Mostrando entradas con la etiqueta Fascismo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Fascismo. Mostrar todas las entradas

viernes, 28 de agosto de 2026

Aviso para ingenuos: solo se puede controlar el movimiento humano a través del fascismo

 

 Por Sarah Babiker   
      Periodista hija de una chica madrileña de familia obrera y de un joven sudanés de clase media que pasó de estudiante a migrante en la España franquista.


Los mismos gobiernos que desisten en regular el coste de la vivienda, que se muestran incapaces de frenar la desigualdad o que permiten a la IA avanzar sin control, insisten en regular, frenar y controlar el movimiento de quienes intentan sobrevivir


Manifestación en el Tarajal en 2025.

     Túnez, 23 de agosto, el pueblo costero de Ben Gerdane arde. La población está furiosa: lleva días recuperando los cuerpos de sus hijos en el mar. Quince muchachos que veían la vida como un callejón sin salida, e intentaron abrirse una grieta de posibilidad a bordo de una patera, rumbo a Lampedusa, atravesando 142 km de mar convertido en el más eficiente de los gendarmes de Europa.


Manifestantes tunecinos marchan tras el hundimiento de una embarcación de migrantes que causó la muerte de varios de ellos.

El gobierno tunecino, al que Bruselas subcontrata el control migratorio, es incapaz de hacer políticas que alivien la pobreza o frenen el deterioro de los servicios públicos. Lo que sí se le da bien es la represión, miles de personas llevan semanas protestando contra el colapso económico y la gestión autoritaria del presidente Kais Saied.

Ceuta, 22 de agosto, en el barrio de El Príncipe los vecinos y vecinas se quejan, el campamento que ellos mismos han habilitado para mujeres, niñas y niños, en una cancha deportiva, ha sido inutilizado por las lluvias: detrás, carpas caídas y colchones mojados.


Mujeres y menores migrantes, algunas enfermas, en colchones mojados en Ceuta: ‘Esto es una vergüenza, son personas vulnerables’.

Los barrios periféricos de la ciudad autónoma, que llevan años protestando ante el abandono institucional, se sienten de nuevo dejados a su suerte, mientras afrontan una situación inédita marcada por la presencia de miles de personas que llevan más de veinte días a la intemperie y en la incertidumbre total, generando un ambiente proclive a la tensión. Mientras, en los despachos se van señalando espacios donde ir acumulando a las personas hasta que se dirima la magnitud de la devolución indiscriminada que exigen en Europa.


Personas migrantes aguardan en la explanada de Loma Colmenar para poder acceder al nuevo centro provincial instalado en Ceuta este jueves.

Derechas, mercenarios neonazis y bots, azuzan el odio que normalizará la próxima vulneración de derechos masiva.

Madrid, 25 de agosto. El gobierno anuncia la reforma de la ley de extranjería y una nueva ley de asilo: triajes, protocolos, dispositivos de detención y de control. El poder decide jugar al autoengaño de que se puedan gobernar limpiamente las fronteras, acotar con higiénicas leyes la voluntad humana de moverse, regular la desesperación. Y ciertamente no tiene mucho margen de maniobra, el marco viene dado por Europa, con su nuevo Pacto de Migración y Asilo. Una Europa sustentada en la fantasía del control: colonial, osando a dividir territorios y vidas con líneas rectas; fascista, burocratizando la muerte y sistematizando el encierro y la represión; supremacista, arrogándose el protagonismo en los saberes humanos y tratando a los demás pueblos de salvajes, mientras les somete a las peores salvajadas. 

Ceuta, 27 de agosto. El cóctel de abandono y deshumanización va surtiendo su efecto: grupos de ceutíes deciden “reestablecer el orden” prendiendo fuego a las cabañas improvisadas donde intentan protegerse de la intemperie las personas migrantes en la playa de El Trampolín.


Un grupo de vecinos prende fuego a chabolas de inmigrantes en la playa del Trampolín.

Poco antes, han intentado impedir que la Cruz Roja distribuya la única comida que recibirán durante la jornada. Ante la situación de crisis que se vive en la ciudad, estos grupos violentos han tomado una determinación: la solución pasa por agredir y negar el alimento y el cobijo a seres humanos. Algunos medios de comunicación contribuyen, llaman invasores, sin comillas, a quienes cruzaron la frontera. Atribuyen así a miles de personas diversas con la agenda individual de sobrevivir, trabajar y prosperar, la voluntad colectiva de invadir un territorio. Convierten al otro en enemigo para justificar la crueldad como respuesta.


Manifestantes ceutíes incendian chabolas de migrantes.

Los 15 jóvenes ahogados ante las costas tunecina, las más de 140 personas que perdieron la vida intentando llegar a Ceuta, las 1317 personas, que murieron en los primeros cinco meses de 2026 intentando arribar a territorio español, quienes desaparecen en el Sáhara en su camino al norte, todos estos cadáveres jóvenes, ese reguero de personas desaparecidas, son un éxito de las políticas migratorias europeas. En mayo Frontex anunciaba que la llegada irregular de personas migrantes a Europa se había reducido en un 40% respecto al año anterior, consolidando una tendencia a la baja facilitada por los acuerdos bilaterales con los países receptores y de tránsito, es decir, gracias a la externalización de las fronteras. 

Teniendo en cuenta que la desigualdad no para de crecer —entre los países y dentro de cada país—,  que las guerras continúan ingobernables en países como Sudán o Yemen (lugar de origen de muchos de quienes llegaron a Ceuta), teniendo en cuenta que la necesidad y la pulsión de migrar siguen intactas, habrá que colocar todo el mérito en la ralentización de las llegadas del lado de la represión: la eficacia de los gendarmes de Europa en aplicar prácticas de control de los flujos migratorios que incluyen la caza de personas, el secuestro, la tortura y la extorsión, o el abandono en mitad del desierto. Y para los que llegan, ya se están aprestando los centros de deportación auspiciados por el reglamento de retorno

Tan significativo como lo que se pretende controlar, es lo que se desiste en regular: el precio de una vivienda que se ha convertido en la guarida desde la que el capital financiero insiste en atacarnos; ese despojo naturalizado que opera en las ciudades de todo el mundo sin que los mandatarios organicen pactos internacionales, debatan normativas, ni contemplen endurecer la fiscalización sobre el abuso. La “invasión” de los pisos turísticos en los centros urbanos, la “migración masiva” de la riqueza común hacia el patrimonio de un puñado de oligarcas flipados, sucede sin líderes que cuestionen la legalidad del expolio.

La cesión continua de información a multinacionales que facilitan genocidios, limpiezas étnicas, o el control de la disidencia se asume sin que ningún líder agite la bandera de la libertad contra quienes quieren sistematizar y controlar cada uno de los datos que nos construyen. El lucro de quienes hacen negocio con lo básico: la alimentación, la educación, la sanidad, apenas se fiscaliza. La IA trota enloquecida hacia quién sabe dónde, mientras los Estados la miran atravesar cada vez más fronteras de posibilidad, sin atinar a plantearse siquiera la necesidad de ponerle riendas por interés del común.

Con todos estos límites descontrolados, con esta dejación de responsabilidades por parte de los gobiernos, quienes agitan la bandera de la invasión, y pastorean el miedo y la incertidumbre humanas hacia el rechazo militante del otro, llevan muchos años trabajando. Tampoco han inventado nada: el colonialismo, el capitalismo racial, son el sustrato histórico de un discurso dopado de bots, financiado con el dinero de los apóstoles del descontrol del capital, y agitado por racistas poco innovadores pero con un altavoz mediático continuo. Da miedo asomarse a los comentarios, percibir la extensión del desprecio a la vida de los otros, constatar la siembra de ignorancia y deshumanización donde arraigan y prosperan sin coto las más crueles narrativas, abonadas a base de bulos, desinformación y reduccionismo. 

Sí, estamos ante un trabajo fino de fascistización de la sociedad, pero también cada cual es responsable de la mierda que difunde o justifica. Reconocer la humanidad y la agencia de los otros también implica hacerles responsables de sus propias derivas, recordar que siempre es posible elegir no sumarse a quienes odian, que es normal sentirse impotente ante el tsunami de racismo, pero eso no te obliga a sumarte a la corriente. Cualquier salida colectiva de este abismo, requiere de la resistencia individual a dejarse llevar por este sentido común xenófobo, la resistencia personal a dar por bueno el solucionismo fascista que pretende doblegar la voluntad humana de sobrevivir o prosperar a base de vigilancia, encierro o muerte.

Te llamarán buenista por pretender que la gente tenga el mismo derecho a moverse que tú. Como si considerar a otros seres humanos como iguales fuese una debilidad de carácter y no una muestra de fortaleza ética. Te llamarán ingenua por impugnar ese sentido común arrogante que insiste en señalar a las migraciones como la principal amenaza, por cuestionar que no haya otra forma de afrontar el movimiento humano que el control y el uso de la fuerza. Pero no menos ingenuo es pretender que se pueda frenar la pulsión de supervivencia o simplemente, de viaje, afinando reglamentos y normativas en despachos.

El mapa del mundo es el que es: uno cada vez más desigual, cubierto de zonas de sacrificio, acechado por el cambio climático, enfermo de inseguridad por la privatización de la guerra. Las vidas de cada vez más gente se han vuelto una ruta incierta, bajo sus pies se hunde la tierra firme, los países naufragan hacia el autoritarismo, poder quedarse en el lugar que te vio nacer, deviene un privilegio. ¿Cómo no va a moverse la gente? ¿cómo no va a desplazarse en busca de un futuro? ¿cómo va a resignarse a permanecer quieta si no queda suelo ni horizonte que la sostenga? Urge mirar de frente al contexto real en el que estamos e imaginar otras respuestas. Porque si no solo queda la misma de siempre, la de la ley del más fuerte, la del sacrificio del otro, la del odio para poder justificarnos tanto abismo. Queda el fascismo en cualquiera de sus formas.



Fuente: El Salto

martes, 7 de julio de 2026

Anotaciones, nada marginales, sobre la democracia

 

 Por Pedro Costa Morata   
    Ingeniero, periodista y politólogo. Ha sido profesor en la Universidad Politécnica de Madrid. Premio Nacional de Medio Ambiente.


        Si la democracia es “el menos malo de los sistemas políticos conocidos” no hay que extrañarse de que el fascismo se ofrezca como el mejor de los sistemas desconocidos, sin que los recuerdos del pasado alteren en gran medida su poderoso cinismo oportunista. Y cuando asumimos ese eslogan, entregándonos al confort que transmite y sin preocuparnos mucho por su profunda perversidad, nos convertimos en adocenados peleles ideológicos.

Tratar la corrupción como un mal inevitable, consustancial con la naturaleza humana y por tanto presente en toda la historia y en todo el mundo, y sosteniendo que siempre será menor en los regímenes de libertades por aquello de la mutua vigilancia y el “equilibrio de poderes”, es optar por su aceptación y normalización, bajando la guardia tanto a escala institucional como personal y grupal. Anotemos que en las democracias en las que convivimos, hemos tardado mucho en señalar y criticar a dos poderes inexplicablemente intocables, como el judicial (tercero en la clásica división de poderes) y el mediático (cuarto en esa fanfarria informal del “marco de libertades”): en España solo en los últimos años se ha abierto la veda para esas dos estructuras de poder esenciales en la democracia y, por tanto, receptáculos inevitables de hipocresía, de corrupción y de intimidación.

      La izquierda, con sus miedos prudenciales que llevan en primer lugar a su negativa a criticar la democracia, se adhiere al eslogan de más arriba y compite incluso con la derecha en su defensa, lo que debiera removernos las tripas: ¿será posible que la izquierda (transformadora, reivindicativa, rigurosa) se resista a ejercer el análisis crítico de la democracia capitalista, elevándola por el contrario a valor universal e inmejorable? ¿No percibe que esta actitud equivale a la de un atrincheramiento, cuando no retirada, pero siempre fatalista respecto de sus ideales y convicciones? De la referencia ordinaria a la democracia como concepto convivencial (tan equívoco) y de su prestigio político (tan amañado) se deduce una seria acumulación de impedimentos para su análisis crítico.

Porque, o ajustamos las ideas sobre la democracia o no saldremos nunca de ese limbo tranquilizador en el que nos instala la “fuerza de los hechos”. Y en primer lugar se impone recordar que la democracia es la más prístina creación del capitalismo, es decir, de las exigencias, más que propuestas, de los que disponen de mejor posición económica. De lo que no debiera dudarse si consideramos que la democracia actual, extendida por todo el planeta, es la inglesa del siglo XVII, que en esencia consistió en la exigencia de la burguesía -básicamente comercial y financiera, que estaba apoderándose de medio mundo por la expansión colonial- de arrebatarle poderes al monarca, para atribuírsela a ella misma en los nuevos parlamentos. De ahí que, en aquella democracia, y durante siglos, el grupo del votante y el del votado resultaran minorías exiguas en el total de la población; es decir, que se reducía a los sectores directamente interesados y que consiguió -revoluciones burguesas mediante, de distinto calado pero mismo objetivo- constituirse en poseedora privilegiada del poder político, una vez que se descubrió a sí misma segura dueña del poder económico.

         Con la evolución del sistema y la ampliación paulatina del voto, el capitalismo ha ido modulando ese sistema democrático de tal manera que siguiera siendo su propio modelo, y que, por ejemplo, las elecciones acaben ganándolas quienes más dinero dedican a las campañas electorales, lo que no parece producir ningún escándalo. Siendo lo esencial, sin embargo, que mantiene y protege los intereses del capitalismo, y todas las medidas que adopta en favor de la mayoría conseguida (y utilizada) de votantes no son sino medidas o “soluciones” aparentes, relativas o parciales, que en nada cambian la sustancia del sistema. Todo el mundo sabe, por lo demás, que “los bancos y las grandes empresas son los que mandan”, con independencia de los procesos electorales y sus novedades, y que son instituciones que cuando incurren en exceso, incluso en delito, resultan muy favorablemente considerados por el sistema político y el aparato judicial y que además sobreviven e incluso mejoran tras cualquier proceso electoral que implique cambios o novedades, aunque estos se describan a sí mismos como heraldos de justicia y equidad.

     La democracia consiente el desarrollo de estos grupos que la erosionan y envilecen porque siempre “alega”, como fórmula tramposa, la libertad y el derecho de unos y otros a expresarse y, por supuesto, a medrar. Defiende, en definitiva, a los que, desde un punto de vista teórico (pero que encubre planes de poder real) se comportan de forma radicalmente antidemocrática. Una variación de lo anterior, o un corolario, vaya, de decisiva importancia, es el caso de los partidos liberales más radicales que, expresando claramente su deseo “constitutivo” de reducir y debilitar al Estado democrático, disponen de total libertad de desenvolvimiento político y electoral, lo que el Estado concede con declarada “convicción” permitiendo su propia humillación y la amenaza de destrucción o apropiación por esos grupos anti-Estado. Es el caso de tantos mamarrachos neo y ultra liberales que van a elecciones y, en casos, las ganan con el objetivo expreso de dañar en lo posible al Estado: como el indescriptible Trump o Milei el estrafalario, y tantos tipos y partidos del universo liberal que se declaran enemigos del Estado y se lanzan a él para aniquilarlo. No hay ninguna “grandeza democrática” en un sistema político en el que cunde y prospera esa gentuza.


Si tipos como Trump representan a la democracia, apaga y vámonos.

      Y ahí tenemos, nítidamente contemplados, a la ciencia, la tecnología (C-T) y sus prohombres, surgidos y amamantados por la gran referencia de las democracias planetarias, los Estados Unidos de América, riéndose de la democracia y declarándole al mismo tiempo su hostilidad más sincera, así como sus elegantes planes para eliminarla. Sin embargo, este tecnofascismo (concepto que, por fin, suena y resuena, después de que nuestros utopistas del siglo XX no quisieran ver ni reconocer), no solo no suscita rechazo general, sino que aumenta su poder de atracción, dado el culto que reciben desde la política y los medios de comunicación, y muchos, muchísimos de nuestros jóvenes se dejar atraer por su brillo y sus espejismos, soñando con hacerse ricos con todo ese despliegue de falacias prometedoras.

      Por lo tanto, la crítica de la democracia debe ser sistemática, permanente, implacable. Pero no se trata de incidir, en cualquier caso ni como prioridad, en el desarme semántico-histórico de la democracia, ni mucho menos en su comentario gramatical, sino en su cuestionamiento lógico, histórico, documentado, coloquial, político y socioeconómico, sobre todo cuando de cuestiones esenciales para la convivencia se trata, que es en lo que consiste, en definitiva, la mayor parte del trabajo social y político. Y de atender ante todo al hecho incuestionable de que esta democracia es (necesariamente) generadora de diferencias, desigualdad y de una pobreza que no siempre resulta marginal, pudiendo afectar a grandes sectores de la población (veamos los estragos de la vivienda inasequible para los jóvenes) o a la ciudadanía entera (como la inflación y el coste de la vida, fenómenos claramente políticos y caracterizadamente “democráticos”). Que la desigualdad y el empobrecimiento son condiciones, diríamos, metafísicas del imperio del capitalismo.

        Se comprueba la perfidia profunda de la democracia cuando periódicamente a lo largo de la historia en su seno pone en marcha, o consiente, procesos de endurecimiento social y político orientados a “disciplinar” a ciertos grupos (de izquierda, esencialmente) o a la sociedad entera, Cuando las sociedades democráticas empiezan a segregar movimientos de tipo fascista, que siempre empiezan por la violencia ambiente (broncas callejeras, intimidaciones a las víctimas elegidas, etc.) hasta conseguir la “normalización” de la actividad de grupos de este tipo, el objetivo queda claramente señalado, y es resolver algún proceso socioeconómico que inquieta a ese capital siempre atento y activo, o encaminar al país a conflictos abiertos, de los que el capitalismo siempre espera -por haberlo comprobado tantas veces- salir vencedor o reforzado. En nuestros pagos, cosa es de admirarse (o mejor, de enfurecerse) por el énfasis que los nuevos fascistas ponen en la Democracia, la Libertad y hasta la Constitución, acusando a las izquierdas de ser culpables de su degradación y obligándolas a actuar, y hasta gobernar, a la defensiva y a la desesperada, cuando en los genes de esta turbamulta ultra late y rige la obsesión por acabar con esas tres categóricas referencias. Son gente y formaciones políticas profundamente liberticidas, montaraces y provocadoras, exhibiendo un racismo descarnado, apuntando como dianas a logros seculares en derechos humanos y adhiriéndose, en el caso español, a la dictadura franquista y sus crímenes.

            Como si esta ultraderecha y su escandalera pudieran hacernos ignorar que no es más que esa repetitiva excrecencia del capitalismo desbocado y desesperado que periódicamente busca la forma de liberarse de sus propias normas y limitaciones, dando marcha a la legión -dormida, agazapada, revanchista- de desalmados y descerebrados que escarban en las situaciones de desolación y desesperanza que ese mismo capitalismo crea para proceder a una etapa de ganancias políticas excepcionales, con independencia de los crímenes previstos, y deseados, que han de acompañarla. Y hemos de soportar ese marea ascendente -por mor de la democracia generosa- de indeseables a los que resulta inútil recordar lo que su ideología ha dado de sí en la Historia y los daños que ha causado a la Humanidad.


Si el Estado de Israel es democrático, que venga Yavé y lo vea.

        Otros sistemas existen, desde luego. Pero no dejemos de reseñar -recurriendo al método histórico- la hostilidad furiosa de la democracia occidental cuando han surgido “otras democracias” de algún tipo que amenazara o eliminara el sistema anterior vigente con presupuestos radicalmente opuestos, es decir, atacando o eliminando de la escena política el protagonismo del poder económico; fuera este el rancio e insoportable poder feudal, como fue el caso de la Revolución francesa de 1789, o el mucho más hiriente del capitalismo esclavizante, como fue el caso de la Revolución rusa de 1917, corrección contundente de la francesa y de otras del siglo XIX. En este segundo caso se produjo la alianza -esperada, inevitable- de la reacción del poder zarista abatido con las potencias exteriores, de predominio democrático, que dieron forma con su inquina a la guerra y la invasión militar.

         Nada de lo cual significa que la alternativa política no exista o no pueda existir, sino todo lo contrario. No habría que tener miedo ni reservas mentales insuperables a pensar y exponer los objetivos y contenidos de “otras democracias”, empezando por la llamada “democracia popular”, que erradica al capitalismo y los capitalistas de la dirección política expresa o soterrada, y da al pueblo organizado y capaz la posibilidad de una vida digna. Vienen a cuento esos necios que se apuntan a la rusofobia, se alinean con la Ucrania filonazi y consienten activamente que la OTAN supremacista y expansionista ejerza como brazo armado del capitalismo más descarnado, creyendo con ello vengarse de la URSS “superándola”, reduciendo la experiencia soviética a los crímenes de Stalin y asumiendo por entero la propaganda occidental de decenios de insidias y mentiras; y se “saltan” el principio leal de que la conciencia política auténtica no debe dejarse camelar ni engañar por la leyenda y las pamplinas de los “valores de Occidente”, sino que su misión es “aclararlos” y someterlos a estricto y profundo análisis, ya que esos valores son los que esgrimen, sin gran contestación, potencias genocidas como Estados Unidos, Israel y, cada día un poco más, la Unión Europea. Que considerar como democráticos a Estados criminales constitutiva y funcionalmente es prueba abrumadora de la gran farsa democrática. Como estupidez sublime es creer en democracias satisfactorias que no eliminen al capitalismo como sistema socioeconómico dominante, ya que en él prima lo económico, no lo político, que resulta accesorio (o, mejor, subsidiario...), y que por eso genera falsedad, desigualdad e incapacidad para responder a las inquietudes legítimas y profundas del género humano.

         Manoseada y desenfocada, la democracia falaz genera las derechas ultras y los fascismos, como muestra la historia europea; no obstante, no escarmentamos, y la izquierda y la amplia constelación de (verdaderos, sinceros) creyentes en una democracia equívoca e hipócrita se mecen tan panchos en una idea que creen que, por ser radiante y sonora, les va a guardar de tanto canalla hirviendo.


Si hay que acostumbrarse a la corrupción, esperémonos lo peor.

Es la socialdemocratización generalizada de la izquierda, la de los mencheviques de la Revolución rusa de entonces y de la Internacional Socialista de después, que es la administradora de las traiciones de los partidos socialdemócratas a la clase trabajadora y la mayoría de los pueblos y países (recordemos a Samir Amin y su frase lapidaria: “La socialdemocracia es, pues, por excelencia, la ideología del capitalismo avanzado”, en El capitalismo, una crisis estructural, 1974)

       Pero otra democracia es posible, desde luego, aunque a condición de que cambien supuestos, estructuras y objetivos. Como indicación al caso, se ha de tener muy en cuenta que una democracia contaminada no puede ser verdadera democracia, de donde se nos plantea la oportunidad del ecosocialismo como opción democrática necesariamente distinta y bien diferenciada de la democracia convencional. Reparemos, a estos efectos, en la hostilidad con que la derecha y la ultraderecha -falsificadoras incorregibles de la democracia- miran a cuanto suponga protección o conservación ambientales, optando siempre por el endurecimiento frente a la agitación o la reivindicación de carácter ecologista. Se trata de una enemiga que por no ser clásica y por armarse de argumentos bien a la vista, ni derecha ni ultraderecha saben bien cómo doblegarla y de ahí la extremada inquina conque las tratan. Y como el sistema, dominado por un capitalismo que envenena el planeta por necesidad, asume el peligro de esta sensibilidad organizada, se emplea a fondo -y en buena medida lo consigue- en comprar y someter al movimiento ecologista.

           Así que, resumiendo, parece evidente que los tiempos marcan que cualquier alternativa a esta democracia -que ya más que honrarnos, nos secuestra- debiera optar por un ecosocialismo de fondo y forma, que se diferencie netamente de la democracia de 1978: chantajista en lo político, vana en lo económico y empalagosa en lo moral.

jueves, 16 de abril de 2026

Sí, todos los judíos

 

 Por Amanda Gelender   
      Escritora judía estadounidense antisionista que reside en los Países Bajos.


Todos los judíos deben acabar con el sionismo dentro del judaísmo



Representación de un triángulo rojo invertido goteando y derritiendo la esvástica sionista de David que ondea en la bandera de Israel.

     He llegado a sentir un tremendo desprecio por mi pueblo, por el mal que hemos causado y por los demonios en que nos hemos convertido. Nuestra cobarde hipocresía, nuestra lamentación por el Holocausto, nuestra disociación egoísta, nuestra interminable doble moral, nuestra inacción catatónica, nuestra débil ostentación de banderas, nuestras condenas condescendientes, nuestro regodeado complejo de víctima, nuestras traiciones autocomplacientes, nuestro descarado egocentrismo, nuestro arribismo explotador, nuestro racismo de sangre y tierra, nuestra cobardía liberal, nuestras montañas de banalidades vacías entre montañas de cadáveres palestinos que aniquilamos a sangre fría. Es probable que «Israel» haya matado a cientos de miles de personas en dos años y medio de bombardeos ininterrumpidos, ejecuciones y hambruna provocada en Gaza. La profundidad de nuestro sadismo parece no tener límites.

Una de las últimas veces que existió y se manifestó el aliento y el corazón palpitante del judaísmo —ese que el profeta Moisés entregó— murió en Auschwitz, cuando los sionistas judíos ya estaban ocupados construyendo lo que se convertiría en la colonia de la muerte judía, "Israel".

Aún está por verse si un eco del judaísmo de Moisés puede existir o ser recuperable, pero puedo afirmar con seguridad: no me importa, no estoy aquí por eso no tengo la voluntad ni el deseo de siquiera considerar la posibilidad de la continuidad del judaísmo hasta que la entidad sionista sea cenizas y Palestina sea libre.

Esta no es una lucha egocéntrica por el "alma del judaísmo", Palestina no es nuestro "ajuste de cuentas moral judío ". No hay ni rastro de moralidad judía. Palestina es una lucha de liberación anticolonial y decolonial en la que nosotros, los judíos, somos los señores supremos fascistas, los propagandistas y financiadores despiadados, los soldados-colonos militarizados que demuelen y roban casas, provocan pogromos en Cisjordania ejecutan niños en masa. Los sionistas judíos dirán que esto evoca "tópicos antisemitas"; no nos importa, sus palabras carecen de fundamento, ya que los judíos en "Israel" celebran Purim aplaudiendo bombardeos como el asesinato de 165 niñas y personal escolar en ataques aéreos estadounidenses-israelíes contra Irán. La verdad del terrorismo judío ya está grabada a fuego en la tierra palestina , marcada y tallada en la piel palestina con esvásticas de David . Los judíos vivimos y participamos activamente en la era del judaísmo totalitario; no quiero volver a oír hablar de "antisemitismo" ni de "victimización judía".

Los sionistas insisten en que odiar a Israel equivale a odiar a los judíos, y al mismo tiempo exigen que no se confunda a Israel con los judíos. Cuando les digo a los judíos que todos somos responsables de acabar con el sionismo y el genocidio palestino, suelo escuchar: «No todos los judíos / Dicen los sionistas, no los judíos / De hecho, hay más sionistas cristianos que judíos». Pues bien, me dirijo ahora mismo a judíos, un pueblo que apoya el sionismo fascista de forma unánime en todas las instituciones de nuestra comunidad.

Basta ya de evadir responsabilidades. Los judíos nos consideramos un pueblo orgulloso, un linaje ininterrumpido de generación en generación (L'dor, vador), hasta que el espejo roto del judaísmo moderno no refleja más que terrorismo, matanzas, sangre, sadismo, violaciones y robo de órganos. Prácticamente todos los grupos judíos apoyan la existencia de Israel de una u otra forma, ¿y nos atrevemos a señalar con el dedo a los demás en lugar de limpiar nuestra propia casa?

Organizaciones judías en toda nuestra comunidad mantienen la colonia en funcionamiento gracias a un compromiso inquebrantable y constante, propaganda, dinero y recursos, considerando el fortalecimiento y la defensa de Israel no solo como una mitzvá, sino como parte de su deber para con el pueblo judío y una extensión de su identidad judía. Cabe destacar que los judíos actualmente operan una serie de centros de tortura violación en Palestina y bombardean Líbano e Irán con ataques aéreos. Torturadores israelíes secuestraron recientemente a un niño palestino de un año y le quemaron cigarrillos en los muslos . Este es el "estado judío", así de lejos estamos.

El sionismo no es un fenómeno marginal dentro del judaísmo: está presente en todas partes. Es imperativo que los judíos con conciencia establezcan una distinción tangible entre sionismo y judaísmo , destruyendo el sionismo en nuestras propias comunidades, en lugar de negar nuestra complicidad generalizada y vigilar a quienes simplemente observan la realidad fascista del judaísmo moderno .

Con gran sacrificio para sí mismos y sus pueblos, palestinos, árabes y musulmanes han proclamado estas verdades con claridad durante generaciones; la escritora Nada Chehade describe vívidamente la realidad del colonialismo de asentamiento judío a diario. Nada de lo que afirmo es nuevo; simplemente es raro que un judío lo escuche de otro judío. Los judíos, con condescendencia y racismo, desestiman las narrativas palestinas como ejemplos de su propia lucha descolonial e insisten en una perpetua inocencia judía: como pueblo, estamos lamentablemente desconectados de la humanidad y de la realidad.


Ilustración de Marc Rudin y Jihad Mansour en la contraportada del Boletín del FPLP (1981).

El hecho de que prácticamente todos los judíos y espacios judíos sean sionistas y apoyen la existencia de "Israel" es una acusación contra nosotros como pueblo moralmente corrupto. Ningún judío podría apoyar a Palestina, y eso solo nos condenaría aún más , ciertamente no a aquellos que viven bajo el yugo de nuestro régimen fascista, desarrollando constantemente nuevas formas de persistir y resistir nuestra matanza sádica. Los pensamientos y sentimientos judíos sobre Palestina no importan, o mejor dicho, no deberían importar: actualmente se les da demasiada importancia a los sentimientos judíos, mientras el mundo se paraliza, en particular, por los sentimientos de los judíos blancos. El personal y los estudiantes de las universidades judías están recibiendo actualmente enormes indemnizaciones por supuestas acusaciones de "antisemitismo" tras la bendita operación de la inundación de Al Aqsa ( 21 millones de dólares en indemnización colectiva en Columbia ). Compárese esto con la forma en que se castiga a los árabes y musulmanes que sufren ataques, abusos y persecución sistemática . Palestina es una lucha generacional por la libertad, no un círculo de duelo judío.

Palestina no necesita el respaldo judío para ser libre; los judíos deben tomarse esto en serio, salir de Palestina y librar al judaísmo del sionismo fascista.

Por voluntad propia, el pueblo judío coronó al sionismo como un pilar central del judaísmo moderno y convirtió a «Israel» en nuestro nuevo dios. Un becerro de oro hipermilitarizado para un pueblo cada vez más ateo que busca un lugar en el Mundo de Arriba (supremacía blanca, colonización, construcción nacional, poder dentro del imperio euroamericano). Integramos sin problemas a «Israel» y al sionismo en cada faceta de la vida judía a nivel mundial: el sionismo no tiene fronteras. Israel no se ha vuelto fascista frente a Netanyahu y el partido Likud, sino que Israel es intrínsecamente fascista debido a su estructura colonial de asentamientos; lo mismo se aplica a Trump y la cruzada cristiana estadounidense de colonias, el modelo de Israel, como articula el Dr. Mohamed Abdou en Islam y anarquismo. América e Israel son entidades irreformables e irredimibles, construidas a partir del mundo establecido en 1492, erigidas por colonos genocidas sobre fosas comunes indígenas.

Casi la mitad de la población judía mundial (aproximadamente el 46%) son colonos israelíes que se han asentado ilegalmente en territorios israelíes. Apoyan mayoritariamente la limpieza étnica de Gaza (82%) y la actual guerra entre Estados Unidos e Israel contra Irán (93%). La mayoría del resto vivimos como colonos blancos privilegiados en colonias como la llamada América (el 41% de los judíos). Quienes vivimos en colonias de colonos fuera de Israel también descuidamos nuestras responsabilidades como colonos con los movimientos indígenas de recuperación de tierras y de autodeterminación negra en nuestras comunidades. En Turtle Island, los genocidios contra personas negras e indígenas han persistido durante 533 años y continúan.

Cuando afirmo que prácticamente todos los judíos y las organizaciones judías son sionistas, incluyo a la mayoría del reducido número de judíos y organizaciones judías que se autodenominan "antisionistas" o "pro-palestinos". Si se profundiza un poco, se descubre rápidamente que la mayoría son sionistas liberales, como señalan con frecuencia Lara Kilani y el equipo de Good Shepherd Collective. Todos los judíos que se declaran "no sionistas" son sionistas en su postura política, ya que siempre menosprecian la resistencia y confunden colonizador con colonizado (por ejemplo, "Condenamos tanto la violencia de Hamás como la de Israel" o "Un futuro de coexistencia en la tierra para palestinos israelíes/judíos").

Los auténticos antisionistas judíos apoyan inquebrantablemente la erradicación total de Israel (y del gran Satán: América); la devolución completa de la tierra sin rastro alguno de control imperialista o colonial euroamericano. Esto incluye el apoyo de los judíos a la expulsión de sus correligionarios de Palestina (garantizando que no causen daño dondequiera que vayan ni desplacen aún más a los pueblos indígenas en otros lugares), y un apoyo abierto y reverente a la resistencia armada palestina. Los muyahidines de Gaza están en el centro de la lucha, actualmente liderados por las Brigadas Al Qassam de Hamás, quienes llevaron a cabo la milagrosa inundación de Al Aqsa el 7 de octubre de 2023; una operación que los auténticos antisionistas judíos reconocen inequívocamente como una de las operaciones anticoloniales más prolíficas de la historia.

Es extremadamente raro encontrar estos compromisos políticos entre los judíos, y cuando se encuentran, son débiles, ya que prácticamente no hemos logrado nada material ni significativo para impedir que nuestro pueblo cometa los actos más atroces y repugnantes imaginables durante el último siglo en la Palestina ocupada. Actualmente, los judíos violan a palestinos hasta la muerte con barras de metal al rojo vivo en campos de concentración, y los supuestos «aliados» judíos que viven cómodamente en el centro del imperio todavía tienen la audacia de quejarse del «antisemitismo» y de «no culpar a los judíos por las acciones de Israel». Esta pesadilla sionista es nuestra responsabilidad moral como judíos: debemos afrontarla y combatirla dentro de nuestras propias filas.

Sí, todos los judíos.


‘Estrella mortal’, de Mahmoud Khalili (1984).

Si bien la autoidentificación con el término "sionista" ha caído en desuso últimamente, el apoyo a la existencia de Israel entre el pueblo judío sigue siendo inquebrantable. A medida que la gente del mundo se vuelve cada vez más contra Israel, tras haber visto el sionismo como la maldad que es, el pueblo judío no ha cedido en sus compromisos fascistas. ¿Acaso ven enfrentamientos acalorados sobre el genocidio judío en sinagogas de todo el mundo? ¿Ven disturbios de conflictos internos dentro de la comunidad judía y espacios religiosos que venden tierras palestinas robadas y reciben a terroristas de las FDI para dar discursos y recaudar fondos? No, por supuesto que no. Los judíos saben que se espera que apoyen a Israel en todas las sinagogas. Esto se considera la vida judía normal: nuestro "derecho de nacimiento" en un mundo que "nos odia perpetuamente sin otra razón que ser judíos". Nuestras ilusiones de inocencia judía, nuestra grandilocuente autocomplacencia, nuestro control absoluto sobre la colonia, prácticamente no encuentran oposición dentro de la comunidad judía.

Los sionistas judíos ven Palestina y se alinean con los judíos porque son judíos; los antisionistas judíos ven Palestina y se alinean con los palestinos porque pertenecen a la tierra sagrada oprimida por la tierra firme, la sal de la tierra que lucha por la dignidad y la liberación en su propia tierra, en sus propios términos. La tierra, en efecto, lucha con ellos. No vacilamos ni flaqueamos en nuestras posiciones porque son nuestros hermanos judíos quienes son los fascistas que atropellan a niños vivos con tanques: los compromisos antisionistas son éticos, no identitarios.

Los judíos pueden discrepar sobre las políticas del gobierno de Netanyahu, quién debería liderar la entidad sionista, los asentamientos en Cisjordania y demás, pero una vez que se apoya a las Brigadas Al Qassam de Hamás y al 7 de octubre, se aboga por la expulsión de los judíos de Palestina y se promueve la disolución total de Israel, los judíos lo consideran un traidor a la comunidad judía. Los judíos con claridad moral carecen del valor, la firmeza, la organización, la fe, los principios arraigados y la voluntad para expulsar al sionismo del judaísmo. A los judíos que también odian a Israel y sus consecuencias: siéntanse orgullosos cuando los llamen traidores a su proyecto de destrucción. Seamos «traidores» sin titubear.

Todo Israel es un asentamiento ilegítimo y todos los israelíes son colonos y soldados en tierras robadas, no «civiles». Los sionistas judíos —tanto liberales como conservadores— se aferran a la idea de un futuro de colonos judíos en una Palestina libre, atribuyéndose con arrogancia el futuro descolonizado de Palestina, creyendo que los colonos judíos deberían permanecer en la tierra y conservar al menos una parte de su botín robado. Los antisionistas judíos no deberían tolerar ni el más mínimo atisbo de este derecho entre nuestro propio pueblo; no se debería esperar que los palestinos vivan junto a sus genocidas.

Dos años y medio después, las bombas de fabricación estadounidense siguen cayendo del cielo mientras pilotos orgullosamente judíos bombardean Gaza, Líbano e Irán, mientras feligreses orgullosamente judíos de todo el mundo izan y ondean la bandera israelí, se organizan para lograr el despido, la suspensiónla deportación y la criminalización de los antisionistas, facilitan los asentamientos y los viajes a la entidad, distribuyen recursos al ejército sionista y rezan por la protección de Dios sobre nuestra preciada colonia judía, que ha creado la mayor generación de niños amputados de la historia moderna. Esto ha desplazado a más de un millón de personas en Líbano, mientras la violenta campaña de limpieza étnica por el "Gran Israel" se expande sin piedad. Las sinagogas ya no son sagradas, no hay Dios donde mora el sionismo. Seamos al menos honestos sobre en qué nos hemos convertido como pueblo judío.

Los judíos en Euroamérica envían a sus hijos a sinagogas, campamentos de verano y escuelas judías, todas sionistas, enseñándoles en última instancia mentiras descaradas sobre Israel ("una tierra sin pueblo para un pueblo sin tierra", "hicimos florecer el desierto"), celebrando el "cumpleaños de Israel" (la Nakba) y preparando a nuestros hijos judíos para que algún día se conviertan en colonos y soldados sionistas o para que defiendan el estado judío desde dondequiera que estén, como parte de su identidad y deber judíos.

La culpa es de sus padres judíos, maestros y adultos de la comunidad que introducen a los niños judíos en estos sistemas institucionales judíos sionistas que les lavan el cerebro y los moldean para convertirlos en fanáticos propagandísticos, antiárabes, islamófobos, nacionalistas y con aires de superioridad.

Estarán, como tú ahora, lamentablemente desconectados del sentir moral de la humanidad, que cada vez comprende mejor la profunda maldad del sionismo e Israel. Los judíos serán los últimos en verlo, los últimos en comprenderlo, y ya es demasiado tarde.

Una razón más, para quienes aún la necesiten, para que no nos busquen a los judíos en busca de análisis sobre Palestina. De todos modos, no decimos nada original; todo está diluido, despojado de su esencia y despojado de su poder, filtrado por la visión de los propagandistas judíos que nos moldearon. Disfruten de perspectivas que no estén condicionadas ni impuestas por el poder.


Obra de Mohammed Afefa. Representa el «Monumento a los Judíos Asesinados de Europa» en Berlín, Alemania, con el mártir Sha’ban al-Dalo, de 19 años, quien estaba conectado a un suero intravenoso cuando Israel lo quemó vivo junto a su madre el 13 de octubre de 2024, después de que aviones de guerra israelíes bombardearan su tienda de campaña en el complejo del Hospital de los Mártires de Al-Aqsa en Gaza.

Es evidente que el pueblo judío solo reivindica su colectividad cuando se considera héroe o víctima, o cuando se distancia de la historia; no cuando debe asumir la responsabilidad y afrontar su papel como fascistas en este momento catastrófico. A través del sionismo, damos testimonio de lo que sucede cuando esos conceptos románticos y utópicos de colectividad judía se distorsionan abusivamente hacia un excepcionalismo y un tribalismo supremacista judío para fines imperialistas euroamericanos.

También rechazo el planteamiento de que “Israel hace que los judíos estén en peligro/aumenta el antisemitismo” porque: (1) somos los opresores en el contexto de Israel, no las víctimas; (2) este planteamiento abdica de la responsabilidad judía porque “Israel” no es una cosa amorfa que se anima a sí misma y que simplemente flota sobre nosotros, es una colonia que nosotros, como judíos, construimos y mantenemos activamente a diario a través de un esfuerzo generacional concertado; (3) eso no es “antisemitismo”, es una reacción al genocidio liderado por judíos que todas nuestras instituciones apoyan; (4) usted está cediendo ante la propaganda de que hay un “aumento del antisemitismo” cuando los judíos actualmente no enfrentan opresión sistémica por ser judíos y los datos de “incidentes antisemitas” se rastrean de tal manera que cada cartel de protesta antisionista es registrado como un “incidente antisemita” separado por la ADL, así que; (5) Basta ya de hablar de victimismo judío, “seguridad judía” y “antisemitismo”, es solo una distracción del genocidio perpetrado por judíos contra palestinos, árabes y musulmanes.

Muchos dirán que mi argumento, injustamente, convierte al pueblo judío en blanco de ataques: siguen sin entenderlo. Apoyamos el sionismo genocida en toda nuestra fe, nos hemos convertido en blanco de ataques y podemos librarnos de ellos renunciando al sionismo genocida y adoptando un antisionismo basado en principios. Pero, fundamentalmente, no somos las víctimas del sionismo, sino sus perpetradores: los verdaderos objetivos son los palestinos, a quienes los israelíes atacan con bombardeos masivos destructivos para infligir la máxima matanza a familias palestinas por parte de soldados judíos.

Si a los judíos les importara la justicia y encarnaran el espíritu de nuestros antepasados ​​que lucharon contra el fascismo, veríamos a judíos arrancando y quemando las banderas israelíes de sus congregaciones, expulsando a rabinos racistas y genocidas de las bimás y sinagogas, exigiendo que los templos rompieran todo vínculo con la colonia de la muerte, e instigando una revolución dentro de la fe para extirpar el cáncer sionista. Habríamos sido abnegados y entregado nuestras vidas a los palestinos y a la resistencia en la entidad, habríamos cometido traición contra el judaísmo moderno y sedición abierta contra cualquier noción abandonada de un "pueblo colectivo", que dejó de existir hace cien años, y mucho menos desde la bendita inundación de Al-Aqsa el 7 de octubre de 2023. Si los judíos tuvieran un mínimo de moralidad, estaríamos presenciando una feroz división y una batalla interna en el judaísmo. Nada de esta rectitud existe. Y el genocidio continúa.

Basta ya de nuestras plataformas y publicaciones patrocinadas, de nuestras entrevistas moralistas sobre haber sido víctimas de doxing o despedidos por Palestina, mientras que palestinos, árabes y musulmanes sufren un destino mucho peor por decir la verdad. Basta ya de nuestra insustancial clase liberal de influencers, de nuestro arribismo, de nuestro electoralismo inútil y derrochador, y de nuestros contratos editoriales autocomplacientes que se consiguen a costa de la carne, la piel y los órganos de palestinos, árabes y musulmanes, que son extraídos vaporizados sin identificación ni rastro bajo escombros de hormigón. Nosotros, como judíos, no somos especiales, y francamente, el "apoyo judío" suele ser perjudicial por su enfoque liberal y orientalista que despoja a la lucha palestina de su virulencia, independientemente de las intenciones de cada uno.

Maldito sea Israel, una colonia de colonos judíos que masacra a cientos de miles de personas bajo el estandarte explícito de proteger la "seguridad judía" universal.

Maldito sea este estado pedófilo violador, al que todos los judíos pertenecemos por derecho de nacimiento colonial, amparados por la "ley del retorno". Todas nuestras instituciones judías apoyan unánimemente esta realidad. Ignorar o minimizar esta cruda realidad entre nuestra propia gente —atreviéndonos a calumniar a quienes la denuncian como "antisemitas"— es una abdicación deshonesta y cobarde de nuestra responsabilidad. Cualquier atisbo de moralidad judía ha muerto hace mucho tiempo; la aniquilamos en Gaza.


Creación de Mohammed Afefa.

Como suele señalar el periodista Laith Marouf, «la voz judía más fuerte hoy es la del genocidio». Con razón, aboga por que los judíos luchen contra el sionismo dentro de sus propias comunidades y que se sacrifiquen más allá de la polémica, de forma material, como lo han hecho palestinos, árabes y musulmanes desde los inicios del sionismo. Han perdido generaciones y linajes familiares enteros al poner en peligro la interminable maquinaria de muerte del sionismo. Laith Marouf observa que no existe una resistencia significativa por parte de los judíos antisionistas que luchan contra el sionismo judío, como sí la hubo, por ejemplo, entre los alemanes antifascistas que lucharon contra el nazismo. Nos invita a reflexionar: «¿Dónde está el John Brown judío? ¿Dónde está el Oskar Schindler judío?», y comenta que, en más de un siglo de proyecto sionista, ni un solo judío ha muerto por la causa de la liberación palestina. Entonces, ¿por qué se debería esperar que Laith o cualquier otro palestino no confundan judaísmo y sionismo, cuando nosotros, como judíos, no nos preocupamos lo suficiente como para luchar y sacrificarnos por la separación? No deberían. Los palestinos no nos deben nada; nosotros le debemos a Palestina una deuda infinita e impagable que sigue aumentando a cada instante de cada día.

Ser judío desde un punto de vista ético en este momento histórico significa asumir la responsabilidad de luchar activa y combativamente contra el sionismo. Sí, todos los judíos. El reloj marca el genocidio a cada instante. Esta entidad supremacista judía depende del consentimiento y la participación judía para seguir funcionando. Si los judíos retiráramos nuestra participación, y mucho menos si lucháramos activamente contra ella, colapsaría.

Operamos este puesto militar imperial euroamericano, lo revestimos de judaísmo para encubrirlo y protegerlo del escrutinio, lo mantenemos en funcionamiento para nuestro propio beneficio egoísta como colonos. Entre una población judía más justa, habría judíos protestando y confrontando sus espacios judíos en cada servicio, festividad y reunión; habría judíos en la Palestina ocupada usando sus habilidades militares para apoyar la resistencia; tribunales contra los judíos que participaron en este genocidio generacional; esfuerzos a gran escala para desnazificar y desionizar a nuestro pueblo para que no cometamos más daño.

Ninguna de estas energías existe actualmente dentro del judaísmo. Ni una sola sinagoga pasó de sionista a antisionista en los últimos dos años y medio, marcados por la violencia. De hecho, ocurrió lo contrario: muchos judíos reafirmaron su compromiso con el judaísmo (sionista) y su apoyo a Israel tras la impactante operación anticolonial de la inundación de Al-Aqsa.

Todavía no conozco a ningún rabino ni sinagoga genuinamente antisionista (al menos en Europa y América) que apoye la resistencia armada palestina y abogue por la disolución total de la alianza entre Estados Unidos e Israel y la descolonización del territorio. Esto es una acusación inconcebible contra nosotros.
Ni siquiera un genocidio transmitido en directo, en el que bebés son quemados vivos cada día por bombas y balas judías, ha sido suficiente para que las instituciones y los líderes judíos se alejen lo más mínimo del sionismo de forma seria o sustancial.

Si bien el judaísmo moderno sigue siendo ateo —basta con mirar la Gaza arrasada—, el Islam se revela como un pozo profundo del Más Allá del que Palestina y sus aliados en la región y en toda la Ummah se nutren para obtener fuerza espiritual y resistir la colonización sionista y el imperio euroamericano.


Creación de Mohammed Afefa.

Se acerca el ajuste de cuentas para los responsables —incluidos muchos judíos— no por nuestra identidad judía, sino por nuestra inquebrantable e incondicional inversión en Israel y el nazi-sionismo, a la que como comunidad aún nos negamos a renunciar. ¿Qué más se puede decir? Es un holocausto que nosotros mismos hemos provocado. Cuando las consecuencias inevitablemente recaigan sobre las instituciones e individuos judíos por haber fomentado esta violencia y negarnos a abandonar nuestro compromiso con el genocidio, no se tratará de «antisemitismo», sino de las consecuencias de nuestros actos. Con toda razón, se perseguirá a las personas y organizaciones que facilitaron estos crímenes durante el resto de sus vidas, del mismo modo que se sigue buscando a los nazis hasta la vejez, por insignificante que parezca su papel en la matanza. Y este genocidio no solo es generacional, sino continuo; es de naturaleza colonial y, por lo tanto, no comparable al holocausto nazi.

La respuesta es que cada persona judía, sinagoga y organización abandone la colonia de inmediato, por completo y públicamente, exija responsabilidades a nuestro pueblo y destine recursos a la liberación palestina en los propios términos de Palestina. Sí, todos los judíos.

Y si no cumplimos con nuestras responsabilidades y no lo hacemos nosotros mismos, otros inevitablemente tomarán cartas en el asunto porque esta afrenta a la humanidad simplemente no quedará impune.

No puedes desenrollar la excavadora que la cubre. No puedes desatar los látigos de cable que le azotan la espalda. No puedes devolver la vida a los preciosos mártires de Palestina; ese tren ya pasó, los crímenes del judaísmo resonarán por toda la eternidad. La matanza continúa cada día a pesar de que mires hacia otro lado, a pesar de que justifiques que "no es nuestra culpa". Es nuestra culpa, y el derramamiento de sangre no cesará hasta que se vea obligado a hacerlo.

¡Viva la Brigada Al Qassam de Hamás, hombres de honor y acero, que emergen de las profundidades con armas caseras una fe inquebrantable para sembrar el terror y asestar golpes mortales en el corazón del enemigo sionista! Donde los judíos extinguían la vida, Al Qassam devolvía el oxígeno al cuerpo. Esta es la generación más vergonzosa de judíos que jamás haya existido. Ninguno de nosotros puede decir que no lo sabíamos. Estamos espiritualmente vacíos, moralmente destripados. No se limiten a decir egoístamente que «Israel no representa a todos los judíos»; luchen para que esa distinción sea materialmente cierta erradicando el sionismo dentro del judaísmo. Esa es la única opción.

En lo que respecta a los males del sionismo, los judíos preferimos engañarnos a nosotros mismos antes que asumir un mínimo de responsabilidad, más allá de meros eslóganes egoístas. ¿Cuánto tiempo más tendrán que pagar Palestina y la región por nuestra negación delirante, nuestra violencia desenfrenada e incesante, nuestra negativa a rendir cuentas por la destrucción de tanta vida en este preciado y frágil planeta?

Los judíos deben destruir el Estado israelí y la ideología sionista en su totalidad, cada uno de sus nodos y tentáculos, incluyendo la colonia que acoge a Israel: Estados Unidos. Me importa más Palestina que el judaísmo. Si el judaísmo tiene que morir para que Palestina viva, que lo maten.


Fuente: L'Chaim Intifada