viernes, 19 de junio de 2026

Un juez británico condena a activistas propalestinos como terroristas

 

      Periodista independiente, fotógrafo y documentalista.



Por primera vez en el Reino Unido, un juez condenó a cuatro activistas de Palestine Action con cargos de terrorismo por una protesta de acción directa contra una fábrica de Elbit Systems. El fallo sienta un peligroso precedente


Protesta contra el genocidio en Londres el 3 de agosto de 2024.

     El 12 de junio de 2026, un juez del Tribunal de la Corona de Woolwich, en el Reino Unido, condenó a cuatro activistas de Palestine Action por terrorismo y los sentenció a prisión por su participación en una protesta de acción directa en una fábrica de Elbit Systems, el mayor fabricante de armas de Israel, que causó daños por valor de 1,2 millones de libras esterlinas.


Carteles de activistas de Palestine Action que están siendo juzgados, expuestos en las puertas del Tribunal de la Corona de Woolwich.

Esta es la primera vez en el Reino Unido que se aplica la legislación antiterrorista contra activistas. Existe una gran preocupación de que esto siente un peligroso precedente para otros activistas que se oponen al genocidio israelí contra los palestinos en Gaza y a la limpieza étnica en Cisjordania.

Charlotte Head y Leona Kamio, miembros de Palestine Action, fueron condenadas a 6 años menos 45 días, mientras que Fatema Zainab Rajwani fue condenada a 5 años y 8 meses menos 45 días, en virtud de una cláusula de la legislación antiterrorista por causar daños materiales. Samuel Corner también fue condenado a ocho años y ocho meses, incluyendo una pena adicional por lesiones corporales graves sin intención.

La incursión llevada a cabo por seis activistas en la fábrica de Elbit en Filton, Reino Unido, tuvo lugar en agosto de 2024. Según los informes, destruyeron 40 “activos militares”, incluyendo el dron Magni X y varios drones Thor, ambos ampliamente desplegados en Gaza por el ejército israelí.


40 armas destruidas durante una redada en una empresa armamentística israelí.

Los activistas fueron arrestados en el lugar. Otras 18 personas fueron arrestadas en relación con la incursión, como parte de la “Operación Recomply”, y posteriormente fueron apodadas los “Filton 24”. En mayo de 2026, se convirtieron en los “Filton 25” después de que la Fiscalía decidiera adelantar el veredicto de Lewis Chiaramello por su presunta participación en una acción en la base aérea de la RAF Brize Norton.


Libertad para Filton 25.

Durante la lectura de la sentencia, más de 500 personas se congregaron frente al tribunal para apoyar y solidarizarse con los activistas, exhibiendo pancartas, interpretando música y poesía, y coreando consignas. Un amplio contingente policial estuvo presente y realizó más de 100 arrestos, principalmente por mostrar apoyo a Palestine Action, organización que el gobierno británico catalogó como terrorista en julio de 2025.


Policía y manifestantes en la protesta contra el genocidio palestino, frente al Ministerio de Justicia de Londres.

Posteriormente se produjeron más arrestos tras el bloqueo de una furgoneta penitenciaria que transportaba a algunos activistas a la salida del juzgado. El vehículo permaneció detenido durante más de una hora hasta que la policía desalojó a los manifestantes, acusados ​​de usar fuerza desproporcionada y realizar arrestos violentos.


Activistas propalestinos golpean la furgoneta penitenciaria.

Un juicio sin precedentes

Las sentencias se dictaron al término de un juicio sin precedentes.

Tras los hechos del 6 de agosto de 2024, Samuel Corner, Jordan Devlin, Charlotte Head, Leona Kamio, Fatema Rajwani y Zoe Rogers fueron acusados ​​inicialmente de daños a la propiedad y robo con agravantes. Corner, Head y Kamio también fueron acusados ​​de alteración del orden público.

En virtud de las facultades antiterroristas, se les denegó la libertad bajo fianza y permanecieron en prisión preventiva, a pesar de haber sido acusados ​​de delitos menores. Permanecieron encarcelados hasta la conclusión de su juicio en febrero de 2026, que comenzó en noviembre de 2025; casi 18 meses después de su detención.

Ninguno fue declarado culpable inicialmente de ningún delito, ya que el jurado no llegó a un veredicto sobre los cargos de daños a la propiedad y alteración del orden público, y todos fueron absueltos del cargo de robo con agravantes. Insatisfecha con el resultado, la fiscal Deanna Heer KC confirmó que se solicitaría un nuevo juicio.

El nuevo juicio concluyó el 4 de mayo de 2026 y declaró culpables de daños criminales a Samuel Corner, Charlotte Head, Leona Kamio y Fatema Zainab Rajwani. Corner también fue declarado culpable de causar lesiones corporales graves sin intención. Devlin y Rogers fueron absueltos.

Una vez levantadas las restricciones de información impuestas por el tribunal el 12 de mayo de 2026, se reveló que se había ocultado un factor importante al jurado durante las deliberaciones: que un veredicto de culpabilidad podría activar una cláusula de “conexión terrorista” en virtud de la Ley de Lucha contra el Terrorismo y Sentencias de 2021 en el momento de la sentencia.

Además, el abogado defensor de los acusados, Rajiv Menon KC, se enfrentó a un proceso por desacato al tribunal por su alegato final en el juicio de 2024 y fue acusado de desobedecer las órdenes del juez, Sir Jeremy Charles Johnson KC.

El juez dictaminó que los acusados ​​no podían alegar una excusa legal basada en las acciones del ejército israelí en Gaza, y prohibió a los abogados incitar al jurado a desobedecer las decisiones judiciales o a aplicar el principio de equidad del jurado, es decir, el derecho del jurado a absolver a los acusados ​​según su propia conciencia o sentido de justicia.

En su alegato final, Menon habló al jurado sobre la histórica sentencia judicial de 1670, el caso Bushel, que estableció la independencia de los jurados. También leyó una placa en el Tribunal Penal Central, destacando la importancia del caso y citando que “estableció el derecho de los jurados a emitir su veredicto según sus convicciones”.

Este fue el punto de controversia para Johnson y se cree que es la primera vez en la historia jurídica del Reino Unido que se inicia un procedimiento por desacato al tribunal contra un abogado por su alegato final.

Los jueces de apelación concluyeron que Johnson carecía de jurisdicción para remitir el caso al Tribunal Superior, y la demanda por desacato contra Menon fue desestimada.

Poco después, Johnson fue ascendido a juez presidente adjunto superior de Inglaterra y Gales por la jueza presidenta Sue Carr y ratificado por el ministro de Hacienda, David Lammy, miembro de Labour Friends of Israel, quien ha recibido más de 32.000 libras esterlinas en financiación de este grupo de presión proisraelí. Labour Friends of Israel es un grupo de presión proisraelí que trabaja estrechamente “entre bastidores” con la embajada israelí en Londres, como se reveló en la serie documental de Al Jazeera The Lobby.

En la semana previa a la sentencia, el grupo activista Defend Our Juries presentó una queja formal contra Johnson, alegando prácticas parciales y discriminatorias. Más de 5.000 personas firmaron la queja, entre ellas abogados, profesores de derecho, policías jubilados y magistrados, y exigieron su recusación durante el juicio. Johnson se negó a renunciar.

Represión contra Palestine Action

Desde su fundación en 2020, Palestine Action ha atacado a Elbit Systems y otras empresas vinculadas a la fabricación israelí de armas y municiones. Con el tiempo, algunos miembros del grupo han sido procesados ​​por su participación, mientras que otros han sido absueltos. Esto se ha convertido en una creciente preocupación para el Gobierno británico, que ya se encuentra bajo presión del gobierno israelí y de grupos de presión. Desde que comenzó el genocidio israelí en Gaza en 2023, las acciones contra instalaciones y oficinas se han intensificado, al igual que la atención del gobierno.

El 20 de junio de 2025, dos activistas de Palestine Action irrumpieron en la base aérea de la RAF Brize Norton en Oxfordshire, dañando dos aeronaves Voyager que, según afirman, forman parte de la participación directa de Gran Bretaña en el genocidio y otros crímenes de guerra. Días después, Yvette Cooper, entonces ministra del Interior, anunció en el Parlamento su intención de ilegalizar Palestine Action en virtud de la Ley Antiterrorista de 2000.

Posteriormente se supo que la Fiscalía le había aconsejado no ilegalizar al grupo en los seis meses previos a cualquier vista judicial, alegando que hacerlo perjudicaría un juicio justo. Su anuncio se produjo cinco meses antes del inicio del primer juicio. Además, se arriesgó a ser acusada de desacato al tribunal por divulgar detalles del caso en un artículo publicado, a pesar de las restricciones a la información. El juez Johnson desestimó la solicitud del abogado defensor en su contra.

Cooper también es miembro de Labour Friends of Israel y ha recibido donaciones del lobby proisraelí.

A pesar de la amplia oposición de la ciudadanía, las organizaciones de derechos humanos y libertades civiles, y las Naciones Unidas, la ilegalización siguió adelante. Los diputados votaron a favor por 382 votos contra 26. Sin embargo, se cree que Cooper influyó estratégicamente en la votación al incluir en su orden de ilegalización a dos grupos: el grupo neonazi Maniacs Murder Cult y el ultranacionalista y supremacista blanco Russian Imperial Movement. Cabe destacar que Jonathan Reynolds, exsecretario de Comercio del Reino Unido y actual vicepresidente de Labour Friends of Israel, quien supervisó las exportaciones de armas a Israel y se beneficia del lobby proisraelí, votó a favor de la prohibición.

Indignados por el resultado, se llevaron a cabo vigilias de protesta silenciosas con pancartas que decían: “Me opongo al genocidio. Apoyo a Palestine Action”. Esta campaña a nivel nacional se reprimió con detenciones masivas y, posteriormente, desempeñó un papel importante en la presión ejercida antes de la impugnación legal de la prohibición.

Tras una revisión judicial histórica, el Tribunal Superior del Reino Unido dictaminó que la prohibición era ilegal y que sería revocada, alegando violaciones de los derechos a la libertad de expresión y de reunión, consagrados en el Convenio Europeo de Derechos Humanos. Sin embargo, el fallo no sería retroactivo y entraría en vigor una vez concluida la apelación del Ministerio del Interior contra el Tribunal Superior. Como consecuencia, las vigilias de protesta con detenciones masivas continuaron; solo en Londres, más de 500 personas fueron arrestadas en una sola jornada.

Antes del día de la sentencia, más de 3.300 personas habían sido arrestadas, 1.200 de ellas acusadas de delitos relacionados con el terrorismo. Sin embargo, otras 72 fueron arrestadas a las afueras del Tribunal de la Corona de Woolwich por portar carteles modificados con el lema “Salvar vidas no es terrorismo. Apoyo a Palestine Action”, algunos de los cuales medían menos de 2,5 cm.

Actualmente esperan juicio y podrían enfrentarse a hasta 14 años de prisión.

Una escalada demencial

La sentencia de Samuel Corner, Charlotte Head, Leona Kamio y Fatema Zainab Rajwani en virtud de la legislación antiterrorista constituye un caso histórico para el Reino Unido. De hecho, es el primero de su tipo.

En una declaración enviada a Mondoweiss, Lisa ‘Luxx’ Minerva, coordinadora del Comité de Defensa de Filton25, afirmó: “Esto representa una escalada insensata por parte del Estado; todo ha sido orquestado”.


Luxx pronunciando un discurso ante la multitud.

Considera que el resultado sin precedentes de este juicio es fruto de un esfuerzo concertado, llevado a cabo por un juez “parcial” que “ignoró por completo las pruebas”, y forma parte de una “estrategia para reprimir el movimiento” que ha cobrado fuerza durante el genocidio israelí en Gaza.

Muchos ven esto como otro espantoso ejemplo del compromiso del Gobierno británico con la complacencia hacia el Estado israelí y su participación activa en el genocidio, los crímenes de guerra y las provocaciones militares en el mundo árabe; todos ellos considerados abominables e inquietantes.

De hecho, como declaró el juez Johnson en su discurso de clausura del proceso: “Elbit no está siendo juzgado”.

Y esta es la razón por la que Luxx afirma que la acción directa es posible: “Estas cuatro personas se convirtieron en los líderes que necesitaban ver en la sociedad. Cuando necesitaban que se detuviera la violencia, salieron y la detuvieron ellos mismos cuando nada más funcionaba”.

Estas sentencias se producen en un momento en que muchos en el Reino Unido han presenciado cómo las manifestaciones, vigilias y marchas propalestinas han sido objeto de mayor control policial y restricciones que incluían limitaciones a los cánticos y al uso del lenguaje, los símbolos y la iconografía. Estos esfuerzos han buscado demonizar las manifestaciones contra el genocidio como “marchas de odio”, las campañas de boicot como “discriminación” y el discurso político que cuestiona a Israel como antisemita.

Sin embargo, Luxx considera que estas son tácticas desesperadas impulsadas por un sistema nervioso: “Esto pretende intimidar al movimiento, pero las acciones contra Elbit Systems no han cesado”.

Pero no hay indicios de que la represión vaya a disminuir pronto. El lunes 15 de junio de 2026, de forma sorpresiva, el Tribunal de Apelaciones dictaminó que la prohibición de Palestine Action era legal.

Aunque es probable que se apele la sentencia ante el Tribunal Supremo y posiblemente ante el Tribunal Europeo de Derechos Humanos, el proceso puede durar años. El destino de los restantes “Filton 25” aún está por verse. Asimismo, el futuro de la acción directa y la protesta es incierto. Pero una cosa es segura para Luxx: “Lucharemos contra esto. No es el final, es solo el comienzo”.



Fuente: Ctxt

jueves, 18 de junio de 2026

La amenaza de la ‘Línea Amarilla’ en la Franja de Gaza

 

 Por Ruwaida Amer   
      Periodista independiente de Jan Yunis (Franja de Gaza).


Israel aspira a controlar el 70% de Gaza con el apoyo de EEUU. A pesar del alto el fuego, cada día traslada la frontera imaginaria y dispara a los palestinos que se ven sorprendidos


El ejército israelí instala bloques de hormigón de la Línea Amarilla, que delimita la zona ocupada de la Franja de Gaza.

     A principios de mayo, Mohammed Suleiman se disponía a visitar a sus padres, como hace cada mes. Este hombre de 42 años vive en el campo de refugiados de Nuseirat, en el centro de Gaza, mientras que sus padres residen al sur, en Jan Yunis. Eligió la ruta más rápida: conducir por la calle Salah Al-Din, la principal arteria de tráfico norte-sur de Gaza. Pero ese día, su viaje se vería interrumpido, casi de forma fatal.

Estaba cerca de Bani Suheila, en la calle Salah Al-Din, cuando de repente me alcanzó en la mano una bala disparada por el ejército israelí”, contó a la revista +972.

Mohammed fue trasladado al Complejo Médico Nasser, donde recibió tratamiento por su herida, que, afortunadamente, fue leve. “Esta vez he sobrevivido, pero no sé qué nos pasará a mí o a cualquiera la próxima vez”, afirmó. “No les basta con que seamos blanco de ataques repetidos [con bombardeos]; ahora también disparan contra los transeúntes”.

El llamado “alto el fuego” acordado el pasado mes de octubre entre Israel y Hamás dio lugar a un fenómeno que no ha dejado de atormentar a los residentes de Gaza: la ‘Línea Amarilla’. Se suponía que debía delimitar los límites de la ocupación israelí del territorio de Gaza, antes de una retirada gradual a medida que avanzara el alto el fuego. Pero, en lugar de retirarse, las fuerzas israelíes están avanzando.

Al principio, Israel mantuvo el control directo de alrededor el 53 % del territorio de Gaza, a cuyos residentes había desplazado por la fuerza al otro lado de la Franja. Durante los últimos seis meses, periodo en el que el ejército israelí ha matado acerca de 1.000 palestinos en Gaza, los soldados han seguido avanzando hacia el oeste, apoderándose de más del 60 % del territorio.


Palestinos desplazados cerca de sus tiendas de campaña.

Hace dos semanas, el primer ministro Benjamin Netanyahu reveló que había ordenado al ejército que aumentara esa cifra al 70 %, un proceso que se está llevando a cabo en plena coordinación con la Casa Blanca.

En los últimos días, los residentes palestinos han sido testigos de una intensificación de la actividad militar israelí en las zonas adyacentes a la ubicación actual de la Línea Amarilla, lo que aviva aún más los temores sobre su destino. Y en ningún lugar se percibe esto con mayor intensidad que a lo largo de la calle Salah Al-Din.


Post de la organización «Proyecto de Datos de Ubicación y Eventos de Conflicto Armado».

Khalil Al-Sayed, un conductor de unos cincuenta años, depende de esa carretera para ganarse la vida. “Soy conductor desde los 18 años, y es el único trabajo que sé hacer”, explicó.

Aunque la calle Salah Al-Din era accesible para conductores como Al-Sayed durante los primeros meses del alto el fuego, la situación ha empezado a cambiar. “Desde hace unos dos meses, sentimos una creciente sensación de peligro en la carretera debido a los bloques amarillos que se acercan”, dijo, refiriéndose al mecanismo del ejército israelí para demarcar la Línea Amarilla. “Los conductores nos ponemos en contacto todas las mañanas para preguntarnos por el estado de la carretera: ¿está despejada? ¿Ha habido disparos? ¿Hay tanques?”

Salimos a trabajar sin saber qué nos va a pasar”, continuó. “Los disparos indiscriminados son aterradores. Muchas veces, los tanques surgen de la zona de Zeitoun, al norte, y nos obligan a desviarnos hacia el mar para escapar de ellos. Es una situación verdaderamente trágica, y no sabemos qué nos depara el futuro”.

"Nada ha cambiado desde el alto el fuego”

En Jan Yunis, la Línea Amarilla se acerca cada vez más al centro. Mientras que las zonas orientales de la ciudad llevan ocupadas por el ejército israelí desde antes del “alto el fuego” y han quedado prácticamente destruidas, el centro ha experimentado en los últimos meses un resurgimiento de la actividad comercial. Ahora, esto también parece estar amenazado.

En los últimos días, los palestinos del barrio de Al-Bayuk, ligeramente al este de la ciudad, han informado de la aparición de nuevos bloques de hormigón amarillos colocados por el ejército israelí. En respuesta, los residentes han comenzado a huir hacia el oeste para escapar de la invasión militar.

Mohammed Al-Bayuk (que comparte apellido con el barrio) busca ahora un lugar donde su familia pueda vivir en la zona de Al-Mawasi, a lo largo de la costa de Gaza. Este padre de tres hijos había regresado a Al-Bayuk tras el “alto el fuego” y se encontró con que su casa había sido destruida, por lo que montó una tienda de campaña sobre los escombros para poder permanecer en su tierra. Ahora, sin embargo, se está preparando para huir una vez más.

Estoy en estado de shock por culpa de estos bloques amarillos”, declaró a +972. “Están convirtiendo mi vida de nuevo en un infierno. Tengo una pequeña familia que mantener –incluidos mi madre, mi hermano y mis hermanas, de quienes me ocupo desde que mi padre falleció un año antes de la guerra–. No sé cómo voy a poder quedarme en la zona con este peligro tan cerca. Estoy intentando encontrar un lugar para nosotros en Al-Mawasi, pero está abarrotado de personas desplazadas”.

A principios de este mes, el ejército israelí bombardeó su barrio, algo que, según Al-Bayuk, tenía como objetivo aterrorizar a los residentes para que huyeran. “Fue aterrador”, relató. “Lo más impactante es que nos están desplazando durante un alto el fuego. No sé qué están haciendo los mediadores ante esta ampliación de la Zona Amarilla”.

Salem Awad, un hombre de 45 años y padre de seis hijos, originario de Rafah y que actualmente vive en una tienda de campaña en Al-Mawasi, describió los movimientos diarios de la Línea Amarilla por parte del ejército israelí como algo parecido a una partida de ajedrez. “Llevo casi tres años sin poder entrar en Rafah, y eso me mata”, declaró a +972. “Monté la tienda lo más cerca posible para respirar un poco de mi ciudad, solo para descubrir que los bloques amarillos se acercaban a nosotros [la semana pasada]. Ahora estamos justo al lado de ellos, lo que significa que estamos en una zona de peligro”.

No puedo quedarme donde estoy e ignorar esos bloques porque el ejército israelí es traicionero y puede atacarnos en cualquier momento, alegando que representamos una amenaza para sus fuerzas”, continuó Awad. “Hice que mis hijos y mi familia se fueran a la tienda de su abuelo hasta que encontrara un lugar donde montar mi propia tienda y alejarme de aquí”.

Vivimos bajo una inmensa injusticia”, continuó. “No ha cambiado absolutamente nada [desde el alto el fuego]. Oímos constantemente el ruido de las explosiones, que son aterradoras. Oímos cómo se mueven los tanques y vemos las luces al este de Rafah y en sus alrededores. Estamos aquí esperando una solución”.

Al este de Deir Al-Balah, los residentes llevan más de un mes enfrentándose a una amenaza similar. “Volvimos a nuestra casa cuando comenzó el alto el fuego porque no se encuentra dentro de la Zona Amarilla”, explicó a +972 Ahmed Al-Saeed, vecino de esta zona. “Empezamos a acostumbrarnos a la presencia de los tanques y del ejército cerca, pero era aterrador. Intenté mantener a los niños y a todos los demás alejados de esos bloques de hormigón”.

Entonces, hace un mes, el ejército nos ordenó evacuar hacia el oeste”, continuó. “Pensé que era una situación provisional, que estaríamos desplazados un día o una noche, y que luego todo acabaría. Pero unos días más tarde, nos sorprendió descubrir que el ejército había empezado a destruir lo que quedaba de nuestras casas para que nunca pudiéramos volver. Ahora la zona se ha convertido en una Zona Amarilla, de acceso prohibido”.

Estos bloques de hormigón se acercan cada día más de este a oeste, y todos estamos confinados a lo largo de la costa occidental”, dijo Al-Saeed. “Queremos saber: ¿se trata de una ocupación de Gaza y de un desplazamiento forzoso, o qué? Tenemos niños sin techo y estamos en un alto el fuego. Nunca antes habíamos vivido nada parecido. La Línea Amarilla es una pesadilla para todos y no sabemos cuándo va a terminar”.

Fuente: Ctxt

miércoles, 17 de junio de 2026

Irán y el desplazamiento de las líneas del orden regional

 

 Por Mostazafin    
      Periodista en Descifrando la Guerra.

     El ataque iraní contra Israel en la noche del domingo 7 de junio representa algo cualitativamente distinto de los episodios anteriores de confrontación entre ambos países. Por primera vez, la República Islámica atacó directamente al Estado hebreo sin que una acción israelí previa contra territorio o activos iraníes lo precediera.


La respuesta de Irán a los ataques israelíes en Líbano revela una nueva doctrina de disuasión con profundas implicaciones para la guerra y el orden regional en su conjunto.

Las líneas de confrontación se han desplazado desde la Guerra de los Cuarenta Días, y quienes sostienen que estamos de nuevo en una situación de impasse estratégico pasan por alto lo más importante: que las reglas que definen ese equilibrio ya no son las mismas.

Irán y el orden regional

Durante años, los analistas han caracterizado la doctrina de disuasión iraní como fundamentalmente reactiva: Teherán absorbía el golpe, calculaba la respuesta y actuaba en el momento y lugar de su elección. Esa caracterización describía un patrón de comportamiento sin atender a las condiciones que lo sostenían ni a las que podrían modificarlo.

Lo que los acontecimientos del domingo 7 de junio ponen de manifiesto es que Irán ha modificado los términos de su propio cálculo estratégico. Ya no se considera obligado a esperar un ataque directo contra su territorio para justificar una respuesta.

Es decir, la República Islámica ha añadido una dimensión que cambia el perímetro de ese cálculo: también reaccionará a los bombardeos israelíes contra Líbano, o al menos a aquellos que considere una línea roja. La pregunta que surge de inmediato es qué condiciones hacen posible esta transformación.

Los Estados modifican las reglas del juego cuando perciben que el equilibrio de poder en su entorno, sus capacidades internas y las condiciones regionales les permiten tomar la iniciativa. Lo que el ataque del 7 de junio señala es un nivel de confianza estratégica que resulta difícil de disociar del resultado de la Guerra de los Cuarenta Días.

Pese a dos campañas militares sucesivas contra Teherán, Irán está lejos de haber sido derrotado.


Desde la guerra contra Irak, Irán ha desarrollado un amplio arsenal de misiles como elemento disuasorio frente a Estados Unidos e Israel.

Las autoridades iraníes proyectan la convicción de que actualmente no existe amenaza creíble, ni de Israel ni de Estados Unidos, capaz de obligarles a un cambio sustancial en su política. La República Islámica se percibe en una posición que le permite establecer nuevas reglas a sus adversarios antes que actuar dentro del marco que otros le imponen.

Esa percepción tiene efectos políticos autónomos que estructuran el comportamiento de todos los actores implicados, con independencia de cualquier evaluación externa sobre sus fundamentos materiales.

Lo que hace particularmente significativo el ataque en cuestión es que no ocurre en el vacío, sino sobre el trasfondo de una metamorfosis regional acumulada. La Guerra de los Cuarenta Días no solo no quebró la capacidad operativa iraní, como ya hemos apuntado, sino que consolidó una lectura del equilibrio regional que Teherán venía construyendo desde hace meses.

En ese marco, los hechos de aquel domingo son la expresión de una evaluación estratégica: que el momento es propicio, que los adversarios no tienen las capacidades necesarias para modificar el actual statu quo y que la iniciativa, tomada ahora, produce efectos que la respuesta reactiva no podría producir. La confianza estratégica que refleja esta decisión está lejos de ser una improvisación.

Además, sus fundamentos son operativos. Irán mantiene el estrecho de Ormuz bajo condiciones de tránsito que dependen de su autorización, ha demostrado que es capaz de resistir el ataque combinado de Estados Unidos e Israel sin ceder y opera en una región que muchos analistas consideran que está siendo reconfigurada de acuerdo a sus objetivos políticos.


Basta con observar un mapa para comprender la importancia del estrecho de Ormuz, que se erige como un cuello de botella en el golfo Pérsico, rodeado de países ricos en hidrocarburos y con Irán en posición de ejercer capacidad de bloqueo.

La humillación y sus dimensiones

Para entender hasta qué punto Estados Unidos salió debilitado de la guerra, basta con observar cómo ha evolucionado su posición. Desde la exigencia de Donald Trump, el 6 de marzo, de una "rendición incondicional" hasta un acuerdo que ni siquiera aborda la cuestión central.

J. D. Vance abandonó Islamabad el 12 de abril tras afirmar que la oferta estadounidense estaba sobre la mesa y que correspondía a Irán aceptarla o afrontar las consecuencias. La República Islámica no aceptó.

Trump respondió imponiendo un bloqueo naval sostenido en dos ilusiones: que la presión económica obligaría a Teherán a ofrecer concesiones sustanciales, y que China, sometida también a presiones económicas, forzaría a su vez a Irán a ceder.


El anuncio de Estados Unidos sobre el bloqueo del estrecho de Ormuz reflejó el fracaso de las conversaciones con Irán en Islamabad.

El presidente estadounidense viajó a Pekín y no obtuvo de Xi Jinping ninguna concesión al respecto. A su regreso, terminó retractándose de su amenaza de reanudar la contienda, como lo haría en ocasiones posteriores.

Irán, por su parte, suspendió las negociaciones directas cuando se impuso el bloqueo y relegó el expediente nuclear a un segundo plano, dejando claro que sólo abordaría ese asunto una vez levantadas las restricciones. Mantuvo esa postura pese a las reiteradas amenazas de nuevos bombardeos.

La humillación estadounidense que emerge de este proceso opera en dos planos inseparables. En el material, Irán resistió la coerción y respondió de formas que alteraron las suposiciones sobre una dominación incuestionable en la región.

Cuarenta días de bombardeos no desembocaron en una capitulación; produjeron un Irán que el domingo 7 de junio por la noche ataca directamente a Israel desde una posición que sus adversarios no anticiparon.

En el plano discursivo, algo más profundo está en juego. La capacidad de Estados Unidos para nombrar, clasificar y definir la realidad política ha sido cuestionada con una eficacia que ninguna administración anterior había tenido que enfrentar con esta claridad. 

Durante décadas, la Casa Blanca construyó un orden de inteligibilidad en el que Irán aparecía como problema a resolver, como actor que debía ser disciplinado hasta aceptar los términos del orden liberal. 

Lo que los recientes acontecimientos demuestran es que ese orden de inteligibilidad no corresponde a la realidad que pretende describir. La República Islámica no fue disciplinada. Y esa resistencia sostenida tiene una elocuencia que el análisis convencional no puede absorber sin revisar sus premisas.

Esta dimensión discursiva es la que los marcos analíticos convencionales tienden a subestimar porque opera por debajo del umbral de lo que se considera análisis riguroso. La política exterior estadounidense hacia Irán ha operado históricamente desde la premisa de que Washington posee el derecho a estructurar el orden regional y que los actores que rechazan esa estructuración constituyen anomalías que deben corregirse.

La Guerra de los Cuarenta Días ha demostrado que esa premisa resulta estratégicamente ineficaz. La coerción produjo una reconfiguración del equilibrio regional que Washington no anticipó y que con el ataque –todavía sin respuesta articulada– no sabe cómo gestionar.

La pregunta que Estados Unidos debería hacerse, y que su propio marco epistémico le impide formular con claridad, es si la política de "máxima presión" no ha producido exactamente lo contrario de lo que prometía: un Irán más confiado, más dispuesto a la iniciativa y menos sujeto a los términos que sus adversarios querían imponerle.

La ecuación libanesa

La decisión de Irán de vincular explícitamente su respuesta a los ataques israelíes contra Líbano desmonta con precisión dos narrativas que han circulado durante años con escaso escrutinio crítico. 

La primera es la etiqueta de proxy aplicada rutinariamente a Hezbolá, que presupone una relación de instrumentalización unilateral en la que Teherán utiliza a la organización como herramienta de su política regional, sin agencia propia y sin intereses que no sean los de su supuesto patrocinador.

La segunda es la narrativa según la cual Hezbolá arrastró a Líbano a una guerra de otros, como si Líbano fuera un espectador pasivo de un conflicto ajeno a sus propios intereses y a su propia historia política.

Ambas narrativas comparten una función precisa, que es deslegitimar la resistencia libanesa reencuadrándola como efecto de una manipulación externa antes que como expresión de una posición política autónoma con raíces históricas propias.

El paraguas de seguridad que Irán ha extendido sobre Líbano revela algo que va más allá de la inseparabilidad de los intereses estratégicos de ambos actores y de la profundidad de sus vínculos ideológicos y religiosos, aunque estos existan y sean políticamente relevantes.


Soldados israelíes toman el fuerte de Beaufort, ubicado en el sur de Líbano, el 31 de mayo de 2026.

Lo que aparece es una concepción de la soberanía como autodeterminación regional, una soberanía que debe ser continuamente ejercida y defendida mediante la resistencia y la solidaridad. Esta visión contrasta con la soberanía formal, conferida externamente, que encarna el gobierno libanés, y que, como ese mismo gobierno ha demostrado, puede ser negada o entregada en la práctica sin que su denominación formal cambie.

Esa distinción determina quién puede actuar en nombre de una comunidad cuando esa comunidad está siendo atacada, y quién sólo puede invocar una autoridad que ya no controla.

En definitiva, Irán actúa desde una lógica en la que el valor político fundamental está constituído por la autonomía política de la comunidad y por la capacidad para establecer sus propios términos de seguridad y resistir la presión externa.

Una lógica que el análisis convencional de las relaciones internacionales ha sido incapaz de capturar porque insiste en tratar a la República Islámica como un actor cuyas decisiones sólo pueden leerse como respuesta a estímulos externos, nunca como expresión de una evaluación estratégica propia. 

Al menos desde la Guerra de los Cuarenta Días, Irán ha demostrado que ese marco es insuficiente, y la noche del domingo 7 de junio lo confirmó de una manera que difícilmente admite interpretación alternativa.

Las categorías con las que el análisis occidental ha operado durante décadas –sus clasificaciones de actores racionales e irracionales, sus distinciones entre Estados y proxies o su vocabulario de presión y capitulación– no están en condiciones de procesar ese cambio sin una revisión que pocas instituciones, de momento, parecen dispuestas a emprender.


Fuente: Descifrando la Guerra