lunes, 12 de octubre de 2026

El balancín

 

 Por Antonio Turiel   
      Físico, matemático y experto en energía. Trabaja en el Instituto de Ciencias del Mar del CSIC.

     Llevo varios días queriendo escribir una nueva entrada en el blog, pero me disperso, porque la actualidad es dispersa, porque la realidad es dispersa.

Hace unas pocas semanas lanzamos (en este caso el uso de la primera persona es un decir, porque yo he estado poco implicado) la iniciativa Alerta: El Niño, con su web y con la preparación de diversas actividades que se irán divulgando en las próximas semanas. El objetivo va más allá de crear conciencia sobre el riesgo que supone el Niño del 2026-2027 (cuyos valores actuales apuntan ya a que será el mayor Niño observado en 140 años); nuestro objetivo principal es que las autoridades, a todos los niveles, tomen medidas de precaución y adaptación con mucha antelación, sabiendo que el próximo verano la temperatura del planeta estará probablemente en +1,8ºC con respecto a la referencia preindustrial, y ya tenemos un 40% de probabilidad de que manera momentánea se llegue a +2.0ºC.


Una mujer paseando se refresca con un ventilador a la sombra durante una ola de calor en Lleida, España, el 13 de julio.

Al margen de si llegamos a valores tan extremos, está claro que los impactos serán muy fuertes en la cuenca del Pacífico ya en lo que queda de año (en la reciente inundación en Santiago de Chile una de las claves es que la precipitación en la montaña fue anómalamente en forma de lluvia en vez de nieve, debido al calor) y en el resto del mundo, a medida que la temperatura global aumente.


Los coches arrastrados por la corriente de agua y barro en Santiago de Chile.

Cabe esperar temperaturas aún más altas el próximo verano que las de este año, más incendios y tempestades más terribles. Particularmente, en el área mediterránea durante el otoño, debido al calor acumulado por el mar, que es uno de los que más se calienta del mundo. Este año, sin ir más lejos, la anomalía (diferencia con respecto a la media para la misma época del año) de la temperatura de la superficie del mar ya ha alcanzado los +6ºC en el Mediterráneo Noroccidental, que es la zona que más me afecta personalmente.

Esta semana, la lluvia ha azotado con especial fuerza en Cataluña, causando importantes inundaciones y, por desgracia, algunas personas muertas. El episodio que más me afecto fue el del sábado 3 de octubre. Yo me encontraba en Barcelona por una suerte de improvisada reunión familiar cuando me sorprendió la lluvia en compañía de mi hijo. A pesar de llevar paraguas y de no estar bajo el chaparrón más de 10 minutos, acabamos empapados. El agua se filtró en mi mochila y entró en uno de los puertos USB de mi portátil donde tenía conectado un adaptador de Wifi, el cual acabó desintegrándose unos días después y dejando inutilizando ese puerto (y espero que no haya más consecuencias, porque no está ahora la cosa como para ir cambiando de ordenador). Poco después del chaparrón, el president de la Generalitat, Salvador Illa, comparecía para anunciar que había riesgo de que se formar un mini-huracán (denominación desafortunada que han escogido en catalán para referirse a los medicanes). Pasadas las 16:00, nuestros móviles sonaban con el consabido mensaje de ES-ALERT y regresamos inmediatamente a casa. Al final no se formó el medicán, pero fue por poco: la tempestad ya estaba muy cerca de la tierra y no tuvo tiempo de intensificarse sobre el mar. Aún así, las precipitaciones fueron muy copiosas.

En este momento, el Mediterráneo es capaz de sostener tempestades con características tropicales. Y, lo más angustiante, los modelos meteorológicos no son capaces de predecir con anticipación estos fenómenos. Fallan sus parametrizaciones, porque fueron calculadas a partir de datos de un clima que ya no existe.


Imagen del satélite del sistema convectivo mesoescalar que afectó a Cataluña.

Ya esta semana, varios episodios de lluvias intensas han sido especialmente peligrosos, particularmente en Cataluña aunque en otras zonas de España se han registrado aguaceros terribles, inusuales e inesperados. Yo he pasado estos días en el País Vasco (un par de charlas, una clase de máster, presentación de mi último libro y participación en un congreso). Y todos esos días estuve bastante intranquilo, pensando en el riesgo para mi familia (en la charla de Bilbao me dieron ganas de abofetear al consabido negacionista que me salió con aquello de "el clima siempre ha cambiado"). Aunque en realidad nunca duermo del todo bien cuando estoy fuera de mi casa. Siempre estoy deseando volver. Volver a mi casa. Dormir en mi casa.

Eso mismo debía pensar Mari Carmen, la octogenaria madrileña que fue desalojada de su piso hace un par de semanas, después de haber vivido allí 71 años, ahí es nada. Ni su avanzada edad ni lo delicado de su salud supuso obstáculo alguno para los actuales propietarios del piso donde ella vivía de alquiler, ni para las fuerzas policiales que ejecutaron el desahucio. En realidad, el de Mari Carmen era uno más de los 44 desahucios que por media se ejecutan cada día en España, pero al mismo tiempo fue el más simbólico. Porque nada ha representado con más fuerza lo despiadado del mercado inmobiliario. Por eso, desde el primer día se produjeron movilizaciones por toda España, y se volvieron a plantar las tiendas de campaña de la gente que protesta, en una reminiscencia de aquel 15M de 2011, solo que 15 años después hay menos ingenuidad y la situación es en muchos aspectos peor. La muerte de Mari Carmen en el hospital donde estaba ingresada desde el desahucio ha contribuido a avivar la indignación de una buena parte de la población española.

He oído muchas opiniones de expertos (y de otros que no lo son tanto) sobre el problema de la vivienda. Al final, la cuestión es simple: las personas comunes deben ser capaces de pagarse una vivienda digna. Si hemos llegado a un punto en que los precios son tan altos que eso se hace imposible, quiere decir que algo está funcionando muy, muy mal. También la cuestión del precio de la vivienda es simple: el gran capital, falto de otras oportunidades de inversión, ha entrado en tromba en un mercado donde se vende un bien que es una necesidad básica, pues todo el mundo necesita un techo bajo el cual vivir. A los grandes capitales no les importa presionar el mercado al alza; de hecho, es lo que más le conviene, porque su retorno siempre va a ser proporcional a su inversión, y cuanto más se revaloricen los activos inmobiliarios, más oportunidad de inversión hay. El precio del alquiler está aproximadamente limitado por el valor de comprar la vivienda por medio de una hipoteca, así que también por eso al capital le interesa que el precio de la vivienda suba. Y en este momento que el capital necesita desesperadamente oportunidades de inversión, la especulación inmobiliaria campa a sus anchas no solo por España, sino por toda Europa, mientras que sus gobiernos, incapaces de comprender que va siendo hora de poner punto final al capitalismo, dejan hacer o ponen parches insuficientes.

La confusión y zozobra de los partidos tradicionales ante esta crisis terminal del capitalismo explica el posicionamiento suicida de la mayoría de, por no decir todos, los partidos políticos en España. Pero en un momento tan crítico, en el que hay un incipiente estallido social, quién ha marrado más es Junts, el partido conservador catalán. Incapaces de entender que en las actuales circunstancias era vital dar un poco de aire a tantas personas que viven en el filo de la navaja, o quizá porque se deben a grandes intereses empresariales inconfesables, no fueron capaces de votar a favor de la convalidación del decreto que unos días antes ellos mismos habían acordado. Y eso ha precipitado el fin de una legislatura que ya se tambaleaba en medio de tantos problemas domésticos y geopolíticos (y lo de Ceuta, más allá de la interpretación de los partidos conservadores, tiene más de lo segundo que de lo primero). Los partidos conservadores españoles confiaban en que los diversos escándalos que rodean al PSOE y la crisis de Ceuta les asegurarían una cómoda victoria cuando se convocaran las elecciones; pero la movilización por la vivienda, a la que torpemente han ridiculizado y ninguneado, puede hacerles perder otra oportunidad de gobernar. 

Nos vamos a unas elecciones que prometen ser las más reñidas en años. Y eso ocupa toda la actualidad mediática. Yo tenía que ir el próximo miércoles a una televisión a explicar por qué nuestros modelos meteorológicos no capturan bien la nueva realidad de las tormentas explosivas, qué papel tiene el mar en los procesos de intensificación de las mismas y qué cabe esperar por el Niño que viene. Pero no podrá ser: la actualidad manda. Por ese motivo también hemos aplazado una nueva fase de la campaña de "Alerta: el Niño", para que la actualidad no sepultase nuestros esfuerzos. Pero es obvio que necesitamos meter una cuestión tan crítica como el cambio tan drástico que se avecina para el próximo año en la agenda política y en la discusión pública. Y además, es una cuestión transversal a la de la vivienda: ¿cuántas de esas infraviviendas que se publicitan (a precios de oro, por cierto) en portales como el Idealista son habitables si la temperatura exterior supera los 45ºC? ¿Cuántas de esas buhardillas mal acondicionadas resistirán lluvias de más de 200 l/m² y vientos por encima de los 100 km/h? ¿Cuántas de las instalaciones eléctricas precarias seguirán funcionando cuando los oscilaciones en la red sean salvajes, y cuántas protegerán los electrodomésticos que están conectados?

Porque la crisis energética va siguiendo su curso. Las reservas de gas en Europa están más bajas de lo normal, dadas las dificultades globales para su aprovisionamiento, y ya se están haciendo llamamientos a que este invierno se reduzca el consumo de gas en un 7%, si queremos poder capear la estación de más consumo. La falta de gas natural y su encarecimiento está haciendo que se tomen más riesgos en la propia red eléctrica española, y así, el pasado 7 de octubre se activó por décima vez este año el Sistema de Respuesta Activa de la Demanda (SRAD), un nombre rimbombante para decir que se le cortó el suministro a la industria porque no se podía producir suficiente electricidad. Un mecanismo de emergencia, que debería ser usado solo en situaciones límite y de manera puntual, se está convirtiendo en un factor clave y relativamente habitual para la estabilización de la red, con todos los riesgos que este modelo comporta.

Tras semanas de escaramuzas, en Ormuz arden los petroleros porque Irán se ha cansado del trapicheo de combustibles mientras que él ya no puede apenas exportar. Así que la carestía de combustibles continúa y se agudiza. El precio del diésel marca récords en Europa (hasta los 2,5€/l en Finlandia), en Francia sigue faltando algunos combustibles en las gasolineras, y en España el precio es algo mejor gracias a las refinerías propias, pero no se augura nada bueno. La situación es también crítica en los EE.UU., donde el precio del galón (3,79 litros) supera ya los 6 dólares, lo cual es un precio desorbitante para el estándar de ese país.

Donald Trump ya no sabe qué hacer. Hace unos días forzó a los países del G7 (principalmente, Francia y Alemania) a liberar sus reservas de diésel bajo la amenaza de que si no impondría una prohibición a la exportación de diésel desde los EE.UU. Pero lo liberado, en principio 100 millones de barriles, es principalmente petróleo, y de diversas calidades. La partida de diésel es probablemente no más de 20 millones de barriles, es decir, el equivalente a un día de consumo mundial. Un miserable día. Obviamente, eso va a hacer pocos cambios en la situación actual. Así que Trump, movido por la desesperación, ha anunciado un acuerdo con su homólogo ruso, Vladimir Putin, para la liberación de 1,8 millones de toneladas (unos 13,5 millones de barriles) de diésel de manera progresiva durante los próximos meses. Dado lo bocazas que es el magnate metido a presidente, habrá que ver cuánto de eso se materializa, y si Rusia tiene capacidad de suministrar tanto diésel, teniendo en cuenta los continuos ataques de Ucrania a sus refinerías. Además, 13,5 millones de barriles es menos de un día de consumo mundial, así que el alivio tampoco será gran cosa. Pero lo que sí que representa este movimiento es una bofetada a Ucrania, no solo porque lo que representa que EE.UU. rebaje la presión sobre Rusia, sino porque Europa se mantiene convenientemente callada, ansiosa por recibir parte de ese diésel - el nivel de mezquindad de nuestros líderes llega cada día a cotas más altas.

Pasa de todo, y pasa todo a la vez. El balancín sube y baja sin parar, aunque no nos movamos del sitio, solo nos mareamos por la velocidad.

En cuanto a mi, los próximos días están cargados de eventos: varias conferencias por toda España, algún congreso... Nada fuera de lo normal. Pero si no pasa algo imprevisto, el día 26 de octubre volveré a comparecer en el Parlament de Catalunya para valorar la proposición de ley sobre medidas urgentes para la protección de la seguridad climática: tendré 10 minutos para explicarles a los diputados y diputadas lo que considero yo, desde el punto de vista técnico, que es acertado y qué es mejorable. Antes de eso (y, de nuevo, si la actualidad no nos arrolla) iré, el viernes 16, a Catalunya Ràdio por primera vez en 4 años, desde que en antena se llamó al linchamiento de los científicos y científicas que publicamos un artículo técnico sobre los riesgos de la eólica marina. Cuatro años más tarde, el proyecto principal, el Parc Tramuntana, se encuentra en situación delicada. Una de las empresas asociadas, BlueFloat, se encuentra en fase de liquidación, aunque aquí en Cataluña nadie osa hablar de esto. Y eso no es todo: posiblemente vayamos al Parlamento Europeo a explicar el riesgo que supone el Niño 2026-2027, alrededor del día de la huelga general en España, el 11 de noviembre.

Todo eso, mientras preparo nuevos proyectos, publico artículos científicos que, espero, tendrán mucho impacto, presentamos resultados y alguna que otra posible sorpresa interesante sobre mi futuro profesional. Y mientras intento cuidar de mi familia, siempre a salto de mata, siempre corriendo, siempre sin mirar atrás, solo adelante. 

Porque todo es difuso, fluido y rápido. Muy rápido.

Cuídense. Esto va cada vez más rápido.


Fuente: The Oil Crash



domingo, 11 de octubre de 2026

Navi Pillay o la victoria de la ley

 

 Por Joaquín Urías   
      Profesor de Derecho Constitucional. Exletrado del Tribunal Constitucional.


La jurista, sudafricana de origen muy humilde y ahora galardonada con el Nobel de la Paz, ostenta una trayectoria de sesenta años defendiendo los derechos humanos. El año pasado concluyó que Israel ha cometido genocidio.


Navi Pillay durante una comparecencia en marzo de 2014.


     El mundo del derecho es poco dado a la épica. Entre los juristas rara vez surgen personalidades deslumbrantes, a modo de auténticos héroes. Si en nuestros días alguien se acerca a esa categoría es, sin duda alguna, la reciente premio Nobel de la Paz, Navi Pillay (Durbán, Sudáfrica, 1941).

Pocas personas han sabido demostrar mejor que ella el papel revolucionario que puede tener la ley cuando se usa con inteligencia por la causa de los derechos humanos. En contra del tópico manido, su vida no es una historia de superación personal, sino de lucha sin cuartel usando, eso sí, los tribunales como única arma.

Pillay nació y creció en una familia extremadamente humilde. Hija de un conductor de autobús de Durban, y perteneciente a una minoría racial en la Sudáfrica del apartheid, hasta los cuadernos que usaba en la escuela estaban hechos de las páginas recicladas de los de sus hermanos.

Según cuenta ella misma, la idea de la injusticia de la justicia se cruzó muy pronto por su educación. Con solo diez años entregó en su escuela una redacción argumentando que las personas racializadas recibían en los tribunales penas desproporcionadamente más altas que los blancos. Así que cuando, gracias a una beca, logró entrar en la facultad de derecho ya tenía la vocación de usar las leyes no para enriquecerse sino como palanca para cambiar el mundo. Y vaya si lo hizo.

Durante treinta años Pillay trabajó como abogada defendiendo esencialmente a las víctimas de la represión. Desafió constantemente al sistema legal sudafricano, que presumía de apariencia democrática. Con brillantes argumentaciones logró órdenes que prohibían la aplicación sistemática de la tortura a los detenidos políticos, incluido su propio marido. Del mismo modo consiguió también que se reconociera a los prisioneros de Robben Island, entre ellos Nelson Mandela, el derecho a ser defendidos por un abogado. Fue así una de las cabezas de la difícil lucha judicial contra el sistema del apartheid.

Superados los cuarenta años, fue –gracias a otra beca– la primera persona de su país en conseguir un doctorado en leyes en Harvard. Lo hizo porque sus clientes represaliados le exigían saber más sobre la protección internacional de los derechos humanos. Y cuando empezó a alcanzar los cargos y posiciones que le han permitido rozar la figura del mito mundial entre los juristas llevaba ya tres décadas bregando como abogada.

Esa carrera suya ha sido, pues, tardía pero deslumbrantemente rica. Con 54 años fue nombrada para el Tribunal Supremo de su país y sólo entonces, ya como jueza, pudo entrar por primera vez en una sala de vistas, algo prohibido hasta entonces a los abogados de color. Casi inmediatamente pasó a formar parte del Tribunal Penal Internacional para Ruanda, del que pronto sería elegida presidenta. Su etapa en Arusha fue difícil, en una corte que a menudo no tenía ni para la tinta de las impresoras. Allí demostró un tesón muy poco frecuente, sin perder jamás la exquisita educación de quien viene de una vida de privaciones. Allí fue la artífice, entre otras, de la primera sentencia internacional que declaró que la violación sistemática de mujeres como arma de guerra debía ser considerada como crimen de lesa humanidad. Tras un breve paso por el Tribunal Penal Internacional enlazó dos mandatos como Alta Comisionada de Derechos Humanos de las Naciones Unidas. Desde ese cargo, utilizó el inmenso poder de Naciones Unidas, entre otras cosas, para combatir el sistema de castas en India, luchar por los derechos de las mujeres y poner en la agenda internacional la prohibición de discriminación contra las personas homosexuales. En esa posición fue acusada por primera vez de incitación al odio, por parte de medios y personalidades estadounidenses e israelíes, cuando denunció la matanza de niños que jugaban en una playa de Gaza por un bombardeo israelí.

Volvió al Tribunal Penal Internacional para juzgar el genocidio del pueblo Rohinya en Birmania. Y en su última etapa institucional, presidió la Comisión Independiente creada por naciones Unidas para investigar la situación en los territorios palestinos ocupados que el año pasado concluyó que Israel había cometido un genocidio en Gaza.

Quienes han trabajado con Navi Pillay insisten siempre en su rigor y su valentía. Es de esas personas que en cualquier lugar que estén marcan la diferencia. Después de tantos años utilizando el derecho como herramienta de transformación tiene esa capacidad, tan ajena a los burócratas del derecho, de innovar con las normas existentes y atender a nuevas realidades. Lo mismo para lograr la condena de los milicianos que adoctrinan y reclutan niños que la de las emisoras de radio que difunden odio facilitando un genocidios.

Pillay difícilmente se equivoca de bando. Su historia personal como minoría legalmente oprimida y su experiencia trabajando con las situaciones más horribles imaginables le han permitido identificar siempre el de los vulnerables y hacer que las leyes tomen partido por ellos. Y no solamente frente a las minorías raciales oprimidas o amenazadas. Desde sus altísimas responsabilidades en el ámbito internacional tampoco ha dudado en poner las instituciones al servicio de los derechos reproductivos de las mujeres o la diversidad sexual, pese a las presiones y amenazas que esto le ha costado.

Su tajante pronunciamiento sobre Palestina, con el peso de la autoridad que su trayectoria le otorga, la ha colocado en la diana de grupos conservadores y de algunos de los países más poderosos del mundo. Nada que pueda doblegar a quien lleva más de seis décadas demostrando que si el derecho es a veces una herramienta de opresión, también puede ser un instrumento de liberación.

No sabemos si el comité noruego le ha otorgado el premio Nobel para compensar errores de años anteriores en que lo recibieron personas muy poco comprometidas con la causa de la paz. Da igual. El mayor reconocimiento de Navi Pillay son sus incontables victorias jurídicas. Y su mejor premio, sin duda es que sea la referente de todos quienes creemos en los derechos humanos, la ley y sus posibilidades de transformación social. Es, sin duda, la gran heroína del derecho contemporáneo y ahora se le reconoce.

Fuente: Ctxt

sábado, 10 de octubre de 2026

Por un ludismo redivivo, urgente y contundente (y contra esa IA que colma el vaso)

 

Que tampoco el otoño es ya lo que era (6 de 21)


 Por Pedro Costa Morata
    Ingeniero, periodista y politólogo. Ha sido profesor en la Universidad Politécnica de Madrid. Premio Nacional de Medio Ambiente.

       Antes de nada, lúcido lector, y a modo de introducción epilogal, como resumen básico inmodificable quiero que te opongas por todos los medios a tu alcance a cualquier avance físico, económico o político que tenga como objetivo expandir o fortalecer la sociedad llamada “digital y verde”, por falsa, injusta y tóxica, para lo que deberás tomar como objetivos de tu repulsa, en primer lugar, todo aquello que lleve la e- precediéndolo, empezando por la e-administración, a la que deberás resistirte como gato panza arriba. Y lo mismo hacia lo que se titule “verde”, incluyendo concretamente el hidrógeno llamado “verde” y el litio, destinados al automóvil “verde”; además, deberás declararle la guerra, ya, a los centros de datos que van destinados a alimentar la Inteligencia Artificial (IA en adelante, más que nada por ahorrar saliva); y con especial ahínco y convicción no consientas de ninguna de las maneras, la minería de “tierras raras”, clave telúrica del envenenamiento ambiental y mental de lo que queda de civilización. La tecnología, que insiste en su vocación salvífica, resulta que nos está arruinando el futuro: nos reduce los salarios aumentando las estrecheces de la mayoría, nos enmierda los trabajos (horarios, condiciones, obligaciones extras), nos atemoriza con las pensiones, nos acerca a guerras con las que no tenemos -ni debiéramos tener- nada que ver… Así que no nos está salvando de nada (sino todo lo contrario).


Centro de datos para IA (Getty Image).

       Habrás observado que nadie, salvo los ecologistas más clásicos (y algunos imitadores tardíos), se toma en serio que el problema de fondo es el crecimiento de una economía esquizofrénica que, además, se mueve en una guerra general y mortífera, por mor de la “legítima” competencia. Por lo que la respuesta que hemos de dar quienes nos hemos convertido en resquicio y residuo de sensatez es el no a lo mismo de siempre o a lo que se nos presenta como distinto pretendiendo que caigamos una vez más en la trampa, con un hasta aquí hemos llegado y un hay que dar pasos decididos hacia atrás. Y no tengas miedo a la respuesta, que será condenatoria, descalificadora y amenazadora: estúdiate bien las cosas y aguanta a pie firme, sin perder la oportunidad de desafiar a esta plaga invasora de memos alucinados, pillos envalentonados, logreros migrantes, macarras de garaje, tontos de capirote y alienados de variado perfil y ladino discurso; que deberán vérselas con gente dispuesta, enrabietada y hasta la coronilla de aguantar presiones, opresiones y represiones a cuenta de los bulos y reclamos de mercaderes de desgracias, camuflados siempre con brillantes ropajes de voceros de la ciencia, profetas de futuro y benefactores de la humanidad.

       Tienes que reconocerme, amigo mío, que llevas tiempo harto, y puede que hasta asustado de la agresividad y los dolores de cabeza que te viene infligiendo la expansión incontenible de esa doble amenaza digital y verde, sin que te sobre el valor de expresarlo como te pide el cuerpo. Y seguro que estarás preocupado por la tormenta de advertencias, acusaciones y condenas que se vienen lanzando contra la IA, ante la que sus mismos creadores y al tiempo principales beneficiarios -que figuran entre los más indeseables, codiciosos, fachosos y pervertidos del planeta- reconocen estar yendo demasiado lejos. Podrás esperar que, pese a todo ello, esas malditas siglas se impondrán, avanzando en su ofensiva y dominio con argumentos y espejismos mil. Es por ello por lo que has de recurrir a estrategias de salvación personal y colectiva, añadiéndote activamente a la minoría crítica e intratable que siempre estará dispuesta a enfrentarse como sea, sin titubeos ni debilidades, a esa maldición.

       Deberás rememorar, porque es oportuno, a aquellos obreros ingleses de las décadas de 1810 y 1820 que dirigieron su furia a martillazos contra las máquinas, primeramente las textiles, que los echaban a la calle sin miramientos, como marcada señas de identidad de la Modernidad -más conocida como Revolución industrial- que se imponía. Recuerda aquellas movilizaciones, dirigidas por un misterioso (y seguramente inexistente) capitán, o general Ned Ludd, que para asfixiarlas la arrogante Inglaterra tuvo que enviar al ejército a masacrar a quienes negaban que aquello fuera progreso. Bueno, pues imítalos, haz que se hable de que es el momento de un ludismo renovado, enérgico y apresurado, ya que el tiempo se acorta, las expectativas se ennegrecen y los jinetes del apocalipsis piafan de ganas de que se les deje sueltos.


Luditas en acción (National Geographic).

A ti me dirijo porque te supongo -y así te quiero sentir- interesado por marcarte unos principios, que puedes considerarlos “toques de alarma” o “líneas rojas”, que te ayuden a abrirte paso en selva tan ingrata, por impenetrable y embustera. Así que, sin miedo, contemplaciones o quebraderos de cabeza, evitando discusiones metafísicas o científico-técnicas, muévete a estacazo limpio, que se note que alguien tiene ideas claras y ánimo tenso (¡joder!) y toma nota de estas llamaradas que te regalo, a las que te conviene prestar la máxima atención:

1) Observa que la tecnología, en general, no pretende actuar sobre el origen o las causas de los problemas, que es lo verdaderamente importante, sino que se orienta a parchear lo que ya ha sucedido, haciéndonos creer que resulta imprescindible. La tecnología no necesita a la ciencia en su proceder de “inspiración y creación”, es decir, en su “filosofía funcional”. Se guía por el ingenio o la inspiración, generalmente económico-crematísticos: de ser un impulso por “aliviar las tareas penosas” se ha ido convirtiendo en un movimiento perverso de sustitución radical del trabajo humano, añadiendo a esto repercusiones demoledoras en lo ambiental y lo cultural.

2) Practica el boicot diario en todo lo que puedas, especialmente contra todo anuncio, proyecto o medida que busque la innovación, la productividad y la competitividad: no creas, por principio, en la bondad o conveniencia de nada de eso, y lánzate sobre sus mentiras, trampas e incongruencias.

3) Fíjate bien en que los grandes avances de la humanidad no han tenido nada que ver con la tecnología, yo creo que ni siquiera con la ciencia, sino con la política, la ética, la solidaridad y los valores positivos del Homo sapiens (y agobiado por los negativos). Sí está claro lo contrario: ganancias y avances evidentes en la marcha de la humanidad están siendo socavados, y de manera irreversible, por las tecnologías de punta, digitales a la sazón, y sus controladores parafascistas.

4) Que no hay progreso a la vista, con tanta porquería de brillo y engatusamiento, porque ni lo ha habido adjudicándoselo a estos espejismos ni puede haberlo mirando de frente y al futuro. No se percibe verdadero progreso humano ni social con los avances tecnológicos, al menos desde el final de la Segunda Guerra Mundial (podríamos plantearnos si desde la Ilustración y su deificación de la razón científica, técnica, económica, política y filosófica… en definitiva, con la extensión corrosiva de la idea de progreso).

5) No lo dudes: la calificación o descripción de las tecnologías informáticas, creadoras de Internet o surgidas a su sombra e impulso, han de ser las de negocio, opresión y mito, consistiendo en definitiva en una regresión brutal -muchos dirán que definitiva- en la marcha de la Humanidad... La invasión sorpresiva y demoledora de la IA obliga a una reconsideración actualizada, aguda y agresiva de fondo y forma, de ésta y de otras tecnologías de las que deriva o a las que pretende dar paso.

6) Estate preparado porque los más tontos de esa caterva te dirán que aunque no todo vaya bien esto es lo mejor del momento, que ya verás, que el futuro resplandece y lo arregla todo y que en cualquier caso el progreso es inevitable. Sé especialmente duro y antipático con esos (muchos) que van de listos y ponderados, que no son capaces ni de decidirse ni de ir al fondo del asunto, postulando que, por ejemplo, la IA no es ni buena ni mala, que es según, que a veces, que depende, que no obstante… Esos, los que son incapaces de escrutar el origen de estas tecnologías, comprobar su objetivo y reconocer su dinámica, son los peores, por pusilánimes y débiles de mente. No creas una palabra, por lo demás, de quienes planteen que lo mejor es “cambiarla y reformarla” desde dentro, porque esta es una ingenuidad tan consolidada y tramposa como ridícula e inútil.

7) Ríete, por no llorar, de la labia absurda de nuestros políticos cuando se entregan a los “incuestionables” objetivos de una “sociedad verde y digital”. En primer lugar, porque ni tú ni yo les hemos mandado que se pongan con eso, en segundo lugar porque no saben de qué hablan, y en tercer lugar porque con ese objetivo lo que sí vienen consiguiendo es la degeneración sistemática de nuestro entorno físico y moral. Convéncete de que la “alfabetización digital” lleva a la analfabetización extensiva y demoledora. Exige, protesta, levanta la voz, y que la gente se anime y a las Administraciones lleguen el clamor y el cabreo.

8) Indígnate de la multiplicación de hechos delictivos con los avances informáticos, y toma nota de que, en el fondo, los gobiernos están encantados porque todo esto refuerza su control sobre la sociedad; aunque cada día sean más inútiles e incompetentes, el miedo y la intimidación “interiores” son factores ideales en el ejercicio del poder.

9) Ten muy presente el inmenso daño psicológico con el que la IA y tantas otras tecnologías “avanzadas” dañan y deforman a nuestros niños, adolescentes y jóvenes, contribuyendo a hacerlos ignorantes e infelices. Se trata de un virus que corrompe y disminuye valores y capacidades adquiridas por la evolución, que entran así en involución. Eso no tiene perdón, y así debes expresarlo ante educadores, amigos y correligionarios.

10) Y sublévate por esa intranquilidad, ese pesar y esas maldiciones con que tu vida acaba por envenenarse, y ese muro cada vez más denso que, sin comerlo ni beberlo, se te ha impuesto obstaculizando tu vida, tus íntimos logros y tus rutinas, tu intimidad, tus sueños... y esa sensación opresiva de que te quedas atrás, antiguo, obsoleto... Son formas, todas ellas, de un desasosiego injusto, que desgasta y deprime, por lo que no has de pasar por ello sin, al menos, lucha, resistencia y agresividad... Álzate contra la obligación de ceñirnos a las exigencias tecnológicas en la vida ordinaria, sin demostración alguna de que supongan ventaja o mejora, simplemente porque interesa a las administraciones, las empresas o los gobiernos. Observa que lo que al iniciarse esta pesadilla se nos ofrecía como un derecho rápidamente ha acabado siendo una obligación: esa es la trampa y tienes que detectarla y, consecuentemente, aborrecerla.

       Así que, mi querido, dilecto, selecto, agobiado, paciente amigo... sobreponte a tanta morralla tecnológica reduciéndola a mínimos (que no, que no es verdad que la necesites), oponte a tanto discurso necio, haciendo que te entre por un oído y te salga por otro, y resístete a un futuro con muralla impenetrable y sin horizonte que valga la pena.


Verde y digital, doble mentira (El País-Getty Images).

       Muévete y responde con cabeza, ira y vigor, que es cuestión de defensa propia. Venga.




viernes, 9 de octubre de 2026

Este Montaigne que vale para todos...

 

Que tampoco el otoño es ya lo que era (5 de 21)



 Por Pedro Costa Morata   
   Ingeniero, periodista y politólogo. Ha sido profesor en la Universidad Politécnica de Madrid. Premio Nacional de Medio Ambiente.

El verano se me pasó, como quien dice, afinando lo esencial de lo que yo quería decir sobre las relaciones España-Marruecos, capítulo final de mi trabajo sobre el Sáhara Occidental. Y a mitad de las calores no tuve más remedio que atender, e incluir, todo eso de la invasión/avalancha/marea, etcétera, de Ceuta. Pero como tuve que cerrar el texto sin más remedio y enviarlo al editor, a partir del 1 de setiembre pude recuperar el ocio perdido y emprender las lecturas que arrinconé hasta que se me pasara el calentón sahariano-climático. Por lo que eché mano a lo que más ganas tenía de disfrutar, un libro sobre Michel Eyquem de Montaigne (1533-1592), renacentista francés noble, rico, despreocupado y especulador de sí mismo que, tras dedicar los últimos veinte años de su vida a sus celebérrimos Ensayos, no ha dejado desde entonces de ser objeto de estudios, críticas, vueltas y revueltas sobre su obra y vida, con un notable repunte en lo que va de siglo XXI. La obra reciente a la que aludo se titula Un verano con Montaigne (2014), y le llegó la hora, como digo, este mes de setiembre, después de tenerlo pendiente desde 2018, que es cuando lo descubrí. Y lo primero que tengo que decir es que me duró dos tardes, porque se trata de una edición que más que elegante he de calificar como derrochadora ya que, si de 167 páginas impresas con cuerpo para cegatos, hay que apartar 44 en blanco, pues, oye, su lectura es un paseo.

Del señor De Montaigne devoro todo lo que cae en mis manos desde que leí sus Ensayos.


Michel de Montaigne (Artnet News).

Las notas de la obra en tres volúmenes que conservo señalan que los leí en el último trimestre de 2011, que ahora caigo que fue el tiempo de la campaña electoral de las generales de ese año, siendo yo candidato: curioso que encontrara tiempo para leerlo, interesante que me pareciera en aquel momento la lectura más idónea y muy explicable que, tras el subidón electoral, siguiera con cosas sobre Montaigne, concretamente Cómo vivir: una vida con Montaigne (2010), de la escritora inglesa Sarah Bakewell, un “bello, paciente y cariñoso trabajo” (como anoté al leerla, en enero de 2012).

       De nuestro personaje hay que decir que, siendo noble y bien situado por familia e inercia en la política del momento, resultó que no tardó en hastiarse de la misma, abandonándola a los 37 años, tras ser alcalde de Burdeos. No encontró demasiada dificultad para dejar de lado la política, tan vulgar y encima absorbente, para dedicarse a lo que a sí mismo se reveló como verdadera vocación, especulando sobre el bien y el mal, el hombre y su condición, la vida hacia adentro, la muerte... y mirarse al propio ombligo con más que regular frecuencia. Todo ello le fue posible porque sus rentas, procedentes en su mayor parte de los viñedos de la propiedad que heredó, se lo permitían, y así, cualquiera.


Torreón del castillo de Montaigne (Gironde Tourism).

       Su personalidad y circunstancias, tan peculiares, han sido tomadas como faro creativo por liberales cultos, estoicos imprecisos y hasta epicúreos creyentes en el filosófico buen vivir, subyaciendo en estos seguidores la envidia por el ocio del ricachón al que -disponiendo de una educación exquisita, siendo buen amo, esposo distante y misógino practicante-, no le quedaba otra que filosofar.

        Es por ello que, en realidad y a la luz de un mundo -pleno siglo XVI- del que procuró eludir sus turbulencias, el intimismo en el que incurre y que atraviesa toda su obra es apto como ejemplo para quienes, como él, renuncian a las instituciones y evaden todo compromiso con la política de su tiempo, desagradable y peligrosa, bien es verdad: eran los años en que católicos y protestantes se enfrentaban en Francia a muerte por causas perfectamente hipócritas, pero con ensañamiento nada ficticio. No es esta obra, con todo y con el despego evidente de lo social que entraña, una referencia para uso de solitarios fugitivos (pero ricos, claro), ya que sus contenidos y alcance superan en mucho lo que hubiera podido ser un marco de especulaciones de misántropo que se contenta con contemplar al mundo desde su gabinete y su ventana, perfectamente aislado en el torreón del castillo familiar. Nada de eso, sino que los Ensayos adquirieron, con éxito inmediato, fama de utilidad general, de modelo de conducta y de método de examen interior necesario para afrontar, desde una vida de discreción, serios y muy variados aspectos de las relaciones sociales y la introspección personal. Hasta el punto de que, muy adecuadamente, buena parte de su denso contenido serviría para retiros “civiles” de ejercitandos espirituales. Y digo bien civiles, ya que la Iglesia Católica envió los Ensayos al Índice de libros prohibidos en 1676, qué estupidez.

       Dada la enorme amplitud de temas y también de enfoques (con sorpresas y contradicciones que no faltan) y aunque esta obra se considere apta para lectores, pensadores o educadores de muy variada pinta, se hace necesario expurgarla cuidadosamente, según necesidad o incluso curiosidad, ante el peligro de sumergirse en tal variada gama de reflexiones y recomendaciones que fácilmente puede uno sufrir del empacho erudito, la mistificación personal, las manías insuperables o las lamentaciones que más recuerdan a un atribulado hipocondriaco. Se impone, pues, y aunque la lectura de los Ensayos es siempre placentera por el rigor y la precisión a que se entregó su autor, una sabia y prudente actitud hacia el pensador embebido en una (muy) cómoda distancia, marcada por el exceso de su circunspección personal: no en vano, sus admiradores más entregados, de matriz principalmente francesa, son liberales y aun neoliberales, ergo individualistas.

       Los Ensayos abarcan más de un centenar de temas, en realidad reflexiones o anotaciones sobre lo que rodeaba a su autor, pero ante todo de sí mismo, un enorme material que el académico Antoine Compagnon, el autor de Un verano con Montaigne, concentra y selecciona en 40 capitulillos cuya escritura y exégesis, francamente, deleitan. De ellos tengo anotado que el último es “muy aprovechable” seguramente por el lema que exhibe, tomándolo de los atenienses, “Eres Dios en la medida que te reconoces hombre”, de estimulante enjundia; y en él glosa el carpe diem de la vida intensa por cuanto irrepetible; y apela a Horacio (aunque su héroe es sin embargo Sócrates), siendo muchos los analistas de su obra que lo alinean sin embargo con el epicureísmo, seguramente por la búsqueda de un vivir bien “sin milagro ni extravagancia”, así como por su irrupción, sin complejo ni escrúpulo, en las anchas playas del saber.

Montaigne se presenta como un hombre siempre dispuesto a aceptar las ideas de los demás, le gusta “gratificar y alentar la libertad de divertirme cediendo fácilmente”, y condena repetidamente la “petulancia y la fatuidad”, hasta el punto de que, revelando su vínculo con predecesores tan ilustres como Nicolás de Cusa y Erasmo de Róterdam, reconoce que, ante ciertas materias, “no estoy obligado a tratarlas en serio, ni mantenerme yo mismo en ellas sin variar cuando se me antoje, ni retornar a la duda y a la incertidumbre, y a mi forma maestra, que es la ignorancia”. Y no deja de observar que “la falta de curiosidad del pueblo llano constituye la verdadera sabiduría”, pretendiendo sin duda transmitir una contradicción, entre muchas presentes en los Ensayos, que, desprendiéndose de su extensa y exquisita obra, quisiera no obstante que la hiciéramos nuestra.

Renuncio a una mayor revisión de textos, tan aprovechables, no sin antes resaltar el tratamiento que el girondés da a la muerte, por su alto contenido pedagógico siguiendo el lema de Cicerón de que “filosofar es aprender a morir”. “Privémosla de la extrañeza, frecuentémosla, acostumbrémonos a ella. No tengamos nada tan a menudo en la cabeza como la muerte”, recomienda con verdadera insistencia, dedicándonos como juego de palabras eso de que “la muerte es el final, no la meta”, por lo que “la vida debe tenerse a sí misma como punto de mira, y la muerte ya acaecerá sola”. Pues eso.

No obstante, y pese al individualismo que rezuma su obra, yo siempre he sentido una doble y contradictoria debilidad por Montaigne: por una parte porque, observando de su obra tanto apartamiento, soledad y rechazo hacia el mundo exterior, me mueve a reprensión inevitable por más que se trate de un personaje insigne; y por otra, porque pudo construir, con recursos y sin apremio alguno, la obra que deseó dejar como legado, y eso me produce admiración auténtica, por no decir rotunda envidia, por haberme resultado, pese a mis ganas de escribidor, un placer inalcanzado.

jueves, 8 de octubre de 2026

Se trata de canallas, no de buitres (sobre esos fondos de la vivienda)

 

Que tampoco el otoño es ya lo que era (4 de 21)


 Por Pedro Costa Morata   

   Ingeniero, periodista y politólogo. Ha sido profesor en la Universidad Politécnica de Madrid. Premio Nacional de Medio Ambiente.


        Protesto, enérgica y devotamente, por el uso inapropiado, abusivo, injusto, exótico y escandaloso del término buitre cuando nos referimos a los fondos de inversión especulativos, muy especialmente cuando se lanzan sobre la vivienda. Me indigno de que con tanta y tan peyorativa frecuencia se haga esa referencia a un ave maravillosa, oportunamente rapaz, hermosa y respetuosa, amiga y solidaria, que limpia nuestros campos de podrida naturaleza, de la que hace su principal sustento resultando así utilísima, social y hasta divina.


El buitre es un ave necesaria, hermosa y solidaria.

        Tengamos en cuenta a esas civilizaciones, pasadas y presentes, que exponen sus muertos a la acción benéfica de aves carroñeras como los buitres, creyendo con razón que así se reintegra en el ciclo de la vida la carne muerta, haciéndose eterna por vía mortal y sucesión material. A esos fondos que vienen mostrando su capacidad de hacer daño y de perturbar la paz social lo suyo es llamarlos canalla, con preferencia, aunque también sería acertado calificarlos de mortales o, al menos, piratas, delictivos o antisociales... pero no buitre. Permítaseme, con esta protesta, arrogarme la representación de estas aves moralmente maltratadas ya que ellas mismas no pueden, desde su mundo de armonía, trasladarla a una sociedad enloquecida. Que mucho cuento con que la conciencia ecológica y la sensibilidad ambiental avanzan entre la gente, pero a la hora de la verdad ni siquiera cumplimos con atenciones elementales hacia la vida animal, nuestra prójima. Me gustaría no tener que repetirlo.

        Y entrando ya en el meollo del asunto, aportaré, como primera nota en la disección del problema de la vivienda la mención del rentista casero actual: esa figura de remembranza castiza pero más emparentada con el usurero universal que con el pillastre celtíbero o el fiel heredero de una vivienda familiar que le sobra y cuyo alquiler le permite alzarse sobre la pobreza y guardar eterno buen recuerdo de sus antepasados; porque este casi nunca ha hecho daño, aunque su fama, recluida en un ambiente de discreción, no haya mejorado con el tiempo. No son esos, que han constituido una figura sin brillo ni aura, desde luego, los que han hecho temblar la paz social, sino estas sociedades y filiales bancarias, en auge impetuoso por la protección (activa o pasiva) del poder político, dedicadas a la más miserable actividad del negocio inmobiliario olfateando gangas u oportunidades felinas, para lanzarse sobre ellas como apetitosos objetos de especulación. Como buitres, sí, pero sin serlo y, por supuesto, violentando las leyes de la naturaleza.

      (En el anecdotario canalla madrileño, observemos a la familia política del alcalde Martínez Almeida, poseedora de pisos innumerables lo que justifica de sobra la certera visión del edil popular sobre los peligrosos acampados en la Puerta del Sol, que preparan sin duda la ocupación del castillo de la Ayuso -ese que no hace más que provocar con sus sombríos recuerdos- como delata su posesión de cuchillos para el bocata y adoquines sujeta vientos, siendo no obstante incapaz de inventariar del todo el armamento disponible para el asalto, que incluye las tijeras recorta pancartas y los cortaúñas de aseo personal, igualmente letales. O en el de Junts per Catalunya y su numerito de hacer fracasar los decretos de emergencia sobre la vivienda que, cuando menos, respondían al clamor popular, ya que hay que prestar atención a la presencia en esa tierra de toda una ristra de fondos de inversión israelíes que en este caso habrá que llamarlos genocidas, ni buitres ni canallas, porque asumen un grado más en maldad ya que alimentan la economía de un Estado genocida, además de racista, ilegítimo e ilegal, que se interesa muchísimo por España, ¡vaya por Yahvé!).


El alcalde de Madrid, de familia híper rentista, considera que los acampados de Sol son una amenaza.

Desde la conmoción que vive el país entero, generada por un basta ya joven, indignado y conminatorio, se abre paso la consulta en referéndum para modificar la Constitución y volver a redactar su artículo 47, timorato, ambiguo y pelín cínico, para que exprese claramente la obligación y capacidad exclusivas del Estado en todo lo relativo al derecho de los españoles a “una vivienda digna y adecuada”, ampliando esto y apuntando sin posibilidad de confusión a la responsabilidad básica de la Administración central. O sea, trasladando la “vivienda” del punto 3 del artículo 148 (competencia en “ordenación del territorio, urbanismo y vivienda”) a una posición anterior al punto 24 del 149 (“obras públicas de interés general”), dada la evidente prelación de la vivienda sobre las carreteras (¿o no?).

Inevitablemente, estallará el debate sobre el por qué no hacer lo mismo con la sanidad, la educación y los servicios sociales, interrogantes muy extendidos dada la degradación de nuestra democracia y puesto que son bienes y derechos hacia los que no debiera caber la posibilidad de que los dirigentes autonómicos -y menos los que actúan de sátrapas o lacayos del mundo de los negocios- puedan imponer diferencias y desequilibrios entre ciudadanos por el mero hecho de la diferenciación político-territorial. Y animada sería, entonces, la polémica sobre en qué quedaría el Estado autonómico, joya de la corona de la sacrosanta Transición. Pero eso es en lo que hay que pensar, ya lo creo, y mirar ya, por favor, a Marinaleda, un pueblo donde la acción política municipal ha resuelto desde el minuto uno el problema de la vivienda.

Siendo realistas, a la hora de acometer de verdad tan serio e inaplazable problema, las primeras dificultades vendrían del PSOE, que sí, muy agobiado ahora con el fracaso de los decretos de emergencia tumbados por la derecha, la derechona y la más perversa de las burguesías catalanas de toda la vida, y esto en el caso de que vuelva a gobernar tras las próximas elecciones, adelantadas precisamente por el drama de la vivienda. Porque estos socialistas -más o menos incursos en la declinante socialdemocracia europea- no van a dejar de ser filo capitalistas, burguesitos y socialistas con seleccionados y oportunistas matices. Que la socialdemocracia europea en realidad se viene dedicando desde el final de la I Guerra Mundial -con notables (por inolvidables) intervenciones del SPD alemán contra los cambios profundos- a frenar los conflictos o dilatarlos, sin resolverlos. Una perspectiva de verdadero compromiso político, cívico e histórico, cuyos perfiles ya podremos ir viendo tras el 29 de noviembre. ¡Uf!

      Y ya en otro orden de cosas, que no se nos pase la mirada a las actuaciones de la policía y en general las fuerzas llamadas del orden en los episodios recientes de las manifestaciones por la vivienda en toda España, reflexionando sobre el placer que indudablemente sienten, y se les nota, cuando sus agentes sacuden estopa a civiles generalmente poco o nada peligrosos y ni siquiera amenazantes.


Las fuerzas del orden ante la manifestación del 3 de octubre en Madrid.

      Sus actuaciones violentas no siempre parecen responder a la orden de cargar, despejar la calle o contestar a un insulto, sino que demasiadas veces transmiten la sensación de que estos agentes se saben con libertad para hacer frente a lo que puedan interpretar como desorden, y si se extralimitan también parecen contar con que sus jefes, sus sindicatos y los medios de derechas los justificarán y respaldarán. Casi siempre ha sido así, o sea qué.

De todas formas, y para que la reflexión se complete y redondee, hay que recordar que las fuerzas del orden constituyen una variante más o menos especial de las burocracias administrativas que -como las demás- tienden a funcionar por sí solas, es decir, sin la necesaria y precisa supeditación a una cadena jerárquica o de mando. Esto, que se sitúa en lo rutinario (y lo inevitable, por consolidado), debiera tenernos siempre en alerta si nos empeñamos en creer que vivimos en un país democrático, y ser persistentemente duros e intransigentes con la violencia gratuita, los abusos mamporreros y el desorden de uniforme, o sea, cuando la cosa no es para tanto.

Queda por añadir que las burocracias son de por sí conservadoras, y más cuando se trata de éstas, las de repartir leña, que suelen tener como habitual objeto de sus leñazos a gentes de izquierda, dejando que ultras y fachas escapen de rositas no pocas veces, cuando suelen ser ellos los causantes del desorden y la violencia. Y eso, tampoco.