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martes, 6 de mayo de 2025

Para entender el regreso de Stepan Bandera en Ucrania

 

      Fue corresponsal de La Vanguardia en Moscú, Pekín y Berlín. Autor de varios libros; sobre el fin de la URSS, sobre la Rusia de Putin, sobre China, y un ensayo colectivo sobre la Alemania de la eurocrisis.


Publicada una biografía seria sobre el caudillo de Ucrania occidental, referente del etnonacionalismo ucraniano



     Esta semana el ayuntamiento de Lviv (Lvov en ruso), en Ucrania Occidental, concluye los trabajos de derribo del cementerio militar soviético local, en la llamada “Colina de la gloria” (Власти Львова решили эксгумировать останки советского разведчика Кузнецова – Коммерсантъ). Ahí había 200 tumbas individuales, cuatro fosas comunes y dos monumentos a los caídos. Entre los enterrados estaba el legendario Nikolai Kuznetsov (1911-1944), guerrillero, partisano y agente del NKVD muy activo tras las líneas enemigas durante la guerra contra la invasión nazi en Ucrania. Kuznetsov, que hablaba perfectamente alemán, pertenecía a la sección “T” ( de “terror”) del “Grupo especial” adjunto al comisariado de interior de la URSS dirigido por el ucraniano Pavel Sudoplatov, nacido en Melitopol en 1907. Sudoplatov fue uno de los grandes sicarios de Stalin, organizador del asesinato de Trotski y de varios dirigentes de la Organización de Nacionalistas Ucranianos (OUN). Bajo el mando de Sudoplatov, Kuznetsov se infiltró como oficial en el ejército alemán bajo el nombre de Paul Wilhelm Siebert y mató a once generales y altos funcionarios de la administración alemana de ocupación en Ucrania.


El cementerio memorial soviético de Lviv.

Las imágenes de la demolición del cementerio-memorial de Lviv las pasó el telediario ruso el sábado, pocos días después de que agentes ucranianos mataran con un coche bomba a otro general ruso, Yaroslav Moskalik, en Moscú. En el programa de análisis político de la tele rusa Bolshaya Igrá, (el Gran Juego), cinco de cuyos participantes e invitados han sido víctimas de esos atentados ucranianos en los últimos dos años, se preguntaban en ese contexto si no habría que responder con atentados semejantes en Ucrania, resucitando a Sudoplatov.

Kuznetsov estaba enterrado en Lviv porque fue allí donde murió, en marzo de 1944, en un enfrentamiento con guerrilleros nacionalistas de Ucrania Occidental, que durante la ocupación alemana colaboraron con los nazis, participando activamente en las matanzas de comunistas, judíos y polacos.

En Ucrania occidental los primeros años de la posguerra transcurrieron en un clima de guerra civil, con guerrilla antisoviética, colectivización forzada, muertes por hambre, deportación, regreso de contingentes de trabajadores que fueron a trabajar a la Alemania hitleriana y regresaban estigmatizados como traidores, y envío a la región de miles de cuadros técnicos y políticos ucranianos leales al régimen soviético. La “pacificación” de Ucrania occidental fue brutal y sangrienta. Según diversas estimaciones las autoridades soviéticas mataron allí a 153.000 personas, detuvieron a otras 134.000 y deportaron a 203.000, sobre todo en 1944 y 1945. La mayoría de los deportados eran mujeres y niños cuyos maridos y padres o bien estaban en la clandestinidad o en los bosques, o bien habían muerto luchando contra el régimen soviético.

Ucrania occidental no había pertenecido a la URSS hasta 1939. La gran paradoja es que al incorporar aquella región a la URSS Stalin unificó todas las tierras ucranianas y realizó la estatalidad de Ucrania dentro de la URSS, pero al hacerlo se creó un serio problema porque ese trozo de Ucrania acabó siendo un cáncer para el resto. La insurgencia local, apoyada primero por los nazis y luego, terminada la guerra, por la CIA, fue el foco armado de resistencia antisoviética más grave y activo que conoció la URSS. Occidente sostuvo aquel foco de inestabilidad con armas dinero, sabotajes y lanzamiento de paracaidistas en el territorio de la Ucrania soviética hasta bien entrados los años cincuenta. En su conflicto con las autoridades soviéticas la Organización de los Nacionalistas Ucranianos y el Ejército Insurgente Ucraniano (OUN-UPA) mataron a más de 20.000 civiles, la mayoría de ellos campesinos acusados de apoyar a las autoridades soviéticas, y a unos 10.000 soldados y miembros de la policía de estado (NKVD), como el partisano y héroe de la Unión Soviética, Kuznetsov. Estas cifras son terribles pero en el contexto de la enorme matanza de la guerra europea contra la URSS, con 27 millones de muertos soviéticos, entre ellos ocho millones de ucranianos soviéticos, ocho millones de alemanes, cinco millones de polacos, etc., son casi una nota a pie de página.


Entrada de las tropas alemanas en Lviv, verano de 1941.

Pero la enorme represión soviética en Ucrania Occidental y la intensa propaganda que le sucedió, tuvieron otros efectos. Primero borraron de la memoria de gran parte de la población local los crímenes cometidos por los nacionalistas ucranianos del oeste del país y con el tiempo rehabilitaron su criminal legado de colaboración con los alemanes, incluida la sobrerepresentación de ucranianos occidentales en los equipos de matarifes y ayudantes en los campos de exterminio nazis.

Durante los años setenta, Ucrania Occidental proporcionó el mayor número de disidentes soviéticos, bien por delante de los bálticos. Cuando visité por primera vez Ucrania Occidental en el verano de 1988, me sorprendió la ligereza con la que los disidentes locales, como Irina Kalinets, su marido Ihor, Ivan Hel, Mijail Horin y el más brillante de todos, Viacheslav Chornobil, muchos de ellos con años de reclusión en campos de trabajo a sus espaldas y recién puestos en libertad por la perestroika, rehabilitaban la memoria de todos aquellos seguidores de Stepan Bandera.

En su magnífica biografía de Bandera, Stepan Bandera, fascismo, genocidio y culto (recién traducida y publicada en castellano por la editorial “Dirección Única”), el historiador polaco Grzegorz Rossolinski-Liebe, sitúa el movimiento de Bandera entre los fascismos más violentos y racistas de la Europa de los años treinta y cuarenta. Rossolinski-Liebe que ha escrito el libro más completo sobre el personaje hasta la fecha, presenta el principal éxito de Bandera como el “haber llegado a ser el líder de un movimiento que intentó establecer un estado autoritario de tipo fascista, limpiando por el camino hacia ese estado a los enemigos étnicos y oponentes políticos, incluidos judíos, polacos, rusos, soviéticos, así como ucranianos comunistas, izquierdistas, conservadores y demócratas”.

En los años ochenta todo eso quedaba muy lejos para aquellos disidentes de Lviv. Con la indirecta ayuda de la represión soviética, habían bebido e interiorizado por completo la narrativa del exilio de los partidarios de Bandera huidos a Occidente, mayormente a Canadá, que realizaron una metódica labor de blanqueo de la historia del movimiento nacional de Ucrania Occidental, presentándolo como un heroico movimiento anticomunista e incluso enfrentado a los nazis, para ponerlo en línea con la narrativa de la guerra fría. Los “banderovstsi” no fueron colaboracionistas, sino que hasta se enfrentaron a Hitler, decían; su participación en la división de las SS “Galitsia”, específicamente ucraniana y el batallón “Nachtigall”, no fue por simpatía con el nazismo ni para ayudar a Hitler, sino para luchar contra los soviéticos; la masacre de unos 100.000 polacos en la región de Volhynia, un asunto que todavía suscita roces entre Varsovia y Kíev, era despejada como mera “propaganda” soviética por aquellos disidentes.

El antisemitismo local era también negado tajantemente como propaganda comunista. De los más de medio millón de judíos que vivían en Ucrania Occidental antes de la invasión alemana de 1941 solo entre el 1,5% y el 3% sobrevivieron a la guerra. La mayoría fueron asesinados por los alemanes, pero la enorme mortandad de judíos en esa parte de Ucrania no se explica sin la activa organización de progroms a cargo de la OUN con el apoyo de la población local, como el de finales de junio y principios de julio de 1941 en Lviv en el que murieron entre 2000 y 8000 judíos. En las actuales imágenes de la demolición del cementerio/memorial soviético de Lviv, entre el ir y venir de los operarios y las excavadoras, llama la atención la pintada sobre uno de los conjuntos de estatuas del monumento: “fuera judíos”.


Propaganda de la división ucraniana de las SS.

Desde mucho antes de la invasión militar rusa de febrero de 2022, Ucrania ha estado reescribiendo su historia e intentando acabar, no sin protestas y resistencias, con toda memoria y referencia soviética y rusa en general, incluida la del científico ilustrado del siglo XVIII Mijaíl Lomonósov en Járkov, o la del bardo Vladimir Vysotsky, una especie de Georges Brassens soviético de la época de Brezhnev, en Odesa, por citar solo dos casos del pasado mes. En general, la línea oficial ha sustituido los abusos de la propaganda soviética por su propia narrativa étnico-nacionalista. El proceso comenzó en Ucrania occidental. Ya en 1990 se inauguraron los primeros monumentos a Stepan Bandera, algunos de los cuales fueron volados en reacción. Una de las virtudes del libro de Rossolinski-Liebe es que entra con detalle en la construcción y evolución del mito y el culto patriótico a Stepan Bandera, con calles y monumentos dedicados al caudillo fascista y sus colaboradores. Lo que al principio fue un fenómeno restringido a los tres departamentos de Ucrania Occidental, Lviv, Ivano-Frankivsk y Ternopil, se fue extendiendo al conjunto del país. Para el cincuentenario de la muerte del caudillo, en 2009, ya había centenares de calles, plazas y monumentos en honor a Bandera y sus secuaces, conforme sectores de la elite ucraniana se orientaban cada vez más hacia la OTAN y en contra de Rusia, sin que el fenómeno arraigase nunca en el sur y este del país, donde Bandera suele ser considerado un criminal y un colaboracionista. En 2008 el parlamento nacional votó a favor de celebrar a nivel estatal el centenario del nacimiento de Stepan Bandera, se editó un sello de correos con su retrato y dos años más tarde el Presidente Viktor Yushenko, casado con una ex funcionaria del Departamento de Estado americano, anunció la concesión del título de “héroe de Ucrania”. Lo que en 1988 era delirio de un grupo de disidentes de Lviv y el sentir de una minoría, geográficamente muy delimitada del país, se instaló en el centro del estado para dividirlo.


Manifestantes de ultraderecha en Kiev en 2015 muestran retratos de Stepan Bandera.

La gran esperanza de Bandera, asesinado en 1959 por un sicario del NKVD en Munich, era la Tercera Guerra Mundial: que una nueva contienda barriera a la URSS y le permitiera establecer un nuevo régimen en la Ucrania soviética con el apoyo de los americanos y europeos. Era una esperanza muy parecida a la de Franco, que encontró su rehabilitación como viejo aliado de Hitler, ofreciendo a los americanos sus credenciales anticomunistas y su territorio para establecer bases militares. Bandera tuvo una relación muy cordial con la dictadura en España, el nombre de Franco se cita 26 veces en el libro de Rossolinski-Liebe, y en algún momento el ucraniano pensó en establecerse en España, como hicieron con diversa fortuna otros compañeros de viaje del nazismo como Leon Degrelle, Pierre Laval o Ante Pavelic.

La historia se repite como farsa. Hoy toda Europa está movilizada contra Rusia, que ve una “amenaza existencial” en la ruptura de la neutralidad de Ucrania consagrada en los documentos fundacionales de su independencia, en 1990. En Kíev, después de los de Lénin, se desmantelan monumentos a Pushkin y en Moscú se refieren al gobierno de Kíev como “régimen nazi”.



Del blog personal de

Rafael Poch-de-Feliu

lunes, 2 de septiembre de 2024

Rusia-Ucrania-OTAN: ninguna línea roja

 

Experto en comunicación, políticas culturales y autor de artículos sobre arte y cultura.


        A veces olvidamos que las personas, los pueblos, ven los acontecimientos a la luz de su propia historia, de su propia cultura, que a veces puede ser muy diferente. Por supuesto, esto se aplica a todo, y la guerra no es una excepción. Si tenemos en cuenta que la guerra es, en efecto, un conjunto de acontecimientos decididamente explosivos, no sólo desde el punto de vista de los hechos, sino también en sentido figurado, y, por tanto, extremadamente cambiante, sujeto a una dinámica constante y, en cierta medida, dotado de vida propia, es fácil comprender cómo una perspectiva cultural diferente se refleja inevitablemente no sólo en la percepción de la guerra, sino también en su conducción.

El arte occidental de la guerra, por ejemplo, está profundamente marcado por la idea de ataque, entre otras cosas porque prácticamente todas las guerras occidentales han sido históricamente guerras de expansión.




Desde el punto de vista occidental, por tanto, la guerra es predominantemente un asunto ofensivo. Europa, a lo largo de su historia, ha conocido básicamente tres grandes invasiones, ninguna de las cuales llegó a conquistarla por completo: la mongola, la islámica y la otomana. Por el contrario, ha llevado la guerra a todos los rincones del mundo, incluso a los más remotos.




Esta visión de la guerra está tan arraigada en nuestra cultura que nos resulta difícil concebir el acto bélico de otro modo. Y, sea cual sea el curso del conflicto, se concibe en torno a la idea de una acción decisiva. Desde la falange macedónica hasta el primer first strike nuclear, éste es el fil rouge del pensamiento militar occidental.

Desde la aparición de la potencia hegemónica Estados Unidos –que ha hecho del ataque el fundamento de toda su doctrina militar–, la concepción ofensiva de la guerra se ha reforzado, informando a todo el complejo militar-industrial y reflejándose a su vez en la cultura occidental, en su sentido común.

Sin ánimo de recapitular aquí cosas que ya se han dicho muchas veces, podría decirse en cierto sentido que el enfoque cultural ofensivo ha acabado imponiéndose hasta tal punto que, en ocasiones -y de forma cada vez más evidente-, la guerra no sólo ha asumido el papel de instrumento principal (no un instrumento, sino el instrumento), sino que ha acabado solapándose con los fines: la guerra ya no como instrumento para alcanzar objetivos, sino como objetivo en sí.




Aquí se da la paradoja de un afán milenario por alcanzar la máxima capacidad de acción decisiva, que luego se reifica en la acción por la acción; el principio clausewitziano (nunca suficientemente reiterado) de la guerra como instrumento para alcanzar de otro modo un resultado político se transmuta en un estado de guerra permanente, que ya no busca ni el acto decisivo ni la consecución de un objetivo político que esté más allá de la guerra.

Esto se debe en gran medida al hecho de que –precisamente– la guerra se ha convertido también (si no predominantemente) en un medio para alcanzar objetivos económicos, tanto o más que políticos. Es, en efecto, la apoteosis de la idea capitalista, precisamente en virtud del hecho de que no existe otra cadena de producción-consumo tan extensa y rápida. La voracidad de la guerra, en términos de consumo, no tiene parangón.




Esto es aún más evidente cuando se observan las guerras occidentales de la era contemporánea, en las que no sólo prevalece claramente el cálculo utilitarista, la evaluación coste/beneficio, sino que se llega a los límites de las guerras sin ningún objetivo (al menos claro), de las que uno se retira como de una mesa de póker, cuando simplemente ya no le apetece jugar. Guerras que duran décadas (y que cuestan cientos de miles de víctimas), y que se justifican con la consecución de un objetivo, y que de repente se dan por terminadas, sin haber logrado el objetivo declarado, y sin haber sufrido la derrota sobre el terreno. Uno piensa en Vietnam o Afganistán.

Sin embargo, la paradoja sigue sin resolverse. El enfoque cultural occidental sigue orientado hacia la idea de la guerra como acción ofensiva, y ello sigue inspirando las doctrinas militares y, por consiguiente, la articulación de las fuerzas armadas. Pero, al mismo tiempo, el focus se ha desplazado del factor resolutivo al consumo. La duración de la guerra ya no es (simplemente) el tiempo necesario para alcanzar los objetivos políticos, sino el adecuado a las necesidades del ciclo producción-consumo-producción.

El conflicto ruso-ucraniano, que dura ya treinta meses, es un observatorio privilegiado en innumerables aspectos, porque aquí se comparan no sólo diferentes sistemas de armas y diferentes doctrinas militares, sino también concepciones históricas y culturales de la guerra aún más diferentes. Lo cual, por supuesto, refleja de manera significativa no sólo la percepción de la guerra, sino también su conducción. Y no se trata sólo del hecho de que para Rusia esta guerra sea existencial (la existencia y la integridad de la nación rusa están amenazadas), mientras que para el Occidente colectivo sólo forma parte de una estrategia global para defender su hegemonía. La radical diferencia de perspectiva es tal que resulta difícil comprender -independientemente de cómo uno se posicione– el punto de vista ruso.

En primer lugar, hay que reiterar que el lanzamiento de la Operación Militar Especial en febrero de 2022, si bien en términos tácticos fue ofensiva, para los rusos, en términos estratégicos, fue un movimiento defensivo. Moscú percibió claramente el ascenso agresivo de la OTAN, que, si las partes se hubieran invertido, probablemente habría atacado ya en 2014.




Otro factor que tendemos a olvidar es el autoconocimiento.

Rusia sabe que es una nación muy rica en recursos y, por tanto, muy atractiva para un Occidente que, por el contrario, tiene relativamente pocos y siempre ha recurrido al saqueo de los ajenos. Pero también es consciente de sus propias debilidades, que incluso los fanáticos occidentales más acérrimos tienden a olvidar. Es un país inmenso (el más grande del mundo), con una superficie de aproximadamente 18 millones de kilómetros cuadrados (toda Europa tiene aproximadamente 10 millones), pero con una población de 146 millones (Europa nada menos que 745 millones).

Esto por sí solo ayuda a comprender dos cosas muy simples, pero no siempre tan evidentes como deberían ser: hay un enorme territorio que controlar (¡20.000 kilómetros de fronteras terrestres!), al tiempo que el potencial humano al que recurrir es muy limitado, lo que hace que sea doblemente complicado protegerlo, y es necesario preservar al máximo el recurso humano, incluso más valioso que para otras naciones precisamente porque es -relativamente- escaso.

(Desde esta perspectiva, el conflicto ucraniano es realmente rentable para Moscú. Aunque las pérdidas son bastante importantes (probablemente unos 100.000 hombres, incluso si se comparan con al menos 600.000 ucranianos), hay que tener en cuenta que, entre la población de las zonas anexadas y los refugiados de toda Ucrania, ha adquirido alrededor de diez millones de nuevos habitantes. Y, obviamente, más allá de esto está la adquisición de territorios particularmente ricos -a la vista de sus yacimientos mineros y no sólo-, la expansión del control sobre el Mar Negro y el aumento de su profundidad estratégica, cada vez más alejada de las principales ciudades).

Además, aunque Rusia es en realidad considerablemente más poderosa que Ucrania, en realidad ésta es sólo una especie de enorme compañía militar privada de la OTAN y, por lo tanto, la comparación no debería hacerse entre Moscú y Kiev, sino entre la Federación Rusa y los 36 países de la Alianza Atlántica (más otra docena de aliados de Estados Unidos).




Por tanto, estamos en presencia de un conflicto absolutamente simétrico. Y esto por sí solo es suficiente para explicar tanto la duración del conflicto como el hecho de que no se trata de una sucesión unilateral de éxitos para una de las partes; al contrario, es completamente normal que ambos bandos asesten golpes. De hecho, considerando la simetría del conflicto, es notable que los éxitos rusos sean mucho mayores que los ucranianos, tanto en cantidad como en calidad.

En este sentido, la reciente incursión de la OTAN y Ucrania en la región de Kursk no es, de hecho, nada extraordinario, aunque naturalmente, y por razones similares pero opuestas, ambas partes tienen interés en enfatizarla mucho.

Digamos que era fácilmente predecible. Poco después del inicio de la operación militar especial, tras la retirada de las tropas rusas de las regiones de Kiev y Sumy, yo mismo escribí que «en el noreste del país hay una larga línea fronteriza de unos cientos de kilómetros, que tras la retirada de las tropas rusas vuelve a estar en manos ucranianas. Y que, en consecuencia, ofrece la posibilidad de ataques en territorio ruso». Es obvio que el Estado Mayor ruso también sopesó esta eventualidad, y que evidentemente consideró más económico mantener una defensa flexible en ese tramo de frontera, creyendo sin embargo que podría intervenir más adelante, en lugar de fortificarla y/o destinando tropas más preparadas y entrenadas en mayor cantidad.

Además, como bien sabe Moscú, invitar al enemigo a atacar significa ponerlo en una posición en la que afrontará pérdidas más importantes, que es uno de los principales objetivos rusos.

Aunque, evidentemente, Kiev habla de 1.000 kilómetros cuadrados de territorio ruso conquistados, la realidad es muy distinta. Un intento, porque la penetración se debió principalmente a unidades del DRG (grupos móviles de reconocimiento y sabotaje) compuestas cada una por unas pocas docenas de hombres, que avanzaron en profundidad durante unos veinte kilómetros, a lo largo de un frente de unos cincuenta; y luego porque dentro de esta zona no hay una presencia sólida y generalizada de fuerzas ucranianas. Lo que en realidad se ha determinado, en todo caso, es la creación de una gran bolsa en territorio ruso, de unos veinte kilómetros de profundidad, que, tras la estabilización del frente, corre el riesgo de convertirse en una trampa para las fuerzas ucranianas. En cualquier caso, hay que reiterar que lo extraordinario no es la acción ucraniana, sino el hecho de que no haya ocurrido antes. Y, no en segundo lugar, que Rusia todavía tiene una profundidad estratégica infinitamente mayor, teóricamente incluso de 10.000 kilómetros.

Históricamente, en los tiempos modernos y contemporáneos, los ejércitos occidentales han llegado dos veces a Moscú, sólo para salir derrotados.

La misma pregunta respecto de las llamadas líneas rojas. Basta reflexionar un momento sobre ello, evitando el condicionamiento de los medios, para darse cuenta de que esto es un completo disparate: en la guerra, las líneas rojas simplemente no existen. Más aún en una guerra de este nivel. Se trata en gran medida de un minueto de propaganda entre las partes, ni más ni menos que la sucesión de suministros de nuevos sistemas de armas a Kiev.

En ambos casos –una nueva línea roja superada, un nuevo sistema de armas suministrado– ni el marco estratégico ni el táctico cambian, es pura y simple niebla de guerra, funcional al disimulo de los diferentes puntos de vista sobre el conflicto: para la OTAN, se trata de alcanzar algunos objetivos (clara separación de Europa de Rusia, subordinación económica de esta última a los intereses estadounidenses, inicio de un ciclo de producción bélica a gran escala, desgaste y desestabilización de la Federación Rusa…), mientras que para Rusia es defender su espacio vital. Ninguno de los dos quiere llegar ahora a un enfrentamiento directo.

Si la OTAN lo hubiera querido, habría tenido infinitas ventanas de oportunidad para atacar, incluso suponiendo que sintiera una necesidad apremiante de motivarlo ante los ojos de su opinión pública. Otro tanto si Rusia hubiera querido.

La cuestión es que ambos son conscientes de que, en términos estratégicos a largo plazo, el conflicto es inevitable, pero nadie está dispuesto a sostenerlo en este momento, en estas condiciones.

Lo que nadie sabe bien es si esta guerra durará lo suficiente como para convertirse en una verdadera guerra entre Rusia y Estados Unidos y la OTAN, o si terminará antes de que llegue el momento adecuado para el conflicto real.

Por el momento, parece que Estados Unidos se prepara, una vez más, para levantarse de la mesa. Después de Saigón y Kabul, se acerca el momento del bye bye, Kiev.

Fuente: El Viejo Topo