sábado, 3 de octubre de 2026

De dragones flamígeros y caballitos de mar: ese Mar Menor al que enloda una delincuencia impune

 

Que tampoco el otoño es ya lo que era (3 de 21)



 Por Pedro Costa Morata   
   Ingeniero, periodista y politólogo. Ha sido profesor en la Universidad Politécnica de Madrid. Premio Nacional de Medio Ambiente.


Vuelvo a interesarme por la obra de Antonio Jesús Ruiz Munuera, siendo esta vez su novela Donde nadaban los dragones (2026), el objeto de mi reseña después de haberlo hecho con Ojo de pez (La Opinión, 23 de mayo de 2017) y La ira del insecto (elDiario.es, 8 de mayo de 2021). Para reafirmarme en sus valores gramaticales y literarios, ya que sigo asombrándome tanto de su riqueza terminológica como de la narración profusa, suficiente y alegre; de una escritura no con desenfado, no, sino con una mala leche que no solo se ha de atribuir a los personajes (muy cinematográficos, por cierto, todos ellos), sino también por la ira a que mueve la trama, enmarcada en los crímenes contra el Mar Menor de nuestras entretelas. Es precisamente la recreación -certera, sugestiva y alarmante, pese a literaria- de la realidad murciana que queda especialmente dibujada en sus dramas ambientales lo que más me ha interesado de la producción novelística de este autor lorquino, ya que me resultan, todos, muy cercanos.


La novela de Munuera.

Pues se trata de un relato llevado a cabo con ironía compuesta de tal manera que cuida y respeta tanto la técnica como la trama. Una ironía que lleva al derroche expresivo, al giro hispánico y al habla murciana: todo ello al servicio de una inmersión constante en lo casposo, tanto de nuestra tierra como en lo general: Munuera odia la caspa y los casposos. El de nuestro autor es un estilo narrativo que no es que -exactamente- se despliegue con la jerga popular, sino que ya considero creación propia, hecha de desparpajo, exploración, creatividad… un algo que veo original, aunque con ecos (Munuera quiere reconocerlo así) de Dashiel Hamett/Sam Spade/Humphrey Bogart. A este respecto, siempre se dice que inevitablemente toda obra novelística tiene algo de autobiográfica y en el elenco de personajes con seguridad que alguno de ellos ha de parecerse, si no del todo, en buena parte, a nuestro autor, aunque supongo que él se sentirá un a modo de mixtura de varios de ellos (uno de ellos, el submarinista, pero hay otros reflejos que la historia emite).

Invito a los lectores a que presten atención a las descripciones humanas y paisajísticas de la obra, porque esto aparece con una maestría que llega a entusiasmar: fíjense lo que hace con personajes como la forense Escarbajal, la agente Aitana (y el asiático que se toma, válgame Dios) o el muerto 1 (como se dice en el teatro), Goyeneche, por no aludir al muerto 2, el fiscal Ubiña… exámenes, más que descripciones, exuberantes y también respetuosos, teniendo en cuenta que estamos ante literatura de ficción y el autor sabe hasta dónde debe llegar ya que es para pasarlo bien, aunque el objeto y las pretensiones de la obra sean, claramente, ilustrar la vida misma; o cómo se las apaña con el monasterio de San Ginés de la Jara y su arquitectura medieval y renacentista al hilo de la contemplación de sus ruinas que, como buenas ruinas de novela, quedan dramatizadas en grado superior. Creo que esta vez, A. J. R. Munuera se ha explayado más en la descripción de los personajes, más al planteamiento y al nudo que al desenlace: más cobertura, en definitiva, al suspense, que siempre envuelve a sus obras

Porque son las tramas de acción y misterio de las novelas de Munuera lo que más me admira, si he de compararlas con la extensa gama que la novela negra (policíaca, se decía antes, thriller según los virtuosos del género) ofrece: cómo surge la acción, con qué mimbres se desenvuelve y el papel asaltante de la sorpresa… que son recursos de pura literatura de suspense y que este escritor domina con verdadero arte, trenzando suficientemente bien la narración para que sorprenda, sí, pero con la emoción y el goce que se ha de esperar de la buena literatura de entretenimiento. Aunque, ya digo, el fondo y el horizonte sean los de un mundo en sus circunstancias más tétricas y odiosas, con el crimen suelto y la impunidad fungiendo que, explicados con realismo lleno de recursos, suaviza el hecho horrible con su literaturización ortodoxa.

Se evidencia, claramente, una sostenida huida desde la ficción, tanto por el arte literario como por el asunto por el que opta, que es de realismo apabullante: nada menos que el envenenamiento del Mar Menor por sus enemigos físicos y morales. Es un relato, pues, que se pega a la tierra (a esta maldita tierra, como él dice y repite dos o tres veces). De esta forma, Munuera derriba cualquier elegancia fatua sobre visiones inexistentes y deja desarmada al alma humana, capaz entonces de vivir y sufrir lo que contempla, supone y teme.

Y como el autor insiste en tomar para su trabajo los escenarios murcianos del crimen ambiental (y del otro), admirándose él mismo de hasta qué punto la realidad puede superar a la ficción, no deberá extrañar la abundancia del término mierda, ya que de la mierda delictiva regional trata su trabajo, que es ante todo indagación, documentación y experiencia, todo lo cual desemboca en mierda, mucha mierda. Un hedor que -habiendo sido yo invitado por él mismo para presentar su novela en Lorca hace poco, junto con Pepe Murcia, dilecto amigo común- me hizo comunicarle previamente que me llevaría a aportar, a tan gozoso encuentro, mi personal ejercicio de analogías entre elementos significativos de su trama, solo “instrumentalmente” alejados de la ficción, y realidades bien constatadas de la existencia murciana... Porque bien es verdad que no es esta una tierra idílica, sino criminalizada ética y ecológicamente de forma bien establecida desde -por lo que a los sufrimientos del Mar Menor se refiere- la llegada de las aguas del Trasvase al Campo de Cartagena, con la brutal y tóxica (pero crematística) conversión del secano en regadío; y resulta así que este sea uno de los casos por los que en esta tierra no corremos el riesgo de que la ficción supere a la realidad. Munuera, sensible, atento y bien informado, tiene a bien aludir en sus obras a los esfuerzos de los defensores de la tierra y sus valores, y así lo hace aquí con sus referencias a los “incansables ecologistas” y al “agropoder murciano”, el más temible enemigo.


El autor, entre los presentadores.

De entre esas analogías fácilmente trasladables del texto novelístico al discurrir del tiempo y las cosas quise destacar tres, tratándose la primera del canal del Estacio, cuyo ensanchamiento y reprofundización en 1975 el cuasi dueño de La Manga, Tomás Maestre Aznar, quiso realizar, y realizó, para permitir el tráfico de barcos de recreo de cierta envergadura hacia y desde el puerto deportivo interior a la albufera, de nombre, vaya sorpresa, “Tomás Maestre”, induciendo un primer y tremendo impacto por el progresivo descenso de su salinidad y su temperatura: lo que las autoridades de Costas, acostumbradas a allanarse ante el eximio empresario, debieron tomar al pie de la letra de lo que Maestre esgrimía: que el Mar Menor se “oxigenaba” con esa obra. Quise recordar aquel primer atentado contra el Mar Menor, adelantado al que la novela relata -que es de origen agrario y que ha resultado decisivo en las desgracias de la albufera-, añadiendo en sintonía con la trama criminal la respuesta desabrida que Maestre tuvo a bien dirigirme cuando lo califiqué (1980) de “señor feudal” y de “verdadero alcalde” del Mar Menor, lanzándome una querella por calumnias e injurias que, vista la documentación y las razones que aporté, quedó al poco sobreseída.

Un segundo detalle, relativo a la intimidación de la que gustan usar los criminales, con el destrozo que la agente ambiental Aitana, heroína de la novela, sufrió en su casa, lo enlacé con aquel asalto (2005) que las dueñas de la finca Architana, en Moratalla, sufrieron en su casa por delincuentes anónimos al resistirse a vender su propiedad, cultivada con conciencia ecológica y esmero mediterráneo.

Y la tercera y más importante semejanza la expliqué tomando como referencia la decapitación, en la novela, del fiscal Ubiña por meter las narices en el hecho criminal y llegar demasiado lejos, para lo que evoqué al fiscal Emilio Valerio, que la Fiscalía General del Estado tuvo que enviar desde Madrid a investigar el robo de agua en la Cuenca del Segura, ya que el poder judicial regional no mostraba gran interés por combatirlo. Y tras formular imputación (2004) de una treintena de políticos responsables y empresarios beneficiarios (lista en la que se incluía al magistrado murciano Mariano Espinosa, empresario a la vez del agua en Moratalla) hubo de enfrentarse a dificultades mil, querellas y desesperaciones, viéndose obligado Valerio (amigo mío) a renunciar a la carrera fiscal unos días antes de verse destituido, por lo que acusado y acosado vivió su decapitación profesional y moral contemplando cómo sus investigaciones y acusaciones quedaban sin efecto. O sea que, como el fiscal Ubiña del relato, el muy real fiscal Valerio pagó caro, muy caro, el querer cumplir con su deber. Y, supongo que amargado, ha muerto hace poco, demasiado joven.

A modo de corolario y siguiendo con los fiscales, también advertí a la concurrencia sobre el hecho de que el fiscal de Medio Ambiente del Tribunal Superior de Justicia murciano, Miguel de Mata, es lo más parecido a un cero a la izquierda, si tomamos en cuenta el entusiasmo que muestra archivando causas ambientales que, para muchos murcianos, nos parecen relevantes y escandalosas.


Masacre en el Mar Menor (Fundación Aquae).

En la causa del Mar Menor están expuestas todas las responsabilidades, directas e indirectas, físico-químicas, políticas e incluso científicas, siendo las más graves -las agrarias- las que más protegidas se encuentran, y a las que ningún Juzgado ni institución política hincarán el diente de verdad, ya que se trata de la esencia de esta región, del agrocantón murciano que, siendo hermoso reducto mediterráneo, Munuera deja expuesto en sus obras en carne viva, recordándonos que son muchos los que, sin escrúpulo alguno y con militante impunidad, nos lo llenan de mierda cada día.

viernes, 2 de octubre de 2026

Crónica frustrada de un fusilamiento anunciado

 

             Que tampoco el otoño es ya lo que era (2 de 21)


 Por Pedro Costa Morata   
      Ingeniero, periodista y politólogo. Ha sido profesor en la Universidad Politécnica de Madrid. Premio Nacional de Medio Ambiente.



    Hubo observadores que, por las prisas de la convocatoria, aludieron al fusilamiento como una decisión con matutinidad (además de alevosía), por anunciarse el evento al iniciarse la mañana de un día navideño; todo muy raro e inusual, apuntando a que quizás se pretendía con ello dispersar en el ambiente festivo el interés que mostraba un cierto populacho del que se sabía encrespado por los acontecimientos.

Era una mañana fría pero luminosa y terne, aquella en la que condujeron a Petrus, comandante irregular de una guerrilla urbana y rural, casi siempre temida pero también desventurada, bien conocido por el empeño (locura, para muchos) de liberar a su tierra de malvados, follones y malandrines, a una pared de blanquísimo encalado en la esquina noroeste del cuartelillo local, en el que se había atrincherado una cuadrilla multicolor y pluriforme, voluntariamente ajena al mundo exterior que, sin embargo, mostraba una extraña sintonía hacia el justiciamiento del día.

Formose, al efecto, una línea de vistosos fusileros de gala, que respondían, en rigurosa proporción, a la distribución del poder entre los numantinos mandos locales, con este despliegue de colores: el amarillo ambiguo para diez de ellos, el azul celeste para otros siete y el pardo inquietante para los tres del extremo derecho de la fila.


Tribunal municipal ‘sumarísimo’ contra el Hijo Predilecto.

Mandaba el pelotón un suboficial hasta hacía poco desconocido, al que habían encontrado deambulando por los pasillos y que a la propuesta de dirigir la fusilería había dicho que sí, que por qué no, sin pedir más detalle ni sobre el reo ni sobre el cargo. Al cual vistieron con guerrera de ocasión, más bien accidental, de mezclilla azul y parda y galones amarillos fuera de catálogo. Más cuando se disponía a dar la orden del fuego justiciero, tras el “preparados” y el “listos” de ordenanza, hete aquí que un vozarrón imperioso, de quien sabía mandar y a ello estaba acostumbrado, surgió de los altavoces del patio vengativo, interpelándolo así: “¡Alto ahí, insensato!, ¿no sabes que vas a fusilar a un inocente? ¿cómo te atreves a saltarte la cadena de mando, olvidándote de ponerme al corriente de decisión tan grave?

- ¡A sus órdenes, mi Oficial Superior, yo creía que...!

- ¡Silencio, atrevido!, ¿dónde está el expediente sumarísimo y preceptivo que es de justicia cumplimentar y que yo tengo que revisar y aprobar?

- ¡Bueno, a mí me dijeron...!

- ¡Cállate, osado!, ¿cuál es la acusación, cuáles los cargos, quién ha instruido ese despropósito, qué dicen los togados, cuál es la sentencia inmotivada?, ¿es verdad que te guías por un papel infumable que ningún mortal sobrio y con dos dedos de frente escribiría nunca?

- ¡En realidad, yo tuve que...!

- ¡No hables hasta que te lo mande, chusquero atrevido y carente de academia, que me han dicho que obedeces a un civil infiltrado que os tiene cogidos por donde yo me sé y que no os enteráis de que conspira con la minoría parda para desarmar nuestra honrosa institución castrense y democrática!

- ¡Usía me disculpe, que cuando tomé el mando...!

- ¡No me rechistes, suboficial insumiso, que la milicia no se ha de someter a chupatintas o leguleyo alguno, que estamos llamados para destinos más honrosos!

- ¡Sí, pero como nosotros no sabemos...!

- ¡No busques pretextos, que ya te he consentido bastante! Además, ¿no te has fijado, hombre de Dios, que tus hombres manejan escopetas de caña ajada y ánima curva, y que sus balas van a dispararse sobre sus mismísimos pies?

- ¡No me había dado cuenta, mi Oficial Superior!, ¿Y qué manda usía que haga?

- ¡No me vuelvas a dirigir la palabra, guripa de reemplazo, calla y obedece!, ¡Deja en libertad al reo ahora mismo sin cargos ni fianza, y te doy media hora para que te estudies la vida y milagros de nuestros celtíberos más preclaros, desde los tiradores de hondas borregueras, hechas de fino y resistente esparto surestino, hasta los indómitos partisanos de armas oxidadas del abuelo trabucaire, todos ellos montando siempre rocines famélicos, pero capaces de humillar y expulsar a traidores e invasores! ¡Y luego subes a mi despacho, que te voy a leer la cartilla como mereces!

Mientras todo esto retumbaba en el coso enmudecido, el prisionero asistía a su vibrante liberación esbozando una media sonrisa que dirigía, con generosa conmiseración, a los fusileritos pasmados, tratando de no herir sus delicados sentimientos. Que fue cuando, finalizado el chorreo, el que hasta hacía minutos era culpable de crímenes horrendos e injurias indescriptibles se dio por libre y descausado, saliendo con paso acompasado y firme afirmación del frío y siniestro patio para reunirse con sus compas y cuates, amigos y familiares, próximos y deudores, algunos de los cuales le confesaron haber lanzado, la noche anterior, serias advertencias a los mandos superiores para que llamaran al orden al destacamento irresponsable sobre la suerte del conocido guerrillero.


Pedro Costa, vencedor (provisional).

Entonces el Petrus liberado pudo deshacerse en cariños y agradecimientos, siendo afectuosamente abrazado, cordialmente manteado y sin remilgos vitoreado, a continuación de lo cual compartió fiesta con su partida entregada y fiel, con austera ingesta de vino de Jumilla, manzanilla de Sanlúcar y ron de Zacapa, siendo esto último obsequio de los herederos naturales y espirituales de los heroicos insurgentes, curtidos en luchas memorables contra gringos y fascistas, de las remotas selvas del Petén guatemalteco.

Fue ya, tras la contenida fiesta (que muchos consideraron incluso púdica, teniendo en cuenta la pica conseguida), cuando el condenado por confiado, y por chamba liberado, caló su vituperado coco con gorra invernal de oscuros tonos, enfundó su espada de afilado argumentario, alzó su vista al cuartelillo malasombra, miró al tendido, fuese, y no hubo nada.


(Escrito aquel 30 de diciembre de 2025).



jueves, 1 de octubre de 2026

Porque sin escribir, la vida no es vidorra

 

Que tampoco el otoño es ya lo que era (1 de 21)


 Por Pedro Costa Morata   
      Ingeniero, periodista y politólogo. Ha sido profesor en la Universidad Politécnica de Madrid. Premio Nacional de Medio Ambiente.


He arrastrado como he podido las ganas de escribir con mi frecuencia apetecida mientras ponía en marcha mi trabajo sobre el Sáhara Occidental, que la editorial El Viejo Topo pondrá en las librerías -y yo entre mis incondicionales- a primeros de noviembre. Así que ha llegado el momento, de lanzar a la noosfera textos ya pergeñados y temáticas que me propulsen el pulso y animen mi ánimo, ya superado un verano criminal, cruel e inconsiderado, que incluso trata de prolongarse térmica y políticamente por las marcas astronómicas de un otoño que ya debiera compensarnos con treguas y relajamiento.

Todo esto a sabiendas, no obstante, de que serán escasos los avances, digamos técnicos, a esperar en mi escritura y temiéndome que no me quepa, a estas alturas, mucho más que consolidar los vicios -geometrismo formal en demasía, mucha oración subordinada, osadía temática innecesaria, pretensiones mediáticas inalcanzables, etcétera- de los que algunos de mis más generosos lectores me advierten y aperciben, sin que por mi parte sea capaz de cambiar en mucho o mejorar en nada (¿y qué le voy a hacer yo?).

Pero fiel a aquella inspiración (creo que era epicúrea) con la que un día mis hados protectores me asistieron haciéndome ver, y exaltándome yo, que la buena (¡ah!) literatura viene a ser el resumen de todas las ciencias, o sea, del conocimiento, témome que persistiré en mi escritura a despecho de seguir incurriendo en mis pertinaces pecados redaccionales, sean de estilo, sean de fondo. Por cierto que, cuando organizaba las actividades extraacadémicas en mi Escuela de Telecomunicación, y habiendo invitado un día al conocido historiador de la ciencia, José Manuel Sánchez Ron, físico él, al requerirle yo mismo por su opinión sobre esa representación literaria -tan seria y cuasi divina- del saber, para mi desolación y tras cautelosa pausa y mirada solar, me obsequió con un no rotundo, o sea, que el entusiasta objeto de aquella mi inspiración era erróneo (bueno, pero el equivocado era él, vaya que sí).

        De tal manera que la siguiente entrega consistirá en el recuerdo de aquello que los representantes (selectos, eximios, sabios, etcétera) de mi adorado pueblo lanzaron contra mí en esforzada efeméride, cuando la mayoría socialista municipal camelada por la ultraderecha (que es que tienen cada cosa) trató de despojarme de mi título de Hijo Predilecto de Águilas. Para lo que apelaré a la ironía del fusilamiento anunciado (sin la seguridad de que, conociendo el percal, la entiendan y mucho menos la aprecien); porque se acerca la conmemoración del primer año de “suspensión” de la sentencia y no veo que se mueva nada destinado para darle el carpetazo debido a aquel gesto tan poco heroico de “dejarlo sobre la mesa” (que hay que joderse qué ediles, qué ocurrencia y qué embolao)

Más adelante y de alguna manera relacionado con lo anterior (ya explicaré por qué) habré de salir al encuentro de las tres demandas, tres, previstas por ciertos admiradores, así como de las debilidades de mi Ayuntamiento, secuestrado por un enemigo del pueblo que, antes o después, tenía que habérselas conmigo.


ATTC, sociedad constructora e inmobiliaria, quiere demandar a Pedro Costa.

Hay en mi villa natal avispada gentecilla que pudo pensar que conseguía patente de corso haciéndome a mí, conocido y curtido defensor del pueblo frente a enemigos de todo jaez y pelaje, Hijo Predilecto, encontrándose con que mi interés por el lustre aguileño se acrecía precisamente con el honor recibido, lo que incluso me obligaba a abroncar a la digna (pero preocupante) Corporación.

Por lo que aprovecharé para advertir/recordar a quien corresponda que sigo siendo duro de roer, o sea, que no esperen paseo triunfal alguno sobre mis debilidades, fallos o descuidos, que en la escuela en la que he aprendido a parar zancadillas y sortear asechanzas me han salido escamas y caparazones a lo Testudo graeca, sí, esa que, pese a sus limitaciones, encuentra la forma de sobrevivir entre malezas y peñascales, dotada de defensas nada despreciables; algo parecido a aquella coraza de las invictas falanges macedónicas, imposible de traspasar por más que lo intentaran flechas, lanzas o aullidos atemorizadores. Que es con estas precauciones como debo responder a los ataques con un acero que espíritus de piel (demasiado) fina afilan para sajarme y demediarme, en virtud de mis periodísticas indagaciones y a causa de los marrones que emborronan a mi pueblo.

No dejaré en estos textos de honrar a mis amigos, sean estos de juventud (aunque sea con necrológica), o de agitaciones contemporáneas y encuentros inesperados, pero siempre gozosos, con seres de mismo o mayor recorrido, con los que ya me acostumbré, sobre la marcha, a detenerme y amistosear allá donde me surjan, que con la edad el derredor de afectos se desertiza, y hay que repoblarlo. Puro estilo nostálgico, evidentemente, al que tan proclive -y aun aficionado- he resultado ser.

Habrá conatos de, digamos, crítica literaria, bien sobre amigos escribidores, bien en cálida, incluso tierna, respuesta a los reflejos que desde autores alejados me alcanzan con sorprendente proximidad, porque son relatos que, requiriéndome desde el pasado, acabo por leer con fruición e interpretar fascinado.

No deberá faltar la cosa ecologista, por lo que he previsto no dejar inmune a la Confederación Hidrográfica del Segura, dilecta entre mis debilidades, volviendo a mortificarla por su devastadora política de “recuperación de riberas”, una canallada que contemplo con asombro que no lleva a prisión a ninguno de sus mandamases; debe de ser por la atenta protección (eminentemente archivadora) que les depara la fiscalía de Medio Ambiente.


La CHS asfixia impunemente la vida en las riberas del Segura.

Y algunas crónicas internacionales, claro, que esta es una de mis pasiones siempre cultivada, aunque en modo intermitente y semioculta. Me gusta recordar que descubrí el mundo y sus malpasos esperando mi turno en la barbería de Emilio Salas (que ya había pelado años antes a mi padre), ojeando el diario Pueblo con las noticias en primera de la pre-independencia de Argelia y sus convulsiones (corría 1962 y la radio del otro lado de la mar enviaba ininteligibles, pero apasionadas, cantinelas). No sé por qué ahora estoy recordando aquel episodio, cuando la Argelia colonial que había sido declarada años antes departamento francés tuvo que ser entregada a los argelinos y proceder a la evacuación de millones de colonos y urbanitas franceses que desde 1830 se habían instalado en un país que ni era suyo ni lo sería siempre. Esto provocó un cataclismo político que incluyó la sublevación militar del general Salan, jefe militar de Argelia, y la aparición de la organización terrorista OAS, que produjo innumerables asesinatos tanto de argelinos independentistas como de franceses que aceptaban la retirada; una muy seria crisis que el presidente De Gaulle, que estaba convencido y que lo tenía claro, resolvió con mano firme y sentido de la historia. (Ah, sí, de lo de Argelia me he acordado por lo de Ceuta y la hábil/diabólica política exterior de Marruecos, que acumula éxitos frente a España desde que dejamos aquel protectorado, le devolvimos Ifni y le regalamos el Sáhara).

Otro episodio que bulló durante años como vocación internacionalista expectante, y que me place evocar ahora, se me presentó cuando en el internado de León leí que el arzobispo católico de Saigón, cuñado del dictador-presidente de la República Democrática de Vietnam del Sur se empeñó en favorecer su fe contra el 90 por ciento de la población del país, que era budista (corría 1964 y empezaban los bonzos a inmolarse).

En el plano internacional será sin embargo Alemania la que primero merecerá mi atención, advirtiendo del mal camino que -una vez más- insiste en recorrer, para lo que siempre es recomendable leer o releer cómo fue y cómo se autodestruyó la República de Weimar, de cuyo accidentado discurrir vemos en nuestros días su reflejo pavoroso.


Alemania se rearma: nuevos pedidos de Eurofighter.

Y alguna crónica sobre Marruecos, faltaría más, y su tiránico régimen islámico, objeto de toda clase de mimos del Occidente democrático, de espléndidos valores judeocristianos... Sin que falten mis invectivas contra esos hijos de Yahvé que desde el otro lado del Mediterráneo se empeñan en seguir fieles a su dios y sus promesas por la vía de la acumulación obsesiva de crímenes que asustan a media Humanidad: me refiero, por si no caíais, al Estado de Israel, ilegítimo, ilegal y genocida. Escena internacional en la que introduciré -que no me puedo aguantar- el nefasto papel de España provocando sin motivo alguno a Rusia en los cielos (libres) del Báltico, siguiendo las instrucciones de sus verdaderos enemigos, los fanáticos de la OTAN.

Finalmente, trataré de rellenar con mis recuerdos aquel año 1976, el más crítico de la sacrosanta Transición y que yo viví (¿y cuál no, dímelo tú, peregrino odiseico siempre ávido de horizontes y de lo de más allá?) llenándolo de cosas y movimientos. Y con él cerraré la veintena, más uno, de los artículos de este cupo otoñal. Porque, en efecto, cincuenta años no son nada, y así lo han sido, poco más que nada: un mero discurrir raudo y con tropezones, nada del otro mundo aunque muy poco calmoso, en sobresaltos abundante y divinamente vivido, ya que no me han faltado, al punto, los favores de mis atentos protectores, olímpicos unos, terrenales los más y perplejos todos ellos, eso sí, por tener que acudir al quite de zozobras tan frecuentes.

miércoles, 30 de septiembre de 2026

Quiénes son los siloviki, los hombres de confianza de Putin

 

 Por Carlos Planells   
      Politólogo y profesor de Geografía e Historia, interesado en la historia y relaciones internacionales, especialmente de Europa Oriental, antigua Yugoslavia y espacio post-soviético.



Los siloviki forman parte del círculo de poder de Vladimir Putin y desempeñan un papel central en la política, la seguridad y la inteligencia de Rusia.

     Cuando escuchamos el nombre de Rusia, especialmente en clave política, aparece de manera indisociable la figura de Vladimir Putin. No obstante, el a priori omnipresente presidente de la Federación ha sabido, a lo largo de su dilatada trayectoria política, rodearse de un círculo de hombres de confianza que, en buena medida, manejan los entresijos de la política, la economía y la seguridad del país más extenso del planeta.

Este grupo es el de los llamados siloviki. ¿Quiénes son estos hombres? ¿De dónde surgen y cuál es su papel en la Rusia actual, especialmente en el conflicto militar en Ucrania?

Siloviki, los “ministros de la fuerza”

La palabra siloviki viene de sila, que significa “fuerza”. Por tanto, se considera a los siloviki como los “ministros de la fuerza” o los miembros de los “ministerios de la fuerza”; es decir, las agencias autorizadas a utilizar la violencia para responder a las amenazas a la seguridad nacional.

Dentro del mosaico de agencias que operan en Rusia en este ámbito destacan el Servicio Federal de Seguridad (FSB) –sucesor del KGB soviético–, el Servicio de Inteligencia Exterior (SVR) y el servicio de inteligencia militar de las Fuerzas Armadas (GRU), cada una de ellas con liderazgo, recursos e intereses diferentes.

Y es que, tras la disolución de la Unión Soviética en 1991 y durante la transición al capitalismo, la nueva democracia liberal rusa fue incapaz de crear un sistema de vigilancia parlamentaria sobre estos servicios de seguridad, que incluso fueron adquiriendo una autonomía cada vez mayor en sus actuaciones. Los mecanismos internos se mantuvieron intactos, lo cual dificulta hasta el día de hoy el control de sus actos por parte de actores independientes.

Algunos de los nombres más destacados de este grupo son Nikolái Pátrushev –secretario del Consejo de Seguridad de Rusia de 2008 a 2024–, Serguéi Narishkin –director del SVR–, Aleksandr Bórtnikov –director del FSB– o Serguéi Shoigú –ex ministro de Defensa y actual secretario del Consejo de Seguridad–.

Como se puede observar, muchos de ellos son miembros del Consejo de Seguridad de Rusia, órgano que toma, junto al presidente, las decisiones en materia de seguridad nacional y otros asuntos de interés estratégico. Algunos de ellos también ostentan cargos destacados en importantes empresas estatales.

Putin frente a los servicios de seguridad

Cuando Vladimir Putin asumió la presidencia de Rusia en el año 2000, heredó del mandato de Boris Yeltsin un panorama complejo en cuanto a los servicios de seguridad: la sustitución de las dos grandes agencias soviéticas (KGB y GRU) por un mosaico de órganos en una feroz competencia; la ausencia de un sistema democrático de control y rendición de cuentas; y el mantenimiento de las funciones, liderazgo y personal de la era soviética.

Es así que Putin –que, a priori, adoptó una posición conciliadora, pero se encontró con los servicios secretos volviendo a ganar influencia– optó por una estrategia basada en la complicación del panorama institucional mediante la creación de agencias que rivalizasen entre sí.

De esta forma, el presidente ruso ha logrado una consolidación de estos servicios secretos de forma limitada, principalmente a través del aumento de los recursos. No obstante, si bien desde 2014 el número de siloviki en puestos administrativos importantes se ha incrementado, Putin no ha tenido reparo en intervenir de manera puntual mediante el cese de ciertos cargos, como el de Sergei Ivanov como jefe de la Administración Presidencial en 2016.

La incorporación de los siloviki a estos cargos no se trata, por tanto, de un proyecto unificado, sino que es una consecuencia del reclutamiento de élites de Putin y la naturaleza personalista de Rusia.

Además, la confianza presidencial en estas figuras viene también dada como reacción a ciertos eventos que marcan un cambio de dirección en la política interior y exterior del Kremlin: la Primavera Árabe, las Revoluciones de Colores, las protestas de Moscú de 2012 o el conflicto en Ucrania han llevado a una mayor represión dentro del país y a una acción internacional más asertiva.


Un BMP-2 ruso durante la guerra en Osetia del Sur contra Georgia.

Así, Putin ha ido apartando a los tecnócratas de su círculo, pero también perdiendo confianza en algunos siloviki como resultado de su ineficiencia política, reduciendo el número de reuniones con estos; no obstante, ha mantenido un círculo cercano que comparte su visión gubernamental, prefiriendo trabajar con actores informales antes que con instituciones.

Las luchas por el poder

Lejos de la visión occidental que presenta a los siloviki como un grupo cohesionado, la realidad plantea un panorama mucho más complejo. Si bien se establecen como una facción del Kremlin diferenciada de los liberales y los tecnócratas, existe una jerarquía entre los siloviki, encontrándose en la cúspide los agentes del FSB. La ausencia de un líder y la falta de espacios de trabajo en común enfatizan este problema.

Cada una de estas agencias cuenta, además, con sus propios intereses –que raramente coinciden con los de sus competidoras–, conflictos internos y capacidad de adaptación.

Por ejemplo, mientras que desde 2022 el FSB ha adquirido más poder y ha reforzado el monopolio de la información que llega a la oficina presidencial con la deriva cada vez más autoritaria del régimen, el SVR ha enfrentado problemas de autoridad y liderazgo.

También existen tensiones intergeneracionales dentro de los siloviki, puesto que la primera generación tenía una percepción sobre sí misma de “nueva nobleza” que los más jóvenes no comparten, siendo menos probable que aporten ideas independientes o contrarias a Putin y asumiendo su dificultad para promocionar, lo que genera una desconfianza hacia los siloviki más veteranos que, además, se mantienen aún en sus cargos.

Es así que no coordinan sus acciones, sino que se da una competición entre grupos que sí comparten su interés en el statu quo, protegiéndose entre ellos de reformas que podrían amenazar los beneficios de los que gozan gracias a la corrupción política.

Por ejemplo, los siloviki orquestaron el caso Yukos, por el cual dicha petrolera fue absorbida por la empresas estatal Rosneft, siendo arrestado posteriormente su presidente, Mijaíl Jodorkovski, acusado de corrupción, cortando radicalmente sus posibles aspiraciones políticas.

Una visión común del mundo

A pesar de estas diferencias, hay varios puntos que los siloviki comparten. Un ejemplo es su educación diferenciada de la del resto de la sociedad. No obstante, uno de los elementos que más se destaca es su visión común de Rusia y del mundo basada en cuatro puntos:

  • La preferencia de un Estado altamente centralizado apoyado por grandes estructuras de seguridad que aplican la fuerza siguiendo la ley o al margen de la misma.

  • La cosmovisión de Rusia como nación amenazada por fuerzas externas, envidiosas de su riqueza natural y estatus de potencia.

  • La autopercepción de los siloviki como la única élite capaz de entender los peligros que enfrenta Rusia y articular una respuesta apropiada.

  • Su estrecha relación con la Iglesia Ortodoxa Rusa.

Los siloviki también comparten algunos rasgos como la existencia de códigos de conducta y honor, la obediencia a los superiores, la lealtad y disciplina, el derecho a utilizar armas y la potestad para castigar a aquellos que infrinjan este código.

De estos puntos, el más influyente en la política exterior del país ha sido la idea de Rusia como nación amenazada por enemigos externos que buscan su caída. Esta se ha visto reforzada por los eventos mencionados previamente en este artículo, percibidos como muestras de “guerra híbrida” por parte de Estados Unidos en su afán por implantar regímenes políticos favorables en el espacio postsoviético.

Esto ha causado que los servicios de seguridad rusos se encuentren desde los años 2011 y 2012 en un “modo guerra”. Entre diferentes acciones de sabotaje en política exterior, se han llevado a cabo ciberoperaciones e injerencias en los Parlamentos occidentales, se ha integrado al grupo de mercenarios Wagner en el Africa Corps, se ha intervenido activamente en la guerra de Siria y se ha expulsado masivamente a personal de las embajadas rusas en Occidente al ser sospechosos de espionaje.

Por otra parte, en el interior, se han reprimido cada vez con más fuerza los mensajes disidentes, dando más poder al FSB en arrestos e investigaciones por corrupción a partir de la mayor deriva autoritaria del régimen, destruyendo centros independientes de la vida política y civil del país.

El papel de los siloviki en Ucrania

El conflicto que mayor ejemplifica lo expuesto en este artículo es el que tiene lugar en el este de Ucrania. La situación dada en el país vecino desde 2014 ha reforzado, por un lado, la narrativa rusa de la injerencia occidental y, por otro, ha expuesto algunos de los problemas de este modelo basado en los servicios de seguridad.

Sin ir más lejos, el FSB fue incapaz de predecir la crisis ucraniana, principalmente debido a su falta de interés en los movimientos sociales. Así, para justificar este fallo de la inteligencia rusa, se optó por culpar a Occidente, llevando a cabo una política más agresiva y basada en los siloviki, que tuvo su pico en la invasión de Crimea de 2014.

La propia operación en Crimea ejemplificó una mala gestión política de una operación militar competente, ya que la falta de agentes del FSB en la península hizo que Putin aumentara su confianza en personalidades del ultranacionalismo.


Calle principal de Bucha tras la invasión rusa de Ucrania en 2022.

A partir de 2022, con la invasión a gran escala de Ucrania, se ha integrado al Grupo Wagner en el ejército, llevando a cabo también acciones de sabotaje en Europa por parte del GRU como respuesta a sus pérdidas en las fuerzas especiales. Otros cuerpos, como el SVR, se han adaptado de forma más irregular y descoordinada a este nuevo contexto.

Del mismo modo, desde la élite siloviki se ha fomentado una retórica ucranófoba, presentando a Ucrania como un concepto antiortodoxo. Quien ha tomado un papel destacado en este aspecto es Patrushev, negando activamente la existencia de una nación o pueblo ucranianos y relacionando al país con el fascismo y la injerencia estadounidense anti-Rusia, pensamiento compartido por un amplio sector de la esfera nacionalista panrusa.


Svetlana Tijanóvskaya, líder bielorrusa en el exilio en una comparecencia ante el Parlamento Europeo.

En suma, pese a los cambios experimentados en los últimos años, especialmente desde 2022, no parece que los servicios de inteligencia vayan a perder su relevancia en el corto plazo. Estos gozan de la confianza de Putin como instrumento de control interior y exterior, y tampoco se prevé una mejora de las relaciones con Occidente.


Kaja Kallas plantea una serie de exigencias maximalistas que Rusia debería aceptar para poder negociar una solución diplomática a la guerra en Ucrania junto a la Unión Europea.

El círculo de los siloviki próximo al presidente es, por su parte, cada vez más cerrado y restringido, quedando únicamente los más influyentes por su cercanía y por su visión compartida respecto a Occidente, y perdiendo paulatinamente la confianza en los hombres externos. Es así que la política exterior rusa es cada vez más riesgosa e impredecible, una tendencia que los expertos apuntan a que no va a revertirse próximamente.



Fuente: Descifrando la Guerra