lunes, 20 de abril de 2026

El Estrecho de Ormuz, cuello de botella del Golfo Pérsico

 

 Por David Señorán López   

      Técnico de Fondos en Tragsatec. Analista Internacional, Politólogo e Internacionalista.


     El Estrecho de Ormuz es un paso marítimo estratégico que separa Irán de la Península Arábiga y constituye la única salida del Golfo Pérsico hacia el Golfo de Omán y, posteriormente, el Océano Índico.


Basta con observar un mapa para comprender la importancia del Estrecho de Ormuz, que se erige como un cuello de botella en el golfo Pérsico, rodeado de países ricos en hidrocarburos y con Irán en posición de ejercer capacidad de bloqueo.

En su punto más angosto mide aproximadamente 55 kilómetros, lo que, sumado a su escasa profundidad y al intenso tráfico de buques, hace que solo existan dos canales navegables, convirtiéndolo en un claro cuello de botella.


Escasa profundidad del Estrecho de Ormuz.

El Estrecho de Ormuz ha sido históricamente un punto clave en la navegación y el comercio marítimos, una importancia que se ha visto acrecentada en la actualidad por su papel central en el transporte de hidrocarburos y otros recursos estratégicos.

Rodeado de los países con mayor producción de gas y petróleo del mundo, se estima que solo en 2025 alrededor del 25% del comercio de crudo por vía marítima se hizo a través de Ormuz, así como el 19% del gas licuado de petróleo (GLP). Si bien la inmensa mayoría de estos hidrocarburos se dirige a Asia, cualquier disrupción afecta gravemente al precio a nivel mundial, derivando en escasez y otros problemas asociados.


La importancia del Estrecho de Ormuz para las exportaciones a países del Lejano Oriente.

Esta importancia le otorga a países como Irán una oportunidad única para hacer valer sus intereses, al poder bloquear el paso mediante minas, ataques o distintas amenazas y alterar de forma drástica el flujo de hidrocarburos.

Al mismo tiempo, Teherán cuenta con varias islas estratégicas en las proximidades del estrecho, como Larak y Qeshm, lo que le permite proyectar con mayor intensidad sus capacidades militares y controlar los movimientos en la zona.


En el contexto de la guerra, Irán está construyendo una nueva arquitectura de seguridad y control marítimo sobre el Estrecho de Ormuz.

Irán y el control del Estrecho de Ormuz

Estas capacidades no son meramente teóricas, sino que han quedado plenamente demostradas tras los ataques de Estados Unidos e Israel contra el país persa. En respuesta, Teherán está haciendo uso de todas sus opciones, entre ellas el control del estrecho, afectando gravemente al precio global de la energía y a su disponibilidad en distintos países.


Desde la guerra contra Irak, Irán ha desarrollado un amplio arsenal de misiles como elemento disuasorio frente a Estados Unidos e Israel.

Asimismo, al imponer elevados peajes, pasa a influir de forma decisiva en las exportaciones de Estados como Irak, Kuwait, Catar o Baréin, que dependen de esta vía para transportar sus hidrocarburos al resto del mundo.

Sin embargo, conocedores de este riesgo, países como Arabia Saudí y Emiratos Árabes Unidos han creado rutas alternativas de exportación. La saudí, en dirección oeste a través del desierto hasta el mar Rojo, transporta petróleo y gas, mientras que la emiratí, en dirección este hacia el golfo de Omán, únicamente transporta petróleo.


Arabia Saudita restablece su oleoducto clave a 7 millones de barriles por día mientras se intensifica la construcción de un oleoducto de circunvalación en el Mar Rojo.

Si bien estas rutas alternativas les confieren mayor autonomía, no ofrecen una solución completa, ya que ya estaban siendo utilizadas parcialmente. Por ello, ante un bloqueo del Estrecho de Ormuz como el actual, el margen para incrementar su capacidad es limitado, especialmente en el caso de Emiratos Árabes Unidos.

Además de hidrocarburos, el estrecho de Ormuz también es una importante ruta para el trasporte marítimo de fertilizantes, diversos minerales, helio –del que Catar es uno de los mayores productores– y distintos recursos básicos tales como alimentos, manufacturas y productos de construcción.


El bloqueo del Estrecho de Ormuz y la guerra en el Golfo Pérsico encarecen los fertilizantes clave para la agricultura en India y Bangladés.

En definitiva, esta vía marítima constituye un cuello de botella de enorme importancia estratégica para el golfo Pérsico, Oriente Medio y el conjunto de la economía global, pero su funcionamiento normal no está garantizado.

Mediante el bloqueo, Irán ha evidenciado una capacidad inmensa de influencia y disuasión, poniendo una vez más de relieve la relevancia y fragilidad de las cadenas de suministro globales frente a conflictos internacionales en un contexto de un mundo altamente interpendiente y conectado.


Fuente: Descifrando la Guerra

domingo, 19 de abril de 2026

Los vínculos de Apple con Israel son mucho más profundos de lo que crees

 

 Por Kei Pritsker   
      Periodista estadounidense de The Grayzone.




Guerra electrónica.


La última adquisición de Apple en Israel es la segunda mayor compra de su historia

     Los vínculos de Apple con Israel son mucho más profundos de lo que crees. Apple fue noticia la semana pasada cuando, básicamente, borró el sur del Líbano de Apple Maps. Si vas al Líbano en Apple Maps, verás que han desaparecido los nombres de todos los pueblos del sur. Y esta es, obviamente, la región del Líbano que Israel está invadiendo actualmente y que intenta anexionar.

Mucha gente ha señalado que Apple ha donado dinero a grupos sionistas, que ha despedido a trabajadores por apoyar a Palestina, pero la relación de Apple no es una relación ideológica amorfa. Apple, literalmente, no existiría sin el sector tecnológico israelí.


The Grayzone.

https://open.substack.com/pub/thegrayzone/p/apples-ties-to-israel-are-much-deeper/

Para empezar, el segundo centro de investigación y desarrollo más grande de Apple en el mundo, solo superado por su sede central en Cupertino, California, se encuentra en Israel. Se trata de un enorme campus en Tel Aviv que da empleo a 2.500 personas. Los ingenieros de allí han ayudado a desarrollar el MacBook y los Apple Watch, y han desempeñado un papel crucial en el desarrollo del reciente Apple Vision Pro, sus gafas de realidad virtual, que cuentan con un seguimiento ocular extremadamente preciso y cámaras de escaneo de retina desarrolladas en gran parte por Apple Israel. Apple tiene previsto trasladarse a un nuevo edificio en Israel, por lo que solo planea redoblar su presencia allí.

Apple también compra tecnología israelí directamente y algunos de los componentes más críticos de los productos más populares de Apple provienen de empresas israelíes. Apple adquirió un componente crítico para la unidad de memoria flash del iPhone al comprar una empresa israelí llamada Anobit.

Se cree que la tecnología Face ID de Apple proviene de su adquisición de PrimeSense, una empresa israelí especializada en el seguimiento del movimiento. También compraron una empresa israelí que desarrollaba software de reconocimiento facial llamada Realface. Apple mejoró la cámara del iPhone mediante la compra de una empresa israelí de cámaras llamada LinX. Además, adquirieron en secreto otra empresa israelí de cámaras llamada Camerai y trasladaron a sus empleados al campus de Apple en Israel, donde se cree que ayudaron a desarrollar las funciones de realidad aumentada de Apple y las gafas Apple Vision Pro.

La adquisición más reciente de Apple en Israel es su segunda mayor compra de todos los tiempos, solo superada por la adquisición de los auriculares Beats. La empresa se llama Q.AI y afirma tener una tecnología que lee expresiones faciales sutiles. Aunque se muestran muy reservados sobre para qué se van a utilizar, Q.AI ha registrado recientemente una patente para auriculares y gafas que utilizan «micromovimientos de la piel facial» para la comunicación no verbal. Apple está tratando de aumentar su cuota de mercado de accesorios inteligentes y se cree que Q.AI les ayudará a desarrollar dispositivos que se puedan controlar sin tener que decir nada. Pero la implicación obvia es que estos dispositivos van a estar controlando constantemente tu rostro y, sin duda, entrenando algún algoritmo de IA para saber exactamente lo que estás pensando basándose en pequeños movimientos de tus labios o de tus cejas que quizá ni siquiera te des cuenta de que estás haciendo.

Muchas empresas tecnológicas israelíes han sido fundadas por israelíes procedentes de unidades militares de élite y, dado que subvencionamos al ejército israelí, no es descabellado afirmar que somos nosotros quienes financiamos el sector tecnológico de Israel y, de paso, nuestra propia vigilancia. Estados Unidos es el mayor consumidor mundial de productos de Apple y cualquier tecnología de reconocimiento facial o de inteligencia artificial que acaben desarrollando esta vez se pondrá a prueba con nosotros.



Del blog personal de

Rafael Poch-de-Feliu

sábado, 18 de abril de 2026

A mí es que esto de la Luna…

 

      Águilas, Región de Murcia, 1947. Ingeniero, sociólogo y periodista, Premio Nacional de Medio Ambiente y Hijo Predilecto de mi tierra.


El espectáculo tecnológico como herramienta de control: distracción masiva y desmovilización social frente a la impotencia política


       A mí es que esto de la Luna, qué queréis que os diga, por mi parte…, si es que la cosa es que…, hay gente, oye, que todo lo que se le meta por la televisión y las redes se lo traga sin más y sin pensar… Y luego el maldito prestigio de todo lo norteamericano, que hay que ver qué poco aprendemos y escarmentamos.


Fuente: NASA. Via Getty Images.

          Las aventuras de los países más ricos e injustos se mueven, en esto de los regresos a la Luna, la llegada a otros planetas y las intromisiones en el espacio sideral, entre la (muy mediática) tomadura de pelo y la (inocultable) estupidez, aunque nadie ignora  que se trata de brillantes y opulentas operaciones de prestigio con objetivos que solo nominal y disimuladamente son científicos, ya que consisten en avances esencialmente militares destinados a (1) amenazar con mayor eficacia la vida de los humanos y (2) a depredar ambientalmente del universo que se ponga a tiro. Que los recursos que se destinan a jugar con el espacio exterior se hurten a tantas cosas necesarias y pendientes en nuestro mundo terrestre no me resulta de fácil justificación, y creo que debe de motivarnos a la serena y libre reflexión, lo más alejada posible de la farfolla mediática y política que nos atonta y mamonea.

1. La que lió aquel Sputnik

         Todo esto viene, en gran medida, de la Guerra Fría y de la competencia entre la URSS y Estados Unidos. Y en realidad la rivalidad la desató el vuelo orbital del Sputnik soviético, en octubre de 1957, que produjo aquella humillación que los norteamericanos no pudieron evitar ni con los servicios de aquel Von Braun, que pasó a trabajar para los Estados Unidos después de haber sido el más prestigioso científico espacial de la Alemania nazi. Y cuando en 1961 de nuevo la URSS se lució poniendo un hombre en órbita, aquel legendario Yuri Gagarin, la gran potencia capitalista no pudo más y el presidente Kennedy tuvo que anunciar que, en esa misma década (1960), serían ellos los primeros en poner un hombre en la Luna.


Cartel soviético alusivo al Sputnik.


         Cosa que hicieron, con el proyecto Apollo y la efeméride de Armstrong, Collins y Aldrin posándose en la superficie lunar un día de julio de 1969, para a continuación dejar que ese proyecto se deshiciera y pasara casi medio siglo para que surgieran nuevos estímulos hacia nuestro asombrado satélite. Aquel día, noche para nuestro hemisferio, este cronista purgaba, en su campamento militar de la cara segoviana del Guadarrama, la segunda o tercera imaginaria (las dos peores, como saben los que hicieron alguna de aquellas milis) y en una de las tiendas de mi unidad de Artillería se instaló una televisión alquilada para presenciar el acontecimiento, en un ambiente de gran exaltación…

         Luego, este mismo cronista ha tenido tiempo de reflexionar sobre la tan manida “conquista espacial”, al tiempo que enumeraba, y vivía, numerosas derrotas del género humano en nuestra atribulada Tierra, y pudo asentar en su magín un escepticismo acre que mudó, poco a poco, en riguroso desprecio a las exhibiciones científico-tecnológicas a las que mueven la ambición económica o el fatum militarista. Y este es el caso de las vueltas y requiebros en torno a la Luna.

        Aquello del Apollo y de otros proyectos posteriores siguió ciñéndose a la rivalidad, al orgullo y la estulticia en grado galáctico de las potencias, sin que se ocultaran nunca los móviles del prestigio y del ansia competitiva por adelantarse entre ellas. Así sucedió entre los Estados Unidos y la Unión Soviética, y ahora sucede entre los primeros y la China emergente, que prioriza visiblemente las aventuras espaciales. En cualquier caso, todo esto aparece rodeado de toda una ristra de fábulas que, como tales, son y debieran de ser indigeribles: que si el noble impulso humano a saber más de las estrellas, que si la necesidad de expandir la ciencia y la técnica, que si las consecuencias (todas) beneficiosas de la exploración espacial, que si… Apenas, claro, se alude a la ambición de la industria privada aeronáutica, militar y otras, ni a que todo ese esfuerzo de los poderes públicos será aprovechado -en el caso norteamericano, al menos- por avispados y muy emprendedores empresarios privados, que expandirán sus negocios con el incipiente “turismo espacial” y con otras lucrativas actividades en perspectiva.


Artemis II.

2. Que no falte el enfoque crítico

           Pero en esto, como en tantas cosas parecidas, carísimas, espectaculares y de escasa utilidad general, debiera imponerse el análisis frío, centrándose en dar respuesta tranquila y cuerda a las preguntas de la lógica, la dialéctica, la ética, la metafísica, etcétera, etcétera, resumidas en estas cuatro: (1) ¿de qué se trata, objetivamente esta aventura y sus derivaciones?, (2) ¿por qué se acometen estos proyectos, es decir, cuáles son los motivos y las causas reales?, (3) ¿para qué se llevan a cabo, es decir, se dan a conocer los objetivos y las pretensiones, los declarados y los ocultos, pero sospechosos?, y (4) ¿cómo se lleva a cabo, se conocen bien las políticas que las encuadran y desarrollan, las estrategias a medio y largo plazo, los medios y los costes?.

            Con todo, el más repetido de los objetivos aducidos en la misión lunar del Artemis II (que disfraza la perversa ambición, que es sobre todo militarista, ya digo) es que se pretende que la Luna se convierta en plataforma o base para continuar la expansión espacial de otros astros… Porque no es solo que un satélite a tres días escasos de la Tierra vaya a suponer trampolín objetivo alguno en un viaje de año y medio a Marte, cosa que debiera incitar a implacable reconvención a esa patulea de alucinados con el planeta rojo, sino que la impronta humana de destrucción de todo lo que toca en la Tierra, cosa tan a la vista y tan consolidada, vaya a extenderse, más libre e inclemente aún, a la Luna y luego a Marte, debiera turbar muy seriamente a cualquier mente mínimamente equilibrada.

      Con el agravante de que estos espectáculos tan equívocos estén explosionando en plena “era Trump”, de dirigentes analfabetos y enloquecidos, lo que nada tiene de natural ni de espontáneo, y esto también debiera de agudizar nuestra inquisitiva mirada hacia estos proyectos y a sus verdaderos instigadores, que vienen de esa inculta y peligrosa mafia de Silicon Valley, justo complemento de las mamarrachadas trumpistas. A diferencia de la cordura del Tratado Antártico (1959), que dejó fuera de soberanías y dominios territoriales al continente helado, la Luna podrá caer en manos de la horda trumpista si, como delatan las prisas que le ha entrado, ponen pie en la Luna y deciden apropiársela, a despecho de lamentos onusianos o protestas internacionales de China, Rusia y otras potencias.

3. Ciencia y Tecnología en la picota

          Una vez más hay que someter la ciencia y la tecnología (CT) a escrutinio humano, social y ético, ya que todo lo que tiene que ver con la exploración de los astros cautiva, aliena y adormece, y apenas se alzan frente a ella respuestas críticas, profundas y fundamentadas. Porque si para desarrollar este binomio CT, tan prestigiado y en este caso tan brillante, no se han de exigir explicaciones, sobre todo por su finalidad (el para qué), estaremos ante un desviacionismo intolerable, incluso socialmente delictivo, tanto por la desmesura de los medios puestos en ello como por las perversas intenciones que encierran (y ocultan).

         Si no plantamos límites a la CT nos adentramos en terrenos desconocidos, y cuando los conocemos, tras el empeño por dominar y controlar esos mundos mediante un saber hasta entonces ignoto, suele ser demasiado tarde; de ahí que, desde el punto de vista de la atención a los humanos, la CT hace tiempo que genera más problemas que soluciones. Porque no debe caber duda alguna: esa CT se dedica, no a evitar y prevenir problemas sociales, sino preferentemente a generarlos y a continuación pretender “darles solución”. Porque esta fase, la de la expansión de los problemas, es la de mayor interés crematístico, y en ella se funda una floreciente actividad industrial y financiera.

            Nuestra “civilización” (por llamarla de alguna manera y dejando de lado lo impropio del nombre) se adentra desde hace tiempo, siglos en realidad, en imprudencias y desafíos que generan más problemas para la vida ordinaria y sus garantías que soluciones a sus angustias y amenazas.


Emigrantes en el mediterráneo.

           Y por un prurito de arrogancia y “deificación” que confieren esa CT y sus resultados, considera normal no respetar nada, en un mundo cada vez más lleno de limitaciones y salidas falsas o bloqueadas. “Todo lo que es posible hacer o desarrollar, hay que acometerlo”, es el lema imperante y sin discusión, con este corolario: “Y si no lo hacemos nosotros, otros lo harán, así que…”, del mismo género extravagante. Frente a estos eslóganes tan intrínsecamente necios solo se vienen apuntando objeciones desde el mundo ecologista, a partir de que se alzara contra la energía nuclear civil y militar, es decir, contra la fisión (y la fusión) del átomo, ejemplo paradigmático de una CT osada e irresponsable, que del trabajo (aparentemente) científico y tranquilo pasó rápidamente al político-militar. La energía nuclear es algo que en mala hora acometimos, teniendo en cuenta sus consecuencias, que no solamente ha sido la liberación de radiactividad en aguas y atmósfera, sino la “construcción” de una pirámide de despropósitos que van desde su base físico-química hasta su vértice moral y espiritual, pasando por lo económico, político, jurídico…, y por la que la clase político-económica dominante apuesta y se lanza una y otra vez. Y no hay forma de demostrar que los beneficios de esa energía nuclear sean superiores a sus riesgos y desastres.

4. ¿Un progreso y un futuro regalo de las estrellas?

      De la mano de la CT nos llega un repunte bobalicón de esas ideas estrafalarias que son el progreso (ilocalizable desde el mismísimo momento, ilustrado, en que se inventó) y el futuro (inexistente, ya que no es más que una sucesión, incierta, de presentes), ya que siempre se ha identificado el optimismo científico-tecnológico futurista con los espejismos espaciales, que, mira por dónde, son el último refugio de eslóganes y consignas que la cruda realidad niega con insistencia y rotundidad.


Portada de ‘En ausencia de lo sagrado’.

        Se trata de un empeño de alto contenido ideológico: requiriendo la atención hacia la Luna o el programa espacial como un todo y una saga, se contribuye a olvidar o minimizar los problemas en la Tierra de miles de millones de seres acosados por la precariedad y los negros horizontes, que son acosados sin piedad -la fuerza y la habilidad de los medios de comunicación aquí se emplean a fondo- contribuyendo al engaño prefabricado mediante la exaltación de mitos y la ostentación de poderío.

            En estos trances la mayor parte de la población terráquea, que constituye sociedades vulnerables y frágiles mentalmente, es puesta ante una realidad que es desbordante y que la supera ampliamente, resultándole muy difícil de procesar y asimilar en su verdadera dimensión (y en sus falacias). Y dado que en la vida personal y grupal no hay avances, mejoras o esperanzas estimulantes, se acaba poniendo el foco en lo más soportable y atractivo, de tal manera que el espectáculo se convierte en auténtico programa de un masivo control social que se traduce en adormecimiento de conciencias y neutralización de energías. Para tantos, el deslumbramiento de una CT de muy remotos beneficios para la humanidad no es más que la representación agresiva de una situación de cada vez más consolidada impotencia y nimiedad en la participación de los asuntos nacionales y no digamos internacionales. Mirando a la Luna y sus conquistadores, ofrecidos como reclamo para el conformismo y la ignorancia, los poderes públicos -y no solo los exhibicionistas de las grandes potencias- avanzan en su dominio y se benefician de un plus de paz social.

5. Por lo más sagrado…

            La aventura espacial, de ambición ilimitada, es decir, desmedida, es un ejemplo de actividad humana en la que no se respeta nada, ni lo desconocido ni lo lejano y enigmático, y por supuesto no se toman en consideración, verdaderamente, las consecuencias de estos atrevimientos. Se considera inadmisible toda idea del tabú, es decir, de aquello que, por desconocido, peligroso o complejo -o sea, por elemental prudencia humana- no se debe ni tocar ni penetrar ni desarrollar, así que es mejor dejarlo como está, enfundado en el sereno atractivo de su misterio; al menos mientras no se demuestre que esas audacias constituyen prioridades humanas y sociales, lo que, sin ir más lejos en el caso de la conquista del espacio, es muy difícil de demostrar (imposible, en realidad). Esas actitudes de sabia contención, que son remanentes en las culturas que sin embargo llamamos tradicionales, evitando calificarlas de atrasadas (como nos apetecería), son el resultado del respeto a la naturaleza y sus secretos inspiradores y estimulantes, de la experiencia desde los errores y de cohesionadas culturas colectivas que han fundado la supervivencia en su reverencia hacia lo sagrado.

        La conquista espacial me parece una experiencia grotesca y peligrosa, anunciadora de daños y desastres, tanto humanos como ambientales, pero sobre todo es un insulto, o mejor, una burla, al género humano, a esa mayoría empobrecida y amenazada; y debiera producir el rechinar de dientes para esos grupos que no se dejan camelar por globitos de colores, oropeles propagandísticos y cápsulas ingrávidas.

    Todo esto queda muy lejos de la verdadera sabiduría humana, necesariamente ceñida a la naturaleza inmediata, de la que nacemos, que pisamos, que nos alimenta y que nos inspira secularmente, y a la que se le debe un respeto máximo. Sabiduría que en esta aventura queda sustituida, más bien sepultada, por saberes inquietantes, quimeras en multiplicación y arrogancias impunes, olvidándonos y menospreciando lo que de poesía, culto y contemplación debiera suscitarnos (me refiero a la Luna, claro).


Fuente: La Protesta

La política de la mierdificación

 

 Por Simona Levi   
      Fundadora de Xnet. Directora de teatro, dramaturga, docente, activista, promotora cultural y estratega tecnopolítica.


Cory Doctorow sostiene que la degradación de plataformas y servicios digitales no es un fallo técnico, sino el diseño de una arquitectura de poder que perjudica a los usuarios y transfiere todo el valor a los accionistas


     Hace algunas semanas el compañero Cory Doctorow visitó Barcelona para presentar su nuevo libro y tuve el placer de conducir el evento. Presentar el nuevo libro de Doctorow tiene algo de celebración, pero también de puesta en común entre gente que lleva años intentando entender cómo hemos llegado hasta aquí y, sobre todo, cómo salir de esta.


Cory Doctorow

No es un detalle menor que este libro lo publique Capitán Swing, una editorial valiente y con voz propia, ni que la conversación haya tenido lugar en Finestres, uno de esos espacios que todavía funcionan como catalizadores de ideas y no como simples escaparates culturales. En ese contexto, Mierdificación no llega como un libro más sobre tecnología: llega como una herramienta política.


Mierdificación.

Cory Doctorow no necesita presentación para quienes trabajamos en derechos digitales, pero conviene recordar por qué sigue siendo una referencia tan excepcional. Es un escritor de ciencia ficción premiado y prolífico, un divulgador brillante y, al mismo tiempo, un activista que nunca ha abandonado la trinchera. En un momento en que lo digital ha pasado de estar fuera de la agenda a convertirse en un campo saturado de dinero, oportunismo y lavado ético institucional, Doctorow ha conservado algo rarísimo: independencia.

La gran aportación de este libro es dar nombre a una intuición compartida por millones de personas: lo que está pasando en internet es que las plataformas y muchos servicios digitales se han degradado de manera sistemática. Y que esa degradación no es un accidente, ni una suma de errores, ni una especie de decadencia natural del mercado. La “mierdificación”, término que Doctorow acuñó en 2022 y que ya forma parte del vocabulario político de nuestro tiempo, nombra un proceso específico. Primero, una plataforma se porta bien con las personas usuarias para atraerlas y encerrarlas. Después empeora esa experiencia para beneficiar a sus clientes empresariales, anunciantes o vendedores. Finalmente también exprime a esos clientes aumentando los requisitos para ser vistos y transfiere casi todo el valor a los accionistas. El resultado es un ecosistema peor para todo el mundo, salvo para quienes capturan la renta.

Lo importante es que Doctorow no presenta esta deriva como un destino inevitable del capitalismo digital, sino como el resultado de decisiones políticas concretas. Leyes antimonopolio debilitadas, captura del regulador, retroceso de los derechos laborales e intervención estatal al servicio de grandes intereses privados: esa es la infraestructura jurídico-legal de la mierdificación. Su tesis es muy útil en el batiburrillo de tertulias sobre el terror a lo digital porque devuelve el conflicto al lugar correcto. No estamos ante un fallo técnico, sino ante una arquitectura de poder.


Logos de las cinco grandes compañías del big tech.

Uno de los aspectos reseñables del libro son los matices que aporta a la idea de intermediación. El viejo internet, el que merecía la pena, estaba lleno de intermediarios: proveedores, servicios de correo, listas, alojamiento, software especializado. Lo decisivo no era la ausencia de intermediación, sino la idea de colaboración contra la idea de dominación. El libro explica cómo internet nace de una guerra entre visiones de los desarrolladores, la de los netheads, favorable a la descentralización, contra los bellheads, favorables a la centralización. El hecho de que los netheads hayan ganado esta lucha supone que debemos asumir una responsabilidad: defender ese legado de redes abiertas, descentralizadas e interoperables frente a la recentralización corporativa.

En este esfuerzo, la interoperabilidad ocupa, con razón, un lugar central. Doctorow insiste en que sin ella no hay competencia posible. Y tiene razón. Cuando no puedes hablar desde una red a otra, reparar lo que has comprado, modificar una herramienta para defenderte o crear servicios que corrijan abusos, lo que se impone no es la innovación sino el encierro. En este punto, su análisis del copyright es especialmente valioso. Lleva años recordándonos algo que demasiada gente ha decidido olvidar: que la propiedad intelectual se ha convertido en un arma para impedir la desmierdificación. Es decir, para perseguir a quien intenta arreglar, abrir, revelar o sortear funciones impuestas contra el interés público.

También por eso el libro resulta especialmente pertinente ahora, cuando incluso sectores que se pretendían aliados de los derechos han abrazado, con el pretexto de la IA, posiciones profundamente regresivas en materia de copyright. Doctorow recuerda algo elemental: los ordenadores son máquinas universales. Cuando las grandes tecnológicas dicen que no puedes ejecutar en ellos el programa que elijas, lo que en realidad están diciendo es que han conseguido convertir en ilegal tu autonomía.

Otro de los méritos del libro está en su lectura del mercado laboral contemporáneo. Sus páginas sobre la “chickenificación” y los “centauros inversos” describen con precisión el presente extractivista del trabajo digital y anuncian el futuro inmediato de muchos sectores que todavía se creen a salvo. Como en la mejor tradición de William Gibson, Doctorow muestra que el futuro ya está aquí, solo que se distribuye primero sobre los cuerpos más vulnerables, para garantizar que sea el abuso lo que termine normalizándose.

La propuesta final del libro se resume en restaurar cuatro fuerzas debilitadas: competencia, regulación, interoperabilidad y poder de los trabajadores tecnológicos, y deja claro algo esencial: la necesidad de exigir a las instituciones que asuman su responsabilidad.


Fuente: Ctxt