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martes, 11 de agosto de 2026

Trump ataca el dólar (y puede que lo pagues tú con recortes)

 

 Por Iván H. Ayala   
      Economista y doctorando en la UCM, especializado en metodología económica, Unión Europea y financiarización.


Lo que ocurrió el 31 de julio es que el deudor más grande del mundo salió al mercado a defender la moneda de su acreedor y ahí esto deja de ser una historia de mercados, porque lo que se dirime es qué visión de la política económica gobernará la próxima década


Trump y Takaichi en el encuentro que se produjo en el Despacho Oval en marzo de 2026.


     El viernes 31 de julio el Tesoro de Estados Unidos compró yenes. Lo confirmó el secretario del Tesoro Scott Bessent y lo celebró el propio Trump ante la prensa. Es la primera intervención coordinada para comprar yenes desde 1998, con una cifra estimada de 36.000 millones de dólares en una sola jornada. Una amistad que cuesta cara.


‘Es bueno para la economía mundial’; ¿por qué es inusual que Trump haya intervenido junto a Japón para apuntalar el valor del yen?

Pero no se gastan 36.000 millones por fraternidad. Japón es el mayor acreedor exterior de Estados Unidos, con 1,24 billones de dólares en deuda del Tesoro. Lo que ocurrió el 31 de julio es que el deudor más grande del mundo salió al mercado a defender la moneda de su acreedor. Ningún manual de economía internacional describe esa operación. La pregunta es por qué.

La respuesta corta es que el circuito que hacía innecesaria la intervención se ha roto. Durante décadas, los tipos japoneses en cero expulsaban el ahorro hacia los Treasuries (títulos de deuda pública estadounidense), ese ahorro sostenía el dólar y abarataba la deuda americana, y todo se cerraba solo. Hoy el bono japonés a diez años paga cerca del 2,8%, máximo en treinta años, mientras que un Treasury, una vez pagado el seguro de cambio que cuesta el diferencial de tipos a corto, deja unos dos puntos en yenes garantizados.


El rendimiento del bono japonés a diez años sube al 2,81%, máximos de casi 30 años.

Una aseguradora japonesa con pasivos en yenes ya no tiene incentivo a comprar Treasuries, sino a venderlos y volver a casa: en el primer trimestre los inversores japoneses vendieron 29.600 millones en deuda americana, la mayor salida desde 2022. El ahorro japonés vuelve a casa porque por fin le pagan en casa.

Hasta aquí no hay política, hay aritmética. Pero la aritmética no explica por qué un ajuste que el sistema anterior habría digerido en silencio exige ahora un rescate con rueda de prensa. Ahí entra Trump. Su guerra en Ormuz encareció el crudo que alimenta la inflación japonesa y obliga al Banco de Japón a subir tipos, invirtiendo el diferencial que mantenía el ahorro japonés al otro lado del Pacífico.

Su guerra arancelaria y sus amenazas a quien busque alternativas al dólar han erosionado el papel del dólar como moneda de reserva. Y su asalto a la Reserva Federal, con Stephen Miran en el consejo y Kevin Warsh en la presidencia, ha puesto precio al riesgo de que la FED sea otro errático departamento de la Casa Blanca antes que a la estabilidad. El bono a treinta años en el 5,2%, máximo desde la crisis financiera, lo confirma.


El bono estadounidense a 30 años marca máximos no vistos desde 2007.

La ironía es que Trump dice querer sostener el dólar como moneda de reserva. Su doctrina, formulada por Miran, quiere un dólar más barato para recuperar la manufactura y a la vez un dólar que siga siendo la moneda mundial para financiarse barato y conservar la palanca geopolítica. El privilegio sin la carga. Pero la hegemonía nunca fue un decreto. Era un conjunto de condiciones, previsibilidad, un banco central creíble, acceso incondicional al activo seguro, y todo eso es lo que Trump está erosionando.

El detalle que vale más que la intervención está en la fontanería. Los Estados no acumulan reservas en billetes sino invertidas en deuda: para defender el yen a gran escala, Tokio tendría que vender Treasuries, y cada venta encarece la deuda de un Tesoro que ya paga un billón anual en intereses. La defensa del yen la acababa pagando Washington. Por eso Tokio anunció que podrá recurrir a la facilidad FIMA de la Reserva Federal y obtener dólares dejando sus Treasuries en prenda, sin vender un solo bono. La Fed queda instalada como aseguradora de última instancia del sistema entero, acreedor japonés incluido. La hegemonía del dólar, se ve ahora, nunca residió en que el mundo quisiera Treasuries, sino en que Washington controla el acceso a la liquidez de última instancia y decide a quién respalda y contra qué garantía. Administrar el colateral ajeno es lo que hace un hegemón cuando la hegemonía deja de ser gratis.

Y aquí esto deja de ser una historia de mercados, porque lo que se dirime es qué visión de la política económica gobernará la próxima década. Una es la anterior a 2008: banco central independiente controlando la inflación y política fiscal disciplinada a su servicio, la dominancia monetaria. La otra es la que la crisis obligó a improvisar: política fiscal activa y política monetaria sosteniéndola. De cuál se imponga dependerá que la respuesta se llame austeridad o se llame normalidad.

La lectura ortodoxa, la de John Cochrane, dice que el 5,2% es la prima que el mercado cobra elevados niveles de deuda pública y déficit que nadie corrige, y su mandato es la consolidación, recortes mandatados por los mercados. Es exactamente como se leyeron las primas de riesgo de España e Italia entre 2010 y 2012. Se recortó en sanidad, educación e inversión, y las primas siguieron subiendo. Lo que las hundió no fue ningún recorte sino tres palabras que Mario Draghi pronunció en julio de 2012 y de las que se han hecho hasta camisetas: whatever it takes. Bastó la existencia de un comprador de última instancia. Los mercados no cotizaban la deuda de nadie, cotizaban la ausencia de respaldo monetario, como demostró De Grauwe comparando países igual de endeudados con y sin banco central propio. Aquella lectura costó una década perdida, y no era neutral: la austeridad protege el valor de los títulos, disciplina al deudor y blinda al tenedor. Es la visión de los acreedores, y los acreedores tienen siempre incentivos para volver a imponerla.

Las lecturas alternativas pasan el test que la ortodoxia suspende, explicar por qué el deudor defiende la moneda de su acreedor. Para Michael Pettis, lo que vemos es el ahorro japonés dejando de exportarse porque su mercado vuelve a remunerarlo: los rendimientos no juzgan la solvencia de nadie, y recortar mientras se retira el comprador extranjero es sumar dos contracciones. Para Daniela Gabor, el FIMA revela que el balance del banco central ya hace política fiscal cada vez que decide qué colateral acepta y de quién; discutir décimas de déficit mientras esa infraestructura se expande sin escrutinio es mirar el dedo. Ambas comparten el fundamento postkeynesiano: el tipo de interés es una variable de política, no un veredicto sobre la solvencia, y la restricción real de un emisor de su propia moneda no es financiera sino inflacionaria, exactamente la que el crudo de Ormuz aprieta.

Europa es el terreno donde más se juega. El tramo largo americano arrastra al alza los tipos de todo el mundo, así que los presupuestos europeos sentirán la presión sin haber hecho nada, justo cuando las reglas fiscales vuelven a apretar y hay que financiar defensa y transición. Si el marco ortodoxo se impone, el manual de 2010 está listo para reaplicarse. Y lo que Japón acaba de conseguir, defender su moneda sin liquidar sus activos, Europa no puede replicarlo porque sigue sin un activo seguro común: el economista jefe del BCE, Philip Lane, lleva meses pidiéndolo, pero el tabú fiscal manda, y la fragmentación del dólar la está capturando el oro, no el euro. Ningún país se juega más que España, que crece por encima de la media europea apoyada en la demanda interna y la inversión pública. Para España, el regreso del manual de 2010 no es un debate académico: es la amenaza de repetir la década que ya perdió una vez.

Si se impone la premisa de que el sistema se sostiene interviniendo, la era que se abre no es la de la austeridad sino la de la gestión permanente, bancos centrales haciendo política fiscal encubierta y tesoros haciendo política monetaria por delegación. Esa gestión no es buena ni mala: depende de a quién respalde. El balance del banco central usado para sostener el pleno empleo es una conquista democrática por vía técnica; el mismo balance usado solo para asegurar el patrimonio de quien ya lo tiene es un seguro de élites pagado por todos. Julio ha enseñado que el segundo ya existe y funciona, incluso en fin de semana, mientras el primero sigue considerándose imposible, inflacionario o ingenuo. La lectura que se imponga no será técnica sino política. El dólar que se sostenía solo también sostenía esa ficción, y es lo segundo que Trump ha enterrado.


Fuente: El Salto

domingo, 14 de junio de 2026

El rearme en Alemania ya era un hecho mucho antes de la guerra de Ucrania

 

 Entrevista de Florian Warweg   
      Corresponsal parlamentario del Ostdeutsche Allgemeine Zeitung (OAZ).



El politólogo alemán Ingar Solty durante una conferencia en 2018.


     Apenas tres días después del inicio de la guerra de Ucrania, Olaf Scholz proclamaba el “cambio de era” –y con ello una de las decisiones políticas de mayor alcance de la República Federal–. 100.000 millones de euros en un fondo especial, luego 500.000 millones para el rearme, una Constitución modificada, una nueva relación con lo militar que llega hasta las guarderías y las aulas.


Apenas tres días después del inicio de la guerra de Ucrania, Olaf Scholz proclamaba el «cambio de era».

El politólogo Ingar Solty (Meinerzhagen, Alemania, 1979), experto en política de paz y seguridad de la Fundación Rosa Luxemburg, ha presentado un libro al respecto: Innere Zeitenwende (El cambio de era interno). En esta entrevista, disecciona los mitos económicos que se esconden tras la narrativa del “cambio de era”, la dimensión social del rearme y el papel especial de Alemania oriental.



El cambio de era interno.

En su libro critica que ni el fondo especial de 100.000 millones de 2022 ni los 500.000 millones de 2025 para el rearme fueron acompañados de un amplio debate social. Incluso Habeck [Robert Habeck fue vicecanciller hasta mayo de 2025] reconoció más tarde que, como vicecanciller, le sorprendió la magnitud. ¿Cómo se pudo imponer una decisión de tal alcance sin contar con el parlamento y la opinión pública?

Se pudo imponer con el trasfondo de la conmoción por el estallido de la guerra en Ucrania, algo con lo que muy pocos contaban. En este contexto, el rearme se presentó como una reacción a esta guerra. Pero, de hecho, las decisiones fundamentales ya estaban tomadas o en proceso desde hacía tiempo. En el acuerdo de coalición del 24 de noviembre de 2021 se menciona una ofensiva en materia de política de desarme. Pero en la letra pequeña se ve que, en realidad, solo se iban a reducir las armas que Alemania ni siquiera tiene, es decir, las armas nucleares. Todas las demás se iban a adquirir: drones capaces de ser armados, aviones de combate F-35, helicópteros de transporte. Todo esto ocurrió antes de que se produjeran las primeras advertencias sobre una posible invasión.

¿Habría llegado el cambio de era incluso sin la guerra de Ucrania?

Sí. A nadie le gusta rearmarse de forma proactiva. Siempre es mejor aprovechar una situación de amenaza para rearmarse de forma defensiva. Toni Hofreiter [Los Verdes] diría ahora: el cambio de era no fue más que la consecuencia de la invasión total. Pero, de hecho, Alemania se lleva rearmando desde 2013; el verdadero punto de inflexión fue 2014. Las medidas de rearme ya figuraban en el acuerdo de coalición de 2013. En mi libro expongo la historia del origen de este rearme, que hoy se denomina “cambio de era”.

El axioma del debate es: Rusia representa una amenaza existencial para Europa occidental. Sin embargo, incluso el secretario general de la OTAN, Mark Rutte, afirma que la OTAN es superior a Rusia tanto militar como económicamente. ¿Cómo se explica que, a pesar de ello, la narrativa de la amenaza cale de forma tan indiscutible?

En Alemania occidental existe una continuidad ininterrumpida de hostilidad hacia Rusia. Desde los prolegómenos de la Primera Guerra Mundial, Rusia siempre ha sido el enemigo. La Alemania nazi libró una cruzada contra el comunismo. Este anticomunismo antirruso perduró durante la Guerra Fría. Por supuesto, la Rusia actual no tiene nada que ver con la Unión Soviética, es un Estado de derechas y autocrático. Pero la postura hostil hacia “los rusos” se ha mantenido.

A esto se suman razones que tienen más que ver con el presente. Se trata de una gran guerra en el continente europeo que se percibe como una amenaza. No descartaría siquiera que pueda estallar una guerra con Rusia, pero solo como resultado de una escalada mutua, sobre todo en el Báltico.

Usted señala que cada euro invertido en armamento genera como máximo 50 céntimos de rendimiento económico, mientras que las inversiones en educación y sanidad, por ejemplo, tienen un efecto multiplicador mucho mayor. A pesar de ello, Merz vende el rearme como un programa económico duradero. ¿Por qué cuela eso?

Desde el punto de vista del gobierno, la alternativa es o ningún programa de estímulo económico, o bien uno dedicado exclusivamente al rearme. Cuando el Estado inyecta dinero, siempre tiene un efecto. La industria armamentística impulsa la producción de acero. Salzgitter AG, por ejemplo, acaba de obtener la homologación para el acero de blindaje. Pero eso no podrá mitigar lo que se está perdiendo en la industria automovilística, ni en términos de crecimiento ni de empleo. Al contrario: al final, acelera la desindustrialización.

El rearme solo tendría efectos positivos para la economía en su conjunto si se estuviera en guerra permanente –es decir, si se generara una demanda duradera de armas– o si se conquistara algo en esas guerras. El modelo estadounidense. O, como en el modelo de la Alemania nazi, si se contraen deudas con Estados a los que luego se invade. O, en tercer lugar: si uno es el propio Estado al que otros compran armamento.

Este objetivo existe sin duda en las empresas de armamento y en algunos sectores del gobierno federal. Pero si el objetivo de Alemania es enviar material de armamento a todo el mundo, provocando allí guerras, muerte y movimientos migratorios de millones de personas, es algo que debe ponerse en cuestión.

Según sus cifras, el 75 % de los alemanes del Este se opone a que Alemania se convierta en el ejército convencional más poderoso de Europa. ¿Cómo explica esta posición?

Es interesante que veamos fuertes tendencias antirrusas en muchos antiguos países del bloque del Este. Una Kaja Kallas, procedente de un estado minúsculo, lleva la política exterior europea a un punto en el que la jefa de la diplomacia afirma que Rusia debe ser destruida como potencia nuclear. Ante esta lógica, cabría suponer que precisamente los alemanes del Este deberían ser especialmente antirrusos, ya que vivieron bajo el “yugo ruso”.

Pero, al parecer, en Alemania del Este ha habido otras experiencias con los rusos. Hubo vínculos económicos más fuertes, conocimientos de ruso por parte de la generación mayor y, sobre todo, no existió esa continuidad del anticomunismo de la Guerra Fría. A esto se suma la constatación de que este rearme es una redistribución de abajo hacia arriba. Y Alemania oriental se encuentra, sencillamente, más “abajo” que Alemania occidental. Allí hay menos accionistas que se benefician de las empresas de armamento. Y los alemanes orientales financian con sus impuestos la producción de armamento en Alemania occidental.

Usted vincula el servicio militar obligatorio con la cuestión de clase: el 49 % de los soldados desplegados en Afganistán procedían de Alemania oriental; el diario de Springer, Die Welt, habló de un “ejército de las clases populares”. Con este trasfondo, ¿cómo valora la irónica propuesta de [el periodista satírico y político] Sonneborn de un “servicio militar obligatorio para los hijos de los ricachones”?

Este discurso no ha recibido millones de visitas por casualidad: pone de relieve las contradicciones. Por un lado, se presenta al ejército alemán como un empleador totalmente normal; por otro, se dice: ya no estamos en tiempos de paz, el último verano de 2025 fue quizás el último verano en paz. Sonneborn ha abordado con mucha fuerza estas contradicciones y el carácter de clase.

En ningún partido es tan grande la disposición al rearme y al suministro de armas como en los Verdes. Y entre los simpatizantes de ningún partido es tan escasa la disposición personal a luchar con las armas en la mano. Queda muy claro quién está destinado a mandar y quién a recibir órdenes.

¿Cuáles son, en su opinión, las principales consecuencias sociales de este cambio de era interno?

La socialdemocracia esperaba poder mantener el rearme y el Estado del bienestar con la flexibilización del freno al endeudamiento.

Es significativo que el freno al endeudamiento se flexibilizara exclusivamente para el armamento, no para escuelas con goteras o puentes que se derrumban. Pero sí para las armas. Eso fue un autoengaño. La deuda conlleva intereses e intereses acumulados. El economista jefe de [el sindicato] Verdi, Dirk Hirschel, ha calculado que solo la carga de los intereses aumentará de 30.000 a 60.000 millones de euros hasta 2028. A esto hay que añadir los fondos para la COVID por valor de 385.000 millones, que vencerán en 2028; el fondo especial del Bundeswehr, en 2031; y los fondos de infraestructura para la “capacidad bélica”, previsiblemente en 2037. El rearme ahogará todo lo demás.

Algunos señalan que la RFA destinó en 1963 hasta un 4,88 % del PIB para rearme. Pero eso fue en una época de economía en crecimiento con una sólida base industrial. La historia nos enseña que, cuando un país se especializa en la industria militar en lugar de en la civil, se produce una rápida desindustrialización. Por eso Estados Unidos, Gran Bretaña y Francia están tan desindustrializados. La República Federal, Japón e Italia han conservado su base industrial porque no se han centrado en la producción militar.

Usted escribe que sigue siendo posible y necesario un cambio de era tras el cambio de era. La actual distribución de fuerzas políticas parece contradecir más bien esta valoración. ¿Dónde ve indicios concretos que respalden su tesis?

Por supuesto que hay un bloque poderoso que respalda el proyecto: las empresas de armamento, estrechamente ensambladas a los think tanks de política de seguridad. Al igual que en EEUU, aquí está surgiendo un complejo militar-industrial con el principio de la puerta giratoria: un exministro de Defensa acaba en el consejo de administración de Rheinmetall, un ex inspector general [el rango más alto en el ejército alemán por debajo solamente del ministro de defensa NdT] pasa primero a Rheinmetall, luego el Consejo Alemán de Política Exterior (DGAP) y, como tal, vuelve a asesorar al gobierno federal.

Ciertos sectores privilegiados de trabajadores respaldan este proyecto: ingenieros que antes querían dedicarse a la industria automovilística, luego a la transición energética y ahora al armamento. Los municipios se convierten en cómplices, porque solo consiguen que se rehabiliten las carreteras o las vías férreas si ello está destinado a la guerra contra Rusia.

Pero la disyuntiva “rearme o Estado del bienestar” se agudiza dramáticamente. Ya lo estamos viviendo: recortes en el pago continuado del salario en caso de enfermedad, en la asistencia a personas dependientes, en las oportunidades de integración para los beneficiarios del ingreso básico.


El politólogo Ingar Solty: 'O un estado armamentista o un estado de bienestar'.

A medida que el rearme se vaya imponiendo, la cuestión se politizará: ¿queremos ser un Estado militar o un Estado social, que es, al fin y al cabo, un requisito previo de la democracia? El desmantelamiento del Estado social tiene un efecto debilitador para la democracia y fomenta el autoritarismo.

Estas contradicciones son nuestra esperanza. Al final, en cualquier conflicto social, el rearme será el elefante en la habitación. Cuando la gente se queje de un tren que no funciona, de guarderías con falta de personal o de escuelas que se caen, quedará claro: para eso se adquirieron corbetas y fragatas que, en alianza con EEUU, navegan por el estrecho de Taiwán. Para eso se compraron tanques totalmente sobrevalorados que simplemente no tienen sentido.



Fuente: Ctxt

viernes, 27 de marzo de 2026

Errores de cálculo

 

      Fue corresponsal de La Vanguardia en Moscú, Pekín y Berlín. Autor de varios libros; sobre el fin de la URSS, sobre la Rusia de Putin, sobre China, y un ensayo colectivo sobre la Alemania  de la eurocrisis.

La falta de visión de EEUU tiene que ver con la soberbia de quien está acostumbrado a dictar su voluntad en el mundo y encuentra grandes dificultades en cambiar y adaptarse a la nueva realidad

     En los últimos cuatro años, hemos ayudado a tres grandes errores de cálculo del hegemonismo occidental liderado por Estados Unidos.


Donald Trump, durante su visita a Memphis por la campaña Making America Safe Again, el pasado 23 de marzo.

El primero fue el de Rusia. Se creía que, provocando la invasión de Ucrania, Moscú sufriría una “derrota estratégica” y una debacle económica como resultado de las sanciones y de un aislamiento internacional que se daba como seguro. Nada de eso ha ocurrido. El segundo fue con China. Creían que las barreras y sanciones comerciales y tecnológicas se duplicarían a Pekín. Tampoco eso ha ocurrido. China ya es una gran potencia tecnológica que, por ejemplo, produce sus propios microprocesadores. Bastó con que Pekín amenazara con responder cortando toda su exportación de tierras raras, los minerales esenciales para alta tecnología, defensa y energías renovables de los que dispone casi en solitario, para anular todo aquello. El tercer error de cálculo lo estamos viendo ahora con Irán.  

Creían que la decapitación de su liderazgo político y el bombardeo general desencadenaría una revuelta y que esta propiciaría el cambio de régimen. Resultó que Irán resistió y aplicó un plan de guerra asimétrica perfectamente conocido desde hace años: misiles y drones fabricados y lanzados desde instalaciones subterráneas contra Israel y las bases americanas de Oriente Medio, más cierre del estrecho de Ormuz. La consecuencia es que Irán necesita no perder en esa guerra asimétrica para ganar la guerra, mientras que Estados Unidos e Israel necesitan una victoria total. Si la reserva iraní de misiles y drones es superior a la reserva de interceptores de Estados Unidos e Israel, esta verbena estaría sentenciada...

Tres errores de cálculo tan monumentales y manifiestos en tan poco tiempo, obligan a preguntarse por las causas. Me parece que la principal es de índole general: ignorando que el mundo ya es multipolar, es decir que cuenta con diversos polos de poder que interactúan, Occidente continúa comportándose como si su hegemonismo sigue siendo viable. Esa falta de visión tiene que ver, a su vez, con la soberbia de quien está acostumbrado a dictar su voluntad en el mundo y encuentra grandes dificultades para cambiar y adaptarse a la nueva realidad.

También tiene que ver con la decadencia de los procedimientos de toma de decisiones y cierto colapso institucional. Por ejemplo, ahora, el 12 de marzo, la Asamblea Popular Nacional de China acaba de aprobar su XV plan quinquenal para el periodo 2026/2030. Uno puede sonreír al contemplar la ordenada geometría aprobatoria de la Asamblea –el documento final fue aprobado por 2.758 votos a favor, uno en contra y dos abstenciones– siempre que se olvide que detrás de ese plan ha habido un ingente trabajo de institutos y expertos, y controversias entre diferentes corrientes de pensamiento sobre cada uno de sus aspectos. ¿Cómo se toman las decisiones hoy en el soberbio Imperio que va a menos? Si hay que creer lo que se filtra, la administración del Nerón narcisista sospechoso de pedofilia que manda en Washington ignora manifiestamente los dictámenes y consejos de sus agencias de seguridad y de toda la burocracia militar que solía avalar sus fechorías. El secretario de Guerra, Peter Hegseth, por ejemplo, no solo es un criminal como sus predecesores en el cargo, sino que además es un chulo de piscina que antes había sido presentador y comentarista del canal de telebasura Fox. 


La cruzada americana de Pete Hegseth.

Su colega Marco Rubio unifica en su persona el Ministerio de Exteriores (secretario de Estado) y la Consejería de Seguridad Nacional, dos burocracias enormes, además de la administración de la agencia de ayuda (al golpe de Estado) USAID. Ni uno ni otro pueden decidir gran cosa contra la infalible voluntad del desequilibrado Nerón, cuya principal virtud es concentrar todos los rasgos del típico hombre de negocios/gánster estadounidense de acuerdo con la conocida máxima de Mark Twain: “Pertenecemos a la raza anglosajona, y cuando el anglosajón quiere algo simplemente lo toma”.

Tanto en Washington como en Bruselas no hay estrategia, sino más bien un cuadro de decadencia tardorromana a cargo de toda una serie de políticos desprestigiados e incompetentes, obsesionados con la “imagen” y la “comunicación”, y rodeados de un complejo mediático y pseudoacadémico estructuralmente corrupto y servil, lo que justifica con creces la nostalgia hacia sus predecesores de los años sesenta, setenta y ochenta. ¿Qué plan quinquenal se puede esperar de esta tropa?

La decadencia institucional puede verse también en la incapacidad de las Naciones Unidas para detener la loca carrera de Israel y de Estados Unidos, para poner fin al genocidio de Gaza, condenar la guerra contra Irán y denunciar el peligro de una recesión económica mundial que contiene. El 11 de marzo, el Consejo de Seguridad de la ONU aprobó una resolución, la 2817 / 2026, que “condena en los términos más enérgicos” los “atroces ataques” de Irán contra los siete países del Golfo Pérsico que albergan bases militares e instalaciones de Estados Unidos. La resolución ignoró olímpicamente que los ataques eran respuesta al hecho de que desde esos países se bombardea Irán y se asesina a sus máximos dirigentes. La resolución ni mencionó ni condenó la agresión contra Irán y fue aprobada por trece votos a favor y cero en contra. Rusia y China vergonzosamente se abstuvieron.

“Probablemente”, dice el economista Michael Hudson, “el resultado de todo esto será o bien reestructurar la ONU, o crear una organización completamente nueva que no contará con el poder de veto de EEUU, ni estará bajo el control de EEUU, y tendrá su propia financiación y presupuesto, y probablemente deberá mudarse fuera de Nueva York, ya que, como ha dicho el secretario general, Guterres, la ONU está en bancarrota y tendrá que abandonar Nueva York en agosto”. Veremos, pero de momento la guerra está demostrando  urbi et orbe  que el Imperio de Estados Unidos y sus perritos falderos europeos son el principal factor mundial de caos. Países como Japón y Corea del Sur, y hasta las mismas monarquías del Golfo pueden constatar ahora mismo que mientras el Imperio no se vaya de la principal región energética del mundo, el peligro de una gran recesión está servido. A los gobernantes de esos países les puede dar igual la masacre de poblaciones y la destrucción de sociedades enteras, pero, en buena lógica, la contracción de sus economías y la ruina de sus castillos de naipes financieros les debería espabilar.  

Y sobre la “operación terrestre” que el improvisador e iluminado Nerón podría estar barajando, un despacho de la CIA, fechado el 11 de agosto de 2008 en Arabia Saudí y divulgado por Wikileaks, resulta revelador. Dice lo siguiente: "La planta de desalinización El-Dyubail suministra a Riad (capital de Arabia Saudita, población 7 millones, 20% de la población total del país) el 90% de su agua potable. Si esa planta, sus conductos y las infraestructuras energéticas a ella asociadas resultaran seriamente dañados o destruidos, Riad debería ser evacuada en el plazo de una semana".


Del blog personal de

Rafael Poch-de-Feliu

miércoles, 25 de marzo de 2026

Dead man walking

 

 Por Antonio Turiel    
       Físico, matemático y experto en energía. Trabaja en el Instituto de Ciencias del Mar del CSIC.



     La guerra de Irán entra en su cuarta semana. Una vez más, para evitar un pánico y hundimiento generalizado de las bolsas al abrir la sesión del lunes, se ha tenido que inventar una noticia para apaciguar al mercado. En este caso, Donald Trump ha decretado una tregua de 5 días (solo de la parte americana, Israel va a la suya), según él, gracias a fructíferas conversaciones con Irán durante este fin de semana (conversaciones ya desmentidas por las autoridades iraníes).

Estamos en tiempo de descuento. En las próximas semanas llegarán los últimos buques que salieron de Ormuz antes del cierre, y cuando esto suceda, la escasez de manifestará con toda su crudeza e intensidad. De hecho, las cosas ya están yendo horriblemente mal. La lista de países que están sufriendo problemas de suministro de combustible o incluso han impuesto medidas de racionamiento (Japón, Australia, Nueva Zelanda, India, Tailandia...) va creciendo a medida que pasan los días. China ha restringido la exportación de fertilizantes, y en los EE.UU. se estima que en esta campaña faltarán entre el 25 y el 35% de los fertilizantes que habitualmente se usan. 


Un trabajador se encuentra junto a sacos de fertilizantes descargados de un buque de carga en un puerto de Lianyungang, provincia de Jiangsu, China.


Una imagen tomada con un dron muestra un tractor y una sembradora de soja estacionados en una granja de soja en Somonauk, Illinois, EE. UU.


La escasez de helio va a causar una fuerte caída de la producción de chips en unas semanas, y por no hablar de la desastrosa situación del aluminio o del cobre, por citar un par de materias primas.


La guerra entre Irán y Qatar interrumpió el suministro de helio.


Pero en realidad todo está afectado. De manera para nada sorprendente para los lectores tradicionales de este blog, en este momento una de las cosas que más escasea es el diésel, y eso afecta a absolutamente todo, a la cadena de suministros de todo tipo de materias primas.

No parece haber una solución sencilla. Irán no va a cejar si no hay un compromiso de no agresión creíble por parte de EE.UU. y de Israel, garantizado por grandes potencias como Rusia y China, y una reparación de guerra a la altura del daño que se ha causado. No puede hacerlo por menos, pues sabe que si cede ahora, dentro de unos meses volverán a atacarle, tras rearmarse. Pero esas condiciones son completamente inaceptables para EE.UU. e Israel. Realmente, no hay ningún tipo de salida sencilla para este atolladero. Todo apunta a que se va causar un daño estructural inmenso en el edificio de la economía mundial.

Poniéndome ahora en el contexto de España y de Europa, siendo honestos, salvo que suceda algo ahora mismo inimaginable (literalmente un milagro) nos vamos a estrellar. No es imaginable ningún otro desenlace. Vamos a sufrir una pérdida muy duradera, quizá incluso permanente, de un 25% o más de nuestro consumo energético, y va a suceder durante los próximos meses. Vamos a ver como una buena parte de nuestras industrias se hunden para nunca jamás recuperarse. Vamos a ver como el paro de dispara. Y en fases avanzadas de esta debacle, vamos a ver escasez de combustibles y hasta de alimentos.

Quizá los amos del mundo tienen resortes que no somos capaces de imaginar, quizá tienen manera de detener en seco en este guerra y con ella este desastre. No lo sé. Yo ni sé ni puedo saber estas cosas. Sí que sé que, sin un cambio radical de rumbo, nos vamos a hundir, y muy hondo. E incluso si se produjera ese milagro, solamente por el destrozo que ya se ha causado, las consecuencias ya serían bastante duras en los próximos años. Aunque, claro, nada por comparación con el hundimiento actual.

Ahora mismo estamos perdiendo alrededor de 20 millones de barriles diarios de petróleo y productos petrolíferos, que es como el 20% del consumo mundial y, lo que más nos importa a nosotros, eso representa un 40% del petróleo disponible para la exportación. Falta también como el 20% del gas natural licuado, el 30% de los fertilizantes nitrogenados, el 30% del helio, el 30% del aluminio, el 30% del azufre (se necesita para hacer ácido sulfúrico para procesos industriales, incluyendo la obtención de cobre)... Hay un atasco de contenedores increíble en la zona. La falta de petróleo crudo medio de la zona del Golfo Pérsico afecta especialmente a la producción de diésel. Y también a la de queroseno. De hecho, algunas compañías aéreas comienzan a cancelar vuelos.


Algunas compañías aéreas comienzan a cancelar vuelos.

Lo que le pase después al turismo, Dios dirá.

Esto no va a ser una crisis más. Esto va a ser una catástrofe económica. Combinada con el estallido de las burbujas financieras desmesuradas que se han inflado durante los últimos años, resulta difícil alcanzar a comprender la magnitud de lo que va a pasar.

Esto es pura aritmética. No hay ninguna buena salida si Ormuz sigue cerrado. Que el mundo no se precipite en un abismo depende solamente de que se reabra esa vía crítica.

Ciertamente, el cierre de Ormuz deletrea todas las letras del fin del capitalismo necroterminal, sistema destructivo y voraz al que no echaremos de menos. El problema no es tanto el fin del capitalismo, sino el cómo se va a producir este fin. Porque en vez de pasar a un sistema de redes de resiliencia preparadas para acoger a la Humanidad, en la mayor parte de este planeta caeremos literalmente sin red.

Probablemente esto es lo mejor que podía pasar. Con un Cambio Climático desbocado y multitud de otros problemas ambientales, no podíamos hacernos ilusiones de que se produjera un descenso ordenado y controlado. Probablemente tenía que pasar algo así, drástico, una detención violenta, si tenía que haber algún margen de poder construir algo en el futuro. Aún así, la mayor preocupación es cómo garantizar que el hundimiento del capitalismo no se convierta en una hecatombe con millones de muertos.

Dadas las circunstancias, las medidas que se tendrían que estar promulgando a diestro y siniestro tendrían que ir de soberanía alimentaria, de garantizar mínimos vitales, de definir sectores estratégicos, de supeditar todos los bienes al objetivo común de garantizar la supervivencia de todo el mundo, de adaptarnos lo más rápido posible a estos tiempos de tribulación y zozobra que se nos van a echar encima.

Pero no. Nada eso está en la hoja de ruta. 

Ayer pasé una parte de la tarde revisando las líneas principales del decreto de medidas urgentes que el gobierno de España ha propuesto para hacerle frente a esta nueva crisis trumpiana. Lo cierto es que no me esperaba encontrarme ninguna sorpresa, y así la mayoría de las medidas iban por los derroteros esperables. Por un lado, rebaja a la fiscalidad de la energía, una medida poco útil y de efecto limitado en el tiempo, ya que al bajar el precio aumenta la demanda y el precio vuelve a subir hasta ajustarse a la oferta posible, con lo que se vuelve al mismo precio de partida al cabo de un par de semanas, con la diferencia de que las empresas se quedan con un margen mayor y el Estado con uno menor. Por el otro, medidas para acelerar la transición energética, siempre dentro del modelo de la Renovable Eléctrica Industrial (REI), aunque ya hay alguna mención a los gases renovables. De burbuja en burbuja.


De burbuja en burbuja.


Algunas sorpresas agradables es que se recupera la distancia de 5 km para definir las comunidades energéticas, que se había intentando introducir en el decreto antiapagón del año pasado; y otras que no lo son tanto, como es la creación de Zonas de Aceleración Renovable, donde se pretende aplicar el rodillo para que de desplieguen rápidamente las macroplantas eólicas y fotovoltaicas.

Leía las medidas y pensaba: ¿y para qué? ¿y qué más da? Estos días, mientras me entrevistaban para diversos medios, volvía a salir el tema de la transición energética y cómo la mayor penetración renovable de España le ha garantizado de momento menores precios de la electricidad que Europa. Menores precios ahora que aún no ha empezado la escasez: ya veremos qué pasa cuando los socios europeos se empiecen a dar bofetadas por el gas. En la mayoría de las entrevistas, se daba por hecho de que el cierre del Estrecho de Ormuz va a favorecer la transición energética, sin entender que todo el sistema depende de una megamáquina industrial que produce todo lo que se necesita para el REI, desde el cemento hasta el metacrilato, los marcos de aluminio o la fibra de vidrio de las aspas, usando cantidades ingentes de combustibles fósiles. Y es esa misma megamáquina industrial la que se va a detener ahora, y no vamos a tener opción ni de fabricar un tornillo.

En medio de la situación que tenemos, plantearse que la respuesta es la transición renovable es como si se declarase un incendio en casa y piensas que es un buen momento para llamar a un albañil para que te instale puertas cortafuegos. Eso podría haber sido útil en otro momento, pero ahora ya no. Ya no hay tiempo para eso. Ahora tenemos que prepararnos de verdad para el impacto. El sistema aún está en pié y sigue dando pasos, pero está muerto, y en cualquier momento va a desplomarse. Deberíamos estar preparándonos para eso.

Y si Vd. está pensando que ojalá se produzca el milagro y se reactive el flujo energético y material a través de Ormuz, piense que eso garantizaría un caída peor más tarde. En realidad, lo que ya no puede esperar es organizar el futuro más allá del capitalismo extractivista.



Fuente: The Oil Crush