miércoles, 11 de febrero de 2026

Contra el odio, políticas del encuentro

 

 Por Paco Cano   
      Integrante del Consejo asesor de  CTX y del Consejo asesor de  ACO (Acción contra el odio).


La convivencia no es un concepto abstracto. Se construye en las plazas, en el metro, en los espacios que habitamos juntos


Asamblea ciudadana convocada por el Sindicat de Llogateres de Barcelona, noviembre de 2025.

     El odio ya no es una anomalía ni un ruido de fondo. No vive en los márgenes ni se esconde en los extremos. El odio se ha instalado en el centro de nuestras vidas. Esa es la constatación incómoda que nos conduce a las I Jornadas Internacionales Ideas para combatir el odio. Hoy el odio es tendencia, agenda y atmósfera. Es el paisaje emocional que necesita el ultracapitalismo extractivo para seguir funcionando, mientras convierte en negocio el malestar que él mismo produce.

El odio contemporáneo no es espontáneo ni caótico. Tiene financiación, estrategia y manual de estilo.


Se puede fabricar y organizar el odio desde un despacho.

Cuenta con community managers, algoritmos complacientes, youtubers de guardia, fundaciones, asociaciones, ultras con camiseta deportiva, ultras con crucifijos, magnates con nombre propio y gobiernos que ya no disimulan. Circula con tanta eficacia por televisiones, redes y columnas de opinión que se ha disfrazado de sentido común.

La fórmula es conocida. Los poderes financieros generan desigualdad, cronifican la precariedad y, cuando la vida se vuelve incierta, alguien ofrece una explicación simplista. No es el sistema, es el otro, dicen. No es el de arriba, es el que viene de abajo. Así, el odio deja de ser un exabrupto y se convierte en pedagogía cotidiana.

Empieza como chiste, sigue como estereotipo, se fija como prejuicio y, cuando menos se espera, desemboca en exclusión, violencia y hasta genocidio. Frente a esa internacional bien organizada, seguimos reaccionando tarde y de manera aislada.

La justicia, por ejemplo, cumple una función imprescindible: proteger a quienes no pueden hacerlo solos. Sin tribunales que actúen, sin leyes que pongan límites claros al abuso y a la violencia, la democracia se quedaría sin suelo. Pero la ley llega cuando el daño ya está hecho, cuando la palabra se ha convertido en amenaza y la amenaza en señalamiento. El Código Penal actúa cuando el incendio ya ha prendido. Persigue el delito cuando ya se ha cometido, pero no impide que el odio circule ni que se reproduzca allí donde se fabrican los falsos culpables.

El periodismo digno también cumple una función clave. Contrasta, contextualiza, desmonta bulos, desactiva marcos tóxicos y explica lo que el odio simplifica hasta hacerlo irreconocible. Sin ese periodismo, el debate público se degrada y la mentira avanza sin resistencia. Por eso molesta; por eso se ha convertido en diana prioritaria. Las campañas de acoso no son una casualidad, son una estrategia. Si no puedes imponer tu relato, intenta silenciar al mediador.

Sería un error pensar que la lucha contra el odio se agota en la reacción. Combatirlo exige disputar la economía que lo produce, frenar el extractivismo que devora territorios y cuerpos, proteger la tierra y los bienes comunes, garantizar trabajo digno, vivienda y cuidados; derechos humanos fundamentales. Porque el odio se gesta en la precariedad normalizada, la inseguridad habitacional, la desafección democrática y la sensación de desprotección. De ahí la urgencia de un humanismo extendido, que no seleccione quién merece dignidad, y de un humanismo ecológico que entienda que no hay justicia social sin justicia ambiental. Defender la vida, toda la vida, es hoy el gesto político más radical.


Discursos de odio y cómo podemos combatirlos.

Pero una vez germinado, ese odio se reproduce y expande en relatos, en miedos, en relaciones que no se construyen, en decidir a quién incluimos en esos derechos, a quién excluimos del común y de lo público y a quién dejamos fuera del “nosotros”. Es decir, en lo cultural; en el mundo que creamos entre todas.

Por eso, urge combinar luchas materiales con luchas simbólicas, porque ninguna batalla cultural se sostiene si ignora las condiciones materiales de la vida y viceversa. No hay convivencia posible sobre la precariedad crónica, ni democracia que resista cuando la existencia se vuelve un ejercicio de supervivencia. Y ahí la educación es central. Una educación que no puede limitarse a transmitir contenidos; tiene que formar criterio. Alfabetización mediática, educación digital, capacidad para leer críticamente los discursos y para detectar la manipulación emocional. La UNESCO lo advierte desde hace años con claridad. Frente al odio no basta con prohibir palabras. Hay que construir valores, generar sentido y sostener el pensamiento autónomo en el tiempo. Es una inversión democrática lenta, sí, pero decisiva.

Junto a una revolución educativa, hacen falta políticas del encuentro. Espacios donde las personas puedan mirarse, escucharse y reconocerse más allá de las etiquetas. Barrios vivos, proyectos comunitarios, cultura compartida, experiencias donde el otro deje de ser una abstracción y recupere un rostro, una voz, una historia. La convivencia no es un concepto abstracto. Se construye en las plazas, en el metro, en los espacios que habitamos juntos. El odio, en cambio, necesita distancia, virtualidad y aislamiento. Funciona mejor cuando el otro es una categoría difusa, un perfil sin cuerpo. Por eso las políticas del vínculo, del encuentro y de la cooperación son también políticas contra el odio.

La cultura es, igualmente, decisiva. Esa manera en la que creamos y recreamos el mundo debe ser una fábrica de relatos capaces de ensanchar la mirada. En la literatura, la música, el cine, las artes escénicas, las fiestas populares y la cultura comunitaria se ensayan formas de estar juntos que desactivan la lógica del enfrentamiento. No porque la cultura deba ser moralizante o didáctica, sino porque introduce complejidad donde el odio exige consignas simples. Abrir preguntas incómodas, sembrar dudas, romper certezas. Gestos aparentemente frágiles que son, en realidad, profundamente transformadores.

Las batallas culturales no son guerras de consignas ni propaganda disfrazada, sino un trabajo paciente y colectivo para disputar el sentido común. Buscan construir narrativas distintas, formas de vivir juntos donde la democracia no sea solo norma escrita, sino experiencia cotidiana. No se trata de ganar tertulias u ocupar el ruido mediático. Es disputar el espacio donde se fabrican certezas básicas, porque las ultraderechas avanzan no solo gritando más, sino logrando que otros dejen de creer que existen alternativas reales. There is no alternative, proclamaba Thatcher. Cuando el “no hay alternativa” se instala como sentido común, el autoritarismo ya ha ganado media partida. Frente a eso, educación, convivencia, cultura y conciencia ciudadana aparecen como infraestructuras democráticas imprescindibles, herramientas con las que volver a abrir el horizonte y recordar que siempre hay alternativas. Otro mundo es posible.

Sin embargo, nada de esto funcionará peleando en solitario. El odio se alimenta de la fragmentación y la soledad, por eso la respuesta solo puede ser colectiva. El odio opera en red y solo puede combatirse en red.

Frente a la “internacional del odio”, como la nombra Juan José Tamayo, urge levantar una internacional alternativa. Una red amplia, diversa, transnacional y transversal, capaz no solo de resistir, sino de proponer. No solo de reaccionar, sino de anticipar. Una alianza que siembre comunidad, que teja vínculos duraderos y que se atreva a sostener un humanismo radical que no se conforme con proclamar derechos, sino que baje a la raíz de las condiciones materiales, culturales y simbólicas que hacen posible una vida digna.


La España del odio - Malagón.

La guerra cultural es el plano cero, el terreno donde se juega cualquier proceso emancipador. La democracia se defiende, sobre todo, en las aulas, en los barrios, en los mercados, en los bares, en los autobuses y en los relatos que atraviesan nuestra vida cotidiana.

Ahí se decide si la convivencia se fortalece o si el miedo avanza. Combatir el odio no es únicamente señalar culpables, es recuperar la pregunta esencial de quiénes somos y cómo queremos vivir juntos. Porque frente al odio organizado, la única respuesta a la altura de nuestro tiempo es reconstruir vínculos, recuperar lo común y volver a creer que otra forma de vivir es posible.



Fuente: Ctxt



La desesperación de Irán es culpa de la política estadounidense

 

 Por Trita Parsi   
      Experto en las relaciones entre Estados Unidos e Irán, la política exterior iraní y la geopolítica de Oriente Medio.

Las sanciones occidentales contribuyeron a acabar con las esperanzas iniciales de los iraníes de que su país se transformara desde dentro

     Algo inesperado ha comenzado a surgir en el ritmo familiar de las protestas iraníes: junto a los cánticos por la libertad y el fin del régimen clerical, ahora hay un creciente llamamiento a la intervención militar de Estados Unidos. Lo que hace solo un año muchos habrían considerado traición, ahora se puede escuchar abiertamente no solo entre las figuras de la oposición en el exilio, sino también dentro del propio país. Es difícil determinar si este sentimiento representa a una minoría desesperada, a una pluralidad creciente o simplemente al eco más fuerte de la desesperación. Pero su mera aparición marca un cambio profundo, que sugiere que, para algunos iraníes, la desesperación es ahora tan profunda que el miedo a las bombas extranjeras se ve eclipsado por la desesperanza de la vida en la República Islámica.


Protestas en Irán.

Quizás, a primera vista, esto no sea sorprendente. Cuando miles de personas mueren en tres días, mientras el Estado desconecta Internet y aísla al país de la mirada del mundo, los llamamientos a una intervención militar exterior pueden ser la respuesta natural a un sistema que se ha vuelto cada vez más despiadado y es la raíz de la miseria del pueblo iraní. Pero si la desesperación es la respuesta obvia, solo agudiza la pregunta más difícil: ¿cómo y quién empujó a los iraníes a un punto en el que comenzaron a mirar con envidia el destino de Afganistán, Irak y Libia, los principales ejemplos del desastroso historial de las intervenciones militares estadounidenses?


Manifestantes queman imágenes del ayatolá Alí Jamenei durante una manifestación en solidaridad con el levantamiento iraní, organizada por el Consejo Nacional de la Resistencia de Irán, en Whitehall, en el centro de Londres.

Claramente, la teocracia iraní es la principal responsable de la desesperación. Incluso las demandas limitadas de reforma han sido tratadas como amenazas existenciales. El régimen ha reducido sistemáticamente el espacio para el cambio gradual, ha criminalizado la disidencia y ha vaciado la economía mediante la corrupción, el clientelismo y la mala gestión crónica. Sin embargo, aunque el gobierno clerical es el principal culpable, esta profunda desesperación no ha sido provocada solo por él. Los grupos de oposición en el exilio y los gobiernos occidentales también han aplicado estrategias con la intención explícita de cerrar las vías alternativas al cambio y empujar las condiciones políticas y económicas internas de Irán hacia el colapso. Su campaña de presión contribuyó a empobrecer el motor tradicional del cambio pacífico del país: la clase media, en particular las mujeres de clase media. Al hacerlo, han contribuido, de la mano de los elementos más represivos de la teocracia, a transformar la presión en parálisis, saboteando las posibilidades de un cambio pacífico y apostando en cambio por la ruptura.


Autoridades iraníes visitan una exposición de misiles y drones en Teherán el 12 de noviembre de 2025.

Durante más de dos décadas, los iraníes han intentado, repetidamente y con un riesgo personal significativo, transformar el sistema desde dentro. Acudieron en masa a las urnas, se organizaron pacíficamente, elevaron a candidatos reformistas y se movilizaron en las calles cuando esos esfuerzos se vieron frustrados. Sin embargo, este proyecto de reforma no ha logrado avances significativos para la mayoría de los iraníes, especialmente para la generación más joven. La economía es más débil, el espacio político se ha reducido y el ambiente actual es más restrictivo que bajo la presidencia de Mohammad Khatami. En casi todos los aspectos que importan en la vida cotidiana, Irán ha retrocedido en lugar de avanzar. Por lo tanto, cuando estallaron las protestas por Mahsa Amini en 2022, no se habló de reformas. La demanda era un cambio de régimen, y el camino imaginado para lograrlo era la revolución. El movimiento Mujer, Vida, Libertad logró un profundo cambio cultural, obligando efectivamente al Estado a reducir la aplicación del hiyab obligatorio. Sin embargo, no logró el cambio de régimen, lo que dejó desilusionados a muchos de sus partidarios.

En 2026, aunque las protestas se centraron inicialmente en las reivindicaciones económicas, una parte de la población exigió inmediatamente un cambio de régimen, no a través de una revolución, sino mediante la intervención militar extranjera. El argumento era que la República Islámica está demasiado arraigada como para que el pueblo iraní pueda derrocarla por sí solo, ya sea mediante reformas o una revolución. Solo puede ser derrocada mediante la intervención de Estados Unidos o Israel. En consecuencia, una opción que habría sido impensable solo unos meses antes es ahora presentada por sus defensores como la única vía restante para el cambio. Un asesor del hijo del antiguo sha —el príncipe en el exilio que ahora pide abiertamente la intervención militar de Estados Unidos, a pesar de años de oposición declarada a la guerra con Irán— ha escrito con confianza y aprobación que la acción militar bajo Donald Trump es ahora «inevitable».

No se ha llegado a este punto por casualidad.

Aunque los partidarios de la línea dura siempre tuvieron la intención de obstaculizar la reforma, la cuestión nunca fue si la permitirían, sino si la sociedad se fortalecería tanto que los partidarios de la línea dura no tendrían más remedio que aceptarla, al igual que aceptaron el acuerdo nuclear, también conocido como Plan de Acción Integral Conjunto (JCPOA). En este caso, las sanciones de Estados Unidos desempeñaron un papel clave a la hora de ayudar a los partidarios de la línea dura.

Mientras que la mala gestión y la incompetencia de Teherán crearon un sistema económico corrupto e intrínsecamente insalubre, las sanciones estadounidenses se diseñaron deliberadamente para aplastar esa economía y empujar a la población a un estado de desesperación absoluta. Cuando Trump impuso sanciones radicales en el marco de su campaña de «máxima presión», el entonces secretario de Estado Mike Pompeo declaró a la BBC Persa que si los iraníes «querían que su pueblo comiera», tendrían que atender a las demandas de Estados Unidos. El actual secretario del Tesoro de Trump, Scott Bessent, atribuyó públicamente los movimientos de protesta en Irán a los efectos de las sanciones estadounidenses, citando el colapso económico, las quiebras bancarias, la escasez de divisas y las interrupciones en las importaciones como prueba de que la presión estaba «funcionando», y describiendo los disturbios resultantes como un acontecimiento «muy positivo».

Durante años, ha persistido un falso debate sobre si las sanciones o la mala gestión interna son las principales responsables de la crisis económica de Irán. Las últimas investigaciones atribuyen la responsabilidad directamente a las sanciones, mostrando que, sin su impacto, la clase media iraní se habría expandido en un 17 % aproximadamente. Pero el debate pasa por alto un aspecto más profundo. El objetivo de las sanciones era hundir la economía, diezmar a la clase media iraní (entre 2011 y 2019, 9 millones de iraníes de clase media se vieron empujados a la pobreza) y generar el tipo de desesperación masiva que hace que la ruptura —en lugar de la reforma, las elecciones o el cambio gradual— parezca la única opción que queda.

Los reformistas iraníes comprendieron hace tiempo que, sin el levantamiento de las sanciones, era imposible llevar a cabo una reforma significativa y la economía era insalvable. Y sin un acuerdo con Washington sobre la cuestión nuclear, el levantamiento de las sanciones era inalcanzable. Este reconocimiento impulsó la fuerte inversión política del presidente Hassan Rouhani en el JCPOA. Contra todo pronóstico, se llegó a un acuerdo y, durante los dos años que estuvo en vigor, la economía iraní creció entre un 6% y un 7 % anual. Esa apertura fue efímera. Cuando Trump se retiró del acuerdo en 2018 y volvió a imponer sanciones, eliminó la única condición esencial para que la reforma se afianzara: un crecimiento económico sostenido y una clase media fortalecida capaz de ejercer presión sobre el Estado. A los ojos de muchos iraníes, todo el proyecto de reforma quedó deslegitimado por esta inversión fallida en un acuerdo con Estados Unidos y por la débil respuesta del Gobierno de Rouhani cuando el Estado desató nuevas oleadas de represión contra la población.

Si Estados Unidos hubiera permanecido en el JCPOA, es probable que la economía de Irán hubiera seguido creciendo, ampliando la clase media que históricamente ha servido de motor del cambio político. Una clase media más numerosa y segura de sí misma habría fortalecido la sociedad civil y permitido ejercer una presión sostenida sobre el Estado desde una posición de ventaja, en lugar de exigir una revolución o una intervención militar nacida de la desesperación.

Los iraníes se han visto atrapados entre una teocracia represiva y actores externos cuyas políticas se diseñaron deliberadamente para crear desánimo. La ironía es evidente: las mismas voces que ayudaron a cerrar las vías para el desmantelamiento pacífico de la teocracia se presentan ahora como salvadores, ofreciendo la intervención militar extranjera como el único camino hacia la liberación, una oferta que no habría encontrado compradores si la población no se hubiera visto abocada a la desesperación en primer lugar.



Del blog personal de

Rafael Poch-de-Feliu

martes, 10 de febrero de 2026

La organización anti-ICE en Estados Unidos y las contra-instituciones basadas en el cuidado

 

      Escritora, educadora cultural y directora ejecutiva del Proyecto de Desarrollo del Poder Musulmán.


Las redes de respuesta rápida y la ayuda mutua no son caridad; son infraestructura compartida para el cuidado colectivo y la supervivencia

     El panorama político de Estados Unidos —y nuestras vidas cotidianas— están cada vez más moldeados por la represión y la violencia, amplificadas por un ciclo mediático diseñado para mantenernos con miedo en el presente, inciertos sobre el futuro y agotados. El cansancio no es un efecto secundario de este sistema: es una de sus herramientas fundamentales.




En la era del agotamiento, resistencias compartidas

El año pasado, escribí que los ataques de Donald Trump estaban diseñados para agotarnos. Durante el último año, he visto a las comunidades construir movimientos y adaptar su organización bajo esta realidad. La administración Trump y las instituciones alineadas con ella —incluyendo el Proyecto 2025— han llevado esta estrategia a sus límites. El caos destinado a quebrantarnos, sin embargo, ha revelado lo que realmente cuesta —mental y físicamente— vivir dentro de un sistema construido sobre la crisis y el desgaste.




Las comunidades no han respondido con una mejora de las estrategias individuales, sino que  han cambiado la forma en la que se lleva a cabo la resistencia: se han alejado del mito del activista-héroe solitario y se ha evolucionado hacia una resistencia compartida. Como nos enseñó Grace Lee Boggs, “los movimientos nacen de conexiones críticas, más que de masa crítica”.


Un manifestante grita durante una Marcha de Veteranos en el National Mall el 14 de marzo de 2025, en Washington, DC.

El agotamiento político ha adquirido un nuevo significado, y ya no se trata de una lucha personal, sino de una lucha en un terreno compartido —producido por sistemas opresivos y que requiere respuesta colectiva. La pregunta ha pasado de: ‘¿Cuánto más podemos cargar?’ a ‘¿Qué hay que cambiar para que menos personas tengan que cargar tanto?’.

Como nos recuerda adrienne maree brown: “Lo que practicamos a pequeña escala establece el patrón para todo el sistema”. Organizadores y vecinos han expandido estrategias de cuidado, educación política y acción colectiva, arraigadas en la experiencia vivida y reconstruidas repetidamente en respuesta a la escalada de violencia estatal y los cambios abruptos de políticas.

Las respuestas conjuntas a la violencia estatal

Los círculos de aprendizaje surgieron no como grupos de estudio abstractos, sino como espacios de preparación colectiva. A través de comunidades, campus y movimientos —desde Intro to Worldbuilding, un espacio de aprendizaje reflexivo contínuo ofrecido por Resonance Network; hasta las enseñanzas organizadas por estudiantes a través de Students for Justice in Palestine; hasta la educación política moldeada por Critical Resistance e Interrupting Criminalization— espacios descentralizados que se han convertido en sitios de análisis político local y global.


Kashish Ali compra alimentos antes de llenar un refrigerador comunitario One Love, el 15 de noviembre de 2025, en Brooklyn, Nueva York.

Los participantes han examinado la complicidad de Estados Unidos  en la violencia internacional, han rastreado la represión de la disidencia estudiantil y los movimientos de protesta, y han situado las luchas presentes dentro de historias más largas y transnacionales de resistencia.

Más que compartir información, se ayuda a las personas a pensar juntas y determinar qué se exigirá en los próximos años. En momentos diseñados para confundir y abrumar, el análisis compartido se ha convertido en una forma de poder que permite moldear respuestas a la violencia estatal. En ciudades que enfrentan intensas redadas contra los y las migrantes, las comunidades y sus aliados han conseguido construir redes de respuesta rápida para proteger a los y las vecinas señalados por el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE). Voluntarios y voluntarias se han organizado para acompañar a los vecinos a los tribunales y les han ayudado con el apoyo legal; en las redes de ayuda mutua se han hecho circular materiales informativos sobre derechos y se ha proporcionado comida, ropa y otros artículos esenciales.

Todo esto no ha sido fruto de la caridad. Han sido las contra-instituciones, aquellas infraestructuras diseñada para mantener a las personas conectadas, informadas, cuidadas y protegidas en un sistema construido para fragmentarlas y aislarlas.

Esto  también se ha extendido al cuidado de la salud. El ICE ha cercado clínicas y hospitales —lo que ha llevado a muchas personas a tener que posponer cirugías, evitar la atención urgente o a renunciar al apoyo prenatal—. Frente a esto, miembros de la comunidad y trabajadores de la salud han intervenido y han coordinado sistemas de escolta hacia las clínicas, han organizado transportes y han conectado a pacientes con entornos de atención seguros, llenando los vacíos dejados por el miedo, la criminalización y el abandono estatal. Esto es lo que exige el marco de la desigualdad: colectividad, coordinación y compromiso para mantenernos seguros unos a otros.


Agentes federales detienen a una mujer embarazada de nueve meses tras salir de una audiencia judicial en el tribunal de inmigración del Edificio Federal Jacob K. Javitz de la ciudad de Nueva York.

Resistir a lo que viene

Sigo volviendo a imágenes de campus universitarios repartidos por todo el país, en el contexto de la liberación palestina. Los estudiantes comenzaron a integrar el cuidado y el descanso en la arquitectura de sus movimientos —no como algo secundario, sino como estrategia—. Había equipos médicos haciendo guardias; y los voluntarios y voluntarias de bienestar y cuidado infantil hicieron posible una participación más amplia. Los y las organizadoras trataron el sueño, la comida y la regulación emocional no como lujos,sino como condiciones para proteger la plenitud de nuestra humanidad y nuestra capacidad de permanecer en la lucha. La tarea ahora no es brillar más o más rápido, sino construir la capacidad colectiva para resistir a lo que viene.

Esa misma lógica es visible más allá de las puertas del campus. En Minnesota, en medio de la intensificación de los ataques federales contra la población migrante, Stand With Minnesota se ha convertido en un centro dirigido por voluntarios que organiza ayuda mutua, recursos legales y respuesta colectiva, al tiempo que ofrece un punto de acceso para quienes enfrentan la aplicación de la ley y para quienes buscan apoyarlos.

En Chicago, The Love Fridge, fundado durante la pandemia de COVID-19, continúa abordando el acceso a alimentos y la inequidad a través de una red de refrigeradores comunitarios gratuitos, redirigiendo alimentos comestibles lejos de los vertederos y hacia vecindarios que sufren el apartheid alimentario. Lo que comenzó como respuesta de emergencia ha perdurado como infraestructura cotidiana, vinculando supervivencia, daño ambiental y responsabilidad colectiva. A través de estos contextos, el cuidado no se enmarca como caridad o bienestar personal, sino como una estrategia diseñada para reducir daños, sostener la participación y hacer posible la resistencia. 

Nuestra resistencia debe moldearse para lo que viene: un sistema que se desliza hacia el autoritarismo abierto, la normalización de la violencia masiva y una represión que ya no es episódica, sino continua. Este último año ha dejado algo innegablemente claro: este sistema está diseñado para agotarnos —a nosotros y a los  movimientos. Lo más subversivo que podemos hacer es negarnos a desaparecer. Negarnos a que nuestra capacidad de imaginar la liberación desaparezca. La pregunta ahora no es cuánto más podemos exigirnos, o cuánto tiempo podemos sobrevivir en aislamiento, sino si podemos construir la capacidad de aguantar —de cuidarnos y protegernos los unos a los otros— porque todo lo que viene depende de ello.


Fuente: El Salto

domingo, 8 de febrero de 2026

Franco Delle Donne: “La epidemia ultra ofrece una sociedad que nunca existió y añora lo que nunca fue”

 

 Por Pablo Elorduy   
      Integrante del colectivo fundador de El Salto.

El investigador Franco Delle Donne ha estudiado las múltiples formas en las que la extrema derecha está imponiendo una visión del mundo. En esta entrevista repasa el auge de estos partidos y de las ideas que los sostienen

     No es un accidente que Franco Delle Donne (Buenos Aires, 1983) haya elegido el concepto de epidemia para desarrollar sus tesis sobre el crecimiento de la extrema derecha. Igual que una enfermedad, las ideas racistas, xenófobas, machistas y lgtbifóbicas no habitan un solo cuerpo sino que tienen la misión de extenderse incluso allí donde parecía que las defensas eran fuertes. Como señala el autor de Epidemia ultra (Península 2025), no se trata solo de que partidos como Vox obtengan buenos resultados, sino de que sus postulados se extiendana derecha e izquierda. En esta entrevista, Delle Donne, plantea estrategias para cauterizar esa epidemia, además de un análisis quirúrgico del estado de desarrollo de la misma.



Franco Delle Donne es autor de 'Epidemia ultra'.

Reseñas una fecha que es la llegada a la segunda vuelta de las presidenciales francesas de Jean-Marie LePen en Francia a principios de siglo. Me parece importante también que en esa misma campaña Chirac ya empieza a hablar de la migración en parecidos términos a los de la extrema derecha. Habla en términos despectivos del olor, de la música, del ruido, de las comunidades africanas, argelinas, etc. de Francia. La pregunta es si ya estaba ese huevo de la serpiente instalado en las democracias liberales.

Está claro que, para algunos políticos, para algunos partidos no necesariamente de ultraderecha, esa narrativa estaba latente. Lo que no sé si la tenían lo suficientemente incorporada y estructurada en su retórica para instrumentalizarla como sí lo ha hecho la ultraderecha. Y en algún punto lo que vemos es que esto que vos marcas de lo que pasó con Chirac empieza a ser una de las estrategias que eligen algunos partidos para intentar neutralizar a este fenómeno.

¿De qué manera?

Si retrocedemos unos años, en los años 80 y 90, surgieron algunos partidos similares a AfD en Alemania –Die Republikaner, por ejemplo– que tenían una retórica muy parecida contra los refugiados o las personas migrantes, gente que llegaba de la antigua Yugoslavia a Alemania. Había mucha violencia y aparecían estos partidos que también marcaban el descontento, especialmente en el Este que era una parte nueva de Alemania en los 90, pero también en Baviera, entre algunos sectores pudientes, porque la variable socioeconómica no necesariamente lo explica todo. En ese momento, el canciller era Helmut Kohl de la Unión Demócrata Cristiana (CDU), y se desarrolló una estrategia de neutralización de estos partidos a partir de la incorporación a la agenda de sus demandas. Entonces, se genera una ley mucho más estricta respecto a la migración, a la cuestión de los refugiados. En esa época Franz-Josef Strauss, que era uno de los jefes más importantes que tuvo la CSU, que es el partido hermano de la Democracia Cristiana, dijo: “No debe haber nunca ningún partido legitimado democráticamente a la derecha de la CSU”. Eso se mantuvo durante mucho tiempo hasta la aparición de AfD. Eso significaba que cualquier partido que surgía con esas ideas sufría los efectos de esta estrategia, que funcionaba entre comillas, porque habrá que ver después qué significa que uno asuma la agenda de los partidos ultras.


Alice Weidel preside hoy la oposición parlamentaria en Alemania.

¿Por qué funcionó entonces y ya no funciona?

Creo que el éxito de esa estrategia tenía que ver con que los filtros de los medios de comunicación impedían que cualquier discurso se volviera muy masivo rápidamente. Se generaba ese límite. Cuando aparecen las redes sociales y se horizontaliza la comunicación, cuando no hace falta el medio de comunicación para generar un discurso más masivo, muchas de estas ultraderechas tienen la oportunidad de ir más allá. No considero condición suficiente las redes sociales, pero son un elemento bastante importante.

¿Hasta qué punto esa pérdida de poder de los de los medios clásicos está influyendo en esta epidemia ultra?

No podemos decir que sin el rol de esos medios esto no hubiese pasado. Eso es un contrafáctico. Pero sí veo que había menos espacio; por una cuestión lógica: de tiempo en la radio, tiempo en la tele o espacio físico en el periódico. Había una selección de información y tal vez una relación mucho más cercana con los partidos establecidos. Influye quizá que había una cultura política en los medios de comunicación no tan cercana a buscar el clic, ese “a ver qué barbaridad van a decir” para recibir más impacto. Alguna vez he entrevistado a una de las jefas de redacción que tuvo Der Spiegel, se llama Melanie Amman. Es una periodista a la que mandaron a cubrir a AfD cuando nació en 2013. De todo lo que vio de 2013 hasta 2021, ella destacó el rol que habían jugado los medios de altavoces de la ultraderecha y el error que habían cometido. Un poco por ser naíf, por negligencia, otro poco también con intencionalidad, sabiendo lo que estaban haciendo en algún punto, pero siempre con esa búsqueda de publicar la siguiente barbaridad que dicen para generar más impacto.

¿Cómo crece ese impacto?

No solamente se trata de la aparición de redes sociales, sino que también aparecen otros medios. Medios militantes, activistas, que muchas veces están financiados por los partidos de ultraderecha, que promueven estas ideas, estas narrativas y disfrazan de noticias, de información, de datos, de estudios, las posturas ideológicas de estos partidos. Para mucha gente es una fuente de información alternativa y ante la desconfianza que pueden llegar a generar los medios de comunicación tradicionales, fogoneado por el discurso de la prensa miente —con todas las críticas que le puede hacer la prensa— aparecen estos medios nuevos, ocupando ese espacio y ofreciendo un menú de narrativas cercanas a la ultraderecha que alimentan a una cierta porción del electorado, ávido de leer más sobre las cosas con las que ya estaban de acuerdo previamente: ese es el sesgo de confirmación.

¿Es posible hoy en día que una derecha no xenófoba tenga un buen resultado electoral en el continente europeo?

En el año 2021, le pregunté a un profesor alemán cómo de posible era que AfD llegara al gobierno. Su respuesta fue “A mí la verdad es que eso ahora es lo que menos me preocupa. Lo que más me preocupa es que las ideas de AfD lleguen al gobierno”. En tanto los partidos mainstream —incluyendo, no solamente el centroderecha sino el centroizquierda— también incorporan en su agenda los mismos postulados y las supuestas políticas públicas de un partido de ultraderecha; por ejemplo, restringir inmigración, lo que vemos es que en la agenda política y en la forma de gobernar está incluida la visión del mundo que tiene esos partidos de ultraderecha. Con lo cual termina siendo una victoria para esos partidos, aunque no estén en el poder.

¿Cómo afecta la epidemia ultra a los partidos en su conjunto?

Hoy en día me cuesta ver partidos, o elementos dentro de todos los partidos, que no propongan que si hay desigualdad, si te va mal en la vida, si no llegas a fin de mes será porque está este otro social, el migrante. Hemos pasado de la época de que ese fuera un discurso marginal, y estaban ahí con su cinco, seis, 7%, a decir bueno, “esto es un proyecto de país, que se podría votar o no”, y ahora ya estamos en la fase en la cual mucha gente lo ha votado, están en el gobierno o condicionan gobiernos. Esa agenda ha penetrado en las agendas de los propios partidos que en teoría luchan contra esa forma de ver el mundo. La socialdemocracia danesa es el ejemplo de la incorporación de ese discurso en otros espectros distintos al centroderecha.

¿Cómo pasó esa infección en la izquierda?

Ellos plantean un “cambio de paradigma”, que llaman así, para alcanzar un pacto multipartito. Casi todos los partidos acordaron que el problema de Dinamarca es la migración y que eso hay que cambiarlo de determinada manera. Esa era básicamente la agenda que proponía la ultraderecha. En Alemania hemos visto el surgimiento de lo que llaman izquierda rojiparda. Partidos o líderes que se desprenden de lo que sería la izquierda comunista y que empezaron a decir que en todos los temas económicos, en la redistribución del ingreso eran de izquierda, pero que en el tema migratorio, tendríamos que pensar una política un poco distinta. También en el tema de discusiones sociales sobre lo woke se ha aceptado esa agenda de la ultraderecha.


Sahra Wagenknecht fundó su propia Alianza Sahra Wagenknecht – por la Razón y la Justicia -(BSW).

En el libro mencionas la idea del etno Estado como el último paraíso soñado de la extrema derecha. Eso ha sido fundamental para las victorias electorales de Donald Trump en Estados Unidos. ¿Cuál es ese poder de seducción que tiene?

Eso es uno de los elementos principales de cómo la ultraderecha construye la idea de identidad, una identidad asociada a “pertenecer a”, a ser alguien. Al mismo tiempo permite legitimar una visión xenófoba: si hay un nosotros, hay un otro, hay un “ellos” que no debería estar aquí, estar contaminando esa identidad, quitándole esa “pureza” que según la visión de la ultraderecha es inmutable, tiene unas características que no van a cambiar y que nunca han cambiado. No cabe duda de que esa idea de pureza es totalmente imposible de sostener bajo ningún punto de vista. Cuando discutes un poco sobre ese tema o escuchas lo que dicen, es fácil encontrar las contradicciones.

¿Como cuáles?

La idea del etnoestado blanco tiene que ver directamente con las ideas del supremacismo y el nacionalismo blanco. Uno de sus líderes fue Richard Spencer, aunque ahora ha perdido un poco de relevancia. Spencer planteaba que los blancos son los verdaderos habitantes originarios de EEUU, los nativos americanos y que deben tener este espacio que no esté contaminado por otros. Cuando se le señalaba que los autóctonos de EEUU son los pueblos indígenas, él decía “me refiero a la herencia europea”. Te das cuenta entonces de lo paradójico de que se acepte ese tipo de movimiento migratorio sin ningún tipo de argumento. Spencer intentaba ponerse a la altura de estos intelectuales tipo Alain de Benoist y plantear por qué es necesario un etno estado blanco e incluso porque es “mejor” para otras razas, como la negra. Pero, como te decía, creo que los elementos claves para entender por qué funciona están en que ofrece una suerte de seguridad para ciertos miedos que existen en sectores de la población.

¿Una seguridad de qué tipo?

Es una seguridad ficticia, una construcción inventada. Es esa famosa Arcadia que también menciono en el libro, donde supuestamente, bajo esas determinadas condiciones, todos estaríamos mucho mejor, viviríamos en armonía y no habría conflictos. Se genera un gran eufemismo: lo que hace X cantidad de tiempo podría ser racismo ahora se transforma en una suerte de autodefensa respecto de lo que ellos consideran que pueden dañar la armonía. Esa es una de las claves también para entender esta epidemia ultra actualmente, y es que han logrado comunicar de manera mucho más efectiva, y transformar, insisto, estos componentes muy negativos como puede ser racismo, xenofobia en, entre comillas, expresiones positivas: “En realidad estoy defendiendo mi identidad, en realidad estoy cuidando a los míos; en realidad yo quiero que vos te quedes en tu lugar, porque así tu identidad también queda inmaculada”. De eso se trata el etnopluralismo.

¿Qué ha seducido de todo esto a Silicon Valley desde el punto de vista ideológico?

Cuando lees a Peter Thiel encuentras una coincidencia de la esencia de cómo ven la democracia unos y otros. En el año 2009, Thiel publica un artículo en Cato Unbound, en el que defiende que la democracia y la libertad no son compatibles. Él cree que, a partir de la universalización del voto, el mundo ha caído en una decadencia interminable. Thiel escribe que, desde que las mujeres pueden votar y los beneficiarios del Estado de bienestar también, el Estado se ocupa de cosas de las que no tendría que ocuparse. De ahí viene el gasto que no sirve, de ahí viene la malversación, de ahí viene la decadencia económica y por consiguiente, según él, la decadencia moral. Ves cómo llega al mismo punto que la alt right desde otros postulados. Hace 20 años escribía: hay que evadir eso, hay que liberarse del Estado, construir donde el Estado no llegue. Incluso llegando al extremo de fundar una ciudad en una isla o un estado en una isla, construyamos otro tipo de sociedad donde la democracia no sea la que la que rija.


La educación de un libertario.

¿Cómo ha evolucionado ese programa?

Thiel planteaba en ese artículo que tal vez la solución a todo esto es la tecnología, que la tecnología puede suplantar a la política. Él defiende que la política no es la solución a ninguno de los problemas. Y no cree que haya que convencer a la gente de eso: lo que hay que hacer es desarrollar tecnologías para que esto cambie y punto. Y con Palantir, muchos años después, pareciera que está llegando a ese objetivo. Y ahí es donde veo que estas ideas de Silicon Valley, que después se traducen en un compendio si quieres teórico —aunque podemos discutir bastante hasta qué punto eso tiene valor intelectual— encajan muy bien con esta visión. El concepto de ilustración oscura lo desarrolla un bloguero Mencius Moldbug [Curtis Yarvin], que es un ingeniero informático en Silicon Valley, es tiene un impacto, lo toma el filósofo inglés Nick Land y le da un poco más de fuerza a esa teoría, y el pensamiento libertario lo incorpora también. Y es esta idea básica de que no nos hacen falta Estados, necesitamos corporaciones, no nos hacen falta presidentes ni políticos, sino gerentes, CEOs y dueños de estados que por ser dueños del Estado tienen mucho más interés en cuidarlo.





¿Cómo imaginan esas construcciones políticas?

En este caso no se trata de Estados, sino de corporaciones, porciones territoriales, o ciudades-Estado. Defienden que funciona mucho mejor que con políticos que a los cuatro años se van, están de inquilinos. Y plantean una idea de “en tanto y en cuanto yo estoy conforme, voy a mantenerme viviendo en esa ciudad, y no hace falta pagar impuestos, sino pagar por los servicios que recibo”. Y como ese CEO va a estar ahí dando todo al máximo, va a funcionar todo tan bien que los individuos van a estar muy contentos. Y en caso de no estar contentos, en lugar de votar a otro gobierno porque ahí no se podría votar según esa visión, lo que haría sería votar con los pies, que básicamente es hacer maletas e irse.

Migrar.

Migrar, sí. Qué eufemismo tan potente. Volviendo a la pregunta inicial, creo que ahí aparece esa  conexión con la ultraderecha. Además hay una visión del mundo ya en un estadio diferente, a través de teorías como el transhumanismo y demás cuestiones.

Hasta qué punto ha sido Trump el rompeolas de todas estas tendencias de las que estábamos hablando?

Trump es un eje, una bisagra fundamental para entender ese último paso de la fase de la normalización hacia la que estamos viviendo ahora de la epidemia ultra. Él termina de mostrar qué pasa cuando este tipo de partidos llegan al poder. Más allá de que ya teníamos a Orbán en Hungría, habíamos tenido a los hermanos Kaczynski con Ley y Justicia en Polonia, teníamos a Meloni ya desde hace tres años, Bukele en El Salvador, Milei, Bolsonaro… Donald Trump te lo muestra al extremo. Primero porque es el presidente del país más poderoso del mundo desde muchos puntos de vista, pero también porque pareciera no tener ningún reparo en llevar eso adelante, incluso hasta contradiciendo a sus propias bases.

¿En qué sentido?

Hay una discusión muy fuerte ahora dentro del movimiento Maga, que es profundamente paleoconservador en el sentido de lo contrario al neoconservador “a lo Reagan”, que apuesta por exportar la democracia por la fuerza si es necesario. Los paleoconservadores defienden la idea de una “América para los americanos”, el aislacionismo. De pronto Trump empieza estas incursiones en diferentes lugares del mundo. Bombardeo de Irán; lo que pasó en enero con Venezuela. Escuchaba hace pocos días que Steve Bannon decía en su podcast que Trump se está equivocando, que ese no es el camino hacia el Make America Great Again. En realidad, si bien nosotros podemos caracterizar esta epidemia ultra y podemos mostrar cómo funciona y estos elementos de ideología, también hay que señalar que existen contradicciones internas y falta de coherencia dentro de ese pensamiento.




Has hablado de la política imperial de Trump, alejada del aislacionismo. ¿Qué papel juega la “Junta de la Paz” presentada en Davos durante el pasado mes de enero?

Con la Junta de la Paz intenta establecerse como gran líder global, discutir la visión liberal que representaría Europa Occidental. Quiere proponerse como el que decide cuáles son las reglas del nuevo consenso que vamos a tener en el mundo. La gran preocupación es que en muchos polos de poder, debido a la inacción o a la falta de reacción, no está asimilado que estamos en una nueva era. Como que en cualquier momento esto volverá a ser como era hace un par de meses. Y me parece que ya no hay vuelta atrás, que lo que se rompió no se va a poder reparar.

Sabemos que el fascismo europeo del siglo XX se nutrió de veteranos y no estamos en ese escenario, por lo menos en el mundo occidental. Las filas de la extrema derecha las forman gente que ha podido perder expectativas vitales, pero no ha perdido un brazo o media cara, como pasó en la después de la Primera Guerra Mundial.

Hay muchas diferencias, efectivamente, entre estas dos épocas. Tal vez lo que habría que entender es el contexto: la República de Weimar era crisis económica, hiperinflación, inestabilidad política máxima —hubo 13 gobiernos en 13 años en Alemania—. Hay que sumar una promesa rota: en esa época se había vivido el impacto de la modernidad, el descubrimiento de que todos los avances técnicos se usaban para matarse los unos a los otros de manera masiva. Con ese cóctel lo que viene es el fascismo. Primero, porque es una ideología revolucionaria que cambia de base todo; es más brutal y ejerce la violencia política de una manera muy clara como herramienta para controlar el poder. Podríamos discutir ahora si estamos en un punto más cercano al fascismo, un post fascismo, pero está claro que estas derechas radicales, al menos las que abordo en el libro, han tenido un crecimiento mucho más progresivo, mucho más lento. No fue una revolución. No llegaron, tomaron el poder y de pronto vivimos en una sociedad fascista. Partiendo de esa base y de esas diferencias, tal vez podemos trazar algunas, algunas coincidencias o algunos paralelismos sin necesidad de decir que revivimos la misma época.

¿Cuáles?

Por ejemplo, las promesas rotas. En el año 89 cae el Muro de Berlín y de pronto el liberalismo como teoría política, no solamente el aspecto económico, gana. No hay más comunismo, el fascismo ha sido derrotado después de la Segunda Guerra Mundial, la monarquía absoluta tampoco existe como en siglos anteriores, con lo cual llega el fin de la historia, como escribió Francis Fukuyama. Aquello se correspondía con la idea de que lo que nos esperaba a partir de entonces es progreso y bienestar para siempre, que era una cuestión de tiempo que fuésemos a ser todos muy felices. Eso fue a principios de los 90 y en el año 2008 llega la crisis financiera internacional. Nos damos cuenta de pronto de que hay marginalidad, hay exclusión, hay mucha gente que trabaja todo el día, como nos explicaban que había que hacer, y no llega a fin de mes, no puede acceder a una vivienda. No, esa situación no era lo que nos habían contado y no había tampoco explicación para eso. No voy a generalizar, pero la mayor parte de las élites políticas con el poder de hacer cambios para revertir eso no lo hacían. Ahí se configura un caldo de cultivo para que otras propuestas no liberales empezasen a tener acceso a vehiculizar ese descontento.


Franco Delle Donne, durante la entrevista con El Salto.

Se rompe el aislamiento de la extrema derecha, que había durado más de medio siglo en Europa.

Si en algo han sido mejores estas nuevas derechas que sus antecesoras, las de los años 70, 60 y para atrás, digamos la de posguerra, es que comunicaron mucho mejor y conectaron mucho mejor sus ideas con ese descontento que empezaba a crecer. Y del abstencionismo y la decepción, de la desafección con la política, aparecen estos partidos para decir “acá puedes gritar”, “yo voy a decir lo que vos pensás”. Aparece esta famosa frase de “dice lo que todos piensan, pero nadie se atreve a decir”, y empieza a resucitar esta conexión con una idea que viene de Alan de Benoist y demás, de dominar, de controlar el sentido común. Y creo que ahí empieza un caldo de cultivo para que al menos ese sector acepte poco a poco —por eso digo, no fue un fascismo que llegue y tomó el poder— este tipo de oferta política como un proyecto de país. Acepta esta visión del último contra el penúltimo, el otro social. Por otro lado, es importante para no estigmatizar, explicar que ese electorado y ese perfil no es el único que apoya este tipo de partidos.

Desarrolla eso.

Este tipo de partidos tiene un electorado bastante heterogéneo. Tienes también a otros sectores pudientes, que llegan tranquilamente a fin de mes, que cobran muy bien y demás, con su casa, sus autos, su perro, su gato, etc., pero que tienen miedo. Miedo a muchas cosas, pero por encima de todas las cosas, a perder ese estatus, ese tren de vida. También el miedo a lo diferente en todo el significado de la palabra: el que llega y tiene otras costumbres y otra religión y se ve diferente y habla otro idioma, y miedo a que me cambien las reglas de juego: que cambie donde “tiene que estar” el hombre, la mujer, la orientación sexual. Y creo que ahí también hay otra oportunidad que estas ultraderechas no dejan pasar y es: "Tomemos este miedo, esta falta de de rumbo que percibe esa gente e incorporémoslo a nuestro pensamiento”.

Idealizando un pasado imaginario.

Ahí es donde se empieza a construir esa idea de Arcadia: “Con nosotros vas a tener un mundo como el que era”. La pregunta es ¿el que era cuándo? Porque hay una mezcla muy rara, un Frankestein: un poco de edad media, pero sin las heces en la calle y sin la gente muriendo a los 20 años por tuberculosis, y al mismo tiempo hacer cherry picking y buscar a ver cuál fue el mejor momento de la historia de España, el mejor momento de la historia de Alemania... “Eso es lo que queremos. Ahí éramos exitosos ya y nos iba bien como país y éramos grandes y nos respetaba el mundo y demás”. De pronto ofrecen esa sociedad que nunca existió y se añora lo que nunca fue. Es algo que funciona muy bien, eso de querer vivir en el mundo de El Señor de los Anillos y pasarla bien porque bueno, estamos derrotando a Mordor, que son esos del otro lado de la colina. Llama mucho la atención, porque si lo piensas fríamente no tiene ningún sentido, pero para personas que, insisto, combinan la frustración con el miedo y posiblemente también con tendencias autoritarias, con odio, con desprecio por el otro y demás, funciona muy bien ese tipo de construcción.

¿Hasta qué punto el incel es el objetivo político prioritario para estas tendencias?

El incel es un perfil que encaja muy bien con el sujeto que puede llegar a apoyar sin ningún tipo de cuestionamiento este tipo de ideología. Pero también le podemos sumar otras partes de la manosfera. Sectores que políticamente son más activos y creo que se relacionan aún más con la ultraderecha desde el punto de vista de la movilización, de la reproducción de esas narrativas, como los llamados hombres que caminan su propio camino (Men going their own way) o también los hombres que dicen que defienden los derechos de los hombres, otra vez entre comillas, que son estos que discuten las medidas de igualdad de género y demás. Hay un informe muy interesante de dos autoras, Silvia Díaz Fernández y Elisa García Mingo, Jóvenes de la Manosfera, un trabajo etnográfico y una radiografía muy buena de todos estos grupos. Una de las cosas que planteaban es la conexión con la ultraderecha y hasta se animaban a decir que no solamente es una puerta de acceso a la ultraderecha, sino que hay una suerte de relación bidireccional entre esos dos mundos. Las personas de ultraderecha ven en la manosfera un lugar donde nutrirse de esa visión misógina y, por otra parte, chicos o personas que se acercan a ese mundo por diferentes razones ven que la ultraderecha puede representarlos. Es una sinergia potente.


Jóvenes de la Manosfera.

¿Con qué resultados?

Cuando analizamos los resultados electorales en muchos países y miramos la franja de los jóvenes vemos que hay mucha diferencia entre hombres y mujeres. En algún lugar, hasta diez, 15 puntos porcentuales, de intención de voto y también de voto efectivo. Ese es un elemento importante para tener en cuenta cómo ese sector, que es muy activo, aunque no creo que sea mayoritario ni mucho menos, y tiene mucho compromiso, especialmente en el ámbito digital, puede servir como un buen instrumento para la ultraderecha, para reproducir esas narrativas.

Desarrollas también otro factor que ya no tiene que ver con la política de partidos, sino con la radicalización que lleva al terrorismo de extrema derecha. ¿Cómo se da ese proceso?

Cynthia Miller-Idriss escribió hace unos dos años Hate in the homeland. Ella trabaja radicalización y ultraderecha, pero en particular, cómo una persona de ultraderecha puede radicalizarse al punto de convertirse en un extremista y en última instancia cometer atentados. Ella cuenta que lo que más le interesa y lo que guía su investigación no es qué es la ultraderecha o qué es ese proceso de radicalización. Tampoco le interesa quién es en concreto y tampoco quiere profundizar en cómo, sino que la pregunta que más le interesa es dónde. Porque si uno encuentra dónde empieza esa radicalización, todas las otras preguntas se resuelven. Es muy interesante porque ella lo que analiza no son solo lugares físicos como gimnasios, clubes de pelea, etc. lugares donde la masculinidad y la violencia es muy evidente, sino también en los espacios digitales: los foros de gamers, otro tipo de foros similares donde esa manosfera se desarrolla de manera muy natural, muy orgánica y se reproducen sin ningún tipo de crítica esos discursos. En esos foros se generan espacios para el reclutamiento. No todo el mundo, pero mucha gente puede tener tendencia a radicalizarse; eso puede dar comienzo a procesos que lleven a un individuo al extremismo. Lo que quiero decir con esto es que el fenómeno de la ultraderecha o de la epidemia ultra en esta fase no es preocupante solo porque lleguen al gobierno. En Alemania, por ejemplo, el riesgo político más importante desde hace más de cinco años son los atentados y la violencia política relacionada con la extrema derecha.

Los partidos, los ideólogos como Peter Thiel, el propio Trump, han navegado la ola de otro de los grandes temas de nuestro tiempo: la conspiranoia. ¿Hasta qué punto se trata de una convicción en estas narrativas sobre los “hechos alternativos” o solo de un aprovechamiento de algo que les conviene?

Hasta cierto punto da igual si lo creen o no. Creo que lo relevante es lo segundo: que lo utilizan o lo instrumentalizan políticamente y les sirve. Me parece que encontraron en la reproducción de esas teorías conspirativas la posibilidad de llevar al máximo punto esta premisa de la postverdad, de que los hechos no importan, lo que importa es la opinión o lo que yo quiero ver sobre determinada cuestión. La teoría conspirativa ofrece una pseudo legitimación porque, tal como dice el nombre teoría, suena a algo que podría explicar una situación determinada. Aunque parta de una premisa falsa o incluso de una contradicción. Lo interesante de esas teorías conspirativas, aparte de ese uso por parte del político, es el impacto que tienen aquellas personas que las asumen, que lo aceptan.

¿De qué forma?

La teoría conspirativa te da muchas cosas. Partiendo de que te miente y que no te soluciona nada en entender algo, te ayuda, por ejemplo, en el sentido de que a una gran pregunta que para la cual no tienes una respuesta, o no te gusta la respuesta que estás viendo, te da una explicación coherente. Lo que sea que signifique coherente. No porque sea verdadera o porque sea buena, sino simplemente porque internamente tiene sentido. Un argumentario te va llevando a otro y va teniendo sentido interno. También, y esto creo que es lo más importante, te ofrece una pertenencia, una ilusión de pertenencia a algo más grande de lo que yo soy: formar parte de los iniciados que sabemos el secreto que está detrás de este gran problema. Hasta cierto punto podríamos considerar que el terraplanismo es algo inocente, pero si lo llevamos a otro tipo de teorías conspirativas, es muy peligroso. La teoría del gran reemplazo está detrás de la justificación de la xenofobia, el racismo, la deportación masiva y todo lo que está pasando ahora con el ICE en EEUU.

¿Cómo le ha servido a Trump?

El discurso antigobierno, antisistema, también se alimenta muchas veces de esas teorías conspirativas. Donald Trump lo hizo con el Deep State, que es un concepto viejo, que viene de Turquía. En algún punto a veces, teorías conspirativas como la del deep state tienen elementos verdaderos, no es todo mentira. Todos sabemos que los Estados pueden tener servicios secretos que vigilan, que controlan. Sí, claro, lo tienen. Ahora, después, ¿qué se hace con eso? Si eso termina en una pizzería en la que se decía que en el sótano había pedófilos y no sé qué más, se llega a lo absurdo.




¿Qué estrategia debe cambiar la izquierda para hacer frente a esta epidemia ultra?

Me parece que es importante no dar por hecho que en cada debate y en cada discusión —y no lo digo solo a nivel político, lo digo incluso a nivel interpersonal— todos queremos llegar a una verdad y ponernos de acuerdo y para eso hay que persuadir y demás. Tal vez no hace falta eso. No hace falta pensar siempre que el otro está dispuesto a escuchar nuestras ideas, a ver si juntos encontramos un punto de acuerdo. En algunos casos, especialmente con alguien que ya está convencido y que está cerca de esa visión del mundo, alcanza y sobra con plantear nuestra visión y no necesariamente establecer ese diálogo. Porque es un diálogo de besugos. Creo que eso es clave para que la izquierda o ciertos sectores de la izquierda dejen de pensar que hay que usar la evidencia para discutir sobre tal o cual cosa. Está bueno tener la evidencia para saber que vas por el camino correcto, que para solucionar equis problema lo que tenés que atacar son las cuestiones estructurales. Pero para avanzar no necesariamente tienes que convencer al del otro partido de que tienes razón.

Y en el ámbito personal, ¿cómo se afronta la convivencia con personas afectadas por esa epidemia?

Me parece importante bajar los niveles de indignación, es decir, te puede molestar y te puede no gustar, pero ya estamos ahí, ya estamos en países donde, como en Argentina, más del 50% de la población vota por ese partido. Eso quiere decir que uno de cada dos vota esas opciones. Estadísticamente es imposible que en tu trabajo, en tu familia, no te encuentres con esos votantes. Entonces, si estás constantemente en la posición de indignación, de escandalizarte, seguramente no puedas establecer ningún tipo de acercamiento con la persona que tal vez no está convencida. Estoy hablando de gente que decide votar a eso como una alternativa, no porque necesariamente sea partidario y militante ultra. Si estableces una barrera con ese familiar, con ese compañero de trabajo, y esa persona la establece con vos, no hay más encuentro posible. Me parece que podemos pensarlo de otra manera; así como la ultraderecha cuando disputa las mentes y disputa conceptos empezó a adueñarse del concepto de libertad, del concepto de identidad, del concepto de igualdad, la pregunta es cómo puede hacer la izquierda para que esos conceptos puedan aparecer de vuelta en el debate público y podamos discutir, insisto con amigos, pero también en general, en términos definidos por la izquierda y no en los términos definidos por la derecha. Porque pareciera que la izquierda está constantemente a la defensiva.

Un ejemplo.

La ultraderecha plantea que los campos semánticos migrante y criminal están unidos. ¿Qué hace la izquierda? En vez de establecer otro tipo de campos semánticos, lo que dice es mira, hay evidencia que dice que no están unidos los campos. Los migrantes no son criminales. Caer en la discusión según los marcos que plantea la ultraderecha es un inmenso error. Eso lo ha hecho la izquierda y creo que en algunos lugares lo sigue haciendo. En términos estratégicos: plantea tus propios marcos y sé fiel a eso. No pienses que tienes que bajar al otro marco y discutir sobre eso para desactivarlo. No, al contrario, tienes que poner el tuyo la misma altura. En todo caso, que el que está escuchando decida cuál es la forma en la cual va a observar esa problemática.

¿Es útil seguir hablando de antifascismo en esta época?

Es un concepto que se ha utilizado para desprestigiar por parte de estas ultraderechas, pero también de parte de ciertos sectores de la derecha democrática. A mí me parece clave desde la base. Claramente no queremos vivir en un mundo o en un país gobernado por fascistas, entonces tenemos que trabajar para que eso no se produzca. Más allá de la conclusión terminológica a la que se puede llegar sobre si Trump es un nuevo fascismo o un fascismo clásico, me parece que lo más importante, no solo para la izquierda, sino para los que no quieren ese modelo, es dejar de pensar que la única forma de luchar contra eso es tratar de convencer a la gente de que el statu quo actual, con esta marginalidad, con esta desigualdad, con esta exclusión, es mejor.

Luchar contra la lógica del mal menor.

El fascismo es peor que el statu quo, pero es muy difícil convencer a alguien que lo está pasando mal, que trabaja 60 horas por semana y no llega a fin de mes, de que se quede con lo que hay ahora porque “si no lo otro es peor”. Así no hay forma de movilizar a una persona. Creo que lo que tienen que hacer los sectores que no están de acuerdo con un mundo como el que se imagina la ultraderecha es imaginar un mundo mejor. Ir más allá del statu quo. Y posiblemente esa sea la clave para tratar de construir una alternativa a esa epidemia ultra. No sé si hoy en día soy lo suficientemente optimista para pensar que vamos por ese camino, pero al menos tener esto puede ser una forma de terminar de darnos cuenta de que hay una vía.


Fuente: El Salto