martes, 7 de julio de 2026

Anotaciones, nada marginales, sobre la democracia

 

 Por Pedro Costa Morata   
    Ingeniero, periodista y politólogo. Ha sido profesor en la Universidad Politécnica de Madrid. Premio Nacional de Medio Ambiente.


        Si la democracia es “el menos malo de los sistemas políticos conocidos” no hay que extrañarse de que el fascismo se ofrezca como el mejor de los sistemas desconocidos, sin que los recuerdos del pasado alteren en gran medida su poderoso cinismo oportunista. Y cuando asumimos ese eslogan, entregándonos al confort que transmite y sin preocuparnos mucho por su profunda perversidad, nos convertimos en adocenados peleles ideológicos.

Tratar la corrupción como un mal inevitable, consustancial con la naturaleza humana y por tanto presente en toda la historia y en todo el mundo, y sosteniendo que siempre será menor en los regímenes de libertades por aquello de la mutua vigilancia y el “equilibrio de poderes”, es optar por su aceptación y normalización, bajando la guardia tanto a escala institucional como personal y grupal. Anotemos que en las democracias en las que convivimos, hemos tardado mucho en señalar y criticar a dos poderes inexplicablemente intocables, como el judicial (tercero en la clásica división de poderes) y el mediático (cuarto en esa fanfarria informal del “marco de libertades”): en España solo en los últimos años se ha abierto la veda para esas dos estructuras de poder esenciales en la democracia y, por tanto, receptáculos inevitables de hipocresía, de corrupción y de intimidación.

      La izquierda, con sus miedos prudenciales que llevan en primer lugar a su negativa a criticar la democracia, se adhiere al eslogan de más arriba y compite incluso con la derecha en su defensa, lo que debiera removernos las tripas: ¿será posible que la izquierda (transformadora, reivindicativa, rigurosa) se resista a ejercer el análisis crítico de la democracia capitalista, elevándola por el contrario a valor universal e inmejorable? ¿No percibe que esta actitud equivale a la de un atrincheramiento, cuando no retirada, pero siempre fatalista respecto de sus ideales y convicciones? De la referencia ordinaria a la democracia como concepto convivencial (tan equívoco) y de su prestigio político (tan amañado) se deduce una seria acumulación de impedimentos para su análisis crítico.

Porque, o ajustamos las ideas sobre la democracia o no saldremos nunca de ese limbo tranquilizador en el que nos instala la “fuerza de los hechos”. Y en primer lugar se impone recordar que la democracia es la más prístina creación del capitalismo, es decir, de las exigencias, más que propuestas, de los que disponen de mejor posición económica. De lo que no debiera dudarse si consideramos que la democracia actual, extendida por todo el planeta, es la inglesa del siglo XVII, que en esencia consistió en la exigencia de la burguesía -básicamente comercial y financiera, que estaba apoderándose de medio mundo por la expansión colonial- de arrebatarle poderes al monarca, para atribuírsela a ella misma en los nuevos parlamentos. De ahí que, en aquella democracia, y durante siglos, el grupo del votante y el del votado resultaran minorías exiguas en el total de la población; es decir, que se reducía a los sectores directamente interesados y que consiguió -revoluciones burguesas mediante, de distinto calado pero mismo objetivo- constituirse en poseedora privilegiada del poder político, una vez que se descubrió a sí misma segura dueña del poder económico.

         Con la evolución del sistema y la ampliación paulatina del voto, el capitalismo ha ido modulando ese sistema democrático de tal manera que siguiera siendo su propio modelo, y que, por ejemplo, las elecciones acaben ganándolas quienes más dinero dedican a las campañas electorales, lo que no parece producir ningún escándalo. Siendo lo esencial, sin embargo, que mantiene y protege los intereses del capitalismo, y todas las medidas que adopta en favor de la mayoría conseguida (y utilizada) de votantes no son sino medidas o “soluciones” aparentes, relativas o parciales, que en nada cambian la sustancia del sistema. Todo el mundo sabe, por lo demás, que “los bancos y las grandes empresas son los que mandan”, con independencia de los procesos electorales y sus novedades, y que son instituciones que cuando incurren en exceso, incluso en delito, resultan muy favorablemente considerados por el sistema político y el aparato judicial y que además sobreviven e incluso mejoran tras cualquier proceso electoral que implique cambios o novedades, aunque estos se describan a sí mismos como heraldos de justicia y equidad.

     La democracia consiente el desarrollo de estos grupos que la erosionan y envilecen porque siempre “alega”, como fórmula tramposa, la libertad y el derecho de unos y otros a expresarse y, por supuesto, a medrar. Defiende, en definitiva, a los que, desde un punto de vista teórico (pero que encubre planes de poder real) se comportan de forma radicalmente antidemocrática. Una variación de lo anterior, o un corolario, vaya, de decisiva importancia, es el caso de los partidos liberales más radicales que, expresando claramente su deseo “constitutivo” de reducir y debilitar al Estado democrático, disponen de total libertad de desenvolvimiento político y electoral, lo que el Estado concede con declarada “convicción” permitiendo su propia humillación y la amenaza de destrucción o apropiación por esos grupos anti-Estado. Es el caso de tantos mamarrachos neo y ultra liberales que van a elecciones y, en casos, las ganan con el objetivo expreso de dañar en lo posible al Estado: como el indescriptible Trump o Milei el estrafalario, y tantos tipos y partidos del universo liberal que se declaran enemigos del Estado y se lanzan a él para aniquilarlo. No hay ninguna “grandeza democrática” en un sistema político en el que cunde y prospera esa gentuza.


Si tipos como Trump representan a la democracia, apaga y vámonos.

      Y ahí tenemos, nítidamente contemplados, a la ciencia, la tecnología (C-T) y sus prohombres, surgidos y amamantados por la gran referencia de las democracias planetarias, los Estados Unidos de América, riéndose de la democracia y declarándole al mismo tiempo su hostilidad más sincera, así como sus elegantes planes para eliminarla. Sin embargo, este tecnofascismo (concepto que, por fin, suena y resuena, después de que nuestros utopistas del siglo XX no quisieran ver ni reconocer), no solo no suscita rechazo general, sino que aumenta su poder de atracción, dado el culto que reciben desde la política y los medios de comunicación, y muchos, muchísimos de nuestros jóvenes se dejar atraer por su brillo y sus espejismos, soñando con hacerse ricos con todo ese despliegue de falacias prometedoras.

      Por lo tanto, la crítica de la democracia debe ser sistemática, permanente, implacable. Pero no se trata de incidir, en cualquier caso ni como prioridad, en el desarme semántico-histórico de la democracia, ni mucho menos en su comentario gramatical, sino en su cuestionamiento lógico, histórico, documentado, coloquial, político y socioeconómico, sobre todo cuando de cuestiones esenciales para la convivencia se trata, que es en lo que consiste, en definitiva, la mayor parte del trabajo social y político. Y de atender ante todo al hecho incuestionable de que esta democracia es (necesariamente) generadora de diferencias, desigualdad y de una pobreza que no siempre resulta marginal, pudiendo afectar a grandes sectores de la población (veamos los estragos de la vivienda inasequible para los jóvenes) o a la ciudadanía entera (como la inflación y el coste de la vida, fenómenos claramente políticos y caracterizadamente “democráticos”). Que la desigualdad y el empobrecimiento son condiciones, diríamos, metafísicas del imperio del capitalismo.

        Se comprueba la perfidia profunda de la democracia cuando periódicamente a lo largo de la historia en su seno pone en marcha, o consiente, procesos de endurecimiento social y político orientados a “disciplinar” a ciertos grupos (de izquierda, esencialmente) o a la sociedad entera, Cuando las sociedades democráticas empiezan a segregar movimientos de tipo fascista, que siempre empiezan por la violencia ambiente (broncas callejeras, intimidaciones a las víctimas elegidas, etc.) hasta conseguir la “normalización” de la actividad de grupos de este tipo, el objetivo queda claramente señalado, y es resolver algún proceso socioeconómico que inquieta a ese capital siempre atento y activo, o encaminar al país a conflictos abiertos, de los que el capitalismo siempre espera -por haberlo comprobado tantas veces- salir vencedor o reforzado. En nuestros pagos, cosa es de admirarse (o mejor, de enfurecerse) por el énfasis que los nuevos fascistas ponen en la Democracia, la Libertad y hasta la Constitución, acusando a las izquierdas de ser culpables de su degradación y obligándolas a actuar, y hasta gobernar, a la defensiva y a la desesperada, cuando en los genes de esta turbamulta ultra late y rige la obsesión por acabar con esas tres categóricas referencias. Son gente y formaciones políticas profundamente liberticidas, montaraces y provocadoras, exhibiendo un racismo descarnado, apuntando como dianas a logros seculares en derechos humanos y adhiriéndose, en el caso español, a la dictadura franquista y sus crímenes.

            Como si esta ultraderecha y su escandalera pudieran hacernos ignorar que no es más que esa repetitiva excrecencia del capitalismo desbocado y desesperado que periódicamente busca la forma de liberarse de sus propias normas y limitaciones, dando marcha a la legión -dormida, agazapada, revanchista- de desalmados y descerebrados que escarban en las situaciones de desolación y desesperanza que ese mismo capitalismo crea para proceder a una etapa de ganancias políticas excepcionales, con independencia de los crímenes previstos, y deseados, que han de acompañarla. Y hemos de soportar ese marea ascendente -por mor de la democracia generosa- de indeseables a los que resulta inútil recordar lo que su ideología ha dado de sí en la Historia y los daños que ha causado a la Humanidad.


Si el Estado de Israel es democrático, que venga Yavé y lo vea.

        Otros sistemas existen, desde luego. Pero no dejemos de reseñar -recurriendo al método histórico- la hostilidad furiosa de la democracia occidental cuando han surgido “otras democracias” de algún tipo que amenazara o eliminara el sistema anterior vigente con presupuestos radicalmente opuestos, es decir, atacando o eliminando de la escena política el protagonismo del poder económico; fuera este el rancio e insoportable poder feudal, como fue el caso de la Revolución francesa de 1789, o el mucho más hiriente del capitalismo esclavizante, como fue el caso de la Revolución rusa de 1917, corrección contundente de la francesa y de otras del siglo XIX. En este segundo caso se produjo la alianza -esperada, inevitable- de la reacción del poder zarista abatido con las potencias exteriores, de predominio democrático, que dieron forma con su inquina a la guerra y la invasión militar.

         Nada de lo cual significa que la alternativa política no exista o no pueda existir, sino todo lo contrario. No habría que tener miedo ni reservas mentales insuperables a pensar y exponer los objetivos y contenidos de “otras democracias”, empezando por la llamada “democracia popular”, que erradica al capitalismo y los capitalistas de la dirección política expresa o soterrada, y da al pueblo organizado y capaz la posibilidad de una vida digna. Vienen a cuento esos necios que se apuntan a la rusofobia, se alinean con la Ucrania filonazi y consienten activamente que la OTAN supremacista y expansionista ejerza como brazo armado del capitalismo más descarnado, creyendo con ello vengarse de la URSS “superándola”, reduciendo la experiencia soviética a los crímenes de Stalin y asumiendo por entero la propaganda occidental de decenios de insidias y mentiras; y se “saltan” el principio leal de que la conciencia política auténtica no debe dejarse camelar ni engañar por la leyenda y las pamplinas de los “valores de Occidente”, sino que su misión es “aclararlos” y someterlos a estricto y profundo análisis, ya que esos valores son los que esgrimen, sin gran contestación, potencias genocidas como Estados Unidos, Israel y, cada día un poco más, la Unión Europea. Que considerar como democráticos a Estados criminales constitutiva y funcionalmente es prueba abrumadora de la gran farsa democrática. Como estupidez sublime es creer en democracias satisfactorias que no eliminen al capitalismo como sistema socioeconómico dominante, ya que en él prima lo económico, no lo político, que resulta accesorio (o, mejor, subsidiario...), y que por eso genera falsedad, desigualdad e incapacidad para responder a las inquietudes legítimas y profundas del género humano.

         Manoseada y desenfocada, la democracia falaz genera las derechas ultras y los fascismos, como muestra la historia europea; no obstante, no escarmentamos, y la izquierda y la amplia constelación de (verdaderos, sinceros) creyentes en una democracia equívoca e hipócrita se mecen tan panchos en una idea que creen que, por ser radiante y sonora, les va a guardar de tanto canalla hirviendo.


Si hay que acostumbrarse a la corrupción, esperémonos lo peor.

Es la socialdemocratización generalizada de la izquierda, la de los mencheviques de la Revolución rusa de entonces y de la Internacional Socialista de después, que es la administradora de las traiciones de los partidos socialdemócratas a la clase trabajadora y la mayoría de los pueblos y países (recordemos a Samir Amin y su frase lapidaria: “La socialdemocracia es, pues, por excelencia, la ideología del capitalismo avanzado”, en El capitalismo, una crisis estructural, 1974)

       Pero otra democracia es posible, desde luego, aunque a condición de que cambien supuestos, estructuras y objetivos. Como indicación al caso, se ha de tener muy en cuenta que una democracia contaminada no puede ser verdadera democracia, de donde se nos plantea la oportunidad del ecosocialismo como opción democrática necesariamente distinta y bien diferenciada de la democracia convencional. Reparemos, a estos efectos, en la hostilidad con que la derecha y la ultraderecha -falsificadoras incorregibles de la democracia- miran a cuanto suponga protección o conservación ambientales, optando siempre por el endurecimiento frente a la agitación o la reivindicación de carácter ecologista. Se trata de una enemiga que por no ser clásica y por armarse de argumentos bien a la vista, ni derecha ni ultraderecha saben bien cómo doblegarla y de ahí la extremada inquina conque las tratan. Y como el sistema, dominado por un capitalismo que envenena el planeta por necesidad, asume el peligro de esta sensibilidad organizada, se emplea a fondo -y en buena medida lo consigue- en comprar y someter al movimiento ecologista.

           Así que, resumiendo, parece evidente que los tiempos marcan que cualquier alternativa a esta democracia -que ya más que honrarnos, nos secuestra- debiera optar por un ecosocialismo de fondo y forma, que se diferencie netamente de la democracia de 1978: chantajista en lo político, vana en lo económico y empalagosa en lo moral.

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