viernes, 22 de mayo de 2026

Estados Unidos: el suicidio de una superpotencia

 

 Por Timothy Snyder   
      Historiador estadounidense especializado en la Europa contemporánea.


Los imperios surgen y caen, pero nunca antes se habían inmolado así. Es lo que ocurre con Trump, que lleva a su país hacia la irrelevancia por culpa de una mezcla de codicia e ineptitud


Donald Trump en la Casa Blanca, el pasado 15 de mayo.

     Estados Unidos está gastando miles de millones de dólares en perder una guerra en Irán que enriquece a sus oligarcas, empobrece a sus ciudadanos, sabotea sus alianzas y fortalece a sus enemigos.


Boquilla de una manguera inyectando queroseno en el depósito de un avión comercial, a finales de abril en el aeropuerto de Ginebra.

La guerra pone de manifiesto un principio rector de la política exterior del presidente Donald Trump: el suicidio de una superpotencia. Los imperios surgen y caen, pero, que yo sepa, nunca un Estado destruyó su poder de modo intencional y sistemático (y menos aún con tanta rapidez).

Admitir este suicidio estratégico puede ser difícil; ojalá las desventuras de Trump se basaran en cierta idea del interés nacional estadounidense. Pero no es así.

Una superpotencia debe ser un Estado moderno que incluya (a través del Estado de derecho y otras instituciones) a un conjunto sustancial de ciudadanos comprometidos con un esfuerzo común. Pero la Administración de Trump trata a su propio país no como un Estado moderno, sino como una oportunidad comercial para unos pocos elegidos.


Las reglas mafiosas del nuevo orden internacional.

Una superpotencia también debe tener una idea de interés nacional. Aunque hay divergencias sobre cómo definir ese concepto, lo que nadie esperaba era una situación en la que el presidente fuera indiferente al bien del pueblo o del Estado.

Para seguir siendo superpotencia, un Estado también debe mantenerse en el tiempo. Y esa continuidad depende de un principio de transmisión de la autoridad política. Pero con sus aspiraciones de permanecer en el poder por tiempo indefinido y sus ataques a la credibilidad de las elecciones, Trump está poniendo en tela de juicio el principio de la sucesión política. Por supuesto, hay otros modos de sucesión, por ejemplo, por transmisión dinástica o decisión de un politburó.


Tulsi Gabbarden en Georgia, el 28 de enero.

Pero la adopción de un sistema semejante acabaría con la república estadounidense.

Para que un Estado obtenga y conserve el poder, es fundamental que estén al mando las personas correctas. A lo largo de la historia, los Estados poderosos buscaron formas de identificar personas cualificadas y promoverlas a puestos de autoridad, sin distinción de nacimiento. La antigua China tenía un sistema de exámenes. Napoleón puso como principio el mérito, tanto en la vida civil como en la militar. Estados Unidos, por su parte, tuvo en otros tiempos un funcionariado que era la envidia del mundo, además de fuerzas armadas altamente meritocráticas. 

Pero la Administración de Trump desvirtuó la función pública y purgó los altos mandos militares, y el proceso lo llevaron adelante personas no cualificadas para los cargos que ocupan.


El general Charles Q Brown, en el anuncio de su nombramiento como jefe de la Junta de Estado Mayor en la Casa Blanca, en mayo de 2020.

Que Tulsi Gabbard, Kash Patel y Pete Hegseth sean directora de inteligencia nacional, director del FBI y secretario de Defensa, respectivamente, es claro indicio de una superpotencia que se suicida.

En un nivel más profundo, una superpotencia debe tener un sistema educativo capaz de preparar a su población (y a sus políticos) para enfrentar los desafíos globales. Pero en los Estados Unidos de Trump se priva de recursos a la educación pública, se castiga a las universidades que defienden la libertad académica y se eliminan libros útiles de las bibliotecas de las escuelas.


Un niño lee en una biblioteca en Estados Unidos.

Asimismo, el ascenso de muchas grandes potencias se basó en la ciencia, pero ahora, en los Estados Unidos de Trump, la ciencia está bajo ataque. Igual que los antiguos mesopotámicos, cuyos astrónomos idearon métodos para cartografiar los cielos, y los romanos, que pusieron en práctica la ciencia griega para construir y defender un imperio, Estados Unidos se convirtió en superpotencia gracias a instituciones estatales encargadas de financiar la ciencia y atraer científicos (a menudo inmigrantes). Pero la Administración de Trump ha lanzado una ofensiva asombrosa contra la ciencia. Desfinancia la investigación por motivos ideológicos, desalienta la radicación en Estados Unidos de científicos (noveles y expertos) y pone en duda hallazgos fundamentales como el cambio climático antropogénico.


Un técnico inspecciona la mayor cámara del mundo, en el Observatorio Vera Rubin, financiado por la NSF.

Por eso, el Gobierno de Trump paró en seco la transición energética de Estados Unidos para subsidiar los combustibles fósiles (que ya van quedando obsoletos en términos ecológicos y económicos). Como demuestra un magnífico libro que está por publicar — The Co-Creation, de la bióloga Olivia Judson—, las sociedades que se adelantan a adoptar nuevas formas de energía prosperan, y las demás fracasan. Tal vez sea la verdad más profunda de la historia de la humanidad, y eso convierte la decisión de Trump en un error existencial que acelerará la pérdida de relevancia de Estados Unidos y mejorará la posición de China, superpotencia mundial en energías limpias.

Lo mismo se puede aplicar a la tecnología que sostiene el poder militar. Estados Unidos siempre gastó cifras astronómicas en armamento, pero este Gobierno prioriza equipamientos del pasado. Por ejemplo, unos nuevos buques de guerra que llevarán el nombre de Trump. El plan es pura fantasía. Incluso si se construyen, serán totalmente inadecuados para la guerra moderna (de la que el conflicto ultratecnológico entre Rusia y Ucrania nos da un primer atisbo).

La guerra en Ucrania es un ejemplo claro del desdén de la Administración de Trump hacia el arte de la diplomacia y su preferencia por negociar “acuerdos”. Hay abundantes pruebas de que Trump no sabe negociar, y esto incluye su sumisión al presidente ruso Vladímir Putin. Además, maltrata y margina a aliados de Estados Unidos por motivos puramente personales. Sin una idea de interés nacional, no puede haber comprensión de la utilidad de las alianzas ni apreciación del sistema internacional (las leyes, reglas y normas en las que se basó la primacía global de Estados Unidos). Cuesta expresar hasta qué punto la postura de Trump es primitiva y alegra a los enemigos de Estados Unidos.


EE UU, China y Rusia quieren repartirse el mundo: nuevos imperios para el siglo XXI.

Lo cual nos lleva de vuelta a Irán. En los enfrentamientos internacionales, las superpotencias ganan al menos parte del tiempo. Pero la Administración de Trump pierde una y otra vez. La guerra contra Irán es una clara derrota estratégica; si Estados Unidos tuvo en ella algún objetivo, no lo consiguió. Las políticas de Trump dejaron más uranio enriquecido en manos de un régimen iraní más intransigente y provisto de nuevas fuentes de poder económico (el control del estrecho de Ormuz y la intimidación a los Estados del Golfo); al mismo tiempo, eliminaron casi cualquier posibilidad de que Estados Unidos ejerza influencia en la sociedad iraní.

Finalmente, muchos Estados pierden poder porque ya no pueden mantenerlo. Por primera vez desde 1945, la deuda nacional de Estados Unidos es mayor que su PIB. La comparación es útil: un déficit elevado es normal en el contexto de un desafío como la II Guerra Mundial. Pero el Gobierno de Trump incurre en déficit por una razón totalmente diferente: para no cobrar impuestos a personas y empresas adineradas. La idea del Estado como un servicio para los ultrarricos es incompatible con ganar guerras o con mantener los servicios sociales que permiten el funcionamiento de una sociedad moderna.

Ya no tiene sentido hablar de reformas, porque el suicidio de la superpotencia estadounidense bajo el mando de Trump es un síntoma de desigualdades y distorsiones democráticas que hicieron posible una payasada estratégica como nunca antes se vio en la historia. Lo que hizo de Estados Unidos una superpotencia también habilitó este intento de autodestrucción. En vez de tratar de volver al statu quo anterior, necesitamos un esfuerzo denodado en pos de reestructurar la política estadounidense de modo que otorgue a la ciudadanía más poder para crear un futuro más justo.


Fuente: El País

jueves, 21 de mayo de 2026

Rusia y China consolidan su alianza estratégica frente a la "ley de la selva" desatada por Trump

 

      Periodista y analista para Público en temas internacionales. Es especialista universitario en Servicios de Inteligencia e Historia Militar.


Putin y Xi hacen de la cooperación energética el pilar de la alianza sino-rusa, bajo la bandera de una "igualdad" que rechaza el caos geopolítico y económico de Trump


Una mujer cerca de una pantalla gigante que muestra imágenes del encuentro entre el presidente chino Xi Jinping y su homólogo ruso Vladimir Putin.


     El pacto energético bilateral que han remachado el presidente chino, Xi Jinping, y el ruso, Vladímir Putin, en Pekín ayudará aún más a China a reducir el coste del corte del suministro de hidrocarburos desde el Golfo Pérsico por la crisis de Irán, y a Rusia a mantener su economía de guerra ante Ucrania, donde los más de cuatro años de contienda están haciendo ya mella en Moscú, sin visos de solución a medio plazo. 

Cuando aún no se había apagado el eco de la visita del presidente estadounidense, Donald Trump, a Pekín la semana pasada, chinos y rusos consolidaron este miércoles su alianza estratégica sobre la "piedra angular" de la energía, pero con decenas de acuerdos más y una apuesta decidida contra el "unilateralismo", el "hegemonismo" y "la ley de la selva" que, según dijo Xi y tal y como se incluyó en la declaración conjunta de la cumbre, se está expandiendo por el planeta. La alusión al caos comercial, militar y de seguridad global era una referencia directa a Trump y su múltiple estrategia de injerencia y agresión militar.

La decisión de Pekín de recibir en menos de una semana a los líderes de las dos superpotencias fue una jugada maestra que ha vendido mejor la apuesta china por el multilateralismo. Una apuesta en la que el gigante asiático se apunta una victoria diplomática frente a la estrategia avasalladora desplegada por Trump desde que llegó al poder el 20 de enero de 2025.


El presidente ruso Vladimir Putin y su homólogo chino Xi Jinping toman el té tras su reunión en el Gran Salón del Pueblo en Pekín, China, el 20 de mayo de 2026.

La visita de Putin coincidió con el 25 aniversario de la firma del tratado de Buena Vecindad, Amistad y Cooperación entre China y Rusia, que ampliaron este miércoles, y con el trigésimo aniversario del establecimiento de la asociación estratégica entre los dos países. El viaje estaba calculado al milímetro y el momento también, especialmente por ese hecho de que siguiera en muy pocos días al de Trump y que el contenido de la visita del líder ruso sobrepasara al fausto en torno al presidente estadounidense.

Un nivel excelso de las relaciones sino-rusas 

China y Rusia, dijo Xi, se hallan "en el nivel más alto de su historia". Putin vino a decir lo mismo: "Los lazos entre los dos países han alcanzado un nivel sin precedentes". Y todo ello, en parte gracias al escenario que ha dejado sembrado Trump con su caótica y depredadora nueva doctrina de seguridad nacional que pone al resto del mundo a merced de los intereses estadounidenses. 

También añadió Xi que Rusia y China guardan "una estrecha comunicación estratégica a todos los niveles" y "se apoyan firmemente" en cuestiones que afectan a sus "intereses fundamentales". Esta asertividad apuntaba una simbiosis de las estrategias china y rusa que debería preocupar mucho a sus contrincantes. Por ejemplo, en su cumbre con Putin, el presidente chino propuso alinear el XV plan quinquenal chino que regirá la economía de su país hasta 2030 con la agenda económica rusa, sobre todo para impulsar la cooperación energética y tecnológica, con la conectividad y la inteligencia artificial en mente.


El presidente ruso Vladímir Putin y el presidente chino Xi Jinping asisten a una ceremonia de bienvenida en el Gran Salón del Pueblo en Pekín.

Xi le está diciendo al mundo que quiere la paz con todos, pero que los auténticos aliados son unos pocos, entre ellos Rusia. Y la confluencia de las actuales circunstancias internacionales, emponzoñadas por la avidez de Trump, da más valor a la estrategia pacífica china. Sobre todo si en la balanza se confrontan la guerra comercial con la que amenaza siempre la Casa Blanca y, por ejemplo, la cooperación energética con Moscú. 

En rueda de prensa, Xi insistió en que China quiere erigirse como una "fuerza de estabilidad global". Si se lo permiten las circunstancias, porque en la cumbre con Trump, el presidente chino ya advirtió al estadounidense sobre la tentación omnipresente de EEUU de traspasar la línea roja del apoyo a Taiwán y defender su independencia. La ominosa disputa en torno a esa isla cuya soberanía reclama China fue la mayor espina que marcó la visita del líder republicano a Pekín. Poco después de terminar el viaje, la prensa más conservadora de EEUU empezó a acusar a China de preparar un ataque contra Taiwán en los próximos años.

Una veintena de acuerdos, con el petróleo ruso como "piedra angular"

Xi y Putin firmaron una declaración principal y una secundaria, además de veinte acuerdos y memorandos de entendimiento. En estos documentos, los presidentes chino y ruso reforzaron la cooperación energética de sus dos países, que ambos reconocieron como "la piedra angular" de la relación bilateral, y defendieron un mundo multipolar. 

Si en estos momentos, el intercambio bilateral ha superado durante tres años consecutivos los 200.000 millones de dólares, es de esperar que a fin de 2026 esa cifra se dispare, pues ya en los cuatro primeros meses de este año creció un 20%.

China obtenía de los países del Golfo Pérsico, especialmente de Irán, el 45% del petróleo que alimentaba su industria, el transporte y las infraestructuras civiles. El cierre del estrecho de Ormuz y el bloqueo estadounidense de los puertos iraníes levantó un aparente muro para los intereses chinos. Estos, sin embargo, supieron aprovechar la corriente de compras que desde hace cuatro años habían establecido con el petróleo y el gas rusos, a raíz de las sanciones occidentales tras la invasión de Ucrania y el fin de la venta de crudo de Rusia a Europa. Como este miércoles indicó Putin, Rusia es un proveedor "fiable y estable" para China, suceda lo que suceda en Oriente Medio.

Quedó en el aire, en esta visita, el cierre de un acuerdo definitivo sobre el plan de trasiego de gas ruso a China denominado Fuerza de Siberia-2, que contempla el despacho de 50.000 millones de metros cúbicos de ese hidrocarburo a través de Mongolia. Pekín es muy cauteloso al respecto y prefiere no correr mucho. Una cosa es una alianza energética de iguales con Rusia y otra pasar a depender totalmente del gas de este país. Hay otros lugares de suministro de gas natural, como Turkmenistán, y China prefiere diversificar. Pekín ha aprendido bien la lección de Irán y el Golfo Pérsico, y no quiere riesgo alguno en las fuentes de abastecimiento de hidrocarburos.

Condena expresa a EEUU e Israel por la guerra de Irán

Precisamente, en este encuentro entre Putin y Xi hubo críticas a la guerra desatada por el Pentágono e Israel contra Irán, que ha puesto patas arriba el tablero económico y geopolítico mundial, con Trump presionado por el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, y el lobby judío en EEUU en un caos del que el líder republicano se ve ahora incapaz de salir.

"Rusia y China subrayan la necesidad de un pronto retorno al diálogo y a las negociaciones de todas las partes implicadas en el conflicto para evitar una ampliación de la zona de conflicto", apuntó la declaración conjunta de Xi y Putin. Ambos compartieron "la opinión de que los ataques militares de EEUU e Israel contra Irán violan el derecho internacional y las normas fundamentales de las relaciones internacionales, y minan gravemente la estabilidad en Oriente Medio".

Si durante la visita de Trump a Pekín la semana pasada Xi evitó cargar las tintas sobre la agresión a Irán, con Putin al lado sí acentuó la ilegalidad de la agresión al país persa, cuyo cese "es imperativo", así como "el asesinato de dirigentes de países soberanos, la desestabilización de la situación política interna, la instigación de un cambio de poder y el descarado secuestro de líderes nacionales para su enjuiciamiento", en referencia al secuestro de Nicolás Maduro.

Este ha sido uno de los ataques verbales más duros lanzados contra la estrategia filibustera de Trump en Oriente Medio, junto a su pretoriano Netanyahu, en realidad el mayor instigador de este crimen internacional, continuado con más saña por Israel en el Líbano con la experiencia del genocidio cometido en Gaza desde octubre de 2023.

Sobre esta franja palestina, Xi y Putin abogaron por la consecución de una "tregua sólida", con lo cual estaban diciendo que la actual "paz" preconizada falsamente por Trump solo es una farsa en la que continúan los asesinatos de gazatíes y el asedio con el hambre de ese territorio palestino. En este sentido, los dos líderes reclamaron "el acceso ininterrumpido de la ayuda humanitaria a todos los necesitados".

Sin insistir en la guerra de Ucrania

No hubo, sin embargo, en el encuentro entre Xi y Putin muchas alusiones a la otra gran crisis que sacude a la comunidad internacional. Ambos apoyaron una solución política para la guerra en Ucrania, pero sin mayores pretensiones y con la sospecha de que Pekín también ve en esta crisis demasiados intereses, no solo los del expansionismo ruso.


Un edificio destruido tras un ataque ruso en Donetsk (Ucrania).

Y al contrario que con el ataque a Irán, Pekín adolece de una definición precisa sobre el conflicto de Ucrania y no ha planteado una condena sin paliativos a la invasión rusa, lo que añade dudas a su voluntad real para ayudar a poner fin a esa guerra.

Una guerra que se encuentra estancada y que no parece que vaya a variar en los próximos meses, salvo que una ofensiva rusa desatascase en el verano el actual empantanamiento del frente. Hace tiempo que Rusia debería haber tomado las ciudades de Sloviansk y Kramatorsk, en la parte de la región de Donetsk que aún controlan los ucranianos (un 20%), para completar la conquista de todo el Donbás, ese territorio ucraniano que Moscú considera ruso.

Putin exige la entrega de todo el Donbás y parte de otras regiones invadidas para empezar a negociar con seriedad. Sin embargo, los éxitos militares rusos no acompañan en estos momentos a estas reclamaciones. Aunque la desventaja en tropas de Ucrania es evidente, Kiev ha sabido convertir la guerra en un tablero donde los drones son los protagonistas. El dinero europeo ha permitido a los ucranianos hacerse con miles de ellos dotados de una eficacia que iguala o supera incluso a los rusos, alcanzando diariamente refinerías, bases militares e infraestructuras muy en el interior de Rusia. Incluso Moscú está en el radio de acción de estos aparatos y de la inteligencia militar que los emplaza, procedente del propio Pentágono o de la tecnológica Palantir, aliada de Trump.

La cautela china sobre este conflicto en la visita de Putin debería, no obstante, remover en sus sillas a los dirigentes ucranianos. La renovación de la asociación estratégica y de amistad, y la apuesta por ese entente energético entre Moscú y Pekín sugieren que habrá muchos miles de millones de dólares más para apuntalar la operación militar rusa en Ucrania.

Y lo que parece claro es que termine cuando termine la guerra, con China a su lado Rusia no será el estado proscrito en el que los países europeos de la OTAN pretenden convertirla alegando que Moscú es el mayor peligro para Europa, incluso cuando las mayores y más concretas amenazas contra la Unión Europea han venido de Trump, con la guerra arancelaria, sus intentos de apoderarse de Groenlandia o las humillaciones constantes a las que somete a Bruselas y a muchos de los Veintisiete.


Una bandera de Groenlandia ondea en una calle de Nuuk, la capital de la isla.

La cumbre entre Xi y Putin ha remarcado que existe una voluntad de romper el actual statu quo de subordinación a EEUU, que China será uno de los pivotes del nuevo paradigma de seguridad mundial y que contará con Rusia para imponer con mecanismos económicos capaces de derribar los gobiernos más poderosos esa multipolaridad que no desean ni Washington ni sus lacayos europeos.


Fuente: Público

miércoles, 20 de mayo de 2026

No hay relato único para contar Cuba

 

 Por Mariana Camejo   
      Directora del medio La joven Cuba y de su podcast La Reunión.



La posibilidad de una operación militar de cualquier tipo por parte de EEUU parece más improbable unas semanas que otras, debido al bombardeo, deliberadamente desordenado y contradictorio, de información


Vista de La Habana durante un apagón en el marco de la crisis energética de febrero de 2026 – Los cortes ya alcanzan hasta 18 horas consecutivas de interrupción del servicio eléctrico.


     Es 1953 en el Cuyaguateje, Pinar del Río, la provincia en el extremo occidental de Cuba. Las noticias del Oriente llegaban a retazos y sin mucho interés para un niño que tenía mucho campo para correr. Los tiroteos importantes estaban en las revistas de westerns que vendían en estanquillos y Moncada era apenas el apellido de un personaje de aventuras en un programa radial. Tiempos en los que sentía que las noticias reales nada tenían que ver con él.

Ahora es 2026 en La Habana; las noticias no paran de llegar. La falta de petróleo ha hecho que las clases sean desde casa, con la conexión mala y enviando pdfs por Whatsapp. Tampoco es que haya energía para apretujarse en una guagua y llegar a la universidad a pararse frente a los estudiantes.

Para mi padre aquello de correr en el campo quedó hace mucho tiempo atrás. Ha ido disminuyendo esa energía durante 78 años. Aunque la energía, en sentido general, está bastante en falta. La familia que se quedó a vivir en Pinar lo sabe bien, por los largos apagones. Y Trump y Marco Rubio han hecho lo suyo por asegurar que haya muy poca luz para el verano húmedo que está llegando, para que no sea usable un ventilador frente a los mosquitos, y encima, para tener que cocinar con carbón. Hoy mi papá siente que todo tiene que ver con él porque ninguna noticia es buena. Las cosas no son, o no deberían volver a ser, como lo fueron cuando vivía en el Cuyaguateje.

El piso de su casa no era de tierra, pero el de varios vecinos sí. No pocos de sus amigos iban descalzos a la escuela, pisando piedras y sorteando el fango, a estudiar con los libros que pintaban a Fulgencio Batista como un héroe.

De ser hijo de una madre que trabajó de criada para poder mandarlo a La Habana, se fue a alfabetizar con 13 años, impulsado por Fidel Castro, a un pueblo pesquero donde dormía en la hamaca en la sala de alguien. Lo despertaban sobre las 6 am, luego de regresar de la pesca, con un trago de ron.

Mi padre se hizo profesor universitario de los que le dieron carro por asignación y años después tuvo que venderlo porque no había manera de que un salario de profesor costeara mantener un Lada de los tiempos de la URSS. Fue uno de los que llamaron para preguntarle su disposición para ir a Angola y después no los mandaron. Supuso que la idea era que la universidad no parara. Había un aire de esperanza en todo, a pesar de todo.

Lamentable que este sea el tipo de historia de vida sin importancia para muchos que siguen el tema Cuba. También lamentable que este sea el tipo de historia que otros niegan. Pero es una de muchas, de aquellos a los que el proceso revolucionario les cambió las perspectivas de futuro, porque eso es lo que hizo por mucha gente pobre. Fue una Revolución, también, de alientos.

La policrisis actual

Tantos años después, cuando esos jóvenes protagonistas de su época son ya mayores, la vida en Cuba es más angustiosa que en cualquier otro momento desde 1959. La isla está viviendo una policrisis de la que no parece que haya camino fácil ni rápido para salir. Aprovechando esa coyuntura, la presión del gobierno de Trump apuesta por apuntalar el hambre y profundizar, aún más, el deterioro.

Los hijos de esa generación no hemos conocido otra Cuba que no sea la que está en problemas, en Periodo Especial, la que apela siempre al futuro para decir “Venceremos”. Por muchos errores que se le puedan señalar al gobierno cubano, el rol de Estados Unidos ha incidido en la garantía de apagones que a veces llegan a las 48 horas; el país no tiene combustible ni para encender los hogares, ni para el transporte público, ni para garantizar la recogida de basura. Tampoco hay dinero para medicamentos, ni para el sector de salud pública en general. Si bien debió priorizarse desde hace años una estrategia para intentar revitalizar el sector, hoy no parece haber una salida inmediata sin que Cuba pueda disponer de grandes montos de divisas. De eso depende todo.

Desde el 3 de enero del presente año Cuba es leitmotiv en las comunicaciones públicas de Estados Unidos. Eso ha incluido filtraciones y noticias que dan cuenta de lo que aquí llamamos “un p’alante y p’atrás” de la administración Trump en cuanto a qué piensa hacer con respecto a la isla. La posibilidad de una operación militar de cualquier tipo, parece más improbable unas semanas que otras, debido al bombardeo —deliberadamente desordenado y contradictorio— de información.

El hecho de que el director de la CIA haya venido a la isla suscitó especulaciones de todo color. En este caso, por primera vez fue el gobierno cubano quien comunicó inmediatamente algo sobre el encuentro.


Cuba y EE.UU. tienen interés en desarrollar la cooperación bilateral entre los órganos de aplicación y cumplimiento de la ley, en función de la seguridad de ambas naciones, regional e internacional.

Aunque no se sabe con mayor detalle qué se conversó allí, la nota estaba centrada en dos asuntos fundamentales: uno, que Cuba no es una amenaza para la seguridad nacional de Estados Unidos (algo obvio), y dos, que nada tiene que ver con organizaciones terroristas, ni merece figurar en la lista de países que, supuestamente, patrocinan el terrorismo.

En el podcast La Reunión, en conversación con Fernando Ravsberg, que fue corresponsal de la BBC en Cuba durante unos 20 años, éste afirmó que considera esta visita como una forma de dar un paso atrás en la calificación de que Cuba es una amenaza. Pudiera ser una acción para aproximarse de otra forma, una opinión que no parece descabellada si se tiene en cuenta que ese mismo día, CBS News dio la noticia de que se estaba fabricando un caso contra Raúl Castro.

Fue precisamente la estrategia que utilizó la administración Trump para tener una excusa y avalar que los Delta Force entraran ilegalmente a Venezuela.

Cuesta creer que se vayan a atrever a intentar llegar a Cuba para sacar a un hombre que rebasa los 90 años. El sitio del U.S.-Cuba Trade and Economic Council, que ha caracterizado la estrategia de Estados Unidos hacia Cuba como de “incrementalismo” (ejercer presión mediante acciones y comunicación, sin llegar a la confrontación militar), evalúa que no habrá secuestro, pero sí lo usarán como palanca de negociación. Y lo cierto es que sería una táctica que ya hemos visto en Trump, forzar la mesa desde una posición de leverage, donde sería presumiblemente más fácil lograr concesiones.

Sin embargo, sigue siendo una constante la tentativa de generar un casus belli que pueda servir de justificación para agredir. Por eso en estos días el medio estadounidense Axios, que se ha mantenido publicando filtraciones de información, reportó que la Isla habría adquirido más de 300 drones militares de Rusia e Irán para atacar la Base Naval de Guantánamo, embarcaciones militares estadounidenses y posiblemente Key West, en Florida.


Estados Unidos analiza la amenaza de drones de ataque procedentes de Cuba.

Lo presenta como un intento de Cuba de armarse para atacar, un enfoque muy conveniente para los seguidores de Marco Rubio.

Lo cierto es que es previsible que ante un contexto de hostilidad tan agudizada, todas las acciones de preparación se hayan puesto en marcha. Recientemente, en un texto publicado en Político, titulado “Sí, Trump podría realmente atacar a Cuba”, se afirma que el ambiente en la administración estadounidense ha cambiado.


Estados Unidos analiza la amenaza de drones de ataque procedentes de Cuba.

Pensaron que el gobierno era más débil y el país ha resistido, así que la opción militar se estaría tomando más en serio que antes.

En las calles cubanas la percepción es variopinta. También porque la crisis obliga a centrarse en lo más básico: comer, tener agua, que los niños duerman, que puedan ir a la escuela, transportarse. Lo mismo alguien en un triciclo empieza a hablar repentinamente de Trump, que una vecina te dice que prefiere no pensar en eso, por salud mental.

El doctor Carlos Alzugaray, diplomático cubano entrevistado para este texto, considera que estamos en uno de los momentos de mayor peligro, “en primer lugar, porque esta es una administración que le hace la guerra a cualquier país que encuentra débil o vulnerable. Y segundo, porque es una administración incoherente. Es decir, el presidente Trump no lo piensa mucho y puede cometer un acto totalmente aventurado”. No obstante, señala como elementos disuasorios que Cuba tiene una doctrina militar desde los años 80, que es la llamada doctrina militar de la guerra de todo el pueblo, algo que conocen bien los militares norteamericanos (estrategia de resistencia guerrillera orientada al desgaste prolongado frente a una eventual ocupación); la cercanía con territorio norteamericano (y por eso el revuelo con los drones), o qué hacer con la Base Naval de Guantánamo.

Pero la presión continúa. La Orden Ejecutiva firmada por Trump el primero de mayo, autoriza sanciones contra cualquier persona extranjera —empresa, individuo o entidad— que opere en los sectores de energía, defensa y material conexo, metales y minería, servicios financieros o seguridad de la economía cubana, o en cualquier otro sector de la economía cubana. Además, habilita sanciones secundarias a las instituciones financieras extranjeras que faciliten transacciones significativas con las entidades bloqueadas bajo esta orden.

La medida provocó así la suspensión de operaciones de la canadiense Sherritt International, la mayor inversión extranjera individual en Cuba durante tres décadas, responsable del 70-75% de la producción cubana de níquel y con un tercio de participación en Energas, la empresa mixta de generación eléctrica.

A ello se suma el anuncio este 17 de mayo de que dos grandes empresas navieras —la francesa CMA CGM y la alemana Hapag-Lloyd— suspendieron todas sus reservas hacia y desde Cuba hasta nuevo aviso, citando los riesgos de cumplimiento que impone dicha Orden Ejecutiva. La decisión podría comprometer hasta el 60% del tráfico marítimo cubano por volumen. El mayor impacto recaería sobre las mercancías provenientes de China, el norte de Europa y el Mediterráneo. Eso significa que si ya entraban pocos bienes a Cuba, el escenario está servido para que entren muchos menos. Es la apuesta por el hambre.

Alzugaray explica que de eso se trata el overcompliance, el “yo no estoy haciendo nada malo pero, por si acaso, no voy a hacer negocio ahí porque yo no sé lo que puede pasar: es el aspecto invisible de las sanciones que muchas veces no se tiene en cuenta. No es la cuestión formal de las sanciones; es el impacto que tienen desde el punto de vista de crear terror”.

Frente a eso, los cubanos dentro de la isla buscan permanentemente formas de seguir viviendo, con todas las dificultades que ello implica, y también formas de tener alegrías y momentos de alivio. Y aunque es visible la desigualdad entre quienes tienen que esperar horas por un transporte y quienes pueden importar un carro del año, o entre quienes pueden permanecer encendidos y quienes no, lo cierto es que en Cuba aún está pendiente para la gente una vida mejor, un país mejor, y una perspectiva mejor de futuro, y eso impacta en cómo las personas interpretan su presente; la política tiene mucho que ver con lo personal.

Mi padre es de los que advierte que no deberíamos aceptar un retroceso. Él vio a un campesino arrodillarse ante un terrateniente para pedirle dinero y llevar a su hija enferma de leucemia al hospital de Pinar a ver a un doctor. Y también vio al hombre echarlo de allí diciéndole que no era problema suyo, como no era problema de nadie que no hubiera médicos cerca. La Revolución cambió eso, sí, pero sería injusto desconocer que hoy aunque todavía queden médicos, no existe forma de tratarse si no es buscando en el mercado informal, y con dólares, los medicamentos. Un ciclo de quimio en Cuba puede costar 80 dólares, cuando el salario medio es de unos 20. Por eso cuando se habla de resistencia, entre otras cosas, suena a inflación, a noches calurosas a oscuras, a dificultad y a horizonte desdibujado.

No puede contarse a Cuba desde un relato único. A no ser que este comprenda lo complejo de la realidad del país actual, y la multiplicidad de situaciones, historias de vida, y sentires que tienen su reflejo en lo político.


Fuente: El Salto