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sábado, 21 de marzo de 2026

El agua como arma de guerra en la era de la bancarrota hídrica

 

      Periodista licenciado en Comunicación Social (UNR-Argentina). Colabora en diferentes medios, entre ellos El Salto.


La escasez hídrica alcanza niveles críticos en el golfo Pérsico por la crisis climática y la sobreexplotación. El agua potable llega a través de unas desaladoras que están siendo bombardeadas. La ONU advierte, por primera vez, que este recurso vital se está agotando en muchas regiones del planeta


La planta desalinizadora de Al Dur -Bahréin- fue bombardeada recientemente por Irán en represalia por el ataque estadounidense a una instalación similar iraní.


     Este domingo se celebra el Día Mundial del Agua. En enero, Kaveh Madani, director del Instituto de Agua, Medio Ambiente y Salud de la Universidad de las Naciones Unidas (UNU-INWEH, por sus siglas en inglés) y uno de los científicos internacionales que más ha investigado sobre la problemática sistémica del agua a escala planetaria, llamó a “la cordura y a la acción política” ante un escenario inédito en la historia de la humanidad: la “bancarrota hídrica global”.

Para los expertos que asesoran a la ONU, el mundo ha entrado en un “punto de no retorno” por sistemas en “donde la demanda humana ha agotado irreversiblemente los ahorros acuíferos y secado los pozos del futuro, poniendo en riesgo el conjunto del sistema hídrico del planeta”.


Palestinos desplazados llevan botellas vacías a un camión de agua de MSF en Tal Al-Sultan, un barrio de Rafah.

“Es como tener una cuenta bancaria a la que se le extrae dinero cada día sin que entre un solo depósito: el saldo ya es negativo”, explicaba Madani al presentar el informe del organismo adscrito a la ONU, titulado precisamente Global Water Bankruptcy.

“Esta situación nos obliga a gestionar la quiebra. Esto implica renegociar el contrato con la naturaleza, transformar la agricultura, repartir justamente un recurso menguante y blindar los ecosistemas que aún producen agua”, pedía el científico, de origen iraní, en la presentación del estudio. Nada de eso ha ocurrido. Todo lo contrario. La guerra iniciada por Estados Unidos e Israel, con bombardeos cruzados a desaladoras y la destrucción de los sistemas de saneamiento, está profundizando la bancarrota.

A diferencia de los ataques a instalaciones petroleras, que afectan principalmente a la producción y al comercio, los dirigidos contra infraestructuras hídricas golpean “el corazón de la civilización”, resume José Fernando Pérez, doctor en Ingeniería Química y Ambiental y profesor de la Escuela de Arquitectura, Ingeniería y Diseño de la Universidad Europea.

Javier Lillo Ramos, colaborador honorífico en el Grupo de investigación sobre Cambio Global Terrestre y Geología Ambiental de la Universidad Rey Juan Carlos, explica que el uso del agua como arma “no es nuevo”. Hay numerosos ejemplos que han ocurrido desde la antigüedad en diferentes zonas del globo.

Sin embargo, para evitar estos daños —con sus devastadores impactos en la sociedad civil— en 2019 se presentó la Lista de Principios de Ginebra sobre la Protección de las Infraestructuras Hidráulicas, un documento de referencia para su uso en conflictos armados. La protección de las infraestructuras de agua figura entre las principales normas a acatar. “Es imprescindible que los países apoyen y sigan estas iniciativas a escala global. Si no es así, todos perderemos en las guerras”, advierte este experto.


La Lista de Principios de Ginebra sobre la Protección de las Infraestructuras Hídrica.

Los ataques

Desde el inicio de la guerra se han reportado varios ataques a infraestructuras hídricas. Teherán denunció que los misiles alcanzaron una planta desalinizadora en la isla iraní de Qeshm, en el estrecho de Ormuz, de la que dependen unas treinta localidades en la que viven cientos de miles de personas. El ministro iraní de Exteriores, Seyed Abbas Araghchi, calificó la operación estadounidense de “crimen flagrante” y advirtió de que atacar infraestructuras civiles iraníes “sentará un precedente peligroso con graves consecuencias”.

Días más tarde, Bahréin, país que abarca más de 30 islas en el golfo Pérsico, denunció que Irán lanzó un dron contra una de sus plantas desalinizadoras. Aunque la instalación no quedó destruida por completo, el ataque puso de manifiesto la enorme vulnerabilidad de este tipo de infraestructuras críticas. Dubai también notificó que los ataques contra el puerto de Jebel Ali impactaron muy cerca de una de las plantas desalinizadoras más grandes del mundo.

Más países denunciaron ataques a infraestructuras hídricas en los últimos días, como un incendio cerca de la Planta Independiente de Agua y Energía Fujairah F1, en Emiratos Árabes Unidos, o la planta Doha West de Kuwait, que también reportó daños por la caída de restos provenientes de ataques con drones.

Tras la escalada de este tipo de ataques, el portavoz del Ministerio de Exteriores de Qatar, Majed al Ansari, alertó de las consecuencias “irreversibles”. “Atacar infraestructuras vitales, ya sean plantas de desalinización de agua, tanques de agua, reservas de alimentos, reservas de medicamentos o plantas de producción de medicamentos; cualquier tipo de infraestructura que sustente la vida de las personas, constituye un grave peligro para la población de la región y más allá”, advirtió.

Aunque más invisible, la contaminación de los acuíferos —los depósitos de agua subterránea— es otro problema grave en lo que respecta al suministro. Los bombardeos de Trump y Netanyahu contra las refinerías de Irán dejaron un “lluvia negra ácida” —dióxido de azufre, dióxido de nitrógeno, partículas PM2,5— que se ha filtrado por muchas vías fluviales.

Si el agua marina está contaminada, las plantas desalinizadoras pueden “saturarse o fallar”, explican los expertos sobre este otro riesgo. También puede ocurrir que no se eliminen todos los contaminantes químicos complejos y que el agua potable contenga trazas contaminantes.

Al mezclarse con la humedad atmosférica, el hollín, las cenizas y los residuos de crudo están provocado un “desastre ambiental de gran magnitud con impactos inmediatos y a largo plazo”, advierten los científicos de Conflict and Environment Observatory (CEOBS), un observatorio especializado en el impacto ambiental de las guerras.


Imágenes satelitales de un incendio en la zona petrolera y petroquímica de Fujairah, Emiratos Árabes Unidos.

Esta ONG explica que si bien el Golfo es una zona dominada por la industria de los combustibles fósiles —y sus consiguientes problemas de contaminación—, “aún existen zonas de gran importancia ecológica”. “Los riesgos se extienden más allá de la región: la fragata iraní Dena fue torpedeada cerca de la costa de Sri Lanka, y la consiguiente mancha de petróleo de 20 km de longitud amenaza ahora zonas de gran importancia ecológica a lo largo de su litoral. Las autoridades de Sri Lanka están llevando a cabo labores de limpieza y muestreo”, se detalla en la última actualización.

Los buques hundidos y las infraestructuras portuarias dañadas —explican los expertos que integran este organismo— pueden presentar “riesgos significativos de contaminación, incluso por combustibles y aceites”. Los derrames de petróleo son otro foco de preocupación. “Se han registrado al menos 12 ataques a buques mercantes en puertos o en el Golfo Pérsico; a medida que aumenta el número de ataques, también aumentan los riesgos de un incidente ambiental grave”, alerta el observatorio.

Un panorama similar denuncia Tedros Adhanom Ghebreyesus, director general de la Organización Mundial de la Salud (WHO). Días atrás, alertó que las “lluvias cargadas de petróleo” contaminan alimentos, agua y aire, “peligros que pueden tener graves consecuencias para la salud, especialmente en niños, personas mayores y personas con afecciones médicas preexistentes”.

Sin desalinizadoras no hay agua potable

Según un estudio publicado en la revista Nature en enero de este año, de las casi 18.000 plantas desalinizadoras operativas en todo el mundo, unas 4.900 se encuentran en Oriente Medio. En conjunto, estas instalaciones generan una capacidad de desalinización de 29 millones de metros cúbicos de agua al día, lo que equivale a aproximadamente el 42% de la producción mundial.

La cifra permite dimensionar la importancia estratégica de estas infraestructuras en esta región. Las desalinizadoras proveen la mayor parte del suministro de agua potable en la mayoría de los países: el 93% en Kuwait, 86% en Oman, 70% en Arabia Saudi, 48% en Qatar y 42% en Emiratos Árabes Unidos, según las últimas cifras del Instituto Francés de Relaciones Internacionales.

El dato clave es que la región del Golfo tiene el 6% de la población mundial, pero alberga apenas el 2% de las reservas mundiales de agua dulce renovable. ¿Uno de los motivos? Las fuertes presiones que el auge de la industria petrolera —iniciado en la década de 1950— ejerció sobre la zona. Por lo tanto, en esta parte del mapa mundial, las desalinizadoras son sinónimo de agua potable.

De los 25 países que enfrentan un estrés hídrico extremadamente alto en todo el mundo (es decir, que utilizan más del 80% de su suministro de agua renovable), 15 se encuentran en Oriente Medio, según la investigación publicada en Nature, liderada por Noman Khalid Khanzada, del Centro de Investigación del Agua de la Universidad de Nueva York en Abu Dabi (NYUAD).

En contraste, explica Lillo Ramos, las desalinizadoras de Irán sólo aportan el 3% del suministro de agua potable, que se basa fundamentalmente en el aprovechamiento de las aguas subterráneas. El problema: los embalses están muy por debajo de su capacidad tras cinco años de sequía. “La sobreexplotación de aguas subterráneas, la contaminación por intrusión de agua de mar o aguas residuales y las sequías persistentes han agotado gravemente estas fuentes de agua vitales en esta región del planeta”, señalan Khalid y su equipo de trabajo.

Según datos del Instituto de Recursos Mundiales (WRI), el 83% de la población de Oriente Medio ya sufre una grave escasez de agua, cifra que se prevé que aumente al 100% para 2050. “Se espera que la situación en la región empeore aún más debido al crecimiento demográfico, el rápido desarrollo económico, la gestión insostenible del agua y los desafíos sociopolíticos. Por lo tanto, la seguridad hídrica se ha convertido en una cuestión de vital importancia y en un pilar fundamental de la seguridad nacional en esta región”, concluyen los investigadores.

El quiebre ecológico de Irán

Alain Chandelier es un periodista que desde hace años retrata, desde el terreno, la crisis ambiental de Teherán, la capital de Irán. En enero, antes de las bombas, cuando las protestas sociales se generalizaron, publicó una crónica para el medio Euronews titulada “Irán estalla: cuando la crisis climática convierte la protesta en una lucha por existir”.


Irán estalla: cuando la crisis climática convierte la protesta en una lucha por existir.

Chandelier detalla que el país afronta una “destrucción climática múltiple” en la que los desaIstres ambientales encadenados han derivado en “un callejón existencial sin salida”. La sequía, la peor en casi seis décadas, ha provocado en los últimos meses el racionamiento del agua, con límites para el consumo humano y productivo. Durante varias semanas, se evaluó evacuar Teherán por temor a un desabastecimiento generalizado.

En su reportaje, el periodista explica que, si bien todavía no se ha producido un desplazamiento masivo hacia las zonas más húmedas del norte, ya han saltado chispas de “tensiones interregionales” por recursos de agua limitados. Además, los proyectos de trasvase entre cuencas, diseñados para sostener industrias ineficientes en la meseta central, se han convertido ahora en focos de enfrentamiento entre provincias.

La tensión hídrica —revela— ha entrado en los hogares de las grandes ciudades. Los cortes reiterados y el racionamiento informal del agua potable, así como el deterioro preocupante de su calidad (concentración de sales y nitratos) se han convertido en una “rutina agotadora para los ciudadanos”.

La muerte por sequía de miles de robles en la cordillera del Zagros y la conversión de los pastizales en desiertos estériles —agrega Chandelier en su crónica— no sólo empujan el ecosistema de Irán hacia la destrucción, también colocan la seguridad alimentaria del país al borde del colapso. Cada año, alrededor de 100.000 hectáreas de tierras agrícolas y pastizales de Irán están en riesgo de convertirse en desierto absoluto. La degradación del suelo ha alcanzado ya un nivel crítico, porque la tasa de erosión es cerca de tres veces mayor a la media mundial.

Mucho tiene que ver el consumo desmedido y depredador de los recursos de agua subterránea, que ha llevado a que las llanuras de Irán afronten una “muerte irreversible”. Según cifras oficiales, Irán afronta un balance negativo de 130.000 millones de metros cúbicos en sus acuíferos, lo que significa que, incluso si las precipitaciones vuelven a niveles normales, los depósitos subterráneos ya no tienen capacidad para almacenar agua.

La subsidencia es un daño colateral de la insostenible extracción de agua. El suelo en Irán no se hunde unos pocos milímetros, en algunas zonas se abre a un ritmo escalofriante de 20 a 30 centímetros al año, una tasa 40 veces superior a la media de los países desarrollados y el mayor registro documentado en el mundo

“Este escenario desnuda la paradoja del Irán de 2026. Resolver las crisis climáticas exige grandes inversiones internacionales, diplomacia del agua y la adopción de estándares ambientales globales”, explicaba este reportero a mediados de enero. Estados Unidos e Israel eligieron el camino opuesto: un ecocidio escondido en miles de bombas y misiles.

El agua se agota a escala global

El término “bancarrota hídrica” —acuñado por la ONU en el informe— establece un paralelismo con la bancarrota financiera: al igual que una empresa o individuo que ha gastado más de lo que posee puede enfrentar la insolvencia, muchos sistemas hídricos también se encuentran hoy más allá de sus posibilidades.

Los datos revelan que, durante décadas, las sociedades han extraído más agua de los recursos naturales de la que pueden reponer de forma sostenible, agotando tanto los caudales renovables anuales como las reservas no renovables, como las aguas subterráneas y los glaciares.

“El principal mensaje que transmite este trabajo es que es necesario dejar de hablar de estrés hídrico o crisis del agua, conceptos en los que cabe pensar en una posible recuperación de los sistemas hídricos y ecosistemas asociados. En muchos casos esta recuperación ya no es posible, los daños son irreversibles”, explica Antonio Collados Lara, científico titular del Instituto Geológico y Minero de España (IGME-CSIC).

La auditoría global pinta un panorama desolador: el 75% de la población mundial vive en países donde el agua escasea o es insegura; más de la mitad de los grandes lagos del planeta se están secando; 2.000 millones de personas habitan sobre terrenos que se hunden por la sobreexplotación de aguas subterráneas; y en 50 años se han perdido humedales equivalentes a toda la superficie de la Unión Europea.

En su informe, la ONU advierte de que “la crisis no conoce fronteras”. La agricultura, que consume el 70% del agua dulce —80% en el caso de España—, es el epicentro del colapso. Cuando los cultivos se secan en una región, la escasez viaja a través de los precios de los alimentos, golpeando la seguridad alimentaria global y desestabilizando economías, explica Madani. Y agrega: “El agua que falta aquí, se nota en la comida de allá. Esta quiebra no es un problema local, es un riesgo sistémico que fluye por las venas del comercio mundial”.

Este miércoles, se conoció que este científico irání —señalado como un “ecologista traidor” en su país por denunciar la insostenibilidad de la agricultura— es el ganador del Premio del Agua de Estocolmo 2026, considerado el Nobel en este ámbito. Al ser entrevistado, admitió que la satisfacción personal está totalmente empañada por los bombardeos. “Lamentablemente, el impacto medioambiental de la guerra durará muchos años“, adelantó.


Fuente: El Salto

jueves, 19 de marzo de 2026

Lecciones del Mar Menor

 

      Economistas sin Fronteras.


El Mar Menor simboliza el choque entre desarrollo y sostenibilidad. De su colapso ambiental a su reconocimiento como sujeto de derechos, su historia combina crisis, innovación y esperanza para repensar nuestra relación con la naturaleza


     El Mar Menor es una laguna de 135 km² ubicada en Murcia, equivalente aproximadamente a un tercio de Andorra o a la mitad de Malta. Ha sido ocupado por los humanos desde el Paleolítico y en él se han encontrado restos arqueológicos de civilizaciones íberas. Los romanos lo llamaron Belich y Mare Palus, “laguna”; y los árabes, Buhayrat al-Qasr, “la Albufera del Alcázar”. Tras la Reconquista se le denominó simplemente Albufera, hasta que se impuso su nombre actual: Mar Menor. Esta denominación lo diferencia de su hermano mayor, el Mediterráneo, unas 18.500 veces más extenso y del que le separa una manga de 21 kilómetros. Desde el siglo XX fue uno de los paisajes más reconocibles del sureste: un ecosistema singular, con un fuerte vínculo cultural local y un motor económico.

Sin embargo, el modelo de desarrollo nunca tuvo en cuenta el equilibrio con el ecosistema. La agricultura y la ganadería se intensificaron; el sector turístico apostó por el volumen más que por el valor añadido, con una presión creciente sobre el territorio; y los impactos de otras actividades, como la minería en las sierras cercanas, fueron acumulándose.

El resultado fue un colapso multicausal. A partir de la década de 1960, el Mar Menor pasó a verse —en palabras de Teresa Vicente— “como un vertedero y como una fuente de beneficios”.


Colapso multicausal del Mar Menor.

Teresa Vicente, catedrática de Filosofía del Derecho, es precisamente una de las figuras clave en esta historia. Lideró una iniciativa popular sin precedentes, respaldada por 640.000 firmas, para dotar al Mar Menor de personalidad jurídica. La iniciativa dio lugar a una ley pionera en Europa: por primera vez, un ecosistema obtenía derechos propios reconocidos en el ordenamiento jurídico. El cambio era conceptual. El Mar Menor dejaba de ser únicamente un objeto de protección ambiental para convertirse en un sujeto de derechos: derecho a existir, a evolucionar de forma natural, a ser protegido, conservado y restaurado.


El Mar Menor, la laguna española contaminada que se defiende en los tribunales.

Este hecho histórico es un referente por múltiples razones. Fue el primer proceso de este tipo en Europa y, además, nació directamente desde la ciudadanía y no de partidos políticos. La iniciativa ha tenido un fuerte reconocimiento internacional: la ONU lo ha reconocido como uno de los World Restoration Flagships, Teresa Vicente recibió el Premio Goldman, considerado el Nobel ambiental, y el caso ha servido de inspiración para otras iniciativas, como la del río Tins en Galicia o el creciente interés en ecosistemas como el Manzanares, la Albufera de Valencia, el Delta del Ebro o Doñana.

Situación actual: la personalidad jurídica en práctica

Lejos de ser el final del camino, la personalidad jurídica del Mar Menor es el inicio de un intento de curar un ecosistema en estado crítico. La ley fue ratificada por el Tribunal Constitucional frente a la oposición de algunos partidos, y hoy el Mar Menor tiene NIF, cuenta bancaria y una estructura de gobernanza compuesta por tres órganos: un Comité de Representantes, una Comisión de Seguimiento —los “guardianes”— y un Comité Científico. La ley establece que cualquier vulneración de sus derechos puede generar responsabilidad penal, civil, ambiental y administrativa.

Esto ya no es teórico. El Mar Menor, a través de sus representantes, ha comenzado a personarse en procedimientos judiciales, por ejemplo frente a daños derivados de vertidos.

El Mar Menor, la laguna española contaminada que se defiende en los tribunales.


En paralelo, se ha puesto en marcha el Marco de Actuaciones Prioritarias para la Recuperación del Mar Menor, con un presupuesto de 675 millones de euros. Entre sus medidas destacan la creación de un cinturón verde alrededor de la laguna, el cierre de miles de hectáreas de regadío ilegal, la restauración de ecosistemas en la cuenca vertiente o el replanteamiento de ciertas infraestructuras, como puertos.

Sin embargo, las tensiones persisten. Teresa Vicente ha dimitido como Tutora del Mar Menor, denunciando obstáculos y fricciones con las administraciones estatal y autonómica, a las que acusa de priorizar sus propios intereses frente a la defensa del ecosistema.

Y, mientras tanto, ¿cómo está la laguna en 2026? El Mar Menor sigue enfermo. No se han repetido episodios como el de 2019, pero, por ejemplo, en octubre de 2025 se produjo un nuevo episodio de anoxia, breve pero intenso, tras la dana Alice. La propia Teresa Vicente lamenta que “en una zona semidesértica donde la lluvia debería ser motivo de celebración, la dana nos hace temblar, porque arrastra (los fertilizantes de) la agricultura intensiva y los purines de la ganadería hacia la laguna, lo que unido a otros factores como el calor provoca de nuevo la anoxia”.


Abrazo al Mar Menor.

El Mar Menor: entre esperanzas y tensiones

El caso del Mar Menor es muchas cosas a la vez. Es, en primer lugar, un precedente ambiental y económico. Durante años, los impactos sobre el ecosistema fueron tratados como externalidades o problemas del futuro. Hasta que dejaron de serlo. Cuando el desequilibrio del ecosistema se materializó, el propio modelo económico que lo causó quedó gravemente afectado: el valor de los activos turísticos ha disminuido significativamente, la actividad pesquera se ha visto mermada y la agricultura intensiva junto a la laguna se ha prohibido. Esto muestra que la necesidad de un equilibrio entre economía y naturaleza ha dejado de ser una cuestión teórica, y puede prepararnos para afrontar otras crisis ambientales.

Es también un precedente de ciudadanía. En un contexto de polarización política, más de 640.000 personas se pusieron de acuerdo para defender un bien común, algo que parece inverosímil hoy en día. Esto muestra que los ciudadanos, más allá de los colores políticos con los que se identifican, pueden encontrar espacios de entendimiento y cooperar.

Es, además, un precedente jurídico y de gobernanza. El Mar Menor ya tiene derechos. Pero esto abre una tensión inevitable: sigue sin tener una voz propia y está representado por un grupo de humanos. Y esos humanos tienen intereses e incentivos distintos. Algunos priorizan la protección del capital natural a toda costa; otros, objetivos económicos o políticos. La gobernanza del medioambiente será un espacio de tensión constante, como refleja la dimisión de la líder de este movimiento por la percepción de intereses en las administraciones que van más allá de la protección de la laguna. Sin embargo, esas mismas administraciones, criticadas por defender “lo suyo”, son también las estructuras democráticas que representan la voz de la ciudadanía en ese proceso.

Para mí, el Mar Menor refleja que nada es simple y me enfrenta a varios sentimientos a la vez. El colapso ambiental fue devastador. La reacción ciudadana fue extraordinaria. La innovación jurídica es histórica. Su implementación es compleja. Y el futuro sigue abierto. Este caso puede extrapolarse a otros de los grandes problemas de nuestro tiempo donde conviven el bien y el mal, y la esperanza y las tensiones.

Cierro este artículo con una reflexión del Tribunal Supremo de 1990 citada en la propia ley de personalidad jurídica del Mar Menor: “La diferenciación entre males que afectan a la salud de las personas y riesgos que dañan otras especies animales o vegetales y el medio ambiente se debe, en gran medida, a que el hombre no se siente parte de la naturaleza sino como una fuerza externa destinada a dominarla o conquistarla para ponerla a su servicio. Conviene recordar que la naturaleza no admite un uso ilimitado y que constituye un capital natural que debe ser protegido”.


Fuente: El Salto

miércoles, 17 de diciembre de 2025

Comerse a los ricos

 

 Por Imanol Zubero   
      Doctor en Sociología y profesor titular en la Universidad del País Vasco.


En el siglo XVIII, la brutalidad del orden social aún necesitaba ser denunciada mediante la sátira para resultar visible; en el siglo XXI, la obscenidad de la desigualdad convive sin escándalo con la normalidad institucional


     Los datos del último World Inequality Report confirman que la desigualdad económica global no solo sigue siendo extremadamente elevada, sino que se ha intensificado de manera significativa en las últimas décadas. A pesar del fuerte crecimiento de la producción y de la riqueza mundial desde finales del siglo XX, los beneficios de ese crecimiento se han concentrado de forma abrumadora en una minoría muy reducida de la población.

En la actualidad, el 10% más rico de la población mundial gana más que el 90% restante, mientras que la mitad más pobre de la población mundial capta menos del 10% del ingreso global total. La riqueza está aún más concentrada: el 10% más rico posee tres cuartas partes de la riqueza mundial, mientras que la mitad más pobre solo posee el 2%. Esta asimetría es aún más extrema en la cúspide de la distribución: el 0,001% más rico (unas decenas de miles de personas) acumula más riqueza que el 50% más pobre del mundo en su conjunto. En términos de ingresos, la brecha es igualmente pronunciada: el 10 % con mayores rentas capta más del 50% de los ingresos globales, mientras que el 50 % inferior recibe alrededor del 8%.


Protesta ante la desigualdad económica en Filipinas.

El informe subraya que este proceso no es coyuntural, sino estructural y de largo plazo. Desde la década de 1990, la participación del 1% más rico en la riqueza total ha aumentado de forma sostenida en la mayoría de regiones, mientras que la del 50% inferior se ha mantenido estancada o ha retrocedido. La riqueza de los multimillonarios ha crecido a tasas anuales cercanas al 7–8%, muy por encima del crecimiento medio de la renta mundial, lo que explica la aceleración de la concentración patrimonial. Este fenómeno está estrechamente vinculado a la menor progresividad de los sistemas fiscales, la reducción de los impuestos sobre el capital y la creciente importancia de las herencias en la reproducción de la desigualdad.

La desigualdad no se manifiesta únicamente en términos de ingresos y riqueza, sino que tiene un carácter claramente multidimensional. En el ámbito de la desigualdad de género, el informe muestra que, a escala global, las mujeres perciben el 30% de los ingresos laborales totales, a pesar de representar cerca de la mitad de la población y una proporción creciente de la fuerza de trabajo. Esta cifra apenas ha mejorado desde 1990, lo que indica una persistencia notable de las brechas salariales, de acceso al empleo y de segregación ocupacional.

Asimismo, el World Inequality Report pone de relieve una profunda desigualdad climática. La mitad más pobre de la población mundial es responsable de menos del 10% de las emisiones globales, mientras que el 10 % más rico genera 77%, y el 1% más rico por sí solo emite más que la mitad inferior (en términos económicos) de la humanidad. Estas diferencias no se explican solo por el consumo, sino también por la propiedad de activos intensivos en carbono, lo que vincula directamente la crisis climática con la concentración de la riqueza. Al mismo tiempo, las poblaciones con menores ingresos son las más expuestas a los efectos del calentamiento global y cuentan con menos recursos para adaptarse.


Escombros tras la dana de València.

El informe advierte de que estos niveles extremos de desigualdad tienen consecuencias económicas, sociales y políticas de gran alcance. La concentración de la riqueza limita la igualdad de oportunidades, reduce la movilidad social y debilita la capacidad de los Estados para financiar bienes públicos esenciales. Además, una desigualdad tan elevada tiende a erosionar la confianza en las instituciones democráticas y a amplificar los desequilibrios territoriales y generacionales.

El futuro

Frente a esta tendencia, el World Inequality Report insiste en que la desigualdad no es un resultado inevitable del crecimiento económico, sino el producto de decisiones políticas. El informe señala que los países que mantienen sistemas fiscales más progresivos y un mayor nivel de gasto social logran reducir significativamente las brechas de ingresos. Por ello, propone reforzar la fiscalidad sobre las grandes fortunas y las herencias, combatir la evasión y la elusión fiscal y aumentar la inversión pública en educación, sanidad y transición ecológica como instrumentos clave para redistribuir de forma más equitativa los frutos del crecimiento y frenar la dinámica actual de concentración extrema de riqueza.


'Imprimen' billetes falsos en Argentina para denunciar los planes de dolarización de Javier Milei.

Sin embargo, el incremento extremo de la desigualdad no puede interpretarse como un accidente histórico ni como el simple resultado de malas decisiones políticas reversibles dentro del sistema. Por el contrario, los datos del World Inequality Report confirman que la concentración creciente de riqueza es una consecuencia estructural de la lógica del capitalismo, basada en la primacía del capital sobre el trabajo, la acumulación ilimitada y la mercantilización de ámbitos cada vez más amplios de la vida social.

La relativa contención de la desigualdad durante los llamados Treinta Gloriosos —entre el final de la Segunda Guerra Mundial y mediados de los años setenta— fue una excepción histórica, sostenida por condiciones extraordinarias: altos niveles de crecimiento, Estados sociales fuertes, sindicatos poderosos y, sobre todo, la existencia de un bloque socialista que actuaba como límite externo y fuente de presión sistémica.

Como señaló Eric Hobsbawm, con el hundimiento de la URSS el capitalismo dejó de tener miedo. Desde los años ochenta, la ofensiva neoliberal ha desmantelado progresivamente los mecanismos de regulación, redistribución y control democrático de la economía, permitiendo que la lógica de la acumulación opere sin apenas contrapesos. El resultado es el escenario actual, caracterizado por una desigualdad obscena y persistente, que Nancy Fraser ha definido como un capitalismo caníbal (y yo como necronomía), capaz de devorar no solo el trabajo, sino también la naturaleza, los cuidados y las propias bases sociales que hacen posible su reproducción.

Eat the rich

Al leer el World Inequality Report, la sensación que se impone es la de una ironía trágica muy cercana a la de Jonathan Swift en Una modesta proposición. En ese breve y célebre panfleto satírico publicado en 1729, Swift finge proponer, con absoluta seriedad y lenguaje economicista, que los niños pobres de Irlanda sean vendidos como alimento para los ricos, presentando esta barbaridad como una solución racional al hambre, la pobreza y la “carga” que los pobres suponen para la sociedad. Al llevar hasta el absurdo extremo la lógica utilitarista y mercantil de su tiempo, Swift buscaba denunciar la deshumanización implícita en un orden social que trataba a los pobres como excedentes económicos.




Algo similar ocurre hoy, aunque sin necesidad de recurrir a la sátira. Los datos del World Inequality Report describen un mundo en el que la mitad más pobre de la humanidad apenas posee nada, mientras una minoría ínfima concentra una riqueza difícil incluso de representar. La diferencia con Swift es perturbadora: lo que en el siglo XVIII necesitaba del recurso literario de la hipérbole, hoy se presenta como un resultado “normal” del funcionamiento de la economía global, legitimado por gráficos, modelos y discursos tecnocráticos.

En este contexto, el lema “Eat the rich” deja de ser una provocación o un simple eslogan radical para adquirir un significado simbólico preciso. Su origen es difuso, pero hunde sus raíces en una tradición larga: la advertencia ilustrada atribuida a Rousseau —cuando los pobres no tengan nada que comer, se comerán a los ricos—, la retórica socialista y anarquista de los siglos XIX y XX, y su posterior resignificación en la contracultura y los movimientos anticapitalistas contemporáneos. Si el capitalismo —en su fase financiarizada y neoliberal actual— se comporta de forma caníbal, devorando trabajo, naturaleza y cuidados, el lema invierte irónicamente la metáfora: señala a quienes, en sentido estructural, ya están “comiéndose” al mundo.


¡Cómanse a los ricos!

En ese sentido, tanto Una modesta proposición como el lema “Eat the rich” funcionan como dispositivos de desvelamiento que obligan a mirar de frente una realidad que el lenguaje económico tiende a neutralizar. Frente a los gráficos asépticos y las medias estadísticas, recuerdan que la desigualdad no es un fenómeno abstracto, sino una relación social atravesada por poder, violencia estructural y decisiones históricas. Y que, cuando esas relaciones alcanzan proporciones obscenas, la ironía mordaz puede ser una de las pocas formas eficaces de decir la verdad.

En el siglo XVIII, la brutalidad del orden social aún necesitaba ser denunciada mediante la sátira para resultar visible; en el siglo XXI, la obscenidad de la desigualdad convive sin escándalo con la normalidad institucional. El problema ya no es solo que existan propuestas “modestas” para gestionar la pobreza o la exclusión, sino que el propio sistema haya naturalizado niveles de desigualdad que hacen que esas ironías resulten cada vez menos exageradas.


Fuente: El Salto

jueves, 10 de julio de 2025

La historia del capitalismo es una historia de genocidios recurrentes

 

 Entrevista de Adrià Rodríguez  
      Investigador y técnico de proyectos. Máster en Documental Creativo y en Decrecimiento, Ecología Política y Justicia Medioambiental (UAB).


Hablar con Jason W. Moore (Oregón, 1971) es hablar de capitaloceno, concepto que propuso para “ridiculizar el pensamiento autoritario que se remonta a Malthus a finales del siglo XVIII”, donde la superpoblación era la fuente de la desigualdad


     Para el historiador, geógrafo y profesor de Sociología, el cambio climático es responsabilidad de la clase capitalista y de esas 150 empresas transnacionales responsables de más del 70% de las emisiones mundiales de carbono y gases de efecto invernadero desde 1850. La crisis climática, concluye, es una cuestión laboral, una guerra de clases.


Vicente Cutanda - Una huelga de obreros en Vizcaya (1892).

En esta entrevista, Moore también desarrolla la idea de ‘naturaleza barata’ y los “los intentos, desde arriba, de devaluar la vida humana”. También analiza el genocidio en Gaza –“singular, pero no excepcional”– y facilita herramientas clave para organizar movimientos antisistémicos que puedan dar respuesta a un capitalismo en crisis.


Jason W. Moore. Historiador y geógrafo.

Quisiera empezar preguntándole por el concepto que ha desarrollado de “naturaleza barata”. ¿De qué manera este concepto es relevante hoy en día para abordar la crisis ecológica?

El capitalismo es un sistema de naturaleza barata. La naturaleza barata incluye no solo los suelos y los arroyos, los campos y los bosques, sino que incluye la fuerza de trabajo humana. La historia del capitalismo, desde Colón en 1492 hasta nuestros días, es la historia de una lucha por la naturaleza barata. La naturaleza barata incluye lo que yo llamo los cuatro elementos baratos, o los cuatro baratos: trabajo barato, alimentos baratos, energía barata y materias primas baratas. Para que el capitalismo pueda superar sus crisis necesita reducir el precio de la fuerza de trabajo, los alimentos, la energía y las materias primas, y al mismo tiempo aumentar su volumen. La naturaleza barata no consiste solo en cómo los capitalistas hacen bajar el precio de estos cuatro elementos, también es un proceso de devaluación en el sentido del término en inglés “cheapening”, relativo a privar de dignidad y respeto. Esto es lo que todos los grandes imperios hicieron: devaluar la vida y el trabajo de la gran mayoría.

¿Qué implica incluir la fuerza de trabajo como parte de la naturaleza barata?

A pesar de que hoy se habla de que la humanidad es la causa del cambio climático, la realidad es que durante la mayor parte de la historia del capitalismo casi toda la humanidad fue ubicada en el reino de la naturaleza. En palabras de la gran economista política Maria Mies, el capitalismo se nutre del trabajo no remunerado de las mujeres, la naturaleza y las colonias. Las fuentes de la naturaleza barata están en la trama de la vida, pero los mecanismos para producir y extraer naturaleza barata implican la dominación y la opresión. Por lo tanto, cuando hablamos de naturaleza barata no solo nos referimos a la naturaleza biofísica y biológica, sino también a los intentos, desde arriba, de devaluar la vida humana y el conjunto de la trama de la vida.




Recientemente ha escrito sobre el fin de esta naturaleza barata, el fin del proceso histórico por el cual el capitalismo no paga sus cuentas. La economista Daniela Gabor analiza cómo los poderes públicos reducen el riesgo de los privados invirtiendo sumas de dinero cada vez mayores para desplazar la crisis ecológica. ¿Hasta qué punto podemos decir que el dinero barato es una estrategia para evitar el fin de la naturaleza barata?

Desde finales de 1980 hasta hace quizá tres años, la era neoliberal estuvo marcada por una política monetaria expansiva de dinero barato. Lo vimos en Japón, en Europa o en Estados Unidos. Hoy, eso parece haber terminado. Y esto nos dice algo importante en respuesta a su pregunta: el capitalismo nunca resuelve sus crisis. Simplemente, las desplaza de un lado a otro. Pero solo las puede desplazar moviéndose hacia nuevas fronteras de dinero barato, trabajo barato, comida barata, energía barata, materias primas baratas y residuos baratos. Todas esas fronteras hoy han sido cercadas. La fuente de la vitalidad del capitalismo era moverse hacia nuevas fronteras y luego organizar nuevas y vastas revoluciones industriales. Hoy esto ha terminado, definitivamente.

Hoy también asistimos al fin de la comida barata. Desde 2008, los precios de los alimentos se han disparado en todo el mundo, principalmente debido a que el capital huyó de la crisis de las hipotecas subprime a la bolsa de Chicago para especular con materias primas y alimentos. Los poderes públicos están invirtiendo enormes sumas de dinero para contener los precios de los alimentos, porque saben que es una de las causas del malestar social. Esto está acelerando la concentración de poder en las grandes empresas agroindustriales y acelerando la crisis ecológica, que a su vez aumenta el precio de los alimentos. ¿Cómo romper esta espiral?

Analicemos la relación del capitalismo con la agricultura. Si nos remontamos al siglo XVI podemos ver que el modelo de revolución agrícola lanzado por el capitalismo fue exitoso. Lo que hizo fue producir cada vez más alimentos con cada vez menos fuerza de trabajo. Eso liberó a la mano de obra para trabajar en fábricas y astilleros, para trasladarse a las ciudades e impulsar el desarrollo económico moderno. Todas las grandes épocas doradas, desde la inglesa y la holandesa en los siglos XVI y XVII hasta el siglo estadounidense, se basaron en una revolución agrícola que logró producir más y más alimentos para que su precio bajara, haciendo que el precio de la fuerza de trabajo también disminuyera. La relación entre la alimentación y la fuerza de trabajo es muy estrecha, ya que el precio de los alimentos condiciona el precio de la mano de obra. Esa era ha terminado. Lo sabemos por la progresiva desaceleración de la productividad agrícola en todo el mundo, especialmente en las áreas que fueron el corazón de la revolución verde, como Estados Unidos o India. La alimentación es una de las principales cuestiones políticas del presente, una cuestión de orden social y de inestabilidad política. Dos de las principales revoluciones de la historia mundial moderna, la francesa y la rusa, fueron provocadas por problemas alimentarios. El cambio climático ahora hace imposible una nueva revolución agrícola capitalista en los términos que he descrito.

Quisiera que profundizáramos en el concepto de capitaloceno y en qué propone desde un punto de vista analítico.

El antropoceno significa, literalmente, la era del hombre. Se presenta como un hecho evidente, como una nueva era geológica. En realidad, se trata de un argumento político escondido bajo el espejismo de la buena ciencia. No hay nada original en el concepto de antropoceno. No es más que un cambio de nombre del holoceno. El concepto de capitaloceno es una provocación. Es un intento de burlarse y ridiculizar el pensamiento autoritario que se remonta a Malthus a finales del siglo XVIII. Malthus pensaba que la superpoblación era la fuente de la desigualdad, lo cual era muy conveniente para él y sus amigos ricos, porque así no tenían que asumir ninguna responsabilidad por el marcado aumento de la desigualdad en Inglaterra a finales del siglo XVIII. Según su lógica, la desigualdad no era culpa de los capitalistas, de la explotación ni de los cercamientos, era culpa de la naturaleza y la ley natural, de que, según ellos, los pobres tenían demasiados hijos. Otras versiones de este argumento aparecerían posteriormente. A finales del siglo XIX, otro período de profunda revuelta social, fue el darwinismo social y la revolución eugenésica. En 1968, en el momento de las revueltas del Tercer Mundo y en el Occidente imperialista, tenemos un medioambientalismo dominante, lo que Martínez-Alier llama el medioambientalismo de los ricos. Cada vez que la clase dominante se ve amenazada, vuelve a la idea de la naturaleza y la ley natural porque es más fácil justificar ideológicamente la guerra, la violencia y la desigualdad a través de un conflicto eterno entre el hombre y la naturaleza, que explicarlo a través de una guerra de clases entre la gran mayoría, campesinos y trabajadores, y la clase capitalista.

¿Y desde un punto de vista político? ¿De qué manera diría que el capitaloceno es fundamental para las formas actuales de organización y para los movimientos antisistémicos actuales?

El capitaloceno dice que los orígenes de la crisis climática se remontan a la era de Colón. La aniquilación de las poblaciones del nuevo mundo para esclavizarlas contribuyó al severo cambio climático del siglo XVII. El capitaloceno también es una manera de decir que el cambio climático es responsabilidad de la clase capitalista, del 1% o, actualmente, del 0,1%. Y que los responsables del cambio climático tienen nombres y direcciones. Basta pensar en las 150 empresas transnacionales responsables de más del 70% de las emisiones mundiales de carbono y gases de efecto invernadero desde 1850. Al igual que con la trata de esclavos, sabemos quién es el responsable de la crisis climática. Es un crimen contra la humanidad, un ecocidio. Y los responsables deben rendir cuentas. Tienen nombres y direcciones, sabemos quién ha cometido el delito, podemos tomar medidas. Por lo tanto, el capitaloceno es una forma de señalar que los problemas de la vida planetaria y de la crisis climática pueden atribuirse a las clases capitalistas del Occidente imperial.

Antes ha mencionado la obra de Maria Mies y su análisis de cómo el capitalismo se apropia del trabajo de las colonias, de las mujeres y de la naturaleza. En su pensamiento usted ha desarrollado una idea similar, la distinción entre apropiación y explotación, que también ha hecho Nancy Fraser. Esta distinción es fundamental para construir alianzas entre el movimiento ecologista y otras luchas como las sindicales o las luchas por la vivienda ¿De qué forma piensa que esta distinción puede ser políticamente útil?

No hay luchas ecológicas separadas de la cuestión laboral. Ese es el primer argumento que deben plantear los socialistas; que la crisis climática es una cuestión laboral, como dice Matthew Huber, una guerra de clases. El racismo, el sexismo y el imperialismo existen con un solo propósito: aumentar la tasa de ganancia y ampliar las posibilidades de acumulación de la superclase planetaria. Lo que hizo Maria Mies, la gran socióloga feminista y marxista alemana, fue llamar nuestra atención sobre las dinámicas de la opresión y el trabajo no remunerado en la formación de las clases trabajadoras. El proletariado, la clase obrera, no se define solo por la relación laboral asalariada. Todos los hogares de la clase trabajadora dependen de grandes cantidades de trabajo no remunerado. Se trata de una estrategia de naturaleza barata que reduce el precio de la fuerza de trabajo. El tiempo de trabajo socialmente necesario está determinado por procesos políticos de dominación que extraen el trabajo no remunerado socialmente necesario de las mujeres, la naturaleza y las colonias. El capitalismo no es, en sentido estricto, un sistema económico. Contiene un sistema económico, pero es un sistema social que organiza la trama de vida y que va mucho más allá del control de cualquier civilización, de los ciclos solares, de la órbita de la tierra, de las erupciones volcánicas.

La crisis capitalista y ecológica se despliega a través de lo que Neil Smith describió como desarrollo desigual. Este desarrollo desigual es causa y consecuencia de la competencia interna del capital. ¿En qué punto nos encontramos 40 años después de que Neil Smith escribiera su libro?

La dinámica competitiva, que está en el corazón del capitalismo, ha terminado. En todos los principales sectores económicos del mundo dominan cuatro, quizás cinco empresas. Da igual si nos fijamos en los contratistas militares, en las grandes empresas farmacéuticas, en los medios de comunicación, en la fabricación de automóviles o en las grandes empresas tecnológicas; hay cuatro o cinco empresas por sector. Esto es lo que los estudiosos han llamado capitalismo monopolista, pero lo que vemos hoy supera su imaginación más descabellada. Entonces, ¿qué tipo de capitalismo es este? Es un capitalismo zombi. Bajo el capitalismo zombi, las bases de vitalidad han desaparecido, pero el cuerpo permanece. El capitalismo está muerto por dentro, pero permanece para alimentarse del cerebro de los vivos. Así lo ha descrito Nancy Fraser en El capitalismo caníbal.

¿Qué papel tienen los poderes públicos en sostener las contradicciones inherentes al capitalismo zombi?

Los Estados Unidos han participado en aproximadamente 170 intervenciones militares desde 1999. A medida que la crisis climática se intensifica, también lo hace la maquinaria de guerra que viene de Washington. Los ambientalistas deben tomarse esto muy en serio. La capitalización bursátil de las 50 empresas más grandes del planeta equivale al 30% de toda la actividad económica del planeta. Este es un nivel de centralización extrema y está relacionado con la asociación extremadamente interrelacionada entre el capital y los Estados. En los Estados Unidos, en la relación entre Goldman Sachs, Wall Street y la Casa Blanca, o entre Silicon Valley y la Casa Blanca, o entre los contratistas militares y la Casa Blanca, siempre vemos a las mismas personas. Esto plantea cuestiones fundamentales sobre la democracia, incluso sobre la democracia limitada que se nos ha otorgado bajo el capitalismo. En todo el mundo presenciamos una crisis de la democracia liberal que tiene sus raíces en el fin de la naturaleza barata. No se puede superar, no se superará. Lo que tendrá éxito es alguna forma de acumulación con la política al mando, que por cierto es la condición normal de la civilización antes del capitalismo.

Está hablando de la era de la guerra y de su relación con el colapso ecológico. ¿De qué manera el genocidio en Gaza está relacionado con el ecocidio?

Gaza es singular, pero no excepcional. La historia del capitalismo es una historia de genocidios recurrentes. La lógica básica del imperialismo es la de un proyecto civilizador –por supuesto, lo digo con sarcasmo– que establece dos zonas. Una zona en la que impera una regularidad similar a la de una ley en los centros imperialistas, y zonas de sacrificio en todos los demás lugares. ¿Y quién habita las zonas de sacrificio? Los salvajes –así piensan los imperialistas, así es como hablan–. Primero eran salvajes, más tarde fueron subdesarrollados. Así es como los imperios se ven a sí mismos, como civilizadores. ¿Y a quién están civilizando? A los salvajes, los humanos que no son del todo humanos, que no están preparados para los mercados, para la democracia, para la civilización. Debemos enseñarles, dicen, y si no se les puede enseñar, hay que borrarlos de la faz de la Tierra. Todo esto es, al pie de la letra, la retórica del Gobierno israelí para ejecutar sus crímenes en Gaza. Los alemanes de la Segunda Guerra Mundial tenían la misma retórica. Los británicos en la India tenían la misma retórica. Podemos dar innumerables ejemplos, ya sea del imperio estadounidense, el imperio británico o el imperio holandés antes que ellos. Esta es también la historia de los genocidios indígenas que se sucedieron durante los siglos XIX y XX en América del Norte. Esta dinámica que acabo de describir es también la dinámica de cómo se producen naturalezas baratas, cuando los seres humanos se convierten en parte de la naturaleza y se les trata como un objeto prescindible, como algo que se puede dominar en aras del beneficio.

A lo largo de su trabajo ha desarrollado el concepto de ecología-mundo, tratando de describir cómo, en las distintas eras del capitalismo, el trabajo, la energía, la alimentación y la naturaleza se combinan de diferentes maneras. ¿Qué formas de resistencia imagina o cree que necesitamos en esta etapa de la ecología-mundo?

Necesitamos todas las formas de resistencia, aún más importante, no basta con resistirse. Históricamente, la expansión y el crecimiento del capital a lo largo de los siglos permitieron un modesto proceso de reformas graduales, sobre todo en el Occidente imperial. Algunas partes de la población mundial podrían ser cooptadas dándoles unas cuantas zanahorias más, metafóricamente hablando. Cuando no tienes zanahorias, solo tienes palos. Hoy no hay más zanahorias. Y una cosa que sabemos históricamente, hay un gran libro de Walter Scheidel titulado The Great Leveler en el que se expone este punto, es que ninguna redistribución de la riqueza y el poder de los ricos a los pobres ha ocurrido nunca sin violencia. Eso no se debe a que la gente sea violenta, sino a que las clases dominantes quieren conservar su riqueza y su poder por cualquier medio necesario. El contexto del fin de la naturaleza barata plantea cuestiones políticas nuevas y espinosas para los movimientos sociales de principios del siglo XXI. Debemos desarrollar una estrategia política que vaya más allá de la política fallida del horizontalismo, para que el poder político extienda la democracia en este momento de crisis.


Fuente: ctxt