sábado, 18 de abril de 2026

A mí es que esto de la Luna…

 

      Águilas, Región de Murcia, 1947. Ingeniero, sociólogo y periodista, Premio Nacional de Medio Ambiente y Hijo Predilecto de mi tierra.


El espectáculo tecnológico como herramienta de control: distracción masiva y desmovilización social frente a la impotencia política


       A mí es que esto de la Luna, qué queréis que os diga, por mi parte…, si es que la cosa es que…, hay gente, oye, que todo lo que se le meta por la televisión y las redes se lo traga sin más y sin pensar… Y luego el maldito prestigio de todo lo norteamericano, que hay que ver qué poco aprendemos y escarmentamos.


Fuente: NASA. Via Getty Images.

          Las aventuras de los países más ricos e injustos se mueven, en esto de los regresos a la Luna, la llegada a otros planetas y las intromisiones en el espacio sideral, entre la (muy mediática) tomadura de pelo y la (inocultable) estupidez, aunque nadie ignora  que se trata de brillantes y opulentas operaciones de prestigio con objetivos que solo nominal y disimuladamente son científicos, ya que consisten en avances esencialmente militares destinados a (1) amenazar con mayor eficacia la vida de los humanos y (2) a depredar ambientalmente del universo que se ponga a tiro. Que los recursos que se destinan a jugar con el espacio exterior se hurten a tantas cosas necesarias y pendientes en nuestro mundo terrestre no me resulta de fácil justificación, y creo que debe de motivarnos a la serena y libre reflexión, lo más alejada posible de la farfolla mediática y política que nos atonta y mamonea.

1. La que lió aquel Sputnik

         Todo esto viene, en gran medida, de la Guerra Fría y de la competencia entre la URSS y Estados Unidos. Y en realidad la rivalidad la desató el vuelo orbital del Sputnik soviético, en octubre de 1957, que produjo aquella humillación que los norteamericanos no pudieron evitar ni con los servicios de aquel Von Braun, que pasó a trabajar para los Estados Unidos después de haber sido el más prestigioso científico espacial de la Alemania nazi. Y cuando en 1961 de nuevo la URSS se lució poniendo un hombre en órbita, aquel legendario Yuri Gagarin, la gran potencia capitalista no pudo más y el presidente Kennedy tuvo que anunciar que, en esa misma década (1960), serían ellos los primeros en poner un hombre en la Luna.


Cartel soviético alusivo al Sputnik.


         Cosa que hicieron, con el proyecto Apollo y la efeméride de Armstrong, Collins y Aldrin posándose en la superficie lunar un día de julio de 1969, para a continuación dejar que ese proyecto se deshiciera y pasara casi medio siglo para que surgieran nuevos estímulos hacia nuestro asombrado satélite. Aquel día, noche para nuestro hemisferio, este cronista purgaba, en su campamento militar de la cara segoviana del Guadarrama, la segunda o tercera imaginaria (las dos peores, como saben los que hicieron alguna de aquellas milis) y en una de las tiendas de mi unidad de Artillería se instaló una televisión alquilada para presenciar el acontecimiento, en un ambiente de gran exaltación…

         Luego, este mismo cronista ha tenido tiempo de reflexionar sobre la tan manida “conquista espacial”, al tiempo que enumeraba, y vivía, numerosas derrotas del género humano en nuestra atribulada Tierra, y pudo asentar en su magín un escepticismo acre que mudó, poco a poco, en riguroso desprecio a las exhibiciones científico-tecnológicas a las que mueven la ambición económica o el fatum militarista. Y este es el caso de las vueltas y requiebros en torno a la Luna.

        Aquello del Apollo y de otros proyectos posteriores siguió ciñéndose a la rivalidad, al orgullo y la estulticia en grado galáctico de las potencias, sin que se ocultaran nunca los móviles del prestigio y del ansia competitiva por adelantarse entre ellas. Así sucedió entre los Estados Unidos y la Unión Soviética, y ahora sucede entre los primeros y la China emergente, que prioriza visiblemente las aventuras espaciales. En cualquier caso, todo esto aparece rodeado de toda una ristra de fábulas que, como tales, son y debieran de ser indigeribles: que si el noble impulso humano a saber más de las estrellas, que si la necesidad de expandir la ciencia y la técnica, que si las consecuencias (todas) beneficiosas de la exploración espacial, que si… Apenas, claro, se alude a la ambición de la industria privada aeronáutica, militar y otras, ni a que todo ese esfuerzo de los poderes públicos será aprovechado -en el caso norteamericano, al menos- por avispados y muy emprendedores empresarios privados, que expandirán sus negocios con el incipiente “turismo espacial” y con otras lucrativas actividades en perspectiva.


Artemis II.

2. Que no falte el enfoque crítico

           Pero en esto, como en tantas cosas parecidas, carísimas, espectaculares y de escasa utilidad general, debiera imponerse el análisis frío, centrándose en dar respuesta tranquila y cuerda a las preguntas de la lógica, la dialéctica, la ética, la metafísica, etcétera, etcétera, resumidas en estas cuatro: (1) ¿de qué se trata, objetivamente esta aventura y sus derivaciones?, (2) ¿por qué se acometen estos proyectos, es decir, cuáles son los motivos y las causas reales?, (3) ¿para qué se llevan a cabo, es decir, se dan a conocer los objetivos y las pretensiones, los declarados y los ocultos, pero sospechosos?, y (4) ¿cómo se lleva a cabo, se conocen bien las políticas que las encuadran y desarrollan, las estrategias a medio y largo plazo, los medios y los costes?.

            Con todo, el más repetido de los objetivos aducidos en la misión lunar del Artemis II (que disfraza la perversa ambición, que es sobre todo militarista, ya digo) es que se pretende que la Luna se convierta en plataforma o base para continuar la expansión espacial de otros astros… Porque no es solo que un satélite a tres días escasos de la Tierra vaya a suponer trampolín objetivo alguno en un viaje de año y medio a Marte, cosa que debiera incitar a implacable reconvención a esa patulea de alucinados con el planeta rojo, sino que la impronta humana de destrucción de todo lo que toca en la Tierra, cosa tan a la vista y tan consolidada, vaya a extenderse, más libre e inclemente aún, a la Luna y luego a Marte, debiera turbar muy seriamente a cualquier mente mínimamente equilibrada.

      Con el agravante de que estos espectáculos tan equívocos estén explosionando en plena “era Trump”, de dirigentes analfabetos y enloquecidos, lo que nada tiene de natural ni de espontáneo, y esto también debiera de agudizar nuestra inquisitiva mirada hacia estos proyectos y a sus verdaderos instigadores, que vienen de esa inculta y peligrosa mafia de Silicon Valley, justo complemento de las mamarrachadas trumpistas. A diferencia de la cordura del Tratado Antártico (1959), que dejó fuera de soberanías y dominios territoriales al continente helado, la Luna podrá caer en manos de la horda trumpista si, como delatan las prisas que le ha entrado, ponen pie en la Luna y deciden apropiársela, a despecho de lamentos onusianos o protestas internacionales de China, Rusia y otras potencias.

3. Ciencia y Tecnología en la picota

          Una vez más hay que someter la ciencia y la tecnología (CT) a escrutinio humano, social y ético, ya que todo lo que tiene que ver con la exploración de los astros cautiva, aliena y adormece, y apenas se alzan frente a ella respuestas críticas, profundas y fundamentadas. Porque si para desarrollar este binomio CT, tan prestigiado y en este caso tan brillante, no se han de exigir explicaciones, sobre todo por su finalidad (el para qué), estaremos ante un desviacionismo intolerable, incluso socialmente delictivo, tanto por la desmesura de los medios puestos en ello como por las perversas intenciones que encierran (y ocultan).

         Si no plantamos límites a la CT nos adentramos en terrenos desconocidos, y cuando los conocemos, tras el empeño por dominar y controlar esos mundos mediante un saber hasta entonces ignoto, suele ser demasiado tarde; de ahí que, desde el punto de vista de la atención a los humanos, la CT hace tiempo que genera más problemas que soluciones. Porque no debe caber duda alguna: esa CT se dedica, no a evitar y prevenir problemas sociales, sino preferentemente a generarlos y a continuación pretender “darles solución”. Porque esta fase, la de la expansión de los problemas, es la de mayor interés crematístico, y en ella se funda una floreciente actividad industrial y financiera.

            Nuestra “civilización” (por llamarla de alguna manera y dejando de lado lo impropio del nombre) se adentra desde hace tiempo, siglos en realidad, en imprudencias y desafíos que generan más problemas para la vida ordinaria y sus garantías que soluciones a sus angustias y amenazas.


Emigrantes en el mediterráneo.

           Y por un prurito de arrogancia y “deificación” que confieren esa CT y sus resultados, considera normal no respetar nada, en un mundo cada vez más lleno de limitaciones y salidas falsas o bloqueadas. “Todo lo que es posible hacer o desarrollar, hay que acometerlo”, es el lema imperante y sin discusión, con este corolario: “Y si no lo hacemos nosotros, otros lo harán, así que…”, del mismo género extravagante. Frente a estos eslóganes tan intrínsecamente necios solo se vienen apuntando objeciones desde el mundo ecologista, a partir de que se alzara contra la energía nuclear civil y militar, es decir, contra la fisión (y la fusión) del átomo, ejemplo paradigmático de una CT osada e irresponsable, que del trabajo (aparentemente) científico y tranquilo pasó rápidamente al político-militar. La energía nuclear es algo que en mala hora acometimos, teniendo en cuenta sus consecuencias, que no solamente ha sido la liberación de radiactividad en aguas y atmósfera, sino la “construcción” de una pirámide de despropósitos que van desde su base físico-química hasta su vértice moral y espiritual, pasando por lo económico, político, jurídico…, y por la que la clase político-económica dominante apuesta y se lanza una y otra vez. Y no hay forma de demostrar que los beneficios de esa energía nuclear sean superiores a sus riesgos y desastres.

4. ¿Un progreso y un futuro regalo de las estrellas?

      De la mano de la CT nos llega un repunte bobalicón de esas ideas estrafalarias que son el progreso (ilocalizable desde el mismísimo momento, ilustrado, en que se inventó) y el futuro (inexistente, ya que no es más que una sucesión, incierta, de presentes), ya que siempre se ha identificado el optimismo científico-tecnológico futurista con los espejismos espaciales, que, mira por dónde, son el último refugio de eslóganes y consignas que la cruda realidad niega con insistencia y rotundidad.


Portada de ‘En ausencia de lo sagrado’.

        Se trata de un empeño de alto contenido ideológico: requiriendo la atención hacia la Luna o el programa espacial como un todo y una saga, se contribuye a olvidar o minimizar los problemas en la Tierra de miles de millones de seres acosados por la precariedad y los negros horizontes, que son acosados sin piedad -la fuerza y la habilidad de los medios de comunicación aquí se emplean a fondo- contribuyendo al engaño prefabricado mediante la exaltación de mitos y la ostentación de poderío.

            En estos trances la mayor parte de la población terráquea, que constituye sociedades vulnerables y frágiles mentalmente, es puesta ante una realidad que es desbordante y que la supera ampliamente, resultándole muy difícil de procesar y asimilar en su verdadera dimensión (y en sus falacias). Y dado que en la vida personal y grupal no hay avances, mejoras o esperanzas estimulantes, se acaba poniendo el foco en lo más soportable y atractivo, de tal manera que el espectáculo se convierte en auténtico programa de un masivo control social que se traduce en adormecimiento de conciencias y neutralización de energías. Para tantos, el deslumbramiento de una CT de muy remotos beneficios para la humanidad no es más que la representación agresiva de una situación de cada vez más consolidada impotencia y nimiedad en la participación de los asuntos nacionales y no digamos internacionales. Mirando a la Luna y sus conquistadores, ofrecidos como reclamo para el conformismo y la ignorancia, los poderes públicos -y no solo los exhibicionistas de las grandes potencias- avanzan en su dominio y se benefician de un plus de paz social.

5. Por lo más sagrado…

            La aventura espacial, de ambición ilimitada, es decir, desmedida, es un ejemplo de actividad humana en la que no se respeta nada, ni lo desconocido ni lo lejano y enigmático, y por supuesto no se toman en consideración, verdaderamente, las consecuencias de estos atrevimientos. Se considera inadmisible toda idea del tabú, es decir, de aquello que, por desconocido, peligroso o complejo -o sea, por elemental prudencia humana- no se debe ni tocar ni penetrar ni desarrollar, así que es mejor dejarlo como está, enfundado en el sereno atractivo de su misterio; al menos mientras no se demuestre que esas audacias constituyen prioridades humanas y sociales, lo que, sin ir más lejos en el caso de la conquista del espacio, es muy difícil de demostrar (imposible, en realidad). Esas actitudes de sabia contención, que son remanentes en las culturas que sin embargo llamamos tradicionales, evitando calificarlas de atrasadas (como nos apetecería), son el resultado del respeto a la naturaleza y sus secretos inspiradores y estimulantes, de la experiencia desde los errores y de cohesionadas culturas colectivas que han fundado la supervivencia en su reverencia hacia lo sagrado.

        La conquista espacial me parece una experiencia grotesca y peligrosa, anunciadora de daños y desastres, tanto humanos como ambientales, pero sobre todo es un insulto, o mejor, una burla, al género humano, a esa mayoría empobrecida y amenazada; y debiera producir el rechinar de dientes para esos grupos que no se dejan camelar por globitos de colores, oropeles propagandísticos y cápsulas ingrávidas.

    Todo esto queda muy lejos de la verdadera sabiduría humana, necesariamente ceñida a la naturaleza inmediata, de la que nacemos, que pisamos, que nos alimenta y que nos inspira secularmente, y a la que se le debe un respeto máximo. Sabiduría que en esta aventura queda sustituida, más bien sepultada, por saberes inquietantes, quimeras en multiplicación y arrogancias impunes, olvidándonos y menospreciando lo que de poesía, culto y contemplación debiera suscitarnos (me refiero a la Luna, claro).


Fuente: La Protesta

La política de la mierdificación

 

 Por Simona Levi   
      Fundadora de Xnet. Directora de teatro, dramaturga, docente, activista, promotora cultural y estratega tecnopolítica.


Cory Doctorow sostiene que la degradación de plataformas y servicios digitales no es un fallo técnico, sino el diseño de una arquitectura de poder que perjudica a los usuarios y transfiere todo el valor a los accionistas


     Hace algunas semanas el compañero Cory Doctorow visitó Barcelona para presentar su nuevo libro y tuve el placer de conducir el evento. Presentar el nuevo libro de Doctorow tiene algo de celebración, pero también de puesta en común entre gente que lleva años intentando entender cómo hemos llegado hasta aquí y, sobre todo, cómo salir de esta.


Cory Doctorow

No es un detalle menor que este libro lo publique Capitán Swing, una editorial valiente y con voz propia, ni que la conversación haya tenido lugar en Finestres, uno de esos espacios que todavía funcionan como catalizadores de ideas y no como simples escaparates culturales. En ese contexto, Mierdificación no llega como un libro más sobre tecnología: llega como una herramienta política.


Mierdificación.

Cory Doctorow no necesita presentación para quienes trabajamos en derechos digitales, pero conviene recordar por qué sigue siendo una referencia tan excepcional. Es un escritor de ciencia ficción premiado y prolífico, un divulgador brillante y, al mismo tiempo, un activista que nunca ha abandonado la trinchera. En un momento en que lo digital ha pasado de estar fuera de la agenda a convertirse en un campo saturado de dinero, oportunismo y lavado ético institucional, Doctorow ha conservado algo rarísimo: independencia.

La gran aportación de este libro es dar nombre a una intuición compartida por millones de personas: lo que está pasando en internet es que las plataformas y muchos servicios digitales se han degradado de manera sistemática. Y que esa degradación no es un accidente, ni una suma de errores, ni una especie de decadencia natural del mercado. La “mierdificación”, término que Doctorow acuñó en 2022 y que ya forma parte del vocabulario político de nuestro tiempo, nombra un proceso específico. Primero, una plataforma se porta bien con las personas usuarias para atraerlas y encerrarlas. Después empeora esa experiencia para beneficiar a sus clientes empresariales, anunciantes o vendedores. Finalmente también exprime a esos clientes aumentando los requisitos para ser vistos y transfiere casi todo el valor a los accionistas. El resultado es un ecosistema peor para todo el mundo, salvo para quienes capturan la renta.

Lo importante es que Doctorow no presenta esta deriva como un destino inevitable del capitalismo digital, sino como el resultado de decisiones políticas concretas. Leyes antimonopolio debilitadas, captura del regulador, retroceso de los derechos laborales e intervención estatal al servicio de grandes intereses privados: esa es la infraestructura jurídico-legal de la mierdificación. Su tesis es muy útil en el batiburrillo de tertulias sobre el terror a lo digital porque devuelve el conflicto al lugar correcto. No estamos ante un fallo técnico, sino ante una arquitectura de poder.


Logos de las cinco grandes compañías del big tech.

Uno de los aspectos reseñables del libro son los matices que aporta a la idea de intermediación. El viejo internet, el que merecía la pena, estaba lleno de intermediarios: proveedores, servicios de correo, listas, alojamiento, software especializado. Lo decisivo no era la ausencia de intermediación, sino la idea de colaboración contra la idea de dominación. El libro explica cómo internet nace de una guerra entre visiones de los desarrolladores, la de los netheads, favorable a la descentralización, contra los bellheads, favorables a la centralización. El hecho de que los netheads hayan ganado esta lucha supone que debemos asumir una responsabilidad: defender ese legado de redes abiertas, descentralizadas e interoperables frente a la recentralización corporativa.

En este esfuerzo, la interoperabilidad ocupa, con razón, un lugar central. Doctorow insiste en que sin ella no hay competencia posible. Y tiene razón. Cuando no puedes hablar desde una red a otra, reparar lo que has comprado, modificar una herramienta para defenderte o crear servicios que corrijan abusos, lo que se impone no es la innovación sino el encierro. En este punto, su análisis del copyright es especialmente valioso. Lleva años recordándonos algo que demasiada gente ha decidido olvidar: que la propiedad intelectual se ha convertido en un arma para impedir la desmierdificación. Es decir, para perseguir a quien intenta arreglar, abrir, revelar o sortear funciones impuestas contra el interés público.

También por eso el libro resulta especialmente pertinente ahora, cuando incluso sectores que se pretendían aliados de los derechos han abrazado, con el pretexto de la IA, posiciones profundamente regresivas en materia de copyright. Doctorow recuerda algo elemental: los ordenadores son máquinas universales. Cuando las grandes tecnológicas dicen que no puedes ejecutar en ellos el programa que elijas, lo que en realidad están diciendo es que han conseguido convertir en ilegal tu autonomía.

Otro de los méritos del libro está en su lectura del mercado laboral contemporáneo. Sus páginas sobre la “chickenificación” y los “centauros inversos” describen con precisión el presente extractivista del trabajo digital y anuncian el futuro inmediato de muchos sectores que todavía se creen a salvo. Como en la mejor tradición de William Gibson, Doctorow muestra que el futuro ya está aquí, solo que se distribuye primero sobre los cuerpos más vulnerables, para garantizar que sea el abuso lo que termine normalizándose.

La propuesta final del libro se resume en restaurar cuatro fuerzas debilitadas: competencia, regulación, interoperabilidad y poder de los trabajadores tecnológicos, y deja claro algo esencial: la necesidad de exigir a las instituciones que asuman su responsabilidad.


Fuente: Ctxt

jueves, 16 de abril de 2026

Sí, todos los judíos

 

 Por Amanda Gelender   
      Escritora judía estadounidense antisionista que reside en los Países Bajos.


Todos los judíos deben acabar con el sionismo dentro del judaísmo



Representación de un triángulo rojo invertido goteando y derritiendo la esvástica sionista de David que ondea en la bandera de Israel.

     He llegado a sentir un tremendo desprecio por mi pueblo, por el mal que hemos causado y por los demonios en que nos hemos convertido. Nuestra cobarde hipocresía, nuestra lamentación por el Holocausto, nuestra disociación egoísta, nuestra interminable doble moral, nuestra inacción catatónica, nuestra débil ostentación de banderas, nuestras condenas condescendientes, nuestro regodeado complejo de víctima, nuestras traiciones autocomplacientes, nuestro descarado egocentrismo, nuestro arribismo explotador, nuestro racismo de sangre y tierra, nuestra cobardía liberal, nuestras montañas de banalidades vacías entre montañas de cadáveres palestinos que aniquilamos a sangre fría. Es probable que «Israel» haya matado a cientos de miles de personas en dos años y medio de bombardeos ininterrumpidos, ejecuciones y hambruna provocada en Gaza. La profundidad de nuestro sadismo parece no tener límites.

Una de las últimas veces que existió y se manifestó el aliento y el corazón palpitante del judaísmo —ese que el profeta Moisés entregó— murió en Auschwitz, cuando los sionistas judíos ya estaban ocupados construyendo lo que se convertiría en la colonia de la muerte judía, "Israel".

Aún está por verse si un eco del judaísmo de Moisés puede existir o ser recuperable, pero puedo afirmar con seguridad: no me importa, no estoy aquí por eso no tengo la voluntad ni el deseo de siquiera considerar la posibilidad de la continuidad del judaísmo hasta que la entidad sionista sea cenizas y Palestina sea libre.

Esta no es una lucha egocéntrica por el "alma del judaísmo", Palestina no es nuestro "ajuste de cuentas moral judío ". No hay ni rastro de moralidad judía. Palestina es una lucha de liberación anticolonial y decolonial en la que nosotros, los judíos, somos los señores supremos fascistas, los propagandistas y financiadores despiadados, los soldados-colonos militarizados que demuelen y roban casas, provocan pogromos en Cisjordania ejecutan niños en masa. Los sionistas judíos dirán que esto evoca "tópicos antisemitas"; no nos importa, sus palabras carecen de fundamento, ya que los judíos en "Israel" celebran Purim aplaudiendo bombardeos como el asesinato de 165 niñas y personal escolar en ataques aéreos estadounidenses-israelíes contra Irán. La verdad del terrorismo judío ya está grabada a fuego en la tierra palestina , marcada y tallada en la piel palestina con esvásticas de David . Los judíos vivimos y participamos activamente en la era del judaísmo totalitario; no quiero volver a oír hablar de "antisemitismo" ni de "victimización judía".

Los sionistas insisten en que odiar a Israel equivale a odiar a los judíos, y al mismo tiempo exigen que no se confunda a Israel con los judíos. Cuando les digo a los judíos que todos somos responsables de acabar con el sionismo y el genocidio palestino, suelo escuchar: «No todos los judíos / Dicen los sionistas, no los judíos / De hecho, hay más sionistas cristianos que judíos». Pues bien, me dirijo ahora mismo a judíos, un pueblo que apoya el sionismo fascista de forma unánime en todas las instituciones de nuestra comunidad.

Basta ya de evadir responsabilidades. Los judíos nos consideramos un pueblo orgulloso, un linaje ininterrumpido de generación en generación (L'dor, vador), hasta que el espejo roto del judaísmo moderno no refleja más que terrorismo, matanzas, sangre, sadismo, violaciones y robo de órganos. Prácticamente todos los grupos judíos apoyan la existencia de Israel de una u otra forma, ¿y nos atrevemos a señalar con el dedo a los demás en lugar de limpiar nuestra propia casa?

Organizaciones judías en toda nuestra comunidad mantienen la colonia en funcionamiento gracias a un compromiso inquebrantable y constante, propaganda, dinero y recursos, considerando el fortalecimiento y la defensa de Israel no solo como una mitzvá, sino como parte de su deber para con el pueblo judío y una extensión de su identidad judía. Cabe destacar que los judíos actualmente operan una serie de centros de tortura violación en Palestina y bombardean Líbano e Irán con ataques aéreos. Torturadores israelíes secuestraron recientemente a un niño palestino de un año y le quemaron cigarrillos en los muslos . Este es el "estado judío", así de lejos estamos.

El sionismo no es un fenómeno marginal dentro del judaísmo: está presente en todas partes. Es imperativo que los judíos con conciencia establezcan una distinción tangible entre sionismo y judaísmo , destruyendo el sionismo en nuestras propias comunidades, en lugar de negar nuestra complicidad generalizada y vigilar a quienes simplemente observan la realidad fascista del judaísmo moderno .

Con gran sacrificio para sí mismos y sus pueblos, palestinos, árabes y musulmanes han proclamado estas verdades con claridad durante generaciones; la escritora Nada Chehade describe vívidamente la realidad del colonialismo de asentamiento judío a diario. Nada de lo que afirmo es nuevo; simplemente es raro que un judío lo escuche de otro judío. Los judíos, con condescendencia y racismo, desestiman las narrativas palestinas como ejemplos de su propia lucha descolonial e insisten en una perpetua inocencia judía: como pueblo, estamos lamentablemente desconectados de la humanidad y de la realidad.


Ilustración de Marc Rudin y Jihad Mansour en la contraportada del Boletín del FPLP (1981).

El hecho de que prácticamente todos los judíos y espacios judíos sean sionistas y apoyen la existencia de "Israel" es una acusación contra nosotros como pueblo moralmente corrupto. Ningún judío podría apoyar a Palestina, y eso solo nos condenaría aún más , ciertamente no a aquellos que viven bajo el yugo de nuestro régimen fascista, desarrollando constantemente nuevas formas de persistir y resistir nuestra matanza sádica. Los pensamientos y sentimientos judíos sobre Palestina no importan, o mejor dicho, no deberían importar: actualmente se les da demasiada importancia a los sentimientos judíos, mientras el mundo se paraliza, en particular, por los sentimientos de los judíos blancos. El personal y los estudiantes de las universidades judías están recibiendo actualmente enormes indemnizaciones por supuestas acusaciones de "antisemitismo" tras la bendita operación de la inundación de Al Aqsa ( 21 millones de dólares en indemnización colectiva en Columbia ). Compárese esto con la forma en que se castiga a los árabes y musulmanes que sufren ataques, abusos y persecución sistemática . Palestina es una lucha generacional por la libertad, no un círculo de duelo judío.

Palestina no necesita el respaldo judío para ser libre; los judíos deben tomarse esto en serio, salir de Palestina y librar al judaísmo del sionismo fascista.

Por voluntad propia, el pueblo judío coronó al sionismo como un pilar central del judaísmo moderno y convirtió a «Israel» en nuestro nuevo dios. Un becerro de oro hipermilitarizado para un pueblo cada vez más ateo que busca un lugar en el Mundo de Arriba (supremacía blanca, colonización, construcción nacional, poder dentro del imperio euroamericano). Integramos sin problemas a «Israel» y al sionismo en cada faceta de la vida judía a nivel mundial: el sionismo no tiene fronteras. Israel no se ha vuelto fascista frente a Netanyahu y el partido Likud, sino que Israel es intrínsecamente fascista debido a su estructura colonial de asentamientos; lo mismo se aplica a Trump y la cruzada cristiana estadounidense de colonias, el modelo de Israel, como articula el Dr. Mohamed Abdou en Islam y anarquismo. América e Israel son entidades irreformables e irredimibles, construidas a partir del mundo establecido en 1492, erigidas por colonos genocidas sobre fosas comunes indígenas.

Casi la mitad de la población judía mundial (aproximadamente el 46%) son colonos israelíes que se han asentado ilegalmente en territorios israelíes. Apoyan mayoritariamente la limpieza étnica de Gaza (82%) y la actual guerra entre Estados Unidos e Israel contra Irán (93%). La mayoría del resto vivimos como colonos blancos privilegiados en colonias como la llamada América (el 41% de los judíos). Quienes vivimos en colonias de colonos fuera de Israel también descuidamos nuestras responsabilidades como colonos con los movimientos indígenas de recuperación de tierras y de autodeterminación negra en nuestras comunidades. En Turtle Island, los genocidios contra personas negras e indígenas han persistido durante 533 años y continúan.

Cuando afirmo que prácticamente todos los judíos y las organizaciones judías son sionistas, incluyo a la mayoría del reducido número de judíos y organizaciones judías que se autodenominan "antisionistas" o "pro-palestinos". Si se profundiza un poco, se descubre rápidamente que la mayoría son sionistas liberales, como señalan con frecuencia Lara Kilani y el equipo de Good Shepherd Collective. Todos los judíos que se declaran "no sionistas" son sionistas en su postura política, ya que siempre menosprecian la resistencia y confunden colonizador con colonizado (por ejemplo, "Condenamos tanto la violencia de Hamás como la de Israel" o "Un futuro de coexistencia en la tierra para palestinos israelíes/judíos").

Los auténticos antisionistas judíos apoyan inquebrantablemente la erradicación total de Israel (y del gran Satán: América); la devolución completa de la tierra sin rastro alguno de control imperialista o colonial euroamericano. Esto incluye el apoyo de los judíos a la expulsión de sus correligionarios de Palestina (garantizando que no causen daño dondequiera que vayan ni desplacen aún más a los pueblos indígenas en otros lugares), y un apoyo abierto y reverente a la resistencia armada palestina. Los muyahidines de Gaza están en el centro de la lucha, actualmente liderados por las Brigadas Al Qassam de Hamás, quienes llevaron a cabo la milagrosa inundación de Al Aqsa el 7 de octubre de 2023; una operación que los auténticos antisionistas judíos reconocen inequívocamente como una de las operaciones anticoloniales más prolíficas de la historia.

Es extremadamente raro encontrar estos compromisos políticos entre los judíos, y cuando se encuentran, son débiles, ya que prácticamente no hemos logrado nada material ni significativo para impedir que nuestro pueblo cometa los actos más atroces y repugnantes imaginables durante el último siglo en la Palestina ocupada. Actualmente, los judíos violan a palestinos hasta la muerte con barras de metal al rojo vivo en campos de concentración, y los supuestos «aliados» judíos que viven cómodamente en el centro del imperio todavía tienen la audacia de quejarse del «antisemitismo» y de «no culpar a los judíos por las acciones de Israel». Esta pesadilla sionista es nuestra responsabilidad moral como judíos: debemos afrontarla y combatirla dentro de nuestras propias filas.

Sí, todos los judíos.


‘Estrella mortal’, de Mahmoud Khalili (1984).

Si bien la autoidentificación con el término "sionista" ha caído en desuso últimamente, el apoyo a la existencia de Israel entre el pueblo judío sigue siendo inquebrantable. A medida que la gente del mundo se vuelve cada vez más contra Israel, tras haber visto el sionismo como la maldad que es, el pueblo judío no ha cedido en sus compromisos fascistas. ¿Acaso ven enfrentamientos acalorados sobre el genocidio judío en sinagogas de todo el mundo? ¿Ven disturbios de conflictos internos dentro de la comunidad judía y espacios religiosos que venden tierras palestinas robadas y reciben a terroristas de las FDI para dar discursos y recaudar fondos? No, por supuesto que no. Los judíos saben que se espera que apoyen a Israel en todas las sinagogas. Esto se considera la vida judía normal: nuestro "derecho de nacimiento" en un mundo que "nos odia perpetuamente sin otra razón que ser judíos". Nuestras ilusiones de inocencia judía, nuestra grandilocuente autocomplacencia, nuestro control absoluto sobre la colonia, prácticamente no encuentran oposición dentro de la comunidad judía.

Los sionistas judíos ven Palestina y se alinean con los judíos porque son judíos; los antisionistas judíos ven Palestina y se alinean con los palestinos porque pertenecen a la tierra sagrada oprimida por la tierra firme, la sal de la tierra que lucha por la dignidad y la liberación en su propia tierra, en sus propios términos. La tierra, en efecto, lucha con ellos. No vacilamos ni flaqueamos en nuestras posiciones porque son nuestros hermanos judíos quienes son los fascistas que atropellan a niños vivos con tanques: los compromisos antisionistas son éticos, no identitarios.

Los judíos pueden discrepar sobre las políticas del gobierno de Netanyahu, quién debería liderar la entidad sionista, los asentamientos en Cisjordania y demás, pero una vez que se apoya a las Brigadas Al Qassam de Hamás y al 7 de octubre, se aboga por la expulsión de los judíos de Palestina y se promueve la disolución total de Israel, los judíos lo consideran un traidor a la comunidad judía. Los judíos con claridad moral carecen del valor, la firmeza, la organización, la fe, los principios arraigados y la voluntad para expulsar al sionismo del judaísmo. A los judíos que también odian a Israel y sus consecuencias: siéntanse orgullosos cuando los llamen traidores a su proyecto de destrucción. Seamos «traidores» sin titubear.

Todo Israel es un asentamiento ilegítimo y todos los israelíes son colonos y soldados en tierras robadas, no «civiles». Los sionistas judíos —tanto liberales como conservadores— se aferran a la idea de un futuro de colonos judíos en una Palestina libre, atribuyéndose con arrogancia el futuro descolonizado de Palestina, creyendo que los colonos judíos deberían permanecer en la tierra y conservar al menos una parte de su botín robado. Los antisionistas judíos no deberían tolerar ni el más mínimo atisbo de este derecho entre nuestro propio pueblo; no se debería esperar que los palestinos vivan junto a sus genocidas.

Dos años y medio después, las bombas de fabricación estadounidense siguen cayendo del cielo mientras pilotos orgullosamente judíos bombardean Gaza, Líbano e Irán, mientras feligreses orgullosamente judíos de todo el mundo izan y ondean la bandera israelí, se organizan para lograr el despido, la suspensiónla deportación y la criminalización de los antisionistas, facilitan los asentamientos y los viajes a la entidad, distribuyen recursos al ejército sionista y rezan por la protección de Dios sobre nuestra preciada colonia judía, que ha creado la mayor generación de niños amputados de la historia moderna. Esto ha desplazado a más de un millón de personas en Líbano, mientras la violenta campaña de limpieza étnica por el "Gran Israel" se expande sin piedad. Las sinagogas ya no son sagradas, no hay Dios donde mora el sionismo. Seamos al menos honestos sobre en qué nos hemos convertido como pueblo judío.

Los judíos en Euroamérica envían a sus hijos a sinagogas, campamentos de verano y escuelas judías, todas sionistas, enseñándoles en última instancia mentiras descaradas sobre Israel ("una tierra sin pueblo para un pueblo sin tierra", "hicimos florecer el desierto"), celebrando el "cumpleaños de Israel" (la Nakba) y preparando a nuestros hijos judíos para que algún día se conviertan en colonos y soldados sionistas o para que defiendan el estado judío desde dondequiera que estén, como parte de su identidad y deber judíos.

La culpa es de sus padres judíos, maestros y adultos de la comunidad que introducen a los niños judíos en estos sistemas institucionales judíos sionistas que les lavan el cerebro y los moldean para convertirlos en fanáticos propagandísticos, antiárabes, islamófobos, nacionalistas y con aires de superioridad.

Estarán, como tú ahora, lamentablemente desconectados del sentir moral de la humanidad, que cada vez comprende mejor la profunda maldad del sionismo e Israel. Los judíos serán los últimos en verlo, los últimos en comprenderlo, y ya es demasiado tarde.

Una razón más, para quienes aún la necesiten, para que no nos busquen a los judíos en busca de análisis sobre Palestina. De todos modos, no decimos nada original; todo está diluido, despojado de su esencia y despojado de su poder, filtrado por la visión de los propagandistas judíos que nos moldearon. Disfruten de perspectivas que no estén condicionadas ni impuestas por el poder.


Obra de Mohammed Afefa. Representa el «Monumento a los Judíos Asesinados de Europa» en Berlín, Alemania, con el mártir Sha’ban al-Dalo, de 19 años, quien estaba conectado a un suero intravenoso cuando Israel lo quemó vivo junto a su madre el 13 de octubre de 2024, después de que aviones de guerra israelíes bombardearan su tienda de campaña en el complejo del Hospital de los Mártires de Al-Aqsa en Gaza.

Es evidente que el pueblo judío solo reivindica su colectividad cuando se considera héroe o víctima, o cuando se distancia de la historia; no cuando debe asumir la responsabilidad y afrontar su papel como fascistas en este momento catastrófico. A través del sionismo, damos testimonio de lo que sucede cuando esos conceptos románticos y utópicos de colectividad judía se distorsionan abusivamente hacia un excepcionalismo y un tribalismo supremacista judío para fines imperialistas euroamericanos.

También rechazo el planteamiento de que “Israel hace que los judíos estén en peligro/aumenta el antisemitismo” porque: (1) somos los opresores en el contexto de Israel, no las víctimas; (2) este planteamiento abdica de la responsabilidad judía porque “Israel” no es una cosa amorfa que se anima a sí misma y que simplemente flota sobre nosotros, es una colonia que nosotros, como judíos, construimos y mantenemos activamente a diario a través de un esfuerzo generacional concertado; (3) eso no es “antisemitismo”, es una reacción al genocidio liderado por judíos que todas nuestras instituciones apoyan; (4) usted está cediendo ante la propaganda de que hay un “aumento del antisemitismo” cuando los judíos actualmente no enfrentan opresión sistémica por ser judíos y los datos de “incidentes antisemitas” se rastrean de tal manera que cada cartel de protesta antisionista es registrado como un “incidente antisemita” separado por la ADL, así que; (5) Basta ya de hablar de victimismo judío, “seguridad judía” y “antisemitismo”, es solo una distracción del genocidio perpetrado por judíos contra palestinos, árabes y musulmanes.

Muchos dirán que mi argumento, injustamente, convierte al pueblo judío en blanco de ataques: siguen sin entenderlo. Apoyamos el sionismo genocida en toda nuestra fe, nos hemos convertido en blanco de ataques y podemos librarnos de ellos renunciando al sionismo genocida y adoptando un antisionismo basado en principios. Pero, fundamentalmente, no somos las víctimas del sionismo, sino sus perpetradores: los verdaderos objetivos son los palestinos, a quienes los israelíes atacan con bombardeos masivos destructivos para infligir la máxima matanza a familias palestinas por parte de soldados judíos.

Si a los judíos les importara la justicia y encarnaran el espíritu de nuestros antepasados ​​que lucharon contra el fascismo, veríamos a judíos arrancando y quemando las banderas israelíes de sus congregaciones, expulsando a rabinos racistas y genocidas de las bimás y sinagogas, exigiendo que los templos rompieran todo vínculo con la colonia de la muerte, e instigando una revolución dentro de la fe para extirpar el cáncer sionista. Habríamos sido abnegados y entregado nuestras vidas a los palestinos y a la resistencia en la entidad, habríamos cometido traición contra el judaísmo moderno y sedición abierta contra cualquier noción abandonada de un "pueblo colectivo", que dejó de existir hace cien años, y mucho menos desde la bendita inundación de Al-Aqsa el 7 de octubre de 2023. Si los judíos tuvieran un mínimo de moralidad, estaríamos presenciando una feroz división y una batalla interna en el judaísmo. Nada de esta rectitud existe. Y el genocidio continúa.

Basta ya de nuestras plataformas y publicaciones patrocinadas, de nuestras entrevistas moralistas sobre haber sido víctimas de doxing o despedidos por Palestina, mientras que palestinos, árabes y musulmanes sufren un destino mucho peor por decir la verdad. Basta ya de nuestra insustancial clase liberal de influencers, de nuestro arribismo, de nuestro electoralismo inútil y derrochador, y de nuestros contratos editoriales autocomplacientes que se consiguen a costa de la carne, la piel y los órganos de palestinos, árabes y musulmanes, que son extraídos vaporizados sin identificación ni rastro bajo escombros de hormigón. Nosotros, como judíos, no somos especiales, y francamente, el "apoyo judío" suele ser perjudicial por su enfoque liberal y orientalista que despoja a la lucha palestina de su virulencia, independientemente de las intenciones de cada uno.

Maldito sea Israel, una colonia de colonos judíos que masacra a cientos de miles de personas bajo el estandarte explícito de proteger la "seguridad judía" universal.

Maldito sea este estado pedófilo violador, al que todos los judíos pertenecemos por derecho de nacimiento colonial, amparados por la "ley del retorno". Todas nuestras instituciones judías apoyan unánimemente esta realidad. Ignorar o minimizar esta cruda realidad entre nuestra propia gente —atreviéndonos a calumniar a quienes la denuncian como "antisemitas"— es una abdicación deshonesta y cobarde de nuestra responsabilidad. Cualquier atisbo de moralidad judía ha muerto hace mucho tiempo; la aniquilamos en Gaza.


Creación de Mohammed Afefa.

Como suele señalar el periodista Laith Marouf, «la voz judía más fuerte hoy es la del genocidio». Con razón, aboga por que los judíos luchen contra el sionismo dentro de sus propias comunidades y que se sacrifiquen más allá de la polémica, de forma material, como lo han hecho palestinos, árabes y musulmanes desde los inicios del sionismo. Han perdido generaciones y linajes familiares enteros al poner en peligro la interminable maquinaria de muerte del sionismo. Laith Marouf observa que no existe una resistencia significativa por parte de los judíos antisionistas que luchan contra el sionismo judío, como sí la hubo, por ejemplo, entre los alemanes antifascistas que lucharon contra el nazismo. Nos invita a reflexionar: «¿Dónde está el John Brown judío? ¿Dónde está el Oskar Schindler judío?», y comenta que, en más de un siglo de proyecto sionista, ni un solo judío ha muerto por la causa de la liberación palestina. Entonces, ¿por qué se debería esperar que Laith o cualquier otro palestino no confundan judaísmo y sionismo, cuando nosotros, como judíos, no nos preocupamos lo suficiente como para luchar y sacrificarnos por la separación? No deberían. Los palestinos no nos deben nada; nosotros le debemos a Palestina una deuda infinita e impagable que sigue aumentando a cada instante de cada día.

Ser judío desde un punto de vista ético en este momento histórico significa asumir la responsabilidad de luchar activa y combativamente contra el sionismo. Sí, todos los judíos. El reloj marca el genocidio a cada instante. Esta entidad supremacista judía depende del consentimiento y la participación judía para seguir funcionando. Si los judíos retiráramos nuestra participación, y mucho menos si lucháramos activamente contra ella, colapsaría.

Operamos este puesto militar imperial euroamericano, lo revestimos de judaísmo para encubrirlo y protegerlo del escrutinio, lo mantenemos en funcionamiento para nuestro propio beneficio egoísta como colonos. Entre una población judía más justa, habría judíos protestando y confrontando sus espacios judíos en cada servicio, festividad y reunión; habría judíos en la Palestina ocupada usando sus habilidades militares para apoyar la resistencia; tribunales contra los judíos que participaron en este genocidio generacional; esfuerzos a gran escala para desnazificar y desionizar a nuestro pueblo para que no cometamos más daño.

Ninguna de estas energías existe actualmente dentro del judaísmo. Ni una sola sinagoga pasó de sionista a antisionista en los últimos dos años y medio, marcados por la violencia. De hecho, ocurrió lo contrario: muchos judíos reafirmaron su compromiso con el judaísmo (sionista) y su apoyo a Israel tras la impactante operación anticolonial de la inundación de Al-Aqsa.

Todavía no conozco a ningún rabino ni sinagoga genuinamente antisionista (al menos en Europa y América) que apoye la resistencia armada palestina y abogue por la disolución total de la alianza entre Estados Unidos e Israel y la descolonización del territorio. Esto es una acusación inconcebible contra nosotros.
Ni siquiera un genocidio transmitido en directo, en el que bebés son quemados vivos cada día por bombas y balas judías, ha sido suficiente para que las instituciones y los líderes judíos se alejen lo más mínimo del sionismo de forma seria o sustancial.

Si bien el judaísmo moderno sigue siendo ateo —basta con mirar la Gaza arrasada—, el Islam se revela como un pozo profundo del Más Allá del que Palestina y sus aliados en la región y en toda la Ummah se nutren para obtener fuerza espiritual y resistir la colonización sionista y el imperio euroamericano.


Creación de Mohammed Afefa.

Se acerca el ajuste de cuentas para los responsables —incluidos muchos judíos— no por nuestra identidad judía, sino por nuestra inquebrantable e incondicional inversión en Israel y el nazi-sionismo, a la que como comunidad aún nos negamos a renunciar. ¿Qué más se puede decir? Es un holocausto que nosotros mismos hemos provocado. Cuando las consecuencias inevitablemente recaigan sobre las instituciones e individuos judíos por haber fomentado esta violencia y negarnos a abandonar nuestro compromiso con el genocidio, no se tratará de «antisemitismo», sino de las consecuencias de nuestros actos. Con toda razón, se perseguirá a las personas y organizaciones que facilitaron estos crímenes durante el resto de sus vidas, del mismo modo que se sigue buscando a los nazis hasta la vejez, por insignificante que parezca su papel en la matanza. Y este genocidio no solo es generacional, sino continuo; es de naturaleza colonial y, por lo tanto, no comparable al holocausto nazi.

La respuesta es que cada persona judía, sinagoga y organización abandone la colonia de inmediato, por completo y públicamente, exija responsabilidades a nuestro pueblo y destine recursos a la liberación palestina en los propios términos de Palestina. Sí, todos los judíos.

Y si no cumplimos con nuestras responsabilidades y no lo hacemos nosotros mismos, otros inevitablemente tomarán cartas en el asunto porque esta afrenta a la humanidad simplemente no quedará impune.

No puedes desenrollar la excavadora que la cubre. No puedes desatar los látigos de cable que le azotan la espalda. No puedes devolver la vida a los preciosos mártires de Palestina; ese tren ya pasó, los crímenes del judaísmo resonarán por toda la eternidad. La matanza continúa cada día a pesar de que mires hacia otro lado, a pesar de que justifiques que "no es nuestra culpa". Es nuestra culpa, y el derramamiento de sangre no cesará hasta que se vea obligado a hacerlo.

¡Viva la Brigada Al Qassam de Hamás, hombres de honor y acero, que emergen de las profundidades con armas caseras una fe inquebrantable para sembrar el terror y asestar golpes mortales en el corazón del enemigo sionista! Donde los judíos extinguían la vida, Al Qassam devolvía el oxígeno al cuerpo. Esta es la generación más vergonzosa de judíos que jamás haya existido. Ninguno de nosotros puede decir que no lo sabíamos. Estamos espiritualmente vacíos, moralmente destripados. No se limiten a decir egoístamente que «Israel no representa a todos los judíos»; luchen para que esa distinción sea materialmente cierta erradicando el sionismo dentro del judaísmo. Esa es la única opción.

En lo que respecta a los males del sionismo, los judíos preferimos engañarnos a nosotros mismos antes que asumir un mínimo de responsabilidad, más allá de meros eslóganes egoístas. ¿Cuánto tiempo más tendrán que pagar Palestina y la región por nuestra negación delirante, nuestra violencia desenfrenada e incesante, nuestra negativa a rendir cuentas por la destrucción de tanta vida en este preciado y frágil planeta?

Los judíos deben destruir el Estado israelí y la ideología sionista en su totalidad, cada uno de sus nodos y tentáculos, incluyendo la colonia que acoge a Israel: Estados Unidos. Me importa más Palestina que el judaísmo. Si el judaísmo tiene que morir para que Palestina viva, que lo maten.


Fuente: L'Chaim Intifada