Mostrando entradas con la etiqueta Colonialismo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Colonialismo. Mostrar todas las entradas

jueves, 5 de marzo de 2026

Después del fin de la humanidad

 

      Escritor y filósofo italiano. Activista de la izquierda.


      Es innegable que la raza humana aún existe. Actualmente, los humanos son más numerosos que en cualquier otra época anterior, aunque su número esté destinado a disminuir rápidamente debido a la disminución de la natalidad.

Sin embargo, esto no significa que la humanidad exista.


Ypsilon, Bolonia.

Permítanme definir la palabra “humanidad” a partir de cuatro criterios, sin pretender ser exhaustivo.

  1. El primer criterio lo encontramos en el Horatio de digitate homini (Discurso sobre la dignidad del hombre), de Pico della Mirandola (1486): la libertad ontológica se basa en la independencia del hombre respecto de toda determinación divina: libertad de existencia respecto de toda esencialidad.

  2. El segundo criterio es el que el cristianismo pone en el fundamento de su predicación: la compasión, el reconocimiento del dolor del otro como el propio dolor y (yo añadiría) el reconocimiento del placer del otro como el propio placer.

  3. El tercer criterio surge con la Ilustración, en la que la cultura judía jugó un papel protagonista, y evolucionó con el internacionalismo obrero, en el que la cultura judía también jugó un papel protagonista: el universalismo, la igualdad de derechos.

  4. El cuarto criterio es la facultad de pensar, es decir, la capacidad de distinguir independientemente entre lo verdadero y lo falso, de elaborar conceptos y de establecer conexiones lógicas entre enunciados.

Ninguno de estos cuatro criterios corresponde a la condición actual de los humanos en la Tierra.

  1. La libertad ontológica (independencia de Dios) ha desaparecido a medida que la conexión tecnológica, sometida al dominio capitalista, ha restaurado a Dios como una inteligencia superior cuyo poder de determinación aniquila la intencionalidad humana. Finanzas y guerra: aniquilación de la voluntad humana.

  2. La compasión ha sido progresivamente borrada a medida que la percepción del cuerpo del otro se virtualiza y el odio al otro se exalta como la virtud cívica primaria, de modo que el exterminio ha reemplazado a la ley: la compasión ha muerto.

  3. El universalismo está actualmente en vías de desaparición: la competencia es el paradigma de la vida social y la supervivencia del yo implica la eliminación del otro, mientras el Occidente colonialista en decadencia ha desatado una ofensiva racista global.

  4. Por último, pero no menos importante, la capacidad de pensar está desapareciendo como resultado de la penetración del autómata lingüístico en el circuito de la comunicación interhumana: la simulación de procesos lógicos está destinada a reemplazar la actividad del pensamiento dentro de una o dos generaciones.

La humanidad comenzó a desaparecer cuando la guerra se apoderó del trabajo intelectual y el nazismo desató el exterminio de los judíos europeos.

Los alemanes, transformados en bestias por la humillación de la posguerra, infligieron al pueblo judío una herida tan terrible que jamás pudo sanar. La consecuencia (quizás inevitable) de ese trauma fue la formación de una entidad política y militar que hizo del odio a la humanidad su razón de ser. Israel es el nombre de esta entidad, nacida del genocidio y destinada a perpetuarlo.

En la segunda mitad del siglo XX, creímos que era posible sanar las heridas sufridas por la humanidad. Pero era una ilusión: el genocidio domina el horizonte del siglo XXI, y la supervivencia de la raza humana tras el fin de la humanidad es el destino más terrible que podría sobrevenirnos. Que esta agonía no dure mucho es la única esperanza que podemos albergar.



Fuente: ILDISERTORI

viernes, 20 de febrero de 2026

El gran mito de la desigualdad - No existe correlación entre desigualdad y progreso económico

 

 Por Jorge Majfud   
     Escritor uruguayo. Traductor y autor de estudios académicos, ensayos y ficción.


Sólo por limitarnos a América, desde el polo Norte al polo Sur, la colonización española, portuguesa y anglosajona radicalizaron las diferencias sociales al mismo tiempo que radicalizaban la pobreza


Mural de Diego Rivera (fragmento).

     Como lo analizamos en Moscas en la telaraña (2022), no por casualidad los liberales modernos fueron una continuación-herencia de los nobles medievales que se oponían al poder centralizado de los reyes. Aunque la idea de igualdad indígena era radical e incluía como derecho a todos los grupos sociales de una nación, a todos los géneros (hombres, mujeres, lesbianas y homosexuales) y a todos los grupos étnicos y lingüísticos adoptados, en las democracias liberales se impuso la antigua idea de igualdad: una igualdad y una justicia social entre iguales; es decir, dentro de cada una de las diferentes clases sociales, cuyos miembros eran valorados y juzgados según las leyes estamentales de su clase social.

Luego de la revolución de la Ilustración, esta última tradición de las igualdades estamentales fue abolida, y se creó el sentido común de que las leyes debían ser universales (solo dentro de un mismo país) sin importar raza, religión y clase social. Sin embargo, de la misma forma en que la Declaratoria de la Independencia de Estados Unidos de 1776 afirma que “todos los hombres son creados iguales” y la Constitución de 1789 habla en nombre de “We the people”, en ningún caso esa igualdad incluía a la mayoría de la población: mujeres, indígenas, mestizos, mulatos, blancos pobres, negros y esclavos de todo tipo.

Es decir, no sólo la democracia liberal de Occidente coincidía con los ejemplos restrictivos de democracias de la antigüedad europea, sino que también el mismo concepto de igualdad. Incluso hoy, las democracias liberales son plutocracias (considerar el origen del liberalismo como continuación de la nobleza feudal extendida por el capitalismo), aún más restrictivas y concentradoras del poder que en la antigua Grecia, donde existían límites a la acumulación a través de los impuestos.

Hoy, el mismo concepto de igualdad es brutalmente restringido: todos somos iguales ante la ley, pero no ante la justicia. Un ladrón de bicicletas tiene mil veces más posibilidades de ir a la cárcel en cuestión de días que un millonario que estafó millones manipulando las leyes de un país, las inversiones del club selectivo de hedge funds, o endeudó a todo un país en beneficio propio y de sus amigos. Un ladrón de teléfonos tiene más posibilidades de terminar linchado o en prisión que un pederasta de la clase dominante―para prueba están los archivos Epstein. La justicia no es ciega. La justicia tiene los ojos vendados porque ha sido secuestrada.

Por estas razones, no es una ironía ni una contradicción el hecho histórico de que, mientras los filósofos y los revolucionarios europeos admiraban las sociedades indígenas por los ideales sociales y existenciales que envidiaban y promovían, las ponían como ejemplo de lo que no querían o no era posible. No querían ser salvajes como los pueblos pertenecientes a razas inferiores. No querían perder sus privilegios de clase ni sus antiguos sueños de naciones imperiales, modeladas a imagen y semejanza de la admirable Roma.

Para esto, racionalizaron (incluso el mismo Rousseau) que las reglas de la democracia y la igualdad sólo eran posibles en “sociedades primitivas”, en sociedades pequeñas, en el “paraíso perdido” que ya no podía volver. Su contemporáneo e ícono del liberalismo―hoy sería acusado de socialdemócrata―Adam Smith, continuó esta línea de pensamiento procedente de una Europa plagada de crimen y miseria, pero orgullosa de su arquitectura y de su poderío militar: “La pobreza universal establece su igualdad universal”, escribió. En el medio, con sus mujeres no tan vestidas como en Medio Oriente ni tan desnudas como en Africa, están los sabios y superiores europeos.

Para los pueblos nativos como los iroqueses―incluso para quienes visitaron Europa―, estas mieles del progreso eran ilusorias. No es que los indígenas carecieran de autoridad, sino que ésta estaba legitimada no por el poder económico ni por alguna psicopatología de acumulación y poder, sino por lo contrario: por la habilidad del líder de convencer a los demás a través de argumentos, de las bondades de sus propuestas. No es que los nativos desearan algo que no tenían, sino que, como ellos mismos lo expresaron, no deseaban algo que les quitaría su libertad.

Sin embargo, ni las sociedades con democracia igualitaria (comunista) de los indígenas norteamericanos era pequeña (sólo la población iroquesa sumaba tanto como la de Londres antes de las pandemias europeas) sino que la idea de que existe una correlación entre desigualdad y progreso económico se contradice con lo que podemos observar en varios continentes.

Sólo por limitarnos a América, desde el polo Norte al polo Sur, la colonización española, portuguesa y anglosajona radicalizaron las diferencias sociales al mismo tiempo que radicalizaban la pobreza. Los palacios y mansiones con escaleras de mármol no eran para los obreros y mucho menos para los indígenas. Para ellos era el dolor físico y moral.

Por siglos, la colonización territorial y socioeconómica del Sur Global redujo la expectativa de vida de sus habitantes de 45 años (superior a la europea por siglos) hasta 29 años en pleno siglo XX, como fueron los casos de países ricos, como el Congo o Bolivia. El imperialismo y la brutalidad colonial también redujeron la estatura promedio de su población, al tiempo que aumentaron la adicción al alcohol y a drogas como el tabaco (el tabaco es de origen americano, pero el tabaquismo es europeo, como la mayoría de las adicciones promovidas por el consumismo y la mercantilización de la existencia). Por no mencionar los altos índices de depresión y suicidio exportados por los colonos.

Es decir, por siglos de colonización, la desigualdad no significó progreso material, sino todo lo contrario. Cuando significó un progreso lo fue para una minoría. Al mismo tiempo que John Locke a finales del siglo XVII y Adam Smith un siglo más tarde (y los neoliberales más de tres siglos después) razonaban que la desigualdad era causa y consecuencia del progreso social, Inglaterra se beneficiaba de la expansión de la esclavitud en India, Estados Unidos y Brasil, proveedores del oro blanco y de otros recursos vitales para sus industrias. Al mismo tiempo que se consolidaban las mega fortunas concentradas en el Sur estadounidense y se fundaban las corporaciones que hoy dominan la economía del mundo, los negros vivían en esclavitud y los blancos pobres en servidumbre (cuando no en esclavitud indenture) por apenas unos siglos. De forma simultánea, en los centros del imperialismo europeo, al mismo tiempo que aumentaba la prosperidad material, el desarrollo social y mejoraban las expectativas de vida y la altura de su población tres siglos después del nacimiento del capitalismo, se reducía la desigualdad.

Las explicaciones sobre este nuevo bienestar y desarrollo en Europa (con frecuencia explicaciones políticas, cuando no racistas) con recurrencia atribuyen todas las bondades al capitalismo. Ignoran, sin embargo, realidades básicas: la expectativa de vida en Europa mejoró siglos después por la introducción de la higiene―conocida y practicada por los indígenas por siglos―, como el uso del jabón y las medicinas químicas, conocidas en las abominables civilizaciones musulmanas en Oriente y por los salvajes indígenas en Extremo Occidente.

Sobre todo, ignoran que toda esa prosperidad, con su ápice en la Belle Époque (desde la segunda mitad del siglo XIX hasta la Primera Guerra Mundial) estaba sustentada por la vampirización de Asia, Africa y América Latina―continentes que, a su vez, eran usados como ejemplos de retraso económico, cultural, mental y hasta racial.


Fuente: Rebelión

jueves, 29 de enero de 2026

El imperio virtuoso

 

      Fue corresponsal de La Vanguardia en Moscú, Pekín y Berlín. Autor de varios libros; sobre el fin de la URSS, sobre la Rusia de Putin, sobre China, y un ensayo colectivo sobre la Alemania  de la eurocrisis.

Después de Gaza la pregunta que se hace, desde el vértigo, el sector consciente de la opinión pública europea es la de cómo explicar la complicidad y cooperación de los gobiernos, instituciones y medios de comunicación europeos con el genocidio colonial israelí. La respuesta está en la historia: es la historia colonial europea la que emparenta a los gobiernos occidentales con la masacre israelí

     La industria del entretenimiento es una herramienta fundamental del hegemonismo occidental. En estrecha colaboración con el complejo político, militar, financiero y mediático, su producción penetra diariamente en todos los hogares desempeñando una función ideológica clave, perfectamente identificada y conocida.

Mirada en retrospectiva, la industria de Hollywood logró convertir en proezas, epopeyas y románticos relatos, esa enciclopedia universal de la infamia que contiene la historia del colonialismo europeo y muy particularmente la de los británicos, parientes directos del actual hegemón.

La lista de las películas ensalzadoras de los grandes crímenes coloniales está aún por hacer, pero basta citar clásicos como “Lawerence de Arabia” (1962), “55 días en Pekín” (1963), “Zulú” (1964) o “Khartum” (1966) para recordar cómo toda una generación creció arrullada y entretenida por ese género exaltador cuya leyenda interiorizó.

Resulta ilustrativo cotejar la lectura de cualquier obra seria sobre la acción del imperio británico en India o China con películas como “Victoria y Abdul” (2017), de Stephen Frears, o “Tai Pan” (1986) de Daryl Duke, para mesurar el nivel de vileza de tal bombardeo. Frears presenta la relación de cálida amistad entre la reina Victoria y su criado indio en una época en la que los indios morían de hambre en espantosas crisis directamente relacionadas con la gestión colonial.

La película de Duke se inspira en la figura de William Jardine (1784-1843) para montar una ficción romántica, erótica y heroica alrededor del principal narcotraficante de la historia que condenó a la drogodependencia a 150 millones de chinos y se convirtió en uno de los hombres más poderosos y ricos de su tiempo.

Mantenido durante mas de dos siglos de violencia, racismo y explotación, el imperio británico todavía se presenta de la forma más altiva y arrogante como una empresa civilizadora y modélica, al lado de los imperios francés, español, portugués etc., declarados defectuosos o manifiestamente fallidos.

Para algunas naciones, España por ejemplo, la apertura del mundo fue una invitación a la prosperidad, al boato y la ambición, un antiguo modo de proceder. Para otras, como Holanda e Inglaterra, fue la ocasión de hacer cosas nuevas, de subirse a la ola del progreso tecnológico”, escribe David S. Landes. (En: La riqueza y la pobreza de las naciones. 1998).

Esa coherencia con el más que ambiguo “vector del progreso” que apunta con satisfacción el ilustre historiador de Harvard, quizá explique la actual y renovada nostalgia por el imperio británico, sobre la que advierten dos autores críticos con el fenómeno (Hickel y Sullivan).

Libros de gran repercusión como Empire: How Britain Made the Modern World, de Niall Ferguson y The Last Imperialist, de Bruce Gilley, han afirmado que el colonialismo británico trajo prosperidad y desarrollo a India y otras colonias. Hace dos años una encuesta de YouGov reveló que el 32% de los británicos se sienten orgullosos de la historia colonial del país”, apuntan.

Ese mismo orgullo hacia el pasado colonial está, sin duda, vergonzosamente vigente en muchas otras viejas naciones imperiales, pero en ninguna parte como entre los “ingleses de ambos lados del Atlántico” que Benjamín Franklin definió como “el núcleo más importante del pueblo blanco”, tiene ese sentir más consecuencias para el presente.

El imperio tal y como había sido, llegó a su fin formalmente en la década de 1960, pero su infeliz legado sigue presente en el mundo actual, donde se producen numerosos conflictos en los antiguos territorios coloniales”, observa Richard Gott en su compendio sobre el imperialismo británico (Britain´s Empire, 2012).

Si Gran Bretaña tuvo tanto éxito con sus colonias, ¿por qué muchas de ellas siguen siendo fuentes importantes de violencia y disturbios?”, se pregunta. Los británicos -reducidos ahora a la humilde categoría de ayudantes del Sheriff, en aún mayor medida que el resto de los europeos- “han seguido librando guerras en las tierras de su antiguo imperio en el siglo XXI, y gran parte de la población británica ha regresado sin cuestionamientos a su antigua postura de aceptar sin pensar lo que se hace en su nombre en lugares lejanos del mundo”, dice Gott.

El papel que en el siglo XIX desempeñaron la “civilización”, el “comercio” y el “cristianismo” impuestos a los “salvajes”, lo desempeña ahora la ideología de los derechos humanos la igualdad de géneros y otras nobles causas. Por todo ello, recordar las ejemplares hazañas de tan virtuoso imperio no es un ejercicio histórico sino un imperativo para la comprensión del presente y muy en particular para la comprensión de la complicidad europea (política, financiera, comercial, militar y mediática) con el genocidio palestino.

El Gulag británico

El imperio británico era una dictadura militar en la que los gobernadores coloniales imponían la ley marcial a la menor disensión. Durante más de 200 años fue escenario de constante revuelta y violencia represora. En la propia metrópoli centenares de miles fueron confinados en el Gulag insular de su majestad.

Especialmente después de que la independencia de Estados Unidos cerrara aquel territorio colonial del nuevo mundo –en los treinta años anteriores a 1776 la cuarta parte de los emigrantes llegados a Maryland eran convictos– islas del Caribe como las Bermudas y Roatán, en Honduras, de Asia, como Penang, en Malasia, o del Índico como las Seychelles o Andamán, formaron parte del presidio insular británico, que también envió a muchos reclusos indios y chinos a Singapur.

En el XIX, las Seychelles fueron prisión para líderes de revueltas y notables locales, de Zanzibar, Somalia, Egipto o Ghana, que por una u otra razón no podían ser ejecutados. El arzobispo Makarios, líder del nacionalismo helénico de Chipre, estuvo ahí recluido en fecha tan cercana como 1956. Pero fue Australia, la gran isla-continente que ofrecía espacios ilimitados, el gran destino que el gobierno necesitaba para los detritos sociales de su catastrófica revolución industrial, gran hito de ese “progreso” glosado por Landes.

En 1840 la mitad de la población de Tasmania, unos 30.000, la formaban reclusos. Como mantener a los presos en las cárceles metropolitanas era caro, las sentencias mínimas de deportación a Australia para sacárselos de encima, incluso por pequeños hurtos, eran de siete años. Entre 1788 y 1868, 162.000 condenados fueron enviados a Australia, entre ellos 4000 sindicalistas, cartistas, luditas, las famosas “hijas de Rebeca” de Gales, que rompían peajes y barreras para protestar contra la privatización y los peajes en las carreteras, así como 2000 revolucionarios irlandeses.

La terrible situación de represaliados y condenados de la metrópoli represaliando y masacrando a su vez a la población nativa en las colonias, que tan vivamente se dio en los Estados Unidos con las naciones indias, se repitió en otras colonias europeas y también en Australia. En 1824 el gobernador militar de Nueva Gales del Sur, dio licencia a los colonos, muchos de ellos ex convictos deportados, para matar aborígenes a discreción. El gobernador se llamaba Thomas Brisbane y su apellido da hoy nombre a una de las grandes ciudades australianas.

La hambruna de Irlanda

Algunos consideran la hambruna de China durante el Gran Salto Adelante (1958-1962) como la mayor de la historia. Un siglo antes, la hambruna de Irlanda (“An Gorta Mór”) fue bastante peor que la china si se tiene en cuenta la proporción de población implicada. Con ocho millones de habitantes, el hambre y sus consecuencias se llevaron a entre uno y dos millones de irlandeses. Algunos lugares perdieron la tercera parte de su población, la mitad muerta y la otra mitad por emigración. (Patrick Joyce, 2024 Remembering Peasants. A personal History of a Vanished World).


La hambruna de la patata en Irlanda.

He visitado los desoladores restos de lo que en su momento fueron nobles pieles rojas en sus reservas de norteamérica y he explorado los barrios negros donde están degradados y esclavizados los africanos”, escribía en 1847 James Hack Tuke, un filántropo cuáquero inglés en una carta tras su visita a Connaught, “pero nunca he visto tanta miseria, ni una degradación física tan avanzada, como la de los moradores de los lodazales de Irlanda”.

Otros países como Francia, Bélgica, Holanda, Alemania y Rusia, también sufrieron plagas de la patata en 1846/1847, pero a diferencia de lo que ocurrió en Irlanda bajo el dominio británico, paralizaron las exportaciones de los demás alimentos para compensar la pérdida. La política inglesa destinaba a la exportación los alimentos producidos en Irlanda, una estrategia cuyo mantenimiento se consideraba más importante que la vida de los irlandeses. Uno de los protagonistas de esa política, el subsecretario de Hacienda Charles Trevelyan, estaba mas preocupado por “modernizar” la economía irlandesa que por salvar vidas, así que vio en la hambruna una oportunidad para aplicar reformas radicales de libre mercado.

No nos cabe la menor duda de que, por causa de las inescrutables pero invariables leyes de la naturaleza, el celta es menos activo, menos independiente y menos trabajador que el sajón. Esta es la arcaica condición de su raza”, escribía The Times el diario central del establishment imperial.

The Economist, el mismo semanario que en los años noventa del siglo XX predicaba las virtudes de la terapia de choque rusa, que dejó por el camino una factura demográfica de medio millón -sobre todo hombres en edad laboral – mientras denostaba la mala reforma china, publicaba el 30 de enero de 1847 un editorial dedicado a la crisis irlandesa: “Que los inocentes sufran junto con los culpables es una triste realidad”, decía, “pero es una de las grandes condiciones en las que se basa la existencia de toda sociedad. Cada violación de las leyes de la moral y el orden social conlleva su propio castigo. Esa es la primera ley de la civilización”. (En: The Economist and the Irish Famine — Crooked Timber).

Desde el siglo XVI en Irlanda estaba vigente un diezmo por el cual los irlandeses mayormente católicos debían pagar la décima parte de sus ingresos anuales para financiar la iglesia protestante. Hasta 1829 los católicos que rechazaban el juramento protestante de lealtad a la corona no podían acceder a empleos públicos.

Durante la hambruna los teólogos protestantes ingleses atribuían la plaga de la patata al “papismo”, es decir al catolicismo, que había “provocado la cólera de Dios”. El semanario satírico Punch publicaba constantemente caricaturas que presentaban a los irlandeses como simios brutos, sucios, perezosos, violentos y únicos responsables de su propia desgracia.

En 1847, mientras el Times ignoraba los desastres de la hambruna, en Estados Unidos se puso en marcha una campaña de ayuda que puso en evidencia al gobierno de Londres. Los paquetes en los que ponía “Irlanda” eran transportados gratuitamente en ferrocarril y se fletaron 114 barcos con ayuda.

El holocausto irlandés continuaba para los que lograban emigrar. En el último de los tres siglos de la trata negrera a lo largo de la cual unos diez millones de africanos fueron transferidos al nuevo mundo, con la mitad de ellos muertos en el proceso de captura y transporte, según uno de los grandes historiadores de ese tráfico (Joseph Miller, 1988, en Way of Death), los emigrantes irlandeses conocieron un destino no muy diferente. En los barcos ingleses que transportaban a los emigrantes irlandeses a América, las condiciones eran tan espantosas que uno de cada cuatro moría durante el viaje o en los seis meses posteriores a su llegada al nuevo mundo.

La mortandad registrada en lo que fue descrito como “buques ataúd”, no era inferior a la de los barcos que transportaban esclavos africanos a las colonias. Que esa mortalidad fuera particularmente alta en los barcos ingleses, describe una clara negligencia criminal: por cada muerte de un emigrante a bordo de un barco americano, había cuatro en uno británico y por cada enfermo que llegaba a Estados Unidos en un barco norteamericano, llegaban cinco en un buque británico.


Representación del interior de un 'buque ataúd' transportando migrantes irlandeses a América (Rodney Charman, 1970).

En 1847 de los 98.000 emigrantes que llegaron a Canadá en barcos ingleses, 25.000 murieron en el viaje o a los seis meses de su llegada. Todo esto fue noticia en la prensa de Estados Unidos y de Canadá, pero el Times de Londres lo ignoraba. El gobierno británico solo comenzó a tomar medidas en 1854, siete años después. (Thomas Gallagher. Hambre en Irlanda: la elegía de Pady. 2007).

La industria del entretenimiento ha ignorado por completo la hambruna de Irlanda, pero en 2018 una rara excepción irlandesa producida en Luxemburgo presentó en 2018 “Black 47”, del director y guionista Lance Daly, una película de acción con trepidante ritmo de western construida sobre el entramado de aquella histórica tragedia. 

The Times resaltó esta vez la “machista teatralidad” del film del que apuntó que “todo es profundamente absurdo, pero dentro de un entorno inquietantemente profundo”. The Independent destacó el carácter “excesivamente sombrío” de lo que calificó como “western de patatas” en alusión a los spaghetti western, y The Guardian lamentó que “la caricaturización de los villanos disminuya el impacto” de esa estupenda película que de todas formas fue un éxito de taquillaje…

Irlanda en Occidente y Birmania en Oriente fueron los territorios más potentes y tenaces en su resistencia a los ingleses, por lo que la represión fue allí particularmente cruda, pero también en India las convulsiones, hambrunas y revueltas fueron crónicas.

India

Según una estimación reciente, solo en los cuarenta años que van de 1880 a 1920 la colonización británica causó en la India unos 100 millones de muertes provocadas por el empobrecimiento de la población y la mayor frecuencia y mortandad de las hambrunas. (Jason Hickel, Dylan Sullivan, How British colonialism killed 100 million Indians in 40 years). “Se trata de una de las mayores crisis de mortalidad inducida por políticas de la historia de la humanidad”, señalan los autores.


El hambre en India victoriana.

Es mayor que la suma combinada de muertes que se produjeron durante todas las hambrunas de la Unión Soviética, la China de Mao, Corea del Norte, la Camboya de Pol Pot y la Etiopía de Mengistu”, todas ellas en el siglo XX, dicen. Antes de eso, en 1770, una gran hambruna asoló Bengala matando a unos 10 millones de sus habitantes, la tercera parte de la población.

La situación fue agravada por el monopolio del arroz y otros productos impuesto por la Compañía Británica de las Indias Orientales que gobernaba el territorio. El colapso y los impuestos, combinados con la sequía y el hambre, marcaron el inicio del dominio inglés en India, un cuadro que se mantendría durante 200 años.

Desde su llegada al subcontinente en el siglo XVII, Gran Bretaña destruyó el sector manufacturero de la India, que exportaba tejidos a todo el mundo. El régimen colonial eliminó los aranceles para los productos textiles británicos y creó un sistema de impuestos y de barreras internas que impedían a los indios vender sus productos dentro del país y aun menos exportarlos.

Si la historia del dominio británico de India tuviera que condensarse en un único dato, sería este: entre 1757 y 1947 no hubo incremento del ingreso per cápita y en la segunda mitad del XIX los ingresos se redujeron seguramente en más de un 50 por ciento”, dice Mike Davis (Late victorian Holocausts, 2002). La nueva economía colonial fragilizó a las poblaciones ante las sequías y fenómenos naturales adversos que propiciaban el hambre.

Según el historiador Robert C. Allen (Global Economic History: A Very Short Introduction, 2011) bajo el dominio británico la pobreza extrema pasó del 23% en 1810 a más del 50% a mediados del siglo XX, los salarios reales disminuyeron y las hambrunas se hicieron más frecuentes y más mortales. ¿Pasado remoto?

El político inglés más importante de la Segunda Guerra Mundial, Wiston Churchill, fallecido en 1965, era un racista confeso. En los años cuarenta del siglo XX se refirió a los indios como “un pueblo bestial con una religión bestial” y de la hambruna de 1943 en Bengala, que dejó tres millones de muertos, afirmaba que “fue culpa suya por reproducirse como conejos”. En 1919 Churchill se declaró “totalmente a favor del uso del gas venenoso contra las tribus incivilizadas”.


La represión de la rebelión india por los británicos.

En los años treinta definía a los palestinos como “hordas bárbaras que solo comen estiércol de camello”. Antes de la guerra fue un admirador de Mussolini (“no pude evitar sentirme encantado por su porte gentil y sencillo y su sereno aplomo”) y tenía palabras de elogio para Hitler en 1937, el año de Guernika: “a uno le puede disgustar el sistema de Hitler y, sin embargo, admirar sus logros patrióticos. Si nuestro país fuera derrotado, espero que encontremos un campeón tan admirable que nos devuelva el valor y nos conduzca de nuevo a nuestro lugar entre las naciones”. En la campaña electoral de 1955 Churchill propuso para el partido conservador un lema que muchos europeos suscriben hoy: “mantener a Gran Bretaña blanca”.


Del blog personal de

Rafael Poch-de-Feliu

viernes, 10 de octubre de 2025

Mark Bray: “En Estados Unidos nos encontramos ante una situación sin precedentes para el antifascismo”

 

      “Exmercenario de MARCA, SpinMedia, ABC... Ahora cooperativista autoexplotado.”

      

El historiador estadounidense Mark Bray se declara “orgullosamente judío antisionista” y cree que lo que necesita su país es una huelga general contra las políticas de Trump



     Mark Bray es historiador especializado en materia de derechos humanos, terrorismo y política radical. Fue uno de los impulsores del movimiento Occupy Wall Street y cuenta con dos libros publicados en España: La traducción de la anarquía (Volapük Ediciones, 2015), con el que nos acerca a la experiencia de Occupy, y Antifa (Capitán Swing, 2017), el detallado estudio de la historia del antifascismo y de la filosofía que subyace al movimiento que se convirtió en todo un superventas sobrepasando el nicho de la izquierda alternativa. Sus trabajos han aparecido en The Washington PostForeign PolicyCritical Quarterly ROAR Magazine. Después de una estancia en España, volvió hace un año a su país para darse de bruces con un nuevo mandato de Donald Trump. Actualmente es profesor de historia en la Universidad de Rutgers de Nueva Jersey.




En los días posteriores a la Orden Ejecutiva de Trump que designó a Antifa como “organización terrorista” y a la entrevista con Mark Bray, el autor empezó a recibir amenazas que le han obligado a trasladarse a España con su familia, según explica en un mensaje enviado el domingo 5 de marzo: “Varias figuras famosas de la extrema derecha me atacaron en X, lo que ha hecho que reciba amenazas de muerte. La organización de Charlie Kirk, Turning Point USA, ha intentado que me despidan de mi trabajo, y el fin de semana pasado recibí un correo electrónico amenazante señalando mi dirección particular. Por todo ello me he visto obligado a trasladar todas mis clases a internet y mudarme con mi familia a Madrid para pasar el año. Espero que para entonces la situación se calme. Ya veremos”.


El historiador estadounidense Mark Bray.

No hace ni un año de la toma de presidencia de Trump y, en estos pocos meses, Estados Unidos se ha adentrado en una espiral autoritaria sin precedentes en la historia reciente norteamericana, con un retroceso evidente en materia de derechos civiles y de protección a las minorías. Y no parece que haya posibilidad de revertir ese proceso en el corto plazo; precisamente el asesinato de Charlie Kirk ha venido a apuntalar esa tendencia, un hecho que el movimiento MAGA ha achacado a la izquierda, aunque sin una base concreta.

Sí, así es. Básicamente, Trump y sus aliados están utilizando el miedo y la indignación, muy reales, de muchos conservadores cristianos, blancos, frente a una década de progreso social en términos de género, raza, sexualidad, etc., para intentar revertir victorias incompletas de los movimientos sociales y “hacer a Estados Unidos grande de nuevo” regresando a un pasado imaginario donde los hombres cristianos blancos gobernaban en todos los aspectos de la vida. No critican la democracia en sí, sino que argumentan que “la izquierda” ha estado haciendo trampas y robando elecciones y, por lo tanto, para salvar la democracia, deben destruirla.

Por su parte, los movimientos sociales llegaron a esta administración Trump debilitados por la represión a la que habían venido enfrentándose por las protestas en defensa de la causa palestina. Bueno, también hay que destacar que dicha represión fue perpetrada al igual por republicanos y demócratas en puestos de poder.

Y sí, incluso antes de que hubiera evidencia alguna sobre quién disparó a Charlie Kirk, Trump atribuyó el tiroteo a “la izquierda”, así, en genérico, aunque las ideas políticas del autor de los disparos no encajaran perfectamente en ninguna perspectiva ideológica. De hecho, aunque Tyler Robinson estaba más influenciado por los videojuegos e internet que por cualquier otra cosa, la derecha sigue catalogándolo de izquierdista. 

Precisamente Trump acaba de firmar una orden ejecutiva que designa a Antifa como “una organización terrorista doméstica”, ya hizo un amago en su primer mandato tras la muerte de George Floyd. Hemos hablado en otras ocasiones de que lo que su administración denomina como tal no es una organización, no cuenta con estructura organizada, no tiene líderes… Estaría, pues, intentando ilegalizar unas ideas, algo así como si quisiera proscribir el ecologismo o el feminismo. En todo caso, ¿cómo se podría concretar esa decisión en la práctica?


Si bien es cierto que Trump declaró su intención de convertir Antifa en una organización terrorista en 2020, no llego a materializarlo. Todo fue pura apariencia. Esta vez, sin embargo, emitió una Orden Ejecutiva, pero aún no tiene fuerza legal específica, ya que no existe un mecanismo legal para que grupos nacionales sean designados oficialmente como organizaciones terroristas. Es difícil predecir qué va a significar esto en la práctica. Por supuesto, el riesgo es que se convierta en una nueva categoría para reprimir la disidencia en general: cuatro días después de la Orden Ejecutiva que catalogó a Antifa como organización terrorista, el Departamento de Seguridad Nacional emitió un comunicado condenando la violencia “alineada con Antifa”. Así pues, podemos ver que en muy poco tiempo se ha ampliado el alcance de su término represivo de manera lo suficientemente ambigua para incluir ahí a quien les dé la gana. Y, de hecho, el comunicado calificó varios actos de violencia cometidos por personas sin ideología política identificable, como el tiroteo del director ejecutivo perpetrado por Luigi Mangione, como “violencia de izquierda”. En fin, siguiendo la tradición de autoritarios de generaciones pasadas, creo que lo que se busca es dar la impresión de emergencia para declarar “temporalmente” la ley marcial, ya sea de manera explícita o implícitamente.


Antifa.

Lo cierto es que esa medida, como otras similares —hace unos días reunió a todos sus generales para exhortarles a “vigilar al enemigo interior” y justificar el despliegue militar en las ciudades estadounidenses— vienen a incidir en la estrategia de represión a todo lo que huela a izquierda e incluso a progresismo en su sentido amplio. 

Sí, claro. Trump acaba también de emitir una directiva de seguridad nacional para “contrarrestar el terrorismo doméstico y la violencia política organizada” dirigida a cualquier organización, grupo o individuo que muestre alguno de los siguientes indicadores de violencia: antiamericanismo, anticapitalismo, anticristianismo, apoyo al derrocamiento del gobierno de Estados Unidos, “extremismo migratorio”, “extremismo racial”, “extremismo de género”, hostilidad hacia quienes mantienen las ideas tradicionales estadounidenses sobre la familia, la religión y la moralidad… Incluso asocian a las ONG liberales a lo que denominan “violencia política de izquierdas”.

Creo que el objetivo de todo esto siempre ha sido representar al Partido Demócrata como una hidra de múltiples cabezas: una cabeza es Antifa, otra es Black Lives Matter, otra es la DEI (políticas de diversidad, equidad e inclusión) o la Teoría Crítica de la Raza (CRT), y otra son las personas transgénero y el feminismo. En cierto modo, adopta una estructura similar a la teoría del Gran Reemplazo, lo que hace que todas estas cosas sean, según su manera de pensar, manifestaciones nefastas del Partido Demócrata y, en última instancia, se podría rastrear todo hasta el dinero judío personalizado en George Soros. 

Pese a todo, y visto que el partido Demócrata sigue en estado de shock e incapaz de plantear una alternativa eficaz al autoritarismo de Trump, nuevamente es la sociedad civil, el activismo, las organizaciones sociales y los sindicatos los que están plantando cara en todas partes. Lo hemos visto en Los Ángeles, en Washington y en tantos sitios.


Sí, el principal movimiento de oposición es el de resistencia al ICE (el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas de EEUU), que en su mayoría se ha materializado en organizaciones locales que monitorean e intentan interferir en las acciones de la agencia en barrios de inmigrantes. Esto también ha incluido protestas regulares frente a sus instalaciones, que a menudo han sido atacadas con armas químicas y proyectiles no letales, particularmente en Chicago. Los liberales también organizaron una protesta denominada Sin Reyes en primavera, que tuvo una gran repercusión en todo el país, y aparentemente se planea otra para el próximo mes. La gente en Washington DC y Los Ángeles también ha protestado de manera bastante contundente contra la ocupación de sus ciudades por parte de la Guardia Nacional. En fin, parte del problema de intentar agrupar la resistencia a sus políticas es que Trump está atacando de tantas maneras a la vez que ha dividido a la gente.

Lo que realmente necesitamos es una huelga general, pero la fuerza laboral estadounidense no está tan sindicalizada como en otros países y sus líderes no son militantes. Muchos, probablemente la mayoría de los estadounidenses, ni siquiera sabe qué es una huelga general —ese es, sin duda, el caso de mis estudiantes universitarios. Creo que nos encontramos ante una situación inusual y posiblemente sin precedentes para el antifascismo: hemos superado el antifascismo preventivo de los grupos antifa de posguerra, que buscaban mantener a la extrema derecha fuera del poder; sin embargo, aún no hemos llegado al antifascismo de la Guerra Civil Española o la Segunda Guerra Mundial, caracterizado por la guerra abierta y de operaciones guerrilleras partisanas. Espero que no acabemos en esto último.



Cambiando de tema, como judío que bebe de la tradición progresista de izquierdas de ese pueblo, has afirmado en numerosas ocasiones tu defensa de los derechos del pueblo palestino y contra el colonialismo y el genocidio que se está perpetrando en Gaza. Vemos ahora mismo que el régimen sionista se mantiene básicamente, y casi exclusivamente, por el apoyo de Estados Unidos y esa soledad ha quedado patente en la última asamblea de la ONU. ¿Se puede mantener ese apoyo indefinidamente?


Así es, soy orgullosamente judío antisionista. Pero es que somos muchos, sobre todo entre las generaciones más jóvenes aquí en Estados Unidos. Si bien el apoyo a Israel sigue siendo muy fuerte en este país, se ha debilitado en los últimos dos años. Por ejemplo, una encuesta reciente mostró que el 60% de los votantes desaprueba que se envíe ayuda militar a Israel. Además de la oposición de la izquierda, cabe mencionar que también ha habido cierta oposición al apoyo a Israel por parte de ciertos segmentos de la extrema derecha, como Tucker Carlson, basada esencialmente en motivos antisemitas. Sin embargo, el 
lobby sionista sigue siendo muy poderoso y la élite política de este país ha invertido mucho, tanto literal como figurativamente, en la negación del genocidio palestino en estos últimos dos años. En todo caso, con Trump en el cargo, hay poco margen para un cambio político significativo y temo que pueda pasar otra generación para que termine el apoyo incondicional a Israel. 

¿Hay algún dato que nos permita ser optimistas en el medio plazo con respecto a la situación en Estados Unidos?


Bueno, parece que tanto Trump como sus políticas en realidad no gozan de tanto apoyo popular. Las encuestas muestran que la mayoría de los estadounidenses desaprueban su gestión en casi todo esto. Además, muchos liberales se están volviendo más militantes y cada vez tienen menos confianza en que las formas de resistencia tradicionales sean suficientes. Así que tal vez veamos una ola de resistencia verdaderamente histórica en los próximos años. Si no, me temo lo peor.


Fuente: El Salto