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viernes, 24 de julio de 2026

Francia se dispone a dar una “licencia para matar” a sus fuerzas del orden

 



Este 7 de julio de 2026, la Asamblea Nacional francesa aprobó en primera lectura un texto que presume la legalidad de todos los disparos mortales por parte de agentes de policía y de gendarmería. Es una reforma reclamada desde hace 20 años por la extrema derecha y los sindicatos policiales, denunciada por numerosas ONG, sindicatos y colectivos de familiares de víctimas por sus derivas autoritarias sin precedentes en Europa



Un gendarme utiliza balas de goma durante una manifestación en Francia. Álvaro Minguito.


     El martes 7 de julio, desde las tribunas de la Asamblea Nacional, Issam El Khalfaoui asistía a la votación de la proposición de ley que pretende inscribir la presunción de legalidad para las fuerzas del orden en caso de disparo mortal. Casi cinco años antes, el 4 de agosto de 2021, su hijo Souheil El Khalfaoui, de 19 años, fue abatido por un policía durante un control de tráfico en Marsella, en el sur de Francia, tras negarse a detenerse.


El 4 de agosto de 2021, Souheil El Khalfaoui fue asesinado a tiros durante un control de tráfico en Marsella.

Sentado junto a colectivos de familiares de víctimas, invitados por los diputados de izquierda, Issam asistió a la votación. Relata su indignación ante las palabras de los diputados que respaldaban la ley, a la que él califica de “licencia para matar”.

Nos dimos cuenta del desprecio hacia las familias de las víctimas. Durante toda la sesión, los diputados, desde el macronismo hasta la extrema derecha, nos abuchearon, nos silbaron y nos insultaron. Nos trataron de delincuentes, de multirreincidentes, de escoria”, relata. Los diputados que apoyaban la ley defendieron esta medida en nombre de la protección de los policías y gendarmes. Frente a estas posturas, Issam El Khalfaoui se declaró horrorizado por los argumentos utilizados. “No había el menor pensamiento, la menor consideración por las personas que han sido asesinadas en este tiempo”.

Para acelerar la aprobación de la ley frente a varios cientos de enmiendas presentadas por la izquierda, el gobierno activó el artículo 44.3 de la Constitución francesa. Este procedimiento de excepción, llamado "voto bloqueado”, permite retener únicamente las enmiendas aceptadas por el ejecutivo. Así, la ley fue votada tal como se había propuesto, acortando los debates.

El resultado de la votación llegó por la noche. Con una mayoría que abarca desde el partido presidencial hasta la extrema derecha, la ley fue aprobada en primera lectura con 313 votos (Renaissance, MoDem, Horizons, Los Republicanos y la Agrupación Nacional) frente a 199 (La Francia Insumisa, el Partido Comunista, los ecologistas y el Partido Socialista). Habiendo superado su obstáculo más difícil, el texto debe ahora ser examinado por el Senado, y volver después a una segunda lectura en la Asamblea, antes de ser definitivamente aprobado.

Un mecanismo de escalada autoritaria en dos tiempos: 2017 y 2026

Para entender lo que está en juego hoy, hay que remontarse al 28 de febrero de 2017. Bernard Cazeneuve, entonces ministro socialista (PS) del Interior de François Hollande, creó el artículo L435-1 del Código de Seguridad Interior. Antes de esa fecha, un agente de policía o de gendarmería solo podía disparar en caso de estricta legítima defensa. La disposición de 2017 amplía ese marco, permitiendo a las fuerzas del orden abrir fuego si consideran que una persona puede representar un peligro futuro. Así, solo cuenta la interpretación subjetiva del agente, aunque el Estado conserva la obligación de demostrar que esa apreciación estaba fundada.

La enmienda del 7 de julio de 2026 va más lejos: invierte la carga de la prueba. Un disparo de un policía o gendarme se presume ahora legal por defecto, es decir, necesario y proporcionado, salvo prueba de lo contrario. Ya no le corresponde al Estado justificar la legitimidad del uso del arma, sino a la familia de la víctima demostrar que no lo fue.

Esta ley implica numerosas consecuencias ampliamente denunciadas por los colectivos de familiares de víctimas y por las organizaciones de defensa de los derechos humanos. Laurent Bigot, exsubprefecto y diplomático convertido en chaleco amarillo y observador crítico del mantenimiento del orden, afirma que la ley presenta un riesgo serio de desinhibición de las fuerzas del orden en el uso de sus armas.


Una mujer se manifiesta cerca de la Plaza de la Bastilla. Escrito en su chaleco: ‘No abandonaremos’.

Bigot recuerda las cifras de la investigación del sociólogo del CNRS Sébastien Roché, que alerta sobre la multiplicación por cinco de los disparos mortales desde la adopción del artículo L435-1 en 2017. Precisa que la Dirección General de la Policía Nacional tuvo que redactar de nuevo una instrucción para recordar estrictamente las condiciones de apertura de fuego a sus agentes, dado el aumento de la mortalidad. “Una negativa a detenerse es un delito menor, no un crimen”, recuerda el exsubprefecto. “Que se pueda matar a la gente porque comete un delito menor plantea un problema real, sobre todo cuando Francia es ya el país de Europa con más muertes por intervenciones policiales”, dice Bigot.

La parcialidad estructural de la justicia frente a los procesos contra policías

Este vuelco en la justicia se produce en un contexto ya muy desfavorable para las familias de las víctimas desde la ley Cazeneuve. Según las cifras de Amnistía Internacional, entre 2017 y 2026, menos del 2% de los casos de disparos policiales mortales terminaron en una condena firme, sobre un total de 437 casos. Esta estadística revela la magnitud de una parcialidad estructural que este cambio de enfoque en la presunción de legalidad corre el riesgo de agravar todavía más.


Licencia para matar: ¿qué cambia la ley sobre la presunción de legítima defensa policial?

La batalla judicial librada por la familia El Khalfaoui bajo la ley de 2017 ilustra la dificultad para obtener la verdad ante los tribunales. Aunque el policía autor del disparo contra Souheil invocó la legítima defensa, los testimonios y vídeos de las personas presentes en el lugar indican que ningún agente estaba amenazado. Una primera investigación por homicidio voluntario fue llevada a cabo por la IGPN (Inspección General de la Policía Nacional, organismo de asuntos internos, a menudo apodada “la policía de la policía”), pero fue archivada en diciembre de 2021. 

Issam El Khalfaoui cuestiona la investigación: “el policía que disparó a mi hijo no estuvo detenido. El fiscal pidió explícitamente que fuera interrogado después de todos los testigos y funcionarios. Esa misma noche del crimen, pudo hablar libremente con sus compañeros”. Para Issam, la ausencia de detención permitió una sincronización de las versiones entre compañeros, y esa detención preventiva era esencial para preservar la verdad en el momento de los hechos.

La familia, representada por su abogado Arié Alimi, se constituyó después como parte civil y presentó una denuncia por “obstrucción a la manifestación de la verdad”, tras constatar la desaparición de nueve piezas de convicción –objetos y elementos relacionados con el delito– precintadas, entre ellas, pruebas en vídeo de la escena y del interrogatorio del tirador, así como la bala mortal. Aunque finalmente aparecieron de forma repentina en 2025, la instrucción sigue estancada y continúa abierta.

Con la aprobación del texto de 2026, este tipo de batalla judicial, ya de por sí difícil, podría volverse imposible. Al presumirse legal el disparo por defecto, la fiscalía ya no tiene la obligación de abrir sistemáticamente una investigación preliminar sobre las circunstancias de los hechos. Ahora recae sobre las familias de las víctimas la carga de demostrar que el disparo fue ilegítimo para forzar la intervención de la justicia.

Si bien el ministro del Interior promete que esta presunción “simple” puede levantarse en cualquier momento mediante una prueba externa, Issam El Khalfaoui denuncia una mentira del gobierno. En la práctica, sin una prueba irrefutable, como el vídeo de un testigo que demuestre la ausencia de peligro, ninguna investigación se pondrá en marcha y el caso será archivado. El padre de Souheil recuerda que, en su caso, tuvo que esperar nueve meses para que se designara un juez. Bajo la nueva ley, es decir, sin una investigación policial inmediata, las pruebas de los primeros días, las más determinantes, desaparecen antes de poder ser recogidas. Los testigos se dispersan, la balística no se preserva y, sobre todo, las imágenes de las cámaras de videovigilancia se borran automáticamente al cabo de entre tres y 30 días como máximo. Esta nueva ley no deja, por tanto, medios a las familias para demostrar la posible inocencia de sus seres queridos asesinados.

El relator especial de la ONU sobre ejecuciones extrajudiciales, sumarias o arbitrarias, Morris Tidball-Binz, hizo un llamamiento a las autoridades francesas para que retiren o revisen en profundidad esta enmienda, que considera atentatoria contra los derechos humanos. Tidball-Binz estima que la ausencia de una investigación sistemática constituye una violación del artículo 6 del Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos, que garantiza el derecho a la vida.

Además, Laurent Bigot señala otro problema estructural. En Francia, las investigaciones sobre las fuerzas del orden son instruidas por la IGPN, un organismo compuesto por policías, lo que plantea un verdadero problema de independencia. Una anomalía en comparación con los países vecinos que Francia comparte con España. El exsubprefecto también alerta sobre la cercanía desleal entre los magistrados y los policías sobre los que investigan, cuando trabajan juntos a diario en otros expedientes.

Un texto racista de consecuencias mortales para los jóvenes racializados de los barrios populares

El primer blanco son los jóvenes racializados de los barrios populares”, recuerda Issam El Khalfaoui, explicando cómo pudo aprobarse el texto. “Es muy fácil, en esta Francia cada vez más escorada a la derecha, a la extrema derecha, incluso al fascismo, estigmatizar a esta población.” En una investigación de 2016, el Defensor de los Derechos —equivalente al Defensor del Pueblo en España— revela que un joven percibido como negro o árabe tiene veinte veces más probabilidades de ser sometido a un control policial que el resto de la población. En consecuencia, cuanto más los controlan, más expuestos están a que les disparen. En 2023, el caso de Nahel Merzouk conmocionó al país tras el disparo mortal de un policía durante un control de tráfico en Nanterre. El suceso catalizó la indignación de parte de la población ante esta asimetría racial de las víctimas de la policía.


El asesinato del adolescente Nahel por parte de la policía ha desatado en Francia la revuelta de los jóvenes de los barrios populares más importante desde 2005.

Ante esta realidad, Issam El Khalfaoui relata un intercambio revelador en el que consiguió que un policía reconociera que la ley se basa enteramente en la subjetividad del agente en el momento del disparo. Una confesión que, para él, resume todo el problema. Frente a un joven racializado, el sesgo racista ya documentado en las prácticas policiales hará que sea percibido más fácilmente como “peligroso” y, por tanto, más expuesto a un disparo, mientras que un joven blanco que huye en estado de embriaguez al volante (siendo esta, sin embargo, la primera causa de mortalidad vial), suscitará ese reflejo con mucha menos frecuencia.

Esta proposición de ley se produce en un contexto de fuerte presión sobre el gobierno por parte de los sindicatos policiales, en particular Alliance, cuya línea es cercana a la extrema derecha. Para Laurent Bigot, “el poder busca comprar la paz social dentro de la policía y lleva varios años cediendo ante escaladas securitarias.” El gobierno justifica estas concesiones en nombre de la protección de las fuerzas del orden frente a una violencia supuestamente inédita. El exsubprefecto recuerda, sin embargo, que las estadísticas demuestran lo contrario: hoy hay la mitad de policías muertos en servicio que en los años 1980. El verdadero peligro, documentado por el Tribunal de Cuentas, reside más bien en el grave déficit de formación en el manejo de armas de los agentes.

Lo que ilustra en realidad esta sumisión a los sindicatos policiales es un vuelco ideológico mayor de todo el espectro político hacia la extrema derecha. Si esta proposición de ley fue defendida históricamente desde 2007 por Jean-Marie Le Pen, fundador del partido de extrema derecha, la presunción de legalidad ya no es monopolio de la Agrupación Nacional. Presentada por un diputado de la derecha radical (LR), la proposición fue votada masivamente por el bloque central presidencial. “Resulta impactante recordar que en 2022 Gérald Darmanin, entonces ministro del Interior, denunciaba esta misma medida calificándola de demagógica y propia de la RN”. Este vuelco se produce en un contexto electoralista de cara a las presidenciales de 2027. El partido presidencial y la derecha tradicional (LR), muy debilitados frente al auge de la Agrupación Nacional, buscan captar una parte del electorado de la extrema derecha.

Más de 730 000 personas han expresado su indignación a través de la petición lanzada por Issam El Khalfaoui contra este texto. La mayoría presidencial aplica su método habitual, ignorando esta movilización ciudadana masiva. La Comisión de Leyes de la Asamblea Nacional se reunió este martes 21 de julio para votar en contra de la apertura de un debate sobre el tema en el hemiciclo. En el mismo contexto, la ley Yadan, que penaliza la crítica al Estado de Israel, y la ley Duplomb, que reintroduce los pesticidas y refuerza la ganadería intensiva, fueron aprobadas con la misma indiferencia hacia las peticiones ciudadanas que se les oponían, que reunieron respectivamente 700.000 y 2.100.000 firmas.

El texto conocido como “licencia para matar” sigue ahora su recorrido legislativo en el Senado, donde será debatido próximamente. Sus opositores, encabezados por las familias de las víctimas, las ONG y los sindicatos de magistrados, apuestan ahora por un recurso ante el Consejo Constitucional, las instancias europeas y la ONU para impedir este texto. Aunque la medida aún no ha sido aprobada de forma definitiva, su votación en primera lectura en la Asamblea Nacional atestigua la radicalización hacia la extrema derecha de buena parte del espectro político, incluido un gobierno que se reivindica de centro, cuando queda menos de un año para las próximas elecciones presidenciales.


Fuente: El Salto

viernes, 16 de enero de 2026

La Policía libera a 65 personas que trabajaban en condiciones de semiesclavitud en una finca agrícola de Ulea (Región de Murcia)

 


 Por Virginia Vadillo   
      Corresponsal de EL PAÍS en la Región de Murcia, donde escribe sobre la actualidad política, social y medioambiental.


El principal investigado está actualmente en prisión por delitos similares cometidos en Albacete


     Trabajaban en el campo en turnos las 24 horas del día, descansaban hacinados en pequeñas habitaciones con colchones en el suelo y cocinaban y comían en unas instalaciones completamente insalubres y llenas de suciedad. Es el infierno del que la Policía Nacional ha rescatado a 65 personas, en su mayoría procedentes de India y Nepal, que trabajaban en condiciones de semiesclavitud para una empresa agrícola del municipio murciano de Ulea.


Una de las habitaciones donde dormían quienes trabajaban en condiciones de semiesclavitud.


El propietario de la empresa y supuesto cabecilla de esta trama de explotación laboral está actualmente cumpliendo prisión por otros delitos similares cometidos con otra empresa en la provincia de Albacete. La Policía ha detenido además a otras cinco personas, tres de las cuales han sido enviadas a prisión provisional por estos hechos.

Los ciudadanos liberados se encontraban en situación irregular en España, y los detenidos aprovechaban esa situación de extrema vulnerabilidad para explotarlos y obligarlos a trabajar en condiciones absolutamente infrahumanas, según destacadas fuentes de la investigación, que se inició el pasado mes de septiembre de 2025 en colaboración con la Inspección de Trabajo y Seguridad Social de Murcia y del Operativo EMPACT de Europol.

Según ha desvelado la investigación policial, estos inmigrantes irregulares eran explotados “bajo unas condiciones totalmente precarias y abusivas”, obligados a trabajar las 24 horas del día en diferentes turnos, y “algunos a unas condiciones indignas e inhumanas”.

Estas personas pasaban todo el tiempo en la finca agrícola en el término municipal de Ulea, una localidad de apenas 1.000 habitantes en el Valle de Ricote, en el interior de la Región de Murcia. En las instalaciones agrícolas se habían habilitado unas estancias que la Policía calificaba de “insalubres” en las que los ahora liberados descansaban hacinados, se aseaban o comían.

Las imágenes facilitadas por la Policía muestran colchones ocupando todo el suelo de las estancias, sobre los cuales se apilan mantas y efectos personales de las personas explotadas, así como pequeños electrodomésticos de cocina con mucha suciedad.

Los cinco detenidos en esta operación están acusados ​​de delitos de contra los derechos de los ciudadanos extranjeros, favorecimiento de la inmigración ilegal y pertenencia a organización criminal.

En cuanto a las personas liberadas, según han explicado a EL PAÍS fuentes de la investigación, buena parte de ellos han sido derivados a diferentes ONG y asociaciones que trabajan con migrantes en situación irregular con el objetivo de darles apoyo, facilitar su integración en el país y ayudarles a llevar a cabo los trámites para regularizar su situación. No existe un protocolo único para este tipo de casos con víctimas de explotación laboral , sino que cuando se lleva a cabo una operación de este tipo, la Brigada de Extranjería estudia la situación de cada uno de los afectados, su posible arraigo familiar o las posibilidades de ofrecerles una salida legal en el país.

Para Gerardo Medina, secretario general del área de Industria y Agricultura de Comisiones Obreras en la Región de Murcia, los casos de explotación laboral a personas en situación irregular en el campo murciano que son detectados y que salen a la luz son solo “la punta del iceberg” de un problema mucho más amplio. Los datos oficiales sobre economía sumergida apuntan a que esta ronda entre el 20% y el 22% en el sector del campo en la Región de Murcia, por encima del 17% que de media tiene la economía en esa comunidad autónoma, debido en parte a la enorme vulnerabilidad de los trabajadores. “Son personas que quieren trabajar a toda costa y se ven engañados en un país que desconocen y en el que, por pésimas que sean las condiciones, pueden considerarlas mejores que en sus países de origen”, ha lamentado.

En estos casos extremos, el representante sindical ha advertido de que se suman otros en los que las empresas sí tienen datos de alta legalmente a trabajadores de origen extranjero, pero “aunque las contrataciones son legales, luego pagan por debajo del salario mínimo interprofesional, imponen jornadas de más de 12 horas, no respetan los descansos o no facilitan el transporte hasta las fincas”, entre otras irregularidades, por lo que ha subrayado la necesidad de aportar más recursos para inspeccionar este tipo de empresas.


Fuente: EL PAÍS

lunes, 15 de diciembre de 2025

Los días en que Italia se detuvo

 

      Responsable de Proyectos de Derechos Sociales y Políticas Laborales, así como de todas las actividades relacionadas con Italia, en la Fundación Rosa Luxemburg.


La solidaridad obrera está en el corazón del movimiento Blocchiamo Tutto


     Aunque se había estado gestando durante meses, pocos previeron la magnitud de lo que se desató entre el 22 de septiembre y el 4 de octubre de 2025, cuando Italia —percibida durante mucho tiempo como apática, políticamente desmovilizada y fragmentada— se paralizó repentinamente. Bajo el grito de "Blocchiamo Tutto", una movilización masiva por el pueblo de Gaza se extendió desde los puertos de Génova y Livorno hasta las escuelas de Nápoles y las estaciones de tren de Milán, Roma y Bolonia.


¡Blocchiamo Tutto!: Huelgas y bloqueos paralizan Italia en solidaridad con Gaza.

Lo que comenzó el 22 de septiembre como un llamado a la acción de las bases sindicales en apoyo a la Flotilla Global Sumud se convirtió en una interrupción social sin precedentes. Sectores enteros se paralizaron. Fuentes sindicales estiman más de 2 millones de participantes en 85 ciudades. El transporte público se detuvo en casi el 90% de los municipios, y la mitad de los servicios ferroviarios se suspendieron. Puertos importantes como Génova, Livorno, Trieste, Nápoles y Ancona fueron bloqueados por estibadores que ondeaban banderas palestinas. Más de 200 cruces de carreteras y líneas ferroviarias fueron ocupados, mientras que los aeropuertos perdieron velocidad.


Cosenza, Italia: Se ve un cartel que dice 'Bloquear el genocidio' en la protesta.

La movilización, que comenzó como asambleas dispersas en escuelas y centros de trabajo, se acumuló en una disrupción sincronizada. El viernes 3 de octubre, la huelga general convocada por la Unione Sindacale di Base (USB) y seguida por la CGIL transformó la indignación difusa en un único acto colectivo. Al día siguiente, una multitudinaria marcha en Roma clausuró la movilización.


Huelga general convocada por la Unione Sindicale di Base (USB) y apoyada por la CGIL. Manifestación en Roma.

Las demandas de los manifestantes eran contundentes: un alto el fuego inmediato y el fin del ataque israelí contra Gaza, el cese del comercio de armas y de la complicidad de Italia mediante exportaciones, logística y cooperación militar, la ruptura total de los vínculos económicos e institucionales con Israel y, finalmente, la entrada sin restricciones de ayuda humanitaria a la asediada Franja de Gaza. Sin embargo, tras estas demandas inmediatas se escondía una aspiración más amplia: recuperar la autonomía moral y política en un país aturdido durante mucho tiempo por el cinismo.


El 3 de octubre, la huelga general convocada por el sindicato Unione Sindacale di Base (USB) y apoyada por la federación sindical CGIL transformó la indignación previamente difusa en una acción colectiva.


De la indignación moral a la movilización masiva


La escalada fue rápida. El 22 de septiembre, la primera huelga general convocada por la USB contó con una amplia participación espontánea y desencadenó el cierre y la ocupación de puertos en todo el país. Tras el ataque del 24 de septiembre a la Flotilla Global Sumud, estallaron manifestaciones espontáneas en todo el país, lo que llevó a la USB y a organizaciones palestinas a lanzar la movilización permanente "100 Piazze per Gaza" (100 Plazas por Gaza). Cuando Israel subió a bordo de la flotilla el 1 de octubre, la USB, junto con, esta vez, la principal confederación sindical, la CGIL, convocó una segunda huelga general para el 3 de octubre, lo que desencadenó grandes manifestaciones y bloqueos a nivel nacional, que culminaron en la masiva manifestación en Roma el 4 de octubre.

Para comprender la magnitud del Blocchiamo Tutto, hay que partir de la brecha existente entre una población aún animada por una conciencia católico-humanista y unas instituciones cada vez más subordinadas a la ortodoxia atlantista. Mientras el gobierno de Meloni, inquebrantable en su alineamiento con la OTAN e Israel, hablaba el lenguaje de la necesidad geopolítica, la opinión pública hablaba el lenguaje de la compasión. Esta ruptura creó un vacío de legitimidad. Cuando las pantallas de televisión mostraban hospitales bombardeados y niños sin vida, el gobierno respondió con fórmulas diplomáticas. Esa negativa a reconocer lo que la gente común podía ver con sus propios ojos alimentó la revuelta.


Un manifestante se encuentra junto a un lema que dice 'Palestina libre' durante una manifestación que forma parte de una protesta nacional 'Blocchiamo Tutto' en solidaridad con Gaza.


La Flotilla encarnó la antítesis de esa negación: un acto pequeño pero concreto que reafirmó la capacidad de acción moral. Cuando los estibadores prometieron actuar si la Flotilla sufría algún daño, revivieron la idea de que individuos y colectivos podían hacer algo contra la injusticia. En ese sentido, la movilización fue menos una erupción repentina que un regreso de la razón moral a la vida política italiana.


Sindicalistas italianos se manifiestan en Nápoles como parte de una jornada de huelgas y protestas en solidaridad con Gaza.

En Italia existe una creencia residual pero persistente de que ciertos actos violan el umbral humano de la decencia, y la matanza de civiles en Gaza activó esta ética latente, desencadenando una dinámica mucho más amplia. Aquí, sectores católicos de la sociedad italiana se cruzaron con tradiciones antiimperialistas seculares. Grupos parroquiales y ONG católicas se unieron a sindicatos de izquierda para convocar huelgas. Esta fusión de lenguajes morales —humanismo cristiano e internacionalismo radical— creó una resonancia imposible de replicar en sociedades más secularizadas.

Pero si la indignación moral fue la chispa, la clase trabajadora el motor. La claridad de propósito de los estibadores genoveses, «Bloquear todo si la Flotilla es atacada», trascendió la retórica. Los sindicatos italianos de base, como la USB y la ADL, que organizaron fuertemente a los estibadores, los funcionarios precarios y el sector logístico, transformaron el sentimiento en estructura. En 2025, su paciencia dio sus frutos. Al articular una huelga política vinculada a la solidaridad internacional, relegitimaron la idea del trabajo como un actor moral y estratégico, no meramente económico. El «río de gente» que se movilizó entre el 22 de septiembre y el 4 de octubre fue, por lo tanto, el resultado de un trabajo organizativo de base que respondió a la urgencia histórica.

Lo que surgió fue un repertorio híbrido de contiendas. Las huelgas tradicionales se fusionaron con bloqueos de carreteras y puertos, ocupaciones estudiantiles y la llamada "huelga social". El lugar de trabajo ya no era el único terreno de lucha; todo el país se convirtió en un campo de batalla. La economía italiana, fuertemente dependiente de la logística y el transporte, ofrecía puntos vulnerables de congestión. Al aprovecharlos temporalmente, el movimiento convirtió la protesta simbólica en presión material.


Nueva manifestación de Blocchiamo Tutto.

Dicha coordinación no requirió ni un mando centralizado ni un caos espontáneo, sino el fruto de una inteligencia social difusa: sindicatos, colectivos y asambleas actuando dentro de un horizonte de propósito compartido. El resultado fue una movilización que se sintió a la vez planificada y orgánica, rigurosa pero viva.


¿El nacimiento de un nuevo movimiento?


Las huelgas demostraron lo que es posible cuando el reflejo moral se convierte en acción colectiva, pero también revelaron la necesidad de formas duraderas capaces de convertir la indignación en una política sostenida. El rechazo es real y profundo, pero la infraestructura para llevarlo adelante sigue en construcción.


Manifestantes dirigiéndose a la Estación Central de Milán.

Algo ocurrió en aquellos días que no puede reducirse solo a la compasión. Las calles de Italia no solo compadecieron a Gaza, sino que se reconocieron en su opresión. Las imágenes de Gaza —familias cubiertas de polvo, hospitales sin electricidad, niños rescatados de los escombros— eran horrorosas en sí mismas, pero también resonaban con la propia experiencia de los italianos: la precariedad, la crisis de la vivienda y una política que ignora las luchas de la gente común.




Este reconocimiento creó una gramática compartida: estibadores y repartidores, estudiantes y jubilados, enfermeras y docentes, todos se sintieron identificados. En ese sentido, no fue la identidad lo que impulsó la movilización, sino la legibilidad: la demanda de dignidad de los palestinos hizo legible una demanda más amplia de ser vistos y escuchados en casa. Por eso, los cánticos no se detuvieron en el alto el fuego, sino que comenzaron a abordar temas como salarios, vivienda, austeridad y gasto militar: un hilo conductor que atraviesa la política nacional e internacional. ¿Será suficiente para sentar las bases de un nuevo movimiento contra la guerra?

La oposición de la población italiana a la guerra no es nueva ni superficial. Lleva en sus entrañas el Artículo 11 de la Constitución italiana y en su corazón una sensibilidad católica-humanista. La simultaneidad de dos hechos —la indignación pública por las masacres de civiles en Gaza y el agotamiento interno ante la retórica de la securitización— generó un sentimiento antimilitarista amplio, aunque aún desestructurado. Sin embargo, este es embrionario. El país aún no cuenta con una plataforma antibélica arraigada en la organización de masas en centros de trabajo y escuelas.


Manifestantes entran a la Estación Central en Milán pese a la represión policial.

La movilización se fortaleció gracias a la pluralidad: sindicatos de base, colectivos estudiantiles, organizaciones palestinas, grupos católicos, centros sociales y sectores de la CGIL. Pero la pluralidad no es hegemonía. Los sindicatos de base lideraron con claridad y valentía, mientras que la CGIL, impulsada por sus bases, entró al campo de forma desigual. Entre ellos se extiende una amplia brecha táctica y cultural que no puede desaparecer. El riesgo ahora es la dispersión: calendarios paralelos, marcos que compiten, capacidades desiguales, localismos.

Parte de la oposición institucional en torno al Partido Demócrata y sus aliados se movió para replantear las protestas como motivadas por preocupaciones humanitarias, desprovistas de todo conflicto. El repertorio es familiar: llamamientos al diálogo, manifestaciones separadas con un gran simbolismo y pocos detalles, propuestas de comisiones parlamentarias, campañas de beneficencia en lugar de huelgas. Tras meses de vacilación, este bloque buscó canalizar la nueva energía hacia cauces institucionales seguros.


Manifestantes dentro de la Estación Central en Milán pese a la represión policial.

El Estado, por su parte, se mantuvo prácticamente al margen durante los días de mayor actividad, calculando que una represión generalizada sería contraproducente. Pero la ausencia de represión masiva no significó neutralidad. Las protestas fueron seguidas por una presión selectiva: procedimientos disciplinarios contra empleados públicos, prohibiciones administrativas que restringieron el acceso de activistas a zonas específicas, mayor vigilancia de los organizadores, advertencias a líderes estudiantiles y acoso procesal dirigido a trabajadores de logística y militantes portuarios. Políticamente, el objetivo es debilitar la militancia en los márgenes y apostar por el cansancio en el centro. Sin embargo, la apuesta del Estado es arriesgada, ya que subestima lo mucho que la huelga reveló sobre el estado de consenso en el país.

Si existe un camino hacia un movimiento duradero en Italia, este pasa por el ámbito laboral. Los nuevos líderes surgidos de las huelgas, el aumento de la afiliación a los sindicatos de base, los trabajadores portuarios y logísticos que perfeccionaron sus conocimientos sobre bloqueos, y la incipiente coordinación intersectorial entre escuelas, almacenes y muelles: todos estos factores son clave para la continuidad. Aquí es donde el movimiento puede volverse reproducible: asambleas periódicas, planes de preparación para paros selectivos, infraestructuras de apoyo legal para los trabajadores disciplinados y un calendario compartido que vincula los detonantes internacionales con los puntos de presión nacionales.


Manifestantes hacen frente a la represión policial dentro de la Estación Central en Milán.

La lección de aquellos días es clara: cuando el movimiento obrero entra en escena, la solidaridad adquiere fuerza material. Los próximos meses pondrán a prueba si ese paso se convierte en una postura.


Implicaciones estratégicas


Durante años, la derecha italiana ha gobernado no solo con políticas, sino también con afectos, impulsando una pedagogía de la apatía: nada cambia, nada funciona, nada vale el riesgo. Blocchiamo Tutto rompió ese hechizo, al menos momentáneamente. Los mercados se detuvieron, los trenes se detuvieron, los puertos se paralizaron, los parlamentos lo notaron. En un país acosado por el espectro de lo que Alberto Moravia llama Gli indifferenti , las movilizaciones invirtieron el diagnóstico: la indiferencia no describía a las personas, sino a las instituciones. Para una generación educada en expectativas reducidas, el acto de detener la normalidad se convirtió en una lección de posibilidad política.

Los acontecimientos demostraron algo que muchos olvidaban: el internacionalismo moviliza. No como una abstracción, sino como una ética vivida con consecuencias directas a nivel nacional. La exigencia de detener un genocidio generó más energía que muchas luchas salariales de los últimos años, no porque los salarios no importen, sino porque el internacionalismo proporciona un horizonte moral que reordena las prioridades.

Tras los bloqueos, una frase se popularizó: podemos detener las cosas. No se trata de bravuconería, sino de un cambio cognitivo con consecuencias estratégicas. La conciencia de que los puertos y las estaciones son cuellos de botella ya no se limita a los militantes; se ha convertido en una intuición popular. Esto tiene dos efectos. Primero, aumenta el coste de la represión: la opinión pública ahora sabe que la disrupción no es nihilismo, sino método. Segundo, permite tácticas más selectivas: desde cierres totales hasta paros breves y de gran impacto vinculados a detonantes específicos (un barco, una transferencia de armas, una votación). El bloqueo ahora forma parte del repertorio político del país.

Las movilizaciones también fueron significativas por la participación masiva de los jóvenes. Italia es antigua, su política aún más antigua. Pero las plazas eran jóvenes. Los protagonistas eran estudiantes con un futuro precario, jóvenes trabajadores de logística y servicios, manifestantes primerizos que se vieron obligados a dormir en el suelo de las escuelas para mantener sus ocupaciones. Cientos de escuelas en todas las regiones se movilizaron, y las universidades, que habían permanecido en silencio durante mucho tiempo, volvieron a ver cómo las asambleas llenaban los pasillos.

Esto importa. Una generación marginada económicamente por salarios de miseria y empleos inestables, socialmente marginada por el aumento vertiginoso de los costos y políticamente ignorada por la inexistencia de sus demandas en el debate público, se descubrió como protagonista política. La semana ofreció a los jóvenes no un carnaval, sino un programa de estudios: cómo planificar, negociar y ganarse la atención del público. Esas son capacidades que perduran.

En retrospectiva, nada de aquellos días fue espontáneo en el sentido mítico. Los años de los estibadores negándose a cargar armas, la paciente construcción de coaliciones por parte de los sindicatos de base, las primeras protestas universitarias convocadas por organizaciones como Potere al Popolo, la constante presencia de grupos estudiantiles y asociaciones de la diáspora palestina: estos fueron los canales por los que fluyó la energía de la movilización.

La lección es poco romántica e indispensable: la organización es tiempo almacenado. Es el trabajo silencioso el que convierte un auge momentáneo en una estructura duradera. Donde existían organizaciones —comités, redes de trabajo, coordinación interurbana—, la movilización era profunda. Donde eran escasas, la energía se desvanecía. El camino a seguir no es un misterio, es trabajo: mapear las cadenas de suministro, capacitar a activistas, crear equipos legales y de atención, coordinar calendarios y cultivar líderes más allá de los habituales.


Después del diluvio


La amplitud de esos días no se reproducirá a demanda, y no debería ser la medida del éxito. Las movilizaciones respiran: se contraen y se expanden. El objetivo no es mantener el punto máximo indefinidamente, sino institucionalizar los logros: en la memoria, las redes y la memoria muscular.

La huelga general del 28 de noviembre y la manifestación nacional en Roma un día después marcaron una continuación más discreta, pero aún significativa, del ciclo. Convocadas principalmente por la USB y los sindicatos de base, buscaron mantener la presión para un alto el fuego. En esta ocasión, la movilización impugnó abiertamente la Ley de Finanzas del gobierno, denunciándola como la expresión interna de la misma economía de guerra que posibilita el genocidio en Gaza. La CGIL, temerosa de ser superada una vez más, optó por una movilización separada el 12 de diciembre, una fecha inusual que reveló las inquietudes competitivas que impregnaban al sindicalismo italiano.

La participación fue notablemente menor que a finales de septiembre, como se esperaba tras el pico de la ola; sin embargo, las protestas mantuvieron cierta continuidad. Como suele ocurrir en Italia, prevaleció la fragmentación, pues ninguna fuerza tiene aún la capacidad hegemónica de unificar el campo. La USB lo había logrado brevemente gracias a una constelación única de circunstancias, pero mantener ese papel es difícil debido a las limitaciones subjetivas y a la constante atracción de la izquierda liberal hacia la moderación y la cooptación.

Aun así, las acciones de noviembre consolidaron el conocimiento político: mantuvieron vivo el vínculo entre Gaza, la lucha contra el rearme y la demanda de salarios, derechos sociales y una alternativa al presupuesto gubernamental orientado a la guerra. En última instancia, estos son los problemas —junto con la capacidad de la clase trabajadora organizada para imponerlos en el debate nacional— que determinarán si el ciclo se consolida o se desvanece. La reducción de las cifras subrayó la brecha entre la indignación moral y la estructuración política; sin embargo, este intento de rearticulación sigue siendo un paso necesario. La alternativa sería una rápida desintegración.

El cambio más trascendental es conceptual. El ala organizada del movimiento de solidaridad articuló la resistencia palestina no solo como una súplica humanitaria, sino como una lucha política: una lucha contra la dominación colonial ligada a una economía global de guerra, especulación y deriva autoritaria. Al hacerlo, invitó a la sociedad italiana a interpretar su propia condición a través de Palestina, no en torno a ella. Esta es la diferencia entre una ola que retrocede y una corriente que reencauza los ríos. Cuando la solidaridad dice "bajen las armas, suban los salarios", no está sustituyendo lo nacional por lo extranjero, sino uniéndolos. Los fondos fluyen de la misma fuente, las decisiones se justifican con los mismos mitos, la represión sigue los mismos guiones. En ese reconocimiento reside la promesa de continuidad. La tarea por delante es consolidarla: traducir la ética en estructura, la estructura en influencia, la influencia en resultados.

Una cuestión que las huelgas italianas han reabierto se refiere a la relación entre la huelga general, las huelgas continuas de los sectores más avanzados y la táctica del Blocchiamo Tutto. Se trata de un debate que recorre la historia del movimiento obrero, desde las reflexiones clásicas sobre la huelga política de masas, donde Rosa Luxemburg argumentó que una huelga general no es una orden, sino la culminación de ritmos de lucha desiguales, hasta los dilemas más recientes en Francia, donde ciertos sectores mantienen una movilización prolongada mientras que otros solo participan esporádicamente.

La huelga general, con su fuerza simbólica y política, brindó un momento de autorreconocimiento colectivo: un país que se descubrió capaz de interrumpir. Pero esto no puede ocultar que la influencia más duradera provino de aquellos sectores capaces de acciones repetibles —puertos, logística, transporte— cuya continuidad sostuvo una presión que un solo día no pudo. Al mismo tiempo, Blocchiamo Tutto evitó que estos sectores avanzados se convirtieran en vanguardias aisladas. Al desplazar el terreno hacia los bloqueos de circulación, disolvió la antigua división entre «productores» y «espectadores», convirtiendo la disrupción en un recurso democrático compartido en lugar de la prerrogativa de unos pocos.

Sin embargo, la articulación entre estas formas sigue sin resolverse. ¿Qué ritmo puede alinear la militancia prolongada con estallidos más amplios? ¿Cómo pueden las prácticas de bloqueo evitar la inflación simbólica y traducirse en una organización duradera? Estas preguntas permanecen abiertas, a la espera de ser elaboradas mediante luchas futuras. Lo que está claro es que Blocchiamo Tutto reactivó un problema estratégico largamente latente: cómo componer los diferentes ritmos de la clase y cómo convertir la unidad episódica en una fuerza política sostenida.

Los "días de paro" en Italia fueron una interrupción estratégica que reintrodujo la claridad moral en una esfera política minada por el eufemismo y la resignación. Demostraron que el internacionalismo no es un adorno de la izquierda, sino su motor; que la fuerza de trabajo, cuando se dirige a los nodos neurálgicos de la circulación, puede transformar la compasión en consecuencia; que la juventud, cuando se le asignan verdaderos intereses y tareas reales, no se deja llevar por la corriente, sino que lidera.

Lo que queda no es automático ni imposible. Se trata de construir una bisagra duradera entre tres planos: el ético (rechazo a la barbarie), el organizativo (un entramado de comités, delegados y coordinación) y el estratégico (acciones selectivas de alto impacto vinculadas a detonantes claros). El gobierno intentará socavar esto mediante una mezcla de indiferencia y represión selectiva. La centroizquierda intentará cooptarlo y devolverlo a su cauce.

Pero el recuerdo del paro es obstinado. Los puertos recuerdan. Las estaciones recuerdan. Las escuelas recuerdan. Y con ellos, un pueblo que, aunque solo fuera por unos días, se demostró a sí mismo que incluso en un país antiguo, la historia puede reconectar. La lección es sencilla y desarmante: cuando el trabajo y la solidaridad convergen, la maquinaria de la guerra y la indiferencia puede detenerse. A partir de ahí, la política comienza de nuevo.



Fuente: Fundación Rosa Luxemburg