martes, 3 de noviembre de 2026

Irán, la inflación y el precio del petróleo podrían hacer caer a Trump en las elecciones de medio mandato

 

      Periodista freelance. Licenciada en Traducción e Interpretación por la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona.


Estados Unidos se prepara para la cuenta atrás para sus elecciones de medio mandato con todas las miradas puestas en Trump, que podría perder tanto el Congreso como el Senado.


El presidente Donald Trump pronuncia un discurso en un evento de Turning Point USA en Phoenix, Arizona, el 17 de abril de 2026.


     Hoy se celebran en Estados Unidos las elecciones de medio mandato, por las cuales se elige la Cámara de Representantes al completo (435 escaños) y el Senado de manera parcial (35 escaños; es decir, un tercio). Hasta ahora, los republicanos tenían una mayoría de 53 a 47 en el Senado —que se renueva cada seis años y lo hace por tercios— y una pequeña ventaja en el Congreso. En estas elecciones también se eligen los 36 gobernadores, algunos alcaldes y jueces y otras categorías de empleados públicos. Si bien este tipo de comicios suelen pasar medio inadvertidos en la esfera internacional —a pesar de la importancia que sí tienen en el seno del país—, en este caso parece ser que la comunidad internacional sí estará atenta a estas elecciones, que tienen aire de plebiscito. Trump se juega los dos últimos años de su legislatura.

Sabiendo que puede caer y lo que eso significa, el presidente Donald Trump ha estado desde hace días agitando el fantasma del fraude electoral y la injerencia externa, algo que también han hecho en las últimas semanas sus colegas Benjamin Netanyahu —a pesar de, numéricamente, haber ganado las elecciones el pasado 27 de octubre, aunque no con el margen que él esperaba— o Flávio Bolsonaro, quien perdió las elecciones frente a Lula el pasado 25 de octubre y ha tenido que huir del país para no ser procesado judicialmente.

A este respecto, Trump y su equipo tienen los ojos puestos en dos estados concretos: Alaska y California. En el primero, —uno de los menos poblados, con 80.000 habitantes— el candidato demócrata y el republicano tienen nombres parecidos. El primero responde al nombre de Daniel J. Sullivan Jr. y el segundo al de Dan S. Sullivan. Lo que se está investigando es si esto es una coincidencia o si se trata de una acción deliberada por parte de los demócratas para confundir a los votantes. Por otro lado, en California —el estado con mayor población del país, con 40 millones de habitantes—, el Departamento de Justicia pidió hace unos días que no se contabilizaran los votos por correo de unos 20.000 ciudadanos, bajo la “sospecha” de que no son ciudadanos estadounidenses. Un juez federal rechazó las acusaciones e insistió en que los mecanismos de control son eficaces en contra del fraude.

El pasado domingo, apenas 48 horas antes de las elecciones, el presidente estadounidense apuraba la campaña electoral con mítines en Iowa y Kansas. Si bien son dos estados tradicionalmente republicanos, las encuestas muestran que la popularidad del magnate incluso ha caído allí, en el llamado “cinturón agrícola”. De los 250 millones de estadounidenses que hoy están llamados a las urnas, 52 millones ya han votado en persona o por correo, una cifra significativamente superior a los 46 que votaron de manera anticipada en las elecciones de medio mandato de 2022, durante el primer mandato de Trump.

Los ojos de esta campaña también han estado puestos, en esta ocasión, en el estado de Michigan, donde el demócrata candidato al Senado Abdul El-Sayed podría derrotar al republicano Mike Rogers y convertirse así en el primer senador musulmán de Estados Unidos. El candidato ha estado en el centro de una feroz campaña islamófoba en la que incluso se le ha intentado vincular con el extremismo islámico. Hijo de padres egipcios y nacido en Estados Unidos, El-Sayed es médico de profesión y ha mostrado su apoyo a Palestina durante la campaña.

Caída de la popularidad, tanto en el ámbito nacional como internacional

Si las predicciones no fallan —en la encuesta final de Atlas Intel, los demócratas ganarían el Congreso con un 55,5% y los republicanos se quedarían con un 41,4%, lo que supondría una ventaja de hasta 14 puntos de los demócratas sobre los republicanos—, el partido republicano perdería el control de ambas cámaras, con todo lo que eso supone: esto permitiría al partido demócrata bloquear las iniciativas de Trump e iniciar investigaciones o incluso propiciar un impeachment.


Si las predicciones no fallan —en la encuesta final de Atlas Intel, los demócratas ganarían el Congreso con un 55,5% y los republicanos se quedarían con un 41,4%.

De hecho, uno de los asuntos que se podría investigar sería el inicio de la guerra de Irán, que se llevó a cabo sin la aprobación del Congreso; también se podría investigar si el magnate que habita la Casa Blanca ha usado su poder como presidente en su propio beneficio o el de su entorno. En el caso del Senado, y según las últimas encuestas, los demócratas se impondrían en los siete estados clave: Michigan, Texas, Maine, Ohio, Kansas, Alaska e Iowa. En Texas, donde durante esta campaña ha cogido protagonismo el candidato demócrata James Talarico frente a su rival republicano Ken Paxton, no ha habido un senador demócrata desde 1988. En Kansas, esto no se produce desde 1932.

Donald Trump lo sabe y por eso lleva meses tramando una hoja de ruta para sortear el Congreso y gobernar a través del poder ejecutivo, según informa Reuters. “Altos funcionarios, entre ellos el subjefe de gabinete Stephen Miller y el director de presupuesto Russell Vought, han estado trabajando con la Oficina del Asesor Jurídico de la Casa Blanca desde abril para identificar acciones ejecutivas sobre inmigración, aranceles, costos de vivienda y gasto federal que Trump podría llevar a cabo sin la aprobación del Congreso”, reporta la agencia.

La debacle de Trump en estos casi dos años desde el inicio de su mandato se puede explicar a través de varios factores, que van desde su vinculación con el caso Epstein, la inflación generalizada que se vive en el país y la mala gestión económica de esta Administración, las redadas antimigratorias del ICE que lo han puesto en el punto de mira —con casi 70.000 personas detenidas en el último año—, las idas y venidas internacionales con los aranceles y la guerra comercial o el inicio de una guerra en febrero de 2026 contra Irán que no ha podido dar por finalizada y que ha hecho subir el precio de los carburantes hasta límites históricos, entre otros. Una guerra que, es importante destacar, ha hecho que el movimiento MAGA (Make America Great Again) se divida —va en contra de lo que Trump prometió de no inmiscuirse en asuntos extranjeros— y que es altamente impopular entre la sociedad estadounidense.

Muchas de estas acciones iniciadas por el presidente Trump se han llevado a cabo a través de decretos —como en el caso de los aranceles— o mediante la declaración del estado de emergencia para así evitar someterlas a votación. Es decir, no ha necesitado ni el Senado ni el Congreso para gobernar, a pesar de tener mayoría en ambas cámaras. Si ahora esto cambia, Trump podría tener las manos mucho más atadas a la hora de tomar decisiones.

Desde que volvió al mando de Estados Unidos, en enero de 2025, la popularidad del magnate ha ido cayendo en picado también en el ámbito internacional. Los aranceles, junto a los recortes que han afectado, sobre todo a las agencias de cooperación internacional, el secuestro del presidente venezolano Nicolás Maduro y a su esposa o los continuos exabruptos con diferentes líderes internacionales, parece que no, pero le han pasado factura. Tampoco ha ayudado a su imagen su apoyo incondicional al primer ministro israelí Benjamin Netanyahu, imputado en tres causas judiciales en su país y con una orden de arresto emitida por la Corte Penal Internacional (CPI) por crímenes de guerra y de lesa humanidad. El hasta ahora primer ministro israelí —está pendiente de revalidar su poder— es el mandatario que más visitas ha hecho a la Casa Blanca desde el inicio de este nuevo mandato.

Su acercamiento a Vladimir Putin, un líder aislado por los poderes occidentales, su apoyo a regímenes como el de Orbán o Milei, sus continuas amenazas a aliados en el marco de la OTAN o su ataque continuo a los medios de comunicación y los periodistas —tanto nacionales como internacionales— lo han convertido en un presidente prácticamente aislado, si no fuera porque ostenta el poder del país más poderoso del mundo.

Justo ayer el periódico New York Times publicaba que el tecno oligarca Elon Musk ha invertido casi 500 millones de dólares —concretamente 474—en la campaña republicana de estas elecciones de medio mandato: “nunca antes una sola persona ultra rica, que no se presentaba a ningún cargo, había gastado tanto dinero durante un mismo ciclo electoral”, se podía leer en la entradilla de la noticia. La mitad de esos millones los ha invertido en Texas, donde tiene la sede tres de sus empresas. Durante la campaña electoral de 2024, que devolvió el poder a Donald Trump, se gastó unos 290 millones de dólares. A pesar de las idas y venidas entre ambos magnates, en periodos en los que se han alejado, Musk sabe perfectamente lo que hay en juego y la conveniencia para él y sus negocios de que el partido republicano se mantenga al mando.


Fuente: El Salto

domingo, 1 de noviembre de 2026

El embrujo del sentido común

 

      Guionista en Producciones del Barrio que colabora con Ctxt.


Quien tenga interés en hacerse una idea de cuál sería el estado actual del progresismo en España si no se hubiera producido el 15-M puede observar el presente alternativo que representa Italia.


15M en la Puerta del Sol, 18 de mayo de 2011.

    En España, numerosos profesionales de la opinión han expedido en varias ocasiones el certificado de defunción del llamado “ciclo político del 15-M”. No puede resultar extraño, por tanto, que la mayoría de esos profesionales reaccionaran como quien ve a un fantasma cuando las tiendas de campaña volvieron a plantarse en la Puerta del Sol el 26-S.


Acampada contra la crisis de la vivienda en la Puerta del Sol, Madrid.

    Pero el supuesto fenómeno paranormal, en realidad, tiene una explicación muy sencilla: estos profesionales que pontifican desde sus columnas y sus micrófonos nunca entendieron que el 15-M no son los partidos que han capitalizado políticamente sus ideas, sino un “consenso” de izquierdas tratando de hacerse hueco entre los escombros que ha dejado la “hegemonía” de la clase dominante durante la fase neoliberal del capitalismo. Es decir, un nuevo “sentido común”.

     La acampada de Sol de 2011 y las que la replicaron en otras plazas de toda la geografía española surgieron como una protesta destituyente de pura antipolítica, con toda la torpeza, ingenuidad y contradicciones que caracterizan a un movimiento espontáneo, heterogéneo y con ambición aglutinadora (los coros de “PSOE, PP: la misma mierda es”, la consigna de que no eran “Ni de izquierdas ni de derechas”, y el folclore de las asambleas, el reiki, y las batucadas). Pero, a medida que pasaron las semanas, lo que ocurrió es que el movimiento se articuló políticamente de manera muy concreta en asambleas que se extendieron por los barrios y los pueblos, lejos de donde se levantaban las tiendas de campaña. La masa social que históricamente había simpatizado con el partido oficial de la socialdemocracia en España se sentía huérfana con un PSOE cuyos dirigentes repetían acríticamente los dogmas culpabilizadores (“Hemos vivido por encima de nuestra posibilidades”) y el pensamiento mágico que asimilaba las causas y las consecuencias de la crisis económica y financiera a un imprevisible desastre meteorológico (“De esta crisis salimos entre todos”), un partido que, desde el Gobierno, se había sometido al correctivo de la austeridad y que había reformado el artículo 135 de la Constitución a exigencia de las instituciones europeas. No fue el 15-M el que entregó el Gobierno de España a Mariano Rajoy, sino el propio PSOE incapaz de reaccionar al cambio del espíritu del tiempo que se estaba fraguando, al retorno a un “sentido común” que nunca debería de haber dejado de estar en la base de su acción política.

    La idea revolucionaria que contribuyó a propagar el 15-M es que la política no se ejercía únicamente en las Cámaras que se formaban a partir del voto en las urnas, sino que podía ejercitarse de manera independiente todos los días estrechando lazos de solidaridad en los vecindarios y en los lugares de trabajo. Es decir: organizándose. Y al organizarse para detener desahucios, parar formar mareas en defensa de los servicios públicos y contra las políticas de austeridad, o para articular un movimiento feminista sin parangón en toda Europa, ocurrió en paralelo otro fenómeno que poco tiene de paranormal: las televisiones vieron un nicho de mercado en una ingente masa de público potencial. Y lo que ocurrió a continuación es que la “hegemonía” del “sentido común” de la clase dominante –“no hay alternativa”– empezó a cuestionarse en horario de máxima audiencia.

    Tres años más tarde, en 2014, ese viejo/nuevo “sentido común” encontró cobijo temporal en el cuerpo de Podemos. Un mes después de su fundación, la primera encuesta del CIS que recogía la incorporación de ese partido pareció presagiar el fin del bipartidismo. Entonces, muchos profesionales de la opinión –con Vicente Vallés a la vanguardia– infirieron, como si fuera una consecuencia lógica e inevitable, el inicio de una nueva era de “italianización” de la vida política española, marcada por la “fragmentación”, la “ingobernabilidad” y la “inestabilidad”, cualidades atribuidas al sistema político italiano desde la instauración de la Primera República en junio de 1946, con legislaturas que llegaban a proclamar entre dos y nueve gobiernos diferentes. Evidentemente, este pronóstico no se sostenía en ningún indicio sólido y contrastable porque comparar dos sistemas políticos tan dispares (aquí Javier Brandoli enumeró unas cuantas diferencias) herederos de dos tradiciones políticas y sociales tan distantes como la española y la italiana es un ejercicio vacuo y estéril. Pero ha seguido funcionando como una admonición: una manera sofisticada de lamentar que el parlamento representara de manera más amplia y fidedigna la complejidad de matices de la sociedad española.

    Lo que sí es sólido y contrastable, bien al contrario, es la fascinación con la que los simpatizantes de la socialdemocracia italiana contemplan a su homóloga española. Es un sentimiento muy similar a la melancolía que sienten los demócratas españoles ante el potencial político y cultural que el fascismo arrebató a sangre y fuego a la Segunda República: una hauntología –el embrujo por los futuros perdidos que el capitalismo ha sido incapaz de proporcionar, en la acepción popularizada por Simon Reynolds y Mark Fisher. Si los militantes y simpatizantes del PSOE que han sufrido fogonazos de estrés postraumático de las elecciones generales de 2011 ante la nueva visión de las tiendas de campaña levantadas en la Puerta del Sol tienen interés en hacerse una idea de cuál sería el estado actual del progresismo en España si no hubiera habido plazas y mareas, basta que miren a ese presente alternativo de una dimensión paralela de la realidad que representa Italia, y más concretamente el Partito Democratico.

    Y sería interesante que se preguntaran cuál sería el estado de la “hegemonía” del “sentido común” progresista si el 15-M se hubiera limitado a replicar el precedente italiano de los Vaffanculo Day que se consolidaron como organización política en 2009: el Movimiento 5 Estrellas, fundado por el cómico Beppe Grillo y el empresario Gianroberto Casaleggio. Un partido antipolítico, populista y sincrético en su manera de abrazar ideologías contradictorias que allá donde alcanzó el poder (en los ayuntamientos de Roma y Turín, en el gobierno nacional en dos ocasiones) se limitó únicamente a promover medidas estéticas encaminadas a luchar contra la fantasmática casta: eliminar los sueldos vitalicios y los privilegios (los coches oficiales, las dietas, el chocolate del loro), y reducir el número de políticos en parlamentos regionales y en las cámaras. Y cuando su líder Giuseppe Conte, durante la pandemia, se creyó el general Della Rovere y asumió que su papel como primer ministro era ser socialdemócrata porque era necesario que los Estados socializaran las pérdidas de la economía y sofocaran los ánimos de la ciudadanía confinada, fue apeado inmediatamente del Gobierno y sustituido por el técnico Draghi.

    Por supuesto, en Italia existen numerosas organizaciones sociales que combaten a diario contra las lógicas perversas de la doctrina neoliberal (los desahucios y la crisis habitacional, el trabajo esclavo de los inmigrantes en el campo o el desmantelamiento de los servicios públicos), pero la diferencia fundamental es que los herederos de movimientos sociales tan potentes como el que surgió del Otoño Caliente del 69 o del movimiento antiglobalización no encuentran espacio cotidiano en los medios de comunicación. 

    Si en España se ha producido la anomalía europea (nuestro experimento mental podría no limitarse solo a Italia, pero tenemos que ir cerrando) de que la socialdemocracia ha resistido con mayor solidez a la ola reaccionaria que está azotando todo el planeta es porque ese “sentido común” se ha desarrollado e implantado y Pedro Sánchez –con su torpeza, su oportunismo, su cálculo electoral, los escándalos de corrupción que han salpicado a personas de confianza de su Gobierno y la resistencia de un sector del aparato que se obstina a creer que el país no ha cambiado en los últimos quince años– ha permitido que se alojase en el cuerpo del partido del que es secretario general.

    La demostración de que los opinadores profesionales no han entendido nada de todo es que han necesitado simplificar y ridiculizar una acampada, abrazarse a la teoría de la conspiración y subirse a la nave del misterio. No es que el Gobierno se haga oposición a sí mismo en las plazas de toda España: es el “sentido común” de la izquierda el que está haciendo oposición a los partidos que consideran que deberían representarles en el Parlamento porque la auténtica oposición, la que gobierna en la mayoría de las comunidades autónomas con competencias para resolver los problemas que acucian a la gente, está muy a gusto con una política que no afecta a los intereses de una minoría para favorecer a una mayoría.


Fuente: Ctxt

sábado, 31 de octubre de 2026

Esa pareja disruptiva (y desleal) Montero-Rufián

 

Que tampoco el otoño es ya lo que era (15 de 21)


 Por Pedro Costa Morata   
      Ingeniero, periodista y politólogo. Ha sido profesor en la Universidad Politécnica de Madrid. Premio Nacional de Medio Ambiente.

Da mucho para analizar, con pocas alegrías, el movimiento de los grupos de izquierda ante las elecciones generales de noviembre. Desorden, dilación y sorpresas negativas, han estado asombrando, por no decir indignando, a una opinión pública de izquierdas que esperaría más lealtad, generosidad y, sobre todo, realismo ante los peligros que acechan de una fascistización anunciada con pretensiones de “liberalización”, que es la máscara actual del autoritarismo pardo, a diferencia de los años 1920-30 y a manos esta vez del PP y Vox.

Me fijaré, porque así me place, en la extraña pareja que centra buena parte de la atención sobre estos movimientos, la formada por Irene Montero y Gabriel Rufián, es decir, la primera figura de Podemos, grupo en avanzado estado de extinción, y el portavoz parlamentario de Esquerra Republicana de Cataluña (ERC), figura caracterizadamente contradictoria y algo patética. Ambos dañan -así lo cree este cronista- a sus respectivas formaciones políticas y ambos, con la maniobra consumada al alimón, pueden contribuir al desastre que tantos anuncian, sin que quepa el optimismo de que con sus mañas mejoren la perspectiva.


Irene Montero y Gabriel Rufián (RTVE).

Irene Montero mantiene el discurso de impecable factura izquierdista, chillón e inapelable, de las asambleas de Facultad (del franquismo). De probada formación teórica, sin embargo, ha sido incapaz de justificar por qué exigía primarias como paso previo a las candidaturas unificadas a escala general y negoció, subrepticia y pecadoramente, con ERC, sin que le importara mucho contradecir un principio político básico, y es que la izquierda no puede ser nunca nacionalista, y no debe pactar con los nacionalistas antes de verse las caras en las elecciones. Y ha basado su exclusivismo/individualismo preelectoral en su negativa “a pactar con el PSOE”, circunstancia que se supone sería posterior a unas elecciones exitosas, dando decepcionantes muestras de falta de realismo. Porque por lo que respecta a la emergencia -real, apremiante- de hacer frente a la peste marrón, las alianzas deben de hacerse sin exigencias fuera del caso y con ánimo a ceder ante pares próximos y coincidentes.

         Irene Montero nos deja una imagen de fin de reino, con agarre desesperado a lo que se pueda y quede: Podemos camina firmemente hacia su desaparición y tanto Montero como Belarra, y poca gente más, se agarran a esas dos o tres posibilidades en perspectiva de escaño salvador (y personal: el sillón se dibuja dramáticamente como teoría y como práctica, desdiciendo éticamente a sus perseguidores/as). De ahí el apaño con ERC para lograr escaño por Barcelona y, algo parecido en Valencia, dándose por seguro el banco por Madrid. Estos de Podemos están en fase de extinción y lo saben. También lo sabían cuando hubo que discutir coaliciones de partidos y puestos en listas, y por eso han jugado a la desesperada, tratando de salvar los dos o tres escaños que pueden conseguir previa negociación. Pero es de esperar que con las próximas elecciones municipales y autonómicas desaparezcan (casi) del todo, ya que nunca han tenido enganche con el pueblo ordinario (pero sabio y, por supuesto, soberano). Y los escasos representantes que han conseguido en regiones y municipios lo han sido por su prestigio personal, y hubieran sido elegidos formando en cualesquiera otras filas. El objetivo electoral de Podemos nunca ha sido el pueblo, en sentido lato e inteligible, sino un votante estudiado, decepcionado y más bien joven, que no es, realmente, el español medio, y esa fragilidad estructural tenía el éxito limitado.

Y ni siquiera un hipotético regreso de Pablo Iglesias los salvaría, ya que el personaje está amortizado y desgastado por imprudente, arrogante y manipulador. La saña con que descabezó su partido liquidando a tantos compañeros/as fundadores/as fue de gran estilo estalinista, y tenía que pagarlo antes o después. Diré de paso que ha sido en el terreno (pedestre pero heroico) de lo municipal donde Podemos se ha permitido menospreciar a una IU que, pese a su mayor presencia y prestigio, consintió en ceder y amilanarse, algo acomplejada por la marea morada. De ahí la satisfacción que este cronista ha sentido cuando IU, partido -como quien dice- con cien años de patrimonio político, ha respondido con un no rotundo a la proposición de los desesperados de Podemos de que rompiera con el Frente Amplio para unirse a sus maniobras, carentes de elegancia política.

Creo que fue Manuela Carmena, tras su periodo de alcaldesa de Madrid, quien aludió a “estos de Podemos” como caprichosos, infantiles o incluso niñatos (no recuerdo bien: si resulto impreciso o errado, que mis lectores me atribuyan a mí esos calificativos, sin problema), y es este buen momento para recordarlo.

(Por lo demás, el rol político de Irene Montero desprende un cierto tufillo dinástico, seguramente pese a ella, y a más de uno/a se le escapará una media sonrisa, sofocada al instante, cuando en sus sentidos y vibrantes mítines aluda a la crisis de la vivienda, pensando en el casoplón de la lideresa.)

De Gabriel Rufián, que tan compungido se muestra por el fracaso en lograr toda la amplitud posible para el Frente Amplio (con él de cabeza, se debe entender), como si su papel en esa operación frustrada hubiera sido meramente pasivo, vuelvo a afirmarme en mi idea de que este muchacho vive un notable cacao mental político e, inevitablemente, personal, aunque dicen muchos de él que “es buena gente” (a lo que me adhiero porque así lo creo yo también), reconociéndole sus cualidades de tribuno capaz y ocurrente. El hijo de emigrantes de Jaén difícilmente puede vivir, si está normalmente dotada su mente, como es evidente que lo está, como nacionalista e independentista catalán, y lo más probable es que se venga desenvolviendo crecientemente -al ritmo de su protagonismo y ambiciones- en una dicotomía desgarradora: si te sientes de izquierdas no puedes ser nacionalista, aunque es verdad que hay nacionalistas que se sienten de izquierdas, pero este no puede/debe ser el caso de Rufián, ya que demuestra una inocultable amplitud política de miras. En su partido sí han tenido más claras las ideas: son nacionalistas, no creo que de izquierdas y bastante le han concedido con su erróneo/lamentable chalaneo con Podemos (Rufián debiera salir del mundo nacionalista y continuar su carrera política con su garbo y contundencia al servicio de una humanidad no particularista).

Porque, con su nacionalismo, Rufián desafía reglas, incluso escritas, que aluden a la imposibilidad de que la izquierda pueda ser nacionalista. Esto solo puede darse en los movimientos históricos de liberación anticolonial, que no es el caso de Cataluña, por más que haya independentistas que así lo quieran. Una vez más hay que distinguir entre el sustantivo y el adjetivo.

         Y una reflexión final: ni siquiera la excusa de la premura por la convocatoria de elecciones generales justifica esa división “interna” de la izquierda, es decir, el “exclusivismo” de Podemos y la confusión (más explicable) del Rufián de ERC. A algo más que a esa precipitación hay que atribuir que la izquierda en su conjunto no haya acordado un frente único para el Congreso de Diputados, ya que lo hace para el Senado, lo que, dejando aparte las diferencias profundas y abundantes existentes, ahora y siempre, evidencian que en esas formaciones de izquierda, pero sobre todo en el PSOE, no existe la conciencia precisa sobre el estirón fascista que supondrá una victoria de derecha y ultraderecha, mucho más proclives, ahora y siempre, a la coincidencia y el entendimiento.

¿Habrá que esperar, en caso de tener que sufrir un cuatrienio negro parecido al bienio negro 1934-36 para que el Frente Amplio de hoy se extienda y transforme en Frente Único (no Popular, cedamos por esta vez ante la superstición...) y revertir en lo posible los desmanes anunciados? Es de lamentar que, hasta ahora y debido a su división pertinaz, la “izquierda izquierdista” no haya logrado la potencia y el prestigio de su formación homóloga, La France Insoumise, del magnífico Mélenchon (Melenchón, con el acento español correspondiente, ya que lleva apellido y sangre murcianos). El día 29 de noviembre sabremos si este Frente Amplio logra la fuerza y el eco suficientes como para ofrecer a la ciudadanía angustiada algo más que esperanza.

viernes, 30 de octubre de 2026

Contra esos miedos que corroen el ánimo y la voluntad

 

Que tampoco el otoño es ya lo que era (14 de 21)


 Por Pedro Costa Morata   
      Ingeniero, periodista y politólogo. Ha sido profesor en la Universidad Politécnica de Madrid. Premio Nacional de Medio Ambiente.

        Se dice en el reciente y magnífico suplemento “Manière de Voir”, de Le Monde Diplomatique, que el 92 por 100 de los franceses confiesa “tener miedo de todo, o casi”, y solo el 8 por 100 afirma “no tener miedo de nada”. Otra cita llamativa informa de que el 40 por 100 de esos ciudadanos señalan el miedo como el “sentimiento que mejor corresponde a su estado de ánimo”, y de ellos, el 80 por 100 lo atribuye a la inestabilidad mundial, con porcentajes algo menores que lo relacionan con la evolución de la democracia y su estado de salud. Esos miedos se desgranan, según esa publicación, entre la “angustia ecológica y la inquietud tecnológica”.

       Muy parecida debe de ser la situación entre los españoles, con la nota diferencial de que son los últimos tiempos, pocos años, los que concentran esas nubes del miedo, múltiple y variado, que vienen cerrando nuestro horizonte como individuos y como pueblo. Haciendo enumeración de estos miedos, podríamos empezar por la angustia ecológica, aunque no creo que sea lo que más preocupe a los españoles, ni siquiera como consecuencia de los embates con los que el clima nos machaca y anuncia que nos machacará; pero reconozcamos que en este caso el miedo está más que justificado, no así la inacción, que también se expresa individual y colectivamente: el medio ambiente no recibe la atención general debida, no es verdad que exista una conciencia ecológica acrecida y hay muy poco de cierto sobre una preocupación fehaciente de las administraciones.

       Y podemos seguir por la inquietud tecnológica, que esa me parece observar que sí va extendiéndose con muy firme impacto de agobio y desesperación, lo que no quiere decir que provoque el rechazo que debiera surgir, atrapados como estamos en la red Internet y el uso compulsivo y voraz del teléfono móvil. El perjuicio que para el empleo implican la invasión tecnológica en todos los procesos productivos, comerciales y administrativos, así como la fragilidad y pérdida de su calidad y dignidad son captados suficientemente por la gente, pero encajados más bien como fatalidad. Dígase lo mismo para la vulnerabilidad extensiva de la privacidad, lo que sufrimos temblando de pavor e invocando a la suerte. El miedo científico-tecnológico que responde a la proximidad de la “muerte tecnológica”, con fallos informáticos o humanos, pero de consecuencias fatales, no ha hecho más que crecer según “avanzaba” el mundo, pudiendo fijarnos en la Ilustración y sus osadías como punto de aceleración. No olvidemos que el Frankenstein de Mary Shelley es un producto ilustrado, si bien de los albores del siglo XIX, y que antes de que acabara ese siglo ya teníamos advertencias muy bien fundadas con las obras de H. G. Wells. Paparruchas comparadas con las distopías del siglo XX: Nosotros, Un mundo feliz, 1984, Fahrenheit 451... ficciones de advertencia científico-técnica cuyos terrores han sido ampliamente superados a renglón seguido, en lo que va de siglo XXI.

       La guerra es otro de los miedos en claro y reciente avance, por las “obligaciones” que nos impone la OTAN, con la implicación incalificable en la hostilización a Rusia y el rearme decidido por un Gobierno temerario y captado por la industria de guerra. Faltaba la reactivación del contencioso territorial con Marruecos para que esa militarización encuentre una justificación oficial y patrióticamente “evidente”, pese a absurda. Es el panorama general de dependencia de España respecto del mundo que nos rodea lo que debiera movernos a un mínimo de decencia como país y Estado y abominar de estos roles que tan alegremente asumimos como lacayos de Estados Unidos, socios satélites de la OTAN y vecinos vulnerables de Marruecos. Más el belicismo de dirigentes desequilibrados como el presidente Donald Trump, obsesionado por servir a los intereses del genocida Estado de Israel y por apoderarse en el planeta de cuantas materias primas pueda.


La guerra y sus horrores. (Unsplash).

       Luego está ese “retorno” de lo más parecido a las pestes antiguas, en sus formas modernas escasamente menos mortíferas, con sus repuntes de pánico mal contenido: no hace tanto las “vacas locas” nos enfrentaron a un miedo nuevo (anuncio de otros muchos de transmisión animal-humanos) frente al que médicos y científicos disimulaban lo que podían para no transmitir su ignorancia; y al poco sobrevino la epidemia del Covid-19, con 117.000 víctimas mortales en España y -ahí queda eso- 22 millones en el mundo. Por no aludir a enfermedades tropicales que se vienen conteniendo principalmente desde África, pero que la creciente globalización, con millones de personas viajando por todo el mundo, no garantiza estanqueidad alguna. En relación directa con el desarrollo económico, la degradación del trabajo, el acoso tecnológico, el deterioro de las relaciones personales y familiares... está el aterrador incremento de las enfermedades mentales en todo el mundo, en sus numerosas variaciones y expresiones.

La política internacional con dirigentes salidos de no se sabe muy bien qué moldes diabólicos, es reflejo directo de las agitaciones del capitalismo internacional, enfrentado a su degradación, contradicciones y crímenes, por lo que desemboca necesariamente en violencia, sea bélica, sea institucional, transmitiendo el temor a que se extiendan y nos golpeen cada vez más. El objetivo está muy claro y es asustar, intimidar y paralizar a las fuerzas de resistencia, que conocen bien a ese enemigo desatado y dispuesto a llevar a la precariedad y la miseria por los métodos que sea al mundo entero, y recuperar la tasa de ganancia de tiempos anteriores, una vez conseguido el control de las élites mundiales.

Y la política nacional, la de España, extraordinariamente envenenada por la avaricia de poder de las derechas de siempre (con sus apéndices ultras e integristas, bien conocidos desde los años 1930), se ha convertido en un marco atemorizador, en el que las instituciones democráticas y los logros sociales se debilitan y tambalean ante el desgaste de una oposición indecente que, cuando gobierna en las regiones, pierde todo complejo y la emprende contra la mayoría y sus derechos sin cortarse un pelo. Las amenazas sobre todo el arco de la protección social (desempleo, vejez, incapacidad), en caso de gobernar las derechas volverán a consumarse según su estilo y sello por la austeridad y el recorte, el escarmiento de los “excesos” y el sacrosanto equilibrio presupuestario, eslóganes todos ellos que se resumen en el castigo de la población para mejor contribuir al saneamiento y el enderezamiento del capital, empresas y empresarios, a cuyo servicio gobiernan.


El desahucio acecha. (A. Kudacki-El País).

Son amenazas sobre un sólido planteamiento de acosos y agresiones -ahí los tenemos, contra la educación y la sanidad, educadores y sanitarios- que se expresan con inusitada violencia como respuesta a la indignación y el hartazgo de grupos socialmente estratégicos de profesionales maltratados y empobrecidos cuyas demostraciones de ira se toman, falazmente, como subversiones para poder así aplicar la mano dura que enderece y discipline.

Y otros miedos (como los religiosos y los de parecido tipo escatológico, míticos y milenaristas...) que, añadiendo el conformismo o la superstición, tienen como perspectiva hacer más y más irrespirable nuestra sociedad. Son todos ellos miedos que se exacerban en momentos de interés decisivo para quienes ansían el asalto al poder como “recuperación de lo que es suyo”, que es el caso de la inquietud que transmite esta violencia surgida en la larga etapa preelectoral que el país vive, que no deja de subir de tono; y que persigue, a más de intimidar y doblegar resistencias, que esa violencia -agresión contra la gente, respuesta provocada, golpe contra la “subversión- se normalice en una evolución sociopolítica de pérdidas consentidas por la mayoría doblegada.

A estos miedos, reales y activos, hay que responder sin embargo con vigor e inteligencia, rechazándolos y explicando la negativa radical a someterse a cualquiera de ellos. La tarea consiste en desacreditar esas teorías y esas actitudes que perfilan y anuncian todo tipo de colapsos, y aún el colapso definitivo, ganadas por tantos horrores y que apuntan a desastres, sean climáticos, tecnológicos, socioeconómicos o políticos (así como a los grandes negocios, por cierto, que ellos generan). Se trata del fortalecimiento de la lucha en común frente a enemigos tan claramente identificados, el abandono de todo espejismo de solución individual... y la utopía militante, que es esencialmente la condena de la realidad opresiva, el desenmascaramiento de cuanto se reviste de fatalidad y el desafío hacia todos y cada uno de esos miedos...

jueves, 29 de octubre de 2026

Ese AVE maldito y exterminador, que aletea sobre una España pretenciosa

 

Que tampoco el otoño es ya lo que era (13 de 21)


 Por Pedro Costa Morata   
      Ingeniero, periodista y politólogo. Ha sido profesor en la Universidad Politécnica de Madrid. Premio Nacional de Medio Ambiente.

Demasiados proyectos de alta velocidad, demasiada fanfarria oficial, demasiada credulidad pública, demasiado gasto, demasiados daños: derroche presupuestario, eliminación inducida de líneas tradicionales, servicios y estaciones, es decir, escaso beneficio social, encarecimiento de pasajes aun significando una parte pequeña del coste real, daños ambientales, culto estúpido a una velocidad innecesaria, tecnología utilizada políticamente como activo, brillo y excelencia, alto riesgo, inevitable, de accidentes catastróficos...


Accidente de Adamuz, enero de 2026 (EFE).

Tampoco yo, que pedí en 1986 a la Fundación de los Ferrocarriles Españoles que acometieran el estudio de impacto ambiental del tren de alta velocidad que acaba de anunciar el Gobierno socialista para tenerlo a punto durante la Expo de Sevilla de 1992, pude imaginar los resultados infames, de todo tipo, que ese tren nos ocasionaría. A mí me preocupaba la ligereza con que esa infraestructura novedosa, pero de evidente gran impacto, se asumía sin más, sobre la inexistencia de legislación de impacto ambiental. Y conseguí de la sensibilidad de esa Fundación que me encargara un Estudio de Impacto Ambiental ajeno a legislación alguna, pero que pronto se hizo perentorio cuando Bruselas lo exigió al Ministerio de Transportes como condición para financiar el proyecto.

Fue, en efecto, la chulería y el exhibicionismo de aquellos sevillanos en el poder (Felipe González, Alfonso Guerra), que se dejaron fácilmente encandilar/presionar por sus compadres socialistas franceses y la tecnología de su TGV, lo que nos dio el AVE, que inicialmente se llamaba NAFA (Nuevo Acceso Ferroviario a Andalucía), con velocidad prevista de 250 km/h y que se erigía como una alternativa aparente al trazado por el paso de Despeñaperros.

Luego se fue desencadenando el “AVE para todos”, que las campañas electorales y el populismo/pueblerinismo de nuestros líderes políticos pretendía, hasta llegar, sin justificación ni sensatez alguna a los más de 2.000 km actuales “segundo país del mundo tras China”. Y quedaba instituida la velocidad ferroviaria de los 300 km/h, saltando sin malla ni medida sobre las velocidades “sociales” de 200 km/h en algunos tramos, pero sin abandonar las tecnologías “a la medida del hombre”, que en ética y política no se deben traspasar impunemente.

Pero más de un centenar de muertos en un mismo año es demasiado e intolerable, por lo que hay que actuar y exigir que los poderes públicos se pongan a la faena, dejándose de tonterías exhibicionistas que no hacen ninguna falta y nos castigan, de forma implacable.


Accidente de Urda, octubre de 2026 (infobae).

1) Congélense, pues, como primera medida, o sométanse a moratoria, todos los proyectos de AVE, haciendo oídos sordos a tantos líderes autonómicos que parece que con el AVE van a hacer grande a su tierra.

2) Redúzcase sustancialmente la velocidad actual estándar a niveles no superiores a 200 km/h, que ya está bien, si es que se trata de competir con la carretera y sus 120 km/h máximos.

3) Reconózcase que los costes de esos AVE son faraónicos, puro derroche financiero que en realidad nunca se podrá pagar, con resultados escasamente sociales (por no decir, claramente antisociales).

4) Atiéndase a las demandas de las asociaciones de defensa del ferrocarril, dirigidas hasta ahora sin grandes esperanzas a la reapertura de varias de las líneas que el ministro socialista Enrique Barón cerró el 1 de enero de 1985, arrebatado, como todo su Gobierno, por el impulso a eliminar líneas consideradas (económicamente) deficitarias, presa del liberalismo escasamente matizado de sus pares al mando del país. Las poblaciones de Urda y Los Yébenes, sin ir más lejos, por las que discurren los AVE sin detenerse, disponían de un servicio ferroviario Madrid-Puertollano con conexiones a la red nacional, pero lo perdieron al ser “elegidas” en el trazado de la alta velocidad Madrid-Sevilla.

5) Reconózcase, al tiempo, que los daños ambientales derivados de  las exigencias que la alta velocidad impone a la geografía, con curvas amplísimas y mínimas pendientes, superan en muchos casos lo sostenible, deformando para siempre el territorio y el paisaje y degradando además los ecosistemas afectados.

6) Elimínese la competencia en la red ferroviaria, porque es generadora de malos pensamientos por mor de la competitividad y las ventajas relativas, que siempre llevan a la reducción de costes en personal e, inevitablemente, seguridad.

7) Retómese la política de ferrocarriles como una causa nacional de equilibrio e integración social y territorial, así como de reducción de daños ambientales y perjuicios sociales. Vuélvase al “espíritu” del Plan General de Ferrocarriles de 1986, en mala hora fulminado por el ventarrón del AVE, y vuélvase a la conveniencia de hacer más tupida la red actual.

8) No se tema (no se tema demasiado: actúese con la prudencia debida), lesionar a ese (temible, bien es verdad, por lo poderoso) “bloque” de intereses formado por las grandes empresas del transporte, del petróleo y del automóvil (ahí es nada, pero es necesario); tómese como objetivo y con especial ahínco el reducir los tráficos por carretera de mercancías en primer lugar, y también de automóviles de uso individual o familiar.

9) Evítese a los ministros bocazas, tipo Óscar Puente, que glosan al AVE sin saber de lo que hablan y descártense a la cabeza de la política ferroviaria a economistas liberales (siempre peligrosos) y a tecnólogos incultos (muy abundantes): unos y otros han creado un monstruo al que amamantan contra toda lógica y sensatez.

10) Reconózcase que la envergadura de los daños, humanos en primer lugar, son inadmisibles, que dos accidentes masivos y mortales en un mismo año, con un centenar largo de víctimas mortales destrozadas, resulta absolutamente intolerable, y no pueden dejarse pasar como si nada, o como si se pudiera volver a las andadas pasado el trauma. Que la tecnología implicada en la alta velocidad no puede darse (tampoco) por segura, al menos en relación con los desastres que implican sus fallos.

       Yo propondría, como iniciativa urgente y necesaria, un seminario intensivo a los actuales decisores en materia ferroviaria sobre los desastres que implican las prisas, es decir, el virus, dejado en libertad, de la velocidad a todas luces excesiva del AVE, por el alto riesgo que comporta. Y que dejen de mirarse en China o Japón, que en Europa la alta velocidad hace tiempo que se estancó y es de irresponsables arrogarse el liderazgo en esa tecnología.