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sábado, 31 de enero de 2026

De las patrullas de esclavos al ICE: breve historia de la violencia racista institucional en EEUU

 

 Por Miguel Urbán   
      Activista y político español.

Trump no ha inventado el dispositivo que a lo largo de toda la historia de EEUU ha vigilado, clasificado y castigado cuerpos racializados. Lo que ha hecho ha sido acelerarlo, financiarlo y convertirlo en espectáculo

     Minneapolis, cuna del movimiento antirracista I can't Breathe (“No puedo respirar”), en referencia a las palabras que George Floyd pronunció mientras era asesinado por la policía, se encuentra sitiada por el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas de los Estados Unidos (ICE). Esta ciudad de Minnesota se suma a la lista de bastiones demócratas que sufren el asedio de las fuerzas del ICE desde que, el pasado junio, Donald Trump militarizara Los Ángeles alegando que vivía una “invasión y ocupación por inmigrantes indocumentados y criminales”. En las últimas semanas, en el marco de las operaciones antimigrantes, dos personas han sido asesinadas a tiros por agentes del ICE, todo bajo una auténtica retórica de guerra que pretende justificar la violencia que hay detrás de estos asesinatos.


Una mujer protesta contra el ICE en Minneapolis.

De esta forma, ante el asesinato de Alex Jeffrey Prett este fin de semana, numerosos medios de comunicación titulaban: “La Gestapo de Trump vuelve a matar”. Un intencionado paralelismo histórico del ICE con la policía secreta del nazismo, la Gestapo. Que parte de la constante asimilación que se suele hacer de Trump con el fascismo y de cómo el ICE, en palabras del politólogo Cas Mudde, se ha convertido en una auténtica milicia personal del presidente, por encima tanto de la ley como de otros cuerpos de seguridad civiles y militares, al estilo de la Gestapo en el régimen nazi.

Pero, en vez de mirar al fascismo, puede que sea más útil repasar la violencia colonial racista que atraviesa la propia historia de los Estados Unidos y cómo se ha mantenido, con diferentes intensidades, hasta nuestros días. Porque, hablando de la Gestapo, situamos las responsabilidades de lo que está pasando exclusivamente en el gobierno de Trump, como una excepción histórica en la democracia norteamericana, negando el carácter violento, racista y colonial que se encuentra en el tuétano de la construcción nacional de EEUU y sobre el que Trump sustenta una importante base social que apoya la política de violencia sistemática contra la población migrante o racializada.


Manifestación contra el ICE en Minnesota.

En este sentido, el ICE tiene más que ver con las patrullas de esclavos de los siglos XVIII y XIX o con la guardia fronteriza norteamericana de principios del XX que con la Gestapo. Un nativismo racista que se remonta desde los inicios de EEUU hasta nuestros días, lo cual no deja de ser paradójico en un país fundado por inmigrantes.




Las patrullas de esclavos y el nacimiento de la policía

Las patrullas de esclavos comenzaron alrededor del año 1700 para vigilar y controlar a los negros esclavizados. Formadas por hombres blancos, tenían una función de control racial para mantener el modelo de producción económico sostenido sobre el esclavismo. Las patrullas buscaban alojamientos de esclavos, cazaban fugitivos, detenían a esclavos en las carreteras y disolvían sus reuniones para evitar que organizaran conspiraciones y revueltas. Unas patrullas conocidas por su brutalidad: aterrorizaban, torturaban, violaban y humillaban tanto a los negros esclavizados como a los libres.

Hasta el período anterior a la Guerra Civil, las patrullas de esclavos son un ejemplo de vigilancia y control social seudoinstitucionalizado que fue más allá de una policía informal y que, poco a poco, se transformó en departamentos de policía financiados públicamente en el sur. Como argumenta Katheryn Russell-Brown, profesora y directora del Centro de Estudios de las Relaciones Raciales de la Facultad de Derecho de la Universidad de Florida, las patrullas de esclavos fueron “el primer tipo de vigilancia policial exclusivamente estadounidense”.




Mientras que, en el norte, los departamentos de policía tuvieron sus raíces en las patrullas nocturnas. Los guardias trabajaban desde el atardecer hasta el amanecer, buscando incendios, osos, ladrones, indígenas y esclavos fugitivos. Si alguien estaba fuera después del anochecer, los guardias podían detenerle y “examinarle” para averiguar su propósito y a quién podría pertenecer. Los guardias eventualmente llevaban insignias, sonajeros y ganchos, que luego cambiaron por bastones.

Para 1838, los legisladores de Boston habían añadido una patrulla diurna a la nocturna, llamando a la patrulla diurna “policía”. En 1854, en el marco de la Ley del Esclavo Fugitivo, la policía y la patrulla nocturna se combinaron, formando el Departamento de Policía de Boston. De esta forma, podemos afirmar que el establecimiento de perfiles raciales ha sido una característica histórica del control policial en los Estados Unidos, desde el establecimiento de patrullas de esclavos hasta la criminalización selectiva y la aplicación de leyes de “vagancia”.

El nativismo norteamericano

Make America Great Again, el eslogan fundacional del trumpismo que ha mutado en una suerte de movimiento reaccionario, el MAGA, y que es el principal sostén político y social de la violencia del ICE, tiene en el nativismo una de sus señas de identidad más significativas. Un nativismo que no es nuevo, sino que ha estado presente en el pensamiento político estadounidense desde la fundación como país en el siglo XVIII. Aunque es a mediados del siglo XIX, con la aparición del Partido Americano, conocido como los Know Nothings (no sé nada, por la respuesta que debían dar si eran preguntados por las autoridades), cuando el nativismo norteamericano adquiere su primera expresión política organizada.

Las propuestas políticas del Partido Americano consistían en medidas contra la inmigración, incluyendo el veto a los inmigrantes para presentarse a elecciones y la exigencia de 21 años de residencia para obtener la ciudadanía. El lema se resumía en “solo los americanos gobernarán América”. El partido alcanzó varias alcaldías, el control de la Asamblea de Massachusetts y 43 escaños en el Congreso federal. En 1856, su candidato presidencial, Millard Fillmore, consiguió el 22% de los votos, llegando al cenit de su influencia política en el siglo XIX. De hecho, buena parte del sentimiento nativista se incorporó al Partido Republicano, diluyendo su expresión política en su interior. Esto acabó con la influencia “know nothing”, pero no con los prejuicios nativistas que, como veremos, irán resurgiendo de forma periódica en la historia de los Estados Unidos.

A principios del siglo XX volvieron a resurgir los prejuicios nativistas, al calor de la llegada de millones de nuevos trabajadores que competían en el mercado laboral. Sus diferencias culturales y, supuestamente, raciales provocaron un rebrote de la hostilidad hacia la inmigración, esta vez con tintes racistas y eugenésicos basados en la retorcida interpretación de la teoría evolutiva prevalente por aquel entonces. A lo que se sumaban también prejuicios antisemitas y antisocialistas: la condena a muerte de Sacco y Vanzetti fue un buen ejemplo de ello.

Esta vez, la expresión política del nativismo fueron diversos grupos antiinmigración, entre los que destacaría la Liga por la Restricción de la Inmigración, que se centró en movilizar contra los migrantes del sur de Europa. Consiguiendo que, en 1924, se creara la Ley Johnson-Reed de Inmigración, que establecía un sistema de cuotas: cada año EE. UU. aceptó tan solo un máximo de un 2% de los nacionales “sanos” de cada país que ya vivían allí, según el censo de 1890. Esta última estipulación sirvió para reducir las cuotas de los países del centro y sur de Europa y el número de judíos.

Evidentemente, la desconfianza ante los mexicanos (y latinos), al igual que con la población afroamericana, ha existido desde siempre. Aunque las tensiones racistas latentes contra la población latina aumentaron con la llegada de algo más de dos millones de mexicanos a partir de 1942 de la mano del Programa Bracero, para compensar la pérdida de mano de obra por la movilización de la Segunda Guerra Mundial. Solo un año después se produjeron los motines de Zoot Suit entre “pachucos” y militares estadounidenses en Los Ángeles. Unos años después, en 1954, las autoridades de inmigración lanzaron la Operación Wetback (espaldas mojadas) para intentar devolver a estos trabajadores a México. Solo en el primer año de la operación detuvieron, en redadas masivas, a más de un millón de trabajadores mexicanos.


Fuente: El Salto

jueves, 29 de enero de 2026

El imperio virtuoso

 

      Fue corresponsal de La Vanguardia en Moscú, Pekín y Berlín. Autor de varios libros; sobre el fin de la URSS, sobre la Rusia de Putin, sobre China, y un ensayo colectivo sobre la Alemania  de la eurocrisis.

Después de Gaza la pregunta que se hace, desde el vértigo, el sector consciente de la opinión pública europea es la de cómo explicar la complicidad y cooperación de los gobiernos, instituciones y medios de comunicación europeos con el genocidio colonial israelí. La respuesta está en la historia: es la historia colonial europea la que emparenta a los gobiernos occidentales con la masacre israelí

     La industria del entretenimiento es una herramienta fundamental del hegemonismo occidental. En estrecha colaboración con el complejo político, militar, financiero y mediático, su producción penetra diariamente en todos los hogares desempeñando una función ideológica clave, perfectamente identificada y conocida.

Mirada en retrospectiva, la industria de Hollywood logró convertir en proezas, epopeyas y románticos relatos, esa enciclopedia universal de la infamia que contiene la historia del colonialismo europeo y muy particularmente la de los británicos, parientes directos del actual hegemón.

La lista de las películas ensalzadoras de los grandes crímenes coloniales está aún por hacer, pero basta citar clásicos como “Lawerence de Arabia” (1962), “55 días en Pekín” (1963), “Zulú” (1964) o “Khartum” (1966) para recordar cómo toda una generación creció arrullada y entretenida por ese género exaltador cuya leyenda interiorizó.

Resulta ilustrativo cotejar la lectura de cualquier obra seria sobre la acción del imperio británico en India o China con películas como “Victoria y Abdul” (2017), de Stephen Frears, o “Tai Pan” (1986) de Daryl Duke, para mesurar el nivel de vileza de tal bombardeo. Frears presenta la relación de cálida amistad entre la reina Victoria y su criado indio en una época en la que los indios morían de hambre en espantosas crisis directamente relacionadas con la gestión colonial.

La película de Duke se inspira en la figura de William Jardine (1784-1843) para montar una ficción romántica, erótica y heroica alrededor del principal narcotraficante de la historia que condenó a la drogodependencia a 150 millones de chinos y se convirtió en uno de los hombres más poderosos y ricos de su tiempo.

Mantenido durante mas de dos siglos de violencia, racismo y explotación, el imperio británico todavía se presenta de la forma más altiva y arrogante como una empresa civilizadora y modélica, al lado de los imperios francés, español, portugués etc., declarados defectuosos o manifiestamente fallidos.

Para algunas naciones, España por ejemplo, la apertura del mundo fue una invitación a la prosperidad, al boato y la ambición, un antiguo modo de proceder. Para otras, como Holanda e Inglaterra, fue la ocasión de hacer cosas nuevas, de subirse a la ola del progreso tecnológico”, escribe David S. Landes. (En: La riqueza y la pobreza de las naciones. 1998).

Esa coherencia con el más que ambiguo “vector del progreso” que apunta con satisfacción el ilustre historiador de Harvard, quizá explique la actual y renovada nostalgia por el imperio británico, sobre la que advierten dos autores críticos con el fenómeno (Hickel y Sullivan).

Libros de gran repercusión como Empire: How Britain Made the Modern World, de Niall Ferguson y The Last Imperialist, de Bruce Gilley, han afirmado que el colonialismo británico trajo prosperidad y desarrollo a India y otras colonias. Hace dos años una encuesta de YouGov reveló que el 32% de los británicos se sienten orgullosos de la historia colonial del país”, apuntan.

Ese mismo orgullo hacia el pasado colonial está, sin duda, vergonzosamente vigente en muchas otras viejas naciones imperiales, pero en ninguna parte como entre los “ingleses de ambos lados del Atlántico” que Benjamín Franklin definió como “el núcleo más importante del pueblo blanco”, tiene ese sentir más consecuencias para el presente.

El imperio tal y como había sido, llegó a su fin formalmente en la década de 1960, pero su infeliz legado sigue presente en el mundo actual, donde se producen numerosos conflictos en los antiguos territorios coloniales”, observa Richard Gott en su compendio sobre el imperialismo británico (Britain´s Empire, 2012).

Si Gran Bretaña tuvo tanto éxito con sus colonias, ¿por qué muchas de ellas siguen siendo fuentes importantes de violencia y disturbios?”, se pregunta. Los británicos -reducidos ahora a la humilde categoría de ayudantes del Sheriff, en aún mayor medida que el resto de los europeos- “han seguido librando guerras en las tierras de su antiguo imperio en el siglo XXI, y gran parte de la población británica ha regresado sin cuestionamientos a su antigua postura de aceptar sin pensar lo que se hace en su nombre en lugares lejanos del mundo”, dice Gott.

El papel que en el siglo XIX desempeñaron la “civilización”, el “comercio” y el “cristianismo” impuestos a los “salvajes”, lo desempeña ahora la ideología de los derechos humanos la igualdad de géneros y otras nobles causas. Por todo ello, recordar las ejemplares hazañas de tan virtuoso imperio no es un ejercicio histórico sino un imperativo para la comprensión del presente y muy en particular para la comprensión de la complicidad europea (política, financiera, comercial, militar y mediática) con el genocidio palestino.

El Gulag británico

El imperio británico era una dictadura militar en la que los gobernadores coloniales imponían la ley marcial a la menor disensión. Durante más de 200 años fue escenario de constante revuelta y violencia represora. En la propia metrópoli centenares de miles fueron confinados en el Gulag insular de su majestad.

Especialmente después de que la independencia de Estados Unidos cerrara aquel territorio colonial del nuevo mundo –en los treinta años anteriores a 1776 la cuarta parte de los emigrantes llegados a Maryland eran convictos– islas del Caribe como las Bermudas y Roatán, en Honduras, de Asia, como Penang, en Malasia, o del Índico como las Seychelles o Andamán, formaron parte del presidio insular británico, que también envió a muchos reclusos indios y chinos a Singapur.

En el XIX, las Seychelles fueron prisión para líderes de revueltas y notables locales, de Zanzibar, Somalia, Egipto o Ghana, que por una u otra razón no podían ser ejecutados. El arzobispo Makarios, líder del nacionalismo helénico de Chipre, estuvo ahí recluido en fecha tan cercana como 1956. Pero fue Australia, la gran isla-continente que ofrecía espacios ilimitados, el gran destino que el gobierno necesitaba para los detritos sociales de su catastrófica revolución industrial, gran hito de ese “progreso” glosado por Landes.

En 1840 la mitad de la población de Tasmania, unos 30.000, la formaban reclusos. Como mantener a los presos en las cárceles metropolitanas era caro, las sentencias mínimas de deportación a Australia para sacárselos de encima, incluso por pequeños hurtos, eran de siete años. Entre 1788 y 1868, 162.000 condenados fueron enviados a Australia, entre ellos 4000 sindicalistas, cartistas, luditas, las famosas “hijas de Rebeca” de Gales, que rompían peajes y barreras para protestar contra la privatización y los peajes en las carreteras, así como 2000 revolucionarios irlandeses.

La terrible situación de represaliados y condenados de la metrópoli represaliando y masacrando a su vez a la población nativa en las colonias, que tan vivamente se dio en los Estados Unidos con las naciones indias, se repitió en otras colonias europeas y también en Australia. En 1824 el gobernador militar de Nueva Gales del Sur, dio licencia a los colonos, muchos de ellos ex convictos deportados, para matar aborígenes a discreción. El gobernador se llamaba Thomas Brisbane y su apellido da hoy nombre a una de las grandes ciudades australianas.

La hambruna de Irlanda

Algunos consideran la hambruna de China durante el Gran Salto Adelante (1958-1962) como la mayor de la historia. Un siglo antes, la hambruna de Irlanda (“An Gorta Mór”) fue bastante peor que la china si se tiene en cuenta la proporción de población implicada. Con ocho millones de habitantes, el hambre y sus consecuencias se llevaron a entre uno y dos millones de irlandeses. Algunos lugares perdieron la tercera parte de su población, la mitad muerta y la otra mitad por emigración. (Patrick Joyce, 2024 Remembering Peasants. A personal History of a Vanished World).


La hambruna de la patata en Irlanda.

He visitado los desoladores restos de lo que en su momento fueron nobles pieles rojas en sus reservas de norteamérica y he explorado los barrios negros donde están degradados y esclavizados los africanos”, escribía en 1847 James Hack Tuke, un filántropo cuáquero inglés en una carta tras su visita a Connaught, “pero nunca he visto tanta miseria, ni una degradación física tan avanzada, como la de los moradores de los lodazales de Irlanda”.

Otros países como Francia, Bélgica, Holanda, Alemania y Rusia, también sufrieron plagas de la patata en 1846/1847, pero a diferencia de lo que ocurrió en Irlanda bajo el dominio británico, paralizaron las exportaciones de los demás alimentos para compensar la pérdida. La política inglesa destinaba a la exportación los alimentos producidos en Irlanda, una estrategia cuyo mantenimiento se consideraba más importante que la vida de los irlandeses. Uno de los protagonistas de esa política, el subsecretario de Hacienda Charles Trevelyan, estaba mas preocupado por “modernizar” la economía irlandesa que por salvar vidas, así que vio en la hambruna una oportunidad para aplicar reformas radicales de libre mercado.

No nos cabe la menor duda de que, por causa de las inescrutables pero invariables leyes de la naturaleza, el celta es menos activo, menos independiente y menos trabajador que el sajón. Esta es la arcaica condición de su raza”, escribía The Times el diario central del establishment imperial.

The Economist, el mismo semanario que en los años noventa del siglo XX predicaba las virtudes de la terapia de choque rusa, que dejó por el camino una factura demográfica de medio millón -sobre todo hombres en edad laboral – mientras denostaba la mala reforma china, publicaba el 30 de enero de 1847 un editorial dedicado a la crisis irlandesa: “Que los inocentes sufran junto con los culpables es una triste realidad”, decía, “pero es una de las grandes condiciones en las que se basa la existencia de toda sociedad. Cada violación de las leyes de la moral y el orden social conlleva su propio castigo. Esa es la primera ley de la civilización”. (En: The Economist and the Irish Famine — Crooked Timber).

Desde el siglo XVI en Irlanda estaba vigente un diezmo por el cual los irlandeses mayormente católicos debían pagar la décima parte de sus ingresos anuales para financiar la iglesia protestante. Hasta 1829 los católicos que rechazaban el juramento protestante de lealtad a la corona no podían acceder a empleos públicos.

Durante la hambruna los teólogos protestantes ingleses atribuían la plaga de la patata al “papismo”, es decir al catolicismo, que había “provocado la cólera de Dios”. El semanario satírico Punch publicaba constantemente caricaturas que presentaban a los irlandeses como simios brutos, sucios, perezosos, violentos y únicos responsables de su propia desgracia.

En 1847, mientras el Times ignoraba los desastres de la hambruna, en Estados Unidos se puso en marcha una campaña de ayuda que puso en evidencia al gobierno de Londres. Los paquetes en los que ponía “Irlanda” eran transportados gratuitamente en ferrocarril y se fletaron 114 barcos con ayuda.

El holocausto irlandés continuaba para los que lograban emigrar. En el último de los tres siglos de la trata negrera a lo largo de la cual unos diez millones de africanos fueron transferidos al nuevo mundo, con la mitad de ellos muertos en el proceso de captura y transporte, según uno de los grandes historiadores de ese tráfico (Joseph Miller, 1988, en Way of Death), los emigrantes irlandeses conocieron un destino no muy diferente. En los barcos ingleses que transportaban a los emigrantes irlandeses a América, las condiciones eran tan espantosas que uno de cada cuatro moría durante el viaje o en los seis meses posteriores a su llegada al nuevo mundo.

La mortandad registrada en lo que fue descrito como “buques ataúd”, no era inferior a la de los barcos que transportaban esclavos africanos a las colonias. Que esa mortalidad fuera particularmente alta en los barcos ingleses, describe una clara negligencia criminal: por cada muerte de un emigrante a bordo de un barco americano, había cuatro en uno británico y por cada enfermo que llegaba a Estados Unidos en un barco norteamericano, llegaban cinco en un buque británico.


Representación del interior de un 'buque ataúd' transportando migrantes irlandeses a América (Rodney Charman, 1970).

En 1847 de los 98.000 emigrantes que llegaron a Canadá en barcos ingleses, 25.000 murieron en el viaje o a los seis meses de su llegada. Todo esto fue noticia en la prensa de Estados Unidos y de Canadá, pero el Times de Londres lo ignoraba. El gobierno británico solo comenzó a tomar medidas en 1854, siete años después. (Thomas Gallagher. Hambre en Irlanda: la elegía de Pady. 2007).

La industria del entretenimiento ha ignorado por completo la hambruna de Irlanda, pero en 2018 una rara excepción irlandesa producida en Luxemburgo presentó en 2018 “Black 47”, del director y guionista Lance Daly, una película de acción con trepidante ritmo de western construida sobre el entramado de aquella histórica tragedia. 

The Times resaltó esta vez la “machista teatralidad” del film del que apuntó que “todo es profundamente absurdo, pero dentro de un entorno inquietantemente profundo”. The Independent destacó el carácter “excesivamente sombrío” de lo que calificó como “western de patatas” en alusión a los spaghetti western, y The Guardian lamentó que “la caricaturización de los villanos disminuya el impacto” de esa estupenda película que de todas formas fue un éxito de taquillaje…

Irlanda en Occidente y Birmania en Oriente fueron los territorios más potentes y tenaces en su resistencia a los ingleses, por lo que la represión fue allí particularmente cruda, pero también en India las convulsiones, hambrunas y revueltas fueron crónicas.

India

Según una estimación reciente, solo en los cuarenta años que van de 1880 a 1920 la colonización británica causó en la India unos 100 millones de muertes provocadas por el empobrecimiento de la población y la mayor frecuencia y mortandad de las hambrunas. (Jason Hickel, Dylan Sullivan, How British colonialism killed 100 million Indians in 40 years). “Se trata de una de las mayores crisis de mortalidad inducida por políticas de la historia de la humanidad”, señalan los autores.


El hambre en India victoriana.

Es mayor que la suma combinada de muertes que se produjeron durante todas las hambrunas de la Unión Soviética, la China de Mao, Corea del Norte, la Camboya de Pol Pot y la Etiopía de Mengistu”, todas ellas en el siglo XX, dicen. Antes de eso, en 1770, una gran hambruna asoló Bengala matando a unos 10 millones de sus habitantes, la tercera parte de la población.

La situación fue agravada por el monopolio del arroz y otros productos impuesto por la Compañía Británica de las Indias Orientales que gobernaba el territorio. El colapso y los impuestos, combinados con la sequía y el hambre, marcaron el inicio del dominio inglés en India, un cuadro que se mantendría durante 200 años.

Desde su llegada al subcontinente en el siglo XVII, Gran Bretaña destruyó el sector manufacturero de la India, que exportaba tejidos a todo el mundo. El régimen colonial eliminó los aranceles para los productos textiles británicos y creó un sistema de impuestos y de barreras internas que impedían a los indios vender sus productos dentro del país y aun menos exportarlos.

Si la historia del dominio británico de India tuviera que condensarse en un único dato, sería este: entre 1757 y 1947 no hubo incremento del ingreso per cápita y en la segunda mitad del XIX los ingresos se redujeron seguramente en más de un 50 por ciento”, dice Mike Davis (Late victorian Holocausts, 2002). La nueva economía colonial fragilizó a las poblaciones ante las sequías y fenómenos naturales adversos que propiciaban el hambre.

Según el historiador Robert C. Allen (Global Economic History: A Very Short Introduction, 2011) bajo el dominio británico la pobreza extrema pasó del 23% en 1810 a más del 50% a mediados del siglo XX, los salarios reales disminuyeron y las hambrunas se hicieron más frecuentes y más mortales. ¿Pasado remoto?

El político inglés más importante de la Segunda Guerra Mundial, Wiston Churchill, fallecido en 1965, era un racista confeso. En los años cuarenta del siglo XX se refirió a los indios como “un pueblo bestial con una religión bestial” y de la hambruna de 1943 en Bengala, que dejó tres millones de muertos, afirmaba que “fue culpa suya por reproducirse como conejos”. En 1919 Churchill se declaró “totalmente a favor del uso del gas venenoso contra las tribus incivilizadas”.


La represión de la rebelión india por los británicos.

En los años treinta definía a los palestinos como “hordas bárbaras que solo comen estiércol de camello”. Antes de la guerra fue un admirador de Mussolini (“no pude evitar sentirme encantado por su porte gentil y sencillo y su sereno aplomo”) y tenía palabras de elogio para Hitler en 1937, el año de Guernika: “a uno le puede disgustar el sistema de Hitler y, sin embargo, admirar sus logros patrióticos. Si nuestro país fuera derrotado, espero que encontremos un campeón tan admirable que nos devuelva el valor y nos conduzca de nuevo a nuestro lugar entre las naciones”. En la campaña electoral de 1955 Churchill propuso para el partido conservador un lema que muchos europeos suscriben hoy: “mantener a Gran Bretaña blanca”.


Del blog personal de

Rafael Poch-de-Feliu

viernes, 21 de marzo de 2025

Kidane Habtemariam: el esclavista que amasó millones gracias a la OTAN y la Unión Europea

 

 Por Bruno Sgarzini  
      Periodista argentino especializado en asuntos internacionales.


     Esta historia comienza con Daniel Yalke, un joven etíope de 20 años que en 2017 decidió emigrar a Europa junto a su mejor amigo Israel Endale. Graduado como electricista pero sin perspectivas laborales en Addis Abeba, Yalke contactó a un intermediario llamado Binyam, quien les prometió llevarlos a través del Sáhara y Libia para luego cruzar el Mediterráneo hacia Italia por unos 4,000 dólares.

Tras un viaje inicial en autobús a Sudán, Yalke y Endale comenzaron su travesía a través del desierto en condiciones extremas, soportando crueldad por parte de los traficantes libios que les daban agua mezclada con petróleo y no les proporcionaban alimentos. En lugar de continuar su viaje a Europa como esperaban, fueron retenidos en un campo en Kufra, Libia, donde les exigieron pagar inmediatamente el dinero acordado. Después de que sus familias transfirieran el pago, fueron trasladados hacia el norte.

Finalmente, llegaron a un complejo en Bani Walid, una ciudad oasis a 90 millas al sureste de Trípoli. Allí descubrieron que habían caído en manos de Kidane, quien les informó que cualquier acuerdo previo era inválido y debían pagar 5,500 dólares adicionales para cruzar el Mediterráneo. Si no conseguían el dinero en un mes, serían torturados regularmente hasta que murieran.


Bani Walid

Kidane: el traficante de Eritrea

Kidane nació en una familia pobre en Dbarwa, Eritrea, en los años setenta. A diferencia de muchos traficantes, terminó la secundaria y es conocido como un ávido lector. Después de trabajar como vendedor de frutas y verduras en Asmara y desarrollar una adicción al juego, se trasladó a Sudán donde comenzó a establecer conexiones en las rutas de tráfico de migrantes.

Alrededor de 2010, Kidane comenzó a cobrar aproximadamente 1,600 dólares a cada migrante para transportarlos desde Sudán hacia el norte de África. De esta suma, pagaba sobornos a guardias fronterizos y milicias, y compartía ganancias con sus superiores. Después de la revolución libia de 2011, Kidane expandió sus operaciones y para 2014 había acumulado suficiente poder para administrar un complejo en Sabratha, una ciudad costera, donde extorsionaba a migrantes antes de permitirles el cruce marítimo.

En Bani Walid, Kidane utilizaba almacenes propiedad de la familia Diab, una notoria familia criminal en Libia. La operación de Kidane generaba aproximadamente 10 millones de dólares anuales en su apogeo, alrededor de 2017.

Condiciones en Bani Walid

Las condiciones en el complejo de Bani Walid eran inhumanas. Alrededor de 2,000 migrantes estaban hacinados en un almacén deteriorado, vigilados por 60-70 guardias armados. No había espacio suficiente para que todos se acostaran al mismo tiempo, por lo que dormían por turnos en el suelo de concreto. Las duchas se permitían una vez al mes, en grupos. La comida era extremadamente escasa; los migrantes recibían una pequeña porción de macarrones simples una vez al día. Las enfermedades eran comunes.

El amigo de Yalke, Endale, desarrolló una grave infección pulmonar mientras estaba cautivo. Aunque su madre finalmente reunió el dinero del rescate y fue trasladado a un almacén con mejores condiciones (apodado "Canadá"), Endale falleció una semana después.

Torturas y extorsión

Kidane y sus guardias mantenían a los migrantes en un estado de miedo perpetuo. Regularmente, sacaban personas de la multitud y las obligaban a llamar a un familiar mientras las torturaban para exigir miles de dólares por su liberación. Un método común de tortura era quemar la piel de los prisioneros con plástico derretido, castigo que sufrió Yalke.

Las palizas eran administradas generalmente por los guardias, pero ocasionalmente Kidane mismo las ejecutaba. Según varios testimonios, Kidane parecía disfrutar sádicamente de las golpizas, a menudo azotando a las víctimas con tubos de goma. Una víctima declaró que fue violada repetidamente por Kidane durante seis meses de cautiverio, describiéndolo como una "hiena que se excita con la vista de sangre".




Otro migrante etíope, Seleshi Girma, pasó más de tres años en el complejo porque su familia era extremadamente pobre y tardó ese tiempo en reunir el dinero del rescate. Girma mostró al periodista una cicatriz desde su ombligo hasta debajo de la línea del cinturón: Kidane y sus guardias lo habían cortado mientras sus familiares miraban a través de una videollamada.

Estilo de vida y fortuna de Kidane

Durante la temporada baja (cuando el Mediterráneo es demasiado peligroso para cruzar), Kidane pasaba gran parte de su tiempo en los Emiratos Árabes Unidos, donde estableció una operación clandestina para lavar las ganancias de sus actividades criminales. Su hermano Henok y otros asociados eritreos vivían parte del año en Dubái, recogiendo dinero enviado por las familias de los migrantes a través de redes hawala.




Con su fortuna, Kidane compró una casa en los Emiratos para su familia (tiene dos hijos con su esposa), varias propiedades en Asmara, salones de belleza en Addis Abeba y Dubái que regaló a diferentes amantes, y numerosos Toyota Land Cruiser Prados.

A pesar de que las apuestas son ilegales en los EAU, Kidane continuó con su adicción al juego, perdiendo entre 10,000 y 20,000 dólares jugando al billar en un solo día. También organizaba partidas de cartas de altas apuestas en habitaciones privadas en Dubái. En una ocasión, perdió alrededor de 100,000 dólares en una partida de cartas en el hotel Sun & Sands Sea View.

Kidane utilizaba su dinero para cultivar relaciones con celebridades, invitando a destacados artistas etíopes y eritreos a Dubái. A menudo, estos artistas interpretaban canciones con letras personalizadas que celebraban las hazañas de Kidane, similar a como los narcocorridos mexicanos heroizan a los miembros de los cárteles de drogas.

Arresto y escape de Kidane

En febrero de 2020, Fuad Bedru, un etíope de 21 años que había sido cautivo en Bani Walid, reconoció casualmente a Kidane caminando por una calle de Addis Abeba. Bedru alertó a dos policías cercanos, quienes arrestaron a Kidane a pesar de sus intentos de soborno. Sin embargo, mientras lo conducían a la comisaría, Kidane escapó momentáneamente a un mercado concurrido antes de ser capturado nuevamente.

La noticia del arresto se difundió, llegando a activistas como Meron Estefanos, quien pasó información a las autoridades sobre otros traficantes presentes en la ciudad. En las siguientes seis semanas, la policía de Addis Abeba arrestó a otro traficante que había operado en Bani Walid: Tewelde Goitom, conocido como Welid, quien había trabajado regularmente con Kidane.

Los fiscales etíopes presentaron cargos contra ambos, pero el proceso judicial fue caótico. Durante el juicio, en febrero de 2021, Kidane llegó a un tribunal de Addis Abeba con un uniforme carcelario amarillo, fue conducido a un baño donde alguien había dejado ropa de civil, y minutos después salió del tribunal vestido como civil y desapareció. Según informes, pagó aproximadamente 250,000 dólares en sobornos para asegurar su escape.

A pesar de su fuga, el juicio continuó en su ausencia. En abril de 2021, Kidane fue declarado culpable de todos los cargos y posteriormente condenado a cadena perpetua. Para entonces, había abandonado Etiopía desde hacía tiempo.

Captura internacional

Tras su escape, Interpol emitió notificaciones rojas contra Kidane y Welid a solicitud de la policía holandesa, con el fin de iniciar el proceso de extradición a los Países Bajos, donde muchas de sus víctimas vivían ahora. En noviembre de 2021, Interpol distribuyó un informe sobre la red de Kidane y sus posibles escondites a Sudán, Etiopía, Países Bajos y los EAU.


Kidane Habtemariam

En marzo de 2022, Interpol organizó una reunión de oficiales de policía de los cuatro países interesados en Lyon, Francia. Después de la reunión, la policía de los EAU abrió un caso contra Henok y, para diciembre, habían recibido información confiable de que Kidane estaba en Sudán.

El 31 de diciembre de 2022, oficiales de los EAU volaron a Jartum; el día de Año Nuevo, derribaron la puerta reforzada del apartamento donde se alojaba Kidane en Omdurman. Estaba con dos mujeres, ninguna de las cuales era su esposa. Había varias armas en el apartamento, pero Kidane no disparó antes de rendirse. El mismo día, la policía de los EAU también arrestó a Henok en Dubái.

Situación actual y justicia para las víctimas

Según fuentes policiales europeas, los hermanos fueron condenados en los EAU por lavado de dinero, aunque otras fuentes sugieren que el proceso legal continúa. Las autoridades holandesas desean extraditar a Kidane para que pueda ser juzgado por sus crímenes más graves junto con Welid, quien ha sido extraditado a los Países Bajos y cuyo juicio está en curso en la ciudad de Zwolle. Irónicamente, es posible que Kidane aparezca primero en un juicio en los Países Bajos como testigo, no como acusado, ya que el equipo de defensa de Welid quiere que testifique.

La falta de claridad sobre el estado legal de Kidane ha frustrado a sus numerosas víctimas. Seleshi Girma, cuyo abdomen fue cortado, expresó que su encarcelamiento en Bani Walid había dejado a toda su familia en graves dificultades financieras. Quería que las personas extorsionadas por Kidane iniciaran una demanda colectiva contra él, con la esperanza de recuperar algo de dinero.




Daniel Yalke, quien también sufrió enormemente a manos de Kidane, siente lo mismo. Después de pagar el rescate a Kidane, eventualmente llegó a Túnez, donde intentó hacerse pasar por eritreo para obtener asilo en Europa. Finalmente, Yalke admitió su verdadera identidad y regresó a Etiopía. Ahora trabaja nuevamente como electricista y está angustiado por el dolor financiero que ha causado a su familia.

Según un conocedor de la red de Kidane, hay poco sentido en pensar en recuperar dinero de él. Algunos bienes físicos podrían ser incautados, como casas y salones de belleza, pero la mayor parte del efectivo se colocó en redes hawala y sería casi imposible de rastrear.

El problema continúa

A pesar del arresto de Kidane y su hermano, las tragedias de migrantes siguen ocurriendo con alarmante regularidad. En junio de 2023, un pesquero sobrecargado que transportaba hasta 750 personas sirias, egipcias, palestinas y paquistaníes se hundió frente a la costa de Grecia. Solo 104 personas fueron rescatadas.

Libia sigue siendo un centro para el tráfico de personas, a pesar de todo el dinero que la UE ha gastado en medidas preventivas. Túnez, mientras tanto, se ha convertido en otro destino importante para los migrantes que desean cruzar el Mediterráneo, pero no es mucho más seguro.

Fuad Bedru, quien reconoció a Kidane en la calle, no fue disuadido de intentar llegar a Europa nuevamente. Después de la fuga de Kidane del tribunal, y temiendo que pudiera buscar venganza, Bedru comenzó a hacer nuevos planes de viaje. Eligió una ruta diferente: Sudan, luego Turquía en un vuelo barato, y finalmente un pequeño bote hacia Grecia.

Bedru llegó a Estambul en septiembre de 2022. Un intermediario le dijo que viajara a Izmir, en la costa turca. Una noche, Bedru se unió a 40-50 personas en una lancha inflable rumbo a la isla griega de Samos. El bote tenía solo un pequeño motor fuera de borda, insuficiente para tantos pasajeros, y ninguno recibió chalecos salvavidas. Cuando el tiempo empeoró y las olas subieron, el agua comenzó a entrar en el bote. Afortunadamente, llegaron a Samos a las 6 a.m.

Bedru caminó millas hasta un campo de refugiados de la ONU, donde se le asignó un espacio en una tienda de campaña durante cuatro meses. En enero de 2023, fue transferido a otro campo en Grecia, donde dormía en un contenedor de envío. Ahora trabaja en una planta procesadora de pollos en un país del sur de Europa por 45 euros al día.

Tenía 18 años cuando intentó por primera vez llegar a Europa, y ahora tiene 24. Un cuarto de su vida se ha gastado en la ruta migratoria. A pesar de las dificultades, cuando se le preguntó si deseaba haberse quedado en Addis Abeba, respondió: "No, es mejor estar aquí, incluso solo".


Fuente: Bruno Sgarzini