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martes, 14 de abril de 2026

Tenemos que enseñar a las chicas a estar orgullosas de sus mamadas

 

 Por Nuria Alabao   
      Periodista y doctora en Antropología Social. Investigadora especializada en el tratamiento de las cuestiones de género en las nuevas extremas derechas.


Para hacer frente a los ‘deep fakes’, las imágenes robadas y el control social de la sexualidad femenina, tenemos que desactivar la vergüenza que opera como mecanismo de disciplinamiento


Detalle del cuadro ‘Mujer joven riendo con un medallón’ (Gerard van Honthorst, 1625).

     Los cambios en la tecnología y el desarrollo acelerado de la inteligencia artificial están dando lugar a eso que hemos nombrado como violencia digital. En un espejo deformado de lo que supone la violencia offline, las posibilidades en internet se multiplican y aparecen formas nuevas de hacer daño: se crean o difunden contenidos que exponen a las personas sin su consentimiento. Desde la difusión de imágenes sexuales privadas hasta los deep fakes –fotos que desnudan o sexualizan a personas mediante IA– o la instalación de cámaras ocultas en habitaciones de hotel. Todo puede ser contenido. Todo puede, además, monetizarse.

El uso de la IA es muy significativo, ya que de cualquier imagen posible –por primera vez el límite es solo nuestra imaginación–, ¿cuáles son las que parecen adaptarse mejor al dispositivo de viralización? La sexualización –sobre todo de las mujeres– aparentemente captura la libido creativa de las masas, ya que en este nuevo paisaje digital se imprimen las relaciones de poder existentes. ¿Por qué a tantos varones la falta de consentimiento no solo no les genera rechazo, sino que les produce excitación?, se pregunta la influencer OnlineMami. ¿Acaso es un motivo añadido para crearlas, un extra que aporta el placer de la transgresión?

Estas nuevas formas de agresión generan interrogantes de todo tipo. Algunos tienen que ver con cómo obligar a las empresas tecnológicas a rendir cuentas por el contenido que generan o difunden. Una línea de trabajo feminista sería cómo hacer responsables a los que crean estas imágenes para tratar de frenar su proliferación. Pero otra que no podemos olvidar tiene que ver con minimizar el daño que producen. ¿Por qué deberíamos avergonzarnos de una imagen sintética, de un desnudo falso que tiene nuestra cara? Y en realidad ¿por qué debería avergonzarnos ninguna imagen sexual, sea o no falsa?

La vergüenza como control social

Cuando una imagen sexual de una chica circula sin su permiso, se activa un mecanismo de control social. Si son imágenes reales, se la puede llegar a culpabilizar: “Si no querías que circulasen, ¿por qué las grabaste?” El segundo mecanismo es clasificatorio: “Es una guarra, mira lo que hace”. “No es una mujer de alto valor”, que se diría en la manosfera.


La actriz Ángela Molina en el anuncio para la campaña institucional ‘Mujeres de alto valor’.

En cualquier caso, da igual que la imagen sea real o fabricada, parece que hay algo en esas imágenes que es inherentemente humillante o bochornoso. Y si esto se ha tranformado en las últimas décadas –o desde más atrás– ha sido precisamente gracias al trabajo de los feminismos que han luchado para liberar la sexualidad femenina de este mecanismo de control. Pero si sigue dañando más a quien aparece en la imagen que a quien la difunde, quiere decir que todavía queda mucho por hacer.

El mensaje implícito es disciplinario: no hagáis esas cosas o actuad de manera que nadie crea que sois capaces de hacerlas. La sexualidad femenina se ha regulado tradicionalmente a través de mecanismos coercitivos, pero también mediante la culpa, por sentirse sucia, “fácil” o indigna por desear. Muchas mujeres limitaban o silenciaban sus deseos para no exponerse a la deshonra social. Si aunque hoy somos mucho más libres en nuestra sexualidad, sobre todo las más jóvenes, los restos de esta moral siguen funcionando a través de la amenaza de exposición pública. Los consejos de los padres a sus hijas ahora son: no os hagáis fotos, no las enviéis. 

La “virtud” y la “castidad” se han impuesto históricamente como condiciones de valor social para las mujeres, ya que su honor y el de sus familias dependían de la vigilancia sobre su sexualidad. Este dispositivo funcionaba como mecanismo para regular la circulación de mujeres y de herencias, ligando el control de la sexualidad femenina al orden económico y familiar. Evidentemente, este ideal de pureza no se aplicaba a los hombres, y ese doble estándar parece que todavía persiste. Ya sabemos que el deseo femenino ha sido históricamente regulado para que se presente como pasivo –somos las “que consienten o no” según el marco político que ha operado estos últimos años en los discursos públicos–. Mientras tanto, el deseo masculino se representa como legítimo y activo. No se concibe que ellos puedan no desearlo y nosotras sí. De ahí que la vergüenza opere solo en una dirección y los hombres cuyas imágenes sexuales circulan no suelen sentirse mal, o no tan mal.

Aunque hoy ya no hablamos de castidad, la lógica de la pureza persiste en nuevos formatos: el slut-shaming en redes sociales, la cultura del consentimiento en clave moralizante –mujeres “responsables” que eviten situaciones que las “pongan en riesgo”–, o marcos que reproducen la dicotomía entre “víctimas” dignas y mujeres “culpables” –las que no se ajustan a la norma–. Algunos de estos marcos además, pueden venir de sectores del propio feminismo, por ejemplo en las representaciones que se hacen de las trabajadoras sexuales como siempre violadas, porque su consentimiento no es tenido en cuenta. ¿Acaso son entonces víctimas voluntarias?

Somos malas, podríamos ser peores

Virginie Despentes ha trabajado esta cuestión de la vergüenza desde un feminismo de liberación sexual. De vez en cuando hay que volver a esta autora, sobre todo en tiempos donde el conservadurismo sexual vuelve a emerger desde los lugares más insospechados, incluso desde ciertos feminismos que representan la sexualidad femenina heterosexual como un campo ajeno, lugar donde solo nos espera dolor o donde solo podemos estar al servicio de los hombres: el poliamor es para los hombresafirmarse en la sexualidad libre es neoliberal, el sexo ocasional no es placentero, dicen.


Reivindicación del poliamor en el Orgullo de Bruselas de 2015.


Despentes nos abre una ventana y por ella entra luz. “Tenemos que enseñar a las chicas a estar orgullosas de sus mamadas”, dice en Teoría King Kong.





“Me llama la atención, en primer lugar, que en las redes sociales sea posible avergonzar a una chica por chupar una polla. Y también que nosotros, como adultos, no nos hayamos sentido llamados a decir que chupar pollas es guay. Que siga siendo algo vergonzoso para una chica ser vista chupando pollas me parece increíble y creo que esto se puede cambiar. Si te apetece chuparlas, es un buen gesto. El mundo te debe gratitud”, dice en una entrevista de Patricia Reguero.

La lucha entonces es contra los restos de la moral sexual burguesa que emerge una y otra vez, sobre todo en momentos de crisis epocal como la que habitamos. Esa moral establece una distinción entre mujeres “respetables” y mujeres “degradadas”. La prostituta, la mujer promiscua o la “chica que chupa pollas” encarnan figuras de exclusión, necesarias para sostener la respetabilidad de las demás.

La gran ausente de los discursos de la última década es la chica que se comporta mal, la chica que chupa pollas, la chica fácil, la chica que quiere mucho sexo, la chica calentona. Esta que es un poco la chica de la que habla Itziar Ziga en Devenir perra.




Es necesaria una crítica de la pornografía y de determinados tipos de prostitución pero al mismo tiempo tenemos que establecer discursos que defiendan a las chicas realmente malas, y esas son las chicas que follan mucho o como quieren”, dice en una entrevista de Ana Requena. Pero estos últimos años, en nuestra lucha contra las violencias sexuales, parece que sin querer hemos llegado a potenciar esa imagen de pasividad más adaptada a la imagen de víctima, en oposición a nuestra propia liberación. Reivindicar el derecho de las mujeres a decidir sobre sus prácticas sexuales y a hablar de ellas sin vergüenza –incluidas aquellas consideradas vulgares o degradantes– impugna esa distribución desigual de legitimidad entre hombres y mujeres a la hora de acceder a la sexualidad en igualdad.

Esta no es una celebración ingenua del sexo como ámbito libre de relaciones de poder: en su propia experiencia con la violación, relatada en Teoría King Kong, Despentes reconoce cómo la violencia sexual estructura la relación entre mujeres y deseo. Su defensa de la libertad sexual va siempre acompañada de una crítica al sistema que naturaliza esa violencia. No se trata entonces únicamente de reclamar poder hacer “lo que queramos”, sino de transformar los marcos estructurales que convierten a las mujeres en vulnerables a la violencia y a la estigmatización. Y esa es una lucha paralela y necesaria.

La sacralización del sexo como trampa política

De manera que en nuestra propia práctica feminista aparece esta paradoja: cuanto más sacralizamos la sexualidad –cuanto más la tratamos como un terreno excepcional, intocable, donde se juega lo más íntimo de una persona–, más difícil le resulta a una mujer sobrevivir a la exposición pública no deseada o a otras violencias. Si que circule una imagen sexual es horrible y va a dañarte irremediablemente, entonces es también un arma tremendamente eficaz. 

Pero el daño no está en la imagen en sí sino en la mirada social que la degrada, de manera que el mensaje también podría ser: y qué si se difunde, no has hecho nada malo. En general no hay nada inherentemente denigrante en ninguna de estas imágenes. También es cierto que la práctica cotidiana es más complicada. Por ejemplo, cuando una chica de quince años llega a casa y sabe que medio instituto ha visto una imagen suya –real o fabricada, da igual– y que mañana tendrá que volver a cruzar ese pasillo. En ese momento, decirle que no ha hecho nada malo es necesario, pero quizás no basta, porque todavía operamos en el presente y es cierto que el entorno que castiga de forma injusta no se desmonta mágicamente. El sufrimiento es real. La estructura que lo produce es la que hay que desmontar.

Por tanto, además de transformar la cultura, hay otras tareas pendientes. Lo primero, insistimos, es tratar de evitar que estas violencias se sigan reproduciendo, y dejen de tener consecuencias negativas para las mujeres –por ejemplo, en algunos casos pueden despedirte del trabajo o tener otras consecuencias indeseadas–. Al mismo tiempo, hay que frenar la circulación de estas imágenes. Negarse a enviarlas, a compartirlas y señalar a quienes las difunden. Y esto no es solo cosa de chicos: también las chicas comparten, también las chicas hacen slut-shaming o reproducen la lógica que las daña. Que la vergüenza cambie de bando significa que el estigma recaiga sobre quien difunde una imagen con intención de humillar o de anular a otra persona, no sobre quien aparece en ella. 

Otra tarea necesaria, por supuesto, es estar al lado de las que las sufren y hacerlas sentir que cuentan con nuestro respaldo. Deberíamos acompañar sin minimizar su dolor pero también tratando de no reproducir los marcos moralizantes que la dañan. El objetivo es confrontar las estructuras que posibilitan –material y simbólicamente– la apropiación del cuerpo de las mujeres. Pero el trabajo es cotidiano y ordinario. Cuando una adolescente descubre que se está difundiendo una imagen suya haciendo una mamada y lo que siente no es rabia, sino culpa, sabemos que queda mucho por hacer. Lo primero será decirle que no está sola. Lo segundo, y sin titubear, es que no ha hecho nada mal. Que si le apetecía, bien hecho está.


Fuente: Ctxt

jueves, 5 de marzo de 2026

Después del fin de la humanidad

 

      Escritor y filósofo italiano. Activista de la izquierda.


      Es innegable que la raza humana aún existe. Actualmente, los humanos son más numerosos que en cualquier otra época anterior, aunque su número esté destinado a disminuir rápidamente debido a la disminución de la natalidad.

Sin embargo, esto no significa que la humanidad exista.


Ypsilon, Bolonia.

Permítanme definir la palabra “humanidad” a partir de cuatro criterios, sin pretender ser exhaustivo.

  1. El primer criterio lo encontramos en el Horatio de digitate homini (Discurso sobre la dignidad del hombre), de Pico della Mirandola (1486): la libertad ontológica se basa en la independencia del hombre respecto de toda determinación divina: libertad de existencia respecto de toda esencialidad.

  2. El segundo criterio es el que el cristianismo pone en el fundamento de su predicación: la compasión, el reconocimiento del dolor del otro como el propio dolor y (yo añadiría) el reconocimiento del placer del otro como el propio placer.

  3. El tercer criterio surge con la Ilustración, en la que la cultura judía jugó un papel protagonista, y evolucionó con el internacionalismo obrero, en el que la cultura judía también jugó un papel protagonista: el universalismo, la igualdad de derechos.

  4. El cuarto criterio es la facultad de pensar, es decir, la capacidad de distinguir independientemente entre lo verdadero y lo falso, de elaborar conceptos y de establecer conexiones lógicas entre enunciados.

Ninguno de estos cuatro criterios corresponde a la condición actual de los humanos en la Tierra.

  1. La libertad ontológica (independencia de Dios) ha desaparecido a medida que la conexión tecnológica, sometida al dominio capitalista, ha restaurado a Dios como una inteligencia superior cuyo poder de determinación aniquila la intencionalidad humana. Finanzas y guerra: aniquilación de la voluntad humana.

  2. La compasión ha sido progresivamente borrada a medida que la percepción del cuerpo del otro se virtualiza y el odio al otro se exalta como la virtud cívica primaria, de modo que el exterminio ha reemplazado a la ley: la compasión ha muerto.

  3. El universalismo está actualmente en vías de desaparición: la competencia es el paradigma de la vida social y la supervivencia del yo implica la eliminación del otro, mientras el Occidente colonialista en decadencia ha desatado una ofensiva racista global.

  4. Por último, pero no menos importante, la capacidad de pensar está desapareciendo como resultado de la penetración del autómata lingüístico en el circuito de la comunicación interhumana: la simulación de procesos lógicos está destinada a reemplazar la actividad del pensamiento dentro de una o dos generaciones.

La humanidad comenzó a desaparecer cuando la guerra se apoderó del trabajo intelectual y el nazismo desató el exterminio de los judíos europeos.

Los alemanes, transformados en bestias por la humillación de la posguerra, infligieron al pueblo judío una herida tan terrible que jamás pudo sanar. La consecuencia (quizás inevitable) de ese trauma fue la formación de una entidad política y militar que hizo del odio a la humanidad su razón de ser. Israel es el nombre de esta entidad, nacida del genocidio y destinada a perpetuarlo.

En la segunda mitad del siglo XX, creímos que era posible sanar las heridas sufridas por la humanidad. Pero era una ilusión: el genocidio domina el horizonte del siglo XXI, y la supervivencia de la raza humana tras el fin de la humanidad es el destino más terrible que podría sobrevenirnos. Que esta agonía no dure mucho es la única esperanza que podemos albergar.



Fuente: ILDISERTORI

lunes, 6 de octubre de 2025

Las nuevas derechas y el placer de la crueldad

 

 Por Hannah Leffingwell    
      Escritora e historiadora. Enseña en el Instituto de Investigación Social de Brooklyn y en la New School.


El autoritarismo de derecha aleja a las personas de la promesa de democracia, paz e igualdad y las lleva hacia la violencia destructiva ofreciéndoles un atractivo clave: el placer de hacer daño a otras personas


     Si has visto la exitosa serie de Netflix The Hunting Wives, sabrás que el autoritarismo de la derecha estadounidense no es más que una carga libidinal. A lo largo de esta serie pulp y sangrienta, que tiene lugar en lo más profundo de Texas, una camarilla de mujeres blancas adineradas hace alarde de sus privilegios haciendo el amor con sus rifles de caza y participando en abundantes relaciones sexuales lésbicas. Cazan animales, se cazan entre ellas, asisten a mítines políticos conservadores, van a la iglesia. El resultado es el asesinato y el caos.

A primera vista, la serie podría parecer una crítica a la feminidad MAGA, ejemplificada por mujeres de gatillo fácil como Kristi Noem y Marjorie Taylor Greene, pero la contrapartida de la serie en la costa este, un personaje fuera de lugar llamado Sophie, no sale mucho mejor parada. Una mujer blanca, heterosexual y casada que parece considerarse progresista antes de mudarse de Boston a Texas, rápidamente se une a las esposas tradicionales que se comportan mal (por no mencionar que se acuesta con ellas) y termina comprando armas, bebiendo hasta perder el conocimiento, engañando a su santo marido y cometiendo un asesinato, todo ello debido a una histerectomía de urgencia que la dejó estéril.

Esta serie es sensacionalista, sin duda. También es una fantástica ilustración del fascismo posmoderno.

El «fascismo posmoderno», término definido por la historiadora Dagmar Herzog en su nuevo ensayo The New Fascist Body [El nuevo cuerpo fascista], describe la segunda llegada del fascismo como algo arraigado en los fascismos históricos, pero a la vez distinto de ellos. Es un fascismo que perpetúa el desdén de sus predecesores por «los ideales de igualdad y solidaridad humanas», la crueldad hacia «aquellos que identifica como vulnerables», la proliferación de «explicaciones racializadas para lo que en realidad son dinámicas económicas y sociales complicadas» y «anhelos narcisistas de grandeza».




Lo que lo hace posmoderno es su tendencia a la deconstrucción. Esta reinvención contemporánea del fascismo es «ingeniosamente autorreflexiva», nos dice Herzog, «y juega alegremente con la inevitable controversia y con la inestabilidad de la verdad».

Herzog, cuyo trabajo sobre el fascismo alemán ha sido muy influyente en los estudios de género, los estudios sobre discapacidad y la historia europea, destila los argumentos clave de su investigación en The New Fascist Body, aportando ideas sobre la historia del nazismo para influir en la dinámica de los movimientos transnacionales de extrema derecha contemporáneos.


Dagmar Herzog

Centrándose en dos rasgos clave que se solapan en el fascismo posmoderno, el «racismo sexy» y la «hostilidad obsesiva hacia las personas con discapacidad», utiliza los mensajes del partido de extrema derecha alemán Alternative für Deutschland (Alternativa para Alemania, AfD) como punto de referencia analítico. 

Si antes los judíos eran el principal objetivo del fascismo alemán, hoy en día la ideología de extrema derecha en Europa señala a los inmigrantes árabes y africanos como el otro racial por excelencia. En todo caso, ciertas voces de extrema derecha en Alemania han defendido recientemente opiniones filosemitas, convirtiendo efectivamente a los judíos alemanes en miembros valorados de la «raza blanca» y afirmando que su inteligencia superior los convierte en contrapesos ideales para los inmigrantes morenos, supuestamente inferiores.

Herzog cita a Mathias Döpfner, director general del grupo Axel Springer, como una de las voces que ha pedido que Alemania se vuelva «más judía» en los últimos años. Hizo esta afirmación en un ensayo publicado un año después de los atentados del 7 de octubre en Israel, en el que elogiaba el elevado número de premios Nobel otorgados a judíos en comparación con el escaso número otorgado a musulmanes e hindúes. Aquí hay una notable diferencia con respecto al fascismo histórico, aunque, por supuesto, el antisemitismo sigue vivo y presente en muchos círculos de extrema derecha.

Lo que hace única a la visión de Herzog sobre el agitado sentimiento antimigrante actual es su enfoque en el sexo y la discapacidad. Herzog, una destacada estudiosa del tema de la política sexual durante el Tercer Reich, ha dedicado gran parte de su reciente investigación a la historia a largo plazo de los programas de «eutanasia» y esterilización forzada del Tercer Reich durante la Segunda Guerra Mundial. Esta guerra contra las personas con discapacidad incluyó el uso de las infames cámaras de gas de monóxido de carbono T4 para asesinar a los residentes de hogares de ancianos para discapacitados, así como decenas de miles de procedimientos de esterilización forzada llevados a cabo a personas consideradas racialmente no aptas. Se necesitaron décadas para que las personas con discapacidad de Alemania fueran reconocidas como víctimas del genocidio nazi, y solo recientemente los activistas por la discapacidad han logrado que se aprueben leyes que reconocen la autodeterminación de las personas con discapacidad.

La AfD parece empeñada en desmantelar las protecciones que los defensores de las personas con discapacidad han conseguido con tanto esfuerzo en las últimas dos décadas, especialmente en lo que se refiere a la educación inclusiva. Su retórica violentamente nacionalista se centra en el odio a la debilidad y la adoración de la fuerza bruta, y están obsesionados con la «inteligencia» y el coeficiente intelectual. Aunque, como señala Herzog, hay mucho resentimiento hacia las personas con discapacidad en la retórica de la extrema derecha estadounidense, el fascismo alemán parece tener una fijación única por el coeficiente intelectual como determinante de la ciudadanía.

En Estados Unidos, por el contrario, el fervor antiintelectual del Partido Republicano de Donald Trump se ha manifestado a menudo como odio hacia la educación pública y una alegre reivindicación de la estupidez por parte de sus políticos (lo cual no es un fenómeno nuevo, basta recordar a George W. Bush). Lo que conecta las versiones alemana y estadounidense del fascismo es un desprecio compartido por los ciudadanos improductivos, ya sean discapacitados, enfermos mentales, homosexuales o personas sin hijos.

Uno de los acontecimientos más preocupantes de los últimos años ha sido la generalización de ciertas ideas fascistas que antes se consideraban extintas, o al menos profundamente marginales. Esto incluye la obsesión de la AfD con la «remigración», una palabra elegante para referirse a la deportación masiva de migrantes y solicitantes de asilo de Alemania. Como nos dice Herzog: «Un efecto principal de la introducción de este concepto es que otros partidos políticos alemanes están debatiendo ahora qué migrantes son lo suficientemente trabajadores y están lo suficientemente integrados culturalmente como para que se les permita quedarse».

Cada vez más, los partidos de extrema derecha marcan los términos del debate, haciendo que los políticos moderados cedan ante los planteamientos fascistas mientras siguen creyendo que están ofreciendo una reprimenda. La productividad como medida de la ciudadanía es uno de esos marcos que vemos desarrollarse en muchos contextos diferentes en todo el mundo.

Históricamente hablando, esto se remonta al creciente resentimiento hacia las personas con discapacidad que se apoderó de Alemania en las décadas previas al Tercer Reich, cuando los llamamientos a la «eutanasia» de los alemanes discapacitados llevaron incluso a los supuestos moderados a ceder en la cuestión de la esterilización. La extremidad de estas propuestas de eutanasia llevó a los comentaristas moderados a parecer ecuánimes cuando propusieron la esterilización como solución al supuesto problema hereditario de la discapacidad. En el proceso, «ya antes de 1933 se había vuelto socialmente aceptable (y, para muchos, simplemente intuitivo e incluso moralmente correcto) expresar desprecio o desear invisibilizar a las personas con discapacidades intelectuales o enfermedades psiquiátricas».

En lo que respecta al «racismo sexy», Herzog nos recuerda que el fascismo alemán contemporáneo, al igual que su antecedente histórico, se centra principalmente en el sexo, y no solo en reprimirlo. El fascismo se basa en la incitación al placer que proviene de la ruptura colectiva de los tabúes, lo que da a los partidarios del régimen fascista una falsa sensación de poder a través de la indiscreción.

El racismo sexy describe «mensajes cargados de libido para movilizar el miedo, la indignación y la aversión o, alternativamente, para transmitir la emoción del dominio frente a diversas formas de vulnerabilidad racializada». Por su parte, la AfD «se deleita provocativamente en una sensualidad deliberada», desde carteles de campaña que muestran a mujeres blancas desnudas como víctimas potenciales de violencia sexual a manos de los migrantes, hasta vídeos que promueven la llamada «remigración» mostrando a mujeres blancas vestidas de forma sensual que asisten alegremente a un vuelo de deportación ficticio.

Herzog observa un cambio en el énfasis de este racismo cargado de libido en los últimos años, y sostiene que, entre 2019 y 2024, el alarmismo sexualizado ha dado paso a «una forma de fanfarronería total, en la que reina la Shadenfreude y, como dijo Adam Serwer sobre el trumpismo, «la crueldad es lo importante»». Continúa argumentando: «El mensaje secreto del fascismo a sus seguidores no es la represión. Al contrario, es un mensaje de permiso, de licencia e impunidad».

Me parece que este es el argumento más llamativo y persuasivo de Herzog, uno que ha defendido con fuerza a lo largo de su carrera, especialmente en su libro Sex After Fascism. El fascismo funciona porque ofrece algo en lugar de la democracia, la paz y la igualdad, algo que es capaz de alejar a la gente de la promesa de la creación y acercarla a la violencia de la destrucción, y eso es el placer en el dolor ajeno. Esto ayuda a explicar la vieja pregunta, planteada por tantos teóricos después de la Segunda Guerra Mundial, de cómo los ciudadanos de una democracia como la República de Weimar pudieron estar tan equivocados como para votar «en contra de sus propios intereses» y elegir a los nacionalsocialistas.

El miedo y la rabia, nos recuerda Herzog, no son una base afectiva suficiente para el fervor fascista: se necesitan «placeres de agresión, mezquindad y violencia» por parte de sus adeptos. Y debemos reconocer la «eficacia multifuncional tanto de la erotización de la supuesta superioridad como de la insistencia repetitiva en rejerarquizar el valor humano». 

Lo instructivo de Hunting Wives como artefacto del fascismo posmoderno no es su política, si es que tiene alguna, sino más bien su retrato de la transgresión sexual como puerta de entrada al fascismo. Sophie parece abandonar rápidamente su política progresista cuando se le da permiso para seguir sus impulsos más vergonzosos. Se bebe el proverbial Kool-Aid de sus amigos de derecha cuando empieza a encontrar «el placer en la crueldad», por citar a Herzog.

Aquí pienso en una fotografía de 1939 incluida en el libro de Herzog, que muestra a una pareja heterosexual en la playa abrazándose bajo una guirnalda de esvásticas. Ningún régimen anterior en la historia «se había propuesto de forma tan sistemática estimular y validar los deseos (hetero)sexuales, especialmente de los jóvenes, al tiempo que negaba precisamente que eso era lo que estaba haciendo». Este «estímulo desublimador para romper con la moderación y la tradición sirvió para vincular a los jóvenes emocionalmente, pero de forma aún más directa, al Estado».

Si solo pensamos en el autoritarismo de derecha en términos de represión —decirle a la gente lo que no puede hacer—, entonces perdemos la oportunidad de comprender, y con suerte desmantelar, los vínculos emocionales que guían el apoyo de muchas personas al fascismo contemporáneo. El «nuevo cuerpo fascista» es aquel que se deleita en romper las reglas, que se regodea en una prerrogativa antisocial para disfrutar a costa de los demás, que erotiza la superioridad y sexualiza la violencia, y no la izquierda acusada de libertinaje por estos autoritarios.




Si algo me dejó insatisfecha del libro de Herzog fue una imagen más clara de lo que podemos hacer con esta idea una vez que tenemos acceso a ella. ¿Cómo redirigimos las energías libidinales de los votantes con inclinaciones fascistas en Estados Unidos y en otros lugares? ¿Cómo fomentamos el placer en la comunidad y la creación frente al neoliberalismo destructivo? ¿Cómo desincentivamos la crueldad y promovemos el cuidado?


Fuente: JACOBIN