Que tampoco el otoño es ya lo que era (3 de 21)
Vuelvo a interesarme por la obra de Antonio Jesús Ruiz Munuera, siendo esta vez su novela Donde nadaban los dragones (2026), el objeto de mi reseña después de haberlo hecho con Ojo de pez (La Opinión, 23 de mayo de 2017) y La ira del insecto (elDiario.es, 8 de mayo de 2021). Para reafirmarme en sus valores gramaticales y literarios, ya que sigo asombrándome tanto de su riqueza terminológica como de la narración profusa, suficiente y alegre; de una escritura no con desenfado, no, sino con una mala leche que no solo se ha de atribuir a los personajes (muy cinematográficos, por cierto, todos ellos), sino también por la ira a que mueve la trama, enmarcada en los crímenes contra el Mar Menor de nuestras entretelas. Es precisamente la recreación -certera, sugestiva y alarmante, pese a literaria- de la realidad murciana que queda especialmente dibujada en sus dramas ambientales lo que más me ha interesado de la producción novelística de este autor lorquino, ya que me resultan, todos, muy cercanos.
Pues se trata de un relato llevado a cabo con ironía compuesta de tal manera que cuida y respeta tanto la técnica como la trama. Una ironía que lleva al derroche expresivo, al giro hispánico y al habla murciana: todo ello al servicio de una inmersión constante en lo casposo, tanto de nuestra tierra como en lo general: Munuera odia la caspa y los casposos. El de nuestro autor es un estilo narrativo que no es que -exactamente- se despliegue con la jerga popular, sino que ya considero creación propia, hecha de desparpajo, exploración, creatividad… un algo que veo original, aunque con ecos (Munuera quiere reconocerlo así) de Dashiel Hamett/Sam Spade/Humphrey Bogart. A este respecto, siempre se dice que inevitablemente toda obra novelística tiene algo de autobiográfica y en el elenco de personajes con seguridad que alguno de ellos ha de parecerse, si no del todo, en buena parte, a nuestro autor, aunque supongo que él se sentirá un a modo de mixtura de varios de ellos (uno de ellos, el submarinista, pero hay otros reflejos que la historia emite).
Invito a los lectores a que presten atención a las descripciones humanas y paisajísticas de la obra, porque esto aparece con una maestría que llega a entusiasmar: fíjense lo que hace con personajes como la forense Escarbajal, la agente Aitana (y el asiático que se toma, válgame Dios) o el muerto 1 (como se dice en el teatro), Goyeneche, por no aludir al muerto 2, el fiscal Ubiña… exámenes, más que descripciones, exuberantes y también respetuosos, teniendo en cuenta que estamos ante literatura de ficción y el autor sabe hasta dónde debe llegar ya que es para pasarlo bien, aunque el objeto y las pretensiones de la obra sean, claramente, ilustrar la vida misma; o cómo se las apaña con el monasterio de San Ginés de la Jara y su arquitectura medieval y renacentista al hilo de la contemplación de sus ruinas que, como buenas ruinas de novela, quedan dramatizadas en grado superior. Creo que esta vez, A. J. R. Munuera se ha explayado más en la descripción de los personajes, más al planteamiento y al nudo que al desenlace: más cobertura, en definitiva, al suspense, que siempre envuelve a sus obras
Porque son las tramas de acción y misterio de las novelas de Munuera lo que más me admira, si he de compararlas con la extensa gama que la novela negra (policíaca, se decía antes, thriller según los virtuosos del género) ofrece: cómo surge la acción, con qué mimbres se desenvuelve y el papel asaltante de la sorpresa… que son recursos de pura literatura de suspense y que este escritor domina con verdadero arte, trenzando suficientemente bien la narración para que sorprenda, sí, pero con la emoción y el goce que se ha de esperar de la buena literatura de entretenimiento. Aunque, ya digo, el fondo y el horizonte sean los de un mundo en sus circunstancias más tétricas y odiosas, con el crimen suelto y la impunidad fungiendo que, explicados con realismo lleno de recursos, suaviza el hecho horrible con su literaturización ortodoxa.
Se evidencia, claramente, una sostenida huida desde la ficción, tanto por el arte literario como por el asunto por el que opta, que es de realismo apabullante: nada menos que el envenenamiento del Mar Menor por sus enemigos físicos y morales. Es un relato, pues, que se pega a la tierra (a esta maldita tierra, como él dice y repite dos o tres veces). De esta forma, Munuera derriba cualquier elegancia fatua sobre visiones inexistentes y deja desarmada al alma humana, capaz entonces de vivir y sufrir lo que contempla, supone y teme.
Y como el autor insiste en tomar para su trabajo los escenarios murcianos del crimen ambiental (y del otro), admirándose él mismo de hasta qué punto la realidad puede superar a la ficción, no deberá extrañar la abundancia del término mierda, ya que de la mierda delictiva regional trata su trabajo, que es ante todo indagación, documentación y experiencia, todo lo cual desemboca en mierda, mucha mierda. Un hedor que -habiendo sido yo invitado por él mismo para presentar su novela en Lorca hace poco, junto con Pepe Murcia, dilecto amigo común- me hizo comunicarle previamente que me llevaría a aportar, a tan gozoso encuentro, mi personal ejercicio de analogías entre elementos significativos de su trama, solo “instrumentalmente” alejados de la ficción, y realidades bien constatadas de la existencia murciana... Porque bien es verdad que no es esta una tierra idílica, sino criminalizada ética y ecológicamente de forma bien establecida desde -por lo que a los sufrimientos del Mar Menor se refiere- la llegada de las aguas del Trasvase al Campo de Cartagena, con la brutal y tóxica (pero crematística) conversión del secano en regadío; y resulta así que este sea uno de los casos por los que en esta tierra no corremos el riesgo de que la ficción supere a la realidad. Munuera, sensible, atento y bien informado, tiene a bien aludir en sus obras a los esfuerzos de los defensores de la tierra y sus valores, y así lo hace aquí con sus referencias a los “incansables ecologistas” y al “agropoder murciano”, el más temible enemigo.
De entre esas analogías fácilmente trasladables del texto novelístico al discurrir del tiempo y las cosas quise destacar tres, tratándose la primera del canal del Estacio, cuyo ensanchamiento y reprofundización en 1975 el cuasi dueño de La Manga, Tomás Maestre Aznar, quiso realizar, y realizó, para permitir el tráfico de barcos de recreo de cierta envergadura hacia y desde el puerto deportivo interior a la albufera, de nombre, vaya sorpresa, “Tomás Maestre”, induciendo un primer y tremendo impacto por el progresivo descenso de su salinidad y su temperatura: lo que las autoridades de Costas, acostumbradas a allanarse ante el eximio empresario, debieron tomar al pie de la letra de lo que Maestre esgrimía: que el Mar Menor se “oxigenaba” con esa obra. Quise recordar aquel primer atentado contra el Mar Menor, adelantado al que la novela relata -que es de origen agrario y que ha resultado decisivo en las desgracias de la albufera-, añadiendo en sintonía con la trama criminal la respuesta desabrida que Maestre tuvo a bien dirigirme cuando lo califiqué (1980) de “señor feudal” y de “verdadero alcalde” del Mar Menor, lanzándome una querella por calumnias e injurias que, vista la documentación y las razones que aporté, quedó al poco sobreseída.
Un segundo detalle, relativo a la intimidación de la que gustan usar los criminales, con el destrozo que la agente ambiental Aitana, heroína de la novela, sufrió en su casa, lo enlacé con aquel asalto (2005) que las dueñas de la finca Architana, en Moratalla, sufrieron en su casa por delincuentes anónimos al resistirse a vender su propiedad, cultivada con conciencia ecológica y esmero mediterráneo.
Y la tercera y más importante semejanza la expliqué tomando como referencia la decapitación, en la novela, del fiscal Ubiña por meter las narices en el hecho criminal y llegar demasiado lejos, para lo que evoqué al fiscal Emilio Valerio, que la Fiscalía General del Estado tuvo que enviar desde Madrid a investigar el robo de agua en la Cuenca del Segura, ya que el poder judicial regional no mostraba gran interés por combatirlo. Y tras formular imputación (2004) de una treintena de políticos responsables y empresarios beneficiarios (lista en la que se incluía al magistrado murciano Mariano Espinosa, empresario a la vez del agua en Moratalla) hubo de enfrentarse a dificultades mil, querellas y desesperaciones, viéndose obligado Valerio (amigo mío) a renunciar a la carrera fiscal unos días antes de verse destituido, por lo que acusado y acosado vivió su decapitación profesional y moral contemplando cómo sus investigaciones y acusaciones quedaban sin efecto. O sea que, como el fiscal Ubiña del relato, el muy real fiscal Valerio pagó caro, muy caro, el querer cumplir con su deber. Y, supongo que amargado, ha muerto hace poco, demasiado joven.
A modo de corolario y siguiendo con los fiscales, también advertí a la concurrencia sobre el hecho de que el fiscal de Medio Ambiente del Tribunal Superior de Justicia murciano, Miguel de Mata, es lo más parecido a un cero a la izquierda, si tomamos en cuenta el entusiasmo que muestra archivando causas ambientales que, para muchos murcianos, nos parecen relevantes y escandalosas.
En la causa del Mar Menor están expuestas todas las responsabilidades, directas e indirectas, físico-químicas, políticas e incluso científicas, siendo las más graves -las agrarias- las que más protegidas se encuentran, y a las que ningún Juzgado ni institución política hincarán el diente de verdad, ya que se trata de la esencia de esta región, del agrocantón murciano que, siendo hermoso reducto mediterráneo, Munuera deja expuesto en sus obras en carne viva, recordándonos que son muchos los que, sin escrúpulo alguno y con militante impunidad, nos lo llenan de mierda cada día.



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