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viernes, 13 de junio de 2025

Las guerras de género: una estrategia de poder

 

 Por Nuria Alabao   
      Periodista y doctora en Antropología Social. Investigadora de la Universitat de Barcelona especialista en el tratamiento de las cuestiones de género en las nuevas extremas derechas.

Las guerras de género constituyen herramientas altamente funcionales para lograr o sostener gobiernos, generar coaliciones o articular movimientos sociales de carácter reaccionario



El artículo que sigue es un fragmento adaptado de Las guerras de género. La política sexual de las derechas radicales, de Nuria Alabao.





     Las transformaciones en las relaciones de género desde los años setenta fueron uno de los elementos centrales del cambio en valores que consiguieron transformar algunas sociedades de manera radical. El movimiento de mujeres y las guerras culturales que desencadenaron estuvieron inextricablemente unidas. Las cuestiones relacionadas con el aborto, pero también con las disidencias sexuales —la homosexualidad, el SIDA y la reacción conservadora a los derechos de los homosexuales—, formaron parte de aquellas confrontaciones que se han prolongado hasta nuestros días[1].

Hoy hablamos de guerras de género como una especificidad de las guerras culturales que hace referencia a los conflictos políticos y culturales centrados en cuestiones de género y sexualidad, donde diferentes grupos e ideologías compiten por influir en las normas, las políticas y las percepciones públicas relacionadas con la identidad de género, la expresión de género, y los derechos sexuales. Estas contiendas se producen alrededor de temas como los derechos de las mujeres y las disidencias sexuales, la igualdad de género, el aborto, la educación sexual, y la representación de género en los medios y la cultura popular, e incluso podríamos hablar aquí de los debates sobre la violencia de género.


Manifestación del 8M de 2018 en Granada.

Estos conflictos giran alrededor de las luchas por el poder, la igualdad y el reconocimiento en un mundo que sigue redefiniendo lo que significa el género en el siglo XXI. Las guerras de género pueden ser funcionales a la lucha por el poder político de partidos y otros actores de la democracia representativa, pero pueden participar en ellas una miríada de actores diversos, algunos institucionales y otros movimentistas.

Las guerras de género son impulsadas muchas veces como reacción a cambios sociales y culturales que desafían las concepciones tradicionales de género y sexualidad. Pero no hay que olvidar que estos conflictos a menudo se convierten en campos de batalla que implican luchas más amplias por el poder, la autoridad moral y el control social, que reflejan posiciones políticas centrales para determinados actores[2]. Por tanto, en ellas no solo está en juego la lucha por determinados derechos y o medidas de reconocimiento simbólico, sino una lucha por el poder determinados proyectos políticos.

No deberíamos analizar estas cuestiones, pues, como si únicamente constituyesen una herramienta de agitación —aunque sin duda este aspecto es muy relevante— sino que se deben contemplar como parte central del proyecto político de muchos de estos actores antigénero: defender el orden de género tradicional sirve para apuntalar el actual régimen de desigualdad. Podemos hablar aquí entonces de cómo el género y la sexualidad tienen esta doble cualidad: pueden ser centrales para el proyecto de las derechas radicales pero también son usados profusamente de manera táctica[3]. Esto último, además, constituye un hecho definitorio de la propia evolución de estas derechas, en lo que reside buena parte de su «radicalización».


El líder de Vox, Santiago Abascal, en una concentración en Madrid en marzo de 2022.

Las guerras de género se convierten así en herramientas altamente funcionales para lograr o sostener gobiernos, generar coaliciones —entre religión y política o entre distintas religiones— o articular movimientos sociales de carácter reaccionario. Las cuestiones de género son óptimas a la hora de movilizar y agitar socialmente en momentos de desafección política. La sexualidad sirve porque permite construir fantasmas, crear apasionadas contiendas que desvían la atención de este mundo que se desmorona, generar identidad, condensar miedos y construir sobre las inseguridades vitales una dirección para vidas sin demasiado sentido, sobre todo colectivo.

De hecho, las cuestiones de género crean comunidades afectivas sobre las que sostenerse, y esto no se refiere únicamente a las comunidades formadas por disidencias sexuales o feministas sino también a las contrarias, a las que se construyen por oposición que también delimitan un nosotros. Este tipo de materias permiten construir un propósito social, un orden, una guía moral. El «odio» puede ser una cuestión identitaria. Pero ¿qué elementos están en juego en esta temática que concita una reacción tan visceral por parte de los actores ultras y, en general, de todo el espectro político?


Pánico moral


Las guerras de género no son nuevas. Gayle Rubin ya las describía en los años setenta como confrontaciones públicas donde las definiciones y valoraciones sobre las conductas sexuales eran objeto de luchas encarnizadas entre «los principales productores de ideología sexual —las iglesias, la familia, los medios de comunicación pública y los psiquiatras—» y los grupos contra los que se dirigen estas confrontaciones[4] (fundamentalmente los activistas). Para Rubin, estos eran los «momentos políticos» del sexo, en los que las pasiones desatadas relativas a cuestiones morales eran canalizadas hacia la acción política y de allí al cambio social.

Ejemplos históricos de estos «pánicos morales» se reconocen en la historia desde el origen de la Modernidad. Así, la histeria ante la esclavitud sexual blanca —la «trata de blancas»— de la década de 1880, las campañas anti-homosexuales de los años cincuenta o el pánico a la pornografía infantil de finales de la década de 1970, que ya intentaban vincular a los homosexuales con la pederastia[5].

El concepto de «pánico moral» fue utilizado por primera vez en relación con la cuestión homosexual[6] y es probablemente el ámbito en el que se han producido más campañas de este tipo. Pánicos morales son también los que se desataron contra la pornografía o la prostitución en los años ochenta del siglo XX por parte de la Nueva derecha, con ayuda de un sector del feminismo y que se denominaron «sex wars». En cualquier caso, como explica Jeffrey Weeks:


El pánico moral cristaliza temores y ansiedades muy extendidos y, a menudo, se enfrenta a ellos, no buscando las causas reales de los problemas y las características que muestran, sino desplazándolos a los «tipos diabólicos» de algún grupo social concreto —a menudo los «inmorales» o los «degenerados»—. La sexualidad ha jugado un papel particularmente importante en esos pánicos, y los «desviados» sexuales han sido los chivos expiatorios omnipresentes.[7]

Las actividades sexuales tienen la capacidad de condensar significantes relacionados con temores personales y sociales con los que no tienen por qué guardar relación intrínseca. Durante el estallido del pánico moral esos temores pueden relacionarse con alguna actividad o población sexual excluida o «marginal», consecuencia del sistema de estratificación sexual que organiza nuestro orden de género y proporciona blancos fáciles sobre colectivos sociales que, por lo general, carecen de herramientas para poder defenderse. El estigma contra los disidentes sexuales o las prostitutas los convierten en chivos expiatorios predilectos y moralmente indefendibles.

Este mecanismo opera normalmente de acuerdo con la siguiente secuencia: los medios de comunicación se indignan, la gente se comporta como una turba enfurecida, se activa a la policía y el Estado promulga leyes nuevas[8]. El pánico moral tiene consecuencias a dos niveles: la población objeto del mismo es la que más sufre, pero los cambios sociales y legales afectan al conjunto de la población[9].

En algunos ejemplos recientes se observa como la cuestión de la homosexualidad o la identidad de género son elementos centrales de esta tecnología del miedo. Así, hay municipios que se declaran «Zonas libres de personas LGTB» en Polonia, se despliega la campaña «contra el borrado de las mujeres» —lanzada en España desde un sector del feminismo transexcluyente para tratar de frenar la ley de autodeterminación de género— o se promulgan distintas leyes que prohíben hablar de homosexualidad a los niños en Hungría, Rusia y en algunos estados de EE. UU., como Florida.

Para activar estas campañas es necesario fabricar víctimas, al menos en el plano discursivo, lo que permite justificar las reacciones, ya sea en forma de nuevas leyes punitivas, de restricción de derechos o tratando de impedir avances legislativos. Como señala Rubin, por medio de la construcción de la víctima, cuestiones como la expresión de las disidencias sexuales, la prostitución, el porno o la educación sexual en las escuelas acaban por mostrarse como amenazas a la salud, la seguridad, las mujeres, los niños, la seguridad nacional, la familia o la civilización misma[10].

Las extremas derechas actuales son expertas en este tipo de instrumentación: emplean el escándalo, se mueven en los entretelones de los medios y de las presuntos «afectados», construyen a las víctimas —a menudo muy alejadas de las personas que realmente están en posiciones de mayor vulnerabilidad social— y se victimizan a sí mismos. De este modo, logran uno de los principales efectos buscados en las guerras culturales y logran invertir los términos del debate: las disidencias sexuales, que precisamente en un primer momento se unen para contrarrestar su posición de rechazo social, se convierten en poderosos lobbies que cancelan o censuran la libertad de expresión.

Las víctimas privilegiadas de la derecha son siempre los niños; y en relación con la infancia, la propia institución de la familia, siempre vinculada al «orden natural o divino inscrito en los sexos»; también, últimamente, las mujeres y su seguridad. Un buen ejemplo de esto son las «guerras de los baños» lanzadas contra las personas trans para que no puedan usar los lavabos que corresponden con su género[11]. En países de medio mundo, este tipo de narrativas se vinculan a la homosexualidad y a la pederastia. Este argumento recurrente muta hasta encontrarse con las virulentas guerras contra la adopción de parejas homosexuales o la educación sexual e igualitaria, esa que «sexualiza a nuestros pequeños» o «los deja a merced de los pederastas»,[12] al tiempo que la familia se disuelve junto con la autoridad paterna, mientras todo es crimen y caos a nuestro alrededor.

En este marco encajan también la mayoría de los ataques que se lanzan contra la «ideología de género» o los discursos con los que se defienden las prohibiciones del aborto en muchos países, especialmente en aquellos lugares donde este derecho está conquistando algo de terreno, como América Latina. De hecho, el antiabortismo es uno de los aglutinantes de la derecha radical a nivel internacional y el punto de apoyo de una lucha ideológica mucho más amplia y absolutamente decisiva: el grado de autonomía y de libertad sobre la capacidad reproductiva de las mujeres, que no sean obligadas a parir o ser madres, afecta al estatus social de todas las mujeres, aborten o no[13].


Sexualidad y estructura social


Sin embargo, hablar de género hoy implica ampliar algo la perspectiva. Los pánicos morales no se lanzan solo contra los homosexuales y la «degeneración sexual», sino contra todas las personas que promueven la desestabilización del orden de jerarquías entre hombres y mujeres. Si bien el enemigo se amplía, el mecanismo es parecido. La política atraviesa aquí las cuestiones del sexo y del cuerpo de una manera radical. Pero es importante detectar también las tendencias subyacentes.

Bajo la pantalla de los escándalos y los pánicos morales no podemos pasar por alto que, en la mayoría de casos, estas campañas son en reacción a avances concretos, legislativos y políticos, pero también a cambios culturales que difícilmente se pueden detener. El binario de género lleva décadas en proceso de desestabilización, al igual que avanza la secularización de la sociedad, y esto sucede en todo el mundo, no solo en Occidente. Esta es la razón por la que la Iglesia católica se ha activado de manera tan militante desde los años noventa es por y en contra de este mismo proceso. Al tiempo que la sociedad se seculariza, lo religioso tiende a radicalizarse y a convertirse en movimiento militante.

Por eso resulta inevitable preguntarse acerca de la potencia de estas guerras de género hoy y de su capacidad de detener o bloquear derechos sobre la base de construir un poder político. Justo ahora asistimos a un evidente momento de involución, tal y como se ha visto con la aprobación de legislaciones sobre el aborto en EE. UU. En 2022, cuarenta años después de la histórica sentencia Roe versus Wade de 1973, que legalizó de facto el aborto en ese país, el Tribunal Supremo de Estados Unidos la anuló. No obstante, la inmensa mayoría de los estadounidenses, un 70%, está en contra de su derogación[14].

Esto da cuenta del increíble poder del lobby antiabortista y el persistente peso de la derecha religiosa en ese país, hasta el extremo de que el estado de Lousiana, por ejemplo, ha intentado equiparar a efectos penales el aborto con un asesinato. Vemos aquí un ejemplo donde minorías influyentes —con dinero, bien situadas políticamente y muy movilizadas— han conseguido retrocesos importantes, mientras mayorías progresistas pero lábiles —no activistas— han sido incapaces de preservar derechos conquistados previamente. A pesar de todo, la inercia cultural del secularismo y de la aceptación social de estos derechos no ha retrocedido. Han ganado la batalla política pero no han cambiado la sociedad.

Existen otros ejemplos en los que la expresión de estos pánicos tiene terribles consecuencias. Es el caso, por ejemplo, del provocado por la llamada «crisis de refugiados», instrumentalizada para desencadenar el terror a la «invasión» de los migrantes, cuyo resultado se ha cifrado en un aumento de apoyo a las opciones de extrema derecha y el crecimiento de las actitudes y las políticas racistas. Las nuevas extremas derechas son realmente eficaces desencadenando y fabricando crisis y alimentándose de las consecuencias de las mismas. Ejemplo paradigmático de ello son los asaltos sexuales en Colonia a principios de 2017, de los cuales se culpó a los refugiados. El caso fue luego instrumentalizado, entre otros, por Marine Le Pen que pidió un referéndum para cerrar las fronteras: «Temo que la crisis migratoria señale el comienzo del fin de los derechos de las mujeres»[15].

La cuestión sexual tiene la capacidad de galvanizar elementos inaprensibles desde un punto de vista racional. Lo sexual es construido como un espacio donde se cruzan el orden reproductivo y el mandato del placer a toda costa del capitalismo tardío, tabús y sacralizaciones diversas, así como miedos de contaminación de la inocencia primigenia representada en la infancia. La cuestión sexual está aferrada de manera inseparable a los elementos culturales que han construido el sexo bien como algo sagrado, bien como un impulso irrefrenable —en el caso de los hombres—, bien como una amenaza encarnada en todos aquellos que desafían el orden reproductivo con sus «desviaciones» consideradas como aberraciones contra lo «natural».

Estas ideas sobre la sexualidad responden a un diseño de siglos dirigido a mantener en la subordinación a las mujeres, a garantizar las líneas sucesorias y las herencias, imprescindibles para la reproducción de las clases y del propio capitalismo. También conectan con el nacionalismo que se articula a partir de cuestiones demográficas y reproductivas: quién tiene derecho a reproducirse y quién no, es decir quién puede pertenecer de pleno derecho a la nación.

Las guerras de género tienen esta doble dimensión: por un lado, impactan en uno de los pilares del orden de género, es decir, de la estructura social y, por el otro, operan como activadores políticos capaces de generar un polo de energía militante en tiempos de cris

is y desafección que las han convertido en extremadamente útiles para la política contemporánea.

Notas:

[1] Rodgers, Daniel, Age of Fracture, Harvard University Press, 2012, p. 146.

[2] Las políticas antigénero como estrategia de poder han sido desarrolladas por Sonia Correa y el Observatorio de Sexualidad y Política en trabajos como Serrano-Amaya, F., Políticas antigénero en América Latina, Género y Política en América Latina, Brasil.

[3] Esta idea está desarrollada por Spierings, N. (2020). Why gender and sexuality are both trivial and pivotal in populist radical right politics. Right-wing populism and gender, 45-64.

[4] Rubin (1986), op. cit., p. 95-145.

[5] Ibídem.

[6] Ver Stan Cohen, Folk Devils and Moral Panics, Londres, MacGibbon & Kee, 1972, p. 9.

[7] Weeks, Jeffrey. Sex, Politics and Society: The Regulation of Sexuality Since 1800, New York. Longman, 1981, p. 19-20.

[8] Rubin (1986), op. cit., p. 95-145.

[9] Véase Spooner, Lysander, Vices Are Not Crimes: A Vindication of Moral Liberty, Cupertino, CA, Tanstaafl Press, 1977, p. 25-29

[10] Quizás se podría hablar aquí de cómo esto se entrecruza con una característica de la política actual –también la de izquierdas– muy centrada en la construcción de la figura de la víctima como principal vía de búsqueda de reconocimiento antes que la generación de conflicto, verdadero motor del cambio social.

[11] En 2016 Carolina del Norte promulgó una ley que impide que las personas trans usen aseos diferentes al sexo que figura en sus certificados de nacimiento y otros quince estados de EE. UU.. discutieron durante esos años proyectos parecidos mientras en institutos e universidades se daban agrias discusiones sobre el uso de esos espacios que trascendieron a los medios de comunicación y ocuparon la conversación política durante meses y que vuelven recurrentemente.

[12] Ver por ejemplo el trabajo de Patrick Wielowiejski, « Identitarian Gais and Threatening Queers, Or: How the Far Right Constructs New Chains of Equivalence», en Dietze, Gabriele & Roth, Julia, Right-Wing Populism and Gender: European Perspectives and Beyond, Alemania, Transcript, 2020, p. 135-147.

[13] Barrientos Violeta y Gimeno Beatriz, «Nuevas perspectivas en el debate sobre el aborto: el aborto libre como derecho», Revista Trasversales, nº 15, septiembre 2009.

[14] Al derogar la ley de 1973 pueden entrar en vigor las restrictivas leyes promulgadas por 26 estados que ya han sido aprobadas pero que permanecían sin efecto y otros estados también podrán aprobar nuevas prohibiciones.

[15] Le Pen, Marine, «Un référendum pour sortir de la crise migratoire», L’Opinion, 13 enero 2016.


Fuente: JACOBIN

domingo, 13 de octubre de 2024

Bueno, pues todavía hay quien habla de progreso

 

Respingos de la calor (10 de 10)


 Por Pedro Costa Morata

Mi recomendación, queridos amigos y queridas amigas, es que manden callar, o le dirijan una mirada de abierta e inteligible conmiseración, cuando alguien en su presencia les hable del progreso en el que vivimos o del progreso que nos espera. Muéstrense como militantes activos del descreimiento hacia esa palabreja, no ya por lo bajo que ha caído su prestigio secular, sino por el daño que nos causa como soporte de un inmenso engaño en lo económico, lo cultural, lo político y lo moral.

Con un “No hay progreso en la Historia”, titulaba un periódico, hacia 1996, la entrevista que se le hacía al escritor argentino Ernesto Sábato, que antes de novelista había sido ingeniero nuclear. Lo que me sirvió de empujón para ir poniendo en claro mi idea sobre ese asunto, tras haber salido “tocado” de mi lucha antinuclear y la crítica que, como consecuencia, fui extendiendo -en temática y en el tiempo- a las realidades y pretensiones de la técnica y la ciencia como encarnación más perversa -ambas en fusión- del manido progreso. Una idea o actitud que, para ir desarrollándola con la mayor seguridad (intelectual) posible, vinculé con la sistemática destrucción del medio ambiente. Porque, ¿quién puede creer en serio en el progreso, que es esencialmente una mirada al futuro, si nuestras sociedades se emplean sin tregua a arruinar el aire que respiramos, el agua que bebemos, el suelo del que nos alimentamos y tantos recursos naturales esenciales para la vida en el planeta, presente o futura? A esto, que venía constituyendo la esencia de mi ideología ecopolítica, llamé ecopesimismo, cuyo análisis minucioso y desarrollo metodológico encuadré en mis cursos de Doctorado de esos años; esta fue la gozosa ocasión en la que mi indagación (que, recogida en un grueso trabajo de curso, titulé El ecopesimismo. Apunte histórico-ideológico y bibliográfico) me llevó a comprobar que la mayoría de los pensadores y filósofos de tendencia social, o no han creído nunca en el progreso o lo han matizado tanto que con ello han conseguido abrir sucesivas perspectivas de más amplia y fructífera demolición del concepto y sus contenidos, desvirtuándolos sin remedio.

Y, afectado por la coyuntura política mundial de estos meses, en la que la agresividad de ese Estado imposible, pero tan dañino, que es Israel, no duda en encaminar al mundo hacia la catástrofe y el Armagedón, quiero completar mis “diez respingos de la calor” con esta llamada hacia la indignación por la guerra y los belicosos, y la conciencia de que este instinto destructor y genocida (que no es exclusivo del sionismo, desde luego) es la prueba más palpable de que cuanto trata del progreso -como idea ilustrada y ñoña, pretendidamente racionalista y evidentemente irreflexiva- es pura filfa. Porque el agravamiento de los ‘peligros de la guerra y la guerra misma desde que creíamos estar a salvo cuando acabó la Guerra Fría y Occidente se desembarazó del comunismo como rival estratégico, también niega cualquier progreso, qué duda cabe. Aquí quiero destacar la erosión que las tragedias íntimas, aparentemente nimias, de la vida ordinaria, producen en nosotros y en nuestra posición frente al mundo y el futuro, no pudiendo aferrarnos a ningún indicio, realista, de que tal progreso exista o se perfile. Es estúpido eso de decir, o pensar, que “Ya se arreglará esto en el futuro”.




Meditaba yo, so la calor y los sudores climáticos y políticos, sobre ese sentimiento de pérdidas (y escasas ganancias, como no sea en chorradas necias o infantiles...) que vivimos cada día y que afecta sobre todo a las espirituales que, aun siendo inmateriales, son seguramente las más dolorosas. Y asomado en la noche a mi acera (la “baldosa”, en murciano declinante), que contemplaba hueca y silente, añoraba las ristras de vecinos en sus sillas recostadas sobre la pared, en incesante conversación y ruidoso intercambio de bromas y novedades que podían alcanzar de un extremo a otro de la calle (mi calle es modesta, y se conoce como “callejón”), combatiendo el sofoco con humor y evasión. Y me dejaba llevar -con cierto y perverso regodeo en mi desazón, lo reconozco- por ese sentimiento que roe, haciéndonos sufrir por el despojo de retazos mínimos e íntimos, pero esenciales, de la vida ordinaria, buena y sin pretensiones; y de tener que encajar retrocesos en cadena, directos, agravados... Siendo lo peor de todo que nos acostumbramos demasiado fácilmente a ese proceso y lo sufrimos porque no sabemos cómo evitarlo ni creemos, en fin, que eso sea posible: son percepciones y sentimientos que arruinan nuestro cerebro y malean nuestra voluntad, degradándonos de arriba abajo.

En ese mismo nivel, el de los quebrantos del alma, hemos de enfrentarnos con un minucioso, generalizado e infatigable mal hacer… Y no necesitamos haber recibido clases especiales de estética para horrorizarnos del mal gusto que nos rodea y agobia, en las actuaciones que alteran el paisaje urbano o rural, en el nuevo comercio desalmado, en las políticas antisociales que -sin excepción- se nos administran como pasos indiscutibles de progreso y bienestar… cuando en realidad nos muestran ese camino, tan decidido, de demolición de lo mejor vivido, que se nos convierte en irrecuperable. Y no nos cuesta tanto apreciar, bajo el tumulto, el aspecto que suelen ofrecer todos esos objetivos implacables a que nos adhiere ese mal gusto: lo “económico”, lo apresurado… ¡lo funcional! El eslogan de la época parece ser este: “Pudiéndolas hacer mal, ¿por qué se han de hacer las cosas bien?”.

Calculemos qué ventajas nos proporcionan las grandes superficies que, con el bebedizo de “tenerlo todo a mano” e incluso de “estar las cosas más baratas”, nos han despojado del comercio cercano y familiar (y los mercados municipales), arruinando innumerables negocios y empleos para, a cambio, obligarnos a salir en coche al extrarradio, y condenarnos a picotear entre estantes, aumentar el consumo de lo innecesario y rendir cuentas a unas empleadas que a malas penas pueden ocultar su cansancio y su hastío (y de las que sospechamos su situación de semi esclavitud). Una semi esclavitud que se extiende por casi todos los sectores, en especial la hostelería, el gran comercio y el campo, ante la que los poderes públicos, que dicen combatirla, apenas pueden constatar éxito decisivo (o sistémico) alguno

Dudo mucho que la ciudadanía, si es mínimamente reflexiva, considere que todo esto se inscribe en la línea del progreso. Como tampoco creo que así haya de considerarse esa tendencia, camino de la consolidación, que ya atrapa a nuestros médicos y médicas que, mientras escuchan el relato de nuestros síntomas y achaques permanecen escondidos tras la pantalla del ordenador, reproduciéndolos en el teclado y, seguidamente, recibiendo por escrito y automáticamente la receta de la máquina -química, industrial, burocrática…- para lanzarla contra el paciente. Convénzase: pronto no serán necesarios ni médicos ni ciencia médica ni facultades de Medicina. Serán los algoritmos los que trabajen. Está al caer que también las sentencias de los tribunales se emitan atendiendo a las capacidades de los inventos informáticos, tras introducirles los datos del delito y la legislación vigente…




Por cierto que, insistiendo en esto de la salud, no se crean (casi) nada de lo que se nos muestra y anuncia como progreso científico-técnico de la medicina y el tratamiento de la enfermedad, por más que nos alivie o nos salve de trances indeseables, que bajo estas apariencias las enfermedades no hacen más que incrementarse y agravarse, en gran medida debido a la intromisión perversa de la ciencia y la tecnología en nuestra sociedad y en nuestras vidas: un círculo vicioso en el que siempre habrá de “ganar” el empuje malsano y tóxico original: las causas contra la salud aumentan y asustan, sin que preocupen gran cosa, y las soluciones científico-técnicas se aplican al negocio, floreciente y prometedor, de actuar sobre los efectos. Faltaban la murga y los alardes de la Inteligencia Artificial, de la que solo el entusiasmo empresarial y político con que es bendecida nos hace adivinar la dimensión de las humillaciones y canalladas que nos deparará. No lo dude y hágame caso: maldígala ya.

La negación del progreso se establece, también y con facilidad, si atendemos al espectáculo de la educación y la cultura, para lo que solamente quiero llamar la atención sobre nuestros pequeños, niños y adolescentes en particular, y sobre algo a lo que hay que atribuir la máxima importancia: si nuestros hijos y nietos no leen, como sucede ya generalmente, en consecuencia serán siempre deficientes en la escritura, la expresión y el raciocinio, mostrando de alguna manera la pobreza mental que entraña no ejercitar la imaginación. Es esta, en primer lugar, una gran responsabilidad de maestros y profesores, pero estos ya pertenecen a una generación de escasas e incidentales lecturas, y ya han sido víctimas de lo audiovisual y la informática crematística en la educación. Es prudente pensar que el sistema educativo, velozmente degenerado, tiene como objetivo que niños y jóvenes “progresen” por la vía de la pobreza cultural y, en consecuencia, moral y política.

Muy directamente conectada con la tecnología en expansión (que muchos tecnólogos, como este humilde crítico, no reconocen como verdadera tecnología, sino como mero “cachivachismo para alienados”), está la presencia, en amenaza y en acto, de los mil y un colapsos que azotan el mundo entero, empezando por nuestro micro mundo personal y atemorizado: que nuestro ordenador se niegue de pronto a marcar una sola palabra o a suministrarnos la información que más nos urge, nos maltrata pero no impide que el mundo siga dando vueltas; peor es que incidencias de la misma naturaleza impidan trabajar a las urgencias médicas, detengan trenes y pasajeros durante horas en mitad de un túnel, perturben el tráfico de cientos de aeropuertos o provoquen alarmas en sistemas militares enfrentados y que esperan cualquier señal, aunque sea falsa, para enzarzarse entre sí y y buscarnos la perdición. Esta tecnología, tenida por integradora (pero que solo lo es en términos de productividad económica y financiera) hace inevitablemente vulnerable a la sociedad y fragiliza el funcionamiento de sus servicios más esenciales: menudo logro y menudo progreso. La globalización informática y la intercomunicación, cuyos beneficios se han impuesto sin consulta a los más afectados ni la reflexión vigorosa necesaria de políticos e intelectuales (es alarmante la abundantísima grey de este tipo que proclama su admiración por estos “avances” o, como mucho, opina que “todo depende de cómo se use…”), consigue imponerse a la gran borregada universal, que carece de armas para afrontarla.

Y qué decir de la constante erosión de los salarios, o sea, del empobrecimiento relativo (puesto que la diferencial con el coste de la vida y el impulso consumista crecen sin cesar), y del progreso social con que se nos muestra la incorporación al trabajo de la mujer. Una entrada en el proceso productivo que, siendo generalmente tan alienante -proletarizado, forzado, insípido- como el del hombre, nos hace olvidar que los hogares han ido necesitando dos salarios para vivir igual, sobre poco más o menos, que cuando disponían de uno solo. Lo que no es más que una muestra de la fortísima degradación de lo laboral, que incluso se ensaña con el trabajo femenino, humillándolo, sin que este abuso evidente se resuelva.

No habrá de extrañar, pues, que en esta situación tan deprimente la desafección política cause estragos, principalmente entre los jóvenes que, percibiendo en su propia carne las negras perspectivas que los acechan -estudios sin salida profesional, vivienda inasequible, dependencia del hogar y los padres…- muestran su cabreo votando (cuando lo hacen) a esos oportunistas y mamarrachos que exhiben su ideología ultra como remedio para todos los males de la sociedad y, desde luego, de la política. Quedó muy atrás eso de que ser joven era ser crítico y exigente, o sea, de izquierdas; lo siguiente ha sido la impugnación hacia cuanto viven y experimentan, optando en lo político por el rechazo.

A más de las guerras, renovadas e inextinguibles -casi siempre emprendidas por nuestro mundo capitalista hegemónico y desvergonzado, para mayor gloria de sus valores, o sea, de sus negocios-, el panorama del mundo nos angustia con el espectáculo atroz de esos millones de humanos que buscan sobrevivir huyendo de un sitio a otro, sin hogar ni perspectivas… Que son recibidos -cuando no se les rechaza- de la peor manera posible, lo que nos obliga a meditar sobre el verdadero significado de esos (nuestros) “valores occidentales”, y el porqué de que se encaminen hacia nuestros países, siempre a la fuerza y con desesperación, tantos miserables jugándose la vida.




Sin dar de lado a la angustia climática, que se dice afecta sobre todo a los jóvenes, que multiplican sus grupos y acciones a base de una rabia incontenida bajo la que, sin embargo, no es fácil observar que subyazca la ideología política o ecologista correspondiente: la amenaza climática ha de combatirse no solo con ira sino, sobre todo, con conocimiento, argumentos, organización y apuntando bien a los causantes, tanto directos como lejanos, así como a nosotros mismos y nuestras pautas de vida, por antiecológicas.

Riámonos, por no llorar, ante cierta avalancha de “descubrimientos”, en realidad, vistosos signos de “progreso regresivo” con que los medios de comunicación pretenden sorprendernos e incluso insuflarnos valor y optimismo, vista la descomposición general de nuestro mundo y costumbres. Como que -cito titulares literales- “la calle mejora la salud mental de los niños”, como tímida condena del vicio infantil del teléfono móvil y sus juegos, que eliminan el contacto entre los niños, con los juegos de siempre. O los beneficios de “la convivencia intergeneracional”, encontrando, ¡oh!, que nuestros mayores son más felices en su casa y con sus familiares que en las residencias geriátricas y sus atentos servicios racionalizados. O que -cambiando de lo humano a lo urbano y vivencial- “el modelo de ciudad más sostenible arroja mayores tasas de mortalidad”, como si no se supiera que la ciudad moderna, apretada y fría, es receta de soledad, angustia y ruina humanas.




Pero no me extiendo más, ni creo que haga falta. Sí quiero que mi mensaje anti progreso sea recibido con interés y estimule su incomodidad frente a la idea y sus falacias, rebelándose contra ese angustioso proceso de pérdidas, sí, pero inquiriendo por las causas.