reanudar de forma inminente el bombardeo de Irán. Solo frena a Trump su viaje oficial de esta semana a China, uno de los países con lazos económicos más fuertes con el Estado persa y de los pocos con capacidad real para presionar tanto a Wasghington como Teherán y acelerar el fin del conflicto. De momento, Pekín prefiere no hcer mucho ruido y apostar por el desgaste estadounidense en esta guerra impulsada también por Israel, y sacar rédito de la inevitable reestructuración de la economía internacional que surja de esta crisis.

Trump llega a China este miércoles y estará hasta el viernes en el gigante asiático. Con este panorama, no parece que el líder republicano vaya a poner sobre la mesa de las negociaciones con el presidente Xi Jinping una reactivación a gran escala de la ofensiva sobre Irán. El propio Gobierno chino ha indicado que el tema de esta nueva guerra en el Golfo Pérsico figurará en la agenda de las negociaciones, una matización que suena como potente advertencia.

El presidente estadounidense quiere convertir este viaje en el pistoletazo de una nueva era de relaciones comerciales y tecnológicas que arreglue la disputa de aranceles entre ambos países e impulsara la cooperación en materia de Inteligencia Artificial (IA), o al menos de parcelación de las áreas de influencia en este ámbito de los dos colosos económicos. Cualquier paso que dé en falso Trump estos días puede dar al traste con estos planes y alejar de manera irremediable a China, el único país, junto a Rusia e Israel, capaz de chistarle a la Casa Blanca y que esta tiemble.


El presidente estadounidense Donald Trump y su homólogo chino, Xi Jinping.

El salvavidas chino

Trump quiere lavar su imagen ante el mundo y su propio país por los errores cometidos en Irán y piensa que un acuerdo con China podría ser la victoria pírrica que necesita para calmar a los mercados y tranquilizar a los cada vez más depauperados estadounidenses por este conflicto.

Y sin embargo el riesgo de que las cosas se tuerzan en la visita del jefe de la Casa Blanca a la Ciudad Prohibida es alto. Después de que Irán rechazara el último plan de paz de EEUU para convertir la actual tregua en un armisticio y de que Trump entrara en cólera, las espadas están en alto y el riesgo de que se reanuden los ataques es muy elevado. Está en juego la imagen de Trump, vapuleada por Irán.

El presidente estadounidense está harto del juego de los ayatolás, que es el mismo que ha desplegado él en esta crisis que reventó con la ofensiva del 28 de febrero: mentiras, doble juego, amenazas, ultimátums incumplidos y una carrera desbocada hacia el abismo de una catástrofe mundial, económica y de seguridad.

Trump está acorralado, dentro y fuera de EEUU, pero es la situación en su país la que le inquieta más y todo porque un grupo de clérigos y señores de la guerra iraníes no están dispuestos a obedecerle y claudicar ante el futuro de sometimiento y destrucción que les quiere deparar la Casa Blanca manejada desde Israel, el verdadero artífice de esta hecatombe.


La guerra que inició Estados Unidos junto a Israel.

Un oscuro horizonte para Trump

Los datos revelados este martes en Estados Unidos muestran negras perspectivas para Trump y el Partido Republicano de cara a las elecciones de medio término con las que los estadounidenses renovarán la Cámara de Representantes y parte del Senado en noviembre próximo.

Así, los precios al consumo en EEUU se dispararon de nuevo en abril por culpa de esta guerra que ya dura diez semanas y que ha propulsado el coste de los carburantes a pesar de que nunca como hasta ahora el país estadounidense había vendido tanto petróleo y gas al exterior. Así, ese IPC aumentó en abril un 3,8% respecto al mismo mes del año pasado. Los precios de la gasolina aumentaron un 5,4%, por ejemplo, y Trump sabe perfectamente que será este dato y no la victoria pírrica que quiere vender sobre Irán el elemento que impulsara el voto de los electores estadounidenses el 3 de noviembre.

Pero es que, además, la guerra de Irán ya le ha costado al erario público estadounidense más de 29.000 millones de dólares. Esta cifra, multiplicada, seguramente, también estará en la campaña electoral.

No es de extrañar que, tal y como publicó este martes Axios citando fuentes oficiales, que Trump en la reunión celebrada con su equipo de seguridad nacional la víspera tuviera sobre la mesa la reanudación de los ataques contra Irán, incluyendo esta vez la devastación de todas sus infraestructuras civiles.

Trump quiere un acuerdo a toda costa y ha de ser el acuerdo que él envió la semana pasada a Teherán. Pero esto no va a ser así. Los iraníes respondieron a su vez con nuevas demandas que al jefe de la Casa Blanca le parecieron una "locura" y auténtica "basura", llevándole a señalar que la actual tregua estaba en "cuidados paliativos".

En su respuesta (tras diez días tensa espera para Trump), los iraníes lanzaron un órdago. Demandaron el fin de los ataques, no dejaron claro si renunciarían a su programa nuclear (cuyo desmantelamiento clama Trump como un mantra), reclamaron el control del paso de Ormuz (taponado por los iraníes y por el bloqueo estadounidense a los puertos de Irán), la retirada de las sanciones internacionales, el pago de reparaciones de guerra, la liberación de sus activos financieros congelados y el fin de la ofensiva que lanzó Israel en el Líbano para acabar con Hizbulá (grupo chií aliado de Irán) y hacerse con una buena porción de ese país mediterráneo.

"Quieren negociar y nos presentan una propuesta estúpida, es una propuesta estúpida, y nadie la aceptaría. Solo (el expresidente Barack) Obama la habría aceptado", dijo Trump.

Las opciones bélicas de Trump

Según los funcionarios estadounidenses citados por Axios, Trump es favorable de acometer algún tipo de acción militar contra Irán "para aumentar la presión sobre el régimen y forzar concesiones en su programa nuclear". Entre esas acciones se contempla en primer lugar la recuperación de la operación "Proyecto Libertad" para proteger la navegación amiga a través del estrecho de Ormuz. Más arriesgada sería la reanudación de la campaña de bombardeos del cerca del 25% de objetivos militares que aún no han sido dañados. Una apreciación curiosa, pues Trump ha insistido repetidamente que la infraestructura militar iraní fue ya destruida.

Otra posibilidad es lanzar, presionado por Israel, una operación terrestre de las fuerzas especiales estadounidenses para apoderarse de la casi media tonelada de uranio enriquecido al 60% que tiene el régimen islámico y con el cual pretenden (según Washington y Tel Aviv) fabricar armas atómicas para bombardear medio mundo. Esta opción será de un altísimo riesgo.

Como lo sería también un desembarco de marines estadounidenses en alguna de las islas iraníes del estrecho de Ormuz o en la orilla meridional de Irán para crear una cabeza de puente desde la que obligar a los ayatolás a rendirse. También se podría contemplar, como ha dejado caer el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, la asunción por Israel de los bombardeos y posibles operaciones terrestres. El riesgo sería enorme, en este caso para el Estado judío.

Todas estas opciones tienen un hándicap inevitable: el viaje de Trump a China. Otros dos asesores de la Casa Blanca indicaron a Axios que no parecía probable que Trump tomara esa decisión de retomar los ataques a Irán antes de volver de Pekín. El propio Trump dijo este martes, a modo de falsa disculpa, que no tenía prisa para tomar una decisión, pues EEUU mantiene el bloqueo sobre Irán y no le permite acceder a ninguna fuente de dinero. Los chinos podrían decir lo contrario.

Esa versión de un país exhausto contradice los informes de la CIA sobre la capacidad que tendría Irán para sostener su economía de guerra al menos cuatro meses más. Un plazo que podría ser muy peligroso para el resto del planeta, incluso para China, que ahora aguanta con sus reservas de crudo y con la diversificación de sus fuentes de energía, pero que ya está sufriendo los primeros embates de la crisis energética provocada por esta crisis del Golfo.

El plan de paz chino

La Administración china ha insistido en la necesidad de alcanzar un acuerdo que pare la guerra y así se lo expondrá Trump y su equipo. Incluso los chinos han puesto sobre el tapete un nebuloso plan de paz que los propios iraníes se apresuraron ya a aplaudir, aunque solo sea para fastidiar a los estadounidenses.

La propuesta china es muy retórica, pero abunda en su defensa del respeto a la coexistencia pacífica, al principio de soberanía nacional, al derecho internacional y a la coordinación entre desarrollo y seguridad para crear un entorno favorable para los países de la región, según citó la agencia EFE. Pekín no tiene problema a la hora de condenar los ataques estadounidenses e israelíes, pero tampoco justifica los bombardeos con misiles y drones iraníes de los países árabes del Golfo Pérsico.

Con lazos profundos con Irán, al tiempo que con excelentes relaciones con otros países productores de crudo y gas en la región ahora represaliados por Teherán, el papel de China podría ser clave para alcanzar un alto el fuego duradero. Si bien ha sido importante la mediación de Pakistán entre iraníes y estadounidenses, el Gobierno de Islamabad es uno de los principales aliados de EEUU en Asia y es visto con más recelos por otros estados del área, incluido el propio régimen iraní.

Pero sobre todo, es la dimensión económica la que podría animar a EEUU y China a adelantar las bases de un armisticio con Irán. Ninguno de las dos superpotencias quiere que se emponzoñe más la difícil relación desatada por la cruzada arancelaria lanzada por Trump el año pasado. En octubre finalmente los presidentes chino y estadounidense llegaron a un principio de acuerdo en el puerto surcoreano de Busan que redujo del 57% al 47% los aranceles a las importaciones chinas a EEUU. También se redujeron en parte las restricciones chinas al acceso estadounidense a sus tierras raras, claves para el desarrollo tecnológico, y se suspendieron las tasas portuarias entre los dos países.

Poco después, el Tribunal Supremo de EEUU invalidó esos aranceles de Trump. Incombustible, este impuso una enésima tasa global del 10% (también bloqueada hace unos días) y muchas negociaciones quedaron en el aire en los sectores agrícola, el transporte aéreo o la fabricación de semiconductores, entre otros.

También EEUU recela de la forma en que China evita las sanciones impuestas a Irán. Tiene en su mirilla a las llamadas refinerías "teapot", esas pequeñas firmas petroleras independientes que en Shandong, con permiso oficial chino, transforman el petróleo iraní sancionado en gasolina, diesel o productos petroquímicos claves para la economía china. Y por mucho que se indigne, Trump no tiene nada que hacer.

En todo caso, si se alcanza una tregua en la guerra económica entre Pekín y Washington, será en el ámbito de la IA y las relaciones entre gigantes tecnológicos donde Trump quiere negociar con China y sacar pingües beneficios. Y sabe perfectamente que no habrá acuerdo alguno si esta semana les dice a los chinos una cosa sobre el futuro de la guerra de Irán y la semana próxima hace otra.


Fuente: Público

Reporteros Sin Fronteras considera la amenaza de Israel a una periodista de El Salto “un aviso a navegantes”

 


La organización Reporteros Sin Fronteras condena el veto de Israel a la periodista Queralt Castillo Cerezuela y la difusión de su caso para señalarla, y advierte de presiones crecientes sobre periodistas extranjeros


Reporteros Sin Fronteras condena el veto de Israel a la periodista española Queralt Castillo y la difusión de su caso para señalarla, y advierte de presiones crecientes sobre periodistas extranjeros.


     Reporteros Sin Fronteras (RSF) ha criticado la situación sufrida por la periodista de El Salto Queralt Castillo Cerezuela, a la que el Estado de Israel vetó la entrada en el país y posteriormente la expuso en un comunicado oficial en el que las autoridades sionistas la acusaban de antisemitismo por utilizar términos como “genocidio”, “barbarie” o “masacre” en informaciones sobre la actualidad en Palestina.


Queralt Castillo Cerezuela.

Según RSF, este tipo de prácticas, que combinan decisiones administrativas con la exposición pública de periodistas, suponen “un mecanismo de presión incompatible con los estándares internacionales de libertad de prensa”.


La nueva flotilla a Gaza inició su salida desde Barcelona.

La organización tiene constancia de, al menos, otros dos casos recientes de denegación de visados a periodistas europeos.

El 20 de enero, Queralt Castillo Cerezuela, especializada en información internacional, migración y derechos humanos y empleada de El Salto desde marzo de 2025, solicitó autorización para trabajar sobre el terreno ante la Oficina de Prensa del Gobierno israelí (GPO), aportando toda la documentación requerida. Ante la demora en la respuesta, a mediados de abril consultó el estado de su solicitud y fue informada de que el permiso le sería denegado. Pocos días después, recibió una comunicación oficial: no solo se le rechazaba la acreditación como periodista, sino que se le prohibía la entrada en el país, según un documento adjunto de la autoridad de inmigración. “Pensé en alegar, pero no le di más vueltas. Creí que al estar en medio de un conflicto bélico podía haberse cerrado la entrada a periodistas. Todo cambió cuando un par de días más tarde me empezaron a llegar mensajes de compañeros/as periodistas para preguntarme sobre el asunto y si estaba bien. Yo no lo había hablado con nadie más que con la gente de mi periódico”, ha explicado Queralt Castillo a RSF.

Las preguntas de sus colegas de profesión se debían a que el Ministerio israelí de la Diáspora y la Lucha contra el Antisemitismo había emitido un comunicado, distribuido a grupos de periodistas internacionales, en el que acusaba a la periodista de “antisemitismo”, de apoyar el movimiento Boicot, Desinversiones y Sanciones (BDS) y de haber utilizado la expresión “genocidio” en sus artículos. El comunicado sustenta estas acusaciones citando publicaciones de la periodista en redes sociales, frases extraídas de sus artículos e incluso retuits en X. “No entiendo esta decisión, porque yo no soy una persona relevante, sino una persona anónima que hace su trabajo. El hecho de hacer público mediante un comunicado ministerial los motivos de denegación de la entrada al país me consta que se había hecho con personajes públicos, pero no había visto este proceder para con los periodistas. Además de sentirme vulnerada, me preocupa que esto tenga consecuencias a la hora de trabajar en otros países”.

El comunicado citaba su nombre y apellidos, su lugar de residencia y los medios para los que trabaja la periodista, dejando claro que “no se permitirá la entrada ni la actividad en su territorio a quienes actúan en contra de Israel, en el marco de su lucha contra el antisemitismo y el movimiento BDS”. 

RSF menciona los otros dos casos de periodistas a los que Israel ha negado el visado. En enero, la reportera independiente francesa Khadija Toufik, que ha informado habitualmente desde Israel y Cisjordania ocupada desde 2023, recibió un correo electrónico de las autoridades israelíes en el que se le comunicaba la revocación de su autorización para viajar a Israel. En julio de 2025, al fotorreportero independiente italiano Alessandro Stefanellise le rechazó de forma similar su acceso a Israel mediante un correo electrónico. El periodista presentó un recurso ante el Tribunal de Apelación de Población y Migración contra esta decisión y está a la espera de una vista el 19 de mayo.

Según el Sindicat de Periodistes de Catalunya / Sindicat de Professionals de la Comunicació (SPC), la negativa del gobierno israelí a otorgar el visado para entrar en el país a Queralt Castillo Cerezuela es el “síntoma más evidente del acoso y la persecución que el Ejecutivo de Benjamin Netanyahu hace al periodismo y a la información libre”. Para este sindicato, la excusa utilizada por el ministro de la Diáspora y la Lucha contra el Antisemitismo, Amijai Chikli —que la periodista ha usado el término “genocidio” para referirse a situación en Gaza— demuestra que la amenaza de la exclusión sobrevuela la cabeza de cualquiera lo utilice y recuerda que esta expresión “ya ha sido utilizada por una comisión internacional independiente de Naciones Unidas con relación a los bombardeos en Gaza”.

En diciembre de 2023, la redacción de El Salto elaboró e hizo público un documento con indicaciones sobre cómo informar sobre Palestina. Este manual recoge indicaciones como la del uso de la palabra “genocidio”: “Creemos que es mucho más ajustado hablar de genocidio, masacre, matanza, limpieza étnica o campaña de exterminio”. Además, el documento contiene indicaciones sobre el uso de términos como “guerra”, “terrorista” o “rehenes”. “Las palabras aportan marco, contexto, otorgan o quitan legitimidad y muestran el posicionamiento del medio”, reflexiona el manual.


Fuente: El Salto

domingo, 10 de mayo de 2026

Mi primo Paco Rabal Valera

 

 Por Pedro Costa Morata   
   Ingeniero, periodista y politólogo. Ha sido profesor en la Universidad Politécnica de Madrid. Premio Nacional de Medio Ambiente.



Un día, cuando la invasión de Cuba de 1961, me preguntó por mis referencias en política internacional y le contesté que los Kennedy, me miró fijamente y me espetó: “Esos son unos hijos de puta”.


     En nuestra familia Valera de la Cuesta de Gos (Águilas, Murcia), llamada de los Rencos, hemos sido lo menos 30 primos, ya que nuestros bisabuelos, Paco y Teresa, tuvieron nueve hijos. El mayor de nuestros abuelos, de esos nueve, era Paco, padre de Paco el de las Cabras, Dolores, Encarnación, Juana y Teresa, y esta era la madre de Paco Rabal, que también nació en la Cuesta de Gos, coto minero en el que su padre, Benito, era minero, concretamente capataz. Paco el cabrero tenía a Paco el artista por hijo, y decidió morirse cuando los de Sanidad le quitaron las cabras del patio de su casa; era el único de la familia que me llamaba Perico (Paco siempre me llamó Pedrín, y Asunción, Pedrito). Mi abuela María Jesús, séptima de aquellos nueve, se casó con Juan, molinero del campo de Lorca.

La casa donde nació Paco, llamado en Águilas durante mucho tiempo Francisco Rabal, ha desaparecido totalmente, pero queda, enhiesta y cuidada, que da gusto verla, así como su huertecico-jardín, la “Casa de los Valeras”, que había sido del tío Emilio, penúltimo de la saga y encargado en la mina, y que ha rescatado Paco el del Molino, mi primo y amigo, hijo de (otro) Paco y nieto del tío Federico, molinero, el último del panteón de Rencos de segunda generación. De Paco Rabal queda para siempre en la Cuesta de Gos su estatua sedente, junto a la ermita, mirando a esos cabezos austeros de espartizal heroico y pinos salteados, con una encina aislada y salvada de los furores arboricidas de aquella minería cuasi artesanal. Paco siempre, siempre, se ha referido a su terruño con la nostalgia de sus primeros años y sus juegos y tareas con cabras, perros y tortugas. Además, desde allá arriba sobre la mar ancha y brillante, y con sus ojos asombrados —bien que lo recordaba— “se veía el mundo”.


Entrevista “Francisco Rabal: vocación y éxito”, revista En Marcha, nº125/126, enero/febrero de 1967.


Paco siempre me distinguió con su afecto: de las primas hermanas de su madre (las chachas, en nuestra jerga familiar) a mi madre la recordaba con gran cariño porque —decía— “me daba bocadillos de escabeche para merendar”, que era lo que más le gustaba… Y mi madre siempre tuvo cierta debilidad por él. Y cuando volvía a Águilas de vacaciones o a descansar, siendo ya actor conocido, siempre había un día en que pasaba, con Asunción y los críos, a comer en mi casa, que era cuando mi madre exhibía en la mesa de mármol los manteles y servilletas de su ajuar, con bordados de figuras y colores, y aquellos platos ribeteados de escenas mitológicas reservados para ocasiones así. Cuando me fui haciendo mayor y coincidíamos, yo de vacaciones de mi internado y él de sus escapadas atávicas, me hablaba de mi padre, ferroviario, porque él sí lo había conocido. Luego, interesado por mis ideas y políticas —era el primero de la familia que estudiaba y haría carrera— supo reconvenirme con su tacto y afecto por la educación nacionalcatólica que me imprimían; y un día (cuando la invasión de Cuba de 1961) que me preguntó por mis referencias en política internacional y le contesté que los Kennedy, me miró fijamente y me espetó: “Esos son unos hijos de puta”.

Fui un día a buscarlo a Prado del Rey, donde remataba el Don Juan de 1966, para hacerle una entrevista y publicarla en la revista de los colegios salesianos, donde se iniciaba mi afición periodística, y como supo que me gustaba escribir y “que lo hacía bien”, con estas palabras hizo mi presentación ante sus amigos periodistas y corresponsales, aquellos de “Las cuatro plumas”, veraneantes en la playa aguileña del Hornillo.

Así que cuando se nos “apareció” en aquella Navidad de 1973 la central nuclear en la Marina de Cope, solaz y herencia espiritual de gran parte de nuestra rama materna, Renca y Valera, siendo yo ingeniero y conocedor de la energía nuclear, nuestro encuentro en el no a ese proyecto nos valió por toda una historia de trayectorias distintas y asíncronas (Paco me llevaba casi 22 años), y con la ayuda inestimable en Lorca del maestro y poeta Pedro Guerrero, supimos ser lo que éramos: gente de sangre y de clan, enemigos de la dictadura, aguileños con la idea sagrada de mantener la integridad de nuestro sol y nuestro mar, de la brisa impoluta que remonta desde las olas y acaricia, en los peores días de canícula, las laderas broncas, tan entrañables, que nuestros viejos pastorearon, labraron y horadaron.


Paco Rabal, con Pedro Costa y Pedro Guerrero en Murcia (1992).

La batalla que siguió encendió al pueblo e iluminó con pasiones buena parte del país, haciendo con nuestro arrojo que Hidroeléctrica Española mordiera el polvo de la derrota: no contó con los Rencos, dura estirpe de cabreros, mineros, molineros… actores y ecologistas; y así le fue.



Fuente: mundo obrero.es

Vivir bajo la ‘línea amarilla’: “Sabemos que Israel tiene derecho de vida o muerte sobre nosotros”

 

      Periodista.



En el sur del Líbano, el llamado “alto el fuego” esta sirviendo más para prolongar la guerra que para detenerla. A ambos lados de la mal llamada zona de seguridad, el ejército israelí sigue sembrando destrucción. Crónica de una tregua mortífera.


Un grupo de mujeres durante un funeral en el pueblo de Qlaieh, en el sur del Líbano.



     “Después de todo lo vivido, hemos desarrollado, desgraciadamente, un verdadero saber hacer en el arte de la reconstrucción”, ironiza Haidar. El joven, de 33 años y vecino de una localidad cercana, ha acudido junto a unos amigos a observar las obras de rehabilitación del puente de Qasmiyeh, sobre el río Litani y uno de los principales puntos de conexión entre el sur del país y el resto del Líbano. Frente a él, las excavadoras no dejan de moverse, intentando rellenar un gigantesco cráter.

Es un castigo”, afirma con amargura. Como prueba señala el momento del bombardeo: apenas unas horas antes de la entrada en vigor del alto el fuego, el pasado 17 de abril. Resulta difícil llevarle la contraria. Para los habitantes del sur, obligados a un nuevo exilio desde la reactivación de la guerra israelí en el Líbano, esta destrucción adicional no ha hecho más que complicar todavía más el regreso a sus tierras.


En el cementerio improvisado del pueblo de Toul están enterradas las personas que no pueden ser sepultadas en sus localidades de origen.

Desde entonces, por una carretera ya parcialmente reabierta, se cruzan vehículos constantemente: los de los desplazados que intentan regresar a sus pueblos del sur –a menudo únicamente para recuperar algunas pertenencias– pese a las restricciones impuestas por el ejército israelí y las recomendaciones de Hizbulá; y los de quienes emprenden el camino de vuelta. Es el caso de Fátima y su familia, que regresan hacia Beirut tras una estancia fugaz. “Nuestra casa es inhabitable y, en el contexto actual, no podemos permitirnos iniciar obras. La situación es demasiado inestable”, explica desde la ventanilla de un minibús abarrotado.

Para los libaneses del sur, la expresión “alto el fuego” sabe a insulto. Mientras Israel sigue ocupando alrededor de 500 kilómetros cuadrados situados entre la línea de demarcación trazada en 2000 y una ‘línea amarilla’ dibujada unilateralmente unos diez kilómetros más al norte, los bombardeos y las órdenes de evacuación se multiplican peligrosamente.

Las cifras hablan por sí solas: cuando entró en vigor el alto el fuego, habían muerto 2.167 personas en el Líbano. El balance actualizado al 8 de mayo asciende ya a 2.759 muertos. Unos números macabros que no hacen sino confirmar una realidad persistente: la guerra israelí no ha terminado, ahora se concentra exclusivamente en el sur del país.

La ‘línea amarilla’

En el paseo marítimo de la ciudad portuaria de Tiro, decenas de personas escrutan la costa libanesa, visible a simple vista hasta Naqoura, la localidad fronteriza con Israel.

Una mujer señala a lo lejos unas rocas blancas: son los acantilados de al-Bayada, situados a apenas ocho kilómetros y convertidos ahora en posiciones avanzadas de las tropas israelíes desplegadas en el sur del país. Aunque los soldados no son visibles, los habitantes de Tiro sienten que viven bajo una vigilancia permanente. “Los israelíes siempre han querido quedarse con Naqoura; desde esa punta se domina toda la costa. Antes estábamos bajo la vigilancia constante de los drones; ahora sabemos que nos observan directamente desde allí”, lamenta una joven cuyo apartamento da a los territorios recientemente ocupados.


Panorama del sur del Líbano visto desde Majdal Zoun.

En las calles adyacentes, y pese a los graves daños causados por el ejército israelí, numerosos desplazados procedentes de las aldeas situadas junto a la Línea Azul –la trazada por la ONU en 2000 entre el Líbano e Israel– han encontrado refugio. Sus tierras quedaron destruidas por los bombardeos o absorbidas por las zonas hoy ocupadas por el ejército israelí.

La carretera costera que serpentea desde Tiro hacia el sur está casi desierta: apenas unos pocos vehículos avanzan a través de un paisaje devastado, saturado de retratos de combatientes de Hizbulá muertos en el frente.

A lo lejos, aparece un puesto de control custodiado por unos pocos soldados libaneses. Imposible seguir avanzando. Las tropas israelíes están a apenas un kilómetro. Aquí comienza la ‘línea amarilla’, una delimitación impuesta por Israel y presentada como un “cinturón de seguridad”. Dentro de ella hay zonas ocupadas directamente por el ejército israelí, así como pueblos que todavía no lo están –o al menos no oficialmente– pero cuyo acceso permanece totalmente bloqueado.

A lo lejos se distingue la localidad de al-Mansouri. En sus calles polvorientas, un puñado de habitantes llora a sus muertos, asesinados poco después del anuncio del alto el fuego. “Volvimos al día siguiente para inspeccionar nuestras casas y el ejército israelí nos rodeó. Disparaban desde el aire y también desde sus posiciones terrestres. Tres de los nuestros murieron como mártires y ni las fuerzas de seguridad ni la Cruz Roja obtuvieron permiso para entrar en el pueblo. Nos quedamos solos durante cuatro días”, relata uno de ellos.


Familiares de combatientes de Hizbulá lloran a los suyos durante un funeral.

Desde entonces, la situación no ha hecho más que empeorar. “Intentamos entender qué está ocurriendo. Los israelíes tienen posiciones muy cerca, en la colina que domina el pueblo. Pueden verlo todo y sabemos que no tardarán en avanzar”, observa Moussa Zen, un vecino de 65 años.

Como muchos otros, quiere quedarse. Pero ese deseo choca tanto con la magnitud de la destrucción y la ausencia de agua y electricidad como con los bombardeos constantes. “Nuestra vida, igual que la de nuestros padres y abuelos, ha estado marcada por guerras e invasiones. Durante mucho tiempo nadie prestó atención a eso. Hoy el mundo entero entiende que Hizbulá no es más que un pretexto dentro de sus proyectos de expansión territorial”, asegura Mohammad. Su padre murió durante el asedio que siguió a la entrada en vigor de la tregua. Todavía no ha podido ser enterrado.

A pocos kilómetros al sureste de al-Mansouri, los habitantes de Majdal Zoun viven una situación prácticamente idéntica. En el flanco sur del pueblo se distingue Shama, a unos dos kilómetros. Las banderas israelíes ondean sobre el fuerte que alberga el santuario de Shamoun es-Safa, tumba del profeta homónimo.

De repente se escuchan detonaciones. Poco después, columnas de humo negro se elevan desde la vecina Tayr Harfa. “Están dinamitando las casas. Después de bombardear los pueblos, se empeñan en arrasarlo todo, como en Gaza”, afirma Ali, de 39 años.


El alcalde del pueblo de Insar, en su vivienda completamente destrozada.

Resulta difícil verlo como una simple exageración partidista. Porque, aunque resulta difícil saber qué ocurre exactamente dentro de esa ‘línea amarilla’, las imágenes satelitales y los vídeos difundidos por el propio ejército israelí son inequívocos: además de vaciar progresivamente la franja fronteriza –donde viven unas 150.000 personas–, Israel parece decidido a convertir esas tierras en inhabitables. Lo hace mediante un urbicidio plenamente asumido y devastando tierras agrícolas, en ocasiones aparentemente con fósforo blanco. Una auténtica política de tierra quemada que no perdona nada ni a nadie: en Yaroun, incluso el convento de las hermanas salvatorianas ha sido pulverizado.

Todo el sur sigue bajo fuego

A varias decenas de kilómetros más al norte, junto al río Litani, el pueblo de Insar apenas logra recomponerse. Aunque oficialmente se encuentra fuera de la zona de evacuación decretada por Israel al comienzo de la guerra, ha sido bombardeado sin descanso.

Los habitantes ven en ello una voluntad deliberada de castigarles por las heridas del pasado. A la entrada del pueblo, un tanque perteneciente al antiguo Ejército del Sur del Líbano –milicia aliada de Israel disuelta en 2000– permanece como vestigio de otra época.


El cementerio del pueblo de Jebchit, gravemente dañado por los bombardeos israelíes.

Frente a su casa destrozada, una mujer de unos cuarenta años apenas logra contener la desesperación. “Regresamos hace dos días. La casa no está totalmente destruida, pero en el contexto actual no vamos a correr el riesgo de reconstruir inmediatamente”, explica. Y añade: “Aunque seamos civiles, sabemos que nuestras vidas dependen de su voluntad y que tienen derecho de vida o muerte sobre nosotros”.

Mohammad el-Halaf dirige un equipo de primeros auxilios que, pese a los riesgos, permaneció sobre el terreno durante toda la guerra. “Por ahora solo despejamos carreteras y ayudamos a los habitantes. No podemos iniciar ningún verdadero proceso de reconstrucción “, afirma.

Las muestras de apoyo hacia el pequeño grupo son constantes, más aún cuando el Estado libanés sigue siendo prácticamente invisible. En el cielo, los drones continúan zumbando, amenazantes. “Seguimos conservando la esperanza. Durante todas estas pruebas, pasadas y presentes, el Líbano no habría sobrevivido sin ella. Es nuestro cemento”, añade Mohammad, tan resignado como combativo.

En este pueblo, como en buena parte del sur del país, los reproches contra Hizbulá por la apertura del frente en marzo parecen haberse disipado. El Partido de Dios aparece ahora como el último dique de contención. “¿Qué hace nuestra República por nosotros? ¿Qué hace el mundo por nosotros? Son nuestros jóvenes quienes derraman su sangre por este país, nadie más”, clama una mujer de 40 años.


Un grupo de jóvenes frente al puente destrozado de Qasmiyeh, que atraviesa el río Litani y conecta el sur del Líbano con el resto del país.

A pocos kilómetros, el pueblo de Jebchit también ha pagado un precio altísimo. Resulta difícil encontrar una sola vivienda intacta. Khadija Ali Darab, de 63 años, permanece de pie detrás del mostrador de una pequeña tienda polvorienta y desvencijada. Su comercio, perdido en medio de un océano de destrucción, ha quedado relativamente intacto. Permaneció en el pueblo durante cuarenta días y solo se marchó en los últimos seis, cuando las instalaciones eléctricas quedaron destruidas. Vivió bombardeos que cayeron a apenas un centenar de metros de ella sin resultar herida. Se considera una superviviente.

Es mi manera de resistir. No escuchaba los aviones, escuchaba las explosiones y las sacudidas. Todos los días había temblores, muertos. No tengo condiciones para combatir, pero tenía que quedarme por los jóvenes del pueblo que sí lo hacen”. También ella carga contra el Estado: “El gobierno ni siquiera nos mira. No tiene ningún respeto ni consideración hacia nosotros. No apoyamos a la Resistencia ciegamente, sino porque sin ellos nuestro pueblo ya no existiría, y nosotros tampoco. No podemos aceptar que nuestro gobierno dialogue con los israelíes que nos matan ni con los estadounidenses que les entregan las armas para hacerlo. Eso escríbalo bien claro. No podemos aceptarlo”.

En los últimos días, el pueblo ha recibido nuevas órdenes de evacuación seguidas de nuevos bombardeos. Incluso a decenas de kilómetros de la ‘línea amarilla’, la vida parece imposible.

En el pueblo vecino de Toul, Ahmad, de 34 años, se recoge ante una tumba improvisada, en medio de un cementerio levantado a toda prisa. Aquí entierran a las víctimas de los bombardeos aéreos que no pueden ser sepultadas en sus localidades de origen, ya sea porque están ocupadas por Israel o porque continúan siendo atacadas constantemente.


Un grupo de mujeres en su pueblo, en el sur del Líbano.

Mi cuñado murió y no tuvimos otra opción que enterrarlo aquí, de acuerdo con el municipio. Es triste y desgarrador, pero su pueblo está ocupado, así que dejamos su cuerpo aquí para que no acabara devorado por los animales.”

De repente llega lentamente una caravana de vehículos. Decenas de hombres y mujeres descienden y se agrupan alrededor de una ambulancia. Los gritos y los llantos se superponen en una coreografía macabra, mientras varios hombres transportan el cuerpo de un joven socorrista, muerto en un ataque israelí unos días antes.

Se suma así a la larga lista de rescatistas asesinados desde el inicio de la guerra, muchas veces mientras intervenían tras bombardeos. El 15 de abril, en la localidad de Mayfadoun, el ejército israelí cruzó todos los límites: tras atacar una ambulancia que acudía al lugar de un bombardeo, atacó una segunda ambulancia que había acudido a socorrer a la primera. Y después, a una tercera enviada para auxiliar a los ocupantes de las dos anteriores.

Y, como en Gaza, el hecho de que estos ataques deliberados y repetidos puedan constituir crímenes de guerra –como ocurre también con los periodistas tomados como objetivo– ya no parece frenar a unos dirigentes israelíes embriagados por la impunidad.

División

Frente a estas agresiones, Hizbulá –a diferencia del anterior alto el fuego, durante el cual el Partido de Dios no respondió a las más de 10.000 violaciones israelíes registradas entre noviembre de 2024 y marzo de 2026– ha multiplicado las operaciones contra las tropas israelíes presentes en el sur del país.

Acciones llevadas a cabo especialmente con drones kamikaze –y difundidas en vídeo– que ponen en serias dificultades a las tropas sobre el terreno y colocan a Benjamin Netanyahu ante una guerra de desgaste que reabre heridas nunca cicatrizadas: toda una generación de soldados israelíes quedó profundamente marcada por lo que entonces fue considerado “el pantano” de 2006.

Sin embargo, lejos de encarnar el papel de héroe providencial, Hizbulá sigue estando en el centro de una crisis nerviosa nacional. Mientras una parte del país considera al Partido de Dios como el único dique frente a las ambiciones expansionistas israelíes, otra lo responsabiliza directamente de la ocupación de alrededor del 6 % del territorio libanés.


El 15 de marzo, Ali Al-Chami, socorrista, frente a las ruinas del centro médico de Burj Qalaouiye, donde doce de sus compañeros acababan de perder la vida. Él mismo moriría pocos días después en un ataque israelí.

Como reflejo de una fractura mucho más profunda, dos narrativas chocan frontalmente incluso en el plano jurídico: mientras el Estado libanés ha declarado “fuera de la ley” al brazo armado de Hizbulá, la formación chií considera “ilegales”–en nombre de la Constitución libanesa– las conversaciones directas iniciadas en las últimas semanas con Israel.

Porque, por primera vez desde 1983, el Estado libanés ha emprendido conversaciones directas con Tel Aviv. Un giro impulsado por el gobierno libanés y facilitado por Donald Trump y su enviado especial Steve Witkoff.

Se puede decir, sin traicionar a la historia, que es algo inédito”, explica un antiguo diplomático libanés de alto rango. “Ha habido distintos ciclos de actividad diplomática, más o menos intensos, incluidas numerosas negociaciones indirectas, como ocurrió entre 2020 y 2022 sobre las fronteras marítimas. Pero, en la práctica, hacía más de cuarenta años que no nos sentábamos en la misma mesa que Israel. Conviene recordar que, en aquella época, se firmó un acuerdo basado en “retirada israelí a cambio de reconocimiento libanés”, antes de que el régimen sirio lo hiciera saltar por los aires.”

Como si la historia estuviera condenada a repetirse, el espectro de una reactivación de las tensiones internas sigue muy presente. Del lado de Hizbulá, las amenazas son explícitas. El 16 de marzo, en una entrevista con la cadena Al-Jadeed, Mahmoud Comati, vicepresidente del Consejo Político del partido, declaró que su formación era “capaz de poner el país patas arriba y derribar al gobierno”, asegurando que su “paciencia tiene límites”.

El gobierno ya no es capaz de gobernar el país y sus acciones solo sirven al enemigo israelí. La confrontación es inevitable y los traidores pagarán por su traición”, afirmó.


El pueblo libanés de Shama, ocupado por Israel, visto desde Majdal Zoun.

Un discurso beligerante que reabre heridas profundas en la sociedad libanesa, especialmente las del 7 de mayo de 2008, cuando el Partido de Dios desencadenó una demostración de fuerza en Beirut para reafirmar un poder que consideraba amenazado.

Aun así, el espectro de una confrontación interna parece, de momento, pertenecer más al terreno de la ficción que al de la realidad, muy a pesar de Benjamin Netanyahu. Según la fuente diplomática citada anteriormente, el dirigente israelí habría exigido la destitución del jefe del ejército libanés, Rodolphe Haykal, después de que este rechazara participar en un desarme forzoso de Hizbulá. Sin éxito. 

Porque, más allá de su retórica triunfalista, el primer ministro israelí no ha logrado transformar su superioridad militar ni en victoria ni en una perspectiva política. Lo que se perfila en el horizonte parece más bien la posibilidad de una guerra interminable antes que la de una normalización, suponiendo siquiera que Netanyahu persiga realmente ese objetivo.

A ello se suma el desgaste de la guerra que Israel libra junto a Estados Unidos contra Irán, que plantea múltiples interrogantes sobre las posibles salidas de la crisis. Y también aquí emerge una posibilidad paradójica: que tanto el régimen iraní como Hizbulá, lejos de salir aniquilados, acaben fortaleciéndose todavía más tras este periodo.


Un socorrista frente a un cráter, en el sur del Líbano.

Un habitante de un pueblo cristiano del sur concluye: “Nuestro único refugio y nuestra única salvación solo pueden venir del Estado libanés. Está intentando avanzar para recuperar el control, pero la estrategia mortífera de Israel le corta constantemente la hierba bajo los pies. ¿Son conscientes de ello? No lo sé. Pero, al arrasar el sur del Líbano, lo único que consiguen es reforzar la legitimidad de Hizbulá, y eso es catastrófico.”


Fuente: El Salto