Fue
corresponsal de La Vanguardia en Moscú, Pekín y Berlín.
Autor de varios libros; sobre el fin de la URSS, sobre la Rusia de
Putin, sobre China, y un ensayo colectivo sobre la Alemania de
la eurocrisis.
Después
de Gaza la pregunta que se hace, desde el vértigo, el sector
consciente de la opinión pública europea es la de cómo explicar la
complicidad y cooperación de los gobiernos, instituciones y medios
de comunicación europeos con el genocidio colonial israelí. La
respuesta está en la historia: es la historia colonial europea la
que emparenta a los gobiernos occidentales con la masacre israelí
La
industria del entretenimiento es una herramienta fundamental del
hegemonismo occidental. En estrecha colaboración con el complejo
político, militar, financiero y mediático, su producción penetra
diariamente en todos los hogares desempeñando una función
ideológica clave, perfectamente identificada y conocida.
Mirada
en retrospectiva, la industria de Hollywood logró convertir en
proezas, epopeyas y románticos relatos, esa enciclopedia universal
de la infamia que contiene la historia del colonialismo europeo y muy
particularmente la de los británicos, parientes directos del actual
hegemón.
La
lista de las películas ensalzadoras de los grandes crímenes
coloniales está aún por hacer, pero basta citar clásicos como
“Lawerence de Arabia” (1962), “55 días en Pekín” (1963),
“Zulú” (1964) o “Khartum” (1966) para recordar cómo toda
una generación creció arrullada y entretenida por ese género
exaltador cuya leyenda interiorizó.
Resulta
ilustrativo cotejar la lectura de cualquier obra seria sobre la
acción del imperio británico en India o China con películas como
“Victoria y Abdul” (2017), de Stephen Frears, o “Tai Pan”
(1986) de Daryl Duke, para mesurar el nivel de vileza de tal
bombardeo. Frears presenta la relación de cálida amistad entre la
reina Victoria y su criado indio en una época en la que los indios
morían de hambre en espantosas crisis directamente relacionadas con
la gestión colonial.
La
película de Duke se inspira en la figura de William Jardine
(1784-1843) para montar una ficción romántica, erótica y heroica
alrededor del principal narcotraficante de la historia que condenó a
la drogodependencia a 150 millones de chinos y se convirtió en uno
de los hombres más poderosos y ricos de su tiempo.
Mantenido
durante mas de dos siglos de violencia, racismo y explotación, el
imperio británico todavía se presenta de la forma más altiva y
arrogante como una empresa civilizadora y modélica, al lado de los
imperios francés, español, portugués etc., declarados defectuosos
o manifiestamente fallidos.
“Para
algunas naciones, España por ejemplo, la apertura del mundo fue una
invitación a la prosperidad, al boato y la ambición, un antiguo
modo de proceder. Para otras, como Holanda e Inglaterra, fue la
ocasión de hacer cosas nuevas, de subirse a la ola del progreso
tecnológico”, escribe David S. Landes. (En: La riqueza y la
pobreza de las naciones. 1998).
Esa
coherencia con el más que ambiguo “vector del progreso” que
apunta con satisfacción el ilustre historiador de Harvard, quizá
explique la actual y renovada nostalgia por el imperio británico,
sobre la que advierten dos autores críticos con el fenómeno (Hickel
y Sullivan).
“Libros
de gran repercusión como Empire: How Britain Made the Modern
World, de Niall Ferguson y The Last Imperialist, de Bruce
Gilley, han afirmado que el colonialismo británico trajo prosperidad
y desarrollo a India y otras colonias. Hace dos años una encuesta de
YouGov reveló que el 32% de los británicos se sienten orgullosos de
la historia colonial del país”, apuntan.
Ese
mismo orgullo hacia el pasado colonial está, sin duda,
vergonzosamente vigente en muchas otras viejas naciones imperiales,
pero en ninguna parte como entre los “ingleses de ambos lados del
Atlántico” que Benjamín Franklin definió como “el núcleo más
importante del pueblo blanco”, tiene ese sentir más consecuencias
para el presente.
“El
imperio tal y como había sido, llegó a su fin formalmente en la
década de 1960, pero su infeliz legado sigue presente en el mundo
actual, donde se producen numerosos conflictos en los antiguos
territorios coloniales”, observa Richard Gott en su compendio sobre
el imperialismo británico (Britain´s
Empire,
2012).
“Si
Gran Bretaña tuvo tanto éxito con sus colonias, ¿por qué muchas
de ellas siguen siendo fuentes importantes de violencia y
disturbios?”, se pregunta. Los británicos -reducidos ahora a la
humilde categoría de ayudantes del Sheriff, en aún mayor medida que
el resto de los europeos- “han seguido librando guerras en las
tierras de su antiguo imperio en el siglo XXI, y gran parte de la
población británica ha regresado sin cuestionamientos a su antigua
postura de aceptar sin pensar lo que se hace en su nombre en lugares
lejanos del mundo”, dice Gott.
El
papel que en el siglo XIX desempeñaron la “civilización”, el
“comercio” y el “cristianismo” impuestos a los “salvajes”,
lo desempeña ahora la ideología de los derechos humanos la igualdad
de géneros y otras nobles causas. Por todo ello, recordar las
ejemplares hazañas de tan virtuoso imperio no es un ejercicio
histórico sino un imperativo para la comprensión del presente y muy
en particular para la comprensión de la complicidad europea
(política, financiera, comercial, militar y mediática) con el
genocidio palestino.
El
Gulag británico
El
imperio británico era una dictadura militar en la que los
gobernadores coloniales imponían la ley marcial a la menor
disensión. Durante más de 200 años fue escenario de constante
revuelta y violencia represora. En la propia metrópoli centenares de
miles fueron confinados en el Gulag insular de su majestad.
Especialmente
después de que la independencia de Estados Unidos cerrara aquel
territorio colonial del nuevo mundo –en los treinta años
anteriores a 1776 la cuarta parte de los emigrantes llegados a
Maryland eran convictos– islas del Caribe como las Bermudas y
Roatán, en Honduras, de Asia, como Penang, en Malasia, o del Índico
como las Seychelles o Andamán, formaron parte del presidio insular
británico, que también envió a muchos reclusos indios y chinos a
Singapur.
En
el XIX, las Seychelles fueron prisión para líderes de revueltas y
notables locales, de Zanzibar, Somalia, Egipto o Ghana, que por una u
otra razón no podían ser ejecutados. El arzobispo Makarios, líder
del nacionalismo helénico de Chipre, estuvo ahí recluido en fecha
tan cercana como 1956. Pero fue Australia, la gran isla-continente
que ofrecía espacios ilimitados, el gran destino que el gobierno
necesitaba para los detritos sociales de su catastrófica revolución
industrial, gran hito de ese “progreso” glosado por Landes.
En
1840 la mitad de la población de Tasmania, unos 30.000, la formaban
reclusos. Como mantener a los presos en las cárceles metropolitanas
era caro, las sentencias mínimas de deportación a Australia para
sacárselos de encima, incluso por pequeños hurtos, eran de siete
años. Entre 1788 y 1868, 162.000 condenados fueron enviados a
Australia, entre ellos 4000 sindicalistas, cartistas, luditas, las
famosas “hijas de Rebeca” de Gales, que rompían peajes y
barreras para protestar contra la privatización y los peajes en las
carreteras, así como 2000 revolucionarios irlandeses.
La
terrible situación de represaliados y condenados de la metrópoli
represaliando y masacrando a su vez a la población nativa en las
colonias, que tan vivamente se dio en los Estados Unidos con las
naciones indias, se repitió en otras colonias europeas y también en
Australia. En 1824 el gobernador militar de Nueva Gales del Sur, dio
licencia a los colonos, muchos de ellos ex convictos deportados, para
matar aborígenes a discreción. El gobernador se llamaba Thomas
Brisbane y su apellido da hoy nombre a una de las grandes ciudades
australianas.
La
hambruna de Irlanda
Algunos
consideran la hambruna de China durante el Gran Salto Adelante
(1958-1962) como la mayor de la historia. Un siglo antes, la hambruna
de Irlanda (“An
Gorta Mór”)
fue bastante peor que la china si se tiene en cuenta la proporción
de población implicada. Con ocho millones de habitantes, el hambre y
sus consecuencias se llevaron a entre uno y dos millones de
irlandeses. Algunos lugares perdieron la tercera parte de su
población, la mitad muerta y la otra mitad por emigración. (Patrick
Joyce, 2024 Remembering
Peasants. A personal History of a Vanished World).
La hambruna de la patata en Irlanda.
“He
visitado los desoladores restos de lo que en su momento fueron nobles
pieles rojas en sus reservas de norteamérica y he explorado los
barrios negros donde están degradados y esclavizados los africanos”,
escribía en 1847 James Hack Tuke, un filántropo cuáquero inglés
en una carta tras su visita a Connaught, “pero nunca he visto tanta
miseria, ni una degradación física tan avanzada, como la de los
moradores de los lodazales de Irlanda”.
Otros
países como Francia, Bélgica, Holanda, Alemania y Rusia, también
sufrieron plagas de la patata en 1846/1847, pero a diferencia de lo
que ocurrió en Irlanda bajo el dominio británico, paralizaron las
exportaciones de los demás alimentos para compensar la pérdida. La
política inglesa destinaba a la exportación los alimentos
producidos en Irlanda, una estrategia cuyo mantenimiento se
consideraba más importante que la vida de los irlandeses. Uno de los
protagonistas de esa política, el subsecretario de Hacienda Charles
Trevelyan, estaba mas preocupado por “modernizar” la economía
irlandesa que por salvar vidas, así que vio en la hambruna una
oportunidad para aplicar reformas radicales de libre mercado.
“No
nos cabe la menor duda de que, por causa de las inescrutables pero
invariables leyes de la naturaleza, el celta es menos activo, menos
independiente y menos trabajador que el sajón. Esta es la arcaica
condición de su raza”, escribía The
Times el
diario central del establishment imperial.
The
Economist,
el mismo semanario que en los años noventa del siglo XX predicaba
las virtudes de la terapia de choque rusa, que dejó por el camino
una factura demográfica de medio millón -sobre todo hombres en edad
laboral – mientras denostaba la mala reforma china, publicaba el 30
de enero de 1847 un editorial dedicado a la crisis irlandesa: “Que
los inocentes sufran junto con los culpables es una triste realidad”,
decía, “pero es una de las grandes condiciones en las que se basa
la existencia de toda sociedad. Cada violación de las leyes de la
moral y el orden social conlleva su propio castigo. Esa es la primera
ley de la civilización”. (En: The
Economist and the Irish Famine
— Crooked Timber).
Desde
el siglo XVI en Irlanda estaba vigente un diezmo por el cual los
irlandeses mayormente católicos debían pagar la décima parte de
sus ingresos anuales para financiar la iglesia protestante. Hasta
1829 los católicos que rechazaban el juramento protestante de
lealtad a la corona no podían acceder a empleos públicos.
Durante
la hambruna los teólogos protestantes ingleses atribuían la plaga
de la patata al “papismo”, es decir al catolicismo, que había
“provocado la cólera de Dios”. El semanario
satírico Punch publicaba
constantemente caricaturas que presentaban a los irlandeses como
simios brutos, sucios, perezosos, violentos y únicos responsables de
su propia desgracia.
En
1847, mientras el Times ignoraba
los desastres de la hambruna, en Estados Unidos se puso en marcha una
campaña de ayuda que puso en evidencia al gobierno de Londres. Los
paquetes en los que ponía “Irlanda” eran transportados
gratuitamente en ferrocarril y se fletaron 114 barcos con ayuda.
El
holocausto irlandés continuaba para los que lograban emigrar. En el
último de los tres siglos de la trata negrera a lo largo de la cual
unos diez millones de africanos fueron transferidos al nuevo mundo,
con la mitad de ellos muertos en el proceso de captura y transporte,
según uno de los grandes historiadores de ese tráfico (Joseph
Miller, 1988, en Way
of Death),
los emigrantes irlandeses conocieron un destino no muy diferente. En
los barcos ingleses que transportaban a los emigrantes irlandeses a
América, las condiciones eran tan espantosas que uno de cada cuatro
moría durante el viaje o en los seis meses posteriores a su llegada
al nuevo mundo.
La
mortandad registrada en lo que fue descrito como “buques ataúd”,
no era inferior a la de los barcos que transportaban esclavos
africanos a las colonias. Que esa mortalidad fuera particularmente
alta en los barcos ingleses, describe una clara negligencia criminal:
por cada muerte de un emigrante a bordo de un barco americano, había
cuatro en uno británico y por cada enfermo que llegaba a Estados
Unidos en un barco norteamericano, llegaban cinco en un buque
británico.
Representación del interior de un 'buque ataúd' transportando migrantes irlandeses a América (Rodney Charman, 1970).
En
1847 de los 98.000 emigrantes que llegaron a Canadá en barcos
ingleses, 25.000 murieron en el viaje o a los seis meses de su
llegada. Todo esto fue noticia en la prensa de Estados Unidos y de
Canadá, pero el Times de
Londres lo ignoraba. El gobierno británico solo comenzó a tomar
medidas en 1854, siete años después. (Thomas Gallagher. Hambre en
Irlanda: la elegía de Pady. 2007).
La
industria del entretenimiento ha ignorado por completo la hambruna de
Irlanda, pero en 2018 una rara excepción irlandesa producida en
Luxemburgo presentó en 2018 “Black
47”,
del director y guionista Lance Daly, una película de acción con
trepidante ritmo de western construida
sobre el entramado de aquella histórica tragedia.
The
Times resaltó
esta vez la “machista teatralidad” del film del que apuntó que
“todo es profundamente absurdo, pero dentro de un entorno
inquietantemente profundo”. The
Independent destacó
el carácter “excesivamente sombrío” de lo que calificó como
“western de patatas” en alusión a los spaghetti western, y The
Guardian lamentó
que “la caricaturización de los villanos disminuya el impacto”
de esa estupenda película que de todas formas fue un éxito de
taquillaje…
Irlanda
en Occidente y Birmania en Oriente fueron los territorios más
potentes y tenaces en su resistencia a los ingleses, por lo que la
represión fue allí particularmente cruda, pero también en India
las convulsiones, hambrunas y revueltas fueron crónicas.
India
Según
una estimación reciente, solo en los cuarenta años que van de 1880
a 1920 la colonización británica causó en la India unos 100
millones de muertes provocadas por el empobrecimiento de la población
y la mayor frecuencia y mortandad de las hambrunas. (Jason Hickel,
Dylan Sullivan, How
British colonialism killed 100 million Indians in 40 years).
“Se trata de una de las mayores crisis de mortalidad inducida por
políticas de la historia de la humanidad”, señalan los autores.
El hambre en India victoriana.
“Es
mayor que la suma combinada de muertes que se produjeron durante
todas las hambrunas de la Unión Soviética, la China de Mao, Corea
del Norte, la Camboya de Pol Pot y la Etiopía de Mengistu”, todas
ellas en el siglo XX, dicen. Antes de eso, en 1770, una gran hambruna
asoló Bengala matando a unos 10 millones de sus habitantes, la
tercera parte de la población.
La
situación fue agravada por el monopolio del arroz y otros productos
impuesto por la Compañía Británica de las Indias Orientales que
gobernaba el territorio. El colapso y los impuestos, combinados con
la sequía y el hambre, marcaron el inicio del dominio inglés en
India, un cuadro que se mantendría durante 200 años.
Desde
su llegada al subcontinente en el siglo XVII, Gran Bretaña destruyó
el sector manufacturero de la India, que exportaba tejidos a todo el
mundo. El régimen colonial eliminó los aranceles para los productos
textiles británicos y creó un sistema de impuestos y de barreras
internas que impedían a los indios vender sus productos dentro del
país y aun menos exportarlos.
“Si
la historia del dominio británico de India tuviera que condensarse
en un único dato, sería este: entre 1757 y 1947 no hubo incremento
del ingreso per cápita y en la segunda mitad del XIX los ingresos se
redujeron seguramente en más de un 50 por ciento”, dice Mike Davis
(Late victorian Holocausts, 2002). La nueva economía colonial
fragilizó a las poblaciones ante las sequías y fenómenos naturales
adversos que propiciaban el hambre.
Según
el historiador Robert C. Allen (Global Economic History: A Very
Short Introduction, 2011) bajo el dominio británico la pobreza
extrema pasó del 23% en 1810 a más del 50% a mediados del siglo XX,
los salarios reales disminuyeron y las hambrunas se hicieron más
frecuentes y más mortales. ¿Pasado remoto?
El
político inglés más importante de la Segunda Guerra Mundial,
Wiston Churchill, fallecido en 1965, era un racista confeso. En los
años cuarenta del siglo XX se refirió a los indios como “un
pueblo bestial con una religión bestial” y de la hambruna de 1943
en Bengala, que dejó tres millones de muertos, afirmaba que “fue
culpa suya por reproducirse como conejos”. En 1919 Churchill se
declaró “totalmente a favor del uso del gas venenoso contra las
tribus incivilizadas”.
La represión de la rebelión india por los británicos.
En
los años treinta definía a los palestinos como “hordas bárbaras
que solo comen estiércol de camello”. Antes de la guerra fue un
admirador de Mussolini (“no pude evitar sentirme encantado por su
porte gentil y sencillo y su sereno aplomo”) y tenía palabras de
elogio para Hitler en 1937, el año de Guernika: “a uno le puede
disgustar el sistema de Hitler y, sin embargo, admirar sus logros
patrióticos. Si nuestro país fuera derrotado, espero que
encontremos un campeón tan admirable que nos devuelva el valor y nos
conduzca de nuevo a nuestro lugar entre las naciones”. En la
campaña electoral de 1955 Churchill propuso para el partido
conservador un lema que muchos europeos suscriben hoy: “mantener a
Gran Bretaña blanca”.
Del
blog personal de
Rafael
Poch-de-Feliu