Analista
y colaborador de
Descifrando
la Guerra.
El
nacionalismo religioso ha vuelto al centro de la escena política
occidental. Nunca desapareció, pero ha pasado de los márgenes del
orden liberal a los centros de mando de la coalición trumpista. Y la
guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán, presentada como una
contienda sagrada, está siendo el mejor ejemplo.
El
28 de febrero, en el comienzo de la agresión, Benjamín Netanyahu
comparó a Irán con el Amalek, que en la tradición rabínica
representa el enemigo absoluto al que el pueblo judío debe “borrar
de la memoria”.
Si
en el Despacho Oval una delegación de pastores evangélicos imponía
las manos sobre Donald Trump bendiciendo sus acciones en Oriente
Medio, Pete Hegseth dirigió un oficio cristiano en el Pentágono
pidiendo a Dios "romper los dientes" de los “enemigos
malvados”, en referencia a los iraníes.
Todo
ello mientras Peter Thiel terminaba en Roma su gira de conferencias
sobre el Anticristo y Viktor Orbán se presenta en las elecciones
húngaras como el defensor de la cristiandad europea.
En
medio de la ruptura de todos los consensos internacionales que
acompañaron a la hegemonía estadounidense al término de la Guerra
Fría, el nacionalismo cristiano está emergiendo como un vertebrador
de la refundación de la extrema derecha internacional. Este giro
ideológico no surge de la nada. Llevaba años cociéndose en todo un
entramado de conferencias, think
tanks y
publicaciones donde un nombre reaparece con insistencia: Yoram
Hazony.
A través de la figura intelectual de Yoram Hazony se pueden explorar los vínculos entre el sionismo religioso y el nacionalismo cristiano.
Colono
israelí, estudioso de la Torá y exasesor de Netanyahu, Hazony no es
el único puente entre el sionismo religioso y el nacionalismo
cristiano, pero sí es con probabilidad el más sistemático a nivel
ideológico. Sus obras ofrecen al MAGA –un movimiento más reactivo
que doctrinario– una base teórica y una infraestructura que reúne
anualmente a las principales figuras de la derecha trumpista
internacional.
La
obra de Hazony parte del rechazo tajante al universalismo y la
Ilustración. La idea de que las sociedades están formadas por
individuos libres e iguales que firman un contrato social estaría en
la raíz de la destrucción de las tradiciones que dan solidez a la
vida en común.
Frente
al racionalismo ilustrado de Spinoza o Kant, que habría llevado en
última instancia a la decadencia de las sociedades occidentales,
Hazony reivindica el empirismo conservador anglosajón: el individuo
no existe aislado, sino en familias, tribus y naciones ligadas por
lealtades heredadas, y la religión de los antepasados es lo que les
da cohesión.
De
esa premisa se siguen dos rupturas. En el plano interno, cada nación
debe organizarse en torno a la religión de su mayoría histórica
–el judaísmo en Israel y el cristianismo en Estados Unidos–.
En
el plano internacional, la crisis de las sociedades occidentales
vendría motivada por la pérdida de las identidades nacionales que
el "globalismo" de liberales y "neomarxistas"
habría impulsado desde el final de la Guerra Fría.
De
los asentamientos a la derecha estadounidense
La
teoría política de Hazony tiene mucho de sus propias vivencias.
Nacido en 1964 en una familia judía ortodoxa, pasó su juventud
entre Israel y un Princeton liberal donde sus valores conservadores
encontraron difícil
acomodo.
Yoram Hazony, dirigiéndose a la Conferencia Nacional Conservadora la semana pasada en Washington, D.C., dijo a la multitud: ‘Estamos en el poder. Nuestros amigos están en el poder’.
En
contraste, Hazony encontró
en la visita a Princeton del
rabino Meir Kahane –fundador de la Liga de Defensa Judía,
organización considerada terrorista en Israel por sus ataques contra
palestinos– un primer referente intelectual del mesianismo
sionista. El propio Hazony lo recordaría así en un obituario tras
su muerte:
“El
rabino Kahane era el único líder judío al que le importaban lo
suficiente nuestras vidas como para venir a decirnos qué pensaba que
podíamos hacer; el único que parecía entender cuánto deseábamos
una buena razón para seguir siendo judíos".
Preparando a los niños en los asentamientos colonos israelíes.
Aún
siendo muy minoritario, el kahanismo actuó como incubadora
del sionismo
religioso,
se hizo especialmente fuerte entre los colonos y hoy muchos de sus
postulados los defienden tanto Netanyahu como los ministros más
radicales de su gobierno.
La ideología del sionismo religioso marca la agenda política y militar del gobierno israelí, difuminando la frotera entre religión y Estado.
En
aquel momento de auge primigenio del sionismo religioso, el propio
Hazony se trasladó en 1989 a la colonia de Eli, en el centro de la
Cisjordania ocupada. Allí actuó como asesor de un joven Benjamín
Netanyahu, aún ministro de Exteriores, al que ayudó a elaborar A
place among the nations (1993),
el libro que sentaría las bases de su programa político como futuro
primer ministro.
Desde
entonces, Hazony ha venido combinando la labor académica en torno al
estudio de la Torá, enfocándola como un tratado de filosofía
política, con la creación de numerosos think
tanks sionistas
en Estados Unidos.
Sin
embargo, no sería hasta 2018, el mismo año en el que la Knéset
aprobó la ley que proclamaba a Israel como Estado judío, cuando
Hazony publicó La
virtud del nacionalismo,
el libro que le catapultó al centro de una escena conservadora en
plena mutación. La obra trata de presentar al nacionalismo y el
imperialismo como dos tendencias contrarias a lo largo de la
historia.
La
primera consistiría en defender la soberanía nacional en base a las
tradiciones religiosas milenarias de
cada nación. Su ejemplo paradigmático sería la fundación del
pueblo judío y la codificación de sus "derechos nacionales"
en la Torá, tradición que posteriormente habría recuperado la
Reforma protestante frente al Sacro Imperio Romano Germánico.
La
segunda, la imperialista, estaría asociada a la pretensión de
universalidad, del Imperio Romano hasta el liberalismo kantiano y el
internacionalismo marxista, que buscarían eliminar las tradiciones
culturales propias de cada nación.
El
libro ofreció así un armazón teórico sistemático al
conservadurismo internacional en pleno auge del combate contra las
instituciones "globalistas" surgidas tras 1945 –las
Naciones Unidas, la Unión Europea o el Tribunal Penal Internacional–
y consideradas como formas encubiertas de imperialismo, y se
convirtió en una libro de referencia para JD Vance o Giorgia Meloni.
Cuatro años más tarde, con Conservatism:
A Rediscovery (2022),
Hazony cerró el movimiento.
Su
tesis es que, tras la caída del Muro de Berlín, el liberalismo dejó
de ser un aliado táctico frente al comunismo y, arrastrado por un
"neomarxismo" cultural que habría colonizado
universidades, medios y tribunales, se convirtió en una amenaza para
la soberanía de cada nación. La única salida sería una ruptura
explícita con el liberalismo y la refundación del conservadurismo
estadounidense sobre bases antiliberales.
El
impacto del National Conservatism
La
influencia de Hazony va más allá del plano intelectual. En 2019
fundó en Washington la Edmund Burke Foundation junto a David Brog,
exdirector ejecutivo de Christians United for Israel (CUFI), la
principal organización
sionista cristiana de
Estados Unidos, que declara contar con 10 millones de afiliados. El
puente entre sionismo religioso judío y nacionalismo cristiano
evangélico quedaba así tendido.
La
Burke Foundation organiza desde 2019 las conferencias anuales del
National Conservatism (NatCon), que se han convertido en lugar de
encuentro de los principales ideólogos de la derecha internacional,
de MAGA al Hindutva indio, pasando por líderes europeos como Orbán,
Farage o Meloni.
La declaración
de principios,
coredactada por Hazony, condensa la visión del Conservadurismo
Nacional: "Allí donde exista una mayoría cristiana, la vida
pública debe estar enraizada en el cristianismo y su visión moral,
que debe ser honrada por el Estado. Al mismo tiempo, los judíos y
otras minorías religiosas deben ser protegidos".
Cofinanciadas
por el Claremont Institute y la Heritage Foundation –la misma que
elaboró el Project 2025–, por el estrado de NatCon han pasado JD
Vance, Peter Thiel, miembros del gabinete Trump como Russ Vought
–clave en el Project 2025– o Elbridge
Colby,
y pastores nacional-cristianos como Doug Wilson, líder de la
congregación de Hegseth y conocido por defender que las mujeres no
deberían poder votar ni los no cristianos ocupar cargos públicos.
Elbridge Colby, antiguo asesor del Pentágono y una de las voces más importantes en Estados Unidos sobre política exterior.
El
núcleo común de los ponentes de las conferencias NatCon es la tesis
que Hazony formula en La
virtud del nacionalismo:
"Lo que hace falta para el establecimiento de un Estado estable
y libre es una nación mayoritaria cuyo dominio cultural sea evidente
e incuestionable, y contra la cual toda resistencia parezca fútil.
Una
nación mayoritaria así es lo bastante fuerte como para no temer los
desafíos de las minorías nacionales, y por tanto puede concederles
derechos y libertades sin dañar la integridad interna del Estado”.
El
razonamiento hazoniano ha teñido con su discurso
civilizatorio-religioso el programa de la administración Trump. En
el plano interno, por ejemplo, como legitimación de la persecución
contra la migración por parte del ICE, bajo
la idea,
expresada por el propio Hazony, de que "el 15% de la población
estadounidense es de origen extranjero y, en general, los
nacional-conservadores consideramos que ese es el límite antes de
que el país empiece a desmoronarse".
Este
lenguaje civilizatorio ha producido un cambio más profundo en lo
relativo a la política de seguridad. Bajo este prisma es posible
entender mejor la Estrategia de Seguridad Nacional de 2025, que
incorpora por primera vez en un documento oficial estadounidense todo
ese discurso civilizatorio-religioso, al advertir, por ejemplo,
contra la "desaparición de la civilización europea" bajo
el peso de la natalidad decreciente, la inmigración y la erosión de
las identidades.
Es
la misma lógica por la cual Marco Rubio proclamó
recientemente en
la Conferencia de Múnich que Estados Unidos y Europa son "parte
de una civilización, la civilización occidental, unida por siglos
de historia común, fe cristiana, cultura, patrimonio, lengua y
ascendencia”.
El presidente Ronald Reagan y el Papa Juan Pablo II, dos figuras clave de la conferencia del Nacionalismo Conservador que celebró su encuentro con el título: “God, Honor, Country: President Ronald Reagan, Pope John Paul II, and the Freedom of Nations—A National Conservatism Conference”.
Todo
esto supone un desplazamiento conceptual relevante: bajo el prisma de
la seguridad ontológica, que plantea la existencia de una serie de
"amenazas culturales" existenciales para la soberanía
nacional, el nacional-conservadurismo desdibuja la frontera entre
política interna y exterior.
Las
deportaciones masivas en casa y la confrontación con China o Irán
fuera pasan a ser dos caras de una misma guerra: la defensa de
Occidente contra todo lo que amenaza su cohesión, dentro o fuera de
sus fronteras.
Esta
introducción de criterios civilizatorios y valores religiosos en el
puente de mando de Estados Unidos tiene repercusiones importantes en
su política exterior que parecen difíciles de conciliar con los
postulados realistas de buena parte de la coalición trumpista y con
la promesa de acabar con las guerras ajenas a los intereses
estadounidenses.
Por
ejemplo, Trump realizó varios ataques con misiles en Nigeria durante
el año pasado con el objetivo declarado de proteger a las
"comunidades cristianas perseguidas".
Más
relevante aún, la guerra contra Irán iniciada el 28 de febrero ha
sido teñida de una retórica oficial que la presenta ante los
propios soldados estadounidenses como parte de un "plan divino",
mientras Trump ha aprovechado la Semana Santa para establecer
múltiples paralelismos entre sus acciones y la vida de Jesús.
Lo
mismo que Hegseth, que en 2020 escribió American
Crusade en
referencia explícita a las Cruzadas medievales como ejemplo ante la
"amenaza" que supondrían la izquierda multicultural y el
islam para la civilización occidental.
El
trumpismo en su momento de mayor tensión
La
guerra contra Irán ha llevado a la coalición MAGA a una tensión
interna sin precedentes. Bajo la figura de Trump se coaligan sectores
de intereses y visiones profundamente divergentes: aislacionistas,
tecnorreaccionarios, nacional-cristianos o nacionalistas raciales,
entre otros.
Así,
la agresión contra Irán ha producido signos relevantes de fractura
interna, ejemplificados por la dimisión de Joe Kent de su puesto
como director de contraterrorismo o la oposición frontal a la guerra
de Tucker Carlson, antiguo presentador de la Fox clave en la
articulación del trumpismo.
Las
relaciones con Israel han sido un punto de tensión recurrente al
interior de MAGA. Para los sectores más reacios a las intervenciones
en Oriente Medio, como Carlson, el peso de Tel Aviv en la política
exterior de Estados Unidos se ha convertido en el blanco principal de
sus críticas.
Por
el contrario, elementos cercanos a los tecnorreaccionarios, como
Peter Thiel y Alex Karp, y figuras clave en la Junta de Paz de Trump,
como su yerno Jared Kushner, ven a Israel un modelo a imitar.
A
su vez, el apoyo a Israel en Estados Unidos tiene un creciente
componente religioso. Los evangélicos blancos –fuertemente
vinculados al nacionalismo blanco, que aportaron más del 80% de su
voto a Trump en 2024 y constituyen aproximadamente un tercio de su
base– leen la alianza con Tel Aviv en clave bíblica: el apoyo al
Estado judío sería un requisito escatológico para la Segunda
Venida de Cristo.
Según
Reuters, a pesar del desplome del apoyo general a la guerra contra
Irán, los evangélicos siguen
respaldándola mayoritariamente
y la traducen desde sus púlpitos como “una guerra espiritual entre
el bien y el mal, entre el reino de Dios y el reino de Satán”.
Valla publicitaria encargada por un grupo evangélico, que muestra una imagen del presidente estadounidense Donald Trump con las palabras «Gracias a Dios y a Donald Trump», en medio del conflicto entre Estados Unidos e Israel con Irán, en Tel Aviv, Israel, el 12 de marzo de 2026.
En
medio de estas disensiones, Hazony trata de mantener los puentes
abiertos y
evitar la ruptura con sectores como el de Carlson. El argumento aquí
es pragmático.
Marco Rubio, Tucker Carlson y Suzie Wiles en la Casa Blanca.
Mientras
el rechazo a Israel estaría creciendo por influencia del
"neomarxismo" y de lo que llama partidarios de los
"Hermanos Musulmanes" en la izquierda estadounidense,
Hazony afirma que el ascenso del nacionalismo religioso en el Partido
Republicano constituye una ventana de oportunidad sin precedentes
para lograr los objetivos del sionismo y es preciso trabajar en su
interior.
El
esfuerzo por vincular el programa del
Eretz Israel con
el MAGA ha sido notablemente exitoso.
Mapa del Gran Israel, también conocido como Eretz Israel, una noción ideológica y expansionista que se ha integrado en la agenda política del sionismo y, por ende, del gobierno israelí.
Sin embargo, la guerra en Irán
se ha convertido en el mayor punto de fricción al interior de la
heterogénea coalición trumpista y de lo que ocurra en la guerra
regional iniciada por Israel tras el 7 de octubre depende hoy en
buena medida el destino de la primera potencia mundial.
Fuente:
Descifrando
la Guerra