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miércoles, 29 de enero de 2025

La lucha por el derecho a la vivienda y contra los desahucios

 

 De Sistema 161  
      Espacio dedicado a música, antifascismo, investigación y lucha.


     Durante la crisis de 2008 y el auge del 15M, los desahucios y el derecho a la vivienda se convirtieron en temas centrales del debate público. En aquel entonces, los bancos eran señalados como los principales culpables, mientras que la ciudadanía, especialmente la clase trabajadora, era percibida como la principal víctima. Esta narrativa conectaba con un aspecto fundamental de la naturaleza humana: tendemos a solidarizarnos con los más vulnerables y a rechazar el abuso de poder.

El caso de los bancos lo ejemplifica claramente. Su inmenso poder económico les otorga también influencia política, lo que los posiciona en un lugar privilegiado frente a una ciudadanía que, en su mayoría, lidia con dificultades económicas y lucha por llegar a fin de mes.

Un cambio en las formas de comunicación

Hoy en día, con la masificación de las redes sociales y la aparición de nuevas formas de comunicación política, el enfoque del debate ha cambiado radicalmente. Las dinámicas actuales permiten moldear narrativas de manera más rápida y efectiva, lo que influye directamente en cómo se perciben problemas como los desahucios y quiénes son presentados como los responsables.


Cómo se construye una campaña de señalamiento


El bombardeo constante

Una estrategia común en la actualidad es el bombardeo constante de noticias rápidas que apelan a las emociones. Estas tienen una vida útil muy corta, pero para cuando pierden relevancia, ya hay otra lista para ocupar su lugar.

Cada noticia caduca rápidamente: en poco tiempo aparece una nueva, y días después, otra más. Por eso los bulos resultan tan efectivos. Incluso si se desmiente uno, pronto surge otra noticia igual de alarmante o indignante que capta la atención y desvía el foco.

La forma de difusión

Lo relevante para mejorar el alcance no es tanto la noticia en sí, sino los métodos empleados para difundirla, que suelen ser siempre los mismos.

El lector debe captar el mensaje en cuestión de segundos; la información debe caber en un tuit. Los detalles o análisis profundos del caso son innecesarios. Que vaya acompañado de videos generalmente cortos ayuda en gran medida a ampliar el alcance.

La clave está en transmitir de forma breve y directa, sin rodeos ni extensiones innecesarias.

Generar emociones

Esta noticia breve y directa está diseñada para provocar emociones, ya que nuestra parte emocional actúa mucho más rápido que la racional.

El objetivo suele ser generar indignación y rabia. Por ejemplo, cualquiera sentiría enfado si alguien roba a una abuelita, y compartiríamos esta emoción con otros sin pensarlo dos veces.

Sentimientos como el odio, la rabia y la indignación son tan intensos que suelen dominar nuestra mente, eclipsando cualquier otra emoción. Cuando estamos enfadados, ese estado nos impide reflexionar o intentar comprender la perspectiva de los demás. Por eso, a menudo es útil tomarse un tiempo antes de reaccionar, dejando espacio para el razonamiento. Lo que lleva a los usuarios a comentar o difundir estas noticias de forma constante.

Sin embargo, si somos bombardeados continuamente con noticias diseñadas para indignarnos, terminamos compartiendo esa emoción sin analizar si la información está sesgada o manipulada.




Siempre hay un culpable y un nosotros


Siempre observaremos que se genera una dicotomía entre un nosotros y un ellos. En este marco, solo hay dos opciones: no estar con nosotros implica automáticamente ser parte de ellos, quienes son presentados como el enemigo.

Los relatos se construyen asignando toda la culpa de lo negativo a ellos, quienes, por alguna razón, son percibidos como una amenaza para nosotros. No hay espacio para analizar los detalles; ellos actúan desde la maldad, mientras que nosotros representamos el bien.

Este bombardeo constante de noticias sigue siempre el mismo patrón: uno de ellos comete algo malo contra uno de nosotros. Por lo general, estas noticias giran en torno a un crimen que cualquiera condenaría, pero se utiliza para responsabilizar a un colectivo entero. Por ejemplo, si un inmigrante comete un delito, el discurso señalará a todos los inmigrantes como culpables, retratándolos como un grupo homogéneo y peligrosamente distinto a nosotros. Se argumentará que su acción refleja su cultura, su naturaleza, o incluso su raza, mientras que los sectores más extremistas amplifican estas generalizaciones.

En cambio, si el mismo acto es cometido por alguien de origen europeo (uno de nosotros), el relato cambia. Esa persona será etiquetada como un caso aislado: un loco, un psicópata, o alguien influenciado por factores externos como los videojuegos. La narrativa protege al nosotros colectivo, ya que nosotros, al ser los buenos, no podemos ser responsables. Se trata de una «manzana podrida» entrenos nuestros, no de un problema inherente a nuestro grupo. Sin embargo, cuando es uno de ellos, la responsabilidad se extiende a todo su colectivo, perpetuando la división y el discurso de odio.

La falacia del hombre de paja

El discurso político se construye con frecuencia estableciendo un nosotros enfrentado a un ellos. En este proceso, no se aborda al supuesto enemigo en toda su complejidad y matices, sino que se selecciona el caso más extremo, se exagera y se presenta como representativo de la todo.

Por ejemplo, al criticar el feminismo, rara vez se analiza el movimiento político en toda su riqueza y diversidad, con sus diferentes corrientes, que muchas veces incluso están enfrentadas entre sí. En lugar de ello, se recurre a un estereotipo simplista: una mujer con el pelo teñido, visiblemente enfadada, gritando, y que no sigue los cánones de belleza convencionales. Este estereotipo se presenta como una caricatura de cómo son todas las feministas.

Más allá de cuestionar y debatir los argumentos del feminismo con razonamientos sólidos, la estrategia predominante es ridiculizarlo mediante parodias, memes y clichés. Esto no solo desvirtúa el debate, sino que busca invalidar el movimiento a través de una representación distorsionada y ridícula, en lugar de enfrentar sus ideas con análisis crítico.

Los sesgos como principal motor

A todo lo que hemos analizado, debemos sumar un factor crucial: los sesgos.

Cuando ya tenemos una idea previa sobre un tema, tendemos a aceptar como verdadero únicamente aquello que refuerza nuestra posición, mientras que desechamos como propaganda o mentira cualquier información que la contradiga. Este sesgo de confirmación es una tendencia que tiene el ser humano; nuestro cerebro, por naturaleza, evita procesar información que implique reconocer que estamos equivocados.

Ante esta situación, solemos reaccionar de dos formas. Por un lado, podemos dejarnos llevar por las emociones: enfadarnos, atacar automáticamente a quienes nos contradicen, ya sea ridiculizándolos, insultándolos, o buscando el más mínimo error para desacreditar por completo su postura. Por otro lado, está la opción más compleja: detenernos a analizar la información, identificar los posibles errores en nuestras propias ideas y evaluar críticamente aquello que cuestiona nuestras creencias.




Sin embargo, el problema radica en que muchas personas optan únicamente por creer en aquello que les da la razón. Todo lo que no confirma su punto de vista es descartado de inmediato como falso o manipulado. Esto suele ir acompañado con un gran ego, siendo incapaces de reconocer errores o no saber sobre algo. Todos hemos visto personas que dan lecciones sobre cualquier tema, aunque sean unos auténticos ignorantes. Irónicamente, al ser ignorante sobre algún tema es cuando más confianza tienes, ya que no eres consciente de todo lo que no sabes.

Este comportamiento es incentivado por los portavoces de la nueva derecha, quienes han perfeccionado la narrativa de que cualquier opinión o información que contradiga su discurso es automáticamente etiquetada como propaganda, adoctrinamiento o «ideología woke». Esto no solo refuerza los sesgos existentes, sino que también dificulta cualquier debate abierto y constructivo.

Provocando que sus seguidores solo se informen mediante fuentes que vienen a confirmar su punto, no haya un proceso de ver distintos puntos de vista. Casualmente, estas únicas fuentes confiables son ellos mismos, el Alvise o Vito Quiles de turno.

Siempre al borde de la catástrofe

Todos estos discursos comparten un patrón: presentan la situación actual como catastrófica, con el colapso, el final, el gran despertar o un punto de inflexión inminente. La narrativa insiste en que la realidad actual es insostenible.

Se crea un ecosistema donde las personas solo se informan a través de canales que refuerzan sus opiniones previas. Estas vías se alimentan de un discurso diseñado para despertar emociones intensas, respaldado por un bombardeo constante de contenidos similares. Cada día, al revisar Telegram o cualquier otra plataforma, te encuentras con una nueva noticia que «confirma» que el colapso está a la vuelta de la esquina o que demuestra lo mal que está la situación.

El efecto es que la acumulación de rabia y odio hacia ellos —quienes representan la causa de todos los males según este relato— te consume por completo. Este ellos está supuestamente respaldado por un poder aliado, enfrentándose a nosotros, quienes nos encontramos en una posición de inferioridad.

El resultado final es un gran sector de la población completamente dispuesto a canalizar su indignación y frustración contra ese enemigo imaginario, perpetuando el ciclo de polarización y confrontación. Y que rechazan cualquier información que les contradiga.

Discurso contra la ocupación

El discurso construido contra la okupación se ha desarrollado con una estratégia clara. Durante mucho tiempo, los medios de comunicación han seleccionado cuidadosamente y bien medido los casos más extremos e indignantes de okupación para darles una gran difusión. O manipulados o directamente falsos. Estos relatos suelen ir acompañados de un enfoque emocional, dramatizado y catastrófico, diseñado para generar una fuerte reacción en el público.

Esta táctica es habitual: siempre es posible encontrar casos que despiertan indignación y un sentido de injusticia. Sin embargo, muchas veces se presentan datos descontextualizados o seleccionados intencionadamente para reforzar esa narrativa emocional.

Un ejemplo claro es la comparación con los desahucios, un problema mucho más frecuente. Entre 2013 y 2023, por cada adulto condenado por usurpación (ocupación), se produjeron 12,7 desahucios. Pero para los medios de comunicación el problema de la vivienda está en la ocupación.




Es evidente que, en los grandes medios de comunicación, no sólo importa qué temas deciden mostrar, sino también qué asuntos deciden ignorar. Mientras que la okupación ha recibido una atención constante y destacada, los desahucios, a pesar de su impacto masivo, han ocupado un lugar mucho menos relevante en el debate público.

No diferenciar casos y crear un enemigo

En lugar de analizar la okupación en toda su complejidad, considerando los diversos motivos, formas, situaciones y distintos casos que llevan a alguien a okupar, se reduce todo a un discurso simplista. Se ignoran las diferencias entre quienes recurren a la okupación desde una conciencia política y quienes lo hacen por razones completamente distintas. En su lugar, se construye una narrativa que presenta a “los okupas” como un colectivo homogéneo, donde todos actúan con malas intenciones y son directamente criminales.

De esta manera, se crea un enemigo claro: un «ellos» frente a un «nosotros». Se habla de los okupas como si todos compartieran las mismas motivaciones, valores y formas de actuar, cuando la realidad es completamente diferente. Este enfoque simplifica la cuestión, eliminando cualquier escala de grises y dejando de lado que cada caso es único. O vemos mucho hablar sobre las mafias de okupación pero nadie muestra pruebas sobre estas mafias.

A todo esto tenemos que sumarle que al haber creado ya un enemigo y convencido a la gente del mal que representa, todo pasa a ser okupas. Ahora podemos ver como se le llama okupación al impago de alquiler, robos en viviendas o cosas que nada tienen que ver con este tema.

Además, se alimenta el discurso de que la okupación está promovida por las élites, y en este caso, por el gobierno, en contra de los oprimidos, representados por los propietarios.

Luchar contra la deshumanización

Todo el análisis anterior nos lleva a entender cómo se construye este tipo de discurso. En este caso, se establece un enemigo claro: «los okupas», que supuestamente nos atacan a «nosotros». Se pone un énfasis desproporcionado en los casos más extremos y condenables, como cuando hay grupos criminales involucrados o cuando una amable pareja de abuelos pierde su hogar, generando una fuerte indignación.


Miembros de APD Security Iberia

Sin embargo, este enfoque omite deliberadamente el factor humano. Si bien los grupos criminales existen, también hay personas que recurren a la okupación porque no tienen otra opción para acceder a una vivienda digna y necesitan un techo bajo el cual vivir.

Lo que siempre hemos defendido es la okupación con conciencia política. Esto significa rechazar cualquier vínculo con grupos criminales y actuar con un criterio ético. Estas okupaciones se llevan a cabo tras analizar la situación de las viviendas, evitando afectar a propietarios particulares y centrándose en inmuebles pertenecientes a bancos y grandes tenedores.


Es un ataque contra el derecho a la vivienda


Como ya hemos señalado anteriormente, la mayoría de los casos que atienden las empresas dedicadas a los desalojos no están relacionados con la okupación, sino con el impago de alquiler. Esto pone de manifiesto que, en realidad, estas empresas forman parte del mercado especulativo de la vivienda, lejos de ser agentes que luchan contra una supuesta injusticia social.

Desde hace años, somos testigos del constante aumento en el precio del alquiler y de la vivienda, haciendo cada vez más difícil independizarse, especialmente para los jóvenes, o destinar una parte razonable del sueldo al pago de la vivienda, en lugar de verlo desaparecer en manos del casero.

Por esta razón, en varios artículos se ha optado por emplear el término empresas de desalojos en lugar de empresas de desocupación, dado que su actividad incluye desalojos por impago de alquiler, okupación, y hasta servicios para locales comerciales, embargos de Hacienda al casero, o situaciones relacionadas con juntas de compensación donde viviendas serán demolidas para nuevas promociones inmobiliarias.




Estas empresas, lejos de cuestionar por qué las personas dejan de pagar el alquiler en un contexto donde los precios suben sin que los salarios crezcan al mismo ritmo, optan por un análisis simplista, criminalizando a quienes no pueden pagar el alquiler.

Tenemos que sumarle a todo esto, como en la actual cultura de internet prácticamente todas las entrevistas que se realizan a empresas de desalojos son más bien masajes en vez de entrevistas. Donde no hay ni la más mínima crítica, dando por válida cualquier cosa que cuenten, aunque en muchos casos simplemente no es cierto o tremendas exageraciones. La mayoría de podcast actuales dan credibilidad a cualquier cosa, presentando como expertos a personas que para nada lo son o debates que no son más que una charla en el bar.

En el debate sobre la okupación o impago del alquiler no se busca en ningún momento preguntarse sobre las causas que lo originan. En lugar de denunciar que España se encuentra entre los países con menos vivienda pública de Europa, prefieren alimentar un discurso basado en casos individuales y videos alarmistas. Países como Países Bajos cuentan con un 30% de vivienda pública, Austria con un 24%, y Dinamarca con un 20,9%. En España, esta cifra apenas alcanza el 2,5%.




Desde Desokupa prefieren hablarnos de casos individuales o mostrar un bombardeo de videos puntuales, sin mostrar estadísticas, para hablar de lo malos que son los okupas.



Integrantes destacados de Desokupa


Fuente: SISTEMA 161

lunes, 21 de octubre de 2024

Tenemos un problema grave con los medios de comunicación.

 

 Por  David Moscrop

Periodista y comentarista político. Doctorado en ciencias políticas de la Universidad de Columbia.


¿Se pregunta por qué gran parte de nuestros medios de comunicación son basura? Hay varias razones para ello.


 A estas alturas, es de conocimiento público que nuestros medios de comunicación están en serios problemas. No es necesario que repasemos aquí las razones de ello, pero se debe principalmente a Internet, que está causando graves problemas tanto a los medios como a la democracia.


Está bien, pero... ¿dónde está el botón para compartir esto en Twitter?

    Abordo este tema como profesional independiente que ha trabajado con medios tradicionales, secundarios, de retransmisión parcial, de retransmisión parcial y de retransmisión nula durante más de una década. Hasta donde yo sé, la mayoría de esos medios los he inventado yo, pero ya os podéis hacer una idea. He escrito, he hecho podcasts, he aparecido en radio y televisión, etc., etc., en todos lados. He estudiado esto de cerca y he escrito sobre ello. Estoy profundamente preocupado por el estado del periodismo, y cada vez más.

    El domingo escribí un hilo en Twitter, que es la base de este artículo más extenso. Lo que me molesta en particular es que el contenido inteligente, bien investigado y cuidadosamente argumentado es poco común, costoso y difícil de producir. Es mejor para nosotros y para exigirle cuentas al gobierno, pero recibimos menos porque no tenemos los recursos (tiempo, dinero, energía, acceso) para producirlo.

    Mientras tanto, la basura es barata y fácil, y a pesar de lo que diga la gente, la leen y la comparten. Ese es un viejo problema que existía antes de Internet, pero ha empeorado mucho. Si bien la gente puede decir que quiere contenido inteligente y de formato largo, sus preferencias reveladas nos dicen lo contrario. A la hora de la verdad, a la gente le encanta un escándalo, le encanta un ataque, le encanta un artículo que confirme sus presunciones y no se preocupa demasiado por dar en el clavo en el proceso. La gente puede decir que quiere contenido más inteligente, pero sus clics y sus publicaciones compartidas no mienten.




    Puedes escribir tonterías grandilocuentes, partidistas y basadas en vibras y diversas lealtades, y a la gente le encantará, las promocionará y pagará por ellas. Es fácil . Resuena emocionalmente. Conecta. Se vuelve viral. Y como es fácil (y barato), puedes producirlo a gran escala.

    La inteligencia no paga, la estupidez sí. Por eso, en un mundo de recursos escasos, hay que optar por la estupidez. Si quieres sobrevivir en este negocio y no puedes centrarte en un nicho de mercado que pague mucho dinero sin necesidad de llegar a una audiencia masiva, no tienes muchas opciones si quieres escribir, hacer podcasts, crear vídeos, etc. y pagar las facturas.

    Como escribí en Twitter, el problema de muchos periodistas, en particular de los autónomos como yo, que no trabajamos a tiempo completo para ningún medio, se puede resumir así:

La economía de ser un profesional independiente que quiere vivir es tal que o haces tu trabajo a medias y logras crecer o lo haces a lo grande y te mueres de hambre. Si puedes, intenta hacerlo a lo grande y crecer, pero te convertirás en polvo en poco tiempo.

    Este dilema también es aplicable a los periodistas que trabajan para medios de comunicación. Tienen un trabajo, pero puede que no sea estable, probablemente no les paguen muy bien y sus recursos son limitados y cada vez más escasos, lo que significa que constantemente se les pide que hagan más con menos, que estén agotados y que les preocupe que todo se desmorone en cualquier momento.




    Esa dinámica es una receta para el desastre que le dará una cobertura cínica en lugar del trabajo cuidadoso que queremos, que lleva tiempo e incluye ir a reuniones, leer informes, revisar transcripciones, generar confianza con las fuentes y escribir, editar y verificar cuidadosamente los hechos de su trabajo.

    La economía de la atención actual no ayuda. Más allá de la limitación de recursos está el problema de los incentivos personales y emocionales. El hackeo grandilocuente no sólo vende, sino que atrae la atención, que en sí misma puede ser una moneda valiosa. Tu patrimonio personal crece a medida que la gente te presta atención, sigue tus cuentas y te da una sensación de protección (“mi material tiene éxito, así que supongo que podré conservar mi trabajo, con suerte”). Esta economía del trabajo se basa en incentivos perversos que hacen de los periodistas el centro de su trabajo, no del trabajo en sí. No es un problema nuevo en el negocio, pero Internet, y en particular las redes sociales, lo han potenciado.

    De vez en cuando me planteo dejar el periodismo porque me preocupa no poder hacer mi mejor trabajo. Creo que si tienes un mínimo de integridad, en algún momento tienes que preguntarte qué estás haciendo aquí y por qué; y si no puedes producir un trabajo inteligente y verdadero que desafíe a la autoridad y eleve la conversación, entonces solo estás escribiendo para pagar las cuentas y esperando hasta que mueras. ¿Qué clase de carrera es esa? ¿Qué clase de vida es esa?





    Los periódicos y revistas rara vez aumentan las tarifas que pagan a sus escritores, así que cada año acepto una reducción salarial debido a la inflación. Para solucionarlo, puedo aceptar más trabajo para compensar la pérdida. Con mi tiempo y energía limitados, eso me lleva a producir material de peor calidad, ya que tengo que hacer algunas cosas a medias. Podría simplemente asumir la pérdida de ingresos y luchar para pagar las facturas, pero al final eso te pasa factura. Podría intentar hacer más cosas a lo grande e inevitablemente agotarme (me ha pasado más de una vez), pero de todos modos terminaría produciendo basura. Ninguna de estas respuestas es buena.

    Los contratos estables y bien remunerados con los medios de comunicación, como los que tuve con el Washington Post y TVO, ayudan mucho. Pero, como aprendí, esos acuerdos pueden desaparecer de la noche a la mañana sin culpa alguna. Perder esos contratos me costó decenas de miles de dólares al año y cada uno desapareció de la nada, sin previo aviso, por razones que no tenían nada que ver con la calidad de mi trabajo.

    Substack, YouTube y otras plataformas de suscripción ofrecen algo de esperanza y algunos desafíos. La esperanza es que puedas publicar aquí y, a largo plazo, aumentar tu tarifa por artículo aumentando las suscripciones pagas. Si lo haces bien, puedes mantenerte al día con los costos crecientes o incluso superarlos agregando más y más suscriptores cada año y, al hacerlo, obtener un aumento. Puedes ganarte la vida de verdad haciendo esto si eres inteligente, persistente, afortunado y valiente.

    Pero plataformas como esta también corren el riesgo de acaparar audiencia. A medida que ganas más dinero, es posible que quieras —espera— ¡más dinero! Quieres darle a la gente lo que quiere y mucho, porque cuando lo haces, te dan ese dinero. Así que tal vez dejes de atacar a la gente y las cosas que les gustan y ataque más fuerte las cosas que no les gustan. Tal vez empieces a decirle a la gente lo que quiere oír, cualquier otra cosa que creas que es correcta o verdadera o buena, porque eso es lo mejor para el negocio. Eso también es piratería. No es un trabajo inteligente ni honesto.

    Para hacer bien este trabajo, tienes que ser capaz de decirle a tu audiencia cosas que quizás no les gusten, algo que me he comprometido a hacer porque me niego a traicionarme a mí mismo y prefiero renunciar antes que entregar mi cerebro y mi autonomía en la puerta.




    Plataformas como Substack y YouTube también corren el riesgo de realizar trabajos de menor calidad porque trabajar solo a menudo significa prescindir de controles y equilibrios editoriales, que incluyen edición, verificación de datos, intercambio de ideas y críticas, y tener a alguien que te diga: "No, realmente no deberías hacer eso".

    Si a todo esto le sumamos el hecho de que administrar una pequeña empresa (como hago con mi trabajo independiente) es en sí mismo una tarea que requiere mucho tiempo y dinero, con un montón de trabajo administrativo, seguimiento de facturas, correos electrónicos, facturas, impuestos sobre la nómina, etc. Ya sabemos cómo va la cosa, pero eso nos distrae del objetivo de escribir

    Escribo todo esto porque estoy pensando en mi carrera, el futuro de los medios y el estado de nuestra democracia. El ecosistema de los medios no es saludable y las cosas se están volviendo cada vez más difíciles. Estoy considerando duplicar mi apuesta por Substack y entrar en el mundo del video a través de YouTube para poder escalar mi trabajo en mis propios términos, crear una audiencia con la que pueda conectar directamente y ganar suficiente dinero año tras año en lugar de perder un poco más cada vez que pasa una página del calendario.

    Apostar todo o casi todo por Substack y YouTube es una decisión arriesgada, ya que implica alejarse del dinero estable y de las audiencias que ofrecen los canales tradicionales. Pero, como alguien me señaló, tal vez el riesgo esté en no dar ese paso. Creo que probablemente sea cierto y refleja un panorama mediático cambiante que conlleva muchas promesas y también muchos riesgos.

    Los problemas a los que nos enfrentamos son más graves que nunca y necesitamos periodistas preparados para afrontarlos. No hemos descubierto cómo crear, equilibrar y mantener un ecosistema mediático sano en el que podamos hacerlo. Pero a pesar de mis dudas y preocupaciones, mi plan es hacer todo lo posible para ayudarnos a intentar resolverlo. Espero que me acompañéis.


Fuente: David Moscrop

lunes, 2 de septiembre de 2024

Rusia-Ucrania-OTAN: ninguna línea roja

 

Experto en comunicación, políticas culturales y autor de artículos sobre arte y cultura.


        A veces olvidamos que las personas, los pueblos, ven los acontecimientos a la luz de su propia historia, de su propia cultura, que a veces puede ser muy diferente. Por supuesto, esto se aplica a todo, y la guerra no es una excepción. Si tenemos en cuenta que la guerra es, en efecto, un conjunto de acontecimientos decididamente explosivos, no sólo desde el punto de vista de los hechos, sino también en sentido figurado, y, por tanto, extremadamente cambiante, sujeto a una dinámica constante y, en cierta medida, dotado de vida propia, es fácil comprender cómo una perspectiva cultural diferente se refleja inevitablemente no sólo en la percepción de la guerra, sino también en su conducción.

El arte occidental de la guerra, por ejemplo, está profundamente marcado por la idea de ataque, entre otras cosas porque prácticamente todas las guerras occidentales han sido históricamente guerras de expansión.




Desde el punto de vista occidental, por tanto, la guerra es predominantemente un asunto ofensivo. Europa, a lo largo de su historia, ha conocido básicamente tres grandes invasiones, ninguna de las cuales llegó a conquistarla por completo: la mongola, la islámica y la otomana. Por el contrario, ha llevado la guerra a todos los rincones del mundo, incluso a los más remotos.




Esta visión de la guerra está tan arraigada en nuestra cultura que nos resulta difícil concebir el acto bélico de otro modo. Y, sea cual sea el curso del conflicto, se concibe en torno a la idea de una acción decisiva. Desde la falange macedónica hasta el primer first strike nuclear, éste es el fil rouge del pensamiento militar occidental.

Desde la aparición de la potencia hegemónica Estados Unidos –que ha hecho del ataque el fundamento de toda su doctrina militar–, la concepción ofensiva de la guerra se ha reforzado, informando a todo el complejo militar-industrial y reflejándose a su vez en la cultura occidental, en su sentido común.

Sin ánimo de recapitular aquí cosas que ya se han dicho muchas veces, podría decirse en cierto sentido que el enfoque cultural ofensivo ha acabado imponiéndose hasta tal punto que, en ocasiones -y de forma cada vez más evidente-, la guerra no sólo ha asumido el papel de instrumento principal (no un instrumento, sino el instrumento), sino que ha acabado solapándose con los fines: la guerra ya no como instrumento para alcanzar objetivos, sino como objetivo en sí.




Aquí se da la paradoja de un afán milenario por alcanzar la máxima capacidad de acción decisiva, que luego se reifica en la acción por la acción; el principio clausewitziano (nunca suficientemente reiterado) de la guerra como instrumento para alcanzar de otro modo un resultado político se transmuta en un estado de guerra permanente, que ya no busca ni el acto decisivo ni la consecución de un objetivo político que esté más allá de la guerra.

Esto se debe en gran medida al hecho de que –precisamente– la guerra se ha convertido también (si no predominantemente) en un medio para alcanzar objetivos económicos, tanto o más que políticos. Es, en efecto, la apoteosis de la idea capitalista, precisamente en virtud del hecho de que no existe otra cadena de producción-consumo tan extensa y rápida. La voracidad de la guerra, en términos de consumo, no tiene parangón.




Esto es aún más evidente cuando se observan las guerras occidentales de la era contemporánea, en las que no sólo prevalece claramente el cálculo utilitarista, la evaluación coste/beneficio, sino que se llega a los límites de las guerras sin ningún objetivo (al menos claro), de las que uno se retira como de una mesa de póker, cuando simplemente ya no le apetece jugar. Guerras que duran décadas (y que cuestan cientos de miles de víctimas), y que se justifican con la consecución de un objetivo, y que de repente se dan por terminadas, sin haber logrado el objetivo declarado, y sin haber sufrido la derrota sobre el terreno. Uno piensa en Vietnam o Afganistán.

Sin embargo, la paradoja sigue sin resolverse. El enfoque cultural occidental sigue orientado hacia la idea de la guerra como acción ofensiva, y ello sigue inspirando las doctrinas militares y, por consiguiente, la articulación de las fuerzas armadas. Pero, al mismo tiempo, el focus se ha desplazado del factor resolutivo al consumo. La duración de la guerra ya no es (simplemente) el tiempo necesario para alcanzar los objetivos políticos, sino el adecuado a las necesidades del ciclo producción-consumo-producción.

El conflicto ruso-ucraniano, que dura ya treinta meses, es un observatorio privilegiado en innumerables aspectos, porque aquí se comparan no sólo diferentes sistemas de armas y diferentes doctrinas militares, sino también concepciones históricas y culturales de la guerra aún más diferentes. Lo cual, por supuesto, refleja de manera significativa no sólo la percepción de la guerra, sino también su conducción. Y no se trata sólo del hecho de que para Rusia esta guerra sea existencial (la existencia y la integridad de la nación rusa están amenazadas), mientras que para el Occidente colectivo sólo forma parte de una estrategia global para defender su hegemonía. La radical diferencia de perspectiva es tal que resulta difícil comprender -independientemente de cómo uno se posicione– el punto de vista ruso.

En primer lugar, hay que reiterar que el lanzamiento de la Operación Militar Especial en febrero de 2022, si bien en términos tácticos fue ofensiva, para los rusos, en términos estratégicos, fue un movimiento defensivo. Moscú percibió claramente el ascenso agresivo de la OTAN, que, si las partes se hubieran invertido, probablemente habría atacado ya en 2014.




Otro factor que tendemos a olvidar es el autoconocimiento.

Rusia sabe que es una nación muy rica en recursos y, por tanto, muy atractiva para un Occidente que, por el contrario, tiene relativamente pocos y siempre ha recurrido al saqueo de los ajenos. Pero también es consciente de sus propias debilidades, que incluso los fanáticos occidentales más acérrimos tienden a olvidar. Es un país inmenso (el más grande del mundo), con una superficie de aproximadamente 18 millones de kilómetros cuadrados (toda Europa tiene aproximadamente 10 millones), pero con una población de 146 millones (Europa nada menos que 745 millones).

Esto por sí solo ayuda a comprender dos cosas muy simples, pero no siempre tan evidentes como deberían ser: hay un enorme territorio que controlar (¡20.000 kilómetros de fronteras terrestres!), al tiempo que el potencial humano al que recurrir es muy limitado, lo que hace que sea doblemente complicado protegerlo, y es necesario preservar al máximo el recurso humano, incluso más valioso que para otras naciones precisamente porque es -relativamente- escaso.

(Desde esta perspectiva, el conflicto ucraniano es realmente rentable para Moscú. Aunque las pérdidas son bastante importantes (probablemente unos 100.000 hombres, incluso si se comparan con al menos 600.000 ucranianos), hay que tener en cuenta que, entre la población de las zonas anexadas y los refugiados de toda Ucrania, ha adquirido alrededor de diez millones de nuevos habitantes. Y, obviamente, más allá de esto está la adquisición de territorios particularmente ricos -a la vista de sus yacimientos mineros y no sólo-, la expansión del control sobre el Mar Negro y el aumento de su profundidad estratégica, cada vez más alejada de las principales ciudades).

Además, aunque Rusia es en realidad considerablemente más poderosa que Ucrania, en realidad ésta es sólo una especie de enorme compañía militar privada de la OTAN y, por lo tanto, la comparación no debería hacerse entre Moscú y Kiev, sino entre la Federación Rusa y los 36 países de la Alianza Atlántica (más otra docena de aliados de Estados Unidos).




Por tanto, estamos en presencia de un conflicto absolutamente simétrico. Y esto por sí solo es suficiente para explicar tanto la duración del conflicto como el hecho de que no se trata de una sucesión unilateral de éxitos para una de las partes; al contrario, es completamente normal que ambos bandos asesten golpes. De hecho, considerando la simetría del conflicto, es notable que los éxitos rusos sean mucho mayores que los ucranianos, tanto en cantidad como en calidad.

En este sentido, la reciente incursión de la OTAN y Ucrania en la región de Kursk no es, de hecho, nada extraordinario, aunque naturalmente, y por razones similares pero opuestas, ambas partes tienen interés en enfatizarla mucho.

Digamos que era fácilmente predecible. Poco después del inicio de la operación militar especial, tras la retirada de las tropas rusas de las regiones de Kiev y Sumy, yo mismo escribí que «en el noreste del país hay una larga línea fronteriza de unos cientos de kilómetros, que tras la retirada de las tropas rusas vuelve a estar en manos ucranianas. Y que, en consecuencia, ofrece la posibilidad de ataques en territorio ruso». Es obvio que el Estado Mayor ruso también sopesó esta eventualidad, y que evidentemente consideró más económico mantener una defensa flexible en ese tramo de frontera, creyendo sin embargo que podría intervenir más adelante, en lugar de fortificarla y/o destinando tropas más preparadas y entrenadas en mayor cantidad.

Además, como bien sabe Moscú, invitar al enemigo a atacar significa ponerlo en una posición en la que afrontará pérdidas más importantes, que es uno de los principales objetivos rusos.

Aunque, evidentemente, Kiev habla de 1.000 kilómetros cuadrados de territorio ruso conquistados, la realidad es muy distinta. Un intento, porque la penetración se debió principalmente a unidades del DRG (grupos móviles de reconocimiento y sabotaje) compuestas cada una por unas pocas docenas de hombres, que avanzaron en profundidad durante unos veinte kilómetros, a lo largo de un frente de unos cincuenta; y luego porque dentro de esta zona no hay una presencia sólida y generalizada de fuerzas ucranianas. Lo que en realidad se ha determinado, en todo caso, es la creación de una gran bolsa en territorio ruso, de unos veinte kilómetros de profundidad, que, tras la estabilización del frente, corre el riesgo de convertirse en una trampa para las fuerzas ucranianas. En cualquier caso, hay que reiterar que lo extraordinario no es la acción ucraniana, sino el hecho de que no haya ocurrido antes. Y, no en segundo lugar, que Rusia todavía tiene una profundidad estratégica infinitamente mayor, teóricamente incluso de 10.000 kilómetros.

Históricamente, en los tiempos modernos y contemporáneos, los ejércitos occidentales han llegado dos veces a Moscú, sólo para salir derrotados.

La misma pregunta respecto de las llamadas líneas rojas. Basta reflexionar un momento sobre ello, evitando el condicionamiento de los medios, para darse cuenta de que esto es un completo disparate: en la guerra, las líneas rojas simplemente no existen. Más aún en una guerra de este nivel. Se trata en gran medida de un minueto de propaganda entre las partes, ni más ni menos que la sucesión de suministros de nuevos sistemas de armas a Kiev.

En ambos casos –una nueva línea roja superada, un nuevo sistema de armas suministrado– ni el marco estratégico ni el táctico cambian, es pura y simple niebla de guerra, funcional al disimulo de los diferentes puntos de vista sobre el conflicto: para la OTAN, se trata de alcanzar algunos objetivos (clara separación de Europa de Rusia, subordinación económica de esta última a los intereses estadounidenses, inicio de un ciclo de producción bélica a gran escala, desgaste y desestabilización de la Federación Rusa…), mientras que para Rusia es defender su espacio vital. Ninguno de los dos quiere llegar ahora a un enfrentamiento directo.

Si la OTAN lo hubiera querido, habría tenido infinitas ventanas de oportunidad para atacar, incluso suponiendo que sintiera una necesidad apremiante de motivarlo ante los ojos de su opinión pública. Otro tanto si Rusia hubiera querido.

La cuestión es que ambos son conscientes de que, en términos estratégicos a largo plazo, el conflicto es inevitable, pero nadie está dispuesto a sostenerlo en este momento, en estas condiciones.

Lo que nadie sabe bien es si esta guerra durará lo suficiente como para convertirse en una verdadera guerra entre Rusia y Estados Unidos y la OTAN, o si terminará antes de que llegue el momento adecuado para el conflicto real.

Por el momento, parece que Estados Unidos se prepara, una vez más, para levantarse de la mesa. Después de Saigón y Kabul, se acerca el momento del bye bye, Kiev.

Fuente: El Viejo Topo