Escritora,
investigadora y podcaster
libanesa
residente en Sussex
(Reino
Unido).
Tras
violar el “alto el fuego” 10.000 veces, Israel vuelve a
bombardear su país vecino, impulsado por su insaciable sed de guerra
y sus ambiciones cada vez mayores
Me
desperté la mañana del 2 de marzo con una docena de mensajes de
amigos: se habían lanzado cohetes desde el Líbano hacia Israel.
La
noticia me cogió por sorpresa. Para entonces, me había convencido
de que Hezbolá no se arriesgaría a dar a Israel el pretexto que
llevaba tanto tiempo esperando para reanudar su ofensiva a gran
escala contra el Líbano. Pero lo hizo, y lo que siguió desde
entonces ha sido completamente predecible y peor de lo que me había
permitido imaginar.
La
magnitud de la respuesta de Israel se hizo evidente casi de
inmediato. El 4 de marzo, el ejército israelí ordenó la evacuación
de todo el territorio al sur del río Litani, similar a la llamada
“zona de seguridad” que ocupó entre 1982 y 2000, en medio de la
cual surgió Hezbolá por primera vez.
Un
día después, llegó otra orden radical: la evacuación de Dahiyeh,
los suburbios del sur de Beirut. Fue allí, durante la guerra de
2006, donde el ejército israelí desarrolló por primera vez su
infame “doctrina Dahiyeh”, una práctica de destrucción a gran
escala de la infraestructura civil con el objetivo de poner a la
población en contra de su propio gobierno. Desde entonces, se han
emitido nuevas órdenes de evacuación para partes del valle de la
Bekaa y otros lugares.
Mientras
escribo esto, una amiga mía en Beirut, Lara*, está sentada en su
bañera, el lugar de su piso más alejado de las ventanas. Vive cerca
de Dahiyeh; su casa está casi exactamente en la frontera del mapa
de evacuación publicado
por el ejército israelí. Se sabe que las bombas israelíes caen
fuera de esas líneas, pero Lara no tiene ningún otro lugar a donde
ir.
Mapa de evacuación publicado por el ejército israelí.
Otra
amiga, Mona, que vive en el extranjero, lleva una semana pegada al
teléfono; su hermana está atrapada con sus dos hijos en Sidón, al
norte del Litani, pero aún bajo bombardeo. Una tercera amiga, Sarah,
siente una extraña culpa porque su apartamento está cerca de una
embajada occidental y, por lo tanto, espera que sea menos probable
que sea atacado, por lo que ha pasado los días tratando de ayudar
con la recaudación de fondos.
En
el momento de redactar este artículo, los ataques de Israel en el
Líbano han causado
la muerte de 570
personas, más de 1.400 heridos y cerca de 800.000 desplazados.
El número de muertos por los ataques israelíes contra el Líbano asciende a 570, según el Ministerio de Salud.
Human
Rights Watch ha informado de
que, tras una pausa de más de un año, la Fuerza Aérea israelí
está utilizando de nuevo ilegalmente municiones de fósforo blanco
sobre zonas residenciales. Pero, por muy grave que sea la actual
escalada, para muchos libaneses se veía venir desde hacía meses.
Un
equilibrio frágil
Esta
última fase de la guerra se produce más de un año después del
llamado alto el fuego entre Israel y Hezbolá que entró en vigor el
27 de noviembre de 2024 y que, según la Fuerza Provisional de las
Naciones Unidas en el Líbano (FPNUL), Israel violó al
menos 10.000 veces. Las violaciones eran tan habituales que he
descrito los altos el fuego israelíes como “Vosotros
paráis, nosotros abrimos fuego”.
Con
el tiempo, el alto el fuego produjo algo así como un escenario
normalizado de muerte y destrucción. La gente aprendió qué zonas
eran relativamente “seguras” y cuáles no. A pesar de los
ocasionales ataques israelíes fuera de los objetivos habituales, la
guerra adquirió una cínica previsibilidad, algo que, para una
población desesperada, casi llegó a parecerse a la estabilidad.
Todo
lo que se necesitó para que ese frágil equilibrio se derrumbara fue
un solo lanzamiento de cohetes de Hezbolá la semana pasada. Sin
embargo, muchos en el Líbano sospechaban que esta escalada era
inevitable, independientemente de lo que Hezbolá hiciera o dejara de
hacer; Israel solo estaba esperando un pretexto adecuado.
Por
su parte, los políticos israelíes han hecho poco por disipar esas
sospechas. Incluso antes del 7 de octubre, los funcionarios
amenazaban abiertamente al Líbano: en agosto de 2023, el entonces
ministro de Defensa Yoav Gallant –buscado por la Corte Penal
Internacional por crímenes de guerra y crímenes contra la humanidad
desde noviembre de 2024– amenazó
con enviar
al Líbano “de vuelta a la Edad de Piedra”.
El ministro de Defensa israelí, Yoav Gallant: Israel devolverá al Líbano a la Edad de Piedra si Hezbolá inicia una guerra.
Esto se intensificó
tras el inicio del genocidio de Israel en Gaza, cuando el ministro de
Asuntos de la Diáspora, Amichai Chikli, declaró en
septiembre de 2024 que el Líbano “no cumple la definición de
Estado” y calificó a toda la población chiíta del país de
“hostil”.
Esta
vez, las declaraciones son abiertamente genocidas. La semana pasada,
el ministro de Finanzas, Bezalel Smotrich, advirtió de
que “muy pronto, Dahiyeh se parecerá a Khan Younis”, en
referencia a la ciudad del sur de Gaza que los ataques aéreos y las
excavadoras israelíes han arrasado prácticamente por completo. Y el
11 de marzo, Tzvi Sukkot, miembro del Knesset por el partido de
Smotrich, propuso:
“Debemos conquistar territorio en el sur del Líbano, destruir las
aldeas que hay allí y anexionar el territorio al Estado de Israel”.
Líbano: Los ataques de Israel continúan un año después del ‘alto el fuego’.
Estas
declaraciones han ido acompañadas de medidas cada vez más audaces
por parte del movimiento de colonos israelíes. Para los libaneses
que observan los acontecimientos al otro lado de la frontera, la idea
de que partes de su país puedan ser algún día anexionadas o
colonizadas por Israel ya no parece un discurso marginal.
Unas
semanas antes de esta escalada, colonos israelíes –incluidos
niños– cruzaron
al sur
del Líbano bajo protección militar israelí, plantaron árboles y
regresaron a Israel, repitiendo una
hazaña que intentaron por primera vez en
diciembre de 2024. Y a principios de este año, aviones
israelíes rociaron
glifosato,
un producto químico utilizado para destruir la vegetación, sobre
tierras de cultivo en el sur del Líbano.
Líbano afirma que Israel roció aldeas del sur con glisofato.
Para
muchos libaneses familiarizados con las imágenes de colonos
israelíes en Cisjordania destruyendo
olivos palestinos e
incluso matando
animales de granja,
las similitudes han sido difíciles de ignorar. Las prácticas
asociadas desde hace tiempo con la expansión de los asentamientos en
territorio palestino parecen estar avanzando hacia el norte.
Cuando
el ejército israelí emitió la primera de varias órdenes de
evacuación forzosa la semana pasada, muchos en el Líbano ya habían
llegado a la conclusión de que esta ronda de combates sería
diferente.
La
única defensa del sur del Líbano
Hezbolá
se enfrenta actualmente a las críticas de gran parte de la opinión
pública libanesa por su decisión de unirse a la guerra tras el
asesinato del líder supremo iraní Ali Jameneí. Sin embargo, esta
reacción no debe confundirse con el comienzo de la desintegración
del partido. La fuente subyacente de su apoyo sigue siendo la misma:
el sur del Líbano no dispone de medios convencionales para
defenderse de Israel.
En
teoría, esa función corresponde al ejército libanés. Pero, en la
práctica, el ejército carece de la capacidad para enfrentarse a
Israel, debido en gran medida a la política exterior de Estados
Unidos, dramáticamente asimétrica, con respecto al Líbano e
Israel.
El
ejército libanés depende en gran medida de la financiación
estadounidense. Solo desde octubre de 2025
ha recibido aproximadamente
190 millones de dólares en ayuda, después de que el Gobierno
libanés se comprometiera a desarmar a Hezbolá. Sin embargo, este
apoyo es solo una pequeña parte de la ayuda militar que Israel
recibe cada año de Estados Unidos, por no hablar de la brecha
tecnológica en infraestructuras defensivas como los sistemas de
interceptación de misiles.
Cuando
Hezbolá lanza cohetes hacia Israel, a menudo son interceptados por
el sistema Cúpula de Hierro, financiado por Estados Unidos. Cuando
Israel bombardea el Líbano con armas estadounidenses, no existe una
protección comparable; Estados Unidos se ha abstenido durante mucho
tiempo de suministrar armamento avanzado al Líbano basándose,
irónicamente, en que dicho armamento podría caer en manos de
Hezbolá.
Así
pues, la política estadounidense parece diseñada para impedir que
Hezbolá se fortalezca, al tiempo que garantiza que el propio Estado
libanés nunca adquiera la capacidad militar necesaria para desafiar
a Israel. Sin embargo, desde la perspectiva de Hezbolá, esto no hace
más que reforzar la afirmación del grupo de que el ejército
libanés es incapaz de defender el país frente a Israel.
Los
últimos acontecimientos han reforzado aún más la percepción de
que Hezbolá es el único actor capaz de resistir los ataques
israelíes. Estados Unidos se ha unido ahora a Israel en una guerra
ilegal contra Irán con el objetivo de llevar a cabo un cambio de
régimen mediante la destrucción masiva de infraestructuras civiles
–incluidos depósitos de petróleo y una planta desalinizadora–,
lo que dificulta mucho más a los funcionarios libaneses argumentar
que el Estado por sí solo puede garantizar la seguridad de su
pueblo.
Al
mismo tiempo, Israel sigue atacando el Líbano con casi total
impunidad, mientras que el ejército libanés sigue sin poder
intervenir de forma decisiva. Israel y Estados Unidos están diciendo
al pueblo del sur del Líbano que acepte su destino.
‘La mayor cantidad y lo más rápido posible’: colonos israelíes buscan tierras en Siria y Líbano.
Israel
sin control
El
Líbano se ve acosado por expectativas externas contradictorias. Por
un lado, se le dice que la influencia iraní en los asuntos libaneses
es inaceptable, una posición indiscutible fuera de la base de
Hezbolá, ya que Irán es muy impopular en gran parte de la sociedad
libanesa. Sin embargo, a ese mismo sector de la sociedad libanesa se
le dice también que el ejército israelí puede hacer lo que quiera
con el país.
Ni
siquiera las fuerzas de paz de la ONU son capaces de detener las
operaciones israelíes. En los últimos días, los ataques israelíes
han alcanzado
posiciones de la FPNUL y
las fuerzas israelíes han entrado en territorio libanés, violando
la resolución
1701 del
Consejo de Seguridad de la ONU. (El lanzamiento de cohetes de Hezbolá
hacia Israel el 2 de marzo también violó esta resolución).
Al menos dos municiones de fósforo blanco lanzadas por artillería israelí explotan en el aire sobre un barrio residencial en la ciudad de Yohmor, en el sur del Líbano.
Por
su parte, el Gobierno libanés es muy consciente de este dilema
imposible. El primer ministro Nawaf Salam, antiguo presidente de la
Corte Internacional de Justicia que ayudó a presidir el
caso de genocidio de Sudáfrica contra Israel,
ha dejado claro que no se hace ilusiones sobre las intenciones de
Israel en el Líbano.
En
una entrevista con L'Orient Le-Jour el fin de semana, Salam dijo:
“Los israelíes han destruido Gaza, siguen colonizando Cisjordania
y han anexionado Jerusalén Este, pero no tenemos otra alternativa
que ‘tierra por paz’. No existe una ‘pax Israelica’
duradera”.
Los tanques israelíes entrando en Gaza en noviembre de 2023.
El
marco de “tierra por paz” se refiere a la Resolución 242 del
Consejo de Seguridad de la ONU, que establece que la paz con Israel
sólo puede lograrse tras la retirada israelí de los territorios
ocupados en 1967. Sin embargo, en el caso del Líbano, la condición
clave –la retirada israelí– está fuera del control del Estado.
El
Gobierno libanés tampoco puede simplemente destruir Hezbolá, como
exige Israel. Hezbolá no es solo una milicia, sino también un
importante partido político con miembros en el Parlamento y control
sobre docenas de municipios, además de una considerable base
popular.
En
la misma entrevista, Salam sugirió un compromiso: “Si Hezbolá
cesa sus inaceptables actividades militares y de seguridad, no
tendremos ningún problema con ello”.
Pero
esa distinción solo funciona si Israel también la acepta. Mientras
continúen los ataques israelíes y las fuerzas israelíes
permanezcan en territorio libanés, Hezbolá seguirá considerando
que su presencia armada es necesaria para su existencia. Como me dijo
Justin Salhani, periodista libanés y miembro no residente del
Instituto Tahrir para la Política de Oriente Medio: “Si Israel
quiere que Hezbolá deje de ser una entidad, tiene que dejar de
bombardear el Líbano”.
Esta
dinámica explica por qué aún no se ha producido el desarme de
Hezbolá. Incluso antes de la última escalada, persuadir al grupo
para que renunciara a sus armas era políticamente difícil. Hoy en
día, es prácticamente imposible.
Desarmar
a Hezbolá mientras las fuerzas israelíes operan dentro del
territorio libanés significaría pedir al Estado que desmantelara
una fuerza que muchos partidarios creen, con razón, que está
resistiendo a un ocupante extranjero, un papel que normalmente
estaría reservado al ejército libanés.
Si
Estados Unidos realmente quisiera que el ejército libanés afirmara
la plena soberanía sobre el país, podría presionar a Israel para
que dejara de invadir el territorio libanés. En cambio, esas
violaciones han continuado durante años.
El
mejor enemigo de Hezbolá
Esta
realidad también ha socavado a los críticos internos de Hezbolá en
el Líbano. Los opositores que condenan las tendencias autoritarias
del grupo se ven obligados a lidiar con un simple contraargumento: no
hay alternativa. Y nada refuerza más ese argumento que el propio
Israel.
Por
eso he
descrito a Israel como el mejor enemigo de
Hezbolá, y viceversa. Para los partidarios de Hezbolá, la historia
del grupo proporciona un poderoso argumento. La retirada israelí y
la posterior liberación del sur del Líbano en 2000 siguen siendo el
único ejemplo de un movimiento armado árabe que ha obligado a
Israel a poner fin a una ocupación, algo que los grupos militantes
de Egipto, Siria y Palestina no han podido lograr.
Los
acontecimientos en la vecina Siria han reforzado aún más esta
narrativa. Tras la caída del régimen de Assad en diciembre de 2024,
el ejército israelí avanzó rápidamente hacia la zona
desmilitarizada del suroeste de Siria, que sigue
ocupando hasta hoy.
Las fuerzas israelíes también lanzaron una campaña de bombardeos
masivos para destruir gran parte de la infraestructura militar siria
restante y declararon nulo el acuerdo de retirada israelí-sirio de
1974.
La
zona de amortiguación limita con los Altos del Golán, territorio
sirio que Israel ocupa desde 1967 y que anexionó formalmente en 1981
(una medida que la mayor parte de la comunidad internacional nunca ha
reconocido). Para los partidarios de Hezbolá, esta evolución no
hará sino reforzar la conclusión de que lo mismo podría ocurrir en
el Líbano, que Israel no respeta de forma fiable los acuerdos
territoriales y que la fuerza militar es el único lenguaje que
entiende.
Esta
es la cuestión tabú cuando se trata del marco “tierra por paz”.
Los defensores podrían señalar la retirada de Israel de la
península egipcia del Sinaí tras los Acuerdos de Camp David como
prueba de que el modelo puede funcionar. Pero el enfoque de Israel
hacia Siria dice lo contrario.
Hoy
en día, los funcionarios israelíes describen habitualmente los
Altos del Golán como territorio israelí permanente. La zona lleva
tanto tiempo bajo control israelí que el propio Smotrich nació en
Haspin, un asentamiento establecido allí en 1978 en violación del
derecho internacional.
Si
alguna vez se materializa un futuro acuerdo de paz con Siria, pocos
esperan que incluya la devolución total de los Altos del Golán.
Este precedente confirma aún más la creencia generalizada en el
Líbano de que las ambiciones territoriales de Israel y su afán de
dominación total superan con creces cualquier compromiso con la
estabilidad regional a largo plazo.
Dicho
esto, el futuro de Hezbolá no está nada garantizado. La magnitud de
los bombardeos actuales de Israel podría acabar debilitando
significativamente a la organización. Sin embargo, la desconfianza
hacia Israel sigue siendo fuerte en todo el Líbano, incluso entre
muchos de los que se oponen políticamente a Hezbolá.
Por
eso, incluso un hipotético desarme no resolvería necesariamente las
tensiones subyacentes. Si continúan las incursiones militares
israelíes, es probable que surjan nuevas formas de resistencia. La
ocupación israelí del sur del Líbano durante 18 años contribuyó
al nacimiento de Hezbolá, pero hay muy pocos indicios de que los
gobiernos israelíes hayan aprendido la lección.
De
la ingeniería a la gestión del caos
Ahora,
la renovada destrucción del Líbano por parte de Israel está
creando una crisis humanitaria a una escala nunca vista en décadas.
Al mismo tiempo, crece el temor a un conflicto interno, e incluso a
una guerra civil en la que participe Hezbolá.
En
este contexto, parece razonable concluir que las ambiciones de Israel
en el Líbano van más allá de debilitar o eliminar a Hezbolá. El
primer ministro Benjamin Netanyahu ha dicho a los libaneses que
“liberen
su país”
de Hezbolá. Pero para muchos libaneses, la situación actual en Irán
es una clara advertencia de lo que implica esta “liberación”.
En
términos más generales, el genocidio de Gaza parece haber reforzado
una percepción que ya estaba muy extendida en toda la región: que
Israel opera como un
Estado en permanente búsqueda de su próxima guerra.
Como para demostrar este punto, apenas una semana antes de que
comenzara la guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán, Naftali
Bennett, ex primer ministro de Israel y aspirante a sustituir a
Netanyahu tras las elecciones de este año, declaró que
“Turquía es el nuevo Irán”.
En
Irán, Israel puede hablar de un cambio de régimen, pero esto
implica un plan para lo que vendrá después, y no parece existir tal
plan. La misma falta de claridad se aplica al Líbano. Como me dijo
Salhani, Israel podría estar siguiendo una estrategia de
inestabilidad sostenida. “Creo que Israel solo quiere un conflicto
continuo, presión interna y caos, y ver cómo el Estado libanés se
derrumba lo máximo posible”.
Si
esa es realmente la estrategia, resultaría desastrosa incluso para
Israel. Un Estado vecino consumido por una crisis permanente nunca
será una fuente de seguridad. Sin embargo, como señaló Salhani,
muchos miembros de la clase política israelí se consideran “los
más adecuados para gestionar ese caos” y aspiran a una hegemonía
regional aún mayor.
Con
informes que
sugieren que
la renovada guerra de Israel contra el Líbano continuará incluso
después de que termine su bombardeo de Irán, lo cierto es que,
hasta que los aliados de Israel se enfrenten a esta estrategia, no
habrá perspectivas de paz a largo plazo en ninguna parte de la
región.
*Los
amigos del Líbano se identifican con seudónimos para proteger su
identidad.
Fuente: Ctxt