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sábado, 19 de septiembre de 2026

Las elecciones del domingo miden la resistencia de Berlín al auge de la extrema derecha

 

 Por Àngel Ferrero   
      Periodista. En Moscú después de tres años informando desde Berlín para varios medios.


La Izquierda espera convertir Berlín en una plataforma que sirva para mejorar sus resultados a escala federal, donde actualmente obtiene hasta un 12% en las encuestas de intención de voto


Un joven pasa por delante de los vestigios del Muro de Berlín.

     La victoria de Alternativa para Alemania (AfD) en las elecciones en Sajonia-Anhalt ha sacudido los cimientos de la política alemana incluso más de lo que se esperaba.


Ulrich Siegmund, político alemán miembro del Parlamento Regional de Sajonia-Anhalt desde 2016 – Colíder del grupo estatal del partido de extrema derecha Alternativa por Alemania (AfD).

La agresividad en las declaraciones a los medios de comunicación de los principales representantes de AfD durante estos últimos días es claramente mayor y no sólo por los resultados obtenidos: este domingo se celebran elecciones al Senado de Berlín y en el estado federado de Mecklemburgo-Pomerania Occidental y el partido quiere explotar todo lo posible el tirón electoral.

Es difícil que AfD pueda repetir los resultados de Sajonia-Anhalt. En Berlín las encuestas de intención de voto le proporcionan un respetable 18%, mientras que en Mecklemburgo-Pomerania Occidental –otro estado de la antigua República Democrática Alemana (RDA) rezagado económicamente– sería la primera fuerza con entre un 36% y un 37%, pero el Partido Socialdemócrata de Alemania (SPD), al que se le pronostica entre un 30% y un 33% de los votos, podría formar un gobierno con La Izquierda (10-12%) y Los Verdes (5-6%). La Alianza Sahra Wagenknecht (BSW), que tendrá un papel clave en la gobernabilidad de Sajonia-Anhalt, dejaría de tenerlo en Mecklemburgo-Pomerania Occidental y podría ser extraparlamentaria en Berlín si no logra superar el umbral del 5%.

A pesar de toda la tinta vertida, la escisión nacional-populista de La Izquierda (Die Linke) quedaría a día de hoy fuera del Bundestag, en los estados federados de la antigua Alemania oriental sus porcentajes de intención de voto se mantienen en torno al umbral en el que podría entrar o quedarse fuera, y en los occidentales todavía se alejan más de esa cifra (3%). Por lo demás, BSW ya no forma parte de ninguno de los gobiernos en los que entró: en Brandeburgo gobierna ahora una Gran Coalición y el partido en Turingia ha implosionado por tensiones internas –antes las hubo en Brandeburgo– que podrían muy bien reproducirse en otros sitios tras el voto para elegir al ministro-presidente de Sajonia-Anhalt.

Berlín como antítesis de Sajonia-Anhalt

Las elecciones en Mecklemburgo-Pomerania Occidental –uno de los Länder con menos población y que menos contribuye al PIB del país– tienen poco peso en el conjunto, a diferencia de Berlín, que además es la capital y la sede del gobierno, y tiene por ello un alto valor simbólico.

Aquí la partida es otra, porque el liderazgo se lo disputan La Izquierda, que alcanza entre un 21% y un 23% en las encuestas de intención de voto, y la Unión Cristiano Demócrata (CDU), con entre un 19% y un 20%. Si se mantienen estos resultados, La Izquierda podría gobernar Berlín en una coalición con Los Verdes –que obtienen entre un 15% y un 16% en los sondeos– y los socialdemócratas –entre un 10% y un 15%–, un tripartito conocido como R2G.

Actualmente Die Linke participa en una coalición de gobierno con los socialdemócratas en Mecklemburgo-Pomerania Occidental y con socialdemócratas y verdes en Bremen, pero una victoria en Berlín supondría su regreso a la presidencia de un Land desde que perdió la de Turingia en las elecciones de 2024. Con todo, los medios locales advierten de que la ultraderecha intentará alzarse con la victoria en un antiguo granero de votos de La Izquierda en Berlín, el distrito de Marzahn-Hellersdorf, de nuevo con la ayuda de los votos de BSW si ésta logra superar el 5%.

La Izquierda lleva meses trabajando cuidadosamente en la campaña de Berlín con un programa centrado en poner fin a la subida de los alquileres, un transporte público accesible y el refuerzo de los servicios públicos. La campaña de su candidata, Elif Eralp, parece seguir, en su forma y en su contenido, la misma estrategia que llevó a La Izquierda a remontar en las encuestas de intención de voto en las elecciones federales de febrero de 2025 y entrar finalmente en el Bundestag con un 8,8%.

La Izquierda de la capital, que en el pasado formó parte de varios gobiernos de Berlín con el SPD –en la legislatura de 2006-2011, con Klaus Wowereit; en la de 2016-2021, con Michael Müller; y en la de 2021-2023, junto con Los Verdes, con Franziska Giffey–, ha sufrido, como en el resto del país, fuertes tensiones internas de las que se presenta ahora libre.

Uno de los nombres más repetidos durante esta campaña es el de Zohran Mamdani como ejemplo de cómo la izquierda puede llegar al poder en los lugares aparentemente más difíciles.


Zohran Mamdani en un mitin político diez días antes de la elecciones.

Los críticos desde la izquierda, no obstante, se han apresurado a señalar que La Izquierda, a diferencia de Mamdani, sigue esquivando la cuestión palestina por miedo a que este tema pueda volver a dividir a sus militantes y a sus votantes, una disputa amplificada por unos medios de comunicación siempre interesados en que esto sea lo que precisamente ocurra agitando el espantajo del antisemitismo.

Debates sobre táctica aparte, La Izquierda espera convertir Berlín en una plataforma que sirva para mejorar sus resultados a escala federal, donde actualmente obtiene hasta un 12% en las encuestas de intención de voto, mejorando su mejor marca electoral hasta la fecha, que fue la de las elecciones al Bundestag de 2009, en las que obtuvo un 11,9%. Buena parte de los partidos de la izquierda europea espera también con interés los resultados de estas elecciones por si una victoria de La Izquierda en Berlín sirve a un mismo tiempo para crear una “isla roja” dentro de una Europa escorada cada vez más a la derecha –como ocurre, a otro nivel, en la ciudad austríaca de Graz– y como impulso a unas izquierdas que siguen sin dar con la fórmula que les permita recobrar fuerza.

La carrera de fondo de AfD

Aunque quede fuera del gobierno en ambas elecciones, la estrategia de AfD se mantiene firme: avanzar y afianzarse. En Mecklemburgo-Pomerania Occidental su crecimiento se ha nutrido, como en el resto de Alemania, del desplome de la CDU, que obtendría un testimonial 6-7% de los votos según los sondeos. La presión sobre el canciller, Friedrich Merz, ha aumentado estos días, en los que se han multplicado de nuevo los rumores sobre su posible dimisión como presidente de la CDU y hasta como canciller. En los medios de comunicación ha vuelto a aparecer el nombre del ministro de Defensa, Boris Pistorius (SPD), como recambio de Merz al frente del gobierno, y los del ministro-presidente de Renania del Norte-Westfalia, Hendrik Wüst, y del ministro-presidente de Schleswig-Holstein, Daniel Günther, como futuro líder de la CDU.

En ausencia de una base de apoyo sólida, empero, nadie parece dispuesto a querer dar ese paso por ahora y ponerse al frente de un partido en crisis. La situación podría empeorar a partir de este domingo si La Izquierda consigue ganar en Berlín y la CDU desaparece del Landtag de Mecklemburgo-Pomerania Occidental, como señalan algunas encuestas de intención de voto. “Si la CDU pierde Berlín, donde ha gobernado hasta ahora, Friedrich Merz será entonces como un boxeador que ha tenido que encajar tres golpes claros”, ha comentado el profesor de Ciencias Políticas de la Universidad de Rostock Wolfgang Muno al medio ZDF, “y entonces uno se pregunta si caerá KO o no”.

Todo ello sin tener en cuenta la situación económica: a la sucesión de noticias sobre la crisis de modelo industrial vino a sumarse a comienzos de esta semana la de la subida del combustible en las estaciones de servicio como consecuencia de los últimos acontecimientos en los conflictos en Irán y en Yemen.


Planta de Volkswagen en Osnabrück (Baja Sajonia).

“Un precio del crudo a 100 dólares se traslada en precios más elevados para la gasolina, el diésel, el gasóleo, el keroseno y otros productos derivados”, ha observado el analista Wolfgang Münchau, “un invierno severo podría llevar a un déficit de gas natural en Alemania, donde las reservas se encuentran en niveles históricamente bajos.” Y un precio de 100 dólares el barril, remacha, “no es uno con el que nuestras economías occidentales funcionen sin fricciones.”

A nivel federal la CDU se encuentra a entre 9 y 10 puntos porcentuales en las encuestas de intención de voto de AfD, que bate récords históricos con porcentajes del 29% y del 30%. Su socio de coalición actual, el SPD, sigue con entre un 11% y un 13%, por detrás de Los Verdes, con un 15%, en consonancia acaso con los cambios sociales del país, en los que la tradicional base de votantes de los socialdemócratas ha envejecido y se ha erosionado, mientras que la de Los Verdes –la clase profesional-directiva (PMC) teorizada por John y Barbara Ehrenreich a finales de la década de los setenta– se ha consolidado. La consigna de aportar estabilidad, lejos de favorecer al SPD, empeora sus resultados. Los socialdemócratas se oponen a los recortes al sistema social que los conservadores defienden como necesarios, pero su manifiesta debilidad no los hace aparecer ni como un dique de contención ni como un motor del cambio, sino como sostén de una gestión del declive. De acuerdo con Muno, un gobierno liderado por los socialdemócratas en Mecklemburgo-Pomerania Occidental podría refozar una candidatura de la jefa de su ejecutivo, Manuela Schwesig, a escala federal, con la que, quizás, poder frenar y revertir la caída.

En una entrevista con el medio austríaco de ultraderecha AUF1 publicada el pasado 11 de septiembre, la co-presidenta de AfD, Alice Weidel, exponía algunas de las medidas que su partido llevaría a cabo en caso de llegar a la cancillería, evidenciando que el programa de su partido se encuentra entre los más radicales de todo el espacio de la extrema derecha europea: poner fin a la ayuda financiera a Ucrania y exigir a Kíev que devuelva parte del dinero entregado; expulsar a refugiados ucranianos –especialmente a los varones en edad militar– y a los refugiados sirios; terminar con las contribuciones a la Unión Europea (“vamos a dejar de co-financiar la fiesta para nuestros países vecinos, queremos nuestro dinero de vuelta […] veremos el drama que se producirá en Bruselas y Estrasburgo cuando dejemos de financiar este circo”). Como el Partido de la Libertad de Austria (FPÖ) en el país vecino, AfD parece haber hecho suya la propuesta del escritor fascista Julius Evola de que, para vencer al tigre, la mejor manera es cabalgarlo hasta que se agote.


Pegatina contra Herbert Kickl, líder del Partido de la Libertad de Austria (FPÖ) desde 2021.


Fuente: El Salto

viernes, 4 de septiembre de 2026

Las sanciones de EEUU contra el colectivo digital italiano Autistici/Inventati llegan a Europa

 

 Por Pedro Castrillo   
      Política y cultura, desde Italia y desde abajo.


El Departamento del Tesoro de EEUU afirma que el colectivo, nacido de los centros sociales italianos, ofrece soporte digital a “células de Antifa y otros violentos extremistas ultraizquierdistas”


El presidente Donald Trump y la primera ministra italiana, Giorgia Meloni, conversan durante un receso en la cumbre del G7, el lunes 16 de junio de 2025, en Kananaskis, Alberta, Canadá.


     El pasado 26 de agosto, los Departamento de Estado y del Tesoro de EEUU anunciaban en sus webs la decisión de clasificar al colectivo Autistici/Inventati (A/I) como “organización terrorista global” (Specially Designated Global Terrorist), con la consiguiente aplicación de sanciones. El colectivo toscano, nacido en 2001 tras las experiencia de Indymedia Italia y el G8 de Génova, aloja actualmente alrededor de 20.000 cuentas de correo electrónico, 1.500 webs, 5.500 listas de correo y 10.000 blogs.


Autistici-Inventati

En su anuncio, el Departamento del Tesoro afirma que el colectivo italiano ofrece soporte digital a “células de Antifa [sic] y otros violentos extremistas ultraizquierdistas”, mientras que el Departamento de Estado ha justificado la acción considerando que “el grupo se ha convertido en nodo central de una campaña transnacional llevada a cabo por redes violentas y criminales de extrema izquierda para desestabilizar a EEUU y sus socios en toda Europa, el hemisferio occidental y más allá”.

En el mismo comunicado se citan los sabotajes al oleoducto transalpino TAL del pasado marzo y ataques a infraestructuras ferroviarias y energéticas alemanas, en los que las herramientas digitales de A/I habrían sido usadas por “los militantes para difundir información sobre los objetivos, así como manuales tácticos y técnicos, y comunicados respecto a los ataques”. Las acusaciones implican también a algunos grupos estadounidenses, como Rose City Antifa, Jane’s Revenge y “una célula anarquista” de Atlanta, quienes habrían utilizado los servicios de A/I, entre otras cosas, para difundir datos personales de agentes del ICE.

Junto con el colectivo italiano, los Departamentos de Estado y del Tesoro han incluido en la lista de entidades y personas proscritas como “terroristas” a otras dos organizaciones, vinculadas al colectivo A/I por ser usuarios de sus plataformas: la organización británica Palestine Action y la red filopalestina Masar Badil. No obstante, existe una diferencia fundamental en la acusación al colectivo Autistici/Inventati: a este no se le imputa acción alguna, simplemente el hecho de gestionar los servicios comunicativos utilizados por personas que, supuestamente, han cometido acciones “terroristas”.

El poder real de las sanciones

La orden ejecutiva esgrimida por los Departamentos de Estado y del Tesoro —cuya primera versión fue firmada por Bush Jr. pocos días después del 11-S—, establece el congelamiento de los bienes del grupo “terrorista” en cuestión que se encuentren en territorio estadounidense. Puesto que A/I no posee ninguno, la congelación es, de facto, un acto vacío. El efecto real se produce a posteriori, porque la orden ejecutiva prevé además la sanción de cualquier entidad estadounidense que dé cobertura, directa o indirectamente, al sujeto “terrorista”, incluyendo bancos, servicios de hosting, sistemas de pago, plataformas de donaciones o proveedores digitales de todo tipo. Normalmente ninguna de estas entidades espera a la sentencia para decidir qué hacer: cierran el grifo inmediatamente como precaución ante posibles consecuencias económicas o penales.

Así, a menos de 48 horas del anuncio resultaba ya imposible acceder a la web www.autistici.org, a pesar de que el Gobierno de EEUU hubiera dado hasta el 25 de septiembre a las entidades implicadas para adecuarse a las sanciones.

Según ha comunicado A/I, el bloqueo se debió a que el sistema DNS (Domain Name System), encargado de traducir el nombre de todas las webs y servicios de Internet al lenguaje numérico de los servidores, había dejado de funcionar. En otras palabras, el dominio “autistici.org” había perdido su significado digital. Por ese mismo motivo, quedaban bloqueadas también miles de cuentas de correo electrónico y otros servicios gestionados por el colectivo. Pocas horas después, Noblogs.org, la plataforma de blogging de A/I, quedaba expuesta a un problema de seguridad, obligando al colectivo a mantenerla temporalmente offline para resolver el problema.


NoBlogs.org

En medio de un torbellino de comunicaciones con usuarios, periodistas y abogados, A/I se puso manos a la obra para poner de nuevo en funcionamiento todos los servicios. A final del día, el servicio de correo era de nuevo accesible y la plataforma Noblogs.org estaba de nuevo en línea, si bien en modo de solo lectura. El colectivo informaba el domingo de que seguiría trabajando para recuperar el funcionamiento de todos los servicios.

Pero los efectos de las sanciones van más allá de Internet. El mismo viernes por la tarde, Banca Popolare Etica —la matriz italiana de la española Fiare— comunicaba al colectivo su intención de concluir su relación bancaria, por considerarla, en el actual contexto, excesivamente arriesgada. Quedaba así bloqueada la cuenta corriente del colectivo en la que se recogen las donaciones al grupo, única fuente de financiación del proyecto. La decisión fue inmediatamente criticada por miles de clientes del banco, que iniciaron una recogida de firmas para pedirle a la dirección que diese marcha atrás.

Por su parte, en un comunicado de prensa, el banco explicaba que, de mantener abierta la cuenta de A/I, “podría ser objeto de “sanciones secundarias”, que implican el cese de todos los servicios dependientes de intermediarios estadounidenses: esto derivaría en la imposibilidad para todos los clientes de Banca Etica de utilizar cualquier tarjeta de crédito o débito —que actualmente dependen del monopolio que ejercen de facto los operadores estadounidenses—, así como la imposibilidad de efectuar pagos en áreas no euro, para los cuales son necesarios intermediarios financieros casi siempre estadounidenses”.

Caza de brujas anti-antifascista

El ataque contra A/I, Palestine Action y Masar Badil representa el primer acto operativo de la campaña internacional lanzada por Marco Rubio en una cumbre celebrada en Washington el pasado julio contra el “terrorismo de izquierdas”, cuyo prólogo había sido la designación de “Antifa” como grupo terrorista en 2025. La invención de esta presunta organización —de la que no se conoce estructura, dirección, jerarquía, programa unitario ni sistema de pertenencia alguno— está funcionando como teorema para la construcción de un enemigo doméstico en EEUU, pero también a nivel internacional, gracias a la colaboración de los distintos partidos y organizaciones afines al trumpismo.

El objetivo declarado de la cumbre era la creación de una plataforma de cooperación represiva. Más concretamente, “ahogar el financiamiento del terrorismo político”, en palabras del multimillonario y secretario del Tesoro, Scott Bessent, encargado en aquella cita de ilustrar los planes de su Departamento para luchar contra “una de las principales amenazas para la seguridad de EEUU”. En ese contexto, algunas fuentes han señalado que en las últimas semanas el viceasistente de Trump, Sebastian Gorka, habría requerido informaciones sobre grupos de izquierdas a por lo menos veinte embajadas estadounidenses, incluida la italiana. Resulta lógico pensar que la actuación contra el colectivo A/I sea en parte consecuencia de dichos intercambios.

Se perfila así un ataque político, más que legal, contra el colectivo A/I. Consideremos el núcleo de las acusaciones del Departamento de Estado, esto es, que las herramientas digitales gestionadas por A/I están diseñadas específicamente para dar apoyo a supuestas organizaciones terroristas. Una acusación que cae por sí sola: sindicatos de base, asociaciones culturales, plataformas de vecinas y colectivos de todo tipo utilizan cotidianamente los servicios de A/I, sin haber recibido por parte del Estado italiano ninguna acusación de terrorismo. Y considerando el nivel creciente de represión política del Gobierno de Meloni, eso es mucho decir.

Dicha acusación resulta aún más ridícula considerando lo que declara el propio colectivo en sus términos de servicio, los cuales prohíben “utilizar los servicios para cualquier objetivo de tipo militar, incluida la difusión de informaciones o material didáctico relacionados con armas de fuego y relativas técnica de combate, guerra cibernética, desarrollo y producción de armas”.

Por otro lado, que la motivación para esta caza de brujas es ideológica lo indica el propio Departamento de Estado en sus declaraciones, cuando justifica las sanciones diciendo que “Autistici/Inventati se identifica a sí mismo como una organización ‘antifascista’ y ‘antimilitarista’, contraria al capitalismo” y que “ofrece sus servicios únicamente a individuos, colectivos y grupos que considera alineados con su ideología”. En otras palabras: el Gobierno de Trump ataca a A/I no por los servicios que ofrece en sí mismos —técnicamente muy parecidos a los de cualquier otro proveedor digital—, sino por sus motivaciones de fondo. De otra forma, el Departamento de Estado se habría apresurado a aplicar las mismas sanciones a Meta, por haber alojado, por ejemplo, la retransmisión en directo en Facebook de una masacre supremacista blanca, o a Google, puesto que una dirección de su servicio de correo electrónico difundió el manifiesto que reivindicaba esa misma masacre.


Supremacismo Blanco.

Por su parte, en un comunicado de prensa del 29 de agosto, el colectivo declaraba: “Rechazamos las acusaciones y reiteramos que nuestra actividad consiste en ofrecer herramientas de autodefensa digital e infraestructura para la libertad de comunicación. […] No nos pararemos y seguiremos haciendo lo que siempre hemos hecho, oponiéndonos con todos los medios a las falsas acusaciones construidas por una administración políticamente desesperada cuyo único objetivo es distraer a personas y medios de su propia violencia y deseo de guerra”.

Keep the Internet free!

Desde que se conoció la noticia de las sanciones a A/I, han sido innumerables las muestras de solidaridad hacia el colectivo digital, reflejo de lo mucho que su trabajo representa desde hace décadas para la actividad política, cultural y social cotidiana de infinidad de grupos, en Italia y el extranjero. Pero la fuerza de A/I no es solo material, también simbólica. En un momento histórico en que el sueño de la Internet libre parece enterrado, A/I representa una alternativa real, un modelo opuesto al de los gigantes tecnológicos, cuyo único objetivo es obtener beneficios y poder a partir del extractivismo de datos y la manipulación de la opinión pública.

En un cuarto de siglo, A/I ha contribuido a cambiar la forma de estar en red de una enorme colectividad, conservando la lección del viejo ”Do it yourself, become the media” (hazlo tú mismo/a, conviértete en el medio). Lo ha hecho no perfilando a sus usuarios en modo alguno, no construyendo un mercado que explota sus datos, defendiendo el anonimato y la privacidad, intentando, en suma, mantener espacios de comunicación libres y ajenos a las lógicas comerciales. Su lema “socializar saberes sin fundar poderes” describe perfectamente esa anomalía. Y es precisamente su autonomía, más que el hecho de que dé cobertura a uno u otro grupo, lo que hace políticamente significativo el ataque contra el colectivo. Y lo que hace necesario, hoy más que nunca, defender la alternativa que Autistici/Inventati representa.


Fuente:
El Salto

martes, 2 de diciembre de 2025

Stephen Miller y el proceso de creación del sujeto fascista

 

 Por Henry A. Giroux     
      Profesor de Estudios Culturales de la Universidad McMaster de Ontario, Canadá.



Cada acto de violencia estatal se ha convertido en una forma de teatro político, diseñado para transformar el miedo en consentimiento y el sufrimiento en una prueba de poder



     Stephen Miller, el subdirector de gabinete de la Casa Blanca de Trump, es un nacionalista blanco, como está bien documentado, y uno de los arquitectos más influyentes de las políticas racistas de Trump. Miller se alinea desde hace tiempo con los medios de comunicación de la extrema derecha y otras figuras extremistas. Su abierta oposición a la DACA [Acción Diferida para los Llegados en la Infancia, NdT] y sus llamadas a poner fin a la protección temporal de las poblaciones predominantemente no-blancas revelan su racismo profundamente arraigado.


Stephen Miller, asesor de seguridad nacional de la Casa Blanca.

Sus ataques a los estudiantes internacionales, la educación superior, los inmigrantes y a cualquiera que se niegue a aceptar su noción de nacionalismo blanco y ciudadanía racializada manifiestan una política de venganza en la que toda la fuerza del gobierno federal deviene un arma arrojadiza contra la diferencia. Su intolerancia es tan notoria que incluso varios miembros de su propia familia lo han denunciado.

Actor clave en este régimen de terrorismo estatal, racismo sistémico, detenciones en masa, deportaciones y la criminalización del disenso, Miller ha sido la fuerza motriz detrás de las políticas más represivas de Trump. Durante el primer mandato de Trump fue él quien ideó la prohibición de entrada a los musulmanes, la política de separación de familias inmigrantes y los ataques contra la ciudadanía por nacimiento en territorio estadounidense. Todo ello tiene su origen en su manera de ver el mundo desacomplejadamente supremacista y eugenicista.

En el segundo mandato de Trump ha emergido como el arquitecto de medidas todavía más draconianas, abogando por deportaciones en masa, la abolición de la ciudadanía por nacimiento en territorio estadounidense y la revocación de la ciudadanía naturalizada a quienes escapen a su visión cristiana blanca de quién merece ser llamado americano.


Manifestantes antiTrump en Portland disfrazados de ranas.

Jonathan Blitzer, escribiendo para The New Yorker, subestima la profundidad de la ideología supremacista blanca de Miller y su virulento odio hacia los inmigrantes cuando observa que “la obsesión de Miller con restringir la inmigración y castigar a los inmigrantes se ha convertido en la característica definitoria de la Casa Blanca de Trump". Aunque el comentario de Blitzer se hizo durante la primera presidencia de Trump, ahora es claro que Miller ya era el principal arquitecto de un emergente estado policial, un proyecto que desde entonces ha pasado a estar a la vista de todos.

Bajo su influencia la maquinaria del ICE se ha convertido en un instrumento de miedo y terror racial. Los agentes de inmigración, envalentonados por su retórica, han intimidado, detenido y secuestrado a inmigrantes, a quienes están marcados por sus cuerpos negros o marrones, cuya presencia misma es tratada como si fuese un crimen en sí mismo. La política ha mutado en actuación, y el discurso se ha transformado en un ritual.

Las llamadas “operaciones de intervención” del ICE han escalado con escalofriante precisión, con redadas en restaurantes, granjas y puestos de trabajo por todo el país, con arrestos que en ocasiones han excedido los dos mil diarios. Lo que comenzó como una intervención administrativa ha metastatizado en una política de intimidación y espectáculo, una calculada exhibición de poder diseñada para criminalizar la vulnerabilidad y hacer que la compasión sea sospechosa.

Esta brutalidad orquestada se refleja no únicamente en la ideología de Miller, sino también en su personalidad. Incluso sus antiguos colegas lo describen como alguien insufrible, “descortés, arrogante y consumido por un sentimiento de superioridad propia”, como ha informado Yahoo News. En el distrito gubernamental era despreciado por muchos, cualquier interacción con él, marcada por la condescendencia y el rencor. El desdén que mostraba hacia los demás en una conversación espejaba el desdén que ha codificado en ley. El carácter de Miller se ha convertido en una política: la arrogancia se ha traducido en autoritarismo, el desprecio, en crueldad, y su apetito por la dominación, en el andamiaje de un estado policial.

El ser mismo de Miller evoca la fría mecanización de la máquina, un organismo que se ha vuelto contra sí mismo, que se mueve sin ritmo, empatía o cortesía. Su presencia se siente como si hubiese sido el resultado de la ingeniería: fría, cicatrizada y vacía, el cuerpo convertido en un instrumento de mando. Es como si hubiese perdido desde hace tiempo una guerra consigo mismo, una guerra contra la vulnerabilidad, la imaginación y la capacidad de sentir, y que todo lo que quedase es un hombre acorazado contra la vida misma.

El psicólogo Wilhelm Reich habría reconocido en Miller los síntomas clásicos de lo que denominó una “armadura del carácter”, el caparazón psicológico formado por la represión y que se manifiesta en el cuerpo como rigidez, tensión y la muerte de toda espontaneidad. Sus movimientos son escasos, su voz, metálica, su comportamiento ha sido drenado de calidez o ritmo. Éstos no son meros manierismos: son las cicatrices visibles de una conciencia que se ha cerrado herméticamente a toda empatía y petrificado por la ideología.




El autoritarismo de Miller no es sólo intelectual o político, es somático, grabado en su postura misma, un cuerpo que se ha convertido en su propia prisión, la expresión externa de una desolación interna. Para Reich, el origen del problema “no descansaba principalmente en los individuos, sino que era una condición elaborada inflingida en la gente a través de las instituciones del capitalismo.” Lo que Reich vio como un producto social de la represión se convierte, en Miller, en una actuación del mismo. Su rigidez ya no se oculta, se expone, se dramatiza y se convierte en arma. Esta fusión de carácter y poder revela el núcleo teatral de las políticas de Miller, y un temperamento autoritario que prospera en la actuación, en convertir la brutalidad en un espectáculo y el gobierno en un escenario para la dominación.

Esta política de la performance no era abstracta, era pedagógica, enseñaba a la nación a equiparar la crueldad con la fuerza a través del espectáculo de las redadas y las expulsiones. Y, con todo, estas redadas eran algo más que ejercicios burocráticos de control, eran coreografías de terror y dominación, escenificadas para instruir al público en la pedagogía de la crueldad, el racismo y el odio a la democracia. Cada acto de violencia estatal se ha convertido en una forma de teatro político, diseñado para transformar el miedo en consentimiento y el sufrimiento en una prueba de poder. La perversa idea de Miller se basa en reconocer que el fascismo no aplica meramente la obediencia: la escenifica.

Habiendo perfeccionado el teatro de la violencia estatal, Miller pronto extendió su alcance a otro campo: el reino del lenguaje mismo. La política se convirtió en performance y el discurso se convirtió en arma. A través de mentiras, metáforas deshumanizantes y una retórica apocalíptica ha convertido la esfera pública en un escenario para una política de venganza, un espectáculo de violencia lingüística que normaliza el odio, nutre el supremacismo blanco y hace que la crueldad no sea ya sólo permisible, sino celebrada.

Miller es también un anticomunista fanático, que emplea el término “comunista” como un insulto contra cualquier crítico, político o institución que desafíe las políticas autoritarias de Trump. Todo ello quedó a la vista de cualquiera cuando se puso a despotricar en la Union Station de Washington DC el pasado 20 de agosto de 2025. Deteniéndose en una hamburguesería con el vicepresidente J.D. Vance y el secretario de Defensa Pete Hegseth durante una visita a las tropas de la Guardia Nacional, Miller cargó con dureza contra los manifestantes que protestaban contra este trío al declarar lo siguiente:

Son ellos los que han estado trabajando para el uno por ciento. Son criminales, asesinos, violadores y narcotraficantes. Y estoy contento de estar aquí porque yo, Pete y el vicepresidente vamos a abandonar este lugar y, inspirados por ellos, vamos a sumar miles de recursos más a esta ciudad para cazar a los criminales y expulsar a los miembros de bandas. Vamos a desactivar estas redes, y vamos a demostrar que la ciudad puede servir a los ciudadanos que respetan la ley. No vamos a permitir a los comunistas destruir una gran ciudad americana, no digamos ya la capital de la nación… Así que vamos a ignorar a estos estúpidos hippies blancos, que necesitan volver a casa y echarse una siesta porque tienen más de noventa años, y volver para proteger al pueblo americano y a los ciudadanos de Washington D.C.”

Aquí el insulto “comunistas” no nombra una ideología, opera como un epíteto, una letra escarlata de traición diseñada para criminalizar la protesta y borrar el disenso mismo. La resurrección de la retórica maccartista por parte de Miller también permea buena parte de los ataques de Trump contra sus supuestos “enemigos internos”. Estas diatribas iluminan cómo la retórica de Miller fusiona el pánico moral con la estrategia política, convirtiendo la propaganda en la cara pública de la represión.

Infame por sus ataques rabiosos a los inmigrantes y, más recientemente, las personas trans, Miller es, desde hace tiempo, el arquitecto ideológico del fascismo de Trump. No sólo es un extremista anti-inmigración, también es un nacionalista blanco. Poco sorprendentemente, apoya como el que más el acaparamiento de poder dictatorial de Trump y ha afirmado públicamente que “sólo a un único partido debería estarle permitido ejercer el poder en EEUU.” Añade que “el Partido Demócrata no es un partido político, es una organización terrorista doméstica.”

Miller también ha institucionalizado su visión reaccionaria a través de la fundación America First Legal, una organización de extrema derecha creada por él para convertir en arma arrojadiza contra las políticas progresistas a los tribunales. Mediante un bombardeo de demandas ha buscado desmantelar las protecciones de los derechos civiles, atacar los programas de diversidad e inclusivos y hacer retroceder los derechos duramente ganados por las mujeres, las comunidades LGBTQ+ y las personas racializadas. De este modo, durante la presidencia de Biden, Miller extendió su autoritarismo más allá de la retórica y la política y le dio un músculo legal, transformando la intolerancia en lawfare e incorporando la ideología nacionalista blanca en la maquinaria del Estado mismo.

El racismo y nativismo de Miller animan los tres pilares entrelazados de su proyecto. En primer lugar, insiste en que todos los inmigrantes son criminales, aptos sólo para ser expulsados o encarcelados. En segundo lugar, presenta el asalto a la inmigración como los cimientos para la construcción de un Estado policial, uno que erosiona la justicia, la verdad, la moral y la libertad mismas. En tercer lugar, se ha convertido en una fuerza motriz en la guerra contra la educación pública y superior, tachándolas de “cancerígena cultura woke, comunista” que “está destruyendo al país.” Este tipo de lenguaje, que se hace eco del léxico trumpiano, es un código para el desmantelamiento de las posibilidades críticas, inclusivas y democráticas de la educación, la oportunidad de que diferentes estudiantes puedan aprender, cuestionar y actuar como agentes informados de una sociedad democrática.

Esta misma lógica de purificación se extiende más allá de las fronteras y del lenguaje; ha invadido los temarios de las aulas y los claustros. Para Miller, las escuelas no han de cultivar la conciencia crítica, sino instruir a los niños en el patriotismo, la reverencia acrítica hacia América y la hostilidad hacia la “ideología comunista”. Los detalles de este asalto pedagógico son escalofriantemente familiares: la prohibición de libros, el blanqueamiento de la historia para convertirla en una mitología racista, la abolición de la pedagogía crítica, y el vaciamiento de la capacidad para el pensamiento informado y ético. Lo que surge de ello es una pedagogía de la represión que tiene sus raíces en la crueldad, una pedagogía que busca borrar la memoria histórica, extinguir los valores democráticos y transformar la educación en una fábrica de adoctrinamiento.

El discurso agresivo de Miller sobre cómo “los niños serán enseñados a amar a América” podría haberse tomado por completo de la cultura fascista de los años treinta. Bulle de fanatismo ideológico, rabia deshumanizadora, ignorancia extasiante y rigidez paranoica, aliñado el conjunto por un torrente de mentiras. El espíritu enfebrecido de odio, mito y corrupción moral que encarna no es meramente reminiscente del fascismo: es su reencarnación. De lo que estamos siendo testimonios no es de una retórica política, sino del lenguaje de purificación, secuestro, desaparición y menosprecio que desbrozó antes el camino al Estado nazi.

Lo que hace que la diatriba de Miller sea tan terrorífica no es solamente su celebración de la pureza racial en esteroides, sino su violento odio hacia la educación misma, el pensamiento, la reflexión y la agencia moral. Miller desprecia cualquier institución o idea capaz de producir conciencia crítica, coraje cívico o empatía fundamentada en la responsabilidad por los demás. Sus palabras apestan a miedo: miedo al conocimiento, miedo a la imaginación, miedo a la justicia, miedo a la democracia. Encarna una fusión impía de la furia racial de George Wallace y el celo propagandístico de Joseph Goebbels, una figura cuyo fanatismo y odio convergen, resucitando el fantasma del supremacismo blanco en su forma más pura y vengativa.

El nacionalismo tóxico de Miller —que tiene sus orígenes en el supremacismo blanco y el furioso desprecio hacia cualquier cosa que desafíe su visión de una “América sólo para los americanos (blancos)”— se ha convertido en un modelo y una nota de permiso para la próxima generación de extremistas de ultraderecha. Su retórica proporciona una cobertura moral y una legitimidad ideológica al creciente ejército de jóvenes MAGA que traducen su dogma en fascismo abierto.

Recientemente Politico publicó la filtración de un grupo de conversación entre dirigentes de organizaciones juveniles Republicanas que se leían como el lado oscuro del espejo del mundo tal y como lo ve Miller: diatribas racistas completadas con chistes sobre cámaras de gas, esclavitud y violaciones, declaraciones como “amo a Hitler” e insultos describiendo a la población afroamericana como monos o “gente que come melones”. En palabras de Jason Beeferman y Emily Ngo en Politico, “hablaban de violar a sus enemigos y empujarlos al suicidio y elogiaban a los Republicanos que creían que apoyaban la esclavitud”.

Esto es la barbarie hecha carne, una representación grotesca de la crueldad camuflada de convicción, la ignorancia convertida en ideología. Y lo que más debería alarmarnos es cómo esta retórica fascista, otrora inimaginable, ahora circula abiertamente, validada, amplificada y repetida en los más altos niveles del poder. En esta atmósfera envenenada, el silencio ya no es neutral: se convierte en complicidad. La corrosión de la cultura democrática avanza no con el espectáculo de golpes o decretos, sino a través de algo más lento y más insidioso: la normalización constante de la crueldad, la evisceración de la verdad y la muerte de la conciencia disfrazada de patriotismo. El terror que representa Miller no está limitado a un hombre o una ideología. Ha devenido la gramática de un movimiento político, el lenguaje compartido del autoritarismo en su nueva forma estadounidense.

Las implicaciones de la retórica de Miller van más allá de su propia crueldad y revelan la maquinaria cultural que permite que este barbarismo parezca algo cotidiano. Es crucial comprender que el lenguaje y la política reaccionarias de Stephen Miller no pueden ser despachadas como una cuestión de patología o temperamento personal. Mientras su fanatismo, racismo y nacionalismo son inconfundibles, lo que exige nuestra atención son las condiciones históricas y políticas que han permitido a una persona así obtener poder, que han dado a su vitriolo un atractivo de masas, y que han normalizado su presencia, no simplemente como un operador político, sino como un síntoma y un símbolo de la enfermedad más profunda que afecta al organismo político estadounidense. Miller no es un celote individual sin más: es un espejo sostenido frente a una nación que ha cultivado desde hace tiempo el suelo en el que el autoritarismo echa sus raíces.

Centrarse en Miller, pues, es examinar una historia que revela una narrativa mucho mayor, la muerte lenta de la idea –si no de la práctica– de la democracia estadounidense. Miller es algo más que un agente solitario en la contrarrevolución actual, es algo más que otro extremista que trafica en lo que podría llamarse el delirio apocalíptico. Miller representa la encarnación del siglo XXI del sujeto fascista que ha perseguido a la historia de EEUU desde sus comienzos, una figura nacida del miedo, del resentimiento y de la transformación de la ignorancia en arma arrojadiza.

No es simplemente un fanático MAGA que marca el comienzo de la fantasía de Trump de un “Reich unificado”: él mismo es la encarnación de lo que la nación está en riesgo de convertirse. Miller aparece como síntoma y señal a un mismo tiempo, un espejo sostenido frente a la decadencia moral y política que anida en el corazón de la vida estadounidense. El fascismo no llega como una tormenta, desde fuera, sino que germina en las sombras de las historias olvidadas, en crueldades que no han sido reconocidas, en un silencio que confunde equivocadamente la complicidad con la paz.

La ideología de Miller no se lleva como un uniforme, está inscrita en su cuerpo mismo, lo que Adorno llamó una segunda naturaleza o una historia sedimentada, es la manera en que la dominación se infiltra bajo la piel, convirtiendo la ideología en hábito, y el hábito, en necesidad. Estas necesidades, lejos de ser naturales, son el resultado de años de condicionamiento pedagógico y cultural, de prácticas sociales que enseñan a la gente a desear su propia servidumbre. Confrontarlas exige más que el despertar de la conciencia crítica, demanda una pedagogía capaz de extraer los sedimentos psicológicos y orgánicos a través de los cuales el poder se reproduce. La liberación, si quiere ser duradera, debe alcanzar no sólo la mente, sino el tuétano, debe educar el deseo mismo.

La presencia y la voz de Miller revelan mucho más que la muerte de la conciencia: exponen la estafa de un futuro que está ya naciendo, un futuro que debe nombrarse, comprenderse y resistirse antes de que se convierta en nuestro destino colectivo. Los Estados Unidos de Miller no son un destino, son una advertencia. Si esta advertencia se convierte en una profecía autocumplida o en una memoria resistida depende de si la conciencia puede encontrar aún su voz y si un movimiento de masas de resistencia puede restaurar el poder del coraje cívico en una nación que ha olvidado ambas.


Fuente: El Salto