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miércoles, 11 de febrero de 2026

Contra el odio, políticas del encuentro

 

 Por Paco Cano   
      Integrante del Consejo asesor de  CTX y del Consejo asesor de  ACO (Acción contra el odio).


La convivencia no es un concepto abstracto. Se construye en las plazas, en el metro, en los espacios que habitamos juntos


Asamblea ciudadana convocada por el Sindicat de Llogateres de Barcelona, noviembre de 2025.

     El odio ya no es una anomalía ni un ruido de fondo. No vive en los márgenes ni se esconde en los extremos. El odio se ha instalado en el centro de nuestras vidas. Esa es la constatación incómoda que nos conduce a las I Jornadas Internacionales Ideas para combatir el odio. Hoy el odio es tendencia, agenda y atmósfera. Es el paisaje emocional que necesita el ultracapitalismo extractivo para seguir funcionando, mientras convierte en negocio el malestar que él mismo produce.

El odio contemporáneo no es espontáneo ni caótico. Tiene financiación, estrategia y manual de estilo.


Se puede fabricar y organizar el odio desde un despacho.

Cuenta con community managers, algoritmos complacientes, youtubers de guardia, fundaciones, asociaciones, ultras con camiseta deportiva, ultras con crucifijos, magnates con nombre propio y gobiernos que ya no disimulan. Circula con tanta eficacia por televisiones, redes y columnas de opinión que se ha disfrazado de sentido común.

La fórmula es conocida. Los poderes financieros generan desigualdad, cronifican la precariedad y, cuando la vida se vuelve incierta, alguien ofrece una explicación simplista. No es el sistema, es el otro, dicen. No es el de arriba, es el que viene de abajo. Así, el odio deja de ser un exabrupto y se convierte en pedagogía cotidiana.

Empieza como chiste, sigue como estereotipo, se fija como prejuicio y, cuando menos se espera, desemboca en exclusión, violencia y hasta genocidio. Frente a esa internacional bien organizada, seguimos reaccionando tarde y de manera aislada.

La justicia, por ejemplo, cumple una función imprescindible: proteger a quienes no pueden hacerlo solos. Sin tribunales que actúen, sin leyes que pongan límites claros al abuso y a la violencia, la democracia se quedaría sin suelo. Pero la ley llega cuando el daño ya está hecho, cuando la palabra se ha convertido en amenaza y la amenaza en señalamiento. El Código Penal actúa cuando el incendio ya ha prendido. Persigue el delito cuando ya se ha cometido, pero no impide que el odio circule ni que se reproduzca allí donde se fabrican los falsos culpables.

El periodismo digno también cumple una función clave. Contrasta, contextualiza, desmonta bulos, desactiva marcos tóxicos y explica lo que el odio simplifica hasta hacerlo irreconocible. Sin ese periodismo, el debate público se degrada y la mentira avanza sin resistencia. Por eso molesta; por eso se ha convertido en diana prioritaria. Las campañas de acoso no son una casualidad, son una estrategia. Si no puedes imponer tu relato, intenta silenciar al mediador.

Sería un error pensar que la lucha contra el odio se agota en la reacción. Combatirlo exige disputar la economía que lo produce, frenar el extractivismo que devora territorios y cuerpos, proteger la tierra y los bienes comunes, garantizar trabajo digno, vivienda y cuidados; derechos humanos fundamentales. Porque el odio se gesta en la precariedad normalizada, la inseguridad habitacional, la desafección democrática y la sensación de desprotección. De ahí la urgencia de un humanismo extendido, que no seleccione quién merece dignidad, y de un humanismo ecológico que entienda que no hay justicia social sin justicia ambiental. Defender la vida, toda la vida, es hoy el gesto político más radical.


Discursos de odio y cómo podemos combatirlos.

Pero una vez germinado, ese odio se reproduce y expande en relatos, en miedos, en relaciones que no se construyen, en decidir a quién incluimos en esos derechos, a quién excluimos del común y de lo público y a quién dejamos fuera del “nosotros”. Es decir, en lo cultural; en el mundo que creamos entre todas.

Por eso, urge combinar luchas materiales con luchas simbólicas, porque ninguna batalla cultural se sostiene si ignora las condiciones materiales de la vida y viceversa. No hay convivencia posible sobre la precariedad crónica, ni democracia que resista cuando la existencia se vuelve un ejercicio de supervivencia. Y ahí la educación es central. Una educación que no puede limitarse a transmitir contenidos; tiene que formar criterio. Alfabetización mediática, educación digital, capacidad para leer críticamente los discursos y para detectar la manipulación emocional. La UNESCO lo advierte desde hace años con claridad. Frente al odio no basta con prohibir palabras. Hay que construir valores, generar sentido y sostener el pensamiento autónomo en el tiempo. Es una inversión democrática lenta, sí, pero decisiva.

Junto a una revolución educativa, hacen falta políticas del encuentro. Espacios donde las personas puedan mirarse, escucharse y reconocerse más allá de las etiquetas. Barrios vivos, proyectos comunitarios, cultura compartida, experiencias donde el otro deje de ser una abstracción y recupere un rostro, una voz, una historia. La convivencia no es un concepto abstracto. Se construye en las plazas, en el metro, en los espacios que habitamos juntos. El odio, en cambio, necesita distancia, virtualidad y aislamiento. Funciona mejor cuando el otro es una categoría difusa, un perfil sin cuerpo. Por eso las políticas del vínculo, del encuentro y de la cooperación son también políticas contra el odio.

La cultura es, igualmente, decisiva. Esa manera en la que creamos y recreamos el mundo debe ser una fábrica de relatos capaces de ensanchar la mirada. En la literatura, la música, el cine, las artes escénicas, las fiestas populares y la cultura comunitaria se ensayan formas de estar juntos que desactivan la lógica del enfrentamiento. No porque la cultura deba ser moralizante o didáctica, sino porque introduce complejidad donde el odio exige consignas simples. Abrir preguntas incómodas, sembrar dudas, romper certezas. Gestos aparentemente frágiles que son, en realidad, profundamente transformadores.

Las batallas culturales no son guerras de consignas ni propaganda disfrazada, sino un trabajo paciente y colectivo para disputar el sentido común. Buscan construir narrativas distintas, formas de vivir juntos donde la democracia no sea solo norma escrita, sino experiencia cotidiana. No se trata de ganar tertulias u ocupar el ruido mediático. Es disputar el espacio donde se fabrican certezas básicas, porque las ultraderechas avanzan no solo gritando más, sino logrando que otros dejen de creer que existen alternativas reales. There is no alternative, proclamaba Thatcher. Cuando el “no hay alternativa” se instala como sentido común, el autoritarismo ya ha ganado media partida. Frente a eso, educación, convivencia, cultura y conciencia ciudadana aparecen como infraestructuras democráticas imprescindibles, herramientas con las que volver a abrir el horizonte y recordar que siempre hay alternativas. Otro mundo es posible.

Sin embargo, nada de esto funcionará peleando en solitario. El odio se alimenta de la fragmentación y la soledad, por eso la respuesta solo puede ser colectiva. El odio opera en red y solo puede combatirse en red.

Frente a la “internacional del odio”, como la nombra Juan José Tamayo, urge levantar una internacional alternativa. Una red amplia, diversa, transnacional y transversal, capaz no solo de resistir, sino de proponer. No solo de reaccionar, sino de anticipar. Una alianza que siembre comunidad, que teja vínculos duraderos y que se atreva a sostener un humanismo radical que no se conforme con proclamar derechos, sino que baje a la raíz de las condiciones materiales, culturales y simbólicas que hacen posible una vida digna.


La España del odio - Malagón.

La guerra cultural es el plano cero, el terreno donde se juega cualquier proceso emancipador. La democracia se defiende, sobre todo, en las aulas, en los barrios, en los mercados, en los bares, en los autobuses y en los relatos que atraviesan nuestra vida cotidiana.

Ahí se decide si la convivencia se fortalece o si el miedo avanza. Combatir el odio no es únicamente señalar culpables, es recuperar la pregunta esencial de quiénes somos y cómo queremos vivir juntos. Porque frente al odio organizado, la única respuesta a la altura de nuestro tiempo es reconstruir vínculos, recuperar lo común y volver a creer que otra forma de vivir es posible.



Fuente: Ctxt



viernes, 27 de junio de 2025

Concierto del cuarteto cubano Vocal Vidas en el club Atalaya de Cieza (Región de Murcia)

 



El Cuarteto Vocal Vidas llega desde Cuba para ofrecer un concierto en el patio del Club Atalaya el próximo jueves 3 de Julio a las 22:00 horas.


     El público de Cieza podrá disfrutar del Cuarteto Vocal Vidas, considerada la mejor agrupación vocal femenina de la música cubana. Vocal Vidas es una formación musical fundada en 2012 en Santiago de Cuba, cuna del son y la música tradicional cubana. Las cuatro mujeres de Vocal Vidas interpretan distintos géneros de la música popular cubana y universal (jazz, soul, etc) a través de un formato peculiar (2 sopranos y 2 contraltos).




Sus integrantes Ana Josefina Hernández (directora-soprano); Annia del Toro Leyva (contralto), Liette Carmenates Mariol (mezzo-soprano) y Darina Ortiz Miranda (contralto) son profesionales del canto con una dilatada carrera individual tanto en Cuba como fuera de la isla, participando en diferentes eventos nacionales e internacionales. Como agrupación, fueron ganadoras del premio más importante de la música cubana, el Cubadisco, en la categoría de Agrupación Vocal Instrumental en el año 2016.

Su discografía está compuesta por los trabajos: Vocal Vidas (2012), disco de producción independiente; Canción y Vida (2016), disco realizado bajo el sello EGREM, producido por el maestro, Rafael Guedes, compositor y director de la Camerata del Son, y con la colaboración del compositor Rodulfo Vaillant; Vivir para cantarla, disco editado bajo el sello Colibrí: (2020), producido por Rafael Guedes.

Protagonistas del premiado documental Soy cubana (2 partes) (2016), un documental que aborda el arte del canto y la interpretación, y también el clima político y la vida de cuatro mujeres que han sacrificado mucho para seguir cantando juntas.

Un espectáculo de auténtico deleite para los amantes de la música en general y la música vocal polifónica en particular, que podrá disfrutarse en el Club Atalaya.

viernes, 20 de septiembre de 2024

Extrema derecha: "metapolítica" y "pre-guerracivilismo"

 

Investigador de la extrema derecha, activista antifascista y periodista de habla alemana.

La extrema derecha se ve a sí misma en un momento de ‘pre-guerra civil’. Su objetivo es imponerse extendiendo sus ideas mediante el combate en la cultura.


                                                                                                                                                Foto: Álvaro Minguito


        Está claro: la supremacía metapolítica de la clase dominante está llegando a su fin”, escribe Dieter Stein, redactor jefe del semanario Junge Freiheit, próximo a Alternativa para Alemania (AfD). Antes de las elecciones regionales en Alemania oriental [en Turingia y Sajonia, NdT], la derecha ve a la sociedad en la fase del interregno, como el marxista italiano Antonio Gramsci denominó a todo estadio intermedio en el que quienes gobiernan ya no pueden hacer lo que quieren, pero los gobernados no pueden aún hacer. La derecha aspira a la hegemonía cultural.




Metapolítica’ es la palabra clave mística de la derecha, que encontramos en boca de muchos y que casi ninguno puede explicar. El filósofo anti-ilustrado Joseph de Maistre describió en el siglo XVIII una “metafísica de la política”, una especie de marco interpretativo superior. Dicho de otro modo: se trata de la anhelada “revolución cultural de la derecha”, de la lucha cultural (Kulturkampf) y de la producción de ideología. La derivación del concepto de ‘metafísica’ de la religión no queda demasiado lejos, en el sentido que esta lucha cultural tiene en verdad una dimensión religiosa y obedece a la imposición de valores derivados de los religiosos.




La metapolítica tiene como objetivo el desplazamiento del canon de valores de la sociedad. De manera temporal, al menos hasta la toma de poder definitiva. Está a la orden del día de la extrema derecha. Diez veces puede confrontárseles el argumento de que con su política los padres y madres solteras sufrirán, puede echárseles en cara que su política fiscal beneficia a los ricos: encogerse de hombros será toda su respuesta.

Aunque para la extrema derecha la importancia de las políticas sociales no es poca, siempre es más importante que su clientela asuma el precepto de que una “familia normal” se compone de padre, madre e hijo(s). La “normalización” que persiguen no consiste en que la ultraderecha sea percibida como algo normal y sea tratada como el resto de partidos democráticos, sino que su sistema de valores se convierta en norma general.




La izquierda no puede ganar este combate cultural porque éste no es su campo de batalla. La paradoja consiste en que perderá este combate cultural si no lo libra

 

No hay ninguna duda de que la extrema derecha y sus productores de ideología quieren librar esta lucha con todas sus energías. Götz Kubitschek [uno de los principales ideólogos de la ultraderecha alemana, NdT] habla en relación a esto de un estadio de “pre-guerra civil”. “¡Ojalá nos llegue esta crisis!”, dice. “Aunque acecha y amenaza a nuestra patria enferma, quizá despierte su coraje, nos empuje a lo imprevisible y nos lleve a atrevernos a lo que el nombre de ‘política’ merece: ¡Ni una sola recaída en lo enfermizo, en lo latente, en la tolerancia!” Se trata de una declaración de guerra, por supuesto.

Quien ama a su patria debe ganar la pre-guerra civil antes de que sea incontrolable”, continúa Kubitschek. Con ello, revela una concepción del mundo cerrada y apocalíptica que no permite ya llegar a ningún tipo de acuerdo. Si se aceptan sus premisas, se deduce inevitablemente que se necesitan millones de personas “remigradas” (Martin Sellner) para defenderse del “gran reemplazo” (Renaud Camus).




En esta visión del mundo es la tarea más noble de la metapolítica combatir la decadencia. Se necesitan héroes, al menos hombres. En este sentido, Hans-Thomas Tillschneider (AfD) terminó en el parlamento de Magdeburgo su sermón, de tintes religiosos, contra la Gomorra decadente de la ceremonia inaugural de los Juegos Olímpicos con pathos: “No temo a la persecución, pues sé que Dios está con nosotros.”

La metapolítica es el combate cultural en tiempos de pre-guerra civil. La izquierda no puede ganar este combate cultural porque éste no es su campo de batalla. La paradoja consiste en que perderá este combate cultural si no lo libra. “Es el tiempo de los monstruos.” (Antonio Gramsci).


Fuente: El Salto

lunes, 2 de septiembre de 2024

Rusia-Ucrania-OTAN: ninguna línea roja

 

Experto en comunicación, políticas culturales y autor de artículos sobre arte y cultura.


        A veces olvidamos que las personas, los pueblos, ven los acontecimientos a la luz de su propia historia, de su propia cultura, que a veces puede ser muy diferente. Por supuesto, esto se aplica a todo, y la guerra no es una excepción. Si tenemos en cuenta que la guerra es, en efecto, un conjunto de acontecimientos decididamente explosivos, no sólo desde el punto de vista de los hechos, sino también en sentido figurado, y, por tanto, extremadamente cambiante, sujeto a una dinámica constante y, en cierta medida, dotado de vida propia, es fácil comprender cómo una perspectiva cultural diferente se refleja inevitablemente no sólo en la percepción de la guerra, sino también en su conducción.

El arte occidental de la guerra, por ejemplo, está profundamente marcado por la idea de ataque, entre otras cosas porque prácticamente todas las guerras occidentales han sido históricamente guerras de expansión.




Desde el punto de vista occidental, por tanto, la guerra es predominantemente un asunto ofensivo. Europa, a lo largo de su historia, ha conocido básicamente tres grandes invasiones, ninguna de las cuales llegó a conquistarla por completo: la mongola, la islámica y la otomana. Por el contrario, ha llevado la guerra a todos los rincones del mundo, incluso a los más remotos.




Esta visión de la guerra está tan arraigada en nuestra cultura que nos resulta difícil concebir el acto bélico de otro modo. Y, sea cual sea el curso del conflicto, se concibe en torno a la idea de una acción decisiva. Desde la falange macedónica hasta el primer first strike nuclear, éste es el fil rouge del pensamiento militar occidental.

Desde la aparición de la potencia hegemónica Estados Unidos –que ha hecho del ataque el fundamento de toda su doctrina militar–, la concepción ofensiva de la guerra se ha reforzado, informando a todo el complejo militar-industrial y reflejándose a su vez en la cultura occidental, en su sentido común.

Sin ánimo de recapitular aquí cosas que ya se han dicho muchas veces, podría decirse en cierto sentido que el enfoque cultural ofensivo ha acabado imponiéndose hasta tal punto que, en ocasiones -y de forma cada vez más evidente-, la guerra no sólo ha asumido el papel de instrumento principal (no un instrumento, sino el instrumento), sino que ha acabado solapándose con los fines: la guerra ya no como instrumento para alcanzar objetivos, sino como objetivo en sí.




Aquí se da la paradoja de un afán milenario por alcanzar la máxima capacidad de acción decisiva, que luego se reifica en la acción por la acción; el principio clausewitziano (nunca suficientemente reiterado) de la guerra como instrumento para alcanzar de otro modo un resultado político se transmuta en un estado de guerra permanente, que ya no busca ni el acto decisivo ni la consecución de un objetivo político que esté más allá de la guerra.

Esto se debe en gran medida al hecho de que –precisamente– la guerra se ha convertido también (si no predominantemente) en un medio para alcanzar objetivos económicos, tanto o más que políticos. Es, en efecto, la apoteosis de la idea capitalista, precisamente en virtud del hecho de que no existe otra cadena de producción-consumo tan extensa y rápida. La voracidad de la guerra, en términos de consumo, no tiene parangón.




Esto es aún más evidente cuando se observan las guerras occidentales de la era contemporánea, en las que no sólo prevalece claramente el cálculo utilitarista, la evaluación coste/beneficio, sino que se llega a los límites de las guerras sin ningún objetivo (al menos claro), de las que uno se retira como de una mesa de póker, cuando simplemente ya no le apetece jugar. Guerras que duran décadas (y que cuestan cientos de miles de víctimas), y que se justifican con la consecución de un objetivo, y que de repente se dan por terminadas, sin haber logrado el objetivo declarado, y sin haber sufrido la derrota sobre el terreno. Uno piensa en Vietnam o Afganistán.

Sin embargo, la paradoja sigue sin resolverse. El enfoque cultural occidental sigue orientado hacia la idea de la guerra como acción ofensiva, y ello sigue inspirando las doctrinas militares y, por consiguiente, la articulación de las fuerzas armadas. Pero, al mismo tiempo, el focus se ha desplazado del factor resolutivo al consumo. La duración de la guerra ya no es (simplemente) el tiempo necesario para alcanzar los objetivos políticos, sino el adecuado a las necesidades del ciclo producción-consumo-producción.

El conflicto ruso-ucraniano, que dura ya treinta meses, es un observatorio privilegiado en innumerables aspectos, porque aquí se comparan no sólo diferentes sistemas de armas y diferentes doctrinas militares, sino también concepciones históricas y culturales de la guerra aún más diferentes. Lo cual, por supuesto, refleja de manera significativa no sólo la percepción de la guerra, sino también su conducción. Y no se trata sólo del hecho de que para Rusia esta guerra sea existencial (la existencia y la integridad de la nación rusa están amenazadas), mientras que para el Occidente colectivo sólo forma parte de una estrategia global para defender su hegemonía. La radical diferencia de perspectiva es tal que resulta difícil comprender -independientemente de cómo uno se posicione– el punto de vista ruso.

En primer lugar, hay que reiterar que el lanzamiento de la Operación Militar Especial en febrero de 2022, si bien en términos tácticos fue ofensiva, para los rusos, en términos estratégicos, fue un movimiento defensivo. Moscú percibió claramente el ascenso agresivo de la OTAN, que, si las partes se hubieran invertido, probablemente habría atacado ya en 2014.




Otro factor que tendemos a olvidar es el autoconocimiento.

Rusia sabe que es una nación muy rica en recursos y, por tanto, muy atractiva para un Occidente que, por el contrario, tiene relativamente pocos y siempre ha recurrido al saqueo de los ajenos. Pero también es consciente de sus propias debilidades, que incluso los fanáticos occidentales más acérrimos tienden a olvidar. Es un país inmenso (el más grande del mundo), con una superficie de aproximadamente 18 millones de kilómetros cuadrados (toda Europa tiene aproximadamente 10 millones), pero con una población de 146 millones (Europa nada menos que 745 millones).

Esto por sí solo ayuda a comprender dos cosas muy simples, pero no siempre tan evidentes como deberían ser: hay un enorme territorio que controlar (¡20.000 kilómetros de fronteras terrestres!), al tiempo que el potencial humano al que recurrir es muy limitado, lo que hace que sea doblemente complicado protegerlo, y es necesario preservar al máximo el recurso humano, incluso más valioso que para otras naciones precisamente porque es -relativamente- escaso.

(Desde esta perspectiva, el conflicto ucraniano es realmente rentable para Moscú. Aunque las pérdidas son bastante importantes (probablemente unos 100.000 hombres, incluso si se comparan con al menos 600.000 ucranianos), hay que tener en cuenta que, entre la población de las zonas anexadas y los refugiados de toda Ucrania, ha adquirido alrededor de diez millones de nuevos habitantes. Y, obviamente, más allá de esto está la adquisición de territorios particularmente ricos -a la vista de sus yacimientos mineros y no sólo-, la expansión del control sobre el Mar Negro y el aumento de su profundidad estratégica, cada vez más alejada de las principales ciudades).

Además, aunque Rusia es en realidad considerablemente más poderosa que Ucrania, en realidad ésta es sólo una especie de enorme compañía militar privada de la OTAN y, por lo tanto, la comparación no debería hacerse entre Moscú y Kiev, sino entre la Federación Rusa y los 36 países de la Alianza Atlántica (más otra docena de aliados de Estados Unidos).




Por tanto, estamos en presencia de un conflicto absolutamente simétrico. Y esto por sí solo es suficiente para explicar tanto la duración del conflicto como el hecho de que no se trata de una sucesión unilateral de éxitos para una de las partes; al contrario, es completamente normal que ambos bandos asesten golpes. De hecho, considerando la simetría del conflicto, es notable que los éxitos rusos sean mucho mayores que los ucranianos, tanto en cantidad como en calidad.

En este sentido, la reciente incursión de la OTAN y Ucrania en la región de Kursk no es, de hecho, nada extraordinario, aunque naturalmente, y por razones similares pero opuestas, ambas partes tienen interés en enfatizarla mucho.

Digamos que era fácilmente predecible. Poco después del inicio de la operación militar especial, tras la retirada de las tropas rusas de las regiones de Kiev y Sumy, yo mismo escribí que «en el noreste del país hay una larga línea fronteriza de unos cientos de kilómetros, que tras la retirada de las tropas rusas vuelve a estar en manos ucranianas. Y que, en consecuencia, ofrece la posibilidad de ataques en territorio ruso». Es obvio que el Estado Mayor ruso también sopesó esta eventualidad, y que evidentemente consideró más económico mantener una defensa flexible en ese tramo de frontera, creyendo sin embargo que podría intervenir más adelante, en lugar de fortificarla y/o destinando tropas más preparadas y entrenadas en mayor cantidad.

Además, como bien sabe Moscú, invitar al enemigo a atacar significa ponerlo en una posición en la que afrontará pérdidas más importantes, que es uno de los principales objetivos rusos.

Aunque, evidentemente, Kiev habla de 1.000 kilómetros cuadrados de territorio ruso conquistados, la realidad es muy distinta. Un intento, porque la penetración se debió principalmente a unidades del DRG (grupos móviles de reconocimiento y sabotaje) compuestas cada una por unas pocas docenas de hombres, que avanzaron en profundidad durante unos veinte kilómetros, a lo largo de un frente de unos cincuenta; y luego porque dentro de esta zona no hay una presencia sólida y generalizada de fuerzas ucranianas. Lo que en realidad se ha determinado, en todo caso, es la creación de una gran bolsa en territorio ruso, de unos veinte kilómetros de profundidad, que, tras la estabilización del frente, corre el riesgo de convertirse en una trampa para las fuerzas ucranianas. En cualquier caso, hay que reiterar que lo extraordinario no es la acción ucraniana, sino el hecho de que no haya ocurrido antes. Y, no en segundo lugar, que Rusia todavía tiene una profundidad estratégica infinitamente mayor, teóricamente incluso de 10.000 kilómetros.

Históricamente, en los tiempos modernos y contemporáneos, los ejércitos occidentales han llegado dos veces a Moscú, sólo para salir derrotados.

La misma pregunta respecto de las llamadas líneas rojas. Basta reflexionar un momento sobre ello, evitando el condicionamiento de los medios, para darse cuenta de que esto es un completo disparate: en la guerra, las líneas rojas simplemente no existen. Más aún en una guerra de este nivel. Se trata en gran medida de un minueto de propaganda entre las partes, ni más ni menos que la sucesión de suministros de nuevos sistemas de armas a Kiev.

En ambos casos –una nueva línea roja superada, un nuevo sistema de armas suministrado– ni el marco estratégico ni el táctico cambian, es pura y simple niebla de guerra, funcional al disimulo de los diferentes puntos de vista sobre el conflicto: para la OTAN, se trata de alcanzar algunos objetivos (clara separación de Europa de Rusia, subordinación económica de esta última a los intereses estadounidenses, inicio de un ciclo de producción bélica a gran escala, desgaste y desestabilización de la Federación Rusa…), mientras que para Rusia es defender su espacio vital. Ninguno de los dos quiere llegar ahora a un enfrentamiento directo.

Si la OTAN lo hubiera querido, habría tenido infinitas ventanas de oportunidad para atacar, incluso suponiendo que sintiera una necesidad apremiante de motivarlo ante los ojos de su opinión pública. Otro tanto si Rusia hubiera querido.

La cuestión es que ambos son conscientes de que, en términos estratégicos a largo plazo, el conflicto es inevitable, pero nadie está dispuesto a sostenerlo en este momento, en estas condiciones.

Lo que nadie sabe bien es si esta guerra durará lo suficiente como para convertirse en una verdadera guerra entre Rusia y Estados Unidos y la OTAN, o si terminará antes de que llegue el momento adecuado para el conflicto real.

Por el momento, parece que Estados Unidos se prepara, una vez más, para levantarse de la mesa. Después de Saigón y Kabul, se acerca el momento del bye bye, Kiev.

Fuente: El Viejo Topo