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miércoles, 10 de septiembre de 2025

Aquella brisa de los veranos de antes (7 de 20)

 

 Por Pedro Costa Morata
      Ingeniero, Periodista y Politólogo. Ha sido profesor en la Universidad Politécnica de Madrid. Premio Nacional de Medio Ambiente.



Visigótica


De placer viajero pero sedentario, y de recorrido artístico pero alborotado, yo mismo quiero calificar la redacción durante julio de mi “Visigótica”, uno de los reportajes que formarán parte de mi próxima Geographica nostra, tercer volumen de la serie “El destino de Odiseo”, con el que quiero ir engrosando mi particular “empeño del viajero”, celoso de sí mismo y de sus recuerdos visuales y sociales, dispuesto a retener, para siempre, lo que quiere que otros retengan, vicioso del espacio variable y del tiempo inacabable: un exceso muy propio, digo yo, de geógrafos impenitentes y correcaminos incesantes.

En esta ocasión, la futura Geographica nostra contendrá una docena de reportajes viajeros, o sea, ni los cien, tan breves, de mis Cien Españas, por ejemplo (2022), ni los cuatro de mis Finisterres de Iberia (2023): una cosa intermedia, pero igualmente caprichosos. Del capricho, pero bien incrustado en los años y siempre pendiente, ha dependido mi paseo por las seis iglesias visigóticas de España, que son las que están (más o menos) enteras, y que forman un grupo de aparente discreción, pero que a este andarín siempre le ha resultado subyugante. Y por eso empiezo la descripción resumida de esos templos de tipología tan homogénea, reproduciendo lo anotado en la iglesia de Santa Comba de Bande (Ourense):


Sentí en Santa Comba las “vibraciones visigóticas” con más intensidad que en cualquier otra de las iglesias del grupo. Puede que la humedad, exterior e interior, tan gallega, contribuyera a un cierto encogimiento del espíritu, o la psicológica estrechez de la nave central y su remate en la capilla absidal tras el arco triunfal y su decoración pictórica: ese escenario me puede y eleva, y señalo al arco de herradura como principal agente -me atreveré a decirlo- de intimidación espiritual, algo que me acontece en todos estos templos, y a lo que contribuye, presionando mi emoción, su bellísima austeridad.


Y con esto queda dicho lo que me corresponde de Santa Comba (columba, paloma), que es la iglesita más excéntrica del mundo visigodo, tanto que hay quien la data de cuando apenas había desaparecido el reino suevo (Galicia actual, oeste de Asturias y León y norte de Portugal). Y ahí queda, con la tristeza de escuchar a los guardas-guías, María Isabel y Antonio, quejarse de que su iglesia no recibe ayuda ni de la Xunta ni del concello, y que ya estaría arruinada si no fuera porque sigue rigiendo como parroquia.


Capila, ara y altar mayor de Santa Comba de Bande (Ourense).

En mi instintivo apego a esta arquitectura histórico-religiosa -procedente íntegramente del siglo VII d. C.- fueron, precisamente, las tenidas por más valiosas las tres primeras que visité, en años en que me desviaba de mi ruta profesional cuando, como ingeniero, acudía a resolver problemas en el País Vasco o Galicia, o cuando mis correrías antinucleares me permitían cambiar de asunto y sumergirme en este arte. Y así, resultó que la primera de estas iglesias, que es la que desde nuestra infancia veíamos en todos los libros, fueran de Religión, fueran de Historia, es la de San Juan de Baños, en la provincia de Palencia, la más arquetípica y mejor estudiada, aunque solo sea porque su promotor, el rey Recesvinto, dejó inscrita la fecha, año 661, como detalle muy de agradecer. A su lado aparece la fuente, de gusto igualmente visigótico, en el que curara sus dolencias aquel rey legislador (así como el abandonado edificio de “Gaseosas Adelina”, que durante decenios aprovechó esas aguas, y un mesón capaz y oportuno, aunque adusto como la tierra que lo rodea…).


San Juan de Baños (Palencia).

La segunda es San Pedro de la Nave, en tierras de Zamora, de la que me entusiasmó el hecho de que fuera trasladada, piedra a piedra, en 1930-1932 (fechas que en ocasiones nos parecen más remotas que las de la Reconquista), debido al embalse de Ricobayo, en el Esla, una anécdota heroica en la que no falta el recuerdo de que aquel Estado, donde marcaba la pauta artístico-arqueológica don Manuel García Moreno, hubo de obligar, decreto de por medio, a Saltos del Duero (hoy Iberdrola) a consentir y colaborar en la epopeya. De esta iglesia siempre se destaca la decoración, en capiteles que aquí son tronco-piramidales, de las figuraciones “Daniel en el foso de los leones” y “El sacrificio de Isaac”.

La tercera es la ermita de Quintanilla de las Viñas, en el viejo y noble alfoz de Lara (Burgos), que los siglos nos han transmitido incompleta (¡pero tan hermosa!) y de la que queda el crucero/transepto y el ábside, con el maravilloso detalle de los frisos (dos/tres) en todo su exterior, esculpidos con figuras vegetales y animales. Como viajero perseguidor de geografías desoladas, esta iglesita quedó en mi memoria con el complemento, empeño mío pese a resultar ajeno a lo visigótico, del cercano castillo de Lara (recuérdese la leyenda, y el romance, de los Siete infantes de Lara), del que queda para mayor aprecio un romántico muro enhiesto rodeado de ruinas; todo ello -ermita y castillo- a la sombra de una alargada y severa cresta caliza, tan castellana. Más el alegre detalle de encontrarme, en mi última visita, a la iglesia, 40 años posterior a la primera, que Javier, el guía diplomado de guardia, es el hijo de Javier el guía autodidacta que me abrió su puerta en 1973…

Las otras dos han sido “descubiertas” por mí mucho más recientemente. Una es la de Santa María de Melque, en las cercanías de Toledo, la capital visigoda, que fue complejo monástico agropecuario y que los musulmanes respetaron tras su invasión (que las crónicas subrayan que fue respetuosa), dando lugar a una comunidad religiosa transformada en mozárabe, y que acabó siendo fortaleza musulmana, dejándonos de recuerdo una soberana torre que culmina el cimborrio y caracteriza la imagen exterior de esta iglesia. Quedan -en paisaje quebrado, granítico, de encinar disperso y retamar pobre- los restos de las presas que se practicaron en los arroyos que rodean este emplazamiento para suministrar el agua necesaria; y el mito y el misterio de la Mesa de Salomón (mesa o cofre a modo de tesoro, o grial, de valor sagrado) que los historiadores más voluntariosos aseguran que, procedente de la Jerusalén arruinada en las guerras judías de los años 70-71, pasó a Roma y, saqueada esta por el godo Ataúlfo, habría acabado en Toledo y luego custodiada aquí por la comunidad monástica primeriza, tras peregrinar por las anteriores capitales visigodas: Tolosa y Barcelona.


 Santa Lucía del Trampal (Cáceres).

De la última del grupo, Santa Lucía del Trampal, en la provincia de Cáceres, puedo justificar mi tardío descubrimiento porque ella misma fue identificada en 1980, por el historiador Juan Rosco y su esposa, María Luisa Téllez, y rescatada de la escombrera y su uso como corral. La reconstrucción pudo ser suficientemente fiel, quedando sus tres ábsides cuadrados como elementos arquitectónicos más peculiares (así como la duda, tan estimulante para los estudiosos, de si debe ser considerada como auténticamente visigótica o, dejando aparte finuras innecesarias, como meramente, “prerrománica”. Pues bueno). Me dio muy poco gusto que Miguel Valle, el guarda y guía, tuviera a bien reconocerme que no había leído un libro en su vida, y que todo lo había aprendido “oyendo a los que sabían”, pero se lo perdoné por lo cordial de la conversación. De esa incursión por tierra extremeña dejaré anotado que, aparte del alegre naranjal anexo, al que se atribuye origen musulmán, fueron las saludables chumberas del lugar con las que me tropecé lo que completó la satisfacción de mi visita, aunque no pudiera borrar de mi cabeza la masacre sufrida por las chumberas mediterráneas.


lunes, 8 de septiembre de 2025

Aquella brisa de los veranos de antes (6 de 20)


Mi amigo Ismael el Rubio


  Por Pedro Costa Morata
           Ingeniero, Periodista y Politólogo. Ha sido profesor en la Universidad Politécnica de Madrid. Premio Nacional de Medio Ambiente.


       Era por 1998, o así, y había conseguido -no recuerdo bien de la parte de qué amigo me vino aquel encargo- elaborar una guía natural y cultural de la Montaña de León y Palencia, lo que financiaba la Asociación de Municipios Mineros (ALMI) de esas dos provincias con fondos europeos del postcarbón. Ese trabajo me duró dos o tres años de feliz peregrinar por pueblos, aldeas, riscos y robledales, todo ello sin echar cuentas, que es lo que he aprendido a hacer cuando me acomete ese gozo, tan íntimo, de recorrer espacios desconocidos, bebérmelos y asimilarlos, que eso no tiene precio. Así que me permití trascender el encargo y recorrer los 55 municipios de esa Montaña biprovincial, con todos sus pueblos (digo bien: todos, creo que 605, no todos habitados y la mayoría sufriendo ese declive feroz sin arreglo ni fin), y aunque hecho el trabajo la Junta de Castilla y León no cumplió con su compromiso de editar el libro-guía, el relato quedó escrito y disponible, y yo me apropié de un tesoro de visiones humanas y naturalísticas, en inseparable mezcla, que me sigue alimentando y al que recurro con mi reiterada presencia por esos parajes subcantábricos en cuanto las circunstancias me lo permiten.

      Tengo que recordar a Laudino García, alcalde de Igüeña en la “transición de los dos siglos”, que siendo además presidente de ALMI, fue el encargado de supervisar aquel trabajo. Antes que alcalde socialista había sido minero y comunista: su cordialidad, pareja a su competencia, dejó en mi experiencia señales, vivencias y afectos imborrables, para siempre impresos en estos paisajes.

      Que fue cuando conocí a Ismael Suárez, más conocido como el Rubio, vecino de Igüeña, a quien Laudino pidió que me “subiera” en su viejo land rover por esos montes que, formando parte de la sierra de Gistredo, cierran las cuencas altas del Boeza y el Tremor (que a punto han estado de arder este agosto infernal, por cierto), de brezales espesos y robledal misterioso, que hace tiempo que los ganaderos no frecuentan ni los excursionistas de ahora incluyen en sus rutas de cómodo y pasivo deambular. Y ya desde aquella primera excursión me pasmó Ismael por su caudaloso verbo, hecho de sabiduría antigua y cuentos inagotables entre el mito y la picaresca, que es como se expresan, en su plática amistosa, los españoles que sobreviven pegados a su tierra. Conservo algunas de sus poesías más ingeniosas, pero aquel raudal de historietas me solía pillar desprevenido y ahora lamento no haber estado más atento.

      Ismael era el alma de las fiestas de septiembre, con su alegría íntima y profunda, y su buena traza. Y también era el centro del resurgir, siquiera momentáneamente, del que fuera su pueblo, Los Montes de la Ermita que, incrustado en la sierra y abandonado, se aferra a su fiesta anual y convoca con algarabía a los que allí nacieron y a sus hijos y nietos. Un día, acompañándole a echar un ojo a su docena escasa de vacas en esas laderas, decidimos subir al Catoute, cumbre del Alto Bierzo, por los caminos ganaderos, esos que consiguen con mínimas pendientes alcanzar la cumbre pacientemente, con el menor esfuerzo.


El autor e Ismael, en la subida al Catoute, 2003.

      Yo había subido al Catoute en otra de mis anteriores visitas, iniciando la excursión con Maximino, afectuoso vecino de Almagarinos, por la ruta más conocida, corta pero desesperante, y cuando él decidió renunciar pude engancharme a un grupo de jóvenes excursionistas a los que al poco fui yo quien ya no pudo seguir... Así que emprendí, solo y entusiasmado, la subida por el Boeza y –fuerzas mediante– hacia la cima del Catoute. En unas dos horas se puede alcanzar esa cuenca plana y secreta que es el Campo, o campa, de Santiago, a 1.500 m de altitud, por un camino que a trechos se hace calzada antigua. Del espeso robledal surgen mil hilillos y chorreras de agua que engrosan un Boeza que se deja adelgazar en altura, surgiendo de un laberinto de canales que divagan por la verde y plana cubeta glacial. Más arriba, al roble suceden los brillantes acebos y los piornos resistentes, que forman sobre el camino una galería paralela a la que se crea el propio río con sus sauces y fresnos. Hay también sabinas en la solana y en las más altas laderas, y a los que se atreven con el Catoute los protegen el haya umbrosa y el tejo mítico.

       En el Campo de Santiago hay una ermita bajo la advocación del Apóstol, con portada románica y retablo neoclásico, en torno a la cual se celebra cada año la romería del día del Apóstol. Cerca hay también un refugio bien preparado. Desde esta campa, tras un descanso para reponer fuerzas, debe iniciarse la subida al Catoute, que espera oculto con su negror pizarroso, al que peinan de blanco los neveros persistentes. Son otras dos horas las que se necesitan para hacer cumbre. El camino lleva, primero, al circo del Rebeza, con dos lagunas glaciares por los 1.800 m; y desde ahí, cresteando por sobre los 2.000 m, se alcanza la cima piramidal del gigante Catoute (2.117 m), de amplísima y emocionante perspectiva. El descenso puede hacerse por el mismo camino o atreviéndose con los desniveles del río Susano, más ingratos. (En aquella primera excursión me pilló en la bajada el tormentón veraniego de ordenanza, alcanzando el hostal de Gloria feliz y empapado.)

Empeñándome en fotografiar al escaso rebeco, un día pedí a Ismael que me diera las instrucciones necesarias, con la seguridad de que de su mano me encontraría con el esquivo ungulado; y así fue: “pégate al tronco, no pises las hojas sino la hierba y no respires”, fueron sus recomendaciones, inapelables, que seguí al punto consiguiendo que pronto se me apareciera un joven y desconfiado ejemplar, al que el triunfal clic de mi cámara hizo huir de un atlético salto, tras haberme dado el placer de “cazarlo”.

      Siempre que he podido he vuelto a su casa en Igüeña, a disfrutar de la amistad y la alegría de Ismael y Marina, su “esposa desde los 16 años”, y a escucharlo atento y embobado. Pero este año, los hados malos, traicioneros e injustos, se han llevado a Ismael quién sabe si por esas brañas que yo conocí de su mano y en las que ambos revivíamos lo mejor de nosotros mismos: él, su vida de pastor, minero y agricultor, yo mis leoneses años jóvenes… Ahora es seguro que me habría facilitado el encuentro con el oso, que ya ha pasado de Valseco al Boeza y del que sin duda conocería su paradero y andanzas.


El río Boeza, por Igüeña.

     Nostálgico, pero en absoluto triste, he vuelto a su casa a rendirle mi homenaje y a honrar a su familia; y secreta, pero firmemente, le he prometido que un día lo buscaré por los caminos altos del Catoute, y que me cuente más cosas.