domingo, 23 de agosto de 2026

Es hora de que los movimientos replanteen las redes sociales

 

 Por Mehran Khalili   
      Consultor político y organizador, residente en Atenas, Grecia. Colabora con DiEM25.


Los movimientos aún pueden encontrar gente en las redes sociales. Sin embargo, la verdadera organización tiene que darse en otro lugar, y conseguir que la gente llegue allí es la parte que seguimos pasando por alto


Australia prohíbe las redes sociales a los menores de 16 años.


     El pasado mes de septiembre hice un vídeo corto que fue, con diferencia, el contenido más viral que he publicado hasta la fecha. No puedo rastrear todas las visualizaciones, pero al menos un millón de personas lo vieron en Instagram y TikTok, y posiblemente en otras plataformas. Vecinos de Atenas, en Grecia, me comentaron que habían visto mi cara en sus redes sociales; cuentas chinas le pusieron subtítulos al vídeo y lo compartieron. Sentí que había dejado mi huella en el universo y, para ser sincero, que se trataba de algo especial.

El vídeo no era una charla sensacionalista ni una coreografía. Tenía un objetivo claro: conseguir que la gente firmara una petición, creada por DiEM25 y la Internacional Progresista, para impedir que la exministra de Asuntos Exteriores alemana, Annalena Baerbock, responsable de la complicidad alemana con el genocidio, se convirtiera en presidenta de la Asamblea General de la ONU.


DiEM25 y la Internacional Progresista lanzan una campaña para impedir que Baerbock asuma la presidencia de la Asamblea General de la ONU.


Zonas inundadas en Gaza, noviembre de 2025.



Fue ahí donde fracasé.  Al final de mi semana de fama breve en internet, el número de firmas apenas había variado. Durante el mes de julio, dos meses antes de publicar el vídeo, había unas 49.000 firmas. Hice seguimiento de cerca esa semana, y apenas se movió. Baerbock consiguió el puesto; ahora la petición le pide que renuncie.

Sé bastante sobre comunicación digital. Durante dos décadas ha sido una parte fundamental de mi trabajo: he escrito sobre ella, la he investigado y he asesorado a movimientos al respecto. La petición no era mía, pero el vídeo sí. Y no conseguí que funcionara. Quizás el vídeo podría haberse presentado mejor, o el enlace a la petición podría haberse hecho más accesible. Quizás mi propuesta fue entretenida, pero no convincente. Quizás una petición nunca fue el medio adecuado para detener a Baerbock.

Mis amigos, los que organizaban la campaña, pensaron que había salido genial. Me felicitaron por la cantidad de gente que había visto el vídeo, pero nadie preguntó por la petición. Y es esto lo que me preocupa desde entonces. Porque si un millón de visitas y ninguna firma se considera un éxito, estamos midiendo lo incorrecto.

Y eso plantea una pregunta más importante, una que creo que no nos hacemos con la suficiente frecuencia: cuando usamos las redes sociales para organizarnos, ¿qué estamos haciendo realmente? ¿Vale la pena el tiempo que le dedicamos? ¿Y existe alguna manera de hacerlo que realmente genere resultados?

¿Por qué estamos todos ahí?

Las redes sociales son ahora una herramienta indispensable para cualquiera que quiera organizar algo; y por motivos de sobra conocidos. Llevamos más de una década usándolas para llenar espacios públicos, desde Occupy hasta Black Lives Matter, pasando por las protestas de la Generación Z del año pasado en todo el sur global. Para sortear los bloqueos mediáticos y mostrar al mundo lo que hace el poder cuando cree que nadie lo filma, desde Ferguson hasta Gaza.


Manifestantes se congregan cerca de la Casa Blanca mientras agentes de policía levantan una barricada durante una protesta por la muerte de George Floyd.


Un activista protesta contra la vigilancia y la censura en las redes sociales en Colombo, Sri Lanka, el 24 de enero de 2024.


Para impulsar y hundir carreras políticas. Para desplomar las cotizaciones de las empresas que se lo merecen.

Las redes sociales han transformado nuestra forma de comunicarnos. Nos han obligado a ser más rápidos, más ingeniosos y más entretenidos. Porque la atención es escasa y competimos por ella contra todo lo demás. Pero, en el fondo, la mayoría partimos de la misma premisa: que las plataformas son donde se realiza el trabajo. Que publicar es organizar. Que si conseguimos alcance, lo demás vendrá por añadidura.

¿Qué cambió?

Esa suposición tiene su origen en 2011. Quienes vivimos esa época recordaremos que las redes sociales prometían algo diferente. Creíamos que podíamos derrocar gobiernos y reyes si lográbamos movilizar a suficiente gente. Y las redes sociales eran muy eficaces para eso, siempre y cuando la indignación ya existiera.

A veces, eso bastaba. El dictador tunecino Ben Ali se fue. El dictador egipcio Mubarak se fue. Pero cuando no funcionó —cuando se disolvió Occupy, cuando la plaza Tahrir dio paso a un gobierno militar, cuando las plazas quedaron vacías— nos decíamos a nosotros mismos que no era el momento adecuado, o que la represión era demasiado severa. Tengo la impresión de que muchos de nosotros aún conservamos ese mismo idealismo sobre el poder de las redes sociales. Pero dos cosas han cambiado desde entonces.

En primer lugar, los gobiernos se han vuelto muy hábiles para hacernos retroceder. Ahora sofocan la protesta desde su origen, con vigilancia, arrestos y sus propias operaciones en redes sociales. Los movimientos aún pueden sortear la censura, y a menudo lo hacen. Sin embargo, el Estado ha aprendido a operar en el mismo terreno. Amnistía Internacional ha documentado cómo el año pasado las autoridades kenianas utilizaron las mismas plataformas que el movimiento de la Generación Z para amenazar y desacreditar a los organizadores. Y cuando eso no es suficiente, el Estado puede recurrir a la plataforma misma, prohibiéndola, como hizo Nepal en 2025 , o cambiando su propietario, como sucedió con TikTok en Estados Unidos.

En segundo lugar, las plataformas mismas cambiaron de forma. Pasamos de los feeds de seguidores a los feeds de recomendaciones. Lo que publicas ya no llega a las personas que eligieron saber de ti, sino que va a donde el algoritmo lo envía, si es que llega a algún sitio. La atención se concentra en un puñado de plataformas corporativas cuyo incentivo es que sigas desplazándote por la pantalla, no ayudar a organizarte.

Ese segundo cambio es el que menos hemos tenido en cuenta, y sin embargo es el que más afecta a nuestra capacidad de organizarnos. En 2011 publicamos, nuestros seguidores lo vieron y nos organizamos en las respuestas, como sucedió durante los disturbios de Atenas. La distribución y la coordinación se produjeron en el mismo lugar y al mismo tiempo.

Por supuesto, los comentarios siguen existiendo. Pero cuando una publicación llega a pocos de tus seguidores y, en cambio, llega a desconocidos, el hilo de respuestas deja de ser un lugar en el que se pueda formar un grupo y se convierte en un espacio donde los individuos llegan uno a uno y se van de la misma manera.

Y aun así, seguimos usando estas plataformas como si estuviéramos en 2011. Lanzamos mensajes al aire con la esperanza de que alguno tenga éxito, de que la gente escuche nuestros llamados a la acción y se organice por sí misma. Creemos que, si señalamos un problema con la suficiente frecuencia, todos llegarán a las mismas conclusiones que nosotros. Y cada vez que algo o alguien logra un avance, lo sentimos como pura suerte.

Eso no significa que una publicación no pueda dar pie a algo. En India, después de que el presidente del Tribunal Supremo llamara cucarachas a los jóvenes desempleados, un estudiante de Boston preguntó en las redes sociales qué pasaría si todas las cucarachas se unieran. En cuestión de semanas se formó el Partido de las Cucarachas, con millones de seguidores y protestas en varios estados, y casi sin organización previa.


La revuelta de las ‘cucarachas’.

Eso fue hace tres meses. Desde entonces han conseguido una importante victoria, pero nadie sabe aún en qué se convertirá.

Un movimiento espontáneo aún puede surgir de las redes sociales. Simplemente no se puede planificar ni replicar. Y, sin embargo, gran parte de lo que hacemos se basa en esperar a que esto ocurra, porque las herramientas cambiaron, pero no nuestros hábitos.

Por qué no cambiamos con ellos

En cierto modo, todo lo descrito es comprensible. Las redes sociales son la herramienta más llamativa y eficaz de nuestro arsenal. Son gratuitas y todos sabemos usarlas. Entendemos los algoritmos, las palabras de moda, los memes, cómo jugar el juego. Y, sobre todo, responden al instante. En la organización, nada más funciona así. Una reunión no te dice cómo fue. Una capacitación no genera informes hasta seis meses después. Y una lista no sirve de nada hasta que le pides que haga algo.

Así que tomamos prestado muchísimo de aquellos para quienes las redes sociales son realmente su principal fuente de ingresos: los activistas influyentes. Crean una audiencia a partir de una cercanía percibida: una relación parasocial, la ilusión de intimidad y reciprocidad. Es una habilidad real y tiene sus ventajas. Pero una audiencia solo basta si el objetivo es captar la atención. No es la base. Nadie se conecta un martes por la noche porque se sienta cercano a alguien en una pantalla. 

Mientras tanto, se omite la parte tediosa del trabajo: las reuniones, las llamadas de seguimiento, las capacitaciones, las discusiones sobre qué exigimos realmente y a quién. Y es precisamente en esa parte donde la atención se transforma en poder. Como argumenta Zeynep Tufekci, las redes sociales permiten que los movimientos en red alcancen una gran escala sin necesidad de desarrollar la capacidad que antes requería dicha escala.

Ya se puede ver el precio que eso conlleva. En Bangladesh, Nepal y Madagascar, las protestas impulsadas por las redes sociales han derrocado gobiernos, pero en cada caso, lo que ocupó ese espacio fue algo que ya existía: un partido establecido en Daca, un partido formado tres años antes en Katmandú, el ejército en Antananarivo. No los movimientos en sí mismos.

Peor aún, creo que nuestro uso de estas plataformas ha empezado a condicionar nuestra estrategia. Optimizamos en función de lo que la plataforma recompensa, porque esa es la cifra que recibimos directamente. Los aspectos silenciosos pero vitales del trabajo organizativo se despriorizan sutilmente, o simplemente dejan de hacerse.

Así es como se ve cuando alguien lo hace bien

En febrero de 2025, los estadounidenses, indignados por la creciente influencia política de Elon Musk, comenzaron a publicar sobre su empresa, Tesla. Algunos vendieron sus coches, grabaron las ventas y se quejaron en línea. El asunto podría haberse quedado ahí tras desaparecer de las redes, pero no fue así. 

Una profesora de la Universidad de Boston vio una protesta en una sala de exposiciones de Tesla en Nueva York organizada por el grupo Rise and Resist y llevó a cabo la misma acción en su ciudad. Publicó sobre ello en Bluesky. Otros la imitaron. Unas pocas personas crearon un sitio web y un mapa, y todo se difundió bajo un solo hashtag: #TeslaTakedown.

El punto débil de Tesla eran los lugares físicos, con direcciones y horarios de apertura, pertenecientes a una empresa cuyo valor dependía —y depende— en gran medida, de la reputación de su fundador. Los organizadores eligieron una fecha y se mantuvieron fieles a ella: protestaban en el mismo lugar, cada semana. Para marzo, ya se habían organizado protestas en las salas de exposición de Tesla en más de 250 ciudades de todo el mundo.

La explicación que dan los organizadores sobre por qué funcionó se resume en dos puntos: la presencia es más importante que la planificación, y la regularidad fomenta la comunidad. Esto no es un argumento en contra de la estrategia —elegir las salas de exposición fue una estrategia, y una buena—. Es un argumento en contra de hacer esperar a la gente mientras se perfecciona. En un momento de enfado, la gente no necesita un documento de planificación: necesita que les digan adónde ir y qué hacer.

Las inscripciones de aquellas acciones se llevaron a cabo a través de Action Network, una plataforma de organización, y no mediante los comentarios en las publicaciones del movimiento en redes sociales. Así, cuando esas publicaciones dejaron de tener repercusión, el movimiento aún conservaba su lista de participantes. Las protestas de la Generación Z en Marruecos son otro ejemplo de cómo hacer las cosas bien. El año pasado, Marruecos experimentó una ola de protestas contra la corrupción, la desigualdad y el estado de los servicios públicos. El movimiento se autodenominó GenZ 212, en referencia al código telefónico del país.

La iniciativa se difundió a través de Instagram y TikTok, pero su plataforma principal fue Discord. Los usuarios se dividieron en canales regionales según su lugar de residencia, y las decisiones se tomaban en debates nocturnos que culminaban en votaciones. Según una estimación, el número de usuarios en los canales ascendía a 250.000 el pasado octubre.

Fue desordenado; a veces caótico. Pero Discord, que no tiene un sistema de recomendaciones, hizo por los manifestantes marroquíes algo que un sistema de recomendaciones no podría: les permitió tomar decisiones bajo presión, como grupo, y adaptarse. Cuando los primeros días trajeron arrestos, el movimiento trasladó sus protestas a barrios obreros. Cuando la intervención policial provocó muertes, los miembros se reunieron de nuevo para esclarecer lo sucedido y defender la protesta pacífica, contrarrestando los intentos de tacharlos de imprudentes.

Al igual que la mayoría de los movimientos importantes de la Generación Z que hemos visto, GenZ 212 carecía de líderes y fue algo descentralizado. La diferencia aquí, sin embargo, no radica en si hay líderes o no, sino en si existe un espacio donde se puedan resolver las dudas y tomar decisiones.

¿Qué tienen en común estos movimientos?

Una palabra: un traspaso.

En ambos casos, los organizadores reclutaron a través de las redes sociales, al igual que en 2011. Pero no se quedaron ahí. Rápidamente trasladaron a la gente a espacios que controlaban. En los casos mencionados, se trató de Action Network y de Discord; podría haber sido igualmente una lista de correo, un foro, un chat grupal o una sala con sillas. Lo importante es que no fue un sistema automatizado.

Esto replantea los debates recurrentes sobre qué plataformas de redes sociales usar y cuáles abandonar. Las plataformas surgen y desaparecen, y la que capte la atención en el futuro seguirá siendo solo la punta del iceberg. La pregunta clave es: ¿Qué necesita un movimiento para que un cambio de algoritmo o una prohibición no lo desmantelen?

Un ejemplo claro: el movimiento de la Generación Z en Nepal, que operaba en Discord, logró sortear la prohibición generalizada de las redes sociales impuesta por el gobierno el año anterior. Y el movimiento derrocó al gobierno

La transferencia debe diseñarse

No obstante, hay un inconveniente en esta transferencia: la arquitectura de las plataformas juega en tu contra. Las plataformas penalizan cualquier cosa que provoque que los usuarios abandonen la aplicación. Su arquitectura lo deja claro: Instagram no permite incluir enlaces en la descripción de una publicación. TikTok los limita a la biografía. Y en Facebook, las publicaciones con enlaces han pasado de aproximadamente una de cada siete a una de cada 66, según los propios datos de Meta. Por lo tanto, la transición no puede ser algo improvisado. Debe diseñarse con cuidado y detenimiento.

Eso significa publicar tu solicitud donde la plataforma lo permita (el enlace del perfil, la primera respuesta) e indicar a la gente dónde está, porque no la buscarán. Lo ideal es que el destino sea una fecha (“tenemos una llamada el jueves a las 19:00”) en lugar de una página. Hay que pensar en el seguimiento antes de publicar, porque la mayoría de los registros se enfrían en los primeros días si no reciben nada en su bandeja de entrada. Todo esto significa que debe haber una persona designada, alguien responsable de lo que suceda después: una persona que responda a los registrados, que organice las llamadas, a quien puedan responder y obtener una respuesta.

Ten claro qué es lo que estás contando

La otra mitad es la medición, y es donde más a menudo nos equivocamos. Las plataformas nos ofrecen un montón de datos gratis, y los aceptamos porque están ahí. Pero volverse viral no es una victoria. Nunca fue el objetivo.

Así que decide qué vas a contabilizar antes de publicar y que sea algo que se vea al final del proceso de conversión: clics desde el vídeo hasta los registros, la asistencia o las acciones completadas. Establece un objetivo, y cuando los resultados sean bajos, corrige la conversión en lugar de la acción inicial. Si tu vídeo obtiene 200.000 visualizaciones y 40 registros, probablemente el problema no fue el vídeo. Analiza qué les pediste a las personas que hicieran, si pudieron encontrar la información y qué resultados obtuvieron una vez llevaron a cabo lo que pedías. Todo contenido necesita un lugar donde publicarse.

Volver al vídeo

Puede que el problema con mi petición no haya sido el gancho, sino la fragilidad de lo que había detrás. Un formulario está bien. Tesla Takedown usó uno. Pero ese formulario condujo a una protesta en un concesionario específico, a una hora determinada, organizada por un anfitrión con gente que lo respaldaba. El mío condujo a una firma. Si tan solo una fracción de las personas que vieron ese vídeo hubieran tenido algo más que hacer —una llamada la semana siguiente, organizada por alguien conocido, con una tarea clara al final— habría quedado algo cuando la atención se desvaneció. Planifica la transición antes de planificar la recepción. Esa es la lección principal, y me costó un millón de visualizaciones aprenderla.



Fuente: El Salto

¿Por qué Israel y Estados Unidos son aliados?

 




La relación ‘especial’.


     La actual relación entre Estados Unidos e Israel no nació como una alianza estratégica plenamente formada. Aunque Washington fue el primer país en reconocer oficialmente al nuevo Estado hebreo en 1948, durante sus primeros años predominó una relación ambivalente, marcada tanto por las necesidades de la política interna estadounidense como por el temor a deteriorar los vínculos con los países árabes.

El presidente Harry Truman no partía inicialmente de una posición favorable a la creación de un Estado exclusivamente judío. Su postura personal se aproximaba más a alguna fórmula binacional o federal para Palestina. Sin embargo, las elecciones presidenciales de 1948 modificaron los cálculos de la Casa Blanca.

Nueva York era entonces un estado electoralmente competitivo y el voto judío de la ciudad tenía un peso considerable. Además, la comunidad judía formaba parte de la coalición electoral construida durante los gobiernos de Franklin D. Roosevelt junto con otros sectores como los afroamericanos y los católicos. La movilización política y electoral terminó convirtiéndose así en uno de los factores que favorecieron el reconocimiento de Israel.

Los inicios de la relación

Durante los gobiernos de Truman y Dwight Eisenhower, Washington trató de mantener relaciones sólidas con los Estados árabes y evitar que estos se aproximaran a la Unión Soviética. El petróleo y su importancia para la reconstrucción europea y el funcionamiento de la economía internacional ocupaban un lugar central en los cálculos estadounidenses.

Israel era visto en ocasiones como un elemento desestabilizador. Estados Unidos llegó incluso a suspender temporalmente ayuda económica cuando consideró que el gobierno israelí había incumplido las condiciones acordadas. En este periodo, el principal aliado exterior de Tel Aviv era Francia.


Imagen del Centro de Investigación Nuclear del Néguev, clave en el programa nuclear israelí realizada en septiembre de 1971 por un satélite de reconocimiento estadounidense.

Paralelamente, las autoridades israelíes comenzaron a reforzar sus apoyos dentro de Estados Unidos mediante organizaciones destinadas a influir sobre el Congreso y la política interna.

Uno de los momentos decisivos llegó después de la masacre de Qibya de 1953, cuando una operación israelí contra una localidad de Cisjordania provocó fuertes críticas a nivel internacional.

A partir de ese contexto se consolidó el Comité Estadounidense-Israelí de Asuntos Públicos (AIPAC, por sus sigas en inglés) como una estructura de presión orientada a construir una base política favorable a Israel más allá de la Casa Blanca, especialmente entre congresistas, votantes y donantes.


La propaganda israelí y su estrategia de Hasbará buscan justificar la guerra contra Palestina y moldear la opinión pública interna y global.

No obstante, la crisis del canal de Suez de 1956 volvió a evidenciar los límites de la relación. El Estado hebreo participó junto con Francia y Reino Unido en la ofensiva contra Egipto tras la nacionalización del canal por Gamal Abdel Nasser. Estados Unidos se opuso a la operación y presionó para ponerle fin.

1967 y 1973, años claves

La llegada de John F. Kennedy y posteriormente Lyndon B. Johnson comenzó a estrechar los vínculos, incluida una mayor cooperación militar. Sin embargo, el auténtico punto de inflexión se produjo con la guerra de los Seis Días de 1967.


Soldados egipcios capturados por Israel en la guerra de los seis días.

Israel derrotó rápidamente a Egipto, Siria y Jordania y demostró una capacidad militar muy superior a la esperada. Al mismo tiempo, Estados Unidos estaba profundamente comprometido en Vietnam y tenía dificultades para desplegar nuevos recursos en otros escenarios.

Washington comenzó entonces a considerar a Israel como un actor capaz de proyectar indirectamente sus intereses en Oriente Medio. Su fortaleza militar permitía contener a gobiernos próximos a la Unión Soviética sin necesidad de un despliegue estadounidense equivalente.

La llegada de Richard Nixon a la presidencia terminó de convertir la relación en una política de Estado y no únicamente en una preferencia asociada a determinadas administraciones demócratas. Asimismo, el gobierno de Golda Meir buscó presentarse como un aliado inequívoco de Washington en la Guerra Fría y apoyó públicamente la intervención estadounidense en Vietnam.

Estados Unidos aumentó entonces los créditos, préstamos y transferencias militares a Tel Aviv, consolidando progresivamente el principio de que el país debía mantener una ventaja militar cualitativa frente a sus vecinos.

La guerra de 1973 reforzó definitivamente esta asociación. Egipto y Siria atacaron para recuperar los territorios ocupados por Israel desde 1967 y Washington respondió enviando por primera vez ayuda militar masiva durante un conflicto abierto.

El puente aéreo estadounidense proporcionó a Tel Aviv material decisivo en un momento crítico de la guerra. Posteriormente, Egipto comenzó a alejarse de la Unión Soviética y a aproximarse a Estados Unidos, modificando el equilibrio regional.

Durante los años siguientes también aumentó el peso político de las organizaciones judías estadounidenses y del AIPAC, mientras la cuestión de los judíos soviéticos reforzaba la identificación de Israel y de determinadas organizaciones comunitarias con la confrontación estadounidense frente a Moscú.

En la década de 1980, la cooperación superó además los límites de Oriente Medio. El Estado hebreo participó en operaciones alineadas con los intereses estadounidenses en otros escenarios, suministrando armas, entrenamiento y apoyo a gobiernos y fuerzas anticomunistas en Centroamérica y colaborando en redes internacionales de inteligencia.


La exportación de doctrinas del Shin Bet de Israel a América Latina ha redefinido las dinámicas de la ‘guerra contra el narcotráfico’.

La alianza había pasado así de una relación inicialmente condicionada por la política doméstica y las dudas estratégicas de Washington a convertirse en una pieza estable de la estrategia estadounidense durante la Guerra Fría. Su transformación posterior, tras la desaparición de la Unión Soviética, abriría una nueva etapa diferente de esta relación bilateral.



Fuente: Descifrando la Guerra

viernes, 21 de agosto de 2026

El inmigrante de los informativos

 

 Por Marco Alagna Morales   
      Colaborador de CTXT.


En 1993, con un 1 % de población migrante, casi la mitad de los encuestados ya los consideraba demasiado numerosos. Treinta años después, el mapa del empleo extranjero y el del voto a Vox no coinciden. Salvo cuando se baja al municipio


Recorte de la portada del Diario de Cádiz del 2 de noviembre de 1988. La fotografía es de Ildefonso Sena.


     Aigues-Mortes, Francia, 1893. Las salinas de Peccais emplean cada verano a varios cientos de hombres para recoger sal bajo un calor que hace casi imposible el esfuerzo. Se paga a destajo. Quienes acuden allí no son trabajadores especializados. Son temporeros del Macizo Central, a los que la región llama trimards, y piamonteses a los que la miseria agraria ha arrojado a los caminos del sur. Estos últimos trabajan en cuadrillas organizadas y consiguen una mayor producción de sal.

El 16 de agosto de 1893, se produce un altercado junto a uno de los depósitos de agua dulce. No es más que una riña entre hombres exhaustos. La noticia circula sin embargo por el pueblo durante la noche y, al día siguiente, se forma una turba. Cientos de franceses, a los que se suman habitantes de Aigues-Mortes que no trabajan en las salinas, persiguen a los italianos por el campo. Ese día, trabajadores franceses matan a golpes y pedradas a trabajadores italianos. El balance oficial asciende a ocho muertos, aunque nunca podrá establecerse con exactitud, ya que algunos cuerpos desaparecieron en las lagunas. En diciembre de ese mismo año se celebra un juicio en Angulema que termina con absoluciones.

Los italianos de Peccais llevaban años trabajando en el lugar. Su número no había aumentado bruscamente durante el verano de 1893 y sus salarios tampoco habían caído de repente. Lo que había cambiado era la rivalidad habitual entre dos grupos de jornaleros, que había adquirido otra naturaleza. Una simple disputa laboral se volvió de repente una oposición entre franceses e italianos. Los socialistas usaron los hechos de Aigues-Mortes para defender una de las medidas que pedían. Querían un salario mínimo para todos los trabajadores, sin importar su nacionalidad. Así buscaban evitar que los extranjeros compitieran de manera injusta con los trabajadores franceses. Édouard Drumont, periodista y escritor de extrema derecha, acusaba a los italianos de aceptar salarios de miseria y pensaba que la solución era expulsar a los extranjeros. Lo decía en La Libre Parole, su periódico antisemita y nacionalista. 

En el Midi, los trabajadores franceses también se enfrentaban a la competencia de trabajadores extranjeros. En Marsella, desde 1888, obreros franceses iban a los barcos donde trabajaban italianos y pedían que los despidieran; en algunos casos lo lograron. En 1893, los trabajadores de la Joliette exigieron que las empresas que trabajaban para el Estado, la provincia o el municipio tuvieran que limitar al 10 % el empleo de extranjeros. El lenguaje era claramente económico. Se acusaba a los extranjeros de quitarles el trabajo a los franceses y de aceptar sueldos más bajos. Un boletín obrero marsellés de 1891 resumía este rechazo hablando de “ese obrero italiano o español” que venía a ocupar un puesto en el taller junto al trabajador francés. 

Posteriormente se registraron incidentes entre trabajadores franceses y españoles en Limoux, en 1894; Perpiñán, en 1897; y Narbona, en 1900. Los expedientes de los Archivos Nacionales franceses recogen así los “incidentes entre obreros franceses y españoles” de Limoux (ref: BB18 1972) y los “desórdenes entre obreros franceses y españoles” de Narbona (ref: BB18 2170). Lo que se repite de un conflicto a otro es menos una hostilidad vinculada a una nacionalidad concreta que un mismo lenguaje de la competencia: el extranjero es presentado como aquel que ocupa el lugar del francés y amenaza su salario.

La historiografía francesa ha documentado con minuciosidad estos episodios poco gloriosos de la historia social del país. Pero este mecanismo no se limita a la Francia de finales del siglo XIX ni a los enfrentamientos entre trabajadores de distintas nacionalidades. Aparece, bajo formas y en contextos muy diferentes, cada vez que una competencia real o supuesta con los extranjeros se transforma en una percepción más general de amenaza económica. La España de comienzos de los años noventa ofrece, a este respecto, un caso paradigmático de percepción ampliamente imaginaria de la competencia extranjera.

El 1 de enero de 1993, España contaba con 393.100 inmigrantes, aproximadamente el 1 % de su población.

Ese mismo año, un estudio del CIS concluía que el 45 % de quienes respondieron a la pregunta, una vez excluidas las respuestas sin opinión (n=2080), consideraba excesivo el numero de inmigrantes (CIS nº 2051).

La proporción era idéntica dos años antes. A la vista de los datos, no puede atribuirse estos resultados a ninguna experiencia de saturación ni a ningún pueblo desbordado por la inmigración, puesto que aquello que los encuestados consideraban excesivo no formaba parte de su experiencia cotidiana. Las demás respuestas del mismo barómetro apuntan en la misma dirección. En 1993, también según el CIS, el 74 % de los encuestados estaba de acuerdo con la idea de que los inmigrantes quitaban trabajo a los españoles, y el 67 % con que hacían bajar los salarios. El estereotipo de la competencia laboral estaba, por tanto, ampliamente extendido en nuestro país a comienzos de los años noventa, aunque esa competencia no se producía materialmente.

Hay que distinguir, por tanto, entre la presión migratoria real y la presión transmitida. Esta última parece estar estrechamente relacionada con el tratamiento mediático, cuyos efectos pueden observarse en los propios sondeos: aquellos en los que la inmigración ocupa el tercer lugar entre los problemas del país coinciden con anuncios de regularización, con su aplicación o con su restricción. Es decir, con los momentos en que la inmigración se convierte en noticia, no con aquellos en los que aumenta. En 1993, además, una mayoría de los encuestados identificaba al inmigrante con el marroquí, aunque los marroquíes ni siquiera constituían el grupo mayoritario entre los extranjeros residentes.

La iconografía que sustenta el estereotipo del inmigrante en nuestro país es, además, anterior a las propias encuestas. En noviembre de 1988, una embarcación naufraga en la playa de Los Lances, en Tarifa; mueren ahogadas once personas y la fotografía tomada por Ildefonso Sena deja una profunda huella en la opinión pública española. La palabra patera empieza a difundirse a partir de 1992, cuando las restricciones derivadas de Schengen modifican las condiciones de entrada, y durante la década se convierte en el símbolo por excelencia de la inmigración, hasta llegar a designar cualquier tipo de embarcación. La opinión pública de 1991 disponía ya, por tanto, de una representación del inmigrante, fijada, casi encuadrada, cuando su presencia real apenas había alcanzado el umbral de visibilidad.

Es lo que el sociólogo Jean Baudrillard denominaba la “desrealización del mundo”. A fuerza de circular, la imagen de lo real termina imponiéndose sobre aquello que pretendía representar. Deja de ser una representación de la realidad para convertirse en la realidad misma, hasta el punto de que la representación de la cosa representada se vuelve más real que la propia cosa. El marroquí o el subsahariano de los informativos españoles, la patera interceptada, la cifra anual de entradas, ya no son, a comienzos de los años noventa, una representación de la inmigración: son la inmigración misma.

España cuenta hoy con unos siete millones y medio de residentes extranjeros (14,9 %), según el censo del INE a 1 de julio de 2026, muchos de ellos empleados en la agricultura intensiva, la hostelería, la construcción y los cuidados a domicilio. La sensación de competencia laboral que los encuestados de comienzos de los años noventa describían sin haberla experimentado tiene ahora sectores, áreas de empleo y salarios concretos. El gráfico que sigue cruza dos variables para diecinueve territorios: en el eje horizontal, la proporción de extranjeros entre los afiliados a la Seguridad Social en cada CCAA; en el eje vertical, el porcentaje obtenido por Vox en las elecciones generales de 2023 en cada CCAA. Si la presencia extranjera alimentara el voto de rechazo, los puntos deberían disponerse siguiendo una pendiente clara. La medida utilizada se limita por comodidad metodológica a los afiliados a la Seguridad Social y deja fuera a desempleados, jubilados, menores y a toda la inmigración irregular. 

El coeficiente de correlación es de r= 0,15 (Bravais-Pearson), con p = 0,53: un resultado sin significación estadística. Conviene precisar su alcance. Con diecinueve territorios, la prueba solo detectaría un vínculo fuerte, y el intervalo de confianza deja abierto un abanico que va de una ligera relación inversa hasta una correlación moderada. Estos datos no permiten, por tanto, descartar cualquier relación entre ambas variables; indican únicamente que no bastan para establecerla. Lo que el gráfico muestra sin necesidad de inferencia es otra cosa: la nube de puntos no dibuja pendiente alguna y los casos extremos se reparten en todas las direcciones.


Porcentaje de extranjeros sobre el total de afiliados a la Seguridad Social, en el eje horizontal, y voto a Vox en las elecciones generales de 2023, en el vertical, para 19 territorios.

Ceuta registra el porcentaje más alto de voto a Vox del país, un 23,3 %, con una presencia extranjera entre los afiliados del 11,4 %, similar a la de Andalucía –aunque su condición de enclave fronterizo con un desempleo masivo la convierte en un caso aparte–. Baleares presenta la proporción más elevada del conjunto, un 26,3 %, y se queda en un 15,2 % para Vox, apenas por encima de la media. En Cataluña casi uno de cada cinco afiliados es extranjero y Vox obtiene un 7,8 %; en Canarias, con un 15,5 % de afiliados extranjeros, se queda en un 7,6 %. Extremadura invierte la lógica: la menor presencia extranjera del conjunto, un 5,7 %, y un 13,6 % de voto a Vox. Murcia y la Comunidad Valenciana, donde ambos valores son altos, no son casos ejemplares sino uno más entre los diecinueve. 

Así pues, el mapa del empleo extranjero y el del voto a Vox no se superponen. Lo que separa a Cataluña de Murcia o al País Vasco de Ceuta escapa a la demografía laboral. La explicación más plausible remite a la historia política de cada territorio y, en varios de ellos, al peso de un nacionalismo periférico que ocupa ya el terreno identitario y deja poco espacio a una formación centralista.

La relación aparece, en cambio, con mayor nitidez cuando descendemos a la escala municipal. Un estudio dedicado a los municipios de la región de Murcia, publicado en 2019 por elDiario.es, encuentra una correlación positiva de r= 0,54 entre la proporción de población extranjera y el voto a Vox, que alcanza 0,58 cuando se considera específicamente la población inmigrante extracomunitaria. El modelo presentado por los autores atribuye a esta variable, tomada de forma aislada, cerca de un tercio de la varianza del voto a Vox.

Este resultado no contradice el observado a escala de las comunidades autónomas. Sugiere más bien que la relación entre presencia extranjera y voto de rechazo puede manifestarse a una escala territorial reducida muy concreta y desaparecer cuando los datos se agregan a otra escala más amplia. La Región de Murcia constituye, a este respecto, un caso especialmente interesante: varios municipios combinan una presencia inmigrante superior a la media regional y un elevado voto a Vox. 

Los casos concretos de dos municipios que se han distinguido por los conflictos locales que han experimentado, como Torre Pacheco en Murcia y El Ejido en Andalucía, ilustran así la verdadera dimensión del fenómeno: los enfrentamientos entre españoles y extranjeros toman forma en espacios geográficos reducidos, a escala del municipio, allí donde la convivencia, la competencia por el empleo y los recursos y las tensiones sociales se vuelven concretamente perceptibles. Es a esta escala donde las relaciones entre poblaciones pueden transformarse en relaciones de competencia, conflicto o rechazo, mucho más que a la escala, necesariamente más abstracta, de las comunidades autónomas.

Este descenso a la escala municipal tampoco invalida lo que mostraba ya la España de los años noventa. Permite, al contrario, precisar su alcance. Si en determinados municipios una fuerte presencia extranjera puede coincidir efectivamente con un mayor voto de rechazo, también ocurre lo contrario: en territorios donde los extranjeros son poco numerosos, la sensación de una presencia masiva puede llegar a imponerse. Extremadura, Asturias o Cantabria ofrecen ejemplos de ello. 

De todo lo que hemos visto hasta aquí se desprende que la percepción de la inmigración no se mide únicamente por su presencia. Cuando la realidad local ofrece pocos contactos con una población extranjera que, sin embargo, es presentada como omnipresente, una parte de esa percepción procede necesariamente de algo distinto de la experiencia cotidiana.

A diferencia del siglo XIX, cuando la percepción del extranjero descansaba más en la experiencia directa y en una circulación de la información mucho más limitada, hoy la presencia extranjera y su percepción son dos realidades distintas. La imagen del extranjero no se construye únicamente a partir de la experiencia directa: también se forma mediante las categorías, los relatos y las imágenes que dan un rostro a esa presencia.

Esta representación puede recuperar, en un contexto contemporáneo, el lenguaje de la competencia económica que ya era visible en los conflictos del siglo XIX. En España, la investigadora López Talavera observa que, a partir de 2010, en el contexto de la crisis económica, los medios conceden mayor espacio al temor a la competencia de los inmigrantes por el acceso al mercado laboral y a las prestaciones sociales. Algunas informaciones presentan al colectivo inmigrante como parte implicada o incluso como responsable del conflicto económico, mientras que uno de los estereotipos señalados en la literatura sobre el tratamiento mediático consiste en asociar la inmigración al desempleo de la población activa española. El extranjero no aparece así únicamente como un otro demográfico o cultural: también puede ser construido como aquel que ocupa el lugar del nacional, compite por su empleo o pesa sobre los recursos colectivos.

De todo ello se desprenden dos exigencias políticas. La primera concierne a los medios de comunicación. La construcción reiterada del inmigrante como amenaza, delincuente o competidor económico no carece de consecuencias sobre la percepción colectiva. Los trabajos dedicados al tratamiento periodístico de la inmigración llevan tiempo reclamando un refuerzo de las normas deontológicas y una mayor contextualización de las informaciones.

La segunda concierne a las políticas públicas. Es urgente replantear las políticas de vivienda, urbanismo y ordenación del territorio para evitar fenómenos de hiperconcentración territorial que pueden transformar una presencia demográfica en una experiencia cotidiana de competencia o de separación. No se trata de negar las realidades de la inmigración ni de imponer una dispersión administrativa de las poblaciones, sino de evitar que determinados territorios acumulen de forma duradera concentración migratoria, precariedad, dificultades de acceso a los servicios y escasa mezcla social. De lo contrario, dejamos en manos de los conflictos locales, de los discursos políticos y de las representaciones mediáticas la tarea de dar sentido a una realidad territorial que los poderes públicos deberían haber anticipado mejor.



Fuente: CTXT