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domingo, 13 de julio de 2025

Neofascismo y cambio climático

 

 Por Gilbert Achcar  
      Académico y escritor socialista libanés.


En un momento en el que una ola de calor sin precedentes está asolando gran parte de Europa y Norteamérica, y en el que el cambio climático y el calentamiento global —contra los que los científicos medioambientales llevan tiempo advirtiendo de que es necesario actuar urgentemente antes de que sea demasiado tarde— se hacen cada vez más patentes



   En este momento alarmante para el futuro del planeta y de sus habitantes humanos y animales, cabe preguntarse qué impulsa a los movimientos neofascistas a cuestionar, en mayor o menor grado, la realidad del cambio climático, o al menos su relación con el comportamiento humano.

Ya señalamos que «el neofascismo está empujando al mundo hacia el abismo con la flagrante hostilidad de la mayoría de sus facciones a las indispensables medidas medioambientales, agravando así el peligro medioambiental, especialmente cuando el neofascismo ha tomado las riendas del poder sobre la población más contaminante del mundo proporcionalmente a su número, es decir, la población de Estados Unidos.» («La era del neofascismo y sus rasgos distintivos«,  en viento sur 5/02/2025 ).

Esta tendencia a negar la gravedad del cambio climático no es natural ni intuitivamente inteligible, a diferencia de otras características del neofascismo, como el nacionalismo, el etnocentrismo, el racismo, el sexismo y la hostilidad extrema a los valores sociales emancipadores.




Entonces, ¿qué es lo que lleva a los movimientos neofascistas a negar lo cada vez más obvio y, sobre todo, a oponerse a las políticas diseñadas para combatir el cambio climático en un intento de mitigarlo y evitar que el desastre empeore?


Mujeres de Yulchen Frontera, integrantes de la Resistencia Pacífica Ixquisis en contra del proyecto hidroeléctrico San Mateo en Guatemala.

Los investigadores han identificado tres factores principales que explican esta tendencia.

Uno está relacionado con el arsenal ideológico tradicional de la extrema derecha, mientras que los otros dos se refieren a los dos polos de clase que determinan el comportamiento de los neofascistas: la amplia base social y la estrecha élite económica, cuyo apoyo buscan.

El primer factor se basa en el ultranacionalismo, que a menudo se refleja en políticas soberanistas y aislacionistas que rechazan cualquier acuerdo internacional que limite la libertad del Estado-nación para determinar sus políticas económicas o de otro tipo. Este comportamiento alcanza su nivel más absurdo cuando procede del país que más influencia tiene en la configuración de los acuerdos internacionales y las políticas relacionadas, es decir, Estados Unidos.

Hemos visto cómo Donald Trump justificaba la retirada de Washington de los acuerdos climáticos de París, como si fueran el resultado de la connivencia del resto del mundo para limitar la libertad de Estados Unidos para desarrollar su economía, especialmente en la explotación de sus recursos naturales de combustibles fósiles: carbón, petróleo y gas. El rechazo neofascista de los acuerdos internacionales sobre medio ambiente se inscribe, pues, en un rechazo total de todas las normas que, desde un punto de vista ultranacionalista, limitan la soberanía nacional.

El segundo factor consiste en excitar los sentimientos de la base social cuyo apoyo electoral pretenden ganar los neofascistas. Explotan el descontento de ciertos grupos de bajos ingresos ante los cambios de estilo de vida y el coste que implica la lucha contra el cambio climático. Este descontento se ve ciertamente amplificado cuando los gobiernos neoliberales tratan de infligir el coste de esta lucha a los grupos de bajos ingresos, en lugar de imponérselo a las grandes empresas, principales responsables de la contaminación perjudicial para el medio ambiente.

Un ejemplo llamativo de tal empeño es el impuesto adicional que el gobierno del presidente francés Emmanuel Macron intentó imponer en 2018 sobre el combustible de los vehículos, una medida que habría afectado principalmente a las categorías más bajas de las y los usuarios del automóvil. Este intento desencadenó una de las mayores oleadas de protestas populares en Francia de este siglo, conocida como el movimiento de los chalecos amarillos. Una de las reivindicaciones del movimiento contra el gobierno era imponer un impuesto a los más ricos, en lugar de una carga adicional a una gran parte de la población.

Aquí llegamos al tercer factor que explica la posición neofascista sobre el cambio climático. Una de las características bien conocidas del viejo fascismo es que pretendía ganarse el apoyo de las grandes empresas a pesar de su retórica demagógica populista, que decía defender los intereses de las clases sociales más bajas y, en algunos casos, incluso pretendía ser «socialismo», como en el caso del nazismo alemán, cuyo nombre oficial hacía referencia a ello.

La connivencia entre fascistas y grandes empresarios procedía principalmente del temor de estos últimos al ascenso del movimiento obrero, con sus alas socialdemócrata y comunista, en medio de la crisis económica de los años de entreguerras del siglo pasado, los años de la era fascista original.

Hoy, sin embargo, con el movimiento obrero considerablemente debilitado por la embestida neoliberal y el cambio tecnológico, la motivación de las grandes empresas para confabularse con los movimientos neofascistas no es defensiva, sino ofensiva. Nos enfrentamos a un tipo de gran capital que busca proteger su crecimiento monopolístico a costa del pequeño y mediano capital.

Para ello, debe deshacerse de las restricciones impuestas anteriormente para limitar los monopolios, inspirándose en un liberalismo económico preocupado por preservar la competencia como principal motor del desarrollo capitalista. Desde este punto de vista, las políticas medioambientales se consideran restricciones impuestas a la libertad del capital, una libertad viciada por una contradicción intrínseca, en el sentido de que la libertad completa y sin restricciones conduce inevitablemente a la aparición de monopolios que socavan esa misma libertad.

El ejemplo más destacado de ello es Peter Thiel, uno de los principales capitalistas estadounidenses y el más destacado defensor y partidario del neofascismo entre ellos. Thiel fue uno de los más ardientes partidarios de la campaña presidencial de Donald Trump y también es conocido por ser el padrino político del vicepresidente J. D. Vance, el portavoz casi oficial de la ideología neofascista en la administración Trump.

Thiel declara descaradamente su preferencia por los monopolios, argumentando que permiten un progreso tecnológico sin trabas a través de un enriquecimiento ilimitado, ¡al tiempo que se opone a las políticas medioambientales alegando que limitan la competencia internacional!

Comparte esta opinión con los monopolistas estadounidenses de tecnologías avanzadas y sus aplicaciones en el comercio y los medios sociales, que apoyaron la reciente campaña de Trump y cuentan con él para luchar contra las restricciones e impuestos que los gobiernos europeos pretenden imponerles. Trump ha puesto esta tarea a la cabeza de su agenda en la guerra comercial que ha declarado contra el resto del mundo.


Fuente: Rebelión

viernes, 6 de septiembre de 2024

Nuevos mapas para desertores

 

Escritor, filósofo y activista de la izquierda en Italia.

El imperialismo liberal democrático colapsa y el imperialismo nacional avanza. Necesitamos nuevos mapas para orientarnos, nuevas líneas de escape al desierto.


Mapa del siglo XVI, Museo del Papa, Madrid.


        Las elecciones de junio en Francia y las del 1 de septiembre en Turingia y Sajonia suponen la sentencia de muerte para la Unión Europea.

En todas partes el imperialismo demoliberal está en ruinas.




Sumergido por el horror del genocidio, Israel se encamina hacia la guerra civil. Netanyahu esperaba poder utilizar a Hamás para dividir a los palestinos. Hamás explotó en sus manos y quizás pronto veamos desintegrarse el puesto de avanzada del imperialismo occidental.

En Francia, Macron, el funcionario de Goldman Sachs que quisiera enviar tropas francesas para apoyar a Zelensky, se está aventurando por el peligroso camino de un golpe de estado. Le espera un otoño de agitación para que se pueda incumplir el decreto de pensiones. A la vuelta de la esquina, dispuestos a vengarse, le esperan los lepenistas, herederos de Pétain.

En Turingia los nazis del AfD obtuvieron el mismo porcentaje que obtuvo Hitler en 1933 (33% para ser exactos). Mientras tanto, el nacionalobrerismo de Sahra Wegenknecht obtuvo más votos que los tres partidos gubernamentales juntos. ¿Cuánto tiempo podrá durar el gobierno belicista que ha hundido a la mayor economía de Europa en una recesión y se está preparando para encontrarse en la primera línea de una guerra ruso-europea?




El destino de la guerra de Ucrania sigue siendo incierto para Putin, pero el juego europeo se vuelve dramáticamente a su favor: de Roma a París y Berlín, los putinistas son mayoría.

Si en noviembre el rubio de San Petersburgo logra apoderarse de la Casa Blanca, entonces comenzará para Occidente la noche de los cuchillos largos.

Así se precipita la guerra civil entre blancos con el imperialismo demoliberal de un lado y el nacionaltrumpismo de otro.

Toca equiparnos con nuevos mapas porque todos los que tenemos ya no sirven de mucho. Se necesitan nuevos conceptos para orientarnos y encontrar líneas de escape por las que los desertores puedan desaparecer.


Precipitación sin estrategia


Las hipótesis teóricas que tenemos a nuestra disposición no captan la novedad de los fenómenos emergentes (el trumpismo global, el genocidio como práctica en proceso de normalización, el retorno de la esclavitud como relación socioproductiva rampante en las sociedades democráticas liberales, etc.).




La geopolítica no explica nada: se limita a describir, a veces brillantemente, lo que está sucediendo, a desmantelar el idealismo que encubre la brutalidad de la historia, pero no nos dice el porqué de la catástrofe, ni nos ilumina sobre las posibles evoluciones del proceso de colapso en curso.

El pensamiento liberal-democrático parece cada vez más reducido a un cuento de hadas para niños tontos: la idea de que la ley puede gobernar y la democracia puede comprender y pacificar los conflictos es desmentida por acontecimientos que revelan que la ley no se aplica a quienes tienen la fuerza (Israel) y que la democracia sin poder de los trabajadores es sólo la antecámara del fascismo.

El marxismo, si bien mantiene intactas sus capacidades analíticas, ha perdido su fuerza de propuesta porque la centralidad política de la clase trabajadora organizada se ha agotado y la recomposición del trabajo precario parece imposible.




Además, falta una hipótesis teórica capaz de dar cuenta de la nueva figura del hipercolonialismo, la función global del semiocapitalismo. Hablar de descolonización (como lo hace el movimiento de solidaridad con Palestina) no significa mucho si no se comprende lo que significa el colonialismo en la era postindustrial, y si no se vislumbra un proceso de subjetivación digno del problema.

El surgimiento de posiciones "campistas" es un signo de la desesperación estratégica contemporánea: la ilusión de que al resurgimiento supremacista del campo occidental se puede oponer un campo heterogéneo de nacionalismo, fascismo y fundamentalismo religioso de diversos tipos.

Quizás esté regresando la perspectiva esbozada en los años 1960 por Lin Biao, quien fue el comandante del Ejército Popular de Liberación de China, y el delfín de Mao. A mediados de la década de 1960, Lin Biao formuló la hipótesis del estrangulamiento de las ciudades por los suburbios. Quería decir que los pueblos sometidos al colonialismo se estaban rebelando y pronto estrangularían al Occidente imperialista (y blanco).




Esto es lo que está pasando y seguirá pasando. Fuerzas heterogéneas -unidas por el odio hacia los opresores seculares del norte imperialista- están convergiendo en un punto: estrangular a los estranguladores.

Pero cuando Lin Biao formuló su hipótesis, uno podía imaginar una convergencia estratégica entre movimientos anticolonialistas heterogéneos y la clase trabajadora internacionalista. La expansión mundial del maoísmo en los años 1960 estuvo vinculada precisamente a esta hipótesis estratégica.


Amílcar Cabral

Hoy el factor unificador del internacionalismo obrero ha desaparecido, y esto reduce el "campo antiimperialista" a una mezcla de fuerzas regresivas: desde el islamismo radical hasta el nacionalismo al estilo de Narendra Modi, el fascismo putinista y el nacionalobrero de Sahra Wagenknecht.


El marxismo no pensó en el colonialismo


En la obra de Marx y Engels el papel del colonialismo no es objeto de un tratamiento específico. De hecho, en el Manifiesto de 1848, el imperialismo occidental es considerado como una fuerza progresista y beneficiosa que lleva a las sociedades subdesarrolladas a un nivel de civilización burguesa, allanando el camino para la formación de una clase trabajadora.

En El Capital, sin embargo, Marx muestra que entendió la relación entre colonización, esclavitud y los orígenes del capitalismo industrial. En el primer Libro del Capital, el capítulo titulado "la llamada acumulación primitiva" está dedicado a analizar precisamente aquellos procesos que hacen posible la formación del sistema industrial. La subyugación colonial, la deportación de esclavos y la explotación del trabajo infantil aparecen en este capítulo, aunque sea brevemente.

“La acumulación de capital presupone plusvalía, y la plusvalía presupone producción capitalista, y ésta a su vez presupone la presencia de masas considerables de capital y fuerza de trabajo en manos de los productores de mercancías. Por lo tanto, todo este movimiento parece girar en un círculo vicioso del que sólo podemos escapar suponiendo una acumulación "original" ("acumulación previa" en A. Smith) anterior a la acumulación capitalista: una acumulación que no es el resultado, sino el resultado. punto de partida del modo de producción capitalista"

Hablando de la colonización de la India y del papel desempeñado por la Compañía de las Indias Orientales, Marx escribe:

“¡La compañía y sus funcionarios habían recibido de los indios seis millones de libras esterlinas entre 1757 y 1766! Entre 1769 y 1770 los ingleses provocaron una hambruna comprando todo el arroz y negándose a revenderlo excepto a precios fabulosos”.

Y sobre el trabajo esclavo:

“La industria algodonera, al introducir la esclavitud infantil en Inglaterra, dio al mismo tiempo el impulso para la transformación de la economía esclavista en los Estados Unidos, antes más o menos patriarcal, en un sistema de explotación comercial. En general, la esclavitud velada de los trabajadores asalariados en Europa necesitaba el pedestal de la esclavitud sin frase en el Nuevo Mundo”.

(Del Capital, Libro I, Sección VII, capítulo 24).

No hay duda, sin embargo, de que en la historia del movimiento obrero marxista la cuestión del colonialismo sigue estando mal definida como cuestión estratégica.

Un cierto grado de eurocentrismo es constitutivo del punto de vista marxista, vinculado por razones históricas a la clase trabajadora industrial.

En el pensamiento de Lenin la cuestión del colonialismo, aunque se menciona, no se aborda. Aunque en su libro sobre el imperialismo Lenin escribe:

"El capitalismo se ha transformado en un sistema mundial de opresión colonial y de estrangulamiento financiero de la abrumadora mayoría de la población mundial por parte de un puñado de países "avanzados"." (El imperialismo, fase suprema del capitalismo, prefacio del 6 de julio de 1920),

Este libro es un análisis de las relaciones entre las grandes potencias, pero dice poco sobre el colonialismo y cómo afrontarlo.

Hubo que esperar hasta los años 1960 para que el tema del colonialismo llamara la atención de la teoría marxista, pero sin adquirir la capacidad de redefinir la perspectiva estratégica.

En esos años el movimiento anticolonial estaba transformando el equilibrio de poder a nivel global, pero los pueblos colonizados, a pesar de adquirir soberanía nacional, no lograron emanciparse del sometimiento económico al que los habían obligado cinco siglos de explotación y devastación sistemática.

Sólo el maoísmo llevó la cuestión colonial al centro de la estrategia revolucionaria. Pero, ¿podemos realmente considerar a Mao Ze Dong como un pensador marxista, o deberíamos más bien considerarlo como el precursor de una visión no eurocéntrica que va más allá de los límites de la teoría marxista?

Todas estas cuestiones vuelven hoy a ocupar un lugar central, pero lamentablemente parece haberse perdido la capacidad de pensar en términos globales.

El pensamiento colectivo se ha paralizado y ha retrocedido aterrorizado ante la realidad impensable.

Después de la liquidación del internacionalismo obrero, sólo el capital quedó capaz de una visión global, pero que no está hecha de conceptos, sino sólo de algoritmos financieros.

A pesar de la descolonización formal de las décadas de 1950 y 1960, a pesar de todo lo que se ha hablado sobre el poscolonialismo en el mundo académico estadounidense, los pueblos colonizados están hoy más oprimidos que nunca. Pero la forma general del colonialismo ha cambiado profundamente, en paralelo con el cambio en los procesos de valorización capitalista.

La revuelta contra los efectos del colonialismo pasado y contra las nuevas prácticas de extracción colonial ha producido movimientos nacionalistas, como el movimiento hindú ahora liderado por Norendra Modi, y ha desencadenado una explosión de conflictos caóticos incapaces de encontrar una estrategia común.




Es urgente entender en qué consiste la novedad del colonialismo en el siglo XXI. Sólo así podremos vislumbrar en qué dirección se desarrolla la guerra caótica en la que nos estamos hundiendo. Sólo así podremos imaginar en qué dirección puede desarrollarse la deserción.


Fuente: Il disertori

viernes, 23 de agosto de 2024

La necesidad de un nuevo vocabulario político

 

Ex-analista financiero de Wall Street y ahora asesor, entre otros, del gobierno chino.

   La aplastante derrota del 4 de julio de los conservadores británicos, neoliberales y pro-guerra, a manos del Partido Laborista, también neoliberal y pro-guerra, plantea la pregunta de qué quieren decir exactamente los medios cuando describen las elecciones y las alineaciones políticas en toda Europa en términos de partidos tradicionales de centroderecha y centroizquierda desafiados por neofascistas nacionalistas.




Las diferencias políticas entre los partidos centristas de Europa son marginales: todos apoyan los recortes neoliberales del gasto social en favor del rearme, la austeridad fiscal y la desindustrialización que conlleva el apoyo a la política de Estados Unidos y la OTAN. La palabra “centrista” significa que no aboga por ningún cambio en el neoliberalismo de la economía. Los partidos centristas con guiones están comprometidos a mantener el statu quo pro-EE.UU. después de 2022.

Eso significa permitir que los líderes estadounidenses controlen la política europea a través de la OTAN y la Comisión Europea, la contraparte europea del Estado profundo de Estados Unidos. Esta pasividad está poniendo a sus economías en pie de guerra, con inflación, dependencia comercial de Estados Unidos y déficits europeos resultantes de las sanciones comerciales y financieras patrocinadas por Estados Unidos contra Rusia y China. Este nuevo statu quo ha desplazado el comercio y la inversión europeos de Eurasia a Estados Unidos.




En Francia, Alemania e Italia, los votantes están abandonando este callejón sin salida. Todos los partidos centristas en el poder han perdido recientemente, y sus líderes derrotados tenían políticas neoliberales pro-EE.UU. similares. Como describe Steve Keen el juego político centrista: “El partido en el poder aplica políticas neoliberales; pierde la siguiente elección ante rivales que, cuando llegan al poder, también aplican políticas neoliberales. Luego pierden, y el ciclo se repite”. Las elecciones europeas, como la de noviembre en Estados Unidos, son en gran medida un voto de protesta, en el que los votantes no tienen otro lugar al que acudir que votar por los partidos nacionalistas populistas que prometen acabar con este statu quo. Este es el equivalente en Europa continental del voto por el Brexit en Gran Bretaña.

Se describe a la AfD en Alemania, a la Agrupación Nacional de Marine Le Pen en Francia y a los Hermanos de Italia de Georgia Meloni como grupos que están destruyendo la economía, al ser nacionalistas en lugar de conformarse a la Comisión de la OTAN y la UE, y específicamente al oponerse a la guerra en Ucrania y al aislamiento europeo de Rusia. Esa postura es la razón por la que los votantes los apoyan. Estamos viendo un rechazo popular al status quo. Los partidos centristas califican de neofascistas a toda la oposición nacionalista, al igual que en Inglaterra los medios describen a los conservadores y al laborismo como centristas, pero a Nigel Farage como un populista de extrema derecha.

No existen partidos de “izquierda” en el sentido tradicional de la izquierda política




Los antiguos partidos de izquierda se han unido a los centristas y se han convertido en neoliberales pro-estadounidenses. No hay ningún equivalente en la antigua izquierda de los nuevos partidos nacionalistas, salvo el partido de Sara Wagenknecht en Alemania del Este. La “izquierda” ya no existe como existía cuando yo era niño, en los años cincuenta.

Los partidos socialdemócratas y laboristas de hoy no son ni socialistas ni pro-laborales, sino pro-austeridad. El Partido Laborista británico y los socialdemócratas alemanes ya ni siquiera están en contra de la guerra, sino que apoyan las guerras contra Rusia y los palestinos, y han depositado su fe en la neoliberal reaganomics thatcherista/blairista y en una ruptura económica con Rusia y China.

Los partidos socialdemócratas, que hace un siglo eran de izquierda, están imponiendo medidas de austeridad y recortes del gasto social. Las normas de la eurozona, que limitan los déficit presupuestarios nacionales al 3%, significan en la práctica que su menguante crecimiento económico se destinará al rearme militar (entre el 2% y el 3% del PIB, principalmente para armas estadounidenses), lo que implica una caída de los tipos de cambio para los países de la eurozona.




En realidad, no se trata de una política conservadora o centrista, sino de una política de austeridad de extrema derecha que restringe el gasto público y laboral, una política que los partidos de izquierdas apoyaron hace mucho tiempo. La idea de que el centrismo significa estabilidad y preserva el statu quo resulta, por lo tanto, contradictoria en sí misma. El statu quo político actual está reduciendo los salarios y los niveles de vida y polarizando las economías. Está convirtiendo a la OTAN en una alianza agresiva contra Rusia y China que está obligando a los presupuestos nacionales a caer en déficit, lo que hace que los programas de bienestar social se recorten aún más.

Los llamados partidos de extrema derecha son ahora partidos populistas contra la guerra

La llamada “extrema derecha” está apoyando (al menos en la retórica de campaña) políticas que antes se llamaban “de izquierda”, oponiéndose a la guerra y mejorando las condiciones económicas de los trabajadores domésticos y los agricultores, pero no las de los inmigrantes. Y, como ocurría con la vieja izquierda, los principales partidarios de la derecha son los votantes más jóvenes. Después de todo, ellos son los que sufren el peso de la caída de los salarios reales en toda Europa. Ven que su camino hacia la movilidad ascendente ya no es el mismo que el de sus padres (o abuelos) en los años 50, después de terminada la Segunda Guerra Mundial, cuando había mucho menos deuda inmobiliaria del sector privado, deuda de tarjetas de crédito u otras deudas, especialmente deuda estudiantil.

En aquella época, todo el mundo podía permitirse comprar una casa con una hipoteca que sólo absorbía el 25% de sus ingresos salariales y se amortizaba en 30 años. Pero hoy las familias, las empresas y los gobiernos se ven obligados a pedir préstamos cada vez mayores para mantener su statu quo.

La vieja división entre partidos de derecha e izquierda ha perdido su sentido. El reciente aumento de los partidos calificados de “extrema derecha” refleja la oposición popular generalizada al apoyo de Estados Unidos y la OTAN a Ucrania contra Rusia, y especialmente a las consecuencias de ese apoyo para las economías europeas. Tradicionalmente, las políticas contra la guerra han sido de izquierda, pero los partidos de “centroizquierda” europeos están siguiendo el “liderazgo desde atrás” (y a menudo por debajo de la mesa) de Estados Unidos, que es partidario de la guerra. Esto se presenta como una postura internacionalista, pero se ha vuelto unipolar y centrada en Estados Unidos. Los países europeos no tienen voz independiente.




Lo que resulta ser una ruptura radical con las normas del pasado es que Europa sigue la transformación de la OTAN de una alianza defensiva a una alianza ofensiva en consonancia con los intentos de Estados Unidos de mantener su dominio unipolar de los asuntos mundiales. Sumar las sanciones de Estados Unidos a Rusia y China y vaciar sus propios arsenales para enviar armas a Ucrania con el fin de tratar de desangrar la economía rusa no ha perjudicado a Rusia, sino que la ha fortalecido. Las sanciones han actuado como un muro protector para su propia agricultura e industria, lo que ha provocado inversiones que desplazan las importaciones, pero han perjudicado a Europa, especialmente a Alemania.

El fracaso global de la actual versión occidental del internacionalismo

Los países BRICS+ están expresando las mismas demandas políticas de ruptura con el status quo que buscan las poblaciones nacionales de Occidente. Rusia, China y otros países BRICS líderes están trabajando para deshacer el legado de polarización económica plagada de deuda que se ha extendido por Occidente, el Sur Global y Eurasia como resultado de la diplomacia de Estados Unidos, la OTAN y el FMI.




Después de la Segunda Guerra Mundial, el internacionalismo prometía un mundo pacífico. Se atribuyó la culpa de las dos guerras mundiales a rivalidades nacionalistas. Se suponía que estas debían terminar, pero en lugar de que el internacionalismo pusiera fin a las rivalidades nacionales, la versión occidental que prevaleció con el fin de la Guerra Fría ha visto a un Estados Unidos cada vez más nacionalista encerrando a Europa y otros países satélites contra Rusia y el resto de Asia. Lo que se presenta como un “orden internacional basado en reglas” es un orden en el que los diplomáticos estadounidenses establecen y cambian las reglas para reflejar los intereses de Estados Unidos, mientras ignoran el derecho internacional y exigen que los aliados estadounidenses sigan el liderazgo de Estados Unidos en la Guerra Fría.

No se trata de un internacionalismo pacífico. Se trata de una alianza militar unipolar estadounidense que conduce a una agresión militar y a sanciones económicas para aislar a Rusia y a China. O, más concretamente, para aislar a los aliados europeos y de otros países de su anterior comercio e inversión con Rusia y China, haciéndolos más dependientes de Estados Unidos.

Lo que en los años 50, bajo el liderazgo de Estados Unidos, a los europeos occidentales les pareció un orden internacional pacífico e incluso próspero, se ha convertido en un orden estadounidense cada vez más egoísta que está empobreciendo a Europa. Donald Trump ha anunciado que apoyará una política arancelaria proteccionista no sólo contra Rusia y China, sino también contra Europa. Ha prometido que retirará la financiación a la OTAN y obligará a los miembros europeos a asumir todos los costos de restablecer su menguado suministro de armamentos, principalmente mediante la compra de armas estadounidenses, aunque estas no han funcionado muy bien en Ucrania.

Europa se quedará más y más aislada. Si los partidos políticos no centristas no intervienen para revertir esta tendencia, las economías de Europa (y también las de Estados Unidos) se verán arrastradas por la actual polarización económica y militar, tanto interna como internacional. De modo que lo que resulta radicalmente perturbador es la dirección que está tomando el statu quo actual bajo el liderazgo de los partidos centristas.

Apoyar la campaña de Estados Unidos para desmembrar a Rusia y luego hacer lo mismo con China implica sumarse a la campaña neoconservadora de Estados Unidos para tratarlos como enemigos. Eso significa imponer sanciones comerciales y de inversión que están empobreciendo a Alemania y a otros países europeos al destruir sus vínculos económicos con Rusia, China y otros rivales designados (y, por lo tanto, enemigos) de Estados Unidos.




Desde 2022, el apoyo de Europa a la lucha de Estados Unidos contra Rusia (y ahora también contra China) ha acabado con lo que había sido la base de la prosperidad europea. El antiguo liderazgo industrial de Alemania en Europa –y su apoyo al tipo de cambio del euro– está llegando a su fin. ¿Es esto realmente “centrista”? ¿Es una política de izquierda o de derecha? Como sea que la llamemos, esta fractura global radical es responsable de la desindustrialización de Alemania al aislarla del comercio y la inversión en Rusia.

Se está ejerciendo una presión similar para separar a Europa del comercio con China, lo que ha dado como resultado un creciente déficit comercial y de pagos con ese país. Junto con la creciente dependencia de Europa de las importaciones de Estados Unidos para lo que antes compraba a menor costo en Oriente, el debilitamiento de la posición del euro (y la apropiación por parte de Europa de las reservas extranjeras rusas) ha llevado a otros países e inversores extranjeros a deshacerse de sus reservas de euros y libras esterlinas, lo que ha debilitado aún más las monedas, lo que amenaza con elevar el costo de vida y de hacer negocios en Europa. Los partidos “centristas” no están generando estabilidad, sino contracción económica, pues Europa se está convirtiendo en un satélite de la política estadounidense y de su antagonismo con las economías BRICS.




El presidente ruso, Putin, dijo recientemente que la ruptura de las relaciones normales con Europa parece irreversible durante los próximos treinta años aproximadamente. ¿Quedará toda una generación de europeos aislada de las economías de más rápido crecimiento del mundo, las de Eurasia? Esta fractura global del orden mundial unipolar de Estados Unidos está permitiendo a los partidos antieuro presentarse no como extremistas radicales, sino como quienes buscan restaurar la prosperidad perdida de Europa y su autonomía diplomática –de una manera antiinmigrante de derecha, por cierto. Esa se ha convertido en la única alternativa a los partidos pro-EE.UU., ahora que ya no hay una izquierda real.



Fuente: https://michael-hudson.com/