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sábado, 9 de mayo de 2026

La ONU contra Irak: historia del desmantelamiento de un país

 

 Por Guillermo di Marco    
      Periodista de Descifrando la Guerra.

     En 1979, Sadam Hussein, que ya era desde hacía años la persona más influyente del partido gobernante Baaz, alcanzó la presidencia de Irak. Pocos meses después declaró la guerra a Irán, aprovechando que el país persa se encontraba aislado diplomáticamente por la Revolución Islámica que había acabado con el sistema del sah y había encumbrado a los ayatolás.


La guerra entre Irak e Irán fue uno de los conflictos más cruentos de la segunda mitad del siglo XX, con miles de muertos en ambos bandos.

Si bien las autoridades iraquíes habían previsto una contienda rápida, el conflicto se estancó y las fuerzas armadas iraquíes fueron puestas a la defensiva durante varias etapas de la misma.

A la guerra con Irán, devastadora en términos humanos, hay que añadir la que enfrentaba al Estado contra las guerrillas kurdas al norte del país, que se oponían a los planes de arabización llevados a cabo por el gobierno baazista. Justo antes del final del conflicto con Irán, que concluyó en agosto de 1988, Bagdad emprendió una campaña militar dentro de su propio territorio, conocida como Al-Anfal.

Con el objetivo de acabar con la base social de la guerrilla, las fuerzas armadas iraquíes asesinaron a miles de civiles kurdos, generando en el proceso cientos de miles de desplazados internos y de refugiados. El uso masivo de armas químicas fue, además, una de las características principales tanto del genocidio kurdo como de la estrategia bélica contra Irán.

Asimismo, en agosto de 1990, Sadam Hussein ordenó la invasión de Kuwait. El Consejo de Seguridad de la ONU respondió imponiendo una serie de sanciones económicas a Irak que darían inicio a una larga década de restricciones, bloqueos y tutelas que solo acabaron una vez consumada la invasión estadounidense de 2003. En noviembre de 1990, la ONU aprobó también la utilización del uso de la fuerza contra el país para forzarle a retirarse de Kuwait.

Entre enero y febrero de 1991, una amplia coalición internacional bombardeó las infraestructuras clave de Irak, cumpliendo virtualmente las amenazas que el secretario de Estado de la administración estadounidense, presidida entonces por George Bush padre, había hecho al ministro de Exteriores iraquí, Tariq Aziz: “Vamos a devolver a Irak a la era preindustrial”.

Las sanciones fueron pensadas para que afectaran a toda la economía iraquí. Su aplicación puede dividirse en dos etapas distintas: la primera, la más severa, abarcó desde su aprobación hasta 1996, cuando empezó a aplicarse el programa “Petróleo por Alimentos”; la segunda duró hasta el levantamiento de las sanciones, en 2003.


El régimen de sanciones de la ONU contra Irak terminó provocando una grave crisis humanitaria en un país ya devastado por las guerras.

En el Kurdistán Iraquí, convertido en región autónoma tras la tregua, esta situación se conjuró con un conflicto civil que enfrentó a las dos principales fuerzas político-militares kurdas y que generó unos 250.000 desplazados internos.

Las sanciones de la ONU contra Irak

La primera fase de las sanciones consistió en una gama de medidas muy variadas. Se creó un Comité de Sanciones en la ONU para gestionar las reparaciones impuestas a Bagdad y se establecieron oficinas cuyo objetivo era asegurarse que Irak no desarrollara armas de destrucción masiva.

El país salió de la guerra de 1991 en un estado de enorme vulnerabilidad. Su infraestructura civil estaba enormemente dañada –incluyendo las plataformas de extracción de petróleo, la principal fuente de ingresos– y se enfrentaba a una segunda posguerra sin haber cerrado aún la primera.

De entre todos los datos resaltan, por ejemplo, la enorme caída en la producción de alimentos en Irak en la década de 1990: entre 1989 y 1996, la producción de trigo y de cereales se redujo casi un 50%, siendo ambos productos esenciales en la dieta local.

La producción de maíz cayó alrededor de un 70% en dos años y la de arroz entorno a un 25%. La carne, por su parte, desapareció de la mesa de los iraquíes: la producción de carne bovina se redujo entorno a un 75% y la de ave cerca de un 90%.

Todo esto vino acompañado, evidentemente, por un aumento exponencial del desempleo, del precio de los alimentos y, por lo tanto, de la desnutrición crónica, que en 1999 afectaba a cuatro de cada cinco niños iraquíes. La reducción de la producción de alimentos se generaba, además, en un país que antes de la guerra importaba el 70% de los alimentos que consumía.

La destrucción de la infraestructura civil se notó en todos los niveles. Las plantas de energía iraquíes sufrieron numerosos bombardeos –los dos embalses hidroeléctricos habían sido inutilizados durante la guerra contra Irán– y de 120 operativas antes de la guerra de 1991 tan sólo 50 seguían funcionando tras acabar el conflicto: de 9.295 megavatios habían pasado a producir 2.325.

Esto afectaba a toda la sociedad y en todos los niveles, pues los cortes de luz alcanzaban a durar entre 10 y 12 horas, lo cual dificultó la atención sanitaria en muchos aspectos, limitó la capacidad de la población y de las autoridades de almacenar alimentos, retrasó todo tipo de gestiones administrativas, impidió el uso de calefacción y aire acondicionado en lugares con climas muy fríos en invierno o muy calurosos en verano, etcétera.

Con la infraestructura del agua pasó algo similar. La escasez de agua potable se volvió crónica debido a la ruptura de tuberías y depuradoras y los vertidos en los ríos. Esto afectó a los cultivos, al ganado y, por supuesto, a las personas. Un informe de UNICEF de 1998 concluyó que el consumo de agua per cápita había descendido entorno a un 63% en todo el país.

El empleo de agua contaminada fue tan común que otro estudio de la oficina estipuló en el año 2000 que “casi la mitad de los niños de menos de cinco años había tenido diarrea en ese mes durante dos semanas”.


Un retrato de Saddam Hussein con varios impactos de bala.

Los medicamentos, como los instrumentos químicos potabilizadores, sufrieron un embargo especialmente riguroso por parte del Consejo de Seguridad debido a su posible doble uso, es decir, su potencial empleo para fabricar armas químicas. Irak era dependiente de la importación para conseguir gran parte de sus medicinas y el embargo impidió que hubiera existencias en el país.

La escasez de medicamentos se coaligaba con la falta de agua limpia, el estado ruinoso de parte de la infraestructura sanitaria, la destrucción de los servicios de basuras –antes de la guerra, la ciudad de Bagdad disponía de 800; casi una década después, apenas tenía 80–, la desnutrición y las heridas de las guerras tensionaban enormemente los escasos medios sanitarios disponibles.

Cabe destacar, de hecho, que en el Kurdistán había un número indeterminado de supervivientes de ataques con armas químicas que no pudieron recibir el tratamiento requerido.

La mortandad aumentó en toda la población, especialmente la infantil y la de las mujeres en el momento del parto, por las condiciones externas en que muchas tenían que hacerlo y su debilidad física debido a la deficiente ingesta calórica y de nutrientes.

El plan "Petróleo por Alimentos" en Irak

En 1995, el Consejo de Seguridad empezó a ceder ante las denuncias que alertaban de las terribles condiciones de vida de los iraquíes. Los representantes de Estados Unidos y Reino Unido, reticentes a cualquier tipo de aligeramiento de las sanciones, aceptaron que la ONU llevase a cabo un plan: “Petróleo por Alimentos”, que permitió a Irak vender al menos una parte de su crudo para comprar, de manera controlada, bienes de primera necesidad.

El plan empezó a aplicarse en 1996. Para entonces, la capacidad de exportación de petróleo de Bagdad era escasa, pues la falta de recambios y de distintos materiales había impedido al gobierno rehabilitar debidamente las plantas dañadas, cuya producción se veía afectada también por otros condicionantes como los constantes cortes de luz.

El programa permitió, sin embargo, que empezaran a entrar en el país algunos suministros básicos que paliaran la crisis humanitaria, si bien con numerosos retrasos y restricciones impuestos por el Consejo de Seguridad.

Los representantes de Estados Unidos y Reino Unido argumentaban que el relato de la situación de miseria de la población en Irak eran exageraciones de Sadam Hussein y que la pobreza de sus habitantes se debía a la corrupción del gobierno. Tuvieron una relación tensa con la Oficina del Coordinador de las Operaciones Humanitarias de la ONU en la capital, cuyo objetivo era gestionar los envíos, supervisar su distribución y hacer estudios de campo.

Las distintas dimisiones de los principales responsables de este órgano reflejan las tiranteces entre el mismo y el Consejo de Seguridad y el Comité de Sanciones, que retenía el 30% de los beneficios de la venta del petróleo iraquí en concepto de reparaciones de guerra.

De los ingresos provenientes de la venta del crudo hay que restar otras partidas como la que estaba destinada a financiar el gigantesco despliegue de la ONU en Irak u otras dedicadas a pagar los numerosos bienes defectuosos o caducados que llegaban al país y que eran imposibles de devolver debido a las trabas burocráticas.

La magnitud de las retenciones dependió de la fase, la partida y el lugar a la que el bien estuviera destinado, pero siempre constituyó un obstáculo que podía retrasar durante años la llegada de unos suministros que podían acabar siendo recibidos en mal estado.

En 1998, según denunció el entonces Coordinador de las Operaciones Humanitarias de la ONU, Hans C. Von Sponeck, hasta el 73% de los artículos solicitados por el Ministerio de Enseñanza Superior de Irak fueron retenidos.

La situación de la población no mejoró. En 1998, una sequía que duró tres años volvió a limitar los alimentos y el agua disponible. Para más inri, a esta situación se sumó la operación Zorro del Desierto, una campaña de ataques aéreos liderada por la administración Clinton que dañó de nuevo numerosas infraestructuras civiles.

La complejidad de los procedimientos administrativos para los contratantes extranjeros, la obstrucción constante por parte de los representantes de Washington y Londres y la corrupción de la administración iraquí lastraron la eficacia de un programa ya de por si insuficiente.

Según el Banco Mundial y la ONU, cualquier persona que dispone de menos de 180 dólares cada seis meses –es decir, un dólar al día– vive "en la más absoluta miseria". Sin embargo, el valor total del suministro humanitario que llegó a Irak durante los seis meses correspondientes a la «fase V» de 1998 –incluyendo alimentos, medicamentos, piezas de recambio o material escolar– ascendió a apenas 53 dólares por persona.


Un oleoducto iraquí devastado como consecuencia de los ataques de Estados Unidos durante la invasión de 2003.

A finales de la década, una estimación de la Oficina del Coordinador Humanitario de la ONU indicó que en Irak había “entre un 60 y un 75%” de desempleo. El empleo que existía, por otra parte, estaba mal pagado y apenas permitía cubrir las necesidades básicas.

El sistema educativo colapsó casi por completo y su recuperación fue lenta  e incompleta. El embargo afectaba a las publicaciones científicas y el material electrónico era muy escaso. La desnutrición infantil, la compleja situación económica o habitacional de muchas familias y el escaso presupuesto y material disponible dificultaban enormemente un proceso educativo que tampoco ofrecía salidas laborales.

El Kurdistán iraquí recibió dos partidas especiales que no recibieron las provincias administradas por Bagdad: una destinada a habitabilidad y otra a la remoción de minas.

La primera era necesaria no sólo por los desplazados internos generados por el conflicto civil, sino también porque la escasez de vivienda funcional llevaba siendo un grave problema para la población kurda desde la campaña Al Anfal de 1988, cuando el gobierno de Sadam Hussein no sólo exterminó a decenas de miles de personas, sino que destruyó miles de aldeas peinando regiones enteras de manera meticulosa.

Por otro lado, la remoción de minas era esencial porque la zona kurda había sido un frente de guerra muy activo y los montes Zagros estaban plagados de ellas. Su eliminación era imperativa para que los pastores y los agricultores pudieran ejercer sus oficios de manera segura.

Existió un desequilibrio en el reparto de bienes humanitarios a favor de las zonas kurdas desde el principio de la aplicación del programa “Petróleo por Alimentos”. El gobierno iraquí y distintos cargos de la ONU denunciaron estos hechos asegurando que Estados Unidos y Reino Unido trataban de fragmentar al Estado reforzando a la región secesionista.

Al comienzo de la invasión estadounidense de 2003, el régimen de sanciones seguía vigente. Los organismos de la ONU encargados de supervisar que Irak no desarrollara armas de destrucción masiva habían retenido numerosos envíos del exterior, revisado la distribución de bienes de doble uso y realizado numerosas inspecciones en distintas instituciones del país; todo sin encontrar evidencias de que Bagdad estuviera incumpliendo ningún tratado.

El fin de las sanciones

Los 13 años de sanciones dejaron miles de muertos y millones de afectados. Tanto Hans Von Sponeck como Dennis Halliday, que fueron coordinadores de las Operaciones Humanitarias de la ONU en Irak y que acabaron dimitiendo, coinciden en que la población iraquí fue condenada por el Consejo de Seguridad con el objetivo de provocar un cambio de régimen o, al menos, impedir que el Estado iraquí recuperara las capacidades previas a la guerra de 1991.

Además, como denuncian ambos funcionarios de Naciones Unidas, estas medidas estaban acompañadas de una intensa labor propagandística que acusaba al gobierno baazista de ser corrupto, ineficaz y el único responsable de la miseria en la que vivían los habitantes de su país.

Von Sponeck no niega la corrupción sistémica y las prioridades cuestionables de Sadam Hussein –que, al fin y al cabo, había declarado dos guerras en diez años y había lanzado una campaña militar con objetivos genocidas contra su propia población–.

Lo que sostiene es que determinados organismos impidieron de forma sistemática la entrada de suministros básicos en Irak, boicoteando también la capacidad del país para recuperar parte de su dañada estructura productiva y cubrir, al menos parcialmente, las necesidades de la población.


Fuente: Descifrando la Guerra

miércoles, 29 de abril de 2026

Prepárense para el impacto

 

 Por Antonio Turiel   
      Físico, matemático y experto en energía. Trabaja en el Instituto de Ciencias del Mar del CSIC.


     Anticipar lo que va a pasar en las próximas semanas es una tarea harto difícil. Sin embargo, dada la acumulación de riesgos y la evolución de los diversos factores que afectan a la actual situación geopolítica, no es aventurado decir que vamos a vivir una crisis como no se ha visto jamás, por su extensión, alcance y duración.


Posición de seguridad-apoyo en asientos orientados hacia adelante.

No voy a entretenerme a valorar la inmensa cantidad de efectos y correlaciones que hay entre la infinidad de variables que están en juego. Me voy a fijar en unos pocos aspectos que ahora mismo están bastante claros, para transmitir una idea que es bastante sencilla: de manera inevitable, en el curso de las próximas semanas vamos a tener una gran escalada de precios, seguida de restricciones en el acceso a determinados productos y servicios, para acabar en una situación de verdadero racionamiento. En el caso más favorable, las medidas de racionamiento se tomarán en España a finales de este año; en el más desfavorable, en unas pocas semanas. Todo va a depender de la evolución de ciertos factores ahora mismo imponderables pero que tienen un curso muy negativo.

Vamos a ir a lo más básico: de acuerdo con la Agencia Internacional de la Energía, en el momento actual se ha detenido la extracción de unos 13 millones de barriles (Mb/d) de petróleo diarios en la zona del Golfo Pérsico, fruto de la incapacidad de darle salida a ese petróleo. Eso supone la desaparición del 13% de los aproximadamente 100 Mb/d que se producen en el mundo. Encima, la detención de la extracción de esos pozos, en campos ya muy maduros, va a implicar la pérdida definitiva de 1 ó 2 Mb/d para siempre debido a los procesos de compactación y cierre de la roca cuando se deja de inyectar agua a presión, y eso ya supone una pérdida muy significativa, en torno al 1-2% de la producción mundial. Además, los daños causados en terminales de carga, refinerías, oleoductos, gasoductos e inclusive algunos yacimientos van a suponer una ralentización del flujo de hidrocarburos durante años, que podrían suponer una pérdida adicional comparable durante ese período. Por tanto, incluso en el mejor de los casos nos enfrentamos quizá a una pérdida del 4% de la producción mundial durante años. Conviene recordar además que, como los países productores consumen ellos mismos un poco más de la mitad del petróleo que extraen, en términos del petróleo disponible a la venta (lo que es lo más importante para países netamente importadores como es España) esos porcentajes se tienen que multiplicar por 2. Por tanto, la interrupción de la extracción en la zona supone el 26% del petróleo exportado en el mundo, y de manera más o menos definitiva habremos perdido entre el 4 y el 8% del total de petróleo a la venta. Esos números nos pueden dar una idea de cómo de apurada es la situación de países importadores como el nuestro.

Pero la situación tiene el potencial de volverse mucho peor. EE.UU. está bloqueando el paso de petroleros iraníes, habiendo ya capturado algunos. Irán exporta 2 Mb/d, lo cual implica añadir otro 4% del petróleo exportado que faltaría, y ya llegamos al 30%. Además, si la situación bélica se recrudece, Irán puede atacar los oleoductos con los que Arabia Saudita y Kuwait están esquivando el Golfo Pérsico, lo cual retiraría hasta otros 7 Mb/d del mercado, o lo que es lo mismo, otro 14% menos. Eso sin contar con que, si EE.UU. lanza la ofensiva terrestre, la destrucción que puede generar Irán en la zona podría poner fuera de línea toda la producción de la región, que es de unos 27 Mb/d. Para más inri, estos países exportan la mayoría de su petróleo, unos 20 Mb/d, la mayoría de los cuales pasaban antes por el estrecho de Ormuz  aunque actualmente unos 7 Mb/d se desvían por oleoductos que hemos comentado. En ese caso, faltaría hasta el 40% del petróleo disponible a la venta (y por no hablar de que si esos países se quedan sin petróleo para producir y traer alimentos, conseguir agua o usar el aire acondicionado en verano, la expresión "catástrofe humanitaria" se va a quedar cortísima).

En resumen: en este momento no circula el 30% del petróleo que se exporta, en caso de recrudecimiento de la crisis ese porcentaje llegaría al 40%, e incluso si la guerra se detuviera ya y la situación se "normalizase", habríamos perdido por varios años o quizá para siempre entre el 4 y el 8%.

Es decir: en el mejor de los escenarios (se pierde solo el 4% del petróleo a la venta), vamos a una crisis económica más grave que la del 2008; en el peor (se pierde de manera duradera en torno al 40%), vamos a algo peor que la Gran Depresión de 1929.

¿En qué situación se encuentra España?

De acuerdo con los datos de la Corporación de Reservas Estratégicas de Productos Petrolíferos (CORES), España está consiguiendo comprar aproximadamente el 85% del petróleo que consume. Eso hace que el 15% que falta lo esté sacando de sus reservas, principalmente las comerciales. Antes de la guerra de Irán, España contaba con unas reservas estratégicas (del Estado) equivalentes a 30 días de consumo nacional, en tanto que las comerciales (de las compañías) equivalían a 65 días. En total, todas las reservas representaban 95 días de consumo nacional. En la actualidad, las reservas representan unos 83 días, y perdemos el equivalente a 0,15 días de consumo nacional cada día que pasa. Esto es, perdemos aproximadamente un día de reservas cada semana que pasa. Si no hay cambio de la situación, en unas 13 semanas (3 meses, es decir, a finales de julio) las reservas llegarán a 70 días y se activarán ciertas medidas restrictivas, que se irán endureciendo en función del descenso de las reservas.

España tiene una situación mejor que la de otros países europeos, porque aquí se han mantenido en funcionamiento las 9 refinerías que había, 8 en la península y una en Canarias. De ese modo, España tiene capacidad para refinar aproximadamente 1,3 Mb/d de petróleo y a partir de ello produce la práctica totalidad la gasolina y el diésel que consume, y el 83% del queroseno que se usa aquí. Por contraste, en Europa, a lo largo de los últimos 20 años se cerraron más del 40% de las refinerías porque salía más económico importar combustibles de Rusia y otros lugares, y eso hace que ahora Europa sea mucho más vulnerable a la actual situación, ya que en los mercados de la gasolina, el diésel y el queroseno hay mayor competencia entre la demanda, en tanto que los clientes del petróleo crudo son menos, ya que se necesita tener refinerías y éstas son instalaciones muy caras que no todos los países se pueden permitir tener.

El escenario que se dibuja no es excesivamente favorable para España, pero no se anticipa una disrupción inminente. Hay sin embargo ciertos riesgos que invitan extremar la cautela en las próximas semanas, y que probablemente van a provocar que se tomen medidas restrictivas e inclusive racionamientos más pronto de lo que se podría pensar.

  • Precio del petróleo: Durante el mes de abril, el Departamento del Tesoro de los EE.UU. ha manipulado las referencias que se toman como "precios del petróleo", a saber, los contratos de compra a futuro en el mes de junio tanto del petróleo Brent como el West Texas Intermediate. El volumen físico realmente extraído de estos dos tipos de petróleo es muy pequeño, apenas unos cientos de miles de barriles diarios, y por eso es un mercado más fácilmente manipulable. Se han comprado opciones de compra de petróleo en junio a un precio más caro y luego se han revendido a un precio más barato con el objetivo de conseguir contener el precio; primero se fijó un nivel de 90$ por barril y más tarde, cuando se vio que ésa era una referencia difícil de mantener, se tomó la de 100$/barril. Todo este "petróleo de papel" no deja de ser un mero instrumento especulativo sin conexión directa con el petróleo físico real que se comercia en los puertos, pero en general el precio de los futuros a 3 meses y el precio del petróleo en venta inmediata suelen ser muy parecidos, con unos pocos dólares por barril de diferencia. Hasta este mes de abril, claro.

Lo que hemos observado es que la separación entre el precio del petróleo físico y los futuros ha llegado a ser de más de 30 dólares por barril, fruto de esta manipulación por parte del Tesoro estadounidense. La razón de esta manipulación, que obviamente le ha costado cientos de millones de dólares al Departamento del Tesoro americano, es que lo que los noticiarios refieren como "precio del petróleo" es el del mercado de futuros, no el de venta inmediata, entre otras cosas porque el valor de este últimos es más difícil de conocer, ya que depende del país, puerto y entrega, y se tendría que registrar todos esos valores y hacer una media ponderada. Como esos "precios del petróleo" se utilizan como índices para muchos ajustes bursátiles, con esta maniobra el gobierno de los EE.UU. ha ganado tiempo para evitar el pánico de la bolsa. Pero el tiempo se acaba. Mañana, 30 de abril, se tienen que liquidar los contratos a futuro del Brent con entrega en junio. Por ese motivo, querido lector, habrá observado que desde que empezó esta semana el precio del petróleo (es decir, de los contratos de futuros a junio) ha ido subiendo progresivamente, siendo en el momento que esto escribo ya de 118$/barril. Entre hoy y mañana el precio tendrá que dispararse hasta que el precio de entrega inmediata y el del futuro se igualen prácticamente, porque si no lo hicieran alguien podría comprarlo para revenderlo inmediatamente más caro y ganar la diferencia. La huida hacia adelante que ha supuesto esta manipulación contable llega por tanto a su fin. Cuando acabe la jornada de mañana sabremos dónde se queda el Brent (para el WTI aún tendremos que esperar al 19 de mayo), pero no se extrañen si aterriza en los 140 ó 150$ por barril. Ese precio refleja la escasez real del petróleo físico en Europa, y lo peor es que ni siquiera es el techo, lo más probable es que acabe derivando, con el paso de las semanas, hacia los 200$ o más. En todo caso, con 150$/barril de Brent, espérense que lleguemos a precios del diésel ya cercanos a los 3 euros por litro.
 

  • Destrucción de la demanda: Éste es el único factor que puede servir para aliviar la actual situación de escasez. Con el precio de las gasolina y el diésel disparado, muchos negocios van a tener que cerrar, y eso implicará una caída de la demanda. El problema es que esperar que este mecanismo cierre una brecha en demanda del 15% del petróleo es prácticamente asumir un descenso de actividad industrial en un porcentaje similar, y por rebote y dependencias mutuas, un descenso del PIB que fácilmente superaría el 5% y hasta el 10%. Eso sería una verdadera debacle económica, así que lo más probable es que el Gobierno tome medidas inmediatas para contener la demanda de los particulares, que es lo que menos daño causa a la actividad económica. Por tanto, no sería en absoluto descartable que en las próximas semanas se tomen ya medidas restrictivas. El problema es que con esas medidas es dudoso que se consiga cerrar la brecha del 15% entre demanda y disponibilidad de petróleo en más de un 5% del total, y aún quedaría un 10% por cubrir. En tanto que no se cierre ese brecha, es inevitable que el precio suba, dado que lo que empuja el precio al alza es la incapacidad de cubrir toda la demanda.

  • Hundimiento económico de los países del Golfo: La actual estrategia americana de bloquear la salida de barcos iraníes (o de quién les haya pagado tributo) tiene como objetivo deteriorar la ya muy debilitada economía iraní, provocar protestas y revueltas internas y conseguir un cambio de régimen. Desgraciadamente para los americanos, el régimen iraní está demostrando ser muy resiliente y estar muy bien atrincherado, y más ahora que su ejército, la Guardia Revolucionaria, parece haberse hecho de facto con el control político del país. Sin embargo, la resiliencia del resto de países del golfo Pérsico, que son aliados de los EE.UU., es mucho más cuestionable. Ellos también están sufriendo económicamente por la guerra y el bloqueo de Ormuz. Es en este contexto que debe entenderse el anuncio de la salida de Emiratos Árabes Unidos de la OPEP pasado mañana, cuando la guerra no se ha acabado y el cierre del estrecho de Ormuz aún impide la salida de la mayoría de su petróleo. Emiratos es el único país que cuenta con una capacidad ociosa significativa, y cree que podría pasar de los 3 Mb/d de producción actual que le fija la cuota de la OPEP hasta los 5 Mb/d, es decir, 2 Mb/d más, un incremento del 66%. EAU está pensando que, en cuanto se desbloquee la situación actual, debe vender petróleo a la máxima velocidad posible para enjugar sus cuentas públicas. La situación de los EAU es un síntoma del problema de todos estos petroestados, que tienen sistemas políticos autoritarios y represivos, sin más políticas redistributivas que las que permitían los excedentes del petróleo. Un bloqueo prolongado de la situación actual puede acabar llevando a revueltas y levantamientos, y eventualmente a la caída de alguno de estos países, lo cual agravaría toda la situación a más largo plazo: simplemente, piensen en las consecuencias de una guerra civil en Arabia Saudita...

  • La poca fiabilidad del socio americano: Gracias a su política exterior agresiva y al aislamiento de Rusia respecto a Europa, EE.UU. ha conseguido incrementar hasta extremos inimaginables la cantidad de petróleo y gas natural que le vende a Europa. En realidad, EE.UU. nunca fue autosuficiente en petróleo, pero produce demasiado petróleo ligero mientras importa petróleo medio y pesado, y es en Asia y en Europa donde coloca sus excedentes del ligero. En cuanto el gas, EE.UU. sí que extrae más del que consume y es un verdadero exportador neto, aunque su exportación hacia Europa se tiene que hacer por buque metanero, lo cual encarece el producto final. En cualquier caso, como EE.UU. aún importa el equivalente al 40% de su consumo de petróleo, están igual de expuestos a la subida de precio del mismo que el resto del mismo. A medida que la situación en EE.UU. se vaya haciendo insostenible, es muy probable (yo diría que es prácticamente seguro) que la administración Trump decida primero limitar y después prohibir las exportaciones de gas y de petróleo. Recordemos que todo apunta a que la extracción de petróleo en los EE.UU. ya ha tocado máximos y empezará a caer con fuerza en los próximos años, y seguramente el gas natural seguirá sus pasos en breve; todo lo cual incrementa los incentivos de EE.UU para cortar en seco sus exportaciones. En el caso del petróleo, España actualmente importa el 14% del petróleo que consume de los EE.UU., lo cual prácticamente duplicaría la actual brecha entre suministro y demanda que tenemos aquí, y sin posibilidades reales de cerrarla: el resto de Europa estaría igual, y el ajuste que nos aplicaría el amigo americano nos acercaría a la media de 30% menos de petróleo disponible en el comercio mundial. En el caso del gas natural, el cierre de Ormuz prácticamente no ha afectado al suministro de España (de Catar, España obtenía menos del 2% de su suministro), pero el cierre del grifo americano sería demoledor, ya que importamos el 30% de nuestro consumo de allá. Por tanto, cuando EE.UU. empiece a aplicar restricciones a las exportaciones de hidrocarburos, la crisis va a tomar una dimensión completamente diferente en Europa y en España. Una en la que por primera vez vamos a ver lo que es estar en la media mundial: ni siquiera en lo peor, solamente en la media. Si llegamos a este punto (y no me parece para nada descartable, si la guerra no acaba), no sé qué va a ser de Europa...

 

Por terminar, cabe recordar que el cierre del estrecho de Ormuz está afectando también al tráfico de otras materias primas, como el gas natural, los fertilizantes nitrogenados, el azufre, el helio o el aluminio, todo lo cual tendrá también mucho impacto sobre la actividad económica mundial y española en particular. 

¿Qué podemos hacer en este escenario? Recordémoslo: No Normal. Ahora es el tiempo de actuar. Contacte con la comunidad que se está organizando cerca de Vd., y prepárese. Porque esto no es un simulacro.

Prepárense para el impacto.



Fuente: The Oil Crahs

lunes, 20 de abril de 2026

El Estrecho de Ormuz, cuello de botella del Golfo Pérsico

 

 Por David Señorán López   

      Técnico de Fondos en Tragsatec. Analista Internacional, Politólogo e Internacionalista.


     El Estrecho de Ormuz es un paso marítimo estratégico que separa Irán de la Península Arábiga y constituye la única salida del Golfo Pérsico hacia el Golfo de Omán y, posteriormente, el Océano Índico.


Basta con observar un mapa para comprender la importancia del Estrecho de Ormuz, que se erige como un cuello de botella en el golfo Pérsico, rodeado de países ricos en hidrocarburos y con Irán en posición de ejercer capacidad de bloqueo.

En su punto más angosto mide aproximadamente 55 kilómetros, lo que, sumado a su escasa profundidad y al intenso tráfico de buques, hace que solo existan dos canales navegables, convirtiéndolo en un claro cuello de botella.


Escasa profundidad del Estrecho de Ormuz.

El Estrecho de Ormuz ha sido históricamente un punto clave en la navegación y el comercio marítimos, una importancia que se ha visto acrecentada en la actualidad por su papel central en el transporte de hidrocarburos y otros recursos estratégicos.

Rodeado de los países con mayor producción de gas y petróleo del mundo, se estima que solo en 2025 alrededor del 25% del comercio de crudo por vía marítima se hizo a través de Ormuz, así como el 19% del gas licuado de petróleo (GLP). Si bien la inmensa mayoría de estos hidrocarburos se dirige a Asia, cualquier disrupción afecta gravemente al precio a nivel mundial, derivando en escasez y otros problemas asociados.


La importancia del Estrecho de Ormuz para las exportaciones a países del Lejano Oriente.

Esta importancia le otorga a países como Irán una oportunidad única para hacer valer sus intereses, al poder bloquear el paso mediante minas, ataques o distintas amenazas y alterar de forma drástica el flujo de hidrocarburos.

Al mismo tiempo, Teherán cuenta con varias islas estratégicas en las proximidades del estrecho, como Larak y Qeshm, lo que le permite proyectar con mayor intensidad sus capacidades militares y controlar los movimientos en la zona.


En el contexto de la guerra, Irán está construyendo una nueva arquitectura de seguridad y control marítimo sobre el Estrecho de Ormuz.

Irán y el control del Estrecho de Ormuz

Estas capacidades no son meramente teóricas, sino que han quedado plenamente demostradas tras los ataques de Estados Unidos e Israel contra el país persa. En respuesta, Teherán está haciendo uso de todas sus opciones, entre ellas el control del estrecho, afectando gravemente al precio global de la energía y a su disponibilidad en distintos países.


Desde la guerra contra Irak, Irán ha desarrollado un amplio arsenal de misiles como elemento disuasorio frente a Estados Unidos e Israel.

Asimismo, al imponer elevados peajes, pasa a influir de forma decisiva en las exportaciones de Estados como Irak, Kuwait, Catar o Baréin, que dependen de esta vía para transportar sus hidrocarburos al resto del mundo.

Sin embargo, conocedores de este riesgo, países como Arabia Saudí y Emiratos Árabes Unidos han creado rutas alternativas de exportación. La saudí, en dirección oeste a través del desierto hasta el mar Rojo, transporta petróleo y gas, mientras que la emiratí, en dirección este hacia el golfo de Omán, únicamente transporta petróleo.


Arabia Saudita restablece su oleoducto clave a 7 millones de barriles por día mientras se intensifica la construcción de un oleoducto de circunvalación en el Mar Rojo.

Si bien estas rutas alternativas les confieren mayor autonomía, no ofrecen una solución completa, ya que ya estaban siendo utilizadas parcialmente. Por ello, ante un bloqueo del Estrecho de Ormuz como el actual, el margen para incrementar su capacidad es limitado, especialmente en el caso de Emiratos Árabes Unidos.

Además de hidrocarburos, el estrecho de Ormuz también es una importante ruta para el trasporte marítimo de fertilizantes, diversos minerales, helio –del que Catar es uno de los mayores productores– y distintos recursos básicos tales como alimentos, manufacturas y productos de construcción.


El bloqueo del Estrecho de Ormuz y la guerra en el Golfo Pérsico encarecen los fertilizantes clave para la agricultura en India y Bangladés.

En definitiva, esta vía marítima constituye un cuello de botella de enorme importancia estratégica para el golfo Pérsico, Oriente Medio y el conjunto de la economía global, pero su funcionamiento normal no está garantizado.

Mediante el bloqueo, Irán ha evidenciado una capacidad inmensa de influencia y disuasión, poniendo una vez más de relieve la relevancia y fragilidad de las cadenas de suministro globales frente a conflictos internacionales en un contexto de un mundo altamente interpendiente y conectado.


Fuente: Descifrando la Guerra