viernes, 27 de marzo de 2026

Musk, el nuevo modernismo reaccionario de la derecha

 

 Por Matt McManus   
      Profesor de ciencias políticas en Whitman College, Washington, Estados Unidos.


Elon Musk es un heredero de los modernistas reaccionarios de hace un siglo. Un hombre cuyas especulaciones utópicas sobre el poder de la tecnología van de la mano con sus predicciones apocalípticas sobre el «virus progresista» y el «gran reemplazo»


     Elon Musk es muchas cosas: empresario, provocador de extrema derecha, ejemplo aleccionador de los efectos negativos de carecer por completo de sentido del humor. Esta figura voluble es el tema central de Muskism: A Guide for the Perplexed, de Quinn Slobodian y Ben Tarnoff.


                            Muskism: A Guide for the Perplexed.


Ambos cuentan con las herramientas necesarias para realizar un análisis en profundidad de la vida y el pensamiento del empresario tecnológico. 

Slobodian es profesor de historia internacional en la Universidad de Boston y autor de varios libros bien recibidos sobre los orígenes intelectuales del capitalismo neoliberalTarnoff ha escrito extensamente sobre la política del sector tecnológico y las personalidades que conforman Silicon Valley.Esa experiencia se refleja claramente en su nuevo libro, que es asertivo y ágil sin dar nunca la sensación de estar apresurado. Mitad biografía crítica, mitad análisis político-económico de la era neoliberal, se trata de un texto agudo y bien escrito que desentraña la escalofriante visión del mundo de su «protagonista» con formidable detalle.


Quinn Slobodian.


Ben Tarnoff.


Pero a pesar de todas sus fortalezas, el relato de Muskism sobre el ascenso y la influencia de Elon Musk se centra exclusivamente en la ideología, ocultando las fuerzas políticas y económicas más amplias que operan entre bastidores.


El ascenso y la influencia de Elon Musk se centra exclusivamente en la ideología.

Esto hace que el libro sea, aunque esclarecedor, también limitado en su enfoque para comprender las patologías del presente. Sería beneficioso situar a Musk en el contexto más amplio de instituciones y prácticas que le han permitido prosperar y discutir su relación con la derecha en general. Teniendo todo esto en cuenta, Muskism me pareció más sugerente que revelador y me dejó con la sensación de que la crítica definitiva desde la izquierda aún está por escribirse.

Conservadurismo cyborg

Como figura, Musk se presta al tipo de análisis preferido por Slobodian y Tarnoff, el cual ocupa un espacio liminal entre la biografía y la polémica. Exhibe una necesidad patológica de atención y una capacidad infinita para la autopromoción. Al parecer, estos rasgos estuvieron presentes desde el inicio mismo de su carrera. Al describir el ascenso del multimillonario durante la burbuja de las puntocom de la década de 1990, Slobodian y Tarnoff sostienen que lo que «distinguía a Musk no era su habilidad para la ingeniería ni su perspicacia para los negocios, sino su creencia inquebrantable en el futuro —y su talento para hacer que otros también creyeran en él».

Musk es, en esencia, un «fabulista»: alguien que «mezcla fantasía y realismo» para contar historias sobre las «transformaciones extraordinarias» que sus empresas y su tecnología traerán consigo, asegurándose de omitir el apoyo de inversionistas privados y gobiernos que hace posible este éxito.

Slobodian y Tarnoff observan que el estilo de comunicación de Musk siempre ha sido proléptico y prometedor. Sus especulaciones utópicas y su creencia en el poder de los milagros tecnológicos son el complemento necesario a sus oscuras y apocalípticas predicciones sobre el «virus mental» woke, el reemplazo de la raza blanca, el socialismo rampante y cualquier otra cosa sobre la que el magnate se encuentre tuiteando a las cinco de la mañana. Estas fantasías oscuras son, según Slobodian y Tarnoff, el obstáculo para alcanzar una «sublimidad tecnológica que siempre está a solo una década de distancia». Esto le da a Musk un sentido casi religioso de su propia importancia. La fachada que se ha creado, sin embargo, es frágil y está plagada de inseguridades, tanto que incluso se ha sentido obligado a mentir sobre lo bueno que es en los videojuegos.

Slobodian y Tarnoff deducen —acertadamente, en mi opinión— que este fabulismo es parte integral de la política de derecha de Musk. Aquí se pueden hacer algunas comparaciones interesantes con su intermitente amigo Donald Trump. El propio Trump comenzó con una política relativamente ambigua pero de ninguna manera conservadora en el sentido convencional. En un pasaje inusualmente autoconsciente de El arte de la negociación, el futuro presidente describió cómo jugaba con las fantasías de la gente mediante una «hipérbole veraz». Reconoció que, aunque la gente común tal vez no piense «en grande» por sí misma, admira a quienes «creen que algo es lo más grande, lo mejor y lo más espectacular».

Tanto para Musk como para Trump, el fabulista puede convertirse en un gran hombre jugando con las fantasías de las masas, por lo demás dóciles: una visión del mundo que explica la afición de ambos por la jerarquía y la autoelevación. Es la teoría de la historia del gran hombre de Thomas Carlyle para la era neoliberal.

De manera similar, Musk pudo haber comenzado su carrera satisfaciendo el deseo de los liberales californianos de clase media-alta de salvar el mundo comprando autos de 100.000 dólares, pero esto tuvo menos que ver con un profundo amor por la humanidad que con la necesidad de que la humanidad lo amara a él. Slobodian y Tarnoff explican el descenso de Musk hacia la derecha conspirativa a partir de varias líneas argumentales. Algunas de las «razones materiales son fáciles de deducir», escriben:


Al igual que otros multimillonarios que proyectaban una imagen pública liberal, especialmente los de Silicon Valley, Musk se sentía alienado por la creciente influencia de la izquierda estadounidense. Despreciaba la propuesta del presidente Biden de un impuesto sobre el patrimonio para los superricos, así como el apoyo de la administración a los sindicatos y la ofensiva regulatoria y antimonopolio de la presidenta de la FTC, Lina Khan.

Pero las razones más profundas de la atracción de Musk por la derecha se encuentran en el ámbito de la ideología más que en el de la economía política. Musk invoca habitualmente la noción de «empatía suicida» del influencer de derecha Gad Saad para describir el sentimiento de solidaridad con los débiles y los que sufren como un error que frena la civilización occidental. Este error dirige una atención excesiva hacia las necesidades y el empoderamiento de las clases más bajas, lo que a su vez socava la capacidad de figuras como Musk para construir el futuro a su propia imagen. El «muskismo», escriben Slobodian y Tarnoff, «siempre ha estado comprometido con una defensa vigorosa de la jerarquía. Algunos humanos nacen para gobernar; otros, para ser gobernados».

Quizás no sea sorprendente que esta ideología haya llevado a sus exponentes a abrazar un profundo antihumanismo. La humanidad «debería fusionarse con la máquina —siempre y cuando [siga] segmentada por género, raza y clase. Llámalo conservadurismo cyborg». Por ejemplo, a Musk le parece bien que las personas se implanten microchips para conectarse a «Neuralink» con sus computadoras, porque él se beneficia de eso y obtiene un cierto control sobre sus vidas. Pero las personas trans que intentan cambiar de género desafían el amor del director ejecutivo por una jerarquía de género supuestamente «natural» que debe permanecer esencialmente inalterada.

El análisis de Slobodian y Tarnoff sobre la cosmovisión de Musk, en definitiva, es fascinante e informativo. Pero el libro es una oportunidad perdida para decir algo con mayor resonancia histórica sobre cómo la perspectiva del magnate tecnológico se conecta con la de la derecha en general.

El ciudadano Musk

El libro de Slobodian y Tarnoff se centra exclusivamente en su protagonista. Muskismo trata en gran medida de la cosmovisión de Musk, hasta la escalofriante conclusión en la que los autores describen los posibles futuros distópicos que el multimillonario tecnológico querría imponernos. Todo esto está muy bien, pero el enfoque en una figura singular tiene el efecto, en algunos momentos, de ocultar tanto como de revelar.

¿Qué estructuras sociales permitieron a Musk y a sus pares adquirir tanto poder, hasta el punto de que su futurismo tecnorreaccionario mesiánico sea una amenaza real y no solo material para ciencia ficción de segunda categoría? ¿Cómo y dónde encaja Musk en la historia más amplia de la derecha política?

Curiosamente, a pesar de que Slobodian ha escrito extensamente sobre la historia de los pensadores neoliberales, hay poco esfuerzo por conectar a Musk como individuo con esa tradición, y mucho menos por describir cómo las políticas y prácticas neoliberales ayudaron a facilitar su ascenso. Al principio mencionan cómo Musk se benefició de los esfuerzos de la administración de George W. Bush por privatizar funciones gubernamentales, incluso el ejército, en nombre de crear una integración más ágil y agresiva entre el Estado y el capital.

Esto ayudaría a explicar por qué fracasaron los tímidos esfuerzos de Joe Biden por frenar el poder de los oligarcas. Adoptar una perspectiva más estructural y de longue durée también estimularía un conjunto de intuiciones menos personalizadas sobre cómo responder al «muskismo» y otras vulgaridades producidas por las últimas etapas del capitalismo neoliberal.

Slobodian y Tarnoff son muy convincentes al demostrar que el legado de Musk será, en general, trágico. Pero impedir que Musk —y los otros Musks que esperan su turno— puedan causar daño en el futuro requerirá algo más que simplemente evaluar y cuestionar su ideología. Necesitamos diagnosticar las fuerzas materiales que permitieron este tipo de concentraciones de poder de clase. ¿Cómo es que personas tan profundamente poco éticas, tan opuestas a las ideas humanas básicas que ven la empatía como un mal social y la introspección como una pérdida de tiempo, llegaron a ejercer poder e influencia sobre la sociedad estadounidense?

Una vía alternativa de investigación habría sido conectar a Musk y el «muskismo» con la historia más amplia de la derecha política global. Ya mencioné el neoliberalismo, pero la tradición fascista del «modernismo reaccionario» también estuvo muy presente en mi mente al leer el libro. Tal como lo teoriza Jeffrey Herf en su clásico libro del mismo título, el modernismo reaccionario se refiere a cómo los pensadores y artistas fascistas abandonaron la tecnofobia que durante mucho tiempo había impregnado a la derecha y llegaron a fetichizar el poder de la tecnología.

Figuras como Ernst Jünger y Oswald Spengler consideraban que el fracaso de Alemania para ganar la Primera Guerra Mundial se debía en gran medida a su incapacidad para superar en producción a los Aliados. La solución era que un gran volk racial pudiera resucitar y empoderarse mediante nuevas tecnologías destructivas que debían ser adoptadas por los nacionalistas reaccionarios recelosos de la asociación de la ciencia con la Ilustración igualitaria. Para estos pensadores de extrema derecha, tecnologías como los cohetes V-2 y los aviones modernos eran armas para que los grandes hombres y guerreros asaltaran los cielos por sí mismos y podían ser una herramienta para reforzar las jerarquías sociales al ayudar a Alemania a esclavizar a vastas franjas de inferiores raciales en su nueva búsqueda de un imperio.

La derecha tecnológica contemporánea es obviamente muy diferente de su contraparte de entreguerras. Musk y compañía son mucho más individualistas, están motivados por el lucro, obsesionados con la cultura de los videojuegos y son, en gran medida, un producto del ecosistema mediático del siglo XXI. Sin embargo, muchas de sus inquietudes —en torno al declive de los blancos y la elevación de supuestos inferiores raciales, las demandas potencialmente militantes de la clase trabajadora por la democracia, la decadencia cultural y la propagación del libertinaje progresista— se hacen eco de las de los modernistas reaccionarios del siglo pasado.

Y hay mucho que decir sobre cómo tanto el modernismo reaccionario fascista como la filosofía moderna de los tech-bros ven en la tecnología un medio para conservar las jerarquías sociales e incluso establecer otras nuevas, en lugar de un medio para empoderar a la gente común y acabar con el elitismo. Les resulta más fácil imaginarnos viviendo como ciborgs en Marte que el fin del capitalismo.

Muskismo es una lectura estimulante y su brevedad y temática deberían granjearle una amplia audiencia. Esto sería algo positivo ya que, como muestran Slobodian y Tarnoff, su filosofía y su impacto son corrosivos. Pero, al final, Musk es solo una persona. Exagerar su importancia corre el riesgo de convertirlo en un villano de la historia mundial, en el espejo oscuro de su autoproclamado papel de salvador de la historia mundial.

El problema no es Musk ni el «muskismo», sino un mundo en el que se exige a la izquierda que se tome en serio a ambos. Nuestro objetivo no debería ser solo deshacernos de Musk el síntoma, sino también del orden social que lo engendró.


Fuente: Jacobin

miércoles, 25 de marzo de 2026

Recuerdos de la costa siria: Ugarit y el alfabeto más antiguo

 

Para un invierno átono y viscoso, sin frío ni calor (10 de 10)


 Por Pedro Costa Morata   
      Ingeniero, periodista y politólogo. Ha sido profesor en la Universidad Politécnica de Madrid. Premio Nacional de Medio Ambiente.

Al final de mi estancia volvería a visitar el Museo Nacional de Damasco, pero la primera y más emotiva impresión ya había quedado bien impresa en mi cabeza, y era aquel mínimo ladrillo, en forma de (medio) dedo, hecho en arcilla endurecida con la grabación de 30 caracteres cuneiformes, descrito como el más antiguo alfabeto conocido... El Museo lo mostraba en urna transparente, embutida en una pared brillante, con aspecto de altar divino: no en vano era, quizás, la joya más preciada en un Museo exuberante de riquezas antiguas (aunque yo mismo había conocido la superior acumulación arqueológica de los grandes museos de la Europa imperial, abastecidos por el saqueo sistemático de Oriente). Y allí mismo, en la tienda del Museo adquirí mi alfabeto, exacta reproducción del original, y desde entonces luce en mi mesa de trabajo, a modo de enlace entre mis pesares del siglo y mis anhelos, frustrados, de investigador de ciudades reveladas al sol; y lo he colgado de mi cuello en numerosas ocasiones, bien por alcanzarme la nostalgia de mis correrías mediterráneas, bien por el gusto de que alguien me pregunte que qué es eso, y por supuesto para explicar a mis alumnos de Telecomunicación los orígenes de la escritura...

El abecedario ugarítico, ¡ah, el abecedario...! está emparentado con el cananeo, que es una lengua de la rama semítica que a través de Biblos y la expansión comercial fenicia dio origen al etrusco y al griego. Y se fecha más o menos en el 1400 a. C., ahí es nada. A Ugarit también se le atribuye el hallazgo de la partitura musical (“escala heptatónica oriental”) más antigua en la historia... con un himno grabado que ha pasado a ser considerado el origen de la música clásica...


Alfabeto ugarítico.

Era mi primera visita a Siria, en noviembre de 1986. Aunque la invitación venía de la Embajada siria en Madrid, es decir, del Ministerio de Relaciones Exteriores, el programa -en el que no intervine- me lo prepararon, en realidad, con contenidos turísticos, lo que en el caso de Siria equivale a decir que fue eminentemente histórico-arqueológico. A mí me interesaba todo de ese país, así que no tuve que proponer ninguna alteración. Mis compañeros eran el competente guía Omar, sirio-argentino (o sea, turco, como dicen allá), y el chófer Muafaq, divertido e ingenioso. Dejando la visita detenida a Damasco para el final, decidimos emprender el recorrido por el norte, región de Alepo, iniciándolo por la costa, con la fijación primera y algo obsesiva por las ruinas de Ugarit, donde se había encontrado el famoso alfabeto y cuyas ruinas ya me habían cautivado, aun sin contemplarlas. Luego visitaríamos Ebla, Apamea, Palmira y, más allá, en el Éufrates, Mari; con especial detenimiento en Alepo, donde mis guías reconocieron que esa Ciudadela, con ínfulas de parecerse a nuestra Alhambra no era, de ésta, sino una pálida sombra.

El sitio arqueológico de Ugarit, llamado Ras el-Shamra (Cabo Hinojo), sin duda uno de los más importantes de la costa del Mediterráneo Oriental, surge a unos diez kilómetros al norte de la gran ciudad mediterránea de Latakia (antigua Laodicea). Ocupa, sobre un tell (colina), unas veinte hectáreas y lo flanquean dos riachuelos por el norte y por el sur. Este asentamiento consta ya en el 7500 a. C., puro neolítico próximo-oriental, y hacia el 3000 a. C. es un activo centro comercial y financiero. En 1800 ya ha adquirido la forma política de entidad independiente, en realidad Ciudad-Estado con un cierto hinterland pero nunca con dimensiones -ni aspiraciones- a reino o imperio: su vocación, de intermediario económico y de productor de barcos, metalurgia o artesanía, se adaptaba mucho mejor a esa existencia pacífica y productiva. Fue una ciudad próspera, en definitiva, y eso duró medio milenio, con máximo esplendor entre los siglos XV y XII a. C. (con más precisión: entre 1450 y 1180 a. C.). Y poco después del fatídico 1200 fue arrasada por los -aún hoy- enigmáticos “pueblos del mar”, y en consecuencia abandonada.

El extenso conjunto urbano muestra una muralla casi enteramente conservada, con curiosa puerta triangular, un imponente palacio real, dos templos en el sector más elevado dedicados a las divinidades sirio-fenicias Baal y Dagón, y algunas viviendas civiles de llamativa extensión y organización. Pensando en la dicha de los arqueólogos, se me permitió recorrer, excitado y feliz, callejas, corredores y habitaciones y tuve buen cuidado de respetar las piedras de los templos de esos dioses todopoderosos, tan benéficos como temibles, cuyo recuerdo llena todo el Próximo Oriente. Me imaginé hollando y aforando, sin importarme el inclemente sol de Oriente y bajo metros de sedimentos seculares, cerámica, tablillas... y ese ladrillito alfabético consonántico (o sea, sin vocales)...


Ruinas de Ugarit.

Ugarit fue “ciudad perdida” hasta 1928, cuando un agricultor con su arado desveló una tumba, anuncio de la necrópolis de la ciudad comercial, que se sitúa entre el tell y el mar, con espesa franja de naranjos y limoneros extendidos hacia el discreto Minet el-Beida (Puerto Blanco) a poniente. El enclave geográfico acaba en el Ras ibn-Hani (Cabo de Felix), su faro y su entorno militar, como sucede con la mayoría de los faros de la costa siria, situados como es normal en apéndices rocosos, cabos o pequeñas penínsulas (ras, en definitiva).

Al poco las excavaciones irrumpieron en toda la zona a las órdenes del arqueólogo francés Claude Schaefer (recordemos que eran los años del Mandato francés de Siria, botín de guerra que, junto con Líbano, se atribuyeron los franceses tras la derrota y extinción del Imperio Turco). A partir de 1948 y en sucesivas campañas fueron surgiendo del suelo miles de tablillas, con más y más luces sobre la vida en Ugarit de aquellos siglos, llenos de vida, comercio y política, todo ello bien adobado de cientos de deidades perfectamente adaptadas a las necesidades -económicas, lúdicas, religiosas- de una población dinámica y culta.

Volví a Ugarit en 1989, tras enrolarme en una misión onusiana del Plan de Acción del Mediterráneo (PNUMA), para estudiar a fondo la costa siria, lo que me proporcionó otras dos estancias y un conocimiento minucioso de ese litoral, ya que se me encomendó su estudio medioambiental.


Esquema del área de Ugarit /Ras ibn-Hani, al norte de la costa siria.

Desde Ugarit y Ras ibn-Hani hacia la frontera turca se extiende un litoral hermoso, de bellos acantilados de blanca caliza y apacibles playas de arenas negras. Con dos cabos (y sus faros), Ras el-Bassit y Ras el-Fasuri, marcando los sectores 1 y 2 de los diez en que yo organicé la costa siria para su mejor estudio (Ibn-Hani separaba el segundo del tercero, dando paso por el sur a la hermosa Latakia. Y fue en esa costa, objeto de mis andanzas estudiosas, donde me sentí fuertemente atraído (no diré tanto como por Ugarit, pero casi, casi) por el Yebel Aqra (Kel Dagi, en turco, 1.717 m), que hace frontera con Turquía y que retiene el nombre clásico de Mons Casius (Kasios, en griego). Fue su visión, majestuosa, desde el mínimo poblado marinero de Badrusiyah, con sus barcas de pesca varadas sobre guijarros, y la espectacular caída hacia el mar, coronado de blanca nube, más la atenta consulta que hice a la Guide Bleu, lo que encendió mis ganas de ascender a su cumbre... Porque si bien se trata de una cúspide sagrada ya en tiempos cananeos, donde se rendía culto a Baal y otras divinidades de otros ciclos religiosos anteriores del Oriente Próximo, lo era también en tiempos griegos, que era cuando se rendía culto a Zeus Kasios, y durante el Imperio romano, por supuesto. De tal modo que la historia asegura -Plinio el Viejo dixit- que nada menos que tres emperadores ascendieron a su cumbre para ofrecer sacrificios a Zeus/Júpiter olímpico...

Me dije que, en honor a Zeus, desde luego, pero también a esos emperadores, todos ellos tan notables como Trajano, Adriano y Juliano (este último injustamente llamado el Apóstata, por oponerse a la incalificable decisión de Constantino de liquidar el divino panteón del Imperio y sustituirlo por el cristianismo como religión oficial), merecía la pena que yo, respetuoso con la memoria de uno y otros, debía intentar su culminación. Vano esfuerzo, ya que el monte hace frontera, sí, pero esa cima sagrada, para mí tan sugerente, resulta que se alza en territorio turco, y ahí la frontera estaba vedada para sirios y turcos; y aunque yo, como extranjero teóricamente habría podido cruzarla, ni estaba previsto ni las autoridades sirias, mis anfitrionas, lo permitirían. Queda pendiente -me dije- para cuando vuelva a este rincón del Mediterráneo que es el golfo de Alejandreta (Iskenderun), mero rincón nororiental del Mare Nostrum cuya adscripción político-territorial hubo que decidirla por referéndum en 1938, ante el conflicto suscitado por sirios y turcos como consecuencia de la I Guerra Mundial; la consulta se decidió a favor de la mayoría turca.


Yebel Aqra (Mons Casius), en la frontera sirio-turca.

Me pareció, pues, que esa esquina geográfica (en la que “encaja” geológicamente la afilada punta nororiental de la isla de Chipre) guardaba notables atractivos políticos e históricos. En esa región, que los sirios siguen considerando irredenta, está la magnífica Antioquía, faro de la Antigüedad, a orillas del no menos clásico río Orontes (Nahr Assi, en árabe), que recorre la región costera siria de sur a norte, y en la misma ladera norte del Yebel Aqra está Seleucia, una más de las ciudades que fundó Seleuco, otro de los lugartenientes, como Antioco, sucesores del gran Alejandro.

Me conformé, vistas las dificultades, con que en mi mente y mi corazón quedara constancia de mi intenso deseo de subir al Mons Casius sagrado y rendir mi pleitesía, si no a los dioses aquellos, sucesivos y persistentes, sí a mi Mediterráneo nutricio que, en esta costa noblemente cananea, fenicia y siria, al revés que en la mía, murciana, el sol se pone por el horizonte marino, y surge del desierto y el corazón sirios.

Dead man walking

 

 Por Antonio Turiel    
       Físico, matemático y experto en energía. Trabaja en el Instituto de Ciencias del Mar del CSIC.



     La guerra de Irán entra en su cuarta semana. Una vez más, para evitar un pánico y hundimiento generalizado de las bolsas al abrir la sesión del lunes, se ha tenido que inventar una noticia para apaciguar al mercado. En este caso, Donald Trump ha decretado una tregua de 5 días (solo de la parte americana, Israel va a la suya), según él, gracias a fructíferas conversaciones con Irán durante este fin de semana (conversaciones ya desmentidas por las autoridades iraníes).

Estamos en tiempo de descuento. En las próximas semanas llegarán los últimos buques que salieron de Ormuz antes del cierre, y cuando esto suceda, la escasez de manifestará con toda su crudeza e intensidad. De hecho, las cosas ya están yendo horriblemente mal. La lista de países que están sufriendo problemas de suministro de combustible o incluso han impuesto medidas de racionamiento (JapónAustraliaNueva ZelandaIndiaTailandia...) va creciendo a medida que pasan los días. China ha restringido la exportación de fertilizantes, y en los EE.UU. se estima que en esta campaña faltarán entre el 25 y el 35% de los fertilizantes que habitualmente se usan. 


Un trabajador se encuentra junto a sacos de fertilizantes descargados de un buque de carga en un puerto de Lianyungang, provincia de Jiangsu, China.


Una imagen tomada con un dron muestra un tractor y una sembradora de soja estacionados en una granja de soja en Somonauk, Illinois, EE. UU.


La escasez de helio va a causar una fuerte caída de la producción de chips en unas semanas, y por no hablar de la desastrosa situación del aluminio o del cobre, por citar un par de materias primas.


La guerra entre Irán y Qatar interrumpió el suministro de helio.


Pero en realidad todo está afectado. De manera para nada sorprendente para los lectores tradicionales de este blog, en este momento una de las cosas que más escasea es el diésel, y eso afecta a absolutamente todo, a la cadena de suministros de todo tipo de materias primas.

No parece haber una solución sencilla. Irán no va a cejar si no hay un compromiso de no agresión creíble por parte de EE.UU. y de Israel, garantizado por grandes potencias como Rusia y China, y una reparación de guerra a la altura del daño que se ha causado. No puede hacerlo por menos, pues sabe que si cede ahora, dentro de unos meses volverán a atacarle, tras rearmarse. Pero esas condiciones son completamente inaceptables para EE.UU. e Israel. Realmente, no hay ningún tipo de salida sencilla para este atolladero. Todo apunta a que se va causar un daño estructural inmenso en el edificio de la economía mundial.

Poniéndome ahora en el contexto de España y de Europa, siendo honestos, salvo que suceda algo ahora mismo inimaginable (literalmente un milagro) nos vamos a estrellar. No es imaginable ningún otro desenlace. Vamos a sufrir una pérdida muy duradera, quizá incluso permanente, de un 25% o más de nuestro consumo energético, y va a suceder durante los próximos meses. Vamos a ver como una buena parte de nuestras industrias se hunden para nunca jamás recuperarse. Vamos a ver como el paro de dispara. Y en fases avanzadas de esta debacle, vamos a ver escasez de combustibles y hasta de alimentos.

Quizá los amos del mundo tienen resortes que no somos capaces de imaginar, quizá tienen manera de detener en seco en este guerra y con ella este desastre. No lo sé. Yo ni sé ni puedo saber estas cosas. Sí que sé que, sin un cambio radical de rumbo, nos vamos a hundir, y muy hondo. E incluso si se produjera ese milagro, solamente por el destrozo que ya se ha causado, las consecuencias ya serían bastante duras en los próximos años. Aunque, claro, nada por comparación con el hundimiento actual.

Ahora mismo estamos perdiendo alrededor de 20 millones de barriles diarios de petróleo y productos petrolíferos, que es como el 20% del consumo mundial y, lo que más nos importa a nosotros, eso representa un 40% del petróleo disponible para la exportación. Falta también como el 20% del gas natural licuado, el 30% de los fertilizantes nitrogenados, el 30% del helio, el 30% del aluminio, el 30% del azufre (se necesita para hacer ácido sulfúrico para procesos industriales, incluyendo la obtención de cobre)... Hay un atasco de contenedores increíble en la zona. La falta de petróleo crudo medio de la zona del Golfo Pérsico afecta especialmente a la producción de diésel. Y también a la de queroseno. De hecho, algunas compañías aéreas comienzan a cancelar vuelos.


Algunas compañías aéreas comienzan a cancelar vuelos.

Lo que le pase después al turismo, Dios dirá.

Esto no va a ser una crisis más. Esto va a ser una catástrofe económica. Combinada con el estallido de las burbujas financieras desmesuradas que se han inflado durante los últimos años, resulta difícil alcanzar a comprender la magnitud de lo que va a pasar.

Esto es pura aritmética. No hay ninguna buena salida si Ormuz sigue cerrado. Que el mundo no se precipite en un abismo depende solamente de que se reabra esa vía crítica.

Ciertamente, el cierre de Ormuz deletrea todas las letras del fin del capitalismo necroterminal, sistema destructivo y voraz al que no echaremos de menos. El problema no es tanto el fin del capitalismo, sino el cómo se va a producir este fin. Porque en vez de pasar a un sistema de redes de resiliencia preparadas para acoger a la Humanidad, en la mayor parte de este planeta caeremos literalmente sin red.

Probablemente esto es lo mejor que podía pasar. Con un Cambio Climático desbocado y multitud de otros problemas ambientales, no podíamos hacernos ilusiones de que se produjera un descenso ordenado y controlado. Probablemente tenía que pasar algo así, drástico, una detención violenta, si tenía que haber algún margen de poder construir algo en el futuro. Aún así, la mayor preocupación es cómo garantizar que el hundimiento del capitalismo no se convierta en una hecatombe con millones de muertos.

Dadas las circunstancias, las medidas que se tendrían que estar promulgando a diestro y siniestro tendrían que ir de soberanía alimentaria, de garantizar mínimos vitales, de definir sectores estratégicos, de supeditar todos los bienes al objetivo común de garantizar la supervivencia de todo el mundo, de adaptarnos lo más rápido posible a estos tiempos de tribulación y zozobra que se nos van a echar encima.

Pero no. Nada eso está en la hoja de ruta. 

Ayer pasé una parte de la tarde revisando las líneas principales del decreto de medidas urgentes que el gobierno de España ha propuesto para hacerle frente a esta nueva crisis trumpiana. Lo cierto es que no me esperaba encontrarme ninguna sorpresa, y así la mayoría de las medidas iban por los derroteros esperables. Por un lado, rebaja a la fiscalidad de la energía, una medida poco útil y de efecto limitado en el tiempo, ya que al bajar el precio aumenta la demanda y el precio vuelve a subir hasta ajustarse a la oferta posible, con lo que se vuelve al mismo precio de partida al cabo de un par de semanas, con la diferencia de que las empresas se quedan con un margen mayor y el Estado con uno menor. Por el otro, medidas para acelerar la transición energética, siempre dentro del modelo de la Renovable Eléctrica Industrial (REI), aunque ya hay alguna mención a los gases renovables. De burbuja en burbuja.


De burbuja en burbuja.


Algunas sorpresas agradables es que se recupera la distancia de 5 km para definir las comunidades energéticas, que se había intentando introducir en el decreto antiapagón del año pasado; y otras que no lo son tanto, como es la creación de Zonas de Aceleración Renovable, donde se pretende aplicar el rodillo para que de desplieguen rápidamente las macroplantas eólicas y fotovoltaicas.

Leía las medidas y pensaba: ¿y para qué? ¿y qué más da? Estos días, mientras me entrevistaban para diversos medios, volvía a salir el tema de la transición energética y cómo la mayor penetración renovable de España le ha garantizado de momento menores precios de la electricidad que Europa. Menores precios ahora que aún no ha empezado la escasez: ya veremos qué pasa cuando los socios europeos se empiecen a dar bofetadas por el gas. En la mayoría de las entrevistas, se daba por hecho de que el cierre del Estrecho de Ormuz va a favorecer la transición energética, sin entender que todo el sistema depende de una megamáquina industrial que produce todo lo que se necesita para el REI, desde el cemento hasta el metacrilato, los marcos de aluminio o la fibra de vidrio de las aspas, usando cantidades ingentes de combustibles fósiles. Y es esa misma megamáquina industrial la que se va a detener ahora, y no vamos a tener opción ni de fabricar un tornillo.

En medio de la situación que tenemos, plantearse que la respuesta es la transición renovable es como si se declarase un incendio en casa y piensas que es un buen momento para llamar a un albañil para que te instale puertas cortafuegos. Eso podría haber sido útil en otro momento, pero ahora ya no. Ya no hay tiempo para eso. Ahora tenemos que prepararnos de verdad para el impacto. El sistema aún está en pié y sigue dando pasos, pero está muerto, y en cualquier momento va a desplomarse. Deberíamos estar preparándonos para eso.

Y si Vd. está pensando que ojalá se produzca el milagro y se reactive el flujo energético y material a través de Ormuz, piense que eso garantizaría un caída peor más tarde. En realidad, lo que ya no puede esperar es organizar el futuro más allá del capitalismo extractivista.



Fuente: The Oil Crush