sábado, 6 de junio de 2026

La luna es de todos

 

      Arquitecto y doctor en Teoría e Historia de la Arquitectura.


Una lectura de la carrera espacial en clave de diseño


Imagen de la Tierra desde la Luna.


     Cuando a principios del mes de abril de este año la cápsula Orion de la misión Artemis II de la NASA orbitó durante unos minutos la cara oculta de la luna, a más de uno le vino a la memoria lo que sucedió el 20 de julio de 1969. Aunque muchos ni siquiera habíamos nacido por entonces, es fácil establecer el vínculo con aquel día en que el módulo Eagle de la misión Apolo 11 alunizó en el llamado Mar de la Tranquilidad, proporcionando uno de los momentos más memorables de la historia del siglo XX. Memorable en el sentido literal de la palabra, no solo por su mérito para ser recordado, sino por su capacidad para construir memoria colectiva a su alrededor. Son ese tipo de episodios cuyos detalles quizás no recordamos con precisión, pero sí las circunstancias en las que los vivimos: a casi nadie se le olvida qué hacía durante el atentado a las Torres Gemelas de Nueva York, dónde estaba cuando cayó el Muro de Berlín, o cómo siguió (quien pudo) la llegada de los humanos a la luna. Tampoco es que en casos como este se dé mucha opción al olvido: ya se encarga la ficción audiovisual norteamericana de incluirlos en cualquier relato de época mínimamente nostálgico (véase desde Forrest Gump hasta Mad Men).

Llama la atención que la retórica aplicada a la reciente misión Artemis II fuera tan semejante a la del Apolo 11, prácticamente reclamando la misma trascendencia, cuando en términos físicos –y desde el desconocimiento de los detalles– la hazaña que se persigue ahora no parece ser tan distinta a la que llevaron a cabo las más de veinte misiones Apolo entre 1961 y 1972. Algunas de aquellas misiones fueron científicamente muy exitosas, como las que permitieron explorar la superficie del satélite desde el famoso rover lunar, un vehículo que casi podemos asociar a las películas de ciencia ficción. Otras han caído en un cierto olvido, como el accidente del Apolo 1 en 1967 durante las pruebas del cohete en tierra. O han sido reconstruidas heroicamente, como el viaje de la misión Apolo 13 en abril de 1970, cuando un fallo técnico obligó a sus tripulantes a dar media vuelta rodeando literalmente la propia luna. El esfuerzo de aquellas décadas se entiende si lo ponemos en el contexto de la Guerra Fría y la carrera espacial entre Estados Unidos y la Unión Soviética, cuando durante casi dos décadas (entre los cincuenta y los setenta) ambas potencias desarrollaron tecnologías espaciales paralelas. A estas alturas a nadie se le escapa que detrás del relato propagandístico y el imaginario sociotécnico de exploración y colonización del espacio había una necesidad de inversión en investigación que permitió alimentar de conocimiento a sus industrias tecnológicas y militares.

Al margen de las innumerables lecturas que se pueden seguir haciendo de todo aquel periplo, siempre ha sido fascinante observarlo desde la perspectiva del diseño, especialmente por las aproximaciones tan dispares que se producían a un lado y otro del Telón de Acero. Mientras la URSS inauguraba la exploración espacial en 1957 con el satélite Sputnik, Estados Unidos lanzó a los pocos meses el satélite Explorer 1. El satélite ruso era básicamente una robusta esfera de aluminio de más de medio metro de diámetro y casi 85 kg de peso con cuatro antenas, diseñada por el equipo de Serguéi Koroliov (el responsable, entre otras hazañas, de enviar a la perrita Laika, a Yuri Gagarin o a Valentina Tereshkova al espacio); el satélite norteamericano era un dispositivo ligero de forma fuselada y aerodinámica, con más de dos metros de largo, un diámetro inferior a 20 cm y un peso de poco más de 8 kg, diseñado por los equipos de William Hayward Pickering, James van Allen y Wernher von Braun (este último, un personaje controvertido por su pasado vinculado a las SS, considerado el homólogo americano de Koroliov y el auténtico arquitecto de los cohetes que impulsaron las misiones Apolo).

Mientras que los soviéticos confiaron en la robustez y fiabilidad de dispositivos de uso complejo, basados en tecnologías consolidadas y funcionalidades prácticamente indestructibles, los norteamericanos exploraron (y lo siguen haciendo) la aplicación de las tecnologías más avanzadas (coloquialmente, y nunca mejor dicho, rocket science), en busca de la máxima eficiencia, la ergonomía o la automatización de funcionalidades, facilitando la experiencia de uso de sus dispositivos a usuarios no tan especializados. Por eso no es casual que los soviéticos confiaran el diseño de sus estaciones espaciales a la conocida como “arquitecta del espacio” Galina Balashova (famosa por su trabajo casi invisible de adaptación humana de una ingeniería modular estandarizable), mientras que los norteamericanos encargaron el proyecto de la estación espacial Skylab a Raymond Loewy (uno de los padres del diseño industrial comercial y pionero del streamlining). En definitiva, un doble paradigma fascinante de observar.


La estación espacial Skylab, diseñada por Raymond Loewy.

No es difícil trazar el origen del modelo soviético –al que en muchos contextos se sigue conociendo irónicamente como “diseño ruso”– si pensamos en los planteamientos del constructivismo del primer tercio del siglo XX (especialmente tras la revolución bolchevique de 1917 que, entre otras muchas cosas, permitió la fundación del centro de diseño ruso por excelencia, el Vjutemás). Allí la simplicidad de las formas geométricas alimentaron un imaginario popular del arte y la industria, ambos puestos en relación con una cierta funcionalidad social, en contraste con movimientos contemporáneos occidentales de carácter más burgués, como el Art Nouveau. Una visión que se consolidó con el comunismo y con la necesidad de generar confianza en una producción colectiva sin competencia, sin marketing, sin generar apetencia por el consumo. Todo lo contrario que en el contexto occidental.


Estación espacial MIR, según un diagrama de Orionist.

Aunque el desarrollo tecnológico y el apoyo a la industria fueron también argumentos fundamentales para comprender el diseño y la arquitectura del siglo XX en Occidente, aquí la evolución tuvo relación con la deriva del sistema económico capitalista. Existe toda una historiografía del diseño moderno que se esforzó por mostrar esas relaciones entre arte y técnica, con Platz, Read, Mumford, Pevsner, Behrendt, Richards, Giedion, Banham o Maldonado como referentes. De su lectura destaca la contradicción –expresada en términos marxistas– entre el desarrollo de las fuerzas productivas y las relaciones sociales de producción. La conciencia social y cultural modernas de la técnica y del diseño se hicieron inseparables de la discusión en torno al fordismo, la productividad, la racionalización o la tipificación. Y fue precisamente su declive, el rechazo del “rigorismo aséptico de la ética protestante” (en palabras de Maldonado parafraseando a Webber) lo que dio origen al styling o al kitsch entre otras expresiones de la postmodernidad. Expresiones fundamentales para favorecer una economía de mercado basada en el consumo.

Un episodio fascinante para observar el contraste entre estas dos perspectivas fue el conocido “debate de la cocina” que en 1959 mantuvieron el primer secretario del partido comunista soviético Nikita Jrushchov (precisamente el responsable político de los hitos logrados por la Unión Soviética en la carrera espacial) y el entonces vicepresidente de los Estados Unidos Richard Nixon. El contexto fue la Exposición Internacional Estadounidense que se organizó en Moscú aquel año, solo unos meses después de una muestra soviética equivalente en Nueva York, ambas promovidas al inicio de la Guerra Fría con intenciones puramente diplomáticas, pero sumamente jugosas por la comparación de imaginarios tan dispares entre la propaganda comunista y el exhibicionismo capitalista.


El debate de la cocina entre Nikita Jrushchov y Richard Nixon.

Mientras que la muestra soviética destacó por su exaltación de la ciencia con réplicas de los satélites Sputnik como protagonistas, la exposición en Moscú fue todo un alegato de la vida doméstica norteamericana suburbana, el American Way of Life. En medio de una escenografía representada por una cocina multi-equipada y literalmente diseccionada (motivo por el que se conoció al escenario irónicamente como splitnik) Nixon presumió con vehemencia de la producción de los electrodomésticos y los bienes de consumo que hacían la vida más feliz a los estadounidenses. Y no con menos rotundidad Jrushchov puso en duda tanto la necesidad de los productos como su accesibilidad a todos los públicos. Casi resumió la definición mítica que Victor Papanek hizo del marketing, al que acusó de estar dedicado a convencer a la gente para que compre cosas que no necesita, con dinero que no tiene, para impresionar a personas a quienes no le importa. Lo curioso es que semejante panegírico de la economía liberal fue vestido por tres de los estudios de diseño más importantes del momento –George Nelson (diseñador responsable de la exposición), Charles y Ray Eames (autores de la mítica instalación audiovisual Glimpses of the U.S.A. para la muestra) y Buckminster Fuller (creador de la cúpula geodésica que sirvió como espacio principal)–, situando la disciplina en una conexión más que simbólica con el capitalismo.

Es evidente que el desarrollo tecnológico alcanzado por Estados Unidos tras la Segunda Guerra Mundial (siendo prácticamente la fábrica de Europa durante algunos años) se materializó en el desarrollo floreciente de una economía basada en la producción de bienes de consumo, pero no menos fundamentada en la producción de materiales. Esto a su vez se convirtió en un argumento esencial para la promoción del optimismo tecnológico en el diseño, la arquitectura y la ingeniería norteamericanas. Optimismo tecnológico que tuvo su propia expresión plástica, como la arquitectura High Tech (corriente que paradójicamente triunfó especialmente en el Reino Unido). De una manera resumida –según la definición que acuñó el historiador Colin Davies–, el High Tech se caracterizó por el uso de metal y vidrio expresados de manera honesta, por la encarnación de ideas sobre producción industrial haciendo uso de industrias externas a la propia industria de la construcción, y por el planteamiento prioritario de la flexibilidad en el uso. Ahora bien, si a menudo se habla de la muerte de la arquitectura moderna el 15 de julio de 1972, con la voladura del fallido complejo residencial Pruitt-Igoe en Missouri, también se ha puesto fecha a la muerte de la arquitectura High Tech: el 28 de enero de 1986, precisamente el día de la explosión accidental del transbordador espacial Challenger frente a millones de espectadores que veíamos el despegue por televisión (otro momento tristemente memorable). La causa de la tragedia, hoy lo sabemos, fue el fallo de una junta de neopreno, el débil paradigma de los excesos de la alta tecnología.

Los excesos de la nueva carrera espacial son otros, fáciles de identificar teniendo en cuenta el peso de tecno-oligarcas como Elon Musk con SpaceX, Jeff Bezos con Blue Origin, o Richard Branson con Virgin Galactic. Viniendo de una exploración espacial basada en el colonialismo propagandístico del siglo XX, seguramente debiéramos estar atentos a la voluntad extractivista de los intereses privados, a la acumulación de poder independiente de control gubernamental, o a la naturaleza monopolística de los mercados que promueven estos gurús de las industrias del futuro. Todos ellos estarán presentes en la promoción, entre otras, de la futura base lunar, o en la definición de hábitats adaptados a las condiciones físicas y psicológicas de la vida lejos de la Tierra. Y todos ellos monetizarán con datos e influencia geopolítica sus inversiones. Como sea, esperemos que haya todavía espacio para la reacción, para poner en valor aquello que se cantaba en Good News, el musical de 1927: “La luna nos pertenece a todos; las mejores cosas de la vida son gratis / Las estrellas son de todos; brillan ahí para ti y para mí”.


Fuente: Ctxt

viernes, 5 de junio de 2026

Ojo al espacio Báltico, la mecha del polvorín se acorta

 

 Por Alexander Neu   
     Político y politólogo alemán.


     Entre los expertos en seguridad, la región del Báltico se considera actualmente la zona de conflicto con mayor potencial de explosión entre la OTAN y la Federación Rusa. En esta zona se concentran numerosos focos de conflicto.


La región del Mar Báltico: un polvorín subestimado.

Ya en octubre de 2025 publiqué en NachDenkSeiten un artículo sobre el foco de peligro que supone la región del Báltico Der Ostseeraum – das verkannte Pulverfass . Desde entonces, la situación en esta zona se ha agravado aún más. Hace unos días visité la región fronteriza entre Polonia y Rusia. Un silencio fantasmal, escaso tráfico transfronterizo y largos tiempos de espera. La famosa frase «la calma antes de la tormenta» me vino inmediatamente a la mente. A continuación se esbozan algunos de estos focos de conflicto.

El término «región del Mar Báltico» no debe entenderse como un espacio limitado exclusivamente al Mar Báltico, sino que debe abarcar también las zonas rurales situadas mucho más allá de la línea costera de los Estados ribereños, ya que solo así es posible abarcar todos los posibles focos de conflicto.

Datos geopolíticos

El mar Báltico se denomina Ostsee en alemán. Se trata de una masa de agua casi cerrada, con una superficie de aproximadamente 413 000 kilómetros cuadrados y una baja salinidad. La longitud de la costa es de unos 8000 kilómetros. Actualmente, con la excepción de la Federación Rusa, todos los países ribereños del Mar Báltico pertenecen a la OTAN: Dinamarca, Noruega, Suecia, Finlandia, Estonia, Letonia, Lituania, Polonia y Alemania. La propia Rusia solo dispone de dos pequeños accesos al mar, a través del enclave de Kaliningrado y de San Petersburgo. Así, unos 7.340 kilómetros de costa corresponden a los países de la OTAN y unos 660 kilómetros a Rusia.

En consecuencia, la OTAN controla alrededor del 92 % del litoral y Rusia, apenas el 8 %. El único acceso al Atlántico lo constituyen los estrechos de Dinamarca y los que separan Dinamarca de Suecia (el Gran y el Pequeño Belt y el Öresund). Dinamarca y Suecia, y por ende la OTAN, controlan también estos cuellos de botella. De hecho, en el contexto de la ampliación de la OTAN hacia el este, el mar Báltico se ha convertido en un «mar de la OTAN». El grado en que las esferas de influencia han cambiado con la ampliación de la OTAN queda patente si se tiene en cuenta que, durante la confrontación Este-Oeste, la región del mar Báltico fue, en la práctica, una zona marítima del Pacto de Varsovia liderado por la Unión Soviética. Los Estados ribereños del bloque de poder soviético eran: la RDA, Polonia y la Unión Soviética; los tres Estados bálticos —Lituania, Letonia y Estonia— formaban parte de la Unión Soviética. Así, la zona sur y este del mar Báltico estaba bajo control soviético. El norte era neutral, dada la neutralidad oficial de Finlandia y Suecia. Solo en el extremo occidental del mar Báltico, la RFA y Dinamarca limitaban con este.

El acceso estratégico a ambas costas rusas no resulta especialmente ventajoso, dada la situación actual tras el fin de la Guerra Fría y la amplia ampliación de la OTAN hacia el este.

San Petersburgo

Si bien la ubicación geográfica de San Petersburgo supuso en el pasado una ventaja estratégica, la ciudad ha caído en una trampa estratégica, como muy tarde con la ampliación de la OTAN hacia el este, que incluyó a los países bálticos y a Finlandia:

San Petersburgo se encuentra en el extremo oriental del golfo de Finlandia, que se extiende a lo largo de unos 400 kilómetros. El acceso está controlado al norte por Finlandia y al sur por Estonia, es decir, por la OTAN. La distancia entre las dos costas opuestas varía entre 40 y 120 kilómetros. Allí donde las costas opuestas del golfo de Finlandia se convierten en territorio ruso, el golfo se estrecha hasta convertirse en un canal en el que se encuentra San Petersburgo.

De este modo, el golfo de Finlandia, con las costas de la OTAN al otro lado, está sujeto en parte a los derechos de soberanía exclusivos de Finlandia y Estonia. Esto significa que hay que atravesar por mar partes del «territorio de la OTAN». En caso de guerra, es probable que se pudiera impedir por medios militares la salida de la Armada rusa del golfo de Finlandia.

La Flota del Báltico de la Federación Rusa, estacionada en gran parte en Kaliningrado, no podría, en caso de conflicto, salir del mar Báltico con una probabilidad casi segura, dados los estrechos daneses, sin que la OTAN la hundiera. En general, la situación estratégica de Kaliningrado no es más ventajosa.

La OTAN y el «reto» de Kaliningrado

El enclave de Kaliningrado es el puesto avanzado más occidental de la Federación Rusa. Se trata de un espacio de dimensiones manejables (unos 15 000 kilómetros cuadrados), separado del territorio continental ruso por Lituania. Las líneas de suministro por ferrocarril y carretera pueden ser interrumpidas por Lituania y Polonia, y las líneas de suministro por barco o avión a través de San Petersburgo también pueden ser cortadas por la OTAN. Este mero hecho hacía que la región de Kaliningrado dependiera de la buena voluntad de los países de tránsito. Sin embargo, cuando Lituania se adhirió a la OTAN y a la UE, la situación geográfica de Kaliningrado se convirtió en un «reto» para la OTAN.

«En medio» del territorio de la OTAN se encuentra un enclave ruso y, por tanto, hostil: un portaaviones insumergible. Allí también tiene su base la Flota del Báltico de la Federación Rusa. La existencia del enclave ruso supone ahora un problema para la OTAN. Solo para aclarar la cronología y, con ello, el razonamiento al que cuesta acostumbrarse: el enclave ruso de Kaliningrado existe desde 1991. Antes, toda la región era soviética. La ampliación de la OTAN a los países bálticos y, por tanto, a Lituania tuvo lugar en 2004. Y ahora la OTAN, que ha avanzado hacia el este, declara que la existencia del enclave es un problema de seguridad —una interpretación ya de por sí muy peculiar y presuntuosa: allí donde está la OTAN, los demás actores son un problema de seguridad, según esta peculiar lógica. En el contexto de la agravada situación, el comandante en jefe de EE.UU. para Europa y África, el general Christopher T. Donahue, declaró en julio de 2025 que la OTAN estaba en condiciones de destruir Kaliningrado «desde tierra en un plazo sin precedentes y más rápido de lo que jamás habíamos podido». «Ya lo hemos planificado y ya lo hemos desarrollado» (por «desarrollado» se referirá probablemente a la planificación, A. Neu) Dokumentation: US-Kommandeur zur Bedeutung von Landstreitkräften, Interoperabilität – und zu Kaliningrad – Augen geradeaus!


Comandante estadounidense diserta sobre la importancia de las fuerzas terrestres, la interoperabilidad y Kaliningrado.

Ver también: La ampliación de la guerra de Ucrania está servida y bien anunciada – Rafael Poch de Feliu

El ministro de Asuntos Exteriores lituano, Budrys, exigió recientemente en una entrevista con el NZZ, posiblemente inspirado por las declaraciones del comandante en jefe estadounidense Donahue, incluso abiertamente la necesidad de un ataque de la OTAN contra Kaliningrado:

«Tenemos que demostrar a los rusos que podemos penetrar en la pequeña fortaleza que han construido en Kaliningrado. La OTAN dispone de los medios para destruir allí las bases de defensa aérea y los sistemas de misiles rusos, si es necesario». Litauens Aussenminister Kestutis Budrys über Europa, Russland und die Nato.

Relaciones difíciles: los países bálticos y Rusia

Es sorprendente, o mejor dicho, aterrador, con qué facilidad se está provocando una guerra con Rusia. Precisamente los Estados bálticos se están distinguiendo por una actitud llamativamente belicista, como si estuvieran protegidos en todo caso por la OTAN. Los sobrevuelos de drones ucranianos por el territorio báltico en dirección a San Petersburgo y la región de Leningrado elevan las tensiones a un nuevo nivel. Desconozco si se trata «solo» de un uso tolerado o, aunque no aceptado, apenas criticado del espacio aéreo báltico por parte de los drones ucranianos, o si estos incluso despegan desde territorio báltico. Sin embargo, cabe destacar que ya sería un logro técnico asombroso desarrollar drones de largo alcance que despegaran desde Ucrania, sobrevolaran el espacio aéreo polaco y báltico y atacaran luego objetivos de infraestructura energética en el norte de Rusia. Sea como fuere, en Moscú aumenta la presión sobre el presidente Putin para que exija responsabilidades a los países bálticos por lo que, desde el punto de vista de Moscú, es un uso ucraniano de su espacio aéreo.

Desde el punto de vista del derecho internacional, cabe señalar que el estatus de neutralidad de un Estado se ve afectado por su disposición, o incluso por el mero hecho de tolerar, que su territorio —incluido el espacio aéreo— sea utilizado por fuerzas militares extranjeras, facilitando así la proyección de poder de estas o, en primer lugar, haciéndola posible. El «país anfitrión» ya no puede invocar su condición de neutralidad, ya que, de hecho, es parte beligerante, siempre que no impida el uso militar y operativo de su territorio por parte de fuerzas armadas extranjeras o no se esfuerce de manera creíble por impedirlo. Y eso parece que también se ha entendido así en la sede de la OTAN en Bruselas. De hecho, recientemente un avión de la OTAN derribó un dron ucraniano en el espacio aéreo estoniano, ya que la OTAN es plenamente consciente del inmenso riesgo de escalada.

El reconocido politólogo estadounidense y experto en Europa del Este del Quincy Institute for Responsible Statecraft, Anatol Lieven, ha publicado recientemente una llamada de alerta titulada: «Washington debe actuar para desactivar el polvorín báltico».
Washington must act to defuse the Baltic powder keg | Responsible Statecraft.


Washington debe actuar para desactivar el polvorín del Báltico.

Y también el famoso economista estadounidense Jeffrey Sachs escribió hace unos días una carta abierta al canciller federal Friedrich Merz como un llamamiento urgente a actuar para evitar una guerra europea. Esta carta se publicó en el Berliner Zeitung y merece mucho la pena leerla. La responsabilidad de Alemania – Rafael Poch de Feliu Al mismo tiempo, el 29 de mayo, el vicepresidente del Consejo de Seguridad ruso y expresidente de la Federación Rusa, Dmitri Medvedev, agravó la situación con la siguiente declaración, según la cual Europa se encuentra ahora en guerra con Rusia y las sociedades europeas no deberían sorprenderse de los golpes:«Ciudadanos de los países de la UE: debéis tener claro que vuestros gobiernos han iniciado unilateralmente una guerra con Rusia. Por lo tanto, estad alerta y no dejéis que nada os pille por sorpresa. Se acabó el sueño tranquilo. ¡Pero ya sabéis a quién debéis preguntar por qué!»

Los Estados bálticos, como países de primera línea, asumen con el rumbo actual un riesgo enorme para sí mismos y para toda Europa: son ellos quienes, en caso de guerra, probablemente serían los primeros en ser destruidos. Una mirada sobria —libre de cualquier estrechez ideológica— a un mapa de Europa del Este puede resultar útil para evaluar adecuadamente la propia situación.

A pesar de toda la comprensión por las experiencias históricas negativas de los bálticos con Moscú, hay que señalar tres hechos que los Estados bálticos también deberían tener en cuenta y asimilar para calmar los ánimos:

En primer lugar: como vecinos extremadamente pequeños y débiles, Tallin, Riga y Vilnius deberían esforzarse por lograr, como mínimo, una relación de coexistencia pacífica con Moscú, en lugar de provocar a los rusos a la menor ocasión y arrastrar así a la OTAN y, en particular, a los europeos a una guerra contra Rusia. A esto hay que añadir que, como mínimo, es dudoso que Estados Unidos entrara realmente en una guerra mundial por los países bálticos. Y es más incierto que seguro que los países europeos de la OTAN —con la excepción de Alemania, Polonia y, posiblemente, el Reino Unido y Francia— se atreverían, al menos de forma unánime, a dar ese paso desastroso. Los paralelismos históricos son evidentes: Polonia también había confiado en 1939 en el apoyo de París y Londres, y luego fue abandonada. Aparte de las declaraciones formales de guerra de Francia y Gran Bretaña el 3 de septiembre contra la Alemania fascista, se hizo muy poco en lo que respecta a la guerra material: Polonia se quedó, literalmente, sola en casa.

En segundo lugar: también los tres Estados bálticos tienen una historia de colaboración poco gloriosa con la Alemania hitleriana durante la Segunda Guerra Mundial. Hasta hoy se rinde homenaje y se honra a los veteranos bálticos del nazismo. Esto debería suscitar preguntas también en Europa Occidental, en lugar de cerrar los ojos ante la nostalgia nazi. ¿Qué visión de la historia se difunde así también en la UE? A esto se suma que la legislación sobre ciudadanía y lenguas en Letonia y Estonia margina a las minorías rusas que viven allí en lugar de integrarlas. Una política de integración hábil dejaría sin fundamento, al menos en el Báltico, el argumento de Moscú de querer proteger a los rusos en el extranjero, en caso de duda, incluso por la fuerza.

En tercer lugar: a pesar de todos los temores —ya sean fundados o simulados— de una nueva invasión rusa, no hay que olvidar que la Unión Soviética retiró sus fuerzas de seguridad en 1990/91 de los países bálticos, hasta entonces bajo dominio soviético, y también, en los años siguientes, de todos los antiguos «países hermanos» de Europa del Este. Esta medida podría haber sido acogida de forma constructiva por parte de los bálticos, es decir, tendiendo la mano a Moscú para la reconciliación; al menos, habría merecido la pena intentarlo.

Corredor de Suwalki

El corredor de Suwalki describe el espacio geográfico entre Bielorrusia y el enclave de Kaliningrado y se extiende a lo largo de unos 100 kilómetros. Los dos Estados miembros de la OTAN, Polonia y Lituania, limitan entre sí en esta zona. El término «corredor de Suwalki» deriva de la ciudad polaca de Suwalki, situada en esa zona. Los expertos en seguridad parten de la base de que, en caso de conflicto, Rusia intentaría cerrar la brecha de Suwalki, es decir, establecer la conexión terrestre entre el enclave de Kaliningrado y la aliada Bielorrusia, con el fin de asegurar así la conexión logística con Kaliningrado. Si Rusia cerrara ese corredor, ello supondría, lógicamente, la creación de un nuevo «corredor de Suwalki», es decir, la separación geográfica entre Lituania y Polonia. De este modo, quedaría cortada la conexión terrestre entre los Estados bálticos de la OTAN y el resto de los Estados europeos de la OTAN. Para ambas partes, la brecha de Suwalki, en cualquiera de sus dos versiones, es una opción poco aceptable desde el punto de vista estratégico.

En vista de ello, solo una desmilitarización verbal y material de la región, así como una conexión de transporte sin obstáculos por ferrocarril y carretera entre Bielorrusia/Rusia y el enclave de Kaliningrado, pueden crear una cierta estabilidad mínima, tal vez incluso una normalidad de buena vecindad.

La «flota fantasma rusa» en el mar Báltico

La UE o la OTAN, o bien determinados Estados miembros de la UE o de la OTAN, se esfuerzan por detener (capturar) la denominada «flota fantasma» rusa o incluso por bloquear el acceso de estos buques al mar Báltico (bloqueo marítimo). (Sobre la cuestión jurídica de la «flota fantasma», véase aquí: Der Ostseeraum – das verkannte Pulverfass ).Con ello, ya no se estaría actuando en una zona gris del Derecho internacional, sino de forma claramente ilegal. De hecho, supondría una violación flagrante del Derecho internacional. La libertad de navegación (artículos 17, 58, 87 y 90 de la Convención sobre el Derecho del Mar), un valor fundamental en el Derecho internacional, quedaría suspendida. Es más: supondría una violación del principio de no uso de la fuerza de la Carta de las Naciones Unidas (artículo 2, apartado 4), ya que los buques que navegan bajo pabellón ruso tienen nacionalidad rusa (art. 91 de la Convención sobre el Derecho del Mar). La parte rusa estaría entonces facultada para reaccionar en consecuencia y ya ha amenazado con tomar medidas preventivas Russland Sagt, Dass Jeder Dänische Schritt Zur Einschränkung Der Navigationsfreiheit… | MarketScreener Deutschland . De hecho, en los últimos tiempos se han capturado repetidamente buques mercantes que navegan bajo pabellón ruso, incluso en el mar Báltico. Mientras tanto, Rusia refuerza la protección de su flota mercante, entre otras cosas, con buques de escolta de la Flota del Báltico y demostraciones de fuerza de la Fuerza Aérea Rusa. El potencial de escalada es enorme.

Un bloqueo marítimo del mar Báltico en el estrecho danés para los buques rusos o un bloqueo marítimo frente a Kaliningrado o San Petersburgo sería el casus belli definitivo. Una ausencia de reacción militar solo sería concebible si Rusia renunciara a su soberanía. La doctrina nuclear actualizada de la Federación Rusa ha formulado respuestas al respecto.

Conclusión

El riesgo de que estalle este polvorín debe considerarse igualmente elevado en todos los casos mencionados. Independientemente de cuál sea el punto caliente que estalle primero, todos los demás le seguirían inmediatamente, ya que todos ellos no son más que piezas de un rompecabezas que forma parte de un panorama general: la guerra por el reordenamiento mundial de principios del siglo XXI.

Las élites decisorias europeas deben despertar a su responsabilidad para con sus pueblos y redescubrir la diplomacia, en lugar de caminar sonámbulas hacia la guerra guiadas por una ética de convicciones. Este camino carece de legitimidad democrática.



Del blog personal de

Rafael Poch-de-Feliu

jueves, 4 de junio de 2026

Réquiem por la década populista

 

 Por Lily Lynch   
      Periodista californiana especializada en información internacional.


La década populista se acerca a su fin diez años después de la primera victoria de Trump y el Brexit. Pese al actual auge de esas ideas la autora detecta una creciente fatiga hacia el populismo de derechas


Un joven pastor fotografiado por Herbert List en el Bosque Sagrado, abandonado hace mucho tiempo (también conocido como el Parque de los Monstruos), Italia, 1952.

     Semanas atrás escribí un artículo sobre la derrota de Orbán en las elecciones húngaras del 12 de abril. En aquel texto planteaba que la derrota de Orbán, junto con los pésimos porcentajes de popularidad de Trump, apuntaban a una creciente fatiga hacia el populismo de derechas.


Péter Magyar, a la derecha, detrás de Orbán, elegido cómo nuevo presidente húngaro por el partido Tisza.

Algunas personas malinterpretaron lo que escribí y pensaron que hablaba del fin de la política de derechas. Nada más lejos de la verdad: creo que la política de derechas estará con nosotros por un buen tiempo. Ahora bien, creo que cierto populismo de derechas, del estilo del movimiento Maga, puede estar acercándose al fin de su ciclo vital.

Este año será el del décimo anivesrario de la victoria electoral de Trump contra Hillary Clinton y el del referéndum del Brexit, dos shocks gemelos que anunciaron la irrupción del populismo de derechas en la política establecida a escala global. En los diez años que han pasado desde entonces hemos oído hablar quizá demasiado sobre los populistas de derechas, un verdadero circo que ha ido desde Bolsonaro en Brasil a Geert Wilders en Holanda. Con todo, no está de más un breve recordatorio.

Hay politólogos que han dedicado sus vidas al estudio del populismo, pero voy a simplificar brutalmente las cosas afirmando que el populismo es una manera de abordar la política, hay quien la describe, incluso, como una “táctica”. En cualquiera de los casos, su característica esencial es que posiciona a “la gente” contra “la élite”. Trump y quienes respaldaron el Brexit se aprovecharon de la insatisfacción de “los perdedores de la globalización” y el resentimiento popular por la crisis financiera de 2007-2008 y los alistaron a un proyecto populista de derechas.

Hace una década era una fórmula de gran éxito. Hoy no estoy tan segura de que lo fuese. Las cifras de desaprobación de Trump no parecen tocar fondo: un 62% en la encuesta más reciente, un mínimo histórico. 

También hay un arrepentimiento con el Brexit. De acuerdo con una encuesta publicada a comienzos de año, un 58% de los británicos cree que fue erróneo dejar la Unión Europea y sólo un 30% cree que fue lo correcto.


Nigel Farage en la Conferencia de Acción Política Conservadora celebrada en Maryland.

La década populista ha ido perdiendo fuelle y hay varias causas que explican su fin. La primera es que ha muerto lentamente a través de la cooptación y la neutralización. Los populistas de derechas que ganaron con un mensaje anti-establishment e incluso antisistema han tendido a hacer suyas políticas conciliadoras con el establishment una vez en el poder. Trump ha ido destruyendo sistemáticamente cada una de las promesas que hizo durante su campaña “populista”, ninguna de manera más clara que su compromiso de “no iniciar nuevas guerras”. No es el único. Los partidos populistas de derechas de toda Europa también han sido “domesticados” cuando han llegado al poder: los chovinistas sociales se han convertido en neoliberales thatcherianos “business-friendly” (como los Demócratas Suecos) y los euroescépticos se han convertido en atlantistas proeuropeos (como Giorgia Meloni en Italia).

Incluso el viejo Nigel Farage se encuentra en proceso de transición. En 2017 condenó el bombardeo de Siria por Trump. Nueve años después lo encontramos explicando a The New Statesman que Irán supone potencialmente “un mayor riesgo a Reino Unido que Rusia” (o, al menos, lo era durante las primeras semanas de la guerra.) Estos líderes y partidos pueden retener elementos de una retórica populista de derechas, pero sus políticas son con frecuencia más próximas a la derecha convencional.

Otro factor que contribuye al fin de la década populista es que estos partidos, personalidades y políticas han estado el tiempo suficiente en el poder como para comenzar a convertirse ellos mismos en la élite o, al menos, en una élite. El populismo es una estrategia efectiva para desalojar al poder establecido, pero una vez está en el poder tiende a convertirse en todo lo que odia. Es un problema similar al que se enfrentan los revolucionarios cuando, después de llegar al poder, han de reafirmarse en él para conservarlo: la energía que impulsa la insurgencia se agota y, con el tiempo, se convierte en otro régimen esclerótico.

Trump y sus homólogos al otro lado del Atlántico continúan invocando al hombre del saco de la “élite globalista”, pero probablemente los réditos que obtienen de ello sean cada vez menores. Pueden lamentar que la izquierda se haya hecho con muchas instituciones elitarias como la cultura, los medios de comunicación y la academia, pero ellos han cultivado algo así como su propia contra-élite de derechas a través de think tanks, publicaciones y poderosas redes en Silicon Valley. Eventualmente, “la gente” comenzará a darse cuenta de que los populistas de derechas también envían a sus hijos a escuelas de postín y conducen flamantes deportivos.

Un tercer apunte, y el final, es sobre el sionismo y la derecha populista después del 7 de octubre. Antes de esta fecha los populistas de derecha todavía podían afirmar que buscaban poner a “la gente” por delante de los intereses de la élite. Pero con la movilización a gran escala del aparato de seguridad, el militar, de los servicios de inteligencia y los medios de comunicación para proteger a Israel y a sus partidarios de la realidad ya no pueden pretender que se preocupan por las masas o incluso por el ‘America first’.

Privilegiar a Israel por encima de todo lo demás ha significado que la derecha populista ahora esté preocupada por intereses minoritarios más que de la mayoría. Es más, la veneración de la derecha por Israel normalmente se defiende por ser éste un país de “élites con un alto cociente intelectual” que necesita defenderse contra “la biomasa tercermundista marrón”, por usar el crudo lenguaje de las redes sociales. El apoyo a Israel es cada vez más impopular entre “la gente”, lo que significa que se ha convertido en un proyecto elitista dirigido desde arriba. No hay nada de “populista” en una política que hace que la gasolina y el precio de los alimentos se dispare con tal de que Israel pueda conseguir la hegemonía regional.

No obstante, como he apuntado antes, el populismo no es el único vehículo de una política de derechas. Sospecho que después de años de incompetencia bufonesca a cargo de Trump, puede haber apetito para un gobierno serio, efectivo y tecnócrata. Al mismo tiempo, tengo la impresión de que también existe el deseo de dejar a los proles en la estacada y lanzarse de lleno al elitismo derechista de Silicon Valley, que podría ser todavía peor que los populistas payasescos de la última década.


Fuente: El Salto


miércoles, 3 de junio de 2026

Netanyahu ignora la ira de Trump y reclama manos libres en el Líbano aunque amenace la paz con Irán

 

      Periodista y analista para Público en temas internacionales. Es especialista universitario en Servicios de Inteligencia e Historia Militar.


El líder israelí seguirá alimentando la guerra de Israel en Líbano. Trump desató su aparente ira contra Netanyahu en una conversación telefónica


La fachada dañada del Hospital Jabal Amel un día después de un ataque aéreo israelí en la ciudad de Tiro, Líbano, el 2 de junio de 2026.


     Los rudos epítetos de Donald Trump a Benjamín Netanyahu, desatados por la imparable ofensiva israelí en el Líbano, parecen mostrar el hartazgo del presidente estadounidense ante los reiterados intentos del primer ministro judío de dinamitar las complicadas conversaciones de paz entre Washington y Teherán. 


La ciudad de Nabatieh en Líbano tras un ataque de Israel.

No obstante, la relación entre Trump y Netanyahu sigue firme, a pesar de los "calculados" exabruptos, con ambos líderes tratando de desvincular ambas crisis, la guerra de Irán y la invasión del Líbano, ante la opinión internacional y así dejar a Israel las manos libres en el país vecino.

Lo cierto es que a Netanyahu, acusado de crímenes de guerra en tribunales internacionales y responsable directo de la muerte de 73.000 palestinos en Gaza y más de 3.400 libaneses en la actual invasión, no le supone una mayor preocupación que Trump le calificara como "un puto loco". Tales imprecaciones las realizó Trump en una conversación telefónica avanzado este lunes después de que el presidente estadounidense proclamara un nuevo alto el fuego parcial entre Israel y Hizbulá en el Líbano, y el líder hebreo le desbaratara tal anuncio y llevara al borde del abismo también las negociaciones con los iraníes.

"Eres un puto loco. Estarías en prisión si no fuera por mí (en referencia a los tres casos de corrupción que pesan sobre Netanyahu). Te estoy salvando el culo. Todo el mundo te odia y ahora todo el mundo odia a Israel por esto", le habría espetado Trump al líder judío, según una de las fuentes de la Casa Blanca citadas por el diario Axios.


‘Estás jodidamente loco’: Trump arremete contra Netanyahu en una llamada sobre el Líbano.

Netanyahu, saboteador de acuerdos

Netanyahu es experto en dinamitar negociaciones. Lo hizo una y otra vez en Catar, entre los israelíes y el grupo palestino Hamás, desde que comenzó el ataque e invasión de Gaza en octubre de 2023. También incitó a Trump a desatar la actual guerra contra Irán, el 28 de febrero, que Israel extendió al Líbano el 2 de marzo. Con la tregua acordada con Teherán del 8 de abril, el Ejército israelí dejó de bombardear Irán, pero continuó su ofensiva en el Líbano.

Ni siquiera el alto el fuego firmado por Tel Aviv y Beirut el 17 de abril detuvo los ataques del Ejército judío y su invasión del sur libanés. La justificación fue que las fuerzas armadas israelíes están combatiendo a Hizbulá, las milicias proiraníes y de credo chií que dominan en el Líbano y que son apoyadas por buena parte de la población libanesa.

Según Israel, Hizbulá es un grupo terrorista a erradicar, de ahí que el Ejército judío se vea con la potestad para sobrepasar incluso los límites acordados con la tregua, arrojar de sus casas a un millón de libaneses y arrasar pueblos, zonas residenciales de ciudades e infraestructuras hasta convertir el sur del Líbano en un erial donde solo pueden moverse los soldados judíos y, más tarde, quizá pueda ser ocupado por colonos hebreos.

Cuando parecía estos días que Irán y EEUU estaban a punto de alcanzar un acuerdo de paz, Israel incrementó sus ataques en el Líbano. Entonces, Irán se retiró de las conversaciones con los representantes estadounidenses y advirtió que, sin una paz en el Líbano, tampoco la habrá entre Teherán y Washington, y el estrecho de Ormuz, el arma clave de la resistencia iraní, seguirá cerrado y hundiendo la economía global.

Este lunes, Trump aseguró finalmente que había logrado el compromiso de Hizbulá e Israel para detener los combates en el Líbano. Tal anuncio desbloqueaba a su vez esas negociaciones suspendidas entre EEUU e Irán por la ofensiva sin cuartel de los israelíes el fin de semana pasado, una espiral de violencia que causó decenas de muertos y dejó claro una vez más que la intención de Netanyahu es ocupar indefinidamente buena parte del Líbano.

No sirvieron de nada esas palabras de aparente júbilo de Trump, Israel volvió a atacar, si cabe con más saña, los suburbios de Beirut y su cúpula militar amenazó con enviar tropas a la capital libanesa. Entonces, el presidente de EEUU desató su aparente ira contra Netanyahu en una conversación telefónica. Así lo ha indicado, al menos, el diario digital Axios, muy valorado por sus contactos con la Casa Blanca.

Las órdenes de intensificar los ataques proferidas por Netanyahu amenazaban además las conversaciones que este martes y miércoles tienen lugar en Washington entre israelíes y libaneses, un encuentro sin mucho sentido dado que no ha sido invitado el otro contendiente en esta guerra, Hizbulá. Es una reunión auspiciada por Trump, pero su imagen queda por los suelos si, mientras se produce la negociación, uno de los conferenciantes está atacando al otro.


Edificios destruidos en Tiro, ciudad al sur de Líbano, tras un bombardeo por parte de Israel.

Una bronca que quizá es una estrategia

¿Y qué significa el tono hastiado de Trump con Netanyahu, a quien el líder republicano siempre ha alabado y apoyado internacionalmente? Que Trump mostrara de forma tan expresiva su hartazgo ante las acciones desafiantes de su mayor aliado en Oriente Medio no es extraño, dada la volatilidad de su carácter. Pero de ahí a pensar que se ha abierto una brecha entre los dos dirigentes hay mucho trecho. Si hubiera sido así, ya le habrían conminado a cerrar esa grieta el poderosísimo lobby judío de EEUU y sus pretorianos del Partido Republicano. Israel no podría subsistir sin EEUU en Oriente Medio, y EEUU no podría mantener una política exterior hegemonista en esa región sin la ayuda israelí.

Con este choque, posiblemente Beirut se salve de momento de un ataque masivo israelí, pero a cambio de dar luz verde a la ofensiva en el resto del Líbano, especialmente el sur y este del país. El incidente deja claro que una cosa es la guerra de Irán y otra la del Líbano. Ambos líderes lo quieren así y de esta forma lo acaban de subrayar ante el resto del planeta.

Si el Líbano está desvinculado de la crisis iraní, EEUU puede tener el compromiso de Israel de que no le arrastrará de nuevo a un conflicto con el régimen de los ayatolas. Una guerra que puede saldarse con una derrota estratégica para Washington, incapaz de derrotar totalmente a Teherán, que a su vez podría salir reforzado de esta contienda y multiplicar su influencia en el Golfo Pérsico.

Nadie que conozca al primer ministro israelí y su estrategia implacable y carente de toda moral duda de que, en cuanto se disipe la polvareda levantada, Israel reanudará con más dureza si cabe su ofensiva en el Líbano. Netanyahu no ha conseguido la destrucción del régimen iraní con esta guerra, pero al menos tendrá lo que más le reclaman sus acólitos y aliados en el Gobierno, una ampliación del "espacio vital" de Israel que se sume a las conquistas realizadas en Gaza (un 70% de la Franja) y a la absorción de facto del otro territorio palestino, Cisjordania.

Tampoco nadie se cree que, como justificó Axios, Trump estaba disgustado por los civiles asesinados por las bombas israelíes en el Líbano. La cifra oficial de muertos libaneses en esta guerra es de más de 3.400 personas, apenas una muesca ante el genocidio de 73.000 palestinos, de ellos 21.000 niños, masacrados por Israel en Gaza. Por ninguno de ellos pestañeó siquiera una vez el presidente estadounidense. Al contrario, defendió la limpieza étnica en la Franja, para convertirla en un gran resort turístico en el Mediterráneo Oriental.

Según dijo a Axios un alto funcionario israelí, el Ejército hebreo no atacará más objetivos de Hizbulá en Beirut. Pero ni siquiera el diplomático más simple de la Casa Blanca se cree semejante patraña, sobre todo cuando los israelíes insisten en que, si tales ataques se repiten, no será por su culpa. Lo apuntó ya Netanyahu y lo subrayó este martes el ministro de Defensa israelí, Israel Katz, cuando sugirió que, en realidad, EEUU respalda la esencia de las intenciones de Netanyahu y que las fuerzas judías solo atacarían el distrito Dahiyeh de Beirut (donde hay más habitantes chiíes que respaldan a Hizbulá) si estas milicias volvían a lanzar sus cohetes sobre el norte de Israel.

Las matanzas israelíes siguen en el Líbano

De momento, la nueva tregua parcial se saldó este martes con una decena de asesinatos en el sur del Líbano y Beirut permaneció tranquila. La Agencia Nacional de Noticias del Líbano (ANN) indicó que en esta última jornada Israel bombardeó con aviones y artillería localidades como Al Haniyeh, Ghandouriya, Nabatieh Al Fawqa, Kfar Ruman, Shoukin o Kfar Tebnit. Todo ello en medio de la reafirmación de la tregua.

La intención de Tel Aviv, mencionada varias veces por Katz, es aplicar en el sur del Líbano la táctica de tierra quemada y destrucción total llevada a cabo en Gaza, con la voladura de edificios de residencia, el bombardeo de cultivos e infraestructuras, y la expulsión por la fuerza de la población. Tiro, una ciudad de 200.000 habitantes que queda dentro de lo que Israel considera su zona de acción militar, ha sido casi desalojada y en sus alrededores han sido machacados por la artillería pueblos y aldeas. Si hasta hace una semana, los desalojos forzados se limitaban a las localidades al sur del río Litani, ya hay presiones para que todos los libaneses abandonen sus hogares al sur del Zahrani, a unos cuarenta kilómetros de la frontera.

Uno de los testigos mencionados por Axios señaló que Trump "estaba preocupado por el hecho de que Israel haya destruido tantos edificios para eliminar a un solo comandante de Hizbulá". Solo hay que ver las imágenes de las ciudades gazatíes para tener un poco conciencia de la hipocresía y falsedad que emanan de las palabras de Trump.

Se haya exagerado o no el alcance de la regañina de Trump a Netanyahu, lo cierto es que la decisión del líder judío de mantener la ofensiva del Líbano es una espada de Damocles sobre las negociaciones de paz entre EEUU e Irán. De momento, la nueva espera solo le favorece al régimen iraní, que simplemente tiene que sentarse a esperar mientras sus enemigos, estadounidenses e israelíes, cometen toda clase de errores y tropelías, y su imagen queda cada vez más enlodada ante la comunidad internacional.


Fuente: Público