sábado, 23 de mayo de 2026

¿Por qué Estados Unidos quiere juzgar al expresidente cubano Raúl Castro?

 

 Por Pedro Marin   
      Periodista, fundador y editor jefe de Revista Opera, un medio de comunicación independiente de Brasil.


Al igual que los cargos contra Maduro permitieron a Trump una operación militar sin el Congreso, la acusación de funcionarios cubanos permitiría una acción contra la isla. El objetivo sería crear un vacío en la estructura de Gobierno


Raúl Castro, izquierda, y el Che Guevara, derecha, en la Sierra de Cristal durante la Revolución Cubana, 1958.


     La Administración de Donald Trump acaba de imputar al expresidente cubano Raúl Castro por el derribo de dos aviones en 1996.


Los planes de Estados Unidos para procesar a Raúl Castro aumentan los temores de los cubanos ante la amenza de violencia.

Dadas las similitudes entre las medidas adoptadas contra Cuba en los últimos meses y el modus operandi de los Estados Unidos en su ataque a Venezuela, la acusación contra el líder cubano podría representar un paso más hacia una acción militar contra la isla. Según Bloomberg, además de Castro, Washington también estaría apuntando al actual presidente cubano, Miguel Díaz-Canel, y a familiares de funcionarios del Gobierno cubano.

Al igual que lo que vivió Venezuela en los meses previos a la operación militar del 3 de enero de este año –que terminó con el secuestro del presidente Nicolás Maduro y de la congresista y primera dama Cilia Flores–, Cuba ha estado enfrentando un bloqueo naval y energético, mediante el cual la Administración de Trump ha cortado, en los últimos tres meses, el flujo de petróleo hacia La Habana, que es esencial para el suministro energético de la isla. En efecto, el bloqueo ha dejado a Cuba prácticamente paralizada, interrumpiendo servicios como el transporte, la recolección de basura, la atención médica y la educación.

Y al igual que los cargos de narcotráfico contra Maduro permitieron al Gobierno de EEUU lanzar su operación militar en Caracas sin autorización previa del Congreso, la acusación de funcionarios cubanos también permitiría una acción militar limitada contra la isla sin autorización legislativa.

Lo que diferenciaría ambas acciones es que, en el caso de Cuba, el objetivo de Washington sería crear, en la medida de lo posible, un vacío en la estructura gubernamental de la isla, derrocando tanto a los dirigentes del Estado cubano como a sus posibles sucesores –evitando así el escenario venezolano, en el que la destitución de Maduro no condujo a la remoción del Gobierno ni al desmantelamiento de las fuerzas políticas que lo sostienen–.

Cuba no es tan relevante estratégicamente como Venezuela, por supuesto. Pero una acción militar contra la isla podría ser especialmente importante para Trump en vísperas de las elecciones de mitad de mandato, que tendrán lugar en noviembre: en primer lugar, porque ofrecería un logro simbólico importante tras su enredo en el atolladero iraní. Desde la crisis de los misiles de 1962, cuando Kennedy llegó a un acuerdo con Jruschov para que Estados Unidos no invadiera Cuba, los intentos militares abiertos de Washington contra La Habana han cesado de hecho.


Lee Harvey Oswald tras presuntamente disparar al presidente John F. Kennedy.

Ningún presidente estadounidense ha vuelto a intentar derrocar al Gobierno cubano por la fuerza; el último intento de este tipo fue la invasión de Bahía de Cochinos en 1961. Estados Unidos nunca ha aceptado la humillación simbólica de coexistir con un gobierno rebelde a solo unos cientos de kilómetros de Florida, pero todos sus presidentes han dejado de lado la posibilidad de una solución militar. Romper con esta tradición enviaría un mensaje contundente al mundo y al público estadounidense: a Trump no le disuaden ni el legado diplomático ni la irrelevancia estratégica de ciertas acciones. Cualquiera es un objetivo potencial.

Sin embargo, lo más importante es el hecho de que una acción exitosa contra la isla movilizaría el apoyo, los votos y el dinero de la comunidad cubana en EEUU, estimada en 2,9 millones de personas, de las cuales entre 1,2 y 1,5 millones son votantes. Dado que la mayoría de las encuestas electorales apuntan a una victoria demócrata en las elecciones de mitad de mandato –lo que pondría fin a la mayoría republicana en el Congreso–, se trata de un contingente que el actual inquilino de la Casa Blanca no puede ignorar.

¿Organización humanitaria o grupo terrorista?

Tras meses insistiendo en que Maduro era el líder de una organización ficticia de narcotráfico, Estados Unidos rebajó de hecho el papel atribuido al presidente venezolano para justificar su secuestro. Cabe señalar, sin embargo, que la acusación de que Maduro era el líder de una organización narcoterrorista llamada “Cartel de Los Soles” se utilizó precisamente para imputar penalmente a Maduro, junto con otros 14 miembros del Gobierno venezolano, seis años antes, en marzo de 2020.

En el caso de la acusación contra Raúl Castro, el cargo sería que Castro, entonces ministro de Defensa de Cuba, tuvo responsabilidad directa en el derribo de dos aviones pertenecientes a la organización cubano-estadounidense Hermanos al Rescate el 24 de febrero de 1996, lo que provocó cuatro muertes. El hecho ocurrió efectivamente –los aviones fueron derribados, cuatro personas murieron– y es cierto que Raúl, como ministro de Defensa, tuvo cierto grado de responsabilidad en el disparo de los misiles aire-aire por parte de un MiG-29 que derribó los aviones. Pero, contrariamente a lo que se ha difundido ampliamente en la prensa, este no fue un ataque injustificado contra “voluntarios desarmados de una organización humanitaria”.

Fundada en Miami en mayo de 1991, oficialmente para ayudar a los balseros (cubanos que cruzaban en embarcaciones, a menudo improvisadas, hacia EEUU), Hermanos al Rescate estuvo involucrada en numerosas violaciones del espacio aéreo cubano antes del derribo del 24 de febrero de 1996. Su fundador y líder, José Basulto, había sido, como él mismo reconoció, un agente de la CIA entrenado en EEUU, Panamá y Guatemala, quien participó, en nombre de la agencia, en la invasión de Bahía de Cochinos en 1961 y en un intento de sabotear una base de misiles en la isla. También participó, en nombre de la organización anticastrista Directorio Revolucionario Estudiantil –también apoyada y financiada por la CIA–, en el ataque al hotel Hornedo de Rosita en La Habana en agosto de 1962, durante el cual disparó docenas de ráfagas con un cañón automático de 20 mm contra el hotel desde una lancha rápida. Al comentar el incidente años más tarde, Basulto dijo: “Éramos unos terroristas bastante [pésimos], se lo aseguro. Cualquier otro habría utilizado munición explosiva. Pero nuestra intención no era matar a la gente, sino más bien asustarla de muerte”.

Cuando Basulto decidió fundar su organización en 1991, Cuba se encontraba en el Período Especial, una época en la que la isla atravesaba una grave crisis económica tras el colapso de su entonces mayor socio comercial, la Unión Soviética.

Como describe Fernando Morais en su libro Los últimos soldados de la Guerra Fría, para sus primeras operaciones, la organización de Basulto recibió tres aviones O-2 “retirados tras años de servicio en la Fuerza Aérea de Estados Unidos durante la Guerra de Vietnam (1959-1975) y la Guerra Civil Salvadoreña (1980-1992).


Los últimos soldados de la Guerra Fría.

Basulto había recibido los aviones como regalo por orden del presidente George Bush, a petición de la congresista cubano-estadounidense Ileana Ros-Lehtinen”. El Período Especial brindó a Hermanos muchas oportunidades para lanzar kits de supervivencia y suministros médicos a los balseros en el Estrecho de Florida, una actividad que garantizaba a la organización donaciones anuales por un monto de 1,1 millones de dólares (como en 1993 y 1994). Pero con los cambios en la política migratoria de Estados Unidos hacia los cubanos, a partir de 1995 el número de balseros comenzó a disminuir y las donaciones a Hermanos se agotaron.

A partir de ese momento, la organización intensificó sus sobrevuelos ilegales sobre Cuba, violando el espacio aéreo de la isla para lanzar folletos que incitaban a los cubanos a la rebelión. Fue en una de estas ocasiones, tras docenas de violaciones de su espacio aéreo, cuando la Fuerza Aérea Cubana derribó los dos aviones Cessna pertenecientes a Hermanos.

Unos meses antes del incidente, en octubre de 1995, surgió en Miami un nuevo grupo anticastrista: el Consejo Cubano. El objetivo del grupo no era llevar a cabo ataques terroristas contra la isla ni asesinar a líderes cubanos, como lo hacían una miríada de organizaciones tales como Alfa 66, el Comando de Organizaciones Revolucionarias Unidas (CORU), Omega 7, el Partido de la Unión Nacional Democrática (PUND), los Comandos L, los Comandos F4, la Fundación Nacional Cubano-Americana (CANF) o la red de Luis Posada Carriles –todos ellos responsables de atentados con bombas, secuestros, tiroteos e intentos de asesinato–. Tampoco se trataba de invadir el espacio aéreo y marítimo cubano desde Florida para llevar a cabo actos de propaganda, como hacían Hermanos al Rescate, de Basulto, y el Movimiento por la Democracia, de Ramón Saúl Sánchez.

El Consejo tenía un rostro más liberal; se valía de términos como democracia y derechos humanos, y su estrategia consistía en construir una red de organizaciones y de la “sociedad civil” cubana para hacer frente al Gobierno. Había surgido al solicitar formalmente a Fidel Castro, a través de la delegación cubana ante la ONU, que su primera asamblea se celebrara en La Habana los días 24, 25, 26 y 27 de febrero de 1996, y contaba con el apoyo público de la Casa Blanca. Como relata Fernando Morais: “En una de sus conferencias dirigidas a líderes anticastristas en Florida, el subsecretario de Estado Richard Nuccio dejó clara la postura del presidente Clinton sobre la cuestión cubana. ‘Ustedes le dan demasiada importancia a Fidel, y la solución no está en sus manos, sino en las de las comunidades de derechos humanos dentro de la isla’, dijo el funcionario. ‘Si la comunidad de exiliados cubanos brinda un apoyo masivo a organizaciones como el Consejo, esto podría reportar enormes beneficios a Cuba y otorgar a la comunidad cubana en el extranjero un papel positivo en la resolución de la crisis’”.

De hecho, atendiendo al llamado del subsecretario de Estado, organizaciones como Hermanos y el Movimiento por la Democracia –a pesar de las diferencias tácticas con el Consejo– comenzaron a colaborar con el incipiente movimiento. El anuncio de que las organizaciones llevarían a cabo acciones de propaganda dentro del espacio aéreo cubano y en las proximidades de las aguas territoriales cubanas en apoyo del Consejo motivó un aviso a pilotos y controladores aéreos emitido por la Administración Federal de Aviación (FAA), la agencia federal estadounidense responsable de las leyes de aviación, a petición del Departamento de Estado. En un momento dado, el aviso indicaba: “El Gobierno de Cuba ha reafirmado en varias ocasiones su decisión de tomar medidas contra las aeronaves que violen su espacio aéreo. Estas medidas tienen por objeto defender la soberanía nacional cubana y evitar los sobrevuelos de aeronaves no autorizadas. Cualquier persona que entre en el espacio aéreo cubano sin autorización será objeto de detención y puede exponerse a sí misma y a otros a un grave riesgo personal”.

A pesar de estas preocupaciones, las organizaciones llevaron a cabo las acciones prometidas a finales de octubre de 1995 sin ninguna respuesta por parte del Gobierno cubano. Así, repitieron las acciones el 9 de diciembre, el 13 de enero y el 14 de enero, lo que suscitó nuevas preocupaciones por parte del Departamento de Estado y la FAA. Morais describe otro memorándum de la FAA: “Al comentar sobre otra incursión más de Basulto, [el director de la FAA] afirmó que ‘estos sobrevuelos solo pueden considerarse una burla al gobierno cubano’”. Según él, el Departamento de Estado estaba cada vez más preocupado por las reacciones de Cuba ante “estas violaciones flagrantes”, hasta el punto de que el subsecretario Richard Nuccio había ordenado una investigación sobre el estado de un caso presentado por la FAA contra Basulto por violar las normas de aviación. “El peor de los casos sería que Cuba derribara una de estas aeronaves”.

Esto es exactamente lo que ocurrió el 24 de febrero, fecha de la reunión del Consejo. Cuando se puso en contacto con la torre de control de La Habana para informarles de que la zona de operaciones de los tres aviones de Hermanos al Rescate sería al norte de la ciudad, a José Basulto se le comunicó que la zona estaba “activada” (es decir, bajo la protección de aviones militares) y que cualquier incursión estaría sujeta a riesgos. “Como cubanos libres, tenemos derecho a estar aquí”, fue la respuesta del disidente unos 20 minutos antes de que los dos aviones de la organización que lo acompañaban fueran alcanzados por misiles lanzados desde un MiG-29 cubano.

Aunque existe controversia sobre si los aviones derribados se encontraban en el espacio aéreo cubano en el momento del derribo, no hay duda de que al menos uno de ellos –el de Basulto– cruzó la frontera invisible ese día, por no mencionar las innumerables ocasiones anteriores en las que la organización violó el espacio aéreo cubano. También es bien sabido que esta no fue una tragedia inesperada, tanto porque el Gobierno cubano había protestado en numerosas ocasiones ante el Gobierno de los Estados Unidos por las actividades de Hermanos y otras organizaciones que operaban en Florida, como porque el propio Gobierno de los Estados Unidos, a través del Departamento de Estado y la Administración Federal de Aviación, había emitido advertencias sobre los riesgos que entrañaban los vuelos de la organización.

El derribo de los aviones puso fin a la posibilidad de un acercamiento entre el Gobierno cubano y la Administración Clinton. Además de la suspensión de los vuelos chárter a Cuba, las restricciones a la entrada de funcionarios cubanos en EEUU, la ampliación del alcance de Radio Martí –financiada por el Gobierno estadounidense para difundir propaganda contra Cuba– y la autorización para utilizar activos cubanos congelados en EEUU para indemnizar a las familias de los pilotos fallecidos, el derribo de los aviones también condujo a la firma de la Ley Helms-Burton, que amplió las sanciones impuestas a la isla a prácticamente cualquier empresa extranjera que hiciera negocios con Cuba, cualquier barco que atracara en puertos cubanos y cualquier inversor que realizara inversiones en la isla.

El derribo de los aviones de Hermanos el 24 de febrero de 1996 no fue un delito; fue, tal como había pronosticado la Administración Federal de Aviación, “una medida destinada a defender la soberanía nacional cubana”. Si hubieran sido aviones de organizaciones cubanas que ingresaran al espacio aéreo estadounidense para lanzar folletos sobre Miami, es seguro que habrían sido derribados en el primer intento. Tampoco fue un acto militar contra aeronaves civiles inofensivas y desarmadas: los mismos aviones que lanzaban folletos sobre La Habana podían, después de todo, en cualquier momento, lanzar explosivos, si así lo deseaban.

Así como Basulto parecía pensar que disparar indiscriminadamente contra un hotel con docenas de cartuchos diseñados para penetrar el blindaje de buques de guerra no era “terrorismo”, porque “otro habría utilizado munición explosiva”, probablemente consideraba que la violación constante del espacio aéreo cubano por parte de sus aviones para lanzar folletos exigiendo la caída del Gobierno constituía “misiones humanitarias”. Cada vez que la prensa califica a Hermanos al Rescate de “organización humanitaria”, termina suscribiendo esta curiosa línea de razonamiento. Pero, lo que es más grave aún, contribuye a que las medidas adoptadas por Trump contra Cuba y sus líderes –incluida una posible acción militar en la isla– se presenten al público como justas.


Fuente: Ctxt

viernes, 22 de mayo de 2026

Estados Unidos: el suicidio de una superpotencia

 

 Por Timothy Snyder   
      Historiador estadounidense especializado en la Europa contemporánea.


Los imperios surgen y caen, pero nunca antes se habían inmolado así. Es lo que ocurre con Trump, que lleva a su país hacia la irrelevancia por culpa de una mezcla de codicia e ineptitud


Donald Trump en la Casa Blanca, el pasado 15 de mayo.

     Estados Unidos está gastando miles de millones de dólares en perder una guerra en Irán que enriquece a sus oligarcas, empobrece a sus ciudadanos, sabotea sus alianzas y fortalece a sus enemigos.


Boquilla de una manguera inyectando queroseno en el depósito de un avión comercial, a finales de abril en el aeropuerto de Ginebra.

La guerra pone de manifiesto un principio rector de la política exterior del presidente Donald Trump: el suicidio de una superpotencia. Los imperios surgen y caen, pero, que yo sepa, nunca un Estado destruyó su poder de modo intencional y sistemático (y menos aún con tanta rapidez).

Admitir este suicidio estratégico puede ser difícil; ojalá las desventuras de Trump se basaran en cierta idea del interés nacional estadounidense. Pero no es así.

Una superpotencia debe ser un Estado moderno que incluya (a través del Estado de derecho y otras instituciones) a un conjunto sustancial de ciudadanos comprometidos con un esfuerzo común. Pero la Administración de Trump trata a su propio país no como un Estado moderno, sino como una oportunidad comercial para unos pocos elegidos.


Las reglas mafiosas del nuevo orden internacional.

Una superpotencia también debe tener una idea de interés nacional. Aunque hay divergencias sobre cómo definir ese concepto, lo que nadie esperaba era una situación en la que el presidente fuera indiferente al bien del pueblo o del Estado.

Para seguir siendo superpotencia, un Estado también debe mantenerse en el tiempo. Y esa continuidad depende de un principio de transmisión de la autoridad política. Pero con sus aspiraciones de permanecer en el poder por tiempo indefinido y sus ataques a la credibilidad de las elecciones, Trump está poniendo en tela de juicio el principio de la sucesión política. Por supuesto, hay otros modos de sucesión, por ejemplo, por transmisión dinástica o decisión de un politburó.


Tulsi Gabbarden en Georgia, el 28 de enero.

Pero la adopción de un sistema semejante acabaría con la república estadounidense.

Para que un Estado obtenga y conserve el poder, es fundamental que estén al mando las personas correctas. A lo largo de la historia, los Estados poderosos buscaron formas de identificar personas cualificadas y promoverlas a puestos de autoridad, sin distinción de nacimiento. La antigua China tenía un sistema de exámenes. Napoleón puso como principio el mérito, tanto en la vida civil como en la militar. Estados Unidos, por su parte, tuvo en otros tiempos un funcionariado que era la envidia del mundo, además de fuerzas armadas altamente meritocráticas. 

Pero la Administración de Trump desvirtuó la función pública y purgó los altos mandos militares, y el proceso lo llevaron adelante personas no cualificadas para los cargos que ocupan.


El general Charles Q Brown, en el anuncio de su nombramiento como jefe de la Junta de Estado Mayor en la Casa Blanca, en mayo de 2020.

Que Tulsi Gabbard, Kash Patel y Pete Hegseth sean directora de inteligencia nacional, director del FBI y secretario de Defensa, respectivamente, es claro indicio de una superpotencia que se suicida.

En un nivel más profundo, una superpotencia debe tener un sistema educativo capaz de preparar a su población (y a sus políticos) para enfrentar los desafíos globales. Pero en los Estados Unidos de Trump se priva de recursos a la educación pública, se castiga a las universidades que defienden la libertad académica y se eliminan libros útiles de las bibliotecas de las escuelas.


Un niño lee en una biblioteca en Estados Unidos.

Asimismo, el ascenso de muchas grandes potencias se basó en la ciencia, pero ahora, en los Estados Unidos de Trump, la ciencia está bajo ataque. Igual que los antiguos mesopotámicos, cuyos astrónomos idearon métodos para cartografiar los cielos, y los romanos, que pusieron en práctica la ciencia griega para construir y defender un imperio, Estados Unidos se convirtió en superpotencia gracias a instituciones estatales encargadas de financiar la ciencia y atraer científicos (a menudo inmigrantes). Pero la Administración de Trump ha lanzado una ofensiva asombrosa contra la ciencia. Desfinancia la investigación por motivos ideológicos, desalienta la radicación en Estados Unidos de científicos (noveles y expertos) y pone en duda hallazgos fundamentales como el cambio climático antropogénico.


Un técnico inspecciona la mayor cámara del mundo, en el Observatorio Vera Rubin, financiado por la NSF.

Por eso, el Gobierno de Trump paró en seco la transición energética de Estados Unidos para subsidiar los combustibles fósiles (que ya van quedando obsoletos en términos ecológicos y económicos). Como demuestra un magnífico libro que está por publicar — The Co-Creation, de la bióloga Olivia Judson—, las sociedades que se adelantan a adoptar nuevas formas de energía prosperan, y las demás fracasan. Tal vez sea la verdad más profunda de la historia de la humanidad, y eso convierte la decisión de Trump en un error existencial que acelerará la pérdida de relevancia de Estados Unidos y mejorará la posición de China, superpotencia mundial en energías limpias.

Lo mismo se puede aplicar a la tecnología que sostiene el poder militar. Estados Unidos siempre gastó cifras astronómicas en armamento, pero este Gobierno prioriza equipamientos del pasado. Por ejemplo, unos nuevos buques de guerra que llevarán el nombre de Trump. El plan es pura fantasía. Incluso si se construyen, serán totalmente inadecuados para la guerra moderna (de la que el conflicto ultratecnológico entre Rusia y Ucrania nos da un primer atisbo).

La guerra en Ucrania es un ejemplo claro del desdén de la Administración de Trump hacia el arte de la diplomacia y su preferencia por negociar “acuerdos”. Hay abundantes pruebas de que Trump no sabe negociar, y esto incluye su sumisión al presidente ruso Vladímir Putin. Además, maltrata y margina a aliados de Estados Unidos por motivos puramente personales. Sin una idea de interés nacional, no puede haber comprensión de la utilidad de las alianzas ni apreciación del sistema internacional (las leyes, reglas y normas en las que se basó la primacía global de Estados Unidos). Cuesta expresar hasta qué punto la postura de Trump es primitiva y alegra a los enemigos de Estados Unidos.


EE UU, China y Rusia quieren repartirse el mundo: nuevos imperios para el siglo XXI.

Lo cual nos lleva de vuelta a Irán. En los enfrentamientos internacionales, las superpotencias ganan al menos parte del tiempo. Pero la Administración de Trump pierde una y otra vez. La guerra contra Irán es una clara derrota estratégica; si Estados Unidos tuvo en ella algún objetivo, no lo consiguió. Las políticas de Trump dejaron más uranio enriquecido en manos de un régimen iraní más intransigente y provisto de nuevas fuentes de poder económico (el control del estrecho de Ormuz y la intimidación a los Estados del Golfo); al mismo tiempo, eliminaron casi cualquier posibilidad de que Estados Unidos ejerza influencia en la sociedad iraní.

Finalmente, muchos Estados pierden poder porque ya no pueden mantenerlo. Por primera vez desde 1945, la deuda nacional de Estados Unidos es mayor que su PIB. La comparación es útil: un déficit elevado es normal en el contexto de un desafío como la II Guerra Mundial. Pero el Gobierno de Trump incurre en déficit por una razón totalmente diferente: para no cobrar impuestos a personas y empresas adineradas. La idea del Estado como un servicio para los ultrarricos es incompatible con ganar guerras o con mantener los servicios sociales que permiten el funcionamiento de una sociedad moderna.

Ya no tiene sentido hablar de reformas, porque el suicidio de la superpotencia estadounidense bajo el mando de Trump es un síntoma de desigualdades y distorsiones democráticas que hicieron posible una payasada estratégica como nunca antes se vio en la historia. Lo que hizo de Estados Unidos una superpotencia también habilitó este intento de autodestrucción. En vez de tratar de volver al statu quo anterior, necesitamos un esfuerzo denodado en pos de reestructurar la política estadounidense de modo que otorgue a la ciudadanía más poder para crear un futuro más justo.


Fuente: El País

jueves, 21 de mayo de 2026

Rusia y China consolidan su alianza estratégica frente a la "ley de la selva" desatada por Trump

 

      Periodista y analista para Público en temas internacionales. Es especialista universitario en Servicios de Inteligencia e Historia Militar.


Putin y Xi hacen de la cooperación energética el pilar de la alianza sino-rusa, bajo la bandera de una "igualdad" que rechaza el caos geopolítico y económico de Trump


Una mujer cerca de una pantalla gigante que muestra imágenes del encuentro entre el presidente chino Xi Jinping y su homólogo ruso Vladimir Putin.


     El pacto energético bilateral que han remachado el presidente chino, Xi Jinping, y el ruso, Vladímir Putin, en Pekín ayudará aún más a China a reducir el coste del corte del suministro de hidrocarburos desde el Golfo Pérsico por la crisis de Irán, y a Rusia a mantener su economía de guerra ante Ucrania, donde los más de cuatro años de contienda están haciendo ya mella en Moscú, sin visos de solución a medio plazo. 

Cuando aún no se había apagado el eco de la visita del presidente estadounidense, Donald Trump, a Pekín la semana pasada, chinos y rusos consolidaron este miércoles su alianza estratégica sobre la "piedra angular" de la energía, pero con decenas de acuerdos más y una apuesta decidida contra el "unilateralismo", el "hegemonismo" y "la ley de la selva" que, según dijo Xi y tal y como se incluyó en la declaración conjunta de la cumbre, se está expandiendo por el planeta. La alusión al caos comercial, militar y de seguridad global era una referencia directa a Trump y su múltiple estrategia de injerencia y agresión militar.

La decisión de Pekín de recibir en menos de una semana a los líderes de las dos superpotencias fue una jugada maestra que ha vendido mejor la apuesta china por el multilateralismo. Una apuesta en la que el gigante asiático se apunta una victoria diplomática frente a la estrategia avasalladora desplegada por Trump desde que llegó al poder el 20 de enero de 2025.


El presidente ruso Vladimir Putin y su homólogo chino Xi Jinping toman el té tras su reunión en el Gran Salón del Pueblo en Pekín, China, el 20 de mayo de 2026.

La visita de Putin coincidió con el 25 aniversario de la firma del tratado de Buena Vecindad, Amistad y Cooperación entre China y Rusia, que ampliaron este miércoles, y con el trigésimo aniversario del establecimiento de la asociación estratégica entre los dos países. El viaje estaba calculado al milímetro y el momento también, especialmente por ese hecho de que siguiera en muy pocos días al de Trump y que el contenido de la visita del líder ruso sobrepasara al fausto en torno al presidente estadounidense.

Un nivel excelso de las relaciones sino-rusas 

China y Rusia, dijo Xi, se hallan "en el nivel más alto de su historia". Putin vino a decir lo mismo: "Los lazos entre los dos países han alcanzado un nivel sin precedentes". Y todo ello, en parte gracias al escenario que ha dejado sembrado Trump con su caótica y depredadora nueva doctrina de seguridad nacional que pone al resto del mundo a merced de los intereses estadounidenses. 

También añadió Xi que Rusia y China guardan "una estrecha comunicación estratégica a todos los niveles" y "se apoyan firmemente" en cuestiones que afectan a sus "intereses fundamentales". Esta asertividad apuntaba una simbiosis de las estrategias china y rusa que debería preocupar mucho a sus contrincantes. Por ejemplo, en su cumbre con Putin, el presidente chino propuso alinear el XV plan quinquenal chino que regirá la economía de su país hasta 2030 con la agenda económica rusa, sobre todo para impulsar la cooperación energética y tecnológica, con la conectividad y la inteligencia artificial en mente.


El presidente ruso Vladímir Putin y el presidente chino Xi Jinping asisten a una ceremonia de bienvenida en el Gran Salón del Pueblo en Pekín.

Xi le está diciendo al mundo que quiere la paz con todos, pero que los auténticos aliados son unos pocos, entre ellos Rusia. Y la confluencia de las actuales circunstancias internacionales, emponzoñadas por la avidez de Trump, da más valor a la estrategia pacífica china. Sobre todo si en la balanza se confrontan la guerra comercial con la que amenaza siempre la Casa Blanca y, por ejemplo, la cooperación energética con Moscú. 

En rueda de prensa, Xi insistió en que China quiere erigirse como una "fuerza de estabilidad global". Si se lo permiten las circunstancias, porque en la cumbre con Trump, el presidente chino ya advirtió al estadounidense sobre la tentación omnipresente de EEUU de traspasar la línea roja del apoyo a Taiwán y defender su independencia. La ominosa disputa en torno a esa isla cuya soberanía reclama China fue la mayor espina que marcó la visita del líder republicano a Pekín. Poco después de terminar el viaje, la prensa más conservadora de EEUU empezó a acusar a China de preparar un ataque contra Taiwán en los próximos años.

Una veintena de acuerdos, con el petróleo ruso como "piedra angular"

Xi y Putin firmaron una declaración principal y una secundaria, además de veinte acuerdos y memorandos de entendimiento. En estos documentos, los presidentes chino y ruso reforzaron la cooperación energética de sus dos países, que ambos reconocieron como "la piedra angular" de la relación bilateral, y defendieron un mundo multipolar. 

Si en estos momentos, el intercambio bilateral ha superado durante tres años consecutivos los 200.000 millones de dólares, es de esperar que a fin de 2026 esa cifra se dispare, pues ya en los cuatro primeros meses de este año creció un 20%.

China obtenía de los países del Golfo Pérsico, especialmente de Irán, el 45% del petróleo que alimentaba su industria, el transporte y las infraestructuras civiles. El cierre del estrecho de Ormuz y el bloqueo estadounidense de los puertos iraníes levantó un aparente muro para los intereses chinos. Estos, sin embargo, supieron aprovechar la corriente de compras que desde hace cuatro años habían establecido con el petróleo y el gas rusos, a raíz de las sanciones occidentales tras la invasión de Ucrania y el fin de la venta de crudo de Rusia a Europa. Como este miércoles indicó Putin, Rusia es un proveedor "fiable y estable" para China, suceda lo que suceda en Oriente Medio.

Quedó en el aire, en esta visita, el cierre de un acuerdo definitivo sobre el plan de trasiego de gas ruso a China denominado Fuerza de Siberia-2, que contempla el despacho de 50.000 millones de metros cúbicos de ese hidrocarburo a través de Mongolia. Pekín es muy cauteloso al respecto y prefiere no correr mucho. Una cosa es una alianza energética de iguales con Rusia y otra pasar a depender totalmente del gas de este país. Hay otros lugares de suministro de gas natural, como Turkmenistán, y China prefiere diversificar. Pekín ha aprendido bien la lección de Irán y el Golfo Pérsico, y no quiere riesgo alguno en las fuentes de abastecimiento de hidrocarburos.

Condena expresa a EEUU e Israel por la guerra de Irán

Precisamente, en este encuentro entre Putin y Xi hubo críticas a la guerra desatada por el Pentágono e Israel contra Irán, que ha puesto patas arriba el tablero económico y geopolítico mundial, con Trump presionado por el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, y el lobby judío en EEUU en un caos del que el líder republicano se ve ahora incapaz de salir.

"Rusia y China subrayan la necesidad de un pronto retorno al diálogo y a las negociaciones de todas las partes implicadas en el conflicto para evitar una ampliación de la zona de conflicto", apuntó la declaración conjunta de Xi y Putin. Ambos compartieron "la opinión de que los ataques militares de EEUU e Israel contra Irán violan el derecho internacional y las normas fundamentales de las relaciones internacionales, y minan gravemente la estabilidad en Oriente Medio".

Si durante la visita de Trump a Pekín la semana pasada Xi evitó cargar las tintas sobre la agresión a Irán, con Putin al lado sí acentuó la ilegalidad de la agresión al país persa, cuyo cese "es imperativo", así como "el asesinato de dirigentes de países soberanos, la desestabilización de la situación política interna, la instigación de un cambio de poder y el descarado secuestro de líderes nacionales para su enjuiciamiento", en referencia al secuestro de Nicolás Maduro.

Este ha sido uno de los ataques verbales más duros lanzados contra la estrategia filibustera de Trump en Oriente Medio, junto a su pretoriano Netanyahu, en realidad el mayor instigador de este crimen internacional, continuado con más saña por Israel en el Líbano con la experiencia del genocidio cometido en Gaza desde octubre de 2023.

Sobre esta franja palestina, Xi y Putin abogaron por la consecución de una "tregua sólida", con lo cual estaban diciendo que la actual "paz" preconizada falsamente por Trump solo es una farsa en la que continúan los asesinatos de gazatíes y el asedio con el hambre de ese territorio palestino. En este sentido, los dos líderes reclamaron "el acceso ininterrumpido de la ayuda humanitaria a todos los necesitados".

Sin insistir en la guerra de Ucrania

No hubo, sin embargo, en el encuentro entre Xi y Putin muchas alusiones a la otra gran crisis que sacude a la comunidad internacional. Ambos apoyaron una solución política para la guerra en Ucrania, pero sin mayores pretensiones y con la sospecha de que Pekín también ve en esta crisis demasiados intereses, no solo los del expansionismo ruso.


Un edificio destruido tras un ataque ruso en Donetsk (Ucrania).

Y al contrario que con el ataque a Irán, Pekín adolece de una definición precisa sobre el conflicto de Ucrania y no ha planteado una condena sin paliativos a la invasión rusa, lo que añade dudas a su voluntad real para ayudar a poner fin a esa guerra.

Una guerra que se encuentra estancada y que no parece que vaya a variar en los próximos meses, salvo que una ofensiva rusa desatascase en el verano el actual empantanamiento del frente. Hace tiempo que Rusia debería haber tomado las ciudades de Sloviansk y Kramatorsk, en la parte de la región de Donetsk que aún controlan los ucranianos (un 20%), para completar la conquista de todo el Donbás, ese territorio ucraniano que Moscú considera ruso.

Putin exige la entrega de todo el Donbás y parte de otras regiones invadidas para empezar a negociar con seriedad. Sin embargo, los éxitos militares rusos no acompañan en estos momentos a estas reclamaciones. Aunque la desventaja en tropas de Ucrania es evidente, Kiev ha sabido convertir la guerra en un tablero donde los drones son los protagonistas. El dinero europeo ha permitido a los ucranianos hacerse con miles de ellos dotados de una eficacia que iguala o supera incluso a los rusos, alcanzando diariamente refinerías, bases militares e infraestructuras muy en el interior de Rusia. Incluso Moscú está en el radio de acción de estos aparatos y de la inteligencia militar que los emplaza, procedente del propio Pentágono o de la tecnológica Palantir, aliada de Trump.

La cautela china sobre este conflicto en la visita de Putin debería, no obstante, remover en sus sillas a los dirigentes ucranianos. La renovación de la asociación estratégica y de amistad, y la apuesta por ese entente energético entre Moscú y Pekín sugieren que habrá muchos miles de millones de dólares más para apuntalar la operación militar rusa en Ucrania.

Y lo que parece claro es que termine cuando termine la guerra, con China a su lado Rusia no será el estado proscrito en el que los países europeos de la OTAN pretenden convertirla alegando que Moscú es el mayor peligro para Europa, incluso cuando las mayores y más concretas amenazas contra la Unión Europea han venido de Trump, con la guerra arancelaria, sus intentos de apoderarse de Groenlandia o las humillaciones constantes a las que somete a Bruselas y a muchos de los Veintisiete.


Una bandera de Groenlandia ondea en una calle de Nuuk, la capital de la isla.

La cumbre entre Xi y Putin ha remarcado que existe una voluntad de romper el actual statu quo de subordinación a EEUU, que China será uno de los pivotes del nuevo paradigma de seguridad mundial y que contará con Rusia para imponer con mecanismos económicos capaces de derribar los gobiernos más poderosos esa multipolaridad que no desean ni Washington ni sus lacayos europeos.


Fuente: Público