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sábado, 16 de mayo de 2026

Miguel de Mata, fiscal de Medio Ambiente, justifica su incompetencia en el “sistema”

 

 Por Pedro Costa Morata   
   Ingeniero, periodista y politólogo. Ha sido profesor en la Universidad Politécnica de Madrid. Premio Nacional de Medio Ambiente.

Ya tenemos aquí otro ejercicio de cortina de humo de nuestros fiscales cuando del Medio Ambiente se trata, me dije según iba leyendo la entrevista que le hacía el diario La Opinión (26 de abril de 2026) a Miguel de Mata, fiscal de Medio Ambiente en la Región de Murcia. Mira qué morro le echa este funcionario, me hice observar a mí mismo, al evocar los datos de que dispongo sobre la acción profesional del susodicho, que no pueden ser más pobres. Vuelve a salir por las mismas que su jefe José Luis Díaz Manzanera, me recordé, cuando hace unos años organizó una campaña de difusión del -esforzado, competente y por supuesto eficaz- trabajo de su Fiscalía en perseguir a los malos en la región, incluyendo a los criminales del medio ambiente (a lo que yo aludía en elDiario.es, 29 de diciembre de 2020).


              Miguel de Mata, fiscal de Medio Ambiente y Urbanismo de la Región de Murcia (La Opinión).


Diré que, como impresión general, esa entrevista a De Mata me pareció digna de un marciano que, al aterrizar en la Huerta de Europa procedente del planeta rojo lo hiciera sin la menor idea de cómo están aquí las cosas, específicamente las medioambientales, ya que así de ajeno y distante se muestra el mismo entrevistado con las cosas por las que tiene que rendir cuentas. Pero -marcianidades aparte- en lo que en realidad iba pensando con su lectura era en la frialdad burocrática de sus respuestas, carentes de apego y pasión por su misión, en el más prístino encaje del trabajo burocrático, ese que se nutre de neutralidad ideológica (casi siempre falaz) y de competencia profesional (casi siempre equívoca y aún peor); porque las burocracias, como todo el mundo sabe, no se someten a escrutinio riguroso o crítica eficaz alguna, siendo sistemas y subsistemas reales que gozan de exención e impunidad, teniendo como misión constituirse como instancias de poder, influencia y control social, lo que en las democracias burguesas es inevitablemente conservador. Y esto es lo que se comprueba cada día en nuestra región con el medio ambiente.

Una entrevista, ya digo, cuyos contenidos aparecen absolutamente alejados de la realidad, dirigidos todos ellos a echar balones fuera: porque si nuestra tierra presenta un estado ambiental deplorable es en buena medida debido a fiscales y jueces que -auto disculpas aparte- permiten que cunda el desastre porque son incapaces de evitarlo, perseguirlo y castigarlo. Por supuesto que los fiscales culpan a los jueces por ser tan difícil conmoverlos y que entiendan el problema y los jueces culpan a las administraciones civiles de ser insensibles (como ellos, vaya) y de no tomar las medidas necesarias; finalmente, los administradores siempre tienen a quien señalar y culpar, tratando de descargar su responsabilidad o en los de arriba o en los de abajo (y así nos luce el pelo).

De burócratas acostumbrados a irse de rositas en su mal hacer es típico -y así nos lo evoca el fiscal De Mata- quejarse del “sistema” que, dice, “no está del todo preparado para grandes catástrofes como la del Mar Menor”, olvidándose de que él es parte significativa de ese “sistema”, no los ciudadanos de a pie, y que -siguiendo con el Mar Menor- pretenderá que ignoremos que fiscales y jueces han dejado pasar décadas sin mover un dedo en favor de la laguna, mirando para otro lado y dejando actuar libre y provechosamente a esa larga patulea de tipos y empresas que lo vienen envenenando sin que el “sistema” judicial se haya estremecido. Ahora, puesto a trabajar en ese asunto por obligación y sin encontrar escapatoria posible, encuentra que el asunto es “complejo”, claro. Y evita la menor alusión a esa novedad de la Ley 19/2022, sobre la personalidad jurídica del Mar Menor, una de cuyas virtualidades -aun estando por demostrar, dada la hostilidad con que gran número de jueces la han tenido que encajar- es saltarse a los fiscales por demostradamente irrelevantes en tan magno y acuciante asunto.


            Atmósfera irrespirable por la industria asociada a las canteras en Abanilla.

Pero yo quiero destacar del fiscal de Medio Ambiente -o por ser menos puntilloso, de las tareas en materia de medio ambiente de la Fiscalía murciana, de la que él es máximo responsable- una cierta afición por archivar muy serias denuncias sobre sangrantes problemas ambientales de la región, como es el caso del agua extraída ilegalmente y envenenada por la agricultura intensiva. Un tratamiento elusivo y frivolizante que -según mi percepción, que creo que los hechos presentes lo pueden confirmar- que afecta a los daños a la salud pública en al menos dos casos de exasperante actualidad: la atmósfera irrespirable por la industria derivada de las canteras en ciertas pedanías de Abanilla y el impacto de los metales tóxicos acumulados en el Hondón de Cartagena y gran parte de su sierra. Me impresionó el expeditivo archivado de nuestras denuncias cuando, desde el Consejo de Defensa del Noroeste, le pedimos cuentas por la situación desmadrada de pozos y acuíferos en la finca de El Chopillo, en Moratalla; y cuando nos quejamos a su jefe Díaz Manzanera y tuvo que reabrir el asunto, volvió a archivarlo quejándose de que insistiéramos buscándole tres pies al gato (o algo así); no sin antes “nuclear” su indagación pidiendo información a la Confederación Hidrográfica del Segura (CHS), que era a la que denunciábamos, y tomarla como buena y definitiva (menudo estilo indagador y social el de este tipo, me dije). Esto de echar la bronca al denunciante me pareció otro gesto típicamente burocrático, que es el de no consentir críticas al propio ejercicio funcionarial y responder “matando al mensajero” o advirtiéndole de forma más o menos expresa que ceje en sus interpelaciones por intempestivas, tratando siempre de quitar importancia a las situaciones de abuso y agresión social, incluso las más graves.


             Suelos tóxicos en el Hondón de Cartagena.

Naturalmente, y visto de qué va este funcionario, en la entrevista que comento aparece como un quejica entregado y sufriente que, ante las deficiencias de la justicia, señala que “el problema es de organización. Hace falta una reforma procesal y, sobre todo, especialización: juzgados y fiscales especializados en medio ambiente”. Como si lo suyo no fuera una tarea especializada y su obligación no fuera demostrar que sabe cumplir, que ya lleva unos cuantos años con lo mismo. También se queja de las macrocausas, como la del Mar Menor, y de las ejecuciones de sentencias que, como sucede con las demoliciones en el ámbito urbanístico, se complican extraordinariamente (hasta hacerlas, añado yo, rarísimas, imponiéndose, con expresa burla de la ley, los hechos consumados).

Carga las tintas nuestro hombre en el urbanismo ilegal, señalando que domina ampliamente, con un 70 por 100 de los casos que caen en sus manos, cuando los delitos contra la gestión del agua debieran de ocupar, más o menos, ese 70 por 100, por ser más decisivos que los urbanísticos (que, a fin de cuentas, debieran de resolverse en el ámbito administrativo municipal-autonómico). Porque lo más curioso de la entrevista es que ni una sola vez alude al agua, a su maltrato y envilecimiento y, sobre todo, a la pésima gestión de la CHS, contra la que creo que ni ha ido nunca ni piensa hacerlo, siendo ese organismo del Estado el principal responsable tanto de la pérdida de salubridad de los acuíferos como de la ruina galopante del ecosistema marmenorense.


              Plástico asfixiante (y asesino) en el río Moratalla, afluente del Segura.

Para comprobar la inopia ambiental de nuestros fiscales -con De Mata en cabeza- y el reconocimiento práctico de la impunidad antiecológica de la CHS, basta con contemplar el modus operandi de la masiva tarea de eliminación de la caña de río en las orillas del Segura y afluentes. Una planta convertida de repente en villana a erradicar, hacia la que se desarrolla una salvajada ambiental que adquiere dos formas igualmente equivalentes a (presunta) malversación de caudales públicos y la (segura) destrucción del ecosistema ribereño: o eliminando a matarrasa toda la vegetación superficial de las riberas, lo que no impide que resurja la caña enhiesta y desafiante, ya que el rizoma persiste, o cubriendo las orillas con un plástico negro duro e impermeable, pertinaz absorbente de la radiación solar que, pretendiendo asfixiar las raíces de la caña, destruye toda la intensa y estratégica vida vegetal y animal acompañante que se asienta en esas riberas. Es el “crimen ripario”, novedad con que ahora mismo nos alegra la vida la CHS con su pasmosa bilis antiecológica.

Y como no podía ser de otra forma, lo que más me ha tocado los sentimientos ha sido que vea en “la concienciación social” las claves del futuro, que es justamente de lo que yo me quejo porque creo que es lo que desprecia practicando tan deportivamente el archivado de las causas ambientales. Atreviéndose además a decir que “hay mayor conciencia ambiental y también más control por parte de los técnicos y funcionarios”, expresión tan alejada de la realidad como lo están esos marcianos que se pasmarían si visitaran nuestra tierra para encontrarse con opiniones del jaez de las que expresa De Mata.

La impresión mía es que en una región ambientalmente en carne viva resulta inevitable la existencia “activa” de funcionarios como él, carentes de genio y verdadera pasión por el oficio propio y el interés general. De Mata, por su parte, no parece conmoverse mucho, ni siquiera como ciudadano, a la hora de la verdad ante la situación general catastrófica, y parece no importarle demasiado escurrirse (digamos, mejor, “adoptar un perfil bajo”) ante los grandes abusos y delitos, como sucede con el manejo del agua en general o con la contaminación por la actividad de las canteras o la presencia enquistada de residuos mineros, asuntos todos ellos de extrema gravedad y a los que ni siquiera alude en esa entrevista.


                   Eliminación de vegetación riparia a matarrasa y resurgimiento posterior de la caña en el Segura, aguas arriba de Cieza.


Podrá parecerle al fiscal de Medio Ambiente algo duro este alegato que le dirijo, pero me siento obligado a exigirle más y mejor trabajo. Y no otra cosa puedo hacer si dejo que desfilen por mi memoria y experiencia las angustias y los cabreos propios, así como la repetitiva impunidad con que se arruinan la estructura física de esta región, las dinámicas ecológicas seculares y el futuro que a todos nos pertenece; es lo que conozco y vivo desde hace más de medio siglo y contra lo que he procurado expresarme siempre, y no pienso contemporizar con ello tampoco ahora. Sí he de admitir una cierta ternura que esta misma entrevista que critico me ha hecho sentir cuando De Mata reconoce en ella que atraviesa lo que él mismo llama “crisis de fe”, a cuento de la complejidad del caso del Mar Menor y de la incapacidad -se supone- judicial de afrontarlo; porque asumir estas cosas indica que quienes ejercen, aunque sea por un momento, la humildad del fracaso merecen al menos conmiseración. Aun así, don Miguel no aclara si su crisis de fe lo es hacia el “sistema” (judicial, a la sazón), como destacados responsables (él y el “sistema”) de la calamidad en la que estamos sumidos, o sus cuitas son más profundas y esencialistas, y atañen a la ineficiencia de la Ley (con mayúscula) para resolver asuntos de tanta enjundia y trascendencia como es el medio ambiente. O si es meramente una crisis de fe en sí mismo, como micro agente, más inútil que efectivo, en el vasto mundo de las injusticias proliferantes y de los canallas repicantes. Si es así, si su sinceridad se está atascando en sí mismo, mi recomendación -que quiere ser leal- es que contenga tan íntimo descreimiento y lo reconduzca cambiando de tema y de “sistema”, abandonando de una vez tanto lo del medio ambiente como lo de fiscal, que hay muy numerosas tareas de utilidad social que con su carrera seguro que puede desempeñar con más brillo y éxito. Láncese, pues, a la (controlada) aventura de explorar nuevas áreas del Derecho creativo y social. Pero no se le ocurra archivar o minimizar las causas que tanto duelen y oprimen a esta tierra nuestra.

       Termino lamentando que en esa entrevista de marras al periodista no se le haya ocurrido poner al fiscal en un brete, dada su bien visible inepcia, con el material sobreabundante que tendría a mano sobre lo que pasa en esta tierra martirizada por hombres y dioses, y donde la injusticia ambiental es prueba irrefutable de su condena. Porque el periodismo blandengue y escapista es parte muy importante, por colaboracionista, del paisaje de depredación ambiental generalizada (y a la murciana).

jueves, 19 de marzo de 2026

Lecciones del Mar Menor

 

      Economistas sin Fronteras.


El Mar Menor simboliza el choque entre desarrollo y sostenibilidad. De su colapso ambiental a su reconocimiento como sujeto de derechos, su historia combina crisis, innovación y esperanza para repensar nuestra relación con la naturaleza


     El Mar Menor es una laguna de 135 km² ubicada en Murcia, equivalente aproximadamente a un tercio de Andorra o a la mitad de Malta. Ha sido ocupado por los humanos desde el Paleolítico y en él se han encontrado restos arqueológicos de civilizaciones íberas. Los romanos lo llamaron Belich y Mare Palus, “laguna”; y los árabes, Buhayrat al-Qasr, “la Albufera del Alcázar”. Tras la Reconquista se le denominó simplemente Albufera, hasta que se impuso su nombre actual: Mar Menor. Esta denominación lo diferencia de su hermano mayor, el Mediterráneo, unas 18.500 veces más extenso y del que le separa una manga de 21 kilómetros. Desde el siglo XX fue uno de los paisajes más reconocibles del sureste: un ecosistema singular, con un fuerte vínculo cultural local y un motor económico.

Sin embargo, el modelo de desarrollo nunca tuvo en cuenta el equilibrio con el ecosistema. La agricultura y la ganadería se intensificaron; el sector turístico apostó por el volumen más que por el valor añadido, con una presión creciente sobre el territorio; y los impactos de otras actividades, como la minería en las sierras cercanas, fueron acumulándose.

El resultado fue un colapso multicausal. A partir de la década de 1960, el Mar Menor pasó a verse —en palabras de Teresa Vicente— “como un vertedero y como una fuente de beneficios”.


Colapso multicausal del Mar Menor.

Teresa Vicente, catedrática de Filosofía del Derecho, es precisamente una de las figuras clave en esta historia. Lideró una iniciativa popular sin precedentes, respaldada por 640.000 firmas, para dotar al Mar Menor de personalidad jurídica. La iniciativa dio lugar a una ley pionera en Europa: por primera vez, un ecosistema obtenía derechos propios reconocidos en el ordenamiento jurídico. El cambio era conceptual. El Mar Menor dejaba de ser únicamente un objeto de protección ambiental para convertirse en un sujeto de derechos: derecho a existir, a evolucionar de forma natural, a ser protegido, conservado y restaurado.


El Mar Menor, la laguna española contaminada que se defiende en los tribunales.

Este hecho histórico es un referente por múltiples razones. Fue el primer proceso de este tipo en Europa y, además, nació directamente desde la ciudadanía y no de partidos políticos. La iniciativa ha tenido un fuerte reconocimiento internacional: la ONU lo ha reconocido como uno de los World Restoration Flagships, Teresa Vicente recibió el Premio Goldman, considerado el Nobel ambiental, y el caso ha servido de inspiración para otras iniciativas, como la del río Tins en Galicia o el creciente interés en ecosistemas como el Manzanares, la Albufera de Valencia, el Delta del Ebro o Doñana.

Situación actual: la personalidad jurídica en práctica

Lejos de ser el final del camino, la personalidad jurídica del Mar Menor es el inicio de un intento de curar un ecosistema en estado crítico. La ley fue ratificada por el Tribunal Constitucional frente a la oposición de algunos partidos, y hoy el Mar Menor tiene NIF, cuenta bancaria y una estructura de gobernanza compuesta por tres órganos: un Comité de Representantes, una Comisión de Seguimiento —los “guardianes”— y un Comité Científico. La ley establece que cualquier vulneración de sus derechos puede generar responsabilidad penal, civil, ambiental y administrativa.

Esto ya no es teórico. El Mar Menor, a través de sus representantes, ha comenzado a personarse en procedimientos judiciales, por ejemplo frente a daños derivados de vertidos.

El Mar Menor, la laguna española contaminada que se defiende en los tribunales.


En paralelo, se ha puesto en marcha el Marco de Actuaciones Prioritarias para la Recuperación del Mar Menor, con un presupuesto de 675 millones de euros. Entre sus medidas destacan la creación de un cinturón verde alrededor de la laguna, el cierre de miles de hectáreas de regadío ilegal, la restauración de ecosistemas en la cuenca vertiente o el replanteamiento de ciertas infraestructuras, como puertos.

Sin embargo, las tensiones persisten. Teresa Vicente ha dimitido como Tutora del Mar Menor, denunciando obstáculos y fricciones con las administraciones estatal y autonómica, a las que acusa de priorizar sus propios intereses frente a la defensa del ecosistema.

Y, mientras tanto, ¿cómo está la laguna en 2026? El Mar Menor sigue enfermo. No se han repetido episodios como el de 2019, pero, por ejemplo, en octubre de 2025 se produjo un nuevo episodio de anoxia, breve pero intenso, tras la dana Alice. La propia Teresa Vicente lamenta que “en una zona semidesértica donde la lluvia debería ser motivo de celebración, la dana nos hace temblar, porque arrastra (los fertilizantes de) la agricultura intensiva y los purines de la ganadería hacia la laguna, lo que unido a otros factores como el calor provoca de nuevo la anoxia”.


Abrazo al Mar Menor.

El Mar Menor: entre esperanzas y tensiones

El caso del Mar Menor es muchas cosas a la vez. Es, en primer lugar, un precedente ambiental y económico. Durante años, los impactos sobre el ecosistema fueron tratados como externalidades o problemas del futuro. Hasta que dejaron de serlo. Cuando el desequilibrio del ecosistema se materializó, el propio modelo económico que lo causó quedó gravemente afectado: el valor de los activos turísticos ha disminuido significativamente, la actividad pesquera se ha visto mermada y la agricultura intensiva junto a la laguna se ha prohibido. Esto muestra que la necesidad de un equilibrio entre economía y naturaleza ha dejado de ser una cuestión teórica, y puede prepararnos para afrontar otras crisis ambientales.

Es también un precedente de ciudadanía. En un contexto de polarización política, más de 640.000 personas se pusieron de acuerdo para defender un bien común, algo que parece inverosímil hoy en día. Esto muestra que los ciudadanos, más allá de los colores políticos con los que se identifican, pueden encontrar espacios de entendimiento y cooperar.

Es, además, un precedente jurídico y de gobernanza. El Mar Menor ya tiene derechos. Pero esto abre una tensión inevitable: sigue sin tener una voz propia y está representado por un grupo de humanos. Y esos humanos tienen intereses e incentivos distintos. Algunos priorizan la protección del capital natural a toda costa; otros, objetivos económicos o políticos. La gobernanza del medioambiente será un espacio de tensión constante, como refleja la dimisión de la líder de este movimiento por la percepción de intereses en las administraciones que van más allá de la protección de la laguna. Sin embargo, esas mismas administraciones, criticadas por defender “lo suyo”, son también las estructuras democráticas que representan la voz de la ciudadanía en ese proceso.

Para mí, el Mar Menor refleja que nada es simple y me enfrenta a varios sentimientos a la vez. El colapso ambiental fue devastador. La reacción ciudadana fue extraordinaria. La innovación jurídica es histórica. Su implementación es compleja. Y el futuro sigue abierto. Este caso puede extrapolarse a otros de los grandes problemas de nuestro tiempo donde conviven el bien y el mal, y la esperanza y las tensiones.

Cierro este artículo con una reflexión del Tribunal Supremo de 1990 citada en la propia ley de personalidad jurídica del Mar Menor: “La diferenciación entre males que afectan a la salud de las personas y riesgos que dañan otras especies animales o vegetales y el medio ambiente se debe, en gran medida, a que el hombre no se siente parte de la naturaleza sino como una fuerza externa destinada a dominarla o conquistarla para ponerla a su servicio. Conviene recordar que la naturaleza no admite un uso ilimitado y que constituye un capital natural que debe ser protegido”.


Fuente: El Salto

lunes, 5 de enero de 2026

Alguien robó 56 millones de litros de agua durante los últimos 18 meses en la Región de Murcia. Solo es la punta del iceberg

 

 Por Alejandro Alcolea   
      Responsable de fin de semana en Xataka.

   - Se estima que la actividad se habría dado durante décadas, con daños incalculables al medio ambiente

  • - La cantidad de pozos saqueados para la agricultura industrial están teniendo un defecto devastador en las zonas naturales



     Un péndulo y un par de varas de madera son las únicas herramientas que los zahoríes necesitan para, supuestamente, detectar los flujos magnéticos de las corrientes de agua para encontrar aguas subterráneas. Realmente, un zahorí no sirve de mucho, pero es el nombre con el que el SEPRONA bautizó un ciclo de vigilancia para atrapar a los ladrones de agua. Uno de los últimos casos es el de los 50 millones de litros saqueados por dos empresarios en un periodo de 18 meses.

Pero ni es un caso aislado ni algo que tenga visos de parar.

Puerto Lumbreras. Una de las últimas operaciones del SEPRONA se ha dado en Puerto Lumbreras, en la Región de Murcia, donde los agentes han abierto diligencias a dos empresarios como presuntos autores de un delito contra los recursos naturales y el medio ambiente. Se estima que realizaron la actividad de explotación de pozos durante décadas, pero por concretar, sólo en los últimos 18 meses, se habrían sustraído 56 millones de litros de aguas subterráneas.


Intervención del Seprona en Puerto Lumbreras.


Los investigados utilizaban un pozo clandestino sin contador volumétrico que estaba oculto en una de las empresas y no era agua que utilizaran para regar cultivos propios (algo que suele ser común en este tipo de actividades), sino para vender.

Hidrológica pirata. Eran capaces de extraer más de 100.000 litros diarios que vendían y distribuían a través de sus propios camiones cisterna. ¿Su uso?

  • Explotaciones porcinas de ganadería intensiva.

  • Venta a otras empresas.

  • Venta a particulares para el llenado de piscinas.

    ¿Multa o “coste operativo”? El SEPRONA comenzó la investigación tras una denuncia firmada por 128 vecinos de Zarzalico que detectaron una tubería ilegal de varios kilómetros construida para abastecer cebaderos, y se estima que los dos empresarios facturaron unos 275.000 euros durante los 18 meses ya mencionados.

Lo curioso del asunto es que, como decimos, sólo se ha investigado año y medio, por lo que la cifra puede ser astronómica si se cumple esa estimación de que la actividad se realizó durante décadas. 

El robo de agua no es algo nuevo, ni mucho menos, y de hecho hay estudios que apuntan a que, durante más de un siglo, fue una práctica que se dio en el sureste español.




Tiene todo el sentido si tenemos en cuenta que la zona, con Almería o Murcia, siendo la “huerta de Europa”, no es precisamente en la que más precipitaciones se registran, pero sí donde más se necesita para ese cultivo de frutas y verduras.



De hecho, a esto se le llama “agua virtual” que estas zonas exportan en los tomates, lechugas o aguacates.




Ese robo de agua se ha tomado como un “mecanismo de supervivencia”, algo necesario para mantener la actividad durante sequías, y también hay estudios que apuntan que las multas administraciones que reciben los que cometen la infracción son más bajas que el beneficio económico obtenido por el agua robada.


España es el país con mayor sobreexplotación de agua de Europa.


Devastador. El problema es que las cuentas no salen donde más importa: en la naturaleza. El agotamiento sistemático de los acuíferos debido a las actividades de los pozos ilegales han llevado al agotamiento de algunos de los humedales más importantes de nuestra geografía.


Pozos ilegales al sur de España, en Andalucía.


Doñana es el ejemplo claro, ya que el parque nacional ha sido, y está siendo, drenado por cientos de pozos ilegales para el cultivo.


Doñana

Drenado en Doñana.



Pero no hay que irse lejos de Puerto Lumbreras para ver los efectos, y el Mar Menor es otro ejemplo. El agua dulce subterránea es saqueada y, a veces, usada para regar campos agrícolas en los que se usan fertilizantes con nitratos que, debido a la escorrentía, se filtran en la tierra o van a parar directamente al mar. Esto ocasiona que el agua tenga menos oxígeno del que debería, y al ir a parar a la laguna, los peces mueren por anoxia.

Suma y sigue. Lamentablemente, como decimos, ni es un problema nuevo… ni aislado. Estos últimos años hemos ido hablando de decenas de investigados, detenidos y condenados. La empresa de aguas de Málaga, de hecho, ha llegado a contratar a detectives privados para vigilar empleados, proveedores y clientes.




Según WWF, hay más de 500.000 pozos ilegales en España, los beneficios compensan las multas administrativas y fiebres como la del aguacate no ayudan en absoluto.


Hay quienes están regando aguacates irregularmente.

Fiebre del aguacate.


Fuente: Xataka