sábado, 1 de agosto de 2026

El polvorín del Mar Rojo, cada vez más cerca de prenderse

 

 Por Faisal Ali   
      Periodista independiente que cubre noticias sobre Somalia y África Oriental.


Con la excepción de Yibuti, todos los Estados ribereños están inmersos en una guerra civil, participan directamente en un conflicto vecino, han sido atacados como consecuencia de conflictos regionales o afrontan alguna combinación de estas tres circunstancias


El nuevo puerto de Berbera, en Somalilandia, financiado en su mayor parte por Emiratos Árabes.


     A principios de julio, un avión aterrizó en Saná, la capital controlada por los hutíes, marcando el primer vuelo directo entre Saná y Teherán en más de una década, antes de trasladar a una delegación de funcionarios hutíes hasta Teherán para asistir al funeral del ayatolá Jameneí, líder supremo de Irán.


Una joven con el retrato del ayatolá durante la ceremonia fúnebre en Teherán.

El vuelo vulneró un acuerdo por el cual el gobierno yemení —internacionalmente reconocido, con sede en Adén y respaldado por Arabia Saudí— mantiene el control del espacio aéreo del país.

Un intento fallido de detener el vuelo de regreso de la delegación, unas dos semanas después —que incluyó bombardeos sobre Saná reivindicados por el gobierno yemení— provocó una represalia hutí contra Arabia Saudí. El intercambio desencadenó la escalada de hostilidades más intensa entre ambas partes desde la tregua negociada en 2022.

Desde entonces, los hutíes han cumplido su amenaza de atacar petroleros saudíes en el mar Rojo, reproduciendo el bloqueo que impusieron al transporte marítimo vinculado a Israel en solidaridad con Gaza desde finales de 2023 hasta 2025.

El medio libanés Al Mayadeen, alineado con Hizbulá, informó de que, hasta el lunes 27 de julio, se había denegado el paso a 16 buques saudíes. Además, los hutíes han lanzado ataques contra instalaciones petroleras saudíes.


El número de buques saudíes a los que se les ha denegado el paso desde el lunes ha alcanzado los 16, sin que ningún petrolero saudí haya cruzado Bab al-Mandab en ninguna dirección desde que comenzó el bloqueo.

Se trata de su primera intervención armada en el mar Rojo desde que comenzó la guerra con Irán a principios de este año. La República Islámica, aliada de los hutíes, ha instado al diálogo mientras las tensiones siguen e en aumento. El sábado 25 de julio, un alto cargo hutí se reunió con una delegación saudí en Omán.

Los ataques han reavivado la preocupación por la vulnerabilidad de Bab el-Mandeb, un estrecho estratégico que conecta el mar Rojo con el golfo de Adén y se estrecha hasta unos 26 kilómetros en su punto más angosto, entre Yibuti, Eritrea y Yemen.


Alrededores de la mezquita central en el casco histórico de la ciudad de Yibuti.

Estos incidentes se producen apenas unas semanas después de que Irán y Estados Unidos reanudaran las hostilidades y de que Teherán anunciara el cierre del estrecho de Ormuz, otro paso marítimo crucial por el que transita aproximadamente una quinta parte del petróleo mundial y una parte significativa del suministro global de gas natural licuado.

Jatin Dua, académico de la Universidad de Michigan y especialista en movilidad y seguridad marítimas, explica a El Salto que, durante las dos últimas décadas, las tecnologías necesarias para interrumpir el transporte marítimo —desde drones hasta sistemas GPS— se han vuelto mucho más accesibles, lo que ha erosionado las ventajas tradicionales de las grandes armadas y los portaaviones. “Lo que estamos viendo son formas relativamente sencillas y de bajo coste mediante las cuales actores no estatales, y también actores estatales, en este caso Irán, pueden hacer que los puntos de estrangulamiento marítimos se plieguen a su voluntad”, asegura Dua. El experto añade que esto tiene un impacto significativo sobre los mercados energéticos, el comercio internacional y cualquier sector que dependa de un suministro energético estable, generando un “efecto dominó” que se deja sentir desde América hasta Asia y en todos los lugares intermedios.

En su último informe anual sobre seguridad alimentaria, publicado este mes, la ONU advirtió que las tensiones en torno al estrecho de Ormuz añadían “una capa adicional de vulnerabilidad” a la seguridad alimentaria mundial. Los precios del diésel y de los fertilizantes ya habían aumentado más de un 50 % a principios de este año, un impacto que la organización vinculó directamente al conflicto extendido en Oriente Próximo. Una interrupción similar en Bab el-Mandeb —la Puerta de las Lágrimas en árabe, en alusión a sus peligrosas aguas— podría sacudir aún más una economía mundial ya de por sí frágil.

El mar Rojo: de rivalidades episódicas a la competencia estructurada

En los últimos años, el mar Rojo se ha convertido en uno de los principales centros de conectividad del mundo. Como asegura Federico Donelli, politólogo italiano y autor de Power Competition in the Red Sea, la región ya no es un espacio periférico situado en los márgenes del Golfo y de África Oriental.  Se encuentra en la “intersección de las principales rutas marítimas, los flujos energéticos y los proyectos de infraestructuras”, señala Donelli. En su libro sostiene que el Golfo y el noreste de África deben entenderse como una única región debido a la densidad de las conexiones políticas, económicas y sociales que existen entre ambos. Pero lo que también los une es su relación con una vía marítima de importancia crítica para el mundo.

El mar Rojo alberga una parte significativa de los cables submarinos de fibra óptica del planeta: transmite algo menos del 20 % del tráfico mundial de internet y prácticamente todos los datos intercambiados entre Europa y China. Del mismo modo que el canal de Suez, ha convertido a la región en una arteria fundamental del comercio global. Según algunas estimaciones, cerca del 15 % del comercio mundial pasa por el mar Rojo. Por ello, el ministro somalí Ali Omar sostuvo en un artículo publicado por Al Jazeera que lo que ocurre en el mar Rojo “ya no permanece como un asunto local.


Una torre de control de tráfico aéreo y un buque mercante se ven en el aeropuerto de Mogadiscio, Somalia.

Configura la seguridad económica de todo el mundo árabe y mucho más allá”. Japón —la cuarta economía del mundo— exporta alrededor de una quinta parte de sus vehículos por esta ruta; unos 1.800 buques vinculados al país transitan cada año por el mar Rojo, según un informe gubernamental publicado en marzo. También es la ruta más rápida entre Europa y China: por aquí pasan aproximadamente el 60% de las mercancías en ambas direcciones.

Al mismo tiempo, el mar Rojo se encuentra en el corazón de una de las regiones más inestables del planeta. Con la excepción de Yibuti, todos los Estados ribereños están inmersos en una guerra civil, participan directamente en un conflicto vecino, han sido atacados como consecuencia de conflictos regionales o afrontan alguna combinación de estas tres circunstancias.

La importancia estratégica de la región ha atraído desde hace mucho tiempo a las principales potencias mundiales. Durante la época colonial, Francia, Italia, el Imperio otomano, Etiopía y el Reino Unido compitieron por el control de territorios en las costas de este mar. Durante la Guerra Fría, Estados Unidos y la Unión Soviética hicieron lo propio para ampliar su influencia. Mientras la mayoría de los Estados del Golfo permanecieron alineados con Washington, los países africanos ribereños del mar Rojo mantuvieron relaciones mucho más cambiantes con sus respectivos patrocinadores. Egipto pasó de la órbita soviética a la estadounidense con el respaldo de Henry Kissinger, seguido por Sudán y, posteriormente, Somalia. Etiopía, que conservó una salida al mar Rojo hasta la independencia de Eritrea (1991), tomó el camino contrario tras el derrocamiento del emperador Haile Selassie por el dirigente marxista Mengistu Haile Mariam. Mientras tanto, Yemen permaneció dividido durante toda la Guerra Fría entre un sur socialista y un norte conservador y de orientación religiosa.

Nuevos actores regionales, mismos retos

En la actualidad, una nueva generación de actores regionales y globales trata de gestionar esos mismos riesgos mediante un despliegue ampliado de fuerzas navales y militares. China y Estados Unidos, junto con varios países europeos y Japón, mantienen acuerdos con Yibuti para albergar bases navales. Rusia intenta reactivar un acuerdo con Sudán, paralizado desde hace años con el objetivo de establecer una base militar. Turquía y Egipto han intensificado sus relaciones con Somalia, que posee una de las costas más extensas de la región. Ankara ha prorrogado por otros dos años el despliegue de sus tropas en el país, donde apoyan la lucha contra Al Shabaab, filial local de Al Qaeda, y entrenan al ejército somalí. Los Emiratos Árabes Unidos han invertido considerablemente en los territorios somalíes autónomos de Somalilandia y Puntlandia. Israel, recién incorporado a esta dinámica, reconoció a finales del año pasado la declaración de independencia de Somalilandia y desde entonces ha avanzado rápidamente en el establecimiento de una cooperación en materia de seguridad, para disgusto del gobierno somalí. Irán, por su parte, mantiene desde hace tiempo vínculos con los hutíes de Yemen, lo que le proporciona una influencia considerable sobre la evolución de la región y la capacidad de utilizar Bab el-Mandeb como instrumento de presión estratégica.

Muchos de estos actores persiguen agendas enfrentadas y, en algunos casos, respaldan a bandos opuestos en conflictos como los de Yemen, Sudán y, en menor medida —aunque de forma más compleja—, Somalia. Fault Lines in the Horn of Africa, un informe del American Enterprise Institute con sede en Washington, describe la compleja red de alianzas que está surgiendo en la región y la divide entre lo que denomina “un eje de actores estatales y no estatales revisionistas respaldado por Emiratos Árabes Unidos y apoyado por Israel”. En este bloque se incluirían las Fuerzas de Apoyo Rápido de Sudán, Somalilandia, Puntlandia y Etiopía. Frente a él estaría “una coalición de Estados africanos defensores del statu quo [Sudán, Eritrea y Somalia], alineados con Egipto, Arabia Saudí y Turquía”. La Fundación Mediterránea para Estudios Estratégicos, un centro de estudios francés, ha advertido de que el mar Rojo se encuentra en un “punto de inflexión estratégico”, pasando de “rivalidades episódicas” a una “competencia estructurada”, una tendencia que vincula a acontecimientos como el reconocimiento israelí de Somalilandia.

Más recientemente, Estados Unidos ha tratado de influir en la evolución de la región en un contexto de creciente frustración entre sus aliados por las consecuencias que la guerra con Irán tiene sobre su seguridad y sus economías. El enviado estadounidense para África, Massad Boulos, reunió recientemente en El Cairo a los ministros de Asuntos Exteriores de Somalia, Egipto y Eritrea, cuyos intereses han convergido cada vez más debido a sus respectivas tensiones con Etiopía. La aspiración histórica de este país, sin salida al mar, de obtener acceso al litoral ha alimentado las tensiones con Somalia y Eritrea, mientras que su disputa con Egipto gira en torno a las aguas del Nilo.

Una decisión que ha resultado mucho más trascendental para Donald Trump ha sido su acuerdo para impulsar un pacto de cooperación nuclear civil con Arabia Saudí, otorgándole, como escribió el columnista de The Guardian Kenneth Roth, “las mismas opciones nucleares que juró que Irán nunca tendría”. La decisión ha generado alarma en Estados Unidos y ha llevado a Trump a tratar de suavizar su impacto condicionando el acuerdo a que Riad se incorpore a los Acuerdos de Abraham y reconozca a Israel, algo que Arabia Saudí había afirmado previamente que no haría hasta que Israel alcanzara un acuerdo de paz con Palestina.

Toda esta situación ha convertido el mar Rojo en un entorno cada vez más congestionado, diplomáticamente complejo y estratégicamente competitivo. Como consecuencia, tanto China como, anteriormente, la administración Biden nombraron enviados especiales dedicados exclusivamente a coordinar la diplomacia en la región. Sin embargo, a medida que los conflictos se han multiplicado y se han ido entrelazando entre sí, las relaciones históricamente más constructivas entre los países de la zona han dado paso a intentos mutuos de debilitarse y fragmentarse.


Al mediodía del 3 de marzo, Estados Unidos e Israel atacaron el barrio de Ferdowsi, en Teherán. Como consecuencia de este ataque, muchos civiles y personas de a pie resultaron muertos y heridos.

En el pasado, estas disputas permanecían relativamente contenidas; hoy, en cambio, representan una seria amenaza para el comercio y la seguridad mundiales.


Fuente: El Salto

Ceuta, la llave del estrecho de Gibraltar bajo presión permanente

 

 Por Pedro Garcia   
      Periodista en Descifrando la Guerra.


La ciudad autónoma de Ceuta es un punto clave en la geopolítica de España en el Mediterráneo Occidental.


     La ciudad autónoma de Ceuta concentra una de las mayores responsabilidades geopolíticas de España en el Mediterráneo occidental. Su valor militar, político y simbólico contrasta con una vulnerabilidad creciente derivada de la presión híbrida ejercida por Marruecos y de su condición de enclave aislado del territorio peninsular.


El aumento de las llegadas irregulares sitúa a Ceuta ante su peor crisis migratoria desde 2021 y eleva la tensión con Marruecos.

Ceuta: plaza pequeña, importancia estratégica

Ceuta suele aparecer en el debate público asociada a la inmigración irregular o a los problemas fronterizos. Sin embargo, desde una perspectiva estratégica, su relevancia va mucho más allá.

Situada en la entrada oriental del estrecho de Gibraltar, la ciudad constituye una posición clave para el control de una de las rutas marítimas más importantes del mundo, por donde transitan anualmente miles de buques que conectan el Atlántico con el Mediterráneo.

Su ubicación convierte a Ceuta en un activo de primer orden para España y para la seguridad europea. Se trata de una frontera exterior de la Unión Europea y de un punto de observación privilegiado sobre el tráfico marítimo, los flujos migratorios y los movimientos militares en el Mediterráneo occidental.

Además de su valor geográfico, Ceuta posee una enorme importancia política y simbólica. La ciudad forma parte de España desde el siglo XVII y constituye una expresión tangible de la presencia española en el norte de África. Precisamente por ello se encuentra en el centro de la reivindicación marroquí, que continúa considerando tanto Ceuta como Melilla territorios pendientes de recuperar.

Pese a la persistencia del contencioso, un conflicto militar abierto entre España y Marruecos sigue siendo considerado improbable. Los intereses económicos compartidos, la cooperación en materia de seguridad y la estrecha relación con socios occidentales actúan como importantes elementos disuasorios.

Sin embargo, la principal amenaza para Ceuta no es actualmente una invasión convencional, sino la denominada estrategia de zona gris. Se trata de una combinación de presión diplomática, económica, migratoria y propagandística destinada a debilitar progresivamente la posición española sin llegar a desencadenar una guerra.


La ciudad autónoma de Ceuta.

Los precedentes son numerosos. Marruecos ha reaccionado históricamente con ataques híbridos ante cualquier gesto institucional español en las ciudades autónomas. La retirada temporal de embajadores, las protestas diplomáticas, las restricciones comerciales o los cierres fronterizos forman parte de un patrón de actuación que busca incrementar el coste político de la presencia española en la zona.

La crisis migratoria de mayo de 2021 representó el ejemplo más claro de esta estrategia. La entrada masiva de miles de personas en apenas dos días demostró hasta qué punto los flujos migratorios pueden emplearse como instrumento de presión geopolítica. El episodio evidenció que Ceuta puede convertirse rápidamente en el escenario principal de una crisis internacional sin necesidad de un solo disparo.

La actual escalada, con cerca de 49.000 entradas irregulares registradas según las cifras disponibles hasta la fecha, constituye uno de los episodios de mayor presión sobre la ciudad desde aquellos acontecimientos. Por su impacto político, social y diplomático, se ha convertido además en uno de los momentos más delicados de la relación entre España y Marruecos de las últimas décadas.

En el plano diplomático, Marruecos ha recurrido de forma recurrente a medidas destinadas a cuestionar la normalidad institucional española en ambas ciudades. La llamada a consultas de su embajador tras la visita de los Reyes en 2007, la inclusión de Ceuta y Melilla como territorio marroquí en determinados pasaportes emitidos en 2010 o la prohibición en 2019 de que diplomáticos marroquíes accedieran a las dos ciudades constituyen ejemplos de una estrategia destinada a reforzar la narrativa marroquí y transmitir la idea de que la soberanía española sigue siendo objeto de disputa.

La dimensión económica también ha desempeñado un papel relevante. El cierre unilateral de la frontera comercial de Melilla en 2018, las restricciones comerciales impuestas posteriormente a Ceuta y las limitaciones al intercambio transfronterizo no solo tuvieron consecuencias económicas inmediatas, sino que reflejaron una voluntad política de incrementar la dependencia y vulnerabilidad de ambas plazas.

Estas medidas encajan dentro de las herramientas de coerción económica propias de los escenarios de zona gris, donde la presión se ejerce mediante mecanismos aparentemente administrativos o comerciales, pero con una clara finalidad estratégica.

Los precedentes históricos muestran que esta forma de actuación no es nueva. Tanto la Marcha Verde de 1975 como la ocupación del islote de Perejil en 2002 pueden interpretarse como episodios donde Marruecos trató de modificar el equilibrio existente mediante acciones cuidadosamente calibradas para evitar una guerra abierta.


Militares españoles colocan la bandera del país en la isla de Perejil tras la crisis.

Ambos casos ilustran una combinación de presión política, simbolismo nacional y creación de hechos consumados que guarda importantes similitudes con las estrategias de zona gris contemporáneas.

¿Es Ceuta defendible?

Desde el punto de vista militar, Ceuta presenta características que favorecen su defensa. La ciudad se encuentra a escasos kilómetros de la península y puede recibir apoyo naval y aéreo con gran rapidez. Su terreno accidentado y sus accesos relativamente limitados ofrecen ventajas defensivas que dificultarían cualquier intento de ocupación rápida.

La presencia de unidades de la Legión y de otras fuerzas desplegadas en la plaza proporciona además una capacidad de respuesta inmediata ante incidentes de seguridad. A ello se suma la superioridad naval española en el entorno del estrecho de Gibraltar y la capacidad del Ejército del Aire para proyectar fuerza desde bases peninsulares en muy poco tiempo.

En caso de una crisis convencional, España mantendría una importante ventaja en ámbitos como el control marítimo, la guerra antisubmarina, la guerra electrónica y la superioridad aérea cualitativa.

Sin embargo, su principal debilidad deriva de su condición de enclave fronterizo rodeado completamente por territorio marroquí. Cualquier deterioro de las relaciones bilaterales tiene un impacto inmediato sobre la vida económica y social de la ciudad.


Posición estratégica de Ceuta.

La dependencia de las conexiones marítimas y aéreas con la península convierte también a Ceuta en especialmente sensible a escenarios de bloqueo, interrupción logística o crisis prolongadas. Aunque España dispone de medios suficientes para mantener las comunicaciones, una situación de tensión sostenida podría generar importantes costes políticos y económicos.

A ello se suma una vulnerabilidad menos visible: la tan empleada narrativa del Gran Marruecos. Rabat lleva décadas impulsando un discurso internacional que presenta a Ceuta como un vestigio colonial.


Marcha verde para materializar la ocupación del Sáhara por parte de Marruecos.

Aunque esta interpretación carece de respaldo jurídico en Naciones Unidas y no encuentra reconocimiento en el derecho internacional, su repetición constante busca erosionar la legitimidad de la soberanía española.

Esta batalla del relato constituye uno de los principales frentes estratégicos del futuro. La presión no pretende necesariamente modificar la realidad sobre el terreno de forma inmediata, sino crear un clima político favorable a las aspiraciones marroquíes a largo plazo.


Vista aérea del Estrecho de Gibraltar, que muestra la separación geográfica y tectónica entre Europa y África.

Una cuestión de credibilidad nacional

Uno de los principales problemas para España es que Ceuta no figura de manera explícita dentro de las garantías territoriales contempladas tradicionalmente por la OTAN. Aunque una agresión tendría importantes implicaciones para toda la Alianza Atlántica, la ausencia de una cobertura específica genera cierta incertidumbre estratégica.

Por ello, la capacidad de disuasión nacional adquiere una importancia fundamental. Mantener fuerzas permanentes preparadas, reforzar la vigilancia marítima y aérea, mejorar la resiliencia económica de la ciudad y responder eficazmente a las amenazas híbridas son elementos esenciales para evitar cualquier cálculo erróneo por parte de un posible adversario.

Además, la defensa de Ceuta trasciende el ámbito militar. Su protección está ligada a la credibilidad del Estado español, a la integridad de sus fronteras y a la estabilidad del Mediterráneo occidental.

Más que una plaza periférica, Ceuta representa una posición estratégica de primer orden en el flanco sur europeo. Su fortaleza dependerá tanto de las capacidades militares desplegadas como de la voluntad política de mantener una presencia firme, coherente y sostenida frente a las presiones externas.

En un contexto internacional cada vez más competitivo y marcado por las amenazas híbridas, la ciudad autónoma sigue siendo una de las piezas fundamentales de la seguridad española. Y precisamente por ello continuará siendo uno de los espacios geopolíticos más sensibles del Mediterráneo.

El principal desafío para España en Ceuta y Melilla no es militar. La amenaza más probable procede de una acumulación de presiones diplomáticas, económicas, migratorias e informativas destinadas a desgastar progresivamente la posición española. 

La defensa de las ciudades autónomas exige, por tanto, una respuesta integral que combine capacidades de disuasión, inteligencia, resiliencia institucional y gestión estratégica de la información.

En un escenario donde la confrontación rara vez adopta la forma de una guerra convencional, la capacidad para identificar y contrarrestar las acciones desarrolladas en la zona gris se ha convertido en un elemento fundamental para garantizar la estabilidad y la soberanía española en el norte de África.



Fuente: Descifrando la Guerra

jueves, 30 de julio de 2026

Las tres oportunidades perdidas del Norte Global

 

      Fue corresponsal de La Vanguardia en Moscú, Pekín y Berlín. Autor de varios libros; sobre el fin de la URSS, sobre la Rusia de Putin, sobre China, y un ensayo colectivo sobre la Alemania  de la eurocrisis.


De Rossevelt a Gorbachov, pasando por Kennedy y Jrushov


     Desde el fin de la Segunda Guerra Mundial el norte global tuvo tres oportunidades para atajar la proliferación de los medios de destrucción masivos y salir de la prehistoria. Se trata de algo completamente actual y candente. Un acuerdo en aquella materia habría sentado un precedente fundamental para lo que ahora necesitamos: la ineludible concertación internacional, particularmente entre Estados Unidos y China, para atajar la crisis global del capitalismo antropocéntrico, que nos lleva a la catástrofe. Así que queda claro que lo que sigue es mucho más que un mero recordatorio histórico.


Calentamiento de las aguas marinas.

La primera ocasión perdida fue en el origen mismo de la bomba, cuando los científicos implicados en la primera prueba atómica de julio de 1945 iniciaron un debate sobre las consecuencias: si aquello contribuiría a acabar con la guerra o si por el contrario iniciaría una carrera armamentística con el riesgo de destruir la civilización. Truman llegó al poder en medio de ese debate. Era un hombre no preparado intelectual y emocionalmente para la comprensión del asunto. (Stalin lo definió como “un tendero”). Su secretario de Estado, James Byrnes, le llevó de la mano hacia Hiroshima.

El secretario de guerra de Franklin D. Roosevelt, Henry Stimson, era hombre de otra factura, como el recién fallecido Roosevelt. Stimson y Byrnes se disputaron el criterio de Truman en una sesión con Truman realizada el 12 de septiembre en la Casa Blanca (la bomba se había lanzado sobre Hiroshima el 6 de agosto). Stimson mantenía la línea de Roosevelt de prolongar la cooperación de guerra con la URSS después de la guerra, lo que pasaba por iniciar una cooperación con Moscú en esa materia. La bomba nuclear, decía, “no es solo un arma letal, sino el primer paso en un nuevo control humano sobre fuerzas de la naturaleza demasiado revolucionarias y peligrosas como para tratarlas con los viejos conceptos”. Stimson subrayaba el horizonte de “un acuerdo internacional sobre el control de esas fuerzas” y apelaba a una “responsabilidad moral”. Nueve días después dejó el cargo.

Los partidarios de la contención y de usar la ventaja que otorgaba la bomba a Estados Unidos en su relación con la URSS (Byrnes, Paul Nitze, George Kennan…) ganaron la partida. Cuatro años después, en agosto de 1949 la URSS detonaba su propia bomba atómica. Siguió la primera bomba de hidrógeno americana, en 1952 para compensar el acceso soviético. Siguió la primera bomba de hidrógeno soviética, en octubre de 1961 y siguieron los misiles, los misiles de varias cabezas, los submarinos y bombarderos “estratégicos” portadores de armas nucleares, etc., etc. Siempre con Estados Unidos liderando todos esos “avances” y los soviéticos respondiendo.

La segunda gran oportunidad llegó ocho años después de la muerte de Stalin. John F. Kennedy había llegado a la Casa Blanca en enero de 1961 en un entorno excepcional de la guerra fría. Tras haber acometido la desestalinización, Nikita Jrushov instauró la llamada “coexistencia pacífica”, oficialmente aprobada en octubre de 1961 en el marco del XXII Congreso del PCUS. El documento declaró la “renuncia a la guerra como medio de resolver los litigios internacionales y su solución por vía pacífica”. Su contexto era el optimismo jrushoviano del “alcanzar y superar” a Occidente en los aspectos más importantes de la economía, afirmando una vida menos dura y más libre que dejara atrás los sacrificios y el antihumanismo del estalinismo, garantizara viviendas gratuitas para todos, lograra una jornada laboral de seis horas y que hasta ponía fecha al comunismo: en la década de 1980. Es verdad que Kennedy fue el primero en enviar a la aviación a bombardear civiles en Vietnam del Sur, autorizó el uso de napalm, inició la destrucción de cosechas y comenzó la deportación de millones de personas en campos de concentración en el país asiático. Pero al igual que Jrushov, que había estado necesariamente implicado en los crímenes estalinistas, Kennedy era un dirigente excepcional para su país.

En medio de un contexto de graves crisis sucesivas en Berlín y Cuba, Kennedy estrenó un discurso de paz sin precedentes, que tuvo una inmediata cálida acogida en Moscú; “La humanidad debe poner fin a la guerra, o la guerra pondrá fin a la humanidad”, el arma nuclear “hace que la guerra ya no sea una alternativa racional”, “las armas de la guerra deben ser abolidas antes de que ellas nos abolan a nosotros”, había dicho en septiembre de 1961. Kennedy criticaba a la URSS como cualquier otro presidente americano pero al mismo tiempo era capaz de algo insólito en la Casa Blanca: ponerse en el lugar del adversario. “Ninguna nación ha sufrido tanto como la URSS en la Segunda Guerra Mundial”, dijo. El nuevo presidente sugería defectos propios, “debemos revisar nuestras actitudes”, y anunciaba nuevos propósitos: “estamos dedicando enormes cantidades de dinero a armas que estaría mejor dedicar a combatir la ignorancia la pobreza y la enfermedad”. “Estamos apresados en un circulo vicioso y peligroso en el que la sospecha de uno alimenta la sospecha del otro y nuevas armas dan paso a otras armas“, advertía, llegando a proclamar la necesidad de “un desarme general y completo” en junio de 1963. Kennedy hizo suya la frase de Jrushov de que tras una guerra nuclear, “los supervivientes envidiarían a los muertos”.

Con ese programa de intenciones, Kennedy chocaba frecuentemente con sus generales y altos funcionarios del espionaje que le engañaron asegurándole una revuelta contra la revolución si invadía Cuba. Kennedy cesó a altos funcionarios del ámbito de la seguridad de extrema derecha, como el director de la CIA Allen Dulles, amigo y encubridor de muchos nazis en la posguerra, su segundo Richard Bisell, y mantuvo una tensa relación con el todopoderoso jefe del FBI, Edgar Hoover. Fue el cuarto presidente de Estados Unidos asesinado desde 1865 con Abraham Lincoln abriendo la serie, seguido de James Garfield, en1881, y William McKinley en 1901. Poco después del asesinato de Kennedy comenzó en Moscú la conspiración contra Nikita Jrushov que fue depuesto en octubre de 1964, once meses después del magnicidio de Dallas.

La tercera gran oportunidad perdida fue Gorbachov y su perestroika. La historia conoce pocos casos (si alguno) de cambio tan radical de la política de una superpotencia. Al cancelarse declarativamente las peligrosas tensiones entre potencias, se abrieron posibilidades para un cambio de mentalidad en las elites políticas y económicas que fuera capaz de afrontar los retos del capitalismo antropocénico y los grandes dilemas de las relaciones Norte/Sur. Superar la guerra y la amenaza de destrucción masiva como método y último argumento de las relaciones internacionales, buscar nuevos criterios de seguridad colectiva, abandonar la militarización del espacio, paliar la desigualdad entre grupos sociales y regiones del mundo para hacerlo menos injusto, atajar la superpoblación, y, desde luego, encarar la crisis climática. No fue solo discurso, sino hechos; acuerdos internacionales, democratización interna y retirada unilateral de una enorme zona geográfica imperial sin mediar derrota bélica… La reforma propuesta por Gorbachov fue una prueba universal de madurez. Esa prueba, el norte global la suspendió estrepitosamente. La degenerada elite administrativa soviética se rebeló contra ella pero el campeón de esa derrota fue la clase capitalista occidental, que decidió que todo aquello demostraba su victoria en la guerra fría por lo que podía y debía seguir con más de lo mismo. “Nos movemos por antiguos caminos trillados, utilizando viejos procedimientos para resolver problemas de un mundo nuevo, el mundo del Siglo XXI”, diría Gorbachov muchos años después.


Mijaíl Gorbachov durante una visita a Washington en 1992.

En el mundo el nombre de Mijaíl Gorbachov quedará para la historia. En algunos sectores de la izquierda, y particularmente de la izquierda española, se desprecia erróneamente al personaje como el hombre que introdujo el capitalismo en la Unión Soviética y la condujo a su disolución. Este juicio es pura y simplemente fruto de la ignorancia. Ignorancia del papel desempeñado por Gorbachov y su acreditado intento de mantener hasta el final el socialismo y la Unión Soviética. Ignorancia también sobre las realidades de la URSS de los años ochenta.

Gorbachov era uno de los raros socialistas democráticos de la dirección soviética. Algunos podrán pensar que fue un socialdemócrata y no creo que esa etiqueta le molestara al personaje. Socialdemócrata, sí, pero en las condiciones socioeconómicas de la Unión Soviética. Ser “socialdemócrata” en un universo sin propiedad privada de los medios de producción, sin sector financiero y sin primacía del capital sobre lo político, impide drásticamente cualquier paralelismo de Gorbachov con los gestores “sociales” del capitalismo en Europa Occidental como Felipe González, François Mitterrand o Helmuth Schmidt. El problema del llamado “socialismo real”, síntesis de socialismo y dictadura, era, precisamente, la contradicción de ese segundo aspecto con el primero. De la misma forma en que el problema del sistema de Europa Occidental, mezcla de democracia y capitalismo, no es la democracia de diversa intensidad en los diferentes países, sino el capitalismo que la anula y caricaturiza. Gorbachov quería democratizar el socialismo. Su empeño es, por tanto, tan encomiable como el de tantos personajes que a lo largo de la historia intentaron acercarse al socialismo en el mundo desde el capitalismo. Que fracasara en su intento no impide en absoluto situarlo entre los grandes hombres políticos del Siglo XX.

Su gran discurso no fue una prédica dominical, ni la pretensión de un iluminado. No fue creado por la clarividencia de un filósofo sino que fue lanzado desde uno de los principales centros de poder mundial. El nombre de Gorbachov recuerda que hubo un momento, no hace mucho, en el que se propuso avanzar hacia una “nueva civilización” para salir del atolladero. El fracaso de aquella tercera gran oportunidad perdida para un devenir humano menos peligroso, menos injusto y más razonable, nos mantiene como especie en un callejón sin salida. La humanidad necesita un cambio de rumbo. Que vuelva a proclamarse la “renuncia a la guerra como medio de resolver los litigios internacionales y su solución por vía pacífica”, la “abolición del arma nuclear” y la necesidad de “un desarme general y completo”.


Del blog personal de

Rafael Poch-de-Feliu