Olviden
la visión estereotipada de Maquiavelo como campeón del cinismo y la
realpolitik.
El filósofo político italiano fue un crítico hostil del gobierno
oligárquico que buscó empoderar al pueblo y dar rienda suelta a su
creatividad
Nicolás
Maquiavelo (1469-1527) no era el único que confiaba en su talla
intelectual, su valor moral y su compromiso con la República de
Florencia. Privado de la plena ciudadanía debido a la aplicación de
las leyes de bastardía, fue elegido en 1498 jefe de la segunda
cancillería por el Gran Consejo.
Fue
confirmado en este cargo durante catorce años, hasta que las fuerzas
de los Médicis, apoyadas por el ejército español, tomaron la
ciudad y clausuraron el Gran Consejo, poniendo fin a la experiencia
del «estado popular». Durante sus numerosas misiones diplomáticas
en Italia y en el extranjero, Maquiavelo impresionó a los miembros
del gobierno, así como a sus colegas de la cancillería, por la
calidad de sus informes y la franqueza y lucidez con que expresaba
sus análisis.
Por
otro lado, Maquiavelo irritaba a esa parte de la ciudadanía a cuyos
miembros les gustaba llamarse a sí mismos los ottimati («los
mejores»). Especialmente odioso para algunos miembros de la élite
del poder era su proyecto de una milicia republicana basada en la
conscripción masiva, reconocida como una gran amenaza para su
influencia social y sus posiciones. Y tras su éxito personal en la
reunificación de la Toscana florentina en 1509, un amigo suyo llegó
a parodiar el Evangelio para llamarle el «mayor profeta que los
judíos o cualquier otro pueblo haya tenido jamás».
Para
no mezclarse
Gabriele Pedullà, uno de los más importantes especialistas italianos
actuales en Maquiavelo, ha tomado esta asombrosa cita de una carta de
Filippo Casavecchia como epígrafe de su
reciente esbozo de la vida, la obra y los legados controvertidos
de Maquiavelo. En la misma carta, Casavecchia también expresaba sus
dudas de que la «filosofía de Maquiavelo hablara jamás a los
tontos».
Casavecchia
fue la primera persona que leyó, a finales de 1513, el manuscrito
recién terminado de El Príncipe, un libro en el que la
«profecía» de Maquiavelo adoptaba la forma de una exhortación. El
libro iba dirigido a Lorenzo de Médicis hijo, en su doble condición
de nuevo jefe de Florencia y sobrino del Papa León X. Maquiavelo
instaba a Lorenzo a prepararse para la dirección política y militar
de una guerra de independencia para liberar a Italia de los bárbaros.
Según
Pedullà, solo este elemento —esto es, el capítulo final del
tratado— basta para hacer de El Príncipe una obra «única
dentro de su género». Sin embargo, incluso con su promesa de gloria
mezclada con referencias bíblicas, la «filosofía» de Maquiavelo
difícilmente podía hablar a Lorenzo, que muy probablemente ni
siquiera recibió nunca el tratado-manifiesto.
Sospechoso
natural para los Medici —alguien con quien «no mezclarse», como
instó el secretario de León X a principios de 1515—, Maquiavelo
probablemente sintió autocompasión a finales de 1517 por no ser
reconocido por los aliados antimedicistas. Aunque había publicado en
1506 sus versos políticamente incisivos del Decennale,
Maquiavelo quedó fuera, «como un gallo», de un importante libro
ferrarés (Orlando furioso, de Ludovico Ariosto) que
mencionaba a «tantos poetas».
Maquiavelo
acabó reincorporándose a la vida pública solo tras la muerte de
Lorenzo, en mayo de 1519. Lo hizo en primer lugar como hombre de
letras, al representar en Florencia y Roma su obra blasfema La
Mandrágora (1520), y después al ser autorizado a imprimir El
arte de la guerra (1521), que Pedullà describe como «el primer
diálogo militar de la literatura occidental».
En
ambos textos, Maquiavelo alude a la incompetencia política de los
ottimati florentinos, así como a su propia exclusión indebida
de la vida activa y a su desesperación por no haber tenido la
oportunidad de aplicar plenamente sus ideas (por ejemplo, mediante la
institución de un sistema militar «nacionalizado» en lugar de las
milicias privadas existentes).
La
naturaleza de los príncipes
Para
encontrar un retrato más directo y convincente de Maquiavelo resulta
útil recurrir a su correspondencia con Francesco Guicciardini. En
cartas de mayo de 1521 intercambiaron declaraciones sobre la
irreligiosidad y el ateísmo de Maquiavelo, sobre su envidiable
experiencia en asuntos exteriores y sobre su inmerecida desgracia.
También hablaron de su enfoque racional de la historia y la
política, así como de su capacidad para inventar «cosas insólitas»
y nuevas formas de gobierno.
Fue
en esta época cuando Guicciardini conoció el Discurso sobre los
asuntos florentinos, en el que Maquiavelo aconsejaba a los
Médicis sobre la reforma del Estado. Desde la muerte de Lorenzo,
León X estaba considerando la restauración del Gran Consejo, aunque
despojado de su anterior poder soberano.
Para
compensar esta debilidad, Maquiavelo recomendó —en línea con las
lecciones que había impartido recientemente en los jardines de la
familia Rucellai sobre la historia política de la Antigua Roma— el
establecimiento de una nueva institución similar al tribunado romano
de la plebe. Guicciardini, viendo en ello una posibilidad seria,
terminó a principios de 1522 el primer borrador completo de su
Diálogo sobre el gobierno de Florencia. En esta obra, según
Pedullà, Guicciardini pretendía purificar «la teoría republicana
de Maquiavelo de sus elementos pro-populares para reconciliarla con
la de Cicerón y Aristóteles», es decir, salvaguardar un elemento
central en el canon del republicanismo clásico: la defensa de la
posición privilegiada de la clase senatorial.
El
inconformismo de Maquiavelo y la afirmación del carácter
revolucionario de sus opiniones mediante la crítica sistemática de
la política de los ottimati y los Médicis siguieron siendo
temas recurrentes de sus posteriores interacciones con Guicciardini.
Estas
discusiones giraron, entre otras cosas, en torno al contenido y
desarrollo de las Historias florentinas de Maquiavelo y a la
crisis que atravesaba Italia en aquel momento.
En
una carta de marzo de 1526, en la que defendía una vez más el
proyecto de reclutamiento masivo que Guicciardini había rechazado el
año anterior, Maquiavelo jugaba con los prejuicios de su
interlocutor contra el pueblo («incierto y necio»). Escribió que
«estos tiempos exigen decisiones audaces, insólitas y extrañas»,
y afirmó que el «temerario» plan para hacer frente a la inminente
guerra que ahora reclamaba le había sido sugerido por la voz del
pueblo escuchada en las calles de Florencia: «el pueblo ha dicho lo
que hay que hacer».
Era
una forma indirecta de decir «yo mismo soy el pueblo» (en las
célebres palabras de Robespierre), que de hecho se hace eco de la
dedicatoria de El Príncipe: «Para comprender bien la
naturaleza de los príncipes hay que ser del pueblo».
Remedios
insólitos y violentos
Guicciardini,
que era él mismo un aristócrata florentino y un agente de alto
rango del papado, veía las ideas de Maquiavelo como «extravagantes»
y las percibía con una mezcla de admiración y condescendencia
social no exenta de cierta ansiedad. Las raíces de esta ansiedad
surgían de una intuición que ya estaba muy extendida en 1505, según
la anterior Historia de Florencia del propio Guicciardini. Se
trataba de la comprensión de que una profunda reforma del sistema
militar, como la planeada por Maquiavelo, tendría un grave impacto
en la estructura de las relaciones sociales en Toscana, y podría
incluso poner en peligro a las figuras más destacadas del segmento
más conservador de la ciudadanía.
Años
más tarde, en 1530, comentando los Discursos sobre los diez
primeros libros de Tito Livio de Maquiavelo, Guicciardini
llegaría a calificarlo de «escritor excesivamente complaciente con
remedios inusuales y violentos». Esta apreciación era, de hecho,
bastante acertada. Y los escritos de Maquiavelo inspiraron a feroces
republicanos como Pier Filippo Pandolfini, que entró en la escena
política en 1528 con un manifiesto sobre la elección del nuevo jefe
de la ciudad.
Según
Pandolfini, el futuro jefe de Estado debía estar «verdaderamente
del lado del pueblo», en consonancia con la definición de
Maquiavelo de un príncipe virtuoso que no duda, «si es necesario,
en apagar la furia de un pequeño número de nobles», es decir, en
adoptar medidas revolucionarias de gobierno. Pedullà señala también
que, en 1529, «Pandolfini recurrió ampliamente a la lección de
Maquiavelo sobre la milicia de una forma claramente antioligárquica».
Con
Sobre Nicolás Maquiavelo, Pedullà pone al alcance de un
público más amplio una reinterpretación desarrollada por un grupo
de estudiosos cuyo Maquiavelo «se parece en cierto modo al de
Guicciardini, pero con la notable diferencia de que, en lugar de
rehuir la postura pro-popular de los Discursos, ahora la
respaldan plenamente».
El
propio Pedullà es partidario de este enfoque «democrático» de las
obras de Maquiavelo en su erudito libro Maquiavelo en tumulto: Los
discursos sobre Livio y los orígenes del conflictualismo político
(original italiano de 2011, traducción al inglés de 2018), y su
edición de El Príncipe en italiano (2022), extensamente
anotada (de próxima traducción al inglés con Verso Books).
También
ha publicado varios trabajos notables sobre la recepción de
Maquiavelo, entre los que destacan una revalorización de la ignorada
contribución del teórico político marxista Neal Wood, y una severa
crítica de la obra del historiador cultural Carlo Ginzburg
Nondimanco: Machiavelli, Pascal, destacando su adhesión a la
leyenda negra que ha influido en la imagen de Maquiavelo hasta el
presente.
Una
lectura plebeya
Profesor
de literatura comparada en Roma, Pedullà aborda de forma convincente
cuestiones de género (literario), forma, modelos, procesos, factores
culturales, influencias y fuentes impresas. Revela cómo Maquiavelo,
en sus obras políticas, explota a autores griegos de la Antigüedad
«que solo recientemente se habían hecho accesibles en Occidente».
Este
es particularmente el caso de la importancia de Dionisio de
Halicarnaso para los puntos de vista de Maquiavelo sobre la
ciudadanía, el poder tribunicio, la dictadura y las funciones de los
conflictos sociales, en los Discursos. En relación con El
arte de la guerra, cabe mencionar también el manual militar de
Aeliano sobre la organización de la falange macedonia: antes de
Maquiavelo, «nadie se había dado cuenta de su importancia».

Siguiendo
los pasos de Carlo Dionisotti y Franco Moretti, Pedullà ha
desarrollado un enfoque racional de la historia literaria que integra
las aportaciones de científicos sociales e historiadores, y un
profundo sentido del problema de la selección cultural y la
supervivencia literaria o la inclusión canónica. Ilustra con
precisión lo que ha hecho posible el éxito incontestable de
Maquiavelo como «verdadero clásico» cuyas obras «nos acompañarán
indefinidamente». También ha asimilado la distinción gramsciana
«entre una “guerra de posición” y una “guerra de maniobra”»
y sabe lo que hace falta para empezar a «ejercer una hegemonía
sobre el viejo mundo intelectual», como dijo el propio Antonio
Gramsci en el cuarto de sus Cuadernos de la cárcel.

Con
esta nueva y breve introducción, Pedullà consigue popularizar su
aproximación al secretario florentino, al tiempo que tiene en cuenta
cuidadosamente la erudición más reciente. Sostiene que una
interpretación «plebeya» de Maquiavelo se está convirtiendo en la
corriente dominante:
A
ambos lados del Atlántico, una reciente oleada de estudiosos ha
llamado cada vez más la atención sobre el núcleo antioligárquico
del pensamiento de Maquiavelo: su persistente hostilidad hacia los
«poderosos» florentinos, su confianza en el autogobierno de los
ciudadanos de a pie, su aprobación de una institución de clase como
los tribunos de la plebe para contrarrestar al Senado, su
sensibilidad hacia la cuestión de la deuda pública como medio para
que la oligarquía financiera florentina se enriqueciera a costa de
toda la comunidad (y hacia las formas de librarse de esa deuda
mediante el reclutamiento popular) y el legado duradero de su
valoración positiva del conflicto social en el pensamiento político
occidental.
La
lectura «plebeya»
de Maquiavelo tiene una larga tradición que se remonta al siglo XVI.
Sin embargo, desde el final de la guerra de Vietnam hasta hace poco,
en el mundo académico anglófono han prevalecido dos
interpretaciones «elitistas»: la de los neorrepublicanos de la
escuela de Cambridge de historia del pensamiento político y la de
los neoconservadores de la escuela straussiana de filosofía
política.
Sin
embargo, ya durante la era de Ronald Reagan y Margaret Thatcher, el
historiador John Najemy había empezado a desarrollar una lectura
antioligárquica. En su artículo
de 1982 de la Renaissance
Quarterly «Machiavelli
and the Medici: The Lessons of Florentine History» (Maquiavelo y los
Medici: las lecciones de la historia florentina), rechazaba la
hipótesis —que aún hoy encuentra algunos defensores— de que en
1520 se produjo un giro «conservador» o «reaccionario» en el
pensamiento de Maquiavelo.
Se
estima que este supuesto reposicionamiento tuvo lugar cuando el
antiguo Canciller de la República aceptó del régimen de los
Médicis el encargo de escribir las Historias florentinas y de
asesorar sobre la reforma de la Constitución. El reciente libro de
Najemy, Machiavelli’s Broken World (2022), ofrece ahora la
investigación más sistemática del análisis de Maquiavelo sobre la
privatización del poder, la política y la guerra por parte de las
élites.
Repúblicas
bien ordenadas
Los
autores asociados con el paradigma «democrático» tienden a señalar
que una de las ideas más revolucionarias desarrolladas por
Maquiavelo se basa en el reconocimiento de que existe una fractura
fundamental en las sociedades entre los que dominan y los que son
dominados. Se trata de su idea de que la «libertad» de la antigua
Roma era el resultado de los conflictos entre los nobles y la plebe,
y de la «admirable creatividad política» de los plebeyos, como
dice Pedullà.
Dentro
de este paradigma, existen diversas formas de entender qué significa
exactamente ser radical, así como diferentes actitudes hacia la
transformación política y la violencia. En línea con la obra de
Claude Lefort Machiavelli in the Making, de 1972, el propósito
de Pedullà es distinguir la teoría del conflicto de Maquiavelo de
las nociones marxistas de lucha de clases y sociedad sin clases.
Ambos leen en los Discursos sobre Livio que es «imposible
eliminar las fracturas del cuerpo social, pero también indeseable
hacerlo». Además, en opinión de Pedullà,
a
pesar de las evidentes simpatías pro-populares de Maquiavelo, su
defensa de los tumultos romanos [en los Discursos sobre Livio]
no implica ningún proyecto revolucionario; muy al contrario, al
descargar las tensiones sociales en formas no peligrosas, el
conflicto bien regulado puede incluso tener el efecto de fortalecer
el régimen gobernante, impidiendo así el cambio (…). Los
políticos sabios tienen que idear formas de hacer inocuas las luchas
sociales, no intentar eliminarlas.
Esta
lectura hace que la obra de Maquiavelo sea sorprendentemente
compatible con la teoría general del conflicto social en las
sociedades liberales de mercado desarrollada en el siglo XX por
politólogos como Ralf Dahrendorf. Por otra parte, la idea de
presentar los conflictos como simples arrebatos de desahogo parece
contradecir el mensaje principal del volumen, si se quiere difundir
aún más la interpretación plebeya de la «filosofía» de
Maquiavelo. De hecho, la institución del tribunado en Roma fue el
resultado de una rebelión de los plebeyos. No santificó el statu
quo social, sino que fue una victoria rotunda para la causa de la
libertad popular.
Aunque
la tensión entre conflicto y preservación queda en gran parte sin
resolver en el libro, esta tensión podría ser solo aparente. Si el
«régimen gobernante» al que se alude en la cita anterior fuera una
«república bien ordenada» en el sentido maquiavélico del término
—es decir, un régimen ya construido sobre la igualdad de los
ciudadanos ante la ley y en el que no se permite la gran acumulación
de riqueza privada—, entonces se podrían ver las erupciones de
conflicto plebeyo como meros episodios de «ajuste» y no como
intentos legítimos de reforma revolucionaria desde abajo.
Por
desgracia, ni la antigua Roma (después del 290 a.C.), ni la
Florencia renacentista, ni nuestras sociedades de mercado liberales
contemporáneas son propiamente «repúblicas bien ordenadas»
maquiavélicas. Maquiavelo sostiene firmemente que «las repúblicas
bien ordenadas deben mantener rico al Estado y pobres a los
ciudadanos» (Discursos I.37). La concepción del conflicto
popular en Maquiavelo sigue siendo, pues, fundacional para nuestros
días. Tales conflictos no deben verse como estallidos que
contribuyen a mantener el actual estado de cosas, sino como posibles
y necesarias rupturas con la cultura y la política hegemónicas de
los poderosos de este mundo.