Cuando
se cumplen diez días del inicio de la Marcha Global a Gaza, el
fotoperiodista Álvaro Minguito, que acudió como enviado de El Salto
a participar en la movilización, relata cómo fueron esos días.
Fotografía: Álvaro Minguito
La
marcha, una iniciativa civil organizada por activistas de más de 30
países de todo el planeta, buscaba romper el bloqueo y forzar la
entrada urgente de alimentos a Gaza por el paso de Rafah, en la
frontera con Egipto y único punto de entrada terrestre a la zona,
controlado por el ejército israelí y permanentemente asediado por
cientos de colonos sionistas que tratan de impedir que la ayuda
llegue a su destino.
Esta
situación de tensión y bloqueo viene repitiéndose desde hace meses
desde el inicio del ataque a Gaza tras el 7 de octubre de 2023. Pero
no es nueva. Durante los últimos 19 años, Israel ha sometido al
pueblo palestino a un brutal asedio militar, aislándolo del resto
del mundo y enjaulando literalmente a más de dos millones de
personas en su interior. Gaza es la cárcel más grande sobre la
tierra, en palabras del historiador israelí Ilan Pappé. Antes del
genocidio en curso, el asedio a la franja ya provocaba una grave
escasez de medicamentos, alimentos, electricidad y otros elementos
esenciales para sus habitantes. Por estadística, una joven gazatí
17 años ha vivido al menos cinco masacres con bombardeos
indiscriminados.
Desde
hace casi un siglo el movimiento colonial sionista, después
constituido en el Estado de Israel, ha oprimido violentamente al
pueblo palestino, obligando a las familias a abandonar sus hogares,
sus tierras y su cultura.
La
resistencia palestina ha transitado todos los caminos posibles hacia
la libertad: protestas pacíficas, huelgas de trabajadores, boicots…
También ha ejercido su derecho a la rebeldía y resistencia armada
contra la agresión colonial, reconocidos en el derecho internacional
y de manera clara al menos desde 1973 con la resolución 3070 de
Naciones Unidas. La respuesta siempre ha sido la represión, la
cárcel y la muerte.
Ante
esta dramática urgencia de la situación actual, hace algo más de
dos meses comenzó a gestarse la Marcha Global a Gaza. El plan
original era la confluencia de todos sus participantes en El Cairo el
día 12 de junio, para desde allí comenzar un recorrido, primero en
autobuses hasta la ciudad de El-Arish, a unos 50 kilómetros de la
frontera, y desde allí a pie durante tres días hasta establecer un
campamento en la misma puerta de Rafah. Se buscaba con ello
visibilizar la presión internacional contra el genocidio y el
bloqueo. El resultado ha sido un esfuerzo de organización colectiva
internacional contra la guerra y el exterminio nunca visto antes, si
exceptuamos las movilizaciones antiglobalización, y que ha incluido
ciudadanos de los cinco continentes (otra gran marcha, Sumud, había
partido desde Túnez el día 9 de junio con unos mil participantes
hacia el mismo destino). 80 autobuses, 500 tiendas de campaña y unas
dimensiones que no pararon de crecer, si echamos un vistazo a las
cifras que el día 11 de junio ya manejaba la organización: casi
4.000 participantes de más de 82 países organizados en 50
delegaciones internacionales, desde Sudáfrica a México, Suiza,
Francia, Nueva Zelanda, Grecia o España.

En
los días previos habían ido llegando a El Cairo activistas desde
distintas partes de mundo. Pero fue el día 11 por la tarde cuando
comenzó la primera prueba de fuego. Desde el aeropuerto de Madrid,
un avión repleto de activistas con la consigna de no llamar la
atención despegaba a las 15:30 en dirección a la capital egipcia.
Fotografía: Álvaro Minguito
A
su llegada, y tras pasar dos controles de pasaporte sin problemas, la
tranquilidad con la que se había desarrollado el inicio del viaje se
quebró. Una última comprobación de documentación y una consigna
que alguien pudo entender en árabe: “Paradme a los españoles”.
Una a una fueron retenidos en distintos grupos hasta unas 20 personas
de nacionalidad española, mientras la cola de salida se hacía más
y más grande y el grupo de hombres que requisaba pasaportes,
policías egipcios, se incrementaba. De una puerta situada cerca de
ellos salía de vez en cuando gente a la que habían metido a
interrogar. En un momento dado, pasados unos 15 minutos, devolvieron
con cierto nerviosismo los pasaportes, tras fotografiarlos y apuntar
cosas sobre ellos y dejaron marchar a ese primer grupo, entre los que
me encontraba.
Quienes
venían después no tuvieron tanta suerte. Muchos fueron retenidos en
un cuarto a la espera de, en principio, ser deportados. Les retiraron
los pasaportes y comprobaron el contenido de sus teléfonos móviles.
Además, la policía egipcia entraba en esos momentos (pasadas las
23:00) en el hotel donde se había citado a la marcha para el día
13, donde se alojaban buena parte de los participantes españoles y
otros donde se alojan activistas de distintos países. Muchos eran
detenidos y la policía estaba entrando en todas las habitaciones. Un
turista de nuestro hostel nos comentó que antes de llegar
nosotros se habían llevado a una persona de origen suizo.
Mientras
llegaban nuevos participantes, las malas noticias continuaban. Ya de
madrugada empezamos a valorar la posibilidad de separarnos los que
estábamos en el mismo hostel, abandonarlo y tratar de buscar
otro modo de alojamiento fuera del control de los pasaportes, o
quedarnos a esperar lo que tuviera que ocurrir. Con esta tensión y
las noticias de nuevas detenciones a cuentagotas nos sorprendió el
amanecer en una de las terrazas del edificio. Desde allí podíamos
ver el río Nilo a unos 500 metros.
Esa
noche mucha gente no durmió o la pasó encerrada en dependencias del
aeropuerto, sin pasaporte y en muchos casos sin teléfono, junto a un
centenar de personas, que no dejaron de apoyarse y corear consignas
propalestinas. Nuestro hostel seguía lleno de turistas que
parecían decidir qué hacer ese día. En Egipto, el país del
turismo y las pirámides, las manifestaciones están prohibidas, pero
si no vas a eso es posible que ni sepas lo que está ocurriendo.
El
día 12 de junio se esperaba la mayor afluencia de activistas y las
dudas sobre qué hacer desde la marcha aumentaban. A mucha gente se
le había perdido la pista desde el día anterior y no se sabía si
habían sido deportadas, detenidas o estaban escondidas sin
posibilidad de acceder a sus datos telefónicos. Llevó todo el día
recopilar esa información y localizar a los activistas
internacionales. En total, 15 españoles y más de un centenar a
nivel global esperaban su deportación.
Mientras
tanto, la consigna era disimular, como turistas, en grupos pequeños
diseminados por la capital egipcia. El antiguo museo de la ciudad se
convirtió esa mañana en lugar de encuentro por el que cientos de
activistas vagaban por sus salas sin fijarse apenas en lo que
miraban, mientras otros fotografiaban o atendían las explicaciones
de los guías locales.
Fotografía: Álvaro Minguito
Por
la tarde se espera la llegada de mucha más gente, entre ella la del
organizador estatal de la marcha española y coordinador de la
internacional, Saif Abukeshek. Continuaban entre tanto los avisos
sobre gente desparecida, detenida en la calle, deportada a terceros
países como Estambul o escondida en otros hoteles.
Esa
misma noche se decidió un cambio de planes respecto al inicial, ya
no era posible juntarse en el corazón de la ciudad. Al día
siguiente nos dirían cual era el nuevo. Mientras tanto, se activó
un método de seguridad para saber en todo momento como se
encontraban cada una de las personas de la delegación española,
gestionado de forma voluntaria por dos mujeres de la organización
que no habían podido dormir por este motivo desde que llegaron a El
Cairo.
El
día 13 nos despertamos sobre las 08:00 sin más malas noticias. Pero
algo había cambiado en el hostel. Todos sus residentes, que
los días anteriores se evitaban mientras fumaban y sonreían en las
terrazas, mostraban ahora el objetivo de su viaje. Todos estaban
listos para una larga caminata por el desierto, con mochilas y ropa
para evitar el calor. Inglés, italiano, árabe y otros idiomas se
mezclaban en las terrazas del hostel, junto a la emoción y la
tensión por lo que pasaría a partir de entonces. Muchos volveríamos
a coincidir a cien kilómetros de allí durante la tarde.
Fotografía: Álvaro Minguito
Un
joven griego me pidió permiso para hacer una foto a parte de nuestro
grupo con una cámara de carrete. Me comentó que perdió la cámara
digital hacía pocos días. Cuando le pregunté para qué quería esa
foto, me contestó que le gustaría enseñar esa y otras en su pueblo
y quizás hacer una pequeña exposición cuando regresara de las
vacaciones. Sonreímos y le pedí permiso para hacerle a él una de
espaldas, mirando hacia el Nilo.
Cada
grupo en las terrazas y el hall parecía esperar las
instrucciones para comenzar la marcha, y pasadas las 12:00 empezó el
movimiento. Debíamos llegar, cada uno por nuestros medios, a la
ciudad de Ismailia, a 130 km de El Cairo, entre las 13:30 y las 16:00
de la tarde. Allí nos esperarían los autobuses con destino al
El-Arish, y desde allí iríamos andando hasta Rafah. El plan había
cambiado tras los días pasados de control policial, detenciones y
deportaciones ordenadas por el gobierno egipcio.
Fotografía: Álvaro Minguito
La
salida del hotel la hicimos por grupos. Algunos optamos por taxis,
otros prefirieron los autobuses o el tren.
Fotografía: Álvaro Minguito
Durante
el trayecto se advirtió por los grupos de seguridad de un peaje en
la carretera a la salida de El Cairo en el que estaban parando a
gente y se recomendaba evitarlo entrando en la gasolinera a la
derecha o tomando otras carreteras. Nosotros salimos de allí cuando
la tienda ya estaba a rebosar de gente y la policía estaba dentro.
En ese punto quedaron retenidos durante el resto del día cerca de un
millar de activistas.
Fotografía: Álvaro Minguito
El
segundo peaje no hubo forma de evitarlo por la carretera y cuando nos
avisaron de que allí estaban parando a la mayoría ya era tarde. El
conductor del taxi nos pidió que nos bajáramos después de estar un
rato quietos y de que alguien se llevara nuestros pasaportes. Comenzó
así nuestra tarde noche en el control de Ismailia, donde se fueron
acumulando participantes de distintas nacionalidades hasta llegar a
la cifra de unas mil personas. Muchos de ellos franceses, pero
también canadienses, sudafricanos (Mandla Mandela, nieto de Nelson
Mandela estaba aquí), griegos, suizos o mexicanos.
Fotografía: Álvaro Minguito
Al
cabo de varias horas corrió el rumor de que nos iban a devolver los
pasaportes. Mientras, se comenzaban a corear consignas a favor de
Palestina y contra el genocidio y desplegaban banderas. Un grupo de
hombres se subió a las medianas de la carretera y comenzó a gritar
los nombres de los pasaportes por grupos. Los suizos y los españoles
son del mismo color y los confunden y mezclan, mientras la gente, a
pleno sol, esperaba aglomerada a sus pies a que ser nombrada… La
situación recordaba a un mercado de algún producto escaso y
deseado.
Fotografía: Álvaro Minguito
Nuevos
movimientos. Llegan avisos y vídeos de que la policía está
cargando y arrestando de forma indiscriminada en el control anterior
y se está llevando a la gente en autobuses. En el nuestro la gente
se organiza por nacionalidades y decide qué hacer. De momento,
esperar. La policía ya ha desplegado una fila de antidisturbios
uniformados de la mano, apenas unos adolescentes que desafían con
timidez a los manifestantes, y detrás de ellos han colocado decenas
de camillas de ambulancia. Todo un aviso de hasta dónde podemos
pasar. Comienzan a llegar al peaje camiones de detención y autobuses
vacíos. En ese momento no sabemos aún si seremos deportados o
devueltos a El Cairo.
Fotografía: Álvaro Minguito
Ya
es de noche cuando el control está repleto de policías vestidos de
paisano o informantes que empiezan a golpear a los que aún tratan de
resistir pacíficamente su subida a los autobuses. La tensión no
para de crecer cuando algunos españoles que quedamos nos subimos al
primer autobús que vemos aún libre. Como no salimos, me bajo a
grabar una detención. Muy mala idea. A mi izquierda alguien me mira
y me dice que no lo haga, le contesto con un breve “ok”
y cuando vuelvo a mirar al frente dos personas se dirigen hacia mí y
comienzan a golpearme. El más grande me agarra de la camiseta, me la
rompe y trata de arrastrarme hacia una furgoneta al lado de nuestro
autobús, donde ya habíamos dejado las cosas. No sé cómo, pero
consigo llegar a nuestro autobús con la ayuda de tres compañeros;
nos empujan hacia dentro y nos gritan, entendemos que es mejor no
moverse más. Todo ha durado diez segundos. La policía no uniformada
entra y sale del cordón de antidisturbios, cada vez más estrecho, y
golpea a los que resisten o graban con sus móviles, todavía varios
centenares.

Fotografía: Álvaro Minguito
El autobús se va llenando de
gente de distintas nacionalidades y, tras algunos momentos de
tensión, sale de allí.
Por
el camino, uno de los activistas nos indica que ha vivido en El Cairo
y que ha hablado con el conductor, que nos dejará a las afueras de
la ciudad y que no estamos siendo deportados. Mi grupo, cuatro
personas, decide reservar en el hotel punto de encuentro para el
primer día, donde fue detenida la mayoría de los españoles. Tras
algunos contratiempos y anécdotas menores, llegamos al hotel. En la
puerta un policía controla la entrada de los que llegan. Pero ya nos
da igual.
Esa
noche recibimos nuevas informaciones a partir de algunas
conversaciones con otros activistas. El embajador español ha
trasladado a representantes de la marcha que lo deseable para la
embajada española era que no hubiéramos venido, y que el gobierno
egipcio amenaza con deportar o detener a todos los activistas. Con
estas nuevas noticias nos vamos a las habitaciones. En las siguientes
horas llegarán nuevas informaciones de gente que ha sido abandonada
en la carretera, llevada al aeropuerto para su deportación, o que
por el contrario consiguió llegar a Ismailia y aún más allá y
esperan qué hacer antes de ser detenidos.
Los
dos días siguientes transcurren entre reuniones y recopilación de
información sobre dónde se encuentra cada uno de los activistas de
las distintas delegaciones. Queda entonces claro que la marcha no va
a poder seguir adelante. El día 16, y sin que la presión haya
disminuido, es detenido el español de origen palestino Saif
Abukeshek junto a otros activistas tras una reunión con el gobierno,
y en ese momento la organización decide abandonar los intentos de
continuar con la marcha por el Sinai, que conllevaría además poner
en riesgo la seguridad de otras organizaciones egipcias, dado el
nivel de alerta civil que ya existe en la zona.
Pero
la movilización no acaba aquí. Muchos de los participantes deciden
viajar a Túnez para encontrarse con Sumud, la otra gran marcha
terrestre que ha sido parada en la frontera de Libia con Egipto y ha
tomado el camino de regreso. Otros vuelan a Bruselas, donde durante
los días 23 y 27 de junio se llevarán a cabo movilizaciones
internacionales para presionar a los lideres europeos. El resto
vuelven a sus países con el compromiso de continuar las
movilizaciones, actos y protestas contra el genocidio.
En
la mente de muchos activistas quedan algunas dudas sobre posibles
errores tácticos, fallos en la organización… También un
convencimiento: mientras todo esto ocurría en Egipto, la población
gazatí ha continuado siendo exterminada en los puestos de ayuda
humanitaria, bombardeada en sus casas o sometida a la hambrunas y
enfermedades. El sentimiento generalizado es que no hacer nada no es
una opción ni lo va a ser a pesar de todos los contratiempos.
Fotografía: Álvaro Minguito
Cerca
de cuatro mil personas de todo el mundo, además de todas las que no
viajaron, pero apoyaron desde sus países, han llegado a solo 200
kilómetros de la frontera de Rafah. Han puesto en jaque a distintos
gobiernos y embajadas del mundo con una organización civil a favor
de la paz nunca vista antes en este siglo. Muchos de estas personas
volverán a sus casas y contarán lo vivido, a sus vecinos del valle
de Benasque o a los de su pequeño pueblo en Grecia. Y en la
siguiente ocasión confían en ser 40.000, y después 400.000 los que
se organicen. Hasta parar el genocidio.
Fotoreportaje de Álvaro Minguito
Un grupo de activistas bloqueados en el primer control de salida por carretera de El Cairo.
El segundo control, a 30 kilómetros de Ismailia, donde la mayoría de los activistas son bloqueados.
La policía egipcia retira los pasaportes a cualquiera con aspecto extranjero y les obliga a bajar de sus vehículos.
La cola de vehículos parados en el segundo control es cada vez mayor y los taxistas deciden irse o esperar a los que quieran volver a El Cairo, cuando recuperen sus pasaportes.
Manifestación espontánea en el peaje de Ismailia contra la retirada de los pasaportes y en apoyo al pueblo de Gaza.
Muchos de los activistas bloqueados en el segundo control son de nacionalidad francesa.
Una mujer saluda subida a la mediana de la autopista, sobre un cartel del ejército egipcio.
Cordón policial para impedir que los activistas se mueven de la zona donde han sido retenidos.
Camiones de detención el segundo control policial en la carretera hacia Ismailia.
Participantes en la marcha de distintas nacionalidades buscan la sombra durante su estancia en el peaje de Ismailia.
Un activista frances durante la tarde del día 13 en el control de Ismailia.
Activistas internacionalistas en el control despliegan sus banderas palestinas, ocultas hasta ese momento.
Uno de los participantes franceses durante la hora del rezo.
Algunos de los participantes en la marcha se proveen de alimentos y agua en la cercana tienda del peaje.
Asambleas improvisadas en el control de Ismailia.
Policías desplegados junto a los participantes en la marcha.
La policía egipcia organiza los autobuses en los que va metiendo a los activistas que devolverá a El Cairo, aún con un destino final incierto.
Una manifestante con una bandera de la paloma de la paz frente a los policías antidisturbios.
Una sentada improvisada en el segundo control, cuando ya ha caído la noche sobre el desierto.
Los antidisturbios desplegados por la policía son jovenes que en algunos casoa no parecen haber superado aún la mayoría de edad.
Una de las participantes españolas saluda desde el autobús que la devuelve a El Cairo.
Los activistas que aún resisten a subir a los autobuses son cercados por la policía antidisturbios y golpeados por policías vestidos de civil.
Fuente:
EL
SALTO