Que tampoco el otoño es ya lo que era (9 de 21)
Haz, paciente lector, un discreto esfuerzo y trata de relacionar los datos ya consolidados sobre el aprendizaje y la formación de nuestros niños, adolescentes y jóvenes, con los desmanes de la IA y el ascenso social y electoral de Vox... y horrorízate, que es lo que yo quiero ahora mismo, y en serio, de ti: que sientas desolación, indignación, desesperación (por la cacofonía no te preocupes demasiado, que hay lexicólogos que la ven bien, y modernos que hasta incitan a ella por la sonoridad en la comprensión del asunto que, adrede, persigue...). Total, que estés atento y hagas algo contra estas amenazas, que vienen con mucho peligro.
Yo creo que la primera andanada que sufrí sobre la regresión educativa en España (luego he sabido que esto es general, universal, pero vaya consuelo) tuvo lugar cuando acudí a la Facultad de Políticas de la Complutense en 2000 a sustituir como asociado a mi viejo amigo Tomás Villasante, que se iba de sabático, y me espetó: “Ya te advierto que esto es un Bachillerato alto, que no tiene nada que ver con la Facultad que tú y yo vivimos”. Lo que me sentó como más bien mal, con la ilusión que sentía de volver como profesor a donde había sido alumno. Luego comprobé que, en efecto, el nivel cultural ya a esas edades no tenía nada que ver con el de nuestros años, y que, sobre todo, los alumnos se me resistían a leer por obligación un libro durante el semestre, de entre una lista que yo les daba y que consideraba que evidenciaban de forma sugerente las relaciones entre el medio ambiente y la sociedad (y a la inversa), que era el tema de la asignatura.
Luego he ido conociendo la incultura general, proporcionada a su edad, de nuestros niños y adolescentes, que naturalmente la trasladan a su juventud como si nada, alertándome de modo especial el caso de mis nietos y (espero que no se me enfaden) de algunos de sus profesores. Y claro, cuando los informes llamados Programa Internacional de Evaluación de Estudiantes (PISA, en sus siglas en inglés), que publica periódicamente la OCDE sobre, digamos, el nivel objetivo de conocimientos y su capacidad de expresarlos por los alumnos de 15 años de sus países miembros, tanto en lectura como en matemáticas y ciencias naturales, nos echamos las manos a la cabeza porque resultan bajos y declinantes, mostrando que estos países, que pasan por ser los más “avanzados” del mundo, descuidan fehacientemente la educación de sus jóvenes. Lo más alarmante, porque es generador de numerosas y esenciales deficiencias, es la aversión a la lectura, caracterizada por la impaciencia, es decir, la incapacidad de sostener la atención sobre un texto largo; y esto se relaciona directa e indiscutiblemente con el vicio adquirido, año tras año, del tiempo dedicado a las pantallas, principalmente la del teléfono móvil, instrumento pernicioso que se revela como primerísimo enemigo de la educación.
No hay falsa interpretación que valga. Todos podemos contemplar a nuestros niños, adolescentes y jóvenes pasando horas y horas con su móvil, bien de autistas jugando consigo mismos, bien hablando o jugando con sus amigos tumbados en el sofá o la cama, que apenas quedan para jugar, verse, formar colla o irse por ahí… ¡Menudo poder educativo el de Internet, que siempre se nos prometió, y sus innumerables derivaciones! No ha tardado la realidad en darnos el palo bien merecido al encontrarnos entre las manos una niñez, adolescencia y primera juventud de pobres personajillos, por no decir tontos... víctimas empeñadas en un consumo pantallístico a discreción (y, ¡ay!, con limitadísima intervención de los padres, que vienen a reconocerse impotentes, teniendo que encajar situaciones que llegan a amargarlos). Se trata de un veneno que incluye todo lo contrario a una educación sólida, crítica y que pueda enfrentarse a las fuerzas destructivas del mundo, de la sociedad y de ellos mismos...
Nuestros alumnos (a ver: muchos, muchísimos) son cada vez más zotes, ignorantes e inútiles para todo servicio colectivo o incluso individual: una panda de iletrados básicos y refractarios a lo social, que es a lo que los ha llevado una educación prioritariamente audiovisual, que deja de lado el proceso esencial del verdadero aprendizaje, que tiene mucho de “tradicional” y que ha de desconfiar de su “mecanización”. Este cronista, que se empeña en predicar que si no se lee lo suficiente (o sea, mucho), no se sabrá escribir ni tampoco hablar, con el añadido de una incapacidad creciente para ordenar las neuronas y el pensamiento entero, aguanta como puede la desolación que todo esto le provoca, sintiendo auténtica tirria hacia los teléfonos móviles, que absorben la mayor parte del tiempo libre de nuestros hijos y nietos y que están dando la puntilla a una educación que ya se empobrece desde hace décadas.
Yo creo que leer cada vez menos, es decir, ni pensar ni analizar ni imaginar, (nos) hace necios, más que ignorantes, ya que la “opción sustitutoria” de lectura y reflexión crítica ha sido programada por quienes planean el dominio del mundo -los tecnofascistas- contando, necesariamente, con la estupidez -algorítmica- mundial. Menos mal que surgen desde gobiernos, aparte de instituciones, iniciativas de bloquear el acceso a móviles y redes sociales según la edad, habiendo anunciado el presidente Pedro Sánchez que obstaculizará esto último para jóvenes menores de 16 años. Lo de las redes sociales sí que es trágico, aunque solo sea por la absorción salvaje que hacen del tiempo disponible, lo que en los ciudadanos en periodo de formación resulta especialmente grave, robando tiempo no solo para la lectura sino el juego, los deportes, las salidas, el tiempo en familia...
Sin dejar de lado lo que supone este pantallismo ampliado a las redes sociales, de propensión a la adicción, bien visible en todo ese contingente joven que incluso puede situarse a partir de los 8 años y hasta la primera madurez. Una adicción que puede llevar a muy penosas consecuencias, como ya se sabe y se teme, expandiendo males hasta ahora casi desconocidos en la parte más vulnerable de la población.
Que va a resultar que saber “leer, escribir y hacer cuentas”, aquel modesto, pero poderoso trívium de nuestra educación infantil en la larga posguerra, que han hecho trizas los planes educativos de los modernos, la modernización y la Modernidad, de progresivo aumento de lo audiovisual hasta derrapar en el pantallismo, ha de ser de nuevo objeto de recuperación con urgencia y en serio; pero con la desoladora novedad de que hay que aplicárselo también -proporcionada y justamente, claro- a buena parte de los integrantes de las últimas generaciones de profesores, de infantil, de secundaria y hasta de universidad (¡anda que...!), que ni leen ni saben expresarse con la escritura, hablan fatal y no piensan como se esperaría, lo que supone un esfuerzo nada menor, pero se trata de que sean capaces de inculcar a los alumnos una verdadera cultura cívica y política.
Una de las consecuencias de la ignorancia extensiva y corrosiva es el escoramiento de tantos de nuestros jóvenes, cuando llega su momento de votar (y, antes, de expresarse sobre política) y optan por los partidos de la derecha o la derechona: un gesto típicamente inculto que esencialmente se evita con la cultura amplia, que incluye la educación política.
Por eso aprovecho para rematar estas notas con un ejemplo práctico de individuo zopenco (entre miles, claro, pero aquí va un botón de muestra, que considero especialmente interesante) que, pese a serlo íntima y ostensiblemente, ha alcanzado una notoriedad que aúna la ignorancia de una educación mala (bueno: privada y elitista) con la perversidad de la ideología heredada, realimentándose ambas para exponer a la sociedad y a la política nacional a un espécimen muy típico de la tribu de mamarrachos de Vox: José María Figaredo, en realidad, Fernández, pero sus ancestros quisieron salir de la vulgaridad del apellido asturiano más propio, y noble, y adjudicarse el de la aldea donde iniciaron su fortuna.
Ignorante, osado, malvado, nos recuerda al “repelente niño Vicente” de nuestras escuelas y nos hace imaginar que, por ello mismo, más de una vez algunos de sus compañeros debieron de soltarle buenos coscorrones, por aburrido y odioso. Y que ahora, con sus provocaciones, no deja de pedir -a despecho de incurrir en lo políticamente incorrecto- un buen par de hostias con la mano bien abierta, coloreando su cínica impavidez de arreboles arracimados de cinco dígitos.

.jpg)
.jpg)

.jpg)
.jpg)
.jpg)

_%20%20Dominguico%20es%20el%20segundo,%20agachado,%20por%20la%20izquierda.jpg)






