Un
intento de pronóstico a corto plazo desde Moscú
La
experiencia demuestra que hacer predicciones, incluso a un plazo
relativamente corto, como el próximo año, es una tarea arriesgada.
Hay muchas posibilidades de darse cuenta muy pronto de la propia
ingenuidad y de la incapacidad de ver a tiempo cosas que, en
retrospectiva, parecen obvias. No obstante, siempre es interesante
intentar vislumbrar el futuro y destacar las tendencias clave del
desarrollo de las relaciones internacionales. ¿Qué sucederá en la
arena mundial en 2026?
“Operación
militar especial”
Es
muy probable que en 2026 no se alcance un acuerdo de paz sobre
Ucrania que satisfaga a Rusia. Las élites gobernantes europeas, con
el apoyo del Partido Demócrata de Estados Unidos y el Estado
profundo, probablemente bloquearán los esfuerzos de Donald Trump por
lograr la paz en condiciones aceptables para Moscú. Es más, el
propio Trump, por motivos de política interna, podría «dar un
giro» contra Rusia, endureciendo las sanciones contra sus
exportaciones de recursos energéticos y recurriendo a medidas contra
los petroleros de su «flota fantasma». En estas condiciones, la
«operación diplomática especial» del Kremlin (el
autor se refiere con cierta ironía al seguimiento del juego de Trump
que el Kremlin practica por si acaso funcionara. N.
del traductor),
que se lleva a cabo desde principios de 2025, se verá obligada a
detenerse, y la operación militar especial continuará con nueva
fuerza.

Las
hostilidades en Ucrania parecen que continuarán durante todo el año
2026. El ejército ruso avanzará, recuperando parte de los
territorios de la República Popular de Donetsk y la región de
Zaporizhia, que todavía están bajo el control de las Fuerzas
Armadas de Ucrania. Las tropas rusas también lograrán ampliar las
zonas de amortiguación en las regiones de Járkov y Sumy y,
posiblemente, avanzar en otras direcciones. Las Fuerzas Armadas de
Ucrania se verán obligadas a retroceder, pero gracias a la ayuda
militar y financiera de los países europeos y a la ampliación de la
movilización en Ucrania, podrán mantener el frente.
Al
mismo tiempo, los combates se volverán cada vez más crueles, sobre
todo por parte de un enemigo desesperado. Se multiplicarán las
provocaciones sangrientas destinadas a desestabilizar
psicológicamente a la población rusa. La moderación mostrada en
respuesta («estamos
en guerra con el régimen, no con el pueblo»)
creará en el enemigo una falsa impresión de debilidad e indecisión
por nuestra parte y lo animará a cometer nuevas y cada vez más
atrevidas fechorías. Como resultado, Rusia tendrá que renunciar a
una serie de tabúes.
El
teatro de operaciones bélicas seguirá expandiéndose de forma
implícita más allá de los territorios de Ucrania y Rusia. Los
ataques «anónimos» contra petroleros que transportan petróleo
ruso y contra objetivos en nuestra retaguardia serán seguidos por
«silenciosas» acciones de sabotaje contra objetivos pertenecientes
a los Estados europeos que libran una guerra indirecta contra Rusia.
Las acciones conjuntas de ucranianos y europeos con consecuencias más
graves provocarán ataques de represalia, y posiblemente no solo
contra Ucrania. La «guerra tácita» entre Rusia y Europa, que ya
está en marcha, se intensificará, aunque es poco probable que en
2026 se llegue a un conflicto militar a gran escala.
Ucrania
El
actual régimen de Kiev se mantendrá en el poder en 2026, pero es
probable que lleve a cabo una rotación de su cúpula. Si se obliga a
Zelenski a dimitir con el pretexto de un escándalo de corrupción,
su lugar lo ocupará el «peso pesado» Zaluzhny o, más
probablemente, el más «flexible» Budanov (que figura desde hace
tiempo en la lista rusa de terroristas y extremistas). Kiev pasará
definitivamente a estar bajo el control de los europeos. La situación
de Ucrania empeorará, pero aún no se producirá un «despertar»
masivo de la población: la parte más activa de los ucranianos tiene
una actitud marcadamente antirrusa.
Volodymyr Zelenskyy, Keir Starmer, Friedrich Merz y Emmanuel Macron tras las conversaciones en Londres, el 8 de diciembre de 2025.
Europa
Europa
seguirá siendo el bastión geográfico del liberalismo globalista. A
pesar de la baja popularidad de los gobiernos de los principales
países de la región —Reino Unido, Alemania y Francia—, en 2026
todos ellos lograrán mantenerse en el poder. El «cambio de las
élites europeas», que algunos consideran una condición para la
normalización de las relaciones de Rusia con sus vecinos
occidentales, si se produce, no será pronto.
Los
europeos se prepararán no tanto para una guerra con Rusia como para
un enfrentamiento militar prolongado con ella, siguiendo el modelo de
la Guerra Fría. Este enfrentamiento, presentado como «la defensa de
la libertad y la civilización europeas frente a la barbarie rusa»,
ya se ha convertido en la principal idea aglutinadora de la UE. El
tiempo dirá cuán sólida es esta base ideológica, pero para 2026
probablemente será suficiente.
Al
mismo tiempo, las medidas prácticas encaminadas a la militarización
de Europa probablemente serán menos impresionantes que las
declaraciones grandilocuentes realizadas el año pasado. La difícil
situación financiera de los Estados miembros de la Unión Europea,
la necesidad de compensar la negativa de Estados Unidos a financiar
directamente a Kiev, así como el temor a un descontento generalizado
de los votantes en caso de un recorte drástico del gasto social,
enfriarán el entusiasmo militarista.
La
«disidencia» dentro de la UE, que hoy en día abarca los
territorios de la antigua Austria-Hungría, se mantendrá (aunque el
resultado de las elecciones de primavera en Hungría no está claro
de antemano), pero su influencia en la política de la Europa unida
seguirá siendo limitada. Mucho más importante es que la
reorientación geopolítica de Estados Unidos hacia el hemisferio
occidental y Asia oriental y sus consecuencias —el rechazo directo
de Washington a apoyar la integración europea y el escepticismo
sobre la futura ampliación de la OTAN— pueden crear un vacío de
liderazgo en Europa y dar rienda suelta a las contradicciones
largamente contenidas (pero no desaparecidas) entre algunos de sus
países.
Estados
Unidos
Los
Estados Unidos celebrarán por todo lo alto el 250 aniversario de su
independencia, acogerán la cumbre del G-20 y el Campeonato Mundial
de Fútbol. Trump, como anfitrión de los eventos, brillará más que
nunca. Sin embargo, la influencia del presidente estadounidense
disminuirá, tanto por la pérdida prácticamente inevitable de la
mayoría republicana en la Cámara de Representantes en las
elecciones intermedias de noviembre, como por el agravamiento de las
contradicciones dentro del Partido Republicano entre el ala MAGA y la
élite tradicional del partido. Trump no recibirá el Premio Nobel de
la Paz en 2026 y, aparentemente, parecerá envejecido y no siempre
adecuado. En la antesala de las elecciones presidenciales de 2028,
comenzará la lucha por la nominación de candidatos dentro de ambos
partidos. La polarización política en Estados Unidos se agudizará
aún más, pero no llegará a una nueva guerra civil.
La
operación de enero contra Venezuela reforzó con hechos la posición
de la Estrategia de Seguridad Nacional de Trump sobre la prioridad de
Washington en el hemisferio occidental. Probablemente, el asunto no
se limitará a Venezuela. En 2026, la amenaza se cernirá sobre los
regímenes de izquierda de Cuba y Nicaragua. Colombia y México
también estarán en zona de riesgo.
Manifestación de quienes se oponen al ataque a Venezuela.
Cabe esperar que Trump tome
medidas para establecer el control total de Estados Unidos sobre
Groenlandia. Es poco probable que Canadá se una a Estados Unidos,
pero Washington intensificará la presión sobre Ottawa para
obligarla a seguir estrictamente la política estadounidense. Los
canadienses no podrán «refugiarse en la UE». La concentración de
Trump en el hemisferio occidental creará problemas para la
reputación internacional de Rusia, especialmente en caso de que se
intente cambiar el régimen en Cuba (no habrá una segunda crisis del
Caribe), pero al mismo tiempo debilita el interés de Washington por
Ucrania.
Oriente
Próximo y Medio
El
primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, seguirá «resolviendo
los problemas de seguridad del Estado judío», y no solo en las
fronteras del país. Su prioridad sigue siendo el problema del
potencial balístico de Irán. En este sentido, Netanyahu cuenta con
la ayuda de Trump. Animado por el éxito de la operación para
capturar al presidente Nicolás Maduro, podría intentar llevar a
cabo, junto con Israel, una acción militar contra la República
Islámica, cuyo objetivo serían los misiles balísticos iraníes. Al
igual que durante la guerra de 12 días en junio del año pasado, se
contará con que los sistemas de defensa aérea iraníes no podrán
garantizar una protección fiable y que Rusia y China, tras condenar
las acciones de Jerusalén Occidental y Washington, no intervendrán
en el conflicto del lado de Teherán.
La
situación en el propio Irán seguirá siendo tensa en 2026: en las
altas esferas se intensificará la lucha por el derecho a la sucesión
del líder supremo, y en las bases el descontento por la difícil
situación económica se traducirá en protestas masivas. En caso de
crisis del poder, no necesariamente en 2026, es posible que se
reformatee el régimen político iraní con un mayor papel de las
fuerzas armadas (IRGC) y una disminución de la influencia de los
ayatolás. En este caso, Irán no renunciará a sus pretensiones de
ser una potencia regional, pero el grado de «revolucionariedad» de
su política podría disminuir.
China
Pekín
aumentará su poderío militar en muchos ámbitos (armas nucleares,
misiles, fuerzas navales y aéreas), con el objetivo de alcanzar la
paridad militar y estratégica con Estados Unidos y la supremacía
regional sobre este en la parte occidental del océano Pacífico. Las
relaciones entre la República Popular China y los Estados Unidos
seguirán deteriorándose, pero es poco probable que se produzca una
crisis aguda con un conflicto armado en torno a Taiwán.
Paralelamente
a las relaciones entre China y Estados Unidos, las relaciones entre
Pekín y Tokio se deteriorarán. Al igual que los países europeos,
Japón busca afirmarse frente a la gran potencia vecina, sin depender
ya del apoyo automático de Estados Unidos. En la práctica, esto
significa militarización y disposición a completar, si es
necesario, el desarrollo de su propio arma nuclear, lo que, en caso
de que se tome la decisión correspondiente, requeriría unos pocos
meses, si no semanas.
Península
de Corea
La
RPDC seguirá reforzando su poderío nuclear y balístico, así como
sus relaciones de alianza con Rusia y China. Así, en el noreste de
Asia, las alianzas estadounidenses con Japón y Corea del Sur se
enfrentarán a la alianza entre Moscú, Pekín y Pyongyang. Sin
embargo, y en parte como consecuencia de todo ello, parece poco
probable que se produzca un enfrentamiento militar entre la RPDC y la
República de Corea y/o los Estados Unidos.
Los
países vecinos de Rusia
En
el contexto del continuo conflicto militar en Ucrania, la integración
en el marco de la Unión Estatal de Rusia y Bielorrusia se reforzará
sobre una base militar, incluida la nuclear. El debilitamiento de las
posiciones de Trump y la creciente hostilidad de Europa hacia Minsk
limitarán las perspectivas de la multivectorialidad bielorrusa.
Moldavia,
que se ha convertido definitivamente en un satélite de la UE,
difícilmente iniciará un conflicto armado con Transnistria. Lo más
probable es que la Unión Europea intente llegar a un acuerdo con la
élite de la República Popular de Moldavia para que se distancie de
Rusia. La cuestión del destino de Transnistria se resolverá
definitivamente tras los resultados de la Operación Militar Especial
(la
guerra en Ucrania. Nota del traductor),
pero es poco probable que esto ocurra en 2026.
En
Armenia, es probable que el partido de Pashinyan gane las elecciones
de junio y que continúe su política de acercamiento a Occidente,
manteniendo al mismo tiempo las relaciones económicas con Rusia, que
son beneficiosas para Ereván. El acuerdo entre Armenia y Azerbaiyán
está controlado con bastante seguridad por Washington, Ankara,
Bruselas y Londres, por lo que es poco probable que el conflicto
vuelva a estallar en 2026. Moscú mantendrá unas relaciones frías,
pero en general funcionales, con Bakú. También se mantendrá un
diálogo pragmático con Tibilisi.
Las
relaciones de Rusia con los países de Asia Central se fortalecerán,
pero seguirán siendo principalmente comerciales. Los países de la
región desarrollarán colectiva e individualmente una política
exterior multivectorial y construirán su identidad única (en el
marco de este proceso, el período en que formaron parte del Imperio
ruso y la Unión Soviética se presentará como una aberración
temporal). Ambos factores alejarán gradualmente a la región de
Rusia.
«Occidente
colectivo» y «mayoría mundial»
Desde
el año pasado, el concepto de «Occidente colectivo» designa una
civilización común, pero ya no un bloque político. El cambio de
enfoque en la política exterior de Estados Unidos, que ha pasado de
centrarse en el imperio a centrarse en la metrópoli, priva a Europa
de la posición privilegiada que ocupaba desde el comienzo de la
Guerra Fría. Europa ha pasado de ser un objeto de cuidado y apoyo a
convertirse en un recurso de la política exterior de la «Gran
América». En las nuevas condiciones, la OTAN se mantendrá como
instrumento de dominio y control estadounidense, pero la Unión
Europea ya ha sido declarada de facto «un obstáculo» para la
política exterior de Estados Unidos. Aquí se impone una analogía
con el Imperio Británico, que durante la Segunda Guerra Mundial fue
aliado de Estados Unidos, lo que no impidió que Washington trabajara
para su destrucción.
En 2026, debemos replantearnos otro
concepto clave, el de «mayoría mundial», que se formuló
acertadamente al comienzo de la guerra como la definición de un
grupo de países que no siguieron al «Occidente colectivo» en la
imposición de sanciones contra Rusia. En otras palabras, se trataba
de un grupo de socios actuales y potenciales de nuestro país en unas
condiciones internacionales que habían cambiado drásticamente, nada
más. Pero muy pronto este concepto se empezó a utilizar para
designar a todos los países que se encontraban fuera de la órbita
occidental, es decir, como sinónimo de «no Occidente mundial». De
ahí solo quedaba un paso para presentar a la mayoría mundial,
organizada en formatos como el BRICS y la Organización de
Cooperación y Seguridad de Shanghai (OCS), como la antítesis del
Occidente colectivo con su «siete», la OTAN y la UE. Dar ese paso
significa engañarse a uno mismo.

Narendra Modi, Vladimir Putin y Xi Jinping en la cumbre BRICS, 23 de octubre de 2024.
En
2026, es poco probable que la «mayoría» muestre un deseo de mayor
consolidación. Cada país de la «mayoría», desde China hasta
Qatar, Camboya y Kazajistán, actuará ante todo en función de sus
intereses nacionales, incluso en sus relaciones con Occidente. Esto
se ve claramente en las votaciones de la ONU. El año pasado fuimos
testigos de conflictos armados entre India y Pakistán, miembros de
la OCS, y Camboya y Tailandia, miembros de la ASEAN. A las puertas de
2026, se agravaron las relaciones entre los principales países del
Consejo de Cooperación del Golfo Pérsico, los Emiratos Árabes
Unidos y Arabia Saudita (lo que se reflejó inmediatamente en el
curso de la guerra en Yemen).
Así,
en 2026 seguirá formándose un mundo multipolar, real y no deseado.
En este mundo, los principales actores serán Estados Unidos y China,
así como Rusia e India. No hablarán en nombre de diferentes
civilizaciones, pero, de hecho, representarán la diversidad
civilizatoria del mundo, la tarjeta de presentación de la
multipolaridad. Cada una de las potencias se centrará principalmente
en su propio desarrollo, pero al mismo tiempo tratará de «adaptar a
su medida» su área geográfica. Algo similar ocurrirá a nivel
regional, donde las potencias líderes ya son Brasil, Israel, Irán,
Arabia Saudita, Turquía y Sudáfrica. La transformación del mundo
occidental puede volver a dar cierta autonomía al Reino Unido,
Francia, Alemania y Japón, pero si esto ocurre, no será en el
transcurso del año que viene.
Del
blog personal de
Rafael
Poch-de-Feliu