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miércoles, 17 de diciembre de 2025

Comerse a los ricos

 

 Por Imanol Zubero   
      Doctor en Sociología y profesor titular en la Universidad del País Vasco.


En el siglo XVIII, la brutalidad del orden social aún necesitaba ser denunciada mediante la sátira para resultar visible; en el siglo XXI, la obscenidad de la desigualdad convive sin escándalo con la normalidad institucional


     Los datos del último World Inequality Report confirman que la desigualdad económica global no solo sigue siendo extremadamente elevada, sino que se ha intensificado de manera significativa en las últimas décadas. A pesar del fuerte crecimiento de la producción y de la riqueza mundial desde finales del siglo XX, los beneficios de ese crecimiento se han concentrado de forma abrumadora en una minoría muy reducida de la población.

En la actualidad, el 10% más rico de la población mundial gana más que el 90% restante, mientras que la mitad más pobre de la población mundial capta menos del 10% del ingreso global total. La riqueza está aún más concentrada: el 10% más rico posee tres cuartas partes de la riqueza mundial, mientras que la mitad más pobre solo posee el 2%. Esta asimetría es aún más extrema en la cúspide de la distribución: el 0,001% más rico (unas decenas de miles de personas) acumula más riqueza que el 50% más pobre del mundo en su conjunto. En términos de ingresos, la brecha es igualmente pronunciada: el 10 % con mayores rentas capta más del 50% de los ingresos globales, mientras que el 50 % inferior recibe alrededor del 8%.


Protesta ante la desigualdad económica en Filipinas.

El informe subraya que este proceso no es coyuntural, sino estructural y de largo plazo. Desde la década de 1990, la participación del 1% más rico en la riqueza total ha aumentado de forma sostenida en la mayoría de regiones, mientras que la del 50% inferior se ha mantenido estancada o ha retrocedido. La riqueza de los multimillonarios ha crecido a tasas anuales cercanas al 7–8%, muy por encima del crecimiento medio de la renta mundial, lo que explica la aceleración de la concentración patrimonial. Este fenómeno está estrechamente vinculado a la menor progresividad de los sistemas fiscales, la reducción de los impuestos sobre el capital y la creciente importancia de las herencias en la reproducción de la desigualdad.

La desigualdad no se manifiesta únicamente en términos de ingresos y riqueza, sino que tiene un carácter claramente multidimensional. En el ámbito de la desigualdad de género, el informe muestra que, a escala global, las mujeres perciben el 30% de los ingresos laborales totales, a pesar de representar cerca de la mitad de la población y una proporción creciente de la fuerza de trabajo. Esta cifra apenas ha mejorado desde 1990, lo que indica una persistencia notable de las brechas salariales, de acceso al empleo y de segregación ocupacional.

Asimismo, el World Inequality Report pone de relieve una profunda desigualdad climática. La mitad más pobre de la población mundial es responsable de menos del 10% de las emisiones globales, mientras que el 10 % más rico genera 77%, y el 1% más rico por sí solo emite más que la mitad inferior (en términos económicos) de la humanidad. Estas diferencias no se explican solo por el consumo, sino también por la propiedad de activos intensivos en carbono, lo que vincula directamente la crisis climática con la concentración de la riqueza. Al mismo tiempo, las poblaciones con menores ingresos son las más expuestas a los efectos del calentamiento global y cuentan con menos recursos para adaptarse.


Escombros tras la dana de València.

El informe advierte de que estos niveles extremos de desigualdad tienen consecuencias económicas, sociales y políticas de gran alcance. La concentración de la riqueza limita la igualdad de oportunidades, reduce la movilidad social y debilita la capacidad de los Estados para financiar bienes públicos esenciales. Además, una desigualdad tan elevada tiende a erosionar la confianza en las instituciones democráticas y a amplificar los desequilibrios territoriales y generacionales.

El futuro

Frente a esta tendencia, el World Inequality Report insiste en que la desigualdad no es un resultado inevitable del crecimiento económico, sino el producto de decisiones políticas. El informe señala que los países que mantienen sistemas fiscales más progresivos y un mayor nivel de gasto social logran reducir significativamente las brechas de ingresos. Por ello, propone reforzar la fiscalidad sobre las grandes fortunas y las herencias, combatir la evasión y la elusión fiscal y aumentar la inversión pública en educación, sanidad y transición ecológica como instrumentos clave para redistribuir de forma más equitativa los frutos del crecimiento y frenar la dinámica actual de concentración extrema de riqueza.


'Imprimen' billetes falsos en Argentina para denunciar los planes de dolarización de Javier Milei.

Sin embargo, el incremento extremo de la desigualdad no puede interpretarse como un accidente histórico ni como el simple resultado de malas decisiones políticas reversibles dentro del sistema. Por el contrario, los datos del World Inequality Report confirman que la concentración creciente de riqueza es una consecuencia estructural de la lógica del capitalismo, basada en la primacía del capital sobre el trabajo, la acumulación ilimitada y la mercantilización de ámbitos cada vez más amplios de la vida social.

La relativa contención de la desigualdad durante los llamados Treinta Gloriosos —entre el final de la Segunda Guerra Mundial y mediados de los años setenta— fue una excepción histórica, sostenida por condiciones extraordinarias: altos niveles de crecimiento, Estados sociales fuertes, sindicatos poderosos y, sobre todo, la existencia de un bloque socialista que actuaba como límite externo y fuente de presión sistémica.

Como señaló Eric Hobsbawm, con el hundimiento de la URSS el capitalismo dejó de tener miedo. Desde los años ochenta, la ofensiva neoliberal ha desmantelado progresivamente los mecanismos de regulación, redistribución y control democrático de la economía, permitiendo que la lógica de la acumulación opere sin apenas contrapesos. El resultado es el escenario actual, caracterizado por una desigualdad obscena y persistente, que Nancy Fraser ha definido como un capitalismo caníbal (y yo como necronomía), capaz de devorar no solo el trabajo, sino también la naturaleza, los cuidados y las propias bases sociales que hacen posible su reproducción.

Eat the rich

Al leer el World Inequality Report, la sensación que se impone es la de una ironía trágica muy cercana a la de Jonathan Swift en Una modesta proposición. En ese breve y célebre panfleto satírico publicado en 1729, Swift finge proponer, con absoluta seriedad y lenguaje economicista, que los niños pobres de Irlanda sean vendidos como alimento para los ricos, presentando esta barbaridad como una solución racional al hambre, la pobreza y la “carga” que los pobres suponen para la sociedad. Al llevar hasta el absurdo extremo la lógica utilitarista y mercantil de su tiempo, Swift buscaba denunciar la deshumanización implícita en un orden social que trataba a los pobres como excedentes económicos.




Algo similar ocurre hoy, aunque sin necesidad de recurrir a la sátira. Los datos del World Inequality Report describen un mundo en el que la mitad más pobre de la humanidad apenas posee nada, mientras una minoría ínfima concentra una riqueza difícil incluso de representar. La diferencia con Swift es perturbadora: lo que en el siglo XVIII necesitaba del recurso literario de la hipérbole, hoy se presenta como un resultado “normal” del funcionamiento de la economía global, legitimado por gráficos, modelos y discursos tecnocráticos.

En este contexto, el lema “Eat the rich” deja de ser una provocación o un simple eslogan radical para adquirir un significado simbólico preciso. Su origen es difuso, pero hunde sus raíces en una tradición larga: la advertencia ilustrada atribuida a Rousseau —cuando los pobres no tengan nada que comer, se comerán a los ricos—, la retórica socialista y anarquista de los siglos XIX y XX, y su posterior resignificación en la contracultura y los movimientos anticapitalistas contemporáneos. Si el capitalismo —en su fase financiarizada y neoliberal actual— se comporta de forma caníbal, devorando trabajo, naturaleza y cuidados, el lema invierte irónicamente la metáfora: señala a quienes, en sentido estructural, ya están “comiéndose” al mundo.


¡Cómanse a los ricos!

En ese sentido, tanto Una modesta proposición como el lema “Eat the rich” funcionan como dispositivos de desvelamiento que obligan a mirar de frente una realidad que el lenguaje económico tiende a neutralizar. Frente a los gráficos asépticos y las medias estadísticas, recuerdan que la desigualdad no es un fenómeno abstracto, sino una relación social atravesada por poder, violencia estructural y decisiones históricas. Y que, cuando esas relaciones alcanzan proporciones obscenas, la ironía mordaz puede ser una de las pocas formas eficaces de decir la verdad.

En el siglo XVIII, la brutalidad del orden social aún necesitaba ser denunciada mediante la sátira para resultar visible; en el siglo XXI, la obscenidad de la desigualdad convive sin escándalo con la normalidad institucional. El problema ya no es solo que existan propuestas “modestas” para gestionar la pobreza o la exclusión, sino que el propio sistema haya naturalizado niveles de desigualdad que hacen que esas ironías resulten cada vez menos exageradas.


Fuente: El Salto

martes, 9 de diciembre de 2025

Un noviembre extremadamente caluroso encamina a 2025 como el segundo año más cálido

 

 Por Pablo Rivas   
      Coordinador de Clima y Medio Ambiente en El Salto.


El pasado mes ha sido el tercer noviembre más cálido de la historia, según los últimos datos del Observatorio Climático Copernicus


     El año no ha terminado aún y ya tenemos un nuevo récord climático sobre la mesa. El Servicio de Cambio Climático de Copernicus (C3S) de la Unión Europea acaba de publicar los datos del mes de noviembre y estos van en la línea esperada a la vez que poco halagüeña para el bienestar de las sociedades humanas: 2025 va camino de superar a 2023 como el segundo año más cálido vivido por los Homo Sapiens desde hace más de 125.000 años, solo por detrás del pasado año

El hito lo precipitan los malos datos de noviembre a nivel global. Este mes, con una temperatura promedio del aire en superficie de 14,02ºC, se sitúa como el tercer mes de noviembre más cálido vivido por los seres humanos y 0,65ºC por encima del promedio del mismo mes entre 1991 y 2020, un periodo que ya estaba muy afectado por la crisis climática.


Anomalías de la temperatura del aire en superficie en el mes de noviembre de 2025.

Con estas cifras, el tándem 2023-25 se constituye como el trienio en el que la marcha atrás en la crisis climática se aleja. “En noviembre, las temperaturas globales superaron en 1,54 °C los niveles preindustriales, y el promedio trienal del período 2023-2025 va camino de superar los 1,5°C por primera vez”, ha señalado Samantha Burgess, directora estratégica de Clima de Copernicus. Para la experta, “estos hitos no son abstractos: reflejan el ritmo acelerado del cambio climático y la única manera de mitigar el aumento futuro de las temperaturas es reducir rápidamente las emisiones de gases de efecto invernadero”.


Anomalías de la temperatura del aire en superficie por mes durante 2023, 2024 y 2025.

Copernicus destaca en su análisis de noviembre que “2025 está actualmente empatado con 2023 como el segundo año más cálido registrado”. Temperaturas “notablemente superiores a la media” en el norte de Canadá y en el Océano Ártico, uno de los puntos más sensibles del planeta a la crisis climática, han sido clave en este resultado.

Asimismo, el mes “estuvo marcado por una serie de fenómenos meteorológicos extremos, incluyendo ciclones tropicales en el Sudeste Asiático, que causaron inundaciones catastróficas generalizadas y pérdidas de vidas”, lamentan desde el servicio climático.


Temperatura media anual global, con estimación de 2025.

Estos datos se conocen apenas unas semanas después de que termine la última Cumbre del Clima anual de la ONU, donde, a pesar de la abrumadora evidencia, los países no han conseguido acercarse a un acuerdo para establecer una hoja de ruta que elimine los combustibles fósiles, gracias a la presión de los países petroleros y las grandes potencias lideradas por corrientes ligadas a la alt right y la ultraderecha negacionista.


Fuente: El Salto

jueves, 4 de diciembre de 2025

Liquidación de excedentes

 

 Por Antonio Turiel  

      Físico, matemático y experto en Energía del CSIC.




     A medida que nos acercamos al final del año 2025, se va haciendo cada vez más evidente que va a haber un ajuste muy fuerte en el modelo de transición energética basado en la Renovable Eléctrica Industrial (REI) en Europa, y más específicamente en España.




Aunque jamás se va a reconocer, el modelo REI ha fracasado y lo ha hecho estrepitosamente. Ha fracasado por las mismas razones que llevamos años contando, y en el caso particular de España, porque simplemente el consumo de electricidad continúa bajando mientras que se sigue instalando más sistemas de producción de electricidad renovable. La siguiente gráfica, elaborada por el profesor Sergi Saladié de la Universitat Rovira i Virgili, sintetiza muy bien la cuestión.




La línea de color sepia es la previsión del Plan Nacional Integrado de Energía y Clima del estado español (PNIEC). La línea marrón, la realidad de por dónde ha evolucionado el consumo estos años. En 2024 había ya una desviación del 20% hacia abajo entre la expectativa y la realidad, y este 2025 la cosa irá a peor, porque según los datos disponibles hasta ahora el consumo de electricidad habrá caído al menos otro 1% este año.

No vamos a abundar una vez más en las razones de este fracaso. La clave ha estado, por supuesto, en la ausencia de tecnologías palanca adecuadas para poder hacer la tan cacareada sustitución/transición energética: ni el coche eléctrico ni el hidrógeno verde han resultado ser lo que se suponía, y al tiempo la crisis energética latente, particularmente por la falta global de diésel y de energía asequible para Europa, está acelerando la desindustrialización del Viejo Continente y con ello la caída del consumo eléctrico. No hay transición, ni la va a haber. Llevamos demasiados años instalados en la falta de decisión, las excusas y los paños calientes, y como diría Churchill, ahora nos estamos adentrando en la era de las consecuencias.

El 31 de diciembre concluye el programa NextGenerationEU y con él la brutal inyección de dinero, sobre todo en España, para favorecer la transición energética. Al mismo tiempo, y particularmente desde el apagón del 28 de abril, las renovables están teniendo problemas para llegar al mínimo de horas para cobrar la prima, problema que ya comentamos cuando decayó el primer intento de decreto del Gobierno con el que se intentaba mitigar ese problema (luego sacaron otro con agostidad y, por lo que se ve, mayor aquiescencia de los actores políticos). Se añade a estos problemas la dificultad que van a tener algunas productores de satisfacer sus compromisos contractuales de provisión de "energía verde" a grandes consumidores industriales, que necesitan justificar sus emisiones de CO2 o si no pagar por los derechos de emisión. Y si incumplen estos compromisos, tendrán que pagar sustanciosas indemnizaciones.

Y, al margen de todo esto, lo que está claro es que va a haber un parón en los nuevos proyectos. No hay mercado. Hace tiempo que no lo hay. La rentabilidad de los proyectos no solo no está garantizada: es que está garantizado que no la tendrán. Nada indica que se vaya a producir un cambio de tendencia en el consumo de electricidad, a pesar de lo mucho que se publicitan los centros de datos por la irrupción de la IA para precisamente dar la impresión contraria. Pero los datos son inapelables: el consumo de electricidad continúa cayendo. Y es que incluso si el mercado repuntara, se necesitarían unos cuantos años para que se absorbiera la capacidad excedentaria actual.


España ha consumido en octubre de 2025 menos electricidad que en octubre de 2006.

Por supuesto, nadie va a reconocer que todo ha sido un mayúsculo bluff. Nadie va a reconocer que la transición al REI estará parada unos cuantos años, quien sabe si para siempre. Del mismo modo que, en la cumbre de Bélem, la UE y la propia España siguen hablando del objetivo de no superar los +1,5ºC de calentamiento cuando el último dato diario que tenemos indica que estamos a +1,8ºC y si miramos los últimos 365 días estamos por encima de +1,6ºC. No se va a reconocer la evidencia, ni con el Calentamiento Global, ni con el fracaso del REI, porque simplemente no hay narrativa alternativa. Tenemos que mantener el discurso porque no hay ningún otro, al menos a nivel oficial y políticamente aceptable.

2025 acabará, probablemente, en un baño de sangre en el sector eléctrico, en el que muchos pequeños promotores, muchos pequeños productores y algunos pequeños distribuidores van a quebrar. Eso servirá para reajustar el mercado, pero no va a permitir continuar al ritmo que se iba. Durante un tiempo parecerá que no pasa nada, o que pasa poco, por todos los proyectos que ya estaban en marcha, licitados o adjudicados y para los que el dinero necesario ya estaba comprometido. Pero poco a poco será evidente que prácticamente no se introducen proyectos nuevos. El grueso del sector aspira ahora a retoques del sistema: introducir baterías y que entren en el mix en condiciones favorables, proyectos de sistemas de estabilización (designados eufemísticamente como "mejoras de la red"), proyectos de hibridación (pequeños parques renovables con baterías, para poder desempeñar la función de producción y regulación de estabilidad), repotenciación de parques ya existentes... y poco más: algún proyecto nuevo, de tanto en tanto, pero lejos de la enorme cantidad de ahora. El REI no desaparece, pero se va a reducir, y mucho, en el curso de los próximos dos años. El volumen de negocio va a ser bastante más pequeño del que ha sido estos años, y también la carga de trabajo. No va a haber trabajo para tantos ingenieros, y los despidos van a ser norma.

Sobran ingenieros, sí. Y también sobran voceros. 

Todas esas personas que se dedican a hacer activamente lobby en favor del modelo REI durante estos años, personas muy activas en el frente comunicativo, con contactos en los medios, con capacidad de influencia. Personas que han estado acosándonos, a mi y al resto de personas que en el mundo académico hemos intentando explicar este sinsentido. Personas y organizaciones pensadas para la promoción del REI, ahora, van a sobrar. Ahora que el REI va a pasar a un discreto plano, la intensidad de su promoción tendrá que ajustarse a su nueva dimensión real.

Las últimas semanas han sido prolijas en manifestaciones esperpénticas de la impotencia de los proREI. Algunos intentan contrarrestar las malas noticias, particularmente las que cuelgo yo en mis ahora más escasas interacciones en las redes sociales, con argumentos cada vez más bobalicones (como que en 2025 ha aumentado la capacidad fotovoltaica instalada, eso sí, sin que sirva para nada). Otros siguen con su cruzada en pro del REI sin saber que ya está muerto: estos días un diario local se hacía eco de los resultados finales del Biopaís, un proyecto científico financiado por la Fundación Biodiversidad y que cuantifica de manera inequívoca el enorme e inaceptable impacto ambiental que tendría un parque eólico en la Bahía de Roses; pero, para contrarrestar el revés, lo contrapone a un folleto propagandístico de una asociación no científica que intenta promover el REI a toda cosa en Cataluña, al cual presenta como "otro estudio científico". Una manipulación tan artera y grosera que llama la atención por lo palurda, pero a la que por desgracia ese diario, bien engrasado por los intereses del REI, nos tiene acostumbrados. Este (enésimo) lamentable incidente me recordó al que vivimos hace unos años cuando sobre este mismo tema fuimos a hablar al Parlament de Catalunya, y, aparte de la manipulación mediática descarada (en la nota de prensa aparecía la opinión de la empresa y desapareció por completo mi intervención), tuvimos que soportar la actitud cínica, sesgada y de muy mejorable educación de la que ahora es Consellera del ramo, que contraponía a nuestros estudios científicos los trabajos de la empresa ("los otros científicos", según ella) y que nos designó de manera despectiva como "más activistas que científicos" (aparte de la falsedad evidente del aserto, da qué pensar que alguien que pertenece a un partido que se dice de izquierdas considere peyorativa la palabra "activista"). O sea, que para esta gente seguimos con la miseria de siempre. No saben, sin embargo, que los cheques dejarán de llegar.




Incidentalmente, también en estas semanas alguien me hizo notar que una buena parte de esta gente (pero muchos: hagan los deberes y lo verán meridianamente claro) están siendo financiados o lo han sido por la European Climate Foundation, una organización que parece respetable (al fin y al cabo, tiene la palabra "Climate" en su nombre) hasta que te das cuenta de que entre sus primeros financiadores se encuentra la Fundación Rockefeller. La cual tiene todo el derecho legítimo a financiar lo que quiera, pero obviamente no se puede negar de que probablemente tenga un sesgo inevitable en sus fines. Como dice Juan Bordera a los proREI que dicen defenderlo por razones ambientales: "Si tus intereses coinciden con los de Iberdrola, tienes que hacérterlo mirar".

Pero, como decimos, esto se acabó. Hay un excedente de lobbystas del REI. Y ahora viene la hora del ajuste, muchachos. Aunque no os lo queráis creer. Aunque no lo queráis aceptar. 

Algunos quedarán como grupo básico de presión del REI, a menor escala, adecuado a la nueva escala del REI. 

Otros, más cínicos y oportunistas, se apuntarán a la nueva burbuja renovable (como ya lo están haciendo algunos), alabando las bondades del biogás y los gases renovables, e introduciendo ya la falca de la biomasa. Ambas cosas, aberraciones abominables, de las que ya hemos hablado y de las que hablaremos a menudo en los próximos años.


Planta de biomasa en Puertollano inaugurada en 2020.

Para el resto, lo mejor es que se vayan buscando otro trabajo. Sobran tontos útiles. Gracias por los servicios prestados, pero ya os podéis ir a casa, muchachos.


Fuente: The Oil Crush

domingo, 17 de agosto de 2025

¿Está el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC) subestimando la aceleración de la crisis climática? Una eminencia científica dice que sí

 

 Por Andrés Actis   
      Periodista/Licenciado en Comunicación Social (UNR-Argentina).



James Hansen, considerado el “padre del calentamiento global”, uno de los investigadores con más credenciales en la ciencia del clima, advierte que la crisis planetaria va más rápido de lo proyectado. ¿El motivo? Un mal diagnóstico en los aerosoles atmosféricos, que ya no reflejan la luz solar como estaba previsto


La reducción en el uso de aerosoles que enfriaban el planeta por parte de la marina mercante es uno de los factores.


      James Hansen (Estados Unidos, 1941) es una eminencia en el campo de las ciencias del clima. Es profesor adjunto en el Departamento de Ciencias Terrestres y Ambientales de la Universidad de Columbia. Hasta principios de 2013 dirigió el Instituto Goddard para Estudios Espaciales de la NASA. Muchos de sus colegas lo llaman “el padre del calentamiento global” por su recordada disertación en junio de 1988 ante el Congreso de los Estados Unidos en la que alertó, cuando nadie lo hacía, sobre las consecuencias del cambio climático antropogénico. “Vamos camino a un planeta diferente del que conocemos”​, advirtió ante la mirada extrañada de los congresistas. Treinta y siete años más tarde, Hensen lanza otra afirmación disruptiva: el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC) se equivoca y la crisis climática va más rápido de lo proyectado.


James Hansen.

La tesis de este científico no es nueva. Lleva desde hace dos años alertando de una preocupante aceleración del calentamiento global, subestimada por la mayoría de los modelos climáticos. Ahora, ha decidido publicar un resumen, un documento de 14 páginas, con los principales hallazgos de sus últimas dos investigaciones científicas.












En su introducción, Hansen explica que los principales objetivos de toda investigación sobre el cambio climático son evaluar la sensibilidad climática —cómo responde la temperatura del sistema climático a un cambio en el balance de energía del planeta— y los forzamientos o perturbaciones que lo impulsan. Por tanto, afirma, comprender el cambio climático actual y futuro requiere acertar en estas dos variables.

Los principales forzamientos del cambio climático son los gases de efecto invernadero y los aerosoles. El efecto de estos segundos estaría siendo subestimado, según James Hansen.

La ciencia del clima lleva décadas analizando dos grandes forzamientos: los gases de efecto invernadero (GEI) y el cambio en los aerosoles, las partículas suspendidas en la atmósfera, que, en un lenguaje sencillo, pueden enfriar el planeta reflejando la luz solar o calentarlo absorbiendo la radiación. Existen otros forzamientos climáticos, tanto antropogénicos como naturales, “pero son menores y se compensan parcialmente”, explica Hansen.

Sobre la medición de los GEI hay unanimidad científica. No se conoce ningún caso en la historia de la Tierra en el que el forzamiento climático de los GEI haya aumentado a un ritmo cercano al del cambio antropogénico actual. “Incluso el aumento de CO2 durante el emblemático Máximo Térmico del Paleoceno Eoceno fue un orden de magnitud más lento que el cambio antropogénico. Por tanto, el futuro cambio climático antropogénico es un territorio inexplorado”, explica Hansen.

Según Hansen, la temperatura global reciente de +1,6 grados choca con la medición “moderada” del IPCC.

Pero sobre el segundo forzamiento, los aerosoles, este científico —que el año pasado disertó ante la Haya en el histórico proceso que terminó con la opinión consultiva sobre las obligaciones de los Estados en relación con el cambio climático— discrepa con las proyecciones del IPCC.

En sus cálculos, las medición “moderada” de este órgano internacional choca con el nivel reciente de temperatura global de +1,6 °C respecto a la era preindustrial. Tampoco explica un aumento de temperatura global de 0,4 °C en los últimos años. “Estos datos generaron consternación en la comunidad de investigación climática, creyendo que algo andaba mal y que ninguna combinación de mecanismos conocidos podía explicar el calentamiento global observado”, recuerda Hansen en su artículo.

El asombro y desconcierto de sus colegas se explica, a su entender, por “el problema en el que se ha metido el IPCC por su excesiva dependencia de los modelos climáticos globales” y su subestimación al impacto “del forzamiento climático de los aerosoles”. Su tesis es que el enfriamiento por aerosoles se ha debilitado en los últimos 20 años por dos motivos: la reducción de las emisiones de China —para mejorar la calidad de su aire— y la regulación impuesta en 2020 por la Organización Marítima Internacional (OMI) a los buques comerciales.

La gran paradoja

Según Hansen, esta normativa, necesaria para la salud humana —se estima que estas partículas de azufre contribuyen a unas 60.000 muertes por año por cáncer cardiopulmonar y de pulmón— ha eliminado un mecanismo de enfriamiento que ha estado “enmascarando” el verdadero impacto de los gases de efecto invernadero.

Su teoría es la siguiente: hasta la restricción de la OMI, los barcos y buques que surcaban los océanos arrojaban a la atmósfera penachos de pequeñas partículas de dióxido de azufre que, al interactuar con el vapor de agua en la atmósfera, creaban nubes bajas, muy reflectantes a la radiación solar.

La reducción de los aerosoles que reflejan la luz solar habría hecho que la Tierra fuera un “poco más oscura” y esté absorbiendo más radicación solar.

Al aumentar su extensión y brillo —las nubes reflejan la luz solar—, estos aerosoles generaban un efecto de enfriamiento en la temperatura del aire. Al reducirse la cantidad de azufre —y, por lo tanto, las nubes de enfriamiento—, la Tierra se ha vuelto un “poco más oscura” y ha empezado a absorber más luz solar, lo que ha aumentado el calentamiento global.

Al estudiar zonas de tráfico marítimo intenso en los océanos Pacífico y Atlántico Norte, Hansen y su equipo de trabajo encontraron que la disminución de aerosoles habría aumentado la radiación solar absorbida por la Tierra en 0,5 vatios por metro cuadrado, una cantidad equivalente al efecto de calentamiento de una década de emisiones de CO2. “Este tema constituye una parte importante del “bosque” de la ciencia del clima. Los modelos climáticos globales (GCMs, por sus siglas en inglés) son los “árboles” que lo están tapando.

El bosque de la ciencia climática incluye otras áreas —además de la sensibilidad climática y los forzamientos climáticos— que también son importantes. Por ejemplo, los impactos potenciales del cambio climático incluyen la interrupción de la circulación de vuelco oceánica y un gran aumento del nivel del mar, lo cual podría ser el asunto más importante de todos los temas climáticos”, advierte.

El balance energético de la Tierra

La reducción de la cubierta de hielo marino y la desaparición de estas nubes bajas generadas por los aerosoles están “descompensando” el balance energético de la Tierra, la diferencia entre la energía que llega y la que se pierde al espacio. Un concepto clave es el “albedo terrestre”, el porcentaje de radiación solar entrante que se refleja de vuelta al espacio después de todas las interacciones con la atmósfera y la superficie de la Tierra. “La observación climática moderna más impactante es el cambio del albedo terrestre”, apunta Hansen.

El planeta se ha vuelto menos reflectante porque ciertos tipos de nubes han disminuido. 2023 ha sido el año con el albedo planetario —porcentaje de radiación entrante devuelta al espacio— más bajo.

En este ítem, hay más científicos que respaldan su análisis. El año pasado, un equipo dirigido por el Instituto Alfred Wegener publicó una investigación con esta misma conclusión: el planeta se ha vuelto menos reflectante porque ciertos tipos de nubes han disminuido. Tras examinar en detalle datos de la Nasa y del Centro Europeo de Previsiones Meteorológicas a Plazo Medio (ECMWF), se identificó el 2023 como el año con el albedo planetario más bajo desde que hay registros.

Otro equipo de investigadores, dirigidos por Thorsten Mauritsen, director del Departamento de Meteorología y Centro Bolin de Investigación Climática, Universidad de Estocolmo (Suecia), publicó en mayo de este año un trabajo en la misma dirección. El hallazgo: el balance energético de la Tierra se ha duplicado en los últimos 20 años y el cambio es dos veces más rápido de lo que predicen los modelos. “Esta gran tendencia nos ha tomado por sorpresa y, como comunidad, debemos esforzarnos por comprender las causas subyacentes”, admiten los autores.

A mediados de los 2000, el promedio de desequilibrio energético rondaba los 0,6 vatios por metro cuadrado. Hoy se acerca a 1,3 W/m². “Las observaciones espaciales del desequilibrio energético muestran que está aumentando mucho más rápido de lo previsto, y en 2023 alcanzó valores dos veces superiores a la mejor estimación del IPCC”, se explica. La investigación también señala una “discrepancia” entre los modelos climáticos globales y estas nuevas observaciones. ¿Uno de los motivos? Misma tesis que Hansen: la sobreestimación de los aerosoles. La gravedad del diagnóstico es doble atendiendo al avance del negacionismo político. Dice Mauritsen: “Nuestra capacidad para observar este desequilibrio se está deteriorando rápidamente a medida que se desmantelan los satélites”.

¿Cómo comunicar la aceleración de la crisis climática?

En el cierre de su artículo, Hansen deja entrever que el objetivo de mantener el calentamiento global por debajo de 1,5 °C está muerto. “Esto plantea un interrogante: ¿estamos nosotros, la comunidad científica, informando adecuadamente a los gobiernos y al público?”, se pregunta.

Hansen asevera que los Gobiernos y el público necesitan más información para fundamentar su toma de decisiones, aunque aclara que el trabajo del IPCC es fidedigno y tiene “referencias útiles”.

Más allá de la crítica al análisis científico del IPCC y de las “deficiencias” observadas, el científico aclara que este panel de expertos “está haciendo lo que se le encomendó” y que sus informes “contienen información fidedigna, redactada con esmero por expertos en sus campos, con referencias útiles”. Sin embargo, aclara, “los Gobiernos y el público necesitan más información para fundamentar adecuadamente su toma de decisiones”.

Lamenta que se le tilde de “exagerado y alarmista” por conclusiones que “nadie ha podido refutar”. Por suerte, el consenso sí es unánime en el campo científico respecto a que “el cambio climático provocado por el ser humano está llamado a ser la mayor injusticia de la historia”. “Su alcance es global. El alcance del cambio climático, en el lapso de vida de un joven de hoy, será monumental y trágico si se permite que los Gobiernos persistan en la farsa y la negación”, denuncia.

Y concluye: “El cambio climático es una injusticia intergeneracional, ya que jóvenes inocentes y sus hijos sufrirán las consecuencias más graves. Igualmente, es una injusticia internacional, ya que las naciones que menos han contribuido se encuentran directamente en la trayectoria de la tormenta climática que se avecina”.


Fuente: El Salto