sábado, 31 de octubre de 2026

Esa pareja disruptiva (y desleal) Montero-Rufián

 

Que tampoco el otoño es ya lo que era (15 de 21)


 Por Pedro Costa Morata   
      Ingeniero, periodista y politólogo. Ha sido profesor en la Universidad Politécnica de Madrid. Premio Nacional de Medio Ambiente.

Da mucho para analizar, con pocas alegrías, el movimiento de los grupos de izquierda ante las elecciones generales de noviembre. Desorden, dilación y sorpresas negativas, han estado asombrando, por no decir indignando, a una opinión pública de izquierdas que esperaría más lealtad, generosidad y, sobre todo, realismo ante los peligros que acechan de una fascistización anunciada con pretensiones de “liberalización”, que es la máscara actual del autoritarismo pardo, a diferencia de los años 1920-30 y a manos esta vez del PP y Vox.

Me fijaré, porque así me place, en la extraña pareja que centra buena parte de la atención sobre estos movimientos, la formada por Irene Montero y Gabriel Rufián, es decir, la primera figura de Podemos, grupo en avanzado estado de extinción, y el portavoz parlamentario de Esquerra Republicana de Cataluña (ERC), figura caracterizadamente contradictoria y algo patética. Ambos dañan -así lo cree este cronista- a sus respectivas formaciones políticas y ambos, con la maniobra consumada al alimón, pueden contribuir al desastre que tantos anuncian, sin que quepa el optimismo de que con sus mañas mejoren la perspectiva.


Irene Montero y Gabriel Rufián (RTVE).

Irene Montero mantiene el discurso de impecable factura izquierdista, chillón e inapelable, de las asambleas de Facultad (del franquismo). De probada formación teórica, sin embargo, ha sido incapaz de justificar por qué exigía primarias como paso previo a las candidaturas unificadas a escala general y negoció, subrepticia y pecadoramente, con ERC, sin que le importara mucho contradecir un principio político básico, y es que la izquierda no puede ser nunca nacionalista, y no debe pactar con los nacionalistas antes de verse las caras en las elecciones. Y ha basado su exclusivismo/individualismo preelectoral en su negativa “a pactar con el PSOE”, circunstancia que se supone sería posterior a unas elecciones exitosas, dando decepcionantes muestras de falta de realismo. Porque por lo que respecta a la emergencia -real, apremiante- de hacer frente a la peste marrón, las alianzas deben de hacerse sin exigencias fuera del caso y con ánimo a ceder ante pares próximos y coincidentes.

         Irene Montero nos deja una imagen de fin de reino, con agarre desesperado a lo que se pueda y quede: Podemos camina firmemente hacia su desaparición y tanto Montero como Belarra, y poca gente más, se agarran a esas dos o tres posibilidades en perspectiva de escaño salvador (y personal: el sillón se dibuja dramáticamente como teoría y como práctica, desdiciendo éticamente a sus perseguidores/as). De ahí el apaño con ERC para lograr escaño por Barcelona y, algo parecido en Valencia, dándose por seguro el banco por Madrid. Estos de Podemos están en fase de extinción y lo saben. También lo sabían cuando hubo que discutir coaliciones de partidos y puestos en listas, y por eso han jugado a la desesperada, tratando de salvar los dos o tres escaños que pueden conseguir previa negociación. Pero es de esperar que con las próximas elecciones municipales y autonómicas desaparezcan (casi) del todo, ya que nunca han tenido enganche con el pueblo ordinario (pero sabio y, por supuesto, soberano). Y los escasos representantes que han conseguido en regiones y municipios lo han sido por su prestigio personal, y hubieran sido elegidos formando en cualesquiera otras filas. El objetivo electoral de Podemos nunca ha sido el pueblo, en sentido lato e inteligible, sino un votante estudiado, decepcionado y más bien joven, que no es, realmente, el español medio, y esa fragilidad estructural tenía el éxito limitado.

Y ni siquiera un hipotético regreso de Pablo Iglesias los salvaría, ya que el personaje está amortizado y desgastado por imprudente, arrogante y manipulador. La saña con que descabezó su partido liquidando a tantos compañeros/as fundadores/as fue de gran estilo estalinista, y tenía que pagarlo antes o después. Diré de paso que ha sido en el terreno (pedestre pero heroico) de lo municipal donde Podemos se ha permitido menospreciar a una IU que, pese a su mayor presencia y prestigio, consintió en ceder y amilanarse, algo acomplejada por la marea morada. De ahí la satisfacción que este cronista ha sentido cuando IU, partido -como quien dice- con cien años de patrimonio político, ha respondido con un no rotundo a la proposición de los desesperados de Podemos de que rompiera con el Frente Amplio para unirse a sus maniobras, carentes de elegancia política.

Creo que fue Manuela Carmena, tras su periodo de alcaldesa de Madrid, quien aludió a “estos de Podemos” como caprichosos, infantiles o incluso niñatos (no recuerdo bien: si resulto impreciso o errado, que mis lectores me atribuyan a mí esos calificativos, sin problema), y es este buen momento para recordarlo.

(Por lo demás, el rol político de Irene Montero desprende un cierto tufillo dinástico, seguramente pese a ella, y a más de uno/a se le escapará una media sonrisa, sofocada al instante, cuando en sus sentidos y vibrantes mítines aluda a la crisis de la vivienda, pensando en el casoplón de la lideresa.)

De Gabriel Rufián, que tan compungido se muestra por el fracaso en lograr toda la amplitud posible para el Frente Amplio (con él de cabeza, se debe entender), como si su papel en esa operación frustrada hubiera sido meramente pasivo, vuelvo a afirmarme en mi idea de que este muchacho vive un notable cacao mental político e, inevitablemente, personal, aunque dicen muchos de él que “es buena gente” (a lo que me adhiero porque así lo creo yo también), reconociéndole sus cualidades de tribuno capaz y ocurrente. El hijo de emigrantes de Jaén difícilmente puede vivir, si está normalmente dotada su mente, como es evidente que lo está, como nacionalista e independentista catalán, y lo más probable es que se venga desenvolviendo crecientemente -al ritmo de su protagonismo y ambiciones- en una dicotomía desgarradora: si te sientes de izquierdas no puedes ser nacionalista, aunque es verdad que hay nacionalistas que se sienten de izquierdas, pero este no puede/debe ser el caso de Rufián, ya que demuestra una inocultable amplitud política de miras. En su partido sí han tenido más claras las ideas: son nacionalistas, no creo que de izquierdas y bastante le han concedido con su erróneo/lamentable chalaneo con Podemos (Rufián debiera salir del mundo nacionalista y continuar su carrera política con su garbo y contundencia al servicio de una humanidad no particularista).

Porque, con su nacionalismo, Rufián desafía reglas, incluso escritas, que aluden a la imposibilidad de que la izquierda pueda ser nacionalista. Esto solo puede darse en los movimientos históricos de liberación anticolonial, que no es el caso de Cataluña, por más que haya independentistas que así lo quieran. Una vez más hay que distinguir entre el sustantivo y el adjetivo.

         Y una reflexión final: ni siquiera la excusa de la premura por la convocatoria de elecciones generales justifica esa división “interna” de la izquierda, es decir, el “exclusivismo” de Podemos y la confusión (más explicable) del Rufián de ERC. A algo más que a esa precipitación hay que atribuir que la izquierda en su conjunto no haya acordado un frente único para el Congreso de Diputados, ya que lo hace para el Senado, lo que, dejando aparte las diferencias profundas y abundantes existentes, ahora y siempre, evidencian que en esas formaciones de izquierda, pero sobre todo en el PSOE, no existe la conciencia precisa sobre el estirón fascista que supondrá una victoria de derecha y ultraderecha, mucho más proclives, ahora y siempre, a la coincidencia y el entendimiento.

¿Habrá que esperar, en caso de tener que sufrir un cuatrienio negro parecido al bienio negro 1934-36 para que el Frente Amplio de hoy se extienda y transforme en Frente Único (no Popular, cedamos por esta vez ante la superstición...) y revertir en lo posible los desmanes anunciados? Es de lamentar que, hasta ahora y debido a su división pertinaz, la “izquierda izquierdista” no haya logrado la potencia y el prestigio de su formación homóloga, La France Insoumise, del magnífico Mélenchon (Melenchón, con el acento español correspondiente, ya que lleva apellido y sangre murcianos). El día 29 de noviembre sabremos si este Frente Amplio logra la fuerza y el eco suficientes como para ofrecer a la ciudadanía angustiada algo más que esperanza.

viernes, 30 de octubre de 2026

Contra esos miedos que corroen el ánimo y la voluntad

 

Que tampoco el otoño es ya lo que era (14 de 21)


 Por Pedro Costa Morata   
      Ingeniero, periodista y politólogo. Ha sido profesor en la Universidad Politécnica de Madrid. Premio Nacional de Medio Ambiente.

        Se dice en el reciente y magnífico suplemento “Manière de Voir”, de Le Monde Diplomatique, que el 92 por 100 de los franceses confiesa “tener miedo de todo, o casi”, y solo el 8 por 100 afirma “no tener miedo de nada”. Otra cita llamativa informa de que el 40 por 100 de esos ciudadanos señalan el miedo como el “sentimiento que mejor corresponde a su estado de ánimo”, y de ellos, el 80 por 100 lo atribuye a la inestabilidad mundial, con porcentajes algo menores que lo relacionan con la evolución de la democracia y su estado de salud. Esos miedos se desgranan, según esa publicación, entre la “angustia ecológica y la inquietud tecnológica”.

       Muy parecida debe de ser la situación entre los españoles, con la nota diferencial de que son los últimos tiempos, pocos años, los que concentran esas nubes del miedo, múltiple y variado, que vienen cerrando nuestro horizonte como individuos y como pueblo. Haciendo enumeración de estos miedos, podríamos empezar por la angustia ecológica, aunque no creo que sea lo que más preocupe a los españoles, ni siquiera como consecuencia de los embates con los que el clima nos machaca y anuncia que nos machacará; pero reconozcamos que en este caso el miedo está más que justificado, no así la inacción, que también se expresa individual y colectivamente: el medio ambiente no recibe la atención general debida, no es verdad que exista una conciencia ecológica acrecida y hay muy poco de cierto sobre una preocupación fehaciente de las administraciones.

       Y podemos seguir por la inquietud tecnológica, que esa me parece observar que sí va extendiéndose con muy firme impacto de agobio y desesperación, lo que no quiere decir que provoque el rechazo que debiera surgir, atrapados como estamos en la red Internet y el uso compulsivo y voraz del teléfono móvil. El perjuicio que para el empleo implican la invasión tecnológica en todos los procesos productivos, comerciales y administrativos, así como la fragilidad y pérdida de su calidad y dignidad son captados suficientemente por la gente, pero encajados más bien como fatalidad. Dígase lo mismo para la vulnerabilidad extensiva de la privacidad, lo que sufrimos temblando de pavor e invocando a la suerte. El miedo científico-tecnológico que responde a la proximidad de la “muerte tecnológica”, con fallos informáticos o humanos, pero de consecuencias fatales, no ha hecho más que crecer según “avanzaba” el mundo, pudiendo fijarnos en la Ilustración y sus osadías como punto de aceleración. No olvidemos que el Frankenstein de Mary Shelley es un producto ilustrado, si bien de los albores del siglo XIX, y que antes de que acabara ese siglo ya teníamos advertencias muy bien fundadas con las obras de H. G. Wells. Paparruchas comparadas con las distopías del siglo XX: Nosotros, Un mundo feliz, 1984, Fahrenheit 451... ficciones de advertencia científico-técnica cuyos terrores han sido ampliamente superados a renglón seguido, en lo que va de siglo XXI.

       La guerra es otro de los miedos en claro y reciente avance, por las “obligaciones” que nos impone la OTAN, con la implicación incalificable en la hostilización a Rusia y el rearme decidido por un Gobierno temerario y captado por la industria de guerra. Faltaba la reactivación del contencioso territorial con Marruecos para que esa militarización encuentre una justificación oficial y patrióticamente “evidente”, pese a absurda. Es el panorama general de dependencia de España respecto del mundo que nos rodea lo que debiera movernos a un mínimo de decencia como país y Estado y abominar de estos roles que tan alegremente asumimos como lacayos de Estados Unidos, socios satélites de la OTAN y vecinos vulnerables de Marruecos. Más el belicismo de dirigentes desequilibrados como el presidente Donald Trump, obsesionado por servir a los intereses del genocida Estado de Israel y por apoderarse en el planeta de cuantas materias primas pueda.


La guerra y sus horrores. (Unsplash).

       Luego está ese “retorno” de lo más parecido a las pestes antiguas, en sus formas modernas escasamente menos mortíferas, con sus repuntes de pánico mal contenido: no hace tanto las “vacas locas” nos enfrentaron a un miedo nuevo (anuncio de otros muchos de transmisión animal-humanos) frente al que médicos y científicos disimulaban lo que podían para no transmitir su ignorancia; y al poco sobrevino la epidemia del Covid-19, con 117.000 víctimas mortales en España y -ahí queda eso- 22 millones en el mundo. Por no aludir a enfermedades tropicales que se vienen conteniendo principalmente desde África, pero que la creciente globalización, con millones de personas viajando por todo el mundo, no garantiza estanqueidad alguna. En relación directa con el desarrollo económico, la degradación del trabajo, el acoso tecnológico, el deterioro de las relaciones personales y familiares... está el aterrador incremento de las enfermedades mentales en todo el mundo, en sus numerosas variaciones y expresiones.

La política internacional con dirigentes salidos de no se sabe muy bien qué moldes diabólicos, es reflejo directo de las agitaciones del capitalismo internacional, enfrentado a su degradación, contradicciones y crímenes, por lo que desemboca necesariamente en violencia, sea bélica, sea institucional, transmitiendo el temor a que se extiendan y nos golpeen cada vez más. El objetivo está muy claro y es asustar, intimidar y paralizar a las fuerzas de resistencia, que conocen bien a ese enemigo desatado y dispuesto a llevar a la precariedad y la miseria por los métodos que sea al mundo entero, y recuperar la tasa de ganancia de tiempos anteriores, una vez conseguido el control de las élites mundiales.

Y la política nacional, la de España, extraordinariamente envenenada por la avaricia de poder de las derechas de siempre (con sus apéndices ultras e integristas, bien conocidos desde los años 1930), se ha convertido en un marco atemorizador, en el que las instituciones democráticas y los logros sociales se debilitan y tambalean ante el desgaste de una oposición indecente que, cuando gobierna en las regiones, pierde todo complejo y la emprende contra la mayoría y sus derechos sin cortarse un pelo. Las amenazas sobre todo el arco de la protección social (desempleo, vejez, incapacidad), en caso de gobernar las derechas volverán a consumarse según su estilo y sello por la austeridad y el recorte, el escarmiento de los “excesos” y el sacrosanto equilibrio presupuestario, eslóganes todos ellos que se resumen en el castigo de la población para mejor contribuir al saneamiento y el enderezamiento del capital, empresas y empresarios, a cuyo servicio gobiernan.


El desahucio acecha. (A. Kudacki-El País).

Son amenazas sobre un sólido planteamiento de acosos y agresiones -ahí los tenemos, contra la educación y la sanidad, educadores y sanitarios- que se expresan con inusitada violencia como respuesta a la indignación y el hartazgo de grupos socialmente estratégicos de profesionales maltratados y empobrecidos cuyas demostraciones de ira se toman, falazmente, como subversiones para poder así aplicar la mano dura que enderece y discipline.

Y otros miedos (como los religiosos y los de parecido tipo escatológico, míticos y milenaristas...) que, añadiendo el conformismo o la superstición, tienen como perspectiva hacer más y más irrespirable nuestra sociedad. Son todos ellos miedos que se exacerban en momentos de interés decisivo para quienes ansían el asalto al poder como “recuperación de lo que es suyo”, que es el caso de la inquietud que transmite esta violencia surgida en la larga etapa preelectoral que el país vive, que no deja de subir de tono; y que persigue, a más de intimidar y doblegar resistencias, que esa violencia -agresión contra la gente, respuesta provocada, golpe contra la “subversión- se normalice en una evolución sociopolítica de pérdidas consentidas por la mayoría doblegada.

A estos miedos, reales y activos, hay que responder sin embargo con vigor e inteligencia, rechazándolos y explicando la negativa radical a someterse a cualquiera de ellos. La tarea consiste en desacreditar esas teorías y esas actitudes que perfilan y anuncian todo tipo de colapsos, y aún el colapso definitivo, ganadas por tantos horrores y que apuntan a desastres, sean climáticos, tecnológicos, socioeconómicos o políticos (así como a los grandes negocios, por cierto, que ellos generan). Se trata del fortalecimiento de la lucha en común frente a enemigos tan claramente identificados, el abandono de todo espejismo de solución individual... y la utopía militante, que es esencialmente la condena de la realidad opresiva, el desenmascaramiento de cuanto se reviste de fatalidad y el desafío hacia todos y cada uno de esos miedos...

jueves, 29 de octubre de 2026

Ese AVE maldito y exterminador, que aletea sobre una España pretenciosa

 

Que tampoco el otoño es ya lo que era (13 de 21)


 Por Pedro Costa Morata   
      Ingeniero, periodista y politólogo. Ha sido profesor en la Universidad Politécnica de Madrid. Premio Nacional de Medio Ambiente.

Demasiados proyectos de alta velocidad, demasiada fanfarria oficial, demasiada credulidad pública, demasiado gasto, demasiados daños: derroche presupuestario, eliminación inducida de líneas tradicionales, servicios y estaciones, es decir, escaso beneficio social, encarecimiento de pasajes aun significando una parte pequeña del coste real, daños ambientales, culto estúpido a una velocidad innecesaria, tecnología utilizada políticamente como activo, brillo y excelencia, alto riesgo, inevitable, de accidentes catastróficos...


Accidente de Adamuz, enero de 2026 (EFE).

Tampoco yo, que pedí en 1986 a la Fundación de los Ferrocarriles Españoles que acometieran el estudio de impacto ambiental del tren de alta velocidad que acaba de anunciar el Gobierno socialista para tenerlo a punto durante la Expo de Sevilla de 1992, pude imaginar los resultados infames, de todo tipo, que ese tren nos ocasionaría. A mí me preocupaba la ligereza con que esa infraestructura novedosa, pero de evidente gran impacto, se asumía sin más, sobre la inexistencia de legislación de impacto ambiental. Y conseguí de la sensibilidad de esa Fundación que me encargara un Estudio de Impacto Ambiental ajeno a legislación alguna, pero que pronto se hizo perentorio cuando Bruselas lo exigió al Ministerio de Transportes como condición para financiar el proyecto.

Fue, en efecto, la chulería y el exhibicionismo de aquellos sevillanos en el poder (Felipe González, Alfonso Guerra), que se dejaron fácilmente encandilar/presionar por sus compadres socialistas franceses y la tecnología de su TGV, lo que nos dio el AVE, que inicialmente se llamaba NAFA (Nuevo Acceso Ferroviario a Andalucía), con velocidad prevista de 250 km/h y que se erigía como una alternativa aparente al trazado por el paso de Despeñaperros.

Luego se fue desencadenando el “AVE para todos”, que las campañas electorales y el populismo/pueblerinismo de nuestros líderes políticos pretendía, hasta llegar, sin justificación ni sensatez alguna a los más de 2.000 km actuales “segundo país del mundo tras China”. Y quedaba instituida la velocidad ferroviaria de los 300 km/h, saltando sin malla ni medida sobre las velocidades “sociales” de 200 km/h en algunos tramos, pero sin abandonar las tecnologías “a la medida del hombre”, que en ética y política no se deben traspasar impunemente.

Pero más de un centenar de muertos en un mismo año es demasiado e intolerable, por lo que hay que actuar y exigir que los poderes públicos se pongan a la faena, dejándose de tonterías exhibicionistas que no hacen ninguna falta y nos castigan, de forma implacable.


Accidente de Urda, octubre de 2026 (infobae).

1) Congélense, pues, como primera medida, o sométanse a moratoria, todos los proyectos de AVE, haciendo oídos sordos a tantos líderes autonómicos que parece que con el AVE van a hacer grande a su tierra.

2) Redúzcase sustancialmente la velocidad actual estándar a niveles no superiores a 200 km/h, que ya está bien, si es que se trata de competir con la carretera y sus 120 km/h máximos.

3) Reconózcase que los costes de esos AVE son faraónicos, puro derroche financiero que en realidad nunca se podrá pagar, con resultados escasamente sociales (por no decir, claramente antisociales).

4) Atiéndase a las demandas de las asociaciones de defensa del ferrocarril, dirigidas hasta ahora sin grandes esperanzas a la reapertura de varias de las líneas que el ministro socialista Enrique Barón cerró el 1 de enero de 1985, arrebatado, como todo su Gobierno, por el impulso a eliminar líneas consideradas (económicamente) deficitarias, presa del liberalismo escasamente matizado de sus pares al mando del país. Las poblaciones de Urda y Los Yébenes, sin ir más lejos, por las que discurren los AVE sin detenerse, disponían de un servicio ferroviario Madrid-Puertollano con conexiones a la red nacional, pero lo perdieron al ser “elegidas” en el trazado de la alta velocidad Madrid-Sevilla.

5) Reconózcase, al tiempo, que los daños ambientales derivados de  las exigencias que la alta velocidad impone a la geografía, con curvas amplísimas y mínimas pendientes, superan en muchos casos lo sostenible, deformando para siempre el territorio y el paisaje y degradando además los ecosistemas afectados.

6) Elimínese la competencia en la red ferroviaria, porque es generadora de malos pensamientos por mor de la competitividad y las ventajas relativas, que siempre llevan a la reducción de costes en personal e, inevitablemente, seguridad.

7) Retómese la política de ferrocarriles como una causa nacional de equilibrio e integración social y territorial, así como de reducción de daños ambientales y perjuicios sociales. Vuélvase al “espíritu” del Plan General de Ferrocarriles de 1986, en mala hora fulminado por el ventarrón del AVE, y vuélvase a la conveniencia de hacer más tupida la red actual.

8) No se tema (no se tema demasiado: actúese con la prudencia debida), lesionar a ese (temible, bien es verdad, por lo poderoso) “bloque” de intereses formado por las grandes empresas del transporte, del petróleo y del automóvil (ahí es nada, pero es necesario); tómese como objetivo y con especial ahínco el reducir los tráficos por carretera de mercancías en primer lugar, y también de automóviles de uso individual o familiar.

9) Evítese a los ministros bocazas, tipo Óscar Puente, que glosan al AVE sin saber de lo que hablan y descártense a la cabeza de la política ferroviaria a economistas liberales (siempre peligrosos) y a tecnólogos incultos (muy abundantes): unos y otros han creado un monstruo al que amamantan contra toda lógica y sensatez.

10) Reconózcase que la envergadura de los daños, humanos en primer lugar, son inadmisibles, que dos accidentes masivos y mortales en un mismo año, con un centenar largo de víctimas mortales destrozadas, resulta absolutamente intolerable, y no pueden dejarse pasar como si nada, o como si se pudiera volver a las andadas pasado el trauma. Que la tecnología implicada en la alta velocidad no puede darse (tampoco) por segura, al menos en relación con los desastres que implican sus fallos.

       Yo propondría, como iniciativa urgente y necesaria, un seminario intensivo a los actuales decisores en materia ferroviaria sobre los desastres que implican las prisas, es decir, el virus, dejado en libertad, de la velocidad a todas luces excesiva del AVE, por el alto riesgo que comporta. Y que dejen de mirarse en China o Japón, que en Europa la alta velocidad hace tiempo que se estancó y es de irresponsables arrogarse el liderazgo en esa tecnología.

martes, 27 de octubre de 2026

Convocan una huelga de consumo en grandes superficies todos los miércoles hasta el 11-N

 

      Coordinador de la sección de economía en El Salto.


El Sindicato de Inquilinas, Justicia Alimentaria y la organización de consumidores Facua hacen un llamamiento a no comprar en supermercados de grandes cadenas cada miércoles hasta la huelga general.


Entrada de un Mercadona en Madrid. Elvira Megías.


      No es el precio de la vivienda lo único que ha subido más que los salarios en los últimos años ni lo único que se ha comido el poder adquisitivo de las familias. La alimentación, en lo que las rentas bajas se gastan gran parte de sus ingresos, ha sufrido unos procesos de inflación que superan con creces a la cesta media que marca el IPC y que se suele trasladar a las nóminas.


La cesta de la compra cada vez es mucho más cara.

La cesta de la compra cuesta hoy más de un 40% más que en 2019, según datos del INE, mientras que el salario medio ha subido un 21,9% en el mismo periodo. 

Todo ello bajo la sospecha de que las grandes cadenas de supermercados no sólo siguen aumentando sus beneficios, sino que también han acrecentado sus márgenes y aprovechando la inflación para subir más los precios todavía.


Una persona entrando a hacer la compra en un supermercado de la cadena Mercadona. David F. Sabadell.

“El alquiler se come los salarios y la cesta de la compra no deja de subir, mientras unos pocos baten récords de beneficios con lo que necesitamos para vivir, un techo y un plato en la mesa”, es la conclusión a la que han llegado de forma conjunta desde la Confederación del Sindicato de Inquilinas (CSI), la ONG Justicia Alimentaria y Facua-Consumidores en Acción, que se han unido hoy para lanzar una huelga de compras. “Comer no puede ser un privilegio. La rebaja de precios tiene que salir de los beneficios de las grandes distribuidoras, no de quien produce los alimentos”, ha declarado Javier Guzmán, director de Justicia Alimentaria.

La idea es simple: no comprar los miércoles en los supermercados, hipermercados ni grandes cadenas de aquí al día de la huelga general. En cambio, animan a realizar esas compras en el comercio de barrio, en cooperativas o directamente a productoras. “La huelga de compras no va contra el pequeño comercio ni contra las trabajadoras de los supermercados”, explican en un comunidad conjunto las tres organizaciones e invitan a esos colectivos a sumarse a la huelga general. 

Las tres organizaciones han presentado sus reclamaciones ante esta nueva convocatoria de huelga de consumo que se encuadra en el camino hacia la huelga general por la vivienda del 11 de noviembre. Todas se suman a la petición de rebajar los alquileres de un 50%, ligados a los ingresos, como pide la huelga general del 11N, y control de precios en la cesta de la compra, la energía y el transporte. Justicia Alimentaria, además, propone una cesta de alimentos básicos a precio justo, cuya rebaja salga de los beneficios de la gran distribución y no de quien produce. Facua, por su parte, pide topes a los márgenes de beneficio de las grandes cadenas y doble etiquetado, para que se sepa lo que se paga en origen. “Tenemos derecho a saber cuánto se paga en el campo y cuánto se queda la gran distribución”, ha afirmado Rubén Sánchez, secretario general de Facua-Consumidores en Acción.

Además, las unión de organizaciones hace también un llamamiento a colectivos, asociaciones, sindicatos, cooperativas, comercios y otras entidades para que se sumen a la campaña como firmantes a través del formulario de adhesión disponible. Las entidades firmantes aparecerán en la lista pública de la campaña y en las redes sociales de las organizaciones convocantes antes del 11N.

“El casero y el patrón nos aprietan por los dos lados. Y en la caja del súper, también. Si dejamos de comprar a la vez, lo notan”, ha señalado Aldo Reverte, de la Confederación de Sindicatos de Inquilinas, que siguen con la mirada puesta en la huelga general de noviembre pero que empiezan a calentar motores, y señalar a otros actores, con esta huelga de consumo en grandes superficies durante los próximos miércoles. “El 11N, el comercio de barrio también puede bajar la persiana”, cierran en el comunicado.


Fuente: El Salto

lunes, 26 de octubre de 2026

Un fantasma recorre Europa: los jóvenes se echan a la calle contra la falta de expectativas

 

 Por Alberto Mesas   
      Periodista. Master en Estudios Avanzados en Comunicación política.


De Madrid a Tirana, pasando por París, Lisboa, Bruselas, Viena o Roma. Cientos de miles protestan contra el negocio de la vivienda, el deterioro de los servicios públicos, la precariedad laboral o las políticas de austeridad.


     Trabajar, estudiar y esforzarse al máximo para tener una casa propia, un trabajo estable y un futuro próspero. En ese mantra repetido por gobiernos liberales de todo pelo –también socialistas– han crecido millones de jóvenes de toda Europa. Hace casi 20 años, la Troika y las políticas austericidas comenzaron a erosionar el pacto social basado en el bienestar. Hoy, esas políticas de recortes y privatización de lo público continúan castigando a una generación que vive mucho peor que la de sus padres. 

Cientos de miles de jóvenes en España, Francia, Bélgica, Portugal, Italia y Albania llevan varias semanas saliendo a la calle y movilizándose por la dificultad de acceder a una vivienda digna, la pérdida de poder adquisitivo o el deterioro de los servicios públicos. Algunas de esas manifestaciones han pasado de recoger reivindicaciones concretas para derivar en una protesta más global de hartazgo que clama contra las élites económicas y en muchas ocasiones cuestiona el funcionamiento del propio sistema.

“Hay que tener en cuenta que venimos asistiendo a un deterioro importante del funcionamiento de las democracias liberales”, expone el profesor de Sociología de la Universidad Complutense de Madrid Luis García Tójar. Para el profesor, ese deterioro “es consecuencia de los recortes en el Estado del bienestar, que han provocado el crecimiento del descontento social”. Tójar explica que ahora, como hace un siglo, ese malestar está siendo aprovechado por los partidos de ultraderecha, y que las movilizaciones de los jóvenes son una respuesta a esta crisis.

Las redes sociales y los contactos entre colectivos estudiantiles, sindicatos y asociaciones están contribuyendo a que las marchas en un país sirvan de referencia para las de otro. Las acampadas en España, por ejemplo, han inspirado iniciativas similares en Portugal, mientras que las protestas francesas han coincidido con nuevas movilizaciones en Bélgica e Italia.

“Estas protestas tienen un elemento común, que es la juventud, y eso las hace aún más confluyentes”, continúa Tójar. “Aún es pronto para decir si el malestar de los jóvenes con las instituciones políticas puede resultar en una nueva conciencia política, pero es una posibilidad”, añade. De momento, el clamor de las calles se ha colado en las agendas políticas de varios gobiernos.

España: el desahucio de Maricarmen prende la mecha

En España las protagonistas son las acampadas por la vivienda que se han instalado en las plazas de múltiples ciudades.


Acampada en Sol, el pasado 26 de septiembre.

El desahucio de Maricarmen Abascal, cuyo alquiler había subido de golpe un 230% después de que un fondo buitre se hiciera con su casa, desencadenó las movilizaciones impulsadas por el Sindicato de Inquilinas a finales de septiembre.

Las primeras protestas pedían bajar el precio del alquiler, el fin de los desahucios y poner coto a la especulación por parte de los fondos buitre, y aunque las movilizaciones tienen un carácter bastante transversal e intergeneracional, los jóvenes han acabado asumiendo el protagonismo, y las acampadas se han convertido progresivamente en un espacio asambleario de organización.

“Se ha logrado más en ocho días que en ocho años de una legislatura supuestamente progresista”, destaca Beatriz García de la Torre, integrante y portavoz del Sindicato de Inquilinas, que critica que “el gobierno progresista ha sido incapaz de aprobar mejoras para la vida de las personas”.

García de la Torre insiste en que “la verdadera legislatura de la vivienda ha comenzado gracias al sindicalismo de base y a la organización del poder popular. Los decretos que hoy están sobre la mesa son solo el primer paso, pues lo que queremos y necesitamos son medidas estructurales y no parches en materia de vivienda”. Para el sindicato, el motivo de que los partidos políticos no sean capaces de priorizar el derecho a la vivienda es “que tenemos un Congreso secuestrado por el rentismo que legisla para esa minoría del 4% sin importarles las necesidades de sus propios votantes”.

De momento, esa organización en las plazas y acampadas ha logrado impulsar una huelga general para el próximo 11 de noviembre. “Esta huelga no va contra un gobierno concreto, va contra los rentistas, las grandes empresas y la patronal que siguen haciendo negocio con nuestras vidas, y contra todos los gobiernos que sostienen sus privilegios”, aclaran desde el Sindicato de Inquilinas.  

Es imposible no establecer similitudes entre las actuales acampadas por la vivienda y las del 15M en 2011. Para García Tójar “las actuales protestas de las plazas están mejor organizadas que las de entonces. El papel del Sindicato de Inquilinas está siendo decisivo como núcleo de la movilización, y sus líderes están dirigiendo la acampada con buena inteligencia táctica, aprovechando la coyuntura de la inesperada campaña electoral y el apoyo de otros movimientos de protesta como el del profesorado”.

El profesor también comenta que aquella generación del 15M “aceptó el reto de los viejos partidos para hacer política institucional, se crearon nuevas formaciones y despertaron energías políticas creativas”. Sin embargo, prosigue Tójar, “por ahora el resultado de esa institucionalización del movimiento político surgido del 15M es más bien escaso, o al menos no está a la altura de las expectativas despertadas”.

Portugal: acampadas por la vivienda en el centro de Lisboa

Como en España, en Portugal la crisis de la vivienda se ha convertido en el desencadenante de importantes movilizaciones que reclaman alquileres asequibles, mejores salarios y medidas contra el encarecimiento de la vida. Lo que empezó con manifestaciones en Lisboa y Oporto, se está desarrollando con una acampada en el centro de la capital.

“Nuestras vidas son más importantes que los beneficios de los bancos, obtenidos mediante los intereses de nuestros créditos, o que el negocio especulativo de los alquileres”, aseveran desde el movimiento Porta a Porta – Casa para Todos.


Porta a Porta – Casa pàra Todos.

El colectivo asegura que “los problemas actuales de la vivienda no son coyunturales, estamos ante un problema estructural y profundo sobre el que urge actuar y contra el que es imprescindible luchar, exigiendo y construyendo soluciones”.

En Portugal, la chispa de la indignación prendió tras el anuncio del Gobierno conservador de Luís Montenegro de lanzar un proyecto de ley para darle más poder a los caseros. De aprobarse en el parlamento, el texto promovido por el Ejecutivo otorga a los propietarios de viviendas más poder para decidir, por ejemplo, cuándo acaba un contrato, o si se prorroga, además de poder pedir hasta tres meses de fianza por adelantado.

“Esta ley no puede salir adelante. Queremos respuestas muy concretas y las queremos ahora”, reclama Dejanira Vidal, una de las portavoces de Porta a Porta, que asegura que las movilizaciones continuarán hasta que el Gobierno responda a sus demandas.

A lo largo de este mes de octubre, se han sumado las movilizaciones convocadas por la Confederación General de Trabajadores Portugueses (CGTP), el principal sindicato del país, y decenas de miles de personas han recorrido el centro de Lisboa para exigir subidas salariales, mejores pensiones y servicios públicos, y medidas contra el encarecimiento de los productos básicos. El ministro de Asuntos Parlamentarios, Carlos Abreu Amorim, ya ha asegurado que el Gobierno no cedería ante las presiones de la calle.

Francia: los estudiantes toman la Bastilla

En Francia el movimiento empezó a mediados de septiembre en Créteil, en los suburbios del sureste de París. Allí, miles de estudiantes de secundaria se sumaron a las reivindicaciones de sus profesores reclamando más recursos y mejores condiciones para la educación pública, que adolece de falta de docentes, aulas masificadas y el deterioro de edificios. Las imágenes de los primeros piquetes en centros educativos se difundieron rápidamente a través de las redes sociales, y eso ayudó a que las protestas se extendiesen a otras ciudades del país como Marsella, Burdeos, Niza, Nantes o Limoges.

La federación sindical de estudiantes Union Étudiante afirma que lo que se está viviendo estas últimas semanas en Francia “expresa la ira de los jóvenes ante el desprecio que sufren”, y acusan a Emmanuel Macron y los sucesivos gobiernos de “diez años de políticas antisociales y discriminatorias que han deteriorado nuestras condiciones de vida y de estudio”.


Union Étudiante – La principal unión estudiantil de Francia.

El sindicato insiste en que haya reformas “para permitir que todo el mundo pueda estudiar dignamente”, y aseguran que “las intimidaciones y la violencia policial no nos harán callar. Creen que apagan el movimiento, pero no hacen más que avivarlo […] Será mediante la huelga, que recuerda a los poderosos que no son nada sin quienes trabajan, como conseguiremos que nuestras reivindicaciones sean atendidas”.

Sin embargo, la movilización estudiantil ha dado paso a la exhibición de un malestar mucho más amplio que enlaza con el encarecimiento de la vida, el aumento del precio del combustible, la desigualdad y la falta de respuesta por parte del gobierno y la política, atrayendo a sectores de movimientos anteriores como los famosos chalecos amarillos.

Albania: flamencos contra la corrupción

Albania es otro de los países europeos donde han surgido multitudinarias protestas, en este caso contra la corrupción, la falta de oportunidades y la desconfianza hacia un Gobierno al que una parte importante de la opinión pública acusa de favorecer a las élites económicas. Desde el 13 de octubre, las movilizaciones se han extendido por la capital, Tirana, y otras ciudades, con enfrentamientos entre manifestantes y policías, algunos disturbios y llamamientos a la dimisión del primer ministro, Edi Rama.


Imagen de las protestas en Albania.

No obstante, las manifestaciones se remontan a este verano, cuando miles de personas se echaron a la calle para mostrar su rechazo a un proyecto turístico de lujo en la costa sur del país. El movimiento fue bautizado como “la revolución de los flamencos”, ya que el complejo, vinculado al yerno de Donald Trump, está previsto que se construya en Zvërnec, una zona protegida cercana a la laguna de Narta, donde habitan grandes colonias de flamencos.

“Para nosotros, la destrucción de la costa albanesa no es un asunto aislado, sino un síntoma de problemas más profundos, entre los que se incluyen la corrupción, la concentración de poder y la falta de rendición de cuentas”, señalan desde el movimiento Flamingo Revolution.

Así, con el paso de los meses el movimiento estudiantil ha acabado convirtiéndose en el principal motor de las manifestaciones. Entre sus reivindicaciones están la mejora de las condiciones en las universidades, la reducción de las barreras económicas para acceder a la educación superior, más ayudas estatales para los estudiantes y mejores perspectivas laborales después de graduarse.

Los jóvenes denuncian que la falta de recursos educativos y las dificultades para encontrar un trabajo digno limitan sus posibilidades de construir un futuro en el país. Desde el movimiento aseguran que “muchos jóvenes albaneses sienten que no pueden labrarse una vida digna en su propio país debido a la corrupción, la falta de oportunidades y la concentración del poder en manos de una pequeña élite política”. Según el propio INE albanés, casi el 80 % de los albaneses emigrados se fueron entre los 15 y los 34 años.

Por su parte, el primer ministro –en el cargo desde 2013– ha culpado a “actores externos” de alimentar los disturbios y ha defendido que las protestas violentas ponen en peligro el futuro del país. El movimiento, por su parte, ha dejado clara su desconfianza hacia los partidos tradicionales, y propone “un gobierno técnico de transición temporal e independiente que garantice un proceso electoral justo y permita a los ciudadanos elegir libremente a sus representantes, sin interferencias por parte de las mismas estructuras de poder político y económico que han contribuido a la actual crisis”.

Bélgica: movilizaciones contra la austeridad del Gobierno

En Bélgica la protesta también ha mutado. Primero se centró en demandas como el precio de las matrículas de acceso a la educación superior, el encarecimiento del transporte público y las dificultades para conseguir material de estudio, pero en las últimas semanas el descontento ha girado hacia las políticas de austeridad del Gobierno de Bart De Wever que, entre otras cosas, pretende reformar el sistema de pensiones y de prestaciones por desempleo, y subir el IVA general del 21% al 22%.

Uno de los puntos de fricción es el incremento de las tasas universitarias para buena parte de los estudiantes de la comunidad francófona, que pasan de 835 a 1.194 euros. Los manifestantes denuncian que cursar estudios superiores se está convirtiendo en un privilegio en lugar de ser un derecho accesible para todo el mundo.

La influencia de Francia ha contribuido a reactivar las movilizaciones. Algunos estudiantes belgas han reconocido que las protestas al otro lado de la frontera les han animado a intensificar sus propias reivindicaciones.

‘Querida Italia, ¿cuánto nos cuestas?’

Bajo ese lema, la organización estudiantil Unione degli Universitari (UDU) ha organizado acampadas de estudiantes frente al Parlamento y en distintas universidades. En Italia, la indignación de los jóvenes por la pérdida de poder adquisitivo, los salarios estancados y las dificultades para acceder a una vivienda asequible ha desembocado en una oleada de protestas que ha recorrido varias de las principales ciudades del país.

“Hemos vuelto a las tiendas de campaña porque, después de acampar hace tres años en toda Italia, en materia de vivienda solo hemos visto empeoramientos”, comenta Sabrina Brizzola, coordinadora de la UDU, que incide en que “en Italia, vivir se ha convertido en un ejercicio de supervivencia y estudiar es un privilegio para unos pocos”.

Milán está siendo el epicentro de las manifestaciones y el reflejo de un malestar que clama por mejores sueldos, medidas contra el encarecimiento de los productos básicos y los combustibles o la defensa de los servicios públicos. Tal y como reflejan los datos del INE italiano, en el último año la inflación ha subido un 4,2 % interanual, y afecta especialmente a la energía y los alimentos frescos, mientras que el alquiler también se ha incrementado casi un 4% de media.

“Los jóvenes y estudiantes no conseguimos llegar a fin de mes, no podemos pagar el alquiler ni asumir las subidas de las facturas. La cesta de la compra es cada vez más cara y eso nos impide tener garantizado nuestro derecho a estudiar”, prosigue Brizzola.

Con elecciones previstas para 2027, el Ejecutivo de Meloni ha intentado poner el foco en los episodios de violencia, mientras la oposición insiste en remarcar el malestar social. En Roma, la Confederación General Italiana del Trabajo (CGIL), el principal sindicato del país, anunció una huelga general para el próximo 20 de noviembre.

Como comenta el profesor Tójar, el modelo de Estado de bienestar fue la respuesta institucional en Europa a la lucha de clases del siglo XX. Pero “ahora está en retirada. Si la política institucional quiere apaciguar el descontento debe volver a ese modelo, que ahora será más complejo y más caro. Mientras esa solución esté bloqueada, habrá más protestas por la derecha y por la izquierda”, sentencia.

Fuente: Ctxt