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lunes, 29 de diciembre de 2025

Para un invierno átono y viscoso, sin frío ni calor (3 de 10)

 

Almaraz, Cudillero, León: recuerdos y

 regresos, sal de la vida


 Por Pedro Costa Morata
      Ingeniero, Periodista y Politólogo. Ha sido profesor en la Universidad Politécnica de Madrid. Premio Nacional de Medio Ambiente.


     Se acordaron de mí los rigurosos redactores de Amanecer sin Almaraz, gente del grupo ecologista ADENEX, y les envié mi prólogo con lo que más oportuno consideré dado el carácter eminentemente cronológico del libro, y que era el relato de mis zascandileos a principios de 1975 por ese pueblo, en el que ya se había iniciado la construcción de una potente central nuclear de dos reactores. El alcalde no estaba, así que continué camino hacia Cáceres capital, donde esa tarde (16 de enero de 1975) debía dar una conferencia sobre centrales nucleares en la Escuela de Formación del Profesorado de EGB (antes, Magisterio). Tengo que recordar que fue mi amigo de Águilas, Juan Ramón Cervellera, que trabajaba en esa ciudad, quien movió lo de mi presencia en ese centro, queriendo que se extendiera la inquietud que ya habíamos vivido en nuestro pueblo y que surgía en numerosos puntos de España aquejados de la misma plaga de proyectos atómicos.


Amanecer sin Almaraz, y los extremeños en lucha.

Existía interés -no me atrevo a llamarlo extendida inquietud- en algunos sectores extremeños, pero nada que ver con oposición activa o actitud crítica. Unos días después contacté por teléfono con el alcalde de Almaraz, que me dijo que “todo lo ha llevado la Hermandad de Labradores y Ganaderos, incluida la contratación de los obreros”. Le hice observar que el grupo 1 disponía de autorización de construcción desde casi dos años antes y que la distancia al pueblo del emplazamiento era inferior a lo que establecía el Reglamento de Actividades Molestas, Nocivas, Insalubres y Peligrosas de 1961, ante lo que no reaccionó.

     Aprovechando aquella invitación de los estudiantes de Magisterio de Cáceres, visité Valdecaballeros y Castilblanco (20 de enero de 1975), en la Siberia pacense, afectados por otra central doble, en estado de proyecto, y comprobé con desolación la actitud generalizada de aceptación, unas veces fatalista y otras basadas en “informaciones” indescriptibles. Salvaré de esta atonía al farmacéutico de Castilblanco, que me expresó sus reticencias pero que, seguramente por sentirse solo o vigilado, no podía aportar gran cosa a la revuelta necesaria.

     Fueron estas mis primeras incursiones (volvería a la comarca una docena de veces) por aquella tierra de la Extremadura por nuclearizar, percibiendo desconocimiento, ausencia de alerta en sus fuerzas vivas y un ambiente cargado de malos augurios y de hechos consumados. Nada que ver con la agitación en el País Vasco, en Navarra, Aragón, Cataluña o Murcia, donde yo ya había estado, intervenido o “aprendido”. Todo eso cupo en mi primer libro en solitario, Nuclearizar España, que apareció en junio de 1976, y que recordé en la presentación del texto al que aludo, Amanecer sin Almaraz, en Madrid el pasado 12 de diciembre.

     Unos días antes, desde Asturias me llegó la evocación, tan de agradecer, de mi aparición en Cudillero en mayo de 1974, cuando agitaba las costas cantábricas incitando a la rebelión en Lugo (proyecto nuclear de Xove), Cantabria (central para San Vicente de la Barquera), Vizcaya (proyecto de Ea-Ispáster) y Guipúzcoa (Deva). Ha sido Juan Manuel Álvarez del Busto, con su artículo “Cuando Asturias pudo tener una central nuclear: 1974, el año en el que Cudillero fue Fuente Ovejuna” quien, en La Voz de Asturias (19 de noviembre,) le dio por recordar cómo al solo rumor de que Hidroeléctrica del Cantábrico quería instalar una central nuclear en el espacio maravilloso de la Concha de Artedo, la corporación municipal en Pleno calificó el proyecto de “locura” y advirtió de que se opondría con total decisión.


Concha de Artedo, joya del litoral asturiano (Turismo Asturias).

     Me enteré por la prensa y escribí inmediatamente al señor alcalde felicitándole por la decisión de los munícipes y ofreciéndole toda mi ayuda. Y cuando poco después aparecí por el pueblo (26 de mayo de 1974), según bajaba recorriendo el pueblo (en Cudillero o se baja o se sube, no hay otra) pregunté al primer viandante que encontré por cómo localizar a Del Busto, cuya crónica periodística me había alertado del caso, y cuál no sería mi satisfacción (repetida en otras dos o tres ocasiones en geografías y circunstancias muy diversas) cuando me contestó “Soy yo”. Ahora el buen Juan Manuel recuerda aquellos días, siendo “un chavalín de 22 años” que acababa de ser nombrado cronista de la villa y que, entre otras ayudas a la posición de rechazo del pueblo, recibió “visitas de personajes como el profesor, ecologista y ‘tremendo activista’ Pedro Costa Morata desde Águilas (Murcia)”. Así me describe desde los 51 años pasados, por lo que no se acuerda de que yo estaba en Bilbao trabajando para la industria nuclear, y que en trepidantes fines de semana me movía hacia el este y el oeste, pulsando los estados de ánimo y empujando a la revuelta.

     Lo importante fue que la hermosa playa de la Concha de Artedo quedó como estaba (más o menos), y la osada eléctrica asturiana encajó un gol decisivo aun antes del partido. La verdad es que mediado 1974 los proyectos nucleares caían abatidos por el hacha popular (presión mediante sobre las corporaciones municipales) según aparecían en el BOE; y lo que luego sería el ecologismo español, que en esa etapa era una ofensiva antinuclear muy centrada y concreta, tomaba forma con rasgos políticos que serían indelebles en los últimos tiempos del franquismo y, con sorprendente continuidad, en la Transición y aun después.

     La tercera rememoración, también de estas últimas semanas, me emociona tanto o más que las anteriores, ya que me aporta un “chute” de leonesismo con recuperaciones del alma, que es mucho, y que, resumiendo, se trata de presentar en la Casa de León de Madrid un libro mío de 1993… que mira tú por dónde renueva su actualidad y viene al pelo y al hilo de una persistente (y encendida, con razón) reivindicación de la ciudad de la Pulchra leonina (ya sabéis: esa catedral fascinante hecha milagro por obra de “la piedra, el cristal y la luz”). La indignación popular, con hartazgo, tiene que ver con la ocurrencia, mantenida y no enmendada, de sacar la estación del legendario tren de vía estrecha del centro de la ciudad para alejarla dos kilómetros: nunca se supo muy bien por qué, pero el caso es que así se hizo (quizás porque al anexionarse RENFE a la empresa FEVE, Ferrocarriles de Vía Estrecha de España, contagió a ésta el virus de su antipolítica ferroviaria, endémica desde que los directivos “renfistas” alucinan con el AVE).

     Pues este tren, que une León con Bilbao desde hace un siglo y que tiene su origen y objeto en llevar el carbón de la cuenca de La Robla a la siderurgia vizcaína, cosa que ha hecho desde 1893 hasta hace nada y que por eso es llamado hullero o de La Robla, ha ido sufriendo apreturas y amenazas de cierre cada vez que los técnicos del transporte ferroviario sentían el calentón de eliminar líneas y trenes deficitarios. Estos técnicos, mejor llamados tecnócratas, son incapaces de entender la función y el valor social de muchas de estas infraestructuras porque sus cabezas suelen estar hueras de cultura y sensibilidad (y de las de sus jefes y directivos, sean técnicos o políticos, ni os cuento).


De León a Bilbao por la ruta del vejo Hullero, en su 33 aniversario.

        El caso es que, afectado yo mismo por rumores y malos rollos sobre el cierre de esta línea de casi 300 kilómetros que recorre gran parte de la orilla sur de la Cordillera Cantábrica, aproveché la oportunidad que me daba mi cercanía al presidente de FEVE (a quien había conocido en trabajos anteriores dedicados a la red ferroviaria de RENFE), para proponerle un estudio-guía de la línea del Hullero destacando sus valores naturales y culturales con el fin de esgrimirlos ante la que me parecía una nueva ofensiva ministerial para liquidarla. Lo que me fue aceptado con interés, permitiéndome recorrer la línea varias veces, en tren para tomar nota del mismo “en su ambiente” y en coche para completar el trabajo, desde fuera, fotografiándolo en su entorno natural y cultural. Fue uno de los trabajos más interesantes y jubilosos de la cuarentena de proyectos que desarrollé en 30 años de consultor.

        El resultado fue un libro que consideré -así como quienes me lo habían encargado- muy favorablemente y que se editó en enero de 1993, en cuya autoría me acompañó Laura, una entregada bióloga que, sin embargo, trabajaba de secretaria en FEVE, pudiendo rescatarla por un tiempo. Que 33 años después la Casa de León haya pensado que es bueno y oportuno hacer una presentación pública, me alegra sobremanera. Ya he contado a los directivos de esa Casa regional que, mediado mi trabajo sobre el Hullero, el ministro de Transportes, Josep Borrell, decidió cerrar la línea alegando motivos de seguridad por deficiencias en la vía, lo que supo a intención de condenar al tren definitivamente; y a mí me dejó colgado. Fue el momento en que las Diputaciones Provinciales de León y Palencia, muy “carboníferas” (y socialistas) ambas, y curtidos sus representantes en luchas e insurgencias, le dijeron al ministro que si había deficiencias que las arreglara, pero que el tren tenía que volver a funcionar. Y así sucedió, pudiendo acabar yo mi trabajo un año después y pasando un rato inolvidable con la entrega del libro a bordo del propio tren el día friísimo del enero leonés en que -lleno de muy dignas autoridades- se reanudó el servicio.

        Es decir, que este heroico tren, parte sustancial del paisaje y la vida de una veintena de comarcas montañesas de cuatro provincias, sigue siendo objeto de pifias y envites, y como es en la ciudad de León donde ahora se centra el conflicto, con una opinión pública en indignada efervescencia, los leoneses de Madrid han considerado oportuno contribuir a la lucha, y por ello mi libro superviviente volverá a comentarse y debatirse el próximo 6 de febrero. (Imposible resumir mi satisfacción, no solo por el trabajo realizado en su día y ahora reavivado, sino por arrimar mi hombro y mi emoción a la ciudad donde me eduqué.)

miércoles, 10 de septiembre de 2025

Aquella brisa de los veranos de antes (7 de 20)

 

 Por Pedro Costa Morata
      Ingeniero, Periodista y Politólogo. Ha sido profesor en la Universidad Politécnica de Madrid. Premio Nacional de Medio Ambiente.



Visigótica


De placer viajero pero sedentario, y de recorrido artístico pero alborotado, yo mismo quiero calificar la redacción durante julio de mi “Visigótica”, uno de los reportajes que formarán parte de mi próxima Geographica nostra, tercer volumen de la serie “El destino de Odiseo”, con el que quiero ir engrosando mi particular “empeño del viajero”, celoso de sí mismo y de sus recuerdos visuales y sociales, dispuesto a retener, para siempre, lo que quiere que otros retengan, vicioso del espacio variable y del tiempo inacabable: un exceso muy propio, digo yo, de geógrafos impenitentes y correcaminos incesantes.

En esta ocasión, la futura Geographica nostra contendrá una docena de reportajes viajeros, o sea, ni los cien, tan breves, de mis Cien Españas, por ejemplo (2022), ni los cuatro de mis Finisterres de Iberia (2023): una cosa intermedia, pero igualmente caprichosos. Del capricho, pero bien incrustado en los años y siempre pendiente, ha dependido mi paseo por las seis iglesias visigóticas de España, que son las que están (más o menos) enteras, y que forman un grupo de aparente discreción, pero que a este andarín siempre le ha resultado subyugante. Y por eso empiezo la descripción resumida de esos templos de tipología tan homogénea, reproduciendo lo anotado en la iglesia de Santa Comba de Bande (Ourense):


Sentí en Santa Comba las “vibraciones visigóticas” con más intensidad que en cualquier otra de las iglesias del grupo. Puede que la humedad, exterior e interior, tan gallega, contribuyera a un cierto encogimiento del espíritu, o la psicológica estrechez de la nave central y su remate en la capilla absidal tras el arco triunfal y su decoración pictórica: ese escenario me puede y eleva, y señalo al arco de herradura como principal agente -me atreveré a decirlo- de intimidación espiritual, algo que me acontece en todos estos templos, y a lo que contribuye, presionando mi emoción, su bellísima austeridad.


Y con esto queda dicho lo que me corresponde de Santa Comba (columba, paloma), que es la iglesita más excéntrica del mundo visigodo, tanto que hay quien la data de cuando apenas había desaparecido el reino suevo (Galicia actual, oeste de Asturias y León y norte de Portugal). Y ahí queda, con la tristeza de escuchar a los guardas-guías, María Isabel y Antonio, quejarse de que su iglesia no recibe ayuda ni de la Xunta ni del concello, y que ya estaría arruinada si no fuera porque sigue rigiendo como parroquia.


Capila, ara y altar mayor de Santa Comba de Bande (Ourense).

En mi instintivo apego a esta arquitectura histórico-religiosa -procedente íntegramente del siglo VII d. C.- fueron, precisamente, las tenidas por más valiosas las tres primeras que visité, en años en que me desviaba de mi ruta profesional cuando, como ingeniero, acudía a resolver problemas en el País Vasco o Galicia, o cuando mis correrías antinucleares me permitían cambiar de asunto y sumergirme en este arte. Y así, resultó que la primera de estas iglesias, que es la que desde nuestra infancia veíamos en todos los libros, fueran de Religión, fueran de Historia, es la de San Juan de Baños, en la provincia de Palencia, la más arquetípica y mejor estudiada, aunque solo sea porque su promotor, el rey Recesvinto, dejó inscrita la fecha, año 661, como detalle muy de agradecer. A su lado aparece la fuente, de gusto igualmente visigótico, en el que curara sus dolencias aquel rey legislador (así como el abandonado edificio de “Gaseosas Adelina”, que durante decenios aprovechó esas aguas, y un mesón capaz y oportuno, aunque adusto como la tierra que lo rodea…).


San Juan de Baños (Palencia).

La segunda es San Pedro de la Nave, en tierras de Zamora, de la que me entusiasmó el hecho de que fuera trasladada, piedra a piedra, en 1930-1932 (fechas que en ocasiones nos parecen más remotas que las de la Reconquista), debido al embalse de Ricobayo, en el Esla, una anécdota heroica en la que no falta el recuerdo de que aquel Estado, donde marcaba la pauta artístico-arqueológica don Manuel García Moreno, hubo de obligar, decreto de por medio, a Saltos del Duero (hoy Iberdrola) a consentir y colaborar en la epopeya. De esta iglesia siempre se destaca la decoración, en capiteles que aquí son tronco-piramidales, de las figuraciones “Daniel en el foso de los leones” y “El sacrificio de Isaac”.

La tercera es la ermita de Quintanilla de las Viñas, en el viejo y noble alfoz de Lara (Burgos), que los siglos nos han transmitido incompleta (¡pero tan hermosa!) y de la que queda el crucero/transepto y el ábside, con el maravilloso detalle de los frisos (dos/tres) en todo su exterior, esculpidos con figuras vegetales y animales. Como viajero perseguidor de geografías desoladas, esta iglesita quedó en mi memoria con el complemento, empeño mío pese a resultar ajeno a lo visigótico, del cercano castillo de Lara (recuérdese la leyenda, y el romance, de los Siete infantes de Lara), del que queda para mayor aprecio un romántico muro enhiesto rodeado de ruinas; todo ello -ermita y castillo- a la sombra de una alargada y severa cresta caliza, tan castellana. Más el alegre detalle de encontrarme, en mi última visita, a la iglesia, 40 años posterior a la primera, que Javier, el guía diplomado de guardia, es el hijo de Javier el guía autodidacta que me abrió su puerta en 1973…

Las otras dos han sido “descubiertas” por mí mucho más recientemente. Una es la de Santa María de Melque, en las cercanías de Toledo, la capital visigoda, que fue complejo monástico agropecuario y que los musulmanes respetaron tras su invasión (que las crónicas subrayan que fue respetuosa), dando lugar a una comunidad religiosa transformada en mozárabe, y que acabó siendo fortaleza musulmana, dejándonos de recuerdo una soberana torre que culmina el cimborrio y caracteriza la imagen exterior de esta iglesia. Quedan -en paisaje quebrado, granítico, de encinar disperso y retamar pobre- los restos de las presas que se practicaron en los arroyos que rodean este emplazamiento para suministrar el agua necesaria; y el mito y el misterio de la Mesa de Salomón (mesa o cofre a modo de tesoro, o grial, de valor sagrado) que los historiadores más voluntariosos aseguran que, procedente de la Jerusalén arruinada en las guerras judías de los años 70-71, pasó a Roma y, saqueada esta por el godo Ataúlfo, habría acabado en Toledo y luego custodiada aquí por la comunidad monástica primeriza, tras peregrinar por las anteriores capitales visigodas: Tolosa y Barcelona.


 Santa Lucía del Trampal (Cáceres).

De la última del grupo, Santa Lucía del Trampal, en la provincia de Cáceres, puedo justificar mi tardío descubrimiento porque ella misma fue identificada en 1980, por el historiador Juan Rosco y su esposa, María Luisa Téllez, y rescatada de la escombrera y su uso como corral. La reconstrucción pudo ser suficientemente fiel, quedando sus tres ábsides cuadrados como elementos arquitectónicos más peculiares (así como la duda, tan estimulante para los estudiosos, de si debe ser considerada como auténticamente visigótica o, dejando aparte finuras innecesarias, como meramente, “prerrománica”. Pues bueno). Me dio muy poco gusto que Miguel Valle, el guarda y guía, tuviera a bien reconocerme que no había leído un libro en su vida, y que todo lo había aprendido “oyendo a los que sabían”, pero se lo perdoné por lo cordial de la conversación. De esa incursión por tierra extremeña dejaré anotado que, aparte del alegre naranjal anexo, al que se atribuye origen musulmán, fueron las saludables chumberas del lugar con las que me tropecé lo que completó la satisfacción de mi visita, aunque no pudiera borrar de mi cabeza la masacre sufrida por las chumberas mediterráneas.