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viernes, 14 de agosto de 2026

La diplomacia europea, entre Kaja Kallas y Ursula von der Leyen

 

       Politólogo especializado en asuntos europeos e internacionales.



La rivalidad entre Kaja Kallas y Ursula von der Leyen refleja las limitaciones de la política exterior de la Unión Europea.

      El 11 de junio de 2026, un documento interno atribuido al Gobierno francés y filtrado al Financial Times planteó tres escenarios para reformar el servicio diplomático de la Unión Europea y, con él, el cargo de Alta Representante que ocupa la estonia Kaja Kallas. 

El primero situaría toda la política exterior bajo el control de la Comisión, el segundo devolvería competencias al Consejo y a las capitales, y, el tercero, presentado como el preferido por París, reforzaría a la propia Kallas hasta convertirla en una suerte de vicepresidenta ejecutiva primera con autoridad sobre acción exterior, comercio y desarrollo.

Tres salidas distintas para abordar la percepción, extendida en varias capitales, de que la Unión Europea reacciona con excesiva lentitud y fragmentación ante las crisis internacionales, desde el genocidio en la Franja de Gaza hasta la guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán.

El episodio se ha interpretado mayoritariamente en clave personal, como una nueva etapa del desgaste de Kallas y de su tensa relación con la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen. Sin embargo, la fricción entre ambas no es una mera pugna de personalidades, sino que es la manifestación más clara de una ambigüedad estructural inscrita en la propia arquitectura institucional del bloque.

Esa ambigüedad, asumible en periodos de estabilidad, se ha transformado en una vulnerabilidad estratégica en un contexto que exige a Europa proyectar una posición coherente y reconocible.

El reparto competencial

El cargo de Alto Representante nació con el Tratado de Lisboa como un híbrido deliberado. Su titular dirige la Política Exterior y de Seguridad Común (PESC) en nombre de los Estados miembros y, simultáneamente, ocupa una vicepresidencia de la Comisión Europea. El objetivo era articular el peso político de las capitales con los recursos de Bruselas, tendiendo un puente entre el método intergubernamental y el comunitario.

En la práctica, esa hibridez ha situado al cargo en la intersección de las lógicas institucionales de la Comisión, el Consejo y el Servicio Europeo de Acción Exterior (SEAE), que el Alto Representante dirige, sin control efectivo sobre ninguna de ellas. 

El factor determinante es que la política exterior continúa siendo, en lo sustancial, una competencia de los Estados, sometida a la regla de la unanimidad. El Alto Representante coordina, propone y representa, pero no tiene capacidad de decisión.

Desde Catherine Ashton hasta Federica Mogherini y Josep Borrell, todos sus titulares han chocado con las mismas limitaciones. El propio Borrell dejó constancia pública en reiteradas ocasiones de esa frustración a lo largo de su mandato, denunciando la incapacidad de la Unión Europea para formar una posición común frente al genocidio israelí en la Franja de Gaza.

Lo que distingue la etapa actual es la conjunción de ese límite heredado con la forma en que Ursula von der Leyen ha concebido y ejercido su segundo mandato al frente de la Comisión Europea.

La presidencialización de la Comisión

Mientras el cargo de Kallas oscila entre la irrelevancia y la reforma, la Comisión ha avanzado en sentido contrario, concentrando poder de manera sistemática. Su funcionamiento es crecientemente personalista, articulado en torno a la presidenta y a su jefe de gabinete, Bjoern Seibert, en la decimotercera planta del edificio Berlaymont.


Von der Leyen, la hiperpresidenta.

La ampliación del número de vicepresidencias ejecutivas de tres a seis, lejos de distribuir la autoridad, ha diluido los contrapesos internos del colegio de comisarios. La tendencia no es enteramente nueva, pues la centralización en la presidencia se remonta a las Comisiones de Barroso y Juncker, pero se ha intensificado de forma notable. Y en el ámbito externo adquiere una relevancia particular, ya que carece de competencias formales en política exterior. 

Esta deriva concentradora contrasta con las expectativas suscitadas por el propio origen de Ursula von der Leyen en el cargo, designada en 2019 por el Consejo Europeo al margen del sistema de Spitzenkandidaten, lo que ha generado malestar entre varios Estados miembros que anticipaban una presidencia más condicionada por las capitales.

Pese a ello, la Comisión se ha convertido de facto en el principal actor geopolítico de la Unión Europea, asumiendo la iniciativa ante la guerra de Ucrania, la crisis energética, la sobrecapacidad industrial china, la guerra arancelaria con Estados Unidos o el conflicto en la Franja de Gaza.

Tras los ataques sobre Irán, Ursula von der Leyen desplegó una intensa diplomacia directa que invadió las atribuciones de la Alta Representante y del presidente del Consejo Europeo, António Costa. En una sola jornada informó al Parlamento Europeo de conversaciones telefónicas con numerosos líderes extranjeros y emitió, junto a Costa, un comunicado conjunto que relegó a Kallas a un papel subsidiario. El episodio mostró una diplomacia fragmentada institucionalmente.

La divergencia también es discursiva. En la conferencia anual de embajadores de la Unión Europea, Ursula von der Leyen reclamó una política exterior guiada por la realpolitik, mientras que Costa, apenas un día después, reafirmaba el compromiso con el orden internacional basado en reglas. 

A ello se añaden iniciativas de carácter más estructural. La presidenta anunció la creación de un Colegio de Seguridad de mandato impreciso que duplica parcialmente las funciones del Comité Político y de Seguridad, órgano que los Tratados sitúan bajo la órbita del SEAE.


La acción del Servicio Europeo de Acción Exterior (SEAE) se ve limitada por las propias debilidades de la política exterior de la Unión Europea.

La Comisión estableció además una dirección general específica para Oriente Próximo, el Norte de África y el Golfo, y llegó a proyectar una célula de inteligencia bajo supervisión directa de la presidencia, iniciativa a la que Kallas se opuso por reducir todavía más su margen de maniobra. El propio comisario de Defensa, Andrius Kubilius, solapa parte de sus atribuciones con las de la Alta Representante.


La Comisión Europea quiere tener su propia célula de inteligencia.

El resultado es una proyección exterior fragmentada, en la que coexisten varios centros de iniciativa sin una jerarquía clara entre ellos. La cuestión, sin embargo, no se agota en la conducta de la Comisión.

El vacío del Consejo

Sería un error atribuir esta situación exclusivamente a una voluntad de acaparamiento por parte de Ursula von der Leyen. Su expansión responde, en buena medida, a la ocupación de un vacío que los propios Estados miembros han dejado abierto.

El Consejo permanece dividido en las cuestiones decisivas. Frente a quienes, como Francia o Alemania, han explorado vías de negociación con Moscú, otros Estados como Polonia, los países bálticos y los nórdicos respaldan la línea de firmeza que encarna Kallas.

La propia iniciativa diplomática de António Costa hacia Moscú, explorando cauces de contacto con el Kremlin al margen de los canales institucionales establecidos, ha agudizado esta fractura interna, mostrando la fragilidad de la cohesión institucional de la Unión Europea.


El presidente del Consejo Europeo, António Costa; el presidente de Ucrania, Volodímir Zelenski; y la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen.

Atrapado entre esas posiciones y limitado por el requisito de la unanimidad, el Consejo se muestra incapaz de articular respuestas con la celeridad que imponen las crisis. El recurso reiterado al veto por parte de algunos Estados, de forma señalada la Hungría de Viktor Orbán, que en repetidas ocasiones ha bloqueado sanciones y paquetes de asistencia a Ucrania, ha consolidado la imagen de una Unión paralizada por su propia proceso de toma de decisiones.


El fin de la era Orbán reduce la parálisis institucional en la UE.

En ese marco, cuando un acontecimiento exige una reacción inmediata, la presidencia de la Comisión tiende a ocupar el espacio que la decisión intergubernamental no logra llenar. La iniciativa Ursula de von der Leyen se explica, así, menos por una estrategia de poder premeditada que por la incapacidad estructural del Consejo para actuar como un cuerpo unitario.


Miembros de la Comisión Europea presidida por Ursula von der Leyen, anunciada el 27 de noviembre de 2024.

A las dificultades institucionales se añaden las críticas dirigidas a la gestión de la propia Kallas, a quien diversos diplomáticos reprochan un estilo poco eficaz para tejer mayorías en una Unión Europea políticamente heterogénea y una monotemática línea sobre Rusia percibida como excesivamente rígida por algunas capitales. El problema de fondo, no obstante, no reside en que la Comisión intervenga en exceso, sino en que el Consejo decide demasiado poco.

Esta lógica permite descifrar la aparente paradoja de las últimas semanas. Cuando el documento francés y la presión de varios Estados amenazaron con vaciar de contenido el SEAE, fue la propia Ursula von der Leyen quien salió a respaldar públicamente a Kallas y a reivindicar el papel del servicio diplomático. 

La aparente contradicción resulta coherente con los incentivos institucionales, ya que a la Comisión tampoco le conviene que las competencias regresen al Consejo o a las capitales, y una destitución de la Alta Representante proyectaría una imagen de división difícilmente asumible hacia el exterior. 

Kallas, por su parte, ha optado por abrir el debate sin renunciar a su posición, recordando que la sustancia de su mandato la determinan los Tratados y no un documento filtrado a la prensa.


Kallas defiende el servicio exterior de la UE después de que un periódico francés cuestionara su supervivencia.

Autonomía estratégica y arquitectura del poder

La relevancia de esta disputa afecta directamente a la aspiración europea de dotarse de una autonomía estratégica efectiva. Esa autonomía no se reduce a la acumulación de capacidades materiales, sino que depende igualmente de la existencia de una arquitectura institucional capaz de decidir su empleo y de una voz reconocible que actúe en nombre del conjunto. 

Sin el andamiaje decisorio necesario, los recursos que la Unión Europea logre reunir corren el riesgo de permanecer inutilizados en el momento en que una crisis exige una respuesta inmediata.

La fragmentación de la representación exterior tiene, en este sentido, consecuencias estratégicas tangibles. Una potencia que mantiene varios centros de iniciativa y no resuelve quién la representa proyecta hacia el exterior una imagen de indecisión que sus rivales pueden explotar y que erosiona su credibilidad como actor fiable. 

La pugna entre Kallas y Ursula von der Leyen, por tanto, compromete la capacidad de la Unión Europea para fijar prioridades, sostenerlas en el tiempo y actuar como un sujeto geopolítico coherente.

Ninguna de las tres opciones francesas resuelve la contradicción de fondo, porque esta es de naturaleza política, no organizativa. La Unión no ha decidido aún si aspira a ser una alianza de Estados soberanos que conservan el control de su acción exterior o una potencia dotada de una política exterior verdaderamente común.

Mientras esa cuestión permanezca abierta, cualquier reforma se limitará a desplazar el problema de una instancia a otra. La reorganización del SEAE o el refuerzo del rango de la Alta Representante podrían mejorar la coordinación, pero no alcanzan el nervio del problema, que reside en la regla de decisión.

Una reforma de fondo exigiría avanzar hacia la votación por mayoría cualificada en ámbitos hoy sometidos a la unanimidad, comenzando por las sanciones y las declaraciones comunes, ya fuera mediante la activación de las cláusulas pasarela previstas en los Tratados o a través de su revisión ordinaria. Pero ahí reaparece el obstáculo característico de la construcción europea, dado que la supresión de la unanimidad requiere, precisamente, la unanimidad.

La rivalidad entre Kallas y von der Leyen no es, en última instancia, la causa de la debilidad diplomática europea. En todo caso es su síntoma más visible. La autonomía estratégica de la Unión dependerá, en gran medida, de su aptitud para articular una estructura de decisión coherente y un mando reconocible en política exterior, además de una visión estratégica compartida sobre el papel que la Unión Europea aspira a ocupar en el escenario internacional. 


Fuente: Descifrando la Guerra

miércoles, 3 de septiembre de 2025

Cómico y desgarrador - Notas sobre el final de Europa

 

    Escritor y filósofo italiano. Activista de la izquierda.


     CNN muestra imágenes del funeral de un joven soldado ucraniano. Su esposa llora frente al ataúd y pone flores.

Banderas rojas y negras, una gran A en un círculo en primer plano.

Recuerdo que, desde los primeros días de esta guerra, Vasyl, un amigo ucraniano que se autodenomina anarco-socialista, me escribió: “Si Putin gana, el fascismo prevalecerá en todo el mundo”.

Tenía razón, y hoy el triunfo del fascismo se ve por todas partes.

El problema es que el fascismo habría prevalecido en todo el mundo incluso si Zelenski hubiera ganado la guerra.

Pero ver imágenes de un joven anarquista que podría haber sido mi alumno si hubiera dado clases en Kiev es desgarrador; ver el llanto de esa chica que fue su pareja es desgarrador.

La cumbre de Washington, por otro lado, con Trump saludando a los perdedores con una sonrisa sardónica, fue cómica.

Zelenski, con un traje oscuro alquilado para la ocasión, resultó ridículo.

Sentado en la misma silla que ocupó en febrero cuando Vance lo insultó y Trump lo humilló frente a mil millones de espectadores, el perdedor agradece, agradece y agradece.

No me queda claro por qué les agradece.

El hombre a quien agradece acaba de regresar de una reunión con Putin, buscado por una sentencia penal internacional. En Alaska acordaron temas relacionados con la división del Ártico y también, marginalmente, sobre la rendición incondicional de Ucrania.

De eso trató la cumbre de Alaska, aunque los comediantes europeos (el tío Macron, la tía Meloni, la abuela Ursula y los demás familiares del perdedor ucraniano) finjan hablar de las garantías que se le brindarán a su nieto. Nadie menciona la palabra “Donbás” o la palabra “Crimea”; sería de mal gusto.


Zelenski y Trump, junto a otros líderes europeos, durante la reunión en Washington, del pasado 19 de agosto.

Lo que pasará a la historia como la guerra de Ucrania (si es que en el futuro existen historiadores, cosa que dudo) comenzó como una genialidad del gobierno de Biden. Causar una masacre en la frontera oriental de Europa pretendía destruir Europa y debilitar a Rusia simultáneamente.

El primer objetivo se logró a la perfección. Si quieren entender la importancia de Europa hoy, basta con ver a Macron sentado junto a Trump, quien recientemente lo trató públicamente como un idiota que habla de cosas que desconoce. Sin embargo, Macron finge que todo está bien con el Padrino y, con una expresión bastante nerviosa, dice algo irrelevante mientras el Padrino sonríe con sorna.

El primer objetivo se ha cumplido a la perfección: se han roto las relaciones económicas entre Rusia y Alemania y se ha interrumpido el gasoducto North Stream 2. Vance ha degradado a la Unión: “Primero eran súbditos, ahora son enemigos”, declaró el número dos en Múnich.

Castigados con aranceles que pronto hundirán la economía europea, los súbditos convertidos en enemigos deben ahora invertir su capital en el país que los humilla y comprar armas a quienes traicionaron a Ucrania para abastecer a una Ucrania mutilada.

La guerra interblanca se encamina hacia una conclusión (temporal) con el siguiente resultado: la civilización blanca está dominada por las potencias nucleares del Ártico (EEUU y Rusia), la Unión Europea es un muerto viviente y Ucrania se ha convertido en un país destruido, empobrecido y despoblado, obligado a entregar sus recursos a quienes primero la empujaron a la guerra, luego la engañaron y finalmente la traicionaron.

En cuanto al segundo objetivo (debilitar a Rusia), se falló por completo, porque los estadounidenses, como sabemos, son volubles. Empiezan guerras en lugares lejanos como Afganistán, luego olvidan por qué lo hicieron y dejan a sus protegidos (especialmente sus protegidas) en manos de asesinos.

Así que, en lugar de Biden, el enemigo de los rusos, llegó el mejor amigo de Vladímir Putin, y medio millón de ucranianos (¿más?, ¿menos?, Nunca lo sabremos) murieron por nada. Es decir, para defender las fronteras sagradas de la patria y, como siempre, para dejarse engañar por el nacionalismo de los payasos.



Fuente: CTXT

martes, 29 de julio de 2025

Indignidad europea ante el engaño trumpista

 

      Economista español. Integrante del Consejo Científico de Attac España y catedrático de Economía Aplicada en la Universidad de Sevilla.


La presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, y el de Estados Unidos, Donald Trump, acaban de escenificar una auténtica y desvergonzada obra de teatro


Fuente: Ganas de escribir


     Como ha hecho con otros países, Donald Trump no ha buscado ahora con la Unión Europea un buen acuerdo comercial para los intereses de la economía estadounidense, como él se empeña en decir. Y en lo que ha cedido von der Leyen no es en materia arancelaria para evitar los males mayores de una escalada de guerra comercial, como afirman los dirigentes europeos. El asunto va por otros derroteros.

Los aranceles del 15 por ciento acordados para gravar casi todas las exportaciones europeas los pagarán los estadounidenses y, en algunos casos, con costes indirectos aún más elevados.

Eso pasará, entre otros productos, con los farmacéuticos que se ven afectados. Puesto que en Estados Unidos no hay producción nacional alternativa y siendo generalmente de compra obligada (los economistas decimos de muy baja elasticidad de la demanda respecto al precio) los consumidores terminarán pagando precios más elevados. Suponiendo que fuese posible o interesara la relocalización de las empresas para irse a producir a Estados Unidos (lo que, desde luego no está nada claro), sería a medio plazo (lo expliqué en un artículo anterior).

Los aranceles a los automóviles europeos serán del 15 por ciento, pero los fabricantes estadounidenses deben pagar otros del 50 por ciento por el acero y el cobre, y del 25 por ciento por los componentes que adquieren de Canadá y México. Sería posible, por tanto, que los coches importados de la Unión Europea sean más baratos que los fabricados en Estados Unidos y que a los fabricantes de este país les resulte mejor producirlos en Europa y llevárselos de vuelta. Además, la mayoría de los automóviles de marcas europeas que se venden en Estados Unidos se fabrican allí, de modo que no les afectarán los aranceles, mientras que en Europa apenas se venden coches estadounidenses, no por razones comerciales sino más bien culturales o de gustos. Otros productos en los que Europa tiene ventajas, como los relativos a la industria aeroespacial y algunos químicos, agrícolas, recursos naturales y materias primas no se verán afectados.

En realidad, en términos de exportación e importación de bienes generales, el «acuerdo» no es favorable a Estados Unidos. Como explicó hace unos días Paul Krugman en un artículo titulado El arte del acuerdo realmente estúpido, el que suscribió con Japón (y se puede decir exactamente lo mismo ahora del europeo y de todos los demás) «deja a muchos fabricantes estadounidenses en peor situación que antes de que Trump iniciara su guerra comercial».




No obstante, todo esto tampoco quiere decir que Europa haya salido beneficiada. Las guerras comerciales no suele ganarlas nadie, y muchas empresas y sectores europeos (los del aceite y el vino español, por ejemplo) se verán afectados negativamente. Pero no perderán porque Trump vaya buscando disminuir el déficit de su comercial exterior, sino como un efecto colateral de otra estrategia aún más peligrosa.

La realidad es que a Estados Unidos no le conviene disminuirlo porque este déficit, por definición, genera superávit y ahorro en otros países que vuelve como inversión financiera a Estados Unidos para alimentar el negocio de la gran banca, de los fondos de inversión y de las grandes multinacionales que no lo dedican a invertir y a localizarse allí, sino a comprar sus propias acciones. El déficit exterior de la economía estadounidense no es una desgracia, sino el resultado deliberadamente provocado para construir sobre él un negocio financiero y especulativo de colosal magnitud.

Lo que verdaderamente busca Estados Unidos con los «acuerdos» comerciales no es eliminar los desequilibrios mediante aranceles. Eso es algo que no se ha conseguido prácticamente nunca en ninguna economía). El objetivo real de Estados Unidos es hacer chantaje para extraer rentas de los demás países, obligándoles a realizar compras a los oligopolios y monopolios que dominan sus sectores energético y militar y, por añadidura, humillarlos y someterlos de cara a que acepten más adelante los cambios en el sistema de pagos internacionales que está preparando ante el declive del dólar como moneda de referencia global.

En el «acuerdo» con la Unión Europea (como en los demás), lo relevante ni siquiera son las cantidades que se han hecho públicas. Los aranceles son una excusa, un señuelo, el arma para cometer el chantaje. Lo que de verdad importa a Trump no es el huevo que se ha repartido, sino el fuero que acaba de establecer. Es decir, la coacción, el sometimiento y el monopolio de voluntad que se establecen, ya formalmente, como nueva norma de gobernanza y dominio de la economía global y que Estados Unidos necesita imponer, ahora por la vía de la fuerza financiera y militar debido a su declive como potencia industrial, comercial y tecnológica.

Siendo Donald Trump un gran negociador, si quisiera lograr auténticas ventajas comerciales para su economía no habría firmado lo que ha «acordado» con Europa (y con los demás países), ni hubiera dejado en el aire y sin concretar sus aspectos más cuantiosos. La cantidad de compras de material militar estadounidense no se ha señalado: «No sabemos cuál es esa cifra», dijo al escenificar el acuerdo con von der Leyen. El compromiso de compra de 750.000 millones de dólares en productos energéticos de Estados Unidos en tres años sólo podría obligar a Europa a desviar una parte de sus compras y tampoco parece que se haya concretado lo suficiente. Y la obligación de inversiones europeas por valor de 600.000 millones de dólares en Estados Unidos es una quimera porque la Unión Europea no dispone de instrumentos (como el fondo soberano de Japón) que le permitan dirigir inversiones a voluntad y de un lado a otro. Además, establecer esta última obligación sería otro disparate si lo que de verdad deseara Trump fuese disminuir su déficit comercial con Europa: si aumenta allí la inversión europea, disminuirán las compras de Europa a Estados Unidos, y lo que se produciría será un mayor déficit y no menor. 

Lo que han hecho von der Leyen y Trump (por cierto, en Escocia y ni siquiera en territorio europeo) ha sido desnudarse en público. Han hecho teatro haciendo creer que negociaban cláusulas comerciales, pero en realidad se han quitado la ropa de la demagogia y los discursos retóricos para mostrar a todo el mundo sus vergüenzas manifestadas en cinco grandes realidades:

1. El final del gobierno de la economía global y el comercio internacional mediante reglas y acuerdos y el comienzo de un nuevo régimen en el que Estados Unidos decidirá ya sin disimulos, a base de chantaje, imposiciones y fuerza militar.

2. A Estados Unidos no le va a importar provocar graves daños y producir inestabilidad y una crisis segura en la economía internacional para poner en marcha ese nuevo régimen. Quizá, incluso lo vaya buscando, lo mismo que buscará conflictos que justifiquen sus intervenciones militares.

3. La Unión Europea se ha sometido, se arrodilla ante el poder estadounidense y renuncia a forjar cualquier tipo de proyecto autónomo. Como he dicho, a Trump no le ha importado el huevo, sino mostrar que Europa ya no toma por sí misma decisiones estratégicas en tres grandes pilares de la economía y la geopolítica: defensa, energía e inversiones (en tecnología, hace tiempo que perdió el rumbo y la posibilidad de ser algo en el concierto mundial). Von der Leyen, con el beneplácito de una Comisión Europea de la que no sólo forman parte las diferentes derechas sino también los socialdemócratas (lo que hay que tener en cuenta para comprender el alcance del «acuerdo» y lo difícil que será salir de él), ha aceptado que la Unión Europea sea, de facto, una colonia de Estados Unidos.

4. Ambas partes han mostrado al mundo que los viejos discursos sobre los mercados, la competencia, la libertad comercial, la democracia, la soberanía o la paz eran lo que ahora vemos que son: humo que se ha llevado el viento, un fraude, una gran mentira.

5. Por último, han mostrado también que el capitalismo se ha convertido en una especie de gran juego del Monopoly regido por grandes corporaciones industriales y financieras que han capturado a los estados para convertirse en extractoras de privilegios, en una especie de gigantescos propietarios que exprimen a sus inquilinos aumentándoles sin cesar la renta mientras les impiden por la fuerza que se vayan y  les hablan de libertad. 

La Unión Europea se ha condenado a sí misma. Ha dicho adiós a la posibilidad de ser un polo y referente mundial de la democracia, la paz y el multilateralismo. Ahora hace falta que la gente se entere de todo esto y lo rechace, lo que no será fácil que suceda, pues a esos monopolios se añade el mediático y porque, como he dicho, esta inmolación de Europa la ha llevado a cabo no sólo la derecha, sino también los socialistas europeos que, una vez más, traicionan sus ideales y se unen a quien engaña sin vergüenza alguna a la ciudadanía que los vota.


Fuente: Rebelión

domingo, 22 de junio de 2025

Estados Unidos bombardea Irán y su gobierno anuncia una 'respuesta legítima en defensa propia'

 

En la madrugada del sábado al domingo, hora española, Trump ha ordenado el bombardeo de tres instalaciones nucleares de Irán.



Natanz es una de las tres infraestructuras nucleares que Estados Unidos ha atacado.


Por Redacción El Salto


     Tras unos días de retórica belicista, amenazas y escalada de la violencia, finalmente el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ha decidido bombardear Irán. Lo ha hecho durante la madrugada del sábado 21 de junio al domingo 22, hora española.


Personal militar estadounidense transportaba una bomba GBU-57 en mayo de 2023 en Misuri.

Según ha confirmado el propio Trump en redes sociales, el ejército estadounidense han bombardeado las infraestructuras nucleares de Natanz, Fordow e Isfahan. En una comparecencia en la Casa Blanca después del ataque, Trump ha calificado la operación de “éxito militar” y ha amenazado con nuevas acciones si Irán no se rinde. “Paz o tragedia”, ha dicho en su tono habitual.

Por su parte, Irán ya ha anunciado que este ataque tendrá consecuencias y que esta intervención se ha llevado a cabo “al margen de la ley internacional”. “De conformidad con la Carta de las Naciones Unidas y sus disposiciones que permiten una respuesta legítima en defensa propia, Irán se reserva todas las opciones para defender su soberanía, sus intereses y su pueblo”, ha dicho el ministro de Seyed Abbas Araghch, ministro de Asuntos Exteriores de Irán.




Es la primera vez desde la Revolución Islámica de 1979 que Estados Unidos ataca con fuerzas aéreas instalaciones dentro del país, lo que ha sido considerado un acto de guerra. Según fuentes iraníes, desde que empezó la ofensiva israelí, el pasado viernes 13 de junio, unos 400 iraníes habría muerto a causa de los ataques.

Según medios estadounidenses, los bombarderos estadounidenses que atacaron las instalaciones nucleares iraníes lanzaron, por primera vez en una guerra, bombas antibúnker diseñadas para destruir objetivos subterráneos reforzados. Una docena de las bombas se lanzaron contra la planta de enriquecimiento de Fordow, que está enterrada bajo una montaña, y otras dos se utilizaron contra la planta de enriquecimiento de Natanz, según informó un funcionario de Defensa. Se sabe que EE.UU. ha producido alrededor de 20 de estas municiones gigantes.


Bomba Massive Ordnance Penetrator GBU-57A-B.

El ejército de Irán ha respondido con una nueva oleada de misiles que han alcanzado zonas de las ciudades de Tel Aviv, Nes Tziona y Haifa. Las autoridades médicas de Israel confirman que hay al menos 86 heridos a causa de los bombardeos. Desde Teherán, que han confirmado el ataque, han señalado que sus objetivos eran el Aeropuerto Internacional de Ben Gurión, un centro de investigación biológica, bases logísticas y varios niveles de centros de mando y control.

Las reacciones tampoco se han hecho esperar en los propios Estados Unidos. “Es groseramente inconstitucional“, ha dicho el senador demócrata Bernie Sanders, que ha recordado que “el único que puede declarar la guerra es el Congreso” y que Trump no tiene legitimidad para atacar a un país extranjero sin pasar por la Cámara.

Las reacciones diplomáticas también se llevan sucediendo en las últimas horas. La primera ha sido la propia nación atacada. Irán ha pedido una reunión extraordinaria al Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas al considerar que el ataque de Estados Unidos sobre sus instalaciones nucleares son “ilegales”.

Por su parte, la Unión Europea ha llamado a una negociación. La alta representante de la UE para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad, Kaja Kallas, ha declarado que “no se debe permitir que Irán desarrolle un arma nuclear, ya que supondría una amenaza para la seguridad internacional”, a la vez que ha instado a todas las partes “a que den un paso atrás, vuelvan a la mesa de negociaciones y eviten una nueva escalada”. También ha anunciado que mañana lunes se reunirán los ministros de Asuntos Exteriores de los Estados miembro para debatir la situación.




La presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, ha declarado en redes que “Irán nunca debe adquirir la bomba” y ha apuntado a que “con las tensiones en Oriente Medio en un nuevo punto álgido, la estabilidad debe ser la prioridad”. Pese a que ha sido Estados Unidos quien se ha autoinvitado a esta guerra sin el permiso de su Congreso, Von der Leyen ha señalado que “el respeto del derecho internacional es fundamental” sin citar ni una vez a Estados Unidos ni a su presidente. “Ahora es el momento de que Irán se comprometa a una solución diplomática creíble. La mesa de negociaciones es el único lugar para poner fin a esta crisis”, ha concluido la mandataria europea.



Fuente: EL SALTO