Que tampoco el otoño es ya lo que era (15 de 21)
Da mucho para analizar, con pocas alegrías, el movimiento de los grupos de izquierda ante las elecciones generales de noviembre. Desorden, dilación y sorpresas negativas, han estado asombrando, por no decir indignando, a una opinión pública de izquierdas que esperaría más lealtad, generosidad y, sobre todo, realismo ante los peligros que acechan de una fascistización anunciada con pretensiones de “liberalización”, que es la máscara actual del autoritarismo pardo, a diferencia de los años 1920-30 y a manos esta vez del PP y Vox.
Me fijaré, porque así me place, en la extraña pareja que centra buena parte de la atención sobre estos movimientos, la formada por Irene Montero y Gabriel Rufián, es decir, la primera figura de Podemos, grupo en avanzado estado de extinción, y el portavoz parlamentario de Esquerra Republicana de Cataluña (ERC), figura caracterizadamente contradictoria y algo patética. Ambos dañan -así lo cree este cronista- a sus respectivas formaciones políticas y ambos, con la maniobra consumada al alimón, pueden contribuir al desastre que tantos anuncian, sin que quepa el optimismo de que con sus mañas mejoren la perspectiva.
Irene Montero mantiene el discurso de impecable factura izquierdista, chillón e inapelable, de las asambleas de Facultad (del franquismo). De probada formación teórica, sin embargo, ha sido incapaz de justificar por qué exigía primarias como paso previo a las candidaturas unificadas a escala general y negoció, subrepticia y pecadoramente, con ERC, sin que le importara mucho contradecir un principio político básico, y es que la izquierda no puede ser nunca nacionalista, y no debe pactar con los nacionalistas antes de verse las caras en las elecciones. Y ha basado su exclusivismo/individualismo preelectoral en su negativa “a pactar con el PSOE”, circunstancia que se supone sería posterior a unas elecciones exitosas, dando decepcionantes muestras de falta de realismo. Porque por lo que respecta a la emergencia -real, apremiante- de hacer frente a la peste marrón, las alianzas deben de hacerse sin exigencias fuera del caso y con ánimo a ceder ante pares próximos y coincidentes.
Irene Montero nos deja una imagen de fin de reino, con agarre desesperado a lo que se pueda y quede: Podemos camina firmemente hacia su desaparición y tanto Montero como Belarra, y poca gente más, se agarran a esas dos o tres posibilidades en perspectiva de escaño salvador (y personal: el sillón se dibuja dramáticamente como teoría y como práctica, desdiciendo éticamente a sus perseguidores/as). De ahí el apaño con ERC para lograr escaño por Barcelona y, algo parecido en Valencia, dándose por seguro el banco por Madrid. Estos de Podemos están en fase de extinción y lo saben. También lo sabían cuando hubo que discutir coaliciones de partidos y puestos en listas, y por eso han jugado a la desesperada, tratando de salvar los dos o tres escaños que pueden conseguir previa negociación. Pero es de esperar que con las próximas elecciones municipales y autonómicas desaparezcan (casi) del todo, ya que nunca han tenido enganche con el pueblo ordinario (pero sabio y, por supuesto, soberano). Y los escasos representantes que han conseguido en regiones y municipios lo han sido por su prestigio personal, y hubieran sido elegidos formando en cualesquiera otras filas. El objetivo electoral de Podemos nunca ha sido el pueblo, en sentido lato e inteligible, sino un votante estudiado, decepcionado y más bien joven, que no es, realmente, el español medio, y esa fragilidad estructural tenía el éxito limitado.
Y ni siquiera un hipotético regreso de Pablo Iglesias los salvaría, ya que el personaje está amortizado y desgastado por imprudente, arrogante y manipulador. La saña con que descabezó su partido liquidando a tantos compañeros/as fundadores/as fue de gran estilo estalinista, y tenía que pagarlo antes o después. Diré de paso que ha sido en el terreno (pedestre pero heroico) de lo municipal donde Podemos se ha permitido menospreciar a una IU que, pese a su mayor presencia y prestigio, consintió en ceder y amilanarse, algo acomplejada por la marea morada. De ahí la satisfacción que este cronista ha sentido cuando IU, partido -como quien dice- con cien años de patrimonio político, ha respondido con un no rotundo a la proposición de los desesperados de Podemos de que rompiera con el Frente Amplio para unirse a sus maniobras, carentes de elegancia política.
Creo que fue Manuela Carmena, tras su periodo de alcaldesa de Madrid, quien aludió a “estos de Podemos” como caprichosos, infantiles o incluso niñatos (no recuerdo bien: si resulto impreciso o errado, que mis lectores me atribuyan a mí esos calificativos, sin problema), y es este buen momento para recordarlo.
(Por lo demás, el rol político de Irene Montero desprende un cierto tufillo dinástico, seguramente pese a ella, y a más de uno/a se le escapará una media sonrisa, sofocada al instante, cuando en sus sentidos y vibrantes mítines aluda a la crisis de la vivienda, pensando en el casoplón de la lideresa.)
De Gabriel Rufián, que tan compungido se muestra por el fracaso en lograr toda la amplitud posible para el Frente Amplio (con él de cabeza, se debe entender), como si su papel en esa operación frustrada hubiera sido meramente pasivo, vuelvo a afirmarme en mi idea de que este muchacho vive un notable cacao mental político e, inevitablemente, personal, aunque dicen muchos de él que “es buena gente” (a lo que me adhiero porque así lo creo yo también), reconociéndole sus cualidades de tribuno capaz y ocurrente. El hijo de emigrantes de Jaén difícilmente puede vivir, si está normalmente dotada su mente, como es evidente que lo está, como nacionalista e independentista catalán, y lo más probable es que se venga desenvolviendo crecientemente -al ritmo de su protagonismo y ambiciones- en una dicotomía desgarradora: si te sientes de izquierdas no puedes ser nacionalista, aunque es verdad que hay nacionalistas que se sienten de izquierdas, pero este no puede/debe ser el caso de Rufián, ya que demuestra una inocultable amplitud política de miras. En su partido sí han tenido más claras las ideas: son nacionalistas, no creo que de izquierdas y bastante le han concedido con su erróneo/lamentable chalaneo con Podemos (Rufián debiera salir del mundo nacionalista y continuar su carrera política con su garbo y contundencia al servicio de una humanidad no particularista).
Porque, con su nacionalismo, Rufián desafía reglas, incluso escritas, que aluden a la imposibilidad de que la izquierda pueda ser nacionalista. Esto solo puede darse en los movimientos históricos de liberación anticolonial, que no es el caso de Cataluña, por más que haya independentistas que así lo quieran. Una vez más hay que distinguir entre el sustantivo y el adjetivo.
Y una reflexión final: ni siquiera la excusa de la premura por la convocatoria de elecciones generales justifica esa división “interna” de la izquierda, es decir, el “exclusivismo” de Podemos y la confusión (más explicable) del Rufián de ERC. A algo más que a esa precipitación hay que atribuir que la izquierda en su conjunto no haya acordado un frente único para el Congreso de Diputados, ya que lo hace para el Senado, lo que, dejando aparte las diferencias profundas y abundantes existentes, ahora y siempre, evidencian que en esas formaciones de izquierda, pero sobre todo en el PSOE, no existe la conciencia precisa sobre el estirón fascista que supondrá una victoria de derecha y ultraderecha, mucho más proclives, ahora y siempre, a la coincidencia y el entendimiento.
¿Habrá que esperar, en caso de tener que sufrir un cuatrienio negro parecido al bienio negro 1934-36 para que el Frente Amplio de hoy se extienda y transforme en Frente Único (no Popular, cedamos por esta vez ante la superstición...) y revertir en lo posible los desmanes anunciados? Es de lamentar que, hasta ahora y debido a su división pertinaz, la “izquierda izquierdista” no haya logrado la potencia y el prestigio de su formación homóloga, La France Insoumise, del magnífico Mélenchon (Melenchón, con el acento español correspondiente, ya que lleva apellido y sangre murcianos). El día 29 de noviembre sabremos si este Frente Amplio logra la fuerza y el eco suficientes como para ofrecer a la ciudadanía angustiada algo más que esperanza.

.jpg)

.jpg)
.jpg)

.jpg)
.jpg)








