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viernes, 24 de enero de 2025

El sueño americano produce monstruos

 

 Por Paco Cano 
      Comisario de exposiciones y gestor cultural.



Es mucho más sano y te hace más feliz vivir en un entorno de vínculos sociales y afectivos fuertes, en un entorno comunitario de cuidados, que competir y ver enemigos por todas partes como dicta el sistema


     En El sueño de una noche de verano, Shakespeare anula la razón de sus personajes envenenándoles de amor. A partir de esa voluntad cegada, todo es confusión, dislate y enredos. Así, la bella reina de las hadas se enamora de un ser embrujado sin percatarse de su bestialidad. Titania, arrastrada por el éxtasis y con los sentidos bloqueados, pierde la razón hasta el punto de aceptar a un ser mitad hombre y mitad asno como objeto de su deseo.


Trump, Musk, eeuu, distopía.

Sirva esta metáfora para intentar explicarnos, ahora que se va a producir el nombramiento, los 75 millones de votos que consiguió Donald Trump para ser elegido presidente de EEUU. En este caso no se trata del sueño estival de Shakespeare, sino del cegador sueño americano: la competitividad, el triunfo económico a costa del otro, sea este otro quien sea. El capitalismo, en definitiva. Ante esa obnubilación aspiracionista sucumbieron emigrantes latinos que ahora verán a compatriotas ser expulsados de manera inmisericorde –si no lo impiden los patronos explotadores que necesitan mano de obra barata–, mujeres que no escucharon aquello de grab them by the pussyo afroamericanos hacinados en los projects a los que Trump desprecia y considera una carga.


"Grab them by the pussy".

No se trata de qué vieron en Trump, sino de lo que la ceguera capitalista no les dejó ver: un medioasno de gestos ridículos y frases denigrantes al servicio de los poderes que les restarán derechos y calidad de vida. La pulsión onírica del Make America Great Again, con su reivindicación imperialista e individualista, anula cualquier duda o mal presagio sobre lo deseado e identifica como único obstáculo a quien se tiene al lado. El sistema impone su darwinismo social y el mercado te envenena para creerte citius, altius y fortius que los demás, aunque la experiencia te diga lo contrario.


"Make America Great Again".

75 millones de votantes optaron por quien, para eliminar posibles utopías contagiosas, amenaza con anexionarse Canadá

Cuenta Bernie Sanders: “Muchísima gente está furiosa con las compañías de seguros médicos que obtienen enormes beneficios negándoles a ellos y a sus familias la atención sanitaria que necesitan desesperadamente. Las historias se suceden sin cesar: ‘Mi madre estaba en tratamiento contra el cáncer y no pude conseguir atención para ella. La compañía de seguros la rechazó. Algún burócrata la rechazó. Murió’. O ‘mi hijo está sufriendo porque no podemos conseguir los medicamentos recetados que necesitamos, rechazaron la petición del médico’. Lo que estamos viendo, la avalancha de ira contra las compañías de seguros, es un reflejo de lo que la gente siente por el actual sistema sanitario (...) La manera de reformar este sistema es que la gente se una y entienda que es un derecho de todos los estadounidenses poder ir a la consulta de un médico cuando lo necesiten y no tener que pensar antes de dónde sacar el dinero. Esta no es una idea radical. Existe a ochenta kilómetros de nosotros, en Canadá”. A pesar de esta furia, 75 millones de votantes optaron por quien defiende los intereses de las empresas aseguradoras y de las farmacéuticas y quien, para eliminar posibles utopías contagiosas, amenaza con anexionarse Canadá. El sueño americano produce monstruos.

Decía Gramsci: “El viejo mundo está agonizando. El nuevo tarda en aparecer. Y en ese claroscuro surgen los monstruos”. Es el tiempo claroscuro de Trump, Milei, Netanyahu y Musk, entre otros. El viejo mundo que cita Gramsci se muere porque el ser humano ha sucumbido ante la neurosis y el malestar crónico provocados por un individualismo salvaje, deseos inauténticos y la falta de esperanzas.

Mientras soportamos el tiempo de los monstruos (winter is already here) es el momento de ir recuperando las utopías robadas, de diseñar el mundo nuevo que llega. Así lo imagina mi compañero Gerardo Tecé para su hijo: “Allí la verdad y el respeto siguen ganando por goleada. Cuando alguien, con las prisas, le da un codazo a otra persona en el metro, simplemente pide perdón. No se inventa que se estaba defendiendo de una agresión previa, ni que el otro es un delincuente que merecía ese codazo, ni ninguna otra gilipollez. En la cola de la frutería, la gente respeta su turno. Si alguien, un Elon Musk de barrio, se intenta colar argumentando que tiene más dinero que los demás clientes, el resto le dirán que muy bien, pero que espere la cola. En el parque infantil, padres de uno y otro signo les dicen a sus hijos que no se pega, que los juguetes se comparten”. ¿A que no es tan difícil? Prueben a imaginar el suyo, comiencen cambiando el deseo de tener por la posibilidad de ser.

Hay dos modos fundamentales de existencia, el yo y el nosotros. El segundo nos acerca a la felicidad.


Felicidad

La Universidad de Harvard lleva casi noventa años realizando un estudio sobre felicidad con personas de todas las edades y niveles económicos y concluye que lo único que conduce a la misma son los vínculos humanos, las relaciones de apego y que los cuidados y los afectos se vinculan no solo con el bienestar sino con la expectativa de vida de las personas. Es mucho más sano y te hace más feliz vivir en un entorno de vínculos sociales y afectivos fuertes, en un entorno comunitario de cuidados, que competir y ver enemigos por todas partes como dicta el sistema. Toca decidir.

Fuente: ctxt

viernes, 20 de septiembre de 2024

Extrema derecha: "metapolítica" y "pre-guerracivilismo"

 

Investigador de la extrema derecha, activista antifascista y periodista de habla alemana.

La extrema derecha se ve a sí misma en un momento de ‘pre-guerra civil’. Su objetivo es imponerse extendiendo sus ideas mediante el combate en la cultura.


                                                                                                                                                Foto: Álvaro Minguito


        Está claro: la supremacía metapolítica de la clase dominante está llegando a su fin”, escribe Dieter Stein, redactor jefe del semanario Junge Freiheit, próximo a Alternativa para Alemania (AfD). Antes de las elecciones regionales en Alemania oriental [en Turingia y Sajonia, NdT], la derecha ve a la sociedad en la fase del interregno, como el marxista italiano Antonio Gramsci denominó a todo estadio intermedio en el que quienes gobiernan ya no pueden hacer lo que quieren, pero los gobernados no pueden aún hacer. La derecha aspira a la hegemonía cultural.




Metapolítica’ es la palabra clave mística de la derecha, que encontramos en boca de muchos y que casi ninguno puede explicar. El filósofo anti-ilustrado Joseph de Maistre describió en el siglo XVIII una “metafísica de la política”, una especie de marco interpretativo superior. Dicho de otro modo: se trata de la anhelada “revolución cultural de la derecha”, de la lucha cultural (Kulturkampf) y de la producción de ideología. La derivación del concepto de ‘metafísica’ de la religión no queda demasiado lejos, en el sentido que esta lucha cultural tiene en verdad una dimensión religiosa y obedece a la imposición de valores derivados de los religiosos.




La metapolítica tiene como objetivo el desplazamiento del canon de valores de la sociedad. De manera temporal, al menos hasta la toma de poder definitiva. Está a la orden del día de la extrema derecha. Diez veces puede confrontárseles el argumento de que con su política los padres y madres solteras sufrirán, puede echárseles en cara que su política fiscal beneficia a los ricos: encogerse de hombros será toda su respuesta.

Aunque para la extrema derecha la importancia de las políticas sociales no es poca, siempre es más importante que su clientela asuma el precepto de que una “familia normal” se compone de padre, madre e hijo(s). La “normalización” que persiguen no consiste en que la ultraderecha sea percibida como algo normal y sea tratada como el resto de partidos democráticos, sino que su sistema de valores se convierta en norma general.




La izquierda no puede ganar este combate cultural porque éste no es su campo de batalla. La paradoja consiste en que perderá este combate cultural si no lo libra

 

No hay ninguna duda de que la extrema derecha y sus productores de ideología quieren librar esta lucha con todas sus energías. Götz Kubitschek [uno de los principales ideólogos de la ultraderecha alemana, NdT] habla en relación a esto de un estadio de “pre-guerra civil”. “¡Ojalá nos llegue esta crisis!”, dice. “Aunque acecha y amenaza a nuestra patria enferma, quizá despierte su coraje, nos empuje a lo imprevisible y nos lleve a atrevernos a lo que el nombre de ‘política’ merece: ¡Ni una sola recaída en lo enfermizo, en lo latente, en la tolerancia!” Se trata de una declaración de guerra, por supuesto.

Quien ama a su patria debe ganar la pre-guerra civil antes de que sea incontrolable”, continúa Kubitschek. Con ello, revela una concepción del mundo cerrada y apocalíptica que no permite ya llegar a ningún tipo de acuerdo. Si se aceptan sus premisas, se deduce inevitablemente que se necesitan millones de personas “remigradas” (Martin Sellner) para defenderse del “gran reemplazo” (Renaud Camus).




En esta visión del mundo es la tarea más noble de la metapolítica combatir la decadencia. Se necesitan héroes, al menos hombres. En este sentido, Hans-Thomas Tillschneider (AfD) terminó en el parlamento de Magdeburgo su sermón, de tintes religiosos, contra la Gomorra decadente de la ceremonia inaugural de los Juegos Olímpicos con pathos: “No temo a la persecución, pues sé que Dios está con nosotros.”

La metapolítica es el combate cultural en tiempos de pre-guerra civil. La izquierda no puede ganar este combate cultural porque éste no es su campo de batalla. La paradoja consiste en que perderá este combate cultural si no lo libra. “Es el tiempo de los monstruos.” (Antonio Gramsci).


Fuente: El Salto

miércoles, 24 de julio de 2024

Maquiavelo eligió al pueblo frente a la oligarquía

 



Olviden la visión estereotipada de Maquiavelo como campeón del cinismo y la realpolitik. El filósofo político italiano fue un crítico hostil del gobierno oligárquico que buscó empoderar al pueblo y dar rienda suelta a su creatividad


     Nicolás Maquiavelo (1469-1527) no era el único que confiaba en su talla intelectual, su valor moral y su compromiso con la República de Florencia. Privado de la plena ciudadanía debido a la aplicación de las leyes de bastardía, fue elegido en 1498 jefe de la segunda cancillería por el Gran Consejo.




Fue confirmado en este cargo durante catorce años, hasta que las fuerzas de los Médicis, apoyadas por el ejército español, tomaron la ciudad y clausuraron el Gran Consejo, poniendo fin a la experiencia del «estado popular». Durante sus numerosas misiones diplomáticas en Italia y en el extranjero, Maquiavelo impresionó a los miembros del gobierno, así como a sus colegas de la cancillería, por la calidad de sus informes y la franqueza y lucidez con que expresaba sus análisis.

Por otro lado, Maquiavelo irritaba a esa parte de la ciudadanía a cuyos miembros les gustaba llamarse a sí mismos los ottimati («los mejores»). Especialmente odioso para algunos miembros de la élite del poder era su proyecto de una milicia republicana basada en la conscripción masiva, reconocida como una gran amenaza para su influencia social y sus posiciones. Y tras su éxito personal en la reunificación de la Toscana florentina en 1509, un amigo suyo llegó a parodiar el Evangelio para llamarle el «mayor profeta que los judíos o cualquier otro pueblo haya tenido jamás».


Para no mezclarse


Gabriele Pedullà, uno de los más importantes especialistas italianos actuales en Maquiavelo, ha tomado esta asombrosa cita de una carta de Filippo Casavecchia como epígrafe de su reciente esbozo de la vida, la obra y los legados controvertidos de Maquiavelo. En la misma carta, Casavecchia también expresaba sus dudas de que la «filosofía de Maquiavelo hablara jamás a los tontos».

Casavecchia fue la primera persona que leyó, a finales de 1513, el manuscrito recién terminado de El Príncipe, un libro en el que la «profecía» de Maquiavelo adoptaba la forma de una exhortación. El libro iba dirigido a Lorenzo de Médicis hijo, en su doble condición de nuevo jefe de Florencia y sobrino del Papa León X. Maquiavelo instaba a Lorenzo a prepararse para la dirección política y militar de una guerra de independencia para liberar a Italia de los bárbaros.




Según Pedullà, solo este elemento —esto es, el capítulo final del tratado— basta para hacer de El Príncipe una obra «única dentro de su género». Sin embargo, incluso con su promesa de gloria mezclada con referencias bíblicas, la «filosofía» de Maquiavelo difícilmente podía hablar a Lorenzo, que muy probablemente ni siquiera recibió nunca el tratado-manifiesto.

Sospechoso natural para los Medici —alguien con quien «no mezclarse», como instó el secretario de León X a principios de 1515—, Maquiavelo probablemente sintió autocompasión a finales de 1517 por no ser reconocido por los aliados antimedicistas. Aunque había publicado en 1506 sus versos políticamente incisivos del Decennale, Maquiavelo quedó fuera, «como un gallo», de un importante libro ferrarés (Orlando furioso, de Ludovico Ariosto) que mencionaba a «tantos poetas».

Maquiavelo acabó reincorporándose a la vida pública solo tras la muerte de Lorenzo, en mayo de 1519. Lo hizo en primer lugar como hombre de letras, al representar en Florencia y Roma su obra blasfema La Mandrágora (1520), y después al ser autorizado a imprimir El arte de la guerra (1521), que Pedullà describe como «el primer diálogo militar de la literatura occidental».

En ambos textos, Maquiavelo alude a la incompetencia política de los ottimati florentinos, así como a su propia exclusión indebida de la vida activa y a su desesperación por no haber tenido la oportunidad de aplicar plenamente sus ideas (por ejemplo, mediante la institución de un sistema militar «nacionalizado» en lugar de las milicias privadas existentes).


La naturaleza de los príncipes


Para encontrar un retrato más directo y convincente de Maquiavelo resulta útil recurrir a su correspondencia con Francesco Guicciardini. En cartas de mayo de 1521 intercambiaron declaraciones sobre la irreligiosidad y el ateísmo de Maquiavelo, sobre su envidiable experiencia en asuntos exteriores y sobre su inmerecida desgracia. También hablaron de su enfoque racional de la historia y la política, así como de su capacidad para inventar «cosas insólitas» y nuevas formas de gobierno.

Fue en esta época cuando Guicciardini conoció el Discurso sobre los asuntos florentinos, en el que Maquiavelo aconsejaba a los Médicis sobre la reforma del Estado. Desde la muerte de Lorenzo, León X estaba considerando la restauración del Gran Consejo, aunque despojado de su anterior poder soberano.

Para compensar esta debilidad, Maquiavelo recomendó —en línea con las lecciones que había impartido recientemente en los jardines de la familia Rucellai sobre la historia política de la Antigua Roma— el establecimiento de una nueva institución similar al tribunado romano de la plebe. Guicciardini, viendo en ello una posibilidad seria, terminó a principios de 1522 el primer borrador completo de su Diálogo sobre el gobierno de Florencia. En esta obra, según Pedullà, Guicciardini pretendía purificar «la teoría republicana de Maquiavelo de sus elementos pro-populares para reconciliarla con la de Cicerón y Aristóteles», es decir, salvaguardar un elemento central en el canon del republicanismo clásico: la defensa de la posición privilegiada de la clase senatorial.

El inconformismo de Maquiavelo y la afirmación del carácter revolucionario de sus opiniones mediante la crítica sistemática de la política de los ottimati y los Médicis siguieron siendo temas recurrentes de sus posteriores interacciones con Guicciardini.

Estas discusiones giraron, entre otras cosas, en torno al contenido y desarrollo de las Historias florentinas de Maquiavelo y a la crisis que atravesaba Italia en aquel momento.

En una carta de marzo de 1526, en la que defendía una vez más el proyecto de reclutamiento masivo que Guicciardini había rechazado el año anterior, Maquiavelo jugaba con los prejuicios de su interlocutor contra el pueblo («incierto y necio»). Escribió que «estos tiempos exigen decisiones audaces, insólitas y extrañas», y afirmó que el «temerario» plan para hacer frente a la inminente guerra que ahora reclamaba le había sido sugerido por la voz del pueblo escuchada en las calles de Florencia: «el pueblo ha dicho lo que hay que hacer».

Era una forma indirecta de decir «yo mismo soy el pueblo» (en las célebres palabras de Robespierre), que de hecho se hace eco de la dedicatoria de El Príncipe: «Para comprender bien la naturaleza de los príncipes hay que ser del pueblo».

Remedios insólitos y violentos

Guicciardini, que era él mismo un aristócrata florentino y un agente de alto rango del papado, veía las ideas de Maquiavelo como «extravagantes» y las percibía con una mezcla de admiración y condescendencia social no exenta de cierta ansiedad. Las raíces de esta ansiedad surgían de una intuición que ya estaba muy extendida en 1505, según la anterior Historia de Florencia del propio Guicciardini. Se trataba de la comprensión de que una profunda reforma del sistema militar, como la planeada por Maquiavelo, tendría un grave impacto en la estructura de las relaciones sociales en Toscana, y podría incluso poner en peligro a las figuras más destacadas del segmento más conservador de la ciudadanía.

Años más tarde, en 1530, comentando los Discursos sobre los diez primeros libros de Tito Livio de Maquiavelo, Guicciardini llegaría a calificarlo de «escritor excesivamente complaciente con remedios inusuales y violentos». Esta apreciación era, de hecho, bastante acertada. Y los escritos de Maquiavelo inspiraron a feroces republicanos como Pier Filippo Pandolfini, que entró en la escena política en 1528 con un manifiesto sobre la elección del nuevo jefe de la ciudad.

Según Pandolfini, el futuro jefe de Estado debía estar «verdaderamente del lado del pueblo», en consonancia con la definición de Maquiavelo de un príncipe virtuoso que no duda, «si es necesario, en apagar la furia de un pequeño número de nobles», es decir, en adoptar medidas revolucionarias de gobierno. Pedullà señala también que, en 1529, «Pandolfini recurrió ampliamente a la lección de Maquiavelo sobre la milicia de una forma claramente antioligárquica».

Con Sobre Nicolás Maquiavelo, Pedullà pone al alcance de un público más amplio una reinterpretación desarrollada por un grupo de estudiosos cuyo Maquiavelo «se parece en cierto modo al de Guicciardini, pero con la notable diferencia de que, en lugar de rehuir la postura pro-popular de los Discursos, ahora la respaldan plenamente».

El propio Pedullà es partidario de este enfoque «democrático» de las obras de Maquiavelo en su erudito libro Maquiavelo en tumulto: Los discursos sobre Livio y los orígenes del conflictualismo político (original italiano de 2011, traducción al inglés de 2018), y su edición de El Príncipe en italiano (2022), extensamente anotada (de próxima traducción al inglés con Verso Books).

También ha publicado varios trabajos notables sobre la recepción de Maquiavelo, entre los que destacan una revalorización de la ignorada contribución del teórico político marxista Neal Wood, y una severa crítica de la obra del historiador cultural Carlo Ginzburg Nondimanco: Machiavelli, Pascal, destacando su adhesión a la leyenda negra que ha influido en la imagen de Maquiavelo hasta el presente.

Una lectura plebeya

Profesor de literatura comparada en Roma, Pedullà aborda de forma convincente cuestiones de género (literario), forma, modelos, procesos, factores culturales, influencias y fuentes impresas. Revela cómo Maquiavelo, en sus obras políticas, explota a autores griegos de la Antigüedad «que solo recientemente se habían hecho accesibles en Occidente».

Este es particularmente el caso de la importancia de Dionisio de Halicarnaso para los puntos de vista de Maquiavelo sobre la ciudadanía, el poder tribunicio, la dictadura y las funciones de los conflictos sociales, en los Discursos. En relación con El arte de la guerra, cabe mencionar también el manual militar de Aeliano sobre la organización de la falange macedonia: antes de Maquiavelo, «nadie se había dado cuenta de su importancia».




Siguiendo los pasos de Carlo Dionisotti y Franco Moretti, Pedullà ha desarrollado un enfoque racional de la historia literaria que integra las aportaciones de científicos sociales e historiadores, y un profundo sentido del problema de la selección cultural y la supervivencia literaria o la inclusión canónica. Ilustra con precisión lo que ha hecho posible el éxito incontestable de Maquiavelo como «verdadero clásico» cuyas obras «nos acompañarán indefinidamente». También ha asimilado la distinción gramsciana «entre una “guerra de posición” y una “guerra de maniobra”» y sabe lo que hace falta para empezar a «ejercer una hegemonía sobre el viejo mundo intelectual», como dijo el propio Antonio Gramsci en el cuarto de sus Cuadernos de la cárcel.




Con esta nueva y breve introducción, Pedullà consigue popularizar su aproximación al secretario florentino, al tiempo que tiene en cuenta cuidadosamente la erudición más reciente. Sostiene que una interpretación «plebeya» de Maquiavelo se está convirtiendo en la corriente dominante:


A ambos lados del Atlántico, una reciente oleada de estudiosos ha llamado cada vez más la atención sobre el núcleo antioligárquico del pensamiento de Maquiavelo: su persistente hostilidad hacia los «poderosos» florentinos, su confianza en el autogobierno de los ciudadanos de a pie, su aprobación de una institución de clase como los tribunos de la plebe para contrarrestar al Senado, su sensibilidad hacia la cuestión de la deuda pública como medio para que la oligarquía financiera florentina se enriqueciera a costa de toda la comunidad (y hacia las formas de librarse de esa deuda mediante el reclutamiento popular) y el legado duradero de su valoración positiva del conflicto social en el pensamiento político occidental.

La lectura «plebeya» de Maquiavelo tiene una larga tradición que se remonta al siglo XVI. Sin embargo, desde el final de la guerra de Vietnam hasta hace poco, en el mundo académico anglófono han prevalecido dos interpretaciones «elitistas»: la de los neorrepublicanos de la escuela de Cambridge de historia del pensamiento político y la de los neoconservadores de la escuela straussiana de filosofía política.

Sin embargo, ya durante la era de Ronald Reagan y Margaret Thatcher, el historiador John Najemy había empezado a desarrollar una lectura antioligárquica. En su artículo de 1982 de la Renaissance Quarterly «Machiavelli and the Medici: The Lessons of Florentine History» (Maquiavelo y los Medici: las lecciones de la historia florentina), rechazaba la hipótesis —que aún hoy encuentra algunos defensores— de que en 1520 se produjo un giro «conservador» o «reaccionario» en el pensamiento de Maquiavelo.

Se estima que este supuesto reposicionamiento tuvo lugar cuando el antiguo Canciller de la República aceptó del régimen de los Médicis el encargo de escribir las Historias florentinas y de asesorar sobre la reforma de la Constitución. El reciente libro de Najemy, Machiavelli’s Broken World (2022), ofrece ahora la investigación más sistemática del análisis de Maquiavelo sobre la privatización del poder, la política y la guerra por parte de las élites.

Repúblicas bien ordenadas

Los autores asociados con el paradigma «democrático» tienden a señalar que una de las ideas más revolucionarias desarrolladas por Maquiavelo se basa en el reconocimiento de que existe una fractura fundamental en las sociedades entre los que dominan y los que son dominados. Se trata de su idea de que la «libertad» de la antigua Roma era el resultado de los conflictos entre los nobles y la plebe, y de la «admirable creatividad política» de los plebeyos, como dice Pedullà.

Dentro de este paradigma, existen diversas formas de entender qué significa exactamente ser radical, así como diferentes actitudes hacia la transformación política y la violencia. En línea con la obra de Claude Lefort Machiavelli in the Making, de 1972, el propósito de Pedullà es distinguir la teoría del conflicto de Maquiavelo de las nociones marxistas de lucha de clases y sociedad sin clases. Ambos leen en los Discursos sobre Livio que es «imposible eliminar las fracturas del cuerpo social, pero también indeseable hacerlo». Además, en opinión de Pedullà,


a pesar de las evidentes simpatías pro-populares de Maquiavelo, su defensa de los tumultos romanos [en los Discursos sobre Livio] no implica ningún proyecto revolucionario; muy al contrario, al descargar las tensiones sociales en formas no peligrosas, el conflicto bien regulado puede incluso tener el efecto de fortalecer el régimen gobernante, impidiendo así el cambio (…). Los políticos sabios tienen que idear formas de hacer inocuas las luchas sociales, no intentar eliminarlas.

Esta lectura hace que la obra de Maquiavelo sea sorprendentemente compatible con la teoría general del conflicto social en las sociedades liberales de mercado desarrollada en el siglo XX por politólogos como Ralf Dahrendorf. Por otra parte, la idea de presentar los conflictos como simples arrebatos de desahogo parece contradecir el mensaje principal del volumen, si se quiere difundir aún más la interpretación plebeya de la «filosofía» de Maquiavelo. De hecho, la institución del tribunado en Roma fue el resultado de una rebelión de los plebeyos. No santificó el statu quo social, sino que fue una victoria rotunda para la causa de la libertad popular.

Aunque la tensión entre conflicto y preservación queda en gran parte sin resolver en el libro, esta tensión podría ser solo aparente. Si el «régimen gobernante» al que se alude en la cita anterior fuera una «república bien ordenada» en el sentido maquiavélico del término —es decir, un régimen ya construido sobre la igualdad de los ciudadanos ante la ley y en el que no se permite la gran acumulación de riqueza privada—, entonces se podrían ver las erupciones de conflicto plebeyo como meros episodios de «ajuste» y no como intentos legítimos de reforma revolucionaria desde abajo.

Por desgracia, ni la antigua Roma (después del 290 a.C.), ni la Florencia renacentista, ni nuestras sociedades de mercado liberales contemporáneas son propiamente «repúblicas bien ordenadas» maquiavélicas. Maquiavelo sostiene firmemente que «las repúblicas bien ordenadas deben mantener rico al Estado y pobres a los ciudadanos» (Discursos I.37). La concepción del conflicto popular en Maquiavelo sigue siendo, pues, fundacional para nuestros días. Tales conflictos no deben verse como estallidos que contribuyen a mantener el actual estado de cosas, sino como posibles y necesarias rupturas con la cultura y la política hegemónicas de los poderosos de este mundo.


Este artículo es una reseña de On Niccolò Machiavelli: The Bonds ofPolitics, de Gabriele Pedullà (Columbia University Press, 2023), publicado en Jacobin