Periodista
y economista española afincada en Beirut, Líbano, que cubre
política internacional, derechos humanos y desplazamientos forzados
en Oriente Próximo.
En
marzo de 2026, y por segunda vez en dos años, El Salto le pidió a
la periodista Marta Maroto que reflejase en un diario su experiencia
en la guerra en Líbano. La declaración de guerra de EEUU e Israel
contra Irán llevó al régimen de Netanyahu a retomar la guerra
contra su vecino del norte. Tras la invasión del Líbano, Tel Aviv
llevó a cabo un ejercicio de limpieza étnica con muchas similitudes
con el genocidio de Gaza. Hasta junio de 2026, cuatro mil personas
habían muerto bajo los ataques
Fotografía de Marta Maroto.
Domingo
2 de marzo | Beirut
00h
- El Ejército israelí dice haber interceptado cohetes provenientes
del Líbano. No hay confirmación de Hezbolá y sus cuentas afines en
redes sociales piden precaución, quizá sea un error. Wael sale en
pijama de la habitación, habla alto al teléfono: “Vete ya, mamá,
no cojas nada”. Empiezan a formarse caravanas de familias huyendo
desde el sur de Líbano y de Dahie, los barrios de Beirut de mayoría
chiíta y controlados por la milicia.
03h
- Beirut ya había olvidado el estruendo de los misiles. Rajando el
cielo, partiéndolo en dos. Y el ritual que sigue a las bombas: luces
encendidas sobre camas deshechas, gritos de tensión y llamadas, el
pánico a que nadie conteste al otro lado de la línea. Ya advirtió
Irán que el conflicto se extendería a toda la región. Hezbolá
abre un nuevo frente pese a las advertencias de Israel de que
cualquier paso en falso de la milicia provocaría una respuesta
devastadora. La guerra dentro de la guerra.
06h
- De madrugada, Israel ha mandado órdenes de evacuación contra
medio centenar de pueblos del sur, que son mapas que el portavoz del
Ejército en árabe sube a Twitter en los que los edificios o
regiones que van a ser bombardeadas aparecen marcadas en rojo.
Las
carreteras ya están colapsadas de exilio y algunos continúan su
camino al norte a pie. En los 16 meses anteriores Israel ha violado
el acuerdo de alto al fuego en más de 15.000 ocasiones, asesinando a
casi 130 civiles. Había una tregua firmada que acabó con la última
guerra en 2024, pero a las comunidades fronterizas nunca llegó nada
parecido a la paz.
El
asesinato del Ayatolá en Irán ha provocado la reacción de Hezbolá.
Hay mucha incertidumbre y hartazgo de tener que salir corriendo sin
saber cuándo se podrá regresar. ¿Qué palabras nos inventamos
cuando incluso las que se firman en acuerdos internacionales pierden
su significado? ¿A qué llamamos paz, a qué llamamos hogar cuando
se vacían de sentido y se manipula toda referencia?
Otra
noche sin sueño en el Líbano. Otra crónica de una guerra
anunciada.
17h
- Aquí no hay sirenas antiaéreas, ni hay búnkeres, ni refugios
para resguardarse, ni aplicaciones en el móvil que envían mensajes
de peligro. Aquí se abren las ventanas, se comprueba que la
documentación esté en la mochila de emergencia, y cada uno le reza
a su Dios. Todavía es pronto, pero llegará el día en el que
también los que no creemos en nada le imploraremos silencio al
cielo, cuando se haga insoportable el desamparo.
22h
- Durante todo el día ha habido más bombardeos, más
desplazamiento. Más de medio centenar de muertos, unos 150 heridos.
Nombres y apellidos que se diluyen en la urgencia de los análisis
geopolíticos. Cuánta sangre. El Gobierno habla de 29.000 personas
que han tenido que dejar sus casas y refugiarse en escuelas públicas.
Desde mañana y hasta no se sabe cuándo los niños de las clases más
bajas también serán privados de educación.
Lunes
3 de marzo | Beirut
La
extrañeza de la repetición invade el Líbano, el dejá
vù del esperpento. Hace menos de año y medio, con el mismo
genocidio de fondo en Gaza, Beirut se llenó de desplazados, el sur
fue vaciado, bombardeado, ocupado. Warde ha venido a refugiarse
exactamente a la misma esquina de la misma plaza donde ya encontró
abrigo de las bombas en octubre de 2024. Tiene 70 años, nació en
las montañas desérticas que rodean Damasco y solo habla asirio. En
la última guerra permaneció 27 días sentada en la Plaza de los
Mártires, corazón de la capital, aunque esta vez predice que la
espera será más larga. Conserva el mismo gesto de boca torcida,
aunque hoy no mira a cámara.
El
éxodo y los bombardeos son tan recientes que pareciera que el país
se mueve dentro de un recuerdo. En los meses de falso alto el fuego
quienes pudieron alquilaron casas en zonas seguras para tener un
lugar al que salir corriendo; y quienes no, memorizaron el camino al
mismo lugar que les forzó a ser pacientes. Salua, de 20 años,
volvió a la escuela de Ras Beirut que la acogió junto a su familia
durante el conflicto anterior. La huida causó casi tanto tráfico
como la última vez, tardó ocho horas desde Saida en hacer un camino
que normalmente dura una.
Abu
Mohammed y sus vecinos también plantaron sus tiendas de campaña en
la acera donde ya lo hicieran en 2024, a pocos metros de la única
playa pública de la ciudad. Con las mochilas y carpas al hombro,
esta vez vieron cómo su bloque era destrozado por un misil israelí
después de ser marcado en rojo en los mapas de evacuación del
Ejército. Reina una sensación de enfado contra Hezbolá, pero él
se siente orgulloso: “Nos quieren matar de todas maneras,
encontrarán cualquier excusa, mejor morir con la cabeza bien alta”.
La
playa y todo el paseo marítimo han vuelto a convertirse en un
campamento informal de desplazados. Y cuando cae el sol y se rompe el
ayuno del Ramadán, la costa se llena de hogueras y platos de comida
que pasan de mano en mano.
Miércoles
11 de marzo
Ya
no hay rincones del Líbano que se libren de la guerra. Un 14% del
territorio está bajo órdenes de evacuación: casi todo el sur,
Dahie y partes de la Beqaa, la ruta de las montañas a Siria. Estas
tres zonas son el epicentro de las explosiones porque es donde
Hezbolá tiene mayor apoyo social y presencia. Las órdenes de
expulsión son cada vez más brutales. La semana pasada el rojo
marcaba todo el contorno del sur de Beirut. El caos duró horas. Los
barrios de Dahie —que significa “periferia” en árabe— son
los más densamente poblados del país, hogar de casi medio millón
de personas.
Como
si a Beirut le hubieran mutilado las piernas, ahora tenemos que
resguardarnos en su torso, en sus brazos. El tráfico es más denso,
de coches con colchones atados al techo y hogares comprimidos en sus
asientos. Familias con mantas, bidones de agua, pequeños hornos de
gas y cuanto puede rescatarse de una vida paralizada. En los márgenes
de la carretera que mira al sur han brotado carpas azules y el mayor
estadio deportivo del país se prepara para recibir a los
desplazados. El bullicio de la ciudad amontonada diluye el ruido de
los misiles por el día, aunque el eco con el que retumban por la
noche atraviesa los huesos en un escalofrío.
Comienza
la limpieza étnica en un país exhausto. El sur está siendo vaciado
forzosamente, bombardeado de manera indiscriminada por aire, con
ataques contra el escueto sistema sanitario y la infraestructura
civil para hacerlo inhabitable, y ahora avanza una invasión
terrestre. Las amenazas de ministros israelíes de replicar Gaza en
el sur del Líbano empiezan a normalizarse. Un Estado que lleva más
de dos años y medio cometiendo un genocidio sostenido y televisado
advierte de que va a cometer otro, y no provoca absolutamente nada.
Es
una secuencia de impunidad que ha ido presionando los umbrales de la
barbarie, haciendo saltar por los aires no solo las leyes
internacionales, sino cualquier referencia ética, humana. Porque por
mucho que se entierre en ciclos renovados de violencia, aquí la
memoria no olvida que todo empezó en los barrios arrasados de Beirut
hace ya dos décadas. La Doctrina
Dahie fue
acuñada tras la guerra de 2006 y se basó en “hacer un uso
desproporcionado de la fuerza”, según palabras del general israelí
que lideraba el Comando Norte, quien llegó a decir que desde su
punto de vista “estos no son pueblos civiles, son bases militares”.
Rompía así con la regla básica del derecho internacional
humanitario —porque la guerra también tiene reglas—, que es la
distinción entre civiles y combatientes. Ahora esta estrategia se ha
renombrado como Doctrina
Gaza.
Esa
normalización de la violencia es un mecanismo de supervivencia. El
cuerpo se reorienta en lo absurdo y el corazón deja de desbocarse
cuando las ventanas tiemblan. Y las conversaciones ya no se
interrumpen más que unos segundos, y no se deja de hacer café ni de
lavarse los dientes. Apenas me sorprendo durante las conexiones en
directo cuando escucho las bombas de fondo. Las que intuyo que caen
en zonas ya vaciadas a veces incluso dejo de contarlas, no quiero que
su espectacularidad le robe tiempo a los nombres propios de otra
familia completa que ha sido asesinada.
Fotografía de Marta Maroto.
Jueves
12 de marzo| Beirut
Charcos
de sangre sobre la arena en la que hasta ahora era una de las zonas
más turísticas de Beirut. Israel ha atacado la Corniche, el paseo
marítimo. Después del primer misil esperaron unos minutos a que se
congregase la gente, a que llegaran los servicios de emergencia, para
lanzar el segundo. Una advertencia de que el instinto humano de
socorrer también puede matarte. Abu Mohammed y su hijo están
heridos en el hospital. No hubo advertencia previa, ocho muertos.
Bombardearon una zona en la que familias enteras dormían en tiendas
de campaña, en sus coches, o directamente sobre mantas.
No
hay línea de frente ni límites, la guerra arrastra el país al
abismo.
Viernes
13 de marzo
103
niños han sido asesinados por Israel en menos de dos semanas de
guerra. Los muertos ya ascienden a 773 personas, hay cerca de dos mil
heridos y casi un millón de desplazados, lo que sería el 20% de
toda la población del país.
Sábado
28 de marzo | Saksakiyeh (distrito de Sidón) y
Nabatiyeh
No
es solo la destrucción, sino la velocidad a la que ocurre. Parte de
esta violencia que Israel ya promete genocida tiene que ver con la
imposibilidad de nombrarla, de procesarla, o de ser siquiera
consciente de su magnitud mientras sucede. Por la mañana Sidón
despedía a dos de sus niños y a un bebé de tres meses asesinados
el día anterior. Se llamaban Sajed, Jawad y Hasan. Terminaba el
cortejo fúnebre cuando cinco trabajadores sanitarios eran
bombardeados mientras enterraban a un anciano en un pueblo más al
sur. Ni siquiera los muertos encuentran descanso. Cuando llegamos al
campamento de los paramédicos en frente del hospital en Nabatiyeh
todavía tenían los uniformes rasgados y manchados de la sangre de
sus compañeros. Las caras desencajadas, la mano derecha al pecho a
modo de saludo. De fondo, el zumbido del dron israelí y el eco de
las bombas cada pocos minutos al otro lado de la montaña, que tapaba
el rastro del humo de la batalla por Taybe. La invasión está
asfixiando Jiam, ciudad emblemática de la resistencia: ahora pelea
Hezbolá donde décadas atrás lo hiciera la guerrilla comunista
libanesa.
Rezos
entre las ambulancias, conversaciones de pocas palabras en torno a
una mesa plegable llena de cigarrillos, y no da tiempo ni de hacer
café cuando llegan noticias de un ataque contra una ambulancia,
otros dos paramédicos más asesinados cuando iban a socorrer a las
víctimas de un bombardeo. Cada vez lo hacen más, esperar a que se
junten los vecinos y a que lleguen los servicios de rescate para
lanzar un segundo misil y matar a más civiles. Quieren romper la
resiliencia de las comunidades del sur: asesinando al único
salvavidas en plena limpieza étnica, generando miedo hacia quienes
cuidan para forzar a más desplazamiento. Meter la idea de que si tu
casa es bombardeada y resultas herida, te dará miedo que te rematen
de camino al hospital. Israel dice que las ambulancias transportan
armas y combatientes, pero no aporta ninguna prueba. Son crímenes de
guerra.
Regresamos
a Beirut con el alma encogida, bajando la ventanilla para grabar
edificios recientemente bombardeados a ambos lados de la carretera.
Somos capaces de sonreír cuando tenemos que parar y para dar paso a
un rebaño de ovejas. Y entonces Marcos recibe otra llamada: tres
periodistas han sido ahora el objetivo. Ali Shoeib, el más veterano
periodista de guerra, la reportera Fatima Ftouni y su hermano, el
cámara Mohammed Ftouni. Israel lo anuncia como un éxito militar,
nosotros nos agarramos a nuestros chalecos de prensa y apretamos el
acelerador.
En
una guerra contra la población civil el objetivo es el borrado: cada
vez que Israel destruye una casa o aniquila una familia, un trozo del
Líbano desaparece. Una parte de su historia, su memoria, su forma de
hablar, su forma de cocinar cierta receta. Obliterar el pasado
prepara un futuro yermo, de tierra quemada, sin referencias:
asesinando sistemáticamente a niños, también a periodistas. Y
cuando ni los muertos pueden ser enterrados, el duelo se aplaza a un
mañana que nadie sabe cuándo llegará. El privilegio de un respiro,
una pausa, es también bombardeado. Quizá para evitar que el dolor
se convierta en memoria, forzar a que los recuerdos se enreden en una
madeja indescifrable de trauma y que los crímenes se diluyan en lo
imposible de nombrar algo tan inhumano. No seré la única a la que
esta noche se le quiebra la voz al enviar una última pieza de radio.
6
de abril | Kfar Hatta, Sidón
Partes
de los cuerpos de Jamal y Rima fueron encontrados rotos sobre el
balcón del edificio de enfrente, a unos 50 metros de donde sucedió
la explosión. El cadáver de Hussein fue sepultado en el cemento,
hubo que cavar más de diez horas para encontrarlo. Tres generaciones
asesinadas, seis personas. La pequeña Amal, que en árabe significa
Esperanza, apenas tenía cuatro años. Provenían de un pueblo
fronterizo y siguiendo las instrucciones del Ejército israelí
habían huido más al norte, cruzando el río Zahrani. Hace pocos
días Israel llevó a cabo un ataque de precisión contra la planta
de un edificio en Beirut. Es uno de los ejércitos más poderosos del
mundo, su tecnología es una de las más poderosas del mundo. Sus
drones llevan años sobrevolando y registrando los movimientos de
todo el país. Saben contra quién dirigen sus bombas.
Fotografía de Marta Maroto.
Ahmad,
un libanés que vive en España, no los conocía. Sin embargo, los
miembros de aquella familia asesinada pertenecían a una rama lejana
de la suya. Me lo contó por Instagram y le pedí permiso para decir
en televisión que los Nahle —ese era su apellido— tenían primos
en València. Al día siguiente el camarero del bar donde cada mañana
se toma el café le preguntó preocupado por su gente. No hay
distancia entre las dos orillas del Mediterráneo.
7
de abril | Estadio deportivo de Beirut
Mariam
revolotea en la abaya de
su madre. Generaciones que aprendieron la guerra a través de las
historias o los silencios de sus casas reviven ahora el miedo
erizándose en la nuca. Con apenas seis años, ya sabe cómo
explicarle a su hermana pequeña qué es una bomba sónica y una
explosión, qué es un dron y quién es Israel.
—
¿Echas de menos tu columpio en Kfar Kila?
—
Mucho, pero no podemos volver, ya no está.
Desde
2024, del pueblo de Kfar Kila —con vistas a la ciudad israelí de
Metula— no queda más que la huella de la destrucción. Alcanzado
el alto al fuego en noviembre de ese año, tanques israelíes
permanecieron ocupando este pueblo y otros sobre la frontera tres
meses más. Durante este tiempo detonaron las casas que quedaban en
pie, quemaron los campos de olivos, arrancaron el asfalto. De Kfar
Kila, Alaa y su familia huyeron a Dahie, de donde tuvieron que volver
a marcharse hace unas semanas.
La
costumbre del desplazamiento crea nuevas rutinas. El trauma es una
herida mal cerrada, y la sonrisa de Alaa no para de buscar juegos e
ideas para que sus hijas olviden la pérdida. El ser humano es
resistente, aguanta los golpes, pero la resiliencia es el proceso
lento de absorberlos, de aprender de ellos.
“Escribe
que no somos víctimas, que no tenemos que presentarnos como víctimas
ante el mundo para que los derechos humanos también se nos apliquen
a nosotros”, me pide Alaa antes de volver a cerrar la puerta de
plástico de su tienda de campaña.
8
de abril | Beirut
Otra
noche sin dormir. Estados Unidos e Irán anuncian el alto el fuego de
madrugada. Irán dice que incluye al Líbano. Según Pakistán, el
país mediador, también. A las pocas horas ataques israelíes contra
ambulancias lo niegan.
Pasa
el mediodía en el parque de Horsh, donde desde hace más de un mes
descansan kilómetros de hileras de tiendas de campaña, símbolo del
desplazamiento. Los niños juegan con cachorros callejeros, alguien
reparte pan y en la entrada de las carpas se charla mientras hierve
el café. Varias personas se acercan con enfado a la cámara: “Por
favor, no enseñes caras”. De repente el remolino de niños
alrededor del micrófono se sobresalta y echa a correr. De todas
partes aparecen brazos de madres agarrándoles, pero no saben a dónde
ir. Las bombas suenan cerca, una columna de humo denso y negro
descose de ansiedad el cielo.
Más
de 350 personas han sido asesinadas hoy. La mayoría, en bombardeos
que han durado diez minutos. Contra todo el país. En hora punta. En
zonas muy densamente pobladas. “Objetivos militares” es la
información que llega a Madrid. Pero son trabajadores, son
vendedores de frutos secos, familiares y amigos que acudían a un
funeral en el sur; son madres y sus niños que volvían a casa del
colegio, periodistas, mujeres que compraban leche y medicinas en una
farmacia; poetas que preparaban la comida con su familia en su casa.
El Gobierno pide a la gente recluirse en casa para dejar espacio a
las ambulancias y excavadoras, que seguirán encontrando cuerpos
hasta días más tarde.
Las
calles están vacías, también de miedo. Hoy todos hemos sentido lo
aleatorio de seguir vivos.
17
de abril | Ghazieh, Saida
Tiros
al aire en celebración y de nuevo la maleta al hombro. La vuelta a
casa está llena de banderas amarillas de Hezbolá, de jóvenes
sonrientes que reparten botellas de agua y dulces entre el tráfico.
El Gobierno libanés ha firmado una tregua. Hablar de paz queda
todavía muy lejos: es un cese del fuego unilateral porque reserva el
“derecho a la autodefensa” de Israel y guarda silencio sobre la
ocupación del sur. Más de dos mil muertos. Más de siete mil
heridos. Aunque sea por unos minutos, aunque sea ilusorio, al país
le desborda una sonrisa de alivio. Los puentes han sido bombardeados,
pero los coches cruzan el cauce del Litani. La frontera ha sido
invadida, pero las familias siguen al sur. Las casas han sido
destruidas, pero limpiarán el polvo y reconstruirán. El sur siempre
contesta con la misma obstinación: pueden quemar la tierra y sembrar
ruinas, que aunque tenga que ser en tiendas de campaña, volverá.
21
de abril | Línea Amarilla: Mansourieh,
Majdalzoun, Qlayaa
Lo
peor era el olor. De vida descomponiéndose bajo los edificios
destruidos. Todo estaba roto en Mansourieh, también la mezquita y el
cementerio. El Ejército libanés había cortado la carretera
principal: a partir de ahí empezaba la ocupación. Letreros de
peluquerías, veterinarias, colgando de locales sin cristales,
salones y habitaciones de niños y cocinas al desnudo en fachadas
arrancadas. Nadie había regresado para quedarse, sino para buscar a
sus desaparecidos o para enterrar en casa a los muertos. En cada
pueblo sobre la nueva frontera ficticia que marca la invasión había
excavadoras ampliando cementerios.
La
vecindad entre Líbano e Israel nunca ha sido sencilla. Varias líneas
han tratado de acotar su disputa en diferentes periodos históricos:
la línea trazada por Francia y Gran Bretaña cuando trataron de
dibujar Palestina; la conocida como Línea Verde de armisticio que
siguió a la guerra de 1949; la que estableció la primera ocupación
en 1982, y que fue retrocediendo hasta la marcha israelí en el año
2000, cuando Naciones Unidas llamó a esa divisoria Línea Azul.
Ahora Israel ha trazado una Línea Amarilla, el mismo nombre que en
Gaza. Una franja que corre en paralelo a la frontera entre cinco y
diez kilómetros, y que abarca desde Siria al Mediterráneo.
Una
franja de devastación. Pueblos tan antiguos como la Historia,
arrasados en detonaciones masivas, tierras bíblicas ahora
destruidas, kilómetros de escombros donde no queda ni una casa en
pie. Como en Gaza, el Ejército israelí publica los vídeos de sus
crímenes de guerra. Como en Gaza, tampoco aquí la comunidad
internacional ha reaccionado.
Domingo
3 de mayo - Día Internacional de la Libertad de Prensa | Basurieh,
Saida
Desde
que ella no está, da más miedo cruzar el Litani, pesan más las
palabras.
El
primer ataque fue contra el coche que viajaba delante de Amal Jalil y
su compañera Zeinab Faraj. El segundo contra el suyo propio, cuando
intentaron la huida. El tercero contra el edificio en el que se
refugiaron. Después Israel disparó a la ambulancia que fue a
rescatarlas. Pasaron nueve horas, siete desde que se perdió
comunicación, hasta que Amal fue encontrada sin vida. Su compañera
quedó gravemente herida.
La
llamaban la “novia del sur” y su sonrisa adorna ahora todas las
esquinas de Basurieh. Su hermana y sus tíos me enseñaron los gatos
heridos en el frente que cuidaba en el patio de la casa familiar.
Llegó a dar cobijo a hasta 40. Amal no se consideraba una periodista
de guerra sino de “territorio”. Ella contaba a su gente, del lado
de su gente. Hasta que Israel la mató.
Desde
octubre de 2023, al menos 29 periodistas han sido asesinados en el
Líbano, según el Sindicato de Prensa libanés, y más de 260 en
Gaza, según el Comité para la Protección de Periodistas. Asesinar
a quien informa es un crimen de guerra.
Fotografía de Marta Maroto.
20
de mayo | Deir Qanoun al Naher (distrito de Tiro) y Tiro
Dos
familias borradas, 14 personas aniquiladas en lo que dura un
chasquido de dedos. Once miembros de la familia Najdi, desplazada de
la frontera desde 2024. Sobrevivían de la caridad de los vecinos. En
la planta baja vivía una pareja y su hijo, acababa de mudarse
después de que un misil fulminase su anterior vivienda, también en
Deir Qanoun al Naher. El barrio todavía no había aprendido sus
nombres. La carretera desde Tiro es un goteo de destrucción, el
pueblo nos recibe tenso, serio, un corredor de buganvilla ennegrecida
de ceniza conduce al rugido de la excavadora. En una esquina aguardan
las mortajas de Zahra y de sus tres hijos, Malika, Mariya y Mohammed.
Sus cuerpos siguen sepultados en el hormigón, alargando el duelo.
Nos
movemos en caravanas de coches con los techos pintarrajeados:
“Press”, “TV”. Las grandes cadenas internacionales van solas,
pero para las periodistas freelance, que
planeamos al día, que trabajamos solas con un teléfono y un trípode
encajado entre los fragmentos de muros derrumbados, es más segura
esta opción: pensamos que al ir juntas no se atreverán a
bombardearnos.
La
siguiente parada es el corazón de Tiro, las ruinas del centro médico
número 31 que ha sido reducido a escombros. Siguen en pie las
escaleras y una pasarela que, como asomándonos a un balcón, permite
ver la profundidad de los cráteres abiertos por los dos misiles, uno
a cada lado. Coches calcinados en lo que fue la entrada, carteles
informativos, sillas y mesas de consulta yacen amontonadas bajo una
capa de polvo gris que las cubre como una manta.
Al
salir ocurre algo precioso. La sonrisa de Lana echa a correr hacia mi
y me pide un selfie. Tiene once añitos, es palestina y
sueña con ser periodista. Le coloco el casco y nos hacemos una foto
que enseguida envío a mi familia. Cuando nos despedimos advierto que
soy la única mujer del grupo. Pienso en los libros de Maruja,
culpables de mi llegada a este país, pienso en el pelo rojo de “la
Calaf”, como la llama mi madre, pienso en Ángeles, en Teresa, en
Almudena… Cierro los ojos con fuerza para que mi abrazo cruce el
Mediterráneo. El futuro está en buenas manos.
25
de mayo de 2026
El
Líbano está agotado de contar bombas. La adrenalina deja paso a la
desidia, al aburrimiento y a la mala leche de un sistema nervioso en
alerta constante, siempre al borde del colapso y siempre capaz de
aguantar un poquito más. El zumbido diario del dron recuerda que no
somos dueños, que nos vigilan y lo saben todo, que ni siquiera el
cielo es libre.
La
guerra rompe, cuando los rotos son ellos, los que tiran las bombas.
La urgencia por sobrevivir aplaza los matices a un futuro incierto y
formula el tiempo en un verbo presente que crea estructuras de
extremos y transforma el mundo en una dicotomía: guerra y alto
al fuego, desplazamiento y retorno,
vida y muerte.
Cuando los significados no son capaces de contener la pérdida,
aparece el trauma, que es ese hueco entre lo que siente el corazón y
lo que puede expresar la garganta. Y no, no hay palabras que
expliquen tanta violencia.
Es
la misma lógica por la que aumenta el apoyo a Hezbolá: “Estás
con quienes matan a nuestros niños o estás con quienes los
defienden”, confiesa una mujer cristiana, que reconoce detestar a
la milicia. El mapa del Líbano partido, familias enteras borradas
cada semana, ambulancias bombardeadas, y un Gobierno forjado en los
intereses del mejor amigo del agresor, de Estados Unidos, que ni en
el plano militar ni diplomático es capaz de parar o desescalar la
limpieza étnica.
Líbano
es, además, consciente del contexto global de impunidad y silencio
en el que se libra esta guerra. La desprotección favorece a
la Moqawama,
la resistencia que ahora representa Hezbolá. Sus guerrilleros son
percibidos por muchos como el único frente de contención ante el
abismo de convertirse en una nueva Gaza, ante el abismo del borrado y
la brutalidad de los crímenes de guerra.
27
de mayo | Beirut
Huele
a fruta ácida y por el camino recogemos moras blancas y moradas.
Empiezan a caerse las flores de los granados y las ramas de los
naranjos, a ceder del peso. Es Eid, la fiesta musulmana. A la familia
de Wael casi se le había olvidado, así que ha improvisado una
comida en el campo, a pocos minutos de Beirut.
Su
tío se encarga de la parrilla, y dándole vueltas al taouk y
al kafta,
cuenta que conoce a todos los paramédicos asesinados en Srifa. Es
profesor en el pueblo y les dio clase. Srifa es una de las cunas
históricas de los movimientos de resistencia, vertebrados desde los
60 por ideas marxistas y seculares traídas de la Unión Soviética.
Tanto convenció el socialismo en Srifa que renombraron como “Moscú”
uno de sus barrios. “Hoy está totalmente destrozado”, cuenta el
tío con una voz neutra.
Avanza
la tarde, la primera de descanso en tanto tiempo, y entre el sonido
del agua y el verde de las encinas recibo un WhatsApp del padre de
Lana: orden de evacuación a toda la ciudad de Tiro. Esto no tiene
precedentes. La ciudad principal del sur marcada en rojo. “No
tenemos a dónde ir. No hay trabajo. No quiero meter a mi familia en
una tienda de campaña. Reza por nosotros”.
29
de mayo | Tiro
De
la próspera ciudad fenicia de Tiro salieron los comerciantes que
fundaron Cádiz. Fue levantada hace más de cuatro mil años y hoy es
una de las urbes habitadas más antiguas del mundo.
Toda
esta parte de nuestra historia está ahora amenazada.
En
apenas horas, las órdenes de expulsión vaciaron Tiro. Hoy
arreciaron los bombardeos y pude ir. Me encontré, de repente, con
una ciudad fantasma. Hacía apenas unos días estaba llena de vida
pese a lo cercano de la amenaza, porque además de a sus cien mil
vecinos, acogía a cientos de familias desplazadas de los pueblos
fronterizos ocupados. Hoy solo los escombros de la destrucción
llenan las calles. Coches calcinados y todavía humeantes pueblan los
barrios, y el sonido brutal de las excavadoras, el zumbido del dron y
el rugido de los aviones de combate reemplazan el ajetreo del puerto
y de su casco viejo. Hemos pasado horas caminando de un cráter a
otro: “Aquí murió mi vecino con sus dos hijos”. “Aquí a un
niño hubo que amputarle la pierna y cuatro personas perdieron la
vida”.
Entre
el polvo gris del hormigón roto, color maldito que ahora nos tiñe
hasta el alma, reconozco lugares donde no hace tanto he hecho decenas
de entrevistas a vecinos, restaurantes en los que he
comido shawarma o
tomado demasiado café. Una mujer vestida de negro cruza la calle,
nos mira con risa, parece entretenida por la presencia de
periodistas, y a los pocos segundos un chico joven en moto le tiende
una bolsa que parece llena de comida y botellas de agua. No he podido
ver a Lana hoy, me estremezco al imaginarla tapándose los oídos,
sus once años retorciéndose ante el estruendo de tantas bombas tan
cerca.
La
última parada es el hospital Jabal Amel. 900 muertos y 1.900 heridos
han cruzado estos pasillos. Zeinab grita de dolor cuando su tío le
mueve la manta para enseñar su cuerpo lleno de heridas. Tiene siete
añitos y aún no sabe que su padre y dos hermanos fueron asesinados
en el ataque al que ella sobrevivió. Su madre se recupera en otro
hospital, es posible que no salga adelante. ¿Qué futuro le espera a
un niño que ha perdido todo con tanta violencia? ¿Qué pensará de
nosotros, occidentales, que no frenamos los barcos llenos de las
armas que le robaron la infancia? El tío de Zeinab enseña en el
teléfono el retrato de uno de los niños asesinados y rompe en
lágrimas ante los periodistas.
Y
no es es solo Zeinab. Mahdi, de nueve años, tampoco sabe que nunca
más podrá volver a jugar con su hermano pequeño. O Ali de 14, que
lleva diez días en el hospital con las dos piernas rotas, y los dos
brazos y hasta la cabeza escayolados.
2
de junio
Las
inmediaciones del hospital en el que se recuperan Zeinab, Mahdi y
Ali, junto a decenas de heridos más, han sido bombardeadas. Hay
decenas de trabajadores médicos heridos, y las instalaciones del
propio hospital han sufrido mucho. Recuerdo el daño que les hacía
solo mover la sábana o la cama a los niños que entrevistamos. No
puedo imaginar el dolor que les habrá causado la onda expansiva de
la explosión, y el trauma de volver a escuchar las bombas. Los
servicios de rescate y emergencias fueron evacuados hace apenas unos
días por amenazas de Israel, por lo que la ayuda ha llegado mal y
tarde.
Eso
pasó ayer, el hospital ha seguido funcionando bajo mínimos. Hoy, en
una de sus habitaciones, una mamá ha dado a luz a su bebé.
19
de junio de 2026
Otro
alto el fuego. Y es el cuarto que se promete. ¿Cuántas veces hay
que repetir una mentira para que nos la creamos? Dos entre Estados
Unidos e Irán. Otros dos anunciados por el Gobierno libanés e
Israel. ¿Cuál es el límite de tanta violencia? Miles de familias
llevan días regresando al sur, la mayoría no a quedarse, sino a ver
qué queda de sus casas. Quienes vivían en pueblos fronterizos
buscan imágenes satelitales o vídeos de las demoliciones para ver
cuánto de destrozados están sus barrios. Es el inicio de la Ashura,
la fiesta más importante del chiísmo, y quienes vuelven preparan
ollas de comida, entregan dulces y botellas de agua.
Hoy
viernes, Irán y Estados Unidos debían haberse reunido en Ginebra,
pero Israel tenía preparada otra otra noche de terror en el Líbano.
47 muertos y un centenar de heridos. Decenas son niños y mujeres.
Una familia de seis ha sido asesinada en el pueblo de Harouf,
incluidos sus cuatro hijos, cuatro mujeres y dos niños en la
localidad de Doueir, una madre y su hija en Kfar Sir, una pareja de
ancianos en Jibshit. Vuelta a empezar. Lo que se rompió en Gaza
destruye hoy el Líbano y se hace con sigilo con el sur de Siria. Sin
límites ni referencias, la violencia es cada vez más despiadada.
Las palabras, también: llamarlo alto el fuego es otra forma de
administrar la guerra. Han bombardeado los significados.
Anestesiadas, agotadas, la respuesta a un “qué tal” es ya
siempre un encogerse de hombros. Que paren las armas. Volverse
resistente es una respuesta al instinto de sobrevivir, no un deseo.
Pero seguiremos. Seguiremos aunque se nos rompa el corazón.
Fuente:
El
Salto