Profesor e investigador en
la Facultad de Ciencias Sociales y miembro del Grupo de Estudios
sobre América Latina y el Caribe de la Universidad de Buenos Aires.
Fue
en la posguerra, al compás de la significación creciente que
adquiría la problemática ambiental, cuando surgieron y se
multiplicaron los estudios científicos sobre el papel de las
emisiones de dióxido de carbono en la elevación de la temperatura
de la Tierra y sobre sus potenciales efectos catastróficos
Entre
los años sesenta y setenta se consolidó el consenso científico
sobre el llamado cambio climático que en la década siguiente se
transformó en voz de alarma. Y a principios de la década siguiente
la Convención Marco sobre cambio climático adoptada por los países
miembros de las Naciones Unidas reconoció que “las
actividades humanas han ido aumentando sustancialmente las
concentraciones de gases de efecto invernadero en la atmósfera… lo
cual dará como resultado, en promedio, un calentamiento adicional de
la superficie y la atmósfera de la Tierra y puede afectar
adversamente a los ecosistemas naturales y a la humanidad” siendo
que “tanto históricamente como en la actualidad la mayor parte de
las emisiones… han tenido su origen en los países desarrollados”.

Y,
pocos años después, se adoptó el primer acuerdo internacional para
reducir esas emisiones, el Protocolo de Kioto, en el que
los países industrializados se comprometían a reducirlas “a un
nivel inferior en no menos de 5% al de 1990 en el período de
compromiso comprendido entre el año 2008 y el 2012”.
Casi
treinta años después el panorama no podría ser más contrapuesto y
amenazante. Las mediciones oficiales señalan que entre 1991 y 2021
se emitió más dióxido de carbono que en los dos siglos anteriores,
siendo que esas emisiones no han dejado de crecer año tras año, a
excepción de 2020 bajo la pandemia de COVID. La misma tendencia
creciente experimentaron las concentraciones de estos gases de efecto
invernadero en la atmósfera. El calentamiento global ha dejado de
ser una advertencia de científicos y gobiernos para convertirse en
el despliegue recurrente de fenómenos meteorológicos extremos que
golpean y afectan hoy la vida de poblaciones y territorios. El propio
Secretario General de Naciones Unidas reconoció hace unos años que
“ha llegado la era del hervor global” afirmando que “el cambio
climático está aquí. Es aterrador. Y es solo el principio… la
única sorpresa es la velocidad del cambio”. Esa es la realidad
actual, el cambio climático se ha transformado en crisis, en crisis
climática.

Emisiones de CO2 (toneladas métricas per cápita).
Las
mediciones internacionales sobre la evolución de la temperatura
media global terrestre indican la misma presentificación de esta
crisis. 21 de los 22 meses transcurridos entre julio de 2023 y abril
de 2024 registraron incrementos iguales o mayores a 1,5 °C, uno de
los límites a no superar según los compromisos asumidos en el
Acuerdo de Paris, y el año 2024, que superó ese límite, se
convirtió en el más cálido desde que se tienen registros.
Los vehículos de pasajeros grandes y pesados fueron responsables de más del 20% del crecimiento de las emisiones globales de CO2 relacionadas con la energía el año pasado.
La
propia Organización Meteorológica Mundial reconoció que existen
grandes posibilidades de superar la marca de los 1,5 °C en el
quinquenio 2025–2029, una estimación que comparten estudiosos y
movimientos populares. Pero no requerimos necesariamente de estas
evidencias para dar crédito a la presencia y gravedad de esta
situación, afrontamos hoy sus efectos en la vida cotidiana, en
particular, con la evolución de colapsos climáticos locales
recurrentes que avanzan afectando diferentes lugares a lo largo y
ancho del mundo.
Es
claro que las soluciones ecocapitalistas que se han implementado en
las décadas pasadas han fracasado estrepitosamente. Ni la
mercantilización del clima con los mercados de carbono ni el
solucionismo tecnológico que reduce el cambio al uso de las energías
renovables han conseguido reducir las emisiones y salir del rumbo que
lleva a la catástrofe. La máquina del capitalismo fósil y los
intereses de una elite que se beneficia del mismo han podido
imponerse hasta ahora. Y cuando el cambio del clima se transforma en
crisis, cuando esa crisis se expresa en múltiples dimensiones de la
vida social con recesión y desigualdad, con autoritarismos y
violencia, con la expansión de la guerra y la militarización,
cuestionando al capitalismo moderno colonial, la llegada de las
extremas derechas levanta las banderas del negacionismo climático.
En
otras oportunidades hemos analizado las recetas del solucionismo
tecnológico de mercado, de la llamada economía verde y el Green
New Deal, sus
vinculaciones con las racionalidades neoliberales y sus consecuencias
societales. En este caso, nos proponemos reflexionar sobre las
significaciones que adopta la historia y los efectos de poder de esa
narrativa que niega la crisis climática y sus orígenes sociales.
Del
negacionismo climático al ecofascismo
No
se trata de que las elites desconozcan el cambio climático, su
dinámica y efectos presentes y futuros. El selecto grupo de
empresarios, gerentes y políticos que participan del Foro Económico
Mundial de Davos identificaron entre los riesgos más importantes a
afrontar en la próxima década a los eventos climáticos extremos y
al cambio climático de los sistema terrestres.
Y
el propio Donald Trump que impulsa el abandono de las negociaciones y
acuerdos internacionales sobre el calentamiento global y ataca estas
políticas y saberes científicos incluso en el plano nacional, no
modificó el monitoreo y planificación del Departamento de Estado y
el Pentágono sobre los efectos del cambio climático, así como sus
amenazas de comprar o anexar Groenlandia y Canadá se inspiran en que
el deshielo de esos territorios permitirá la explotación de
estimados bienes naturales y abrirá la ruta marítima del Ártico al
comercio internacional.

Así,
no es la ignorancia sino el interés lo que sostiene al negacionismo
climático. Por una parte, se trata de rechazar toda intervención o
regulación pública estatal de la economía, así tenga
inspiraciones ecológicas, en consonancia con los preceptos que guían
las ideas neoliberales. Para este campo de pensamiento,
particularmente para sus expresiones libertarias y anarcocapitalistas
como la que formuló el economista estadounidense Murray Rothbard, la
problemática socioambiental, junto al feminismo, forman parte de esa
agenda nominada como woke que
utilizan las fuerzas de izquierda para sostener hoy su crítica al
capitalismo contemporáneo y su demanda de intervención estatal.
Pero,
por otra parte, el rechazo a las políticas nacionales o
internacionales que promuevan cierta transición ecológica,
particularmente en el campo de las fuentes de energía, encuentra el
inicial y más potente sustento en el complejo industrial
hidrocarburífero particularmente afectado por estos cambios. Entre
estas corporaciones se cuentan las grandes petroleras, las llamadas
“siete hermanas” señaladas como responsables de tantos golpes de
Estado y guerras que plagaron de dolor la historia de los pueblos del
Sur del mundo. Son justamente estas empresas las que promovieron y
financiaron redes de ONG, científicos, periodistas, medios,
instituciones, coaliciones de la sociedad civil y fueron construyendo
los dispositivos y los discursos del negacionismo climático.
Se
trata de un proceso similar al experimentado con las tabacaleras en
los Estados Unidos en la posguerra en lo que podría bautizarse como
la estrategia Philips Morris. Aún a sabiendas que el consumo de
cigarrillos provocaba cáncer y otras afecciones a la salud humana,
cuestión que conocían desde mediados de los años cincuenta, las
empresas del sector lo mantuvieron en secreto, lo negaron por todos
los medios y llevaron a cabo campañas publicitarias engañosas,
mintieron bajo juramento, incidieron sobre los responsables políticos
y financiaron investigaciones sesgadas para crear confusión y
ocultar sus responsabilidades mientras proseguían con sus negocios e
incrementaban sus ganancias.
Esa
fue la respuesta del capital. La defensa del lucro privado en
desmedro de la vida. Y es la misma que llevan adelante hoy las
petroleras y el complejo hidrocarburífero frente a la crisis
climática, planteando una amenaza mucho mayor sobre las poblaciones
y ecosistemas, sobre la vida humana y no humana.
Las predicciones climáticas mundiales indican temperaturas en niveles sin precedentes o cercanas a ellos durante los próximos 5 años.
De
este modo, frente a la creación del Grupo Intergubernamental de
Expertos sobre el Cambio Climático (conocido por sus siglas en
inglés IPCC por Intergovernmental
Panel on Climate Change)
en 1989, la compañía Exxon Mobil promovió la creación de
la Global
Climate Coalition que
se transformó en el mayor grupo de presión sobre política
climática a nivel global, se opuso al Protocolo de Kioto y desempeñó
un papel nada menor en el bloqueo de su ratificación por parte de
los Estados Unidos.
Integrada
por las principales corporaciones petroleras, del carbón,
automovilísticas, forestales, entre otras, esta poderosa coalición
buscó sembrar dudas sobre las evidencias del cambio climático,
financiando a políticos, periodistas y científicos que cuestionaran
el consenso que estaba constituyéndose a nivel internacional sobre
sus causas, su significación y sus consecuencias a pesar de que
internamente las mismas eran reconocidas.
Sin
embargo, con la elaboración del Protocolo de Kioto a partir de 1997,
las empresas comenzaron a abandonar la coalición en un cambio de
estrategia que las llevaría a presionar por incorporar los
mecanismos de mercado en el tratamiento del cambio climático que ya
hemos examinado. Estas opciones por el greenmarket (mercados
verdes) y el greenwashing (engaño
publicitario) condujeron al surgimiento de otras asociaciones como,
por ejemplo, el Consejo Empresarial Mundial para el
Desarrollo Sostenible o Negocios por una Política Climática y
Energética Innovadora.
Finalmente
en 2001 la Global
Climate Coalition se
disolvió y comenzó otro periodo del negacionismo climático más
orientado a negar sus causas sociales antropogénicas que a
cuestionar la existencia de un cambio en el clima y la consecuente
intensificación de los fenómenos meteorológicos, a promover lo que
ha sido llamado el escepticismo climático y a articularse
crecientemente con el neoconservadurismo estadounidense que estaba ya
en expansión.
Finalmente,
con la elección presidencial de Donald Trump en 2016, el
negacionismo consolidó su vínculo con las extremas derechas y se
expresó como política pública a nivel nacional e internacional de
la potencia hegemónica del capitalismo occidental. Esta vinculación
se expresó también en sus redes organizacionales y de think
tanks como
la Red Atlas creada en 1981 y la CPAC (Conferencia Política de
Acción Conservadora) inaugurada en 1974 donde confluyeron tanto el
financiamiento del capitalismo fósil como la promoción del
negacionismo climático.
Bajo
la configuración de estas nuevas derechas y su orientación
neofascista se desplegó así un nuevo movimiento negacionista que
cuenta con estructuras de financiamiento, organización, producción
intelectual, difusión y acciones colectivas.
Bajo
las extremas derechas, este movimiento se caracterizó por la
articulación del antiecologismo con el racismo antiimigrante; donde
la inmigración, particularmente musulmana, y los movimientos
socioambientales son concebidos como cuestionadores del modo de vida
occidental, de su progreso y bienestar; así, desde esta mirada,
expresan el intento de las poblaciones del Sur del mundo
por apropiarse de la riqueza y el trabajo del Norte Global. A la
inmigración y el ambientalismo se los presenta así como promotores
de una reprimitivización del capitalismo nortecéntrico.
En
esta programática, el negacionismo climático en clave neofascista
adquiere finalmente la fisonomía de un ecofascismo, de construcción
de un régimen autoritario justificado también para gestionar los
eventos catastróficos de la crisis climática. Se trata de la
promoción de un lebensraum,
de un espacio vital que proteja con murallas a un fragmento de la
sociedad identificado por una ciudadanía racial del resto del mundo
que se hunde en ruinas.
Esta
tradición del negacionismo climático vinculada a las extremas
derechas del Norte Global puede comprenderse, desde cierta
perspectiva, como expresión de una de las dos corrientes del
pensamiento ambiental sistémico que viene desplegándose con
diferentes inflexiones desde el siglo XIX, aquella que podemos
identificar bajo el nombre de neomaltusianismo y que hemos examinado
detenidamente en otra oportunidad.
La
otra corriente, la del solucionismo tecnológico de mercado que hemos
referido anteriormente, más presente en las extremas derechas
latinoamericanas, por ejemplo en el Gobierno argentino actual,
sostiene un negacionismo climático que se orienta menos por
el racismo y más por la promoción del libre mercado.
Pero,
en sus diferentes inflexiones el movimiento negacionista promueve la
naturalización de la crisis, busca transformar en natural aquello
que es profundamente social, como lo demuestran hasta el cansancio
todas las evidencias científicas de las que disponemos, entre ellas
las mediciones del crecimiento sostenido de las emisiones de gases de
efecto invernadero desde el siglo XIX, a partir de la revolución
industrial y la máquina de vapor, y, de modo paralelo, el incremento
de la concentración de estos gases en la atmosfera y de la
temperatura media terrestre global.
Pero
existe otra forma de naturalizar la crisis climática que, incluso,
está tan extendida como la anterior. Nos referimos a aquella
perspectiva que reduce sus causas sociales a la naturaleza humana.
Desde esta mirada, son las sociedades humanas, la especie en si
misma, su prioridad natural de maximizar el bienestar individual por
encima de todo, el giro antropocéntrico que eleva y
enaltece a los humanos mientras objetiviza y subordina a la
naturaleza, las causas y los responsables de la destrucción
ambiental y, en definitiva, del calentamiento global.
Expresión
de esta perspectiva es también la nominación de
Antropoceno para identificar a una edad geológica que sucede al
Holoceno y que se caracteriza por estos efectos terribles sobre la
naturaleza, el ambiente y la vida. Y, sin embargo, los que acuñaron
este término fecharon el comienzo de esta era en la Revolución
Industrial.
Ciertamente,
construir una concepción antropocéntrica o de naturaleza humana en
base los últimos dos siglos y medio respecto de una historia humana
de dos mil siglos (200.000 años, desde la aparición del homo
sapiens) no parece muy serio. Por el contrario, la naturalización
humana del cambio climático oculta la responsabilidad que en éste
tiene una forma particular de organizar la sociedad, la producción y
el trabajo que se llama capitalismo.
Sobre
ello, se ha demostrado que la opción por la máquina de vapor en el
Siglo XIX resultó una decisión del capital para debilitar las
fuerzas y demandas obreras concentrando las industrias en las
ciudades donde operaba un nutrido ejército de reserva, así como el
desarrollo de una matriz energética basada en el uso de los
hidrocarburos a principios del siglo XX tuvo un apoyo central en la
fuerza ganada por el complejo petrolero y automovilístico
estadounidense.
Asimismo,
desde Marx a numerosos estudiosos han fundamentado que la escisión
social –naturaleza que justifica la cosificación, explotación y
deterioro de esta última- se constituye por primera vez en el
proceso de transición del feudalismo al capitalismo en Europa
-proyectada globalmente a partir de la conquista y colonización
europea del Sur del mundo- y que dicha dualización adopta una nueva
y más destructiva forma bajo la neoliberalización capitalista. La
crisis climática no resulta así una responsabilidad de las
sociedades humanas, sino específicamente del capitalismo moderno
colonial; se trata, en definitiva, del Capitaloceno.
De
la naturalización climática a la adaptación microsocial
Ciertamente,
la progresión del cambio climático y su mutación en crisis en los
últimos años con el reguero de colapsos locales que se despliegan a
lo largo y ancho del mundo, evidencian el fracaso de las soluciones
sistémicas planteadas hasta ahora. Pero este fracaso es ocultado en
parte al promover la naturalización de la crisis.
Ernst
Bloch, ante otra era de catástrofes, la de entreguerras del siglo
XX, afirmaba que “el interés burgués quisiera incluso incluir en
su propio fracaso todo interés que se le oponga; para hacer
desfallecer la nueva vida, trata de convertir en principio su propia
agonía aparentemente ontológica”.
Así mismo
sucede con la naturalización de la crisis climática. Si la misma se
transforma en natural, el combate de sus causas resulta relativamente
inútil, solo queda prepararse para afrontarla. Y eso ha acontecido
en el marco de las negociaciones y políticas climáticas a nivel
global. En los últimos años lo que se llama oficialmente
mitigación, las políticas orientadas a reducir los gases de efecto
invernadero y potenciar la absorción de los sumideros, han ido
perdiendo importancia en la atención internacional, mientras ha ido
cobrando centralidad la llamada adaptación, es decir, las acciones
que se adoptan para reducir la vulnerabilidad de las
poblaciones y los territorios frente al impacto de la crisis
climática.
En
esta dirección, en 2010 la aprobación del Marco de Adaptación de
Cancún en el marco de la COP de Naciones Unidas resolvió la
creación de un Comité de Adaptación, un programa para ayudar a los
países menos industrializados a elaborar planes nacionales de
adaptación y un programa de trabajo sobre pérdidas y daños
asociados al cambio climático. Y, en 2015, el Acuerdo de Paris
estableció, en su artículo séptimo, como uno de sus principales
objetivos “aumentar la capacidad adaptativa, reducir la
vulnerabilidad y mejorar la resiliencia frente a los impactos del
cambio climático”.
Sin
embargo, el financiamiento acordado en los últimos años por el
Norte en relación a este y otros rubros climáticos estuvo lejos de
cumplirse. Compromisos limitados e incumplidos transforman en
irrealizable el requerimiento de 387.000 millones de dólares
estimado por Naciones Unidas para costear hasta 2030 la adaptación
en los países llamados en desarrollo.
En
similar dirección, la hegemonía de las políticas neoliberales y de
ajuste, incluso bajo la forma de las extremas derechas, profundiza el
desmantelamiento de las regulaciones estatales y del gasto fiscal
social.
Consideremos
que solo 55 países han presentado sus planes nacionales de
adaptación. De este modo, mientras que Naciones Unidas estima que
alrededor de 3600 millones de personas (casi la mitad de la población
mundial) se encuentran expuestas a los peores efectos del cambio
climático, los límites capitalistas para sostener una política
pública consistente incluso con las estrategias de adaptación a
nivel internacional y nacional y el arte de gobierno neoliberal que
enfatiza la individuación de la responsabilidad promueven su
desplazamiento al ámbito de lo microsocial.
Así,
en los últimos años hemos visto desplegarse prácticas y discursos
orientados hacia estrategias individuales y/o grupales de respuesta a
la amenaza de una catástrofe o a su presentificación actual.
Por
una parte, esa capa de multimillonarios construida al calor de los
procesos de desigualación social profundizados en los últimos años
se orienta a asegurar su capacidad de huida y refugio. Ya sea en los
nuevos búnkeres como el que construyó recientemente Mark Zuckerberg
en Hawaii o con la colonización del planeta Marte, tal como propone
el proyecto SpaceX de Elon Musk y su idea de vida multiplanetaria, o
a partir de la transferencia del cerebro a supercomputadoras, tal
como lo formuló el director de ingeniería de Google Ray Kurzweil.
En todos los casos se trata del sueño del éxodo de los superricos
frente a un mundo que se sumerge en una catástrofe creciente
provocada por sus propios negocios.
Por
otra parte, la naturalización de la crisis climática promueve una
matriz que al tiempo que excluye a las clases dominantes y al
modo de organización socioeconómica de toda responsabilidad de la
crisis, pretende convertir sus manifestaciones climáticas en sucesos
imprevisibles e incognoscibles que solo dejan opción a la
resignación, a la alienación religiosa o a la resiliencia
individual o grupal. A ello contribuye el hecho de que la relación
entre el sistema social y los fenómenos meteorológicos extremos es
mediada, lo que facilita que estos puedan ser interpretados más
fácilmente como un resultado endemoniado de la naturaleza. La
memoria de una sociedad pasada cuya vida estaba condicionada por los
eventos naturales que eran revestidos de potencias mitológicas y
religiosas retorna hoy en la gestión subjetiva de la incertidumbre y
la crisis.
En
esta dirección, el negacionismo climático y las racionalidades
neoliberales pretenden desplazar, una vez más, el desafío de
afrontar la crisis sobre los individuos y poblaciones. Negada toda
posibilidad de mitigación, la adaptación quiere inscribirse así en
el plano de la respuesta microsocial, no importa que la catástrofe
climática afecte en mayor medida a los sectores trabajadores y
populares, a les niñes, adultos mayores y grupos más vulnerables y
a los países más pobres o con menores recursos. La catástrofe
climática potencia la desigualdad que es concebida por el
neoliberalismo también como natural.
Y,
asimismo, el propio calentamiento global es resultado de la
desigualdad. Recordemos que el 10% más rico de la
población mundial es responsable del 50% de todas las emisiones,
mientras que el 50% inferior sólo produce aproximadamente el 12% del
total, o que el 10% de la población más rica de América Latina y
el Caribe emite 19,2 toneladas de CO2 mientras que el 50%
de menores ingresos sólo 2 toneladas.
En
la misma dirección, las emisiones per
capita de
Nuestra América se estimaron para 2020 en 2,2 toneladas métricas
(MT) de CO2, las de Afganistán, tan castigado por las inundaciones y
las invasiones, de sólo 0,22 MT,
las de Sudán, arrasado por olas de calor y sequías y una guerra
civil, de 0,44 MT,
o Bangladesh, con parte de sus territorios costeros amenazados por la
elevación del nivel del mar, de 0,51 MT,
mientras que las de Catar suman 31,7 MT, las de Estados Unidos 13 MT,
Canadá 13,6 MT o China 7,7 MT.
Con el calentamiento de los océanos y las presión sobre estos de la sobrepesca, los miembros de la comunidad de Kiribati están aprendiendo a gestionar las poblaciones de peces para que se estabilicen o regeneren.
En
la misma dirección, mientras que la mitad de la población mundial
más pobre emite per cápita 1,6 MT de CO2 por
año, el promedio de emisiones del consumo personal de 20.000
millonarios en un año alcanza a 8.190 MT de CO2 (más
de 5.000 veces más).
Un
modo de vida imperial que alimenta la crisis climática. Así, en
2023, los vehículos utilitarios deportivos (SUV, por
su nombre en inglés Sport
Utility Vehicle),
automóviles de lujo, emitieron casi 1.000 millones
de toneladas de CO2,
la suma de lo emitido por Alemania y España, convirtiéndose en el
sexto emisor mundial; el uso de un jet privado durante una
hora emite 2 MT de CO2,
casi como un latinoamericano promedio durante todo un año y las
emisiones de los 300 yates más grandes alcanzaron en 2022 las casi
285 mil toneladas de CO2,
casi como las emisiones de España.
Crece la popularidad de los superyates, pero también su enorme impacto climático.
Es
claro, no hay nada de natural en la crisis climática. Sus
principales causantes y beneficiarios están ahí, son un grupo
reducido de la población mundial fácilmente identificable, son los
que conducen ese tren del que nos hablaba Walter Benjamin, que se
dirige a la catástrofe.
La
alternativa de una transición ecosocial popular
Los
movimientos populares y el pensamiento crítico han planteado e
impulsado en las últimas décadas una amplia y diversa serie de
propuestas y demandas que conforman una programática alternativa
para afrontar la crisis climática, que enfrenta la emergencia actual
de los fenómenos meteorológicos extremos y el horizonte próximo de
una elevación de la temperatura terrestres que amenaza la
continuidad de la vida en la tierra.
Una
programática que, por ejemplo, va desde la promoción de la
agroecología y una reforma agraria integral a la restricción y
desmontaje del agronegocio y el extractivismo, desde una reforma
urbana sostenida en la reforestación y el transporte colectivo y no
contaminante a la mejora de la infraestructura, servicios y
condiciones de vida de los barrios populares, desde un cambio en la
matriz energética basada en la producción y gestión comunitaria de
las energías renovables, la justicia social y la desmercantilización
a una transformación productiva que abandone el uso de los
hidrocarburos, redistribuya ingresos, riquezas y propiedades, y
relocalice la producción reduciendo el comercio y el transporte,
desde la responsabilidad de los países industrializados en asegurar
una reducción efectiva y rápida de sus emisiones contaminantes al
cuestionamiento del patrón colonial y su dimensión de imperialismo
ecológico.
Así,
si frente al solucionismo de mercado se plantea la urgencia de la
desmercantilización (desde la defensa del carácter común de los
bienes naturales a la propuesta de una sociedad fundada en valores de
uso), y de cara al negacionismo climático se defiende una
perspectiva que enfatiza la socialización de la problemática
ambiental, desde el cuestionamiento a los procesos de naturalización
del cambio climático y el señalamiento de su carácter sistémico,
sus responsables y beneficiarios a la afirmación de la justicia
social y ambiental climática, e incluso al horizonte de la
socialización de la propiedad, la gestión económica y la política
que modifique en clave de reciprocidad, interdependencia y
coproducción la relación humana con la naturaleza.
Y
finalmente afrontar hoy la crisis climática y ambiental en Nuestra
América significa también enfrentar la ofensiva recolonizadora del
imperialismo estadounidense y del capital extractivista que, bajo la
representación de las extremas derechas, niega el origen social del
cambio del clima y busca asegurarse el control de los bienes
naturales estratégicos golpeando y amenazando la soberanía y la
vida de nuestros pueblos, ecosistemas y territorios.
Fuente:
Rebelión