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viernes, 27 de marzo de 2026

Errores de cálculo

 

      Fue corresponsal de La Vanguardia en Moscú, Pekín y Berlín. Autor de varios libros; sobre el fin de la URSS, sobre la Rusia de Putin, sobre China, y un ensayo colectivo sobre la Alemania  de la eurocrisis.

La falta de visión de EEUU tiene que ver con la soberbia de quien está acostumbrado a dictar su voluntad en el mundo y encuentra grandes dificultades en cambiar y adaptarse a la nueva realidad

     En los últimos cuatro años, hemos ayudado a tres grandes errores de cálculo del hegemonismo occidental liderado por Estados Unidos.


Donald Trump, durante su visita a Memphis por la campaña Making America Safe Again, el pasado 23 de marzo.

El primero fue el de Rusia. Se creía que, provocando la invasión de Ucrania, Moscú sufriría una “derrota estratégica” y una debacle económica como resultado de las sanciones y de un aislamiento internacional que se daba como seguro. Nada de eso ha ocurrido. El segundo fue con China. Creían que las barreras y sanciones comerciales y tecnológicas se duplicarían a Pekín. Tampoco eso ha ocurrido. China ya es una gran potencia tecnológica que, por ejemplo, produce sus propios microprocesadores. Bastó con que Pekín amenazara con responder cortando toda su exportación de tierras raras, los minerales esenciales para alta tecnología, defensa y energías renovables de los que dispone casi en solitario, para anular todo aquello. El tercer error de cálculo lo estamos viendo ahora con Irán.  

Creían que la decapitación de su liderazgo político y el bombardeo general desencadenaría una revuelta y que esta propiciaría el cambio de régimen. Resultó que Irán resistió y aplicó un plan de guerra asimétrica perfectamente conocido desde hace años: misiles y drones fabricados y lanzados desde instalaciones subterráneas contra Israel y las bases americanas de Oriente Medio, más cierre del estrecho de Ormuz. La consecuencia es que Irán necesita no perder en esa guerra asimétrica para ganar la guerra, mientras que Estados Unidos e Israel necesitan una victoria total. Si la reserva iraní de misiles y drones es superior a la reserva de interceptores de Estados Unidos e Israel, esta verbena estaría sentenciada...

Tres errores de cálculo tan monumentales y manifiestos en tan poco tiempo, obligan a preguntarse por las causas. Me parece que la principal es de índole general: ignorando que el mundo ya es multipolar, es decir que cuenta con diversos polos de poder que interactúan, Occidente continúa comportándose como si su hegemonismo sigue siendo viable. Esa falta de visión tiene que ver, a su vez, con la soberbia de quien está acostumbrado a dictar su voluntad en el mundo y encuentra grandes dificultades para cambiar y adaptarse a la nueva realidad.

También tiene que ver con la decadencia de los procedimientos de toma de decisiones y cierto colapso institucional. Por ejemplo, ahora, el 12 de marzo, la Asamblea Popular Nacional de China acaba de aprobar su XV plan quinquenal para el periodo 2026/2030. Uno puede sonreír al contemplar la ordenada geometría aprobatoria de la Asamblea –el documento final fue aprobado por 2.758 votos a favor, uno en contra y dos abstenciones– siempre que se olvide que detrás de ese plan ha habido un ingente trabajo de institutos y expertos, y controversias entre diferentes corrientes de pensamiento sobre cada uno de sus aspectos. ¿Cómo se toman las decisiones hoy en el soberbio Imperio que va a menos? Si hay que creer lo que se filtra, la administración del Nerón narcisista sospechoso de pedofilia que manda en Washington ignora manifiestamente los dictámenes y consejos de sus agencias de seguridad y de toda la burocracia militar que solía avalar sus fechorías. El secretario de Guerra, Peter Hegseth, por ejemplo, no solo es un criminal como sus predecesores en el cargo, sino que además es un chulo de piscina que antes había sido presentador y comentarista del canal de telebasura Fox. 


La cruzada americana de Pete Hegseth.

Su colega Marco Rubio unifica en su persona el Ministerio de Exteriores (secretario de Estado) y la Consejería de Seguridad Nacional, dos burocracias enormes, además de la administración de la agencia de ayuda (al golpe de Estado) USAID. Ni uno ni otro pueden decidir gran cosa contra la infalible voluntad del desequilibrado Nerón, cuya principal virtud es concentrar todos los rasgos del típico hombre de negocios/gánster estadounidense de acuerdo con la conocida máxima de Mark Twain: “Pertenecemos a la raza anglosajona, y cuando el anglosajón quiere algo simplemente lo toma”.

Tanto en Washington como en Bruselas no hay estrategia, sino más bien un cuadro de decadencia tardorromana a cargo de toda una serie de políticos desprestigiados e incompetentes, obsesionados con la “imagen” y la “comunicación”, y rodeados de un complejo mediático y pseudoacadémico estructuralmente corrupto y servil, lo que justifica con creces la nostalgia hacia sus predecesores de los años sesenta, setenta y ochenta. ¿Qué plan quinquenal se puede esperar de esta tropa?

La decadencia institucional puede verse también en la incapacidad de las Naciones Unidas para detener la loca carrera de Israel y de Estados Unidos, para poner fin al genocidio de Gaza, condenar la guerra contra Irán y denunciar el peligro de una recesión económica mundial que contiene. El 11 de marzo, el Consejo de Seguridad de la ONU aprobó una resolución, la 2817 / 2026, que “condena en los términos más enérgicos” los “atroces ataques” de Irán contra los siete países del Golfo Pérsico que albergan bases militares e instalaciones de Estados Unidos. La resolución ignoró olímpicamente que los ataques eran respuesta al hecho de que desde esos países se bombardea Irán y se asesina a sus máximos dirigentes. La resolución ni mencionó ni condenó la agresión contra Irán y fue aprobada por trece votos a favor y cero en contra. Rusia y China vergonzosamente se abstuvieron.

Probablemente”, dice el economista Michael Hudson, “el resultado de todo esto será o bien reestructurar la ONU, o crear una organización completamente nueva que no contará con el poder de veto de EEUU, ni estará bajo el control de EEUU, y tendrá su propia financiación y presupuesto, y probablemente deberá mudarse fuera de Nueva York, ya que, como ha dicho el secretario general, Guterres, la ONU está en bancarrota y tendrá que abandonar Nueva York en agosto”. Veremos, pero de momento la guerra está demostrando  urbi et orbe  que el Imperio de Estados Unidos y sus perritos falderos europeos son el principal factor mundial de caos. Países como Japón y Corea del Sur, y hasta las mismas monarquías del Golfo pueden constatar ahora mismo que mientras el Imperio no se vaya de la principal región energética del mundo, el peligro de una gran recesión está servido. A los gobernantes de esos países les puede dar igual la masacre de poblaciones y la destrucción de sociedades enteras, pero, en buena lógica, la contracción de sus economías y la ruina de sus castillos de naipes financieros les debería espabilar.  

Y sobre la “operación terrestre” que el improvisador e iluminado Nerón podría estar barajando, un despacho de la CIA, fechado el 11 de agosto de 2008 en Arabia Saudí y divulgado por Wikileaks, resulta revelador. Dice lo siguiente: "La planta de desalinización El-Dyubail suministra a Riad (capital de Arabia Saudita, población 7 millones, 20% de la población total del país) el 90% de su agua potable. Si esa planta, sus conductos y las infraestructuras energéticas a ella asociadas resultaran seriamente dañados o destruidos, Riad debería ser evacuada en el plazo de una semana".


Del blog personal de

Rafael Poch-de-Feliu

viernes, 27 de febrero de 2026

'Pax Silica': cuando el imperio deja de fingir

 

 Por Evgeny Morozov   
      Fundador y editor de The Syllabus.

Estados Unidos no ejerce su dominio a través de la innovación, sino por cárteles de chips. Ha abandonado el teatro del libre mercado y gobierna a través de servidores y nubes


Mohammed bin Salman Al y Donald Trump durante un encuentro al que acudieron directivos de Silicon Valley.

     En la base Starbase de SpaceX, en el sur de Texas, Pete Hegseth escenificó un anuncio estratégico bajo la forma de un lanzamiento de producto: el Pentágono integrará la IA de frontera en sus operaciones cotidianas y Grok, la herramienta de inteligencia artificial de Elon Musk, se acoplará a las redes militares, recopilando y analizando datos incluso de las actividades clasificadas. El escenario no era casual: era parte del mensaje. Que un secretario de gabinete haga anuncios sobre la infraestructura estratégica de Estados Unidos desde las instalaciones de lanzamiento privadas de un multimillonario no es un accidente de comunicación: es la forma administrativa que expresa la fusión entre Estado y capital.


Pete Hegseth durante una sesión informativa para la Cámara de Representantes en el Capitolio de Washington D. C.

Durante años, la hegemonía tecnológica estadounidense se sostuvo sobre una ficción delicada: la del mercado. Las empresas privadas 'casualmente' dominaban chips, nubes y plataformas; los aliados 'casualmente' adoptaban como estándar las stacks estadounidenses; Washington simplemente arbitraba. Esa ficción se está desmoronando a la vista de todos. Lo que distingue el momento actual no es la dominación, sino el descaro: la capacidad de computación se maneja ya sin disimulo como un instrumento de política de Estado, y el Estado ha abandonado la farsa de presentarse como el espectador que asiste neutral de los triunfos de Silicon Valley.

La trayectoria se hizo visible hace un año, aunque en un registro menos teatral. El 13 de enero de 2025, el Departamento de Comercio desplegó el marco de Estados Unidos para la difusión global de la Inteligencia Artificial: un régimen de tres niveles para racionar los chips avanzados y los ecosistemas construidos a su alrededor. Los aliados más cercanos enfrentarían restricciones mínimas al acceso; la mayoría de los países quedarían limitados por cuotas y forzados a programas de concesión de licencias y autorización de centros de datos; los adversarios serían bloqueados por completo. La ambición estatal era descarnada, se guardaba el derecho a decidir quién tendría permiso para respirar dentro de la sala de servidores.


Sam Altman, director ejecutivo de OpenAI, respaldado por Microsoft, y creador de ChatGPT, participa en una charla en la Universidad de Tel Aviv, Israel.

Entonces la narrativa estadounidense se tambaleó. A finales de enero de 2025, la empresa china DeepSeek trepó hasta lo más alto de las listas de la App Store de Apple y desató el pánico en los mercados. Nvidia se desplomó cerca de un 17 % en una sola sesión, borrando del mapa aproximadamente 593.000 millones de dólares en capitalización bursátil —la mayor pérdida jamás registrada en un día. Ocurrió justo después de que los inversores se enfrentaran a una posible herejía: las ganancias en eficiencia y los atajos algorítmicos podían dinamitar el relato estadounidense según el cual la superioridad tecnológica exige escalar gastando cada vez más. Hasta Sam Altman tuvo que reconocer que el modelo R1 de DeepSeek era «impresionante», y se mostró impresionado con que DeepSeek asegurara haber entrenado su modelo anterior, el V3, con menos de 6 millones de dólares de gastos en capacidad de cómputo.

La respuesta de Washington no fue ceder el control, sino cambiar de táctica. En mayo de 2025, el Departamento de Comercio retiró el marco de difusión de IA. Lo hizo días antes de que empezaran a aplicarse sus principales exigencias. Ello no supuso dar un paso atrás en la jerarquía de control sino el reconocimiento de que regular con normas puede resultar demasiado lento en un ecosistema que funciona a base de escasez, licencias, negociación y diplomacia. Cuando las reglas no llegan a tiempo, la lógica de cártel ocupa su lugar: excepciones, listas negras, pactos y bloqueos de la cadena de suministro.

Ese bloque ya tiene nombre. Pax Silica es el intento de la administración Trump de convertir las cadenas de suministro de IA y semiconductores en una arquitectura de alianzas, acercándose así a los países que controlan los cuellos de botella críticos. Catar y los Emiratos Árabes Unidos se sumaron en enero de 2026, uniéndose a otros países como Israel, Japón, Corea del Sur, Singapur, Reino Unido y Australia. En la jerga del Departamento de Estado, se trata de una declaración de seguridad económica –paz a través del silicio–, donde “paz” significa la disciplina de que los chips, minerales, energía, logística e infraestructura de computación en la nube se encuentren bajo las condiciones que dicte Washington.




La diplomacia del cómputo no es nueva; solo lo es el descaro. Estados Unidos lleva décadas gobernando a través de intermediarios: bancos y aduanas en la era de la diplomacia del dólar, petroleras y mercados de bonos de deuda del Tesoro en la era del del petrodólar. El intermediario de hoy es la stack tecnológica. Los controles de exportación y la jurisdicción sobre la nube cumplen la función que antes desempeñaban las lanchas cañoneras y los prestamistas de deuda, pero sin el escrutinio que supone estar sometido a los titulares de prensa. A medida que el sistema se consolida, la capa de intermediarios locales se vuelve prescindible. Las licencias de uso, la telemetría (la recopilación continua de datos sobre cómo y dónde se usa el sistema) y el monopolio sobre el hardware estratégico hacen ese trabajo de manera más eficiente y barata.

La fusión entre Estado y capital se ve con más claridad allí donde el objetivo político de Washington es exportar dependencia, no productos. En julio de 2025, Trump firmó una orden ejecutiva tituladaPromoting the Export of the American AI Technology Stack, que encomendaba al Departamento de Comercio la creación de un Programa de Exportación de IA Estadounidense estructurado en torno a paquetes full-stack: hardware, servicios de nube, flujos de datos, modelos y aplicaciones. No se trata simplemente de aumentar la cuota de mercado, sino de loque se conoce como cautividad tecnológica; una forma de convertir las decisiones de compra en subordinación geopolítica.

A veces alguien dice en voz alta lo que todos callan. En julio de 2025, el secretario de Comercio Howard Lutnick explicó en televisión la lógica de controlar las exportaciones a China: se trata de vender los chips suficientes para que los desarrolladores de otros países se «enganchen al stack tecnológico estadounidense». Se expresa en un lenguaje tosco, pero la doctrina de Washington es sofisticada. La dependencia no es un accidente, es el diseño mismo del sistema.

La columna vertebral física de este orden se está construyendo a una escala que convierte en anécdota los viejos debates sobre 'política de innovación'. Stargate –presentado como una inversión de  500.000 millones de dólares en infraestructura de IA– ya se ha expandido y planea inaugurar múltiples sedes en Estados Unidos junto a socios como Oracle y SoftBank. Se informó de la creación de nuevos centros de datos bajo el paraguas de Stargate en septiembre de 2025, presentados como una iniciativa privada pero impulsados gracias l visto bueno presidencial. Según OpenAI, el despliegue supone casi 7 gigavatios de capacidad planificada y más de 400.000 millones de dólares en inversión en tres años.


Anuncian el proyecto Stargate.

Hasta los imperios tienen que negociar con la física. En enero de 2026, la Casa Blanca presionó a PJM —la mayor operadora de red eléctrica de Estados Unidos– para que celebrara una subasta de emergencia para aumentar el suministro eléctrico porque la demanda de los centros de datos estaba apretando la oferta y avivando el temor a apagones. Las propuestas de la operador para obligar a las nuevas instalaciones de alto consumo a conseguir su propia generación eléctrica o aceptar que puedan existir cortes de suministro se leen como una nota al pie de la ambición imperial: la diplomacia del cómputo depende de los electrones, y los electrones no obedecen a las notas de prensa.

El efecto geopolítico colateral es un nuevo torneo de sumisión en el que los Estados compiten no por la independencia, sino por la proximidad al centro. Japón es un buen ejemplo. SoftBank liquidó toda su participación en Nvidia –5.800 millones de dólares– para volcarse en IA, apostando por OpenAI y Stargate. Masayoshi Son también lanzó Project Crystal Land –un billón de dólares para montar un “Shenzhen americano” en Arizona. Esto es, capital japonés financiando las fantasías de reindustrialización estadounidenses. La lógica sistémica resulta transparente de observar: en un mundo monopolístico, la diversificación parece un suicidio, de modo que la jugada racional es convertirse en un agente autorizado del monopolio.

Europa juega la misma partida con mejor retórica y peores resultados: poder regulador que se enarbola y luego se cede discretamente en nombre de la competitividad. El Golfo también participa en el juego, pero cuenta con liquidez y energía. Confía en traducir su riqueza soberana en acceso privilegiado dentro del perímetro de la Pax Silica. América Latina, en cambio, no se posiciona como codesarrolladora de la stack, sino como anfitriona de sus capas más materiales y menos glamurosas: tierra, electricidad y permisos legales.

Argentina ofrece un ejemplo nítido de este panorama. En octubre de 2025, OpenAI y Sur Energy (una empresa argentina de energía renovable) firmaron una acuerdo de intenciones para explorar la posible creación de un proyecto de centro de datos de 25.000 millones de dólares. Bautizado como «Stargate Argentina», tendría una capacidad de hasta 500 megavatios. El relato de la propia OpenAI lo presentaba como una oportunidad para el desarrollo nacional: Sur Energy lideraría un consorcio local, habría incentivos a la inversión, y un socio de nube por definir completaría el esquema. Este es el pacto desarrollista contemporáneo: te venden modernización, pero tú construyes la infraestructura física y ellos conservan el control estratégico –modelos, nubes, jurisdicción, y estándares.

Brasil participa de la stack en términos similares, por razones que por supuesto nada tienen que ver con el «talento» y todo con el poder. Equinix, uno de los mayores operadores mundiales de centros de datos, presenta Brasil como mercado prioritario ante la demanda impulsada por la IA, citando la existencia de energías renovables abundantes y propuestas de exenciones fiscales para equipamiento de centros de datos. La economía política es simple: un centro de datos hiperescalar no es una fábrica en el sentido desarrollista clásico. Se parece más a un nodo privado que procesa tanto servicios públicos como privados, enchufado a ecosistemas de nube extranjeros y tratado cada vez más como infraestructura estratégica. El problema es que una vez que los Estados organizan la administración pública y los servicios privados a través de estos nodos, las posiciones de la negociación se desplazan. Lo que se vendía inicialmente como una inversión estratégica puede convertirse silenciosamente en una fuente de dependencia administrativa.

Sin necesidad de romantizarlos, pero aquí es donde los movimientos sociales entran en juego. Los conflictos que importan se librarán en torno a los precios de la energía, el uso del agua, los derechos sobre la tierra, las condiciones laborales y el estatuto legal de los datos alojados en instalaciones nacionales pero gobernados por proveedores extranjeros. La pregunta no es si la “IA” es buena o mala, sino si la nueva infraestructura puede ser forzada a rendir cuentas democráticamente o si funcionará como los ciclos extractivos anteriores: recursos públicos movilizados para sostener rentas privada, con la soberanía redefinida como el derecho a alojar las máquinas de otras potencias. 

El papel de China en esta historia no es el de ser un ejemplo moral, sino el contraste estratégico que ofrece. El momento DeepSeek fue importante porque sugirió que los controles de exportación pueden ralentizar a los rivales al tiempo que estimulan el tipo de determinación política que hace tolerable la ineficiencia. La mayoría de los gobiernos tratan la dependencia como algo natural y se concentran en gestionarla. Pekín la trata como una vulnerabilidad y, cuando es necesario, actúa en consecuencia. Esa postura es difícil de replicar en otros lugares, pero clarifica la elección real que la Pax Silica intenta ocultar: el coste del rechazo es doloroso; el coste de la obediencia es estructural.

Pax Silica es, en última instancia, una expresión inusualmente honesta. Admite que la nueva paz es una paz administrada: paz por medio del silicio, mantenida por quienes controlan el suministro. Los imperios anteriores perduraron porque sostuvieron la ficción del beneficio mutuo. El actual se muestra cada vez más impaciente con la ficción. Esa impaciencia puede resultar ser su debilidad. Cuando la dominación deja de disfrazarse de comercio, el consentimiento se vuelve más difícil de fabricar, y las fricciones de las redes eléctricas, los presupuestos y la política dejan de parecer ruido de fondo para convertirse en el terreno donde se disputará la paz del silicio.


Fuente: El Salto

lunes, 19 de enero de 2026

Una previsión prudente sobre las relaciones internacionales en 2026

 

 Por Dmitri Trenin   
      Analista e integrante del Consejo de Política Exterior y de Defensa de Rusia.

Un intento de pronóstico a corto plazo desde Moscú

     La experiencia demuestra que hacer predicciones, incluso a un plazo relativamente corto, como el próximo año, es una tarea arriesgada. Hay muchas posibilidades de darse cuenta muy pronto de la propia ingenuidad y de la incapacidad de ver a tiempo cosas que, en retrospectiva, parecen obvias. No obstante, siempre es interesante intentar vislumbrar el futuro y destacar las tendencias clave del desarrollo de las relaciones internacionales. ¿Qué sucederá en la arena mundial en 2026?




Operación militar especial”

Es muy probable que en 2026 no se alcance un acuerdo de paz sobre Ucrania que satisfaga a Rusia. Las élites gobernantes europeas, con el apoyo del Partido Demócrata de Estados Unidos y el Estado profundo, probablemente bloquearán los esfuerzos de Donald Trump por lograr la paz en condiciones aceptables para Moscú. Es más, el propio Trump, por motivos de política interna, podría «dar un giro» contra Rusia, endureciendo las sanciones contra sus exportaciones de recursos energéticos y recurriendo a medidas contra los petroleros de su «flota fantasma». En estas condiciones, la «operación diplomática especial» del Kremlin (el autor se refiere con cierta ironía al seguimiento del juego de Trump que el Kremlin practica por si acaso funcionara. N. del traductor), que se lleva a cabo desde principios de 2025, se verá obligada a detenerse, y la operación militar especial continuará con nueva fuerza.




Las hostilidades en Ucrania parecen que continuarán durante todo el año 2026. El ejército ruso avanzará, recuperando parte de los territorios de la República Popular de Donetsk y la región de Zaporizhia, que todavía están bajo el control de las Fuerzas Armadas de Ucrania. Las tropas rusas también lograrán ampliar las zonas de amortiguación en las regiones de Járkov y Sumy y, posiblemente, avanzar en otras direcciones. Las Fuerzas Armadas de Ucrania se verán obligadas a retroceder, pero gracias a la ayuda militar y financiera de los países europeos y a la ampliación de la movilización en Ucrania, podrán mantener el frente.

Al mismo tiempo, los combates se volverán cada vez más crueles, sobre todo por parte de un enemigo desesperado. Se multiplicarán las provocaciones sangrientas destinadas a desestabilizar psicológicamente a la población rusa. La moderación mostrada en respuesta («estamos en guerra con el régimen, no con el pueblo») creará en el enemigo una falsa impresión de debilidad e indecisión por nuestra parte y lo animará a cometer nuevas y cada vez más atrevidas fechorías. Como resultado, Rusia tendrá que renunciar a una serie de tabúes.

El teatro de operaciones bélicas seguirá expandiéndose de forma implícita más allá de los territorios de Ucrania y Rusia. Los ataques «anónimos» contra petroleros que transportan petróleo ruso y contra objetivos en nuestra retaguardia serán seguidos por «silenciosas» acciones de sabotaje contra objetivos pertenecientes a los Estados europeos que libran una guerra indirecta contra Rusia. Las acciones conjuntas de ucranianos y europeos con consecuencias más graves provocarán ataques de represalia, y posiblemente no solo contra Ucrania. La «guerra tácita» entre Rusia y Europa, que ya está en marcha, se intensificará, aunque es poco probable que en 2026 se llegue a un conflicto militar a gran escala.

Ucrania

El actual régimen de Kiev se mantendrá en el poder en 2026, pero es probable que lleve a cabo una rotación de su cúpula. Si se obliga a Zelenski a dimitir con el pretexto de un escándalo de corrupción, su lugar lo ocupará el «peso pesado» Zaluzhny o, más probablemente, el más «flexible» Budanov (que figura desde hace tiempo en la lista rusa de terroristas y extremistas). Kiev pasará definitivamente a estar bajo el control de los europeos. La situación de Ucrania empeorará, pero aún no se producirá un «despertar» masivo de la población: la parte más activa de los ucranianos tiene una actitud marcadamente antirrusa.


Volodymyr Zelenskyy, Keir Starmer, Friedrich Merz y Emmanuel Macron tras las conversaciones en Londres, el 8 de diciembre de 2025.

Europa

Europa seguirá siendo el bastión geográfico del liberalismo globalista. A pesar de la baja popularidad de los gobiernos de los principales países de la región —Reino Unido, Alemania y Francia—, en 2026 todos ellos lograrán mantenerse en el poder. El «cambio de las élites europeas», que algunos consideran una condición para la normalización de las relaciones de Rusia con sus vecinos occidentales, si se produce, no será pronto.

Los europeos se prepararán no tanto para una guerra con Rusia como para un enfrentamiento militar prolongado con ella, siguiendo el modelo de la Guerra Fría. Este enfrentamiento, presentado como «la defensa de la libertad y la civilización europeas frente a la barbarie rusa», ya se ha convertido en la principal idea aglutinadora de la UE. El tiempo dirá cuán sólida es esta base ideológica, pero para 2026 probablemente será suficiente.

Al mismo tiempo, las medidas prácticas encaminadas a la militarización de Europa probablemente serán menos impresionantes que las declaraciones grandilocuentes realizadas el año pasado. La difícil situación financiera de los Estados miembros de la Unión Europea, la necesidad de compensar la negativa de Estados Unidos a financiar directamente a Kiev, así como el temor a un descontento generalizado de los votantes en caso de un recorte drástico del gasto social, enfriarán el entusiasmo militarista.

La «disidencia» dentro de la UE, que hoy en día abarca los territorios de la antigua Austria-Hungría, se mantendrá (aunque el resultado de las elecciones de primavera en Hungría no está claro de antemano), pero su influencia en la política de la Europa unida seguirá siendo limitada. Mucho más importante es que la reorientación geopolítica de Estados Unidos hacia el hemisferio occidental y Asia oriental y sus consecuencias —el rechazo directo de Washington a apoyar la integración europea y el escepticismo sobre la futura ampliación de la OTAN— pueden crear un vacío de liderazgo en Europa y dar rienda suelta a las contradicciones largamente contenidas (pero no desaparecidas) entre algunos de sus países.

Estados Unidos

Los Estados Unidos celebrarán por todo lo alto el 250 aniversario de su independencia, acogerán la cumbre del G-20 y el Campeonato Mundial de Fútbol. Trump, como anfitrión de los eventos, brillará más que nunca. Sin embargo, la influencia del presidente estadounidense disminuirá, tanto por la pérdida prácticamente inevitable de la mayoría republicana en la Cámara de Representantes en las elecciones intermedias de noviembre, como por el agravamiento de las contradicciones dentro del Partido Republicano entre el ala MAGA y la élite tradicional del partido. Trump no recibirá el Premio Nobel de la Paz en 2026 y, aparentemente, parecerá envejecido y no siempre adecuado. En la antesala de las elecciones presidenciales de 2028, comenzará la lucha por la nominación de candidatos dentro de ambos partidos. La polarización política en Estados Unidos se agudizará aún más, pero no llegará a una nueva guerra civil.

La operación de enero contra Venezuela reforzó con hechos la posición de la Estrategia de Seguridad Nacional de Trump sobre la prioridad de Washington en el hemisferio occidental. Probablemente, el asunto no se limitará a Venezuela. En 2026, la amenaza se cernirá sobre los regímenes de izquierda de Cuba y Nicaragua. Colombia y México también estarán en zona de riesgo.


Manifestación de quienes se oponen al ataque a Venezuela.

Cabe esperar que Trump tome medidas para establecer el control total de Estados Unidos sobre Groenlandia. Es poco probable que Canadá se una a Estados Unidos, pero Washington intensificará la presión sobre Ottawa para obligarla a seguir estrictamente la política estadounidense. Los canadienses no podrán «refugiarse en la UE». La concentración de Trump en el hemisferio occidental creará problemas para la reputación internacional de Rusia, especialmente en caso de que se intente cambiar el régimen en Cuba (no habrá una segunda crisis del Caribe), pero al mismo tiempo debilita el interés de Washington por Ucrania.

Oriente Próximo y Medio

El primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, seguirá «resolviendo los problemas de seguridad del Estado judío», y no solo en las fronteras del país. Su prioridad sigue siendo el problema del potencial balístico de Irán. En este sentido, Netanyahu cuenta con la ayuda de Trump. Animado por el éxito de la operación para capturar al presidente Nicolás Maduro, podría intentar llevar a cabo, junto con Israel, una acción militar contra la República Islámica, cuyo objetivo serían los misiles balísticos iraníes. Al igual que durante la guerra de 12 días en junio del año pasado, se contará con que los sistemas de defensa aérea iraníes no podrán garantizar una protección fiable y que Rusia y China, tras condenar las acciones de Jerusalén Occidental y Washington, no intervendrán en el conflicto del lado de Teherán.

La situación en el propio Irán seguirá siendo tensa en 2026: en las altas esferas se intensificará la lucha por el derecho a la sucesión del líder supremo, y en las bases el descontento por la difícil situación económica se traducirá en protestas masivas. En caso de crisis del poder, no necesariamente en 2026, es posible que se reformatee el régimen político iraní con un mayor papel de las fuerzas armadas (IRGC) y una disminución de la influencia de los ayatolás. En este caso, Irán no renunciará a sus pretensiones de ser una potencia regional, pero el grado de «revolucionariedad» de su política podría disminuir.

China

Pekín aumentará su poderío militar en muchos ámbitos (armas nucleares, misiles, fuerzas navales y aéreas), con el objetivo de alcanzar la paridad militar y estratégica con Estados Unidos y la supremacía regional sobre este en la parte occidental del océano Pacífico. Las relaciones entre la República Popular China y los Estados Unidos seguirán deteriorándose, pero es poco probable que se produzca una crisis aguda con un conflicto armado en torno a Taiwán.

Paralelamente a las relaciones entre China y Estados Unidos, las relaciones entre Pekín y Tokio se deteriorarán. Al igual que los países europeos, Japón busca afirmarse frente a la gran potencia vecina, sin depender ya del apoyo automático de Estados Unidos. En la práctica, esto significa militarización y disposición a completar, si es necesario, el desarrollo de su propio arma nuclear, lo que, en caso de que se tome la decisión correspondiente, requeriría unos pocos meses, si no semanas.

Península de Corea

La RPDC seguirá reforzando su poderío nuclear y balístico, así como sus relaciones de alianza con Rusia y China. Así, en el noreste de Asia, las alianzas estadounidenses con Japón y Corea del Sur se enfrentarán a la alianza entre Moscú, Pekín y Pyongyang. Sin embargo, y en parte como consecuencia de todo ello, parece poco probable que se produzca un enfrentamiento militar entre la RPDC y la República de Corea y/o los Estados Unidos.

Los países vecinos de Rusia

En el contexto del continuo conflicto militar en Ucrania, la integración en el marco de la Unión Estatal de Rusia y Bielorrusia se reforzará sobre una base militar, incluida la nuclear. El debilitamiento de las posiciones de Trump y la creciente hostilidad de Europa hacia Minsk limitarán las perspectivas de la multivectorialidad bielorrusa.

Moldavia, que se ha convertido definitivamente en un satélite de la UE, difícilmente iniciará un conflicto armado con Transnistria. Lo más probable es que la Unión Europea intente llegar a un acuerdo con la élite de la República Popular de Moldavia para que se distancie de Rusia. La cuestión del destino de Transnistria se resolverá definitivamente tras los resultados de la Operación Militar Especial (la guerra en Ucrania. Nota del traductor), pero es poco probable que esto ocurra en 2026.

En Armenia, es probable que el partido de Pashinyan gane las elecciones de junio y que continúe su política de acercamiento a Occidente, manteniendo al mismo tiempo las relaciones económicas con Rusia, que son beneficiosas para Ereván. El acuerdo entre Armenia y Azerbaiyán está controlado con bastante seguridad por Washington, Ankara, Bruselas y Londres, por lo que es poco probable que el conflicto vuelva a estallar en 2026. Moscú mantendrá unas relaciones frías, pero en general funcionales, con Bakú. También se mantendrá un diálogo pragmático con Tibilisi.

Las relaciones de Rusia con los países de Asia Central se fortalecerán, pero seguirán siendo principalmente comerciales. Los países de la región desarrollarán colectiva e individualmente una política exterior multivectorial y construirán su identidad única (en el marco de este proceso, el período en que formaron parte del Imperio ruso y la Unión Soviética se presentará como una aberración temporal). Ambos factores alejarán gradualmente a la región de Rusia.

«Occidente colectivo» y «mayoría mundial»

Desde el año pasado, el concepto de «Occidente colectivo» designa una civilización común, pero ya no un bloque político. El cambio de enfoque en la política exterior de Estados Unidos, que ha pasado de centrarse en el imperio a centrarse en la metrópoli, priva a Europa de la posición privilegiada que ocupaba desde el comienzo de la Guerra Fría. Europa ha pasado de ser un objeto de cuidado y apoyo a convertirse en un recurso de la política exterior de la «Gran América». En las nuevas condiciones, la OTAN se mantendrá como instrumento de dominio y control estadounidense, pero la Unión Europea ya ha sido declarada de facto «un obstáculo» para la política exterior de Estados Unidos. Aquí se impone una analogía con el Imperio Británico, que durante la Segunda Guerra Mundial fue aliado de Estados Unidos, lo que no impidió que Washington trabajara para su destrucción.

En 2026, debemos replantearnos otro concepto clave, el de «mayoría mundial», que se formuló acertadamente al comienzo de la guerra como la definición de un grupo de países que no siguieron al «Occidente colectivo» en la imposición de sanciones contra Rusia. En otras palabras, se trataba de un grupo de socios actuales y potenciales de nuestro país en unas condiciones internacionales que habían cambiado drásticamente, nada más. Pero muy pronto este concepto se empezó a utilizar para designar a todos los países que se encontraban fuera de la órbita occidental, es decir, como sinónimo de «no Occidente mundial». De ahí solo quedaba un paso para presentar a la mayoría mundial, organizada en formatos como el BRICS y la Organización de Cooperación y Seguridad de Shanghai (OCS), como la antítesis del Occidente colectivo con su «siete», la OTAN y la UE. Dar ese paso significa engañarse a uno mismo.


Narendra Modi, Vladimir Putin y Xi Jinping en la cumbre BRICS, 23 de octubre de 2024.

En 2026, es poco probable que la «mayoría» muestre un deseo de mayor consolidación. Cada país de la «mayoría», desde China hasta Qatar, Camboya y Kazajistán, actuará ante todo en función de sus intereses nacionales, incluso en sus relaciones con Occidente. Esto se ve claramente en las votaciones de la ONU. El año pasado fuimos testigos de conflictos armados entre India y Pakistán, miembros de la OCS, y Camboya y Tailandia, miembros de la ASEAN. A las puertas de 2026, se agravaron las relaciones entre los principales países del Consejo de Cooperación del Golfo Pérsico, los Emiratos Árabes Unidos y Arabia Saudita (lo que se reflejó inmediatamente en el curso de la guerra en Yemen).

Así, en 2026 seguirá formándose un mundo multipolar, real y no deseado. En este mundo, los principales actores serán Estados Unidos y China, así como Rusia e India. No hablarán en nombre de diferentes civilizaciones, pero, de hecho, representarán la diversidad civilizatoria del mundo, la tarjeta de presentación de la multipolaridad. Cada una de las potencias se centrará principalmente en su propio desarrollo, pero al mismo tiempo tratará de «adaptar a su medida» su área geográfica. Algo similar ocurrirá a nivel regional, donde las potencias líderes ya son Brasil, Israel, Irán, Arabia Saudita, Turquía y Sudáfrica. La transformación del mundo occidental puede volver a dar cierta autonomía al Reino Unido, Francia, Alemania y Japón, pero si esto ocurre, no será en el transcurso del año que viene.



Del blog personal de

Rafael Poch-de-Feliu