Periodista.
En
el sur del Líbano, el llamado “alto el fuego” esta sirviendo más
para prolongar la guerra que para detenerla. A ambos lados de la mal
llamada zona de seguridad, el ejército israelí sigue sembrando
destrucción. Crónica de una tregua mortífera.
Un grupo de mujeres durante un funeral en el pueblo de Qlaieh, en el sur del Líbano.
“Después
de todo lo vivido, hemos desarrollado, desgraciadamente, un verdadero
saber hacer en el arte de la reconstrucción”, ironiza Haidar. El
joven, de 33 años y vecino de una localidad cercana, ha acudido
junto a unos amigos a observar las obras de rehabilitación del
puente de Qasmiyeh, sobre el río Litani y uno de los principales
puntos de conexión entre el sur del país y el
resto del Líbano.
Frente a él, las excavadoras no dejan de moverse, intentando
rellenar un gigantesco cráter.
“Es
un castigo”, afirma con amargura. Como prueba señala el momento
del bombardeo: apenas unas horas antes de la entrada en vigor del
alto el fuego, el pasado 17 de abril. Resulta difícil llevarle la
contraria. Para los habitantes del sur, obligados a un nuevo exilio
desde la reactivación de la guerra israelí en el Líbano, esta
destrucción adicional no ha hecho más que complicar todavía más
el regreso a sus tierras.
En el cementerio improvisado del pueblo de Toul están enterradas las personas que no pueden ser sepultadas en sus localidades de origen.
Desde
entonces, por una carretera ya parcialmente reabierta, se cruzan
vehículos constantemente: los de los desplazados que intentan
regresar a sus pueblos del sur –a menudo únicamente para recuperar
algunas pertenencias– pese a las restricciones impuestas por el
ejército israelí y las recomendaciones de Hizbulá; y los de
quienes emprenden el camino de vuelta. Es el caso de Fátima y su
familia, que regresan hacia Beirut tras una estancia fugaz. “Nuestra
casa es inhabitable y, en el contexto actual, no podemos permitirnos
iniciar obras. La situación es demasiado inestable”, explica desde
la ventanilla de un minibús abarrotado.
Para
los libaneses del sur, la expresión “alto el fuego” sabe a
insulto. Mientras Israel sigue ocupando alrededor de 500 kilómetros
cuadrados situados entre la línea de demarcación trazada en 2000 y
una ‘línea amarilla’ dibujada
unilateralmente unos diez kilómetros más al norte, los bombardeos y
las órdenes de evacuación se multiplican peligrosamente.
Las
cifras hablan por sí solas: cuando entró en vigor el alto el fuego,
habían muerto 2.167 personas en el Líbano. El balance actualizado
al 8 de mayo asciende ya a 2.759 muertos. Unos números macabros que
no hacen sino confirmar una realidad persistente: la guerra israelí
no ha terminado, ahora se concentra exclusivamente en el sur del
país.
La
‘línea amarilla’
En
el paseo marítimo de la ciudad portuaria de Tiro, decenas de
personas escrutan la costa libanesa, visible a simple vista hasta
Naqoura, la localidad fronteriza con Israel.
Una
mujer señala a lo lejos unas rocas blancas: son los acantilados de
al-Bayada, situados a apenas ocho kilómetros y convertidos ahora en
posiciones avanzadas de las tropas israelíes desplegadas en el sur
del país. Aunque los soldados no son visibles, los habitantes de
Tiro sienten que viven bajo una vigilancia permanente. “Los
israelíes siempre han querido quedarse con Naqoura; desde esa punta
se domina toda la costa. Antes estábamos bajo la vigilancia
constante de los drones; ahora sabemos que nos observan directamente
desde allí”, lamenta una joven cuyo apartamento da a los
territorios recientemente ocupados.
Panorama del sur del Líbano visto desde Majdal Zoun.
En
las calles adyacentes, y pese a los graves daños causados por el
ejército israelí, numerosos desplazados procedentes de las aldeas
situadas junto a la Línea Azul –la trazada por la ONU en 2000
entre el Líbano e Israel– han encontrado refugio. Sus tierras
quedaron destruidas por los bombardeos o absorbidas por las zonas hoy
ocupadas por el ejército israelí.
La
carretera costera que serpentea desde Tiro hacia el sur está casi
desierta: apenas unos pocos vehículos avanzan a través de un
paisaje devastado, saturado de retratos de combatientes de Hizbulá
muertos en el frente.
A
lo lejos, aparece un puesto de control custodiado por unos pocos
soldados libaneses. Imposible seguir avanzando. Las tropas israelíes
están a apenas un kilómetro. Aquí comienza la ‘línea
amarilla’,
una delimitación impuesta por Israel y presentada como un “cinturón
de seguridad”. Dentro de ella hay zonas ocupadas directamente por
el ejército israelí, así como pueblos que todavía no lo están –o
al menos no oficialmente– pero cuyo acceso permanece totalmente
bloqueado.
A
lo lejos se distingue la localidad de al-Mansouri. En sus calles
polvorientas, un puñado de habitantes llora a sus muertos,
asesinados poco después del anuncio del alto el fuego. “Volvimos
al día siguiente para inspeccionar nuestras casas y el ejército
israelí nos rodeó. Disparaban desde el aire y también desde sus
posiciones terrestres. Tres de los nuestros murieron como mártires y
ni las fuerzas de seguridad ni la Cruz Roja obtuvieron permiso para
entrar en el pueblo. Nos quedamos solos durante cuatro días”,
relata uno de ellos.
Familiares de combatientes de Hizbulá lloran a los suyos durante un funeral.
Desde
entonces, la situación no ha hecho más que empeorar. “Intentamos
entender qué está ocurriendo. Los israelíes tienen posiciones muy
cerca, en la colina que domina el pueblo. Pueden verlo todo y sabemos
que no tardarán en avanzar”, observa Moussa Zen, un vecino de 65
años.
Como
muchos otros, quiere quedarse. Pero ese deseo choca tanto con la
magnitud de la destrucción y la ausencia de agua y electricidad como
con los bombardeos constantes. “Nuestra vida, igual que la de
nuestros padres y abuelos, ha estado marcada por guerras e
invasiones. Durante mucho tiempo nadie prestó atención a eso. Hoy
el mundo entero entiende que Hizbulá no es más que un pretexto
dentro de sus proyectos de expansión territorial”, asegura
Mohammad. Su padre murió durante el asedio que siguió a la entrada
en vigor de la tregua. Todavía no ha podido ser enterrado.
A
pocos kilómetros al sureste de al-Mansouri, los habitantes de Majdal
Zoun viven una situación prácticamente idéntica. En el flanco sur
del pueblo se distingue Shama, a unos dos kilómetros. Las banderas
israelíes ondean sobre el fuerte que alberga el santuario de Shamoun
es-Safa, tumba del profeta homónimo.
De
repente se escuchan detonaciones. Poco después, columnas de humo
negro se elevan desde la vecina Tayr Harfa. “Están dinamitando las
casas. Después de bombardear los pueblos, se empeñan en arrasarlo
todo, como en Gaza”, afirma Ali, de 39 años.
El alcalde del pueblo de Insar, en su vivienda completamente destrozada.
Resulta
difícil verlo como una simple exageración partidista. Porque,
aunque resulta difícil saber qué ocurre exactamente dentro de esa
‘línea amarilla’, las imágenes satelitales y los vídeos
difundidos por el propio ejército israelí son inequívocos: además
de vaciar progresivamente la franja fronteriza –donde viven unas
150.000 personas–, Israel parece decidido a convertir esas tierras
en inhabitables. Lo hace mediante un urbicidio plenamente asumido y
devastando tierras agrícolas, en ocasiones aparentemente con fósforo
blanco. Una auténtica política de tierra quemada que no perdona
nada ni a nadie: en Yaroun, incluso el convento de las hermanas
salvatorianas ha sido pulverizado.
Todo
el sur sigue bajo fuego
A
varias decenas de kilómetros más al norte, junto al río Litani, el
pueblo de Insar apenas logra recomponerse. Aunque oficialmente se
encuentra fuera de la zona de evacuación decretada por Israel al
comienzo de la guerra, ha sido bombardeado sin descanso.
Los
habitantes ven en ello una voluntad deliberada de castigarles por las
heridas del pasado. A la entrada del pueblo, un tanque perteneciente
al antiguo Ejército del Sur del Líbano –milicia aliada de Israel
disuelta en 2000– permanece como vestigio de otra época.
El cementerio del pueblo de Jebchit, gravemente dañado por los bombardeos israelíes.
Frente
a su casa destrozada, una mujer de unos cuarenta años apenas logra
contener la desesperación. “Regresamos hace dos días. La casa no
está totalmente destruida, pero en el contexto actual no vamos a
correr el riesgo de reconstruir inmediatamente”, explica. Y añade:
“Aunque seamos civiles, sabemos que nuestras vidas dependen de su
voluntad y que tienen derecho de vida o muerte sobre nosotros”.
Mohammad
el-Halaf dirige un equipo de primeros auxilios que, pese a los
riesgos, permaneció sobre el terreno durante toda la guerra. “Por
ahora solo despejamos carreteras y ayudamos a los habitantes. No
podemos iniciar ningún verdadero proceso de reconstrucción “,
afirma.
Las
muestras de apoyo hacia el pequeño grupo son constantes, más aún
cuando el Estado libanés sigue siendo prácticamente invisible. En
el cielo, los drones continúan zumbando, amenazantes. “Seguimos
conservando la esperanza. Durante todas estas pruebas, pasadas y
presentes, el Líbano no habría sobrevivido sin ella. Es nuestro
cemento”, añade Mohammad, tan resignado como combativo.
En
este pueblo, como en buena parte del sur del país, los reproches
contra Hizbulá por la apertura del frente en marzo parecen haberse
disipado. El Partido de Dios aparece ahora como el último dique de
contención. “¿Qué hace nuestra República por nosotros? ¿Qué
hace el mundo por nosotros? Son nuestros jóvenes quienes derraman su
sangre por este país, nadie más”, clama una mujer de 40 años.
Un grupo de jóvenes frente al puente destrozado de Qasmiyeh, que atraviesa el río Litani y conecta el sur del Líbano con el resto del país.
A
pocos kilómetros, el pueblo de Jebchit también ha pagado un precio
altísimo. Resulta difícil encontrar una sola vivienda intacta.
Khadija Ali Darab, de 63 años, permanece de pie detrás del
mostrador de una pequeña tienda polvorienta y desvencijada. Su
comercio, perdido en medio de un océano de destrucción, ha quedado
relativamente intacto. Permaneció en el pueblo durante cuarenta días
y solo se marchó en los últimos seis, cuando las instalaciones
eléctricas quedaron destruidas. Vivió bombardeos que cayeron a
apenas un centenar de metros de ella sin resultar herida. Se
considera una superviviente.
“Es
mi manera de resistir. No escuchaba los aviones, escuchaba las
explosiones y las sacudidas. Todos los días había temblores,
muertos. No tengo condiciones para combatir, pero tenía que quedarme
por los jóvenes del pueblo que sí lo hacen”. También ella carga
contra el Estado: “El gobierno ni siquiera nos mira. No tiene
ningún respeto ni consideración hacia nosotros. No apoyamos a la
Resistencia ciegamente, sino porque sin ellos nuestro pueblo ya no
existiría, y nosotros tampoco. No podemos aceptar que nuestro
gobierno dialogue con los israelíes que nos matan ni con los
estadounidenses que les entregan las armas para hacerlo. Eso
escríbalo bien claro. No podemos aceptarlo”.
En
los últimos días, el pueblo ha recibido nuevas órdenes de
evacuación seguidas de nuevos bombardeos. Incluso a decenas de
kilómetros de la ‘línea amarilla’,
la vida parece imposible.
En
el pueblo vecino de Toul, Ahmad, de 34 años, se recoge ante una
tumba improvisada, en medio de un cementerio levantado a toda prisa.
Aquí entierran a las víctimas de los bombardeos aéreos que no
pueden ser sepultadas en sus localidades de origen, ya sea porque
están ocupadas por Israel o porque continúan siendo atacadas
constantemente.
Un grupo de mujeres en su pueblo, en el sur del Líbano.
“Mi
cuñado murió y no tuvimos otra opción que enterrarlo aquí, de
acuerdo con el municipio. Es triste y desgarrador, pero su pueblo
está ocupado, así que dejamos su cuerpo aquí para que no acabara
devorado por los animales.”
De
repente llega lentamente una caravana de vehículos. Decenas de
hombres y mujeres descienden y se agrupan alrededor de una
ambulancia. Los gritos y los llantos se superponen en una coreografía
macabra, mientras varios hombres transportan el cuerpo de un joven
socorrista, muerto en un ataque israelí unos días antes.
Se
suma así a la larga lista de rescatistas asesinados desde el inicio
de la guerra, muchas veces mientras intervenían tras bombardeos. El
15 de abril, en la localidad de Mayfadoun, el ejército israelí
cruzó todos los límites: tras atacar una ambulancia que acudía al
lugar de un bombardeo, atacó una segunda ambulancia que había
acudido a socorrer a la primera. Y después, a una tercera enviada
para auxiliar a los ocupantes de las dos anteriores.
Y,
como en Gaza, el hecho de que estos ataques deliberados y repetidos
puedan constituir crímenes de guerra –como ocurre también con los
periodistas tomados como objetivo– ya no parece frenar a unos
dirigentes israelíes embriagados por la impunidad.
División
Frente
a estas agresiones, Hizbulá –a diferencia del anterior alto el
fuego, durante el cual el Partido de Dios no respondió a las más de
10.000 violaciones israelíes registradas entre noviembre de 2024 y
marzo de 2026– ha multiplicado las operaciones contra las tropas
israelíes presentes en el sur del país.
Acciones
llevadas a cabo especialmente con drones kamikaze –y difundidas en
vídeo– que ponen en serias dificultades a las tropas sobre el
terreno y colocan a Benjamin Netanyahu ante una guerra de desgaste
que reabre heridas nunca cicatrizadas: toda una generación de
soldados israelíes quedó profundamente marcada por lo que entonces
fue considerado “el pantano” de 2006.
Sin
embargo, lejos de encarnar el papel de héroe providencial, Hizbulá
sigue estando en el centro de una crisis nerviosa nacional. Mientras
una parte del país considera al Partido de Dios como el único dique
frente a las ambiciones expansionistas israelíes, otra lo
responsabiliza directamente de la ocupación de alrededor del 6 % del
territorio libanés.
El 15 de marzo, Ali Al-Chami, socorrista, frente a las ruinas del centro médico de Burj Qalaouiye, donde doce de sus compañeros acababan de perder la vida. Él mismo moriría pocos días después en un ataque israelí.
Como
reflejo de una fractura mucho más profunda, dos narrativas chocan
frontalmente incluso en el plano jurídico: mientras el Estado
libanés ha declarado “fuera de la ley” al brazo armado de
Hizbulá, la formación chií considera “ilegales”–en nombre de
la Constitución libanesa– las conversaciones directas iniciadas en
las últimas semanas con Israel.
Porque,
por primera vez desde 1983, el Estado libanés ha emprendido
conversaciones directas con Tel Aviv. Un giro impulsado por el
gobierno libanés y facilitado por Donald Trump y su enviado especial
Steve Witkoff.
“Se
puede decir, sin traicionar a la historia, que es algo inédito”,
explica un antiguo diplomático libanés de alto rango. “Ha habido
distintos ciclos de actividad diplomática, más o menos intensos,
incluidas numerosas negociaciones indirectas, como ocurrió entre
2020 y 2022 sobre las fronteras marítimas. Pero, en la práctica,
hacía más de cuarenta años que no nos sentábamos en la misma mesa
que Israel. Conviene recordar que, en aquella época, se firmó un
acuerdo basado en “retirada israelí a cambio de reconocimiento
libanés”, antes de que el régimen sirio lo hiciera saltar por los
aires.”
Como
si la historia estuviera condenada a repetirse, el espectro de una
reactivación de las tensiones internas sigue muy presente. Del lado
de Hizbulá, las amenazas son explícitas. El 16 de marzo, en una
entrevista con la cadena Al-Jadeed, Mahmoud Comati, vicepresidente
del Consejo Político del partido, declaró que su formación era
“capaz de poner el país patas arriba y derribar al gobierno”,
asegurando que su “paciencia tiene límites”.
“El
gobierno ya no es capaz de gobernar el país y sus acciones solo
sirven al enemigo israelí. La confrontación es inevitable y los
traidores pagarán por su traición”, afirmó.
El pueblo libanés de Shama, ocupado por Israel, visto desde Majdal Zoun.
Un
discurso beligerante que reabre heridas profundas en la sociedad
libanesa, especialmente las del 7 de mayo de 2008, cuando el Partido
de Dios desencadenó una demostración de fuerza en Beirut para
reafirmar un poder que consideraba amenazado.
Aun
así, el espectro de una confrontación interna parece, de momento,
pertenecer más al terreno de la ficción que al de la realidad, muy
a pesar de Benjamin Netanyahu. Según la fuente diplomática citada
anteriormente, el dirigente israelí habría exigido la destitución
del jefe del ejército libanés, Rodolphe Haykal, después de que
este rechazara participar en un desarme forzoso de Hizbulá. Sin
éxito.
Porque,
más allá de su retórica triunfalista, el primer ministro israelí
no ha logrado transformar su superioridad militar ni en victoria ni
en una perspectiva política. Lo que se perfila en el horizonte
parece más bien la posibilidad de una guerra interminable antes que
la de una normalización, suponiendo siquiera que Netanyahu persiga
realmente ese objetivo.
A
ello se suma el desgaste de la guerra que Israel libra junto a
Estados Unidos contra Irán, que plantea múltiples interrogantes
sobre las posibles salidas de la crisis. Y también aquí emerge una
posibilidad paradójica: que tanto el régimen iraní como Hizbulá,
lejos de salir aniquilados, acaben fortaleciéndose todavía más
tras este periodo.
Un socorrista frente a un cráter, en el sur del Líbano.
Un
habitante de un pueblo cristiano del sur concluye: “Nuestro único
refugio y nuestra única salvación solo pueden venir del Estado
libanés. Está intentando avanzar para recuperar el control, pero la
estrategia mortífera de Israel le corta constantemente la hierba
bajo los pies. ¿Son conscientes de ello? No lo sé. Pero, al arrasar
el sur del Líbano, lo único que consiguen es reforzar la
legitimidad de Hizbulá, y eso es catastrófico.”
Fuente:
El
Salto