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miércoles, 25 de marzo de 2026

Dead man walking

 

 Por Antonio Turiel    
       Físico, matemático y experto en energía. Trabaja en el Instituto de Ciencias del Mar del CSIC.



     La guerra de Irán entra en su cuarta semana. Una vez más, para evitar un pánico y hundimiento generalizado de las bolsas al abrir la sesión del lunes, se ha tenido que inventar una noticia para apaciguar al mercado. En este caso, Donald Trump ha decretado una tregua de 5 días (solo de la parte americana, Israel va a la suya), según él, gracias a fructíferas conversaciones con Irán durante este fin de semana (conversaciones ya desmentidas por las autoridades iraníes).

Estamos en tiempo de descuento. En las próximas semanas llegarán los últimos buques que salieron de Ormuz antes del cierre, y cuando esto suceda, la escasez de manifestará con toda su crudeza e intensidad. De hecho, las cosas ya están yendo horriblemente mal. La lista de países que están sufriendo problemas de suministro de combustible o incluso han impuesto medidas de racionamiento (Japón, Australia, Nueva Zelanda, India, Tailandia...) va creciendo a medida que pasan los días. China ha restringido la exportación de fertilizantes, y en los EE.UU. se estima que en esta campaña faltarán entre el 25 y el 35% de los fertilizantes que habitualmente se usan. 


Un trabajador se encuentra junto a sacos de fertilizantes descargados de un buque de carga en un puerto de Lianyungang, provincia de Jiangsu, China.


Una imagen tomada con un dron muestra un tractor y una sembradora de soja estacionados en una granja de soja en Somonauk, Illinois, EE. UU.


La escasez de helio va a causar una fuerte caída de la producción de chips en unas semanas, y por no hablar de la desastrosa situación del aluminio o del cobre, por citar un par de materias primas.


La guerra entre Irán y Qatar interrumpió el suministro de helio.


Pero en realidad todo está afectado. De manera para nada sorprendente para los lectores tradicionales de este blog, en este momento una de las cosas que más escasea es el diésel, y eso afecta a absolutamente todo, a la cadena de suministros de todo tipo de materias primas.

No parece haber una solución sencilla. Irán no va a cejar si no hay un compromiso de no agresión creíble por parte de EE.UU. y de Israel, garantizado por grandes potencias como Rusia y China, y una reparación de guerra a la altura del daño que se ha causado. No puede hacerlo por menos, pues sabe que si cede ahora, dentro de unos meses volverán a atacarle, tras rearmarse. Pero esas condiciones son completamente inaceptables para EE.UU. e Israel. Realmente, no hay ningún tipo de salida sencilla para este atolladero. Todo apunta a que se va causar un daño estructural inmenso en el edificio de la economía mundial.

Poniéndome ahora en el contexto de España y de Europa, siendo honestos, salvo que suceda algo ahora mismo inimaginable (literalmente un milagro) nos vamos a estrellar. No es imaginable ningún otro desenlace. Vamos a sufrir una pérdida muy duradera, quizá incluso permanente, de un 25% o más de nuestro consumo energético, y va a suceder durante los próximos meses. Vamos a ver como una buena parte de nuestras industrias se hunden para nunca jamás recuperarse. Vamos a ver como el paro de dispara. Y en fases avanzadas de esta debacle, vamos a ver escasez de combustibles y hasta de alimentos.

Quizá los amos del mundo tienen resortes que no somos capaces de imaginar, quizá tienen manera de detener en seco en este guerra y con ella este desastre. No lo sé. Yo ni sé ni puedo saber estas cosas. Sí que sé que, sin un cambio radical de rumbo, nos vamos a hundir, y muy hondo. E incluso si se produjera ese milagro, solamente por el destrozo que ya se ha causado, las consecuencias ya serían bastante duras en los próximos años. Aunque, claro, nada por comparación con el hundimiento actual.

Ahora mismo estamos perdiendo alrededor de 20 millones de barriles diarios de petróleo y productos petrolíferos, que es como el 20% del consumo mundial y, lo que más nos importa a nosotros, eso representa un 40% del petróleo disponible para la exportación. Falta también como el 20% del gas natural licuado, el 30% de los fertilizantes nitrogenados, el 30% del helio, el 30% del aluminio, el 30% del azufre (se necesita para hacer ácido sulfúrico para procesos industriales, incluyendo la obtención de cobre)... Hay un atasco de contenedores increíble en la zona. La falta de petróleo crudo medio de la zona del Golfo Pérsico afecta especialmente a la producción de diésel. Y también a la de queroseno. De hecho, algunas compañías aéreas comienzan a cancelar vuelos.


Algunas compañías aéreas comienzan a cancelar vuelos.

Lo que le pase después al turismo, Dios dirá.

Esto no va a ser una crisis más. Esto va a ser una catástrofe económica. Combinada con el estallido de las burbujas financieras desmesuradas que se han inflado durante los últimos años, resulta difícil alcanzar a comprender la magnitud de lo que va a pasar.

Esto es pura aritmética. No hay ninguna buena salida si Ormuz sigue cerrado. Que el mundo no se precipite en un abismo depende solamente de que se reabra esa vía crítica.

Ciertamente, el cierre de Ormuz deletrea todas las letras del fin del capitalismo necroterminal, sistema destructivo y voraz al que no echaremos de menos. El problema no es tanto el fin del capitalismo, sino el cómo se va a producir este fin. Porque en vez de pasar a un sistema de redes de resiliencia preparadas para acoger a la Humanidad, en la mayor parte de este planeta caeremos literalmente sin red.

Probablemente esto es lo mejor que podía pasar. Con un Cambio Climático desbocado y multitud de otros problemas ambientales, no podíamos hacernos ilusiones de que se produjera un descenso ordenado y controlado. Probablemente tenía que pasar algo así, drástico, una detención violenta, si tenía que haber algún margen de poder construir algo en el futuro. Aún así, la mayor preocupación es cómo garantizar que el hundimiento del capitalismo no se convierta en una hecatombe con millones de muertos.

Dadas las circunstancias, las medidas que se tendrían que estar promulgando a diestro y siniestro tendrían que ir de soberanía alimentaria, de garantizar mínimos vitales, de definir sectores estratégicos, de supeditar todos los bienes al objetivo común de garantizar la supervivencia de todo el mundo, de adaptarnos lo más rápido posible a estos tiempos de tribulación y zozobra que se nos van a echar encima.

Pero no. Nada eso está en la hoja de ruta. 

Ayer pasé una parte de la tarde revisando las líneas principales del decreto de medidas urgentes que el gobierno de España ha propuesto para hacerle frente a esta nueva crisis trumpiana. Lo cierto es que no me esperaba encontrarme ninguna sorpresa, y así la mayoría de las medidas iban por los derroteros esperables. Por un lado, rebaja a la fiscalidad de la energía, una medida poco útil y de efecto limitado en el tiempo, ya que al bajar el precio aumenta la demanda y el precio vuelve a subir hasta ajustarse a la oferta posible, con lo que se vuelve al mismo precio de partida al cabo de un par de semanas, con la diferencia de que las empresas se quedan con un margen mayor y el Estado con uno menor. Por el otro, medidas para acelerar la transición energética, siempre dentro del modelo de la Renovable Eléctrica Industrial (REI), aunque ya hay alguna mención a los gases renovables. De burbuja en burbuja.


De burbuja en burbuja.


Algunas sorpresas agradables es que se recupera la distancia de 5 km para definir las comunidades energéticas, que se había intentando introducir en el decreto antiapagón del año pasado; y otras que no lo son tanto, como es la creación de Zonas de Aceleración Renovable, donde se pretende aplicar el rodillo para que de desplieguen rápidamente las macroplantas eólicas y fotovoltaicas.

Leía las medidas y pensaba: ¿y para qué? ¿y qué más da? Estos días, mientras me entrevistaban para diversos medios, volvía a salir el tema de la transición energética y cómo la mayor penetración renovable de España le ha garantizado de momento menores precios de la electricidad que Europa. Menores precios ahora que aún no ha empezado la escasez: ya veremos qué pasa cuando los socios europeos se empiecen a dar bofetadas por el gas. En la mayoría de las entrevistas, se daba por hecho de que el cierre del Estrecho de Ormuz va a favorecer la transición energética, sin entender que todo el sistema depende de una megamáquina industrial que produce todo lo que se necesita para el REI, desde el cemento hasta el metacrilato, los marcos de aluminio o la fibra de vidrio de las aspas, usando cantidades ingentes de combustibles fósiles. Y es esa misma megamáquina industrial la que se va a detener ahora, y no vamos a tener opción ni de fabricar un tornillo.

En medio de la situación que tenemos, plantearse que la respuesta es la transición renovable es como si se declarase un incendio en casa y piensas que es un buen momento para llamar a un albañil para que te instale puertas cortafuegos. Eso podría haber sido útil en otro momento, pero ahora ya no. Ya no hay tiempo para eso. Ahora tenemos que prepararnos de verdad para el impacto. El sistema aún está en pié y sigue dando pasos, pero está muerto, y en cualquier momento va a desplomarse. Deberíamos estar preparándonos para eso.

Y si Vd. está pensando que ojalá se produzca el milagro y se reactive el flujo energético y material a través de Ormuz, piense que eso garantizaría un caída peor más tarde. En realidad, lo que ya no puede esperar es organizar el futuro más allá del capitalismo extractivista.



Fuente: The Oil Crush

jueves, 24 de abril de 2025

Bombardeos a plantas de tratamiento de aguas, cortes de tuberías: Israel lleva la crisis del agua de Gaza al borde del abismo

 

 Por Ibtisam Mahdi  
      Periodista independiente de Gaza especializada en informar sobre temas sociales, especialmente relacionados con mujeres y niños.


Desde marzo, los ataques intensificados por el ejército a la infraestructura hídrica no han dejado a los habitantes de Gaza otra opción que beber agua de mar y racionar los suministros contaminados.


     Wissam Badawi pasa sus días esperando y escuchando, con la esperanza de oír el característico bocinazo de un camión cisterna entrando en su barrio. Estos camiones, conducidos por voluntarios locales, se han convertido en el último recurso para esta madre de ocho hijos de 49 años, junto con miles de palestinos en la ciudad de Gaza, en medio de una crisis de agua cada vez más grave causada por el continuo ataque de Israel a la Franja.


Mujer palestina recogen agua potable en el campo de refugiados de Jabalia, en el norte de la Franja de Gaza, el 17 de marzo de 2025.

“La mayoría de las tuberías de agua han sido destruidas por las excavadoras del ejército israelí, y el municipio no puede repararlas”, declaró Badawi, residente del barrio de Tel Al-Hawa, a +972. “No hay un pozo cerca, así que tengo que enviar a mis hijos al mar a buscar agua para el uso diario. Luego espero a que llegue el camión para mezclar agua limpia con el agua del mar, reducir su salinidad y potabilizarla”.


Palestinos recogen agua en Khan Younis, al sur de la Franja de Gaza, el 4 de marzo de 2025.

Debido a la extrema escasez, el precio del agua en los mercados de Gaza se ha disparado. «Un galón de agua cuesta entre 5 y 8 NIS [1,30-2,20 dólares]. Necesitamos unos cinco galones al día para beber y cocinar, y me resulta difícil costearlo. Además, no hay nadie que venda agua en nuestra zona, así que si no llegan camiones, tengo que caminar una gran distancia para comprarla».


Palestinos recogen agua potable en la ciudad de Gaza, en el centro de la Franja de Gaza, el 10 de abril de 2025.

En zonas donde no hay camiones cisterna para transportar agua, muchos gazatíes se ven obligados a caminar kilómetros y hacer cola durante horas para llenar un solo recipiente en un pozo. Pero incluso estos recursos escasean cada vez más, tras ser bombardeados o quedar inaccesibles debido a las órdenes de evacuación israelíes. UNICEF ha advertido que la crisis del agua en la Franja ha alcanzado niveles críticos, señalando que solo una de cada diez personas tiene actualmente acceso a agua potable.


Un niño lleva bidones de agua en la Franja de Gaza.

Esta crisis no es un efecto secundario de la ofensiva israelí, sino más bien un aspecto deliberado de la misma. Según datos de la Oficina de Medios del Gobierno de Gaza, el ejército israelí ha destruido 719 pozos de agua desde el 7 de octubre. El 10 de marzo, Israel cortó el suministro eléctrico restante a Gaza, lo que obligó a la mayor planta desalinizadora de la Franja a reducir sus operaciones. Unos días después, la segunda planta más grande dejó de funcionar debido a la escasez de combustible derivada del bloqueo total impuesto por Israel al enclave.


Palestinos recogen agua potable en Khan Younis, al sur de la Franja de Gaza, el 17 de marzo de 2025.

Otra, la planta de Ghabayen en la ciudad de Gaza, fue bombardeada a principios de abril. Y el 5 de abril, Israel interrumpió el suministro de agua a Gaza de la empresa israelí Mekorot, que suministraba casi el 70 % del agua potable de la Franja.

Ahmad Al-Buhaisi, un vendedor de agua de 22 años de Deir Al-Balah, en el centro de Gaza, cuyo suministro provenía de la planta de desalinización Aquamatch, dijo a +972: "El cierre de la estación no solo cortó mi sustento, sino que también privó a muchos ciudadanos de la oportunidad de acceder a agua limpia y potable".


Joven palestino recoge agua potable en la ciudad de Gaza, en el centro de la Franja de Gaza, el 10 de abril de 2025.

Explicó que la gente lo contacta constantemente para pedirle que lleve agua a sus hogares, y lo único que puede hacer es disculparse y decirle que ya no quedan plantas desalinizadoras en funcionamiento. "Sigo buscando un pozo que funcione para comprar agua potable", dijo. "Pero los precios han subido drásticamente y se nos ha vuelto difícil comprarla y luego revenderla al público".

“Están acabando con todos los recursos vitales”

La planta desalinizadora de Ghabayen, una instalación privada que abastecía a partes de la ciudad de Gaza y Jabalia, era una de las fuentes de agua vitales del norte de Gaza. El 4 de abril, el ejército israelí la bombardeó por tercera vez durante la guerra actual, matando a uno de sus propietarios, Majd Ghabayen. Se encontraba dentro de la planta y su cuerpo quedó destrozado junto a las tuberías y los tanques.

“Cada vez que el ejército bombardeaba las instalaciones, causaba una destrucción masiva”, declaró Ahmad Ghabayen, hermano menor de Majd, a +972. “Sin embargo, siempre regresábamos y reparábamos lo que podíamos con el dinero y los recursos que teníamos, simplemente para abastecer de agua a la gente”.

Pero el último ataque fue diferente. "Esta vez, el pozo fue atacado con un misil de gran tamaño, que lo destruyó por completo", dijo Ghabayen. "Nos dijeron que sería difícil excavar un nuevo pozo porque la contaminación del misil lo había inutilizado".

“Israel no solo atacó una planta de distribución de agua; destruyó parte de la vida de mi familia y privó de agua a miles de personas”, continuó Ghabayen. “La estación abastecía a extensas zonas de Al-Tuffah, Shuja'iyyah, Al-Daraj, Sheikh Radwan y Jabalia. La gente venía de lejos para llenar los contenedores de agua. Están destruyendo todo lo que consideramos vital”.

El bombardeo de la estación de Ghabayen forma parte de una política sistemática que Israel ha seguido desde el comienzo de la guerra: atacar deliberadamente pozos de agua y la infraestructura conectada a ellos y cortar el suministro de agua que antes fluía a Gaza a través de tuberías israelíes.

Wael Abu Amsha, de 51 años y padre de siete hijos, uno de los beneficiarios de la estación, afirmó que el ataque representó un duro golpe para cientos de familias que dependían de ella como principal fuente de agua. "Tras el bombardeo, empezamos a buscar una fuente alternativa", declaró a +972. "Encontramos otra estación, pero está lejos —a una media hora a pie— y el agua no está del todo limpia. Aun así, nos vemos obligados a beberla".

“Solíamos beneficiarnos de la estación comprando agua potable a un precio que no había cambiado desde antes de la guerra, y muchos días se distribuía gratis”, continuó. “El agua salada también se distribuía gratuitamente todo el día, lo que nos ayudó después de que el ejército israelí destruyera las tuberías que abastecían de agua al municipio. Ahora hemos perdido todo tipo de agua.

“La gente está sufriendo”, continuó Abu Amsha. “Camino largas distancias y espero horas solo para llenar un galón de agua para mi familia, que ni siquiera es suficiente. Terminamos mezclándola con agua de otra estación, cuya agua no es potable, pero está más cerca que la primera. No tenemos otra solución”.

Una catástrofe de salud pública

La crisis del agua no solo provoca sed, sino que también afecta directamente la salud de quienes padecen enfermedades. Samar Zaarab, una paciente de cáncer de 45 años de Khan Younis que actualmente vive en una tienda de campaña en Al-Mawasi, contó a +972 que la escasez de agua agrava su dolor diario. "Mi frágil cuerpo necesita desesperadamente agua potable", dijo.


Palestinos en un campamento temporal establecido para personas evacuadas de sus hogares, en Rafah, en el sur de la Franja de Gaza.

“Desde que me desplazaron hace unos días, mi sufrimiento ha aumentado”, continuó Zaarab. “Los camiones cisterna no llegan, y la poca agua que recibimos no alcanza ni siquiera para las necesidades diarias más básicas, como lavarnos y limpiar. Sin higiene, mi enfermedad empeora. Si no muero de la enfermedad, será por la falta de agua potable”.

Zuhd Al-Aziz, asesor del viceministro de gobierno local de Gaza, dijo a +972 que después de que Israel cortó la electricidad a la Franja y obligó a cerrar la mayoría de las plantas de desalinización y tratamiento de agua, toda la población enfrenta una "crisis humanitaria catastrófica".

Según Al-Aziz, el ejército israelí atacó directamente los generadores de emergencia, lo que dificultó enormemente su funcionamiento. «El 85 % de las fuentes de agua dulce de Gaza han sido destruidas, lo que obliga a los residentes a consumir agua contaminada e imbebible», explicó. «Alrededor del 90 % de las plantas de desalinización privadas y públicas (296 en total) han dejado de funcionar, ya sea por ataques directos o por escasez de combustible. Cinco importantes plantas de tratamiento de aguas residuales también han dejado de funcionar, lo que ha aumentado el riesgo de contaminación ambiental y brotes de enfermedades».

Assem Al-Nabeeh, portavoz de la Municipalidad de la Ciudad de Gaza, describió la crisis con un lenguaje igualmente crudo. «La ocupación israelí ha destruido más de 64 pozos de agua solo en la Ciudad de Gaza, junto con más de 110.000 metros lineales de redes de agua, lo que ha provocado una grave disminución del suministro de agua disponible», explicó. «Actualmente, solo 30 pozos están en funcionamiento y no pueden satisfacer ni siquiera una fracción de las necesidades de la población, especialmente con la afluencia de desplazados de los distritos del norte.

“El municipio trabaja arduamente para encontrar alternativas a pesar de los recursos extremadamente limitados, pero los daños son enormes y no pueden compensarse debido al asedio y los bombardeos constantes”, continuó Al-Nabeeh. “No hay combustible ni repuestos, ni para generadores ni bombas de pozo. Los pozos no pueden funcionar las 24 horas del día. Alrededor del 61 % de los hogares ahora dependen de la compra de agua potable de fuentes privadas costosas, lo cual es un peligroso indicador del colapso del sistema público de agua”.

Al-Nabeeh señaló que la crisis del agua coincide con un empeoramiento del hambre, un asedio continuo, el aumento de las temperaturas y un deterioro de la situación sanitaria y ambiental causado por la acumulación de desechos y las fugas de aguas residuales, todo lo cual representa una amenaza directa a la vida de los residentes, especialmente sin acceso al agua para esterilización, higiene o cocinar.


Palestinos hacen fila para recibir comida de la Cocina Central Mundial en Khan Younis, al sur de la Franja de Gaza, el 16 de marzo de 2025.

Si bien es imposible obtener cifras exactas, Al-Nabeeh estima que el suministro diario promedio de agua ha disminuido a entre 3 y 5 litros por persona por día, significativamente menos que los 15 litros considerados como el mínimo necesario para beber, cocinar y la higiene para proteger la salud pública durante las emergencias.

Fuente: +972