Profesor
de Cine y Estudios Caribeños, Departamento de Lenguas y Literaturas
Modernas y Clásicas, Universidad Rice. Houston,
Texas.
Detrás
del errático comportamiento de Trump asoma una potencia que ya no
manda como antes, con la deuda desbocada y el oro que desplaza al
bono del Tesoro. Puede que el verdadero 98 de nuestro tiempo sea el
de EEUU
Tump y su gabinete reunidos con el secretario general de la OTAN, Mark Rutte, en Ankara, Turquía, el 8 de julio de 2026.
El
pasado 8 de julio, en la cumbre de la OTAN celebrada en Ankara,
Donald Trump llamó a España “causa perdida” y “aliado
horrible”, dijo que no volvería a hacer negocios con Madrid,
reclamó Groenlandia y reprochó a los europeos que no lo hubieran
secundado en su guerra contra Irán. Esa misma noche, a bordo del Air
Force One, aseguró que España se había “redimido por completo”
tras acceder a una importante solicitud de pago. No dijo cuál. La
Casa Blanca no lo aclaró, y la Alianza tampoco. La Moncloa negó que
existiera compromiso alguno. El ministro de Exteriores, José Manuel
Albares, observó que solo Trump podía explicar sus propias palabras
y evitó ligarlas a los 6.200 millones de euros que el Gobierno
acababa de transferir a Defensa. Mientras tanto, según Reuters, el
Tesoro estadounidense preparaba una lista de productos españoles
para un eventual embargo.
En
doce horas, España pasó de la excomunión a la absolución sin que
nadie pueda señalar el hecho que separa una cosa de la otra. Nadie
verificó pago alguno; bastó con afirmar que lo había habido. El
tributo fue retórico y funcionó. Ahí está la información
incómoda del episodio, porque describe con exactitud qué sostiene
hoy la alianza atlántica: ya no la disuasión compartida, sino un
peaje que ni siquiera necesita cobrarse mientras pueda proclamarse.
Detrás
del ruido de los exabruptos, y de la réplica de Sánchez, que
despachó el asunto diciendo que con Trump solo había hablado de
fútbol y de golf, hay cifras que cuentan una historia más profunda.
La deuda
federal bruta de
Estados Unidos superó los 39 billones de dólares en marzo de 2026,
sobre una economía de unos 32 billones. La deuda en manos del
público volvió a rebasar el tamaño de toda la economía, algo que
no sucedía, salvo el paréntesis de la pandemia, desde los años
posteriores a la Segunda Guerra Mundial. Solo los
intereses de
esa deuda superaron el billón anual por primera vez en 2025, unos
150.000 millones más de lo que Washington gasta en su ejército. Y
en mayo de aquel año Moody's le
retiró la última calificación máxima que conservaba de las tres
grandes agencias, la que mantenía, según su propio relato, desde
1917. Ninguno de estos datos ocupó una portada, pero ya dictan
sentencia.

Moody’s rebaja la calificación crediticia de Estados Unidos, citando el aumento de la deuda pública.
Rota
y Morón
Los
insultos a España hay que leerlos contra ese fondo. Durante más de
un año, Trump ha hecho de Madrid su blanco predilecto dentro de la
OTAN. En La Haya, en junio de 2025, España fue el único país que
se descolgó del compromiso de elevar el gasto militar al 5% del PIB;
en su carta al secretario general, Sánchez calificó ese objetivo de
irrazonable y contraproducente. Desde entonces, Trump ha acusado a
España de querer “viajar gratis” dentro de la Alianza, ha
amenazado con duplicarle los aranceles, ha sugerido desde el Despacho
Oval que quizá habría que expulsarla y ha insinuado, con un deje
casi mafioso, que su economía podría saltar por los aires si algo
malo llegara a ocurrir.
Ese
no es el lenguaje de un poder incontestado. Pertenece a una
concepción del mundo donde los aliados dejan de ser socios para
volverse vasallos, medidos por su grado de obediencia. En esa
gramática, el vasallo no discrepa; incumple. La disidencia se
traduce sin más a deuda impagada.
La
ruptura verdadera no se produjo en La Haya ni en Ankara, sino el 2 de
marzo de 2026. Iniciada la ofensiva de Estados Unidos e Israel contra
Irán, la ministra de Defensa, Margarita Robles, anunció que las
bases de Rota y Morón no prestarían apoyo alguno a la operación, y
Albares precisó que España no cedería sus instalaciones para nada
que no encajara en el convenio bilateral ni en la Carta de las
Naciones Unidas.
Madrid
no improvisó. Invocó el Convenio de Cooperación para la Defensa
firmado con Estados Unidos el 1 de diciembre de 1988 y prorrogado
desde entonces. Su artículo 2.2 concede a Washington el uso del
territorio, el mar territorial y el espacio aéreo españoles solo
para objetivos comprendidos en el ámbito del propio convenio;
cualquier otro uso, dice el texto, exige la autorización previa del
gobierno español. Un avión cisterna que despega de Morón para
repostar a un bombardero camino de Teherán queda, según esa
lectura, fuera del marco de la defensa mutua. Los aviones
estadounidenses se replegaron.
Merece
la pena reparar en lo que no ocurrió. No hubo sanción, ni fuerza,
ni violación del candado. Hubo derecho. La primera potencia militar
del planeta leyó un tratado firmado con un país cuatro veces menor
y acató su letra pequeña. En 2003 eso no habría ocurrido, entre
otras cosas porque a nadie se le habría pasado por la cabeza
intentarlo.
Conviene,
sin embargo, nombrar lo que el convenio apenas insinúa. La ofensiva
contra Irán no fue una empresa estadounidense a la que Israel se
sumó, sino al revés: Israel abrió fuego en junio de 2025 y
Washington se alineó después, hasta bombardear
tres instalaciones nucleares iraníes y
exigir la “rendición incondicional” de Teherán.
Los bombardeos de EE.UU. no destruyeron programa nuclear iraní.
Lo que Madrid
se negó a franquear en Morón no era, pues, un capítulo cualquiera
de la defensa atlántica, sino un eslabón de una guerra israelí a
la que Estados Unidos había prestado su escuadra. Y la distinción
cuenta, porque la alianza que Trump invoca para reclamar obediencia
se parece cada año menos a un pacto de defensa mutua y más a una
fusión. En su proyecto de gasto militar para 2027, el Congreso
deslizó una “Iniciativa
de Cooperación Tecnológica” con Israel que
integra las industrias de defensa de ambos países y la sustrae al
escrutinio parlamentario, lo que un negociador israelí describió
sin rubor como el tránsito de un modelo de ayuda del siglo XX a una
fusión estratégica del XXI.
El Congreso de Estados Unidos impulsa una mayor colaboración militar con Israel.
Negarse a repostar un bombardero camino
de Teherán es, en esa gramática, algo más que leer la letra
pequeña: es rehusar ser conscripto en una guerra ajena.
La
ironía es densa. Rota y Morón existen porque en 1953, con los
Pactos de Madrid, Franco vendió pedazos de soberanía, y también
Zaragoza y Torrejón, a cambio de los dólares y del reconocimiento
que la dictadura necesitaba. Aquellas bases fueron el precio de
entrada de España en el orden occidental, una dictadura fascista
blanqueada por el mismo país que en 1898 se había presentado como
libertador de Cuba. En 2003 sirvieron de retaguardia a la invasión
de Irak mientras cientos de miles de personas gritaban “no a la
guerra” en las calles. Setenta y tres años después de su
concesión, son el instrumento jurídico con el que España dice que
no.
El
otro lado del cerrojo pesa igual. Rota da empleo a más de un millar
de trabajadores españoles y sostiene buena parte de la economía de
la bahía de Cádiz; Morón, a varios cientos más. Cuando Trump
amenaza con retirar las tropas no amenaza a Sánchez, sino a El
Puerto de Santa María. La dependencia se ha vuelto una cuestión de
nóminas.
Tampoco
hay que idealizar el gesto. La posición de Sánchez le rinde una
evidente rentabilidad interna. Lo presenta como abanderado del
multilateralismo, goza de amplio respaldo en las encuestas y llega en
un momento de fragilidad parlamentaria. Se puede defender un
principio y hacer caja con él a la vez. Y hay un dato que estorba la
lectura heroica: España ha triplicado su gasto militar desde que
Sánchez llegó a la Moncloa, de modo que su negativa sobre Irán
convive con un sí rotundo al rearme. Es la definición misma de la
autonomía subalterna, la que discrepa en el uso y nunca en la
estructura.
La
motivación importa menos que la estructura que el gesto deja al
descubierto. Durante décadas, incluso en sus desencuentros más
ásperos, Washington y Madrid se movieron dentro de códigos
previsibles entre aliados. Hoy ese marco cruje, y quien lo hace
crujir no es el aliado pequeño.
Gaza,
o los límites del gesto
Si
el episodio de Rota y Morón se lee aislado, se pierde su verdadero
contexto. La negativa sobre Irán es el último eslabón de una
divergencia más antigua, cuyo eje no es Teherán sino Gaza. El 28 de
mayo de 2024, España reconoció
el Estado palestino junto
a y días después fue el primer país europeo en sumarse
a la demanda por genocidio que
Sudáfrica había interpuesto contra Israel ante la Corte
Internacional de Justicia. En septiembre de 2025, Pedro Sánchez
decretó un embargo
total de armas “para
frenar el genocidio en Gaza”, con la prohibición de comprar y
vender material militar a Israel y de que atracaran en puertos
españoles los buques que abastecían a su ejército. El lenguaje, en
boca de un jefe de gobierno europeo, era inédito: aquello no era
defensa propia, dijo, sino el exterminio de un pueblo indefenso.
Meses antes, la Corte Penal Internacional había dictado una orden
de arresto contra Netanyahu,
y en septiembre una comisión de investigación de la ONU concluyó
que en Gaza
se había cometido genocidio.

La
medida abrió en canal a la Unión Europea. De un lado, España,
Irlanda y Eslovenia empujaban sanciones y la suspensión del acuerdo
de asociación con Israel; del otro, Alemania
y Hungría frenaban.
El contraste con Berlín es el más elocuente. Tras una breve
congelación de licencias en agosto de 2025, el canciller Friedrich
Merz reanudó las exportaciones, viajó
a Israel en diciembre y
recibió el sistema antimisiles Arrow
3 por unos 4.500 millones de dólares,
la mayor venta de armamento de la historia israelí. Francia y el
Reino Unido, que en septiembre de 2025 reconocieron
a su vez el Estado palestino,
oscilaban entre el gesto y la cautela. En esa Europa partida, Madrid
ocupaba el extremo más ruidoso.
Con
todo, no conviene deslumbrarse. El embargo español es sobre todo un
símbolo: las exportaciones que de verdad sostienen a la industria
militar israelí no salen de Madrid, y las españolas apenas rozaban
una fracción ínfima del total.
Cancelar los contratos con Elbit o Rafael, además, dejó a las
propias fuerzas españolas sin
munición y sin misiles anticarro que
esperaban recibir, según admitían los analistas del Real Instituto
Elcano. Vuelve a asomar la autonomía subalterna que ya definió la
negativa sobre Irán: España nombra el genocidio y reconoce a
Palestina, pero no abandona la OTAN, ni el mercado europeo de
defensa, ni el paraguas de Washington. El gesto es sincero como
indignación y simbólico como política: incomoda a los imperios sin
salirse de su orden. Y esa es, quizá, la única forma de
desobediencia que hoy se permite un aliado leal frente a las
imposiciones de Berlín, de París y de Washington.
El
otro 1898
La
tentación inmediata es recurrir a 1898. Aquel año selló el
hundimiento del imperio español y la consagración de Estados Unidos
como potencia mundial, y desde entonces el “Desastre” quedó
grabado en la memoria nacional como la fecha de la decadencia, la que
empujó a Unamuno, a Machado y a Joaquín Costa a preguntarse en voz
alta qué le pasaba a España.
Pero
“Desastre” es una palabra metropolitana. Nombra lo que perdió
Madrid y silencia el resto. 1898 no fue tanto el año en que España
perdió un imperio como aquel en que una guerra anticolonial de tres
décadas quedó confiscada. La insurrección cubana había empezado
en 1868, en Yara, siguió en la Guerra Chiquita y se reanudó en
febrero de 1895. En Filipinas la revolución llevaba dos años en
marcha cuando la escuadra de Dewey destruyó a la flota española en
la bahía de Manila, y seis semanas después Emilio Aguinaldo
proclamó la independencia. Nada de eso cabe en la palabra
“Desastre”.
José
Martí lo había visto con una lucidez que da escalofríos. Un día
antes de morir en Dos Ríos, en mayo de 1895, dejó a medias una
carta a su amigo Manuel Mercado donde explicaba que cuanto había
hecho, y cuanto haría, era para impedir a tiempo, con la
independencia de Cuba, que Estados Unidos se extendiera por las
Antillas y cayera luego, con esa fuerza añadida, sobre las tierras
de nuestra América. La carta se interrumpe a media frase. La
historia la completó.
¿Y
cómo defendió España lo suyo? En octubre de 1896, el capitán
general Valeriano Weyler ordenó “la reconcentración”, el
traslado forzoso de la población rural a los pueblos bajo control
militar. Los muertos se estiman, según las fuentes, entre 150.000 y
más de 300.000, campesinos, mujeres y niños que murieron de hambre
y de enfermedad. Fue uno de los primeros campos de concentración
modernos. Poco después los británicos repetirían el método en
Sudáfrica, y el ejército estadounidense lo aplicaría en Batangas
contra los filipinos que se negaban a cambiar de metrópoli. Los
métodos del imperio sobreviven al imperio que los inventa, y esa es
la primera lección de 1898, que no está en Unamuno.
El
Tratado de París se firmó en diciembre de 1898. En la mesa había
españoles y estadounidenses, pero no cubanos, ni puertorriqueños,
ni filipinos; al representante de Aguinaldo, Felipe Agoncillo, se le
negó la entrada. Filipinas se compró por veinte millones de
dólares, y la resistencia que siguió costó más de doscientas mil
vidas civiles. Cuba pasó a una independencia tutelada, porque la
Enmienda Teller había prometido no anexionarla y la Enmienda Platt
de 1901 se reservó el derecho de intervenir en ella y, de paso, el
arriendo de Guantánamo, vigente todavía. Puerto Rico quedó donde
sigue. En su voto del caso Downes contra Bidwell, el juez Edward
Douglass White acuñó la fórmula que aún lo define, la de un
territorio que no era extranjero pero sí “extranjero para Estados
Unidos en un sentido doméstico”. Ciento quince años más tarde,
la ley PROMESA puso su gobierno electo bajo la tutela de una junta
federal no elegida.
1898
no cerró un ciclo colonial, lo transfirió. Aníbal Quijano llamó a
esa persistencia “colonialidad del poder”, y la fórmula es
exacta, porque el colonialismo termina y la colonialidad no.
Guantánamo, la base que un imperio le arrancó a otro sobre el
cuerpo de una tercera nación, sigue funcionando. Rota y Morón
pertenecen a la misma familia, con una diferencia que no es menor:
Madrid conserva la llave y San Juan no.
Aquí
está la parte de 1898 que Estados Unidos debería temer, y que nada
tiene que ver con la deuda. Cuatro días después del protocolo de
paz, Francisco Silvela publicó en El
Tiempo un
artículo que haría época, “Sin pulso”. España, escribía, no
reaccionaba ante nada; dondequiera que se pusiera el dedo, no se
hallaba el pulso. El diagnóstico prendió. El regeneracionismo lo
convirtió en programa, y Joaquín Costa, en su memoria sobre
oligarquía y caciquismo leída en el Ateneo en 1901, le dio la
fórmula que haría fortuna: aquella política quirúrgica necesitaba
un “cirujano de hierro”, alguien capaz de conocer la anatomía
del país y de sentir por él una “compasión infinita”.
Costa
imaginaba a un reformador, y merece la pena subrayarlo, porque lo que
vino después no lo fue. La metáfora médica, el país enfermo y el
bisturí redentor no condujeron a ninguna reforma. Miguel Primo de
Rivera dio su golpe en 1923 invocando la salud de la patria. Ramiro
de Maeztu, que en 1898 pedía regeneración, publicó en 1934 Defensa
de la Hispanidad,
donde la grandeza perdida se volvía teología. Y Franco salió del
sitio exacto adonde España había ido a buscar consuelo tras perder
Cuba: Marruecos.
Porque
eso hizo España con su 98. No renunció al imperio, lo mudó de
continente. El Rif fue la compensación. Allí murieron más de diez
mil soldados en el desastre de Annual, en 1921, una humillación que
dos años después desembocaría en el golpe de Primo de Rivera. Allí
el ejército español se convirtió en uno de los primeros del mundo
en emplear armas químicas contra población civil, fosgeno y gas
mostaza comprados a la industria alemana, entre 1921 y 1927. Y allí
se formó la generación de africanistas que en 1936 se sublevó
contra la República. La derrota imperial, lejos de producir
modestia, produjo humillación, y de esa humillación salió un
cirujano de hierro que ya no se parecía en nada al que Costa había
soñado.
¿Make
America Great Again será
casi una traducción al inglés de una frase regeneracionista
española, luego del 98? La nostalgia de la grandeza es el producto
político más característico de la decadencia, y también el más
peligroso.
Habrá
quien lea en todo esto una fábula de emancipación española. No lo
es. El imperio español no terminó en 1898: Guinea Ecuatorial fue
colonia hasta 1968, Ifni hasta 1969 y el Sáhara Occidental hasta
1975, con una descolonización que sigue sin completarse y un Madrid
que en 2022 abandonó la neutralidad para respaldar el plan de
autonomía marroquí. Ceuta y Melilla siguen donde están. España
vende armas, acoge bases y custodia una frontera europea que mata.
Que Madrid le diga que no a un bombardeo no la convierte en potencia
descolonizadora, solo en un Estado que ha leído su propio convenio.
El
otoño del dólar
Un
país que paga más en intereses que en defensa no está en ruinas,
pero tampoco es el hegemón incontestable de hace treinta años. Paul
Kennedy lo llamó, en Auge
y caída de las grandes potencias,
“sobre extensión imperial”: el punto en que los compromisos
superan a los recursos y el gesto empieza a suplir a la fuerza.
Giovanni Arrighi afinó la idea en El
largo siglo XX,
al describir cómo cada ciclo hegemónico entra en su otoño cuando
el capital abandona la producción y se refugia en las finanzas. La
financiarización es el último resplandor y, entre la crisis que
anuncia el fin de un ciclo y la que lo consuma, pueden mediar décadas
de esplendor aparente.
Wall
Street lo ilustra bien. Diez empresas concentran ya en torno al 41%
del valor del S&P 500, y el índice solo ha estado más caro una
vez en ciento cuarenta años, en vísperas del crac de las puntocom.
Los gigantes de la inteligencia artificial gastarán este año cerca
de 700.000 millones de dólares en centros de datos, la mayor
inversión corporativa de la historia fuera de una guerra, mientras
apenas una de cada cinco empresas estadounidenses dice usar esa
tecnología. No es la fantasía sin caja del año 2000, cuando Cisco
cotizaba a doscientas veces beneficios y Pets.com no tenía ninguno;
las compañías que hoy sostienen el índice ganan dinero de verdad.
Se parece más a lo que describía Arrighi, una economía que gana
cada vez más moviendo capital y cada vez menos organizando trabajo.
Justo lo que le pasó a la España finisecular, que sostenía con
papel el déficit de Ultramar mientras las Antillas ardían.
Ninguna
potencia imperial puede desentenderse de la salud de su moneda, y
aquí el asunto se presta a la profecía fácil. El
dólar representaba en
el tercer trimestre de 2025 el 56,9% de las reservas mundiales de
divisas, frente a más del 70% a comienzos de siglo, pero el propio
Fondo Monetario Internacional ha advertido que buena parte de ese
descenso se explica por la apreciación de otras monedas y no por
ventas. El dólar no se hunde ni nadie lo vende.
Lo
que ha cambiado es dónde busca refugio el dinero público. El 2 de
junio de 2026, el Banco
Central Europeo constató
que el oro había superado a los bonos del Tesoro estadounidense como
principal activo de reserva del planeta, un 27% del total frente a un
22%. Los activos en dólares siguen siendo el mayor bloque, así que
la hegemonía monetaria permanece intacta; lo que ha cedido es el
instrumento. Los bancos centrales acumulan ya más de 36.000
toneladas de oro, cerca de las 38.000 de la era de Bretton Woods, y
en 2025 el mayor comprador individual del mundo no fue un Estado,
sino Tether, una empresa de criptomonedas.
Detrás
de esto hay una fecha. En 2022, la congelación de unos 300.000
millones de dólares en reservas rusas le enseñó a cada banquero
central del planeta que un activo en dólares puede dejar de ser suyo
por decisión ajena. El oro, a diferencia del bono, no se puede
sancionar. Y ya no funciona solo como seguro: a comienzos de 2026,
tras el estallido de la guerra de Irán, Turquía vendió o prestó
130 de las 220 toneladas que había acumulado desde 2022. El oro es
también un cofre de guerra, y se está usando.
La
historia guarda un precedente incómodo. En vísperas de 1914, la
libra esterlina era la primera moneda de reserva del mundo, con cerca
de la mitad de las tenencias oficiales identificadas, según las
estimaciones clásicas de Peter Lindert. Y lo sorprendente es la
rapidez de su caída: el dólar la había superado ya a mediados de
los años veinte, según han mostrado Barry Eichengreen y Marc
Flandreau, cuando Londres seguía creyéndose el centro del mundo. La
primacía monetaria se pierde mucho antes de que nadie lo admita.
Hubo
un momento, eso sí, en que el declive se hizo visible. Entre
noviembre y diciembre de 1956, Washington bloqueó el crédito del
Fondo Monetario Internacional a Gran Bretaña y amenazó con vender
sus tenencias de deuda británica hasta que Londres retirase sus
tropas de Suez. Eisenhower no necesitó disparar, le bastó con dejar
caer la moneda de su aliado. Fue entonces cuando Gran Bretaña
entendió que ya no era un imperio, y lo entendió porque otro
imperio se lo cobró en divisas. Nadie tiene hoy esa palanca sobre
Washington, pero 36.000 toneladas de oro son el primer borrador de
una.
Detrás
de esa erosión asoma China, que teje con paciencia una arquitectura
financiera alternativa, con sistemas de pago propios y comercio en
yuanes. No es que Pekín vaya a destronar mañana a Washington, pues
el yuan apenas roza el 1,9% de las reservas mundiales, pero por
primera vez en generaciones empieza a dibujarse un horizonte en el
que podría hacerlo. Un horizonte no es una promesa, y quien haya
leído a Quijano sabe que la arquitectura financiera china no es un
proyecto de emancipación, sino de sustitución. Un cambio de
metrópoli no equivale a una descolonización.
El
interregno
Frente
a ese poder que se sabe menguante, Europa ha elegido, en su mayoría,
el apaciguamiento. En La Haya, los aliados se plegaron a la exigencia
del 5%, y el propio secretario general de la OTAN, Mark Rutte, llegó
a llamar “papá” al presidente estadounidense. Un mes después,
la Unión Europea firmaba un acuerdo comercial que muchos
describieron como una capitulación, con aranceles del 15% sobre sus
exportaciones y el compromiso de comprar cientos de miles de millones
en energía y armamento estadounidenses. Viktor Orbán lo resumió
con crueldad: Trump se había desayunado a Von der Leyen.
Y
sin embargo algo se movió en Ankara. Cuando Trump volvió a reclamar
Groenlandia, los aliados cerraron filas con Dinamarca. Cuando llamó
a España “causa perdida”, fue el propio Rutte quien le recordó,
sentado a su lado, que Madrid había dado un paso al alcanzar el 2%,
mientras Friedrich Merz mediaba para rebajar la tensión. Nada
heroico, cortesía de pasillo, pero hasta la cortesía informa cuando
la ejerce quien un año antes llamaba “papá” a su interlocutor.
Lo que Europa ha elegido, en todo caso, es su propio imperio. El
continente que no quiere ser vasallo aspira a ser potencia, y eso es
una respuesta, no una emancipación.
En
ese cuadro de genuflexiones matizadas, la negativa española cobra un
relieve inesperado. No porque España sea una potencia rebelde, sino
porque su “no”, pequeño, interesado y discutible, revela lo que
la coreografía europea disimula: que hasta el aliado más leal
dispone hoy de más margen para discrepar del que tenía hace dos
décadas, y que la primera potencia del mundo ya no puede dar por
descontada la obediencia. En 2003, la respuesta fueron Rota y Morón
abiertas de par en par; en 2026, un artículo del convenio y un
portazo cortés.
España
es aquí un escenario menor de una transformación mayúscula. La
disputa sobre el gasto militar no es el problema de fondo. Lo
decisivo es que Estados Unidos empieza a topar con los límites de su
propio poder y reacciona como han reaccionado siempre los imperios en
apuros: endurece el lenguaje, exige disciplina, confunde la autoridad
con la capacidad de arrancar obediencia. Cuando la hegemonía
flaquea, el liderazgo se degrada en coacción.
Se
dirá que la analogía cojea, y en parte cojea. España perdió su
imperio en diez semanas y ante un ejército extranjero; Estados
Unidos conserva once portaaviones, el mercado de capitales más
profundo del mundo y ninguna flota enemiga a la vista. Nadie va a
hundir su escuadra en la bahía de Manila. Pero los imperios rara vez
mueren de una derrota. Mueren de aritmética. El 98 español fue el
certificado tardío de una insolvencia que llevaba décadas
anotándose en los libros de Ultramar.
Y
hay que desconfiar del consuelo. Un imperio en declive no se vuelve
más manso. España tenía el pulso perdido y aun así levantaba
campos de reconcentración; Estados Unidos bombardeó Irán el mismo
año en que su factura de intereses superó a su presupuesto de
defensa. La decadencia no civiliza, amarga. Quien crea que la caída
de una hegemonía es, por sí sola, una buena noticia para los
pueblos que la padecieron no ha leído bien 1898. El fin del imperio
español no le trajo la libertad a Cuba, le trajo la Enmienda Platt;
no le trajo la independencia a Filipinas, le trajo una guerra; a
Puerto Rico no le trajo nada, y sigue siendo, ciento veinticinco años
después, extranjero en un sentido doméstico.
Hay
un último síntoma, más turbio, que roza al propio presidente.
Trump mantuvo durante décadas una amistad
documentada con Jeffrey Epstein –voló
varias veces en su avión y llegó a llamarlo “un tipo estupendo”–,
y su segundo mandato quedó atrapado en la promesa incumplida de
abrir los archivos del financiero. En febrero de 2025 su fiscal
general, Pam Bondi, aseguró tener “la lista de clientes” sobre
la mesa; en julio, un memorándum
del Departamento de Justicia y el FBI dijo
que no existía tal lista y que Epstein se había suicidado. La
marcha atrás encendió a las propias bases de Trump, que llevaban
años reclamando esos papeles; en noviembre la Cámara forzó
la publicación
de miles de documentos con
cientos de menciones al presidente, aunque ninguna imputación contra
él.
Que
la primera potencia del planeta prometa los archivos de su propio
presidente y luego los retire, los exhiba y luego los guarde, es
acaso el síntoma más repulsivo de esa decadencia: el de una
vacuidad en la que ya nada se sostiene, ni las cuentas ni las
alianzas, y en la que la palabra basta y el hecho sobra. Una corte
tardía incapaz de ordenar siquiera su propia transparencia, donde la
sospecha acaba ocupando el sitio de la prueba.
Gramsci
escribió que la crisis consiste en que lo viejo muere y lo nuevo no
acaba de nacer, y que en ese interregno surgen los síntomas mórbidos
más diversos. Estamos en el interregno. Los síntomas son un
presidente que insulta y absuelve el mismo día, una absolución que
se paga con un tributo que nadie ha visto, un archivo que no puede
abrirse ni cerrarse, un aliado que dice que no y unos bancos
centrales que compran oro como quien cava un refugio. Lo que asoma no
es el 98 español de vuelta. Es su continuación en otro idioma, el
primer capítulo del 98 americano. Y la pregunta que 1898 dejó sin
responder no es quién manda después, sino quién paga mientras
tanto.
Fuente: Ctxt