lunes, 23 de marzo de 2026

“Hitler con demencia” o “presidente sobrehumano”: el debate sobre la salud mental de Trump

 

 Por Iker Seisdedos   
      Corresponsal jefe de EL PAÍS en EE. UU.


Frente a quienes alertan de que el mandatario sufre “trastornos” agravados por una supuesta demencia, los médicos de la Casa Blanca subrayan su buen estado de salud y su entorno achaca sus salidas de tono a una personalidad iconoclasta


     Fue uno de tantos momentos de Donald Trump para frotarse los ojos. Un reportero japonés le preguntó el jueves en el Despacho Oval, durante la recepción a su primera ministra, Sanae Takaichi, por qué Washington no avisó a sus aliados del ataque a Irán. “¿Quién sabe más de sorpresas que Japón?”, bromeó Trump, “¿por qué no me contasteis lo de Pearl Harbor?”. El comentario pareció incomodar a su interlocutora, rompió las reglas del decoro diplomático y pulverizó décadas de evitar, en nombre de la armonía bilateral, el asunto del bombardeo sobre Hawái que en 1941 mató a más de 2.400 personas y provocó la entrada de Estados Unidos en la II Guerra Mundial. También dejó una paradoja espacio temporal: nadie pudo haber avisado a Trump porque entonces aún faltaban cinco años para su nacimiento.


La broma de Pearl Harbor de Trump.

El lunes el presidente se contradijo hasta en cinco ocasiones sobre sus planes en Irán, tras semanas de insistir al mismo tiempo en que Estados Unidos ha ganado la guerra y en que aún queda mucho por hacer. Horas después, publicó en su cuenta de Truth varios mensajes incomprensibles que rebotaban noticias halagadoras sobre él publicadas hace meses. Y antes de eso, sin irse demasiado lejos, estuvieron la carta al rey de Noruega afeándole que no le hubiera dado el premio Nobel, aunque no estaba en su mano hacerlo, el discurso lleno de insultos a sus aliados en Davos o aquella conferencia de prensa en la que se largó un monólogo sobre un manicomio en Queens y la confianza de su madre en que algún día sería una estrella de béisbol.


El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, observa una maqueta de un bombardero B-2 en el Despacho Oval de la Casa Blanca, el 16 de marzo.

Para sus simpatizantes y para los miembros de su Administración todo eso solo prueba la personalidad heterodoxa del presidente, así como el estilo impredecible y cercano de alguien que no repara en las convenciones de la política tradicional y que por eso ha aglutinado en torno a su figura un movimiento, casi un culto, sin precedentes en la historia reciente de Estados Unidos.

Para el psicólogo de la universidad Johns Hopkins John Gartner, engordan la lista de los ejemplos que prueban que el presidente de Estados Unidos no está bien.

Gartner lleva una década alertando sobre los “trastornos mentales” de Trump, sobre los que no alberga ninguna duda. “Es un narcisista maligno”, explicó el psicólogo en una videoconferencia con EL PAÍS. Se trata, aclaró, de una enfermedad descrita por el superviviente del Holocausto Erich Fromm para diagnosticar a Hitler y que, según el médico, tiene a su vez estos componentes: “Narcisismo, por supuesto –muchos políticos lo tienen–, sociopatía –mienten, engañan, hacen daño a los demás, violan las normas, no existe el remordimiento–, paranoia –se sienten constantemente atacados y, por lo tanto, buscan venganza–, grandiosidad –su afán es dominar y quedar por encima del resto; ‘soy el mejor presidente de la historia’, ‘nadie sabe más que yo sobre aranceles’, etc.– y sadismo: disfrutan el caos, la destrucción y la humillación”.

Gartner completa el cuadro diciendo que Trump es hipomaníaco. “Como Bill Clinton”, agrega, presidente demócrata sobre el que el psicólogo escribió un libro centrado en ese rasgo de su personalidad. “La hipomanía de Trump explica esa energía tremenda, que no necesite dormir mucho, su arrogancia e impulsividad y sus errores de juicio, porque cree que siempre tiene razón”. A todo lo anterior, Gartner —que domina el arte de las frases redondas como esta: “Lo único más peligroso que un Hitler americano es un Hitler americano con demencia”— añade que el cerebro de Trump “se está deteriorando”. “El nivel de deterioro es impactante, si comparas su discurso actual con el de los años 80; solía ser un tipo articulado. Es muy bueno disimulando, riéndose, actuando con confianza cuando se traba”, considera.

El psicólogo fundó al principio de la primera presidencia de Trump una organización de profesionales llamada Duty to warn (deber de alertar). Se sumaron hasta 7.500 médicos, 27 de los cuales escribieron un best-seller. Abrieron una cuenta en Twitter que llegó a tener un millón de seguidores, y él fue la estrella del documental ¿Está loco Donald Trump? (2020). En otras palabras, generaron un ruido considerable, antes de replegarse tras el triunfo de Joe Biden.


Trump está obsesionado con los zapatos de una firma que lo ha denunciado por los aranceles.

También se enfrentaron a las críticas por diagnosticar a un paciente sin haberlo examinado personalmente, por lo que los acusaron de infringir la Regla Goldwater, así bautizada por Barry Goldwater, candidato republicano a la presidencia en 1964 al que la revista Fact dedicó una portada con el titular “¡1.189 psiquiatras dicen que Goldwater está psicológicamente incapacitado para ser presidente!“. En el interior vertían peregrinas acusaciones contra el aspirante, que se querelló con la publicación, de no aceptar su homosexualidad o de no perdonar a su padre su condición de judío.

Aquel escándalo, en plena fiebre por el psicoanálisis freudiano en Estados Unidos, derivó en 1973 en el establecimiento por parte de la Asociación Psiquiátrica Estadounidense de un principio ético que prohíbe ofrecer opiniones profesionales sobre la salud mental de figuras públicas sin haberlas examinado personalmente y contar con su consentimiento.

Gartner se defiende diciendo que “los estudios demuestran que la entrevista clínica es la forma menos fiable de diagnosticar a un paciente, especialmente si este es el mayor mentiroso documentado de la historia”. “La regla Goldwater no dice que no se pueda diagnosticar a alguien sin tratarlo personalmente, sino que no es ético hacerlo con alguien famoso”, añade. Gartner prefirió otro principio: ese deber de alertar se acogió a otro principio: ese deber de alertar que le sirvió para bautizar su asociación. Tiene su origen en una sentencia del Supremo de California en el caso de un psiquiatra que supo de la intención de uno de sus pacientes de matar a su novia, promesa que cumplió. El fallo concluyó que la obligación de avisar prevalece en un caso así sobre el mandato de confidencialidad que rige en la intimidad del diván. “Consideramos que Trump, aunque no vaya a matar a nadie, es un peligro para cientos de millones de personas, así que nos decidimos a alzar la voz”, recuerda Gartner. El objetivo era lograr la activación de la vigesimoquinta enmienda, que contempla la incapacitación del presidente y su sucesión, si así lo decide el Congreso.

Ese “peligro” se ha agravado, según Frank George, psicólogo, neurocientífico y autor del popular substack Gaslight Report, en el que escribe sobre la salud mental de Trump. En una entrevista por videoconferencia, explicó que el narcisismo es un trastorno que acompaña a las personas desde el nacimiento, y que en él “influyen las circunstancias, el entorno o la educación” del paciente. “Es como una enfermedad cardíaca; comer hamburguesas cada día no ayuda. Si cuidas tu narcisismo, tal vez no acabes siendo la persona más generosa y empática, pero al menos, lo controlarás. No es el caso de Trump: sus padres no ayudaron, tampoco su paso por la escuela militar, en la que aprendió que ser un abusón le funcionaba. Convertirse en la persona más poderosa del mundo hizo el resto para pasar de ser un narcisista patológico a un narcisista maligno”, explica George.

El psicólogo observa dos diferencias fundamentales en su segunda presidencia. “Por un lado, se ha rodeado de gente que no quiere que le dé consejos, sino la razón. Actúa sin las barreras de la primera vez”, dice George. La segunda es que está mostrando “síntomas cada vez más preocupantes de sufrir demencia frontotemporal (DFT)”.

Cuando la gente escucha la palabra demencia, suele pensar en Alzhéimer, pero no es eso lo que le pasa”, explica. “La DFT afecta a los lóbulos frontales y a los temporales. En los primeros reside lo que nos hace más humanos, gracias a esa parte del cerebro podemos planificar, tomar decisiones racionales y pensarnos dos veces las cosas. Con esa demencia es como si desaparecieran las barandillas neurológicas”.

Entre los síntomas de la DFT figura la confabulación, que va más allá de inventar historias. No es mentir, es creer lo que uno dice por poco creíble que resulte. Otro síntoma, aclara George, es la parafasia: “equivocarse con las palabras, pronunciarlas incorrectamente o no saber terminarlas”. “Un tercer síntoma es la insistencia: ¿cuántas veces ha podido decir las guerras que ha resuelto?”, se pregunta George, que añade que la DFT “hace que su narcisismo se manifieste con más crudeza”.

La Casa Blanca responde a los comportamientos que ponen en alerta a estos especialistas con emoticonos de risas incontenibles en las redes sociales, y reacciona a sus diagnósticos remitiéndose a los resultados de las pruebas médicas a las que Trump se somete, como parte de las obligaciones de su cargo. En el de abril de 2025, la conclusión fue que un examen neurológico “exhaustivo no reveló anomalías en su estado mental, nervios craneales, función motora y sensorial, reflejos, marcha ni equilibrio”. “La función cognitiva, evaluada mediante la Evaluación Cognitiva de Montreal (MoCA), resultó normal, con una puntuación de 30 sobre 30”, añadía el informe, firmado por el médico presidencial, Sean Barbarella, que también destacó que el paciente obtuvo “resultados dentro del rango normal para el cribado de depresión y ansiedad”.


Trump defiende su capacidad mental calificándose a sí mismo como 'un genio'.

La revista New York publicó hace un par de números un artículo que presentaron como “un intento de buena fe para averiguar la verdad sobre la salud de Trump” y titularon “El presidente sobrehumano”. La frase es de uno de los aliados más cercanos del republicano, Stephen Miller, que recomendó al reportero que la usara con ese fin. La publicación aceptó hacerlo, quién sabe si porque en la entrevista que el presidente concedió para la historia este amenaza con una demanda si la cobertura era negativa. En el texto, en el que el protagonista admite que su padre tuvo una enfermedad cuyo nombre no recuerda (Alzhéimer), pero que él no padece, uno de los médicos del presidente, James Jones, declara que Trump está mejor a sus casi 80 años que Barack Obama, al que también atendió cuando estaba en la Casa Blanca, hasta que el demócrata la dejó a los 55. El autor concluye, tras admitir que él no es médico, que Trump “podría estar bastante saludable”.

El reportaje era una reacción a la noticia de que este volvió en octubre al hospital de los presidentes, el Walter Reed, en Maryland. El motivo aducido por el Gobierno para repetir, seis meses después del último, un chequeo que se hace anualmente, fueron, tras un diagnóstico previo de insuficiencia venosa crónica, una hinchazón en los tobillos y un hematoma o una herida en una mano primero, y en la otra después, que ha desatado conspiranoias insatisfechas con explicaciones oficiales. Estas dicen que esas lesiones las causaron prolongadas sesiones de apretones de manos, los anillos de las mujeres que lo saludan o el golpe contra la esquina de una mesa. En la revista New York, Trump apunta otra causa: la ingesta diaria de 325 miligramos de aspirina, cantidad recetada por él mismo.

En el inesperado chequeo de octubre, Trump se sometió de nuevo al MoCA, un test que evalúa los signos de demencia. Días después, presumió de haber sacado una puntuación extraordinaria en un “test de inteligencia”, en lo que pareció una confusión por su parte: el MoCA no entra en ese tipo de evaluación. Para Gartner, cuya insistencia empujó a Trump por primera vez a hacerse esa prueba en 2019, sus médicos “no están contándolo todo”, y, al mismo tiempo, “desvelan más de lo que parece sin querer”. “Ningún facultativo repite un examen de demencia a un paciente con seis meses de diferencia si no tiene sospechas de algo, o porque está monitoreando algún tipo de deterioro”, dice el experto.

Semanas después, Trump reveló, aparentemente sin querer, que también le habían hecho una resonancia magnética, pero que no tenía “ni idea” de qué “parte del cuerpo” le habían escaneado. “No fue el cerebro, porque me sometí a una prueba cognitiva y la superé con una nota excelente”, dijo, antes de añadir que haría públicos los resultados.

Al día siguiente, la portavoz de la Casa Blanca, Karoline Leavitt, los leyó durante una conferencia de prensa, como una prueba de la “transparencia de la Administración”.

Transparencia” es una de las palabras favoritas de los defensores del presidente, que arguyen que todo tiene una sola explicación –que Trump es Trump– y alaban, por ejemplo, que acepte constantemente las preguntas de la prensa o que en las últimas semanas esté cogiendo sin parar el teléfono a los periodistas de Washington para justificar su guerra en Irán.

En el primer año de su segunda presidencia ha batido récords de hablar, al pronunciar, según un cálculo de The New York Times, 1,97 millones de palabras, un 245% más que las dichas al principio de su primer mandato. Esa logorrea sirve para probar varias cosas a la vez: que no tiene miedo al escrutinio de sus facultades, que juega a la confusión empleando algo que podríamos llamar la “táctica de la tinta de calamar” y, como ya se ha apuntado, que en su entorno nadie parece capaz de contenerlo.

Esa constante presencia ante los focos contrasta con la ausencia de su predecesor, Joe Biden, cuyo estrepitoso declive, encubierto por su entorno y pasado por alto por una prensa tradicional que no investigó lo suficiente, empezó más o menos a la edad que tiene ahora Trump. Para los tres psiquiatras consultados en este reportaje, el “deterioro” de ambos no es comparable. El argumento se reduce básicamente a este: Biden estaba envejeciendo; Trump, desarrollando una demencia.


Fuente: El País

¿Quién controla las guerras de Estados Unidos?

 

             Economista y  director ejecutivo del blog El Tábano Economista.  


Cualquiera puede ir a Bagdad. Los hombres de verdad van a Teherán.

     La frase, atribuida indistintamente a Rambo o a Boogie el aceitoso, según el gusto del lector, resume una tentación que lleva décadas rondando los pasillos del poder en Washington. Pero la cuestión real no es si Estados Unidos debe o no bombardear Irán. La pregunta es quién decide que esa sea siquiera una opción sobre la mesa cuando la mayoría de los ciudadanos se opone, cuando los militares advierten de las consecuencias y cuando la propia estrategia de defensa nacional dice que el verdadero enemigo está a miles de kilómetros, en China.


'Los jugadores de Skat', de Otto Dix.

La respuesta es incómoda, pero está documentada: la política exterior estadounidense es el producto de una estrategia nacional coherente como ya lo expusimos en el artículo Trump no improvisa, pero el resultado es de una lucha feroz entre élites con visiones del mundo radicalmente distintas y, sobre todo, con intereses económicos muy concretos. No se trata de una conspiración con un único cerebro, sino de un ecosistema opaco de intelectuales neoconservadores, contratistas de defensa, lobbies extranjeros y facciones internas de la Casa Blanca que compiten por controlar la narrativa y, de paso, los presupuestos.


Elbridge Colby, Subsecretario de Defensa de EEUU.

Lo que hace que el análisis sea particularmente confuso es que un conjunto paralelo de debates económicos y de negocios se desarrolla casi independientemente de las consideraciones estratégicas. Para entenderlo, hay que observar tres corrientes de pensamiento que hoy se disputan el alma de la política exterior estadounidense. Por un lado, están los asociados al movimiento MAGA, que desean unos Estados Unidos más conservador y una política exterior que sea extensión de las guerras culturales domésticas. El vicepresidente JD Vance lo ha resumido con claridad: Estados Unidos no debería «desperdiciar vidas siendo el policía del mundo». Pero también existe un profundo escepticismo hacia las élites washingtonianas, a las que consideran belicistas empedernidas.

Una segunda perspectiva, la de los autodenominados «realistas», considera que la prioridad absoluta es el Indo-Pacífico. China, no Irán, es el verdadero desafío existencial. Una guerra en Oriente Medio sería un problema sin fin que desviaría recursos cruciales de la contención de Pekín. Abogan por la contención de Irán, no por su destrucción, y creen posible algún tipo de modus vivendi que permita a Estados Unidos salir de la región. Su mentor intelectual es Elbridge Colby, y sus propuestas suenan a música celestial para oídos cansados de guerras interminables.

Finalmente, persiste el enfoque más tradicional de la seguridad nacional estadounidense, los neoconservadores o, ahora, Sion Con, el que percibe amenazas interrelacionadas con China, Rusia, Irán y Corea del Norte. Esta visión del mundo, que los críticos tachan de «neoconservadora», aboga por un alto nivel de preparación militar y cooperación con aliados en tres frentes simultáneos: el Indo-Pacífico, Europa y Oriente Medio. Para ellos, China es ciertamente el principal adversario, como reconocía Marco Rubio cuando aún era senador, pero eso no implica descuidar los demás frentes.

El problema es que este debate estratégico, ya de por sí complejo, se desarrolla en paralelo a otro mucho más mundano: el de los negocios. Y ahí las cosas cambian drásticamente.

El enfrentamiento entre estas élites no es puramente intelectual. La «lógica fragmentada» que produce decisiones erráticas y aparentemente contradictorias se debe en gran medida a los potentísimos intereses económicos que financian a los centros de pensamiento (think tanks), que generan la cobertura intelectual para las guerras, que a su vez benefician a las corporaciones que financiaron los think tanks. Es un ciclo perfecto, autorreforzado y opaco.

El bloque halcón, heredero del pensamiento neoconservador, parte de una premisa simple: Estados Unidos debe mantener su primacía global mediante una posición de fuerza militar indiscutible. Su objetivo no es contener a Irán, sino buscar activamente el cambio de régimen o, al menos, una degradación tal que le impida proyectar poder en la región. Creen que Irán solo entiende por la fuerza, que cualquier negociación es una concesión al mal y que la eliminación de la amenaza iraní es innegociable, especialmente por la supervivencia de Israel.

Este bando está liderado por figuras con larga trayectoria intervencionista: Marco Rubio como secretario de Estado, Mike Pompeo, John Bolton, Mike Waltz, este último embajador ante la ONU y John Ratcliffe al frente de la CIA. En el Congreso cuentan con senadores como Lindsey Graham y Tom Cotton. Y su brazo intelectual son think tanks perfectamente identificados: la Foundation for Defense of Democracies (FDD), el American Enterprise Institute (AEI), el Jewish Institute for National Security of America (JINSA), el Hudson Institute y el Washington Institute for Near East Policy.

Son instituciones respetables, con expertos brillantes y publicaciones influyentes. Pero también son instituciones financiadas de manera muy particular. Y ahí es donde conviene detenerse, porque el corazón del control reside en el dinero.

Según una investigación reciente del Quincy Institute publicada por Responsible Statecraft, los think tanks más belicistas reciben millones directamente de quienes fabrican las municiones que se están usando ahora mismo en Irán. El Hudson Institute ha cobrado más de cuatro millones de dólares desde 2019 de Lockheed Martin, Northrop Grumman, General Atomics y RTX. Northrop fabrica los bombarderos furtivos B-2, valorados en 2.000 millones de dólares cada uno, que están atacando Irán. Lockheed fabrica los aviones de combate y el sistema de radar THAAD, valorado en 300 millones, que Irán destruyó recientemente. General Atomics produce los drones MQ-9 Reaper. RTX fabrica el misil Tomahawk que, según los informes, mató a 168 niñas en una escuela primaria de Minab.

El Atlantic Council, que acepta más financiación de la industria armamentística que ningún otro think tank, publicó el año pasado un informe recomendando que Estados Unidos adquiriera más misiles THAAD y SM-3 para hacer frente a amenazas como Irán. Los fabricantes de esos misiles, RTX y Lockheed Martin, habían donado al Atlantic Council 850.000 y 700.000 dólares, respectivamente, desde 2019. Ambos sistemas se están utilizando intensamente en la campaña actual.

El Instituto para el Estudio de la Guerra (ISW), cuyo presidente, el general retirado Jack Keane, ha pedido abiertamente «borrar a Irán del mapa» en Fox News, aparece financiado por General Dynamics y CACI International Inc, aunque recientemente eliminó los nombres de ambos donantes de su sitio web. Cuando se les preguntó, respondieron que no comparten información sobre sus donantes más allá de lo exigido por ley.

Pero quizás lo más revelador es el fenómeno de los «dark money think tanks». Alrededor del 40% de los principales centros de análisis estadounidenses no revelan la identidad de sus donantes. La Fundación para la Defensa de las Democracias (FDD), fundada originalmente para «mejorar la imagen de Israel en Norteamérica», fue crucial para presionar a Trump a retirarse del acuerdo nuclear con Irán en 2018. Históricamente, FDD recibió millones de Bernard Marcus, Paul Singer y Miriam Adelson, megadonantes pro-Israel que, en el caso de Adelson, llegó a donar 100 millones a la campaña de Trump.

El Instituto Judío para la Seguridad Nacional de Estados Unidos (JINSA) es otro de estos grupos de dinero opaco. Entre sus miembros se cuentan el exasesor de Seguridad Nacional de Benjamin Netanyahu, el excomandante de la Fuerza Aérea israelí y Elliott Abrams, exasesor de Trump para Irán, además de más de una docena de generales y almirantes estadounidenses retirados. Cuando comenzó la operación militar, JINSA publicó una carta abierta firmada por 75 generales retirados apoyando la guerra.

Y luego están los gobiernos extranjeros. El Atlantic Council ha recibido 20,8 millones de dólares desde 2019, principalmente de Emiratos Árabes Unidos, Qatar y Arabia Saudita. El Washington Institute for Near East Policy, fundado como una escisión del lobby pro-israelí AIPAC, obtiene alrededor del 95% de su financiación de contribuciones privadas, dinero oscuro y donantes pro-seguridad de Israel.

Para quien quiera profundizar, existe una herramienta pionera: el Rastreador de Financiación de Think Tanks del Quincy Institute, que rastrea la financiación recibida de gobiernos extranjeros, el gobierno estadounidense y contratistas del Pentágono para los 50 think tanks más importantes del país durante los últimos cinco años. Los datos son abrumadores.

Frente a esta maquinaria, el bloque realista parece casi amateur. El Quincy Institute, Defense Priorities, el Cato Institute, y en menor medida Brookings y CNAS, abogan por una política exterior más sobria, centrada en China y escéptica de las aventuras militares en Oriente Medio. Pero su financiación es ínfima comparada con la de los halcones. No fabrican misiles, no tienen gobiernos extranjeros que quieran influir en la narrativa, no cuentan con multimillonarios dispuestos a gastar fortunas en promover el cambio de régimen en Teherán.

La consecuencia de todo esto es una política exterior esquizofrénica. La Estrategia de Defensa Nacional publicada en enero afirma que la prioridad es China. Pero la administración se encuentra inmersa en una guerra de desgaste en Oriente Medio. El enviado especial Steve Witkoff, que representa el ala pragmática, ha hecho declaraciones sorprendentemente belicosas en los últimos días. «Tienen uranio enriquecido al 60%, suficiente para once bombas», dijo a los periodistas.

Mientras tanto, en el Congreso, se suceden las votaciones sobre resoluciones de poderes de guerra que intentan, sin éxito, recuperar la autoridad constitucional para declarar la guerra que el legislativo lleva décadas cediendo al ejecutivo. Esta misma semana, el Senado derrotó una medida para detener la acción militar por 47 votos a favor y 53 en contra, en una votación eminentemente partidista. La Cámara se prepara para votar otra similar, pero incluso si prosperara, enfrentaría un veto presidencial casi seguro.

El resultado es un presidente que actúa como comandante en jefe con una libertad que los fundadores de esta nación jamás imaginaron. Y unos think tanks que, financiados por quienes se benefician de las guerras, proporcionan la cobertura intelectual para que eso sea posible.

Cuando comenzó la operación militar, las acciones de RTX, Northrop Grumman y Lockheed Martin se dispararon. La guerra, para ellos, había comenzado excelentemente bien.

Cuando termine esta guerra, si es que termina, y comiencen las retrospectivas, los historiadores se preguntarán cómo una nación que afirmaba tener como prioridad estratégica contener a China terminó enfrascada en una guerra de desgaste en Oriente Medio. La respuesta estará en los archivos: en los memorandos de los think tanks financiados por Lockheed Martin, en los correos electrónicos entre asesores y lobistas, en las actas de las reuniones donde se decidió que la voz del pueblo, mayoritariamente opuesta a la guerra, importaba menos que los intereses de una minoría poderosa y bien organizada.

No es una conspiración. Es un mecanismo económico perfectamente documentado. Y mientras no se aborde el problema estructural del dinero en la configuración de la política de seguridad nacional, ningún presidente —sea Trump, Biden o cualquier otro— podrá escapar de sus garras.

La democracia estadounidense en materia de política exterior ha sido secuestrada. Y los secuestradores, como suele ocurrir, piden rescate en forma de misiles, bombarderos y contratos millonarios. El rescate se paga con vidas ajenas, en países lejanos, y con la seguridad futura de una nación que olvidó cómo decidir la paz.


Fuente: Rebelión

sábado, 21 de marzo de 2026

Irán es el Suez de Estados Unidos

 

      Periodista y escritor.

Es aún pronto para afirmar que esta guerra sea el Stalingrado de Trump. En todo caso, sí parece haber descubierto que algo ha cambiado, que, a diferencia de 1956, ya no puede hacer lo que quiera, a menos que no sean Estados precarios


Columna de humo en Puerto Saíd tras el asalto anglofrancés al canal de Suez

     1- Las guerras no son sonetos, por lo que explican cosas extraordinariamente sencillas. Pero, en contrapartida a esa sencillez, las guerras son muy difíciles de leer. Por eso cansan tras su novedad inicial. En el Madrid de 1914-18, por ejemplo, se puso de moda pasear por la calle con una cuartilla prendida con alfileres en la solapa, en la que se leía: “No me hable de la guerra”. En el presente artículo se hablará de la guerra, en tanto todo habla de la guerra desde el 28F. Pero, en mi defensa, la guerra aparecerá para aludir a su propia gramática, a lo que la guerra explica debajo de sí misma. Esta semana, por cierto, la guerra ha sido rica en matices gramaticales. Que es, me temo, la única riqueza que crea.

2- Es aún pronto para afirmar, como parece, que esta guerra es el Stalingrado de Trump –no se pierdan el punto 13–. En todo caso, sí que parece que es su invasión de Suez.

3- Invasión de Suez, definición: en 1956, Francia y UK, aprovechando una movida previa de Israel, invaden el Sinaí para hacerse con el control del Canal de Suez, bloqueado por el Gobierno nacionalista de Nasser. El objetivo era una acción rápida, que depusiera a Nasser y que devolviera el canal a sus accionistas. Plis-plas. Se trataba de la acción colonialista un millón. Pero tanto EEUU como la URSS hicieron saber a Francia y UK que estábamos en otra casilla, que eso del imperialismo ya no se llevaba, salvo que lo practicaran ellos. Y, al poco, Francia y UK se retiraron no solo de Suez, sino de la época que se inauguraba. Todo el mundo sabía que, tras la IIGM habían finalizado los imperios europeos. Pero una cosa es saberlo y otra es comértelo con patatas. Tras ese banquete de patatas, se iniciaba oficialmente, lo dicho, otra época. El mundo bipolarizado, un mundo gestionado por lo nunca visto: dos superpotencias nucleares.

4- Pues bien, independientemente de que la guerra de Irán aporte nuevos conceptos, creo que ya ha aportado este: Suez. Irán es el Suez de Estados Unidos. EEUU, una superpotencia nuclear en un momento confuso en el que conviven aún elementos contradictorios y poco nítidos, de entre-épocas, ha descubierto que algo ha cambiado. No puede invadir Suez.

5- Es decir, no puede hacer lo que quiere en el mundo. Puede hacerlo, claro, con Estados próximos, precarios, apollardados, en crisis –como Venezuela, como Panamá…–. Pero no puede hacer lo propio con Estados operativos. Finaliza una época que empezó en 1945, que sé constató en 1956 y que se prolongó, tras 1989/el fin de la URSS, a través de una sola hiperpotencia, hasta el boom de las guerras ilegales de principios del XXI. Hoy, en fin, estamos en otra época, aún sin nombre, aún por conocer al detalle. En todo caso, en esta época, en ese mundo no reglado, hay amplias regiones del mundo en las que EEUU ya no puede intervenir militarmente. No, al menos, con éxito. No, al menos, sin provocar una crisis económica y humanitaria planetaria absoluta, inasumible incluso para Estados Unidos. EEUU lo sabía –lo que alude a que ha realizado un proceso de toma de decisiones chungo; no se pierdan el punto 17–. Pero ahora lo sabe, en su modalidad más amarga: la modalidad con patatas amargas.

6- O lo que es lo mismo, el mundo, carente de orden internacional, no carece de potencias regionales con poder llamativo en su área. Les explico, en ese sentido, una manifestación de poder –poco anecdóticas; descomunal– de Irán.

7- Irán no ha cerrado Ormuz. Le ha puesto peaje. Lo que, como manifestación de poder, no está mal. Por ahí circulan barcos. A tutiplén. Con destino a China e India. Y –se dice; no he podido confirmarlo; ni yo ni nadie– con petróleo y gas licuado pagado en la divisa china –lo que es otro fracaso europeo; no se pierdan el punto 21–. Emilio Rodríguez-Díaz, profe de la Universidad de Cádiz y experto en transporte marítimo, explica que Ormuz está cerrado, sí, pero solo para buques de EEUU, Israel y occidentales. Desde el 1M hasta el 15M, han pasado por ahí 77 barcos. La mitad en modo oscuro –sin radio, en modo manual; a pelo, a la aventura–. Lloyd’s/las aseguradoras asumen ese hecho y solo ofrecen cobertura a buques con mercancía para China/India. Si Lloyd’s/las aseguradoras dan por válida esa dinámica, es que esa dinámica es la dinámica y va a misa.

8- O, lo que es lo mismo, se puede solucionar, a bombazo limpio, un Ormuz cerrado a cal y canto. Pero no un Ormuz que filtra barcos por destino y por alineamiento geopolítico. Eso solo se soluciona con diplomacia. Y de eso no tenemos.

9- ¿Qué tenemos?

10- Lo que tenemos apunta, lo dicho, a un posible Stalingrado/un error táctico estructural y dramático, que se verificará, o no, en el tiempo. Tal vez muy poco. En todo caso, se ha intentado colapsar el Estado iraní a) matando a su élite. Por ahora, se han pelado –solo– a una decena de miembros de su staff. Algo dramático y desestabilizador. Y, además, carísimo –no se pierdan el punto 12–. Pero no necesariamente fatal: hasta el Rayo Vallecano puede ir tirando con diez grandes ideólogos menos en su staff. También se ha intentado el colapso b) atacando, el 18M, infraestructuras energéticas iraníes, con el resultado de más ataques, por parte de Irán, a otras infraestructuras energéticas de la región. Lo que ha tenido consecuencias llamativas.

11- Desde ese ataque –que lo cambia todo; imprime otra gramática a la guerra, que explica a gritos que será larga y costosa: y global–, el precio de los combustibles se ha ido al garete. Ese mismo día, el barril de Brent superaba los 110$ –recuerden: la catástrofe está calculada en 140$, el precio previsto, antes del 18M, para finales de marzo–. El gas licuado, en el mercado europeo, llegaba, a su vez, a los 56€ m/h. Es decir, el 18M y gracias a un ataque coordinado de Israel y EEUU –confuso; Israel asumió posteriormente esa metedura de pata, tal vez para proteger a Trump; de no ser así, la coalición Trump-Netanyahu podría dar señales iniciales de desgaste–, todo ha cambiado. El cambio es importante: a Trump la situación se le ha ido de las manos. Así como suena.

12- A este error, se le suman otros que empiezan a afectar, de alguna forma, al proyecto Trump –se dice rápido–. Uno, y no es el menor, es el mismísimo concepto económico de coste de oportunidad de la guerra. La guerra, en fin, está costando un huevo. Que no solo impide hacer otras cosas –por ejemplo, otras guerras– sino que está comprometiendo seriamente la seguridad de EEUU. Informa el Financial Times que el coste de un misil Tomahawkes de 3,6M$, y que solo en las primeras 10 horas de guerra se consumieron, zas, 168 unidades. En total –y siempre corroborando todo con las tres fuentes necesarias en el periodismo anglosajón–, EEUU ha gastado, desde el 28F, varios años de materiales críticos, como es el caso de los Tomahawkese bien hoy escasoEs decir, EEUU está dilapidado su capacidad de respuesta futura en este u otro conflicto. Y, por lo mismo, está hablando de su futuro a sus enemigos –ojo: es muy posible que también lo esté haciendo Israel–. Dramáticamente: el FT calculaba que el Pentágono pediría 50.000$ al Congreso, para ir tirando en esta guerra. Pues bien, esta semana ha decidido pedir, finalmente, 200.000 M$.

13- Una guerra, que estaba ganada, según Trump, el 12M, el 18M cambiaba, lo dicho, de gramática. Y eso ha provocado un conflicto interno en el maguismo, que podría ser determinante. O no. Es importante señalar que se trata de una crisis interna del maguismo, en la que el maguismo se basta así mismo para enfrentarse a Trump. Se trata, por así decirlo, de un conflicto entre las SS y las SA. En todo caso, empieza a haber tensiones entre el colectivo tertuliano maga –pieza clave del maguismo– y Trump. La metáfora es Tucker Carlson, tertulianólogo, miembro del movimiento Trump1.0, que empezó a marcar distancias severas con Trump2.0, hoy, tras el 28F. Esas perturbaciones en la Fuerza, motivadas por el rechazo a participar en guerras externas –una constante del maguismo, pero también del republicanismo, no intervencionista en 1917 y antes de 1941–, están llegado al mismísimo Gobierno. Joe Kent, que llevaba el pack inteligencia, presentaba su dimisión el 16M, en tanto el ataque a Irán estaba injustificado: “Irán no representa una amenaza inminente”, explica en su carta de dimisión. Kent, un ultraderechista, exboina verde, sin especial experiencia en inteligencia, es una metáfora de cómo funciona el sistema de toma decisiones en el trumpismo. Un sistema de toma de etc. que Kent ha explicado, horas después de su dimisión.


Joe Kent

14-  Kent ha señalado que la inteligencia no fue convocada para la toma de decisiones ante lo de Irán. Y dio más detalles: la inteligencia no tenía permiso para trasladar a Trump sus dudas, de manera que las decisiones las tomó un reducido núcleo, próximo a Trump, que no disponía de gran formación e información al respecto. El grueso de la información, de hecho, fue facilitada por Israel. Se trató de una información que, a su vez, la inteligencia de EEUU no pudo verificar. Es decir:

15– La decisión de iniciar una guerra, la decisión de continuarla, de ampliarla el 18M, no estaba sustentada, no solo en la ley, sino tampoco en la información y el conocimiento. Este dato es muy importante, pues explica la gramática de la guerra.

16- No la hay. Es decir, EEUU, tal vez Israel, otro núcleo de toma de decisiones reducido, sometido también al mito y al apriorismo –desde 2005, por ejemplo, el integrismo se ha introducido en el Ejército, en el que hoy ya hay soldados, oficiales y mandos ultranacionalistas; el oficial laico e ilustrado, del que hablaba Le Carré en su introducción a La chica del tambor, hoy puede no existir de manera definitiva–, pueden haber tomado sus decisiones con lo que viene siendo el culo. Algo, como el lector ya sabe, muy propio de los sistemas propagandísticos, que forman su staff a través de la selección negativa. A través de meter en la inteligencia a tipos incapaces como Kent que, además, ni se consultan, ni se atienden en caso de marrón.

17Es importante saber que la toma de decisiones en este conflicto se ha realizado a través de cargos aportados por selección negativa, pues eso explica lo que está realizando Trump en el interior de EEUU y a través de su política exterior. No se vuelvan locos interpretándolo, pues se trata de acciones que no responden a pensamiento alguno. Es más, como diría Hannah Arendt, “desafían el pensamiento”, pues el pensamiento siempre precisa de cierta profundidad, que aquí no se da, pues solo el mal –y esta es su originalidad– es superfluo y carece de profundidad alguna. De ahí, glups, su banalidad. Será más fácil ir leyendo la guerra, su gramática, al cabo inteligible, que las pulsiones, la banalidad del mal, que la han creado.

18- No sé a ustedes, pero a mi el punto 17 me deja de pasta de boniato.

19- Sobre la banalidad del mal en EEUU. Esta semana, el instituto Sueco Varieties of Democracy ha devaluado el sistema democrático de EEUU hasta la categoría “democracia electoral” –vamos, que cada X años se vota; poco más–. Y ha llamado la atención sobre la rapidez de su proceso postdemocrático. En un año a) se ha reforzado el poder del Ejecutivo y b) se ha concentrado el poder en el presidente. Es un proceso más rápido que el vivido en Hungría, Serbia e India.

20- El otro gran fenómeno de la semana ha sucedido en Europa. Tras un año de asunción pasiva del trumpismo, la UE da muestras de cierta rebeldía organizada. El 15M los Estados de la UE se negaban a participar en una operación en Ormuz. Abandonaban de una forma a veces nítida, a veces menos, a Trump en su guerra. El 19J, en una reunión del Consejo Europeo a la que asistió el secretario general de la ONU –lo que es un gesto– , se intentaba corregir la salida de madre de Von der Leyen de la semana pasada, en la que asumía el trumpismo como buena nueva, como Francia y UK hicieron en 1956.

21- Europa es, aun así, endeble en sus decisiones. Sus tomas de decisiones suceden también en núcleos pequeños. Y el acceso al staff europeo se produce con material sobrante de los Estados. Unos Estados, además, en crisis democrática. Una parte de esa crisis es el alejamiento de la política de personas que, antes del neoliberalismo, participaban en ella y que hoy han huido de ella. Vamos, que a Europa llegan personas que han acabado su ciclo en sistemas estatales en los que la política es disuasoria, de manera que solo se acercan a ella perfiles concretos. El staff europeo no solo es eso, sino que, en esa categoría, tal vez es el peor de la historia: Von der Leyen, Kallas, Rutte explican más y mejor Europa que la reunión del Consejo Europeo del 19J. Explican, por ejemplo, que en un año de trumpismo no haya habido conflicto hasta ahora. Explican la ausencia de la apuesta industrial. La continua amenaza de la austeridad como solución a todo. Explican que Europa no haya aprovechado la ocasión para hacer del euro la divisa estable que todo el mundo espera. Explican que Europa no haya participado en la corrección de la época.

22- Elecciones en Castilla & León. La guerra ha votado. Ha ganado la derecha implícitamente trumpista sobre la explícitamente trumpista. Vox, en ese sentido, puede haber llegado a su techo. Su techo puede ser la guerra, y puede ser inferior al 20%. El marrón interno de Vox –con denuncias a la corrupción de Abascal; la época: el New York Times hablaba, en enero de que Trump habría ganado 1.400M$ en un año como presi– puede colaborar a ese bajón en breve. O no. El no-a-la-guerra de Sánchez –génerico, pero el único que hay– parece haber invertido la tendencia al glu-glu-glu del PSOE. Finalmente, en C&L hay, por otra parte, menos therians que listas de izquierdas a la izquierda del etc. Ese último dato crea un hecho invisible, pero denso, imposible de ignorar. O punto 23.

23- La guerra ha cambiado algo en el pack izquierdas a la izquierda del etc., cada vez más anecdótico y que, sin embargo, aún posee una sola función: posibilitar un gobierno de coalición, impedir el acceso al Estado de la nueva extrema derecha. Y esa función, con la guerra, ha ganado intensidad. Quien la dificulte, lo tendrá chungo. Quien dificulte el pacto en esas izquierdas, quien imposibilite explícitamente un tercer gobierno de coalición, quien siga apostando, por segunda vez en unas generales, por una victoria PP-Vox, puede desaparecer no solo políticamente, sino de manera civil. Las guerras tienen sus gramáticas. Hay que leerlas. Crean épocas. Quien no sepa leer su época, se esfuma, atropellado por la época.


Fuente: Rebelión