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domingo, 21 de junio de 2026

La rendición

 

 Por Antonio Turiel   
      Físico, matemático y experto en energía. Trabaja en el Instituto de Ciencias del Mar del CSIC.



     Aprovechando la invitación del presidente Emmanuel Macron de visitar el palacio de Versalles después de la cumbre del G7 en Évian, Donald Trump firmó físicamente el Acuerdo de Entendimiento (Memorandum of Understanding) con Irán para poner fin a las hostilidades bélicas que comenzaron hace más de tres meses.


Trump y Pezeshkian firman el acuerdo entre EE.UU. e Irán.

El anuncio la semana pasada de que se había llegado a este Acuerdo disparó las bolsas e hizo bajar el precio del petróleo. El Brent se mantiene desde entonces en la raya de los 80$. Los analistas se felicitan por el acuerdo y se preparan para una inundación de petróleo que hará bajar el precio hasta valores no vistos en años y a un boom económico que dejará detrás todos los malos augurios. Las preocupaciones se despejan y los noticiarios se centran en las cuestiones más locales (sin necesidad de seguir forzando el foco de atención lejos del conflicto central ahora mismo), como los continuos casos de corrupción o, en clave más ligera, los mejores destinos para pasar las vacaciones.

Hay, sin embargo, un problema con esta narrativa: es total y radicalmente mentira. En realidad, nada ha cambiado. La situación sigue siendo terrible y seguimos yendo rumbo a estrellarnos con graves problemas de abastecimiento en las próximas semanas y meses. Incluso en el mejor de los escenarios posibles, se necesitan muchos meses para poder volver a algo que se parezca a la situación anterior, y no tenemos tanto tiempo. Pero es que tampoco estamos en el mejor escenario posible.

Empecemos por lo más básico: no se ha firmado un Acuerdo de Paz. Lo que se ha firmado es un Acuerdo de Entendimiento. Es decir, un compromiso de negociar un Acuerdo de Paz durante los próximos 60 días, que son prorrogables si las dos partes así lo deciden. Durante estos 60 días, ambas partes deben mostrar actos de buena voluntad que certifiquen que realmente quieren llegar un acuerdo.

Pero hay muchos elementos que hacen del Acuerdo algo muy frágil. Para empezar algo muy básico: Israel, con quien EE.UU. empezó esta guerra, no participa de él. Y para el actual gobierno de Israel las condiciones del Acuerdo son completamente inaceptables, porque impone no solo la imposibilidad de atacar a Irán, sino también a otros países como Líbano. Para el alucinado gobierno de Benjamín Netanyahu, la única salida aceptable de esta guerra es con el hundimiento del régimen de los ayatolás, y por eso este Acuerdo es una claudicación en una condición no negociable (y si la guerra acabase en falso, Netanyahu tendría que hacer frente a múltiples frentes domésticos que podrían acabar haciendo caer su gobierno). De hecho, los bombardeos de primera hora de hoy en Líbano causaron que Irán volviera a cerrar el estrecho de Ormuz por unas horas.

Tampoco el acuerdo es aceptable para los sectores más duros de los EE.UU. Las condiciones del Acuerdo de Entendimiento que se ha difundido se parecen más a una rendición incondicional de los EE.UU. que a otra cosa. De entrada, los EE.UU. retiran su bloqueo naval a Irán y levantarán todas las sanciones contra ese país y desbloquearán todos los activos congelados que tiene en el extranjero. Además, EE.UU. se compromete a no interferir ni políticamente ni militarmente en Irán. Por último, los EE.UU. organizarán un fondo de 300.000 millones de dólares de lo que solo puede calificarse como de reparaciones de guerra. Por la parte de Irán, tan solo se compromete a no desarrollar una bomba atómica (cosa que Irán siempre ha dicho que no quiere hacer, sus líderes religiosos han prohibido en más de una ocasión que Irán intente tener tal arma demoníaca), a entablar conversaciones más adelante sobre el uranio enriquecido y a permitir el libre paso por Ormuz durante 60 días (pero después de esos 60 días establecerá un sistema de peaje, con lo que se encarecerá para siempre el transporte por esa zona e Irán tendrá ingresos extra permanentemente).

Fíjense que con este acuerdo, EE.UU. básicamente no solo fracasa en los objetivos que se fijó cuando inició la operación militar, sino que marcan un retroceso, una nueva situación peor que la de partida que explicita un debilitamiento estructural de la hegemonía de los EE.UU. en la zona y por extensión en el mundo. La mayoría de las bases militares de los EE.UU. en los países vecinos a Irán han sido destruidas o están gravemente dañadas, y de hecho la mayoría no volverán a abrir - vista su nula eficacia militar y el riesgo de mantener objetivos tan vulnerables y económicamente costosos. Los países aliados de los EE.UU. en la región han confirmado que no solo EE.UU. es impotente militarmente frente a Irán, sino que a la hora de la verdad no les da suficiente protección (todos han sufrido graves daños en infraestructuras clave) y encima a la primera de cambio les deja en la estacada, huyendo de la escena. Seguramente todos ellos estarán tomando nota y en el futuro reconfigurarán sus alianzas siguiendo nuevos ejes (por ejemplo, el BRICS+). Por último, el fondo de reparación de nada más y nada menos de 300.000 millones de dólares supone reconocer lo injusto de la agresión inicial y la obligación moral de la reparación del daño, y muy probablemente va a ser sufragada por los aliados de EE.UU.

Como todo lo que rodea a Donald Trump tiene ese tono zafio y grotesco que le es tan característico, es difícil de saber si la elección de Versalles para firmar el Acuerdo de Entendimiento se hecho por torpeza extrema o con una astucia realmente diabólica. Versalles fue la cuna del infame Tratado de Versalles de 1919, por el cual las potencias aliadas, y particularmente Francia, impusieron a Alemania unas condiciones de resarcimiento por la Primera Guerra Mundial absolutamente ignominiosas y abusivas, y que en mucho favorecieron no solo un sentimiento de humillación y de deseo de venganza en el pueblo alemán, sino también el hundimiento económico de la República de Weimar tras el crack del 29, el ascenso de Adolf Hitler y la Segunda Guerra Mundial. La manera ramplona, bobalicona incluso, ajena a todo sentido de la diplomacia, prudencia o decoro con la que Trump reconoció que no le quedaba más remedio que firmar este acuerdo porque a EE.UU. solo le quedaban 4 semanas de petróleo y se generaría el caos, puede hacer pensar que, efectivamente, el tipo es un auténtico botarate. Pero vayamos más allá y pensemos quién realmente pierde aquí.

Objetivamente, EE.UU. no depende tanto del petróleo del Golfo Pérsico. Es cierto, en 2025 EE.UU. consumió 20,6 millones de barriles diarios (Mb/d), de los cuales solo produjo autóctonamente unos 13,6 Mb/d, y por tanto tuvo que importar alrededor de 7 Mb/d para cubrir su consumo (en realidad, importaron 8 Mb/d, como ahora explicaremos). Pero en realidad parte del consumo de petróleo en los EE.UU. se dirige a su industria de exportación de productos refinados, que totaliza unos 7 Mb/d, aparte de la exportación directa de crudo de baja calidad que producen con el fracking, por un total de unos 10 Mb/d (a comparar con los 8 Mb/d importados).


Comercio total de energía primaria por fuente (2000-2025).

Así que su balance neto es de algo más de 2 Mb/d exportados. Por supuesto, todo es más complejo. Estas estadísticas mezclan volúmenes de sustancias diferentes, que ya no es solo que tengan contenidos energéticos diferentes, sino que tienen usos y demandas diferentes. Por ejemplo, EE.UU. puede producir mucho petróleo ligero, pero le falta petróleo medio para producir diésel que tiene que importar; y una vez refinado, produce más gasolina de la que necesita (eso es inevitable, ya que sale un porcentaje determinado de cada producto en una refinería dada). Por tanto, para mantener sus ritmos de consumo domésticos necesita importar petróleo adecuado para refinar lo que necesita y que otros países puedan absorber sus excedentes de algunos productos. Al mismo tiempo, la industria del petróleo es una industria importante para la economía de los EE.UU., así que la cosa no se circunscribe solamente a los productos petrolíferos realmente consumidos en el suelo de los EE.UU. Sin embargo, estos números evidencian que EE.UU. tiene más versatilidad de lo que parece para jugar con una situación de cierre más o menos definitivo del estrecho de Ormuz. Y máxime después de la jugada estratégica de apropiarse de los activos petroleros de Venezuela.


Instalaciones para la extracción de petróleo en Venezuela.

Los EE.UU. pueden mirar (y de hecho hace tiempo que miran) hacia América Latina. EE.UU. puede conseguir garantizar tener suficiente petróleo para mantenerse (seguramente con una industria reconvertida, pero mantenerse) con el petróleo que pueda conseguir en Brasil (principal exportador de América Latina, con más de 2 Mb/d en 2025) y posiblemente de otros países. Claro que eso implicaría que estos países rompan sus contratos con China y con Europa. Pero, recordemos que la doctrina Monroe ha vuelto con fuerza...


Caricatura titulada «Vete, pequeñín, y no me molestes» aparecida en el New York World, en 1903, haciendo alusión a las negociaciones entre Estados Unidos y Colombia por los derechos del istmo de Panamá, donde Roosevelt es mostrado apuntando un cañón

EE.UU. puede haber perdido la guerra en Irán, cierto. Pero EE.UU. no va cejar en su belicosidad. Simplemente, la va a redirigir hacia territorios más cercanos. La producción de petróleo de los EE.UU. va a seguir estancada o en ligera tendencia a la baja en lo que queda de año, y aunque el Departamento de Energía de los EE.UU. ahora anticipa una remontada el año que viene, lo cierto es que el fracking estadounidense está llegando a su fase final.


Imagen de Peak Oil Barrel.

Por tanto, lo que cabe esperar en los próximos meses es que EE.UU. comience una escalada de agresividad en algunos rincones de aquella parte del mundo, hasta garantizar que redirige los flujos de petróleo hacia sí misma. 

En este contexto, el Acuerdo de Entendimiento puede también entenderse en el marco de un cambio de estrategia de los EE.UU. Irán habrá sido el último intento de ejercer un control sobre el mercado mundial del petróleo; pero si eso no es posible, los EE.UU. se centrarán en el control del petróleo de todo el continente americano. Así pues, el Acuerdo solo es una estrategia para ganar tiempo mientras todo se resitúa.

¿Quién pierde realmente entonces con este frágil de Acuerdo de Entendimiento? Se podría pensar que China, y ciertamente Asia en su conjunto es la principal damnificada, pero después viene Europa.

No hay Acuerdo de Paz. Tanto los EE.UU. como Israel pueden forzar tantas veces como quieran cierres parciales o totales del estrecho de Ormuz por períodos variable de tiempo, si así les interesa; Israel, por sus objetivos geoestratégicos; EE.UU., por consolidar su control de los recursos del continente americano y su posición hegemónica en aquella parte del mundo.

Los petroleros no van a volver en masa al Golfo Pérsico. Un superpetrolero con capacidad para cargar 2 Mb puede valer 250 millones de dólares: ningún armador va a arriesgar alegremente a perder tal cantidad de dinero, y eso sin contar con que el tiempo de construcción de uno nuevo es de más de dos años - y nadie puede tener una pérdida de capacidad tan grande durante tanto tiempo. Los barcos van a ir pasando, tanteando tímidamente el terreno, pero con mucha prudencia, y al primer indicio de cierre todo el movimiento de operaciones hacia la zona se va a detener. Los armadores van a apostar por rutas donde sus activos principales no corran tanto riesgo, al margen de si eso supone que no llegará (tanto) petróleo a algunas regiones del mundo. 

Además, después de todos los daños causados en estos meses en terminales de carga y refinerías, habrá que hacer muchas largas y costosas reparaciones durante meses antes de recuperar toda la capacidad. Y, de nuevo, se irá con pies de plomo, porque si hay un recrudecimiento de las hostilidades podrían volver a ser atacadas, haciendo inútil el esfuerzo y el gasto.

Por otro lado, la detención tan prolongada de la extracción de petróleo de los campos del Golfo Pérsico ya habrá pasado su peaje en términos de recimentación de la roca reservorio y de sellado por acumulación de alquitranes. Aún no sabemos cuánta producción se ha perdido para siempre, pero probablemente está en el rango de los 1-2 Mb/d.

EE.UU. está empujando la pelota del control de recursos en otra dirección. No es casualidad el giro actual de Ucrania de atacar refinerías rusas, comprometiendo la capacidad exportadora del único país que podría poner en peligro la nueva situación. Y para terminar de complicar la situación para Europa, si el precio de la gasolina en los EE.UU. sigue subiendo (y previsiblemente seguirá subiendo, dado lo volátil de la situación), en cualquier momento la administración Trump puede decidir un embargo de las exportaciones de petróleo, lo cual sería una catástrofe para Europa y para España, que importan (ambas) alrededor del 15% del petróleo que consumen desde allí.

Aquí, mientras tanto, seguimos consumiendo nuestras reservas comerciales sin restricciones, esperando un rápido reestablecimiento del flujo de petróleo que no va a suceder, y sin incorporar el riesgo de la redefinición estratégica de los EE.UU., como si todavía fuera nuestro aliado, como si sus intereses no fueran cada vez más los exactamente contrarios a los nuestros. Quizá, con su firma en Versalles, Trump representaba lo que fue Francia en 1919 y nosotros, sin siquiera firmar aquel papel, hemos adoptado el rol de Alemania en aquel entonces.

Eso no ha acabado. Esto ha acabado de empezar.


Buque cisterna diseñado para transportar líquidos a granel, con una característica cubierta roja llena de tuberías. Este tipo de embarcación se utiliza comúnmente para el transporte de hidrocarburos en aguas internacionales.

Por cierto, cabe decir The Honest Sorcerer ha escrito un artículo que va en la misma línea de lo que aquí he escrito (y que sin duda me ha servido de referencia).



Fuente: The Oil Crash

domingo, 21 de septiembre de 2025

La ola reaccionaria frena la lucha climática de la UE cuando la emergencia planetaria más apremia

 

 Por Andrés Actis   
      Periodista/Licenciado en Comunicación Social (UNR-Argentina). Colabora en diferentes medios, entre ellos El Salto.





El retraso de la votación sobre el objetivo de reducción de emisiones para 2040 supone un triunfo del bloque menos favorable al fin de los combustibles fósiles y el último capítulo de un giro en las políticas climática y medioambiental de los 27 que busca echar abajo el Pacto Verde europeo.


Von der Leyen en una reciente sesión plenaria de la Comisión Europea.



     Será difícil explicar en algunos años la paradoja de los tiempos que corren en Europa. Habrá que contar que cuando la emergencia climática se aceleró y empezó a mostrar su peor cara, con olas de calor mortíferas, inundaciones destructivas, incendios con una voracidad inédita y miles de muertes asociadas a un sistema adicto a los combustibles fósiles —24.400 personas este verano en todo el continente por las temperaturas extremas, según el cruce de datos de un instituto científico de Londres—, el bloque de países que más tiró del carro para sentar las bases de una doble transición, energética y ecológica, decidió tirar la toalla para sumarse a una ola reaccionaria y negacionista liderada por un político mesiánico como Donald Trump.


Incendio en A Pobra de Brollón, Lugo, este agosto.


Olas de calor mortíferas.




Donald Trump visita la zona afectada por el huracán Helene, en Valdosta, Georgia.

Lo que ha ocurrido esta semana confirma que la Unión Europea ha pisado con fuerza el freno de su lucha climática. El temido desmoronamiento del Pacto Verde ya es una realidad. No es el fin, aclaran analistas y expertos consultados por El Salto. Hay bases sólidas y leyes y normativas que, por el momento, son muy difíciles de desactivar. Pero sí un “giro estratégico en el peor momento” con graves consecuencias ambientales y sociales.

El Consejo de la UE tendría que haber votado este jueves la propuesta de la Comisión de reducir las emisiones de gases de efecto invernadero en un 90% para 2040. La reunión se pospuso. El borrador arrastraba el rechazo de Polonia, Italia, Hungría, Eslovaquia y República Checa, el grupo de países alineado con la defensa de los combustibles fósiles que presiona con fuerza para rebajar la ambición climática del bloque. Nada nuevo. Pero el pedido de postergación llegó de parte de Francia y Alemania, hasta el año pasado firmes defensores del Pacto Verde.

Al afectar los planes nacionales de acción climática, el presidente Emmanuel Macron y el canciller Friedrich Merz han dado la orden de “negociar flexibilidades” para no afectar a la “competitividad y las inversiones” y no aumentar el “malestar social” en las calles. “Estoy a favor de tener estos objetivos en 2040, pero tenemos que darnos los medios para ello y hacerlos compatibles con nuestra competitividad. ¿Qué significa esto? Neutralidad tecnológica, flexibilidad, inversión”, dijo en julio el mandatario galo sobre la propuesta de la Comisión.

Sin acuerdo diplomático, el tema será analizado y debatido por los líderes de los Estados miembro en la cumbre de finales de octubre. En esta instancia, se necesita un acuerdo de unanimidad para que la propuesta salga adelante, bastante improbable ante la postura inflexible del tridente conformado por Giorgia Meloni, la primera ministra italiana; Viktor Orbán, su homólogo húngaro, y Karol Nawrocki, presidente de Polonia.

Sin plan climático ante la ONU

Además de patear para adelante la rebaja de emisiones para 2040, la UE tampoco presentará su nuevo plan climático la semana que viene ante Naciones Unidas, una obligación que tienen todos los países firmantes —el bloque, en este caso— del Acuerdo de París. En su lugar, presentará una “declaración de intenciones”, un documento sin ninguna validez que se traducirá en un “bochorno internacional”, según el análisis de Alberto Vela, asesor de la Oficina Europea de Medio Ambiente (EEB, por su sigla en inglés), la red más grande de organizaciones ciudadanas medioambientales de Europa.

“Lo que está en juego es la pérdida de influencia de la Unión Europea en un tema en el que ha sido líder en los últimos años. Si la Unión Europea no es capaz de acordar un camino para 2035 y 2040, el resto de países, con menos responsabilidades históricas, se van a cruzar de brazos”, advierte este experto, quien lleva años caminando por los pasillos de Bruselas.

El nuevo plan de la UE tendría que haberse presentado en febrero, en el primer plazo que estableció la ONU. Ante el retraso generalizado —sólo el 20% de los países han cumplido—, se fijó una nueva fecha: septiembre. En 2021, la UE fue de los primeros en enviar su hoja de ruta. Cuatro años más tarde, el documento sigue sin estar redactado.

“Hay una gran presión en Bruselas de dos sectores: uno es el sector corporativo y empresarial, el otro son muchos Estados miembro, cada vez más unidos y convencidos para que se retrase la acción climática”, explica Vela. Y contextualiza: “En la anterior legislatura la Comisión Europea propuso que las políticas industriales estuvieran subyugadas a lo que era el interés climático. Y ahora parece que se ha dado la vuelta, que son las políticas climáticas las que pasan a estar subyugadas a los intereses industriales. Este giro está erosionando el Pacto Verde”.

Simplificar las normas ambientales

El desmoronamiento de la agenda verde no empezó esta semana, aclara Xan López, activista, editor de la revista Corriente Cálida y autor del libro El fin de la paciencia (Anagrama, 2025). Es producto de una “nueva correlación de fuerza” donde el avance de la derecha y extrema derecha ha generado una “movilización contraria” a la que posibilitó que el Pacto Verde viera la luz.

El problema, completa López, es que este “nuevo ciclo” ocurre cuando el tiempo urge, en una de las últimas ventanas temporales para actuar y evitar los peores escenarios en las próximas décadas, y en la legislatura en la que deben aplicarse casi todo el marco normativo acordado y establecido entre 2019 y 2024.

Muchas reglamentaciones ya han sido modificadas. En febrero, la Comisión Europea adoptó un conjunto de propuestas destinadas a simplificar las normativas de la UE con el objetivo de “reducir la carga administrativa sobre las empresas y fomentar la competitividad”. ¿El objetivo de fondo? Conseguir un ahorro de ocho millones de euros en “costes administrativos” y movilizar hasta 50.000 millones de euros en inversiones.

Esta simplificación afectará a muchos requisitos administrativos relacionados con el medio ambiente, sobre todo en materia de residuos, productos y emisiones industriales. “Si hablamos de ahorro, también tenemos que hablar de costes. La factura climática de este verano ha sido de 43.000 millones de euros por todos los eventos climáticos extremos que ha sufrido el continente. Una cifra que irá a más en los próximos años en caso de no actuar. La relación ahorro-coste se oculta en esta nueva narrativa de la Comisión”, cuestiona Vela. El propio análisis de la Comisión muestra que el incumplimiento de la legislación medioambiental de la UE ya le cuesta a la sociedad 180.000 millones de euros al año.


Quemas forestales dentro de la granja en el lado de la carretera Barreiras en Bahia, Brasil, junio 2023.

La poda del Pacto Verde incluye la retirada del Reglamento sobre el Uso Sostenible de Plaguicidas, modificaciones en la Política Agrícola Común (PAC) y el retraso del Reglamento Europeo de Deforestación, entre otros retoques. En diciembre, un grupo de más de 1.900 científicos europeos alertó de los impactos de este retroceso. Sin embargo, el esquileo continuó. En junio, Bruselas retiró por sorpresa su propuesta contra el greenwashing, medida presentada en 2023 que buscaba prohibir el uso de información engañosa o inexacta por parte de las empresas con respecto a sus acciones ecológicas.




La próxima medida a caer sería la prohibición de los motores a combustión fijada para 2035.

En los pasillos de Bruselas se habla ya de frenar, matizar o directamente tumbar esa fecha. De momento, la Comisión ha dado el primer paso aflojando los objetivos de emisiones. Las metas de CO2 que debían cumplirse en 2025 se han retrasado a 2027.

“Menos burocracia puede parecer justo y no nos oponemos, pero la letra pequeña cuenta otra historia”, advierten todas las organizaciones que componen la EEB. “La Comisión está eliminando los instrumentos que protegen la salud, el clima y los derechos de los ciudadanos. Y no, la desregulación no es sinónimo de competitividad. Europa realmente necesita una inversión pública masiva en infraestructura verde y social. Los subsidios y la reducción de la burocracia son una estrategia fallida cuando un millón de empleos en el sector manufacturero desaparecieron en la última década a pesar de las ayudas estatales. Proteger el tejido productivo europeo implica una transición justa, bien financiada y planificada, no priorizar las preferencias corporativas”, concluyen.

Al respecto, Vela, asesor de este grupo, agrega: “Sabemos que no hay apetito ahora mismo en el Parlamento Europeo para nuevas regulaciones. Pero es que al menos tenemos que implementar la existente. Todo lo que se ha aprobado de cara a 2030 necesitamos implementarlo, no puede ser que estemos reabriendo leyes que han costado cinco años negociar y debatir”.

Cómo resistir

López señala que en la Unión Europea “pasa una cosa que a veces es muy frustrante para mal, pero que ahora, paradójicamente, puede ayudar”. Se trata de una institución bastante lenta, con muchas fricciones, en la que es difícil llegar a acuerdos, “pero una vez que se llegan esos acuerdos no es tan fácil desmantelarlos a toda velocidad”. “Hay partes del Pacto Verde que parece que van a resistir, puede que se diluya o se retrase, pero no tiene pinta de que vayan a desaparecer completamente los objetivos de la UE”, analiza.

Las cuestiones de sostenibilidad ambiental y las políticas de transición en la agricultura y ganadería son las que más riesgo corren, a su juicio —“ ya ni siquiera por consideraciones geopolíticas o de coyuntura, sino por incapacidad de enfrentarse a los intereses de ese sector económico”—, mientras que la política industrial y de transición energética, van a resistir.

“Incluso en países como Hungría, que es de los más reaccionarios de la Unión Europea, está habiendo una transición energética bastante acelerada, con mucha inversión de China. Yo creo que aquí hay que ir un poco fino y ver qué intereses se cruzan, porque no sólo está el interés puramente medioambiental y climático, sino que hay intereses de inversión, crecimiento, competitividad, autonomía energética y preocupaciones por los suministros. Es decir, hay políticas que pueden salvarse por razones que nos pueden gustar menos, pero que aún así puede que sobrevivan”, explica.

La presión social aparece como un factor clave para “resistir”. En los últimos días, varias organizaciones ambientales lograron que 200 mil europeos se movilizaran de forma virtual para impedir la simplificación de las normativas verdes. “Tengo la sensación de que en este y en otros temas, ahora mismo, en contra de lo que ha sido históricamente la norma de la Unión Europea, una construcción política de arriba hacia abajo, hay más exigencias de ambición, integración y políticas un poco a la altura del momento desde la sociedad en general que desde los dirigentes políticos. Hay que prestar atención a esto, puede ser una pequeña puerta para reencaminar este intento de contrarreforma y de volver a activar un ciclo de movilización”, subraya.


Una familia de corzos cruza una carretera en la sierra de Cazorla.

Vela comenta que la última encuesta de Eurostat, la oficina de estadística de la UE, refleja “cifras altísimas” de apoyo en todo el bloque a una mayor acción climática y a una mayor protección medioambiental. “A la gente le importa su salud, le importa la salud de sus hijos, le importa tener ríos limpios, le importa el aire que respiran y les importa evitar olas de calor, incendios devastadores y todo tipo de fenómenos que estamos viendo más frecuentes y más intensos de desastres climáticos. Es curioso que la Comisión haya tomado esta agenda de desregulación y simplificación que realmente no tiene ningún apoyo popular. No lo decimos nosotros. Lo dice su propia agencia de estadísticas”, aclara.

Una lucha contra la tiranía

Para López, la lucha contra el cambio climático tiene hoy una profundidad política que excede la emergencia planetaria: está irremediablemente atravesada por la lucha contra la tiranía. Su análisis es que en el mundo se están generando dos bloques políticos bastante fuertes y militantes. Uno alrededor de los intereses fósiles, “de una visión más conservadora del mundo, reaccionaria incluso, de mantener las jerarquías y privilegios existentes”, con Estados Unidos como abanderado. “Una especie de facismo fósil mundial”, describe.

Como respuesta a este movimiento, una serie de países están empezando a percibir que la defensa de sus sociedades democráticas y libres “está ligada a su capacidad de ser autónomos a nivel energético” y de dejar de depender energéticamente de estos países productores de combustibles fósiles.

“Estas dos luchas están un poco empezando a converger y están generando algunos compañeros de campo un poco extraños, por ejemplo países de la Unión Europea que están empezando a ver que hace falta una alianza, aunque sea pragmática, con China y que falta una separación bastante intensa y un poco agresiva con un aliado tradicional como es Estados Unidos”, amplía.

López aclara que “no es una cosa absolutamente cristalina, que no es una separación 100% nítida”, pero sí que se están generando “fracturas” en alianzas históricas y que parecían irrompibles. ¿En qué dirección está navegando el barco de la UE? “No hay una dirección clara”, explica el activista. Pero el futuro del continente dependerá, en gran parte, de para qué lado se gire el timón.

“Hay países que están pidiendo una separación de Estados Unidos a nivel estratégico en algunas cuestiones, como puede ser monetaria, energética, de política industrial, militar, y ciertas alianzas pragmáticas o puntuales con países como China. Lo que viene a decir el informe Draghi. Y hay otros elementos que, por motivos diferentes, ya sea por pura ideología o por conservadurismo están poniendo muchos palos en la rueda para evitar esto”, describe.


Mario Draghi en una rueda de prensa en el Palacio de Gobierno en febrero de 2021.

En la lucha climática, por ende, “cabe cualquiera que quiera trabajar por la sostenibilidad de la civilización humana en la Tierra” y “cualquiera que busque preservar nuestra dignidad y autonomía ante aquellos que trabajan para dominarnos”, resume López.


Fuente: El Salto

miércoles, 3 de septiembre de 2025

Cómico y desgarrador - Notas sobre el final de Europa

 

    Escritor y filósofo italiano. Activista de la izquierda.


     CNN muestra imágenes del funeral de un joven soldado ucraniano. Su esposa llora frente al ataúd y pone flores.

Banderas rojas y negras, una gran A en un círculo en primer plano.

Recuerdo que, desde los primeros días de esta guerra, Vasyl, un amigo ucraniano que se autodenomina anarco-socialista, me escribió: “Si Putin gana, el fascismo prevalecerá en todo el mundo”.

Tenía razón, y hoy el triunfo del fascismo se ve por todas partes.

El problema es que el fascismo habría prevalecido en todo el mundo incluso si Zelenski hubiera ganado la guerra.

Pero ver imágenes de un joven anarquista que podría haber sido mi alumno si hubiera dado clases en Kiev es desgarrador; ver el llanto de esa chica que fue su pareja es desgarrador.

La cumbre de Washington, por otro lado, con Trump saludando a los perdedores con una sonrisa sardónica, fue cómica.

Zelenski, con un traje oscuro alquilado para la ocasión, resultó ridículo.

Sentado en la misma silla que ocupó en febrero cuando Vance lo insultó y Trump lo humilló frente a mil millones de espectadores, el perdedor agradece, agradece y agradece.

No me queda claro por qué les agradece.

El hombre a quien agradece acaba de regresar de una reunión con Putin, buscado por una sentencia penal internacional. En Alaska acordaron temas relacionados con la división del Ártico y también, marginalmente, sobre la rendición incondicional de Ucrania.

De eso trató la cumbre de Alaska, aunque los comediantes europeos (el tío Macron, la tía Meloni, la abuela Ursula y los demás familiares del perdedor ucraniano) finjan hablar de las garantías que se le brindarán a su nieto. Nadie menciona la palabra “Donbás” o la palabra “Crimea”; sería de mal gusto.


Zelenski y Trump, junto a otros líderes europeos, durante la reunión en Washington, del pasado 19 de agosto.

Lo que pasará a la historia como la guerra de Ucrania (si es que en el futuro existen historiadores, cosa que dudo) comenzó como una genialidad del gobierno de Biden. Causar una masacre en la frontera oriental de Europa pretendía destruir Europa y debilitar a Rusia simultáneamente.

El primer objetivo se logró a la perfección. Si quieren entender la importancia de Europa hoy, basta con ver a Macron sentado junto a Trump, quien recientemente lo trató públicamente como un idiota que habla de cosas que desconoce. Sin embargo, Macron finge que todo está bien con el Padrino y, con una expresión bastante nerviosa, dice algo irrelevante mientras el Padrino sonríe con sorna.

El primer objetivo se ha cumplido a la perfección: se han roto las relaciones económicas entre Rusia y Alemania y se ha interrumpido el gasoducto North Stream 2. Vance ha degradado a la Unión: “Primero eran súbditos, ahora son enemigos”, declaró el número dos en Múnich.

Castigados con aranceles que pronto hundirán la economía europea, los súbditos convertidos en enemigos deben ahora invertir su capital en el país que los humilla y comprar armas a quienes traicionaron a Ucrania para abastecer a una Ucrania mutilada.

La guerra interblanca se encamina hacia una conclusión (temporal) con el siguiente resultado: la civilización blanca está dominada por las potencias nucleares del Ártico (EEUU y Rusia), la Unión Europea es un muerto viviente y Ucrania se ha convertido en un país destruido, empobrecido y despoblado, obligado a entregar sus recursos a quienes primero la empujaron a la guerra, luego la engañaron y finalmente la traicionaron.

En cuanto al segundo objetivo (debilitar a Rusia), se falló por completo, porque los estadounidenses, como sabemos, son volubles. Empiezan guerras en lugares lejanos como Afganistán, luego olvidan por qué lo hicieron y dejan a sus protegidos (especialmente sus protegidas) en manos de asesinos.

Así que, en lugar de Biden, el enemigo de los rusos, llegó el mejor amigo de Vladímir Putin, y medio millón de ucranianos (¿más?, ¿menos?, Nunca lo sabremos) murieron por nada. Es decir, para defender las fronteras sagradas de la patria y, como siempre, para dejarse engañar por el nacionalismo de los payasos.



Fuente: CTXT

domingo, 13 de julio de 2025

Neofascismo y cambio climático

 

 Por Gilbert Achcar  
      Académico y escritor socialista libanés.


En un momento en el que una ola de calor sin precedentes está asolando gran parte de Europa y Norteamérica, y en el que el cambio climático y el calentamiento global —contra los que los científicos medioambientales llevan tiempo advirtiendo de que es necesario actuar urgentemente antes de que sea demasiado tarde— se hacen cada vez más patentes



   En este momento alarmante para el futuro del planeta y de sus habitantes humanos y animales, cabe preguntarse qué impulsa a los movimientos neofascistas a cuestionar, en mayor o menor grado, la realidad del cambio climático, o al menos su relación con el comportamiento humano.

Ya señalamos que «el neofascismo está empujando al mundo hacia el abismo con la flagrante hostilidad de la mayoría de sus facciones a las indispensables medidas medioambientales, agravando así el peligro medioambiental, especialmente cuando el neofascismo ha tomado las riendas del poder sobre la población más contaminante del mundo proporcionalmente a su número, es decir, la población de Estados Unidos.» («La era del neofascismo y sus rasgos distintivos«,  en viento sur 5/02/2025 ).

Esta tendencia a negar la gravedad del cambio climático no es natural ni intuitivamente inteligible, a diferencia de otras características del neofascismo, como el nacionalismo, el etnocentrismo, el racismo, el sexismo y la hostilidad extrema a los valores sociales emancipadores.




Entonces, ¿qué es lo que lleva a los movimientos neofascistas a negar lo cada vez más obvio y, sobre todo, a oponerse a las políticas diseñadas para combatir el cambio climático en un intento de mitigarlo y evitar que el desastre empeore?


Mujeres de Yulchen Frontera, integrantes de la Resistencia Pacífica Ixquisis en contra del proyecto hidroeléctrico San Mateo en Guatemala.

Los investigadores han identificado tres factores principales que explican esta tendencia.

Uno está relacionado con el arsenal ideológico tradicional de la extrema derecha, mientras que los otros dos se refieren a los dos polos de clase que determinan el comportamiento de los neofascistas: la amplia base social y la estrecha élite económica, cuyo apoyo buscan.

El primer factor se basa en el ultranacionalismo, que a menudo se refleja en políticas soberanistas y aislacionistas que rechazan cualquier acuerdo internacional que limite la libertad del Estado-nación para determinar sus políticas económicas o de otro tipo. Este comportamiento alcanza su nivel más absurdo cuando procede del país que más influencia tiene en la configuración de los acuerdos internacionales y las políticas relacionadas, es decir, Estados Unidos.

Hemos visto cómo Donald Trump justificaba la retirada de Washington de los acuerdos climáticos de París, como si fueran el resultado de la connivencia del resto del mundo para limitar la libertad de Estados Unidos para desarrollar su economía, especialmente en la explotación de sus recursos naturales de combustibles fósiles: carbón, petróleo y gas. El rechazo neofascista de los acuerdos internacionales sobre medio ambiente se inscribe, pues, en un rechazo total de todas las normas que, desde un punto de vista ultranacionalista, limitan la soberanía nacional.

El segundo factor consiste en excitar los sentimientos de la base social cuyo apoyo electoral pretenden ganar los neofascistas. Explotan el descontento de ciertos grupos de bajos ingresos ante los cambios de estilo de vida y el coste que implica la lucha contra el cambio climático. Este descontento se ve ciertamente amplificado cuando los gobiernos neoliberales tratan de infligir el coste de esta lucha a los grupos de bajos ingresos, en lugar de imponérselo a las grandes empresas, principales responsables de la contaminación perjudicial para el medio ambiente.

Un ejemplo llamativo de tal empeño es el impuesto adicional que el gobierno del presidente francés Emmanuel Macron intentó imponer en 2018 sobre el combustible de los vehículos, una medida que habría afectado principalmente a las categorías más bajas de las y los usuarios del automóvil. Este intento desencadenó una de las mayores oleadas de protestas populares en Francia de este siglo, conocida como el movimiento de los chalecos amarillos. Una de las reivindicaciones del movimiento contra el gobierno era imponer un impuesto a los más ricos, en lugar de una carga adicional a una gran parte de la población.

Aquí llegamos al tercer factor que explica la posición neofascista sobre el cambio climático. Una de las características bien conocidas del viejo fascismo es que pretendía ganarse el apoyo de las grandes empresas a pesar de su retórica demagógica populista, que decía defender los intereses de las clases sociales más bajas y, en algunos casos, incluso pretendía ser «socialismo», como en el caso del nazismo alemán, cuyo nombre oficial hacía referencia a ello.

La connivencia entre fascistas y grandes empresarios procedía principalmente del temor de estos últimos al ascenso del movimiento obrero, con sus alas socialdemócrata y comunista, en medio de la crisis económica de los años de entreguerras del siglo pasado, los años de la era fascista original.

Hoy, sin embargo, con el movimiento obrero considerablemente debilitado por la embestida neoliberal y el cambio tecnológico, la motivación de las grandes empresas para confabularse con los movimientos neofascistas no es defensiva, sino ofensiva. Nos enfrentamos a un tipo de gran capital que busca proteger su crecimiento monopolístico a costa del pequeño y mediano capital.

Para ello, debe deshacerse de las restricciones impuestas anteriormente para limitar los monopolios, inspirándose en un liberalismo económico preocupado por preservar la competencia como principal motor del desarrollo capitalista. Desde este punto de vista, las políticas medioambientales se consideran restricciones impuestas a la libertad del capital, una libertad viciada por una contradicción intrínseca, en el sentido de que la libertad completa y sin restricciones conduce inevitablemente a la aparición de monopolios que socavan esa misma libertad.

El ejemplo más destacado de ello es Peter Thiel, uno de los principales capitalistas estadounidenses y el más destacado defensor y partidario del neofascismo entre ellos. Thiel fue uno de los más ardientes partidarios de la campaña presidencial de Donald Trump y también es conocido por ser el padrino político del vicepresidente J. D. Vance, el portavoz casi oficial de la ideología neofascista en la administración Trump.

Thiel declara descaradamente su preferencia por los monopolios, argumentando que permiten un progreso tecnológico sin trabas a través de un enriquecimiento ilimitado, ¡al tiempo que se opone a las políticas medioambientales alegando que limitan la competencia internacional!

Comparte esta opinión con los monopolistas estadounidenses de tecnologías avanzadas y sus aplicaciones en el comercio y los medios sociales, que apoyaron la reciente campaña de Trump y cuentan con él para luchar contra las restricciones e impuestos que los gobiernos europeos pretenden imponerles. Trump ha puesto esta tarea a la cabeza de su agenda en la guerra comercial que ha declarado contra el resto del mundo.


Fuente: Rebelión